lunes, 8 de junio de 2026

S A N T O R A L

Beato Esteban Sándor 

Apóstol de los jóvenes

Se asemejó admirablemente al Señor en su amor a las almas, especialmente las de los jóvenes
El pasado 19 de octubre de 2013 se declaró Beato a Esteban Sándor, salesiano coadjutor, mártir de la fe. La liturgia fue presidida por el cardenal Péter Erdó, arzobispo de Esztergom-Budapest y primado de Hungría, que ha solicitado el registro del Siervo de Dios en el libro de los beatos. Después de una breve presentación de la vida de Esteban Sándor, hecha por el Procurador General, don Pierluigi Cameroni, el cardenal Angelo Amato, representante del Papa y Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, leyó la carta apostólica con la que Esteban Sándor es declarado Beato.
“Si la persecución religiosa crea un abismo entre los seres humanos, los mártires con su sacrificio construyen los puentes de la fraternidad, del perdón y de la aceptación. (...) Ellos recuerdan que la vida consagrada es un verdadero martirio blanco, consumado a diario en la fidelidad al Evangelio y al carisma. Un gesto heroico no se improvisa”, dijo entre otros el Cardenal Amato.
Esteban (Ištván) Sándor nació el 26 de octubre de 1914 en Szolnok (unos 100 kms al noreste de Budapest, Hungría. Su padre Ištván trabajaba para los ferrocarriles, mientras su madre María era ama de casa. Era el mayor de tres hermanos. Sus padres eran católicos profundamente creyentes y por tanto practicantes que dieron a sus hijos una base firme de estables normas morales. Su hermano Janos comentó recordando el ambiente familiar: “vivimos una infancia feliz, crecimos en una familia religiosa. Tuvimos unos padres muy sencillos. Mi padre nos llevaba a misa todos los domingos, nos dio ejemplo para toda la vida. La fe, el amor a la patria y el amor a la familia eran los valores más importantes de nuestra familia. En casa rezábamos juntos, asistíamos a la iglesia y nos acercábamos juntos a la Eucaristía. Todavía tenemos el rosario que nuestra madre usaba cuando rezábamos juntos”.
sandor3Esteban tuvo una niñez feliz, desde pequeño llamaba la atención por su deseo de ayudar a los amigos y sostenerlos en las dificultades. Era amable, alegre y profundo. Era un líder innato que organizaba todos los juegos. También solía ayudar a sus hermanos a estudiar y a rezar, procurando darles buen ejemplo. Con mucha ilusión y devoción recibió la Confirmación, tomando el nombre de San Pedro, a quien prometió imitar.
Todos los días ayudaba a Misa en la iglesia de los Franciscanos y comulgaba. Fueron estos religiosos los que al ver todo lo que hacía por la juventud, le aconsejaron que entrase en la Comunidad Salesiana y pudiese así cumplir su gran deseo de trabajar por la juventud. Esteban tomó sus consejos en serio. Se fue enterando más de su futura familia espiritual a través de la versión húngara del Boletín Salesiano. Conoció así a Don Bosco y la tarea que realizó para ayudar a los chicos. Esteban quedó prendado del ideal salesiano y al final con mucho esfuerzo consiguió el permiso de sus padres y en 1936 entró en el aspirantado en el Clarisseum, escuela de imprenta, en Budapest.
Seguidamente inició su noviciado, el cual tuvo que interrumpir por el servicio militar. Consiguió terminar el noviciado y profesó por primera vez los votos. Enviado al Clarisseum, inmediatamente empezó a dar cursos técnicos. También era ayudante en el Oratorio, algo que hizo competentemente y con entusiasmo. Apadrinó a los Jóvenes Trabajadores Católicos. Su grupo fue reconocido como el mejor en el Movimiento. En 1942 tuvo que volver a ingresar en el ejército. Allí trabajaba como telegrafista y consiguió formar alrededor de sí un grupito de soldados atraídos por su ejemplo con los que rezaba. Siempre intentó mantener contacto con sus superiores. En sus cartas se refleja una clara preocupación por su vida interior, puesto que estaba expuesto a situaciones y condiciones muy duras, especialmente cuando estaba en el frente ruso. Al final acabó siendo prisionero de los americanos que le mandaron a casa. En 1944 volvió a la Comunidad Salesiana. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se involucró en la reconstrucción de la sociedad moral y materialmente, especialmente en el caso de la gente joven pobre, de la que se rodeó para enseñarles algún oficio. El 24 de julio de 1946 hizo su profesión perpetua como Hermano Salesiano. En 1948 obtuvo el título de Maestro de Imprenta.

Mientras tanto los acontecimientos de su patria se empezaron a precipitar. En 1945 fue echado del país el nuncio apostólico Mons. Angelo Rotta, que ayudó en la salvación de muchos judíos. El 13 de febrero del mismo año el ejército soviético liberó Budapest y Hungría entró así bajo la influencia de la Unión Soviética. Seguidamente se realizó la reforma de la educación, cuyo fin era la eliminación de la educación religiosa. El 4 de noviembre de 1945 hubo elecciones estatales, en las cuales el Partido Comunista ganó el 17 % de los votos. A pesar de esta realidad apoyado en el ejército soviético tomó control sobre todo el país. La prensa católica se vio muy limitada. En 1946 ya no estaba funcionando la escuela de imprenta salesiana, sólo se mantuvo la imprenta. En julio del mismo año fueron disueltos todos los grupos religiosos, tanto de jóvenes como de adultos, y muchos de sus dirigentes acabaron en la cárcel. La imprenta salesiana fue cerrada en 1948. Ese mismo año el gobierno húngaro confiscó todos los colegios y sus instalaciones, entre ellos los colegios salesianos y se desarrolló una gran presión a los padres para que no apuntasen a sus hijos a clases de religión ni catequesis. Después de 23 años fue terminada a la fuerza la labor oficial de los salesianos en el país. En 1950 fueron disueltas todas las órdenes y congregaciones religiosas y los religiosos mayores deportados a conventos previamente elegidos por el régimen. Los religiosos jóvenes, seminaristas y novicios fueron enviados a sus casas. Tuvieron que encontrarse un trabajo e incorporarse en el proceso laboral.
Esteban Sándor empezó a trabajar en imprentas públicas, a la vez que desarrollaba una intensa actividad clandestina con fines apostólicos entre los jóvenes. Tuvo la posibilidad de emigrar al extranjero, pero no le pareció correcto abandonar a la juventud en tiempos tan difíciles. Los comunistas idearon un proyecto de influencia sobre los 30.000 huérfanos que estaban en Hungría. Les dieron un curso de adoctrinamiento de tres meses y luego les intentaron insertar dentro del Partido Comunista. Algunos de ellos, que se habían educado en colegios religiosos, a pesar de la prohibición mantuvieron relaciones a escondidas con los superiores, entre ellos también con Esteban.
Al final la policía secreta se enteró de su actividad y le empezó a seguir la pista. Esteban se cambió de nombre, pero aun así fue descubierto. Fue arrestado mientras trabajaba y ya no se supo más de él hasta la caída del muro de Berlín. Fue torturado con brutalidad para que declarase sus “crímenes”.
 El 28 de octubre de 1952 tuvo lugar el proceso secreto donde fueron juzgados 9 miembros de la policía, 5 salesianos jóvenes y dos estudiantes. El resultado del juicio fue la condena a muerte de Esteban Sándor y tres de los policías por traición en contra del estado húngaro. Esteban fue ahorcado el 8 de junio de 1953. Sólo después del año 1990 fue anunciada su condena y se pudo demostrar que murió como mártir de la fe. No se sabe dónde fue enterrado.
Esteban se asemejó admirablemente al Señor en su amor a las almas, especialmente las de los jóvenes, por las cuales no se ahorró ningún sufrimiento ni peligro hasta dar su propia vida.
Por Hna. Zdenka Turkova, S.H.M.
©Revista HM º176 Enero-Febrero 2014

domingo, 7 de junio de 2026

S A N T O R A L


SAN ISAAC Y COMPAÑEROS MARTIRES 



Antes fueron Roma y Lyon las que ofrecieron al mundo el espectáculo de dos grupos de mártires de Jesucristo. Hoy toca a España presentarnos el ejemplo de otro grupo de testigos de la fe, tanto más admirables cuanto su testimonio fué espontáneo, inspirado por el ardor que distingue a los hijos de la nación evangelizada por uno de los Hijos del Trueno.
En plena Cuaresma hicimos ya conmemoración de San Eulogio, al que podíamos llamar el Apóstol de los mártires cordobeses. Justo es que hoy completemos su memoria con la de un grupo de aquellos valientes a quienes había lanzado a la conquista heroica del Reino de Dios.

LOS MOZÁRABES

Era el año 851. El obispo de Córdoba, Recaredo, hechura del emir Abderrhamán II, estaba satisfecho porque "la mozarabia de Al-Andalus no se quejaba de su suerte". La tolerancia había firmado las paces. Los witlclanos, los acomodaticios y transigentes con los hombres y las costumbres y los tiempos, habían triunfado. Estaba establecida la coexistencia entre dos pueblos de religión y costumbres distintas: mahometanos y cristianos.

PRINCIPIO DE LA PERSECUCIÓN

Pero el año anterior ya había insultado al falso profeta Mahoma, en plena plaza pública, Perfecto, un cristiano ferviente. El no transigía con los matrimonios mixtos, con la entrada en la mezquita a la oración pública, con las fiestas de Ramadán, obligatorias para todos, con los tributos para levantar mezquitas, con recluirse en los templos cristianos y con aprender en las escuelas del estado junto con el árabe, la letra del Corán y sus doctrinas. Y la chusma del pueblo le acusó ante el Cadí, se mofó de él llenándole de injurias, y acabó por quitarle la vida y arrojar su cadáver al Guadalquivir. Aprobaron esta muerte de un cristiano Nasr, el eunuco y ministro omnipotente de Abderrhamán y la sultana Tarub, y empezó a correr la sangre entre la mozarabía de Córdoba y otras ciudades.

SAN EULOGIO


Dios suscitó entonces a un hombre providencial, una voluntad férrea que organizó la resistencia al poder del Islam, un revolucionario pacífico que aspiró osadamente a sacudir el yugo invasor, empezando su obra evangelizadora en el manso campo de las ideas. Este apóstol fué San Eulogio. Removió la masa amorfa de la comunidad mozárabe en la capital del Emirato y en la Sierra donde se hablan retirado los verdaderos cristianos; los monjes de Tábanos, Peñamelaria y Cuteclara y otros monasterios dúplices, algunos de la serranía. Les predicó que ellos "no debían estar dispuestos a perder sino a padecer; que no querían matar sino morir" por las leyes patrias y la religión de Jesucristo.

Y un día "sintieron la vocación al martirio" "se creyeron escogidos desde el principio por el Espíritu Santo para morir por la verdad". Presentáronse al Cadí de la ciudad, los días 3, 5 y 7 de junio, ocho valientes desafiando los tormentos: Isaac, Sancho, Pedro, Walabonso, Sabiniano, Wistremundo, Abencio y Jeremías.

SAN ISAAC. Un joven, a los 26 años de edad, era de los más asiduos a la predicación de Eulogio. Su madre le había dicho que, antes de nacer, había visto en él presagios del martirio; una religiosa se lo anunció también. Sintióse llamado al sacrificio. El 3 de junio se presentó al juez musulmán Said Ben Soleimán El Cafequí. Era éste fervoroso mahometano; todos los días el primero en la mezquita, el más ayunador, el discípulo aprovechado del profeta de la Meca.

—Quisiera hacerme discípulo de Mahoma, si alguien me explica su doctrina, dijo Isaac.

El Cafequí "ahuecó la garganta, infló los carrillos y empezó a sacar engaños de las cavernas de su pecho. Expuso los orígenes del Islam, la vida de Mahoma, sus relaciones con el ángel Gabriel, la doctrina del Corán y los placeres de un paraíso poblado de huríes".

—Mentiras, patrañas, exclamó Isaac.

El juez airado, lloroso, frenético, le descargó una fuerte bofetada en la mejilla.

—¿Te atreves a herir así la imagen de Dios?

—¿Estas loco, ebrio, para insultar de este modo al Enviado?

—Ni lo uno ni lo otro. Si me condenas a muerte, no me importa. No he olvidado aquello de que son "Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos".

El caso era nuevo. Había que pasar aviso al Emir y a la sultana Tabur y al eunuco Nasr. Los tres decretaron la muerte del antiguo oficial del ejército: "Sea degollado y su cadáver sepultado en las aguas del Guadalquivir". Así murió el monje Isaac, que tres años había vestido el hábito monacal y aprendido la virtud del abad Martín en Tábanos. "Así quedó abierto él camino glorioso."

SAN SANCHO. Le siguió el 5 de junio. Había nacido en el Pirineo francés, se había hecho oyente asiduo de Eulogio cuando todavía era esclavo en la guardia del Sultán, en Córdoba. Al presentarse al Cadí, insultando a Mahoma, le dijo el juez que hallaba en él delito de traición, además de ser impío. Por eso le echaron en tierra, metiéronle por el cuerpo una larga estaca y, levantándole al aire, le entregaron a los espasmos de los tormentos. Murió empalado este Confesor de Cristo.

SAN PEDRO. Natural de Ecija, hízose monje en Cuteclara con

SAN WALABONSO, procedente de Niebla; los dos fueron discípulos aprovechados del abad Frugelo;

SAN SABINIANO era del pueblo de Froniano, en las montañas de Córdoba;

SAN WITRESMUNDO, de Ecija también, profesó la vida monástica en San Zoilo de Armelata;

SAN JEREMÍAS, el fundador del monasterio Tabanense. Llevó a la vida claustral a su sobrino San Isaac. Su ejemplo le dió bríos. Jeremías había encanecido en la penitencia y en la virtud cuando Dios le inspiró los deseos del martirio;

SAN HABENCIO, era conocido en Córdoba por sus austeridades. Vivió muchos años recluso en su celda, atado con cadenas su cuerpo y oprimido con cilicios y hierros.
"Estos seis bajaron a la arena, dice Eulogio, el día 7 de junio. Ante el juez dijeron a una voz: También nosotros, oh juez, tenemos y profesamos la misma fe por la que han padecido nuestros santísimos cohermanos Isaac y Sancho; puedes ejecutar la sentencia; no perdones la crueldad y venga con toda saña en nosotros a tu profeta ultrajado. Pues amén de que confesamos que Cristo es Dios, proclamamos muy alto que vuestro profeta es el precursor del Anticristo y autor de una falsa doctrina. Dolámonos asimismo de vosotros, atosigados con el mortal veneno de sus enseñanzas y embriagados con la ponzoñosa bebida del demonio; porque sabemos que habréis de padecer eternos tormentos y nos dolemos de vuestra orfandad e ignorancia". "Al instante los degollaron; sin embargo, no sé por qué razón, azotaron antes al anciano Jeremías, y dicen que, medio muerto ya por los azotes, apenas pudieron sacarle por sus propios pies al sacrificio. Aquellos mártires, mientras caminaban al lugar de la decapitación, se animaban unos a otros, cual si fuesen a un festín. Y en primer término cayeron los Reverendísimos ministros Pedro y Walabonso, y luego degollaron a la vez a los demás, el 7 de junio, domingo. Sus cuerpos los ataron a unos palos, y, días después, los quemaron en una hoguera y sus cenizas las arrojaron al río para que desapareciesen".

PLEGARIA A LOS MÁRTIRES

¡Oh gloriosos confesores de la fe! Inflamados por aquel fuego que Cristo y el Espíritu Santo trajeron al mundo, comprendisteis bien la palabra del divino Maestro, que dice: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos", y el vuestro fué tan grande que no aguardó a que los infieles vinieran a buscaros para llevaros al suplicio. Vosotros mismos os lanzásteis espontáneamente al peligro, porque veíais que era necesario para salvar los valores espirituales de vuestro pueblo, amenazados por el peligro mayor de una tolerancia enervadora. Rogad por las regiones que os vieron nacer, y más todavía por aquella que ilustrasteis con los fulgores de vuestras virtudes y engalanasteis con la púrpura de vuestro martirio; y rogad también por la conversión de aquel pueblo que, engañado por su falso profeta, os dió a vosotros la ocasión para alcanzar el puesto distinguido que tenéis en el cielo. Vuestro ejemplo sirva para mantener despierta siempre y alerta la fe de España y de todo el mundo cristiano, de modo que, si fuere necesario, sepamos adelantarnos a confesarla sin miedo a perder la vida temporal a trueque de conseguir la eterna.
fuente: Año Litúrgico Prospero Guerangér
tomo IV paginas 309 y siguientes