viernes, 9 de octubre de 2026

S A N T O R A L


SAN DIONISIO, OBISPO, SAN RUSTICO Y SAN ELEUTERIO, MARTIRES 



Después que san Dionisio hubo gobernado la Iglesia de Atenas muchos años, y con su vigilancia y grandes trabajos recogido copiosas mieses en las trojes del Señor, y fué á Efeso á hablar á San Juan, evangelista, recién venido del destierra de Patmos, y por su consejo, siendo ya sumo pontífice y vicario de Cristo nuestro Salvador en la tierra, San Clemente, papa; partió para Roma á verse con él: de allí, quedando bien proveída la Iglesia de Atenas de pastor con la persona de Publio (que sucedió en ella á San Dionisio), fue enviado del mismo San Clemente á predicar á Francia la fé de Cristo, y alumbrar toda aquella provincia con la luz del Evangelio, que estaba por una parte muy dispuesta para recibirla, y por otra falta de obreros maestros que la enseñasen, por haber muerto los primeros discípulos que el apóstol San Pedro había enviado á ella.Llevó San Dionisio en su compañía á Rústico, sacerdote, y á Eleuterio, diácono, y á Eugenio, y á otros que se le juntaron. A Eugenio envió á España, y él entró en ella, y llegó hasta la ciudad de Toledo, y fué su primer arzobispo; y después volviendo á Francia, fué martirizado como en su vida y martirio (que es á los 15 de noviembre) se verá. Entró San Dionisio en Francia con sus santos compañeros: y sabiendo que la ciudad de París era muy populosa, rica y abundante, y cabeza de todas aquellas provincias, se fué á ella, para ganar aquel alcázar para Dios, y de allí hacer guerra al demonio. Allí comenzó á abrir su celestial pecho, y descubrir las riquezas de Dios que en él traía, predicando su Evangelio, y acompañando sus palabras con obras maravillosas y milagros que hacía. Con esto, y su vida santísima, y doctrina divina, en breve tiempo recibieron la lumbre del cielo, los que vivían en la sombra de la muerte; y despedidas las tinieblas de su ceguedad, abrieron los ojos para ver y conocer la luz de nuestras almas Jesucristo nuestro Redentor. Y no solamente en la ciudad de París se hacía fruto admirable, sino también en las otras partes adonde el santo con su bendición enviaba otros discípulos suyos. Iba esto creciendo de manera, que se convertían muchos caballeros ricos y sabios, y se derribaban los templos de los ídolos, y se edificaban muchas iglesias, donde el nombre de Jesucristo era alabado. Tuvo envidia de este gran bien nuestro común enemigo: procuró quitar del mundo a San Dionisio, que era el principal ministro de Dios para esta obra suya; y movió á los sacerdotes de los ídolos, para que lo procurasen matar: y habiendo venido muchas veces con gente armada para prenderle, resplandecía en el rostro de San Dionisio una luz tan celestial, que muchos de ellos se convirtieron, y los demás huyeron de espanto. Finalmente, un prefecto, llamado Fescenio Sisinio, le hizo prender juntamente con Rústico, y Eleuterio, sus compañeros. Tuvo Sisínio con el santo un largo razonamiento, reprendiéndole por haber quitado con su predicación la adoración de sus dioses, y exhortándole á confesar su error, y recompensar el daño que había hecho, con persuadir al pueblo que, dejadas las novedades sin fundamento que les había enseñado, volviesen á lo antiguo: y como San Dionisio le respondiese con gran libertad, y celo de la honra de Dios, mostrándole cuan indignos eran de ser tenidos por dioses, los que habían sido hombres viciosísimos, y que adorar piedras y palos, era mayor ceguedad, y que no había otro Dios verdadero, sino el que él predicaba; el juez, enojado de su respuesta, lo mandó azotar terriblemente, y después ponerlo sobre parrillas, y á fuego manso quemar. Y añado Hilduino, que después le echaron á las bestias fieras hambrientas, y que haciendo la señal de la cruz sobre ellas, se postraron á sus pies; y que no contentos con esto, le arrojaron en un horno ardiendo, y habiendo salido de él, lo crucificaron y que desde la cruz predicaba á Cristo nuestro Redentor; y viendo que no moría, le desclavaron y pusieron en la cárcel con otros cristianos presos, donde el santo dijo misa, para animarlos con la sagrada comunión; y al partir la sagrada hostia, apareció á todos visiblemente Cristo nuestro Señor con una desacostumbrada luz, y habló con San Dionisio, esforzándole al martirio.
Fueron otra vez presentados delante del juez San Dionisio, y sus compañeros, y de nuevo azotados: y visto por el juez, que no morían, y que sufrían todos los tormentos con admirable constancia y alegría, levantándose con furor de su silla, dijo: Los dioses son menospreciados, los emperadores desobedecidos, y los pueblos engañados con vuestros encantamientos, haciendo milagros falsos: delitos son estos que merecen ser con rigor castigados: por tanto yo mando que luego seáis muertos. A esta voz San Dionisio, Rústico y Eleuterio, sin mostrar en sus rostros turbación, respondieron muy contentos: Sean semejantes á los dioses, los que los adoran; que nosotros á Dios del cielo adoramos. Encendióse el impío juez con las piadosas palabras de los santos y mandó luego ejecutar en ellos la sentencia de muerte. Sacáronlos fuera de la ciudad á un monte alto, y entregáronlos á los verdugos, para que los degollasen. San Dionisio se puso de rodillas, y levantadas las manos, y puestos los ojos en el cielo, dijo: Señor Dios Padre todopoderoso, y Jesucristo, Hijo de Dios vivo, y tú, Espíritu Santo, Consolador, que sois un Dios en la misma substancia, y una indivisible Trinidad, recibid en paz las almas de estos vuestros siervos; pues por vuestro amor perdérnosla vida. Respondieron Rústico y Eleuterio, en voz alta: Amen. Acabada esta oración les corlaron las cabezas con unas cuchillas, ó hachas de armas embotadas, y de grueso filo para mayor tormento, como el juez lo había mandado. Degolláronlos allí en aquel monte, que hoy día se llama: Mons Martyrum: El monte de los Mártires, por memoria y reverencia de ellos, y el mismo día padecieron en París martirio muchos cristianos. Pero sucedió, después que los martirizaron, un milagro de grande admiración. Levantóse el cuerpo de San Dionisio en pié, y tomó su propia cabeza en sus manos, como si fuera triunfando, y llevara en ella la corona, trofeo de sus victorias.
Iban los ángeles del cielo acompañando al santo, cantando á coros himnos con una celestial armonía y consonancia, y acababan con aquellas palabras: Gloria tibi, Domine, Alleluya; y la gente, que oyó las voces (que era innumerable) y muchos de los ministros, que le habían perseguido, creyeron en el Señor, haciendo penitencia de su infidelidad. Anduvo el santo con su cabeza en las manos, como dos millas, hasta que encontró con una buena mujer, llamada Catula, que salía de su casa; y llegando el cuerpo de San Dionisio á ella, le puso su cabeza en las manos. Habíanse quedado en el lugar del martirio Rústico, y Eleuterio: y tratando los impíos ministros de echarlos en el río, para que los comiesen los peces, y no fuesen honrados de los cristianos; la religiosa mujer Catula con gran sagacidad y prudencia convidó á comer á aquellos ministros de Satanás en su casa, y los regaló, y entretuvo hasta que los cristianos tomaron aquellos sagrados cuerpos de los mártires, y los escondieron. Después los paganos los buscaron, y por no hallarlos, se embravecieron é hicieron grandes amenazas; mas ella los aplacó con dádivas, y con maña puso los santos cuerpos en una casa particular, fuera de los muros de París; y pasados algunos años, se les edificó allí un famoso templo, donde reposan; y los que visitan sus santas reliquias, por su intercesión alcanzan grandes misericordias del Señor.
En la abadía de Saint Denis es donde
se entierran los reyes de Francia
Pero mucho más magnífico y suntuoso se hizo el sepulcro de San Dionisio, después que los cristianísimos reyes de Francia le ennoblecieron con suntuosos y magníficos edificios, y lo acrecentaron con grandes rentas, y le escogieron para su entierro. Fué el martirio de San Dionisio á los 9 de octubre, imperando Adriano, á los ciento y diez años de su edad. Verdad es que Metafraste, Hilduino, é Hinemaro, obispo de Rheims, y otros, dicen que murió en tiempo del emperador Domiciano, de noventa y un años; pero, ni lo uno, ni lo otro, puede ser verdad. Lo primero; porque en una epístola, que el mismo San Dionisio escribe al apóstol y evangelista San Juan, desterrado en la isla de Palmos, le dice que había tenido revelación de Dios, que saldría libre de aquel destierro, y volvería á Asia, y que allí los dos se verían: lo cual se cumplió cuando á Domiciano, ya muerto, sucedió Nerva, y se anularon los decretos crueles de Domiciano, y los presos y desterrados fueron restituidos á su libertad: y el mismo San Dionisio cita la epístola de San Ignacio ya difunto, que escribió á los romanos: el cual (como es notorio) fué coronado de martirio en tiempo de Trajano, que sucedió á Nerva. Miguel Singelo dice, que llegó San Dionisio á los postreros años del imperio de Trajano; más los Martirologios antiguos ponen el martirio de San Dionisio, imperando Adriano, como lo notó el cardenal Baronio. De esta manera se saca lo segundo, que es haber vivido San Dionisio ciento y diez años; porque (como dijimos) en la epístola, que escribe á Apolofanes, dice que al tiempo del eclipse, y pasión del Señor, él tenía veinte y cinco años: habiendo muerto el año por lo menos de 119, en que Adriano comenzó á imperar, necesariamente le habemos de dar esta edad, y no la que le daban oíros autores, como el mismo cardenal Baronio lo prueba en sus Anales.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

jueves, 8 de octubre de 2026

S A N T O R A L


SANTA PELAGIA, PENITENTE


Celebrándose en la ciudad de Antioquía un concilio de ocho obispos en la iglesia de San Julián, mártir, y estando predicando Nono, obispo de Edesa, que era uno de ellos, varón perfectísimo, y de admirable santidad, pasó á deshora delante de la puerta de la iglesia donde estaban sentados los obispos, una famosa ramera, llamada Pelagia, con gran ruido y aparato. Iba sobre un jumento al uso de la tierra, acompañada de gran número de criados y criadas, y ella tan compuesta y ataviada, que no solamente las ropas que llevaba encima, eran galanas y ricas, y cubiertas de oro, sino que el tocado y el calzado iban sembrados de perlas y piedras de gran valor. Llevaba descubierta la cabeza y los pechos, y al cuello ricos collares de oro: volvía los ojos lascivos, mirando á una parte y á otra: su hermosura era tan grande, que los hombres carnales no se hartaban de verla: iba tan llena de olores, que cuando llegó cerca de la puerta dé la iglesia, todos los que allí estaban sintieron una fragancia y olor suavísimo. Ofendió este espectáculo sobre manera á los obispos que estaban en el concilio: los cuales, dando algunos gemidos dolorosos, volvieron su rostro por no ver a la que con tan grande desenvoltura y desvergüenza se les presentaba: solo Nono fijó los ojos en la triste mujer, y la miró atentamente, y no dejó de mirarla todo el tiempo que la pudo ver; y después que pasó, volviéndose á los obispos con muchas lágrimas y suspiros, les preguntó si se habían deleitado en ver aquella mujer: y callando ellos, él dijo: Pues á mi grandemente me deleitó, porque creo que Dios ha de tomar á esta mujer, en el día de su tremendo juicio, por medio para juzgarnos á nosotros y pedirnos cuenta de nuestro oficio y ministerio: y fué declarando la solicitud, y cuidado, y tiempo que ponía aquella mujer en afeitarse, engalanarse, componerse, y por agradar á los ojos de los hombres, que hoy son, y mañana no; y el descuido con que nosotros vivimos, sin limpiar y adornar nuestras almas, para que parezcan bien á aquel Señor, que es Rey del cielo y de la tierra, y paga con galardón eterno á todos los que le sirven.

Acabado su razonamiento, se fué á su aposento, y se derribó en el suelo, dándose golpes en los pechos, y derramando muchas lágrimas, pedía perdón á Dios de sus pecados y de la negligencia con que le servía siendo sacerdote y obispo, y participando cada día de sus divinos misterios, y estando obligado á dar ejemplo á los demás, y viendo que el trabajo que un solo día tomaba en aderezarse aquella desventurada pecadora, excedía al que en toda la vida él tomaba en componer su alma: y no se hartaba de llorar, ni de lamentarse de sí mismo, cotejando por una parte, quién era aquella mujer, y quiénes eran los hombres, y lo que hacía por parecerles bien; y por otra, quién era él, y quién es Dios, y lo poco que hacía por agradarle. Vino el domingo: y estando todos los obispos en la Iglesia, acabado de decir el santo evangelio, el patriarca de Antioquía dio el libro á Nono, rogándole que predicase al pueblo. Él lo hizo, descubriendo el tesoro escondido de sabiduría y espíritu divino que el Señor había encerrado en su pecho. Usaba de palabras no pulidas, ni elegantes, ni de razones sutiles y filosóficas, ni de arte de retórica y elocuencia, sino de unas sentencias macizas y verdaderas, envueltas con el espíritu de Dios, agudas y eficaces para quebrantar y ablandar los corazones endurecidos. Comenzó á reprender los vicios, y á poner delante el tremendo juicio de Dios, el castigo de los malos, y el premio de los buenos, con tanto fervor, que oyendo las palabras del santo obispo, todo el auditorio se movió y compungió y lloró muchas lágrimas. Hallóse presente á este sermón aquella mujer pecadora y profana que dijimos arriba: la cual, aunque no era cristiana, ni solía oír sermones, ni tener cuenta con su conciencia, ni venir á la iglesia; mas aquella vez vino por ordenación de Dios, que por este medio la quería salvar. Fué tanto lo que las palabras de Nono obraron en ella, y lo que el Señor enterneció su corazón, que despidiendo de sus ojos muchas lágrimas, acabado el sermón, y sabiendo que el predicador estaba en su celda, le envió con dos criados suyos una carta en que decía estas palabras: «Al santo discípulo de Cristo, la pecadora y discípula del demonio. Oído he de tú Dios, que descendió de los cielos á la tierra por la salud de los hombres, y que aquel, á quien los querubines no osan mirar, conversó con publicanos y pecadores, y no se desdeñó de hablar con una mujer Samaritana y pecadora. Pues siendo tú discípulo de este Señor, no es justo que menosprecies á una pecadora como yo, negándome tu habla, por medio de la cual deseo ver á Jesucristo».
Turbóse con esta carta san Nono, temiendo que el demonio no le quisiese armar algún lazo por medio de aquella deshonesta y atrevida mujer; y respondióle, que bien sabia Jesucristo, quién ella era, y la intención que tenía: que no le tentase; porque era hombre y pecador, y que en ninguna manera consentiría que le hablase sino delante de los otros obispos. Ella se contentó con esta respuesta, y con grande alegría se fué á la iglesia del bienaventurado mártir san Julián, donde estaba san Nono delante de los otros obispos, y se postró delante de ellos en el suelo, y abrazándose con los pies de Nono, con los ojos como dos fuentes de lágrimas, le comenzó á suplicar que imitase á su maestro Jesucristo, y la bautizase é hiciese cristiana; porque era un piélago de torpezas, y un abismo de maldades. Y como el santo obispo le dijese, que los sagrados cánones vedaban bautizar á ninguna mujer públicamente mala, si no daba fianzas de no volver á su mal estado; ella con gran fervor le replicó, deshaciéndose en lágrimas, y lavando con ellas los pies del obispo, que mirase lo que hacía; porque él había de dar cuenta á Dios de su alma y de todos sus pecados, y que Dios se la pediría, si dilatase el bautizarla y limpiar su alma de las manchas de ellos: y que rogaba á Dios, que no tuviese parte en él con sus santos, y que fuese juzgado como si le negase, si aquel día no la hiciese esposa de Cristo, y no la ofreciese pura y sin mácula en su presencia. A todos los obispos convencieron las palabras tan ardientes y fervorosas, y más los sollozos y lágrimas de aquella pública pecadora, y dieron aviso al patriarca de lo que pasaba, rogándole que les envíase una mujer de buena vida y ejemplo; y así lo hizo mandando ir á la iglesia á una señora, llamada Romana, que tenía el primer lugar entra las mujeres dedicadas á Dios. Vino Romana a la iglesia, y halló á la pecadora abrazada con la tierra; y apenas la pudo persuadir que se levantase de ella: y el santo obispo le preguntó, cómo se llamaba; y ella respondió, que sus padres le habían puesto por nombre Pelagia, aunque los ciudadanos de Antioquía le llamaban Margarita, por las muchas margaritas y perlas preciosas que traía en sus vestidos y galas, siendo para muchas almas lazo de Satanás. Con esto el santo obispo la bautizó con nombre de Pelagia: y hechas las de más ceremonias, le dio el santísimo sacramento del cuerpo de Jesucristo, y la entregó á Romana para que la instruyese y enseñase en las cosas de la fé.
Gran regocijo hubo en la ciudad de Antioquía, por ver la conversión de una pecadora tan pública y famosa, especialmente los obispos se alegraron por extremo é hicieron gracias al Señor; pero el que más demostración hizo, fué el santo obispo Nono, que la celebró con los ángeles del cielo, é hizo fiesta aquel día, echando aceite en la comida y bebiendo vino por haber ganado aquella mujer para Dios: más al tiempo que comía, se oyeron unas voces lamentables y unos alaridos espantosos como de persona que se quejaba y á quien se hacía alguna fuerza; y era el demonio que se lamentaba por haber perdido aquella lloradora, en quien como en cebo sabroso picaban tantas almas, y tragaban el anzuelo de su condenación. Oyóse que decía: ¡Ay de mi miserable, cómo es grande el mal que padezco por este viejo decrépito! ¿No le bastara que me quitó de las manos treinta mil sarracenos que bautizó y ofreció á Dios? ¿No se contentara con que quitó de mi jurisdicción á la ciudad de Heliópolis, donde yo era adorado y reverenciado, y la restituyó á su Dios? Ahora me ha quitado mi esperanza: ya esto no se puede sufrir. O hombre maldito, ¡cuánto padezco por tí! Maldito sea el día en que naciste; pues me haces tan cruel guerra. Estas voces daba el demonio, oyéndolas los que allí estallan; pero como eran sin provecho, acometió luego á la nueva cristiana: quejóse de ella, porque le había hecho traición y vendido como Judas, habiéndola él enriquecido y honrado tanto. Oyendo Nono lo que el demonio decía á Pelagia, porque estaba cerca; le dijo que se armase con la señal de la cruz. Ella lo hizo, y el demonio huyó, y la dejó por entonces: aunque dos días después, estando durmiendo una noche, le apareció y le dio nuevas quejas; más ella con las mismas armas se defendió y se libró de sus manos. Pues ¿quién no ve en estas quejas de Satanás la parte que él tiene en las mujeres, que son el tropiezo y escándalo de la república, y que se sirve de ellas como de red, para pescar y coger las almas de la gente liviana y deshonesta? ¿Quién por aquí no entiende cuan acepto y agradable servicio hace á Dios, el que se emplea en convertir los pecadores y librarlos del cautiverio del demonio, y traerlos al conocimiento y amor del Señor; y la rabia y saña que tiene el común enemigo, contra los que le hacen este género de guerra? Mas al tercero día después del bautismo, mandó Pelagia á un criado suyo que hiciese inventarío de todos sus bienes, y que le trajese toda la plata, oro, joyas y piedras preciosas y vestidos ricos que tenía; y traído, lo entregó todo en manos del obispo Nono, para que dispusiese de ello á su voluntad: y él mandó al mayordomo de la iglesia, que todo lo repartiese á las viudas, huérfanos y pobres, sin que cosa alguna de ello quedase á la iglesia; y así se hizo.
Llamó después Pelagia á sus esclavos y esclavas, y dióles libertad con algunas joyas que para ello había guardado, exhortándoles á mirar por sí y liberarse de la tiranía y vanidad del siglo. A los ocho días, cuando los nuevamente bautizados dejaban la vestidura blanca que recibían en el bautismo, ella se la desnudó y se vistió de un áspero cilicio; y sin decir nada á nadie, secretamente una noche se partió de Antioquía, dejando á Romana, su maestra, muy desconsolada por no saber a dónde Pelagia se hubiese ido; más el obispo Nono la consoló, diciéndole que Pelagia había escogido la mejor parte como María Magdalena, y era guiada de Dios; que no tuviese pena. Ella se fué á Jerusalén, y en el monte Olívete edificó una celda y se encerró en ella vestida de hombre, y con nombre de Pelagio. De allí á tres á cuatro años, yendo á Jerusalén por su devoción un diácono del santo obispo Nono, que se llamaba Jacobo (que es el que como testigo de vista escribe esta historia), el obispo lo mandó que en Jerusalén preguntase por un monje llamado Pelagio, que había vivido algunos años solo y encerrado, y que de su parte le visitase. Hízolo así el diácono: hallóle en la celda del monte Olivete que he dicho, que tenia una sola ventanilla, á la cual se asomó Pelagio: y aunque conoció al diácono, no fué de él conocido; porque con los ayunos y penitencias estaba muy desfigurado y flaco, el color pálido, los ojos hundidos, y como un vivo retrato de la muerte.
Dióle el diácono el recado de su obispo; y él le respondió que era varón santo, y que rogase á Dios por él, y cerró su ventanilla. Volvió otras veces el diácono para saludarle, y llamó á la ventana dos y tres días: y como ninguno respondiese, mirando por la ventana lo mejor que pudo, vio que estaba muerto el monje Pelagio. Dio nueva de su muerte á otros santos monjes, entre los cuales tenia gran fama de santidad. Juntáronse muchos y fueron á la celda de Pelagio, y sacando el santo cuerpo, y queriéndole ungir con mirra (como entonces se usaba), hallaron que era mujer; y á una levantaron la voz alabando al Señor, y dijeron: Bendito seáis vos, Dios nuestro, que tenéis tantos tesoros escondidos en la tierra, no solo entre los hombres, sino entre las mujeres. Divulgóse el caso por toda aquella tierra, y vinieron de los monasterios de mujeres, que estaban en Jericó y en el Jordán, muchas de ellas con cirios y lumbres, y fué su santo cuerpo sepultado. Esta fué la vida de Pelagia pecadora: esta fué su conversión. El Martirologio romano y el de Usuardo ponen su muerte á 8 de octubre; y á lo que se puede entender de Niceforo y del cardenal Baronio en sus anotaciones sobre el Martirologio, fué su muerte, siendo emperador Teodosio el menor. También hace mención el Martirologio romano de Nono, obispo de Edesa, en 2 de diciembre, que fué el que la convirtió.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

miércoles, 7 de octubre de 2026




Devoción al santo rosario: el "arma" del contra-revolucionario

Como sabemos, un gran mérito de la devoción al santo rosario es que ella fue revelada por nuestra Señora a Santo Domingo como un medio para reavivar la fe en las regiones muy devastadas por la herejía de los albigenses.

Por Plinio Corrêa de Oliveira

El santo rosario fue revelada por nuestra Señora a Santo Domingo

Realmente, la generalización de la práctica del rosario obtuvo un reavivamiento de la fe. Con esto el rosario pasó a ser, en las épocas en que hubo verdaderamente fe en el mundo, una de las devociones clásicas católicas. A tal punto que no solo las imágenes de nuestra Señora del Rosario se generalizaron por toda la tierra, sino también la práctica de esta devoción era un elemento oficial del hábito de muchas órdenes religiosas.

De entre las mil cosas que se podrían decir a respecto, gustaría de acentuar exactamente esta ligación del origen del rosario y la virtud de la fe, entre el rosario y la derrota de los herejes. El rosario siempre fue considerado un arma potentísima de la fe. Sabemos que la virtud de la fe es la raíz de todas las virtudes, y las otras tienen que brotar de una fe viva, o entonces ellas no son auténticas virtudes. Por lo tanto, no adelanta pretender cultivar las otras virtudes y ser negligentes con la virtud de la fe.

Para nosotros, que llevamos una vida de lucha legal y doctrinaria en favor de la ortodoxia, y que consideramos la victoria de la ortodoxia y de la Contra-Revolución en el mundo un ideal de nuestra vida, esta devoción dice mucho. Precisamente porque ella establece el nexo entre nuestra vida y la devoción a nuestra Señora, que aparece claramente aquí como siendo aquella que sola aplastó todas las herejías, como dice la liturgia. Las aplastó, en gran parte, por el rosario.

El rosario es el “arma” de la ortodoxia, el “arma” del ultramontanismo, y la devoción por la cual aplastamos las raíces del mal espíritu que pueda haber en nosotros, y derrotamos la herejía y el mal espíritu y la lucha que estos mueven contra nosotros. De manera que el rosario es una práctica típica para nosotros, y es por esta razón que insistimos tanto sobre ella. De tal manera que se debe considerar que la vida de un contra-revolucionario sólo es normal y sólo está en regla, cuando, entre otras cosas, reza diariamente los tres misterios del rosario.

No tiene propósito que alguien diga lo siguiente: “Prefiero rezar una decena bien rezada en vez de un rosario entero como un papagayo”. Hubo un santo a quien una persona le dijo esto y él le respondió: “Está bien rece con todo recogimiento un avemaría”. La persona intentó rezarlo, y no consiguió. Alguien me dijo que Santa Teresita jamás consiguió, en toda su vida, rezar un Avemaría sin distracción.

La verdad es que rezar sin distracción un avemaría es una obra prima. Y puesto que difícilmente se consigue rezar un Avemaría sin una cierta distracción, vale la pena compensar la falta de calidad por la cantidad. Si apenas soy capaz de rezar avemarías con distracción, es mejor rezar 50 avemarías con distracción de que un avemaría con distracción. Es evidente.

De manera que el rezo del rosario tiene mucho valor. Es una oración humilde, no presumida, no tiene la manía protestante de exceso de prestar atención en las cosas. Por el contrario, comprende la fragilidad humana e impulsa las cosas para que progresen. Por eso la repetición que hay en el rosario está lejos, y hasta muy lejos, de ser estéril. Ella tiene el gran mérito de la insistencia. El propio nuestro Señor recomendó, como una de las cualidades de la oración, que ella fuese insistente. La oración insistente consigue las cosas. Si insistimos, aunque apenas verbalmente, obtendremos la gracia.

Por lo tanto, recomiendo la oración del rosario como siendo el “arma” del contra-revolucionario para perseverar, para santificarse y para derrotar las herejías.


Fuente: Conferencia de Plinio Corrêa de Oliveira, sin revisión del autor

martes, 6 de octubre de 2026

S A N T O R A L

San Bruno de Colonia

Fundador de los Cartujos

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Escenas de la vida de san Bruno y de la orden de la Cartuja


Dotado de una de las más bellas inteligencias de su siglo, aplaudido en toda Europa como Maestro, San Bruno dejó todas las glorias humanas y se encerró en el desierto de la Cartuja, a fin de vivir solamente para Dios.

Plinio María Solimeo

“Grandeza de nacimiento, grandeza de espíritu, grandeza de fortuna, gracias exteriores, inteligencia clara y vigorosa, incomparables aptitudes para las ciencias, dones ya magníficos que hacían brillar al más bello de ellos, la virtud: he ahí en qué medio de esplendor se desarrollaba aquella joven alma”.1 Es así como un hagiógrafo describe la infancia y adolescencia de San Bruno de Hartenfaust, nacido en Colonia alrededor del año 1030, cuya fiesta conmemoramos el día 6 de octubre.
Siendo muy joven fue a complementar su educación en Reims, atraído por la reputación de su escuela episcopal y de su director, Heriman.2 Allí brilla, obteniendo siempre los primeros puestos en todos los estudios. Al graduarse es nombrado profesor, adquiriendo fama, sobre todo por la solidez y profundidad de su doctrina. Pero el joven maestro Bruno Gallicus —como era conocido en los medios universitarios de la Europa de entonces— o simplemente Maestro Bruno, no se deja ilusionar por el éxito. Desde hace mucho su noble alma aspiraba a una gloria imperecedera, y a servir a otro Señor y no al mundo. La corrupción de su época lo entristecía; la simonía (venta de beneficios eclesiásticos), que entonces se propagaba en los ambientes del clero, le causaba indignación; la herejía lo horrorizaba. Quería reformar el mundo, y no ser seducido por él.
Por ello regresó a su Colonia natal y allí se ordenó sacerdote, entregándose más tarde a la evangelización del pueblo pobre e ignorante en los lugares más apartados.

Formador de futuros santos

Pero si él huye de la gloria, ésta lo persigue. El arzobispo de Reims, Gervasio, también quiere reformar su diócesis y piensa en el joven levita. Y Bruno retoma su cátedra, es nombrado canciller de la curia, director de estudios e inspector de todas las escuelas de la diócesis.
Entre sus alumnos de teología, se distinguen dos que tendrían un gran papel en el futuro: San Hugo, futuro obispo de Grenoble, y el bienaventurado Urbano II, el Papa de las Cruzadas.
Sin embargo, “Maestro Hugo es un hombre austero y grave. No sonríe ante los aplausos ni parece tener en gran estima su renombre de sabio. En su comportamiento y en su palabra hay un qué de desengaño, que no puede encubrir el brillo de todos sus éxitos. [...] Entre otras cosas, decía: «Feliz el hombre que tiene su mente fija en el Cielo y evita el mal con vigilancia continua; feliz también aquel que, habiendo pecado, llora su crimen con arrepentimiento. Pero, ¡ay de los hombres que viven como si la muerte no existiese y como si el infierno fuese una pura fábula!»”.3
Y el mal se aproxima de él en la persona del nuevo arzobispo, Manasés, que a fuerza de intrigas había conseguido tomar posesión de la Sede de Reims. Bruno se levanta contra los escándalos del nuevo arzobispo y apela al legado del Papa. Un Concilio en Autun, del cual fue el alma, condena a Manasés, que es obligado a dejar el cargo y muere en la oscuridad, después de todo el mal que había hecho.


Fundación de la Cartuja: vocación realizada

Vista actual de la Gran Cartuja fundada  por
 San Bruno en 1084, en Grenoble, Francia
Esa misma noche, durante el sueño, aquellos tres ángeles se le aparecieron a San Hugo, en Grenoble, anunciándole la próxima venida de su amigo y compañeros. El prelado fue transportado aún en sueños hasta un lugar eriazo y agreste de su diócesis, donde vio erguirse un templo y bajar sobre él a siete estrellas del cielo. Representaban a San Bruno y sus seis compañeros.

San Hugo revistió a los nuevos solitarios con un hábito de lana blanca y después los llevó hacia el lugar visto en sueños.
Así, San Bruno tomó posesión del desierto de la Cartuja —que más adelante daría el nombre a su Orden— y comenzó a vivir la vida que había imaginado para sí y para los suyos.

Austeridad de vida toda vuelta hacia Dios

Lo que el santo anhelaba era vivir en el aislamiento, del modo más semejante posible al de los primeros eremitas del desierto, pero teniendo al mismo tiempo los recursos de la vida cenobítica, es decir, en comunidad. Y fundó así una de las Ordenes más austeras de la Iglesia. Los cartujos usan “ásperos cilicios, hacen largas vigilias, ayuno continuo, silencio perpetuo con los hombres y conversación incesante con Dios. Nunca comen carne, su pan es un pan negro de cebada; admiten pescado, si se los ofrecen, pero jamás los compran. Únicamente los jueves y los domingos llegan a su mesa queso y huevos. Los martes y sábados se alimentan de legumbres cocidas. Los lunes y miércoles ayunan a pan y agua. No tienen más que una comida diaria. En la puerta de sus celdas mueren los rumores del mundo externo. Rezan, transcriben códices y trabajan en el jardincito circundante [...]. Sólo se reúnen en la iglesia para rezar Maitines, a la medianoche, y durante el día para la Misa y Vísperas. Fuera de eso viven a solas, «dirigiendo a Dios sus oraciones, con los ojos fijos en la Tierra y los corazones elevados al Cielo»”.4
El obispo Hugo dispuso la construcción de una iglesia y de pequeñas celdas de madera para cada uno de los monjes. De vez en cuando, iba a pasar períodos de recogimiento entre los monjes, como uno de ellos

Contra el cisma reinante, al servicio de la Iglesia

El Papa Urbano II y Sn Bruno, su confesor
Los 
primeros años de la recién fundada Cartuja pasaron rápidamente en el fervor de la contemplación y de la oración. Pero la Tierra no es Cielo, y la felicidad perfecta tiene su límite. Cierto día, Bruno recibió un correo urgente de su ex-discípulo y entonces Padre de la Cristiandad, el Papa Urbano II: el Emperador Enrique IV no había aprobado su elección al Solio Pontificio y provocaba un cisma en la Iglesia al elegir un antipapa, Guiberto. El verdadero Papa, necesitado de los consejos y de las luces de San Bruno, lo llamaba a Roma. Éste, lleno de tristeza por el futuro incierto de su obra, designó a Landuino como superior en lugar suyo y partió hacia la Ciudad Eterna.
El Papa lo recibió con todas las honras y la estima con que un discípulo recibe a su maestro. Pero las aprehensiones del Santo, al dejar la Cartuja, se realizaron: sin el maestro y superior, los otros seis monjes no aguantaron, y terminaron siguiéndolo a Roma. Urbano II designó un lugar para alojarlos en las Termas de Diocleciano, donde ellos intentaban llevar la vida contemplativa que seguían en la Cartuja. Pero no era la misma cosa. Poco a poco, los fugitivos se fueron dando cuenta de que su lugar era allá en la Cartuja, y no en medio a una ciudad cosmopolita como Roma. Y, animados por Bruno, emprendieron el camino de regreso.
Como un buen padre, él mantenía un contacto constante por carta —tanto cuanto era posible en aquellos tiempos— con sus hijos espirituales, estimulándolos, instruyéndolos, robusteciéndolos en la vocación, respondiendo a sus dudas y animándolos a que perseverasen.
Se cuenta que, cierto día en que ellos pasaban por grandes pruebas y a punto de abandonarlo todo, se les apareció un venerable anciano que les disipó todas las dudas, como apartando con la mano la tentación, asegurándoles que la Santísima Virgen velaba por ellos y sería siempre su abogada y protectora. Dicho esto, el anciano desapareció, por lo que los monjes supusieron que fuera San Pedro, mandado por Dios para animarlos. Con eso preservaron, y desde entonces siempre hubo monjes en aquel monasterio hasta 1903, cuando nuevas leyes persecutorias de la Iglesia en Francia expulsaron a los religiosos del país, incluso a los cartujos. Pero después de la Segunda Guerra Mundial, allí estaban ellos de vuelta, y allí permanecen hasta hoy.

Segunda Cartuja, en la Calabria

¿Y San Bruno? En Roma imploraba al Papa, día y noche, que le permitiese regresar a su querida soledad. El Papa estuvo tentado a aceptar el pedido de los habitantes de Reggio Calabria, dándoles al santo por arzobispo. Pero ante la insistencia de Bruno, y juzgando que tal vez estuviese yendo contra la voluntad de Dios si desatendía sus justos pedidos, accedió en parte a ellos. Empero, para tenerlo más a mano en el caso de alguna necesidad, le recomendó que escogiese cualquier otro lugar solitario más cerca de Roma. Así San Bruno, con algunos nuevos discípulos, encontró un valle en la Calabria, que fue la cuna de la segunda Cartuja.
Allí pasó los últimos días de su vida en la contemplación y escribiendo comentarios a los Salmos y a las Epístolas de San Pablo. “Sus sentidos no le servían sino para las necesidades indispensables del cuerpo y para los oficios de piedad. Su conversación estaba continuamente en el Cielo, y gozaba de una paz y una tranquilidad de alma tan perfecta, que ya experimentaba, por adelantado, el reposo y las dulzuras de la eternidad”.5
Al fin llegó para él ese tan esperado tiempo. Y, rodeado de sus discípulos, entregó su alma a Dios un domingo, 6 de octubre de 1101.
Notas.-
1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, vol. XII, p. 91.
2. Ambrose Mougel, The Catholic Encyclopedia, 1908, vol. III, edición online.
3. Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. IV, p. 48.
4. Id., pp. 50-51.
5. Bollandistes, op. cit., p. 98.

 Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-233-san-bruno-de-colonia