lunes, 1 de junio de 2026

S A N T O R A L


SAN JUSTINO, MARTIR

En el siglo II, las disputas públicas de San Justino con los adversarios de la fe cristiana llenaban a Roma de aplausos, suscitados por sus refutaciones victoriosas. Sus escritos, que él hacía llegar con valentía hasta el trono imperial, derramaban la luz allí donde no podía llegar su palabra. Más pronto el hacha del lictor que tronchó la cabeza del apologista, dió a sus demostraciones mucha más fuerza que su aplastante lógica; pues una vez hizo cesar la persecución y doblegó al mismo infierno.

MARCO AURELIO Y SAN JUSTINO

http://i64.servimg.com/u/f64/11/64/82/51/index_10.jpg
En efecto, el mundo, solicitado en sentido contrario por mil escuelas famosas que parecen tomar a su cargo, el hacer imposible, con sus contradicciones, el descubrimiento de la verdad, el mundo se encuentra ahora, al menos, en forma de saber dónde está la sinceridad. Marco Aurelio acaba de suceder a Antonino Pío, y tiene la pretensión de fundamentar la filosofía con él en el trono. Partiendo del ideal de que toda perfección consiste en la satisfacción de sí mismo y en desdeñar a los demás, Marco Aurelio cae en el escepticismo dogmático, estableciendo esta ley moral, y hace entrega de sus pensamientos para que los admiren algunos de sus cortesanos, sin preocuparse de las costumbres mismas de quienes le rodean.
Desde muy joven buscó Justino la verdad, y la encontró en la justicia, sin desalentarse en sus primeros inútiles esfuerzos; nunca tomó como pretexto para negar la luz el que ésta tardase en aparecer. Cuando declina su vida, a la hora fijada por Dios, Justino consagra su vida a la sabiduría; la encuentra al fin, y ardiendo en deseos de comunicársela a todo el mundo, a los pequeños y a los grandes, menosprecia los trabajos y los mismos tormentos, que le permitirán dar testimonio de la verdad ante el mundo entero. ¿Qué hombre de buena fe vacilará entre el héroe cristiano y el filósofo coronado que le dió la muerte? ¿Quién no preferiría los desprecios a las pretensiones de los falsos filósofos convertidos en señores del mundo, y que no dan otra prueba de su amor a la ciencia que su deliberado afán de ahogar la voz de los que la predican?

LA FILOSOFÍA CRISTIANA

La filosofía bautizada en la sangre del convertido de Naplusa, será para siempre cristiana. Su desoladora esterilidad finaliza hoy. El testimonio del martirio, que como sierva fiel, da a la verdad, endereza de repente los monstruosos desvíos de los primeros tiempos. Sin confundirse con la fe será en lo sucesivo su noble auxiliadora. La razón humana verá sus fuerzas duplicadas por esta alianza, y producirá seguros frutos. ¡Desgraciada de ella si alguna vez, olvidando la consagración sublime que la dedica a Cristo, llegare a no hacer caso de la Encarnación divina y pretendiere que son suficientes las enseñanzas solamente naturales acerca del origen del hombre, el fin de todas las cosas y la regla de las costumbres! Esta luz natural que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, es también sin duda, un resplandor del Verbo; y en ello estriba su grandeza. Pero desde que el Verbo divino, al querer aumentar el honor hecho a la razón, otorgó a la humanidad una manifestación de sí mismo más directa y más elevada, no es su deseo que el hombre divida en dos partes sus dones, que deje a un lado la fe cuyo fin es la visión, y que se contente de las pálidas luces que habrían bastado a la naturaleza pura. El Verbo es uno, como el hombre, al cual se manifiesta a la vez por la razón y la fe, aunque de modo diverso; así cuando la humanidad  quiera desechar las luces sobrenaturales, tendrá su castigo merecido al ver al Verbo retirarle gradualmente esta luz de la razón natural, que juzgaba poseer como propia y abandonar al mundo por el camino de la sinrazón.

Vida

San Justino nació en Naplusa, Palestina, a Anales del siglo II. Deseoso de aprender, se dió al estudio y frecuentó las escuelas estoica, peripatética, pitagórica y platónica, que no le satisficieron. Al fin, la conversación que trabó con un anciano misterioso y la contemplación de la vida cristiana, le condujeron a la verdad. Se convirtió a la edad de 30 años. Llegado a Roma, deseó vivamente hacer partícipes de su fe a los demás. Abrió una escuela y escribió varias obras: en el año 135, su Diálogo con el judío Trifón; después sus dos Apologías, compuestas durante el imperio de Antonino (138-161) y Marco Aurelio (161-180). Denunciado probablemente por el filósofo pagano Crescendo, murió mártir. León XIII extendió su culto a la Iglesia Universal.

LA SABIDURÍA

Oh Justino, en ti celebramos una de las más nobles conquistas de nuestro divino Resucitado sobre el imperio de la muerte. Nacido en la reglón de las tinieblas, pronto comenzaste a romper las ataduras del error, que te tuvieron cautivo como a tantos otros. La Sabiduría, a quien amabas aun antes de conocerla, te escogió para sí entre tantos otros. Pero ella no habita en un alma fingida, ni en un cuerpo sujeto al pecado. Al contrario de los demás hombres, en quienes la filosofía no sirve más que para disimular su amor propio y la pretensión de justificar todos los vicios, tú buscaste la sabiduría con un corazón deseoso de conocer la verdad, sólo para amarla y ponerla en práctica. Esta rectitud de inteligencia y de corazón te acercaba a Dios; te hizo digno de hallar la Sabiduría viva, que se entrega a ti para siempre en todo su esplendor La Iglesia, oh Justino, te condecoró con toda justicia con el nombre de filósofo admirable; porque fuiste el primero en comprender que la filosofía digna de tal nombre, el verdadero amor de la sabiduría, no puede limitar su actividad al dominio abstracto de la razón, ya que la razón no es sino un guía para las regiones superiores, donde la Sabiduría se manifiesta en persona al amor que la busca sin engaño.

LA DEPENDENCIA DE LA RAZÓN

Se ha escrito de aquellos que se te asemejan: "Los muchos sabios son la salud del mundo". Pero qué raros son hoy los verdaderos filósofos, aquellos que, como tú, comprenden que el propósito del sabio ha de ser llegar al conocimiento de Dios por el camino de la obediencia a ese Dios santísimo. La independencia de la razón es el único dogma en que coinciden los sofistas del día; la manera de proceder de su secta es un falso eclecticismo, que conciben como la facultad que tiene todo el mundo para fabricarse su sistema; cada uno es libre de escoger aquello que en las afirmaciones de las distintas escuelas y hasta de las religiones, le sea más agradable. Por lo mismo pretenden que ia razón que llaman soberana, no ha producido cosa cierta, hasta que ellos no han venido; y, la duda universal, el escepticismo, como lo proclaman sus jefes, es para sí mismos la última palabra de la ciencia. ¡Verdaderamente después de todo esto, mal pueden reprochar a la Iglesia el rebajar la razón, cuando no ha mucho que en el Concilio Vaticano I, exaltaba la mutua ayuda que se prestan la razón y la fe para conducir al hombre a Dios, su común Hacedor! ¡a ella, que arroja de su seno a los que niegan a la razón humana el poder dar por sí misma certeza de la existencia de Dios Creador y Señor! Y para definir en nuestros días el valor respectivo de la razón y la fe, sin separarlas y menos aún confundirlas, la Iglesia no ha hecho más que acudir al testimonio de todos los siglos cristianos, remontando hasta ti, cuyas obras, completadas unas con otras, no enseñan otra doctrina.
Has sido un testigo tan fiel como valiente, intrépido mártir. En días en que las necesidades de la lucha contra la herejía no habían aún sugerido a la Iglesia los nuevos términos cuya precisión había de ser indispensable, tus escritos nos muestran la misma doctrina, aunque expuesta en lenguaje menos preciso. ¡Bendito seas por todos los hijos de  la Iglesia, oh Justino, por esta demostración preciosa de la identidad de nuestras creencias con la fe del siglo II ! ¡Bendito seas, por haber distinguido con este fin lo que era entonces el dogma, de las opiniones privadas, a las cuales la Iglesia, como siempre lo ha hecho, dejaba libertad en puntos de menor importancia!

LA APOLOGÉTICA

No defraudes las esperanzas que en ti ha puesto la Madre común. A pesar de estar ya tan alejados los tiempos en que viviste, quiere que sus hijos te honren con mayor culto que en los siglos pasados. En efecto, después de haber sido reconocida como reina de las naciones, ha vuelto a encontrarse en situación parecida a aquella en que la defendías contra los ataques de un poder hostil. Suscita en ella nuevos apologistas. Enséñalos cómo a fuerza de celo, de firmeza y de elocuencia, se consigue hacer retroceder el infierno. Pero sobre todo procura que no se equivoquen sobre la naturaleza de la lucha que la Iglesia les ha confiado. Tienen que defender a una reina; la Esposa del hijo de Dios no puede mendigar para ella la protección que se da a una esclava. La verdad tiene sus derechos propios; o mejor, sólo ella merece la libertad. Como tú, oh Justino, trabajarán porque el poder civil se avergüence de reconocer a la Iglesia las prerrogativas que concede a cualquier secta: pero la argumentación de un cristiano no puede contentarse con reclamar una tolerancia común para Cristo y para Satanás; como tú, y aun con la amenaza de mayores violencias deberán decir: "Nuestra causa es justa, porque nosotros y sólo nosotros, decimos la verdad"'.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer


de las Actas de los mártires

Martirio de los santos mártires Justino, Caritón, Caridad, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano.
Roma, año 165

En tiempo de los inicuos defensores de la idolatría, publicábanse, por ciudades y lugares, impíos edictos contra los piadosos cristianos, con el fin de obligarles a sacrificar a los ídolos vanos. Prendidos, pues, los santos arriba citados, fueron presentados al prefecto de Roma, por nombre Rústico.
Venidos ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino:
 —En primer lugar, cree en los dioses y obedece a los emperadores.
Justino respondió:
—Lo irreprochable, y que no admite condenación, es obedecer a los mandatos de nuestro Salvador Jesucristo.
El prefecto Rústico dijo:
—¿Qué doctrina profesas?
Justino respondió:
—He procurado tener noticia de todo linaje de doctrinas; pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que son las verdaderas, por más que no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones.
El prefecto Rústico dijo:
¿Conque semejantes doctrinas te son gratas, miserable?
Justino respondió:
Sí, puesto que las sigo conforme al dogma recto.
El prefecto Rústico dijo:
—¿Qué dogma es ése?
Justino respondió:
El dogma que nos enseña a dar culto al Dios de los cristianos, al que tenemos por Dios único, el que desde el principio es hacedor y artífice de toda la creación, visible e invisible; y al Señor Jesucristo, por hijo de Dios, el que de antemano predicaron los profetas que había de venir al género humano, como pregonero de salvación y maestro de bellas enseñanzas.
Y yo, hombrecillo que soy, pienso que digo bien poca cosa para lo que merece la divinidad infinita, confesando que para hablar de ella fuera menester virtud profética, pues proféticamente fue predicho acerca de éste de quien acabo de decirte que es hijo de Dios. Porque has de saber que los profetas, divinamente inspirados, hablaron anticipadamente de la venida de Él entre los hombres.
El prefecto Rústico dijo:
¿Dónde os reunís?
Justino respondió:
Donde cada uno prefiere y puede, pues sin duda te imaginas que todos nosotros nos juntamos en un mismo lugar. Pero no es así, pues el Dios de los cristianos no está circunscrito a lugar alguno, sino que, siendo invisible, llena el cielo y la tierra Y en todas partes es adorado y glorificado por sus fieles.
El prefecto Rústico dijo:
—Dime donde os reunís, quiero decir, en qué lugar juntas a tus discípulos.
Justino respondió:
—Yo vivo junto a cierto Martín, en el baño de Timiolino, Y ésa ha sido mi residencia todo el tiempo que he estado esta segunda vez en Roma. No conozco otro lugar de reuniones sino ése. Allí, si alguien quería venir a verme, yo le comunicaba las palabras de la verdad.
Luego, en definitiva, ¿eres cristiano?http://i64.servimg.com/u/f64/11/64/82/51/procas10.jpg
Justino respondió:
Sí, soy cristiano. 
El prefecto Rústico dijo a Caritón:
—Di tú ahora, Caritón, ¿también tú eres cristiano?
Caritón respondió:
Soy cristiano por impulso de Dios.
El prefecto Rústico dijo a Caridad:
¿Tú qué dices, Caridad?
Caridad respondió:
Soy cristiana por don de Dios.
El prefecto Rústico dijo a Evelpisto:
¿Y tú quién eres, Evelpisto?
Evelpisto, esclavo del César, respondió:
   —También yo soy cristiano, libertado por Cristo, y, por la gracia de Cristo, participo de la misma esperanza que éstos.
El prefecto Rústico dijo a Hierax:
—¿También tú eres cristiano?
Hierax respondió:
Sí, también yo soy cristiano, pues doy culto y adoro al mismo Dios que éstos.
El prefecto Rústico dijo:
¿Ha sido Justino quien os ha hecho cristianos?
Hierax respondió:
Yo soy de antiguo cristiano, y cristiano seguiré siendo. Mas Peón, poniéndose en pie, dijo:
—También yo soy cristiano.
El prefecto Rústico dijo:
¿Quién te ha enseñado?
Peón respondió:
—Esta hermosa confesión la recibimos de nuestros padres. Evelpisto dijo:
—De Justino, yo tenía gusto en oír los discursos: pero el ser cristiano, también a mí me viene de mis padres.
El prefecto Rústico dijo:
—¿Dónde están tus padres?
Evelpisto respondió:
 —En Capadocia.
El prefecto Rústico le dijo a Hierax:
Y tus padres, ¿dónde están?
Y Hierax respondió diciendo:
—Nuestro verdadero padre es Cristo, y nuestra madre la fe en Él; en cuanto a mis padres terrenos, han muerto, y yo vine aquí sacado a la fuerza de Iconio de Frigia.
El prefecto Rústico dijo a Liberiano:
¿Y tú qué dices? ¿También tú eres cristiano? ¿Tampoco tú tienes religión?
Liberiano respondió:
—También yo soy cristiano; en cuanto a mi religión, adoro al solo Dios verdadero.
El prefecto dijo a Justino:
Escucha tú, que pasas por hombre culto y crees conocer las verdaderas doctrinas. Si después de azotado te mando cortar la cabeza, ¿estás cierto que has de subir al cielo?
Justino respondió:
Si sufro eso que tú dices, espero alcanzar los dones de Dios; y sé, además, que a todos los que hayan vivido rectamente, les espera la dádiva divina hasta la conflagración de todo el mundo.
El prefecto Rústico dijo:
—Así, pues, en resumidas cuentas, te imaginas que has de subir a los cielos a recibir allí no sé qué buenas recompensas.
Justino respondió:
No me lo imagino, sino que lo sé a ciencia cierta, y de ello tengo plena certeza.
El prefecto Rústico dijo:
Vengamos ya al asunto propuesto, a la cuestión necesaria y urgente. Poneos, pues, juntos, y unánimemente sacrificad a los dioses.
Justino dijo:
—Nadie que esté en su cabal juicio se pasa de la piedad a la impiedad.
El prefecto Rústico dijo:
Si no obedecéis, seréis inexorablemente castigados. Justino dijo:
—Nuestro más ardiente deseo es sufrir por amor de nuestro Señor Jesucristo para salvarnos, pues este sufrimiento se nos convertirá en motivo de salvación y confianza ante el tremendo y universal tribunal de nuestro Señor y Salvador.
En el mismo sentido hablaron los demás mártires:
—Haz lo que tú quieras; porque nosotros somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos.
El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo:
«Los que no han querido sacrificar a los dioses ni obedecer al mandato del emperador, sean, después de azotados, conducidos al suplicio, sufriendo la pena capital, conforme a las leyes».
Los santos mártires, glorificando a Dios, salieron al lugar acostumbrado, y, cortándoles allí las cabezas, consumaron su martirio en la confesión de nuestro Salvador. Mas algunos de los fieles tomaron a escondidas los cuerpos de ellos y los depositaron en lugar conveniente, cooperando con ellos la gracia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.
 Actas de los mártires. BAC nº. 75 (311-316) , Madrid 1951

JUNIO: MES DEL SAGRADO CORAZON

Nuestra Señora del Sagrado Corazón
Plinio Corrêa de Oliveira
Si hay una época para cuya miseria sólo pueda existir esperanza de remedio en el Sagrado Corazón de Jesús, ésa es la nuestra.
Inútil sería atenuar la enormidad de los crímenes que en todas partes practica la humanidad de nuestros días. Dijo Pío XI en una de sus encíclicas, que la degradación moral del mundo contemporáneo es tal, que lo coloca en la inminencia de verse precipitado, de un momento a otro, en condiciones espirituales más miserables de que aquellas en que se encontraba cuando vino al mundo el Salvador.
En otros términos, los errores acumulados por los siglos que nos precedieron —los delirios de la Seudo-Reforma, las audacias diabólicas de la Enciclopedia, el libertinaje desenfrenado de las costumbres, los crímenes de la Revolución Francesa, la apostasía de los filósofos alemanes— crearon un ambiente de universal corrupción, que culminó en los desórdenes, en las catástrofes, en el exceso, en el desbordarse de la concupiscencia a que asiste la humanidad del siglo XX.
Cuando miramos hacia este mundo pecador, gimiendo en las torturas de mil crisis y de mil angustias, y que a despecho de eso no hace penitencia; cuando consideramos los progresos aterradores del neopaganismo, que está en vísperas de ascender al gobierno de la humanidad entera; cuando vemos, por fin, la pusilanimidad, la imprevisión, la desunión de aquellos que aún no se pasaron al bando del mal, nuestro espíritu se estremece en la previsión de las catástrofes que acumula sobre sí misma la impiedad obstinada de esta generación.
Hay algo de liberal o de luterano en imaginar que tantos crímenes no merecen castigo, y que una tal apostasía de las masas se operó por un mero error intelectual, sin que constituya un grave pecado para la humanidad. La realidad no es esa. Dios no abandona a sus criaturas y si éstas se encuentran lejos de Él, la culpa sólo les puede caber a ellas y no a Dios.
* * *
¿No habrá entonces para la humanidad otro desenlace para los días de hoy, sino desaparecer en un diluvio de lodo y de fuego? ¿No se podrá esperar para ella otro futuro en este siglo, sino un ocaso ignominioso, en que la impenitencia final será castigada por los flagelos supremos, prenunciados por la Escritura como indicios del fin del mundo?
Si Dios dejase actuar exclusivamente su Justicia, sin duda. Y ni sabemos si en tal caso el mundo habría llegado hasta el siglo XX de nuestra era. Pero como Dios no es apenas justo, sino también misericordioso, no se cerró aún para nosotros la puerta de la salvación.
Una humanidad perseverante en su impiedad, todo lo puede esperar de los rigores de Dios. Mas Dios que es infinitamente misericordioso, no quiere la muerte de esta humanidad pecadora, pero sí “que ella se convierta y viva”. Y por eso su gracia busca insistentemente a todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y vuelvan al regazo del Buen Pastor.
Si no hay catástrofes que no deba temer una humanidad impenitente, no hay misericordias que no pueda esperar una humanidad arrepentida. Y para ello no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora. Basta que el pecador, aunque desde el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple comienzo de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, que encontrará inmediatamente el socorro de Dios, que nunca se olvidó de él. Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: aunque tu padre y tu madre te abandonasen, yo no me olvidaría de ti. Hasta en los casos extremos en que el paroxismo del mal llega a agotar la propia indulgencia materna, Dios no se cansa. Porque la misericordia de Dios beneficia al pecador aún cuando la Justicia divina lo hiere de mil desgracias en el camino de la iniquidad.
* * *
Plinio Corrêa de Oliveira
Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divina, deben ser constantemente puestas ante los ojos del hombre contemporáneo. De la justicia, para que él no suponga temerariamente que sin méritos se va a salvar. De la misericordia, para que no desespere de su salvación siempre que desee enmendarse. Y si las hecatombes de nuestros días ya hablan tan claramente de la justicia de Dios, ¿qué mejor visión para completar este cuadro, que la del sol de misericordia, que es el Sagrado Corazón de Jesús?
Dios es caridad. Y por eso mismo la simple enunciación del Nombre Santísimo de Jesús recuerda la idea del amor. ¡El amor insondable e infinito que llevó a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad a encarnarse!
El amor expresado a través de esa humillación incomprensible de un Dios que se manifiesta a los hombres como un niño pobre, que acaba de nacer en una gruta. El amor que trasparece a través de aquellos treinta años de vida recogida, en la humildad de la más estricta pobreza, y en las fatigas incesantes de aquellos tres años de evangelización, en que el Hijo del Hombre recorrió caminos y atajos, traspuso montes, ríos y lagos, visitó ciudades y aldeas, surcó desiertos y poblados, habló a ricos y a pobres, esparciendo amor y recogiendo en la mayor parte del tiempo principalmente ingratitud. ¡El amor demostrado en aquella Cena suprema, precedida por la generosidad del lavado de pies y coronada por la institución de la Eucaristía! El amor de aquel último beso dado a Judas, de aquella mirada suprema puesta en San Pedro, de aquellas afrentas sufridas en la paciencia y en la mansedumbre, de aquellos sufrimientos soportados hasta la total consumación de las últimas fuerzas, de aquel perdón mediante el cual el Buen Ladrón robó el Cielo, de aquella donación extrema de una Madre celestial a la humanidad miserable.
Cada uno de estos episodios fue meticulosamente estudiado por los sabios, piadosamente meditado por los santos, maravillosamente reproducido por los artistas, y sobre todo inigualable mente celebrado por la liturgia de la Iglesia. Para hablar sobre el Sagrado Corazón de Jesús sólo hay un medio: es recapitular debidamente cada uno de ellos.
Realmente, al venerar al Sagrado Corazón, la Santa Iglesia no quiere otra cosa sino prestar una alabanza especial al amor infinito que Nuestro Señor dispensó a los hombres. Como el corazón simboliza el amor, rindiendo culto al Corazón, la Iglesia celebra el Amor.
* * *

Nuestra Señora adoró el cuerpo de su amado Hijo
Por más variadas y bellas que sean las invocaciones con que la Santa Iglesia se refiere a Nuestra Señora, en ninguna de ellas dejaremos de encontrar una relación entre Ella y el amor de Dios. Esas invocaciones o celebran un don de Dios, al cual Nuestra Señora supo ser perfectamente fiel, o un poder especial que Ella tiene junto a su Divino Hijo.
Ahora bien, ¿qué prueban los dones de Dios, sino un amor especial del Creador? ¿Y qué prueba el poder de Nuestra Señora junto a Dios, sino ese mismo amor?
Así pues, es con toda propiedad que Nuestra Señora puede al mismo tiempo ser llamada “espejo de justicia” y “omnipotencia suplicante”. Espejo de Justicia, porque Dios la amó tanto, que en Ella concentró todas las perfecciones que una criatura puede tener, y por eso mismo en ninguna Él se refleja tan perfectamente como en Ella. Omnipotencia suplicante, porque no hay gracia que se obtenga sin Nuestra Señora, y no hay gracia que Ella no obtenga para nosotros.

Por lo tanto, invocar a Nuestra Señora bajo el título del Sagrado Corazón es hacer una síntesis bellísima de todas las otras invocaciones, y recordar el reflejo más puro y más bello de la Maternidad Divina, y hacer vibrar al mismo tiempo, armónicamente, todas las cuerdas el amor, que tocamos una a una enunciando las varias invocaciones de la letanía lauretana, o de la Salve Regina.
* * *
Pero hay una invocación que quiero recordar especialmente. Es la de abogada de los pecadores. Nuestro Señor es Juez. Y por mayor que sea su misericordia, no puede también dejar de ejercer su función de juez. Nuestra Señora, en cambio, sólo es abogada. Y nadie ignora que no es función del abogado otra cosa sino defender al reo. Así, decir que Nuestra Señora del Sagrado Corazón es nuestra abogada implica en decir que tenemos en el Cielo una abogada omnipotente, en cuyas manos se encuentra la llave de un océano infinito de misericordia.
¿Qué hay de mejor que se pueda mostrar a esta humanidad pecadora, a la cual, si no se le habla de Justicia de Dios, se embota cada vez más en el pecado, y si se habla de ella, desespera de la salvación? Mostremos la Justicia: es un deber cuya omisión ha producido los más lamentables frutos. Al lado de la Justicia que hiere a los impenitentes, nunca nos olvidemos sin embargo de la Misericordia, que ayuda al pecador seriamente arrepentido a abandonar el pecado y, así, a salvarse.

*El Legionario, 21-7-1940.

domingo, 31 de mayo de 2026

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


“No temáis, soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo”

ORACIÓN del ÁNGEL en FÁTIMA 

«Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.»
«Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.»

S A N T O R A L




LA VISITACION DE LA SANTISIMA VIRGEN


HISTORIA DE LA FIESTA

En los días que precedieron al nacimiento del Salvador, la visita de María a su prima Isabel fué ya objeto de nuestras meditaciones. Pero convenía volver sobre una circunstancia tan importante de la vida de Nuestra Señora, para hacer resaltar lo que este misterio contiene de enseñanza profunda y de alegría santa. La sagrada Liturgia completándose con los años, explotará esta mina preciosa en honor de la Virgen-Madre. La Orden de San Francisco y algunas iglesias particulares, como la de Reims y París, ya se habían adelantado, cuando Urbano VI, en el año 1389 instituyó la solemnidad de este día. El Papa aconsejaba el ayuno en la vigilia de la fiesta, y que además tuviese Octava; concedió en su celebración las mismas indulgencias que había otorgado Urbano VI, en el siglo anterior a la fiesta del Corpus Christi. La bula de promulgación, retrasada por la muerte del Pontífice, fué publicada por Bonifacio IX que le sucedió en la Silla de San Pedro.
Por las lecciones del Oficio primitivamente compuesto para esta fiesta, sabemos que el fin de su institución fué, según el pensamiento de Urbano, obtener que cesase el cisma que dividía a la Iglesia. Nunca se había visto la Esposa del Hijo de Dios en situación tan dolorosa. Pero Nuestra Señora, a quien se había dirigido el verdadero Pontífice al comienzo de la tormenta, no dejó fallida la esperanza de la Iglesia. Durante los años que la insondable justicia del Altísimo dejó obrar a los poderes del infierno, vino en su defensa, sujetando tan fuertemente bajo su pie vencedor la cabeza de la serpiente antigua, que a pesar de la espantosa confusión que había levantado, su baba ponzoñosa no pudo manchar la fe de los pueblos, que permaneció firmemente adherida a la unidad de la Cátedra romana, cualquiera que en esta incertidumbre fuese su ocupante verdadero. Así, el Occidente separado de hecho, pero unido en sus principios, se volvía a unir en el tiempo escogido por Dios para devolver la luz.

MARÍA, ARCA DE ALIANZA

¡Dichosa la casa del sacerdote Zacarías, que durante tres meses acogió a la Sabiduría eterna, bajada recientemente al seno purísimo en que se acaba de consumar la unión que ambicionaba su amor! Por el pecado original, el enemigo de Dios y de los hombres tenía cautivo, en esta bendita casa, a aquel que sería el hornato en los siglos infinitos; la embajada del ángel que anunció el nacimiento de Juan, su concepción milagrosa, no habían eximido al hijo de la estéril del tributo vergonzoso que todos los hijos de Adán tienen que pagar al príncipe de la muerte, a su entrada en la vida. Pero apareció María, y Satanás vencido sufrió en el alma de Juan su más completa derrota, que no será la última; porque el arca de alianza no detendrá sus triunfos hasta reconciliar al último de los elegidos.Si se pregunta por qué quiso Dios que el Misterio de la Visitación y no otro, fuese al establecerse esta solemnidad, el trofeo de la paz reconquistada, es fácil hallar la razón en la naturaleza misma de este misterio y en las circunstancias en que se realizó.En él especialmente aparece María como verdadera arca de Alianza: llevando al Emmanuel, testimonio vivo de una reconciliación definitiva entre la tierra y el cielo. Por ella, mejor que en Adán, todos los hombres han de ser hermanos; porque el que lleva escondido en su seno, será el primogénito de la gran familia de los hijos de Dios. Apenas concebido, comienza para El la obra de la propiciación universal.

ALEGRÍA DE LA IGLESIA

Celebremos este día con cantos de alegría; porque en este misterio están, como en germen, todas las victorias que alcanzarán la Iglesia y sus hijos; desde hoy el Arca santa preside los combates del nuevo Israel. Basta ya de división entre el hombre y Dios, el cristiano y sus hermanos; si la antigua arca no logró impedir la escisión de las tribus, el cisma y la herejía conseguirán hacer frente a María unos cuantos años o algunos siglos, pero al fin resplandecerá más su gloria. De ella, como en este día glorioso y a la vista del enemigo humillado, brotarán siempre la alegría de los pequeños, la perfección de los pontífices ', y la bendición de todos. Unamos el tributo de nuestras voces a los saltos gozosos de Juan, a la repentina exclamación de Isabel, al cántico de Zacarías; todo el mundo lo repita. Así se saludaba antiguamente la llegada del arca al campamento de los Hebreos; los Filisteos, al oírlo, por ahí comprendían que había bajado el auxilio del Señor; y sobrecogidos de espanto, gemían, diciendo: "¡Desgraciados de nosotros! no reinaba aquí ayer una alegría tan grande; ¡desgraciados de nosotros." Por cierto que hoy el género humano salta de gozo y canta con Juan; y hoy también, y con razón, se lamenta el enemigo; hoy la mujer descarga el primer golpe del calcañal en su cabeza altanera, y Juan, ya librado, es en esto precursor de todos nosotros. El nuevo Israel, más afortunado que el viejo, tiene seguridad de que no le arrebatarán ya su gloria nunca jamás; nunca le quitarán el Arca santa que le permite pasar las aguas, y derrumba ante él las fortalezas 

EL CANTO DE MARÍA

¿No es, pues, muy justo que este día, en que termina la serie de las derrotas que comenzaron en el Paraíso, sea también el día de los cánticos nuevos del nuevo pueblo? Pero ¿a quién toca entonar el himno del triunfo, sino al que gana la victoria? Por eso canta María en este día de triunfo, recordando todos los cantos de victoria que, a lo largo de los siglos de espera, fueron como preludios, a su divino Cántico. Pero las victorias pasadas del pueblo elegido no eran más que la figura de la que consigue ella, en esta fiesta de su manifestación, como soberana gloriosa, que, mejor que Débora, Judit o Ester, ha comenzado a libertar a su pueblo; en su boca los acentos de sus ilustres predecesoras han evolucionado de la aspiración inflamada de los tiempos de la profecía, al éxtasis sereno, que denota la posesión del Dios que por tanto tiempo esperado. Una era nueva comienza parar los cantos sagrados: la alabanza divina toma de María el carácter que no perderá en este mundo y que subsistirá aún en la eternidad.
Y en este día también, inaugurando su ministerio de Corredentora y de Mediadora, recibió María por vez primera en la tierra, de boca de Santa Isabel, la alabanza que sin fin merece la Madre de Dios y de los hombres.

fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer

Tomo IV pag. 509 y siguientes