Mas el emperador Adriano no se amansó, antes se embraveció más, y
mandó hacer un buey grande de metal, y encenderle, y echar á los santos
mártires en él, para que así fuesen asados, quemados, y hechos ceniza. Los
bienaventurados mártires, armados de la señal de la cruz, de fé, y de
constancia, haciendo gracias al Señor por las mercedes que hasta aquel punto
les había hecho, humildemente le suplicaron que los recibiese en sacrificio,
como había recibido la sangre del primer mártir San Esteban, y de los otros
mártires, y que concediese todo lo que para bien de sus almas pidiesen los que
se encomendasen en sus oraciones: y oyeron una voz del cielo que les dijo, que
Dios había oído su petición, y que tuviesen por cierta la corona. Entraron con
grande alegría en el buey de metal, hecho un fuego, y estuvieron allí tres días
encerrados: y abriéndole después, hallaron los cuerpos muertos, pero
resplandecientes, y tan enteros, y sin lesión, como si estuvieran vivos, porque
no les faltaba un pelo de su cabeza; y con este milagro muchos de los gentiles
se convirtieron, y otros quedaron atónitos y confusos. Fué el martirio de san
Eustaquio á los 20 de septiembre, el primer año del imperio de Adriano, y el de
120 del Señor. Escribió la vida de San Eusiaquio Melafrasto (como dijimos), y
hacen mención de él los Martirologios, romano, de Beda, Usuardo, y Adon.
Niceforo le llama otro Job. por su gran paciencia, y san Juan Damasceno cita
los actos de su vida. Y en Roma hay una ilustre y antigua iglesia de San
Eustaquio, donde se suelen hacer limosnas á los pobres; y en un ritual antiguo
se halla una oración, en la cual se pide para el que hace la limosna, que sea
particionero de la gloria del bienaventurado mártir Eustaquio; pues es imitador
de sus ejemplos.