domingo, 5 de abril de 2026

S A N T O R A L



SAN  VICENTE  FERRER,  CONFESOR

El apóstol del juicio final
También hoy es España la que ofrece a la Iglesia uno de sus hijos para ser propuesto a la admiración del pueblo cristiano. Vicente Ferrer, el Ángel del juicio, anuncia la próxima llegada del Juez soberano de vivos y muertos. Cuando, en sus días, atravesó Europa entera en sus correrías evangélicas, los pueblos conmovidos por su elocuencia, se golpeaban el pecho, imploraban la misericordia del Señor y se convertían. Hoy el pensamiento del juicio que Jesucristo vendrá a ejercer sobre las nubes del cielo, no conmueve hasta este grado a los cristianos. Se cree en el juicio final porque es un artículo de fe, pero la espera de este día no nos infunde mucho miedo. Durante largos años continuamos nuestra vida de pecado, y, quizás alguno se convierte un día por una gracia especial de la bondad divina, pero la mayor parte de los bautizados llevan una 
existencia muelle sin pensar apenas en el infierno y en la reprobación y menos aún en el juicio por el cual Dios debe poner fin a este mundo.

Verdadera y falsa seguridad

No era así en los primeros siglos cristianos, como tampoco lo es en las almas verdaderamente convertidas. En ellas el amor supera al temor, pero de tal manera, que la espera del juicio de Dios está viva en el fondo de su pensamiento, y esta disposición las hace firmes en el bien que han recobrado. De seguro que estos cristianos, que todavía tienen tanto que expiar, se preocupan muy poco de cuál será su estado el día en que brille en los cielos la señal del Hijo del Hombre cuando Jesús, no ya como Redentor, sino como Juez separe las ovejas de los cabritos. Para ellos la Cuaresma es cada año la ocasión en que dan muestras de su negligencia e indiferencia. Al ver su tranquilidad se diría que tienen el convencimiento de que aquel momento terrible no reserva para ellos ni una inquietud ni una decepción.

Prudente preparación

Seamos más prudentes, precavémonos contra las ilusiones del orgullo y del descuido; aseguremos con una penitencia sincera el derecho de mirar con confianza esta hora terrible, que hace temblar hasta los santos. ¡Qué alegría entonces oír esta palabra que sale de la boca de nuestro Juez: "Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os ha sido preparado desde el origen del mundo".
Vicente de Ferrer abandona el reposo de la celda para recorrer naciones enteras que dormían en el olvido del gran día de las justicias. Nosotros no hemos oído su voz, es cierto, pero acaso ¿no tenemos el Santo Evangelio? ¿No tenemos la Iglesia que, desde el comienzo de Cuaresma, nos ha hecho leer los oráculos que Vicente Ferrer pronunció ante los cristianos de su tiempo? Preparémonos, pues, a comparecer ante Aquel que vendrá a pedirnos cuenta de las gracias que nos ha prodigado. Si aprovechamos todos los recursos que la Santa Cuaresma nos ofrece podremos prepararnos un juicio favorable.

V i d a

Vicente nació en Valencia y a los 18 años entró en la Orden de los Hermanos Predicadores. Por su predicación y su celo convirtió a muchos herejes y musulmanes, consolidó la fe en muchas provincias y trabajó con éxito para poner fin al gran cisma de Occidente. Además de una austeridad extraordinaria dio ejemplo de todas las virtudes y obró numerosos milagros. Consumido por los trabajos y la vejez murió en Vannes en 1419, y fué canonizado por el Papa Calisto III.

El temor del juicio final 

Tabla del Santo por Francesco del Cossa (s.XV). National Gallery of London, Gran Bretaña. Tu voz Vicente fué verdaderamente elocuente cuando logró despertar a los hombres de su apatía y comenzaron a experimentar el saludable temor del juicio final. Nuestros padres oyeron esta voz; se convirtieron a Dios y Dios les perdonó. También nosotros estábamos dormidos cuando la Iglesia, al abrir la Cuaresma turbó nuestro sueño marcando con la ceniza nuestras frentes pecadoras y nos recordó la irrevocable sentencia de muerte que Dios pronunció sobre nosotros. A continuación de esta, el juicio particular decidirá nuestra suerte para toda la eternidad. Después, en el momento señalado en los decretos divinos, resucitaremos para asistir al más solemne de los juicios. Ante la totalidad del género humano, nuestras conciencias serán descubiertas y nuestras buenas y malas acciones manifestadas en público para tener lugar inmediatamente la nueva promulgación de la sentencia que hayamos merecido: Pecadores, ¿cómo soportaremos entonces la mirada del Redentor, Juez incorruptible? ¿Cómo podremos sufrir la vista de nuestros semejantes, cuyos ojos penetrarán en todas las indignidades de nuestra vida? Y sobre todo, ¿cuál de las dos sentencias que los hombres oirán pronunciar sobre ellos habremos merecido? Si el que entonces ha de ser nuestro juez la pronunciase ahora mismo, ¿nos colocaría entre los benditos de su Padre, a la derecha, o entre los malditos, a la izquierda?

P l e g a r i a

Nuestros padres, oh Vicente, se sobrecogían de temor cuando oían dirigírseles estas preguntas. Hicieron sincera penitencia de sus pecados y después de haber recibido el perdón del Señor desaparecieron sus inquietudes para dar lugar a la confianza. ¡Ángel del juicio de Dios!, ruega a fin de que este saludable temor se apodere también de nosotros. Dentro de pocos días nuestros ojos verán al Redentor subir al Calvario encorvado bajo el peso de la Cruz y le oiremos decir a las hijas de Jerusalén:
"No lloréis sobre mí sino sobre vuestros hijos, porque si a la leña verde se la da este trato ¿qué se hará con la seca?" Ayúdanos a aprovecharnos de esta advertencia. Nuestros pecados nos han reducido a la condición de este leño muerto que sólo es ya apto para el fuego de las venganzas divinas; por tu intercesión une de nuevo al tronco estas ramas desgarradas para que vuelvan a la vida y la savia circule una vez más por ellas. Amigo de las almas, ponemos en tus manos la obra de nuestra reconciliación con Dios. Ruega también por España que te dio la vida y la fe, la profesión religiosa y el sacerdocio; mas acuérdate también de Francia, tu segunda patria, evangelizada con tantas fatigas, pero también con tanto éxito, y de Bretaña, que guarda religiosamente tus restos sagrados. Fuiste nuestro apóstol en tiempos de desgracia, pero los días que atravesamos son más tempestuosos todavía; dignaos desde lo alto del cielo mostrarte siempre nuestro fiel protector.
fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer

Pascua de Resurrección

Pascua de Resurrección

Plinio Corrêa de Oliveira 



Cristo resucita de la tumba-Ambrogio Bergognone 1490-

El calendario litúrgico conmemora en esta fecha la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, después de estar encerrado por tres días en el sepulcro en que lo había sepultado la piedad de sus fieles. Así como consagramos en nuestro último número varias consideraciones sobre la Pasión y Muerte del Redentor, queremos hacer el día de hoy unas reflexiones acerca de algunas enseñanzas que la gloriosa Resurrección de Nuestro Señor nos da. Y tenemos razón. La Resurrección representa el triunfo eterno y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, el desbaratamiento completo de sus adversarios, y el argumento máximo de nuestra fe. Dijo San Pablo que, si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe. Es en el hecho sobrenatural de la Resurrección que se funda todo el edificio de nuestras creencias. Meditemos, pues, sobre tan alto asunto.

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Cristo, Señor Nuestro, no fue resucitado: resucitó. Lázaro fue resucitado. Él estaba muerto. Y otro que no era él, o sea Nuestro Señor, lo llamó de la muerte a la vida. Pero en cuanto al Divino Redentor, nadie lo resucitó. Él mismo se resucitó a Sí mismo. No necesitó que nadie lo llamase a la vida. La retomó cuando quiso.


Todo cuanto se refiere a Nuestro Señor tiene su aplicación análoga en la Santa Iglesia Católica. Vemos frecuentemente, en la Historia de la Iglesia, que cuando Ella parecía irremediablemente perdida, y todos los síntomas de una próxima catástrofe parecían minar su organismo, sobrevinieron siempre hechos que la sostuvieron con vida contra toda la expectativa de sus adversarios. Hecho curioso, a veces, no son los amigos de la Santa Iglesia que vienen en su socorro: son sus propios enemigos. En una época delicadísima para el Catolicismo, como fue la de Napoleón, ¿no ocurrió el episodio mil y mil veces curioso de haberse reunido un Cónclave para la elección de Pío VII, bajo la protección de las tropas rusas, todas ellas cismáticas y obedeciendo a un soberano cismático? En Rusia, la práctica de la Religión Católica era obstruida de mil maneras. Pero las tropas de ese país aseguraban en Italia la libre elección de un soberano Pontífice, precisamente en el momento en que la vacancia de la Sede de Pedro habría acarreado para la Santa Iglesia perjuicios de los que, humanamente hablando, tal vez no hubiera podido resurgir jamás.


Éstos son medios maravillosos de los que la Providencia echa mano para demostrar que tiene el supremo gobierno de todas las cosas. Sin embargo, no pensemos que la Iglesia debió su salvación a Constantino, a Carlomagno, a D. Juan de Austria, o a las tropas rusas. Aún incluso cuando Ella parece enteramente abandonada, y aún cuando el concurso de los medios de victoria más indispensables en el orden natural parece faltarle, estemos seguros de que la Santa Iglesia no morirá. Como Nuestro Señor, Ella volverá a erguirse con sus propias fuerzas que son divinas. Y cuanto más inexplicable fuera, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia —aparente, acentuamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real, al contrario de la de Nuestro Señor— tanto más gloriosa será la victoria.


En estos torvos y entristecedores días de 1943, confiemos pues. Pero confiemos, no en esta o en aquella potencia, no en este o en aquel hombre, no en esta o en aquella corriente ideológica, para operar la reintegración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino en la Providencia Divina que obligará nuevamente a los mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará estremecer la tierra entera. Si todo esto fuera necesario para el cumplimento de la divina promesa: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

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Esta certeza tranquila en el poder de la Iglesia, tranquila de una tranquilidad toda hecha de espíritu sobrenatural, y no de alguna indiferencia o indolencia, podemos aprenderla a los pies de Nuestra Señora. Sólo Ella conservó íntegra la fe, cuando todas las circunstancias parecían haber demostrado el fracaso total de su Divino Hijo. Bajado de la Cruz el Cuerpo de Cristo, vertida por la mano de sus verdugos, no sólo la última gota de Sangre, sino aún de agua, verificada la muerte, no sólo por el testimonio de los legionarios romanos, sino por el de los propios fieles que procedieron al entierro, puesta en el sepulcro la piedra inmensa que le debía servir de intransponible cerrojo, todo parecía perdido. Pero María Santísima creyó y confió. Su fe se conservó tan segura, tan serena, tan normal en estos días de suprema desolación, como en cualquier otra ocasión de su vida. Ella sabía que Él habría de resucitar. Ninguna duda, ni siquiera la más leve, manchó su espíritu. Es a los pies de ella, por lo tanto, que habremos de implorar y obtener esa constancia en la fe y en el espíritu de fe, que debe ser la suprema ambición de nuestra vida espiritual. Medianera de todas las gracias, ejemplar de todas las virtudes, Nuestra Señora no nos negará ningún don que en este sentido le pidamos.


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Resultado de imagen para La incredulidad de Santo Tomás-Domenico Cresti, S. XVI
La incredulidad de Santo Tomás
Domenico Cresti, 
S. XVI
Mucho se ha hablado... y sonreído a respecto de la renuencia de Santo Tomás en admitir la Resurrección. Habrá tal vez, en esto, cierta exageración. O, al menos, es cierto que tenemos delante de nuestros ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada que la del Apóstol. En efecto, Santo Tomás dijo que le era necesario tocar con sus manos a Nuestro Señor para creer en ello. Pero sólo con verlo creyó antes de tocarlo. San Agustín ve en la oposición inicial del Apóstol una disposición providencial. Dice el Santo Doctor de Hipona que el mundo entero quedó suspendido del dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad en los motivos de credibilidad sirve de garantía a todas las almas indecisas, en todos los siglos, de que realmente la Resurrección fue un hecho objetivo, y no el producto de imaginaciones en ebullición. De cualquier modo, el hecho es que Santo Tomás creyó apenas vio. ¿Y cuántos son, en nuestros días, los que ven y no creen?


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Tenemos un ejemplo de esta obstinada incredulidad en lo que se refiere a los milagros verificados en Lourdes, y también con Teresa Neumann en Ronersreuth y en Fátima. Se trata de milagros evidentes. En Lourdes, hay un bureau de constataciones médicas, en que sólo se registran las curas instantáneas de males que excluyan todo carácter nervioso e incapaces de ser curadas por un proceso sugestivo; las pruebas exigidas como autenticidad del mal son, en primer lugar un examen médico del paciente, hecho antes de su inmersión en la Gruta, en segundo lugar, aún antes de esa inmersión, la presentación de los documentos médicos referentes al caso, de las radiografías, análisis de laboratorio, etc.; a todo este proceso preliminar pueden aparecer cualquier médico de paso por Lourdes, quedando autorizados a exigir un examen personal del enfermo, y de las muestras radiográficas o de laboratorio que traiga consigo; finalmente, verificada la cura, debe ésta ser observada por el mismo proceso por el que se verificó la enfermedad, y sólo es considerada efectivamente milagrosa cuando, durante mucho tiempo, el mal no reaparece. Allí están los hechos. ¿Sugestión? Para eliminar toda duda a ese respecto, se señala el caso de curas verificadas en niños sin uso de razón debido a su ternísima edad, y que, por esto, no pueden ser sugestionados. A todo esto, ¿qué se responde? ¿Quién tiene la nobleza de hacer como Santo Tomás, y, delante de la verdad segura, arrodillarse y proclamarla sin ambages?


Parece que Nuestro Señor multiplica los milagros a medida que crece la impiedad. El caso de Teresa Neumann, Lourdes, Fátima, ¿qué más? ¿Cuánta gente sabe de estos casos? ¿Y quién tiene el coraje de proceder a un estudio serio, imparcial y seguro antes de negar estos milagros?

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Causa admiración el modo por el cual Nuestro Señor penetró en la sala enteramente cerrada, en que estaban los Apóstoles, y allí se presentó. Con ese milagro, Nuestro Señor demostró que, para Él, no hay barreras intransponibles.


Estamos en una época en que se habla mucho de “apostolado de infiltración”*. El deseo de llevar por todas partes el apostolado sugirió a muchos apóstoles laicos a creer que es indispensable ingresar en ambientes inconvenientes o hasta francamente nocivos, para allí llevar la irradiación de Nuestro Señor Jesucristo, y convertir las almas. Toda la tradición católica es en sentido opuesto: ningún apóstol, salvo situaciones excepcionalísimas, y por lo tanto rarísimas, tiene el derecho de entrar en ambientes en que su alma puede sufrir detrimento. Pero, se pregunta, ¿quién entonces ha de salvar aquellas almas que se encuentran en ambientes donde nunca entra una influencia católica, donde jamás una palabra, un ejemplo, una centella de sobrenatural penetra? ¿Son condenados en vida? ¿Ya tienen desde ahora el infierno por herencia?


Así como no hay paredes materiales que resistan a Nuestro Señor, que a todas transpone sin destruirlas, así también no hay barreras que detengan la acción de la gracia. Donde no puede, por un deber de la propia moral, penetrar el apóstol militante, allí penetra, sin embargo, por mil modos que sólo Dios sabe, su gracia. Es un sermón oído por la radio, es un buen libro que de modo enteramente fortuito se encuentra en un bus, es una simple imagen que se entrevé en una casa cuando se pasa por ella. De todo esto, y de mil otros instrumentos, puede servirse la gracia de Dios. Y, para que ella penetre en tales ambientes, mil veces más útil que la imprudente penetración del apóstol, son la oración, la mortificación, la vida interior. Ellas aplacan las iras de Dios. Ellas inclinan la balanza para el lado de la misericordia. Ellas, pues, penetran en ambientes que muchos reputan impenetrables a la acción de Dios. Por lo demás, la hagiografía católica nos da mil ejemplos de ello. ¿No hubo el caso de una conversión ilustre, operada en un joven impío que, cuando intervenía en el carnaval usando por escarnio el hábito de San Francisco, fue tocado de buenos sentimientos? Fue el propio disfraz que lo convirtió. Hasta del escarnio de la Religión puede servirse la sabiduría de Dios para operar conversiones. Pero estas conversiones, es necesario obtenerlas. Y nosotros las obtendremos sin ningún riesgo para nuestras almas, uniendo nuestra vida interior, nuestras oraciones, nuestros sacrificios a los méritos infinitos de Nuestro Señor Jesucristo.

A mi modo de ver, no hay mejor ni más eficaz apostolado de infiltración, que el que realizan las religiosas contemplativas, encerradas por su Regla Monástica entre las cuatro paredes de su convento. Benedictinas, Carmelitas, Dominicas, Visitandinas, Clarisas, Concepcionistas, Sacramentinas, he aquí las verdaderas heroínas del apostolado de infiltración.
[*] El autor trata extensamente de este tema en su obra “En defensa de la Acción Católica”, Editora Ave María, São Paulo, 1943.
"O Legionário" - Nº 559 25 de abril de 1943

sábado, 4 de abril de 2026

SANTORAL

SAN FRANCISCO MARTO

Pastorcito, vidente de Nuestra Señora de Fátima 

En la primavera de 1916 la vida de tres alegres y despreocupados pastorcitos, Lucía dos Santos y sus primos Francisco y Jacinta Marto, de apenas nueve, ocho y seis años de edad iría a sufrir un cambio brusco: “Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia”, les dijo el Ángel de la Paz.
“Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios... De todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. (…) Sobre todo, aceptad y soportad con resignación el sufrimiento que Nuestro Señor os envíe”.
Así, aproximadamente un año después de las apariciones del Ángel, los niños ya estaban preparados para recibir la visita de la Reina del Cielo.
Y la Virgen vino, no con agrados ni con dulzuras, sino con seriedad, repitiendo desde el primer encuentro la invitación a la oración y al sufrimiento hecho por el Ángel: “Vais pues a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo”.


FRANCISCO MARTO nació el 11 de junio de 1908, hijo de Manuel y Olimpia de Jesús Marto, hermano mayor de Jacinta y el primer primo de Lucía dos Santos. Tenía 9 años de edad cuando tuvieron lugar las apariciones. Durante las apariciones del Ángel y de la Santísima Virgen, lo presenció todo pero, a diferencia de sus otras dos videntes, no le fue permitido escuchar las palabras que fueron pronunciadas.
Cuando, en el transcurso de la primera aparición, Lucía preguntó si Francisco iría al Cielo, Nuestra Señora replicó: “Sí, va a ir al Cielo, pero tendrá que recitar muchas veces el Rosario.” Sabiendo que pronto sería llamado al paraíso, Francisco mostraba poco interés en asistir a clases. Con frecuencia, Francisco les decía a Lucía y a Jacinta al momento de aproximarse a la escuela: “Sigan ustedes. Yo voy a ir a la iglesia a hacerle compañía al Jesús escondido” (referíase al Santísimo Sacramento).Varios testigos contemporáneos afirman haber recibido regalos de gracia después de haberle pedido a Francisco que rezara por ellos.

"La Virgen María y Dios Mismo están infinitamente tristes. ¡De nosotros depende consolarlos!"

Al darle la gracia de
arrepentirse, la Santísima
Virgen le dió también
la gracia de enmendarse.
Vida breve, toda de
holocausto; una vida
santa y una muerte
en olor de santidad
Plinio Corrêa de Oliveira

En octubre de 1918 Francisco cayó gravemente enfermo. A aquéllos de sus familiares que le aseguraron que sobreviviría su enfermedad, él les respondió con firmeza: “Es inútil. ¡Nuestra Señora me quiere a Su lado en el Cielo!” En el transcurso de su enfermedad, Francisco continuó ofreciendo sacrificios constantes para consolar a Jesús ofendido por tantos pecados. “Me queda solamente poco tiempo antes de ir al Cielo”, le dijo un día a Lucía. “Allá arriba, voy a consolar enormemente a Nuestro Señor y a Nuestra Señora; Jacinta va a rezar mucho por los pecadores, por el Santo Padre y por ti. Tú permanecerás aquí porque así lo desea Nuestra Señora. Escucha, haz todo lo que Ella te pida."
Al empeorar su enfermedad y debilitarse su antes robusta salud, Francisco no tuvo ya energía suficiente para rezar el Rosario. “Mamá, ya no puedo decir el Rosario”, dijo un día en voz alta, “es como si mi cabeza estuviera entre las nubes ...” Incluso a pesar de que su fuerza física disminuía, su mente permaneció fija en lo Eterno. Llamando a su padre, le rogó que quería recibir a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (Francisco aún no había hecho su Primera Comunión en ese entonces). Preparándose él mismo para la confesión, instó a Lucía y a Jacinta a que le contaran los pecados que había cometido. Al escuchar ciertas travesuras menores que él había hecho, Francisco comenzó a llorar y dijo: "He confesado estos pecados, pero los confesaré de nuevo. Quizá sea por estos pecados que Jesús está tan triste. Pidan ustedes dos también que Jesús perdone todos mis pecados." A continuación siguió su primera (y última) Santa Comunión, la cual se llevó a cabo en la pequeña habitación en la que yacía moribundo. Ya sin fuerza para rezar, Francisco le pidió a Lucía y a Jacinta que recitaran el Rosario en voz alta para que así él lo pudiera seguir con su corazón. Dos días después, ya cerca del final, Francisco exclamó: “Mira mamá, mira, esa luz tan hermosa, allá cerca de la puerta”. Cerca de las 10 de la noche, el 4 de abril de 1919, después de haber pedido que le fueran perdonadas todas sus ofensas, Francisco murió en calma, sin ninguna señal de sufrimiento, sin agonía, con su cara brillando como una luz angelical. Al describir en sus Memorias la muerte de su joven primo, la Hermana Lucía escribió: “Voló al Cielo en los brazos de Nuestra Madre Celestial." 

Francisco: consolador de Dios


Aunque inocente y desapegado, Francisco debió tener algunas flaquezas o pequeñas faltas de generosidad de las que necesitaba corregirse. Si ellas no le impidieron ver al Ángel y a la Santísima Virgen, sin embargo, no escuchaba nada de lo que decían.

Con todo, cuando Nuestra Señora afirmó que necesitaba “rezar muchos rosarios” para llevárselo al Cielo, él exclamó: “¡Oh Señora mía, rezaré cuantos rosarios quisierais!”

Es curioso que después de la visión del infierno, según Lucía, fue Francisco el que quedó menos impresionado con aquel horror. Pues lo que más lo atrajo y absorbió de aquella visión fue Dios, la Santísima Trinidad “aquella luz inmensa que nos penetraba en lo más íntimo del alma”.

Lucía comenta que, “mientras Jacinta parecía preocupada con el único pensamiento de convertir pecadores y de librar almas del infierno, él [Francisco] parecía pensar únicamente en consolar a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, que le habían parecido tan tristes”. Cuando la prima le preguntó qué gustaba más, si consolar a Nuestro Señor o convertir pecadores, él no titubeó: “Me gusta más consolar a Nuestro Señor. ¿No reparaste cómo Nuestra Señora, el último mes, se puso tan triste cuando dijo que no ofendiesen más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido? Yo quisiera consolar a Nuestro Señor y después convertir a los pecadores, para que no lo ofendan más”.

Siguiendo ese llamado a la contemplación, se tornó común que se apartarse de las dos niñas para rezar solo. Cuando le preguntaban qué estaba haciendo, les mostraba el rosario. Si insistían para que fuese a jugar con ellas, alegaba: “¿No recordáis que Nuestra Señora dijo que debo rezar muchos rosarios?”
Era costumbre que Francisco se alejase
 de las niñas para rezar solo y consolar
 a Jesucristo, a quien veía triste debido
 a las ofensas de los hombres

Y si preguntaban por qué no rezaba con ellas, respondía: — “Más me gusta rezar solo, para pensar y consolar a Nuestro Señor, que está tan triste por causa de tantos pecados… ”.
Cuando las niñas lo descubrían absorto detrás de alguna tapia y le preguntaban qué estaba haciendo, respondía: — Estoy pensando en Dios, que está tan triste a causa de tantos pecados… ¡Si yo fuese capaz de darle alegría!…
¡Consolar a Dios, darle alegría! ¡Qué altísima meta! ¡Qué programa de vida!

Pequeños, pero con gran espíritu de sacrificio


Para mortificarse, los tres pastorcitos inventaban mil cosas: dar su refrigerio a los pobres y comer raíces o bellotas, escogiendo las más amargas; abstenerse de beber, a veces todo el día, cuando tenían mucha sed; frotarse el cuerpo con ortigas para mortificarlo; rezar horas seguidas, prosternados, las oraciones que el Ángel les enseñara... eran algunas de ellas.

El día 23 de diciembre de 1918 los dos hermanitos enfermaron, víctimas de una epidemia de bronco-neumonía que atormentaba a Europa. Incluso durante la enfermedad, continuaron rezando y sacrificándose por los pecadores.

Sobre Francisco, escribe Lucía: “Sufría con una paciencia heroica, sin dejar escapar nunca un gemido ni la más leve queja. Tomaba todo lo que le daba su madre, y no llegué a saber si alguna cosa le repugnaba.

“Le pregunté un día poco antes de morir: — ¿Francisco, sufres mucho?

— Sí, sufro. Pero todo lo sufro por amor a Nuestro Señor y a Nuestra Señora.

“Un día me dio la cuerda (que usaba en la cintura por penitencia) y me dijo:
— Tómala y llévatela, antes que mi madre la vea. Ahora ya no soy capaz de llevarla puesta.
“Esta cuerda tenía tres nudos y estaba manchada de sangre”
El día 4 -primer viernes- de abril de 1919, sin un gemido ni contracción del rostro, con una sonrisa angelical en los labios, Francisco fue al encuentro a la Santísima Virgen, que lo esperaba con los brazos abiertos.



La tristeza santa del Divino Crucificado


Estando la liturgia católica conmemorando la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, publicamos en este número algunas fotografías de un magnífico crucifijo barroco, que se veneró por muchos años en la Sede del Consejo Nacional de la TFP, en São Paulo (Brasil), comentadas por su recordado presidente. Tales ilustraciones se prestan admirablemente para la piadosa meditación de los inenarrables sufrimientos de nuestro Redentor.

Plinio Corrêa de Oliveira

Lo que más impresiona en esta obra de arte es el dolor y la tristeza del divino Crucificado. Contribuyeron para causar ese dolor los malos tratos infligidos por los verdugos que, sin torpe ayuda de carácter preternatural, no habrían sido capaces de llevar la crueldad a tal punto.
El Hombre-Dios sufrió en su naturaleza humana. Cualquier ser humano, sin un auxilio especial del Padre celestial y de los ángeles, no sería capaz de soportar tal sufrimiento. Y conviene acentuar que la tristeza del Redentor se debe más a los pecados de la humanidad, redimidos por su Pasión y Muerte, que a los tormentos físicos soportados por Él.
En épocas anteriores, como también en nuestro días, impresiona sobre todo a las almas fieles considerar a Jesucristo padeciendo en la Cruz. A pesar de haber ocurrido muchos otros hechos venerables y conmovedores durante la Pasión —por ejemplo, la Flagelación y la Coronación de espinas— lo que atrae sobremanera la piedad de los auténticos católicos es considerar al divino Salvador en el auge de su sufrimiento, clavado en la Cruz.
Esta disposición de alma se opone diametralmente a la alegría mundana dominada en nuestros días, de modo especial, por la atmósfera creada por los medios de comunicación social y por el cine: alegría artificial, agitada, que llega hasta el desvarío, sedienta de pecado o ya encharcada en él.
Hay quien diga que el católico debe ostentar siempre una fisonomía jovial y desbordante de contentamiento, invocando para fundamentar tal posición el pensamiento de San Francisco de Sales: “Un santo triste es un triste santo”.
Con todo, es necesario saber discernir entre la tristeza saludable y la malsana. Aquel mismo santo lo deja claro en su obra Pensamientos consoladores, al invocar la enseñanza de Santo Tomás de Aquino: “La tristeza puede ser buena o mala, conforme los efectos que produce en nosotros”.
Así, lo propio del alma virtuosa puede consistir en experimentar la tristeza buena y hasta dejarla trasparecer en la fisonomía, pues ella edifica al próximo. Esta tristeza Nuestro Señor la experimentó y la manifestó en el Huerto de las Olivos, cuando dijo: “Triste está mi alma hasta la muerte” (Mt. 26, 38). Y también de lo alto de la Cruz, mientras exteriorizaba tristeza y angustia, el Dios humanado tocó y convirtió almas como las del buen ladrón y la de Longinos.
Igualmente la tristeza que personas virtuosas dejan trasparecer en el semblante puede atraer y edificar. Es a esta tristeza que alude el Espíritu Santo: “Con la tristeza del semblante, se corrige el corazón del pecador” (Ecl. 7, 4).
Así como se pueden distinguir dos tipos de tristeza, análogamente se puede hablar de una alegría santa, que edifica, y de una alegría mundana, que escandaliza. Es a esta última alegría que se refiere el Espíritu Santo, cuando dice: “Porque las risas del insensato son como el ruido de las espinas, cuando arden debajo de la olla; y así también esto es vanidad” (Ecl. 7, 7).
Lamentablemente, en los días de insensatez y de locura en que vivimos, esta falsa alegría predomina en casi todos los espíritus y ambientes. Época sacudida por una inmensa crisis de carácter religioso y moral, que ha arrancado lágrimas a varias imágenes de la Santísima Virgen, en diversas regiones del mundo.
Se comprende, en vista de ello, que el verdadero católico, aunque pueda sentir y externar una alegría edificante, no dejará de experimentar especialmente en su alma un toque de tristeza digna, varonil, propia de quien acompaña la Pasión de Nuestro Señor hasta lo alto del Calvario. Y aún, más precisamente, adecuada a quien se asocia a la Sagrada Pasión en nuestros días, a la Pasión de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo. ¡Y para todo católico que sufre debido al “misterioso proceso de autodemolición” de la Iglesia, los dolores estampados en el semblante tan expresivo de este Crucificado ganan profunda significación!

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1º cliché.-Hay dos aspectos de la escultura en que el trabajo artístico, y notadamente la expresión fisonómica, revela su maestría. Primero, son los labios abiertos, entre los cuales se pueden entrever los dientes. El mentón, ligeramente caído, da la impresión de tal abandono de fuerzas, que éstas no son suficientes siquiera para mantener cerrados los labios. Después, los ojos que fijan con tristeza algo. Sin embargo, paradójicamente, ellos parecen no percibir. La mirada está distante, como que considerando otra cosa muy distinta, que le causa desolación.
Pero, a pesar de lo extremo de ese dolor —de carácter más aún moral que físico— se nota, en el semblante del Crucificado, una paz, una misericordia, una delicadeza de sentimiento, en que el furor no está presente. La tristeza, sí, está presente en todo. ¡Pero es tal la tristeza de este condenado a muerte, es tan sublime su actitud, que ella transciende, de lejos, la majestad de un rey!
El artista supo muy bien representar los cabellos de Nuestro Señor. No están peinados ordenadamente, porque tal no tendría propósito después de todo cuanto Él sufrió. Sin embargo, están desgreñados lindamente, de manera que forman rizos bellísimos. La barba es tan pequeña, que difícilmente podría estar revuelta. Ella cae de modo ordenado, enmarcando el rostro.
Completando el cuadro, sobre la divina cabeza un resplandor de plata, en el centro del cual cintila un topacio, con el lenguaje mudo de las piedras preciosas.
Sin el topacio, algo estaría faltando, que no se sabría enunciar explícitamente. El topacio, piedra dorada, tal vez afirme que, por detrás del dolor y más alto que él, algo brilla, a pesar de todo: ¡la gloria!

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2º cliché.-La expresión es, tal vez, aún más impresionante que la de la foto anterior. Fue ella sacada de un ángulo en que se tiene casi la impresión que se entrará, de un momento u otro, en el campo de visión de esa mirada. La nota de tristeza es aún más tocante. La corona de espinas puede ser vista mejor. Grandes espinas traspasan la frente de Nuestro Señor. En la frente, arriba del ojo izquierdo, se nota una llaga pungente. Se tiene la impresión de que una espina perforó aquel lugar, dejando una herida profunda representada por un rubí. También la sangre, que corre con cierta delicadeza, desliza por el cuerpo divino de manera que forman largos hilillos, en las puntas de los cuales una gota es figurada por un rubí.

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3º cliché.-Aunque en una descripción como ésta entre algo de subjetivo, me parece que la impresión de desolación y de desamparo es más acentuada aquí que en las fotos anteriores. Es un dolor que se presenta como irremediable, sin límites, debiendo inexorablemente acabar en la muerte. Ésta se anuncia, no con las consolaciones que prenuncian el Cielo, sino envuelta en una profunda desolación. Porque el Crucificado tiene en vista la maldad de los hombres que se están lanzando contra Él.
Hay, por cierto, una diferencia entre esta fisonomía y la del buen ladrón cuando oía del Salvador la frase reconfortante: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23, 43). Nuestro Señor, ante todo, aseguraba que también estaría allá, y que el buen ladrón se encontraría con Él. San Dimas fue, por lo tanto, el primer canonizado de la historia. El buen ladrón pidió perdón, y el Redentor lo perdonó. En aquel momento, Nuestro Señor quiso darle esa satisfacción para que él transpusiese con ánimo los terribles umbrales de la muerte. Tal alegría, sin embargo, no se nota en este rostro. Y ello es comprensible, pues Nuestro Señor quiso beber el cáliz del sufrimiento hasta el fin.
Cáliz de hiel, Él quiso sorberlo todo, y sufrir todo cuanto era posible sufrir. Pero, al compañero de tormentos, el divino Maestro le quiso conceder una consolación en la hora del paso final.
Poco después, Él mismo experimentó la sublime alegría cuando su alma sacrosanta, hipostáticamente unida a la Santísima Trinidad, se separó del cuerpo y se liberó de los sufrimientos corporales y espirituales. Consummatum est! — “Todo está consumado” (Jn. 19, 30). El holocausto, voluntariamente aceptado por nuestro amor y soportado íntegramente, había llegado a su fin.

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4º cliché.-En esta foto de perfil, la desolación parece aún más profunda. Se diría que no tardará en sobrevenir la muerte. Y la desolación moral, causada por los pecados de toda la humanidad, parece especialmente estampada en esta fisonomía. Los sufrimientos físicos fueron ampliamente sobrepujados por tal desolación, y la expresión fisonómica, reflejando cierta perplejidad, comunica una como que muda lamentación: “¿A este auge llegó la impiedad de los hombres?”.


Revista Catolicismo, nº 423, marzo de 1986

 Fuente: http://www.pliniocorreadeoliveira.info/1986_423_CAT_A_tristeza_santa_do_Divino_Crucificado.htm