miércoles, 19 de agosto de 2026

S A N T O R A L

 

SAN JUAN EUDES, CONFESOR

Festejamos hoy a San Juan Eudes. Es un benemérito de la Iglesia Católica: las misiones que predicó en Francia son innumerables, e incontables son también los hijos y las hijas que de él descienden: los primeros se dedican en la Congregación de Jesús y de María a la formación del clero, a la enseñanza y a las misiones, y las segundas, en la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad o Instituto del Buen Pastor a la rehabilitación de pecadoras.

EL REFORMADOR

Pío X decía en el Breve de su Beatificación: "El divino Maestro no permite nunca en su Iglesia que la sal de la tierra se desazone, es decir, los representantes del ministerio sagrado, cuya acción tiene que arrancar a los hombres de la corrupción. En épocas de relajación, su misericordia gustosamente suscita santos que trabajen con todo celo en levantar la disciplina y las costumbres en el clero y por lo mismo procuren en más amplia medida la salud eterna de las almas"

Pues bien, tal vez el mayor mal que padecía Francia al fin de las guerras de religión y al principio del siglo XVII, siglo que iba a ser glorioso para ella, fuese la mediocridad de sus sacerdotes. Para poner remedio a eso, el Padre Eudes en un principio, concibió la idea de reunir a los clérigos jóvenes con el fin de prepararlos a recibir dignamente las Órdenes sagradas. Pero, como unos días de recogimiento sólo producían frutos efímeros, se resolvió a crear seminarios según lo prescrito por el concilio de Trento. Y entonces fundó la Congregación de Jesús y María, cuyos miembros tendrían este doble objeto; la formación del clero en los seminarios y la renovación del espíritu cristiano entre los fieles por medio de las Misiones.
"Lo que completó los servicios que Juan Eudes prestó a la Iglesia, añade el Papa San Pío X, fué que, ardiendo en un amor extraordinario hacia los Sagrados Corazones de Jesús y de María, pensó antes que nadie, y no sin divina inspiración, tributarles un culto litúrgico. De este culto tan dulce, se le debe considerar como padre, Doctor y Apóstol".
Si no tuviésemos que ser aquí excesivamente breves, seguiríamos al ardiente misionero por todas las parroquias donde desplegó su celo, escucharíamos su palabra elocuente, y seríamos testigos de la santidad que aseguraba, más que todos los medios, sus éxitos apostólicos. Mas, para conocer un poco su alma, nos bastará leer algunas de las páginas que nos ha dejado en la Vie et le Royanme de Jésus, pues vivió y predicó lo que ha dejado consignado en este libro inmortal.

EL DOCTOR

Discípulo de Berulle, su espiritualidad es la de la Escuela francesa y toda la santidad se resume para él en la palabra de San Pablo: "Vivo, mas no yo, sino que es Cristo el que vive en mí". "Todos los textos sagrados, escribió, nos enseñan que Jesucristo debe ser algo viviente en nosotros; que no debemos vivir sino en Él, y su vida debe ser nuestra vida; que nuestra vida debe ser una continuación y expresión de su vida y que no tenemos derecho a vivir en el mundo si no es para llevar, manifestar, santificar, dar gloria y hacer vivir y reinar en nosotros la vida, las cualidades, las disposiciones, las virtudes y las acciones de Jesús".
Al hablarnos de la vida cristiana, hace notar que "lo que San Pablo dice del sufrimiento: Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo para su cuerpo que es la Iglesia, se puede decir de todas las demás acciones que un cristiano realiza en la tierra. Porque un verdadero cristiano, miembro de Jesucristo, unido a Él por la gracia, continúa y completa con todas sus acciones las que Jesús practicó aquí abajo. De forma que la oración, el trabajo, el mismo descanso, continúan y completan la oración, el trabajo y el descanso de Jesucristo. Y en este sentido es como San Pablo declara que "la Iglesia es el cumplimiento de Jesucristo, que Jesucristo, que es la cabeza de la Iglesia, ha dado cumplimiento a todo en todos y que concurrimos todos a la perfección de Jesucristo y a la edad de su plenitud".

"Así, pues, debemos ser una copia de Jesús en la tierra para continuar aquí su vida y sus obras y para hacer y sufrir todo lo que hacemos y sufrimos santa y divinamente en el espíritu de Jesús... Y, porque este divino Jesús es nuestra cabeza y nosotros sus miembros, se sigue que debemos estar perfectamente animados de su espíritu y vivir su vida.
"Considerad, por tanto, concluye, considerad muchas veces estas verdades con atención y aprended de aquí que la vida, la religión, la devoción cristiana consiste en continuar la vida, la religión y la devoción de Jesús en el mundo, y por esta razón todos los cristianos están obligados a llevar una vida toda santa y divina y a hacer todos sus actos santa y divinamente, lo que no es difícil, sino muy dulce y facilísimo, a los que tienen cuidado de elevar a menudo su espíritu y su corazón a Jesús y de entregarse y unirse a Él en todo lo que hacen"
¿Qué decir de su devoción ardiente a María? "No debemos separar, escribía él, lo que Dios unió de un modo tan perfecto. Jesús y María están tan perfectamente ligados, que quien ve a Jesús ve a María, quien ama a Jesús ama a María. Jesús y María son los dos primeros fundamentos de la religión cristiana, las dos fuentes vivas de todas nuestras bendiciones... No es verdaderamente cristiano aquel que no tiene devoción a la Madre de Jesucristo y de todos los cristianos... Y, puesto que debemos continuar las virtudes y poseer en nosotros los sentimientos de Jesús, debemos también continuar y llevar en nosotros los sentimientos de amor, de piedad y de devoción que el mismo Jesús tuvo para con su bienaventurada Madre...". 
Y aquí hacemos alto en nuestras citas: éstas bastan para hacernos entrever las maravillas de la gracia en el alma de San Juan Eudes, y para determinarnos a poner en práctica una doctrina que él vivió a la vez que la predicó y que perdura tan seductora y tan segura para las almas nobles.

VIDA



San Juan Eudes nació en 1601, en la aldehuela de Ri, en la diócesis de Séez, de padres piadosos que le consagraron a la Santísima Virgen. En 1615, siendo colegial de los Jesuitas de Caen, hizo voto de virginidad, se entregó a María y la profesó un culto ferviente. Recibió la tonsura y las órdenes menores en 1621, y, de la Universidad de Caen, entró en la Congregación del Oratorio fundada por Berulle, donde permaneció veinte años. Berulle había querido restablecer en el clero la doctrina y la santidad, pero no había pensado en los Seminarios; para instituirlos, San Juan Eudes dejó en 1643 el Oratorio y fundó la Congregación de Jesús y de María y al momento, con cinco compañeros sacerdotes, abrió el primer Seminario de Caen, al que siguieron otros muchos.
Para ganar a las pecadoras a la vida cristiana, fundó la Orden de Nuestra Señora de la Caridad, y para evangelizar a las almas abandonadas se hizo misionero durante muchos años, predicando en los campos abandonados, en los pueblos y hasta en la Corte con una libertad y una elocuencia que tenía su apoyo en una santidad eminente.

Propagó la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María y fué el primero que les tributó un culto litúrgico. Siempre fiel a la cátedra de Pedro, fué perseguido por los jansenistas, a los que se opuso con valor. Finalmente, quebrantado por sus innumerables trabajos, murió el 19 de agosto de 1680 pronunciando los dulces nombres de Jesús y de María. Fue beatificado por San Pío X y canonizado en 1935 por Pío XI que extendió su fiesta a la Iglesia universal.

PLEGARIA

"Debemos tener devoción a todos los santos y ángeles", escribías tú, oh San Juan Eudes. Con alegría escuchamos tu consejo y te honramos en este" día, "honrándote porque Jesús te ama y te honra, y también porque tú amas y honras a Jesús, de quien eres amigo, servidor, hijo, miembro y como una parte (del mismo)... Adoramos a Jesús en ti, pues Él lo es todo para ti: tu ser, tu vida, tu santidad, tu gloria. Le damos gracias por la gloria y las alabanzas que a Sí mismo se ha dado en ti y por ti, y más todavía por las gracias que te ha comunicado y nos ha comunicado por ti".
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Unidos a los sentimientos de tu corazón abrasado de amor para Jesús, le decimos contigo: "Ven, Señor Jesús, ven dentro de mí con la plenitud de tu virtud, a destruir todo lo que te desagrada y a obrar en mí todo lo que deseas para tu gloria. Ven con la santidad de tu Espíritu, para desasirme enteramente de todo lo que no seas tú, para unirme de modo total contigo y para hacer que me porte santamente en todas mis acciones. Ven en la perfección de tus misterios, es decir, para obrar perfectamente en mí lo que tú deseas obrar con tus misterios, para gobernarme según el espíritu y la gracia de tus misterios, y para glorificar y realizar y consumar en mí tus misterios. Ven con la pureza de tus caminos, es decir, para cumplir en mí, al precio que sea y sin perdonarme en nada, todos los designios de tu puro amor, y para conducirme por los caminos rectos de este mismo puro amor, sin permitirme declinar ni a la derecha ni a la izquierda y sin conceder nada a las inclinaciones y sentimientos de la naturaleza corrompida y del amor propio. Ven, oh Señor Jesús"
 
Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

martes, 18 de agosto de 2026

S A N T O R A L

SANTA ELENA, EMPERATRIZ

Siendo Diocleciano y Maximiano Hercúleo emperadores, enviaron á la isla de Bretaña (que es Inglaterra) por gobernador á Constancio Cloro, valeroso y esforzado capitán. Hospedóle un caballero y señor principal de aquella isla, llamado Coel, y recibióle en su casa. Tenía Coel una hija llamada Elena, hermosísima doncella, muy avisada y honesta. Viéndola Constancio, y sabiendo sus grandes partes, se le aficionó, y la pidió á su padre por mujer, y se casó con ella y tuvo de ella al gran Constantino, su hijo, que después fué emperador.
Andando el tiempo, los emperadores Diocleciano y Maximiano, renunciaron el imperio en un mismo día, el uno en Milán, y el otro en Nicomedia: y nombraron Diocleciano á Galerio Maximiano, y Maximiano Hercúleo, su compañero, á Constancio Cloro, por Césares y gobernadores del imperio: pero fué con condición, que Constancio repudiase á Elena, su legítima mujer, y se casase con Teodora, hija de la mujer de Maximiano; y así lo hizo Constancio, dado que con mucho pesar y disgusto suyo, porque amaba á Elena: mas hízolo por asegurar el imperio y excusar otros inconvenientes. 
Dejó Constancio, cuando murió, por sucesor de su imperio (aunque tenía otros hijos de Teodora) á Constantino, su hijo, y de Elena, su primera mujer: y Constantino, favorecido de Dios, por virtud de la Santa Cruz, vino á ser señor absoluto, y monarca de todo el imperio romano, por los caminos y rodeos que refieren las historias eclesiásticas y profanas; y yo los dejo, por no ser propios de la vida de santa Elena, que pretendo aquí escribir: de la cual dice San Paulino, que fué cristiana aun antes que el emperador Constantino, su hijo, se convirtiese á nuestra santa religión, y fuese bautizado de mano de San Silvestre, papa; y que ella también le ayudó por su parte para que con tanta piedad y magnificencia edificase suntuosos templos á Cristo nuestro Redentor, y amplificase su santo nombre.
Alteráronse mucho los judíos, y quisieron revolver el mundo cuando vieron que aquel, á quien sus padres habían crucificado, era tenido y adorado del mismo emperador y de los grandes de su imperio, por verdadero Dios y Señor de todo lo criado: pretendieron rebelarse, y no les valió: porque fueron castigados severamente del emperador Constantino. Y no solo con las armas, sino con las letras y disputas, pretendieron oscurecer la gloria de Jesucristo, y persuadir á Santa Elena y al emperador, su hijo, que habiendo de mudar de religión, debían tomar la de los judíos, tan noble y tan antigua, y dada del mismo Dios, y confirmada con tantos milagros y prodigios divinos; y no la de un hombre, que por revolvedor (como ellos decían) y alborotador de los pueblos, había sido muerto en un palo entre dos ladrones. Para sosegarlos, se dio orden que viniesen á Roma los más insignes letrados de los judíos, y que disputasen con San Silvestre acerca de la religión suya, y de los cristianos; y así se hizo: y el santo pontífice, en presencia del emperador y de su madre, los convenció y confundió de tal manera, que no supieron que responder, ni más hablar: y con esto nuestra santa fé quedó victoriosa, y cada día iba creciendo y propagándose más: y Santa Elena se halló con el emperador, su hijo, en un concilio romano, que le celebró San Silvestre, y firmó los decretos y leyes que en él se habían establecido.
Después que en Nicea se celebró aquel famoso y universal concilio de los trescientos diez y ocho obispos, y se condenó en él la perversa doctrina del malvado Arrío, y de sus secuaces (que fué el año del Señor de 325), tuvo Santa Elena revelación del cielo de ir á Jerusalén, y visitar aquellos santos lugares, consagrados con la vida y muerte de Cristo nuestro Salvador, y buscar en ellos el estandarte glorioso de la cruz, con que él había vencido al enemigo del linaje humano y triunfado de todo el poder del infierno. Fué la santa emperatriz, cargada de años, con grandes ansias de hallar tan precioso tesoro y manifestarle al mundo: y aunque al principio tuvo muchas y grandes dificultades, al cabo el mismo Señor, que la guiaba, le cumplió sus deseos, y le descubrió aquella joya preciosísima y digna de toda reverencia, que buscaba, y con nuevos y evidentes milagros declaró ser aquella la misma cruz, en que él muriendo nos dio la vida. De la cruz y de los clavos, con que nuestro Redentor había sido enclavado, hizo santa Elena lo que dijimos más largamente el día de la Invención de la Cruz.
La cual invención de la Santa Cruz fué de grande provecho para toda la Iglesia católica; porque con el favor de una princesa tan grande y tan poderosa se alentaron los cristianos, y se reprimieron los infieles; y el emperador Constantino se confirmó más en sus buenos propósitos; y la devoción y veneración del madero santo se comenzó á extender y propagar, y nuestra santa religión á florecer por todas las partes del mundo. Y la bienaventurada emperatriz, no contenta con lo que había hecho, hizo otras dos cosas en Jerusalén, dignas de su rara piedad, devoción y humildad: la una fué mandar edificar un suntuoso templo junto al monte Calvario, donde había hallado la Santa Cruz: otro en la cueva de Belén, donde nació el Verbo eterno, vestido de nuestra carne mortal; y el tercero en el monte Olívete, en el lugar de la ascensión del Señor: los cuales templos dotó y enriqueció de muchos y preciosos dones: la otra cosa que hizo santa Elena fué, que visitó los monasterios de vírgenes y personas dedicadas á Dios, con tanta modestia y abatimiento de su imperial persona, que ella misma, vestida pobremente, cuando comían les daba aguamanos, y de beber, y les llevaba los platos, y les servía de rodillas: y siendo reina del mundo, y madre del emperador, trataba con ellas, como si fuera su criada; porque ellas eran criadas y esposas de su Señor.
Habiendo, pues, la santa emperatriz recreado su espíritu con la memoria é insignias de nuestra redención, y puesto en aquellos sagrados lugares, como trofeos de la religión cristiana, tan ricos y suntuosos templos, y edificado y llenado con la admiración de su vida á todos los moradores de aquella santa ciudad, se despidió de ella, no sin ternura y lágrimas: con las mismas anduvo por los otros lugares y provincias que habían sido santificadas por el Hijo de Dios, mandando edificar iglesias, oratorios y capillas, y adornándolas y proveyéndolas de todo lo necesario para el culto divino. Niceforo en su Historia, en el lib. VIII, cap. 30, dice, que por su orden y magnificencia se hicieron treinta iglesias en Jerusalén, y otras partes: y lo mismo hizo pasando por algunas ciudades de Oriente, las cuales ilustró y alegró con su presencia, enriqueciendo á muchos hombres principales, que por haber perdido sus haciendas, se hallaban en necesidad, y repartiendo largas limosnas á los pobres, y sacando á los presos de la cárcel, y dando libertad á los que estaban desterrados, ó condenados á sacar piedras y metales; consolando y remediando á todos los afligidos, como señora soberana y madre benignísima.
Volvió á Roma: y siendo ya de ochenta años, llena de santas obras y merecimientos, estando presente el emperador Constantino, su hijo, y sus nietos, después de haberles dado muy santos consejos, y su bendición, libre ya y suelta de la flaqueza de la carne, voló su espíritu al cielo, para gozar eternamente del fruto y gloria de la cruz, que ella con tanta ansia había buscado y hallado. Su muerte fué á los 18 de agosto, en que la Santa Iglesia la celebra; aunque el año en que murió no se sabe de cierto. El cuerpo de Santa Elena fué enterrado con imperial solemnidad y aparato en la iglesia de los santos mártires Pedro y Marcelino, en una arca de pórfido: y hay autores que escriben que pasados dos años se trasladó á Constantinopla; pero esto no es cierto: y Sigisberto dice, que de Roma fué llevado ó Francia: mas hoy en día se muestra en Venecia el cuerpo de Santa Elena. 
Adviértase que algunos autores, especialmente griegos, dicen que santa Elena no fué inglesa de nación, sino de la ciudad de Drepana, y que no fué tan noble como nosotros la hacemos, sino una mujer pobre y mesonera: pero no tienen razón; y la verdad es la que aquí queda escrita, y la prueba el cardenal Baronio en las anotaciones del Martirologio, y más copiosamente en el tercer tomo de sus Anales. Mas como el emperador Constantino favoreció á los cristianos, y en su tiempo floreció tanto nuestra sagrada religión, y Santa Elena, su madre, lo ayudó á llevar adelante sus piadosos intentos; los gentiles y judíos, y todos los enemigos de Jesucristo (á quienes pesaba que se menoscabasen y desfalleciesen sus falsas sectas), procuraron deslustrar la grandeza del emperador y mancillar la fama de la emperatriz, su madre, y fingieron algunas fábulas, publicando que había sido de bajo linaje: y dio color á su mentira el no haber sido Constancio Cloro emperador, cuando se casó con Santa Elena en Inglaterra; y para serlo, el haberla repudiado, y casádose con Teodora, entenada del emperador Maximiano Hercúleo (como dijimos), en cuya comparación Elena se podía tener por mujer de baja suerte: pero ella fué de sangre ilustre, y más esclarecida, por ser madre de tal hijo; y mucho más bienaventurada y gloriosa, por haber conocido, amado y servido con tanto fervor á Jesucristo nuestro Señor, y procurado que todo el mundo le adorase, reverenciase y sirviese.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

lunes, 17 de agosto de 2026

S A N T O R A L

SANTA CLARA DE MONTEFALCO, VÍRGEN


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En el valle de Espoleto, que está en la Umbría, provincia de Italia, como cuatro millas de Foligni, y ocho de Asís, está una villa que se llama Monte Falco, en la cual nació la virgen Santa Clara, que por distinguirla de la otra Santa Clara de Asís, hija primogénita del seráfico padre San Francisco, madre de tantas y tan gloriosas hijas, llaman santa Clara de Monte Falco: la cual tuvo por padre á un hombre virtuoso, que se llamaba Damián: y por madre á una buena mujer, por nombre Jacoba. Desde niña comenzó á echar de sí rayos de luz divina; porque siendo de solos cuatro años, inflamada en el amor de Jesucristo, las rodillas desnudas en tierra, ofrecía devotísimas oraciones delante de la imagen del Crucificado, y todo su estudio era entregarse á su esposo celestial: y porque no podía tan á su gusto entregarse á estas devociones, sin ser vista y registrada de los de su casa, se hurtaba muchas veces, y secretamente se iba á una iglesia que estaba allí cerca, dedicada á San Juan (que es de San Agustín), donde extendía mas las velas de su afecto y devoción.


A los seis años entró en el convento de agustinas de Santa Cruz y practicó las más ásperas penitencias, mortificando su inocente cuerpo. Cuentan sus biógrafos que fue tal su amor a la castidad, que no miró nunca el rostro de un hombre.


* Estando una vez contemplando en la llaga del costado del Señor, y toda traspasada de dolor, le apareció un mancebo con una cruz sobre los hombros, que le dijo: Hija Clara, ya he buscado un lugar firme para fijar esta cruz, y he hallado tu pecho en que la pueda poner y enclavar: es pues necesario que mueras en esta cruz si deseas ser mi hija y heredera. Desde la hora de este aparecimiento se cree, que las insignias de Cristo crucificado fueron impresas en el casto y amoroso pecho de esta santa virgen, de la manera que adelante se dirá; porque desde aquel tiempo le quedó un gran dolor en el pecho.

* Llegó la hora en que había de recibir de su celestial esposo el premio de sus trabajos, y tuvo revelación de ello: y queriéndose aún más aparejar para aquella dichosa salida del mundo y entrada en el cielo, llamó á todas las monjas y exhortólas á que la encomendasen á Dios, y se acordasen de los trabajos que por ellas había padecido: que fuesen muy humildes, pacientes y sufridas unas con otras, obedientes á sus mayores y muy unidas todas en su santo amor entre sí, para que la obra de nuestra redención, que Cristo tanto amó, y compró con tan caro precio de su vida, no se perdiese en ellas por su culpa. Después recibió los santos sacramentos y el de la extremaunción, con muchas lágrimas, y fuere revelado que le eran perdonados todos sus pecados, y la gloria que le estaba aparejada. Con esta visión quedó tan consolada, que no se puede decir, y rompió el silencio, que hasta entonces había tenido, hablando con su amorosísimo esposo con estas palabras: ¡O dulcísimo Jesús, cuán grande es, Señor, el premio con que pagáis á los que os sirven siendo tan pequeños sus trabajos! Y con gran fervor, dijo: Es mucho, es mucho, es mucho precio Señor para mí el paraíso. Y algunas veces como quien hablaba con los ángeles y con los santos, decía: Llevadme.
Resultado de imagen para sta clara de montefalcoPensaron los circunstantes que ya había dado el espíritu al Señor, y llevaron el cuerpo á la iglesia para enterrarle; mas allí tornando en sí, abrió los ojos: y alegrándose todos los que estaban presentes, le dijeron que parecía tener mejoría; más la esposa de Cristo, conociendo ser llegada su hora, con grande alegría y sosiego les dijo: Amadas discípulas y hermanas mías, yo me voy de este mundo para el Señor que me llama: yo os encomiendo á él, en cuyas manos os dejo. Acabadas estas palabras, voló aquella alma bendita (sin algún movimiento ni alteración) á su Criador, dejando el cuerpo con su color y blancura como si estuviera vivo, con los ojos levantados al cielo, y el rostro con una claridad y un color rosado que le sobrevino y le hacía muy hermoso. Pasó de esta vida á 17 de agosto, año del Señor de 1299, á treinta y tres años de su edad, según la Crónica de la orden de los Menores; y según la de San Agustín, el año de 1308, y siendo como de cuarenta años. Resplandeció con muchos milagros dando vista á muchos ciegos, pies á los cojos, y oídos a los sordos, vida á una doncella muerta, y sanó á otras muchas personas gravemente enfermas de calentura tísica, de gota coral, de lamparones, de apostemas malignas é incurables, y de otras dolencias, y espantos de los demonios; y á otras necesitadas libró con la eficacia de sus merecimientos y oraciones.
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Relicario con la imagen del Crucificado, en el corazón de Clara
Por la fama de estos milagros y por haberse entendido que en su corazón tenia las insignias de la pasión de Cristo Nuestro Redentor, las monjas ó (como otros dicen) el vicario general del obispo de Espoleto, con licencia del papa, vino con tres médicos á la sepultura de Santa Clara, y le abrieron el pecho; y hallaron en su corazón (que era grande, grueso y cóncavo) impresas y estampadas las señales de la pasión del Señor; conviene á saber, un crucifijo con tres clavos, la lanza, la esponja, y la caña, que estaban de una parte del corazón; y de la otra estaban los azotes, y cada uno de cinco ramales, y con la columna y la corona de espinas. Estas señales ó insignias de la pasión eran como de nervios fuertes y duros. Hallaron más, dentro de la hiel tres peloticas redondas como tres avellanas, de igual peso, grandeza y color, las cuales siempre se hallaron en un mismo peso poniendo la una en una balanza y las otras dos en la otra, en testimonio de la verdad del misterio de la santísima Trinidad, de la cual esta virgen fué devotísima. Y así algunos pintan á esta esclarecida virgen, con un peso en una mano, y en las balanzas las pelotas divididas, y en la otra mano un corazón con Cristo crucificado y con las demás insignias de la sagrada pasión. Salió también, cuando la abrieron, sangre clara y limpia, y recogieron de ella una redomica: la cual hoy día se muestra con el corazón, y con las tres peloticas, con grande admiración de todos los que las ven (y yo las he visto), alabando al Señor que así honra á sus santos y obra en ellos tan grandes maravillas. También dicen las monjas que están en aquel monasterio, que muchas veces, antes que venga alguna extraordinaria tribulación, se descuaja aquella sangre de la ampolla, y hierve, y crece visiblemente, y que luego se hacen procesiones para pedir misericordia al Señor por intercesión de la santa virgen, y suplicarle que alce la mano del azote que temen.
Hácese gran fiesta en Monte Falco, con licencia del papa, el día de su glorioso tránsito á los 17 días de agosto, y también el día de la Santa Cruz de mayo; porque esta santa solemnizaba aquel día con grande devoción. Muéstrase su cuerpo dentro de la iglesia del convento por una reja que el año de 1561 (en que yo le vi) estaba junto al coro de las monjas; y aunque está seco y mudado el color, está entero sin faltarle parte alguna.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

Monte Falco IglesiaEn la Iglesia de la Santa Cruz en Montefalco se conserva hasta hoy el cuerpo incorrupto de Santa Clara de Montefalco. Se pueden contemplar las reliquias de su corazón con las marcas de la pasión y las tres piedritas.
En el jardín del monasterio (junto a la Iglesia), se encuentran unos árboles muy valiosos. Resulta que Jesús se apareció a Santa Clara en el jardín con un callado, el cual le pidió a Santa Clara que lo sembrara. Ella le preguntó como hacerlo ya que no era una planta. Jesús le dijo que igual que si fuera una planta. En obediencia, Santa Clara siembra el callado y de pronto se convierte en un árbol milagroso que dio frutos. La santa utilizaba sus semillas para hacer rosarios con los que oraba por los enfermos y se sanaban.
Los descendientes del árbol milagroso aun están en el jardín del convento de Montefalco. Las hermanas del convento, siguen hasta hoy, haciendo estos rosarios.