domingo, 22 de marzo de 2026

Beato Francisco Luis Chartier 22/03

Beato Francisco Luis Chartier sacerdote y mártir

Martirologio Romano: En Angers en Francia, beato Francisco Chartier, sacerdote y mártir, que durante la revolución francesa murió guillotinado. (1762-1794)

François-Louis Chartier nació en Marigné, en aquel tiempo provincia de Anjou, actual departamento de Maine-et-Loire, el 6 de junio de 1762. Fue ordenado sacerdote secular, y ejerció por unos años el ministerio en un sitio pequeño, Soeurdre, a pocos kilómetros de su ciudad natal, cargo que tuvo que abandonar cuando se negó a jurar la Constitución Civil del Clero.
Sin embargo, la tranquilidad de esa vida rural fue conmovida hasta los cimientos por la Revolución Francesa. En julio de 1790 se promulga la Constitución Civil del Clero, que hacía de los sacerdotes funcionarios del estado constitucional y exigía su sumisión al estado francés por encima de los vínculos con la Iglesia de Roma. François-Louis, como muchísimos otros, no acepto jurar este documento.
Es arrestado en 1791 y encarcelado, liberado con la llegada del ejército vandeano, y se dedicó en la clandestinidad a sostener la fe de los católicos y distribuir los sacramentos.
En 1794 es aprehendido nuevamente, y esta vez condenado a muerte como insumiso. Su martirio por decapitación en la guillotina se consumó el 22 de marzo de 1794, precedido y también seguido por otros mártires de la región de Angers.
La política religiosa del nuevo régimen revolucionario francés y las medidas de excepción contra los sacerdotes no juramentados trajeron una consecuencia cuya trascendencia iba a ser considerable: la sublevación del oeste de Francia, no solamente La Vendée, sino más o menos todo el país que se extiende desde el norte del Poitu hasta la Bretaña y a los confines de Normandía, en los territorios actuales de los obispados de Poitiers, Angers, Lucon y Nantes. Si bien la adhesión a la causa realista intervendría también en su estallido, la fidelidad a la Fe Católica y a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana constituyó sin duda el móvil mayor de aquella epopeya.
La "Epopeya de La Vendée" refiere a la gesta católica emprendida por campesinos y sus familias —acompañados por nobles y sacerdotes— que llevaban prendidos escarapelas del Sagrado Corazón y se autodenominaban como ejército católico y real; se resistían a que la presencia social de Cristo Rey fuera desterrada de sus pueblos, de gran mayoría cristiana. Esta región, evangelizada un siglo atrás por san Luis María Grignion de Montfort, fue tan inmunizada contra el virus de la Revolución, que se levantó en armas contra el gobierno republicano y anticatólico de París.
San Luis María Grignion de Montfort tenía a la Santísima Virgen la devoción más ardiente, y hasta compuso en su alabanza el "Tratado de la Verdadera Devoción", que constituye hoy el fundamento más fuerte de toda la piedad mariana profunda.  Por otro lado, con sus misiones aproximaba al pueblo a los sacramentos y lo enfervorizaba en la devoción al Rosario. También la sagrada insignia difundida por el santo —el Sagrado Corazón en tela roja, encuadrado por las iniciales de Jesús y María— fue colocado por los combatientes sobre sus chalecos, blusas, o dispuesto como escarapela en los sombreros de amplias alas.
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Una familia de bandidos en 1793 

Es la epopeya vivida por la familia de Serant en los terribles acontecimientos de la Revolución francesa. El relato se lee como una trepidante novela de aventuras, con la emoción de saber que se trata de una historia verídica. La ejecución de Luis XVI a comienzos de 1793 desencadena el período conocido como “el Terror”. La Revolución se lanza al exterminio de los reductos en los que sobrevive la vida tradicional. La apacible vida en el castillo de Bois-Joli se transformará en una sucesión de perscuciones y de combates, con un final estremecedor... 

sábado, 21 de marzo de 2026

San Benito de Nursia - 21/03

San Benito de Nursia

Patriarca de los monjes de Occidente

Cuando sobrevino el desmoronamiento del Imperio Romano de Occidente, la Providencia suscitó a San Benito “como una luz en medio de las tinieblas, o como un médico enviado por Dios para curar las llagas de la humanidad en aquella época” ¹

Plinio María Solimeo

San Benito, detalle de La Crucifixión, Fray Angélico, siglo XV — Museo de San Marcos, Florencia
San Benito, detalle de La Crucifixión
Fray Angélico, siglo XV 
Museo de San Marcos, Florencia


En su obra Diálogos, en que narra la vida de varios santos, San Gregorio Magno dedica el segundo libro a San Benito. Comienza así:
“Hubo un varón de vida venerable, bendecido tanto por gracia como por nombre, dotado desde la más tierna infancia de una sabiduría de hombre plenamente maduro. En efecto, en su modo de actuar se anticipó a la edad y jamás se entregó a ningún placer pecaminoso; al contrario, todavía en esta tierra, pudiendo gozar libremente de los bienes temporales, prefirió despreciar el mundo con sus flores, que consideró marchitas”.2
San Benito era oriundo de la noble familia Anicia, que diera a Roma cónsules y emperadores, y nació en el poblado de Sabino, en Nursia, en la Umbría, por vuelta del 480. Cuatro años antes Odoacro, rey de los bárbaros hérulos, deponía al último emperador romano, Rómulo Augústulo, haciendo cesar así el dominio que tenía Roma sobre todo el mundo civilizado de entonces.
De la hermana gemela de Benito, Escolástica, se sabe que fue consagrada a Dios desde su infancia, pero no se tienen pormenores de su vida, sino poco antes de su muerte.

La barbarie se propaga en la época de San Benito

Acompañado de su ama de leche, Benito fue enviado a Roma para estudiar. Allí permaneció cierto tiempo. Pero sucedió que, “invadido por los paganos de las tribus arias, el mundo civilizado parecía declinar rápidamente hacia la barbarie, durante los últimos años del siglo V: la Iglesia estaba agrietada por los cismas; ciudades y países desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban tanto entre cristianos como entre gentiles. [...] En las escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores”.3
Por eso, a los doce años Benito fue a vivir, aún con su ama de leche, al pueblito de Enfide [actual Affile], donde, auxiliado “por muchos hombres honrados”, se instaló cerca de la iglesia de San Pedro. Fue en ese pequeño lugar donde obró el primer milagro del que se tiene noticia. Habiendo su ama tomado prestado de gente pobre de los alrededores un jarro de barro, lo colocó de mal modo sobre la mesa; este resbaló, cayó al suelo y se partió. Viendo a la mujer llorar amargamente porque no podía devolver el jarro roto, Benito juntó los pedazos y rezó sobre ellos,“con los ojos llenos de lágrimas”. Al mismo instante el jarro se reconstituyó, como si nunca se hubiese partido.

Recogimiento en la soledad de Subiaco

Gruta de San Benito en Subiaco 
La fama del milagro se esparció por la ciudad, y era exactamente lo que Benito no quería. Por eso, resolvió retirarse a un lugar completamente aislado, donde pudiese estar a solas con Dios. Esta vez, sin llevar consigo ni a su ama, fue a una región agreste, montañosa, a unos 80 Km. de Roma, llamada Subiaco. Allí encontró a un monje, Román, que sabiendo de sus designios, le dio un hábito de eremita y le encaminó a una gruta tan inaccesible, que difícilmente alguien podría encontrarlo. Y el mismo San Román hacía descender el pan para alimento de Benito, por medio de una cuerdita a la cual había amarrado una campanilla.
En ese total recogimiento, el solitario vivió durante tres años. Fue cuando, según la tradición, un sacerdote de Monte Preclaro, que planeaba su cena para el domingo de Pascua, vio en sueños a Nuestro Señor que le dijo: “Mi servidor se muere de hambre en una caverna, y tú te preparas cosas deliciosas”. A esa voz el sacerdote se levanta, recoge lo que había preparado para la comida, y sale para encontrar al siervo de Cristo, desconocido por él. Guiado por la mano de Dios, va entre las montañas y rocas hasta encontrar finalmente la gruta de Benito. Después de rezar con él por largo tiempo, lo convida a participar de su comida, alegando ser aquel un día de fiesta.
Más adelante, unos pastores descubrieron al santo. Al inicio, pensaron que se trataba de algún animal, pues estaba vestido de pieles, pero en seguida vieron que era un solitario. Éste les habló de la religión, y poco a poco la fama de santidad de Benito se irradió por la región.

Acto heroico para aplacar la concupiscencia

El padre de la mentira quiso vengarse del bien que Benito hacía y del que preveía que aún iría a hacer, y bajo la forma de un mirlo comenzó a cantar, revoloteando alrededor de su cabeza. Pero Benito hizo la señal de la cruz sobre el inoportuno, que desapareció. Al mismo instante el santo sintió una terrible tentación de lujuria y de inmediato, para apagar su ardor, se lanzó sobre una zarza de espinas, sobre la cual revolcó su cuerpo hasta correr sangre. El dolor físico apartó la tentación diabólica, y ese acto heroico le valió el verse libre de toda tentación de lujuria para el resto de su vida. Siglos después, otro santo, el poverello de Asís, contemplando maravillado aquella zarza de rudas espinas, la bendijo, y en ella surgieron odoríferas rosas.
Había en las proximidades de Subiaco un monasterio, decadente de su primitivo fervor. Al fallecer su abad, los monjes escogieron a Benito en su lugar. En vano él se resistió. Por el bien de la paz, terminó cediendo. Pero los monjes no pudieron suportar sus continuas amonestaciones, sus consejos, y sobre todo la fuerza de su ejemplo. Resolvieron entonces envenenarlo. Le dieron una copa de vino en la cual habían derramado una sustancia fuertemente venenosa, pero el santo, como era su costumbre, hizo la señal de la cruz sobre el vino antes de beber, y la copa se hizo trizas en sus manos. Benito volvió entonces a su amada soledad de Subiaco.4

Formador de santos – milagros portentosos

La fama del solitario de Subiaco fue esparciéndose como mancha de aceite, y personas de toda condición acudían para consultarle u oírle palabras de vida eterna. Algunos iban más lejos: el noble Equicius le confió a su hijo Mauro, de apenas doce años, para que Benito lo educase y dirigiese. Y el patricio Tértulo hizo lo mismo con su hijo Plácido, entonces de siete años. En la escuela de Benito ambos llegaran a la honra de los altares.
Poco a poco, doce conventos se esparcieron alrededor de Subiaco, cada uno con doce monjes y un superior, teniendo Benito la supervisión de todos ellos.
Entre los doce conventos, tres quedaban en la cuesta de la montaña, donde no había agua. Sus monjes tenían que bajar las escarpadas cuestas para buscarla abajo, en un lago. Esto no sólo era muy penoso, sino que presentaba riesgos. Por eso los monjes pidieron autorización a Benito para mudarse a un lugar más propicio. El santo quiso que ellos esperasen. Acompañado del niño Plácido, subió la montaña, escogió un lugar cerca de los conventos y lo marcó con tres piedras. Al día siguiente los monjes notaron que del lugar corrían chorrillos de agua, que luego formaron un arroyuelo descendiendo montaña abajo.
Otro milagro realizado por esa época fue con un godo convertido, que entrara como novicio en uno de los conventos. Benito le dio como función desmalezar alrededor del lago, para acabar con las plagas. El novicio puso tanto empeño en el trabajo que, estando cerca del lago, la lámina de la herramienta saltó dentro del agua, en un lugar profundo.
Contrito y humillado, el novicio buscó a Mauro para que éste, que era el discípulo predilecto, le pidiese a San Benito que le diese una penitencia. Al saber de lo ocurrido, el santo fue hasta la orilla del lago con el novicio y, sumergiendo la punta del mango en el agua, la lámina subió de las profundidades para encajarse perfectamente en él.
En otra ocasión, el pequeño Plácido fue a sacar agua del lago y se cayó, siendo arrastrado por la corriente. Benito, por una visión profética, vio lo que pasaba y mandó que Mauro corriese en socorro del niño. El joven obedeció prontamente y al pie de la letra: corrió sobre el agua y cogió a Plácido de los cabellos, arrastrándolo hacia el margen. Sólo entonces se dio cuenta del milagro de correr sobre el agua, y lo atribuyó a San Benito, quien le confirmó que había sido un premio a la pronta obediencia.

Fundación del monasterio de Monte Cassino

Vista del famoso convento benedictino de Subiaco
Viendo el bien que hacía Benito, y consintiendo en una tentación del demonio, un sacerdote que vivía en las proximidades, Florencio, se llenó de odio hacia el santo e intentó matarlo, enviándole un pan envenenado. Pero San Benito, conociendo la trama por una revelación, ordenó a un cuervo que se llevase el pan hacia un lugar donde no pudiese causar daño a nadie.
El clérigo no cesó sus ataques, llegando al colmo de introducir en uno de los monasterios a siete mujeres de vida licenciosa para tentar a los monjes.
Sabiendo San Benito que el objeto de toda la ofensiva era él, resolvió retirarse, llevándose consigo a algunos discípulos. Y llegó a la región de Monte Cassino, donde quedaban las ruinas de una ciudad en la cual había sido venerado el dios Apolo. En el lugar, plantó una cruz y comenzó la construcción del monasterio que tanto bien haría al mundo de aquel tiempo.

Regla benedictina: “suma del cristianismo”

Queriendo que sus monjes uniesen la vida activa a la contemplativa, bajo el lema Ora et Labora(Reza y Trabaja), San Benito escribió su célebre Regla, obra maestra destinada a la perpetuidad. Ella es, según Bossuet, una “suma del cristianismo, resumen docto y misterioso de toda la doctrina del Evangelio, de las instituciones de los Santos Padres, de todos los consejos de perfección, en la cual alcanzaban una cima más alta la prudencia y la simplicidad, la humildad y el valor, la severidad y la dulzura, la libertad y la dependencia; en la cual la corrección tiene toda su firmeza, la condescendencia todo su encanto, la voz de mando todo su vigor, la sujeción todo su reposo, el silencio su gravedad, la palabra su gracia, la fuerza su ejercicio, y la debilidad su apoyo”.5
San Benito falleció el 21 de marzo del año 543.

Notas: 
1. San Bertario, abad de Monte Cassino y mártir, apud Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, París, Bloud et Barral, 1882, t. 3, p. 570.
2. San Gregorio Magno, Vida y Milagros de San Benito, Editorial Stella Matutina, Buenos Aires, 1999, p. 15.

3. Biografía de San Benito, adaptada de Vidas de los Santos de Butler, www.corazones.org/santos/benito.htm.

4. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, p. 213.

5. Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Madrid, Ediciones Fax, 1945, t. I, p. 538.

Fuente


El Perú necesita de Fátima
 http://www.fatima.pe/articulo-215-san-benito-de-nursia

viernes, 20 de marzo de 2026

Beato Francisco Palau y Quer

Beato Francisco de Jesús María y José Palau y Quer



Nacido en Aytona, en Lérida (Cataluña), en una numerosa familia cristiana, Francisco Palau se incorpora al Seminario de Lérida en 1828 e ingresa al Carmelo Teresiano en el convento de San José de Barcelona, haciendo la profesión religiosa el 15 de noviembre de 1832.


Su convento es profanado e incendiado por los hordas revolucionarias el 25 de julio de 1835. Sufriendo el exclaustramiento vuelve a Aytona. Es ordenado sacerdote el 2 de abril de 1836 por el obispo de Barbastro. En los años 1838-1840 se dedica a una intensa labor como predicador de misiones populares recorriendo toda Cataluña, apoyando a los carlistas, entonces en guerra civil contra los liberales.

En consecuencia de sus ideas religiosas y políticas fue perseguido. Vivió exiliado en Francia durante doce años (1840-1851). Tres facetas dominan su vida durante estos años: vida contemplativa en la soledad, dirección espiritual de los grupos de solitarios (hombres y mujeres) que se le unen y la defensa de la Iglesia a través de sus escritos. Publica en 1843 su primer libro titulado: "Lucha del Alma con Dios", destinado a despertar la necesidad y fecundidad de la oración por la Iglesia perseguida.

Tras la firma del Concordato entre España y la Sede, maniobra política del gobierno de Isabel II (1851) Francisco Palau retorna a España, pero los claustros están suprimidos y por ello se pone a disposición del Obispo de Barcelona, quien le acoge y le nombra director espiritual del Seminario.

Atento a las señales de Dios en la historia y a las necesidades de la Iglesia en poco tiempo programa y organiza la contrarrevolucionaria obra de la Escuela de la Virtud, inaugurada el 16 de noviembre de 1851. Esta Escuela se convierte en un modelo de enseñanza catequética. El impacto de la obra en los medios culturales, religiosos, políticos y sociales se hace sentir muy pronto. Francisco Palau ha movilizado en torno a esta actividad pastoral a todas las fuerzas religiosas de la ciudad, incluida la prensa.

La intensa actividad de la Escuela llega a preocupar a las fuerzas enemigas de la Virtud, la francmasonería y el liberalismo de la ciudad se conjuran contra Francisco Palau y sus seguidores. Se le acusa de tener participación en las huelgas y disturbios acontecidos en marzo de 1854, y, sirviéndose de esta maniobra artera, los enemigos de Dios consiguen suprimir la Escuela y destierran otra vez a Francisco Palau, esta vez a la isla de Ibiza. Es el 4 de abril de 1854. Allí permaneció hasta que, en 1860, logró la libertad gracias a una amnistía general.

En Ibiza alterna la predicación popular con la soledad de las rocas del monte El Vedrá, donde vive dentro de una cueva, cuyo único acceso es una grieta. Ahí recibe luces místicas acerca del misterio de la Iglesia.

En Baleares funda en 1860 dos congregaciones religiosas femeninas - la de las Carmelitas Misioneras y la de las Carmelitas Misioneras teresianas- y dos masculinas, que se extinguieron: la de los Hermanos Carmelitas de la Enseñanza y la de los Hermanos Carmelitas Terciarios. 

Dotado por Dios con el don de profecía y milagros, tuvo que soportar varias denuncias y procesos incoados por la masonería por las numerosas curaciones que hacía sin ser facultativo. En diversas ocasiones practicó exorcismos con el más cumplido éxito.

Predicó misiones populares, extendiendo la devoción a la Virgen María a donde quiera que fuese, y produciendo admirables conversiones. Viajó a Roma en 1866 y de nuevo en 1870 para presentar sus preocupaciones sobre el exorcistado al Papa y a los Padres del Concilio Vaticano I.

En 1868, en medio de una tempestad anti-cristiana y anti-clerical, dio inicio a la publicación de “El Ermitaño”, semanario religioso, político y literario. En él se muestra el testigo más lúcido de su tiempo, reconociendo la malicia de los cambios revolucionarios liberales que intentaban transformar la España católica. En ese órgano divulgaba, acerca del futuro de la Iglesia y de varias naciones europeas, análisis y previsiones, así como profecías de sabores bíblicos. Muere en Tarragona el 20 de marzo de 1872 a los 61 años de edad
 Fuente: Los Santos Carmelitas de P. Rafael María López-Melús y 
Cada Dia Tem Seu Santo de A. De França Andrade