miércoles, 4 de noviembre de 2026

S A N T O R A L


SAN CARLOS BORROMEO, OBISPO Y CONFESOR

OFICIO DE SAN CARLOS Y LA GRACIA DE DIOS

"Para conocer bien a un santo, hay que atender sobre todo al oficio que Dios le encomendó en este mundo, a la obra a que consagró su vida y a las gracias con que Dios le dotó para llevarla al cabo.
"Ahora bien, la obligación y la obra que la Providencia de Dios confió en este mundo a San Carlos Borromeo, fué la de reformar la santa Iglesia católica completando y ejecutando los decretos disciplinares del Concilio de Trento. La gracia que recibió de Dios para cumplir tal designio, fué, además de la plenitud del sacerdocio, la plenitud del espíritu sacerdotal. He ahí el gran don sobrenatural que recibió San Carlos y que fué en él la razón de todos los otros con que le favoreció el cielo; por él se distingue dé todos los santos y de todos los obispos que ha dado Dios a su Iglesia.

EL OBISPO

"Otros santos pontífices le han podido igualar o exceder en algún don sobrenatural, pero quizá ninguno haya reunido en la misma perfección la plenitud de los dones naturales y sobrenaturales que vemos en este santo obispo. Toda su vida se resume en esta sola palabra: no quiso hacer otra cosa en este mundo más que obras de obispo, y, ciertamente, todo en su vida estuvo tan ordenado por esta intención única de su voluntad, que lo que hay en él de humano desaparece del todo ante lo que tiene de pontífice; diríase que el glorioso esplendor de su santidad no provenía de su persona, sino solamente de su ministerio. En una palabra, parece que Dios no quiso de él sino que fuese molde y modelo humano de obispos".

SECRETARIO DE ESTADO

Pío IV, elegido Papa el 26 de diciembre de 1559, no tardó en llamar junto a sí, para asociarle al gobierno de la Iglesia, a su sobrino Carlos Borromeo. Tenía éste entonces 22 años, pero en su administración mostró de qué cualidades estaba adornado: dotado de una resistencia de trabajo extraordinaria y de voluntad enérgica y perseverante, sabía escuchar, pedir consejo y luego obrar con decisión. Su vida era austera; mas en el agobio de sus ocupaciones, sólo buscaba el descanso en la oración, en el estudio de la teología y en la predicación.
A instancias suyas reanudó Pío IV en 1560 el Concilio de Trento, y Carlos Borromeo fué el intermediario entre el Papa y el Concilio; una vez terminado, se ocupó en dar a conocer la doctrina y los reglamentos, cuidó la redacción del "Catecismo del Concilio de Trento" y fué el primero en dar ejemplo de la más completa sumisión a las reformas prescritas.

SAN CARLOS EN MILÁN

Después de la elección de San Pío V, que sucedía a su tío, solicitó salir de Roma para ir a administrar su diócesis de Milán, y el nuevo Papa cedió a sus ruegos.
Sus primeros cuidados son para el clero: funda seminarios y colegios, pide ayuda a las Órdenes religiosas, principalmente a los Jesuitas, reforma los monasterios. Luego ordena su dilatada diócesis, nombra en ella visitadores encargados de informarle, reforma el arzobispado y el cabildo. El mismo procura ocuparse directamente de la mayor parte de los asuntos, se pone en contacto con su pueblo y resiste con firmeza a todas las intrigas del poder civil. Su acción, traspasando la diócesis, se extiende a toda la provincia de Milán por medio de los Concilios provinciales que preside de un modo regular, y llega hasta las provincias vecinas que visita en calidad de Legado.

LA PESTE EN MILÁN

En 1576, cuando invade la peste el Milanesado y se extiende por la ciudad, tiene ocasión el arzobispo para dar señales públicas de un corazón esforzado y de una caridad sin límites. A falta de autoridades locales, ordena los servicios de sanidad, funda o renueva los hospitales, busca socorros, procura provisiones, decreta medidas preventivas. Vela sobre todo por asegurar los auxilios espirituales, la asistencia a .los enfermos, el entierro de los muertos y la recepción de los sacramentos a los habitantes que no pueden salir de sus casas. Sin temer el contagio, no vacila en exponerse a sí mismo visitando los hospitales, presidiendo las procesiones de penitencia, haciéndose todo para todos como un padre y pastor de verdad. Toda su vida muestra además su amor a los pobres y desheredados, a quienes, al morir, deja todos sus bienes.

VIDA

Cuerpo incorrupto de San Carlos Borromeo en el Duomo de Milán
San Carlos nació el 2 de octubre de 1538 en el Castillo de Arona, cerca del Lago Mayor, de familia de mucha fe y de gran bondad. Tonsurado a los ocho años, hizo sus estudios clásicos en Milán, luego estudió el Derecho en Pavía, donde obtuvo el grado de doctor en 1559. En 1560 el Papa le llamó a Roma y le hizo Cardenal. Se ordenó de sacerdote en 1562, y luego recibió la consagración episcopal él 7 de diciembre de 1563. En 1566, al ser elegido Papa San Pío V, dejó Roma para residir en su diócesis de Milán, donde murió la noche del tres al cuatro de noviembre de 1584. El Papa Paulo V le incluyó en el número de los santos el 1 de noviembre de 1610.

MODELO DE VIRTUDES

Te alabamos y nos regocijamos de tu gloria con toda la Iglesia. Desde tu infancia te previno la gracia divina, te acompañó durante toda la vida y tú siempre lá fuiste fiel. Ayudándote de las riquezas que el bautismo y demás sacramentos depositaron en tu alma, alcanzaste al fin de tu vocación sin negar a Dios nunca nada. Por eso mereces ser nuestro modelo. Ayúdanos, pues, a imitar tus virtudes. Danos devoción sólida y el celo por la oración que te daba fuerza a ti para combatir el buen combate. Haz que imitemos tu caridad, tu mansedumbre y tu afabilidad con todos, tu espíritu de pobreza que tanto te hacía querer a la Orden de San Francisco, tu devoción y tu sumisión a la Santa Sede, tu amor a la Iglesia, a la que consagraste tantos trabajos y toda tu vida.

MODELO DE PASTORES

Pero estabas destinado de modo especial a ser el modelo de los pastores de almas. "Un obispo está obligado a la perfección" decías, queriendo dar a entender "que más santidad se exige donde el elemento sobrenatural y divino es mayor". Vemos que brillan en ti todas las virtudes de los pontífices; dígnate comunicarlas en abundancia a los obispos de nuestros días. Exhórtalos como lo hiciste en tus Concilios; aviva hoy "aquella solicitud pastoral que te llenó de gloria". Ruega al Señor de la mies que envíe muchos obreros, formados a imitación tuya y devorados por un celo que será maravillosamente fecundo si estudian profundamente la doctrina de la Iglesia y acatan sus leyes con sumisión filial.

PLEGARIA

Junto a San Felipe Neri
Protege particularmente a la Iglesia de Milán, cuyo ornato más bello fuiste tú con tu predecesor San Ambrosio. Conserva en ella la luz de la fe que tú predicaste y el gusto por la Santa Liturgia que allí restauraste. Finalmente, tengan hoy cumplimiento por tus oraciones, como en otro tiempo por tus trabajos, estas palabras de las Escrituras: "Colmaré de gracias a las almas sacerdotales, y mi pueblo se saciará de mis bienes"

 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

martes, 3 de noviembre de 2026

S A N T O R A L

San Martín de Porres

EL MAS ILUSTRE DE LOS PERUANOS

Humildad, profusión de dones, vida extraordinaria

Verdadera efigie de San Martín de Porres.
De una anónima pintura en cobre existente en el
Monasterio de Santa Rosa de las Monjas de Lima.
Sin duda uno de nuestros santos más populares y queridos, que por sus cualidades, virtudes y hechos extraordinarios es también el más ilustre de los peruanos. Las circunstancias adversas de su origen —nacido de la unión ilícita de un hidalgo español, Don Juan de Porres, con Ana Velásquez, negra liberta— no fueron obstáculo para que la Divina Providencia lo colmara de virtudes y dones naturales y sobrenaturales.
Nació Martín a fines del año 1579, posiblemente el 11 de noviembre, fiesta de su patrono San Martín de Tours. Desde pequeño mostró un temperamento dócil y piadoso, denotando que el Espíritu Santo lo conducía en las vías de la santidad.

El despertar de una Vocación

Su protectora Isabel García Michel refiere que una noche, a los ocho años de edad, lo encontró arrodillado en su habitación contemplando en profunda quietud y silencio una imagen de Jesús crucificado, que él mismo iluminaba con un candil. Impresionada, intuyó que el pequeño era llamado a una gran vocación contemplativa.
Niño aún, su padre lo legitimó junto con su hermana menor Juana, y con ellos se trasladó a Guayaquil, donde ocupaba un alto cargo de gobierno. Allí Martín estuvo unos años, durante los cuales tuvo oportunidad de aprender a leer y escribir con maestro particular. Al ser nombrado su padre Gobernador de Panamá, el jovencito regresó con su madre y entró en calidad de aprendiz en la botica del reputado médico español Mateo Pastor, quien ejercía el oficio de cirujano, dentista y barbero. Con él aprendió los rudimentos de la medicina y el oficio de herbolario, que después le serían tan útiles en el convento.
Si Martín progresaba en el aprendizaje de su oficio, mucho más avanzaba en la ciencia de los santos, el amor divino. Fue lo que lo llevó, a los 15 años, a pensar en servir solamente a Dios e ingresar en un convento.
En aquella feliz época de fervor religioso, en la capital virreinal del Perú residían simultáneamente varios sacerdotes, religiosos y laicos de reconocida virtud, como Santo Toribio, Santa Rosa, San Juan Masías, San Francisco Solano, los venerables fray Pedro Urraca, Francisco del Castillo, Antonio Ruiz de Montoya, Fray Juan Gómez, etc. La mayoría de ellos vivía en los conventos de la ciudad.

Hacerse “donado” para mejor imitar la humildad de Jesucristo

Dos de esos conventos pertenecían a la Orden de los Predicadores o de Santo Domingo: el de la Magdalena y el de Nuestra Señora del Rosario. Cada uno contaba con casi 200 religiosos. Martín optó por postular al convento de Nuestra Señora del Rosario en calidad de donado, es decir, como una especie de esclavo voluntario. Se comprometía a servir toda la vida, sin ningún vínculo con la comunidad, y con el único beneficio de vestir el hábito religioso. Su madre, en un acto de desprendimiento admirable, no sólo le permitió dar ese paso, sino que ella misma quiso entregarlo al convento.
Desde el primer día, animado por un profundo espíritu sobrenatural, el joven novicio se dedicó de cuerpo y alma a servir a sus hermanos en los oficios más bajos y humillantes, como la limpieza diaria de los retretes del convento (que nunca le impidió presentarse siempre limpio, aseado y compuesto). Hacer esto por amor a Dios constituía para él no solamente una alegría, sino que lo consideraba una gran gracia.
Después de un año de prueba recibió el hábito de donado. Pero esto no agradó a su orgulloso padre, de quien llevaba el apellido. Don Juan pidió a los superiores dominicos que recibiesen a Martín, dada su ilustre estirpe paterna, al menos en calidad de hermano lego. Sin embargo, el pedido contrariaba las Constituciones de la Orden de esa época, que impedían admitir como religiosos a personas de color. El Superior quiso que el propio Martín decidiese. “Yo estoy contento en este estado —respondió—; es mi deseo imitar lo más posible a Nuestro Señor, que se hizo siervo por nosotros”. Y con esa categórica afirmación zanjó el caso.

En la escuela de la humillación, dedicación heroica

Encargado de la enfermería del convento, no le faltaban ocasiones para humillarse delante de la impaciencia que muchas veces se apodera de los enfermos, más aún en una comunidad tan numerosa. A veces no se bastaba para atender a todos, lo que provocaba crisis de mal humor en algunos más impacientes. En uno de esos momentos un religioso, que se sentía mal atendido, lo llamó de “perro mulato”.
Después del primer choque, Martín se dominó. Arrodillándose junto al lecho del enfermo, dijo llorando: “Sí, es verdad que soy un perro mulato y merezco que me recuerden de eso, y merezco mucho más por mis maldades”.
Otro enfermo que juzgó estar mal atendido le dijo: “¿¡Así es tu caridad, embustero hipócrita!? ¡Ahora te conozco bien!”. Pero, admirado con la humildad y dulzura con que el ofendido lo trató, después le pidió perdón.
En esos episodios trasparecía la virtud del donado, que fue siendo reconocida por todos y traspuso los muros del convento. Lo cual llevó a los superiores a hacer una excepción y recibir a Martín como a hermano lego, uniéndose así a la Orden por los tres votos.
El desapego que tenía por sí mismo fue heroico. Oyendo decir un día que el convento estaba en apuros financieros, se dirigió al superior diciéndole que podría ayudar a resolver el problema. ¿Cómo? “Padre, yo pertenezco al convento. Disponga de mí como de un esclavo, porque algo querrán dar por este perro mulato, y yo quedaré muy contento de haber podido servir en algo a mis hermanos”. Emocionado con tanta virtud, el superior le respondió: “Dios te lo pague, hermano; pero el mismo Dios que te trajo aquí se encargará de dar remedio al caso”. 
Nunca ocioso y procurando siempre servir a los demás, el tiempo parecía alargarse para Fray Martín. Además de cuidar de la enfermería, barría todo el convento, cuidaba de la ropería, cortaba el cabello a los doscientos frailes, y era el puntual campanero, pero aún así conseguía reservar para la oración de seis a ocho horas al día.
En la huerta conventual él mismo cultivaba las plantas que utilizaba para sus medicinas. Con ellas obraba verdaderos milagros. Una misteriosa unión con Dios le movía a decir al enfermo: “Yo te medico, Dios te cura”, y acto seguido la curación ocurría. Otras veces se valía de los ingredientes más simples e inocuos para comunicar su virtud de cura: vino tibio, fajas de paño para unir los huesos rotos de las piernas de un niño, un pedazo de suela con el que curó la infección que sufría otro donado que era zapatero...
Iglesia de Santo Domingo
Estando enfermo el Obispo de La Paz, de paso por Lima mandó que llamasen a Fray Martín para que lo curase. El simple contacto de la mano del donado con su pecho lo libró de una grave enfermedad que lo estaba llevando a la tumba. 

“Contra la caridad no hay precepto”

Fray Martín transformó la enfermería en su centro de actividades. A ella llevaba a todos los enfermos que encontraba en la calle, incluso a aquellos con mayor peligro de contagio. Eso le fue prohibido por los superiores. Pero la caridad del Santo no tenía límites. Por eso, preparó en casa de su hermana, que vivía a dos cuadras del convento, unos aposentos para recibir a esos enfermos. Y allá los iba a tratar con sus propias manos, hasta que sanasen o entregasen el alma a Dios.
Cierto día, sin embargo, sucedió que un indio fue acuchillado en la puerta del convento. Fray Martín no tenía tiempo para llevarlo hasta la casa de su hermana. Ante la urgencia del caso, no tuvo dudas y cuidó del indio en la enfermería del convento. Cuando éste estaba mejor, lo llevó entonces a casa de su hermana. Esto no le gustó al superior, que lo reprendió por haber pecado contra la obediencia. “En eso no pequé”, respondió Martín. “¿Cómo que no?”, impugnó el superior. “Así es, Padre, porque creo que contra la caridad no hay precepto, ni siquiera el de la obediencia”, respondió el Santo.
Además de todas estas actividades, Fray Martín salía también del convento a pedir limosnas para sus pobres y para los sacerdotes necesitados. Conociendo de su prudencia y caridad, muchos le encargaban distribuir sus limosnas, incluso el Virrey, que le daba 100 pesos mensuales para ello.

Origen prodigioso del “Olivar de Fray Martín”

Pocos son hoy los limeños que saben que el actual Olivar de San Isidro es apenas el resto de una extensa plantación realizada personalmente por el benemérito fray Martín en la hacienda Limatambo, con el propósito de abastecer de aceite de bajo costo a la ciudad. En cuestión de horas, las sucesivas plantaciones tuvieron un desarrollo milagroso, así narrado por José Manuel Valdés, biógrafo del santo:
“Plantó Fray Martín en Limatambo más de seis mil pies de olivo, los cuales al día siguiente de plantados, tenían retoños y hojas, sin que ninguno se malograse, los que han dado copiosísimos frutos para socorro de la comunidad”. Como es sabido, cada esqueje de olivo demora meses en retoñar, y un año en hojear, por lo cual “es claro que fue milagroso el desarrollo en pocas horas de todos los pies plantados por fray Martín”. Es más, todos los pies sin excepción prosperaron, y ninguno se malogró. “Llenó de admiración este suceso a cuantos fueron testigos de él, se probó la verdad con declaraciones auténticas, y para perpetuar su memoria, se le llamó desde entonces, el Olivar de fray Martín”.
Juan vásquez de Parra, fiel auxiliar de Fray Martín durante varios años, certificó bajo juramento este y muchos otros prodigios de los cuales fue privilegiado testigo.

Variedad y profusión de dones sobrenaturales

El don de la sabiduría era en fray Martín tan notorio y reconocido, que las más altas personalidades de Lima le tenían por amigo y consejero, como el Virrey Conde de Chinchón, Don Luis Jerónimo de Cabrera; el Arzobispo de Lima Monseñor Fernando Vargas de Ugarte; el Acalde de Lima Don Juan de Figueroa; el rector de la Universidad de San Marcos don Baltasar Carrasco de Orozco, etc.
También preveía el futuro. A muchos vaticinó la curación, la muerte o sucesos que les ocurrirían. Poseía asimismo otros dones sobrenaturales que sabía manejar con santa astucia: cierta vez, por ejemplo, un hombre que iba a cometer un acto pecaminoso fue retenido por él en la portería del convento, en agradable y edificante conversación, haciéndole olvidarse del tiempo. Cuando continuó su camino, supo que la casa a donde iba se había desplomado, hiriendo gravemente a la mujer que estaba dentro.
Vista desde dentro del convento hacia el
campanario de la Iglesia Santo Domingo
Le gustaba acolitar la Misa y era gran devoto de la Eucaristía. Mientras caminaba, no cesaba de pasar las cuentas de su Rosario. Como fruto de su alto grado de vida interior y espíritu de oración, Martín tenía frecuentes éxtasis, a la vista de todos. Numerosos testimonios refieren que además, en muchos de esos momentos se elevaba del suelo en levitación, desde “el altor de un hombre poco más o menos” hasta “cuatro varas” (tres metros).

Pero eso no era todo. Consta que llegó a adquirir en algunas ocasiones cualidades propias de los cuerpos gloriosos y, atravesando puertas cerradas o incluso gruesas paredes, aparecía repentinamente en aposentos donde su presencia era necesaria, para satisfacer su caridad. Así, varias veces se presentó avanzada la noche en el Noviciado, ya cerrado por dentro con llaves o trancas, en momentos críticos (por ejemplo una epidemia de sarampión que afectó gravemente a unos sesenta novicios), llevando exactamente lo que cada paciente requería —cántaros de agua, remedios, toallas, camisas, etc.—, sin que se supiera cómo había podido ingresar. Cuando se lo preguntaban, asombrados, simplemente respondía: De eso cuido yo...
Entre los innumerables milagros obrados por el Santo mulato, figuran las manifestaciones del don de bilocación (estar al mismo tiempo en lugares y hasta en países diferentes), referidas por varios testigos, incluso por una sobrina suya que residía en el campo.
Esta relató que su madre había tenido una seria desavenencia con su esposo, tan prolongada que le impidió preparar almuerzo ese día. En tal circunstancia, hacia la una de la tarde apareció de repente fray Martín en la chacra. Venía a pie, apoyado en un bordón y protegiéndose del sol con un sombrero. Llevaba canasta con “empanadas, roscas de pan regalado, frutas y vino”, diciendo que venía a descansar y almorzar con ellos, y que sabía del disgusto. Los amistó y se quedó con ellos hasta el día siguiente.
El episodio fue después narrado a su compañero de oficio en la enfermería, fray Fernando Aragonés, pero este negó rotundamente que hubiese podido ocurrir, porque el día indicado fray Martín “no había faltado a su compañía un instante” y “había estado en el dicho convento sin salir de él”...
No faltó en este elenco de maravillas la resurrección de un religioso, Fray Tomás, y hasta resucitar animales. Se cuenta también que estando con otros hermanos lejos del convento, cuando llegó la hora de regresar, a fin de no faltar a la virtud de la obediencia, les dio la mano a los demás, y todos levantaron vuelo, llegando así al convento al momento previsto.
Poseía un misterioso dominio sobre los animales, hasta los más molestos. Cuando los ratones se volvieron un problema en el convento, porque roían todos los productos almacenados con sacrificio, Fray Martín cogió a un pericote que cayó en la ratonera y le dijo: “Te voy a soltar; pero anda y dile a tus compañeros que no molesten ni sean nocivos al convento; que se retiren a la huerta, que yo les llevaré comida todos los días”. Al día siguiente todos los ratones estaban bien quietecitos en la huerta, ¡esperando la comida que Fray Martín les llevaba!
Con esta variedad de dones Dios quiso premiar su extraordinaria austeridad y espiritu de penitencia. Para dominar sus inclinaciones, se flagelaba hasta sangrar tres veces al día, y durante los cuarenta y cinco años que permaneció en el convento sólo comía una sopa de verduras y cumplía todos los ayunos a pan y agua.
Es fácil suponer que el enemigo del género humano no pudiese soportar tanto bien, hecho por este humilde dominico. Lo perseguía sin tregua, a veces haciéndole rodar por las escaleras, otras vedándole el camino cuando iba a socorrer a algún necesitado. Fray Martín acostumbraba repelerlo con el símbolo de la Cruz.
* * *

Hay algo de sumamente benigno y encantador en todos los hechos de la vida de Fray Martín, por ejemplo las innumerables curaciones que realizaba con características inesperadas y sorprendentes. Esta nota amena y sonriente -aún en las condiciones propias de "valle de lágrimas" de nuestra vida terrena- es típicamente peruana, y en ella se deja ver la luz primordial del país, que el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira definía como “encanto grandioso”. Y es la causa del universal prestigio y popularidad del santo mulato, cariñosamente llamado "San Martincito" por el pueblo.
Con el cuerpo consumido por el exceso de trabajo, el ayuno continuo y la penitencia, sucumbió a los 60 años. A su lecho de moribundo acudieron el Virrey, Obispos, eclesiásticos y todo el pueblo que consiguió entrar. Entre las 8 y las 9 de la noche del 3 de noviembre de 1639, San Martín de Porres escuchó por última vez a sus hermanos dominicos entonar el Credo. Al llegar a las palabras et homo factus est ("y se hizo hombre"), besó el crucifijo que tenía en sus manos y cerrando los ojos a esta vida, entregó su maravillosa alma a Dios.
Su funeral fue una glorificación. Todos querían venerar a aquel santo moreno que nunca había buscado su propia gloria, sino solamente la de Dios, a quien viviera unido en forma tan misteriosa, íntima y permanente.
Desde su muerte nadie dudó de que la Iglesia contaba con un nuevo y grande santo. Pero pasarían más de 300 años de un largo proceso canónico, para que su santidad pudiera ser proclamada oficialmente. Y por fin, a mediados del siglo pasado dos estupendos milagros debidos a su intercesión, en Paraguay y las Islas Canarias, allanaron el camino a la merecida canonización. Y el 6 de mayo de 1962, en una grandiosa ceremonia en la Plaza de San Pedro en Roma, el Papa Juan XXIII declaró solemnemente Santo de la Iglesia Católica a fray Martín de Porres. Celebremos dignamente este cincuentenario proponiéndonos conocer, amar e imitar cada vez más a aquel que es sin duda el más ilustre de los peruanos.

FUENTES:
  • 1. Enriqueta VILA VILLAR, Santos de América, Ediciones Moretón, Bilbao, 1968, pp. 69-87.
  • 2. José Antonio DEL BUSTO DUTHURBURU, San Martín de Porras, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 1992.
  • 3. José Manuel VALDÉS, Vida Admirable del Bienaventurado Fray Martín de Porres, Huerta y Cía. Impresores-Editores, Lima, 1863.
  • 4. Rafael SÁNCHEZ-CONCHA B., Santos y Santidad en el Perú Virreinal, Vida y Espiritualidad, Lima, 2003.
  • 5. Plinio M. SOLIMEO, San Martín de Porres, el extraordinario santo de las cosas extraordinarias, “Catolicismo”, S. Paulo, N° 611, noviembre de 2001.



 
Fuente: Tradición y Acción por un Perú Mayor   (1/XI/2013)
http://www.tradicionyaccion.org.pe/spip.php?article163

lunes, 2 de noviembre de 2026

S A N T O R A L

LA CONMEMORACIÓN DE LOS DIFUNTOS

Después que la santa Iglesia en el día de ayer celebró la fiesta y solemnidad de Todos los Santos, y cumplió con el debido oficio y obligación que todos los fieles tenemos de invocarlos y reverenciarlos, hoy extiende y dilata su caridad á todas las almas que en el purgatorio pagan las culpas que en esta vida cometieron, y las ayuda con sus oraciones y sufragios; porque aunque es verdad que siempre en la Iglesia católica ha sido muy recibida la conmemoración que se hace por los difuntos, como se saca de Tertuliano, y de san Gregorio Nazianzeno, y se tiene por tradición apostólica el rogar á Dios por ellos en la Misa, como lo afirman muchos santos doctores; mas no había día señalado y cierto en toda la Iglesia universal en que se hiciese esta conmemoración, hasta que después con autoridad del sumo pontífice se instituyó con la ocasión que aquí referiré. El cardenal Pedro Damián, varón santísimo y doctísimo, escribe en la vida de san Odilón, abad cluniacense (que murió el año del Señor de 1048), que volviendo un religioso de nación francés, de Jerusalén, llevado de la tempestad, llegó á una isla ó peñasco, donde estaba un santo ermitaño, que le dijo que allí cerca había grandes llamas de fuego é incendios, donde las almas de los difuntos eran atormentadas, y que él oía muchas veces dar aullidos á los demonios y quejas; porque con las oraciones y limosnas de los fieles mitigaban las penas que aquellas almas padecían, y se libraban de sus manos: que particularmente se quejaban de Odilón, abad, y de sus monjes, por el cuidado y vigilancia con que las favorecían y remediaban: y conjuró á aquel religioso, que pues era francés, y sabia el monasterio cluniacense (como él decía) y conocía al abad Odilón, le rogase y le encargase de su parte que perseverase en aquel santo ejercicio, y con sus fervorosas oraciones y continuas limosnas, procurase dar refrigerio á las almas de nuestros hermanos, que en el purgatorio son atormentadas, para que así creciese el gozo de los bienaventurados en el cielo, y el llanto de los demonios en el infierno.
Volvió el religioso á Francia: comunicó lo que había oído del santo ermitaño con Odilón, abad, y con toda aquella bendita congregación que él tenía á su cargo; y él dio orden que en todos sus monasterios á los 2 de noviembre, un día después de la festividad de Todos los Santos, se hiciese particular conmemoración de los difuntos, y que con oraciones, limosnas y Misas se tuviese especial cuidado de socorrerlos y ayudarlos: y lo que san Odilón instituyó en sus conventos, después fué recibido, y establecido con la autoridad apostólica, en toda la Iglesia universal. Pedro Galesíno, protonotario apostólico, dice, que muchos escriben que el papa Juan, XVI de este nombre, instituyó esta conmemoración por consejo del mismo san Odilón. Verdad es que Amalado Fortunato, obispo de Tréveris, que vivió casi doscientos años antes de Odilón, en el libro de los Oficios eclesiásticos, que escribió á Ludovico Pio, emperador; después del oficio de los Santos pone el de los Difuntos, y dice, que lo hace porque muchos pasan de esta vida, que no van al cielo, por los cuales se suele hacer aquel oficio; que es señal que ya en su tiempo se hacía, como lo notó el cardenal Baronio. Y esto basta, para declarar la institución de esta Conmemoración de los difuntos, y la ocasión que hubo para hacerla.
Pero bien es que desenvolvamos más esta materia, y saquemos á luz, y propongamos lo que en esta conmemoración de los difuntos la santa Iglesia católica, nuestra madre, nos manda creer acerca de las almas del purgatorio. Dos puntos principales nos enseña: el uno, que hay purgatorio, y un lugar, donde las almas de los que murieron en gracia de Dios con pecados veniales, ó no satisficieron en vida enteramente por los pecados mortales que cometieron, y cuanto á la culpa les fueron perdonados, son atormentadas y purificadas: el otro, que pueden y deben ser socorridas y ayudadas de los fieles con ayunos, limosnas, oraciones y sufragios, para que más presto alcancen la bienaventuranza y visión de Dios que esperan.
Cuanto á lo primero, se ha de presuponer, que hay tres suertes de personas, dejando aparte los niños que mueren sin bautismo, con solo el pecado original: la una es, de los que vivieron en esta vida tan santamente, que nunca cometieron pecado mortal, ó si algunos cometieron, hicieron penitencia de ellos en esta vida, y satisficieron por ellos á la justicia del Señor tan cumplidamente, que á la hora de la muerte no tuvieron más que pagar, ni que purgar; y estos, en muriendo, se van derechos al cielo á gozar eternamente de Dios: otros hay que mueren en pecado mortal, y en desgracia de Dios, y como rebeldes y enemigos suyos son castigados, y sus almas entregadas á Satanás, para ser atormentadas perpetuamente en el infierno: otros hay, que ni son tan buenos como los primeros, ni tan malos como los segundos, sino que á la hora de la muerte están en gracia del Señor, y tienen algunos pecados veniales, que se compadecen con ella, que purgar; ó habiendo cometido algunos pecados mortales, que lloraron y les fueron perdonados cuanto á la culpa, no satisficieron enteramente en esta vida por ellos cuanto á la pena que se debe á cada pecado; y por esto en la otra la deben pagar.
Porque, como dice el sagrado evangelista san Juan en su Apocalipsis, hablando de la santa y soberana ciudad de Jerusalén: «Ninguno entrará en ella con suciedad, ó mancha de pecado»: y así necesariamente se ha de decir, que hay purgatorio, donde, como en un crisol, se afinan las almas, y se limpian de todas inmundicias y defectos con que salen de los cuerpos, antes que entren en el cielo. Esta es fé católica, y decir lo contrario es herejía; porque dejando aparte los otros muchos lugares que para probar esta verdad traen los santos doctores, así del viejo Testamento, como del nuevo; para nosotros bástenos lo que se escribe haber hecho aquel valeroso y glorioso capitán Judas Macabeo: del cual dice la divina Escritura, que envió doce mil dracmas de plata de limosna por los pecados de los soldados muertos, como quien justa y religiosamente sabía que había de resucitar: y añade luego el texto sagrado estas palabras: Sancta, ergo, et salubris est cogitado pro defunctis exorare, ut a peccalis solcantur: Que es santo y saludable el cuidado de rogar á Dios por los difuntos, para que les perdone sus pecados. Y no es menos fuerte testimonio, para comprobar esta verdad, lo que Cristo nuestro Redentor dijo en san Mateo: Si quis dixerit verbum in Spiritum sanctum, non remittetur ei, neque in hoc seculo, neque in futuro: Quiere decir, que algunos pecados (que son los que se cometen contra el Espíritu Santo) no se perdonan ni en este siglo, ni en el futuro: de las cuales palabras necesariamente se sigue (según la común exposición de todos los santos doctores) que algunos pecados se perdonan en la otra vida; y estos son los pecados veniales: porque si ningún pecado en ella se perdonase, las palabras de Cristo serian superfluas y ociosas: lo cual decir es gran blasfemia: y si se perdonan algunos pecados en el siglo advenidero, también se perdonarán las penas temporales de los pecados mortales, que el hombre por no haber tenido tiempo, y por alguna negligencia venial suya, dejó de pagar en esta vida; porque esta deuda y obligación no excluye la gracia de Dios, que es el principio de la satisfacción.
Pruébase también esta verdad con los concilios provinciales que se han hecho en varias provincias del mundo, y con los generales, y con la costumbre de toda la Iglesia católica, latina y griega. El concilio cartaginense III y IV, que se hicieron en África, contestan esta verdad: en España el bracarense I: en Francia el cabilonense: en Alemania el concilio wormarcíense: en Italia el concilio VI, que se celebró, siendo Símaco sumo pontífice, y otros muchos concilios confirman lo mismo: y no menos los ecuménicos y generales de toda la Iglesia universal, como son el lateranense, celebrado en tiempo de Inocencio III, el florentino, y últimamente el de Trento: y todas las misas ó liturgias, la de Santiago el menor, y de los santos Basilio, Crisóstomo, y Ambrosio: en las cuales se hace oración particular por las ánimas de los difuntos, la cual no se haría, si ellos no estuviesen en el purgatorio, y no tuviesen necesidad de ser ayudados, ó nuestras oraciones y sacrificios no fuesen eficaces para ayudarlos: y siempre se guardó esta santa costumbre en la Iglesia, y lo testifica san Dionisio Areopagita, cuando en el libro de la Jerarquía eclesiástica dice: «La tradición de rogar por los difuntos ha manado y venido á nosotros de los apóstoles, que fueron nuestros divinos capitanes y maestros»: y el Crisóstomo dice: «No en vano establecieron los apóstoles, que se haga conmemoración de los finados, cuando celebramos los sacrosantos misterios»: y san Agustín lo confirma diciendo: «Toda la Iglesia guarda lo que ha recibido de sus santos Padres; y ahora cuando ofrece el santo sacrificio de la Misa por las almas de los difuntos, que murieron en la comunión de la Iglesia». Que mismo enseñan san Damasceno y san Isidoro, Rábano Mauro, arzobispo de Maguncia, y otros muchos, que atribuyen esta tradición y uso de la Iglesia á los santos apóstoles. Y no solamente ha usado esto la Iglesia después de sepultado el cuerpo del difunto, sino también antes de ponerlo en la sepultura, como se ve en san Dionisio Areopagita, y que trae Durando en el libro de los Ritos de la Iglesia; y en lo que escribe Eusebio en la Vida de Constantino. Y san Agustín, hablando de su santa madre, dice que ofreció por ella el sacrificio de nuestra redención, estando el cuerpo junto á la sepultura, como se suele hacer: y san Bernardo dice otro tanto de san Malaquías. Para ejercitar este piadoso oficio, no solamente estaba señalado el día del entierro, y del cabo del año, sino otros, como se ve en las Historias eclesiásticas, y en los ejemplos de los santos: los cuales todos, griegos y latinos, con el mismo espíritu, y con la misma luz del cielo, y como si hablasen por una boca, nos enseñan esta verdad, y yo dejo de traer sus palabras, por evitar prolijidad: véalas el que quisiere, en los que escriben de esta materia, y especialmente en el cardenal Belarmino, que la trata más copiosamente y con grande erudición.
También es gran testimonio de esta verdad las revelaciones auténticas y verdaderas que los santos han tenido de las almas del purgatorio, y las veces que ellas han aparecido, y mostrádose á los fieles pidiendo su favor. San Gregorio Magno escribe haber aparecido el alma de Pascasio á san Germano, y testificádole que había sido librado de las penas del purgatorio por sus oraciones. Siendo el mismo san Gregorio abad de su monasterio, un monje suyo llamado Justo, ya difunto, apareció á otro monje que se llamaba Caproso, y le avisó que había sido librado de los tormentos del purgatorio por las treinta Misas que Precioso, prepósito del monasterio, por orden de san Gregorio había dicho por su alma, como se refiere en su vida. San Gregorio Turonense escribe de una santa doncella, llamada Vitaliana, que apareció á san Martín, y le dijo, que estaba en el purgatorio por un pecado venial que había cometido, y que fué librada por las oraciones del santo. Pedro Damián escribe que san Severino apareció á un clérigo, y le dijo que había estado en el purgatorio, por no haber dicho el oficio divino á sus horas; y que después Dios le había librado y llevado á la compañía de los bienaventurados. San Bernardo escribe que san Malaquías libró á una hermana suya de las penas del purgatorio con sus oraciones; y que la misma hermana se le había aparecido, pidiéndole aquel socorro y favor: y el mismo san Bernardo libró por su intercesión á otro que había padecido un año entero las penas del purgatorio, como lo escribe en su vida Guillermo, abad. San Remberlo, arzobispo bremense, ayunando cuarenta días por un presbítero llamado Arnulfo, le libró del purgatorio, y el mismo Arnulfo se le apareció y le hizo gracias por ello, como lo refiere Surio en su vida
Santo Tomas de Aquino, estando en oración, le apareció una hermana suya religiosa, y difunta, y le dijo como estaba en el purgatorio; y después le tornó á aparecer, haciéndolo gracias por el beneficio que por medio de sus ayunos, oraciones y misas había recibido, y por la gloria que ya tenía en el cielo: y otra vez estando en Nápoles, le apareció Fr. Román, y supo de él que ya estaba en el cielo, después de haber purgado en el purgatorio el descuido que había tenido en la ejecución de cierto testamento, como lo escribimos en su vida. Y para dejar los otros ejemplos, por ser muchos, y bastar los que aquí habernos referido para comprobar esta verdad, concluyamos esta materia con referir lo que sucedió á Benedicto VIII sumo pontífice: el cual, siendo ya difunto, apareció á san Odilón, abad (de quien hablamos arriba), resplandeciente y hermoso, y le hizo gracias con profunda reverencia, confesando que por sus oraciones, y las de sus frailes, Dios le había hecho merced de sacarle de la cárcel del purgatorio, y colocarle en el cielo entre sus escogidos. Pero hace de advertir que aunque estas apariciones de las almas del purgatorio, que aquí habernos referido, y otras semejantes, por ser escritas de autores graves y santos, se deben tener por verdaderas, y que nuestro Señor quiere en ellas enseñarnos las horribles penas que las almas padecen, y movernos para que las ayudemos, y para que procuremos satisfacer en esta vida lo que por nuestras culpas debemos, y no librarlo á la otra, donde se paga con tanto rigor; más que debemos usar de gran cautela en estas cosas: porque muchas veces no son verdaderas las apariciones de las almas, sino de nuestra flaca cabeza, é ilusiones del demonio, que nos inquieta y engaña, dándonos á entender que vemos lo que no vemos, y que ya somos santos, y tenemos visiones y revelaciones de Dios, para que nos desvanezcamos, y nos descuidemos de nuestro aprovechamiento: y también algunas veces puedo ser artificio del demonio, que se aparece en figura del alma de algún gran pecador que está en el infierno, y finge que pide el favor de nuestras oraciones, para que creyendo la gente que aquel hombre, habiendo sido tan malo, está en el purgatorio y no se condenó, se descuide en la virtud, y suelte la rienda á la maldad, pensando que pues el otro, que fué tan perverso y desalmado, no se ahogó en el abismo de sus maldades; también él podrá llegar á puerto de salvación: y por este, y otros peligros que hay en semejantes visiones, debemos usar de mucha prudencia y recato, no apeteciéndolas con vana curiosidad, y si vinieren, desechándolas con humildad, y examinando y probando los espíritus, si son de Dios, como dice san Juan, con consejo y parecer de los hombres verdaderamente espirituales y prudentes.


 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc