jueves, 30 de julio de 2026

Asesinato de la reina de Francia María Antonieta 

A las 11 de la mañana del 16 de octubre de 1793, apareció el verdugo, llamado Henri Sanson . Era hijo de Charles-Henri Sanson , que había ejecutado a su esposo. A continuación, la mujer del director de la prisión le cortó con cuidado el pelo. El encargado de accionar la cuchilla de la guillotina se escondió los mechones en su bolsillo. Después la subieron a un carro junto al padre Girard, párroco de Saint-Landry y sacerdote constitucional designado por el Tribunal Revolucionario. Aunque María Antonieta se negó a confesarse, debido a que no le habían dejado escoger a un sacerdote propio, este la acompañó durante todo el trayecto.

El verdugo se situó detrás de la Reina en la carreta. Al abandonar el patio de la Conciergerie, el vehículo se abrió paso lentamente a través de una multitud situada a ambos lados de la calle. Más de 30.000 soldados formaban una barrera a lo largo del trayecto. María Antonieta iba con las manos atadas a la espalda, como si de un preso cualquiera se tratara. Al pasar, todo el mundo la abucheaba e insultaba. Ella permanecía en silencio. Los vecinos llenaban los balcones y se apostaban en los tejados con el objetivo de presenciar alguno de los macabros detalles de la escena.

La condenada entró en la plaza de la Revolución a mediodía. Zweig describía la escena con cierta licencia literaria:

« Sobre este hervidero de curiosos, negro y ondulante, se elevan rígidamente dos siluetas, las únicas cosas sin vida en aquel espacio cargado de animación humana. Por un lado, la esbelta línea de la guillotina, con su puente de madera que lleva del más acá al más allá. Por otro, en lo alto de su yugo centellea, bajo el turbio sol de octubre, el brillante indicador del camino, la cuchilla recién afilada. Ligera y esbelta, su figura se recorta contra el cielo gris como un juguete olvidado de un dios horrendo. Los pájaros, que no sospechan el tenebrosa significado de aquel cruel instrumento, juguetean despreocupadamente sobre él en su revoloteo ».

«Señor, le pido perdón»

Una vez llegado al lugar donde se ubicaba la estructura de la guillotina, descendió de la carreta y subió la escalera que conducía a la plataforma. La Reina destronada, calificada de «sanguijuela» por los franceses, compareció pálida y derrotada por el cansancio ante los 10.000 espectadores morbosos. El sol cegaba sus ojos acostumbrados desde hace dos meses a la oscuridad y perdió uno sus zapatos. Este se conserva hoy en el Museo de Bellas Artes de Caen . Con el otro pisó accidentalmente el pie del verdugo. «Señor, le pido perdón, no lo hice a propósito», comentó.

María Antonieta, al contrario que Luis XVI, no se dirigió a sus antiguos súbditos. Los ayudantes de Sanson la colocaron sobre la plancha de madera de la guillotina y le sujetaron la cabeza con un cepo con forma de media luna. Pocos segundos después dejó caer la cuchilla, que segó la cabeza de un solo golpe. A continuación la recogió para mostrarla a la muchedumbre. Eran las 12.15 horas. Toda la plaza gritó: «¡Viva la República!». La multitud permaneció en silencio mientras abandonaba la plaza. 

S A N T O R A L

SAN PEDRO CRISÓLOGO, ARZOBISPO Y CONFESOR

San Pedro, arzobispo de Ravena, llamado por su gran elocuencia Crisólogo, nació en Imola, ciudad principal de la provincia de Romania, en Italia. Fué diácono de Cornelio, obispo de lmola, el cual le llevó consigo, yendo á Roma, en compañía de algunos embajadores de la ciudad de Ravena, para suplicar al papa Sixto III de este nombre, que les diese obispo en lugar de Juan, ya difunto, y confirmase al que el clero y pueblo de Ravena habían elegido. Al tiempo que llegó esta embajada, había tenido el papa una revelación de San Pedro, apóstol, y de San Apolinar, su discípulo, obispo de Ravena, en que le mandaban que no confirmase por obispo al que venía nombrado de Ravena, sino á otro que traían consigo los embajadores, y venia en medio de ellos, y se le mostraron allí. Oyó el papa la petición de los de Ravena, y no quiso confirmar al que ellos traían nombrado, sino á Pedro, que venía con el obispo de Imola; porque cuando le vio, conoció que era el mismo que en aquella visión de San Pedro, y de San Apolinar le había sido mostrado, y en las costumbres y en la doctrina era varón tan eminente, que excedía á todos los demás. Mucho sintieron los embajadores de Ravena que el papa hubiese desechado al que ellos habían elegido; pero cuando entendieron del mismo santo pontífice lo que le había movido y la revelación que había tenido, abrazaron con gran voluntad á Pedro Crisólogo, como persona escogida de la mano de Dios, y dándosele por la de su vicario, y comenzaron á estimarle y reverenciarle como á varón de Dios. Con la misma alegría y aplauso fué recibido de toda la ciudad de Ravena, y especialmente del emperador Valentiniano, el III, y de Gala Placidia, su madre, que á la sazón estaban en Ravena. 
Y el santo prelado pidió á todos, que pues la carga de obispo era tan pesada, y casi intolerable, y Dios se la había impuesto sobre sus hombros contra su voluntad, que le ayudasen con obedecer á sus amonestaciones y consejos, y en guardar perfectamente los mandamientos y ley de Dios. 
Esto hecho, comenzó á edificar una obra insigne, que después sus sucesores la acabaron, para los sacerdotes de cierto templo, y consagró otro que la emperatriz Placidia había mandado labrar á honra de San Juan Bautista, y en este templo, junto al altar mayor, sepultó á San Barbaciano, varón perfecto y de santísima vida, por quien Dios en aquel mismo tiempo obró muchos milagros: y andando el tiempo, hizo otra iglesia y la dedicó á San Andrés, apóstol, y otros edificios para comodidad de la república.
Entre las otras excelencias que tuvo San Pedro, fué una la de su rara doctrina, acompañada con una singular elocuencia y elegancia, y copia de palabras propias y graves, de que Dios nuestro Señor le había adornado. Habíanse levantado en las partes de Oriente algunos herejes y hombres pestilentes, que sembraban la cizaña en la Iglesia, y perniciosos errores contra la verdad de la encarnación de Cristo nuestro Salvador, confundiendo las dos naturalezas divina y humana, y poniendo dos personas en Cristo. Para atajar este fuego, y arrancar de raíz tan mala semilla, mandó San León, papa, el Magno y I de este nombre, que había sucedido á Sixto III, juntar en Calcedonia el gran concilio de seiscientos y treinta obispos, en que fueron condenados Eutiques y Dióscero, y los otros monstruos y furias infernales, sus secuaces; y también mandó á San Pedro de Ravena, que escribiese al concilio todo lo que acerca de aquellas materias que se habían de tratar se le ofreciese; y él lo hizo con admirable y divina sabiduría y elocuencia.
Siendo San Pedro arzobispo, vino á Ravena San Germán, obispo antisiodorense para tratar con el emperador Valentiniano y con su madre algunos negocios graves y del servicio de Dios: tuvo con él nuestro Pedro estrecha amistad, porque ambos eran santos y amigos de Dios, y unidos con el mismo vinculo y caridad de Jesucristo. Mas estando allí San Germán, habiendo tenido revelación antes de su dichoso tránsito, dio su espíritu al Señor; y San Pedro compuso su sagrado cuerpo con extraordinario sentimiento, y dio orden que fuese llevado á Francia (como el mismo San Germán lo había mandado), y tomó la cogulla y el cilicio del santo, y le guardó y estimó, como un precioso y riquísimo tesoro, todos los días de su vida. Mas en lo que San Pedro principalmente se ocupaba, era en desarraigar los vicios de su pueblo y los malos usos que todavía quedaban de la gentilidad, especialmente el 1° día de enero y del año, solían hacer muchos juegos y fiestas delante de un ídolo; y San Pedro con sus sermones y continuas exhortaciones procuró que se desterrase de la ciudad aquel uso sacrílego y profano.
Habiendo, pues, sido diez años obispo de Ravena, y estando en Imola, su patria; entendiendo que Dios nuestro Señor le llamaba para sí, se fué al templo de San Casiano, mártir, y postrado delante de su sagrado cuerpo, ofreciólo muchos dones y le suplicó que le favoreciese en aquel trance, y presentase su alma delante del acatamiento del Señor: y habiendo exhortado á los de Ravena que le habían acompañado, que no se apartasen jamás de los mandamientos de Dios, y que eligiesen por sucesor suyo y pastor persona digna de tan alto grado, acabó el curso de su peregrinación, y falleció á los 2 de diciembre, por los años del Señor de 440. Fué sepultado en la misma iglesia, junto al altar de San Casiano, mártir: aunque la iglesia de Ravena tiene un brazo suyo ricamente adornado, y le reverencia con suma veneración. Dejó San Pedro entre otras obras muchas homilías y sermones muy elegantes y graves. 
Su vida escribió Gerónimo Rubio, historiador de las cosas de Ravena, y está en el VII tomo del padre Mosandro, añadido á seis tomos de Fr. Lorenzo Surio. Hacen mención de él el Martirologio romano á los 2 de diciembre (luego trasladado al 30 de julio), y Constancio en la vida de San Germán, obispo antisiodorense, y Pedro Damián en el sermón de San Barbaciano, y César Baronío en sus anotaciones.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.




La Oración Dominical

Sermón 67 de San Pedro Crisólogo


       Hermanos queridísimos, habéis oído el objeto de la fe; escuchad ahora la oración dominical. Cristo nos enseñó a rezar brevemente, porque desea concedernos enseguida lo que pedios. ¿Qué no dará a quien le ruega, si se nos ha dado Él mismo sin ser pedido? ¿Cómo vacilará en responder, si se ha adelantado a nuestros deseos al enseñarnos esta plegaria?

       Lo que hoy vais a oír causa estupor a los ángeles, admiración al cielo y turbación a la tierra. Supera tanto las fuerzas humanas, que no me atrevo a decirlo. Y, sin embargo, no puedo callarme. Que Dios os conceda escucharlo y a mí exponerlo.

       ¿Qué es más asombroso, que Dios se dé a la tierra o que nos dé el cielo? ¿que se una a nuestra carne o que nos introduzca en la comunión de su divinidad? ¿que asuma Él la muerte o que a nosotros nos llame de la muerte? ¿que nazca en forma de siervo o que nos engendre en calidad de hijos suyos? ¿que adopte nuestra pobreza o que nos haga herederos suyos, coherederos de su único Hijo? Sí, lo que causa más maravilla es ver la tierra convertida en cielo, el hombre transformado por la divinidad, el siervo con derecho a la herencia de su señor. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que sucede. Mas como el tema de hoy no se refiere al que enseña sino a quien manda, pasemos al argumento que debemos tratar.

      Sienta el corazón que Dios es Padre, lo confiese la lengua, proclámelo el espíritu y todo nuestro ser responda a la gracia sin ningún temor, porque quien se ha mudado de Juez en Padre desea ser amado y no temido.

      Padre nuestro, que estás en los cielos. Cuando digas esto no pienses que Dios no se encuentra en la tierra ni en algún lugar determinado; medita más bien que eres de estirpe celeste, que tienes un Padre en el cielo y, viviendo santamente, corresponde a un Padre tan santo. Demuestra que eres hijo de Dios, que no se mancha de vicios humanos, sino que resplandece con las virtudes divinas.

       Sea santificado tu nombre. Si somos de tal estirpe, llevamos también su nombre. Por tanto, este nombre que en sí mismo y por sí mismo ya es santo, debe ser santificado en nosotros. El nombre de Dios es honrado o blasfemado según sean nuestras acciones, pues escribe el Apóstol: es blasfemado el nombre de Dios por vuestra causa entre las naciones (Rm 2:24).

       Venga tu reino. ¿Es que acaso no reina? Aquí pedimos que, reinando siempre de su parte, reine en nosotros de modo que podamos reinar en Él. Hasta ahora ha imperado el diablo, el pecado, la muerte, y la mortalidad fue esclava durante largo tiempo. Pidamos, pues, que reinando Dios, perezca el demonio, desaparezca el pecado, muera la muerte, sea hecha prisionera la cautividad, y nosotros podamos reinar libres en la vida eterna.

       Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Éste es el reinado de Dios: cuando en el cielo y en la tierra impere la Voluntad divina, cuando sólo el Señor esté en todos los hombres, entonces Dios vive, Dios obra, Dios reina, Dios es todo, para que, como dice el Apóstol, Dios sea todo en todas las cosas (1 Cor 15:28).

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      El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Quien se dio a nosotros como Padre, quien nos adoptó por hijos, quien nos hizo herederos, quien nos transmitió su nombre, su dignidad y su reino, nos manda pedir el alimento cotidiano. ¿Qué busca la humana pobreza en el reino de Dios, entre los dones divinos? Un padre tan bueno, tan piadoso, tan generoso, ¿no dará el pan a los hijos si no se lo pedimos? Si así fuera, ¿por qué dice: no os preocupéis por la comida, la bebida o el vestido? Manda pedir lo que no nos debe preocupar, porque como Padre celestial quiere que sus hijos celestiales busquen el pan del cielo. Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo (Jn 6:41). Él es el pan nacido de la Virgen, fermentado en la carne, confeccionado en la pasión y puesto en los altares para suministrar cada día a los fieles el alimento celestial.

 
Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si tú, hombre, no puedes vivir sin pecado y por eso buscas el perdón, perdona tú siempre; perdona en la medida y cuantas veces quieras ser perdonado. Ya que deseas serlo totalmente, perdona todo y piensa que, perdonando a los demás, a ti mismo te perdonas.
       Y no nos dejes caer en la tentación. En el mundo la vida misma es una prueba, pues asegura el Señor: es una tentación la vida del hombre (Job 7:1). Pidamos, pues, que no nos abandone a nuestro arbitrio, sino que en todo momento nos guie con piedad paterna y nos confirme en el sendero de la vida con moderación celestial.

    Mas Iíbranos del mal. ¿De qué mal? Del diablo, de quien procede todo mal. Pidamos que nos guarde del mal, porque si no, no podremos gozar del bien.

miércoles, 29 de julio de 2026

S A N T O R A L

SANTA MARTA, VIRGEN

Fué santa Marta hebrea de nación, é hija de padres nobles y ricos. 
Su padre, según san Antonino, se llamó Sito, y su madre Eucaria. El sagrado evangelista San Lucas nos dice, como Cristo fué hospedado de Santa Marta, que era hermana de María Magdalena y de Lázaro, y nos pone delante la solicitud y cuidado, con que esta santa virgen le servía: porque con ser mujer principal y rica, y tener muchos criados en casa; no fiándose de los otros, ella misma entendía en proveer lo que era menester, y en aderezar la comida: y pareciéndole poco todo lo que hacía, quería que su hermana Magdalena, que se estaba á los pies de Cristo, oyendo sus dulcísimas palabras, y apacentándose con su doctrina divina, se levantase, y la ayudase; porque todo el mundo, que se empleara en servirle y regalarle, le parecía poco. 
Quejose al Señor, suplicándole amorosamente que mandase á su hermana, que la ayudase; pero el Señor, aunque no reprendió el solícito afecto con que Marta le servía, alabó la quietud suave con que Magdalena, dejados los otros cuidados, atendía á lo que más importa, que es oír á Dios, y gozar de Dios.

Evangelio según San Juan, 11:17-41:

Vino, pues, Jesús y halló que había ya cuatro días que estaba en el sepulcro. Y Betania distaba de Jerusalén como unos quince estadios. Y muchos judíos habían venido a Marta y a María para consolarlas de su hermano. Marta, pues, cuando oyó que venía Jesús, le salió a recibir, mas María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora, que todo lo que pidieras a Dios te lo otorgará Dios". Jesús le dijo: "Resucitará tu hermano": Marta le dice: "Bien sé que resucitará en la resurrección en el último día". Jesús le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?" Ella le dijo:
"Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo que has venido a este mundo".

Y dicho esto, fue y llamó en secreto a María su hermana, y dijo: "El Maestro está aquí y te llama". Ella, cuando lo oyó, se levantó luego y fue a Él. Porque Jesús aún no había llegado a la aldea; sino que se estaba en aquel lugar en donde Marta había salido a recibirle. Los judíos, pues, que estaban en la casa con ella, y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado apresurada, y había salido, la siguieron, diciendo: "Al sepulcro va a llorar allí". Y María, cuando llegó a donde Jesús estaba, luego que le vio, se postró a sus pies y le dice: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto".
Jesús cuando la vio llorando y que también lloraban los judíos que habían venido con ella, gimió en su ánimo y se turbó a sí mismo. Y dijo: "¿En dónde le pusisteis?" Le dicen: "Ven y lo verás". Y lloró Jesús. Y dijeron entonces los judíos: "Ved cómo le amaba". Y algunos de ellos dijeron: "¿Pues éste abrió los ojos del que nació ciego, no pudiera hacer que éste no muriese?" Mas Jesús, gimiendo otra vez en sí mismo, fue al sepulcro. Era una gruta y habían puesto una losa sobre ella. Dijo Jesús: "Quitad la losa". Marta, que era hermana del difunto, le dice: "Señor, ya hiede, porque es muerto de cuatro días". Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios?" Quitaron, pues, la piedra...
Vease asimismo la familiaridad, que nuestro Señor Jesucristo tuvo con estas dos santas hermanas, y el favor y merced que les hacía, cuando estando su hermano Lázaro enfermo y peligroso, le escribieron: «Señor, el que amas está enfermo»; sin añadir otra palabra; porque sabían que ésta sola bastaba para que el Señor viniese y le diese entera salud, como lo hizo: aunque para manifestar más su gloria, permitió que Lázaro muriese, y estuviese hediondo cuatro días en la sepultura, para resucitarle, llorando sobre él, por la ternura y compasión que tenía á sus dos hermanas: de las cuales Marta salió primero á recibirle fuera del castillo, y después llamó á su hermana María, mostrándose en todo devotas, humildes, y amorosas discípulas del Señor: el cual, como quien tan bien paga los servicios que se le hacen, y pone á su cuenta sus mismos dones con que nos previene y enriquece, llenó aquella casa de bendición, y con singulares gracias y privilegios adornó las animas, de las que tanta voluntad y devoción en ella le recibían y hospedaban, aun en tiempo que los judíos tanto lo perseguían, y tenían por malditos y excomulgados á los que trataban con Él.https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiybC2K-Hcrj88EkoDK719As_OBib0F5v9vT-VocRWujnvvzwEfKVt_W5eJjlya9Ytk2zHX4-ziPYCBU5vdhSyvZpj5G5Ag6sM76yIBTXbCNwaZ9OKeWE4Fg5hXvnnPOS4xDjY62g8cpIRT/s1600/marta+60.jpg De aquí vino, que después de la ascensión de Cristo á los cielos, estos mismos judíos, persiguiendo á los fieles y miembros de Cristo, echaron mano de Santa Marta y Santa Magdalena, y habiéndoles confiscado primero sus bienes, las pusieron con Lázaro, su hermano, y con Maximino y toda su casa, en un navío sin velas, ni remos, para que pereciesen en el mar; más el navío guiado de Dios aportó á Marsella: la cual ciudad, visto el milagro, y oyendo la predicación del Evangelio, se convirtió á la fé de Cristo, y luego otra ciudad, llamada Aix, hizo lo mismo. En Marsella fué obispo Lázaro, y Maximino, uno de los setenta y dos discípulos de Cristo, lo fué en Aix. La Santa Magdalena se apartó a un áspero y solitario monte, para emplearse toda en oración y meditación. Santa Marta con una criada suya, llamada Marcela, edificó un monasterio fuera de poblado, y en compañía de otras muchas doncellas, que la siguieron, sirvió muchos años en santo recogimiento al Señor, alzándola bandera (después de la Madre de Dios) de la virginidad, y haciendo voto de ella, viviendo en congregación de mujeres dedicadas á Dios enteramente, con tanto rigor y aspereza de vida, que san Antonino, arzobispo de Florencia, escribe, que no comía carne, ni huevos, ni queso, ni bebía vino, y que comía sola una vez al día, y era tan dada a la oración, que cien veces cada día, y otras tantas cada noche se hincaba de rodillas para adorar y reverenciar al Señor. Y el mismo autor refiere, que con sus oraciones mató un dragón horrible y disforme, que hacía mucho daño en toda aquella tierra, haciendo sobre él la señal de la cruz, y rociándole con agua bendita: y que llegando el tiempo, en que nuestro Señor la quería galardonar, le reveló un año antes el fin de su dichosa vida; y que para mayor corona suya, quiso que todo aquel año estuviese doliente de calenturas: pero ocho días antes de su muerte oyó suavísima música en el cielo, y vio los santos ángeles, que cantando llevaban el ánima de su dulcísima hermana Magdalena, la cual le apareció á la hora de su tránsito:
Sepulcro de Santa Marta en Tarascón
y el mismo Cristo nuestro Redentor la visitó; y le dijo: Ven, huéspeda mía muy querida; que como tú me recibiste en tu casa, así yo te recibiré en la mía en el cielo. Mandóse poner sobre el suelo, sembrado de ceniza, en parte donde pudiese descubrir y ver el cielo: y teniendo allí delante una cruz, se hizo leer la pasión del Señor, escrita por San Lucas; y llegando á aquellas palabras: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», dio el suyo al Señor. También dice San Antonino, que estando san Frontino, obispo petragoricense, que ahora llamando Perigueux (á donde había sido enviado del apóstol san Pedro) diciendo Misa, le apareció un ángel, y le dijo, que fuese á enterrar á santa Marta, y le llevó á Tarascón donde fué su muerte, y se halló a su entierro, é hizo el oficio en compañía del mismo Cristo, que le ayudó á enterrar: porque así honra Dios á los que le honran, y con semejantes favores paga los servicios que por su gracia se le hacen. Pedro Galesino dice, que escribió la vida de santa Marta en hebreo Marcela, su criada, y que la tradujo en latín Síntico; aunque el cardenal Baronio le parece aquella vida escrita por algún autor más moderno, y digna de ser examinada.
Celebra la fiesta de Santa Marta la Iglesia el día de su muerte, que fué á 29 de julio, año de 84, imperando Domiciano. Hizo nuestro Señor muchos milagros por esta bienaventurada santa, entre los cuales fué uno, dar salud á Clodoveo, rey de Francia, estando muy enfermo y orando al sepulcro de Santa Marta.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.




Cuenta la Leyenda, que en un bosque, situado entre Arles y Avignon, había por aquel tiempo un dragón. Esta fiera a veces salía del bosque, se sumergía en el río, volcaba las embarcaciones y mataba a cuantos navegaban en ellas. Santa Marta, atendió los ruegos de la gente de la comarca, y dispuesta a liberarla definitivamente, se fue al bosque a buscar a la fiera; la halló devorán­dose a un campesino.
Santa Marta se acercó sin temor, la roció con agua bendita y le mostró una cruz. La bestia, al ver la cruz y sentir el contacto con el agua bendita, se tornó mansa como una oveja. Santa Marta se acercó nuevamente a ella, la amarró por el cuello con el cordón de su túnica, la sacó a un claro, y allí los hombres de la comarca le dieron muerte. Desde entonces, el lugar comenzó a lla­marse Tarascón que era el nombre del Dragón.

Una vez que terminó con la fiera que era el azote de la comarca, Santa Marta, decidió dedicarse al ayuno y la oración en aquel bosque y pronto se le unieron varias mujeres. Edificó entonces una ba­sílica dedicada a la Virgen María, y un convento anexo en el que todas ellas organizaron su vida en comunidad a base de penitencia y oración.

martes, 28 de julio de 2026

S A N T O R A L

 

CONMEMORACIÓN DE MUCHOS SANTOS MÁRTIRES DE LA TEBAIDA, EN EGIPTO

Por los años 250 de Jesucristo publicáronse en Egipto los edictos de Decio y Valeriano que condenaban á muerte á todos los que profesaban la ley del Evangelio.
Muchos fueron llevados al suplicio; los cuales deseaban acabar pronto al golpe del cuchillo por el nombre do Cristo; más el enemigo astuto buscando prolijos tormentos para matarlos despacio, deseaba que antes perdiesen las almas que los cuerpos. Uno de ellos habiendo vencido el tormento del potro, y de las planchas y sartenes ardiendo, untado de miel, fué puesto desnudo á los ardores del sol, atadas las manos á las espaldas, para que lo comiesen los tábanos y moscas.
A otro, atado entre blandas y hermosas flores, le llevaron una mujer deshonesta para incitarle á la sensualidad; pero el santo se cortó la lengua con los dientes y la escupió a la cara de la ramera.
En fin todos fueron martirizados por medio de tormentos exquisitos; pero ni uno solo vaciló en la fé.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.



Mártires de la Tebaida

"No hay palabras que alcancen a decir las torturas y los dolores que sufrieron los mártires de la Tebaida, lacerados en todo el cuerpo con cascos en vez de garfios, hasta que expiraban, y las mujeres que, atadas en alto por un pie y tironeadas hacia abajo por la cabeza mediante poleas, con el cuerpo enteramente desnudo, ofrecían a las miradas de todos el más humillante, cruel, deshumano de los espectáculos.Resultado de imagen para Martires de la Tebaida
Otros morían encadenados a los troncos de los árboles. Por medio de aparatos, en efecto, los verdugos doblaban, reuniéndolas, las más duras ramas y ataban a cada una de ellas las piernas de los mártires: dejaban luego que las ramas volvieran a su posición natural, produciendo por lo tanto un total descuartizamiento de los hombres contra quienes concebían tales suplicios.
Todas estas cosas no ocurrieron durante unos pocos días o por breve tiempo, sino que duraron por un largo período de años; cada día eran muertas alguna vez más de diez personas, otra vez más de veinte, otras veces no menos de treinta, o hasta alrededor de sesenta. En un solo día fueron hechos morir cien hombres, seguramente con sus hijitos y esposas, ajusticiados a través de una secuencia de refinadas torturas.
Nosotros mismos, presentes en el lugar de la ejecución, constatamos que en un solo día eran muertos en masa grupos de sujetos, en parte decapitados, en parte quemados vivos, tan numerosos que hacían perder vigor a la hoja del hierro que los mataba e incluso la rompían, mientras los verdugos mismos, cansados, se veían obligados a turnarse.
Contemplamos entonces el brío maravilloso, la fuerza verdaderamente divina y el celo de los creyentes en Cristo, Hijo de Dios. Apenas, en efecto, era pronunciada la sentencia contra los primeros condenados, otros desde varios lugares acudían corriendo al tribunal del juez declarándose cristianos, prontos a someterse sin sombra de vacilación a las penas terribles y a los múltiples géneros de tortura que se preparaban contra ellos.
Valientes e intrépidos en defender la religión del Dios del universo, recibían la sentencia de muerte con actitud de alegría y risa de júbilo, hasta el punto que entonaban himnos y cantos y dirigían expresiones de agradecimiento al Dios del universo, hasta el momento en que exhalaban el último aliento.
Maravillosos, en verdad, estos cristianos, pero aún más maravillosos aquellos que, gozando en el siglo de una brillante posición, por la riqueza, la nobleza, los cargos públicos, la elocuencia, la cultura filosófica, pospusieron todo esto a la verdadera religión y a la fe en el Salvador y Señor nuestro, Cristo Jesús.
 (Eusebio, Historia Eclesiástica, VII, 9).

lunes, 27 de julio de 2026

S A N T O R A L

Los SIETE DURMIENTES HERMANOS, MÁRTIRES

Aunque es muy sabida la historia de los siete hermanos mártires, que llaman Durmientes; todavía quiero yo referirla aquí brevemente, para declarar después la verdad de ella, y lo que se debe tener por cierto.

En tiempo, pues, del emperador Decio se levantó una terrible y espantosa persecución contra la Iglesia de Cristo; porque el emperador era fiero y cruelísimo, y tenía extraño odio contra los cristianos: parte por haberlo sido el emperador Felipe, á quien él había quitado la vida: parte, por la falsa creencia y superstición, con que adoraba á los dioses vanos de la gentilidad, teniéndolos por patrones y conservadores de su imperio. En esta persecución muchos cristianos fueron muertos con exquisitos tormentos en la ciudad de Éfeso, estando el emperador Decio presente: otros desfallecieron: otros huyeron y se ausentaron, por librarse de las manos de tan impío tirano.
Entre los otros cristianos fueron presos siete hermanos, mozos, y de muy gentil disposición y gracia, hijos de un caballero ilustre de allí de Éfeso, que se llamaban Maximiano, Maleo, Martiniano, Dionisio, Juan, Serapión, y Constantino: los cuales fueron presentados delante del emperador, y por mucho que él los tentó, y con halagos y amenazas procuró persuadirles que adorasen á sus dioses; nunca lo pudo acabar con ellos, mostrándose muy valerosos y constantes en la fé de Cristo. El emperador, aunque les mandó quitar los cintos de oro, que como soldados y caballeros traían (que era quitarles la nobleza), no quiso luego ejecutar en ellos su saña y furor: antes movido de cierta compasión vana los dejó para que pensasen mejor lo que les convenía, y se rindiesen á su voluntad. Ellos determinados á morir por Cristo, recogieron la hacienda que pudieron, y repartieron la mayor parte a los pobres: y con lo que de ella les quedó, encomendándose muy de veras á nuestro Señor, y suplicándole que los librase de la violencia de aquel tirano, ó que les diese espíritu y fuerzas para vencerle, y padecer por su amor, se retiraron á una cueva grande y capaz, que estaba cerca de la ciudad, donde pensaban que estarían seguros. Supo esto el emperador, y mandó cerrar la entrada de aquella cueva, de manera, que los santos siete hermanos no pudiesen salir de ella, y muriendo allí de hambre, la misma cueva les sirviese de sepultura. Hízose así: y un cristiano (para que quedase la memoria de tan gloriosos mártires) escribió lo que había pasado y mandado el emperador, en una lámina, y echóla dentro de la cueva, antes que se cerrase.
Murió Decio desastradamente, y sucediéronle los otros emperadores gentiles hasta el gran Constantino, que fué cristiano, y amplificador de nuestra santa religión, y después los demás hasta Teodosio, el menor, hijo del emperador Arcadio, y nieto del gran Teodosio, el mayor: en cuyo tiempo á los veinte, y tres años de su imperio, abriéndose con cierta ocasión la entrada de aquella cueva, se hallaron (no sin gran milagro) aquellos siete hermanos y santos mártires, enteros con sus vestidos y miembros, y sin corrupción, como si todo este tiempo hubieran dormido, y gozado de un dulce y profundo sueño. Confirmáronse de la verdad del milagro el obispo, y gobernador, y toda la ciudad de Éfeso, cuando prendieron á uno de ellos (que era el menor, y había venido á la ciudad á comprar alguna cosa de comer para si, y para sus hermanos) y les contó, como se habían escondido en aquella cueva por temor, de la muerte que les quería dar el emperador Decio: y mucho mas se confirmaron, cuando leyeron en la lámina, que dijimos, la misma historia, que para testimonio de la verdad había Dios ordenado que tanto antes se escribiese y se pusiese en aquella cueva; y así se echaron todos, los que habían concurrido á la cueva, á los pies de aquellos santos y bienaventurados hermanos mártires. 
Muchos autores latinos y griegos, que cuentan esta historia, como son, de los latinos, Gregorio Turonense de Gloria confessorum, cap. 93; Sigiberto en su Crónica en el año de 447, y de los griegos, Metafrasle en la historia que escribió de estos siete hermanos Durmientes, referido por Surio en su cuarto tomo; Nicéforo en el lib. xiv, cap.45; y Cedreno en el compendio, á los veinte y tres años de Teodosio, dicen, que verdaderamente estos santos durmieron todo el tiempo que habemos dicho, que fueron ciento setenta y siete años; porque Decio comenzó á imperar el año del Señor de 253, y Teodosio, el menor, el de 407, ciento cincuenta y cuatro años después; y á los veinte y tres años del imperio de Teodosio, que era el de 430 de Cristo, dicen, que se despertaron, ó resucitaron estos santos: y así no fueron sino ciento setenta y siete años; aunque Metafrasle y Nicéforo dicen, que fueron trescientos setenta y dos años; pero es engaño, ó error de la impresión.
Dicen más estos autores: que Dios nuestro Señor los despertó, para que testificasen la verdad de la general resurrección de nuestros cuerpos, que creemos los cristianos y esperamos: porque en el tiempo de Teodosio, dicen, se había levantado una herejía muy perjudicial, que negaba esta resurrección, y muchos la seguían: y que el mismo emperador Teodosio vino á Éfeso por ver este gran milagro, y se postró á los pies de los santos hermanos, y ellos le refirieron, como habían entrado en aquella cueva, y dormido todos aquellos años, y Dios los había despertado, para que declarasen la verdad de la resurrección de nuestros cuerpos, y deshiciesen la mentira de los herejes que enseñaban lo contrario: y que habiendo dado este testimonio, murieron allí en la cueva, y quedaron en ella; porque queriendo el emperador hacerlos poner á cada uno en su caja de oro, los mismos santos mártires le aparecieron y mandaron que los dejase allí. 
Esto dicen los autores que habernos alegado; pero el cardenal Baronio en el segundo tomo de sus Anales, y en las anotaciones del Martirologio romano á los 27 de julio, y otros autores dicen, que estos siete, hermanos no se llaman Durmientes, por haber dormido todo este espacio de tiempo que habernos dicho, y despertándose después; sino porque, aunque verdaderamente murieron, los hallaron como dormidos: y porque la muerte de los justos se llama en la sagrada escritura sueño, y el lugar, en que sus cuerpos son sepultados llamamos cementerio, que quiere decir dormitorio: porque dicen estos autores, que no hay memoria en la historias eclesiásticas, que en el tiempo de Teodosio, el menor, se haya levantado herejía alguna contra la resurrección de nuestros cuerpos: ni el concilio efesino, que se celebró, viviendo Teodosio, ni el calcedonense, que se juntó poco después, hacen mención de tal herejía, ni los autores de aquel tiempo, como Próspero Aquilánico,y el conde Marcelino: y finalmente, porque si aquellos santos siete hermanos no murieron antes, sino durmieron, no fuera de tanto peso y eficacia su testimonio para probar la resurrección; pues no era testimonio de hombres muertos, que habían resucitado, sino de, hombres, que habían dormido y despertado; y así parece á estos autores, que verdaderamente estos santos siete hermanos murieron antes en la cueva por la razón, que dijimos, los llaman Durmientes.
De cualquiera manera que ello haya sido (que para Dios nuestro Señor tan fácil es lo uno, como lo otro), los debemos tener, honrar y reverenciar, como á ilustres y gloriosos mártires del Señor; pues padecieron tanto, y dieron sus vidas por su amor.
Hacen mención de estos santos siete hermanos Durmientes á los 27 de julio el Martirologio romano, y el de Usuardo, y los demás modernos; y los griegos en su Menologio á los 4 de agosto, y á los 22 de octubre, que son los días en que entraron en la cueva, y después se descubrieron y hallaron.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

S A N T O R A L

SAN PANTALEON, MARTIR

UN MÉDICO SANTO

La Iglesia oriental celebra hoy uno de sus mayores mártires. Médico de los cuerpos y conquistador de las almas, dícese que, su nombre, que significa fortaleza del león, fué trocado por Cristo, en el instante en que se disponía a morir, en el de Panteleemón que quiere decir, todo misericordioso, símbolo de los bienes que la liberalidad del Señor se disponía a esparcir por la tierra y de la misericordia que obtendrían quienes la demandasen por su intercesión. Sus reliquias fueron distribuidas en numerosas iglesias occidentales y su fama le colocó entre los santos auxiliadores.

VIDA

Verosímilmente Pantaleón procedía de Nicomedia. Su muerte se coloca ordinariamente en los comienzos del siglo IV, hacia el 305, es decir, durante la gran persecución de Diocleciano y Maximiano. Después de haber padecido numerosos suplicios, créese el tiempo después de pentecostés murió decapitado. Su culto se popularizó en seguida extendiéndose por Occidente. Roma le consagró cuatro iglesias. Consérvase en Ravello, cerca de Amalfl, una ampolla que contiene su sangre, la cual se torna en estado líquido, como la de San Genaro, todos los años en el día de su fiesta. Es uno de los patronos de la corporación de los médicos.

PLEGARIA.

"¿Qué hay más dulce que la miel, y más fuerte, que el león?" Oh santo Mártir, tú más fuerte que Sansón planteaste y resolviste en ti mismo el enigma: de la fortaleza ha salido la dulzura. Oh león, que caminas intrépidamente en pos del León de Judá, tú también supiste imitar su inefable mansedumbre; y así como mereció ser llamado eternamente el Cordero, así ha querido que su misericordia resplandezca en su nombre imperecedero por el que, transformando el tuyo terreno, ha querido invitarte al eterno festín de los cielos. Por el honor del que es tu timbre de gloria suplicárnoste justifiques tu nombre más y más. Sé propicio con los que te imploran, con los desgraciados a quienes la triste consunción aproxima cada día a las puertas de la tumba, con los médicos que, como, tú, se desviven por la salud de sus hermanos; ayúdales a hacer llevaderos los padecimientos físicos, a sanar los cuerpos; enséñales, sobre todo, a curar las llagas morales, a salvar sus almas.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

domingo, 31 de julio de 2011


VUELVE A LICUARSE LA SANGRE DE SAN PANTALEÓN

El Monasterio de la Encarnación abrió sus puertas a los fieles para venerar las reliquias de San Pantaleón, cuya sangre se ha vuelto a licuar en la víspera del aniversario de su martirio, como viene siendo tradición desde 1645.
(Efe) El 27 y 28 de julio, festividad de San Pantaleón, ambas reliquias, que normalmente se custodian en el museo del monasterio, estuvieron expuestas en la iglesia, donde se celebraron misas por la mañana y por la tarde.
Para observar mejor la pequeña ampolla con la sangre, colocada dentro de una vitrina, se instalaron dos pantallas de televisión que mostraban una imagen ampliada, a tiempo real, donde se podían observar cómo la parte superior de sangre adoptó un color rojo vivo, indicativo de la licuefacción.
Según ha explicado a Efe Gabriel Ricci, uno de los tres capellanes del monasterio, la sangre no ha dejado de licuarse desde que la trasladaron de Italia al monasterio de la Encarnación en el siglo XVII, en contra de la leyenda popular procedente de Italia que vaticina catástrofes si la sangre no se licua.
"Hay años que ha empezado a licuarse antes y se ha mantenido líquida más tiempo, no es una cuestión matemática y se ve por el color rojo de la sangre, que cuando está coagulada tiene una tonalidad marrón oscura, y al mover la ampolla", ha apuntado.