lunes, 2 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN CEADA, obispo de York

Conocido como San Chad


San Ceada fué un varón santísimo, y doctísimo, hermano de Cedd, obispo de los orientales ingleses, y por sus méritos vino á ser abad de un monasterio, llamado Lantisgham. El rey Osinu tenía la corona de aquel reino en esta ocasión, y deseaba mucho, que en su reino hubiese obispo, que se hallaban sin él: y como tardase en volver de Francia san Wilfrído, que había ido á consagrarse, acordó de enviar á Ceada á Canterbury, que antiguamente se llamó Cantua, para que su arzobispo le ordenase, y consagrase por obispo de Eberaco, ahora llamada York, y fué acompañándolo Eadhedo, capellán del mismo rey: el cual después en tiempo del rey Eefrido vino á ser obispo de Ripa. Llegaron á Cantorbery, y hallaron muerto á Deusdedít, que era el arzobispo, á quien iban: por lo cual se fueron á Vinís, obispo, que era de los occidentales sajones, el cual tomando otros dos obispos de la gran Bretaña, por acompañados, le consagró; y Ceada con esto se fué á su Iglesia, donde vivió con vigilancia, verdad eclesiástica, humildad, castidad, pureza, y gran parsimonia.

Ejercitábase en leer en la sagrada Escri­tura, y en predicar por las villas, aldeas, y caserías, caminando siempre, por imitar en todo á los santos apóstoles. Por este tiempo vino Wilfrido de Francia, y comenzó á administrar, el obispado de York: lo cual visto por Ceada, no se inquietó; antes con humildad profunda se recogió á un monasterio suyo, llamado Talesligahe. Sucedió pues, que Tarumano: obispo de los mercios, pasó de esta vida, y el rey Vulfero envió á rogar al obispo san Teodoro, que le ordenase un obispo; y Teodoro, por hacer bien á aquella tierra, permitiéndolo el rey Osinu, le envió al bendito Ceada; y así fué recibido por obispo de los mercios, y lindisfaros, donde con gran perfección, y ejem­plo raro de su vida, y santas virtudes, ordenó las cosas de toda aquella tierra, según el orden, y ejemplar de los antiguos santos padres. El rey Vulfero le dió una gran tierra en la provincia de Lindisi, para que allí edificase un monasterio. Puso su silla episcopal en una ciudad llamada Lichfield, donde murió, y fué sepultado su santo cuerpo, y allí quedó por muchos años la silla de sus sucesores los obispos. Hizo una casa junto á la iglesia, donde vivía con siete, ú ocho compañeros honestos, y virtuosos, gastando en leer, y orar, el tiempo que le sobraba, después de cumplidos los divinos oficios.

Entre sus muchas, y grandes virtudes, sobresalía en él el temor de Dios, que era tan grande, que en todas sus cosas, y acciones lo mostraba bien. Si estando leyendo, ó haciendo alguna cosa, venia acaso algún poco de viento más de lo acostumbrado, se levantaba, é invocaba la misericordia del Señor, suplicándole con humildad, usase de ella con todo el género humano. Si el viento se hacía fuerte, luego cerraba el libro; y postrado en tierra se poma en oración. Si tronaba, ó relampagueaba, se iba muy solícito á la iglesia; y con salmos, y oraciones estaba fijo orando al Señor, hasta que el tiempo se serenaba. Preguntándole algunos, porqué hacia estas cosas, solía responder, no leísteis, que tronó del cielo el Señor, y el Altísimo envió sus saetas, y destruyólos: multiplicó los rayos. y contúrbolos: mueve el Señor los aires: conmueve los vientos: tira los rayos; y truena del cielo; para despertar, á los que duermen en la tierra, á que teman, para atraer sus corazones á la memoria del juicio, que está por venir, para desvanecer su soberbia, y turbar su osadía, trayendo á la memoria, y entendimiento, aquel temeroso tiempo, cuando ardiendo los cielos, y las tierras, ha de venir en las nubes, con grande espanto, y majestad, á juzgar los vi­vos, y muertos: por lo cual nos conviene, que pues nos envía sus celestiales amonestaciones, lo respondamos con debido amor, y temor santo: de tal manera, que si conmueve el aire, y alza la mano casi para herir con la amenaza, nos pongamos en oración, y alcanzamos su misericordia, para que no nos hiera, y castigue: y escudriñando nuestras conciencias, purguemos la hez de nuestros vicios, y nos tratemos de tal manera, que no merezcamos ser heridos de su ira; oídos, sí, de su misericordia infinita.
Pasados dos años y medio, después que había puesto su silla en Lichfield, vino el tiempo del fin de su peregrinación: y un día estando en oración, solo con unos de sus compañeros, llamado Ovino, el cual era monje, y para mayor perfección se había venido á vivir con él, por estudiar, y aprender de sus muchas virtudes, sucedió, que el tal Ovino oyó una música suavísima de muchos, que cantaban, y se regocijaban, bajando del cielo á la tierra. Primero la oyó de la parte de entre oriente, y septentrión, y de allí se vino acercando, hasta que entró en el oratorio del santo obispo; y al instante se llenó todo de divina, dul­císima, y suavísima armonía. Estando, pues, Ovino con cuidado, que sería aquello; oyó, y vió, como de allí á media hora subía por el techo del mismo oratorio la misma suavidad de voces, y divina música, y que poco á poco se subía á los cielos: por lo cual estuvo un rato suspenso, discurriendo, y escudriñando en su ánimo, qué sería aquello. A este tiempo oyó, que el santo obispo había abierto la ventana del oratorio, y dicho, que si alguno había fuera, entrase.
Entró Ovino entonces, y el santo obispo le dijo: Anda, vé á la iglesia, y llama al hermano Osinu; y ve­nid los dos acá. Llegados los dos á su aposento, les amonestó primeramente, que tuviesen amor, y paz con todos, y que siguiesen, y cumpliesen los preceptos, y reglas de vida, que de él habían aprendido, y oído de otros: después les dijo, como había de partir presto de esta; y añadió: porque aquel amable huésped, que solía visitar á nuestros hermanos, también ha sido servido de venir hoy á mí, y llamarme de este siglo; por lo cual, volved á la iglesia, y decid á los hermanos, que se acuerden de prevenir mi muerte para con el Señor, con vigilias, oraciones, y buenas obras. Oídas estas razones por los dos, quedaron muy tristes, y desconsolados, y con lágrimas muchas se fueron á la iglesia. Volvió después Ovino solo: y postrado á sus pies, le dijo: Ruégote, padre, me dés licencia para preguntarte. Pregunta, lo que quisieres, dijo el santo Ceada. Ovino dijo: Suplicóte, me digas, ¿qué música era aquella, que oí de aquellos, que bajaban del cielo á este tu oratorio? A que respondió con humildad vergonzosa el siervo de Dios: Si oíste las voces, y conociste, que eran de compañías celestiales; rué­gote en el nombre del Señor, que no lo digas á persona alguna antes de mi muerte. A la verdad los ángeles fueron, que vinieron á llamarme para los celestiales premios, que yo siempre amaba, y deseaba; y prometiéronme, que después de siete días volverían, y me llevarían consigo. Lo cual se cumplió así como lo dijo: porque luego vino á desfallecer en el cuerpo, y cada día se le aumen­tó la enfermedad, y al día séptimo recibió el Santísimo Sacramento; y saliéndosele su bendita alma del cuerpo, la recibieron los santos ángeles, y llevaron á los eternos gozos de la bienaventu­ranza, según se lo habían prometido. Murió el segundo día de marzo, y su santo cuerpo fue se­pultado en la iglesia de Santa María. Después se fundó una iglesia á invocación del príncipe de los apóstoles, donde fueron trasladados sus santos huesos, y en ambos lugares hizo el Señor por sus méritos infinitos milagros. Escribió su vida Beda en el libro III de su historia eclesiástica inglesa, cap. 28; y lib. 4, cap. 3; y dice, fué ordenado en obispo por los años de 664, en tiempo de Vitaliano pontífice: la traen asimismo Sanctoro, el Martirologio romano, y otros. En la reforma protestante, los católicos rescataron sus reliquias de la profanación, y ahora se encuentran en la catedral católica de Birmingham, dedicada a su memoria.

Gran virtud es la del temor santo de Dios: no puede dejar de obrar bien, quien teme á Dios: afírmalo el Espíritu Santo, y él mismo dice, al temeroso de Dios le sucederá todo bien, y sobre todo en los extremos, ó en el fin de la vida, que este es el sentir del Espíritu Santo. Ya se vio, cuan bien le fué en los extremos al gloriosísimo Ceada, pues siete días antes bajaron los ángeles á darle suaves músicas, de aquellas, con que sin cesar asisten, y cortejan la divina y soberana majestad del Todopoderoso; y luego volvieron á llevar su bendita alma á los cielos, para presen­társela á su Criador. ¿Pudo irle mejor, ni sucederle más bien en los extremos? Claro está que no. Temía á Dios; ¿qué mucho? Temámosle to­dos: que á todos nos sucederá bien en los extre­mos, y fin de nuestra vida.
 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 1 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN ROSENDO

Célebre en España por su santidad y milagros, nació en Valdesalas, pueblo de Galicia, y fué hijo de los nobles condes de Menéndez. Esta ilustre casa carecía de sucesión, al par que la deseaba vivamente. Fué en cierta ocasión preciso al conde pasar á la ciudad de Coímbra por orden del rey don Alonso el Grande, que le nombró general de las tropas que allí tenia para defender la ciudad de la inundación agarena. Entonces su esposa Ilduara aprovechó la ocasión para dedicarse con más fervor al servicio de Dios y á la práctica de las virtudes. Había sobre un monte vecino, distante unas dos millas de Valdesalas, una iglesia dedicada al Salvador, á la cual solía ir ella descalza, sin comitiva, regando el camino con sus lágrimas, y allí oía los divinos oficios. Uno de los días que fué á ella, estando orando con mucho fervor, se quedó dormida delante del altar y se le apareció un ángel que la consoló diciéndola: Regocíjale, Ilduara, porque te hago saber que tus oraciones han sido oídas de Dios; concebirás y darás á luz un hijo; que será muy estimado de los hombres, y de mucho mérito para con Dios. Despierta Ilduara sin saber lo que le pasa; mas reconociendo en la visión un favor singular del cielo, rinde gracias al Señor: hace luego participante á su esposo del gozo que le cabe: manda por él, y sabedor este de la revelación, une sus votos con los de su consorte. A pocos días concibió esta, y á los 20 de noviembre del año 907 dio á luz á Rosendo, cuyo nombre se le impuso el día de su bautismo. Esos virtuosos padres educaron con especial y cristiana solicitud al niño, que desde sus primeros años mostró decidida afición á la virtud, apartándose de las diversiones de los de su edad, y empleando el tiempo en el estudio y en afectuosas devociones á Jesucristo y á la Virgen María. Su favorita ocupación era el instruirse en la ley de Dios, y meditarla día y noche, de modo que en breve hizo rápidos y admirables progresos en las letras humanas y divinas, en que se aventajó á todos sus iguales; añadiendo nuevo lustre á sus estudios la madurez y gravedad que resplandecían en él, aun en edad juvenil. Su conversación dulce y afable para con todos, se ganaba la voluntad de cuantos le trataban, y daba al mismo tiempo tanta eficacia y peso á sus razones, que se le buscaba por árbitro en los asuntos más delicados é importantes. En los años en que otros jóvenes solo piensan en diversiones y ejercicios propios de la edad, se extendió por toda España la fama de las virtudes de Rosendo, y en todas partes se hablaba con elogio de su modestia, de su castidad, de su misericordia con los pobres, de su liberalidad con los amigos, de su sólida piedad, y de su caridad con todos.
Llegó ó la sazón á estar vacante el obispado de Dumio, y el clero y el pueblo, viendo que tenían en aquel joven el más claro espejo de todas las virtudes, de común acuerdo lo eligieron por su obispo, á pesar de que no tenía más que diez y ocho años. No quiso el santo mancebo admitir tan alta dignidad, y no le hubieran hecho mudar de resolución todas las instancias de los fieles, á no haber tenido una revelación de que era voluntad del cielo que la aceptase.
Esta nueva dignidad, que pudiera deslumbrar á un hombre menos cimentado en la virtud, solo sirvió para hacer más brillantes las grandes prendas de Rosendo. Como una grande antorcha puesta sobre el candelero, esparció sus luces por toda la Iglesia del Señor. Se creyó obligado á ser el común padre de los pobres y peregrinos, y el refugio y consuelo de los huérfanos y viudas. Puso especial cuidado en enseñar y predicar continuamente la palabra de Dios á sus ovejas, y en corregir y reformar las costumbres de su pueblo. Pero en medio del ruido y atención de los negocios, su corazón suspiraba de continuo por la soledad y el retiro que tanto apetecía, para poderse entregar del todo á su Dios. A este fin mandó edificar un monasterio, que aún hoy se llama Celanova, en el cual hizo vida monástica con otros monjes de vida ejemplar y perfecta.
Contentísimo se hallaba Rosendo en la soledad de su celda y en compañía de sus amados monjes, cuando Dios, que le quería hacer mas glorioso entre los hombres, y más útil á su Iglesia, dispuso que volviese otra vez á empuñar, no solo el cayado episcopal, sino el bastón militar en la ciudad de Compostela. Gobernó este obispado con igual celo y prudencia que el de Dumio, mostrándose en todo afable y dulcísimo con los buenos, compasivo con los flacos, y fuerte y animoso contra los disolutos y perversos.
Por aquel tiempo tuvo el rey don Sancho que ausentarse de Galicia, y con este motivo invadieron aquel reino los normandos, ejecutando mil estragos, y al mismo tiempo asolaban los moros la parte de Portugal confinante con Galicia. El santo pastor salió al encuentro de unos y otros, y Dios le favoreció tanto en esta empresa, que arrojó de Galicia á los normandos, y rechazó hasta muy lejos á los moros, obligándoles á contenerse dentro de sus límites. Poco después, renunciando el obispado y toda la gloria del mundo, retiróse otra vez al monasterio de Celanova, donde profesó la regla de san Benito, aventajando á todos sus compañeros en pobreza, humildad y penitencia. Hecho abad de esto monasterio, se portó en este cargo con la misma distinguida prudencia y virtud que en el episcopado, y después de haberle gobernado algunos años, conociendo de antemano el día y la hora de su muerte, y habiéndose preparado con fervorosos actos de amor divino, entregó Rosendo su alma á Dios el día 1 de marzo del año 977, y el sesenta de su edad. Sepultaron su cuerpo junto á la iglesia de san Pedro en una urna de piedra, y Dios glorificó su sepulcro con continuos milagros. La fama de su, santidad y prodigios se hizo luego célebre en la Iglesia universal, y el papa Celestino III colocó á Rosendo en el número de los santos.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 28 de febrero de 2026

S A N T O R A L



SAN HILARIO, PAPA Y CONFESOR


Nació en la isla de Cerdeña , y se dedicó á la carrera eclesiástica.
Había prestado servicios importantes á la religión, y era diácono de la Iglesia de Roma, cuando por muerte de san León el Grande, fue elegido soberano pontífice, y consagrado el día 12 de noviembre del año 461. La alegría que produjo su elevación á la silla de san Pedro en todos los obispos del mundo cristiano, es una prueba de que era merecedor de aquella dignidad. El celo que desplegó Hilario en favor de la religión, y los cuidados incesantes con que procuró que se observase en toda su pureza la disciplina eclesiástica, repararon en algún modo la pérdida que había sufrido la Iglesia con la muerte del papa san León. Entre las cosas notables de su pontificado es una de ellas la prohibición de que ningún obispo eligiese á su sucesor, y la estricta observancia del canon del concilio de Nicea contra las traslaciones de los obispos de una silla á otra. San Hilario murió el día 21 de febrero del año 468 con la muerte de los santos, después de haber anatematizado a los heresiarcas Eutiques y Nestorio, confirmado los concilios generales de Nicea, Efeso, y Calcedonia, y tenido otro concilio en Roma, el año 460.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

S A N T O R A L

SAN LUPICINO Y SAN ROMÁN, HERMANOS, ABADES

Lupicino y Román, fueron hijos de nobles padres, los cuales (después de haber puesto en estado á Lupicino, que era el mayor, casándolo rica, y noblemente, aunque bien contra su voluntad, por ser más inclinado á la vida monástica y religiosa, que á la conyugal, y dejar en su compañía y custodia á Román, su menor hermano, sin poder conseguir de él, que tomase el mismo estado, hallando en sus tiernos años mas cabida el resistir á la voluntad de sus padres, y conservarse virgen, pareciéndoles que en su edad temprana, no podía haber resistencia, y que después tomaría el estado que Lupicino le diese) de común voluntad, y divino acuerdo se fueron á vivir al desierto, eligiendo para habitación del fin de sus días un yermo en aquellas partes de León de Francia, que participan de las amenidades del Reyno, y Ródano, ríos célebres, de cuyos circunvecinos pueblos descendían. Otros tienen, que son los desiertos de Lora, entre Borgoña y Alemania, juntos á la ciudad de Aventica. Aquí, pues, determinaron vivir como si fuesen dos hermanos, sin acordarse más del uso del matrimonio santo, pareciendo dos ángeles humanos: humildes siempre y postrados en tierra, divididos uno de otro, hacían á Dios oración continua, sustentándose solo de las solas raices de las yerbas, que aquel yermo les tributaba: abstinencia rara y virtud grande, para quien se habia criado con regalos y abundancias, reducirse voluntariamente á tal miseria de vida. El enemigo común, que jamás se descuida, envidioso de tanta gloria, como la que los benditos siervos de Dios gozaban en tanta paz y quietud, comenzó á hacerles cruda guerra, tirándoles á todas horas tantas piedras, que muchas veces parecían llovidas, más que tiradas, de que solían salir nuestros guerreros fuertes, maltratados y heridos casi de muerte, con grandísimos dolores.
Llegó á tal extremo la cruel molestia de los infernales espíritus, que nuestros valerosos campeones, como poco experimentados en semejantes batallas, comenzaron á flaquear, y finalmente, resolvieron volver del todo la espalda al enemigo, como lo hicieron, dejándole vanaglorioso con el triunfo. Mas poco le duró el contento; porque apenas hubieron caminado pocas millas, con resolución de volverse a su casa, cuando cogiéndoles la noche en una mísera aldea, hubieron de alojarse en casa de una pobre aldeana, que después de haberlos recibido con cariño y agasajo, les preguntó á dónde iban, y qué fin era el de su viaje. Respondieron no sin gran confusión suya, como eran soldados de Cristo, pero tan bisoños, que á los primeros encuentros habían huido al enemigo, dejándole triunfante y glorioso, cuanto ellos iban corridos y avergonzados; y contáronle cuanto les había sucedido. La mujer, oído que hubo con atención, que la causa de volverse era solo miedo que habían cobrado al demonio, que envidioso y soberbio, los quería apartar del camino de la virtud, y guiarlos por el de la desesperación, y perdición eterna; les dijo así: Convenía, ó varones de Dios, que con valor y esfuerzo resistieseis al enemigo: pues ¿no sabéis, que la sierpe venenosa del infierno solo intenta apartaros de vuestros santos propósitos y perderos? ¿No sabéis que envidioso, y desesperado de ver que por medio de la penitencia, y oración, suben los hombres á los alcázares soberanos á ocupar el solio eterno, que él perdió por soberbio y desvanecido, jamás cesa de intentar ardides y trazas, con que apartar, si puede, al hombre de tanta gloria? ¿No sabéis también, que es mayor su confusión al verse vencido, cuanto es mas flaca la parte que le hace guerra? Ea, pues, soldados de Jesucristo, no desmayéis: volved á tomar las armas; que el enemigo traidor, si vanaglorioso con el pasado triunfo, aun está en la estacada temeroso, si le volveréis ó no á embestir; porque sabe muy bien que si lo hacéis con el nombre del Señor, habéis de vencerle, ayudados de su divina gracia. No temáis: pues que una flaca mujer os anima y asegura la victoria, del vil y cobarde enemigo.
Quedaron tan avergonzados los fugitivos soldados de verse así tratar de una pobre mujer, y asimismo tan animados con sus bien sentidas razones, que apartándose, de ella sin saber qué responderle, dijeron entre sí: ¡Ay de nosotros! ¿Y qué haremos, habiendo así pecado contra Dios, dejando nuestro propósito? ¿Una flaca mujer nos arguye de perezosos y cobardes? ¿Pues cómo? ¿Hemos de ir por este mundo ó ser su escándalo? ¿Hemos de dar ocasión á que el infierno se gloríe con el triunfo, sin que tengamos valor para sacarle de las manos la mal adquirida victoria? Eso nó, no ha de ser: no se ha de burlar el infernal dragón, ni ha de decir que puede más que la gracia del Espíritu Santo, que nos había guiado al desierto. Volveremos á él, y veremos qué nuevas trazas inventa el cobarde, contra nosotros; pues ya hemos oído á esta mujer (que sin duda ha sido la suya voz de Dios), que no hay que temerle, si de Dios fiamos. Acabadas estas razones, se armaron con la señal de la cruz, y tomando sus báculos en las manos, sin atreverse de corridos á decirle cosa alguna á su huésped, se volvieron al desierto. La sierpe del averno, luego que los vio segunda vez en campaña, volvió de nuevo á perseguirlos; mas ellos, haciendo poco caso de su astucia, ni menos de las avenidas de piedras que sobre ellos llovía, perseverando de día y noche en oraciones, ayunos, y penitencias, alcanzaron de la misericordia infinita de nuestro gran Dios, que el demonio huyese corrido y avergonzado, que la tentación cesase, y que perseverasen (libres ya de tan enfadosa molestia) con ánimo alegre y pacifico, en el servicio de Dios, dándole infinitas gracias por tanta misericordia.
Comenzó á correr por las campañas de aquellos desiertos la fama de la virtud de nuestros dos valerosos soldados de Cristo, y comenzaron á concurrir solitarios, aldeanos, y ciudadanos, unos por alivio en sus aflicciones, otros por solo venerarlos, y otros para imitarlos en tan santa vida. Tantos fueron estos últimos, que resolvieron hacer un monasterio, en que viviesen todos debajo de la obediencia de uno, á quien los demás se sujetasen, y por cuya dirección todo se gobernase. Hicieron el monasterio, en que trabajaron todos; y todos cultivaban la tierra, para sustentarse del sudor de su rostro, y labor de sus manos, para vivir ejercitados, y no ser molestos á los pueblos. Eran tantas las divinas abejas, que cada día se venían á trabajar en el colmenar del Señor, labrándole dulces panales de sus gloriosas virtudes, que ya no cabían en uno solo; y así labraron segundo, y tercer monasterio, donde pudiesen habitar tan soberanos enjambres.



Iban de monasterio en monasterio nuestros esforzados capitanes, predicando, enseñando, y animando á todos aquellos nuevos soldados, que á ejemplo suyo se hablan alistado en las tropas de Jesús bajo el estandarte real de la cruz. Al olor de la virtud, dulce y suave, habían entre tantos concurrido por divino acuerdo sus dos gloriosos hijos Lupicino. y Román; y los padres, que conocían muy bien de Lupicino la humildad, mansedumbre, modestia, continencia, parsimonia, prudencia, y demás virtudes, que como astros luminosos lucían en el cielo pacífico de su ánimo generoso, le constituyeron dignísimo abad de toda aquella eremítica monarquía. Con la nueva dignidad se humillaba mas Lupicino: y para que el inferior animal no sujetase al superior espíritu, antes bien para que siempre le estuviese obediente, le mortificaba tanto con ayunos y penitencias, que las disciplinas y cilicios, le quitaban la sangre y fuerzas, y la abstinencia en el comer y beber, totalmente los bríos; pues no solo de la escasa porción cotidiana, que de dos solas legumbres se componía, le quitaba la mayor parte, sino es, que se estaba muy de ordinario los dos, y tres días sin comer ni beber, y cuando la sed le molestaba, llenaba un vaso de agua, y entrando en él las manos, las tenía allí por algún breve espacio, y así refrenaba el apetito, sin dar rienda alguna, no solo al gusto, pero ni aun á la necesidad. Mas (¡ó bondad inmensa de nuestro gran Dios!) de tal suerte lo hacia su gran piedad con su fiel siervo, que como si las manos fuesen esponjas, atraían, y embebían en sí toda el agua de! vaso, como si la hubiese bebido, disponiendo su Majestad, que quien por agradarle, y servirle, se privaba de una boca, que le había dado la próvida naturaleza, tuviese tantas bocas, cuantos poros había en sus manos, abriéndolos todos, para que por ellos bebiese, y aplacase la ardiente, y molesta sed. 
Era, al paso que benigno, y cariñoso con sus súbditos, tan severo en mirar por el bien de sus almas, que no solo no les permitía obrar cosa, que en un átomo desdijese de su religiosa vida, y profesión; mas ni aun hablarla. Hablar con mujeres, de ningún modo; ni aun mirarlas tenían; porque decía, que esparcían veneno por la vista, y que así estaban sus ovejas libres de los lobos, de los tropiezos, y casi evidentes peligros de dar en manos de las sierpes. Román era por el contrario tan simple, sencillo, y libre de toda humana malicia, que sin reparo, ni alteración alguna de ánimo, se permitía á la comunicación de todos igualmente, así hombres como mujeres: á todos consolaba, á todos admitía, y á todos daba su bendición, en nombre de Jesucristo, siendo en todas las demás virtudes, tan igual, y conforme con su hermano, que no era fácil el discernir, quien á quien se aventajaba: solo en Román sobresalía la sencillez referida, que en gran manera lo ilustraba.
Pasaron en paz de esta vida al descanso de, la eterna los padres de nuestros gloriosos santos, recibiendo el premio de aquel Señor, que sabe galardonar con excesos divinos nuestras buenas obras. Faltóle á Lupicino, quien lo descuidaba, en lo que era temporal para el vivir de sus súbditos: por lo cual puesto en oración pidió á nuestro Señor alivio á su necesidad, que era grande. Oyóle su Majestad, como quien siempre atiende á la oración del humilde, y revelóle cierto lugar de aquel yermo, donde antiguamente habían ocultado grandes tesoros. Íbase solo al tal lugar una vez al año, y de allí traía cuanto oro y plata podía, con lo cual compraba el suficiente sustento para tanta multitud de súbditos, como Dios le había dado, sin atreverse á manifestar á otro alguno el lugar, de donde venia tanta riqueza; pues Dios á él solo se lo había revelado.
Sucedió en cierta ocasión, que iba visitando sus monasterios, y multitud grande de monjes, que en ellos, y fuera de ellos, por aquellos desiertos habitaban, que llegó á uno á la hora del comer; mas lo halló desierto: porque los monjes todos estaban en el campo trabajando. Entróse en la cocina, y vio al fuego la comida de los monjes, pero repartida en diferentes vasijas, según eran los manjares, y de todo grande abundancia; y dijo en su corazón: No parece bien que los que viven vida solitaria, y religiosa, usen de tan varios y ricos manjares; y aplicando al fuego una gran caldera, puso en ella todos aquellos peces, yerbas y demás viandas, que tenían diferentemente guisadas, y dijo: Para pobres religiosos buenas son estas poleadas: esto solo coman; pues así basta para el natural sustento: lo demás solo sirve á la gula, y deleite. Vinieron á comer los monjes; pero llevaron muy mal, que su abad les hubiese hecho tan mal guisado; y doce de ellos juntos en consulta resolvieron volver á Dios la espalda, y hacerse amigos del mundo, á quien habían renunciado; y así, huyendo por aquellos desiertos, iban buscando las cosas deliciosas del siglo.
Román tuvo al instante revelación de la fuga de los doce; y volviendo el abad de su visita, le dijo: Si fuiste, hermano, á causar la perdición de nuestros hermanos, más que nunca hubieras ido. A que respondió Lupicino: Hermano mío muy amado, no recibas pesar de lo sucedido; porque has de saber, que la era del Señor se ha limpiado, y ha corrido el viento favorable, con que solo el trigo se ha puesto, para guardarse en el silo, y trojes, y las pajas se han echado fuera, como cosa inútil, y sin provecho. Entendió Román la metáfora, y respondió condolido: ¡Ojalá, que ninguno se hubiese ausentado! Mas con todo, hermano mío, te ruego que me digas, ¿quiénes, y cuántos son los huidos? Doce vanos, hinchados, y soberbios, sin ningún temor de Dios, por lo cual no habita en ellos el Espíritu Santo, son los que han huido, respondió Lupicino. Entonces Román, derramando gran cantidad de lágrimas de compasión, y piedad, dijo así: Creo, y fielmente confío en la gran misericordia de aquel Señor, que se dignó padecer, y morir por ellos, que no ha de permitir su total ruina; antes sí, de esta caída los levantará á su gracia, juntará á su tesoro, y hará copio diestro mercader, de la pérdida ganancia grande. Calló, y en mucho silencio, hizo por ellos oración, en que alcanzó de Dios, que los volviese á su gracia. Hízolo el Señor, enviándoles un dolor de corazón tan grande del pasado error, que haciendo todos doce la debida penitencia, llegaron á tan alto grado de perfección, que cada uno de ellos instituyó una nueva congregación, fundando un nuevo monasterio, que hasta hoy perseveran los monjes de ellos, y sucesores suyos, en continuas alabanzas de Dios. Román con su oración consiguió tanto bien: tanto vale la oración del justo. Y aunque supo por divina revelación, que Dios le había hecho favor tan grande, no por ello se hinchó; antes sí, más humilde perseveraba en su sencillez, y buenas obras, visitando enfermos, y socorriendo á todos con su oración continua.
Sucedió, pues, que yendo un día á visitar sus hermanos los monjes, le cogió la noche en aquel desierto, sin hallar otro albergue, que el pobre hospicio, donde se curaban, y vivían (de los demás apartados) los leprosos, que á la sazón eran nueve. Luego que los vio, se movió su corazón á compasión, y piedad; porque abundaba en él el amor, y caridad de Dios. Hizo calentar un poco de agua: con ella lavó á todos los pies; y dispuesta una sola, pero espaciosa cama, en que todos cupiesen; se acostó con ellos, sin que en su corazón cupiese aquel horror grande, que á todos naturalmente causa semejante mal, por ser mas contagioso que la peste. Acostados todos diez, los nueve leprosos se durmieron, velando solo Román: nó porque le desvelase el cuidado de la infección, y contagio de la lepra, sino porque estaba cantándole á Dios salmos, é himnos dulces de alabanzas. Cantando así sus salmos extendió la mano, y tocó un lado de uno de aquellos leprosos, y al instante sanó, y se vio limpio de la lepra. Tocó á otro, y al ¡instante también sanó. Despertaron los dos) y hallándose así milagrosamente sanos, limpios, y buenos, cada uno tocó á su compañero, que más cerca le estaba, para despertarlo, y que despierto rogase á Román, le sanase como á ellos. Pero, ¡ó bondad de nuestro gran Dios! y ¡ó poder grande de la virtud de su siervo humilde Román! al instante que los ya sanos, y limpios de la lepra, tocaron á sus compañeros, estos se hallaron como ellos, limpios, y sanos; y despertando estos gozosos con su nueva salud, hicieron otro tanto con los compañeros más cercanos; que fué, tocarlos para despertarlos, y todos se hallaron tan sanos, y buenos, como si en su vida no hubiesen tenido tal lepra, ni otro mal alguno. Llegó la aurora, riéndose sin duda de la sencillez de Román, y ya claro el día, mirólos á todos, y viéndolos á todos sanos, limpios, y con nuevo resplandor en los rostros, y manos, en vez de las manchas, é infección dé la contagiosa lepra; dio las gracias á Dios por su gran piedad, y misericordia siempre infinita; y despidiéndose de ellos, y abrazándolos cariñosamente, les encomendó mucho, que siempre se ejercitasen en las cosas, que eran más del agrado de Dios, y de su santo servicio, si no querían los castigase mas con nueva lepra.

Volvióse Lupicino a su monasterio, dando infinitas gracias á Dios por sus liberales misericordias: y como le pareciese, por la edad ya anciana, y cansada, que así él, como Román, su hermano, ya no podían vivir mucho, le dijo un día estas palabras: Dime, hermano carísimo, ¿en cuál monasterio de los nuestros gustas, que le disponga el sepulcro, para disponer también el mío? Porque quisiera descansásemos juntos, los que juntos hemos vivido. Yo, hermano mío, dijo Román, te estimo, y pago tan cariñoso afecto; pero has de saber, que yo no seré sepultado en monasterio, donde no pueden entrar mujeres. Ya sabes, que á mí, vil criatura, la más indigna del mundo, y que menos sabe agradar á nuestro gran Dios, ha querido su divina Majestad, por solo ser quien es, comunicarme la gracia de curar, y sanar de todas enfermedades, con solo tocar mis manos, y hacer la seña! de la santa cruz: por esta causa, pues, quiere el Señor, que mi sepulcro sea fuera del monasterio; para que todos, así hombres, como mujeres, gocen el beneficio del remedio, que en sus aflicciones, necesidades, y enfermedades vendrán á pedirme; pues te aseguro, que el concurso será siempre grande.

Sucedió, pues, así como el siervo de Dios lo había profetizado; pues luego que durmió en el Señor, fué sepultado fuera del monasterio, en un montecillo distante de él: sobre cuyo sepulcro se fabricó después un suntuosísimo templo, dolido cada día hay grandísimos concursos de hombres, y mujeres, de diversas partes del mundo, que acuden por salud, y remedio; y todos vuelven á sus casas sanos, buenos, y consolados. Allí ven los ciegos, oyen los sordos, hablan los mudos, andan los cojos, sanan los mancos y quebrados, los paralíticos se levantan, los leprosos son limpios, los energúmenos son libres de la molestia de los inmundos espíritus, los muertos resucitan; y finalmente, son ¡numerables los milagros, que Dios cada día obra por la intercesión de su bendito siervo Román. Lupicino su hermano, dando gracias á Dios por todo, entregó poco después en sus manos su espíritu; y fué sepultado dentro del monasterio en su iglesia, dejando al Señor, del espiritual tesoro, que le había encomendado, multiplicados los talentos con grandes creces, y medros, en multitud de congregaciones santas, que día y noche se ocupan en cantarle divinos loores, y dulces himnos de eternas alabanzas. Fué la muerte de estos dos benditos hermanos por los años del Señor 565, en tiempo del ya nombrado rey de los francos Chilperico, y la Iglesia celebra la fiesta de Román á los 28 de febrero, y la de Lupicino á 21 de marzo; y estos dias ponen su vida los autores, que de ellos tratan, que son Beda, Usuardo, Adon, san Gregorio Turonense, Surio, el Martirologio Romano, y otros muchos.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc