martes, 17 de febrero de 2026

S A N T O R A L

Los Santos Siete Fundadores de la Orden de los Siervos de María

Los fundadores de la Orden de los Siervos de María fueron muy unidos durante la vida, siendo sepultados en una misma tumba y —hecho único en la Historia— venerados y canonizados en conjunto.
Plinio María Solimeo
La Edad Media fue, con mucha propiedad, llamada “la dulce primavera de la fe”. Sus magníficas catedrales, auténticos encajes de piedra y de vitrales, aún hoy atraen a turistas de todo el mundo. En su apogeo, vio florecer una pléyade de santos, como Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura, que ilustraron para siempre a la Santa Iglesia. Entre los santos medievales, emperadores, reyes, príncipes y grandes señores que anduvieron por la senda de la virtud fueron elevados a la honra de los altares.
La Edad Media tuvo también la inusitada gloria —que muestra cómo la santidad era entonces común— de ver a siete de los más prominentes ciudadanos de la República libre de Florencia abandonar su situación privilegiada y de riqueza para seguir más fielmente los consejos evangélicos. Son ellos los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de María, cuya fiesta conmemoramos el día 17 de febrero.

De la riqueza a la pobreza de la vida religiosa

Con la intención de alabar más especialmente a la purísima Virgen María, algunos jóvenes del patriciado de Florencia —todos ellos comerciantes de lana, según parece— habían fundado una cofradía de laicos con el nombre de Laudenses. El día 15 de agosto de 1233, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, siete de sus miembros más destacados estaban reunidos en una capilla para cantar las glorias de la Santísima Virgen, cuando Ella se les apareció, recomendándoles que renuncien al mundo y se dediquen exclusivamente a Dios. Buonfiglio dei Monaldi (Bonfilio), Giovanni di Buonagiunta (Bonayunta), Bartolomeo degli Amidei (Amadeo), Ricovero dei Lippi-Ugguccioni (Hugo), Benedetto dell’Antella (Maneto), Gherardino di Sostegno (Sosteño), y Alesio de Falconieri (Alejo), los siete escogidos, vendieron así todos sus bienes, distribuyeron el producto a los pobres y, después de haber consultado al obispo de Florencia, Ardingo Foraboschi, se retiraron a una vieja casa en La Camarzia, en las afueras de la ciudad, junto a una ermita de la Virgen.
El día de la Epifanía de 1234, dos de ellos, Bonfilio y Alejo, salieron por primera vez a las calles para pedir limosna. Así fue que las bellas calles y plazas de la orgullosa Florencia comenzaron a presenciar este espectáculo no raro en aquellos tiempos de fe: dos miembros de opulentas familias, habiéndose despojado de todas las pompas y distinciones de su clase por amor de Dios, y vestidos con una pobre túnica, pidiendo pan de limosna para su diario sustento.
Lo más sorprendente fue que los niños, incluso a los de pecho, comenzaron a señalarlos con el dedo y a decir: “He ahí a los siervos de María”. Entre ellos estaba uno de cinco meses, que después sería San Felipe Benicio, futuro Superior General de la congregación naciente, y que la desarrollaría de tal forma que es considerado su octavo fundador.
A raíz de tal prodigio, el obispo Ardingo aconsejó a los religiosos no cambiar el nombre que les había sido dado tan milagrosamente. Así, hasta hoy son conocidos como los Siervos de María.

La Santísima Virgen les concede el hábito y las reglas

Los siete santos permanecieron un año en La Camarzia. Pero, como eran muy solicitados, resolvieron buscar un lugar más aislado para vivir, con la anuencia del obispo. Éste puso a su disposición un terreno junto al monte Senario, a dos leguas de Florencia. Allí construyeron un oratorio y, a su alrededor, pequeños cuartos de madera. Se entregaban a la oración y penitencia, viviendo de hierbas que nacían en las faldas del monte, meditando continuamente la Pasión de Cristo y las amarguras de María Santísima. Escogieron al mayor de ellos, Bonfilio, como superior. Él, viendo que no podrían vivir siempre así, incluso porque las hierbas escaseaban, mandó a la ciudad a Alejo y a Maneto, a fin de pedir limosnas para el sustento de la pequeña comunidad.
Alejo Falconieri, hijo de uno de los principales miembros de la República —el más conocido de los siete fundadores— no quiso después, por humildad, recibir la ordenación sacerdotal cuando sus compañeros obtuvieron autorización para ello. En su larga vida de ciento diez años, permaneció siempre como hermano lego en la orden que había cofundado. Por más que quisiese librarse de las honras, su personalidad lo ponía en evidencia, y sería el más recordado cuando se hablase de los siete santos servitas.
En el monte Senario Nuestra Señora se volvió a aparecer a los siete fundadores, mostrándoles un hábito negro y recomendando que lo llevasen en memoria de la Pasión de su Hijo. Les dio también las reglas de San Agustín, que debían seguir, fundando así una nueva orden religiosa. Los siete santos hicieron los votos de obediencia, pobreza y castidad, y comenzaron a recibir candidatos. En memoria de esa aparición, que tuvo lugar el Viernes Santo del año 1239, los religiosos servitas acostumbraban hacer, en ese día, una ceremonia a la que llamaban Los funerales de Jesucristo. El Sábado Santo, otra que llamaban La coronación de la Santísima Virgen.

El fin particular de esta nueva orden era, primero, la santificación de sus miembros; y después, la de todos los hombres, a través de la devoción a la Madre de Dios, especialmente en su desolación durante la Pasión de su divino Hijo. Para eso los servitas predicaban misiones, tenían la cura de almas y enseñaban en instituciones superiores de educación.

El milagroso cuadro de la Anunciación


En un principio los religiosos iban a Florencia y volvían todos los días. Sin embargo, debido a la distancia y a las intemperies, recibieron permiso para abrir una especie de albergue en la ciudad, donde los frailes que salían para limosnear pudieran pernoctar y acoger también a los peregrinos que recibe Florencia. Más tarde, cuando se pensó en una fundación en la ciudad, utilizaron aquel hospedaje. Bonfilio y Alejo tuvieron la idea de mandar a pintar en la capilla el gran misterio de la Anunciación. El piadoso pintor que contrataron, al no juzgarse con la suficiente habilidad para reproducir los trazos de la Santísima Virgen en esa escena, pidió a los religiosos que uniesen sus oraciones a las suyas, para que Nuestra Señora lo ayudara en la empresa.
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/de/Fra_Bartolomeo_Annunziata_miracle_painting_1252_Annunziata_Florence.jpg
Según las crónicas, ocurrió un hecho maravilloso: mientras el pintor dormía, un artista celestial completó lo que él no osaba realizar. Así nació el cuadro milagroso, que hizo célebre la basílica de la Annunziata, pues comenzó a atraer multitudes. El pequeño oratorio no tenía capacidad para tanto y fue necesario pensar en una iglesia mayor, lo que las abundantes limosnas de los fieles hizo posible.
Habiendo estos santos varones agregado a sí a muchos compañeros, comenzaron a recorrer las ciudades y aldeas de Italia, principalmente de Toscana, predicando a Jesucristo crucificado, serenando las guerras civiles y atrayendo a muchos desorientados hacia las sendas de la virtud.
En 1243 el dominico Pedro de Verona (San Pedro Mártir), Inquisidor General de Italia, por sus relaciones familiares con aquellos santos y por una visión de María Santísima, recomendó la nueva fundación al Papa. Pero fue sólo en 1249 que la primera aprobación oficial de la orden sería obtenida del cardenal Rainiero Capocci, legado papal en Toscana. Por aquel tiempo, San Bonfilio obtuvo permiso para fundar la primera rama de su orden en Cafaggio, fuera de los muros de Florencia.
En 1267 San Felipe Benicio fue elegido prior general. Sin embargo, en 1274 el Concilio de Lyon suprimió todas las ordenes religiosas aún no aprobadas por la Santa Sede. En consecuencia, el Papa Inocencio V, en carta de 1276, comunicó a San Felipe que la Orden de los Servitas estaba abolida. El santo fue a Roma para defender su causa, pero el Papa falleció. Finalmente, a instancias de San Felipe y con la opinión favorable de tres abogados consistoriales, el Papa Juan XXI decidió que la orden continuara como antes. La aprobación final sólo vino en 1304, con la bula “Dum levamus”, del Papa Benedicto IX. De los siete fundadores, sólo vivía San Alejo.
En efecto, entre 1257 y 1268 habían fallecido cuatro de ellos. En 1282, al morir Hugo y Sosteño, de los siete primitivos fundadores restó solamente San Alejo.
En 1270 San Alejo tuvo la dicha de ver nacer milagrosamente a la hija de su hermano Clarencio, ya septuagenario, la futura Santa Juliana Falconiere, que fundaría un ramo femenino de la Orden de los Servitas, las Mantelatas.
Otro santo cuya fama de santidad contribuyó mucho para la expansión de la obra de los Servitas fue San Peregrino Laziosi, nacido en 1265, recibido en la Orden en 1283. Su humildad y paciencia eran tan grandes, que fue llamado “el segundo Job”. Su cuerpo permanecía incorrupto hasta recientemente.
Los siete fundadores fueron sepultados en el mismo sepulcro. Simbólicamente, sus cenizas se mezclaron.

Obras consultadas.-
1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Madrid, 1882, t. II.
2. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1946, t. I.
3. P. José Leite S.J., Santos de Cada Día, Editorial A.O., Braga, 1993, t. I.
4. The Catholic Encyclopedia, Online Edition, Copyright © 2008 by Kevin Knight.

lunes, 16 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SANTA JULIANA, VÍRGEN Y MÁRTIR

En la ciudad de Nicomedia hubo un caballero, que se llamaba Eleusio: era Senador, y muy principal, y amigo de los emperadores, y juntamente muy dado al culto de sus falsos dioses. Queriéndose este caballero casar, puso los ojos en una doncella hermosísima, honestísima y de virginales costumbres, que se llamaba Juliana; hija de Africano, persona muy ilustre, y no menos engañado que Eleusio en lo adoración de los demonios. La madre de Juliana era mujer, que ni era bien gentil, ni bien cristiana; mas Juliana desde su niñez lo fué: porque contemplando el orden, concierto, y variedad de las criaturas, con su buen entendimiento y luz del cielo, vino á conocer, que no había sino un Dios, criador de todas las cosas, y le comenzó á amar y desear servir, y se entretenía con él en su oración y lección de los libros buenos, y en visitar á menudo su santo templo. Pues como Eulesio pidiese por sus raras partes por mujer con muchas instancias á Juliana; y sus padres juzgasen, que ganaban mucho con aquel casamiento, por la calidad y riquezas de Eleusio; vinieron en ello, y concertáronle muy contra la voluntad y gusto de su hija; la cual, por dar tiempo al tiempo, y tener alguna ocasión para salirse á fuera, dando mucha prisa Eleusio, para que se celebrasen las bodas, le envió á decir, que ella no se casaría, si primero no alcanzaba del emperador la dignidad de prefecto, que era muy grande. Y aunque esta petición parecía nueva á Eleusio, por el encendido amor que le tenía, y deseo de casarse con ella, no la desechó, antes procuró, que se le diese el cargo de prefecto, y él le compró con gran suma de dinero, y avisó á Juliana, que ya él había alcanzado, lo que ella deseaba, y se podía casar con el prefecto. Entonces viendo la santa que este color y achaque no bastaba para impedir el matrimonio; le respondió, que ella era cristiana, y que no pensaba casarse, sino con un hombre, que lo fuese; y así le rogaba, que tomase la fé de Cristo, para que aquel casamiento fuese dichoso y bienaventurado, y los dos pudiesen vivir en una dulce unión, y santa conformidad: porque de otra manera, siendo de dos diferentes religiones, con los cuerpos estarían juntos, y con los corazones apartados. Turbóse en gran manera Eleusio con este recado: dio luego parte al padre de la santa virgen: y como ambos á dos eran paganos, y ciegos y enemigos de cristianos, no se puede creer el enojo y sentimiento, que tuvieron contra Juliana. Hablóle el padre primero con dulces y amorosas palabras, y con todo el artificio, que el amor de padre y celo de su falsa religión le daban, y procuró atraerla á su voluntad, y que se casase con aquel caballero: y como esto no bastase, usó de espantos, y amenazas, y al fin de azotes y golpes, cárcel y prisiones: y viendo, que perdía tiempo, porque Juliana siempre respondía, que no se casaría con él, si primero no era cristiano; la entregó á Eleusio, para que la castigase, é hiciese de ella á su voluntad. 

Mandóla Eulesio traer, como prefecto, á su estado: y aunque con la cólera estaba inflamado, cuando la vio delante de sí, maravillado de su extremada belleza, se reportó, y el fuego del amor comenzó á pelear con el fuego del enojo, y á reprimirle, y sujetarle. Díjole muy blandas, y regaladas palabras: exhortóle, á que le tomase por marido, y que si ella quería ser cristiana, él no se lo estorbaría; y que él también se hiciera cristiano, si no temiera á los emperadores, y perder por ello la vida: y que mirase, que él lo aconsejaba, como padre y amigo, lo que le estaba bien; y que si no lo hacía, lo pagaría con la vida, y acabaría con todos los tormentos, que le pudiese dar. Todo esto no bastó, para que la santa doncella, que ya estaba prevenida, y confortada de su celestial esposo, se rindiese; antes cerrando los oídos á los silbos de aquella serpiente infernal, le respondió, que no perdiese tiempo, porque aunque la matase, quemase, despedazase, y echase á las fieras, no baria mudanza en lo que había dicho. Entonces el prefecto, furioso por la saña, y como fuera de sí, la mandó cruelísimamente azotar con nervios, diciendo, que aquellos azotes eran como principio de los tormentos, que había de padecer; pero ella le respondió, que esperaba en Dios, que la daría fuerzas para sufrir cualesquiera penas, y que él se cansaría antes en atormentarla, que ella en ser atormentada. Mandóla el juez colgar de los cabellos, y tenerla así colgada buena parte del día, de suerte, que le arrancó el pellejo de la cabeza, y los ojos se le obscurecieron, y las cejas se le subieron á la frente: tras esto mandó quemarlo los costados con planchas de hierro encendidas, y atadas las manos traspasarlo los muslos con un hierro ardiendo, y de esta manera llevarla á la cárcel. Aquí la santa virgen, viendo despedazado su cuerpo, y hecho un retablo de llagas, y de dolores, se volvió á su dulce esposo, y le suplicó, que la favoreciese, y la librase de aquellas penas, como había librado á Daniel de los leones, y á los tres mozos del horno de Babilonia, y á santa Tecla de las bestias, y del fuego. Haciendo esta oración, se le apareció el demonio en figura de un ángel del cielo, y le dijo, que el prefecto había aparejado gravísimos y horribles tormentos para ella, y que Dios no quería, que los padeciese, sino que en sacándola de la cárcel, luego sacrificase. Y preguntándole ella quién era, le respondió, que era ángel de Dios, y que él le enviaba, para que no pasase tan atroces tormentos. Y como ella viese, que aquel consejo no era de ángel de luz, sino de tinieblas, suplicó á nuestro Señor, que le descubriese su voluntad, y quién era aquel, que con máscara de ángel la quería engañar. Luego oyó una voz del cielo, que le dijo: «Confía, Juliana; que yo soy contigo: echa mano, y prende á ese, que te habla; porque yo te doy potestad para ello, y de él sabrás quién es».

A la oración de la santa se siguió la voz del cielo, y á la voz el milagro; porque luego Juliana se halló libre de sus prisiones, y sana, y se levantó del suelo, y vio al demonio atado delante sí: y prendiéndole, y asiendo de él, como de un esclavo fugitivo, le comenzó á examinar, quién era, de dónde venía, y quién lo había enviado: y el demonio, forzado de la virtud invisible del Señor, con ser padre de la mentira, confesó la verdad, y dijo, que él era uno de los principales ministros de Satanás, que lo había enviado, y el que había engañado á Eva, é incitado á Caín á la muerte de su hermano, y á Nabucodonosor á levantar la estatua, y á Herodes á la muerte de los niños inocentes, y á Judas á vender á su maestro, y después á ahorcarse, y á los judíos á apedrear á Esteban, y á Nerón á matar á Pedro y Pablo; y finalmente, el que había sacado de seso á Salomón con el amor loco de las mujeres. Todo esto dijo el demonio: y (si dijo verdad) bien se ve, que aunque es león bravo, y despedaza á los que se llegan á él, y se fían de sus garras; para los humildes, y desconfiados de sí, y armados del espíritu de Jesucristo, no tiene fuerza; pues una delicada doncella le pudo atar, y vencer: porque después que la santa virgen le hubo oído, ató de nuevo al demonio, y le dio muchos golpes, los cuales mostraba sentir aquella fiera bestia, y se quejaba gravemente, porque habiendo vencido á tantos, era tratado tan vilmente de una doncella; y se lamentaba, que Satanás le hubiese enviado, sabiendo, que no podía resistir á la pureza de aquella virgen, y á la fuerza de su santidad.
Mandó el prefecto, que si Juliana vivía, se la trajesen delante; y ella vino, trayendo tras sí el demonio atado, y pareció en los estrados del prefecto sana y entera, como si ninguna cosa hubiera pasado por ella, y con la misma hermosura que antes. Quedó atónito el cruel juez, y lo que era milagro, y virtud de Dios, atribuyélo, como ciego, á hechizos, y malas artes, y mandó encender un horno, y echar en él á la santa virgen: y ella, mirando á su dulce esposo con ojos blandos y amorosos, derramando algunas lágrimas, le suplicó, que la favoreciese en aquel trance; y luego el fuego se apagó, y con aquel nuevo milagro, el pueblo, que allí estaba, se conmovió, y comenzó á dar voces, y á decir, que no había otro Dios, sino el Dios de Juliana; y se convirtieron quinientos hombres, á los cuales mandó luego allí matar el prefecto: y otras ciento y treinta mujeres también abrazaron nuestra santa religión, y no quisieron ser inferiores á los hombres. Todo esto era inflamar más el corazón del prefecto, el cual mandó echar á la virgen en una gran caldera, que hervía; mas en ella la santa halló refrigerio, y alivio: y saliendo, por virtud divina, aquel licor hirviendo, dio en los ministros de justicia, y en los otros gentiles, que allí estaban, y les quitó la vida.

Cuando esto vio el prefecto, no sabiendo más que hacer, dio sentencia, que la cortasen la cabeza. Llevando á la virgen al suplicio, el demonio iba tras ella, incitando á los verdugos, que la matasen, por verse libre de sus manos: y la santa virgen le miró con un aspecto severo, y terrible, y el demonio comenzó á temblar (¡ó potencia de la cruz de Cristo!), temiendo, que de nuevo no le atormentase; y con esto desapareció, y Juliana con grande alegría, y regocijo de su alma, hizo oración al Señor, é inclinó su cuello á la espada; y así acabó, y subió su purísimo espíritu al cielo, para ser coronada con dos gloriosas coronas, de virgen y mártir. Después una buena mujer, que iba á Roma, llamada Sofía, pasando por Nicomedia, tomó sus sagradas reliquias, y edificó una iglesia, y las colocó en ella: y el malvado Eleusio, prefecto, después fué castigado por la mano del muy Alto, y pagó aun acá en esta vida la culpa de su crueldad; porque navegando por el mar, la nave, en que iba, con una grande tempestad pereció, y todos los que iban en ella se ahogaron, y solo él, para mayor miseria, fué echado de las olas en un lugar desierto, para que fuese manjar de las fieras. Murió esta santa virgen de edad de diez y ocho años, á los 290 del Señor, imperando Diocleciano y Maximiano. Escribió su vida Metafraste; y tráela Surio en su primer tomo. Hacen de ella mención el Martirologio romano, el de Beda, Usuardo, y Adon, y ponen su traslación á los 16 de febrero, y el cardenal Baronio en sus anotaciones, y en el tercero tomo de sus anales: los griegos en su Menologio, á los 21 de diciembre; y san Gregorio papa, escribiendo á Fortunato, obispo de Nápoles, hace mención de sus reliquias en las epístolas ochenta y cuatro, y ochenta y cinco del séptimo libro.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 15 de febrero de 2026

S A N T O R A L

LOS SANTOS FAUSTINO Y JOVITA, MÁRTIRES

Los Santos junto a la Santísima Virgen

San Faustino, y san Jovita, fortísimos mártires del Señor, fueron hermanos, y muy ilustres por sangre, y mucho más por haber sido cristianos, y haber derramado la suya por Cristo, con un penoso y prolijo martirio, que padecieron, habiendo sido atormentados muchas veces con penas atroces y exquisitas, en muchas ciudades de Italia. Nacieron estos bienaventurados caballeros de Jesucristo, en Bresa, ciudad principal de Lombardía. Desde niños fueron bien inclinados, modestos, virtuosos, unidos entre sí con el vínculo de una hermanable caridad. A Fausto, que era el mayor, ordenó de sacerdote Apolonio, obispo de aquella ciudad; y á Jovita, de diácono. Comenzaron los santos hermanos á ejercitar sus oficios con grande aprovechamiento de los pueblos, y edificación de los fieles; y muchos gentiles por su predicación se convertían á nuestra fé, y desterradas las tinieblas de su ignorancia, recibían la luz del sagrado Evangelio. Iba esto creciendo, de manera, que la religión cristiana florecía, y la de los falsos dioses cada día iba en mayor disminución, y la fama de los hermanos se extendía por toda aquella comarca, y llegaba á algunas ciudades más apartadas, y remotas. Más el demonio, queriendo estorbar este feliz progreso, movió á un ministro suyo, y grandísimo enemigo de Cristo y de su Iglesia, que se llamaba Itálico, que persuadiese al emperador Adriano, que llevase adelante la persecución contra los cristianos, que Trajano su predecesor había comenzado, y quitase la vida á Faustino y Jovita, que eran los principales predicadores de aquella superstición, si quería tener propicios á los dioses, y seguro su imperio. El emperador, dio al mismo Itálico amplia comisión, para proceder contra los dos santos hermanos, y contra los demás cristianos. Llegado á Bresa, Itálico mandó prender á Faustino y Jovita: propúsoles el mándalo del emperador: exhortóles á obedecerle: prometióles grandes dones, si obedecían, y graves tormentos, si lo dejaban de hacer: y hallándolos en la confesión de la fé valerosos, y constantes, no quiso pasar adelante, hasta que el mismo emperador, que iba á Francia, entrase en la ciudad de Bresa, así para saber de él su voluntad, como por ser los santos personas tan ilustres, y tan emparentadas. Vino el emperador: supo lo que pasaba; tentó inclinarlos á la adoración de sus dioses, y mandólos llevar al templo del sol, en el cual estaba una estatua del mismo sol, riquísimamente adornada, y en la cabeza tenía muchísimos rayos de oro fino, que maravillosamente resplandecían. Hicieron los santos oración á Dios del cielo; y luego la estatua se paró como un hollín, y los rayos de la cabeza, como un carbón. Espantóse el emperador, que estaba presente, y mandó á los sacerdotes, y ministros del templo, que limpiasen la estatua del sol, y sacudiesen aquel hollín; y en poniendo ellos las manos en ella, luego cayó, y se deshizo, y se convirtió en ceniza.

Embravecióse el emperador con este suceso, y condenó á los dos santos á las fieras. Echáronles cuatro leones ferocísimos, los cuales dando unos bramidos espantosos, que hacían temblar á los gentiles, que allí estaban, se llegaron á los santos hermanos mansamente, y comenzaron á lamerles los pies: echaron también leopardos, osos, y otras bestias fieras, y para irritarlas, y hacerlas más crueles, y bravas, les ponían hachas ardiendo á los costados; pero todas ellas eran como ovejas para los santos; y para los ministros del emperador fueron tan bravas, que á todos los despedazaron: y queriendo los sacerdotes de los templos atribuir este milagro á Saturno, y llegarse á los santos con una estatua suya, para que le reverenciasen; las fieras los asaltaron, y mataron á bocados, y con ellos á Itálico, principal autor de esta persecución, que iba en su compañía. Clamaban los gentiles á grandes voces, y decían, Saturno dios, ayuda á tus ministros; mas su misma estatua quedó ahí en el suelo pisada de las bestias fieras, y bañada de sangre de sus sacerdotes. La mujer de Itálico, llamada Afra, cuando supo la muerte de su marido, vino con gran furia al teatro, donde estaba el emperador, y con voz lamentable, y enojada, le dijo: ¿Qué dioses son estos, que adoras, ó emperador? Dioses, que no pueden librar á sus sacerdotes, ni aun á sí mismos, y por ellos, y por tí yo he quedado hoy viuda: y así ella se convirtió á la fé; y otros muchos, de los que estaban presentes, entre ellos Calocero, hombre principal en la corte y casa imperial, con gran parte de los criados, y ministros. Y para que se viese, que aquellas maravillas eran obras de Dios, que conservaba la natural crueldad en aquellas bestias, para que usasen de ella contra los gentiles, y fuesen mansas y blandas para con los santos; ellos les mandaron, que sin hacer daño á ninguno, saliesen fuera de la ciudad; y así lo hicieron, y se fueron á los desiertos. Mandó después de esto Adriano echar los santos en el fuego; y ellos estaban en medio de las llamas, como en una cama regalada, alabando, y cantando himnos al Señor. Echáronles de nuevo á la cárcel, y dieron orden, de que no entrase nadie á ellos, ni que se les diese cosa de comer, ni beber, para que pereciesen de hambre y sed. Pero ¿quién puede contrastar contra Dios? Vinieron los ángeles del cielo á confortar, y alegrar á los esforzados guerreros del Señor; alumbraron con luz celestial aquellas mazmorras tenebrosas, y dieron mayor consuelo, á los que estaban consolados, porque padecían por su Señor.
 Mas viendo el emperador la constancia de los mártires, y los muchos, que por su ejemplo se habían convertido á Cristo, y la parte, que tenían en la ciudad; temiendo alguna sedición, mandó matar á los que habían creído con Calocero, y llevar al mismo Calocero, y á los santos hermanos Faustino y Jovita, encadenados á Milán, para donde él se partía. Allí fueron de nuevo atormentados: atáronlos á todos tres en el suelo boca arriba, y echáronles plomo derretido con unos embudos por la boca, para que les quitase la respiración, y la vida; más el plomo, como si tuviera sentido, no haciendo daño á los mártires, quemaba á los crueles verdugos. Pusiéronlos en el potro y aplicaron planchas encendidas á sus costados; y Calocero, sintiendo gravísimo dolor del fuego, que le penetraba las entrañas, dijo á Faustino y Jovita: Rogad á Dios por mí, ó santos mártires; que este fuego me atormenta mucho. Y ellos respondieron: Ten fuerte, Calocero: que esto poco durará, y el favor del Señor será contigo: y así fué; porque luego se sintió Calocero recreado, y tan confortado, que les dijo, que no sentía dolor. Y por más que echaron estopa, resina y aceite, y encendieron un gran fuego alrededor de los santos: todo perdió su fuerza, y no fué parte, para que ellos no estuviesen muy contentos, y alabasen al Señor: por lo cual muchos de los circunstantes, maravillados de lo que veían, y entendiendo, que aquellas no eran, ni podían ser obras de nuestra flaca naturaleza; conocieron al autor y obrador de tan grandes milagros, y se convirtieron. Y el emperador no sabiendo ya que hacerse, y teniendo por afrenta ser vencido de los santos mártires, entregó á Calocero á un gobernador de los suyos, llamado Antíoco, para que le martirizase: y partiéndose para Roma, mandó llevar tras sí á Faustino y Jovita, y llegados á aquella ciudad, fueron de nuevo cruelmente atormentados, y visitados y consolados del sumo pontífice. De allí los llevaron á la ciudad de Nápoles, y de nuevo les dieron otros exquisitos tormentos, y los echaron en el mar: más el ángel del Señor los libró, y por virtud del mismo Señor, que peleaba en ellos, salieron vencedores, y más puros y resplandecientes con los tormentos, como el oro en el crisol. Finalmente los volvieron á Bresa, su principal ciudad, para que los que con su vida y constancia se habían convertido á la fé de Jesucristo, se encogiesen, y atemorizasen con su muerte.
Esto pretendían los tiranos; y Dios por este medio honrar, é ilustrar, y defender aquella ciudad, donde estos santos habían nacido, con la sangre, é intercesión y merecimientos de ellos. Allí fueron degollados, y fuera de la puerta que va á Cremona, puestos de rodillas, y encomendando su espíritu al Señor, que les había dado fuerzas para pelear valerosamente en tantas y tan duras batallas, y ahora los hacia dignos de sí, y los daba corona de martirio: el cual fué á los 15 de febrero, del año de nuestra salud de 122, según Baronio; y el mismo día celebra la Iglesia su fiesta. El Martirologio romano dice, que fueron martirizados por el emperador Adriano; y el Breviario romano, que en la persecución de Trajano. Los tormentos de estos santos fueron tantos, y duraron tanto tiempo, que pudo Trajano comenzarlos, y acabarlos Adriano; aunque lo más probable parece, que todo fué en tiempo de Adriano, el cual no movió propia persecución contra la Iglesia, sino continuó la que Trajano su predecesor había comenzado; y así se pudo llamar persecución de Trajano, tomando el nombre de su autor.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc