lunes, 24 de agosto de 2026

S A N T O R A L

SAN BARTOLOMÉ, APOSTOL


El Evangelio de San Juan, desde sus primeras páginas, nos presenta al Apóstol cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Su verdadero nombre es Natanael, que significa don de Dios. Más parece que por costumbre se le designaba únicamente con el nombre de Bartolomé, que quiere decir hijo de Tolmai. Natanael fué verdaderamente un don de Dios para los innumerables paganos a los que, con peligro de su vida, llevó la buena nueva de la salvación.

LA VOCACIÓN DE SAN BARTOLOMÉ

Formó parte del grupo de los cinco Apóstoles privilegiados que Jesús reunió antes de comenzar su vida pública y que fueron testigos de su primer milagro.
Jesús, en efecto, estando todavía cerca del lugar de su bautismo, había retenido junto a si a Juan y a Andrés, que el Bautista le había enviado; a Pedro, llevado por su hermano, y a Felipe, a quien había llamado Él mismo. Y parece que fué entonces, de camino para las bodas de Caná, cuando Felipe, ardiendo ya en el deseo de ganar almas a Jesucristo, presintió la vocación de su amigo Natanael, a quien, en viéndole, habló del Mesías en estos términos: "Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y los profetas, a Jesús, Hijo de José de Nazaret".
Esta profesión de fe, tan sencilla pero tan firme, no llegó a convencer al piadoso Natanael, aunque procedía de un amigo en quien no podía tener duda. El nombre de Nazaret le disgustó. Nazaret era una pequeña ciudad de mala fama. Escéptico, respondió: "¿Puede salir algo bueno de Nazaret?" Felipe entonces tuvo el arranque de todo verdadero discípulo de Jesús. En vez de entrar en discusiones, invitó a su amigo a juzgar por sí mismo: "Ven y verás". Ningún corazón recto que encuentre a Jesús puede permanecer indiferente. Al momento queda conquistado. Los Apóstoles mejor que nadie lo pudieron comprobar. Sabían que su actividad para nada valía si no iba acompañada de la de Cristo. No hay hombre que pueda hacer nacer la fe sobrenatural o el amor divino en el corazón de otro hombre. Eso es obra de Dios solo. El Señor es el único autor de la gracia. Únicamente pide a los Apóstoles que le traigan las almas y Él las hará hijas de Dios. El Apóstol, servidor dócil y fiel, desaparece humildemente ante su Maestro. Sabe que una vez que ha dicho: "Ven y verás", ha cumplido todo su ministerio.

EL ACTO DE FE DE SAN BARTOLOMÉ

El amigo de Felipe, tocado ya en el fondo de su corazón por la llamada del Padre "que lleva las almas al Hijo" y preso de una profunda conmoción, se acercó a Jesús. Y Jesús, al verle llegar, le saludó jubilosamente: "He aquí un verdadero Israelita, en quien no hay dolo". ¡Magnífica declaración de parte del Supremo Juez, cuya mirada penetra los más íntimos repliegues de las conciencias! Por entonces, téngalo presente el lector, la casuística farisaica había cambiado en muchos puntos la moral natural y había convertido a los Judíos en ergotistas, falsos, hipócritas; por lo cual, la lealtad profunda de Natanael era ya una virtud rara en el pueblo de Dios. Y se explica la explosión de alegría en el Mesías al encontrar, en medio de su pueblo corrompido, un verdadero Israelita.
Pero Bartolomé era además un alma humilde. Aquel elogio público y repentino le asustó; tal vez hasta le desagradó. Buscó el modo de aminorarle discutiendo su verdad: "¿De qué me conoces?", replicó; ¿cómo puedes saber lo que valgo? Y Jesús, mirándole con una mirada divina y humana que penetraba en lo más hondo de las almas para saciarlas en su sed de Dios, le respondió sencillamente: "Antes de llamarte Felipe, cuando estabas bajo la higuera, te vi".
Misteriosa respuesta que sólo podía darla el que lee en las conciencias. La continuación del diálogo nos deja entrever a qué preocupaciones secretas de Natanael debió de responder el Señor. Poco antes, oculto en la sombra de una higuera, Bartolomé se había puesto en oración. Como buen Israelita, había pedido a Dios que salvase a su pueblo de la esclavitud y cumpliese la profecía de Daniel enviando al "Hijo del hombre", a quien el profeta habla visto caminar sobre las nubes, rodeado de Ángeles, y a quien se le había dado "el señorío, la gloria y el imperio" sobre todos los pueblos, por toda la eternidad. Había también pedido la venida tan deseada del verdadero rey de Israel. Entonces, en contacto con el Señor, a la mirada divina de sus ojos, se sintió comprendido y atendido en las pocas palabras de su respuesta. Su primera duda se desvaneció para dar lugar al borbotar de la fe y del amor, y de lo más profundo de su ser, exclamó entregándose por completo: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Esta es la gloria auténtica de San Bartolomé. Nos dió un ejemplo de fe cristiana, aun antes que el mismo San Pedro, si bien es cierto que de una manera menos solemne y menos completa. Su espontaneidad, su arranque, a la vez que la delicadeza de su docilidad a los primeros toques de la gracia, todo nos revela un alma entregada totalmente a la voluntad divina. Y Jesús recompensó al instante la fe de Natanael con magnificas promesas. "¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Verás cosas mayores". Y, en efecto, presenciará los milagros de la vida pública del Mesías, en su predicación, en su resurrección y en su ascensión. Luego, volviéndose Cristo hacia los otros discípulos y dirigiéndose en ellos a todos los que después habían de creer en Él, añadió: "En verdad, en verdad os digo que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo de hombre". Jesús afirmaba así bien claramente que Él era el Mesías esperado. Cupo, pues, a San Bartolomé, el insigne privilegio de dar origen con su acto de fe al primer testimonio que el Mesías dió de sí mismo y que nos ha conservado el Evangelio. 
Luego de haber referido circunstanciadamente la vocación de Natanael, las Escrituras no vuelven a decir nada de este Apóstol; pero lo dicho es bastante para hacerle amar y, por eso, la Iglesia celebrará con gratitud su memoria hasta el fin de los tiempos.

San Bartolomé - Duomo de Milán
VIDA

San Bartolomé era oriundo de Caná de Galilea, compatriota de San Simón y amigo de San Felipe. Los Evangelios dicen poco de él: se sabe tan sólo que tomó parte en la última pesca milagrosa, después de la resurrección del Señor. Desplegó su apostolado en Armenia y probablemente en Persia también. Tal vez de aquí llevasen sus discípulos más lejos su predicación, esto es, a Etiopía y aún a las Indias. Tradiciones antiguas afirman que murió desollado vivo y que fué decapitado por orden de un rey pagano. En el siglo VI se encuentran sus reliquias en Daras, en Mesopotamia. En el  IX se veneran en el mediodía de Italia: primeramente en Lipari y luego en Benevento. Por fin, en el siglo XI, se las trasladó a Roma. San Bartolomé es el patrón de Armenia. En Occidente también le reconocen por patrono las corporaciones de carniceros, curtidores y encuadernadores.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer 

domingo, 23 de agosto de 2026

S A N T O R A L

SAN SIDONIO APOLINAR, OBISPO Y CONFESOR



Fué san Sidonio Apolinar de sangre nobilísima y de los más principales senadores de Francia, y yerno del emperador Avito, prefecto y patricio, y varón de muy alta dignidad, y no menos admirable, por su grande ingenio, rara ciencia y excelente elocuencia: en la cual fué muy eminente, y en su tiempo apenas tuvo par, y por eso mereció que le diesen dos coronas, y que en Roma pusiesen su estatua en la plaza del emperador Trajano.
Casóse con la hija de Avito, emperador, y vivió en el matrimonio con maravillosa honestidad. Era muy compasivo, y amigo de dar á los pobres todo cuanto tenía, y algunas veces les daba los vasos de plata que había en casa, á escondidas de su mujer, porque lo sentía, reñía mucho y procuraba rescatar los mismos vasos, dando el precio á los pobres, y volviéndolos á casa.
Viviendo aún su mujer, que se llamaba Papianila, y una hija por nombre Roscia, por la muerte de Éparcio, obispo de Albernia, Sidonio Apolinar le sucedió en aquella silla, por voluntad del clero y del pueblo, que conocía sus grandes partes. Sintió mucho su elección Sidonio, porque era humildísimo: y escribiendo á san Lupo, obispo de Troya, en Champaña, y pidiéndole el favor de sus oraciones, para cumplir bien con su oficio, le dice estas palabras: «Cargado de una continua carga de pecados, me veo obligado á hacer oración por los pecados del pueblo, siendo yo tal, que si el pueblo inocente rogase por mí, no merecería ser oído.» Y en otra epístola se queja, que le era forzoso enseñar antes de haber aprendido, y predicar antes de obrar, y dice: que era como un árbol estéril, que no pudiendo dar fruto, daba hojas. Sobre este fundamento de la humildad edificó el edificio de las virtudes más dignas de tan santo y vigilante pastor; y de ellas fué muy alabado de los otros santos obispos de su tiempo: y buen argumento es de lo mucho que le estimaban los otros prelados, lo que hicieron con él: porque habiendo de nombrar y elegir obispo bituricense, que era metropolitano; ellos, y todo el clero y el pueblo, dejaron la elección en manos de Sidonio, para que el que nombrase, y nó otro, fuese obispo; y él nombró á Simplicio, varón insigne, el cual fué de todos recibido con suma alegría y contento.
Santos obispos Sidonio Apolinar, Ávito y, a la derecha Mamerto
No es pequeña prueba de su santidad, y de lo bien que hacia su oficio el ver los trabajos que tuvo, y las persecuciones que padeció en él; porque dos presbíteros de su Iglesia tomaron tan á pechos el afligirle y molestarle, que le quitaron la potestad de administrar las cosas de la Iglesia, y le daban de comer parca y tasadamente, y le vedaron entrar en la iglesia, y se concertaron los dos, que si entraba en ella á la noche á oír maitines, le sacasen por fuerza y echasen de ella, y uno de ellos, oyendo tocar á maitines, se levantó con gran furia y rabia para ejecutar lo que los dos habían concertado; mas el Señor tomó la mano, y en una necesidad que le sobrevino al pobre clérigo, echó las entrañas, y allí espiró, y fué á dar cuenta al justo Juez, de lo que había hecho y maquinado contra su siervo. Con este castigo de Dios fué restituida á san Sidonio la libre administración de su Iglesia, á la cual y á toda su ciudad hizo nuestro Señor grandes mercedes por las oraciones y merecimientos de su santo pastor; porque pretendiendo Eburico, rey godo, muchas veces tomar aquella ciudad, el santo obispo la defendió con sus continuas plegarias y lágrimas, y con las letanías y procesiones que mandó hacer á todo el pueblo, y con las cartas que escribió á san Mamerto, obispo de Viena , que había instituido las procesiones de las rogaciones, para que él también por su parte los ayudase y favoreciese en aquel peligro, como lo hizo, y el Señor oyó las oraciones de estos santos obispos, y defendió la ciudad por su intercesión. Mas ejercitando tan escogidamente el santo prelado su oficio de pastor, dióle una calentura mortal: y él entendiendo que lo era, se mandó llevar á la iglesia, y estando en ella, acudió á verle y reverenciarle todo el pueblo, niños y viejos, hombres y mujeres, llorando y clamando: ¿Por qué nos dejas, ó santo pastor? Y el respondió: No temáis, ó pueblo mío; porque mi hermano Arpúnculo vive, y será vuestro sacerdote y pastor.
Pasó á mejor vida el santo, y el otro presbítero de los dos, que le habían perseguido, viéndole muerto se entregó de los bienes de la Iglesia, y se comenzó á tratar como obispo, y á decir, que en fin Dios había conocido sus méritos, y que era mejor que Sidonio, pues le había dado aquella potestad; y esto con tanta hinchazón, que no cabía en toda la ciudad, y para mejor celebrar su nueva dignidad, el domingo siguiente después del tránsito del santo obispo, hizo aparejar un espléndido banquete, y convidó á él todo lo bueno de la ciudad. Sentóse en la cabecera de la mesa, como cabeza y señor de todos: y estando muy alegre y regocijado, y queriendo beber, el que le daba la copa, le dijo: Señor mío, yo he visto un sueño, que si me dais licencia, le diré aquí. Esta noche pasada vi en sueños una casa que resplandecía con inmensa claridad: en ella estaba el juez sentado en su trono examinando con verdadero juicio las causas de todos: entre la muchedumbre de la otra gente vi al obispo Sidonio con el otro sacerdote, tu amigo, que pocos días antes murió: éste parece que tenía no sé qué pleito y contienda con Sidonio: pero fué convencido, y por mandado del juez echado en un estrecho y oscuro calabozo. Después que quitaron de allí á aquel sacerdote, Sidonio te acusó como compañero en la maldad, por la cual el otro habla sido condenado, y entonces el juez mandó buscar alguno que te citase y mandase parecer delante de su tribunal. Yo temblando me escondí, temiendo que no me mandase á mí hacer este oficio: pero poco á poco se fueron los demás, y quedé yo solo: y así me fué mandado por el severo juez que te dijese de su parte que, atento que Sidonio tan terriblemente te acusaba, es justo que tú comparezcas y estés á juicio: y mándemelo el juez tan severamente, que me amenazó de muerte, si no te lo intimaba de su parte. Oyendo estas palabras el clérigo, y teniendo la copa en la mano para beber, quedó helado; y luego allí de repente acabó su triste vida: para que se entienda que el Señor, aunque permita que sus siervos sean afligidos, no deja de coronar la paciencia de ellos, y castigar la insolencia y atrevimiento de los que los afligen. 
Cuando san Sidonio dijo que le había de suceder en el obispado Arpúnculo, los que estaban presentes no le entendieron; antes pensaron que estaba trasportado, y como fuera de sí: porque Arpúnculo era obispo de la ciudad de Langres; pero nuestro Señor, que había revelado á Sidonio quién había de suceder en aquella silla, permitió que los borgoñones tuviesen sospecha de Arpúnculo, y determinaron matarle: y sabiéndolo el santo obispo huyó una noche descolgándose por los muros de la ciudad  y vino á AIbernia, en tiempo que no había obispo, y allí sucedió á Sidonio conforme á su profecía, y fué el undécimo obispo de aquella Iglesia. 
La vida de san Sidonio Apolinar escribió Gregorio Turonense en su Historia de Francia, lib. V, cap. 20, y adelante: tráela el P. Fr. Lorenzo Surio en su cuarto tomo. Hace de él mención el Martirologio romano á los 23 de agosto, y Genadio De viris Ultist. cap. 92, y Molano en las adiciones á Usuardo, y el cardenal Baronio en sus anotaciones, y más copiosamente en el sexto tomo de sus Anales. Vivió en tiempo de los emperadores León y Zenón, y dejó muchas obras escritas en prosa y en verso, de grande piedad y erudición, que las refiere Tritemio en su libro de los Escritores eclesiásticos.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.


sábado, 22 de agosto de 2026

S A N T O R A L

PÍO XII Y LA ERA DE MARÍA

Pío IX tuvo el mérito de proclamar la primacía de lo espiritual frente a un mundo que andaba siempre más laicizado, poniendo la figura de María Santísima como centro de toda atención. En la cara de una sociedad que anhelaba "liberarse" de la "opresión" del antiguo régimen a raíz de la libertad y de la razón, este dogma proclamó la santidad de su excelsa santidad de Aquella que, movida por la virtud de la humildad, se hizo esclava del Señor.

Con ocasión del primer aniversario del dogma en 1954, proclamado Año Jubilar Mariano por el Papa Pío XII, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira escribió un artículo que remarcaba un aspecto capital, aunque, por lo común, no siempre puesto en evidencia: su carácter profético como vaticinio de la era del triunfo del Inmaculado Corazón de María.

APUNTES PARA UNA SOCIOLOGÍA VERDADERAMENTE CATÓLICA

Plinio Corrêa de Oliveira
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El Santo Padre Pío XII tuvo la intención de destacar, con un acto de máxima importancia las manifestaciones de devoción mariana con las que se edificó la Cristiandad en el curso del Año Jubilar de la Inmaculada Concepción (1954). Él lo dijo con términos explícitos: "Como para coronar todos estos testimonios de nuestra devoción mariano, (...) para concluir alegremente el Año Mariano apenas acabado, (...) hemos decidido establecer la fiesta de la Santísima Virgen María María, Reina."
De la importancia de este acto habla el mismo Pontífice cuando declara que "este gesto lleva consigo la gran esperanza de que pueda surgir un nueva era, alegrada por la paz cristiana y del triunfo de la Religión."
El Pontífice incluso dijo que tal esperanza tiene razones muy serias y profundas: "Adquirimos la convicción, después de maduradas y ponderadas reflexiones, de que sobrevendrán grandes ventajas para la Iglesia" si la Realeza de María "sólidamente demostrada, resplandeciera con mayor evidencia a los ojos de todos, como luz más radiante puesta sobre el candelabro." Bien entendido, esta gracia que se dirige al corazón del hombre tiene que reformar su alma: "En el culto y a imitación de uno tan grande Reina los cristianos se sentirán por fin realmente hermanos y, dominada la envidia y los inmoderados deseos de riqueza, promoverán el amor social, se respetarán los derechos de los pobres y amarán la paz." 
No se trata tanto de promover un movimiento mariano puramente externo y formal, como de llamar a las almas a una colaboración seria y eficaz con las gracias que recibirán de la Madre: "Nadie, pues, se crea a hijo de María, digno de ser acogido bajo su poderosísima tutela, si no sigue su ejemplo, mostrándose humilde, justo y casto, sin lesionar o perjudicar, ayudando y confortando."
Estas palabras del Pontífice merecen la más cuidadosa meditación.
De un lado, Su Santidad habla contra la envidia: alusión evidente al comportamiento de enteras masas de hombres que, a veces por injustas provocaciones amargados y, principalmente, envenenados por los principios demagógicos de la Revolución francesa y del comunismo, sólo odian a los ricos porque les envidian los bienes. Y desean destruir toda jerarquía social.
El Santo Padre habla incluso del deseo desmedido de riquezas. Éste es un mal que atormenta a todos o a casi todas las naciones de la tierra. Los potentados de la industria y del comercio, acumulando en sus manos inmensas fortunas -contra las cuales los patrimonios de las aristocracias del pasado sería casi insignificante- transformaron la economía en un reino cerrado, donde se decidirá el alza y la baja de los precios, la circulación y el empleo de las riquezas. A veces oprimen al Estado, a veces son oprimidos por el mismo Estado cuando sube la ola de la demagogia. Y así la sociedad se ve cada vez siempre más constreñida entre las dos formas más o veladas de la dictadura: aquella de la oligarquía financiera y aquella de la masa.
De ésto sólo puede suceder el estrangulamiento de las auténticas elites sociales e intelectuales, la opresión del trabajador pacífico y concienzudo, la disminución de la pequeña y mediana burguesía. El miserable fenómeno de la lucha de clase, en lo que tiene de más falso y peor -camarillas de sanguijuelas de la economía y de vulgares demagogos- devora lo que existe en la sociedad, a todos los niveles, de más auténtico y excelente. ¿Quién no podría percatarse de cuánto de opuesto tiene todo esto al "amor social" del que nos habla el Pontífice?

Para proteger la sociedad de este sojuzgamiento de los peores sobre los mejores, el Pontífice proclama en el mundo la Realeza de Maria. Esta reforma social es ciertamente una obra ingente. Tanto más cuanto el Sumo Pontífice Pio XII la sitúa esencialmente en términos de reforma moral.
Pero María tiene un inmenso poder sobre el alma humana, y a Ella deben acercarse los los hombres no sólo "pedir ayuda en la adversidad, luz en las tinieblas, confortación en el dolor y las lágrimas", sino también "para implorar la gracia que vale más que cualquier otra cosa", a fin de "liberarse de la esclavitud del pecado."
La proclamación de la soberanía de Maria en la encíclica "A Caeli Reginam", la institución de su fiesta anual el 31 de Mayo (trasladada luego al 22 de Agosto), la coronación de la imagen de la Virgen Salus Populi Romani realizada por el mismo Pontífice, todo esto puede, pues, y tiene que servir de punto de salida para una nueva era histórica: la era de la Realeza de Maria.
Con la prudencia que caracteriza a la Santa Iglesia, la encíclica "Ad Coeli Reginam" funda la dignidad real de María en argumentos basados solo en temas teológicos.
No sería superficial, mientras tanto, recordar que este gran día de la proclamación de la Realeza Universal de Maria, y la esperanza de una era de triunfos y de gloria para la Religión, es el objeto de los anhelos de las almas más devotas desde hace siglos.
Uno de los hechos más importantes de la historia de la Iglesia ya desde el protestantismo fue indudablemente la difusión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Aunque esta devoción no fuera desconocida por los santos anteriores, su propagación tuvo como punto de partida las revelaciones recibidas por Santa María Margarita Alacoque en Paray-la-Monial en el siglo XVII, y se acentuó en las generaciones siguientes hasta alcanzar su apogeo al principio de este siglo.
Al lado de esta devoción, otra gran corriente tuvo principio también en Francia y fue ella la esclavitud de amor a la Virgen, del que fue su máximo doctor San Luis María Grignon de Montfort, con su "Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María". El punto de conjunción, si así pudiera decirse, de cosas sustancialmente unidas -de estos dos grandes manantiales de gracias- fue la devoción al Inmaculado Corazón de María, del que fue su doctor y máximo predicador un gran santo español, Antonio María Claret, que en el siglo (ante)pasado fundó la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como los claretianos.

Los santos que más se han distinguido en la enseñanza de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús también escribieron palabras impregnadas de esperanza en la victoria de la Realeza de Jesucristo, después de los días difíciles en que vivimos. Rogar para que esta victoria fuese uno de los objetivos de los verdaderos católicos de todo el mundo. Por otra parte, los escritos de San Luis Grignon de Montfort, están llenos de destellos proféticos (usamos esa palabra con las precauciones del buen lenguaje católico) sobre la Realeza de la Santísima Virgen María, como el final catastrófico de la época iniciada con la pseudo-Reforma protestante.
La Realeza de Jesucristo y la Realeza de la Santísima Virgen María no son cosas diferentes.

María es coronada Reina del Cielo y de la tierra.  Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.  Apocalipsis 12 ( 1-2 )El reinado de María no es otra cosa que un medio -o más bien el medio- para el cumplimiento de la Realeza de Jesucristo. El Corazón de Jesús reina y triunfa en el reino y el triunfo del Corazón Inmaculado de María. El reino y el triunfo del Inmaculado Corazón de María no son sino la realización del triunfo y el Reino del Corazón de Jesús. Por lo que estas dos grandes fuentes de la devoción, nacidas poco después del protestantismo, caminando hacia el mismo objetivo, la preparación del mismo hecho: la Realeza de Jesús y María en una nueva era histórica.

Estas consideraciones no pueden ser extrañas a lo que los pastorcitos escucharon del Inmaculado Corazón de María en Fátima. La Virgen les puso bien clara la alternativa entre una época de fe y de paz, en el caso de ser atendidas sus admonitorias solicitudes... O una época de persecuciones, en el caso de no ser atendidos sus requerimientos.
Como condición para esta época de fe y de paz, la Señora indicó principalmente la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón y la conversión de la vida. Viendo que el Santo Padre Pío XII, que ya había consagrado Rusia y el mundo al Inmaculado Corazón de María, dispone que sea obligatoria tal consagración todos los años en la fiesta de la Realeza de María, ¿qué puede escapar a la idea de que el Papa da un importantísimo impulso a la realización de aquello que tantas y tantas almas piadosas esperaban que se realizara desde siglos pasados? ¿quién puede dejar de ver que el Pontífice abre las puertas de la Era de María en la historia del mundo?
En la encíclica "A Diem Illum", por la conmemoración del cincuentenario de la promulgación del dogma de la Inmaculada Concepción, San Pío X recordó los frutos admirables que este hecho produjo: los milagros de Lourdes y la definición de la infalibilidad papal.

En este centenario, ¿menguarán los frutos tal vez? ¡No! La Providencia quiso que broten de las manos sagradas de Pío XII. Estos frutos fueron la proclamación del dogma de la Asunción y la proclamación de la Realeza de María. ¿Qué puede ser más rico, más fecundo y más bello?
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Plinio Corrêa de Oliveira, "Pío XII y la Era de María"
Revista "Catolicismo" Diciembre de 1954