viernes, 13 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN LEANDRO, ARZOBISPO DE SEVILLA, Y CONFESOR

San Leandro, arzobispo de Sevilla, fué hijo de Severino, hombre principal, y de gran linaje en Cartagena. Tuvo por hermanos á Fulgencio, obispo de Ecija, á Isidoro, que le sucedió en la iglesia de Sevilla, y á Florentina, abadesa, madre y maestra de muchas monjas vírgenes dedicadas al Señor. Todos los hermanos fueron santos, y por tales los celebra la Iglesia católica; y san Leandro, que era el mayor de todos, santísimo. Desde niño se dio á la virtud, y letras, y fue varón en su tiempo tenido por de grande elocuencia, y de tan buenas razones, y tan eficaces, que fácilmente persuadía, lo que quería. Dió libelo de repudio al mundo, y á sus gustos, y vanidades, tomando el hábito de san Benito en un monasterio de Sevilla, donde resplandeció tanto con su santa vida, y doctrina, que siendo muerto el arzobispo de aquella ciudad, por común consentimiento de los eclesiásticos y seglares, fué puesto en aquella dignidad: en la cual hizo oficio de santísimo, y vigilantísimo pastor, con grande entereza, y maravillosa prudencia, y solícito cuidado. Reinaba en aquella sazón en España Leovigildo, rey godo, y hereje arriano, y enemigo de los católicos, los cuales á esta sazón eran maltratados y afligidos, y los arríanos favorecidos; y muchos por sus propios intereses, y otros por su ceguedad, y engaño, andaban descarriados, é inficionados de la herejía: y el santo prelado Leandro, aunque acudía á todas las partes necesarias; pero particularmente se desvelaba, y ponía más cuidado en confirmar á los católicos en la fé verdadera, y resistir á los herejes, y alumbrarlos, y reducirlos á nuestra santa religión; y así con su grande espíritu, letras, y buena industria, favorecido del Señor, sacó de las tinieblas, y errores á muchos arríanos, y de esclavos de Satanás, los hizo hijos de la Iglesia católica. 
Hubo entre el rey Leovigíldo, y el príncipe de España Hermenegildo, su hijo, muchos, y muy grandes disgustos y contiendas, por causa de la religión; porque el príncipe, por inspiración de Dios, y por consejo, y persuasión de san Leandro, había dejado la secta arriana, y declarándose por fiel católico, con determinación de morir por ello, si fuese menester: lo cual llevaba mal el rey su padre. Vino el negocio á tanto rompimiento, que el reino se dividió en dos bandos, de católicos, y herejes: los católicos seguían al príncipe, como á su caudillo, y cabeza; y los herejes á Leovigildo, como á su rey y señor. Los católicos, aunque eran muchos y tenían mejor causa, eran menos poderosos, y no podían contrastar con la potencia del tirano rey. Para buscar fuera del reino las fuerzas que no tenían en él, enviaron á san Leandro á Constantinopla á suplicar al emperador Tiberio, que era católico, que favoreciese la causa de los católicos, y les enviase á España algún buen número de soldados para resistir á los herejes arríanos, y defender la causa del Señor. Hizo esta jornada san Leandro tan larga, y tan trabajosa, por no faltar un punto á negocio tan importante, y tan deseado, y pedido del príncipe Hermenegildo, y de todos los fieles de España. Llegó á Constantinopla, tuvo allí amistad con san Gregorio, que después fué papa, y á la sazón era diácono cardenal, y legado de Pelagio II, su predecesor, de quien había sido enviado al emperador Tiberio por algunos negocios universales de la santa Iglesia. Y como san Gregorio, y san Leandro en la vida, y en la doctrina, y en sus intentos eran tan parecidos, y tan santos, trabaron una estrecha y hermanable amistad entre sí, que les duró toda la vida, como adelante se dirá. No pudo el emperador Tiberio enviar á España en favor de los católicos todas las fuerzas, que eran menester, aunque se entiende, que envió algunas; y así para esto fué de poco efecto la ida de san Leandro á Constantinopla, en donde se halló en un concilio de obispos, que se celebraba en aquella ciudad.
Volvió á España el santo prelado; y la guerra entre el rey Leovigildo y el príncipe Hermenegildo su hijo se encendió más, y llegó á tal extremo, que desamparado el príncipe de los suyos, y vencido de los soldados romanos, vino a manos de su padre, que le encarceló, y cargó de duras prisiones, y finalmente le hizo matar, por no haber querido el día de pascua comulgar de mano de un obispo arriano, que su padre le había enviado á la cárcel. De esta manera el glorioso príncipe fue coronado de martirio por nuestra santa fé católica, como lo decimos en su vida á los 13 de abril. Quedó el cruel padre muy contento con la muerte de su hijo. por parecerle, que se había vengado de él, y asegurado su reino, y su falsa religión, quitando á los católicos tan principal capitán, y cabeza, y habiéndolos amedrentado con tan riguroso castigo de su propio hijo. Pero como el mal siempre crece, y un pecado trae a otro, no se contentó el rey, con lo que había hecho; antes comenzó á perseguir con mayor furia, y braveza a la Iglesia católica, y maltratar, y desterrar de España á los obispos, y prelados santos, que la defendían, y entre ellos principalmente á san Leandro, y san Fulgencio, su hermano, como personas tan eminentes, y que habían favorecido al príncipe su hijo.
Apoderóse el avariento rey de las rentas de las iglesias, sin alguna resistencia: derogó los privilegios de los eclesiásticos: dio la muerte á muchos hombres principales, de cuyos bienes enriqueció el patrimonio real. Siendo, pues, desterrado de España el santo pontífice Leandro, no por eso dejó las armas, ni de pelear contra los arríanos, como soldado valeroso del Señor. Escribió dos libros contra sus errores, é hízolos publicar por España; y otro, en que responde á sus objeciones. Escribió también un tratado á santa Florentina su hermana, en el cual alaba en gran manera la virginidad, y él enseña la forma, que había de tener, en gobernar á sus monjas. No se olvidó nuestro Señor en este tiempo de su Iglesia; antes por los merecimientos, y por la sangre de su glorioso mártir san Hermenegildo, que había antes querido perder el reino, y la vida, que no su fé, cuando la tempestad estaba en su punto, y más brava y furiosa, y parecía, que había de durar, mandó cesar los vientos, y sosegarse el mar, y serenarse el cielo, y convertirse en bonanza, y tranquilidad aquella horrible, y espantosa tormenta. Comenzó el rey Leovigiído á reconocer su pecado, y la crueldad, con que le había quitado la vida á su hijo primogénito, y heredero de su reino: para lo cual (entre otras cosas) le ayudaron algunos milagros, que nuestro Señor obró en aquel mismo tiempo, así cerca del cuerpo del santo mártir, como en otras cosas, en testimonio de la verdad de la fé católica. Ayudóle también una enfermedad, que le dio, de la cual falleció en Toledo, el año 586. Y hay autores, que afirman, que al fin de la vida, estando en la cama enfermo, sin esperanza de salud, abjuró la impiedad arriana, y volvió su ánimo á la verdad católica; y que en particular con Recaredo su hijo, y sucesor, trató cosas en su favor, encargándole, que tuviese en lugar de padres á Leandro, y Fulgencio: á los cuales mandó en su testamento alzar el destierro. Y aun san Gregorio Magno refiere, que antes que muriese, encargó mucho a san Leandro (que debió de venir á esta sazón), que tuviese gran cuidado de Recaredo su hijo, para que fuese semejante á Hermenegildo su hermano. Pero añade san Gregorio, que el rey, por acomodarse al tiempo, y por miedo de sus vasallos, no abrazó la verdad católica con las obras, como lo conocía con el corazón; y así murió sin esperanza de salud. 


Con esta amonestación, que el rey su padre hizo al rey Recaredo, él, alentado con el espirita del cielo, que el Señor le enviaba por intercesión de su hermano Hermenegildo, se entregó á san Leandro; de manera, que en las cosas públicas, y particulares, se gobernaba por su parecer, y especialmente en las que tocaban á la salud de su alma, y á la verdad de nuestra santa fé: la cual, imitando más á la piedad de su hermano, que á la perfidia de su padre, abrazó con tanta sinceridad, y afecto, que no solamente él se hizo católico, sino que procuró, que lo fuese todo su reino, y que la nación de los godos, que hasta allí había estado inficionada con su pestilencia de la herejía arriana, toda se convirtiese, viese, y siguiese la luz de la religión católica. Por esto, por consejo de san Leandro, hizo juntar un concilio nacional, que fué el tercero Toledano, en el cual se halló san Leandro, y aun presidió en él; como dice san Isidoro su hermano, como legado de la sede apostólica. El concilio se celebró con gran paz, y conformidad, y el rey se mostró piadosísimo, y celosísimo de la fé católica: la cual abrazaron universalmente todos los obispos, grandes del reino, y señores godos; y san Leandro hizo una grave, docta, y elegante oración, alabando á nuestro Señor, por las mercedes, que había hecho aquel día á toda aquella nación, al reino de España, y á toda su Iglesia católica, en haber traído á su gremio, y puerto de salud, á tantos hijos perdidos, y sumidos en el abismo de sus errores; y declarando las causas, que había de alegría, y júbilo de su corazón, y juntamente, que siempre la santa Iglesia creció con trabajos, y persecuciones; y que después de la tempestad se sigue la bonanza, y tras la noche viene el día: y fué tanto, lo que san Leandro trabajó en este negocio tan importante, y de tanta gloria de, Dios, que mereció por esta conversión ser llamado apóstol de los godos, y san Gregorio papa le escribe una carta, dándole el parabién de tan dichoso, y feliz suceso, en la cual declara el gozo incomparable, que había recibido, porque el rey Recaredo se hubiese tan de veras convertido á nuestra santa religión; y le encarga, que le amoneste, y exhorte á mostrar con la santa vida la santa fé, que había recibido, y profesaba, porque, como dijimos arriba, entre estos dos santísimos varones, Gregorio y Leandro, puso nuestro Señor un amor muy entrañable, y una amistad digna de tan altos, é insignes varones; la cual comenzó en Constantinopla, en donde la primera vez se conocieron; y se trabó entre ellos de manera, que á petición de san Leandro, san Gregorio escribió los libros admirables de los Morales sobre Job, y los dedicó, y envió al mismo sagrada Escritura san Leandro. Y también le envió un libro que llamó Pastoral, y en el principio de su pontificado había escrito a Juan, obispo de Ravena: y se escribían entre sí muchas veces amigablemente, y de las mismas epístolas, que le escribe san Gregorio, se saca bien la estima, que tenia de la santidad, y persona de san Leandro; porque en una de ellas le dice estas palabras: «Recibí la epístola de vuestra santidad, escrita con la pluma de la caridad. Del corazón tomó la lengua, lo que escribió con la pluma. Estaban presentes, cuando se leyó vuestra carta, algunos varones buenos, y sabios, y comenzaron luego á enternecerse, y compungirse en solo oírla leer, y cada uno con amor, y afección os ponía en su corazón; porque le parecía no oír, sino ver, la dulzura del vuestro. Todos se encendían, y cada uno se maravillaba; y en el fuego de los oyentes se mostraba bien las llamas, que ardían en el pecho, del que hablaba; porque ninguno puede inflamar á otro, si él no arde primero en sí. Y de aquí sacamos, cuan grande haya sido vuestra caridad; pues pudo emprender tan gran fuego en los otros. No conocían vuestra vida, de la cual yo siempre me acuerdo con gran veneración; más la alteza de vuestro corazón muy bien se echaba de ver en la humildad de vuestras palabras». Todas estas son palabras de san Gregorio: quien después se encomienda á las oraciones de san Leandro, y le dice: «Yo me hallo medio ahogado entre las ondas, y busco vuestra intercesión, como tabla, para escaparme; para que, ya que no merecí, como rico, llegar con la nave entera á salvamento, á lo menos después de haber recibido el daño, vuelva á la ribera asido á tabla». Padecía san Leandro dolores de gota, y para consolarle, le dice san Gregorio: «Escríbame vuestra santidad, si la gota lo aflige; y yo tengo tan continuos dolores de ella, que estoy muy debilitado, y casi consumido; pero fácilmente nos consolaremos, si entre los azotes de Dios nos acordáremos de nuestros pecados; y entendiéremos, que no son azotes, sino dones del Señor, para que paguemos los deleites de la carne con los dolores de la carne». Todo esto es de san Gregorio, escribiendo á san Leandro: al cual envió el palio; y aun comúnmente se dice (y debe ser así), que le envió una imagen de nuestra Señora, y que es, la que en Guadalupe es tenida en tanta reverencia, y frecuentada del concurso de tantas gentes, que vienen en romería á aquella santa casa, para hacer gracias al Señor por las continuas mercedes, que por intercesión de su benditísima Madre reciben. Habiendo, pues, san Leandro dado tan bienaventurado fin á un negocio de tanta entidad, como fué la conversión á nuestra santa fe de los godos, y orden, y concierto para la reformación de las Iglesias; se fué á la suya de Sevilla, para atender al gobierno de ella, y aparejarse á morir, y dar cuenta del rebaño, que el Señor le había encomendado. Estando en ella, y haciendo oficio de santo prelado, afligiendo su cuerpo con ayunos, y penitencias, regalando su espíritu con la oración, y estudio de la remediando los pobres, encaminando á los ricos, y exhortando á todos á la virtud, siendo ya de ochenta años, o más, y queriéndole nuestro Señor dar el premio de sus grandes, y fructuosos trabajos, le vino una enfermedad, de la cual murió á los 13 de marzo, por los años del Señor de 603. Fué sepultado su cuerpo en la iglesia de las santas vírgenes Justa, y Rufina. El Martirologio romano le hace mención de san Leandro á 27 de febrero, y escriben de él los martirologios de Beda, Usuardo, Adon, y el cardenal Baronio en sus anotaciones, y en el séptimo tomo, y octavo de sus anales, y Tritemio le cuenta entre los varones ilustres de la orden de san Benito.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

jueves, 12 de marzo de 2026

S A N T O R A L

 San Luis Orione, Don Orione

Luigi Orione, Don Orione o San Luis Orione nacido en Pontecurone, Italia, el 23 de junio de 1872. Fue un sacerdote católico italiano que dedicó su vida entera a amar y servir al Señor en los más humildes, en los más pobres y desposeídos. "Sólo la caridad salvará al mundo" fue la convicción que marcó su vida; una caridad necesaria y urgente para "llenar los surcos que el odio y el egoísmo han abierto en la tierra". Esta convicción lo llevó a fundar la congregación religiosa de la Pequeña Obra de la Divina Providencia (conocida como Obra Don Orione). Murió el 12 de marzo de 1940 en San Remo.

El 29 de agosto de 2000 su corazón llega en un relicario para residir definitivamente en el Cottolengo del barrio Don Orione, en la ciudad de Claypole, provincia de Buenos Aires, Argentina. Desde ese día este santuario es lugar de peregrinación de los fieles.Su cuerpo permanece incorrupto en el Santuario Nuestra Señora de la Guardia en Tortona, Italia.

 Los escritos proféticos de Don Orione sobre los ataques a la familia. El sitio Vatican Insider publicó tiempo atrás una entrevista a D. Flavio Peloso, director general de la “Obra Don Orione”.

Resultado de imagen para Luis Orione, Don OrioneEl entrevistado reproduce el texto de una profecía de D. Luigi Orione, canonizado por Juan Pablo II el 16 de Mayo de 2004, sobre la decadencia de la familia.
En los años de 1920, Don Orione escribió sobre la nueva situación social y cultural de las mujeres. En ese texto pasó también al referirse al tema de la familia:
“Es cristiano, es de caridad ocuparse de la condición de la mujer, o mejor, de la familia cristiana -observa Don Orione. El ataque, aún latente, contra la fortaleza social que es la familia cristiana, guardada y mantenida por la indisolubilidad del matrimonio, presten atención, mañana se tornará furioso. El feminismo es una parte importantísima de la cuestión social, y nuestra falla como católicos es no haberlo comprendido inmediatamente. Fue un gran error. El día en que la mujer, libertada de todo aquello que llamamos su esclavitud, se torne Madre según su deseo, esposa sin marido, sin ningún deber en relación a nadie, en ese día la sociedad se desmoronará espantosamente por la anarquía, más de lo que se desmoronó Rusia por el bolchevismo”.
Fuente:
http://www.accionfamilia.org/revolucion-cultural/los-escritos-profeticos-de-%EF%BB%BFdon-orione-sobre-los-ataques-a-la-familia/

Don Orione y el Terremoto de Mesina  de 1908


Por el El historiador Roberto de Mattei, vicepresidente del CNR (Consejo Nacional de Investigación italiano), “hablando como católico y hombre libre”.


 http://video.repubblica.it/copertina/de-mattei-cnr-insiste-terremoto-messina-fu-punizione-divina/66889?video


Partiendo de la consideración de que “todo lo que ocurre tiene un significado, y que todo es divina providencia”, narra la tragedia del terremoto de Mesina. “En la madrugada del 28 de diciembre de 1908, un violento terremoto, de no más de treinta segundos, pero de diez grados de la escala de Mercalli, seguido por un terrible maremoto que destruyó las ciudades de Sicilia y Calabria y se extendió a la costa de Calabria. Las víctimas fueron más de 80.000. Mesina fue reducida a un montón de escombros”, explica el profesor de historia del cristianismo y la Iglesia. De Mattei cita a dos testigos del terremoto, que “se prodigaron para ayudar a las víctimas”: don Luigi Orione y Annibale Maria di Francia, ambos santos canonizados por la Iglesia. “Estos sacerdotes –explica– estaban convencidos de que el terremoto de Mesina fue un castigo divino”.
“En la mañana del domingo, 27 de diciembre de 1908 aparecieron fajas con las palabras “Jesucristo jamás existió” y para demostrar esa afirmación impía, en la noche, después de un debate público, se realizó una procesión blasfema que llegó hasta la playa: un crucifijo fue arrojado al mar entre bromas y palabras soeces, mientras que el círculo Giordano Bruno se reunía para decretar la destrucción de la religión en Messina”.


Imagen relacionadaEl terremoto destruyó la ciudad, salvándose solamente la casa de los huérfanos del padre Annibale María di Francia. Tres años antes, recuerda el historiador, el mismo religioso había predicho el terremoto, atribuyéndolo a una decadencia moral que afectaba a la ciudad: “Es el espiritismo, es la magia, son los hechizos. En Mesina la impudicia se convirtió en costumbre; es la codicia y la dureza de corazón por la que se deja perecer a los pobres y el dinero que se malgasta en lujos. Todos estos pecados claman al Señor: ‘¡Señor, daos prisa y castigad!’”.Dios habría querido castigar a los habitantes de Mesina por sus pecados. La conclusión De Mattei, que no se distancia de esta interpretación histórica es: “Por lo tanto, existe una relación entre las ruinas espirituales y materiales que golpean a las ciudades y a los pueblos”.
También el Vicepresidente de la CNR, atribuyó al aborto la ruina de la ciudad de Varsovia: “El Señor anunció a Santa Faustina Kowalska el castigo de una ciudad, Varsovia, por los pecados que se cometían en ella, sobre todo por el aborto, que es el asesinato del indefenso en el vientre de la madre. Varsovia fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial”.
Para corroborar la tesis, De Mattei utiliza las palabras de Juan Pablo II: “La Iglesia ha definido los ‘pecados que claman venganza ante Dios’ y ha incluido, en primer lugar, el asesinato voluntario, que hoy se renueva por los innumerables abortos cometidos cada día, cada hora, cada minuto en el mundo”.
“Dios es infinitamente misericordioso –continua De Mattei– pero es justo, como declaró Juan Pablo II, cuando dijo que el aborto, como la sodomía, son pecados que claman venganza ante Dios.
“Sabemos cómo Dios castigó el pecado de Sodoma y Gomorra: con la destrucción de esas ciudades”.
“Toda nuestra sociedad merece un castigo divino, afirmó el profesor católico, citando a Juan Pablo II: “¿Qué se puede pensar de una sociedad, como la contemporánea, que hizo del asesinato voluntario y del pecado de Sodoma una regla pública y social? Estas Naciones podrían ser castigadas, como ocurrió a las comunidades cristianas una vez florecientes y ahora olvidadas. Ocurrió a Cartago, devastado por los vándalos y luego sumergidos por el Islam. El Cristianismo fue eliminado de esa tierra. Y ¿qué espera a las Naciones europeas, que inscriben los vicios de Cartago en sus leyes?”.

De Mattei concluye con una pregunta: “¿No podría ocurrir lo mismo en nuestro tiempo?”.

Fuente: Diario La Republica,Italia, del 22/04/2011

miércoles, 11 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN EULOGIO, PRESBÍTERO Y MÁRTIR

La vida del bienaventurado, y glorioso mártir san 
Eulogio escribió, un condiscípulo, y compañero suyo, llamado Álvaro, de esta manera. En el tiempo, que por justo juicio de Dios España fué castigada, y oprimida de los moros, nació san Eulogio en la ciudad de Córdoba, donde ellos tenían su principal asiento, de nobles, y ricos padres, para consuelo, y bien de muchos. Su madre se llamó Isabel, y su abuelo Eulogio, como él.
Desde niño se inclinó á todas las cosas de devoción, y piedad, y gustaba de estar en la iglesia de san Zoilo, mártir, y tratar con los clérigos, y aprender de ellos santas costumbres, y buenas letras. Después creciendo en edad, se dio con gran cuidado al estudio de la sagrada Escritura, y buscaba los maestros, que se la podían enseñar, y entre ellos tomó particular amistad con un santo abad, que se llamaba Espera en Dios, por ser hombre de muy buena vida, y muy versado en las divinas Letras. Con la ayuda de este abad, y con su gran ingenio, y diligencia, vino Eulogio á ser eminente, y famoso varón en las ciencias. Ordenóse de diácono, y después de presbítero, y alcanzó grado, y nombre de maestro: mas no por esto se desvaneció; antes la ciencia iba acompañada siempre con la virtud, y cuanto más crecía en la opinión de los hombres, tanto era más humilde en la suya. Castigaba su cuerpo con ayunos, y penitencias: dábase mucho á la oración: era caritativo con los prójimos: visitaba los monasterios de los monjes, é informábase de sus institutos, y reglas; procurando juntar en uno la vida religiosa de los monjes, y la doctrina, y predicación de los clérigos. Tuvo deseo de ir á Roma, para refrenar, y domar los apetitos de la carne con el trabajo de aquella peregrinación: más el mismo Álvaro, que escribe su vida, y otros amigos suyos, le detuvieron, para que no lo hiciese; aunque quedándose en España con el cuerpo, fue á Roma con el ánimo, y voluntad. Levantóse en Córdoba una recia persecución contra los clérigos: porque el obispo de ella, llamado Recafredo, ó por temor del rey moro, ó por lisonjearle, ó por otros vanos respetos, ó indignos de su persona, y dignidad, hizo prender á muchos de ellos, y entre los demás á san Eulogio, que era como el preceptor de todos: y en la cárcel escribió un libro, llamado Documento de mártires, animando á los fieles á morir por Cristo, y á padecer en el martirio, como le padecieron Flora, y María, dos santas vírgenes, en 24 días de noviembre; y á los cinco días después de su muerte, por voluntad del Señor, salieron de la cárcel Eulogio, y sus compañeros, y por entonces cesó aquella borrasca. Mas como san Eulogio viese, que el obispo todavía favorecía al tirano, y perseveraba en sus malas mañas, se abstuvo muchos días de decir misa, por no comunicar con él, pareciéndole, que era mejor privarse él de su devoción, y del fruto, que podía sacar del santo sacrificio de la misa, que autorizar, y aprobar con él, lo que hacía el obispo: el cual, como san Eulogio era persona tan insigne, y en quien todos los cristianos tenían puestos los ojos, le mandó so pena de excomunión, que celebrase: y él por no hacerlo, porque juzgaba, que ó no lo era lícito, ó que no era expediente, se partió de Córdoba camino de Francia. Llegó á Pamplona, donde fue hospedado, y regalado de Guiliesindo, obispo de aquella ciudad; y estuvo en un monasterio de san Zacarías, puesto en la falda de los Pirineos, y gozó allí de la conversación de muchos religiosos, y siervos de Dios, que en él había, con los cuales trabó estrecha amistad: y ellos cuanto más trataban á Eulogio, más se admiraban de sus raras virtudes, y de los excelentes dones con que Dios había adornado su alma.
Después estuvo san Eulogio en Zaragoza, en Sigüenza, en Alcalá de Nares, y en Toledo: donde habiendo fallecido Uvistremio, arzobispo de su Iglesia, y juntándose los obispos de la provincia con licencia de los moros, como solían, para darle sucesor, todos eligieron á Eulogio por arzobispo de Toledo, estando ausente, por las grandes, y raras partes de santidad, doctrina, y prudencia, que concurrían en él: más el Señor no quiso, que tuviese efecto esta elección, ni que se sentase en aquella silla; porque le tenía aparejado otra de mártir más gloriosa en el cielo. Había vuelto á Córdoba el santo presbítero, y en ella hallado gran confusión, y turbación de los cristianos; porque el rey de Córdoba Mahoma los perseguía con extraña rabia, y furor, procurando desarraigar la religión, y nombre de Cristo de todo su reino. Muchos por temor se ausentaban: otros por su flaqueza renegaban; y no faltaban otros, que favorecidos del espíritu del Señor, ofrecían sus cuerpos á la muerte, para que sus almas gozasen de la vida, que nunca se acaba, y con alegría derramaban su sangre por la fé de aquel Señor, que por ellos había derramado la suya en la cruz. En esta tormenta tan brava, y noche tan tenebrosa, envió el Señor á san Eulogio, para que resplandeciese como una luz venida del cielo, y como sabio piloto gobernase la nave de aquella Iglesia tan combatida de furiosas ondas, para que no diese al través, y del todo se hundiese: porque no se puede creer, lo que confortó á los flacos, encendió á los caídos, y detuvo á los que iban á caer, con su vida, con su doctrina, y con los libros admirables, que escribió, animando á todos para pelear valerosamente por Cristo en aquella dura batalla, y escribiendo después las victorias, y coronas, de los que habían bien peleado, y triunfado gloriosamente del enemigo. Y aunque estas obras eran bastantes, para que los moros le aborreciesen, y le deseasen dar muerte, y para que el Señor le hiciese digno del martirio, y le coronase, con los que él había hecho mártires por su exhortación; mas hubo otra causa particular del martirio de san Eulogio, que fué la que aquí diré.
Una doncella, nacida de padres nobles, aunque paganos, llamada Leocricia, vino á nuestra santa fé, y se bautizó por persuasión de otra mujer cristiana, cuyo nombre era Liciosa. Los padres de la doncella con palabras blandas, y con espantos, pretendieron apartarla de su santo intento; más la santa doncella, teniendo más cuenta con el padre que tenía en el cielo, que con el de la tierra, no hizo caso de sus amenazas: pero temiendo su flaqueza, se salió de casa de sus padres, por medio de una hermana de san Eulogio, llamada Anulona, virgen dedicada á Dios; y el mismo san Eulogio, para que aquella oveja de Cristo no fuese tragada del lobo infernal, como buen pastor la recogió, y la puso en lugar secreto y seguro, y la mudaba muchas veces de una parte á otra: y ella con vigilias, ayunos, y vestida de cilicio, y postrada en tierra en la iglesia de san Zoilo, ayudándola san Eulogio también con sus oraciones, pedía á Dios, que la librase de aquel tan instante peligro. Finalmente, por voluntad del Señor Leocricia fué descubierta, y vista, y hallada de sus padres con san Eulogio, que á la sazón había ido á verla, para animarla en aquella tribulación: y como los padres de Leocricia eran tan ricos y poderosos, tuvieron forma para prender á su hija, y á Eulogio, y los presentaron delante del juez, acusando á la hija, por haber huido de casa de sus padres; y á Eulogio, por haberla recibido y encubierto: el cual, siendo preguntado del juez, si era verdad, lo que contra él decían, y porqué lo había hecho; respondió constantemente, que él, como sacerdote de Dios, tenia obligación de favorecer, y enseñar el camino del cielo, á todos los que viniesen á él con deseo de salvar sus almas; y así lo había hecho con Leocricia. Y como el juez mandase traer varas para azotar á san Eulogio; él con gran serenidad le dijo, que no se cansase: porque las varas no le podrían quitar la vida del cuerpo, y mucho menos á Cristo de su alma; pero que si le mandase matar con hierro, quedaría en algo satisfecho: porque le quitaría la vida temporal, aunque nó la eterna, que era Cristo: y con esto comenzó a decir mal de Mahoma, falso profeta de los moros, y á predicar, que solo Jesucristo era verdadero Dios.

Lleváronle á palacio, y fué presentado á los del consejo del rey: y uno de ellos, que era amigo de san Eulogio, teniendo de él lástima, le quiso persuadir, que dijese allí bien de Mahoma, para satisfacer á los del consejo, aunque después siguiese su ley; y permaneciese en ser cristiano: mas el sentó no se dejó persuadir de aquel, que con voz de falso amigo, era verdadero enemigo, y le pretendía pervertir: antes con mayor constancia, y firmeza comenzó á ensalzar la majestad, y divinidad de Jesucristo, y á vituperar las maldades, engaños, y abominaciones de Mahoma; y así los jueces dieron sentencia, que fuese degollado. Al tiempo que le llevaban al martirio, uno de los privados y criados del rey, que le había oído decir mal de su gran profeta Mahoma, revestido de Satanás, llegó á san Eulogio, y le dio una gran bofetada en su rostro. El santo sin turbación alguna ofreció la otra mejilla, diciendo, que allí podría darle otra: lo cual hizo aquel hombre maldito, dando testimonio de su pérfida maldad; y el santo de ser verdadero discípulo de Jesucristo. Llevaron á san Eulogio al lugar del martirio con gran tropel de gente, y gritería, en donde hecha su oración de rodillas, y levantadas las manos al cielo, y armado con la señal de la cruz, dio su cuello al cuchillo, y fué degollado en 11 de marzo, día sábado, á la hora de nona, año de la Encarnación del Señor de 859. Fué vista una paloma blanca sobre su cuerpo muerto: procuraron los moros echarla de allí, y por buen espacio de tiempo no pudieron, hasta que viéndose muy acosada de ellos, tomó vuelo, y se asentó en una torre, y desde allí miraba atentamente al santo cuerpo: el cual fué sepultado en el templo de san Zoilo por los cristianos al tercero día de su martirio. Escribió san Eulogio algunos libros con mucha doctrina, y mayor espíritu, y entro otros un memorial de santos, y un apologético de mártires, y otro, llamado Documento también de mártires: en los cuales pone las vidas y martirios, aunque con mucha brevedad, de algunos santos de su tiempo.
Cuatro días después del martirio de san Eulogio, la santa doncella Leocricia fué combatida terriblemente, para que dejase de ser cristiana; mas el que la había escogido para sierva y esposa suya, la defendió y amparó de todos los asaltos, y máquinas de sus enemigos: y visto, que ninguna cosa era bastante para quitarlo á Jesucristo, la degollaron y echaron su cuerpo en el rio, donde los cristianos le sacaron, y sepultaron en la Iglesia de san Ginés.

Después el año de 860, según el cardenal Baronio. fueron trasladados los cuerpos de san Eulogio, y Leocricia á Oviedo, é hizo nuestro Señor algunos milagros por intercesión de estos dos santos, y con ocasión de ellos se trasladaron otra vez sus cuerpos el año de 1300, á los 9 de enero, siendo obispo don Fernando Álvarez, y se colocaron en una grande arca de plata, y la pusieron en el secretario, que llaman la cámara santa, como lo dice Ambrosio de Morales en la vida de san Eulogio, cuyas obras hizo imprimir, é ilustró con sus eruditas anotaciones. El martirologio de Usuardo pone la muerte de san Eulogio á los 20 de septiembre, y el Romano á los 11 de marzo, que es el verdadero día en que murió.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc
.......toda abjuración era bien recibida y largamente premiada. Algunos, los menos, renegaron de la fe por librarse de tan humillante servidumbre. Otros, de sobra tibios, pero no apóstatas, comenzaban a murmurar del entusiasmo de los mártires, teniendo por manifiesta locura ir a buscar la muerte, provocando a los verdugos, aunque fuera constancia y heroísmo el aguardarlos. De tal disposición de los ánimos trataron de aprovecharse los consejeros de Abderrahman II para poner término a aquellas lamentables escenas. El califa obligó a nuestros Obispos a reunir un Concilio para que atajasen el desmedido fervor de su grey. Presidió Recafredo, Metropolitano de la Bética (a. 852), y los Padres, temerosos por una parte de incurrir en la saña del príncipe musulmán, y no queriendo por otra condenar un arrojo santo y plausible que respondía a anteriores provocaciones, dieron un decreto ambiguo, allegorice edita, dice San Eulogio, que sonaba una cosa y quería decir otra (aliud gustans et aliud sonans), pero que parecía condenar la espontaneidad del martirio. La Iglesia muzárabe se partió en dos bandos: unos justificaron con la decisión conciliar su cobardía y descaecimiento de ánimo; otros, y a su frente San Eulogio, ornamento de la raza hispano-latina, y Álvaro Paulo, el cordobés, descendiente de familia judaica y condiscípulo de Eulogio en las aulas de Spera-in-Deo, levantaron su voz en defensa de las víctimas y de los oprimidos. Si algunos infames hicieron granjería de su culto, trocándole pro vendibilibus muneribus, una potente reacción católica levantóse contra tales prevaricaciones en tiempos del bárbaro califa Mahomad, sucesor de Abderrahman II, príncipe ilustre, a pesar de sus violencias. Mahomad hizo derribar toda iglesia levantada desde la época de los godos. En esta segunda persecución buscaron y obtuvieron el lauro de la mejor victoria, Fandila, presbítero; Anastasio, diácono; el monje Félix, la religiosa Digna, Benildis, matrona de muchos días, y la contemplativa virgen Santa Columba. En los tres libros del Memoriale Sanctorum, de San Eulogio, pueden leerse los pormenores de todos estos triunfos, y de los de Pomposa, Áurea, Elías, Argimiro y algunos más. El encendido y vehemente estilo del Santo, y la impresión enérgica y cercana bajo la cual escribía, dan a aquellas páginas un santo calor que nunca tendría mi seca y desmayada prosa. Y en el Documentum Martyriale, ya citado, así como en el Apologeticum SS. Martyrum, veránse descritos en rasgos enérgicos o patéticas frases el abandono de los temples donde teje sus hilos la araña, el silencio de los cantores y salmistas, las cárceles henchidas, los continuos suplicios y la desolación universal. Lo extraño y verdaderamente maravilloso es que ni en la narración de aquellos horrores, ni en las exhortaciones al martirio, se olvida el escritor de sus aficiones clásicas, y mientras él atiende a imitar a los historiógrafos y oradores antiguos, su amigo Álvaro le felicita con serenidad rara por acercarse al lácteo estilo de Tito Livio, al ingenio de Demóstenes, a la facundia de Cicerón y a la elegancia de Quintiliano. ¡Singular temple de alma el de aquellos hombres que en vísperas del martirio gustaban todavía de sacrificar a las Gracias, y coronar su cabeza con las perpetuas flores de la antigua sabiduría! En la cárcel se entretuvo San Eulogio en componer nuevos géneros y maneras de versos que en España no se habían visto, dice su amigo y biógrafo.

Ya durante la persecución de Abderrahman había estado el Santo en prisiones, por oponerse tenazmente a los decretos de Recafredo y demás asistentes al Concilio o conciliábulo de 852, y apartarse de su comunión. Él robustecía y alentaba hasta el último momento la firmeza de los confesores, y recogía y guardaba con veneración los restos de los que morían. Pasada esta persecución, fué electo Obispo de Toledo, aunque no llegó a ocupar la Silla metropolitana, prevenido por adversos sucesos. En Córdoba, su patria, vino a morir degollado el año 859, juntamente con la virgen Leocricia. Tal andaba la rara muzárabe en los tristes días que ha de describir esta historia. La persecución no debió limitarse a Córdoba, aunque ésta sola tuvo historiadores. El martirio de las Santas Nunila y Alodia en la Rioja, y algún otro caso semejante de que por incidencia habla San Eulogio, bastan a demostrar lo universal de la intolerancia alcoránica. Pero justo es advertir, en obsequio a los fueros históricos, que si el mayor número de los mozárabes resistió generosamente, no fué pequeño el de los que se dejaron vencer por el halago de aquella civilización y costumbres. ÁIvaro Cordobés se queja, al fin del Indículo, de los que olvidaban las Sagradas Escrituras y hasta la lengua latina, distinguiéndose al contrario en erudición arábiga, hasta el punto de vencer en filológicos primores a los mismos mahometanos. 
Fuente: HISTORIA DE LOS HETERODOXOS ESPAÑOLES de Marcelino Menendez Pelayo

martes, 10 de marzo de 2026

NOVENA A SAN JOSÉ

Por la señal, de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro.

En el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo. Amén. 

Oración para empezar todos los días

    
Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María. Patriarca y Protector de la Santa Iglesia, a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra a la Sagrada Familia; protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos a la santa familia de tu Hijo que es la Iglesia, y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida, y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcánzanos especialmente estas tres gracias, la de no cometer jamás ningún pecado mortal, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos. Concédenos además la gracia especial que te pedimos cada uno en esta novena. 
Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener.
 
Oración del día correspondiente

Día primero

Oh benignísimo Jesús así como consolaste a tu padre amado en las perplejidades e incertidumbres que tuvo, dudando si abandonar a tu Santísima Madre su esposa, así te suplicamos humildemente por intercesión de San José nos concedas mucha prudencia y acierto en todos los casos dudosos y angustias de nuestra vida, para que siempre acertemos con tu santísima voluntad. 

Día segundo

Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu padre amado en la pobreza y desamparo de Belén, con tu nacimiento, y con los cánticos de los Ángeles, visitas de los pastores y los dones de los Reyes Magos así también te suplicamos humildemente por intercesión de San José, que nos concedas llevar con paciencia nuestra pobreza y desamparo en esta vida, y que alegres nuestro espíritu con tu presencia y tu gracia, y la esperanza de la gloria.

Día tercero

Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu amado padre en el doloroso misterio de la Circuncisión, recibiendo de él el dulce nombre de Jesús, así te suplicamos humildemente, por intercesión de San José, nos concedas pronunciar siempre con amor y respeto tu santísimo nombre, llevarlo en el corazón, honrarlo en la vida, y profesar con obras y palabras que Tú fuiste nuestro Salvador y Jesús.

Día cuarto

Oh benignísimo Jesús, así como consolaste a tu padre amado de la pena que le causó la profecía de Simeón, mostrándole el innumerable coro de los Santos, así te suplicamos humildemente, por intercesión de San José que nos concedas la gracia de ser de aquellos para quienes Tú sirves, no de ruina, sino de resurrección, y que correspondamos fielmente a tu gracia para que vayamos a tu gloria.

Día quinto

Oh benignísimo Jesús, así como tu amado padre te condujo de Belén a Egipto para librarte del tirano Herodes, así te suplicamos humildemente, por intercesión de San José, que nos libres de los que quieren dañar nuestras almas o nuestros cuerpos, nos des fortaleza y salvación en nuestras persecuciones, y en medio del destierro de esta vida nos protejas hasta que volemos a la patria.

Día sexto

Oh benignísimo Jesús así como tu padre amado te sustentó en Nazaret, y en cambio Tú le premiaste en tu santísima compañía tantos años, con tu doctrina y tu dulce conversación, así te rogamos humildemente, por intercesión de San José nos concedas el sustento espiritual de tu gracia, y de tu santa comunión, y que vivamos santa y modestamente, como Tú en Nazaret.

Día septimo

Oh benignísimo Jesús, así como por seguir la voluntad de tu padre celestial permitiste que tu amado padre en la tierra padeciese el vehementísimo dolor de perderte por tres días, así te suplicamos humildemente, por intercesión de San José, que antes queramos perder todas las cosas y disgustar a cualquier amigo, que dejar de hacer tu voluntad; que jamás te perdamos a ti por el pecado mortal, o que si por desgracia te perdiésemos te hallemos mediante una buena confesión.

Día octavo

Oh benignísimo Jesús, que en la hora de su muerte consolaste a tu glorioso padre, asistiendo juntamente con tu Madre su esposa a su última agonía, te suplicamos humildemente, por intercesión de San José, que nos concedas una muerte semejante a la suya asistido de tu bondad, de tu Santísima Madre y del mismo glorioso Patriarca protector de los moribundos, pronunciando al morir vuestros santísimos nombres, Jesús, María y José.

Día noveno

Oh benignísimo Jesús, así como has elegido por medio de tu Vicario en la tierra a tu amado padre para protector de tu Santa Iglesia Católica, así te suplicamos humildemente por intercesión de San José, nos concedas el que seamos verdaderos y sinceros católicos, que profesemos sin error la fe católica, que vivamos sin miedo una vida digna de la fe que profesamos, y que jamás puedan los enemigos ni aterrarnos con persecuciones, ni con engaños seducirnos y apartamos de la única y verdadera religión que es la Católica.

Oración final para todos los días

Oh custodio y padre de Vírgenes San José, a cuya fiel custodia fueron encomendadas la misma inocencia de Cristo Jesús y la Virgen de las vírgenes, María; por estas dos queridísimas prendas, Jesús y María, te ruego y suplico me alcances, que preservado yo de toda impureza, sirva siempre castísimamente con alma limpia, corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María. Amén.

Jesús, José y María, os doy mi corazón y el alma mía
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, con Vos descanse en paz el alma mía.

 
Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Antífona
Tenía el mismo Jesús, al empezar su vida pública, cerca de treinta años, hijo, según se pensaba de José.
V. San José, ruega por nosotros.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo. 

Oración
Oh Dios que con inefable providencia te dignaste escoger al bienaventurado José por Esposo de tu Madre Santísima; concédenos que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle como protector en los cielos. Oh Dios que vives y reinas en los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN A SAN JOSÉ de san Luis María Grignion de Monfort

Salve, san José, hombre justo, la Sabiduría está contigo,
bendito es Jesús, el fruto de María, tú fiel esposa.
San José, digno padre y protector de Jesucristo, 
ruega por nosotros, pecadores,
y alcánzanos de Dios la divina Sabiduría,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.