miércoles, 15 de julio de 2026

S A N T O R A L

SAN BUENAVENTURA, Obispo y Doctor


TOMÁS Y BUENAVENTURA

La pintura ha ilustrado la célebre visión en la cual Nuestra Señora presentó a su Hijo a sus dos servidores Domingo y Francisco que tenían que devolverle la humanidad, víctima de profunda corrupción.
También ilustró el encuentro de los dos santos echándose en los brazos el uno del otro y prometiéndose estar unidos en la acción apostólica que ambos inauguraban casi al mismo tiempo.
Dos de sus hijos más insignes que deberían parecerse también por el resplandor de su doctrina, e ir juntos en la admiración y el agradecimiento de la Santa Iglesia: Tomás y Buenaventura, cuya obra intelectual tenía un solo fin, el de llevar a los hombres por la ciencia y el amor a esta vida eterna, que consiste en conocer al solo Dios verdadero y a Jesucristo que fué enviado. Los dos fueron esas lámparas encendidas que iluminaron su siglo y caldearon las almas. Pero quiso el Señor que sacase la Iglesia principalmente su luz de Santo Tomás y su caridad inflamada de San Buenaventura. En el curso de la Cuaresma celebramos ya al Doctor Angélico, hoy, en cambio, la Iglesia orienta nuestros corazones hacia el Doctor Seráfico para tributarle nuestra alabanza y nuestra oración y recibir la lección de su vida.


Tuvo por maestro en París á Alejandro de Ales, que en su tiempo fué famosísimo, y llamado «el doctor irrefragable»: el cual considerando la pureza de san Buenaventura, su gracia, y compostura, y suavidad de sus palabras, y conversación angélica, hablando de él, solía decir muchas veces: Este es un verdadero israelita, en quien parece no haber pecado Adan. Alcanzó en breve tiempo tanta eminencia de ciencia, que á los siete años de religión, por común consentimiento de los superiores de la orden, le fué dada la cátedra de teología, y leyó al maestro de las sentencias en la universidad de París, con grande aceptación y admiración. Allí tomó el grado de doctor, y tomólo el mismo día, que el angélico doctor de la Iglesia santo Tomás, con el cual tuvo muy estrecha, y santa amistad, y con su humilde porfía le rindió, para que tomase primero el grado que él. Tratábanse estos dos santos con mucha familiaridad: y un día, entrando santo Tomás en la celda de san Buenaventura, le rogó, que le mostrase los libros, por donde estudiaba. Mostróle san Buenaventura unos pocos, que allí tenia; y santo Tomás le tornó á rogar, que le mostrase los otros libros más secretos, y raros de donde sacaba aquellos conceptos tan exquisitos, y sentencias maravillosas y profundas, que con tanta elocuencia decía. Entonces el humilde, y devoto santo le enseñó un crucifijo pintado, que tenía allí debíalo, y le dijo: Sabed cierto, padre, que esto es el libro, del cual yo saco todo lo que yo leo, ó escribo, y que mayor lumbre recibí en mi alma á los pies de este crucifijo, y en oír y servir á las misas, que en todos los ejercicios de letras. De lo cual quedó santo Tomás muy edificado, y más aficionado á san Buenaventura; aunque no se le hizo cosa nueva; porque él también experimentaba en sí, cuanto más lo valía para alcanzar la verdadera sabiduría la oración que la lección.

Otra vez, yendo á visitar santo Tomás á san Buenaventura, halló, que estaba escribiendo la vida de san Francisco, su padre, y no le quiso interrumpir, ni estorbar; antes le dejó, diciendo: Dejemos al santo, que trabaje por otro santo.

Y parece, que nuestro Señor juntó en un mismo tiempo y lugar, á estas dos lumbreras de la Iglesia, para que la defendiesen, y resistiesen á unos hombres desvariados y locos, que en la universidad de París se levantaron contra las religiones de san Francisco, y santo Domingo, y escribieron libros contra ellas: los cuales refutaron con su excelente doctrina estos santos doctores, y la santa sede apostólica los condenó, y mandó quemar. Y así hablando el sumo pontifico Sixto V, de san Buenaventura, y de santo Tomás de Aquino, como do dos santos compañeros, y doctísimos varones, y pilares do la Iglesia, dice estas palabras:

«Estos son dos olivos, y dos candeleros resplandecientes en la casa de Dios: los cuales con el óleo de la caridad, y con la luz de su ciencia, alumbran toda la Iglesia. Estos, con singular providencia de Dios, salieron, como dos estrellas, al mismo tiempo, de dos esclarecidas religiones, para defender la religión católica, y con sus trabajos ayudarla, y servirla en la defensa de la fé. De estos dos, como de una tierra fértil, y bien labrada, salen cada día con la divina gracia admirables y fructuosas plantas, que son los varones en doctrina y santidad excelentes, para emplearse en socorrer á la nave de san Pedro, combatida por tantas partes de ondas y tempestades, y ayudar al romano pontífice, quo está en el timón de esta nave, y con tanto trabajo y solicitud lleva el gobernarle.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

EL ESTUDIANTE

Era muy joven aún, cuando al salir de sus primeros años de vida religiosa, fué enviado a la célebre Universidad de París, para estudiar en ella Teología. Entre aquella multitud de estudiantes, con frecuencia pendencieros, y ligeros, conservó su alma tan pura, tan sencilla y desasida, que su maestro Alejandro de Halés decía admirado: "Se diría que no pecó Adán en él." Alejandro de Halés, según expresión del Papa Alejandro IV parecía entonces que "encerraba en sí la fuente viva del paraíso, de donde el río de la ciencia de la salvación se desbordaba en rápidas olas a través de la tierra". 
EL DOCTOR 

Bajo su dirección, Buenaventura hacía maravillosos prodigios en la ciencia y en la santidad. Estudia en primer lugar la Sagrada Escritura, copiando muchas veces de su propia mano los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; resume y analiza a los Padres de la Iglesia y de tal modo ahonda en todas las ciencias sagradas que, a pesar de las leyes de la Universidad, a los 27 años se le llama a ocupar una cátedra. A la extrañeza que causó por su juventud, sucedió en seguida la admiración. Investido de la herencia de Alejandro de Halés, a quien se llamaba el "Doctor irreprochable, el Doctor de los Doctores", Buenaventura podía decir de la Sabiduría divina: "Ella me enseñó todo; me enseñó la justicia y las virtudes, las sutilezas del discurso y el nudo de los argumentos más fuertes". 
Tal es el objeto de los Comentarios sobre los cuatro libros de las Sentencias que nos han conservado las lecciones de Buenaventura en esta cátedra de la Sorbona, donde su palabra, amable, animada de un soplo divino, tenía cautivas a las inteligencias más nobles.
El joven maestro respondía ya a su título predestinado de Doctor Seráfico, no viendo en la ciencia más que un medio de amar más, y repitiendo sin cesar que la luz que ilumina a la inteligencia resulta estéril y vana si no penetra en el corazón, donde únicamente descansa y se agasaja a la Sabiduría. Nos dice también San Antonino que toda verdad que percibía, se convertía en afectos, haciéndose por lo mismo oración y alabanza divina. Su fin era, dice otro historiador, llegar al incendio del amor, abrasarse él mismo en el foco divino e inflamar después a los demás. Indiferente a las alabanzas, como a la fama, únicamente se preocupaba de ordenar sus costumbres y su vida; quería arder en primer lugar y no sólo lucir; ser fuego para de esa manera acercarse más a Dios, siendo más conforme al que es fuego; sin embargo, como al fuego acompaña siempre la luz, así fué él, a la vez una antorcha luciente en la casa de Dios; pero su título especial de alabanza consiste en que toda la luz que pudo reunir, la convirtió en alimento de su llama y de la caridad divina.
Supo a qué atenerse con respecto a esta dirección única de sus pensamientos cuando, al inaugurar su enseñanza pública, tuvo que tomar un partido sobre la cuestión que dividía a la Escuela en lo tocante al fin de la Teología: ciencia especulativa para unos y práctica a juicio de los otros, según llamaba la atención a cada parte el carácter teórico o moral de las nociones sobre que versa. Buenaventura buscando unir los dos sentimientos en el principio, que a su parecer era la ley única y universal, concluía que "la Teología es una ciencia afectiva, cuyo conocimiento procede por contemplación especulativa, pero tiende principalmente a hacernos buenos". La Sabiduría de la doctrina, en efecto, decía él, tiene que ser como lo indica su nombre: sabrosa al alma.

EL SANTO

Pero como lo advirtió más tarde el Papa Sixto V, no sólo sobresalía por la fuerza del raciocinio, por la facilidad de su enseñanza y la claridad de sus definiciones, sino que por encima de todo prevalecía por una virtud enteramente divina para mover a las almas. A la vez que iluminaba las inteligencias, predicaba a los corazones, y los conquistaba al amor de Dios. Sus mismos amigos se admiraban, y Santo Tomás preguntándole un día, en un arranque de admiración fraterna, en qué libro había podido beber esta ciencia sagrada, Buenaventura, mostrándole su crucifijo, respondió humildemente: "Esta es la fuente de donde yo saco todo lo que sé; estudio a Jesús y a Jesús crucificado".

San Buenaventura recibe el hábito de san Francisco
Este es el secreto de la composición de toda esta serie de admirables opúsculos, donde sin plan preconcebido, simplemente para satisfacer los deseos de sus discípulos o para desahogar su alma, vemos que Buenaventura trató de todo a la vez: de los primeros elementos de la ascesis y de los escritos más elevados de la vida mística, con una plenitud, una seguridad, una claridad, una fuerza divina de persuasión, que hacen decir al Soberano Pontífice Sixto IV que parece que el Espíritu Santo habla por él'. Escrito en la cumbre del Alverna, y como bajo la influencia más inmediata de los Serafines del cielo, el Itinerario del alma a Dios arrebataba de tal modo al canciller Gersón, que declaraba a "este opúsculo, o más bien, a esta obra inmensa, por encima de la alabanza de una boca mortal"; el Santo hubiese querido que juntándole con el Breviloquium, maravilloso resumen de la ciencia sagrada, se impusiese como manual indispensable a los teólogos \ Y es que en efecto, dice para la Orden Benedictina el Abad Tritemio, aquel que considera el espíritu de amor divino que se echa de ver en Buenaventura reconocerá con facilidad que está por encima de todos los doctores de su tiempo por la fuerza persuasiva de sus obras. Buenaventura sobrepasa este mayor y menor número, porque en él la ciencia origina la devoción y la devoción la ciencia. Si, pues, quieres ser sabio y piadoso, vive como él Pero, más que su persona, Buenaventura nos revelará con qué disposiciones conviene leerle para sacar fruto. Al comienzo de su Incendium amoris, donde enseña el triple camino que conduce a la verdadera sabiduría por la purificación, la iluminación y la unión, dice: "No ofrezco, este libro, a los filósofos, a los sabios del mundo, a los grandes teólogos embebidos en. cuestiones interminables; sino a los sencillos, a los ignorantes que se preocupan más de amar a Dios que de saber. No discutiendo sino obrando, es como se aprende a amar. Creo que no comprenderán el contenido de este libro, esos hombres llenos de ideas propias, superiores en todas las ciencias pero inferiores en el amor de Cristo. Al menos que dejando a un lado la vana ostentación del saber se den con profundo renunciamiento en la oración y meditación, a hacer resplandecer en ellos la llama divina, que, calentando el corazón y disipando toda oscuridad, les guiará por encima de las cosas temporales al trono de la paz. Porque por lo mismo que saben más, son más aptos, o lo debían ser, para amar, si se desprecian a sí mismos y tienen la alegría de ser despreciados por otros".

MINISTRO GENERAL DE LOS FRAILES MENORES

San Buenaventura no debía permanecer mucho tiempo en la cátedra de la Sorbona. A los 35 años fué elegido Ministro general de los Frailes Menores. Obligado a abandonar la enseñanza de la escolástica, dejó la cátedra a un amigo joven, Fr. Tomás de Aquino, cuya ciencia y santidad iban a ilustrar a la universidad de París y a la Iglesia entera.
San Francisco había muerto hacía 31 años. Había puesto las bases de su Orden. La savia seráñca había brotado de su corazón, pero su obra necesitaba ser organizada: esta fué la labor de San Buenaventura.
Sin abandonar el espíritu de San Francisco, se propuso coordinar todas las energías y dar a la Orden su forma definitiva y las sabias y admirables Constituciones, que habían de ser el armazón de este admirable edificio.
Le vemos recorrer todas las provincias de su Orden: está sucesivamente en París, en Narbona, en Pisa y después de estos viajes agotadores, se retira a una celda del monte Albernia, donde Francisco, recibió los sagrados estigmas. Escribe la vida de su seráfico Padre para imbuir a todos sus hijos de su espíritu.

CARDENAL DE ALBANO

Buenaventura en el Concilio de Lyon
Por la profundidad de su ciencia, por la santidad de su vida, por la fuerza de su palabra puso la Iglesia sus miradas en él. Cuando en Perusa el Papa Clemente IV quiso nombrarle arzobispo de York, él se puso a sus pies y le suplicó que le apartara de esta dignidad. Mas tuvo que ceder a las instancias de San Gregorio X y acatar sus órdenes "que le nombraban cardenal y arzobispo de Albano y ordenaban reunirse con el Papa humilde y sumisamente, sin réplica ni tardanza". Los enviados del Papa portadores de este importante Mensaje, encontraron al santo ocupado en lavar la vajilla. Partió para preparar el Concilio que debía celebrarse en Lyon en 1274 y en esta ciudad, después de muchos trabajos y discursos, entregó su hermosa alma a Dios a los 53 años de edad, cuatro años después de la muerte de Santo Tomás.

VIDA

Juan Fidanza nació en 1221 en Bagnera, villa situada entre Viterbo y Orbieto. Enfermo de gravedad su madre, le llevó a San Francisco de Asís, que le tomó en sus brazos, le bendijo, le acarició, le sanó y se le devolvió, diciéndole: "Oh buena ventura".
La curación de S. Buenaventura niño por S. Francisco Francisco Herrera, el Viejo (1628)
La curación de S. Buenaventura niño
por Francisco Herrera, el Viejo (1628)
"Oh la buena ventura"; de aquí su nombre. A los 17 años entró en los Frailes Menores, donde su fervor enfureció al demonio que buscó ocasión para estrangularle.
Enviado a la Sorbona muy pronto, para estudiar allí la Teología, recibió en el mismo lugar una cátedra a la edad de 27 años. A los 35 fué general de los Frailes Menores y promulgó las Constituciones en el Capítulo de Narbona en 1270. Creado Cardenal, recibió la consagración episcopal en noviembre de 1273 y durante el segundo Concilio Ecuménico de Lyon, falleció en esta villa el 14 de julio de 1274.
Sus principales tratados espirituales son el "Breviloquium" dado a luz en 1256; el "Itinerario del alma a Dios" que es sin duda la más bella de las obras místicas del siglo xin, la "Triple vía"; "el Arbol de la vida"; "las cinco fiestas del Niño Jesús" y finalmente "la Apología de los pobres."

PLEGARIA

Gozas de la gloria de tu Señor, oh Buenaventura y cuán grandes son ahora tus alegrías, puesto que conforme a tus enseñanzas "tanto se regocija uno en el cielo, cuanto amó a Dios en la tierra". Si como afirma el gran San Anselmo de quien tomaste esta idea, el amor se mide por el conocimiento, tú que fuiste príncipe de la ciencia teológica y a la vez Doctor del amor, muéstranos que toda luz, en el orden de la gracia y de la naturaleza, tiene como fin único llevarnos al amor. Doctor seráfico, condúcenos por las alturas sublimes, cuyos secretos, trabajos, hermosuras y peligros nos manifiestan cada línea de tus escritos.
El hombre queda como enajenado cuando trata de escudriñar esta Sabiduría divina aunque no sea más que en sus lejanos reflejos; líbranos del error en que podríamos caer al tomar como fin el goce encontrado en algunos rayos perdidos, llegados hasta nosotros para sacarnos de los límites de la nada hasta ella. Porque estos rayos, que de suyo proceden de la eterna hermosura, separados de su centro, apartados de su fin, no serán más que ilusión, decepción, ocasión de ciencia huera o de engañosos placeres.
Cuanto más elevada es la ciencia, cuanto más se aproxima a Dios como objeto de teoría especulativa, tanto más, en cierto sentido, hay que temer el extravío; si aparta al hombre en sus elevaciones hacia la Sabiduría poseída y gustada por ella sola, si le retiene en sus propios encantos, no temáis compararla a la vil seductora que suplanta en el afecto de un príncipe a la muy noble desposada que le espera. Y tal afrenta sea por parte de la esclava o de la dama de honor, ¿es menos hiriente y bochornosa para su augusta soberana? Por eso afirmas tú que "es peligroso el paso de la ciencia a la Sabiduría, si no se la junta a la santidad". Ayúdanos a franquear ese peligroso desfiladero; haz que toda ciencia sea para nosotros un medio de la santidad para llegar a mayor amor.
Tus pensamientos, oh Buenaventura, están siempre penetrados de la luz divina. Tus seráficas predilecciones las conocemos bien por ser manifestadas en nuestros tiempos en los medios en que la contemplación divina es considerada aún como la mejor parte, como el fin indiscutible y único de todo conocimiento, a pesar de la fiebre de la acción a la que se encaminan todas las fuerzas vivas de este siglo. Protege a tus devotos. Defiende, como en otros tiempos a las órdenes religiosas, que ahora son combatidas en sus prerrogativas y en su vida. Que la orden franciscana crezca aún más en santidad y en número. Bendice sus trabajos tan laudablemente emprendidos para dar a conocer sus obras e historia.
Por tercera y última vez atrae a Oriente a la unidad y a la paz. Que la Iglesia entera se abrase con tus fuegos, que el amor divino tan fuertemente alimentado por ti consuma de nuevo a la tierra.
Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer 


Siendo san Buenaventura general, se trasladó el cuerpo del glorioso san Antonio de Padua á una iglesia suntuosa que se le había edificado en la misma ciudad. Hallóse presente á esta traslación: y con ser el año treinta y dos de su muerte, vio que estaba su lengua tan fresca y tan blanda , como si estuviera vivo.

Tomóla en sus manos devotamente el santo varón, y derramando muchas lágrimas de sus ojos, dijo: ¡O lengua bendita, que siempre bendijiste á Dios, y enseñaste á otros que le bendijesen: bien muestras ahora, cuan agradable le fuiste! Y besándola con mucha reverencia, la mandó poner aparte en un lugar honorífico.

Considerando la soberana majestad de Dios que está en el santo Sacramento del altar, y su gran vileza, y temiendo que no recibía al Señor con el aparejo y disposición que convenía, estuvo muchos días sin llegarse al altar: y un día oyendo Misa, al tiempo que el sacerdote partía la Hostia, una parte de Ella se vino á él, y se le puso en la boca: y haciendo gracias al Señor por este tan incomparable beneficio, entendió, que con él le quería enseñar, que gusta más Dios de los que con amor y entrañable afecto se llegan á él, y lo reciben, que no de los que por temor se apartan, y dejan de conversar con su Criador, que tan benignamente los ama y busca; como después el mismo santo lo escribió.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

martes, 14 de julio de 2026

S A N T O R A L

SAN CAMILO DE LELLIS, Confesor

Reliquia de su Corazón

DIGNIDAD DEL CUERPO

No pensemos que el Espíritu Santo, en su deseo de elevar nuestras almas por encima de la tierra, tenga en poco nuestros cuerpos. Ha recibido la misión de conducir a la eterna bienaventuranza al hombre entero, como el hombre entero es su criatura y su templo.
En el orden de la creación material el cuerpo del Hombre-Dios fué su obra maestra y la complacencia divina que tuvo en este cuerpo perfectísimo del jefe de nuestra raza se desborda sobre los nuestros, cuyo mismo cuerpo formado por él en el seno de la Purísima Virgen, sirvió desde el principio de modelo.
En la rehabilitación que sigue a la caída, el cuerpo del Hombre-Dios suministró el rescate del mundo: y tal es la economía de la salvación que el poder de la sangre redentora no obre en nuestras almas sino por medio de nuestros cuerpos con los divinos sacramentos, que se dirigen a los sentidos para pedirles la entrada. Admirable armonía de la naturaleza y de la gracia que hace que éste honre al elemento material de nuestro ser hasta no querer elevar nuestra alma sin él a la gracia y a los cielos. Porque en este admirable misterio de la santificación los sentidos no sólo son un tránsito: ellos mismos experimentan los efectos del sacramento como la facultades superiores cuyos canales son; y el alma santificada ve asociado desde este mundo al humilde compañero de su destierro a esta dignidad de la filiación divina, cuyo resplandor después de la resurrección no será sino su desarrollo. 

CUIDADOS PRODIGADOS A LOS ENFERMOS

Por esta razón eleva a la divina nobleza de la santa caridad los cuidados dados al prójimo en su cuerpo; porque inspirados por este motivo, no son otros que la admisión en la participación del amor que el Padre prodiga a sus miembros, que son para él miembros de otros tantos hijos muy queridos.
Estuve enfermo y me visitasteis ha de decir el Señor en el último día mostrando que aun en las enfermedades mismas del destierro, participa el cuerpo de los que llama sus hermanos de la dignidad del Hijo único engendrado en el seno del Padre antes de todos los tiempos. Por eso el Espíritu, encargado de recordar las palabras del Salvador a la Iglesia no ha olvidado esta; caída en la buena tierra de almas escogidas ha producido el ciento por uno en frutos de gracia y de heroicas abnegaciones. 
Camilo de Lellis la recogió amoroso, y con sus cuidados la semilla divina ha llegado a formar un gran árbol. La Orden de los Clérigos regulares Ministros de los enfermos, o del bien morir, merecen el agradecimiento del mundo; desde hace tiempo el aplauso de los cielos le ha sido prodigado y los ángeles se han asociado, como se ha comprobado algunas veces apareciéndose a la cabecera de los moribundos. 

VIDA

Camilo de Lellis nació en Bucchiano, en el reino de Nápoles en 1550. Siendo soldado se dejó dominar por el amor al mundo y por la pasión del juego. Comprendió a los 25 años, con las luces de una gracia particular, la vanidad de tal vida y se resolvió a entregarse al servicio divino. Ingresó en la orden de los Frailes Menores, que abandonó muy pronto, para entrar en el hospital de Santiago de los Incurables de Roma, y cuidar los enfermos. Durante 30 años fué su abnegado servidor, curó sus llagas y les ayudó a bien morir.
Ordenado de Sacerdote, tuvo la idea de fundar una Congregación de Clérigos Regulares que habían de comprometerse con voto a asistir a los enfermos, aun los apestados. Gregorio XIV la aprobó por bula de 21 de septiembre de 1591. Pero para tener más facilidad de remediar toda clase de miserias, abandonó el gobierno de su Orden. Su caridad para con los enfermos no se detuvo ante ninguna miseria ni trabajo; estuvo dotado del don de hacer milagros y de conocer los secretos de los corazones. Agotado, por fin con tantas fatigas, ayunos y sufrimientos de todo género, se durmió en la paz del Señor el lunes 14 de julio de 1614.
Le beatificó Benedicto XI en 1742 y León XIII le nombró patrono de los enfermos y hospitales en todo el mundo.


Conversión de San Camilo

Continuando Camilo su ejercicio, le enviaron los religiosos á la villa de San Juan, cuatro leguas distantes, para llevar una carga de vino que les habían dado de limosna, y despachado de su negocio se entretuvo toda la tarde con los religiosos del convento que los padres capuchinos tienen en esta villa; y el padre guardián le habló de la recta justicia del Señor, de la gravedad de la culpa, y como se debía aborrecer y huir el pecado, y de otros puntos espirituales, dándole santos documentos para la dirección de su vida. A la mañana siguiente se volvió á Manfredonía, iba Camilo sobre su jumentillo discurriendo solo por entretenerse, y sin sentimiento alguno de piedad, sobre lo que le había dicho la tarde antes el padre guardián, cuando al improviso le envió Dios nuestro Señor una luz sobrenatural tan clara, que en un momento le hizo ver de una parte la gravedad y malicia del pecado mortal, el rigor de la divina justicia, y los peligros en que vivía de perecer eternamente; de otra la suma bondad de Dios, los beneficios innumerables que de él había recibido, la torpe ingratitud con que había correspondido á sus finezas, y la infinita paciencia con que le había sufrido en sus desórdenes, esperando su conversión: esta luz penetró de tal modo el corazón de Camilo, que se le despedazaba por la vehemencia de la contrición; salto del caballo, y arrodillado en medio del camino sobre una piedra, empezó á deshacerse en un copiosísimo llanto, pidiendo á Dios el perdón de sus pecados, y proponiendo firmísimamente de no volver jamás á pecar, de hacer asperísima penitencia de los pecados cometidos, y de entrar lo mas pronto que pudiese en la religión de los padres capuchinos.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

LA PASIÓN DEL JUEGO

https://encrypted-tbn1.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcQyn-NYggs0i-q5UoFoHroa43T1--a4MXkdS4feuEoRMEHX6SjN9AÁngel de la caridad; ¡cuán grandes fueron tus caminos guiados por el Espíritu Santo! Antes de ponerte la insignia de la Cruz y de reunir compañeros adornados con ella, conociste la tiranía de un amo odioso que quiere esclavos para su bandera y la pasión de juego estuvo a punto de perderte. Oh Camilo, al recordar el peligro que corriste entonces, ten piedad de los desgraciados que son víctimas de esta terrible pasión; apártales de esa furia nefasta que lanza, al caprichoso azar, sus bienes, su honor y su paz de este mundo y del otro. Tu historia es palpable ejemplo de cómo no hay lazos que la gracia no rompa y costumbres inveteradas que no modifiquen. ¡Ojalá puedan como tú volver a Dios sus malas inclinaciones y olvidar con los trabajos que lleva consigo la caridad los que conducen al infierno! Porque la caridad tiene también sus riesgos, sus gloriosos peligros que llevan hasta exponer su vida como el Señor ha dado por nosotros la suya: fué este un juego sublime, en el que fuiste campeón y al que aplaudieron con frecuencia los espíritus celestiales. 
Pero, ¿qué vale la puesta de esta vida terrena comparada con el precio reservado al vencedor?

CARIDAD CON LOS ENFERMOS

¡Dios quiera lleguemos amar a nuestros semejantes imitando tu ejemplo como Cristo nos amó, según nos lo recomienda el Evangelio que hoy leemos en tu honor! Muy pocos dice San Agustín tienen este amor que abarca a toda la ley; porque muy pocos se aman para que Dios esté todo en todos.
Oh Camilo, tuviste este amor, que manifestaste con preferencia a los miembros doloridos del cuerpo místico del Hombre-Dios, en los que Cristo se esconde. Por este motivo la Iglesia te ha escogido con San Juan de Dios para velar sobre los Asilos del dolor, que ha fundado con los cuidados, que sólo una madre sabe dar por sus hijos enfermos. Corresponde a su confianza.
Protege a los hospitales católicos frente a una laicización total, cuyos únicos propósitos son curar los cuerpos y perder las almas. Aumenta el número de tus hijos para cubrir nuestras necesidades; que sean dignos por su conducta de ser acompañados por los ángeles. En cualquier lugar de este destierro donde viniere a sonar para nosotros la hora del último combate, haz uso de la preciosa prerrogativa que celebra hoy la Liturgia, ayudándonos por el espíritu de la santa dilección a vencer el enemigo y a alcanzar la corona celestial.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer



Beatificó á San Camilo Benedicto XIV, en el año 1742, y después en el de 1746 le puso en el catálogo de los santos: para su beatificación aprobó los dos milagros siguientes.
El primero se obró con una doncella de la ciudad de Viterbo, á la cual habiéndola nacido repentinamente en las narices un enorme y maligno pólipo, y permaneciendo en ellas tenazmente siete meses, habiendo salido inútiles los cáusticos y cauterios de fuego, que se la aplicaron para curarla, solo con ponerla dentro de las narices dos hilos de la camisa del santo, en el espacio de una sola noche quedó perfectamente curada, y las narices que sola habían puesto muy disformes, quedaron en su estado natural sin la menor deformidad.
El segundo acaeció con Catalina Dondula, preñada de seis meses; la cual siendo acometida de un cúmulo de varias enfermedades peligrosas, á saber, de calentura maligna, inflamación de la pleura y del pulmón, y de una llaga que se la había hecho en la garganta, y hallándose reducida, según dictamen de los médicos, al extremo de su vida, bebiendo un poco de agua, en la cual se habían echado algunos polvos recogidos del aposento del santo, al mismo momento no solo quedó libre de todos estos males, sino que cobró todas las fuerzas y robustez.
Para la canonización del santo aprobó la santa sede estos dos milagros, obrados después de su solemne beatificación.
El primero sucedió con una doncella, del lugar de Caprarola, llamada Luisa Teresa Petti; la cual habiendo nacido con una mala estructura del pecho, padecía mucha dificultad en respirar: con el discurso de los años aumentándoselo el asma, y sobreviniéndola excreciones sanguíneas y purulentas, y una suma postración de fuerzas, habiendo ya contraído una jiba, mostraba bien que no podía alargar mucho una vida tan penosa á sí, y á los demás; hallándose los males en su mayor fuerza é intensión, bebió un poco de agua, dentro de la cual se habían echado unos polvos recogidos del aposento del santo, e invocando con mucha fé su ayuda, en el solo espacio de una noche quedó libre de todos estos males, y recobró una salud entera y perfecta.
El segundo se obró con Margarita Castelli, doncella, del lugar de Marini, de edad de diez y ocho años; la cual por motivo de tener viciada la masa de la sangre desde las entrañas de su madre, se hallaba muchas veces afligida de malignas pústulas, las cuales se la aumentaron de tal modo, que su cuerpo parecía todo cubierto de una costra, manando podre y materia, sobreviniéndola después una maligna calentura; llegó á tal extremo, que perdido ya enteramente el movimiento y los sentidos, se esperaba su muerte por instantes: en este estado pusieron una estampa del santo sobre la enferma, y su madre y hermana pidieron con mucha fé su poderoso socorro, y en un momento la enferma, como si despertara del sueño de la muerte, sanó perfectamente; su cuerpo de repente se deshinchó, las costras se cayeron, y se fué la calentura, de modo que levantándose al instante de la cama, pudo andar y trabajar con fuerzas y robustez entera y perfecta; siendo tan sólida y perseverante esta repentina sanidad, que nunca jamás experimentó incomodidad alguna de los precedentes males.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

lunes, 13 de julio de 2026

S A N T O R A L

SAN ENRIQUE, Emperador, Oblato y Confesor

MISIÓN del EMPERADOR

El Espíritu Santo que distribuye sus bienes como le place, llamaba a Germania a los más altos destinos, a esa Germania donde había hecho brillar su poder divino en la transformación de sus pueblos. Conquistada al cristianismo por San Bonifacio y sus sucesores, la extensa comarca que se extiende desde el Rhin hasta el Danubio había llegado a ser el baluarte de Occidente, en donde tantos años había sembrado la desolación y la ruina. Roma pagana, en el cénit de su poder, no pensó nunca someter a su dominio a las tribus feroces que allí habitaban, sino que se contentó con levantar entre su Imperio y ellas un muro de eterna separación; la Roma cristiana, en cambio, más señora del mundo que la pagana, colocó en estas regiones la sede misma del sacro Imperio Romano, vuelto a fundar por sus Pontífices.
A este nuevo Imperio corresponderá defender los nuevos derechos de la Iglesia, protegerla de los nuevos bárbaros, conquistar para el Evangelio o aniquilar las hordas húngaras, eslavas, mongolas, tártaras y otomanas que sucesivamente vendrán a chocar contra sus fronteras. ¡Cuántos bienes habrían venido a Alemania, si hubiera siempre comprendido dónde se encontraba su verdadera gloria, y sobre todo si la fidelidad de sus príncipes al Vicario de Jesucristo hubiera estado al nivel de la fe de sus pueblos!


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Seis años antes de subir san Enrique á la dignidad imperial, estando en Ratisbona, se le apareció san Uvolfango, obispo de aquella ciudad, en una notable visión: represéntesele, que estaba en la iglesia de san Emmeramo, para visitar el sepulcro de san Uvolfango, que estaba en ella. Apareciósele luego el santo, diciéndole: Mira con atención las letras que están escritas en la pared junto á mi sepulcro. Hízolo así Enrique, y notó estar escritas estas solas palabras: Post sex. Después de vuelto en sí, revolvía en su pensamiento, qué lo quería el cielo significar con aquella cifra. Parecióle al buen príncipe lo más seguro, que dentro de seis días moriría; y así hizo luego grandes limosnas, y se dispuso para esperar la muerte; mas pasado el término de seis días, sin caer malo, extendió el piadoso duque la interpretación de aquella escritura á seis meses; en los cuales se ocupó todo en prepararse para morir al cabo de ellos: mas como también se alargaba su vida á más tiempo, alargó también san Enrique el sentido de aquellas palabras á seis años, disponiéndose también en ellos para su último día; porque de esta manera le quiso obligar la divina bondad á adelantarse en las muchas virtudes que tenía, y disponerle para que fuese un verdadero dechado de emperadores y príncipes cristianos. En cumpliéndose los seis años, fué elegido por emperador, y acabó de entender, que la revelación que había tenido, no era de su muerte, sino de la majestad del imperio romano. No le faltó en su elección ningún voto, sino el do Heriberto, arzobispo do Colonia, que aunque fué varón santísimo, entre él y el santo emperador Enrique, no había la correspondencia que merecían las virtudes do entrambos, por causa de algunos malsines, y siniestras informaciones de gente envidiosa, hasta que ilustró Dios al santo emperador, revelándola verdad, y cuan gran siervo suyo era el arzobispo de Colonia. Fuese luego el piadoso príncipe á pedir perdón al santo prelado de no haber sentido de él con la estimación que debiera, todo con grande humildad, y muestras de amor del santo emperador: el cual no quedando contento con esta sola reconciliación, á la noche siguiente después de maitines se fue solo á la cámara de san Heriberto mas no hallándole allí, sino en un oratorio , donde solía estarse el santo prelado largas horas en oración, entró en él, y despojándose de su palio imperial, se postró en el suelo á los pies del arzobispo, y con grande humildad y contrición de su espíritu, le tornó á suplicar le perdonase, y admitiese como á sacerdote de Cristo. El santo arzobispo se levantó del suelo con gran contento suyo, quedando de allí adelante muy amigos. Verdaderamente fue esto un grande ejemplo de humildad y sujeción á la Iglesia; porque no habiendo ofendido el emperador, ni de obra ni de palabra, al arzobispo, dio muestras de tan rara penitencia y rendimiento, por solo lo que le había pasado por el pensamiento contra un prelado eclesiástico, y siendo mal informado.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

VOCACIÓN DE LOS PUEBLOS

Dios mantuvo espléndidamente los ofrecimientos que hizo a Germania. La fiesta de hoy señala el remate del período de gestación fecunda en que el Espíritu Santo, habiéndola como creado de nuevo en las aguas regeneradoras del bautismo, quiso llevarla al pleno desarrollo de la edad madura, propia de las naciones.
El historiador debe especialmente ocuparse de estudiar la vida de los pueblos en este período de su formación verdaderamente creadora, si desea conocer lo que espera de ellos la Providencia. En efecto, cuando Dios hace una nueva creación, ya sea en el orden de la vocación sobrenatural de los hombres o de las sociedades, ya sea en el mismo orden de la naturaleza, deposita, desde su origen, el principio de vida más o menos perfecto que debe corresponderle: germen precioso con cuyo desarrollo, si no le pone impedimento, deberá llegar a conseguir su fin; con cuyo conocimiento, el que sabe observarle antes de toda desviación, llega a conocer con claridad el pensamiento divino en el momento crucial. Ahora bien el germen vital de las naciones cristianas es la santidad de sus orígenes; santidad de varias facetas y tan diversas para cada una de ellas, según sean los destinos decretados por la multiforme Sabiduría de Dios de la que deben ser instrumentos; santidad que con frecuencia descenderá del trono, y dotada por eso mismo, del carácter social que, por desgracia, gozarán también los crímenes de sus emperadores, por causa de ese mismo título de emperador que les hace ante Dios representantes de sus pueblos.

MISIÓN DE LAS REINAS

La reina Clotilde vigila la formación de sus hijos
Hemos visto que, a semejanza de María constituida en canal de toda vida para el mundo por su maternidad divina, del mismo modo ha sido confiada a la mujer la misión de engendrar para Dios las familias de las naciones que serán objeto de sus más caros destinos; mientras los príncipes son considerados como fundadores exteriores de los imperios y gozan por sus gestas el primer plano en la historia, las reinas, con su vida oculta, pasada en oraciones y lágrimas, hacen fecundas sus obras, levantan sus miras por encima de la tierra y las alcanzan la duración. 
El Espíritu Santo no teme prodigarse en la exaltación de la Madre de Dios; a las Clotildes y Radegundis, que en tiempos difíciles engendraron a los francos para la Iglesia, corresponden en diferentes cielos, pero siempre en honor de la Santísima Trinidad; las Isabelas en España, Portugal y Hungría, las Adelaidas y Cunegundas en Germania. En el caos del siglo X, del que debía salir Alemania, se cierne sin interrupción su dulce silueta, proyectando su luz en la noche de los tiempos sobre la Iglesia y sobre el mundo, más eficaz contra la anarquía que la espada de los Otones.
SAN ENRIQUE, Emperador
Fundó totalmente el obispado de Bamberga, haciéndole tributario de la Iglesia romana, y consagrándole á los príncipes de los apóstoles San Pedro y San Pablo, y á San Jorge, mártir, haciendo otras grandes liberalidades con muchas iglesias; porque el santo emperador no quería tener sino á Dios por heredero: y aunque se casó, por contentar á los príncipes de Alemania, con Cunegunda, hija del conde Platino, del Rin; guardaron ambos castidad virginal, viviendo como hermanos en grande paz y conformidad, y empleándose en heroicas obras de virtud. Mas el enemigo común, no pudiendo sufrir que hiciesen en la tierra vida tan angélica y pacífica los dos santos casados, instigó á algunos calumniadores, que levantasen un falso testimonio á la santa emperatriz, poniendo dolo en su honestidad; más el Señor declaró su inocencia con una grande maravilla: porque anduvo la honestísima señora con los pies desnudos sobre barras de hierro hechas ascua, sin quemarse, en testimonio de que era virgen, y de que ni el emperador su marido, ni otro hombre nacido había violado su entereza y virginidad.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

SAN ENRIQUE

Únase la tierra al cielo para celebrar hoy al hombre que dió, que llevó a cabo los designios de la Sabiduría eterna, en esta época de la historia; resume en sí todo el heroísmo y la santidad de la raza ilustre cuya principal gloria es el tenerla preparada durante todo un siglo para los hombres y para Dios. Fué grande ante los hombres que, durante un largo reinado, no se cansaron de admirar la bravura y actividad enérgica, gracias a los cuales, presente a la vez en todos los puntos del imperio, siempre victorioso, supo reprimir las revueltas del interior, contener a los eslavos en las fronteras del Norte, castigar las acometidas griegas en el mediodía de Italia; mientras que como político sagaz, ayudaba a Hungría a sacudir el yugo de la barbarie por el Cristianismo y tendía una mano amiga a Roberto el Piadoso, que quiso firmar un pacto eterno para dicha de los siglos venideros, entre el Imperio y la Primogénita de la Iglesia.
Enrique, esposo virgen de la virgen Cunegunda, fué grande además para Dios, que no tuvo nunca un representante más fiel sobre la tierra.
A sus ojos el único Rey es Dios en Cristo; el móvil de los intereses de Cristo y de su Iglesia y su sola ambición el servir al Hombre-Dios lo más perfectamente posible. Comprendía que la verdadera nobleza, lo mismo que la salvación del mundo, se ocultaba en los claustros donde las almas selectas se cobijaban para huir de la ignominia universal y evitar tantas ruinas. Este pensamiento le condujo a Cluny, al día siguiente de su coronación imperial, para poner en manos de su abad, para su custodia, la bola de oro, imagen del mundo, cuya defensa se le habla confiado como soldado del Vicario de Dios. Lejos de querer dominar, no pensaba sino servir y permanecerá fiel hasta el fin en este ideal, como verdadero discípulo de Cristo.

VIDA

"Jinete" Catedral de Bamberg
Enrique vino al mundo hacia el año 973.
Al cumplir los 22 años, fué elegido duque de Baviera, y en 1007 emperador de los romanos. Ocupó su vida en conquistar y mantenerse en paz a todo su inmenso imperio y en 1024 murió en Bamberg. Más que los acontecimientos políticos que caracterizan su reinado, debe hacerse resaltar la virtud de este emperador, que jamás se dejó llevar de sus propios intereses; su celo por ayudar a los papas en las asambleas sinodales o en la reforma de la Iglesia; su cuidado en la elección de obispos dignos de su ministerio; su caridad para los pobres y monasterios; sus admirables triunfos sobre naciones bárbaras, debidos más a la oración que a las armas. Su cuerpo fué sepultado en la catedral de Bamberga, construida por él, Dios le glorificó con numerosos milagros que movieron al Papa Eugenio III a canonizarle un siglo después. 
Su esposa, Santa Cunegunda, fué también elevada a los altares por Inocencio III.

ELOGIO

Por mí los reyes reinan y por mí los príncipes imperan. ¡Oh Enrique! Comprendiste esta palabra bajada del cielo. En aquellos tiempos turbulentos supiste donde encontrar el consejo y la fuerza.
Como Salomón, sólo deseaste la Sabiduría y como él experimentaste que con ella se alcanzan también las riquezas, la gloria y la magnificencia. Pero más afortunado que el hijo de David, no te dejaste desviar de la sabiduría viviente por estos dones inferiores, que, en los designios divinos, eran más la prueba de tu amor, que la manifestación del que Dios te tenía. Oh Enrique, la prueba fué decisiva: llegaste a la meta del buen camino, sin excluir de tu alma magnánima ninguna consecuencia de los preceptos divinos; satisfecho de haber elegido, al contrario de tantos otros, la áspera vereda que conduce al cielo, en compañía de los santos caminaste, por medio de los senderos de la justicia', siguiendo más de cerca a la divina Sabiduría.

PLEGARIA POR LA PAZ

Buscando en primer lugar para ti el reino de Dios y su justicia, estuviste lejos de defraudar a tu patria de origen y al pueblo que te había llamado a ser su guía.
Nos regocijamos que a ti entre todos, deba Alemania la consolidación de su imperio que fué su gloria entre todos los pueblos, hasta que cayó en nuestros días para no volverse a levantar.
Mira benigno desde el trono que ocupas en el cielo, a esta vasta región del Santo Imperio que te debe su desarrollo y al cual la herejía parece haberlo descompuesto para siempre. Ven, oh emperador de tiempos mejores, ven a combatir por la Iglesia; junta las fuerzas dispersas de la cristiandad al campo tradicional de los intereses comunes a toda nación católica; y que la alianza que tu profundo sentido político realizó en otro tiempo, traiga al mundo la tranquilidad, la paz, la prosperidad, que no le dará el inestable equilibrio con el que queda a merced de la fuerza. edificó, que fueron muchos. Tuvo don de profecía, y parece, que leía los corazones de los que venían á tomar su hábito, y que entendía, si venían llamados de Dios, ó no. Hizo grandes milagros, y sanó á muchos enfermos, de varias y grandes enfermedades. Era muy tierno para con los pobres, y en tiempo de necesidad daba todo lo que tenía para socorrerlos; y el Señor le proveía largamente, y recompensaba al convento, lo que él tomaba para beneficio de los pobres.
Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer