viernes, 6 de febrero de 2026

Primer Viernes de mes: devoción al Sagrado Corazón de Jesús


El rol contrarrevolucionario de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Plinio Corrêa de Oliveira

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en la raíz de todos los movimientos contrarrevolucionarios, grandes o pequeños, conocidos o desconocidos, que han surgido desde la época en que Santa Margarita María recibió esta revelación en el siglo XVII. Ella recibió la misión, en nombre del Sagrado Corazón de Jesús, de pedirle al rey Luis XIV de Francia que consagrase la nación al Sagrado Corazón y pusiese el Corazón de Jesús en el escudo de armas de Francia.
Santa Margarita, a pedido de nuestro Señor, le prometió al rey de Francia de que si combatía a los enemigos de la Iglesia, el Corazón de Jesús lo apoyaría y llevaría su reinado a una gran gloria. El Sagrado Corazón de Jesús esperaba que Luis XIV cambiase el curso de su política y se colocase a la cabeza de la Contra-Revolución. De haberlo hecho, él tendría un reino de gloria y Francia alcanzaría su verdadero apogeo católico.
Está claro que en caso de que él hubiese tomado este curso, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se habría extendido por todo el mundo. Habría habido una buena acogida en Francia a la predicación de San Luis María Grignon de Montfort que también vivió en esa época. Por lo tanto, su predicación se habría extendido por todo el mundo y, con ello, la Revolución Francesa se ​​podría haber evitado.
Por medio de este pedido al rey, la Revolución —en la forma que tenía en la época de Santa Margarita María— habría sido detenida, y esa forma de maldad que ésta tomó más tarde —la Revolución Francesa— se habrían evitado.
Por lo tanto, esta devoción, desde su primer movimiento, desde su primera indicación por parte del Sagrado Corazón, tiene un significado claramente contrarrevolucionario.

Objeciones a esta devoción

En un cuidadoso estudio de esta devoción, el profesor Fernando Furquim llama la atención sobre el hecho de que los distintos movimientos contrarrevolucionarios que se alzaron en los siglos XVIII y XIX estaban vinculados al Sagrado Corazón de Jesús. Por ejemplo, los contrarrevolucionarios franceses de la Vendée, los Chouans, llevaban una insignia del Sagrado Corazón. Esta devoción siempre ha sido adoptada por los contrarrevolucionarios, inspirándolos y alentándolos, a la vez que ha sido odiada por los malos.

Es perfectamente correcta la devoción 
a un órgano específico de Cristo

¿Qué han dicho estos enemigos contra la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? Primero, ellos presentan este argumento supuestamente decisivo: “¿Por qué adorar al Corazón de Jesús ¿Por qué no hacer una hermosa devoción a las manos o a los ojos de Jesús? Al adorar su corazón, podríamos blasfemar por descomponer a Jesús y hacer una devoción a cada parte de su cuerpo Por tanto, podríamos tener una devoción a sus oídos que oyeron todas las súplicas del hombre, a su boca que habló, a sus manos que bendijeron (sin mencionar que también azotaron a los mercaderes del Templo). Por lo tanto, no vale la pena esta devoción al Corazón de Jesús”.
También, ellos van a decir: “Esta es una devoción sentimental. El corazón es el símbolo de la emoción por lo sentimental. De manera que esta es una devoción sentimental carente de contenido teológico y no se debe permitir”.

Una devoción promovida por la Iglesia

En efecto, en muchos de los documentos papales solemnes, sustanciales y magníficos, la Santa Sede recomendó esta devoción, por ejemplo, la encíclica Inscrutabile Divinae Sapientiae del Papa Pío VI en 1775. La Santa Sede concedió muchas indulgencias a los que recibieran la comunión los primeros viernes en reparación por las ofensas hechas contra el Sagrado Corazón. También se otorgaron indulgencias en las cofradías y archicofradías que se establecieron en apoyo a la devoción del Sagrado Corazón.
Además, se aprobó y alentó la construcción de iglesias, altares e imágenes en honor del Sagrado Corazón. La Iglesia, por tanto, ha aprobado esta devoción abundantemente y, por lo tanto, tiene todas las razones para merecer nuestra confianza.
En cuanto al argumento de que no se puede tener una devoción a cada parte del cuerpo sagrado de Nuestro Señor, éste no tiene ningún mérito. De hecho, en nuestras devociones privadas, podemos adorar a Nuestro Señor en sus manos sagradas; podemos y debemos adorarlo a Él en sus infinitamente expresivos, elocuentes, regios, instructivos y salvíficos ojos. No hay más que recordar que fue con una mirada de Nuestro Señor, que movió a San Pedro a arrepentirse de su triple negación para darnos cuenta que adorar a Nuestro Señor en sus divinos ojos es sin duda algo que uno puede hacer.
Nuestra Señora adoró el 
cuerpo de su amado Hijo
Pero la Iglesia, que tiene un gran sentido del ridículo y entiende que el ridículo puede estar a un paso de lo sublime, entiende que las mentes vulgares están siempre dispuestas a emplear el sarcasmo para degradar devociones como estas a una parte del cuerpo, las que realmente pueden impresionar a las sensibilidades humanas. Pero estas devociones no están en contra de la razón, y pueden ser hechas apropiadamente.
Por ejemplo, entre las piedras de la Vía Sacra tenemos la que lleva la marca de sus pies divinos. Es honesto y legítimo a adorar los divinos pies que pisaron la tierra para enseñar y que fueron cubiertos con el polvo de la carretera con el fin de instruir, salvar y combatir el mal. Es correcto adorar estos pies que condujeron al Salvador mientras llevaba la cruz, esos pies manchados de sangre para nuestra redención, esos pies que llevan las marcas de los clavos de la Pasión.


Una hermosa manera de adorar a Nuestro Señor Jesucristo es unirnos a los pensamientos y meditaciones de Nuestra Señora, cuando Nuestro Señor fue bajado de la cruz, cuando ella sostuvo en su regazo su Sagrado Cuerpo y sangre derramada. Ella contempló cada parte de ese cuerpo macerado con infinito amor, veneración, respeto y afecto. Ella consideró los miembros y los adoró en su significado y función. Ella midió la ofensa contra su divinidad en esas partes flageladas. Con esto, en definitiva, ella practicó esta devoción, adorando las diferentes partes del cuerpo de su Divino Hijo.

Por lo tanto, es sólo una cuestión de conveniencia, un sentido de la apariencia y proporción, por así decirlo, que la Iglesia promueve la adoración de las muchas de las partes del cuerpo de Nuestro Señor.

¿Qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?

¿Qué es exactamente la devoción al Sagrado Corazón? Es la devoción al órgano de Nuestro Señor, que es el corazón. Pero en las Escrituras, el corazón no tiene el significado sentimental que tomó hacia finales del siglo 18, y desde luego en el siglo 19. El corazón no expresa sentimiento.
Cuando la Escritura dice: “Con todo mi corazón te he buscado”, (Salmo 119, 10) el corazón aquí es la voluntad humana, el propósito humano, propiamente dicho, la santidad humana. Por lo tanto, cuando el profeta dice esto, él que quiere decir, “Con toda mi voluntad te he buscado”. El Evangelio dice también: “La Virgen guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2, 19). Podemos ver aquí que no se habla de un corazón sentimental, sino de su voluntad, su alma, que guardaba estas cosas y pensaba en ellas.
El corazón es la voluntad y la razón de la persona, ese elemento dinámico que estudia y reflexiona sobre las cosas. En Nuestro Señor, su Sagrado Corazón es su voluntad. La voluntad está simbolizada por el corazón, porque todos los movimientos de la voluntad pueden tener repercusiones en el corazón. Es en este sentido, pues, que el Sagrado Corazón de Jesús es adorado.

El marqués Gral. de la Rochejaquelein usaba
 en su pecho la insignia del Sagrado Corazón,
símbolo de la resistencia católica de la Vendée

Por correlación, está la devoción inmensamente significativa del Inmaculado Corazón de María. El Inmaculado Corazón de María es un santuario en cuyo interior se encuentra el Sagrado Corazón de Jesús.
Nuestro Señor prometió una efusión de gracia para esta devoción. El Sagrado Corazón hizo promesas especiales a quienes hacen los nueve primeros viernes. La más notable de ellas, tal vez, es de que los que hacen los Nueve Primeros Viernes no morirán sin la gracia de la penitencia final. Esto no quiere decir que sin duda irá al cielo. Es decir que tendréis una gran gracia antes de morir, tan grande que se puede tener toda esperanza para vuestra salvación.
Ustedes entienden cuán diligentemente la Iglesia se ha esforzado en el pasado para que esta devoción fuese conocida, apreciada y comprendida por nuestra razón sin sentimentalismo. Una devoción varonil busca la razón de una cosa y luego ama esa cosa por su razón de ser. Es, de esta manera, que el hombre fuerte y la mujer fuerte del Evangelio juzga las cosas piadosas.
Por lo tanto, debemos reflexionar sobre esta devoción y volcar nuestras almas, nuestras voluntades, al Corazón de Jesús como la fuente de esas gracias que la Divina Providencia planeaba dar a los hombres en la época de la Revolución. Es un medio de la gracia destinado a los tiempos difíciles por venir, esos mismos tiempos en los que vivimos hoy en día.
Debemos pedir al Corazón de Jesús, a través de la sangre y el agua que fluyeron de él, que limpie y restaure el de nosotros. Esta es mi sugerencia cuando mediten y recen los viernes, y sobre todo en el primer viernes de cada mes, y el viernes de la Semana de la Pasión.
Termino recordándoles del soldado que atravesó el Corazón de Jesús con una lanza. Al hacer este acto de violencia contra el Sagrado Corazón de Jesús, agua y sangre brotó desde el costado de Nuestro Señor y le cayó en sus ojos. Entonces, los ojos del soldado, que se estaba volviendo ciego, se curaron inmediatamente y recobró la vista. Para nosotros, esto es lo más elocuente y significativo.
Esto significa que aquellos que tienen la devoción al Sagrado Corazón de Jesús pueden pedir gracias similares, no necesariamente el milagro físico, sino más bien una gracia para nuestras almas. Si queremos tener el sentido católico, un conocimiento contrarrevolucionario de las cosas, si queremos percibir cómo la Revolución y la Contra-Revolución están trabajando alrededor de nosotros y dentro de nosotros, si queremos conocer nuestros defectos, para comprender el alma de los otros para hacerles el bien, para tener perspicacia en nuestros estudios, para tener un buen equilibrio psicológico y curarse de problemas nerviosos de todo tipo, entonces podemos y debemos recurrir al Sagrado Corazón de Jesús.
Deberíamos pedir una gracia que brota de su Sagrado Corazón —como la sangre y el agua que curó al soldado— que erradicará la ceguera total o parcial de nuestras almas. Oremos, pues, al Sagrado Corazón de Jesús a través del Corazón Inmaculado de María, porque ésta es la única manera de obtener las gracias para curarnos de nuestras múltiples cegueras. Al hacer esto, vamos a hacer una espléndida solicitud y estar en el camino hacia la obtención de una magnífica gracia.

S A N T O R A L

Santos Pablo Miki y veinticinco compañeros, mártires 

Después que el apóstol de las Indias San Francisco Xavier, como un sol clarísimo, alumbró los, reinos del Japón con las primeras luces del Evangelio, creció tanto aquella cristiandad, por el trabajo y celo de los padres de la compañía de Jesús, que imitando á su esclarecido apóstol, prosiguieron la labor, que él dejó comenzada, que tenían bautizados más de trescientos mil cristianos, y entre ellos muchos reyes, príncipes, grandes, señores, caballeros, y gente de todos estados, y condiciones; y habiendo edificado muchos templos al verdadero Dios, que son los castillos, y fortalezas de la fé, se prometían ver conquistado todo aquel dilatado imperio para Jesucristo. Y viendo que la mies era mucha, y los operarios pocos, recibían en su religión algunos japones hábiles, y bien probados, que los ayudasen á cogerla; pero la fé que plantó el apóstol, y cultivaron sus discípulos, quiso Dios, que la regasen los mártires con su sangre, para dar el acrecentamiento, que esperamos, cuando fuere servido el misericordiosísimo Dios resucitar aquella cristiandad, que está como sepultada debajo del hielo de las persecuciones, que hoy padece. La ocasión de la muerte de los santos mártires, cuya vida escribimos, fué esta. Vinieron al Japón desde Filipinas el año de 1592 algunos religiosos descalzos de la orden de san Francisco, que traían por comisario á san Pedro Bautista, con título de embajadores de los luzones al emperador del Japón, que se llamaba Taycosama, sobre ciertas pretensiones que el emperador tenía con aquellas islas; pero todo su deseo y propósito era dilatar la ley de Jesucristo en aquel imperio. Fueron bien recibidos del emperador, que les mandó dar sitio acomodado, para vivir en Meaco, cabeza de todo el Japón. Edificaron los religiosos casa, é iglesia, que llamaron Nuestra Señora de la Porciúncula, á imitación del primer convento de su padre san Francisco; y en esta iglesia decían Misa, predicaban, y bautizaban públicamente con igual celo suyo, y fruto de sus oyentes, y devotos. Había prohibido Taycosama, que se predicase la ley de Jesucristo en todo su imperio, y mandado, que saliesen desterrados del Japón los padres de la compañía de Jesús, porque la predicaban; y como supo que los padres de san Francisco habían contravenido á sus mandatos en Meaco, y Osaca (donde también edificaron casa, é iglesia), se enojó mucho contra ellos, y mucho más con ocasión de un galeón de españoles, llamado san Felipe, que pasando de Filipinas á Nueva España, vino arrojado de los vientos y tempestades á Urando, puerto del Japón en el reino de Tosa; porque habiéndose apoderado de toda la riqueza del galeón, que era mucha, y sabiendo, que fuera de los soldados españoles venían en él dos religiosos descalzos de san Francisco, cuatro de san Agustín, y uno de santo Domingo, sospechando, que venían también á predicar la ley, que él tenía prohibida, se alteró sobre manera, y atizando el fuego algunos gentiles, enemigos declarados de Jesucristo, y en especial Jacuin, su gran privado, que había sido la causa principal de la primera persecución contra los padres de la compañía, y ahora con tan buena ocasión, los acusó de nuevo, de que eran rebeldes á sus leyes, y habían hecho cristianos á muchos japones, después que él les había mandado desterrar. Encendido en cólera el tirano, y ciego con la pasión, mandó al gobernador de Osaca, donde entonces se hallaba, que pusiese guardas en las casas de los padres descalzos, y en las de los de la compañía, que había en aquella ciudad; porque este es el modo de cárceles, que tienen en Japón. A la misma hora despachó un criado suyo al gobernador Xihunojo, para que hiciese otro tanto de los religiosos, que había en Meaco, y al mismo criado mandó, que tomase por lista los cristianos, que acudían á las casas de los religiosos, y la diese al gobernador, para que los hiciese matar. Dio este mandato á los 9 de diciembre de 1596.
Con este mandato del tirano, prendieron en el convento de santa María de la Porciúncula de Meaco cinco santos religiosos descalzos, que fueron el padre comisario Fr. Pedro Bautista, Fr. Francisco Blanco, Fr. Gonzalo García, Fray Francisco de san Miguel, y Fr. Felipe de las Casas, con doce familiares suyos; y en el convento de Osaca, prendieron á otro santo religioso, llamado Fr. Martin de la Ascensión, y á otros dos familiares suyos, y todos catorce familiares eran de la tercera orden de san Francisco. El santo Fray Pedro Bautista, capitán, y caudillo de aquella dichosa compañía, fué español, natural de san Esteban en el obispado de Ávila, de padres honrados, ricos, y buenos cristianos, que le criaron con mucho cuidado. Habiendo estudiado latinidad, música de canto llano, y órgano, en Ávila y Oropesa, oyó filosofía, y dos años de teología en Salamanca, y luego tomó el hábito de san Francisco en la provincia de los descalzos de san José, donde florecía mucho la perfección y observancia regular: y habiendo en ella sido ejemplo de todas las virtudes, y en especial de oración continua, y leído un curso de artes, y hecho oficio de predicador; siendo guardián de Mérida, pasó llamado de Dios, á las Filipinas, con otros siervos de Dios de su misma provincia. En llegando á la Nueva España, en todas partes, por donde pasaba, predicaba con mucho fruto, y edificación de sus oyentes, que no menos se movían de sus sermones, que se admiraban de su compostura, y modestia. Después de haber estado dos años en la Nueva España, haciendo largas, y peligrosas peregrinaciones, entre gentes bárbaras y crueles, para predicarles la ley de Cristo, se embarcó á las Filipinas con oficio de comisario: de donde habiendo hecho mucho fruto con su predicación, y sido guardián de Manila, y custodio de su provincia, con gran satisfacción de todos sus súbditos, pasó á Filipinas por obediencia de su prelado, que se lo mandó, por entender, era esta la voluntad de Dios, y eligióle por comisario de los religiosos, que iban á aquella misión. En pocos años que estuvo en el Japón, hizo por sí, y por sus religiosos, fruto digno de muchos. Resplandecía el santo comisario en toda virtud, y era tan puro, y temeroso de conciencia, que para decir Misa, se confesaba cada día, una y dos veces: siendo así, que en treinta años de religión no le acusaba la conciencia de pecado mortal. Tenía de costumbre la noche antes de predicar hacer larga oración, y tomar una rigurosa disciplina: con eso era grande el fruto de sus sermones. Ayunaba frecuentemente á pan y agua, y muchas veces comía unas yerbas solamente: era muy aficionado al recogimiento, muy humilde, y más amigo de obedecer, que de mandar. Varón de gran confianza en Dios, por la cual le favoreció su Majestad, para que en tierra de gentiles con suma pobreza hiciese en pocos años dos conventos, ó iglesias, en Meaco y Osaca, y diese principio á otra en Nangasaqui. Con su gran caridad edificó junto á su convento de Meaco dos hospitales de santa Ana, y san José, para recoger los leprosos; y él era el primero, que les serbia, y lavaba los pies, repartiendo con ellos la corta limosna, que se hacía al convenio.

Semejantes fueron en la santidad, y celo á su santo capitán los otros religiosos de san Francisco, de cuyas virtudes, como las del santo comisario, pudiéramos decir mucho, si el ser tantos no nos embarazara, para no faltar á la brevedad, que profesamos. Fr. Martin de la Ascensión fue vizcaíno, natural de Vergara: estudió teología en Alcalá de Henares, y tomó el hábito en la provincia de san José. Conservó perpetua virginidad con oraciones, ayunos, vigilias, disciplinas, y cilicios: era humildísimo, y muy perseverante en la oración, muy mortificado; y en una ocasión, por vencerse á sí mismo, besó las llagas á un leproso. Pedía al Señor, que le diese a gustar de su cruz y decía, que quisiera más ser puesto por Cristo en un palo, que vivir regalado de consuelos celestiales. Fr. Francisco Blanco fué del reino de Galicia, del obispado de Orense: estudió latinidad en el colegio de la compañía de Jesús de Monterrey, y artes en Salamanca: fué hijo de la provincia de Santiago, y pasó á Filipinas con otros religiosos de su misma provincia, venciendo muchas contradicciones, que tuvo su ida, con oraciones y penitencias, que ofreció á Dios por esta causa. Era devotísimo de la Virgen, á quien ayunaba todos los sábados; y él era tenido por virgen, de los que le comunicaron y trataron familiarmente. Traía siempre presente á Dios; y conocíase en el concierto, y modestia de todas sus acciones, con las cuales edificaba á cuantos le miraban. Fué el último dé los santos mártires, que entró en Japón, y habiendo estado en aquel reino seis meses, consiguió la corona del martirio. Fray Felipe de Jesús fué natural de Méjico: dejó primero el hábito, que había tomado en san Francisco de la Puebla de los Ángeles, y siendo enviado de sus padres á Filipinas, abriéndole Dios los ojos, tomó el hábito en el convento de los descalzos de Manila, y procuró con el fervor, y cuidado en la observancia, resarcir la flaqueza pasada. Embarcóse en el galeón de san Felipe para la Nueva España, para ordenarse allí de sacerdote, por no haber obispo en Filipinas; y Dios le embarcó para mártir, cuando los vientos arrojaron el navío al Japón; porque deseoso de ver al santo comisario Fr. Pedro Bautista, que le había dado la profesión, siendo guardián de Manila, se partió á Meaco, y poco después de llegar á aquella ciudad, sucedió la prisión de los religiosos: y como él estaba con ellos, aunque no había sido compañero de sus conversiones, lo fué de su corona, que Dios le tenía preparada; y así, aunque pretendieron algunos librarle de la prisión, en que estaba, por no ser cómplice en el delito, que á los demás se imputaba, no tuvo efecto. Fr. Francisco de san Miguel fué natural de la Parrilla, aldea distante cuatro leguas de Valladolid: entró en el convento de san Francisco de Valladolid para lego: después con licencia de su provincial pasó á la provincia de san José; y de esta pasó á la provincia de la Arrabida en Portugal, siempre deseoso de mayor perfección, hasta que pasó á las Filipinas, y á Japón con deseo de ayudar, en lo que pudiese, á la conversión de los gentiles.
Señalóse mucho en todo género de virtud, y obró Dios por él algunos milagros. Con ser lego, era tal su celo en enseñar á los infieles, y Dios le daba tal gracia para enseñar, que le llamaban en su lengua: «El Enseñador». Fr. Gonzalo García fue natural de Basain, ciudad de la India oriental de Portugal: fué criado en su tierna edad con los padres de la compañía de Jesús, y por su buena inclinación y natural, siendo de quince á diez y seis años, se fué con ellos al Japón, en donde estuvo con algunos padres muy religiosos por espacio de ocho años, sirviéndoles de intérprete, y ayudándoles á la conversión de los gentiles; porque catequizaba muy bien, y en su modo de hablar parecía japón. Deseó ser de la compañía, y pidiólo muchas veces: y como se lo dilatasen, dándole buenas esperanzas, pidiendo licencia á los padres, se fué a la ciudad de Alacan, donde se hizo mercader, y andando, en este trato, ofreciéndose ocasión de ir á Manila, tocado de Dios, tomó el hábito de san Francisco para fraile lego, habiéndose ejercitado en aquella provincia en los oficios, y virtudes propias de su estado con mucha edificación: y como era tan práctico en la lengua del Japón, volvió allá por compañero del santo comisario, donde trabajaba incansablemente en los oficios de Marta, y de María: y fuera de servir á aquellos varones apostólicos, él lo era también en el celo, con que procuraba la conversión de los gentiles. Deseaba mucho ser mártir; y Dios se lo concedió en compañía de sus santos compañeros.
Los familiares de los frailes descalzos eran como discípulos de tales maestros. El principal, León Carasuma, que habiendo sido antes bonzo, se convirtió, oyendo hablar de Dios á un hermano japón de la compañía de Jesús, y se bautizó, siendo de treinta años; con la comunicación, y trato de los padres de la compañía, creció mucho en virtud, hasta que viniendo los frailes descalzos á Meaco, se llegó á ellos, y solicitó la fábrica de la iglesia, y convento, y después vivía en compañía de los frailes, é imitaba sus virtudes, y ejercicios religiosos, como si fuera uno de ellos; y siendo casado, hicieron voto de continencia él y su mujer de común consentimiento. Procuraba con sus exhortaciones convertir á los gentiles, que acudían al convento: catequizaba á los que se querían bautizar; y enseñaba á los bautizados el modo de oír misa, y rezar, y el respeto, que habían de tener á los religiosos. Cuando se hicieron los hospitales para los leprosos, él fué el primer hospitalero del hospital de santa Ana; y ejercitaba este oficio con tan grande caridad, que salía él mismo á buscar los leprosos, para traerlos á su hospital, y en él los servía, y curaba con gran cuidado. Salía también por las calles á buscar los niños desamparados, los cuales hacia criar, y á pedir limosnas para sus pobres; y solía decir, que deseaba ser arrastrado en aquellas calles por la ley de Jesucristo.
No era menos riguroso consigo, que blando con los demás, ni menos penitente, que caritativo; porque se disciplinaba ásperamente, dormía poco, y oraba mucho; y con estas virtudes se dispuso para la dicha del martirio.
Los otros santos mártires fueron los siguientes. Buenaventura, en quien el nombre convino bien con la ventura, que Dios le dio; pues habiendo antes apostatado de la fé, y siendo admitido por el santo comisario en el número de los cristianos, y de los familiares de los frailes, mereció ser del número de los presos, y mártires del Señor. Gabriel Doxicu de los frailes, que siendo mancebo de diez y nueve años, galán, rico, y acomodado, por las exhortaciones del santo mártir Fr. Gonzalo, recibió el bautismo, y dejó el mundo, entrándose á servir á los frailes: y habiendo vencido los ruegos, é instancias de sus padres, que eran gentiles; y procuraban, que dejase la fé y la compañía de los religiosos; él con sus oraciones, y exhortaciones, convirtió á su padre, el cual bautizado, se dedicó al servicio del convento. Paulino Suzuqui, que en bautizándose, se mudó en otro hombre, y parecía varón celestial. Era muy discreto, y elocuente en la lengua del Japón; y así predicaba, y disputaba con aceptación de todos, y habiéndose hecho familiar de los frailes, por consejo del santo mártir León, fue imitador suyo, y hospitalero del segundo hospital de los leprosos, llamado San José: y fuera del cuidado de los enfermos, cuidaba, como otro Tobías, de buscar los cuerpos muertos de los cristianos, y los enterraba en un lugar, que tenia junto á su hospital. Cosme Zaqueya, espadero, siendo de rudo ingenio, con el trabajo de leer, y trasladar catecismos, y oír á los catequistas, vino á aprender lo bastante para catequizar, y hacer provecho en muchos gentiles: tomaba todos los días una recia disciplina, para que Dios le diese su gracia, para hacer aquel oficio; y de esta manera, con la fuerza de sus penitencias, y con la elocuencia de sus exhortaciones, persuadió á muchos á recibir el bautismo; y por este celo mereció la corona de mártir. Tomé Danchi, boticario, que siendo antes terrible de condición, con el bautismo, de león se hizo cordero, sufriendo con maravillosa mansedumbre las injurias que le hacían los gentiles. Daba de limosna á los pobres las medicinas, y ayudando en la conversión de los gentiles á los frailes, mereció ser preso juntamente con ellos. Francisco, que siendo médico de los cuerpos, cuando gentil, después de cristiano se hizo médico de las almas, y convirtió á su mujer, é hijos, y á otros muchos gentiles: y habiendo hecho con su mujer voto de continencia, se entregó todo al servicio de Dios. Curaba á los pobres de balde, y les daba las medicinas: lavaba los pies á los leprosos: disciplinábase cada día: traía cilicio: ayunaba muchos días: oraba frecuentemente; y con estas virtudes se dispuso para la palma de mártir. Joaquín Sanquier, que de cocinero de los frailes en el convento de Belén de Osaca, le levantó Dios á glorioso mártir. Paulo Juariqui, hermano del santo mártir León, que vivía con su mujer cristianamente, enseñando á sus hijos el temor de Dios, confesando frecuentemente, socorriendo con limosnas á los pobres, y persuadiendo á sus amigos gentiles, que fuesen á oir la doctrina cristiana á la iglesia de los frailes, cerca de la cual se había venido él á vivir, por poder asistir mejor á la misa y sermón. Miguel Cosaqui, padre del santo niño Tomé, de quien ya hablaremos, el cual ayudó al edificio de la iglesia de Osaca, y con su ejemplo, y santas palabras atraía muchas almas al conocimiento de la verdad, por la cual mereció morir en compañía de los otros santos.
Juan Quizuya, tejedor de seda, que bautizado por los frailes con su mujer, y un hijo pequeño, era muy temeroso de Dios, y deseoso de aprovechar en su servicio, servía á los pobres, y gustaba de la oración, y penitencia: con que en poco tiempo de cristiano subió á mártir.
Entre los santos mártires, que fueron presos, había tres niños, en los cuales, por ser más flacos, se mostró más la fortaleza de Dios, como se verá en el discurso de su martirio. El santo niño Tomé, hijo del santo mártir Miguel Cosaqui, vino á la compañía de los frailes, para seguirlos, siendo de doce años, y con su comunicación se adelantó la virtud á la edad. Contaba, á los que venían al convento, las vidas de los santos, que había oído contar á los frailes, y los misterios de la fé, el modo de oír misa, y rezar el rosario de Nuestra Señora. Era muy devoto, y caritativo: y dejando los entretenimientos de su edad, iba á visitar los leprosos, y hablaba con los gentiles de la falsedad de sus sectas, convenciéndolos con sus razones; v con los cristianos, de las mercedes, que Dios hacia á los que sacaba de la idolatría: ayunaba todos los viernes: diciplinábase todos los días; y estaba en oración con gran silencio el tiempo que veía estar los religiosos. Habiendo estado hasta los quince años en compañía de los frailes, mereció ser preso con ellos en Meaco. El otro niño se llamaba Antonio: era de trece años, cuando le prendieron: habia aprendido á leer, y escribir, y mucha virtud en el colegio de la compañía de Jesús de Nangasaqui, y siendo admitido de los frailes por Doxicu, aprovechó tanto con su enseñanza, que mereció ser preso en Osaca con el santo Fray Martin, y añadir la corona de mártir á la de virgen; como también otro niño de doce años, ó diez, según escriben algunos, que se llamaba Luis, y era sobrino de los santos mártires, León y Miguel, que vivía en la casa de los padres descalzos, bautizado por ellos: el cual, viendo, que los ministros de justicia, no lo querían poner en la lista de los presos, por ser tan pequeño, lloró tanto, que le hubieron de escribir por darle gusto. El último de los santos mártires familiares de los frailes, que prendieron en esta ocasión, se llamaba Matías, á quien por suerte cupo la corona del martirio, del modo que aquí diré. Estaba puesto en la lista dé los presos un cristiano, llamado Matías, que servía en Meaco á los padres descalzos de comprador, y cocinero, al cual aun después de puestas las guardas dejaban salir á comprar lo necesario, y luego se volvía á la prisión. Vivía junto á la puerta del monasterio otro cristiano, que tenía el mismo nombre, y se llamaba Matías. Aconteció, pues, que cuando vinieron los ministros de la justicia para llevar á la cárcel á los religiosos, y cristianos; Matías, el comprador, no estaba en el convento; y preguntando por él, como no parecía, salió el otro Matías, y dijo: «Aunque yo no soy, el que buscáis, y por quien preguntáis; pero soy cristiano, y tengo ese mismo nombre, y acudo á la casa de los padres». Oyendo los ministros, que se decía Matías; como no fallaba más que él solo, para cumplir su lista, sin cuidar, si era el mismo, ú otro, echaron mano de él: El cecidit sors super Mathiam, el annumeratus est cum undecim; y él recibió esta dichosa fuerte con grande contento, y alegría, y el otro Matías quedó excluido sin que se acordasen mas de él.

Pintura anónima japonesa que representa a los mártires cristianos de Nagasaki, entre los que se encontraba Martín de la Ascensión

En la casa de la compañía de Jesús de Osaca prendieron al hermano Pablo Miqui, que estaba en aquella ciudad, trabajando por Jesucristo, sustentando á los cristianos en la fe, y convirtiendo á ella á los gentiles. Era el santo Pablo Miqui natural del reino de Ava, que está en la tercera isla del Japón, llamada Nicozu, y nació en Teunocuni de padres nobles, aunque gentiles. Fué bautizado de edad de cinco años, y desde muy niño inclinado á la virtud, y quitado de las travesuras de aquella edad, mostrando en su modestia, humildad y mansedumbre, ser escogido de Dios. Crióse en el seminario que tenía la compañía para enseñar virtud y letras á los hijos de los señores, y caballeros: entró en la compañía de veinte y dos años, y estuvo en ella once, con admirable ejemplo de vida verdaderamente apostólica. Estudió con gran cuidado los sermones del catecismo, y las sectas del Japón, para refutarlas; y salió tan consumado, que vino á ser uno de los mejores predicadores que tuvo la compañía en Japón, imitador de san Pablo en el celo, como en el nombre; y así eran muchísimos los que se convertían á la fé por su predicación. El P. Fr. Marcelo de Ribadeneira, religioso descalzo de san Francisco, que conoció, y trató á este santo mártir, escribo en su historia del archipiélago: «Entre todos los hermanos de la compañía , que en la sazón, que yo estuve en el Japón, predicaban, este santo mártir tenía fama entre los cristianos de más espiritual predicador, y que más provecho hacía, mostrando su fervoroso celo con afectos y palabras, en los que le oían: por lo cual aún de los mismos padres de la compañía era alabado de humilde y buen predicador, y que trataba de veras el aprovechamiento de las almas, y de aprovechar también la suya con virtudes». Hasta aquí dicho autor. Sucediólo en Osaca, que llevando á ajusticiar á un gentil por sus delitos, el santo se metió por medio de las guardas, que suelen en tales actos ser muy rigurosos, en no dejar que la otra gente llegue, á los que van á ser ajusticiados, apartándolos con muchos palos, y se llegó al delincuente, y le predicó con tanto fervor, que le convirtió, y le bautizó, antes que le ajusticiasen; y así murió cristiano, y con el nombre de Jesús y María en la boca. Gastó san Pablo Miqui algunos años predicando en los estados de Arimia y Omura, y en los otros reinos de la isla de Ximo, con grandes concursos y conversiones, y aplausos de los señores de aquellos estados, Arimando y Omurandono; y á petición del padre Organtino, superior de las casas do la compañía de Jesús de las partes del Meaco, fué llevado con licencia del padre provincial á aquella corte á predicar; y lo hizo en aquella ciudad, y en las de Osaca, y otras de aquellas parles, convirtiendo en todas á nuestra santa fé á mucha gente noble, y mucha de la del pueblo. Disputaba con gran fervor con los bonzos gentiles, y los confundía vergonzosamente, sin tener ellos que responder. Era tan grande su celo, que no contento con ser él un predicador tan excelente, deseoso de hacer muchos predicadores, instruía á los japonés cristianos, que hallaba capaces, de cómo habían de disputar con los gentiles, y refutar sus sectas y errores: y para destruir la idolatría y superstición con la lengua, y con la pluma, compuso muy doctos libros en esta materia, para confusión de los gentiles y enseñanza de los cristianos. Con estas virtudes y celo, que le hacían apóstol, mereció ser mártir, y tan insigne, que dice el mismo P. Fr. Marcelo de Ribadeneira: «Aunque se puede gloriar de muchos gloriosos mártires, que entre infieles, y herejes ha tenido la santa religión de la compañía de Jesús; entre los mas principales y célebres, puede ser contado el santo hermano Pablo Miqui».

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

jueves, 5 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SANTA ÁGUEDA, VIRGEN Y MÁRTIR


Siendo emperador Decio, y presidente de Sicilia Quinciano, se publicó un edicto cruelísimo en ella, en que se mandaba, que todos los cristianos fuesen presos, y con atroces tormentos consumidos. Tuvo noticia de este impío mandato una doncella, llamada Águeda, dotada de cuatro cosas, que se estiman mucho en las mujeres. Era nobilísima, riquísima, hermosísima y honestísima; y sobre todas sus excelencias era cristiana, y había nacido en la ciudad de Palermo, como lo afirma el Metafraste, y lo trae Surio, y Lipomano; y con deseo y afecto grande de conservar la virginidad, y morir por Cristo, le suplicó afectuosamente, que la guardase, y defendiese de aquel tirano, que pretendía hacerle perder la fé y castidad. Mandó Quinciano, estando en Galanía, presentarla delante de sí; y ella armada con su oración, y con el favor y espíritu del cielo, fué á los estrados con grande alegría y seguridad. Así que Quinciano la vio, luego fué preso de su rara y extremada belleza; y olvidado del oficio de presidente, que tenía, y de lo que debía á la justicia, y no haciendo caso del mal ejemplo, que daba á aquellos pueblos que gobernaba, y se miraban en él como en un espejo, para hacer lo que él hacía, hollando las buenas costumbres, las leyes, la piedad y la religión, se determinó de tomar todos los medios posibles para gozar de la santa doncella, y atraerla á su voluntad; y estando ya él preso de su ciega pasión, la hizo prender: más por disimular y cubrir más su intento, mandó entregar á Águeda á una vieja sagaz, llamada Afrodisia, que tenía cinco hijas muy hermosas, y no menos lascivas; para que con el trato y compañía de ellas la santa doncella Águeda se fuese ablandando y perdiendo el amor, que tenía á la castidad y á Jesucristo, y de esta manera alcanzar con maña y artificio, lo que de ella pretendía. Así que Águeda estuvo en la casa de Afrodisia, luego la vieja maliciosa y taimada, comenzó á usar de las artes y embustes, que solía, para engañar la simplicidad de la doncella pura, y á decirle con dulces palabras, que se desahogase y dilatase el corazón; que en aquella casa no había hombre ninguno, sino solas sus hijas, entre las cuales bien podía decir y hacer libremente, todo lo que quisiese, sin recelo, ni recato: que no tuviese pena ni temor; porque ella la libraría de las manos de Quinciano; porque era hombre nobilísimo y cortés, y amicísimo de hacer placer; y que si ella no fuera cristiana, sin duda fuera señora del presidente y de toda Sicilia: y otras palabras le dijo á este propósito, como suelen, inspiradas de satanás, las que usan de este oficio. Oyólas la santa doncella, y no las oía; porque estaba tan fija, y puesta en Dios con el corazón, suplicándolo con grande afecto, que conservase su virginidad, y la guardase de toda violencia, que no hacía caso de lo que le decía. Pero como muchas veces Afrodisia le replicase las mismas razones, y le quebrase la cabeza, pareció á santa Águeda, que era bien declararse con ella de una vez, para librarse de los silbos de aquella serpiente, y díjole: Afrodisia, bien entiendo tus mañas, y las razones con que piensas persuadirme, que yo deje á mi Cristo, y deshonre mi linaje, y venda mi virginidad; mas no pienses, que tienes tanta elocuencia, ni tanto artificio en tus palabras, que yo me deje vencer de ellas. Yo no oigo tu lengua como lengua de mujer, sino como lengua del demonio, que habla por tí; y como huyo de él, huyo también de tí, y no he querido advertir á lo que me dices. Yo te aviso como cristiana, que está obligada á querer bien á los que nos quieren mal, que mires por tí, y dejes el oficio infame y maldito, que usas con afrenta tuya y daño de la república, y mal ejemplo de tus hijas: no enredes con tus lazos esta ciudad, ni pongas fuego en los corazones de las doncellas inocentes y puras; porque haces más daño, y eres más perjudicial á la república, que si la pegases fuego por las cuatro partes de la ciudad, ó si inficionases las fuentes públicas de que ella bebe: y aunque Quinciano disimule contigo, Dios del cielo te castigará: y si no quieres dejar esta empresa que has tomado conmigo, por tu honra y por tu bien; déjala á lo menos por no perder tiempo, y derramar palabras al viento; porque yo te hago saber, que estoy tan fundada y firme en el amor de mi Señor Jesucristo, y tan constante en el voto que he hecho de virginidad, que con el favor de mi Dios espero, que antes el sol perderá su claridad, y el fuego su calor, y la nieve su blancura, que yo me mude de este propósito, y voluntad. Afile Quinciano sus navajas: apareje sus leones: encienda el fuego: arme sus lazos: abra, si puede, las puertas del infierno; y quite las cadenas á todos los demonios contra mí: que yo morir tengo virgen, y cristiana, y no temo, que Quinciano me haga fuerza; porque Dios, á quien he entregado mi alma, y mi cuerpo, me defenderá. Tú eres vieja, ó Afrodisia, y ya la muerte está á la puerta, y tú lo muestras con tu mal color: mira por tí: reconoce á tu Criador: ten vergüenza del mal ejemplo, que has dado á tus hijas y á toda esta ciudad: llórale, y llora tu vida pasada: conviértete á Dios, y haz penitencia, confesándole y adorándole, para que no te castigue. Así que Afrodisia oyó las palabras de la virgen, y entendió que perdía tiempo con ella, á cabo de treinta días que la había tenido en su casa, se fué al presidente, y le dijo: Señor, yo he tenido la doncella que me disteis en mi casa por vuestro mandado, y he hecho con ella todo lo que he sabido y podido, para inclinarla á vuestra voluntad: pero tened por cierto, que está tan firme en ser cristiana, y en guardar su virginidad, que antes se ablandará el hierro, y el acero y el diamante, que ella mude de propósito. Yo le he ofrecido ricos vestidos, atavíos, joyas y piedras preciosas; y ella no lo estima en más que un poco de basura: no parece, que desea, ni de día, ni de noche piensa, ó sueña otra cosa, sino morir por Jesucristo. Oído esto por Quinciano, mandó llamar á Águeda, y preguntóle, ¿de qué casta era? Y la santa doncella respondió: Noble soy, y de ilustre sangre, y mis deudos dan testimonio de ello, como es notorio por toda Sicilia. ¿Pues cómo, siendo noble, sigues las costumbres de gente despreciada y vil? Porque aunque yo soy noble, dijo Águeda, soy sierva y esclava de Jesucristo, y no me desvanece mi linaje; porque sé, que la verdadera nobleza es servir con puro corazón á Jesucristo. A esto respondió Quinciano: ¿Luego nosotros no somos nobles, que menospreciamos á vuestro crucificado? Y la santa: Si tú eres, dice, de tal manera esclavo del demonio, que adoras las piedras; ¿dónde está tu nobleza y libertad? Mandóla dar el juez malvado una bofetada en el rostro, diciéndole, que aprendiese á callar, y no injuriar á su señor. Quedó el rostro de la santa denegrido y acardenalado; pero más hermoso y resplandeciente delante de Dios: y viendo Quinciano, que con todas sus artes no podía sacar de ella sino palabras llenas de fé, esperanza y amor de Cristo, la mandó llevar á la cárcel, diciendo, que pensase bien, lo que le convenía, ó morir á puros tormentos, ó negar á Cristo.

Mas el Señor, estando Águeda en aquella cárcel obscura y penosa, le envió al apóstol san Pedro en figura de un viejo venerable, el cual llevaba consigo muchos ungüentos, como médico, y delante de él iba un mozo, como alumbrándole con una hacha encendida en la mano, y con un semblante risueño apacible saludó amorosamente á la santa, y le dijo: No ha ganado nada contigo el tirano con sus tormentos; antes tú le has dejado atónito y confuso: y si te ha atormentado y cortado el pecho, él lo pagará con fuego eterno. Yo estaba presente, cuando te lo cortó, y vi que se puede curar; y así vengo para curarte, y darte entera salud. Respondió al apóstol, sin conocerle, que nunca en toda su vida había usado de medicina corporal, ni ahora quería usar de ella; porque tenía puesta su confianza en Cristo que la sanaría; pues era reparador de todas las cosas. Y como la santa doncella por su honestidad, y por la confianza que tenía en Cristo, que la sanaría, no quisiese dejarse curar; al fin le descubrió san Pedro, quién era, y que el Señor le había enviado, para que de su parte la sanase, y le restituyese el pecho cortado; y que en señal de la verdad, que le decía, ella quedaría sana; y diciendo esto, desapareció: y ella mirando su cuerpo, se halló enteramente sana, y el pecho restituido en su lugar; y volviéndose con el corazón y con el alma al Señor, le dijo: Yo os hago, Señor mío Jesucristo, gracias, por haberos acordado de mí, y haberme enviado á vuestro apóstol, para que curase mis llagas, y renovase y confortase mis miembros. Resplandeció una luz tan extremada y celestial en aquella cárcel tenebrosa, que las guardas turbadas y fuera de sí, dejándola abierta, echaron á huir. Los presos de la cárcel aconsejaban á la santa, que pues estaban las puertas abiertas, y no había quien se lo estorbase, se pusiese en salvo; y ella les respondió: Nunca Dios quiera, que yo deje el campo y huya, hasta que alcance de mi enemigo la victoria. Cuatro días después Quinciano la hizo traer de nuevo á su tribunal: y viéndola tan entera, y tan sana, y que con tanto ánimo predicaba, que Cristo la había sanado, quedó por una parte admirado y confuso, y por otra lleno de saña y furor: del cual arrebatado, mandó sembrar por el suelo muchas brasas de carbón encendido, y pedazos menudos de tejas, y extender y revolver á la santa desnuda sobre ellas, para que el fuego quemase sus carnes, y las puntas agudas la lastimasen y afligiesen con mayor dolor: más estando la santa en este tormento envió nuestro Señor un grandísimo terremoto, á la ciudad de Catania, con el cual murieron dos amigos y consejeros del presidente, que se llamaban, como dice Metafraste, Vulteyo y Teófilo, ó como dice el Breviario romano, Silvino y Falconio. Toda la ciudad, despavorida y asombrada, comenzó á clamar, que aquel era castigo de Dios por la injusta crueldad, que contra Águeda se usaba; y corría hacia la casa del presidente: el cual se turbó extrañamente cuando vio la gente, y oyó sus clamores; y temiendo, que no le quitasen por fuerza de las manos, y librasen á Águeda, la mandó de nuevo llevar á la cárcel. Allí la santa virgen, alzando las manos al cielo, donde tenía su corazón, comenzó á orar de esta manera: Dios mió eterno, que por tu sola bondad me has armado de tu celestial gracia, para que yo pudiese pelear contra el tirano por el ensalzamiento de tu fé, y que siendo mujer moza, y flaca, sola venciese en mi carne frágil tantos tormentos, y tantos soldados, y hombres armados; abre, Señor, los brazos de tu piedad, y recibe mi espíritu, que te desea con un amor intenso. Aquí acabó con su vida la oración; antes comenzó á vivir, y vivo eternamente en el cielo. Idos en buena hora, ó bienaventurada, y santa alma; idos á vuestra casa, dichoso espíritu, y gozad ahora y para siempre de la gloriosa vista, del que de tal manera os cautivó con su amor, que por él menospreciasteis esta vida, y todos los gustos y deleites de la tierra. El mundo todo predica vuestra virtud: los fieles celebran vuestras victorias, y coronas: las mujeres, cuyos pechos son atormentados, os invocan, y reciben salud: vuestra patria por vos es honrada; y la santa Iglesia enriquecida. Dadnos vuestro favor, para que los que escribimos, y los que leyeren vuestra vida, sean imitadores de vuestras virtudes, y particioneros de vuestra gloria.


En publicándose la muerte de santa Águeda, luego corrió todo el pueblo, por reverenciar aquel cuerpo castísimo, y martirizado por Cristo; y queriéndolo encerrar en un sepulcro, apareció un mancebo ricamente vestido, acompañado de otros cien mancebos, que eran ángeles del Señor, el cual á la cabecera de la santa puso una tabla de mármol, en la cual estaban escritas estas palabras: Mentem sanctam, et sponutancam: Deo honorem; et patriæ liberationem; y luego desapareció. Quieren decir: Águeda tuvo la mente santa, y voluntariamente se ofreció; honra á Dios; y alcanzó de Él la salud para su patria. Este es el epitafio, que por mano de ángeles vino del cielo, en el cual con pocas palabras se resume, todo lo que en alabanza de esta gloriosa virgen y mártir se puede decir; pues el Santo de los santos á boca llena la llama santa, y dice, que se ofreció de su voluntad al martirio, y que supo honrar á Dios, y librar á su ciudad. No la alaba por haber nacido en una ciudad famosa, ni por su nobleza, ni por sus riquezas, ni de hermosa, ni de otras gracias naturales, de que se precian las mujeres (aunque todas estas cosas en grado muy subido tuvo santa Águeda): porque todas ellas de suyo son de poca estima delante de Dios; sino por la muerte santa, que tuvo, y por el grande y encendido afecto, con que se ofreció á Dios. El día del martirio de santa Águeda fué á los cinco días del mes de febrero, del año del Señor de 252 imperando Decio, y siendo sumo pontífice san Cornelio. Celebra la Iglesia su fiesta el mismo día en que murió.
Cuando Quinciano supo, que la santa virgen era muerta, codicioso de sus muchas riquezas, partió muy acompañado de gente de Catania para Palermo, donde estaban, para apoderarse de ellas: y al pasar de un río, un caballo le mordió en la cara, y otro á coces le echó en el río, donde se ahogó; y buscando su cuerpo, nunca se pudo hallar: para que se entiendan los justos juicios del Señor, y como al cabo castiga la deshonestidad, crueldad y codicia, de los que se atreven, y persiguen á sus santos.
Relicario con el velo de Santa Águeda
Con este suceso creció más la honra y reverencia de santa Águeda: la cual se aumentó aún mucho más, por lo que sucedió luego al año siguiente después, y el mismo día de su martirio; y fué de esta manera. El monte Etna, que llaman Mongibelo, es uno de los más altos, y maravillosos, que hay en el mundo, el cual siempre está cubierto de nieve, y por la boca humea, y echa llamas de fuego, como otros volcanes. La ciudad de Catania está como una buena legua de la falda de este monte. Sucedió, pues, que habiendo precedido un espantoso estruendo, y como bramido, dentro de las entrañas del monte, comenzó á salir un río de fuego de él hacia la parle de Catania: y los moradores, aunque eran gentiles, temiendo la destrucción de la ciudad, y viéndose sin remedio; por inspiración de Dios, que quería manifestar la gloria de su santa, corrieron á su sepulcro, y tomando el velo, con que su bendito cuerpo estaba cubierto, vinieron con él contra el fuego; y desplegándole, y mostrándole, el fuego paró, y no pasó más adelante.
Este milagro tan señalado, que entonces obró el Señor, después acá ha obrado otras muchas veces, que el monte Etna ha salido como de sí, arrojando ríos de vivas llamas por aquellos campos hacia la ciudad de Catania: la cual hubiera sido asolada, y abrasada de estos incendios, si su gloriosa patrona santa Águeda no la hubiera defendido. Es cosa maravillosa, y para no creerse, si no fuese propia de la omnipotencia del Señor, ver venir desde la cumbre de un monte altísimo hacia la ciudad un río de fuego, ancho y espeso, y de materia muy densa, como de plomo, ó de un metal derretido, abrasando todo lo que topa y halla alrededor, por donde pasa, y salir el clero, y toda la ciudad en procesión como á pelear con este fuego, no con armas, ni con agua, ni con otros instrumentos para apagarle, sino con sola la protección de santa Águeda, y con su velo; y que en mostrándosele al fuego, como si tuviese uso de razón, para su corriente, y cosa. Y no solamente tiene esta virtud cualquiera velo, que haya estado sobre el cuerpo de santa Águeda, sino también se sirven en Catania contra el fuego del algodón puesto sobre su cuerpo.
Y en nuestros días, el año de 1537, viniendo este rio de fuego, que he dicho, hacia al monasterio de san Nicolás de Arenas, no le tocó, y casi destruyó á dos aldeas, llamadas Nicoloso y Monpelerio, y corriendo por su camino, y habiendo de dar en una viña de un pobre hombre, que estaba en el camino, por donde había de pasar, la cual yo he visto: poniendo en unas cañas á trechos un poco de este algodón, á punto que llegó el fuego á la viña, se partió en dos brazos, y la cercó, y la salvó, sin hacerle algún daño, arruinando y abrasando lo demás: y esta vez arrojó el monte tan gran copia de ceniza, que llegó hasta trescientas millas lejos; y algunas naves, que venían de Venecia á Sicilia, corrieron gran peligro, por la mucha ceniza, que cayó sobre ellas, como lo escribe Tomás Facello, diligente escritor de las cosas de Sicilia. 

Estas son las maravillas del Señor: estos los milagros perpetuos, que obra, argumentos de su infinito poder: esta la honra, que hace á sus siervos, para darnos motivos de alabarle á él en todas sus criaturas, y glorificar, é imitar, á los que con tanta pureza y constancia perdieron su vida, por no perder su castidad y su fé, como lo hizo la bienaventurada santa Agueda; y por esto es tan celebrada en el mundo y desde que murió tan reverenciada, que la gloriosa virgen, y mártir santa Lucía vino en romería desde la ciudad de Zaragoza de Sicilia á la de Catania, al sepulcro de santa Águeda, para alcanzar salud para su madre, como la alcanzó.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc