lunes, 2 de noviembre de 2026

S A N T O R A L

LA CONMEMORACIÓN DE LOS DIFUNTOS

Después que la santa Iglesia en el día de ayer celebró la fiesta y solemnidad de Todos los Santos, y cumplió con el debido oficio y obligación que todos los fieles tenemos de invocarlos y reverenciarlos, hoy extiende y dilata su caridad á todas las almas que en el purgatorio pagan las culpas que en esta vida cometieron, y las ayuda con sus oraciones y sufragios; porque aunque es verdad que siempre en la Iglesia católica ha sido muy recibida la conmemoración que se hace por los difuntos, como se saca de Tertuliano, y de san Gregorio Nazianzeno, y se tiene por tradición apostólica el rogar á Dios por ellos en la Misa, como lo afirman muchos santos doctores; mas no había día señalado y cierto en toda la Iglesia universal en que se hiciese esta conmemoración, hasta que después con autoridad del sumo pontífice se instituyó con la ocasión que aquí referiré. El cardenal Pedro Damián, varón santísimo y doctísimo, escribe en la vida de san Odilón, abad cluniacense (que murió el año del Señor de 1048), que volviendo un religioso de nación francés, de Jerusalén, llevado de la tempestad, llegó á una isla ó peñasco, donde estaba un santo ermitaño, que le dijo que allí cerca había grandes llamas de fuego é incendios, donde las almas de los difuntos eran atormentadas, y que él oía muchas veces dar aullidos á los demonios y quejas; porque con las oraciones y limosnas de los fieles mitigaban las penas que aquellas almas padecían, y se libraban de sus manos: que particularmente se quejaban de Odilón, abad, y de sus monjes, por el cuidado y vigilancia con que las favorecían y remediaban: y conjuró á aquel religioso, que pues era francés, y sabia el monasterio cluniacense (como él decía) y conocía al abad Odilón, le rogase y le encargase de su parte que perseverase en aquel santo ejercicio, y con sus fervorosas oraciones y continuas limosnas, procurase dar refrigerio á las almas de nuestros hermanos, que en el purgatorio son atormentadas, para que así creciese el gozo de los bienaventurados en el cielo, y el llanto de los demonios en el infierno.
Volvió el religioso á Francia: comunicó lo que había oído del santo ermitaño con Odilón, abad, y con toda aquella bendita congregación que él tenía á su cargo; y él dio orden que en todos sus monasterios á los 2 de noviembre, un día después de la festividad de Todos los Santos, se hiciese particular conmemoración de los difuntos, y que con oraciones, limosnas y Misas se tuviese especial cuidado de socorrerlos y ayudarlos: y lo que san Odilón instituyó en sus conventos, después fué recibido, y establecido con la autoridad apostólica, en toda la Iglesia universal. Pedro Galesíno, protonotario apostólico, dice, que muchos escriben que el papa Juan, XVI de este nombre, instituyó esta conmemoración por consejo del mismo san Odilón. Verdad es que Amalado Fortunato, obispo de Tréveris, que vivió casi doscientos años antes de Odilón, en el libro de los Oficios eclesiásticos, que escribió á Ludovico Pio, emperador; después del oficio de los Santos pone el de los Difuntos, y dice, que lo hace porque muchos pasan de esta vida, que no van al cielo, por los cuales se suele hacer aquel oficio; que es señal que ya en su tiempo se hacía, como lo notó el cardenal Baronio. Y esto basta, para declarar la institución de esta Conmemoración de los difuntos, y la ocasión que hubo para hacerla.
Pero bien es que desenvolvamos más esta materia, y saquemos á luz, y propongamos lo que en esta conmemoración de los difuntos la santa Iglesia católica, nuestra madre, nos manda creer acerca de las almas del purgatorio. Dos puntos principales nos enseña: el uno, que hay purgatorio, y un lugar, donde las almas de los que murieron en gracia de Dios con pecados veniales, ó no satisficieron en vida enteramente por los pecados mortales que cometieron, y cuanto á la culpa les fueron perdonados, son atormentadas y purificadas: el otro, que pueden y deben ser socorridas y ayudadas de los fieles con ayunos, limosnas, oraciones y sufragios, para que más presto alcancen la bienaventuranza y visión de Dios que esperan.
Cuanto á lo primero, se ha de presuponer, que hay tres suertes de personas, dejando aparte los niños que mueren sin bautismo, con solo el pecado original: la una es, de los que vivieron en esta vida tan santamente, que nunca cometieron pecado mortal, ó si algunos cometieron, hicieron penitencia de ellos en esta vida, y satisficieron por ellos á la justicia del Señor tan cumplidamente, que á la hora de la muerte no tuvieron más que pagar, ni que purgar; y estos, en muriendo, se van derechos al cielo á gozar eternamente de Dios: otros hay que mueren en pecado mortal, y en desgracia de Dios, y como rebeldes y enemigos suyos son castigados, y sus almas entregadas á Satanás, para ser atormentadas perpetuamente en el infierno: otros hay, que ni son tan buenos como los primeros, ni tan malos como los segundos, sino que á la hora de la muerte están en gracia del Señor, y tienen algunos pecados veniales, que se compadecen con ella, que purgar; ó habiendo cometido algunos pecados mortales, que lloraron y les fueron perdonados cuanto á la culpa, no satisficieron enteramente en esta vida por ellos cuanto á la pena que se debe á cada pecado; y por esto en la otra la deben pagar.
Porque, como dice el sagrado evangelista san Juan en su Apocalipsis, hablando de la santa y soberana ciudad de Jerusalén: «Ninguno entrará en ella con suciedad, ó mancha de pecado»: y así necesariamente se ha de decir, que hay purgatorio, donde, como en un crisol, se afinan las almas, y se limpian de todas inmundicias y defectos con que salen de los cuerpos, antes que entren en el cielo. Esta es fé católica, y decir lo contrario es herejía; porque dejando aparte los otros muchos lugares que para probar esta verdad traen los santos doctores, así del viejo Testamento, como del nuevo; para nosotros bástenos lo que se escribe haber hecho aquel valeroso y glorioso capitán Judas Macabeo: del cual dice la divina Escritura, que envió doce mil dracmas de plata de limosna por los pecados de los soldados muertos, como quien justa y religiosamente sabía que había de resucitar: y añade luego el texto sagrado estas palabras: Sancta, ergo, et salubris est cogitado pro defunctis exorare, ut a peccalis solcantur: Que es santo y saludable el cuidado de rogar á Dios por los difuntos, para que les perdone sus pecados. Y no es menos fuerte testimonio, para comprobar esta verdad, lo que Cristo nuestro Redentor dijo en san Mateo: Si quis dixerit verbum in Spiritum sanctum, non remittetur ei, neque in hoc seculo, neque in futuro: Quiere decir, que algunos pecados (que son los que se cometen contra el Espíritu Santo) no se perdonan ni en este siglo, ni en el futuro: de las cuales palabras necesariamente se sigue (según la común exposición de todos los santos doctores) que algunos pecados se perdonan en la otra vida; y estos son los pecados veniales: porque si ningún pecado en ella se perdonase, las palabras de Cristo serian superfluas y ociosas: lo cual decir es gran blasfemia: y si se perdonan algunos pecados en el siglo advenidero, también se perdonarán las penas temporales de los pecados mortales, que el hombre por no haber tenido tiempo, y por alguna negligencia venial suya, dejó de pagar en esta vida; porque esta deuda y obligación no excluye la gracia de Dios, que es el principio de la satisfacción.
Pruébase también esta verdad con los concilios provinciales que se han hecho en varias provincias del mundo, y con los generales, y con la costumbre de toda la Iglesia católica, latina y griega. El concilio cartaginense III y IV, que se hicieron en África, contestan esta verdad: en España el bracarense I: en Francia el cabilonense: en Alemania el concilio wormarcíense: en Italia el concilio VI, que se celebró, siendo Símaco sumo pontífice, y otros muchos concilios confirman lo mismo: y no menos los ecuménicos y generales de toda la Iglesia universal, como son el lateranense, celebrado en tiempo de Inocencio III, el florentino, y últimamente el de Trento: y todas las misas ó liturgias, la de Santiago el menor, y de los santos Basilio, Crisóstomo, y Ambrosio: en las cuales se hace oración particular por las ánimas de los difuntos, la cual no se haría, si ellos no estuviesen en el purgatorio, y no tuviesen necesidad de ser ayudados, ó nuestras oraciones y sacrificios no fuesen eficaces para ayudarlos: y siempre se guardó esta santa costumbre en la Iglesia, y lo testifica san Dionisio Areopagita, cuando en el libro de la Jerarquía eclesiástica dice: «La tradición de rogar por los difuntos ha manado y venido á nosotros de los apóstoles, que fueron nuestros divinos capitanes y maestros»: y el Crisóstomo dice: «No en vano establecieron los apóstoles, que se haga conmemoración de los finados, cuando celebramos los sacrosantos misterios»: y san Agustín lo confirma diciendo: «Toda la Iglesia guarda lo que ha recibido de sus santos Padres; y ahora cuando ofrece el santo sacrificio de la Misa por las almas de los difuntos, que murieron en la comunión de la Iglesia». Que mismo enseñan san Damasceno y san Isidoro, Rábano Mauro, arzobispo de Maguncia, y otros muchos, que atribuyen esta tradición y uso de la Iglesia á los santos apóstoles. Y no solamente ha usado esto la Iglesia después de sepultado el cuerpo del difunto, sino también antes de ponerlo en la sepultura, como se ve en san Dionisio Areopagita, y que trae Durando en el libro de los Ritos de la Iglesia; y en lo que escribe Eusebio en la Vida de Constantino. Y san Agustín, hablando de su santa madre, dice que ofreció por ella el sacrificio de nuestra redención, estando el cuerpo junto á la sepultura, como se suele hacer: y san Bernardo dice otro tanto de san Malaquías. Para ejercitar este piadoso oficio, no solamente estaba señalado el día del entierro, y del cabo del año, sino otros, como se ve en las Historias eclesiásticas, y en los ejemplos de los santos: los cuales todos, griegos y latinos, con el mismo espíritu, y con la misma luz del cielo, y como si hablasen por una boca, nos enseñan esta verdad, y yo dejo de traer sus palabras, por evitar prolijidad: véalas el que quisiere, en los que escriben de esta materia, y especialmente en el cardenal Belarmino, que la trata más copiosamente y con grande erudición.
También es gran testimonio de esta verdad las revelaciones auténticas y verdaderas que los santos han tenido de las almas del purgatorio, y las veces que ellas han aparecido, y mostrádose á los fieles pidiendo su favor. San Gregorio Magno escribe haber aparecido el alma de Pascasio á san Germano, y testificádole que había sido librado de las penas del purgatorio por sus oraciones. Siendo el mismo san Gregorio abad de su monasterio, un monje suyo llamado Justo, ya difunto, apareció á otro monje que se llamaba Caproso, y le avisó que había sido librado de los tormentos del purgatorio por las treinta Misas que Precioso, prepósito del monasterio, por orden de san Gregorio había dicho por su alma, como se refiere en su vida. San Gregorio Turonense escribe de una santa doncella, llamada Vitaliana, que apareció á san Martín, y le dijo, que estaba en el purgatorio por un pecado venial que había cometido, y que fué librada por las oraciones del santo. Pedro Damián escribe que san Severino apareció á un clérigo, y le dijo que había estado en el purgatorio, por no haber dicho el oficio divino á sus horas; y que después Dios le había librado y llevado á la compañía de los bienaventurados. San Bernardo escribe que san Malaquías libró á una hermana suya de las penas del purgatorio con sus oraciones; y que la misma hermana se le había aparecido, pidiéndole aquel socorro y favor: y el mismo san Bernardo libró por su intercesión á otro que había padecido un año entero las penas del purgatorio, como lo escribe en su vida Guillermo, abad. San Remberlo, arzobispo bremense, ayunando cuarenta días por un presbítero llamado Arnulfo, le libró del purgatorio, y el mismo Arnulfo se le apareció y le hizo gracias por ello, como lo refiere Surio en su vida
Santo Tomas de Aquino, estando en oración, le apareció una hermana suya religiosa, y difunta, y le dijo como estaba en el purgatorio; y después le tornó á aparecer, haciéndolo gracias por el beneficio que por medio de sus ayunos, oraciones y misas había recibido, y por la gloria que ya tenía en el cielo: y otra vez estando en Nápoles, le apareció Fr. Román, y supo de él que ya estaba en el cielo, después de haber purgado en el purgatorio el descuido que había tenido en la ejecución de cierto testamento, como lo escribimos en su vida. Y para dejar los otros ejemplos, por ser muchos, y bastar los que aquí habernos referido para comprobar esta verdad, concluyamos esta materia con referir lo que sucedió á Benedicto VIII sumo pontífice: el cual, siendo ya difunto, apareció á san Odilón, abad (de quien hablamos arriba), resplandeciente y hermoso, y le hizo gracias con profunda reverencia, confesando que por sus oraciones, y las de sus frailes, Dios le había hecho merced de sacarle de la cárcel del purgatorio, y colocarle en el cielo entre sus escogidos. Pero hace de advertir que aunque estas apariciones de las almas del purgatorio, que aquí habernos referido, y otras semejantes, por ser escritas de autores graves y santos, se deben tener por verdaderas, y que nuestro Señor quiere en ellas enseñarnos las horribles penas que las almas padecen, y movernos para que las ayudemos, y para que procuremos satisfacer en esta vida lo que por nuestras culpas debemos, y no librarlo á la otra, donde se paga con tanto rigor; más que debemos usar de gran cautela en estas cosas: porque muchas veces no son verdaderas las apariciones de las almas, sino de nuestra flaca cabeza, é ilusiones del demonio, que nos inquieta y engaña, dándonos á entender que vemos lo que no vemos, y que ya somos santos, y tenemos visiones y revelaciones de Dios, para que nos desvanezcamos, y nos descuidemos de nuestro aprovechamiento: y también algunas veces puedo ser artificio del demonio, que se aparece en figura del alma de algún gran pecador que está en el infierno, y finge que pide el favor de nuestras oraciones, para que creyendo la gente que aquel hombre, habiendo sido tan malo, está en el purgatorio y no se condenó, se descuide en la virtud, y suelte la rienda á la maldad, pensando que pues el otro, que fué tan perverso y desalmado, no se ahogó en el abismo de sus maldades; también él podrá llegar á puerto de salvación: y por este, y otros peligros que hay en semejantes visiones, debemos usar de mucha prudencia y recato, no apeteciéndolas con vana curiosidad, y si vinieren, desechándolas con humildad, y examinando y probando los espíritus, si son de Dios, como dice san Juan, con consejo y parecer de los hombres verdaderamente espirituales y prudentes.


 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 1 de noviembre de 2026

S A N T O R A L

LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


Entre todas las fiestas que la santa Iglesia ha instituido por todo el año, en reverencia de los bienaventurados que están en el cielo, la más solemne y de mayor devoción es la que celebra el primero día de noviembre en conmemoración y honra de todos los santos; porque en esta fiesta los abraza á todos, sin excluir alguno, y se encomienda á ellos, é invoca y llama en su favor á toda aquella bienaventurada compañía y corte celestial. Instituyó esta fiesta en Roma el papa Bonifacio, IV de este nombre, en honra de la gloriosísima Virgen María Nuestra Señora, y de todos los santos mártires, consagrando al Señor aquel suntuosísimo templo, que no Domiciano, emperador (como dice Adon), sino Marco Agripa, ciudadano romano, y gran privado del emperador Octaviano Augusto, había dedicado á Júpiter Vengador (como dice Plinio) después de la batalla naval en que Octaviano venció á Marco Antonio, y quedó señor absoluto del imperio romano. Llamó Agripa á este templo Panteón, que quiere decir «casa de todos los dioses»; porque en él todos los falsos dioses de la antigüedad eran venerados. Y dado que, después que el emperador Constantino se convirtió á nuestra santa fé, y comenzó á edificar templos á Jesucristo Nuestro Salvador, los cristianos derribaron muy magníficos y maravillosos templos de los gentiles, para que no quedasen en pié los lugares en que se habían ofrecido tan sucios y abominables sacrificios al demonio; por cuya razón en Alejandría asolaron un templo de Serapis, en Gaza el de Marna, en Apamena el de Júpiter, en Cartago el de Celeste, y en otras partes otros muchos, que eran tan soberbios y de tan excelente arquitectura, que se tenían por milagros del mundo; todavía después juzgaron que era mejor (ya que estaba caída y rendida la gentilidad) que donde antes había sido servido el demonio, fuese servido el verdadero Dios, y que los mismos templos profanos y abominables se purificasen con las ceremonias que usa la Iglesia católica, y santificados y adornados con las reliquias de los mártires se consagrasen al Señor; como se ve en san Gregorio Magno, que en una epístola escribe al rey de Inglaterra, que poco antes se había convertido á la fé, que haga echar por el suelo los templos de los ídolos: y después que ya la cristiandad había echado algunas raíces en aquel reino; para que los flacos no se turbasen, mandó á Melilo, obispo, que no se arruinasen los templos de los paganos, sino que se convirtiesen en iglesias de cristianos. Siguiendo pues esta orden Bonifacio IV, que fué sumo pontífice poco después de san Gregorio (porque Sabiniano y Bonifacio III, que inmediatamente le sucedieron, aun no vivieron tres años), dedicó el Panteón, que Agripa había edificado á todos los dioses, en honra de la Santísima Virgen María Nuestra Señora, y de todos los santos mártires (que eran los que en aquel tiempo se celebraban en la santa Iglesia), y llamó á aquella iglesia Santa María ad Martyres, y hoy se llama Nuestra Señora la Rotunda; y mandó que se celebrase fiesta en Roma á los 13 de mayo, en que se hizo la dedicación: y en este día la pone el Martirologio romano. El cardenal Baronio dice, que en un libro antiguo de aquella Iglesia, escrito de mano, halló que se levantaron y colocaron en ella con gran solemnidad veinte y ocho carros de huesos de santos mártires, sacados de diversos cementerios de aquella santa ciudad. Esto es lo que mandó el papa Bonifacio IV, más después Gregorio, asimismo papa IV, que murió por los años del Señor de 844, ordenó que la fiesta que se hacía en Roma á 13 de mayo en honra de Nuestra Señora y de todos los mártires, se hiciese por toda la cristiandad el primer día de noviembre en reverencia de ellos y juntamente de todos los santos confesores y moradores del cielo. Por esta causa se llama la Fiesta de Todos los Santos, y se guarda en toda la Iglesia, y particularmente en la de nuestra Señora la Rotunda de Roma, con singular regocijo y devoción; y esta es la primera causa de la institución de esta fiesta. Pero oirás hay de no menor consideración, entre las cuales una es la obligación tan precisa que tenemos de glorificar al Señor en sus santos, y de honrar los mismos santos, que tan bien le supieron honrar, y nos dejaron tan raros ejemplos en su santidad, para que los imitásemos; y ahora con sus oraciones nos ayudan y sustentan.

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Pero siendo como son los santos innumerables, y que por ser tantos, no se pueden todos en particular, y cada uno por sí, celebrar, fué cosa convenientísima que se instituyese un día para que en él á lo menos los alabásemos y pidiésemos su favor, y mostrásemos la piedad y devoción que tenemos con todos, sin excluir á ninguno. Otra razón es la que se escribe en el libro llamado Orden romano: UtIquidquid (dice) humana fragilitas per ignorantiam, aut negligentiam in solemnitatibus, el vigilas sanctorum minus plene peregit, in hac observatione sancta servetur: Para que todo lo que la humana fragilidad hubiere fallado entre año en las fiestas y vigilias de los santos, ahora sea por nuestra ignorancia, ahora por nuestra negligencia, se recompense en esta fiesta, y se supla con el mayor fervor de nuestra devoción. Otra razón es la que la santa Iglesia nos da en la oración del oficio divino que reza este día: Ut desideratam nobis túæ propiliationis abundantiam, multiplicatis intercessoribus largiaris: Para que lo que por nuestros grandes pecados no habernos podido alcanzar del Señor, por intercesión de cada uno de los santos; hoy lo alcancemos por los ruegos de aquella corte y bienaventurada compañía, que postrada delante del acatamiento de la Santísima Trinidad, le representan nuestras plegarias y oraciones, y con singular afecto y caridad le piden que nos oiga y otorgue lo que por medio de tantos y tan grandes siervos y amigos suyos le suplicamos. Pero la principal razón de la institución de esta fiesta es animarnos á la imitación de todos los santos, proponiéndonos su vida perfectísima y divina, y la gloria inenarrable que por ella alcanzaron (como dice san Bernardo); para que en nuestra conversión sigamos á los que con esta tan solemne fiesta veneramos, y corramos con grandes pasos á la bienaventuranza de los que tenemos por bienaventurados, y seamos favorecidos con el patrocinio de los que nos recrean con sus alabanzas: y san Agustín dice: «Aquellos de verdad celebran las gozosas fiestas de los santos mártires, que siguen las pisadas y ejemplos de los mismos mártires; porque no son otra cosa las solemnidades de los mártires, sino unas encendidas exhortaciones, para que no seamos perezosos en imitar lo que celebramos con gloria». Hasta aquí son palabras de san Agustín. Para esto la santa Iglesia nos lee hoy en la misa el Evangelio de las bienaventuranzas en que nos descubre el camino por donde todos los santos anduvieron, y nosotros debemos andar: la humildad y pobreza de espíritu: la mansedumbre y lágrimas: la hambre y sed de la justicia: la misericordia y las otras virtudes que tuvieron; y juntamente el galardón y posesión de la tierra de los vivientes, y reino del cielo, que por ellas se les dio. Y porque los ejemplos de los santos se deben leer en las vidas particulares de cada uno de ellos, y todos se resumen y están cifrados en estas bienaventuranzas, que son los medios para alcanzar la gloria y bienaventuranza de la patria que ahora poseen (la cual, aunque con diferentes grados, es una, y la misma de todos); para que más nos inflamemos al amor de la virtud, y á imitar la vida de los mismos santos, quiero aquí tratar del inmenso gozo y gloria inenarrable que ellos poseen; pues la santa madre Iglesia, celebrando su fiesta, hoy nos la representa.

Mas, ¿qué lengua, aunque sea de los mismos santos, podrá explicar la gloria que ellos poseen; ó qué entendimiento comprender aquel bien que solo es bien y fuente y causa de todos los otros bienes? El apóstol san Pablo dice, que el ojo no vio, ni la oreja oyó, ni el corazón del hombre comprendió los bienes que Dios tiene aparejados para los que le aman. No puedo el ojo verlos; porque no tienen color: ni la oreja oírlos; porque no tienen sonido: ni el corazón humano comprenderlos; porque aquellos bienes no son humanos, sino divinos, é infinitamente exceden su capacidad. El angélico doctor santo Tomás enseña, que tres cosas, que en sí son finitas, en cierta manera son de infinita grandeza y dignidad. La primera es la humanidad de Jesucristo Nuestro Salvador, que por ser unida en una misma persona con unión hipostática con la divinidad, es de infinita dignidad, y no se puede decir, que Cristo es pura criatura. La segunda cosa es la sacratísima Virgen María Nuestra Señora: la cual, aunque en sí es pura criatura, finita y limitada; mas por ser Madre de Dios, y haber concebido en sus entrañas y parido al Verbo eterno, que es infinito é incomprensible, tiene en sí una cierta grandeza inmensa, y una prerrogativa de infinita excelencia. La tercera es la gloria y bienaventuranza de los santos: la cual, dado que en sí sea finita y tasada, porque los mismos santos y bienaventurados también lo son; más en cierta manera se dice ser infinita; porque ven y gozan eternamente de aquel Bien que es infinito, y que los mismos santos no pueden entera y perfectamente comprender. Es tan grande esta bienaventuranza, que el hombre que la posee, en cierta manera se hace Dios, no por naturaleza, sino por gracia y participación, á la manera que dice san Pedro: Ut ejficiamini divinæ consortes naturæ: Para que seamos particioneros de la naturaleza divina: porque así como la bondad hace al hombre que la posee bueno, la justicia justo, la sabiduría sabio, la fortaleza fuerte, la hermosura hermoso, y las otras calidades le califican y le dan el apellido de su nombre; así dice gravemente el filosófico teólogo Severino Boecio, que la propiedad de la divinidad es hacer divinos, y de la deidad hacer dioses: y que este es el premio que da Dios á los santos en el cielo, que es hacerlos en cierta manera dioses; para que se cumpla aquello del real profeta: Ego dixi: Dii estis, el filii excelsi omnes: porque así como los muy poderosos reyes se sirven de los grandes de su reino, y muchas veces de los que son de casta y sangre: así Dios Nuestro Señor en aquella su imperial corte, donde todos los santos y bienaventurados le sirven, para que más resplandezca su soberana majestad y grandeza, quiere que todos ellos sean reyes, y en cierto modo parientes suyos, comunicándoles por gracia, lo que él tiene por naturaleza, á cada uno conforme su capacidad, y dándoles una cierta semejanza suya: de la cual dice el apóstol san Pablo: «Todos nosotros, descubierto el rostro, contemplando la gloria del Señor, seremos transformados en la misma imagen, y vestidos de su gloria y claridad, derivada en nosotros de la claridad y gloria que él tiene, y seremos como un espejo que recibe y representa la imagen del que le mira»: y el discípulo querido del Señor dice: «Cuando el Señor se apareciere, entonces seremos semejantes á Él»: de suerte que, como una gota de agua, mezclada con gran cantidad de vino, toma el color y el sabor del vino, y como el hierro encendido y hecho ascua en la fragua, quedando hierro, deja las propiedades de hierro y se viste de las del fuego, y como el aire investido y penetrado de los rayos del sol, se viste de su luz y resplandece con su claridad, y como el espejo que recibe derechamente los rayos del sol, nos representa una semejanza del mismo sol; así los bienaventurados, alumbrados de aquella lumbre divina, y vestidos de aquella inmensa luz de Dios, participan de su deidad, y se transforman en su semejanza é imagen. Esta bienaventuranza de los santos, dicen los sagrados teólogos que se divide en dos partes: la primera es la gloria esencial, que es la más principal y sustancial parte de su bienaventuranza: la segunda es accesoria y accidental, y menos principal, como más abajo declararemos. La gloria esencial es una total conjunción y unión del alma con Dios, purísima, amabilísima é inexplicable, colmada de todos los bienes, y apartada de todos los males. Esta conjunción y unión con Dios, consiste en la vista clara del mismo Dios, de la cual dice san Agustín: Qucæ visto est; tota merces, que todo el premio y toda nuestra bienaventuranza es ver á Dios: porque, aunque acá en la tierra, por ver un hombre al rey, no es rey, ni por ver cosas hermosas, es hermoso, ni alegre, por ver cosas alegres (porque todas estas cosas son bajas y limitadas, y fuera del hombre que las ve); pero Dios es un bien tan inmenso, tan infinito é incomprensible, y tan lleno de infinitas perfecciones, que al que le ve en la gloria, le arrebata y transforma en sí; y según su capacidad lo llena de sí mismo, y de todos los bienes que posee; y con esta gloriosa vista da al alma del bienaventurado una posesión eterna de sí, y un gozo sobre todos los gozos. De esta vista dice el glorioso san Agustín estas palabras: «Ahí veremos, amaremos y alabaremos: veremos en nuestra lumbre; ¿y qué lumbre veremos? Una lumbre inmensa, incorpórea, incorruptible, incomprensible, que nunca se apaga, inaccesible, increada, verdadera, divina, que alumbra los ojos de los ángeles, y alegra y conserva en su vigor á todos los santos, y es lumbre de todas las lumbres, y fuente de vida, que sois vos, mí Dios: porque vos sois aquella lumbre en cuya luz vernos la luz, á vos en vos; y con el resplandor de vuestro rostro os veremos cara á cara. Ver la cara de Dios vivo es ver el sumo bien, el gozo de los ángeles, y de todos los santos, el premio de la vida eterna, la gloria de los espíritus bienaventurados, júbilo sempiterno, corona de hermosura, palio de felicidad, descanso abundantísimo, hermosura de paz interior, y exterior alegría, paraíso de Dios, Jerusalén celestial, vida beatífica, cumplimiento de toda bienaventuranza, gozo de eternidad, y paz de Dios, que sobrepuja todo sentido». Todo esto es de san Agustín. ¿Qué será ver aquella esencia tan admirable, tan simplicísima y tan comunicable, y ver en ella de una vista el misterio de la beatísima Trinidad? ¿Ver al Padre en el Hijo, y al Hijo en el Padre, y en el Padre y en el Hijo al Espíritu Santo? ¿Ver sin sombras ni figuras, como el Hijo eternamente es engendrado del Padre: como el Espirita Santo procede del Padre y del Hijo. como de un principio: como ninguna de las tres personas es mayor, ni menor, ni mas noble ni menos noble que la otra: como el Padre no fué antes del Hijo, ni el engendrado es después del que le engendró; mas todas las tres personas son en todo iguales, coeternas, y de infinita excelencia y dignidad? Allí ven aquel nudo indisoluble con que la divina naturaleza se juntó con la humana, en una persona de Jesucristo; y de tal manera se unió, el que es infinito con lo finito, y Dios con el hombre, que se puede con verdad decir, hablando de Cristo: Dios es hombre, y el hombre es Dios. En esta visión de la Santísima Trinidad y del misterio de la Encarnación del Verbo eterno, consiste principalmente la bienaventuranza.
Pero no solamente los santos ven a Dios en Dios, sino también ven á sí en Dios, y todas las cosas en Dios: porque, como dice san Fulgencio, así como el que tiene un espejo delante, ve el espejo y ve á sí mismo en el espejo, y ve todas las otras cosas que están delante del espejo; así los santos, teniendo aquel espejo sin mancilla de la majestad de Dios, ven á él, y se ven en él y todo lo que está fuera de él, según el conocimiento mayor ó menor que tienen de él: porque así como acá todas las criaturas son como un espejo (aunque oscuro é imperfecto) que nos representan á Dios; así allá el mismo Dios es como un espejo lucidísimo, clarísimo y perfectísimo, que con una simplicísima vista representa á los bienaventurados todas las excelencias y propiedades de las criaturas mucho más perfectamente que no están en ellas: y los secretos y misterios escondidos de Dios, que los más sabios y altos ingenios, quemándose las cejas y quebrándose las cabezas, no pueden con todo su estudio y diligencia rastrear, escudriñar, ni de mil parles investigar; allí los ven claramente en su fuente, y alcanzan el cumplimiento de su deseo. Allí ven como la tierra, el agua, el aire y fuego y todos los elementos fueron criados de nada: el cielo adornado de tantas y tan esclarecidas lumbres y estrellas; y cada cosa colocada en su lugar con admirable orden y armonía. Allí ven la sapientísima y maravillosa distinción, hermosura y disposición de los nueve coros de los ángeles, repartidos en tres jerarquías. Allí ven como todas las gracias naturales y sobrenaturales de tal manera se derivan de aquella fuente manantial y perenne, y descienden en las criaturas, que no se apartan jamás de su fuente (como el río de su origen), sino que siempre están en ella enteramente, como una luz que se comunica y se reparte en muchas luces, sin algún detrimento suyo, ó disminución. Y en como todos los dones de Dios siempre son nuevos, porque en él no hay diferencia de tiempos, ni pasado ni porvenir, mas una eternidad, tiempo sin tiempo presentísimo. Ven como siendo Dios un bien simplicísimo, inconmutable ó indivisible, unos participan de él más, y otros menos, á guisa del sol que comunica mas ó menos su calor y su luz, según la disposición que halla. Pues ¿qué diré de los secretos juicios de Dios, y de los maravillosos efectos de su divina providencia, que son un abismo sin suelo, y no se pueden apear, y agotan el humano entendimiento? ¿Por qué en esta vida uno es rico, otro pobre: uno sano, otro enfermo: uno robusto, otro flaco: uno hermoso y otro feo: uno de agudo, y otro de rudo ingenio: y lo que es más, por qué una criatura muere antes del bautismo y va al limbo; y otra, en recibiendo el bautismo, vuela al cielo? ¿Por qué á uno de los ladrones que fueron crucificados con Cristo, le dio tan extraordinaria gracia, para que le conociese y le confesase por Dios; y al otro dejó morir en su pecado? ¿Por qué permitió que cayese Judas en tan detestable y horrible maldad; y guardó á los demás apóstoles para que no cayesen en ella? ¿ Porqué (como escribe san Agustín) el bueno es pobre; y el malo es rico: y el malo anda alegre y contento y el bueno, triste, congojado y afligido? ¿Por qué el inocente y sin culpa sale del juicio condenado; y el perverso acusador triunfa y se alaba de haberse vengado del que no lo merecía: el pecador tiene entera salud; y el justo está consumido y podrido de enfermedades? ¿Por qué los que daban esperanza de ser provechosos con sus vidas, son arrebatados de la muerte antes de tiempo; y otros que no parece que hablan de nacer, logran y viven largos años? ¿Por qué está sentado en el trono y sublimado en honra y dignidad el que es oprobio y escándalo de la república; y el que es justo, pacífico y provechoso, está arrinconado y sepultado en perpetuo olvido? Finalmente, allí ven que todas las obras de Dios son mezcladas con justicia y con misericordia, y que de todas saca el Señor su gloria: y que si permite algunas que á nuestros ojos flacos parecen desbaratadas y fuera de camino, no lo son, sino muy acertadas y convenientes para mayor bien nuestro, y gloria y ensalzamiento del que con tanta providencia y deseo de nuestro provecho las permite: y no las permitiría, ni los males que vemos, sino fuesen instrumentos de los mayores bienes, y materia para amplificar la gloria de Dios, que por su gran sabiduría é inmensa bondad de los mismos males saca mayores bienes.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 31 de octubre de 2026

S A N T O R A L

SAN QUINTIN o QUINTINO, MÁRTIR

Quintino, mártir gloriosísimo, aunque fué romano noble de senatoria estirpe, que era la mayor nobleza romana, con todo fué muchísimo más noble por la fé, que como valeroso soldado tuvo á su Rey soberano Cristo Señor nuestro, por cuya confesión dio gloriosamente la vida, y por cuyo amor dejó la patria, los parientes, amigos, riquezas, faustos y pompas mundanas. Salió, pues, de Roma Quintino con Fusciano, Victorino, Crispino y Crispiniano, y otros piadosos y devotos cristianos, todos los cuales con deseos de propagar la fé de Jesucristo se encaminaron á Francia: llegaron á París, y de allí se dividieron, eligiendo cada uno su ciudad, ó provincia, donde ir á predicar. Quintino, predicando y haciendo prodigiosos milagros, dio vuelta á una y otra parle, hasta que llegó á la ciudad de Amiens. A este tiempo era tanta la sangre de cristianos que el cruel tirano Ricciovaro había derramado, que corría un río de aquella provincia llamado Mosela, mas con la abundancia de la sagrada sangre de los invictos mártires, que de sus propias aguas, las cuales dejando su color nativo, habían tomado el rojo de la sangre. Luego que el glorioso Quintino llegó á Amiens, comenzó á predicar y ganar almas para el cielo, cuya noticia llegó á los oídos del impío Ricciovaro, que al instante lo mandó poner con todo rigor en la cárcel, adonde fué muy gozoso y alegre, y toda la noche gastó en oración y cánticos divinos.
El día siguiente, sentado en su tribunal Ricciovaro, hizo traer á su presencia á san Quintino. Puesto el santo á su vista, le preguntó: ¿Cómo te llamas? Cristiano, dijo Quintino; porque soy cristiano, y creo á Cristo con el corazón, y le confieso con la boca; pero mis padres me llamaron Quintino. ¿De qué linaje eres? añadió el prefecto. Soy, dijo el santo, ciudadano romano, hijo de Zenón, senador. Pues ¿qué cosa es, dijo el prefecto, que persona tan noble, é hijo de un varón tan ilustre, se haya dejado engañar con una superstición tan grande, como adorar por Dios á aquel que los judíos crucificaron? No hay más nobleza, dijo Quintino, que conocer á Dios, y obedecer sus santos mandamientos. Por esta católica religión y fé que profeso, se conoce á Dios omnipotente, Criador de cielo y tierra, y á su Hijo Jesucristo nuestro Señor, por quien fueron hechas todas las cosas visibles é invisibles, el cual en todo es igual al Padre. Iba á proseguir Quintino; y el prefecto le embarazó, diciendo: Deja la locura, y sacrifica á nuestros dioses; sino, yo te juro por ellos que le quitaré la vida con diversos tormentos.
Pues yo te juro y prometo por mi Dios y Señor Jesucristo, dijo Quintino, que ni haré lo que mandas, ni temo tus amenazas: y así ejecuta luego tus rigores; que dispuesto estoy á padecer todo aquello que mi Dios permitiere. Tú puedes atormentar mi cuerpo; pero Dios tendrá misericordia de mi alma. Con esto se enfureció el prefecto, y lo mandó desnudar y azotar fuertemente con duras y nudosas varas; y mientras más lo azotaban, más fuerzas cobraba el guerrero fuerte, levantando los ojos al cielo, y dando á Dios infinitas gracias. Consolóle su divina Majestad con esta voz celestial: Quintino, sé constante: pelea varonilmente; yo le asisto.
A esta voz cayeron desmayados en tierra los verdugos: lo cual visto por el cruel Ricciovaro, dijo así: Juro por los santos dioses y diosas que este Quintino es mago, y usa de sus encantos, como claramente se ve; y así quitádmelo de delante, y ponédlo en una oscura cárcel, que yo veré si le valen sus encantos. No se permita entrar cristiano alguno á consolarlo, para que así pague la pena de sus locuras.
Puesto en cadena, pues, y en una cárcel oscurísima, cansado de los tormentos y trabajos, se durmió á la media noche, y al instante se le apareció un ángel del cielo, que le dijo: Quintino, siervo de Dios, levántale y anímate, y puesto en medio de la ciudad predica, consuela y anima á todo el pueblo, para que crean en nuestro Señor Jesucristo, y bautízalos. Apenas dijo esto el santo ángel, cuando, despierto, se levantó y le siguió, sin que las guardas de la cárcel, ni puertas cerradas le fuesen estorbo alguno. Puesto, pues, en medio de la plaza, predicó tan divinamente, la fé de Jesucristo, que convirtió más de seiscientas personas, y casi toda la ciudad se conmovió.
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Pero luego que lo supo el maldito Ricciovaro lo mandó prender otra vez, y poner en un tormento cruel, que era colgarle de unas ruedas que, suspensas en lo alto, á manera de carrillos de pozo, ó garruchas, con que se saca el agua, lo subían y bajaban, descoyuntándole los huesos, y deshaciéndole el cuerpo todo, hasta que lo dejaron molido. Después lo mandó azotar y herir cruelmente con garfios y rastros de hierro: luego que le echasen por las espaldas aceite, pez y resina hirviendo, para que entrando por las llagas, fuese más intensamente atormentado. Acabado este tormento, mandó que encendiesen hachas, y le abrasasen con ellas los costados: pero por mucho fuego que le ponían exteriormente, era mayor el divino que interiormente le abrasaba; y así dijo animoso al tirano: Cruelísimo juez, hijo de los engaños del demonio, ¿por ventura no sabes que, mientras más rigores y tormentos añades á mi cuerpo, tiene mi alma consuelos y refrigerios divinos con que menosprecio tus rigores?
Con esto creció la ira del juez, y dijo: Traed al punto cal viva, vinagre fuerte, sal y mostaza molida, y haciendo de todo una bebida, echádsela en la boca, y veremos á lo menos si así calla y cesa de injuriar á mí, y á nuestros dioses. Entonces, volviendo los ojos al cielo el invicto mártir de Jesucristo, y guerrero animoso, dijo: Señor, dulces son para mí y suaves cuantos tormentos padezco por tu santo nombre; y aunque sean los más amargos del mundo, á mi paladar son dulces como el panal.
Oyendo esto Ricciovaro, dijo: Juro por los altos dioses Júpiter, Mercurio, Sol, Luna y Asclepio, que te tengo de atar con fuertes cadenas, y has de ir preso á Roma, para que allí, á vista de los sacros emperadores, pagues con más crueles tormentos tus atrevimientos, y el haberte huido de la cárcel. Bien sé, dijo Quintino, que en Roma y en cualquier parte me ha de favorecer y asistir Dios; y así no rehúso el ir: pero confió en mi Señor Jesucristo, que el fin de mi vida será en esta provincia. Y así fue como lo profetizó el santo mártir; porque, mandándole poner al cuello, y por todo su cuerpo, fuertes cadenas, y que se partiesen con él los ministros para Roma, ordenó el prefecto que fuesen poco á poco; porque quería él mismo acompañarlos, para entrar glorioso con el triunfo: y así, llegando á un lugar, llamado Augusta Veromando, no lejos de Amiens, se detuvieron á esperarlo. Al dia siguiente llegó Ricciovaro, y mandó le trajesen delante á Quintino: y mirándole con cariño, vuelto el lobo en raposa le dijo: Quintino hermano, porque eres joven y de tan noble prosapia, tengo piedad de tí; y así toma mi consejo, que es de hermano y amigo: sacrifica solo á Júpiter y Apolo, y si quieres ir á Roma, te doy mi palabra de honrarte, como mereces en esta provincia: escribiré á los sacratísimos emperadores, dicíéndoles quién eres, y lo mucho que mereces, para que te den el título de príncipe y juez magnífico de esta provincia, y ocupes mi lugar, que es cuanto por tí puedo hacer. A esto respondió el invictísimo mártir: Muchas veces, ó Ricciovaro, te he dicho que le cansas en vano; porque yo no tengo de ser tan loco como tú, que sacrifique á los demonios infernales; pues no son otra cosa estos que llamas dioses.
Aquí acabó Ricciovaro de perder las esperanzas de reducirlo y juntamente la paciencia; y así hizo llamar un herrero, y le mandó hacer dos agudos clavos y tan largos, que entrando por la cabeza, llegasen hasta las piernas, y otros diez más pequeños, que entrasen por entre la uña y yema de los dedos, Hízolos el herrero al instante, y los verdugos se los clavaron los diez en los diez dedos de las manos, y los dos por lo alto de la cabeza, que le traspasaron todo el sagrado cuerpo de alto á bajo hasta los pies, con que quedó todo hecho un lastimoso espectáculo á los hombres, pero glorioso á los ángeles y á los cielos. Viéndole de esta manera el tirano clavado, y corriendo arroyos de sangre, dijo soberbio y vano: Vengan los cristianos todos, y vean este mísero espectáculo, y les servirá de ejemplo y escarmiento viendo aquí, donde llega la ira de mis rigores. Pero no sabía el tirano lo que se decía ni hacia; pues antes mostrarles á los valerosos cristianos la constancia invencible de Quintino, fué mostrarles un mudo predicador, que con su ejemplo exhortaba y animaba á todos á alcanzar semejantes triunfos del bárbaro y cruel gentilismo; porque ninguno hubo á quien no moviese la vista del generoso mancebo, é invencible caballero de Jesucristo, á una emulación sagrada, y deseo fervoroso de ser semejantemente atormentado por la fé santa y divina suya. Cansado ya el tirano de ver tanta constancia, y tan milagroso vivir, y que se reducían infinitas almas, con sola su vista, á la fé de Jesucristo, y á voces pedían el martirio; mandó que le cortasen la cabeza: y viéndose ya á las puertas de la gloria, gozoso y alegre, mientras el verdugo desenvainaba la espada, hizo una breve y fervorosa oración á Dios, y una exhortación á los nuevamente convertidos, é inclinando la cabeza, se la cortó de un fiero golpe el verdugo, y al instante se oyó una voz del cielo, que dijo: Quintino, siervo mío, ven y recibe la corona que tengo para tí prevenida en la gloria por tus grandes méritos: y saliendo una cándida y hermosísima paloma de su cuello, que era su alma santísima, vieron todos como entró triunfante y gloriosa en el cielo, á ser colocada en el coro de los espíritus soberanos y mártires de Jesucristo. Su glorioso triunfo fué á los 31 de octubre, por los años del Señor de 303, imperando el impío Maximiano. Su cuerpo glorioso fué sepultado, por orden del mismo Ricciovaro, de noche, y con todo silencio y secreto (para que ningún cristiano lo supiese y descubriese tan gran tesoro á la Iglesia) en un profundo cenagal que hace el rio que por allí pasa, llamado de unos Secuana, y de otros Se, y allí estuvo oculto por espacio de cincuenta y cinco años, hasta que Dios fué servido de descubrirlo milagrosamente: que fué en esta forma.
San Quintín y San Luis Rey
Había en Roma una rica y noble matrona, llamada Eusebia, ciega desde edad de nueve años. A esta se apareció tres veces un ángel del Señor, y todas tres veces le dijo, que si quería cobrar la vista fuese á Francia, y buscase el cuerpo del glorioso mártir san Quintino, que él la guiaría al lugar adonde estaba. Obedeció la señora: y guiada del ángel, y acompañada de decente familia, según su calidad, fué á la ciudad de Amiens, y de allí, al lugar y parte del río donde había sido sepultado el cuerpo glorioso, guiada siempre del santo ángel. Estando allí, preguntó á muchos, si sabían el cuerpo de san Quintino: y como ninguno la supiese dar razón, así por haber ya pasado cincuenta y cinco años, como por el secreto con que el tirano Ricciovaro lo hizo sepultar y esconder; ella se puso en oración, pidiendo á Dios fuese servido decirla lo que no sabían los hombres. Apenas acabó su oración, cuando (¡ó maravillas de Dios siempre inmensas!) el mismo cuerpo se vio por una parte del rio, y la cabeza por otra, venir nadando basta ponerse en las manos de Eusebia. Recibiólo con el gozo que se puede imaginar, y los que la asistían, vieron como estaba incorrupto, hermoso y bello, y todos percibieron la suavísima fragancia de un divino y celestial olor que despedía de sí. Luego ordenó Eusebia que caminasen con el santo cuerpo á una ciudad, que estaba cinco millas de allí, para darle honorífica sepultura; pero apenas apartados del rio subieron á lo alto del monte, cuando se hizo tan pesado el cuerpo santo, que no les fué posible, á los que lo llevaban, pasar de allí, quedando todos tan admirados como inmobles. Conocida con este prodigio la voluntad de Dios, que era no querer su siervo Quintino dejar el lugar donde había padecido vencido y ganado la corona de la gloria; ordenó Eusebia que allí lo sepultasen lo más decente que les fuese posible: y al irle á poner en el sepulcro, cobró la vista deseada, y que tantos años había que carecía de ella. Dio infinitas gracias á Dios, y al glorioso san Quintino por tan gran favor y milagro. Otros muchos enfermos, que allí se hallaron de varias enfermedades, todos sanaron: con que todos glorificaron á Dios en su siervo y glorioso mártir Quintino.
Sepulcro del Santo en su iglesia
de Saint Quentin, Francia.
Pasaron trecientos y veinte años, en cuyo discurso de tiempo poco á poco se había ya ido olvidando la memoria de tan gran santo; y asimismo se olvidó del todo el lugar donde Eusebia lo sepultó, si bien había quedado una pequeña iglesia, fabricada en el mismo monte; pero nadie sabía si dentro de ella estaba sepultado el santo cuerpo, ó nó. Por este tiempo vivía el bendito san Eloy; y siendo obispo, fué muy dado, como á todas las virtudes, á venerar los cuerpos y reliquias de los santos; y así buscó muchos, que yacían incógnitos, y los colocó y veneró con especial devoción. Deseaba mucho hallar el cuerpo de san Quintino: y como todos ignorasen el lugar de su sepulcro, el santo obispo preguntó á Dios lo que ignoraban los hombres por su descuido. Ayunó tres días continuos: estuvo siempre en oración; y dijo á Dios, con aquella fe que tenía: Señor, no comeré, ni beberé, ni cuidaré de las ovejas que me habéis encomendado, basta que me descubráis el tesoro que busco. Mientras esto pasaba, muchos, que á Eloy asistían, cavaban en diferentes partes de la iglesia, pero en vano; hasta que al tercero día siendo ya noche, se levantó el santo de su oración, y con el báculo señaló un lugar, mandando que allí cavasen. Hiciéronlo así; pero como hubiesen ya pasado más de diez varas de hondura y nada descubriesen, perdieron las esperanzas y se dejaron de cavar. Entonces Eloy, tomando una espuerta, entró en el hoyo, y con las manos la llenó de tierra, y apenas tocó con el báculo en aquella parte que había ahondado más con sus benditas manos, cuando sintió que había tocado madera: volvió á dar mayor golpe, y rompió la tumba.
Relicario con el cráneo del Santo en
su iglesia de Saint Quentin, Francia

Aquí fué donde comenzaron todos á ver las maravillas de Dios, y de su siervo Quintino; pues salió por aquella rotura un globo de luz tan hermoso y bello, que siendo á la media noche, y muy oscura, todos juzgaron era de día y que había salido el sol: tanta fué la claridad que llenó la iglesia y toda la montaña, que juzgaron todos los circunvecinos que habla amanecido; y así se levantaron á media noche: pero no se engañaron; porque la luz permaneció basta que salió el sol. Con la luz salió también una fragancia tal, que todos juzgaban hallarse en el paraíso. Tiernas lágrimas de gozo derramaba el santo obispo, por haber hallado tan gran tesoro. Sacóle de la tumba, en que yacía, hermoso, fresco y oloroso. Sacóle los clavos que el impío Ricoiovaro le clavó: besólos como reliquias sagradas; y para que se viese cuan entero, sano é incorruptible estaba, mostró á todos una gota de sangre viva que salió de una de las heridas. Hízole una caja de oro, plata y piedras preciosas, donde le colocó: y para que en adelante no se volviese á perder su memoria, amplió la iglesia, haciendo un suntuosísimo templo, y un monasterio, que hoy persevera, donde hace Dios infinitos milagros por su siervo Quintino, con que es para siempre glorificado y glorioso. Escribieron la vida y martirio de san Quintino, y sus dos gloriosas invenciones Beda; Usuardo; Adon; Surio, tomo V; Pedro de Naralibus, lib. IX, cap. 126; san Gregorio Turonense De gloria martyrum, cap. 72 el 7; el Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo n de sus Anales, año 303, núm. 130.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc