lunes, 19 de octubre de 2026

S A N T O R A L

SAN PEDRO DE ALCANTARA, CONFESOR

"¡BIENAVENTURADA PENITENCIA!"


Vice-patrono de la Basílica del Pilar de Buenos
Aires, talla atribuida al escultor Alonso Cano 
"¡Bienaventurada penitencia, que tanto premio me ha merecido!" Así se expresaba el Santo de este día al llegar a los cielos, al mismo tiempo que Teresa de Jesús exclamaba en la tierra: "¡Y qué bueno nos le llevó Dios ahora en el bendito Fray Pedro de Alcántara! No está ya el mundo para sufrir tanta perfección. Dicen que están las saludes más flacas y que no son los tiempos pasados. Este santo hombre de este tiempo era; estaba grueso el espíritu, como en los otros tiempos, y ansí tenía el mundo debajo de los pies. Que, aunque no anden desnudos ni hagan tan áspera penitencia como él, muchas cosas hay, como otras veces he dicho, para repisar el mundo, y el Señor las enseña cuando ve ánimo. ¡Y cuán grande le dió su Majestad a ese Santo que digo para hacer cuarenta y siete años tan áspera penitencia, como todos saben!".

PENITENCIA DE SAN PEDRO


" . . . Y éste era el mayor trabajo de penitencia que había tenido en los principios de vencer el sueño, y para esto estaba siempre u de rodillas u en pie. Lo que dormía era sentado, y la cabeza arrimada a un maderillo que tenía hincado en la pared. Echado, aunque quisiera, no podía, porque su celda, como se sabe, no era más larga de cuatro pies y medio. En todos estos años jamás se puso la capilla, por grandes soles y aguas que hiciese, ni cosa en los pies, ni vestida, sino un hábito de sayal, sin ninguna otra cosa sobre las carnes, y éste tan angosto como se podía sufrir, y un mantillo de lo mesmo encima. Decíame que en los grandes fríos se le quitaba, y dejaba la puerta y ventanilla abierta de la celda para, con ponerse después el manto y cerrar la puerta, contentaba al cuerpo para que sosegase con más abrigo. Comer a tercero día era muy ordinario. Y díjome que de qué me espantaba, que muy posible era a quien se acostumbraba a ello... Su pobreza era extrema y mortificación en la mocedad, que me dijo que le había acaecido estar tres años en una casa de su Orden y no conocer fraile, si no era por la habla; porque no alzaba los ojos jamás, y ansí a las partes que de necesidad había de ir, no sabía, sino íbase tras los frailes. Esto le acaecía por los caminos. A mujeres jamás miraba; esto muchos años. Decíame que ya no se le daba más ver que no ver; mas era muy viejo cuando le vine a conocer, y tan extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles". "Entre otras cosas, me certificaron había traído veinte años cilicio de hoja de lata continuo".

"Si NO HICIEREIS PENITENCIA..."


Santa Teresa de Jesús y San Pedro de Alcántara
Una austeridad así la parece lo más natural a la ilustre reformadora del Carmelo, que sentía no practicarla en toda su extensión, y a nosotros nos desanimaría tal vez. Y desde luego, diremos otra vez que si todos los santos son admirables, no son imitables todos. Y con gusto repetiremos con los contemporáneos de Santa Teresa, que el mundo no es ya capaz de semejante perfección y que las saludes están ya muy estragadas para llegar a eso.

Y, a pesar de todo, el Evangelio, que es eterno, que contiene consejos siempre oportunos, nos dice una y más veces: "¡Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis!" Nuestra Señora, haciendo coro a su divino Hijo, ha querido repetir en todos sus mensajes al mundo, especialmente desde hace cosa de un siglo, las mismas palabras: "¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!"

LA PENITENCIA QUE SE NOS EXIGE



Bernardeta en Lourdes y los afortunados videntes de Fátima después, transmitieron el mensaje celestial, y estos últimos le explicaron también recientemente. No deja de tener interés el conocer con exactitud lo que espera el Señor de nosotros" para perdonarnos y para alejar del mundo los "castigos bien merecidos por los pecados tan graves y tan numerosos: "Dios, misericordioso, desea ardientemente la vuelta a la paz; pero está apenado de ver tan pocas almas en estado de gracia y dispuestas a renunciar a todo lo que El exige y a guardar su ley. Y, precisamente? lo que Dios nos pide ahora es penitencia; éste es el sacrificio que cada cual debe imponerse para vivir una vida justa de acuerdo con su ley.

"No quiere de nosotros otra mortificación sino que cumplamos simple y honradamente nuestras obligaciones de cada día y que suframos con paciencia los trabajos y tribulaciones. Quiere que se enseñe claramente a las almas esta vía; porque son muchos los que se imaginan que la penitencia consiste en "grandes austeridades" y, no teniendo fuerzas ni valentía para hacerlas, se desalientan y se arrastran en una vida de indiferencia y de pecado.

" . . . Dice Nuestro Señor: El sacrificio que a todos se exige, consiste para cada uno en el cumplimiento de sus propias obligaciones y en la observancia de mi ley; ésa es la penitencia que ahora quiero."

Practicar esta penitencia será, pues, para nosotros, el medio de imitar a los santos, aun a los más austeros, y podemos y debemos tener la firme convicción de que así responderemos a los deseos de Cristo y de su Santa Madre sobre cada uno de nosotros.

VIDA

Pedro Garavito nació en 1499 en Alcántara, España. A los 16 años, entró en la Orden de los Frailes Menores y, una vez terminados sus estudios, le encargaron la predicación. Con su celo, que le consumía, logró convertir a muchos pecadores. Pero, además, quería restaurar en su Orden el primitivo fervor. Consiguió para ello el permiso de la Santa Sede y fundó el convento de Pedroso, al cual siguieron otras muchas fundaciones en España y en las Indias. Era de una extrema austeridad, más por eso se vió regalado con altísima contemplación, y Dios reveló a Santa Teresa que despacharía favorablemente toda petición que se le hiciese en nombre de Pedro de Alcántara. Gozó también del don de profecía y discernimiento de espíritus. Murió el 18 de octubre de 1562, confortado con la aparición del Señor, de Nuestra Señora y de los Santos. El Papa Gregorio XV le declaró Beato el 18 de abril de 1622, y Clemente IX le canonizó el 4 de mayo de 1669.

LA RECOMPENSA


"Hela aquí acabada esta aspereza de vida con tan gran gloria". ¡Cuán dulces fueron las últimas palabras que tus labios moribundos pronunciaron: Me he alegrado de lo que se me ha dicho: Iremos a la casa del Señor!. No había llegado aún la hora de la recompensa para el cuerpo, al que habías determinado negar en esta vida todo descanso, reservándoselo para la otra; pero el resplandor y los aromas de ultratumba en los que el alma le envolvía al despedirle, ya nos declaraban a todos que el contrato que fielmente se cumplió en su primera parte, lo sería en la segunda también. Por el contrario, el cuerpo del pecador, destinado a horribles tormentos por causa de unos vanos deleites, rugirá eternamente contra el alma que le llevó a la perdición; tus miembros, una vez que entren en la felicidad del alma ya dichosa para completar su gloria con los propios resplandores, proclamarán a lo largo de los siglos eternos cómo tu aparente aspereza de un instante fué para ellos sabiduría y amor.

LA LUCHA

Y ¿acaso tendremos que esperar al día de la resurrección para reconocer, desde este mundo, que escogiste sin duda ninguna la mejor parte? ¿Quién se atrevería a comparar, los placeres prohibidos, pero ni siquiera los goces que puede uno permitirse en el mundo, con, los santos placeres que la divina contemplación reserva ya desde esta vida a todo el que se pone en condiciones de gustarlos? Si se dan en premio a la mortificación de la carne, señal es de que en este mundo la carne y el espíritu sostienen una lucha; pero la lucha para un alma generosa tiene sus atractivos, y aun la carne, a la que ella glorifica, por ella también se ve libre de mil peligros.

PLEGARIA POR LA IGLESIA Y EL ESTADO RELIGIOSO

Consigúenos tú la saciedad del cielo que nos aparte de los placeres de la tierra, pues, según la palabra del Señor, no te invocaremos en vano si te dignas tú mismo presentarle nuestros ruegos.

Es la petición que en tu nombre y con la Iglesia dirigimos a Dios, que hizo admirable tu penitencia y sublime tu contemplación. La gran familia de los Frailes Menores guarda con cariño el tesoro de tus ejemplos y de tus enseñanzas; para honra de tu Padre San Francisco y bien de la Iglesia, mantenía en el amor de sus austeras tradiciones. Continúa tu ayuda preciosa al Carmelo de Teresa de Jesús; y en las pruebas de nuestros días, extiéndela a todo el estado religioso.
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer
San Pedro de Alcántara. Pedro de Mena

domingo, 18 de octubre de 2026

S A N T O R A L

San Lucas
Evangelista de la Santísima Virgen

Médico y literato, este apóstol virgen es el más accesible y rico de los evangelistas. Según la Tradición, San Lucas pintó varios cuadros de Nuestra Señora.

Plinio María Solimeo
Así describe San Jerónimo al evangelista San Lucas, cuya fiesta conmemoramos el día 18 de octubre: “Era discípulo y compañero inseparable de San Pablo; nació en Antioquía, ejercía la profesión de médico; al mismo tiempo, cultivaba las letras y llegó a ser muy versado en lengua y literatura griega. Su gusto literario resalta en esa preciosa Historia [Hechos de los Apóstoles] que nos dejó sobre el origen del cristianismo, más completa en muchísimos puntos que la de los demás evangelistas, mejor ordenada y de lectura más agradable”.¹

“Lucas, el médico querido”

En el siglo I de la Era Cristiana, Antioquía en Siria era muy celebrada por su agradable situación, el esplendor de sus monumentos, la riqueza de su comercio, el progreso de su civilización y, lamentablemente, también a causa de sus costumbres paganas. Fue la primera Sede de San Pedro antes que él se mudase a Roma, y fue en ella que, por primera vez, los seguidores de Jesucristo recibieron el nombre de “cristianos”.
En ella nació y estudió el evangelista Lucas, autor del tercer Evangelio (el primero es el de San Mateo, el segundo de San Marcos y el cuarto de San Juan) y de los Hechos de los Apóstoles. Se cree que, según costumbre de la época, después de estudiar en Antioquía, Lucas fue a perfeccionarse en Grecia y en Egipto, pues resaltan los estudiosos que su estilo es puro, exacto y elegante.
No parece haber sido judío de religión, si bien que muestre un conocimiento detallado del judaísmo, de sus ritos y ceremonias. Es más probable que haya sido un prosélito de esa religión, y que no llegó a ser circuncidado. Pues San Pablo, en su Epístola a los Colosenses, después de citar a “los únicos de la circuncisión”, pasa a los demás, entre los cuales cita a“Lucas, el médico querido” (4, 10-14). Lo más probable es que haya sido pagano, griego de estirpe, y que al conocer el cristianismo lo haya abrazado con fervor.
En general se apunta su conversión a la época en que San Pablo y San Bernabé predicaron en la naciente iglesia de Antioquía (Hech. 11, 22 y ss.). Hay quien afirme que él era del número de los setenta y dos discípulos, y que habría conocido así personalmente a Nuestro Señor. Esta hipótesis tiene en su contra la afirmación del propio San Lucas, de que escribió su Evangelio con los hechos que nos “han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la palabra” (1, 2). Es decir, en base a testigos que vieron los hechos que narra.

“Evangelio de Nuestra Señora”

Entre esos testigos pudo consultar a San Pedro y a los demás Apóstoles y discípulos, a las santas mujeres, y existe la hipótesis probable que haya recibido informaciones preciosas de la propia Madre de Dios. De ahí el hecho de haber sido el único evangelista que habla de la Anunciación, de la visita a Santa Isabel con el excelso cántico del Magnificat, del nacimiento del Niño Jesús en Belén, de la adoración de los pastores, de la Circuncisión, de la Presentación en el Templo y de la purificación de María Santísima, y de la pérdida y el encuentro del Niño Jesús entre los Doctores de la Ley. Por lo que su Evangelio mereció ser llamado por algunos de Evangelio de Nuestra Señora. En efecto,“entre esos informantes, sobre todo en los primeros capítulos de su Evangelio, se puede oír también la suave voz de la propia Madre de Jesús”.2
San Lucas fue también llamado “el escritor de la mansedumbre de Cristo”, porque en su Evangelio resalta mucho la bondad misericordiosa y la paternal benignidad del Hijo de Dios, como se expresan en sus parábolas. Lo que se nota principalmente en las de la oveja perdida, del hijo pródigo, del buen samaritano, y sobre todo en la dolorosa mirada de Jesús a Pedro después de sus negaciones.
San Lucas es representado con el buey,
como emblema de los sacrificios
Otros señalan también el importante papel que las mujeres desempeñan en el Evangelio de San Lucas. El paganismo las había rebajado casi al nivel de esclavas. “San Lucas recoge de la vida y enseñanza de Jesús todo lo que puede realzar el valor y la estima que tuvo por la mujer”.3
De hecho, según el Apóstol San Pablo, “todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3, 26-28).

Por otro lado, en este Evangelio de una simplicidad encantadora, “las acciones y la doctrina del Salvador en él son presentadas de la manera más conmovedora; cada palabra encierra misterios ocultos, ofrece riquezas infinitas”, además de que “la dignidad con la cual nos son presentados los misterios más sublimes, que están encima de toda expresión y de nuestra manera de concebir las cosas creadas, esa dignidad en la cual no se encuentra ninguna palabra pomposa, tiene alguna cosa de divino”.4
San Lucas “posee además el sentido de la Historia, y de la Historia considerada como auxiliar de la fe. El quiere hacer un relato «seguido y ordenado»; para ello ha «investigado diligentemente todo desde los orígenes», y consultó a «los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la palabra»; todo a fin de que Teófilo [a quien dirige sus libros]«conozca la solidez de las enseñanzas que ha recibido» (cf. Lc. 1, 1-4)”.5
Muchos ven en el Evangelio de San Lucas una influencia muy grande de San Pablo y, “siendo su primer impulso, ciertamente su característica: la universalidad de la salvación, sus puertas abiertas a los gentiles, la inagotable misericordia divina, el perdón de los pecados, la oración y la perseverancia son los temas que se revisten de más relevancia en este Evangelio, que por la suavidad de afectos de que está impregnado y por la gracia de la expresión, es de todos el más atrayente”.6
Según la Tradición, San Lucas es un apóstol virgen, también era pintor, y habría pintado varios cuadros de la Santísima Virgen, de los cuales algunos permanecen hasta hoy, e incluso de Nuestro Señor Jesucristo.

Maestro y discípulo muy celoso

¿Cuándo se unió Lucas al Apóstol Pablo? Es más probable, como lo sustenta San Ireneo, que haya sido cuando San Pablo se embarcó para Tróade, en Macedonia, en su segundo viaje misionero, el año 51. Es cuando los vemos juntos por primera vez. A partir de entonces, los dos apóstoles no se separarán más, a no ser por intervalos y cuando las necesidades de las nuevas cristiandades lo pedían. Lucas aparece siempre como celoso discípulo y colaborador.
La dedicación de San Lucas a San Pablo es conmovedora. Participa de sus alegrías y de sus dolores, y hasta de su cautiverio. “El único que está conmigo es Lucas”, dice tristemente San Pablo en la segunda epístola a Timoteo (4, 11) durante su segundo cautiverio en Roma.
Después vemos a los dos apóstoles en Filipos. Pero, habiéndose trasladado el Apóstol a Salónica con Silas, Lucas probablemente permaneció en Filipos para consolidar a los cristianos en la fe recibida. Seis años más tarde, San Pablo, en su tercer viaje, vuelve a Macedonia y se encuentra con San Lucas. Allá escribe la segunda epístola a los Corintios, encargando a Tito de llevarla. En ella dice que Tito tendrá como compañero “a un hermano muy célebre en todas la iglesias”. Algunos —San Jerónimo, en particular— afirman que ese hermano era San Lucas.
San Jerónimo y San Gregorio Nacianceno juzgan que Lucas escribió su Evangelio durante el año 53, cuando predicaba en Acaya con el Apóstol Pablo.

Los Hechos de los Apóstoles, los orígenes del cristianismo

De acuerdo con los intérpretes, fue durante el segundo cautiverio de San Pablo en Roma, el año 63, que San Lucas terminó los Hechos de los Apóstoles, como continuación de su Evangelio. En esta narrativa llena de vida, se proponía refutar los falsos relatos que se publicaban sobre la vida y los trabajos apostólicos de los propagadores del cristianismo, así como dejar una historia auténtica de las maravillas que Dios obró en la formación de su Iglesia.
En los doce primeros capítulos de esta historia épica, narra lo que hicieron los principales Apóstoles para establecer el cristianismo después de la ascensión de Nuestro Señor, sobre todo el príncipe de ellos, San Pedro. En la casi totalidad de los capítulos restantes, cuenta las acciones y milagros de San Pablo, como testigo ocular o protagonista que fue de muchos de ellos.


Como él narra con muchos detalles sus viajes marítimos, se levanta la hipótesis de que antes de ser médico haya trabajado en algún navío.
Reconocimiento de sus reliquias,
en la Basílica de Santa Justina -Padua-,
el 18 de octubre de 2000
Según San Epifanio, después del martirio de San Pablo, San Lucas predicó en Italia, la Galia, Dalmacia y Macedonia. Aunque algunos afirmen que sufrió el martirio, la opinión más aceptada es la de que falleció de muerte natural a los 84 años de edad, en Bitinia. Pero, como enfrentó muchos peligros por la fe de Cristo, es considerado por muchos como mártir.
Sus reliquias, que en el siglo IV se encontraban en Tebas de Beocia (Grecia), fueron trasladadas a Constantinopla el 357, a pedido del emperador Constancio, hijo de Constantino, siendo depositadas en la iglesia de los Santos Apóstoles con las de San Andrés y San Timoteo. El cardenal Baronio dice que San Gregorio Magno llevó a Roma la cabeza de San Lucas, cuando regresó de su nunciatura en Constantinopla, y la depositó en la iglesia del monasterio de San Andrés, que él había fundado en el Monte Celio. Actualmente el cuerpo del Evangelista es venerado en Padua, Italia
Si se aplican a los cuatro evangelistas las representaciones simbólicas mencionadas por el profeta Ezequiel, San Lucas es representado por el buey, como emblema de los sacrificios, pues él es el evangelista que más insiste en el sacerdocio de Jesucristo.
Notas.-
1. Cf. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1955, t. V, p. 483.
2. P. Matos Soares, Introducción a Lucas, Biblia Sagrada, Ediciones Paulinas, 1980.
3. P. José Leite  S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, t. III, p. 195.
4. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. XII, p. 445.
5. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Editorial Fax, Madrid, 1945, pp. 142-143.
6. P. Matos Soares, id., ib.
Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-380-san-lucas-evangelista-de-la-santisima-virgen

sábado, 17 de octubre de 2026

S A N T O R A L

San Ignacio de Antioquía

Pastor heroico, mártir intrépido

Discípulo del Apóstol San Juan, obispo de Antioquía, uno de los primeros y más ilustres Padres de la Iglesia
Plinio María Solimeo 
San Ignacio fue el niño de quien Jesús dijo:
“El que recibe a uno de estos pequeños en
mi nombre, me recibe a mí...”
 (Mc. 9, 37)
Según una antigua tradición, San Ignacio de Antioquía fue el niño que Nuestro Señor Jesu­cristo abrazó cuando dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado” (Mc. 9, 37). Pertenece igualmente a la tradición haber sido, junto a su amigo San Policarpo, discípulos del Apóstol San Juan.
Nos faltan otros datos biográficos del santo. Felizmente, dejó siete cartas, todas consideradas auténticas. Además de manifestar su celo por las almas, ellas ofrecen algunas referencias sobre su prisión. Junto con las cartas, nos llegó de los tiempos antiguos una re­lación de su martirio (Martyrium Ignatii), proba­blemente escrito por Filón (un diácono de Tarso) y por Reo Agatopodo, un lego sirio que acompañó a San Ig­­na­cio en su prisión hasta ­Ro­ma. Muchos historiadores lo consideran auténtico, sin embargo, se cree que hubo en él varias interpolaciones. Tomaremos como base este relato y las cartas del santo.¹

Antioquía, la “capital del Oriente"

San Ignacio fue el tercer obispo de Antioquía —después de San Pedro y San Evodio— consagrado directamente por uno de los Apóstoles, probablemente el propio San Pedro.

Antioquía se situaba en las márgenes del río Orontes, localizada entonces en Siria, y corresponde hoy a la moderna Antakya, en Turquía. Fue fundada a fines del siglo IV a.C. por Seleuco I, y Nicanor la hizo capital de su imperio. Ocupa un lugar destacado en la historia del cristianismo. San Pablo predicó por primera vez en una sinagoga en Antioquía, y en ella los seguidores de Jesucristo se hicieron conocidos como “cristianos” (Hc. 11, 26). Era la tercera ciudad del Imperio Romano, después de Roma y Alejandría. Debido a su situación y a las relaciones comerciales, era considerada la capital del Oriente.

Un pastor, líder preparado y atento

Estaba San Ignacio ocupado en sus quehaceres episcopales cuando el emperador romano Domiciano (81-96) —el primero en deificarse, asumiendo el título de “Señor y Dios”— se presentó como regenerador de la moral y de la religión (pagana) del imperio, a pesar de sus vicios en la vida privada. Como tal, se empeñó en “cortar de raíz la religión de los galileos”, entonces floreciente en varias partes del imperio.
“Todas las excelentes cualidades de pastor ideal y verdadero soldado de Cristo fueron poseídas por el obispo de Antioquía en grado eminente. De acuerdo con ello, cuando la tormenta de la persecución de Domiciano estalló en su pleno furor sobre los cristianos de Siria, encontró a su fiel dirigente preparado y alerta. Fue infatigable en su vigilancia e incansable en sus esfuerzos para infundir esperanza y reforzar a los débiles de su grey contra el terror de la persecución”.²

Cuando esa tormenta cesó con la muerte de Domiciano, sobreviniendo una relativa paz, San Ignacio procuró preparar a sus fieles para una nueva y posible persecución, dándoles el ejemplo de intrepidez y espíritu sobrenatural con que deberían enfrentarla. Resaltaba que no hay gracia mayor que la de dar la vida por Cristo, que ofreció su vida por nosotros.

Elocuencia, valentía y martirio


Ascendió al trono imperial Trajano (98-117), uno de los más hábiles emperadores romanos, que extendió las fronteras del Imperio más allá de las márgenes del Rin hasta las del Danubio, promovió el comercio y la industria e hizo grandes edificaciones para sus servicios administrativos. A pesar de tan vasta visión administrativa, este emperador consideraba al cristianismo como crimen punible de muerte.

Ensoberbecido por la victoria contra los escitas y los dacianos, Trajano intentó obtener también una conquista religiosa en el Imperio. Para eso determinó que todos los cristianos deberían unirse a los paganos y adorar a los dioses imperiales; los que se negasen, serían perseguidos y castigados con la muerte. Sin embargo, debido a un farisaísmo mal disfrazado, no admitía delaciones. Y Tertuliano, famoso escritor eclesiástico que vivió entre los siglos II y III, exclama a propósito de tales medidas: “Se prohíbe buscar a los cristianos como inocentes, y se les condena como culpables; se perdona y se castiga. ¿No es esto una contradicción palpable?”³


Ruinas de la antigua Antioquía

Trajano visitaba Antioquía cuando sus edictos fueron publicados, y quiso ponerlos en ejecución inmediatamente allí mismo. Evidentemente la figura de San Ignacio era la que más se destacaba entre los cristianos, por lo que fue apresado y llevado a la presencia del emperador. Su testimonio de la fe delante de Trajano, de acuerdo con la relación, fue caracterizado por inspirada elocuencia, valentía sublime, y hasta cierta exultación. Pero ello no impresionó al emperador. Por el contrario, éste ordenó que lo encadenasen y lo enviasen a Roma, para ser alimento de fieras y espectáculo para el pueblo.

“Vengo luchando contra fieras, por tierra y por mar”


Es probable que el santo haya embarcado en Seleucia, el puerto más próximo de Antioquía. En Esmirna, donde San Policarpo era obispo, cristianos de varias comunidades del Asia Menor fueron a saludarlo. Entre ellos estaban fieles de Éfeso, Magnesia y Trales, que lo fueron a confortar. Para cada una de esas comunidades él escribió, confirmándolas en la fe, exhortándolas a la obediencia a los respectivos obispos y que evitaran cualquier contaminación con la herejía. Esas cartas revelan su extrema caridad cristiana, su celo apostólico y sus preocupaciones pastorales.

En su carta a los Romanos, escrita durante una parada en Esmirna, el ilustre héroe de Jesucristo dice: “Desde Siria hasta Roma he venido luchando con las fieras, por tierra y por mar, de día y de noche, viviendo atado entre diez leopardos, o sea, una compañía de soldados, los cuales, cuanto más amablemente se les trata, peor se comportan. Sin embargo, con sus maltratos paso a ser de modo más completo un discípulo ; «pese a todo, no por ello soy justificado» (1 Cor. 4, 4). Que pueda tener el gozo de las fieras que han sido preparadas para mí; y oro para que pueda hallarlas pronto; es más, voy a atraerlas para que puedan devorarme presto, no como han hecho con algunos, a los que han rehusado tocar por temor”.4 Les suplicó también que no hicieran nada para evitar su martirio.

En otra interrupción del viaje, en Tróade, escribió a los cristianos de Filadelfia y Esmirna y a San Policarpo.

“Soy trigo de Cristo y quiero ser molido”


Habiendo llegado a Roma, dicen los autores de la relación: “Encontramos a los hermanos [en la Ciudad Eterna] llenos de temor y de alegría, regocijándose de hecho, porque fueron juzgados dignos de encontrarse con Teóforos [nombre que San Ignacio se atribuía en sus cartas], pero también con temor, porque hombre tan eminente estaba siendo llevado a la muerte”.5 El santo confortó a esos intrépidos cristianos, exhortándolos a permanecer fieles a su fe y al amor fraterno. Arrodillándose con ellos, suplicó al Hijo de Dios que protegiera sus iglesias y termine la cruenta persecución. Pero fue interrumpido por sus carceleros y llevado inmediatamente al anfiteatro, para ser devorado por las fieras.

Martirio de San Ignacio

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San Ignacio de Antioquia devorado por los leones
Cuando los animales se precipitaron sobre el héroe de Cristo, su pensamiento debe haberse afirmado en lo que escribió en su carta a los Romanos: “Trigo soy de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo. […] Que vengan el fuego, y la cruz, y los encuentros con las fieras [dentelladas y magullamientos], huesos dislocados, miembros cercenados, el cuerpo entero triturado, vengan las torturas crueles del diablo a asaltarme. Siempre y cuando pueda llegar a Jesucristo”.6

Los autores de la relación la concluyen del siguiente modo: “Habiendo sido testigos oculares de estas cosas, y habiendo pasado la noche entera en casa derramando lágrimas y habiendo suplicado al Señor, con las rodillas dobladas y muchas oraciones, para que Él nos diese, a nosotros hombres débiles, una garantía a respecto de esos hechos, ocurrió que, habiendo caído en una breve somnolencia, algunos de nosotros vieron al bienaventurado Ignacio de repente, de pie junto a nosotros y abrazándonos; mientras que otros lo contemplaron rezando por nosotros, y otros aún lo vieron junto al Señor, traspirando sudor, como si hubiese venido en aquel momento de un gran trabajo. Cuando, de ese modo, damos testimonio con gran alegría estas cosas, comparando nuestras varias visiones, cantamos alabanzas a Dios, el dador de todas las cosas”.7
El martirio de San Ignacio de Antioquía, cuya fiesta se conmemora el día 17 de octubre, acaeció en el décimo primer año del reinado de Trajano, es decir, alrededor del año 110.

Notas.-

1. Utilizamos estos documentos contenidos en el CD de la organización norteamericana New Advent (www.NewAdvent.org), Kevin Knight, 2007.
2. John B. O’Connor, St. Ignatius of Antioch, The Catholic Encyclopedia, CD edition.
3. In Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. I, p. 211.
4. The Epistle of Ignatius to the Romans, c. 5, New Advent CD.
5. The Martyrdom of Ignatius, c. 6, New Advent CD.
6. Epistle to the Romans, c. 4-5, New Advent CD.
7. The Martyrdom of Ignatius, c. 7, idem. ibid.

Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-665-san-ignacio-de-antioquia