martes, 3 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SANTA CUNEGUNDA, EMPERATRIZ, Y VÍRGEN
Muerto el emperador Otón, tercero de este nombre, fué nombrado por emperador, y sucesor suyo, Enrique, duque de Baviera, y conde de Bamberga, á quien los autores alemanes llaman Enrique II, y los italianos Enrique I; porque no cuentan por emperador á Enrique, padre del gran Otón. Enrique, pues, sea el segundo, ó sea el primero, fué singular príncipe, y excelente en paz y en guerra; porque tuvo muchos, y poderosos enemigos, y los venció y sujetó al imperio, y fué causa, de que Esteban, rey de Hungría, tomando por mujer á Gisela, hija suya, se convirtiese á la fé de Cristo, y trajese á ella su reino, con tanta felicidad, que el mismo rey Esteban fue santo, y como tal lo pone la Iglesia en su martirologio á los 20 de agosto. Pero nuestro Enrique no fué menos santo, ni adornado menos de admirables virtudes: entre las cuales una fué la de la castidad maravillosa y rara, en príncipe tan poderoso; porque fué honestísimo y castísimo: y habiendo tomado por mujer á una princesa de muy alta sangre, hija de los condes palatinos del Rin, que se llamaba Cunegunda, y era doncella hermosísima, y dotada de todas las gracias, que se estiman en las mujeres, se concertó con ella de guardar perpetuamente castidad, y amarse como hermano y hermana, y nó como marido y mujer: y así lo hicieron; porque tuvieron en más estos santos ofrecer á unos sus cuerpos con aquel sacrificio y mortificación de todo carnal deleite, que el tener hijos, á quienes poder dejar sus grandes estados, é imperio: que es un raro ejemplo, y mucho, para notar, y para alabar á nuestro Señor, y magnificar el poder de su divina gracia, con la cual esfuerza nuestra flaqueza, tan deleznable y sensual, y levanta el espíritu, de los que le siguen, al cielo; pues príncipes tan grandes, y tan poderosos, en la flor de su edad pudieron vencer los apetitos de su carne con tan ilustre victoria, y no quemarse en tantos años, estando tan cerca del fuego.
Viviendo, pues, estos santos casados en tan gran pureza y conformidad: como eran no menos piadosos que castos, se dieron de todo punto á la devoción, y á amplificar el culto de Dios, y edificar muchas iglesias y monasterios, donde él fuese adorado y servido. Para esto, primeramente mandaron fabricar un templo al príncipe de los apóstoles san Pedro, y á san Jorge, mártir, y un monasterio debajo de la regla de san Benito, á la honra de san Miguel Arcángel, y otro de canónigos, con título de san Esteban, protomártir, dando á estas iglesias muchas posesiones y rentas. También fundó el emperador la iglesia catedral de Bamberga, la cual consagró el papa Benedicto VIII, que á ruegos del mismo emperador había venido á Alemania. Y para que las mujeres, que deseaban servir á Dios en toda perfección, también tuviesen lugar cómodo para poderlo hacer; la santa emperatriz hizo un monasterio de monjas de san Benito, á honra de nuestro Salvador Jesucristo, y de su triunfal cruz, y enriqueció y adornó este monasterio con imperial magnificencia, poniendo en el altar mayor una imagen riquísima de oro y piedras preciosas, y dando para el servicio de la iglesia, cálices, jarros y fuentes de oro y de plata, y ornamentos riquísimos, y todo lo demás necesario para el culto divino, con tanta abundancia, y real magnificencia, que bien mostraba la devoción, de quien lo daba. Y no se contentaron estos santos emperadores con fundar los templos y monasterios, que habernos dicho, proveerlos de heredades, rentas, y ornamentos; sino que también repararon las iglesias caídas, y renovaron las antiguas, de manera, que apenas había iglesia, que no recibiese de su mano algún don, ó para su aderezo y ornamento, ó para su reparo.
Pero con haber sido estos bienaventurados príncipes tan santos, y vivido con un vínculo de amor tan casto, no dejó el demonio de afligirlos, queriendo sembrar discordia, donde había tanta unión, y en tanta pureza, sospecha de deshonestidad; porque tentó al emperador Enrique, y engendró en su ánimo algunas falsas sospechas de la emperatriz, su mujer, pareciéndole, que no le guardaba la fé, que le había prometido, y que estaba aficionada á otro hombre; permitiéndolo así nuestro Señor, para que resplandeciese más la virtud de santa Cunegunda, y quedase confirmada con testimonio del cielo su castidad: porque ella en prueba de su inocencia, con los pies descalzos anduvo quince pasos sobre un barra de hierro ardiendo, sin quemarse, suplicando á nuestro Señor, que así como sabia, que no tenía culpa, y que era virgen, sin haber conocido á Enrique, ni á otro hombre; así la ayudase: y oyó una voz, que le dijo: O virgen pura, no temas; que la virgen María te librará. Con esto quedó la santa casada y doncella victoriosa; y el emperador, su marido, arrepentido y confuso, é hizo penitencia de la falsa sospecha, que había tenido, y de haber puesto en aquel trance á Cunegunda; y de allí adelante la amó; y respetó más, y vivió en mucha paz con ella, hasta que nuestro Señor le llevó á gozar de sí, y después de muerto le ilustró con muchos milagros, y la Iglesia católica le tiene por santo, y como de tal el Martirologio romano hace mención de él á los 14 de julio.
Muy triste quedó santa Cunegunda, por una parte, por haber perdido tan buena y dulce compañía, y por otra muy consolada y alegre, por ver, que el emperador, su marido y espiritual hermano, libre ya de los cuidados y ondas de esta vida, y de las tormentas del imperio, que gobernaba, había llegado á puerto tranquilo de eterna bienaventuranza; y no menos, por verse libre y desatada de los lazos y ataduras, con que le parecía estar aprisionada y detenida, para no poderse dar totalmente, como deseaba, al Señor: y así, después que cumplió con el alma del emperador, haciendo grandes y largas limosnas por ella, mandando decir muchas misas por todas partes, encomendándola en las oraciones de los siervos y siervas de Dios; determinó dar libelo de repudio al mundo, y hollar su propia grandeza y majestad, y tomar el hábito de religiosa en aquel monasterio de monjas, que había edificado, y servir el resto de su vida en él á aquel Señor, que siendo Dios, y Rey del cielo y de la tierra, se había hecho pobre por su amor. Para esto hizo llamar algunos obispos y prelados, y rogarles, que viniesen á consagrar la iglesia de aquel monasterio: y habiendo ellos venido, salió la santa emperatriz á la Misa, que se celebraba, con grande acompañamiento; y vestida conforme á su imperial majestad, ofreció una cruz de madero santo de nuestra redención; y acabado el Evangelio de la Misa se desnudó de sus ropas imperiales, y se vistió de otra vestidura humilde, que ella misma había hecho con sus manos, y con la bendición del sacerdote tomó el hábito de religiosa, y se hizo cortar el cabello, que después se guardó por reliquias, llorando muchos de los circunstantes; unos, porque perdían tan gran princesa, y amorosa señora, y la tenían por muerta para sí; y otros, de pura devoción, considerando el ejemplo, que les daba, la que menospreciaba con tanta alegría el cetro y la corona, y la arrojaba á los pies de Jesucristo.
En el monasterio no se trataba, como señora, sino como sierva y hermana de las demás: hacía labor con sus manos: era muy continua en la oración, y en el coro: estaba siempre ocupada; leía, y oía leer santos libros: visitaba las enfermas: consolaba á las desconsoladas: en su aspecto era gravemente suave, y suavemente grave: finalmente, la bienaventurada emperatriz de tal manera se dio al menosprecio de sí misma, al estudio de la perfección, al amor, y servicio del Señor, que fué espejo de religión, dechado de santidad, un vivo retrato del cielo, y Dios nuestro Señor la ilustró con algunos milagros en vida: entre los cuales se cuenta, que una noche estando cansada, y acostada en su camilla, cubierta de cilicio, para reposar un poco; otra monja, que le estaba leyendo, se durmió, y cayó la vela, que tenía encendida, sobre las pajas de la cama: y habiéndose encendido gran fuego, la santa emperatriz con el ruido despertó, y con sola la señal de la cruz apagó las llamas. Tuvo en el monasterio una sobrina suya, llamada Juta, a la cual crió con grande amor, y cuidado en toda religión y virtud, y la misma sobrina procuraba imitar á su santa tía, de manera, que todo el convento la amaba y respetaba, y la hizo su abadesa, por las muchas, y muy aventajadas partes, que mostraba: mas después poco á poco fué aflojando en la virtud, y se entendió, que aún no estaba sazonada con la edad, y con el espíritu para aquel cargo, y que las ocasiones mudaban los corazones, y las honras y oficios, las costumbres. Tuvo de esto gran sentimiento la santa tía: y una vez por cierta falta muy grave, que la sobrina había hecho, por castigo de ella, y ejemplo, y escarmiento de las demás; movida del celo de la honra de Dios, la reprendió gravemente, y le dio un bofetón en la cara: y vióse, que Dios la había movido a ello; porque le quedaron impresas en el rostro las señales de los dedos, y duraron en él, mientras que vivió la sobrina.
Habiendo pues, vivido en su santo propósito quince años con tan rara edificación de las monjas, y admiración de todo el mundo, le dio á la bienaventurada emperatriz una enfermedad tan recia, que ella misma conoció, que se le acercaba el término de su vida: y estando ya al fin de ella, y aparejándose las cosas necesarias para el entierro, vio, que sobre las andas ponían un rico paño de brocado; y volviéndose á los que allí estaban, les dijo: Quitad ese paño, que no es mío; porque yo desnuda salí del vientre de mi madre, y desnuda tengo de volver á la tierra, que es mi madre. Cubrid mi cuerpo con un vestido pobre, y vil, y ponedle en una sepultura junto á mi señor, y hermano Enrique, que me está llamando: y con esto dio su espíritu al Señor, y su cuerpo fué sepultado, donde ella mandó; pero con gran concurso de todos aquellos pueblos, que se despoblaban por ver el santo cuerpo, y tocar las andas, en que iba, y hallarse á su entierro; y fueron tantos, los que concurrieron, que en tres días no se pudo enterrar, y nuestro Señor con muchos milagros ilustró á esta santa emperatriz, y muchos enfermos, orando á su sepulcro, alcanzaron por su intercesión perfecta sanidad. Hace mención de ella el Martirologio romano á los 3 de marzo: traen su vida Surio en el segundo tomo, y otros escritores de las cosas de Alemania, y de las vidas de los emperadores; y el suplemento de las historias hace de ella mención.

 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

lunes, 2 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN CEADA, obispo de York

Conocido como San Chad


San Ceada fué un varón santísimo, y doctísimo, hermano de Cedd, obispo de los orientales ingleses, y por sus méritos vino á ser abad de un monasterio, llamado Lantisgham. El rey Osinu tenía la corona de aquel reino en esta ocasión, y deseaba mucho, que en su reino hubiese obispo, que se hallaban sin él: y como tardase en volver de Francia san Wilfrído, que había ido á consagrarse, acordó de enviar á Ceada á Canterbury, que antiguamente se llamó Cantua, para que su arzobispo le ordenase, y consagrase por obispo de Eberaco, ahora llamada York, y fué acompañándolo Eadhedo, capellán del mismo rey: el cual después en tiempo del rey Eefrido vino á ser obispo de Ripa. Llegaron á Cantorbery, y hallaron muerto á Deusdedít, que era el arzobispo, á quien iban: por lo cual se fueron á Vinís, obispo, que era de los occidentales sajones, el cual tomando otros dos obispos de la gran Bretaña, por acompañados, le consagró; y Ceada con esto se fué á su Iglesia, donde vivió con vigilancia, verdad eclesiástica, humildad, castidad, pureza, y gran parsimonia.

Ejercitábase en leer en la sagrada Escri­tura, y en predicar por las villas, aldeas, y caserías, caminando siempre, por imitar en todo á los santos apóstoles. Por este tiempo vino Wilfrido de Francia, y comenzó á administrar, el obispado de York: lo cual visto por Ceada, no se inquietó; antes con humildad profunda se recogió á un monasterio suyo, llamado Talesligahe. Sucedió pues, que Tarumano: obispo de los mercios, pasó de esta vida, y el rey Vulfero envió á rogar al obispo san Teodoro, que le ordenase un obispo; y Teodoro, por hacer bien á aquella tierra, permitiéndolo el rey Osinu, le envió al bendito Ceada; y así fué recibido por obispo de los mercios, y lindisfaros, donde con gran perfección, y ejem­plo raro de su vida, y santas virtudes, ordenó las cosas de toda aquella tierra, según el orden, y ejemplar de los antiguos santos padres. El rey Vulfero le dió una gran tierra en la provincia de Lindisi, para que allí edificase un monasterio. Puso su silla episcopal en una ciudad llamada Lichfield, donde murió, y fué sepultado su santo cuerpo, y allí quedó por muchos años la silla de sus sucesores los obispos. Hizo una casa junto á la iglesia, donde vivía con siete, ú ocho compañeros honestos, y virtuosos, gastando en leer, y orar, el tiempo que le sobraba, después de cumplidos los divinos oficios.

Entre sus muchas, y grandes virtudes, sobresalía en él el temor de Dios, que era tan grande, que en todas sus cosas, y acciones lo mostraba bien. Si estando leyendo, ó haciendo alguna cosa, venia acaso algún poco de viento más de lo acostumbrado, se levantaba, é invocaba la misericordia del Señor, suplicándole con humildad, usase de ella con todo el género humano. Si el viento se hacía fuerte, luego cerraba el libro; y postrado en tierra se poma en oración. Si tronaba, ó relampagueaba, se iba muy solícito á la iglesia; y con salmos, y oraciones estaba fijo orando al Señor, hasta que el tiempo se serenaba. Preguntándole algunos, porqué hacia estas cosas, solía responder, no leísteis, que tronó del cielo el Señor, y el Altísimo envió sus saetas, y destruyólos: multiplicó los rayos. y contúrbolos: mueve el Señor los aires: conmueve los vientos: tira los rayos; y truena del cielo; para despertar, á los que duermen en la tierra, á que teman, para atraer sus corazones á la memoria del juicio, que está por venir, para desvanecer su soberbia, y turbar su osadía, trayendo á la memoria, y entendimiento, aquel temeroso tiempo, cuando ardiendo los cielos, y las tierras, ha de venir en las nubes, con grande espanto, y majestad, á juzgar los vi­vos, y muertos: por lo cual nos conviene, que pues nos envía sus celestiales amonestaciones, lo respondamos con debido amor, y temor santo: de tal manera, que si conmueve el aire, y alza la mano casi para herir con la amenaza, nos pongamos en oración, y alcanzamos su misericordia, para que no nos hiera, y castigue: y escudriñando nuestras conciencias, purguemos la hez de nuestros vicios, y nos tratemos de tal manera, que no merezcamos ser heridos de su ira; oídos, sí, de su misericordia infinita.
Pasados dos años y medio, después que había puesto su silla en Lichfield, vino el tiempo del fin de su peregrinación: y un día estando en oración, solo con unos de sus compañeros, llamado Ovino, el cual era monje, y para mayor perfección se había venido á vivir con él, por estudiar, y aprender de sus muchas virtudes, sucedió, que el tal Ovino oyó una música suavísima de muchos, que cantaban, y se regocijaban, bajando del cielo á la tierra. Primero la oyó de la parte de entre oriente, y septentrión, y de allí se vino acercando, hasta que entró en el oratorio del santo obispo; y al instante se llenó todo de divina, dul­císima, y suavísima armonía. Estando, pues, Ovino con cuidado, que sería aquello; oyó, y vió, como de allí á media hora subía por el techo del mismo oratorio la misma suavidad de voces, y divina música, y que poco á poco se subía á los cielos: por lo cual estuvo un rato suspenso, discurriendo, y escudriñando en su ánimo, qué sería aquello. A este tiempo oyó, que el santo obispo había abierto la ventana del oratorio, y dicho, que si alguno había fuera, entrase.
Entró Ovino entonces, y el santo obispo le dijo: Anda, vé á la iglesia, y llama al hermano Osinu; y ve­nid los dos acá. Llegados los dos á su aposento, les amonestó primeramente, que tuviesen amor, y paz con todos, y que siguiesen, y cumpliesen los preceptos, y reglas de vida, que de él habían aprendido, y oído de otros: después les dijo, como había de partir presto de esta; y añadió: porque aquel amable huésped, que solía visitar á nuestros hermanos, también ha sido servido de venir hoy á mí, y llamarme de este siglo; por lo cual, volved á la iglesia, y decid á los hermanos, que se acuerden de prevenir mi muerte para con el Señor, con vigilias, oraciones, y buenas obras. Oídas estas razones por los dos, quedaron muy tristes, y desconsolados, y con lágrimas muchas se fueron á la iglesia. Volvió después Ovino solo: y postrado á sus pies, le dijo: Ruégote, padre, me dés licencia para preguntarte. Pregunta, lo que quisieres, dijo el santo Ceada. Ovino dijo: Suplicóte, me digas, ¿qué música era aquella, que oí de aquellos, que bajaban del cielo á este tu oratorio? A que respondió con humildad vergonzosa el siervo de Dios: Si oíste las voces, y conociste, que eran de compañías celestiales; rué­gote en el nombre del Señor, que no lo digas á persona alguna antes de mi muerte. A la verdad los ángeles fueron, que vinieron á llamarme para los celestiales premios, que yo siempre amaba, y deseaba; y prometiéronme, que después de siete días volverían, y me llevarían consigo. Lo cual se cumplió así como lo dijo: porque luego vino á desfallecer en el cuerpo, y cada día se le aumen­tó la enfermedad, y al día séptimo recibió el Santísimo Sacramento; y saliéndosele su bendita alma del cuerpo, la recibieron los santos ángeles, y llevaron á los eternos gozos de la bienaventu­ranza, según se lo habían prometido. Murió el segundo día de marzo, y su santo cuerpo fue se­pultado en la iglesia de Santa María. Después se fundó una iglesia á invocación del príncipe de los apóstoles, donde fueron trasladados sus santos huesos, y en ambos lugares hizo el Señor por sus méritos infinitos milagros. Escribió su vida Beda en el libro III de su historia eclesiástica inglesa, cap. 28; y lib. 4, cap. 3; y dice, fué ordenado en obispo por los años de 664, en tiempo de Vitaliano pontífice: la traen asimismo Sanctoro, el Martirologio romano, y otros. En la reforma protestante, los católicos rescataron sus reliquias de la profanación, y ahora se encuentran en la catedral católica de Birmingham, dedicada a su memoria.

Gran virtud es la del temor santo de Dios: no puede dejar de obrar bien, quien teme á Dios: afírmalo el Espíritu Santo, y él mismo dice, al temeroso de Dios le sucederá todo bien, y sobre todo en los extremos, ó en el fin de la vida, que este es el sentir del Espíritu Santo. Ya se vio, cuan bien le fué en los extremos al gloriosísimo Ceada, pues siete días antes bajaron los ángeles á darle suaves músicas, de aquellas, con que sin cesar asisten, y cortejan la divina y soberana majestad del Todopoderoso; y luego volvieron á llevar su bendita alma á los cielos, para presen­társela á su Criador. ¿Pudo irle mejor, ni sucederle más bien en los extremos? Claro está que no. Temía á Dios; ¿qué mucho? Temámosle to­dos: que á todos nos sucederá bien en los extre­mos, y fin de nuestra vida.
 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 1 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN ROSENDO

Célebre en España por su santidad y milagros, nació en Valdesalas, pueblo de Galicia, y fué hijo de los nobles condes de Menéndez. Esta ilustre casa carecía de sucesión, al par que la deseaba vivamente. Fué en cierta ocasión preciso al conde pasar á la ciudad de Coímbra por orden del rey don Alonso el Grande, que le nombró general de las tropas que allí tenia para defender la ciudad de la inundación agarena. Entonces su esposa Ilduara aprovechó la ocasión para dedicarse con más fervor al servicio de Dios y á la práctica de las virtudes. Había sobre un monte vecino, distante unas dos millas de Valdesalas, una iglesia dedicada al Salvador, á la cual solía ir ella descalza, sin comitiva, regando el camino con sus lágrimas, y allí oía los divinos oficios. Uno de los días que fué á ella, estando orando con mucho fervor, se quedó dormida delante del altar y se le apareció un ángel que la consoló diciéndola: Regocíjale, Ilduara, porque te hago saber que tus oraciones han sido oídas de Dios; concebirás y darás á luz un hijo; que será muy estimado de los hombres, y de mucho mérito para con Dios. Despierta Ilduara sin saber lo que le pasa; mas reconociendo en la visión un favor singular del cielo, rinde gracias al Señor: hace luego participante á su esposo del gozo que le cabe: manda por él, y sabedor este de la revelación, une sus votos con los de su consorte. A pocos días concibió esta, y á los 20 de noviembre del año 907 dio á luz á Rosendo, cuyo nombre se le impuso el día de su bautismo. Esos virtuosos padres educaron con especial y cristiana solicitud al niño, que desde sus primeros años mostró decidida afición á la virtud, apartándose de las diversiones de los de su edad, y empleando el tiempo en el estudio y en afectuosas devociones á Jesucristo y á la Virgen María. Su favorita ocupación era el instruirse en la ley de Dios, y meditarla día y noche, de modo que en breve hizo rápidos y admirables progresos en las letras humanas y divinas, en que se aventajó á todos sus iguales; añadiendo nuevo lustre á sus estudios la madurez y gravedad que resplandecían en él, aun en edad juvenil. Su conversación dulce y afable para con todos, se ganaba la voluntad de cuantos le trataban, y daba al mismo tiempo tanta eficacia y peso á sus razones, que se le buscaba por árbitro en los asuntos más delicados é importantes. En los años en que otros jóvenes solo piensan en diversiones y ejercicios propios de la edad, se extendió por toda España la fama de las virtudes de Rosendo, y en todas partes se hablaba con elogio de su modestia, de su castidad, de su misericordia con los pobres, de su liberalidad con los amigos, de su sólida piedad, y de su caridad con todos.
Llegó ó la sazón á estar vacante el obispado de Dumio, y el clero y el pueblo, viendo que tenían en aquel joven el más claro espejo de todas las virtudes, de común acuerdo lo eligieron por su obispo, á pesar de que no tenía más que diez y ocho años. No quiso el santo mancebo admitir tan alta dignidad, y no le hubieran hecho mudar de resolución todas las instancias de los fieles, á no haber tenido una revelación de que era voluntad del cielo que la aceptase.
Esta nueva dignidad, que pudiera deslumbrar á un hombre menos cimentado en la virtud, solo sirvió para hacer más brillantes las grandes prendas de Rosendo. Como una grande antorcha puesta sobre el candelero, esparció sus luces por toda la Iglesia del Señor. Se creyó obligado á ser el común padre de los pobres y peregrinos, y el refugio y consuelo de los huérfanos y viudas. Puso especial cuidado en enseñar y predicar continuamente la palabra de Dios á sus ovejas, y en corregir y reformar las costumbres de su pueblo. Pero en medio del ruido y atención de los negocios, su corazón suspiraba de continuo por la soledad y el retiro que tanto apetecía, para poderse entregar del todo á su Dios. A este fin mandó edificar un monasterio, que aún hoy se llama Celanova, en el cual hizo vida monástica con otros monjes de vida ejemplar y perfecta.
Contentísimo se hallaba Rosendo en la soledad de su celda y en compañía de sus amados monjes, cuando Dios, que le quería hacer mas glorioso entre los hombres, y más útil á su Iglesia, dispuso que volviese otra vez á empuñar, no solo el cayado episcopal, sino el bastón militar en la ciudad de Compostela. Gobernó este obispado con igual celo y prudencia que el de Dumio, mostrándose en todo afable y dulcísimo con los buenos, compasivo con los flacos, y fuerte y animoso contra los disolutos y perversos.
Por aquel tiempo tuvo el rey don Sancho que ausentarse de Galicia, y con este motivo invadieron aquel reino los normandos, ejecutando mil estragos, y al mismo tiempo asolaban los moros la parte de Portugal confinante con Galicia. El santo pastor salió al encuentro de unos y otros, y Dios le favoreció tanto en esta empresa, que arrojó de Galicia á los normandos, y rechazó hasta muy lejos á los moros, obligándoles á contenerse dentro de sus límites. Poco después, renunciando el obispado y toda la gloria del mundo, retiróse otra vez al monasterio de Celanova, donde profesó la regla de san Benito, aventajando á todos sus compañeros en pobreza, humildad y penitencia. Hecho abad de esto monasterio, se portó en este cargo con la misma distinguida prudencia y virtud que en el episcopado, y después de haberle gobernado algunos años, conociendo de antemano el día y la hora de su muerte, y habiéndose preparado con fervorosos actos de amor divino, entregó Rosendo su alma á Dios el día 1 de marzo del año 977, y el sesenta de su edad. Sepultaron su cuerpo junto á la iglesia de san Pedro en una urna de piedra, y Dios glorificó su sepulcro con continuos milagros. La fama de su, santidad y prodigios se hizo luego célebre en la Iglesia universal, y el papa Celestino III colocó á Rosendo en el número de los santos.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc