domingo, 15 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN CLEMENTE MARÍA HOFBAUER, RELIGIOSO REDENTORISTA



Nació este heroico defensor de la Iglesia el 26 de diciembre de 1751, en Tasswitz (Moravia, en aquel entonces perteneciente al Imperio Austriaco). Recibió en el bautismo el nombre de Juan, que trocó más tarde por el de Clemente María. Contaba solo seis años cuando murió su padre, Pablo Hofbauer; su madre, María Steer, llamo al niño en aquella ocasión y, ensenándole un crucifijo de familia, le dijo: Mira, hijo mío, en adelante este será tu único padre; procura seguir sus pasos y llevar una vida conforme a su voluntad santísima. El niño se arrodilló, juntó las manos y levantó amorosamente sus ojos al crucifijo, como quien da conformidad absoluta a los deseos de su madre.
Desde aquel instante el niño Juan puso todas sus delicias en frecuentar las iglesias y practicar la caridad. Su placer más grato era distribuir a los niños pobres, vituallas y algunos dinerillos que se agenciaba.
Solo el fuego del amor divino que inflamaba ya su alma puede explicarnos la sabiduría celestial de alguna de sus ocurrencias. Yendo cierto día el niño Juan en compañía de su madre, acertaron a encontrar en la calle a unos parientes suyos. ¿Que hacéis aquí? —les preguntó el niño. Y le contestaron: Estamos matando el tiempo.
Juan, que a la sazón tenía solo ocho años, no alcanzó a entender lo que querían decir con aquello de matar el tiempo, y cuando oyó de labios de su madre el verdadero sentido del modismo:
¿Es posible? Exclamó, sorprendido por tan extraña respuesta, ¿es posible?... Pero si no tienen que hacer nada, ¿por qué a lo menos no emplean el tiempo en rezar? Respuesta, en verdad, digna de un santo y de un apóstol.

PANADERO Y LATINISTA — VOCACIÓN PROVIDENCIAL

Desde muy joven puso Dios en su corazón vivísimas ansias de llegar al sacerdocio, pero a sus encendidos deseos se oponía como obstáculo insuperable la pobreza de la familia; tuvo que resignarse a tomar un oficio manual: el de panadero.
Después de tres años entró a servir en la abadía premonstratense de Bruke. El hambre hacía estragos en Moravia y Bohemia; de todas partes acudían a la abadía turbas menesterosas y, a veces, hambrientas a pedir pan. Juan, en razón de su oficio de panadero, fue el encargado de amasar y cocer todo el pan necesario para alimentar a las muchedumbres; ya se comprenden los trabajos y desvelos que se impondría para cumplir. A su prodigiosa actividad, unía el sacrificio sin límites, imponiéndose las más duras privaciones para aumentar las limosnas.
Fray Jorge Lambreck, abad del monasterio, descubrió pronto la virtud y los secretos anhelos del panadero; ofrecióle manera de estudiar, a la vez que seguía en el oficio, y Juan pudo en cuatro años terminar los estudios de latinidad.
A la muerte del abad, Juan resolvió retirarse a la soledad y fue a vivir en una gruta, junto al santuario de Muhlfrauden, donde se veneraba una milagrosa imagen de Cristo atado a la columna; en este género de vida paso solo dos años, pues un decreto del emperador de Austria, José II, de tiránico recuerdo, abolió la vida eremítica en sus Estados. Juan se trasladó entonces a Viena, donde volvió a su antiguo oficio, en la panadería llamada la Pera de hierro, situada frente al convento de las Ursulinas.
Peregrino por dos veces a Roma en compañía de su virtuoso amigo. Pedro Kunzman. Al fin llegaron a Tívoli, donde solicitaron del obispo Bernabé Chiaramonti, elevado más tarde al solio pontificio con el nombre de Pio VII, licencia para llevar vida eremítica en su diócesis. El discreto obispo los sometió a un riguroso examen y, convencido por sus respuestas, de que era el espíritu de Dios el que los guiaba, se determinó a satisfacer los deseos de ambos jóvenes: les dio su bendición y el hábito de ermitaños. En esta ocasión recibió el siervo de Dios el nombre de Clemente María.
Sin embargo, a medida que adelantaba en años, sentía irresistible inclinación al sacerdocio; parecíale que Dios le quería, apóstol y no ermitaño; y, como esta idea le bullera de continuo en la mente, algunos meses después volvió a encaminarse hacia Viena, donde esperaba que la Providencia le deparase los medios necesarios para proseguir sus estudios teológicos y conseguir lo que tanto anhelaba.
Pero en la Universidad, nuestro Clemente no se sentía satisfecho; notó pronto que la doctrina de algunos profesores estaba plagada de los errores de Lutero y de Febronio, y con santa indignación interrumpió cierto día a uno de ellos, diciéndole:
—Señor, la doctrina que acaba usted de proponer, es contraria al dogma católico.—
Y diciendo esto abandono el aula en que con tanto descaro se maltrataba la doctrina de la Iglesia. Tan oportuna intervención tuvo un feliz resultado: el profesor que hablaba de aquella suerte, el célebre Jahn, reflexionó y mudó de vida, en forma que murió en 1816 siendo canónigo de Viena.
Así obra muchas veces Dios misericordioso: válese de una palabra para producir la chispa que ha de iluminar a una inteligencia y convertirla.
Volvió a Roma, en compañía de su condiscípulo Tadeo Hubel; llegaron a la Ciudad Eterna a la caída de la tarde y se retiraron a descansar en una modesta posada, cerca de Santa María la Mayor. Convinieron que a la mañana siguiente irían a la iglesia cuyas campanas oyeran tocar primero.
Al romper el alba el esquiloncillo de la iglesia de San Julián, les envió antes que ningún otro campanario el sonido de su voz; levantáronse, pues, y se dirigieron a la iglesia para implorar la protección del Señor. Era la hora en que los religiosos que la servían tenían la hora de meditación. El aspecto de profunda piedad con que oraban impresiono tan hondamente el ánimo de Clemente que, al salir del templo, preguntó a un niño que religiosos eran aquellos.
El niño dice a San Clemente María: Estos 
religiosos tan piadosos son los sacerdotes
 que en Roma llamamos Redentoristas.
 Sin tardar mucho, será usted como ellos
,
 
porque entrara en esa Congregación.


—Son redentoristas— le contesto el niño; y luego, en tono profético, añadió: —Y no está lejano el día en que usted entre en esa Orden.
Esta inesperada salida del niño hizo no poca mella en el ánimo de Clemente, quien, sin aguardar al día siguiente, se va a encontrar al Superior y le pide respetuosamente informes sobre la regla y fin de la Congregación.
Impulsado por divina inspiración, el Superior ofrece a nuestro Santo admitirle en la Congregación; así fue como Clemente María dió con su verdadera vocación; vió claramente ser esta la voluntad de Dios. Con suma complacencia acepto el ofrecimiento que se le hacía; tenía entonces 33 años.
El ilustre fundador de los redentoristas, San Alfonso de Ligorio, que vivía aún, al enterarse de la admisión de Clemente, sintió gran alegría y predijo que por su ministerio Dios manifestaría su gloria en los países del Norte.

NOVICIO — SACERDOTE — MISIONERO

Clemente María fue desde el primer momento dechado y modelo de novicios, pero su estómago de moravo tuvo mucho que sufrir de la frugalidad italiana.
Tomó el hábito religioso el 24 de octubre de 1784, y al año siguiente, en la Solemnidad de San José, pronuncio los votos religiosos en la Congregación del Santísimo Redentor.
Tanto progreso en santidad y ciencia que, un año después, fue juzgado digno de recibir las órdenes sagrada de manos del Obispo de Veroli. Ser sacerdote colmaba sus deseos; con ello veía ya realizados los ensueños de toda su vida y vislumbraba en lontananza los trabajos que podría emprender para mayor gloria de Dios. Poco tiempo después, en 1785, sus Superiores le enviaron con algunos compañeros a Varsovia donde, recomendado por el Nuncio, fue muy bien acogido por el rey Estanislao II. Desgraciadamente el estado social y religioso de Polonia era desastroso; los protestantes gozaban situación privilegiada por obra de Catalina II, emperatriz de Rusia. Con la fe católica habían desaparecido las buenas costumbres y la corrupción había llegado al colmo de la iniquidad.
Temo mucho —decía nuestro Santo— que Dios descargue algún golpe terrible sobre esta nación que así desprecia sus gracias y favores; roguemos para que mis temores no se cumplan.
Estas palabras proféticas tuvieron pronto fiel cumplimiento. En 1793 comenzaba el desmembramiento de Polonia y dos años más tarde Rusia, Austria y Prusia se repartían este desventurado país. La nación polaca desaparecía como tal durante siglo y medio.
Sin embargo, a pesar de todos los obstáculos y contrariedades, el misionero no perdía el ánimo en su labor, seguro como estaba de hacer la voluntad de Dios al cumplir su ministerio apostólico. Dios lo quiere, solía decir, y al, decirlo se entregaba a su misión lleno de confianza en Aquel que todo lo puede.
En una circunstancia, como llegase a faltar el pan a sus religiosos, el Padre Hofbauer bajó a la iglesia y oró largo rato; de repente, con santa osadía, se acercó al sagrario y, llamando a la puertecilla, dijo: Presto, Señor, venid a nuestra ayuda, que ya es tiempo.
Poco después un desconocido caballero se presentaba en la residencia y entregaba socorros para remediar aquella necesidad.
Varias otras veces le ayudo Dios de manera prodigiosa, todo lo cual sabía aprovechar admirablemente para extender y propagar sus obras apostólicas.

CELO Y CARIDAD DEL SANTO — FUNDA ESCUELAS

Su celo no reconocía límites y los pobres eran los que primero participaban de sus caridades. Después de la devastación de los arrabales de Varsovia por los rusos una multitud de niños, cuyos padres habían perecido, se encontraron sin pan y sin hogar. Clemente creó para las niñas huérfanas establecimientos de beneficencia que confió a vírgenes cristianas y el mismo se encargó de los niños, a los que cuidaba y prodigaba sus atenciones cual solícita madre.
Pedía limosna para ellos y nada le importaban las humillaciones más crueles con tal de poderles atender y alimentar. Habiéndose encontrado cierto día con un grupo de jugadores, les pidió limosna; uno de ellos se dió por ofendido y, fuera de sí, llegó a escupirle en la cara; el siervo de Dios se limpio con toda calma y, dirigiéndose con sosiego a su injuriador:
Esto —le dijo— va para mí, pero ahora te suplico me des una limosna para mis huerfanitos.
Tanta mansedumbre y humildad desarmaron al furioso jugador, el cual le dió una crecida limosna, se convirtió y publicó por todas partes la heroica paciencia del Santo.
Pero no les basta a los niños el pan material; bien lo sabía el santo sacerdote; por eso fundó para sus huérfanos escuelas que puso en manos de maestros hábiles y virtuosos, formados bajo su inspección y vigilancia. Esas obras exigían grandes gastos y el administrador del convento se quejaba a menudo, pero el Santo le respondía sonriendo:
Dad y se os dará: no os preocupéis del día de mañana.
Esta confianza en Dios no le salió nunca fallida.
La iglesia de San Bennón era una verdadera misión perpetua en la que el celo del padre Clemente lo animaba todo con su entusiasmo y fervor; en ella se distribuían al año más de 100.000 comuniones; cada grupo de fieles formaba una cofradía; una de ellas tenía por misión la difusión de buenos libros y combatía con todo entusiasmo la propaganda jansenista, la protestante y la de la naciente secta de los francmasones.
La vida íntima de nuestro Santo no era menos admirable que su vida de apóstol. A los pies del Santísimo Sacramento sacaba fortaleza y ecuanimidad admirables. Ofrecía el santo sacrificio de la Misa con amor de serafín; practicaba los votos de religión con la perfección y fervor de las almas escogidas. Sumamente austero consigo mismo, jamás se quejaba de nada ni de nadie. Mirad —decía un día a uno de sus Hermanos—: para soportar la fatiga el misionero debe ser mortificado. Yo no he probado el vino hasta los cuarenta años.
Tampoco descuidaba la mortificación interior: Las penitencias corporales —solía decir— no son ni absolutamente necesarias, ni muy difíciles; pero la renuncia de la propia voluntad y la represión de las malas inclinaciones son de necesidad absoluta para adquirir las virtudes; es este un combate mucho más difícil.
Un alma tan bien templada alcanzo rápidamente la más alta perfección. Cual otro San Francisco de Sales, había logrado domar, mediante una lucha incesante, la vivacidad natural de su carácter; las injurias más atroces no conseguían turbar su tranquilidad ni alterar en lo más mínimo su semblante. Persona de tal condición era idónea para llevar la cruz a ejemplo de su divino Maestro; por otra parte, el Señor cuidó que no le faltara nunca durante toda su vida, purificando así más y más a su fiel siervo.

LOS REDENTORISTAS SON EXPULSADOS DE POLONIA

Envidiosos los sectarios, herejes y revolucionarios de la gran influencia de los Redentoristas en Varsovia, emplearon todas sus arterias hasta lograr la total extinción de su obra, y un decreto por cual se los expulsaba no tan solo de Varsovia, sino de toda Polonia.
Federico Augusto, rey de Sajonia, firmó con lágrimas en los ojos este decreto por orden de Napoleón, cuyas tropas ocupaban el país.
Nuestro desterrado Padre Clemente María permaneció algunas semanas detenido con sus Hermanos en la fortaleza de Custrin, y hacia fines del año 1808 hubo de salir, para Viena.
En esta ciudad halló al principio oposiciones y penalidades, pues fué detenido como conspirador y enviado al calabozo; pero lejos de intimidarse el inocente perseguido, con estos rigores aumentaba su alegría, al entrever próximos consuelos. En efecto, su inocencia fue a todos manifiesta y por ello salió de la cárcel. El papa Pio VII le defendió tan bien contra la desconfianza de la corte de Viena, que el emperador de Austria, Francisco I, reconoció al fin a la Congregación del Santísimo Redentor. Entonces, el Padre Clemente María agrupó en torno suyo a todas las clases sociales de la ciudad.

APÓSTOL DE VIENA

Muy raros eran en aquella época en Viena los cristianos de entereza suficiente para declarar en público su afecto a las doctrinas de la Iglesia católica y su adhesión incondicional a la Santa Sede. Este valor, que a tantos faltaba, San Clemente María lo poseía en alto grado. Sin importarle lo que el público dijera, se estableció en el centro de la capital de Austria como sacerdote netamente católico, y como tal se dió a conocer en sus enseñanzas, en su proceder y en todas sus obras y empresas. Tan alto ejemplo de virilidad cristiana causo verdadera sensación en el ambiente social; y a poco el humilde Padre Clemente llego a ser cual faro luminoso que atraía a todos los verdaderos hijos de la Iglesia católica.
Y es que este santo varón vivía de la vida de fe. Una persona sin fe —solía decir— me da la impresión de un pez fuera del agua... Creo con más tesón y firmeza lo que la fe me enseña, que lo que veo a simple vista y, si con los ojos corporales me fuera dado presenciar los misterios de la fe, no los abriría para no perder el mérito de esta virtud.
Gracias a esa fe realizo numerosas obras de caridad. Apenas si puede compararse la ternura que tiene un padre con sus hijos con la que este apóstol tenía con los pobres: daba cuanto llegaba a sus manos. Cada día visitaba a los desheredados de la fortuna, escuchábalos, los animaba y se ponía a su disposición en el confesonario. Los pobres vergonzantes eran objeto de una caridad especial: sabía descubrirlos y socorrerlos con extremada delicadeza.
Difícil sería dar idea de la caridad y solicitud que prodigaba a los miembros dolientes de Jesucristo. Nunca retardaba el auxilio a los enfermos, ora fuese de día, ora de noche, con viento o con nieve, a corta o larga distancia. Si el enfermo era pobre, suministrábale socorros; si no había nadie para cuidarle, el hacía de enfermero; su abnegación, su amena charla, su amable familiaridad, le ofrecían esas brillantes victorias por las cuales arrancaba del infierno a tantas almas como la muerte pudiera precipitar en él.
Cierto día fueron a llamarle para confesar a un enfermo que hacía más de veinte años que no frecuentaba los Sacramentos, y a la hora de la muerte rechazaba los auxilios de la religión. Su anciana madre y su mujer recibieron al Padre Clemente María con lágrimas en los ojos y le introdujeron en la estancia del moribundo; apenas le vio el enfermo monto en cólera vomitando injurias y denuestos contra él.
Amigo —le dijo el Santo—, cuando uno se dispone, a emprender largo viaje, procura proveerse del necesario viatico, ¿cómo puede ser que tu, cuando vas a emprender el de la eternidad, que es tan largo, desprecies los Sacramentos de la Iglesia, medios indispensables para llegar felizmente al término, que es la gloria?
El enfermo rechazó sus consejos.
—Márchate, sal pronto de aquí— exclamó.
El Padre Clemente hizo ademán de retirarse, pero se detuvo en el umbral de la puerta. El enfermo se dió cuenta y, juntando las pocas fuerzas que le quedaban, le increpo frenético:
—Márchate y déjame en paz—.
Entonces el Padre se vuelve hacia el enfermo y, con voz resuelta y tono severo, le dice:
—No me iré, no; vas a morir pronto y quiero presenciar la muerte de un réprobo.
A estas palabras, que parecían inspiradas por el cielo, el moribundo prorrumpió en sollozos, se avino a reconciliarse con Dios y expiró como un predestinado en brazos del santo misionero.

MUERTE DEL SANTO — EL TRIUNFO

Tan numerosos y continuados trabajos habían debilitado poco a poco la robusta complexión del Santo; sin embargo, no cesaba en sus apostólicas empresas y en el ejercicio de su ministerio, aun en medio de crueles sufrimientos.
Por fin el 15 de marzo de 1820, a eso de mediodía, en el momento en que rezaban el Ángelus, entrego su hermosa alma a Dios.
Sin tardar empezaron los prodigios en su tumba; innumerables gracias espirituales y temporales fueron el fruto de su intercesión. Los hechos milagrosos se repetían con tanta frecuencia que los fieles solicitaron a Roma la introducción de su causa, lo cual tuvo lugar el 14 de febrero de 1867. Verificóse su Beatificación en el Pontificado de León XIII y, por fin, la Canonización solemne del Apóstol de Viena, por San Pio X, el 20 de mayo de 1909, al mismo tiempo que la de San José Oriol, apóstol de Barcelona.

Fuente: EL SANTO DE CADA DIA, POR EDELVIVES -tomo II-

sábado, 14 de marzo de 2026

S A N T O R A L


SANTA MATILDIS, EMPERATRIZ, REINA Y MATRONA

Por muchos títulos merece santa Matildis los de emperatriz, reina, y matrona: sea el primero el de su nobilísima sangre; pues desciende de la augusta casa de Sajonia, y sus príncipes, por la línea paterna, siendo hija de Teodorico, conde de Ringelheym; y de la real casa de Germania por materna línea, siendo hija de Reynilde, ó Reynhilde: los cuales la criaron en poder de santas religiosas, entregándosela luego que fué destetada, á su abuela, y madre de su padre, Matildis, también como ella, abadesa del monasterio hereverdiense, de donde, aprovechada en todas virtudes, salió, y casó con Enrique, emperador, primero de este nombre, llamado, el Cazador, por ser muy dado á la caza: ejercicio honesto, decente, y debido á un príncipe, en que le hallaron, cuando le llevaron la nueva de la elección, que en él se había hecho del sacro imperio, á que ascendió de duque de Sajonia; príncipe tan religioso, y católico, que sin duda fue inspirado de Dios el emperador Conrado, que le nombró, y eligió por sucesor suyo, cuando hizo tan buena elección: al fin, no se puede ponderar, ni decir más de su virtud, y méritos, que decir, tuvo por consorte, y dignísima esposa á la gloriosísima santa Matildis; y sea este título de esposa de un emperador el segundo, por donde Matildis se merece los referidos. Sea el tercero el ser madre de emperadores, y reyes; pues Otón, primero de este nombre, duodécimo del imperio de Roma, y trigésimo séptimo del reino, ó imperio de Alemania, fué el primero hijo, que tuvo de Enrique, su esposo: tuvo otros dos hijos, el uno, llamado Enrique como su padre, que fué duque de Baviera: y el otro Bruno, que fué arzobispo de Colonia, y santo: y tres hijas, las dos llamadas Gervirga, y Adalheyda, que reinaron por los ilustres casamientos, que tuvieron; y la otra, llamada Matildis, como su madre, y santa también. Pero ¿para qué es buscarle título alguno, á los que se le dan tan debidamente á Matildis? ¿No consiguió la corona de gloria? ¿No reina en el cielo con Cristo? ¿No es eterno ya su imperio? ¿Para qué pues le buscamos títulos, y elogios temporales, á quien los goza eternos? Pasemos ya brevemente á discurrir el tesoro de sus virtudes.
Enrique I pide a la joven Matilde en matrimonio, año 909,
Pero quisiera yo preguntar á otro más perspicaz ingenio que el mío, humilde, y rudo: ¿por dónde daría principio, para surcar tanto piélago, sin zozobrar, ni irse a pique? Tantas son de Matildis las virtudes, y tan en todo excelsas, que el muy docto, y grave autor de la historia sajónica Witichindo, en el fin del libro tercero se puso á referirlas, y en el principio dijo estas formales palabras: «Si de las virtudes de Matildis, y su gloriosa memoria queremos decir alguna cosa, un deliquio discurre por nuestras venas, con que desfallece el ánimo, y queda desmayado el libro; mas ¿qué mucho desmaye el ingenio, si es débil, flaco, y sin fuerzas; al paso que la virtud de Matildis es grande, esforzada, é inmensa? Porque ¿quién será bastantemente animoso para explicar, como debe, su anhelo, vigilancia, y cuidado en las cosas tocantes al culto divino? Todas las noches se oían en su celdilla (este título da al cuarto de una emperatriz: aun no celda, ya que era cielo, sino celdilla tal debía de ser, de estrecho, honesto, y pobre: bastaba este para único elogio, y timbre de sus virtudes, y para ejemplo no y solo á las demás emperatrices, reinas, y señoras del mundo, pero aún para la más encerrada carmelita, ó capuchina religiosa: todas las noches, pues, prosigue Witichindo, se oían en su celdilla todos los géneros, y modos de músicas, y tonos suaves, con que pasaba con toda propiedad plaza de cielo su celda: pues en ella solo habitaban ángeles. Tenía la tal celdilla (y cielo continuo suyo) contigua á la iglesia, tanto, que dándole á su cuerpo muy breve, ó ningún descanso, luego se levantaba y se entraba en la iglesia, donde la noche toda pasaba en oración, sin que por eso cesase la melodía de la música á tres coros, uno que cantaba en la celda, otro, que cantaba a la puerta, y otro, que acompañaba á Matildis, para que á imitación del divino trisagio, con que los serafines de día, y noche le cantan á Dios la gloria de eternas alabanzas, así Matildis acompañada de estos tres coros, continuamente, ¿ellos con las voces, ó instrumentos, y ella con el corazón, diesen eternas alabanzas, y glorias á Dios, ensalzando su divina clemencia, bendiciéndola, y alabándola».
«Asi pasaba toda la noche en vigilias, y oraciones, y lo restante del día en oír todas las misas, que se celebraban, con mucha devoción, y contemplación divina de sus soberanos misterios. Acabadas las misas, se iba á visitar los enfermos de los más vecinos hospitales, consolando á todos con su angelical vista, y socorriendo sus miserias, y aliviándolas con su larga, y liberal mano: lo mismo hacía con los enfermos pobres de casas particulares, que por cercanas podía visitar; y las que por muy lejos no le daba el tiempo lugar de visitarlas, las socorría con liberales limosnas, haciendo lo mismo con los hospitales, que visitar no podía, tanto de dentro, cómodo fuera de la ciudad; de suerte, que pobre ninguno, enfermo, ó sano, por muchas leguas que estuviese distante de Matildis, dejaba de ser socorrido en todas sus necesidades de sus liberales, y santas manos, como también consolado en sus aflicciones de sus discretas, y santísimas palabras. Y con la habitación suya tan estrecha, como hemos dicho, tenía otra muy dilatada, y espaciosa, para hospedar peregrinos, y pobres, á donde continuamente concurrían muchos, y á todos se les ministraba abundantemente, cuanto menester habían, no solo para la mansión, que allí hacían, más aún para la prosecución, y fin de sus viajes, y caminos. Alumbraba Dios su entendimiento con espíritu profético, y viendo con él las necesidades de los peregrinos, y caminantes, que por no serles camino, no llegaban á su celdilla, les enviaba con presteza, y liberalidad extraña el socorro, de que necesitaban, quedando todos admirados de verse socorridos, y aliviados, por quien, menos que por revelación divina, no solo no podía tener noticia de su necesidad para socorrerla, mas ni aún de su camino, y persona: por lo que daban á Dios infinitas gracias, y alababan la liberalidad, virtud, y santidad de su fiel sierva Matildis».
«¿Bien juzgará, quien viere así á Matildis ejercitarse en obras tan pías, humildes y devotas, que fallaba por eso un punto á su regia autoridad? ¿A su imperial decoro? ¿A hacerse de todos respetar debidamente? Bien puede pensarlo cualquiera; pero padecerá engaño manifiesto: porque de tal suerte su gran prudencia unía la humildad con el regio decoro, que quien más la admiraba humilde, devota, y encerrada en tan desechada y pobre celdilla, siempre en oración, asistida siempre de pobres, peregrinos y enfermos, más la veneraba princesa grande, reina excelsa y emperatriz soberana": siendo lo que más admiración causaba á todos ver, que cuando como reina estaba de la majestad en el solio, á vista de todo el pueblo, entonces era el alivio de los fatigados, el consuelo de los afligidos, la alegría de los tristes y de los necesitados el socorro. A sus domésticos criados y criadas hizo enseñar variedad de artes, en que ejercitarse, y letras, en que aprovechasen así, y á otros, enseñándolos, guiando á cada uno por su particular ingenio, para que de esa suerte, siguiendo su voluntad, saliese eminente en la arte, facultad, ó ciencia que aprendía: lo que consiguió con facilidad grande: porque sus criados todos eran excelentes y diestros en cualquiera arte y ciencia, y sus criadas en cualquiera ejercicio doméstico y labor femenil».
«Al fin, llena de días, de honores llena, colmada de buenas obras, mortificaciones, ayunos, penitencias, oraciones, profecías, limosnas y virtudes infinitas, habiendo repartido sus reales riquezas á los siervos de Dios retirados del mundo, á sus queridas las religiosas, y á sus amados los pobres de Jesucristo, á 14 de marzo del año de 973, entregó el alma purísima en manos de su Criador. Y si mereció por sus virtudes tantas la corona de la gloria en el cielo, también ha querido la Iglesia, que conste al mundo todo; pues para eso la ha colocado y puesto en el número de los santos en el dicho día (de su glorioso nacimiento al imperio) 14 de marzo, con esto señalado, si debido, elogio: Halberstarth (así se llama la ciudad) en la Germania, el descanso y tránsito glorioso de santa Matildis, reina, madre de Otón I, emperador, célebre, é insigne en humildad y paciencia.»

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc


Santa Matilde y la devoción de las tres Avemarías

Como Santa Matilde suplicase a la Santísima Virgen que la asistiera en la hora de la muerte, oyó que la benignísima Señora le decía: "Sí que lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías:

  • La primera, pidiendo que así como Dios Padre me encumbró a un trono de gloria sin igual, haciéndome la más poderosa en el cielo y en la tierra, así también yo te asista en la tierra para fortificarte y apartar de ti toda potestad enemiga.
  • Por la segunda Avemaría me pedirás que así como el Hijo de Dios me llenó de sabiduría, en tal extremo que tengo más conocimiento de la Santísima Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el trance de la muerte para llenar tu alma de las luces de la fe y de la verdadera sabiduría, para que no la oscurezcan las tinieblas del error e ignorancia.
  • Por la tercera, pedirás que así como el Espíritu Santo me ha llenado de las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan amable que después de Dios soy la más dulce y misericordiosa, así yo te asista en la muerte llenando tu alma de tal suavidad de amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para ti en delicias".

viernes, 13 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN LEANDRO, ARZOBISPO DE SEVILLA, Y CONFESOR

San Leandro, arzobispo de Sevilla, fué hijo de Severino, hombre principal, y de gran linaje en Cartagena. Tuvo por hermanos á Fulgencio, obispo de Ecija, á Isidoro, que le sucedió en la iglesia de Sevilla, y á Florentina, abadesa, madre y maestra de muchas monjas vírgenes dedicadas al Señor. Todos los hermanos fueron santos, y por tales los celebra la Iglesia católica; y san Leandro, que era el mayor de todos, santísimo. Desde niño se dio á la virtud, y letras, y fue varón en su tiempo tenido por de grande elocuencia, y de tan buenas razones, y tan eficaces, que fácilmente persuadía, lo que quería. Dió libelo de repudio al mundo, y á sus gustos, y vanidades, tomando el hábito de san Benito en un monasterio de Sevilla, donde resplandeció tanto con su santa vida, y doctrina, que siendo muerto el arzobispo de aquella ciudad, por común consentimiento de los eclesiásticos y seglares, fué puesto en aquella dignidad: en la cual hizo oficio de santísimo, y vigilantísimo pastor, con grande entereza, y maravillosa prudencia, y solícito cuidado. Reinaba en aquella sazón en España Leovigildo, rey godo, y hereje arriano, y enemigo de los católicos, los cuales á esta sazón eran maltratados y afligidos, y los arríanos favorecidos; y muchos por sus propios intereses, y otros por su ceguedad, y engaño, andaban descarriados, é inficionados de la herejía: y el santo prelado Leandro, aunque acudía á todas las partes necesarias; pero particularmente se desvelaba, y ponía más cuidado en confirmar á los católicos en la fé verdadera, y resistir á los herejes, y alumbrarlos, y reducirlos á nuestra santa religión; y así con su grande espíritu, letras, y buena industria, favorecido del Señor, sacó de las tinieblas, y errores á muchos arríanos, y de esclavos de Satanás, los hizo hijos de la Iglesia católica. 
Hubo entre el rey Leovigíldo, y el príncipe de España Hermenegildo, su hijo, muchos, y muy grandes disgustos y contiendas, por causa de la religión; porque el príncipe, por inspiración de Dios, y por consejo, y persuasión de san Leandro, había dejado la secta arriana, y declarándose por fiel católico, con determinación de morir por ello, si fuese menester: lo cual llevaba mal el rey su padre. Vino el negocio á tanto rompimiento, que el reino se dividió en dos bandos, de católicos, y herejes: los católicos seguían al príncipe, como á su caudillo, y cabeza; y los herejes á Leovigildo, como á su rey y señor. Los católicos, aunque eran muchos y tenían mejor causa, eran menos poderosos, y no podían contrastar con la potencia del tirano rey. Para buscar fuera del reino las fuerzas que no tenían en él, enviaron á san Leandro á Constantinopla á suplicar al emperador Tiberio, que era católico, que favoreciese la causa de los católicos, y les enviase á España algún buen número de soldados para resistir á los herejes arríanos, y defender la causa del Señor. Hizo esta jornada san Leandro tan larga, y tan trabajosa, por no faltar un punto á negocio tan importante, y tan deseado, y pedido del príncipe Hermenegildo, y de todos los fieles de España. Llegó á Constantinopla, tuvo allí amistad con san Gregorio, que después fué papa, y á la sazón era diácono cardenal, y legado de Pelagio II, su predecesor, de quien había sido enviado al emperador Tiberio por algunos negocios universales de la santa Iglesia. Y como san Gregorio, y san Leandro en la vida, y en la doctrina, y en sus intentos eran tan parecidos, y tan santos, trabaron una estrecha y hermanable amistad entre sí, que les duró toda la vida, como adelante se dirá. No pudo el emperador Tiberio enviar á España en favor de los católicos todas las fuerzas, que eran menester, aunque se entiende, que envió algunas; y así para esto fué de poco efecto la ida de san Leandro á Constantinopla, en donde se halló en un concilio de obispos, que se celebraba en aquella ciudad.
Volvió á España el santo prelado; y la guerra entre el rey Leovigildo y el príncipe Hermenegildo su hijo se encendió más, y llegó á tal extremo, que desamparado el príncipe de los suyos, y vencido de los soldados romanos, vino a manos de su padre, que le encarceló, y cargó de duras prisiones, y finalmente le hizo matar, por no haber querido el día de pascua comulgar de mano de un obispo arriano, que su padre le había enviado á la cárcel. De esta manera el glorioso príncipe fue coronado de martirio por nuestra santa fé católica, como lo decimos en su vida á los 13 de abril. Quedó el cruel padre muy contento con la muerte de su hijo. por parecerle, que se había vengado de él, y asegurado su reino, y su falsa religión, quitando á los católicos tan principal capitán, y cabeza, y habiéndolos amedrentado con tan riguroso castigo de su propio hijo. Pero como el mal siempre crece, y un pecado trae a otro, no se contentó el rey, con lo que había hecho; antes comenzó á perseguir con mayor furia, y braveza a la Iglesia católica, y maltratar, y desterrar de España á los obispos, y prelados santos, que la defendían, y entre ellos principalmente á san Leandro, y san Fulgencio, su hermano, como personas tan eminentes, y que habían favorecido al príncipe su hijo.
Apoderóse el avariento rey de las rentas de las iglesias, sin alguna resistencia: derogó los privilegios de los eclesiásticos: dio la muerte á muchos hombres principales, de cuyos bienes enriqueció el patrimonio real. Siendo, pues, desterrado de España el santo pontífice Leandro, no por eso dejó las armas, ni de pelear contra los arríanos, como soldado valeroso del Señor. Escribió dos libros contra sus errores, é hízolos publicar por España; y otro, en que responde á sus objeciones. Escribió también un tratado á santa Florentina su hermana, en el cual alaba en gran manera la virginidad, y él enseña la forma, que había de tener, en gobernar á sus monjas. No se olvidó nuestro Señor en este tiempo de su Iglesia; antes por los merecimientos, y por la sangre de su glorioso mártir san Hermenegildo, que había antes querido perder el reino, y la vida, que no su fé, cuando la tempestad estaba en su punto, y más brava y furiosa, y parecía, que había de durar, mandó cesar los vientos, y sosegarse el mar, y serenarse el cielo, y convertirse en bonanza, y tranquilidad aquella horrible, y espantosa tormenta. Comenzó el rey Leovigiído á reconocer su pecado, y la crueldad, con que le había quitado la vida á su hijo primogénito, y heredero de su reino: para lo cual (entre otras cosas) le ayudaron algunos milagros, que nuestro Señor obró en aquel mismo tiempo, así cerca del cuerpo del santo mártir, como en otras cosas, en testimonio de la verdad de la fé católica. Ayudóle también una enfermedad, que le dio, de la cual falleció en Toledo, el año 586. Y hay autores, que afirman, que al fin de la vida, estando en la cama enfermo, sin esperanza de salud, abjuró la impiedad arriana, y volvió su ánimo á la verdad católica; y que en particular con Recaredo su hijo, y sucesor, trató cosas en su favor, encargándole, que tuviese en lugar de padres á Leandro, y Fulgencio: á los cuales mandó en su testamento alzar el destierro. Y aun san Gregorio Magno refiere, que antes que muriese, encargó mucho a san Leandro (que debió de venir á esta sazón), que tuviese gran cuidado de Recaredo su hijo, para que fuese semejante á Hermenegildo su hermano. Pero añade san Gregorio, que el rey, por acomodarse al tiempo, y por miedo de sus vasallos, no abrazó la verdad católica con las obras, como lo conocía con el corazón; y así murió sin esperanza de salud. 


Con esta amonestación, que el rey su padre hizo al rey Recaredo, él, alentado con el espirita del cielo, que el Señor le enviaba por intercesión de su hermano Hermenegildo, se entregó á san Leandro; de manera, que en las cosas públicas, y particulares, se gobernaba por su parecer, y especialmente en las que tocaban á la salud de su alma, y á la verdad de nuestra santa fé: la cual, imitando más á la piedad de su hermano, que á la perfidia de su padre, abrazó con tanta sinceridad, y afecto, que no solamente él se hizo católico, sino que procuró, que lo fuese todo su reino, y que la nación de los godos, que hasta allí había estado inficionada con su pestilencia de la herejía arriana, toda se convirtiese, viese, y siguiese la luz de la religión católica. Por esto, por consejo de san Leandro, hizo juntar un concilio nacional, que fué el tercero Toledano, en el cual se halló san Leandro, y aun presidió en él; como dice san Isidoro su hermano, como legado de la sede apostólica. El concilio se celebró con gran paz, y conformidad, y el rey se mostró piadosísimo, y celosísimo de la fé católica: la cual abrazaron universalmente todos los obispos, grandes del reino, y señores godos; y san Leandro hizo una grave, docta, y elegante oración, alabando á nuestro Señor, por las mercedes, que había hecho aquel día á toda aquella nación, al reino de España, y á toda su Iglesia católica, en haber traído á su gremio, y puerto de salud, á tantos hijos perdidos, y sumidos en el abismo de sus errores; y declarando las causas, que había de alegría, y júbilo de su corazón, y juntamente, que siempre la santa Iglesia creció con trabajos, y persecuciones; y que después de la tempestad se sigue la bonanza, y tras la noche viene el día: y fué tanto, lo que san Leandro trabajó en este negocio tan importante, y de tanta gloria de, Dios, que mereció por esta conversión ser llamado apóstol de los godos, y san Gregorio papa le escribe una carta, dándole el parabién de tan dichoso, y feliz suceso, en la cual declara el gozo incomparable, que había recibido, porque el rey Recaredo se hubiese tan de veras convertido á nuestra santa religión; y le encarga, que le amoneste, y exhorte á mostrar con la santa vida la santa fé, que había recibido, y profesaba, porque, como dijimos arriba, entre estos dos santísimos varones, Gregorio y Leandro, puso nuestro Señor un amor muy entrañable, y una amistad digna de tan altos, é insignes varones; la cual comenzó en Constantinopla, en donde la primera vez se conocieron; y se trabó entre ellos de manera, que á petición de san Leandro, san Gregorio escribió los libros admirables de los Morales sobre Job, y los dedicó, y envió al mismo sagrada Escritura san Leandro. Y también le envió un libro que llamó Pastoral, y en el principio de su pontificado había escrito a Juan, obispo de Ravena: y se escribían entre sí muchas veces amigablemente, y de las mismas epístolas, que le escribe san Gregorio, se saca bien la estima, que tenia de la santidad, y persona de san Leandro; porque en una de ellas le dice estas palabras: «Recibí la epístola de vuestra santidad, escrita con la pluma de la caridad. Del corazón tomó la lengua, lo que escribió con la pluma. Estaban presentes, cuando se leyó vuestra carta, algunos varones buenos, y sabios, y comenzaron luego á enternecerse, y compungirse en solo oírla leer, y cada uno con amor, y afección os ponía en su corazón; porque le parecía no oír, sino ver, la dulzura del vuestro. Todos se encendían, y cada uno se maravillaba; y en el fuego de los oyentes se mostraba bien las llamas, que ardían en el pecho, del que hablaba; porque ninguno puede inflamar á otro, si él no arde primero en sí. Y de aquí sacamos, cuan grande haya sido vuestra caridad; pues pudo emprender tan gran fuego en los otros. No conocían vuestra vida, de la cual yo siempre me acuerdo con gran veneración; más la alteza de vuestro corazón muy bien se echaba de ver en la humildad de vuestras palabras». Todas estas son palabras de san Gregorio: quien después se encomienda á las oraciones de san Leandro, y le dice: «Yo me hallo medio ahogado entre las ondas, y busco vuestra intercesión, como tabla, para escaparme; para que, ya que no merecí, como rico, llegar con la nave entera á salvamento, á lo menos después de haber recibido el daño, vuelva á la ribera asido á tabla». Padecía san Leandro dolores de gota, y para consolarle, le dice san Gregorio: «Escríbame vuestra santidad, si la gota lo aflige; y yo tengo tan continuos dolores de ella, que estoy muy debilitado, y casi consumido; pero fácilmente nos consolaremos, si entre los azotes de Dios nos acordáremos de nuestros pecados; y entendiéremos, que no son azotes, sino dones del Señor, para que paguemos los deleites de la carne con los dolores de la carne». Todo esto es de san Gregorio, escribiendo á san Leandro: al cual envió el palio; y aun comúnmente se dice (y debe ser así), que le envió una imagen de nuestra Señora, y que es, la que en Guadalupe es tenida en tanta reverencia, y frecuentada del concurso de tantas gentes, que vienen en romería á aquella santa casa, para hacer gracias al Señor por las continuas mercedes, que por intercesión de su benditísima Madre reciben. Habiendo, pues, san Leandro dado tan bienaventurado fin á un negocio de tanta entidad, como fué la conversión á nuestra santa fe de los godos, y orden, y concierto para la reformación de las Iglesias; se fué á la suya de Sevilla, para atender al gobierno de ella, y aparejarse á morir, y dar cuenta del rebaño, que el Señor le había encomendado. Estando en ella, y haciendo oficio de santo prelado, afligiendo su cuerpo con ayunos, y penitencias, regalando su espíritu con la oración, y estudio de la remediando los pobres, encaminando á los ricos, y exhortando á todos á la virtud, siendo ya de ochenta años, o más, y queriéndole nuestro Señor dar el premio de sus grandes, y fructuosos trabajos, le vino una enfermedad, de la cual murió á los 13 de marzo, por los años del Señor de 603. Fué sepultado su cuerpo en la iglesia de las santas vírgenes Justa, y Rufina. El Martirologio romano le hace mención de san Leandro á 27 de febrero, y escriben de él los martirologios de Beda, Usuardo, Adon, y el cardenal Baronio en sus anotaciones, y en el séptimo tomo, y octavo de sus anales, y Tritemio le cuenta entre los varones ilustres de la orden de san Benito.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc