martes, 14 de julio de 2026

S A N T O R A L

SAN CAMILO DE LELLIS, Confesor

Reliquia de su Corazón

DIGNIDAD DEL CUERPO

No pensemos que el Espíritu Santo, en su deseo de elevar nuestras almas por encima de la tierra, tenga en poco nuestros cuerpos. Ha recibido la misión de conducir a la eterna bienaventuranza al hombre entero, como el hombre entero es su criatura y su templo.
En el orden de la creación material el cuerpo del Hombre-Dios fué su obra maestra y la complacencia divina que tuvo en este cuerpo perfectísimo del jefe de nuestra raza se desborda sobre los nuestros, cuyo mismo cuerpo formado por él en el seno de la Purísima Virgen, sirvió desde el principio de modelo.
En la rehabilitación que sigue a la caída, el cuerpo del Hombre-Dios suministró el rescate del mundo: y tal es la economía de la salvación que el poder de la sangre redentora no obre en nuestras almas sino por medio de nuestros cuerpos con los divinos sacramentos, que se dirigen a los sentidos para pedirles la entrada. Admirable armonía de la naturaleza y de la gracia que hace que éste honre al elemento material de nuestro ser hasta no querer elevar nuestra alma sin él a la gracia y a los cielos. Porque en este admirable misterio de la santificación los sentidos no sólo son un tránsito: ellos mismos experimentan los efectos del sacramento como la facultades superiores cuyos canales son; y el alma santificada ve asociado desde este mundo al humilde compañero de su destierro a esta dignidad de la filiación divina, cuyo resplandor después de la resurrección no será sino su desarrollo. 

CUIDADOS PRODIGADOS A LOS ENFERMOS

Por esta razón eleva a la divina nobleza de la santa caridad los cuidados dados al prójimo en su cuerpo; porque inspirados por este motivo, no son otros que la admisión en la participación del amor que el Padre prodiga a sus miembros, que son para él miembros de otros tantos hijos muy queridos.
Estuve enfermo y me visitasteis ha de decir el Señor en el último día mostrando que aun en las enfermedades mismas del destierro, participa el cuerpo de los que llama sus hermanos de la dignidad del Hijo único engendrado en el seno del Padre antes de todos los tiempos. Por eso el Espíritu, encargado de recordar las palabras del Salvador a la Iglesia no ha olvidado esta; caída en la buena tierra de almas escogidas ha producido el ciento por uno en frutos de gracia y de heroicas abnegaciones. 
Camilo de Lellis la recogió amoroso, y con sus cuidados la semilla divina ha llegado a formar un gran árbol. La Orden de los Clérigos regulares Ministros de los enfermos, o del bien morir, merecen el agradecimiento del mundo; desde hace tiempo el aplauso de los cielos le ha sido prodigado y los ángeles se han asociado, como se ha comprobado algunas veces apareciéndose a la cabecera de los moribundos. 

VIDA

Camilo de Lellis nació en Bucchiano, en el reino de Nápoles en 1550. Siendo soldado se dejó dominar por el amor al mundo y por la pasión del juego. Comprendió a los 25 años, con las luces de una gracia particular, la vanidad de tal vida y se resolvió a entregarse al servicio divino. Ingresó en la orden de los Frailes Menores, que abandonó muy pronto, para entrar en el hospital de Santiago de los Incurables de Roma, y cuidar los enfermos. Durante 30 años fué su abnegado servidor, curó sus llagas y les ayudó a bien morir.
Ordenado de Sacerdote, tuvo la idea de fundar una Congregación de Clérigos Regulares que habían de comprometerse con voto a asistir a los enfermos, aun los apestados. Gregorio XIV la aprobó por bula de 21 de septiembre de 1591. Pero para tener más facilidad de remediar toda clase de miserias, abandonó el gobierno de su Orden. Su caridad para con los enfermos no se detuvo ante ninguna miseria ni trabajo; estuvo dotado del don de hacer milagros y de conocer los secretos de los corazones. Agotado, por fin con tantas fatigas, ayunos y sufrimientos de todo género, se durmió en la paz del Señor el lunes 14 de julio de 1614.
Le beatificó Benedicto XI en 1742 y León XIII le nombró patrono de los enfermos y hospitales en todo el mundo.


Conversión de San Camilo

Continuando Camilo su ejercicio, le enviaron los religiosos á la villa de San Juan, cuatro leguas distantes, para llevar una carga de vino que les habían dado de limosna, y despachado de su negocio se entretuvo toda la tarde con los religiosos del convento que los padres capuchinos tienen en esta villa; y el padre guardián le habló de la recta justicia del Señor, de la gravedad de la culpa, y como se debía aborrecer y huir el pecado, y de otros puntos espirituales, dándole santos documentos para la dirección de su vida. A la mañana siguiente se volvió á Manfredonía, iba Camilo sobre su jumentillo discurriendo solo por entretenerse, y sin sentimiento alguno de piedad, sobre lo que le había dicho la tarde antes el padre guardián, cuando al improviso le envió Dios nuestro Señor una luz sobrenatural tan clara, que en un momento le hizo ver de una parte la gravedad y malicia del pecado mortal, el rigor de la divina justicia, y los peligros en que vivía de perecer eternamente; de otra la suma bondad de Dios, los beneficios innumerables que de él había recibido, la torpe ingratitud con que había correspondido á sus finezas, y la infinita paciencia con que le había sufrido en sus desórdenes, esperando su conversión: esta luz penetró de tal modo el corazón de Camilo, que se le despedazaba por la vehemencia de la contrición; salto del caballo, y arrodillado en medio del camino sobre una piedra, empezó á deshacerse en un copiosísimo llanto, pidiendo á Dios el perdón de sus pecados, y proponiendo firmísimamente de no volver jamás á pecar, de hacer asperísima penitencia de los pecados cometidos, y de entrar lo mas pronto que pudiese en la religión de los padres capuchinos.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

LA PASIÓN DEL JUEGO

https://encrypted-tbn1.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcQyn-NYggs0i-q5UoFoHroa43T1--a4MXkdS4feuEoRMEHX6SjN9AÁngel de la caridad; ¡cuán grandes fueron tus caminos guiados por el Espíritu Santo! Antes de ponerte la insignia de la Cruz y de reunir compañeros adornados con ella, conociste la tiranía de un amo odioso que quiere esclavos para su bandera y la pasión de juego estuvo a punto de perderte. Oh Camilo, al recordar el peligro que corriste entonces, ten piedad de los desgraciados que son víctimas de esta terrible pasión; apártales de esa furia nefasta que lanza, al caprichoso azar, sus bienes, su honor y su paz de este mundo y del otro. Tu historia es palpable ejemplo de cómo no hay lazos que la gracia no rompa y costumbres inveteradas que no modifiquen. ¡Ojalá puedan como tú volver a Dios sus malas inclinaciones y olvidar con los trabajos que lleva consigo la caridad los que conducen al infierno! Porque la caridad tiene también sus riesgos, sus gloriosos peligros que llevan hasta exponer su vida como el Señor ha dado por nosotros la suya: fué este un juego sublime, en el que fuiste campeón y al que aplaudieron con frecuencia los espíritus celestiales. 
Pero, ¿qué vale la puesta de esta vida terrena comparada con el precio reservado al vencedor?

CARIDAD CON LOS ENFERMOS

¡Dios quiera lleguemos amar a nuestros semejantes imitando tu ejemplo como Cristo nos amó, según nos lo recomienda el Evangelio que hoy leemos en tu honor! Muy pocos dice San Agustín tienen este amor que abarca a toda la ley; porque muy pocos se aman para que Dios esté todo en todos.
Oh Camilo, tuviste este amor, que manifestaste con preferencia a los miembros doloridos del cuerpo místico del Hombre-Dios, en los que Cristo se esconde. Por este motivo la Iglesia te ha escogido con San Juan de Dios para velar sobre los Asilos del dolor, que ha fundado con los cuidados, que sólo una madre sabe dar por sus hijos enfermos. Corresponde a su confianza.
Protege a los hospitales católicos frente a una laicización total, cuyos únicos propósitos son curar los cuerpos y perder las almas. Aumenta el número de tus hijos para cubrir nuestras necesidades; que sean dignos por su conducta de ser acompañados por los ángeles. En cualquier lugar de este destierro donde viniere a sonar para nosotros la hora del último combate, haz uso de la preciosa prerrogativa que celebra hoy la Liturgia, ayudándonos por el espíritu de la santa dilección a vencer el enemigo y a alcanzar la corona celestial.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer



Beatificó á San Camilo Benedicto XIV, en el año 1742, y después en el de 1746 le puso en el catálogo de los santos: para su beatificación aprobó los dos milagros siguientes.
El primero se obró con una doncella de la ciudad de Viterbo, á la cual habiéndola nacido repentinamente en las narices un enorme y maligno pólipo, y permaneciendo en ellas tenazmente siete meses, habiendo salido inútiles los cáusticos y cauterios de fuego, que se la aplicaron para curarla, solo con ponerla dentro de las narices dos hilos de la camisa del santo, en el espacio de una sola noche quedó perfectamente curada, y las narices que sola habían puesto muy disformes, quedaron en su estado natural sin la menor deformidad.
El segundo acaeció con Catalina Dondula, preñada de seis meses; la cual siendo acometida de un cúmulo de varias enfermedades peligrosas, á saber, de calentura maligna, inflamación de la pleura y del pulmón, y de una llaga que se la había hecho en la garganta, y hallándose reducida, según dictamen de los médicos, al extremo de su vida, bebiendo un poco de agua, en la cual se habían echado algunos polvos recogidos del aposento del santo, al mismo momento no solo quedó libre de todos estos males, sino que cobró todas las fuerzas y robustez.
Para la canonización del santo aprobó la santa sede estos dos milagros, obrados después de su solemne beatificación.
El primero sucedió con una doncella, del lugar de Caprarola, llamada Luisa Teresa Petti; la cual habiendo nacido con una mala estructura del pecho, padecía mucha dificultad en respirar: con el discurso de los años aumentándoselo el asma, y sobreviniéndola excreciones sanguíneas y purulentas, y una suma postración de fuerzas, habiendo ya contraído una jiba, mostraba bien que no podía alargar mucho una vida tan penosa á sí, y á los demás; hallándose los males en su mayor fuerza é intensión, bebió un poco de agua, dentro de la cual se habían echado unos polvos recogidos del aposento del santo, e invocando con mucha fé su ayuda, en el solo espacio de una noche quedó libre de todos estos males, y recobró una salud entera y perfecta.
El segundo se obró con Margarita Castelli, doncella, del lugar de Marini, de edad de diez y ocho años; la cual por motivo de tener viciada la masa de la sangre desde las entrañas de su madre, se hallaba muchas veces afligida de malignas pústulas, las cuales se la aumentaron de tal modo, que su cuerpo parecía todo cubierto de una costra, manando podre y materia, sobreviniéndola después una maligna calentura; llegó á tal extremo, que perdido ya enteramente el movimiento y los sentidos, se esperaba su muerte por instantes: en este estado pusieron una estampa del santo sobre la enferma, y su madre y hermana pidieron con mucha fé su poderoso socorro, y en un momento la enferma, como si despertara del sueño de la muerte, sanó perfectamente; su cuerpo de repente se deshinchó, las costras se cayeron, y se fué la calentura, de modo que levantándose al instante de la cama, pudo andar y trabajar con fuerzas y robustez entera y perfecta; siendo tan sólida y perseverante esta repentina sanidad, que nunca jamás experimentó incomodidad alguna de los precedentes males.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

lunes, 13 de julio de 2026

S A N T O R A L

SAN ENRIQUE, Emperador, Oblato y Confesor

MISIÓN del EMPERADOR

El Espíritu Santo que distribuye sus bienes como le place, llamaba a Germania a los más altos destinos, a esa Germania donde había hecho brillar su poder divino en la transformación de sus pueblos. Conquistada al cristianismo por San Bonifacio y sus sucesores, la extensa comarca que se extiende desde el Rhin hasta el Danubio había llegado a ser el baluarte de Occidente, en donde tantos años había sembrado la desolación y la ruina. Roma pagana, en el cénit de su poder, no pensó nunca someter a su dominio a las tribus feroces que allí habitaban, sino que se contentó con levantar entre su Imperio y ellas un muro de eterna separación; la Roma cristiana, en cambio, más señora del mundo que la pagana, colocó en estas regiones la sede misma del sacro Imperio Romano, vuelto a fundar por sus Pontífices.
A este nuevo Imperio corresponderá defender los nuevos derechos de la Iglesia, protegerla de los nuevos bárbaros, conquistar para el Evangelio o aniquilar las hordas húngaras, eslavas, mongolas, tártaras y otomanas que sucesivamente vendrán a chocar contra sus fronteras. ¡Cuántos bienes habrían venido a Alemania, si hubiera siempre comprendido dónde se encontraba su verdadera gloria, y sobre todo si la fidelidad de sus príncipes al Vicario de Jesucristo hubiera estado al nivel de la fe de sus pueblos!


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Seis años antes de subir san Enrique á la dignidad imperial, estando en Ratisbona, se le apareció san Uvolfango, obispo de aquella ciudad, en una notable visión: represéntesele, que estaba en la iglesia de san Emmeramo, para visitar el sepulcro de san Uvolfango, que estaba en ella. Apareciósele luego el santo, diciéndole: Mira con atención las letras que están escritas en la pared junto á mi sepulcro. Hízolo así Enrique, y notó estar escritas estas solas palabras: Post sex. Después de vuelto en sí, revolvía en su pensamiento, qué lo quería el cielo significar con aquella cifra. Parecióle al buen príncipe lo más seguro, que dentro de seis días moriría; y así hizo luego grandes limosnas, y se dispuso para esperar la muerte; mas pasado el término de seis días, sin caer malo, extendió el piadoso duque la interpretación de aquella escritura á seis meses; en los cuales se ocupó todo en prepararse para morir al cabo de ellos: mas como también se alargaba su vida á más tiempo, alargó también san Enrique el sentido de aquellas palabras á seis años, disponiéndose también en ellos para su último día; porque de esta manera le quiso obligar la divina bondad á adelantarse en las muchas virtudes que tenía, y disponerle para que fuese un verdadero dechado de emperadores y príncipes cristianos. En cumpliéndose los seis años, fué elegido por emperador, y acabó de entender, que la revelación que había tenido, no era de su muerte, sino de la majestad del imperio romano. No le faltó en su elección ningún voto, sino el do Heriberto, arzobispo do Colonia, que aunque fué varón santísimo, entre él y el santo emperador Enrique, no había la correspondencia que merecían las virtudes do entrambos, por causa de algunos malsines, y siniestras informaciones de gente envidiosa, hasta que ilustró Dios al santo emperador, revelándola verdad, y cuan gran siervo suyo era el arzobispo de Colonia. Fuese luego el piadoso príncipe á pedir perdón al santo prelado de no haber sentido de él con la estimación que debiera, todo con grande humildad, y muestras de amor del santo emperador: el cual no quedando contento con esta sola reconciliación, á la noche siguiente después de maitines se fue solo á la cámara de san Heriberto mas no hallándole allí, sino en un oratorio , donde solía estarse el santo prelado largas horas en oración, entró en él, y despojándose de su palio imperial, se postró en el suelo á los pies del arzobispo, y con grande humildad y contrición de su espíritu, le tornó á suplicar le perdonase, y admitiese como á sacerdote de Cristo. El santo arzobispo se levantó del suelo con gran contento suyo, quedando de allí adelante muy amigos. Verdaderamente fue esto un grande ejemplo de humildad y sujeción á la Iglesia; porque no habiendo ofendido el emperador, ni de obra ni de palabra, al arzobispo, dio muestras de tan rara penitencia y rendimiento, por solo lo que le había pasado por el pensamiento contra un prelado eclesiástico, y siendo mal informado.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

VOCACIÓN DE LOS PUEBLOS

Dios mantuvo espléndidamente los ofrecimientos que hizo a Germania. La fiesta de hoy señala el remate del período de gestación fecunda en que el Espíritu Santo, habiéndola como creado de nuevo en las aguas regeneradoras del bautismo, quiso llevarla al pleno desarrollo de la edad madura, propia de las naciones.
El historiador debe especialmente ocuparse de estudiar la vida de los pueblos en este período de su formación verdaderamente creadora, si desea conocer lo que espera de ellos la Providencia. En efecto, cuando Dios hace una nueva creación, ya sea en el orden de la vocación sobrenatural de los hombres o de las sociedades, ya sea en el mismo orden de la naturaleza, deposita, desde su origen, el principio de vida más o menos perfecto que debe corresponderle: germen precioso con cuyo desarrollo, si no le pone impedimento, deberá llegar a conseguir su fin; con cuyo conocimiento, el que sabe observarle antes de toda desviación, llega a conocer con claridad el pensamiento divino en el momento crucial. Ahora bien el germen vital de las naciones cristianas es la santidad de sus orígenes; santidad de varias facetas y tan diversas para cada una de ellas, según sean los destinos decretados por la multiforme Sabiduría de Dios de la que deben ser instrumentos; santidad que con frecuencia descenderá del trono, y dotada por eso mismo, del carácter social que, por desgracia, gozarán también los crímenes de sus emperadores, por causa de ese mismo título de emperador que les hace ante Dios representantes de sus pueblos.

MISIÓN DE LAS REINAS

La reina Clotilde vigila la formación de sus hijos
Hemos visto que, a semejanza de María constituida en canal de toda vida para el mundo por su maternidad divina, del mismo modo ha sido confiada a la mujer la misión de engendrar para Dios las familias de las naciones que serán objeto de sus más caros destinos; mientras los príncipes son considerados como fundadores exteriores de los imperios y gozan por sus gestas el primer plano en la historia, las reinas, con su vida oculta, pasada en oraciones y lágrimas, hacen fecundas sus obras, levantan sus miras por encima de la tierra y las alcanzan la duración. 
El Espíritu Santo no teme prodigarse en la exaltación de la Madre de Dios; a las Clotildes y Radegundis, que en tiempos difíciles engendraron a los francos para la Iglesia, corresponden en diferentes cielos, pero siempre en honor de la Santísima Trinidad; las Isabelas en España, Portugal y Hungría, las Adelaidas y Cunegundas en Germania. En el caos del siglo X, del que debía salir Alemania, se cierne sin interrupción su dulce silueta, proyectando su luz en la noche de los tiempos sobre la Iglesia y sobre el mundo, más eficaz contra la anarquía que la espada de los Otones.
SAN ENRIQUE, Emperador
Fundó totalmente el obispado de Bamberga, haciéndole tributario de la Iglesia romana, y consagrándole á los príncipes de los apóstoles San Pedro y San Pablo, y á San Jorge, mártir, haciendo otras grandes liberalidades con muchas iglesias; porque el santo emperador no quería tener sino á Dios por heredero: y aunque se casó, por contentar á los príncipes de Alemania, con Cunegunda, hija del conde Platino, del Rin; guardaron ambos castidad virginal, viviendo como hermanos en grande paz y conformidad, y empleándose en heroicas obras de virtud. Mas el enemigo común, no pudiendo sufrir que hiciesen en la tierra vida tan angélica y pacífica los dos santos casados, instigó á algunos calumniadores, que levantasen un falso testimonio á la santa emperatriz, poniendo dolo en su honestidad; más el Señor declaró su inocencia con una grande maravilla: porque anduvo la honestísima señora con los pies desnudos sobre barras de hierro hechas ascua, sin quemarse, en testimonio de que era virgen, y de que ni el emperador su marido, ni otro hombre nacido había violado su entereza y virginidad.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

SAN ENRIQUE

Únase la tierra al cielo para celebrar hoy al hombre que dió, que llevó a cabo los designios de la Sabiduría eterna, en esta época de la historia; resume en sí todo el heroísmo y la santidad de la raza ilustre cuya principal gloria es el tenerla preparada durante todo un siglo para los hombres y para Dios. Fué grande ante los hombres que, durante un largo reinado, no se cansaron de admirar la bravura y actividad enérgica, gracias a los cuales, presente a la vez en todos los puntos del imperio, siempre victorioso, supo reprimir las revueltas del interior, contener a los eslavos en las fronteras del Norte, castigar las acometidas griegas en el mediodía de Italia; mientras que como político sagaz, ayudaba a Hungría a sacudir el yugo de la barbarie por el Cristianismo y tendía una mano amiga a Roberto el Piadoso, que quiso firmar un pacto eterno para dicha de los siglos venideros, entre el Imperio y la Primogénita de la Iglesia.
Enrique, esposo virgen de la virgen Cunegunda, fué grande además para Dios, que no tuvo nunca un representante más fiel sobre la tierra.
A sus ojos el único Rey es Dios en Cristo; el móvil de los intereses de Cristo y de su Iglesia y su sola ambición el servir al Hombre-Dios lo más perfectamente posible. Comprendía que la verdadera nobleza, lo mismo que la salvación del mundo, se ocultaba en los claustros donde las almas selectas se cobijaban para huir de la ignominia universal y evitar tantas ruinas. Este pensamiento le condujo a Cluny, al día siguiente de su coronación imperial, para poner en manos de su abad, para su custodia, la bola de oro, imagen del mundo, cuya defensa se le habla confiado como soldado del Vicario de Dios. Lejos de querer dominar, no pensaba sino servir y permanecerá fiel hasta el fin en este ideal, como verdadero discípulo de Cristo.

VIDA

"Jinete" Catedral de Bamberg
Enrique vino al mundo hacia el año 973.
Al cumplir los 22 años, fué elegido duque de Baviera, y en 1007 emperador de los romanos. Ocupó su vida en conquistar y mantenerse en paz a todo su inmenso imperio y en 1024 murió en Bamberg. Más que los acontecimientos políticos que caracterizan su reinado, debe hacerse resaltar la virtud de este emperador, que jamás se dejó llevar de sus propios intereses; su celo por ayudar a los papas en las asambleas sinodales o en la reforma de la Iglesia; su cuidado en la elección de obispos dignos de su ministerio; su caridad para los pobres y monasterios; sus admirables triunfos sobre naciones bárbaras, debidos más a la oración que a las armas. Su cuerpo fué sepultado en la catedral de Bamberga, construida por él, Dios le glorificó con numerosos milagros que movieron al Papa Eugenio III a canonizarle un siglo después. 
Su esposa, Santa Cunegunda, fué también elevada a los altares por Inocencio III.

ELOGIO

Por mí los reyes reinan y por mí los príncipes imperan. ¡Oh Enrique! Comprendiste esta palabra bajada del cielo. En aquellos tiempos turbulentos supiste donde encontrar el consejo y la fuerza.
Como Salomón, sólo deseaste la Sabiduría y como él experimentaste que con ella se alcanzan también las riquezas, la gloria y la magnificencia. Pero más afortunado que el hijo de David, no te dejaste desviar de la sabiduría viviente por estos dones inferiores, que, en los designios divinos, eran más la prueba de tu amor, que la manifestación del que Dios te tenía. Oh Enrique, la prueba fué decisiva: llegaste a la meta del buen camino, sin excluir de tu alma magnánima ninguna consecuencia de los preceptos divinos; satisfecho de haber elegido, al contrario de tantos otros, la áspera vereda que conduce al cielo, en compañía de los santos caminaste, por medio de los senderos de la justicia', siguiendo más de cerca a la divina Sabiduría.

PLEGARIA POR LA PAZ

Buscando en primer lugar para ti el reino de Dios y su justicia, estuviste lejos de defraudar a tu patria de origen y al pueblo que te había llamado a ser su guía.
Nos regocijamos que a ti entre todos, deba Alemania la consolidación de su imperio que fué su gloria entre todos los pueblos, hasta que cayó en nuestros días para no volverse a levantar.
Mira benigno desde el trono que ocupas en el cielo, a esta vasta región del Santo Imperio que te debe su desarrollo y al cual la herejía parece haberlo descompuesto para siempre. Ven, oh emperador de tiempos mejores, ven a combatir por la Iglesia; junta las fuerzas dispersas de la cristiandad al campo tradicional de los intereses comunes a toda nación católica; y que la alianza que tu profundo sentido político realizó en otro tiempo, traiga al mundo la tranquilidad, la paz, la prosperidad, que no le dará el inestable equilibrio con el que queda a merced de la fuerza. edificó, que fueron muchos. Tuvo don de profecía, y parece, que leía los corazones de los que venían á tomar su hábito, y que entendía, si venían llamados de Dios, ó no. Hizo grandes milagros, y sanó á muchos enfermos, de varias y grandes enfermedades. Era muy tierno para con los pobres, y en tiempo de necesidad daba todo lo que tenía para socorrerlos; y el Señor le proveía largamente, y recompensaba al convento, lo que él tomaba para beneficio de los pobres.
Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

domingo, 12 de julio de 2026

S A N T O R A L

SAN JUAN GUALBERTO, ABAD Y FUNDADOR

El día 12 de julio, hace la santa Iglesia conmemoración de San Juan Gualberto, abad, el cual nació en Florencia de padres nobles, y ricos, y se convirtió de la vanidad del siglo á la perfección evangélica, por un caso notable, que le sucedió, y fué de esta manera.
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/e6/Santa_Trinita%2C_Neri_di_bicci%2C_San_giovanni_gualberto_e_santi_vallombrosani.JPG
Tenia San Juan un padre, que se llamaba como él, Gualberto: era valiente y bravo soldado: el cual tenía enemistad con un hombre, que injustamente había muerto un pariente suyo: para vengarse, le pretendía matar; y Juan acudía á la voluntad de su padre, y andaba en los mismos pasos y cuidados. Un día yendo á Florencia, él y otro criado, bien armados, topó acaso á aquel su enemigo en el camino desarmado, en un paso tan estrecho, que no se le podía huir ni escapar. Turbóse aquel pobre hombre, y echándose á los pies de Juan con grande humildad le pidió por amor de Jesucristo crucificado, que le perdonase, y le diese la vida. Fué tanto, lo que se enterneció Juan, oyendo el nombro de Jesucristo crucificado, que luego levantó del suelo á su enemigo, le abrazó, le perdonó, y dijo, que estuviese seguro, pues había tomado tan buen abogado y patrón.
Hecho esto, aquel pobre hombre se partió consolado, y Juan siguió su camino, y entró en una iglesia, que estaba en él, y se puso á hacer oración delante de un crucifijo, que allí estaba: y para que se vea, cuan agradecido es el Señor de las obras que hacemos por su amor, especialmente cuando perdonamos las injurias; aquel crucifijo inclinó la cabeza á Juan, como quien le hacía gracias del servicio, que le había hecho, en perdonar por su respeto la muerte á su enemigo.
Quedó Juan confuso por este beneficio, y regalo del Señor: y pareciéndole, que lo llamaba para cosas mayores, determinó dar de mano á todas las vanidades del siglo, y desnudo abrazarse con Cristo crucificado: y para esto pidió al abad de San Miníalo de Florencia el hábito de San Benito, y tomóle con gran devoción; aunque á los principios con gran contradicción, y amenazas de su padre. En viéndose vestido del hábito de religioso, maceraba el cuerpo con continuos ayunos, y vigilias: huía de la ociosidad, madre de todos los vicios: ocupábase de día y de noche, en oración perpetua y fervorosa, en la obediencia, humildad, paciencia, mansedumbre, silencio, modestia, y en las demás virtudes; y á todos era ejemplo, dechado de toda santidad. Fué esto de manera, que siendo muerto el abad del monasterio, todos los monjes pusieron los ojos en Juan, para hacerle su prelado; mas él no lo consintió por su humildad: queriendo antes obedecer, que mandar, y huir el peligro, en que están, los que ocupan lugares altos.

Era manso, benigno, grave y modesto, severo con los rebeldes, y suave con los flacos, y muy compasivo con los enfermos: porque Dios le dio á él una enfermedad muy recia, que le duró toda la vida, de una flaqueza de estómago, y desmayos (la cual él sufrió con grande alegría), para que se compadeciese de los otros sus hijos. Fué muy celoso de la santa pobreza en su persona, y en las de sus súbditos, y en la fábrica de los monasterios, que edificó, que fueron muchos. Tuvo don de profecía, y parece, que leía los corazones de los que venían á tomar su hábito, y que entendía, si venían llamados de Dios, ó no. Hizo grandes milagros, y sanó á muchos enfermos, de varias y grandes enfermedades. Era muy tierno para con los pobres, y en tiempo de necesidad daba todo lo que tenía para socorrerlos; y el Señor le proveía largamente, y recompensaba al convento, lo que él tomaba para beneficio de los pobres.
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgmFrRF05pbpCKVIGCShHVakLlxt4Ock1EsAZFp5lZQqOfYXkrSpQs1nzDVWZPrzq0vINquIRXUaKLjm3IB4djqh9LWSVkPnxYF5KtiI-RbvqBaIHdcir9kJeBrjufCNBj66XsUkxhyZmqf/s1600/MONJES-EUROPA.pngNo le faltaron grandes trabajos, y persecuciones por la justicia, y verdad, las cuales sufrió con grande constancia, y venció con el favor particular que Dios le dio, y con algunos milagros, que obró en prueba de la verdad, que el santo defendía. Finalmente, siendo ya muy viejo, cayó en una grave enfermedad, y entendiendo, que se acercaba aquel día, que él tanto deseaba, de salir de la cárcel de este cuerpo mortal, para gozar del Señor; mandó llamar á los abades de los otros monasterios de su orden, y avisándoles, que él presto los dejaría, los exhortó á la observancia de su regla, y á la fraterna dilección, y caridad. Y habiendo recibido con gran devoción los santos sacramentos de la Iglesia, dio su espíritu al Señor, á los 12 de julio del año de 1073, y después fué enterrado en la iglesia del monasterio de Pasiniano, e hizo por él el Señor muchos y grandes milagros.
La vida de San Juan Guaiberto escribió el P. Fr. Blas Malavesio, general de la orden de Valleumbrosa, y la trae el P. Fr. Lorenzo Surio en su cuarto tomo. Hacen, mención de él el Martirologio romano á los 12 de julio, y san Antonino en la segunda parte de su historia, tít. V, cap. XVII.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

sábado, 11 de julio de 2026

S A N T O R A L

San Benito de Nursia

Patriarca de los Monjes de Occidente

San Benito, detalle de La Crucifixión, Fray Angélico

Cuando sobrevino el desmoronamiento del Imperio Romano de Occidente, la Providencia suscitó a San Benito “como una luz en medio de las tinieblas, o como un médico enviado por Dios para curar las llagas de la humanidad en aquella época”¹
En su obra Diálogos, en que narra la vida de varios santos, San Gregorio Magno dedica el segundo libro a San Benito. Comienza así:
“Hubo un varón de vida venerable, bendecido tanto por gracia como por nombre, dotado desde la más tierna infancia de una sabiduría de hombre plenamente maduro. En efecto, en su modo de actuar se anticipó a la edad y jamás se entregó a ningún placer pecaminoso; al contrario, todavía en esta tierra, pudiendo gozar libremente de los bienes temporales, prefirió despreciar el mundo con sus flores, que consideró marchitas”.2
San Benito era oriundo de la noble familia Anicia, que diera a Roma cónsules y emperadores, y nació en el poblado de Sabino, en Nursia, en la Umbría, por vuelta del 480. Cuatro años antes Odoacro, rey de los bárbaros hérulos, deponía al último emperador romano, Rómulo Augústulo, haciendo cesar así el dominio que tenía Roma sobre todo el mundo civilizado de entonces.
De la hermana gemela de Benito, Escolástica, se sabe que fue consagrada a Dios desde su infancia, pero no se tienen pormenores de su vida, sino poco antes de su muerte.

La barbarie se propaga en la época de San Benito

Acompañado de su ama de leche, Benito fue enviado a Roma para estudiar. Allí permaneció cierto tiempo. Pero sucedió que, “invadido por los paganos de las tribus arias, el mundo civilizado parecía declinar rápidamente hacia la barbarie, durante los últimos años del siglo V: la Iglesia estaba agrietada por los cismas; ciudades y países desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban tanto entre cristianos como entre gentiles. [...] En las escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores”.³
Por eso, a los doce años Benito fue a vivir, aún con su ama de leche, al pueblito de Enfide [actual Affile], donde, auxiliado “por muchos hombres honrados”, se instaló cerca de la iglesia de San Pedro. Fue en ese pequeño lugar donde obró el primer milagro del que se tiene noticia. Habiendo su ama tomado prestado de gente pobre de los alrededores un jarro de barro, lo colocó de mal modo sobre la mesa; este resbaló, cayó al suelo y se partió. Viendo a la mujer llorar amargamente porque no podía devolver el jarro roto, Benito juntó los pedazos y rezó sobre ellos, “con los ojos llenos de lágrimas”. Al mismo instante el jarro se reconstituyó, como si nunca se hubiese partido. 

Recogimiento en la soledad de Subiaco

La fama del milagro se esparció por la ciudad, y era exactamente lo que Benito no quería. Por eso, resolvió retirarse a un lugar completamente aislado, donde pudiese estar a solas con Dios. Esta vez, sin llevar consigo ni a su ama, fue a una región agreste, montañosa, a unos 80 Km. de Roma, llamada Subiaco. Allí encontró a un monje, Román, que sabiendo de sus designios, le dio un hábito de eremita y le encaminó a una gruta tan inaccesible, que difícilmente alguien podría encontrarlo. Y el mismo San Román hacía descender el pan para alimento de Benito, por medio de una cuerdita a la cual había amarrado una campanilla.
Gruta de San Benito en Subiaco (Italia)
En ese total recogimiento, el solitario vivió durante tres años. Fue cuando, según la tradición, un sacerdote de Monte Preclaro, que planeaba su cena para el domingo de Pascua, vio en sueños a Nuestro Señor que le dijo: “Mi servidor se muere de hambre en una caverna, y tú te preparas cosas deliciosas”. A esa voz el sacerdote se levanta, recoge lo que había preparado para la comida, y sale para encontrar al siervo de Cristo, desconocido por él. Guiado por la mano de Dios, va entre las montañas y rocas hasta encontrar finalmente la gruta de Benito. Después de rezar con él por largo tiempo, lo convida a participar de su comida, alegando ser aquel un día de fiesta.
Más adelante, unos pastores descubrieron al santo. Al inicio, pensaron que se trataba de algún animal, pues estaba vestido de pieles, pero en seguida vieron que era un solitario. Éste les habló de la religión, y poco a poco la fama de santidad de Benito se irradió por la región.

Acto heroico para aplacar la concupiscencia

El padre de la mentira quiso vengarse del bien que Benito hacía y del que preveía que aún iría a hacer, y bajo la forma de un mirlo comenzó a cantar, revoloteando alrededor de su cabeza. Pero Benito hizo la señal de la cruz sobre el inoportuno, que desapareció. Al mismo instante el santo sintió una terrible tentación de lujuria y de inmediato, para apagar su ardor, se lanzó sobre una zarza de espinas, sobre la cual revolcó su cuerpo hasta correr sangre. El dolor físico apartó la tentación diabólica, y ese acto heroico le valió el verse libre de toda tentación de lujuria para el resto de su vida. Siglos después, otro santo, el poverello de Asís, contemplando maravillado aquella zarza de rudas espinas, la bendijo, y en ella surgieron odoríferas rosas.
Había en las proximidades de Subiaco un monasterio, decadente de su primitivo fervor. Al fallecer su abad, los monjes escogieron a Benito en su lugar. En vano él se resistió. Por el bien de la paz, terminó cediendo. Pero los monjes no pudieron suportar sus continuas amonestaciones, sus consejos, y sobre todo la fuerza de su ejemplo. Resolvieron entonces envenenarlo. Le dieron una copa de vino en la cual habían derramado una sustancia fuertemente venenosa, pero el santo, como era su costumbre, hizo la señal de la cruz sobre el vino antes de beber, y la copa se hizo trizas en sus manos. Benito volvió entonces a su amada soledad de Subiaco.4

Formador de santos – milagros portentosos

La fama del solitario de Subiaco fue esparciéndose como mancha de aceite, y personas de toda condición acudían para consultarle u oírle palabras de vida eterna. Algunos iban más lejos: el noble Equicius le confió a su hijo Mauro, de apenas doce años, para que Benito lo educase y dirigiese. Y el patricio Tértulo hizo lo mismo con su hijo Plácido, entonces de siete años. En la escuela de Benito ambos llegaran a la honra de los altares.
Poco a poco, doce conventos se esparcieron alrededor de Subiaco, cada uno con doce monjes y un superior, teniendo Benito la supervisión de todos ellos.
Entre los doce conventos, tres quedaban en la cuesta de la montaña, donde no había agua. Sus monjes tenían que bajar las escarpadas cuestas para buscarla abajo, en un lago. Esto no sólo era muy penoso, sino que presentaba riesgos. Por eso los monjes pidieron autorización a Benito para mudarse a un lugar más propicio. El santo quiso que ellos esperasen. Acompañado del niño Plácido, subió la montaña, escogió un lugar cerca de los conventos y lo marcó con tres piedras. Al día siguiente los monjes notaron que del lugar corrían chorrillos de agua, que luego formaron un arroyuelo descendiendo montaña abajo.
Otro milagro realizado por esa época fue con un godo convertido, que entrara como novicio en uno de los conventos. Benito le dio como función desmalezar alrededor del lago, para acabar con las plagas. El novicio puso tanto empeño en el trabajo que, estando cerca del lago, la lámina de la herramienta saltó dentro del agua, en un lugar profundo.
Contrito y humillado, el novicio buscó a Mauro para que éste, que era el discípulo predilecto, le pidiese a San Benito que le diese una penitencia. Al saber de lo ocurrido, el santo fue hasta la orilla del lago con el novicio y, sumergiendo la punta del mango en el agua, la lámina subió de las profundidades para encajarse perfectamente en él.
En otra ocasión, el pequeño Plácido fue a sacar agua del lago y se cayó, siendo arrastrado por la corriente. Benito, por una visión profética, vio lo que pasaba y mandó que Mauro corriese en socorro del niño. El joven obedeció prontamente y al pie de la letra: corrió sobre el agua y cogió a Plácido de los cabellos, arrastrándolo hacia el margen. Sólo entonces se dio cuenta del milagro de correr sobre el agua, y lo atribuyó a San Benito, quien le confirmó que había sido un premio a la pronta obediencia.
Vista del famoso convento
 benedictino de Subiaco

Fundación del monasterio de Monte Cassino

Viendo el bien que hacía Benito, y consintiendo en una tentación del demonio, un sacerdote que vivía en las proximidades, Florencio, se llenó de odio hacia el santo e intentó matarlo, enviándole un pan envenenado. Pero San Benito, conociendo la trama por una revelación, ordenó a un cuervo que se llevase el pan hacia un lugar donde no pudiese causar daño a nadie.
El clérigo no cesó sus ataques, llegando al colmo de introducir en uno de los monasterios a siete mujeres de vida licenciosa para tentar a los monjes.
Sabiendo San Benito que el objeto de toda la ofensiva era él, resolvió retirarse, llevándose consigo a algunos discípulos. Y llegó a la región de Monte Cassino, donde quedaban las ruinas de una ciudad en la cual había sido venerado el dios Apolo. En el lugar, plantó una cruz y comenzó la construcción del monasterio que tanto bien haría al mundo de aquel tiempo.

Regla benedictina: “suma del cristianismo”

Queriendo que sus monjes uniesen la vida activa a la contemplativa, bajo el lema Ora et Labora (Reza y Trabaja), San Benito escribió su célebre Regla, obra maestra destinada a la perpetuidad. Ella es, según Bossuet, una “suma del cristianismo, resumen docto y misterioso de toda la doctrina del Evangelio, de las instituciones de los Santos Padres, de todos los consejos de perfección, en la cual alcanzaban una cima más alta la prudencia y la simplicidad, la humildad y el valor, la severidad y la dulzura, la libertad y la dependencia; en la cual la corrección tiene toda su firmeza, la condescendencia todo su encanto, la voz de mando todo su vigor, la sujeción todo su reposo, el silencio su gravedad, la palabra su gracia, la fuerza su ejercicio, y la debilidad su apoyo”.5
San Benito falleció el 21 de marzo del año 543.
Plinio María Solimeo
Notas.-
1. San Bertario, abad de Monte Cassino y mártir, apud Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, París, Bloud et Barral, 1882, t. 3, p. 570.
2. San Gregorio Magno, Vida y Milagros de San Benito, Editorial Stella Matutina, Buenos Aires, 1999, p. 15.
3. Biografía de San Benito, adaptada de Vidas de los Santos de Butler, www.corazones.org/santos/benito.htm.
4. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, p. 213.

5.Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Madrid, Ediciones Fax, 1945, t. I, p. 538.
                                                                                                                                                                                                                                                                                         Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-215-san-benito-de-nursia