martes, 31 de enero de 2017

S A N T O R A L

San Juan Bosco, presbítero y fundador

Apóstol de la juventud

Figura sin par en los anales de la santidad en el siglo XIX, Don Bosco fue escritor, predicador y fundador de dos congregaciones religiosas, habiendo ejercido sobre todo un admirable apostolado con la juventud, en una época de grandes transformaciones. Dotado de los dones sobrenaturales de discernimiento de los espíritus, de profecía y de milagros, era admirado por los personajes más conocidos de la Europa en su tiempo.
Plinio María Solimeo
Nacido en Murialdo, aldea de Castelnuevo de Asti, en el Piamonte, a los dos años de edad falleció su padre, Francisco Bosco. Pero felizmente tenía como madre a Margarita Occhiena, figura que evoca la mujer fuerte del Antiguo Testamento. Con su piedad profunda, capacidad de trabajo y sentido de la organización, ella consiguió mantener la familia, en una época especialmente conturbada para Europa, dilacerada en aquel inicio del siglo XIX por las cruentas guerras napoleónicas. Juan Bosco tenía un hermano, dos años mayor que él, y un medio hermano ya entrado en la adolescencia.

Hogar pobre y religioso; una madre, ejemplo de virtudes

La influencia de la madre sobre el hijo menor fue altamente benéfica: “Parece que la paciencia y la dulce firmeza de Mamá Margarita influyeron sobre San Juan Bosco, y que toda una parte de su amenidad, de sus métodos afables, debe de ser atribuida a los modos de su madre, a su manera de ordenar y de prescribir, sin gritos ni tumulto. (...) Margarita habrá sido una de esas grandes educadoras natas, que imponen su voluntad a la manera de dulce implacabilidad” (...).
“Juan Bosco es un entusiasta de la Virgen. Mamá Margarita le reveló, por su ejemplo, la bondad, la ternura, la solicitud de Mamá María. Las dos madres se confunden en su corazón. Don Bosco será uno de los grandes campeones de María, su edificador, su encargado de negocios”.1

Talentos naturales y discernimiento de los espíritus

La Providencia le hablaba, como a San José, en sueños. A los nueve años tuvo el primer sueño profético, en el cual —bajo la figura de un grupo de animales feroces que por su acción se van transformando en corderos y pastores— le fue mostrada su vocación de trabajar con la juventud abandonada y fundar una sociedad religiosa para cuidar de ella.
Extremadamente dotado, tanto intelectual como físicamente, era un líder nato. Por eso, “si bien que pequeño de estatura, tenía fuerza y coraje para producir miedo en compañeros de mi edad; de tal forma que, cuando había peleas, disputas, discusiones de cualquier género, era yo el árbitro de los contendores, y todos aceptaban de buen grado la sentencia que yo diese”,2 dirá él en su autobiografía. Observador como era, aprendía los trucos de los saltimbanquis y de los prestidigitadores, para atraer a compañeros a sus juegos y prédicas, pues desde los siete años ya era un apóstol entre ellos.
Basílica de María Auxiliadora, en Turín
Poseía un vivo discernimiento de los espíritus, como él mismo lo afirmó: “Aún muy pequeño, ya estudiaba el carácter de mis compañeros. Los miraba al rostro y ordinariamente descubría los propósitos que llevaban en el corazón”.3 Este precioso don después lo ayudaría mucho en el apostolado con la juventud.
Huérfano de padre, muy pobre para estudiar para el sacerdocio como pretendía, y teniendo sobre todo la incomprensión del medio-hermano, que lo quería en el campo, a los 12 años su madre le puso sobre los hombros un morral con algunas pertenencias y lo mandó a buscar trabajo en las haciendas vecinas. Así el adolescente deambuló por la región, sirviendo de mozo en un café, de aprendiz de sastre, de zapatero, de carpintero, de herrero, de preceptor, todo con un empeño eximio que lo llevará después a enseñar esos oficios a sus birichini 4 en las escuelas profesionales que fundará.

Inteligencia y aprendizaje de la caridad

Con una memoria prodigiosa, siempre fue de los primeros de la clase hasta llegar al sacerdocio.
Recién ordenado, Don Bosco encontró un guía seguro en su confesor, San José Cafasso. Para iniciarlo en el apostolado con los desdichados, éste lo llevó a las prisiones donde “pronto aprendió a conocer cuán grande es la malicia y la miseria de los hombres, pero también cuántos tesoros Dios encerró en los corazones y cuántas maravillas puede operar la gracia cuando la secunda la colaboración de la voluntad humana”.5
Después de las cárceles, los hospitales fueron los lugares donde pudo constatar que “gran parte de las enfermedades eran debidas al vicio o a la falta de control sobre sí mismos y de higiene material y moral”.6 Iba principalmente a la Piccola Casa della Divina Provvidenza, tal vez el mayor hospital del mundo en la época, fundado y dirigido por San José Benito Cottolengo. ¡Qué época feliz, tan diferente de la nuestra, en que en una misma ciudad conviven y colaboran tres grandes santos!
Turín, como capital del Reino de Piamonte, comenzaba a conocer la industrialización. Y con eso a atraer, como aún hoy sucede en toda gran ciudad, a personas de las más variadas procedencias en búsqueda de trabajo. Y los jóvenes venían por centenas. Sin familia, entregados a sí mismos, sin ningún guía moral, se perdían en el vicio y en el juego.

Las grandes obras de Don Bosco

Con esos adolescentes San Juan Bosco comenzaba a trabajar, reuniéndolos en sus Oratorios Festivos y dándoles, primero, asistencia religiosa y moral; después, un albergue para centenares de ellos; y, por fin, proporcionándoles la enseñanza de letras y el aprendizaje de profesiones diversas en las Escuelas Profesionales por él fundadas.
"Dame almas y llévate lo demás"
Entre los mejores muchachos, escogió a varios para iniciar una sociedad religiosa que continuase la tarea después de su muerte. Aunque los tiempos fuesen difíciles para la Religión, obtuvo la aprobación de la Santa Sede para su congregación de los Salesianos, y también la de la autoridad civil, a pesar de las ideas anticlericales de ésta.
El sistema pedagógico de San Juan Bosco fue sin igual. Sobre la base de una firme bondad, obtenía una obediencia y una prontitud de sus birichini, cosa increíble entre jóvenes de una condición tan baja, que parecían recién salidos de alguna alcantarilla. Les enseñaba a odiar el vicio y amar la virtud. No toleraba la menor falta contra la modestia o contra la virtud cristiana.
“Pocos hombres habrá habido que hayan odiado y combatido tanto el pecado. Hasta vértigo le producía sólo pensar en él, y muchas veces se le oyó exclamar que prefería que se quemase mil veces el Oratorio —que tantos desvelos le había costado— antes que en él se cometiese un pecado”.7

Viviendo de la confianza en la ayuda sobrenatural

La vida de San Juan Bosco es un milagro constante. Es humanamente inexplicable cómo consiguió, sin dinero alguno, construir escuelas, dos iglesias —una de ellas la célebre Basílica de María Auxiliadora—, proveer de maquinaria a sus escuelas profesionales, nutrir y vestir a más de 500 jóvenes en una época de gran carestía.
Mamá Margarita, 
madre de San Juan Bosco
Para Pío XI, “en Don Bosco lo sobrenatural había llegado a ser natural; lo extraordinario, ordinario; y la leyenda áurea de los siglos pasados, realidad presente”.8
Cuanto más necesitaba y menos posibilidad tenía de obtener cierta cuantía, aparecía algún donante anónimo para darle el monto exacto que requería. Pero él se empeñaba también en promover rifas, subastas y todo lo que pudiese rendir algún dinero para su obra.
Educador sin par, y por encima de todo eficaz director de conciencias, varios de sus niños murieron en olor de santidad, siendo el más conocido de ellos Santo Domingo Savio. Don Bosco escribió su biografía y la de varios otros.
Necesitando ayuda para su apostolado incipiente, el santo no tuvo dudas en ir y pedírselo a su madre, ya entrada en la vejez y que vivía retirada en compañía del otro hijo y de sus nietos. Esa mujer fuerte tomó algunas ropas y objetos que podría necesitar, y sin mirar atrás, siguió a su hijo a pie, en los 30 kilómetros que separan su villa de Turín. Se convirtió en la madre de numerosos birichini, a quienes alimentaba, vestía y aún daba sabios consejos. Fue siguiendo su costumbre que él instituyó las bellas Buenas Noches, palabras edificantes que dirigía a los niños antes de dormir.

Escribiendo a reyes y emperadores

San Juan Bosco mantenía una correspondencia intensa, escribiendo a emperadores, reyes, nobleza, dirigentes nacionales, con una libertad que sólo los santos pueden tener. Así, transmitió al Emperador de Austria un recado memorable de Nuestro Señor para que él se uniese a las potencias católicas, a fin de oponerse al poderío creciente de la Prusia protestante. Escribió también al Rey del Piamonte, presto a tomar medidas contra la Iglesia, alertándolo de la muerte que reinaría en su palacio en caso que eso ocurriese. Como el soberano no volvió atrás, cuatro miembros de la familia real se sucedieron en la tumba, en breve espacio de tiempo.
San Juan Bosco murió en Turín el 31 de enero de 1888, siendo canonizado por Pío XI en 1934.
Notas.-
1. La Varende, Don Bosco, Le Livre de Poche Chrétien, Arthème Fayard, París, pp. 15 y 21.
2. San Juan Bosco, Memorias del Oratorio, Primera Fase, 1, p. 7, in Biografía y Escritos, B.A.C.
3. Id. Ib.
4. Plural de birichino, que equivale a nuestro travieso o pícaro.
5. P. Rodolfo Fierro  S.D.B., in Biografía y Escritos, Introducción, p. 14.
6. Id. ib., p. 15.
7. Id. ib., p. 51.
8. Discurso del 3 de abril de 1932, apud B.A.C., op. cit., p. 11.

 Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-116-san-juan-boscoEl Perú necesita de Fátima

lunes, 30 de enero de 2017

S A N T O R A L

SANTA MARTINA, VIRGEN


En tiempo del emperador Alejandro fué santa Martina martirizada: fué natural de Roma, y de noble linaje, y desde su niñez fué informada en los secretos de las Escrituras sacras, y arreada de todas las costumbres loables: tenía muchas heredades y riquezas, y diólas todas á los pobres con mucha largueza. El emperador Alejandro mandó á algunos de sus caballeros, que fuesen á buscar á los cristianos, que hallasen por la ciudad, y los hiciesen ir á sacrificar; y ellos, andándolos buscando, hallaron á esta santa virgen, que estaba llorando, y lleváronla delante del emperador; y viéndola el emperador, fué enlazado por su hermosura, y díjole, queriendo vencer su corazón: O doncella de claro linaje, mi intención es de tomarle por mujer, y de hacerte reina y señora de mi palacio; más sacrifica primero á Apolo. Santa Martina, oyendo esto, respondióle, y dijo: Yo me ofrecí en sacrificio á Dios vivo, el cual se deleita en la castidad corporal, y en la limpieza de la voluntad, y á él ofrezco yo cada día sacrificio de loor, y á él me encomiendo con toda devoción. El emperador mandó llamar á los sacerdotes de Apolo, y aparejar para sacrificarle, é hizo llevar allá á santa Martina, para hacerle adorar; y santa Martina armóse con la señal de la cruz, y alzó los ojos al cielo, abrió las manos, y rogó á nuestro Señor Jesucristo, que quebrantase aquel ídolo. Tembló luego la tierra, y movióse toda la ciudad, y cayó Apolo con la estatua: quebróse, y desmenuzóse del todo; y cayó la cuarta parte del templo, y mató gran multitud de gentiles, y á los sacerdotes de Apolo, que estaban sacrificando; y viendo esto la bienaventurada santa Martina, dijo al emperador: Vé, y ayuda á Apolo tu dios, que está deshecho, y desmenuzado, y repara su templo, que está derribado. ¿Porqué no se levanta á ayudar á sus sacerdotes, que  están encerrados debajo de la madera, y de las piedras del templo, que cayeron sobre ellos? Y salió luego el demonio, que estaba en el ídolo de Apolo, y luego comenzóse ó revolver en el polvo de la imagen, y á decir á grandes voces delante del pueblo todo: Martina, virgen, sierva del gran Dios, ¿porqué me echas de mi casa, en la cual ha veinte y ocho años que moro, y muestras mi fealdad á todo el pueblo? Muchos mártires santos han pasado, que no descubrieron mi fealdad: mi poder era grande en maldad; porque tenía debajo de mi jurisdicción, cuatrocientos sesenta espíritus malos, que me obedecían cada día, y me ofrecían muchas almas; mas ahora hazlos hecho huir, y partirse de mí, ó irse al fuego perdurable del infierno. Y después que  el demonio hubo dicho esto, fuese por el aire, dando voces aullando, é hinchiendo de tinieblas los lugares por donde pasaba, y espantando á todos los que miraban; y el emperador, no entendiendo ser esto obra divina, mandó herir á la virgen á palmadas, y rasgarle los párpados de los ojos con unos garfios de hierro; y los carniceros crueles hicieron luego, lo que les mandó el emperador, y comenzaron á dar voces, y á decir: ¡Ay de nosotros! ¡Ay de nosotros! Que más somos atormentados nosotros, que esta doncella; porque cuatro varones muy claros están delante de ella, que nos dan todas las penas, que nosotros damos á ella. La santa virgen alzó los ojos al cielo, y bendijo al Señor, y rogó por aquellos ocho hombres, que la atormentaban, suplicándole, que le pluguiese de convertirlos á la fe verdadera, y descendió luego una gran claridad, y vino una voz del cielo, que dijo: Yo los perdono por la oración de mi sierva Martina: y tú, hija, ten confianza; porque yo estoy pronto para socorrerte, y no te dejaré ser sobrepujada del demonio, que te desea vencer: y aquellos ocho hombres, que la atormentaban, viendo aquella claridad, y oyendo aquella voz celestial, derribáronse en tierra delante de ella, y rogáronle que les alcanzase perdón del Señor, porque se atrevieron á atormentarla por mandamiento del emperador. Fuéronse luego para el emperador, y dijeronle con gran fortaleza de corazón: Emperador, sabe, que no adoraremos más tus ídolos, á los cuales habernos hasta ahora servido; porque por la oración de esta santa virgen habernos conocido el poder de Jesucristo; y oyendo esto el emperador Alejandro, se airó mucho, y díjoles: O locos, engañados sois por los encantamientos del crucificado, en los cuales sois ya enseñados; y ellos, oyendo esto, dijéronle: Verdaderamente eres ciego y mora en tí el demonio del infierno; pues que no conoces al que  te hizo y le dio este poder: y el emperador, oyendo esto, mandólos poner en el teatro, y rasgar sus carnes con peines de hierro, y los santos varones callaban, y alzaban los ojos al cielo, y oraban con cara muy clara; y viendo esto el emperador Alejandro, se llenó de mayor ira, y saña, y mandólos descabezar, y ellos armáronse de la señal de la cruz, encomendáronse al Señor, alzaron las cervices, y recibieron la muerte con alegría, á 17 días del mes de noviembre: y otro día, asentándose el emperador en su trono, mandó, que le trajesen delante á santa Martina, y dijo: Tráiganme aquella encantadora: veamos otra vez sus encantamientos.

 La Virgen y el Niño 

con Santa Martina y Santa Inés

Fue traída santa Martina: y como no quisiese sacrificará los dioses, mandóla el emperador desnudar, azotar, y sajar su cuerpo con cuchillos pequeños; y resplandeció la cara de santa Martina, así como nieve muy clara, y fué cubierto su cuerpo de gran resplandor, y no la pudieron los gentiles ver por la gran claridad. Salía leche de las llagas de su cuerpo en lugar de sangre, y un olor, como si fueran quemados olores y perfumes muy suaves. Como santa Martina hiciese oración al Señor, despreciase las amenazas del emperador, y reprendiese su locura con gran fortaleza de corazón; mandóla el emperador estirar, atar á cuatro estacas, y azotar con varas: y como la azotasen, cansábanse los que la azotaban, y rogaban al emperador, y le decían: Mándanos dejar de atormentar con tan duras penas. El emperador mandábala todavía azotar, hasta que cayeron en tierra así como muertos los que la azotaban, y le daban aquellos tormentos. El emperador, viendo esto, estaba en muy gran confusión: llegó a él un hombre poderoso, su pariente, que tenía por nombre Limineo, y díjole: que la mandase tornar á la cárcel, y la mandase toda empringar con grosura hirviendo; y seria ensuciada y obscurecida toda la claridad, que en ella parecía. El emperador mandólo hacer así; y  tornándola á la cárcel, entró en ella santa Martina con alegría, haciendo muchas gracias al Señor, y vinieron luego muchos ángeles, y loaban con ella al Señor con voces muy deleitables. Al otro día de mañana fué Limineo á la cárcel, por mandado del emperador, para hacerla traer y atormentarla; y al llegar á la cárcel, fué lleno de olor de muy gran suavidad. Viendo esto, los que iban con él dijeron, que aquel olor eran perfumes, que habían puesto allí los enamorados de santa Martina; y otros decían, que venían de los dioses á ella. Abriendo Limineo la puerta de la cárcel, vio grande resplandor, y cayó en tierra con gran temor; y luego que se levantó y entró en la cárcel, vio estar á santa Martina asentada en una silla, y que estaban alrededor de ella muchos varones esclarecidos, vestidos todos de blanco, y que tenían una tabla de oro en la mano, en que estaba escrito: «Muy grandes son tus obras, Señor, y todas las cosas hiciste con sabiduría». Limineo, teniendo grande temor, tornóse para el emperador, y contóle, lo que había visto; y decían al emperador, los que lo oían, que era engañado Limineo de los encantamientos de santa Martina. Después que desaparecieron aquellos varones que estaban vestidos de blanco, fué sacada santa Martina de la cárcel, y llevada delante del emperador Alejandro, quien mandó á sus caballeros, que la llevasen luego á sacrificar á un ídolo de una diosa, que se llamaba Archemida; y entrando santa Martina en el templo, comenzó á dar muy grandes voces el demonio, que moraba en el ídolo, y decía: ¡Ay de mí! que el fuego corre en pos de mí por todas cuatro partes del templo; y como la santa virgen lo mandase, que se fuese, comenzó á tronar y á relampaguear, cayó fuego del cielo, quemó á los sacerdotes del templo, y tornó en ceniza el ídolo de Archemida. Viendo esto el emperador, mandó extender en tierra á santa Martina, despedazarla con espadas, y rasgarle los pechos con uñas de hierro, y ella sufríalo todo con mucho y grande esfuerzo, loando al rey del cielo. Mandóla el emperador echar á las bestias bravas, porque la desperezasen y matasen: soltáronle un león muy grande, que había tres días que no le habían dado de comer, porque la despedazase y comiese, y no le aprovechasen sus encantamientos; y viéndola el león, comenzó á bramar habiendo de ella compasión, y fuese á ella con cara blanda: comenzóla á halagar; derribóse á sus pies; y comenzóselos á besar, y lamer. Santa Martina, viendo esto, dijo: Muy maravillosas son, Señor, tus obras; porque veo á los ángeles estar alrededor de tí, loar tu voluntad, y refrenar la crueldad de los bravos animales. Viendo esto el emperador, mandó tornar al león á la jaula. El león arremetióse, y arrebató á Limineo, pariente del emperador, matólo, despedazólo, y comiólo. El emperador, viendo esto, tuvo muy gran tristeza; y lleno de ira, mandó quemar á santa Martina. Los servidores de la maldad encendieron gran fuego, y pusieron á santa Martina en medio; mas descendió luego gran lluvia del cielo, vino gran viento, derramó la llama, y quemó á los que estaban alrededor. El emperador mandó raer la cabeza de santa Martina, creyendo, que tenía los encantamientos en la cabeza; y santa Martina, viendo esto, dijo al emperador: Dicen, que los cabellos son gloria de la mujer; y tú me haces quitar la gloria, que dio Dios á su criatura: por tanto te privará Dios del imperio, y morirás con mucho dolor, y tormento. Oyendo esto el emperador, mandóla encerrar en un templo de un ídolo, que tenía por nombre Zeo, cerrarle la puerta de afuera, y sellarla con su sello. Venían cada día el emperador y los sacerdotes á la puerta del templo, y no osaban entrar dentro; porque oían muchas voces de ángeles, que descendieron á ella del cielo. El emperador, oyendo esto, decía, á los que iban con él: El gran dios Zeo juntó á todos los dioses, para enseñar á santa Martina su doctrina. Al tercero dio mandó el emperador sacrificar muchos toros, y abrir las puertas del templo; para ofrecer al ídolo de Zeo. Abriendo el templo, vieron estar á santa Martina con gran claridad, y alrededor de ella unos varones de hermosura celestial; y al ídolo Zeo estar en tierra quebrantado, y despedazado. Maravillándose el emperador de esto, dijo á santa Martina: ¿En dónde está mi dios Zeo? Respondióle santa Martina, y dijo: Mi Señor Jesucristo lo quebrantó y desmenuzó, así como desmenuzó á Archemida y á Apolo. Oyendo esto el emperador, mandóla sacar fuera de la ciudad á descabezar; y se oyó una voz del cielo, que dijo: Virgen Martina, porque has peleado así como varón por mi amor, entra en mi reino con mis escogidos, para que te alegres con ellos para siempre en mi paraíso. Oyendo los carniceros lo que descendía del cielo, cayeron en tierra así como muertos. Vino luego el Papa, con toda la clerecía: tomaron el cuerpo de santa Martina, y lleváronlo luego á enterrar con mucha alegría: y ese mismo día fué herido el emperador de gran dolor de corazón, y comenzó á despedazar sus carnes con gran dolor, y á decir en alta voz: Ten misericordia de mí, Dios de los cristianos; pues soy muy atormentado porque perseguí tu nombre santísimo: así como yo hice, haces tú de mí: y tembló la tierra, y creyeron en aquel día en nuestro Señor Jesucristo dos mil trescientos gentiles. Santa Martina fué martirizada el cuarto día de enero; y la Iglesia hace fiesta á honra, y gloria del Señor, el cual con el Padre, y con el Espíritu santo, vive y reina por todos los siglos. Amen.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc