jueves, 26 de marzo de 2026

S A N T O R A L

San Cástulo, Mártir

Como los emperadores gozan de todos los regalos, y conveniencias de este mundo; así es forzoso tengan, quien los sirva, asista, y corteje. Diocleciano, que en nada cedió á los demás emperadores; tuvo, entre otros muchos nobles de su familia, á Cástulo, tan de su afecto, y su satisfacción, que era de los que más cerca asistían á su imperial persona, sirviéndole como su más íntimo sumiller de corps, o camarero; que quien le fiaba su amistad, bien podía fiarle su persona dormida, y sola. Era Cástulo cristiano secretamente, y no se declaraba, por no perder la ocasión, que, viviendo oculto, tenía de favorecer y amparar á los cristianos: lo cual podía fácilmente, por la mucha mano, y amistad, que tenía con su amo el emperador. 

Entre otros muchos cristianos; á quienes favoreció, y amparó con amor y caridad cristiana, fueron de él con particular cuidado asistido, el santo pontífice Cayo, Marceliano, y Marcos, diáconos, y su padre Tranquilino, presbítero. Pero, como el tiempo sea voltario, y las, cosas, por ocultamente que se hagan, no puedan estarlo tanto, que dejen de saberse algún día, y más viviendo en aquellos tiempos los idólatras con tanto cuidado y deseos de hallar cristianos, en quienes emplear sus crueldades, y rigores; vino al fin á descubrirse como Castullo era cristiano, y gran favorecedor y amparador de los cristianos: por ­lo cual fué preso, sin que le valiese la inmuni­dad del imperial palacio, en que vivía, ni el esti­marle el emperador, como á fiel criado, y amigo, porque, con el nombro de cristiano todo se borraba para con aquellos tiranos. Fué examinado en tres audiencias públicas: pero hallado también tan constante y firme en la fe de Jesucristo, y confe­sión de su santísimo nombre; furioso el juez, lo hizo bárbaramente poner en una olla profunda, y que le llenasen de arena, y argamasa: con que, que­dando en ella sepultado su cuerpo vivo, fué su felicísima, y bendita alma aposentada en el alcázar, y palacio celestial del emperador supremo Cristo Jesús, donde fue recibida con festivos, y angéli­cos cánticos, y coronada de eterna gloria. Fué su martirio y pasión gloriosa á los 26 de marzo, por los años del Señor de 286, imperando el ya nom­brado Diocleciano. 
Moosburg Kastulus Ursulakapelle.jpgEscribieron su vida y martirio Beda, Usuardo, Adon, Pedro de Natalibus im Cathalogo, lib. 3, cap. 231; Santoro, el Martirologio romano, Baronio en sus anotaciones, y otros.
El silencio es virtud, que tiene su aproba­ción, y canonización por el mismo Dios: pero el dejar de hablar á su tiempo también fuera vicio: uno y otro se ha de regular por la prudencia. Grande fué la que mostró el invicto mártir de Je­sucristo san Cástulo: pues con ella supo tener en silencio todo el tiempo, que le pareció convenía, el ser cristiano: más después que vió, que también convenía hablar, habló tanto, y tan divinamente en !a confesión de la fe, que siendo preso por ese silencio, fué ahogado por su hablar, mereciendo por uno y otro la corona del martirio, y deján­donos enseñados á callar, y hablar á su tiempo: sabiendo que, imitándole siempre, le tendremos intercesor en la gloria, donde le veamos. Amén.
  FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

miércoles, 25 de marzo de 2026

No al aborto

 

Ejemplo simbólico de la lucha contra el abortola lucha contra el aborto


Gianna Beretta Molla con dos de sus hijos

«Pedro, ¡si ustedes deben decidir entre mí y la criatura, no duden: escojan a la criatura, yo lo exijo, sálvenla! Yo haré la voluntad de Dios, y Dios providenciará lo necesario para mis hijos» 

Roberto Bertogna


Cuando Gianna Beretta Molla pronunció tales palabras tenía 39 años de edad, era madre de tres niños de 6, 5 y 3 años respectivamente. Competente médica pediatra, tenía frente a sí el éxito en su carrera profesional. Estaba casada con un virtuoso y acomodado ingeniero industrial, director de una empresa.

Dotada de una gran alegría de vivir, pasaba sus vacaciones en la bell’Italia y en el extranjero. Frecuentaba habitualmente el magnífico teatro Scala de Milán. Se distraía con el piano, pintaba bonitos cuadros al óleo, se vestía de manera refinada, en fin, era una persona a quien nada le faltaba en la vida.

¿Qué fue lo que llevó a esta feliz madre de familia y esposa ejemplar, recientemente canonizada por Juan Pablo II, a no tener pena de sí —como lo atestigua la frase del epígrafe—, sino a buscar lo más perfecto para la gloria de Dios?

¿Cómo esta noble alma formó su personalidad? ¿Qué principios guiaron su acción?

Aborto: pecado que mata más que todas las guerras

Impunemente se practica hoy el mayor genocidio de toda la historia de la humanidad: el aborto, llamado eufemísticamente interrupción voluntaria del embarazo, a través del cual son legalmente asesinados —¿hasta cuándo?— millones y millones de seres humanos. Auténtica y apocalíptica matanza de los inocentes.

Para tener una idea de la gravedad de esta inmensa tragedia, basta examinar algunas estadísticas. Anualmente en los Estados Unidos son practicados 1.3 millones de abortos; en Rusia, 2 millones; en Italia, 140 mil; en España, 77 mil. Y, según la prensa, sabemos que proporcionalmente ocurre lo mismo en Francia, Alemania, Portugal, China, Cuba, Brasil, etc. En fin, un flagelo mundial que mata más que todas las guerras y el Sida.

Contra tal clamorosa y suprema violación del más fundamental de todos los derechos de la persona, el derecho a la vida, nos encontramos con la edificante vida de Gianna Beretta Molla, madre coraje, como es conocida en Italia.

Padres “rectos, justos y temerosos de Dios”

Esta valiente madre italiana nació en la ciudad de Magenta, vecina a Milán, el día 4 de octubre de 1922, fiesta del Patrón de Italia, San Francisco de Asís. Hagamos una visita a la casa en donde nació Gianna para conocer a sus progenitores, don Alberto Beretta y doña María De Micheli de Beretta. Su padre ejercía la función de cajero en una empresa de Milán, y su madre se ocupaba de los quehaceres domésticos y de la educación de la gran prole que Dios le había dado: doce hijos, de los cuales cinco murieron a tierna edad.

José, hermano de Gianna y futuro misionero en el Brasil, así describe a sus padres: “Mamá era muy dotada de inteligencia y de una gran fuerza de voluntad.  Severa consigo misma, pero muy amable con sus hijos. Enseñaba que Dios Nuestro Señor está siempre muy próximo a nosotros con su inmensa bondad. Papá también era muy religioso, se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para poder ir a Misa. […] El día terminaba con el rezo del Santo Rosario, y papá consagraba toda la familia al Sagrado Corazón de Jesús y a San José”.

Los amigos sabían que no era una familia cerrada en sí misma. Todos eran bien acogidos: “La seriedad y la generosidad para con el prójimo eran los principios fundamentales de mamá y papá”, observa Virginia, otra de las hijas del matrimonio.

La misma Gianna, antes de contraer nupcias afirmó: “Mis santos padres: rectos, justos y temerosos de Dios”.

En la infancia, virtud amena y equilibrada

Preparada y modelada por padres auténticamente católicos y asistida espiritualmente por su hermana Amalia, Gianna hizo su Primera Comunión a los cinco años de edad, el día 14 de abril de 1928. A partir de ese momento, acompaña regularmente a su madre a Misa todos los días, y el Santísimo Sacramento será su alimento espiritual cotidiano.

Frecuentó la escuela primaria en Bérgamo, siendo confirmada en la catedral de aquella ciudad al cumplir los ocho años de edad.

Una de sus amigas declaró: “Gianna tenía un carácter ameno y un semblante sonriente, pero era muy equilibrada, un alma pura y un corazón generoso. Difundía a su alrededor mucha tranquilidad, tenía una Fe que contagiaba, y todas las personas que la trataban se sentían atraídas hacia la Iglesia”.

Experiencia decisiva y buenos propósitos

A los quince años, estudiando en el Liceo Classico, participa de un retiro espiritual, según el método de San Ignacio de Loyola. Más tarde dirá que las gracias recibidas en aquella ocasión marcaron toda su existencia. Aprendió entonces cómo en la vida son necesarias y fundamentales la meditación y la oración hechas con regularidad.

Así, escribió en su diario: “Jesús, prometo someterme a todo aquello que permitirás que me suceda. Hacedme conocer siempre tu voluntad.

1. Para servir a Dios, hago el propósito de no ir más al cine, sin antes saber si aquello que pasan se puede ver, si es modesto y no es escandaloso e inmoral;

2. Hago el propósito de preferir morir a cometer un pecado mortal;

3. Quiero temer al pecado mortal como si fuese una serpiente; y, repito: mil veces morir que ofender al Señor;

4. Imploro al Señor que me ayude a no ir al infierno y a evitar todo aquello que pueda hacer mal a mi alma;

5. Rezar una Avemaría todos los días para que el Señor me dé una santa muerte;

6. Pido al Señor que me haga comprender su gran misericordia;

7. Quiero siempre, de hoy en adelante, rezar de rodillas mis oraciones, tanto por la mañana, en la Iglesia, como en la tarde en mi cuarto a los pies de mi cama”.

Devoción a la Santísima Virgen: señal de los predestinados

Gianna sabía que no bastaban esos buenos propósitos. Todos eran muy bonitos y necesarios pero, ¿dónde encontrar las fuerzas para cumplirlos? Inteligente y coherente como era, conocía la fragilidad humana.

Su madre, en el testamento, exhortó a sus hijos: “Les pido amar a vuestro padre, no lo dejen solo, vivan unidos en familia. Y, sobre todo, sean fieles a Jesús y devotos de la Santísima Virgen”.

Gianna recurrió entonces a aquella que Jesús, en lo alto de la Cruz, nos dio como Madre: “¡María! Vos sois mi «dolce Mamma», confío en Vos y tengo la certeza de que jamás me abandonaréis. Os saludo como «Madre mia, Fiducia mia» [Madre mía, Confianza mía] y me consagro enteramente a Vos. Acordaos siempre de que soy vuestra, y en cada momento de mi vida presentadme a vuestro Hijo, Jesús”.”.
El matrimonio Molla-Beretta con ocasión de su boda
Misión de médica, salud del cuerpo y del alma

En 1942, terminada la secundaria, Gianna se matriculó en la Universidad de Medicina. Poseía un concepto preciso y sublime de esta profesión. Más de que un trabajo, para ella la medicina era una misión. Sobre el significado y el profundo valor de la misión de médica, nos dejó algunos escritos:

“No olvidemos que en el cuerpo de nuestro paciente existe un alma inmortal. Y nosotros, que tenemos el derecho de oír ciertas confidencias, estemos atentos para no profanar el alma. Sería una traición. Seamos honestos y médicos con fe. A nosotros nos son concedidas ocasiones que al sacerdote no le ocurren: nuestra misión no termina cuando los remedios no surten efecto, existe el alma para ser llevada a Dios, y la palabra del médico tiene autoridad”.

La Dra. Gianna concedía a sus enfermos no solamente atención médica, sino una verdadera ayuda espiritual, y muchas veces los auxilió, guiándolos hacia la recepción del sacramento de la confesión.

En numerosas ocasiones, les infundió valor a muchas madres próximas al parto, consiguiendo transmitirles la alegría de acoger a un hijo como a un don de Dios. Con base en esta concepción, convenció a muchas jóvenes a desistir del aborto.

Planeaba ser misionera

Desde su infancia alimentó admiración y amor por las misiones. Muchas veces su madre remendaba la ropa de sus hijos a fin de enviar el dinero economizado para las misiones. Durante su militancia en la Acción Católica, insistía mucho sobre la importancia del apostolado.

Y si su primera elección fue la de ser médica, no escondía el deseo cultivado interiormente de hacerse misionera laica auxiliar, consagrándose a Dios al servicio de la evangelización.

Pensaba realizar aquel deseo de médica misionera al lado de su hermano, Fray Alberto Beretta, misionero capuchino en el Estado brasileño de Marañón.

En ese sentido escribió a su hermano: “Estoy buscando un médico que me sustituya, y pido que el Señor me ayude a encontrarlo. Estudio portugués y si Dios quiere, seré muy feliz al partir. Rece para que todo salga bien”.

Descubriendo la vocación para el matrimonio

Vivió algunos años en la incertidumbre de escoger un estado de vida. Para tomar una buena decisión, rezaba mucho, pedía oraciones y consejos, sufría. En la búsqueda de discernir la voluntad de Dios para su vida, pasó incluso por una gran perturbación interior; no en el plano de la fe, sino en la elaboración del proyecto de vida.

Parecía que el mismo Dios deshacía y confundía proyectos, deseos y sueños. Se sentía llamada por Dios, pero en el momento de la realización, parecía que todo volaba por los aires. Un modo misterioso de actuar de Aquel que traza “vías diferentes de las nuestras”.

Gianna en sus anotaciones, señala tres medios para descubrir la propia vocación:

1. interrogar al Cielo con la oración;

2. interrogar al director espiritual;

3. interrogarse a uno mismo, reconociendo nuestras inclinaciones.

Fue lo que hizo. En lugar de abatirse, intensificó sus oraciones para poder reconocer mejor la voluntad de Dios. Para ello fue a Lourdes, y allí rezó empeñadamente.

Cuando comprendió que la voluntad de Dios era que constituyese una familia, se orientó con decisión hacia el matrimonio, conciente de que era el camino que Dios deseaba para ella.

Así, escribió en su diario: “El problema de nuestro porvenir, no debemos solucionarlo cuando tenemos apenas quince años, sino es mejor orientar toda la vida hacia aquella vía en la cual el Señor nos quiere, porque nuestra felicidad terrena y la eterna dependen de vivir bien nuestra vocación”.

Encuentro no casual, bendecido por Dios

En la festividad de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1954, se celebraba en la ciudad de Mesero la fiesta de la ordenación sacerdotal de Fray Lino Garavaglia, hoy obispo de las diócesis de Cesena y Sarsina, en Italia.

Tanto Pedro, el futuro novio, como Gianna fueron invitados a la Misa y al almuerzo.

Al día siguiente Pedro Molla le escribió a Gianna: “Me acuerdo de ti cuando, con tu sonrisa amplia y gentil, saludabas a Fray Lino y a sus parientes; me acuerdo cuando hacías devotamente la Señal de la Cruz antes de comer; me acuerdo aún cuando estabas en oración durante la bendición del Santísimo Sacramento”.

A los pies de la Virgen de Lourdes, en junio de 1954, Gianna había comprendido cual era su vocación, y en aquella fiesta de la Virgen Inmaculada, Pedro comprendía cual era el proyecto de Dios. Al día siguiente, él registró en su diario: “Siento la serena tranquilidad que me da la seguridad de haber tenido ayer un óptimo encuentro. La Inmaculada Concepción me bendijo”.

Durante el noviazgo, Pedro observó: “Cuanto más conozco a Gianna, más tengo la seguridad de que mejor encuentro Dios no podía ofrecerme”.

Gianna respondió: “Deseo hacerte feliz y ser la esposa buena que tú deseas: comprensiva y dispuesta para los sacrificios que la vida nos pedirá. Pienso en donarme totalmente para formar una familia verdaderamente cristiana. Es verdad que tendremos que enfrentar dolores y sacrificios, pero si deseamos siempre uno el bien del otro, con la ayuda de Dios venceremos todos los obstáculos”.

Madre ejemplar, esposa dedicada

Gianna y Pedro recibieron el sacramento del matrimonio el día 24 de septiembre de 1955. Se prepararon espiritualmente para ese momento con un triduo, que consistía en asistir a Misa y recibir la Santa Comunión.

El amor recíproco, basado en la fe y no en el sentimentalismo, proporcionó a los jóvenes esposos el coraje para enfrentar todo serenamente. Gianna no renunció a su profesión de médica. Cuidaba muy eximiamente de los quehaceres domésticos, revelándose una excelente cocinera, y continuaba asistiendo a sus pacientes; les prestaba asistencia médica gratuita en el jardín de la infancia y en la escuela primaria.

Sentía profundamente el amor a la maternidad: “Con el auxilio y la bendición de Dios, haremos de todo para que nuestra familia sea un pequeño Cenáculo, donde Jesús reine sobre todos nuestros afectos, deseos y acciones”.

Aceptó los inevitables sacrificios de la vida familiar sin que nunca se apagase su sonrisa de bondad, paciencia y generosidad. Todos los que la conocieron son testigos de que coherencia, conciencia de sus deberes y equilibrio eran las dotes típicas de Gianna, las cuales hacía fructificar al máximo en todo su ambiente doméstico, profesional y parroquial, con mucha armonía y simplicidad.

Para ella, la primera finalidad del matrimonio era la formación de una familia numerosa y santa. En una carta a su hermana, decía: “Pida al Señor que me mande pronto tantos hijos buenos y santos”.

El 19 de noviembre de 1956, catorce meses después de la boda, nació Pierluigi, su primer hijo. Después nacieron María Zita, el 11 de noviembre de 1957, y Laura María, el 15 de julio de 1959. En menos de cuatro años de matrimonio, tuvo tres hijos, todos ellos con una gravidez muy difícil.

Gianna concebía a la mujer como madre católica, y vivió su maternidad como una oblación: ser madre y ser “sacrificio” eran dos realidades inseparables. Pero, nótese bien, todo vivido con alegría, aunque su precio fuese muy alto.

En ese sentido, ya a los dieciocho años de edad, escribió en su diario: “Toda vocación es vocación a la maternidad, espiritual y moral, y prepararse significa estar dispuesto a ser donadores de vida, y si en la lucha por nuestra vocación tuviésemos que morir, aquel sería el día más bonito de nuestra vida”.

Heroico amor maternal por amor a Dios

Después de tres embarazos dolorosos, al inicio del cuarto fue indispensable una cirugía, debido a un fibroma uterino (tumor en el útero). Fidelísima a sus principios morales y religiosos, decidió sin la menor duda que el médico se preocupase en primer lugar, no con la operación que podría salvar su vida, sino con la salvación de la vida de la criatura.

La imagen peregrina de la Virgen de Fátima
visitó la casa del Ing. Pedro Molla, esposo de
Santa Gianna Beretta Molla. Por ocasión de
la mencionada visita,el señor Molla agradeció
la iniciativa con las siguientes palabras: 
“Agradezco muy conmovido por haber recibido
en mi casa la visita de la imagen peregrina
de Nuestra Señora de Fátima que le era
tan querida a la bienaventurada Gianna”.

Escribió entonces su marido: “Con incomparable fuerza de voluntad y con inmutable empeño, continuaba con su misión de madre hasta los últimos días de su gestación. Rezaba o meditaba. La sonrisa y la serenidad que infundían la belleza, la vivacidad y la salud de sus tres «tesoros» eran casi siempre velados por una inquietud interior. Temía que su criatura naciese con sufrimientos. Rezaba para que así no fuese. Muchas y muchas veces, me pidió disculpas si me causaba preocupaciones. Me dijo que nunca había tenido necesidad de tanta amabilidad y comprensión como ahora. Al aproximarse el período del parto, afirmó explícitamente, con un tono firme y al mismo tiempo sereno, con una mirada profunda que no olvidaré jamás: «¡Si ustedes deben decidir entre mí y la criatura, no duden: escojan a la criatura, yo lo exijo, sálvenla! Yo haré la voluntad de Dios, y Dios providenciará lo necesario para mis hijos»”.


Era un Viernes Santo, 20 de abril de 1962, cuando fue internada para el parto. El Sábado Santo, Gianna y toda la familia tuvieron la indescriptible alegría de un don divino: la hija que portaba en su seno nacía bella y fuerte.

El fruto bendito de este heroico gesto de amor a Dios recibió en el santo Bautismo el nombre de Gianna Emanuela.

Después de una vida ejemplar, santa muerte

Desde entonces, Pedro no dejó a su esposa ni por un minuto. Los médicos intentaban salvarla a toda costa: antibióticos, suero, sondas… todo en vano.

La última confidencia a su marido fue: “¡Pedro! Ahora me curé. Estaba ya del otro lado, y si supieses lo que vi… ¡Un día te lo diré! Pero como éramos muy felices, estábamos tan bien con nuestros maravillosos hijos, llenos de salud y gracia, con todas las bendiciones del Cielo, me mandaron de regreso aquí abajo, para sufrir un poco más, porque no es justo presentarse ante Dios sin haber sufrido mucho”.

Completamente lúcida, Gianna solicita y recibe la Extremaunción y la Santa Comunión por última vez. En aquel momento, acababa de llegar de la India su hermana Virginia, misionera en aquel país. Viendo al Crucifijo que le pendía del cuello, lo pide para besarlo y dice: “Jesús, te amo”.

Era el día 28 de abril de 1962, y sería apropiado colocar en sus labios las últimas palabras de Santa Teresita del niño Jesús: “Yo no muero, sino entro a la Vida”.

Anunciación y Encarnación del Verbo de Dios

Una Hora de Gracia:

Anunciación y Encarnación del Verbo de Dios

por Plinio Corrêa de Oliveira

La escena famosa de la aparición del Arcángel San Gabriel a Nuestra Señora constituyó para la humanidad una hora de gracia. El Cielo, que la culpa de nuestros primeros padres había cerrado, se abrió y de él bajó un espíritu de luz y pureza, trayendo consigo un mensaje de reconciliación y de paz. Este mensaje se dirigía a la criatura más hermosa, más noble, más cándida y más benigna que jamás naciera de la estirpe de Adán. Puestas en presencia las dos personas, el diálogo se establece. Conocemos por el Evangelio cuál fue la elevación y la simplicidad inefable de las palabras entonces pronunciadas.

La naturaleza angélica, su fortaleza leve y toda espiritual, su inteligencia y pureza, todo en fin se refleja admirablemente en la figura altamente expresiva de San Gabriel, representado en este cuadro de Fray Angélico. Nuestra Señora es menos etérea, menos leve, menos impalpable, casi diríamos. Y con razón, pues es criatura humana. Sin embargo, algo de angélico se nota en toda la compostura de la Reina de los Ángeles. Y su fisonomía excede en espiritualidad, nobleza y candor a la del propio emisario celestial.

El Ángel es superior a Nuestra Señora por naturaleza. Sin embargo, la Virgen es superior al Ángel por su santidad y por su incomparable vocación de Madre de Dios. De ahí la alta dignidad que ambos —la Virgen y el Ángel— expresan, y también la recíproca veneración con que se hablan. Pero esta actitud tiene aún otra razón más profunda. Invisible, Dios manifiesta sin embargo su presencia en la luz sobrenatural que parece irradiar de ambos personajes y comunicar el esplendor de una alegría pura, tranquila, virginal, a toda la naturaleza. Casi se siente la temperatura suavísima, la brisa levísima y aromática, la alegría que impregna toda la atmósfera.

¿Cómo pintar mejor una hora de gracia? Con un sentido profundo de las cosas, Fray Angélico supo encontrar las líneas y colores necesarios para expresar todo el contenido teológico y moral del episodio evangélico mil veces famoso. Su cuadro es, sin embargo, más que esto: vale por una prédica, pues forma, eleva, anima para el bien a quien lo contempla”.
Este día -25 de Marzo- es grande en los anales de la humanidad, aún en los ojos de Dios: pues es el aniversario del acontecimiento más solemne que se haya cumplido en el tiempo. El Verbo divino, por el cual el Padre creó al mundo, se hizo carne en el seno de una virgen y habitó entre nosotros . Adoremos la grandeza del Hijo de Dios que se humilló; demos gracias al Padre "que amó al mundo hasta darle su Hijo único y al Espíritu Santo cuya virtud todopoderosa obró tan profundo misterio." 
Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer.

martes, 24 de marzo de 2026

SANTA CATALINA DE SUECIA 24/03

   SANTA CATALINA DE SUECIA, VIRGEN

Santa Catalina de Suecia fué hija de Ulfon, príncipe de Nericia, y de santa Brígida, bien conocida por sus revelaciones en la Iglesia del Señor. Desde niña mostró haber sido escogida del esposo celestial; porque cuando mamaba, tomaba el pecho de su santa madre, y de las otras mujeres honestas, que se le daban con mucho agrado; y si alguna deshonesta, ó menos casta se le quería dar, luego lloraba, y no le quería tomar.
Entrególa su santa madre, después que la destetó, á una abadesa muy religiosa, para que la criase; y el demonio una noche, estando en maitines la abadesa, tomando figura de un toro, quiso matar á la niña, y con los cuernos la sacó de su camilla, y la arrojó en el suelo, dejándola casi muerta: y hallándola así la abadesa, y tomándola en sus brazos, se le apareció el demonio, y dijo: ¡O qué de buena gana la acabara, si Dios me hubiera dado licencia! Siendo ya de siete años, se entretuvo una vez con las otras niñas, jugando cierto juego con unas muñecas: y como nuestro Señor la quería para gran santa, no quiso que aquella niñería pasase sin castigo; y así la noche siguiente fué molestada de los demonios, que le aparecieron en figura de muñecas, y la azotaron gravemente; para que desde niña comenzase á dar de mano á las niñerías y juegos, en que se suele entretener aquella tierna edad. Teniéndola para casarse, su padre le mandó, que tomase marido: y ella le aceptó, confiada en la bondad de Dios, y el favor de la santísima Virgen María, su madre, que podía casarse sin detrimento de su virginidad, como le sucedió: porque habiéndose casado con un caballero nobilísimo, llamado Eghardo, de tal manera le habló, que los dos hicieron voto de castidad, y la guardaron toda su vida, engañando al mundo con nombre, y hábito de casados, y triunfando de su carne, y de nuestro común y mortal enemigo. Dábanse mucho á la oración, y á la aspereza de vida, y á todas las obras de caridad: y en los ojos de los hombres parecían, y se trataban como señores; y en los ojos de Dios eran santos.
Tenía Catalina un hermano llamado Carlos, mozo brioso, y dado á la vanidad: el cual, no pudiendo sufrir, que su hermana y su cuñado hiciesen aquella vida, los reprendió y procuró apartar de ella, y mucho mas se enojó con su hermana, cuando vio ¡a llaneza, que usaba en su vestido, y que no se conformaba con el traje y galas, que las otras señoras y mujeres de su calidad habían inventado, despreciando la simplicidad y antigüedad antes usada. Pero Catalina, no solo no se mudó, de lo que tan bien había comenzado; antes persuadió con sus palabras y con su ejemplo, á la mujer del mismo Carlos, su hermano, que dejase las galas, y atavíos superfinos, y que la imitase, como lo hizo. Después que murió Ulfon, su padre, y su madre santa Brígida por divina revelación fué á Roma; su hija Catalina, viviendo aún Eghardo su marido, tuvo grandes instintos, y movimientos del Señor de ir á buscar á su madre á Roma: y aunque al principio, por ser de solos diez y ocho años, y hermosísima; su marido no vino en ello; pero después, viendo, que aquel negocio era de arriba, y que Catalina era anciana en el seso, y de costumbres honestísimas, le dió licencia, y criados y personas, que fuesen en su compañía; y ella llegó á Roma en el mes de agosto, y halló que su santa madre estaba en Bolonia, y la fué á ver: y después que volvió á aquella santa ciudad, y visitó los santuarios, y estaciones de ella, por divina disposición se quedó con su madre, para ayudarla y servirla, como Dios se lo había prometido á santa Brígida: aunque no le fallaron á santa Catalina grandes trabajos y dificultades; porque el demonio la tentó, para que se tornase a su tierra, donde viviría con más quietud, regalo, y descanso: y como ella era señora de tanta calidad, y de extremada hermosura, algunos caballeros principales, sabiendo que ya era muerto su marido, la pretendieron por mujer: y viendo, que los otros medios blandos y amorosos no bastaban, quisieron hacerle fuerza y arrebatarla: y habiéndose escondido en cierta parte con gente armada para cogerla un día, que con otras matronas iba á la iglesia de san Sebastián, al tiempo que salían de la celada, apareció de repente un ciervo, y dando ellos tras él, pasó en aquel mismo tiempo Catalina, y se escapó de sus manos.
Placa que identifica la casa en la cual vivieron
Santa Catalina y su madre, Santa Brígida, en Roma
Otra vez yendo con su santa madre á la iglesia de san Lorenzo, y hallándose en otro semejante peligro; el caballero, que la aguardaba con gente, al tiempo que la quiso acometer, quedó ciego; y conociendo su culpa, se echó á sus pies, y les pidió perdón; y rogando las santas madre é hija por él, cobró la vista, y contó este milagro al papa Urbano VI y cardenales.
No solamente padeció santa Catalina estas molestias en Roma, pero otras no menores fuera de ella: porque yendo con su santa madre á Asís por revelación de Dios, y á santa María de Porciúncula, no pudieron una vez llegar á donde pensaban, por haberles sobrevenido la noche; y así se recogieron en una pobre casilla, para guarecerse de la nieve y agua que caía. Estando allí, ciertos salteadores de caminos entraron, donde estaban las santas madre é hija con su compañía, y con mucha desvergüenza quisieron verles los rostros: y como santa Catalina era hermosísima, se encendieron en mala concupiscencia, y comenzaron á hablar palabras torpes, y quererla hacer fuerza: más ellas se volvieron á Dios, suplicándolo que las guardase; pues por su inspiración y servicio habían tomado aquel camino: y luego al improviso se sintió un gran ruido como de gente armada, y una voz que decía, que prendiesen á aquellos bellacos ladrones: con la cual ellos espantados se huyeron, y dejaron la presa que tenían en las manos. Mas al día siguiente, siguiendo las santas su camino, volvieron á ellas, para hacer de día lo que no habían podido hacer de noche: y habiéndoles tomado los pasos; al punto que ellas pasaban, perdieron la vista, y no las pudieron ver. Con esta protección del Señor crecía cada día más Catalina con su amor, y se daba con mayor cuidado á todas las virtudes, y especialmente á la santa humildad, que es la madre y guarda de ellas; porque le pesaba mucho de ser alabada, y se holgaba de ser menospreciada, y tenida en poco, y por gran pecadora. Era muy devota, y desde niña dada á la oración, y á rezar las horas de nuestra Señora, las salmos penitenciales, y otras oraciones; y cada día gastaba cuatro horas en llorar, y meditar la sagrada muerte y pasión de su dulce esposo, ofreciéndosele en perpetuo y suave sacrificio. Una vez estando en Roma orando en la iglesia de san Pedro, le apareció una mujer vestida de blanco con un manto negro, y le dijo, que rogase á Dios por la mujer de Carlos, su hermano, que era muerta, y que presto tendrían un buen socorro de ella; porque les había dejado la corona de oro, que según la costumbre de su patria traía en la cabeza: y como la mujer le dijo, así sucedió; y del precio de la corona, santa Brígida, y su hija se sustentaron todo un año con su familia.
¿Pues qué diré del amor tierno y fuerte, que esta santa virgen tuvo al Señor? ¿Qué de su benignidad, y misericordia para con los pobres enfermos y llagados? Porque su santa madre la llevaba consigo á los hospitales, y delante de ella servía con grande humildad á los enfermos, y les curaba las llagas podridas sin asco, para que su hija aprendiese, y la imitase, y siguiese sus pisadas; y ella lo hacía con extremada caridad y diligencia, como hija de tal madre. Era tan amiga de la pobreza de Cristo, que andaba con un vestido vil y roto, y usaba de cama pobre, con solo un jergón de paja, y un cabezal, y un cobertero viejo y remendado. Pero nuestro Señor, para honrarla en algunas ocasiones, hizo que pareciese ricamente vestida, y su cama preciosa, aunque realmente no lo era. Fué asimismo muy sufrida, paciente, y mansa, llevando los agravioso injurias, que se le hacían, con maravillosa mansedumbre, volviendo siempre bien por mal, como verdadera sierva de Dios.
Veinte y cinco años estuvo en compañía de su santa madre en Roma, y fuera, y la acompañó á Jerusalén, y se halló a su dichoso tránsito, y llevó sus sagradas reliquias á Suecia con otras de otros santos. Y después de haber cumplido con el entierro de su bendita madre, se encerró en un monasterio de monjas, donde fué prelada, instruyéndolas según la regla, que su santa madre había dejado, y ella había aprendido. Mas como nuestro Señor obrase muchos, y grandes milagros al sepulcro de santa Brígida, pareció al rey de Suecia, y á los grandes y señores de aquel reino, que debían tratar con el sumo pontífice de su canonización: y para que tuviese más presto efecto, convenía, que su bija Catalina fuese á Roma; y ella lo tuvo por bien, y fué, aunque halló las cosas tan turbadas por la muerte del papa Gregorio XI y por el cisma, que se levantó en tiempo de Urbano VI, su sucesor, que no tuvo por entonces efecto lo que pretendía: y así, dejando las informaciones auténticas de los milagros, y lo demás que llevaba en Roma, se volvió á su patria, habiendo nuestro Señor hecho en Roma algunas cosas notables, y maravillosas por su santa Catalina: entre las cuales fué una, que habiendo caído mala una señora principal, y de mala vida, de una gravísima enfermedad, y no queriéndose confesar, ni aparejarse para morir, ni oír á santa Catalina, que le aconsejaba, lo que le convenía para su eterna salvación; la santa se puso en oración, rogando á nuestro Señor por aquella alma pecadora, y luego se levantó del Tíber un humo negro y espeso, y vino á dar sobre la casa, donde la enferma estaba", y la asombró de manera, que unos á otros no se podían ver, con ruido tan espantoso, que la pobre enferma despavorida, y como fuera de sí, llamó á Catalina, y con lágrimas le prometió hacer, todo lo que le mandase, y se confesó; y al día siguiente acabó su vida, con esperanza que dejó de su salvación.
Otra señora había mal parido siete veces; y hallándose preñada, y cerca de parir, se encomendó en las oraciones de santa Catalina: la cual la animó, y prometió hallarse á su parto. Hallóse; y parió viva y sana una niña, que se llamó Brígida, por devoción de su madre.
Salió el rio Tíber de madre, é inundó de tal manera la ciudad de Roma, que todos temían la última ruina y destrucción de ella. Rogaron á santa Catalina, que se opusiese á las ondas, y con su presencia y oraciones librase la ciudad de aquel peligro: y como ella por su humildad se excusase, la arrebataron, y llevaron como por fuerza, y la pusieron junto á las aguas; y en tocándolas con los pies, se volvieron atrás, y cesó aquel diluvio peligroso.
Estando en la ciudad de Nápoles, á donde había ido para recoger, y autenticar los milagros de su santa madre, le declaró una señora muy principal, que una hija suya viuda era muy molestada de un demonio cada noche torpemente, y que aunque lo había callado por vergüenza hasta entonces, ahora se lo había descubierto, para que se lo dijese, y le pidiese remedio, confiada de su santidad. La santa virgen le aconsejó, que se confesase de todos sus pecados pura, y enteramente; porque muchas veces por los pecados, que se callan en la confesión por vergüenza, permite nuestro Señor semejantes ilusiones, y que los demonios tengan fuerza para fatigar las almas, y oprimir los cuerpos con abominable tiranía. Dióle también otros santos consejos y devociones, y ofreció sus oraciones por ella; y al cabo de ocho días se halló la mujer del todo libre de aquel monstruo infernal, que tanto la perseguía y atormentaba.
Monasterio de Wadstena,
donde Santa Catalina fue abadesa
Habiendo, pues, la santa virgen estado cinco años esta vez en Roma; no teniendo esperanza de conseguir la canonización de su bienaventurada madre, por las causas que dijimos arriba, se volvió á su patria y monasterio, siendo muy visitada, y hospedada, y regalada de los príncipes y prelados, y ciudades de Italia, y Germania, por donde pasaba. En este camino también hizo nuestro Señor algunos milagros por ella, y entre ellos se cuenta: que habiendo caído del carro, en que iba dormido, uno de los que la acompañaban, y pasado por él la rueda del carro, y quebrantádole y hecho pedazos; haciendo oración por él santa Catalina, y tocándole con. las manos, luego estuvo sano. Lo mismo sucedió á otro, en llegando á su monasterio: porque habiendo caído de lo alto de un edificio, que se hacía, sobre muchos maderos y piedras, y quebranládose los huesos de manera, que apenas podía resollar; en tocándole la virgen, y hecha oración por él, luego se consolidaron los miembros, y cobró tan perfecta salud, que se volvió ó trabajar en la obra, alabando al Señor todos, y a santa Catalina, por cuya intercesión le había sanado.
Estaba en este tiempo la santa virgen muy flaca, y fatigada de dolores, y enfermedades del cuerpo; aunque muy entera y alegre en su espíritu. Tenía costumbre, desde que anduvo en compañía de su santa madre de confesarse cada día, y algún día dos y tres veces; así lo hizo en esta postrera enfermedad, aunque por la flaqueza de su estómago no se atrevía á recibir el santísimo Sacramento del altar; mós hác1asele traer, y le adoraba, y reverenciaba con grandísima devoción y humildad.
Finalmente, levantando los ojos al cielo, y encomendando su alma con el corazón al Señor, porque no podía con la lengua; estando presentes y deshaciéndose de lágrimas las monjas, dio su espíritu al que la había criado para tanta gloria suya. Apareció una estrella sobre el monasterio, en que murió, y fué vista de algunos religiosos de día y de noche, hasta que su sagrado cuerpo fué sepultado: y la misma estrella la acompañó, cuando la llevaron a enterrar á la iglesia. y estuvo en el aire sobre las andas; y en acabando de enterrarla, desapareció. Vinieron muchos arzobispos, obispos, abades, y prelados de los reinos de Suecia, Dinamarca, Noruega, y Gotia á su entierro, y el príncipe de Suecia, llamado Erico, con otros señores y barones, los cuales por su devoción llevaron sobre los hombros el cuerpo á la sepultura, y por la mucha gente que había concurrido, apenas se podía sepultar. Murió la santa virgen en el monasterio Uvatslríense á los 22 de marzo del año del Señor de 1381, é hizo nuestro Señor muchos milagros en su sepulcro. El Martirologio romano hace mención de esta santa á los 22 (24) de marzo, y el cardenal Baronio en sus anotaciones; y el padre Fr. Lorenzo Surio trae su vida en el segundo tomo.


 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.