domingo, 20 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

 SAN EUSTAQUIO, MÁRTIR

La vida y martirio de san Eustaquio y de Teopista, su mujer, y de Agapilo y Teopislo, sus dos hijos, escribe Melafraste de esta manera. 
Fué san Eustaquio caballero y valeroso soldado, y siendo gentil se llamaba Plácido, ó como otros dicen Plácidas; y al cardenal Baronio le parece probable, que haya sido aquel Plácido, de quien hace mención Josefo "De bello judaico": el cual fué capitán de caballos y sirvió valerosamente á Vespasiano y Tilo, en la guerra que hicieron contra los judíos: en la cual también sirvió Trajano, que después fué emperador. Tenía mujer é hijos Plácido: y aunque era soldado y gentil, era hombre de buenos respetos y moralmente virtuoso, modesto, benigno y amigo de hacer bien. Deleitábase en la caza, tomándola por una manera de ejercicio para la guerra. Yendo un día á caza, y estando apartado de sus criados y cazadores, vio un ciervo de extraña grandeza, y siguiéndole desapoderadamente, con deseo de cogerle, quedó cogido y alumbrado del Señor; porque parándose el ciervo, vio entre los cuernos un crucifijo de inmensa claridad, y oyó una voz que le dijo: Plácido, ¿por qué me persigues? Yo soy Jesucristo que morí por tu amor; y ahora te deseo salvar. Bajó luego del caballo Plácido: arrojóse en el suelo; y con la novedad sobresaltado y despavorido, estuvo como atónito, hasta que volviendo en sí, tomó ánimo, y como otro Saulo preguntó al Señor, qué mandaba que hiciese. 
Y el Señor le mandó que entrase en la ciudad, y fuese al sacerdote de los cristianos, y se bautizase con su mujer y con sus hijos, y después volviese á aquel mismo lugar; porque allí le tornaría otra vez á aparecer, y le diría lo que quería que para adelante hiciese. Hizo Plácido luego con grande cuidado y alegría lo que Dios le mandaba. Bautizóse, y tomó en el bautismo nombre de Eustaquio: y su mujer, que antes se llamaba Trajana, se llamó Teopista: y sus dos hijos, el mayor Agapito, y el segundo Teopisto. Hecho esto, volvió Eustaquio al puesto en que le había aparecido el Señor, para entender de él lo que mandaba que hiciese. Estando en oración, y suplicando con grande afecto al Señor que se le mostrase, y que cumpliese su promesa, le apareció el Salvador: y alabándole de lo que ya había hecho, le avisó que el demonio le había de tentar y probar como á otro Job, para que su virtud fuese mas afinada y conocida; pero que tuviese fuerte, porque él le ayudaría, y después de haberle probado, le haría glorioso en la tierra y en el cielo. Con esto desapareció aquella visión, y Eustaquio se volvió á su casa con grande ánimo y gozo, armándose y apercibiéndose contra las batallas de Satanás, y confiando en Dios que le daría victoria de ellas, como se lo había prometido. Y porque Teopista era mujer cuerda y temerosa de Dios, Eustaquio le dio parte de lo que se le había revelado, para prevenirla y disponerla para los trabajos que le habían de venir.
De allí á pocos días entró la pestilencia en casa de Eustaquio, y mató á todos sus criados y criadas. Dio otra enfermedad á todo su ganado mayor y menor, que de ella pereció; y en breve tiempo se halló pobre y desnudo de las grandes riquezas que antes poseía, y comenzó á ser menospreciado en aquella adversidad de los mismos, que en su prosperidad poco antes le acompañaban y servían. Parecióle dejar su patria, é irse á vivir á alguna parle remota y escondida: y tomando á su mujer y á sus dos hijos (que eran de poca edad), y algunas pocas cosillas que le habían quedado, se partió de noche camino de Egipto, donde pensaba vivir. Siguiendo su camino, llegó á un puerto, y halló en él un navío aprestado: entró en él; y el patrón de él puso los ojos en Teopista (que era hermosísima), y preso y cautivo de su amor, se determinó á quitarla á su marido, y pudo tanto, que lo hizo, sin ser parte él para librarla, ni sacarla de sus manos: aunque el Señor la libró, sin saberlo Eustaquio; porque, queriendo hacerle fuerza el patrón de la nave, Dios le quito la vida, y la guardó á ella entera con su muerte, y le dio el fin que adelante se verá. Salió del barco con sus dos hijos triste y lloroso Eustaquio, por haberle quitado la mujer con tanta violencia; mas acordándose de las palabras que el Señor le había dicho, y pidiéndole sufrimiento y perseverancia en su amor, siguió su camino con sus dos hijos. Llegó á un rio, que por su gran corriente no se podía fácilmente vadear: y como Eustaquio era hombre de grande ánimo, y muchas fuerzas, dejando al uno de sus hijos á la orilla del rio, tomó el otro sobre sus hombros, y pasóle á la otra parte, y púsolé allí para volver con el segundo hijo. Ya que se llegaba á él, vio que un bravo león le arrebataba y llevaba asido. Atravesó este caso el corazón del amoroso padre con un cuchillo de dolor; porque no podía socorrer á su hijo, ni librarle de las garras del león: y encomendándose á Dios, determinó volver al otro hijo, que había dejado de la otra parte del rio, y yendo por él, vio que un lobo se le llevaba, sin poderle el triste padre socorrer ni remediar. ¿Quién no se maravilla de los juicios de Dios? ¿Quién no se espantará de los caminos que toma, para probar, coronar y glorificará sus escogidos? Habiendo Eustaquio perdido los criados, la hacienda y la honra, perdió juntamente la mujer y los hijos; pero no perdió la fortaleza y constancia, porque estaba fundado en Dios, y confiaba en sus promesas y palabras. Vio Eustaquio su pobreza, y que tenía necesidad de trabajar por sus manos, si quería comer: y, llegado á un pueblo que se llamaba Badilo, asentó con un labrador rico, para cultivar la tierra, y trabajar en el campo; y así lo hizo por espacio de quince años, con gran paciencia y longanimidad, aguardando el tiempo del consuelo, y de la benignidad del Señor: la cual, aunque algunas veces nos parece que tarda, al fin nunca desampara á sus siervos, y el dilatarlas consolaciones, es para doblarlas, y acrecentar más la corona; como acaeció á Eustaquio, de la manera que aquí diré.

Sucedió al emperador Trajano una guerra muy peligrosa: y como había sido compañero de Plácido en la guerra de Vespasiano y Tito contra los judíos (como dijimos), y conocía su gran valor y experiencia en las cosas de la guerra, determinó nombrarle por capitán general de su ejército, y encomendarle aquella empresa tan dificultosa. Mas habiendo entendido que Eustaquio, por los infortunios que le habían venido, se había ausentado con su mujer é hijos, y no parecía; envió criados y mensajeros suyos por todas partes, para buscarle, por el deseo grande que tenía de hallarle, y encargarle aquella jornada. Los mensajeros del emperador, después de haberle buscado en muchas partes con gran curiosidad y diligencia, al fin le hallaron; pero tan trocado, y en hábito tan diferente, que aunque él los conoció, no le conocieron, hasta que después por ciertas señas entendieron que era el que buscaban; y con increíble gozo le dieron el recado del emperador: y desnudándole de los pobres y rústicos vestidos, le vistieron de las ropas que traían. Eustaquio se dejó vestir; porque entendió que aquel era negocio de Dios, que se quería servir de él en aquella jornada, y comenzaba á cumplir sus promesas, y á darle serenidad y algún alivio después de tan cruel y horrible tormenta. Hízole Trajano su capitán general, y dióle las insignias acostumbradas: comunicóle todo lo que pertenecía á aquella jornada, confiando mucho que tendría buen suceso por su gran valor y virtud. Mandó Eustaquio hacer gente de nuevo; porque la que tenía, no le pareció bastante. La guerra tuvo el fin que se podía desear, quedando los enemigos desbaratados, destrozados y vencidos, y sus tierras destruidas y quemadas; y el ejército de Eustaquio volvió victorioso, y cargado de despojos. Pero para que se entienda mejor la providencia paternal que Dios tiene de los suyos, y que no hay cosa que resista á su voluntad; sucedió una cosa maravillosa, y digna de considerarse con mucha atención y ponderación.
Altar de San Eustaquio, 
Sanlúcar Mayor-Sevilla
Paró Eustaquio con el ejército en una aldea, y entretúvose en ella tres días, para descansarle y recrearle. Comenzaron algunos soldados (como suelen, cuando no tienen qué hacer) á razonar entre sí, y pasar tiempo, contando sus varios casos y acaecimientos. Uno dijo á los otros, que él había tenido un padre capitán, rico y noble, y una madre de extremada hermosura, y un hermano menor de muy gracioso aspecto, y que habiendo salido de su casa por cierta ocasión, que él no sabía, yendo camino con ellos, entraron en una nave, de la cual había salido su padre muy lloroso y triste, sin haber visto más á su madre; y que al pasar un rio caudaloso, su padre había tomado al otro hermano menor en los hombros, y dejádole á él de esta otra parte del rio para pasarle después; y que estando el hermano á la una parte del rio, y el otro á la otra, a él le había arrebatado un león, y á su hermano un lobo al mismo tiempo; más que por la providencia del cielo el león á él no le había hecho daño, porque allí cerca estaban unos pastores, que, viéndole, acudieron á él, y se le quitaron de las uñas, y compadeciéndose de él, le habían criado, y hecho hombre: aunque estaba con gran cuidado; porque no sabía nada de aquel otro hermano suyo, ni de su padre, ni de su madre. Estaba presente á este razonamiento el otro hermano menor, que también era soldado: y después que por las señas entendió que aquel era su hermano, no se pudo tener que, lleno de increíble gozo y admiración, y derramando muchas lágrimas de alegría, no corriese á él, y le abrazase, y le dijese: Hermano mío dulcísimo, yo soy vuestro hermano, que, como á vos os libraron los pastores del león, á mí unos labradores me libraron del lobo, y también me criaron y sustentaron. Y para mayor y más extraña maravilla, ordenó la divina Providencia, que en aquella misma aldea, donde esto pasó, estuviese Teopista, madre de los dos mozos, sirviendo en traje pobre y humilde, y morase allí cerca, donde sus dos hijos (de la manera que habernos referido) se habían conocido: y entendiendo que aquellos dos eran sus hijos, revivió, como si resucitara de muerte á vida, y los abrazó, y se les dio á conocer, y ellos la tuvieron por madre, la cual, deseando volver á su patria con sus dos hijos, se fué al capitán general Eustaquio, y le dijo quién era, y le suplicó que le mandase dar alguna comodidad, para volver segura y quieta á su tierra con el ejército. Al tiempo que le hablaba, por dispensación del Señor, resplandeció el rostro de Eustaquio, de manera, que ella conoció que era su marido. Finalmente, por las cosas particulares y domésticas, que ella le contó de su vida pasada, se vinieron á conocer, y alabar, y ensalzar infinitamente al Señor, que los había guardado de tantos peligros, y librado á ella de la deshonestidad y violencia del patrón de la nave, y á sus hijos de las fieras, y á él de tanta miseria y calamidad, y que por un camino tan maravilloso se hubiesen tornado á juntar para gloria de su santo nombre. De aquí partió Eustaquio victorioso con su ejército: entró en Roma, donde ya era muerto el emperador Trajano, é imperaba Adriano, su sucesor: el cual, aunque honró mucho á Eustaquio, y le agradeció el trabajo que había tomado en aquella guerra, y le hizo muchas mercedes; pero queriendo agradecer á sus falsos dioses la victoria, y viendo que Eustaquio no quería entrar en los templos para hacerles sacrificio, y que en efecto era cristiano; privándole de la dignidad que tenía, le mandó prender á él y á su mujer é hijos, y echarlos á los leones: los cuales se postraron á sus pies, lamiéndolos mansamente, y haciéndoles reverencia.Eustaquio
Mas el emperador Adriano no se amansó, antes se embraveció más, y mandó hacer un buey grande de metal, y encenderle, y echar á los santos mártires en él, para que así fuesen asados, quemados, y hechos ceniza. Los bienaventurados mártires, armados de la señal de la cruz, de fé, y de constancia, haciendo gracias al Señor por las mercedes que hasta aquel punto les había hecho, humildemente le suplicaron que los recibiese en sacrificio, como había recibido la sangre del primer mártir San Esteban, y de los otros mártires, y que concediese todo lo que para bien de sus almas pidiesen los que se encomendasen en sus oraciones: y oyeron una voz del cielo que les dijo, que Dios había oído su petición, y que tuviesen por cierta la corona. Entraron con grande alegría en el buey de metal, hecho un fuego, y estuvieron allí tres días encerrados: y abriéndole después, hallaron los cuerpos muertos, pero resplandecientes, y tan enteros, y sin lesión, como si estuvieran vivos, porque no les faltaba un pelo de su cabeza; y con este milagro muchos de los gentiles se convirtieron, y otros quedaron atónitos y confusos. Fué el martirio de san Eustaquio á los 20 de septiembre, el primer año del imperio de Adriano, y el de 120 del Señor. Escribió la vida de San Eusiaquio Melafrasto (como dijimos), y hacen mención de él los Martirologios, romano, de Beda, Usuardo, y Adon. Niceforo le llama otro Job. por su gran paciencia, y san Juan Damasceno cita los actos de su vida. Y en Roma hay una ilustre y antigua iglesia de San Eustaquio, donde se suelen hacer limosnas á los pobres; y en un ritual antiguo se halla una oración, en la cual se pide para el que hace la limosna, que sea particionero de la gloria del bienaventurado mártir Eustaquio; pues es imitador de sus ejemplos.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

sábado, 19 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

Nuestra Señora de La Salette

La Salette y Fátima

Dos eslabones del gran anuncio del reinado de María

A la izquierda: Santuario de Fátima, Fátima (Portugal); 
a la derecha: Santuario de La Salette, Grenoble (Francia)
«Vengan, hijos míos, no tengan miedo, estoy aquí para entregarles una gran comunicación», con estas palabras la Madre de Dios convocó a dos pequeños pastores de los Alpes franceses, para transmitir al mundo un mensaje que años después con mayor instancia repetiría en Fátima.
Luis Dufaur
La Santísima Virgen se apareció muchas veces en lugares y épocas diferentes. Obró milagros, instó a la reforma de las costumbres, advirtió contra peligros diversos, sembrando siempre su amor maternal hasta en la hora de los más graves avisos.
Ahora bien, en la aparición a Santa Catalina Labouré, en la rue du Bac, en París, Nuestra Señora inició una serie concatenada de manifestaciones. Sí, las apariciones de la rue du Bac (1830), de La Salette (1846), Lourdes (1858) y finalmente Fátima (1917) forman un mismo cuadro. No pueden ser vistas como si no tuviesen nada que ver una con la otra.
María Santísima actúa como una madre que, cuando sus hijos no andan más por el camino del bien, multiplica avisos y señales de amor con una insistencia conmovedora. Y un hijo que escucha a su madre comprende que lo que Ella le dice hoy se suma a lo que le dijo ayer y antes de ayer.
En la rue du Bac, la Santísima Virgen le mostró a Santa Catalina Labouré que el mundo andaba por la vía de la perdición, le anunció una horrible revolución de carácter comunista: la sanguinaria Comuna de París de 1870. Pero al mismo tiempo le dio una señal de predilección y de victoria para que el mundo se corrija: la Medalla Milagrosa. Por medio de ella, Nuestra Señora nos concede gracias y favores inconmensurables. Pero, el mundo... ¡no se puede decir que haya mejorado como Ella quería!
Melania Calvat 
Dieciséis años después, la Santísima Virgen apareció en La Salette, Francia. Allí habló más minuciosamente, como una madre que ve al hijo prestando poca atención al mal que se abate sobre él y quiere hacerle recuperar el juicio. Son palabras de una madre cariñosa, pero tan impresionantes que Ella misma pidió que sólo fueran reveladas doce años después. Exactamente en 1858. ¿Por qué en 1858? En ese momento nadie lo sabía. Ella lo sabía.
El 11 de febrero de 1858, María Santísima apareció en Lourdes a Santa Bernardita Soubirous y abrió en la famosa gruta un torrente de gracias y milagros que hasta hoy atrae a las multitudes. Durante las visiones, Santa Bernardita repetía las palabras que oía de la Virgen: “Penitencia, penitencia, penitencia”.
No obstante, la humanidad siguió por el camino que siguió. No hizo penitencia.
La Santísima Virgen insistió una vez más en Fátima. Anunció con breves palabras, tal vez las postreras, el castigo en que el mundo incurriría si, finalmente, no hiciera la penitencia debida. Pero, para darnos ánimo, profetizó el triunfo de su Inmaculado Corazón, después de tremendas puniciones.
En La Salette y Fátima, la misma Madre de Dios y nuestra habló de las mismas cosas. Fátima sólo se entiende bien a la luz de La Salette, y La Salette se comprende enteramente a la luz Fátima. Un mismo mensaje de una misma Reina y Madre para un mismo hijo descarriado. En todas sus manifestaciones, comunicando fuerzas e instrumentos sobrenaturales para corregirse, hacer penitencia y apartar la justa punición de Dios. Pero en todas repitiendo la misma verdad: Dios está airado con los pecados del mundo. Si la humanidad no se corrige, vendrán grandes castigos.
En La Salette la Santísima Virgen habló ampliamente. En Fátima habló de modo conciso, como una madre que advierte a un hijo desobediente que, después de este aviso, no habrá más prórrogas.

Los dos pastorcitos de La Salette

Maximino Giraud 
En la mañana del 19 de setiembre de 1846, la pastorcita Melania Calvat, de 14 años de edad, conducía las vacas de su patrón a pastar en las colinas de La Salette, en la región de Grenoble, en los contrafuertes de los Alpes franceses. Un niño de 11 años, a quien no conocía, insistió en acompañarla.
Era Maximino Giraud, así como ella, pastorcito al servicio de un vecino. Melania aceptó. Ninguno de los dos podía imaginar el evento sobrenatural del que serían testigos en aquel día providencial. Melania gustaba de la soledad, del silencio y de la oración.
Maximino era ingenuo y locuaz. Pronto comenzó a pedir a Melania que le enseñara un juego. Ella le propuso su entretenimiento preferido: hacer un “paraíso”, es decir, una casita de piedras cubierta con manojos de flores silvestres.
Después de mucho esfuerzo en aquella construcción, ambos tuvieron hambre y sueño. Comieron un refrigerio frugal, se recostaron sobre el pasto y durmieron.

Aparición de la Virgen llorando

Resultado de imagen para la saletteCuando despertaron, tuvieron una sorpresa: una luz más brillante que el sol posaba sobre el paraíso que habían construido. Maximino empuñó su cayado y le garantizó a Melania que, si la luz fuese mala, él la defendería.
Se aproximaron del foco luminoso. En el centro de éste había otra luz aún más brillante, que se movía. Era una Señora coronada de flores, cuya celestial expresión Melania describió con palabras inspiradas. Sentada sobre el paraíso, la Señora lloraba con el rostro entre las manos. Era la Santísima Virgen, hoy conocida bajo la advocación de Nuestra Señora de La Salette. Mirando hacia los niños, se levantó y dijo: “Vengan, hijos míos, no tengan miedo, estoy aquí para entregarles una gran comunicación”.

Vinculación profunda entre La Salette, Lourdes y Fátima

Les comunicó entonces un mensaje para ser divulgado y un secreto para ser revelado en 1858, año en que Nuestra Señora aparecería en Lourdes, inaugurando una era de gracias que dura hasta la actualidad.
De hecho, estas dos manifestaciones de la Madre de Dios constituyen una sola. En La Salette, la Virgen anunció el futuro del mundo hasta el fin de los tiempos y los castigos universales que penden sobre la humanidad impenitente.
En Lourdes, dio inicio a un diluvio de gracias para erguir a esa misma humanidad y darle fuerzas y estímulos para apartarse del mal y de la Revolución. El nexo profundo entre Lourdes y La Salette incluye a Fátima que, absolutamente hablando, es la coronación de estas irrupciones extraordinarias de la Reina del Cielo en la historia humana. En ese sentido, el 13 de mayo del 2007 en Aparecida, el Papa Benedicto XVI afirmó que Fátima “es sin duda, la más profética de las apariciones modernas”.

Gran interés y conmoción en el clero y en el pueblo

Melania y Maximino corrieron de vuelta a las casas de sus patrones y contaron después todo lo sucedido al párroco. Éste, oyéndolos, se conmovió hasta las lágrimas e hizo un sermón durante la Misa, que impresionó vivamente a la feligresía. El obispo local, Mons. Philibert de Bruillard, de Grenoble, leyendo un sencillo relato de los hechos, cayó en lágrimas.
La noticia se esparció como reguero de pólvora. Y no debe sorprendernos, pues Francia estaba entonces dividida religiosa y políticamente. De un lado estaban los católicos llamados liberales y “sociales”, precursores del progresismo que hoy devasta la Iglesia, conjurados con los continuadores del igualitarismo libertino y anticatólico de la Revolución Francesa; esos católicos liberales se sintieron alcanzados y denunciados por el mensaje en lo que tenían de más interno. De otro lado, los católicos auténticos, defensores de todas las formas de legitimidad, al leer el mensaje de La Salette, tuvieron una confirmación de todo lo que la fe y la fidelidad a la Iglesia les inspiraba. Los sucesivos gobiernos de la época —monarquía ilegítima de Luis Felipe, segunda y tercera Repúblicas, así como el imperio de Napoleón III— eran considerados con horror por los mejores representantes del catolicismo francés. Tales gobiernos no ocultaron su odio contra La Salette. Sobre todo Napoleón III, cuyo falso juego quedaba desvendado en La Salette.
Así, el mensaje de la Santísima Virgen incidió en la carne viva de los problemas religiosos, políticos y ideológicos de Francia. Con pequeñas variaciones, esos problemas eran los mismos en todo el mundo católico occidental de aquella época. Enemigos velados de La Salette, aventureros, falsos místicos, políticos interesados pusieron en circulación versiones distorsionadas del mensaje y hasta adulteradas, para justificar posiciones políticas previamente adoptadas o simplemente para desmoralizar las palabras de Nuestra Señora.
Independiente de aquella polémica, las peregrinaciones no dejaron de crecer y se constataron los primeros milagros en el lugar.
 Fuente:http://www.fatima.org.pe/articulo-372-la-salette-y-fatima-dos-eslabones-del-gran-anuncio-del-reinado-de-maria

S A N T O R A L


SAN GENARO, OBISPO Y MÁRTIR


Fué san Genaro -ó Jenaro ó Januario- obispo de la ciudad de Benevento, que es en el reino de Nápoles: y como en la persecución de Diocleciano y Maximiano, estuviese preso un santo confesor, llamado Sofio, y san Genaro le visitase en la cárcel, para consolarle y animarle al martirio; Timoteo, presidente, le mandó prender y traer delante de sí, y procuró pervertirle y atraerle con muchas palabras y razones á la adoración de sus falsos dioses. Pero entendiendo que perdía el tiempo, hizo encender un horno por espacio de tres días, y echar en él á san Genaro; más guardóle el Señor, de manera, que salió del horno, sin que la llama le hubiese hecho daño en la ropa, ni en un pelo de la cabeza. Encendióse más el tirano, viendo que las llamas le habían perdonado, al que él deseaba acabar: mandóle atormentar tan cruelmente, que todos los miembros del santo mártir fueron descoyuntados. Vinieron á visitarle Festo, diácono, y Desiderio, lector: y siendo conocidos por cristianos, fueron presos y llevados con su obispo san Genaro, cargados de hierros y cadenas, delante del coche del presidente á la ciudad de Puzol. Allí fueron echados en la misma cárcel, donde estaban presos Sofio, diácono de la ciudad de Misena, y Próculo diácono de Puzol, y dos legos, llamados Eutiques y Acucio:los cuales todos habían sido condenados á ser despedazados de las bestias fieras, y estaban aguardando la ejecución de su sentencia.


Al día siguiente todos siete fueron echados á las fieras: las cuales, olvidándose de su natural ferocidad, se derribaron á los pies de san Genaro, y de sus santos compañeros, como unas ovejas mansas.El presidente, atribuyendo este milagro del Señor á hechizos y arte mágica, dio sentencia contra ellos, y mandólos degollar; pero luego perdió la vista, y por la oración de san Genaro la recobró, y con este milagro se convirtieron casi cinco mil personas. No bastó el beneficio que había recibido el inicuo juez, para aplacar su furia, y conocer la mano poderosa de Dios, que obraba en sus santos; antes viendo la conversión de tanta gente, y temiendo la ira de los emperadores, pronunció sentencia de muerte contra los santos mártires. Lleváronlos al lugar del martirio, y cortáronles las cabezas. Sus santos cuerpos fueron llevados á diversas partes: el de san Genaro, habiendo estado primero en Benevento-, y después en el monasterio llamado Monte de la Virgen, fué trasladado á Nápoles en tiempo del papa Alejandro VI, y puesto en la iglesia catedral, donde es reverenciado con grande devoción y veneración de toda aquella ciudad, que le tiene por patrón, y recibe de su mano grandes y continuos beneficios.https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi0KJg5tpnjp1A3AiPWFo7StninV30IVyE8yT5T6UchiqUnrDAjuQpFOPLj5TRH1oPJFL4VQq0sZGaxNuShjjbDloH-JIhdk8pKwaqu0gP09T6wHM8qO5zn6ga75ThCaNHbI3Twafl4LsU/s1600/San+genaro.jpgDos milagros entre otros ha obrado nuestro Señor por los merecimientos de san Genaro.El primero es, haber librado la ciudad y reino de Nápoles del incendio del Vesubio, que ahora se llama el monte de Soma: el cual es un volcán, no lejos de Nápoles, que echa fuego; y algunas veces sale con tanta abundancia el fuego, que parece que ha de consumir y abrasar todas aquellas provincias, como sucedió en tiempo del emperador Tito; y en aquel incendio murió Plinio II, por haberse llegado por curiosidad á verle más cerca de lo que debiera. Pero otra vez fué tan espantoso y horrible el incendio que salió de este monte, que parecía que toda Europa se había de convertir en ceniza; porque arrojó tanta y tan menuda, que llegó hasta Constantinopla, y cesó por las oraciones de san Genaro: y los griegos le instituyeron fiesta, y cada año hacen dos veces procesión solemne, haciendo gracias á Dios, por haberlos librado de aquel peligro, y suplicándole que para adelante los librase. Con esta ocasión creció la devoción de san Genaro en la gente que venía á visitar sus sagradas reliquias, y fundáronle muchas iglesias en diversas partes. El otro milagro es perpetuo, y que hasta hoy dura. Tienen en Nápoles la sagrada cabeza de san Genaro, y aparte una ampolla de vidrio, llena de la sangre cuajada del mismo santo; y en juntándola con la cabeza, ó poniéndola delante de ella, comienza luego la sangre á deshelarse y derretirse, y hacerse líquida, como si se acabara de verter: y este milagro yo lo he visto algunas veces, y tiene á todo el mundo por testigo. El martirio de san Genaro fué á los 19 de setiembre, el año del Señor de 305, imperando los sobredichos Diocleciano y Maximiano.
El papa Sixto V, el primer año de su pontificado, que fué el de 1585, en 27 días de enero mandó que se rezase de san Genaro, como de santo simple: y después el papa Gregorio XIV, ordenó que se guardase su fiesta en la ciudad y reino de Nápoles, y que se le rezase el oficio doble, y en el resto de la cristiandad semidoble. Escribió el martirio de san Genaro y de sus santos compañeros, Juan, diácono, y le refiere Surio en el quinto tomo, y hacen mención de él los Martirologios, romano, el de Reda, Usuardo, Adon, y otros autores latinos y griegos que escriben vidas de santos.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

LA SANGRE DE SAN GENARO

También San Genaro derramó su sangre por Cristo. Pero esta sangre continúa dando su testimonio y a su manera pública en voz alta lo fácil que será para Dios devolver la vida a sus elegidos en el último día. En Nápoles, tres veces al año, se expone la cabeza del santo Obispo. Delante del relicario se pone la sangre: una sustancia dura, oscura, encerrada en dos ampollas de cristal. A veces, esta sustancia disminuye o aumenta de volumen, sin que lo motive la temperatura del momento. Pero con muchísima frecuencia sucede que esta sangre se hace líquida y se manifiesta en estado de ebullición. La reliquia, dicen los historiadores, es de una autenticidad muy dudosa; mas al fenómeno no se le ha dado aún explicación natural. No parece exagerado, por tanto, que empleemos la palabra "milagro" para; poderlo explicar. "Dios, dice el Cardenal Schuster, quiere demostrar a su pueblo de Nápoles que la sangre del patrón de la ciudad está siempre viva y roja ante el Señor, porque en la eternidad y en Dios no hay pasado, sino que todo está presente y todo vive ante Él. El martirio del glorioso Obispo no cesa de proteger a la bella ciudad napolitana, rica por el ingenio de sus hijos y por las virtudes magnificas de sus Santos."

PLEGARIA

Busto-reliquiario de San Genaro

Santos Mártires y tú, sobre todo, Genaro, que fuiste su jefe por la valentía y por la dignidad del pontificado, vuestra gloria actual aumenta nuestro deseo del cielo; vuestras luchas pasadas nos animan en el combate de la vida; vuestros milagros siempre perennes nos confirman en la fe. También os debemos loor y agradecimiento en este día de triunfo. Y satisfacemos la deuda con alegría de nuestros corazones. Dignaos, en cambio, hacer llegar hasta nosotros la protección de que se muestran ufanas con mucha razón las ciudades que viven debajo de vuestro poderoso patrocinio. Proteged a esas ciudades creyentes cuando las quiera asaltar el infierno. Ofreced a Cristo Rey, en contra de las deficiencias sociales, la fidelidad creciente de aquellos que de cerca o de lejos os honran.

 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer