domingo, 30 de agosto de 2026

S A N T O R A L



Santa Rosa de Lima

Y la vocación del Perú

«Nació Rosa en Abril, mes de las flores, y en Lima, que su azahar cambió en rubíes, pues por darla en la Patria más estima, no pudiendo en el Cielo, nació en Lima» (Don Antonio de Oviedo, Conde de la Granja).
Pablo Luis Fandiño

Rosa de Santa María, la primera flor de santidad del Nuevo Mundo, nació en
la Ciudad de los Reyes el 20 de abril de 1586. Fueron sus padres Doña María de Oliva, criolla limeña de ascendencia española, y Don Gaspar Flores, de familia de hidalgos españoles, el mejor “Gentilhombre de la Compañía de Arcabuzes de la Guarda deste Reyno”, que sobresalió tanto por sus hechos de armas como por su cultura (fue intérprete general del quechua para la Real Audiencia). 
Rosa fue bautizada en la iglesia de San Sebastián —donde recibió también el agua bautismal San Martín de Porres— con el nombre de Isabel, en atención a su abuela materna. Sin embargo, Santo Toribio de Mogrovejo, en el curso de una de sus legendarias visitas pastorales, al administrarle el sacramento de la Confirmación en Quives, movido por una inspiración sobrenatural le impondría el nombre de Rosa. Así la llamaba su madre, a raíz de un prodigio ocurrido a los tres meses de nacida. Estando en su cuna, al levantar el velo que la cubría para cerciorarse si estaba dormida, vio con asombro el rostro de la niña de tal manera transformado, que parecía una rosa hermosísima. 

Pasados los años se entristecía “de ver que la llamasen Rosa, por ser un nombre célebre, y de mucha hermosura y belleza”. Su actitud cambió cuando Gonzalo de la Maza le dio a leer la vida de la virgen franciscana Santa Rosa de Viterbo. Pero la situación quedó definitivamente zanjada cuando, estando ante la Virgen del Rosario, Nuestra Señora le dio a entender que su Hijo gustaba que se llamase Rosa y Ella, de Santa María.
A este respecto comenta el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira: “Tengo la impresión de que Santa Rosa de Lima se llamó Rosa por una coincidencia providencial. Y que ella es una rosa en el conjunto de los Santos del Perú, así como el Perú es una rosa en el conjunto de las naciones hispanoamericanas. Ella es un símbolo de una perfección espiritual, pero también un símbolo de la vocación del Perú”, que el gran líder católico resumía en la trilogía Grandeza–Señorío–Santidad.
Es precisamente la grandeza contemplativa, el sentido de la Causa católica en su conjunto, lo que más trasluce en la espiritualidad de Rosa.

Forjando su vocación

A la edad de cinco años se propuso jamás ofender a Dios mortalmente, hizo voto de virginidad y empezó a menospreciar las cosas del mundo. Fue virgen que, aunque tentada violentamente por el demonio —a quien llamaba “el sarnoso”— nunca le dio entrada, y para estas materias mortificó su cuerpo.
Llegada Rosa a la edad juvenil, la lucha por la santidad comenzó por donde menos debía esperarse y por donde más es de temerse. Su misma familia, y lo que sorprende más, su propia madre, fueron los que más encarnizadamente la combatieron. Las manifestaciones de la extraordinaria vida mística y ascética de su hija, doña María las achacaba a manías, ilusión o fanatismo devoto; y si recapacitaba, muy pronto la pasión y el mal humor que la dominaba volvían a cegarle, echando por tierra sus buenos propósitos.
“Una señora viuda muy rica, y muy noble ajustó con la madre de nuestra santa
el matrimonio de un hijo único que tenía; mas propuesto el contrato a Rosa, se
negó enteramente a ello, por estar entregada su virginidad al Dios de toda pureza;
de donde se originaron todas las persecuciones de su madre, y demás familia”
Desde muy niña Rosa había rogado a su divino Esposo le concediera tres favores: que sus penitencias no fuesen vistas; que las mercedes que Dios le hacía no fuesen conocidas por los hombres; y, que se mitigase el color de su rostro “porque no parecía sino una Rosa”.
Tuvo desbordante caridad para con sus prójimos, compadeciéndose de sus necesidades espirituales y materiales. Pero en particular se compadecía de las miserias públicas donde Dios Nuestro Señor era ofendido. Rezaba siempre por el estado de la Santa Iglesia Católica, por las almas del Purgatorio, por la conversión de los infieles y pecadores, y por la ciudad de Lima. También por sus padres espirituales y corporales, por las personas que se encomendaban a sus oraciones, y por las que tenía alguna obligación.
En más de una oportunidad la Providencia impidió que Rosa ingresara en alguno de los conventos de clausura que a la sazón comenzaban a poblar Lima. Así entendido, a los veinte años se hizo Terciaria Dominica con el nombre Rosa de Santa María. Para abstraerse del mundo, ayudada por su hermano Francisco, construyó con sus propias manos una ermita de adobe, que se conserva en el huerto posterior de la casa en que nació.

Desposorio místico

La santa limeña fue devotísima de la Virgen del Rosario, quien le enseñaba, consolaba y visitaba junto con su Santísimo Hijo. Su imagen, existente en la iglesia de Santo Domingo, cambiaba de rostro cada vez que le solicitaba algún favor y le significaba los sucesos futuros del reino. Fue a sus plantas que recibió una de las mayores mercedes que obtuvo del Cielo, el Domingo de Ramos de 1615. Los religiosos repartieron todas las palmas que habían bendecido y no alcanzó para Rosa, quien quedó entristecida; pero enseguida, volviéndose a la sagrada imagen, arrepintiéndose de tal sentimiento por cosa de tan poca importancia, pidió perdón y dijo: “Señora mía, no quiero palmas de hombres, espero recibir la que por intercesión vuestra me ha de dar mi Señor Cristo”. Y continuando en oración vio que el rostro de Nuestra Señora estaba alegrísimo y el del Niño más aún, el cual mirándola le dijo: “Rosa de mi Corazón, sé mi esposa”. La santa, humillándose grandemente respondió: “Señor aquí esta vuestra esclava”. Rosa iniciaba, así, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en el Perú.
Volvió a casa con este pensamiento y determinó hacer un anillo, señal del desposorio. Confidenciando esto con un hermano suyo, pidió que se grabase un corazón y un Jesús, a lo que su hermano completó: “Y una frase que diga: «Rosa de mi Corazón, sé mi esposa»”, lo que la llenó de gozo al ver que éste repetía las mismas palabras del Niño sin haberlas oído. Hecho el anillo, después de hacerlo colocar en el sagrario durante los días de Semana Santa, la mañana de Pascua lo recibió de manos del Padre Maestro Fray Alonso Velásquez. 

Defensora de la Eucaristía, misionera e hija ejemplar de la Contrareforma

Cuando los calvinistas holandeses se aproximaron a las costas del Callao en julio de 1615 cundió la alarma en Lima y mientras los frailes dominicos fueron a tomar las armas, el Santísimo Sacramento quedó sin protección alguna en la Iglesia de Santo Domingo. Entonces, Rosa, “convertida en leona” se remangó las mangas y cortó los hábitos “para con más ligereza poder subir al altar” proponiéndose “luchar y morir por el divino Sacramento”. 
Con frecuencia, decía Rosa a sus confesores: “Oh, quién fuese hombre, sólo para ocuparme en la conversión de las almas”, exhortando a los predicadores a la conversión de los indios idólatras. Y concertó con Fray Pedro de Loayza a que si él le daba la “mitad de las almas que por sus sermones se convirtiesen o enmendasen”, ella le daría la mitad “de todas cuantas buenas obras hiciese”. El celo catequizador la llevó al extremo —poco antes de morir— de adoptar un niño de un año para que tras haberlo educado fuese misionero.

Por eso, al fundarse en 1725 el convento franciscano de Ocopa, se tomó a Rosa por patrona. Este centro misionero amazónico materializaba el celo evangelizador de Rosa cuando ésta “ponía los ojos en los montes que ocupaban lo interior de la América, y sentía en sus entrañas que, pasadas las nevadas cumbres de aquellos ásperos collados y montañas inaccesibles, existían muchas almas que no conocían a Jesús”. 
Testifican los confesores de Rosa, que tuvo singular don del cielo para discernir espíritus y conocer, entre tantas revelaciones y visiones que tuvo, cuáles eran de Dios y cuáles eran del patrón “sarnoso”.

Oyendo decir a algunas personas que querían ir al Purgatorio por toda la vida, sólo por ver a Dios, Rosa decía que era algo bueno, pero que ella no quisiera sino ir luego al Cielo, que para esto la había creado Dios.
Santa Rosa defendiendo la Eucaristía, anónimo, escuela cusqueña, s. XVIII — Museo de Osma, Lima

Santa muerte y posterior glorificación

Desde que cayó enferma supo que se había de morir y así se lo decía a todos. Viendo llorar a su madre, María de Oliva, le dijo: “No llore, madre mía, ni derrame lágrimas, porque las lágrimas valen mucho y sólo por los pecados se han de derramar”. 
Los tormentos de la agonía final de Rosa repitieron la Pasión del Calvario. Sus dolores sobrenaturales se asemejaban a una lanza de fuego que la atravesaba de pies a cabeza. “Dónde estas Señor mío, bien mío, regalo mío; cómo no te veo” murmuraba Rosa en su lecho de muerte haciendo suyas las palabras de Cristo en la Cruz, para añadir después “cúmplase Señor en mí tu santísima voluntad”. Así llegó al último trance, para el cual toda la vida se había prevenido y diciendo: “Jesús, Jesús, sea conmigo” expiró y entregó su alma a Dios, en la madrugada del 24 de agosto de 1617, fiesta de San Bartolomé. Al morir, su boca —como la de Cristo— estaba cubierta de sangre y su faz parecía “un vivo retrato de ... Nuestro Señor en la Cruz”. 
Tan sólo a la vista de su venerable cadáver, los pecadores se confesaban a voces llenando los “confesionarios de lágrimas” y las “casas de modestia”. “Desde unas frías cenizas, y unos áridos huesos, sin voz, y sin lengua mudos”, completa Mujica “esta santa fue el predicador más eficaz que trastocó los cimientos mismos de la sociedad, reformando las conciencias del reino, los trajes y costumbres de toda la ciudad”.
Su entierro fue apoteósico. Multitudes de gentes llenaron plazas, calles y azoteas. Concurrieron el Arzobispo Lobo Guerrero y los representantes del Cabildo de la Iglesia Metropolitana, los Magistrados y oidores de la Audiencia de Lima, que sólo hacían acto de presencia a la muerte de un virrey. Antes de ser sepultado, su venerable cadáver fue vestido seis veces por el fervor generalizado de obtener reliquias. Tenía su cuerpo yaciente una singular belleza. Rosa no parecía muerta sino dormida. Tras retirarse el arzobispo, y a pesar de la vigilancia, algún devoto “con ocasión de besarle los pies le arrancó un dedo con los dientes”. Los fragmentos de los hábitos, las hojas de palma de su túmulo, las partículas de su escapulario y velo, el polvo y astillas de su sepulcro y ermita, se repartieron por todo el Perú empezando a curar enfermedades y a obrar numerosos milagros.
Como fue previsto por Rosa, su ejemplo cundió, cinco años después de su muerte se fundó el Monasterio de Santa Catalina, y sobre el solar de su protector don Gonzalo de la Maza, donde se refugió de la persecución que desató su familia contra ella, se levantó más adelante el Monasterio de Santa Rosa de las Monjas.
Clemente X, en su Bula de Canonización (1671), puntualizaba cómo esta santa era “una Rosa de muy suave olor a Dios, a los ángeles y a los hombres... y la primera que el Nuevo Mundo ha de poner en el catálogo de los santos... y de tal manera le inflamó con el fuego de su caridad, que no sólo recreó con su olor, sino que brilló con luz esplendente en aquella parte de la Casa de Dios que estaba en las tinieblas, para que resplandeciese como el lucero de la mañana entre las tinieblas, como la luna en su plenitud en nuestros días y como el sol refulgente en perpetuas eternidades”.

El Perú está en deuda con la Patrona de América y las Filipinas

No es el Perú actual ni un pálido reflejo de aquel Perú que Santa Rosa de Lima anhelaba y por el que tanto oró y sufrió. En el campo espiritual se asemeja a un país que permanece católico apenas por influjo de la inercia. Materialmente aún no se ha logrado un monumento que perennice la memoria de nuestra santa como le es debido. Sus veneradas reliquias son constantemente profanadas por manos sacrílegas sin que se eleven voces de protesta, salvo aisladas, ni se efectúen actos de desagravio y reparación ante tan monstruosos hechos. 
Años atrás fue robado del Santuario de la Av. Tacna el anillo que la santa mandara forjar para simbolizar su desposorio místico con Jesús; y, más recientemente, afectado el relicario y sustraídas las piezas de valor que contienen sus restos y que sostenían su cráneo, en el altar de los santos peruanos al interior de la Iglesia de Santo Domingo.
Entierro de Santa Rosa, anónimo, escuela cusqueña, s. XVIII — Monasterio de Santa Rosa de las Monjas, Lima

Suscite Dios, con la intercesión de Santa Rosa y por las manos de María, en este mundo de impiedad vírgenes consagradas al Señor, que a ejemplo e imitación de esta alma de admirable santidad, alcancen para el Perú la Divina Misericordia y el remedio de los males que aquejan a nuestra Nación, de modo que la realeza de la Santísima Virgen llegue a ser un hecho entre nosotros. Es lo que pedimos de rodillas ante la imagen de Nuestra Señora del Rosario.

Oración que rezaba Santa Rosa

(su confesor daba por seguro que era composición suya)


“Señor mío, Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador y Redentor mío, a mí me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas. Dios mío y verdadero esposo de mi alma y alegría de mi corazón, yo, os quiero amar, benignísimo Jesús, con aquel perfectísimo amor, eficacísimo amor, incontrastable amor, invencible amor, que todos los cortesanos del Cielo os aman, y más os quisiera amar, Dios de mi corazón y de mi vida. Quisiera amar, regalo mío, tanto como la Santísima Virgen os ama, y más os quisiera amar, salud y alegría mía y de mi alma. Quisiera amar tanto a vos, Dios mío, como Vos os amáis. Abráseme yo, consúmame yo, en fuego de divino amor, benignísimo Jesús”.
Obras consultadas.-
  • Fray Pedro de Loayza O.P., Vida de Santa Rosa de Lima, Ed. P. Joaquín Barriales O.P., Santuario de Santa Rosa, Lima, 1985.
  • Fray Victorino Osende O.P., Santa Rosa de Lima, La Pluma Fuente, Lima, sin fecha.
  • Ramón Mujica Pinilla, El ancla de Rosa de Lima: Mística y Política en torno a la Patrona de América, apud. Santa Rosa de Lima y su tiempo, Banco de Crédito del Perú, Lima, 1995.

Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-26-santa-rosa-de-lima-rosa-de-santa-maria-rosa-flores-de-oliva

sábado, 29 de agosto de 2026

S A N T O R A L

LA DEGOLLACION DE SAN JUAN BAUTISTA


EL RELATO EVANGÉLICO


"En aquel tiempo envió Herodes y prendió a Juan y le metió en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano Felipe, con la cual se había unido. Porque Juan le decía: No te es lícito tener lia mujer de tu hermano. Y Herodías le acechaba y quería matarle, pero no podía. Pues Herodes sentía respeto por Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo: y le protegía y hacía muchas cosas que le oía y le escuchaba con gusto. Y, llegado el día oportuno, Herodes, para celebrar su cumpleaños, dió una gran comida a los príncipes y a los tribunos y primates de Galilea. Y, entrando la hija de la misma Herodías, bailó y agradó tanto a Herodes y a los convidados, que dijo el rey a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y la juró: Todo lo que me pidas te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino. Y, saliendo ella afuera, dijo a su madre: ¿Qué pido? Y ella le dijo: La cabeza de Juan Bautista. Y, habiendo entrado luego con presura al rey, le pidió diciendo: Quiero que me des al punto en un plato la cabeza del Bautista. Y se entristeció el rey; pero, por el juramento y por los demás convidados, no quiso contristarla; y, enviando a un guardián, le ordenó que trajese la cabeza en un plato. Y le degolló en la cárcel. Y trajo su cabeza en un plato. Y se la dió a la muchacha y la muchacha se la dió a su madre. Oído lo cual, fueron sus discípulos y recogieron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro".

ENSEÑANZA DE LOS SANTOS PADRES


Así, pues, terminó el mayor entre los nacidos de mujer, sin testigos, en la prisión de un tiranuelo, siendo víctima de la más vil de las pasiones y el precio de una bailarina. La Voz del Verbo prefirió morir a guardar silencio ante el crimen, aun en el caso de no tener esperanza de corregir al culpable; prefirió morir antes que renunciar a su libertad en hablar, aunque tuviese que vivir encadenado.
Hermosa libertad la de la palabra, según la expresión de San Juan Crisóstomo, cuando es en realidad la misma libertad del Verbo de Dios, cuando por ella no se interrumpe el vibrar aquí abajo de los ecos de los collados eternos. Entonces sí que es un escollo para la tiranía, a la vez que salvaguardia del mundo, de los derechos de Dios y del honor de los pueblos de los intereses del tiempo y de la eternidad. La muerte no puede triunfar sobre ella; al asesino impotente de Juan Bautista, a todos los que le quieran imitar, les repetirán mil bocas contra una, hasta el fln de los tiempos, en todas las lenguas y en todas partes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.
"¡Grande y admirable misterio!, exclama por su parte San Agustín. Es necesario que él crezca y que yo disminuya decía San Juan, decía la Voz que personificaba a las voces que la precedieron anunciando como él a la Palabra del Padre encarnada en su Cristo. Toda palabra, en cuanto significa una cosa, permanece inmutable y una en la mente que la concibe, aunque puedan ser múltiples las palabras que la dan cuerpo externamente, las voces que la propagan, las lenguas a que se traduce. A quien conoce la palabra, las fórmulas y la voz resultan inútiles. Voz fueron los Profetas, voz los Apóstoles; voz en los Salmos, voz en el Evangelio.
"Pero llega la Palabra, el Verbo que existía en el principio, el Verbo que estaba en Dios: cuando le veamos como él es, ¿oiremos todavía recitar el Evangelio? ¿Escucharemos a los Profetas?.Leeremos las Epístolas de los Apóstoles? La voz desfallece cuando crece el Verbo... No quiere eso decir que en sí mismo el Verbo disminuya o aumente. Pero se dice que crece en nosotros cuando en realidad somos nosotros los que crecemos en El. Por consiguiente, las palabras son menos útiles a los que se acercan a Jesucristo, a los que hacen progresos en la contemplación de la Sabiduría; y es necesario que poco a poco vayan las palabras desapareciendo. De este modo va decreciendo el ministerio de la voz, a medida que el alma va acercándose al Verbo; por eso es necesario que Cristo crezca y que Juan disminuya. Eso indican también la degollación de Juan y la exaltación de Cristo en la Cruz, como vemos sucedió en sus fechas de nacimiento; pues, a partir del nacimiento de Juan disminuyen los días, y van aumentando desde la fecha del nacimiento del Señor".


LA ELECCIÓN DE ESTA FIESTA


Lección útil la que se da a los guías de almas por los senderos de la vida perfecta. Si, desde un principio, deben respetuosamente observar la acción de la gracia en cada una de ellas, para coadyuvar a la obra del Espíritu Santo y no imponerse a El; del mismo modo es necesario, que a medida que las almas progresan, eviten ellos el obstruir al Verbo con la abundancia de su propia palabra. Contentos entonces de haber conducido a la Esposa hasta el Esposo, saben decir con Juan: Es necesario que El crezca y yo disminuya.
Y ¿por ventura no nos insinúa la Liturgia una lección parecida, al verla en los días siguientes como moderando sus propias enseñanzas con la disminución del número de fiestas y la ausencia prolongada de las grandes solemnidades, que no reaparecerán ya hasta noviembre? No tiene otras pretensiones la escuela de la Liturgia sino de la de disponer al alma de modo más seguro y perfecto, mejor que ninguna otra escuela, al magisterio interior del Esposo. La Iglesia querría, como Juan, si fuese posible, dejar siempre hablar a Dios solo; al menos, ya hacia el fin del camino, la gusta ir moderando su voz, porque desea dar ocasión a sus hijos a que demuestren que saben escuchar dentro de sí mismos a Aquel que para ella y para ellos es el único amor. A los intérpretes de su pensamiento toca comprenderlo bien.

Este relato evangélico hace también notar lo extraordinaria que es la vocación de Juan. "Enseña al cristiano que debe confesar la verdad y saber morir por ella, aun en el caso de que su palabra no sea escuchada y a juicio de los hombres su muerte no sirva de nada. Dios puede malgastar de modo aparente sus bienes: todo es de Él; con sus profetas y sus santos, puede hacer gala de su soberanía absoluta; la verdad sólo necesita de nuestro testimonio".

La fiesta de la Degollación de San Juan Bautista puede considerarse como uno de los jalones del Año Litúrgico del modo que acabamos de exponer. Los griegos la tienen por fiesta de guardar. Se prueba su gran antigüedad en la Iglesia latina por la mención que de ella se hace en el Martirologio que llaman de San Jerónimo y el lugar que ocupa en los Sacraméntanos gelasiano y gregoriano. La muerte santa del Precursor sucedió cerca de la fiesta de Pascua; para honrarle con más libertad se escogió este día, que recuerda también el descubrimiento de su gloriosa cabeza en Emesa.

LAS RELIQUIAS


De Maqueronte al otro lado del Jordán, en donde su maestro consumó el martirio, los discípulos de Juan llevaron su cuerpo a Sebaste, la antigua Samaría, fuera de las fronteras de Antipas; pues era urgente librarle de las profanaciones que Herodías no escatimó a su augusta cabeza. 
La venganza de la desgraciada no se consideró, en efecto, satisfecha hasta que pudo clavar un alfiler de su cabellera, en la lengua que no había temido reprocharla su desvergüenza. En tiempo de Juliano el Apóstata, los paganos quisieron completar su obra, al invadir el sepulcro de Sebaste para quemar y dispersar los restos del Santo. Pero este sepulcro vacío continuaba siendo el terror de los demonios, como lo confirmaba Santa Paula religiosamente conmovida unos años más tarde. Salvada la mayor parte de todas estas preciosas reliquias, se extendieron por Oriente. Principalmente en la época de las Cruzadas vinieron a nuestras regiones, donde son la gloria de muchas iglesias.
Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

viernes, 28 de agosto de 2026

S A N T O R A L

San Agustín de Hipona

Doctor de la Iglesia, columna inconmovible de la verdad

Uno de los mayores genios de la humanidad, denominado por los escritores eclesiásticos Maestro de la Teología, Escudo de la Fe y Flagelo de los herejes, entre otros títulos
Plinio María Solimeo

Adolescente, se hunde en los vicios

El triunfo de San Agustín, de Claudio Coello. Museo del Prado, Madrid
La brillante inteligencia de Agustín y su fiel memoria le predisponían mucha facilidad para los estudios. Ese hecho inclinó a su padre, cuando Agustín terminó los estudios en Tagaste y Madaura, a pensar en mandarlo a Cartago, la capital romana del norte de África, donde podría proseguir su formación intelectual y llegar a ser un reputado jurista. 
El año que Agustín pasó esperando que su padre reuniese el dinero suficiente para ello, fue funesto para él. Estaba en la exuberancia de sus dieciséis años, lleno de vida y quimeras, y se perdió moralmente debido a la influencia deletérea de malos compañeros, que llevaban una vida disoluta. Declara San Agustín en su inmortal obra Confesiones: “Hubo un tiempo en mi adolescencia en que me abrasé en deseos de hartarme de las cosas más bajas. Tuve asimismo la audacia de liarme en la espesura de amores diversos y sombríos. Quedó quebrantada mi hermosura y me convertí en un ser infecto ante tus ojos [oh Dios], por darle gusto a los gustos personales y por desear quedar bien ante los ojos de los hombres.¹
Llegando al fin a la famosa Cartago, a los diecisiete años, pronto se unió a la turbulenta mocedad académica de la ciudad. Inició en su curso de retórica el estudio de Virgilio, poetas y escritores latinos. Descubrió en Cicerón la atracción de la filosofía, y a ella se entregó con ardoroso fervor. A los diecinueve años se unió en relación pecaminosa con una doncella, con quien vivirá quince años, rompiendo aquel vínculo perverso sólo al convertirse. Ella le dio un hijo, Adeodato.

Seducido por la herejía maniquea


En busca de la vana curiosidad, “vine a caer en manos de unos hombres sumamente orgullosos, superficiales y charlatanes a más no poder. En su boca sólo había trampas diabólicas y una especie de cinta pegajosa hecha a base de las sílabas de tu nombre [Dios], del de Nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu Santo Paráclito, consolador nuestro”.² Eran los herejes maniqueos. Agustín se volverá uno de sus ardientes defensores, pervirtiendo para la secta a varios amigos católicos. Durante nueve años permanecerá en sus redes.
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Las lágrimas de Santa Mónica compraron
 la conversión de su hijo, San Agustín

El año 375, habiendo terminado sus estudios, volvió a Tagaste, donde enseñó con éxito gramática y retórica. Como se obstinaba en la herejía, su madre no quiso acogerlo en casa. Habiendo sin embargo consultado a un obispo al respecto, éste la aconsejo de recibirlo, diciendo que un hijo de tantas lágrimas no podía perderse. Mientras tanto, luego de la muerte de un amigo muy íntimo, para olvidar el dolor, Agustín volvió a Cartago, donde continuó enseñando retórica con el mismo brillo.
A pesar de ser maniqueo, Agustín tenía muchas dudas a respecto de lo que le era enseñado por la secta. Pero todos le decían que su “obispo”, Fausto, respondería maravillosamente a todas sus objeciones. Pues bien, en 378, Fausto fue a Cartago. Éste, a pesar de tener palabra fácil y verbosidad atrayente, terminó reconociendo que no tenía respuestas para las indagaciones de Agustín. Con ello, “todos los proyectos que me había forjado acerca de mi promoción personal en la secta que se vinieron abajo. Sin embargo, no rompí del todo. Al no encontrar otra cosa mejor que aquellas doctrinas en que me había precipitado un poco a lo loco, tomé la resolución de quedarme de momento en la secta hasta que apareciera algo mejor”.³ Y ese algo él lo encontrará, no en Cartago, sino en Milán.

Rumbo a la conversión y a la santidad

A los 29 años, aún inquieto en busca de la verdad por la cual aspiraba, Agustín resolvió ir a Italia. En Roma enseñó retórica, pero acabó trasladándose a Milán. Allá, su madre fue a vivir con él. 
“La lectura de las Epístolas de San Pablo, la influencia de su madre, Mónica, y del obispo de Milán, Ambrosio, lo llevaron a reaproximarse de los cristianos. Como él lo narra en sus Confesiones, después de los zarandeos de sus vacilaciones vive un momento intenso de dilaceración interior. Tal compunción lo decide a convertirse”.4 
Pero ese proceso de conversión duró tres años. Al fin, en la víspera de la Pascua del año 387, es bautizado por San Ambrosio juntamente con su hijo Adeodato y varios discípulos. Después del bautismo, Agustín resolvió regresar a África. En Ostia, cerca de Roma, tiene lugar el famoso éxtasis en que él y su madre son arrebatados cuando consideraban la vida futura. Poco antes había fallecido su hijo, a los quince años de edad. Y Santa Mónica pronto lo sigue a la tumba. “No hay páginas en toda la literatura que alberguen un sentimiento más exquisito que la historia de su santa muerte y del dolor de Agustín [Confesiones, IX]”.5 Nuevamente en Tagaste, vivió retirado del mundo durante tres años, en comunidad religiosa con sus amigos, en oración, estudios y penitencias.

Aclamación del pueblo y sacerdocio

Un día del año 391, en que había ido a Hipona —donde la fama de su santidad y saber ya había llegado—, estaba Agustín rezando en una iglesia, cuando el pueblo lo rodeó, aclamándolo y pidiendo al obispo Valerio que le confiriese el sacerdocio.
A pesar de que no era costumbre en el África que un sacerdote predicara estando el obispo presente, Valerio incumbió a Agustín de hacerlo, y sus prédicas tuvieron éxito inmediato. No se podía resistir a la fuerza de su argumentación ni a la unción de sus palabras. Él combatía sobre todo al maniqueísmo, al que conocía bien. En un debate público con Fortunato, uno de los cabecillas de la secta, de tal manera lo arrasó que éste tuvo que abandonar Hipona.

Combatió a enemigos de la fe, desarmó a los infieles

El obispo Valerio, considerando el valor de Agustín, temió perderlo para otra diócesis. Por ello, le pidió al Primado de Cartago que lo nombrase su obispo auxiliar con derecho a sucesión. Una vez más Agustín tuvo que curvarse ante la voluntad de la Providencia. Poco después, con la muerte de Valerio, tomó posesión de la dirección de la diócesis. Pero quiso que en su palacio se observara la regularidad religiosa, para que sus trabajos apostólicos tuvieran más eficiencia. 
El santo obispo de Hipona fue uno de los mayores defensores de la ortodoxia en su tiempo convulsionado por herejías, combatiéndolas con la palabra y con la pluma. Después de los maniqueístas, combatió las herejías de los priscilianistas y de los donatistas, tan poderosos en África, donde ya habían infectado a más de cuatrocientos prelados y combatían a los fieles católicos a fuego y espada. Agustín recibió el auxilio del Emperador Honorio para la erradicación de tan perniciosos elementos.
Combatió también las herejías de los pelagianos, de los semi-pelagianos y de los arrianos, que llegaron con la invasión de los godos. “Al fin, San Agustín no se contentó con combatir a los enemigos de la fe y desarmar a los infieles, los herejes, los libertinos y los cismáticos. Quiso trabajar más aún por la Iglesia, pues, además de las obras polémicas que compuso, redactó tratados para todos los estados de la vida civil y cristiana. Los casados, los viudos, las vírgenes, los regulares, los eclesiásticos y los laicos encontraron en sus libros las más sólidas máximas para su conducta. [...] A pesar de todas sus protestas, tuvo que curvarse a la voluntad de Dios.
Luego de ser ordenado, la primera cosa que Agustín hizo fue pedirle al obispo un lugar para erguir un monasterio como el de Tagaste. Pronto poblado de almas electas bajo la dirección suya, de ese granero saldrían por lo menos diez obispos para las diócesis vecinas.

A pesar de que no era costumbre en el África que un sacerdote predicara estando el obispo presente, Valerio incumbió a Agustín de hacerlo, y sus prédicas tuvieron éxito inmediato. No se podía resistir a la fuerza de su argumentación ni a la unción de sus palabras. Él combatía sobre todo al maniqueísmo, al que conocía bien. En un debate público con Fortunato, uno de los cabecillas de la secta, de tal manera lo arrasó que éste tuvo que abandonar Hipona.

Notas.-
1. San Agustín, Confesiones, Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía, Iquitos, 2003, Libro II, 1, p. 25.
2. Id., Libro III, 6, p. 46.
3. Id., Libro V, 13, p. 93.
4. Encyclopédie Accueil, Données encyclopédiques, copyright © 2001 Hachette Multimédia / Hachette Libre.
5. Eugène Portalié, The Catholic Encyclopedia, vol. I, Transcribed by Dave Ofstead, Copyright © 1907 by Robert Appleton Company, Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight.
6. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints d’après le Père Giry, Bloud et Barral, París, 1882, t. 10, p. 306.
7. Obra también consultada: San Agustín, obispo de Hipona, adaptado de Vidas de los Santos de Butler. Versión electrónica de las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María, SCTJM.
8. P. José Leite S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, San Agustín, 28 de agosto, t. II, p. 600

Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-297-san-agustin-de-hipona

jueves, 27 de agosto de 2026

S A N T O R A L

SANTA MONICA, VIUDA

MARÍA Y SALOMÉ

  Entre los acompañantes de Jesús resucitado, dos mujeres, dos madres, llaman la atención: María, madre de Santiago el Menor y de Tadeo, y Salomé, madre de Santiago el Mayor y de Juan, el discípulo amado. Fueron al sepulcro con Magdalena, en la mañana de la Resurrección, cargadas de perfumes; oyeron a los ángeles, y al regresar se apareció de improviso Jesús, las saludó y se dignó darlas a besar sus sagrados pies. Ahora recompensa su amor, manifestándose frecuentemente, hasta que llegue el día en que se despida en el monte de los Olivos, donde se encontrarán reunidas con María y los Apóstoles. Honremos a estas dos fieles compañeras de Magdalena, nuestros modelos en el amor al divino resucitado y glorifiquémoslas por haber dado cuatro apóstoles a la Santa Iglesia.

SANTA MÓNICA

Hoy, al lado de María y Salomé se presenta otra mujer, otra madre, prendada también del amor de Jesús, ofreciendo a la Santa Iglesia, el hijo de sus lágrimas, un doctor, un Pontífice, uno de los más ilustres santos que ha producido la nueva ley. Esta mujer, esta madre es Mónica, dos veces madre de Agustín. La gracia creó a esta obra maestra en la tierra de África; y los hombres la habrían desconocido hasta el último día si la pluma del gran obispo de Hipona, guiada por su corazón filial, no hubiese revelado a los siglos futuros esta mujer cuya vida no fué sino humildad y amor, y que desde ahora inmortal aún en esta tierra, es proclamada como modelo y protectora de madres cristianas.

LAS LÁGRIMAS DE MÓNICA

Una de las principales bellezas que encierra el libro de las Confesiones son las expansiones de Agustín sobre las virtudes y abnegación de Mónica. ¡Con qué tierno reconocimiento celebra a través de su relato, la constancia de esta madre que, testigo de los desvaríos de su hijo, "le lloraba más amargamente que cuando ven otras madres a sus hijos en el féretro!". El Señor, que deja de cuando en cuando ver un rayo de esperanza a las almas que prueba, había mostrado a Mónica, en una visión, la futura unión del hijo y de la madre; ella misma oyó a San Ambrosio decir con autoridad, que el hijo de tantas lágrimas no podía perecer; pero las tristes realidades del presente angustiaban su corazón y el amor maternal se unía a su fe para atormentarla por causa de este hijo que huía de ella y a quien ella veía apartarse tan esquivo a Dios como a su cariño.
Sin embargo de eso, las amarguras de este corazón tan abnegado formaban un fondo de expiación que más tarde aprovecharía al culpable; una ardiente y continua oración unida al sufrimiento, preparaba el segundo nacimiento de Agustín. Pero "muchas más lágrimas, nos dice él mismo, costó a Mónica el hijo de su espíritu que el hijo de su carne". Tras largos años de angustia, la madre halló en Milán a este hijo que tan duramente la había engañado, el día en que huyó lejos de ella para ir a buscar fortuna en Roma. Le encuentra vacilante aún en la fe cristiana, pero disgustado ya de los errores que le habían seducido. Agustín había dado un paso hacia la verdad, aunque no la había reconocido todavía. "Desde entonces, nos dice, el alma de mi madre no llevaba ya el luto de un hijo perdido sin remedio; pero lloraba continuamente para obtener de Dios su resurrección. Sin haber sido conquistado aún a la verdad, al menos me había apartado del error. Estaba ella segura ¡oh Dios mío! de que no darías a medias el don cuya integridad habías prometido, y así me dijo muy serena y con el corazón confiado que por la fe que tenía en Jesucristo estaba persuadida que no moría sin verme fiel católico"

CONVERSIÓN DE AGUSTÍN

Mónica había encontrado en Milán a San Ambrosio de quien quería servirse Dios para acabar la conversión de su hijo. "Amaba ella al obispo, nos dice Agustín, como instrumento de mi salvación; y él la estimaba por su piadosa vida, su asiduidad a la Iglesia y por su fervor en las buenas obras; no podía por menos de prorrumpir en alabanzas al verme, felicitándome de tener tal madre". Llegó por fin el momento de la gracia. http://ec.aciprensa.com/newwiki/images/b/b7/7074195167_75f4bb739f.jpgAgustín iluminado por la fe pensó ingresar en la Iglesia católica; pero los hechizos de los sentidos a los cuales por largo tiempo se habían rendido, le retenían al borde mismo de la fuente bautismal. Las oraciones y lágrimas de Mónica obtuvieron de la divina misericordia esta última gracia que desbarató todas las resistencias de su hijo.
Pero Dios no quiso dejar incompleta su obra. Traspasado por el dardo vencedor, Agustín se reanimó, aspirando no solamente a la perfección de la fe cristiana sino también a la virtud de la continencia. El mundo con sus hechizos no era ya nada para esta alma, objeto de una intervención tan poderosa. En los días precedentes Mónica se había ocupado solícita en preparar una esposa a su hijo y refrenar así sus incontinencias; más de repente se presentó a ella acompañado de su amigo Alipio, y la dice que, ansiando el sumo bien, se consagraba en adelante a la búsqueda de lo más perfecto. Oigamos a Agustín. "En seguida fuimos a encontrar a mi madre; le decimos lo que nos pasa, se alegra mucho, y al contarle cómo nos ha sucedido todo esto, no cabe en sí de gozo. Y ella te bendecía, oh Dios, que puedes darnos más de lo que pedimos y pensamos, porque la habían concedido para mí más de lo que te suplicaba con sus gemidos y lágrimas. Tú cambiaste su luto en una alegría que sobrepasaba con mucho su esperanza, en una alegría más querida a su corazón y más pura que la que habría tenido al ver nacer de mí hijos". Pocos días después un espectáculo sublime llenó de admiración a los ángeles y a los hombres en la iglesia de Milán: Ambrosio bautizaba a Agustín en presencia de Mónica.

EL ÉXTASIS DE OSTIA

La piadosa mujer había cumplido con su misión; su hijo había renacido a la verdad y santidad, y ella había dado a la Iglesia el más grande de los doctores. Se acercaba el momento, en que después de un largo trabajo iba a descansar eternamente en aquel por cuyo amor había trabajado y sufrido tanto. El hijo y la madre, dispuestos a embarcarse para África, se encontraron en Ostia esperando el navío que debía llevar a los dos. "Estábamos solos, ella y yo, dice Agustín, apoyados en la ventana desde la cual se divisaba el jardín de la casa. Conversábamos con inefable dulzura y olvidados de lo pasado, discurríamos sobre el porvenir, preguntándonos qué tal sería esa vida eterna de que han de gozar los santos, que ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni el corazón del hombre es capaz de concebirla. En medio de nuestro coloquio llegamos a tocarla con todo el ímpetu de nuestro espíritu, aunque repentina e instantáneamente; y suspirando por esa eternidad, dejando encadenadas en ella las primicias de nuestra alma, volvimos a nuestro común modo de hablar, a la conversación que comienza y acaba. Díjome entonces mi madre: "Hijo, por lo que a mí toca, nada me apega a esta vida. No sé qué haré de aquí adelante, ni para qué he de vivir aquí no teniendo nada que esperar. Una sola cosa me hacía desear el permanecer un poco más de tiempo en esta vida: el verte cristiano católico, antes de morir. Dios me ha concedido esto más cumplidamente de lo que deseaba, pues además te veo en el número de los que, despreciando toda felicidad terrena, se dedican a su servicio. ¿Qué hago, pues, en este mundo?". El llamamiento de un alma tan santa no debía tardar; pocos días después se desparramó como un perfume celestial dejando una impresión inolvidable en el corazón de su hijo, en la Iglesia un recuerdo querido y a las madres cristianas un modelo acabado del más puro amor maternal.

VIDA

Mónica nació en 332 en África del Norte. Casada con un pagano de Tagaste le convirtió al cristianismo con su dulzura y sus virtudes. Muerto su marido en 371, se consagró a la educación de su hija y de sus dos hijos, y sobre todo de su preferido, Agustín. Pero este, a la edad de quince años, se había dejado ofuscar por
los errores del maniqueísmo, y por el ímpetu de las pasiones. Queriendo evitar los consejos de su madre, partió secretamente para Roma y Milán. Mónica se juntó de nuevo con él, y después de muchos sufrimientos, oraciones y lágrimas, tuvo la alegría, en Pascua de 387, de asistir a su bautismo. Al prepararse para volver con él a África, murió en Ostia algunos meses más tarde. Su cuerpo permaneció en Ostia hasta el año 1162. Un canónigo regular de Arouaise, en Paso de Calais, lo robó y lo llevó a su monasterio.

LA MISIÓN DE UNA MADRE

Oh madre, ilustre entre todas las madres: la cristiandad honra en ti a uno de los tipos más perfectos de la humanidad regenerada por Cristo. Antes del Evangelio, en aquellos siglos en que la mujer estaba envilecida, la maternidad no pudo tener sobre el hombre sino influencia corta y con frecuencia vulgar; su papel se limitó ordinariamente a los cuidados físicos, y si se ha salvado del olvido el nombre de algunas madres, es porque supieron preparar a sus hijos para la gloria pasajera de este mundo. No se encuentra en la antigüedad pagana ninguna que se haya cuidado de educarlos en el bien, que les haya seguido para sostenerle en la lucha contra el error y las pasiones, para levantarlos en sus caídas; no se encuentra ninguna que se haya dado a la oración y a las lágrimas para obtener su vuelta a la verdad y a la virtud. Sólo el cristianismo ha revelado a la madre su misión y su poder.

LAS LÁGRIMAS

¡Qué olvido de ti misma, oh Mónica, en esta persecución continua de la salvación de un hijo! Después de Dios vives para él y vivir de esta manera para tu hijo, ¿no es vivir para Dios que se sirve de ti para salvarle? ¿Qué te importan la gloria y los éxitos de Agustín en el mundo cuando piensas en los peligros eternos en que incurre, cuando tiemblas al verle separado eternamente de Dios y de ti? No hay sacrificio y abnegación de que no sea capaz tu corazón de madre, para con esta rigurosa justicia, cuyos derechos no quiere frustrar tu generosidad. Durante largos días, durante noches enteras, esperas con paciencia los momentos del Señor; aumenta el ardor de tu oración; y esperando contra toda esperanza, sientes en el fondo de tu corazón, la humilde y firme confianza de que el hijo de tantas lágrimas no perecerá. Porque el Señor "movido a compasión" para contigo, como lo hizo con la afligida madre de Naín, deja oír su voz a la que nada resiste. "Joven, dice, yo te mando, levántate"; y devuelve a la madre el hijo cuya muerte lloraba, pero de quien había querido separarse.

LA RECOMPENSA

Pero, ¡qué recompensa para tu corazón maternal, oh Mónica! El Señor no se ha contentado con devolverte a Agustín lleno de vida; desde el fondo de los abismos del error y de las pasiones, le levanta sin intermediario hasta el bien más perfecto. Pedías que fuese cristiano católico, que rompiese los lazos humillantes y pecaminosos, y he aquí que la gracia lo ha transportado hasta la región tranquila de los consejos evangélicos. Tu misión está suficientemente cumplida, madre feliz. Sube ya al cielo; desde allí, esperando la eterna reunión, contemplarás la santidad y las obras de este hijo cuya salvación es obra tuya, y cuya gloria tan resplandeciente y pura rodea tu nombre de luminosa aureola.

PLEGARIA


¡Oh Mónica! Desde esa felicidad en donde gozas con tu hijo que te debe la vida temporal y eterna, dirige tu mirada a tantas madres cristianas que cumplen en este momento la noble y dura misión en que tú misma te ocupaste. Sus hijos también están muertos con la muerte del pecado y quisieran hacerlos volver, con su amor, a la verdadera vida. Después de la Madre de misericordia se dirigen a ti, oh Mónica, cuyas lágrimas y oraciones fueron tan poderosas y fructuosas. Acuérdate de su situación; tu corazón tierno y compasivo no puede dejar de compartir las angustias cuyos rigores sufrió por tanto tiempo. Dígnate unir tu intervención a sus plegarias; adopta estos nuevos hijos que te ofrecen, y quedarán contentas. Sostén su ánimo; enséñalas a esperar, fortifícalas en los sacrificios a cuyo precio ha puesto Dios el retorno de estas almas queridas. Entonces sabrán ellas, que la conversión de un alma es un milagro mayor que la resurrección de un muerto; comprenderán que la justicia divina, para ceder sus derechos, exige una compensación que a ellas toca darla. Su corazón se verá libre del egoísmo secreto que, con frecuencia, se mezcla en los sentimientos en apariencia muy puros. Que se pregunten a sí mismas si se alegrarán como tú, oh Mónica, viendo a sus hijos, vueltos al bien, abandonarlas para consagrarse al Señor. Si es así, que confíen; tendrán poder en el corazón de Dios; pronto o tarde la gracia deseada descenderá del cielo sobre el hijo pródigo, y volverá a Dios y a su madre.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer