lunes, 16 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SANTA JULIANA, VÍRGEN Y MÁRTIR

En la ciudad de Nicomedia hubo un caballero, que se llamaba Eleusio: era Senador, y muy principal, y amigo de los emperadores, y juntamente muy dado al culto de sus falsos dioses. Queriéndose este caballero casar, puso los ojos en una doncella hermosísima, honestísima y de virginales costumbres, que se llamaba Juliana; hija de Africano, persona muy ilustre, y no menos engañado que Eleusio en lo adoración de los demonios. La madre de Juliana era mujer, que ni era bien gentil, ni bien cristiana; mas Juliana desde su niñez lo fué: porque contemplando el orden, concierto, y variedad de las criaturas, con su buen entendimiento y luz del cielo, vino á conocer, que no había sino un Dios, criador de todas las cosas, y le comenzó á amar y desear servir, y se entretenía con él en su oración y lección de los libros buenos, y en visitar á menudo su santo templo. Pues como Eulesio pidiese por sus raras partes por mujer con muchas instancias á Juliana; y sus padres juzgasen, que ganaban mucho con aquel casamiento, por la calidad y riquezas de Eleusio; vinieron en ello, y concertáronle muy contra la voluntad y gusto de su hija; la cual, por dar tiempo al tiempo, y tener alguna ocasión para salirse á fuera, dando mucha prisa Eleusio, para que se celebrasen las bodas, le envió á decir, que ella no se casaría, si primero no alcanzaba del emperador la dignidad de prefecto, que era muy grande. Y aunque esta petición parecía nueva á Eleusio, por el encendido amor que le tenía, y deseo de casarse con ella, no la desechó, antes procuró, que se le diese el cargo de prefecto, y él le compró con gran suma de dinero, y avisó á Juliana, que ya él había alcanzado, lo que ella deseaba, y se podía casar con el prefecto. Entonces viendo la santa que este color y achaque no bastaba para impedir el matrimonio; le respondió, que ella era cristiana, y que no pensaba casarse, sino con un hombre, que lo fuese; y así le rogaba, que tomase la fé de Cristo, para que aquel casamiento fuese dichoso y bienaventurado, y los dos pudiesen vivir en una dulce unión, y santa conformidad: porque de otra manera, siendo de dos diferentes religiones, con los cuerpos estarían juntos, y con los corazones apartados. Turbóse en gran manera Eleusio con este recado: dio luego parte al padre de la santa virgen: y como ambos á dos eran paganos, y ciegos y enemigos de cristianos, no se puede creer el enojo y sentimiento, que tuvieron contra Juliana. Hablóle el padre primero con dulces y amorosas palabras, y con todo el artificio, que el amor de padre y celo de su falsa religión le daban, y procuró atraerla á su voluntad, y que se casase con aquel caballero: y como esto no bastase, usó de espantos, y amenazas, y al fin de azotes y golpes, cárcel y prisiones: y viendo, que perdía tiempo, porque Juliana siempre respondía, que no se casaría con él, si primero no era cristiano; la entregó á Eleusio, para que la castigase, é hiciese de ella á su voluntad. 

Mandóla Eulesio traer, como prefecto, á su estado: y aunque con la cólera estaba inflamado, cuando la vio delante de sí, maravillado de su extremada belleza, se reportó, y el fuego del amor comenzó á pelear con el fuego del enojo, y á reprimirle, y sujetarle. Díjole muy blandas, y regaladas palabras: exhortóle, á que le tomase por marido, y que si ella quería ser cristiana, él no se lo estorbaría; y que él también se hiciera cristiano, si no temiera á los emperadores, y perder por ello la vida: y que mirase, que él lo aconsejaba, como padre y amigo, lo que le estaba bien; y que si no lo hacía, lo pagaría con la vida, y acabaría con todos los tormentos, que le pudiese dar. Todo esto no bastó, para que la santa doncella, que ya estaba prevenida, y confortada de su celestial esposo, se rindiese; antes cerrando los oídos á los silbos de aquella serpiente infernal, le respondió, que no perdiese tiempo, porque aunque la matase, quemase, despedazase, y echase á las fieras, no baria mudanza en lo que había dicho. Entonces el prefecto, furioso por la saña, y como fuera de sí, la mandó cruelísimamente azotar con nervios, diciendo, que aquellos azotes eran como principio de los tormentos, que había de padecer; pero ella le respondió, que esperaba en Dios, que la daría fuerzas para sufrir cualesquiera penas, y que él se cansaría antes en atormentarla, que ella en ser atormentada. Mandóla el juez colgar de los cabellos, y tenerla así colgada buena parte del día, de suerte, que le arrancó el pellejo de la cabeza, y los ojos se le obscurecieron, y las cejas se le subieron á la frente: tras esto mandó quemarlo los costados con planchas de hierro encendidas, y atadas las manos traspasarlo los muslos con un hierro ardiendo, y de esta manera llevarla á la cárcel. Aquí la santa virgen, viendo despedazado su cuerpo, y hecho un retablo de llagas, y de dolores, se volvió á su dulce esposo, y le suplicó, que la favoreciese, y la librase de aquellas penas, como había librado á Daniel de los leones, y á los tres mozos del horno de Babilonia, y á santa Tecla de las bestias, y del fuego. Haciendo esta oración, se le apareció el demonio en figura de un ángel del cielo, y le dijo, que el prefecto había aparejado gravísimos y horribles tormentos para ella, y que Dios no quería, que los padeciese, sino que en sacándola de la cárcel, luego sacrificase. Y preguntándole ella quién era, le respondió, que era ángel de Dios, y que él le enviaba, para que no pasase tan atroces tormentos. Y como ella viese, que aquel consejo no era de ángel de luz, sino de tinieblas, suplicó á nuestro Señor, que le descubriese su voluntad, y quién era aquel, que con máscara de ángel la quería engañar. Luego oyó una voz del cielo, que le dijo: «Confía, Juliana; que yo soy contigo: echa mano, y prende á ese, que te habla; porque yo te doy potestad para ello, y de él sabrás quién es».

A la oración de la santa se siguió la voz del cielo, y á la voz el milagro; porque luego Juliana se halló libre de sus prisiones, y sana, y se levantó del suelo, y vio al demonio atado delante sí: y prendiéndole, y asiendo de él, como de un esclavo fugitivo, le comenzó á examinar, quién era, de dónde venía, y quién lo había enviado: y el demonio, forzado de la virtud invisible del Señor, con ser padre de la mentira, confesó la verdad, y dijo, que él era uno de los principales ministros de Satanás, que lo había enviado, y el que había engañado á Eva, é incitado á Caín á la muerte de su hermano, y á Nabucodonosor á levantar la estatua, y á Herodes á la muerte de los niños inocentes, y á Judas á vender á su maestro, y después á ahorcarse, y á los judíos á apedrear á Esteban, y á Nerón á matar á Pedro y Pablo; y finalmente, el que había sacado de seso á Salomón con el amor loco de las mujeres. Todo esto dijo el demonio: y (si dijo verdad) bien se ve, que aunque es león bravo, y despedaza á los que se llegan á él, y se fían de sus garras; para los humildes, y desconfiados de sí, y armados del espíritu de Jesucristo, no tiene fuerza; pues una delicada doncella le pudo atar, y vencer: porque después que la santa virgen le hubo oído, ató de nuevo al demonio, y le dio muchos golpes, los cuales mostraba sentir aquella fiera bestia, y se quejaba gravemente, porque habiendo vencido á tantos, era tratado tan vilmente de una doncella; y se lamentaba, que Satanás le hubiese enviado, sabiendo, que no podía resistir á la pureza de aquella virgen, y á la fuerza de su santidad.
Mandó el prefecto, que si Juliana vivía, se la trajesen delante; y ella vino, trayendo tras sí el demonio atado, y pareció en los estrados del prefecto sana y entera, como si ninguna cosa hubiera pasado por ella, y con la misma hermosura que antes. Quedó atónito el cruel juez, y lo que era milagro, y virtud de Dios, atribuyélo, como ciego, á hechizos, y malas artes, y mandó encender un horno, y echar en él á la santa virgen: y ella, mirando á su dulce esposo con ojos blandos y amorosos, derramando algunas lágrimas, le suplicó, que la favoreciese en aquel trance; y luego el fuego se apagó, y con aquel nuevo milagro, el pueblo, que allí estaba, se conmovió, y comenzó á dar voces, y á decir, que no había otro Dios, sino el Dios de Juliana; y se convirtieron quinientos hombres, á los cuales mandó luego allí matar el prefecto: y otras ciento y treinta mujeres también abrazaron nuestra santa religión, y no quisieron ser inferiores á los hombres. Todo esto era inflamar más el corazón del prefecto, el cual mandó echar á la virgen en una gran caldera, que hervía; mas en ella la santa halló refrigerio, y alivio: y saliendo, por virtud divina, aquel licor hirviendo, dio en los ministros de justicia, y en los otros gentiles, que allí estaban, y les quitó la vida.

Cuando esto vio el prefecto, no sabiendo más que hacer, dio sentencia, que la cortasen la cabeza. Llevando á la virgen al suplicio, el demonio iba tras ella, incitando á los verdugos, que la matasen, por verse libre de sus manos: y la santa virgen le miró con un aspecto severo, y terrible, y el demonio comenzó á temblar (¡ó potencia de la cruz de Cristo!), temiendo, que de nuevo no le atormentase; y con esto desapareció, y Juliana con grande alegría, y regocijo de su alma, hizo oración al Señor, é inclinó su cuello á la espada; y así acabó, y subió su purísimo espíritu al cielo, para ser coronada con dos gloriosas coronas, de virgen y mártir. Después una buena mujer, que iba á Roma, llamada Sofía, pasando por Nicomedia, tomó sus sagradas reliquias, y edificó una iglesia, y las colocó en ella: y el malvado Eleusio, prefecto, después fué castigado por la mano del muy Alto, y pagó aun acá en esta vida la culpa de su crueldad; porque navegando por el mar, la nave, en que iba, con una grande tempestad pereció, y todos los que iban en ella se ahogaron, y solo él, para mayor miseria, fué echado de las olas en un lugar desierto, para que fuese manjar de las fieras. Murió esta santa virgen de edad de diez y ocho años, á los 290 del Señor, imperando Diocleciano y Maximiano. Escribió su vida Metafraste; y tráela Surio en su primer tomo. Hacen de ella mención el Martirologio romano, el de Beda, Usuardo, y Adon, y ponen su traslación á los 16 de febrero, y el cardenal Baronio en sus anotaciones, y en el tercero tomo de sus anales: los griegos en su Menologio, á los 21 de diciembre; y san Gregorio papa, escribiendo á Fortunato, obispo de Nápoles, hace mención de sus reliquias en las epístolas ochenta y cuatro, y ochenta y cinco del séptimo libro.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 15 de febrero de 2026

S A N T O R A L

LOS SANTOS FAUSTINO Y JOVITA, MÁRTIRES

Los Santos junto a la Santísima Virgen

San Faustino, y san Jovita, fortísimos mártires del Señor, fueron hermanos, y muy ilustres por sangre, y mucho más por haber sido cristianos, y haber derramado la suya por Cristo, con un penoso y prolijo martirio, que padecieron, habiendo sido atormentados muchas veces con penas atroces y exquisitas, en muchas ciudades de Italia. Nacieron estos bienaventurados caballeros de Jesucristo, en Bresa, ciudad principal de Lombardía. Desde niños fueron bien inclinados, modestos, virtuosos, unidos entre sí con el vínculo de una hermanable caridad. A Fausto, que era el mayor, ordenó de sacerdote Apolonio, obispo de aquella ciudad; y á Jovita, de diácono. Comenzaron los santos hermanos á ejercitar sus oficios con grande aprovechamiento de los pueblos, y edificación de los fieles; y muchos gentiles por su predicación se convertían á nuestra fé, y desterradas las tinieblas de su ignorancia, recibían la luz del sagrado Evangelio. Iba esto creciendo, de manera, que la religión cristiana florecía, y la de los falsos dioses cada día iba en mayor disminución, y la fama de los hermanos se extendía por toda aquella comarca, y llegaba á algunas ciudades más apartadas, y remotas. Más el demonio, queriendo estorbar este feliz progreso, movió á un ministro suyo, y grandísimo enemigo de Cristo y de su Iglesia, que se llamaba Itálico, que persuadiese al emperador Adriano, que llevase adelante la persecución contra los cristianos, que Trajano su predecesor había comenzado, y quitase la vida á Faustino y Jovita, que eran los principales predicadores de aquella superstición, si quería tener propicios á los dioses, y seguro su imperio. El emperador, dio al mismo Itálico amplia comisión, para proceder contra los dos santos hermanos, y contra los demás cristianos. Llegado á Bresa, Itálico mandó prender á Faustino y Jovita: propúsoles el mándalo del emperador: exhortóles á obedecerle: prometióles grandes dones, si obedecían, y graves tormentos, si lo dejaban de hacer: y hallándolos en la confesión de la fé valerosos, y constantes, no quiso pasar adelante, hasta que el mismo emperador, que iba á Francia, entrase en la ciudad de Bresa, así para saber de él su voluntad, como por ser los santos personas tan ilustres, y tan emparentadas. Vino el emperador: supo lo que pasaba; tentó inclinarlos á la adoración de sus dioses, y mandólos llevar al templo del sol, en el cual estaba una estatua del mismo sol, riquísimamente adornada, y en la cabeza tenía muchísimos rayos de oro fino, que maravillosamente resplandecían. Hicieron los santos oración á Dios del cielo; y luego la estatua se paró como un hollín, y los rayos de la cabeza, como un carbón. Espantóse el emperador, que estaba presente, y mandó á los sacerdotes, y ministros del templo, que limpiasen la estatua del sol, y sacudiesen aquel hollín; y en poniendo ellos las manos en ella, luego cayó, y se deshizo, y se convirtió en ceniza.

Embravecióse el emperador con este suceso, y condenó á los dos santos á las fieras. Echáronles cuatro leones ferocísimos, los cuales dando unos bramidos espantosos, que hacían temblar á los gentiles, que allí estaban, se llegaron á los santos hermanos mansamente, y comenzaron á lamerles los pies: echaron también leopardos, osos, y otras bestias fieras, y para irritarlas, y hacerlas más crueles, y bravas, les ponían hachas ardiendo á los costados; pero todas ellas eran como ovejas para los santos; y para los ministros del emperador fueron tan bravas, que á todos los despedazaron: y queriendo los sacerdotes de los templos atribuir este milagro á Saturno, y llegarse á los santos con una estatua suya, para que le reverenciasen; las fieras los asaltaron, y mataron á bocados, y con ellos á Itálico, principal autor de esta persecución, que iba en su compañía. Clamaban los gentiles á grandes voces, y decían, Saturno dios, ayuda á tus ministros; mas su misma estatua quedó ahí en el suelo pisada de las bestias fieras, y bañada de sangre de sus sacerdotes. La mujer de Itálico, llamada Afra, cuando supo la muerte de su marido, vino con gran furia al teatro, donde estaba el emperador, y con voz lamentable, y enojada, le dijo: ¿Qué dioses son estos, que adoras, ó emperador? Dioses, que no pueden librar á sus sacerdotes, ni aun á sí mismos, y por ellos, y por tí yo he quedado hoy viuda: y así ella se convirtió á la fé; y otros muchos, de los que estaban presentes, entre ellos Calocero, hombre principal en la corte y casa imperial, con gran parte de los criados, y ministros. Y para que se viese, que aquellas maravillas eran obras de Dios, que conservaba la natural crueldad en aquellas bestias, para que usasen de ella contra los gentiles, y fuesen mansas y blandas para con los santos; ellos les mandaron, que sin hacer daño á ninguno, saliesen fuera de la ciudad; y así lo hicieron, y se fueron á los desiertos. Mandó después de esto Adriano echar los santos en el fuego; y ellos estaban en medio de las llamas, como en una cama regalada, alabando, y cantando himnos al Señor. Echáronles de nuevo á la cárcel, y dieron orden, de que no entrase nadie á ellos, ni que se les diese cosa de comer, ni beber, para que pereciesen de hambre y sed. Pero ¿quién puede contrastar contra Dios? Vinieron los ángeles del cielo á confortar, y alegrar á los esforzados guerreros del Señor; alumbraron con luz celestial aquellas mazmorras tenebrosas, y dieron mayor consuelo, á los que estaban consolados, porque padecían por su Señor.
 Mas viendo el emperador la constancia de los mártires, y los muchos, que por su ejemplo se habían convertido á Cristo, y la parte, que tenían en la ciudad; temiendo alguna sedición, mandó matar á los que habían creído con Calocero, y llevar al mismo Calocero, y á los santos hermanos Faustino y Jovita, encadenados á Milán, para donde él se partía. Allí fueron de nuevo atormentados: atáronlos á todos tres en el suelo boca arriba, y echáronles plomo derretido con unos embudos por la boca, para que les quitase la respiración, y la vida; más el plomo, como si tuviera sentido, no haciendo daño á los mártires, quemaba á los crueles verdugos. Pusiéronlos en el potro y aplicaron planchas encendidas á sus costados; y Calocero, sintiendo gravísimo dolor del fuego, que le penetraba las entrañas, dijo á Faustino y Jovita: Rogad á Dios por mí, ó santos mártires; que este fuego me atormenta mucho. Y ellos respondieron: Ten fuerte, Calocero: que esto poco durará, y el favor del Señor será contigo: y así fué; porque luego se sintió Calocero recreado, y tan confortado, que les dijo, que no sentía dolor. Y por más que echaron estopa, resina y aceite, y encendieron un gran fuego alrededor de los santos: todo perdió su fuerza, y no fué parte, para que ellos no estuviesen muy contentos, y alabasen al Señor: por lo cual muchos de los circunstantes, maravillados de lo que veían, y entendiendo, que aquellas no eran, ni podían ser obras de nuestra flaca naturaleza; conocieron al autor y obrador de tan grandes milagros, y se convirtieron. Y el emperador no sabiendo ya que hacerse, y teniendo por afrenta ser vencido de los santos mártires, entregó á Calocero á un gobernador de los suyos, llamado Antíoco, para que le martirizase: y partiéndose para Roma, mandó llevar tras sí á Faustino y Jovita, y llegados á aquella ciudad, fueron de nuevo cruelmente atormentados, y visitados y consolados del sumo pontífice. De allí los llevaron á la ciudad de Nápoles, y de nuevo les dieron otros exquisitos tormentos, y los echaron en el mar: más el ángel del Señor los libró, y por virtud del mismo Señor, que peleaba en ellos, salieron vencedores, y más puros y resplandecientes con los tormentos, como el oro en el crisol. Finalmente los volvieron á Bresa, su principal ciudad, para que los que con su vida y constancia se habían convertido á la fé de Jesucristo, se encogiesen, y atemorizasen con su muerte.
Esto pretendían los tiranos; y Dios por este medio honrar, é ilustrar, y defender aquella ciudad, donde estos santos habían nacido, con la sangre, é intercesión y merecimientos de ellos. Allí fueron degollados, y fuera de la puerta que va á Cremona, puestos de rodillas, y encomendando su espíritu al Señor, que les había dado fuerzas para pelear valerosamente en tantas y tan duras batallas, y ahora los hacia dignos de sí, y los daba corona de martirio: el cual fué á los 15 de febrero, del año de nuestra salud de 122, según Baronio; y el mismo día celebra la Iglesia su fiesta. El Martirologio romano dice, que fueron martirizados por el emperador Adriano; y el Breviario romano, que en la persecución de Trajano. Los tormentos de estos santos fueron tantos, y duraron tanto tiempo, que pudo Trajano comenzarlos, y acabarlos Adriano; aunque lo más probable parece, que todo fué en tiempo de Adriano, el cual no movió propia persecución contra la Iglesia, sino continuó la que Trajano su predecesor había comenzado; y así se pudo llamar persecución de Trajano, tomando el nombre de su autor.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 14 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SAN VALENTÍN, PRESBÍTERO Y MÁRTIR

Paleta de la Santísima Virgen con San Valentín
Entre los gloriosos mártires que en el tiempo del emperador Claudio, segundo de este nombre, dieron testimonio de la verdadera fé con su muerte, y derramaron su sangre por Jesucristo, fué uno san Valentín, presbítero: el cual, estando el mismo emperador en Roma, siendo hombre por su santidad y doctrina venerable, fué preso y cargado de cadenas, y dos días después llevado á presencia del emperador. Luego que Claudio le vio, le dijo con palabras blandas: ¿Porqué no quieres gozar de nuestra amistad, sino ser amigo de nuestros enemigos? Yo te oigo alabar de hombre sabio y cuerdo; y por otra parte te veo supersticioso y vano. Respondió Valentín: O emperador, si entendieses bien el don de Dios, serias dichoso tú, y bienaventurada tu república: darías de mano á los demonios y á esas estatuas, que adoras, y conocerías ser Dios verdadero y solo, el que crió el cielo y la tierra, y Jesucristo su único hijo. Estaba presente, cuando esto dijo Valentín, un letrado del emperador; y dijo á Valentín, de manera que todos le oyesen: Pues según eso, ¿qué sientes de nuestros dioses Júpiter y Mercurio? Y Valentín: Que fueron hombres, dice, miserables, sucios, y que todos los días de su vida gastaron en torpezas y deshonestidades, y deleites viciosos de sus cuerpos. No se pudo tener el letrado, oyendo esto, que no clamase en voz alta: Blasfemado ha Valentín contra los dioses, y contra los gobernadores de la república. Y como Valentín pidiese atención al emperador, y le dijese, que hiciese penitencia de la sangre de cristianos que había derramado, y creyese en Cristo, y se bautizase, porque de esta manera se salvaría y acrecentaría su imperio, y alcanzaría grandes victorias de sus enemigos, y el emperador se mostrase blando, y que le oía de buena gana, el prefecto de la ciudad, llamado Calfurnio, dijo á gritos allí delante de todos: ¿Habéis visto como está en ganado nuestro príncipe? ¿Es posible que queramos dejar la religión que mamamos con la leche, y con que nos criamos y tuvieron nuestros padres y abuelos? Oyendo estas palabras Claudio, temiendo alguna turbación y alboroto en la ciudad, mandó al prefecto que oyese á Valentín: y si no diese buena cuenta de sí, le castigase como á sacrílego; y si la diese, que no le condenase. El prefecto cometió la causa á un teniente suyo, llamado Asterio, el cual le llevó á su casa; y el santo, entrando en ella, suplicó á Dios que alumbrase á los que estaban ciegos en las tinieblas de la gentilidad, y les diese á conocer á Jesucristo, luz verdadera del mundo: y como oyese esto Asterio, dijo á Valentín: Mucho me he maravillado de tu prudencia, que digas que Cristo es luz verdadera. Y Valentín dijo: No solamente es luz verdadera, sino luz que alumbra á todos los hombres que vienen al mundo. Si eso es así, dijo Asterio, yo lo probaré presto. Aquí tengo una hija adoptiva que ha dos años que es ciega: si tú la alumbrares y dieres vista, entenderé que Cristo es luz y Dios, y haré todo lo que quisieres.
San Valentín bautizando a Santa Lucilla, hija de Asterio
Jacobo Bassano del Grappa
Trajeron la doncella al santo; y él poniendo las manos sobre sus ojos, hizo oración y dijo: Señor Jesucristo, alumbra á esta tu sierva; porque tú eres verdadera lumbre. Al momento recibió vista la doncella; y Asterio y su mujer se echaron á los pies de san Valentín, suplicándole, que pues por su medio habían conocido á Cristo, verdadera luz, les dijese lo que habían de hacer para salvarse. El santo les mandó hacer pedazos todos los ídolos que tenían, y ayunar tres días, y perdonar á todos los que los habían agraviado, y después bautizarse; y que con esto se salvarían. Asterio cumplió todo lo que le fué ordenado, y soltó á todos los cristianos que tenía presos, y se bautizó con toda su familia, que era de cuarenta y seis personas. Supo esto el emperador: tuvo recelo de algún grande alboroto en Roma, y por razón de estado, mandó prender á Asterio, y á todos los otros que con él se habían bautizado: los cuales con varios géneros de tormentos fueron martirizados: y san Valentín, padre y maestro de todos, después de haber padecido muchos días de cárcel penosa, fué apaleado y quebrantado con bastones nudosos, y al fin degollado en la vía Flaminia, donde después Teodoro, papa, á honra suya dedicó un templo al Señor. Hácese mención de este santo en el sacramentario de san Gregorio, papa. El día de su martirio fué á los 14 de febrero, en el cual la santa Iglesia celebra su fiesta; y fué el año del Señor de 271, imperando Claudio, segundo de este nombre.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

viernes, 13 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SAN MARTINIANO, ERMITAÑO


Fué san Martiniano monje en la soledad de un monte cerca de la ciudad de Cesárea en Palestina. Tomó el hábito de monje en la flor de su edad, siendo de diez y ocho años, y mozo de muy gentil disposición. Dióse tan de veras á todos los ejercicios religiosos y de perfección, que en breve se conoció ser singularmente escogido de Dios; y la fama de sus virtudes se divulgó y extendió por toda aquella tierra, de manera, que el Señor obró muchos milagros por él, echando los demonios de los cuerpos y sanando de varias enfermedades á los dolientes, y haciendo otras obras maravillosas, y concurriendo de muchas partes la gente, para ser socorrida y ayudada de Dios por sus oraciones. Vió el demonio la gran virtud de Martiniano, y que siendo mozo en la edad, era viejo en el seso y madurez: túvolo envidia, acometiólo con espantos, y con varias figuras y visiones; y una vez, tomando la forma de un dragón terrible, comenzó, con sus uñas á cavar el cimiento de la pequeña celda, en que estaba orando Martiniano, para derribarla sobre él: mas no por esto se turbó el santo ermitaño, ni dejó su oración; antes levantando su cabeza, y visto al enemigo en tal figura, le dijo: «¿Porqué te cansas tan en balde, ó desventurado? ¿Piensas poderme espantar, teniendo á mi lado á mi Señor Jesucristo? Oyendo esto el demonio, huyó, como torbellino, diciendo: «Espera, espera un poco Martiniano, que yo te derribaré, humillaré y echaré de tu celda confuso, y hallaré modo para hacerlo, aunque más estés confiado en eso que dices». Veinte y cinco años estuvo en esta soledad Martiniano, viviendo en ella, nó como hombre mortal, sino como ángel venido del cielo. Y como por su rara santidad fuese tan conocido y famoso, muchos hablaban de él ensalzando sobremanera sus admirables virtudes y ejemplos. Una vez entre otras, hablando unos hombres en la ciudad de Cesárea con grande admiración de la vida más divina, que humana, que hacia Martiniano; oyéndolos hablar, se llegó a ellos una ramera muy hermosa, y desvergonzada, que se llamaba Zoé, y por instigación de Satanás, cuyo lazo ora, comenzó á apocar lo que los otros decían, dándoles á entender, que Martiniano era un salvaje, que se había recogido a aquella soledad, y que no era maravilla, que fuese casto, el que nunca veía mujer; más que si ella le hablase y le tentase, y él resistiese, que entonces le podrían tener por hombre santo y continente. Por acortar razones, la desventurada mujer se concertó con aquellos hombres, que iría á la soledad, y acometería á Martiniano: y que si no le rindiese, la tuviesen por burladora; y si saliese con victoria, le pagasen su trabajo. ¿A qué profundo de maldad no llega el ánimo de una mujer lasciva y desvergonzada? Hecho el concierto, fuese á su casa, y desnudándose sus ropas ricas y galanas, y doblándolas y poniéndolas en un lio, se vistió de otras viles y despreciadas: ciñóse una soga; y con un bordón en la mano, y el lio de los vestidos ricos debajo del brazo, ungiendo, que era provisión de mujer, que andaba peregrinando, salió de la ciudad con un tiempo lluvioso y ventoso, y al anochecer llegar junto é la celda de Martiniano, y con una voz lastimera y llorosa, comenzó á llamar al santo, y a decir: «Siervo de Dios, ten lástima de mí, que soy una pobre mujer, que en esta soledad he perdido el camino, y no sé por dónde ir, ni á donde recogerme, y temo ser comida de las bestias fieras. No me desprecies, padre santo, que hechura soy de Dios, aunque miserable pecadora». A estas voces abrió Martiniano la ventanilla de su celda: y como vio á aquella mujer en aquel traje, y el agua, que caía sobre ella, compadecióse, y túvola compasión: y aunque pensaba, que no fuese algún ardid del demonio, para hacerle pecar; todavía prevalecía en él la compasión, y el temor de que, si no la admitía, y las fieras la despedazaban, Dios le pediría cuenta de ella. Con este pensamiento, encomendándose afectuosamente á Dios, y suplicándole, que le tuviese de su mano en aquella ocasión, abrió la puerta de su celda á la mujer: y después de entrada, le hizo fuego, para que se calentase, y le dio algunos dátiles, para que comiese aquella noche, avisándola, que luego á la mañana se partiese, y se fuese su camino; él se entró en otra celda más adentro, y cerró su puerta, orando y cantando salmos aquella noche; aunque el demonio no le dejaba reposar, trayéndole varios pensamientos sensuales de aquella mujer.

En amaneciendo salió Martiniano de su celda, para despedir á la mujer, y hallola vestida de aquellas ropas preciosas, que traía debajo del brazo, y con una cara alegre y risueña: y juzgando, que debía ser alguna fantasma, le preguntó, ¿quién era, y á qué había venido, y cómo había entrado en aquella celda? Y mucho más se maravilló, cuando supo, que era la misma mujer pobre y maltratada, que él la noche antes había recibido; y queriendo saber la causa de aquella mudanza de hábito y traje; ella le declaró quien era: y hablando por su boca el demonio, que la había traído, supo decirle tales razones, y tantas blanduras, llegándose á él, y tocándole las manos con tanta desenvoltura, que ablandó el corazón, que parecía más duro que el hierro, y que el diamante, y vino a consentir en el pecado; aunque Dios le detuvo por su misericordia, para que no lo pusiese por obra: porque saliendo Martiniano de su celda para ver, si venia alguna gente á buscarle, como solía, y mirando por todas partes, por no escandalizar á nadie, si le hallasen con aquella mujer; le miró desde el cielo el Señor con ojos de piedad, y con el rayo de la divina luz abrió los de su alma, para que viese, lo que quería hacer, y de cuánta altura de gracia, y santidad caería en el abismo de todos los males. Reconociendo, pues, su peligro, y que aquella no era mujer, sino el demonio, que por ella le tentaba, y quería triunfar de su castidad, y despojarle de todos los merecimientos de su vida pasada; se entró en la celda, y encendió fuego de unos sarmientos, que allí estaban, y con los pies descalzos se arrojó en medio de las llamas, y estuvo en ellas, hasta que se quemó buena parte del cuerpo; y saliendo de él al cabo de rato, y hablando consigo mismo decía: «¿Qué te parece, Martiniano? Bueno te ha parecido este fuego, con ser breve el tiempo que has estado en él. Si piensas poder sufrir el del infierno, llégate á esta mujer, que es el camino, para ir á él. Acuérdate de aquel suplicio, que es eterno: del gusano, que nunca muere; y del crujir de dientes: y que los demonios son crueles, y nunca se cansan de atormentar á los condenados»: y volvió á echarse otra vez en el fuego, y á quemarse más, suplicando á nuestro Señor, que le perdonase aquel mal consentimiento, y pecado, y que no permitiese, que él perdiese tantos trabajos, como había tomado, por servirle desde su mocedad; pues quería por su amor arder antes en aquel fuego, que ofenderle, é ir al fuego eterno. Estaba presente á este espectáculo la triste mujer, ataviada, y compuesta; y considerando lo que hacía Martiniano, y que ella había sido causa de ello, se desnudó con presteza los vestidos galanes de ramera, que traía: y los arrojó en el fuego, vistiéndose los de pobre, y penitente; y con muchas lágrimas, y sollozos dijo á Martiniano, que no quería volverá la ciudad, sino hacer toda su vida penitencia de sus pecados en la parte, que él le señalase: y que ya que el demonio la había tomado á ella por instrumento, para derribarle á él; Dios le tomaba á él, para levantarla á ella, y salvarla. Y por consejo del santo ermitaño, tomando su bendición, se fué á Belén, donde fué recibida de una santa virgen, que se llamaba Paulina, en un monasterio, y en él vivió doce años con extremad aspereza de vida, sin beber vino, ni comer aceite, ni fruta alguna, sino un poco de pan y agua una vez cada día, ó cada dos días, y durmiendo en el suelo, y haciendo otras penitencias rigurosas: y agradó tanto á nuestro Señor, que hizo algunos milagros por ella, y al cabo de los doce años la llevó á gozar de sí.
Quedó Martiniano tan quemado, y llagado del fuego, que tuvo muchos meses que curar; y tan escarmentado, y atemorizado del medio, que el demonio había tomado, para derribarle, con aquella mujer, que determinó salir de su soledad, é irse á parte donde no pudiese verle, ni buscarlo mujer alguna. Con este intento, haciendo oración, y suplicando á nuestro Señor, que fuese su guía, y su compañía en aquella jornada, y armado con la señal de la cruz, salió de su celda, y tomó su camino hacia el mar. Al tiempo que se iba, el demonio, muy vanaglorioso y ufano, comenzó á darle grita, como quien le corría, y daba la vaya, diciendo: «Grande es mi nombre, y grande es mi fortaleza; pues he prevalecido contra tí: hícete caer en pecado con la voluntad: queméte los pies y el cuerpo: echéte de la celda, y hágote ir fugitivo» Y levantando más el grito, dijo: «¿Huyes, Martiniano? Pues hágote saber, que do quiera que vayas, te seguiré, y te haré ir de allí, como te hago ir de aquí: yo no me apartaré de tí, hasta rendirte, y verle humillado» A estas voces respondió el santo: «Calla, miserable, que si salgo de mi celda, no es por congoja, ni aflicción, sino por hollarle, y quebrantarte más: y no te puedes alabar de la pelea; porque te quité las armas, con que pensaste vencerme, y la mujer, que trajiste para mi destrucción, será tu confusión». A estas voces desapareció el demonio; y Martiniano, cantando salmos, y alabando al Señor, se fué hacia el mar. Allí habiendo sabido de un marinero, que muy dentro del mar había una peña grande y alta, donde se podía retirar, se concertó con él, que le llevase á ella, y á sus tiempos le trajese ramos de palma, y pan y agua para su sustento, y que de las palmas haría espuertas, para que el marinero las vendiese, y tomase el precio por su trabajo: demás, que él se lo pagaría con sus oraciones, rogando á Dios por él. Con este concierto el marinero llevó á Martiniano á su peña, ó isleta, y tres veces cada año le visitaba, y llevaba lo que había menester. Díjole, sí quería, que le trajese madera, para edificar una choza, en que se pudiese recoger, y defenderse del sol, y de la lluvia; y no lo consintió. Increíble fué el gozo de Martiniano, cuando se vio en aquella peña cercada por todas partes del mar, á donde ninguna mujer podría llegar, á las cuales temía más que al mismo demonio. Pero para que se vea que no hay cosa segura en este mundo, no dejó de perseguirle en la peña, el que le había hecho guerra en la celda, y echádole de ella; porque algunas veces alteraba, y turbaba el mar, y levantaba sus ondas, de manera, que parecía, que había de tragar la peña, y ahogar á Martiniano: y el mismo demonio clamaba, y decía: «Ahora le ahogo, Martiniano»; más el santo se estaba quedo con gran paz, y quietud, haciendo burla de él: y con esto el demonio se partía corrido, y confuso. Habiendo, pues, estado seis años en esta isleta, con una vida más que humana, y pareciéndole, que estaba seguro de las mujeres, conoció, que no lo estaba, y que en la tierra, y en el mar, en el fuego, y en la agua, se deben temer: porque viniendo navegando una nave por aquellos mares, el demonio, por permisión de Dios, la hizo dar en aquella roca, en que estaba Martiniano, y la quebró, y todos los que venían en ella se ahogaron, sino una doncella muy hermosa, que en una tabla se salvó, y asiéndose de la peña, comenzó á clamar: «Ayúdame, siervo de Dios, y dame la mano, para que no perezca en esto profundo». Turbóse Martiniano, cuando vio la mujer, y oyó sus palabras, y entendió la astucia del enemigo: armóse con la oración; y juzgando, que le corría obligación, para que aquella mujer no pereciese allí por su culpa, le dio la mano, y la sacó del agua: y como la viese tan hermosa, y de buena gracia, le dijo: «Hija, la estopa, y el fuego no están bien juntos: quédate aquí, y come del pan, y bebe del agua, que aquí queda, como yo hacía, hasta que venga un marinero, que me suele visitar, que será de aquí á dos meses; cuéntale tu trabajo; y él te sacará de aquí, y te llevará á tu ciudad»: y diciendo esto, hizo la señal de la cruz sobre el mar, y mirando al cielo, hablando con nuestro Señor, le dijo: «Señor, confiado en vos, me echo en el mar; porque más quiero morir ahogado, que no ponerme á peligro de mancillar mi castidad»: y exhortando á la que tenía delante á la virtud, y á perseverar en el temor de Dios, se arrojó en el mar. Vinieron luego dos delfines, por ordenación de aquel Señor, que nunca desampara á los suyos, y á quien todas las criaturas obedecen, y le tomaron encima, y le pusieron en tierra; y el santo hizo gracias por ello al Señor, suplicándole, que le enseñase, lo que había de hacer: y pensando entre sí, que el demonio le perseguía en el agua, y en la tierra, en la celda, y en la peña, determinó de no estar en un lugar, sino irse peregrinando por el mundo, pobre, y mendigo, sin llevar cosa consigo; y así lo hizo por espacio de dos años, que vivió, quedándose en cualquiera parte que le tomase la noche, y en los pueblos, tornando para su sustento la limosna, que le daba alguna persona piadosa. Habiendo, pues, llegado á la ciudad de Atenas, y queriendo nuestro Señor remunerar los grandes trabajos, y duras peleas, y gloriosas victorias de su siervo, reveló al obispo de Atenas, que estaba allí Martiniano, y cuan especial amigo suyo era, y cuan altos sus merecimientos; y yendo á la iglesia, halló echado sobre un escaño á Martiniano: el cual reverenció al obispo, y le pidió su bendición, y que le encomendase ó Dios; y el obispo á él le rogó, que se acordase de él, cuando estuviese en el acatamiento de Dios: y allí, habiendo primero dicho: «En tus manos. Señor, encomiendo mi espíritu», y hecho sobre sí la señal de la cruz; con una boca llena de risa, dio su espíritu al Señor.
La doncella, que quedó en la peña, hizo, lo que el santo le mandó: sustentóse del pan, y del agua, que allí había quedado; y cuando vino á su tiempo el marinero, le contó lo que le había sucedido, y como Martiniano la había dejado, y echádose en el mar, y salido á tierra por ministerio de los delfines; y le rogó, que le trajese un vestido de hombre, y pan, y agua, y lana, y á su mujer, para que ella la vistiese, y enseñase, lo que había de hacer; y así lo hizo: y la doncella se vistió de hombre, y perseveró seis años en aquella peña, siendo de veinte y cinco, cuando vino á ella; y así murió santamente. Llamábase Fotina. Dos meses después que murió, vino el marinero ó traerle lo que había menester, como solía: hallóla difunta, y la llevó á la ciudad de Cesárea, diciendo al obispo, quién era, y de dónde, y como había muerto; y el obispo la mandó enterrar con grande solemnidad, como á sierva del Señor.
Esta es la vida de san Martiniano solitario, tan perseguido, y combatido de nuestro común enemigo, y vencido, y vencedor, y glorioso triunfador de la carne, del mundo, é infierno. Escribióla Simeón Metafraste, que, á lo que da á entender, le conoció: en la cual podemos aprender muchas cosas provechosas para nuestra edificación. La primera, el odio, con que el demonio persigue á los santos, y más á los mayores, y cuanto procura que caigan de aquella gracia, y estado sublime, en que están; para que cayendo ellos, que son pilares, y los fundamentos de la santidad, caiga el resto del edificio, que sobre ellos se ha fundado; como lo notó el gran padre san Antonio Abad, y nosotros lo dijimos en su vida. La segunda cosa es, cuán preciosa joya sea la castidad; pues el demonio con tantos ardides, y mañas estudia despojarnos de ella, y amancillar la pureza de nuestras almas; como se ve, en lo que hizo contra Martiniano. La tercera, que no se puede conservar esta preciosa joya, si el Señor con su gracia no la guarda, y nosotros de nuestra parte no nos ayudamos, huyendo las ocasiones de perderla, y de caer, y no confiando en nuestra edad, virtud, y victorias pasadas; porque en esta batalla y guerra tan reñida, y tan doméstica de nuestra carne, no se alcanza la victoria tanto peleando, como huyendo de las ocasiones de pelear; las cuales muchas veces el demonio ofrece con color de piedad, y manto de caridad, y al principio comienzan en ella y acaban en carnalidad; como nos lo enseña con su ejemplo Martiniano: el cual también nos enseñó, que un fuego se apaga con otro, y que vale más padecer en esta vida penas temporales, que en la otra las eternas; y que ningún trabajo, ni peligro se debe excusar, por no ofenderá Dios, y por la eterna salvación de nuestras almas. Pero pregunto yo, á los que esto leyeren: ¿cómo piensan, que podrán apagar las llamas de la concupiscencia, y aquel incendio, que levanta en sus corazones Satanás, los mozos delicados, regalados y entretenidos en conversaciones de mujeres desenvueltas y libres, hartos de sueño, y bien comidos y bebidos: si Martiniano, después de haber servido con tanto fervor al Señor en la soledad tantos años, y macerado su cuerpo con ayunos y penitencias rigurosas, y hecho tantos milagros, y admitido por pura caridad aquella pobre mujer, que guiada del demonio vino á su celda, y prevenidose con la oración, y recatádose tanto de ella; al cabo consintió en el pecado, y lo hubiera cometido, y puesto en ejecución, si el Señor no le hubiera tenido de su mano, y dándole ánimo, para echarse en el fuego, y con sus llamas apagar las que abrasaban su corazón? Para enseñarnos, pues, el recato y vigilancia, que en estas cosas debemos tener, se escribe esta vida; y para que entendamos, que nosotros no somos, ni más santos que David, ni más sabios que Salomón, ni más fuertes que Sansón: que el que no quiere quemarse, debe estar lejos del fuego; y fuego es para la mujer cualquier hombre, y para el hombre cualquier mujer, como cada día experimentamos.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc