jueves, 19 de febrero de 2026

S A N T O R A L


SAN CONRADO PLACENTINO, CONFESOR

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Como es Dios admirable en todos sus santos, lo fue mucho en la conversión y vida de san Conrado, confesor, el cual nació en la ciudad de Plasencia en Italia, de padres nobles, y en la misma ciudad se casó, y vivió mucho tiempo, como los demás ciudadanos. Era dado grandemente á la caza, gustando de ejercitarse en el campo, y seguir y matar las fieras. Una vez se habían escondido algunas entre espinos y zarzas, y mandó Conrado pegar fuego á aquella espesura, para que con esto saliesen fuera, y él pudiera perseguirlas, y gozar de su caza; pero levantóse un viento tan recio, que encendió el fuego de manera, que hizo un estrago grandísimo. Cuando Conrado vio el daño, que había hecho, y que no se podía remediar el fuego, se encubrió luego, y volvió secretamente á la ciudad, sin echarse de ver, que él había sido causa del incendio. Hizo la justicia grandes diligencias, para coger el autor de tan grandes daños; y enviando alguaciles, á que lo prendiesen, cogieron á un pobre hombre: y trajéronle preso, y pusiéronle á cuestión de tormento: el cual, no pudiendo sufrir la violencia de ellos, confesó, que él lo había hecho; queriendo antes morir, que sufrir más tiempo la fuerza de aquellos dolores, levantando á sí mismo aquel falso testimonio, por librarse de aquella aflicción: al fin fué condenado á muerte, y le sacaron á ajusticiar. Cuando supo lo que pasaba, san Conrado, fué grande el sentimiento, que tuvo, y el remordimiento de su conciencia, viendo que por su causa moría un inocente; y no pudiendo sufrirlo, se fué luego con grande ánimo, á donde estaba el hombre en poder del verdugo, y quitásele de las manos, diciendo, que él era, el que fué causa de aquel fuego, y no aquel hombre, el cual por la fuerza de los tormentos había confesado lo que no había hecho; y así, que lo dejase libre, que allí quedaba él, que quería pagar de su hacienda todo el daño hecho, aunque quedase pobre. Así lo hizo; porque vendiendo toda su hacienda, pagó todos los daños. Con esta ocasión entró más dentro de sí, y viéndose ya sin los bienes de la tierra, dio muchas gracias á Dios, porque le había desembarazado para buscar de allí adelante los del cielo: y así dando de mano á todas las cosas del mundo, se determinaron él y su mujer á servir con perfección á solo Dios, y seguir á Jesucristo, abrazándose muy estrechamente con su cruz. Recogióse su mujer á un monasterio de Plasencia, dedicándose toda al celestial esposo.
San Conrado se fué lejos de su patria, no queriendo ser conocido de los hombres: hízose de la tercera orden de san Francisco, y fué á Roma con mucha devoción á visitar los santuarios, é iglesias de aquella santa ciudad. De allí se partió para Sicilia, donde estuvo en un hospital algún tiempo con grande humildad y caridad; pero llevándole el espíritu de Dios á la soledad, por estar más lejos del mundo, se retiró á un desierto, donde soltó las riendas á la devoción, entregándose todo á la oración y penitencia, en la cual vida duró cuarenta años. Dormía en el suelo: comía solamente pan; y otras veces con solas yerbas se contentaba. Ilustróle Dios con el don de profecía, y muchos milagros, que con su siervo hacía; pero para tenerle humillado, que no se desvaneciese con alguna gloria vana, permitió el Señor, que fuese combatido del demonio con grandísimas tentaciones de la carne, de que el santo salía siempre victorioso, valiéndose de la oración, y ayuno. Fué cosa maravillosa, como venció el apetito de la gula: las cosas de comer, que le daban de limosna, no las comía luego, sino guardábalas, hasta que se pudriesen, y estuviesen llenas de gusanos; y entonces, cuando causaba horror el verlas y olerlas, se las comía; venciendo en esto, nó á la gula solamente, sino á todos sus sentidos. Cuando sentía en sí apetito de comer alguna cosa, se desnudaba todo, y echándose en carnes sobre espinas y zarzas, se revolvía entre ellas, de manera, que con la mucha sangre que derramaba, se le quitaba la gana de comer, y se olvidaba del sustento del cuerpo.
Venía san Conrado todos los viernes á visitar devotamente un muy devoto crucifijo, que había en la ciudad de Netina: quisieron unos hombres perdidos hacer burla del santo, y hallar ocasión de calumniarle, y poner mancha en su santidad, y rigor de su abstinencia: para esto le convidaron á comer de unos peces; pero en lugar de peces le dieron carne; y ellos no comieron otra cosa. Comenzaron luego unos á burlarse de él, porque le habían engañado, teniéndole por hombre muy simple: otros, á calumniarle, que muy bien le sabia la carne, y que era fingida su abstinencia y rigor. El santo con grande humildad, y paciencia, dijo: que no había comido carne, sino solamente peces, mostrándoles luego las espinas y escamas de ellos: de lo cual quedaron todos confusos y maravillados.
Con tales maravillas, y rigor de vida se extendió la fama de la santidad de Conrado, deseando muchas personas verle, y edificarse con su vista y trato. Una de ellas fué el obispo de Zaragoza de Sicilia, el cual fué á visitar al santo, y le convidó á cenar. El siervo de Dios sacó de su celdilla cuatro tortas de pan caliente, y reciente, que milagrosamente Dios le deparó. Quiso después pagar la visita á su prelado, para lo cual se partió a la dicha ciudad de Zaragoza. Cuando salió á recibirle el obispo vinieron innumerables avecillas, que le rodearon, y revoloteando y gorjeando, daban muestra del contento, que podía recibir la ciudad, por haber llegado á ella el siervo de Dios, y como dando el parabién de su venida. Continuó el Señor en hacer semejantes demostraciones por la santidad de su siervo san Conrado: el cual, lleno de merecimientos, murió en paz el año de 1351; en el cual año fueron muchos más los milagros, que hizo, sanando muchos enfermos, así naturales, como extranjeros; por los cuales dio licencia, que se dijera Misa de él en la ciudad de Netina, el papa León X, y el papa Paulo III la extendió para otras partes. Está su cuerpo en la dicha ciudad de Netina, en una arca de plata, con gran veneración de todos, y hace el Señor por su intercesión grandes maravillas.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

miércoles, 18 de febrero de 2026

MIERCOLES DE CENIZA

MIERCOLES DE CENIZA

INVITACIÓN DEL PROFETA

Hervía ayer el mundo en los placeres, y los mismos cristianos se entregaban a expansiones permitidas; mas ya de madrugada ha resonado a nuestros oídos la trompeta sagrada de que nos habla el Profeta. Anuncia la solemne apertura del ayuno cuaresmal, el tiempo de expiación, la proximidad más inminente de los grandes aniversarios de nuestra Redención. Arriba, pues, cristianos, preparémonos a combatir las batallas del Señor.

ARMADURA ESPIRITUAL


      En esta lucha, empero, del espíritu contra la carne, hemos de estar armados, y he aquí que la Iglesia nos convoca en sus templos para adiestrarnos en los ejercicios, en la esgrima de la milicia espiritual. San Pablo nos ha dado ya a conocer al pormenor las partes de nuestra defensa: "Ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestida la coraza de la justicia, y calzados los pies prontos para anunciar el Evangelio de la paz. Embrazando en todo momento el escudo de la fe y la esperanza de salvaros por yelmo que proteja la cabeza". El Príncipe de los Apóstoles viene por su parte a decirnos: "Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros del mismo pensamiento". La Iglesia nos recuerda hoy estas enseñanzas apostólicas, pero añade por su parte otra no menos elocuente, haciéndonos subir hasta el día de la prevaricación, que hizo necesarios los combates a que nos vamos a entregar, las expiaciones que hemos de pasar.

ENEMIGOS CON QUIENES HEMOS DE LUCHAR

Dos clases de enemigos se nos enfrentan decididos: las pasiones en nuestro corazón y los demonios por de fuera. El orgullo ha acarreado este desorden. El hombre se negó a obedecer a Dios. Dios le ha perdonado, con la dura condición de que ha de morir. Le dijo, pues: "Polvo eres, hombre, y en polvo te volverás". ¡Ay! ¿cómo olvidamos este saludable aviso? Hubiera bastado sólo él para fortalecernos contra nosotros mismos persuadidos de nuestra nada, no nos hubiéramos  atrevido a quebrantar la ley de Dios. Si ahora queremos perseverar en el bien, en que la gracia de Dios nos restableció, humillémonos, aceptemos la sentencia y consideremos la vida como sendero más o menos corto que acaba en la tumba. Con esta perspectiva, se renueva todo, todo se explica. La bondad inmensa de Dios que se dignó amar a seres condenados a la muerte se nos presenta todavía más admirable; nuestra insolencia y nuestra ingratitud contra quien desafiamos en los breves instantes de nuestra existencia nos parece cada vez más para sentida, y la reparación que podemos hacer y que Dios se digna aceptar, más puesta en razón y salutífera.

IMPOSICIÓN DE LA CENIZA

Este es el motivo que decidió a la Iglesia, cuando juzgó oportuno anticipar de cuatro días el ayuno cuaresmal, a iniciar este santo tiempo, señalando con ceniza la frente culpable de sus hijos y repitiendo a cada uno las palabras del, Señor que nos condenan a muerte. El uso, sin embargo, como signo de humillación y penitencia, es muy anterior a la presente institución y la vemos practicada en la antigua alianza. Job mismo, en el seno de la gentilidad, cubría de ceniza su carne herida por la mano de Dios, e imploraba de este modo su misericordia. Más tarde el salmista en la contrición viva de su corazón, mezclaba ceniza con el pan que comía y análogos ejemplos abundan en los Libros históricos y en los Profetas del Antiguo Testamento. Y es que vivamente sentían entonces ya la relación que hay entre ese polvo de un ser materialmente quemado y el hombre pecador, cuyo cuerpo ha de ser reducido a polvo al fuego de la divina justicia. Para salvar por de pronto al alma, acudía el pecador a la ceniza y reconociendo su triste fraternidad con ella, se sentía más a resguardo de la cólera de Aquel que resiste a los soberbios y tiene a gala perdonar a los humildes.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

S A N T O R A L

BEATO FRAY ANGELICO

EL SANTO TOMÁS DE LA PINTURA

Contrariamente a la temática de sus colegas que estaban afanosamente ocupados en idolatrar al hombre, entreteniéndose en la faceta humana, en llegar a la perfección del «natural», a través de la anatomía física del cuerpo y la presentación del «desnudo» como ideal de belleza del Renacimiento, el Angélico enfoca sus conquistas estéticas desde el ángulo del hombre, desde su interioridad, buscando en él el reflejo divino, empeñándose en escudriñar sus sentimientos espirituales, dando así vida a un tipo de «hombre-modelo», que acaso rara vez se encuentra en las condiciones de la vida terrena, pero que debe proponerse a la imitación del pueblo cristiano. (fragmento del discurso del Santo Padre Pio XII, 20/IV/1955,  en el quinto centenario de su muerte)

Su nombre de pila fue Guido de Pietro da Mugello. Al entrar a la orden dominica comenzó a llamarse Giovanni da Fiesole.
Años después de su muerte, en 1455 sus hermanos de la orden dominicana lo comenzaron a llamar beato Angélico, a pesar de que fue beatificado sólo en 1982, por la fama de santidad con la que murió y porque decían que sus obras reflejaban tanta serenidad que parecían pintadas por ángeles.
Igualmente recibió el apelativo de Angélico por el valor teológico de todas sus pinturas. Decía el pintor sacro del siglo XV toscano que para pintar se inspiraba en la doctrina teológica de Santo Tomás de Aquino (1225-1274), llamado también el Doctor Angélico.
Para Fray Angélico, el pincel, lienzos, los retablos o paredes donde plasmaba sus obras se convertían en el areópago donde anunciaba el Evangelio. Pasajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, vidas de grandes santos (como San Pedro, San Pablo San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena, Santo Domingo de Guzmán entre muchos otros) eran su gran inspiración.
Muchas pinturas de Fray Angélico han sido destinadas a la devoción, a la meditación y a la contemplación privada. La monumentalidad de sus figuras, el esplendor de sus colores, la gracia de sus rostros. Sobre todo los de la Virgen y los ángeles. La solemnidad de sus santos y el testimonio de los mártires.
El arte sacro fue el único tema que utilizó este fraile dominicano, ordenado sacerdote aproximadamente en 1418. La vida, las virtudes de los mártires San Esteban y San Lorenzo son los motivos de los frescos que engalanan la capilla Nicolina, situada en los Museos Vaticanos, pintada por encargo del papa Nicolás V.
Sus biógrafos aseguran que Fray Angélico no tomaba los pinceles sin hacer antes una oración. Cuando pintaba los crucifijos o el rostro sufriente de Jesús durante la Pasión, lloraba de conmoción debido a su gran bondad y sensibilidad espiritual. Fray Angelico pintó también el Convento de San Marco por encargo del Papa Eugenio IV. El pontífice le propuso en 1446 ser obispo de Florencia pero el artista se sintió indigno y declinó esta propuesta, diciendo que debía obediencia en primer lugar a los superiores de su comunidad.
Su obra más conocida es la Anunciación, que se encuentra en el Museo del Prado en Madrid. Sin embargo, no fue la única vez que pintó el encuentro de María con el Ángel Gabriel.
La tumba del beato Angélico se encuentra en la basílica Santa María Sopra Minerva, muy cerca al Pantheon de Roma, en cuyo convento murió en 1454. Allí yacen también los restos de Santa Catalina de Siena.


Fuente: Zenit.org 

martes, 17 de febrero de 2026

S A N T O R A L

Los Santos Siete Fundadores de la Orden de los Siervos de María

Los fundadores de la Orden de los Siervos de María fueron muy unidos durante la vida, siendo sepultados en una misma tumba y —hecho único en la Historia— venerados y canonizados en conjunto.
Plinio María Solimeo
La Edad Media fue, con mucha propiedad, llamada “la dulce primavera de la fe”. Sus magníficas catedrales, auténticos encajes de piedra y de vitrales, aún hoy atraen a turistas de todo el mundo. En su apogeo, vio florecer una pléyade de santos, como Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura, que ilustraron para siempre a la Santa Iglesia. Entre los santos medievales, emperadores, reyes, príncipes y grandes señores que anduvieron por la senda de la virtud fueron elevados a la honra de los altares.
La Edad Media tuvo también la inusitada gloria —que muestra cómo la santidad era entonces común— de ver a siete de los más prominentes ciudadanos de la República libre de Florencia abandonar su situación privilegiada y de riqueza para seguir más fielmente los consejos evangélicos. Son ellos los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de María, cuya fiesta conmemoramos el día 17 de febrero.

De la riqueza a la pobreza de la vida religiosa

Con la intención de alabar más especialmente a la purísima Virgen María, algunos jóvenes del patriciado de Florencia —todos ellos comerciantes de lana, según parece— habían fundado una cofradía de laicos con el nombre de Laudenses. El día 15 de agosto de 1233, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, siete de sus miembros más destacados estaban reunidos en una capilla para cantar las glorias de la Santísima Virgen, cuando Ella se les apareció, recomendándoles que renuncien al mundo y se dediquen exclusivamente a Dios. Buonfiglio dei Monaldi (Bonfilio), Giovanni di Buonagiunta (Bonayunta), Bartolomeo degli Amidei (Amadeo), Ricovero dei Lippi-Ugguccioni (Hugo), Benedetto dell’Antella (Maneto), Gherardino di Sostegno (Sosteño), y Alesio de Falconieri (Alejo), los siete escogidos, vendieron así todos sus bienes, distribuyeron el producto a los pobres y, después de haber consultado al obispo de Florencia, Ardingo Foraboschi, se retiraron a una vieja casa en La Camarzia, en las afueras de la ciudad, junto a una ermita de la Virgen.
El día de la Epifanía de 1234, dos de ellos, Bonfilio y Alejo, salieron por primera vez a las calles para pedir limosna. Así fue que las bellas calles y plazas de la orgullosa Florencia comenzaron a presenciar este espectáculo no raro en aquellos tiempos de fe: dos miembros de opulentas familias, habiéndose despojado de todas las pompas y distinciones de su clase por amor de Dios, y vestidos con una pobre túnica, pidiendo pan de limosna para su diario sustento.
Lo más sorprendente fue que los niños, incluso a los de pecho, comenzaron a señalarlos con el dedo y a decir: “He ahí a los siervos de María”. Entre ellos estaba uno de cinco meses, que después sería San Felipe Benicio, futuro Superior General de la congregación naciente, y que la desarrollaría de tal forma que es considerado su octavo fundador.
A raíz de tal prodigio, el obispo Ardingo aconsejó a los religiosos no cambiar el nombre que les había sido dado tan milagrosamente. Así, hasta hoy son conocidos como los Siervos de María.

La Santísima Virgen les concede el hábito y las reglas

Los siete santos permanecieron un año en La Camarzia. Pero, como eran muy solicitados, resolvieron buscar un lugar más aislado para vivir, con la anuencia del obispo. Éste puso a su disposición un terreno junto al monte Senario, a dos leguas de Florencia. Allí construyeron un oratorio y, a su alrededor, pequeños cuartos de madera. Se entregaban a la oración y penitencia, viviendo de hierbas que nacían en las faldas del monte, meditando continuamente la Pasión de Cristo y las amarguras de María Santísima. Escogieron al mayor de ellos, Bonfilio, como superior. Él, viendo que no podrían vivir siempre así, incluso porque las hierbas escaseaban, mandó a la ciudad a Alejo y a Maneto, a fin de pedir limosnas para el sustento de la pequeña comunidad.
Alejo Falconieri, hijo de uno de los principales miembros de la República —el más conocido de los siete fundadores— no quiso después, por humildad, recibir la ordenación sacerdotal cuando sus compañeros obtuvieron autorización para ello. En su larga vida de ciento diez años, permaneció siempre como hermano lego en la orden que había cofundado. Por más que quisiese librarse de las honras, su personalidad lo ponía en evidencia, y sería el más recordado cuando se hablase de los siete santos servitas.
En el monte Senario Nuestra Señora se volvió a aparecer a los siete fundadores, mostrándoles un hábito negro y recomendando que lo llevasen en memoria de la Pasión de su Hijo. Les dio también las reglas de San Agustín, que debían seguir, fundando así una nueva orden religiosa. Los siete santos hicieron los votos de obediencia, pobreza y castidad, y comenzaron a recibir candidatos. En memoria de esa aparición, que tuvo lugar el Viernes Santo del año 1239, los religiosos servitas acostumbraban hacer, en ese día, una ceremonia a la que llamaban Los funerales de Jesucristo. El Sábado Santo, otra que llamaban La coronación de la Santísima Virgen.

El fin particular de esta nueva orden era, primero, la santificación de sus miembros; y después, la de todos los hombres, a través de la devoción a la Madre de Dios, especialmente en su desolación durante la Pasión de su divino Hijo. Para eso los servitas predicaban misiones, tenían la cura de almas y enseñaban en instituciones superiores de educación.

El milagroso cuadro de la Anunciación


En un principio los religiosos iban a Florencia y volvían todos los días. Sin embargo, debido a la distancia y a las intemperies, recibieron permiso para abrir una especie de albergue en la ciudad, donde los frailes que salían para limosnear pudieran pernoctar y acoger también a los peregrinos que recibe Florencia. Más tarde, cuando se pensó en una fundación en la ciudad, utilizaron aquel hospedaje. Bonfilio y Alejo tuvieron la idea de mandar a pintar en la capilla el gran misterio de la Anunciación. El piadoso pintor que contrataron, al no juzgarse con la suficiente habilidad para reproducir los trazos de la Santísima Virgen en esa escena, pidió a los religiosos que uniesen sus oraciones a las suyas, para que Nuestra Señora lo ayudara en la empresa.
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/de/Fra_Bartolomeo_Annunziata_miracle_painting_1252_Annunziata_Florence.jpg
Según las crónicas, ocurrió un hecho maravilloso: mientras el pintor dormía, un artista celestial completó lo que él no osaba realizar. Así nació el cuadro milagroso, que hizo célebre la basílica de la Annunziata, pues comenzó a atraer multitudes. El pequeño oratorio no tenía capacidad para tanto y fue necesario pensar en una iglesia mayor, lo que las abundantes limosnas de los fieles hizo posible.
Habiendo estos santos varones agregado a sí a muchos compañeros, comenzaron a recorrer las ciudades y aldeas de Italia, principalmente de Toscana, predicando a Jesucristo crucificado, serenando las guerras civiles y atrayendo a muchos desorientados hacia las sendas de la virtud.
En 1243 el dominico Pedro de Verona (San Pedro Mártir), Inquisidor General de Italia, por sus relaciones familiares con aquellos santos y por una visión de María Santísima, recomendó la nueva fundación al Papa. Pero fue sólo en 1249 que la primera aprobación oficial de la orden sería obtenida del cardenal Rainiero Capocci, legado papal en Toscana. Por aquel tiempo, San Bonfilio obtuvo permiso para fundar la primera rama de su orden en Cafaggio, fuera de los muros de Florencia.
En 1267 San Felipe Benicio fue elegido prior general. Sin embargo, en 1274 el Concilio de Lyon suprimió todas las ordenes religiosas aún no aprobadas por la Santa Sede. En consecuencia, el Papa Inocencio V, en carta de 1276, comunicó a San Felipe que la Orden de los Servitas estaba abolida. El santo fue a Roma para defender su causa, pero el Papa falleció. Finalmente, a instancias de San Felipe y con la opinión favorable de tres abogados consistoriales, el Papa Juan XXI decidió que la orden continuara como antes. La aprobación final sólo vino en 1304, con la bula “Dum levamus”, del Papa Benedicto IX. De los siete fundadores, sólo vivía San Alejo.
En efecto, entre 1257 y 1268 habían fallecido cuatro de ellos. En 1282, al morir Hugo y Sosteño, de los siete primitivos fundadores restó solamente San Alejo.
En 1270 San Alejo tuvo la dicha de ver nacer milagrosamente a la hija de su hermano Clarencio, ya septuagenario, la futura Santa Juliana Falconiere, que fundaría un ramo femenino de la Orden de los Servitas, las Mantelatas.
Otro santo cuya fama de santidad contribuyó mucho para la expansión de la obra de los Servitas fue San Peregrino Laziosi, nacido en 1265, recibido en la Orden en 1283. Su humildad y paciencia eran tan grandes, que fue llamado “el segundo Job”. Su cuerpo permanecía incorrupto hasta recientemente.
Los siete fundadores fueron sepultados en el mismo sepulcro. Simbólicamente, sus cenizas se mezclaron.

Obras consultadas.-
1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Madrid, 1882, t. II.
2. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1946, t. I.
3. P. José Leite S.J., Santos de Cada Día, Editorial A.O., Braga, 1993, t. I.
4. The Catholic Encyclopedia, Online Edition, Copyright © 2008 by Kevin Knight.