sábado, 12 de septiembre de 2026

S A N T O R A L



EL DULCISIMO NOMBRE DE MARÍA

E
ntre todos los nombres, con que la Escritura sagrada, y los santos Padres nombran á la Madre de Dios, para significar sus excelencias y prerrogativas, el nombre propio es el de María, y juntamente el más principal; porque está lleno de misterios, y siendo uno solo, significa en compendio todas las grandezas de María, que se representan por los otros nombres y epítetos. Por lo cual, aunque decía Pitágoras, que se hallará muy rico de prudencia en la vejez, quien no gastare el tiempo en disputar de los nombres, y los filósofos desprecian las cuestiones de nombre, como inútiles; la excelencia y santidad del nombre de María, nos convida, y aun obliga á tratar de él: porque este dulcísimo nombre, pronunciado, consagra los labios: escuchado, recrea los oídos: pensado, alegra el corazón; y ni se puede escribir de él sin provecho, ni hablar sin fruto, ni discurrir sin ganancia: y como dice san Bernardíno de Siena: «Ya que no podemos alabar á María, como merece, debemos ensalzar su nombre, cuanto nos fuere posible».

El santísimo nombre de María desde la eternidad se escribió en el libro de la vida, después del nombre de Jesús: el nombre de Jesús fué el primero; y el nombre de María el segundo.


Y advirtió el cardenal Nicolás Cusano, que nunca fué borrado el nombre de María del libro de la muerte; porque nunca fué escrito el nombre de María en este libro. Si creémoslo que dicen graves doctores, el nombre de María fué revelado á Adán, el primero de los hombres, por el mismo ángel que en nombre de Dios amenazó á la serpiente, que una mujer le había de quebrantar la cabeza: el nombre de María fué revelado á Elías, cuando vio levantar del mar aquella nubecilla pequeña, que era imagen y figura de la Reina del cielo, y estrella del mar: también entre los maestros antiguos de los judíos había noticia de que se había de llamar María la Madre del Mesías, como lo prueba Pedro Galatino. Pero no solo los judíos, mas también los gentiles tuvieron noticia del nombre de María, como dice san Juan Damasceno; porque entre las diez Sibilas, dos profetizaron claramente el nombre de María, que fueron la Eritrea, y la Tiburtina: y esta añadió, que había de tener un esposo, llamado José, y que su Hijo, nacido del Espíritu Santo, sin obra de varón, se había de llamar Jesús; de manera, que expresó todos tres nombres, de Jesús, María y José. El oráculo de Apolo, que se veneraba en Delfos, consultado de los argonautas Jasón, y sus compañeros, á quién dedicarían un templo que habían edificado en una ciudad del estrecho de Galípoli, que antiguamente se llamó Cizico, y ahora Spyga; respondió el oráculo, que á María, Madre del Verbo eterno: lo cual ellos, envueltos en las tinieblas de sus errores, no entendieron; y así dedicaron el templo á Rea, madre de los dioses, hasta que en tiempo del emperador Zenón se consagró el templo á honra de María Santísima: todo lo cual cuenta Cedreno en el Compendio de las historias. 
Dejando otros monumentos y memorias, con que quiso Dios anunciar en la antigüedad el nombre de María; particularmente fué revelado á sus padres Joaquín, y Ana, por medio de un ángel, que les mandó pusiesen á su hija el nombre de María, como se lee en el libro del Nacimiento de la Virgen, que anda entre las obras de San Gerónimo. Y si se le fué revelado á Abraham el nombre de su hijo Isaac, y á Zacarías el de San Juan Bautista, y también á Santa Isabel, como indica el Evangelio, y notó San Ambrosio; no era justo que careciese María Santísima, habiendo de ser Madre de Cristo, del privilegio que gozó Isaac, por ser figura de Cristo; y Juan, por haber de ser su precursor: y así lo significa San Ambrosio, diciendo, que no es verosímil que se negase á María este privilegio, que se concedió á otros santos; pues no hay santo ninguno, que venza á María en los privilegios de la gracia. Fuera de que solo Dios podía dar conveniente nombre a la Virgen, no sus padres, ni alguna criatura; porque solo quien conoce las cosas, puede darlas nombre que las convenga, y como solo Dios conocía la excelencia de aquella niña que nacía, solo Dios podía ponerle el nombre de María, que significa, como veremos, sus excelencias.

Y nota un doctor, que María santísima fué la primera de las mujeres que recibió el nombre, por revelación divina, antes de su concepción.

Pantaleón, diácono, y otros doctores afirman, que el mismo arcángel San Gabriel, que anunció antes á Zacarías la concepción y nombre del Bautista, y después á María la concepción y nombre de Jesús; anunció á Joaquín y á Ana la concepción y nombre de María; de manera, que podemos acomodar á la Virgen, lo que dice el Evangelio de su Hijo: «Vocatum est numen ejus María: quod vocatum est ab angelo, priusquám in utero conciperetur». Y así este nombre no es inventado de hombres, sino dado de Dios: no es nacido en la tierra, sino bajado del cielo: no fue puesto por elección de sus padres, sino por providencia del que había de ser su Hijo. Primero pronunciaron el nombre de María los ángeles, que los hombres; y verdaderamente es menester que sean los hombres ángeles, para pronunciar con labios bastantemente puros el santísimo nombre de María. Por eso no mudó la Virgen el nombre de María en otro, cuando subió á la dignidad de Madre de Dios: como á Simón le mudó Cristo el nombre en el de Cefas, á Pedro, cuando le levantó á la dignidad de cabeza de su Iglesia: porque el nombre de María se le había dado Dios á la Virgen; y por eso nunca le había de dejar. El nombre de María significaba la dignidad de Madre de Dios; y así no pedía otro nombre su dignidad: el nombre de María era el mejor nombre que podía tener la Madre de Dios, como dice san Buenaventura; y así no había otro nombre, en que poderle mudar. Por eso el ángel, al anunciar á la Virgen el misterio de la encarnación, la confirmó el nombre diciéndola: No temas, María; porque hallaste gracia delante de Dios. Y ¿qué gracia halló María? La primera gracia que halló, fué el nombre, en que se significaban todas las gracias que había de recibir María; y quiso por eso dijo san Pedro Crisólogo, « que el nombre de María es semejante á profecía; porque este nombre fué una profecía de todos sus privilegios, gracias y prerrogativas.»

Dan los santos Padres y doctores diversas significaciones á este nombre de María, según diversas lenguas y derivaciones, con que explican las innumerables excelencias de María Santísima, para que digamos de ella: Secundúm nomen tuum, sic el taus tua: Como tu nombre, es tu alabanza: porque si los nombres de los grandes sujetos Adán, Eva, Abraham, Sara, 
Isaac, Israel, Juan, Pedro y Pablo, no carecen de misterio, y les fueron puestos con singular providencia y sabiduría divina, ¿qué hemos de decir, ó qué hemos de pensar del nombre de María, Madre de Dios, y Reina del cielo y de la tierra? El nombre de María, según san Ambrosio (aunque no se sabe de qué raíz lo tomó), se interpreta: «Dios de mi linaje»; que es decir: «Dios nacerá de mí»: y vínole ajustado el nombre; pues se hizo Dios hombre en sus purísimas entrañas: y haciéndose Dios del linaje de María; también se hizo María del linaje de Dios: y por eso quizá la llamó San Ignacio, mártir: «María de Jesús». El nombre de María, según San Epifanio, San Gerónimo, San Damasceno, y otros doctores, significa, en lengua siríaca, lo mismo que señora: y cuadróle este nombre á la Virgen, dice san Juan Damasceno; porque fué constituida universal Señora de todas las criaturas, cuando fué hecha Madre del Criador de todas ellas. El nombre de María, según muchos santos doctores, significa «estrella del mar»; entendiendo unos por estas palabras, que es luna, otros que es lucero de la mañana, otros que es norte: y todo lo es María: Luna, que alumbra nuestras tinieblas; Lucero de la mañana, que nos anuncia el día eterno de nuestra felicidad; y Norte que guía á los que navegan por el mar tempestuoso del siglo. Sin esta Estrella del mar, todo es tinieblas: sin esta Luz, todo es bajíos: sin este Astro, todo es tempestades: mirando á María, y mirándonos María, descubrimos los rumbos: alcanzamos las alturas; y sabemos a donde hemos de enderezar la proa, y tender las velas, para llegar seguros al puerto de la bienaventuranza. El nombre de María, según Filón, significa «mar amargo»; y lo fué María santísima en la pasión, y muerte de su Hijo, por los ríos de amargura que entraron en su alma, y olas de tribulaciones que combatieron su corazón. El nombre de María, según San Epifanio, se interpreta «esperanza»; porque parió á Cristo, que es esperanza de todo el mundo: y porque María con su intercesión, da esperanza de perdón á los pecadores, de acrecentamiento de santidad á los justos, y de conseguir la bienaventuranza, á todos los que viven desterrados en este valle de lágrimas. El nombre de María significa, según otros, «maestra, y doctora»: y con mucha razón tiene este nombre; porque fué Doctora de los doctores, y Maestra de los apóstoles.
Imagen entronizada en el altar mayor del santuario Stella Maris en el 
Monte Carmelo en Palestina. Cuna de la devoción a la Bienaventurada Virgen María.
Debajo de este trono a la Madre de Dios, se encuentra la cueva, donde
 por muchos años acudió el profeta San Elias.
Dejando las interpretaciones de «excelsa», ó eminente, de «iluminada, ó iluminadora, lluvia del mar, ó mirra del mar», y otras que, ó están incluidas, ó tienen mucho parentesco con las que hemos traído; es muy celebrada la interpretación, ó acomodación del bienaventurado Alberto Magno: el cual, hablando del nombre de María, dice, «que Dios llamó ó la congregación de todas las aguas María, y á la congregación de todas las gracias María para significar que como el mar es lugar de todas las aguas; María es lugar de todas las gracias. Y conforme á esto, dice Dionisio Cartujano: María se interpreta mar: porque como ninguno puede contar las gotas de agua del mar; así ninguno puede explicar la excelencia de la gracia y gloria de María». Con más elegancia, en este mismo sentido, lo dice san Buenaventura, acomodando á María aquello del Eclesiástico: Omnia flumina intrant in nutre in mare. 
Todos los ríos (dice) entran en el mar, cuando todas las excelencias de los santos entran en María. El río de la gracia de los ángeles entra en María: el río de la gracia de los patriarcas y profetas, entra en María: el río de la gracia de los apóstoles entra en María: el río de la gracia de los mártires entra en María: el río de la gracia de los confesores entra en María: el río de la gracia de las vírgenes entra en María: finalmente, todos los ríos entran en el mar; esto es, todas las gracias entran en María». Todo esto dice San Buenaventura: donde se ve, cuan convenientemente se llama María: Mar; pues que es mar de gracia, en quien se recogen todas las gracias de los ángeles y santos: solo con esta diferencia, que el mar no redunda, como advierte el Eclesiástico, aunque entren en él todos los ríos; pero en María, misterioso mar, entran todos los ríos de las gracias, y redundan en nosotros. Dice San Bernardino de Siena, que así como llamamos á Dios, no con un nombre solo, sino con muchos nombres, para significar su incomprensibilidad; así llamamos con muchos nombres á la gloriosa Virgen, ya con el nombre de Luz, ya de Sol, y otros semejantes, para conocer de alguna manera su excelencia, y sublimidad. Pero, si bien lo consideramos, en el nombre santísimo de María se encierran todas sus grandezas; porque como nombre inventado de Dios, encierra más misterios, que letras: antes cada letra tiene muchos misterios y significaciones, como consideran otros, y yo los dejo, porque, como advierte el doctísimo padre Alonso Salmerón, tienen más de piedad, que de solidez.

Acerca del día en que fué puesto á la Virgen el nombre de María, hay variedad de opiniones, por haberla también acerca del día que acostumbran los hebreos poner el nombre á sus hijas: porque de los niños es cierto que era el octavo día en que se hacia la circuncisión; más de las niñas unos dicen el octavo día, como los varones, otros que al noveno día, otros que á los quince días, otros que ochenta días después del nacimiento, cuando según la ley llevaban las madres á ofrecer á sus hijas en el templo. Nicéforo dice que ó María le fué puesto el nombre poco después de nacida, significando con él, como con un enigma, la gracia que aquella niña había recibido.
Del santísimo y dulcísimo nombre de María, dice el sapientísimo Idiota, hablando con la Virgen, estas palabras: «Dióle, ó Virgen María, toda la Santísima Trinidad un nombre, que después del nombre de tu benditísimo Hijo, es sobre todo nombre; porque á tu nombre se arrodilla toda criatura del cielo, de la tierra y del infierno, y toda lengua confiesa la gracia, gloria y virtud de este santísimo nombre; porque no hay otro nombre después del nombre de tu benditísimo Hijo, que sea tan poderoso socorro: ni hay otro nombre dado en la tierra á los hombres después del dulce nombre de Jesús, del cual se redunda tanta salud á los hombres: porque sobre todos los nombres de los santos alivia á los que están fatigados: sana á los enfermos: alumbra á los ciegos: penetra á los duros: recrea á los cansados: unge á los luchadores; y libra á todos del yugo del demonio. La fama de tu santísimo nombre, ó clarísima Virgen María, primero estuvo encerrada, mientras viviste en el mundo; más después de tu Asunción á los cielos, se divulgó por todas las partes del mundo; porque con la predicación de los apóstoles llenó toda la tierra el sonido de tu santísimo nombre, y se manifestó á todo el mundo su gloria. De tanta virtud y excelencia es tu nombre, ó beatísima Virgen María, que á su invocación el cielo ríe, la tierra se alegra, los ángeles se gozan, los demonios tiemblan y se turba todo el infierno».
Todo esto dice este padre, del nombre de María; y se pueden decir de él, con la debida proporción, casi todas las alabanzas que se dicen del nombre de Jesús; porque aunque el nombre de Jesús sea mucho más excelente que el de María; con todo eso, ha querido el Hijo, en orden á nuestra salud, dar semejante virtud al nombre de su Madre que al suyo: y aun dice San Anselmo, «que algunas veces se alcanza más presto la salud, invocando el nombre de María, que invocando el nombre de Jesús, único Hijo suyo y Señor nuestro: no porque la Madre sea más poderosa que el Hijo, pues no es grande y poderoso el Hijo por la Madre, sino la Madre por el Hijo; sino porque Cristo, llamado por su nombre, no oye luego al punto, por justas causas que tiene para ello: pero invocado en nombre de su Madre, aunque los méritos de quien le invoca no merezcan que sea oído; interceden los méritos de la Madre para que sea bien despachado». Esto es de San Anselmo. Y no es maravilla que quiera Dios hacer mayores favores, ó más presto, por el nombre de su Madre que por el suyo; pues quiso hacer mayores milagros por medio de sus siervos que por si mismo: y antiguamente respondía más fácilmente á los que le invocaban, llamándole Dios de Abraham, y Dios de Isaac y de Jacob, que si le nombraban Dios solamente, como advirtió Orígenes. Y en nuestro caso hay conveniente razón: porque cuando invocamos el nombre de Jesús, no solo invocamos con este nombre á nuestro Padre, mas también á nuestro Juez: con que su justicia suele detener á su misericordia, para que ó no nos oiga, ó dilate el despachar nuestra petición; mas cuando nombramos á María, solo invocamos nuestra Madre, y á la Madre de misericordia, en quien no hay título que embarace el interceder por nosotros con su Hijo: y si intercede María, ¿cómo la negará su Hijo lo que pidiere? ó ¿cómo ha de embarazar su justicia á su misericordia; pues atiende antes á los méritos de la Madre que intercede, que á los deméritos del siervo que suplica? Por eso prueba un doctor que el nombre de María obra algunos efectos ex opere operato, solo con invocarle cualquiera que le invoque por voluntad ó institución divina, al modo que dan algunos doctores esta virtud á la señal de la cruz, á los cuales favorece no poco San Agustín, y al modo que la tienen los exorcismos de la Iglesia. 
Pero sea lo que fuero de esto; lo cierto es, que los santos y doctores atribuyen semejantes efectos al nombre de María que al nombre de Jesús. San Germán afirma que el nombre de María destierra todo temor: San Buenaventura que los que invocaren á María no temerán en el punto de la muerte; y que no tiemblan tanto los enemigos visibles de un copioso ejército, como los demonios del nombre de María; y que tienen mucha paz los que veneran este nombre: Santa Brígida dice, que el nombre de María le veneran los ángeles, le temen los demonios, y trae salud á los hombres que le invocan con propósito de no pecar más: el beato Alberto Magno, que el nombre de María apaga las llamas deshonestas e infunde castidad: San Anselmo, que el nombre de María es seguridad de los que se hallan en algún peligro: San Antonio de Padua, que el nombre de María trae alegría á los tristes; porque es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído. Más, ¿para qué es menester amontonar testimonios, y gastar muchas palabras en lo que se puede decir en pocas? A los que invocan con fé y devoción el nombre de María, favorece Dios en todas sus necesidades: socorre en todos los peligros: consuela en todas las aflicciones; y no hay ninguno tan miserable que no halle consuelo, alivio y socorro en este dulcísimo y poderosísimo nombre.
Con todo esto, no se excusa apuntar uno ú otro de los innumerables milagros que ha obrado Dios para honrar y ensalzar el nombre de su Madre, sacados de graves y diligentes autores. Y aunque, si bien se considera, todos los milagros que Dios hace por la intercesión de María, que son continuos, grandes y estupendos en todas las partes del mundo, y con todo género de personas, sirven para ensalzar y magnificar el nombre de María; con todo eso ha obrado muchos y muy grandes milagros, particularmente por la invocación ó devoción de este dulcísimo nombre.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

viernes, 11 de septiembre de 2026

S A N T O R A L


El Señor de los Milagros de Buga

En la piedad cándida de una india del siglo XVI está el origen de una de las mayores devociones de Colombia y un gran santuario que atrae a los continuas peregrinaciones

Eugenio Trujillo

A ochenta kms al norte de Cali, se encuentra la simpática y acogedora ciudad de Buga y centro con mayor afluencia de peregrinos en Colombia: es el santuario del Señor de los Milagros de Buga.
En ella se venera la imagen, de tamaño natural, de Nuestro Señor Crucificado, cuyos milagros frecuentes, desde el siglo XVI, marcaron profundamente a los habitantes de la región. Su historia se remonta a la conquista, algo más de medio siglo después de la llegada de Colón al Nuevo Mundo.
Entre las familias colonizadoras, se destacaron los Fuenmayor como los verdaderos fundadores de Buga. Como todos los colonos, por causa de las ordenanzas reales, se vieron obligados a trabajar también por la evangelización de los indios.
Había en su casa un india ignorante, cuyo trabajo consistía en lavar la ropa. Tenía un espíritu noble y escuchaba con devoción las clases de religión. Ella maduró un profundo deseo de tener un bello crucifijo, y resolvió guardar durante un buen tiempo el poco dinero que ganaba. Pensaba comprar en Quito, ya famoso por los bellos y piadosos crucifijos que allí tallaban.
Una vez recigido el dinero necesario, una suma considerable para la época, fue a la casa del vicario para que le ayudase con la encomienda. En el camino, encontró una escena desgarradora. Un indio que conocía , encadenado, era llevado preso por no haber pagado la deuda de un prestamista. Conmovida por las lágrimas del prisionero, quien dejaría a su familia sin sustento, la india resolvió compró su libertad, sin reservar nada si.
Galardonada la generosidad de la India
Regresó tranquila a su casa y se reanudó sus ocupaciones habituales, convencida de haber hecho una obra de caridad más agradable a Dios que obtener aquel piadoso y bello crucifijo que tanto deseaba. Como recoger de nuevo esa suma? No lo sabía..
Un día, mientras lavaba ropa en el río Guadalajara, que rodea la ciudad, vi un objeto que flotaba, se hundió, reapareció brevemente y volvió a desaparecer. Entrado en el agua, agarró el objeto y lo llevó a la orilla del río. Al observarlo, reconoce conmovida que se trataba de un pequeño crucifijo de madera que caía en sus manos como un regalo del Cielo.
Sin comunicar a nadie el hecho, lleva el precioso hallazgo a su humilde morada, le improvisa un altar con flores silvestres y lo venera por varios meses.
Una noche, la despertó un ruido inusual. Llena de temor la piadosa indígena miró hacia su crucifijo, y lo encontró de mayor tamaño. Había crecido! El crecimiento milagroso continuó durante varios días, alcanzando el tamaño de un niño de 10 años.
Aterrada ante tal prodigio, la India recurrió a sus jefes, que le aconsejaron consultar al vicario, a quien ya habían informado del hecho. La noticia pronto se extendió por la región.
Así, en medio del siglo XVI, comenzó una gran devoción popular al Crucifijo milagroso. Los peregrinos venían a visitarlo continuamente, y los favores celestiales manabam en abundancia.
Desfiguración y el nuevo milagro
Archivo:Señor de los Milagros de Buga.pngCon los años, la piedad indiscreta de algunos peregrinos -que arrancaban pequeñas astillas del Crucifijo de madera para llevarlas consigo lo dejaron totalmente desfigurado. 
Un siglo más tarde, mediante la determinación del obispo de Popayán, una comisión del Santo Oficio examinó el Santo Cristo, y concluyó que, debido a su apariencia deforme no era conveniente exponerlo a la veneración de los fieles. Por lo tanto, debería ser quemado.
Un sacerdote aragonés fue encargado de ejecutarlo el mandato. Conforme a las buenas prácticas y prescripciones para el caso, el religioso mandó encender una gran fogata en un lugar adecuado. Allí colocó el Crucifijo. Oh sorpresa! Las llamas no lo consumían! La fogata ardió infructuosamente durante dos días. El Crucifijo no sólo se resistió al fuego! Aumentó su tamaño hasta alcanzar el porte de un hombre adulto! Además, recuperó las partes astilladas por los fieles! Parecía una obra de arte!
Frente al prodigio, el sacerdote ordenó apagar el fuego y retirar el Crucifijo de las brazas. Como resaltando aún mas la acción de la Divina Providencia , la imagen comenzó a sudar profusamente una especie de aceite, que se recogió en algodones. Este fenómeno se repitió varias veces. Este oleo probó tener propiedades curativas extraordinarias. Muchos enfermos fueron allí mismo curados milagrosamente! Algunos ciegos y paralíticos 
fueron curados cuando en ellos era aplicado aquel aceite. 
Grandes multitudes visitan al Milagroso
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Hasta hoy, el Santo Cristo conserva el color de madera quemada, muy oscuro, casi negro. La devoción que el pueblo le tributa en Colombia y en las naciones vecinas hizo necesaria la construcción de un inmenso santuario, continuamente visitada por miles de peregrinos en busca de favores para sus almas y sus cuerpos.
Fuente:
http://catolicismo.com.br/materia/materia.cfm/idmat/9C7FF5F1-3048-560B-1C705D3243A24135/mes/Agosto1996

S A N T O R A L

SAN PAFNUCIO , OBISPO Y CONFESOR

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Natural de Egipto, y cristiano desde su infancia. Habiendo pasado algunos años en el desierto, bajo la dirección de san Antón, salió de la soledad para ser consagrado obispo de la Tebaida. San Pafnucio fué uno de aquellos ilustres confesores, que en tiempo del emperador Maximino-Daia, después de haberles arrancado el ojo derecho , y cortado los nervios de la rodilla izquierda, fueron condenados á las minas. Cuando se volvió la paz á la Iglesia, el venerable obispo se reunió otra vez á su grey, y empezó á trabajar con todo su celo para librarle de los estragos del arrianismo que amenazaban. Su eminente santidad, y el glorioso título de confesor de la fé , le granjearon la estima y veneración de los padres del concilio de Nicea, al cual asistió. Dícese que el emperador Constantino le llamaba con mucha frecuencia á su palacio, y se complacía hablando con él largos ratos, no despidiéndose nunca sin besarle el lugar donde había estado el ojo que perdiera por la fé. Pafnucio tuvo estrecha amistad con San Atanasio y todos los obispos católicos de su época, y murió en la paz de Dios por los años 337.

FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

jueves, 10 de septiembre de 2026

S A N T O R A L


SAN NICOLÁS DE TOLENTINO, CONFESOR

La Sagrada Familia con San Nicolás de Tolentino

San Nicolás de Tolentino, religioso de la orden del glorioso padre y doctor de la Iglesia san Agustín, nació en una aldea, llamada san Ángelo, de la ciudad de Fermo, que es en la provincia de la Marca de Ancona. Su padre se llamó Campañano, y su madre Amata. Eran honrados, y muy buenos cristianos: y habiendo sido casados muchos días, no tenían hijos; y por esto andaban muy congojados y afligidos. La madre Amata tomó por medianero á San Nicolás, obispo, con quien tenía particular devoción, y prometió de ir á visitar su sagrado cuerpo, que está en la ciudad de Bari, en el reino de Nápoles, si Dios le daba un hijo, y le cumplía su deseo. Fué revelado á sus padres, que hiciesen aquella romería, porque en ella se les diría quién había de ser el que de ellos había de nacer. Pusiéronse en camino: llegaron á Bari: visitaron la iglesia de San Nicolás; y allí se les apareció el santo, y les hizo ciertos que tendrían un hijo, á quien pondrían por nombre Nicolás, por haberle alcanzado por su intercesión, y que sería siervo fidelísimo de Dios, y varón muy ejemplar, y de gran penitencia. Todo se cumplió así; porque Amata concibió, y á su tiempo parió un hijo, que se llamó Nicolás: el cual desde niño fué muy inclinado al servicio de Dios: frecuentaba las iglesias: oía misa, y rezaba con mucha devoción: huía las compañías dé los muchachos traviesos: gustaba de tratar con religiosos: hacía bien á los pobres: ayunaba, y ocupábase en el estudio, y oraba con tanta devoción y atención, que se dice haber visto, aun siendo mozo y orando en la iglesia, á Cristo nuestro Señor con los ojos corporales: y como iba creciendo en edad, iba también creciendo en virtud y ciencia. Hiciéronle canónigo de una iglesia de San Salvador: y aunque vivía loablemente, no estaba contento; porque siempre anhelaba ó otro estado de mayor perfección. Y así, habiendo oído un sermón de un famoso predicador de la orden de San Agustín, del menosprecio del mundo; como el corazón estaba dispuesto, y seca la leña, la centella de la palabra de Dios, que cayó en ella, la encendió de manera, que Nicolás, abrasado del amor divino, se determinó á dar libelo de repudio á todas las cosas de la tierra, y buscar con grande ansia y solicitud las del cielo. Para esto tomó el hábito de San Agustín en el convento de la ciudad de Tolentino: y los religiosos de él se le dieron con gran voluntad, conociendo cuan santa era su vida, y cuán grande su ciencia y habilidad, y esperando que había de ser -como lo fue- gran ornamento de su sagrada religión.
Luego comenzó san Nicolás á darse á todas las virtudes, y más á las que son propias del religioso, á la humildad, á la pobreza, al silencio, á la obediencia, á la oración, al ayuno y penitencia; de suerte, que era espejo de religiosos, como lo fué de sacerdotes, siendo sacerdote, y de predicadores, siendo predicador. Pero aunque en todas las virtudes se esmeró mucho, y fué excelente; lo que se escribe de su abstinencia, pone grande admiración: porque treinta años estuvo en el convenio de Tolentino, sin comer carne, ni huevos, ni peces, ni cosa de leche, ni aun manzanas, ahora estuviese sano, ahora enfermo. Fué esto con tanto extremo, que habiendo una vez caído malo, y llegado ó punto de muerte, los médicos le mandaron que comiese carne, porque así convenía á su salud: y como ellos no se lo pudiesen persuadir, fué necesario que su superior se lo mandase en virtud de santa obediencia. Bajó la cabeza el santo, y probó la carne que le trajeron, y pidió al prior que se contentase con aquella obediencia, y que no le apretase más, ni le hiciese quebrantar el propósito que tenía; porque Dios no estaba atado á la carne, ni á las reglas de medicina para darle salud; y así se la dio el Señor muy entera dentro de pocos días. Ayunaba cada semana los lunes, miércoles, viernes y sábado, á pan y agua, y comía una sola vez: y desde los siete años de su edad, ayunó tres días cada semana, imitando en esto á san Nicolás, obispo, el cual, siendo niño, los miércoles y viernes, no quena tomar más de una vez el pecho. Disciplinábase las noches con una cadena de hierro: su túnica era pobre, áspera y remendada: la cama dura, y propia de penitente: su oración era muy fervorosa y continua; y casi todas las noches se le pasaban, ó en el coro (en el cual era primero), ó en atenta y regalada contemplación del Señor. Más el demonio, que siempre vela para nuestro mal, procuró con varias tentaciones apartar al santo de su dulce conversación: y una noche, estando orando delante de un altar, como solía, mató la lámpara y la arrojó en el suelo, y la hizo pedazos: y poniéndose sobre el techo de la iglesia, comenzó á destejarle, y hacer tanto ruido, que parecía que se quería caer la iglesia. Tomó varias y horribles figuras de bestias fieras, para espantarle: y como el santo no se moviese de su oración, le dio tantos y tan grandes golpes (permitiéndolo el Señor, para mayor prueba y corona de su siervo), que por muchos días le quedaron en el cuerpo las señales de las heridas.
San Nicolás Tolentino,
 Patrono de las ánimas del Purgatorio
Otra vez, entrando á hacer oración delante de un crucifijo, el demonio le derribó y le maltrató de manera, que le dejó por muerto, y quedó cojo por toda la vida; pero él, esforzado por el Señor, se levantó, é hizo su oración y gracias, porque así lo probaba y le daba victorias de su enemigo. Fué devotísimo de las almas del purgatorio, por una visión que tuvo, en la cual vio gran número de almas del purgatorio, que con grande instancia le pedían el sufragio de sus oraciones y misas; y habiéndolas dicho, le dieron gracias por ello. No era menor su caridad para con los vivos, que para con los difuntos. Visitaba con gran cuidado á los enfermos, y compadecíase de ellos: recreábalos con sus palabras, animándolos á llevar con paciencia su trabajo, y dábales todo lo que podía para su regalo. Recibía á los frailes huéspedes, como si fueran ángeles del cielo. Alegraba los tristes: consolaba á los afligidos: reconciliaba á los discordes: socorría á los pobres: libraba á los cautivos, y á los encarcelados. Finalmente, la vida de san Nicolás era como de un hombre perfectísimo, y venido del cielo; y como á tal le favoreció y regaló mucho nuestro Señor. Seis meses antes que muriese, cada noche, á hora de maitines, le dieron música los ángeles; y él entendió que se llegaba la hora de su dichosa muerte: así la profetizó y avisó de ella á sus frailes. 
Y habiendo caído malo, y agravándosele la enfermedad, los llamó, y rogó que le perdonasen sus faltas, y al prior que le diese la absolución de todos sus pecados, y le administrase los santos sacramentos de la Iglesia, los cuales recibió con grandísima devoción, y abundancia de lágrimas. Después se hizo traer una cruz, en que estaba un pedazo de la de nuestra redención, la cual adoró con profundísima humildad, suplicando al Señor que por virtud de la santísima cruz le salvase y le defendiese, en aquella jornada, del mal encuentro y engaño del común enemigo. Jubilaba su espíritu, y regocijábase sobre manera, por el deseo que tenia de salir de la cárcel de este cuerpo, y ver á Dios: y como los frailes le preguntasen, por qué estaba tan contento y alegre; respondió: Porque mi Señor Jesucristo, acompañado de su dulce Madre, y de nuestro padre san Agustín, me convida á la partida, y me dice que me alegre, y entre en el gozo de mi Dios: y diciendo aquellas palabras: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum, levantadas las manos, y los ojos hacia la cruz, que tenía presente, con maravillosa tranquilidad dio su alma al Señor á los 10 de setiembre de! año de 1306. Ilustró Dios á san Nicolás con muchos y grandes milagros en vida y en muerte. Tuvo don de profecía: díó salud á muchos enfermos, que estaban afligidos con graves dolencias: dio vista á los ciegos: libró muchos endemoniados. Y no solamente los que vivían en la ciudad de Tolentino, y en toda su comarca, sino otros muchos más apartados, recibieron grandes beneficios, y singulares gracias por su intercesión.
Entre las otras cosas notables, con que Dios lo esclareció, fué una: que una noche le apareció una estrella de gran claridad, la cual venia de la aldea de San Ángel, donde él había nacido, y por derecha línea iba á dar á Tolentino, y se paraba sobre el altar, donde el santo solía decir misa, y hacer oración; queriendo Dios con esta visión declarar que este santo era como una estrella muy resplandeciente de su Iglesia; y que habiendo tenido su origen en un lugar de poco nombre, se acabaría y tendría fin en Tolentino, y seria enterrado debajo de aquel altar, donde se paraba la estrella; como lo fué. Y después de muerto, cada año el mismo día aparecía en aquel lugar la misma estrella, la cual veía la gente que aquel día concurría de todas parles al sepulcro del santo, por su devoción, y por alcanzar salud en sus enfermedades, y alivio de sus trabajos; y esto duró muchos años. Después el papa Eugenio IV , año del Señor de 1446, le canonizó, y le puso en el catálogo de los santos. La vida de san Nicolás escribió un fraile grave y antiguo de su orden; y la refiere el P. Fr. Lorenzo Surio, en el quinto tomo de las Vidas de los santos; y el Martirologio romano hace mención de él.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

San Pedro Claver

El apóstol de los esclavos


Plinio María Solimeo
Discípulo de San Alfonso Rodríguez, Pedro Claver se hizo “esclavo de los esclavos” para conducirlos al Cielo. Su insigne caridad lo movió a atender toda necesidad espiritual y combatir cualquier miseria moral.



Cierto día Alfonso Rodríguez—portero del Colegio de la Compañía de Jesús en la isla española de Palma de Mallorca, ya entonces con fama universal de santidad— estaba en oración, cuando fue arrebatado en espíritu y llevado a los Cielos. Vio allí, dispuestos en círculo, muchos tronos de gloria, ocupados por santos vestidos con brillantes trajes reales. En medio de ellos había un trono más elevado, aún vacío. Deseando comprender el significado de esa visión, el santo hermano lego oyó a una voz decirle que aquel trono estaba preparado para Pedro Claver, como premio por las muchas almas que él, en América, debería ganar para Dios. A partir de entonces, Alfonso Rodríguez procuró inculcar en su discípulo el deseo de las misiones, para que realizara su gran destino.1

Congregado Mariano siendo colegial

Unos dicen que los padres de Pedro Claver eran de la más alta nobleza, otros que no pasaban de campesinos. Pero todos concuerdan en que eran muy virtuosos y recibieron aquel hijo como respuesta a sus insistentes oraciones, prometiendo consagrarlo al servicio de Dios. También se dice que el pequeño Pedro “amaba la virtud aún antes de conocerla”.

Alma predestinada, cuando llegó la época de continuar sus estudios en Barcelona, en el colegio de los jesuitas, entró a la Congregación Mariana, a fin de obtener la protección de su amada Señora. Encontrando entre los hijos de San Ignacio aquello que su alma buscaba, pidió su admisión en la Compañía, siendo enviado a Tarragona para el noviciado.
Desde el primer día mostró determinación de ser santo y de hacerse misionero, escribiendo en su diario: “Quiero pasar toda mi vida trabajando por las almas, para salvarlas y morir por ellas”.
Fue entonces que, enviado a Palma de Mallorca para estudiar filosofía, encontró a San Alfonso Rodríguez. “Apenas cruzó el umbral, el portero cayó de rodillas ante él, le besó los pies y los cubrió de lágrimas. Turbado y confuso, el estudiante se arrodilló también y, estrechando en los brazos al lego, lo abrazó tiernamente”.2“Interiormente esclarecidos sobre los méritos uno del otro, se miraron con mutuo respeto, con la misma confianza, el mismo amor”.3
Pedro pidió a sus superiores tomar al humilde hermano lego, entonces con 73 años, como su director espiritual, y así se estableció entre los dos un parentesco espiritual que marcaría por toda la vida al futuro apóstol de los esclavos. Fue por consejo de Alfonso que Pedro pidió a sus superiores para ir a América del Sur como misionero.
Al dirigirse a Sevilla, de donde partiría, Pedro pasaría muy cerca de la casa de sus padres. Pero quiso privarse de la alegría que tendría al verlos por última vez, ofreciendo a Dios el sacrificio por el fruto de su apostolado.
Durante los varios meses de incómodo viaje marítimo, el futuro misionero quiso cuidar de los enfermos de la tripulación. Su humildad y bondad se ganaron rápidamente el corazón de todos los marineros, de manera que fue posible fijar una hora al día para explicarles el catecismo y rezar el rosario. Cesaron las blasfemias, las malas conversaciones, las riñas entre los rudos hombres de mar.

Ángel protector de los esclavos

Puerto antiguo de la ciudad de Cartagena
Cartagena de Indias, en la actual Colombia, era entonces uno de los más importantes centros comerciales españoles en el Nuevo Mundo y principal puerto negrero. A él llegaban más de 10 mil esclavos por año, que eran confinados en verdaderos tugurios hasta ser adquiridos por algún señor. Su miseria material sólo encontraba símil en la miseria moral.
La esclavitud era considerada enteramente normal en la época. Eran vendidos en las costas de África, a veces por gente de su propia tribu, o de otras de las cuales  se habían vuelto esclavos como prisioneros de guerra. Al venir a América, tenían una ventaja que superaba todos los infortunios que sufrían: aquí podrían conocer la verdadera Religión y salvar así sus almas.
Fue a los negros que Pedro Claver se dedicó desde el inicio de su apostolado, auxiliando al padre Sandoval que ya hacía ese trabajo. Poco a poco se hizo padre, consolador, enfermero y evangelizador de ese pueblo sufrido. Para él mendigaba en las calles de Cartagena sin el menor respeto humano, distribuyendo después, de acuerdo a las necesidades de cada uno, lo que había juntado.

 La caridad apostólica vence a la repugnancia natural

No es fácil en nuestros días aquilatar la heroicidad de ese apostolado. Muy primitivos, viviendo en una degradación moral y perversión de costumbres muy grande, además de la brutalidad de las pasiones, aquellos negros viajaban en barco al Nuevo Mundo en condiciones infrahumanas, como bestias. Además, parte de ellos contraía enfermedades durante el viaje, llegando cubiertos de pústulas y malos olores. Se puede comprender el estado de espíritu rencoroso y arisco con que llegaban.
El Santo les prestaba los servicios más repugnantes a la naturaleza, con un amor, una paciencia y una caridad de verdadera madre, en medio a un olor fétido, un calor insoportable y una promiscuidad sin nombre.

Conversión de centenas de millares de esclavos

Por medio de un intérprete, enseñaba a esos infelices el camino de la salvación, los bautizaba, y después empleaba todos los medios para mantener contacto con ellos, a fin de que perseveren en el buen camino.
Según lo que el mismo Santo declaró antes de morir, en 40 años de ese apostolado bautizó a más de 300 mil negros.
En los días de precepto, Pedro Claver iba a buscar a esos hijos engendrados por él para la Iglesia y los llevaba a asistir a los oficios divinos.

Al encontrárselos en la calle, nunca dejaba de decirles alguna palabra edificante, algo que les vaya directamente al alma. A los ancianos les acostumbraba decir: “Piensa, amigo mío, que la casa ya está vieja y que amenaza arruinarse. Confiésate mientras tienes tiempo y facilidad”.

Cuarto voto: ser esclavo de los esclavos

Y esa facilidad la tenían los negros, pues San Pedro Claver, al pronunciar sus votos de profesión, añadió un cuarto, heroico, de volverse esclavo de los esclavos. Era todo de ellos. Por eso su confesionario estaba reservado para ellos. Cuando, debido a la fama de su virtud, nobles  españoles conseguían de su superior una orden para que los oyese en confesión, él los hacía esperar hasta terminar de atender a todos los esclavos. Y a veces su apostolado se hacía en condiciones tan incómodas, que llegaba a desmayarse, siendo preciso reanimarlo con vinagre.
Por una especie de carisma divino, tenía un conocimiento sobrenatural del peligro que corrían sus negros en agonía, y del destino de sus almas después de la muerte.

Resurrección para recibir el bautismo

Así, cierto día llega a una casa donde una negra acababa de morir sin el bautismo. El Santo se arrodilla junto a ella y comienza a rezar, dirigiendo sus lágrimas al Cielo para hacerle violencia. De repente, la negra vuelve a la vida durante el tempo suficiente para disponerla a recibir el bautismo, volviendo a fallecer inmediatamente después de purificada por ese Sacramento.
Otra vez, pasando por una calle con un compañero, súbitamente le pide que espere un poco, y entra a una casa. Ahí encuentra a todos en llanto junto a una moribunda pronta a expirar. El Santo tiene tiempo de oírla en confesión y administrarle la última unción.
Cierta vez, sin embargo, llegó tarde y la enferma ya había fallecido. Entristecido, comenzó a rezar fervorosamente junto al cadáver. Instantes después su mirada se ilumina, y les dice a los presentes: “Una tal muerte es más digna de nuestra envidia que de nuestras lágrimas. Esta alma fue condenada a apenas veinticuatro horas de Purgatorio; procuremos abreviar su pena por el ardor de nuestras oraciones”.

Solicitud con los condenados a muerte

No eran sólo los negros que merecían su atención, sino todos que estuviesen en gran peligro de cuerpo o de alma. Así, se interesaba por los encarcelados sentenciados a muerte, los preparaba y los acompañaba hasta el lugar del suplicio. Una vez, acompañaba al último suplicio a un tal Esteban Melón, condenado por homicidio y hurto. Pero como el puesto de verdugo estaba vacante, mandaron ejecutarlo a un mahometano condenado a las galeras. Por falta de práctica, la cuerda reventó tres veces, causando gran dolor al sentenciado. Pedro Claver corrió cada vez, para reconfortarlo con vino y galletas. Después también socorrió al mahometano, confortándolo de la misma manera. Al día siguiente éste fue a buscarlo en el colegio para agradecer su caridad, y de ahí salió convertido.4
También los condenados por la Santa Inquisición, los piratas y los herejes experimentaban su celo y comprobaban su inmensa caridad. Su acción se ejercía especialmente junto a los malos, para convertirlos. Nadie podía resistir su ardiente apostolado.

Aflicción por la inmodestia femenina

Restos de San Pedro Claver
en Cartagena de Indias
Uno de los desórdenes que más le afligía era la inmodestia de la vestimenta femenina. ¡Y eso con los amplios vestidos del siglo XVII! ¿Qué diría él del seminudismo de hoy, con frecuencia hasta en la casa de Dios?
A pesar de esa inmensa actividad en pro del prójimo,  su regularidad en la vida conventual no sufría detrimento. Era de los más observantes y modelo para los demás.
En los últimos cuatro años de su vida fue atacado por el mal de Parkinson, quedando con los pies y las manos semiparalizados. Aún así pedía que lo cargasen hasta el confesionario.
 
San Pedro Claver falleció el 8 de setiembre de 1654, a los 74 años.

Notas.
1.Cf. P. José Leite  S. J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, p. 33.
2. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. III, p. 575.
3. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, p. 605.
4. Cf. Enriqueta Vila Villar, Santos de América, Ediciones Moretón, Bilbao, 1968, p. 135
Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-97-san-pedro-claver