sábado, 10 de diciembre de 2022

S A N T O R A L

SANTA EULALIA DE MERIDA, VIRGEN Y MARTIR

La Iglesia de España, perla del catolicismo, celebra hoy la memoria de la ilustre mártir que inmortaliza a Mérida, honra de toda la Península Ibérica, alegría de la Iglesia Universal, exclama enajenado de entusiasmo Dom Guéranger. Es la tercera de esas "Vírgenes sabias" cuyo culto se celebra con más pompa en la Iglesia en tiempo de Adviento; digna compañera de Bibiana, de Bárbara, y de la heroica Lucía que pronto recibirá el homenaje de nuestro culto.

No insertamos aquí el estupendo poema que copia y traduce el Abad de Solesmes; es muy extenso, aunque esa consideración no estorbó a los Padres de nuestra liturgia mozárabe incluirle por entero en el Oficio de la Santa. Consta de cuarenta y cinco estrofas el delicioso cántico, desarrollado en forma descriptiva, histórica.

Sobrehumano es el valor, increíble la audacia con que esa niña de doce años desafía al tirano y se lanza a los suplicios, más pronta y animosa a abrazarse con ellos, que los feroces verdugos a aplicárselos sin miramiento ni asomo de piedad y duelo al cuerpecillo delicado de Eulalia. Es que, bajo las apariencias de niña tierna latía un corazón gigante. Para describirnos y cantar dignamente la lucha inaudita más que homérica de esa heroína contra todo el poder del averno, era menester nada menos que el prócer de la lírica cristiana; a la abanderada del espléndido escuadrón de vírgenes mártires invencibles ha de corresponder el vate más ilustre, el rey de los poetas del cristianismo, el gran Prudencio. Prudencio se dió cuenta cabal del papel glorioso que le deparaba la Providencia de ensalzar a esa niña prodigio que superaba en fortaleza y coraje a los corifeos mismos del martirio. Se superó a sí mismo el poeta en dulzura, suavidad y gracia, cantando a su heroína, y esculpiendo a la par en sus versos la entereza broncínea de Eulalia, que con delirio santamente loco, andaba a caza de torturas para su cuerpo, asaltándolas con el afán con que los niños golosos se lanzan a los dulces y frutas apetecidas.

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Es Eulalia en los anales del heroísmo cristiano una figura desconcertante por su grandeza legendaria; nos cuesta de buenas a primeras dar ascenso a la vivida descripción de su martirio, si no paramos mientes en que Cristo mismo por obra y gracia del Espíritu divino forjó de intento ese modelo insuperable de Esposa suya que se lanza desolada a los brazos de su Amado a través de sangre y fuego, y para lograrlo se abreva, degusta y saborea con fruición incontenible los tormentos más atroces.

Y no andan en zaga, en entusiasmo y elocuencia el Breviario y Misal Mozárabes al ensalzar a Santa Eulalia. No se halla cosa tan soberbiamente magnífica, dice Dom Guéranger, como los elogios consagrados a su memoria por la antigua Iglesia de España. Citamos casi al azar, añade, en el Misal, las dos hermosas composiciones escogidas entre otras veinte que pudieran ser preferidas:

Oración 

Regocíjese en Vos, Señor, la virginidad, y codeándose con ella la continencia tome parte en la alegría. He aquí una guerra, en que no figura el sexo sino el valor. No estriba la defensa en la espada sino en el pudor. No se entabla la lucha entre personas sino entre causas. Una conciencia inocente atraviesa sin heridas los batallones armados; la que triunfó del asalto de los sentidos, triunfará del hierro. Vencerá fácilmente a los demás el que se vence a sí mismo; y si la virtud es loable en el hombre, la virgen que despliega viril fortaleza es digna de mayores elogios, Una virgen sagrada entra en una asamblea profana, y llevando en su pecho a solo Dios triunfa de los suplicios. No falta allí un lictor tan imprudente como cruel que lanzando las saetas impúdicas de sus miradas, tortura con infame suplicio a quien podemos apellidar Esposa de Cristo, de manera que la ajena al adulterio tiene que soportar castigo adúltero. Luego, el verdugo, para someterla a más ruda prueba, expone el cuerpo de la Virgen ante los ojos de los espectadores, y a lo largo de sus caderas desgarradas corre en arroyuelos la sangre más rápidamente que la mano del lictor, lo es para abrir nuevas llagas en las entrañas surcadas de crueles azotes. La sacrílega intención del verdugo queda confundida, y no aparece aquí otro vergonzoso espectáculo que el de los fieros tormentos. Desnuda está nuestra Virgen, pero es desnudez pudorosa. Uno y otro sexo aprenda pues, de esta Virgen a ambicionar no la hermosura sino la virtud, a amar la fe, no los encantos del cuerpo. El que quiere agradar al Señor, entienda ha de ser juzgado, no por los atractivos del rostro, sino por su pudor. Y ahora, oh Cristo, ya que por ti mereció esta Virgen, por ti también llevó felizmente a cabo su glorioso papel, (pues no acertaríamos a rehuir las dudas del enemigo sino el apoyo de tu divinidad) dígnate otorgarnos que, así como esta bienhadada Mártir ganó por su lucha varonil el premio de la castidad, alcancemos el perdón de nuestros desmanes, la recompensa prometida.

Ilación

Digno y justo es. Señor Dios, que te demos gracias a Ti que colocaste en el pavés de la gloria a esta Virgen prudente fiel discípula de la fe; a Ti que haciendo fuese María madre, hiciste también que Eulalia fuese mártir, la una feliz en dar a luz la otra feliz muriendo; la una llevando a cabo el ministerio de la Encarnación del Verbo, la otra apropiándose la imitación de sus padecimientos; la una creyó al Ángel, la otra resistió al enemigo; la una elegida para que Cristo naciera de ella, la otra escogida para que el diablo fuera vencido por ella. Eulalia Mártir y Virgen fué en verdad digna de agradar a su Señor; protegida por el Espíritu Santo aguantó rudo combate a la delicadeza de su sexo. Viósela por encima de toda fuerza humana ofrecerse a las torturas en alas del celo de tu amor; cuando a honra de tu precioso Unigénito derramó su sangre en testimonio de generosa confesión, y entregó a las llamas sus castas entrañas en olor de suave incienso. Va sin ser llamada al tribunal de un gobernador sanguinario. Allí se manifiesta su alma tan incapaz de disimulo, como el lugar mismo convidaba a señalado triunfo. Quiere conquistar un reino, menospreciar los suplicios, encontrar al que busca y ver, finalmente, al que habrá confesado. No le asusta la pena, no duda de su triunfal corona, el potro no la ha rendido, no desconfía del premio. La preguntan, confiesa; la arrancan la vida y es coronada. Por estupendo prodigio subiendo el espíritu de la Virgen hacia ti por la llama al exhalar el postrer suspiro, tu Majestad soberana le recibe en figura de paloma; de modo que la Mártir escala los cielos con el símbolo maravilloso con que ¡oh Padre celestial! mostraste tu Hijo a la tierra. Pero los mismos elementos no sufren que el cuerpecillo de la Mártir permanezca sin honra; nieve del cielo a guisa de vellocino gracioso viene a cubrir y discretamente velar aquellos restos que pregonan la austeridad de la virtud, el candor de la virginidad. El cielo mismo aporta la pompa de espléndida misericordia del Redentor, el alma de la Virgen es entronizada en la celestial mansión en desquite de la mortaja aérea en tan augustos funerales, y por la sepultura terrestre.

Ten a bien, Mártir gloriosa, unamos nuestra admiración a los sublimes cánticos que la Iglesia entona a honra tuya. Habiendo enajenado tu corazón Virgen heroica el amor de Cristo, no sentías los tormentos, o, mejor dicho, el dolor era sustento y cebo de tu amor en ausencia de ese Esposo que podía él solo colmar tus deseos. Con ese ardor invencible con esa tu audacia magnánima que te impedía a desafiar a los tiranos y el furor de la plebe, nada había tan inefablemente dulce como tu sonrisa, nada tan tierno como tus palabras. Alcánzanos, Esposa de Cristo, siquiera un poquito de esa valentía que jamás se abate delante del enemigo, de ese tierno amor a nuestro Señor Jesucristo que, solo, libra a las almas de tibieza y orgullo.

Santa Eulalia
¡Oh tú, gloria de Iberia, paloma de paz, ten piedad de esa tierra católica que te crió para el cielo! No sufras palidezca la antigua fe en una Iglesia que brilló entre todas las otras con esplendor sin igual durante tantos siglos. Ruega, Eulalia, para que los días de la tribulación en tiempo de borrasca se abrevien, y Dios, cediendo a tus ruegos, confunda la sacrílega audacia de los impíos resueltos a aniquilar el reino de Dios en la tierra; inspire al clero la fortaleza y energía de tiempos pasados, haga fecunda la sangre de los mártires que ha sido ya derramada, pare en seco el escándalo de que son tan fácilmente víctimas el pueblo sencillo y los débiles, que se digne, por fin, no borrar a España del número de las naciones católicas, y perdone a hijos degenerados en atención a sus padres.

Las reliquias de esta mártir incomparable, enriquecen hoy la sede y región ovetense donde fueron trasladadas hace ya muchos siglos, para sustraerlas a la profanación de las hordas agarenas invasoras. Es Patrona ilustre de la diócesis. Hubiéramos deseado que en vez de los himnos de la festividad, de mediocre inspiración lírica, se usaran las viriles estrofas del inmortal Prudencio. Algo más acertados estuvieron en las encomias tributadas a Santa Eulalia, nuestros antiguos Padres de la Iglesia mozárabe.

 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

viernes, 9 de diciembre de 2022

S A N T O R A L

 

SANTA LEOCADIA, VÍRGEN Y MÁRTIR

La bienaventurada virgen santa Leocadia fué natural de la ciudad de Toledo, noble de linaje y grande sierva del Señor. Mandóla prender el presidente Daciano, que como una fiera cruel no se podía ver harto de la sangre de los cristianos, y traída á su presencia le puso delante su nobleza y sangre, y la vileza é ignominia, de la que él llamaba superstición de los cristianos, y ya con halagos, con blanduras y con espantos procuró persuadirla que dejase la fé de Cristo, y adorase á sus dioses. No se movió la santa virgen por cosa alguna de las que le dijo el presidente: y todo su artificio se resolvió en humo, sin poder hacer mella en aquel pecho sagrado. Mandóle poner en una oscura y horrible cárcel, para atormentarla con ella; y si esto no bastase, matarla con crueles tormentos.

Mucho se regocijó santa Leocadia cuando se vio llevar á la cárcel, reconociendo que era gran merced de Dios, y haciéndolo gracias por ello: y viendo algunos que la seguían llorando, se volvió á ellos con alegre y sereno rostro, y les dijo: Ea, soldados de Cristo, no os entristezcáis por mi pena; antes holgaos y dadme el parabién: pues Dios me ha hecho digna que padezca por la confesión de su nombre. Algunos dicen que fué crudamente azotada antes de entrar en la cárcel: y de la crueldad de Daciano se puede creer que fué así. En aquella dura y áspera cárcel estuvo algún tiempo: y oyendo la carnicería que Daciano continuamente hacía en los cristianos y los tormentos atrocísimos, con que había hecho morir á la gloriosa virgen santa Eulalia de Mérída; enternecida y traspasada de dolor, suplicó á nuestro Señor la llevase para sí, si así convenía, para que no viese la destrucción de su Iglesia, y menoscabada la fé de su santa religión. Cumplió Dios el deseo de la santa virgen, y oyó su oración: y así como estaba orando, hizo con los dedos una cruz en una dura piedra de la cárcel, y quedaron en ella las señales, y besándola con gran ternura y devoción, dio su bendita alma á Dios. El cuerpo fué hallado junto á aquella cruz, caído y reclinado en el suelo, y fué sepultado por los cristianos, de la manera que mejor pudieron.

Fué la muerte de santa Leocadia á los 9 de diciembre por los años del Señor de 305, imperando Diocleciano y Maximiano. Tiene la santa virgen Leocadia tres templos de su nombre en la ciudad de Toledo: uno donde fué su casa: otro donde estuvo presa; y otro donde fué sepultada: y por reverencia y devoción que le tuvieron algunos santos arzobispos de Toledo, se mandaron enterrar en el mismo templo (donde muchos años estuvo su sagrado cuerpo);  como fueron Eugenio III, Alfonso y Juliano, santísimos pontífices: y en el tiempo de los reyes godos se celebraron en él muchos concilios toledanos, que siempre en la Iglesia han sido en gran veneración. En este templo sucedió una cosa maravillosa y digna de grande admiración. Un día de santa Leocadia fué el rey Recesvinto, acompañado de toda la nobleza de su corte, á celebrar la fiesta de la santa virgen: y estando en la Iglesia mucha gente eclesiástica y seglar, el bienaventurado san Ildefonso, que á la sazón era arzobispo de Toledo, se puso en oración delante del sepulcro de santa Leocadia; y de improviso la piedra que le cubría y era tan pesada (que como dice Cixila), apenas treinta hombres la pudieran alzar, se levantó por sí misma: y la gloriosa virgen salió del sepulcro, y mirando á san Ildefonso extendió su mano, y tocó la suya y le dijo:
O Ildefonso, por tí vive la gloria de mi Señora; dando á entender que san Ildefonso había defendido la limpieza y gloria de la virginidad de nuestra Señora contra los herejes, que la pretendían con su lengua sacrílega mancillar. Todos los circunstantes cayeron en el suelo pasmados, por la novedad de este prodigio: más san Ildefonso habló á santa Leocadia, y le dijo: O gloriosa virgen, y digna de reinar en el cielo con Dios; pues menospreciaste y diste la vida por su amor: dichosa fué esta ciudad; pues naciste en ella, y la consagraste con tu muerte, y ahora la consuelas con tu presencia. Vuelve, Señora, los ojos desde el cielo sobre ella, y con tu intercesión defiende tus naturales, y al rey que, con tanta devoción celebra tu fiesta. Oídas estas palabras comenzó santa Leocadia á retirarse y volverse á su sepultura: y san Ildefonso con un cuchillo que le dio el rey, cortó un pedazo del velo, con que venía cubierta la virgen, para que quedase memoria de tan ilustre milagro, y la ciudad de Toledo consolada con tener (como lo tiene en el sagrario de la santa Iglesia) aquel celestial tesoro.

El cuerpo de santa Leocadia estuvo muchos años en la ciudad de Toledo en su sepulcro, y en un suntuoso templo que después el rey Sisebuto le edificó. De allí fué llevado por los cristianos á la ciudad de Oviedo, por temor que los moros que se habían apoderado de España, no le quemasen como lo habían hecho con otros cuerpos de santos. En Oviedo también se entiende que estuvo algún tiempo, y en aquella ciudad é iglesia hay algunos indicios y argumentos ciertos de ello. De aquí fué trasladado el sagrado cuerpo de esta gloriosa virgen á los estados de Flandes, y fué colocado en un monasterio de San Gisleno, que es de monjes benitos, llamado Cela, de la ciudad de Mons en la provincia de Hanonia: y de esta traslación hace mención el doctor Juan Molano en las Adiciones, que escribió al Martirologio de Usuardo. La ocasión de haberse llevado el santo cuerpo á Flandes, no se sabe de cierto ni quién le llevó ni en qué tiempo se llevó: dícese que fué un caballero poderoso, que vino de aquellos estados á España, para favorecer á los cristianos contra los moros, y que en pago de sus buenos servicios un rey de León le dio el cuerpo de santa Leocadia. En aquel monasterio de San Gisleno fué el cuerpo de esta purísima virgen honrado y reverenciado de los pueblos de toda aquella comarca, y por su intercesión recibieron muchos y muy grandes beneficios del Señor, especialmente contra la pestilencia de que antes eran muy fatigados: hasta que la serenísima reina doña Juana, hija y heredera de los católicos reyes don Fernando, y doña Isabel, y madre del emperador Carlos V, de gloriosa memoria, siendo señora de los estados de Flandes, por estar casada con el príncipe don Felipe, el año de 1500, á 15 de octubre, alcanzó del abad y monjes de aquel monasterio de Cela, la canilla de la pierna derecha de santa Leocadia: la cual como un preciosísimo tesoro dio á la santa Iglesia de Toledo.

Finalmente con gran providencia y misericordia del Señor, fué traído el santo cuerpo de aquel monasterio, donde estaba con la autoridad del sumo pontífice Gregorio XIII, y del católico rey don Felipe II, por un padre de la Compañía de Jesús, llamado Miguel Hernández, y al cabo de tamos años fué restituido á su patria y ciudad de Toledo, y colocado en la santa Iglesia, con gran fiesta, regocijo y solemnidad: porque demás de los gastos que hizo la santa Iglesia en traer el santo cuerpo, y tenerle muchos días con el debido apáralo y reverencia, mientras que se aparejaban las fiestas del recibímiento en la casa é iglesia de Jesús del monte de Loranca de Tajuña (que es de la Compañía de Jesús), y por todo el camino hasta llegar á la ciudad de Toledo; el recibimiento que en ella se le hizo fué muy solemne, y de gran concurso de gente y variedad de fiestas, y regocijado y autorizado con la presencia del rey católico don Felipe, y del príncipe asimismo don Felipe, y de la infanta doña Isabel, sus hijos, y de la emperatriz doña María de Austria, su hermana, que fueron á Toledo, para solemnizar mas aquella fiesta, dando en todo raro ejemplo de su piedad, devoción y humildad, con que el rey y el príncipe, con otros grandes del reino, llevaron sobre sus hombros el cuerpo de la santa virgen, teniendo por gran gloria suya el servirla en aquel humilde y honroso oficio. Hizose este recibimiento á los 26 de abril, del año del Señor de 1587, siendo sumo pontífice Sixto V, y rey de las Españas el católico don Felipe II, y el cardenal don Gaspar de Quiroga, arzobispo de Toledo: y después el mismo Sixto V mandó que se celebrase la fiesta de esta traslación en la Iglesia y arzobispado de Toledo.

FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc


jueves, 8 de diciembre de 2022

Cuál fue el origen de la elección de los colores de la bandera

"Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres/ el blanco y el celeste de nuestro pabellón" dice aquella hermosa poesía que se enseñaba en las escuelas. ¿Pero cómo se eligieron realmente esos colores?

El 27 de febrero de 1812, cuando creó la bandera, el general Manuel Belgrano escribió al Triunvirato: "Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional". Aquí ya hay una declaración del propio creador. ¿Y qué origen tenían los colores de la escarapela?
Del manto celeste y la túnica blanca de la Virgen de
Luján  fueron tomados nuestros colores patrios.
A falta de uniforme los gauchos de Pueyrredón
usaron como distintivo en 1806, dos cintas llamadas
“las medidas” de 38 cm de largo, que era el alto de la Virgen
Hay dos versiones. La más sólida sería la de las cintas de Pueyrredón. Durante la primera invasión inglesa, en 1806, don Juan Martín de Pueyrredón juntó una tropa de soldados y de trescientos gauchos voluntarios en Luján, y les dio como estandarte el de la "Purísima Concepción", de colores celeste y blanco, y a cada uno un par de cintas, una celeste como el manto de la Virgen de Luján y otra blanca como su vestido. Con ellas combatieron y así las hicieron conocer. Este sería el antecedente de la escarapela que luego usó la Sociedad Patriótica y después adoptó el Triunvirato.
Otra versión dice que los colores fueron copiados de una banda cruzada que exhibían los reyes Borbones. Aún así ¿cuál era su origen? El color de los Borbones en realidad era el blanco, pero la banda celeste y blanca que usaban es la de la Real Orden de Carlos III, quien los tomó oficialmente de los colores de la túnica y del manto de la Virgen de la Inmaculada Concepción, Patrona de España.
También al recibir el prócer en 1793 su título en Leyes en Valladolid, hizo juramento de defender el dogma de la Inmaculada Concepción, y pertenecía a la Congregación Mariana, cuyo distintivo era una cinta celeste y blanca.
A su regreso de España fundó el Real Consulado de Buenos Aires y colocó al frente un escudo con los colores celeste y blanco, declarando que usaba esos colores en homenaje a la Inmaculada Concepción. Valgan las reiteraciones.
En cuanto a sus motivos íntimos, su hermano Carlos, también militar y Presidente del Cabildo de Luján, escribe: "Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de quien era ferviente devoto". Y José Lino Gamboa, cabildante de Luján con Carlos Belgrano, dice: "Al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria los colores blanco y azul, había querido obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María como ardiente devoto".
Es asunto poco o nada divulgado, pero todos los antecedentes coinciden en un mismo punto de origen.
Y la imagen religiosa más popular de nuestro país, la de la Virgen de Luján, Patrona de la República Argentina y que representa a la Inmaculada Concepción, ostenta nítidamente los colores de nuestra bandera, una franja blanca en el medio y una celeste a cada lado. Esta coincidencia entonces no es meramente casual, o será que como dice el Martín Fierro: "Donde no hay casualidá, suele estar la Providencia".


S A N T O R A L


La santa intransigencia, un aspecto de la Inmaculada Concepción

Plinio Corrêa de Oliveira
Cuadro conmemorativo de la proclamación 
del dogma de la Inmaculada Concepción
En la vida de la Iglesia, la piedad es el asunto clave. Piedad bien entendida, que no sea la repetición rutinaria y estéril de fórmulas y actos de culto, sino la verdadera piedad, que es un don bajado del Cielo, capaz de, por la correspondencia del hombre, regenerar y llevar a Dios las almas, las familias, los pueblos y las civilizaciones.
Ahora bien, en la piedad católica el asunto clave es, a su vez, la devoción a Nuestra Señora. Pues si es Ella el canal por medio del cual nos vienen todas las gracias, y es por Ella que nuestras oraciones llegan hasta Dios, el gran secreto del triunfo en la vida espiritual consiste en estar íntimamente unido a María.
La humanidad, antes de Jesucristo, se componía de dos categorías nítidamente diversas, los judíos y los gentiles. Aquellos, constituyendo el Pueblo Elegido, tenían la Sinagoga, la Ley, el Templo y la Promesa del Mesías. Estos últimos, dados a la idolatría, ignorantes de la Ley, con falta de conocimiento de la Religión verdadera, yacían a la sombra de la muerte, esperando sin saberlo, o movidos a veces por un secreto impulso, al Salvador que debería venir. Entre los gentiles, aún se podrían distinguir dos categorías: los romanos, dominadores del universo, y los pueblos que vivían bajo la autoridad del Imperio. Un análisis de la época en que ocurrió la venida del Mesías implica hacer el examen de la situación en que se encontraba cada una de estas fracciones de la humanidad.

Poder, gloria y decadencia

Se habla mucho del valor militar de los romanos y del brillo de las conquistas que hicieron. Es obvio que hay mucho que admirar en ellos bajo este punto de vista. Pero una exacta ponderación de todas las circunstancias históricas nos obliga a reconocer que, si los romanos hicieron grandes conquistas, los pueblos que dominaron estaban en su mayor parte viejos y gastados, dominados por sus propios vicios, y por esto propensos a caer bajo el guante del primer adversario que se les opusiese. Afirmación ésta válida tanto para Grecia cuanto para las naciones de Asia y de África, excepción hecha tal vez de Cartago.
¿Qué es lo que había reducido a ese estado de debilidad a tantos pueblos, otrora dominadores y llenos de gloria? La corrupción moral. La trayectoria histórica de todos ellos es la misma. Al inicio, se encontraban en un estado semi-primitivo, llevando una vida simple, dignificada por una cierta rectitud natural. De ella les viene la fuerza que les permite dominar a los vecinos y constituir un imperio. Pero con la gloria viene la riqueza, con la riqueza los placeres, y con éstos la disolución de costumbres. La disolución de costumbres trae a su vez la muerte de todas las virtudes, la decadencia social y política y la ruina del imperio.
Y así, uno después de otro, fueron apareciendo en el escenario histórico, creciendo hasta su pináculo y menguando, los grandes pueblos del Oriente. Todas las naciones civilizadas que Roma venció habían recorrido las diversas etapas de este ciclo. Ella misma las recorrió a su vez. Las virtudes familiares de la Roma de la Realeza y de la República aristocrática le dieron la grandeza. Al final de la República, el lujo comenzó a depravar los caracteres y tuvo comienzo la decadencia. El Imperio, que es en su comienzo una magnífica puesta de sol, se transforma gradualmente en pardo crepúsculo sin gloria.

La humanidad en la noche moral

Fue en el momento en que Roma entraba en la fase aún áurea de esa ruta descendente, que Jesús nació. La historia de los futuribles es peligrosa. En todo caso, es permitido indagar qué habría ocurrido en el mundo mediterráneo, cuando Roma terminase su involución, si el Verbo de Dios no se hubiese encarnado.

Hasta entonces, cada nación civilizada pasaba el legado de su cultura al vencedor. Los persas, por ejemplo, se nutrieron de la cultura asiro-babilónica y egipcia. Los griegos se nutrieron de la cultura egipcia y persa, los romanos de la cultura griega. Y así, caminando del Oriente hacia el Occidente, vino siendo transmitida la civilización. Extinta Roma, ¿en qué manos quedaría el legado? En la de los bárbaros. Pero la Historia prueba que, sin la participación de la Iglesia, ellos no se habrían civilizado por ocasión de las invasiones, y así, sin Jesucristo la caída de Roma habría sido el colapso de Occidente. Con el ocaso de Roma, iniciado ya antes de Cristo, era todo Occidente que amenazaba con desplomarse. Era el fin de una cultura, de una civilización, de un ciclo histórico. Era un fin de mundo...
Ahora bien, el pueblo elegido también estaba en su fin. Dos tendencias siempre se habían sobresalido en él. Una quería permanecer fiel a la Ley, a la Promesa, a su vocación histórica, confiando enteramente en Dios. Otra, empero, de poca fe, de poca esperanza, se amedrentaba considerando la nula valía militar y política de los judíos en el mundo antiguo.
Diferentes de todos los pueblos por su raza, su lengua, su Religión, exiguos como población y territorio, estaban los israelitas a punto de ser sumergidos ya antes de Cristo. La mejor estrategia que los partidarios de la politique de la main tendue [política de la mano extendida] tenían en la Antigua Ley no consistía en resistir, sino en ceder. De ahí una adaptación del pueblo elegido al mundo gentílico, la penetración subrepticia de doctrinas exóticas en la Sinagoga, la formación de un sacerdocio sin fibra, sin espíritu de sacrificio, dispuesto a todo para vegetar indolentemente a la sombra del Templo, y la propensión de una inmensa mayoría de judíos a seguir esta política.
Los líderes de esta tendencia ocupaban todo, invadían todo, dominaban todo. Con la epopeya de los Macabeos, había terminado la influencia de los partidarios de la integridad israelita. Éstos eran en el tiempo de Cristo apenas unos raros hombres de elección, que aquí y allá suspiraban y lloraban en la sombra, a la espera del Día del Señor. Los otros abrieron los brazos al enemigo dominador. El pueblo elegido había caído también bajo el yugo romano. Era también un fin. La noche, la noche moral del obscurecimiento de todas las verdades, de todas las virtudes, había caído sobre el mundo entero, gentilidad y Sinagoga...

En aquella época tenebrosa...

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Ruinas del foro Romano

Fue en ese colmo de males, en ese ambiente opuesto a todo bien, que nació la más santa de las criaturas, la Llena de Gracias, que todas las naciones habrían de llamar Bienaventurada. Pues ya era ésta, en líneas generales, la situación en la época en que vino al mundo la Santísima Virgen.
Las proporciones de un artículo como éste no permiten una descripción pormenorizada del cuadro moral del mundo romano. Lo que además no sería muy necesario, pues ese cuadro es generalmente conocido. En toda la extensión del Imperio, aristocracias nacionales en el último estado de descomposición moral se mezclaban con aventureros enriquecidos en los negocios, en la política o en la guerra, con libertos llevados a la cumbre de la influencia por el favoritismo, con actores y atletas famosos, en una vida de continuos placeres, en que los decadentes traían toda la languidez de su spleen, los aventureros todas las disoluciones de sus apetitos aún mal cebados, los favoritos, los actores y los atletas todo el ambiente de adulación, de insolencia, de intriga, de falsedad, de politiquería gracias al cual se mantenían.
Augusto, en cuyo reinado nació Jesucristo, intentó en vano detener el paso a todos esos abusos, que en su tempo iban tendiendo a afirmarse de modo alarmante. Nada consiguió de duradero.
En contraposición con esta élite –si es que así se la puede llamar– estaba un mundo incontable de esclavos de todas las naciones, de trabajadores manuales miserables, corrompidos al peso de sus propios vicios y de los ejemplos venidos de lo alto. Hambrientos, maltratados, codiciosos, ociosos, querían deponer a sus amos, menos por la indignación que les causaban sus excesos que por el pesar de no poder llevar la misma vida que ellos. Todo un cuadro, en fin, que no es preciso tener gran cultura para conocer, ni mucha finura para sentir en su realidad vital, pues no difiere sensiblemente de los días tenebrosos en que vivimos...

...la Obra Maestra de la naturaleza

Pues bien, mientras esto era el mundo antiguo, ¿quién era la Santísima Virgen, que Dios creó en aquella época de omnímoda decadencia? –La más completa, intransigente, categórica, incontestable y radical antítesis del tiempo.
El vocabulario humano no es suficiente para expresar la santidad de Nuestra Señora. En el orden natural, los santos, los Doctores de la Iglesia la comparan al sol. Pero si hubiese algún astro inconcebiblemente más brillante y más glorioso que el sol, es a ese astro que la compararían. Y acabarían por decir que ese astro daría de Ella una imagen pálida, defectuosa, insuficiente.
En el orden moral, afirman que Ella transcendió ampliamente todas las virtudes, no sólo de todos los varones y matronas insignes de la Antigüedad, sino –lo que es inmensamente más– de todos los santos de la Iglesia Católica. Imagínese una criatura que tenga todo el amor de San Francisco de Asís, todo el celo de Santo Domingo de Guzmán, toda la piedad de San Benito, todo el recogimiento de Santa Teresa, toda la sabiduría de Santo Tomás, toda la intrepidez de San Ignacio, toda la pureza de San Luis Gonzaga, la paciencia de un San Lorenzo, el espíritu de mortificación de todos los anacoretas del desierto: no llegaría a los pies de Nuestra Señora.
Más aún. La gloria de los ángeles tiene algo de incomprensible al intelecto humano. Cierta vez, se le apareció a un santo su Ángel de la Guarda. Tal era su gloria, que el santo pensó que se trataba del propio Dios, y se disponía a adorarlo, cuando el ángel le reveló quién era. Pues bien, los Ángeles de la Guarda no pertenecen habitualmente a las más altas jerarquías celestiales. Y la gloria de Nuestra Señora está inconmensurablemente por encima de todos los coros angélicos.
¿Podría haber contraste mayor entre esta Obra Maestra de la naturaleza y de la gracia, no sólo indescriptible sino hasta inconcebible, y el charco de vicios y miserias que era el mundo antes de Cristo?

La Inmaculada Concepción

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Plinio Corrêa de Oliveira

A esta criatura dilecta entre todas, superior a todo cuanto fue creado, e inferior solamente a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo, Dios le confirió un privilegio incomparable, que es la Inmaculada Concepción.
En virtud del pecado original, la inteligencia humana se volvió sujeta a errar, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos, la sensibilidad quedó presa de las pasiones desarregladas, el cuerpo por así decirlo fue puesto en estado de rebeldía contra el alma.
Ahora bien, por el privilegio de su Concepción Inmaculada, Nuestra Señora fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de su ser. Y, así, en Ella todo era armonía profunda, perfecta, imperturbable. El intelecto jamás expuesto a error, dotado de un entendimiento, una claridad, una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas, tenía un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la Tierra. La voluntad, dócil en todo al intelecto, estaba enteramente vuelta hacia el bien y gobernaba plenamente la sensibilidad, que jamás sentía en sí ni pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón.
Imagínese una voluntad naturalmente tan perfecta, una sensibilidad naturalmente tan irreprensible, ésta y aquélla enriquecidas y super-enriquecidas de gracias inefables, perfectamente correspondidas en todo momento, y se puede tener una idea de lo que era la Santísima Virgen. O, mejor dicho, se puede comprender por qué motivo ni siquiera se es capaz de formar se una idea de lo que la Virgen era.

“Inimicitias ponam”

Dotada de tantas luces naturales y sobrenaturales, Nuestra Señora conoció por cierto la infamia del mundo en sus días. Y con ello sufrió amargamente. Pues cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal.
Ahora bien, María Santísima tenía en sí abismos de amor a la virtud, y, por lo tanto, sentía forzosamente en sí abismos de odio al mal. María era pues enemiga del mundo, al cual vivió ajena, segregada, sin ninguna mezcla ni alianza, vuelta únicamente hacia las cosas de Dios.
El mundo, a su vez, parece no haber comprendido ni amado a María. Pues no consta que le hubiese tributado admiración proporcionada a su hermosura castísima, a su gracia nobilísima, a su trato dulcísimo, a su caridad siempre compasiva, accesible, más abundante que las aguas del mar y más suave que la miel.
¿Y cómo no habría de ser así? ¿Qué comprensión podría haber entre Aquella que era toda del Cielo y aquellos que vivían sólo para la tierra? ¿Aquella que era toda fe, pureza, humildad, nobleza, y aquellos que eran todos idolatría, escepticismo, herejía, concupiscencia, orgullo, vulgaridad? ¿Aquella que era toda sabiduría, razón, equilibrio, sentido perfecto de todas las cosas, templanza absoluta y sin mancha ni sombra, y aquellos que eran todos exceso, extravagancia, desequilibrio, sentido equivocado, cacofónico, contradictorio, hiriente a respecto de todo, e intemperancia crónica, sistemática, vertiginosamente creciente en todo? ¿Aquella que era la fe llevada por una lógica diamantina e inflexible a todas sus consecuencias, y aquellos que eran el error llevado por una lógica infernalmente inexorable, también a sus últimas consecuencias? ¿O aquellos que, renunciando a cualquier lógica, vivían voluntariamente en un pantano de contradicciones, en que todas las verdades se mezclaban y se corrompían en la monstruosa interpenetración con todos los errores que les son contrarios?
Inmaculada es una palabra negativa. Significa etimológicamente la ausencia de mácula, y pues de todo y cualquier error por menor que sea, de todo y cualquier pecado por más leve e insignificante que parezca. Es la integridad absoluta en la fe y en la virtud. Es por lo tanto la intransigencia absoluta, sistemática, irreductible, la aversión completa, profunda, diametral a toda especie de error o de mal. La santa intransigencia en la verdad y en el bien es la ortodoxia, la pureza, al estar en oposición a la heterodoxia y al mal. Por amar a Dios sin medida, Nuestra Señora correspondientemente amó de todo corazón todo cuanto era de Dios. Y porque odió sin medida al mal, odió sin medida a Satanás, a sus pompas y sus obras, al demonio, al mundo y a la carne.
Nuestra Señora de la Concepción es Nuestra Señora de la santa intransigencia.

Verdadero odio y amor

Por esto, Nuestra Señora rezaba sin cesar. Y según tan razonablemente se cree, Ella pedía el advenimiento del Mesías y la gracia de ser una sierva de aquella que fuese escogida para ser Madre de Dios.
Pedía al Mesías, para que viniese Aquel que podría hacer brillar nuevamente la justicia sobre la faz de la Tierra, para que se levantase el Sol divino de todas las virtudes, golpeando por todo el mundo a las tinieblas de la impiedad y del vicio.
Nuestra Señora deseaba, es cierto, que los justos que vivían en la Tierra encontrasen en la venida del Mesías la realización de sus deseos y de sus esperanzas, que los vacilantes se reanimasen, y que de todos los países, de todos los abismos, almas tocadas por la luz de la gracia levantasen vuelo a las más altas cumbres de la santidad. Pues éstas son por excelencia las victorias de Dios, que es la Verdad y el Bien, y las derrotas del demonio, que es el jefe de todo error y de todo mal.
La Virgen quería la gloria de Dios por esa justicia, que es la realización en la Tierra del Orden deseado por el Creador. Pero, pidiendo la venida del Mesías, Ella no ignoraba que Él sería la piedra de escándalo, por la que muchos se salvarían y muchos recibirían también el castigo de su pecado. Este castigo del pecador empedernido, este aniquilamiento del impío obcecado y endurecido, Nuestra Señora también lo deseó de todo corazón, y fue una de las consecuencias de la Redención y de la fundación de la Iglesia, que Ella deseó y pidió como nadie. “Ut inimicus Sanctae Ecclesiae humiliare digneris; te rogamus, audi nos” [Para que os dignéis humillar a los enemigos de la Santa Iglesia; te rogamos, óyenos], canta la Liturgia. Y antes que la Liturgia, por cierto el Corazón Inmaculado de María ya elevó a Dios súplica análoga, por la derrota de los impíos irreductibles.
Admirable ejemplo de verdadero amor, de verdadero odio.

Omnipotencia suplicante

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Virgen del Apocalipsis,
 Monasterio de la 
Concepción Ñaña

Dios quiere las obras. Él fundó la Iglesia para el apostolado. Pero por encima de todo quiere la oración. Pues la oración es la condición de fecundidad de todas las obras. Y quiere como fruto de la oración, la virtud.
Reina de todos los apóstoles, Nuestra Señora es sin embargo principalmente modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de una virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable, y si nunca sintió en sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas flojas que hacen de la vida interior una pantalla a fin de disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia. Su alejamiento del mundo no significó un desinterés por el mundo. ¿Quién hizo más por los impíos y por los pecadores que Aquella que, para salvarlos, voluntariamente consintió en la inmolación crudelísima de su Hijo infinitamente inocente y santo? ¿Quién hizo más por los hombres que Aquella que consiguió que se realizase en sus días la promesa del Salvador?
Pero, confiante sobre todo en la oración y en la vida interior, ¿no nos dio la Reina de los Apóstoles una gran lección de apostolado, haciendo de una y otra su principal instrumento de acción?

Aplicación a nuestros días

Tanto valen a los ojos de Dios las almas que, como Nuestra Señora, poseen el secreto del verdadero amor y del verdadero odio, de la intransigencia perfecta, del celo incesante, del espíritu de renuncia completo, que propiamente son ellas las que pueden atraer al mundo las gracias divinas.
Estamos en una época parecida con la de la venida de Jesucristo a la Tierra. En 1928 escribió el Santo Padre Pío XI que el espectáculo de las desgracias contemporáneas “es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse los principios de aquellos dolores que habían de preceder al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora” (Encíclica Miserentissimus Redemptor, del 8 de mayo de 1928).

¿Qué diría hoy?

Y a nosotros, ¿qué nos compete hacer? –Luchar en todos los terrenos permitidos, con todas las armas lícitas. Pero antes que nada, por encima de todo, confiar en la vida interior y en la oración. Es el gran ejemplo de Nuestra Señora.
El ejemplo de Nuestra Señora, sólo se puede imitar con el auxilio de Ella. Y el auxilio de Nuestra Señora, sólo se puede conseguir con la devoción a Ella. Pues bien, ¿qué mejor forma de devoción a María Santísima puede haber que pedirle, no sólo el amor de Dios y el odio al demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal, en una palabra, aquella santa intransigencia que tanto resplandece en su Inmaculada Concepción?