lunes, 23 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SAN POLICARPO, OBISPO Y MÁRTIR

La vida y martirio de san Policarpo, obispo de Esmirna, sacaremos de lo que de él escribieron san Ireneo, obispo de León y mártir, que le conoció, Eusebio Cesariense en su historia, san Gerónimo en el libro de los escritores eclesiásticos, y el clero de Esmirna, que se halló presente á su gloriosa muerte. Fué san Policarpo varón de gran santidad, y de raras letras, y alto ingenio: conoció á muchos discípulos del Señor; y trató familiarmente con ellos, y particularmente con el discípulo amado san Juan Evangelista, el cual fué padre, y príncipe de todas las Iglesias de Asia, y de su mano hizo obispo de Esmirna á Policarpo, como á varón digno de aquel lugar, y sublime ministerio. Estando Policarpo en la Iglesia, hubo grandes dudas, y dificultades entre los cristianos acerca del tiempo, en que se había de celebrar la pascua de Resurrección, y para tomar buena resolución, y acertado asiento en ellas, se determinó san Policarpo a ir en persona á Roma, para conferir sus dudas con san Aniceto, papa, que á la sazón era vicario en la tierra de Cristo nuestro Redentor. Llegado á Roma, hizo reverencia á san Aniceto: confirió sus dudas: propúsole sus dificultades, y lo que él mismo había aprendido de su maestro san Juan Evangelista, y de los otros discípulos del Señor: y sabiendo, que Valentino y Marcion, herejes, sembraban en Roma su perversa y diabólica doctrina, comenzó san Policarpo á predicar y exhortar á todos los fieles, que se guardasen de ellos, como de serpientes, y enemigos de Jesucristo, y qué supiesen cierto, que no era aquella la doctrina de los apóstoles, y del mismo Señor, que por medio de sus discípulos se la había enseñado, y de cuyas fuentes él había bebido: y para moverlos á mas aborrecer á los herejes, y huir totalmente de su conversación, les contaba, que yendo una vez san Juan Evangelista su maestro, acompañado de muchos discípulos, á unos baños, donde se estaba lavando Cerinto, hereje, les dijo el santo apóstol: Huyamos de aquí, y vámonos presto; porque no caigan, y nos tomen debajo estos baños, en los cuales se lava Cerinto, enemigo de la verdad: y el mismo san Policarpo, andando un día por Roma, encontró con Marcion hereje, y en viéndole, volvió el rostro, y se apartó por no hablarle. Notó esto Marcion, y como hereje desvergonzado, se llegó á Policarpo, y le dijo: ¿No me conoces? Sí le conozco, dijo Policarpo. Pues ¿quién soy yo? Tú eres, dice, el hijo primogénito de Satanás: para darnos á entender, que aunque todos los pecadores, por imitación, son hijos de Satanás, como los justos lo son de Dios; pero que el hereje es como su hijo primogénito, y mayorazgo; porque es el que más le imita, y el que más lo ama, y mejor hace sus negocios. Convirtió san Policarpo en Roma muchos herejes á la fé católica con su santa doctrina, y ejemplo, y volvióse á su Iglesia de Esmirna, para apacentar sus ovejas, y defenderlas de los lobos infernales, como bueno, y cuidadoso pastor. Estando en Esmirna, pasó por allí el fortísimo mártir de Jesucristo san Ignacio, de camino para Roma, á donde iba condenado á los leones; y San Policarpo le acogió, y regaló, teniéndole santa envidia, porque iba á morir por Cristo antes que él. Con el ejemplo vivo de san Ignacio animaba, y esforzaba á padecer mucho por el Señor á todos los fieles, que allí estaban, y san Ignacio, después que partió de Esmirna, escribió una carta admirable á san Policarpo, dándole cuenta de su viaje y se encomienda á sus oraciones.
En este tiempo, siendo ya emperador Marco Aurelio Antonino, y Lucio Vero, se levantó contra la santa Iglesia la cuarta persecución, que fue muy cruda y espantosa; porque los presidentes y ministros de los emperadores atormentaban con atrocísimos tormentos á todos los cristianos, que podían haber á las manos, y aquel se tenía por mas excelente y aventajado juez, que mas sangre de cristianos derramaba; y no se oía hablar por las ciudades, villas y lugares, sino de nuevas penas, y exquisitos tormentos, que contra los cristianos se inventaban. Llegó la furia de esta tempestad á la provincia de Asia, y á la ciudad de Esmirna. El santo pontífice Policarpo velaba sobre su grey, consolaba los afligidos, esforzaba los flacos, socorría á los menesterosos, y daba á todos las ayudas y favores que podía: y en aquella tan brava tormenta se hallaba con un ánimo sosegado y seguro: porque estaba asido, y abrazado con Dios, á quien continuamente suplicaba, se apiadase de su Iglesia, y diese fin a aquella tribulación, ó esfuerzo, para llevarla con fortaleza. Entendieron los enemigos de Dios la resistencia, que les hacia Policarpo, y que él era el pilar de los cristianos de Asia: y creyendo que derribándole á él caería el edificio que sobre él sustentaba, comenzaron á buscarle para darle muerte. No se alteró, ni mudó san Policarpo, por saber, que le buscaban, ni dejó de hacer lo que hacía, por miedo ni espanto; mas pudo con él tanto la caridad, y los ruegos de muchos cristianos y amigos suyos, que le importunaban, que saliese de la ciudad, que por darles contento se salió á una casa de campo, donde estuvo escondido algunos pocos días, haciendo continua, y fervorosa oración al Señor por la paz de la Iglesia. Tres días antes que fuese preso, una noche durmiendo tuvo en sueños una revelación de Dios, acerca del martirio que había de padecer por su amor. Parecíale que se abrasaba, y consumía con llamas la almohada, en que tenia reclinada la cabeza: y conociendo lo que aquel fuego significaba, luego llamó con grande alegría á sus amigos, y les dijo: Tened por cosa cierta, que yo tengo de ser quemado vivo, y que esto será dentro de pocos días. Alabado sea, y glorificado para siempre mi dulcísimo Señor Jesucristo, que me quiere hacer digno de la corona del martirio. Pero aunque el santo estaba tan gozoso, y regocijado esperando la muerte, vencido de la importunidad de los que estaban con él; se pasó á otra casa, donde pensaron, que estaría más seguro: mas no fué así; porque viniendo los ministros de los emperadores de allí á tres días á buscarle, le hallaron, por indicio de dos muchachos, á los cuales prendieron, y al uno azotaron, para que dijese la verdad. Entraron los sayones en la casa, donde estaba san Policarpo: y aunque él pudiera fácilmente escaparse, no quiso; antes volviendo los ojos al cielo, y diciendo: Señor, hágase en todo vuestra voluntad; bajó la escalera, para recibir y agasajar á sus mismos enemigos: mandóles aparejar de comer; y con gran serenidad, y majestad de rostro les rogó que comiesen, y que entretanto le diesen una hora de tiempo para recogerse y encomendarse á Dios. Ellos comieron; y él oró, y comió de aquel manjar de vida, que se le había de dar en los tormentos, y en la muerte misma. Fué tanto, lo que los impíos ministros se maravillaron del aspecto venerable de Policarpo, de la dulzura de sus palabras, de la cortesía y buen tratamiento, que les hizo, y de la alegría y contentamiento que mostraba, que en cierta manera les pesaba de haber venido; y comenzaron á decir: ¿Es posible, que por este viejo, digno de tanto respeto, se hacen tantas diligencias, y tantas pesquisas? ¿Se envían tantos soldados, tantas espías, y se echan tantas redes, para afligirle y acabarle? Mas al fin, por hacer lo que les habían mandado, le prendieron; y puesto sobre un jumento, le llevaron á la ciudad. Toparon en el camino con el prefecto de la paz, que se llamaba Herodes, y con su padre Niceto, que eran hombres de mucha autoridad: los cuales tomaron á Policarpo en su coche, y le comenzaron á persuadir, que pues no tenía fuerzas de mozo para resistir, ni sus canas eran ya para lidiar con los magistrados, y tormentos; que mirase por sí y viviese, lo que le quedaba de vida, con descanso, y quietud, obedeciendo á los emperadores; y que esto le decían, como amigos, por el amor que lo tenían. Callaba el santo y, como se dice, á palabras locas hacia orejas sordas; hasta que viendo, que porfiaban, y le quebraban la cabeza, les dijo: Señores, no perdáis tiempo; porque yo jamás haré, lo que me aconsejáis. Entonces ellos se enojaron contra Policarpo, y le denostaron, y echaron del coche con palabras injuriosas, y con tal furor, que casi le acabaron; y gravemente se hirió, y lastimó en una pierna: mas el santo, sin hacer caso de su dolor, ni de su afrenta, iba con grande ánimo y esfuerzo á la pelea. Lleváronle al procónsul, que estaba en el teatro, y antes de entrar en él oyó una voz del cielo que le decía: Ten buen ánimo, Policarpo, y trata valerosamente el negocio de Dios. Muchos de los fieles oyeron esta voz; aunque ninguno vio, al que hablaba. Con ella armó el Señor á su soldado contra las voces furiosas, y clamores del pueblo, que contra él se levantaron. Preguntóle el procónsul, si era Policarpo obispo; y el santo respondió que sí. Aconsejóle, que jurase por la fortuna de los emperadores, y blasfemase á Cristo: y él con grande autoridad, y reposo le respondió unas palabras dignas de Policarpo: Ochenta y seis años, dice, ha, que yo sirvo á Jesucristo, y en todo esto tiempo nunca me hizo mal, antes siempre he recibido de su mano muchos, y grandes favores. Pues ¿cómo quieres, que yo blasfeme, de quien tanto bien me ha hecho, y me crió y conserva la vida; y sea desagradecido á tan buen Dios, y Señor? Y tornando el Juez á apretarlo, respondió con gran libertad: ¿Quieres por ventura probar, sí soy cristiano? Yo te digo libremente, que lo soy: y si quieres saber, lo que encierra en sí este nombre de cristiano, dame un día de tiempo desocupado: que yo te lo diré.
A esto respondió el procónsul: Lo que me quieres decir á mí, dilo aquí al pueblo. Y Policarpo dijo: A tí de buena gana daré razón, de lo que quisieres; porque nosotros estamos obligados á honrar á los magistrados, y obedecerles en todo lo que nos mandaren, como no sea contra Dios: mas el pueblo es bestia de muchas cabezas, y ahora no es capaz, ni está dispuesto para oír los misterios divinos. Mira, dijo el procónsul, que te haré quemar aquí vivo, ó despedazar de las fieras. Respondió el santo: Yo no temo este fuego corporal, que mata el cuerpo, y en un momento se acaba: aquel fuego temo, que dura para siempre, y se sustenta con la muerte, de los que viven en él. No pienses que me tengo de espantar con tus amenazas: llama á las bestias: enciendo el fuego; que aquí estoy. Esto decía el bendito santo con un rostro alegre, y apacible, y con un semblante mesurado, y con unas palabras tan sosegadas, y graves, que, el procónsul, con estar tan indignado contra él, quedó maravillado, y atónito; pero al fin mandó, que el pregonero allí en el teatro con alta voz dijese, que Policarpo había confesado ser cristiano. Entonces todo el pueblo, que era de gentiles, judíos y herejes, alzaron á una la voz, y clamaron, diciendo con grandes alaridos cuanto más podían: Este es el destruidor de los dioses: este el maestro de los magos y cristianos; muera: muera quemado vivo en el fuego; y con gran priesa comenzaron á traer leña y sarmientos, para hacer grande hoguera; y el santo viejo Policarpo con gran presteza desnudó sus vestidos, calzas y zapatos. Quisiéronle allí enclavar en un madero, para que con el dolor y pena, que le causaría el fuego no se menease: mas el santo dijo á los ministros: No me enclavéis; que yo espero en aquel Señor, que me da ánimo para sufrir el tormento del fuego, que me le dará también para estar quedo en él, y sin menearme aunque no esté atado: y con esto lo dejaron, atándole solamente las manos atrás, y le echaron en el fuego; y el santo, ofreciéndose como un holocausto vivo, y oloroso al Señor, comenzó á orar de esta manera: Recibid, ó Padre eterno, en sacrificio aceptable esta mi vida, que vos mismo me habéis dado. Vos sois señor del universo, vos sois Padre de mí Señor Jesucristo, por el cual os habemos conocido, y el que por nosotros se ofreció en la cruz; y yo por él mismo ahora me ofrezco á vos en la confesión de su santa fé, para honra y gloria perpetua vuestra, y suya. Yo os hago infinitas gracias, por haberos dignado de ponerme en el número de vuestros bienaventurados mártires, y haberme hecho particionero del cáliz y pasión de mi buen Jesús. Yo os alabo, y ensalzo, y bendigo juntamente con vuestro unigénito Hijo, que es sumo sacerdote, y pontífice eterno, y vive y reina con vos, y con el Espíritu Santo, en los siglos de los siglos.

Apenas pudo concluir esta oración tan afectuosa y decir: Amen; cuando el verdugo puso fuego á la leña aparejada, y luego se emprendió: y para que se viese como todas las criaturas obedecen al Señor, el fuego no tocó al santo, ni le quemó; antes estaba á manera de una bóveda, ó de una vela de nave que navega hinchada con próspero viento; y dentro de su seno parecía el cuerpo del santo, no como carne quemada, sino como oro resplandeciente en su crisol, y las mismas llamas, para mayor milagro, echaban de sí un olor suavísimo, como de incienso derretido en las brasas, ó de un ungüento suavísimo. 
Pero como los ministros impíos viesen, que no se podía acabar la vida del santo con fuego, determinaron acabarle con espada, y no perdonar al que las llamas perdonaban; y así le pasaron el cuerpo con la espada, y salió de él tan gran copia de sangre, que apagó el fuego, volando el alma gloriosa al cielo, para gozar eternamente de Dios: y con el santo murieron otros doce, que habían venido de Filadelfia. Desearon mucho los cristianos tomar su cuerpo para honrarle y reverenciarle; mas los judíos hicieron tanto ruido y alboroto, que el presidente le mandó quemar; como se hizo: y después los cristianos recogieron aquellas sagradas reliquias, y huesos, y los colocaron en lugar decente, honrándolos como reliquias de tan grande pontífice, y tan esforzado mártir, y haciendo fiesta particular cada año el día de su martirio: para que todos imitemos tan santa vida, y gloriosa muerte, y sigamos las pisadas de los que nos enseñaron, y engendraron en Cristo, como lo escribe la Iglesia misma de Esmirna, y el clero, que se halló presente á su martirio, en una epístola, que solía leer públicamente en las iglesias, como lo dice san Gregorio Turonense.
Escribió san Policarpo una epístola á los filipenses, la cual, como dice san Gerónimo, también se solía leer públicamente en la iglesia á los fieles, y en ella encomendándoles mucho, que estén bien fundados en la fé, esperanza y caridad, los exhorta á huir principalmente de la avaricia, acordándose que es raíz, y principio de todos los males, y que como salimos desnudos al mundo, desnudos volvamos de él. Después les enseña á criar sus hijos, á ser sujetos y obedientes á los sacerdotes, como á Dios; y les da otros documentos admirables y divinos, discurriendo por todos los estados, y diciendo lo que en cada uno de ellos se debía hacer. Otra epístola, dice Suidas, que escribió á san Dionisio Areopagita, la cual no se halla. Tuvo san Policarpo por discípulo á san Ireneo, obispo de León, y mártir, y Andochio presbítero, y Tirso diácono, y Félix. A estos tres envió á Francia, mereciendo en ella la corona del martirio. También fué discípulo de san Policarpo Benigno, presbítero, el cual, habiendo ido asimismo á Francia por orden de su maestro, dio su vida por Cristo en la ciudad de Dijun, en el ducado de Borgoña. Murió san Policarpo el día 26 de enero, en el año del Señor de 168, según Onofrio, y de 169 según el cardenal Baronio: y fué tan celebrada la memoria de su martirio antiguamente, que se solía leer en las iglesias, como lo escribe san Gregorio Turonense, y lo advirtió el mismo cardenal Baronio.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 22 de febrero de 2026

S A N T O R A L


LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO EN ANTIOQUÍA

La cátedra de san Pedro en Antioquia celebra la santa Iglesia á los 22 de febrero, para declararnos el beneficio, que todo el mundo recibió en la institución de la cátedra apostólica, y en la potestad, que Cristo nuestro Señor dio á san Pedro, cuando le hizo su vicario, y piedra fundamental del edificio de la Iglesia, como en la fiesta de la cátedra de Roma, del mismo príncipe de los apóstoles, se dijo á los 18 de enero. Lo particular, que hay, que notar en esta fiesta de Antioquia, es, que después que Cristo nuestro Señor subió á los cielos, luego el glorioso apóstol san Pedro comenzó a ejercitar su oficio de pastor universal, cabeza de toda la Iglesia, primero en Jerusalén, y en toda la Judea: presidió en los concilios, como fué cuando propuso á los otros apóstoles, y discípulos, que nombrasen otro en lugar de Judas, hablando siempre como lengua de todos los otros, y predicando y convirtiendo todas las almas al Señor, y haciendo tantos, y tan grandes milagros, y visitando y animando á todos los creyentes de aquellas provincias: y habiendo hecho esto, pasó á Siria, y entró en la ciudad de Antioquia, que era principalísima, y como metrópoli de las demás, en donde, dado que al principio padeció muchas, y graves tribulaciones, y fué escarnecido, afrentado, encarcelado, y perseguido, de los que eran enemigos de la luz, y de la verdad; pero después que recibieron su doctrina, y salieron de la ceguedad, en que estaban, le honraron, y magnificaron, y edificaron templo á Dios verdadero, y pusieron en él una cátedra, y silla, en que el santo apóstol se sentase, y desde ella les predicase la verdad: y fueron tantos, los que se convirtieron por su predicación, y por la de los santos apóstoles Pablo y Bernabé, que allí comenzaron los fieles á llamarse cristianos, llamándose antes los discípulos. Y porque en Antioquía puso san Pedro su cátedra, y declaró mas su potestad, y allí acudían los fieles á él con su dudas, y dificultades (aunque no siempre estaba en aquella ciudad; porque como pastor universal visitaba las otras Iglesias), se instituyó esta fiesta de la cátedra de san Pedro, para memoria (como dijimos) de tan señalado beneficio.
 Siete años estuvo san Pedro en Antioquia, y al cabo de ellos, por ordinación divina, traspasó su silla apostólica á la ciudad de Roma, que era señora del mundo, y maestra de supersticiones, y engaños, y ella sola, como dice san León papa, abrazaba en sí, y tenía por dioses á todos los monstruos, que en las otras provincias la ciega gentilidad adoraba; para que resplandeciese mas la nueva luz del Evangelio, que venía del cielo, en aquel abismo tan profundo, y de tanta obscuridad, y conquistada la cabeza, y el alcázar del imperio romano, más fácilmente se sujetasen los demás. Y nuestro Señor, que fué declarado rey de los judíos, griegos, y latinos, en el título, que en estas tres lenguas se puso sobre el glorioso estandarte de su cruz, ordenó, que el príncipe de los apóstoles san Pedro, como vicario suyo en la tierra, abrazase con su predicación estas tres naciones, y en ellas todas las otras del mundo, y que primero predicase á los judíos, y después á los griegos, y finalmente á los romanos, y latinos; para que se entendiese, que era pastor universal de todos, y que lo son sus sucesores. De esta solemnidad hace mención san Ignacio en la epístola, que escribe á los magnesianos, é Ivon Carnotense en un sermón; y en el concilio de Turón, que se celebró en tiempo de Pelagio papa, se hace mención de ella; y antes de estos autores san Clemente papa, en el lib. 10 de sus recogniciones, trata de lo que sucedió á san Pedro en Antioquía.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

 

Constitución dogmática «Pastor aeternus»
Sobre la Iglesia de Cristo. Concilio Vaticano I 



CONCILIO VATICANO I
CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA
«PASTOR AETERNUS»
SOBRE LA IGLESIA DE CRISTO
CUARTA SESIÓN: 18 de julio de 1870



Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del Sagrado Concilio, para perpetua memoria.

El eterno pastor y guardián de nuestras almas[1], en orden a realizar permanentemente la obra salvadora de la redención, decretó edificar la Santa Iglesia, en la que todos los fieles, como en la casa del Dios viviente, estén unidos por el vínculo de una misma fe y caridad. De esta manera, antes de ser glorificado, suplicó a su Padre, no sólo por los apóstoles sino también por aquellos que creerían en Él a través de su palabra, que todos ellos sean uno como el mismo Hijo y el Padre son uno[2]. Así entonces, como mandó a los apóstoles, que había elegido del mundo[3], tal como Él mismo había sido enviado por el Padre[4], de la misma manera quiso que en su Iglesia hubieran pastores y maestros hasta la consumación de los siglos[5].
Así, para que el oficio episcopal fuese uno y sin división y para que, por la unión del clero, toda la multitud de creyentes se mantuviese en la unidad de la fe y de la comunión, colocó al bienaventurado Pedro sobre los demás apóstoles e instituyó en él el fundamento visible y el principio perpetuo de ambas unidades, sobre cuya fortaleza se construyera un templo eterno, y la altura de la Iglesia, que habría de alcanzar el cielo, se levantara sobre la firmeza de esta fe[6].
Y ya que las puertas del infierno, para derribar, si fuera posible, a la Iglesia, se levantan por doquier contra su fundamento divinamente dispuesto con un odio que crece día a día, juzgamos necesario, con la aprobación del Sagrado Concilio, y para la protección, defensa y crecimiento del rebaño católico, proponer para ser creída y sostenida por todos los fieles, según la antigua y constante fe de la Iglesia Universal, la doctrina acerca de la institución, perpetuidad y naturaleza del sagrado primado apostólico, del cual depende la fortaleza y solidez de la Iglesia toda; y proscribir y condenar los errores contrarios, tan dañinos para el rebaño del Señor.
Capítulo 1
Acerca de la institución del primado apostólico en el bienaventurado Pedro 
Así pues, enseñamos y declaramos que, de acuerdo al testimonio del Evangelio, un primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia de Dios fue inmediata y directamente prometido al bienaventurado Apóstol Pedro y conferido a él por Cristo el Señor. Fue sólo a Simón, a quien ya le había dicho «Tú te llamarás Cefas»[7], que el Señor, después de su confesión, «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», dijo estas solemnes palabras: «Bendito eres tú, Simón Bar-Jonás. Porque ni la carne ni la sangre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo, tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra será desatado en el cielo»[8]. Y fue sólo a Simón Pedro que Jesús, después de su resurrección, le confió la jurisdicción de Pastor Supremo y gobernante de todo su redil, diciendo: «Apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas»[9].
A esta enseñanza tan manifiesta de las Sagradas Escrituras, como siempre ha sido entendido por la Iglesia Católica, se oponen abiertamente las opiniones distorsionadas de quienes falsifican la forma de gobierno que Cristo el Señor estableció en su Iglesia y niegan que solamente Pedro, en preferencia al resto de los apóstoles, tomados singular o colectivamente, fue dotado por Cristo con un verdadero y propio primado de jurisdicción. Lo mismo debe ser dicho de aquellos que afirman que este primado no fue conferido inmediata y directamente al mismo bienaventurado Pedro, sino que lo fue a la Iglesia y que a través de ésta fue transmitido a él como ministro de la misma Iglesia.
Canon: Por lo tanto, si alguien dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor como príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que era éste sólo un primado de honor y no uno de verdadera y propia jurisdicción que recibió directa e inmediatamente de nuestro Señor Jesucristo mismo: sea anatema.


Capítulo 2
Sobre la perpetuidad del primado del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices 
Aquello que Cristo el Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro, para la perpetua salvación y perenne bien de la Iglesia, debe por necesidad permanecer para siempre, por obra del mismo Señor, en la Iglesia que, fundada sobre piedra, se mantendrá firme hasta el fin de los tiempos[10]. «Para nadie puede estar en duda, y ciertamente ha sido conocido en todos los siglos, que el santo y muy bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano, y que hasta este día y para siempre él vive», preside y «juzga en sus sucesores»[11] los obispos de la Santa Sede Romana, fundada por él mismo y consagrada con su sangre.
Por lo tanto todo el que sucede a Pedro en esta cátedra obtiene, por la institución del mismo Cristo, el primado de Pedro sobre toda la Iglesia. «De esta manera permanece firme la disposición de la verdad, el bienaventurado Pedro persevera en la fortaleza de piedra que le fue concedida y no abandona el timón de la Iglesia que una vez recibió»[12]. Por esta razón siempre ha sido «necesario para toda Iglesia --es decir para los fieles de todo el mundo--» «estar de acuerdo» con la Iglesia Romana «debido a su más poderosa principalidad»[13], para que en aquella sede, de la cual fluyen a todos «los derechos de la venerable comunión»[14], estén unidas, como los miembros a la cabeza, en la trabazón de un mismo cuerpo.
Por lo tanto, si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.


Capítulo 3
Sobre la naturaleza y carácter del primado del Romano Pontífice
Y así, apoyados por el claro testimonio de la Sagrada Escritura, y adhiriéndonos a los manifiestos y explícitos decretos tanto de nuestros predecesores los Romanos Pontífices como de los concilios generales, nosotros promulgamos nuevamente la definición del Concilio Ecuménico de Florencia, que debe ser creída por todos los fieles de Cristo, a saber, que «la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice mantienen un primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, y que es verdadero vicario de Cristo, cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos; y que a él, en el bienaventurado Pedro, le ha sido dada, por nuestro Señor Jesucristo, plena potestad para apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal; tal como está contenido en las actas de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones»[15].
Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor[16]. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación.
Esta potestad del Sumo Pontífice de ninguna manera desacredita aquella potestad ordinaria e inmediata de la jurisdicción episcopal, por la cual los obispos, quienes han sido puestos por el Espíritu Santo[17] como sucesores en el lugar de los Apóstoles, cuidan y gobiernan individualmente, como verdaderos pastores, los rebaños particulares que les han sido asignados. De modo que esta potestad sea es afirmada, apoyada y defendida por el Supremo y Universal Pastor; como ya San Gregorio Magno dice: "Mi honor es el honor de toda la Iglesia. Mi honor es la fuerza inconmovible de mis hermanos. Entonces yo recibo verdadero honor cuando éste no es negado a ninguno de aquellos a quienes se debe"[18].
Además, se sigue de aquella potestad suprema del Romano Pontífice de gobernar la Iglesia universal, que él tiene el derecho, en la realización de este oficio suyo, de comunicarse libremente con los pastores y rebaños de toda la Iglesia, de manera que puedan ser enseñados y guiados por él en el camino de la salvación. Por lo tanto condenamos y rechazamos las opiniones de aquellos que sostienen que esta comunicación de la Cabeza Suprema con los pastores y rebaños puede ser lícitamente impedida o que debería depender del poder secular, lo cual los lleva a sostener que lo que es determinado por la Sede Apostólica o por su autoridad acerca del gobierno de la Iglesia, no tiene fuerza o efecto a menos que sea confirmado por la aprobación del poder secular.
Ya que el Romano Pontífice, por el derecho divino del primado apostólico, presida toda la Iglesia, de la misma manera enseñamos y declaramos que él es el juez supremo de los fieles[19], y que en todos las causas que caen bajo la jurisdicción eclesiástica se puede recurrir a su juicio[20]. El juicio de la Sede Apostólica (de la cual no hay autoridad más elevada) no está sujeto a revisión de nadie, ni a nadie le es lícito juzgar acerca de su juicio[21]. Y por lo tanto se desvían del camino genuino a la verdad quienes mantienen que es lícito apelar sobre los juicios de los Romanos Pontífices a un concilio ecuménico, como si éste fuese una autoridad superior al Romano Pontífice.
Canon: Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene tan sólo un oficio de supervisión o dirección, y no la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre toda la Iglesia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo concerniente a la disciplina y gobierno de la Iglesia dispersa por todo el mundo; o que tiene sólo las principales partes, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata tanto sobre todas y cada una de las Iglesias como sobre todos y cada uno de los pastores y fieles: sea anatema.


Capítulo 4 
Sobre el magisterio infalible del Romano Pontífice 
Aquel primado apostólico que el Romano Pontífice posee sobre toda la Iglesia como sucesor de Pedro, príncipe de los apóstoles, incluye también la suprema potestad de magisterio. Esta Santa Sede siempre lo ha mantenido, la práctica constante de la Iglesia lo demuestra, y los concilios ecuménicos, particularmente aquellos en los que Oriente y Occidente se reunieron en la unión de la fe y la caridad, lo han declarado.
Así los padres del cuarto Concilio de Constantinopla, siguiendo los pasos de sus predecesores, hicieron pública esta solemne profesión de fe: «La primera salvación es mantener la regla de la recta fe... Y ya que no se pueden pasar por alto aquellas palabras de nuestro Señor Jesucristo: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"[22], estas palabras son confirmadas por sus efectos, porque en la Sede Apostólica la religión católica siempre ha sido preservada sin mácula y se ha celebrado la santa doctrina. Ya que es nuestro más sincero deseo no separarnos en manera alguna de esta fe y doctrina, ...esperamos merecer hallarnos en la única comunión que la Sede Apostólica predica, porque en ella está la solidez íntegra y verdadera de la religión cristiana»[23].
Y con la aprobación del segundo Concilio de Lyon, los griegos hicieron la siguiente profesión: «La Santa Iglesia Romana posee el supremo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica. Ella verdadera y humildemente reconoce que ha recibido éste, junto con la plenitud de potestad, del mismo Señor en el bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice. Y puesto que ella tiene más que las demás el deber de defender la verdad de la fe, si surgieran preguntas concernientes a la fe, es por su juicio que estas deben ser definidas»[24].
Finalmente se encuentra la definición del Concilio de Florencia: «El Romano Pontífice es el verdadero vicario de Cristo, la cabeza de toda la Iglesia y el padre y maestro de todos los cristianos; y a él fue transmitida en el bienaventurado Pedro, por nuestro Señor Jesucristo, la plena potestad de cuidar, regir y gobernar a la Iglesia universal»[25].
Para cumplir este oficio pastoral, nuestros predecesores trataron incansablemente que el la doctrina salvadora de Cristo se propagase en todos los pueblos de la tierra; y con igual cuidado vigilaron de que se conservase pura e incontaminada dondequiera que haya sido recibida. Fue por esta razón que los obispos de todo el orbe, a veces individualmente, a veces reunidos en sínodos, de acuerdo con la práctica largamente establecida de las Iglesias y la forma de la antigua regla, han referido a esta Sede Apostólica especialmente aquellos peligros que surgían en asuntos de fe, de modo que se resarciesen los daños a la fe precisamente allí donde la fe no puede sufrir mella[26]. Los Romanos Pontífices, también, como las circunstancias del tiempo o el estado de los asuntos lo sugerían, algunas veces llamando a concilios ecuménicos o consultando la opinión de la Iglesia dispersa por todo el mundo, algunas veces por sínodos particulares, algunas veces aprovechando otros medios útiles brindados por la divina providencia, definieron como doctrinas a ser sostenidas aquellas cosas que, por ayuda de Dios, ellos supieron estaban en conformidad con la Sagrada Escritura y las tradiciones apostólicas.
Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos»[27].
Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. Así, quitada la tendencia al cisma, toda la Iglesia es preservada en unidad y, descansando en su fundamento, se mantiene firme contra las puertas del infierno.
Pero ya que en esta misma época cuando la eficacia salvadora del oficio apostólico es especialmente más necesaria, se encuentran no pocos que desacreditan su autoridad, nosotros juzgamos absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Hijo Unigénito de Dios se digno dar con el oficio pastoral supremo.
Por esto, adhiriéndonos fielmente a la tradición recibida de los inicios de la fe cristiana, para gloria de Dios nuestro salvador, exaltación de la religión católica y salvación del pueblo cristiano, con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos como dogma divinamente revelado que:
El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.
Canon: De esta manera si alguno, no lo permita Dios, tiene la temeridad de contradecir esta nuestra definición: sea anatema.

Dado en Roma en sesión pública, sostenido solemnemente en la Basílica Vaticana en el año de nuestro Señor de mil ochocientos setenta, en el decimoctavo día de julio, en el vigésimo quinto año de Nuestro Pontificado.


Notas
[1] Ver 1Pe 2,25.
[2] Ver Jn 17,20-21.
[3] Ver Jn 15,19.
[4] Ver Jn 20,21.
[5] Ver Mt 28,20.
[6] San León I Magno, Sermo 4, De natali ipsius, c. 2 (PL 54, 150c).
[7] Jn 1,42.
[8] Mt 16,16-19.
[9] Jn 21,15-17.
[10] Ver Mt 7,25; Lc 6,48.
[11] Del discurso de Felipe, el legado papal, en la tercera sesión del concilio de Éfeso, 11, julio 431 (Denz. n. 112).
[12] San León I Magno, Sermón 3, cap. 3 (PL 54, 146B).
[13] San Ireneo de Lyón, Contra los herejes, l. III, c. 3, n. 2 (PG 7, 849A).
[14] San Ambrosio de Milán, Epístola 11, c. 4 (PL 16, 986B [ed. 1866 y 1880]).
[15] Concilio de Florencia, 6ta sesión.
[16] Ver Jn 10,16.
[17] Ver Hch 20,28
[18] Greogorio I Magno, Carta a Eulogio de Alejandría, VIII, 29 (30) (MGH, Ep. 2, 31 28-30; PL 77, 933C).
[19] Pío VI, Carta Super soliditate (28 Nov. 1786).
[20] De la profesión de fe del Emperador Miguel Palaeólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274.
[21] San Nicolás I, Carta al Emperador Miguel, 28 de setiembre de 865, (PL 119, 954).
[22] Mt 16,18.
[23] Fórmula del Papa Hormisdas, 11 de agosto de 515.
[24] De la profesión de fe del Emperador Miguel Palaeólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274.
[25] Concilio de Florencia, sesión VI.
[26] San Bernardo, Carta 190 (Tratado a Inocencio II Papa contra los errores de Abelardo ) (PL 182, 1053D).

[27] Lc 22,32
Fuente: www.mercaba.org

sábado, 21 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SAN PEDRO DAMIÁN, CARDENAL

Y DOCTOR DE LA IGLESIA




UN REFORMADOR

 Hoy celebramos la festividad del austero reformador de las costumbres cristianas en el siglo XI, el precursor de San Gregorio VII, Pedro Damián. A él le toca una gran parte de la gloria de este magnífico resurgir que se realiza en estos días en que debe comenzar el juicio por la casa de Dios. Preparado para la lucha contra los vicios bajo severa institución monástica, Pedro se opuso como dique al torrente de desórdenes de su tiempo y contribuyó poderosamente a preparar mediante la extirpación de los vicios, dos siglos de fe ardiente que repararon la ignominia del siglo X. La Iglesia ha reconocido tanta ciencia, celo y nobleza en los escritos del Santo Cardenal que, por un juicio solemne, le ha colocado entre los doctores. Apóstol de la penitencia, Pedro Damiano, nos llama a la conversión aun en nuestros días: escuchémosle y mostrémonos dóciles a su voz.

Vida

Fachada de la Iglesia de Sant'Apollinare 
Nuovo, en estilo  bizantino (s. VI),
en Rávena, cuna de San Pedro Damián
San Pedro Damián nació en Roma en 1007. Después de haber estudiado y enseñado en Ravena y en Parma, entró en 1035 en el desierto de Puente Avellano. 
Elegido Prior en el 43, llevó a cabo numerosas fundaciones de las que fué Superior y donde se observó la Regla de San Benito. Luchó infatigablemente contra la simonía, el libertinaje de los clérigos y la intromisión del poder civil en el campo religioso. En 1057 fué nombrado Cardenal-Obispo de Ostia por el Papa Esteban X. En 1063 le hallamos en el Concilio de Augsburgo, deponiendo al antipapa Honorio II; después en Cluny defendiendo los derechos monásticos contra el Obispo de Mâcon. En 1065 volvió a su retiro de Puente Avellano para entregarse a la contemplación y a sus austeridades, pero por poco tiempo, pues tuvo que salir a defender a la Iglesia. Murió el 22 de febrero de 1072. León XIII extendió su culto de la orden monástica a toda la Iglesia y le dió el título de Doctor.

CELO POR LA IGLESIA

El celo por la casa del Señor devoraba tu alma, oh Pedro. Por eso te colocó Dios en la Iglesia, en este tiempo, en que la maldad de los hombres, la había hecho perder una parte de su hermosura. Lleno del espíritu de Elías te propusiste despertar a los obreros del Padre de familias que durante su sueño habían dejado crecer en el campo la cizaña. Días mejores resurgieron para la Esposa de Cristo. La virtud de las promesas que posee se manifestó, mas tú, "amigo del Esposo" tienes la gloria de haber contribuido en gran manera a volver a la casa de Dios su antiguo brillo.

San Gregorio VII, el gran Papa reformador,
se valió de este santo para la 
realización de delicadas misiones
Ideas aseglaradas habían penetrado en el santuario; los grandes de la tierra se decían: Poseámosle como herencia nuestra. Y la Iglesia que sobre todo debe ser libre, era esclava de los señores del mundo. En esta crisis los vicios a los cuales la debilidad humana está tan entregada habían mancillado el templo. Mas el Señor se acordó de aquella a la que él se ha entregado. Para levantar tantas ruinas se sirvió de brazos mortales y tú, oh Pedro, fuiste escogido entre los primeros para ayudar a Cristo a extirpar a tantos males. Esperando el día en que Gregorio VII tome las Llaves en su mano fuerte y fiel, tu ejemplo y tu trabajo le preparan el camino. Ahora que ya llegaste, al término de tus trabajos, vela por la Iglesia de Dios, con el celo con que el señor te ha distinguido. Desde lo alto del cielo comunica a los Pastores esta energía apostólica sin la cual no se vence el mal. Mantén puras las costumbres sacerdotales que son la sal de la tierra. Fortalece en los rebaños el respeto, la fidelidad y la obediencia a los que les conducen al puerto de salvación. Fuiste en medio de un siglo corrompido no solamente un Apóstol, sino también el ejemplar de la penitencia cristiana, concédenos reparar con obras satisfactorias, nuestros pecados y los castigos por ellos merecidos. Aviva en nuestras almas el recuerdo de los sufrimientos de nuestro Redentor, a fin de encontrar en su Pasión una fuente inagotable de arrepentimiento y de esperanza. Acrecienta nuestra confianza en María, refugio de pecadores y concédenos participar de la ternura filial de que tú estuviste animado para con Ella, por el celo con que has publicado sus grandezas.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guérangue

viernes, 20 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SANTA JACINTA MARTO, VIDENTE DE FATIMA

La santidad de Jacinta, la admirable vidente de Fátima





Jacinta era una niña cuando la Santísima Virgen apareció en Fátima. Entra en la Historia a los siete años, precisamente a la edad que habitualmente se acostumbra señalar como la del comienzo de la vida consciente y de la razón. ¿En qué medida una criatura de esa edad es capaz de practicar la virtud? ¿Y de practicarla de modo heroico?


Atilio Faoro


La historia de la espiritualidad católica tiene ejemplos sorprendentes de santidad a corta edad: Santa María Goretti, martirizada a los once años con plena conciencia de lo que hacía; Santo Domingo Savio, que murió a los quince años.
Jacinta Marto —y su hermano Francisco— fueron beatificados el día 13 de mayo del 2000 en el Santuario de Fátima, por S. S. Juan Pablo II, después de un riguroso proceso canónico en Roma. ¿Cuál es el secreto de la santidad de Jacinta? El tema además de actual es altamente oportuno, al conmemorarse este mes el centenario del nacimiento de la más pequeña de los tres videntes.
*  *  *
Jamás se verá en aquel sitio cosa igual: 70 mil personas, venidas de todos los rincones de Portugal, están reunidas, bajo la lluvia, en el lugar denominado Cova da Iría. ¿Qué ocurrió?
Es el día 13 de octubre de 1917. A duras penas, los tres pastorcitos intentan atravesar la multitud rumbo a sus humildes casas en Aljustrel. La menor de los niños —nuestra Jacinta— es conducida a través de atajos por un soldado, que la protege de las manifestaciones de entusiasmo de personas que desean verla y dirigirle la palabra. Miles de preguntas, pedidos de oración e intercesiones. Conversiones, lágrimas de alegría...
Los pequeños —Lucía, Francisco y Jacinta— no prestan atención a la multitud reunida, la cual ha presenciado el milagro del Sol al final de la última aparición. Sus mentes están tomadas por la sublimidad y por el esplendor del extraordinario hecho sobrenatural que hace poco acaban de contemplar. La Señora del Cielo, con quien hablaron en seis ocasiones, acababa de realizar el milagro prometido...
Desapego con relación a las alabanzas de los hombres
Jacinta Marto, con apenas siete años de edad, está dotada de una marcada seriedad. La frente fruncida indica profunda preocupación. Los ojos, que aún reflejan maravillosamente el brillo de lo que habían contemplado, están contraídos pero calmados, revelando un alma inclinada al recogimiento.
¿Qué decir de esta fisonomía? Tal vez Jacinta se esté acordando de los penosos caminos recorridos anteriormente en medio del desprecio, de los improperios y hasta de los golpes de aquellos que ahora están en medio de la multitud. No, la alegría del momento no la impresiona, ella conoce bien la inconstancia del espíritu humano. Su voluntad está puesta en Dios, en el cumplimiento de la voluntad divina, de tal modo que, después de las apariciones, llevó verdaderamente la vida de una gran santa. La Congregación para la Causa de los Santos constató: su voluntad era enteramente sumisa a la de Dios. ¡Cómo sería útil, particularmente para nuestros días, conocer la vida de esta niña!
El camino de la santidad
En el espacio de tiempo que va de los siete a los diez años, en que soportó heroicamente el fardo de la enfermedad que la llevaría a la muerte, Jacinta surcó el camino de la santidad. A una edad tan precoz conoció profundamente la realidad de la vida. Su existencia fue corta, aunque repleta de acontecimientos extraordinarios e incluso fascinantes. Describirla superaría los límites de este artículo. Tendremos pues que ceñirnos a los trazos distintivos de su alma, a algunas escenas de su vida y mencionar algunos testimonios.
Esta niña recorrió el camino de la santidad de tal forma, que sus padres y parientes llegaron a exclamar respecto a ella y a los otros dos videntes: “Es un misterio que no se logra comprender. Son niños como otros cualesquiera. Sin embargo, ¡se percibe en ellos un algo de extraordinario!” Sí, ¿qué había de extraordinario en esas criaturas que las personas (¡hasta hoy!) no consiguen entender?
¿Quién fue Jacinta Marto? La menor de una numerosa prole, nació el 11 de marzo de 1910. De naturaleza dulce, era una niña como las demás. Jugaba, cantaba, tenía sus defectos mayores o menores, su temperamento y, naturalmente, sus preferencias... hasta el 13 de mayo de 1917.
Oración y sacrificios rescatan a los pecadores
Después de aquel día, Jacinta emprendió un profundo cambio interior, una conversión de vida como Nuestra Señora había pedido. Las palabras de María Santísima impregnaron de modo indeleble su alma y pasaron a ser el contenido, el ideal de su vida. Más aún, colocó ese ideal en práctica.

“¡Haced penitencia por los pecadores! Muchas almas se van al infierno porque nadie reza y se sacrifica por ellas” — Tales palabras encontraron honda resonancia en Jacinta. ¡Con qué inquebrantable voluntad hacía penitencia! Aquí mencionaré algunos ejemplos de esta precoz y gran santa. No vacilaba en ayunar frecuentemente un día entero, sin comer o beber nada, entregando alegremente su pan a los niños pobres. Otros días, comía justamente aquello que más detestaba. Llevaba como penitencia una gruesa cuerda alrededor de la cintura. ¡Nada, ningún sacrificio le parecía demasiado grande, si se trataba de la salvación de las almas!
El pecado y el cielo en su espiritualidad
De hecho, se puede decir que la espiritualidad de Jacinta se fundaba en los pedidos formulados por la Santísima Virgen. Contiene dos aspectos importantes: 1) un claro concepto del pecado; y, 2) una noción muy definida de la belleza sobrenatural del cielo. Exactamente dos puntos con relación a los cuales nuestra época está inmensamente distante.
No se habla más de pecado. Esta palabra está siendo omitida en muchas catequesis y proscrita del pensamiento de las personas. Junto con eso, ¡necesariamente también está siendo eliminada la idea del propio Dios!Pues, ¿a quién ofende más el pecado, sino a la honra divina? 
Estrechamente relacionado con este pensamiento viene el segundo punto: la noción clara de la belleza sobrenatural del cielo. Cuanto más intensamente un alma tenga esa noción de lo sobrenatural celestial, tanto más fácil será su correspondencia a los llamados de la Madre de Dios. Jacinta es un ejemplo concreto arrebatador de tal correspondencia. El mensaje de su vida nos convida a reconocer esos aspectos del mensaje de la Santísima Virgen y hacer de ellos el eje orientador de nuestras vidas.
Sus enormes penitencias salvaron a muchas almas
Profundamente impresionada por la visión del infierno y por el misterio de la eternidad, Jacinta no escatimó ningún sacrificio orientado a la conversión de los pecadores. En su enfermedad —una tuberculosis que la llevó a la muerte— ofrecía principalmente sus dolores: “Sí, yo sufro, no obstante ofrezco todo por los pecadores, para desagraviar al Inmaculado Corazón de María. Jesús, ahora puedes convertir muchos pecadores porque este sacrificio es muy grande”.
El R. P. Luis Fischer, gran apóstol de Fátima,
examina el cuerpo de Jacinta durante su primera
exhumación, el 12 de setiembre de 1935.
El rostro de la vidente fue encontrado incorrupto

Todos los que conocieron a Jacinta sentían cierto respeto por ella. Lucía, su prima, escribe: “Jacinta era también aquella [de los tres niños] a quien, me parece, la Santísima Virgen dio la mayor plenitud de gracias y conocimiento de Dios y de la virtud. Ella parecía reflejar en todo la presencia de Dios”.
Hasta en su dolorosa enfermedad se mostraba siempre paciente, sin ningún reclamo, enteramente desprendida. Conducta que no correspondía a su carácter natural. ¿Qué hacía posible en esta niña la práctica de tal fortaleza y manifestar semejante comportamiento?
La propia Jacinta da respuesta a esa pregunta cuando exclamaba: “Gusto tanto de Nuestro Señor y de Nuestra Señora que nunca me canso de decir que los amo. ¡Cuando yo digo eso muchas veces, me parece que tengo una lumbre en el pecho, pero no me quema!” ¡Su ardiente amor a Jesús y María! Ése fue el amor que transformó a Jacinta y que hizo de ella una copia fiel de las virtudes de la Virgen Santísima.
Último sacrificio: con la muerte, el aislamiento
Tan heroica fue la muerte cuanto la vida de Jacinta, ocurrida en un hospital de Lisboa, completamente sola. Esto fue objeto de una de las últimas previsiones recibidas por Jacinta, directamente de la Santísima Virgen. ¡Con qué valentía conservó la niña este pensamiento! Dejémosla narrar esta profecía, confiada por ella a Lucía:
“Nuestra Señora me dijo que voy a Lisboa a otro hospital; que no te vuelvo a ver, ni a mis padres tampoco. Que después de sufrir mucho moriré sola. Pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar para ir al cielo”.
La Madre de Dios anunció también el día y la hora en que había de morir. Cuatro días antes, la Santísima Virgen le retiró todos los dolores. Como nadie estuvo presente en ese grandioso momento, apenas podemos imaginar la escena. ¿Cómo habrá sido la recepción de este pequeño lirio en el cielo?
Las lápidas de Jacinta y Lucía
en el Santuario de Fátima

Delante de la Santísima Virgen, aquel rostro virginal no estará más contraído por el sufrimiento, sino resplandeciente en presencia de Aquel que fue el fundamento de su vida: “¡Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la lumbre que tengo acá dentro del pecho y que me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María!”
De qué manera el conocimiento de la vida de Jacinta actúa sobre las almas, puede deducirse de las palabras del padre Luis Kondor S.V.D., actual vice-postulador de la causa de canonización de los hermanitos Marto: “Nunca en la Historia de la Iglesia dos niños fueron tan conocidos y estimados como Francisco y Jacinta. Ellos han traído a innumerables almas al camino de la perfección”.
Deseamos que la vida de Jacinta tenga una gran difusión ¡para la salvación de las almas y el próximo triunfo del Inmaculado Corazón de María!.


Fuente: El Perú necesita de Fátima
http://www.fatima.pe/articulo-528-la-santidad-de-jacinta-la-admirable-vidente-de-fatima

Analogía entre las acciones ejercidas por la Santísima Virgen sobre los pastorcitos de Fátima y la humanidad

Extractos de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira para socios y cooperadores de la TFP, el 13 de octubre de 1971. Sin revisión del autor.

La verdadera directora espiritual de Jacinta, Francisco y Lucía fue, esencialmente, la Santísima Virgen. La bondadosa Señora de la Cova da Iría tomó a su cargo la realización de esa obra maestra y, como no podía dejar de ser, la llevó a cabo con pleno éxito. De sus manos prodigiosas salieron tres ángeles revestidos de carne, pero que, al mismo tiempo, eran tres auténticos héroes. La materia prima era de una plasticidad admirable y de la Artista, ¿qué más se puede decir? En su escuela los tres serranitos dieron en breve tiempo pasos de gigantes en el camino de la perfección.


En ella se verificaron al pie de la letra las palabras de un gran devoto de María, San Luis María Grignion de Montfort. En la escuela de la Virgen, el alma progresa más en una semana que en un año fuera de ella. La pedagogía de la Madre de Dios no tiene comparación. En dos años la Virgen Santísima consiguió erguir a los dos hermanitos —Francisco y Jacinta— hasta las cumbres más elevadas de la santidad cristiana. El retrato que la mano segura de Lucía nos traza de Jacinta es revelador: “Jacinta tenía un porte siempre serio, modesto y amable, que parecía traslucir la presencia de Dios en todos sus actos, propio de personas de edad avanzada y de gran virtud. No le vi nunca aquella excesiva liviandad y el entusiasmo propios de las niñas por los adornos y bromas.
“No puedo decir que los otros niños corriesen hacia ella, como lo hacían hacia mí, eso tal vez porque la seriedad de su porte era demasiado superior a su edad. Si en su presencia algún niño, o incluso personas mayores, decían alguna cosa, o hacían cualquier acción menos conveniente, las reprendía diciendo: «No hagan eso que ofenden a Dios Nuestro Señor, y Él ya está tan ofendido»”
* Del libro del padre Demarchi, Era una Señora más brillante que el sol..., Seminario de las Misiones de Nuestra Señora de Fátima, Cova da Iría, 3ª edición.
Comentarios de Plinio Corrêa de Oliveira
Este trecho presenta una gracia señalada, porque él nos indica una porción de aspectos grandes y pequeños de la obra de la Santísima Virgen con relación a esos tres niños.
La obra de Nuestra Señora sobre el alma de los videntes, ¿no indicará la acción que Ella ejercerá en el futuro sobre la humanidad?
Pero nosotros debemos, ante todo, considerar el valor simbólico de la obra de María Santísima en los niños. Se equivocan aquellos que imaginan que tal obra es apenas sobre tres niños; es una obra que transformó suavemente esos niños, de un momento a otro, por el simple hecho de las reiteradas apariciones de la Señora de Fátima...
Aquí tenemos algo parecido al Secreto de María de que habla San Luis Grignion de Montfort, es decir, una de esas acciones profundas de la gracia en el alma, acciones que se desarrollan sin que la persona se dé cuenta; ella se va sintiendo cada vez más libre, cada vez más expedita para practicar el bien, y los defectos que la cohíben y la sujetan al mal se van disolviendo.
Y la persona crece en el amor de Dios, crece en el deseo de dedicarse, crece en oposición al pecado. Pero todo eso se da maravillosamente dentro del alma, de manera que ella no traba las grandes y metódicas batallas de la ascensión admirable al cielo, a la virtud, a la santidad de aquellos que luchan de acuerdo con el sistema clásico de la vida espiritual; sino que, la Santísima Virgen las cambia de un momento a otro.

Y si la obra de Nuestra Señora en Fátima, especialmente con estos dos niños llamados para el cielo, fue una obra así, bien podemos preguntarnos si esto no tiene un valor simbólico, y no indica cual será la acción de la Santísima Virgen sobre toda la humanidad, cuando Ella cumpla las promesas hechas en Fátima...
Y, por lo tanto, si nosotros no debemos ver en la santificación de esos niños un comienzo del Reino de María, como siendo el triunfo del Inmaculado Corazón sobre dos almas que fueron pregoneras de la gran revelación de Nuestra Señora, y que después ayudaron en el cielo —y aún ayudan, por sus sacrificios y oraciones en la tierra y después sus oraciones en el cielo— enormemente a las almas a aceptar el mensaje de Fátima.
Esta primera observación me parece que conduce directamente a lo siguiente: si ello es así, entonces Francisco y Jacinta son los intercesores naturales para pedir, para obtener de la Santísima Virgen que comience el Reino de María en nosotros desde ahora, por esa transformación misteriosa que es el Secreto de María.
Debemos, pues, pedir insistentemente —tanto a Jacinta como a Francisco— que comiencen a transformarnos, a concedernos los dones que ellos recibieron, y que ellos velen, especialmente por su oración en la Tierra, por aquellos que tienen la misión de predicar el mensaje de Fátima, de vivirlo, como sucede con nosotros.
A ese respecto, sería muy importante decir una palabra sobre la relación entre el mensaje de Fátima y la campaña de Fátima. Ya fue mil veces dicho entre nosotros, que nuestra vida espiritual crece en la medida en que tomamos en serio el hecho de que el mundo actual está en una decadencia lamentable y que se avecina su ruina. De que tal ruina representa la aplicación de los castigos previstos por la Virgen María en Fátima y que, en consecuencia, cuanto más nos coloquemos en esa perspectiva, tanto más nuestra vida espiritual se enfervoriza. Por el contrario, cuanto más nos apartamos de esa visión, tanto más nuestra vida espiritual decae...
Así, podemos, por intermedio de Francisco y Jacinta, decir a la Santísima Virgen: Venga a nosotros vuestro Reino, ¡pero venga, Señora, venga urgentemente a nosotros vuestro Reino!”