jueves, 2 de abril de 2026

Le ataron las manos porque hacían el bien

Plinio Corrêa de Oliveira

PORQUÉ
fue el Señor maniatado por sus verdugos? ¿Por qué le impidieron el movimiento de sus manos, sujetándolas con duras cuerdas? Sólo el odio o el temor podrían explicar que así se reduzca a alguien a la inmovilidad y a la impotencia. ¿Por qué odiar así estas manos? ¿Por qué temerlas?

La mano es una de las partes más expresivas y más nobles del cuerpo humano. Cuando los Pontífices y los sacerdotes bendicen, lo hacen con un gesto de manos. Cuando el hombre inocente es perseguido, se ve saturado de dolores e implora la justicia divina – su último amparo contra la maldad humana – es también con las manos que maldice. Es con las manos que padres e hijos, hermanos, esposos, se acarician en los momentos de efusión. Para rezar, el hombre junta las manos o las levanta al cielo. Cuando quiere simbolizar el poder, empuña el cetro. Cuando quiere expresar fuerza, empuña la espada. Cuando habla a las multitudes, el orador acentúa con las manos la fuerza del raciocinio con que convence o la expresión de las palabras con que conmueve. Es con las manos que el médico administra el remedio, y el hombre caritativo socorre a los pobres, a los ancianos, a los niños.

Y por eso los hombres besan las manos que hacen el bien y esposan las manos que practican el mal.

Vuestras manos, Señor, ¿qué hicieron? ¿Por qué fueron atadas?

"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios" (Jn. 1, 1).

Cómo describir vuestra trascendente, eterna e inefable majestad, cuando antes que todas las cosas y de todos los siglos vivíais de la vida supremamente gloriosa y feliz de la Santísima Trinidad. San Pablo contempló esta vida, y la única cosa que sobre ella consiguió decir, es que no puede ser expresada con palabras humanas. De lo alto de ese trono, vinisteis con designios de amor, para redimir a los hombres. Y por esto, con bondad inefable, asumisteis nuestra naturaleza humana. Quisiste tener un cuerpo humano, por amor al hombre. Fue para hacer el bien, que vuestras divinas manos fueron creadas.

*   *   *

QUIÉN puede describir, Señor, la gloria que esas manos – ahora ensangrentadas y desfiguradas, y no obstante tan bellas y tan dignas desde los primeros días de vuestra infancia – dieron a Dios, cuando sobre ellas posaron los primeros besos de Nuestra Señora y San José? ¿Quién puede describir con cuánta ternura hicieron a María Santísima la primera caricia? ¿Con cuánta piedad se unieron por primera vez en actitud de oración? ¿Y con cuánta fuerza, cuánta nobleza, cuánta humildad trabajaron en el taller de San José?

Manos del Hijo perfecto, ¿qué otra cosa hicieron en el seno del hogar, si no el bien?

Cuando comenzó vuestra vida pública, fuisteis principalmente el Maestro que enseñaba a los hombres el camino del Cielo. Y así, cuando en el "pusillus grex" de vuestros preferidos, enseñabais la perfección evangélica, cuando vuestra voz se levantaba y resonaba sobre las multitudes extasiadas y reverentes, vuestras manos se movían apuntando la morada celestial o reprobando el crimen y agregando a la palabra todos los imponderables con que la enriquece el gesto. Y los apóstoles, y las multitudes, creían en Vos y os adoraban, Señor.

Manos de Maestro, pero también manos de Pastor. No sólo enseñabais, sino guiabais. La función de guiar se ejerce más apropiadamente sobre la voluntad, como la de enseñar más precisamente sobre la inteligencia. Y como sobre todo es por amor que se guían las voluntades, vuestras divinas manos tuvieron virtudes misteriosas y sobrenaturales para acariciar a los pequeños, acoger a los penitentes, curar a los enfermos. Amor tan ardiente, tan abundante, tan comunicativo, que desde entonces hasta hoy, siempre que las manos de un cristiano – y más especialmente de un sacerdote – se mueven para acariciar a los pequeños, consolar a los penitentes, administrar remedio a los enfermos, el amor que las anima no es sino una centella de ese infinito amor, Dios mío.

*   *   *

PERO estas manos tan sobrenaturalmente fuertes que a su imperio se doblegaban todas las leyes de la naturaleza y, con un mínimo movimiento de ellas, el dolor, la muerte, la duda huían, estas manos tenían aún otra función a ejercer. ¿No hablasteis del lobo rapaz? ¿Seríais Pastor si no lo repelieseis? Y si hacéis todo con fuerza irresistible, ¿cómo podría alguien no sentir el golpe del latigazo que empuñaseis?

El lobo, sí… y ante todo el demonio. Vuestra vida tornó patente que el demonio no es un ente de ficción o casi tanto, un ser al que tan raras veces le es dado el poder de actuar, que prácticamente la inmensa mayoría de las cosas pasan como si él no existiese. Los hombres hipócritas o de costumbres disolutas, ostentando ropajes de justicia y hasta de sacerdocio, todo esto aparece en los Evangelios no sólo como consecuencia de la depravación humana en virtud del pecado original y de nuestra maldad, sino también como obra del demonio, activo, diligente, emboscando allí y acullá, y denunciando a veces su presencia con espectaculares manifestaciones de obsesión e de posesión.

Vos expulsabais al demonio, Señor, con terrible imperio, y delante de vuestra palabra grave y dominadora como el trueno, más noble y más solemne que un cántico de ángel, los espíritus impuros huían despavoridos y derrotados. Tan derrotados y tan despavoridos, que de ahí en adelante tuvieron que obedecer a vuestros apóstoles con docilidad. Por todas partes donde vuestra palabra, predicada, fue aceptada por los hombres, la impureza, la rebelión, el demonio huyeron siempre. Y sólo volvieron a extender sobre la humanidad sus alas de sombra y su poder de perdición, cuando el mundo comenzó a rechazar vuestra Iglesia, que es vuestro Cuerpo Místico. Tan derrotados y tan impotentes, que bastará que los hombres correspondan nuevamente a la gracia de Dios para que el imperio de las potencias infernales una vez más decaiga y las tinieblas, la lascivia, el espíritu de la revolución vuelvan hacia los antros secretos de los cuales hace siglos salieron.

*   *   *

PASTOR, vuestras divinas manos no se limitaron a blandir el cayado contra las potencias espirituales e invisibles que habitan en los aires – evocando las palabras de San Pablo – para perder a los hombres; sino que atacaron al demonio y al mal en sus agentes tangibles y visibles.

El mal, ante todo considerado en abstracto. No hubo vicio contra el cual no hablasteis.

Pero también el mal en concreto, en cuanto realizado en los hombres, y no sólo en los hombres en general, sino en ciertas clases – los fariseos por ejemplo – y no sólo en ciertas clases sino en ciertos hombres muy concretamente considerados: los mercaderes del templo están inmortalizados en las páginas del Evangelio, por el castigo ejemplar que sufrieron.

Vos, que recomendasteis la mansedumbre hasta sus últimos extremos cuando estuviesen en juego solamente derechos personales, Vos que queréis que respondamos mostrando la otra mejilla cuando recibimos una bofetada, Vos empleasteis una ardiente y santa difamación para desacreditar a los fariseos, y empuñasteis el látigo para ensangrentar a los mercaderes. Pues se trataba, no de derechos meramente humanos, sino de la Causa de Dios. Y en el servicio de Dios hay momentos en que no recriminar, no fustigar, equivale a traicionar.

Y estas manos que fueron tan suaves para los hombres rectos como Juan, el inocente, y Magdalena, la penitente, estas manos que fueron tan terribles para el mundo, el demonio, la carne, ¿porqué están ahí atadas y hechas carne viva?

¿Acaso será por obra de los inocentes? ¿de los penitentes? ¿o bien por obra de los que de ellas recibieron merecido castigo, y contra ese castigo se rebelaron diabólicamente?

*   *   *

SI, ¿por qué tanto odio, por qué tanto miedo que hizo necesario atar vuestras manos, reducir al silencio vuestra voz, extinguir vuestra vida?

¿Fue porque alguien temiese ser curado? ¿o acariciado? ¿Quién teme acaso la salud? ¿o quién odia el cariño?

*   *   *

SEÑOR, para comprender esa monstruosidad, es necesario creer en el mal. Es preciso reconocer que los hombres son tales, que fácilmente su naturaleza se rebela contra el sacrificio, y que cuando siguen el camino de la rebelión, no hay infamia ni desorden de los que no sean capaces. Es necesario reconocer que vuestra Ley impone sacrificios; que es duro ser casto, ser humilde, ser honesto, y en consecuencia es duro seguir vuestra Ley. Vuestro yugo es suave, sí, y vuestra carga ligera. Pero es así, no porque no sea amargo renunciar a lo que hay en nosotros de animal y desordenado, sino porque Vos mismo nos ayudáis a hacerlo.

Y cuando alguien os dice "no", comienza a odiaros, odiando todo el bien, toda la verdad, toda la perfección de que sois la propia personificación. Y, si no os tiene a mano bajo forma visible para descargar su odio satánico, golpea a la Iglesia, profana la Eucaristía, blasfema, propaga la inmoralidad, predica la revolución.

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ESTÁIS maniatado, Jesús mío, y ¿dónde están los cojos y los paralíticos, los ciegos, los mudos que curasteis, los muertos que resucitasteis, los posesos que liberasteis, los pecadores que reerguisteis, los justos a quienes revelasteis la vida eterna? ¿Por qué no vienen ellos a romper los lazos que prenden vuestras manos?

*   *   *


CURIOSA PARADOJA. Vuestros enemigos continúan temiendo vuestras manos, aunque estén atadas. Y por esto os matarán. Vuestros amigos parecen menos conscientes de vuestro poder. Y porque no confían en Vos, huyen despavoridos delante de los que os persiguen.

¿Por qué? Aún ahí la fuerza del mal se patentiza. Vuestros enemigos aman tanto el mal, que perciben, aún bajo las humillaciones de las cuerdas que os prenden, toda la fuerza de vuestro poder… y ¡tiemblan! Para estar seguros, quieren transformar en llaga el último tejido de carne aún sano, quieren derramar la última gota de vuestra sangre, quieren veros exhalar el último aliento. Y aún así no están tranquilos. Muerto, todavía infundes terror. Es necesario lacrar vuestro sepulcro, y cercar de guardias armados vuestro cadáver. Cómo el odio al bien los hace perspicaces, al punto de percibir lo que hay de indestructible en Vos.

Y, por el contrario, los buenos no ven esto con la misma claridad. Os reputan derrotado, perdido… huyen para salvar el propio pellejo. Sólo tienen ojos, sólo tienen oídos para presentir el propio riesgo. Es que el hombre sólo es perspicaz para aquello que ama. Y si ve mejor su riesgo de que vuestro poder, es porque ama más su vida que vuestra gloria.

¡Oh, Señor, cuántas veces vuestros adversarios tiemblan delante de la Iglesia, mientras yo, miserable, viéndola maniatada reputo todo perdido!

*   *   *

PERO cuánta razón tenían vuestros enemigos! Resucitasteis. No sólo las cuerdas y los clavos de nada valieron, sino que, además, ni la laja del sepulcro, ni la cárcel de la muerte os pudieron retener. ¡Sí, resucitasteis! ¡Aleluya!

Señor mío, ¡qué lección! Viendo a la Iglesia perseguida, humillada, abandonada por sus hijos, negada por las costumbres paganas y por la ciencia panteísta de hoy, amenazada de fuera por las hordas del comunismo, y por dentro por los desatinos de los que quieren pactar con el demonio, vacilo, tiemblo, juzgo todo perdido.

¡Señor, mil veces no! Vos resucitasteis por vuestra propia fuerza, y redujisteis a la nada los vínculos con que vuestros adversarios pretendían reteneros en las sombras de la muerte.

Vuestra Iglesia participa de esa fuerza interior y puede en cualquier momento destruir todos los obstáculos con que la cercan.

Nuestra esperanza no está en las concesiones, ni en la adaptación a los errores del siglo. Nuestra esperanza está en Vos, Señor.

Atended las súplicas de los justos que os imploran por medio de María Santísima. Enviad, oh Jesús, vuestro Espíritu, y renovaréis la faz de la Tierra.

Jueves Santo

La Visita a los Monumentos:

 Cómo practicar provechosamente esta devoción

Al término de la Misa de Jueves Santo «In Coena Domini», que conmemora la institución de la Sagrada Eucaristía y del sacerdocio de la Iglesia, el tabernáculo queda vacío en memoria de la muerte de Jesús. Se hace entonces la reserva del Santísimo Sacramento en un lugar especial, tradicionalmente denominado «Monumento».
De esa manera, desde la noche de Jueves Santo hasta la Misa de Resurrección los sagrarios de todas las iglesias quedan sin hostias, para mejor simbolizar la trágica ausencia de Nuestro Señor “crucificado, muerto y sepultado”. No obstante, con su insuperable tacto maternal, la Iglesia introdujo en esos días la costumbre de guardar o reservar en un lugar aparte las hostias consagradas, necesarias para administrar la Eucaristía a los fieles que desearan comulgar en Viernes Santo. Fue ése el origen remoto de la ceremonia del traslado del Santísimo Sacramento al “Monumento”.
Con el paso de los siglos la traslación adquirió un carácter solemne, realizándose de modo procesional, acompañada de cánticos eucarísticos como el Tantum Ergo, célebre himno compuesto por Santo Tomás de Aquino. Llegados al pie del Monumento —un altar o capilla previamente acondicionado para acoger al Pan del Cielo— en medio de las plegarias y del incienso, los fieles se turnaban, como lo hacen hasta hoy, en actos de adoración continua a Jesús Sacramentado.

Visita a siete Monumentos

Más tarde surgió la costumbre de visitar siete Monumentos, en la noche de Jueves Santo y en la mañana del día siguiente. Se sabe que esta excelente forma de unirse al Salvador en su Pasión fue introducida en Roma en el siglo XVI por San Felipe Neri, fogoso apóstol que atraía multitudes, para contrarrestar la decadencia moral acarreada por el Renacimiento. Él tuvo la idea, secundada por Papas y numerosos cardenales, de organizar visitas a siete históricas iglesias romanas: las cuatro Basílicas principales (San Pedro, Santa María Mayor, San Pablo extramuros y San Juan de Letrán), y las iglesias de San Lorenzo, Santa Cruz y San Sebastián.
Ubicación de las siete iglesias de Roma que dieron origen a esta devoción


Rápidamente la costumbre se propagó por todo el orbe católico. En las más diversas ciudades en sus catedrales, en sus parroquias, los religiosos y especialmente las monjas de clausura en sus iglesias, se disputaron cada cual la mejor manera de glorificar la Presencia Real en el Monumento. Para ello decoraban los tabernáculos con la mayor riqueza y esplendor de que eran capaces, obras que conjugaban el arte, la devoción y el ingenio, algunas verdaderamente monumentales, para cobijar al Rey de Reyes.
Ya fuese por verdadera piedad sacramental, o a veces por fervor tiznado de mundanidad, los templos y las calles se llenaban de feligreses, en un trajín que transformaba la noche en día. Tal costumbre ha llegado hasta nosotros, menguada por el laicismo en algunos sitios, combatida desde muy diversos frentes y sacudida por la decadencia religiosa. Sin embargo, ella es una manifestación viva en nuestros días de aquella “mecha que aún humea” de la que nos habla el Evangelio (cf. Mt. 12, 20) y que debemos rescatar y reencender a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo.

¿Porqué las visitas son siete? ¿Cómo hacerlas bien?

La Visita a los Monumentos se practica desde la tarde del Jueves Santo a la mañana del día siguiente (ya que en la tarde del Viernes Santo, después de las funciones litúrgicas conmemorativas de la Muerte del Salvador, se consumen todas las hostias del Monumento y la iglesia queda sin Santísimo, en recuerdo de la tragedia del Gólgota).
Lamentablemente, hoy la mayoría de los fieles ignora por qué las visitas son siete y no cinco, ocho o diez, por ejemplo... Así, el mayor provecho de esta devoción para quien la quiera practicar comienza por conocer bien su significado preciso.
Los siete recorridos de Nuestro Señor
Lo esencial de las visitas es recorrer siete iglesias, en memoria de los siete recorridos que hizo Nuestro Señor Jesucristo, desde el Cenáculo hasta el lugar del suplicio final, el Monte Calvario.
Ese número corresponde a las siguientes estaciones por las que pasó Nuestro Señor Jesucristo durante su cautiverio:
I) Desde el Cenáculo hasta el huerto de Getsemaní;




 


II) del huerto hasta el palacio de Anás;





III) de allí al tribunal de Caifás;





 

IV) del tribunal de Caifás al pretorio (palacio de gobierno) de Pilatos;
Imagen relacionada 





V) de Pilatos al palacio del rey Herodes;






 
Escalera Santa 






VI) de vuelta al palacio de Pilatos; y



VII) del palacio de Pilatos al monte CalvarioResultado de imagen para via dolorosa en jerusalem

Las siete efusiones de su Sangre
Igualmente las visitas honran las siete efusiones de Sangre del Salvador, reviviendo los diversos momentos en los que el Señor Jesús derramó su sangre por nuestra redención:
1) la circuncisión;
2) el sudor de sangre en el huerto de Getsemaní;
3) la flagelación;
4) la coronación de espinas;
5) cargando la cruz a camino del Calvario;
6) sus manos y pies traspasados por los clavos de la crucifixión;
7) en su Corazón perforado por la lanza de Longinos.
Qué meditar, qué pedir
En cada estación se hace una breve meditación sobre el respectivo traslado de Nuestro Señor o efusión de su Sangre, y delante del Monumento se rezan cinco Padrenuestros, Avemarías y Glorias, en acción de gracias por la institución de la Sagrada Eucaristía, más un sexto Padrenuestro, Avemaría y Gloria por las intenciones del Romano Pontífice.
Además se pide a Dios por el precio de la Pasión de su Hijo, y por la intercesión de la Santísima Virgen:
  1. Que nos libre de los siete pecados capitales.
  2. Que nos conceda las siete virtudes (Teologales: fe, esperanza y caridad; Cardinales: justicia, prudencia, templanza, fortaleza).
  3. Y nos dé los siete dones del Espíritu Santo. (sabiduría, entendimiento, consejo, temor de Dios, ciencia, fortaleza, piedad). Sobre todo que nos dé el don “olvidado”, el santo temor de Dios...
No pudiendo visitar iglesias diferentes, se puede cumplir con esta devoción entrando y saliendo de un mismo templo.

El Santo Triduo Pascual y la Indulgencia Plenaria

Durante la Semana Santa podemos ganar para nosotros o para los difuntos el don de la Indulgencia Plenaria si realizamos algunas de las siguientes obras establecidas por la Santa Sede.
Obras que gozan del don de la Indulgencia Plenaria en Semana Santa:


Jueves Santo
1. Si durante la solemne reserva del Santísimo Sacramento, que sigue a la Misa de la Cena del Señor, recitamos o cantamos el himno eucarístico del "Tantum Ergo" ("Adorad Postrados").
2. Si visitamos por espacio de media hora el Santísimo Sacramento reservado en el Monumento para adorarlo.
Viernes Santo
1. Si el Viernes Santo asistimos piadosamente a la Adoración de la Cruz en la solemne celebración de la Pasión del Señor.
Sábado Santo
1. Si rezamos juntos el rezo del Santo Rosario.
Vigilia Pascual
1. Si asistimos a la celebración de la Vigilia Pascual (Sábado Santo por la noche) y en ella renovamos las promesas de nuestro Santo Bautismo.
Condiciones:
Para ganar la Indulgencia Plenaria además de haber realizado la obra enriquecida se requiere el cumplimiento de las siguientes condiciones:
a. Exclusión de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial.
b. Confesión sacramental, Comunión eucarística y Oración por las intenciones del Sumo Pontífice. Estas tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la ejecución de la obra enriquecida con la Indulgencia Plenaria; pero conviene que la comunión y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se cumple la obra.
Es oportuno señalar que con una sola confesión sacramental pueden ganarse varias indulgencias. Conviene, no obstante, que se reciba frecuentemente la gracia del sacramento de la Penitencia, para ahondar en la conversión y en la pureza de corazón. En cambio, con una sola comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Santo Padre sólo se gana una Indulgencia Plenaria.
La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y Avemaría; pero se concede a cada fiel cristiano la facultad de rezar cualquier otra fórmula, según su piedad y devoción.

miércoles, 1 de abril de 2026

El Miércoles Santo, es el día por excelencia de la Confesión en la cristiandad: 

Imagen relacionadaUn santo -así lo cuenta la leyenda- entró un día de muchos confesiones en una iglesia.

En largas y dobles hileras esperaban los fieles ante los confesonarios. Y vio al diablo que andaba muy atareado de un confesonario al otro.
Sorprendido le preguntó:
-¿Qué has perdido en el templo?
-Propiamente, no he perdido nada aquí –dijo el diablo-; lo que hago es restituir bienes robados.
-¿Bienes robados? ¿Cómo?- preguntó el santo
-Sí- contestó Satanás-, bienes robados.
Robé a esos la vergüenza antes que cometiesen el pecado, y ahora, al tener que confesarse, se la restituyo.
En la confesión no hemos de ser indulgentes o blandos con nosotros mismos; “tuviste el valor de pecar, tenlo ahora de reconocerlo”- Y si ya nos viene muy cuesta arriba, imaginémonos que no vamos a declarar nuestros propios pecados, sino los de una persona completamente extraña; “¿Qué me importa lo que hizo ése (o ésa)”. Además, el confesor está dispuesto a prestar ayuda en casos desesperados. Sin embargo, sólo hay que recurrir a esta ayuda, cuando realmente no nos queda otro remedio.  Hemos de acusarnos nosotros mismos y no esperar un interrogatorio. Muchas veces no es más que señal de cobardía el pedir al confesor que vaya preguntándonos.

Fragmento del libro “El Sacramento de la Misericordia” del P. Ricardo Graf pag. 144-145

SANTA MARIA EGIPCIACA 01/04

SANTA MARIA EGIPCIACA, penitente

Nacida en Egipto, huyo de su casa a los doce años y se dirigió a la ciudad de Alejandría, donde perdió la delicada flor de la honestidad y se entregó a los placeres de una manera desvergonzada y publica. Pasó a Jerusalén y vivió asimismo hundida en el fango de las más abyectas pasiones. 
El día de la Exaltación de la Cruz, cuando los demás peregrinos iban entrando en el templo para la adoración del símbolo de nuestra Redención, ella pretendió hacer lo propio, más una fuerza irresistible, un empuje violento le impidió la entrada. Al fin comprendido cual era la causa; evocó, en rápida visión, toda su mala vida, con el peso de sus maldades, y tuvo horror de si misma. Pidió clemencia al cielo y, al levantar los ojos, distinguió una imagen de María -Nuestra Señora- a la que se encomendó con gran dolor y piedad. Después de esta súplica sintíose confortada y pudo entrar en el templo como los demás. Adoró la Cruz y rogó a Dios que no la abandonase. Una vez recibido los sacramentos de Penitencia y Comunión, pasó el Jordán y se retiró al desierto, donde vivió en las más austeras penitencias. Dormía en tierra, comía hierbas y raíces, cubría su cuerpo con sólo las hebras de su larga cabellera, y golpeábase el pecho con piedras y zarzas agudísimas.
El hallazgo de esta Santa fue del siguiente modo: Había en aquellos tiempos costumbre entre los monjes salir del monasterio y practicar rigurosamente la Cuaresma en la soledad de los bosques y de los grandes desiertos. El año 430, San Zósimo, varón de gran virtud y santidad, salió también de su convento de Palestina para pasar la Cuaresma en oración y penitencia rigurosa en las márgenes del Jordán. Cierto día, al amanecer, le pareció ver una figura humana que huía y le hacia señas que se detuviese. Vuelto del asombro y estupor que esa visión le causó, dijo: ¿Alma de hombre o de mujer, ruégote, en nombre del Señor a quien servimos, digas quien eres y a que vienes? Una voz suave y femenina le contesto: ¿Padre Zósimo, echa tu manto a esta pobre pecadora, si quieres que reciba tu bendición y pueda hablarte? En oyendo Zósimo llamarse por su nombre, se tranquilizó y pensó que era un alma de gran santidad a quien Dios había dado a conocer su persona. Cubierta con el manto raído del monje, recibió de rodillas su bendición y comenzó a contarle, entre lágrimas y sollozos, la vida disoluta de su juventud, y la espantosa penitencia que hacía en aquellas soledades desde hacía cuarenta y siete años.
Luego le rogó volviese al año siguiente para tener ella la dicha de recibir al Señor en la Sagrada Eucaristía. Al cabo de un año volvió el santo anciano para ver esa maravilla de contrición y de penitencia y le dio la Sagrada Comunión. Después de largo rato de fervorosa acción de gracias, la Santa le reiteró el mismo ruego para que volviese otro año.

San Zósimo acudió con exactitud al lugar señalado, llevando consigo la Sagrada Eucaristía; mas, ¡ ay ! , esta vez halló solo el cadáver de la Santa Penitente, en actitud extática. Había muerto el mismo día que recibió la última Comunión; así lo aseguraba la Santa en unas palabras que había dejado grabadas en el suelo, y en las que, además, le pedía que la enterrase y rogase por ella..

Fuente: EL SANTO DE CADA DÍIA - POR EDELVIVES - EDITORIAL LUIS VIVES  S. A.- ZARAGOZA Tomo II

martes, 31 de marzo de 2026

SANTORAL

Beato Cristóbal Robinson
Martizado por ser sacerdote en tiempo de la reina Isabel I

Se llaman Mártires de la persecución en Inglaterra a los católicos que murieron en Inglaterra en defensa de su fe y de la primacía del Papa, entre 1535 y 1681, durante las persecuciones de Enrique VIII, Isabel I, Jacobo I, Carlos I, la tiranía de Cromwell y Carlos II.

Cristóbal Robinson está en todas las antiguas listas de mártires durante la Reforma Protestante, pero su vida es todavía poco conocida. Sin embargo, su memoria nunca ha sido olvidada en Cumberland (hoy es parte de Cumbria), en donde él es el único mártir católico. Su muerte, evidentemente, causó una profunda impresión, especialmente en su natal Carlisle.

Cristóbal Robinson nació probablemente en Woodside, cerca de Carlisle, entre 1565 y 1570. Fue admitido, con otros seis jóvenes, el 17 de agosto 1589 en el colegio de Douai como estudiante. Esta escuela había sido fundada el 29 de septiembre de 1568 por William Allen, un ex profesor de Oxford y que más tarde llegaría a ser cardenal. Los primeros cuatro sacerdotes fueron enviados a Inglaterra en 1574, y en los próximos diez años algo más de un centenar serían ordenados y partirían hacia Inglaterra.

De 1568 a 1594 el Colegio fue reubicado junto a la Universidad de Reims y fue en este período en el que Cristóbal Robinson era estudiante del Colegio.
Inmediatamente comenzó sus estudios teológicos y recibió la tonsura y las primeras Órdenes Menores el 18 de agosto de 1590. Era tal la necesidad urgente de sacerdotes que habían concedido al Colegio una dispensa general para acortar el tiempo de formación para el sacerdocio que habitualmente es de seis años. Cristóbal Robinson recibió el resto de órdenes menores y también las ordenes del subdiaconato y el diaconato en ceremonias realizadas durante los tres últimos días del mes de marzo de 1591. El 24 de febrero de 1992 fue ordenado sacerdote por el Cardenal Philip Sega en su capilla privada en Reims. Partió para Inglaterra el 1 de septiembre de 1592.
Cumberland y probablemente parte de Westmorland iban a ser su campo de trabajo. Existe una lista de 1596 en la que junto a su nombre se indica “vive principalmente en Woodside, cerca de Carlisle en Cumberland”. La única vivienda conocida con certeza por haber sido visitada y usada por él fue Johnby Hall, hogar de la familia Musgrave, a unas seis millas de Penrith, cerca de Castillo de Greystoke.
Él seguramente conocía a John Boste, natural de Dufton, cerca de Appleby, quien era el sacerdote más perseguido en los condados del norte. Él sería eventualmente capturado cerca de Brancepeth, en el Condado de Durham, el 13 de septiembre de 1593. Cristóbal Robinson se enteró de su captura y, teniendo la seguridad de que nadie lo reconocería, cabalgó para asistir a su juicio. Después escribió un detallado relato del proceso y muerte de John Boste. Este es el único documento de un testigo presencial de un martirio, escrito inmediatamente luego de ocurrido los hechos.
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Él mismo fue detenido tres años y medio después, el 4 de marzo de 1597. Una carta del P. Henry Garnett S.J., fechada el 7 de abril de 1597 establece lo siguiente: "Robinson, un sacerdote del seminario, fue recientemente encarcelado y ahorcado en Carlisle. Durante la ejecución la cuerda se rompió dos veces y a la tercera el padre Robinson reprochó al comisario por su crueldad, diciéndole que, aunque él nunca cedería y se alegraba de su lucha, sin embargo la carne y la sangre eran débiles, por lo pedía un poco más de humanidad para no atormentar a un hombre durante tanto tiempo. Cuando ellos optaron por usar dos cuerdas, él dijo: con eso tardaré más en morir, pero no importa, estoy dispuesto a sufrir todo”.
El tiempo se ha encargado de hacer desaparecer los motivos por los que Cristóbal Robinson fuera juzgado, pero hay pruebas abundantes de que la única causa de su ejecución fue el ser un sacerdote católico.
También hay muchas evidencias de que en Carlisle el nombre de Cristóbal Robinson no es sólo recordado sino también invocado como un verdadero mártir.

Reaparece serpiente en retrato de Isabel I

Londres, Reuters, 4 de marzo 2010. Una serpiente originalmente incluida en un cuadro de Isabel I, del siglo XVI, pero cubierta casi de inmediato, ha reaparecido, dijo el jueves la Galería Nacional de Retratos de la capital inglesa
La degradación por el tiempo reveló que la monarca fue originalmente pintada sosteniendo una serpiente, cuyo contorno es visible de nuevo en la obra de un artista desconocido y que data de la década de 1580 o principios de la siguiente..
Pero en el último momento el emblema fue cubierto y se pintó a la reina sosteniendo un pequeño ramo de rosas.
La galería dijo que no se sabía por qué se había hecho el cambio, pero sugirió que podría estar relacionado con el significado ambiguo del símbolo.
Si bien una serpiente era a veces utilizada para representar la sabiduría, prudencia y un juicio razonable, todos atributos de una reina, también simbolizaba a Satanás y al pecado original en la tradición cristiana.
El retrato, que no ha sido exhibido en la galería por casi 80 años, es parte de una nueva muestra titulada Concealed and Revealed: The Changing Faces of Elizabeth I, sobre la monarca, que estará abierta al público entre el 13 de marzo y el 26 de septiembre.
La exhibición incluye cuatro retratos que datan desde 1560 hasta poco después de la muerte de la reina, en 1603, que al parecer cambiaron en apariencia de alguna forma desde que fueron creados.

El significado profundo de la Semana Santa

Una oportuna aplicación para el hombre moderno

Plinio Corrêa de Oliveira


Por ocasión de la Semana Santa de 1989, un grupo de jóvenes le pidieron al Dr. Plinio Corrêa de Oliveira que hiciera algunos comentarios sobre la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. El insigne fundador de la TFP brasileña pronunció entonces las substanciosas consideraciones que trascribimos en este artículo, las mismas que podrán servir el día de hoy de oportuna y provechosa reflexión para nuestros lectores.

La Lamentación de Cristo
Fray Angélico, 1436
Museo de San Marcos, Florencia
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Nuestro Señor Jesucristo es la Cabeza de ese Cuerpo Místico. La Iglesia, fundada por Él, constituye una sociedad jerárquica en la cual San Pedro es el Jefe y los Obispos son los Príncipes locales. El Papa es el Monarca de la Iglesia, que tiene autoridad sobre los Obispos y sus súbditos.
Un punto muy importante de la doctrina católica es el siguiente: el Sumo Pontífice ejerce una autoridad completa tanto sobre los Obispos como sobre cada fiel. No corresponde a la verdad imaginar que el Papa mande a los Obispos, y por medio de ellos, a los fieles. La autoridad del Papa es directa sobre todos los fieles.

Si la autoridad del Pontífice fuese indirecta, en el caso que diese una orden y el Obispo la rechazase, los fieles no estarían obligados a acatar la orden del Papa.

Cuando el Sumo Pontífice da una orden, el Obispo debe ejecutarla. Si él no lo hiciese, el fiel debería acatarla de todas maneras, sabiendo que es el Papa quien lo ordena. La autoridad del Papa es, por lo tanto, directa sobre los Obispos y sobre cada fiel.

Ésta es la estructura jurídica de la Iglesia. Pero, más allá de su estructura jurídica y constituyendo un todo con Ella, existe el Cuerpo Místico de Cristo.

El Cuerpo Místico de Cristo y la Redención


Nuestro Señor Jesucristo murió en la Cruz, y el sacrificio que ofreció de su vida constituye un tesoro de gracias infinito, que es incalculable. Y que está destinado a todos los fieles, de todos los tiempos, de todos los lugares, hasta el fin del mundo.

Por lo tanto, esas gracias se destinan para la salvación de todos los fieles. Más aún, sirven también para atraer hacia la Iglesia a aquellos que no pertenecen al gremio de Ella –es decir herejes, cismáticos, judíos, mahometanos, etc.– en virtud de las gracias que Nuestro Señor Jesucristo alcanzó en lo alto de la Cruz.

Él es el Redentor. La Santísima Virgen es la Corredentora. Por sus lágrimas, Ella concurrió para redimir al género humano. Y porque quiso darle esa función nobilísima, Él deseó que las lágrimas de su Santa Madre fuesen también tomadas en consideración por el Padre Eterno, para redimir al género humano y hacer parte del tesoro de la Iglesia.

Pero también fue voluntad del Redentor que nuestros sufrimientos individuales, soportados por amor a Él, integrasen el tesoro de la Iglesia. Constatamos entonces, que es por esa razón que los santos sufren inmensamente. Es porque ellos, con su padecimiento, igualmente representan algo para el tesoro de la Iglesia.

Simbolismo sublime de la gota de agua


Esto es simbolizado de un modo muy hermoso en la Misa. Cuando llega el momento del Ofertorio, el sacerdote coloca una gota de agua en el vino que será transubstanciado. El agua no puede ser consagrada, porque Nuestro Señor Jesucristo estableció que la Consagración fuese hecha sólo con pan y vino. Si se quisiera consagrar sólo el agua, no se opera la transubstanciación. Pero aquella agua diluida en el vino forma un solo líquido con éste, y a la hora de la Consagración ella es consagrada también.

De manera que aquella gota de agua, incapaz de por sí sola ser transubstanciada en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, lo es a pesar de todo por hallarse diluida en el vino. Es el símbolo del sacrificio de los fieles.

Nuestro sacrificio por sí solo no vale nada, pero unido al de Cristo Nuestro Señor y a las lágrimas de María Santísima, pasa a valer algo. Es el símbolo que nos anima a sufrir en nuestras luchas, persecuciones, trabajos, incomprensiones y dificultades. Sufrimos y seguimos adelante.

Nuestro sacrificio aumenta, simbólicamente, la gota de agua. Es decir, aumenta la contribución que Nuestro Señor Jesucristo quiso que fuese también indispensable para la salvación de los hombres. Él podría habernos dispensado de esto, pero fue su deseo darnos la gloria de asociarnos al tesoro de la Santa Iglesia.

Así, cuando nos abrace el sufrimiento, recordemos: tal padecimiento es la gota de agua. Pero ella ciertamente será juntada a los sufrimientos indecibles de Cristo y a los sufrimientos preciosísimos de María, para redimir a todo el género humano.

Por eso, no conozco quién pueda hacer algo mejor por la Iglesia, que sufrir por Ella. Bajo este punto de vista, existen algunos que rezan y otros que trabajan, pero para sufrir... todo el mundo siente miedo y casi nadie desea padecer.

Si la Santísima Virgen nos envía un sufrimiento, debemos aceptarlo contentos. Sufriendo, seremos más útiles a la Iglesia de que si profiriésemos un lindo discurso, montásemos una gran asociación o realizásemos cualquier otra cosa.

Tesoro de la Iglesia: “Banco de lo sobrenatural”


El conjunto de ese tesoro de la Iglesia es la conjunción de las almas que sufren. Nuestro Señor Jesucristo, en el Santo Sacrificio de la Misa, renueva siempre su Pasión de modo incruento –no derrama más sangre–, pero verdaderamente la renueva. Y nosotros, en último análisis, bien abajo, también en algo aumentamos ese tesoro, formando el conjunto una especie de
Banco de lo sobrenatural.

Pero Nuestro Señor Jesucristo es tan superior a todo el resto, que Él es la Cabeza de ese tesoro. Y los demás constituimos el cuerpo de ese tesoro.

Nuestro Señor es el Hombre-Dios. Y como Dios, para Él no hay presente, ni pasado, ni futuro. Todo es simultáneo. Presente, pasado y futuro son propios a nosotros, ligados a un cuerpo material. El Divino Redentor, por lo tanto, vio todo cuanto habría de pecado hasta el fin del mundo, y sufrió a causa de esos pecados. Conoció a cada hombre, a cada alma. Y durante su Pasión rezó por cada hombre que habría de existir, por cada alma, hasta el fin del mundo. Y hasta rezó por las almas que después rehusaron la gracia y fueron precipitadas al infierno.

Esta actitud supone una extraordinaria generosidad.

Los días de la Semana Santa y su significación


El Miércoles Santo se inicia propiamente la parte más densa de la Semana Santa, en que se conmemora la Pasión de Nuestro Señor. Se rezaba en la Iglesia el Oficio de Tinieblas. Se trata del Oficio que canta las tinieblas que van cubriendo el mundo, porque Nuestro Señor está siendo perseguido.

El Jueves Santo


Después, el Jueves Santo se celebra la Misa en que se conmemora la institución de la Sagrada Eucaristía. Terminado el Santo Sacrificio, el sacerdote conduce el Santísimo Sacramento hasta una bonita caja, de madera dorada, llamada Monumento.

Como Nuestro Señor, después de la Última Cena, sufrió la Pasión y murió, después de la Misa que celebra la Cena, en las iglesias no se tocan más campanas. Se realiza la ceremonia consonante al desvestido de los altares, en que el celebrante va de altar en altar, retira las flores, los jarrones, apaga las velas. Los altares quedan desnudos de todos los ornamentos, como si el culto hubiese cesado, porque Nuestro Señor está muerto, yaciendo en aquella caja dorada, el Monumento. Todas las señales de alegría en la Iglesia cesan.

El Viernes Santo


El Viernes Santo se conmemora la muerte de Nuestro Señor. Es el día en que se venera solemnemente la Cruz. Los sacerdotes colocan junto al altar una gran cruz. Y los fieles, cantando himnos de dolor, van uno a uno, a besar las llagas, las manos y los pies del Redentor. Besan también la llaga del costado, perforada por la lanza de Longinos.

Cuando llega el Obispo, todo se detiene. Entra con paramentos purpúreos, con una capa púrpura, descalzo en señal de penitencia, y atraviesa la iglesia. Llega hasta el crucifijo y lo besa también. Después se retira al interior del templo. Y todo queda en silencio, inmóvil.

El Sábado Santo o de Aleluya


El Sábado de Gloria, la Iglesia ya inicia las ceremonias con las alegrías de la Resurrección. Al medio día comienzan a repicar las campanas ¡para anunciar a Cristo resucitado!

En algunos lugares hay aún la costumbre de hacer unos muñecos grotescos, que llaman Judas. Esa era la ocasión de quemar al Judas, el traidor, mientras todas las campanas de las iglesias tocan sin parar ¡en conmemoración de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo!

El Domingo de Pascua, la Iglesia se muestra toda florida y victoriosa. Cristo resucitó, se celebra la Misa de Pascua.

Significado de la Semana Santa aplicado a nuestra época

El Miércoles Santo debemos amar a la Iglesia como padeciente en los días de hoy. Y apliquemos a nuestros días las tinieblas que van dominando al mundo. La oscuridad del pecado, del desorden, de la abominación que va cubriendo la Tierra, en todos los sentidos, son tinieblas.

El Jueves Santo conmemoremos la resistencia que Nuestro Señor opuso a todas esas tinieblas. Él instituyó la Sagrada Eucaristía para estar con nosotros en todas las ocasiones. Debemos comulgar con especial devoción y también lamentar su próxima muerte. Pero llorar como pecadores, pues sabemos que lo ofendimos en el pasado, y debemos llorar nuestros pecados la vida entera.

La Negación de San Pedro, anónimo
Museo Jijón, Quito
San Pedro, por ejemplo, por haber negado a Nuestro Señor, lloró el resto de su existencia. Según la tradición, cuando murió (fue crucificado de cabeza abajo por los romanos) tenía dos surcos en el rostro, por donde le corrieron las lágrimas durante su vida.

A nosotros nos cabe también labrar en nuestra alma dos surcos: el de la tristeza de los pecados que cometimos y el del pesar por los pecados que otros practican. Con todo, no debe ser esa una tristeza apenas llorona, ¡sino tristeza de varón, como la de San Pedro! En otras palabras, ¡la indignación contra nuestros pecados!

De nada sirve irritarme con el pecado de otros y no indignarme con el mío. Primero es con el mío, pues quien pecó fui yo. Fui yo el autor de mi pecado. “Quia peccavi nimis cogitatione, verbo et opere” – se dice en el Confiteor. ¡Porque pequé muchísimo de pensamiento, palabra y obra, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa!

Así, la idea de los propios pecados y de los pecados de los otros debe entrañarse en nuestras almas, especialmente en estos días benditos de Semana Santa.

* Conferencia pronunciada el 19 de marzo de 1989. Sin revisión del autor.

Fuente:
El Perú necesita de Fátima
http://www.fatima.pe/articulo-133-el-significado-profundo-de-la-semana-santa