jueves, 4 de junio de 2026

S A N T O R A L

Solemnidad del Corpus Christi

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE EL CORPUS CHRISTI

Incola ego sum in terra.Soy como extranjero en mi tierra, (Ps. CXVIII, 19.)


Estas palabras nos recuerdan todas las miserias de la vida, el menosprecio con que hemos de mirar las cosas creadas y perecederas, el deseo con que debemos esperar la salida de este mundo para encaminarnos a nuestra verdadera patria, ya que esta tierra no lo es.
Consolémonos, sin embargo, del destierro a que estamos sujetos; en él tenemos un Dios, un amigo, un consolador y un Redentor, que puede endulzar nuestras penas, haciéndanos vislumbrar grandes bienes, desde este valle de miserias; lo cual debe llevarnos a exclamar, como la Esposa de los Cantares: «¿Habéis visto a mi amado? Y si lo habéis visto, decidle que no hago más que penar» (Cant., V, 8.) ¿Hasta cuándo, Señor, exclama el santo Rey Profeta en sus transportes de amor y arrobamiento, hasta cuándo prolongaréis mi destierro lejos de Vos? (Ps. CXIX, 5.). Mas dichosos que los santos del Antiguo Testamento, no solamente poseemos a Dios por la grandeza de su inmensidad, en virtud de la cual se halla en todas partes; sino que le tenemos con nosotros tal cual estuvo durante nueve meses en el seno de María, tal cual estuvo en la cruz. Más afortunados aún que los primeros cristianos, quienes hacían cincuenta o sesenta leguas de camino para tener la dicha de verle, nosotros le poseemos en cada parroquia, cada parroquia puede gozar a su gusto de tan dulce compañía. ¡Oh, pueblo feliz!
¿Cuál es mi propósito? Vedlo aquí. Quiero mostraros la bondad de Dios en la institución del adorable sacramento de la Eucaristía y los grandes provechos que de este sacramento podemos sacar.


I.- Digo yo que lo que hace la felicidad de un buen cristiano, hace la desgracia de un pecador.

 Solemne Apertura del Congreso Eucarístico - Buenos Aires, 1934
¿Queréis de ello una prueba? Vedla aquí. Para el pecador que no quiere salir del pecado, la presencia de Dios se convierte en un suplicio: quisiera él borrar el pensamiento de que Dios le está mirando y le juzgará, se oculta, huye de la luz del sol, se hunde en las tinieblas, siente indecible horror por todo lo que puede evocarle aquel pensamiento; un ministro de Dios le estorba, le causa odio, huye de él, cuando piensa que tiene un alma inmortal, que hay un Dios que le recompensará o castigará durante toda la eternidad; conforme a sus obras; le parece que tales pensamientos son otros tantos verdugos que le atormentan sin cesar. ¡Ah!, ¡triste existencia la de un pecador que vive en pecado! ¡Es en vano que te ocultes de la presencia de Dios, nunca podrás conseguirlo! «¿Adán, Adán, donde estás?» «Señor, exclama, he pecado y temo vuestra presencia» (Gen., III, 9-10). Adán, temblando, corre a ocultarse, y es precisamente en el momento en que creía no ser visto de Dios cuando se hizo oír su voz: «Adán en todas partes me hallarás; has pecado, y Yo he sido testigo de tu crimen; mis ojos estaban fijos en ti». «Caín, Caín, ¿dónde está tu hermano?». Al oír la Voz del Señor, Caín quedó estupefacto. Pero Dios le persiguió con la espada en el cinto: «Caín, la sangre de tu hermano clama venganza» (Gen., IV, 9-10). Cuan cierto es que el pecador se halla en un continuado espanto y desesperación. ¿Qué hiciste, pecador? Dios te castigará. No, no, exclama, Dios no me ha visto, «no hay Dios». ¡Ah!, desgraciado, Dios te ve y te castigará. De lo cual concluyo que en vano el pecador querrá tranquilizarse, olvidar sus pecados, huir de la presencia de Dios y procurarse todo cuanto su corazón pueda desear; a pesar de todo esto, no dejará de ser un desdichado; en todas partes arrastrará sus cadenas y su infierno. ¡Ah!, ¡triste existencia! No vayamos más lejos; estos pensamientos son demasiados desesperanzadores; de ningún modo nos conviene hoy este lenguaje; dejemos a esos pobres desgraciados en las tinieblas, ya que en ellas quieren vivir; dejemos que se condenen, ya que no quieren salvarse.

«Venid, hijos míos, decía el santo Rey David, venid, pues tenga grandes cosas que anunciaros; venid, y os diré cuán bueno es el Señor para los que le aman. Tiene preparado para sus hijos un alimento celestial que da frutos de vida. En todas partes hallaremos a nuestro Dios; si vamos al cielo, allí estará; si pasamos el mar, le veremos a nuestro lado. Si nos sumergimos en la profundidad caótica de las aguas, hasta allí nos acompañará» (Ps. XXXIII; CXXXVIII. XXII.). Nuestro Dios no nos pierde de vista, cual una madre que está vigilando al hijito que da los primeros pasos. «Abraham, dice el Señor, anda en mi presencia y la hallarás en todas partes.» «¡Dios mío!, exclama Moisés, servíos mostrarme vuestra faz: con ella tendré cuanto puedo desear» (Exod, XXXIII, 13.). Cuán consolado queda un cristiano, al pensar que Dios le ve, que es testigo de sus penalidades y de sus combates, que tiene a Dios de su parte. Digámoslo mejor, ¡todo un Dios le estrecha dulcemente contra su seno! ¡Pueblo cristiano! ¡Cuán dichoso eres al gozar de tantos favores que no se conceden a los demás pueblos! razón tenía al decirnos, que si la presencia de Dios es una tiranía para el pecador, es en cambio una delicia infinita; un cielo anticipado para el buen cristiano.

Hermoso y consolador es lo que os acabo de decir, más aún no es todo, es poca cosa todavía, me atrevo a decir, en comparación del amor que Jesucristo nos manifiesta en el adorable sacramento de la Eucaristía. Si me dirigiese a gente incrédula o impía, que se atreve a dudar de la presencia de Jesucristo en este adorable sacramento, comenzaría por aportar pruebas tan claras y convincentes, que morirían de pena por haber dudado un misterio apoyado en argumentos tan fuertes v persuasivos. Les diría yo: si es verdad la existencia de Jesucristo, también es verdad este misterio, ya que Aquél, después de haber tomado un fragmento de pan en presencia de sus apóstoles, les dijo: «Ved aquí pan; pues bien, voy a transformarlo en mi Cuerpo; ved aquí vino, el cual voy a transformar en mi sangre; este cuerpo es verdaderamente el mismo que será crucificado, y esta sangre es la misma que será derramada en remisión de los pecados ; y cuantas veces pronunciéis estas palabras, dijo además a sus apóstoles, obraréis el mismo milagro; esta potestad la comunicaréis unos a otros hasta el fin de los siglos»(Mateo, XXVI ; Luc., XXII.). Mas ahora dejemos a un lado estas pruebas; tales razonamientos son inútiles para unos cristianos que tantas veces han gustado las dulzuras que Dios les comunica en el sacramento del amor.

Dice San Bernardo que hay tres misterios en los cuales no puede pensar sin que su corazón desfallezca de amor y de dolor, El primero es el de la Encarnación, el segundo es el de la muerte y pasión de Jesús, y el tercero es el del adorable sacramento de la Eucaristía. Al hablarnos el Espíritu Santo del misterio de la encarnación, se expresa en términos que nos muestra la imposibilidad de comprender hasta dónde llega el amor de Dios a los hombres, pues dice: «Así amó Dios al mundo», como si nos dijese: dejo a vuestra mente, dejo a vuestra imaginación la libertad de formar sobre ello las ideas que os plazca; aunque tuvieseis toda la ciencia dé las profetas, todas las luces de los doctores y todos los conocimientos de los ángeles, os sería imposible comprender el amor que Jesucristo ha sentido por vosotros en estos misterios. Cuando nos habla San Pablo de los misterios de la Pasión de Jesucristo, ved cómo se expresa: «Con todo y ser Dios infinito en misericordia y en gracia, parece haberse agotado por amor nuestro. Estábamos muertos y nos dio la vida. Estábamos destinados a ser infelices por toda una eternidad, y con su bondad y misericordia ha cambiado nuestra suerte» (Eph., II, 4-6.). Finalmente, al hablarnos, San Juan, de la caridad que Jesucristo mostró con nosotros al instituir el adorable sacramento de la Eucaristía, nos dice «que nos amó hasta el fin» (Joan., XIII, 1.) es decir, que amó al hombre, durante toda su vida, con un amor sin igual. Mejor dicho, nos amó cuanto pudo. ¡Oh, amor, cuán grande y cuán poco conocido eres!

Y pues, amigo mío, ¿no amaremos a un Dios que durante toda la eternidad ha suspirado por nuestro bien? ¡Un Dios que tanto lloró nuestros pecados, y que murió para borrarlos! Un Dios que quiso dejar a los ángeles del cielo, donde es amado con amor tan perfecto y puro, para bajar a este mundo, sabiendo muy bien que aquí sería despreciado. De antemano sabía las profanaciones que iba a sufrir en este sacramento de amor. No se le ocultaba que unos le recibirían sin contrición; otros sin deseo de corregirse; ¡ay!, otros tal vez, con el crimen en su corazón, dándole con ello nueva muerte. Pero nada de esto pudo detener su amor. ¡Dichoso pueblo cristiano!... «Ciudad de Sión, regocíjate, prorrumpe en la más franca alegría, exclama el Señor por la boca de Isaías, ya que tu Dios mora en tu recinto» (Is.,XII,6.). Lo que el profeta Isaías decía a su pueblo, puedo yo decíroslo con más exactitud. ¡Cristianos, regocijaos!, vuestro Dios va a comparecer entre vosotros. Este dulce Salvador va a visitar vuestras plazas, vuestras calles, vuestras moradas; en todas partes derramará las más abundantes bendiciones. ¡Moradas felices aquellas delante de las cuales va a pasar! ¡Oh, felices caminos los que vais a estremeceros bajo tan santos y sagrados pasos! ¿Quién nos impedirá decir, al volver a discurrir por la misma vía: Por aquí ha pasado mi Dios, por esta senda ha seguido cuando derramaba sus saludables bendiciones en esta parroquia?

¡Qué día tan consolador para nosotros! Si nos es dado gozar de algún consuelo en este mundo, ¿no será, por ventura, en este momento feliz? Olvidemos, a ser posible, todas nuestras miserias. Esta tierra extranjera va a convertirse en la imagen de la celestial Jerusalén; las alegrías y fiestas del cielo, van a bajar a la tierra. «Péguese la lengua a mi paladar, si es capaz de olvidar estos grandes beneficios» (Ps. CYXXVI, 6.). ¿Que el cielo prive a mis ojos de la luz, si ellos han de fijar sus miradas en las cosas terrenas?

Si consideramos las obras de Dios: el cielo v la tierra, el orden admirable que reina en el vasto universo, ellas nos anuncian un poder infinito que lo ha creado todo, una sabiduría infinita que todo lo gobierna, una bondad suprema y providente que cuida de todo con la misma facilidad que si estuviese ocupada en un solo ser: tantos prodigios han de llenarnos forzosamente de sorpresa, espanto y admiración. Mas; fijándonos en el adorable sacramento de la Eucaristía, podemos decir que en él está el gran prodigio del amor de Dios con nosotros; en él es donde su omnipotencia, su gracia y su bondad brillan de la manera más extraordinaria. Con toda verdad podemos decir que éste es el pan bajado del cielo, el pan de los ángeles, que recibimos como alimento de nuestras almas. Es el pan de los fuertes que nos consuela y suaviza nuestras penas. Es éste realmente «el pan de los caminantes»; mejor dicho, es la llave qué nos franquea las puertas del cielo. «Quien me reciba, dice el Salvador, alcanzará la vida eterna: el que me coma no morirá. Aquel, dice el Salvador, que acuda a este sagrado banquete, hará nacer en él una fuente que manará hasta la vida eterna» (Joan., VI, 54.55; IV, 14.).

Más, para conocer mejor las excelencias de este don, debemos examinar hasta qué punto Jesucristo ha llevado su amor a nosotros en este sacramento. No era bastante que el Hijo de Dios se hiciese hombre por nosotros; para dejar satisfecho su amor, era preciso ofrecerse a cada uno en particular. Ved cuánto nos ama. En la misma hora en que sus indignos hijos activaban los preparativos para darle muerte, su amor le llevaba a obrar un milagro cuyo objeto es permanecer entre ellos. ¿Se ha visto, podrá verse amor más generoso ni más liberal que el que nos manifiesta en el Sacramento de su amor? ¿No habremos de afirmar, con el Concilio de Trento, que en dicho Sacramento es donde la liberalidad v generosidad divinas han agotado todas sus riquezas? (Ses., XIII, cap. II.). ¿Nos será dado hallar sobre la tierra, y hasta en el cielo, algo que con este misterio pueda ser comparado? ¿Se ha visto jamás que la ternura de un padre, la liberalidad de un rey para sus súbditos, llegase hasta donde ha llegado la que muestra Jesucristo en el Sacramento de nuestros altares? Vemos que los padres, en su testamento, dejan las riquezas a sus hijos; mas en el testamento del Divino Redentor, no son bienes temporales, puesto que ya los tenemos..., sino su Cuerpo adorable y su Sangre preciosa lo que nos da. ¡Oh, dicha del cristiano, cuán poco apreciada eres¡ No, Jesús no podía llevar su amor más allá que dándose a Sí mismo; ya que, al recibirlo, le recibimos con todas sus riquezas. ¿No es esto una verdadera prodigalidad de un Dios para con sus criaturas? Si Dios nos hubiese dejado en libertad de pedirle cuanto quisiéramos, ¿nos habríamos atrevido a llevar hasta tal punto nuestras esperanzas? Por otra parte, el mismo Dios, con ser Dios, ¿podía hallar alga más precioso para darnos?, nos dice San Agustín.
Pero, ¿sabéis aún cuál fue el motivo que movió a Jesucristo a permanecer día y noche en nuestros templos? Pues fue para que, cuantas veces quisiéramos verle, nos fuese dado hallarle. ¡Cuán grande eres, ternura de un padre! ¡Qué cosa puede haber más consoladora para, un cristiano, que sentir que adora a un Dios presente en cuerpo y alma! «Señor, exclama el Profeta Rey, ¡un día pasado junta a Vos es preferible a mil empleados en las reuniones del mundo»! (Pes., LXXXIII, 11.). ¿Qué es, en efecto, lo que hace tan santas y respetables nuestras iglesias?, ¿no es, por ventura, la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo? ¡Ah!, ¡pueblo feliz, el cristiano!


II.- Pero, me preguntaréis, ¿qué deberemos hacer para testimoniar a Jesucristo nuestro respeto y nuestra gratitud? Vedlo aquí:

1° Deberemos comparecer siempre ante su presencia con el mayor respeto, y seguirle con alegría verdaderamente celestial, representándonos interiormente aquella gran procesión que tendrá lugar después del juicio final. Para quedar penetrados del más profundo respecto, bastará recordar nuestra condición de pecadores, considerando cuán indignos somos de seguir a un Dios tan santo y tan puro, Padre bondadoso al que tantas veces hemos despreciado y ultrajado, y que con todo nos ama aún y se complace en darnos a entender que está dispuesto a perdonarnos nuevamente. ¿Qué es lo que hace Jesucristo cuando le llevamos en procesión? Vedlo aquí. Viene a ser como un buen rey en medio de sus súbditos, como un padre bondadoso rodeado de sus hijos, como un buen pastor visitando sus rebaños. ¿En qué debemos pensar cuando marchamos en pos de nuestro Dios? Mirad. Hemos de seguirle con la misma devoción y adhesión que los primeros fieles cuando moraba aquí en la tierra prodigando el bien a todo el mundo. Sí, si acertamos a acompañarle con viva fe, tendremos la seguridad de alcanzar cuanto le pidamos.

Leemos en el Evangelio que un día, en el camino por donde pasaba el Señor, había dos ciegos, los cuales se pusieron a dar voces diciendo: «¡Jesús, hijo de David, ten piedad de nosotros!» Al verlos el Divino Maestro, moviose a compasión, y les preguntó qué querían. «Señor, le respondieron, haced que veamos.» «Pues ved», les dijo el Salvador (Mateo, XX, 30-34.). Un gran pecador llamado Zaqueo, deseando verle pasar, se encaramó a un árbol; pero Jesucristo, que había venido para salvar a los pecadores, le dijo: «Zaqueo, baja del árbol pues quiero alojarme en tu casa», ¡En tu casa!, lo cual es como si le dijese: Zaqueo, desde hace mucho tiempo, la puerta de tu corazón está cerrada por el orgullo y las injusticias; ábreme hoy, pues vengo para otorgarte el perdón. Al momento, bajó Zaqueo, humillóse profundamente ante su, Dios, reparó todas sus injusticia no deseando ya por herencia otra cosa que la pobreza y el sufrimiento (Luc., XIX, 1-10.). ¡Oh, instante feliz, el cual le valió una eternidad de dicha! Otro día pasando el Salvador por otra calle, seguíale una pobre mujer, afligida por espacio de doce años a causa de un flujo de sangre: Se decía ella: «Si tuviese la dicha de tocar aunque sólo fuese el borde de sus vestiduras, estoy cierta que curaría» (Mateo, IX, 20-22.). Y corrió, llena de confianza, a arrojarse a los pies del Salvador, y al momento quedó libre de su enfermedad. Si tuviésemos la misma fe y la misma confianza, obtendríamos también las mismas gracias; puesto que es el mismo Dios, el mismo Salvador y el mismo Padre, animado de la misma caridad. «Venid, decía el Profeta, venid, salid de vuestros tabernáculos, mostraos a vuestro pueblo que os desea y os ama.» ¡Ay!, ¡cuántos enfermos esperan la curación! ¡Cuántos ciegos a quienes habría que devolver la vista! ¡Cuántos cristianos, de los que van a seguir a Jesucristo, tienen sus almas cubiertas de llagas! ¡Cuántos cristianos están en las tinieblas y no ven que corren inminente peligro de precipitarse en el infierno! ¡Dios mío!, ¡curad a unos e iluminad a otros! ¡Pobres almas, cuán desdichadas sois!

Nos refiere San Pablo que, hallándose en Atenas, vio escrito en un altar: «Aquí reside el Dios desconocido» (Ignoto Deo (Act. XVII, 23).). Pero, ¡ay!, podría deciros yo lo contrario: vengo a anunciaros un Dios que vosotros conocéis como tal, y no obstante no le adoráis, antes bien le despreciáis. Cuántos cristianos, en el santo día del domingo, no saben cómo emplear el tiempo, y, con todo, no se dignan dedicar ni tan sólo unos momentos a visitar a su Salvador que arde en deseos de verlos juntos a sí, para decirles que los ama y que quiere colmarles de favores. ¡Qué vergüenza para nosotros!... ¿Ocurre algún acontecimiento extraordinario?, lo abandonáis todo y corréis a presenciarlo. Mas a Dios no hacemos otra cosa que despreciarle, huyendo de su presencia; el tiempo empleado en honrarle siempre nos parece largo, toda práctica religiosa nos parece durar demasiado. ¡Cuán distintos eran los primeros cristianos! Consideraban como los más felices de su vida los días y noches empleados en las iglesias cantando las alabanzas del Señor o llorando sus pecados; mas hoy, por desgracia; no ocurre lo mismo. Los cristianos de hoy, huyen de Él y le abandonan, y hasta algunos le desprecian; la mayor parte nos presentamos en las iglesias, lugar tan sagrado, sin reverencia sin amor de Dios, hasta sin saber para qué vamos allí. Unos tienen ocupado su corazón y su mente en mil cosas terrenas o tal vez criminales; otros están allí con disgusta y fastidio; otros hay que apenas si doblan la rodilla en las momentos en que un Dios derrama su sangre preciosa para perdonar sus pecados; finalmente, otros, aun no se ha retirado el sacerdote del altar, ya están fuera del templo. Dios mío, cuán poco os aman vuestras hijos, mejor dicho, cuanto os desprecian. En efecto, ¿cuál es el espíritu de ligereza y disipación que dejéis de mostrar en la iglesia? Unos duermen, otros hablan, y casi ninguno hay que se ocupe en lo que allí debería ocuparse.

2° Digo que habiendo sido los hombres criados por Dios y enriquecidos sin cesar por su mano con los más abundantes favores, debemos todos testificarle nuestra agradecimiento, y a la vez afligirnos por haberle ultrajado. Nuestra conducta debe ser la de un amigo que se entristece por las desgracias que a su amigo sobrevienen: a esto se llama mostrar una amistad sincera. Sin embargo, por favores que haya podido prestar un amigo, nunca hará lo que Dios ha hecho por nosotros. - Pero, me diréis, ¿quiénes deben, al parecer de usted, sentir un amor más intenso y más ardiente a la vista de los ultrajes que Jesucristo recibe de los malos cristianos? - Es indudable que todos han de afligirse por los desprecios de que es objeto, todos han de procurar desagraviarle; mas entre los cristianos hay algunos que están obligados a ello de un modo especial, y son los que tienen la dicha de pertenecer a la cofradía del Santísimo Sacramento. He dicho: «Que tienen la dicha». ¿Habrá otra mayor que la de ser escogidos para desagraviar a Jesucristo de los ultrajes que recibe en el Sacramento de su amor? No os quepa duda; vosotros, como cofrades, estáis obligados a llevar una vida mucho más perfecta que el común de los cristianos. Vuestros pecados son mucho más sensibles a Dios Nuestro Señor. No es bastante con llevar un cirio en la mano, para dar a entender que somos contados entre los escogidos de Dios; es preciso que nuestro comportamiento nos singularice, como el cirio nos distingue de los que no lo llevan. ¿Por qué llevamos esos cirios que brillan, si no es para indicar que nuestra vida debe ser un modelo de virtud, para mostrar que consideramos como una gloria el ser hijos de Dios y que estamos prestos a dar la vida por defender los intereses de Aquel a quien nos hemos consagrado perpetuamente? Sí, esforzarse en adornar las iglesias y los altares es dar, ciertamente, señales exteriores muy buenas y laudables; pero no hay, bastante. Los bethsamitas, cuando el arca del Señor pasó por su tierra, dieron muestras del mayor celo y diligencia; en cuanto la divisaron, salió el pueblo en masa para precederla; todos se ocuparon diligentemente en preparar la leña para ofrecer los sacrificios. Sin embargo, cincuenta mil hubieron de morir, por no haber guardado bastante respeto (1 Reg., VI.). ¡Cuánto ha de hacernos temblar este ejemplo! ¿Qué objetos guardaba aquella arca? Un poco de maná, las tablas de la Ley; y porque los que a ella se acercan no están bien penetrados de su presencia, el Señor los hiere de muerte. Pero, decidme, ¿quiénes de los que reflexionen tan sólo por un momento sobre la presencia de Jesucristo, no quedarán sobrecogidos de temor? ¡Cuántos desgraciados forman parte del cortejo del Salvador, con un corazón lleno de culpas! ¡Ah, infeliz!, en vano doblarás la rodilla, mientras un Dios se yergue para bendecir a su pueblo; sus penetrantes miradas no dejarán por eso de ver los horrores que cobija tu corazón. Más, si nuestra alma está pura, entonces podremos figurarnos que vamos en pos de Jesucristo como en pos de un gran rey, que sale de la capital de su reino para recibir los homenajes de sus súbditos y colmarlos de favores.

Leemos en el Evangelio que aquellos dos discípulos que iban a Emaús andaban en compañía del Salvador sin conocerle; y cuando le hubieron reconocido, desapareció. Enajenados por su dicha, decíanse el uno al otro: «Cómo se explica que no le hayamos reconocido, ¿Acaso nuestros corazones no se sentían inflamados de amor cuando nos hablaba explicándonos las Escrituras?» (Luc., XXIV, 13-32.) Mil veces más dichosos que aquellas discípulos somos nosotros, ya que ellos iban en compañía de Jesucristo sin conocerle, mas nosotros sabemos que quien marcha en nuestra compañía presidiéndonos, es nuestro Dios y Salvador, el cual va a hablar al fondo de nuestro corazón, en donde infundirá una infinidad de buenos pensamientos y santas inspiraciones. «Hijo mío, te dirá, ¿por qué no quieres amarme? ¿Por qué no dejas ese maldito pecado que levanta una muralla de separación entre ambos? ¡Ah!, hijo mío, aquí tienes el perdón, ¿quieres arrepentirte?» Pero ¿qué le responde el pecador? «No, no, Señor, prefiero vivir bajo la tiranía del demonio y ser reprobado, a imploraros perdón.»
Mas, me dirá alguno, nosotros no decimos esto al Señor. - Pero yo replico que se lo, decís repetidamente, o sea, cada vez que Dios os inspira el pensamiento de convertiros. ¡Ah, desgraciado! día vendrá en que pedirás lo que hoy rehúsas, y entonces tal vez no te será concedido. Es muy cierto, que si tuviésemos la dicha de que Dios se nos hiciese visible, como ha acontecido a muchos santos, ya en la figura de un niño en el pesebre, ya traspasado por los clavos en la cruz, sentiríamos hacia Él mayor respeta y amor; pera esto no lo merecemos, y si nos aconteciese un caso semejante nos creeríamos ya santos, lo cual sería un motivo de orgullo. Más, aunque Dios no nos otorgue esta gracia, no deja por ello de estar presente, y presto a concedernos cuanto le pidamos.

Milagro Eucarísitico de Buenos Aires

Refiérese en la historia que, dudando un sacerdote de esta verdad, después de haber pronunciado las palabras de la consagración: «¿Cómo es posible, decía entre sí, que las palabras de un hombre obren tan gran milagro?» Mas Jesucristo, para echarle en cara su poca fe, hizo que la santa Hostia sudase sangre en abundancia, hasta el punto que fue preciso recoger ésta con una cuchara (Las maravillas divinas en la Santa Eucaristía, por el P. Rossignoli, S. J., CXIII. maravilla.). Y el mismo autor nos refiere también que un día se pegó fuego a una capilla, y ardió toda la construcción hasta quedar destruida; mas la santa Hostia quedó suspendida en el aire sin apoyarse en ninguna parte. Habiendo acudido un sacerdote para recibirla en un vaso, vino en seguida ella misma a posarse allí…(Es el milagro de las sagradas Hostias de Faverney; en la diócesis de Besançon, ocurrido el día 26 de mayo de 1608. Cfr. Monseñor de Segur, en La Francia al Pie del Santísimo Sacramento, XV.).

Si amásemos a Dios, sería para nosotros una gran alegría, una gran dicha el venir todas los domingos al templo a emplear algunos momentos en adorarle y pedirle perdón de los pecados; miraríamos aquellos instantes como los más deliciosos de nuestra vida. ¡Cuán consoladores y suaves son los momentos pasados con este Dios de bondad! ¿Estás dominado por la tristeza?, ven un momento a echarte a sus plantas, y quedarás consolado. ¿Eres despreciado del mundo?, ven aquí, y hallarás un amigo que jamás quebrantará la fidelidad. ¿Te sientes tentado?, aquí es donde vas a hallar las armas más seguras y terribles para vencer a tu enemigo. ¿Temes el juicio formidable que a tantos santos ha hecho temblar?, aprovéchate del tiempo en que tu Dios es Dios de misericordia y en que tan fácil es conseguir el perdón. ¿Estás oprimido por la pobreza?, ven aquí, donde hallarás a un Dios inmensamente rico, que te dirá que todos sus bienes son tuyos, no en este mundo sino en el otro: Allí es donde te preparo riquezas infinitas; anda, desprecia esos bienes perecederos y en cambio obtendrás otros que nunca te habrán de faltar. ¿Queremos comenzar a gozar de la felicidad de los santos?, acudamos aquí y saborearemos tan venturosas primicias.

¡Cuán dulce es gozar de los castos abrazos del Salvador! ¿No habéis experimentado jamás una tal delicia? Si hubieseis disfrutado de semejante placer, no sabríais aveniros a veros privados de él. No nos admire, pues, que tantas almas santas hayan pasado toda su vida, día y noche, en la casa de Dios, no sabiendo apartarse de su presencia.

Leemos en la historia que un santo sacerdote hallaba tal delicia y consuelo en el recinto de los templos, que hasta se acostaba sobre las gradas del altar, para que, al despertarse, le cupiese la dicha de hallarse junto a su Dios; y Dios, para recompensarle, permitió que muriese al pie del altar. Mirad a San Luis: durante sus viajes, en vez de pasar la noche en la cama, la pasaba al pie de los altares, junto a la dulce presencia del Salvador. ¿Por qué, pues, sentimos nosotros tanta indiferencia y fastidio al venir aquí? Es que nunca hemos disfrutado de tan deliciosos momentos?

¿Qué debemos sacar de todo esto?, vedlo aquí. Hemos de tener como uno de los instantes más felices de nuestra vida aquel en que nos es dado estar en compañía de tan buen amigo. Formemos en su cortejo con santo temor; como pecadores, pidámosle, con dolor y lágrimas en los ojos, perdón de nuestros pecados, y podemos estar ciertos de que lo alcanzaremos... Si nos hemos reconciliado, imploremos el don precioso de la perseverancia. Digámosle formalmente que preferimos mil veces morir antes que volver a ofenderle. Mientras no améis a vuestro Dios, jamás vais a quedar satisfechos: todo os agobiará, todo os fastidiará; mas, en cuanto le améis, comenzaréis una vida dichosa; y en ella podréis esperar tranquilamente la muerte!... ¡Aquella muerte feliz, que nos juntará a nuestro Dios!... ¡Ah, dulce felicidad!, ¿cuándo llegarás?... ¡Cuán largo es el tiempo de espera!, ¡ven!, ¡tú nos procurarás el mayor de todos los bienes, o sea la posesión del mismo Dios!... Esto es lo que os deseo…

San Juan Bautista María Vianney (Cura de Ars)

S A N T O R A L

San Pedro de Verona, martir


Nació en Verona, ciudad de la Lombardía hacia 1205. Sus padres eran albigenses, y al no haber escuela albigense en su pueblo, enviaron a su hijo a la escuela de los católicos, donde aprendió la doctrina cristiana. De siete años, se encontró con un tío suyo que le hacía preguntas sobre lo que había aprendido, a lo que el niño contestó: "Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra".   Quiso su tío disuadirlo de que Dios no era el creador de la tierra, pero el niño se mantuvo en su fe y hasta rebatió los falsos argumentos con que su tío le argumentaba. Asustado, el tío fue a conversar con el padre para que lo vigilara y la sacara de la escuela de los católicos. Pero Pedro siguió con los católicos y de ahí paso a la universidad de Bolonia hacia 1220. Por aquel tiempo la ciudad de Bolonia estaba iluminada por la vida y predicación de Santo Domingo y sus hijos. Los estudiantes de Bolonia querían oír y ver a aquellos predicadores.
Muchos abandonaron las aulas universitarias por las celdas conventuales del glorioso convento de San Nicolás. Uno de ellos era Pedo de Verona, de agudo ingenio, grande fe, corazón virginal, y con dotes de predicador. A sus diez y seis años vió a Santo Domingo y quedó subyugado. Es que Dios quería que a la cercana muerte de Domingo le sucediese como predicador de la verdad. De manos de Santo Domingo recibió el hábito religioso y se dedicó al estudio, la oración y las observancias religiosas propias de los dominicos. Así lo hizo hasta que le tocó comunicar a otros lo contemplado. Su caridad era ardiente, ayunaba largo y frecuente, hacía del estudio oración y de la oración un estudio de Dios y sus obras. Fue ordenado sacerdote y siguió con su oración y misa. Terminada ésta se dedicaba a predicar y a su ministerio apostólico.
Rápidamente se extendió su fama de predicador y obrador de milagros. En muchas partes era tanta la gente que acudía a escucharlo que tenían que llevarlo en andas para que no peligrase su vida por los apretones. Predicaba tanto en iglesias como en plazas y a campo raso. Después se sentaba a confesar a los arrepentidos o recibía a los fieles que lo consultaban, incluyendo herejes. A todos recibía con caridad y aconsejaba, siendo muchos lo herejes que salían convertidos. Uno de estos convertidos fue Rainiero de Piacenza, que después fue gran apóstol contra la herejía.

Durante las noches, se daba a la oración y al estudio de lo que al día siguiente había de predicar. Durante estos momentos muchas veces se le oyó conversar familiarmente con santos y ángeles del cielo. Se cuenta que una noche las tres vírgenes mártires y protectoras de nuestra Orden, Santa Catalina de Alejandría, Santa Inés y Santa Cecilia lo visitaron.
Pero unos religiosos oyeron las voces femeninas y juzgaron imprudente y una falta a la regla recibir a tal hora a gente de la calle y mujeres. Lo acusaron frente a toda la comunidad. Pedro no se defendió ni excusó. El Prior a pesar de conocer bien su pureza de intención, lo reprendió y mandó a recluir en el convento de Jesi, en una montaña de la Marca de Ancona. Allí, en la soledad de su celda, lloraba el santo su deshonra, sobre todo, que pensaba que ya no podría servir más a la gente.

Pensando así y llorando día tras día, frente a un Cristo crucificado, se atrevió a decir: "¿Qué mal hice, Señor, para verme como estoy?". Y oyó que Jesús le dijo: "Y yo, Pedro, ¿qué mal hice?". Y quedó fortalecido y consolado con estas palabras. Pero Dios puso pronto fin al destierro y deshonra. Los religiosos comprendieron que tales visitas no podían ser sino celestiales, y admirando su paciencia y virtud, le restituyeron la libertad y su buen nombre, por lo cual fue restablecido en su ministerio, pasando a ser más poderoso en obras y palabras.
El papa Gregorio IX primero, y después Inocencio IV, lo nombraron Inquisidor General, lo que provocó que herejes de muchas partes lo amenazaran de muerte. Pero Pedro seguía predicando y obrando constantes milagros, con los que alentaba la fe de los cristianos.
Famoso es un milagro de uno que se fingió enfermo. Un hombre de Milán se burlaba de los milagros que Pedro realizaba. Juntó a muchos y se fingió enfermo, con la intención de pedirle a nuestro santo que lo sanase, y así poder reírse públicamente de él. Pero Pedro le dijo: "Ruego al Señor de todo lo creado, que si tu enfermedad no es verdadera, te trate como lo mereces". Y en aquel instante el fingido enfermo comienza a sentir fuertes dolores y a gritar. Con vergüenza sus amigos lo llevaron a su casa, donde sus dolores fueron creciendo, hasta que humillado y arrepentido, rogó al santo que fuese a verle. Fue Pedro a verle, y después de confesarlo, renegó de la herejía, hizo la señal de la Cruz sobre él y lo libró de los males del alma y del cuerpo.
Otro milagro famoso es el llamado milagro de la nube. En Milán, un maniqueo famoso que hacía de obispo, asistió a una plaza pública donde Pedro predicaba. Era un día muy caluroso, lo que empezaba a molestar a todos. Y gritó de repente: "Malvado impostor, si eres santo como todos creen, ¿porqué dejas que esta gente se ase con este calor? ¿Porqué no oras a tu Dios y le pides una nube que nos libre del sol?. El santo respondió: "Lo haré si prometes dejar tu herejía". Y se produjo mucha confusión. Pedro dijo con fuerte voz: "Para que todos conozcan y confiesen a Dios Todopoderoso, creador de todas las cosas, le pido a su Hijo Jesucristo que nos envíe una nube y nos cubra del sol". Hizo una cruz en el aire y se vieron todos cubiertos por una hermosa nube.
Para lograr triunfos sobre los maniqueos, Pedro se encomendaba a Dios, oraba y estudiaba mucho. Fue Prior en varios conventos, en Como, Piacenza, Génova, etc. Conoció y fue amigo de Santo Tomás de Aquino. A todos les pedía contemplar y estudiar, Cristo y los libros, para poder entregar después los frutos de la contemplación y el estudio.

San Pedro de Verona
Había en una villa del estado de Milán un buen señor posadero en cuya casa se hospedaba Pedro cuando iba a predicar. Con este señor tomó contacto un hereje nigromántico (magia negra, develar el futuro invocando a los muertos) para convencerlo de que no atendiera más al santo y se convirtiese a la secta. Le convenció que bajaría del cielo la misma Virgen María para pedirle que dejara las falsas creencias católicas. Efectivamente tuvo la visión, quedando dubitativo, confundido, atontado. Pocos días después llegó el santo a hospedarse allí y notó algo raro en aquel hombre. No le negó lo que pasaba, que quería convertirse a esa secta después de ver esa aparición. Procuró el santo disuadirlo, haciéndole ver que aquella visión era engaño del diablo, que él le probaría la falsedad. Quedaron en que buscaría al hereje nigromántico y le manifestaría su deseo de ver nuevamente a la Virgen. Fijaron lugar y hora para la aparición. El hereje acompañado de otros se presentó en una iglesia junto al posadero, donde previamente se había escondido Pedro. Hizo el nigromántico su invocación y apareció de nuevo la figura de la Virgen, y salió entonces Pedro con el Santísimo en la mano. Quiso huir la aparición, pero el santo la detuvo y le dijo que si era la Madre de Dios, adorara a su Hijo sacramentado, y si era un espíritu maligno, dejara esa figura de Virgen y tomara la de bestia. Obligado el demonio por el santo, se transformó en figura horrenda, y despidiendo hediondeces desapareció.
Como servicio a la Iglesia, el papa le encomendó un informe para aprobar o no la nueva Orden de Los Servitas. Después de estudiar lo que los servitas eran y merecían, su regla, la santidad de sus vidas y sus fines como institución, aconsejó al papa su aprobación y propagación.
Entretanto el odio de los herejes contra el santo crecía hasta que resolvieron quitarle la vida. Eran seis los principales conjurados que juntaron cuarenta monedas del país para pagar al asesino de sobrenombre Carino. Esto llegó a oídos del santo, quien lo comunicó varias veces en público. Predicando en Cesena, dijo a sus oyentes que no lo verían más, pues pasadas las fiestas de Pascua sería asesinado por los herejes. De Cesena pasó a Milán donde predicó el Domingo de Ramos. De Milán paso a Como, donde era Prior, para celebrar la Pascua. Y de allí volvió a Milán. Lo siguió Carino con la intención de matarlo y lo alcanzó en un espeso bosque donde también estaba Albertino, su cómplice asesino.
Carino le propinó con una hoz de podar un fuerte golpe en la cabeza y le abrió el cráneo. También se arrojó sobre Fr. Domingo, compañero del santo y lo apuñaló. Volvió sobre el santo y vió que con la sangre de su herida escribía en la tierra "Creo en Dios Padre Todopoderoso", y furioso le hundió un puñal en medio del pecho. Así terminó su vida a los 47 años.


Fr. Domingo, viendo lo sucedido, gritó por ayuda y algunos labradores llegaron a ayudar y siguieron al asesino, que fue capturado. Cundió rápido la noticia del asesinato. Llegaron sus hermanos del convento y vieron el lugar del martirio, al santo muerto y a Fr. Domingo herido que murió al quinto día. Y les trasladaron a Milán, al convento de San Eustorgio donde fue sepultado con magníficos honores. Si en la tierra se le hicieron tan debidos honores, no fué escaso el cielo en glorificarle, haciendo que "en el lugar del martirio se vieran muchas luces y que todos aquellos árboles del bosque lloraran", como dirá después San Vicente Ferrer en un sermón sobre el Santo Mártir.
El asesino fue encarcelado y se fugó. Cayó en terrible depresión al reflexionar sobre su crimen. Abjuró la herejía y tomó contacto con los dominicos, los que le permitieron entrar como Hermano converso para hacer penitencia de sus pecados, en tal grado, que mereció el concepto de santidad.
El papa Inocencio IV inició su proceso de canonización, y un año más tarde, en 1253, lo canonizó.
Fuente:
Santos, Bienaventurados, Venerables de la Orden de los Predicadores, Vol I
M.R.P.Fr. Paulino Álvarez O.P.
Tip. de El Santísimo Rosario
Vergara, 1920, pp. 179-195

miércoles, 3 de junio de 2026

S A N T O R A L

Santa Clotilde, Reina

Instrumento de la Providencia para la conversión de Francia; nación que mereció el título de Hija Primogénita de la Iglesia

Alfonso de Souza
En medio al caos provocado en la Europa de los siglos IV y V por la invasión de los bárbaros y la caída del Imperio Romano de Occidente, un pueblo comenzó a tomar relieve, liderado por un soberano adolescente aún pagano, Clodoveo. La conversión de este pueblo representaría una gran victoria para el cristianismo. De él surgiría la nación que más tarde fue denominada Hija Primogénita de la Iglesia, Francia. El papel de una princesa, Clotilde, como instrumento de la Providencia en esa obra, fue primordial.
El invicto Clodoveo se encuentra frente a los poderosos alamanes en el campo de batalla situado en la planicie de Tolbiac. De repente ve su ejército retroceder poco a poco en tal pánico que, en la fuga, unos guerreros atropellan a los otros. Desesperado, el monarca pagano comienza a clamar a sus dioses, pidiéndoles ayuda. En vano. Se acuerda entonces de su esposa Clotilde. Cayendo de rodillas, eleva sus ojos al cielo, y grita con toda el alma: “Oh Jesucristo, Dios de Clotilde. Si me concedes vencer a estos enemigos, yo creeré en ti y seré bautizado en tu nombre”. De ahí nació la Francia católica, a tantos títulos gloria de la Santa Iglesia.
¿Quién era esta Clotilde, cuyo Dios era tan poderoso? Es lo que veremos en este artículo.

Un lirio en medio del lodo de la herejía

Gunderico, rey de Burgundia, había muerto en una batalla contra los bárbaros, en defensa de la fe y de sus estados. Sus cuatro hijos, deseando gobernar, dividieron el pequeño reino. Sin embargo, poco tiempo después, dos de ellos, más ambiciosos y belicosos, se unieron a los feroces alamanes para invadir los reinos de sus otros dos hermanos. A uno de éstos, Chilperico, con sus dos hijos, le fue cortada la cabeza, y su mujer lanzada a un río con una piedra atada al cuello. Imposibilitadas de gobernar por la ley de sucesión, las dos hijas de Chilperico fueron perdonadas. Gundebaldo —uno de los hermanos invasores— las llevó a su corte y a pesar de ser arriano¹, permitió a sus dos sobrinas que continuasen profesando la verdadera religión.
La mayor de las hermanas, Fredegaria, tomó el velo religioso en un monasterio, donde terminó sus días en olor de santidad. Clotilde, la más joven, por “su dulzura, piedad y amor a los pobres, se hacía bendecir por todos aquellos que vivían a su alrededor”². “Esta joven princesa demostró una constancia admirable en medio de sus infortunios, y comenzó a brillar, como un milagro de honra y de virtud, por la santidad de sus acciones... Su porte era bello, sus maneras agradables, su rostro bien compuesto y de una belleza tan regular que no se podía ver nada de más bien acabado”³.

Celo apostólico en la corte de los bárbaros francos

La fama de tal virtud y belleza llegó al vecino reino de los Francos (después Francia), donde su joven y fogoso rey, Clodoveo pensó en desposar a la virtuosa princesa, a pesar de ser ella católica. Ciertamente influyó en esta decisión el obispo San Remigio, en quien el rey franco depositaba su entera confianza. Las bodas se realizaron el año 493 en Soissons, con toda la suntuosidad de la época.
“En el palacio del rey franco se instaló un oratorio católico, donde diariamente se ofrecían los Sagrados Misterios, a los cuales la santa asistía con singular devoción”.4
Un año después del matrimonio, Clotilde dio a luz a un heredero, y obtuvo de Clodoveo el permiso para bautizarlo. Pocos días después, el pequeño inocente fue para el Cielo. El rey, colérico, alegó que si él hubiese sido consagrado a sus dioses, no habría muerto. La reina protestó con firmeza diciendo que se alegraba por el hecho de que Dios los había juzgado dignos de que un fruto de su matrimonio entrase en el Cielo. Y que, en vez de entristecerse, ellos deberían alegrarse. Eso aplacó al rey.
Al año siguiente, Clotilde dio a luz a otro niño que, apenas bautizado, corrió peligro de vida. La reina se lanzó a los pies del altar y, por sus súplicas y lágrimas —que tenían más en vista la conversión del marido que evitar esta segunda muerte— obtuvo de Dios que se restableciera.

Grandiosa misión de convertir al rey

Las cualidades de esposa comenzaron a impresionar vivamente a Clodoveo. Pero él tenía un temperamento moldeado por la barbarie, y por lo tanto refractario a la Religión católica. Para obtener la conversión del marido y del reino, la piadosa reina se entregaba en secreto a grandes austeridades, prolongadas oraciones y una especial caridad hacia los pobres. Al mismo tiempo, “honraba a su real esposo y procuraba suavizar su temperamento belicoso con su mansedumbre cristiana”.5
Cuando Clodoveo venía a hacerle confidencias a respecto de planes de combate y sueños de grandeza, ella aprovechaba para hablarle del verdadero Dios. “Mientras no adorares el verdadero Dios —le decía ella— temeré que vuelvas de las batallas vencido y humillado. Hasta ahora no enfrentaste enemigos dignos de tu valor. Si, por desgracia, fueses cercado y acosado por un ejército más numeroso, en vano pedirás la ayuda de tus falsos dioses”. Clodoveo se contentaba con desviar la conversación para no indisponer a su esposa con blasfemias.
Siempre dispuesta a buscar e incentivar el bien, Clotilde se hizo amiga de Santa Genoveva, que entonces resplandecía en París por sus virtudes y milagros. A ella y a San Remigio encomendó también la conversión de su marido. Mientras tanto, se dedicaba a catequizar a sus damas, domésticos e incluso a algunos de los nobles francos que vivían en el palacio, hablándoles con la exuberancia de su corazón.

Conversión que alteró la Historia

Llegó finalmente, en la planicie de Tolbiac, la hora de la Providencia. Vimos cómo Clodoveo obtuvo la reversión de la batalla con el auxilio divino, y prometió convertirse.
Esta conversión fue rápida y sincera. No queriendo esperar su llegada a Soissons para instruirse “en la fe de Clotilde”, mandó llamar a un virtuoso eremita, San Vedasto, para que marchase a su lado, instruyéndolo en la fe católica.
Quiso Dios que el rey bárbaro comprobara una vez más, con sus propios ojos, la santidad de la Religión que le estaba siendo predicada. Al pasar por la villa de Vouziers, un ciego se aproximó para pedir limosna, y con solo tocar la túnica de San Vedasto, adquirió inmediatamente la visión.6
A la reina —que lo esperaba ansiosamente, pues Clodoveo ya había mandado la noticia de su conversión— le dijo: “El Dios de Clotilde me dio la victoria. ¡De hoy en adelante será mi único Dios!”

Curva la cabeza, sicambro

En la Navidad del año 496, Clodoveo, con tres mil de sus más valientes guerreros, ingresaron por el bautismo en la milicia del Dios de Clotilde. Recibieron igualmente el sacramento sus dos hermanas y su hijo bastardo, Teodorico. Al entrar el rey de los francos con el obispo de Reims en el baptisterio, le dijo éste las palabras que se volvieron famosas: “Curva la cabeza, altivo sicambro; adora lo que quemaste y quema lo que adoraste”.
En el momento en que San Remigio iba a proceder a la unción del rey con el óleo del Santo Crisma, bajó de la bóveda del templo una paloma trayendo en el pico una ampolla con aceite. El obispo, viendo en aquello una orden celestial, ungió con él la cabeza de Clodoveo.7 Con ese aceite serían ungidos después prácticamente todos los reyes franceses, hasta que la ampolla fue quebrada durante la nefanda Revolución Francesa.
“En pocos días, todo el reino de los francos entraba en la Iglesia, poniendo a la cabeza de su Código nacional aquel grito entusiasta que es una confesión de fe: ¡Viva Cristo, que ama a los francos!” 8

La conquista de París para la Cristiandad

Clotilde vigila la formación de sus hijos
Clodoveo envió embajadores al Papa Anastasio e hizo colocar su propia corona ante la tumba del Apóstol San Pedro, iniciando así la alianza entre Francia y la Iglesia. Animado por Clotilde, el rey mandó destruir los templos de los ídolos y construir en su Estado iglesias dedicadas al verdadero Dios. Favorecido también en las armas, Clodoveo conquistó la inexpugnable París, creciendo así su reino.
El amor que unía a los dos esposos se volvió, a partir de entonces, mucho más fuerte y sobrenatural, concediéndoles la Providencia otros dos hijos y una hija. Esta última, Teodequilda, es también honrada como santa, su fiesta se conmemora el día 3 de junio.
Clotilde llevó a su esposo a emprender una guerra contra Alarico II (484-507), rey de los visigodos, que intentaba diseminar la herejía arriana en la región de Guyena. Clodoveo persiguió a esos perniciosos herejes, mientras Clotilde —que lo acompañó en aquella cruzada— cual nuevo Moisés, rezaba con los brazos elevados hacia el cielo por el éxito de la batalla. El rey visigodo fue muerto y su ejército desbaratado.
En fin, Clodoveo, extenuado por las fatigas y los trabajos de gobierno, fue atacado por una enfermedad mortal en París. Clotilde acudió a su lado, habiendo antes hecho llamar a San Severino, Abad. Éste, apenas con tocar la punta de su manto en el soberano, le recuperó totalmente los sentidos para recibir conscientemente los sacramentos y prepararse para la muerte. El rey franco falleció el 27 de noviembre de 511, a los 45 años de edad, 30 desde que subió al trono y 20 después de su matrimonio con Clotilde. La santa reina, después de copioso llanto, exclamó como verdadera cristiana: “Señor, de Vos yo lo recibí pagano; por vuestra misericordia, yo os lo entrego cristiano. ¡Que sea hecha vuestra voluntad!”

En la viudez, virtud heroica ante los sufrimientos

Parecía que la misión de Clotilde en la tierra estaba concluida. Quiso vivir sólo para Dios e hizo dividir el reino entre sus tres hijos y un hijastro. Se mudó después junto a la tumba de San Martín, en Tours, donde, dice San Gregorio de Tours, “se vio a una hija de rey, sobrina de un rey, esposa de un rey, y madre de varios reyes, pasar las noches en oración, servir a los pobres y proteger a las viudas y a los huerfanitos”.9

A la santa reina le quedaban más de 30 años de pruebas y sufrimientos crueles. Alentada por su propia experiencia, Clotilde había dado a su hija, que recibiera también su nombre, como esposa a Amalarico (510-531), rey de los visigodos, pretendiendo la conversión de aquel monarca. Pero un hereje siempre es peor que un pagano. La reacción del soberano arriano fue, por el contrario, de proporcionar toda suerte de persecuciones a su esposa, debido a la fidelidad de ésta a la verdadera religión. Sus vasallos, con permiso del rey, llegaban a lanzarle barro cuando ella iba a la iglesia.
Al tomar conocimiento de esos ultrajes, sus hermanos le declararon la guerra a Amalarico, que fue muerto. Trajeron entonces consigo a la segunda Clotilde. La virtuosa madre, no obstante, no volvería a ver a su hija sino en el Cielo, pues ésta, apesadumbrada de dolor, falleció en camino a su patria.

Milagros en vida, santa muerte

Santa Clotilde obró varios milagros aún en vida, como curaciones, convertir el agua en vino, hacer surgir una fuente en un campo árido, etc.
Sintiendo aproximarse la muerte, mandó llamar a sus dos hijos, exhortándolos a servir a Dios y a guardar su ley, a proteger a los pobres, a vivir juntos en perfecta armonía y a tratar a sus pueblos con bondad paternal. Habiendo hecho después profesión pública de su fe católica y recibido los sacramentos que la prepararon para la eternidad, entregó dulcemente su alma al Creador.

Notas.-
1. Arriano: seguidor de las doctrinas de Arrio (250-336), sacerdote de Alejandría que cayó en herejía negando que las tres Personas de la Santísima Trinidad son absolutamente iguales en cuanto a la naturaleza y coeternas. Fue condenado por el I Concilio de Nicea (325).
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Mons. Paul Guérin, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. VI , p. 416.
3. P. Simón Martín, Vie des Saints, Bar-le-Duc, Imprimerie de Madame Laguerre, 1859, t. II, p. 826.
4. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. III, p. 345.
5. P. Jean Croiset, Año Cristiano, Calleja, Madrid, 1901, t. II, p. 751.
6. Cf. Edelvives, op. cit., t. III, p. 348.
7. Cf. Bollandistes, op. cit, t. VI, pp. 421-422; Edelvives, op. cit, t. III, p. 349.
8. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. II, p. 525.
9. Bollandistes, op. cit., t. VI, p. 422.

fuente: http://www.fatima.pe/articulo-361-santa-clotilde

martes, 2 de junio de 2026

S A N T O R A L

SANTOS MARCELINO, PEDRO Y ERASMO, MARTIRES (Siglo IV)

GLORIA DE ESTE DÍA

La gloria del martirio ilumina este día con profusión raras veces vista en el Ciclo Litúrgico; podemos ya presagiar en el mes que comienza, la más importante de todas: la gloriosa confesión que Pedro y Pablo sellaron con su sangre. Italia, Francia y España contribuyen a formar para el cielo -una legión de héroes.
Dentro de poco admiraremos a los mártires de Lyon y a las falanges de mártires de la Iglesia española; mas hay que rendir los primeros honores a la Iglesia Madre. Saludamos en primer lugar a Marcelino, que con su sacerdocio formó numerosos reclutas a quienes el Espíritu Santo hizo dignos partícipes de su triunfo; honremos al exorcista Pedro, que condujo a la fuente sagrada a tantos paganos conquistados para Cristo al ver la debilidad de los demonios.



Los SANTOS MARCELINO Y PEDRO

San Marcelino y San Pedro fueron decapitados por la fe, en la persecución de Diocleciano, el año 304, en el lugar llamado Silva Nigra, en la vía Cornelia, cerca de Roma. El Papa S. Dámaso escuchó el relato de su martirio del mismo verdugo que les había dado muerte, y adornó su tumba con bella inscripción.
Sus nombres están puestos en el Canon de la Misa, y en Roma se les dedicó una basílica.

SAN ERASMO


A la memoria de los santos Marcelino y Pedro, va unida, en este día la de un santo Obispo martirizado en Formies, (Campania), a principios del siglo IV. Si los hechos que nos quedan de su vida, no están libres de todo reproche a los ojos de la crítica, los favores obtenidos por intercesión de Erasmo o San Telmo, divulgaron su nombre por toda la cristiandad, como lo atestiguan las numerosas formas que adopta este nombre en la Edad Media, en las diversas comarcas de Occidente. Es uno del grupo de los santos auxiliadores o protectores, cuyo culto se extendió sobre todo por Alemania e Italia. Los marinos lo han tomado por patrono, y a causa de uno de los tormentos que tuvo que sufrir, se le invoca contra los dolores de vientre.


PLEGARIA

Oh santos mártires, vosotros tres confesasteis a Jesucristo en la más espantosa tempestad que le fué permitido al demonio suscitar contra la Iglesia. Sed compasivos ante los males que atormentan al género humano en este valle de lágrimas y de pruebas. Su gran miseria moral le ha hecho olvidarse, en la necesidad, hasta de sus poderosos protectores. Haced que se reavive en él vuestro recuerdo con nuevas gracias.

. . .A SAN ERASMO

Tú en otro tiempo protegido por el cielo, protege ahora, oh Erasmo, a aquellos que luchan sobre las olas contra la furia de la tempestad desencadenada. Con valentía de espíritu entregaste a los verdugos hasta tus mismas entrañas; protege a quienes te invocan en los padecimientos que recuerdan, en cierto modo, los tormentos que por Cristo soportaste.

. . .A LOS SANTOS MARCELINO Y PEDRO

¡Oh Pedro y Marcelino, unidos en los trabajos y en la gloria! dirigid vuestros ojos hacia nosotros: una sola de vuestras miradas hace temblar al infierno, y alejará de nosotros sus falanges tenebrosas.
¡Cuánta necesidad tienen de vuestra ayuda la sociedad civil y el mundo visible! El enemigo, a cuya reclusión en los abismos tan poderosamente habéis contribuido, vuelve a constituirse señor. ¿Estamos acaso en el tiempo en que, volviendo a encender la guerra a los santos, le será permitido cantar victoria? Ya, ni disimula ahora, apenas se encubre. No sólo dirige al mundo, valiéndose de mil medios que las sociedades secretas han puesto en sus manos de un modo ostensible, sino que se ha visto que quiere introducirse en toda clase de reuniones, en el seno de las familias como huésped de la casa, y como compañero de sus diversiones y de sus negocios, incitando siempre al mayor goce y a la disolución moral. El Anticristo, que aparecerá al final de los tiempos, poderoso por un poder usurpado y falso prestigio; ¿no se prepara ya precursores en las logias políticas de las sociedades secretas, en los conventículos de la teosofía o del espiritismo, donde aparecen en forma nueva algunos misterios antiguos del paganismo? Soldados valientes de la Iglesia, hacednos dignos de vuestros padres. Si el ejército cristiano disminuye en número, acreciéntase en él la fe; no desfallezcan sus fuerzas ni se dispersen; hállesele siempre haciendo frente al enemigo en la hora suprema en que Jesús exterminará de un soplo al hombre de pecado y arrojará para siempre las hordas de Satanás en los pozos profundos del abismo.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

Tomo IV  pag 305 y siguientes