miércoles, 11 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN EULOGIO, PRESBÍTERO Y MÁRTIR

La vida del bienaventurado, y glorioso mártir san 
Eulogio escribió, un condiscípulo, y compañero suyo, llamado Álvaro, de esta manera. En el tiempo, que por justo juicio de Dios España fué castigada, y oprimida de los moros, nació san Eulogio en la ciudad de Córdoba, donde ellos tenían su principal asiento, de nobles, y ricos padres, para consuelo, y bien de muchos. Su madre se llamó Isabel, y su abuelo Eulogio, como él.
Desde niño se inclinó á todas las cosas de devoción, y piedad, y gustaba de estar en la iglesia de san Zoilo, mártir, y tratar con los clérigos, y aprender de ellos santas costumbres, y buenas letras. Después creciendo en edad, se dio con gran cuidado al estudio de la sagrada Escritura, y buscaba los maestros, que se la podían enseñar, y entre ellos tomó particular amistad con un santo abad, que se llamaba Espera en Dios, por ser hombre de muy buena vida, y muy versado en las divinas Letras. Con la ayuda de este abad, y con su gran ingenio, y diligencia, vino Eulogio á ser eminente, y famoso varón en las ciencias. Ordenóse de diácono, y después de presbítero, y alcanzó grado, y nombre de maestro: mas no por esto se desvaneció; antes la ciencia iba acompañada siempre con la virtud, y cuanto más crecía en la opinión de los hombres, tanto era más humilde en la suya. Castigaba su cuerpo con ayunos, y penitencias: dábase mucho á la oración: era caritativo con los prójimos: visitaba los monasterios de los monjes, é informábase de sus institutos, y reglas; procurando juntar en uno la vida religiosa de los monjes, y la doctrina, y predicación de los clérigos. Tuvo deseo de ir á Roma, para refrenar, y domar los apetitos de la carne con el trabajo de aquella peregrinación: más el mismo Álvaro, que escribe su vida, y otros amigos suyos, le detuvieron, para que no lo hiciese; aunque quedándose en España con el cuerpo, fue á Roma con el ánimo, y voluntad. Levantóse en Córdoba una recia persecución contra los clérigos: porque el obispo de ella, llamado Recafredo, ó por temor del rey moro, ó por lisonjearle, ó por otros vanos respetos, ó indignos de su persona, y dignidad, hizo prender á muchos de ellos, y entre los demás á san Eulogio, que era como el preceptor de todos: y en la cárcel escribió un libro, llamado Documento de mártires, animando á los fieles á morir por Cristo, y á padecer en el martirio, como le padecieron Flora, y María, dos santas vírgenes, en 24 días de noviembre; y á los cinco días después de su muerte, por voluntad del Señor, salieron de la cárcel Eulogio, y sus compañeros, y por entonces cesó aquella borrasca. Mas como san Eulogio viese, que el obispo todavía favorecía al tirano, y perseveraba en sus malas mañas, se abstuvo muchos días de decir misa, por no comunicar con él, pareciéndole, que era mejor privarse él de su devoción, y del fruto, que podía sacar del santo sacrificio de la misa, que autorizar, y aprobar con él, lo que hacía el obispo: el cual, como san Eulogio era persona tan insigne, y en quien todos los cristianos tenían puestos los ojos, le mandó so pena de excomunión, que celebrase: y él por no hacerlo, porque juzgaba, que ó no lo era lícito, ó que no era expediente, se partió de Córdoba camino de Francia. Llegó á Pamplona, donde fue hospedado, y regalado de Guiliesindo, obispo de aquella ciudad; y estuvo en un monasterio de san Zacarías, puesto en la falda de los Pirineos, y gozó allí de la conversación de muchos religiosos, y siervos de Dios, que en él había, con los cuales trabó estrecha amistad: y ellos cuanto más trataban á Eulogio, más se admiraban de sus raras virtudes, y de los excelentes dones con que Dios había adornado su alma.
Después estuvo san Eulogio en Zaragoza, en Sigüenza, en Alcalá de Nares, y en Toledo: donde habiendo fallecido Uvistremio, arzobispo de su Iglesia, y juntándose los obispos de la provincia con licencia de los moros, como solían, para darle sucesor, todos eligieron á Eulogio por arzobispo de Toledo, estando ausente, por las grandes, y raras partes de santidad, doctrina, y prudencia, que concurrían en él: más el Señor no quiso, que tuviese efecto esta elección, ni que se sentase en aquella silla; porque le tenía aparejado otra de mártir más gloriosa en el cielo. Había vuelto á Córdoba el santo presbítero, y en ella hallado gran confusión, y turbación de los cristianos; porque el rey de Córdoba Mahoma los perseguía con extraña rabia, y furor, procurando desarraigar la religión, y nombre de Cristo de todo su reino. Muchos por temor se ausentaban: otros por su flaqueza renegaban; y no faltaban otros, que favorecidos del espíritu del Señor, ofrecían sus cuerpos á la muerte, para que sus almas gozasen de la vida, que nunca se acaba, y con alegría derramaban su sangre por la fé de aquel Señor, que por ellos había derramado la suya en la cruz. En esta tormenta tan brava, y noche tan tenebrosa, envió el Señor á san Eulogio, para que resplandeciese como una luz venida del cielo, y como sabio piloto gobernase la nave de aquella Iglesia tan combatida de furiosas ondas, para que no diese al través, y del todo se hundiese: porque no se puede creer, lo que confortó á los flacos, encendió á los caídos, y detuvo á los que iban á caer, con su vida, con su doctrina, y con los libros admirables, que escribió, animando á todos para pelear valerosamente por Cristo en aquella dura batalla, y escribiendo después las victorias, y coronas, de los que habían bien peleado, y triunfado gloriosamente del enemigo. Y aunque estas obras eran bastantes, para que los moros le aborreciesen, y le deseasen dar muerte, y para que el Señor le hiciese digno del martirio, y le coronase, con los que él había hecho mártires por su exhortación; mas hubo otra causa particular del martirio de san Eulogio, que fué la que aquí diré.
Una doncella, nacida de padres nobles, aunque paganos, llamada Leocricia, vino á nuestra santa fé, y se bautizó por persuasión de otra mujer cristiana, cuyo nombre era Liciosa. Los padres de la doncella con palabras blandas, y con espantos, pretendieron apartarla de su santo intento; más la santa doncella, teniendo más cuenta con el padre que tenía en el cielo, que con el de la tierra, no hizo caso de sus amenazas: pero temiendo su flaqueza, se salió de casa de sus padres, por medio de una hermana de san Eulogio, llamada Anulona, virgen dedicada á Dios; y el mismo san Eulogio, para que aquella oveja de Cristo no fuese tragada del lobo infernal, como buen pastor la recogió, y la puso en lugar secreto y seguro, y la mudaba muchas veces de una parte á otra: y ella con vigilias, ayunos, y vestida de cilicio, y postrada en tierra en la iglesia de san Zoilo, ayudándola san Eulogio también con sus oraciones, pedía á Dios, que la librase de aquel tan instante peligro. Finalmente, por voluntad del Señor Leocricia fué descubierta, y vista, y hallada de sus padres con san Eulogio, que á la sazón había ido á verla, para animarla en aquella tribulación: y como los padres de Leocricia eran tan ricos y poderosos, tuvieron forma para prender á su hija, y á Eulogio, y los presentaron delante del juez, acusando á la hija, por haber huido de casa de sus padres; y á Eulogio, por haberla recibido y encubierto: el cual, siendo preguntado del juez, si era verdad, lo que contra él decían, y porqué lo había hecho; respondió constantemente, que él, como sacerdote de Dios, tenia obligación de favorecer, y enseñar el camino del cielo, á todos los que viniesen á él con deseo de salvar sus almas; y así lo había hecho con Leocricia. Y como el juez mandase traer varas para azotar á san Eulogio; él con gran serenidad le dijo, que no se cansase: porque las varas no le podrían quitar la vida del cuerpo, y mucho menos á Cristo de su alma; pero que si le mandase matar con hierro, quedaría en algo satisfecho: porque le quitaría la vida temporal, aunque nó la eterna, que era Cristo: y con esto comenzó a decir mal de Mahoma, falso profeta de los moros, y á predicar, que solo Jesucristo era verdadero Dios.

Lleváronle á palacio, y fué presentado á los del consejo del rey: y uno de ellos, que era amigo de san Eulogio, teniendo de él lástima, le quiso persuadir, que dijese allí bien de Mahoma, para satisfacer á los del consejo, aunque después siguiese su ley; y permaneciese en ser cristiano: mas el sentó no se dejó persuadir de aquel, que con voz de falso amigo, era verdadero enemigo, y le pretendía pervertir: antes con mayor constancia, y firmeza comenzó á ensalzar la majestad, y divinidad de Jesucristo, y á vituperar las maldades, engaños, y abominaciones de Mahoma; y así los jueces dieron sentencia, que fuese degollado. Al tiempo que le llevaban al martirio, uno de los privados y criados del rey, que le había oído decir mal de su gran profeta Mahoma, revestido de Satanás, llegó á san Eulogio, y le dio una gran bofetada en su rostro. El santo sin turbación alguna ofreció la otra mejilla, diciendo, que allí podría darle otra: lo cual hizo aquel hombre maldito, dando testimonio de su pérfida maldad; y el santo de ser verdadero discípulo de Jesucristo. Llevaron á san Eulogio al lugar del martirio con gran tropel de gente, y gritería, en donde hecha su oración de rodillas, y levantadas las manos al cielo, y armado con la señal de la cruz, dio su cuello al cuchillo, y fué degollado en 11 de marzo, día sábado, á la hora de nona, año de la Encarnación del Señor de 859. Fué vista una paloma blanca sobre su cuerpo muerto: procuraron los moros echarla de allí, y por buen espacio de tiempo no pudieron, hasta que viéndose muy acosada de ellos, tomó vuelo, y se asentó en una torre, y desde allí miraba atentamente al santo cuerpo: el cual fué sepultado en el templo de san Zoilo por los cristianos al tercero día de su martirio. Escribió san Eulogio algunos libros con mucha doctrina, y mayor espíritu, y entro otros un memorial de santos, y un apologético de mártires, y otro, llamado Documento también de mártires: en los cuales pone las vidas y martirios, aunque con mucha brevedad, de algunos santos de su tiempo.
Cuatro días después del martirio de san Eulogio, la santa doncella Leocricia fué combatida terriblemente, para que dejase de ser cristiana; mas el que la había escogido para sierva y esposa suya, la defendió y amparó de todos los asaltos, y máquinas de sus enemigos: y visto, que ninguna cosa era bastante para quitarlo á Jesucristo, la degollaron y echaron su cuerpo en el rio, donde los cristianos le sacaron, y sepultaron en la Iglesia de san Ginés.

Después el año de 860, según el cardenal Baronio. fueron trasladados los cuerpos de san Eulogio, y Leocricia á Oviedo, é hizo nuestro Señor algunos milagros por intercesión de estos dos santos, y con ocasión de ellos se trasladaron otra vez sus cuerpos el año de 1300, á los 9 de enero, siendo obispo don Fernando Álvarez, y se colocaron en una grande arca de plata, y la pusieron en el secretario, que llaman la cámara santa, como lo dice Ambrosio de Morales en la vida de san Eulogio, cuyas obras hizo imprimir, é ilustró con sus eruditas anotaciones. El martirologio de Usuardo pone la muerte de san Eulogio á los 20 de septiembre, y el Romano á los 11 de marzo, que es el verdadero día en que murió.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc
.......toda abjuración era bien recibida y largamente premiada. Algunos, los menos, renegaron de la fe por librarse de tan humillante servidumbre. Otros, de sobra tibios, pero no apóstatas, comenzaban a murmurar del entusiasmo de los mártires, teniendo por manifiesta locura ir a buscar la muerte, provocando a los verdugos, aunque fuera constancia y heroísmo el aguardarlos. De tal disposición de los ánimos trataron de aprovecharse los consejeros de Abderrahman II para poner término a aquellas lamentables escenas. El califa obligó a nuestros Obispos a reunir un Concilio para que atajasen el desmedido fervor de su grey. Presidió Recafredo, Metropolitano de la Bética (a. 852), y los Padres, temerosos por una parte de incurrir en la saña del príncipe musulmán, y no queriendo por otra condenar un arrojo santo y plausible que respondía a anteriores provocaciones, dieron un decreto ambiguo, allegorice edita, dice San Eulogio, que sonaba una cosa y quería decir otra (aliud gustans et aliud sonans), pero que parecía condenar la espontaneidad del martirio. La Iglesia muzárabe se partió en dos bandos: unos justificaron con la decisión conciliar su cobardía y descaecimiento de ánimo; otros, y a su frente San Eulogio, ornamento de la raza hispano-latina, y Álvaro Paulo, el cordobés, descendiente de familia judaica y condiscípulo de Eulogio en las aulas de Spera-in-Deo, levantaron su voz en defensa de las víctimas y de los oprimidos. Si algunos infames hicieron granjería de su culto, trocándole pro vendibilibus muneribus, una potente reacción católica levantóse contra tales prevaricaciones en tiempos del bárbaro califa Mahomad, sucesor de Abderrahman II, príncipe ilustre, a pesar de sus violencias. Mahomad hizo derribar toda iglesia levantada desde la época de los godos. En esta segunda persecución buscaron y obtuvieron el lauro de la mejor victoria, Fandila, presbítero; Anastasio, diácono; el monje Félix, la religiosa Digna, Benildis, matrona de muchos días, y la contemplativa virgen Santa Columba. En los tres libros del Memoriale Sanctorum, de San Eulogio, pueden leerse los pormenores de todos estos triunfos, y de los de Pomposa, Áurea, Elías, Argimiro y algunos más. El encendido y vehemente estilo del Santo, y la impresión enérgica y cercana bajo la cual escribía, dan a aquellas páginas un santo calor que nunca tendría mi seca y desmayada prosa. Y en el Documentum Martyriale, ya citado, así como en el Apologeticum SS. Martyrum, veránse descritos en rasgos enérgicos o patéticas frases el abandono de los temples donde teje sus hilos la araña, el silencio de los cantores y salmistas, las cárceles henchidas, los continuos suplicios y la desolación universal. Lo extraño y verdaderamente maravilloso es que ni en la narración de aquellos horrores, ni en las exhortaciones al martirio, se olvida el escritor de sus aficiones clásicas, y mientras él atiende a imitar a los historiógrafos y oradores antiguos, su amigo Álvaro le felicita con serenidad rara por acercarse al lácteo estilo de Tito Livio, al ingenio de Demóstenes, a la facundia de Cicerón y a la elegancia de Quintiliano. ¡Singular temple de alma el de aquellos hombres que en vísperas del martirio gustaban todavía de sacrificar a las Gracias, y coronar su cabeza con las perpetuas flores de la antigua sabiduría! En la cárcel se entretuvo San Eulogio en componer nuevos géneros y maneras de versos que en España no se habían visto, dice su amigo y biógrafo.

Ya durante la persecución de Abderrahman había estado el Santo en prisiones, por oponerse tenazmente a los decretos de Recafredo y demás asistentes al Concilio o conciliábulo de 852, y apartarse de su comunión. Él robustecía y alentaba hasta el último momento la firmeza de los confesores, y recogía y guardaba con veneración los restos de los que morían. Pasada esta persecución, fué electo Obispo de Toledo, aunque no llegó a ocupar la Silla metropolitana, prevenido por adversos sucesos. En Córdoba, su patria, vino a morir degollado el año 859, juntamente con la virgen Leocricia. Tal andaba la rara muzárabe en los tristes días que ha de describir esta historia. La persecución no debió limitarse a Córdoba, aunque ésta sola tuvo historiadores. El martirio de las Santas Nunila y Alodia en la Rioja, y algún otro caso semejante de que por incidencia habla San Eulogio, bastan a demostrar lo universal de la intolerancia alcoránica. Pero justo es advertir, en obsequio a los fueros históricos, que si el mayor número de los mozárabes resistió generosamente, no fué pequeño el de los que se dejaron vencer por el halago de aquella civilización y costumbres. ÁIvaro Cordobés se queja, al fin del Indículo, de los que olvidaban las Sagradas Escrituras y hasta la lengua latina, distinguiéndose al contrario en erudición arábiga, hasta el punto de vencer en filológicos primores a los mismos mahometanos. 
Fuente: HISTORIA DE LOS HETERODOXOS ESPAÑOLES de Marcelino Menendez Pelayo

martes, 10 de marzo de 2026

NOVENA A SAN JOSÉ

Por la señal, de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro.

En el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo. Amén. 

Oración para empezar todos los días

    
Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María. Patriarca y Protector de la Santa Iglesia, a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra a la Sagrada Familia; protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos a la santa familia de tu Hijo que es la Iglesia, y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida, y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcánzanos especialmente estas tres gracias, la de no cometer jamás ningún pecado mortal, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos. Concédenos además la gracia especial que te pedimos cada uno en esta novena. 
Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener.
 
Oración del día correspondiente

Día primero

Oh benignísimo Jesús así como consolaste a tu padre amado en las perplejidades e incertidumbres que tuvo, dudando si abandonar a tu Santísima Madre su esposa, así te suplicamos humildemente por intercesión de San José nos concedas mucha prudencia y acierto en todos los casos dudosos y angustias de nuestra vida, para que siempre acertemos con tu santísima voluntad. 

Día segundo

Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu padre amado en la pobreza y desamparo de Belén, con tu nacimiento, y con los cánticos de los Ángeles, visitas de los pastores y los dones de los Reyes Magos así también te suplicamos humildemente por intercesión de San José, que nos concedas llevar con paciencia nuestra pobreza y desamparo en esta vida, y que alegres nuestro espíritu con tu presencia y tu gracia, y la esperanza de la gloria.

Día tercero

Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu amado padre en el doloroso misterio de la Circuncisión, recibiendo de él el dulce nombre de Jesús, así te suplicamos humildemente, por intercesión de San José, nos concedas pronunciar siempre con amor y respeto tu santísimo nombre, llevarlo en el corazón, honrarlo en la vida, y profesar con obras y palabras que Tú fuiste nuestro Salvador y Jesús.

Día cuarto

Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu padre amado de la pena que le causó la profecía de Simeón, mostrándole el innumerable coro de los Santos, así te suplicamos humildemente, por intercesión de San José que nos concedas la gracia de ser de aquellos para quienes Tú sirves, no de ruina, sino de resurrección, y que correspondamos fielmente a tu gracia para que vayamos a tu gloria.

Día quinto

Oh benignísimo Jesús, así como tu amado padre te condujo de Belén a Egipto para librarte del tirano Herodes, así te suplicamos humildemente, por intercesión de San José, que nos libres de los que quieren dañar nuestras almas o nuestros cuerpos, nos des fortaleza y salvación en nuestras persecuciones, y en medio del destierro de esta vida nos protejas hasta que volemos a la patria.

Día sexto

Oh benignísimo Jesús así como tu padre amado te sustentó en Nazaret, y en cambio Tú le premiaste en tu santísima compañía tantos años, con tu doctrina y tu dulce conversación, así te rogamos humildemente, por intercesión de San José nos concedas el sustento espiritual de tu gracia, y de tu santa comunión, y que vivamos santa y modestamente, como Tú en Nazaret.

Día septimo

Oh benignísimo Jesús, así como por seguir la voluntad de tu padre celestial permitiste que tu amado padre en la tierra padeciese el vehementísimo dolor de perderte por tres días, así te suplicamos humildemente, por intercesión de San José, que antes queramos perder todas las cosas y disgustar a cualquier amigo, que dejar de hacer tu voluntad; que jamás te perdamos a ti por el pecado mortal, o que si por desgracia te perdiésemos te hallemos mediante una buena confesión.

Día octavo

Oh benignísimo Jesús, que en la hora de su muerte consolaste a tu glorioso padre, asistiendo juntamente con tu Madre su esposa a su última agonía, te suplicamos humildemente, por intercesión de San José, que nos concedas una muerte semejante a la suya asistido de tu bondad, de tu Santísima Madre y del mismo glorioso Patriarca protector de los moribundos, pronunciando al morir vuestros santísimos nombres, Jesús, María y José.

Día noveno

Oh benignísimo Jesús, así como has elegido por medio de tu Vicario en la tierra a tu amado padre para protector de tu Santa Iglesia Católica, así te suplicamos humildemente por intercesión de San José, nos concedas el que seamos verdaderos y sinceros católicos, que profesemos sin error la fe católica, que vivamos sin miedo una vida digna de la fe que profesamos, y que jamás puedan los enemigos ni aterrarnos con persecuciones, ni con engaños seducirnos y apartamos de la única y verdadera religión que es la Católica.

Oración final para todos los días

Oh custodio y padre de Vírgenes San José, a cuya fiel custodia fueron encomendadas la misma inocencia de Cristo Jesús y la Virgen de las vírgenes, María; por estas dos queridísimas prendas, Jesús y María, te ruego y suplico me alcances, que preservado yo de toda impureza, sirva siempre castísimamente con alma limpia, corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María. Amén.

Jesús, José y María, os doy mi corazón y el alma mía
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, con Vos descanse en paz el alma mía.

 
Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Antífona
Tenía el mismo Jesús, al empezar su vida pública, cerca de treinta años, hijo, según se pensaba de José.
V. San José, ruega por nosotros.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo. 

Oración
Oh Dios que con inefable providencia te dignaste escoger al bienaventurado José por Esposo de tu Madre Santísima; concédenos que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle como protector en los cielos. Oh Dios que vives y reinas en los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN A SAN JOSÉ de san Luis María Grignion de Monfort

Salve, san José, hombre justo, la Sabiduría está contigo,
bendito es Jesús, el fruto de María, tú fiel esposa.
San José, digno padre y protector de Jesucristo, 
ruega por nosotros, pecadores,
y alcánzanos de Dios la divina Sabiduría,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

S A N T O R A L

Beato Elías del Socorro Nieves Castillo

Sacerdote y Mártir de Cristo Rey

Martirologio Romano: Cerca de la ciudad de Cortázar, en México, beato Elías del Socorro (Mateo Elías) Nieves del Castillo, presbítero de la Orden de San Agustín y mártir, que en el furor de la persecución contra la fe de Cristo, hecho prisionero por desempeñar ocultamente el ministerio, fue fusilado por odio al sacerdocio. ( 1928)

Mateo Elías Nieves nace en Yuriria (Guanajuato - México). Hijo de modestos agricultores, muy pronto manifestó el deseo de ser sacerdote, pero a los doce años su padre era asesinado por unos salteadores, y le resultó necesario dejar los estudios para poder ganar algún dinero con el que contribuir al sustentamiento de la familia.

Se el conoció como el padre Elías o el padre Nieves. Nació el 21 de septiembre de 1882.

De niño ya manifestó el deseo de ser sacerdote, en 1904, no obstante su escasa preparación y a su edad adulta, (22 años) consiguió ser admitido en el seminario agustiniano (Orden de San Agustín) de Yuriria, Gto. Las dificultades por causa de los estudios iniciados, por quien a los veintidós años abandonaba las faenas del campo, fueron superadas con tesón y esfuerzo. Nunca faltó quien le echara una mano. En reconocimiento a la ayuda de lo alto y movido de su filial devoción a María, al profesar en 1911 cambió el nombre de Mateo Elías por el de Elías del Socorro.

Ordenado sacerdote en 1916, el P. Nieves ejerció su ministerio en diversas localidades del Bajío, hasta que en 1921 es nombrado vicario parroquial de La Cañada de Caracheo, Gto., un poblado muy pobre, contaba con 3000 habitantes. En La Cañada de Caracheo, lugar de escasos recursos económicos, desprovisto de servicios sanitarios y de escuela pública, no se limitó a la asistencia espiritual de sus fieles sino que los ayudó a superarse.
El 1 de agosto de 1926, amanecían cerrados todos los templos de la República Mexicana, había sido una decisión tomada por los obispos mexicanos, con plena autorización del Papa, como protesta a las leyes persecutorias del Gobierno hacia la Iglesia. Los feligreses se unieron a sus obispos, no sin experimentar, como ellos, un profundo dolor. Aquel domingo dejaron de repicar las campanas.
Quince días después de este acontecimiento fueron asesinados el P. Luis Bátis y tres jóvenes de la Acción Católica. Su delito: ser católicos comprometidos. Un pequeño grupo de hombres armados, en Chalchihuites, Zac., se alzó en contra del gobierno y su ejército, y de allí se fueron levantando en armas grupos espontáneos en los distintos Estados de la República. A principios de 1927, la Liga Nacional Defensora dela Libertad Religiosa hizo un llamado a todos sus miembros a la defensa de la fe a través de las lucha armada.
Los pocos obispos que quedaron en México, porque la mayoría estaba exiliada en Estados Unidos y Cuba, se encontraban escondidos. Los sacerdotes tenían libertad para dejar su parroquia, pero mucho prefirieron esconderse y no dejar solos a sus feligreses. Huían de un lado a otro, en casas, cuevas, montes, ranchos; no tenían un lugar seguro.
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Cueva de la barranca de El Leñero, en el cerro
de La Gavia, donde el Padre Nieves celebraba
la Santa Misa durante la persecución religiosa
El P. Nieves también tuvo que esconderse. Él, como la mayoría de los sacerdotes, se mantuvo al margen del movimiento armado. Se estableció en una cueva de la barranca de El Leñero en el cerro de La Gavia, asegurando así a sus fieles la asistencia religiosa, pues ellos no entendían la medida gubernativa. Allí pasó muchos meses. Había hecho de aquella cueva un templo, tenía todo arreglado, con flores, con un altar bien instalado, lo mismo que el Sagrario. Organizó en siete grupos a sus feligreses para que cada grupo asistiera a misa el día de la semana que a cada uno le tocaba. A las tres de la mañana llegaba a la cueva por distintas veredas. Confesaba a quienes le solicitaban el sacramento y les celebraba la misa. Cuando había algún peligro suspendía el culto.
Por las noches el padre bajaba al pueblo para atender a los enfermos y ancianos que no podían subir la montaña, aprovechaba para celebrar algún matrimonio, bautizar, o dar consuelo a quien lo necesitaba.
Pidió a las personas que, si algún día, Dios permitía que lo detuviera un grupo de soldados, no lo fueran a rescatar por la fuerza, con armas, sino que, más bien hicieran oración a Dios por él.
Al anochecer del miércoles 7 de marzo de 1928, un destacamento de soldados del tercer regimiento, al mando del capitán Márquez, procedentes del Valle de Santiago recorrían la región de Cañadas buscando a unos ladrones. Llegaron al pueblo y decidieron pernoctar en el curato, pero, al encontrarlo cerrado pidieron la llave a los pobladores que estaban mirando a los recién llegados; no se les pudo dar la llave por encontrarse fuera del pueblo el encargado. Entonces pretendieron abrir la puerta a barrazos, como lograron hacerlo. Cuando estaban en esa operación, se acercaron Gregorio López y Nicolás Bernal, vecinos pacíficos, suplicando al capitán que no fuera a destruir la puerta. Esto bastó para que los detuvieran. Después de que los soldados entraron al curato, un grupo de cañadenses, indignados por la toma violenta del curato, se lanzaron a balazos contra los soldados. El tiroteo duró unas tres horas. La mayoría de los habitantes huyó. El capitán Márquez, por temor a que se reorganizaran, mandó pedir refuerzos. Gregorio López y Nicolás Bernal fueron asesinados.
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Nuestra Señora del Socorro, de Morelia, Michoacán
Imagen de la que el beato Elías era muy devoto
y en honor a quién se cambio el nombre
El P. Nieves, desde la cueva, pasó toda la noche en oración suplicando el cese de la violencia y pidiendo a Dios perdón y clemencia para el pueblo.
El jueves 8 de marzo, el P. Nieves pasó todo el día en su cueva, entregado a la oración y reflexión. Al anochecer bajó al rancho San Pablo a casa de la familia Sierra quien lo recibía con frecuencia y lo atendía, encontró allí el apoyo de una familia amiga. Hacia el medio día llegó un grupo de soldados que se detuvo frente a la casa de los hermanos Sierra, pidieron una olla con agua. Cerca de ellos se encontraba el P. Nieves, disfrazado de ranchero, con camisa y calzón de manta blanca, ceñía una faja azul, llevaba sobre los hombros un gabán de colores y le cubría la cabeza un ancho sombrero. Mientras soldados bebían el agua, uno de ellos, el mayor Rodríguez miró de arriba abajo al P. Nieves, descubriendo que debajo del pantalón blanco se asomaba la orla del pantalón negro que llevaba debajo. Comprendió que se encontraba frente a un sacerdote disfrazado de ranchero, y luego de interrogarlo lo detuvo.
Al ser detenido el padre, José Dolores Sierra trató de esconder un rifle y fue descubierto por uno de los soldados, entonces el mayor ordenó que los dos hermanos Sierra fueran también aprehendidos. Rumbo a Cañada, los tres detenidos iban caminando a pie, los soldados a caballo.
El mayor Rodríguez, con sus soldados, y los detenidos, llegaron a Cañada como a las cinco de la tarde, pero no al curato. Don Toribio Martínez, vecino principal del pueblo, por atención al padre, les ofreció hospedaje en su casa. El capitán aceptó el ofrecimiento. Estaban cenando cuando llegó el capitán Márquez con sus soldados, regresaban de Salvatierra. Preguntó por los prisioneros, interrogó al padre. Los soldados se retiraron a desensillar a los caballos y darles de comer. Don Toribio, el anfitrión, aprovechó que los jefes estaban solos para ofrecer de rescate 1000 pesos. Rodríguez estaba de acuerdo, Márquez no. Se produjo un discusión violenta entre ambos, al grado que don Toribio y el padre Nieves intervinieron para calmar los ánimos.
Después de un breve silencio el padre dijo: “No, Toribio no conoce esa cantidad de dinero, (en aquella época era todo un capital) ni yo puedo aceptar que nadie se comprometa por mí. De modo que no hay lugar a discusiones. Que se haga la voluntad de Dios… y nada más.
El mayor Rodríguez se fue esa misma noche con el teniente Díaz y tres soldados, dejando así toda la responsabilidad a Márquez.
El P. Nieves, mientras se había dado la discusión entre ambos jefes militares, había pedido a los hermanos Sierra que escaparan porque ellos hacían falta a sus familias. Ellos le respondieron que no lo dejarían solo, que si ellos hacían falta a sus familias, mucho más él como padre espiritual de tantas familias.
El capitán Márquez estuvo toda la noche platicando con el P. Nieves sobre cuestiones de religión, en ocasiones, molesto éste, por lo que el padre decía, golpeaba la mesa y profería insolencias. Así, a las cuatro de la mañana se fueron a dormir. En el momento del desayuno, el capitán se dirigió a don Toribio y le dijo que, si le entregaba 3000 pesos liberaba a su “curita”. El padre Nieves hacía señas a don Toribio de que no aceptara; don Toribio regateó diciendo que lo más que podría conseguir entre sus parientes y conocidos serían 2000 pesos. Toribio pidió permiso de salir un momento, el militar se quedó con el padre, no se sabe que amenazas le hizo porque, cuando regresó don Toribio, le hizo la seña de que huyera con su familia. El hombre obedeció en el acto, cogió su dinero y se marchó con su familia hacia Caracheo, allí pidió por teléfono un carro y se fue a Cortazar.
A las nueve de la mañana el capitán dictó órdenes a su asistente y mandó tocar el clarín de retirada. Aprovechando que estaban solos, el padre suplicó al capitán que dejara en libertad a los hermanos Sierra, que a él hicieran lo que quisieran pero a ellos les diera la libertad. Los hermanos Sierra dijeron al padre que estarían con él hasta el fin y que solamente aceptarían la libertad si a él se la daban. Se dirigieron al capitán y le dijeron que aceptara sus vidas a cambio de la del padre. El capitán no respondió.
Cuando llegaron a la hacienda de Las Fuentes, el capitán dejó a los reos en custodia de unos soldados y, con su asistente, se fueron en un automóvil a Cortazar busca de don Toribio, lo llevaron consigo a donde estaba el padre y, delante de él le pide los dos mil pesos que había prometido como rescate. A la señal negativa del padre don Toribio explicó que aquellos que podían haberlo ayudado ya no estaban allí. El capitán exigió se los diera por las buenas o por las malas; intervino el padre haciéndole ver que no era posible para Toribio dárselos y que él no necesitaba ni quería rescate.

El capitán, furibundo, ordenó el fusilamiento de los hermanos Sierra y del padre. José Dolores cayó muerto de un infarto, Jesús fue fusilado, sus últimas palabras fueron: “¡Viva Cristo Rey!. El P. Nieves pidió morir en otro lugar, señaló a los soldados un mezquite. Se arrodilló para hacer oración y después exclamó: “Capitán, estoy listo para morir por mi religión.” Repartió sus pocas pertenencias, al capitán le dio el reloj y la cobija. Después el padre dijo a los soldados: “Ahora, arrodíllense todos porque les voy a dar la bendición en señal de perdón”. Todos se arrodillaron, excepto el capitán quien, sacando su pistola dijo: “Yo no necesito bendiciones de curitas, a mí me basta mi pistola”, y disparó al sacerdote. Al caer, el padre alcanzó a exclamar: “Dios te perdone, hijo mío. ¡Viva Cristo Rey!”. Eran las tres de la tarde del sábado 10 de marzo de 1928. Sus restos descansan en la iglesia parroquial de la Cañada.

10 de Abril

Los Mártires Colombianos de la Comunidad de San Juan de Dios (año 1936)

Desde 1934 estalló en España una horrorosa persecución contra los católicos, por parte de los comunistas y masones y de la extrema izquierda. Por medio del fraude y de toda clase de trampas fueron quitándoles a los católicos todos los puestos públicos. En las elecciones, tuvo el partido católico medio millón de votos más que los de la extrema izquierda, pero al contabilizar tramposamente los votos, se les concedieron 152 curules menos a los católicos que a los izquierdistas. La persecución anticatólica se fue volviendo cada vez más feroz y terrorífica. En pocos meses de 1936 fueron destruidos en España más de mil templos católicos y gravemente averiados más de dos mil.
Desde 1936 hasta 1939, los comunistas españoles asesinaron a 4,100 sacerdotes seculares; 2,300 religiosos; 283 religiosas y miles y miles de laicos. Todos por la sola razón de pertenecer a la Iglesia Católica.
Las comunidades que más mártires tuvieron fueron: Padres Claretianos: 270. Padres Franciscanos 226. Hermanos Maristas 176. Hermanos Cristianos 165. Padres Salesianos 100. Hermanos de San Juan de Dios 98.
En 1936 los católicos se levantaron en revolución al mando del General Francisco Franco y después de tres años de terribilísima guerra lograron echar del gobierno a los comunistas y anarquistas anticatólicos, pero estos antes de abandonar las armas y dejar el poder cometieron la más espantosa serie de asesinatos y crueldades que registra la historia. Y unas de sus víctimas fueron los siete jóvenes colombianos, hermanos de la Comunidad de San Juan de Dios, que estaban estudiando y trabajando en España.
Eran de origen campesino o de pueblos religiosos y piadosos. Muchachos que se habían propuesto desgastar su vida en favor de los que padecían enfermedades mentales, en la comunidad que San Juan de Dios fundó para atender a los enfermos más abandonados. La Comunidad los había enviado a España a perfeccionarse en el arte de la enfermería y ellos deseaban emplear el resto de su vida en ayudar de la mejor manera posible a que los enfermos recobraran su salud mental y física y sobre todo su salud espiritual por medio de la conversión y del progreso en virtud y santidad.
Sus nombres eran: Juan Bautista Velásquez, de Jardín (Antioquía) 27 años. Esteban Maya, de Pácora Caldas, 29 años. Melquiades Ramírez de Sonsón (Antioquía) 27 años. Eugenio Ramírez, de La Ceja (Antioquía) 23 años. Rubén de Jesús López, de Concepción (Antioquía) 28 años. Arturo Ayala, de Paipa (Boyacá) 27 años y Gaspar Páez Perdomo de Tello (Huila) 23 años.
Hacía pocos años que habían entrado en la Congregación y en España sólo llevaban dos años de permanencia. Hombres totalmente pacíficos que no buscaban sino hacer el bien a los más necesitados. No había ninguna causa para poderlos perseguir y matar, excepto el que eran seguidores de Cristo y de su Santa Religión. Y por esta causa los mataron.
Estos religiosos atenían una casa para enfermos mentales en Ciempozuelos cerca de Madrid, y de pronto llegaron unos enviados del gobierno comunista español (dirigido por los bolcheviques desde Moscú) y les ordenaron abandonar aquel plantel y dejarlo en manos de unos empleados marxistas que no sabían nada de medicina ni de dirección de hospitales pero que eran unas fieras en anticleralismo.
A los siete religiosos se los llevaron prisioneros a Madrid.
Cuando al embajador colombiano le contaron la noticia, pidió al gobierno que a estos compatriotas suyos por ser extranjeros los dejaran salir en paz del país, y les envió unos pasaportes y unos brazaletes tricolores para que los dejaran salir libremente. Y el Padre Capellán de las Hermanas Clarisas de Madrid les consiguió el dinero para que pagaran el transporte hacia Colombia, y así los envió en un tren a Barcelona avisándole al cónsul colombiano de esa ciudad que saliera a recibirlos. Pero en el tiquete de cada uno los guardas les pusieron una señal especial para que los apresaran.
El Dr. Ignacio Ortiz Lozano, Cónsul colombiano en Barcelona describió así en 1937 al periódico El Pueblo de San Sebastián cómo fueron aquellas jornadas trágicas: "Este horrible suceso es el recuerdo más doloroso de mi vida. Aquellos siete religiosos no se dedicaban sino al servicio de caridad con los más necesitados. Estaban a 30 kilómetros de Madrid, en Ciempozuelos, cuidando locos. El día 7 de agosto de 1936 me llamó el embajador en Madrid (Dr. Uribe Echeverry) para contarme que viajaban con un pasaporte suyo en un tren y para rogarme que fuera a la estación a recibirlos y que los tratara de la mejor manera posible. Yo tenía ya hasta 60 refugiados católicos en mi consulado, pero estaba resuelto a ayudarles todo lo mejor que fuera posible. Fui varias veces a la estación del tren pero nadie me daba razón de su llegada. Al fin un hombre me dijo: "¿Usted es el cónsul de Colombia? Pues en la cárcel hay siete paisanos suyos".
Me dirigí a la cárcel pero me dijeron que no podía verlos si no llevaba una recomendación de la FAI (Federación Anarquista Española). Me fui a conseguirla, pero luego me dijeron que no los podían soltar porque llevaban pasaportes falsos. Les dije que el embajador colombiano en persona les había dado los pasaportes. Luego añadieron que no podían ponerlos en libertad porque la cédula de alguno de ellos estaba muy borrosa (Excusas todas al cual más de injustas y mentirosas, para poder ejecutar su crimen. La única causa para matarlos era que pertenecían a la religión católica). Cada vez me decían "venga mañana". Al fin una mañana me dijeron: "Fueron llevados al Hospital Clínico". Comprendí entonces que los habían asesinado. Fue el 9 de agosto de 1936.
Aterrado, lleno de cólera y de dolor exigí entonces que me llevaran a la morgue o depósito de cadáveres, para identificar a mis compatriotas sacrificados.
En el sótano encontré más de 120 cadáveres, amontonados uno sobre otro en el estado más impresionante que se puede imaginar. Rostros trágicos. Manos crispadas. Vestidos deshechos. Era la macabra cosecha que los comunistas habían recogido ese día.
Me acerqué y con la ayuda de un empleado fui buscando a mis siete paisanos entre aquel montón de cadáveres. Es inimaginable lo horrible que es un oficio así. Pero con paciencia fui buscando papeles y documentos hasta que logré identificar cada uno de los siete muertos. No puedo decir la impresión de pavor e indignación que experimenté en presencia de este espectáculo. Los ojos estaban desorbitados. Los rostros sangrantes. Los cuerpos mutilados, desfigurados, impresionantes. Por un rato los contemplé en silencio y me puso a pensar hasta qué horrores de crueldad llega la fiera humana cuando pierde la fe y ataca a sus hermanos por el sólo hecho de que ellos pertenecen a la santa religión.
Redacté una carta de protesta y la envié a las autoridades civiles. Después el gobierno colombiano protestó también, pero tímidamente, por temor a disgustar aquel gobierno de extrema izquierda.
En aquellos primero días de agosto de 1936, Colombia y la Comunidad de San Juan de Dios perdieron para esta tierra a siete hermanos, pero todos los ganamos como intercesores en el cielo. En cada uno de ellos cumplió Jesús y seguirá cumpliendo, aquella promesa tan famosa: "Si alguno se declara a mi favor ante la gente de esta tierra, yo me declararé a su favor ante los ángeles del cielo".
Estos son los primeros siete beatos colombianos y Dios quiera sean ellos los primeros de una larguísima e interminable serie de amigos de Cristo que lo aclamen con su vida, sus palabras y sus buenas obras en este mundo y vayan a hacerle compañía para siempre en el cielo.
http://www.ewtn.com/SPANISH/SAINTS/M%C3%A1rtires_Colombianos.htm

lunes, 9 de marzo de 2026

S A N T O R A L

LOS CUARENTA MARTIRES DE SEBASTE

Soldados de Cristo

Cuarenta nuevos protectores se presentan hoy en este tiempo de penitencia. Sobre el hielo mortífero del estanque que sirvió de campo de sus combates, se acordaban, como nos cuentan sus actas, de los cuarenta días que consagró nuestro Señor al ayuno y se sentían dichosos de que en su número estuviese significado este misterio. Comparemos sus pruebas a las que nos impone la Iglesia. ¿Seremos nosotros, como ellos, fieles hasta el fin? ¿Mereceremos que la corona de la perseverancia ciña nuestras frentes regeneradas en la solemnidad pascual? Los cuarenta mártires sufrieron, sin volverse atrás, el rigor del frío y las torturas que le siguieron; el temor de ofender a Dios, el sentimiento de la fidelidad que le debían, aseguraron su constancia.
¡Cuántas veces hemos pecado nosotros, sin poder alegar como excusa tentaciones tan rigurosas! Sin embargo, Dios a quien hemos ofendido podría arrebatarnos la vida en el mismo instante en que nos hacemos culpables, como ocurrió con aquel soldado infiel, que después de renunciar a la corona, pidió como premio de su apostasía, la gracia de poder volver a calentar sus miembros helados en un baño de agua tibia. Sólo encontró en él la muerte y la perdición eterna. A nosotros se nos ha dado tiempo y se nos ha perdonado misericordiosamente; recordemos que si la justicia divina no ha ejecutado sus derechos contra nosotros ha sido para confiarlos a nosotros mismos. El ejemplo de los santos nos ayudará a comprender lo que es el mal, con cuánto cuidado hay que evitarlo y cómo nosotros estamos obligados a repararlo.

Vida

Las actas de los mártires de Sebaste nos cuentan que, en el reinado de Licinio (hacia 320) cuarenta soldados sufrieron por Cristo. Después de arrojados en una cárcel y azotados cruelmente, fueron echados desnudos en un estanque helado en una noche de invierno. El guardián que los vigilaba vió bajar a los ángeles para distribuir coronas a los mártires. En esto, uno de ellos desertó; entonces el carcelero se declaró cristiano, se quitó los vestidos y corrió a unirse con los mártires; viendo esto los verdugos, les rompieron las piernas y todos expiaron en este suplicio excepto uno, el más joven, Melitón, que murió pocos momentos después en los brazos de su madre que le animaba a perseverar en su fe a Cristo. Sus cuerpos fueron quemados y sus reliquias fueron arrojadas en un riachuelo. Pero estas reliquias fueron encontradas milagrosamente en un mismo lugar, donde fueron recogidas con honor.

Todo cristiano es soldado

Soldados valerosos de Cristo, recibid hoy nuestro homenaje. Toda la Iglesia venera vuestra memoria; pero vuestra gloria es aún mayor en el cielo. Alistados en la milicia terrestre, erais, antes que nada, soldados del Rey de los cielos. Nosotros también somos soldados y marchamos a conquistar un reino que será el premio de nuestro valor. Los enemigos son numerosos y temibles, pero como vosotros, también nosotros podremos vencerlos, si somos fieles en usar las armas que el Señor ha puesto en nuestras manos. La fe en la palabra de Dios, la esperanza en su socorro, la humildad y la prudencia asegurarán nuestra victoria. Guardadnos de todo pacto con el enemigo, porque, si pretendemos servir a dos señores, nuestra derrota será completa.


Durante este tiempo de cuaresma, nos será necesario dar nuevo temple a las armas, curar las heridas, renovar nuestros propósitos; ayu­dadnos, velad para que no nos apartemos de vuestros ejemplos. También a nosotros nos espera una corona; aunque es más fácil de conseguir que la vuestra, podría escaparse de nuestras manos, si nosotros dejásemos desfallecer el sentimiento de nuestra vocación. Más de una vez, por desgracia, hemos como renunciado a la vida eterna. Hoy queremos hacerlo todo con el fin de ase­gurárnosla. Sois nuestros hermanos de armas; tanto a vosotros como a nosotros interesa la gloria de nuestro Jefe; apresuraos, santos mártires, venid en nuestra ayuda.

Fuente: El Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer