lunes, 19 de enero de 2026

S A N T O R A L

Los SANTOS MARIOMARTAAUDIFAX y ABACÚMÁRTIRES

En tiempo del emperador Claudio, segundo de este nombre, vino á Roma un caballero persiano, que se llamaba Mario, juntamente con su mujer Marta y dos hijos, que tenían, llamados Audifax, y Abacú, todos cuatro cristianos, y grandes siervos de Dios. El motivo que tuvieron para venir, fué el visitar los santuarios y reliquias de aquella santa ciudad, particularmente los cuerpos de los príncipes de los apóstoles san Pedro y san Pablo, que en ella son reverenciados. Llegados á Roma, cumplieron con su devoción, y después se dieron á visitar, socorrer y consolar á los cristianos, que estaban detenidos en las cárceles, que en aquella sazón cruelmente eran atormentados. Animábanlos con sus palabras: sustentábanlos con sus limosnas: servíanlos con sus personas; y á los que morían por la fé, sepultábanlos con gran devoción y ternura: la cual era tanta, que una vez entre otras, habiendo ido á la cárcel, y lavado los pies á los cristianos que allí estaban, echaron sobre sus cabezas el agua con que los habían lavado, por haber tocado los pies de los que padecían por Cristo. Andando ocupados en estas santas obras con tanto afecto, y devoción, fueron presos por mandado del emperador, el cual quiso persuadirles, que adorasen á sus falsos dioses, y se apartasen de la fé de nuestro Señor Jesucristo; y hallándolos firmes, y constantes, y aparejados á morir, antes que hacer cosa tan sacrílega y detestable, cometió la causa de ellos á un teniente suyo llamado Musciano, para que los atormentase, y diese la muerte. Musciano mandó desnudar al padre, y á los dos hijos, y en los ojos de Marta herir sus cuerpos terriblemente con varas,y después extenderlos en el ecúleo, y abrasar con hachas ardientes sus costados, y rasgar sus cuerpos con peines de hierro; y en todos estos tormentos estaban los santos con grande alegría, alabando y glorificando al Señor, por cuyo amor padecían. Y no era menor el regocijo de la santa mujer y madre, que con alegre rostro les decía: Estad fuertes, hijos míos. Cortáronles después las manos, y colgadas al cuello, los llevaron por la ciudad, con un pregón, que decía: No blasfeméis a los dioses; y ellos respondían: No son dioses, los que vosotros adoráis, sino demonios, que os engañan, y os echan á perder con vuestro príncipe. Y Marta recogía la sangre, que destilaba de los miembros de su marido, y de sus hijos, ungía con esta su cabeza, con gran júbilo de su alma: tanto era el deseo, que tenia de morir por Cristo. Finalmente sacáronlos fuera de la ciudad, y en un arenal les cortaron las cabezas, y quemaron sus cuerpos, para que no fuesen honrados de los cristianos, y á Marta echaron en un pozo, donde murió. Tomó los cuerpos de los tres santos medio quemados una santa matrona, llamada Felicitas, y dióles sepultura en una heredad suya; y sacado el cuerpo de Marta del pozo, le puso con el de su marido y de sus hijos á los 19 días de enero del año del Señor de 270, en el cual la Iglesia celebra la fiesta de estos mártiresy por su intercesión hizo Dios grandes milagros, y muchas mercedes á su pueblo. Después fueron trasladados los cuerpos de los santos á la iglesia de san Adriano mártir, donde en tiempo de Sixto V, sumo pontifico, como escribe el cardenal Baronio, fueron hallados con otros cuerpos de santos, y colocados con grande reverencia, y concurso de todo el pueblo romano.
FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 18 de enero de 2026

S A N T O R A L

SANTA PRISCA, VIRGEN y MÁRTIR

Habiendo Claudio, el segundo, sucedido en el imperio á Galieno, tuvo grandes guerras contra los godos, y otras gentes extranjeras, y alcanzó de ellas esclarecidas victorias; porque, desbarató trescientos mil bárbaros, tomó dos mil navíos, y lleno de gloria y triunfo vino á Roma, en donde entendió, que con la paz, y quietud, que los cristianos algunos años habían tenido, se había aumentado, y florecido mucho nuestra santa religión: y queriendo él, como pagano, agradecer á sus falsos dioses las victorias, que pensaba le habían dado, comenzó á perseguir con gran crueldad á los cristianos, como á capitales enemigos de sus dioses, y de su imperio: y con esta ocasión muchos santos mártires derramaron su sangre por Cristo en Roma, y fueron de él coronados en el cielo. Entre estos fué una doncella de trece años, llamada Prisca, nacida en la misma ciudad de Roma, de ilustre sangre, la cual fué presa de los ministros de justicia, y presentada delante del emperador: y viéndola de poca edad, y creyendo, que fácilmente se trocaría, la mandó llevar al templo de Apolo, para que allí le adorase, y ofreciese sacrificio. No quiso la santa virgen obedecer el mandato imperial, por obedecer al de Dios, alegando, que solo era Jesucristo verdadero Dios, á quien adoraban los cristianos; y los dioses de los gentiles eran demonios, que los traían embaucados. Mandóle el emperador dar muchas bofetadas en su virginal rostro, con las cuales, aunque en los ojos de los hombres quedó fea, y denegrida, en los del Señor quedó mas hermosa, y resplandeciente. Echáronla en la cárcel entre gente facinerosa, donde unos con caricias, y otros con espanto procuraban reducirla á su mal intento; pero ella siempre estaba firme, y constante, no dejándose vencer, ni de temores, ni de blanduras. Azotáronla cruelísimamente: derritieron sobre sus tiernas y delicadas carnes, lardo, y grosura ardiendo; y volviéronla á la cárcel, y al cabo de tres días la sacaron delante de todo el pueblo al anfiteatro, que era lugar, donde celebraban sus espectáculos, y fiestas. Allí pusieron la santa doncella, y luego soltaron un ferocísimo león, para que la despedazase, y tragase: el cual olvidado de su natural braveza, se echó á los pies de la virgen como una oveja, y comenzó á lamerlos, y halagarla mansamente. Quedaron de este nuevo espectáculo los gentiles asombrados, y confusos, y los cristianos consolados, y animados. Más todo esto no bastó, para amansar al tirano, que era más fiero que las fieras. Mandóla echar de nuevo en otra cárcel más afrentosa de los esclavos, y que allí la dejasen tres días sin comer, los cuales pasados la sacaron, y descoyuntaron con exquisitos tormentos.
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Extendiéronla en el ecúleo, y rasgaron sus carnes con uñas aceradas, y garfios de hierro, añadiendo al delicado cuerpo penas sobre penas, y tormentos sobre tormentos. Arrojáronla después en una grande hoguera de fuego; pero no la quemó: para que se viese, que todas las criaturas obedecen al Señor, si no es el hombre, que por haber recibido más de su bendita mano, debería servirle más: y para que se entendiese, que cuando el Señor permite, que los suyos padezcan, no es por no poderlos librar de las penas, sino por coronar la paciencia, que tienen en ellas. No bastaron estas pruebas, y victorias, para que el cruel emperador reconociese al verdadero Dios en esta santa doncella; antes atribuyendo tantas y tan grandes maravillas al arte mágica, y creyendo, que por virtud de los demonios las obraban los cristianos, la mandó llevar fuera de la ciudad, y que allí le cortasen la cabeza; y así se hizo y santa Prisca, dejando el mundo lleno de suavísimo olor, y fragancia de su martirio, y admirado de su virginal pureza, y varonil constancia, que tuvo en tan tierna edad, se fué á gozar del premio de sus merecimientos al cielo, donde sigue al Cordero, y le canta los himnos de alabanza, que solas las vírgenes pueden cantar.
Su cuerpo fué enterrado en la vía de Ostia por los cristianos, como tres leguas ó diez millas de Roma, á los 18 de enero, en el cual día celebra la Iglesia su fiesta; y murió, imperando el ya dicho Claudio II.
FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

sábado, 17 de enero de 2026

S A N T O R A L

San Antonio Abad

Fundador de la vida monástica


Su vida fue extraordinaria, habiendo luchado contra el demonio y practicado las más rudas penitencias; reunió a los primeros solitarios de Egipto, siendo solicitado por santos, reyes y emperadores.

Plinio María Solimeo

En Coma, pequeña villa perdida en la región de Heraclea (en el Alto Egipto), vino a la luz en el año 251 aquel que fue llamado a ser un lucero de la Iglesia por más de un siglo. Antonio era hijo de padres nobles y religiosos que fueron también sus maestros, para que el niño no se contaminara con el paganismo de las escuelas públicas. San Atanasio, primer biógrafo y admirador de Antonio, afirma que él no aprendió las “bellas letras”, es decir, las ciencias de los griegos, pero que amaba mucho la lectura. San Agustín llega a decir que Antonio simplemente no aprendió a leer, y que toda su sabiduría y ciencia fueron favores divinos.
Protegido de ese modo en el regazo de un hogar cristiano y noble, Antonio pasó su infancia y juventud con gran inocencia de vida. Religioso, respetuoso, afable, obediente, era el consuelo de sus padres.
A los 20 años, con el fallecimiento de ellos, recibió su herencia, que sin embargo no lo hizo feliz, porque, más inclinado para las cosas celestiales, sólo pensaba en cómo servir mejor a Dios.
Cierto día oyó en la iglesia las palabras de nuestro Divino Maestro al joven rico del Evangelio:“Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt. 19, 21). Esas palabras, que había oído ya tantas veces, adquirieron un nuevo significado para él, y le parecieron directamente dirigidas. Volviendo a casa, vendió lo que tenía, distribuyó el producto a los pobres, no reservando sino lo indispensable para que él y una hermana menor se mantuvieran.
¿Estaba todo hecho? No, eso aún no era lo más perfecto. Regresando a la iglesia, oyó otras palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “No os preocupéis del mañana” (Mt. 6, 34). Antonio se dio cuenta que no había dado todo, que era necesario ser más radical. Encomendó a su hermana a algunas vírgenes prudentes, se despojó de lo que le restaba y renunció al mundo.

Lucha ininterrumpida contra el demonio

Tentaciones de San Antonio Abad
En aquel tempo no existían aún en Egipto los numerosos monasterios que después cubrieron de santos aquellas soledades. Había en los campos, cerca de las ciudades, eremitas que vivían separados del pueblo, y por eso eran llamados de “monjes” —es decir, “solitarios”— y que eran consultados siempre que aparecía la ocasión. Antonio se estableció cerca de ellos y comenzó a visitarlos, recogiendo de sus enseñanzas todo lo que era útil para su alma. Así, de uno aprendía la humildad, de otro la paciencia, de otro más el espíritu de penitencia; y finalmente, de todos, el espíritu de oración.
Fue cuando el espíritu del mal, adivinando todo el bien que aquel joven tan radical podría hacer en el futuro, comenzó, por especial permisión divina, como a Job, la ininterrumpida serie de ataques que duraría toda su vida, y que lo volverían célebre en el combate al demonio.
El espíritu tentador comenzó a sugerir al joven anacoreta, aún principiante, remordimientos por haber dejado el mundo antes de que él pudiera gozar de sus delicias; no dando esto resultado, le incriminó por haber abandonado a su hermana; le infundió aún en su cuerpo movimientos impuros, y le presentó imágenes lascivas para que sucumbiese. A todo ello Antonio resistió, como si fuera un experimentado batallador, saliendo aún más fortalecido en la virtud. “Su fe viva lo hacía triunfar de todos esos ataques, por los remedios que son propios a domar los apetitos desarreglados: los ayunos, las vigilias y las otras industrias de la mortificación y de la penitencia”.1 Una estera le servía de lecho; pan duro y agua una vez al día le servían de alimento, pasando horas enteras en oración. Para combatir la ociosidad, comenzó a hacer trabajos manuales mientras meditaba, y así vencía al demonio; o mejor, como dice San Atanasio, Nuestro Señor en él vencía al demonio.
Antonio jamás pensaba en lo que había hecho, sino sólo en lo que le faltaba hacer, manteniéndose así siempre pronto para el combate y en las condiciones en que quería comparecer en la presencia de Dios.

“Confieso que tú me venciste”

Los demonios no le daban tregua. Se le aparecían como manadas de puercos salvajes, gruñendo espantosamente y amenazando dilacerarlo con sus presas; como bandos de chacales furiosos, o aún como millares de serpientes y dragones que rodeaban su cuerpo, lanzando fuego por la boca.
“Terribles y pérfidos son nuestros adversarios —dirá más tarde a sus discípulos. Sus multitudes llenan el espacio. Están siempre cerca de nosotros. [...] Dejando a los más sabios explicar su naturaleza, contentémonos con enterarnos de las astucias que usan en sus asaltos contra nosotros”.2
En un día en que fue asaltado más terriblemente por los demonios en forma de bestias salvajes, vio finalmente una luz celestial que hizo disipar todas las figuras infernales. “¿Dónde estabas, Señor —gimió dulcemente— que demoraste tanto para acudir a mí y curar mis heridas?” Le respondió el Salvador: “Contigo estaba, Antonio, y presenciaba tu generoso combate. No temas; esos monstruos no volverán a causarte el menor daño”.
Una vez el demonio, no pudiendo hacerlo caer en la tentación, utilizó otra táctica: se le apareció como un enano de fealdad inenarrable que, lanzándose a sus pies, le dijo con voz lastimosa:“Pobre de mí; yo ya engañé e hice caer a muchos servidores de Dios. Pero confieso que tú me venciste”. Antonio, sin importarse con esa canonización extemporánea, preguntó al ser inmundo quién era. “Yo soy el espíritu de incontinencia, que ya perdió a muchas almas”. El santo le respondió que muy apropiadamente él había tomado la figura de un enano, pues nada podía, con todas sus fuerzas, contra un hombre que ponía su confianza en Dios Nuestro Señor.

La virtud atrae más que cualquier pequeña gloria humana

Para aislarse del mundo, Antonio fue a vivir entonces en un sepulcro que sólo un amigo conocía; éste le llevaba cada día el pan necesario para su subsistencia. Poco después el demonio lo atacó con tanta violencia, que lo dejó semimuerto en el suelo. Llevado a la ciudad para ser curado, se puso de pie tan pronto pudo y volvió a su campo de batalla. Y desafió a su mortal enemigo: “Heme aquí de nuevo. Yo no huyo, no me escondo y te desafío; tu violencia no me separará jamás del amor de Jesucristo”.3
Hasta entonces el joven anacoreta había llevado la vida de los ascetas, en la vecindad de Coma. Tenía entonces treinta y cinco años de edad. Siguiendo una inspiración divina, resolvió huir de todo contacto humano. Así se volvería el padre y fundador de la vida monástica y cenobítica.
Atravesando el río Nilo, Antonio se dirigió hacia la falda de una montaña no lejos de la actual Atfih, donde encontró las ruinas de un castillo. Instalado en ellas, cerró totalmente la entrada, provisto de pan para seis meses. Allí vivió durante veinte años de oración, penitencia y combate encarnizado con el demonio, sin ver a ningún ser humano, ni siquiera al buen cristiano que cada seis meses le llevaba pan para los otros seis.
Todo lo que es bueno y extraordinario atrae a los buenos. En los últimos de esos años, al correr la noticia de que un monje estaba recluido en las ruinas del castillo, viviendo sólo para Dios, peregrinos comenzaron a afluir de todas partes para pedirle consejo o la cura de males físicos o morales. En aquellos tiempos de la primitiva Iglesia, en que la virtud atraía más que cualquier pequeña gloria humana, “la santidad de vida del bienaventurado Antonio provocaba tanta admiración que, del lugar en que estaba, su reputación se extendió por toda la tierra. [...] De modo que gran número de personas, tocadas por el espíritu de Dios, acudieron al desierto para seguirle los pasos y vivir bajo su orientación. Por eso se fundaron muchos monasterios; y los desiertos fueron de tal modo llenos, que parecían ciudades pobladas por habitantes celestiales”.4
Antonio demostraba una paciencia celestial, dulzura seráfica y calma infinita. Una sonrisa angelical florecía perennemente en sus labios, y sus ojos eran como dos manantiales de aguas inmaculadas. “Las oraciones y las lágrimas —decía— purifican hasta al más impuro”.

En la virtud, comenzar todos los días

Antonio decía a sus discípulos que “una de las cosas más importantes para la vida espiritual es creer que se comienza todos los días; que se puede encontrar el paraíso en todo lugar, cuando el corazón está apegado a Dios; que los espíritus de las tinieblas temen las oraciones, vigilias y penitencias de los servidores de Dios, sobre todo la pobreza voluntaria, la humildad, el desprecio del mundo, la caridad y la mortificación de las pasiones; que son las virtudes que aplastan y parten la cabeza de la serpiente”. Añadía que “las mejores armas para vencer al enemigo son la alegría y el gozo espiritual del alma que tiene siempre la presencia de Dios en su pensamiento, porque esa luz disipa las tinieblas y hace con que las tentaciones de Satanás se reduzcan a humo. Que, en fin, es necesario tener siempre los ejemplos de los santos para excitarnos a la virtud”.5
"San Pablo ermitaño y San Antonio abad",
óleo de Velázquez
En el año 311, cuando el emperador Maximino Daya, sobrino de Galerio, desencadenó en Egipto una furiosa persecución contra los cristianos, Antonio dejó su retiro y fue a confortar a los confesores de la fe, deseoso también de participar de su suerte. Iba a visitarlos en las prisiones, los acompañaba al tribunal y los confortaba hasta el lugar de suplicio. Pero no fue voluntad de Dios que él pereciera entonces, pues, a pesar de su edad, tenía aún otras batallas que vencer.
De regreso a su aislamiento, remontó el curso del Nilo, llegando al monte Colzim, distante una jornada del Mar Rojo, donde pasó el resto de su larga vida. También allí sus discípulos lo encontraron y se mudaron a las proximidades. Desde su celda, Antonio los dirigía.
Fue alrededor del año 342 que tuvo una visión singular: vio subir a los Cielos con gran gloria a un venerable anciano, rodeado de ángeles. Consultando a Dios en la oración, conoció que se trataba de otro anacoreta, San Pablo de Tebas, que acababa de fallecer. Conociendo, por inspiración celestial, el lugar donde se encontraba el cuerpo del santo, fue a prestarle honras fúnebres.

Alentando a los perseguidos por el arrianismo

San Atanasio, el gran batallador de la Iglesia contra la herejía arriana, pedía el auxilio de Antonio para confirmar, en su diócesis de Alejandría, a los fieles perseguidos por los herejes. A pesar de ser ya centenario, Antonio atendió a tan justo pedido. Su presencia en aquella ciudad tuvo un efecto maravilloso sobre el pueblo fiel. Hasta los sacerdotes paganos iban a las iglesias para intentar hablar con el hombre de Dios. Allí obró muchos prodigios, y San Atanasio reconoce que, durante el poco tiempo que Antonio estuvo allí, convirtió a la verdadera fe a más infieles de lo que habían sido convertidos durante todo un año. Los filósofos que venían a discutir con él, delante de sus respuestas tan pertinentes, quedaban sorprendidos con la vivacidad de su espíritu y la solidez de su juicio. Se veía que Dios hablaba por su boca.
Los monarcas, los príncipes y el propio emperador Constantino le escribían cartas llenas de respeto, implorando el socorro de sus oraciones y pidiendo el consuelo de una respuesta suya. Antonio les respondía exhortándolos a no dejarse ofuscar por su dignidad, pues eran hombres y tendrían que prestar cuentas de su poder al Rey de los Reyes. Que usasen de misericordia y clemencia con todos, socorriesen a los pobres y se acordasen de que sólo Jesucristo es el verdadero y eterno Rey. Constantino conservaba una de estas cartas como su más querido tesoro.
En fin, lleno de méritos, San Antonio falleció a los 105 años, recomendando a sus discípulos que escondiesen su cuerpo para que no fuese adorado por los paganos como a un dios. Dejó su túnica al campeón de la Iglesia, San Atanasio. La Santa Iglesia conmemora la festividad de San Antonio Abad el día 17 de enero.

Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. I, p. 423.
2. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. I, p. 104.

3. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, S.A., Zaragoza, 1946, t. I, p. 174.

4. Bollandistes, op. cit., p. 426.

5. Id. ib., pp. 426-427.
 Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-459-san-antonio-abad

viernes, 16 de enero de 2026

S A N T O R A L


SAN MARCELO, PAPA Y MÁRTIR


Después que los emperadores Diocleciano, y Maximiano persiguieron la Iglesia católica cruelísimamente, y derramaron tanta sangre de cristianos, determinaron dejar el imperio, como lo dejaron, el uno en Nicomedia, y el otro en Milán, é instituyeron por emperadores á Constancio Cloro, padre del gran Constantino, y á Galerio Armentario: en cuyo tiempo, por alboroto, y sedición de los soldados pretorianos, y de la guarda, que estaba cerca de Roma, se levantó, y llamó emperador Majencio, hijo de Maximiano, el cual había renunciado el imperio, y de una mujer baja de Siria, llamada Eutropia: el cual, entendiendo, que los cristianos, por ser ya muchos, le podían ayudar, para confirmar, y establecer su imperio, comenzó á mostrárseles benévolo, y favorable, hasta que habiendo tenido una gran victoria contra Severo á quien Galerio Armentario había nombrado por César, y sucesor suyo, pareciéndole, que ya no tenía á quien temer, se quitó la máscara, y descubrió su pecho, y de zorra astuta se mostró león fiero contra los cristianos. En tiempo, pues, de Majencio tirano fué martirizado san Marcelo papa, el cual después de san Marcelino, asimismo papa, y mártir, habiendo vacado la silla apostólica, no siete años, como dicen algunos, sino seis meses, y veinte y cinco días, fué elegido con gran consentimiento del clero, y contentamiento de todo el pueblo, por vicario universal de Cristo, y sucesor de san Pedro. Fue san Marcelo romano: su padre se llamó Benito: gobernó la Iglesia santísimamente, la cual por la persecución de Diocleciano, y Maximiano, estaba muy afligida, animando á todos los fieles con su doctrina y ejemplo, á la constancia en la fé: y porque la sangre de los cristianos, que habían derramado los tiranos, había sido como semilla de trigo, que producía, y multiplicaba nuevas mieses, y por uno, que moría, nacían muchos; instituyó Marcelo en la ciudad de Roma veinte y cinco títulos, ó parroquias, en las cuales se bautizasen, los que de nuevo venían á la fé, los pecadores hiciesen penitencia, y los mártires fuesen sepultados: lo cual como viniese á noticia del tirano Majencio, mandó prender al santo pontífice, y procuró primero con palabras blandas, y promesas, persuadirle, que no se nombrase pontífice de Cristo, que adorase á sus falsos dioses. Después viendo, que se reía de él, le mandó azotar cruelmente, y le condenó al catábulo, que era un establo grande, donde estaban las bestias de carga, para uso, y servicio de la república, y que en él tuviese cargo de ellas. Estuvo el santo pontífice en aquel abatido, y vil oficio nueve meses, orando, velando, y llorando, y exhortando de palabra, y por cartas á los fieles á la perseverancia; y al cabo de ellos vinieron de noche los clérigos de Roma, y libraron á su pastor, y escondiéronle en casa de una santa mujer llamada Lucía, la cual habiendo vivido quince años con su marido, había diez y nueve, que era viuda. Ella le recibió como un ángel de Dios en su casa, y le suplicó, que la consagrase en iglesia; y el santo pontífice lo hizo, y después se llamó san Marcelo. Allí se juntaban los cristianos, para alabar, y glorificar, de día, y de noche al Señor. Supo esto Majencio, y lleno de rabia, y furor, mandó, que aquella iglesia se profanase, y que sirviese de establo para bestias públicas, y que san Marcelo se ocupase en el servicio de ellas, y que viviesen en aquella sucia morada. En este establo sucio, asqueroso, y hediondo, estuvo algún tiempo el santo pontífice desnudo, y sin abrigo, vestido de cilicio, sirviendo á aquellos animales: y con este género de martirio dio su alma á Dios á los 16 de enero del año del Señor de 309, en el cual día celebra la Iglesia su fiesta. El cuerpo de san Marcelo recogieron Juan presbítero, y Lucía, y le enterraron en la vía Salaria, en el cementerio de Priscila. Fué pontífice sumo cinco años, y un mes, y veinte y cinco días; aunque en los años de su pontificado hay mucha diversidad en los autores.
Ordenó en Roma de una vez en el mes de diciembre veinte y cinco presbíteros, y dos diáconos, y consagró veinte y un obispos en diferentes lugares.
Dos epístolas se hallan de san Marcelo: la una escrita á los obispos de la provincia de Andoquía, en la cual les pide, y ruega, que no sientan, ni enseñen otra cosa, sino lo que aprendieron del apóstol san Pedro, y de los otros apóstoles, y santos padres: pues habiendo tenido á san Pedro por primer ministro, no es justo, dice que dejéis á vuestro padre, y sigáis á los extraños, especialmente siendo él la cabeza de toda la Iglesia; la otra es para Majencio tirano, en la cual le dice, que los verdaderos sacerdotes de Dios, mas quieren ser perseguidos por la justicia, y por la verdadera fé, y padecer por el nombre del Señor, que tener muchas riquezas, y ser honrados, y estimados, y perder el cielo: porque todo lo de acá es momentáneo; y lo de allá es eterno: lo de acá en una hora se acaba; y lo de allá dura para siempre. También le dice, que el oficio del buen príncipe, y religioso rey, es reparar las iglesias maltratadas, y caídas, y edificar nuevos templos, y honrar, y defender á los sacerdotes del Señor.
 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

jueves, 15 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN MAURO, ABAD

Con Pablo el ermitaño comparte los honores de este día Mauro, uno de los más grandes maestros de la vida cenobítica, el más célebre de los discípulos del Patriarca de los monjes de Occidente. Fiel como Pablo a las lecciones de Belén, viene a ocupar un puesto en este santo tiempo de cuarenta días dedicados al divino Infante. Ahí está atestiguando también, el poder de la humildad de Cristo. Porque ¿quién osará poner en duda la potencia victoriosa de la obediencia y de la pobreza del pesebre, al ver los efectos producidos por esas virtudes en los claustros de Francia?

Debe Francia a San Mauro la introducción de la Regla admirable que produjo los santos y personajes a quienes Francia es deudora de la mayor parte de su grandeza. Gracias a San Mauro, los hijos de San Benito pudieron combatir la barbarie de los francos, en tiempo de los primeros reyes; bajo la segunda dinastía enseñaron las letras sagradas y profanas a un pueblo, cuya civilización habían contribuido a formar; en tiempos de la tercera dinastía, y hasta el siglo XVIII en que la Orden monástica, avasallada por las Encomiendas y diezmada por los atropellos de una política sectaria, expiraba en medio de las más atroces angustias, hasta entonces, decimos, fueron la providencia de los pueblos por el uso caritativo de sus grandes posesiones, y la honra de la ciencia por sus inmensos trabajos sobre la antigüedad eclesiástica y sobre la historia nacional.

El monasterio de Glanfeuil comunicó su legislación a los centros principales de nuestra influencia monástica: San Germán de París, San Dionisio, Marmoutiers, San Víctor de Marsella, Luxeuil, Jumièges, Fleury, Corbeya, Saint Vannes, Moyen-Moutier, Saint Wandrille, Saint Vaast, la Chaise-Dieu, Tiron, Chezal Benoit, le Bec, y otras muchas abadías de Francia se gloriaron de ser hijas de Montecasino por medio del discípulo preferido del gran Patriarca. Cluny que entre otros dió a la Sede Apostólica a San Gregorio VII y a Urbano II, se reconoció deudora a San Mauro de la Regla que la hizo gloriosa y potente. Cuéntense los Apóstoles, Mártires, Pontífices, Doctores, Ascetas y Vírgenes que durante doce siglos cobijaron los claustros benedictinos de Francia; enumérense los servicios prestados por los monjes en nuestra tierra en el orden de la vida presente y en el orden de la vida futura, a través de todo ese período, y se tendrá una idea del éxito de la misión de San Mauro, éxito cuya gloria recae enteramente sobre el Salvador de los hombres y sobre los misterios de su humildad, que son la causa de la institución monástica.

Reconocer por tanto, la fecundidad de los santos, y celebrar los prodigios obrados por medio de ellos, es también glorificar al Emmanuel.

Vida


Nos dice la vida de San Benito por San Gregorio Magno, que San Mauro era hijo del senador romano Eutiquio. Sus virtudes monásticas eran tan relevantes, que San Benito le eligió, a pesar de sus pocos años, para gobernar a monjes y monasterios. Las lecciones del Breviario nos dicen que fué enviado a las Galias por el patriarca de los monjes, para plantar allí la vida monástica. Según eso, hubiera venido a Glanfeuil, hoy San Mauro sur Loire, en la diócesis de Angers, muriendo allí el 15 de enero del 584. Estas Lecciones están sacadas de la "Vita Mauri" atribuida durante mucho tiempo a Fausto, compañero suyo, pero que en realidad fué escrita en el siglo IX, por Odón de Glanfeuil. — El 12 de marzo de 845 se descubrieron unos sagrados restos, que un pergamino atestiguaba ser los de San Mauro, llegado a las Galias en tiempo del rey Teodoberto. — La "Vita Mauri" es objeto de vivas disputas desde el siglo XVII. Parece que hay que escoger entre dos tesis: o bien todos los detalles dados por Odón son exactos, y si no nos lo parecen, es por falta de conocimientos completos sobre la época; o bien debemos rechazarlo todo, y en este caso habría que considerar a Odón como un falsario. Las excavaciones practicadas en Glanfeuil en 1898, permitieron identificar los fundamentos de una villa galo-romana y tres oratorios señalados por Odón, un sarcófago merovingio y los cimientos de la celda de San Mauro. Parece seguro que Glanfeuil poseyó un monasterio desde el tiempo merovingio. Este hecho ha dado pie a otra hipótesis: según ella, el fundador del monasterio habría sido un diácono, llamado Mauro, contemporáneo de Teodeberto, fallecido un 15 de enero. Más tarde, los monjes de Glanfeull identificaron a su fundador con el discípulo de San Benito.

San Benito entrega la Santa Regla a San Mauro.
¡Oh digno discípulo del insigne Benito! ¡Cuán fecundo fué tu apostolado! El ejército de santos salidos de ti y de tu Padre es innumerable. La Regla que diste a conocer fué verdaderamente la salvación de los pueblos de Occidente; los sudores que derramaste sobre la herencia del Señor no fueron estériles. Pero cuando, desde la gloria contemplas a Francia cubierta en otro tiempo de innumerables monasterios, que de día y de noche cantaban las divinas alabanzas, y no ves ahora más que las ruinas de sus últimos refugios ¿no es verdad que te vuelves al Señor para pedirle que florezca de nuevo la soledad? ¿Qué ha sido de esos claustros donde se educaban los apóstoles de los pueblos, los Obispos de maravillosa doctrina, los intrépidos defensores de la libertad de la Iglesia, los Doctores de todas las ciencias, los héroes de la santidad que te consideran como a segundo padre? ¿Quién nos dará en adelante las santas normas de la pobreza, de la obediencia, del trabajo y de la penitencia que conquistaron la admiración y el amor de tantas generaciones, empujando hacia la vida monástica a todas las clases de la sociedad? En vez de ese divino entusiasmo no nos queda ya más que pusilanimidad, el amor de una vida terrena, ansia de placeres, horror a la cruz, y, a lo sumo, la práctica de una piedad muelle y estéril. Ruega, oh San Mauro, para que se acorten estos días; haz que se restauren las costumbres cristianas de nuestro tiempo con la práctica de la santidad, y que vuelva a renacer la energía en nuestros tibios corazones. De esta manera volverán a aparecer los grandes días de la Iglesia que sólo esperan hombres esforzados, días tan grandes y bellos como los soñamos con nuestra imaginación impotente. Dígnese el Señor, por tu intercesión, devolvernos el monacato en todo su vigor y pureza, y seremos salvos; y detendrá su curso y la decadencia moral que nos invade aún en medio de los avances de nuestra fe.

Oh Mauro, danos a conocer al divino Infante, su doctrina y sus ejemplos, para que podamos comprender que somos raza de santos, y como su Jefe debemos lanzarnos a la conquista del mundo por los medios por Él empleados.


fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer