martes, 21 de abril de 2026

SANTORAL

San Román Adame Rosales


San Román Adame Rosales -Martir-

Nacido en Teocaltiche, Jalisco, el 27 de febrero de 1859, fue ordenado presbítero por su obispo, Don Pedro Loza y Pardavé, el 30 de Noviembre de 1890, tras lo cual, le fueron conferidos varios nombramientos, hasta que el 4 de enero de 1914 llegó al que sería su último destino, Nochistlán, Zacatecas.
Prudente y ponderado en su ministerio, fue nombrado Vicario Episcopal foráneo para las parroquias de Nochistlán, Apulco y Tlachichila.
Quienes lo conocieron, lo recuerdan fervoroso; rezaba el oficio divino con particular recogimiento; todas las mañanas, antes de celebrar la Eucaristía, se recogía en oración mental. Atendía con prontitud y de buena manera a los enfermos y moribundos, predicaba con el ejemplo y con la palabra. Evitaba la ostentación; vivía pobre y ayudaba a los pobres. Su vida y su conducta fueron intachables y la obediencia a sus superiores constante. Edificó a su parroquia un templo al Señor San José y algunas capillas en los ranchos; fundó la asociación de Hijas de María y la cofradía Adoración Nocturna al Santísimo Sacramento.
En agosto de 1926, viéndose como todos los sacerdotes de su época, en la disyuntiva de abandonar su parroquia o permanecer en ella aún con la persecución religiosa, el anciano párroco de Nochistlán se decidió por la segunda, ejerciendo su ministerio en domicilios particulares y no pasó unos años cuando tuvo que abandonar su domicilio, siendo desde entonces su vida, una constante andas de la "Ceca a la Meca".
La víspera de su captura, el 18 de abril de 1927, comía en la ranchería Veladores; una de las comensales, María Guadalupe Barrón, exclamó: "¡Dios quiera no vayan a dar con nosotros!" Sin titubeos, el párroco dijo; "¡Qué dicha sería ser mártir!, ¡dar mi sangre por la parroquia!".
Un nutrido contingente del ejercito federal, a las órdenes del Coronel Jesús Jaime Quiñones, ocupaban la cabecera municipal, Nochistlán, cuando un vecino de Veladores, Tiburcio Angulo, pidió una entrevista con el jefe de los soldados para denunciar la presencia del párroco en aquel lugar.
El coronel dispuso de inmediato una tropa con 300 militares para capturar al indefenso clérigo. Después de la media noche del 19 de abril; sitiada la modesta vivienda donde se ocultaba, el señor cura fue arrancado del lecho, y sin más, descalzo y en ropa interior, a sus casi setenta años, maniatado, fue forzado a recorrer al paso de las cabalgaduras la distancia que separaba Veladores de Yahualica.
Al llegar a río Ancho, uno de los soldados, compadecido, le cedió su cabalgadura, gesto que le valió injurias y abucheos de sus compañeros. El Padre Adame estuvo preso, sin comer ni beber, setenta horas. Durante el día era atado a una columna de los portales de la plaza, con un soldado de guardia, y durante la noche era recluido en el cuartel; conforme pasaban las horas, su salud se deterioraba.
A petición del párroco, Francisco Gonzáles, Jesús Aguirre y Francisco Gonzáles Gallo, gestionaron su libertad ante el coronel Quiñones, quien, luego de escucharlos dijo: "Tengo órdenes de fusilar a todos los sacerdotes, pero si me dan seis mil pesos en oro, a éste le perdono la vida".
Con el dinero en sus manos, el coronel quiso fusilar a quienes aportaron la cantidad, pero intervinieron Felipe y Gregorio Gonzáles Gallo, para garantizar que el pueblo no sufriera represalias. El azoro y el terror impuesto por los militares y la inutilidad de las gestiones cancelaron las esperanzas de obtener la libertad del párroco.
La noche del 21 de abril, un piquete de soldados condujo al reo del cuartel al cementerio municipal. Muchas personas siguieron al grupo llorando y exigiendo la libertad del eclesiástico. Junto a una fosa recién excavada, el sacerdote rechazó que le vendaran los ojos, sólo pidió que no le dispararan en el rostro; sin embargo antes de fusilarlo, uno de los soldados, Antonio Carrillo Torres, se negó repetidas veces a obedecer la orden de preparen armas, por lo que se le despojó de su uniforme militar y fue colocado junto al señor cura. Se dio la orden; "¡Apunten!?, enseguida la voz: "¡Fuego!" 
El impacto de las balas derrumbó al Padre Adame y, acto continuo, a Antonio Carrillo. 
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Quince minutos después, cuatro vecinos colocaron el cadáver del mártir en un mal ataúd, y lo sepultaron en la fosa inmediata al lugar de la ejecución, donde yacía el soldado Carrillo.
Años después, fueron exhumados los restos del sacerdote y trasladados a Nochistlán, Zacatecas, donde se veneran. El párroco de Yahualica, Don Ignacio Íñiguez, testigo de la exhumación, consignó que el corazón de la víctima se petrificó, y su Rosario estaba incrustado en él.
fuente: http://santosmexico.mx.tripod.com/SanRomanAdame.htm

S A N T O R A L


SAN ANSELMO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

Monje, obispo y doctor, Anselmo reunió en su persona estas tres cualidades de cristiano privilegiado; y aunque la aureola del martirio no vino a dar el último lustre a este noble haz de tantas glorias, se puede decir que la palma le faltó a Anselmo, pero que Anselmo no faltó a la palma. Su nombre recuerda la mansedumbre del hombre del claustro, unida a la firmeza episcopal, la ciencia unida a la piedad; ningún recuerdo fué a la vez tan caro y tan brillante.

El monje

Piamonte le dió a Francia y a la orden de San Benito. Anselmo realizó plenamente en la abadía de Bec el tipo del Abad, tal como le trazó el Patriarca de los monjes de Occidente: "Antes servir que mandar." Se ganó de un modo particular el afecto de sus hermanos, la expresión de cuyos sentimientos ha llegado hasta nosotros. Su vida les pertenecía por entero, ya se tratase de conducirlos a Dios, ya de iniciarlos en las sublimes especulaciones de su inteligencia. Un día les fué arrebatado a pesar de todos sus esfuerzos y forzado a sentarse en la silla arzobispal de Cantorbery. Sucesor, en esta silla, de Agustín, Dustano, Elfegio y Lanfranco, fué digno de llevar el palio que ellos llevaron, y por sus nobles ejemplos abrió el camino al ilustre mártir Tomás que le sucedió tan de cerca.

EL HERALDO DE LA MAJESTAD REAL DE LA IGLESIA

Su vida pastoral la consagró toda a luchar por la libertad de la Iglesia. En él el cordero revistió el valor del león: "Cristo, decía, no quiere una esclava por esposa; no hay en este mundo cosa más querida para él que la libertad de su Iglesia." Ya pasó el tiempo en que el Hijo de Dios se dejó encadenar para librarnos de nuestros pecados; resucitó glorioso y quiere que su Iglesia sea libre como él. En todo tiempo tiene que luchar por esta sagrada libertad, sin la cual no podría cumplir con el ministerio de salvación que su divino Esposo la confió. Celosos de su influencia, los príncipes de la tierra, que no ignoran que es reina, se han esforzado por crearla mil obstáculos. En nuestros días, un gran número de sus hijos han perdido hasta la noción de los derechos que se la deben; sin ninguna consideración para con su dignidad real, no la dejan otra libertad que la de las sectas que ella condena; no pueden comprender, que en tales condiciones la Iglesia, que Cristo fundó para reinar, queda en esclavitud. No lo entendió así San Anselmo; y cualquiera que se diga hijo de la Iglesia, debe tener horror a tales utopías. Las palabras grandilocuentes de progreso y sociedad moderna no le seducen, sabe que la Iglesia no tiene igual en la tierra; y si ve el mundo preso de las más terribles convulsiones, incapaz de apoyarse sobre una base firme, todo tiene para él la explicación de que la Iglesia ya no es reina.
El derecho de nuestra Madre no consiste sólo en ser reconocida por lo que es en el secreto del pensamiento de cada uno de sus fieles; necesita además el apoyo externo. Jesús la prometió en herencia las naciones, y las poseyó conforme a esta promesa; pero hoy, si sucede que algún pueblo la pone fuera de ley, ofreciéndola la misma protección que a todas las sectas que ella expulsó de su seno, se levantan mil aclamaciones alabando este pretendido progreso, y voces conocidas y amigas se mezclan a estos clamores. Estas pruebas no las conoció Anselmo. Era menos de temer la brutalidad de los reyes normandos, que estos sistemas pérfidos que socavan por la base la idea misma de la Iglesia, y hacen echar de menos la persecución declarada. El torrente todo lo transtorna a su paso; pero todo renace cuando se seca su fuente. Otra cosa sucede cuando las aguas desbordadas inundan la tierra y la arrastran consigo. Tengámoslo por seguro; el día en que la Iglesia, la celestial paloma, no encuentre aquí abajo donde posar su pie con honor, el cielo se abrirá y emprenderá el vuelo a su patria celestial, abandonando el mundo, la víspera de la venida del Juez en el último día.

EL DOCTOR


San Anselmo no es menos admirable como Doctor que como Pontífice. Su inteligencia profunda y serena penetró en la contemplación de las verdades divinas; buscó sus mutuas relaciones y su armonía y el fruto de estos nobles trabajos ocupa un lugar preeminente en el depósito que conserva las riquezas de la teología católica. Dios le concedió el genio. Ni sus luchas ni su vida agitada, pudieron distraerle de sus santos y queridos estudios, y camino de sus destierros iba meditando en Dios y en sus misterios, extendiendo para sí y para la posteridad el campo ya vasto de las investigaciones respetuosas de la razón en los dominios de la fe.

Vida


Anselmo nació en Aosta del Piamonte hacia el año 1033. A los 26 años, entró en la abadía de Bec, en Normandía, donde se entregó a la práctica de las virtudes monásticas, y al estudio de la filosofía y de las Sagradas Escrituras. A los 30 años fué nombrado prior y maestrescuela, y en 1078 abad. Gobernó su Aba-, día con una bondad incomparable, que le permitió triunfar de todas las dificultades. Le tuvieron en gran estima los Papas Gregorio II y Urbano II, y habiendo sido llamado a Inglaterra, en 1092, no pudo entrar en Francia y fué nombrado arzobispo de Cantorbery al año siguiente.Tuvo mucho que padecer de parte de Guillermo el Rojo, a causa de la defensa de los derechos y libertad de la Iglesia. Desterrado, se refugió en Roma, donde el Papa le colmó de honores, y le dió ocasión, en el concilio de Barí, de convencer de sus errores a los griegos que negaban que el Espíritu Santo procede igualmente del Hijo que del Padre. Llamado a Inglaterra, después de la muerte de Guillermo murió el 21 de abril de 1109. Fué enterrado en Cantorbery. En 1492, Alejandro VI, autorizó su culto, y Clemente XI le declaró Doctor de la Iglesia en 1720.

PLEGARIA AL DEFENSOR DE LA LIBERTAD


Oh Anselmo, Pontífice amado de Dios y de los hombres, la Santa Iglesia, a quien con tanto celo serviste aquí en la tierra, te tributa hoy sus homenajes como a uno de sus prelados más venerados. Imitador de la bondad del divino Pastor, nadie te sobrepasó en condescendencia y caridad. Conocías a todas tus ovejas y ellas te conocían a ti; velando día y noche en su custodia, jamás fuiste sorprendido por el asalto del lobo. Lejos de huir al acercarse, saliste a su encuentro, y ninguna violencia te pudo hacer retroceder. Heroico campeón de la libertad de la Iglesia, protégela en nuestros tiempos en que por todas partes se la pisotea y se la aniquila. Suscita por doquier Pastores émulos de tu santa independencia a fin de que el valor se reanime en el corazón de las ovejas y que todos los cristianos tengan a honra confesar que ante todo son miembros de la Iglesia, que los intereses de esta Madre de las almas, son superiores, a sus ojos, a los de cualquier sociedad terrestre.

PLEGARIA AL DOCTOR


El Verbo divino te dotó, oh Anselmo, de esa filosofía completamente cristiana, que se humilla ante las verdades de la fe, y así purificada por la humildad, se eleva a las visiones más sublimes. Alumbrada con tus luces tan puras, la Iglesia, en recompensa, te ha otorgado el título de Doctor, tanto tiempo reservado a aquellos sabios que vivieron en las primeras edades del cristianismo y conservan en sus escritos como un reflejo de la predicación de los Apóstoles. Tu doctrina ha sido juzgada digna de compararse a la de los antiguos Padres, porque procede del mismo Espíritu; es más hija de la oración que del pensamiento. Obténnos, oh santo Doctor, que siguiendo tus huellas, nuestra fe, también busque la inteligencia. Muchos el día de hoy blasfeman lo que ignoran, y muchos ignoran lo que creen. De ahí una confusión desoladora, compromisos peligrosos entre la verdad y el error, la única doctrina verdadera desconocida, abandonada y sin defensa. Pide para nosotros, oh Anselmo, doctores que sepan alumbrar los caminos de la verdad y disipar las nubes del error, para que los hijos de la Iglesia no queden expuestos a la seducción.

PLEGARIA AL MONJE


Dirige una mirada sobre la familia religiosa que te acogió en sus filas al salir de las vanidades del siglo, y dígnate extender sobre ella tu protección. De ella sacaste tú la vida del alma y la luz de tu inteligencia. Hijo de San Benito, acuérdate de tus hermanos. Bendícelos en Francia, donde abrazaste la vida monástica; bendícelos en Inglaterra, donde fuiste Primado entre los Pontífices, sin dejar de ser monje. Ruega, oh Anselmo, por las dos naciones que te han adoptado una después de otra. En la una, la fe está tristemente muy disminuida; la otra dominada por la herejía. Alcanza para las dos la misericordia del Señor. Es poderoso y no cierra sus oídos a la súplica de sus santos. Si ha determinado en su justicia no devolver a estas dos naciones su antigua constitución cristiana, obtén al menos que se salven muchas almas, que muchas conversiones consuelen a la Madre común, que los últimos obreros de la viña rivalicen con los primeros, en espera del día en que el Maestro descienda para recompensar a cada uno según sus obras.


Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer Tomo III pag 691 y siguientes

lunes, 20 de abril de 2026

S A N T O R A L

SANTA INES DE MONTEPULCIANO,

 VIRGEN DE LA ORDEN DE SANTO DOMINGO

Fué esta Santa Inés uno de los más hermosos frutos que dió el árbol monástico plantado por Santo Domingo en la Iglesia de Dios. Nació en el año de 1274 en un lugarejo de Toscana, llamado Gracciano Vecchio, poco distante de la ciudad de Montepulciano. Sus padres eran distinguidos por su nobleza y bienes de fortuna, virtuosos y muy temerosos de Dios.
Al nacer la niña, llenóse de luz celestial el aposento donde se hallaba su madre. Parecía que los ángeles saludaban de esta manera a la enviada del Señor, y que Dios quería mostrar al mundo la vida santa a que destinaba aquella tierna criatura.
No desmintió Inés las esperanzas que sus padres concibieron a la vista de aquel prodigio, antes bien, desde la más temprana edad brotaron ya en su alma gustos y aficiones sobrenaturales. Puede decirse que los experimentó ella aun antes de que supiese hablar. Cuando pudo ya balbucear, aprendió el Padrenuestro y el Avemaría, y desde entonces fue su más deleitoso recreo recogerse en lugar apartado de su casa, y allí juntas las manos y de rodillas, rezar muchas veces estas dos hermosas oraciones.
Templo y morada del Espíritu Santo era el tierno corazón de Inés, que este divino Espíritu lleno de gracias y abrasó con incendios de amor a la pureza. Con eso, aunque jovencita, ponía ya espanto al demonio, como se verá por lo que sigue: Siendo de nueve años fue cierto día a Montepulciano. Al pasar cerca de una casa de pecado vio levantarse de un campo vecino una bandada de cuervos, los cuales volaron sobre su cabeza dando espantosos graznidos para asustarla, se le echaron encima y abrían sus negros picos como si pretendieran lastimarla. Con todo eso, no le hicieron daño alguno; pero bien dieron a entender los demonios, por medio de aquellos siniestros avechuchos, cuanto les molestaba la sola presencia de la virtuosa doncellita. Andando los años, Inés convirtió aquella casa en santuario de oración y santidad.

ÁNGEL DEL CONVENTO

Quiso Inés poner a salvo su castidad y defenderla contra las asechanzas del demonio, por lo cual, pidió licencia a sus padres para hacerse monja: Habiéndolo logrado partió para Montepulciano y entró en un convento de monjas Saquinas, así llamadas por ser su hábito de tela burda como de saco. Allí permaneció quince años, pasados los cuales ingresó en la sagrada Orden de Santo Domingo.

Aunque joven, se dio con ardor a la práctica de virtudes que parecían propias de personas más adelantadas que ella en edad y perfección. Mortificaba su cuerpo con ayunos, vigilias y otras austeridades y con sumo empeño crucificaba su voluntad por medio de la obediencia exacta y puntualísima a las órdenes de su priora, aun en cosas al parecer insignificantes.

Pero señalábase sobre todo por su encendida piedad y por el amor grande que tenía a la oración y a la lectura de libros santos y devotos. La inclinación a las cosas sobrenaturales que tuvo desde jovencita se manifestó más al paso que crecía en edad. No corre el sediento ciervo a la fuente de aguas vivas con más ardor que Inés cuando acudía a la oración y trato con Dios. Pasaba los ratos libres en amorosos coloquios con su divino Esposo Jesús. No es, pues, de maravillar que en muy breve tiempo hiciera grandes progresos en el camino de la virtud y de la perfecta oración.

Muchas veces, mientras oraba, la vieron sus hermanas elevarse en el aire y acercarse poco a poco al Santo Cristo, hasta poder besar sus sagradas llagas.

Al ver las virtudes de Inés y las admirables prendas naturales y sobrenaturales con que el Señor la había favorecido, las monjas solían llamarla el ángel del convento.

ABADESA A LOS DIECIOCHO AÑOS POR VOLUNTAD DE DIOS

Una noche, mientras oraba, apareciósele la Virgen María y le entrego tres hermosísimas y muy brillantes perlas, diciéndole: —Hija, te encargo que edifiques una iglesia y un monasterio en mi honor, y es mi deseo que los dediques a la Santísima Trinidad, significada por estas tres perlas.

Santa Inés tenía por entonces solo dieciocho años.

A los pocos días determinaron los habitantes de Proceno, del condado de Orvieto, edificar en su ciudad un monasterio donde educar a sus hijos. Estando en esto, oyeron ponderar las virtudes de Santa Inés y empezaron a dar pasos para lograr que la Santa se encargase de dirigir la nueva fundación. Tales instancias hicieron a la superiora de las Saquinas que al fin accedió a ello. El Señor, que había inspirado aquella determinación a los de Proceno, quiso que llegase a feliz término. Inés bajó la cabeza y partió para aquella ciudad en compañía de la maestra de novicias. Ella misma, a pesar de sus pocos años, dirigió la construcción del convento y, cuando ya estuvo acabado, instalo en él una comunidad de monjas.

Noticíose el papa Nicolás IV de la santidad de vida y admirable prudencia de Inés, le confirió la dignidad abacial por Breve de la Secretaria apostólica. Aceptó la Santa aquella nueva carga con humilde resignación y esforzado ánimo, y bajo su dirección —lo refiere el cronista— llegó a ser un paraíso el monasterio de Proceno, porque la influencia de Inés era extraordinaria y a cuantos se le acercaban sabia comunicarles algo de su fervor y virtud excelentísima.

VIRTUDES DE SANTA INÉS

No cabían en sí de gozo los de Proceno al ver que no en balde habían llevado adelante el negocio del monasterio; pero mayor que su alegría era la aflicción de la joven abadesa al verse encargada de dirigir las almas de los demás, siendo ella tan moza en los años. Tenía mucha cuenta con la responsabilidad de su cargo y por eso suplicaba al Señor con gran fervor y lágrimas que le diese luz y fuerza para desempeñarlo con la debida perfección. Llevaba vida muy austera y penitente. Durante los quince años que permaneció en Proceno no tuvo más cama que el duro suelo y ayuno cada día a pan y agua.

A pesar de su fuerte inclinación a la vida solitaria y contemplativa dábase totalmente a las obligaciones de su cargo. Tanto sentía tener que dejar la oración, que derramaba lágrimas cuando había de interrumpirla para atender a otros negocios; con todo eso, no vacilaba en dejarla generosamente, porque sabía ser voluntad de Dios que ante todas las cosas cumplamos las obligaciones del propio estado.

Plugo al Señor manifestar en varias ocasiones cuanto le agradaba el proceder de su sierva; porque muchas veces vieron las monjas a su santa Madre salir de la oración con el manto cubierto de maná celestial, blanquísimo como la nieve; y otras veces, donde había estado arrodillada brotaban sin saber cómo olorosas violetas y otras flores muy fragantes.

También la Virgen nuestra Señora favoreció a su devota sierva con gracias extraordinarias. Una vez, la víspera de la Asunción, Inés estaba velando y orando para disponerse dignamente a la fiesta, cuando de repente vió aparecer en medio de grandes resplandores a la Reina de los Ángeles con el Niño Jesús en sus brazos. La bondadosa Virgen se acercó a la Santa, la cual no cabía en sí de gozo. Llena de confianza, pidió entonces a la Madre de Dios que se dignase darle el divino Niño para que lo tuviese un rato en sus brazos. La Virgen accedió a ello gustosísima y así pudo Inés gustar unos instantes las celestiales alegrías. Al devolver el Divino Niño, sintió la Santa indecible desconsuelo, pareciéndole que, al separarse de ella Jesús, se le iba su propia vida. Llevaba el Divino Infante colgado en el cuello un Santo Cristo preciosísimo, pendiente de un cordón de seda. Inés devolvió el Niño pero se quedó con el Santo Cristo. Desapareció entonces la visión y la Santa permaneció un buen rato como fuera de sí con el alma inundada a un mismo tiempo de gozo y de tristeza.

ENFERMEDAD DE SANTA INÉS

Obligación de la joven abadesa era sin duda llevar la dirección espiritual de su comunidad, pero también tenía que proveer al sustento corporal de las monjas. No fue esto siempre cosa fácil, porque el monasterio de Proceno era tan pobre que a veces faltó lo más necesario, como pan, aceite y dinero para comprarlo; en estos aprietos acudía la santa Madre al Señor y la divina Providencia la socorrió siempre muy oportunamente.

Por el mucho trabajo que le daba la dirección del monasterio, vino a enfermar gravemente de una dolencia que le duro una buena temporada, pero la Virgen María la consoló y alentó, apareciéndosele muchas veces.

Mandáronle los médicos que comiese carne, que no había probado en su vida por haber hecho promesa de guardar abstinencia de este manjar hasta su muerte. Quedó muy desconsolada y afligida al oír esa prescripción médica, pero el Señor acudió en su auxilio de un modo prodigioso. Trajerónle un poquito de carne y con solo hacer la Santa sobre el plato la señal de la cruz, convirtió aquel manjar en dos hermosos peces. Inés dio gracias a Dios por el milagro y, de allí adelante, los médicos la dejaron libre de cumplir su promesa.

GRATITUD DE INES A LOS BIENHECHORES

La santa abadesa se mostraba sumamente agradecida con los bienhechores del monasterio. Como no podía pagarles tantos favores con bienes temporales, hacíalo con oraciones y santas palabras, pidiendo al Señor la salvación de sus almas.

Una noche vióse Inés trasladada en sueños a un lugar tenebroso, donde el aire era abrasador y estaba poblado de horribles fantasmas que gritaban y se lamentaban con voces muy lastimeras; aquello era horroroso y parecía el mismo infierno. En el centro de aquel lugar de penas y tormentos unos cuantos demonios estaban disponiendo como una silla de fuego para algún condenado. Quedo la Santa pasmada y como muerta con aquella terrorífica visión; pero aun tuvo aliento para preguntar quién se sentaría en aquella silla que ponía espanto. Es uno de los bienhechores de tu monasterio, por quien tanto rezas para que se salve —le respondieron los demonios con risa burlona—; pero aquí vendrá a parar, porque hace ya treinta años que se confiesa mal y calla pecados que no se atreve a declarar.

Despertóse en esto la Santa y, muy afligida y acongojada con lo que había visto y oído, mando llamar al punto a aquel bienhechor para contarle la visión. Por los consejos de la santa abadesa, el pecador lloró su mala vida; murió al poco tiempo y el Señor permitió que Inés viese el alma de su bienhechor subir al cielo sin pasar por las llamas del purgatorio.

FUNDA UN CONVENTO DE DOMINICAS

La Virgen con el Niño Jesús, Catalina de Siena, Santa Rosa de Lima y Santa Inés de Montepulciano (Giambattista Tiepolo)
La Virgen, Catalina de Siena, Rosa de Lima e Inés



 
Extendióse tanto la fama de la santa abadesa, que los de Montepulciano se arrepintieron de haberla dejado salir de la ciudad, y quisieron que volviese a toda costa. Muy laudable y justo era aquel deseo, por haber nacido Inés en lugar poco distante de la ciudad; pero sin caer en la cuenta de ello, los habitantes de Montepulciano iban a ser los instrumentos de la divina Providencia para llevar a efecto los designios que tenía sobre su sierva. Se le aparecieron San Agustín, San Francisco y Santo Domingo y los tres la exhortaban a que se rindiese a los deseos de sus paisanos, porque el Señor quería que fundase un convento de Santo Domingo en el mismo solar donde estaba aquella casa pública, cerca de la cual los demonios en figura de cuervos la molestaron y asustaron tanto.

Inmediatamente Inés llevo a cabo todos los preparativos para dar cumplimiento al mandato celestial. Nombró nueva priora del monasterio de Proceno y ella partió con algunas compañeras. Merced al concurso y buena voluntad de los de Montepulciano, Inés pudo alojarse muy presto en el nuevo convento con otras veinte monjas, a las que dio al principio la regla de San Agustín y, al poco tiempo, para obedecer el mandato celestial y con licencia del Papa, añadió las Constituciones de Santo Domingo.

La antigua mansión de los demonios se trocó en lugar santo, adonde los ángeles del Señor acudían con gran frecuencia. Muchas personas santas vieron una escala luminosa que llegaba desde el coro del convento hasta el cielo, y por ella los ángeles, medianeros celestiales entre Dios y los hombres, llevaban las súplicas de las santas monjas hasta el trono del Altísimo y en retorno bajaban del cielo gracias abundantísimas para repartirlas a los mortales; por donde se echa de ver que las personas que se acogen al retiro del claustro, no lo hacen por desamor a la sociedad, sino para ser de mayor provecho a los hombres, y en particular a los pobres pecadores, con sus oraciones y penitencias.

Apartaba Inés con sumo cuidado a sus hijas espirituales de las ocasiones de pecar. Una de ellas, al caerse, se hirió gravemente en la cabeza. Los médicos no vieron otro remedio que llevarla a un hospital de la ciudad para operarla; pero la santa Madre, temerosa de que aquella hermana perdiese la inocencia viviendo fuera del convento, pidió a Dios que la sanase, y con solo hacer la señal de la cruz sobre la herida, quedó curada.

Una noche, estaba la Santa orando y desvelándose como solía, y de repente vio entrar en el dormitorio de la comunidad unos diablejos feísimos. Espantada con esta visión, corrió a despertar a las monjas y las juntó para el capítulo de culpas, y después de imponerles fuertes penitencias, las envió otra vez a dormir.

También le otorgo el Señor el don de leer en los corazones, y de él se servía para amonestar o alentar a sus hijas, según fuesen las disposiciones que en ellas veía.

Un domingo, al amanecer, fue a rezar junto a un olivo de la huerta y, estando en oración, quedo arrobada en éxtasis y no volvió en si hasta las cinco de la tarde. Afligióse en extremo de no haber oído misa ni comulgado y, mientras estaba lamentándose de ello, apareciósele un ángel y le dio la Sagrada Comunión. Este divino manjar le infundio tal fortaleza y consuelo que ni pensó en tomar alimento alguno, y así en ayunas prosiguió largas horas su oración.

Bien hubiera querido visitar los Santos Lugares de Jerusalén, pero la clausura era muy rigurosa, de suerte que no pudo Inés hacer esa peregrinación. Para resarcirla de algún modo, créese que el Señor mandó a un ángel que trajese a la Santa un poco de tierra empapada en la preciosísima sangre del Redentor.

También es de maravillar como logró tener algunos trocitos de los vestidos de San Pedro y San Pablo: Siendo todavía abadesa del convento de Proceno, tuvo ocasión de ir a Roma para pedir al Papa que confirmase los privilegios de aquel monasterio y, como deseaba con grandes ansias tener alguna reliquia de los dos príncipes de la Iglesia, mientras oraba con lagrimas cabe el sepulcro de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, de los vestidos que cubrían los sagrados huesos se desprendieron dos pedacitos que cayeron sobre sus rodillas. Recogéoslo ella con mucho respeto y devoción y los llevo muy gozosa al convento.

GLORIOSO TRÁNSITO DE SANTA INÉS

Un día, extenuada de cansancio, fue a descansar un rato en su aposento. Tuvo entonces una visión, en la que le pareció que un ángel la tomaba de la mano y la llevaba junto a un olivo del huerto y, presentándole una copa llena de bebida amarguísima, le decía:

—Bebe, santa esposa de Cristo; bebe en memoria y honra de Aquel que bebió por ti el cáliz de su Pasión.

A los pocos días enfermo de grave dolencia. Bebió con gran fervor el cáliz que el Señor le enviaba y mostro en medio de sus padecimientos inalterable paciencia. Los médicos le recetaron baños y ella obedeció, a pesar de que tenía muy poca confianza en los remedios humanos. Estando en el balneario, sano a muchos enfermos e hizo brotar otra fuente, cuyas aguas obraron innumerables milagros; pero ella volvió a Montepulciano sin haber logrado alivio alguno.

El Señor le reveló por entonces el día y hora en que su alma, libre ya de los lazos de la carne, iría a gozar del sempiterno descanso. Con vivísimas ansias aguardó aquel feliz instante. Lamentábanse las monjas al ver que su santa Madre tenía tan grandes deseos de morir y dejarlas para siempre; pero Inés las consolaba con dulces y esperanzadoras palabras.

Cuerpo incorrupto de la Santa
—Si me queréis de veras —les decía—, no me lloréis, porque la muerte no es para mí sino el paso de la tierra al cielo. ¿Acaso un amigo se aflige de la dicha de su amigo? Dejo ya este mundo, pero solo corporalmente estaremos separadas; por la misericordia del Señor espero hallar en el cielo nueva morada y allí mi alma rogará mucho por vosotras.

Tan grande era el amor que tenía a sus hijas, que aun las escasas fuerzas y los últimos instantes de vida que le quedaban empleábalos en su provecho.

Finalmente, estando en amorosos coloquios con el Señor, abrió los ojos para mirar al cielo y dio apaciblemente su alma a los santos ángeles para que la llevasen a la gloria. Sucedió su muerte a los 20 de abril del año de 1317.

En el instante en que murió Santa Inés todos los niños y niñas de Montepulciano y de los alrededores se despertaron de improviso, como sacudidos en sus camas por una fuerza sobrenatural y, echándose en brazos de sus padres, decían a voz en grito:

—Sor Inés ha muerto y está ya en el cielo.

Con este portentoso prodigio se divulgó por toda la comarca la noticia de la muerte de tan admirable sierva del Señor. La misma Santa se apareció a muchas personas para anunciarles que subía a la feliz morada de los justos.

De su sagrado cadáver salió suavísima fragancia que llenó el ambiente del convento y de los alrededores. Las monjas mandaron traer de Génova lo necesario para embalsamar el cuerpo de su Madre y fundadora; pero el Señor manifestó con otro prodigio que no han menester de aromas materiales aquellos que Él ha ungido con el suavísimo bálsamo de su divina gracia. Porque del rostro y de las manos de la Santa Virgen empezó a manar un sudor muy fragante con tanta abundancia, que empapó todos sus vestidos; ese bálsamo celestial siguió manando por espacio de varios años y de él se llenaron algunos grandes vasos de cristal.

El papa Clemente VIII beatificó a la virgen de Montepulciano, y Benedicto XIII la canonizó muy solemnemente en San Pedro de Roma a los 10 de diciembre del año 1726.

Fuente: Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, vol. II, 1947, pp. 513 y ss.