viernes, 9 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN JULIÁN, SANTA BASILISA, SAN ANTONIO, SAN ATANASIO, SAN CELSO Y SANTA MARCIONILA, MÁRTIRES


San Julián, ínclito mártir del Señor, nació en Antioquía, metrópoli de Siria, y fue hijo único de sus padres, que fueron ilustres, ricos, y cristianos temerosos de Dios. Criáronle en loables costumbres, y procuraron, que fuese enseñado en todas buenas letras, las cuales él aprendió fácilmente por su grande habilidad, é ingenio, y por la inclinación, que tenia á las ciencias. Había en aquel tiempo muchos cristianos y santos en Antioquía, á los cuales visitaba el virtuoso mozo con grande devoción y ternura, con deseo de imitarlos, y enriquecer su alma con el tesoro de todas las virtudes. Siendo va de edad de diez y ocho años, sus padres le persuadían que se casase, trayéndole muchas razones para ello, fundadas en el temor de Dios, y en el peligro, que como mozo podía tener de caer, y en la sucesión, y establecimiento de su casa. Los intentos de Julián eran muy diferentes; porque había hecho voto de castidad, y deseaba guardarla perfectamente: mas viendo la batería, que le daban sus padres, y encubriendo su deseo, les pidió siete días de término, para pensar en aquel negocio, y encomendarle á Dios. Pasó este tiempo Julián en oración, suplicando de día y de noche á nuestro Señor, que le guiase de manera que sin hacer contraía voluntad de sus padres, él guardase su virginidad y pureza, como se lo había prometido. La noche del poster día de los siete, estando cansado el santo mozo de orar, y de ayunar, se adormeció, y en sueños le apareció el Señor, y le consoló, y le mandó que obedeciese á sus padres, y se casase, asegurándole, que no por esto perdería la castidad, antes por su ejemplo la mujer que él le tenía aparejada, la guardarla y permanecería virgen, y seria ocasión, de que otros les imitasen, y fuesen ciudadanos del cielo. Dijole esto el Señor; y tocándole con la mano, añadió: «Pelea varonilmente, Julián, y esfuércese tu corazón». Con esta visión quedó Julián consolado y animado, é hizo gracias á Dios por aquella tan señalada merced; y respondió á sus padres, que él haría lo que le mandasen: de lo cual ellos recibieron increíble alegría. Luego buscaron mujer, que fuese igual á su hijo, y por ordinación divina hallaron una doncella honesta, rica, hermosa, de grande linaje y única de sus padres, llamada Basilisa. Concertáronse los desposorios, y vino el día de la boda: concurrió mucha gente de aquella comarca, y la nobleza de aquella ciudad: hubo fiestas y regocijos, como es costumbre, según la calidad de los novios, que eran tan principales. 
Julián aunque exteriormente se mostraba alegre y risueño, interiormente estaba muy sobre sí; y con singular afecto, y amor de la castidad, encomendaba al Señor, que le guardase. Venida la noche, y estando los desposados juntos en su tálamo, á deshora, y fuera de tiempo, se sintió en el aposento un olor suavísimo de rosas y azucenas. Quedó maravillada Basilisa, y preguntó á su esposo, qué olor era aquel, que sentía, y de dónde venía; porque no era tiempo de flores, y aquella mas parecía fragancia del cielo, que de la tierra, y de la tal manera le robaba el corazón, que le hacía olvidar, que era su esposa, y de los deleites conyugales. Respondió Julián: El olor suavísimo, que sientes, no es, ó Basilisa esposa mía, ocasionado del tiempo, sino de Cristo, amador de la castidad; y á los que la guardan, los ama, y regala mucho, y les da la vida eterna; la cual yo de su parte te prometo, si consintieres conmigo, para que los dos, ofreciéndolo nuestra virginidad, vivamos castos, como hermano y hermana, y cumplamos sus mandamientos, y seamos vasos dignos de su divina gracia. Oyendo estas razones Basilisa á su esposo Julián, le respondió, que ella tenia muy bien entendido ser verdad, lo que le decía, y que ninguna cosa le podría ser más agradable, que guardar la castidad con él, y sirviendo á Dios, alcanzar la corona, que él tenía prometida á las vírgenes. Levantóse luego Julián de su cama, y postrado en el suelo, hizo gracias á nuestro Señor por aquella merced, que les había hecho, suplicándole afectuosamente, que le confirmase en sus buenos propósitos y deseos: lo mismo hizo Basilisa, poniéndose de rodillas junto á su esposo; y estando ambos en esto, comenzó á temblar el aposento, y resplandeció de repente una luz tan celestial y excesiva que obscureció todas las lumbres, que había en él. Aparecieron allí en el aposento dos coros: el uno de gran multitud de santos, en que Cristo nuestro Redentor presidia; y el otro de ¡numerables vírgenes que tenían en medio á la Virgen de las vírgenes, y Madre de Dios nuestra Señora. El coro de los santos comenzó á cantar dulcemente: «Vencido has, Julián: vencido has:» el de las vírgenes continuaba la música con sumísima armonía, diciendo: «Bendita eres Basilisa, que seguiste los santos consejos: y menospreciando los engañosos deleites del mundo, te hiciste digna de la eterna vida». Vinieron luego por mandato del Salvador dos varones vestidos de blanco, ceñidos sus pechos con cintas de oro, que traían dos coronas en sus manos; y llegándose á Julián y Basilisa, les dijeron: «Levantaos como vencedores, y seréis escritos en nuestro número»; y tomando las manos á los dos santos, se las juntaron. Después de esto vieron un libro resplandeciente más que !a plata acendrada, escrito con letras de oro, y fué mandado á Julián, que leyese en él, y él leyó esta sentencia: «Cualquiera que deseando servir á Dios, menospreciare los vanos gustos del mundo, como tú, Julián, has hecho; será escrito en el número de aquellos, que no se amancillaron con mujeres: y Basilisa, por el ánimo, que tiene de permanecer virgen, será puesta en el coro de las vírgenes, cuyo primer lugar tiene María, Madre de Jesucristo». Cerróse luego el libro, y toda aquella multitud de santos dijeron: «Amen»; y el anciano que le tenía: «En este libro» dijo «que veis, están escritos los hombres castos, templados, verdaderos, misericordiosos, humildes y mansos: los que tuvieron caridad no fingida, y paciencia en sus trabajos: los que dejaron por Cristo el padre, y la madre, los hijos, hacienda y riquezas, y los que dieron por Cristo sus vidas, como tú, Julián, la darás». Con esto desapareció, aquella visión, y Julián y Basilisa quedaron regalados del Señor, gastando toda aquella noche en oración y en himnos, y cánticos en su alabanza, haciéndoles infinitas gracias por aquella incomparable merced, que les había hecho. Amaneció el día siguiente, y los santos, disimulando, lo que habían visto, y encubriendo la determinación, que tenían, cumplieron exteriormente con la fiesta del matrimonio y con la mucha gente, que á darles el parabién concurrían. Poco después llevó nuestro Señor para sí á los padres de Julián, y de Basilisa, con muerte natural, dejándolos á ellos herederos de sus haciendas, que eran riquísimas. Ellos comenzaron luego á gastarlas con larga mano en socorrer las necesidades de los pobres: y no contentándose con remediar las de los cuerpos; para ganar las almas y traerlas más á Dios, se apartaron, y se fueron á vivir en dos casas distantes: á la de Julián acudían varones de todas condiciones y estados, y él los instruía con su ejemplo y dulces palabras, y les enseñaba, que so abrazasen con Cristo, y diesen libelo de repudio á todas las cosas del siglo: y muchos lo hacían, y seguían los consejos evangélicos: y para poderlo mejor hacer, fundaban monasterios, y se encerraban en ellos, los cuales gobernaba san Julián: lo mismo hizo por su parte Basilisa, por cuya santa vida, y celestiales amonestaciones, muchas doncellas, y mujeres hicieron divorcio con los deleites de la carne: y dejando sus padres, parientes, casas y haciendas; vivían en vida religiosa, debajo de su obediencia, y santa disciplina. La fama de Julián y Basilisa volaba por muchas parles, con gran gloria de Cristo, y edificación de los fieles.
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En este tiempo la persecución de los emperadores Diocleciano y Maximiano, estaba en su colmo, y la santa Iglesia en muy grande trabajo y peligro: y los santos Julián y Basilisa con gran cuidado, y solicitud procuraban con ayunos, y oraciones aplacar al Señor, y suplicábanle, que mirase con ojos blandos, y amorosos á todos los fieles, y no permitiese, que ninguno de los hombres, ni de las mujeres, que estaban á su cargo, y se empleaban en su servicio, faltase, sino que á todos les diese el don de la perseverancia, para derramar la sangre por él. Tuvo una revelación santa Basilisa, en que Dios le declaró, lo que de ella, y de Julián, con todos los que estaban á su cargo en Antioquia. había de ser, asegurándola, que la castidad siempre vence y nunca es vencida: y que habiendo primero recogido para sí todas las mujeres, que tenia consigo, ella las seguiría, acabando naturalmente el curso de su vida; y que Julián pelearía y padecería grandes fatigas por su amor: mas que vencería, y triunfaría gloriosamente. Dio parte de toda su revelación Basilisa á Julián, y como había visto á Jesucristo nuestro Señor resplandeciente más que el sol, cuando sale por la mañana. Después juntó á sus monjas, é hízoles una plática exhortándolas á purificar sus almas, y á aparejarse para gozar en el cielo de los castísimos abrazos de su dulce esposo, y particularmente á no tener entre sí ira, ni enojo: porque la virginidad de la carne vale poco, cuando no hay paz y sosiego de corazón. Mientras la santa hablaba con sus hijas, el lugar, donde estaba, tembló, y se vio en él una columna de fuego, en la cual estaban escritas con letras de oro estas palabras: «Todas las vírgenes, de las cuales tú eres capitana y maestra, me son gratísimas, y no hay cosa en ellas, que me ofenda. Por tanto venid, vírgenes, y gozad del lugar, que os tengo aparejado». Oyendo esto todas aquellas santas doncellas, se recrearon sumamente en el Señor, y le alabaron por aquel favor, que les hacía, y se aparejaron para morir, ó por mejor decir, para por medio de la muerte ir á gozar de la eterna vida. Todas murieron en espacio de seis meses, como Dios se lo había revelado á Basilisa; y ella después, estando en oración, siguió á sus hijas, y dio su espíritu á su esposo, y fué á gozar con ellas de su bienaventurada vista. Su cuerpo hizo enterrar Julián con gran ternura y devoción, y mucha honra, orando y velando algunos días, y noches sobre su sepultura. De esta manera libró Dios nuestro Señor á santa Basilisa, y a todas las otras doncellas de su santa compañía, de la furiosa tempestad, que poco después so levantó en Antioquía contra los cristianos, en la cual san Julián, y los otros santos varones, que con él estaban, habían de padecer muchos y grandes tormentos por Jesucristo, y alcanzar gloriosas victorias, como valerosos guerreros: lo cual sucedió de esta manera.
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Vino á Antioquía por presidente, y lugarteniente del emperador, Marciano, hombre cruel y fiero, celoso del culto de sus dioses, y tan encarnizado en la sangre de cristianos como su amo. Mandó, que ninguno pudiese comprar, ni vender cosa alguna, si primero no adoraba á un ídolo, que tenia puesto en cada lugar de su gobierno; y los moradores de Antioquía eran forzados á tener cada uno en su casa un ídolo. Supo el presidente, que estaba allí san Julián, y la calidad, y nobleza de su persona, la mucha gente, que le seguía, y la gran parte, que tenía en aquella ciudad. Envió á su asesor, para que le hablase blandamente, y le mostrase los mandatos del emperador, y le exhortase á obedecerlos. Fué el asesor, y hallóle con muchos sacerdotes, diáconos, y ministros de la Iglesia, los cuales estaban algo temerosos, aguardando, en qué había de parar aquel nublado tan terrible, y tenebroso, que amenazaba. Habló el santo, y animólos á morir por Cristo: y habiendo hecho oración, y la señal de la cruz en la frente, salió al juez, que le buscaba; y después de una larga plática, que tuvo con él, se resolvió, á que él, y todos los que estaban con él, no obedecerían al emperador, ni adorarían á sus falsos dioses, sino á Jesucristo su único Salvador, y Señor. Fué tanto lo que Marciano sintió esta respuesta, que loco, y ciego de rabia, y furor, mandó poner fuego en aquella casa, y quemar toda aquella santa, é ilustre compañía de san Julián, y á él solo prender, y echar a la cárcel. Todos fueron quemados, é hicieron un suavísimo sacrificio, y holocausto de sí, ofreciendo al Señor los cuerpos, que de él habían recibido: y para que se viese, cuan acepto le había sido este sacrificio, mucho tiempo duró una gran maravilla, que los que por allí pasaban á las horas del día, que en la iglesia se suelen cantar los oficios divinos oían una música celestial, y los que estaban enfermos, oyéndola, quedaban sanos. Mandó el presidente traer á Julián á su presencia, y toda la ciudad por el mucho amor, que le tenía, concurrió á verle pelear con el demonio, que así llamaban al presidente; el cual, habiendo tentado con todas las artes, que pudo, el pecho de san Julián, y dándole muchos asaltos con maña, y con fuerza, con halagos, y amenazas, para rendirle á su voluntad; y hallándole siempre constante, y fuerte, le mandó atormentar cruelmente con azotes, y palos nudosos. Mientras que le atormentaban, uno de los ministros del presidente perdió un ojo, en que se descargó un golpe, de los que daban al santo: lo cual permitió el Señor, para ilustrar más su gloria, con lo que por esta ocasión después sucedió; porque san Julián dijo á Marciano, que mandase juntar todos los sacerdotes, para que hiciesen sus plegarias, y sacrificios á sus dioses, y les suplicasen, que restituyesen el ojo á aquel hombre, que le había perdido; y que si ellos no pudiesen, y él no solamente le diese vida corporal, sino también alumbrase su alma; que entonces conociese, y confesase el presidente la diferencia, que hay entre las piedras, que él adoraba, y tenía por dioses, y el Dios vivo, y verdadero, y señor de todo lo criado, que adoraban los cristianos. Hízose así: vinieron los sacerdotes de los ídolos, é hicieron todas los diligencias con sus dioses: pero ¿qué ayuda le podían dar, para que viese aquel hombre, las piedras, que no le veían, ni sentían? Oyéronse lamentables voces de los demonios, que en los ídolos clamaban: Dejadnos; porque estamos condenados á perpetuo fuego, y desde el punto que ha sido preso Julián, se han multiplicado nuestras penas: ¿cómo queréis, quedemos nosotros luz, estando en tinieblas? Demás de esto, por la oración de san Julián, más de cincuenta estatuas de los falsos dioses, de oro, y plata, y de otros metales preciosos, que estaban en el templo, cayeron de repente, y se desmenuzaron, y se hicieron polvo: y san Julián, haciendo la señal de la cruz, é invocando el nombre del Señor, restituyó el ojo á aquel hombre tan perfectamente, como si nunca le hubiera perdido; y lo que es más, esclarecidos los ojos de su alma con la lumbre del cielo, comenzó á clamar, y á decir á voces, que Cristo era Dios, y solo digno de ser adorado, y reverenciado: de lo cual Marciano recibió tan grande enojo, que allí luego le mandó matar, y voló al cielo, bautizado en su sangre. Estaba el cruel tirano fuera de sí, y lo que Dios obraba por Julián, atribuíalo á arte mágica, y por esto le mandó llevar por todas las calles de la ciudad cargado de prisiones, y cadenas, y que en varias partes le fuesen atormentando, con un pregón, que decía: «De esta manera han de ser tratados los rebeldes á los dioses, y menospreciadores de los príncipes». Tenía Marciano un solo hijo, llamado Celso, heredero de su casa, el cual era muchacho, y estaba en el estudio, por donde había de pasar san Julián, al tiempo que le llevaban á la vergüenza: al tiempo, pues, que pasaba, salió el muchacho con los otros sus compañeros á ver al mártir: vióle, y con él gran muchedumbre de ángeles vestidos de blanco, y de inmensa claridad, que hablaban con él, y algunos le ponían una corona de oro, y de piedras de inestimable valor sobre la cabeza, tan resplandeciente, que obscurecía la luz del día. Con esta visión ¡ó potencia del Crucificado! el muchacho se trocó de tal manera, que arrojando los libros, y desnudándose sus vestidos, sin poder ser detenido de sus maestros, ni de sus compañeros, se fué corriendo tras el santo mártir; y hallando, que le estaban atormentando, se echó á sus pies, besándolos, y protestando, que quería ser su compañero en los tormentos, para serlo en la gloria; porque hasta allí, engañado de sus padres, y de los demonios, como ciego le había adorado, y blasfemado á Jesucristo, que era Dios verdadero, y su vida, y salud, y de todos los que creen en él. ¡Qué mudanza es esta! ¡Qué nueva luz del cielo! ¿Quién enseñó á este muchacho? ¡Qué admiración hubo en toda la ciudad! ¡Qué espanto en aquellos sayones! ¡Cómo se heló Marciano, cuando oyó decir lo que pasaba! Y ¡qué alegría, y júbilo sintió san Julián, viendo, que los tiernos años triunfaban de los falsos diosos, y que el hijo vengaba á Cristo de las injurias, que le hacia su padre! Quisieron apartar al muchacho Celso de san Julián; mas él estaba tan abrazado con el santo, que no pudieron: porque por voluntad de Dios, á los que querían echarlo mano: luego se les entorpecían los brazos, y las mismas manos se secaban, y así fué necesario llevar á los dos juntos delante de Marciano, el cual, rasgadas sus vestiduras, y herido su rostro, después de haber reprendido á san Julián, por haber enloquecido con sus hechizos á Celso, y apartado al hijo de su padre, y quitado á los dioses, al que con tanta piedad los adoraba, procuró reducir á su hijo á su voluntad: y lo mismo hizo Marcionila, que acompañada de muchas criadas, y matronas, vino á este espectáculo, haciéndose carne, y dándose muchos golpes, y mostrando al hijo, para enternecerlo, los pechos, que había mamado: mas el hijo Celso respondió, nó como niño, sino como varón sapientísimo, como mozo en los años, y viejo en seso, y sobre todo, como el que estaba ya vestido, y adornado de la luz del cielo, y de la virtud de Dios: «La rosa, dice, por nacer de las espinas, no pierde su olor suavísimo: ni las espinas, por haber producido la rosa, dejan de punzar, y lastimar. Haz, ó padre mío, tu oficio de lastimar, como espina; que yo, como rosa, procuraré dar buen olor de mí á los fieles. Los que tomen perder la vida temporal, te obedezcan, que yo, porque pretendo ganar la eterna, no te obedeceré. Por amor del Padre Eterno, que es mi verdadero padre no te conozco por padre. O Marciano, tú por amor de tus dioses puedes negarme por hijo, y atormentarme como enemigo. No te hago agravio: antepongo á tu amor la eterna bienaventuranza; y por ser cruel contra mí, no soy piadoso para contigo». Salió de sí el desventurado padre, y mandó echar á san Julián, y á su mismo hijo en un profundo calabozo, sucio, hediondo, y tenebroso, lleno de muchos gusanos, y de un mal olor incomparable: mas el Señor le ¡lustró con inmensa luz, y convirtió el mal olor en una fragancia suavísima: lo cual fué ocasión, para que veinte soldados, que tenían de guarda, se convirtiesen; y por voluntad del Señor vinieron á la cárcel, guiados de un ángel, siete caballeros cristianos hermanos, y con ellos un sacerdote, llamado Antonio: el cual bautizó á Celso el hijo de Marciano, y á los veinte soldados, que siendo guardas, se habían convertido. De todo fué avisado el presidente, y él dio noticia de ello á los emperadores, los cuales le mandaron, que á san Julián, y á todos los que en su compañía seguían la fé de Cristo, los atormentase, y matase, haciéndolos quemar en unas cubas empegadas, llenas de aceite, pez, y resina, y otras cosas, que son materia, en que se ceba el fuego. Con esta respuesta de los emperadores mandó Marciano poner su tribunal en la plaza, y traer delante de sí á san Julián, y á todos los otros sus santos compañeros: y estando dando, y tomando en aquel negocio, sucedió, que pasando por allí con un hombre muerto, que le llevaban á enterrar ciertos gentiles, el presidente los mandó parar, y para hacer burla de san Julián, le rogó, que lo resucitase. San Julián lo hizo con gran facilidad, no mirando á la intención de Marciano, ni á lo que su incredulidad merecía, sino esperando, que con aquel milagro la gloria de Cristo crecería, y los gentiles quedarían confusos, y más animados los cristianos. Quedó asombrado el presidente, cuando vio delante de sus ojos vivo, al que era muerto, y mucho mas, cuando le oyó hablar, y decir á grandes voces, que los dioses, que adoraban, eran demonios, y Jesucristo solo Dios verdadero; y que llevándolo ciertos negros, y monstruos horribles al fuego eterno, por haber sido gentil, Dios le había mandado volver al cuerpo, para que hiciese penitencia, por la oración de san Julián, y para que después de muerto confesase por Dios, al que en vida había negado. No bastó este otro testimonio del cielo tan grande, y tan fuerte, para ablandar el corazón de Marciano, más duro que las piedras; antes mandó prender al muerto resucitado, para que tornase á morir por Cristo con los santos mártires, que allí estaban: y porque no le sufría el corazón ver morir á su propio hijo, cometió la causa á su teniente, y él muy triste, y lloroso se retiró á su casa. Diose la sentencia cruel, y aparejándose treinta y una cuba llenas de resina, y pez, desnudaron á los mártires, y echáronlos en ellas, y pegáronles fuego delante de toda la ciudad de Antioquía, que había concurrido á este espectáculo. Los ministros del tirano atizaban, y encendían el fuego: el pueblo daba gritos, y alaridos, y derramaba muchas lágrimas, viendo morir con un género de muerte tan penosa á san Julián, y al niño Celso, y á tantos inocentes. Los santos mártires, teniendo los ojos puestos en el cielo, con un humilde, manso, y alegre corazón hacían gracias ol Señor por aquella señalada merced, que les hacía, y se le ofrecían, como holocausto, en olor de suavidad. Todos los ángeles estaban á la mira, maravillados de tan gran fortaleza, y constancia; y el Señor de los ángeles, que se la estaba dando para ser mas glorificado en ellos, hizo, que se apagase el fuego, y que de él saliesen los santos mas resplandecientes, y puros, que sale el oro del crisol, sin lesión alguna, y que en medio de las llamas oyesen voces de ángeles, que les daban música. Quedó como muerto Marciano, cuando oyó, lo que Dios había obrado con sus santos; aunque, creyendo siempre, que eran artes de nigromancia, y nó virtud de Dios, no se enmendó, antes preguntó á san Julián, ¿dónde, y cómo había aprendido tanto de arte mágica, que tales cosas hacia? Y pidióle por el Dios, que adoraba, que le dijese la verdad: y el santo le respondió, que Dios era el autor de semejantes maravillas, y que el modo, para hacerse, era trabajar en echar de sí, como inútiles, los cuidados de este siglo, y servir á Cristo, y no anteponer á su amor, padre, ni madre, mujer, ni hijos, ni otra cosa temporal, y caduca de esta vida: porque el que tuviese, dice, cuidado de remediar las necesidades de los pobres: el que no se dejare sujetar de sus apetitos: el que venciere la impaciencia con la paciencia, y las injurias con buenas obras: el que procurare mas ser santo, que parecerlo: el que de veras fuere humilde, y menospreciador del mundo, y se abrazare con Cristo, y siguiere sus pisadas; eso será verdadero discípulo de Cristo, y hará las maravillas, que nosotros los cristianos hacemos.
Todo lo que el santo decía al prefecto, era en vano; porque su corazón estaba empedernido, y obstinado. Mandó encerrar de nuevo á los santos, y entre ellos á su hijo, y que su mujer Marcionila entrase á verle, y estuviese tres días con él; porque así se lo había pedido su hijo, y la misma madre lo deseaba, pensando, con blanduras, y dulzuras de madre atraerle, para que obedeciese á su padre, y no se perdiese. Entró la madre en la cárcel: pusiéronse los santos en oración, suplicando á nuestro Señor, que la alumbrase: tembló la cárcel: vióse en ella un inmenso resplandor, y oyéronse voces del cielo; y por las cosas, que allí vio, y oyó Marcionila, se convirtió al Señor, y confesó la fé de Jesucristo, y fué bautizada del santo sacerdote Antonio, que allí estaba entre los otros mártires, y su mismo hijo Celso fué su padrino en el bautismo: lo cual todo fué de increíble alegría para los santos, y nueva cruz, y tormento para Marciano: el cual ciego y loco, por la rabia, y furor, mandó degollar á los veinte soldados, que habían creído en Cristo, y quemar á los siete caballeros hermanos, que de su voluntad habían venido á la cárcel con el sacerdote Antonio, y guardar al mismo san Antonio, y á san Julián, y al muerto resucitado, y á su propia mujer, é hijo, para mirar más de espacio, lo que había de hacer con ellos; porque todavía le tiraba el amor de la mujer, y de su único hijo. Los soldados fueron degollados, y los siete hermanos quemados, como lo mandó el presidente.
Había en Antioquía un templo dedicado á los dioses suntuosísimo; porque el pavimento, y las paredes no eran de mármol, ni de otras piedras ricas, sino cubiertas de tablas de oro purísimo, y las bóvedas adornadas de piedras preciosas. Abríase pocas veces este templo, por mayor reverencia. Ordenó Marciano á los sacerdotes, que aparejasen grandes ofrendas, y sacrificios, para ofrecer en aquel templo á los dioses inmortales, y con palabras blandas, viendo, que las duras no aprovechaban, rogó á san Julián, que se reconociese, y en aquel templo tan ilustre, y magnífico, hiciese reverencia á los dioses, gobernadores del mundo, y protectores del imperio. Respondióle san Julián, que hiciese juntar en el templo á todos sus sacerdotes, para que fuesen testigos del sacrificio, que él ofrecía. Creyó Marciano, que san Julián estaba ya trocado, y que con el deseo de la vida le quería dar contento, por no morir, y con grande alegría mandó juntar á todos los sacerdotes, que eran casi mil, y quitar las prisiones á san Julián, y á sus compañeros, y con gran fiesta, y regocijo los llevó al templo, á donde innumerable gente había concurrido. Hincó las rodillas san Julián: armó su frente con la señal de la cruz; y con grande afecto, ternura, y confianza, suplicó á nuestro Señor, que para gloria suya, y confusión de la gentilidad ciega, y consuelo de los fieles, destruyese aquel templo, y todo lo que había en él. En acabando san Julián su oración, y respondiendo los otros santos cuatro mártires: Amen; todos los ídolos, que había en el templo, se deshicieron como humo, y el mismo templo se arruinó, y asoló de tal manera, como si nunca tal templo hubiera habido. Murieron todos los sacerdotes, y una gran muchedumbre de gente pagana: y Metafraste (que es, el que escribió esta vida) dice, que hasta á su tiempo salían de aquel lugar llamas de fuego. ¿Pues qué testimonio es este del poder infinito de nuestro gran Dios, y Señor? ¿Cuántas muertes padeció Marciano, antes que diese la muerte á san Julián? No sabía el desventurado, con quien se tomaba, ni lo que había de hacer, ni donde estaba. Volvieron á la cárcel á los santos mártires; y estando ellos orando, y cantando alabanzas al Señor, á la media noche les aparecieron, por una parle, los veinte soldados, y los siete caballeros hermanos, ya gloriosos, y adornados con ropas de inmensa claridad, y en su compañía otros muchos sacerdotes, é ilustres mártires: por otra, santa Basilisa con un coro de purísimas doncellas; y en la cárcel no se oía sino una voz suavísima, que decia: Alleluya, Alleluya. Santa Basilisa habló á san Julián, diciéndole, que Dios la enviaba para avisarle, que ya estaba en el fin de sus batallas, y el cielo abierto, y la corona aparejada, y todos los santos aguardando la hora, en que le habían de recibir á él, y á sus santos compañeros. Después de esto, otro día fueron sacados a juicio los santos; y Marciano los mandó atar los dedos de las manos, y de los pies, y untar las ataduras con aceite, y ponerlos fuego; pero las ataduras se quemaron, y los santos quedaron sin lesión. Mandó desollar el cuerpo á san Julián, y á Celso su proprio hijo, y al sacerdote Antonio, y Anastasio (que así se llamaba, el que había resucitado), arrancar los ojos con garfios de hierro. A su mujer mandó atormentar en el ecúleo; mas nuestro Señor no lo permitió: porque los ministros, que lo quisieron ejecutar, quedaron ciegos, y las manos, y brazos se les secaron; y los santos quedaron como si ninguna cosa hubieran padecido. 
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Lleváronlos al anfiteatro por orden del presidente, y soltaron todas las bestias fieras, que tenían, para que los despedazasen; mas ellas, olvidadas de su natural fiereza, se echaron á los pies de los santos, y los lamian. Mandó sacar Marciano á todos los presos de la cárcel, que estaban condenados á muerte, y que allí en el teatro los degollasen, y juntamente con ellos á san Julián, y á los otros cuatro sus santos compañeros, para que muriesen como facinerosos, y no á título de religión; ni pareciese, que de ellos quedaba vencido. Los santos fueron descabezados; y al mismo tiempo vino un temblor de tierra tan extraño, que derribó casi la tercera parte de la ciudad, y en todos los lugares, en que había ídolos, cayeron muchos rayos, y mataron gran número de gente de los gentiles, y el mismo prefecto Marciano quedó más muerto que vivo, y apenas pudo escapar; y pocos días después, comido de gusanos, acabó su infelicísima vida, para comenzar aquella muerte, que nunca se acaba. Vinieron la noche siguiente los cristianos y sacerdotes, para recoger los cuerpos de los santos mártires; y como estaban mezclados, y confusos con los otros cuerpos de los hombres facinerosos, que con ellos habían sido muertos, no los pudieron conocer, hasta que hincados de rodillas, y hecha oración al Señor, vieron las almas de los mismos mártires, en figura de doncellas purísimas, y que cada una se sentaba sobre su cuerpo; y de esta manera los conocieron, y con gran devoción y reverencia los sepultaron. Otra maravilla también sucedió, que la sangre, que salió de sus cuerpos, se heló, y se hizo como una masa de pan, mas blanca, que la nieve: de manera que no se empapó en la tierra, que estaba ya regada con la otra sangre de los malhechores. Y nuestro Señor al sepulcro de san Julián hizo muchos, y grandísimos milagros, y no solamente donde estaba su cuerpo, sino en otras muchas partes de la cristiandad, donde se edificaron iglesias en su nombre. El martirio de san Julián fué á los 9 de enero, el año del Señor de 309, imperando en Oriente Maximino, que continuó la persecución de los emperadores Diocleciano, y Maximiano. Su vida escribió Melafraste, y hacen mención de él el Martirologio romano, el de Beda, Usuardo y Adon; y san Isidoro en el breviario toledano, y san Eulogio en el libro, que llamó Memorial de los santos, ponen estos bienaventurados mártires por ejemplo, exhortándonos á todos á morir por Cristo: y con mucha razón; porque si consideramos con atención, lo que aquí queda referido; hallaremos muchos, y grandes motivos para alabar al Señor, y admirarnos de sus secretos juicios, y reverenciar aquella providencia tan inescrutable, con que á unos hace santos, y los regala, favorece, y asiste, para que peleen, y venzan á todo el poder del infierno; y á otros por sus pecados desampara, y castiga: porque, ¿qué mayor maravilla pudo ser, que ver un caballero mozo, noble, y rico, como fué san Julián, dar de mano á todos los regalos, apetitos, y blanduras de la carne, y ofrecer á Dios su castidad? ¿Qué persuadir á su esposa Basilisa, que viviesen como hermanos, y. conservasen perpetuamente la flor de su virginidad? ¿Y que el Señor con tan claras, y evidentes señales del cielo los confirmase en aquel santo propósito, y les diese gracia para perseverar en él, y para que con su ejemplo otros muchos los imitasen? ¿Y qué acabando, Basilisa en santa paz el curso de su peregrinación, y llevando delante un número tan grande de honestísimas doncellas al cielo; quedase vivo Julián para la guerra, y para glorificar más con sus batallas, y triunfos al Rey de los reyes, y Señor de todo lo criado? ¿Cuántos y cuán ilustres milagros sucedieron en su martirio? ¿Cuán duros fueron los tormentos del tirano, y cuan suaves los regalos del Señor? El cual en san Julián quiso mostrar, que todas las criaturas reconocen, y obedecen á su Criador; y que en la ignominia está la gloria, en la pena el deleite, en la muerte la vida, cuando el hombre con fé viva, padece, y muero por su Señor. Marciano tirano se acabó, y no se acabaron sus tormentos: murió san Julián, y vive para siempre. Los templos, y las estatuas de los dioses cayeron, los gentiles fueron abrasados, y la gentilidad por el martirio de san Julián se menoscabó; y la santa Iglesia católica floreció, y la memoria de este glorioso mártir durará para siempre, y los trofeos de sus victorias permanecerán en los siglos de los siglos.
 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

jueves, 8 de enero de 2026

S A N T O R A L

SANTA GUDULA, VÍRGEN

Fué santa Gudula hija de Wirgero, que era gran señor, y conde, y de Amalberga, que era hija de una hermana de Pipino, mayordomo mayor del rey de Francia, y gobernador de todo el reino.
Eran estos señores sus padres, no menos piadosos, y temerosos de Dios, que ricos, y poderosos, y la madre de santa Gudula, estando preñada de ella, tuvo relación, de que la hija que pariría, seria santa, y muy esclarecida en los ojos del Señor: y para el buen principio, y cumplimiento de esta revelación, cuando salió á luz la niña, santa Gertrudis, virgen admirable, y parienta suya, fué su madrina, y la sacó de la pila del bautismo, y después la tomó á su cargo, para criarla para Dios. Estuvo Gudula en el monasterio de Nivela, todo el tiempo que vivió santa Gertrudis, con maravilloso recogimiento, é insigne santidad. Habiéndose ido su santa maestra á mejor vida, se volvió á casa de sus padres, no para tener más libertad, sino para aprovecharse, y encenderse más vivamente con sus ejemplos en el amor de nuestro Señor.
A dos millas de la casa de sus padres estaba una aldea, llamada Morsela, donde había un oratorio ó iglesia, dedicada al Salvador: solía irse algunas noches con una sola criada la santa virgen á este oratorio, para darse más quietamente á la oración, y contemplación de su dulcísimo esposo. Iba una noche como solía: y el demonio mató la lumbre que llevaban, para que hallándose á obscuras, y sin saber el camino, no pasasen adelante. Púsose en oración santa Gudula, y luego la lumbre, que llevaba, se tornó á encender milagrosamente; y con este favor del cielo llegó al oratorio, y gastó toda aquella noche en hacer gracias, y alabar al Señor; y á la mañana siguiente, después de haber oído las misas, y cumplido con su devoción, tornó á su casa muy gozosa y contenía: pero en el camino encontró con una pobre mujer muy afligida, que traía consigo á un niño de nueve años, tan lleno de enfermedades, y miserias, que no era señor de sus miembros, ni podía alzar la cabeza para mirar al cielo, ni hablar, ni comer con sus manos: en fin, era un retablo de enfermedades y dolores. 
Gudula.jpgViole la santa virgen: compadecióse de él: oró al Señor: lloró muchas lágrimas: tomóle en los brazos, y súbitamente quedó del todo sano; maravillándose la misma santa de la bondad de Dios, que por su medio, siendo ella tan vil criatura, se había dignado de restituir la salud á aquel muchacho; y gozándose la madre, por ver á su hijo sano por intercesión de aquella santa doncella. Otra vez, estando sola orando en su celda; vino una mujer cargada, y casi consumida de lepra, suplicándola, que la curase: hizo oración, y puso las manos sobre ella; y quedó luego limpia y sana. Otros muchos milagros hizo el Señor por esta santa en vida; pero los que obró, después que la llevó al cielo para darle la corona digna de sus merecimientos, y victorias, fueron mucho mayores; porque luego que enterraron su sagrado cuerpo, un árbol, que estaba allí cerca, en medio del invierno floreció, y se vistió de hojas, y hermosura: y queriendo trasladar al monasterio de Nivela sus reliquias, no las pudieron mover del lugar, donde estaban, hasta que se determinaron de llevarlas al oratorio, ó templo del Salvador, que estaba en la aldea de Morsela, donde la santa virgen solía derramar muchas lágrimas, y orar con tanta devoción; porque en tomando esta resolución, pudieron mover la caja, en que estaba el sagrado cuerpo, y llevarla a Morsela. Pero sucedió una cosa prodigiosa en esta traslación; porque aquel árbol, que había florecido cerca de su sepulcro, por virtud divina se arrancó de suyo del lugar, donde estaba, y se trasplantó, y puso delante de la puerta de aquel templo, vestido de belleza, y hermosura: por este milagro el emperador Carlo Magno mandó edificar allí para honra de la santa un monasterio de vírgenes; y yendo una vez á caza, y siguiendo á un oso de notable grandeza, el oso, no pudiendo ya escapar de las manos de los cazadores, se entró en aquella iglesia, y bajando la cerviz, comenzó á lamer los pies de las monjas, que allí estaban, y no se quiso partir de aquel lugar por toda su vida, estando entre aquellas purísimas vírgenes, no como oso bravo, sino como manso cordero.
Cuando sepultaron á la santa virgen, como sus padres eran señores esclarecidos, y muy ricos, mandáronla enterrar con gran pompa, y solemnidad, y aderezarla muy ricamente con ropas preciosas, y joyas. Violo un ladrón; y movido de su codicia, al tercero día después de su muerte entró de noche en su sepulcro, y despojó el sagrado cuerpo de todas aquellas riquezas, que tenía, y parte de ellas dio á una hija suya. Súpolo san Emeberto, obispo de Cambray, y hermano de santa Gudula, y excomulgó por aquel sacrilegio, á los que le habían cometido; y Dios nuestro Señor confirmó del cielo la sentencia: porque todos los que nacieron de aquella familia, fueron afligidos de varias enfermedades, y no hubo persona de ella, que con alguna fealdad, ó pena corporal, no pagase la culpa de tan gran maldad.
Este milagro fué para castigo, de los que habían robado el sepulcro de la santa virgen: pero otro mayor obró Dios para honrar al mismo sepulcro, y por intercesión de santa Gudula, y alumbrar, á los que estaban en la sombra de la muerte. De la otra parte del mar había un rey gentil, que tenía una hija tullida, y que no se podía mover desde su nacimiento. Apareció una noche á esta doncella en sueños una mujer venerable, y de lindo aspecto, y díjole, que fuese al sepulcro de santa Gudula, porque allí cobraría salud; y con el deseo grande, que tenia de alcanzarla, refirió luego á sus padres, lo que había visto, y oído: pero como ellos eran paganos, y no tenían noticia dé la santa, ni sabían, donde estaba, ni cómo la habían de buscar; no hicieron caso de ella, hasta que tres noches después le fué revelado á la misma doncella el lugar, donde estaba la bendita santa, y donde la había de hallar. Con esta claridad mandó el rey su padre aprestar un navío, y envió su hija en él, bien acompañada de criados, y soldados á Flandes, donde llegó, y fué á visitar el sagrado cuerpo de santa Gudula; y al cabo de tres días que estuvo en oración, impetró la salud del cuerpo que tanto deseaba, y la del alma, que le importaba más; porque dejando la ceguedad de la idolatría, en que estaba, abrazó la fé de Jesucristo nuestro Salvador, que es luz verdadera, que alumbra, á todos los que creen en él; y sus mismos padres, cuando entendieron el milagro, y vieron á su hija sana, hicieron la misma jornada, y fueron á visitar el cuerpo de la santa virgen; y despedidas las tinieblas de su ignorancia, se bautizaron, é hicieron cristianos.

Resplandeciendo, pues, santa Gudula con estos, y otros milagros, fué nuestro Señor servido de castigar los pecados de los moradores de aquella tierra con azote grave, y riguroso: permitió, que entrase por ella gente cruel, y bárbara, y enemiga de nuestra santa religión, robándola, quemándola, y destruyéndola, y que asolasen el mismo monasterio, donde estaba sepultado su sagrado cuerpo; aunque por la bondad de Dios no le tocaron, por haberse antes traspasado á otro lugar más apartado, y seguro: mas después que cesó aquella borrasca, y los bárbaros se retiraron, tornaron el sagrado cuerpo al monasterio; donde estuvo, hasta que imperando Otón II, Carlos, hermano de Lotario, rey de Francia, llevó con grande acompañamiento, y honra el cuerpo de santa Gudula á Bruselas, y le colocó en el templo de santo Gaugerio. Sucedió en esta traslación, que queriendo el mismo Carlos curiosamente ver con sus ojos el cuerpo de la santa virgen, abrió la caja, donde estaba; y súbitamente sobrevino una niebla tan espesa, y tenebrosa, que le quitó la vista, y á todos los que allí estaban causó espanto, y confusión, y despavoridos hicieron oración tres días, suplicando á nuestro Señor, que los perdonase; y sin querer ver más, lo que había en la caja, la cerraron, y pusieron en su lugar, y el duque Carlos la selló con su sello, y ofreció á la virgen ricos ornamentos para servicio de su altar, y lo aplicó algunas posesiones, y rentas. En este lugar estuvieron las sagradas reliquias de santa Gudula, hasta el año de 1047, en el cual habiéndose edificado en Bruselas el templo de san Miguel, fueron trasladadas á él por el conde Vidrino, nieto del duque Carlos, con solemne procesión, y acompañamiento del obispo, y de todo el clero, y pueblo, donde al presente están, y son reverenciadas de toda aquella noble, rica, y devota ciudad de Bruselas, que tiene á santa Gudula por singular patrona suya; y el templo, que edificó á san Miguel, y se llamaba de su nombre, cuando á él se trasladaron las reliquias; ahora se llama de santa Gudula, por la gran devoción, que todo el pueblo le tiene.
La vida de santa Gudula, sacada de un libro muy antiguo, escrito de mano, trae el P. Fr. Lorenzo Surio en su primer tomo de las vidas de los santos. Hace mención de ella el doctor Juan Molano en las ediciones á Usuardo; y más largamente en el índice de los santos de los estados de Flandes, donde dice, que el día de su glorioso tránsito fué á los 8 de enero, y el de su traslación á los 6 de julio. Floreció esta santa por los años del Señor do 660, reinando en Francia el rey Sigiberto
 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

miércoles, 7 de enero de 2026

S A N T O R A L




SAN RAIMUNDO DE PEÑAFORT, CONFESOR


Después de Hilario, Pablo, Mauro y Antonio, brilla hoy Raimundo de Peñafort, una de las glorias de la Orden de Santo Domingo y de la Iglesia en el siglo XIII.

Según los Profetas, el Mesías vino para ser nuestro Legislador; más aún, es Él la misma Ley. Su palabra ha de ser norma de los hombres, y Él mismo ha de dejar a su Iglesia el poder de legislar, para que conduzca a los pueblos por la santidad y la justicia, hasta los umbrales de la eternidad. La sabiduría del Emmanuel se manifiesta en la disciplina canónica, como su verdad en la enseñanza de su doctrina. Pero al hacer sus leyes, la Iglesia se ayuda de los hombres que le parecen poseer en más alto grado la ciencia del Derecho y la integridad de la moral.

San Raimundo de Peñafort tuvo el honor de manejar su pluma para la redacción del Código canónico. Por orden de Gregorio IX, fué él quien compiló en 1234 los cinco libros de las Decretales.

Discípulo de Aquel que descendió del cielo al seno de una virgen para salvar a los pecadores, convidándoles con el perdón, mereció Raimundo ser llamado por la Iglesia, insigne Ministro del Sacramento de la Penitencia.

Fué el primero que reunió en un cuerpo de doctrina, las máximas de la moral cristiana que sirven para determinar los deberes del confesor en relación con los pecadores que acuden a él a declarar sus pecados. La Suma de Casos penitenciales abrió la serie de esos importantes trabajos, por medio de los cuales algunos peritos y virtuosos doctores trataron de establecer los derechos de la ley y las obligaciones del hombre, con el fin de enseñar al sacerdote el arte de discernir, como dice la sagrada Escritura, lepra de lepra. (Deut., XVII, 8.)

Finalmente, cuando la gloriosa Madre de Dios, Madre también de los hombres, suscitó para la obra de la Redención de los cautivos al generoso Pedro Nolasco, a quien dentro de pocos días veremos llegar ante la cuna del Redentor, Raimundo fué el poderoso instrumento de esta gran obra de misericordia; no sin motivo le considera la Orden de la Merced como uno de sus fundadores, y no en vano le han honrado millares de cautivos, libertados de la esclavitud de los musulmanes, como a uno de los principales autores de su libertad.

Vida

Nació San Raimundo en Barcelona, de la noble familia de Peñafort. Enseñó allí las Humanidades, y fué después a estudiar Derecho a Bolonia. Volvió luego a su ciudad natal, donde brilló por sus eminentes virtudes, sobre todo por su veneración hacia la Santísima Virgen María. A los 45 años profesó en la Orden de Santo Domingo. Fundó con San Pedro Nolasco la Orden de Nuestra Señora de la Merced para la Redención de los cautivos.

Llamado a Roma por Gregorio IX, fué allí su Capellán y Confesor, y redactó las Decretales. Se hizo célebre por sus milagros y murió casi centenario, el 7 de enero de 1275. Su sepulcro está en Barcelona. Canonizóle Clemente VIII.

Fiel dispensador del Sacramento de la Penitencia, supiste extraer del corazón de Dios encarnado, aquella caridad que hizo del tuyo un asilo de pecadores. Amaste a los hombres, y te preocupaste tanto de las necesidades de sus cuerpos como de las de sus almas. Ilustrado por los rayos del Sol de justicia, nos ayudaste a discernir el bien del mal, dándonos reglas para apreciar las llagas de nuestras almas. Roma admiró tu conocimiento de las leyes; y se gloría de haber recibido de tus manos el sagrado Código que gobernó durante mucho tiempo a las distintas Iglesias.Despierta en nuestros corazones, oh Raimundo, la compunción sincera que es una de las condiciones para el perdón en el sacramento de la Penitencia.

Haznos comprender la gravedad del pecado mortal que separa de Dios para siempre, y los peligros del pecado venial que dispone al alma tibia para el pecado mortal. Concédenos hombres llenos de caridad y ciencia, para ejercer ese sublime ministerio que cura a las almas. Protégelos contra el doble escollo de un desesperanzador rigorismo, o de una excesiva blandura. Reaviva en nosotros la verdadera ciencia del Derecho canónico, sin la cual la casa del Señor se convertiría en seguida en morada de desorden y anarquía.Consuela a todos los que languidecen en las prisiones o en el destierro, tú que tuviste un corazón tan compasivo para los cautivos; prepara su libertad; líbranos también a todos, de las cadenas del pecado que con tanta frecuencia sujetan a las almas de aquellos, cuyo cuerpo goza de la libertad. 
Fuiste tú, oh Raimundo, el confidente del corazón de nuestra misericordiosa Reina María, y ella te asoció a su obra para el rescate de los cautivos. Eres, pues, poderoso ante el Corazón, que después del de Jesús es nuestra mayor esperanza. Preséntala nuestros homenajes. Pídela para nosotros a esa incomparable Madre de Dios la gracia de que amemos siempre al Niño celestial que tiene en sus brazos. Dígnese también ella, por tus oraciones, ser nuestra estrella en el mar de éste mundo, más tempestuoso que aquel cuyas olas desafiaste sobre tu milagroso manto.
Acuérdate también de España, tu patria, en cuyo seno obraste tantas maravillas. Ampara a la Orden de Predicadores, cuyo hábito y regla honraste. La gobernaste sabiamente en la tierra; ámala siempre como Padre desde el cielo, para que vuelva a florecer en toda la Iglesia, y produzcan, como en los tiempos antiguos, aquellos frutos de santidad y de ciencia que hicieron de ella una de las principales glorias de la Iglesia de Cristo.


fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

martes, 6 de enero de 2026

S A N T O R A L


LA EPIFANÍA DEL SEÑOR,
ó ADORACION DE LOS REYES MAGOS

En el sacrosanto misterio de la Epifanía celebra la santa Iglesia aquel dichoso y bienaventurado día, en que el Hijo de Dios vestido de nuestra carne se manifestó á los reyes Magos, como á primicias de la gentilidad: porque como este Señor era rey del mundo, y venia para salvarle; luego en naciendo quiso ser conocido de los que estaban cerca, y de los que, moraban lejos, de los naturales y de los extraños, de los pastores y de los reyes, de los simples y de los doctos, de los pobres y de los ricos, de los hebreos, de los paganos, de la sinagoga, y de la gentilidad, y juntar en uno, los que eran entre sí contrarios en el culto y religión, y en el conocimiento del mismo Dios. Todas las divinas Letras nos predican este misterio é incomparable beneficio del Señor, y nos declaran, que había de ser adorado de las gentes, y reconocido, y servido de los reyes de la tierra. El profeta Balaán dijo: «Nacerá una estrella de Jacob, y una vara de Israel, la cual sujetará á los capitanes de Moab, y destruirá á los hijos de Seth, y será señora y poseedora de ldumea»; dando á entender, que todos estos pueblos, que eran de gentiles, serian sujetos á la vara y cetro de Jesucristo: lo cual se cumplió en la conversión de la gentilidad: el real profeta David cantó: Reges Tharsis, et insulæ munera offerent: Reges Arabum, el Sabá dona adducent.Et adorabunt eum omnes Reges terræn: omnes gentes servient ei: Que los reyes de Tarsis y de Arabia, traerían dones á Cristo, y todos los reyes le adorarían, y todas las gentes le servirían: Isaías en muchos lugares profetizó esta venida de los reyes, y el vasallaje y presente con que le habían de reverenciar y adorar; y los otros profetas, alumbrados con la luz del cielo, tanto antes nos avisaron de esta verdad, como cosa tan importante, y en que los judíos habían de tropezar. Y á los mismos apóstoles se les hizo nueva, hasta que por aquella visión del lienzo lleno de serpientes y sabandijas, que vio san Pedro, entendió este soberano misterio. Pues así como en naciendo el Niño tierno, y Dios eterno, en el portal de Belén, envió el ángel, para que avisase á los pastores, que guardaban su ganado, y velaban en aquella comarca, que había nacido el Salvador, y les dio las señas, para que le hallasen y conociesen, y ellos vinieron, y le adoraron, como primicias de la sinagoga: así también ordenó el mismo Señor, que naciese al mismo tiempo una estrella en oriente, y que alumbrase á los Magos, y con su nuevo, y extraordinario resplandor los moviese á seguirla, y los guiase y trajese hasta Belén, para que hallándole en un establo, y en un pesebre, le adorasen como á su rey, y su verdadero Dios.
¿Pero quiénes son estos que vienen? Magos. ¿De dónde se parten? De oriente. ¿A quién siguen? A una estrella. ¿A dónde llegan? A Jerusalén. ¿Qué buscan? Al nuevo rey. ¿Dónde pararon? En el pesebre. ¿Qué hallaron? Un niño recién nacido. ¿Qué hicieron? Adoráronle. ¿Qué le dieron? Tesoros. ¿Qué recibieron? Luz, amor y salud para sus cuerpos y para sus almas. Magos son los que vienen, no porque engañaron á Herodes, no volviendo más á él, como algunos quisieron decir, ni porque fuesen hechiceros y dados á las artes mágicas, como otros pensaron; mas porque eran varones sapientísimos: porque á los que los hebreos llaman escribas, los griegos filósofos, los latinos sapientes, los egipcios profetas, los indios gimnosofistas, los asirios caldeos, los galos druidas; los persas en la propiedad de la lengua llaman magos, y entre ellos eran los mas sabios y entendidos, especialmente en la contemplación de los cielos, y del curso y movimiento de las estrellas; porque no se crea, que los movió alguna liviandad á buscar el rey recién nacido: y juntamente eran reyes, como comúnmente se tiene por tradición de la Iglesia: y parece, que lo significan algunas autoridades de las sagradas Letras, de que ella usa en esta solemnidad, y las pinturas antiguas y modernas lo manifiestan, y los santos doctores, Cipriano, Ambrosio, Gerónimo, Agustino, Crisóstomo, Tertuliano y Teofilato, y otros lo dicen, y el uso de aquellos tiempos lo persuade, en que se daba el cetro y el mando á los más sabios, y los reyes y príncipes eran sapientísimos. Y dado, que el Evangelio no diga, que fueron reyes; tampoco lo niega: y el callarlo tiene misterio; para que entendamos, que delante de Jesucristo, rey de los reyes, ninguno se ha de llamar rey; y que para conocerlo y adorarle, no importa tanto ser rey, como ser sabio. Y aun se cree, que juntamente eran sacerdotes; porque así lo acostumbraban los persas, para que el que era rey, fuese también intérprete de las cosas divinas, y ofreciese sacrificios y oraciones á Dios, y por ello fuese más temido y reverenciado de sus súbditos; y en el viejo Testamento Melquisedec fue juntamente rey y sacerdote: Helí y Samuel, sacerdotes y jueces del pueblo; y los Macabeos eran de linaje sacerdotal y gobernadores del reino de Judá. Comúnmente se dice, que estos santos varones fueron tres, y que se llamaban Gaspar, Baltasar y Melchor.
Vinieron de oriente, como ellos mismos dijeron: Vidimus slellam ejus in óriente; el veninus, etc. No vinieron del verdadero oriente, sino de Arabia la feliz, ó de otra tierra allí cerca, que respecto de la Palestina era oriental, y de donde en trece días de camino, con buena diligencia, en los camellos y dromedarios podían llegar á Belén: que de esta manera de hablar usa la sagrada Escritura, cuando dice, que Abrahán apartó á Ismael de Isaac, y le puso en la región oriental, la cual estaba cerca de la tierra de Canaán, donde vivió Isaac: y Isaías dice, que los hebreos habían de despojar á los hijos de oriente; que quiere decir, á los pueblos comarcanos de la tierra de Promisión, con los cuales pelearon los judíos, y los sujetaron: y llámalos hijos del oriente; porque respecto de ellos eran orientales. Siguieron los Magos á la estrella, que no era verdadera estrella, ni una de las del firmamento, sino un cuerpo mixto, y perfecto, á manera de estrella, que resplandecía en el aire con una nueva y notable claridad, como solemos llamar á las cometas estrellas: y Cristo nuestro Señor dijo, que las estrellas caerían del cielo antes del juicio universal; porque caerán unas exhalaciones encendidas, ó inflamadas; y así la que apareció á los Magos, era muy diferente de las estrellas del cielo: porque las del cielo fueron criadas por el Señor en el principio del mundo, en el cuarto día de su creación; esta fué criada en el mismo punto, que nació el Salvador: las otras fueron criadas para distinguir el día de la noche, y para señalar los tiempos, días y años; esta fué criada para significarnos, que la luz y claridad eterna, era ya venida al mundo: las otras son perpetuas, como es el cielo; esta en cumpliendo con su oficio, y mostrado que hubo el pesebre en que estaba el hijo de Dios, desapareció, y se resolvió en la materia, de que antes había sido criada: las otras están en el firmamento y octavo cielo; esta estaba en medio del aire, y tan cerca de la tierra, que podía ser vista, y seguida de los Magos: las otras tienen su movimiento y curso perpetuo, regular y uniforme; esta se movía, cuando andaban los Magos, y se paraba, cuando paraban: las otras con el movimiento del primer cielo se mueven de oriente á poniente, y con el suyo propio, que llaman de trepidación, de norte á mediodía; esta, aunque de septentrión á mediodía, todavía seguía el camino de los Magos: las otras solamente se ven de noche; esta era de tan grande, y excesiva claridad, que también de día se dejaba ver: finalmente, las otras siempre aparecen con un mismo aspecto y de la misma manera; esta algunas veces se mostraba, y otras se encubría.

Esta estrella, que pregonaba haber nacido el rey de los judíos, y Salvador del mundo, vieron los Magos, y luego entendieron, lo que les hablaba como lengua del cielo; porque como sucesores de Balaán, y discípulos, que seguían su doctrina, entendieron, que esta estrella era la que él había profetizado, cuando dijo: «Nacerá la estrella de Jacob», que es Cristo nuestro Redentor, que como estrella resplandeciente del linaje de Jacob salió al mundo, para alumbrarle y traerle á sí con su conocimiento y amor. Por esta profecía, que estaba en práctica entre ellos, ó por otras revelaciones, que tuvieron, conocieron, que había ya nacido la esperanza y bien del mundo; y alumbrados y movidos con otra luz espiritual y divina, y abrasados sus corazones con el fuego, que el mismo Señor, que los llamaba, encendía en ellos, se determinaron á seguirla, y buscar, adorar y dar vasallaje, al nuevo rey, que la estrella les mostraba: y así dejando su patria, sus deudos, amigos, conocidos y vasallos, y no haciendo caso de las comodidades, regalos y bienes que poseían; con tan grande devoción y encendido y ansioso deseo de hallarle, se pusieron en un camino largo, dificultoso y peligroso, y entraron en Jerusalén con gran ruido y aparato, preguntando: «¿Dónde está, el que ha nacido rey de los judíos?» Vinieron á Jerusalén; porque el Señor, que por la estrella los guiaba, quiso, que se les desapareciese antes de llegar á aquella ciudad, que por ser la cabeza del reino, creyeron, que en ella debería de ser nacido el nuevo rey, disponiendo Dios las cosas de manera, que con la venida de los Magos, por ser personas públicas y de tanta autoridad, se diese un pregón por Jerusalén, y por toda aquella tierra, que era ya nacido el verdadero Mesías y 
Rey, que los había de librar de las miserias y cautiverio, que padecían, y el tirano Herodes se turbase y consultase á los escribas y sabios de la ley; y con el testimonio del Espíritu Santo se confirmase más la verdad, y los judíos no tuviesen excusa ninguna en no recibir á Cristo; pues veían, que los gentiles reyes y sabios, de lejos le buscaban: y sabían por cosa cierta, que era ya llegado aquel dichoso tiempo, en que, según las divinas Letras, deba de nacer, por haber fallado al cetro de Judá, y tenerle en aquella sazón Herodes Escalonita, que era extraño; y que había de nacer este Señor en Belén, conforme á la profecía de Miqueas. y á la interpretación, que ellos mismos habían dado.
Llegaron, pues, á Jerusalén sin temor, sin recelo y sin espanto; y sabiendo que Herodes reinaba en ella, á voces preguntaban por el nuevo rey: porque aquella fé, devoción y amor grande, que traían, no les dejaba pensar en su peligro; y como estaban heridos de Dios, juzgaban, que todos lo estaban, y que no podían ignorar los naturales de Jerusalén y de Judea, lo que ellos, siendo extranjeros, sabían, ni dejar de alegrarse con tan regocijadas nuevas, y con el bienaventurado nacimiento del nuevo rey. Turbóse Herodes, como tirano y hombre, que no siendo judío de nación, sino idumeo, había usurpado el reino y administrándole con tanta crueldad, que había hecho matar á los que descendían del linaje de David, y del de los Macabeos, por asegurarse en él. Turbóse; porque sabía, que los judíos deseaban tener rey natural, y que esperaban al que Dios les había prometido, y temía, que no fuese el que anunciaban los Magos, y ser desposeído por él. Turbóse; porque delante de la majestad del Rey soberano todo el poder y grandeza de los reyes, teme, tiembla y se deshace como humo; y de tal manera se turbó, que con su ejemplo hizo, que también toda la ciudad de Jerusalén se turbase: ó porque cual es la cabeza y gobernador de la república, tales suelen ser los súbditos: ó porque los lisonjeros de los príncipes son muchos, y por agradarle, los toman por espejo, y se miran y transforman en él: ó porque temió el pueblo, que en la nueva, que predicaban los Magos, se embravecería Herodes; y por no perder el reino, les quitaría á ellos las haciendas, la libertad y la vida. Pero disimuló Heredes: llamó á los escribas y sabios: consultó con ellos el lugar, donde Cristo había de nacer: y habiéndose informado con secreto, curiosidad y diligencia dé los mismos Magos, de todo lo que le pareció que le convenía saber acerca de la estrella, y del tiempo en que les había aparecido; los envió á Belén, para que se enterasen de todo lo que había de aquel niño, que rey no le quiso llamar, y volviesen á él, dándoles á entender, que él también después le iría á adorar. No quiso ir con ellos; porque no daba entero crédito á los Magos: y también, porque no pareciese liviandad, moverse un rey tan grande y poderoso, por una cosa tan nueva y maravillosa, sin más averiguación. No envió criados suyos con los Magos, para que los acompañasen y les mostrasen el camino; porque no se fiaba de los judíos, y porque con esta disimulación pensaba salir mejor con su intento, que era matar al niño recién nacido, para asegurar su reino, y librarse de congoja y de temor. Mas el Señor con su inefable providencia lo ordenó todo, para que Cristo no muriese á sus manos, ni tuviese necesidad de huir antes de tiempo, ó hacer nuevos milagros, y para que los reyes Magos le hallasen y adorasen: los cuales después de haber oído, lo que el tirano Herodes les dijo, salieron de Jerusalén, y vieron con increíble gozo la estrella que antes les había aparecido, la cual iba delante de ellos, guiándolos hasta que llegaron á Belén, y allí se puso sobre la pobre casilla, en que estaba el tesoro del mundo escondido. Allí se paró, y se abajó, echando de si más esclarecidos rayos de luz, y nuevos resplandores; como quien decía: Aquí está: éste es el que buscáis y el que yo os vengo á manifestar; y con esto, de la manera que pudo, les mostró el niño, que con tanta ansia deseaban ver, y cumplió con el oficio, para que Dios la había criado.
Entraron los santos reyes en aquel pobre y desabrigado portal, y hallaron en él un niño de trece días, en brazos de una pobre doncella, que era madre y virgen, y no se escandalizaron, ni turbaron, ni pensaron que habían sido engañados; pues aquel niño no tenía aparato y majestad de rey, no guardas á la puerta, no copia de caballeros y señores, no palacio real, no colgaduras ricas de telas y brocados, no cama blanda y suntuosa, no entretenimientos y regalos, y finalmente, ninguna cosa que representase majestad de rey; antes una extrema pobreza, soledad y desabrigo, el aposento estrecho y de bestias, los pañales viles, la cama dura y de pesebre, y que todas las cosas les predicaban, que aquel niño no era rey; y con todo eso, mirándole con los ojos de la fe, y con el testimonio, que dentro de los corazones les daba el Espíritu Santo, conocieron, que era rey de los reyes, y príncipe del universo, y verdadero Dios y unigénito Hijo del Padre Eterno, y postrándose en aquel suelo, como á tal le reconocieron y adoraron. No tuvieron asco, como dice el bienaventurado san Bernardo en el sermón tercero de esta fiesta, del establo: no se escandalizaron de los pobres pañales, ni de verle tomando el pecho de su santísima Madre; antes se echaron á sus pies, haciéndole reverencia como á su Señor.
Adoraron, como dice Rábano, en la carne al Verbo eterno, en la niñez á la sabiduría infinita, en la flaqueza á la fortaleza de Dios, en la bajeza de hombre la majestad y gloria divina. «¿Qué hacéis, sabios?» dice san Bernardo, en el mismo lugar. «¿Qué hacéis? ¿A un niño adoráis, aposentado en una choza, y envuelto en viles pañales? ¿Es ese, por ventura, Dios? ¿Dios está en su santo templo; y vosotros le buscáis en un establo, y le ofrecéis tesoros? Si este es rey; ¿dónde está el palacio real? ¿Dónde la silla de rey? ¿Dónde la compañía de los cortesanos? ¿Es, por ventura, palacio el establo, y la silla el pesebre, y la compañía de cortesanos, José y María? ¿Cómo unos hombres tan sabios se han hecho tan ignorantes, que adoren por Dios á un niño tan despreciado, así en la edad, como en la pobreza suya y de los suyos?» Hasta aquí son palabras de san Bernardo. Pero, ¡O rayo de luz divina! ¡O don inestimable! ¡O fuerzas, y eficacia de la fé, que así trasladas los ánimos de la tierra al cielo, y cierras los ojos á todo lo que parece, y los abres á lo que no se ve! Como estaban alumbrados los entendimientos de estos santos reyes con otra estrella más clara y resplandeciente, que la que sus ojos habían tenido por guía, y sus corazones estaban abrasados del amor de aquel niño benditísimo que los había llamado, y traído para sí de tan remotas tierras; no hicieron caso, de lo que veían con los ojos exteriores, sino de lo que Dios les hablaba interiormente en sus almas: y por esto tanto más se humillaron, cuanto más humillado, y abatido en figura de niño hallaron á Dios; entendiendo, que en él la longura, estaba abreviada, la alteza abajada, la luz obscurecida, el Eterno hecho niño, y el resplandor de la gloria del Padre envuelto en pañales.
Y porque sabían, que eran deudores, de todo lo que tenían, por ser todo de aquel infante, y haberlo recibido de su mano; todo se lo quisieron ofrecer: el cuerpo, postrándose: el alma, adorándole; y los bienes temporales, abriendo sus tesoros, y presentándole oro, incienso y mirra: cosas, de que su tierra abundaba; aunque no sin gran misterio, para declarar por el oro, que era rey, por el incienso, que era Dios, y por la mirra, que era verdadero hombre. El oro, para proveer á su pobreza: el incienso, para despedir el mal olor del establo; y la mirra, para confortar los tiernos y delicados miembros. Más otros mayores, y más preciosos dones recibieron estos santos varones para sus almas, que fueron, los que ellos ofrecieron; porque recibieron el oro purísimo de una perfectísima caridad, para amar a Dios, y al prójimo: una devoción tierna, y ternura devota, con que sus almas se derretían como incienso en la consideración de aquel misterio sagrado, que tenían delante de sí; y una mortificación de todas sus pasiones, y gustos, y entretenimientos del mundo, significada por la mirra: y fueron instituidos del Señor predicadores de su sagrado Evangelio, y pregoneros de su gloria, y magnificadores de su abatimiento, y pobreza.
No explica san Mateo los afectos, que estos santos reyes tuvieron allá dentro de sus almas, ni las palabras y razones, que dijeron á aquel doncel, al infante Dios, y á la Madre Virgen, ni la alegría, que tuvo aquella purísima, y beatísima Señora, cuando vio, que se comenzaba á extender, y dilatar por el mundo la gloria de su hijo, y que Dios la había escogido para madre de tal hijo, y que ya se comenzaban á despedir las tinieblas de la gentilidad, y resplandecer el rayo de la nueva luz, cosa, que ella tanto deseaba: ni menos, lo que sentiría el mismo niño, que había bajado del cielo á la tierra por la salud de los hombres, cuando en las primicias de estos reyes vio, que ya se comenzaba á cumplir la conversión del mundo, la gloria de Dios, la confusión del demonio, el triunfo del pecado, y las victorias de tantos, y tan innumerables santos, que le habían de seguir: de ninguna cosa de estas habla el evangelista, así porque son cosas inefables, y que no se pueden comprender con nuestro flaco entendimiento, ni explicar con nuestra lengua muda, y ser mejor reverenciarlas con un casto silencio, y cubrirlas con el velo de una santa y profunda admiración; como para que cada uno edifique su alma con la meditación, y ponderación de estos misterios divinos, y suplique al Señor, que hable á su corazón, lo que el santo escritor dejó por decir. 
Las reliquias de Gaspar, Melchor y Baltasar se encuentran en la Catedral de Colonia
Las reliquias de Gaspar, Melchor y Baltasar 
se encuentran en la Catedral de Colonia

Después de la adoración, y de aquellos secretos, amorosos y dulcísimos coloquios, que tendrían los Magos con la Virgen; habiendo sido por divina revelación avisados, que no volviesen á Herodes, despidiéndose con devotas y dulces lágrimas del hijo, y de la madre, del pesebre, y de la cuna, y dejando sus corazones y espíritus, como en un paraíso, en aquel portalico despreciado, se partieron para su patria por diferente camino, del que habían traído, obedeciendo á la voz del ángel, que les había aparecido en sueños, tan puntualmente, que por apartarse más de Herodes, y de sus ministros y soldados, no quisieron hospedarse en las posadas comunes, y públicas; antes se desviaban del camino, é iban por montes, y despoblados, y se aposentaban en las cuevas, y cavernas, como lo escribe Cirilo monje en la vida de Teodosio Cenobiarca: y guiándolos el mismo Señor, que los había traído, llegaron á sus tierras, y dieron noticia á aquellas gentes, de lo que habían visto, y oído del Verbo de Dios, abreviado, y vestido de carne: y dejando sus estados, riquezas y regalos, por imitar mejor la pobreza, y menosprecio que habían visto en el Redentor y Salvador del mundo, se hicieron pobres, y comenzaron á predicar, y alumbrar, y encender con la luz, con que ellos resplandecían y ardían, aquellos pueblos ciegos, que vivían en la sombra de la muerte; y finalmente fueron muertos por Cristo, y alcanzaron la palma y corona del martirio, ofreciéndose á sí mismos en sacrificio suavísimo, y más acepto al Señor, que el oro, incienso y mirra, que antes le habían ofrecido, y sus cuerpos fueron traídos después de aquellas regiones á Milán, en donde estuvieron algún tiempo; y cuando el emperador Federico, que llaman Barbaroja, destruyó aquella ciudad, fueron trasladados á la de Colonia, donde están al presente, y son tenidos en grande.Pero para que la venida de estos gloriosos Magos nos sea provechosa, no nos contentemos con saber su historia, y lo que ellos hicieron, sino procuremos imitarlos, y seguirlos; pues para esto principalmente cada año nos representa la Iglesia este gloriosísimo misterio. Sigamos la estrella, y la santa inspiración, y movimiento interior, que el Señor nos envía, para que le conozcamos, busquemos, y adoremos; y el hacerlo así, aunque sea dejando nuestra patria, gustos, y regalos, y todo lo que el mundo nos puede ofrecer, y nos puede dar, tengámoslo por suma ganancia, y por un riquísimo é inestimable tesoro: y por más peligros, trabajos é incomodidades, que se hayan de pasar en esta jornada: por más que el mundo ladre, Herodes se turbe, y nos murmuren, y con sus palabras y obras pretendan impedir nuestro camino: no les demos orejas, sino sigamos la luz del ciclo, que va delante: y si ella algunas veces se escondiere, no por eso desmayemos, como no desmayaron los magos; porque ella volverá, nos guiará y mostrará como con el dedo, aquel bien eterno, y bienaventurado que buscamos.
No nos ofenda la pobreza de Cristo, ni la alteza de los misterios; que nos predica, ni la aspereza de la vida que nos pide, ni cosa alguna, de las que á los ojos de nuestra flaca carne parecen dificultosas, y duras, sea parte para que no reconozcamos, que este infante recién nacido es el centro de nuestros corazones, y el descanso de nuestros trabajos, y el puerto seguro de nuestros deseos, y nuestra vida, gloria, bienaventuranza, y sumo bien, y como á tal, postrados en el suelo le adoremos, y le ofrezcamos nuestros cuerpos, almas y bienes temporales, conformándonos en todo con su santísima voluntad, y volviendo á nuestra patria por otro diferente camino, del que habernos tenido hasta aquí en ofensa, y desagrado suyo; porque así imitaremos á estos santos reyes en esta vida, y alcanzaremos con esto la otra eterna y felicísima, la cual por su misericordia, é intercesión de los mismos reyes magos nos otorgue Jesucristo, verdadero rey y señor.
 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc