martes, 31 de marzo de 2026

SANTORAL

Beato Cristóbal Robinson
Martizado por ser sacerdote en tiempo de la reina Isabel I

Se llaman Mártires de la persecución en Inglaterra a los católicos que murieron en Inglaterra en defensa de su fe y de la primacía del Papa, entre 1535 y 1681, durante las persecuciones de Enrique VIII, Isabel I, Jacobo I, Carlos I, la tiranía de Cromwell y Carlos II.

Cristóbal Robinson está en todas las antiguas listas de mártires durante la Reforma Protestante, pero su vida es todavía poco conocida. Sin embargo, su memoria nunca ha sido olvidada en Cumberland (hoy es parte de Cumbria), en donde él es el único mártir católico. Su muerte, evidentemente, causó una profunda impresión, especialmente en su natal Carlisle.

Cristóbal Robinson nació probablemente en Woodside, cerca de Carlisle, entre 1565 y 1570. Fue admitido, con otros seis jóvenes, el 17 de agosto 1589 en el colegio de Douai como estudiante. Esta escuela había sido fundada el 29 de septiembre de 1568 por William Allen, un ex profesor de Oxford y que más tarde llegaría a ser cardenal. Los primeros cuatro sacerdotes fueron enviados a Inglaterra en 1574, y en los próximos diez años algo más de un centenar serían ordenados y partirían hacia Inglaterra.

De 1568 a 1594 el Colegio fue reubicado junto a la Universidad de Reims y fue en este período en el que Cristóbal Robinson era estudiante del Colegio.
Inmediatamente comenzó sus estudios teológicos y recibió la tonsura y las primeras Órdenes Menores el 18 de agosto de 1590. Era tal la necesidad urgente de sacerdotes que habían concedido al Colegio una dispensa general para acortar el tiempo de formación para el sacerdocio que habitualmente es de seis años. Cristóbal Robinson recibió el resto de órdenes menores y también las ordenes del subdiaconato y el diaconato en ceremonias realizadas durante los tres últimos días del mes de marzo de 1591. El 24 de febrero de 1992 fue ordenado sacerdote por el Cardenal Philip Sega en su capilla privada en Reims. Partió para Inglaterra el 1 de septiembre de 1592.
Cumberland y probablemente parte de Westmorland iban a ser su campo de trabajo. Existe una lista de 1596 en la que junto a su nombre se indica “vive principalmente en Woodside, cerca de Carlisle en Cumberland”. La única vivienda conocida con certeza por haber sido visitada y usada por él fue Johnby Hall, hogar de la familia Musgrave, a unas seis millas de Penrith, cerca de Castillo de Greystoke.
Él seguramente conocía a John Boste, natural de Dufton, cerca de Appleby, quien era el sacerdote más perseguido en los condados del norte. Él sería eventualmente capturado cerca de Brancepeth, en el Condado de Durham, el 13 de septiembre de 1593. Cristóbal Robinson se enteró de su captura y, teniendo la seguridad de que nadie lo reconocería, cabalgó para asistir a su juicio. Después escribió un detallado relato del proceso y muerte de John Boste. Este es el único documento de un testigo presencial de un martirio, escrito inmediatamente luego de ocurrido los hechos.
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Él mismo fue detenido tres años y medio después, el 4 de marzo de 1597. Una carta del P. Henry Garnett S.J., fechada el 7 de abril de 1597 establece lo siguiente: "Robinson, un sacerdote del seminario, fue recientemente encarcelado y ahorcado en Carlisle. Durante la ejecución la cuerda se rompió dos veces y a la tercera el padre Robinson reprochó al comisario por su crueldad, diciéndole que, aunque él nunca cedería y se alegraba de su lucha, sin embargo la carne y la sangre eran débiles, por lo pedía un poco más de humanidad para no atormentar a un hombre durante tanto tiempo. Cuando ellos optaron por usar dos cuerdas, él dijo: con eso tardaré más en morir, pero no importa, estoy dispuesto a sufrir todo”.
El tiempo se ha encargado de hacer desaparecer los motivos por los que Cristóbal Robinson fuera juzgado, pero hay pruebas abundantes de que la única causa de su ejecución fue el ser un sacerdote católico.
También hay muchas evidencias de que en Carlisle el nombre de Cristóbal Robinson no es sólo recordado sino también invocado como un verdadero mártir.

Reaparece serpiente en retrato de Isabel I

Londres, Reuters, 4 de marzo 2010. Una serpiente originalmente incluida en un cuadro de Isabel I, del siglo XVI, pero cubierta casi de inmediato, ha reaparecido, dijo el jueves la Galería Nacional de Retratos de la capital inglesa
La degradación por el tiempo reveló que la monarca fue originalmente pintada sosteniendo una serpiente, cuyo contorno es visible de nuevo en la obra de un artista desconocido y que data de la década de 1580 o principios de la siguiente..
Pero en el último momento el emblema fue cubierto y se pintó a la reina sosteniendo un pequeño ramo de rosas.
La galería dijo que no se sabía por qué se había hecho el cambio, pero sugirió que podría estar relacionado con el significado ambiguo del símbolo.
Si bien una serpiente era a veces utilizada para representar la sabiduría, prudencia y un juicio razonable, todos atributos de una reina, también simbolizaba a Satanás y al pecado original en la tradición cristiana.
El retrato, que no ha sido exhibido en la galería por casi 80 años, es parte de una nueva muestra titulada Concealed and Revealed: The Changing Faces of Elizabeth I, sobre la monarca, que estará abierta al público entre el 13 de marzo y el 26 de septiembre.
La exhibición incluye cuatro retratos que datan desde 1560 hasta poco después de la muerte de la reina, en 1603, que al parecer cambiaron en apariencia de alguna forma desde que fueron creados.

El significado profundo de la Semana Santa

Una oportuna aplicación para el hombre moderno

Plinio Corrêa de Oliveira


Por ocasión de la Semana Santa de 1989, un grupo de jóvenes le pidieron al Dr. Plinio Corrêa de Oliveira que hiciera algunos comentarios sobre la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. El insigne fundador de la TFP brasileña pronunció entonces las substanciosas consideraciones que trascribimos en este artículo, las mismas que podrán servir el día de hoy de oportuna y provechosa reflexión para nuestros lectores.

La Lamentación de Cristo
Fray Angélico, 1436
Museo de San Marcos, Florencia
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Nuestro Señor Jesucristo es la Cabeza de ese Cuerpo Místico. La Iglesia, fundada por Él, constituye una sociedad jerárquica en la cual San Pedro es el Jefe y los Obispos son los Príncipes locales. El Papa es el Monarca de la Iglesia, que tiene autoridad sobre los Obispos y sus súbditos.
Un punto muy importante de la doctrina católica es el siguiente: el Sumo Pontífice ejerce una autoridad completa tanto sobre los Obispos como sobre cada fiel. No corresponde a la verdad imaginar que el Papa mande a los Obispos, y por medio de ellos, a los fieles. La autoridad del Papa es directa sobre todos los fieles.

Si la autoridad del Pontífice fuese indirecta, en el caso que diese una orden y el Obispo la rechazase, los fieles no estarían obligados a acatar la orden del Papa.

Cuando el Sumo Pontífice da una orden, el Obispo debe ejecutarla. Si él no lo hiciese, el fiel debería acatarla de todas maneras, sabiendo que es el Papa quien lo ordena. La autoridad del Papa es, por lo tanto, directa sobre los Obispos y sobre cada fiel.

Ésta es la estructura jurídica de la Iglesia. Pero, más allá de su estructura jurídica y constituyendo un todo con Ella, existe el Cuerpo Místico de Cristo.

El Cuerpo Místico de Cristo y la Redención


Nuestro Señor Jesucristo murió en la Cruz, y el sacrificio que ofreció de su vida constituye un tesoro de gracias infinito, que es incalculable. Y que está destinado a todos los fieles, de todos los tiempos, de todos los lugares, hasta el fin del mundo.

Por lo tanto, esas gracias se destinan para la salvación de todos los fieles. Más aún, sirven también para atraer hacia la Iglesia a aquellos que no pertenecen al gremio de Ella –es decir herejes, cismáticos, judíos, mahometanos, etc.– en virtud de las gracias que Nuestro Señor Jesucristo alcanzó en lo alto de la Cruz.

Él es el Redentor. La Santísima Virgen es la Corredentora. Por sus lágrimas, Ella concurrió para redimir al género humano. Y porque quiso darle esa función nobilísima, Él deseó que las lágrimas de su Santa Madre fuesen también tomadas en consideración por el Padre Eterno, para redimir al género humano y hacer parte del tesoro de la Iglesia.

Pero también fue voluntad del Redentor que nuestros sufrimientos individuales, soportados por amor a Él, integrasen el tesoro de la Iglesia. Constatamos entonces, que es por esa razón que los santos sufren inmensamente. Es porque ellos, con su padecimiento, igualmente representan algo para el tesoro de la Iglesia.

Simbolismo sublime de la gota de agua


Esto es simbolizado de un modo muy hermoso en la Misa. Cuando llega el momento del Ofertorio, el sacerdote coloca una gota de agua en el vino que será transubstanciado. El agua no puede ser consagrada, porque Nuestro Señor Jesucristo estableció que la Consagración fuese hecha sólo con pan y vino. Si se quisiera consagrar sólo el agua, no se opera la transubstanciación. Pero aquella agua diluida en el vino forma un solo líquido con éste, y a la hora de la Consagración ella es consagrada también.

De manera que aquella gota de agua, incapaz de por sí sola ser transubstanciada en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, lo es a pesar de todo por hallarse diluida en el vino. Es el símbolo del sacrificio de los fieles.

Nuestro sacrificio por sí solo no vale nada, pero unido al de Cristo Nuestro Señor y a las lágrimas de María Santísima, pasa a valer algo. Es el símbolo que nos anima a sufrir en nuestras luchas, persecuciones, trabajos, incomprensiones y dificultades. Sufrimos y seguimos adelante.

Nuestro sacrificio aumenta, simbólicamente, la gota de agua. Es decir, aumenta la contribución que Nuestro Señor Jesucristo quiso que fuese también indispensable para la salvación de los hombres. Él podría habernos dispensado de esto, pero fue su deseo darnos la gloria de asociarnos al tesoro de la Santa Iglesia.

Así, cuando nos abrace el sufrimiento, recordemos: tal padecimiento es la gota de agua. Pero ella ciertamente será juntada a los sufrimientos indecibles de Cristo y a los sufrimientos preciosísimos de María, para redimir a todo el género humano.

Por eso, no conozco quién pueda hacer algo mejor por la Iglesia, que sufrir por Ella. Bajo este punto de vista, existen algunos que rezan y otros que trabajan, pero para sufrir... todo el mundo siente miedo y casi nadie desea padecer.

Si la Santísima Virgen nos envía un sufrimiento, debemos aceptarlo contentos. Sufriendo, seremos más útiles a la Iglesia de que si profiriésemos un lindo discurso, montásemos una gran asociación o realizásemos cualquier otra cosa.

Tesoro de la Iglesia: “Banco de lo sobrenatural”


El conjunto de ese tesoro de la Iglesia es la conjunción de las almas que sufren. Nuestro Señor Jesucristo, en el Santo Sacrificio de la Misa, renueva siempre su Pasión de modo incruento –no derrama más sangre–, pero verdaderamente la renueva. Y nosotros, en último análisis, bien abajo, también en algo aumentamos ese tesoro, formando el conjunto una especie de
Banco de lo sobrenatural.

Pero Nuestro Señor Jesucristo es tan superior a todo el resto, que Él es la Cabeza de ese tesoro. Y los demás constituimos el cuerpo de ese tesoro.

Nuestro Señor es el Hombre-Dios. Y como Dios, para Él no hay presente, ni pasado, ni futuro. Todo es simultáneo. Presente, pasado y futuro son propios a nosotros, ligados a un cuerpo material. El Divino Redentor, por lo tanto, vio todo cuanto habría de pecado hasta el fin del mundo, y sufrió a causa de esos pecados. Conoció a cada hombre, a cada alma. Y durante su Pasión rezó por cada hombre que habría de existir, por cada alma, hasta el fin del mundo. Y hasta rezó por las almas que después rehusaron la gracia y fueron precipitadas al infierno.

Esta actitud supone una extraordinaria generosidad.

Los días de la Semana Santa y su significación


El Miércoles Santo se inicia propiamente la parte más densa de la Semana Santa, en que se conmemora la Pasión de Nuestro Señor. Se rezaba en la Iglesia el Oficio de Tinieblas. Se trata del Oficio que canta las tinieblas que van cubriendo el mundo, porque Nuestro Señor está siendo perseguido.

El Jueves Santo


Después, el Jueves Santo se celebra la Misa en que se conmemora la institución de la Sagrada Eucaristía. Terminado el Santo Sacrificio, el sacerdote conduce el Santísimo Sacramento hasta una bonita caja, de madera dorada, llamada Monumento.

Como Nuestro Señor, después de la Última Cena, sufrió la Pasión y murió, después de la Misa que celebra la Cena, en las iglesias no se tocan más campanas. Se realiza la ceremonia consonante al desvestido de los altares, en que el celebrante va de altar en altar, retira las flores, los jarrones, apaga las velas. Los altares quedan desnudos de todos los ornamentos, como si el culto hubiese cesado, porque Nuestro Señor está muerto, yaciendo en aquella caja dorada, el Monumento. Todas las señales de alegría en la Iglesia cesan.

El Viernes Santo


El Viernes Santo se conmemora la muerte de Nuestro Señor. Es el día en que se venera solemnemente la Cruz. Los sacerdotes colocan junto al altar una gran cruz. Y los fieles, cantando himnos de dolor, van uno a uno, a besar las llagas, las manos y los pies del Redentor. Besan también la llaga del costado, perforada por la lanza de Longinos.

Cuando llega el Obispo, todo se detiene. Entra con paramentos purpúreos, con una capa púrpura, descalzo en señal de penitencia, y atraviesa la iglesia. Llega hasta el crucifijo y lo besa también. Después se retira al interior del templo. Y todo queda en silencio, inmóvil.

El Sábado Santo o de Aleluya


El Sábado de Gloria, la Iglesia ya inicia las ceremonias con las alegrías de la Resurrección. Al medio día comienzan a repicar las campanas ¡para anunciar a Cristo resucitado!

En algunos lugares hay aún la costumbre de hacer unos muñecos grotescos, que llaman Judas. Esa era la ocasión de quemar al Judas, el traidor, mientras todas las campanas de las iglesias tocan sin parar ¡en conmemoración de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo!

El Domingo de Pascua, la Iglesia se muestra toda florida y victoriosa. Cristo resucitó, se celebra la Misa de Pascua.

Significado de la Semana Santa aplicado a nuestra época

El Miércoles Santo debemos amar a la Iglesia como padeciente en los días de hoy. Y apliquemos a nuestros días las tinieblas que van dominando al mundo. La oscuridad del pecado, del desorden, de la abominación que va cubriendo la Tierra, en todos los sentidos, son tinieblas.

El Jueves Santo conmemoremos la resistencia que Nuestro Señor opuso a todas esas tinieblas. Él instituyó la Sagrada Eucaristía para estar con nosotros en todas las ocasiones. Debemos comulgar con especial devoción y también lamentar su próxima muerte. Pero llorar como pecadores, pues sabemos que lo ofendimos en el pasado, y debemos llorar nuestros pecados la vida entera.

La Negación de San Pedro, anónimo
Museo Jijón, Quito
San Pedro, por ejemplo, por haber negado a Nuestro Señor, lloró el resto de su existencia. Según la tradición, cuando murió (fue crucificado de cabeza abajo por los romanos) tenía dos surcos en el rostro, por donde le corrieron las lágrimas durante su vida.

A nosotros nos cabe también labrar en nuestra alma dos surcos: el de la tristeza de los pecados que cometimos y el del pesar por los pecados que otros practican. Con todo, no debe ser esa una tristeza apenas llorona, ¡sino tristeza de varón, como la de San Pedro! En otras palabras, ¡la indignación contra nuestros pecados!

De nada sirve irritarme con el pecado de otros y no indignarme con el mío. Primero es con el mío, pues quien pecó fui yo. Fui yo el autor de mi pecado. “Quia peccavi nimis cogitatione, verbo et opere” – se dice en el Confiteor. ¡Porque pequé muchísimo de pensamiento, palabra y obra, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa!

Así, la idea de los propios pecados y de los pecados de los otros debe entrañarse en nuestras almas, especialmente en estos días benditos de Semana Santa.

* Conferencia pronunciada el 19 de marzo de 1989. Sin revisión del autor.

Fuente:
El Perú necesita de Fátima
http://www.fatima.pe/articulo-133-el-significado-profundo-de-la-semana-santa

lunes, 30 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN JUAN CLÍMACO, CONFESOR

La vida de San Juan Clímaco escribió un monje discípulo suyo, llamado Daniel, y la refiere en su segundo tomo el P. Fr. Lorenzo Surio, de esta manera. Siendo Juan Clímaco mozo de diez y seis años, habiendo estudiado lo que en aquella edad convenía, se ofreció á Cristo nuestro Señor en santo y agradable sacrificio, recibiendo sobre sí el yugo de la vida monástica en un monasterio, que estaba en el monte Sinaí, en el cual despidiendo de su corazón toda vana estimación, y confianza de sí mismo, se abrazó con la santa humildad, y se sujetó perfectamente á su superior, y padre espiritual, y fué aprovechando cada día más en la virtud, en tanto grado, que vino á estar como muerto al mundo, y á todos sus apetitos, y como una alma del todo desnuda del propio parecer, y propia voluntad: que por haber antes San Juan estudiado, y sido enseñado en las ciencias, que suelen desvanecer; se debe aún más estimar. De esta manera conversó por espacio de diez y nueve años entre los monjes, hecho un perfectísimo dechado de obediencia y sujeción, hasta que falleció el santo padre, que le tenía á cargo, por cuya muerte pasó á la vida solitaria, y escogió un lugar, llamado Tola, que estaba cinco millas de una iglesia, en el cual perseveró constantemente por espacio de cuarenta años, con grande alegría, y fervor de espíritu. Lo que allí pasó á solas: las batallas que tuvo; y las victorias que alcanzó del común enemigo, no se pueden saber: mas es de creer, que fueron muchas, y tantos los favores, con que el Señor le regaló, como de su liberalísima mano se podían esperar, y él suele hacer, á los que de veras se entregan á su servicio. Lo que se sabe es, que comía de todas las cosas, que según su profesión era lícito comer; pero de todo poco: para que comiendo de todo, huyese la nota de la singularidad y vanagloria, y comiendo poco, venciese la gula. Con la soledad, y con el poco trato, y compañía de los hombres, de tal manera apagó la llama de la lujuria, que ya no le daba pena ni molestia. La avaricia, que el apóstol llama idolatría, venció con la largueza, y misericordia para con los otros, y con la escasez de las cosas necesarias para consigo: porque contentándose con lo poco, no tenía necesidad de codiciar lo mucho. Todos los otros vicios procuró el santo varón vencer, y vivir no como hombre, sino como ángel. Vivía de oración: nunca estaba ocioso; y para que con la aspereza y ociosidad (que suele hacer guerra á los solitarios) no le venciese, solía ocuparse en escribir libros: dormía poco, y solamente lo que bastaba para no desfallecer con las demasiadas vigilias. Pues ¿qué diré de la abundancia de sus lágrimas? Entrabase en una cueva, que estaba apartada al lado de una montaña, y allí levantaba las voces al cielo con grandes gemidos, suspiros, y clamores, y derramaba su corazón delante del Señor, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas. Un religioso llamado Moisés, que era de los que profesaban vida solitaria, deseando imitar la vida de este santo varón, y vivir debajo de su corrección y disciplina, echó á muchos de aquellos santos padres por rogadores, y pidió con grande instancia, que le quisiese recibir por su discípulo. Fué recibido por tal, según lo había deseado: y un día mandóle el santo varón, que de cierto lugar trajese un poco de buena tierra, para echar en un huerto de poco suelo. Hízolo Moisés, y entendiendo en ello con diligencia, llegado el mediodía, y siendo el mes de agosto, fatigado del calor y del trabajo, acordó de tomar un poco de reposo á la sombra de una gran peña que allí había: mas estando para caer aquella gran peña sobre él, Dios reveló á san Juan Chinaco el peligro, en que estaba su discípulo, y con su oración lo libró; porque estando allí durmiendo, le pareció que había oído la voz de su maestro, que le despertaba: con la cual lleno de pavor despertó, y dio un sallo, y luego vio arrancarse la peña de lo alto, y caer en tierra en el lugar, donde él antes estaba; y sin duda, si no se levantara, le hiciera pedazos. 

Otra vez vino á él un monje, que se llamaba Isaac, abrasado de una tentación carnal, y cercado de mucha tristeza y dolor, y descubrióle con muchas lágrimas y gemidos, la secreta llaga que traía. Consolóle el varón de Dios muy blandamente, y díjole: Estemos ambos, hijo, en oración; y el Señor, que es misericordioso y clemente, no despreciará nuestros ruegos. Y estando ambos orando, sanó el enfermo, y quedó curado de tan extraña pasión, y alabó al Señor, que había dado tanta eficacia á la oración de Juan Clímaco. Comenzaron algunos á visitarle, movidos de la fama de su santidad; y el venerable padre, para apacentar las ánimas, de los que á él venían, con el pasto de la palabra de Dios, les daba saludables documentos. No le faltaron algunos émulos, que procuraron estorbar este fruto, que de su doctrina se seguía, diciendo, que era un parlero y hablador. Sabiendo él esto, determinó ensoñar á los que á él venían, no solo con las palabras, sino mucho más con silencio, y ejemplo de paciencia: y así calló; y venció con tan grande humildad, y modestia á sus émulos, que compungidos, le pidieron y le suplicaron, que les diese el acostumbrado pasto de su doctrina.

Pues como resplandeciese de esta manera en todo género de virtudes, y no se hallase otro semejante á él, vinieron todos los monjes del monasterio del monte Sinaí, donde antes había morado, y con un mismo afecto y deseo, contra toda su voluntad le entregaron el magisterio y gobierno de aquel monasterio; y el santo varón, movido del Señor, tomó sobre sí la carga de regirlos, y á ruego y súplica de ellos escribió el libro llamado «Escala Espiritual», en el cual se describen treinta escalones, por donde pueden subir los hombres á la cumbre de la perfección. Este libro en nuestros días el P. M. Fr. Luis de Granada, para provecho de muchos, tradujo de latín en lengua castellana, y le enriqueció con algunas declaraciones y anotaciones suyas. De San Juan Clímaco hace mención el Martirologio romano á los 30 de marzo, y Juan Tritemio refiere algunas obras suyas, que floreció por los años del Señor de 346, en tiempo de los emperadores Constantino, Constancio y Constante, que eran hermanos, hijos del gran Constantino. Un abad del monasterio de Raytu, llamado Juan, en una epístola que escribe á San Juan Clímaco, rogándole, que escriba la regla que habían de tener y guardar los monjes, y los avisos, que él había aprendido, como otro Moisés en el monte, le pone este título: «Al admirable varón, igual á los ángeles, padre de padres y doctor excelente, Juan, abad del monasterio de Raytu, salud en el Señor». De la manera de su muerte, y de los años que vivió no sabemos cosa cierta; pero debió de morir de muy anciana edad: porque de diez y seis años tomó el hábito de monje: diez y nueve vivió en el monasterio del monte Sinai; y cuarenta en soledad, que son setenta y cinco; y después volvió á tener cargo de su mismo monasterio, en el cual, no sabemos, cuantos años vivió. El nombre de Clímaco, dice Tritemio, que suena, y es lo mismo que en latín Scholasticus, y en castellano el «Maestro de escuela», y que le dieron este nombre, como á maestro, de cuya doctrina se pueden aprovechar todos, especialmente los religiosos, y personas que traían de su aprovechamiento espiritual; aunque más probable es, que este nombre de Clímaco, que es griego, se deriva de un nombre, que quiere decir «Escalera», por haber él hecho una como escalera espiritual de su libro, y trazadora con este orden de grados espirituales, para poder llegar á la perfección.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

Domingo de Ramos


Domingo de Ramos

Plinio Corrêa de Oliveira

Fra Angélico - Domingo de Ramos
UN DEFECTO que disminuye frecuentemente la eficacia de las meditaciones que hacemos, consiste en meditar los hechos de la vida de Nuestro Señor sin hacer ninguna aplicación a lo que sucede en nosotros o a nuestro alrededor. Así, nos sorprende la versatilidad e ingratitud de los judíos, ya que éstos, después de proclamar con la más solemne recepción el reconocimiento que debían al Salvador, poco después lo crucifican con un odio que a muchos llega a parecer inexplicable.

Sin embargo, esa ingratitud y esa versatilidad no existieron solamente en los judíos de los tiempos de la existencia terrena de Nuestro Señor. Aún hoy, ¡en el corazón de cuántos fieles tiene Nuestro Señor que soportar esas alternativas de adoraciones y de vituperios! Y esto no sucede únicamente en la intimidad, en general inescrutable, de las conciencias. ¿En cuántos países, Nuestro Señor ha sido sucesivamente glorificado y ultrajado, en cortos intervalos de tiempo?
No empleemos nuestro tiempo exclusivamente en horrorizarnos delante de la perfidia del pueblo deicida. Para nuestra salvación nos será utilísimo reflexionar sobre nuestra propia perfidia. Puestos los ojos en la bondad de Dios, podremos así, conseguir la enmienda de nuestra vida.

* * *

NADIE IGNORA que el pecado es un ultraje hecho a Dios. Quien peca mortalmente expulsa a Dios de su corazón, rompe con Él las relaciones filiales que le debemos como criaturas, y repudia la gracia.
Así, hay una marcada analogía entre el gesto de los judíos, matando al Redentor, y nuestra situación cuando caemos en pecado mortal.
En efecto, ¡cuántas y cuántas veces, después de haber glorificado a Nuestro Señor ardientemente, por nuestros actos o al menos después de haber tomado con los labios aires de quien lo glorifica, caemos en pecado y lo crucificamos en nuestro corazón!
Lo mismo se da con muchas naciones contemporáneas. Realizan manifestaciones católicas imponentes, en que glorifican públicamente a Nuestro Señor. Al mismo tiempo, los estadistas por ellas mantenidos en el poder traman, ora en silencio, ora de manera apenas disfrazada, ¡la ruina de las instituciones católicas y la demolición de la civilización contemporánea, en sus lineamientos aún católicos! Así, mientras tales católicos proclaman su amor a la Iglesia de Cristo, por su negligencia, por su tibieza, por su indiferencia, permiten que la Iglesia sea lentamente maniatada, que su influencia sea sabiamente solapada, que su actividad sea engañosamente coartada, a fin de que, el día en que suene la hora del ataque violento la reacción se haya tornado enteramente imposible.
Evidentemente, pueblos como esos, después de haber aclamado a Nuestro Señor como Rey o mientras lo hacían, preparaban persecuciones y tristezas que poco diferían de la grande y divina tragedia de Semana Santa.

* * *

GRACIAS A DIOS, sin embargo, no es sólo la versatilidad y la perfidia de los judíos lo que sobrevive en nuestros días. También se encuentran – y cómo son conmovedores – gestos que recuerdan de modo irresistible la piedad, tan dulce hacia Cristo y tan audaz frente a sus perseguidores, de la Verónica.
Si es cierto que nuestra época se caracteriza por grandes e inesperadas defecciones, no es menos cierto que el historiador verá en ella, en el futuro, una época de grandes santos, admirables por la virtud de la fortaleza, de la prudencia, de la templanza y de la justicia, de las cuales el mundo parece tan radicalmente olvidado.
Nuestro Señor, indudablemente, es muy ultrajado en nuestros días. Seamos nosotros algunas de aquellas almas reparadoras que, si no por el brillo de nuestra virtud, al menos por la sinceridad de nuestra humildad – humildad inteligente, razonable, sólida, y no sólo humildad de palabrerío sonoro y cuello torcido – reparemos en estos días santos, junto al trono de Dios, tantos ultrajes que, incesantemente, le son infligidos.
"O Legionário" - Nº 447 de 06 de Abril de 1941
 Fuente: http://www.pliniocorreadeoliveira.info/LEG_447_19410406_ESP_Domingo%20de%20Ramos.htm

Reflexiones durante la Semana Santa

Plinio Corrêa de Oliveira

LA VERDADERA PIEDAD debe impregnar toda el alma humana, y, por tanto, también debe despertar y estimular la emoción. Pero la piedad no es sólo emoción, y ni siquiera es principalmente emoción. La piedad brota de la inteligencia, seriamente formada por un cuidadoso de la doctrina cristiana, por un conocimiento exacto de nuestra Fe, y, por tanto, de las verdades que deben regir nuestra vida interior. La piedad reside también en la voluntad. Debemos querer seriamente el bien que conocemos. No nos basta, por ejemplo, saber que Dios es perfecto. Necesitamos amar la perfección de Dios, y, por tanto, debemos desear para nosotros algo de esa perfección: es el ansia de santidad.





No hay verdadero amor sin sacrificio

"DESEAR" no significa apenas sentir veleidades vagas y estériles. Sólo queremos seriamente algo, cuando estamos dispuestos a todos los sacrificios para conseguir lo que queremos. Así, sólo queremos seriamente nuestra santificación y el amor de Dios, cuando estamos dispuestos a todos los sacrificios para alcanzar esta meta suprema. Sin esa disposición, todo el "querer" no es sino ilusión y mentira. Podemos tener la mayor ternura en la contemplación de las verdades y misterios de la Religión: pero si de ahí no sacamos resoluciones serias, eficaces, de nada valdrá nuestra piedad.
Marzo 2019:  Atacan varios templos en una semanaIncendio en la histórica iglesia de San Sulpicio de París
Es lo que especialmente se debe decir en los días de la Pasión de Nuestro Señor. No nos vale apenas acompañar con ternura los varios episodios de la Pasión. Esto sería excelente; sin embargo, no sería suficiente. Debemos dar a Nuestro Señor, en estos días, pruebas sinceras de nuestra devoción y amor.
Estas pruebas, las damos cuando tenemos el propósito de enmendar nuestra vida y de luchar con todas las fuerzas por la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana.
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Cuando Nuestro Señor interpeló a San Pablo, en el camino de Damasco, le preguntó: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Saulo perseguía a la Iglesia. Nuestro Señor le decía que era a Él mismo a quien Saulo perseguía.




La Pasión de Cristo en nuestros días


SI PERSEGUIR a la Iglesia es perseguir a Jesucristo, y si hoy también la Iglesia es perseguida, hoy Cristo es perseguido. La Pasión de Cristo se repite de algún modo también en nuestros días.
Fusilamiento del Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles
¿Cómo se persigue a la Iglesia? Atentando contra sus derechos o trabajando para apartar de Ella a las almas. Todo acto por el cual se aparta de la Iglesia un alma, es un acto de persecución a Cristo. Toda alma es, en la Iglesia, un miembro vivo. Arrancar un alma a la Iglesia es arrancar un miembro al Cuerpo Místico de Cristo. Arrancar un alma a la Iglesia es hacer con Nuestro Señor, en cierto sentido, lo mismo que harían con nosotros si nos arrancasen la niña de los ojos.
Si queremos, pues, condolernos con la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, meditemos sobre lo que El sufrió por mano de los judíos, pero no nos olvidemos de todo cuanto aún hoy se hace para herir al Divino Corazón.
Y esto tanto más cuanto Nuestro Señor, durante su Pasión, previó todo cuanto pasaría después. Previó, pues, todos los pecados de todos los tiempos, y también los pecados de nuestros días. El previó nuestros pecados, y por ellos sufrió anticipadamente. Estuvimos presentes en el Huerto como verdugos, y como verdugos seguimos paso a paso la Pasión hasta lo alto del Gólgota.



*   *   *

Arrepintámonos, pues, y lloremos

La Iglesia, sufridora, perseguida, vilipendiada, ahí está a nuestros ojos indiferentes o crueles. Ella está delante de nosotros como Cristo delante de la Verónica. Condolámonos con sus padecimientos. Con nuestro cariño, consolemos a la Santa Iglesia de todo cuanto sufre. Podemos estar seguros de que, con esto, estaremos dando al propio Cristo una consolación idéntica a la que le dio la Verónica.




Incredulidad culpable


COMENCEMOS por la Fe. Ciertas verdades referentes a Dios y a nuestro destino eterno, podemos conocerlas por la simple razón. Otras, las conocemos porque Dios nos las enseñó. En su infinita bondad, Dios se reveló a los hombres en el Antiguo y Nuevo Testamento, enseñándonos no solamente lo que nuestra razón no podía descubrir, sino además muchas verdades que podríamos conocer racionalmente, pero que por culpa propia la humanidad ya no conocía de hecho. La virtud por la cual creemos en la Revelación es la Fe. Nadie puede practicar un acto de Fe, sin el auxilio sobrenatural de la gracia de Dios. Esa gracia, Dios la da a todas las criaturas y, en abundancia torrencial, a los miembros de la Iglesia Católica. Esta gracia es la condición para su salvación. Nadie llegará a la eterna bienaventuranza, si rechaza la Fe. Por la Fe, el Espíritu Santo habita en nuestros corazones. Rechazar la Fe es rechazar al Espíritu Santo, es expulsar del alma a Jesucristo.
Veamos ahora, en nuestro entorno, cuántos católicos rechazan la Fe. Fueron bautizados, pero en el curso del tiempo perdieron la Fe. La perdieron por culpa propia, porque nadie pierde la Fe sin culpa, y culpa mortal. Helos aquí, indiferentes u hostiles, piensan, sienten y viven como paganos. ¡Son nuestros parientes, nuestros prójimos, quizá nuestros amigos! Su desgracia es inmensa. Indeleble está en ellos la señal del Bautismo. Están marcados para el Cielo, y caminan para el infierno. En su alma redimida, la aspersión de la Sangre de Cristo está marcada. Nadie la apagará. Es de cierto modo la propia Sangre de Cristo que ellos profanan cuando en esta alma rescatada se acogen principios, máximas, normas contrarias a la doctrina de la Iglesia. El católico apóstata tiene alguna cosa de análogo al sacerdote apóstata. Arrastra consigo los restos de su grandeza, los profana, los degrada y se degrada con ellos. Pero no los pierde.
¿Y nosotros? ¿Nos importa esto? ¿Sufrimos con esto? ¿Rezamos para que estas almas se conviertan? ¿Hacemos penitencias? ¿Hacemos apostolado? ¿Dónde está nuestro consejo? ¿Dónde está nuestra argumentación? ¿Dónde está nuestra caridad? ¿Dónde está nuestra altiva y enérgica defensa de las verdades que ellos niegan o injurian?
El Sagrado Corazón sangra con esto. Sangra por su apostasía y por nuestra indiferencia. Indiferencia doblemente censurable, porque es indiferencia para con nuestro prójimo y sobretodo indiferencia para con Dios.




Unos conspiran, otros duermen...


¿CUÁNTAS ALMAS en el mundo entero van perdiendo la Fe? Pensemos en el incalculable número de periódicos impíos, radioemisoras impías [¡la televisión de hoy!], de los que diariamente se llena el orbe. Pensemos en los innumerables obreros de Satanás que, en las cátedras, en el seno de la familia, en los lugares de reunión o de diversión, propagan ideas impías. De todo este esfuerzo, ¿quién ha de admitir que nada resulte? Los efectos de todo esto están delante de nosotros. Diariamente las instituciones, las costumbres, el arte, se van descristianizando, indicio incontestable de que el propio mundo se va perdiendo para Dios.
¿No habrá en todo esto una gran conspiración? Tantos esfuerzos, armónicos entre sí, uniformes en sus métodos, en sus objetivos, en su desarrollo, ¿serán mera obra de coincidencias? ¿Dónde y cuando, intenciones desarticuladas produjeron articuladamente la más formidable ofensiva ideológica que la Historia conoce, la más completa, la más ordenada, la más extensa, la más ingeniosa, la más uniforme en su esencia, en sus fines, en su evolución?
No pensamos en esto. No percibimos esto. Dormimos en la modorra de nuestra vida de todos los días. ¿Por qué no somos más vigilantes? La
Iglesia sufre todos los tormentos, pero está sola. Lejos, bien lejos de Ella susurramos. Es la escena del Huerto que se repite.
Para decirlo por entero, la Iglesia nunca tuvo tantos enemigos y, paradójicamente, nunca tuvo tantos "amigos". Oigamos a los espiritistas: dicen que no promueven ninguna guerra hacia la religión, y menos aún al catolicismo que a cualquier otra. Sin embargo, la vida de todos ellos, comunistas, espiritistas, protestantes, ¿no es desde la mañana hasta la noche otra cosa, sino una conspiración contra la Iglesia? Ellos también tienen los labios prontos para el ósculo, aunque en su mente ya hayan decidido hace mucho tiempo exterminar a la Iglesia de Dios.




La tibieza y el amor de Dios


¿Y ENTRE NOSOTROS? Gracias a Dios, esta Fe que tantos combaten, persiguen, traicionan, nosotros la poseemos.
¿Qué uso hacemos de ella? ¿La amamos? ¿Comprendemos que nuestra mayor ventura en la vida consiste en ser miembros de la Iglesia, que nuestra mayor gloria es el título de cristiano?
En caso afirmativo – y cuán pocos son los que podrían en sana conciencia responder afirmativamente – ¿estamos dispuestos a todos los sacrificios para conservar la Fe?
No digamos, en un asomo de romanticismo, que sí. Seamos positivos. Veamos fríamente los hechos. No está junto a nosotros el verdugo que nos va a colocar en la alternativa de la cruz o de la apostasía. Pero todos los días, la conservación de la Fe exige de nosotros sacrificios. ¿Los hacemos?
¿Cuán exacto será decir que, para conservar la Fe, evitamos todo lo que la puede poner en riesgo? ¿Evitamos las lecturas que la pueden ofender? ¿Evitamos las compañías con las cuales está expuesta a riesgo? ¿Buscamos los ambientes en los cuales la Fe florece y echa raíces? ¿O, a cambio de placeres mundanos y pasajeros, vivimos en ambientes en que la Fe se deteriora y amenaza caer en ruinas?
Todo hombre, por el propio hecho del instinto de sociabilidad, tiende a aceptar las opiniones de otros. En general, hoy en día, las opiniones dominantes son anticristianas. Se piensa contrariamente a la Iglesia en materia de filosofía, de sociología, de historia, de ciencias positivas, de arte, de todo en fin. Nuestros amigos siguen la corriente. ¿Tenemos el coraje de divergir? ¿Resguardamos nuestro espíritu de cualquier infiltración de ideas erradas? ¿Pensamos como la Iglesia en todo y por todo? ¿O nos contentamos negligentemente en ir viviendo, aceptando todo cuanto el espíritu del siglo nos inculca, y simplemente porque él nos lo inculca?
Es posible que no hayamos arrojado a Nuestro Señor de nuestra alma. Pero, ¿cómo tratamos a este Divino Huésped? ¿Es Él el objeto de todas las atenciones, el centro de nuestra vida intelectual, moral y afectiva? ¿O, simplemente, existe para Él un pequeño espacio donde se lo tolera, como huésped secundario, aburrido, un tanto inoportuno?
Cuando el Divino Maestro gimió, lloró, sudó sangre durante la Pasión no lo atormentaban apenas los dolores físicos, ni sólo los sufrimientos ocasionados por el odio de los que en aquel momento lo perseguían. También lo atormentaba todo cuanto contra Él y la Iglesia haríamos en los siglos venideros. Lloró por el odio de todos los malos, de todos los Arrios, Nestorios, Luteros, pero lloró también porque veía delante de sí al cortejo interminable de las almas tibias, de las almas indiferentes, que sin perseguirlo no lo amaban como debían.
Es la falange incontable de los que pasaron la vida sin odio y sin amor, los cuales –según Dante– quedaban fuera del infierno, porque ni en el infierno había un lugar adecuado para ellos.
¿Estamos nosotros en este cortejo?
He ahí la gran pregunta a la que, con la gracia de Dios, debemos dar respuesta en los días de recogimiento, de piedad y de expiación en que ahora debemos entrar.


"O Legionário" Nº 764 de 30 de Marzo de 1947






 Fuente:
http://www.pliniocorreadeoliveira.info/LEG_764_19470330_ESP_Reflexiones%20durante%20la%20Semana%20Santa.htm#.VRsrRpNcCg4