lunes, 16 de diciembre de 2019

S A N T O R A L

San Ageo, Profeta, (Antiguo Testamento)


San Ageo, profeta, que en tiempo de Zorobabel, gobernador de Judá, amonestó al pueblo para que reedificase la casa del Señor, hacia la cual debía encaminarse el tesoro de todas las gentes.

La profecía de Ageo (en hebreo Jaggay) contiene cuatro oráculos, fechados todos ellos en Jerusalén el segundo año de Darío I (520). Eran los días en que los regresados del cautiverio por virtud del decreto de Ciro (538) tropezaban con serias dificultades, nacidas de las intrigas desarropadas por los enemigos de Judá cerca de las autoridades persas en contra de los judíos por haberles éstos negado derecho a participar en la reconstrucción del templo. A tales agobios vinieron a sumarse toda una serie de años de mala cosecha, que crearon un ambiente de desaliento y una situación angustiosa y triste. En tales circunstancias surgen las figuras de Zacarías y Ageo.

El primero de los oráculos es una exhortación a la reconstrucción mencionada. El segundo es una exaltación del nuevo templo, que será glorificado con la presencia del Mesías. El tercero es una promesa de bendiciones para los constructores del templo. El cuarto va dirigido personalmente a Zorobabel, el caudillo de la casa real de David, el ascendiente y tipo del Mesías, el elegido y siervo de Yahveh, sello del anillo en su mano derecha. Así, pues, una sola meta aparece en todo el escrito de Ageo, de acuerdo con las necesidades del momento: la edificación del templo.

El estilo de Ageo se caracteriza por la vehemencia y el tono polémico.





Fuente:

Introducción al libro de Ageo en la Sagrada Bibila 
traducción de José María Bover y Francisco Cantera -Biblioteca de Autores Cristianos (B.A.C.) Madrid -




miércoles, 11 de diciembre de 2019

S A N T O R A L

SAN DAMASO, PAPA Y CONFESOR

Aparece este gran Pontífice en el ciclo, no para anunciar la paz como San Melquíades, sino como uno de los más ilustres defensores del gran Misterio de la Encarnación. Sale por los fueros de la divinidad del Verbo, condenando como su predecesor Liberio los actos del famoso concilio de Rímini, y a sus fautores; afirma con su soberana autoridad la perfecta Humanidad del Hijo de Dios encarnado, condenando la herejía de Apolinar. Finalmente, el encargo que dió a San Jerónimo de trabajar en una nueva versión del Nuevo Testamento sobre el original griego para uso de la Iglesia Romana, podemos considerarlo como un nuevo y evidente testimonio de su fe y amor para con el Hombre-Dios. Honremos a tan gran Pontífice llamado por el concilio de Calcedonia, ornamento y fortaleza de Roma por su piedad, y a quien su ilustre amigo y protegido San Jerónimo califica de hombre excelente, incomparable, sabio en las Escrituras, Doctor virgen, de una Iglesia virgen.

Vida

San Dámaso, de sangre romana, sucedió en la silla de Roma al Papa Liberio, el año 366. No sólo veló por la pureza de la fe, sino que conservó los antiguos monumentos cristianos; restauró las Catacumbas, adornó los sepulcros de los Mártires con elegantes epitafios, hizo prevalecer la primacía de la sede romana, haciéndola reconocer por todo el Oriente y Occidente. Reglamentó la oración pública con el canto de los Salmos, a dos coros; encargó a San Jerónimo la traducción del Salterio y murió en el año 384. Sus restos fueron transportados a la Iglesia de San Lorenzo que lleva su nombre: in Dámaso.
Fuiste durante tu vida, oh Santo Pontífice Dámaso, lumbrera de los hijos de la Iglesia, pues les distes a conocer al Verbo encarnado, protegiéndolos contra las nefastas doctrinas por medio de las cuales trata siempre el infierno de destruir el glorioso Símbolo, donde se nos revela la infinita misericordia de un Dios para con la obra de sus manos, y la sublime dignidad del hombre redimido. Desde lo alto de la Cátedra de Pedro supiste fortalecer la fe de tus hermanos; la tuya jamás desfalleció, porque Cristo había rogado por ti. Nos congratulamos, oh Doctor virgen de la Iglesia virgen, del galardón eterno concedido a tu integridad por el Príncipe de los Pastores. Haz descender sobre nosotros desde lo alto del cielo, un rayo de esa luz que te manifiesta a Jesús en su gloria, para que podamos verle, reconocerle, y gustarle en medio de la humildad bajo cuya capa va a mostrársenos bien pronto. Consíguenos el entendimiento de las sagradas Escrituras en cuya ciencia sobresaliste como Doctor, y la docilidad a las enseñanzas del soberano Pontífice, a quien se dijo en la persona del Príncipe de los Apóstoles: Duc in altum Conduce a la alta mar.
¡Oh poderoso sucesor de aquel pescador de hombres! haz que todos los cristianos se sientan animados de los mismos sentimientos que animaban a Jerónimo, cuando dirigiéndose a tu Autoridad en una célebre Epístola, decía: Quiero consultar a la Cátedra de Pedro, quiero que de ella me venga la fe, alimento de mi alma. Ni la amplia planicie de los mares, ni la lejanía de las tierras, me podrán detener en la búsqueda de esta preciosa perla: donde se halla el cuerpo, es natural que se reúnan las águilas.
El Sol de justicia se levanta ahora en Occidente: por eso pido al Pontífice la Víctima de salvación y al Pastor la ayuda para su oveja. La Iglesia está edificada sobre la Cátedra de Pedro; el que come el Cordero fuera de esta Casa es un extraño; el que no se hallare dentro del Arca de Noé, perecerá en las aguas del diluvio. No conozco a Vidal; nada tengo que ver con Melecio; ignoro a Paulino: el que contigo no recoge, oh Dámaso, esparce lo recogido; porque el que no está con Cristo, está con el Anticristo.

* * *

Pensemos en el Salvador divino que se encuentra en el seno de su Madre, la purísima María, y adoremos con los santos Ángeles, el profundo anonadamiento a que se ha reducido por amor nuestro. Contemplémosle ofreciéndose a su Padre por la redención del género humano, comenzando ya a cumplir con su oficio de Mediador que se ha dignado aceptar. Admiremos con emoción ese amor infinito que no se ha contentado con el primer acto de humildad, cuyo mérito es tan grande que pudiera haber bastado para rescate de millones de mundos. El Hijo de Dios quiere pasar nueve meses en el seno de su Madre, como los demás niños, nacer después en la pobreza, vivir en medio de trabajos y sufrimientos, y hacerse obediente hasta la muerte y muerte de Cruz.
Relicario en San Lorenzo in Dámaso, Roma 
¡Sé bendito y amado, oh Jesús, por tan gran amor! Ahí estás ya, bajado del cielo, para ser la Hostia que ha de reemplazar a todas las demás víctimas inútiles, que no han sido capaces de borrar el pecado de los hombres. La tierra posee ya a su Salvador, aunque no le ha contemplado todavía. Dios no la maldecirá ya, gracias a ese tesoro que la enriquece. Mas, descansa aún, oh Jesús, en las castas entrañas de María, en esa Arca viviente, de la que eres verdadero Maná, destinado a ser manjar de los hijos de Dios. Con todo, se acerca la hora, oh Salvador, en que tendrás que salir de ese santuario. En vez de la ternura de María te encontrarás con la malicia de los hombres; no obstante eso, te suplicamos y osamos recordarte, que debes nacer, en el día señalado: es la voluntad de tu Padre; es el deseo del mundo, y así lo esperan todos los que te aman.

 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

viernes, 19 de abril de 2019

Le ataron las manos porque hacían el bien

    ¿Por qué fue el Señor maniatado por sus verdugos? ¿Por qué le impidieron el movimiento de sus manos, sujetándolas con duras cuerdas? Sólo el odio o el temor podrían explicar que así se reduzca a alguien a la inmovilidad y a la impotencia. ¿Por qué odiar así estas manos? ¿Por qué temerlas?
La mano es una de las partes más expresivas y más nobles del cuerpo humano. Cuando los Pontífices y los sacerdotes bendicen, lo hacen con un gesto de manos. Cuando el hombre inocente es perseguido, se ve saturado de dolores e implora la justicia divina – su último amparo contra la maldad humana – es también con las manos que maldice. Es con las manos que padres e hijos, hermanos, esposos, se acarician en los momentos de efusión. Para rezar, el hombre junta las manos o las levanta al cielo. Cuando quiere simbolizar el poder, empuña el cetro. Cuando quiere expresar fuerza, empuña la espada. Cuando habla a las multitudes, el orador acentúa con las manos la fuerza del raciocinio con que convence o la expresión de las palabras con que conmueve. Es con las manos que el médico administra el remedio, y el hombre caritativo socorre a los pobres, a los ancianos, a los niños.
Y por eso los hombres besan las manos que hacen el bien y esposan las manos que practican el mal.
Vuestras manos, Señor, ¿qué hicieron? ¿Por qué fueron atadas?

"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios" (Jn. 1, 1).
Cómo describir vuestra trascendente, eterna e inefable majestad, cuando antes que todas las cosas y de todos los siglos vivíais de la vida supremamente gloriosa y feliz de la Santísima Trinidad. San Pablo contempló esta vida, y la única cosa que sobre ella consiguió decir, es que no puede ser expresada con palabras humanas. De lo alto de ese trono, vinisteis con designios de amor, para redimir a los hombres. Y por esto, con bondad inefable, asumisteis nuestra naturaleza humana. Quisiste tener un cuerpo humano, por amor al hombre. Fue para hacer el bien, que vuestras divinas manos fueron creadas.
*   *   *
QUIÉN puede describir, Señor, la gloria que esas manos – ahora ensangrentadas y desfiguradas, y no obstante tan bellas y tan dignas desde los primeros días de vuestra infancia – dieron a Dios, cuando sobre ellas posaron los primeros besos de Nuestra Señora y San José? ¿Quién puede describir con cuánta ternura hicieron a María Santísima la primera caricia? ¿Con cuánta piedad se unieron por primera vez en actitud de oración? ¿Y con cuánta fuerza, cuánta nobleza, cuánta humildad trabajaron en el taller de San José?
Manos del Hijo perfecto, ¿qué otra cosa hicieron en el seno del hogar, si no el bien?
Cuando comenzó vuestra vida pública, fuisteis principalmente el Maestro que enseñaba a los hombres el camino del Cielo. Y así, cuando en el "pusillus grex" de vuestros preferidos, enseñabais la perfección evangélica, cuando vuestra voz se levantaba y resonaba sobre las multitudes extasiadas y reverentes, vuestras manos se movían apuntando la morada celestial o reprobando el crimen y agregando a la palabra todos los imponderables con que la enriquece el gesto. Y los apóstoles, y las multitudes, creían en Vos y os adoraban, Señor.
Manos de Maestro, pero también manos de Pastor. No sólo enseñabais, sino guiabais. La función de guiar se ejerce más apropiadamente sobre la voluntad, como la de enseñar más precisamente sobre la inteligencia. Y como sobre todo es por amor que se guían las voluntades, vuestras divinas manos tuvieron virtudes misteriosas y sobrenaturales para acariciar a los pequeños, acoger a los penitentes, curar a los enfermos. Amor tan ardiente, tan abundante, tan comunicativo, que desde entonces hasta hoy, siempre que las manos de un cristiano – y más especialmente de un sacerdote – se mueven para acariciar a los pequeños, consolar a los penitentes, administrar remedio a los enfermos, el amor que las anima no es sino una centella de ese infinito amor, Dios mío.
*   *   *
PERO estas manos tan sobrenaturalmente fuertes que a su imperio se doblegaban todas las leyes de la naturaleza y, con un mínimo movimiento de ellas, el dolor, la muerte, la duda huían, estas manos tenían aún otra función a ejercer. ¿No hablasteis del lobo rapaz? ¿Seríais Pastor si no lo repelieseis? Y si hacéis todo con fuerza irresistible, ¿cómo podría alguien no sentir el golpe del latigazo que empuñaseis?
El lobo, sí… y ante todo el demonio. Vuestra vida tornó patente que el demonio no es un ente de ficción o casi tanto, un ser al que tan raras veces le es dado el poder de actuar, que prácticamente la inmensa mayoría de las cosas pasan como si él no existiese. Los hombres hipócritas o de costumbres disolutas, ostentando ropajes de justicia y hasta de sacerdocio, todo esto aparece en los Evangelios no sólo como consecuencia de la depravación humana en virtud del pecado original y de nuestra maldad, sino también como obra del demonio, activo, diligente, emboscando allí y acullá, y denunciando a veces su presencia con espectaculares manifestaciones de obsesión e de posesión.
Vos expulsabais al demonio, Señor, con terrible imperio, y delante de vuestra palabra grave y dominadora como el trueno, más noble y más solemne que un cántico de ángel, los espíritus impuros huían despavoridos y derrotados. Tan derrotados y tan despavoridos, que de ahí en adelante tuvieron que obedecer a vuestros apóstoles con docilidad. Por todas partes donde vuestra palabra, predicada, fue aceptada por los hombres, la impureza, la rebelión, el demonio huyeron siempre. Y sólo volvieron a extender sobre la humanidad sus alas de sombra y su poder de perdición, cuando el mundo comenzó a rechazar vuestra Iglesia, que es vuestro Cuerpo Místico. Tan derrotados y tan impotentes, que bastará que los hombres correspondan nuevamente a la gracia de Dios para que el imperio de las potencias infernales una vez más decaiga y las tinieblas, la lascivia, el espíritu de la revolución vuelvan hacia los antros secretos de los cuales hace siglos salieron.
*   *   *
PASTOR, vuestras divinas manos no se limitaron a blandir el cayado contra las potencias espirituales e invisibles que habitan en los aires – evocando las palabras de San Pablo – para perder a los hombres; sino que atacaron al demonio y al mal en sus agentes tangibles y visibles.
El mal, ante todo considerado en abstracto. No hubo vicio contra el cual no hablasteis.
Pero también el mal en concreto, en cuanto realizado en los hombres, y no sólo en los hombres en general, sino en ciertas clases – los fariseos por ejemplo – y no sólo en ciertas clases sino en ciertos hombres muy concretamente considerados: los mercaderes del templo están inmortalizados en las páginas del Evangelio, por el castigo ejemplar que sufrieron.
Vos, que recomendasteis la mansedumbre hasta sus últimos extremos cuando estuviesen en juego solamente derechos personales, Vos que queréis que respondamos mostrando la otra mejilla cuando recibimos una bofetada, Vos empleasteis una ardiente y santa difamación para desacreditar a los fariseos, y empuñasteis el látigo para ensangrentar a los mercaderes. Pues se trataba, no de derechos meramente humanos, sino de la Causa de Dios. Y en el servicio de Dios hay momentos en que no recriminar, no fustigar, equivale a traicionar.
Y estas manos que fueron tan suaves para los hombres rectos como Juan, el inocente, y Magdalena, la penitente, estas manos que fueron tan terribles para el mundo, el demonio, la carne, ¿porqué están ahí atadas y hechas carne viva?
¿Acaso será por obra de los inocentes? ¿de los penitentes? ¿o bien por obra de los que de ellas recibieron merecido castigo, y contra ese castigo se rebelaron diabólicamente?
*   *   *

SI, ¿por qué tanto odio, por qué tanto miedo que hizo necesario atar vuestras manos, reducir al silencio vuestra voz, extinguir vuestra vida?
¿Fue porque alguien temiese ser curado? ¿o acariciado? ¿Quién teme acaso la salud? ¿o quién odia el cariño?
*   *   *
SEÑOR, para comprender esa monstruosidad, es necesario creer en el mal. Es preciso reconocer que los hombres son tales, que fácilmente su naturaleza se rebela contra el sacrificio, y que cuando siguen el camino de la rebelión, no hay infamia ni desorden de los que no sean capaces. Es necesario reconocer que vuestra Ley impone sacrificios; que es duro ser casto, ser humilde, ser honesto, y en consecuencia es duro seguir vuestra Ley. Vuestro yugo es suave, sí, y vuestra carga ligera. Pero es así, no porque no sea amargo renunciar a lo que hay en nosotros de animal y desordenado, sino porque Vos mismo nos ayudáis a hacerlo.
Y cuando alguien os dice "no", comienza a odiaros, odiando todo el bien, toda la verdad, toda la perfección de que sois la propia personificación. Y, si no os tiene a mano bajo forma visible para descargar su odio satánico, golpea a la Iglesia, profana la Eucaristía, blasfema, propaga la inmoralidad, predica la revolución.
*   *   *
ESTÁIS maniatado, Jesús mío, y ¿dónde están los cojos y los paralíticos, los ciegos, los mudos que curasteis, los muertos que resucitasteis, los posesos que liberasteis, los pecadores que reerguisteis, los justos a quienes revelasteis la vida eterna? ¿Por qué no vienen ellos a romper los lazos que prenden vuestras manos?
*   *   *
CURIOSA PARADOJA. Vuestros enemigos continúan temiendo vuestras manos, aunque estén atadas. Y por esto os matarán. Vuestros amigos parecen menos conscientes de vuestro poder. Y porque no confían en Vos, huyen despavoridos delante de los que os persiguen.
¿Por qué? Aún ahí la fuerza del mal se patentiza. Vuestros enemigos aman tanto el mal, que perciben, aún bajo las humillaciones de las cuerdas que os prenden, toda la fuerza de vuestro poder… y ¡tiemblan! Para estar seguros, quieren transformar en llaga el último tejido de carne aún sano, quieren derramar la última gota de vuestra sangre, quieren veros exhalar el último aliento. Y aún así no están tranquilos. Muerto, todavía infundes terror. Es necesario lacrar vuestro sepulcro, y cercar de guardias armados vuestro cadáver. Cómo el odio al bien los hace perspicaces, al punto de percibir lo que hay de indestructible en Vos.
Y, por el contrario, los buenos no ven esto con la misma claridad. Os reputan derrotado, perdido… huyen para salvar el propio pellejo. Sólo tienen ojos, sólo tienen oídos para presentir el propio riesgo. Es que el hombre sólo es perspicaz para aquello que ama. Y si ve mejor su riesgo de que vuestro poder, es porque ama más su vida que vuestra gloria.
¡Oh, Señor, cuántas veces vuestros adversarios tiemblan delante de la Iglesia, mientras yo, miserable, viéndola maniatada reputo todo perdido!
*   *   *
PERO cuánta razón tenían vuestros enemigos! Resucitasteis. No sólo las cuerdas y los clavos de nada valieron, sino que, además, ni la laja del sepulcro, ni la cárcel de la muerte os pudieron retener. ¡Sí, resucitasteis! ¡Aleluya!
Señor mío, ¡qué lección! Viendo a la Iglesia perseguida, humillada, abandonada por sus hijos, negada por las costumbres paganas y por la ciencia panteísta de hoy, amenazada de fuera por las hordas del comunismo, y por dentro por los desatinos de los que quieren pactar con el demonio, vacilo, tiemblo, juzgo todo perdido.
¡Señor, mil veces no! Vos resucitasteis por vuestra propia fuerza, y redujisteis a la nada los vínculos con que vuestros adversarios pretendían reteneros en las sombras de la muerte.
Vuestra Iglesia participa de esa fuerza interior y puede en cualquier momento destruir todos los obstáculos con que la cercan.
Nuestra esperanza no está en las concesiones, ni
Atended las súplicas de los justos que os imploran por medio de María Santísima. Enviad, oh Jesús, vuestro Espíritu, y renovaréis la faz de la Tierra. 
Plinio Corrêa de Oliveira
 fuente: revista "Catolicismo" Nº 16 - Abril de 1952

  

domingo, 30 de septiembre de 2018

EL LIBRO DE LA BEATA JACINTA


Un misterio para muchos
¿Por qué debería leer el relato de la breve vida de Jacinta?”, me preguntará el lector. “¿Qué puede aportarme?”.
– “Creo que sobre Fátima, ya conozco todo lo que se puede saber: la Santísima Virgen se apareció en Portugal a tres pastorcitos en 1917, les dijo que rezaran el rosario, y Jacinta era una niña que tuvo mucha suerte, aunque es cierto que murió muy joven... pero es un angelito en medio de los ángeles”.
– “¿Qué tengo que ver con todo esto, en qué se relaciona con mi vida, tendrá algún interés para mí?”
Los  tres videntes bajo el arco de madera que marca
el sitio de las apariciones
(Septiembre de 1917)


Revelaciones
Al leer las páginas que siguen, publicadas con ocasión del centenario del nacimiento de Jacinta, usted descubrirá algo que, para muchos, constituye un misterio, sobre todo en nuestro mundo paganizado.
En la aparición del 13 de julio de 1917, la Virgen Santísima mostró el infierno a tres niños: Lucía, de diez años, Francisco, de nueve, y Jacinta, de siete.
¡Sí, la Santísima Virgen mostró el infierno, con sus demonios con forma de monstruos horribles y las almas de los condenados en un inmenso incendio, a una chiquita de siete años!
Esta visión transformó su vida: a partir de entonces, aceptó sufrir por los pecadores, a fin de que se convirtieran y así, evitar que se condenaran para siempre.
Leyendo estas páginas, verá cómo el amor del prójimo, y del prójimo pecador, lleva a una niña al heroísmo en la aceptación del sufrimiento.
¡Y cuánto sufrió!
Pequeñita, pobre y enferma, se convierte en una gigante de la virtud, en un modelo universal de sabiduría, de riqueza interior y de fuerza.
No podrá dejar de emocionarse al constatar la generosidad de esta frágil víctima, su inocencia y candor en medio de los tormentos, su intimidad confiada con Jesús y con su Madre del Cielo, así
como la dulzura maternal de la Virgen Santísima para con ella.
Dos imágenes del Milagro del Sol. Fueron documentadas por el periodista Avellino de Almeida, en "A
Ilustraçâo Portuguesa", donde publicó un extenso reportaje sobre el acontecimiento el lunes siguiente, 15 de octubre de 1917 y otro el 29 del mismo mes.


Sufrir por los pecadores
Estoy convencido de que Jacinta tiene algo muy especial que transmitirle. Lea su historia, mírela a los ojos, en la foto de la tapa, y descubra por sí mismo lo que le sugiere su mirada interrogadora.
¡Atención! No crea que este opúsculo quiere susurrarle con una voz melosa: “Usted debería buscar la santidad, ¿no?” –frase que, probablemente, no le sería de gran utilidad. No. Busca expresar otra cosa.
Ser santo, sin duda, parece muy hermoso, aunque, más bien, algo muy abstracto y, aparentemente, reservado a las almas escogidas.
Pero sufrir y ser pecador, es lo que nos toca a todos cada día.
Con Jacinta, puedo aprender a aceptar los sufrimientos inevitables de la vida, puedo aprender a amar a mi prójimo, incluso si no es perfecto, puedo aprender a dejar de pecar.
¿Acaso esto no vale la pena?





Valor del ejemplar: $ 180
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LIBRO DEL MENSAJE DE FÁTIMA


Fátima
La Gran Esperanza

por Marcos Luis García

Con prólogo de Monseñor Juan Rodolfo Laise
Obispo emérito de San Luis


La aparición de la santísima Virgen en 1917, 
en Fátima, Portugal, fue el acontecimiento 
más importante del siglo XX y presagia la
aurora del Reino de María en el siglo XXI

Este libro muestra que, después de los castigos 
y de las borrascas previstas en Fátima, 
lo que está anunciado es la gran victoria social
de Nuestra Señora contra el demonio, el mundo y la carne.

Ello significa que María será reconocida por todos 
los pueblos y en todas las naciones 
como Verdadera Madre y Soberana.

Los videntes de Fátima: Lucía, Francisco y Jacinta 
en cotubre de 1917


“No tengan miedo, Yo no les haré daño!”
“Yo soy del cielo”.
“Yo vengo a pedirles que vengan aquí por seis meses consecutivos, en día 13 a esta misma hora. Después 
Yo les diré quien soy, y que quiero". 
"Después yo regresaré aquí una séptima vez”.




Precio del ejemplar: $ 180
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SANTO ROSARIO




En todas las apariciones recientes, la Santísima Virgen ha pedido con insistencia que recemos el Rosario diariamente. En la sexta aparición de Fátima, el 13 de Octubre de 1917, Ella dijo:

" ... continúen rezando siempre el Rosario todos los días...".

     ¿y para qué?

     " ... para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra".

Es evidente que, más allá de las guerras mundiales, hay otra "guerra" más terrible en curso, y que sólo acabará con el fin del mundo: la guerra desatada por el demonio contra Dios, para pervertir a la sociedad y a las almas.
Para contrarrestar estos efectos, la Virgen nos pide rezar el Santo Rosario; Ella es santísima y también veraz y fidelísima. Por lo tanto, dirigiéndonos a su celestial persona, podemos confiar plenamente en que nuestros pedidos serán atendidos.






Valor del rosario: $ 150
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MEDALLA MILAGROSA

Conozca la Historia de la Medalla Milagrosa y lleve con fe y confianza su Medalla. La Virgen le concederá numerosas gracias


Millones de personas la usan. Inclusive personas que se habían alejado de Dios o que no tenían Fe recibieron gracias especiales de de conversión por llevar esta Medalla. En todo el mundo se la aprecia con gratitud como la Medalla que convierte, cura y protege. Y se la conoce bajo el nombre que le dieron quienes fueron favorecidos con sus gracias: la Medalla Milagrosa.


Ud. no será defraudado 
¿Necesita alguna gracia especial? Haga la prueba Ud. mismo. Pídale a la Virgen María la gracia que necesita y lleve con devoción su Medalla. Puede estar seguro de que nos será defraudado. Hay una promesa de la propia Virgen María de que no se negarán esas gracias. Esto dijo la Madre de Dios: “Todas las personas que lleven puesta al cuello esta Medalla recibirán grandes gracias. Las gracias serán sobreabundantes para quienes la lleve con confianza".

Esta promesa ha sido confirmada por incontables favores concedidos. Desde las apariciones en 1830 hasta ahora, se hicieron millones de Medallas que fueron difundidas en los cinco continentes. Desde entonces, son incontables los relatos de conversiones inesperadas, curaciones imposibles del punto de vista médico y protección en situaciones de peligro.
Cuerpo  incorrupto de Santa Catalina Labouré en la 
iglesia de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, 
Rue de Bac, París






Valor del libro y la medalla: $240
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