martes, 31 de octubre de 2017

S A N T O R A L

SAN QUINTIN O QUINTINO, MÁRTIR

Quintino, mártir gloriosísimo, aunque fué romano noble de senatoria estirpe, que era la mayor nobleza romana, con todo fué muchísimo más noble por la fé, que como valeroso soldado tuvo á su Rey soberano Cristo Señor nuestro, por cuya confesión dio gloriosamente la vida, y por cuyo amor dejó la patria, los parientes, amigos, riquezas, faustos y pompas mundanas. Salió, pues, de Roma Quintino con Fusciano, Victorino, Crispino y Crispiniano, y otros piadosos y devotos cristianos, todos los cuales con deseos de propagar la fé de Jesucristo se encaminaron á Francia: llegaron á París, y de allí se dividieron, eligiendo cada uno su ciudad, ó provincia, donde ir á predicar. Quintino, predicando y haciendo prodigiosos milagros, dio vuelta á una y otra parle, hasta que llegó á la ciudad de Amiens. A este tiempo era tanta la sangre de cristianos que el cruel tirano Ricciovaro había derramado, que corría un río de aquella provincia llamado Mosela, mas con la abundancia de la sagrada sangre de los invictos mártires, que de sus propias aguas, las cuales dejando su color nativo, habían tomado el rojo de la sangre. Luego que el glorioso Quintino llegó á Amiens, comenzó á predicar y ganar almas para el cielo, cuya noticia llegó á los oídos del impío Ricciovaro, que al instante lo mandó poner con todo rigor en la cárcel, adonde fué muy gozoso y alegre, y toda la noche gastó en oración y cánticos divinos.
El día siguiente, sentado en su tribunal Ricciovaro, hizo traer á su presencia á san Quintino. Puesto el santo á su vista, le preguntó: ¿Cómo te llamas? Cristiano, dijo Quintino; porque soy cristiano, y creo á Cristo con el corazón, y le confieso con la boca; pero mis padres me llamaron Quintino. ¿De qué linaje eres? añadió el prefecto. Soy, dijo el santo, ciudadano romano, hijo de Zenón, senador. Pues ¿qué cosa es, dijo el prefecto, que persona tan noble, é hijo de un varón tan ilustre, se haya dejado engañar con una superstición tan grande, como adorar por Dios á aquel que los judíos crucificaron? No hay más nobleza, dijo Quintino, que conocer á Dios, y obedecer sus santos mandamientos. Por esta católica religión y fé que profeso, se conoce á Dios omnipotente, Criador de cielo y tierra, y á su Hijo Jesucristo nuestro Señor, por quien fueron hechas todas las cosas visibles é invisibles, el cual en todo es igual al Padre. Iba á proseguir Quintino; y el prefecto le embarazó, diciendo: Deja la locura, y sacrifica á nuestros dioses; sino, yo te juro por ellos que le quitaré la vida con diversos tormentos.
Pues yo te juro y prometo por mi Dios y Señor Jesucristo, dijo Quintino, que ni haré lo que mandas, ni temo tus amenazas: y así ejecuta luego tus rigores; que dispuesto estoy á padecer todo aquello que mi Dios permitiere. Tú puedes atormentar mi cuerpo; pero Dios tendrá misericordia de mi alma. Con esto se enfureció el prefecto, y lo mandó desnudar y azotar fuertemente con duras y nudosas varas; y mientras más lo azotaban, más fuerzas cobraba el guerrero fuerte, levantando los ojos al cielo, y dando á Dios infinitas gracias. Consolóle su divina Majestad con esta voz celestial: Quintino, sé constante: pelea varonilmente; yo le asisto.
A esta voz cayeron desmayados en tierra los verdugos: lo cual visto por el cruel Ricciovaro, dijo así: Juro por los santos dioses y diosas que este Quintino es mago, y usa de sus encantos, como claramente se ve; y así quitádmelo de delante, y ponédlo en una oscura cárcel, que yo veré si le valen sus encantos. No se permita entrar cristiano alguno á consolarlo, para que así pague la pena de sus locuras.
Puesto en cadena, pues, y en una cárcel oscurísima, cansado de los tormentos y trabajos, se durmió á la media noche, y al instante se le apareció un ángel del cielo, que le dijo: Quintino, siervo de Dios, levántale y anímate, y puesto en medio de la ciudad predica, consuela y anima á todo el pueblo, para que crean en nuestro Señor Jesucristo, y bautízalos. Apenas dijo esto el santo ángel, cuando, despierto, se levantó y le siguió, sin que las guardas de la cárcel, ni puertas cerradas le fuesen estorbo alguno. Puesto, pues, en medio de la plaza, predicó tan divinamente, la fé de Jesucristo, que convirtió más de seiscientas personas, y casi toda la ciudad se conmovió.
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Pero luego que lo supo el maldito Ricciovaro lo mandó prender otra vez, y poner en un tormento cruel, que era colgarle de unas ruedas que, suspensas en lo alto, á manera de carrillos de pozo, ó garruchas, con que se saca el agua, lo subían y bajaban, descoyuntándole los huesos, y deshaciéndole el cuerpo todo, hasta que lo dejaron molido. Después lo mandó azotar y herir cruelmente con garfios y rastros de hierro: luego que le echasen por las espaldas aceite, pez y resina hirviendo, para que entrando por las llagas, fuese más intensamente atormentado. Acabado este tormento, mandó que encendiesen hachas, y le abrasasen con ellas los costados: pero por mucho fuego que le ponían exteriormente, era mayor el divino que interiormente le abrasaba; y así dijo animoso al tirano: Cruelísimo juez, hijo de los engaños del demonio, ¿por ventura no sabes que, mientras más rigores y tormentos añades á mi cuerpo, tiene mi alma consuelos y refrigerios divinos con que menosprecio tus rigores?
Con esto creció la ira del juez, y dijo: Traed al punto cal viva, vinagre fuerte, sal y mostaza molida, y haciendo de todo una bebida, echádsela en la boca, y veremos á lo menos si así calla y cesa de injuriar á mí, y á nuestros dioses. Entonces, volviendo los ojos al cielo el invicto mártir de Jesucristo, y guerrero animoso, dijo: Señor, dulces son para mí y suaves cuantos tormentos padezco por tu santo nombre; y aunque sean los más amargos del mundo, á mi paladar son dulces como el panal.
Oyendo esto Ricciovaro, dijo: Juro por los altos dioses Júpiter, Mercurio, Sol, Luna y Asclepio, que te tengo de atar con fuertes cadenas, y has de ir preso á Roma, para que allí, á vista de los sacros emperadores, pagues con más crueles tormentos tus atrevimientos, y el haberte huido de la cárcel. Bien sé, dijo Quintino, que en Roma y en cualquier parte me ha de favorecer y asistir Dios; y así no rehúso el ir: pero confió en mi Señor Jesucristo, que el fin de mi vida será en esta provincia. Y así fue como lo profetizó el santo mártir; porque, mandándole poner al cuello, y por todo su cuerpo, fuertes cadenas, y que se partiesen con él los ministros para Roma, ordenó el prefecto que fuesen poco á poco; porque quería él mismo acompañarlos, para entrar glorioso con el triunfo: y así, llegando á un lugar, llamado Augusta Veromando, no lejos de Amiens, se detuvieron á esperarlo. Al dia siguiente llegó Ricciovaro, y mandó le trajesen delante á Quintino: y mirándole con cariño, vuelto el lobo en raposa le dijo: Quintino hermano, porque eres joven y de tan noble prosapia, tengo piedad de tí; y así toma mi consejo, que es de hermano y amigo: sacrifica solo á Júpiter y Apolo, y si quieres ir á Roma, te doy mi palabra de honrarte, como mereces en esta provincia: escribiré á los sacratísimos emperadores, dicíéndoles quién eres, y lo mucho que mereces, para que te den el título de príncipe y juez magnífico de esta provincia, y ocupes mi lugar, que es cuanto por tí puedo hacer. A esto respondió el invictísimo mártir: Muchas veces, ó Ricciovaro, te he dicho que le cansas en vano; porque yo no tengo de ser tan loco como tú, que sacrifique á los demonios infernales; pues no son otra cosa estos que llamas dioses.
Aquí acabó Ricciovaro de perder las esperanzas de reducirlo y juntamente la paciencia; y así hizo llamar un herrero, y le mandó hacer dos agudos clavos y tan largos, que entrando por la cabeza, llegasen hasta las piernas, y otros diez más pequeños, que entrasen por entre la uña y yema de los dedos, Hízolos el herrero al instante, y los verdugos se los clavaron los diez en los diez dedos de las manos, y los dos por lo alto de la cabeza, que le traspasaron todo el sagrado cuerpo de alto á bajo hasta los pies, con que quedó todo hecho un lastimoso espectáculo á los hombres, pero glorioso á los ángeles y á los cielos. Viéndole de esta manera el tirano clavado, y corriendo arroyos de sangre, dijo soberbio y vano: Vengan los cristianos todos, y vean este mísero espectáculo, y les servirá de ejemplo y escarmiento viendo aquí, donde llega la ira de mis rigores. Pero no sabía el tirano lo que se decía ni hacia; pues antes mostrarles á los valerosos cristianos la constancia invencible de Quintino, fué mostrarles un mudo predicador, que con su ejemplo exhortaba y animaba á todos á alcanzar semejantes triunfos del bárbaro y cruel gentilismo; porque ninguno hubo á quien no moviese la vista del generoso mancebo, é invencible caballero de Jesucristo, á una emulación sagrada, y deseo fervoroso de ser semejantemente atormentado por la fé santa y divina suya. Cansado ya el tirano de ver tanta constancia, y tan milagroso vivir, y que se reducían infinitas almas, con sola su vista, á la fé de Jesucristo, y á voces pedían el martirio; mandó que le cortasen la cabeza: y viéndose ya á las puertas de la gloria, gozoso y alegre, mientras el verdugo desenvainaba la espada, hizo una breve y fervorosa oración á Dios, y una exhortación á los nuevamente convertidos, é inclinando la cabeza, se la cortó de un fiero golpe el verdugo, y al instante se oyó una voz del cielo, que dijo: Quintino, siervo mío, ven y recibe la corona que tengo para tí prevenida en la gloria por tus grandes méritos: y saliendo una cándida y hermosísima paloma de su cuello, que era su alma santísima, vieron todos como entró triunfante y gloriosa en el cielo, á ser colocada en el coro de los espíritus soberanos y mártires de Jesucristo. Su glorioso triunfo fué á los 31 de octubre, por los años del Señor de 303, imperando el impío Maximiano. Su cuerpo glorioso fué sepultado, por orden del mismo Ricciovaro, de noche, y con todo silencio y secreto (para que ningún cristiano lo supiese y descubriese tan gran tesoro á la Iglesia) en un profundo cenagal que hace el rio que por allí pasa, llamado de unos Secuana, y de otros Se, y allí estuvo oculto por espacio de cincuenta y cinco años, hasta que Dios fué servido de descubrirlo milagrosamente: que fué en esta forma.
Había en Roma una rica y noble matrona, llamada Eusebia, ciega desde edad de nueve años. A esta se apareció tres veces un ángel del Señor, y todas tres veces le dijo, que si quería cobrar la vista fuese á Francia, y buscase el cuerpo del glorioso mártir san Quintino, que él la guiaría al lugar adonde estaba. Obedeció la señora: y guiada del ángel, y acompañada de decente familia, según su calidad, fué á la ciudad de Amiens, y de allí, al lugar y parte del río donde había sido sepultado el cuerpo glorioso, guiada siempre del santo ángel. Estando allí, preguntó á muchos, si sabían el cuerpo de san Quintino: y como ninguno la supiese dar razón, así por haber ya pasado cincuenta y cinco años, como por el secreto con que el tirano Ricciovaro lo hizo sepultar y esconder; ella se puso en oración, pidiendo á Dios fuese servido decirla lo que no sabían los hombres. Apenas acabó su oración, cuando (¡ó maravillas de Dios siempre inmensas!) el mismo cuerpo se vio por una parte del rio, y la cabeza por otra, venir nadando basta ponerse en las manos de Eusebia. Recibiólo con el gozo que se puede imaginar, y los que la asistían, vieron como estaba incorrupto, hermoso y bello, y todos percibieron la suavísima fragancia de un divino y celestial olor que despedía de sí. Luego ordenó Eusebia que caminasen con el santo cuerpo á una ciudad, que estaba cinco millas de allí, para darle honorífica sepultura; pero apenas apartados del rio subieron á lo alto del monte, cuando se hizo tan pesado el cuerpo santo, que no les fué posible, á los que lo llevaban, pasar de allí, quedando todos tan admirados como inmobles. Conocida con este prodigio la voluntad de Dios, que era no querer su siervo Quintino dejar el lugar donde había padecido vencido y ganado la corona de la gloria; ordenó Eusebia que allí lo sepultasen lo más decente que les fuese posible: y al irle á poner en el sepulcro, cobró la vista deseada, y que tantos años había que carecía de ella. Dio infinitas gracias á Dios, y al glorioso san Quintino por tan gran favor y milagro. Otros muchos enfermos, que allí se hallaron de varias enfermedades, todos sanaron: con que todos glorificaron á Dios en su siervo y glorioso mártir Quintino.

Sepulcro del Santo en su iglesia de Saint Quentin, Francia.
Sepulcro del Santo en su iglesia
de Saint Quentin, Francia.
Pasaron trecientos y veinte años, en cuyo discurso de tiempo poco á poco se había ya ido olvidando la memoria de tan gran santo; y asimismo se olvidó del todo el lugar donde Eusebia lo sepultó, si bien había quedado una pequeña iglesia, fabricada en el mismo monte; pero nadie sabía si dentro de ella estaba sepultado el santo cuerpo, ó nó. Por este tiempo vivía el bendito san Eloy; y siendo obispo, fué muy dado, como á todas las virtudes, á venerar los cuerpos y reliquias de los santos; y así buscó muchos, que yacían incógnitos, y los colocó y veneró con especial devoción. Deseaba mucho hallar el cuerpo de san Quintino: y como todos ignorasen el lugar de su sepulcro, el santo obispo preguntó á Dios lo que ignoraban los hombres por su descuido. Ayunó tres días continuos: estuvo siempre en oración; y dijo á Dios, con aquella fe que tenía: Señor, no comeré, ni beberé, ni cuidaré de las ovejas que me habéis encomendado, basta que me descubráis el tesoro que busco. Mientras esto pasaba, muchos, que á Eloy asistían, cavaban en diferentes partes de la iglesia, pero en vano; hasta que al tercero día siendo ya noche, se levantó el santo de su oración, y con el báculo señaló un lugar, mandando que allí cavasen. Hiciéronlo así; pero como hubiesen ya pasado más de diez varas de hondura y nada descubriesen, perdieron las esperanzas y se dejaron de cavar. Entonces Eloy, tomando una espuerta, entró en el hoyo, y con las manos la llenó de tierra, y apenas tocó con el báculo en aquella parte que había ahondado más con sus benditas manos, cuando sintió que había tocado madera: volvió á dar mayor golpe, y rompió la tumba.
Relicario con el cráneo del Santo en su iglesia de Saint Quentin, Francia.
Relicario con el cráneo del Santo en
su iglesia de Saint Quentin, Francia
Aquí fué donde comenzaron todos á ver las maravillas de Dios, y de su siervo Quintino; pues salió por aquella rotura un globo de luz tan hermoso y bello, que siendo á la media noche, y muy oscura, todos juzgaron era de día y que había salido el sol: tanta fué la claridad que llenó la iglesia y toda la montaña, que juzgaron todos los circunvecinos que habla amanecido; y así se levantaron á media noche: pero no se engañaron; porque la luz permaneció basta que salió el sol. Con la luz salió también una fragancia tal, que todos juzgaban hallarse en el paraíso. Tiernas lágrimas de gozo derramaba el santo obispo, por haber hallado tan gran tesoro. Sacóle de la tumba, en que yacía, hermoso, fresco y oloroso. Sacóle los clavos que el impío Ricoiovaro le clavó: besólos como reliquias sagradas; y para que se viese cuan entero, sano é incorruptible estaba, mostró á todos una gota de sangre viva que salió de una de las heridas. Hízole una caja de oro, plata y piedras preciosas, donde le colocó: y para que en adelante no se volviese á perder su memoria, amplió la iglesia, haciendo un suntuosísimo templo, y un monasterio, que hoy persevera, donde hace Dios infinitos milagros por su siervo Quintino, con que es para siempre glorificado y glorioso. Escribieron la vida y martirio de san Quintino, y sus dos gloriosas invenciones Beda; Usuardo; Adon; Surio, tomo V; Pedro de Naralibus, lib. IX, cap. 126; san Gregorio Turonense De gloria martyrum, cap. 72 el 7; el Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo n de sus Anales, año 303, núm. 130.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

lunes, 30 de octubre de 2017

S A N T O R A L


SAN MARCELO, CENTURIÓN, Y DOCE HIJOS SUYOS, TODOS MÁRTIRES

Entre los muchos ilustres mártires que ha habido en España, uno es san Marcelo, soldado y centurión, ó capitán de cien soldados [en realidad una centuria estaba integrada por ochenta soldados, N. de la R.], así por haber él muerto gloriosamente por Cristo, como por haber por su ejemplo animado á doce hijos suyos, para que le siguiesen y diesen alegremente su vida por aquel Señor que por ellos había dado la suya en la cruz. Del padre y de los hijos hablaremos aquí, y referiremos lo que hallamos en las historias eclesiásticas y en algunos breviarios y santorales antiguos de España.
El martirio de san Marcelo, escrito por los notarios de su mismo tiempo, referido por el padre Fr. Lorenzo Surio en su quinto tomo á los 30 de octubre, resumido en pocas palabras, fué de esta manera. Celebrando las legiones militares de la provincia de Galicia el nacimiento del emperador Diocleciano con coronas de flores y rosas en sus cabezas, y llegándose á ofrecer el incienso que llevaban en las manos, á una estatua del mismo emperador; Marcelo, centurión de la legión, llamada Trajana, que se hallaba presente, abominando (como era razón) tan detestable sacrificio con desprecio, no quiso ofrecer el incienso. Causó esto admiración á los otros soldados, y comenzaron á amonestarle que sacrificase y se conformase con los demás; y él encendido en el amor de Dios, y menospreciando las honras y bienes de la tierra, se quitó el cíngulo militar, y arrojóle con la espada, confesando claramente que era cristiano.
Espada jineta nazarí (M.A.N. Madrid) 01a
Fué acusado delante de Fortunato, tribuno de aquella legión, y presidente de aquella provincia: hablóle y respondiólo Marcelo con gran libertad; y él lo mandó llevar aprisionado á la ciudad de León, para oírle allí otra vez. Examinóle la segunda vez, y de la plática resultó que Fortunato le envió aprisionado á Agricolao, prefecto del pretorio, que á la sazón se hallaba en la ciudad de Tánger, metrópoli de la provincia Tingitana, en África, que en aquel tiempo estaba sujeta á ia jurisdicción del presidente de España. Llevóle á cargo un soldado, llamado Cecilio Arba: padeció san Marcelo grandes trabajos en aquel largo camino, por ir con prisiones y sin ningún regalo.Después que llegó, y fué preguntado por Agricolao sobro el caso. y Marcelo hubo respondido grave y constantemente á sus preguntas, y confesado claramente lo que había hecho y dicho, y que era cristiano, y que no se dejaría vencer de temor ni espantos, ni tormentos, para apartarse un punto de la confesión de Jesucristo; el prefecto pronunció sentencia en la forma siguiente contra él: Es mi voluntad y mando que sea degollado Marcelo; porque públicamente violó y quebrantó el juramento del cargo de centurión, en que servía en la guerra, renunciándolo y echándolo de sí, y en la audiencia del presidente dijo palabras de desatino y locura. Oyendo esta sentencia Marcelo, dijo: Dios le haga bien; y con esto fué degollado. Su cuerpo fué allí sepultado, y en tiempo de los reyes católicos don Fernando y doña Isabel, por buena diligencia de un clérigo, llamado Isla, fué trasladado de Tánger á León, y puesto en una iglesia de su nombre de san Marcelo, que es la más principal parroquia de la ciudad. Está el santo cuerpo sobro el altar mayor en una arca dorada de muy lindo talle. En el breviario antiguo de aquella ciudad se dice, que la mujer de san Marcelo se llamó Nona, y que cuando supo la muerte de su marido y de algunos de sus hijos, rogó á Dios que la llevase para sí, y que murió luego. Tiénenla por santa, y en gran reverencia, y también un pozo en que dicen que estuvo el cuerpo de Nona algún tiempo. El martirio de san Marcelo fué por los años del Señor de 298, imperando Diocleciano. El Martirologio romano y el de Reda, y los demás, hacen mención de él á los 30 de octubre, y el breviario toledano pone un himno de su martirio y gloriosa corona.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc
Fresco barroco de los Santos Fausto, Jenaro (Januario) y Marcial, obra de Cesare Arbasia. Mezquita Catedral de Córdoba, España.

LOS HIJOS DE SAN MARCELO, CENTURIÓN, MÁRTIRES


El breviario de Evora y Juan Vasco, en la Crónica de España, dicen que los doce hijos de san Marcelo se llamaron con estos nombres: Claudio, Lupercio, Victórico, Facundo, Primitivo, Genuterio, Celedonio, Fausto, Januario, Marcial, Servando, y Germano, y que todos fueron Mártires.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 29 de octubre de 2017

S A N T O R A L


 SAN NARCISO, OBISPO Y CONFESOR

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Este santo nació por los últimos años del siglo I, y pasó su vida en el retiro, hasta que á la edad de ochenta años fué elegido y consagrado obispo de Jerusalén. La severidad de su conducta le acarreó, dice Eusebio, el odio de los malvados, que á fuerza de calumnias le obligaron á huir. El pueblo, no sabiendo el lugar de su retiro , colocó en su puesto á Dio, cuyo episcopado fué muy breve. Habiendo vuelto á aparecer Narciso, llenos de gozo sus hermanos, le inclinaron á que volviese a subir á la silla que había dejado, y al fin cedió. El año 190 asistió al concilio congregado en Cesárea con motivo de la celebración de la Pascua por Teófilo, obispo de la misma ciudad, y metropolitano de la Palestina. El mismo Eusebio cuenta una porción de ruidosos milagros obrados por el venerable anciano, que antes de morir elevó al sacerdocio al célebre Orígenes. El padre Le Quien dice que Narciso murió en Jerusalén el año 212, de edad de ciento y diez y seis años, recomendable por su exactitud y vigilancia en cumplir los deberes del ministerio apostólico.



 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 28 de octubre de 2017

S A N T O R A L

LOS SANTOS SIMÓN Y JUDAS, APÓSTOLES

Los santos apóstoles Simón y Judas fueron hijos de María Cleofé, hermana ó prima de la Madre de Dios nuestra Señora, y hermana de Santiago, el menor. Simón se llamó Cananeo, y por esto san Lucas le llamó Zelotes en lengua griega; porque Caná en hebreo es lo mismo que Zelo en griego: y tomó este sobrenombre, porque nació en Caná de Galilea, y para diferenciarle de san Pedro, que asimismo se llamó Simón: y también Judas tomó sobrenombre de Tadeo ó Ledeo, para distinguirse de Judas Iscariote. No hallamos cuándo ó cómo fueron llamados estos bienaventurados santos al apostolado: solamente se hace mención de ellos, cuando se nombran los doce apóstoles por sus nombres en el sacro Evangelio, y se dice en él, que el Salvador los escogió y llamó apóstoles. También en el sermón de la Cena, diciendo Cristo nuestro Señor: El que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y manifestarme he á él; preguntó Judas: Señor, ¿cómo ha de ser eso que te has de manifestar á nosotros, y no al mundo? No hay más mención particular en el Evangelio de Judas, ni de Simón, y es muy poco, lo que sabemos de estos sagrados apóstoles, que sea cierto y averiguado: con ser cosa ciertísima que en la predicación y propagación del Evangelio padecieron grandes trabajos, é hicieron muchos milagros, y convirtieron á la fe innumerables gentes, y como capitanes valerosos de Cristo, y conquistadores del mundo, hicieron guerra con su vida y con su doctrina á Satanás, echándole del trono que tiránicamente había usurpado, y derribando los ídolos. y alumbrando y desengañando á los que con la vana adoración de los falsos dioses andaban ciegos y embaucados. Solamente se dice que san Simón predicó en Egipto, y san Judas, ó Tadeo, en Mesopotamia, y que después entraron juntos en Persia; y habiendo traído al conocimiento del Señor gran muchedumbre de pueblos, fueron coronados del martirio. Esto es lo que dicen los Martirologios, romano, el de Beda, Usuardo y Adon; y se saca de san Gerónimo, y san Isidoro, y otros autores antiguos, y del cardenal Baronio entre los modernos. En una vida, que en nombre de Abdías Babilónico anda de estos santos apóstoles, que es la que siguen san Antonino, arzobispo de Florencia, y el obispo Equilino, y Joaquín Perionio, monje de san Benito, y otros autores, se cuentan algunas cosas que, dado que aquel libro sea apócrifo; puede ser que sean verdaderas: porque decir que un libro es apócrifo, como lo es este, es decir que no tiene autoridad ni certidumbre de verdad; pero no por esto se sigue que todas las cosas, que se contienen en aquel libro, sean falsas; pues en cualquier libro, por apócrifo que sea, se pueden hallar algunas cosas verdaderas, y por ventura lo son las que se contienen en la vida de estos santos, que, como digo, escribió Abdías: las cuales quiero yo aquí referir, por ser las que comúnmente de ellos escriben.

Luego que llegaron á Persia los santos apóstoles, los demonios, que hasta allí habían dado respuestas, se enmudecieron. Sucedió que un capitán del rey de Babilonia, llamado Baradach, había de salir á la guerra contra los indios, y quiso saber de sus dioses el fin que había de tener aquella guerra. Anduvo de un dios en otro; y ninguno le dio respuesta. Maravillado de esto, y queriendo saber la causa, finalmente respondieron que no le podían responder mientras que Simón y Judas, apóstoles de Jesucristo, estuviesen en aquella provincia. Fueron buscados por mandato de Baradach los santos apóstoles: y después de haber pasado algunas razones entre ellos, los apóstoles dieron licencia á los demonios para que respondiesen, y por su respuesta mejor se conociese cuan mentirosos eran y engañosos. Respondieron los demonios por medio de sus ministros, que la guerra seria larga y sangrienta, y costaría muchas vidas de una parte y de otra. Oyendo esto los apóstoles se sonrieron: y como Baradach les dijese: Estoy yo con gran temor; ¿y vosotros reís?. Respondieron los santos: No tienes por qué temer; que mañana á hora de tercia vendrán embajadores de los indios á pedirte paz y ponerse en tus manos, y harán cuanto les quisieres mandar. Los sacerdotes de los ídolos hacían mofa y escarnio de lo que decían los santos apóstoles, y pretendían hacerlos sospechosos, como á hombres que tenían trato secreto con sus enemigos; mas el capitán se sosegó, porque no le pedían que guardase largo tiempo para certificarse de la verdad, sino pocas horas. Mandó prender á los apóstoles y á los ministros de sus dioses, para castigar á los que le hubiesen mentido. Vinieron á la mañana á la hora de tercia los embajadores: y con esto salió de duda Baradach, y quiso matar á los sacerdotes; más los apóstoles se lo estorbaron, diciendo que no habían venido á aquel reino á quitar la vida á nadie, sino á darla á muchos. Ofrecióles muchas joyas y dones; y ninguna cosa quisieron recibir. Llevólos consigo al rey de Babilonia: contóle lo que con ellos le había pasado: sublimólos mucho, así de tener espíritu profético, y saber lo por venir, como de personas humildes, virtuosas, pacíficas y desinteresadas. Estaban á esta sazón con el rey dos magos y hechiceros, llamados Zaroes y Arfaxad, que habian venirlo huyendo de la India, en donde san Mateo predicaba, y había descubierto sus maldades y engaños. 
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Estos, viendo á los apóstoles, comenzaron á perseguirlos, y para espantar á los gentiles, y hacer mal á los santos, por arte de encantamiento hicieron venir allí muchas serpientes; mas san Simón y Judas mandaron á las mismas serpientes que sin matarlos, mordiesen y lastimasen á los mismos magos. Obedecieron las serpientes á los siervos del Señor, y los magos quedaron con grande pena y dolor, sin autoridad y crédito, y confusos salieron de Babilonia, y fueron á otras partes, publicando por todas que los apóstoles eran enemigos de los dioses y les quitaban la adoración. Con esto los apóstoles quedaron libres, y con su predicación y grandes milagros convirtieron á muchos, y el mismo rey y su casa se bautizó, y la fé de Cristo se plantó en aquel reino con gran gloria del Señor, y beneficio universal de todos los que la recibieron. Sucedió en aquel tiempo una cosa que hizo más admirables y gloriosos á los santos apóstoles. Una hija de un hombre principal concibió en Babilonia sin saberse el autor de aquella maldad: apretáronla sus padres á la hora del parto que dijese quién era el que la había deshonrado: y ella, para librarse del peligro, ó para encubrir el autor (por ser de baja y vil condición), ó porque Dios lo permitió para manifestar más su gloria, levantó testimonio á un diácono de los apóstoles, llamado Eufrosino, echándole la culpa de este crimen. Préndenle y llévanle delante del rey. Sabido por los apóstoles, y que estaba inocente, piden que vengan las partes, y que traigan al niño recién nacido: hizose así: mandaron al niño en el nombre de Jesucristo que dijese si aquel diácono había cometido el delito que su madre le imponía, y si aquel era su padre. Respondió el niño, que no era su padre, y que aquel diácono era bueno y casto, y nunca había cometido pecado carnal. Instaban los contrarios á los apóstoles, que preguntasen al niño quién era el malhechor: ellos dijeron: A nosotros toca librar á los inocentes, y no descubrir á los culpados: y con esto se descubrió la falsedad, y el diácono quedó libre, y los santos apóstoles en mayor crédito y veneración. Después de haber plantado la fé, salieron los apóstoles de Babilonia, y anduvieron predicando por diversas partes del reino. Llegaron á una ciudad muy principal, llamada Suamir, donde estaban los dos magos Zaroes y Arfaxad, los cuales instigaron á los pontífices y sacerdotes de los ídolos contra los santos apóstoles, como contra destruidores de sus templos; y pudieron tanto con sus palabras y engaños, que los hicieron prender. Llevaron á Simón al templo del Sol, y á Tadeo al de la Luna, para que los adorasen. Hicieron oración los apóstoles, y los ídolos cayeron y se deshicieron, y de ellos salieron los demonios en figura de etíopes, dando horribles voces y aullidos 
Fue tan grande la saña que recibieron de esto los sacerdotes, que con extraño ímpetu y furor dieron contra los apóstoles y los despedazaron. Estaba á esta sazón el cielo muy sereno, y de repente se levantó una terrible tempestad, y cayeron tantos rayos, que derribaron los templos de los falsos dioses, y mataron á muchos gentiles, y entre ellos á los dos magos, dejando sus cuerpos convertidos en ceniza. El rey, como ya era cristiano, sabiendo la muerte de los santos apóstoles, hizo llevar sus sagrados cuerpos á Babilonia, y allí les edificó un suntuoso templo, donde estuvieron hasta que después con el tiempo fueron trasladados á Roma, y colocados en la basílica de San Pedro. Fué su martirio en 28 de octubre, y en este día celebra la Iglesia católica su fiesta. El año que murieron no se sabe.
Escribió san Judas Tadeo una epístola canónica, y por tal es recibida de toda la Iglesia, y puesta entre las otras Escrituras sagradas, en la cual cita un libro apócrifo de Enoch, de donde se saca ser verdad lo que arriba dijimos, que puedo ser un libro apócrifo sin ser falso. Hace de advertir que algunos autores han querido confundir y hacer uno á estos santos apóstoles Simón y Judas, siendo la verdad que fueron dos distintos y diversos, y no uno. Otros también se han engañado, creyendo que san Simón, apóstol, fué el mismo que Simeón, obispo de Jerusalén, el cual habiendo sucedido en aquella silla á Santiago, el menor, y siendo de edad de ciento y veinte años, fué crucificado en tiempo de Trajano; mas aquel no fué apóstol, sino uno de los setenta y dos discípulos del Señor. Otros han creído que san Judas Tadeo, el apóstol, haya sido el mismo que fué enviado de Cristo nuestro Señor al rey Abagaro, como lo siente san Gerónimo, y Reda; pero mas probable es que fueron dos Tadeos, uno el apóstol, y otro uno de los setenta y dos discípulos, y que éste fué el que sanó al rey Abagaro, y convirtió á la fé al pueblo Edesa, como lo dice Eusebio, Niceforo, y Doroteo.
Últimamente se ha de advertir que pocos años ha se imprimieron y salieron á luz diez libros, con título de Abdias, primer obispo de Babilonia, en que se trata de los hechos, vidas y muertes de los apóstoles, traducido en latín por Julio Africano; y en esto libro se escribe de san Simón y Judas, apóstoles, las cosas que nosotros aquí habernos referido, y otras que de industria dejamos: pero el papa Paulo IV, de feliz recordación, vedó este libro, y lo puso en el catálogo de los libros prohibidos, como lo notó Sixto Senense en su Biblioteca santa; y tiene autoridad.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

DOMICIANO Y LOS DESCENDIENTES DE DAVID


Por la historia eclesiástica sabemos que Domiciano, al fin de su reinado y cuando arreciaba la persecución que él mismo había desencadenado, hizo traer desde el Oriente, para comparecer ante sí, a dos nietos del Apóstol San Judas. La política del César estaba un poco intranquila con respecto a estos descendientes de una raza real, la de David, que por la sangre representaban al mismo Cristo, ensalzado por sus discípulos como rey supremo del mundo. Domiciano pudo darse cuenta por sí mismo de que estos dos sencillos judíos no podían constituir un peligro para el Imperio, y que si consideraban a Cristo como al depositario del poder soberano, se trataba de un poder que no se iba a ejercer visiblemente hasta el fin de los siglos. El lenguaje sencillo y valiente de estos dos hombres impresionó a Domiciano, y según el historiador Hegesipo, de quien Eusebio toma los hechos que acabamos de referir, dió órdenes de suspender la persecución.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer