miércoles, 9 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

San Pedro Claver

El apóstol de los esclavos


Plinio María Solimeo
Discípulo de San Alfonso Rodríguez, Pedro Claver se hizo “esclavo de los esclavos” para conducirlos al Cielo. Su insigne caridad lo movió a atender toda necesidad espiritual y combatir cualquier miseria moral.



Cierto día Alfonso Rodríguez—portero del Colegio de la Compañía de Jesús en la isla española de Palma de Mallorca, ya entonces con fama universal de santidad— estaba en oración, cuando fue arrebatado en espíritu y llevado a los Cielos. Vio allí, dispuestos en círculo, muchos tronos de gloria, ocupados por santos vestidos con brillantes trajes reales. En medio de ellos había un trono más elevado, aún vacío. Deseando comprender el significado de esa visión, el santo hermano lego oyó a una voz decirle que aquel trono estaba preparado para Pedro Claver, como premio por las muchas almas que él, en América, debería ganar para Dios. A partir de entonces, Alfonso Rodríguez procuró inculcar en su discípulo el deseo de las misiones, para que realizara su gran destino.1

Congregado Mariano siendo colegial

Unos dicen que los padres de Pedro Claver eran de la más alta nobleza, otros que no pasaban de campesinos. Pero todos concuerdan en que eran muy virtuosos y recibieron aquel hijo como respuesta a sus insistentes oraciones, prometiendo consagrarlo al servicio de Dios. También se dice que el pequeño Pedro “amaba la virtud aún antes de conocerla”.

Alma predestinada, cuando llegó la época de continuar sus estudios en Barcelona, en el colegio de los jesuitas, entró a la Congregación Mariana, a fin de obtener la protección de su amada Señora. Encontrando entre los hijos de San Ignacio aquello que su alma buscaba, pidió su admisión en la Compañía, siendo enviado a Tarragona para el noviciado.
Desde el primer día mostró determinación de ser santo y de hacerse misionero, escribiendo en su diario: “Quiero pasar toda mi vida trabajando por las almas, para salvarlas y morir por ellas”.
Fue entonces que, enviado a Palma de Mallorca para estudiar filosofía, encontró a San Alfonso Rodríguez. “Apenas cruzó el umbral, el portero cayó de rodillas ante él, le besó los pies y los cubrió de lágrimas. Turbado y confuso, el estudiante se arrodilló también y, estrechando en los brazos al lego, lo abrazó tiernamente”.2“Interiormente esclarecidos sobre los méritos uno del otro, se miraron con mutuo respeto, con la misma confianza, el mismo amor”.3
Pedro pidió a sus superiores tomar al humilde hermano lego, entonces con 73 años, como su director espiritual, y así se estableció entre los dos un parentesco espiritual que marcaría por toda la vida al futuro apóstol de los esclavos. Fue por consejo de Alfonso que Pedro pidió a sus superiores para ir a América del Sur como misionero.
Al dirigirse a Sevilla, de donde partiría, Pedro pasaría muy cerca de la casa de sus padres. Pero quiso privarse de la alegría que tendría al verlos por última vez, ofreciendo a Dios el sacrificio por el fruto de su apostolado.
Durante los varios meses de incómodo viaje marítimo, el futuro misionero quiso cuidar de los enfermos de la tripulación. Su humildad y bondad se ganaron rápidamente el corazón de todos los marineros, de manera que fue posible fijar una hora al día para explicarles el catecismo y rezar el rosario. Cesaron las blasfemias, las malas conversaciones, las riñas entre los rudos hombres de mar.

Ángel protector de los esclavos

Puerto antiguo de la ciudad de Cartagena
Cartagena de Indias, en la actual Colombia, era entonces uno de los más importantes centros comerciales españoles en el Nuevo Mundo y principal puerto negrero. A él llegaban más de 10 mil esclavos por año, que eran confinados en verdaderos tugurios hasta ser adquiridos por algún señor. Su miseria material sólo encontraba símil en la miseria moral.
La esclavitud era considerada enteramente normal en la época. Eran vendidos en las costas de África, a veces por gente de su propia tribu, o de otras de las cuales  se habían vuelto esclavos como prisioneros de guerra. Al venir a América, tenían una ventaja que superaba todos los infortunios que sufrían: aquí podrían conocer la verdadera Religión y salvar así sus almas.
Fue a los negros que Pedro Claver se dedicó desde el inicio de su apostolado, auxiliando al padre Sandoval que ya hacía ese trabajo. Poco a poco se hizo padre, consolador, enfermero y evangelizador de ese pueblo sufrido. Para él mendigaba en las calles de Cartagena sin el menor respeto humano, distribuyendo después, de acuerdo a las necesidades de cada uno, lo que había juntado.

 La caridad apostólica vence a la repugnancia natural

No es fácil en nuestros días aquilatar la heroicidad de ese apostolado. Muy primitivos, viviendo en una degradación moral y perversión de costumbres muy grande, además de la brutalidad de las pasiones, aquellos negros viajaban en barco al Nuevo Mundo en condiciones infrahumanas, como bestias. Además, parte de ellos contraía enfermedades durante el viaje, llegando cubiertos de pústulas y malos olores. Se puede comprender el estado de espíritu rencoroso y arisco con que llegaban.
El Santo les prestaba los servicios más repugnantes a la naturaleza, con un amor, una paciencia y una caridad de verdadera madre, en medio a un olor fétido, un calor insoportable y una promiscuidad sin nombre.

Conversión de centenas de millares de esclavos

Por medio de un intérprete, enseñaba a esos infelices el camino de la salvación, los bautizaba, y después empleaba todos los medios para mantener contacto con ellos, a fin de que perseveren en el buen camino.
Según lo que el mismo Santo declaró antes de morir, en 40 años de ese apostolado bautizó a más de 300 mil negros.
En los días de precepto, Pedro Claver iba a buscar a esos hijos engendrados por él para la Iglesia y los llevaba a asistir a los oficios divinos.

Al encontrárselos en la calle, nunca dejaba de decirles alguna palabra edificante, algo que les vaya directamente al alma. A los ancianos les acostumbraba decir: “Piensa, amigo mío, que la casa ya está vieja y que amenaza arruinarse. Confiésate mientras tienes tiempo y facilidad”.

Cuarto voto: ser esclavo de los esclavos

Y esa facilidad la tenían los negros, pues San Pedro Claver, al pronunciar sus votos de profesión, añadió un cuarto, heroico, de volverse esclavo de los esclavos. Era todo de ellos. Por eso su confesionario estaba reservado para ellos. Cuando, debido a la fama de su virtud, nobles  españoles conseguían de su superior una orden para que los oyese en confesión, él los hacía esperar hasta terminar de atender a todos los esclavos. Y a veces su apostolado se hacía en condiciones tan incómodas, que llegaba a desmayarse, siendo preciso reanimarlo con vinagre.
Por una especie de carisma divino, tenía un conocimiento sobrenatural del peligro que corrían sus negros en agonía, y del destino de sus almas después de la muerte.

Resurrección para recibir el bautismo

Así, cierto día llega a una casa donde una negra acababa de morir sin el bautismo. El Santo se arrodilla junto a ella y comienza a rezar, dirigiendo sus lágrimas al Cielo para hacerle violencia. De repente, la negra vuelve a la vida durante el tempo suficiente para disponerla a recibir el bautismo, volviendo a fallecer inmediatamente después de purificada por ese Sacramento.
Otra vez, pasando por una calle con un compañero, súbitamente le pide que espere un poco, y entra a una casa. Ahí encuentra a todos en llanto junto a una moribunda pronta a expirar. El Santo tiene tiempo de oírla en confesión y administrarle la última unción.
Cierta vez, sin embargo, llegó tarde y la enferma ya había fallecido. Entristecido, comenzó a rezar fervorosamente junto al cadáver. Instantes después su mirada se ilumina, y les dice a los presentes: “Una tal muerte es más digna de nuestra envidia que de nuestras lágrimas. Esta alma fue condenada a apenas veinticuatro horas de Purgatorio; procuremos abreviar su pena por el ardor de nuestras oraciones”.

Solicitud con los condenados a muerte

No eran sólo los negros que merecían su atención, sino todos que estuviesen en gran peligro de cuerpo o de alma. Así, se interesaba por los encarcelados sentenciados a muerte, los preparaba y los acompañaba hasta el lugar del suplicio. Una vez, acompañaba al último suplicio a un tal Esteban Melón, condenado por homicidio y hurto. Pero como el puesto de verdugo estaba vacante, mandaron ejecutarlo a un mahometano condenado a las galeras. Por falta de práctica, la cuerda reventó tres veces, causando gran dolor al sentenciado. Pedro Claver corrió cada vez, para reconfortarlo con vino y galletas. Después también socorrió al mahometano, confortándolo de la misma manera. Al día siguiente éste fue a buscarlo en el colegio para agradecer su caridad, y de ahí salió convertido.4
También los condenados por la Santa Inquisición, los piratas y los herejes experimentaban su celo y comprobaban su inmensa caridad. Su acción se ejercía especialmente junto a los malos, para convertirlos. Nadie podía resistir su ardiente apostolado.

Aflicción por la inmodestia femenina

Restos de San Pedro Claver
en Cartagena de Indias
Uno de los desórdenes que más le afligía era la inmodestia de la vestimenta femenina. ¡Y eso con los amplios vestidos del siglo XVII! ¿Qué diría él del seminudismo de hoy, con frecuencia hasta en la casa de Dios?
A pesar de esa inmensa actividad en pro del prójimo,  su regularidad en la vida conventual no sufría detrimento. Era de los más observantes y modelo para los demás.
En los últimos cuatro años de su vida fue atacado por el mal de Parkinson, quedando con los pies y las manos semiparalizados. Aún así pedía que lo cargasen hasta el confesionario.
 
San Pedro Claver falleció el 8 de setiembre de 1654, a los 74 años.

Notas.
1.Cf. P. José Leite  S. J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, p. 33.
2. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. III, p. 575.
3. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, p. 605.
4. Cf. Enriqueta Vila Villar, Santos de América, Ediciones Moretón, Bilbao, 1968, p. 135
Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-97-san-pedro-claver

martes, 8 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Plinio Corrêa de Oliveira
Podemos medir la inmensa finura de la Iglesia con respecto a todo cuando consideramos que el único santo con una fiesta especial para su cumpleaños es nuestra Señora.
 No estamos considerando Navidad, por supuesto. La Natividad de Nuestra Señora corresponde al culto de hiperdulía que la Iglesia reserva para ella.
La Iglesia reserva el culto de latría o adoración, sólo a Dios; para nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo encarnado. El culto de dulía o veneración, la Iglesia lo asigna a los santos. Pero con respecto nuestra Señora la Iglesia tiene un culto que no es ni el simple culto de dulía ni el supremo culto de latría, sino que el culto de hiperdulía, que es una veneración superior que no tiene paralelo o similitud con ninguna otra.
Por lo tanto, tenemos una fiesta que celebra el cumpleaños de la Santísima Virgen, una de las muchas fiestas que la Iglesia reserva para ella.
Análogamente, debido a su singular virtud, la Iglesia admite que en una iglesia pueda haber más de una imagen de la Virgen en un mismo altar, una norma que no se aplica a ningún otro santo. De esta manera ella da a entender que la Virgen no tiene comparación con ninguna otra criatura. Es una forma litúrgica para enseñar la verdad teológica de que Ella es la Madre de Dios.
La fiesta del día de la Natividad de Nuestra Señora nos lleva a preguntar: ¿Qué ventaja trajo su nacimiento para la humanidad? ¿Y por qué la humanidad debe celebrar su natividad de manera especial?
En el orden de la naturaleza, nuestra Señora fue concebida sin el pecado original, dándole un singular e incomparable valor. Ella fue un lirio de incomparable belleza que apareció en la noche de esta tierra de exilio. Ella también tuvo todos los dones psicológicos naturales que una mujer pueda tener. Dios le dio la personalidad más rica que se pueda imaginar. A esto, Él le añadió dones del orden sobrenatural, los tesoros de gracias que le eran suyos. Ella recibió las más preciosas gracias que Dios ha concedido a ninguna criatura.
Puesto que no tenía el pecado original, Ella tuvo pleno uso de la razón desde el momento en que fue concebida. Por lo tanto, ya en el seno materno, nuestra Señora tuvo pensamientos muy elevados. El seno de Santa Ana fue para ella una especia de templo. Allí Ella ya estaba intercediendo por la raza humana y comenzó a suplicar ―con la más alta sabiduría que fue un don de Dios― por la venida del Mesías. En realidad, Ella estaba influyendo en el destino de la humanidad como una fuente de gracias. La Escritura nos dice que la túnica que vestía nuestro Señor era una fuente de gracia que curaba a quien la tocaba; siendo así, podemos imaginar cómo nuestra Señora, la Madre del Salvador, fue una fuente de gracias para cualquiera que se aproximaba a Ella, incluso antes de Ella nacer. Por esta razón, podemos decir que en su natividad, gracias inmensas comenzaron a brillar para la humanidad y el demonio comenzó a ser aplastado. Ella percibió que el cetro del demonio se había agrietado y que nunca sería el mismo otra vez.
En el momento de su nacimiento, el mundo estaba sumido en el más radical paganismo. Los vicios prevalecían, la idolatría dominaba todo, la abominación había penetrado la religión judía, que era un presagio de la religión católica. La victoria del mal y del demonio parecía casi completa. Pero en cierto momento, Dios y su misericordia, decretaron que nuestra Señora debía nacer. Este fue el equivalente al comienzo de la destrucción del reino del demonio.
Nuestra Señora era tan importante que su nacimiento marca una nueva era en la Antigua Alianza. La historia de la Antigua Alianza fue una larga espera por la venida del Mesías. Después del pecado original de nuestros primeros padres, la humanidad tuvo que esperar 3000 o quizás más años por el Mesías. Pero en cierto bendito momento, la divina Providencia dispuso que debía nacer una mujer que merecería la venida del Mesías. Su natividad representa la entrada en el mundo de la criatura perfecta que encontró gracia delante de Dios y tuvo el mérito suficiente para poner fin a esta larga espera. 
Todas las oraciones, sufrimientos y fidelidades de los hombres justos vivos y muertos alcanzaron su cúspide con la llegada de la Virgen. Hubo patriarcas, profetas, hombres justos entre el pueblo elegido y ciertamente algunos hombres justos entre los gentiles que habían rezado, sufrido, y esperado; nada de esto fue suficiente para atraer la llegada de la Redención. Pero cuando Dios lo quiso, Él hizo que la criatura perfecta naciera para ser la Madre del Salvador. Por lo tanto, la entrada de esta primorosa criatura en el mundo marca el presagio de la Redención. Las relaciones entre Dios y el hombre comenzaron a cambiar, y las puertas del cielo que habían sido herméticamente cerradas fueron semi abiertas, permitiendo que pasara la luz y la brisa de la esperanza.
Su nacimiento representa la entrada en el mundo de una nueva gracia, una nueva bendición, una nueva presencia que fue un incomparable presagio de la presencia, bendición y gracia que vendría con el Salvador.
Por todas estas razones, la Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora debe ser de las más queridas para nosotros. Es el evento que anuncia la caída del paganismo.
Puesto que somos hijos de la Virgen, no por nuestros propios méritos, sino por su elección, en este día podemos pedirle a Ella una gracia especial. Muchos místicos que tuvieron visiones de nuestra Señora dijeron que en sus días de fiesta Ella visita el purgatorio para liberar un gran número de almas que Ella lleva consigo al cielo. Lo que pasa con la Iglesia purgante (el purgatorio) nos da una idea de lo que ocurre con la Iglesia militante. En estos días de fiesta su gracia nos envuelve y gana innumerables favores para nosotros.
Sugiero que en su natividad cada uno de nosotros le pidamos las gracias que necesitemos. Pero también sugiero que como contrarrevolucionarios, le pidamos que nos dé el amor y el deseo ardiente por el Reino de María similar al deseo que Ella sentía por el Mesías. Un deseo sabio y reflexivo que limpie nuestras almas de todo apego a este mundo revolucionario y nos permita ser sus instrumentos para la destrucción de la Revolución y la implantación de su Reino.
Conferencia de Plinio Corrêa de Oliveira del 8 de Septiembre de 1963, sin revisión del autor

EL LUGAR DEL NACIMIENTO DE MARÍA

Interior de la Santa Casa donde nació la Virgen 
y trasladada por los ángeles a Loreto
Pero ¿en qué lugar nació la Santísima Virgen? Una tradición antigua e ininterrumpida señala a Jerusalén, cerca de la piscina Probática, lugar donde hoy se levanta la Iglesia de Santa Ana.
Allí precisamente, nos dice San Juan Damasceno, "en el aprisco paterno nació aquella de quien quiso nacer el Cordero de Dios". Allí también fueron más tarde enterrados San Joaquín y Santa Ana; los Padres Blancos descubrieron el 18 de marzo de 1889 sus sepulcros al lado de la gruta de la Natividad. Por el siglo IX se construyó allí una iglesia; monjas benedictinas se establecieron en ella después de llegar los Cruzados a Palestina y continuaron hasta el siglo XV. Por esa fecha, una escuela musulmana reemplazó al monasterio, pero a continuación de la guerra de Crimea, el sultán Abdul-Madjid entregó la iglesia y la piscina probática a Francia, que había entrado victoriosa en Sebastopol el 8 de septiembre de 1855.
Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

lunes, 7 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

SANTA REGINA, VIRGEN Y MÁRTIR



La bendita Regina fué natural de la ciudad de Alisia, sita en la parle septentrional de Germania: su padre fué gentil, y se llamó Clemente. Siendo de edad de quince años, creyó en Cristo, sin que su padre lo supiese; y bien instruida en la fé católica, se bautizó, y ofreció á Dios su virginidad y pureza. Era tan hermosa (esmalte que divinamente sale sobre el oro de la virtud), que pasando acaso por Alisia, Olybrius, prefecto, y viéndola, se enamoró de ella. Hízola venir á su presencia, y sabiendo de ella misma que era cristiana, la mandó poner en la cárcel, advirtiéndola que él iba á un viaje, y que si al volver de él no había mudado de religión, experimentaría su rigor. Volvió de su viaje, y habiendo sacrificado á sus falsos dioses, hizo sacar de la cárcel á la santa virgen Reina. Mandóla sacrificar: y hallándola firme y constante en la fe que había prometido á su esposo Jesús, la hizo suspender en el ecúleo, después herir por mucho tiempo con varas de hierro, y atormentar, y rasgar sus delicadas carnes con uñas de acero. Tan cruel fué este martirio, y tan horrendamente fué herida, y despedazada la santa virgen, que el mismo Olybrius y todos los demás circunstantes cubrían sus rostros de horror, por no ver tan lastimoso espectáculo, y tanto rigor. Los arroyos de sangre que corrían, no parece posible que de tan tierno y delicado cuerpo manasen. Pero viéndola constante siempre el cruel Olybrius, la mandó descolgar del ecúleo, y volver á la cárcel.
El ecúleo, habitualmente llamado cruz de San Andrés, no era realmente tal cruz sino un potro vertical en forma de X o aspa cuyos cuatro brazos se prolongaban hasta desencajar las articulaciones, según afirma el P. Rivadeneira (se llama "de San Andrés", porque el santo apóstol murió en una cruz así). Célebre es el caso de Santa Eulalia de Barcelona, que aparece asociada a él, y que es confundido con la cruz en la que luego fue crucificada. Es decir, que el instrumento con el que aparece, a veces portándolo, otras sujeta a él, es el ecúleo, no la cruz en la que moriría clavada. Las hermanas Santas Sabina y Cristeta de Ávila, junto con su hermano Vicente, también padecieron este suplicio.

Puesta segunda vez en la cárcel, fué admirablemente consolada por su divino esposo, el cual le envió una cruz de oro de maravillosa hermosura, sobre la cual tremolaba una hermosísima paloma, que sin duda era el Espíritu santo, que bajó á consolarla y sanarla de sus heridas, y animarla para el fin de la pelea. Llegaba la cruz de la tierra al cielo, y la paloma volaba sobre la cabeza de la bendita Regina, como halagándola, acariciándola, y consolándola, junto con animarla á la corona del martirio, que le esperaba. 
Pasados dos días, fué sacada segunda vez de la cárcel; y puesta á la presencia de Olybrius, la mandó otra vez poner en el ecúleo, y que debajo encendiesen una grande hoguera que la abrasase: y cuando ya el fuego había hecho su oficio, la mandó descolgar, y que atada de pies y manos, como inocente cordera, la metiesen dentro de un baño de agua muy fría, para que con la contrariedad de los tormentos padeciese más crudamente: y al entrarla en el baño, hubo un horrible terremoto; y aquella hermosa paloma, que en la cárcel la había consolado, bajó sobre ella, y desatándola todas las prisiones, la dejó libre y sana, y puso una corona de oro y piedras de inestimable valor sobre su hermosa cabeza; y bajó una voz del cielo, que la convidaba al reino, que tan valerosamente había ganado. Este prodigio fué tan patente á todos los que habían concurrido á ver el espectáculo, que se convirtieron á la fé de Jesucristo ochocientos cincuenta gentiles. . Con esto se encendió más en furor diabólico el presidente, y la hizo degollar: con que acabó gloriosamente su triunfo; y para mayor gloria suya permitió su amado esposo Jesús, que toda la ciudad concurriese y viese su bendita alma ir gloriosa al cielo en manos de los santos ángeles, que envidiosos de su triunfo, se la presentaron gozosos á su Criador. Fué sepultado su glorioso cuerpo por los cristianos en la misma ciudad de Alisia, donde resplandece en milagros. Fué su glorioso martirio á 7 de setiembre (día en que la Iglesia celebra su fiesta), por los años del Señor de 244. Escribieron su vida y martirio, Beda; Usuardo; Adon; Mombricio, tomo II Vit. sanct.; Pedro de Natalibus in Cathalog. sanct., lib. VIII, cap. 47; el Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

domingo, 6 de septiembre de 2026

S A N T O R A L



SAN ELEUTERIO, ABAD
El glorioso y magno pontífice Gregorio, en el cap. 33 del lib. III de sus Diálogos, escribe así la vida del bendito San Eleuterio, abad: «Eleuterio, padre del monasterio de San Marcos, evangelista, sito en la ciudad de Espoleto, vivió mucho tiempo, y conversó conmigo en Roma en mi monasterio, y en él murió. Fué de tanta virtud, que con sus oraciones resucitó un muerto. Cierto día caminando, sobrevino la noche, y no tuvo donde recogerse, sino es en un monasterio de religiosas que había en aquel paraje. Estas siervas de Dios tenían un niño, á quien todas las noches atormentaba el demonio, apoderándose de él. Pidieron al santo, permitiese que aquel niño durmiese con él aquella noche, sin decirle por qué. Concediólo el bendito padre, y por la mañana le preguntaron, cómo le había ido con el huésped. El santo respondió, que muy bien: y como entendiesen que por su virtud el demonio no se había atrevido aquella noche al muchacho, le pidieron se le llevase en su compañía, refiriéndolo lo que pasaba. Lléveselo consigo a su monasterio, y nunca más el demonio se atrevió á inquietar aquella criatura. Pasaron muchos días, y gozoso el santo abad de ver tan sano, bueno, y libre del demonio aquel muchacho, lleno de alegría dijo un día á sus monjes: El diablo se burlaba de aquellas santas religiosas, y así atormentaba á este niño; pero ahora no se atreve. Aunque dijo con sinceridad estas palabras, no dejó de deslizarse algo en la vanagloria de tan gran milagro: lo cual conoció al instante por los efectos; pues al mismo punto se apoderó el demonio del muchacho, y comenzó de nuevo á atormentarle. Reconoció el santo padre su culpa; aunque fué tan ligera, que casi era dudoso que la hubiese cometido, lloróla amargamente, y pidió á los monjes todos se pusiesen en oración, protestando, fiado en la divina misericordia, que ni él, ni otro alguno de ellos habían de probar bocado de pan, hasta tanto que aquel niño estuviese bueno, y libre del demonio. Y como la oración de muchos vale mucho con Dios, al fin alcanzaron el perdón de aquella ligera culpa, que el santo abad había cometido, de vanagloria, y juntamente la salud del niño, tan cumplidamente, que nunca jamás se atrevió el demonio á entrar en él».

Resultado de imagen para SAN ELEUTERIO, ABAD«Tuve yo (prosigue san Gregorio) una continua enfermedad, que los griegos llaman sincopia, de calidad, que si no comía cada instante, parecía acabárseme la vida, y dar el último aliento sin remedio. Vino la pascua de Resurrección: y como yo viese que en el sábado santo todos ayunaban hasta los niños tiernos y delicados, considerando que yo solo no podía ayunar, me entristecí de manera, con sola esta consideración, que más que la misma enfermedad me afligía, y acababa totalmente la vida esta pesadumbre. Un solo consuelo y esperanza de vida halló mi ánimo triste, que fué llamar al bendito padre Eleuterio, y comunicarle secretamente el mal que nuevamente me afligía, pidiéndole que con sus ruegos me alcanzase de Dios gracia para ayunar aquel día.¡O lo que vale la oración del justo! Apenas lo hizo, y me echó su bendición, cuando sentí tal vigor, tanta virtud y fortaleza en mi estómago, que no solo pude ayunar aquel día, sin acordarme más de mi enfermedad, sino que también podía ayunar al siguiente; y así experimentó la gran virtud y santidad de este bendito padre. Al fin, lleno de días y virtudes, dio su santísima alma á Dios el glorioso Eleuterio á 6 de setiembre, por los años del Señor de 580».


Escribieron su vida, después de Gregorio, papa, ya citado, Adon; Beda; Adriano, papa; Pedro de Natalibus in Cathalogo sanctorum, lib. VIII, cap. 45; Surio, tomo V; el Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo VII de sus Anales, año 580.


FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

sábado, 5 de septiembre de 2026

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.

Primer Sábado del Mes

Devoción al Rosario

 y al Inmaculado Corazón de María


En la segunda aparición en Fátima la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, 
con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.

Promesas de Nuestra Señora de Fátima

En la aparición de Junio de 1917, Nuestra Señora prometió a los tres pastorcitos que llevaría al Cielo a aquellos que abrazaran la devoción al Inmaculado Corazón de María. Al respecto, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, gran apóstol de la devoción mariana, comentó en una conferencia dictada en 1994: "La Santísima Virgen pide muy poco: Si lo hicieran os daré. Si no lo hicieran, no quiere decir que no os amaré, pero... si fuereis sedientos de aprovechar esta promesa de mi Inmaculado Corazón tanto más yo os amaré. ¡Venid!"
Sin embargo, cuántas personas adoptan una actitud indolente delante de promesas de éstas: las promesas del Sagrado Corazón de Jesús respecto a los nueve primeros Viernes; la promesa del Escapulario del Carmen, de ser sacado del fuego del Purgatorio en el primer Sábado, ¡qué promesas magníficas!".