miércoles, 4 de marzo de 2026

S A N T O R A L


SAN CASIMIRO, CONFESOR

Fué San Casimiro hijo del rey Casimiro de Polonia, y de Isabel de Austria, hija del emperador Alberto, los cuales tuvieron seis hijos varones; y el segundo fué Casimiro , que resplandeció entre los demás, como el sol entre las estrellas. Tuvieron sus padres particular cuidado de su crianza, dándole excelentes preceptores; y él dió desde niño muestras de lo que había de ser, con admiración de todos los que le veían, y trataban. Era muy hermoso, y dispuesto, de excelente ingenio, y buenas inclinaciones, y mejores costumbres; muy afable y querido de todos. Crióse muy temeroso de Dios, y devoto, guardándose siempre en grande inocencia de vida, moviendo con su ejemplo á los caballeros del reino á imitar su compostura, y santas costumbres. No gustaba vestidos ricos, ni de los regalos de palacio; antes dormía en la tierra desnuda: traía ásperos cilicios, que afligían su delicado cuerpo: castigábase con rigurosas disciplinas, procurando afligir su carne de todas maneras; así por estar más lejos de todo vicio, como por imitar á nuestro Redentor Jesús, en sus dolores, y trabajos, cuya pasión y muerte la traía el mancebo fija en su memoria. No se daba gusto en cosa alguna, venciendo todos sus, sentidos y obras de la carne. Fue notablemente devoto de la Virgen Santísima, y tiernísimo hijo suyo: fuera de otras devociones, saludaba cada día de rodillas, y con mucha devoción, con unos versos latinos, que él mismo había compuesto con grande artificio, y elegancia, que contenían casi todos los misterios de la Encarnación del Hijo de Dios. Estaba más tiempo en la iglesia, que en palacio: trataba más con los religiosos, y gente santa, que con los grandes y príncipes del reino: muchas veces estaba en larga oración, enajenado de los sentidos del cuerpo, y el alma unida con Dios: á las horas del comer era menester buscarle; y le hallaban en oración, no cuidando él de cosa alguna de este mundo; porque embebido en su Dios, no se acordaba de comida, ni bebida, y si le dejaran, todo el día se le pasara orando. De noche se levantaba á escondidas, y con los pies descalzos se iba á orar á alguna iglesia: postrábase á los umbrales de ella, los cuales regaba con las muchas lágrimas, que derramaba, perseverando de este modo toda la noche, y muchas veces le encontraban así por la mañana. No aflojaba nada en el rigor de su penitente vida, por estar enfermo: y así, aunque cayese malo, guardaba los preceptos de la Iglesia, no faltando á la abstinencia de carne, y lacticinios en los días prohibidos. Premióle Dios esta obediencia, y fineza para con los preceptos eclesiásticos, concediéndole una singular gracia en sus enfermedades, que ni el rigor de la penitencia aumentase la enfermedad de su cuerpo, ni la flaqueza de su cuerpo le impidiese la prontitud, y devoción del ánimo, y deseo de una suma perfección. Había ya tenido revelación, que ni las enfermedades le habían de dañar á su espíritu, ni los remedios habían de aprovechar á sus enfermedades; y así puesto en las manos de Dios, sin aflojar de la aspereza de su tratamiento, llevaba con increíble paciencia, y grande conformidad con la voluntad divina los dolores, é incomodidades del cuerpo.
Fué modestísimo en el hablar: siempre era su conversación de cosas santas, y espirituales, de edificación y provecho para otros. Nunca permitió hablar delante de sí cosa, que pudiera desdorar á tercero. Cuando oía á alguno murmurar, le corregía amigablemente; mas si con todo esto perseveraba, le reprendía con palabras graves, y severas: y si lo tenía de costumbre, hacía con el rey su padre, que le despidiese de su servicio, y echase de palacio.
Tenía gran celo de la fe, y aumento de la santa Iglesia, procurando la conversión de los herejes, y reducción de los cismáticos á la obediencia de la silla romana. Para esto hizo, que el rey mandase por un riguroso decreto, que ninguna Iglesia, dé los que no eran católicos, y obedientes al pontífice romano, se edificase de nuevo, ni las antiguas se reparasen. En otras muchas cosas fué grande la vigilancia de san Casimiro contra los herejes: los cuales en su tiempo anduvieron muy oprimidos, y en gran disminución, no atreviéndose alguno á levantar cabeza.
Coronaba estas, y otras muchas virtudes con la caridad, que es reina de todas las demás: daba á los pobres grandes limosnas: consolaba á los afligidos: libraba á los oprimidos: era amparo de las viudas, padre de los huérfanos, tutor de los desamparados: y no solo favorecía, á los que venían á él; pero él mismo andaba á buscar los necesitados, y se informaba de los más desvalidos: y así era muy querido en el reino: por lo cual, aunque tenía otro hermano mayor, le quisieron señalar por rey, mas como el santo tenia puestos sus pensamientos en el reino de los cielos, despreció el de la tierra, y no se pudo recabar con él, por más que su padre deseó, fuese elegido por rey.
Quísolo casar también el rey su padre, así por la sucesión que esperaba, como porque corría evidente peligro de la vida, si no se casaba, a juicio de los médicos; pero el santo, y purísimo mancebo, quiso antes estar sin salud, y aun sin vida, que violar la flor de su virginidad, la cual guardó entera, y pura. Llegó á estar tan malo, que dijeron los médicos, no tenía remedio su mal, si no tomaba estado de matrimonio: el santo les respondió, que no conocía la vida eterna, quien con algún menoscabo de ella quiere alargar la vida temporal; y así perseverando en su santo propósito, se le agravó el mal, con lo cual, y con una revelación, que había tenido ya del día de su muerte, se preparó para aquella hora tan deseada, y habiendo recibido los sacramentos, fijos los ojos en un crucifijo, que tenía en las manos, puso en las del Señor su purísimo espíritu, y se fué á ser compañero de los ángeles en el cielo, quien aun en la tierra lo habida sido. Murió año de 1484, á 4 del mes de marzo, habiendo vivido solos veinte y cuatro años, y cinco meses. Vieron muchas personas santas aquella alma santísima, al punto que murió, llena de gran claridad, y hermosura, la cual llevaban los ángeles al cielo. Fué sepultado con gran sentimiento de todos, y con magnificencia real en la iglesia catedral de Vilna, en una capilla de nuestra Señora, la cual había escogido san Casimiro por su devoción para sepultura suya. Quiso también, que después de muerto pusiesen con su cuerpo aquel himno devotísimo, que el mismo santo había hecho á la santísima Virgen, y le rezaba cada día; el cual fué hallado el año de 1604, cuando renovaron su sepulcro: que lo tenía sobre el pecho.
Fueron ¡numerables los milagros que hizo nuestro Señor después de muerto san Casimiro por la intercesión de su siervo, para honrarle, y publicar cada día más su santidad, dando vista á los ciegos, habla á los mudos, oído á los sordos, pies á los cojos, y salud, y vida á los desahuciados de los médicos. Solo referiré algunos más celebrados, y públicos. Murió en Vilna una doncella, que se llamaba Úrsula: era muy querida de sus padres; y así sintieron extrañamente su muerte. Fuéronse entrambos muy afligidos al sepulcro del santo príncipe, y con lágrimas, y gemidos le pidieron, restituyese la vida á su hija. Oyóles el santo, y por su intercesión resucitó el Señor á la doncella, quedando los padres muy gozosos, y agradecidos; y todos admirados y muy devotos de san Casimiro, viendo lo que podía con Dios. El año de 1518, acometió de repente el duque de Moscovia con un poderosísimo ejército á una fortaleza del reino de Polonia: era entonces rey Segismundo I, el cual no pudo juntar más que dos mil hombres, para enviar con brevedad á socorrer los suyos: ellos, confiados en el patrocinio de su príncipe san Casimiro, cuyos milagros eran muy sabidos, se encomendaron á él, y le hicieron algunos votos, habían de atravesar el rio Duna; mas no hallando vado, no sabían qué hacerse. Estando parados, y sin consejo que tomar, se les apareció un mancebo muy hermoso, vestido de blanco, caballero en un caballo blanco también como la nieve, y animándolos mucho, les dijo, que tuviesen confianza, y que sin temor le siguiesen, que él les mostraría vado. Diciendo esto, picando las espuelas al caballo, se entró por el rio, y sin dificultad ninguna se puso en la orilla contraria á vista de todos los soldados: los cuales luego con grande ánimo se arrojaron al agua, y pasaron con gran facilidad á esta otra parte. Entonces desapareció el caballero, que les guió; mas entendiendo ser san Casimiro, le tornaron á invocar, y animados con su protección, acometieron tan valientemente á los moscovitas, que les hicieron alzar el cerco, y huir ignominiosamente con muerte de muchos de los enemigos, y prisión de otros. Enviaron luego las presos al rey Segismundo, dándole cuenta de todo, y como aquella victoria milagrosa se debía á san Casimiro; y quedó el rey tan agradecido, y devoto del santo, que hizo voto de hacer todo lo que pudiese para su canonización.

Cuerpo incorrupto de San Casimiro
Al año siguiente tornaron los moscovitas con ejército mas poderoso á entrar por Lituania, destruyendo cuanto topaban, talando, abrasando, matando, ó cautivando cuantos hombres encontraban: no había en aquella provincia fuerza, que les resistiese. Viendo el miserable estado de su patria, se movieron algunos mancebos nobles á hacer rostro al enemigo con el favor de san Casimiro, á quien prometieron de procurar su canonización, si les daba la victoria; y sino, que ellos querían hacer sacrificio de sus vidas, por defender su patria. Juntáronse solamente cosa de dos mil, siendo los enemigos sesenta mil: acometiéronlos con grande ánimo; porque en tocando alarma, se apareció san Casimiro en el aire con la misma figura que el año pasado, haciendo á los lituanos oficio de capitán. Cayó tanto pavor en los moscovitas, que volvieron las espaldas, quedando muertos muchos de ellos; pero de los de Lituania no murió alguno. Por este milagro tan notorio instó con grande ardor el rey de Polonia por la canonización de san Casimiro: y habiendo enviado el papa un legado á Polonia, para hacer las informaciones, y hecho todo lo necesario, le canonizó León X, año de 1521. Después el papa Clemente VIII concedió, que se rezase con oficio doble en toda Polonia, y Lituania, y las provincias a ellas sujetas. Últimamente Paulo V mandó, que por toda la Iglesia se celebrase con oficio de semidoble. Escribió la vida de san Casimiro Gregorio Suveciski, recogiéndola de otros graves autores, y la trae el cardenal Belarmino en su libro del Oficio del príncipe cristiano, proponiéndola por dechado á los príncipes, y reyes cristianos para que la imiten.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

martes, 3 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SANTA CUNEGUNDA, EMPERATRIZ, Y VÍRGEN
Muerto el emperador Otón, tercero de este nombre, fué nombrado por emperador, y sucesor suyo, Enrique, duque de Baviera, y conde de Bamberga, á quien los autores alemanes llaman Enrique II, y los italianos Enrique I; porque no cuentan por emperador á Enrique, padre del gran Otón. Enrique, pues, sea el segundo, ó sea el primero, fué singular príncipe, y excelente en paz y en guerra; porque tuvo muchos, y poderosos enemigos, y los venció y sujetó al imperio, y fué causa, de que Esteban, rey de Hungría, tomando por mujer á Gisela, hija suya, se convirtiese á la fé de Cristo, y trajese á ella su reino, con tanta felicidad, que el mismo rey Esteban fue santo, y como tal lo pone la Iglesia en su martirologio á los 20 de agosto. Pero nuestro Enrique no fué menos santo, ni adornado menos de admirables virtudes: entre las cuales una fué la de la castidad maravillosa y rara, en príncipe tan poderoso; porque fué honestísimo y castísimo: y habiendo tomado por mujer á una princesa de muy alta sangre, hija de los condes palatinos del Rin, que se llamaba Cunegunda, y era doncella hermosísima, y dotada de todas las gracias, que se estiman en las mujeres, se concertó con ella de guardar perpetuamente castidad, y amarse como hermano y hermana, y nó como marido y mujer: y así lo hicieron; porque tuvieron en más estos santos ofrecer á unos sus cuerpos con aquel sacrificio y mortificación de todo carnal deleite, que el tener hijos, á quienes poder dejar sus grandes estados, é imperio: que es un raro ejemplo, y mucho, para notar, y para alabar á nuestro Señor, y magnificar el poder de su divina gracia, con la cual esfuerza nuestra flaqueza, tan deleznable y sensual, y levanta el espíritu, de los que le siguen, al cielo; pues príncipes tan grandes, y tan poderosos, en la flor de su edad pudieron vencer los apetitos de su carne con tan ilustre victoria, y no quemarse en tantos años, estando tan cerca del fuego.
Viviendo, pues, estos santos casados en tan gran pureza y conformidad: como eran no menos piadosos que castos, se dieron de todo punto á la devoción, y á amplificar el culto de Dios, y edificar muchas iglesias y monasterios, donde él fuese adorado y servido. Para esto, primeramente mandaron fabricar un templo al príncipe de los apóstoles san Pedro, y á san Jorge, mártir, y un monasterio debajo de la regla de san Benito, á la honra de san Miguel Arcángel, y otro de canónigos, con título de san Esteban, protomártir, dando á estas iglesias muchas posesiones y rentas. También fundó el emperador la iglesia catedral de Bamberga, la cual consagró el papa Benedicto VIII, que á ruegos del mismo emperador había venido á Alemania. Y para que las mujeres, que deseaban servir á Dios en toda perfección, también tuviesen lugar cómodo para poderlo hacer; la santa emperatriz hizo un monasterio de monjas de san Benito, á honra de nuestro Salvador Jesucristo, y de su triunfal cruz, y enriqueció y adornó este monasterio con imperial magnificencia, poniendo en el altar mayor una imagen riquísima de oro y piedras preciosas, y dando para el servicio de la iglesia, cálices, jarros y fuentes de oro y de plata, y ornamentos riquísimos, y todo lo demás necesario para el culto divino, con tanta abundancia, y real magnificencia, que bien mostraba la devoción, de quien lo daba. Y no se contentaron estos santos emperadores con fundar los templos y monasterios, que habernos dicho, proveerlos de heredades, rentas, y ornamentos; sino que también repararon las iglesias caídas, y renovaron las antiguas, de manera, que apenas había iglesia, que no recibiese de su mano algún don, ó para su aderezo y ornamento, ó para su reparo.
Pero con haber sido estos bienaventurados príncipes tan santos, y vivido con un vínculo de amor tan casto, no dejó el demonio de afligirlos, queriendo sembrar discordia, donde había tanta unión, y en tanta pureza, sospecha de deshonestidad; porque tentó al emperador Enrique, y engendró en su ánimo algunas falsas sospechas de la emperatriz, su mujer, pareciéndole, que no le guardaba la fé, que le había prometido, y que estaba aficionada á otro hombre; permitiéndolo así nuestro Señor, para que resplandeciese más la virtud de santa Cunegunda, y quedase confirmada con testimonio del cielo su castidad: porque ella en prueba de su inocencia, con los pies descalzos anduvo quince pasos sobre un barra de hierro ardiendo, sin quemarse, suplicando á nuestro Señor, que así como sabia, que no tenía culpa, y que era virgen, sin haber conocido á Enrique, ni á otro hombre; así la ayudase: y oyó una voz, que le dijo: O virgen pura, no temas; que la virgen María te librará. Con esto quedó la santa casada y doncella victoriosa; y el emperador, su marido, arrepentido y confuso, é hizo penitencia de la falsa sospecha, que había tenido, y de haber puesto en aquel trance á Cunegunda; y de allí adelante la amó; y respetó más, y vivió en mucha paz con ella, hasta que nuestro Señor le llevó á gozar de sí, y después de muerto le ilustró con muchos milagros, y la Iglesia católica le tiene por santo, y como de tal el Martirologio romano hace mención de él á los 14 de julio.
Muy triste quedó santa Cunegunda, por una parte, por haber perdido tan buena y dulce compañía, y por otra muy consolada y alegre, por ver, que el emperador, su marido y espiritual hermano, libre ya de los cuidados y ondas de esta vida, y de las tormentas del imperio, que gobernaba, había llegado á puerto tranquilo de eterna bienaventuranza; y no menos, por verse libre y desatada de los lazos y ataduras, con que le parecía estar aprisionada y detenida, para no poderse dar totalmente, como deseaba, al Señor: y así, después que cumplió con el alma del emperador, haciendo grandes y largas limosnas por ella, mandando decir muchas misas por todas partes, encomendándola en las oraciones de los siervos y siervas de Dios; determinó dar libelo de repudio al mundo, y hollar su propia grandeza y majestad, y tomar el hábito de religiosa en aquel monasterio de monjas, que había edificado, y servir el resto de su vida en él á aquel Señor, que siendo Dios, y Rey del cielo y de la tierra, se había hecho pobre por su amor. Para esto hizo llamar algunos obispos y prelados, y rogarles, que viniesen á consagrar la iglesia de aquel monasterio: y habiendo ellos venido, salió la santa emperatriz á la Misa, que se celebraba, con grande acompañamiento; y vestida conforme á su imperial majestad, ofreció una cruz de madero santo de nuestra redención; y acabado el Evangelio de la Misa se desnudó de sus ropas imperiales, y se vistió de otra vestidura humilde, que ella misma había hecho con sus manos, y con la bendición del sacerdote tomó el hábito de religiosa, y se hizo cortar el cabello, que después se guardó por reliquias, llorando muchos de los circunstantes; unos, porque perdían tan gran princesa, y amorosa señora, y la tenían por muerta para sí; y otros, de pura devoción, considerando el ejemplo, que les daba, la que menospreciaba con tanta alegría el cetro y la corona, y la arrojaba á los pies de Jesucristo.
En el monasterio no se trataba, como señora, sino como sierva y hermana de las demás: hacía labor con sus manos: era muy continua en la oración, y en el coro: estaba siempre ocupada; leía, y oía leer santos libros: visitaba las enfermas: consolaba á las desconsoladas: en su aspecto era gravemente suave, y suavemente grave: finalmente, la bienaventurada emperatriz de tal manera se dio al menosprecio de sí misma, al estudio de la perfección, al amor, y servicio del Señor, que fué espejo de religión, dechado de santidad, un vivo retrato del cielo, y Dios nuestro Señor la ilustró con algunos milagros en vida: entre los cuales se cuenta, que una noche estando cansada, y acostada en su camilla, cubierta de cilicio, para reposar un poco; otra monja, que le estaba leyendo, se durmió, y cayó la vela, que tenía encendida, sobre las pajas de la cama: y habiéndose encendido gran fuego, la santa emperatriz con el ruido despertó, y con sola la señal de la cruz apagó las llamas. Tuvo en el monasterio una sobrina suya, llamada Juta, a la cual crió con grande amor, y cuidado en toda religión y virtud, y la misma sobrina procuraba imitar á su santa tía, de manera, que todo el convento la amaba y respetaba, y la hizo su abadesa, por las muchas, y muy aventajadas partes, que mostraba: mas después poco á poco fué aflojando en la virtud, y se entendió, que aún no estaba sazonada con la edad, y con el espíritu para aquel cargo, y que las ocasiones mudaban los corazones, y las honras y oficios, las costumbres. Tuvo de esto gran sentimiento la santa tía: y una vez por cierta falta muy grave, que la sobrina había hecho, por castigo de ella, y ejemplo, y escarmiento de las demás; movida del celo de la honra de Dios, la reprendió gravemente, y le dio un bofetón en la cara: y vióse, que Dios la había movido a ello; porque le quedaron impresas en el rostro las señales de los dedos, y duraron en él, mientras que vivió la sobrina.
Habiendo pues, vivido en su santo propósito quince años con tan rara edificación de las monjas, y admiración de todo el mundo, le dio á la bienaventurada emperatriz una enfermedad tan recia, que ella misma conoció, que se le acercaba el término de su vida: y estando ya al fin de ella, y aparejándose las cosas necesarias para el entierro, vio, que sobre las andas ponían un rico paño de brocado; y volviéndose á los que allí estaban, les dijo: Quitad ese paño, que no es mío; porque yo desnuda salí del vientre de mi madre, y desnuda tengo de volver á la tierra, que es mi madre. Cubrid mi cuerpo con un vestido pobre, y vil, y ponedle en una sepultura junto á mi señor, y hermano Enrique, que me está llamando: y con esto dio su espíritu al Señor, y su cuerpo fué sepultado, donde ella mandó; pero con gran concurso de todos aquellos pueblos, que se despoblaban por ver el santo cuerpo, y tocar las andas, en que iba, y hallarse á su entierro; y fueron tantos, los que concurrieron, que en tres días no se pudo enterrar, y nuestro Señor con muchos milagros ilustró á esta santa emperatriz, y muchos enfermos, orando á su sepulcro, alcanzaron por su intercesión perfecta sanidad. Hace mención de ella el Martirologio romano á los 3 de marzo: traen su vida Surio en el segundo tomo, y otros escritores de las cosas de Alemania, y de las vidas de los emperadores; y el suplemento de las historias hace de ella mención.

 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

lunes, 2 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN CEADA, obispo de York

Conocido como San Chad


San Ceada fué un varón santísimo, y doctísimo, hermano de Cedd, obispo de los orientales ingleses, y por sus méritos vino á ser abad de un monasterio, llamado Lantisgham. El rey Osinu tenía la corona de aquel reino en esta ocasión, y deseaba mucho, que en su reino hubiese obispo, que se hallaban sin él: y como tardase en volver de Francia san Wilfrído, que había ido á consagrarse, acordó de enviar á Ceada á Canterbury, que antiguamente se llamó Cantua, para que su arzobispo le ordenase, y consagrase por obispo de Eberaco, ahora llamada York, y fué acompañándolo Eadhedo, capellán del mismo rey: el cual después en tiempo del rey Eefrido vino á ser obispo de Ripa. Llegaron á Cantorbery, y hallaron muerto á Deusdedít, que era el arzobispo, á quien iban: por lo cual se fueron á Vinís, obispo, que era de los occidentales sajones, el cual tomando otros dos obispos de la gran Bretaña, por acompañados, le consagró; y Ceada con esto se fué á su Iglesia, donde vivió con vigilancia, verdad eclesiástica, humildad, castidad, pureza, y gran parsimonia.

Ejercitábase en leer en la sagrada Escri­tura, y en predicar por las villas, aldeas, y caserías, caminando siempre, por imitar en todo á los santos apóstoles. Por este tiempo vino Wilfrido de Francia, y comenzó á administrar, el obispado de York: lo cual visto por Ceada, no se inquietó; antes con humildad profunda se recogió á un monasterio suyo, llamado Talesligahe. Sucedió pues, que Tarumano: obispo de los mercios, pasó de esta vida, y el rey Vulfero envió á rogar al obispo san Teodoro, que le ordenase un obispo; y Teodoro, por hacer bien á aquella tierra, permitiéndolo el rey Osinu, le envió al bendito Ceada; y así fué recibido por obispo de los mercios, y lindisfaros, donde con gran perfección, y ejem­plo raro de su vida, y santas virtudes, ordenó las cosas de toda aquella tierra, según el orden, y ejemplar de los antiguos santos padres. El rey Vulfero le dió una gran tierra en la provincia de Lindisi, para que allí edificase un monasterio. Puso su silla episcopal en una ciudad llamada Lichfield, donde murió, y fué sepultado su santo cuerpo, y allí quedó por muchos años la silla de sus sucesores los obispos. Hizo una casa junto á la iglesia, donde vivía con siete, ú ocho compañeros honestos, y virtuosos, gastando en leer, y orar, el tiempo que le sobraba, después de cumplidos los divinos oficios.

Entre sus muchas, y grandes virtudes, sobresalía en él el temor de Dios, que era tan grande, que en todas sus cosas, y acciones lo mostraba bien. Si estando leyendo, ó haciendo alguna cosa, venia acaso algún poco de viento más de lo acostumbrado, se levantaba, é invocaba la misericordia del Señor, suplicándole con humildad, usase de ella con todo el género humano. Si el viento se hacía fuerte, luego cerraba el libro; y postrado en tierra se poma en oración. Si tronaba, ó relampagueaba, se iba muy solícito á la iglesia; y con salmos, y oraciones estaba fijo orando al Señor, hasta que el tiempo se serenaba. Preguntándole algunos, porqué hacia estas cosas, solía responder, no leísteis, que tronó del cielo el Señor, y el Altísimo envió sus saetas, y destruyólos: multiplicó los rayos. y contúrbolos: mueve el Señor los aires: conmueve los vientos: tira los rayos; y truena del cielo; para despertar, á los que duermen en la tierra, á que teman, para atraer sus corazones á la memoria del juicio, que está por venir, para desvanecer su soberbia, y turbar su osadía, trayendo á la memoria, y entendimiento, aquel temeroso tiempo, cuando ardiendo los cielos, y las tierras, ha de venir en las nubes, con grande espanto, y majestad, á juzgar los vi­vos, y muertos: por lo cual nos conviene, que pues nos envía sus celestiales amonestaciones, lo respondamos con debido amor, y temor santo: de tal manera, que si conmueve el aire, y alza la mano casi para herir con la amenaza, nos pongamos en oración, y alcanzamos su misericordia, para que no nos hiera, y castigue: y escudriñando nuestras conciencias, purguemos la hez de nuestros vicios, y nos tratemos de tal manera, que no merezcamos ser heridos de su ira; oídos, sí, de su misericordia infinita.
Pasados dos años y medio, después que había puesto su silla en Lichfield, vino el tiempo del fin de su peregrinación: y un día estando en oración, solo con unos de sus compañeros, llamado Ovino, el cual era monje, y para mayor perfección se había venido á vivir con él, por estudiar, y aprender de sus muchas virtudes, sucedió, que el tal Ovino oyó una música suavísima de muchos, que cantaban, y se regocijaban, bajando del cielo á la tierra. Primero la oyó de la parte de entre oriente, y septentrión, y de allí se vino acercando, hasta que entró en el oratorio del santo obispo; y al instante se llenó todo de divina, dul­císima, y suavísima armonía. Estando, pues, Ovino con cuidado, que sería aquello; oyó, y vió, como de allí á media hora subía por el techo del mismo oratorio la misma suavidad de voces, y divina música, y que poco á poco se subía á los cielos: por lo cual estuvo un rato suspenso, discurriendo, y escudriñando en su ánimo, qué sería aquello. A este tiempo oyó, que el santo obispo había abierto la ventana del oratorio, y dicho, que si alguno había fuera, entrase.
Entró Ovino entonces, y el santo obispo le dijo: Anda, vé á la iglesia, y llama al hermano Osinu; y ve­nid los dos acá. Llegados los dos á su aposento, les amonestó primeramente, que tuviesen amor, y paz con todos, y que siguiesen, y cumpliesen los preceptos, y reglas de vida, que de él habían aprendido, y oído de otros: después les dijo, como había de partir presto de esta; y añadió: porque aquel amable huésped, que solía visitar á nuestros hermanos, también ha sido servido de venir hoy á mí, y llamarme de este siglo; por lo cual, volved á la iglesia, y decid á los hermanos, que se acuerden de prevenir mi muerte para con el Señor, con vigilias, oraciones, y buenas obras. Oídas estas razones por los dos, quedaron muy tristes, y desconsolados, y con lágrimas muchas se fueron á la iglesia. Volvió después Ovino solo: y postrado á sus pies, le dijo: Ruégote, padre, me dés licencia para preguntarte. Pregunta, lo que quisieres, dijo el santo Ceada. Ovino dijo: Suplicóte, me digas, ¿qué música era aquella, que oí de aquellos, que bajaban del cielo á este tu oratorio? A que respondió con humildad vergonzosa el siervo de Dios: Si oíste las voces, y conociste, que eran de compañías celestiales; rué­gote en el nombre del Señor, que no lo digas á persona alguna antes de mi muerte. A la verdad los ángeles fueron, que vinieron á llamarme para los celestiales premios, que yo siempre amaba, y deseaba; y prometiéronme, que después de siete días volverían, y me llevarían consigo. Lo cual se cumplió así como lo dijo: porque luego vino á desfallecer en el cuerpo, y cada día se le aumen­tó la enfermedad, y al día séptimo recibió el Santísimo Sacramento; y saliéndosele su bendita alma del cuerpo, la recibieron los santos ángeles, y llevaron á los eternos gozos de la bienaventu­ranza, según se lo habían prometido. Murió el segundo día de marzo, y su santo cuerpo fue se­pultado en la iglesia de Santa María. Después se fundó una iglesia á invocación del príncipe de los apóstoles, donde fueron trasladados sus santos huesos, y en ambos lugares hizo el Señor por sus méritos infinitos milagros. Escribió su vida Beda en el libro III de su historia eclesiástica inglesa, cap. 28; y lib. 4, cap. 3; y dice, fué ordenado en obispo por los años de 664, en tiempo de Vitaliano pontífice: la traen asimismo Sanctoro, el Martirologio romano, y otros. En la reforma protestante, los católicos rescataron sus reliquias de la profanación, y ahora se encuentran en la catedral católica de Birmingham, dedicada a su memoria.

Gran virtud es la del temor santo de Dios: no puede dejar de obrar bien, quien teme á Dios: afírmalo el Espíritu Santo, y él mismo dice, al temeroso de Dios le sucederá todo bien, y sobre todo en los extremos, ó en el fin de la vida, que este es el sentir del Espíritu Santo. Ya se vio, cuan bien le fué en los extremos al gloriosísimo Ceada, pues siete días antes bajaron los ángeles á darle suaves músicas, de aquellas, con que sin cesar asisten, y cortejan la divina y soberana majestad del Todopoderoso; y luego volvieron á llevar su bendita alma á los cielos, para presen­társela á su Criador. ¿Pudo irle mejor, ni sucederle más bien en los extremos? Claro está que no. Temía á Dios; ¿qué mucho? Temámosle to­dos: que á todos nos sucederá bien en los extre­mos, y fin de nuestra vida.
 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc