viernes, 8 de mayo de 2026

S A N T O R A L



Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción de Luján

Vista de la ciudad de Buenos Aires (aguada),
Fernando Brambila, 1794
Pablo Luis Fandiño

A 70 kilómetros al oeste de Buenos Aires se encuentra la ciudad de Luján,
en la margen derecha del río del mismo nombre, cuya primera fundadora y
vecina principal es una pequeña imagen de terracota de la Santísima Virgen
La historia de la Virgen de Luján se remonta a los comienzos del siglo XVII, cuando Antonio Farías de Saa, un hacendado portugués radicado en Sumampa, en la actual provincia de Santiago del Estero, encargó al marino Juan Andrea que le trajera del Brasil una imagen de la Inmaculada Concepción para dedicarle una capilla en su estancia. En marzo de 1630 arribaron al puerto de Buenos Aires, procedentes del valle de Paraiba, São Paulo, no una sino dos imágenes de la Virgen María.

El milagro de la carreta

En los primeros días del mes de mayo de aquel año, el radiante cargamento se unió a una caravana de carretas que partieron de Buenos Aires en dirección al norte. Al atardecer del segundo día de viaje, llegaron a orillas del río Luján, en el ámbito de una propiedad conocida como la estancia de Rosendo, donde pernoctaron. A la mañana siguiente,cuando todos se disponían a partir, por más empeño que pusieron los troperos, la carreta que llevaba las imágenes no se movía de su lugar.
La peregrinación gaucha a Luján rememora todos los años su historia
Reemplazaron a los bueyes, rebajaron la carga, empujaron los peones, todo fue inútil… hasta que bajaron el pequeño cajoncito que llevaba a la Virgen Inmaculada y sólo entonces la carreta se movió. Llenos de admiración por lo ocurrido y de curiosidad por descubrir la causa del inusitado prodigio, abrieron la caja bendita. Envuelta en su interior, encontraron una sencilla estatua de la Madre del Redentor, a la que los felices circunstantes veneraron con ternura. Viendo en ello un designio de la Providencia, los arrieros determinaron trasladarla hasta la morada de Rosendo, donde se le acomodó.
Mientras tanto, la segunda imagen de la Virgen María prosiguió sin mayores dificultades su camino a Sumampa, donde se le venera hasta el día de hoy, y la noticia del suceso acaecido en la rivera del río Luján corrió velozmente hasta Buenos Aires.
Así comenzó la afluencia de devotos, y el río de gracias y milagros concedidos por la Virgen de Luján a lo largo de casi cuatro siglos. En el lugar se levantó una modesta ermita, que durante 40 años quedó a los cuidados de un esclavo africano llamado Manuel. Con la muerte de Rosendo, sus bienes pasaron a manos de su heredero, Juan de Oramas, cura de la catedral porteña, pero las tierras quedaron abandonadas y la devoción estuvo a punto de periclitar.

Los pasos preliminares para consolidar la devoción

En vista de las circunstancias, doña Ana de Matos Vda. de Sequeira, su primera gran bienhechora, compró la venerada imagen al clérigo Oramas. Luego promovió una visita pastoral in situ del obispo dominico, fray Cristóbal de la Mancha y Velazco, junto al gobernador del Río de la Plata, José Martínez de Salazar. Con su autorización y en su compañía, doña Ana efectuó el trasladó de la imagen a su estancia, a dos jornadas de camino. Quedando así oficializado el culto público a Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción del Río Luján.
La profunda devoción que profesaba a la Santísima Virgen impulsó al presbítero Pedro de Montalvo, quien padecía de tuberculosis pulmonar agravada por una afección cardiaca, a emprender una penosa peregrinación en carreta de Buenos Aires a Luján. Tan mal estaba el licenciado Montalvo, que a una legua de su objetivo se sintió desfallecer. El moribundo fue conducido hasta los pies de la Virgen, donde le frotaron el pecho con sebo de la lámpara que ardía constantemente ante la Sagrada Imagen, hasta que volvió en sí. Una vez restablecido, prometió a la Virgen dedicar el resto de su vida a difundir su culto. Debido a su infatigable empeño, en 1685 se inauguró el primer santuario, sobre un terreno donado por la señora Matos, en el mismo lugar en que hoy se levanta la actual Basílica. Don Pedro falleció en 1701 y es considerado el primer Capellán de la Virgen. Alrededor de la “capilla de Montalvo” surgió con el tiempo un pueblo, la Villa de Luján, a la cual en 1730 se le otorgó cura y parroquia. Nuestra Señora la cubriría con su manto, protegiéndola en diversas ocasiones contra malones, pestes y sequías.

Un devoto singular: Don Juan de Lezica y Torrezuri

En 1734 llegó al Callao, como comisionado real, don Juan de Lezica y Torrezuri (1709-1784). Tres años después, el ilustre vizcaíno, casado ya con una dama paceña, contrajo una grave enfermedad que estuvo a punto de llevárselo a la tumba, si no fuera por la promesa que hizo de visitar el santuario de Luján. La Virgen lo curó y él volvió a sus negocios. Sin embargo, en 1748, aquella misma extraña y mortal enfermedad retornó. Temiendo lo peor, tomó sus últimas disposiciones y se estableció en Buenos Aires, donde sanó por completo. Atribuyendo el hecho al favor de Nuestra Señora de Luján.
Agradecido, don Juan se preguntaba:¿qué deseaba manifestarle la Virgen con tales señales? De esto se valió el obispo bonaerense, Cayetano de Marcellano y Agramont, para encargarle la edificación de un nuevo templo en reemplazo del anterior, nombrándolo síndico, ecónomo y patrono de la iglesia lujanense. Gracias a ello, el 8 de diciembre de 1763 se celebró con gran pompa la inauguración de este santuario, que albergó durante siglo y medio a la Virgen de Luján.

Una gran conquista: el padre Jorge María Salvaire

Padre Salvaire
A fines de 1875, un joven misionero claretiano, Jorge María Salvaire (1847-1899), enviado a evangelizar a los indios, estuvo a punto de morir lanceado,culpado de transmitirles una peste de viruela. Se confió a la Virgen y le prometió, si lo salvaba, consagrar su vida a difundir sus milagros y engrandecer su santuario. Entonces, abriéndose paso entre la multitud, el hijo del cacique arrojó su poncho a Salvaire en señal de protección; el sacerdote le había salvado la vida en días anteriores.
En cumplimiento de sus promesas, el P. Salvaire redactó su monumental obra “Historia de Nuestra Señora de Luján”, publicada después de una década de estudios, dio comienzo a la construcción de la actual Basílica, y fue el alma de la Coronación Pontificia de la Virgen de Luján que se realizó solemnemente el 8 de mayo de 1887, de manos de Mons. Federico León Aneiros, segundo arzobispo de Buenos Aires. Para la ocasión, el P. Salvaire colocó a la imagen sobre una peana de bronce, le adosó la rayera gótica con la inscripción:“Es la Virgen de Luján la primera Fundadora de esta Villa” y una aureola de doce estrellas, que luce hasta hoy.
A su muerte en 1899, le tomó la posta el P. Vicente María Dávani C. M.,quien terminó la Basílica en 1922. El 5 de octubre de 1930, Nuestra Señora de Luján fue proclamada Patrona de las tres naciones del Plata: Argentina, Paraguay y Uruguay.

No todo fue rosas en el camino



Además de las dificultades propias de este valle de lágrimas, la devoción a Nuestra Señora de Luján pasó por algunas pruebas mayores. En 1806 y 1807, el Virreinato del Río de la Plata soportó dos invasiones militares inglesas. Para rechazar a los protestantes, las fuerzas locales emprendieron la reconquista y defensa de Buenos Aires a partir de Luján, llevando como bandera el estandarte real con una imagen bordada de la Virgen Inmaculada. A falta de escapularios, los voluntarios se ciñeron dos cintas con los colores celeste y blanco, que les sirvió también como distintivo. Las tropas victoriosas, regresaron a Luján para depositar a los pies de María los trofeos de la batalla.
Aciagos tiempos vivió nuevamente la Argentina, a mediados de 1955, en las postrimerías del gobierno peronista, cuando éste se enfrentó radicalmente contra la Iglesia Católica. Hubo decretos anticatólicos, quema de iglesias y prisión de numerosos obispos, sacerdotes y laicos; hasta se hablaba de la creación de una iglesia cismática nacional. En la noche triste del 22 de agosto de ese año el párroco de Luján, con la debida autorización superior, sacó de su camarín la auténtica e histórica imagen de la Santísima Virgen y la reemplazó por una réplica casi perfecta, iniciándose un periodo catacumbal de su culto.
Nadie se enteró de lo sucedido hasta que,abatido el régimen persecutor y calmados los ánimos, el domingo 27 de noviembre,tres meses después, la venerada imagen volvió a su Basílica en una sorpresiva pero solemnísima procesión.

Ilustres visitantes

File:Peregrinación a Luján 1893.jpg
Primera peregrinación al santuario en 1893
A lo largo de su historia, amplia es la lista de ilustres peregrinos que han venerado a la Santísima Virgen en Luján. Entre ellos se destaca, en 1824 el joven canónigo Juan María Mastai Ferreti, futuro Papa Pío IX, como secretario de la misión Muzi. En 1895, la madre Santa Francisca Javier Cabrini, la primera santa estadounidense. En 1921, el santo Luis Orione, fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia. En 1934,el cardenal legado Eugenio María Pacelli, más tarde Papa Pío XII, luego de presidir el Congreso Eucarístico Internacional. Más recientemente, en 1982,el Santo Padre Juan Pablo II, en plena guerra de las Malvinas; visita que renovó en 1987. Y, finalmente, el entonces cardenal Jorge Mario Bergolio, como arzobispo de Buenos Aires.
*   *   *
Argentina atraviesa hoy una aguda crisis política, económica y moral, que sólo se revertirá en el momento en que el pueblo y sus líderes se rindan nuevamente ante su Reina y Patrona, y acepten vivir respetando escrupulosamente los mandatos de su Divino Hijo.


La Virgencita de Luján*


La imagen de Nuestra Señora de Luján es pequeña en altura: mide 38 cm. Sus facciones son menudas, pero bien proporcionadas.El rostro es oval. El semblante modesto, grave y al mismo tiempo dulcemente risueño, conciliando a la vez benevolencia con su irresistible atractivo,y respeto con majestad de Reina y gran Señora. La frente es espaciosa;los ojos grandes, claros y azules; la cejas negras y arqueadas; la nariz algo aguileña, la boca pequeña y recogida, los labios iguales y encarnados cual rosa, las mejillas sonrosadas, y las demás facciones,como ya lo hemos dicho, muy proporcionadas.
Mira un tanto hacia la derecha. El color del rostro, aunque muy agraciado, es un tanto amorenado.Tiene sus delicadas manos, asimismo bien formadas, juntas y arrimadas al pecho, en ademán o movimiento de quien humildemente ora.
El ropaje de la talla se compone de un manto de color azul, hoy muy amortiguado,sembrado de estrellas blancas; debajo de dicho manto aparece una túnica de color encarnado, aunque en el día igualmente muy amortiguado.
Los pies de la santa imagen descansan sobre unas nubes, desde las cuales emerge la media luna, que tradicionalmente se pone debajo de las plantas de la Virgen Inmaculada, y luego como jugueteando inocentemente entre aquellas nubes, descuellan cuatro graciosas cabecitas de querubines, con sus pequeñas alas desplegadas de color ígneo.
Finalmente, diremos que la materia con que ha sido fabricada la santa imagen es de arcilla cocida.
En resumidas cuentas, no es, debemos confesarlo, la antigua imagen de Nuestra Señora de Luján, una obra de arte; en cuanto a la materia, nada apreciable es, y por lo que mira a la hechura, no se puede, a la verdad, mentar entre las imágenes notables. Preciosa es empero, sobre toda ponderación, por los innumerables y admirables portentos que, por su intercesión, obró incesantemente la divina misericordia, por los piadosos recuerdos que su sola vista despierta, y por la veneración tan entrañable que le profesaron nuestros padres.
* J. M. SALVAIRE, Nuestra Señora de Luján, Imprenta de P. E. Coni, Buenos Aires, 1885, p. 267
fuente: http://www.fatima.pe/articulo-941-nuestra-senora-de-la-pura-y-limpia-concepcion-de-lujan

jueves, 7 de mayo de 2026

S A N T O R A L


  SANTA FLAVIA DOMITILA, Vírgen y Mártir

SANTOS NEREO Y AQUILEO, Mártires (*)

Fresco de Il Pomarancio, Basílica de los Santos Nereo y Aquileo - Roma


Según las Actas, por desgracia en gran parte legendarias, Nereo y Aquileo fueron soldados romanos, convertidos por San Pedro. Después del bautismo abandonaron la milicia y entraron al servicio de una gran dama, Domitila, pariente próxima del emperador Tito, que se hizo cristiana muy pronto, siendo bautizada por el Papa San Clemente. Condenados los tres como cristianos, fueron verosímilmente decapitados.

 SUS RELIQUIAS

No se sabe dónde fueron depositadas primitivamente las reliquias de Santa Domitila. Los cuerpos de los Santos Nereo y Aquileo fueron honrosamente sepultados en las catacumbas del cementerio de Domitila en la Vía Ardeatina, a medio kilómetro de Roma. Conservamos aún una homilía pronunciada por San Gregorio en la Basílica subterránea que el Papa Siricio había hecho construir sobre sus tumbas. San Gregorio insiste en su discurso sobre la caducidad de los bienes de este mundo y evoca el recuerdo de los héroes que descansaban bajo el altar alrededor del cual se habían reunido los fieles de Roma: "Estos santos, dice, en torno de cuyo sepulcro nos hallamos reunidos en este momento, desdeñaron en la flor de la edad el mundo hollándole con sus pies. Tenían ante sí, vida larga, salud asegurada, fortuna opulenta, la esperanza de una familia en la cual habrían perpetuado su nombre y habrían podido gozar de estos placeres por largo tiempo en la paz y tranquilidad; pero en vano el mundo hizo ostentación de sus galas ante ellos; en su corazón estaba ya marchito".  
Más tarde las reliquias debieron ponerse en una basílica vecina, situada en la Vía Apia, y llamada hasta entonces Fasciola. A partir del siglo VIII se llamará sólo de los Santos Nereo y Aquileo y llegará a ser título cardenalicio. Pero a causa de los desastres de Roma, por hallarse casi en ruinas la basílica, los cuerpos de los santos fueron trasladados, en el siglo XIII, a la basílica de San Adrián en el Foro. Allí permanecieron hasta fines del siglo XVI, en que Baronio, habiendo sido creado cardenal con el título de los Santos Nereo y Aquileo pensó restaurar para ellos la antigua basílica Fasciola. Por su munificencia las naves.se levantaron de nuevo y sobre los muros se pintó la historia de los tres mártires; la cátedra de mármol sobre la cual se cuenta pronunció San Gregorio su homilía, fué restablecida a esta iglesia y en su respaldo se gravó completa dicha homilía. Finalmente la Confesión, decorada con mármoles y mosaicos recibió también las reliquias de que había estado privada durante tres siglos.

EL TRIUNFO

Baronio comprendió que era tiempo de terminar el destierro demasiado largo de los santos mártires y por cuyo honor se sentía obligado a velar en adelante. Pudo unir a las reliquias de los dos soldados mártires, los de una santa, Domitila que desde entonces era honrada y que él tenía fundadas razones para creer que era la santa compañera de su martirio, preparando todo un triunfo para conducirlos, el 12 de mayo de 1597, a la antigua morada. Roma cristiana, sabe como ninguna, unir en sus cultos los recuerdos de la antigüedad clásica con los sentimientos que inspira la religión de Cristo. Una solemne procesión condujo primeramente al Capitolio la carroza en que se hallaban colocados, bajo suntuoso dosel, los cuerpos sagrados de los tres mártires. Dos inscripciones paralelas atrajeron las miradas en el momento en que el cortejo llegaba a la cima del Clivus Capitolinus.
En la una se leía: "A Santa Flavia Domitila, virgen romana y mártir, el Capitolio, purificado del culto nefasto de los demonios, y restaurado más dignamente que lo fué por Flavio Vespasiano y por Domiciano, Augustos, parientes de la virgen Cristiana". La otra decía: "El Senado y el pueblo romano a santa Flavia Domitila, virgen romana y mártir, que dejándose consumir en el fuego por la fe de Cristo, dió a Roma más gloria que sus parientes Flavio Vespasiano y Domiciano, Augustos, cuando restauraron a su costa el Capitolio, dos veces incendiado".
Depositaron un momento las cajas de los mártires sobre el altar levantado cerca de la estatua ecuestre de Marco Aurelio y después de recibir sus homenajes fueron de nuevo colocados en el carro, bajando por el lado opuesto del Capitolio hasta encontrar el arco de Triunfo de Septimio Severo. En él se leen estas dos inscripciones: "A los Santos Mártires Flavia Domitila, Nereo y Aquileo, excelentes ciudadanos, el Senado y el pueblo de Roma por haber ilustrado el nombre romano con su gloriosa muerte y obtenido con su sangre la paz para la república romana"."A Flavia Domitila, Nereo y Aquileo invencibles mártires de Jesucristo, el Senado y el pueblo romano por haber glorificado a la ciudad con el noble testimonio que dieron de la fe cristiana".
Siguiendo la Vía Sacra la procesión llegó frente al arco de Triunfo de Tito, monumento de la victoria de Dios sobre la nación deicida. En uno de sus lados se leía esta inscripción: "Este arco triunfal otorgado y erigido en otro tiempo a Tito Flavio Vespasiano Augusto, por haber puesto de nuevo bajo el yugo del pueblo romano a la Judea sublevada, el Senado y el pueblo romano le otorgan y consagran de una manera más justa a la sobrina del mismo Tito, Flavia Domitila, por haber aumentado y propagado con su muerte la religión cristiana".
La inscripción en el otro lado del arco de Triunfo decía así: "A Flavia Domitila, virgen romana y mártir, sobrina de Tito Flavio Vespasiano Augusto, el Senado y el pueblo romano porque con la efusión de su sangre y el sacrificio de vida por la fe, rindió homenaje a la muerte de Cristo con una gloria que no adquirió el mismo Tito, cuando por vengar esta muerte derribó a Jerusalén por inspiración divina".
Dejaron a la izquierda el Coliseo, cuya arena había sido el teatro de los combates de tantos mártires y pasaron por el arco de Triunfo de Constantino, monumento que habla tan alto de la victoria del cristianismo en Roma y en el imperio que repite todavía el nombre de la familia Flavia a la cual pertenecía el primer Emperador cristiano.
He aquí las dos inscripciones que decoraban el arco Triunfal: "A Flavia Domitila, a Nereo y Aquileo, el Senado y el pueblo romano. En esta Vía Sacra en que muchos emperadores romanos, augustos, obtuvieron los honores del triunfo por haber sometido al imperio del pueblo romano diversas provincias, triunfan hoy estos mártires con gloria aún mayor por cuanto vencieron por la superioridad de su valor a los mismos triunfadores"."A Flavia Domitila, el Senado y el pueblo romano. Si doce emperadores parientes suyos augustos ilustraron con sus grandes hechos a la familia Flavia y a Roma misma, la virgen sacrificando por Cristo los honores y la vida, dió a ambos mayor lustre aún".
Continuando después por la Vía Apia llegaron finalmente a la basílica. A la puerta rodeado de un gran número de cardenales, Baronio recibió con profundo respeto a los tres mártires y les llevó al altar mayor, mientras el coro cantaba esta antífona del Pontifical: "Entrad, santos de Dios; el Señor ha preparado aquí vuestra morada; el pueblo fiel ha seguido con alegría vuestra marcha y os suplica roguéis por él a la potestad de Dios. Alleluia!"

LA VERDADERA GLORIA


¡Qué triunfo tan sublime os ha preparado Roma, oh mártires invictos después de tantos siglos transcurridos desde vuestra gloriosa muerte! ¡Qué cierto es que en la tierra no hay nada comparable con la gloria de los santos! ¿Dónde están, oh Domitila, los Flavios, esos doce emperadores de tu nombre? ¿Quién se preocupa de sus cenizas? ¿Quién conserva incluso su recuerdo? A uno de ellos se le llamó "las delicias del género humano". Y el pueblo ignora hasta su nombre. Otro, el último de todos, tuvo la gloria de ser escogido para proclamar la victoria de la cruz sobre el mundo romano; Roma cristiana guarda su memoria con honor y reconocimiento; mas no le tributa culto religioso, Roma lo reserva para ti, oh Domitila, y para los dos mártires cuyo nombre va hoy asociado al tuyo.

¿Quién no sentirá el poder del misterio de la resurrección de nuestro divino Caudillo en el amor y entusiasmo que inspiran a todo este pueblo la vista y la procesión de vuestras reliquias, oh mártires de Dios vivo? Quince siglos pasaron sobre vuestros miembros fríos y los fieles les saludan con entusiasmo como si los sintiesen aún llenos de vida. Pero el pueblo cristiano sabe que Jesús, "el primer nacido de entre los muertos", ha resucitado y que vosotros debéis resucitar un día gloriosos como Él. Saluda anticipadamente esa inmortalidad que será la parte de vuestros cuerpos inmolados para gloria del Redentor; contempla ya con la fe el esplendor con que brillaréis un día, proclama la dignidad del hombre rescatado, para quien la muerte no es sino el tránsito a la vida verdadera y la tumba un surco que recibe el grano para hacerle más vivo y más hermoso.

PLEGARIA

"Dichosos, dice la profecía, los que lavaron sus túnicas en la sangre del cordero'". Pero más dichosos aún, nos dice la Santa Iglesia, aquellos que después de haber sido purificados, mezclaron su sangre con la de la Víctima divina, porque suplieron en su carne lo que faltaba a las tribulaciones de Cristo. Por eso es poderosa su intercesión y debemos dirigirnos a ellos con amor y confianza. Sednos propicios, ¡oh Nereo, Aquileo y Domitila! Haced que esperemos a Jesús resucitado; conservadnos la vida que nos comunicó; apartadnos de los encantos de este mundo y disponednos a pisotearlos si hay peligro de que nos seduzcan. Hacednos fuertes contra todos nuestros enemigos, prontos para la defensa de la fe, vigorosos para la conquista de este reino que debemos arrebatar por la violencia. También los defensores de la Iglesia romana que, cada año, renueva, en este día vuestro culto con tanto fervor; proteged al Pontífice en quien Pedro reside; disipad las tormentas que amenazan a la cruz sobre el Capitolio y conservad la fe en el corazón de los romanos. 

fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer
Tomo III pag. 824 y siguientes

(*)En el calendario anterior los tres santos se los recordaban conjuntamente el 12 de Mayo, en el  actual están separados, conmemorandose hoy a Santa Flavia Domitilise, mientras que los Santos Nereo y Aquileo conservan la fecha del 12 de Mayo.