miércoles, 16 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

San Juan Masías 

místico excepcional de caridad desbordante

https://farm6.staticflickr.com/5531/10582822055_a3004b9b1f_n.jpgEl común denominandor de los santos del Perú es una peculiar nota de gracia y encanto maravilloso, que trasluce en todos ellos. San Juan Masías, no es excepción. Aquí siguen algunos trazos de su edificante biografía.
Nació Juan en Rivera del Fresno (Badajoz), en la agreste Extremadura, el 2 de marzo de 1585, de padres de noble estirpe aunque decaídos en la fortuna.
Desde muy niño sufre los reveses de la vida: a la edad de cuatro años pierde a su padre, y poco tiempo después fallece su madre. En su aflicción Juan recurre al Cielo, y es escuchado con creces. Una mañana, mientras apacentaba el rebaño de sus tíos, ve a su lado a un niño que le dijo ser San Juan Evangelista, “encargado por Dios de tu custodia”; y le anuncia que algún día lo llevaría “a tierras muy remotas y lejanas, donde se han de erigir en tu honor templos y altares”.

Largo peregrinaje hasta Lima

Hasta los veinte años Juan llevó la vida sencilla, recogida y relativamente oculta de un pastor. A esa edad marchó a Sevilla —entonces la ciudad más comercial e inquieta de España— donde entró al servicio de un mercader que se disponía a partir al Nuevo Mundo. Después de muchos preparativos embarca definitivamente hacia América en 1619 y tras cuarenta días de navegación arriba a Cartagena de Indias, donde queda sin empleo. Decide entonces seguir a Lima por tierra. Atravesando de Norte a Sur la Nueva Granada, sube después a Quito y llega finalmente a la Ciudad de Los Reyes, tras un largo y penoso viaje de cuatro meses y medio, en el cual recorrió novecientas leguas, unas a pie, otras en mula, entre las mayores angustias y fatigas.

La fuerza irresistible del llamado de Dios

En Lima, se empleó en labores de campo por un par de años en las afueras de la capital, hasta que conoció interiormente que el Señor le llamaba para servirle en la Orden de los Predicadores. Fue admitido como hermano lego en el convento recoleto de Santa María Magdalena (actual Plaza Francia) y, terminado el año de prueba, hizo su profesión solemne el 23 de enero de 1623, consagrándose desde entonces sin reservas a Dios y a sus hermanos más necesitados.
Fue designado para el oficio de portero, que desempeñó con tanta excelencia que transformó la portería —tantas veces lugar de disipación y de ocio— en el teatro de su ardiente caridad y celoso apostolado.
Sentía mayor inclinación al retiro y la soledad que a la conversación y la comunicación con los demás, según le confesó al Padre Maestro Ramírez: “si no lo ocupase la obediencia, nadie le habría visto jamás la cara”. Pero el oficio de portero, en el que perseveró por más de veinte años, contrariando su inclinación natural, le servía de continuo ejercicio de la obediencia, y por esto lo desempeñaba con tanto placer y alegría, como empeño y dedicación.
Su íntima unión con Dios se revelaba en hechos extraordinarios. Por ejemplo, mientras se celebraba la misa conventual, no tenía necesidad de ir al coro ni a la iglesia para ver y adorar a Jesús Sacramentado, porque en el momento de la elevación podía contemplarlo milagrosamente desde la portería, aunque lo separaban del altar tres o cuatro muros compactos.

Sencillo y profundo, era frecuentemente consultado no sólo por las personas principales de la ciudad, sino por el propio Virrey Don Pedro de Toledo y Leyva, Marqués de Mancera, quien en 1643 ungió a la Virgen del Rosario —venerada en la iglesia de Santo Domingo— como Patrona y Protectora de los Reinos del Perú.

“Fray Juan, Fray Juan, ¿a dónde vas?”

Una noche en que un fuerte temblor de tierra sorprendió a Lima, la Comunidad estaba rezando el oficio en el coro, mientras San Juan Masías oraba en la capilla de Nuestra Señora del Rosario. El primer sacudón hizo que los religiosos corrieran fuera de la iglesia a refugiarse en el jardín del claustro, lugar tenido por menos peligroso. También él comenzó a huir, cuando le detuvo la Virgen llamándolo desde su altar: —“Fray Juan, Fray Juan, ¿a dónde vas?” —“Señora”, respondió él, “voy huyendo como los demás del rigor de vuestro Hijo Santísimo”. A lo cual replicó María: —“Regresa y quédate tranquilo que aquí estoy yo”. Obedeció el siervo de Dios, y retomando su oración pidió a la Virgen se compadeciese del pueblo cristiano. Al punto cesó el terremoto, y levantando el santo los ojos a la imagen, su protectora, vio su rostro radiante y con celestiales resplandores que iluminaban toda la capilla.

Elevada oración, insigne caridad

A las cinco de la mañana, después de tocar al alba, abría fray Juan la despensa donde guardaba los comestibles destinados a los pobres y los llevaba personalmente a la cocina, disponiendo todo lo necesario para el almuerzo. Cuando algo faltaba, él mismo se encargaba de suplirlo. Hacia el mediodía, iniciaba la distribución del sustento a los necesitados.
A los sacerdotes y a otras personas honorables, decaídas por la adversa fortuna de una posición holgada, les atendía en un comedor especial y secreto, donde les preparaba con limpieza y esmero dos grandes mesas, y les servía de rodillas. A otros “pobres vergonzantes” (quienes por su condición social no podían mostrarse como mendigos) les enviaba en secreto la comida, junto con copiosas limosnas. Y a los enfermos les mandaba también medicinas y lenitivos.
Mientras tanto, otra turba famélica invadía en tropel los umbrales del convento. Salía entonces fray Juan con cuatro grandes ollas y le daba a cada uno su ración con un cucharón de madera, hasta dejar a todos satisfechos y contentos. Su inmensa caridad llegaba aún a socorrer, fuera de la portería, a huérfanos, viudas, ancianos y otros desamparados, con hasta doscientas raciones.
A pesar de ser tantísimos los concurrentes, a ninguno le faltaba el sustento necesario, ni se producía el menor desorden. Esta abundancia no se explica sin milagro: antes de comenzar a ingerir los alimentos, Juan hacía rezar a todos y luego echaba, a nombre de Dios, la bendición con la cuchara; y el Señor multiplicaba imperceptiblemente, tanto cuanto fuera necesario, la comida en las ollas.

Severidad contra el pecado

Sostenía nuestro Santo, sin embargo, que “no es digna de recibir limosna la persona que ofende a Dios”. A cierta mujer que pretendía excusar su conducta pecaminosa con la pobreza que sufría, el siervo de Dios se negó a socorrerla “hasta que se enmendase”, repulsa que la llevó al arrepentimiento y consecuente cambio de vida.
Cuando llegaba a su conocimiento alguna ofensa inferida al Sumo Bien, se entristecía, se afligía y sollozaba diciendo: “¿Cuándo terminarán, Señor, tantos pecados?”

El prodigioso borrico proveedor
Canasto que el santo usaba para recoger
alimentos y limosna para los pobres

Todos los días fray Juan solía enviar por las plácidas calles limeñas de entonces a un borriquito cargado de dos grandes cestos, sin conductor ni guía, con el encargo de recoger las limosnas para sus pobres. El animalito se desempeñaba ejemplarmente, dirigiéndose a los lugares indicados, en el orden señalado. Al llegar a la puerta de cada comercio o no se movía hasta que el dueño o un empleado pusiese en las canastas el donativo acordado, luego de lo cual proseguía su camino. De este modo atravesaba el burrito toda la ciudad, pasando por la plaza, el mercado y las casas de los devotos. Como éstos ya lo conocían, le  llenaban a raudal los cestos con víveres y no faltaba quien dejaba algunas monedas. Nadie se atrevió jamás a quitarle nada, porque el jumento sabía muy bien defender a coces y mordiscos las limosnas recogidas.

¡Un millón de almas liberadas del purgatorio!

Juan tenía la costumbre de rezar todas las noches, de rodillas, el Rosario completo. Una parte la ofrecía por las almas del Purgatorio, otra por los religiosos, y la tercera, por sus parientes, amigos y benefactores.
Oraba el Santo una noche en la capilla de Nuestra Señora del Rosario, cuando de pronto una mano dio un golpe sobre el altar. Sobresaltado, vio a su lado una sombra rodeada de llamas que le dijo: “Soy Fray Juan Sayago, que acabo de morir y necesito muchísimo de tus oraciones y auxilios; para que, satisfaciendo con ellos a la divina justicia, salga de estas penas expiatorias”, con lo cual desapareció. Vivió este fraile en el Convento del Santísimo Rosario, contiguo a la Iglesia de Santo Domingo, habiendo expirado a la misma hora en que se le apareció a nuestro Santo.
A la cuarta noche, hallándose Juan postrado en el mismo altar, se le volvió a aparecer el alma de aquel fraile, ahora luminosa, para decirle que gracias a sus oraciones y penitencias la Virgen lo había sacado del Purgatorio y llevado a gozar de la bienaventuranza eterna. A la hora de su muerte, obligado por la obediencia, Juan Masías confesó haber liberado durante su vida a un millón cuatrocientas mil almas.

Frecuentes levitaciones y éxtasis

Cabe mencionar un hecho acaecido en 1638, narrado por su biógrafo el Padre Cipolletti: Entrando por la noche en la iglesia un novicio, temblando y con una candela en la mano, por miedo del cadáver de don Pedro de Castilla que acababa de ser enterrado, al llegar al ábside del altar mayor, donde solía Juan orar todas las noches, mientras subía las gradas el joven topó con su frente las rústicas sandalias del Santo, que estaba elevado en dulcísimo arrobamiento.
El inexperto novicio, imaginando haber topado el espectro del difunto, se atemorizó tanto que dio un fuerte alarido, echó a correr, tropezó y cayó. Al grito acudieron dos religiosos, quienes lo encontraron tendido en tierra y quemándose el hábito con la candela con que debía prender las velas del altar para Maitines; lo alzaron en peso y lo llevaron a la cama. Sin embargo, ambos observaron que no obstante el estrépito, nuestro Juan continuaba en el aire absorto enteramente en Dios. En cuanto al novicio, cayó gravemente enfermo y se asegura que el mismo Santo, con su oración lo sanó, de modo que en adelante no tuvo más miedo de los muertos.
Nuestro Santo predijo no pocas vicisitudes a ciertas familias, como la caída de su vivienda a una y la pobreza a otra. Entre sus múltiples milagros, se sabe que salvó la vida a una niña cuyas piernas habían sido despedazadas por las ruedas de un coche, y también a un negro esclavo llamado Antón, que se resbaló y fue a dar de cabeza al fondo de un pozo de gran profundidad.
Altar Santos Peruanos. Derecha la imagen
 y las reliquias de San Juan Masías
El cronista Fray Juan Meléndez así lo describe: “Era de mediano cuerpo, el rostro blanco, las facciones menudas, de frente ancha, algo combada, partida con una vena gruesa que desde el nacimiento del cabello, del que era moderadamente calvo, descendía el entrecejo, las cejas pobladas, los ojos modestos y alegres, la nariz algo aguileña, las mejillas enjutas y rosadas, la barba espesa y negra”.
Su celda-habitación era pobrísima. Una tarima de madera cubierta con un cuero de buey le servía de cama, una frazada a los pies, una silla rústica para sentarse y un cajón viejo que usaba como ropero para guardar sus contadas pertenencias. Su único adorno era una imagen pintada sobre lienzo de Nuestra Señora de Belén que tenía a la cabecera de la cama.
Extenuadas sus fuerzas por el mismo fervor que lo iba consumiendo poco a poco, y por una vida siempre mortificada y penitente, no menos que por las continuas fatigas y frecuentes enfermedades que padecía, rindió su hermosa alma al Creador, el 16 de setiembre de 1645, a la edad de 60 años.
Fuente: http://www.tradicionyaccion.org.pe/spip.php?article156
 Obra consultada: Fray Tomás Jacinto Cipolletti O.P., Vida del Beato Juan Masías, Tip. Liga Sagrada, Cusco, 1949.

martes, 15 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

Nuestra Señora de los Dolores

Los siete dolores de la Virgen, que comúnmente considera la devoción, y representa en las imágenes de nuestra Señora de los Dolores con siete agudas espadas que atraviesan su corazón, son los que se siguen: El primer dolor fué el que padeció María Santísima, cuando llevando á su Hijo á presentar al templo de Jerusalén, el santo viejo Simeón, con espíritu profético, le dijo: «que aquel niño estaba puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y por señal, á quien se había de contradecir; y que su misma alma había de ser atravesada con una espada»: aludiendo á lo mucho que había de padecer en la pasión y muerte de su Hijo. El segundo dolor, cuando mandó el ángel á san José que huyese con la madre y con el niño á Egipto; porque Herodes había de buscar al niño para quitarle la vida; y vio María cuan mal recibido era su Hijo, e Hijo de Dios, de los hombres: pues apenas había entrado en el mundo, para traerle la vida; cuando el mundo le buscaba para darle la muerte. 
El tercer dolor, cuando subiendo María y José con Jesús, niño de doce años, al templo de Jerusalén, le perdieron por tres días, sin saber dónde estaba, quedando la Madre sin consuelo porque le fallaba el Hijo, que era toda su alegría; y siendo combatida de diversos cuidados de dónde estaría, qué haría y padecería el niño tierno fuera de su casa, patria y parientes. El cuarto dolor, cuando llegándose la pasión de su Hijo, le encontró en las calles de Jerusalén que llevaba sobre sus hombros la cruz en que había de ser crucificado. El quinto, cuando le vio crucificar. El sexto, cuando se le bajaron de la cruz los dos piadosos varones José y Nicodemus, y le tuvo en sus brazos, contemplando cual le habían puesto sus enemigos y nuestros pecados. El séptimo, cuando le quitaron de los brazos á su Hijo para sepultarle, y quedó en una total y tristísima soledad, ocupando los ojos solamente en llorar; pues no tenían ya en la tierra qué ver.
Pero entre tantos dolores, y penas, estaba María Santísima, como una firme columna, combatida de diversos vientos, ó como una fuerte roca en un mar de amarguras, asaltada de diversas olas de tribulaciones, sin que pudiesen todas, no solo derribar, pero ni aun descantillar su constancia, y fortaleza invencible: lo cual declara san Juan, diciendo: Stabat iuxtà crucem Jesus Mater ejus: Estaba en pié junto á la cruz de Jesús su Madre; mostrando en la postura del cuerpo la inflexibilidad de su espíritu, y que era, como una generosa palma, que se levanta más con el mayor peso, que cargan sobre ella; y así no se ha de entender, que la Virgen padeció en la pasión, y muerte de su Hijo desmayo, ni enajenación de sentido, ni hizo otra demostración, de las que suelen hacer las otras mujeres en la muerte de sus hijos; porque todo esto repugna á la gran fortaleza, y grandeza de María Santísima, como lo pondera san Anselmo por estas palabras: «Estaba María en la fé de su Hijo constantísima: porque habiendo huido los discípulos, y ausentándose los conocidos: ella sola, para gloria de todo el género de la mujeres, estaba firme en la fé de Jesús, entre tantas tormentas, y torbellinos: y así con gran hermosura se dice, que estaba en pié, como convenía a la pureza virginal.
No se mesaba en tanta hermosura, no maldecía, no murmuraba, no pedía á Dios venganza de los enemigos; sino estaba en pié, como virgen honesta, bien disciplinaba, y pacientísima, aunque llena de lágrimas, y rodeada de dolores». No huía María de la cruz, en que estaba su Hijo clavado; antes se acercaba á ella, aunque veía, cuántos dolores le ocasionaba su cercanía, deseando padecer más, y morir, por quien tanto padecía por ella. Siendo su dolor inmenso, era mayor su conformidad con la voluntad de Dios; y así no pedía, que se acabasen sus penas, ni que cesase la causa de ellas, que era la pasión del Hijo; mas decía con él animosamente: «No se haga, Señor, mi voluntad, sino la vuestra»: y ofreció á su Hijo benignísimo para ser sacrificado en la cruz con mayor fé, que Abraham ofreció á su hijo Isaac para ser sacrificado sobre la leña, y con mayor constancia, que la madre de los Macabeos en la ley antigua, y santa Felicitas en la ley de gracia, ofrecieron siete hijos al martirio. Pero María Santísima ofrecía su Hijo á la muerte, no solo por el amor de Dios, cuya voluntad conocía ser, que su Hijo padeciese; mas también por el amor de los hombres, que sabía, habían de ser redimidos con la pasión, y sangre de su Hijo; y de esta manera mereció el título de «Reparadora de los hombres», que le da san Anselmo; ó el de «Autora de la salud de los hombres», con que la llama san Gerónimo; ó el de «Salvadora del mundo», con que la nombra el Cartujano: nó porque necesite Cristo de quien le ayude á redimir, y salvarlos hombres, cuando él es suficiente, y superabundante, y único Redentor nuestro; sino porque quiso Dios con sapientísima providencia, que fuese la reparación del mundo, como había sido la creación del hombre: y así como tuvo Adán la compañía de Eva, así en la reformación de ese mismo hombre tuviese Cristo la compañía de María: con esta diferencia, que Eva fué formada de la costilla de Adán, para ser madre de los vivientes; y Cristo fué formado de la carne de María, para ser Redentor de los mortales: y como Adán perdió al mundo junto al árbol vedado, cuya fruta comieron él y Eva; así Cristo ganó al mundo en el árbol de la cruz, cuyos dolores participaron Él y María: y como la transgresión de Eva no fué la causa de la redención del mundo; pero cooperó á ella de alguna manera; porque fuera de haber dado á Cristo el cuerpo en que padeció, y la sangre, que derramó por nosotros, con los dolores de su compasión mereció, como dice Dionisio Cartujano, que por sus ruegos, y merecimientos, se logre en los hombres la virtud, y mérito de la pasión de su Hijo.

Al pié de la cruz fué hecha María Santísima nuestra madre, para que solicitase nuestra salud, como de hijos suyos: al pié de la cruz nos parió con los dolores que padecía por la muerte de su Hijo, como dice el eruditísimo padre Alonso Salmerón, y todos fuimos dados á María por hijos de Juan: de manera, que cuando la dijo Cristo, señalando á Juan: Mulier, ecce Filius tuus: Mujer, ese es tu hijo; no se ha de entender, que dio á María solamente por hijo á Juan, su amado discípulo; mas también á todos los discípulos que ya tenía, y había de tener hasta el fin del mundo: porque todos los discípulos que tenía ya, y había de tener hasta el fin del mundo, todos son hijos de María; y por eso se llama María «Madre de los creyentes». Y para que Juan tomase la posesión de hijo en nombre de todos, le dijo Cristo: Ecce Mater tua: Esta es tu Madre: María es tu Madre: á ella has de acudir como á Madre, con la confianza de hijo. Y es muy de notar, que Cristo la llama en esta ocasión «Mujer», y nó «Madre»: nó «Madre suya», sino «Madre nuestra»; porque nos mire como á hijos, viendo, que su Hijo en aquella última hora le conmutó el título de Madre suya en el de Madre nuestra. Los dolores que no padeció en el parto de su Hijo natural Jesucristo, los padeció al pié de la cruz en el parto de sus hijos espirituales; porque suelen las madres amar mucho á los hijos, que les costaron más dolores: y quiso Cristo, que costase muchos dolores á su Madre el ser Madre nuestra, para que ya que faltaban méritos en nosotros para merecer su amor, hubiese dolores en ella, que despertasen su cariño. Esta es la mejor ocasión de tomar á María por Madre, cuando la muerte le ha quitado el Hijo, y el Hijo le ha negado el nombre de Madre; porque ahora nos admitirá de buena gana María por hijos, cuando carece de su Hijo, y ahora nos podernos atrever á llamarla Madre, cuando su Hijo la llama Mujer. ¿Quién se atrevería á llamar Madre á María, si Cristo no la llamara Mujer, para que nosotros la llamemos Madre? O ¿cómo admitiera otros hijos la Madre de Dios, si llamándola su Hijo Mujer, no mostrara, que gustaba de que tenga por hijos á los hombres?
Juan, luego que Cristo le dio por Madre á María, la miró como á tal, para servirla y acompañarla en su soledad: imitemos nosotros á Juan, y tomémosla por Madre, para acompañarla en sus penas, y servirla como verdaderos hijos, considerando, lo que nos pide el título de hijos de María, que es ser muy semejantes á nuestra Madre en todas las virtudes, y especialmente en la pureza y castidad: porque ¿cómo han de llamarse hijos de una Virgen, los que fueren deshonestos? ¿Cómo han de llamarse hijos de la que no tuvo culpa, los que estuvieren llenos de pecados? ¿Cómo han de llamarse hijos de la Madre de Dios, los que fueren enemigos del mismo Dios?
Particularmente hemos de acompañar á la Virgen en sus penas, con la consideración y meditación de ellas, ponderando lo mucho que padeció en la pasión de su Hijo, agradeciéndola, que quisiese padecer tanto por nuestro amor, y porque nosotros fuésemos redimidos; y compadeciéndonos de sus dolores: que son los fines porque se ha instituido esta fiesta.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.


ROMA, miércoles, 13 febrero 2008 (ZENIT.org).- Cinco cardenales han enviado una carta invitando a los purpurados de todo el mundo a unirse a ellos para pedir a Benedicto XVI que declare un quinto dogma mariano que «proclamaría la plena verdad cristiana sobre María».
El texto, dado a conocer la semana pasada, incluye la petición al Papa de proclamar a María «Madre espiritual de toda la humanidad, corredentora con Jesús Redentor, mediadora de todas las gracias con Jesús único mediador, abogada con Jesucristo en favor del género humano».
Los firmantes de la carta son cinco de los seis cardenales promotores del simposio internacional sobre la Redención mariana, celebrado en Fátima en 2005: Telesphore Toppo, arzobispo de Ranchi (India); Luis Aponte Martínez, arzobispo emérito de San Juan (Puerto Rico); Varkey Vithayathil, arzobispo mayor de Ernakulam-Angamaly (India); Ricardo Vidal, arzobispo de Cebú (Filipinas); Ernesto Corripio y Ahumada, arzobispo emérito de Ciudad de México.
El cardenal Edouard Gagnon, fallecido en agosto pasado, era el sexto cardenal promotor de la conferencia de 2005. Fue presidente del Consejo Pontificio para la Familia de 1974 a 1990, cuando se retiró.
El secretariado de los cinco cardenales ha difundido la versión inglesa de la carta, que incluye una traducción y el texto original en latín del «votum», o petición, formulado en 2005 y presentado formalmente al Papa por el cardenal Toppo en 2006.
«Creemos –afirma la declaración– que es el momento oportuno para una solemne definición o clarificación sobre la constante enseñanza de la Iglesia respecto a la Madre del Redentor y su cooperación única en la obra de la Redención, así como su papel en la distribución de la gracia y en la intercesión por la familia humana».
Subrayando las preocupaciones ecuménicas, la petición añade: «Es muy importante [...] que las personas de otras tradiciones religiosas reciban la clarificación, al máximo nivel de auténtica certeza doctrinal que podamos proporcionar, de que la Iglesia católica distingue esencialmente entre el papel de Jesucristo, Redentor divino y humano del mundo, y la única pero secundaria y dependiente participación humana de la Madre de Cristo en la gran obra de la Redención».
El texto añade que el cambio sería «la máxima expresión de claridad doctrinal al servicio de nuestros hermanos y nuestras hermanas cristianos y no cristianos que no están en comunión con Roma».
La proclamación del quinto dogma mariano sería un «servicio de clarificación a las otras tradiciones religiosas y un proclamar la plena verdad cristiana sobre María».
«Esta iniciativa –añade la declaración– pretende también iniciar un diálogo mundial en profundidad sobre el papel de María en la salvación para nuestra época».
«Si este esfuerzo resultara coronado por el éxito, una proclamación sería un evento histórico para la Iglesia como quinto dogma mariano definido en su historia bimilenaria», afirman.
Según el cardenal Aponte Martínez, ha llegado «el momento de la definición papal de la relación de la Madre de Jesús con cada uno de nosotros, sus hijos terrenales, en sus papeles de corredentora, mediadora de todas las gracias y abogada».
«Proclamar solemnemente a María como madre espiritual de todos los pueblos quiere decir reconocer plenamente y oficialmente sus títulos y por tanto activar, reavivar las funciones espirituales, de intercesión, que ofrecen a la Iglesia para la nueva evangelización y para la humanidad, en la delicada situación mundial que vive actualmente», añade.

lunes, 14 de septiembre de 2026

S A N T O R A L


LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


Exaltación de la Santa Cruz-Iglesia de
la Caridad Sevilla-Juan de Valdés Leal
Cierta cosa es que las calamidades que padecemos los mortales, son comúnmente penas por nuestros pecados, y castigos que nos vienen del cielo: y uno de los mayores de Dios es, cuando permite que tenga el cetro y mando un príncipe vicioso, flojo y desalmado; porque como es la cabeza de toda la república, deriva en los otros miembros su maldad. Tal fué el emperador Focas, que mató á Mauricio, y le sucedió en el imperio: y queriéndole nuestro Señor castigar, y con él á todos sus súbditos, movió á Cosroas, rey de Persia, que le hiciese guerra, y que le venciese, tomase y destruyese muchas y grandes provincias del imperio romano. Acabó la vida Focas con la muerte que le dieron, y sucedióle en el imperio Heraclio: el cual le halló tan desproveído, desarmado y tan sin fuerzas, que por muchos años no pudo salir al encuentro y hacer resistencia á Cosroas; porque estaba armado, poderoso y vencedor: y, como señor del campo, hacia la guerra con gran ventaja contra Heraclio, dando sobre unas ciudades y otras, y tomándolas por fuerza de armas, y conquistando á toda Siria, llamada ahora Suria. Finalmente, vino sobre la santa ciudad de Jerusalén, y tomó, saqueó y mató en ella (á lo que escriben) ochenta mil personas, y llevó consigo preso y cautivo á Zacarías, patriarca de Jerusalén, santo varón y excelente prelado, y á otro gran número de gente; aunque algunos autores dicen, que fué esto en los postreros años del imperio de Focas. Pero lo que más se sintió, fué que tomó el madero de la cruz de Jesucristo nuestro Redentor, que santa Elena, madre del emperador Constantino, había dejado en Jerusalén, y le llevó á Persia, y le puso con grande veneración encima de su silla y trono real, que era de oro fino, entre muchas perlas y piedras preciosas. Como Heraclio vio los daños de su imperio, y sus pocas fuerzas y las muchas de su enemigo, acordó de pedirle paces ó treguas, y hacerlas, aunque fuese con condiciones afrentosas y fuera de toda razón. Más Cosroas estaba tan insolente con su gran poder y con las victorias que había alcanzado, que no quiso admitir plática alguna de concierto, sino con condición que el emperador Heraclio renegase de la fé de Jesucristo. Entonces el emperador se volvió de corazón á Dios, y tomando gran confianza en Él (por parecerle que era causa suya y no de los hombres), determinó juntar ejército y pelear con el enemigo, y hacer lo último de potencia, para que él no triunfase de la religión cristiana, como triunfaba de las muchas ciudades y provincias que había robado y destruido. Para esto la primera cosa que hizo, fué acudir á Dios, que es el Dios de los ejércitos y de las victorias, y mandar que por todo el imperio se hiciesen muchas oraciones, plegarias, procesiones, ayunos, limosnas y otras buenas obras, con que se aplacase el Señor: y luego juntó su ejército de gente nueva y bisoña (porque no tenía soldados viejos); y para industriarlos y hacerlos á las armas, los ejercitó antes de venir á batalla con los enemigos. Con este ejército salió Heraclio en busca de Cosroas, con ánimo de pelear con él, confiando que Dios le daría victoria, y humillaría al blasfemo é insolente rey, que estaba tan desvanecido por los buenos sucesos que el mismo Dios le había dado para castigo de los cristianos; y él, como ciego, los atribuía á sí, y á su valor y poder. 
Y para ir con mayor seguridad, llevaba el emperador en su mano derecha una imagen devotísima de nuestra Señora, ó (según otros] de Jesucristo nuestro Redentor; y por ventura fué de Madre é Hijo: y (á lo que escriben) esta imagen no había sido pintada por mano de hombres, sino venida del cielo; porque su esperanza no estribaba en la gente y fuerzas que llevaba, sino en la misericordia del Señor. y en la intercesión y patrocinio de su bendita Madre. Con esta confianza salió Heraclio con su ejército, bien disciplinado y enseñado á guardarse de todo pecado, de robos, y desafueros, y de pelear más por la gloria del Señor, que no por otros intereses temporales. No le pareció á Cosroas aguardar él en persona, y dar la batalla á Heraclio; antes se retiró dentro de su tierra, é hizo talar los panes, y alzar todos los mantenimientos, por do creía que había de pasar: y por otra parte envió un copiosísimo ejército de gente muy diestra y veterana, y un capitán llamado Saravago, ó Salvaro, con el cual peleó Heraclio, y alcanzó la victoria; aunque la batalla fué muy porfiada y reñida. No desmayó por este suceso el rey de Persia; antes juntando otro mayor ejército, se opuso á Heraclio, con un capitán muy esforzado y de gran fama, llamado Saín, ó Satin. Trabóse entre los dos ejércitos una cruel y brava batalla, que habiendo comenzado al salir del sol, duró hasta grande espacio después de medio día, sin declararse la victoria por ninguna de las partes, peleando con igualdad. Y como ya en este tiempo los persas hiciesen grande esfuerzo, y las tropas del emperador comenzasen á mostrar flaqueza; Heraclio, volviéndose á Dios, le pidió socorro por intercesión de la Virgen sacratísima; y él se le dio de manera, que luego súbitamente se levantó un viento muy recio, con grande lluvia y granizo, que á los imperiales daba en las espaldas, y á los persas en los ojos, con lo cual en muy breve fueron rotos y vencidos: y, volviendo las espaldas, comenzaron á huir. Mas, como Cosroas fuese tan poderoso, no bastaron estas dos victorias que había tenido el emperador para quebrantarle de manera, que se diese por vencido; antes echando el resto, juntó otro ejército mucho mayor, y nombró por su capitán á un varón muy sabio y diestro en la guerra, llamado Razalenes: el cual vino á batalla con Heraclio, y por virtud de la santa cruz, fué asimismo vencido y muerto con gran parte de su ejército, peleando Heraclio por su mano valerosamente, y matando en esta batalla tres hombres señalados, como soldado esforzado, y gobernando y animando á su ejército, como muy sabio y experimentado capitán.

La batalla del emperador Heraclio contra el rey de Persia, Cosroas II
La batalla del emperador Heraclio contra el rey de Persia, Cosroas II
Con esta tercera batalla quedó enflaquecido el poder de Cosroas, y él tan desanimado, que no osando esperar al emperador, se entró huyendo en Persia, y pasó el rio Tigris: y para su socorro y ayuda, nombró por rey igual suyo á su segundo hijo, llamado Medarses, no haciendo caso de Siróes, su hijo mayor, y de más ánimo y discreción. De lo cual Siróes hizo tan grande sentimiento, que determinó quitar el reino y la vida al padre y al hermano, por la injusticia que se le había hecho. Así lo hizo; y asentó paces con el emperador Heraclio: le restituyó todas las tierras que su padre había tomado del imperio, y le entregó todo el tesoro de la casa real, que poseía su padre, y cumplió otras muchas condiciones muy honrosas y provechosas para el emperador. Pero la más principal fué el entregarle la Santa Cruz qué tenía en su poder, y al patriarca de Jerusalén, y á los demás cautivos cristianos, que eran muchos. De esta manera se acabó esta guerra en algunos años, mostrando Dios la confianza que debemos tener en él: y que ni debemos desmayar, sino humillarnos cuando nos castiga, ni desvanecernos con los prósperos sucesos, sino reconocerlos de su mano. Él emperador Heraclio para hacer gracias á nuestro Señor de las victorias tan grandes y glorias que le había dado, fué á Jerusalén, llevando consigo la cruz de nuestra redención, que catorce años había estado en poder de Cosroas. Entró en la ciudad con ella, llevándola sobre sus hombros con la mayor pompa y solemnidad que se puede imaginar. Pero sucedió una cosa maravillosa en este triunfo del emperador, que llegando á la puerta de la ciudad con la cruz, paró: y queriendo ir adelante, no pudo moverse, sin poder entender la causa de aquella detención. Iba al lado del emperador el patriarca Zacarías, ó Modesto (como dice Suidas), y avisóle, que por ventura era la causa de aquel milagro tan extraño el llevar la cruz por aquel camino, por donde Cristo nuestro Salvador la había llevado, con muy diferente traje y manera que el Señor la llevó:
El emperador de Constantinopla, Heraclio, cargando la Santa Cruz en Jerusalén
El emperador de Constantinopla, Heraclio,
cargando la Santa Cruz en Jerusalén
Porque tú, señor (dijo el patriarca), vas vestido y ataviado de riquísimas de imperiales ropas; y Cristo llevaba una vestidura humilde: tú llevas corona imperial en la cabeza; y Él corona de espinas; Él iba con los pies descalzos; y tú vas con los pies calzados. Pareció á Heraclio que Zacarías tenía razón, y por lo tanto vistióse un vestido vil: quitóse la corona de la cabeza, y con los pies descalzos pudo proseguir con la procesión, hasta poner la sacrosanta cruz en el mismo lugar de donde Cosroas la había quitado. Y queriendo nuestro Señor regalar á su pueblo, y mostrar la virtud de la santa cruz, además de otras cosas maravillosas que acaecieron aquel día, un muerto resucitó, cuatro paralíticos cobraron salud, quince ciegos vista, diez leprosos quedaron limpios, y otros muchos que eran atormentados del demonio, quedaron libres, y gran número de enfermos con entera salud. Esta es la causa de la fiesta que hoy celebra la Iglesia con nombre de la Exaltación de la Cruz. Verdad es, que no fué esta la causa para instituir esta fiesta; porque muchos años antes que Heraclio imperase, los griegos hacían fiesta este mismo día, con nombre de la Exaltación de la Santa Cruz, y lo mismo hacían los latinos, como se ve en el sacramentario de san Gregorio, celebrando la gloria de la cruz que se extendió y resplandeció por todo el mundo en tiempo del emperador Constantino: pero las victorias que alcanzó Heraclio, y el haber recobrado el madero de la santa cruz de mano de los enemigos, y restituídole á los cristianos, colocándole en Jerusalén con gran gloria del Señor y bien de su Iglesia, fué causa para que se celebrase esta fiesta con mayor solemnidad y regocijo que antes, como lo notó el cardenal Baronio. Sucedió esta restitución de la santa cruz á los 14 de setiembre, á los diez y nueve años del imperio de Heraclio, que fué el de 629 del Señor; aunque Sigiberto la pone en el de 631. Escriben de ella la Historia miscelánea, lib. XVIII, y los Martirologios, romano, el de Beda, Usuardo y de Adon.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

domingo, 13 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

San Juan Crisóstomo

Gran batallador de la Iglesia en Oriente

Llamado «Boca de oro» por la fuerza y la belleza de su elocuencia, con su palabra desarmó a los bárbaros, combatió el arrianismo que infectaba el Oriente y los desórdenes de la decadente Bizancio
Plinio María Solimeo
Juan Crisóstomo nació en Antioquía alrededor del año 344, hijo de Segundo, comandante general de las tropas del Imperio de Oriente. Su madre, Antusa, enviudó a los veinte años y no quiso contraer segundas nupcias a fin de dedicarse por entero a la educación de sus dos hijos y a las buenas obras. Adolescente, Juan culminó su educación con el célebre filósofo Libanio. El progreso del alumno, cuya privilegiada inteligencia comenzaba a brillar, hizo que el maestro estando a las puertas de la muerte exclamara: “Yo habría dejado a este joven al frente de mi escuela, pero los cristianos me lo tomaron”.1
Aún era pagano cuando inició su vida como orador en el Forum. La elevación de su lenguaje, la fuerza de sus expresiones, la belleza de su discurso llevaron a sus coterráneos a compararlo a Demóstenes, el famoso orador griego de la Antigüedad.

San Basilio lleva a su amigo a la conversión

A los 25 años, cuando su fama ya se afirmaba en el Tribunal, por influencia de su amigo Basilio, que también llegaría a la santidad, se convirtió al cristianismo: “Este bienaventurado servidor de Jesucristo resolvió abrazar la verdadera filosofía del Evangelio, la vida monástica. Entonces, el equilibrio entre nosotros dos se rompió por completo. El plato de su balanza se elevó ligero hacia el cielo; el plato de la mía, todo cargado de pasiones mundanas y de los ardores de la juventud, recaía pesadamente hacia la tierra”.2 Juan recibió el bautismo de manos de San Melecio, obispo de Antioquía.
Después de su conversión, resolvió abrazar la carrera eclesiástica. Convertido en clérigo, Juan, a quien ya llamaban Crisóstomo (Boca de oro), renunció completamente a hacer carrera en el mundo e inició el arduo trabajo de vencer el imperio de sus pasiones. Para combatir la vanagloria, comenzó a practicar la humildad. Para tener dominio sobre sí, pasó a domar su cuerpo, limitando el sueño a tres o cuatro horas y la alimentación a una sola comida al día, absteniéndose de carne. Su victoria sobre el fogoso temperamento fue tan completa, que sus biógrafos lo describen como dotado de gran dulzura y amable modestia, además de una tierna y compasiva caridad hacia el prójimo.
Pasaron cuatro años sin que Crisóstomo recibiese la ordenación sacerdotal. En ese intervalo, oyó rumores de que estaban pensando en él y en su amigo Basilio para el episcopado. Crisóstomo, quien conocía perfectamente a su amigo, sabía cuan digno era para el episcopado. Por eso no le comunicó que huiría para evadir la designación, como efectivamente hizo. Mientras tanto, San Basilio recibió la consagración episcopal.

Monje y anacoreta, aprendió de memoria las Sagradas Escrituras

Dado que su madre había fallecido, Crisóstomo resolvió huir al desierto. Admitido en uno de los monasterios del Monte Casius, se entregó con gran valentía a la vida de perfección.
Pasado algún tiempo, cuando los monjes se dieron cuenta del tesoro que tenían, lo escogieron a Crisóstomo como Superior. Cuando tomó conocimiento de esa decisión, huyó, yendo a vivir como anacoreta a un lugar más inaccesible. En la soledad, aprendió las Sagradas Escrituras de memoria.
Dos años después, habiéndose deteriorado su salud, tuvo que abandonar el desierto y regresó a Antioquía. En ese lapso la paz había vuelto a la Iglesia, con la muerte del emperador arriano Valente y la ascensión del piadoso Teodosio.
Juan Crisóstomo fue ordenado diácono, dedicándose nuevamente al apostolado de la palabra. Cinco años más tarde, San Flaviano, que había sucedido a San Melecio en la sede de Antioquía, le confirió el sacerdocio.

Las “homilías de las estatuas”

Relicario que conserva la mano derecha del santo
El año 387 el emperador Teodosio estableció un nuevo impuesto a la ciudad de Antioquía. El pueblo se rebeló, arrancó su estatua y la de su mujer e hijos, que arrastró por las calles; persiguió a los funcionarios del fisco y se entregó a otros excesos. Al volver la calma, la población se dio cuenta de lo que había hecho y el temor fue general. Todos sabían que el emperador Teodosio era bueno, pero terrible en sus primeros impulsos. ¿Qué es lo que haría con la ciudad prevaricadora?
San Flaviano se dirigió a la ciudad imperial a fin de pedir clemencia para sus diocesanos, y Crisóstomo quedó al frente de la diócesis. Se empeñó en calmar al pueblo y que aceptara el posible castigo. En los siguientes 20 días, predicó una serie de sermones excepcionales, llamados después “homilías de las estatuas”, cada uno más persuasivo que el otro y que forman un monumento de erudición y de elocuencia.
Al fin, vino la noticia de que el Emperador, por amor a Dios y atendiendo la súplica del santo arzobispo, perdonaba a Antioquía.

Arzobispo de Constantinopla y Patriarca de Oriente

San Juan increpa a la emperatriz
 Eudoxia por sus vicios
Juan Crisóstomo pasó doce años en Antioquía, ejerciendo la misión pastoral como el modelo más acabado de sacerdote.
El año 397 quedó vacante la sede de Constantinopla. El clero y el pueblo, que ya conocían su fama, lo eligieron como obispo del lugar. El nuevo emperador Arcadio aprobó la elección. ¿Cómo hacer que el candidato aceptara la nominación? Utilizaron una estratagema: el alcalde de Antioquía lo invitó a un paseo, para tratar de varios asuntos. Cuando estaban fuera de la ciudad, el alcalde cedió su lugar de conductor del carruaje a un enviado del Emperador. Espoleando los caballos, fue conducido a la capital del Imperio, donde estaban reunidos un grupo de obispos que consagraron a Boca de Oro como Arzobispo de Constantinopla y Patriarca de Oriente.
Comenzaba para el nuevo Prelado una etapa en la cual debería enfrentar los desórdenes de la corte imperial, toda clase de injusticias, un clero y un pueblo decadentes.
Se empeñó en primer lugar en la reforma del clero, amonestando, corrigiendo, suplicando y, cuando no había otro medio, expulsando a los malos sacerdotes de la Iglesia.
Había tal avidez de oír al santo arzobispo, que unos se atropellaban a los otros. Tuvo que colocar el púlpito en el centro de la iglesia, para ser oído por todos. Poco a poco la piedad volvió a florecer en Constantinopla, y muchas almas alcanzaron un alto grado de perfección.
Juan Crisóstomo reorganizó una pía asociación de viudas y vírgenes consagradas, poniéndolas bajo la dirección de Santa Olimpia, viuda a los 23 años, que pasó con su fortuna a secundarlo en todas sus obras pías.

El pueblo prevarica a pesar de los castigos

En abril de 399, un temporal interminable lo inundaba todo, amenazando las plantaciones y la consecuente falta de alimentos. Juan Crisóstomo ordenó una procesión rogativa hasta la iglesia de San Pedro y San Pablo, del otro lado del Bósforo, y la lluvia cesó.


Relicario con la mano en Regensburg

Al día siguiente, Viernes Santo, hubo una carrera de caballos en el hipódromo local, con gran concurso del pueblo, que no respetó ni el castigo reciente ni la santidad de la fecha. La indignación del santo arzobispo subió al auge: “¿Cómo apaciguar, de aquí en adelante, el castigo celestial? Aún no transcurrieron tres días de la gran lluvia que, llevándose todo consigo y arrancando el pan de la boca del agricultor, os llevó a recurrir a las súplicas y a las procesiones”.
Al año siguiente, un terrible terremoto destruyó un tercio de la capital. El mar inundó la parte de la ciudad llamada Calcedonia y los barrios bajos. Gran parte de la población huyó. Los aprovechadores se lanzaron al saqueo de las casas vacías. En medio del pánico general, sólo el Patriarca permaneció en su puesto. Increpando a los asaltantes, los hizo entregarle el producto del robo, del cual se constituyó en guardián. Cuando volvió la normalidad, mostró su desvelo por la propiedad privada, devolviendo todo a sus legítimos dueños.
No había pasado un mes de sucedido esto, cuando un nuevo coliseo fue inaugurado con inmenso concurso y los aplausos frenéticos de un pueblo inconstante. Juan Crisóstomo subió al púlpito: “¡Apenas han pasado treinta días después de nuestras desgracias, después de esa terrible catástrofe, y veo que volvéis a vuestras locuras! ¿Cómo justificaros? ¿Cómo perdonaros?” 

Los crueles destierros y una santa muerte

San Juan Crisóstomo parte para el exilio en el
 que moriría, a causa del maltrato que recibió.
La emperatriz Eudoxia, habiéndose entregado al vicio de la avaricia, infringió la justicia apropiándose indebidamente de propiedades ajenas. Las víctimas recurrieron al Arzobispo, que la llamó paternalmente a la razón. Pero ella, dándose por ofendida, obtuvo que el Primado de Alejandría, quien había abrazado la herejía arriana, convocase un concilio. Con sus correligionarios, éste condenó a Juan Crisóstomo como indigno del episcopado, obteniendo su destierro.
Cuando la población supo de ello, hizo tan grandes manifestaciones frente al palacio imperial, que la Emperatriz, temiendo por su vida, pidió el regreso del Patriarca. Poco después, sin embargo, consiguió nuevamente su exilio.
A dos soldados que acompañaban a Juan Crisóstomo al destierro les fue prometida una promoción, si por medio de maltratos lo hicieran morir en el camino. Fue lo que ocurrió en setiembre de 407, cuando el santo cayó exhausto y expiró, muriendo confortado por la Sagrada Comunión.
Notas.-
1. Cf. P. Pedro de Ribadeneyra, Flos Sanctorum, in Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía. – Editores, Barcelona, 1896, t. I, p. 270.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, t. II, p. 3
Otras obras consultadas.-
  • Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. I, pp. 155 y ss.
  • Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1946, t. I, pp. 271 y ss.
  • P. José Leite S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, t. III, pp. 44 y ss.
  • Abbé Jean Croisset, Año Cristiano, Saturnino Calleja, Madrid, 1901, t. I, pp. 347 y ss.

Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-303-san-juan-crisostomo