lunes, 18 de marzo de 2019

S A N T O R A L

SAN CIRILO DE JERUSALEN, OBISPO Y DOCTOR


Parecía bien que estos días consagrados a la instrucción de los catecúmenos, la Iglesia tributase sus homenajes al Pontífice cuyo nombre evoca mejor que ningún otro, el celo y prudencia que deben desplegar los pastores para preparación al Santo Bautismo. Durante mucho tiempo el pueblo cristiano se limitó a tributar los honores debidos a tan gran doctor con sólo mencionarle anualmente en el martirologio. Mas a la antigua expresión de reconocimiento por los servicios prestados en tiempos pasados, se junta hoy, con relación a San Cirilo, la necesidad de una institución no menos necesaria que en los primeros años del cristianismo. Es cierto que se confiere ahora el bautismo en la infancia; antes de que el hombre pierda la inocencia, la verdad se ha posesionado de él por medio de la fe infusa. Pero con frecuencia, el niño no encuentra a su alrededor la defensa que le es necesaria por su debilidad; la sociedad moderna ha renegado de Jesucristo y su apostasía, sofoca bajo la hipócrita neutralidad de pretendidas leyes, el germen divino en el bautizado antes de que haya arraigado y fructificado. Ante la sociedad como ante el individuo el bautismo tiene sus derechos y no podemos honrar mejor a San Cirilo que haciéndonos eco, en el día de su fiesta, de estos derechos del primero de los sacramentos respecto de la educación que él exige de los bautizados.

Deberes de los Gobiernos para con los bautizados

Durante quince siglos el pueblo occidental, cuyo edificio social tenía por base la fe romana, mantuvo a sus miembros en la ignorancia de la dificultad en que se encuentra un alma al pasar de las regiones del error a la luz pura. Bautizados como nosotros al pasar los umbrales de la vida y establecidos en la verdad, nuestros padres nos llevaban la ventaja de palpar como el poder civil, de acuerdo con la Iglesia, defendía en ellos este gran tesoro de la plenitud de la verdad, al mismo tiempo que aquella salva guardaba al mundo entero. Es deber del rey o de cualquiera—no importa el título—que vaya al frente de un pueblo, la protección de los particulares; y la gravedad de este deber estriba en la importancia de los intereses que garantiza; pero esta protección ¿no es tanto más gloriosa para el porvenir cuanto que se endereza a los pobres e imposibilitados de la sociedad? Nunca se ha manifestado mejor la majestad de la ley humana que en las cunas donde guarda al recién nacido, y al niño huérfano sin defensa, su vida, su nombre y su patrimonio.

Dignidad de los bautizados



Así pues, el niño que ha salido de la sagrada pila cuenta con prerrogativas que superan a las que les pudieran dar la riqueza y la fortuna de sus antepasados y la fecundidad de su misma naturaleza. La vida divina reside en él; su nombre de cristiano le hace al igual de los ángeles; su herencia consiste en esta plenitud de verdad de la que hablamos poco ha, que no es otra cosa que Dios mismo poseído en la tierra por la fe, en la espera que se descubra a su amor en la felicidad de la visión eterna. 
¡Qué grandeza, pues, en estas cunas donde llora la débil infancia!, pero también ¡qué responsabilidad para el mundo! Si para distribuir estos bienes Dios no espera a que aquellos a quienes deben ser conferidos hayan llegado a una edad suficiente para estimarlos; es sin duda por que este apresuramiento manifiesta la impaciencia de su amor, pero es así mismo porque cuenta con ese mundo para a su debido tiempo hacer la revelación de su dignidad a los hijos del cielo, para formarlos en los deberes que son consecuencia de su nombre, para elevarlos como con viene a la dignidad de hijos de Dios. La educación del hijo de un rey responde a su estirpe; aquellos a quienes se concede el honor de instruir les tienen naturalmente en cuenta su título de príncipe y por tanto los mismos conocimientos comunes a todos le son presentados y armonizados en lo posible con su alto destino. Todo, en efecto, concurre para el mismo fin, que no es otro que disponerle a llevar gloriosamente su corona. ¿La educación de un hijo de Dios merécenos consideraciones? ¿Sería lícito olvidar su destino y origen en la atención que se le prodigan? 

Derechos de la Iglesia a la educación

Nada más cierto que sólo la Iglesia aquí abajo es capaz de explicar el origen de los hijos de Dios; sólo ella conoce los medios más convenientes de aunar todos los elementos del conocimiento humano con vistas al fin supremo que domina la vida del cristiano. ¿Qué debemos, pues, concluir sino que la Iglesia es por derecho la primera educadora de las naciones? Cuando crea escuelas, es porque todos los grados de las ciencias la interesan igualmente y entonces la misión recibida de ella para enseñar vale más que todos los diplomas y títulos. Por otra parte, cuando tales diplomas no han sido entregados por ella misma, el uso de estos documentos oficiales requiere su primera y principal legitimidad ante los cristianos por el reconocimiento de aquella estando en su pleno derecho al mantenerlos siempre bajo su vigilancia. Porque ella es madre de los bautizados y es derecho de las madres atender a la educación de los hijos cuando no es ella la que de esta educación por si misma.

Deberes de la Iglesia

Al derecho maternal de la Iglesia se añade sus deberes de Esposa del Hijo de Dios y custodia de los Sacramentos. La sangre divina no puede, sin pecado, derramarse inútilmente sobre la tierra; de las siete fuentes por las cuales el Hombre-Dios ha querido que tuviera lugar la fusión de esta sangre en virtud de la palabra de los ministros de la Iglesia, ni una sola se debería abrir si no fuese con la esperanza fundada de un efecto verdaderamente saludable y que responda al fin del Sacramento del que se hace uso. El bautismo sobre todo, que eleva al hombre de las profundidades de su nada a una nobleza sobrenatural, debería estar sometido en su administración a las reglas de una prudencia tanto más exigente cuanto que el título divino que confiere es eterno. 
El bautizado que ignora voluntaria o forzosamente sus deberes y sus derechos se asemeja a aquellos hijos de familia que, sin culpa o con ella, serían la afrenta de sus descendientes al desconocer las tradiciones de la raza de donde proceden y arrastran inútilmente por el mundo una vida degenerada. Por tanto, lo mismo ahora que en tiempo de San Cirilo de Jerusalén, la Iglesia no puede admitir ni ha admitido nunca a la fuente sagrada sin exigir del candidato al bautismo la garantía de una instrucción suficiente. Si es adulto debe dar por sí mismo la garantía de sus conocimientos; si todavía no tiene edad, y, sin embargo, la Iglesia los admite en la familia cristiana, es, porque debido al cristianismo de los mismos que los presentan y al estado social que los rodea, abriga para él la esperanza de una educación en conformidad con la vida sobrenatural hecha ya suya por el sacramento. 

La Iglesia educadora

Ha sido necesaria la consolidación indiscutible del imperio del Hombre-Dios sobre el mundo, para que la práctica del bautismo de los niños haya llegado a ser general, como lo es hoy, y no debemos extrañarnos si, la Iglesia, a medida que avanzaba la conversión de los pueblos, se haya encontrado envestida ella sola del deber de educar a las nuevas generaciones. Los cursos estériles de gramáticos, filósofos y retóricos a quienes solamente faltaba el único conocimiento necesario, el del fin de la vida, fueran pronto suplidos por las escuelas episcopales y monásticas, donde la ciencia de la salvación, a la vez que tenía el primer lugar, iluminaba a todas las otras con la verdadera luz. Regenerada ya la ciencia por el bautismo dio origen a las universidades que reunieron en fecunda armonía todo el conjunto de conocimientos humanos hasta entonces sin vínculo común y con frecuencia opuestos los unos a los otros. Desconocidas para el mundo antes del cristianismo, único portador de la solución de gran problema del fin de las ciencias, las universidades, cuyo objeto primero fué esta misma unión, permanecen por esta razón bajo el dominio inalienable de la Iglesia. 

Vana pretensión de un Estado neutral

En vano el Estado de nuestros días, paganizado de nuevo, pretende negar a la madre de los pueblos y atribuirse a mismo el derecho de calificar con este nombre de Universidad sus escuelas superiores. Las naciones descristianizadas se encuentran, lo quieran o no, sin derecho para fundar, sin fuerza para mantener en ellas estas instituciones gloriosas, en el verdadero sentido del nombre que han llevado y realizado en la historia. El Estado sin fe no mantendrá jamas en la ciencia otra unidad que la unidad de Babel. ¿Es que no podemos constatarlo ya con toda evidencia? El monumento de orgullo que quiere levantar frente a Dios y su Iglesia no tendrá otro efecto que renovar la espantosa confusión de que la Iglesia había arrancado a las naciones paganas cuyos errores vuelven a ser su patrimonio. El espoliador y el ladrón podrán revestirse de los títulos de la víctima que ha despojado, más la impotencia en que se encuentra de hacer gala de las cualidades que estos títulos, suponen no tienen otro resultado que evidenciar el robo cometido a su legítimo propietario. 

La neutralidad

Pero ¿es que negamos al Estado pagano o neutral, como hoy se dice, el derecho de educar a su manera a esos fieles que él ha creado a su imagen? En modo alguno. La protección que la Iglesia invoca como un derecho y un deber sólo se extiende a los bautizados. Y no lo dudemos; si la Iglesia constatase un día, que la sociedad no ofrece ya ninguna garantía al bautizado, volverá a la disciplina de aquella primera edad, en que la gracia del Sacramento que nos hace cristianos, no era concedida a todos indistintamente como sucede hoy sino tan sólo a los adultos que se mostraban dignos de ella o a los hijos de las familias que ofrecían las garantías necesarias a su responsabilidad de Madre y Esposa.
Las naciones entonces se dividirán en dos bandos: de una parte los hijos de Dios que vivirán de su vida y serán herederos de su trono; de otra los hombres invitados como todos los hijos de Adán a formar parte de esta nobleza sobrenatural, habrán preferido permanecer los esclavos de quien los quería por hijos en este mundo convertido por la Encarnación en su palacio. La educación común y neutral se presentará entonces más irrealizable que nunca; por muy neutral que se la suponga las escuelas de los servidores del palacio no serán apropiadas a los príncipes herederos.

Protección de los Santos Doctores

¿Están ya cerca los tiempos en que los hombres excluidos por su nacimiento del bautismo, deberán conquistar por sí mismos el privilegio de admisión en la familia cristiana? Solamente Dios lo sabe; pero no dejan de existir indicios que nos lo hacen creer. La institución de la fiesta de hoy significa, tal vez, en los designios de la providencia, un vínculo con las exigencias de la nueva situación que se crea a la Iglesia en relación con esto. Apenas hace una semana que presentábamos nuestros homenajes a San Gregorio Magno, el doctor del pueblo cristiano; cinco días antes era el Doctor de las escuelas, Santo Tomás de Aquino, cuya fiesta era solemnizada por la juventud cristiana estudiantil; ¿por qué hoy, después de quince siglos, este nuevo Doctor, doctor de una porción ya desaparecida, los Catecúmenos, sino porque la Iglesia ha visto los nuevos servicios que Cirilo de Jerusalén está llamado a prestar con los ejemplos ya las enseñanzas contenidas en las Catequesis?1
Las 24 Instrucciones atribuidas a S. Cirilo se encuentran en el tomo XXXIII de la Patrología griega. Están divididas: 1.°, una catequesis preliminar que tiene por objeto preparar a los oyentes a seguir con fruto los ejercicios que preceden a la recepción del bautismo. 2.°, dieciocho pronunciadas durante Cuaresma, que tratan de los artículos del Símbolo bautismal de Jerusalén. 3.º, un grupo de cinco catequesis designadas con el nombre de "catequesis mistagógicas", que explican las ceremonias observadas en la administración del bautismo, y los Sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía. Fueron pronunciadas ante los neófitos en el curso de semana que siguió a la fiesta de Pascua, para acabar con ellas la formación de los recién bautizados. 
Estudios recientes demuestran que, en adelante, será imprudente colocar estos últimos entre las obras de San Cirilo, y que es necesario atribuirlas a su sucesor en el episcopado, Juan de Jerusalén. (Mufteon. t. LV, p. 43, art. de W. J. Swaans, M. O.),
Cuántos cristianos cuyo único gran obstáculo en su retorno a Dios, es una ignorancia desesperante, más profunda todavía que aquella de la que el celo de San Cirilo procuraba sacar a paganos y judíos.

Vida

San Cirilo nació hacia el año 315. Entregado al estudio de la Sagrada Escritura, llegó a ser un valiente defensor de la fe ortodoxa. Ordenado sacerdote en 345, fué encargado de predicar la palabra de Dios y con esta ocasión compuso sus Catequesis, donde sentó sólidamente todos los dogmas contra los enemigos de la fe. Hecho Obispo de Jerusalén, tuvo mucho que sufrir de parte de los arríanos, que le expulsaron en 357. A la muerte del emperador Constancio pudo volver, pero sufrió un nuevo destierro bajo Valente hasta que. por fin, fué restablecido en su silla por Teodosio. Murió en Jerusalén, en 386, después de 35 años de episcopado. León XIII le declaró Doctor de la Iglesia.

St. Cyril of Jerusalem

Plegaria al doctor

¡Oh Cirilo, tú fuiste un verdadero hijo de la luz! La sabiduría de Dios había conquistado desde la infancia tu amor; te levantó como faro que brilla junto al puerto y salva, atrayéndole a la orilla, al desgraciado que se encuentra sumergido en la noche del error. En el lugar mismo donde se habían realizado los misterios de la Redención del mundo, y en aquel siglo IV, tan fecundo en doctores, la Iglesia te confió la misión de preparar al bautismo las almas que la victoria reciente de cristianismo conducía a ella desde todas las condiciones sociales. Alimentada con la Escritura y las enseñanzas de la Madre común, la palabra brotaba de tus labios abundante y pura. La historia nos enseña que, impedido por otros cargos de tu sagrado ministerio de poder consagrar tus atenciones exclusivamente a los catecúmenos, debiste improvisar tus catequesis, donde la ciencia de la salvación se desprende con seguridad y llaneza hasta entonces desconocidas y nunca después superadas. 
Para ti, Santo Pontífice, la ciencia de la salvación consistía en el conocimiento de Dios y de su Hijo Jesucristo, contenido en el símbolo de la Iglesia; la preparación al bautismo, a la vida de amor, significaba para ti la adquisición de esta ciencia, la única necesaria, a la vez profunda y directora de todo el hombre, no por la impresión de un vano sentimentalismo, sino bajo el imperio de la palabra de Dios, recibida como tiene derecho a serlo, meditada día y noche y que penetra hasta el fondo del alma para establecer en ella la plenitud de la verdad, la rectitud moral y el desprecio del error. 

Súplica al pastor

Confiado en tus oyentes, no temías descubrirles los argumentos y las abominaciones de las sectas enemigas. Hay tiempos y circunstancias cuya apreciación pertenece a los jefes del rebaño, en que deben menospreciar la repugnancia que inspiran tales exposiciones para denunciar el peligro y poner en guardia a sus ovejas contra los escándalos del espíritu o de las costumbres. Con razón, oh Cirilo, tus airadas invectivas perseguían al maniqueísmo hasta el fondo mismo de sus antros impuros. En él adivinabas al agente principal de ese misterio de iniquidad, que prosigue su marcha tenebrosa a través de los siglos hasta que consiga hacer sucumbir al mundo con su ponzoña y su orgullo. 
Manes reina en nuestros días en plena libertad; las sociedades secretas creadas por él, han llegado a ser soberanas. Las sombras de las logias continúan, es cierto, ocultando a los profanos sus símbolos sacrílegos tomados de los persas; más la habilidad del príncipe de este mundo ha concentrado ya, en las manos de este fiel aliado suyo, todas las fuerzas sociales. Hoy el poder le pertenece y el primer y único uso que hace de él, es para perseguir a la Iglesia por odio a Cristo. Le niega el derecho de enseñanza, recibido de su Cabeza; a los mismos hijos engendrados por ella, que la pertenecen por el derecho del bautismo, se pretende arrancárselos a viva fuerza e impedir que presida su educación.
Oh Cirilo, a quien ella acude en demanda de socorro en estos tiempos desafortunados, no defraudes su confianza. Conoces las exigencias del Sacramento que engendra a los cristianos. Protege el bautismo en tantas almas inocentes, en quienes se quiere hacerlo desaparecer. Sostén despierta, si fuere necesario, la fe de los padres cristianos; que comprendan que su deber es proteger a sus hijos con su propia sangre, antes que entregar a las bestias el alma de estos hijos, que es más preciosa todavía.
Muchos, y éste es uno de los grandes consuelos de la Iglesia al mismo tiempo que la esperanza de una sociedad atacada por todas partes, han comprendido el deber que se imponía en estas circunstancias. Siguiendo la ley de su con ciencia y amparándose en su derecho de padres de familia, prefirieron sufrir la violencia de la fuerza bruta de nuestros gobiernos, antes que hacer una sola concesión a los caprichos de una legislación del Estado pagano, tan absurda como odiosa. Bendícelos y aumenta su número. Bendice igualmente, sostén e ilumina a los fieles que se entregan a la tarea de instruir y salvar a esos niños, a quienes venden los poderes públicos. ¿Hay misión más urgente en nuestros días que la del catequista? ¿Hay alguna que pueda y deba llegar más al corazón?

 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

domingo, 17 de marzo de 2019

S A N T O R A L

San Patricio, Obispo, Apóstol de Irlanda


El Apóstol de Irlanda

estatua de san patricioLa Iglesia presenta a nuestra consideración al apóstol de todo un pueblo: Patricio, luz de Irlanda, padre de esta raza fiel de mártires que tardará en extinguirse. En él resplandece el don del apostolado: Cristo le plantó en su Iglesia y debe perpetuarse en ella eternamente. Los evangelizadores se dividen en dos grupos: unos recibieron el encargo de roturar una parte pequeña del pueblo gentil y depositar en ella la semilla: germina ésta según sea mayor ó menor la perversidad ó docilidad de los hombres. Otros desarrollan su misión en rápida conquista que somete al Evangelio a naciones enteras. Entre estos se encuentra Patricio; y en él debemos reverenciar a uno de los monumentos más insignes de la misericordia divina con los hombres.
Admiremos también la solidez de su obra. En el siglo V se encontraba casi toda la Gran Bre­taña sumida en las sombras del paganismo; Alemania no tenía noticia de la venida de Cristo a este mundo; todo el norte europeo dormía el letargo de la infidelidad. Antes que otra nación despertara de este sopor Irlanda poseía ya la nueva de la salvación. La palabra divina traída por su apóstol prospera en esta isla más fértil espiritual que materialmente. Abundan los santos que se extienden por toda Europa; los irlandeses devuelven el servicio prestado por el santo iniciador a otras naciones. Y cuando llega la apostasía del siglo XVI, cuando a la herejía de Alemania se añade la deserción de Inglaterra, de Escocia, del Norte entero, sólo Irlanda permanece fiel; ninguna persecución por cruel y encarnizada que fuese pudo arrancar la fe en que la inició San Patricio.

Vida

Patricio, llamado apóstol de Irlanda, nació en Gran Bretaña. Libertado del cautiverio en que había sido puesto en su infancia, llegó a ordenarse de sacerdote, viajó por todas partes, abrazó la vida monástica en Lérins y en Tours y, finalmente, partió a evangelizar Irlanda. San Celestino le consagró obispo en 413 para la realización de esta empresa. Sus trabajos y fatigas quedaron recompensados con la conversión de la isla, llamada posteriormente Isla de los Santos. Austero y piadoso a la vez, estaba en continua oración. Fué adornado con el don de profecía y de milagros, murió hacia el año 461 y fué sepultado en Downe.

La fe

Tu vida, oh Patricio, transcurrió toda entre los trabajos del Apostolado. ¡Qué hermosa ha sido la recolección del fruto sembrado por tus manos y regado con tus sudores! Pero no hiciste caso de las fatigas porque se trataba de procurar a los hombres el don de la fe; y el pueblo a quien la confiaste la ha custodiado con una fidelidad que te honrará eternamente. Ruega por nosotros para que esta fe sin la cual es imposible agradar a Dios tome posesión de nuestro espíritu y de nuestros corazones. El justo vive de la fe nos dice el profeta; y estos días ella nos manifiesta la justicia y la misericordia del Señor para llamarnos a penitencia y a ofrecer a Dios el homenaje del arrepentimiento. La Iglesia nos impone estos deberes que aterran a nuestra debilidad porque la fe se ha debilitado. Porque si la fe estuviese arraigada en nuestros pensamientos seríamos amantes del sacrificio. Tu vida tan pura y tan llena de virtudes no se olvidó de la mortificación; ayúdanos pues a seguir tus pasos.

Súplica

Ruega por la Isla Santa, oh Patricio, tú que eres su padre y a ella honra con ferviente culto. Santo Pontífice, intercede también por aquella que te sirvió de cuna; adelanta con tu mediación el día de su retorno a la unidad católica. Acuérdate, en fin, de toda la Iglesia; tus súplicas son las de un apóstol; por eso serán bien recibidas ante el trono de quien te envió.


 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

sábado, 16 de marzo de 2019

S A N T O R A L

San Juan de Brébeuf, Jesuita, Mártir


San Juan de Brébeuf


La evangelización del Canadá comienza en los primeros años del siglo XVII. Llegó entonces a aquellas tierras -y las exploró en sucesivos viajes- Samuel de Champlain, seguido de un tropel de aventureros, con el propósito de fundar un establecimiento permanente bajo la soberanía francesa para dedicarse al lucrativo comercio de pieles, Así se fundaron primeramente Port-Royal (Annápolis) en Nueva Escocia y Quebec en las orillas del río San Lorenzo; poco más tarde, Trois-Rivieres y Montreal. 
Aquellos aventureros del primitivo Canadá francés eran, en su mayor parte, de confesión calvinista. No obstante, en 1615, Champlain hizo venir algunos franciscanos recoletos, que comenzaron a predicar el Evangelio, y uno de ellos, fray José Le Caron, adentrándose por las enormes selvas deshabitadas que cubrían la región de los lagos, alcanzó el país de los indios llamados hurones, De este modo iba a quedar señalado el primer objetivo de las misiones canadienses.
Las tierras de la orilla meridional del San Lorenzo y del Ontario estaban habitadas por las temibles tribus iroquesas. Los algonquinos vivían en la otra orilla, En medio de estas dos grandes familias indígenas rivales se hallaban aisladas otras tribus de pieles rojas, numéricamente menos importantes; entre ellas, los hurones. Todos los indígenas de aquellos parajes practicaban la vida nómada, como corresponde a los pueblos cazadores. Los hurones, aunque sin abandonar la vida errante, cultivaban temporalmente algunas parcelas y se hallaban iniciados en la evolución al sedentarismo, propio de la vida agrícola. Por eso, ellos parecieron el objetivo inmediato más propicio a la obra misional.
Cuando en 1623, llamados por los misioneros franciscanos, llegaron al Canadá los primeros jesuitas, uno de los cuales era el gran apóstol San Juan de Brébeuf, se aplicaron con todo ardor a la misión de los hurones, región que Brébeuf alcanza en 1626, después de vencer incontables dificultades que oponían el clima, la tierra y los indios.
Entre tanto, Richelieu había decidido quebrantar el poderío de los hugonotes en Francia, que se sublevaron y resistieron con las armas en La Rochela y en Provenza, hasta ser sometidos por la fuerza (1627-1629). Un apéndice de esta lucha tocaba al Canadá. En 1627 Richelieu anuló los privilegios comerciales de los hugonotes de Quebec y fundó la Compañía de los Cien Asociados, para la explotación colonial de Nueva Francia. Los calvinistas de La Rochela habían llamado en su auxilio a Inglaterra, que, en efecto, hizo la guerra al Gobierno de Luis XIII. De tal manera, una expedición militar inglesa se apoderó de Quebec en 1629 e hizo prisioneros, sin distinción, a católicos y hugonotes, Entre los prisioneros se hallaban los padres jesuitas de la misión.
Pero en 1632 Francia recobra el Canadá (tratado de Saint-Germain-en-Laye). Los jesuitas vuelven a la obra interrumpida y ahora con mayor denuedo, dirigidos por el padre Paul Le Jeune, primero, y luego por los padres Jerónimo Lalemant y Paul Ragueneau, como superiores. Se abre en Quebec un "seminario" para la formación cristiana de los niños y jóvenes indígenas, que serían allí reunidos: intento vano o prematuro, porque los niños pieles rojas huyen pronto al campo, incapaces de acomodarse a la vida sedentaria y ordenada de aquel centro escolar. Se diseminan los misioneros por las tierras de los hurones, fundándose una serie de "casas" o bases de actividad apostólica (San José, San Ignacio, San Luis, Santa María, esta última cuartel general de la misión en plena selva). Allí pondrán de relieve el temple y celo misionero un grupo de jesuitas, que tienen que vencer los obstáculos de la naturaleza inclemente y sobreponerse a la animosidad de los indios hostiles y al recelo de los que se titulan amigos.
En este medio se acrisolan y fortalecen las almas heroicas del padre Brébeuf, el fundador de la misión huronesa, y de sus compañeros. Día a día, obscuramente, sin actos ostentosos que exhibir, aislados en las inmensidades de bosques y praderas que el hombre blanco ignora (porque están lejanas las factorías de los traficantes), ellos cumplen el mandato divino del apostolado con espíritu ignaciano. Cientos de kilómetros recorridos de poblado en poblado, de campamento en campamento, para llevar a todas las gentes la voz del Evangelio, tras ardua preparación. Ha sido preciso estudiar sobre el terreno las costumbres de los indígenas, adaptarse a ellas, conocer su lengua y modos de expresarse, el mundo de sus representaciones mentales, para que disciernan la nueva religión que se les predica y los ritos mágicos o supersticiones que practican. El sentido de la eficacia de la Compañía de Jesús está presente en los métodos misionales. Se trata de reducir a los salvajes a la vida sedentaria; para convidarlos a ello habrá que derrochar paciencia y generosidad. El padre Le Jeune, en su Relación de 1634, advirtió cuán inútil era intentar la conversión de los nómadas y cuán impensable la sedentarización de los indígenas sin un gran esfuerzo de caridad, ayudándoles. a trabajar la tierra.
El sufrimiento físico, las epidemias y la muerte violenta acechan a los misioneros a toda hora; pero la muerte no puede acobardar a quienes han de tener talla de mártires. En uno de aquellos días de su continua azarosa existencia, el padre Brébeuf ha hecho voto formal y ofrenda de su vida: "Dios mío y salvador mío, ¿qué podré ofrecerte a cambio de todo lo que Tú has sufrido por mí? Quisiera alejar de Ti el cáliz e invocar tu nombre... Mi Señor Jesús, yo hago voto solemne de no rechazar de mi parte la gracia del martirio si, en tu bondad infinita, un día cualquiera me la llegaras a conceder a mí, tu indigno servidor... Y en consecuencia, Jesús mío, yo te ofrezco alegremente desde hoy mi sangre, mi cuerpo y mi alma, de suerte que yo pueda morir sólo por Ti, si Tú me concedes esta gracia, Tú que te has dignado morir por mí. Hazme capaz de vivir de tal manera que Tú puedas finalmente otorgarme esta muerte".
Eran éstos los deseos más sublimes del padre Brébeuf y de los otros compañeros de la Compañía de Jesús, deseos que un día no lejano se verían cumplidos. Sentio me vehementer impelli ad moriendum pro Christo. También el padre Isaac Jogues había suplicado: "Señor, dame a beber abundantemente el cáliz de tu pasión"; y una voz interior le advirtió que su súplica había sido escuchada. Jesús, su amigo, aceptó pronto la oblación ofrecida, juzgó digna de coronarse con la palma del martirio la vida de aquellos soldados de su milicia, que no sólo habían probado virtudes heroicas en la resistencia al sufrimiento del cuerpo, sino también en la práctica de la humildad, de la obediencia y de la caridad.
Cuando la hora trágica del exterminio llegó para el pueblo de los hurones, a su lado pereció un grupo de jesuitas que no quiso rehuir el peligro anunciado, ni abandonar a sus ovejas. Precisamente esa hora terrible se descargó sobre las misiones del país hurón cuando su estado, en apariencia floreciente, hacía concebir lisonjeras esperanzas a los misioneros.
Los iroqueses habían desencadenado desde 1642 una guerra implacable, armados por los colonos holandeses establecidos en Nueva Amsterdam, la factoría de la desembocadura del río Hudson (más tarde Nueva York). Las tribus algonquinas y huronesas, aliadas de los franceses, padecieron un feroz ataque. Bajo la amenaza que se cernía, el padre Jogues se ofreció a llevar un mensaje a Quebec desde la misión de Santa María. La flotilla en que viajaba fue capturada por los iroqueses y el padre Jogues y el hermano Renato Goupil, que le acompañaba, quedaron prisioneros. Goupil perdió la vida el 29 de septiembre de 1642, a manos de un indio enfurecido, al verle cómo predicaba a sus verdugos; Jogues soportó un cautiverio de trece meses, durante los cuales padeció bárbaras crueldades, verdadero primer martirio no consumado entonces con la entrega de la vida, pero sus manos mutiladas constituyeron vivo testimonio del sacrificio exigido a aquellos apóstoles. Rescatado en 1643 por un capitán holandés y tras una corta estancia en Francia, el padre Jogues vuelve en 1644 al Canadá, donde prosigue su labor de misionero en Montreal. Dos años después se le pide que lleve a cabo una gestión de paz entre los iroqueses. El recuerdo de las torturas sufridas no le hizo vacilar: "Sí, reverendo padre -escribe a su superior-, yo quiero únicamente lo que Dios quiere, aun a riesgo de mil vidas".
Pero no era aquella su hora. El martirio le aguardaba más tarde, cuando fue destinado a tantear, con el hermano Juan Lalande, la evangelización de los iroqueses, aprovechando la transitoria calma conseguida aquel año. El padre Jogues se llenó de alegría: "Me tendría por feliz si el Señor quisiere completar mi sacrificio en el mismo sitio en que comenzó". Allí, en efecto, le fue dado sufrir en su cuerpo torturas salvajes, hasta que el 18 de octubre de 1646 era degollado. Al día siguiente se consuma el martirio de Lalande, ejemplo de vida humilde y callada al servicio de la obra misional.

...le arrancaron las uñas, le clavaron leznas ardientes,
le pasaron ascuas por las partes más sensibles del
cuerpo, le cortaban trozos de carne que se comían
ante su vista, le desollaron el cráneo y le cortaron
los pies. Un hurón renegado le echó agua hirviendo
sobre la cabeza en remedo del bautismo
y otro, por fin, le hundió en la cabeza un hacha
Los iroqueses habían aniquilado primeramente a los algonquinos. Tras la pausa de 1646, volvieron a la guerra. En 1648 alcanzaron el país hurón. El 4 de julio de aquel año arrasaron la misión de San José, donde el padre Antonio Daniel, el dulce amigo de los niños, sufrió la muerte; asaeteado por las flechas de los indios, fue rematado a tiros de arcabuz. En la primavera del siguiente año el paso desolador de los iroqueses arrollaba las misiones de San Ignacio, San Luis y Santa María. El padre Brébeuf y el padre Gabriel Lalemant, hechos prisioneros por los salvajes, padecieron atroz martirio, cuyos detalles espeluznantes se resiste a describir la pluma. 
Por fin, el 7 de diciembre de 1649 le tocaba el turno a la misión de San Juan Bautista, donde el padre Carlos Garnier fue muerto en la refriega, mientras exhortaba a los cristianos a recibir la muerte con alegría. Su compañero de misión, el padre Natalio Chabanel, había dejado poco antes San Juan Bautista para dirigirse a San José. Las últimas palabras que de él sabemos son éstas: "Esta vida vale poco; en cambio, la felicidad del cielo no me la podrán arrebatar los iroqueses". Pero no fueron los indios enemigos y feroces los que consumaron su martirio. Al padre Chabanel le fue dado probar, junto al dolor físico de la agonía, la hiel amarga del "martirio del corazón", porque fue precisamente un hurón apóstata quien le ocasionó la muerte.
La corona de aquellos héroes de la fe se adornó luego con la veneración de las gentes del Canadá y con los celestiales favores alcanzados por su mediación. De este modo, el 29 de junio de 1930 estos ocho santos mártires de la primitiva iglesia canadiense fueron solemnemente canonizados.

fuente: http://profesorjuanra.blogspot.com.ar/2013/01/8-martires-de-la-evangelizacion-de.html

Artículo firmado por Vicente Palacio Atard, originalmente en la edición 1966 del Año Cristiano de BAC.

viernes, 15 de marzo de 2019

S A N T O R A L

SAN CLEMENTE MARÍA HOFBAUER, RELIGIOSO REDENTORISTA

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Nació este heroico defensor de la Iglesia el 26 de diciembre de 1751, en Tasswitz (Moravia, en aquel entonces perteneciente al Imperio Austriaco). Recibió en el bautismo el nombre de Juan, que trocó más tarde por el de Clemente María. Contaba solo seis años cuando murió su padre, Pablo Hofbauer; su madre, María Steer, llamo al niño en aquella ocasión y, ensenándole un crucifijo de familia, le dijo: Mira, hijo mío, en adelante este será tu único padre; procura seguir sus pasos y llevar una vida conforme a su voluntad santísima. El niño se arrodilló, juntó las manos y levantó amorosamente sus ojos al crucifijo, como quien da conformidad absoluta a los deseos de su madre.
Desde aquel instante el niño Juan puso todas sus delicias en frecuentar las iglesias y practicar la caridad. Su placer más grato era distribuir a los niños pobres, vituallas y algunos dinerillos que se agenciaba.
Solo el fuego del amor divino que inflamaba ya su alma puede explicarnos la sabiduría celestial de alguna de sus ocurrencias. Yendo cierto día el niño Juan en compañía de su madre, acertaron a encontrar en la calle a unos parientes suyos. ¿Que hacéis aquí? —les preguntó el niño. Y le contestaron: Estamos matando el tiempo.
Juan, que a la sazón tenía solo ocho años, no alcanzó a entender lo que querían decir con aquello de matar el tiempo, y cuando oyó de labios de su madre el verdadero sentido del modismo:
¿Es posible? Exclamó, sorprendido por tan extraña respuesta, ¿es posible?... Pero si no tienen que hacer nada, ¿por qué a lo menos no emplean el tiempo en rezar? Respuesta, en verdad, digna de un santo y de un apóstol.

PANADERO Y LATINISTA — VOCACIÓN PROVIDENCIAL

Desde muy joven puso Dios en su corazón vivísimas ansias de llegar al sacerdocio, pero a sus encendidos deseos se oponía como obstáculo insuperable la pobreza de la familia; tuvo que resignarse a tomar un oficio manual: el de panadero.
Después de tres años entró a servir en la abadía premonstratense de Bruke. El hambre hacía estragos en Moravia y Bohemia; de todas partes acudían a la abadía turbas menesterosas y, a veces, hambrientas a pedir pan. Juan, en razón de su oficio de panadero, fue el encargado de amasar y cocer todo el pan necesario para alimentar a las muchedumbres; ya se comprenden los trabajos y desvelos que se impondría para cumplir. A su prodigiosa actividad, unía el sacrificio sin límites, imponiéndose las más duras privaciones para aumentar las limosnas.
Fray Jorge Lambreck, abad del monasterio, descubrió pronto la virtud y los secretos anhelos del panadero; ofrecióle manera de estudiar, a la vez que seguía en el oficio, y Juan pudo en cuatro años terminar los estudios de latinidad.
A la muerte del abad, Juan resolvió retirarse a la soledad y fue a vivir en una gruta, junto al santuario de Muhlfrauden, donde se veneraba una milagrosa imagen de Cristo atado a la columna; en este género de vida paso solo dos años, pues un decreto del emperador de Austria, José II, de tiránico recuerdo, abolió la vida eremítica en sus Estados. Juan se trasladó entonces a Viena, donde volvió a su antiguo oficio, en la panadería llamada la Pera de hierro, situada frente al convento de las Ursulinas.
Peregrino por dos veces a Roma en compañía de su virtuoso amigo. Pedro Kunzman. Al fin llegaron a Tívoli, donde solicitaron del obispo Bernabé Chiaramonti, elevado más tarde al solio pontificio con el nombre de Pio VII, licencia para llevar vida eremítica en su diócesis. El discreto obispo los sometió a un riguroso examen y, convencido por sus respuestas, de que era el espíritu de Dios el que los guiaba, se determinó a satisfacer los deseos de ambos jóvenes: les dio su bendición y el hábito de ermitaños. En esta ocasión recibió el siervo de Dios el nombre de Clemente María.
Sin embargo, a medida que adelantaba en años, sentía irresistible inclinación al sacerdocio; parecíale que Dios le quería, apóstol y no ermitaño; y, como esta idea le bullera de continuo en la mente, algunos meses después volvió a encaminarse hacia Viena, donde esperaba que la Providencia le deparase los medios necesarios para proseguir sus estudios teológicos y conseguir lo que tanto anhelaba.
Pero en la Universidad, nuestro Clemente no se sentía satisfecho; notó pronto que la doctrina de algunos profesores estaba plagada de los errores de Lutero y de Febronio, y con santa indignación interrumpió cierto día a uno de ellos, diciéndole:
—Señor, la doctrina que acaba usted de proponer, es contraria al dogma católico.—
Y diciendo esto abandono el aula en que con tanto descaro se maltrataba la doctrina de la Iglesia. Tan oportuna intervención tuvo un feliz resultado: el profesor que hablaba de aquella suerte, el célebre Jahn, reflexionó y mudó de vida, en forma que murió en 1816 siendo canónigo de Viena.
Así obra muchas veces Dios misericordioso: válese de una palabra para producir la chispa que ha de iluminar a una inteligencia y convertirla.
Volvió a Roma, en compañía de su condiscípulo Tadeo Hubel; llegaron a la Ciudad Eterna a la caída de la tarde y se retiraron a descansar en una modesta posada, cerca de Santa María la Mayor. Convinieron que a la mañana siguiente irían a la iglesia cuyas campanas oyeran tocar primero.
Al romper el alba el esquiloncillo de la iglesia de San Julián, les envió antes que ningún otro campanario el sonido de su voz; levantáronse, pues, y se dirigieron a la iglesia para implorar la protección del Señor. Era la hora en que los religiosos que la servían tenían la hora de meditación. El aspecto de profunda piedad con que oraban impresiono tan hondamente el ánimo de Clemente que, al salir del templo, preguntó a un niño que religiosos eran aquellos.
El niño dice a San Clemente María: Estos 
religiosos tan piadosos son los sacerdotes
 que en Roma llamamos Redentoristas.
 Sin tardar mucho, será usted como ellos
,
 
porque entrara en esa Congregación.


—Son redentoristas— le contesto el niño; y luego, en tono profético, añadió: —Y no está lejano el día en que usted entre en esa Orden.
Esta inesperada salida del niño hizo no poca mella en el ánimo de Clemente, quien, sin aguardar al día siguiente, se va a encontrar al Superior y le pide respetuosamente informes sobre la regla y fin de la Congregación.
Impulsado por divina inspiración, el Superior ofrece a nuestro Santo admitirle en la Congregación; así fue como Clemente María dió con su verdadera vocación; vió claramente ser esta la voluntad de Dios. Con suma complacencia acepto el ofrecimiento que se le hacía; tenía entonces 33 años.
El ilustre fundador de los redentoristas, San Alfonso de Ligorio, que vivía aún, al enterarse de la admisión de Clemente, sintió gran alegría y predijo que por su ministerio Dios manifestaría su gloria en los países del Norte.

NOVICIO — SACERDOTE — MISIONERO

Clemente María fue desde el primer momento dechado y modelo de novicios, pero su estómago de moravo tuvo mucho que sufrir de la frugalidad italiana.
Tomó el hábito religioso el 24 de octubre de 1784, y al año siguiente, en la Solemnidad de San José, pronuncio los votos religiosos en la Congregación del Santísimo Redentor.
Tanto progreso en santidad y ciencia que, un año después, fue juzgado digno de recibir las órdenes sagrada de manos del Obispo de Veroli. Ser sacerdote colmaba sus deseos; con ello veía ya realizados los ensueños de toda su vida y vislumbraba en lontananza los trabajos que podría emprender para mayor gloria de Dios. Poco tiempo después, en 1785, sus Superiores le enviaron con algunos compañeros a Varsovia donde, recomendado por el Nuncio, fue muy bien acogido por el rey Estanislao II. Desgraciadamente el estado social y religioso de Polonia era desastroso; los protestantes gozaban situación privilegiada por obra de Catalina II, emperatriz de Rusia. Con la fe católica habían desaparecido las buenas costumbres y la corrupción había llegado al colmo de la iniquidad.
Temo mucho —decía nuestro Santo— que Dios descargue algún golpe terrible sobre esta nación que así desprecia sus gracias y favores; roguemos para que mis temores no se cumplan.
Estas palabras proféticas tuvieron pronto fiel cumplimiento. En 1793 comenzaba el desmembramiento de Polonia y dos años más tarde Rusia, Austria y Prusia se repartían este desventurado país. La nación polaca desaparecía como tal durante siglo y medio.
Sin embargo, a pesar de todos los obstáculos y contrariedades, el misionero no perdía el ánimo en su labor, seguro como estaba de hacer la voluntad de Dios al cumplir su ministerio apostólico. Dios lo quiere, solía decir, y al, decirlo se entregaba a su misión lleno de confianza en Aquel que todo lo puede.
En una circunstancia, como llegase a faltar el pan a sus religiosos, el Padre Hofbauer bajó a la iglesia y oró largo rato; de repente, con santa osadía, se acercó al sagrario y, llamando a la puertecilla, dijo: Presto, Señor, venid a nuestra ayuda, que ya es tiempo.
Poco después un desconocido caballero se presentaba en la residencia y entregaba socorros para remediar aquella necesidad.
Varias otras veces le ayudo Dios de manera prodigiosa, todo lo cual sabía aprovechar admirablemente para extender y propagar sus obras apostólicas.

CELO Y CARIDAD DEL SANTO — FUNDA ESCUELAS

Su celo no reconocía límites y los pobres eran los que primero participaban de sus caridades. Después de la devastación de los arrabales de Varsovia por los rusos una multitud de niños, cuyos padres habían perecido, se encontraron sin pan y sin hogar. Clemente creó para las niñas huérfanas establecimientos de beneficencia que confió a vírgenes cristianas y el mismo se encargó de los niños, a los que cuidaba y prodigaba sus atenciones cual solícita madre.
Pedía limosna para ellos y nada le importaban las humillaciones más crueles con tal de poderles atender y alimentar. Habiéndose encontrado cierto día con un grupo de jugadores, les pidió limosna; uno de ellos se dió por ofendido y, fuera de sí, llegó a escupirle en la cara; el siervo de Dios se limpio con toda calma y, dirigiéndose con sosiego a su injuriador:
Esto —le dijo— va para mí, pero ahora te suplico me des una limosna para mis huerfanitos.
Tanta mansedumbre y humildad desarmaron al furioso jugador, el cual le dió una crecida limosna, se convirtió y publicó por todas partes la heroica paciencia del Santo.
Pero no les basta a los niños el pan material; bien lo sabía el santo sacerdote; por eso fundó para sus huérfanos escuelas que puso en manos de maestros hábiles y virtuosos, formados bajo su inspección y vigilancia. Esas obras exigían grandes gastos y el administrador del convento se quejaba a menudo, pero el Santo le respondía sonriendo:
Dad y se os dará: no os preocupéis del día de mañana.
Esta confianza en Dios no le salió nunca fallida.
La iglesia de San Bennón era una verdadera misión perpetua en la que el celo del padre Clemente lo animaba todo con su entusiasmo y fervor; en ella se distribuían al año más de 100.000 comuniones; cada grupo de fieles formaba una cofradía; una de ellas tenía por misión la difusión de buenos libros y combatía con todo entusiasmo la propaganda jansenista, la protestante y la de la naciente secta de los francmasones.
La vida íntima de nuestro Santo no era menos admirable que su vida de apóstol. A los pies del Santísimo Sacramento sacaba fortaleza y ecuanimidad admirables. Ofrecía el santo sacrificio de la Misa con amor de serafín; practicaba los votos de religión con la perfección y fervor de las almas escogidas. Sumamente austero consigo mismo, jamás se quejaba de nada ni de nadie. Mirad —decía un día a uno de sus Hermanos—: para soportar la fatiga el misionero debe ser mortificado. Yo no he probado el vino hasta los cuarenta años.
Tampoco descuidaba la mortificación interior: Las penitencias corporales —solía decir— no son ni absolutamente necesarias, ni muy difíciles; pero la renuncia de la propia voluntad y la represión de las malas inclinaciones son de necesidad absoluta para adquirir las virtudes; es este un combate mucho más difícil.
Un alma tan bien templada alcanzo rápidamente la más alta perfección. Cual otro San Francisco de Sales, había logrado domar, mediante una lucha incesante, la vivacidad natural de su carácter; las injurias más atroces no conseguían turbar su tranquilidad ni alterar en lo más mínimo su semblante. Persona de tal condición era idónea para llevar la cruz a ejemplo de su divino Maestro; por otra parte, el Señor cuidó que no le faltara nunca durante toda su vida, purificando así más y más a su fiel siervo.

LOS REDENTORISTAS SON EXPULSADOS DE POLONIA

Envidiosos los sectarios, herejes y revolucionarios de la gran influencia de los Redentoristas en Varsovia, emplearon todas sus arterias hasta lograr la total extinción de su obra, y un decreto por cual se los expulsaba no tan solo de Varsovia, sino de toda Polonia.
Federico Augusto, rey de Sajonia, firmó con lágrimas en los ojos este decreto por orden de Napoleón, cuyas tropas ocupaban el país.
Nuestro desterrado Padre Clemente María permaneció algunas semanas detenido con sus Hermanos en la fortaleza de Custrin, y hacia fines del año 1808 hubo de salir, para Viena.
En esta ciudad halló al principio oposiciones y penalidades, pues fué detenido como conspirador y enviado al calabozo; pero lejos de intimidarse el inocente perseguido, con estos rigores aumentaba su alegría, al entrever próximos consuelos. En efecto, su inocencia fue a todos manifiesta y por ello salió de la cárcel. El papa Pio VII le defendió tan bien contra la desconfianza de la corte de Viena, que el emperador de Austria, Francisco I, reconoció al fin a la Congregación del Santísimo Redentor. Entonces, el Padre Clemente María agrupó en torno suyo a todas las clases sociales de la ciudad.

APÓSTOL DE VIENA

Muy raros eran en aquella época en Viena los cristianos de entereza suficiente para declarar en público su afecto a las doctrinas de la Iglesia católica y su adhesión incondicional a la Santa Sede. Este valor, que a tantos faltaba, San Clemente María lo poseía en alto grado. Sin importarle lo que el público dijera, se estableció en el centro de la capital de Austria como sacerdote netamente católico, y como tal se dió a conocer en sus enseñanzas, en su proceder y en todas sus obras y empresas. Tan alto ejemplo de virilidad cristiana causo verdadera sensación en el ambiente social; y a poco el humilde Padre Clemente llego a ser cual faro luminoso que atraía a todos los verdaderos hijos de la Iglesia católica.
Y es que este santo varón vivía de la vida de fe. Una persona sin fe —solía decir— me da la impresión de un pez fuera del agua... Creo con más tesón y firmeza lo que la fe me enseña, que lo que veo a simple vista y, si con los ojos corporales me fuera dado presenciar los misterios de la fe, no los abriría para no perder el mérito de esta virtud.
Gracias a esa fe realizo numerosas obras de caridad. Apenas si puede compararse la ternura que tiene un padre con sus hijos con la que este apóstol tenía con los pobres: daba cuanto llegaba a sus manos. Cada día visitaba a los desheredados de la fortuna, escuchábalos, los animaba y se ponía a su disposición en el confesonario. Los pobres vergonzantes eran objeto de una caridad especial: sabía descubrirlos y socorrerlos con extremada delicadeza.
Difícil sería dar idea de la caridad y solicitud que prodigaba a los miembros dolientes de Jesucristo. Nunca retardaba el auxilio a los enfermos, ora fuese de día, ora de noche, con viento o con nieve, a corta o larga distancia. Si el enfermo era pobre, suministrábale socorros; si no había nadie para cuidarle, el hacía de enfermero; su abnegación, su amena charla, su amable familiaridad, le ofrecían esas brillantes victorias por las cuales arrancaba del infierno a tantas almas como la muerte pudiera precipitar en él.
Cierto día fueron a llamarle para confesar a un enfermo que hacía más de veinte años que no frecuentaba los Sacramentos, y a la hora de la muerte rechazaba los auxilios de la religión. Su anciana madre y su mujer recibieron al Padre Clemente María con lágrimas en los ojos y le introdujeron en la estancia del moribundo; apenas le vio el enfermo monto en cólera vomitando injurias y denuestos contra él.
Amigo —le dijo el Santo—, cuando uno se dispone, a emprender largo viaje, procura proveerse del necesario viatico, ¿cómo puede ser que tu, cuando vas a emprender el de la eternidad, que es tan largo, desprecies los Sacramentos de la Iglesia, medios indispensables para llegar felizmente al término, que es la gloria?
El enfermo rechazó sus consejos.
—Márchate, sal pronto de aquí— exclamó.
El Padre Clemente hizo ademán de retirarse, pero se detuvo en el umbral de la puerta. El enfermo se dió cuenta y, juntando las pocas fuerzas que le quedaban, le increpo frenético:
—Márchate y déjame en paz—.
Entonces el Padre se vuelve hacia el enfermo y, con voz resuelta y tono severo, le dice:
—No me iré, no; vas a morir pronto y quiero presenciar la muerte de un réprobo.
A estas palabras, que parecían inspiradas por el cielo, el moribundo prorrumpió en sollozos, se avino a reconciliarse con Dios y expiró como un predestinado en brazos del santo misionero.

MUERTE DEL SANTO — EL TRIUNFO

Tan numerosos y continuados trabajos habían debilitado poco a poco la robusta complexión del Santo; sin embargo, no cesaba en sus apostólicas empresas y en el ejercicio de su ministerio, aun en medio de crueles sufrimientos.
Por fin el 15 de marzo de 1820, a eso de mediodía, en el momento en que rezaban el Ángelus, entrego su hermosa alma a Dios.
Sin tardar empezaron los prodigios en su tumba; innumerables gracias espirituales y temporales fueron el fruto de su intercesión. Los hechos milagrosos se repetían con tanta frecuencia que los fieles solicitaron a Roma la introducción de su causa, lo cual tuvo lugar el 14 de febrero de 1867. Verificóse su Beatificación en el Pontificado de León XIII y, por fin, la Canonización solemne del Apóstol de Viena, por San Pio X, el 20 de mayo de 1909, al mismo tiempo que la de San José Oriol, apóstol de Barcelona.

Fuente: EL SANTO DE CADA DIA, POR EDELVIVES  -tomo II-