sábado, 22 de agosto de 2026

S A N T O R A L

PÍO XII Y LA ERA DE MARÍA

Pío IX tuvo el mérito de proclamar la primacía de lo espiritual frente a un mundo que andaba siempre más laicizado, poniendo la figura de María Santísima como centro de toda atención. En la cara de una sociedad que anhelaba "liberarse" de la "opresión" del antiguo régimen a raíz de la libertad y de la razón, este dogma proclamó la santidad de su excelsa santidad de Aquella que, movida por la virtud de la humildad, se hizo esclava del Señor.

Con ocasión del primer aniversario del dogma en 1954, proclamado Año Jubilar Mariano por el Papa Pío XII, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira escribió un artículo que remarcaba un aspecto capital, aunque, por lo común, no siempre puesto en evidencia: su carácter profético como vaticinio de la era del triunfo del Inmaculado Corazón de María.

APUNTES PARA UNA SOCIOLOGÍA VERDADERAMENTE CATÓLICA

Plinio Corrêa de Oliveira
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El Santo Padre Pío XII tuvo la intención de destacar, con un acto de máxima importancia las manifestaciones de devoción mariana con las que se edificó la Cristiandad en el curso del Año Jubilar de la Inmaculada Concepción (1954). Él lo dijo con términos explícitos: "Como para coronar todos estos testimonios de nuestra devoción mariano, (...) para concluir alegremente el Año Mariano apenas acabado, (...) hemos decidido establecer la fiesta de la Santísima Virgen María María, Reina."
De la importancia de este acto habla el mismo Pontífice cuando declara que "este gesto lleva consigo la gran esperanza de que pueda surgir un nueva era, alegrada por la paz cristiana y del triunfo de la Religión."
El Pontífice incluso dijo que tal esperanza tiene razones muy serias y profundas: "Adquirimos la convicción, después de maduradas y ponderadas reflexiones, de que sobrevendrán grandes ventajas para la Iglesia" si la Realeza de María "sólidamente demostrada, resplandeciera con mayor evidencia a los ojos de todos, como luz más radiante puesta sobre el candelabro." Bien entendido, esta gracia que se dirige al corazón del hombre tiene que reformar su alma: "En el culto y a imitación de uno tan grande Reina los cristianos se sentirán por fin realmente hermanos y, dominada la envidia y los inmoderados deseos de riqueza, promoverán el amor social, se respetarán los derechos de los pobres y amarán la paz." 
No se trata tanto de promover un movimiento mariano puramente externo y formal, como de llamar a las almas a una colaboración seria y eficaz con las gracias que recibirán de la Madre: "Nadie, pues, se crea a hijo de María, digno de ser acogido bajo su poderosísima tutela, si no sigue su ejemplo, mostrándose humilde, justo y casto, sin lesionar o perjudicar, ayudando y confortando."
Estas palabras del Pontífice merecen la más cuidadosa meditación.
De un lado, Su Santidad habla contra la envidia: alusión evidente al comportamiento de enteras masas de hombres que, a veces por injustas provocaciones amargados y, principalmente, envenenados por los principios demagógicos de la Revolución francesa y del comunismo, sólo odian a los ricos porque les envidian los bienes. Y desean destruir toda jerarquía social.
El Santo Padre habla incluso del deseo desmedido de riquezas. Éste es un mal que atormenta a todos o a casi todas las naciones de la tierra. Los potentados de la industria y del comercio, acumulando en sus manos inmensas fortunas -contra las cuales los patrimonios de las aristocracias del pasado sería casi insignificante- transformaron la economía en un reino cerrado, donde se decidirá el alza y la baja de los precios, la circulación y el empleo de las riquezas. A veces oprimen al Estado, a veces son oprimidos por el mismo Estado cuando sube la ola de la demagogia. Y así la sociedad se ve cada vez siempre más constreñida entre las dos formas más o veladas de la dictadura: aquella de la oligarquía financiera y aquella de la masa.
De ésto sólo puede suceder el estrangulamiento de las auténticas elites sociales e intelectuales, la opresión del trabajador pacífico y concienzudo, la disminución de la pequeña y mediana burguesía. El miserable fenómeno de la lucha de clase, en lo que tiene de más falso y peor -camarillas de sanguijuelas de la economía y de vulgares demagogos- devora lo que existe en la sociedad, a todos los niveles, de más auténtico y excelente. ¿Quién no podría percatarse de cuánto de opuesto tiene todo esto al "amor social" del que nos habla el Pontífice?

Para proteger la sociedad de este sojuzgamiento de los peores sobre los mejores, el Pontífice proclama en el mundo la Realeza de Maria. Esta reforma social es ciertamente una obra ingente. Tanto más cuanto el Sumo Pontífice Pio XII la sitúa esencialmente en términos de reforma moral.
Pero María tiene un inmenso poder sobre el alma humana, y a Ella deben acercarse los los hombres no sólo "pedir ayuda en la adversidad, luz en las tinieblas, confortación en el dolor y las lágrimas", sino también "para implorar la gracia que vale más que cualquier otra cosa", a fin de "liberarse de la esclavitud del pecado."
La proclamación de la soberanía de Maria en la encíclica "A Caeli Reginam", la institución de su fiesta anual el 31 de Mayo (trasladada luego al 22 de Agosto), la coronación de la imagen de la Virgen Salus Populi Romani realizada por el mismo Pontífice, todo esto puede, pues, y tiene que servir de punto de salida para una nueva era histórica: la era de la Realeza de Maria.
Con la prudencia que caracteriza a la Santa Iglesia, la encíclica "Ad Coeli Reginam" funda la dignidad real de María en argumentos basados solo en temas teológicos.
No sería superficial, mientras tanto, recordar que este gran día de la proclamación de la Realeza Universal de Maria, y la esperanza de una era de triunfos y de gloria para la Religión, es el objeto de los anhelos de las almas más devotas desde hace siglos.
Uno de los hechos más importantes de la historia de la Iglesia ya desde el protestantismo fue indudablemente la difusión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Aunque esta devoción no fuera desconocida por los santos anteriores, su propagación tuvo como punto de partida las revelaciones recibidas por Santa María Margarita Alacoque en Paray-la-Monial en el siglo XVII, y se acentuó en las generaciones siguientes hasta alcanzar su apogeo al principio de este siglo.
Al lado de esta devoción, otra gran corriente tuvo principio también en Francia y fue ella la esclavitud de amor a la Virgen, del que fue su máximo doctor San Luis María Grignon de Montfort, con su "Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María". El punto de conjunción, si así pudiera decirse, de cosas sustancialmente unidas -de estos dos grandes manantiales de gracias- fue la devoción al Inmaculado Corazón de María, del que fue su doctor y máximo predicador un gran santo español, Antonio María Claret, que en el siglo (ante)pasado fundó la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como los claretianos.

Los santos que más se han distinguido en la enseñanza de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús también escribieron palabras impregnadas de esperanza en la victoria de la Realeza de Jesucristo, después de los días difíciles en que vivimos. Rogar para que esta victoria fuese uno de los objetivos de los verdaderos católicos de todo el mundo. Por otra parte, los escritos de San Luis Grignon de Montfort, están llenos de destellos proféticos (usamos esa palabra con las precauciones del buen lenguaje católico) sobre la Realeza de la Santísima Virgen María, como el final catastrófico de la época iniciada con la pseudo-Reforma protestante.
La Realeza de Jesucristo y la Realeza de la Santísima Virgen María no son cosas diferentes.

María es coronada Reina del Cielo y de la tierra.  Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.  Apocalipsis 12 ( 1-2 )El reinado de María no es otra cosa que un medio -o más bien el medio- para el cumplimiento de la Realeza de Jesucristo. El Corazón de Jesús reina y triunfa en el reino y el triunfo del Corazón Inmaculado de María. El reino y el triunfo del Inmaculado Corazón de María no son sino la realización del triunfo y el Reino del Corazón de Jesús. Por lo que estas dos grandes fuentes de la devoción, nacidas poco después del protestantismo, caminando hacia el mismo objetivo, la preparación del mismo hecho: la Realeza de Jesús y María en una nueva era histórica.

Estas consideraciones no pueden ser extrañas a lo que los pastorcitos escucharon del Inmaculado Corazón de María en Fátima. La Virgen les puso bien clara la alternativa entre una época de fe y de paz, en el caso de ser atendidas sus admonitorias solicitudes... O una época de persecuciones, en el caso de no ser atendidos sus requerimientos.
Como condición para esta época de fe y de paz, la Señora indicó principalmente la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón y la conversión de la vida. Viendo que el Santo Padre Pío XII, que ya había consagrado Rusia y el mundo al Inmaculado Corazón de María, dispone que sea obligatoria tal consagración todos los años en la fiesta de la Realeza de María, ¿qué puede escapar a la idea de que el Papa da un importantísimo impulso a la realización de aquello que tantas y tantas almas piadosas esperaban que se realizara desde siglos pasados? ¿quién puede dejar de ver que el Pontífice abre las puertas de la Era de María en la historia del mundo?
En la encíclica "A Diem Illum", por la conmemoración del cincuentenario de la promulgación del dogma de la Inmaculada Concepción, San Pío X recordó los frutos admirables que este hecho produjo: los milagros de Lourdes y la definición de la infalibilidad papal.

En este centenario, ¿menguarán los frutos tal vez? ¡No! La Providencia quiso que broten de las manos sagradas de Pío XII. Estos frutos fueron la proclamación del dogma de la Asunción y la proclamación de la Realeza de María. ¿Qué puede ser más rico, más fecundo y más bello?
  *  *  *
Plinio Corrêa de Oliveira, "Pío XII y la Era de María"
Revista "Catolicismo" Diciembre de 1954

viernes, 21 de agosto de 2026

S A N T O R A L

SAN PIO X, PAPA Y CONFESOR

PELIGROS GRAVES


La ancianidad de León XIII, cuyo pontificado fué tan largo y glorioso, se vió entristecida por la aparición de peligros graves que amenazaron a la Iglesia. Una herejía sutil atacaba derechamente al corazón mismo de la Revelación, y con la apariencia engañosa de un esplendente progreso, destruía las tradiciones y alteraba el dogma. Con todo eso, de ningún otro Papa de los tiempos modernos había proyectado más luz sobre los hombres. El número y la calidad de sus Encíclicas le colocan entre los grandes Doctores, que acertaron a comprender su época, y a resolver las candentes cuestiones actuales. Se le escuchó, se le aplaudió; pero en muchísimas esferas no se le entendió, y hasta, lo que era más grave, se llegó a alterar el pensamiento del Papa.
El Cardenal José Sarto, Patriarca de Venecia, sale de la Iglesia de Santa María de la Salud en aquella misma ciudad, después de celebrar la misa solemne por el eterno reposo del alma de su predecesor, León XIII
Las ciencias eclesiásticas que León XIII procuró renovar por medio del tomismo, derivaban por caminos opuestos; la acción social católica, que él había definido con claridad, se veía suplantada por la elaboración de una falsa democracia liberal; el laicismo, invadiendo todos los dominios, amenazaba con oscurecer enteramente en los espíritus los principios que regulan las sociedades y sus relaciones con la Iglesia.

INSTAURARE OMNIA IN CHRISTO

León XIII no tuvo tiempo para desenmascarar y abatir al "modernismo", esa hidra de la que cada cabeza era una antigua herejía resucitada. No tuvo tampoco tiempo para emprender el reajuste de las instituciones eclesiásticas que le permitiesen ejercer con mayor amplitud, armonía y eficacia las funciones esenciales de magisterio y de gobierno que emanan de la autoridad suprema de la Silla Apostólica. Pero Dios le concedió el sucesor que realizaría sus deseos. San Pío X era uno de sus discípulos más fieles, penetrado de las doctrinas de sus magníficas encíclicas, y que tenía igualmente la clara visión de los daños que amenazaban a la Iglesia. En fin, la mucha experiencia que había adquirido en el gobierno de las almas, como cura párroco, como obispo y como Patriarca, junto con sus excepcionales dotes naturales y con una santidad eminente, le habían preparado para llevar al cabo una obra de renovación universal en la Iglesia. Desde el primer día de su pontificado dió a conocer la extensión de su programa, al tomar por lema las palabras con las que San Pablo define el programa de Dios mismo al salvar el mundo: Instaurare omnia in Christo; obra que esencialmente se realizó al fin de la vida del Redentor, pero cuyo cumplimiento perfecto debe verificarse en todos los tiempos, con el concurso de los hombres mismos. San Pío X hacía de este modo saber que las circunstancias no pedían al Papa una vigilancia especial sobre tales o cuales puntos de la vida de la Iglesia, sino que todas las cosas, "omnia", exigían una revisión con mano vigorosa, a fin de que ninguna escapase a Cristo ni a la Redención.

LA VIDA LITÚRGICA

Es sumamente notable que, para proceder en esta renovación universal, su primer acto tuviese por fin algo que muchos entonces juzgaron insignificante. Por un Motu Proprio fechado pocos meses después de su elección, realizaba la primera etapa de una reforma completa de la liturgia, mediante las prescripciones sobre el canto sagrado. Con esto su santidad se nos revela en uno de sus aspectos más atrayentes, más profundos y más auténticos. Pío X, este gran hombre de acción, fué en primer término un hombre de oración. Y la oración que primeramente recomienda, es la oración pública y solemne de la Iglesia: la oración que reúne en una alabanza común, en una oración común, en un sacrificio común, todas las almas bautizadas. Esto es ya un anticipo de la oración de la eternidad; la oración del cielo inaugurada en la tierra y acomodada a las condiciones de este tiempo de prueba. El papa Santo quiso que los fieles comenzasen por hallar el sentido de esta sublime oración litúrgica, envuelta en la oración que Jesucristo dirige a su Padre, inspirada por el Espíritu Santo, presente en su Iglesia, y oración que debe ser la fuente la inspiración normal de las oraciones privadas, personales, a las que además deben los fieles entregarse cada día.

EL DEFENSOR DE LA FE

Resultado de imagen para papa pio xPero esta obra de restauración no habría dado mucho fruto si el fundamento mismo de la unidad de la Iglesia, la fe, hubiese quedado directamente amenazado por las infiltraciones de la herejía. El espíritu de orden y de justicia que se manifestaba en las reformas institucionales ya realizadas, debía llevar al Papa Santo a proseguir las enseñanzas León XIII, y a hacer brillar en toda su pura doctrina cristiana.
Tuvo por lo mismo lanzarse a la lucha contra la insidiosa herejía fue pretendía destruir el fundamento de la fe. Puede decirse que los once años de su pontificado fueron una magistral y vigorosa afirmación de la fe católica contra ella. Recuerda los grandes dogmas que los modernistas alteraban hasta el punto de aniquilarlos: Dios, a la vez trascendente y presente a todas las criaturas; el orden sobrenatural y sus relaciones con la razón y la ciencia; Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; la esencia de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, sociedad sobrenatural, fundada sobre Pedro; la distinción entre la Iglesia docente y la Iglesia discente; el valor absoluto de las definiciones dogmáticas; la profunda eficacia de los Sacramentos, que sobrepasa con mucho al puro simbolismo; las reglas de la interpretación de la Biblia; el sentido de la Historia; las relaciones entre la Iglesia y el Estado; las condiciones de la salvación. De esta manera, con una claridad maravillosa, restablecía todos los elementos de nuestra vocación a un fin sobrenatural, al que sólo se puede llegar mediante la gracia gratuita de nuestro Redentor. Su máximo anhelo de restaurar todas las cosas en Cristo, se manifiesta sobre todo en esta solicitud por devolver todo su brillo a la pureza de la fe de la Iglesia. Su delicadeza de conciencia era extrema en este punto, y, para desenmascarar y condenar las menores tendencias heterodoxas, demostró una firmeza y una justicia inflexibles.

Lucha contra los errores entre los católicos no es obra de división, sino de unidad

San Pío, “un gigante en defensa de un tesoro inestimable:
 la unidad interna de la Iglesia en su fundamento íntimo, la Fe”
Para muchos espíritus timoratos, señalar la existencia de errores entre los católicos es hacer obra de desunión. Condenando el Modernismo, el Papa San Pío X desencadenó contra los instigadores de este error el celo de los elementos más vigilantes del mundo intelectual y de los hombres de acción católicos.
S. Pío X ‒es superfluo decirlo‒ no patrocinó calumnias, ni exageraciones, ni injusticias. Sino que expresó de modo reiterado y formal su deseo de que los católicos lucharan enérgicamente contra el modernismo.
¿Hizo con esto una obra de división? ¿Promovió la desunión? Por el contrario. Es lo que proclamó el Papa Pío XII, afirmando que S. Pío X luchó como “un gigante en defensa de un tesoro inestimable: la unidad interna de la Iglesia en su fundamento íntimo, la Fe”.
Aquí está señalada la clave del problema. La unidad de la Iglesia se basa en la unidad de la Fe. Combatir los errores entre los católicos no es un trabajo de división, sino de unión, ya que tiene como objetivo reunir a todos en la misma Fe.
Un Papa tan resueltamente opuesto a los errores de su tiempo, ¿habrá sido anacrónico? ¿No habría hecho mejor condescendiendo, callándose, cerrando los ojos? Por el contrario.
El santo Papa Pío X fue actualísimo, pues predijo la terrible crisis de nuestros días, y el mundo la habría evitado si hubiera escuchado sus enseñanzas. El capitán “actualizado” no es lo que permite que el barco se deje llevar por las olas, sino el que lo dirige con mano firme para evitar los escollos.
Fuente: Plinio Corrêa de Oliveira, San Pío X y la paz interna de la Iglesia, Revista Catolicismo, junio de 1954 en PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA Homem de Fé, de pensamento – de luta e de ação

SAN PIO X

VIDA:
José Sarto nació en Rieze, en la diócesis de Treviso, el 2 de junio de 1835, de padres pobres, pero de una honradez y virtud notables. Bautizado el día siguiente, fué confirmado el 1º de septiembre de 1845 y recibió por primera vez la Eucaristía el 6 de abril de 1847. Ingresó en el Seminario de Padua en 1850 y fué ordenado de sacerdote el 17 de septiembre de 1858. Nombrado párroco de Salzano y luego Canciller del Obispado y director espiritual del Seminario de Treviso, llegó a ser Obispo de Mantua en 1884, y Cardenal y Patriarca de Venecia en 1893. El 4 de agosto de 1903 fué elevado al Sumo Pontificado, que aceptó a pesar suyo y como una cruz, y tomó el nombre de Pío X. Los desastres de la guerra que no logró conjurar, le hicieron morir de dolor el 20 de agosto de 1914. El pueblo católico entero le consideró inmediatamente como Santo y después de múltiples gracias y numerosos milagros obtenidos por su intercesión, Pío XII le beatificó el 3 de junio de 1951 y, en fln, le canonizó el 29 de mayo de 1954.

ORACIÓN DE SU SANTIDAD Pío XII

¡Oh glorioso Pontífice, siervo fiel del Señor, humilde y leal discípulo del Divino Maestro en el dolor y en la alegría, en los cuidados y en las inquietudes, Pastor experimentado de la grey de Cristo!, vuelve tu vista hacia nosotros. Difíciles son los tiempos en que vivimos, rudos los esfuerzos que de nosotros reclaman. La Esposa de Cristo confiada un día a tus cuidados, se encuentra de nuevo entre graves tormentas. Sus hijos se ven amenazados de innumerables peligros en el alma y en el cuerpo. El espíritu del mundo, como león rugiente, ronda en su derredor buscando a quien devorar. Muchos llegan a ser víctimas suyas; tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen; apartan su mirada de la luz de la verdad eterna; oyen la voz de insidiosas sirenas, de mensajes engañosos. Tú, que fuiste en la tierra un gran inspirador y guía del pueblo de Dios, sé nuestra ayuda y nuestro intercesor y el de todos los que se proclaman discípulos de Jesucristo.
Canonización de SS. Pío X
¡Oh Santo Pío X, gloria del sacerdocio y honra del pueblo cristiano! tú, en quien la bondad pareció hermanarse con la grandeza, la austeridad con la mansedumbre, la piedad sencilla con la doctrina profunda; tú, Pontífice de la Eucaristía y del Catecismo, de la fe íntegra y de la firmeza impávida, vuelve tus miradas hacia la Iglesia que tanto amaste y a la que diste el mayor de los tesoros que la Bondad divina había, con mano pródiga, depositado en tu alma. Obtenía la integridad y la constancia en medio de las dificultades y de las persecuciones de nuestros días; alivia a esta pobre humanidad, en cuyos dolores tuviste tanta parte, que acabaron por detener los latidos de tu magnánimo corazón. Haz que la paz triunfe en este mundo agitado; la paz que debe ser armonía entre las naciones, concordia fraterna y colaboración sincera entre las clases sociales, amor y caridad entre los hombres, a fln de que, de este modo, las angustias que agotaron su vida apostólica, se transformen, merced a tu intercesión, en una realidad de dicha, para gloria de nuestro Señor Jesucristo, quien con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Así sea    fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

jueves, 20 de agosto de 2026

S A N T O R A L

San Bernardo de Claraval

Baluarte de la Iglesia primitiva

Plinio María Solimeo


De tiempo en tiempo la Providencia hace surgir hombres providenciales que marcan todo su siglo, como San Bernardo, el Doctor Melifluo, cantor de la Virgen, gran predicador de cruzadas, extirpador de cismas y herejías, pacificador eximio y uno de los mayores místicos de la Iglesia.

En una familia privilegiada, de gran fortuna y poder, nació Bernardo, al final del siglo XI. Su mayor riqueza, sin embargo, era una arraigada fe católica. Su padre, Tecelin, gran señor, era bueno y piadoso; y su madre, Alicia, sería venerada como bienaventurada por la Iglesia en Francia.
Cuando nació Bernardo, el tercero de siete hijos, además de ofrecerlo a Dios, como lo hacía con toda su prole, ella lo consagró al servicio de la Iglesia.
La ciencia de los santos la aprendió Bernardo con sus padres; y la del mundo, con los padres de la iglesia de Châtillon-sur-Seine.
El niño era extremamente bien dotado. Además de buena apariencia física, tenía Bernardo una inteligencia viva y penetrante, elegante dicción, suavidad de carácter, rectitud natural de alma, bondad de corazón, una conversación atrayente y llena de encanto. Paralelamente, una modestia y una propensión al recogimiento que lo hacían parecer tímido.

Radicalidad en la virtud de la pureza

Con tantas cualidades naturales y una posición social envidiable, al crecer podría haberse fácilmente desviado hacia el mundanismo.
Pero Bernardo probó que la alta condición social, si es vivida con fe, puede incluso ayudar a la práctica de la virtud. Su temperamento, inclinado a la meditación, se abrió a la acción de la gracia, que lo llevaba a escoger siempre la virtud al placer, las cosas de Dios a las del mundo.
Retablo de San Bernardo
A los 19 años era alto, bien proporcionado, con profundos ojos azules iluminando un rostro varonil, enmarcado por una cabellera rubia. Su porte era al mismo tiempo noble y modesto.
Cierto día, en una recepción social, la figura de una joven lo atrajo y lo perturbó. Inmediatamente, para apartar aquella visión que se le volvió casi obsesiva, se arrojó en un tanque de agua fría y ahí permaneció hasta que lo sacaron. Hizo entonces el propósito de consagrarse totalmente a Dios.

Prodigiosa población de la Abadía del Císter

El año 1098 San Roberto había fundado, en un valle llamado Císter, una rama reformada de la famosa abadía de Cluny, ya entonces en decadencia. La severidad de su regla fue alejando a los candidatos, mientras sus monjes antiguos iban muriendo. San Esteban Harding, sucesor de San Roberto, pedía constantemente a Dios nuevas vocaciones; pero éstas no aparecían. Pensaba ya cerrar definitivamente las puertas de la abadía, cuando un día treinta nobles caballeros aparecieron, pidiendo ingresar en la Orden. Eran Bernardo con sus hermanos, un tío y amigos, a quienes había convencido de acompañarlo. Más tarde los seguirían su hermano menor y el propio padre, mientras que su única hermana también se dedicaría a Dios, muriendo en olor de santidad.
Era tan intenso el don de persuasión que poseía este hombre lleno de amor de Dios que, al predicar, las mujeres sujetaban a sus maridos y las madres escondían a sus hijos, por miedo a que lo siguiesen... 

Comunicación continua con Dios

Bernardo se entregó a la práctica de la regla como monje consumado. Puesto que, en los caminos de la virtud, hay varias vías para alcanzar la santidad, Bernardo se dio con total radicalidad a la bella vía para la cual se sentía llamado por Dios. Dominó de tal manera sus sentidos, que comía sin sentir el sabor, oía sin oír. Dominó el paladar a tal punto, que una vez bebió sin percibir un vaso de aceite, en vez de agua. Formó para sí una “celda interior”, en la cual vivía tan recogido que, después de dos años, desconocía si el techo de la abadía era abovedado o liso, ni si había ventanas en la capilla. Su comunicación con Dios era continua, de manera que incluso mientras trabajaba no perdía su recogimiento interior.
Pensaba que el monje debía tener el dominio de sí, incluso durante el sueño; y más tarde, cuando oía roncar a alguno de los hermanos, decía que eso era dormir de un modo carnal y en el estilo de los seglares. Huía del sueño como de una imagen de la muerte, concediéndole tan poco tiempo que mal podía decirse que dormía.
Bernardo quería santos en su milicia. Por eso decía a menudo a sus novicios: “Si deseáis vivir en esta casa, es necesario dejar afuera los cuerpos que traéis del mundo; porque sólo las almas son admitidas en estos lugares, y la carne no sirve para nada”.

Fundador de Claraval, atraía las almas a Dios

San Esteban Harding veía maravillado a aquel joven con la madurez y prudencia de un anciano. Y apenas dos años después de su entrada en el Cister, lo envía como superior de un grupo de monjes para fundar la abadía de Claraval. Bernardo tenía apenas 25 años.
La nueva abadía quedaba en un lugar descuidado y agreste, siendo por eso llamado Valle del ajenjo. San Bernardo lo transformaría en el Valle Claro, o Claraval, extendiendo su fama por toda Francia y, después, por Europa. Muchos eran los nobles que iban a visitarlo y terminaban quedando como discípulos suyos.
Abadía del Císter, en Borgoña
La pobreza de la abadía en sus inicios era espantosa: no tenían para comer sino hierbas silvestres; mal se vestían, sufriendo todas las intemperies. Ésa era la riqueza de esos verdaderos héroes, que habían abandonado todo por Cristo.
Bernardo alcanzó un grado supereminente de amor de Dios y de unión con la voluntad divina, pero le faltaba aún comprender bien la debilidad humana de sus subordinados. Tenía escrúpulos de dirigirlos por la palabra, creyendo que Dios les hablaría en lo íntimo del alma mucho mejor que él. Estaba en esa tentación, cuando cierto día se le apareció un Niño todo envuelto en una luz divina. Con gran autoridad, éste ordenó le dijese todo cuanto le viniese al pensamiento, porque sería el propio Espíritu Santo que hablaría por su boca.
Al mismo tiempo Bernardo recibió una gracia especial de comprender las debilidades de los otros y de acomodarse al espíritu de cada uno, para ayudarlos a vencer sus miserias.
El modo cómo Bernardo atraía vocaciones hacia Claraval era milagroso. Por ejemplo, todo un grupo de nobles, que por curiosidad quisieron un día conocerlo. Actuaba como si fuese un poderoso imán para atraer almas a Dios.
La atracción más asombrosa fue la de Enrique de Francia, hermano del Rey Luis VII. Este príncipe fue a Claraval a tratar de un importante asunto con San Bernardo. Cuando iba a salir, pidió ver a todos los monjes, a fin de encomendarse a sus oraciones. Bernardo le dijo que pronto experimentaría la eficacia de esas oraciones. El mismo día Enrique se sintió tan tocado por la gracia que, olvidándose que era entonces el sucesor de la corona, quiso quedarse en Claraval. Más tarde fue Obispo de Beauvais, y después Arzobispo de Reims.
Con ello Claraval creció tanto, que habitualmente su número era de 600 a 700 monjes. A pesar de ello, cada uno mantenía el aislamiento interior y el silencio, como si estuviese sólo. Jamás un monje estaba inactivo, habiendo siempre algún trabajo manual que hacer, si no estuviese en oración en el coro o en su celda.
Con el tiempo y el número creciente de vocaciones, Bernardo pudo fundar 160 casas de su Orden, no sólo en Francia sino también en otros países de Europa

Extirpador de un cisma

La misión pública de San Bernardo casi no tuvo similar en la Historia. Fue él, por ejemplo, llamado para combatir el cisma del antipapa Anacleto II. Recorrió entonces Europa, conquistando reyes y reinos para la justa causa. Fue el alma de los Concilios de Letrán, de Troyes y de Reims, convocados por el Papa para tratar de los asuntos de la Iglesia. Se opuso al Emperador alemán Lotario II que, aprovechándose del cisma, quería recibir las investiduras de las iglesias. Bernardo no sólo lo hizo desistir de ello, sino también lo convenció de reconocer al Papa verdadero.
Bernardo intentó —juntamente con San Norberto— conquistar al antipapa. Pero en vano; éste fue renuente y se rehusó a oír cualquier argumento.. 
La prédica de San Bernardo era en general acompañada de gran número de milagros. Libraba a poseídos del demonio, restituía la vista a los ciegos, el movimiento a los paralíticos, la voz a los mudos, la audición a los sordos. El cardenal d’Albano, sujeto a fuertes fiebres, fue curado bebiendo el agua que fue pasada en un plato donde comiera el Santo.
Prácticamente no podía andar sin ser seguido por una multitud de enfermos y de sanos que querían tocarlo.
Tenía que hablar a la multitud desde una ventana, para protegerse.
Estaba en Italia cuando la muerte repentina del antipapa Anacleto hizo cesar el cisma, que había durado siete años. Eligieron a un sucesor, pero Bernardo lo convenció de la ilicitud de esa elección, del riesgo de su eterna salvación y lo llevó arrepentido a los pies del verdadero Papa. Con ello terminó el cisma.
En todas partes el santo era mirado como “el padre de los fieles, la Columna de la Iglesia, el apoyo de la Santa Sede, el Ángel tutelar del pueblo de Dios”.

Franqueza apostólica con los poderosos

Además de la cuestión del cisma, no hubo punto importante en la Iglesia, en aquella época, en que Bernardo no hubiese intervenido. Este intrépido batallador fue el árbitro de todas las disputas de su tiempo. Así, reconcilió al Conde de Champagne con el Rey Luis VII, que quería enseñorearse de sus tierras, evitando así una guerra fratricida.
Habiendo el Rey de Francia Luis VII expulsado de sus diócesis al Arzobispo de Tours y al Obispo de París, Bernardo lo reprendió vigorosamente mediante cartas, amenazándolo con el Juicio de Dios. Ni la libertad apostólica con la que Bernardo le habló al Rey, ni el cumplimiento de una de sus previsiones –la muerte del primogénito de ese príncipe– llevaron al Monarca a censurarlo.

Aniquila herejías y predica la II Cruzada

Bernardo predicando la Segunda
Cruzada en Vézelay en 1146
Bernardo fue el protector de la fe contra las herejías de Pedro Abelardo y Arnaldo de Brescia, que querían renovar los antiguos errores de Arrio, Nestorio y Pelagio. Combatió también los errores de Gilberto de la Porée, Obispo de Poitiers.
Pero la principal herejía que el Santo combatió fue la de un monje apóstata, Enrique, que en el Languedoc movía una guerra cruel a la Iglesia, atacando a los Sacramentos y a los sacerdotes fieles.
El santo abad fue también llamado a predicar la II Cruzada, lo que hizo con la fuerza de su elocuencia y el poder de los milagros. Cuenta su secretario que en Alemania curó, en un sólo día, a nueve ciegos, diez sordos o mudos, diez mancos o paralíticos. En Mayence, la multitud que lo rodeó fue tan grande, que el Rey Conrado fue obligado a tomarlo en sus brazos para sacarlo ileso de la iglesia.

Cantor de la Virgen


La devoción de Bernardo hacia Nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen María eran incomparables. Cierto día, cuando entraba en la catedral de Spira, en Alemania, en medio del Clero y del pueblo, se arrodilló tres veces, diciendo a la primera: “¡Oh clemente!”; a la segunda: “¡Oh piadosa!”; y a la tercera: “¡Oh dulce Virgen María!”. La Iglesia añadió después estas invocaciones al final de la Salve.
En fin, muchísimas cosas más se podrían decir de este Santo excepcional. Estando próximo a morir, sus hijos espirituales hacían violencia a los Cielos para conservarlo en la Tierra. Él se lamento dulcemente: “¿Por qué deseáis retener aquí a un hombre tan miserable? Usad de la misericordia para conmigo, yo os lo pido, y dejadme ir hacia Dios”;lo cual ocurrió el día 20 de agosto de 1153.

   

Obras consultadas.-
  • Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires Éditeurs, París, 1882, t. X, pp. 50 y ss.
  • Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. III, pp. 388 y ss.
  • Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1948, t. IV, pp. 511 y ss.
  • P. José Leite S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, t. II, pp. 557 y ss.
Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-92-san-bernardo-de-claraval

miércoles, 19 de agosto de 2026

S A N T O R A L

 

SAN JUAN EUDES, CONFESOR

Festejamos hoy a San Juan Eudes. Es un benemérito de la Iglesia Católica: las misiones que predicó en Francia son innumerables, e incontables son también los hijos y las hijas que de él descienden: los primeros se dedican en la Congregación de Jesús y de María a la formación del clero, a la enseñanza y a las misiones, y las segundas, en la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad o Instituto del Buen Pastor a la rehabilitación de pecadoras.

EL REFORMADOR

Pío X decía en el Breve de su Beatificación: "El divino Maestro no permite nunca en su Iglesia que la sal de la tierra se desazone, es decir, los representantes del ministerio sagrado, cuya acción tiene que arrancar a los hombres de la corrupción. En épocas de relajación, su misericordia gustosamente suscita santos que trabajen con todo celo en levantar la disciplina y las costumbres en el clero y por lo mismo procuren en más amplia medida la salud eterna de las almas"

Pues bien, tal vez el mayor mal que padecía Francia al fin de las guerras de religión y al principio del siglo XVII, siglo que iba a ser glorioso para ella, fuese la mediocridad de sus sacerdotes. Para poner remedio a eso, el Padre Eudes en un principio, concibió la idea de reunir a los clérigos jóvenes con el fin de prepararlos a recibir dignamente las Órdenes sagradas. Pero, como unos días de recogimiento sólo producían frutos efímeros, se resolvió a crear seminarios según lo prescrito por el concilio de Trento. Y entonces fundó la Congregación de Jesús y María, cuyos miembros tendrían este doble objeto; la formación del clero en los seminarios y la renovación del espíritu cristiano entre los fieles por medio de las Misiones.
"Lo que completó los servicios que Juan Eudes prestó a la Iglesia, añade el Papa San Pío X, fué que, ardiendo en un amor extraordinario hacia los Sagrados Corazones de Jesús y de María, pensó antes que nadie, y no sin divina inspiración, tributarles un culto litúrgico. De este culto tan dulce, se le debe considerar como padre, Doctor y Apóstol".
Si no tuviésemos que ser aquí excesivamente breves, seguiríamos al ardiente misionero por todas las parroquias donde desplegó su celo, escucharíamos su palabra elocuente, y seríamos testigos de la santidad que aseguraba, más que todos los medios, sus éxitos apostólicos. Mas, para conocer un poco su alma, nos bastará leer algunas de las páginas que nos ha dejado en la Vie et le Royanme de Jésus, pues vivió y predicó lo que ha dejado consignado en este libro inmortal.

EL DOCTOR

Discípulo de Berulle, su espiritualidad es la de la Escuela francesa y toda la santidad se resume para él en la palabra de San Pablo: "Vivo, mas no yo, sino que es Cristo el que vive en mí". "Todos los textos sagrados, escribió, nos enseñan que Jesucristo debe ser algo viviente en nosotros; que no debemos vivir sino en Él, y su vida debe ser nuestra vida; que nuestra vida debe ser una continuación y expresión de su vida y que no tenemos derecho a vivir en el mundo si no es para llevar, manifestar, santificar, dar gloria y hacer vivir y reinar en nosotros la vida, las cualidades, las disposiciones, las virtudes y las acciones de Jesús".
Al hablarnos de la vida cristiana, hace notar que "lo que San Pablo dice del sufrimiento: Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo para su cuerpo que es la Iglesia, se puede decir de todas las demás acciones que un cristiano realiza en la tierra. Porque un verdadero cristiano, miembro de Jesucristo, unido a Él por la gracia, continúa y completa con todas sus acciones las que Jesús practicó aquí abajo. De forma que la oración, el trabajo, el mismo descanso, continúan y completan la oración, el trabajo y el descanso de Jesucristo. Y en este sentido es como San Pablo declara que "la Iglesia es el cumplimiento de Jesucristo, que Jesucristo, que es la cabeza de la Iglesia, ha dado cumplimiento a todo en todos y que concurrimos todos a la perfección de Jesucristo y a la edad de su plenitud".

"Así, pues, debemos ser una copia de Jesús en la tierra para continuar aquí su vida y sus obras y para hacer y sufrir todo lo que hacemos y sufrimos santa y divinamente en el espíritu de Jesús... Y, porque este divino Jesús es nuestra cabeza y nosotros sus miembros, se sigue que debemos estar perfectamente animados de su espíritu y vivir su vida.
"Considerad, por tanto, concluye, considerad muchas veces estas verdades con atención y aprended de aquí que la vida, la religión, la devoción cristiana consiste en continuar la vida, la religión y la devoción de Jesús en el mundo, y por esta razón todos los cristianos están obligados a llevar una vida toda santa y divina y a hacer todos sus actos santa y divinamente, lo que no es difícil, sino muy dulce y facilísimo, a los que tienen cuidado de elevar a menudo su espíritu y su corazón a Jesús y de entregarse y unirse a Él en todo lo que hacen"
¿Qué decir de su devoción ardiente a María? "No debemos separar, escribía él, lo que Dios unió de un modo tan perfecto. Jesús y María están tan perfectamente ligados, que quien ve a Jesús ve a María, quien ama a Jesús ama a María. Jesús y María son los dos primeros fundamentos de la religión cristiana, las dos fuentes vivas de todas nuestras bendiciones... No es verdaderamente cristiano aquel que no tiene devoción a la Madre de Jesucristo y de todos los cristianos... Y, puesto que debemos continuar las virtudes y poseer en nosotros los sentimientos de Jesús, debemos también continuar y llevar en nosotros los sentimientos de amor, de piedad y de devoción que el mismo Jesús tuvo para con su bienaventurada Madre...". 
Y aquí hacemos alto en nuestras citas: éstas bastan para hacernos entrever las maravillas de la gracia en el alma de San Juan Eudes, y para determinarnos a poner en práctica una doctrina que él vivió a la vez que la predicó y que perdura tan seductora y tan segura para las almas nobles.

VIDA



San Juan Eudes nació en 1601, en la aldehuela de Ri, en la diócesis de Séez, de padres piadosos que le consagraron a la Santísima Virgen. En 1615, siendo colegial de los Jesuitas de Caen, hizo voto de virginidad, se entregó a María y la profesó un culto ferviente. Recibió la tonsura y las órdenes menores en 1621, y, de la Universidad de Caen, entró en la Congregación del Oratorio fundada por Berulle, donde permaneció veinte años. Berulle había querido restablecer en el clero la doctrina y la santidad, pero no había pensado en los Seminarios; para instituirlos, San Juan Eudes dejó en 1643 el Oratorio y fundó la Congregación de Jesús y de María y al momento, con cinco compañeros sacerdotes, abrió el primer Seminario de Caen, al que siguieron otros muchos.
Para ganar a las pecadoras a la vida cristiana, fundó la Orden de Nuestra Señora de la Caridad, y para evangelizar a las almas abandonadas se hizo misionero durante muchos años, predicando en los campos abandonados, en los pueblos y hasta en la Corte con una libertad y una elocuencia que tenía su apoyo en una santidad eminente.

Propagó la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María y fué el primero que les tributó un culto litúrgico. Siempre fiel a la cátedra de Pedro, fué perseguido por los jansenistas, a los que se opuso con valor. Finalmente, quebrantado por sus innumerables trabajos, murió el 19 de agosto de 1680 pronunciando los dulces nombres de Jesús y de María. Fue beatificado por San Pío X y canonizado en 1935 por Pío XI que extendió su fiesta a la Iglesia universal.

PLEGARIA

"Debemos tener devoción a todos los santos y ángeles", escribías tú, oh San Juan Eudes. Con alegría escuchamos tu consejo y te honramos en este" día, "honrándote porque Jesús te ama y te honra, y también porque tú amas y honras a Jesús, de quien eres amigo, servidor, hijo, miembro y como una parte (del mismo)... Adoramos a Jesús en ti, pues Él lo es todo para ti: tu ser, tu vida, tu santidad, tu gloria. Le damos gracias por la gloria y las alabanzas que a Sí mismo se ha dado en ti y por ti, y más todavía por las gracias que te ha comunicado y nos ha comunicado por ti".
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Unidos a los sentimientos de tu corazón abrasado de amor para Jesús, le decimos contigo: "Ven, Señor Jesús, ven dentro de mí con la plenitud de tu virtud, a destruir todo lo que te desagrada y a obrar en mí todo lo que deseas para tu gloria. Ven con la santidad de tu Espíritu, para desasirme enteramente de todo lo que no seas tú, para unirme de modo total contigo y para hacer que me porte santamente en todas mis acciones. Ven en la perfección de tus misterios, es decir, para obrar perfectamente en mí lo que tú deseas obrar con tus misterios, para gobernarme según el espíritu y la gracia de tus misterios, y para glorificar y realizar y consumar en mí tus misterios. Ven con la pureza de tus caminos, es decir, para cumplir en mí, al precio que sea y sin perdonarme en nada, todos los designios de tu puro amor, y para conducirme por los caminos rectos de este mismo puro amor, sin permitirme declinar ni a la derecha ni a la izquierda y sin conceder nada a las inclinaciones y sentimientos de la naturaleza corrompida y del amor propio. Ven, oh Señor Jesús"
 
Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer