viernes, 20 de abril de 2018

S A N T O R A L

SANTA INES DE MONTEPULCIANO, VIRGEN DE LA ORDEN DE SANTO DOMINGO

Fué esta Santa Inés uno de los más hermosos frutos que dió el árbol monástico plantado por Santo Domingo en la Iglesia de Dios. Nació en el año de 1274 en un lugarejo de Toscana, llamado Gracciano Vecchio, poco distante de la ciudad de Montepulciano. Sus padres eran distinguidos por su nobleza y bienes de fortuna, virtuosos y muy temerosos de Dios.
Al nacer la niña, llenóse de luz celestial el aposento donde se hallaba su madre. Parecía que los ángeles saludaban de esta manera a la enviada del Señor, y que Dios quería mostrar al mundo la vida santa a que destinaba aquella tierna criatura.
No desmintió Inés las esperanzas que sus padres concibieron a la vista de aquel prodigio, antes bien, desde la más temprana edad brotaron ya en su alma gustos y aficiones sobrenaturales. Puede decirse que los experimentó ella aun antes de que supiese hablar. Cuando pudo ya balbucear, aprendió el Padrenuestro y el Avemaría, y desde entonces fue su más deleitoso recreo recogerse en lugar apartado de su casa, y allí juntas las manos y de rodillas, rezar muchas veces estas dos hermosas oraciones.
Templo y morada del Espíritu Santo era el tierno corazón de Inés, que este divino Espíritu lleno de gracias y abrasó con incendios de amor a la pureza. Con eso, aunque jovencita, ponía ya espanto al demonio, como se verá por lo que sigue: Siendo de nueve años fue cierto día a Montepulciano. Al pasar cerca de una casa de pecado vio levantarse de un campo vecino una bandada de cuervos, los cuales volaron sobre su cabeza dando espantosos graznidos para asustarla, se le echaron encima y abrían sus negros picos como si pretendieran lastimarla. Con todo eso, no le hicieron daño alguno; pero bien dieron a entender los demonios, por medio de aquellos siniestros avechuchos, cuanto les molestaba la sola presencia de la virtuosa doncellita. Andando los años, Inés convirtió aquella casa en santuario de oración y santidad.

ÁNGEL DEL CONVENTO


Quiso Inés poner a salvo su castidad y defenderla contra las asechanzas del demonio, por lo cual, pidió licencia a sus padres para hacerse monja: Habiéndolo logrado partió para Montepulciano y entró en un convento de monjas Saquinas, así llamadas por ser su hábito de tela burda como de saco. Allí permaneció quince años, pasados los cuales ingresó en la sagrada Orden de Santo Domingo.

Aunque joven, se dio con ardor a la práctica de virtudes que parecían propias de personas más adelantadas que ella en edad y perfección. Mortificaba su cuerpo con ayunos, vigilias y otras austeridades y con sumo empeño crucificaba su voluntad por medio de la obediencia exacta y puntualísima a las órdenes de su priora, aun en cosas al parecer insignificantes.

Pero señalábase sobre todo por su encendida piedad y por el amor grande que tenía a la oración y a la lectura de libros santos y devotos. La inclinación a las cosas sobrenaturales que tuvo desde jovencita se manifestó más al paso que crecía en edad. No corre el sediento ciervo a la fuente de aguas vivas con más ardor que Inés cuando acudía a la oración y trato con Dios. Pasaba los ratos libres en amorosos coloquios con su divino Esposo Jesús. No es, pues, de maravillar que en muy breve tiempo hiciera grandes progresos en el camino de la virtud y de la perfecta oración.

Muchas veces, mientras oraba, la vieron sus hermanas elevarse en el aire y acercarse poco a poco al Santo Cristo, hasta poder besar sus sagradas llagas.

Al ver las virtudes de Inés y las admirables prendas naturales y sobrenaturales con que el Señor la había favorecido, las monjas solían llamarla el ángel del convento.

ABADESA A LOS DIECIOCHO AÑOS POR VOLUNTAD DE DIOS


Una noche, mientras oraba, apareciósele la Virgen María y le entrego tres hermosísimas y muy brillantes perlas, diciéndole: —Hija, te encargo que edifiques una iglesia y un monasterio en mi honor, y es mi deseo que los dediques a la Santísima Trinidad, significada por estas tres perlas.

Santa Inés tenía por entonces solo dieciocho años.

A los pocos días determinaron los habitantes de Proceno, del condado de Orvieto, edificar en su ciudad un monasterio donde educar a sus hijos. Estando en esto, oyeron ponderar las virtudes de Santa Inés y empezaron a dar pasos para lograr que la Santa se encargase de dirigir la nueva fundación. Tales instancias hicieron a la superiora de las Saquinas que al fin accedió a ello. El Señor, que había inspirado aquella determinación a los de Proceno, quiso que llegase a feliz término. Inés bajó la cabeza y partió para aquella ciudad en compañía de la maestra de novicias. Ella misma, a pesar de sus pocos años, dirigió la construcción del convento y, cuando ya estuvo acabado, instalo en él una comunidad de monjas.

Noticíose el papa Nicolás IV de la santidad de vida y admirable prudencia de Inés, le confirió la dignidad abacial por Breve de la Secretaria apostólica. Aceptó la Santa aquella nueva carga con humilde resignación y esforzado ánimo, y bajo su dirección —lo refiere el cronista— llegó a ser un paraíso el monasterio de Proceno, porque la influencia de Inés era extraordinaria y a cuantos se le acercaban sabia comunicarles algo de su fervor y virtud excelentísima.

VIRTUDES DE SANTA INÉS


No cabían en sí de gozo los de Proceno al ver que no en balde habían llevado adelante el negocio del monasterio; pero mayor que su alegría era la aflicción de la joven abadesa al verse encargada de dirigir las almas de los demás, siendo ella tan moza en los años. Tenía mucha cuenta con la responsabilidad de su cargo y por eso suplicaba al Señor con gran fervor y lágrimas que le diese luz y fuerza para desempeñarlo con la debida perfección. Llevaba vida muy austera y penitente. Durante los quince años que permaneció en Proceno no tuvo más cama que el duro suelo y ayuno cada día a pan y agua.

A pesar de su fuerte inclinación a la vida solitaria y contemplativa dábase totalmente a las obligaciones de su cargo. Tanto sentía tener que dejar la oración, que derramaba lágrimas cuando había de interrumpirla para atender a otros negocios; con todo eso, no vacilaba en dejarla generosamente, porque sabía ser voluntad de Dios que ante todas las cosas cumplamos las obligaciones del propio estado.

Plugo al Señor manifestar en varias ocasiones cuanto le agradaba el proceder de su sierva; porque muchas veces vieron las monjas a su santa Madre salir de la oración con el manto cubierto de maná celestial, blanquísimo como la nieve; y otras veces, donde había estado arrodillada brotaban sin saber cómo olorosas violetas y otras flores muy fragantes.

También la Virgen nuestra Señora favoreció a su devota sierva con gracias extraordinarias. Una vez, la víspera de la Asunción, Inés estaba velando y orando para disponerse dignamente a la fiesta, cuando de repente vió aparecer en medio de grandes resplandores a la Reina de los Ángeles con el Niño Jesús en sus brazos. La bondadosa Virgen se acercó a la Santa, la cual no cabía en sí de gozo. Llena de confianza, pidió entonces a la Madre de Dios que se dignase darle el divino Niño para que lo tuviese un rato en sus brazos. La Virgen accedió a ello gustosísima y así pudo Inés gustar unos instantes las celestiales alegrías. Al devolver el Divino Niño, sintió la Santa indecible desconsuelo, pareciéndole que, al separarse de ella Jesús, se le iba su propia vida. Llevaba el Divino Infante colgado en el cuello un Santo Cristo preciosísimo, pendiente de un cordón de seda. Inés devolvió el Niño pero se quedó con el Santo Cristo. Desapareció entonces la visión y la Santa permaneció un buen rato como fuera de sí con el alma inundada a un mismo tiempo de gozo y de tristeza.

ENFERMEDAD DE SANTA INÉS


Obligación de la joven abadesa era sin duda llevar la dirección espiritual de su comunidad, pero también tenía que proveer al sustento corporal de las monjas. No fue esto siempre cosa fácil, porque el monasterio de Proceno era tan pobre que a veces faltó lo más necesario, como pan, aceite y dinero para comprarlo; en estos aprietos acudía la santa Madre al Señor y la divina Providencia la socorrió siempre muy oportunamente.

Por el mucho trabajo que le daba la dirección del monasterio, vino a enfermar gravemente de una dolencia que le duro una buena temporada, pero la Virgen María la consoló y alentó, apareciéndosele muchas veces.

Mandáronle los médicos que comiese carne, que no había probado en su vida por haber hecho promesa de guardar abstinencia de este manjar hasta su muerte. Quedó muy desconsolada y afligida al oír esa prescripción médica, pero el Señor acudió en su auxilio de un modo prodigioso. Trajerónle un poquito de carne y con solo hacer la Santa sobre el plato la señal de la cruz, convirtió aquel manjar en dos hermosos peces. Inés dio gracias a Dios por el milagro y, de allí adelante, los médicos la dejaron libre de cumplir su promesa.

GRATITUD DE INES A LOS BIENHECHORES


La santa abadesa se mostraba sumamente agradecida con los bienhechores del monasterio. Como no podía pagarles tantos favores con bienes temporales, hacíalo con oraciones y santas palabras, pidiendo al Señor la salvación de sus almas.

Una noche vióse Inés trasladada en sueños a un lugar tenebroso, donde el aire era abrasador y estaba poblado de horribles fantasmas que gritaban y se lamentaban con voces muy lastimeras; aquello era horroroso y parecía el mismo infierno. En el centro de aquel lugar de penas y tormentos unos cuantos demonios estaban disponiendo como una silla de fuego para algún condenado. Quedo la Santa pasmada y como muerta con aquella terrorífica visión; pero aun tuvo aliento para preguntar quién se sentaría en aquella silla que ponía espanto. Es uno de los bienhechores de tu monasterio, por quien tanto rezas para que se salve —le respondieron los demonios con risa burlona—; pero aquí vendrá a parar, porque hace ya treinta años que se confiesa mal y calla pecados que no se atreve a declarar.

Despertóse en esto la Santa y, muy afligida y acongojada con lo que había visto y oído, mando llamar al punto a aquel bienhechor para contarle la visión. Por los consejos de la santa abadesa, el pecador lloró su mala vida; murió al poco tiempo y el Señor permitió que Inés viese el alma de su bienhechor subir al cielo sin pasar por las llamas del purgatorio.

FUNDA UN CONVENTO DE DOMINICAS


La Virgen con el Niño Jesús, Catalina de Siena, Santa Rosa de Lima y Santa Inés de Montepulciano (Giambattista Tiepolo)
La Virgen, Catalina de Siena, Rosa de Lima e Inés



 
Extendióse tanto la fama de la santa abadesa, que los de Montepulciano se arrepintieron de haberla dejado salir de la ciudad, y quisieron que volviese a toda costa. Muy laudable y justo era aquel deseo, por haber nacido Inés en lugar poco distante de la ciudad; pero sin caer en la cuenta de ello, los habitantes de Montepulciano iban a ser los instrumentos de la divina Providencia para llevar a efecto los designios que tenía sobre su sierva. Se le aparecieron San Agustín, San Francisco y Santo Domingo y los tres la exhortaban a que se rindiese a los deseos de sus paisanos, porque el Señor quería que fundase un convento de Santo Domingo en el mismo solar donde estaba aquella casa pública, cerca de la cual los demonios en figura de cuervos la molestaron y asustaron tanto.

Inmediatamente Inés llevo a cabo todos los preparativos para dar cumplimiento al mandato celestial. Nombró nueva priora del monasterio de Proceno y ella partió con algunas compañeras. Merced al concurso y buena voluntad de los de Montepulciano, Inés pudo alojarse muy presto en el nuevo convento con otras veinte monjas, a las que dio al principio la regla de San Agustín y, al poco tiempo, para obedecer el mandato celestial y con licencia del Papa, añadió las Constituciones de Santo Domingo.

La antigua mansión de los demonios se trocó en lugar santo, adonde los ángeles del Señor acudían con gran frecuencia. Muchas personas santas vieron una escala luminosa que llegaba desde el coro del convento hasta el cielo, y por ella los ángeles, medianeros celestiales entre Dios y los hombres, llevaban las súplicas de las santas monjas hasta el trono del Altísimo y en retorno bajaban del cielo gracias abundantísimas para repartirlas a los mortales; por donde se echa de ver que las personas que se acogen al retiro del claustro, no lo hacen por desamor a la sociedad, sino para ser de mayor provecho a los hombres, y en particular a los pobres pecadores, con sus oraciones y penitencias.

Apartaba Inés con sumo cuidado a sus hijas espirituales de las ocasiones de pecar. Una de ellas, al caerse, se hirió gravemente en la cabeza. Los médicos no vieron otro remedio que llevarla a un hospital de la ciudad para operarla; pero la santa Madre, temerosa de que aquella hermana perdiese la inocencia viviendo fuera del convento, pidió a Dios que la sanase, y con solo hacer la señal de la cruz sobre la herida, quedó curada.

Una noche, estaba la Santa orando y desvelándose como solía, y de repente vio entrar en el dormitorio de la comunidad unos diablejos feísimos. Espantada con esta visión, corrió a despertar a las monjas y las juntó para el capítulo de culpas, y después de imponerles fuertes penitencias, las envió otra vez a dormir.

También le otorgo el Señor el don de leer en los corazones, y de él se servía para amonestar o alentar a sus hijas, según fuesen las disposiciones que en ellas veía.

Un domingo, al amanecer, fue a rezar junto a un olivo de la huerta y, estando en oración, quedo arrobada en éxtasis y no volvió en si hasta las cinco de la tarde. Afligióse en extremo de no haber oído misa ni comulgado y, mientras estaba lamentándose de ello, apareciósele un ángel y le dio la Sagrada Comunión. Este divino manjar le infundio tal fortaleza y consuelo que ni pensó en tomar alimento alguno, y así en ayunas prosiguió largas horas su oración.

Bien hubiera querido visitar los Santos Lugares de Jerusalén, pero la clausura era muy rigurosa, de suerte que no pudo Inés hacer esa peregrinación. Para resarcirla de algún modo, créese que el Señor mandó a un ángel que trajese a la Santa un poco de tierra empapada en la preciosísima sangre del Redentor.

También es de maravillar como logró tener algunos trocitos de los vestidos de San Pedro y San Pablo: Siendo todavía abadesa del convento de Proceno, tuvo ocasión de ir a Roma para pedir al Papa que confirmase los privilegios de aquel monasterio y, como deseaba con grandes ansias tener alguna reliquia de los dos príncipes de la Iglesia, mientras oraba con lagrimas cabe el sepulcro de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, de los vestidos que cubrían los sagrados huesos se desprendieron dos pedacitos que cayeron sobre sus rodillas. Recogéoslo ella con mucho respeto y devoción y los llevo muy gozosa al convento.

GLORIOSO TRÁNSITO DE SANTA INÉS


Un día, extenuada de cansancio, fue a descansar un rato en su aposento. Tuvo entonces una visión, en la que le pareció que un ángel la tomaba de la mano y la llevaba junto a un olivo del huerto y, presentándole una copa llena de bebida amarguísima, le decía:

—Bebe, santa esposa de Cristo; bebe en memoria y honra de Aquel que bebió por ti el cáliz de su Pasión.

A los pocos días enfermo de grave dolencia. Bebió con gran fervor el cáliz que el Señor le enviaba y mostro en medio de sus padecimientos inalterable paciencia. Los médicos le recetaron baños y ella obedeció, a pesar de que tenía muy poca confianza en los remedios humanos. Estando en el balneario, sano a muchos enfermos e hizo brotar otra fuente, cuyas aguas obraron innumerables milagros; pero ella volvió a Montepulciano sin haber logrado alivio alguno.

El Señor le reveló por entonces el día y hora en que su alma, libre ya de los lazos de la carne, iría a gozar del sempiterno descanso. Con vivísimas ansias aguardó aquel feliz instante. Lamentábanse las monjas al ver que su santa Madre tenía tan grandes deseos de morir y dejarlas para siempre; pero Inés las consolaba con dulces y esperanzadoras palabras.

santa ines montepulciano
Cuerpo incorrupto de la Santa
—Si me queréis de veras —les decía—, no me lloréis, porque la muerte no es para mí sino el paso de la tierra al cielo. ¿Acaso un amigo se aflige de la dicha de su amigo? Dejo ya este mundo, pero solo corporalmente estaremos separadas; por la misericordia del Señor espero hallar en el cielo nueva morada y allí mi alma rogará mucho por vosotras.

Tan grande era el amor que tenía a sus hijas, que aun las escasas fuerzas y los últimos instantes de vida que le quedaban empleábalos en su provecho.

Finalmente, estando en amorosos coloquios con el Señor, abrió los ojos para mirar al cielo y dio apaciblemente su alma a los santos ángeles para que la llevasen a la gloria. Sucedió su muerte a los 20 de abril del año de 1317.

En el instante en que murió Santa Inés todos los niños y niñas de Montepulciano y de los alrededores se despertaron de improviso, como sacudidos en sus camas por una fuerza sobrenatural y, echándose en brazos de sus padres, decían a voz en grito:

—Sor Inés ha muerto y está ya en el cielo.

Con este portentoso prodigio se divulgó por toda la comarca la noticia de la muerte de tan admirable sierva del Señor. La misma Santa se apareció a muchas personas para anunciarles que subía a la feliz morada de los justos.

De su sagrado cadáver salió suavísima fragancia que llenó el ambiente del convento y de los alrededores. Las monjas mandaron traer de Génova lo necesario para embalsamar el cuerpo de su Madre y fundadora; pero el Señor manifestó con otro prodigio que no han menester de aromas materiales aquellos que Él ha ungido con el suavísimo bálsamo de su divina gracia. Porque del rostro y de las manos de la Santa Virgen empezó a manar un sudor muy fragante con tanta abundancia, que empapó todos sus vestidos; ese bálsamo celestial siguió manando por espacio de varios años y de él se llenaron algunos grandes vasos de cristal.

El papa Clemente VIII beatificó a la virgen de Montepulciano, y Benedicto XIII la canonizó muy solemnemente en San Pedro de Roma a los 10 de diciembre del año 1726.

Fuente: Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, vol. II, 1947, pp. 513 y ss.

jueves, 19 de abril de 2018

Santoral

Beato Jacobo Duckett
subió al patíbulo junto con su delator al que logró convertir al catolicismo

Como ocurre con otros muchos hijos de la Iglesia, James o Jacobo Duckett sólo ha pasado a su historia por un hecho puntual de su vida, aunque su existir fuera un heroísmo continuo. Un hombre normal, con una familia normal, con un trabajo honrado que le procuraba sustento para mantener a los suyos, pero con una fe inquebrantable, a pesar de las dificultades.

De nuevo hemos de dirigir nuestra mirada a los terribles tiempos de una reina excesivamente venerada por los suyos como fue Isabel I de Inglaterra, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, su primer antojadizo matrimonio tras el repudio de su legítima mujer Catalina de Aragón. A pesar de ser conocida como “la Reina virgen” o “la buena reina Bess”, Isabel persiguió con saña a los católicos y cuenta en su reinado con un buen puñado de mártires. Aunque, curiosidades de la historia, quien lleva la fama de sanguinaria es su antecesora, María Tudor, su hermana de padre, e hija del legítimo matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón, que era católica.

En este tiempo Jacobo ejerció un apostolado singular. Él regentaba una imprenta y librería donde, lógicamente, ofrecía todo tipo de escritos legales, según el mandato del gobierno. Sin embargo, de forma encubierta proporcionaba e imprimía libros para católicos, facilitando así los medios para la oración y la formación. A pesar del riesgo, nunca tuvo ningún tipo de problemas y su trabajo a favor del apostolado nunca fue descubierto. Fue solamente la envidia y los celos de uno de sus vecinos quien puso en alerta a la guardia real de la actividad de Jacobo.

Jacobo Duckett, Beato

Por diversos medios subrepticios, al fin pudieron encausar a Jacobo y, condenado, fue conducido a la cárcel en espera de una sentencia de muerte. Lo que nunca podía pensar es que, poco tiempo después también su delator, por delitos comunes, acabó en la cárcel. Jacobo, a pesar de las prohibiciones, entabló amistad con su denunciante y poco a poco le fue convenciendo de la grandeza de la doctrina católica, hasta el punto de que pocos años después quiso recibir el bautismo y practicar con Jacobo, en secreto, la religión de los católicos.

En 1602, un año antes de la muerte de la reina Isabel, juntos subieron al patíbulo para morir ahorcados, el uno por su fe, el otro por castigo, pero también hijo de la Iglesia. Su fiesta el 19 de abril.

S A N T O R A L

SAN VICENTE DE COLIBRE

La ciudad de Colibre es antiquísima, y los historiadores latinos hacen mencion de ella llamándola Cancoliberis. Hallase a corta distancia de Cerbera —diócesis de Perpinan—, en la región donde los Pirineos orientales, con el nombre de montes Alberes, van a perderse en el mar Mediterráneo.
La región del Rosellón se vió hondamente agitada durante la época de la dominación romana y aun en los tiempos de la Edad Media, durante los cuales la ciudad de Colibre, la más importante de la región, era a la vez puerto estratégico y comercial.
Siendo emperadores Diocleciano y Maximiano, se levantó la décima persecución contra la Iglesia, que fue la más sangrienta y cruel de todas.
Fue tan horrible y espantosa, que en el espacio de un mes padecieron por Cristo en diversas provincias más de diecisiete mil mártires, con tan atroces tormentos, que solo el demonio los pudiera inventar. En la provincia de Frigia, pusieron los gentiles fuego a una ciudad entera y quemaron a todos los que estaban en ella, hombres y mujeres, niños y niñas, porque eran cristianos; y en todas las ciudades, villas y aldeas del imperio, no se veía sino tormentos y muertes, y una carnicería y derramamiento de sangre de cristianos.
En las provincias hacían cumplir las órdenes de los emperadores unos funcionarios llamados prefectos o presidentes, que muchas veces se mostraban más tiranos y crueles que los mismos soberanos.
Uno de estos presidentes fue Daciano, nombrado prefecto general de las provincias de España para ejercer en ellas autoridad casi ilimitada. Llegó a Colibre pasando antes por las Galias y la Septimania y en todas partes dejo sangrientas huellas de su inhumana crueldad, porque en todas las ciudades y pueblos persiguió con atrocísimos tormentos a los cristianos. Una de las víctimas de su ferocidad iba a ser en Colibre el gloriosísimo San Vicente, que no hay que confundir con otro San Vicente, diacono de Zaragoza, ni con otros dos santos del mismo nombre martirizados en Ávila y en Gerona.

ORIGEN DE SAN VICENTE


En opinión de algunos historiadores. San Vicente era natural de Colibre, en cuya ciudad vivia cuando vino Daciano a España; pero parece ser más cierto que nació en algún pueblecito poco distante de Colibre, como se deduce de la expresión latina de las Actas de su martirio, la cual se acomoda a esta interpretación.

Mandaría sin duda Daciano explorar los alrededores de la ciudad para aumentar el número de cristianos destinados a los suplicios; pero también podría ser que Vicente se hubiese presentado de por sí al tirano, como solían hacer no pocos soldados de Cristo, para echar en rostro al inicuo presidente, con santa audacia y palabras graves y severas, la crueldad que usaba contra los cristianos, y ver de ganar con su ejemplo algunas almas a la verdadera fe. Y no carece de fundamento el creer que así sucediese, puesto que Vicente era varón muy conocido y gozaba de considerable influencia, según se deduce de los discursos y arengas que dirigió a los fieles y que traen las Actas de su martirio.

También las palabras de Daciano dan pie para opinar que Vicente no era persona de poca monta: Un hombre de tu categoría, de tu calidad, de tu talento..., dísele a menudo el tirano. Por otra parte, aquella insistencia del prefecto para traerle a que renegase de su fe, da a entender que tenía en mucho la apostasía de Vicente, por las consecuencias que de ella se hubieran derivado.

COMPARECE ANTE DACIANO


El furor del presidente Daciano en perseguir a los cristianos era a guisa de un río muy caudaloso y acrecentado con grandes avenidas, que sale de madre y arranca, arrebata y lleva tras sí todo lo que se pone delante, o como un incendio que abrasa y consume todo lo que halla. Como tigre fiero y cruel, gozábase en la sangre que había derramado, y deseaba hartarse de la de todos los demás cristianos, a los que perseguía con saña para martirizarlos con atroces tormentos. Da de ello buen testimonio lo que hizo en la ciudad de Zaragoza, donde mando matar a tantos cristianos, que son llamados los Innumerables Mártires.

Llegado que hubo a Colibre aquel juez tan cruel, mandó comparecer ante su tribunal a Vicente y, como ya estaba enterado del origen de aquel ilustre confesor y de su celo en predicar la religión de Cristo, sin más preámbulos le dijo: Sacrifica a nuestros dioses y obedece los mandatos de los emperadores.

Entendió Vicente que el malvado juez le había dicho aquello con segunda intención, y con mucho tiento y serenidad le replico:

—Quien obedece a la ley de Jesucristo Salvador nuestro, no tiene de que ser censurado ni condenado.

Bastó esa réplica del valeroso confesor para que Daciano entendiese que nada lograría con amedrentarle; por lo cual, mudando de táctica, trató de vencerle con dulces palabras y halagadoras promesas.

—Al aconsejarte eso —le dijo— solo tengo puesta la mirada en tu mayor felicidad y provecho. No seas necio; escoge lo que te ha de ser más ventajoso: abraza nuestra religión; da culto a nuestros dioses y ven a ofrecerles sacrificios. Si eso haces, puedes luego pedirnos cuanto quisieres, que todo te lo daremos. Reflexiona seriamente y considera que partido cuadra mejor con tu noble linaje y con tu ingenio y preclaro talento. No quieras que sobre ti caiga todo el peso de nuestra indignación, ni seas tan insensato que pretendas experimentar en tu cuerpo los graves daños que acarrea la impiedad y el desprecio del culto de los dioses del imperio. Si te empeñas en no querer acatar mis mandatos ni dar oído a mis consejos, entonces, muy a pesar mío, no tendré más remedio que usar contigo de rigor y crueldad, que serán grandes, como lo son ahora mi paciencia y mansedumbre; y no cuentes con arrepentirte luego, porque será ya tarde y nada conseguirás.

Aguantó el Santo con ademán indiferente aquella trivial arenga. Y luego, movido de santo ardor, replicó:

Jesucristo es mi vida y mi tesoro. La muerte padecida por su santa fe, es para mí más grata y estimable que la vida, y aun notable ganancia el morir por Cristo. Por eso los tormentos con que me amenazas pretendiendo amedrentarme, antes me parecen goces y deleites que castigos y penas. Mil vidas diera de muy buena gana, si así pudiese, para salir por los fueros del santísimo nombre de mi Dios. Haz pronto conmigo lo que tienes que hacer y todo cuanto te dicte tu feroz y cruel natural, porque te aseguro que nunca jamás tributare alabanza y adoración a esos vanos simulacros de piedra o de madera.

PRIMEROS TORMENTOS


Al oír las palabras de Vicente, mudó el inicuo juez el tono y el semblante y, dejando su fingida mansedumbre, mandó que le atormentasen.

Empezaron los verdugos dándole de bofetadas, con lo que el rostro de aquel esforzado confesor quedó bañado en sangre. Quitáronle luego los vestidos y le expusieron a la vista del populacho, para que de él se mofasen todos como en otro tiempo del divino Maestro, y mientras tanto arañaron su cuerpo con uñas de hierro.

Al poco tiempo de padecer este tormento cayó el santo mártir al suelo, agotadas sus fuerzas por la pérdida de tanta sangre. Creyó entonces Daciano triunfar de su constancia y le gritó:

—¿Quién podrá librarte de mi enojo, si te empeñas en desobedecer mis mandatos? Sacrifica a los dioses, porque de lo contrario mandaré que despedacen tu cuerpo y sirva de pasto a las bestias fieras. Hora es ya de que adviertas tu locura. ¿No entiendes que es deshonroso para una persona de tu categoría el estar expuesto desnudo a la vista de los demás? Ríndete de una vez y déjate vencer por la bondad de nuestros dioses, que te perdonarán benignos; y yo te soltaré y te encumbraré a los altos puestos y haré que seas galardonado con grandísimos premios.

Irguióse el esforzado mártir sin tener cuenta con los atroces dolores que padecía y , mirando a Daciano con semblante sereno, repúsole con energía y valeroso tesón:

—¿Avergonzarme yo de mi desnudez? Tan lejos estoy de ello, que antes bien me glorió de padecer esta afrenta por Cristo y la tengo en estos instantes por mi mejor ornamento; porque muy en breve, libre ya de este cuerpo vil, seré mudado en otro hombre y resucitaré vestido de justicia y santidad. Me amenazas con la muerte; pero, ¿ignoras por ventura que estoy pronto a padecerla? ¿No recuerdas ya que te dije que mi mayor deseo es morir por Cristo? Manda desmembrar mi cuerpo y con ello aumentarás mi gloria; porque así podré presentar al Señor y Criador mío cada uno de mis miembros adornado con las gloriosas señales del martirio.

Embravecióse el cruel presidente y, fuera de sí de furor, mandó que atasen a Vicente en el ecúleo y le descoyuntasen, desencajando los huesos de sus lugares; mas, como viese que nada quebrantaba su constancia, echó mano de otro género de tormento. Mandó a los verdugos que levantasen en alto al santo mártir ayudándose de unas ruedas y poleas, y luego lo dejasen caer de golpe sobre piedras y cantos agudos, con lo que sus carnes quedaron llagadas y sus miembros destrozados y quebrantados.

Atormentaron al Santo con este atrocísimo género de suplicios no una sino muchísimas veces, sufriéndolo él con suma fortaleza y alegría. Fue luego encerrado en un lóbrego y espantoso calabozo. Allí quería la Divina Providencia sanar las heridas del santo mártir con el bálsamo de su gracia y virtud omnipotente, y concederle algunas horas de tregua y descanso en medio de tantos y tan grandes padecimientos.

Estaba en la cárcel este valeroso y esforzado soldado de Cristo regocijándose en extremo por haber padecido ya algo por su Rey y Señor, y se deshacía en acciones de gracias al Divino Maestro que le había juzgado digno de honra y merced tan grandes. Alabanza y gloria a Ti, Señor y Dios mío —decía—; quienes en Ti confían, nunca jamás quedaran confundidos. Empero, la humildad le hacía desconfiar de sus propias fuerzas y con mucho fervor pedía el divino auxilio para padecer valerosamente nuevos tormentos.

Cuando menos lo pensaba, inundó de repente el calabozo una luz muy resplandeciente y sólo con verla quedó Vicente tan consolado y aliviado, que pudo desde luego levantarse y sentarse. Siguió dando gracias a Dios y al poco tiempo se halló totalmente sano, no quedando en su cuerpo rastro alguno de las heridas, ni la más leve cicatriz.

PROFESIÓN DE FE Y TRIUNFO DEL SANTO


Quiso Daciano partir para Barcelona y, como sabía que nada podrían con los españoles los más atroces tormentos, siendo como son por su naturaleza valientes y muy sufridos, determinó sacar de la cárcel a Vicente, si es que todavía estaba con vida, y traerle a su tribunal para acabar de una vez con él.

Trajéronle, pues, a su presencia; mas fue para vergüenza y confusión de su soberbia, porque, viendo muy sano y robusto al santo mártir, siendo así que la víspera estaba tan lastimado y exhausto de fuerzas, quedo el infame estupefacto y muy corrido y, como era de ánimo cobarde, no se dió por vencido a la vista de aquel prodigio, antes, dejándose vencer de su propia saña y furor, prorrumpió en dicterios contra el glorioso confesor, gritando arrebatado de cólera y como fuera de sí:

—¿Crees por ventura que con las mañas y artificios de la magia vas a conseguir librarte de mis manos? Insensato; renuncia ya a tus locas extravagancias, y ten entendido que si aún estas con vida no es merced a tus artificios, sino a la bondad de nuestros dioses, los cuales quieren que conozcas y abjures tus errores y les des el culto debido.

Descubrió San Vicente en aquellas amenazadoras palabras un anuncio de su próxima muerte y juzgó ser aquella ocasión muy oportuna para hacer pública y solemne confesión de fe. Las Actas de su martirio la traen de esta manera:

—Ignoro los artificios de la magia, oh Daciano; y por lo que toca a vuestros ídolos, guárdeme Dios de adorarlos y reconocer que sean ellos los autores de mi curación. Mi único Dueño y Señor es Jesucristo, Dios y hombre verdadero, el cual bajó del cielo a salvamos, y se encarnó en las purísimas entrañas de María Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo, para sanar la ceguera de los hombres, desvanecer las negras sombras en que estaba envuelto el mundo y esparcir por todo el universo los vivísimos resplandores de su divina luz. Ese mismo Señor es quien se ha dignado enviar un rayo de su benéfica lumbre hasta el fondo de mi estrecha cárcel para disipar las tinieblas de mi entendimiento; por ella quedé curado y de ella sacaré nuevas fuerzas y alientos para padecer mayores tormentos. No son, pues, vuestros despreciables ídolos, no, los que me sanaron; sino solamente mi Dios y Señor Jesucristo.

No pudo Daciano contener su enojo al oír esta magnífica profesión de fe y, para acabar con el glorioso mártir, mandó encender una gran hoguera y echar en ella al Santo, atado de pies y manos. Durante el tormento, Vicente cantaba a voz en grito las alabanzas del Señor. El fuego, aunque produjo la muerte del Santo, respetó su cuerpo, que quedo intacto y resplandeciente con celestial hermosura.

Al ver tantas maravillas, muchísimos infieles, obedientes a la voz de la gracia, abrazaron la religión cristiana.

Sucedió todo esto por los años de 303, cuando agonizaba ya el paganismo; porque solo diez años después, con la subida de Constantino al trono, empezó para la Iglesia nueva era de paz.

SAN VICENTE Y LA TRADICIÓN. — SUS RELIQUIAS


A juzgar por una tradición local, afianzada en un manuscrito español del siglo XVIII, San Vicente estaba casado con Santa Eladia. En el retablo del altar de San Vicente de la iglesia parroquial de Colibre, hay un medallón que representa a Santa Eladia, cuya estatua ocupa el nicho más próximo al de San Vicente.

También es tradicional que el Santo fue martirizado en un islote donde hay una ermita dedicada a San Vicente. Dicha ermita fue edificada en el año de 1742, y en el mismo lugar donde hubo otra que un año antes fue destruida por una violenta tempestad.

Los de Colibre guardaron el cuerpo de su santo patrono con mucho cuidado y veneración aun en las épocas de guerra, que fueron frecuentes en la provincia de Rosellón, hasta el siglo XVII. Al ser destruida la iglesia de Colibre en la guerra de 1642, las reliquias del Santo fueron trasladadas a una fortaleza para sustraerlas a las profanaciones. Pasada la guerra y, habiendo la guarnición española desalojado la fortaleza, vinieron a ella los síndicos de Colibre en busca de las reliquias y con gran desconsuelo de ellos y de toda la ciudad vieron que habían desaparecido. Créese que las llevaría consigo un soldado español natural de Concabella, pueblecito de Cataluña. Fundase tal creencia en el testimonio de un padre capuchino, el cual, hallándose de paso en Rosellón por los años 1695 o 1700, aseguró haber dicho misa en un altar donde se veneraban las reliquias de San Vicente de Colibre. Lo cierto es que en esta ciudad solo se hallan dos reliquias llevadas de Roma: un huesecito y una tibia.

LA PROCESION DE SAN VICENTE


Digna de mención es la ceremonia, por demás rara, pero muy suntuosa y grave, con que los de Colibre festejaron la llegada de esas dos reliquias, junto con las de las santas Máxima y Liberata. Cada año celebran el recuerdo de esa llegada con idénticos festejos, siendo el más notable, por lo típico y singular, la grandiosa procesión marítima de San Vicente.

Efectuase el día 16 de agosto, aniversario de la llegada de las reliquias. Al atardecer de ese día, una embarcación ricamente engalanada pasa de la costa al islote de San Vicente, precedida de otras seis barcas. En ella entra el clero y se depositan las sagradas reliquias y luego empieza la procesión por mar hasta Colibre. Centenares de embarcaciones profusamente iluminadas preceden, siguen o escoltan a la que lleva las reliquias. La masa de la población se halla presente y todos a una cantan devotas letrillas, al son de suaves instrumentos que tocan músicos catalanes. La procesión describe un ancho circulo en el mar y luego todas las embarcaciones viran hacia Colibre. Antes de que la nave que lleva las reliquias toque la costa, se paran todas las otras barcas, y, haciendo todos silencio, se entabla el siguiente dialogo en idioma catalán entre el dueño de la nave y el capitán del puertos

— ¿Que barca es esa? [— "Hola! De la barca, qui és aquit?] —grita el capitán.

—La de San Vicente. [— Sant Vicenç gloriós] —responde el patrono.

—¿De dónde viene? [— D'on vé la barca?]

—De la Isla de San Vicente. [— De Sant Vicenç de l'illa.]

—¿Que trae? [— Què porta la barca?]

—Las reliquias de San Vicente, de Santa Máxima y de Santa Liberata. [— Sant Vicenç, santa Màxima i santa Lliberata.]

—¿Lleva pasajeros y tienen pasaporte? [— Los de la barca, ja sou declarats?]

—Sí, los hay y tienen pasaporte. [— Sí, tots los passatgers estan arreglats.]

—¿Que queréis? [— Doncs, què demaneu?]

—Que nos dejéis entrar en el puerto. [— Una bona entrada.]

—En nombre de Dios, entrad [— Al nom de Déu, vagi la barca!] —grita el capitán.


Inmediatamente, un centenar de marineros agarran una larga maroma atada en la roda de la barca, y halan desde la costa corriendo a todo correr, hasta que dejan la embarcación frente a la iglesia parroquial. Prosigue luego la procesión a pie hasta el templo, y todos los fieles entran a venerar y besar las sagradas reliquias.

Por demés pintoresco y maravilloso es aquel desfile de las barcas con sus millares de luminarias, cuyo reflejo en las aguas del mar produce, al vaivén de las ondas, visos y cambiantes caprichosos y sumamente bellos; impresionantes y conmovedores en extremo son el desembarque y la entrada de aquella muchedumbre de fieles en la iglesia clamando a su excelso patrono con invocaciones que les salen del alma: !Viva San Vicente! !Glorioso San Vicente, ruega por nosotros!
Fuente: Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, vol. II, 1947, pp. 499 y ss.