lunes, 5 de octubre de 2026

S A N T O R A L

SAN PLACIDO, monje

EL OBLATORIO BENEDICTINO ANTIGUO 

A la orden benedictina se asocia toda la Iglesia para festejar hoy a San Plácido, uno de los primeros discípulos del Patriarca de los Monjes de Occidente.
San Gregorio Magno nos refiere cómo de Roma y de otras partes venían a confiar niños a San Benito para que él se encargase de su educación y de su instrucción, y que el Santo "los mantuvo en el servicio de Dios". Estos niños eran ordinariamente, no sólo confiados para unos años, sino en realidad ofrecidos y donados a Dios de un modo definitivo, de suerte que ya no podían en adelante volverse al mundo.
En la actualidad nos choca esta costumbre y nuestra mentalidad del siglo XX la califica, desde luego, de abusiva y hasta de exorbitante. Y es que ya no tenemos nosotros la misma noción de la patria potestas, del poder paternal, tal como existió durante largos siglos. No hace tanto tiempo que los padres decidían el porvenir de sus hijos sin consultarlos y hasta sin permitirles el menor reparo.

NUESTRA DEPENDENCIA DE DIOS

"Los usos antiguos hay que apreciarlos con un alma antigua, y las disposiciones cristianas se necesita apreciarlas con una alma cristiana. Para rebelarse contra la donación hecha a Dios de los niños de pocos años, sería necesario demostrar que el hombre tan sólo está sometido a las leyes cuya obligación y carga él aceptó libremente.
"Somos criaturas sin haberlo querido; hemos sido hechos cristianos y hemos sido comprometidos en el orden divino sin contar con nuestro parecer. El hombre que reflexiona, tiene que reconocer inmediatamente que es un ser de quien Dios dispone como quiere, o por sí mismo y directamente o por intermediarios, pero siempre como amo.

LA LIBERTAD

"En el fondo, la inquietud retrospectiva causada por el oblatorio ¿no procede de un error demasiado extendido sobre el verdadero carácter de la libertad? La facultad de escoger el mal o un bien menor, la independencia de la persona frente al bien o al mal, el individualismo mezquino o envidioso, todo esto no es más que la disminución de la libertad. La verdadera libertad consiste en la dependencia profunda, en la adhesión consciente y voluntaria al bien y a Dios. A no ser así, no se comprende la educación que tiene por fin precisamente el crear en nosotros el prejuicio del bien aun antes de saber lo que es. Y los que quieren que los individuos pertenezcan al Estado más que a la familia, y que se los entregue para su formación a la Universidad so pena de pérdida de derechos, no hacen más que usar ellos del procedimiento que reprochan a la Iglesia.
"Al ofrecer el senador Tertulo a su hijo Plácido a San Benito, no pensaba que practicaba un acto de tiranía; creía que así aseguraba la tranquilidad y la vida eterna de su hijo; estaba convencido de que ni el niño ni Dios le echarían en cara algún día su decisión. De hecho, la mayor parte de los niños ofrecidos de esta manera, se adherían de buen grado más tarde a la profesión que había sido emitida en su nombre. Y los que de buena gana habrían tomado el camino del mundo, ¿tanta lástima merecen por habérselos obligado a quedarse en la casa de Dios? Y en vez de dejarse hipnotizar por los abusos y las defecciones inevitables que ocasionó el oblatorio, ¿no se debe más bien bendecir a una institución que dió tales frutos como San Mauro y San Plácido, San Beda el Venerable, Santa Gertrudis y tantos otros? Si nosotros hubiésemos sido ofrecidos, sólo habríamos conocido a Dios y no tendríamos otros recuerdos distintos de Él, ni tendríamos tampoco que olvidar nada: ¿en qué consistiría la desgracia?"

VIDA

Plácido nació en Roma de la noble familia de los Anicios. Muy niño aún, su padre Tertulo le confió a San Benito en el 
monasterio de Monte Casino. Fué el discípulo predilecto del Santo, juntamente con San Mauro. San Gregorio ha referido un milagro de que el santo salió beneficiado: un día fué Plácido por agua al lago, cayó en él y le arrastró la corriente.
San Benito mandó a Mauro que fuese en su ayuda; éste obedeció tan puntualmente, que anduvo sobre las aguas sin advertirlo y sacó al joven Plácido. Las Actas de su vida nos manifiestan su dulzura, su humildad, su contemplación, su austeridad. A San Plácido se le consideró como Confesor hasta fines del siglo XI. Entonces apareció la leyenda de que San Benito le había enviado a Sicilia. El martirologio casinense la anotó, pero, por la lógica de las cosas, pronto se tuvo que ver en el Plácido enviado a Sicilia, al mártir de este nombre honrado el 5 de octubre. Pedro diácono, monje casinense del siglo XII, introdujo la Leyenda en su Vita Placidi, vida inventada desde el principio hasta el fin que se extendió sólo en un círculo restringido. Sicilia la aceptó, pero haciendo constar en los martirologios de los siglos XII y XIII que esta tradición se habría sobrepuesto a otra más antigua. Actualmente la Orden benedictina celebra la fiesta de San Plácido utilizando el Común de Mártires sin ninguna oración ni lección propia, hasta que llegue el día de juntar en una sola fiesta a los dos primeros discípulos de San Benito, Mauro y Plácido que una tradición secular había ya unido en la Alta Edad Media en el grupo de los Confesores.
Será conveniente no olvidar en nuestra oración de hoy al grupo notable de mártires de que hace memoria la Iglesia en este día y que sufrieron por la fe en el siglo V.

ORACIÓN POR LOS NOVICIADOS

De lo alto del cielo donde estás recibiendo la recompensa de tu docilidad y de tu fidelidad, dígnate, oh San Plácido, no dejar de interesarte por la extensión del reino de Jesucristo en el mundo, por los progresos de la vida perfecta en la Iglesia, por la difusión de la familia monástica cuya gloria eres. En diversos lugares te están confiados los noviciados: en recuerdo de la formación privilegiada cuya insigne ventaja tuviste, vela por los que aspiran a la mejor parte.
A ellos sobre todo se aplica la palabra del Evangelio: Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos, el reino de los cielos que consiste en la participación anticipada de Dios en este mundo por la vida de unión y a la cual lleva el camino de los consejos. ¡Que hagan ellos recordar a los Ángeles tu humildad y dulce sencillez y reconozcan la solicitud de madre de la Sagrada Religión para con ellos, por la docilidad filial que en ti fué correspondencia al afecto especial del legislador de los monjes! ¡Dios permita que a pesar del descrédito del mundo, crezcan para gloria de Dios, en número y en mérito!
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

domingo, 4 de octubre de 2026

S A N T O R A L


San Francisco de Asís
Siervo perfecto de la Dama Pobreza



Fresco de San Francisco en Subiaco. . Según muy 
antigua tradición, ésta es su verdadera fisonomía.
Una de las mayores vocaciones de la Historia de la Iglesia, el fundador de la Orden Franciscana recibió los estigmas del Redentor y se tornó un sustentáculo de la Iglesia universal; modelo de desprendimiento total, no despreciaba a los ricos; poseía la alegría que deriva de la pureza de corazón y de la constancia en la oración

Plinio María Solimeo

San Francisco de Asís, uno de los santos más populares del mundo, marcó profundamente no sólo la vida de la Iglesia, sino también la sociedad temporal de su época. Celebramos su fiesta el día 4 de Octubre.
Pocos santos ejercieron una influencia tan determinante en la historia civil y eclesiástica de su tiempo como el Poverello de Asís. Y pocos habrán llevado las máximas evangélicas tan lejos cuanto este hombre que se identificó tanto con Nuestro Señor Jesucristo crucificado, que mereció recibir en su cuerpo los sagrados estigmas de la Pasión.
Francisco nació en 1182 en la pequeña y poética ciudad de Asís, situada en los Apeninos. Su padre fue Pedro Bernardone —que se hiciera famoso por la usura y ceguera en relación con su hijo— y su madre una dama de origen francés, de noble sangre y gran virtud, llamada Pica.
Narra una leyenda que ella, sintiendo los dolores del parto, no conseguía dar a luz, hasta que se trasladó a la caballeriza de la casa, naciendo así Francisco, a semejanza del Salvador, sobre la paja, entre el asno y el buey.
Alegre, derrochador, pero temeroso de Dios
Nada sabemos de la infancia del Santo. En la Leyenda de San Francisco (o De los Tres Amigos), escrita por tres de sus primeros discípulos, leemos: “Ya crecido, como era dotado de una viva inteligencia, se dispuso a continuar el oficio paterno, es decir, el comercio, sin embargo con otros entendimientos, pues él era mucho más alegre y liberal que su padre: le gustaba andar en festiva compañía, sea durante el día sea durante la noche, por las calles de Asís, en diversiones y cantos, y era tan gran derrochador, que gastaba en reuniones y banquetes todo cuanto ganaba”.1 A lo cual añade San Buenaventura, tercer General de los franciscanos, contemporáneo y discípulo del Poverello: “Pero, con el auxilio divino, jamás se dejó llevar por el ardor de las pasiones que dominaban a los jóvenes de su compañía”.2
El propio Francisco confiesa: “—Yo verdaderamente creo nunca haber, por la gracia de Dios, cometido falta sin haber hecho de ello expiación, confesando mi pecado y arrepentido de mi culpa”.3
Alegre, jovial, desprendido, gentil, afable, “el Señor infundía en su corazón un sentimiento de piedad que lo hacía generoso con los pobres. Este sentimiento fue creciendo en su corazón; y lo impregnó de tanta bondad, que él decidió, como oyente atento que era del Evangelio, ser generoso con quien le pidiese limosna, sobre todo a quien pidiese por amor de Dios”,4 de modo que daba hasta parte de su vestuario, si no tenía más dinero.
La popularidad que Francisco había adquirido hasta entonces entre sus coterráneos se debía más a sus cualidades morales que a las físicas, pues “era pequeño y de aspecto miserable”,5 atrayendo poco la atención de aquellos que no lo conocían.
“Desprecia lo que amaste” – entrega a la Dama Pobreza
Llevaba él esa alegre y despreocupada vida, cuando tuvo las primeras revelaciones divinas que lo llamaban a una vida más elevada. Rezando un día en la iglesia de San Damián, oyó al Crucificado pedirle que restaurase su casa, que estaba en ruinas. Tomando las palabras literalmente, se empeñó en la refacción no sólo de ese templo, sino de otros dos más. El Divino Redentor, sin embargo, le pidió que sobre todo restaurase no los edificios de las iglesias, sino la propia Iglesia en cuanto institución.
Mas le dijo el Salvador: “Si quieres conocer mi voluntad, precisas despreciar todas las cosas que hasta aquí materialmente amaste y deseaste. Cuando hubieres hecho eso, te será agradable todo cuanto te es insoportable y se volverá insoportable todo cuanto deseas”.6
Entonces intervino Pedro Bernardone, pues su hijo daba de limosna todo lo que tenía, y pasó a llevar una vida considerada insensata por el mundo. En esa época ocurrió el conocido episodio en que el padre recurre al obispo para hacer cesar las “extravagancias”del hijo; éste se apresura a despojarse hasta de la ropa que lo cubría, para satisfacer la codicia del padre. Después de eso Francisco se entregó completamente a lo que llamó laDama Pobreza, siguiendo al pie de la letra los consejos del Evangelio.
La Porciúncula
Funda los Frailes Menores
 “Como otro Elías, comenzó Francisco a anunciar la verdad, con pleno ardor del Espíritu de Cristo. Convidó a otros a que se asociasen a él en la búsqueda de la perfecta santidad, insistiendo para que llevasen una vida de penitencia. Comenzaron algunos a practicar la penitencia, y enseguida se asociaron a él, compartiendo la misma vida, usando vestimentas viles. El humilde Francisco decidió que ellos se llamarían Frailes Menores”.7
Surgieron así los primeros doce discípulos que, según registran las Florecillas, “fueron hombres de tan grande santidad que, desde los Apóstoles hasta hoy, no vio el mundo hombres tan maravillosos y santos”.8 “Aquellos que venían a abrazar esta vida distribuían a los pobres todo lo que tenían. Se contentaban sólo con una túnica, un cordón y un par de calzas, y no querían más”, dirá más tarde Francisco en su Testamento.9
Los nuevos apóstoles se reunieron en torno de la pequeña iglesia de la Porciúncula, o Santa María de los Ángeles, que pasó a ser la cuna de la Orden.
El Santo sostiene a la Iglesia Católica
Para obtener la aprobación de su incipiente Orden, Francisco se dirigió a Roma. Y el Señor estaba con él, pues, poco antes de llegar, y para prepararle el terreno, “el Pontífice Romano vio en sueños a la Basílica de Letrán, a punto de desplomarse; mas un pobrecillo, hombre pequeño y de aspecto miserable, la sustentaba con sus hombros, impidiendo que se desplome”.10 Cuando el Sumo Pontífice vio en su presencia al Poverello de Asís, lo reconoció, lo abrazó, y le dijo a él y a sus compañeros: “Hermanos, id con Dios y predicad la penitencia, según os será inspirada. Cuando hubiereis crecido en número y el Señor aumentado sus gracias a vuestro favor, tornad a Nos, que os concederemos lo que deseareis y mucho más”.11
Provistos de esa aprobación pontificia, los nuevos religiosos salieron a predicar, de a dos, recorriendo las ciudades de la región y mostrando a sus habitantes, con la palabra y con el ejemplo, el camino de la salvación.
Espíritu y fuerza de Elías
Cierta noche los frailes vieron un carro de fuego de un esplendor maravilloso, con un globo brillante, parecido al sol, entrar en el aposento en que estaban, dando tres vueltas en el recinto. Comprendieron que Dios quiso mostrarles, por aquella figura, “que su padre Francisco había venido «en el espíritu y en la fuerza de Elías». Desde entonces [Francisco]penetraba los secretos de sus corazones, predecía el futuro y realizaba milagros. Estaba patente para todos que el espíritu de Elías, dos veces más poderoso, viniera a habitar en él con tal plenitud, que lo más seguro para todos era seguir su vida y enseñanzas”.12Francisco manifestaba su amor a Dios por una alegría inmensa, que se expresaba muchas veces en cánticos ardorosos. A quien le preguntaba cual era la razón de tal alegría, respondía que “ella deriva de la pureza del corazón y de la constancia en la oración”.
Esa divina locura de la cruz, que transparecía en Francisco y le atrajo muchos discípulos, debía atraer también a una joven, hija del Conde de Sasso Rosso, Clara, de 17 años. Desde el momento en que oyó al Pobrecillo predicar, comprendió que la vida que él proponía era la que Dios quería para ella. Francisco se volvió guía y padre espiritual de su alma.
Como sus padres tenían otros planes para Clara, fue necesario que ella huyese a la pequeña iglesia de la Porciúncula, donde Francisco le cortó los cabellos y la hizo vestir un simple hábito. Nacía así la Segunda Orden de los Franciscanos, las Clarisas. Dos semanas después, Inés, hermana de Clara, la seguía al claustro, y más tarde una tercera, Beatriz.

No despreciar a los ricos
A pesar de predicar especialmente a los pobres e identificarse con ellos, “Francisco tenía el hábito de alertar a sus discípulos, exhortándolos a no condenar y no despreciar a «aquellos que vivían en la opulencia y vestían con lujo»”. Decía que “también ellos tienen a Dios por señor, y que Dios puede, cuando quiere, llamarlos, como a los otros, y hacerlos justos y santos”.13 Uno de esos nobles le dio al Poverello el Monte Alverno, donde recibiría la mayor gracia de su vida.
Encuentro de dos hombres providenciales
En 1217, yendo a Roma, Francisco se encontró con otra lumbrera de la Iglesia de la época, Domingo de Guzmán, que también había fundado una Orden religiosa para combatir la decadencia de las costumbres. Los dos santos se abrazaron, estableciendo una amistad solidificada por el amor a Dios.
Poco después Francisco recibía en su Orden a uno de los que serían su mayor gloria y haciéndose uno de los santos más populares del mundo, Fray Antonio de Lisboa —más adelante conocido, también, como “de Padua”.
El Monte Alverno, donde Francisco
recibió la mayor gracia de su vida:
los sagrados estigmas de la
Pasión de Nuestro Señor
Sinsabores y fundación de la Tercera Orden
Uno de los mayores dolores de Francisco fue ver surgir una nueva tendencia entre sus frailes, comandada por el Superior Fray Elías, que daba una orientación diferente a la del Santo, principalmente con relación a los estudios y al modo de observar la pobreza. Francisco llegó a maldecir a Fray Pedro de Stacia, uno de los frailes de la nueva tendencia.
De otro lado, eran tantos los seglares que, ligados por los lazos del matrimonio o con otros encargos terrenos, no podían observar por entero las reglas franciscanas, pero querían pertenecer a su familia de almas, que Francisco fundó una Orden Tercera para abarcar a todos. Muchos grandes personajes —como San Luis, Rey de Francia, y Santa Isabel, Duquesa da Turingia— a ella pertenecieron.
Recepción de los estigmas
Dos años antes de su muerte, habiendo Francisco ido al Monte Alverno en compañía de algunos de sus frailes más íntimos, se puso en oración fervorosa y fue objeto de una gracia insigne. Con la apariencia de un serafín de seis alas se le apareció Nuestro Señor crucificado que, después de entretenerse con él en dulce coloquio, partió dejándole impreso en el cuerpo los sagrados estigmas de la Pasión. Así, este discípulo de Cristo, que tanto deseaba asemejarse a Él, obtuvo este otro trazo de similitud con el Divino Salvador.
Cantando alabanzas a la “Hermana Muerte”
En su última enfermedad, y ya próximo a la muerte, quería Francisco que Fray Ángelo y Fray León permaneciesen junto a su lecho para cantar las alabanzas de la “Hermana Muerte”. A quienes se escandalizaban con esa actitud, respondía: “Por una gracia del Espíritu Santo, me siento tan profundamente unido a mi Señor Dios, que no puedo dejar de alegrarme en Él”.14
“Por fin, habiéndose realizado en él todos los planes de Dios, el bien aventurado adormeció en el Señor, rezando y cantando un Salmo” 15, el día 4 de octubre de 1226, a los 45 años, siendo canonizado apenas dos años después.
Notas.-
1. Leyenda de San Francisco, “escrita por los tres humildes hermanos franciscanos León, Rufino y Ángelo, el año de la gracia de 1246”, trascripción libre de Brasil Bandecchi, São Paulo, 1957, p. 13.
2. San Buenaventura, Leyenda Mayor y Leyenda Menor – Vida de San Francisco de Asís, Vozes, 1979, p. 21.
3. Speculum Perfectionis, in Johannes Joergensen, San Francisco de Asís, Vozes, 1957, p. 316, nota 345.
4. San Buenaventura, id. ib.

5. Id., ib., p. 174.
6. Leyenda de San Francisco, p. 25.
7. San Buenaventura, op. cit., p. 173.
8. Las Florecillas, Zeus , Madrid, 1963, p. 22.
9. Joergensen, op. cit., p. 137.
10. San Buenaventura, op. cit., p. 174.
11. Leyenda de San Francisco, pp. 66-67.
12. San Buenaventura, id., p. 175.
13. Joergensen, op. cit., p. 216.
14. Id. ib., p. 393.
15. San Buenaventura, op. cit., p. 200.

 Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-28-san-francisco-de-asis

sábado, 3 de octubre de 2026

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.

Primer Sábado del Mes

Devoción al Rosario

 y al Inmaculado Corazón de María


En la segunda aparición en Fátima la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, 
con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.

Promesas de Nuestra Señora de Fátima

En la aparición de Junio de 1917, Nuestra Señora prometió a los tres pastorcitos que llevaría al Cielo a aquellos que abrazaran la devoción al Inmaculado Corazón de María. Al respecto, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, gran apóstol de la devoción mariana, comentó en una conferencia dictada en 1994: "La Santísima Virgen pide muy poco: Si lo hicieran os daré. Si no lo hicieran, no quiere decir que no os amaré, pero... si fuereis sedientos de aprovechar esta promesa de mi Inmaculado Corazón tanto más yo os amaré. ¡Venid!"
Sin embargo, cuántas personas adoptan una actitud indolente delante de promesas de éstas: las promesas del Sagrado Corazón de Jesús respecto a los nueve primeros Viernes; la promesa del Escapulario del Carmen, de ser sacado del fuego del Purgatorio en el primer Sábado, ¡qué promesas magníficas!".