lunes, 29 de mayo de 2017

S A N T O R A L


SANTA MARIA MAGDALENA DE PAZZIS, VIRGEN

La santa de la caridad divina

Magdalena de Pazzis ha brillado en el Carmelo por su esplendorosa pureza y por lo ardiente de su amor.
Decía de ella San Pío X en 1908: "La Vida de Santa María Magdalena de Pazzi no es solamente un prodigio de estéril admiración, sino un vivo modelo que todos podemos y debemos en parte imitar..." Y en 1952 el Papa Pío XII: "Santa María Magdalena de Pazzi, la virgen de Florencia, brilló, más que por su nobleza, por el fervor de todas las virtudes, y, sobre todo, por su amor encendidísimo para con Dios y para con el prójimo".

Ha sido una de las más hermosas manifestaciones de la caridad divina en el seno de la verdadera Iglesia, llevada a cabo en la sombra del claustro como Felipe de Neri en las tareas del ministerio pastoral, habiendo acogido ambos en sí mismos para cumplirla esta palabra del Hombre Dios: "He venido a prender fuego sobre la tierra y qué otra cosa quiero sino que arda'".
La vida de la Esposa de Cristo fué un milagro continuado. Los éxtasis y raptos eran diarios. Dios le comunicó vivísimas luces sobre los misterios y con el fin de purificarla cada vez más por medio de estas sublimes manifestaciones, la hizo atravesar las más terribles pruebas de la vida espiritual. Triunfó de todas, aumentando siempre su amor hasta el extremo de que sólo podía encontrar reposo en el sufrimiento con el que alimentaba el fuego que la consumía. Al mismo tiempo su corazón rebosaba de amor por los hombres, deseando salvarlos a todos y extendiendo su caridad ardiente no sólo a las almas sino también los cuerpos. Mientras duró en la tierra esta existencia seráfica el cielo miró particularmente complacido Florencia y el recuerdo de tantas maravillas ha mantenido, en esta ciudad hasta nuestros días, un culto fervoroso a la insigne Esposa del Salvador de los hombres.
Uno de los caracteres más sorprendentes de la divinidad y de la santidad de la Iglesia aparece en estas vidas privilegiadas en las cuales la acción directa de los misterios de nuestra salud aparece con tanto esplendor. "Dios amó al mundo hasta el punto de darle su único Hijo'", este Hijo de Dios se enamora de alguna de sus criaturas produciendo en ella tales efectos que todos los hombres pueden adquirir por ellos una idea del amor de que está abrasado su divino corazón hacia este mundo que rescató con el precio de su sangre. ¡Dichosos los que saben contemplar este espectáculo y dar gracias por tales dones! Ellos pusieron la verdadera luz y en tanto que aquellos que dudan demuestra que sus luces luchan todavía con las tinieblas de la naturaleza caída.


Vida


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Cuerpo incorupto de Santa María Magdalena de Pazzi
Santa María Magdalena de Pazzis nació en Florencia en 1566. Desde su más tierna infancia fue favorecida de gracias particulares hasta el punto de tener constantemente el sentimiento de la presencia de Dios y de poder pasar largas horas en la oración. A la edad de diez años hizo su primera comunión y poco después emitió el voto de perpetua virginidad. En 1582 ingresaba en el Carmelo donde hacía su profesión dos años después. Pero entonces vivió en un estado continuo de oración y de éxtasis frecuentes. Dios la probó con terribles sufrimientos hasta su muerte ocurrida el 25 de mayo de 1607. Numerosos milagros dieron testimonio de su santidad por lo que Clemente IX la inscribió en el catálogo de los santos en 1669.

ELOGIO

Tu vida aquí, oh Magdalena, se asemejó a la de un ángel a quien la voluntad de Dios hubiera sometido a las leyes de la naturaleza caída. Todas tus aspiraciones te llevaban más allá de las condiciones de la vida presente y Jesús se complacía en despertar en ti esa sed de amor que sólo podía saciarse en las fuentes de la vida eterna. Una luz celestial te revelaba los misterios divinos, tu corazón no podía contener ya los tesoros de verdad y de amor que el Espíritu Santo acumulaba en él y entonces tu energía se refugiaba en el sacrificio y en el dolor como si únicamente en el anonadamiento de ti misma hubieras podido pagar la deuda que habías contraído con ese Dios que te colmaba con sus más caros favores.

PLEGARIA

¿Cómo te imitaremos alma seráfica?, ¿qué representa nuestro amor junto al tuyo? Podemos, sin embargo, seguirte desde lejos. El año litúrgico era el centro de tu existencia cada una de sus estaciones ejercía sobre ti su influencia y te traía nuevas luces y nuevos ardores. El Niño de Belén, la Víctima de cruz, el Vencedor de la muerte, el Espíritu Santo con sus siete dones te arrebataban; y tu alma, renovada por esta sucesión de maravillas se transformaba cada día más en Aquel que, por adueñarse de nuestros corazones, se dignó manifestarse en estos hechos sublimes que la Santa Iglesia nos hace repasar cada año con los socorros de una gracia siempre nueva. Oh Magdalena, amaste con pasión a las almas durante tu vida mortal, pero este amor se ha acrecentado aún más con la posesión del Bien Supremo. Alcánzanos abundancia de luces para ver mejor todo aquello que hechizaba tus potencias y tus sentidos, el ardor del afecto para amar más lo que apasionaba tu corazón.


fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer

  Tomo III pag. 940 y siguientes

domingo, 28 de mayo de 2017

S A N T O R A L


Beata Margarita Pole, Mártir


Martirologio Romano:
En Londres, en Inglaterra, beata Margarita Pole, madre de familia y mártir, que, siendo condesa de Salisbury y madre del cardenal Reginaldo, fue decapitada en la cárcel de la Torre de Londres en tiempo del rey Enrique VIII por haber desaprobado su divorcio, encontrando así reposo en la paz de Cristo. († 1541) 

Margarita Pole, Martir
Margarita, la última Plantagenet, nació el 14 de agosto de 1473 en Castle Farley, cerca de Barth, en Wiltshire, y pertenecía a la Vieja Casa Real Inglesa. Era hija de Jorge Plantagenet, duque de Clarence -hermano de los reyes Eduardo IV y Ricardo III de Inglaterra-, y de Isabel Neville, hija mayor del conde Edmundo de Warwick, quien en 1499, bajo Enrique VII, pagó con su vida ser el último representante masculino de la línea de York.
Perdió la madre cuando contaba tres años de edad y aún no había cumplido cinco cuando falleció también el padre, por lo que debió ser educada junto a los hijas de su tío el rey Eduardo IV, en el palacio de Shene.

En 1491, a los 18 años, el entonces rey Enrique VII la prometió en matrimonio a Sir Richard Pole, cuya madre, Edith St. John, era medio hermana de la madre del rey, Margaret Beaufort, y el hombre de confianza suyo hasta el punto de haberle encargado el cuidado de su primogénito, Arturo. Se celebró la boda el 22 de septiembre de 1494. Pero Margarita quedó viuda muy pronto, en 1505, con no demasiados recursos económicos y con cinco hijos pequeños que cuidar: Enrique, futuro Lord Montague; Godofredo; Arturo; Reginaldo, nacido en 1500, que llegó a ser cardenal en 1536, legado pontificio en 1553 y finalmente Arzobispo de Canterbury (1555-1558), y Úrsula, que se casaría con Enrique, Lord Stafford.
Al subir al trono el Joven rey Enrique VIII, que consideraba a su tía Margarita Pole la mujer más santa de Inglaterra, la restableció en la posesión de todos los derechos de la familia, que le habían sido confiscados en 1499 y la hizo condesa de Salisbury el 14 de octubre de 1513, dándole posesión de los antiguos dominios de esta casa. Fue también dama de la corte de la reina Catalina de Aragón, y le confiaron la educación de su hija la princesa María -futura rema María Tudor-, de quien fue madrina de bautismo y de confirmación, y a quien cuidó como si fuera su propia hija. La condesa de Salisbury, fue honrada con un lugar muy destacado en la corte, y era frecuente que la reina Catalina de Aragón se comunicase con su hija María a través de ella.
Catalina de Aragón
Enrique VIII, que ostentó la corona de Inglaterra entre 1509 y 1547, siendo el hijo segundo de Enrique VII había sido educado para la carrera eclesiástica, reservando la sucesión real para el príncipe Arturo, su hermano mayor. Pero la muerte prematura de éste lo llevó al trono a Enrique, Siendo aún muy joven de edad. Dada su preparación religiosa, pronto dictó algunas disposiciones para mejorar la formación teológica del clero y, decididamente opuesto a los seguidores de Martín Lutero, se colocó aliado del emperador Carlos V, sobrino de su esposa Catalina de Aragón, incitándole a que rompiese con el reformador. Incluso escribió la Assertio Septem Sacramentorum, obra en la que se oponía a la negación de los sacramentos hecha por los protestantes, y la dedicó al Papa «como signo de su fe y su amistad». En este libro afirmaba sin equívocos que «la Iglesia entera está sometida no solamente a Cristo, sino al único representante suyo, el papa de Roma». Todo ello le valió el título de defensor fidei, otorgado por el papa en 1521.
En enero de 1533 el arzobispo Cranmer casó a Enrique VIII con Ana Bolena, dama de la corte, después de declarar nulo el matrimonio con Catalina. El 1º de julio fue coronada Ana Bolena y en septiembre nació Isabel, que habría de ser reina de Inglaterra. El papa declaró no válido el nuevo matrimonio, pero hasta 1534 no dio el dictamen final, que reconocía como único legítimo el celebrado con Catalma de Aragón. La censura canónica de excomunión afectaba a Ennque VIII, Ana Bolena y al arzobispo Cranmer, con lo que el rey llevó a cabo la ruptura con Roma. El «Acta de supremacía» votada por el Parlamento Inglés en noviembre de 1534 declaraba que el rey y sus sucesores serian la autoridad suprema de la Iglesia en Inglaterra, hecho que no encontró, en general, oposición en el clero, bastante sometido ya desde antes a la autoridad estatal, ni en el pueblo, con poca formación religiosa.
Muy pocos tuvieron la valentía de no aceptar el «Acta de supremacía», entre ellos el obispo Juan Fisher y el antiguo lord canciller Tomás Moro. Ambos fueron encarcelados y después cruelmente ejecutados. También se negaron a jurarla numerosos religiosos y varios monasterios, cuyos monjes -algunos centenares- corrieron la misma suerte de la prisión y el martirio. En el norte, hubo también un intento de rebelión campesina, la «peregrinación de gracia», que no se oponía al «Acta de supremacía», pero sí al modo de proceder de las autoridades civiles contra los monasterios, las imágenes sagradas y las reliquias.
La condesa Margarita Pole, siempre considerada como una mujer santa, de profunda y arraigada fe, con gran fortaleza y acostumbrada a sufrir, vivió esta tortuosa historia del rey valientemente cercana a Catalina de Aragón y a su hija María, desaprobando sin paliativos el matrimonio con Ana Bolena. Su amor a la Iglesia y su fidelidad al Papa le impedían también aceptar la posible ruptura con Roma. Además, su hijo Reginaldo Pole se manifestó con toda claridad en el mismo sentido, lo cual no la favorecía después a ella. Reginaldo era muy apreciado por Catalina de Aragón y lo había sido también por Enrique VIII, quien le había enviado a estudiar a Oxford y a Padua, de donde volvió a los 27 años con brillantes pergaminos, ocupando después cargos eclesiásticos hasta llegar a ser arzobispo de York. Pero, tras una discusión con el rey, que en vano intentó ganarle para su causa, Reginaldo prefirió marcharse de Inglaterra.

Margarita pudo permanecer algún tiempo junto a María, que llevaba dos años separada de su madre. Pero cuando el rey ordenó a su hija que renunciara a su título de princesa y ella se negó, comenzó a temer que la condesa de Salisbury (Margarita Pole), vieja amiga y admiradora de Catalina, fortaleciera los propósitos de María de no someterse a los deseos de su padre, especialmente en lo concerniente al status de su madre y de ella. Por esto y, sobre todo, por su abierta oposición a la conducta de Enrique VIII en su matrimonio y frente al Papa, Margarita no pudo evitar caer en desgracia y en 1533 el rey la exoneró del cuidado de su hija María y la obligó a abandonar la corte. María estaba viviendo en New Hall, en Essex, y en octubre una comisión del rey le quitó su casa, quedando poco después, en 1534, desposeída de todos sus bienes, quedando obligada por su padre a vivir con la nueva y «única» princesa de Inglaterra, su pequeña medio hermana Isabel, hija de Ana Bolena. Comenzando para María, que siempre permaneció católica, sus días de absoluta miseria, considerada bastarda ante el nuevo y seudo matrimonio del rey.
Margarita Pole, que nunca dejó de quererla y de rezar por ella y por su atormentada madre y su causa, tuvo que desaparecer del círculo de Enrique VIII. Para María, de 18 años de edad, fue muy duro verse tan relegada, pero lo fue más al verse apartada de Margarita.

Cardinal Reginald Pole.jpg
Cardenal  Reginaldo Pole
Reginaldo Pole se había alejado de Inglaterra, pero su madre estaba todavía al alcance del rey. Aunque la condesa de Salisbury no tenía ya contactos con María ni con Catalina, afectiva y espiritualmente estaba cercana a ellas, y había sido testigo de toda su historia, por lo que era considerada como una amenaza. Para evitar este peligro, en la primavera de 1536 Enrique VIII y Cromwell pidieron a Reginaldo Pole que regresara a Inglaterra, con la intención de persuadirle a que se pusiera de parte de ellos. Ese mismo año, después de la caída de Ana Bolena, Margarita Pole fue incorporada de nuevo a la corte, pero sin llegar a conseguir el favor del rey. Es más, éste se enfureció fuertemente contra ella al saber que Reginaldo había sido llamado a Roma por el papa Pablo III y lo había elevado a la categoría de cardenal. Y se encolerizó más aún, cuando en 1540 le envió su tratado Pro ecclesiasticae unitatis defensione («En defensa de la unidad de la Iglesia»), como contestación a las preguntas que Cromwell y otros le habían hecho en nombre del rey. Además de responder teológicamente a las cuestiones formuladas, el libro era una abierta denuncia a la conducta de Enrique VIII. Éste puso el grito en el cielo, y pronto se hizo evidente que, no estando a su alcance el autor de la defensio, la ira real se cebaría en los rehenes presentes en Inglaterra.
El hecho de que el cardenal Pole rehusara volver a Inglaterra y la anécdota de haber encontrado en la casa de su madre un escudo que entrelazaba el pensamiento -flor característica de la Familia Pole- con una de las flores que usaba como símbolo María Tudor, desencadenó nuevamente la furia del rey, y el 3 de noviembre de 1538, dos de los hijos de Margarita Pole y algunos se sus familiares fueron arrestados con el cargo de alta traición, aunque Cromwell había escrito antes al rey diciendo que «apenas le habían ofendido, y que no tenían otro delito que ser parientes de sangre del cardenal». Fueron encarcelados en la Torre de Londres y en enero, excepto Godofredo Pole, brutalmente ejecutados.

Aunque Enrique VIII había dicho alguna vez de la condesa Margarita Pole que «la amaba y honraba como si fuera su propia abuela», el 13 de noviembre de 1538, diez días después que a sus hijos, ordenó arrestar a la venerable anciana en su casa de Warblington, junto a Havant, en Hampshire. Allí fue ampliamente interrogada en nombre del rey por el conde De Southampton, William Fitzwilliam, y por el obispo de Ely, Tomás Godrich. 
Al día siguiente escribían a Cromwell: «Seguramente no se ha visto ni oído a mujer tan honrada, tan firme en su compostura y tan precisa lo mismo en sus gestos que en sus palabras, que se maravilla uno de verla En sus contestaciones y declaraciones así se ha comportado, con sinceridad pura y justa de su parte, de modo que nos ha convencido de que una de dos o sus hijos no la han hecho participe de sus pensamientos más profundos, o ella es la traidora más grande que jamás haya existido. Ahora que le hemos quitado todo lo que tiene, y que le hemos comunicado el pensamiento del rey, como está arrestada, esperamos que pueda decir algo, al encontrarse desposeída».
A continuación, desde su casa de Warblington la llevaron prisionera a Cowdray Park, cerca de Midhurst, y la recluyeron en la casa del conde de Southampton, Willlam Fltzwilllam, donde fue sometida a todo tipo de vejaciones. Dos días después, informaban a Cromwell: «Hemos quitado todo a la Señora de Salisbury y la hemos llevado a Cowdray y cuando pensábamos, como dijimos en la carta anterior, que al quitarle todo quizás confesara algo, tenemos que decir que, desde que llegamos aquí, después de intentarlo de todos los modos posibles, no hemos conseguido nada [ ] Podemos llamarla un varón fuerte y firme, más que una mujer. Ante todos nuestros intentos, siempre se ha mostrado honrada, valerosa y correcta que más no puede ser. Tanto que pensamos que, a pesar de que hemos usado toda nuestra industria y diligencia para presionarla a que dijera más y hemos empleado mucho tiempo sin conseguirlo, hemos decidido presentarnos al Rey y no trabajar más de momento».
En Cowdray estuvo seis meses, sometida a las afrentas más grotescas. Mr. Gairdner la trató «con descortesía bárbara». El 12 de abril de 1539 Cromwell escribía al rey para decirle que no habían sido capaces de encontrar algo de qué acusarla, y que la Condesa y su familia "no le han ofendido más que en ser parientes del cardenal". Ante esta dificultad, Cromwell consultó a los jueces sí una persona acusada de traición podía ser condenada a muerte sin previo juicio o confesión. Esta propuesta tan sin sentido encontró rechazo incluso por parte de los más fieles a Enrique VIII. Le contestaron que sería un precedente peligroso, que ningún tribunal se avendría a un proceso tan ilegal, pero que la Corte del Parlamento era suprema y que su decisión se aceptaría como ley. Es el camino que se decidió seguir.
El bill of attainder, o «Acta de condena», no se presentó a los Lores hasta el 10 de mayo, para dar tiempo a añadir otros nombres. Figuran en ella 16 personas, algunas de las cuales ya habían sido ejecutadas. Las dos primeras lecturas se pasaron en un solo día, sin posibilidad de defensa ni examen de testigos, y en la tercera, Cromwell presentó una túnica de seda blanca, encontrada en uno de los cofres de la condesa, que llevaba bordadas las cinco llagas, signo que el rey pretendió hacer creer que la vinculaba con las revueltas del norte llamadas «peregrinación de Gracia», por lo que «se había hecho acreedora de muerte por orden del Parlamento». Los otros cargos aducidos contra ella, a los cuales no les fue permitido responder, tenían que ver con que se le encontraron bulas del Papa, que había mantenido correspondencia con su hijo y que había prohibido a sus sirvientes tener el Nuevo Testamento y otros libros publicados por la autoridad real. Los Comunes se mostraron tan dispuestos como los Lores a aceptar esta condena, finalmente aprobada el 29 de Junio de 1539. Este mismo día trasladaron a Margarita desde Cowdray a las prisiones de la Torre de Londres, para esperar allí la ejecución de la sentencia.
Ante esta noticia, el cardenal Pole escribía el 22 de septiembre al cardenal Contarini:«He oído que a mi madre la han condenado por juicio público a morir, o mejor, a la vida eterna. No solamente han condenado a una mujer de 70 años con la que el rey estaba muy relacionado y de la que él mismo había dicho que no había mujer más santa en todo el reino. También han condenado a su ahijado, el hijo de mi hermano, la única esperanza de nuestra familia. Mira hasta donde ha llegado esta tiranía, que empezó con sacerdotes, siguió con nobles, destruyendo a los mejores, y al final ha alcanzado a las mujeres y a los niños».
No la ejecutaron de momento, esperando que el rey la perdonara. Pero sí padeció todo género de carencias y agravios durante los casi dos años que permaneció allí prisionera, teniendo que soportar, además, un clima muy severo con insuficiente vestido. Todo ello, digna y pacientemente soportado, la preparó, sin duda, para recibir la gracia del martirio.
No hubo más proceso, ni posibilidad de defensa, ni otra sentencia que la dictada por el Parlamento hacía dos años. Margarita Pole, última representante de la rama directa de los Plantagenet, fue decapitada en la mañana del 28 de mayo de 1541, cuando contaba casi 68 años de edad, en East Smithfield Green, en la Torre de Londres, cerca de las estancias donde estaba recluida.
Hay distintas versiones, que se complementan entre sí, de los últimos momentos de esta mujer ya anciana, frágil de salud y de baja estatura, aunque fuerte en su fe y siempre fiel a la Iglesia Católica y a su conciencia, a pesar de los ultrajes y vejaciones que por ello tuvo que sufrir. Algunos la presentan resistiéndose a la injusticia que con su muerte se iba a cometer, y proclamando abiertamente su inocencia, como la balada contemporánea que pone estas palabras en boca de Margarita:
«Los traidores encaminados al patíbulo tienen que morir; yo no soy una traidora, no. ¡Yo no! Mi fidelidad es patente, así que no marcharé hacia el tronco. No daré un paso, como veréis. ¡Cristo, en tu misericordia, sálvame!».
Otros dicen que se dirigió con toda dignidad y fortaleza desde su celda al lugar donde había de ser decapitada, diciendo solamente que no sabía por qué crimen se la estaba condenando.
No fue decapitada en un patíbulo, sino sobre un tronco de madera. Parece que, en ausencia del verdugo oficial, el joven encargado de cumplir la sentencia tuvo dificultades para manejar la pesada y dura hacha con que había de sacrificarla, y que, al haber fallado algunos golpes, endureció de modo terrible el ya crudelísimo martirio, ante el espanto del grupo de unas 120 personas que asistían al espectáculo, presidido por el alcalde mayor de Londres. Lo cierto es que Margarita Pole, condesa de Salisbury, murió decapitada de una manera brutal, pero sin perder la dignidad propia de su linaje y de su fe, y con lúcida conciencia de la verdadera causa que la había conducido a tan feroz martirio. Fue enterrada en la capilla de San Pedro ad Vincula, dentro de la Torre de Londres.

Felipe II y María Tudor
Marillac, embajador de Francia, escribía al rey Francisco I el 29 de mayo: «Para empezar, un caso que más merece compasión que largas cartas. La condesa de Salisbury fue decapitada ayer por la mañana, hacia las siete, en una esquina de la Torre, en presencia de tan poca gente que hasta la tarde se dudó si había sido verdad. Era difícil de creer porque había estado en prisión mucho tiempo [...] La manera de proceder en su caso parece indicar que tenían miedo de matarla públicamente y la ejecutaron en secreto».
Al llegar a oídos del cardenal Pole la historia de la muerte cruel y grotesca de su madre, con los terribles detalles que la acompañaron, comentó que «nunca temería llamarse hijo de una mártir» Y más tarde escribía al cardenal S. Marcellus que «si su propia muerte trajera como consecuencia la salvación del rey, voluntariamente se ofrecería».
Cuando doce años después subió al trono María Tudor, la hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, sucediendo en 1553 a su medio hermano Eduardo VI, estaba decidida a restablecer el catolicismo en Inglaterra, para lo que solicitó la ayuda de su primo el cardenal Pole, quien fue enviado por el Papa como legado suyo con este fin. Tardó algunos meses en llegar y, ya en Inglaterra, actuó con notoria prudencia y discreción, perdonando a quienes habían apoyado a Enrique VIII y promovido el cisma anglicano. 
El matrimonio de María en 1554 con el príncipe heredero de España -el futuro rey Felipe II- favoreció también la solemne readmisión de Inglaterra en la Iglesia católica el 30 de noviembre de ese mismo año 1554, Vigorosamente propiciada por el cardenal. Pero, aunque el Parlamento aceptó la reconciliación con Roma, y aunque se persiguió duramente a los protestantes, el estado religioso del país no era favorable a este cambio, pues el pueblo estaba desorientado e indiferente ante tanta lucha y tanta violencia. La muerte temprana de María Tudor en 1558, y la del cardenal Pole con pocos días de diferencia, impidieron la consolidación del catolicismo. Su medio hermana y sucesora Isabel (1558-1603), aunque se había declarado católica durante el reinado de María Tudor, anuló pronto la restauración de la Iglesia católica en Inglaterra, afirmándose el anglicanismo a partir de la bula de excomunión Regnans in excelsis, del 25 de febrero de 1570, del papa San Pío V. Así quedó consolidado un cisma que se prolonga hasta la actualidad.

sábado, 27 de mayo de 2017

S A N T O R A L

 

SAN AGUSTIN, OBISPO Y APOSTOL DE INGLATERRA

LA EVANGELIZACIÓN DE INGLATERRA

S.S. San Gregorio I Magno, 63° Sucesor de San Pedro y
San Agustin de Canterbury, Primer Primado de Inglaterra
Entre las muchas preocupaciones que absorbían la celosa y apostólica alma de San Gregorio Magno, una fué la idea de evangelizar la Gran Bretaña. Una especie de instinto divino le había revelado que estaba destinado a ser el padre de estos anglosajones, conocidos por él al verlos expuestos como esclavos en los mercados de Roma. No pudiendo realizar por sí mismo esta empresa, buscó otros apóstoles que pudieran llevarla a buen término, encontrándolos en el mismo claustro benedictino, en que años antes y durante mucho tiempo él mismo había llevado la vida monástica. Roma vió con satisfacción partir para Inglaterra al monje Agustín a la cabeza de cuarenta compañeros, bajo el estandarte de la cruz. 
De este modo los habitantes de esta gran isla recibían la fe de este gran Papa, siendo también monjes los iniciadores de la doctrina de su salvación cristiana. Muy pronto germinó la palabra de San Agustín y de sus compañeros en este suelo privilegiado. Ciertamente que se necesitaría mucho tiempo para extenderse por toda la isla, pero ni Roma ni la Orden de San Benito abandonaría la obra comenzada; los restos del antiguo cristianismo acabaron por unirse a los nuevos adeptos e Inglaterra mereció ser llamada durante mucho tiempo la isla de los santos. 
Las gestas del apostolado de Agustín en esta isla fueron verdaderamente admirables. El desembarco de los misioneros romanos que avanzan hacia esa tierra infiel al canto de las letanías; la acogida pacífica y bondadosa que les depara el rey Etelberto; la influencia de la reina Berta, francesa y cristiana, en el establecimiento de la fe entre los sajones; el bautismo de 10.000 neófitos en las aguas de un río el día de Navidad; la fundación de la iglesia primada de Cantorbery, una de las más ilustres de la cristiandad por la santidad y grandeza de sus obispos; todas esas maravillas de la evangelización de Inglaterra es una de las señales más significativas de la providencia sobre este pueblo. 

La gravedad y mansedumbre de Agustín y su atractivo por la contemplación en medio de tantos trabajos, añaden un nuevo encanto a este magnífico episodio de la vida de la Iglesia. Pero se encoje el corazón al pensar que una nación que fué objeto de tales gracias, se ha hecho infiel a su misión y se ha dirigido contra Roma, su madre, y contra el instituto monástico con el que tantas deudas tiene contraídas, todo el furor de su odio parricida y todos los esfuerzos de una política sin escrúpulos.

VIDA

San Agustín era monje de San Andrés de Roma. Cuando S. Gregorio le confió la misión de evangelizar la Gran Bretaña. Partió en 596 con 40 monjes y llegó en la primavera de 597. El rey le tributó honrosa acogida y le permitió evangelizar el país. Agustín volvió a las Galias a recibir la consagración episcopal de manos del arzobispo de Arlés y el día de Navidad de 597 bautizó a diez mil insulares con el mismo rey. En 601 un refuerzo de 12 monjes fué a ayudar a los primeros apóstoles y a llevar a San Agustín, junto con el palio, el plan de la organización jerárquica de la Iglesia de Inglaterra que le enviaba el Papa. Agustín murió el 26 de mayo de 604 ó 605 en Cantorbery. León XIII extendió su fiesta a la Iglesia universal.

JESÚS, REY DE LAS NACIONES

Eres Jesús resucitado la vida de los pueblos como eres la vida de nuestras almas. Llamas a las naciones a tu conocimiento, a tu amor y a tu servicio porque "te fueron dadas en herencia", y tú las has hecho tuyas una tras otra.

Tu amor te inclinó hacia esta isla de Occidente a la que desde lo alto de la Cruz mirabas con misericordia. Hacia esa isla, llamada a tan alto destino se dirigió Agustín tu apóstol, enviado por Gregorio tu vicario.

... DE INGLATERRA


Has reinado glorioso sobre esta región. La has dado pontífices, doctores, reyes, monjes y vírgenes cuyas virtudes y trabajos llevaron hasta muy lejos el renombre de la Isla de los santos. Y en esta noble conquista una gran parte del mérito recae en Agustín, tu discípulo y heraldo. Tu imperio, oh Jesús, se mantuvo largo tiempo sobre este pueblo cuya fe fué tan admirada en el mundo entero. Pero ¡ay! vinieron días funestos en los que Inglaterra no quiso que siguieras reinando sobre ella' y hasta contribuyó a que otros países, sometidos a su influencia, siguieran el mismo camino. Te ha odiado en tu Vicario, ha repudiado la mayor parte de las verdades que enseñaste a los hombres, ha apagado su fe para sustituirla por la razón independiente que ha producido en su seno todos los errores. En su furor herético ha quemado y pisado todas las reliquias de los santos que fueron su gloria, ha hecho desaparecer la orden monástica a la cual debía el beneficio del cristianismo; se ha anegado en la sangre de los mártires, atizando la apostasía y persiguiendo como el más grande de los crímenes la fidelidad a la antigua fe.

PLEGARIA POR INGLATERRA

Sin embargo de eso tu misericordia, oh Jesús, ha espigado de nuevo en esta isla millares de almas a las cuales has llenado de luz y de verdad que aprecian con amor tanto más ardiente cuanto mayor era el tiempo que habían estado privadas de él. Creas así un nuevo pueblo para Ti en el seno mismo de la infidelidad entre la cual es cada año más abundante la cosecha. Continúa tu obra misericordiosa para que en el día supremo estos restos de Israel proclamen en medio de la ruina de Babilonia la vida inmortal de esta Iglesia de la cual no pueden separarse impunes las naciones por ella alimentadas.
Agustín apóstol de Inglaterra, tu misión no ha terminado todavía. El Señor ha determinado completar el número de tus elegidos rebuscando incluso entre la cizaña que cubre el campo sembrado por tus manos. Ven en ayuda de los nuevos enviados del Padre de familias. Obtén por tu intercesión esas gracias que iluminan los espíritus y transforman los corazones. Haz ver a tantos ciegos que la Esposa de Jesús es "única" como El mismo dice 1; que la fe de Gregorio y de Agustín no ha dejado de ser la fe de la Iglesia católica y que muchos siglos de posesión no son capaces de crear un derecho a la herejía sobre una tierra que sólo ha conquistado por la seducción y la violencia y que conservará siempre el sello imborrable de la catolicidad.
fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer
  Tomo III pag. 936 y siguientes

viernes, 26 de mayo de 2017

S A N T O R A L

  

SAN FELIPE NERI, CONFESOR

LA ALEGRÍA

http://4.bp.blogspot.com/-vMYG0LJ7lDo/UDVrwbYs0_I/AAAAAAAAEVg/jLrZPI0MF5Y/s1600/SantaMissa_SaoFelipeNericelebrando.jpgLa alegría es la principal característica del tiempo pascual, alegría sobrenatural por el triunfo de nuestro Emmanuel y por el sentimiento de nuestra liberación de los lazos de la muerte. Ahora bien esta alegría interior reinó de modo particular en el siervo de Dios, cuya fiesta celebramos hoy, y, del que se puede decir con la sagrada Escritura, que "el corazón del justo es como un continuo festín'", ya que su espíritu estuvo siempre lleno de júbilo y entusiasmo por las cosas divinas. Uno de sus últimos, discípulos, el P. Fáber, fiel a las doctrinas de su maestro, enseña en su libro del Progreso Espiritual, que el buen humor es uno de los principales medios para adelantar en la perfección cristiana. Por eso recibiremos con alegría y respeto la radiante y simpática figura de San Felipe Neri, el Apóstol de Roma del siglo XVI.

LA CARIDAD

St. Felix Cantalice - St. Philip Neri
El rasgo más característico de su vida fué el amor de Dios, amor ardiente y que comunicaba invenciblemente a todos cuantos se le acercaban. Todos los santos han amado a Dios; porque el amor de Dios es el primero y el mayor de los mandamientos; pero donde se ve realizado, por decirlo así, de modo incomparable y en toda su plenitud, es en la vida de este santo. Su existencia no fué más que un éxtasis de amor para con el Señor de todas las cosas, y sin un milagro especial de su poder y de su bondad este amor tan ardiente del corazón de Felipe hubiera consumido su vida mucho antes de tiempo. Tenía 29 años, cuando un día en la octava de Pentecostés, el fuego de caridad abrasó su corazón con tal ímpetu, que saltaron dos costillas del lugar normal de su pecho, dejando al corazón el espacio necesario para poder expansionase en adelante, sin peligro, en los trasportes que le arrebataban. Esta fractura no se compuso nunca y su presencia se hacía sensible por una prominencia visible a todos y, gracias a este alivio milagroso, San Felipe pudo vivir cincuenta años más, preso siempre del fuego de un amor más bien celestial que terreno.

LA SANTIDAD Y EL SERVICIO DE LA IGLESIA

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Este serafín en cuerpo humano fué como una respuesta viva y eficaz a los insultos con que la pretendida Reforma Protestante perseguía a la Iglesia Católica. Lutero y Calvino habían llamado a esta Iglesia la infiel y corrompida Babilonia y he aquí cómo esta Iglesia podía mostrar a amigos y enemigos hijos como éstos: Teresa en España, y Felipe Neri en Roma. Pero al Protestantismo le preocupaba mucho la ruptura del yugo y poco el amor. En nombre de la libertad de la fe oprimía por doquier a los pueblos sumisos en que dominaba y se imponía por la fuerza allí precisamente donde se le rechazaba. Pero nunca se preocupaba de reivindicar para Dios el derecho que tiene de ser amado. Por eso se vió desaparecer de los lugares que invadió, ese amor que engendra el sacrificio por Dios y por el prójimo. Tuvo que pasar mucho tiempo después de la pretendida Reforma para que ésta se diera cuenta de que todavía existían infieles sobre la superficie de la tierra, y si luego, más tarde, ha tomado fastuosamente la obra de las misiones, todos sabemos muy bien qué apóstoles ha escogido para enviarlos como órganos de sus extrañas sociedades bíblicas. Sólo tres siglos después de su existencia fué cuando se dió cuenta de que la Iglesia Católica no había cesado de producir asociaciones cuya finalidad no era otra que las obras de caridad. Desconcertada ante tal descubrimiento trató de introducir en algunos lugares sus diaconías y sus enfermeras. Sea lo que sea sobre el éxito de un trabajo tan tardío, podemos creer no obstante con razón que no alcanzará grandes proporciones y podemos pensar que este espíritu de apostolado, que estuvo adormecido por espacio de tres siglos en el mismo seno del protestantismo, no es precisamente su carácter esencial, cuando se ha visto que, en los países invadidos por él, ha desaparecido el espíritu de sacrificio, suprimiendo voluntariamente la práctica de los consejos evangélicos, cuya existencia se basa únicamente en el amor de Dios. ¡Gloria, pues, sea dada a San Felipe Neri, uno de los representantes más dignos del amor de Dios en el siglo XVI! Gracias a su impulso Roma y muy pronto después toda la cristiandad tomaron nueva vida con la frecuencia de los sacramentos, suspirando por una piedad más fervorosa. Su palabra y su sola presencia electrizaba al pueblo cristiano de la Ciudad Eterna, cuya memoria perdura todavía. Por eso cada año Roma celebra el 26 de mayo el recuerdo de su pacifico reformador. San Felipe se divide con los príncipes de los Apóstoles el patronato de la ciudad de San Pedro.

EL TAUMATURGO


San Felipe tuvo el carisma de los milagros, y cuanto más buscaba, por su parte, el desprecio y el olvido, más se veía seguido de todo el pueblo, que, por su mediación pedía y obtenía la curación de los males de esta vida terrena a la vez que la reconciliación de las almas con Dios. La misma muerte obedecía a su imperio como testigo de ello fué el joven príncipe Pablo Massimo, a quien Felipe resucitó cuando ya se le estaban preparando las exequias funerarias. En el mismo momento en que este joven daba su último suspiro, y cuando fueron a pedirle ayuda para ese último trance, estaba el siervo de Dios celebrando el santo Sacrificio. Cuando luego más tarde entró ya en el palacio, encuentra por todas partes las señales del duelo: su padre desolado, sus hermanos llorando sin consuelo y toda la familia consternada. Tal es el espectáculo que encuentran sus ojos. El joven había terminado su vida después de sesenta y cinco días de enfermedad, llevada con asombrosa paciencia. San Felipe se postró de rodillas y después de una fervorosa plegaria, puso su mano sobre la cabeza del difunto y le llamó en voz alta por su propio nombre. Ante esta voz poderosa despertó Pablo del sueño de la muerte, abrió los ojos y respondió con ternura: "Padre mío." Después añadió solamente: "Deseaba sólo confesarme." Los asistentes se alejaron un momento y Felipe permaneció sólo con esta conquista que terminaba de alcanzar de la muerte. Luego fueron llamados sus parientes y Pablo se estuvo en su presencia, hablando con Felipe de su madre y de su hermana, a quienes amaba tiernamente y que habían sido arrebatadas por la muerte. Mientras estaban conversando, el rostro del joven, desfigurado antes por la fiebre, recobró sus colores y la lozanía de otros tiempos. Nunca se le había visto tan lleno de vida. Entonces el santo le preguntó si estaba dispuesto a morir con gusto otra vez. "Oh, sí, respondió el joven, con mucho gusto; porque entonces vería en el paraíso a mi madre y a mi hermana." "Marcha, pues, repuso Felipe, marcha al cielo y pide al Señor por mí." A estas palabras espiró de nuevo el joven y entró en los gozos de la eternidad, dejando a la concurrencia sobrecogida de dolor y de admiración.
Tal era este hombre favorecido por el Señor casi continuamente con raptos y éxtasis, dotado del don de profecía, que sabía penetrar con su mirada el interior de las conciencias y que dejaba tras sí un perfume que atraía a las almas con encanto irresistible. La juventud romana de todas las clases sociales se apiñaba en su derredor. A unos les hacía evitar los peligros, a otros les daba la mano para sacarles del naufragio. Los pobres y los enfermos eran siempre el objeto de sus cuidados. Parecía multiplicarse en Roma, empleando todas las formas de celo y dejando tras sí un impulso hacia el bien obrar que todavía no se ha resfriado.

EL FUNDADOR

San Felipe había notado que la conservación de las costumbres cristianas dependía principalmente de la buena predicación de la palabra de Dios y nadie trabajó más que él en procurar a los fieles apóstoles capaces de ganarles con su doctrina sólida y atrayente. Para eso fundó con el nombre de Oratorio un Instituto, que existe todavía, y cuya finalidad consiste en animar y mantener la piedad en las ciudades. Esta Institución, que no hay que confundir con el Oratorio de Francia, tiene por objeto aprovechar el celo y las dotes de aquellos sacerdotes que sin ser llamados al claustro por vocación divina, llegan no obstante a producir abundantes frutos de santidad al asociar sus esfuerzos.
Al fundar el Oratorio sin ligar a sus miembros con los votos de la religión, San Felipe se acomodaba al género de vocación que habían recibido del cielo algunos miembros, y por de pronto les aseguraba las ventajas de un reglamento común, con la ayuda del ejemplo, tan eficaz para sostener el alma en el servicio de Dios y en la práctica de las obras de celo. Mas el santo apóstol estaba demasiado apegado a la fe de la Iglesia, para no considerar a la vida religiosa como el estado de perfección. Durante su larga existencia no cesó de dirigir a los claustros a las almas que creía llamadas a la profesión de los votos. Por medio de él se reclutaban muchas órdenes religiosas de gran número de sujetos que seleccionaba y probaba él mismo, de tal suerte que, San Ignacio de Loyola, amigo íntimo y admirador del santo le comparaba jocosamente con la campana que llama los fieles a la Iglesia, por más que siempre se queda ella afuera.

LUCHA CONTRA EL PROTESTANTISMO


La terrible crisis que conmovió el cristianismo en el siglo XVI y que arrebató al catolicismo tan gran número de regiones, afectó dolorosamente a San Felipe y sufrió terriblemente al ver hundirse tantos pueblos unos tras otros en el abismo de herejía. Su corazón sentía los incesantes golpes que le daba su ardiente celo por reconquistar las almas seducidas por la pretendida Reforma y seguía con suma atención las maniobras de que se servía el Protestantismo para mantener en ellas su influencia. Las Centurias de Magdeburgo, vasta compilación histórica, destinada a engañar a los lectores con ayuda de pasajes falsificados y de hechos adulterados e incluso inventados como por ejemplo, que la Iglesia Romana había abandonado la antigua fe y que había sustituido las prácticas primitivas con supersticiones; esta obra le pareció ser de tan peligrosa trascendencia, que únicamente podría asegurar el triunfo de la Iglesia Católica otra obra que la aventajase en erudición y que tuviese su origen en las verdaderas fuentes.
Mucho tiempo hacía que había adivinado el genio de César Baronio, uno de sus compañeros del Oratorio. Tomando la defensa de la fe, mandó a este gran sabio que entrase en la lucha y que persiguiese al enemigo de la fe auténtica, poniéndose en el mismo campo de la historia. Fruto de este pensamiento genial de San Felipe fueron los Anales Eclesiásticos, según lo atestigua el mismo Baronio al principio del tomo VIII. Cuatro siglos han corrido desde que se compuso esta obra. Con los medios científicos de que hoy disponemos nos es fácil distinguir sus fallos; pero nunca hasta entonces se había escrito la historia de la Iglesia con dignidad, elocuencia e imparcialidad, superiores a las que se ven en este inteligentísimo trabajo que abarca doce siglos.
La herejía sintió muy pronto el golpe; la erudición falsa y perjudicial de los Centuriadores se eclipsó ante esta historia verdadera de los hechos y puede afirmarse que el oleaje creciente del protestantismo se detuvo ante los Anales de Baronio, en donde aparece la Iglesia tal cual fue siempre, es decir, "como columna y sostén de la verdad'". La Santidad de San Felipe y el genio de Baronio decidieron la victoria y fueron muchos los que, vueltos a la fe de la Iglesia Romana, vinieron a consolar a los católicos, tan tristemente diezmados, y si en nuestros días son incontables las abjuraciones de la nueva secta, es justo atribuirlo en gran parte al fruto que produce el método histórico inaugurado con los Anales.

Vida


San Felipe nació en Florencia en 1515. Tras una infancia consagrada a la piedad, pasó a Roma para estudiar la filosofía y la teología. En 1551 fué ordenado de sacerdote y desde entonces se entregó por completo al servicio de las almas, y para que su trabajo fuera más eficaz, fundó la Congregación del Oratorio aprobada por Gregorio XIII en 1575. Gozaba de una oración tan elevada, que con frecuencia se levantaba en éxtasis. Poseyó también el don de profecía y de saber leer en las almas. En 1593 renunció al cargo de Superior del Oratorio y murió el 24 de mayo de 1602. Fué canonizado veinte años más tarde a la vez que Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier.

AMOR DE DIOS

¡Oh glorioso San Felipe! Amaste a Jesucristo y tu vida no fué más que un acto continuo de amor. Pero no quisiste gozar exclusivamente de tan soberano bien. Todas tus actividades se encaminaron a hacerle conocer de los hombres a fin de que todos le amasen contigo, y pudieran llegar a su último fin. Durante cuarenta años fuiste el apóstol infatigable de la Ciudad Eterna, sin que nadie pudiera dejar de sentir el ardor del fuego divino que te consumía. Por eso te pedimos que extiendas tus miradas sobre nosotros. Enséñanos a amar a Jesús resucitado. No basta con que nosotros le adoremos y nos regocijemos de su triunfo; necesitamos amarle, porque todos sus misterios, desde su Encarnación hasta su Resurrección, no tienen otro fin que manifestarnos siempre más claramente su infinito amor. Amándole de continuo podremos llegarnos más cerca del gran misterio de su Resurrección, misterio que acaba de revelarnos todas las riquezas de su corazón. Cuanto más se eleva El en la nueva vida que acaba de tomar al salir del sepulcro, mejor se nos muestra lleno de amor hacia nosotros y más nos está solicitando para atraernos a Él. Ruega, oh Felipe, y pide que "nuestro corazón y nuestra carne salten de gozo en el Dios vivo'". Y tras el misterio de Pascua, introdúcenos también en el de la Ascensión; prepara nuestras almas para recibir el Espíritu Santo en Pentecostés y cuando brille a nuestros ojos el misterio de la Eucaristía en la próxima solemnidad, tú que la celebraste por última vez antes de subir a la mansión eterna, en que Jesús se muestra sin velos, dispón nuestras almas para recibir y gustar "este pan vivo que da la vida al mundo". Tu santidad se distinguió por los lances irresistibles de tu alma hacia Dios y cuantos se acercaban a ti sentían muy pronto en sí mismos esta misma disposición, única capaz de corresponder al llamamiento del Redentor. Sabías apoderarte de las almas y llevarlas a la perfección por medio de la confianza y de la generosidad del corazón. En esta gran obra no te apegaste a un método imitando a los Apóstoles y a los antiguos Padres, confiando más en la virtud propia de la palabra de Dios. Para ti el frecuentar los sacramentos con fervor fué siempre la señal más clara de la vida cristiana. Ruega por el pueblo fiel y ayuda a tantas almas que se agitan y se gastan en caminos trazados por manos humanas y que con frecuencia no hacen más que retrasar o impedir la unión íntima de la criatura con el Creador.

AMOR A LA IGLESIA

¡Oh Felipe! amaste ardientemente a la Iglesia, siendo este amor el signo imprescindible de la santidad. Tu alta contemplación no te hacía olvidar la dolorosa suerte de la Esposa de Cristo, tan probada en el siglo en que viniste a este mundo y pasaste a mejor vida. Los esfuerzos de la herejía triunfante en tantas naciones estimulaban el celo de tu corazón. Alcánzanos del Espíritu Santo esta viva simpatía hacia la verdad católica que nos haga sentir sus derrotas y sus victorias. No basta con que salvemos nuestras almas; es necesario que deseemos ardientemente y trabajemos con todas nuestras fuerzas por el acrecentamiento del reino de Dios en la tierra, la extirpación de la herejía y la exaltación de nuestra Santa Madre Iglesia. Sólo así seremos hijos de Dios. Inspíranos, oh San Felipe, con tus ejemplos este ardor con el que debemos unirnos en todo a los intereses sagrados de nuestra Madre común. Ruega también por esta Iglesia militante que siempre te ha contado como uno de los soldados mejores salidos de sus filas. Defiende valiente la causa de Roma que se siente orgullosa al serte deudora de tantos servicios. Tú la santificaste durante tu vida mortal; santifícala y defiéndela todavía más ahora ya desde el cielo.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer