martes, 6 de octubre de 2026

S A N T O R A L

San Bruno de Colonia

Fundador de los Cartujos

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Escenas de la vida de san Bruno y de la orden de la Cartuja


Dotado de una de las más bellas inteligencias de su siglo, aplaudido en toda Europa como Maestro, San Bruno dejó todas las glorias humanas y se encerró en el desierto de la Cartuja, a fin de vivir solamente para Dios.

Plinio María Solimeo

“Grandeza de nacimiento, grandeza de espíritu, grandeza de fortuna, gracias exteriores, inteligencia clara y vigorosa, incomparables aptitudes para las ciencias, dones ya magníficos que hacían brillar al más bello de ellos, la virtud: he ahí en qué medio de esplendor se desarrollaba aquella joven alma”.1 Es así como un hagiógrafo describe la infancia y adolescencia de San Bruno de Hartenfaust, nacido en Colonia alrededor del año 1030, cuya fiesta conmemoramos el día 6 de octubre.
Siendo muy joven fue a complementar su educación en Reims, atraído por la reputación de su escuela episcopal y de su director, Heriman.2 Allí brilla, obteniendo siempre los primeros puestos en todos los estudios. Al graduarse es nombrado profesor, adquiriendo fama, sobre todo por la solidez y profundidad de su doctrina. Pero el joven maestro Bruno Gallicus —como era conocido en los medios universitarios de la Europa de entonces— o simplemente Maestro Bruno, no se deja ilusionar por el éxito. Desde hace mucho su noble alma aspiraba a una gloria imperecedera, y a servir a otro Señor y no al mundo. La corrupción de su época lo entristecía; la simonía (venta de beneficios eclesiásticos), que entonces se propagaba en los ambientes del clero, le causaba indignación; la herejía lo horrorizaba. Quería reformar el mundo, y no ser seducido por él.
Por ello regresó a su Colonia natal y allí se ordenó sacerdote, entregándose más tarde a la evangelización del pueblo pobre e ignorante en los lugares más apartados.

Formador de futuros santos

Pero si él huye de la gloria, ésta lo persigue. El arzobispo de Reims, Gervasio, también quiere reformar su diócesis y piensa en el joven levita. Y Bruno retoma su cátedra, es nombrado canciller de la curia, director de estudios e inspector de todas las escuelas de la diócesis.
Entre sus alumnos de teología, se distinguen dos que tendrían un gran papel en el futuro: San Hugo, futuro obispo de Grenoble, y el bienaventurado Urbano II, el Papa de las Cruzadas.
Sin embargo, “Maestro Hugo es un hombre austero y grave. No sonríe ante los aplausos ni parece tener en gran estima su renombre de sabio. En su comportamiento y en su palabra hay un qué de desengaño, que no puede encubrir el brillo de todos sus éxitos. [...] Entre otras cosas, decía: «Feliz el hombre que tiene su mente fija en el Cielo y evita el mal con vigilancia continua; feliz también aquel que, habiendo pecado, llora su crimen con arrepentimiento. Pero, ¡ay de los hombres que viven como si la muerte no existiese y como si el infierno fuese una pura fábula!»”.3
Y el mal se aproxima de él en la persona del nuevo arzobispo, Manasés, que a fuerza de intrigas había conseguido tomar posesión de la Sede de Reims. Bruno se levanta contra los escándalos del nuevo arzobispo y apela al legado del Papa. Un Concilio en Autun, del cual fue el alma, condena a Manasés, que es obligado a dejar el cargo y muere en la oscuridad, después de todo el mal que había hecho.


Fundación de la Cartuja: vocación realizada

Vista actual de la Gran Cartuja fundada  por
 San Bruno en 1084, en Grenoble, Francia
Esa misma noche, durante el sueño, aquellos tres ángeles se le aparecieron a San Hugo, en Grenoble, anunciándole la próxima venida de su amigo y compañeros. El prelado fue transportado aún en sueños hasta un lugar eriazo y agreste de su diócesis, donde vio erguirse un templo y bajar sobre él a siete estrellas del cielo. Representaban a San Bruno y sus seis compañeros.

San Hugo revistió a los nuevos solitarios con un hábito de lana blanca y después los llevó hacia el lugar visto en sueños.
Así, San Bruno tomó posesión del desierto de la Cartuja —que más adelante daría el nombre a su Orden— y comenzó a vivir la vida que había imaginado para sí y para los suyos.

Austeridad de vida toda vuelta hacia Dios

Lo que el santo anhelaba era vivir en el aislamiento, del modo más semejante posible al de los primeros eremitas del desierto, pero teniendo al mismo tiempo los recursos de la vida cenobítica, es decir, en comunidad. Y fundó así una de las Ordenes más austeras de la Iglesia. Los cartujos usan “ásperos cilicios, hacen largas vigilias, ayuno continuo, silencio perpetuo con los hombres y conversación incesante con Dios. Nunca comen carne, su pan es un pan negro de cebada; admiten pescado, si se los ofrecen, pero jamás los compran. Únicamente los jueves y los domingos llegan a su mesa queso y huevos. Los martes y sábados se alimentan de legumbres cocidas. Los lunes y miércoles ayunan a pan y agua. No tienen más que una comida diaria. En la puerta de sus celdas mueren los rumores del mundo externo. Rezan, transcriben códices y trabajan en el jardincito circundante [...]. Sólo se reúnen en la iglesia para rezar Maitines, a la medianoche, y durante el día para la Misa y Vísperas. Fuera de eso viven a solas, «dirigiendo a Dios sus oraciones, con los ojos fijos en la Tierra y los corazones elevados al Cielo»”.4
El obispo Hugo dispuso la construcción de una iglesia y de pequeñas celdas de madera para cada uno de los monjes. De vez en cuando, iba a pasar períodos de recogimiento entre los monjes, como uno de ellos

Contra el cisma reinante, al servicio de la Iglesia

El Papa Urbano II y Sn Bruno, su confesor
Los 
primeros años de la recién fundada Cartuja pasaron rápidamente en el fervor de la contemplación y de la oración. Pero la Tierra no es Cielo, y la felicidad perfecta tiene su límite. Cierto día, Bruno recibió un correo urgente de su ex-discípulo y entonces Padre de la Cristiandad, el Papa Urbano II: el Emperador Enrique IV no había aprobado su elección al Solio Pontificio y provocaba un cisma en la Iglesia al elegir un antipapa, Guiberto. El verdadero Papa, necesitado de los consejos y de las luces de San Bruno, lo llamaba a Roma. Éste, lleno de tristeza por el futuro incierto de su obra, designó a Landuino como superior en lugar suyo y partió hacia la Ciudad Eterna.
El Papa lo recibió con todas las honras y la estima con que un discípulo recibe a su maestro. Pero las aprehensiones del Santo, al dejar la Cartuja, se realizaron: sin el maestro y superior, los otros seis monjes no aguantaron, y terminaron siguiéndolo a Roma. Urbano II designó un lugar para alojarlos en las Termas de Diocleciano, donde ellos intentaban llevar la vida contemplativa que seguían en la Cartuja. Pero no era la misma cosa. Poco a poco, los fugitivos se fueron dando cuenta de que su lugar era allá en la Cartuja, y no en medio a una ciudad cosmopolita como Roma. Y, animados por Bruno, emprendieron el camino de regreso.
Como un buen padre, él mantenía un contacto constante por carta —tanto cuanto era posible en aquellos tiempos— con sus hijos espirituales, estimulándolos, instruyéndolos, robusteciéndolos en la vocación, respondiendo a sus dudas y animándolos a que perseverasen.
Se cuenta que, cierto día en que ellos pasaban por grandes pruebas y a punto de abandonarlo todo, se les apareció un venerable anciano que les disipó todas las dudas, como apartando con la mano la tentación, asegurándoles que la Santísima Virgen velaba por ellos y sería siempre su abogada y protectora. Dicho esto, el anciano desapareció, por lo que los monjes supusieron que fuera San Pedro, mandado por Dios para animarlos. Con eso preservaron, y desde entonces siempre hubo monjes en aquel monasterio hasta 1903, cuando nuevas leyes persecutorias de la Iglesia en Francia expulsaron a los religiosos del país, incluso a los cartujos. Pero después de la Segunda Guerra Mundial, allí estaban ellos de vuelta, y allí permanecen hasta hoy.

Segunda Cartuja, en la Calabria

¿Y San Bruno? En Roma imploraba al Papa, día y noche, que le permitiese regresar a su querida soledad. El Papa estuvo tentado a aceptar el pedido de los habitantes de Reggio Calabria, dándoles al santo por arzobispo. Pero ante la insistencia de Bruno, y juzgando que tal vez estuviese yendo contra la voluntad de Dios si desatendía sus justos pedidos, accedió en parte a ellos. Empero, para tenerlo más a mano en el caso de alguna necesidad, le recomendó que escogiese cualquier otro lugar solitario más cerca de Roma. Así San Bruno, con algunos nuevos discípulos, encontró un valle en la Calabria, que fue la cuna de la segunda Cartuja.
Allí pasó los últimos días de su vida en la contemplación y escribiendo comentarios a los Salmos y a las Epístolas de San Pablo. “Sus sentidos no le servían sino para las necesidades indispensables del cuerpo y para los oficios de piedad. Su conversación estaba continuamente en el Cielo, y gozaba de una paz y una tranquilidad de alma tan perfecta, que ya experimentaba, por adelantado, el reposo y las dulzuras de la eternidad”.5
Al fin llegó para él ese tan esperado tiempo. Y, rodeado de sus discípulos, entregó su alma a Dios un domingo, 6 de octubre de 1101.
Notas.-
1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, vol. XII, p. 91.
2. Ambrose Mougel, The Catholic Encyclopedia, 1908, vol. III, edición online.
3. Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. IV, p. 48.
4. Id., pp. 50-51.
5. Bollandistes, op. cit., p. 98.

 Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-233-san-bruno-de-colonia

lunes, 5 de octubre de 2026

S A N T O R A L

SAN PLACIDO, monje

EL OBLATORIO BENEDICTINO ANTIGUO 

A la orden benedictina se asocia toda la Iglesia para festejar hoy a San Plácido, uno de los primeros discípulos del Patriarca de los Monjes de Occidente.
San Gregorio Magno nos refiere cómo de Roma y de otras partes venían a confiar niños a San Benito para que él se encargase de su educación y de su instrucción, y que el Santo "los mantuvo en el servicio de Dios". Estos niños eran ordinariamente, no sólo confiados para unos años, sino en realidad ofrecidos y donados a Dios de un modo definitivo, de suerte que ya no podían en adelante volverse al mundo.
En la actualidad nos choca esta costumbre y nuestra mentalidad del siglo XX la califica, desde luego, de abusiva y hasta de exorbitante. Y es que ya no tenemos nosotros la misma noción de la patria potestas, del poder paternal, tal como existió durante largos siglos. No hace tanto tiempo que los padres decidían el porvenir de sus hijos sin consultarlos y hasta sin permitirles el menor reparo.

NUESTRA DEPENDENCIA DE DIOS

"Los usos antiguos hay que apreciarlos con un alma antigua, y las disposiciones cristianas se necesita apreciarlas con una alma cristiana. Para rebelarse contra la donación hecha a Dios de los niños de pocos años, sería necesario demostrar que el hombre tan sólo está sometido a las leyes cuya obligación y carga él aceptó libremente.
"Somos criaturas sin haberlo querido; hemos sido hechos cristianos y hemos sido comprometidos en el orden divino sin contar con nuestro parecer. El hombre que reflexiona, tiene que reconocer inmediatamente que es un ser de quien Dios dispone como quiere, o por sí mismo y directamente o por intermediarios, pero siempre como amo.

LA LIBERTAD

"En el fondo, la inquietud retrospectiva causada por el oblatorio ¿no procede de un error demasiado extendido sobre el verdadero carácter de la libertad? La facultad de escoger el mal o un bien menor, la independencia de la persona frente al bien o al mal, el individualismo mezquino o envidioso, todo esto no es más que la disminución de la libertad. La verdadera libertad consiste en la dependencia profunda, en la adhesión consciente y voluntaria al bien y a Dios. A no ser así, no se comprende la educación que tiene por fin precisamente el crear en nosotros el prejuicio del bien aun antes de saber lo que es. Y los que quieren que los individuos pertenezcan al Estado más que a la familia, y que se los entregue para su formación a la Universidad so pena de pérdida de derechos, no hacen más que usar ellos del procedimiento que reprochan a la Iglesia.
"Al ofrecer el senador Tertulo a su hijo Plácido a San Benito, no pensaba que practicaba un acto de tiranía; creía que así aseguraba la tranquilidad y la vida eterna de su hijo; estaba convencido de que ni el niño ni Dios le echarían en cara algún día su decisión. De hecho, la mayor parte de los niños ofrecidos de esta manera, se adherían de buen grado más tarde a la profesión que había sido emitida en su nombre. Y los que de buena gana habrían tomado el camino del mundo, ¿tanta lástima merecen por habérselos obligado a quedarse en la casa de Dios? Y en vez de dejarse hipnotizar por los abusos y las defecciones inevitables que ocasionó el oblatorio, ¿no se debe más bien bendecir a una institución que dió tales frutos como San Mauro y San Plácido, San Beda el Venerable, Santa Gertrudis y tantos otros? Si nosotros hubiésemos sido ofrecidos, sólo habríamos conocido a Dios y no tendríamos otros recuerdos distintos de Él, ni tendríamos tampoco que olvidar nada: ¿en qué consistiría la desgracia?"

VIDA

Plácido nació en Roma de la noble familia de los Anicios. Muy niño aún, su padre Tertulo le confió a San Benito en el 
monasterio de Monte Casino. Fué el discípulo predilecto del Santo, juntamente con San Mauro. San Gregorio ha referido un milagro de que el santo salió beneficiado: un día fué Plácido por agua al lago, cayó en él y le arrastró la corriente.
San Benito mandó a Mauro que fuese en su ayuda; éste obedeció tan puntualmente, que anduvo sobre las aguas sin advertirlo y sacó al joven Plácido. Las Actas de su vida nos manifiestan su dulzura, su humildad, su contemplación, su austeridad. A San Plácido se le consideró como Confesor hasta fines del siglo XI. Entonces apareció la leyenda de que San Benito le había enviado a Sicilia. El martirologio casinense la anotó, pero, por la lógica de las cosas, pronto se tuvo que ver en el Plácido enviado a Sicilia, al mártir de este nombre honrado el 5 de octubre. Pedro diácono, monje casinense del siglo XII, introdujo la Leyenda en su Vita Placidi, vida inventada desde el principio hasta el fin que se extendió sólo en un círculo restringido. Sicilia la aceptó, pero haciendo constar en los martirologios de los siglos XII y XIII que esta tradición se habría sobrepuesto a otra más antigua. Actualmente la Orden benedictina celebra la fiesta de San Plácido utilizando el Común de Mártires sin ninguna oración ni lección propia, hasta que llegue el día de juntar en una sola fiesta a los dos primeros discípulos de San Benito, Mauro y Plácido que una tradición secular había ya unido en la Alta Edad Media en el grupo de los Confesores.
Será conveniente no olvidar en nuestra oración de hoy al grupo notable de mártires de que hace memoria la Iglesia en este día y que sufrieron por la fe en el siglo V.

ORACIÓN POR LOS NOVICIADOS

De lo alto del cielo donde estás recibiendo la recompensa de tu docilidad y de tu fidelidad, dígnate, oh San Plácido, no dejar de interesarte por la extensión del reino de Jesucristo en el mundo, por los progresos de la vida perfecta en la Iglesia, por la difusión de la familia monástica cuya gloria eres. En diversos lugares te están confiados los noviciados: en recuerdo de la formación privilegiada cuya insigne ventaja tuviste, vela por los que aspiran a la mejor parte.
A ellos sobre todo se aplica la palabra del Evangelio: Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos, el reino de los cielos que consiste en la participación anticipada de Dios en este mundo por la vida de unión y a la cual lleva el camino de los consejos. ¡Que hagan ellos recordar a los Ángeles tu humildad y dulce sencillez y reconozcan la solicitud de madre de la Sagrada Religión para con ellos, por la docilidad filial que en ti fué correspondencia al afecto especial del legislador de los monjes! ¡Dios permita que a pesar del descrédito del mundo, crezcan para gloria de Dios, en número y en mérito!
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

domingo, 4 de octubre de 2026

S A N T O R A L


San Francisco de Asís
Siervo perfecto de la Dama Pobreza



Fresco de San Francisco en Subiaco. . Según muy 
antigua tradición, ésta es su verdadera fisonomía.
Una de las mayores vocaciones de la Historia de la Iglesia, el fundador de la Orden Franciscana recibió los estigmas del Redentor y se tornó un sustentáculo de la Iglesia universal; modelo de desprendimiento total, no despreciaba a los ricos; poseía la alegría que deriva de la pureza de corazón y de la constancia en la oración

Plinio María Solimeo

San Francisco de Asís, uno de los santos más populares del mundo, marcó profundamente no sólo la vida de la Iglesia, sino también la sociedad temporal de su época. Celebramos su fiesta el día 4 de Octubre.
Pocos santos ejercieron una influencia tan determinante en la historia civil y eclesiástica de su tiempo como el Poverello de Asís. Y pocos habrán llevado las máximas evangélicas tan lejos cuanto este hombre que se identificó tanto con Nuestro Señor Jesucristo crucificado, que mereció recibir en su cuerpo los sagrados estigmas de la Pasión.
Francisco nació en 1182 en la pequeña y poética ciudad de Asís, situada en los Apeninos. Su padre fue Pedro Bernardone —que se hiciera famoso por la usura y ceguera en relación con su hijo— y su madre una dama de origen francés, de noble sangre y gran virtud, llamada Pica.
Narra una leyenda que ella, sintiendo los dolores del parto, no conseguía dar a luz, hasta que se trasladó a la caballeriza de la casa, naciendo así Francisco, a semejanza del Salvador, sobre la paja, entre el asno y el buey.
Alegre, derrochador, pero temeroso de Dios
Nada sabemos de la infancia del Santo. En la Leyenda de San Francisco (o De los Tres Amigos), escrita por tres de sus primeros discípulos, leemos: “Ya crecido, como era dotado de una viva inteligencia, se dispuso a continuar el oficio paterno, es decir, el comercio, sin embargo con otros entendimientos, pues él era mucho más alegre y liberal que su padre: le gustaba andar en festiva compañía, sea durante el día sea durante la noche, por las calles de Asís, en diversiones y cantos, y era tan gran derrochador, que gastaba en reuniones y banquetes todo cuanto ganaba”.1 A lo cual añade San Buenaventura, tercer General de los franciscanos, contemporáneo y discípulo del Poverello: “Pero, con el auxilio divino, jamás se dejó llevar por el ardor de las pasiones que dominaban a los jóvenes de su compañía”.2
El propio Francisco confiesa: “—Yo verdaderamente creo nunca haber, por la gracia de Dios, cometido falta sin haber hecho de ello expiación, confesando mi pecado y arrepentido de mi culpa”.3
Alegre, jovial, desprendido, gentil, afable, “el Señor infundía en su corazón un sentimiento de piedad que lo hacía generoso con los pobres. Este sentimiento fue creciendo en su corazón; y lo impregnó de tanta bondad, que él decidió, como oyente atento que era del Evangelio, ser generoso con quien le pidiese limosna, sobre todo a quien pidiese por amor de Dios”,4 de modo que daba hasta parte de su vestuario, si no tenía más dinero.
La popularidad que Francisco había adquirido hasta entonces entre sus coterráneos se debía más a sus cualidades morales que a las físicas, pues “era pequeño y de aspecto miserable”,5 atrayendo poco la atención de aquellos que no lo conocían.
“Desprecia lo que amaste” – entrega a la Dama Pobreza
Llevaba él esa alegre y despreocupada vida, cuando tuvo las primeras revelaciones divinas que lo llamaban a una vida más elevada. Rezando un día en la iglesia de San Damián, oyó al Crucificado pedirle que restaurase su casa, que estaba en ruinas. Tomando las palabras literalmente, se empeñó en la refacción no sólo de ese templo, sino de otros dos más. El Divino Redentor, sin embargo, le pidió que sobre todo restaurase no los edificios de las iglesias, sino la propia Iglesia en cuanto institución.
Mas le dijo el Salvador: “Si quieres conocer mi voluntad, precisas despreciar todas las cosas que hasta aquí materialmente amaste y deseaste. Cuando hubieres hecho eso, te será agradable todo cuanto te es insoportable y se volverá insoportable todo cuanto deseas”.6
Entonces intervino Pedro Bernardone, pues su hijo daba de limosna todo lo que tenía, y pasó a llevar una vida considerada insensata por el mundo. En esa época ocurrió el conocido episodio en que el padre recurre al obispo para hacer cesar las “extravagancias”del hijo; éste se apresura a despojarse hasta de la ropa que lo cubría, para satisfacer la codicia del padre. Después de eso Francisco se entregó completamente a lo que llamó laDama Pobreza, siguiendo al pie de la letra los consejos del Evangelio.
La Porciúncula
Funda los Frailes Menores
 “Como otro Elías, comenzó Francisco a anunciar la verdad, con pleno ardor del Espíritu de Cristo. Convidó a otros a que se asociasen a él en la búsqueda de la perfecta santidad, insistiendo para que llevasen una vida de penitencia. Comenzaron algunos a practicar la penitencia, y enseguida se asociaron a él, compartiendo la misma vida, usando vestimentas viles. El humilde Francisco decidió que ellos se llamarían Frailes Menores”.7
Surgieron así los primeros doce discípulos que, según registran las Florecillas, “fueron hombres de tan grande santidad que, desde los Apóstoles hasta hoy, no vio el mundo hombres tan maravillosos y santos”.8 “Aquellos que venían a abrazar esta vida distribuían a los pobres todo lo que tenían. Se contentaban sólo con una túnica, un cordón y un par de calzas, y no querían más”, dirá más tarde Francisco en su Testamento.9
Los nuevos apóstoles se reunieron en torno de la pequeña iglesia de la Porciúncula, o Santa María de los Ángeles, que pasó a ser la cuna de la Orden.
El Santo sostiene a la Iglesia Católica
Para obtener la aprobación de su incipiente Orden, Francisco se dirigió a Roma. Y el Señor estaba con él, pues, poco antes de llegar, y para prepararle el terreno, “el Pontífice Romano vio en sueños a la Basílica de Letrán, a punto de desplomarse; mas un pobrecillo, hombre pequeño y de aspecto miserable, la sustentaba con sus hombros, impidiendo que se desplome”.10 Cuando el Sumo Pontífice vio en su presencia al Poverello de Asís, lo reconoció, lo abrazó, y le dijo a él y a sus compañeros: “Hermanos, id con Dios y predicad la penitencia, según os será inspirada. Cuando hubiereis crecido en número y el Señor aumentado sus gracias a vuestro favor, tornad a Nos, que os concederemos lo que deseareis y mucho más”.11
Provistos de esa aprobación pontificia, los nuevos religiosos salieron a predicar, de a dos, recorriendo las ciudades de la región y mostrando a sus habitantes, con la palabra y con el ejemplo, el camino de la salvación.
Espíritu y fuerza de Elías
Cierta noche los frailes vieron un carro de fuego de un esplendor maravilloso, con un globo brillante, parecido al sol, entrar en el aposento en que estaban, dando tres vueltas en el recinto. Comprendieron que Dios quiso mostrarles, por aquella figura, “que su padre Francisco había venido «en el espíritu y en la fuerza de Elías». Desde entonces [Francisco]penetraba los secretos de sus corazones, predecía el futuro y realizaba milagros. Estaba patente para todos que el espíritu de Elías, dos veces más poderoso, viniera a habitar en él con tal plenitud, que lo más seguro para todos era seguir su vida y enseñanzas”.12Francisco manifestaba su amor a Dios por una alegría inmensa, que se expresaba muchas veces en cánticos ardorosos. A quien le preguntaba cual era la razón de tal alegría, respondía que “ella deriva de la pureza del corazón y de la constancia en la oración”.
Esa divina locura de la cruz, que transparecía en Francisco y le atrajo muchos discípulos, debía atraer también a una joven, hija del Conde de Sasso Rosso, Clara, de 17 años. Desde el momento en que oyó al Pobrecillo predicar, comprendió que la vida que él proponía era la que Dios quería para ella. Francisco se volvió guía y padre espiritual de su alma.
Como sus padres tenían otros planes para Clara, fue necesario que ella huyese a la pequeña iglesia de la Porciúncula, donde Francisco le cortó los cabellos y la hizo vestir un simple hábito. Nacía así la Segunda Orden de los Franciscanos, las Clarisas. Dos semanas después, Inés, hermana de Clara, la seguía al claustro, y más tarde una tercera, Beatriz.

No despreciar a los ricos
A pesar de predicar especialmente a los pobres e identificarse con ellos, “Francisco tenía el hábito de alertar a sus discípulos, exhortándolos a no condenar y no despreciar a «aquellos que vivían en la opulencia y vestían con lujo»”. Decía que “también ellos tienen a Dios por señor, y que Dios puede, cuando quiere, llamarlos, como a los otros, y hacerlos justos y santos”.13 Uno de esos nobles le dio al Poverello el Monte Alverno, donde recibiría la mayor gracia de su vida.
Encuentro de dos hombres providenciales
En 1217, yendo a Roma, Francisco se encontró con otra lumbrera de la Iglesia de la época, Domingo de Guzmán, que también había fundado una Orden religiosa para combatir la decadencia de las costumbres. Los dos santos se abrazaron, estableciendo una amistad solidificada por el amor a Dios.
Poco después Francisco recibía en su Orden a uno de los que serían su mayor gloria y haciéndose uno de los santos más populares del mundo, Fray Antonio de Lisboa —más adelante conocido, también, como “de Padua”.
El Monte Alverno, donde Francisco
recibió la mayor gracia de su vida:
los sagrados estigmas de la
Pasión de Nuestro Señor
Sinsabores y fundación de la Tercera Orden
Uno de los mayores dolores de Francisco fue ver surgir una nueva tendencia entre sus frailes, comandada por el Superior Fray Elías, que daba una orientación diferente a la del Santo, principalmente con relación a los estudios y al modo de observar la pobreza. Francisco llegó a maldecir a Fray Pedro de Stacia, uno de los frailes de la nueva tendencia.
De otro lado, eran tantos los seglares que, ligados por los lazos del matrimonio o con otros encargos terrenos, no podían observar por entero las reglas franciscanas, pero querían pertenecer a su familia de almas, que Francisco fundó una Orden Tercera para abarcar a todos. Muchos grandes personajes —como San Luis, Rey de Francia, y Santa Isabel, Duquesa da Turingia— a ella pertenecieron.
Recepción de los estigmas
Dos años antes de su muerte, habiendo Francisco ido al Monte Alverno en compañía de algunos de sus frailes más íntimos, se puso en oración fervorosa y fue objeto de una gracia insigne. Con la apariencia de un serafín de seis alas se le apareció Nuestro Señor crucificado que, después de entretenerse con él en dulce coloquio, partió dejándole impreso en el cuerpo los sagrados estigmas de la Pasión. Así, este discípulo de Cristo, que tanto deseaba asemejarse a Él, obtuvo este otro trazo de similitud con el Divino Salvador.
Cantando alabanzas a la “Hermana Muerte”
En su última enfermedad, y ya próximo a la muerte, quería Francisco que Fray Ángelo y Fray León permaneciesen junto a su lecho para cantar las alabanzas de la “Hermana Muerte”. A quienes se escandalizaban con esa actitud, respondía: “Por una gracia del Espíritu Santo, me siento tan profundamente unido a mi Señor Dios, que no puedo dejar de alegrarme en Él”.14
“Por fin, habiéndose realizado en él todos los planes de Dios, el bien aventurado adormeció en el Señor, rezando y cantando un Salmo” 15, el día 4 de octubre de 1226, a los 45 años, siendo canonizado apenas dos años después.
Notas.-
1. Leyenda de San Francisco, “escrita por los tres humildes hermanos franciscanos León, Rufino y Ángelo, el año de la gracia de 1246”, trascripción libre de Brasil Bandecchi, São Paulo, 1957, p. 13.
2. San Buenaventura, Leyenda Mayor y Leyenda Menor – Vida de San Francisco de Asís, Vozes, 1979, p. 21.
3. Speculum Perfectionis, in Johannes Joergensen, San Francisco de Asís, Vozes, 1957, p. 316, nota 345.
4. San Buenaventura, id. ib.

5. Id., ib., p. 174.
6. Leyenda de San Francisco, p. 25.
7. San Buenaventura, op. cit., p. 173.
8. Las Florecillas, Zeus , Madrid, 1963, p. 22.
9. Joergensen, op. cit., p. 137.
10. San Buenaventura, op. cit., p. 174.
11. Leyenda de San Francisco, pp. 66-67.
12. San Buenaventura, id., p. 175.
13. Joergensen, op. cit., p. 216.
14. Id. ib., p. 393.
15. San Buenaventura, op. cit., p. 200.

 Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-28-san-francisco-de-asis