lunes, 30 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN JUAN CLÍMACO, CONFESOR

La vida de San Juan Clímaco escribió un monje discípulo suyo, llamado Daniel, y la refiere en su segundo tomo el P. Fr. Lorenzo Surio, de esta manera. Siendo Juan Clímaco mozo de diez y seis años, habiendo estudiado lo que en aquella edad convenía, se ofreció á Cristo nuestro Señor en santo y agradable sacrificio, recibiendo sobre sí el yugo de la vida monástica en un monasterio, que estaba en el monte Sinaí, en el cual despidiendo de su corazón toda vana estimación, y confianza de sí mismo, se abrazó con la santa humildad, y se sujetó perfectamente á su superior, y padre espiritual, y fué aprovechando cada día más en la virtud, en tanto grado, que vino á estar como muerto al mundo, y á todos sus apetitos, y como una alma del todo desnuda del propio parecer, y propia voluntad: que por haber antes San Juan estudiado, y sido enseñado en las ciencias, que suelen desvanecer; se debe aún más estimar. De esta manera conversó por espacio de diez y nueve años entre los monjes, hecho un perfectísimo dechado de obediencia y sujeción, hasta que falleció el santo padre, que le tenía á cargo, por cuya muerte pasó á la vida solitaria, y escogió un lugar, llamado Tola, que estaba cinco millas de una iglesia, en el cual perseveró constantemente por espacio de cuarenta años, con grande alegría, y fervor de espíritu. Lo que allí pasó á solas: las batallas que tuvo; y las victorias que alcanzó del común enemigo, no se pueden saber: mas es de creer, que fueron muchas, y tantos los favores, con que el Señor le regaló, como de su liberalísima mano se podían esperar, y él suele hacer, á los que de veras se entregan á su servicio. Lo que se sabe es, que comía de todas las cosas, que según su profesión era lícito comer; pero de todo poco: para que comiendo de todo, huyese la nota de la singularidad y vanagloria, y comiendo poco, venciese la gula. Con la soledad, y con el poco trato, y compañía de los hombres, de tal manera apagó la llama de la lujuria, que ya no le daba pena ni molestia. La avaricia, que el apóstol llama idolatría, venció con la largueza, y misericordia para con los otros, y con la escasez de las cosas necesarias para consigo: porque contentándose con lo poco, no tenía necesidad de codiciar lo mucho. Todos los otros vicios procuró el santo varón vencer, y vivir no como hombre, sino como ángel. Vivía de oración: nunca estaba ocioso; y para que con la aspereza y ociosidad (que suele hacer guerra á los solitarios) no le venciese, solía ocuparse en escribir libros: dormía poco, y solamente lo que bastaba para no desfallecer con las demasiadas vigilias. Pues ¿qué diré de la abundancia de sus lágrimas? Entrabase en una cueva, que estaba apartada al lado de una montaña, y allí levantaba las voces al cielo con grandes gemidos, suspiros, y clamores, y derramaba su corazón delante del Señor, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas. Un religioso llamado Moisés, que era de los que profesaban vida solitaria, deseando imitar la vida de este santo varón, y vivir debajo de su corrección y disciplina, echó á muchos de aquellos santos padres por rogadores, y pidió con grande instancia, que le quisiese recibir por su discípulo. Fué recibido por tal, según lo había deseado: y un día mandóle el santo varón, que de cierto lugar trajese un poco de buena tierra, para echar en un huerto de poco suelo. Hízolo Moisés, y entendiendo en ello con diligencia, llegado el mediodía, y siendo el mes de agosto, fatigado del calor y del trabajo, acordó de tomar un poco de reposo á la sombra de una gran peña que allí había: mas estando para caer aquella gran peña sobre él, Dios reveló á san Juan Chinaco el peligro, en que estaba su discípulo, y con su oración lo libró; porque estando allí durmiendo, le pareció que había oído la voz de su maestro, que le despertaba: con la cual lleno de pavor despertó, y dio un sallo, y luego vio arrancarse la peña de lo alto, y caer en tierra en el lugar, donde él antes estaba; y sin duda, si no se levantara, le hiciera pedazos. 

Otra vez vino á él un monje, que se llamaba Isaac, abrasado de una tentación carnal, y cercado de mucha tristeza y dolor, y descubrióle con muchas lágrimas y gemidos, la secreta llaga que traía. Consolóle el varón de Dios muy blandamente, y díjole: Estemos ambos, hijo, en oración; y el Señor, que es misericordioso y clemente, no despreciará nuestros ruegos. Y estando ambos orando, sanó el enfermo, y quedó curado de tan extraña pasión, y alabó al Señor, que había dado tanta eficacia á la oración de Juan Clímaco. Comenzaron algunos á visitarle, movidos de la fama de su santidad; y el venerable padre, para apacentar las ánimas, de los que á él venían, con el pasto de la palabra de Dios, les daba saludables documentos. No le faltaron algunos émulos, que procuraron estorbar este fruto, que de su doctrina se seguía, diciendo, que era un parlero y hablador. Sabiendo él esto, determinó ensoñar á los que á él venían, no solo con las palabras, sino mucho más con silencio, y ejemplo de paciencia: y así calló; y venció con tan grande humildad, y modestia á sus émulos, que compungidos, le pidieron y le suplicaron, que les diese el acostumbrado pasto de su doctrina.

Pues como resplandeciese de esta manera en todo género de virtudes, y no se hallase otro semejante á él, vinieron todos los monjes del monasterio del monte Sinaí, donde antes había morado, y con un mismo afecto y deseo, contra toda su voluntad le entregaron el magisterio y gobierno de aquel monasterio; y el santo varón, movido del Señor, tomó sobre sí la carga de regirlos, y á ruego y súplica de ellos escribió el libro llamado «Escala Espiritual», en el cual se describen treinta escalones, por donde pueden subir los hombres á la cumbre de la perfección. Este libro en nuestros días el P. M. Fr. Luis de Granada, para provecho de muchos, tradujo de latín en lengua castellana, y le enriqueció con algunas declaraciones y anotaciones suyas. De San Juan Clímaco hace mención el Martirologio romano á los 30 de marzo, y Juan Tritemio refiere algunas obras suyas, que floreció por los años del Señor de 346, en tiempo de los emperadores Constantino, Constancio y Constante, que eran hermanos, hijos del gran Constantino. Un abad del monasterio de Raytu, llamado Juan, en una epístola que escribe á San Juan Clímaco, rogándole, que escriba la regla que habían de tener y guardar los monjes, y los avisos, que él había aprendido, como otro Moisés en el monte, le pone este título: «Al admirable varón, igual á los ángeles, padre de padres y doctor excelente, Juan, abad del monasterio de Raytu, salud en el Señor». De la manera de su muerte, y de los años que vivió no sabemos cosa cierta; pero debió de morir de muy anciana edad: porque de diez y seis años tomó el hábito de monje: diez y nueve vivió en el monasterio del monte Sinai; y cuarenta en soledad, que son setenta y cinco; y después volvió á tener cargo de su mismo monasterio, en el cual, no sabemos, cuantos años vivió. El nombre de Clímaco, dice Tritemio, que suena, y es lo mismo que en latín Scholasticus, y en castellano el «Maestro de escuela», y que le dieron este nombre, como á maestro, de cuya doctrina se pueden aprovechar todos, especialmente los religiosos, y personas que traían de su aprovechamiento espiritual; aunque más probable es, que este nombre de Clímaco, que es griego, se deriva de un nombre, que quiere decir «Escalera», por haber él hecho una como escalera espiritual de su libro, y trazadora con este orden de grados espirituales, para poder llegar á la perfección.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

Domingo de Ramos


Domingo de Ramos

Plinio Corrêa de Oliveira

Fra Angélico - Domingo de Ramos
UN DEFECTO que disminuye frecuentemente la eficacia de las meditaciones que hacemos, consiste en meditar los hechos de la vida de Nuestro Señor sin hacer ninguna aplicación a lo que sucede en nosotros o a nuestro alrededor. Así, nos sorprende la versatilidad e ingratitud de los judíos, ya que éstos, después de proclamar con la más solemne recepción el reconocimiento que debían al Salvador, poco después lo crucifican con un odio que a muchos llega a parecer inexplicable.

Sin embargo, esa ingratitud y esa versatilidad no existieron solamente en los judíos de los tiempos de la existencia terrena de Nuestro Señor. Aún hoy, ¡en el corazón de cuántos fieles tiene Nuestro Señor que soportar esas alternativas de adoraciones y de vituperios! Y esto no sucede únicamente en la intimidad, en general inescrutable, de las conciencias. ¿En cuántos países, Nuestro Señor ha sido sucesivamente glorificado y ultrajado, en cortos intervalos de tiempo?
No empleemos nuestro tiempo exclusivamente en horrorizarnos delante de la perfidia del pueblo deicida. Para nuestra salvación nos será utilísimo reflexionar sobre nuestra propia perfidia. Puestos los ojos en la bondad de Dios, podremos así, conseguir la enmienda de nuestra vida.

* * *

NADIE IGNORA que el pecado es un ultraje hecho a Dios. Quien peca mortalmente expulsa a Dios de su corazón, rompe con Él las relaciones filiales que le debemos como criaturas, y repudia la gracia.
Así, hay una marcada analogía entre el gesto de los judíos, matando al Redentor, y nuestra situación cuando caemos en pecado mortal.
En efecto, ¡cuántas y cuántas veces, después de haber glorificado a Nuestro Señor ardientemente, por nuestros actos o al menos después de haber tomado con los labios aires de quien lo glorifica, caemos en pecado y lo crucificamos en nuestro corazón!
Lo mismo se da con muchas naciones contemporáneas. Realizan manifestaciones católicas imponentes, en que glorifican públicamente a Nuestro Señor. Al mismo tiempo, los estadistas por ellas mantenidos en el poder traman, ora en silencio, ora de manera apenas disfrazada, ¡la ruina de las instituciones católicas y la demolición de la civilización contemporánea, en sus lineamientos aún católicos! Así, mientras tales católicos proclaman su amor a la Iglesia de Cristo, por su negligencia, por su tibieza, por su indiferencia, permiten que la Iglesia sea lentamente maniatada, que su influencia sea sabiamente solapada, que su actividad sea engañosamente coartada, a fin de que, el día en que suene la hora del ataque violento la reacción se haya tornado enteramente imposible.
Evidentemente, pueblos como esos, después de haber aclamado a Nuestro Señor como Rey o mientras lo hacían, preparaban persecuciones y tristezas que poco diferían de la grande y divina tragedia de Semana Santa.

* * *

GRACIAS A DIOS, sin embargo, no es sólo la versatilidad y la perfidia de los judíos lo que sobrevive en nuestros días. También se encuentran – y cómo son conmovedores – gestos que recuerdan de modo irresistible la piedad, tan dulce hacia Cristo y tan audaz frente a sus perseguidores, de la Verónica.
Si es cierto que nuestra época se caracteriza por grandes e inesperadas defecciones, no es menos cierto que el historiador verá en ella, en el futuro, una época de grandes santos, admirables por la virtud de la fortaleza, de la prudencia, de la templanza y de la justicia, de las cuales el mundo parece tan radicalmente olvidado.
Nuestro Señor, indudablemente, es muy ultrajado en nuestros días. Seamos nosotros algunas de aquellas almas reparadoras que, si no por el brillo de nuestra virtud, al menos por la sinceridad de nuestra humildad – humildad inteligente, razonable, sólida, y no sólo humildad de palabrerío sonoro y cuello torcido – reparemos en estos días santos, junto al trono de Dios, tantos ultrajes que, incesantemente, le son infligidos.
"O Legionário" - Nº 447 de 06 de Abril de 1941
 Fuente: http://www.pliniocorreadeoliveira.info/LEG_447_19410406_ESP_Domingo%20de%20Ramos.htm

Reflexiones durante la Semana Santa

Plinio Corrêa de Oliveira

LA VERDADERA PIEDAD debe impregnar toda el alma humana, y, por tanto, también debe despertar y estimular la emoción. Pero la piedad no es sólo emoción, y ni siquiera es principalmente emoción. La piedad brota de la inteligencia, seriamente formada por un cuidadoso de la doctrina cristiana, por un conocimiento exacto de nuestra Fe, y, por tanto, de las verdades que deben regir nuestra vida interior. La piedad reside también en la voluntad. Debemos querer seriamente el bien que conocemos. No nos basta, por ejemplo, saber que Dios es perfecto. Necesitamos amar la perfección de Dios, y, por tanto, debemos desear para nosotros algo de esa perfección: es el ansia de santidad.





No hay verdadero amor sin sacrificio

"DESEAR" no significa apenas sentir veleidades vagas y estériles. Sólo queremos seriamente algo, cuando estamos dispuestos a todos los sacrificios para conseguir lo que queremos. Así, sólo queremos seriamente nuestra santificación y el amor de Dios, cuando estamos dispuestos a todos los sacrificios para alcanzar esta meta suprema. Sin esa disposición, todo el "querer" no es sino ilusión y mentira. Podemos tener la mayor ternura en la contemplación de las verdades y misterios de la Religión: pero si de ahí no sacamos resoluciones serias, eficaces, de nada valdrá nuestra piedad.
Marzo 2019:  Atacan varios templos en una semanaIncendio en la histórica iglesia de San Sulpicio de París
Es lo que especialmente se debe decir en los días de la Pasión de Nuestro Señor. No nos vale apenas acompañar con ternura los varios episodios de la Pasión. Esto sería excelente; sin embargo, no sería suficiente. Debemos dar a Nuestro Señor, en estos días, pruebas sinceras de nuestra devoción y amor.
Estas pruebas, las damos cuando tenemos el propósito de enmendar nuestra vida y de luchar con todas las fuerzas por la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana.
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Cuando Nuestro Señor interpeló a San Pablo, en el camino de Damasco, le preguntó: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Saulo perseguía a la Iglesia. Nuestro Señor le decía que era a Él mismo a quien Saulo perseguía.




La Pasión de Cristo en nuestros días


SI PERSEGUIR a la Iglesia es perseguir a Jesucristo, y si hoy también la Iglesia es perseguida, hoy Cristo es perseguido. La Pasión de Cristo se repite de algún modo también en nuestros días.
Fusilamiento del Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles
¿Cómo se persigue a la Iglesia? Atentando contra sus derechos o trabajando para apartar de Ella a las almas. Todo acto por el cual se aparta de la Iglesia un alma, es un acto de persecución a Cristo. Toda alma es, en la Iglesia, un miembro vivo. Arrancar un alma a la Iglesia es arrancar un miembro al Cuerpo Místico de Cristo. Arrancar un alma a la Iglesia es hacer con Nuestro Señor, en cierto sentido, lo mismo que harían con nosotros si nos arrancasen la niña de los ojos.
Si queremos, pues, condolernos con la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, meditemos sobre lo que El sufrió por mano de los judíos, pero no nos olvidemos de todo cuanto aún hoy se hace para herir al Divino Corazón.
Y esto tanto más cuanto Nuestro Señor, durante su Pasión, previó todo cuanto pasaría después. Previó, pues, todos los pecados de todos los tiempos, y también los pecados de nuestros días. El previó nuestros pecados, y por ellos sufrió anticipadamente. Estuvimos presentes en el Huerto como verdugos, y como verdugos seguimos paso a paso la Pasión hasta lo alto del Gólgota.



*   *   *

Arrepintámonos, pues, y lloremos

La Iglesia, sufridora, perseguida, vilipendiada, ahí está a nuestros ojos indiferentes o crueles. Ella está delante de nosotros como Cristo delante de la Verónica. Condolámonos con sus padecimientos. Con nuestro cariño, consolemos a la Santa Iglesia de todo cuanto sufre. Podemos estar seguros de que, con esto, estaremos dando al propio Cristo una consolación idéntica a la que le dio la Verónica.




Incredulidad culpable


COMENCEMOS por la Fe. Ciertas verdades referentes a Dios y a nuestro destino eterno, podemos conocerlas por la simple razón. Otras, las conocemos porque Dios nos las enseñó. En su infinita bondad, Dios se reveló a los hombres en el Antiguo y Nuevo Testamento, enseñándonos no solamente lo que nuestra razón no podía descubrir, sino además muchas verdades que podríamos conocer racionalmente, pero que por culpa propia la humanidad ya no conocía de hecho. La virtud por la cual creemos en la Revelación es la Fe. Nadie puede practicar un acto de Fe, sin el auxilio sobrenatural de la gracia de Dios. Esa gracia, Dios la da a todas las criaturas y, en abundancia torrencial, a los miembros de la Iglesia Católica. Esta gracia es la condición para su salvación. Nadie llegará a la eterna bienaventuranza, si rechaza la Fe. Por la Fe, el Espíritu Santo habita en nuestros corazones. Rechazar la Fe es rechazar al Espíritu Santo, es expulsar del alma a Jesucristo.
Veamos ahora, en nuestro entorno, cuántos católicos rechazan la Fe. Fueron bautizados, pero en el curso del tiempo perdieron la Fe. La perdieron por culpa propia, porque nadie pierde la Fe sin culpa, y culpa mortal. Helos aquí, indiferentes u hostiles, piensan, sienten y viven como paganos. ¡Son nuestros parientes, nuestros prójimos, quizá nuestros amigos! Su desgracia es inmensa. Indeleble está en ellos la señal del Bautismo. Están marcados para el Cielo, y caminan para el infierno. En su alma redimida, la aspersión de la Sangre de Cristo está marcada. Nadie la apagará. Es de cierto modo la propia Sangre de Cristo que ellos profanan cuando en esta alma rescatada se acogen principios, máximas, normas contrarias a la doctrina de la Iglesia. El católico apóstata tiene alguna cosa de análogo al sacerdote apóstata. Arrastra consigo los restos de su grandeza, los profana, los degrada y se degrada con ellos. Pero no los pierde.
¿Y nosotros? ¿Nos importa esto? ¿Sufrimos con esto? ¿Rezamos para que estas almas se conviertan? ¿Hacemos penitencias? ¿Hacemos apostolado? ¿Dónde está nuestro consejo? ¿Dónde está nuestra argumentación? ¿Dónde está nuestra caridad? ¿Dónde está nuestra altiva y enérgica defensa de las verdades que ellos niegan o injurian?
El Sagrado Corazón sangra con esto. Sangra por su apostasía y por nuestra indiferencia. Indiferencia doblemente censurable, porque es indiferencia para con nuestro prójimo y sobretodo indiferencia para con Dios.




Unos conspiran, otros duermen...


¿CUÁNTAS ALMAS en el mundo entero van perdiendo la Fe? Pensemos en el incalculable número de periódicos impíos, radioemisoras impías [¡la televisión de hoy!], de los que diariamente se llena el orbe. Pensemos en los innumerables obreros de Satanás que, en las cátedras, en el seno de la familia, en los lugares de reunión o de diversión, propagan ideas impías. De todo este esfuerzo, ¿quién ha de admitir que nada resulte? Los efectos de todo esto están delante de nosotros. Diariamente las instituciones, las costumbres, el arte, se van descristianizando, indicio incontestable de que el propio mundo se va perdiendo para Dios.
¿No habrá en todo esto una gran conspiración? Tantos esfuerzos, armónicos entre sí, uniformes en sus métodos, en sus objetivos, en su desarrollo, ¿serán mera obra de coincidencias? ¿Dónde y cuando, intenciones desarticuladas produjeron articuladamente la más formidable ofensiva ideológica que la Historia conoce, la más completa, la más ordenada, la más extensa, la más ingeniosa, la más uniforme en su esencia, en sus fines, en su evolución?
No pensamos en esto. No percibimos esto. Dormimos en la modorra de nuestra vida de todos los días. ¿Por qué no somos más vigilantes? La
Iglesia sufre todos los tormentos, pero está sola. Lejos, bien lejos de Ella susurramos. Es la escena del Huerto que se repite.
Para decirlo por entero, la Iglesia nunca tuvo tantos enemigos y, paradójicamente, nunca tuvo tantos "amigos". Oigamos a los espiritistas: dicen que no promueven ninguna guerra hacia la religión, y menos aún al catolicismo que a cualquier otra. Sin embargo, la vida de todos ellos, comunistas, espiritistas, protestantes, ¿no es desde la mañana hasta la noche otra cosa, sino una conspiración contra la Iglesia? Ellos también tienen los labios prontos para el ósculo, aunque en su mente ya hayan decidido hace mucho tiempo exterminar a la Iglesia de Dios.




La tibieza y el amor de Dios


¿Y ENTRE NOSOTROS? Gracias a Dios, esta Fe que tantos combaten, persiguen, traicionan, nosotros la poseemos.
¿Qué uso hacemos de ella? ¿La amamos? ¿Comprendemos que nuestra mayor ventura en la vida consiste en ser miembros de la Iglesia, que nuestra mayor gloria es el título de cristiano?
En caso afirmativo – y cuán pocos son los que podrían en sana conciencia responder afirmativamente – ¿estamos dispuestos a todos los sacrificios para conservar la Fe?
No digamos, en un asomo de romanticismo, que sí. Seamos positivos. Veamos fríamente los hechos. No está junto a nosotros el verdugo que nos va a colocar en la alternativa de la cruz o de la apostasía. Pero todos los días, la conservación de la Fe exige de nosotros sacrificios. ¿Los hacemos?
¿Cuán exacto será decir que, para conservar la Fe, evitamos todo lo que la puede poner en riesgo? ¿Evitamos las lecturas que la pueden ofender? ¿Evitamos las compañías con las cuales está expuesta a riesgo? ¿Buscamos los ambientes en los cuales la Fe florece y echa raíces? ¿O, a cambio de placeres mundanos y pasajeros, vivimos en ambientes en que la Fe se deteriora y amenaza caer en ruinas?
Todo hombre, por el propio hecho del instinto de sociabilidad, tiende a aceptar las opiniones de otros. En general, hoy en día, las opiniones dominantes son anticristianas. Se piensa contrariamente a la Iglesia en materia de filosofía, de sociología, de historia, de ciencias positivas, de arte, de todo en fin. Nuestros amigos siguen la corriente. ¿Tenemos el coraje de divergir? ¿Resguardamos nuestro espíritu de cualquier infiltración de ideas erradas? ¿Pensamos como la Iglesia en todo y por todo? ¿O nos contentamos negligentemente en ir viviendo, aceptando todo cuanto el espíritu del siglo nos inculca, y simplemente porque él nos lo inculca?
Es posible que no hayamos arrojado a Nuestro Señor de nuestra alma. Pero, ¿cómo tratamos a este Divino Huésped? ¿Es Él el objeto de todas las atenciones, el centro de nuestra vida intelectual, moral y afectiva? ¿O, simplemente, existe para Él un pequeño espacio donde se lo tolera, como huésped secundario, aburrido, un tanto inoportuno?
Cuando el Divino Maestro gimió, lloró, sudó sangre durante la Pasión no lo atormentaban apenas los dolores físicos, ni sólo los sufrimientos ocasionados por el odio de los que en aquel momento lo perseguían. También lo atormentaba todo cuanto contra Él y la Iglesia haríamos en los siglos venideros. Lloró por el odio de todos los malos, de todos los Arrios, Nestorios, Luteros, pero lloró también porque veía delante de sí al cortejo interminable de las almas tibias, de las almas indiferentes, que sin perseguirlo no lo amaban como debían.
Es la falange incontable de los que pasaron la vida sin odio y sin amor, los cuales –según Dante– quedaban fuera del infierno, porque ni en el infierno había un lugar adecuado para ellos.
¿Estamos nosotros en este cortejo?
He ahí la gran pregunta a la que, con la gracia de Dios, debemos dar respuesta en los días de recogimiento, de piedad y de expiación en que ahora debemos entrar.


"O Legionário" Nº 764 de 30 de Marzo de 1947






 Fuente:
http://www.pliniocorreadeoliveira.info/LEG_764_19470330_ESP_Reflexiones%20durante%20la%20Semana%20Santa.htm#.VRsrRpNcCg4

domingo, 29 de marzo de 2026

S A N T O R A L



SAN EUSTASIO, ABAD

Fué discípulo de san Columbano y su inmediato sucesor en la famosa abadía do Luxeu: nació de una de las más nobles familias de Borgoña, á fines del siglo VI. Desde muy niño mostró grande afición á la vida solitaria y mortificada, y apenas concluidos sus estudios, dejó sus padres y su casa, y se fue, á reunirse con san Columbano en los desiertos del Franco-Condado.
El amor á la oración, la inclinación á la penitencia, y el celo por la observancia, hicieron desde luego mirar á Eustasio como el más acabado modelo de la perfección religiosa. Su ejemplo inspiraba fervor, y en poco tiempo se admiró vivamente copiada en el nuevo monasterio la santidad de los monjes de Oriente.
Pero el vasto y apostólico celo de Eustasio no podía limitarse dentro de las paredes de su monasterio. El cielo le había dotado de singular elocuencia y de extraordinario talento para la predicación: movido, pues, de divina inspiración, salió á anunciar la palabra evangélica a los varascos, y llevó la luz de la religión hasta los bárbaros, haciendo en todas partes portentosas conversiones.
Concluido su apostolado, volvió al monasterio de Luxeu, y tuvo la dicha de tener bajo de su dirección á más de seiscientos monjes, que se ocupaban día y noche en cantar las divinas alabanzas. Entonces le dio á entender el Señor, que estaba cercano el fin de su santa vida, y le acometió luego una violenta enfermedad.
Curando la ceguera de 
Santa Salaberga cuando era niña

En lo más vivo de sus agudísimos dolores oyó una voz que le daba á escoger, ó padecer por espacio de treinta días sin el más mínimo alivio, ó ser desde luego aliviado, pero no morir hasta después de cuarenta. El ardientísimo deseo en que se abrasaba de poseer cuanto antes á su Dios en los descansos del cielo, le hizo mirar la dilación que se le proponía, como el más cruel de todos los tormentos, y así escogió desde luego padecer más y morir cuanto antes.
Habiendo, pues, pasado treinta días con indecibles dolores, lleno de merecimientos y favorecido con el don de milagros, murió en Luxeu el año de 625, cerca los sesenta de su edad, de los cuales había pasado más de treinta en el referido monasterio. Fué enterrado en él solemnemente, y después de muerto acreditó el Señor su santidad con gran número de prodigios.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 28 de marzo de 2026

S A N T O R A L

Beato CRISTÓBAL WHARTON

Presbítero en tiempo de la reina Isabel I, martizado por ser sacerdote

Nació en Middleton en el año 1540 cerca de Ilkley (West Riding de Yorkshire) en el seno de una familia acomodada. Era el segundo hijo de Henry Wharton de Wharton y Agnes Warcop, y hermano menor de Thomas Wharton, 1º barón Wharton.
Fue educado en el Trinity College, de Oxford,  allí se graduó el Master of Arts en 1564 y posteriormente fué miembro.

Como no estaba conforme con la nueva religión, se convirtió al catolicismo, por lo que salió de Inglaterra en 1583, y el 28 de Julio entró al Colegio Inglés en Reims para estudiar para sacerdote.

Fue ordenado sacerdote el 31 de Marzo de 1584 por Carlos de Guisa -Cardenal de Lorena-. Continuó sus estudios sacerdotales y el 21 de Mayo de 1586 regresó a Inglaterra, junto con el beato Eduardo Burden. No se sabe demasiado de su actuación como misionero, excepto las notas del Dr. Worthington, que hablan de él en términos muy elogiosos, «dotado de humildad, ferviente caridad y otras grandes virtudes.»

En 1599 se encontraba celebrando la Santa Misa en casa de la viuda Eleanor Hunt, y fue arrestado junto con ella y confinado en el castillo de York. 
Reliquias del beato Cristóbal Wharton

Les ofrecieron el perdón y la libertad si suscribían la supremacía espiritual de la Reina -que era Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena-.Se

rehusaron. Junto a otros prisioneros católicos fue forzado a oír las predicaciones protestantes, y en la Cuaresma de 1600 fue llevado a juicio junto con la Sra. Hunt, y condenado a muerte por alta traición -ser sacerdote católico-, mientras que la viuda lo fue por delito grave.


El beato soportó el martirio con gran heroísmo, mientras que la viuda Eleanor Hunt estuvo en prisión hasta su muerte.

Reaparece serpiente en retrato de Isabel I


Londres, Reuters, 4 de marzo 2010. Una serpiente originalmente incluida en un cuadro de Isabel I, del siglo XVI, pero cubierta casi de inmediato, ha reaparecido, dijo el jueves la Galería Nacional de Retratos de la capital inglesa.


Foto La degradación por el tiempo reveló que la monarca fue originalmente pintada sosteniendo una serpiente, cuyo contorno es visible de nuevo en la obra de un artista desconocido y que data de la década de 1580 o principios de la siguiente.
Pero en el último momento el emblema fue cubierto y se pintó a la reina sosteniendo un pequeño ramo de rosas.
La galería dijo que no se sabía por qué se había hecho el cambio, pero sugirió que podría estar relacionado con el significado ambiguo del símbolo.


Foto Si bien una serpiente era a veces utilizada para representar la sabiduría, prudencia y un juicio razonable, todos atributos de una reina, también simbolizaba a Satanás y al pecado original en la tradición cristiana.

El retrato, que no ha sido exhibido en la galería por casi 80 años, es parte de una nueva muestra titulada Concealed and Revealed: The Changing Faces of Elizabeth I, sobre la monarca, que estará abierta al público entre el 13 de marzo y el 26 de septiembre.
La exhibición incluye cuatro retratos que datan desde 1560 hasta poco después de la muerte de la reina, en 1603, que al parecer cambiaron en apariencia de alguna forma desde que fueron creados.

http://www.jornada.unam.mx/2010/03/05/cultura/a07n1cul