martes, 23 de enero de 2018

SANTORAL

SAN ILDEFONSO, OBISPO Y CONFESOR

La Iglesia española envía hoy a uno de sus obispos ante la cuna del divino Niño con el encargo de honrar su nacimiento. A primera vista parece que las alabanzas que oímos de boca de Ildefonso no tienen más objeto que honrar a María; pero ¿se puede honrar a la Madre sin proclamar la gloria del Hijo, en cuyo alumbramiento radican todas las grandezas de aquella? En medio de ese coro de ilustres Pontífices que honraron el episcopado español en el siglo VII y VIII, aparece en primer lugar Ildefonso, el Doctor de la Virginidad de Maria, como Atanasio lo fué de la Divinidad del Verbo, Basilio de la Divinidad del Espíritu Santo, y Agustín de la Gracia. El arzobispo de Toledo expuso su enseñanza con profunda doctrina y gran elocuencia, probando al mismo tiempo, contra los judíos, que María concibió sin perder su virginidad; contra los adeptos de Joviniano, que permaneció Virgen en el parto, y contra los secuaces de Helvidios que fué Virgen después del parto. Antes que él habían tratado otros Doctores estas cuestiones separadamente; Ildefonso reunió en un haz luminoso todas esas luces, y mereció que una Virgen Mártir saliese de su sepultura para felicitarle por haber defendido el honor de la Reina de los cielos. Finalmente, la misma María, le vistió con sus manos virginales una maravillosa casulla que anunciaba el resplandor del vestido luminoso con que brilla Ildefonso eternamente, al pie del trono de la Madre de Dios.

V i d a

 San Ildefonso nació en Toledo. Fué discípulo de San Isidoro durante doce años en Sevilla, y luego Arcediano de Toledo. Poco después hizo profesión y fué elegido Abad del monasterio benedictino Agállense. Electo arzobispo de Toledo fué muy útil a su pueblo, por su doctrina, ejemplos y milagros. Refutó a los herejes que negaban la perpetua virginidad de María, la cual se le apareció para premiar su celo. Murió en 667 y su cuerpo descansa actualmente en Zamora.
Gloria a ti, oh santo Pontífice, que te elevas con tanto honor en esta tierra de España tan fecunda en valientes caballeros de María: Véte a ocupar un puesto junto a la cuna, donde esa Madre incomparable vela amorosamente al lado de su Hijo, el cual, siendo al mismo tiempo su Dios y su Hijo, consagró su virginidad en vez de lastimarla. Encomiéndanos a su ternura; recuérdala que es también Madre nuestra. Ruégala que atienda los himnos que entonamos en su honor, y que haga aceptar al Emmanuel el homenaje de nuestros corazones. Con el fin de ser bien acogidos por ella, nos atrevemos, oh Doctor, de la Virginidad de María, a tomar tus palabras y decirlas contigo: "A ti acudo ahora, Virgen única, Madre de Dios; a tus pies me prosterno, cooperadora única de la Encarnación de mi Dios; ante ti me humillo, Madre única de mi Señor. Suplicóte, sierva sin par de tu Hijo, que obtengas el perdón de mis pecados y ordenes que sea purificado de la maldad de mis obras. Haz que ame la gloria de tu virginidad; revélame la dulzura de tu Hijo; dame la gracia de hablar con toda sinceridad de la fe de tu Hijo, y de saber defenderla. Concédeme la gracia de unirme a Dios y a ti, de serviros a ambos: a Él como a mi Creador; a ti, como a la Madre de mi Creador; a Él como al Señor de los ejércitos; a ti como a la sierva del Señor de todo lo creado; a Él como a Dios, a ti, como a la Madre de Dios; a Él como a mi Redentor, a ti, como al instrumento de mi redención. Si Él fué precio de mi rescate, su carne fue formada de tu carne; de tu sustancia tomó el cuerpo mortal con el cual borró mis pecados; de ti se dignó tomar mi naturaleza, a la que elevó por encima de los Ángeles hasta la gloria del trono de su Padre.
Debo ser por tanto tu esclavo, pues tu Hijo es mi Señor. Tú eres mi Señora porque eres la sierva de mi Señor. Soy el esclavo de la esclava de mi Señor, porque tú, que eres mi Señora, eres Madre de mi Señor. Te suplico, oh Virgen santa, hagas que posea a Jesús, por la virtud de Aquel mismo Espíritu, por medio del cual concebiste tú a Jesús; que conozca a Jesús, por el mismo Espíritu que a ti te hizo conocer y concebir a Jesús; que hable yo de Jesús, por el mismo Espíritu por el cual tú te declaraste sierva del Señor; que ame a Jesús, por el mismo Espíritu por medio del cual tú le adoras como a tu Señor y le amas como a Hijo tuyo; que obedezca finalmente, a Jesús con la misma sinceridad con que Él, siendo Dios, te obedeció a ti y a José."
FuenteEl Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranger

lunes, 22 de enero de 2018

S A N T O R A L

SAN VICENTE, MÁRTIR

El ilustrísimo mártir san Vicente nació en la ciudad de Huesca, y criose en la de Zaragoza del reino de Aragón. Su padre se llamó Enriquio, y su madre Enola. Desde niño se inclinó á las obras de piedad, y virtud, se dio á las letras, y finalmente fué ordenado de diácono por san Valerio, obispo de Zaragoza, el cual, por ser ya viejo, é impedido de la lengua, encomendó a san Vicente el oficio de predicar. Eran emperadores en este tiempo Diocleciano y Maximiano, tan crueles tiranos, y fieros enemigos de Jesucristo, que nunca se vieron hartos de sangre de cristianos, pensando por este camino tener gratos á sus falsos dioses, y establecer con el favor de ellos mas su imperio. Enviaron los emperadores á España por presidente, y ministro de su impiedad á Daciano, tan ciego en la superstición de los dioses, y tan bravo, y furioso en la fiereza, como ellos. Llegó esto monstruo á Zaragoza: hizo grande estrago en la Iglesia de Dios: atormentó, y mató á muchos cristianos: prendió á otros, y entre ellos á san Valerio, obispo, y á san Vicente, diácono suyo, que eran los dos, que más lo podían resistir, y en quienes todos los otros cristianos tenían puestos los ojos, y cuyo ejemplo, y gran fortaleza más los podía esforzar. Pero queriendo el presidente tratar más de espacio la causa de estos dos santos, los mandó llevar á la ciudad de Valencia á pié, y cargados de hierro; y ellos fueron con mucha pobreza, y mal tratamiento de los ministros, que por esta crueldad pensaban ganar la gracia de su amo. Llegados á Valencia, los echaron en una cárcel obscura, hedionda, y pesada, donde estuvieron muchos días apretados de hambre, y de sed, de cadenas, y prisiones; pero muy regalados del Señor, porque padecían por su amor. Pensaba el presidente, que con el tiempo, y mal tratamiento ablandaría aquellos corazones esforzados; mas sucedió tan al contrario, que cuanto más los afligía, tanto más se alentaban, y con el fuego de la tribulación resplandecía mas el oro de su caridad, y sus mismos cuerpos de carne, y flacos, cobraban fuerzas con las penas. Mandóles Daciano traer delante de sí: y como los vio sanos, robustos, y alegres, pensando, que con la hambre, sed, y los trabajos de la dura cárcel, estarían marchitos, desmayados, y consumidos, enojóse sobre manera contra el carcelero, creyendo, que los había regalado, y díjole: ¿Esto es, lo que te he mandado? ¿Así han de salir de la cárcel fuertes, y lucidos los enemigos de nuestro imperio? Y volviéndose á los santos mártires, dijo: ¿Qué me dices, Valerio? ¿Quieres obedecer á los emperadores, y adorar á los dioses, que ellos adoran? Y como el santo viejo respondiese mansamente, y quedo, y por el impedimento de su lengua no se entendiese bien su respuesta; tomó la mano san Vicente, y con grande espíritu, y fervor dijo á Valerio: ¿Qué es esto, padre mió? ¿Porque hablas entre dientes, como si tuvieses temor de este perro? Levanta la voz, para que todos te oigan, y la cabeza de esta serpiente infernal quede quebrantada: y si por tu mucha edad, y flaqueza no puedes; dame licencia, que yo le responderé. Y habida la licencia, dijo á Daciano: Estos tus dioses, Daciano, sean para tí: ofréceles tú incienso, y sacrificio de animales; y adórales como a defensores de vuestro imperio: que nosotros los cristianos sabemos, que son obras, de los que las fabricaron, y que no sienten, ni se pueden mover, ni oír, á quien los invoca. Nosotros reconocemos aquel sumo artífice, que crió el cielo, y la tierra por sola su voluntad, y con su singular providencia rige, y gobierna esta máquina del mundo. A este solo Señor tenemos por Dios: á él adoramos: á él reverenciamos, y á su benditísimo hijo Jesucristo, que vestido de nuestra carne humana murió por nosotros en la cruz; y para pagarle, de la manera, que podemos, aquel infinito amor con nuestro amor, y aquella muerte con nuestra muerte, deseamos padecer muchos tormentos, y derramar la sangre, y dar la vida por su santísima fé.
Con estas palabras cobraron grandes esfuerzos los cristianos, que estaban presentes, y el presidente grande indignación. Mandó, que el santo obispo fuese desterrado, y san Vicente cruelmente atormentado. Desnúdanle los sayones: cuélganle de un alto madero: estíranle con cuerdas de los pies; y descoyuntan sus sagrados miembros: y en el mismo tormento le hablaba Daciano, y le decía: ¿No ves, cuitado, cómo está despedazado tu cuerpo? Al cual el valeroso mártir, con rostro alegre, y risueño respondió: Esto es, lo que siempre deseé: créeme, Daciano, que ningún hombre me podía hacer mayor beneficio, que el que tú me haces, aunque sin voluntad de hacerle. Mayor tormento padeces tú, viendo, que tus tormentos no me pueden vencer, que el que yo padezco. Por tanto yo te ruego, que no te amanses, ni aflojes un punto el arco, que contra mí tienes flechado: porque cuanto más crueles fueren tus saetas, tanto más gloriosa será mi corona, y yo cumpliré mejor con el deseo, que tengo de morir por aquel Señor, que por mí murió en la cruz. Salió de sí con estas palabras el fiero tirano, y con los ojos turbados, echando espumajos por la boca, y dando bramidos como un león, arrebató los azotes sangrientos de mano de los verdugos, y comenzó á dar con ellos, no al santo mártir, sino á los mismos verdugos, llamándolos flojos, mujeres, y gallinas. Entonces Vicente miró á Daciano blandamente, y díjole: Mucho te debo, Daciano; pues haces oficio de amigo, y me defiendes: hieres, á los que me hieren: azotas, á los que me azotan; y maltratas, á los que me maltratan. Todo esto era echar aceite en el fuego, y encender mas el ánimo del tirano, viendo hacer burla de sus tormentos. Padecía la carne del santo levita, y hablaba su espíritu; y con lo que el espíritu hablaba, la impiedad del tirano quedaba convencida, y el mártir cobraba fuerzas. Mandó Daciano á aquellos sayones, que continuasen sus tormentos, y con garfios, y uñas de hierro rasgasen el santo cuerpo, y ellos lo hicieron con extraño furor; mas el santo, como si no fuera de carne, ni sintiera sus dolores, así hacia escarnio de aquellos crueles atormentadores, y les decía: ¡Que flacos sois! ¡Qué pocas fuerzas tenéis! Por más valientes os tenia. Estaban los verdugos cansados de atormentar al santo; y él no lo estaba de ser atormentado. Ellos habían perdido el aliento, y no podían pasar adelante en su trabajo; y nuestro Vicente estaba muy alentado, y gozoso, y cobraba nuevas fuerzas de sus penas; para que, como dice san Agustín, consideremos en esta pasión la paciencia del hombre, y la fortaleza de Dios. Si miramos la paciencia del hombre, parece increíble; si miramos el poder de Dios, no tenemos de que maravillarnos. Vistióse Dios de la flaqueza del hombre, y por eso sudó sangre, cuando oró en el huerto por la terribilidad de los tormentos, que se le representaban; y vistió el hombre de la virtud de su deidad, para que pase los suyos con fortaleza, y alegría, y el hombre quede obligado á hacer gracias al Señor por lo que tomó de su flaqueza, y le comunicó de su virtud. Así lo vemos en san Vicente, á quien Dios armó de tan divina fortaleza, y constancia, que los tormentos le parecían regalos, las espinas flores, el fuego refrigerio, la muerte vida; y parece, que á porfía peleaban la rabia, y furor de Daciano, y el ánimo, y fervor del santo mártir: el uno en darle penas; y el otro en sufrirlas: pero antes se cansó Daciano en atormentarle, que Vicente en reírse de sus tormentos. Pusiéronle en una cruz: extendiéronle en una como cama de hierro ardiendo: abrasáronle los costados con planchas encendidas: corrían los ríos de sangre, que salían de sus entrañas con tanta abundancia, que apagaban el fuego: la carne estaba consumida; y solos los huesos quedaban ya denegridos, y requemados. Mandaba el prefecto echar gruesos granos de sal en el fuego, para que saltando le hiriesen: y el valeroso soldado de Cristo, como si estuviera en una cama de rosas, y flores, así hacía burla, de los que le atormentaban, y más de Daciano: el cual viéndose vencido del santo mozo, mandó, que de nuevo le echasen en una cárcel muy obscura, y que la sembrasen de agudos pedazos de tejas, y lo arrastrasen sobre ellas, para que no quedase parte de su cuerpo sin nuevo, y agudo dolor; aunque, como dice san Isidoro, no buscó Daciano el secreto, y obscuridad de la cárcel, tanto por atormentar con ella á san Vicente, cuanto por encubrir su tormento, y la pena, que tenia de verse vencido de él. Estaba el valeroso levita sobre aquella cama dura, y dolorosa, con el cuerpo muerto, y con el espíritu vivo, aparejándose para nuevos martirios, y nuevas penas, cuando el Señor, mirando á su soldado desde el ciclo, tuvo por bien de darle nuevo favor, y mostrar, que nunca desampara, á los que confían en el. Habíale regalado con la constancia, y alegría en los tormentos, y con el fervoroso deseo de sufrir más, y con la victoria tan gloriosa de sus penas: ahora quiso hacerle otro regalo mayor, librándole de ellas con espanto de sus mismos enemigos.
Descubrióse en aquella cárcel sucia, y tenebrosa una luz venida del cielo: sintióse una fragancia suavísima: bajaron ángeles á visitar al santo mártir, el cual en un mismo tiempo vio la luz, sintió el olor, y oyó los ángeles, que con celestial armonía le recreaban. Turbáronse las guardas, creyendo, que san Vicente se había huido de la cárcel; mas el santo, viéndolos así turbados: les dijo: No he huido, nó: aquí estoy: aquí estaré, entrad, hermanos, y gustad parte del consuelo, que Dios me ha enviado; que por aquí conoceréis, cuan grande es el rey, á quien yo sirvo, y por quien yo tanto padezco; y después de haberos enterado de esta verdad, decidlo á Daciano de mi parle, que apareje nuevos tormentos: porque yo ya estoy sano, y aparejado á sufrir otros mayores. Fueron los soldados á Daciano: dijéronle lo que pasaba, y quedó como muerto, y fuera de sí; y entre tanto que pensaba, lo que había de hacer, estaban los ángeles dando suavísima música al santo mártir, y haciéndole dulcísima compañía, y, como dice Prudencio, hablando de esta manera: Ea, mártir invicto, no temas; que ya los tormentos te temen á tí, y para contigo han perdido toda su fuerza. Nuestro Señor Jesucristo, que ha visto tus batallas gloriosas, te quiere ya, como á vencedor coronar: deja ya el despojo de esta flaca carne; y vente con nosotros á gozar de la gloria del paraíso.
Pasada aquella noche, mandó Daciano, que trajesen al santo mártir á su presencia: y viendo, que la crueldad y fuerza, que había usado contra él, le había salido vana; quiso con astucia y blandura tentar aquel pecho invencible, que á tantos tormentos había resistido, y comenzóle á regalar con dulces palabras, y á decirle: Muy largos, y muy atroces han sido tus tormentos: razón será, que descanses en una cama blanda y olorosa, y que busquemos medios, con que cobres la salud. No era este celo, ni caridad, ni arrepentimiento del tirano, sino una sed insaciable de sangre del mártir: queríale sanar, para atormentarle de nuevo; y darle fuerzas, para que pudiese mas sufrir. Estas son las artes, como dice san Agustín, que el mundo usa contra los soldados de Cristo: halaga para engañar: espanta para derribar: pero con dos cosas se vence el mundo; con no dejarnos llevar de nuestro apetito y propia voluntad, y con no dejarnos espantar de la crueldad ajena. Mas el glorioso mártir de Cristo, Vicente, en viéndose tendido en aquella cama blanda y regalada, aborreciendo mas las delicias, que las penas, y el regalo, que el tormento, dio su espíritu: el cual, acompañado de los espíritus celestiales, subió al cielo, y fué presentado delante del acatamiento del Señor, por quien tanto había padecido. Embravecióse sobre manera Daciano: y dejando aquella máscara de vulpeja, que había tomado, volvióse luego á la suya propia de león, y propuso vengarse del cuerpo del santo muerto; pues que no había podido vencerle vivo. Mandó echar el sagrado cuerpo á los perros y á las fieras, para que fuese despedazado y comido de ellas, y los cristianos no le pudiesen honrar. Pero ¿qué puede toda la potencia y maldad de los hombres malvados, contra los siervos de aquel Señor, que con tanta gloria suya los defiende en la vida, y en la muerte; y después de la muerte los hace triunfar, quedando sus enemigos vencidos, y confusos? Estaban los miembros de nuestro vencedor, desnudos y arrojados en el suelo, junto á un camino, y allí cerca de un monte, para que las aves del cielo, y las bestias fieras se cebasen en él: pero en viendo alguna ave de rapiña sobre el santo cuerpo, luego salía del monte un cuervo grande, y graznando y batiendo sus alas, embestía con la ave atrevida, y con el pico, uñas y alas, le daba tanta picada, que la ahuyentaba, y se retiraba, y se ponía como guarda á vista del santo cuerpo. Vino un lobo, para encarnizarse en él; mas el cuervo le asaltó y se le puso sobre su cabeza, y le dio tantas picadas y tantos alazos en los ojos, que le hizo volver más que de paso á la cueva, de donde había salido. ¡O bondad inmensa del Señor, que así sabe regalar á los suyos! ¡O omnipotencia de Dios, á quien todas las criaturas sirven! ¿Cuál fué mayor milagro, que el cuervo trajese de comer á Elías hambriento; ó que el cuervo hambriento no comiese del cuerpo muerto de Vicente; y que no solamente no comiese, mas que no dejase comer á las otras aves de rapiña, y floras hambrientas? ¡O loco furor, y furiosa locura de Daciano, dice san Agustín! El cuervo sirve á Vincencio y el lobo le reverencia; y Daciano le persigue, y no tiene vergüenza de porfiar en su maldad, y de encruelecerse más contra aquel, que las bestias fieras, olvidadas de su fiereza, procuran amparar, y defender.
Supo Daciano lo que pasaba, y dio gritos como un loco, y decía: ¡O Vicente, aun después de muerto vences, y tus miembros desnudos, y sin sangre, y sin espíritu me hacen guerra! No, no será así, y volviéndose á los sayones, y ministros de su crueldad, mandóles, que tomasen el cuerpo del santo mártir, y cosido en un cuero de buey, como solían á los parricidas, le echasen en lo más profundo del mar, para que fuese comido de los peces, y nunca jamás pareciese; pensando poder vencer en el mar, á quien no había podido vencer en la tierra; como si Dios no fuese tan señor de un elemento, como lo es del otro, y tan poderoso en las aguas, como en la tierra, y el que, como dice el real profeta, hace todo lo que quiere en el cielo y en la tierra, en el mar y en todos los abismos. Toman el cuerpo santo los impíos ministros: llévanle en un barco, tan dentro del mar, que no se veía sino agua y cielo: échanle en aquel profundo abismo, y vuélvense muy contentos hacia tierra, por haber cumplido el mandato del presidente. Mas la poderosa mano del muy alto, que había recibido en su seno el espíritu de Vicencio, cogió el cuerpo de en medio de las ondas, para que se pusiese en el sepulcro, y con tanta facilidad y presteza le trajo sobre las ondas á la orilla del mar. que cuando llegaron los ministros de Daciano, que le habían arrojado, le hallaron en ella; y asombrados, y despavoridos, no lo osaron mas tocar. Las ondas blandamente hicieron una hoya, y cubrieron el santo cuerpo con la arena, que allí estaba, como quien le daba sepultura; hasta que el santo mártir avisó á un hombre, que le quitase de allí, y le enterrase. Mas como él por miedo de Daciano estuviese tibio y perezoso en ejecutar, lo que le fué mandado; el santo apareció á una buena y devota mujer, viuda, y le reveló el lugar, donde estaba su cuerpo, y mandóle, que le diese sepultura. Hizo la mujer varonil, lo que no había hecho el hombre temeroso; y venciendo con su devoción los espantos del tirano, tomó el cuerpo, y enterróle fuera de los muros de Valencia, en una iglesia, que después se dedicó al Señor en honor del mártir.
Estas fueron las peleas, y victorias, las coronas y trofeos del gloriosísimo mártir san Vicente: el cual como dice san Agustín, tomado de aquel vino, que hace castos y fuertes, á los que le beben, se opuso al encuentro del tirano, que contra Cristo se embravecía: sufrió con paciencia las penas, y estando seguro, hizo burla de ellas, fuerte para resistir, y humilde, cuando vencía; porque sabía, que no vencía él, sino el Señor en él: y por esto, ni las láminas y planchas encendidas, ni las sartenes de fuego, ni el ecúleo, ni las uñas y peines de hierro, ni las espantosas fuerzas de los atormentadores, ni el dolor de sus miembros consumidos, ni los arroyos de sangre, ni ¡as entrañas abiertas que se derretían con las llamas, ni todos los otros exquisitos tormentos, que le dieron, fueron parte para ablandarle un punto, y sujetarle á la voluntad de Daciano. 
Brazo incorrupto de San Vicente 
conservado en la Catedral de Valencia.
Pues ¿qué es esto, sino mostrarse la fortaleza de Dios en nuestra flaqueza, para que el siervo de Dios, cuando fuere menester poner la vida por la honra de su Señor, no tema su flaqueza, sabiendo, que no ha de pelear él, sino Dios en él? Ya se acabaron la rabia de Daciano, y la pena de Vincencio; mas no acabaron la pena de Daciano, y la corona de Vincencio. ¿En qué parte del mundo no se ha derramado, y extendido la fragancia, y gloria de este martirio? ¿Dónde no resuena el nombre de Vincencio? ¿Quién hubiera oído hablar de Daciano, sino por haber leído la pasión, del que tan gloriosamente le venció? Lo cual nos debe animar á todos á la imitación de nuestro victorioso Vicente, menospreciador del tirano, vencedor de los tormentos, triunfador de la muerte, del demonio y del infierno; para que siendo particioneros de sus merecimientos, lo seamos de sus coronas y triunfos.
Murió san Vicente á los 22 de enero del año del Señor de 303. Escribió san Agustín dos sermones de este glorioso santo, y san Bernardo otro. Hacen honorífica mención de él san León papa, Prudencio, Isidoro, Metafraste, y los demás, que escriben martirologios.
FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 21 de enero de 2018

S A N T O R A L

SANTA INES, VIRGEN Y MARTIR

Imagen relacionada
No hemos agotado aún el magnífico cortejo de Mártires que nos sale al paso en estos días del año. Sebastián ayer; mañana Vicente, que lleva la victoria hasta en el nombre. En medio de estos grandes santos aparece hoy la jovencita Inés. Es una niña de trece años a quien ha dado el Emmanuel la intrepidez de ser Mártir; marcha sobre la arena con paso tan firme como el oficial romano o el diácono de Zaragoza. Si aquellos son soldados de Cristo, esta es su casta esposa. Tales son las victorias del Hijo de María. Apenas se ha revelado al mundo, cuando todos los corazones nobles corren hacia El, conforme ya lo había anunciado: "Donde estuviere el cuerpo, allí se juntarán las águilas." (S. Mateo, XXIV, 28.)
Es el fruto admirable de la virginidad de su Madre, la cual estimó en más la fecundidad del alma que la del cuerpo, abriendo un nuevo camino por el que las almas escogidas se lanzan rápidamente hacia el Sol divino, para contemplar con mirada virginal y sin celajes, sus divinos destellos; Él habla dicho:"Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (S. Mat., V, 8.)
Gloria Imperecedera de la Iglesia católica, única que posee en su seno el don de la virginidad, origen de todas las grandezas, porque nace exclusivamente del amor. Honor sublime de la Roma cristiana el haber engendrado a Inés, ángel terreno, ante cuya presencia palidecen aquellas antiguas Vestales, cuya virginidad colmada de favores y riquezas, no sufrió nunca la prueba del hierro ni del fuego.
¿Existe alguna fama que se pueda comparar con la de esta joven, cuyo nombre se leerá hasta el fin del mundo en el Canon de la Misa? Después de tantos siglos, aún quedan en la ciudad santa, huellas de sus pasos inocentes. Aquí un templo levantado sobre el antiguo circo Agonal, que nos introduce bajo bóvedas envilecidas en otro tiempo por la prostitución, y ahora embalsamadas con el perfume de la Santa. Más allá, en la Vía Nomentana, fuera de los muros de Roma, una elegante Basílica, construida por Constantino, que guarda el casto cuerpo de la virgen, bajo un altar revestido de piedras preciosas. Alrededor de la Basílica, bajo tierra, comienzan y se extienden amplias criptas, en cuyo centro descansó Inés hasta el día de la paz, junto a muchos miles de mártires que la daban guardia de honor.
Tampoco debemos pasar por alto el gracioso homenaje que todos los años tributa a la joven virgen la Santa Iglesia Romana en el día de su fiesta. En el altar de la Basílica Nomentana son colocados dos corderos, que recuerdan a la vez la mansedumbre del Cordero divino y la dulzura de Inés. Después que los bendice el Abad de los Canónigos regulares que están al servicio de aquella Iglesia, son llevados a un monasterio de religiosas, que los crían con esmero; su lana sirve para tejer los Pallium que envía el Soberano Pontífice a todos los Patriarcas y Metropolitanos del mundo católico, como símbolo esencial de su jurisdicción. De esta manera con el ornamento de lana que estos Prelados deben llevar sobre sus hombros como imagen de la oveja del buen Pastor, y que el Papa toma de la tumba de San Pedro para enviárselo, llega hasta los confines de la Iglesia el doble sentimiento de la fortaleza del Príncipe de los Apóstoles y de la virginal dulzura de Inés.
Vamos ahora a citar las páginas admirables que dedicó San Ambrosio a Santa Inés, en su libro de las Vírgenes. La mayor parte de ellas las lee la Iglesia en el Oficio de hoy; no podía aspirar la virgen de Cristo a más dulce panegirista que el gran obispo de Milán, el más elocuente y el más persuasivo de los Padres por lo que se refiere a la virginidad; pues nos dice la historia que, en las ciudades en que él predicaba, las madres encerraban a sus hijas por miedo a que renunciasen al matrimonio, inflamadas de ardiente amor a Cristo por las sugestivas palabras del prelado.
"Al ponerme a escribir un libro sobre la Virginidad, dice el gran obispo, me considero feliz comenzándole por el elogio de la virgen cuya festividad nos reúne. Celebramos la fiesta de una Virgen: tratemos de ser puros. Celebramos la fiesta de una Mártir: sacrifiquemos víctimas. Celebramos la fiesta de Santa Inés: maravíllense los hombres, no pierdan ánimo los niños, pásmense las esposas, imiten las vírgenes. Pero ¿podríamos hablar dignamente de aquella cuyo nombre encierra ya su elogio? Fué su celo mayor que su edad, su virtud superior a su naturaleza, de manera que su nombre no parece un nombre humano, si no más bien el anuncio de su martirio." Hace aquí alusión el santo obispo a la palabra cordero, de donde deriva el nombre de Inés. Dice luego que viene del griego agnos, que significa puro, y continúa así su discurso:
"El nombre de esta virgen es también un título de pureza: la celebraré, pues, como Mártir y como Virgen. Es suficiente alabanza la que no necesita ser rebuscada, porque existe por si misma. Retírese el rector, y cállese la elocuencia; una sola palabra, basta su nombre para alabar a Inés. Cántenla los ancianos, los jóvenes y los niños. Todos los hombres celebran a esta mártir, pues no pueden pronunciar su nombre sin alabarla. Refiérese que tenía trece años cuando sufrió el martirio. Crueldad inaudita la de un tirano que no respeta una edad tan tierna, pero aún más maravilloso el poder de la fe, que encuentra testigos en esa edad. ¿Habla lugar para heridas en un cuerpo tan pequeñito? A penas encontró la espada un sitio para herir en aquella niña; con todo eso, supo Inés vencer a la espada.
Es la edad en que la joven tiembla ante el mirar airado de su madre; un simple alfilerazo hace brotar sus lágrimas, como si fuera una herida. Inés, en cambio, intrépida entre las manos sangrientas de los verdugos, permanece inquebrantable en medio de sus pesadas cadenas; desconocedora aún de la muerte, pero dispuesta a morir, presenta todo su cuerpo a la punta de la espada de un fiero soldado. A su pesar, trasládanla a los altares: tiende su brazo a Cristo a través del fuego del sacrificio, y hasta en medio de las sacrílegas llamas, su mano hace la señal de la cruz trofeo de su Señor victorioso. Ofrece su cuello y sus dos manos a los hierros que la presentan, pero no son a propósito para apretar miembros tan pequeños.
¡Nuevo género de martirio! No tiene la Virgen aún la edad del tormento, y ya está madura para la victoria; no está madura para el combate, y ya es capaz de corona; tiene en contra suya el prejuicio de la edad y ya es maestra en virtudes. No camina la esposa con tanta prisa hacia el lecho nupcial, como avanza esta virgen gozosa y con paso ligero, hacia el lugar de su suplicio; ataviada no con una cabellera artificiosamente dispuesta, sino con el mismo Cristo; coronada, no de flores, sino de pureza.
Todos lloran; ella es la única que no lo hace; maravíllense de que tan fácilmente desprecie una vida que no ha gustado todavía, que la sacrifique como si la hubiera ya agotado. Todos se admiran de que sea ya testigo de la divinidad, cuando por su edad no dispone aún de sí misma. Su palabra no tendría valor en una causa humana; pero se la cree cuando da testimonio ante Dios. Efectivamente, una fortaleza que está muy por encima de la naturaleza, sólo podría venir del autor de la naturaleza.
¡Qué de amenazas empleó el juez para intimidarla! ¡cuántos halagos para ganarla! ¡Cuántos hombres la pidieron por esposa! Pero ella exclamaba: La desposada injuria al esposo, si le hace esperar. El primero que me escogió es el único que ha de poseerme.¿Por qué tardas, verdugo? Muera este cuerpo que puede ser amado por ojos que no me agradan.
Preséntase, ora, dobla el cuello. Hubierais visto temblar al verdugo como si fuera él el condenado. Movíase su mano, y su rostro estaba pálido ante el peligro ajeno, mientras la doncella veía sin temor su propio peligro. Ved, pues, un doble martirio en una sola víctima: el martirio de la castidad y el de la religión. Inés permaneció Virgen y obtuvo el martirio."
Canta hoy la Iglesia Romana unos magníficos responsorios, en los cuales declara Inés de una manera encantadora su ingenuo amor, y la dicha que tiene de ser la prometida de Cristo. Están formados con frases sacadas de las antiguas Actas de la mártir, atribuidas durante mucho tiempo a San Ambrosio.
R/. Mi esposo ha adornado mi cuello y mi mano con piedras preciosas; ha puesto en mis orejas inestimables margaritas: * Y me ha embellecido con perlas finas y deslumbrantes. — V/. Ha impreso su sello en mi rostro, para que no admita a otro amante. * Y me ha embellecido...
R/. Amo a Cristo, seré la Esposa de Aquel cuya Madre es Virgen, cuyo Padre le engendró de un modo espiritual, de Aquel que hizo ya resonar en mis oídos sus armoniosos acordes: * De Aquel a quien amando soy casta, a quien tocando soy pura, y poseyendo soy virgen. — V/. Me dió un anillo como prenda de su amor, y me adornó con un rico collar. * De aquel a quien amando...
R/. Probé la leche y la miel de sus labios: * Y su sangre colorea mis mejillas. — V/ . Me enseñó tesoros incomparables, cuya posesión me prometió. * Y su sangre colorea mis mejillas. R/. Su carne está ya unida a la mía por medio del manjar celestial, y su sangre colorea mis mejillas: * Él es quien tiene por Madre a una Virgen y cuyo Padre le engendró de un modo espiritual. — V/. Estoy unida a Aquel a quien sirven los Angeles, y cuya belleza es admirada por el sol y la luna. * Él es quien tiene...

¡Cuán dulce y fuerte es el amor de tu Esposo Jesús, oh Inés! ¡De qué manera se apodera de los corazones inocentes, para transformarlos en corazones intrépidos! ¿Qué te importaba a ti el mundo y sus goces, el suplicio y sus tormentos? ¿Qué tenías que temer de la espantosa prueba a que te sometió la crueldad del perseguidor? La hoguera, la espada no significaban nada para ti; tu amor te decía bien alto, que ninguna violencia humana sería capaz de arrebatarte el corazón de tu divino Esposo; tenías su palabra y conocías muy bien su fidelidad.
¡Oh niña, purísima en medio del cenagal de Roma, libre en medio de un pueblo esclavo! ¡qué bien se manifiestan en ti las virtudes del Emmanuel! Él es Cordero, y tú eres sencilla como El; es el León de la tribu de Judá, y como Él eres tú invencible.¿Cuál es, por tanto, esa nueva raza bajada del cielo que va a poblar la tierra? ¡Oh! ¡Cuántos siglos ha de durar la vida de esa familia cristiana nacida de los Mártires y que cuenta entre sus antepasados, héroes tan valientes, vírgenes y niños al lado de pontífices y guerreros, inflamados todos de un ardor celestial y que no pretendiendo otra cosa que salir de este mundo, después de haber depositado en él la semilla de las virtudes! de esta manera ha llegado a nosotros los ejemplos de Jesucristo por la cadena de sus Mártires. De suyo eran tan frágiles como nosotros; tenían que vencer las costumbres paganas que habían viciado la sangre de la humanidad, y no obstante eso, fueron fuertes y puros.
 Vuelve a nosotros tus ojos, oh Inés, y ampáranos. Él amor de Cristo languidece en nuestros corazones. Tus luchas nos conmueven; hasta lloramos al oír contar tu heroísmo, pero somos débiles contra el mundo y los sentidos.
Enervados por el ansia de comodidades y por una absurda atención a eso que llamamos sensibilidad, no tenemos valor frente al deber. ¿No es verdad que la santidad no es comprendida? Causa extrañeza y escandaliza; la consideramos imprudente y exagerada. Y sin embargo de eso, oh Virgen de Cristo, ahí estás tú, con tus renuncias, con tu fervor celestial, con tu sed de padecer que te lleva a Cristo. Ruega por nosotros, pecadores; crea en nosotros el sentimiento de un amor generoso y activo. Cierto que existen almas valerosas que te siguen; pero son pocas; auméntalas con tu intercesión para que el Cordero pueda tener en el cielo un cortejo numeroso.
Te presentas a nosotros, oh Virgen inocente, en los días en que nos acercamos a la cuna del divino Niño. ¿Quién sería capaz de expresar las caricias que tú le dedicas, y las que de Él recibes? Deja también que se acerquen los pecadores a ese Cordero que viene a redimirles; recomiéndales tú misma a ese Jesús que tanto amaste siempre. Condúcenos a María, la tierna y pura oveja que nos dió al Salvador. Tú que eres un fiel reflejo del suave brillo de su virginidad, alcánzanos de ella una de esas miradas suyas que hacen puros los corazones.
Ruega, oh Inés, por la Santa Iglesia, que es también la Esposa de Jesús. Ella fué la que te hizo nacer a su amor; de ella tenemos también nosotros la luz y la vida. Haz que sea cada vez más fecunda en vírgenes fieles. Ampara a Roma, donde tu sepulcro es tan glorioso. Bendice a los Prelados de la Iglesia: pide para ellos la dulzura del cordero, la solidez de la roca y el celo del buen Pastor por la oveja perdida. Ayuda, por fin, a todos cuantos te invocan; enciéndase tu amor hacia los hombres en la hoguera que abrasa al Sagrado Corazón de Jesús.
Fuente:El Año Litúrgico de Dom Próspero Gueranger

sábado, 20 de enero de 2018

S A N T O R A L

SAN FABIAN, PAPA Y MARTIR Y SAN SEBASTIAN, MARTIR

Los honores de este día recaen sobre dos grandes Mártires: el uno, Pontífice de la Iglesia de Roma; el otro, hijo de esta Iglesia Madre. Fabián recibió la corona del martirio el año 250 bajo la persecución de Decio; Sebastián en la de Diocleciano el año 288. Consideraremos por separado los méritos de ambos atletas de Cristo.


Imitando a sus predecesores San Clemente y San Antero, el Papa Fabián tuvo especial empeño en hacer redactar las Actas de los Mártires; pero la persecución de Diocleciano que hizo desaparecer un gran número de estos preciosos monumentos, nos privó del relato de sus sufrimientos y de su martirio. Sólo han llegado hasta nosotros algunos rasgos de su vida pastoral; pero podemos hacernos una idea de sus virtudes por el elogio que de él hace San Cipriano, llamándole varón incomparable, en una carta que escribió al Papa San Cornelio, sucesor de Fabián. El Obispo de Cartago alaba también la pureza y santidad de vida del Pontífice que supo dominar con frente serena las tempestades que agitaron a la Iglesia de su tiempo. Nos complacemos contemplando aquella cabeza digna y venerable, sobre la que se posó una paloma para señalar al sucesor de Pedro, el día en que se reunió el pueblo y el clero de Roma para la elección de Papa, después del martirio de Antero. Esta semejanza con el hecho de la manifestación de Cristo en el Jordán por medio de la divina paloma, hace todavía más sagrado el carácter de Fabián. Depositario del poder de regeneración que existe en las aguas después del bautismo de Cristo, fué celoso propagador del cristianismo, y la Iglesia de las Galias tiene que reconocer en muchos de sus principales fundadores, a los Obispos que el consagró para anunciar la fe en distintos países.


De esta manera transcurrieron, oh Fabián, los días de tu Pontificado, largos y tempestuosos. Presintiendo la futura paz que Dios reservaba a su Iglesia, no consentiste que se perdieran para los siglos venideros los grandes ejemplos de la era de los mártires, y por eso trató, tu solicitud de conservarlos. Gran parte de los tesoros por ti reunidos para nosotros, fueron pasto de las llamas; apenas si nos es dado reunir algunos detalles de tu propia vida; pero sabemos lo suficiente para alabar a Dios por haberte escogido en tan difíciles tiempos, y para celebrar hoy el triunfo glorioso logrado por tu constancia. La paloma que te señaló como elegido del cielo al posarse
sobre tu cabeza, te eligió por Cristo visible de la tierra, preparándote para las solicitudes y el martirio, e indicando a toda la Iglesia que debía reconocerte y escucharte. ¡Oh Santo Pontífice, ya que en esto fuiste semejante al Emmanuel en su Epifanía, ruégale por nosotros para que se digne manifestarse más y más a nuestras almas y corazones!
* * *
Coloca Roma a la cabeza de sus glorias y después de los Apóstoles Pedro y Pablo, a dos de sus valientes mártires, Lorenzo y Sebastián, y a dos de sus más ilustres vírgenes, Cecilia e Inés. Pues bien, el tiempo de Navidad reclama una parte de esta noble corte para hacer los honores a Cristo recién nacido. Lorenzo y Cecilia aparecerán a su vez acompañando a otros misterios; el día de hoy, Sebastián, el jefe de la guardia pretoriana es llamado a prestar servicio junto al Emmanuel; mañana será admitida Inés al lado del Esposo a quien dedicó todas sus preferencias.
Imaginémonos a un joven, rompiendo todos los lazos que le ataban a Milán su patria, por el único motivo de que allí no arreciaba la persecución con tanta fiereza, mientras que en Roma la tempestad bramaba violentamente. Teme por la constancia de los cristianos, y sabe que en distintas ocasiones los soldados de Cristo, cubiertos de la armadura de los soldados de César, se introdujeron en las prisiones y animaron el valor de los confesores. Es la misión que ambiciona, en espera del día en que él mismo pueda alcanzar la palma. Acude, pues, en ayuda de aquellos a quienes habían quebrantado las lágrimas de sus padres; los carceleros afrontan el martirio, cediendo al imperio de su fe y de sus milagros, y hasta un magistrado romano solicita ser instruido en una doctrina que comunica tanto poder a los hombres. Colmado de distinciones por Diocleciano y Maximiano Hércules, dispone Sebastián en Roma de una influencia tan favorable al cristianismo, que el Papa Cayo le proclama Defensor de la Iglesia.
Por fin, después de haber enviado innumerables mártires al cielo, el héroe consigue también la corona, objeto de sus deseos. Cae en desgracia de Diocleciano por su valiente confesión, pero prefiere la gracia del Emperador celestial a quien únicamente servía bajo el casco y la clámide. Entréganle a los arqueros de Mauritania, quienes le despojan, encadenan y traspasan con sus flechas. Y aunque le devuelven a la vida los piadosos cuidados de Irene, es sólo para expirar bajo los golpes, en un hipódromo contiguo al palacio de los Césares.
Así son los soldados de nuestro Rey recién nacido; pero, ¡con qué esplendidez son por El recompensados! La Roma cristiana, capital de la Iglesia, se levanta sobre siete Basílicas principales, como la antigua Roma sobre siete colinas: uno de estos siete santuarios se honra con el nombre y la tumba de Sebastián. La Basílica de Sebastián se asienta en la soledad, fuera de las murallas de la ciudad, sobre la Vía Apia; guarda también el cuerpo de San Fabián, pero el honor principal de este templo es para el soldado que quiso ser enterrado en este lugar, como fiel guardián de los cuerpos de los Santos Apóstoles, junto al pozo donde fueron ocultados durante muchos años para sustraerlos a las pesquisas de los perseguidores.
Como recompensa al celo de San Sebastián por la salvación de las almas que con tanto cuidado trató de preservar del virus del paganismo, Dios le concedió ser abogado del pueblo cristiano contra el azote de la peste. Este poder del santo Mártir se experimentó en Roma desde el año 680, en el Pontificado de San Agatón

Oh valeroso soldado del Emmanuel, ahora descansas a sus plantas. Mira desde lo alto del cielo a la cristiandad que celebra tus triunfos. En este período del año apareces como fiel guardián de la cuna del Niño divino; el cargo que ejercías en la corte de los príncipes de la tierra lo desempeñas ahora en el palacio del Rey de reyes. Dígnate elevar hasta allí y presentar nuestros votos y oraciones.
¡Con cuánto agrado acogerá el Emmanuel tus peticiones, pues con tanto fervor le amaste! En tu ardor por derramar tu sangre en su servicio, no te bastó una palestra ordinaria; necesitabas ir a Roma, aquella Babilonia ebria de la sangre de los Mártires, como diría San Juan. Y no es que quisieras solamente subir rápido al cielo; tu celo por tus hermanos te tenía preocupado por su constancia. Complacíaste penetrando en las mazmorras, donde entraban todos destrozados por los tormentos, y allí acudías a animar su generosidad vacilante. Diríase que tenías orden de formar la milicia del Rey celestial, y que no debías entrar en el cielo si no en compañía de los guerreros escogidos por ti para la guardia de su persona. Por fin ha llegado el momento de pensar en tu propia corona; ha sonado la hora de la confesión. Pero, para un atleta como tú, oh Sebastián, no basta un solo martirio. En vano han gastado sus flechas los arqueros en tus miembros; la vida no se va de tu cuerpo; la víctima queda dispuesta para el segundo sacrificio. Así eran los cristianos de los primeros tiempos, y nosotros somos hijos suyos. Atiende, pues, oh guerrero del Señor, a la extremada flaqueza de nuestros corazones, donde languidece el amor de Cristo; ten piedad de tus últimos descendientes. Todo nos asusta, todo nos abate, y con mucha frecuencia somos enemigos de la cruz, aun sin darnos cuenta. No debemos echar en olvido, que no podremos habitar al lado de los Mártires si nuestros corazones no son generosos como los suyos. Somos cobardes en la lucha con el mundo y sus vanidades, con las inclinaciones de nuestro corazón, y el instinto de los sentidos, y después que hacemos con Dios una paz fácil, sellada con la garantía de su amor creemos que ya no tenemos otra cosa que hacer, sino caminar suavemente hacia el cielo, sin pruebas y sacrificios voluntarios. ¡Oh Sebastián, líbranos de semejantes ilusiones! despiértanos de nuestro letargo; y para lograrlo aviva el amor que duerme en nuestros corazones.
Protégenos contra la peste del mal ejemplo y contra el influjo de las ideas mundanas que se deslizan bajo la falsa apariencia de cristianismo. Haznos celosos de nuestra santificación. Cautos contra nuestras malas inclinaciones, apóstoles de nuestros hermanos, amigos de la cruz, y despegados de nuestro propio cuerpo. En virtud de las flechas que atravesaron tus miembros, aleja de nosotros los dardos que nos lanza el enemigo en la oscuridad.
Ármanos, oh soldado de Cristo, con la armadura de que nos describe el gran Apóstol en su Epístola a los Efesios (VI, 13-17); coloca sobre nuestro pecho la coraza de la justicia, que le protegerá contra el pecado; cubre nuestra cabeza con el casco de la salud, es decir, con la esperanza de los bienes futuros, esperanza que dista igualmente de la desconfianza y de la presunción; pon en nuestro brazo el escudo de la fe, duro como el diamante, contra el que vengan a chocar las tentaciones del enemigo, cuando trate de invadir nuestro espíritu para seducir nuestro corazón; pon, finalmente, en nuestra mano la espada de la palabra divina, con la que venceremos todos los errores y cortaremos todos los vicios; porque el cielo y la tierra pasan, pero la Palabra de Dios queda como regla y esperanza nuestra.

Defensor de la Iglesia, llamado así por boca de un santo Papa mártir, levanta también ahora tu espada para defenderla. Derriba a sus enemigos, descubre sus pérfidos planes; danos la paz que tan raras veces disfruta la Iglesia, y que le sirve para prepararse a nuevos combates. Bendice a las armas cristianas cuando tengan que entrar en lucha contra enemigos externos. Ampara a Roma que venera tu sepulcro; salva a Francia que durante mucho tiempo se glorió de poseer una parte de tus sagrados restos. Aleja de nosotros el azote de la peste y las enfermedades contagiosas; escucha la voz de los que, todos los años, te solicitan la conservación de los animales que el Señor dió al hombre para que le ayuden en sus trabajos. Finalmente, asegúranos por tus oraciones, el descanso de la vida presente, pero sobre todo los bienes eternos.

Fuente:El Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranger