domingo, 21 de junio de 2026

S A N T O R A L

SAN LUIS GONZAGA, CONFESOR

EL VALOR DE LA VIDA

¡"Cuán grande es la gloria de Luis, hijo de Ignacio! Nunca lo hubiera creído si Jesús no me lo hubiese mostrado. Nunca pude imaginar que tuviese tanta gloria en el cielo". Así se expresaba Santa Magdalena de Pazzis en uno de sus admirables éxtasis. Sin embargo, a los ojos disipados de muchos la vida tan corta de San Luis no ofreció más que los preludios de una vida, por decirlo así, marchitada en flor antes de dar fruto. Pero los cálculos de Dios no son como los de los hombres y las apreciaciones de éstos no pesan en sus juicios. A sus divinos ojos, aun tratándose de los santos, es de menos perfección una vida larga y llena de acciones admirables, que otra llena de amor. En efecto, ¿no debe estimarse la existencia humana por lo que produce de duradero? Ahora bien, en la eternidad la caridad es la única que permanecerá, Ajada por siempre en el grado que adquirió en esta vida pasajera. Importa poco, pues, que en breve y sin obras ruidosas, el elegido de Dios desarrolle en sí mismo el amor tanto o más que otro con trabajos, por muy santos que sean, ejecutados durante una larga vida admirada de los hombres.
FECUNDIDAD DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
La ilustre Compañía que dió a la Iglesia a Luis Gonzaga, debe la santidad de sus miembros y la bendición con que van acompañadas sus obras, a la fidelidad que siempre mostró a esta importante verdad donde debe buscar su luz toda vida cristiana. Desde su institución parece que Nuestro Señor, no contento con dejarla tomar su bendito nombre, tuvo a pechos obrar de suerte que no pudiese nunca olvidar de dónde la venía su verdadera fuerza para la carrera militante, y más activa que todas, que debía emprender.
Las refulgentes obras de su fundador, Ignacio, del apóstol de las Indias, Francisco Javier, la noble conquista de la humildad de Cristo en Francisco de Borja, manifestaron a todo el mundo una santidad maravillosa; pero no tuvieron otra base que las virtudes ocultas de estos otros tres Estanislao de Kostka, Luis Gonzaga, y Juan Berchmans, quienes bajo la mirada divina y únicamente con la fuerza de la oración contemplativa, se elevaron en aquel mismo siglo hasta el amor y, en consecuencia, hasta la santidad de sus heroicos padres.
EL AMOR, MOTOR DE LA ACCIÓN
Otra vez Magdalena de Pazzis, depositaría de los secretos divinos, nos revelará este misterio. En el éxtasis en que contempla la gloria de Luis, exclama bajo el influjo del Espíritu Divino: "¿Quién podrá explicar el valor y el poder de los actos internos?
La gloria de Luis es tan grande porque obró interiormente. No se puede establecer comparación entre lo visible y lo interno. Luis, cuanto más se venció en la tierra, tanto más estuvo atento a la mirada del Verbo y he aquí la razón de su grandeza. Luis fué un mártir oculto: todo el que te ama, Dios mío, te reconoce tan grande, tan infinitamente amable, que le es un verdadero martirio el reconocer que no te ama como desea amarte, y que no eres amado por tus criaturas, sino ofendido. Por eso él mismo consumó su martirio. ¡Oh, cuánto amó sobre la tierra! He aquí por qué ahora, en el cielo, posee a Dios con soberana plenitud de amor. Siendo mortal, dirigió su flecha al corazón del Verbo; ahora que está en el cielo, sus dardos descansan en su propio corazón. Pues la comunicación con la divinidad que mereció con esas flechas de actos de amor y de unión con Dios, ahora la posee ciertamente y se abraza con ella."
Amar a Dios, dejar que su gracia vuelva nuestro corazón hacia la bondad infinita, que solamente es capaz de saciarle, he aquí el secreto de la más alta perfección.
MÉRITOS DEL DEBER DE ESTADO
Siendo todavía jovencito, y en una ciudad en que las tentaciones eran grandes, Luis consagró su virginidad a la Santísima Virgen. Luego renunció a los más altos cargos y dignidades de este mundo a que estaba llamado. Pero habiéndole obstinadamente rehusado su padre el permiso para abandonar el mundo, obedeció y siguió la vida seglar practicando todas las virtudes de su estado.
En él, como en las almas totalmente dóciles al Espíritu Santo, nunca la piedad perjudicó a los deberes de la tierra. Por esto es el verdadero modelo de la juventud estudiosa, de la que Luis mereció el título de patrono. Inteligencia escogida, fiel tanto al trabajo como a la oración en medio de la agitación mundana, dominó todas las ciencias exigidas entonces en personas de su condición. Negocios espinosos, referentes a intereses del siglo, le fueron confiados más de una vez; vióse entonces cómo hubiera sobresalido en el gobierno de los hombres y en el manejo de los negocios. También en ello debía servir de ejemplo a muchos a quienes sus allegados o falsos amigos pretenden detener en el umbral de la vida religiosa por la consideración del bien que son capaces de hacer y del mal que podrían evitar: como si para las órdenes religiosas, porción escogida de su rebaño, debiera Dios contentarse con incapaces nulidades; como si las aptitudes de la naturaleza mejor dotada no pudiesen siempre tornarse a Dios, su principio, tanto mejor y más completamente cuanto más perfectas sean. Ni el Estado, ni la Iglesia pierden nunca nada en este retiro por Dios, en este abandono aparente de los mejores sujetos: si en el Antiguo Testamento Dios se mostraba celoso de que se le ofreciese en el altar lo mejor de toda clase de bienes, no era para empobrecer a su pueblo; se lo reconozca o no, la fuerza principal de la sociedad, la fuente de las bendiciones que están destinadas al mundo, tendrá siempre su manantial en estos holocaustos amados del Señor.
VIDA
Luis nació cerca de Mantua el 9 de marzo de 1568. Destinado por su padre a la carrera de las armas, habitó con él desde niño en el castillo de Casale, y después en la corte del duque Francisco I en Florencia.
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Primera comunión de San Luis Gonzaga
Recibió la primera comunión de manos de San Carlos Borromeo. Ocupándose más en el estudio y en la piedad, que en las vanidades mundanas y en la profesión militar pasaba largas horas en oración. Paje del príncipe Diego en la corte de Madrid, al morir éste, se fortaleció su deseo de consagrarse a Dios. En julio de 1585, hizo los Ejercicios de San Ignacio, firmó la renuncia al principado heredado de sus antepasados, y el 4 de noviembre entraba en Roma, en la Compañía, en la que profesó el 25 de noviembre de 1587. Hizo los estudios de Teología, recibió las Ordenes Menores y no se distinguió más que por su humildad, obediencia y fervor en la oración. En 1590-91, cuidando a los enfermos del hospital de San Sixto, después a los de Santa María della Consolazione, contrajo su enfermedad, de la que murió el 20 de junio de 1591. El primer milagro fué para su madre. Fué beatificado en 1605, y canonizado en 1726. Es patrono de la juventud.
UNA GLORIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Sepulco del Santo en la Iglesia San Ignacio de Roma
"La prudencia equivale en el hombre a las canas, dice el Sabio; la vejez digna de veneración no se aprecia por el número de los años"'. Por eso, oh Luis, ocupas un sitio honroso entre los antepasados de tu pueblo. Gloria de la Compañía en donde en breve tiempo llenaste el curso de una larga existencia, alcanza el que siga guardando esmeradamente para sí y para los demás el ejemplo que irradia de tu vida llena de inocencia y de amor.
LA ORACIÓN Y LA SANTIDAD
Al fin de la jornada de esta vida el verdadero éxito del hombre es la santidad; ésta se adquiere interiormente; las obras externas no cuentan para Dios sino en la medida de la pureza y del ardor interno que las inspira; si falta la ocasión para estas acciones, el hombre puede suplirla acercándose al Señor en lo recóndito de su alma, tanto o más que lo hubiese ejecutado por ellas mismas.
Así lo comprendiste tú; y la oración que te tenía absorto en innenarrables delicias, vino a hacer tu mérito semejante al de los mártires.
¡De qué precio fué a tus ojos este tesoro celestial de la oración, siempre tan a nuestro alcance como lo estuvo al tuyo! Pero para encontrar en ella, como tú, compendiado el camino de toda perfección, según tus propias palabras, es necesaria la perseverancia y el cuidado de alejar del alma, por medio de generosa mortificación de la naturaleza, toda moción que no sea de Dios. ¿Cómo podría reproducir el agua turbia o agitada por el viento, la imagen del que está a su orilla? Así el alma impura y la que, sin ser esclava de sus pasiones, no es señora de toda agitación que provenga del mundo, no puede llegar a reproducir en sí la imagen tranquila de Dios, que es el fin de la oración.

He aquí como el famoso dominico Garrigou-Lagrange describe a un alma en ese estado de perfección: "Después de la purificación pasiva del espíritu, los perfectos conocen a Dios de una manera casi experimental, no ya más pasajera, sino continua. No sólo durante las horas de la Misa, del Oficio Divino u otras oraciones, también en medio de las ocupaciones exteriores su alma permanece vuelta hacia Dios. Por así decirlo, no pierden su presencia y guardan la unión actual con Él".
"Comprenderemos con facilidad la cuestión si la analizamos en contraposición al estado de alma del egoísta. Éste siempre piensa en sí mismo y, naturalmente, todo lo apunta hacia sí; se entretiene sin cesar consigo mismo con sus veleidades, sus tristezas, o sus superficiales alegrías; su conversación íntima, digámoslo así, es incesante, pero vana, estéril y esterilizante para todos. El perfecto, por el contrario, en vez de pensar en sí, piensa constantemente en Dios, su gloria, en la salvación de las almas y, para ello, hacer convergirlo todo hacia ese objetivo, como por instinto. Su conversación íntima no es consigo mismo, sino con Dios"
Contenido publicado en es.gaudiumpress.org


SOLO DIOS
Tú has reproducido perfectamente al Señor; y se puede constatar cómo la naturaleza en lo que tiene de bueno, lejos de sufrir y perder, gana en la refundición operada en este divino crisol. Aun en lo referente a las más legítimas satisfacciones, nunca tuviste miras terrenas; sino que, viendo a Dios en todas las cosas, ¡ cómo los sentidos fueron superados en su debilidad engañosa, y cómo también por eso mismo se acrecentó tu amor! Testigos son tus delicadas atenciones aquí abajo y desde el cielo, con la admirable madre que el Señor te dió. Al abrasarte el Espíritu Santo con el fuego del amor divino, encendía a la vez en ti un inmenso amor hacia el prójimo, pues la caridad es una; y se vió bien al sacrificar tu vida por los desgraciados apestados.
PLEGARIA POR LA JUVENTUD
Ayúdanos en nuestras miserias; sé propicio a todos nosotros.
La juventud especialmente reclama tu poderoso patrocinio, conducida por el sucesor de Pedro a los pies de tu altar. Dirige sus pasos solicitados por inclinaciones tan contrarias; sean la oración y el trabajo por Dios, su salvaguardia; hazla sobre todo ver claro cuando haya de escoger estado.
Derrama generosamente sobre ella en los críticos años de la adolescencia tu hermoso privilegio y protege la virtud angélica en tus devotos. En fin, oh Luis, haz que los que no supieron imitarte en la inocencia, te sigan al menos en la penitencia, como lo pide la Iglesia al Señor en tu festividad.
 fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer
  Plinio Corrêa de Oliveira
Santo del día[1]
Selección biográfica
Luis Gonzaga (1568-1591) fue el hijo mayor de Ferrante, marqués de Castiglione, en Lombardía. En 1585, renunció a su derecho de nacimiento a favor de su hermano Rodolfo y se unió a la Compañía de Jesús. Murió en 1591, poco después de cumplir 23 años de edad. Debido a la gran batalla que emprendió contra la impureza en una época de inmoralidad general, él es el santo patrón de los jóvenes. La siguiente selección está tomada de una biografía escrita por Dourignac.

Cuando el ejército comandado por Ferrante Gonzaga partió de Casala, Luis, los cuatro años de edad, fue enviado a Castiglione. El joven príncipe y su maestro Francesco del Turco iban juntos en un carruaje, con un séquito de nobles a caballo que los custodiaban.

Cuando entraron en el campo abierto, el profesor se dirigió a su joven pupilo en el tono solemne y respetuoso que siempre usaba con él: “Desde hace algunos días que he querido hacer una observación importante respecto al comportamiento de su señoría, pero he esperado hasta que dejarais Casala”.

“¿Qué he hecho?”, Preguntó el niño asustado.

El tutor le respondió: Durante vuestra estancia en Casala usted vivió en el campo con los soldados, y Vuestra Señoría adquirió el hábito de decir algunas palabras y expresiones inconvenientes que un príncipe de sangre tan alta nunca debería permitirse usar y lo mejor sería olvidar, ya que podría causar un profundo dolor a la princesa, su madre, si ella escucha una de estas palabras de labios de su hijo”.

Pero, querido amigo, yo no sé qué es lo malo que dije”, respondió el muchacho desconcertado.

El maestro le hizo saber a su discípulo las palabras de las cuales el niño inocentemente no había comprendido el significado o inconveniencia.

“Esto nunca volverá a pasar una segunda vez, mi buen amigo”, respondió Luis, avergonzado por su culpa. “Le prometo que siempre recordaré esto”.

Y él fue fiel a su promesa. Esta falta, cometida en la ignorancia, nunca fue olvidada. Él consideró que este era el pecado más lamentable de su vida, y confesó después que el recuerdo de esta falta lo humillaba profundamente.
Comentarios del Prof. Plinio
San Luis Gonzaga, marqués de Castiglione y 

príncipe del Sacro Imperio Romano Germano
Parece útil hacer una breve reseña de los hechos. San Luis Gonzaga tenía sangre española, pero era hijo de un príncipe semi-soberano de Italia de la casa de Castiglione, que estaba relacionado con las casas soberanas más importantes de Europa, incluyendo la casa de Austria, que era la más importante de todas de ellas.

Él tenía cuatro años de edad cuando ocurrió este incidente. Pero un poco antes de que él cumpliera esa edad, ya había sido colocado en el ambiente militar. Esto podría parecer excesivo, pero es todo lo contrario. Es una cosa magnífica. Hoy muchos padres ponen a sus hijos en el kinder cuando son niños como este. Sin embargo, cuando se envía un niño al kindergarden [que en alemán significa jardín infantil], el hombre tiende a permanecer en este jardín durante toda su vida. Tengo la impresión de que la suavidad de la moderna guardería infantil contribuye a la cobardía de muchos hombres de las nuevas generaciones. Lo que el niño necesita es madurar. La guardería mantiene al niño en un estado infantil mucho más tiempo de lo necesario, que suele acompañarlo toda su vida, en vez de llevar al niño a una etapa más madura que lo estimularía a buscar algo más elevado.

San Luis no fue enviado al jardín infantil, sino al ejército. Él estaba bajo la tutela de su padre, que era el comandante del ejército. Ahora bien, todo el mundo sabe que el lenguaje en ambientes militares no siempre es el más elevado. Y el niño aprendió algunas palabras con significados inmorales utilizados en el campo militar que no formaban parte de la lengua de una casa noble o de una familia de alto rango.

El tutor entró en escena. Es interesante observar cómo el niño viajaba, cómo un príncipe viajaba en una ocasión como esa. Él se trasladaba en un carruaje con su preceptor, y tenía un séquito de nobles que le seguían a caballo. Fue sólo después de que habían dejado la ciudad y ya estaban en el campo abierto que el preceptor habló con él sobre la mala costumbre que había adquirido. Ustedes pueden observar el tono grave que asume el tutor para hacer la corrección. Aquellos que gustan del jardín infantil juzgarían que esta gravedad es exagerada. Sin embargo, el preceptor, que fue elegido para este papel porque tenía una orientación católica segura y un sentido prudente de las circunstancias, pensaba exactamente lo contrario. Él declaró solemnemente que esas palabras no debían ser pronunciadas por un príncipe de sangre, que un príncipe de tal nivel no debería estar familiarizado con tales palabras. San Luis, que no se había dado cuenta del significado de esas palabras, estaba desconcertado.

Algunos podrían decir que el preceptor fue precipitado y excesivamente severo. Dado que el niño ni siquiera sabía lo que las palabras significaban, no podía ciertamente ser culpado por decirlas. Por el contrario, el profesor reveló tener una comprensión más profunda de la cuestión. Se dio cuenta de que las palabras de ese tipo llevan un mal en sí mismas, incluso si la persona no sabe lo que significan. Por ejemplo, un niño puede adquirir el hábito de decir interjecciones blasfemas. ¿Sería inútil corregirlo? De ninguna manera. Él debe ser corregido. Estas palabras tienen un sentido intrínsecamente malo, y los labios de un hijo de la Virgen no deben ser mancillados por pronunciar tales blasfemias.

Otra cosa notable es la humildad de San Luis. La humildad es la verdad. Esa verdad que lo llevó a considerar su falta tan grave que lo llamó el más grave pecado de su vida. Lo que se hace transparente en este episodio es la completa inocencia y la santidad de San Luis Gonzaga. Es tan brillante que es cegadora.
El presente texto es una adaptación resumida de la transcripción de la grabación de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, no ha sido revisada por el autor.

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sábado, 20 de junio de 2026

S A N T O R A L

Beatos: Dermot O’Hurley, Margarita Bermingham viuda de Ball, Francisco Taylor, Ana Line, Margarita Cltheroe, Margarita Ward y compañeros mártires ingleses entre 1535 y 1679


Fueron hombres y mujeres, clérigos y laicos que dieron su vida por la fe en Inglaterra.

Ya habían surgido dificultades entre el trono inglés y la Santa Sede que ponían los fundamentos de una previsible ruptura; el motivo fue doble: el trono se reservó unilateralmente el nombramiento de obispos para las diferentes sedes -lo que suponía una merma de libertad de Roma para el desempeño de su misión espiritual-, al tiempo que ponía impuestos y gravámenes tanto a clérigos como a bienes eclesiásticos -lo que suponía una injusticia y merma en los presupuestos económicos de la Santa Sede-. Luego vinieron los problemas de ruptura con Roma en tiempos de Enrique VIII, con motivo del intento de disolución del matrimonio con Catalina de Aragón y su posterior unión con Ana Bolena, a pesar de que el rey inglés había recibido el título de Defensor de la Fe por sus escritos contra la herejía luterana en el comienzo de la Reforma. Pero fue sobre todo en la sucesión al trono, después de la muerte de María, hija legítima de Enrique VIII y Catalina de Aragón, cuando comienza a reinar en Inglaterra Isabel, cuando se desencadenan los hechos persecutorios a cuyo término hay que contar 316 martirios entre laicos hombres y mujeres y clérigos altos y bajos.
Resultado de imagen para santos martires inglesesPrimero fueron dos leyes -bien pudo ser la gestión del primer ministro de Isabel, Guillermo Cecil- principalmente las que dieron el presupuesto político necesario que justificase tal persecución: El Decreto de Supremacía, y el Acta de Uniformidad (1559). Por ellas el Trono se arrogaba la primacía en lo político y en lo religioso. Así la Iglesia dejaba de ser «católica» -universal- pasando a ser nacional -inglesa- cuya cabeza, como en lo político era Isabel. Y el juramento de fidelidad necesario supuso para muchos la inteligencia de que con él renunciaban a su condición de católicos sometidos a la autoridad del papa y por tanto era interpretado como una desvinculación de Roma, una herejía, una cuestión de renuncia a la fe que no podía aceptarse en conciencia. De este modo, quienes se negaban al mencionado juramento -necesario por otra parte para el desempeño de cualquier cargo público- o quienes lo rompían quedaban ipso facto considerados como traidores al rey y eran tratados como tales por los que administraban la justicia.
Vino la excomunión a la reina por el papa Pío V (1570). Se endurecían las presiones hasta el punto de quedar prohibido a los sacerdotes transmitir al pueblo la excomunión de la Reina Isabel I.
En Inglaterra se emanó un Decreto (1585) por el que se prohibía la Misa y se expulsaba a los sacerdotes. Dispusieron de cuarenta días los sacerdotes para salir del reino. La culpa por ser sacerdote era traición y la pena capital. En esos años, quienes dieran o cobijo, o comida, o dinero, o cualquier clase de ayuda a sacerdotes ingleses rebeldes escondidos por fidelidad y preocupación por mantener la fe de los fieles o a los sacerdotes que llegaran desde fuera por mar camuflados como comerciantes, obreros o intelectuales eran tratados como traidores y se les juzgaba para llevarlos a la horca. Bastaba con sorprender una reunión clandestina para decir Misa, unas ropas para los oficios sagrados descubiertas en cualquier escondite, libros litúrgicos para los oficios, un hábito religioso o la denuncia de los espías y de malintencionados aprovechados de haber dado hospedaje en su casa a un misionero para acabar en la cuerda o con la cabeza separada del cuerpo por traición.

No se relatan aquí las hagiografías de Juan Fisher, obispo de Rochester y gran defensor de la reina Catalina de Aragón, o del Sir Tomás Moro, Canciller del Reino e íntimo amigo y colaborador de Enrique VIII, -por mencionar un ejemplo de eclesiástico y otro de seglar- que tienen su día y lugar propio en nuestro santoral. Sí quiero hacer mención bajo un título general de todos aquellos que -hombres o mujeres, eclesiásticos tanto religiosos como sacerdotes seculares- dieron su vida con total generosidad por su fidelidad a la fe católica, resistiéndose hasta la muerte a doblegarse a la arbitraria y despótica imposición que suponía claudicar a lo más profundo de su conciencia. Ana Line fue condenada por albergar sacerdotes en su casa; antes de ser ahorcada pudo dirigirse a la muchedumbre reunida para la ejecución diciendo: «Me han condenado por recibir en mi casa a sacerdotes. Ojalá donde recibí uno hubiera podido recibir a miles, y no me arrepiento por lo que he hecho». Las palabras que pronunció en el cadalso Margarita Clitheroe fueron: «Este camino al cielo es tan corto como cualquier otro». Margarita Ward entregó también la vida por haber llevado en una cesta la cuerda con la que pudo escapar de la cárcel el padre Watson. Y así, tantos y tantas... murieron mártires de la Misa y del sacerdocio.
En la Inglaterra de hoy tan modélica y proclive a la defensa de los derechos del hombre hubo una época en la que no se respetó la libertad de conciencia de los ciudadanos y, aunque las medidas adoptadas para la represión del culto católico eran las frecuente y lastimosamente usadas en las demás naciones cuando habían de sofocar asuntos políticos, militares o religiosos que supusieran traición, pueden verse aún hoy en los archivos del Estado que las causas de aquellas muertes fue siempre religiosa bajo el disimulo de traición. Y, después de la sentencia condenatoria, los llevaban a la horca, siempre acompañados por un pastor protestante en continua perorata para impedirles hablar con los amigos o rezar en paz.

Una inquisición para nada santa: Alta Corte de Comisión

La persecución contra los católicos en Inglaterra primero fue sangrienta, y así duró más de un siglo, y luego continuó mediante multas y confiscaciones. Si no era posible suprimir a todos los católicos, había que reducirlos a una minoría insignificante y arruinada, sin la menor influencia social.
Primeramente se les tendía un lazo a sus conciencias: el de los juramentos. El de la supremacía consistía en el reconocimiento de la supremacía del Rey sobre la Iglesia, excluyéndose totalmente la autoridad del Papa. Fue impuesto por Enrique VIII, luego se mantuvo por los Seymour en el seudo-reinado del guiñapo de Eduardo VI de 1547 a 1553, de los 10 a los 16 años de su edad; y poco después bajo Isabel, de 1558 a 1603. Viene luego el juramento de fidelidad, bajo Jacobo I, de 1603 a 1625, menos absoluto en apariencia, pero con expresiones inaceptables para un católico. En seguida se exige el juramento de desconocimiento del dogma de la transubstanciación, bajo Carlos I, de 1625 a 1649. Luego, bajo Carlos II, en 1672, se exige nuevo juramento contra la transubstanciación y el culto de la Santísima Virgen y los Santos a cuantas personas ejerzan una función oficial: a lo cual se le llamó Test o la Prueba.
Pero veamos ya cómo se desarrolló la persecución sangrienta. Comienza en 1535 con la ejecución de quienes niegan la supremacía eclesiástica de Enrique VIII, convertido en el Papa de Inglaterra. De sus numerosos mártires los dos más notables son el Cardenal Obispo de Rochester John Fisher y el Canciller Tomás Moro, tras de un año de prisión en la torre de Londres el uno y el otro:
“los dos más grandes hombre s de Inglaterra en saber y en piedad, y las dos más ilustres víctimas de la supremacía” (Bossuet, Historie des variations des Eglises protestantes, ed. de 1688, t. I, p. 298).
De Lope de Vega es el siguiente epitafio dedicado a Santo Tomás Moro:

Aquí yace un moro santo.
En la vida y en la muerte,
de la Iglesia muro fuerte,
mártir por honrarla tanto.
Fue Tomás, y más seguro,
fue Bautista que Tomás,
pues fue, sin volver atrás,
mártir, muerto, moro y muro.



Y del mismo Lope de Vega es el mejor epitafio fúnebre que mereciera Enrique VIII:
Muerte de Enrique VIII
Más que esta losa fría
cubrió, Enrique, tu valor,
de una mujer el amor
y de un error la porfía.
¿Cómo cupo en tu grandeza,
querer, engañado inglés,
de una mujer a los pies
ser cabeza de la Iglesia?

Con la excepción de Fisher y Moro y de Margarita Pole, condesa de Salisbury y madre del Cardenal Pole, que sólo son decapitados, aquellos dos en 1535 y ella en 1541, los demás católicos sufren horribles tormentos antes de ser ejecutados, y a veces también su misma ejecución es cruelísima.
Por ejemplo, en 1535, antes de ser ejecutados como lo habían sido 4 de sus Hermanos, dos cartujos de Londres durante 15 días y 15 noches permanecieron prendidos, de pie, por argollas de fierro, a una columna de la prisión de Marshalsea, sin soltárseles ni un sólo instante. Muchos mueren en la prisión, como en Newgate 9 cartujos, en 1537, de hambre, desnudez y fetidez del calabozo (Analecta Bollandiana, I, c.p. 69). Dice D’Alés que en Galloni -De sanctorum martyrum cruciatibus, p. 104-131- se hallan horribles detalles sobre las prisiones de los católicos ingleses.
Continúa la persecución bajo los Seymour, que gobiernan a Eduardo VI, hijo y sucesor de Enrique VIII: la ley de 1547 castiga con la confiscación, la prisión y, en caso de reincidencia, con la muerte a quienes se nieguen a reconocer la Supremacía del Rey o que reconozcan la del Papa.
Muere Eduardo VI en 1553 y le sucede en el trono María Tudor, hija de Enrique VIII y de Catalina de Aragón y que durante sus cinco años de gobierno emplea toda la energía de su carácter en la restauración del catolicismo. Pero muere a mediados de noviembre de 1558, habiendo perecido en la hoguera cerca de 300 personas, por herejes, entre ellas el Obispo Hooper.
Belloc hace ver que la muerte en la hoguera se consideraba entonces como la cosa más natural del mundo y que se aplicaba no sólo por crímenes contra la Religión sino también por crímenes del orden común. Carlos V le había dado a la Reina el consejo de que a los herejes no los castigara como a tales, por un delito contra la Religión, sino como a delincuentes del orden político. Pero ella prefirió la máxima franqueza, sin dejar de considerar que el crimen contra la Religión Católica era a la vez el máximo crimen político.
Pero la herejía, o, mejor dicho, el odio a la Religión Católica, más que nada por amor a las riquezas que con perjuicio del pueblo se les habían arrebatado a las abadías, bajo Enrique VIII y Eduardo VI, era el espíritu único en la clase gobernante y en la incipiente burguesía. .
Por esa pasión, por simple avaricia, no retrocedían ante nada ni en el caso de que sus cabalgaduras les hablaran reprochándoles su conducta, como a Balaam le había hablado su burra, sin hacerlo retroceder por la sed de los regalos que se le prometían si profetizaba contra Israel. La avaricia era en ellos la pasión dominante.
Muere María Tudor y le sucede su medio-hermana Isabel Tudor, que con varios úkases precisa y agrava la ley de 1547: el de 1558, confirmando y renovando el de 1547; el de 1563, castigando como crimen de traición, o sea con la muerte, el reconocimiento por segunda vez, mediante palabras o acciones, de la autoridad del Papa. o que, teniendo las sagradas Ordenes, u ocupando un empleo público, la persona se niegue por segunda vez a prestar el juramento de Supremacía en uno y otro caso, la primera desobediencia se castigaba con destierro y confiscación de bienes; luego el de 1571, castigando como a traidor a quien solicitara u obtuviera una Bula papal o recibiera absolución en virtud de la tal Bula: o sea, con la muerte; y con la confiscación de los bienes y prisión perpetua a quien se le encontrara un Agnus-Dei – lámina de cera con el Cordero de Dios estampado y bendecida por el Papa-, una cruz, una medalla piadosa o un rosario; el úkase de 1584, castigando como culpable de alta traición, o sea con la muerte, a cualquier sacerdote católico, nacido en Inglaterra, que allí se encontrara todavía dentro de un plazo de 40 días, así como a cualquier persona que lo socorriera y le diera asilo, y aun a cualquier inglés educado en un seminario; el de 1593, estableciendo que cualquier persona de más de 16 años que se negara durante un mes a asistir al culto anglicano fuera puesta en prisión; y que si después de este correctivo persistía todavía durante tres meses en la misma negativa, sería desterrada del reino a perpetuidad, y que si quebrantaba el destierro volviendo a Inglaterra, sufriría la pena capital debida a la felonía,
En 1558 Isabel estrena la corona mandando aprehender a 11 Obispos católicos, de los cuales unos son encerrados en la Torre de Londres, en un calabozo a merced de las ratas, y otros son relegados a casas de “prelados” anglicanos; y unos y otros mueren en tal cautiverio. (D’Alés, Dictionnaire citado, t. III, col. 410)
Al siguiente año, en 1559, desata Isabel la persecución sangrienta contra católicos y puritanos, sobre todo contra los primeros. De diciembre de 1559 a 1569 manda ejecutar a casi 800 católicos.
En 1570, el caballero Felton distribuye copias de la Bula en que San Pío V declara la excomunión de Isabel. Se le aprehende y atormenta y es condenado a morir en la horca. Pero ya en el cadalso, obedeciendo el verdugo una orden de la Reina, arroja al suelo a Felton, vivo, y con un cuchillo le saca el corazón palpitante. ¡Huichilobos en Londres!
De 1563 a 1580, 126 sacerdotes católicos son ejecutados por ejercer su ministerio: todos los aprehendidos. Los más de ellos son jesuitas ingleses.
Hillaire Belloc, que a todo trance trata de absolver a Isabel de sus crímenes y atribuírselos sólo a su ministro William Cecil (+1598), sin entrar en detalles, se ve obligado a manifestar su admiración por aquellos mártires.
“Consideremos qué emoción debió animar a estos hombres, impasibles ante los más espantosos sufrimientos físicos y ante los mayores sufrimientos espirituales, desterrados y separados de su propio pueblo. Los sacerdotes misioneros vinieron de los seminarios del extranjero, dispuestos no sólo a las agonías del martirio, en sus formas más horribles, sino a soportar un fracaso posible y con él la expulsión de la patria”.
Jamás se expulsó a ninguno de ellos. Cada sacerdote sorprendido era preso, martirizado horriblemente y ejecutado, con la máxima hipocresía, pues por consejo de William Cecil., consejo sugerido por Isabel, ésta y sus verdugos decían que “nadie era perseguido por su religión, sino por su traición” (Hillaire Belloc, Isabel de Inglaterra, Hija de las circunstancias, p. 206)
Algo semejante han dicho nuestros grandes perseguidores (mejicanos) -Juárez, Lerdo de Tejada, Calles, Cárdenas, Garrido Canabal-: que a nadie se le ha perseguido por la religión católica; ¡”que sólo se han aplicado las leyes de la Nación”! Leyes inicuas, no de la Nación sino sólo de ellos mismos y de su madre la Masonería.
Otras valiosas confesiones hace Belloc a pesar por su devoción por Isabel Tudor:
“El reinado de Isabel (1558-1603) fue en este país -nos referimos a Inglaterra, dejando a un lado a Escocia- el apogeo de la tortura judicial (…) la permanente presencia de la tortura como instrumento de gobierno” (op. cit., p. 119)
Así es que el tormento en la Inglaterra isabelina no sólo fue el preferido y constante medio de averiguación “judicial” sino también ¡el principal instrumento de gobierno!, o sea extrajudicial.
Y lo repite:
“La constante presencia de la tortura como instrumento de gobierno da su tono a toda la época y constituye su destacada característica” (op. cit., p. 120).
Y hay que agregar que sus principales y constantes víctimas fueron los católicos.
Más adelante, a ese “método de gobierno” Belloc le llama “orgía de la tortura isabelina” aunque su mayor culpa la echa, con sobrada razón, sobre “la clase gobernante”, constituida por aristócratas y propietarios que se habían enriquecido enormemente con “el saqueo de las tierras abadengas”, ” de la entera propiedad monástica” (op. cit., p. 126 y otras) y que temían la menor reacción. Se espantaban hasta del ruido que hiciera la caída de una hoja, según expresión de San Agustín.
Por lo cual, a partir de 1577, por simples sospechas se aprehende, se confisca, se multa y se mata. Y millares de hogares son violados por la misma razón: ¡porque podían se nidos de conspiradores católicos!
Desde 1562 funciona la Inquisición llamada Alta Corte de Comisión (anglicana): inquiriría minuciosamente cuanto pudiera delatar las corrientes “heréticas”, erróneas o dañosas, sobre la “no asistencia al culto oficial”, así como sobre escritos contra la Reina y sus ministros y sobre el adulterio y la fornicación (que en la Corte tenía su regio asiento).
A partir de 1581 el rigor se extrema para extirpar la sedición, o sea la obediencia al Papa, considerado sólo como potencia política extranjera.
Y mientras tanto, el tormento seguía siendo “el deporte favorito: se usó de él con la más insidiosa barbarie” (Lingard)
Conviene recordar algunos ejemplos, dobles ejemplos: de odio, cobardía y maldad, por una parte; y de heroísmo y santidad, por la otra.
El 1º de diciembre de 1581 el Padre Edmundo Campion, S. J., y los también Jesuitas Sherwin y Bryant, anglicano convertido éste último, después de ser atormentados terriblemente y de defender Campion durante tres horas su causa y la de sus compañeros ante sus jueces, con calma, soltura y variedad de recursos, como si sólo hablara como abogado de los otros, fueron condenados y ahorcados. El oficial que había atormentado en el potro al Padre Bryant se jactaba de haberlo hecho crecer de estatura un pie. Y antes, en su primer interrogatorio, la había hundido varias agujas bajos las uñas de las manos.
Pero también hubo notables conversiones por el testimonio de los mártires. Después de la muerte del Padre Campion, el guardián de su prisión, Delahaye, de tal manera fue tocado por la santidad que presenciara, que se hizo católico. Por lo cual fue condenado a ser descuartizado vivo. Y en el momento en que públicamente se le hacía pedazos, su sangre salpicó a uno de los espectadores, a Walpole, que al instante se sintió obligado a abrazar el catolicismo, se hizo jesuita, y a su vez martirizado en Inglaterra.
El Padre John Roberts, de pie en el cadalso, en medio de varios ladrones que con él van a ser ahorcados, exhorta a éstos a creer en la Santa Iglesia Católica y les promete absolverlos a uno por uno si públicamente hacen un acto de fe. Uno de los ladrones estalla en sollozos y declara que quiere morir católico. No se sabe que haya ocurrido con los demás.
El Padre Alban Roe convierte también a un condenado por un delito del orden común que con él iba a morir, logra que abjure de la herejía, y tiene tiempo de confesarlo y absolverlo. En seguida le dice al ministro protestante que ahí estaba: “Lo tendré muy presente”. Y el ministro aquel, conmovido, le contesta: “Os lo ruego”.
Martirio de Santa Margarita Cliherow
Hay otros muchos casos memorables. Por ejemplo, la joven y bella esposa de un carnicero de York, Margarita Clitherow, es acusada de haber ocultado sacerdotes, y se le condena en 1586 a morir dilapidada.
John Kemble, octogenario, viendo desde todavía lejos el lugar de su suplicio, le dice a su guardián, que se lo mostraba: “¡Magnífico, magnífico! Sentémonos aquí para verlo muy a mis anchas fumando una buena pipa”. ¡Humorismo muy inglés que de distintas maneras manifestaron otros muchos de aquellos mártires! de los cuales no son pocos los canonizados por Roma.
Y la persecución continúa. Quien se abstuviera de asistir al culto anglicano cometía el delito de recusancy. Los “disidentes” o refractarios tenían que pagar cada mes una multa de 20 libras esterlinas. Muchos gentileshombres fueron forzados, para pagarla, a vender y a malbaratar posiciones considerables de sus bienes. Y cuando se retrasaban en el pago, la ley autorizaba a la Reina a confiscarles todos sus muebles y los dos tercios de la renta se seis meses de sus dominios. En cuanto a los pobres, incapaces de pagar esta tarifa, se les gravaba arbitrariamente según sus presuntos recursos. (Dictionnaire Apologétique de la Foi Catholique de A. D’Alés, Martyre, t. III, cols. 403-404.)
Isabel, fea y calva como bola de billar desde joven, pero vanidosa e impura aunque con una tara que la hacía estéril -por lo cual se hacía llamar la Reina Virgen-, e hipócrita y malvada, muere con muerte horrible, en 1603. Y Lope de Vega le dedica el siguiente epitafio:
Foto
Aquí yace Jezabel,
aquí la nueva Atalía,
del oro antártico arpía,
del mar incendio cruel;
aquí el ingenio más dino
de loor que ha tenido el suelo,
si para llegar al cielo
no hubiera errado el camino.

Lope de Vega alaba el ingenio de Isabel porque ciertamente su erudición era extraordinaria aun en su erudita época: dominaba el latín, el griego, los idiomas europeos, y conocía bien los clásicos de la antigüedad.
Pero mayor que su ingenio fue la corrupción de su corazón, nido de vanidad, de soberbia, de odio y envidia. La más ilustre de sus víctimas fue la católica Reina de Escocia María Estuardo, la cual, habiendo tenido que refugiarse en Inglaterra, es aprehendida por órdenes de Isabel y decapitada, tras 19 años de duro cautiverio, el 5 de febrero de 1587. No podía faltar un epitafio de Lope de Vega dedicado a la infortunada Reina mártir:

Scipione Vannutelli.Maria Estuardo camino del patíbulo. Cuadro ganador de la exposición de Florencia de 1861. Galeria de arte moderno. Florencia.
María Estuardo dirigiendose al patíbulo,
por Scipione Vannutelli
Esmalta esta piedra helada
sangre de un alma preciosa,
cuanto bien nacida, hermosa;
cuanto hermosa, desdichada.
Murió santa e inocente
a manos de otra mujer
que en todo, fuera del ser,
fue de su ser diferente.
O sea todo lo contrario de lo que fue Isabel Tudor.
Muere Isabel en 1603 y le sucede Jacobo I, hijo de María Estuardo, Rey de Escocia desde 1578, pero sin mandar él sino los exaltados partidos protestantes. En Inglaterra se consolida el poder de los Cecil, y la casi totalidad del pueblo acepta definitivamente la ruptura con la tradición católica.
Según Guiraud en 1614, en 1615 según la historia de la Iglesia Católica de la BAC, t. III, al P. Jesuita Jean Ogilvie no se le deja dormir durante 9 días y 9 noches picándoles con estiletes y agujas. Esto ocurrió en Glascow.
En cuanto a Irlanda, Jacobo I “ordenó en 1605 que bajo la pena de muerte abandonaran el territorio todos los sacerdotes y en general urgió el cumplimiento de todas las leyes anticatólicas” (Historia de la Iglesia Católica, t. III, p. 928. BAC.)
Además, mediante colonos ingleses protestantes de desposeyó de sus tierras a los católicos irlandeses de Ulster, en el norte de Irlanda, que así fue en gran parte protestantizado.
Durante el reinado de Carlos I, hijo de Jacobo I, a partir de 1625, la plutocracia domina abiertamente a la Corona, mal administrada y demasiado endeudada. Y ya vimos que se hizo obligatorio el juramento contra el dogma de la Eucaristía.
En 1642 el Padre John Lockwood es ejecutado a la edad de 90 años. Subiendo dificultosamente las gradas de la escalera del cadalso, sonriendo le dice al verdugo: “Tenedme paciencia: es una ruda tarea para un viejo como yo el subir esta escalera, pero lo hago con gusto porque al final está el Cielo” (Dictionnaire de D’Alés, t. III, col. 409).
En aquel mismo año de 1642, el Padre Hugo Greene, tras de ser martirizado en Dorcester fue destrozado vivo el 19 de agosto. Se ha trasladado a Inglaterra el demonio de Huchilobos, sin quehacer ya en la antigua Tenochtitlán, en cuyo teocali mayor, en su tercer cu, que se llamaba Macuilcalli o Macuilquiauitl, a los contrarios que: “venían a espiar la ciudad de México, en conociéndolos luego los prendían y los llevaban a este cu y allí los desmembraban, cortándoles miembro por miembro”, (Fray Bernardino de Sahagún, Historia General de las Cosas de Nueva España, t. I, pp. 232-233. Ed. Porrúa, S. A. 1969).
El Padre Greene había convertido en la prisión a dos mujeres condenadas por un crimen del orden común. Cuando se le tuvo al pie de la horca, se quiso alejarlo de ellas; pero las dos desdichadas, elevando la voz, le hicieron su confesión pública y él les dio la absolución. Se renueva -observa Guiraud- en este calvario la escena evangélica del Buen Ladrón. (Diccionario de D’Alés citado, t. III, col. 409)
El puritano Oliverio Cromwell se rebela, vence en varias batallas a Carlos I, quien tiene que refugiarse en Escocia a fines de 1646; pero los calvinistas escoceses lo entregan al Parlamento inglés. Y por órdenes de Cromwell es ejecutado el Rey el 30 de enero de 1649.
Cromwell se propone asesinar a Irlanda entera por ser católica. No lo conseguirá, pero de tal manera la despoja -aparte del ya dominado Ulster- que apenas salvan los irlandeses la décima parte de sus tierras, y es exterminada una tercera parte de la población.
Cromwell muere el 3 de septiembre de 1658. Le sucede su hijo Eduardo, quien, me imagino que por cordura, renuncia poco después, y se restaura la monarquía en 1660, con Carlos II, hijo de Carlos I y que es obligado por el Parlamento a mantener en todo rigor las leyes anticatólicas.
Se ha coronado la revolución en lo irreligioso. El Parlamento es el Poder Supremo. No ampara sino los intereses de los “propietarios”, propietarios sobre todo de los antiguos bienes de las Abadías, bienes que en realidad habías sido del pueblo. Los futuros monarcas no serán sino fieles criados del Parlamento. Y no podrán ser sino protestantes. El Poder ya no viene de Dios. E Inglaterra entera se ha convertido en mera “sociedad de negocios” (Juan Antonio Widow, Verbo), reforzada por el retorno de los judíos, con cuyo espíritu se identifica el inglés, sin más ambición que el enriquecimiento y el triunfo material. La Masonería consolida el maridaje (P. Carlos Biestro,Gladius).
fuente: Capítulo V del libro “La Inquisición en Hispanoamérica”,de Salvador Abascal Infante

viernes, 19 de junio de 2026

S A N T O R A L

SANTA JULIANA FALCONIERI, VIRGEN

SANTA JULIANA Y LOS SERVITAS

A principios del siglo XIII, Florencia, ciudad rica y perturbada con mil pasiones, conoció un despertar magnífico de piedad. Entre las familias que fueron objeto de la complacencia divina, sobresalió la de los Falconieri. Dos de sus miembros, dos hermanos, se convirtieron ruidosamente. El primero, San Alejo, fué uno de lo siete gloriosos fundadores de la Orden de los Servitas de María, que se consagraron a Nuestra Señora el día de la Asunción de 1233. El otro, Carísimo, casado, quedó en el mundo; pero, temiendo no haber ganado siempre honestamente su inmensa fortuna, resolvió emplearla en servicio de la Iglesia y de los pobres. Fué gran bienhechor de los Servitas y los ayudó en la construcción de su iglesia, la Annunziata. Su caridad y piedad fueron bien recompensadas: al fin de su vida, Recordata, su esposa, estéril hasta entonces, tuvo una hija, Juliana, la Santa que hoy celebra la Iglesia. La niña Juliana no conoció a su padre. La educó su tío San Alejo, quien la inculcó el espíritu de la Orden de los Servitas, enseñándola la devoción a la Virgen y la práctica de la penitencia; muy pronto consideró a la Orden como a su segunda familia. Hecha religiosa, los Superiores de los Servitas la tuvieron en tal consideración, que solicitaron con frecuencia sus oraciones por los intereses de la Orden y sobre todo para triunfar de los graves obstáculos que ponían en Roma a la aprobación de sus Constituciones. Santa Juliana vivió y murió a la sombra de la Annunziata, que guardará más tarde sus reliquias, y se la puede honrar igual que a los Siete Fundadores, porque su gran obra será la organización de la Tercera Orden Femenina de los Servitas, las Mantelatas de María.

SANTA JULIANA Y LAS MANTELATAS

Aun no tenía 15 años, cuando solicitó y recibió el hábito de los Servitas de manos del General de la Orden San Felipe Benizi, en la Iglesia de la Annunziata. Fué la primera que llevó el gran manto de la Orden, que dará a las Terciarias Servitas el nombre de Mantelatas. Hasta entonces las otras terciarias no tenían hábitos religiosos y vivían con sus familias. Santa Juliana también permaneció con su madre para cuidarla en su vejez y administrar sus bienes.
Hasta después de la muerte de su madre no pudo consagrarse enteramente a la vida religiosa.
Habiendo comprado una casa, la convirtió en convento, en el que, invitadas por ella, se reunieron numerosas terciarias, recibieron el manto de la Orden y comenzaron a practicar la vida común. Sólo entonces Santa Juliana se presentó descalza y con una soga a la garganta, pidiendo ser admitida entre ellas. Ansiaba ser siempre la última y como la criada de sus hermanas. Pero su vida fué allí tan edificante, que, al cabo de dos años, la comunidad, teniendo que elegir superiora, unánimemente nombró a Santa Juliana, que siguió en este cargo hasta su muerte.
Compuso, aconsejada por los Superiores de los Servitas, el reglamento de la nueva Congregación. En general su organización era la misma que la de los religiosos. Vida de oración y de mortificación al mismo tiempo que de caridad y apostolado entre los pobres y enfermos. Santa Juliana en todo daba ejemplo haciendo patente su ardiente celo por la conversión de los pecadores, la liberación de las almas del purgatorio y la reconciliación de los enemigos. Apaciguó discordias civiles y curó milagrosamente a multitud de enfermos. Su influencia, bienhechora fué considerable en Florencia.

LOS SIETE DOLORES DE NUESTRA SEÑORA

Su más notable devoción fué la de todos los Servitas: los Siete Dolores de Nuestra Señora.
Quizá alguno piense que abandonó lo esencial de la religión para adherirse a una devoción secundaria; mas el culto tributado a Nuestra Señora, Corredentora y Mediadora de todas las gracias, y en particular la asidua meditación de los Siete Dolores, no pueden ser considerados como devociones secundarias de la piedad cristiana, porque no se las puede separar del culto tributado a Jesús.
Los dolores del Corazón de Nuestra Señora son inseparables de los dolores del Corazón de Jesús, y se encuentra en el centro del misterio de nuestra Redención. En su vocación de reparadora, Santa Juliana permaneció constantemente unida a Jesús crucificado, uniéndose a la Virgen al pie de la Cruz, y enseñando a sus hijas a ser imitadoras perfectas de la "Virgen Dolorosa, Reina de los Mártires". Su vida era de gran austeridad: no tomaba alimento los miércoles y viernes, llevaba áspero cilicio, se disciplinaba hasta derramar sangre y con frecuencia hasta perder el sentido. Sin embargo, tenía que luchar constantemente contra terribles tentaciones de impureza, de las que no salía victoriosa sino mediante la rigurosa guarda de los sentidos y especialmente de la vista. Dios la ayudaba en estos combates con gracias de alta contemplación, y con frecuencia en sus largas oraciones, que se prolongaban hasta medio día, era arrebatada en éxtasis..

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He aquí a la Santa que Nuestro Señor y Nuestra Señora suscitaron en otro tiempo para convertir la inquieta y voluptuosa ciudad de Florencia. Con razón, pues, nos invita hoy la Iglesia a dirigirnos a Santa Juliana, a tributarla el homenaje debido, a seguir su ejemplo y a pedirla la salvación de la sociedad, que se desmorona a causa de las guerras y de las costumbres corrompidas.

VIDA

Juliana nació en Florencia en 1270. Manifestó desde su tierna infancia una piedad ardiente: sus primeras palabras fueron Jesús y María. En 1284, después de rehusar un matrimonio ventajoso, recibió el hábito de los Servitas de María y comenzó una vida de caridad, oración y austera penitencia. En 1306, fundó el primer monasterio de las Mantelatas del que pronto fué superiora. Dió a esta Orden terciaria una vida inspirada completamente en los misterios de la Pasión del Señor y en los Dolores de Nuestra Señora.


No pudiendo durante su última enfermedad comulgar, pidió que depositasen el santo Viático sobre su pecho. La Hostia penetró entonces en él invisiblemente, y después de su muerte se vió su figura grabada sobre el corazón. En memoria de este milagro las Mantelatas llevan la imagen de una hostia en su escapulario. Juliana murió el 19 de Junio de 1341. Fué beatificada en 1678 por Inocencio XI y canonizada por Clemente XIII en 1737.

SERVIR A MARÍA

Servir a María era el único título de nobleza, ¡oh Juliana! que ocupaba tus pensamientos; compartir sus dolores, la única recompensa que ambicionaba tu humilde y generosa alma. Tus deseos quedaron satisfechos. Pero la que ahora reina en excelso trono sobre los hombres y los ángeles, aquella que se proclamó esclava del Señor y cuya esclavitud atrajo la mirada divina, quiso también ensalzarte a ti por encima de los poderosos. Saliendo de la silenciosa oscuridad en que quisiste ocultar el esclarecido linaje de tu familia, tu gloria eclipsó pronto el brillo que iba unido al nombre de tus padres haciéndole más puro; por tí, humilde terciaria, sierva de las siervas de Nuestra Señora, el nombre de los Falconieri es conocido hoy por todo el mundo. Aún más; en el país de las verdaderas grandezas, en la ciudad celestial en donde el Cordero, al distribuir desigualmente sus destellos sobre la frente de los elegidos, constituye las categorías de la nobleza eterna, brillas tú con una aureola que es una participación de la gloria de María. Pues como ella lo fué para la Iglesia después de la Ascensión del Señor, así tú, por lo que se refiere a la Orden gloriosa de las Servitas, dejando a otros la acción exterior y la autoridad que rige las almas, fuiste también, en tu humildad la madre de la nueva familia que Dios se había escogido, y no solamente de las Mantelatas sino también de toda la Orden de los Servitas de María. Tu esmerada solicitud se extendía a todos y en el laborioso desenvolvimiento de la Orden recurrieron con frecuencia a tu poderosa intercesión Superiores aun tan santos como Felipe Benicio.

PLEGARIA

Sigue prestando tu ayuda a la piadosa familia de los Servitas de María. Extiende tu benéfica influencia sobre todas las Ordenes religiosas tan probadas en nuestros días. Cuida de que Florencia conserve, como el más preciado recuerdo, el de los favores de Nuestra Señora y de los Santos, que produjo en ella la fe de antiguas edades; cante siempre la Iglesia por los nuevos beneficios recibidos, el poder que el Esposo divino te otorgó sobre su Corazón. En retorno del insigne favor con que El coronó tu vida y consumó en ti su amor, apiádate de nosotros en nuestro último combate. Alcánzanos la gracia de no morir sin antes haber sido fortalecidos por el santo Viático. Haz que la sagrada Hostia sea el amor de toda nuestra vida; y que nos fortalezca en la hora suprema. ¡Ojalá nuestra muerte sea también el paso dichoso del banquete divino de aquí abajo a las delicias de la unión eterna!
 fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer


Cinco Cardenales piden definición de dogma mariano

Cinco cardenales han enviado una carta invitando a los purpurados de todo el mundo a unirse a ellos para pedir a Benedicto XVI que declare un quinto dogma mariano que “proclamaría la plena verdad cristiana sobre María”. Los firmantes son Telesphore Toppo, arzobispo de Ranchi (India); Luis Aponte Martínez, arzobispo emérito de San Juan (Puerto Rico); Varkey Vithayathil, arzobispo mayor de Ernakulam-Angamaly (India); Ricardo Vidal, arzobispo de Cebú (Filipinas); Ernesto Corripio y Ahumada, arzobispo emérito de Ciudad de México.
El texto incluye la petición hecha al Papa de proclamar a María “Madre espiritual de toda la humanidad, corredentora con Jesús Redentor, mediadora de todas las gracias con Jesús único mediador, abogada con Jesucristo en favor del género humano”.
El secretariado de los cinco cardenales ha difundido el texto de la presentación hecha al Papa en 2006:
“Creemos que es el momento oportuno para una solemne definición o clarificación sobre la constante enseñanza de la Iglesia respecto a la Madre del Redentor y su cooperación única en la obra de la Redención, así como su papel en la distribución de la gracia y en la intersección por la familia humana”.
Esta doctrina de ningún modo es una novedad en la Iglesia. Ya en el siglo II, San Ireneo afirmaba que María ha sido constituida causa de salvación para todo el género humano. A lo largo de los siglos, hubo incontables santos que postularon esta verdad, entre los que se destacan San Germán de Constantinopla, San Bernardo, san Pablo de la Cruz, San Bernardino de Siena, San Alfonso María del Ligorio, etc.
No sólo los santos, sino también los Pontífices, como el beato Pío IX, León XIII, san Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, en diversas Encíclicas enseñaron esta doctrina.
San Luis María Grignion de MontfortSin embargo, uno de los santos que la desarrolló de forma más completa, fue San Luis María Grignion de Montfort, cuya fiesta se celebran el 28 de abril. En su célebre “Tratado De la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” él afirma:
“Fue por intermedio de la Santísima Virgen María que Jesucristo vino al mundo, y es también por medio de Ella quiere Él deberá reinar en el mundo”.
“Sólo María es la que ha hallado gracia ante Dios sin el auxilio de ninguna otra pura criatura (S.Lc. 1, 30). Sólo por medio de Ella han hallado gracia ante Dios cuantos después de Ella la han hallado, y sólo por Ella la obtendrán cuantos en lo sucesivo la han de hallar.
“Ella estaba llena de gracia cuando la saludó el arcángel San Gabriel (S. Lc. 1, 28), y quedó sobreabundantemente llena de gracia cuando el Espíritu Santo la cubrió con su sombra inefable (S. Lc. 1, 35), y de tal manera ha aumentado Ella, de día en día y de momento en momento, esta doble plenitud, que se ha elevado a un grado de gracia inmensa e inconcebible; en forma que el Altísimo la ha hecho tesorera única de sus riquezas y dispensadora singular de sus gracias para ennoblecer, levantar y enriquecer a quien Ella quiere: para hacer caminar por la estrecha senda del cielo a quien Ella quiere; para permitir, a pesar de todos los obstáculos, la entrada por la angosta puerta de la vida a quien Ella quiere, y para dar el trono, el cetro y la corona de rey a quien Ella quiere. Jesús, en todas partes y siempre, es el fruto y el Hijo de María, y María es, en todo lugar y tiempo, el árbol verdadero que contiene el fruto de la vida y la verdadera Madre que lo produce”