sábado, 27 de junio de 2026

S A N T O R A L

SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

LA ENEMISTAD DE LA MUJER Y DE LA SERPIENTE

"Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu  raza y la suya; ella te aplastará la cabeza y tu morderás su calcañar'". Estas palabras, dichas a la serpiente en los días, en que ahora la Iglesia las recuerda a sus hijos, dominan la historia entera del mundo. La mujer, que por el odio de Satanás cayó la primera, es también levantada la primera en María. En su Inmaculada Concepción, en su parto virginal, en la ofrenda que hizo a Dios del nuevo Adán sobre la montaña del Calvario, la nueva Eva ha mostrado en su antiguo enemigo el poder de su pie victorioso. Por eso el ángel sublevado, constituido desde antiguo en príncipe del mundo por la culpa del hombre ha dirigido desde entonces todas las fuerzas de su doble imperio con las legiones infernales y los hijos de las tinieblas, contra la mujer que triunfó de él. María, desde el cielo prosigue la lucha que comenzó sobre la tierra. Reina de los espíritus bienaventurados y de los hijos de la luz, conduce al combate, como un solo ejército, las falanges celestes y los batallones de la Iglesia militante.
El triunfo de estos ejércitos fieles es el de su soberana: El aplastamiento continuo de la cabeza del padre de la mentira, por la derrota del error y la exaltación de la verdad revelada, del Hijo de María y del Hijo de Dios.

CIRILO Y ATANASIO

Pero jamás esta exaltación de Verbo Divino apareció más íntimamente ligada al triunfo de su augusta Madre, como en el combate memorable, en el que el Pontífice propuesto en este día a nuestras honras, tuvo una parte tan gloriosa. Cirilo de Alejandría es doctor de la Maternidad divina como su predecesor Atanasio, lo había sido de la consubstancialidad del Verbo. La Encarnación reposa sobre los dos misterios que fueron, en un siglo de distancia, el objeto de su confesión y de sus luchas. Como Hijo de Dios, Cristo debía ser consubstancial al Padre; porque la simplicidad infinita de la esencia divina excluye toda idea de división: negar en Jesús, Verbo divino, la unidad de substancia con su principio, era negar su divinidad. Como hijo de hombre al mismo tiempo que Dios verdadero de Dios verdadero,  Jesús debía nacer aquí abajo, de una hija de Adán y sin embargo de eso permanecer en su humanidad una misma persona con el Verbo Consubstancial al Padre: negar en Cristo esta unión personal de las dos naturalezas, era negar de nuevo su divinidad; era proclamar a la vez que la Bienaventurada Virgen, venerada hasta entonces como Madre que había engendrado a Dios en la naturaleza que el había tomado para salvarnos, no era sino la madre de un hombre.

ARRIO

Tres siglos de persecución habían tratado en vano de arrancar a la Iglesia la negación de la divinidad de Cristo. A penas acababa de presenciar el mundo el triunfo del Hombre-Dios cuando ya el enemigo explotaba la victoria: aprovechándose del nuevo estado del cristianismo y su seguridad por parte de sus verdugos, se esforzaba por obtener, en lo sucesivo, en el camino de la falsa ciencia, la abjuración de la fe que le había sido rehusada en la arena del martirio. El celo amargo de los herejes para reformar la creencia de la Iglesia, había de servir a la enemistad de la serpiente y concurrir al desenvolvimiento de su raza maldita, lo cual no habían podido hacer los desfallecimientos de los apóstatas. Digno, por su orgullo, de ser, en la edad de la paz, el primero de esos doctores del infierno, Arrio, apareció desde luego llevando la disputa hasta las profundidades de la esencia divina, y rechazando con textos que no comprendía, la consubstancialidad. Al fin de un siglo en que su principal fuerza había sido el apoyo de los poderes de este mundo, el arrianismo caía, no quedando sus raíces, sino en las naciones que, recientemente bautizadas, no habían podido derramar su sangre por la divinidad del Hijo de Dios, En este momento, Satanás suscitó a Nestorio.

NESTORIO

Poderoso para transformarse en ángel de luz el viejo enemigo, revistió a su apóstol de doble aureola aparente de santidad y de ciencia; el hombre que había de expresar más claramente que ninguno otro el odio de la antigua serpiente contra la mujer y su fruto, llegó a sentarse en la sede episcopal de Constantinopla en medio de los aplausos de todo el Oriente, que se prometía ver renacer en él la elocuencia y virtud de un nuevo Crisóstomo. Mas la alegría de los buenos fué de corta duración. En el mismo año que había presenciado la exaltación del hipócrita obispo, el día de Navidad de 428, Nestorio aprovechándose del inmenso concurso de fieles reunidos para festejar el parto de la Virgen- Madre, pronunció desde la silla episcopal esta blasfemia: "María no ha dado a luz a Dios; su hijo no era sino un hombre instrumento de la divinidad."

DEFENSA DE LA FE

A estas palabras un estremecimiento de horror conmovió a las multitudes; intérpretes de la indignación general, el escolástico Eusebio, simple laico, se levantó de en medio de la concurrencia y protestó contra la impiedad. En seguida una protesta más explícita fué dirigida en nombre de los miembros de esta Iglesia desolada y extendida por medio de numerosos ejemplares, declarando anatema al que osase decir: "Uno es el Hijo único del Padre y otro distinto el de la Virgen María." Actitud generosa que fué entonces la salvaguarda de Bizancio y le valió el elogio de los Concilios y de los Papas. Cuando el pastor se muda en lobo, toca desde luego al rebaño el defenderse. Por regla, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel y los súbditos no deben juzgar a sus jefes en su fe. Más hay en el tesoro de la revelación ciertos puntos esenciales de los que,  todo cristiano, por el hecho mismo de llevar tal título, tiene el conocimiento necesario y la obligación de guardarlos. El principio no cambia, ya se trate de ciencia o de conducta, de moral o de dogma. Traiciones semejantes a la de Nestorio, son raras en la Iglesia; pero puede suceder que los pastores permanezcan en silencio, por tal o tal causa, en ciertas circunstancias en que la religión se vería comprometida. Los verdaderos fieles son aquellos hombres, que, en tales ocasiones, sacan de su solo bautismo, la inspiración de una línea de conducta; no los pusilánimes que bajo pretexto engañoso de sumisión a los poderes establecidos, esperan, para correr contra el enemigo u oponerse a sus proyectos, un programa que no es necesario y que no se les debe dar.

ROMA Y ALEJANDRÍA

Sin embargo, la emoción producida por las blasfemias de Nestorio, agitaba a todo el Oriente y llegó en seguida a Alejandría. La sede fundada por Marcos en nombre de Pedro, y honrada con el honor de segunda sede por voluntad del jefe de las Iglesias, estaba entonces ocupada por Cirilo, La concordia entre Atanasio y los Pontífices romanos había vencido en el siglo anterior al arrianismo, y ahora la unión de Alejandría y Roma debía de nuevo aplastar la herejía. Por eso el enemigo instruido por la experiencia, se había adelantado con una previsión infernal; el día en que el futuro defensor de la Madre de Dios, subía sobre la silla de San Atanasio, aquella alianza tan temible para el demonio, no existía ya. Teófilo, el último Patriarca, autor principal de la condenación de S. Juan Crisóstomo en el conciliábulo de Chéne, había rehusado hasta el fin, subscribir la rehabilitación de su víctima por la sede Apostólica, y Roma había tenido que romper con su antigua hija. Cirilo era sobrino de Teófilo; no conocía nada de los vergonzosos móviles de su tío en este triste asunto; acostumbrado desde su niñez a venerar en él a su legítimo superior, así como a su bienhechor y maestro en la ciencia sagrada, Cirilo, una vez hecho patriarca no pensó en cambiar un ápice las decisiones de aquel a quien él miraba como a padre. Alejandría permaneció separada de la Iglesia Romana. Verdaderamente de un modo semejante a la serpiente, cuya baba envenena todo cuanto toca, Satanás había puesto a favor suyo, los más nobles sentimientos, para llevarlos él, a su vez, contra Dios. Pero nuestra Señora amante de los corazones rectos, no abandonó a su caballero. Al fin de algunos años durante los cuales aprendió el joven Patriarca a conocer a los hombres, un santo monje, Isidoro de Pelusa abrió plenamente sus ojos a la luz; Cirilo, convencido no dudó de restablecer en los dípticos sagrados, el nombre de S. Juan Crisóstomo. La trama urdida por el infierno se había desvanecido: Roma encontraba en los bordes del Nilo un nuevo Atanasio, para las nuevas luchas de la fe que iban a surgir en Oriente.

LA FE DE LOS MONJES

Conducido Cirilo por un monje a los senderos de la santa unidad profesó a los solitarios un afecto semejante a aquel con que les había rodeado su ilustre predecesor. Los escogió por confidentes de sus angustias al primer rumor de las impiedades nestorianas. En una carta que se ha hecho célebre, trata sobre todo de alumbrar su fe contra los peligros que amenazan a la Iglesia: "Porque, les dice, los que han abrazado por Cristo una vida tan envidiable, como es la vuestra, deben sobre todo brillar por el fulgor de una fe sin equívoco y sin disminución, y unir a esta fe la virtud; hecho esto, deben poner su mayor cuidado en desenvolver en ellos el conocimiento más perfecto del misterio de Cristo, tendiendo con todas sus fuerzas a adquirir el conocimiento más perfecto de El. Así comprendo yo, dice el santo Doctor, la consecución del varón perfecto de que habla el Apóstol' la manera de llegar a la medida de Cristo y a su plenitud".

EL LIBERALISMO

El patriarca de Alejandría no debía contentarse en explayar su alma en aquellos de cuyo asentimiento estaba asegurado de antemano. Por cartas en las que la mansedumbre del Obispo no es inferior más que a la energía y a la amplitud de su exposición doctrinal, Cirilo trató de atraer a Nestorio. Pero el sectario se obstinaba; a falta de argumentos se quejaba de la ingerencia del patriarca. Como siempre en semejantes circunstancias, se hallaron hombres buenos que, sin compartir su error, creyeron que, lo mejor hubiera sido en efecto, no responderle, por temor de irritarle, de aumentar el escándalo, de herir en una palabra la caridad. A estos hombres cuya virtud singular tenía la propiedad de asustarse menos de los herejes, que de la confesión de la fe cristiana, a estos partidarios de la paz, respondía Cirilo: "Pues que, Nestorio se atreve a decir en presencia de la asamblea de los fieles: ¡Anatema a quien nombre a María Madre de Dios!, por boca de sus partidarios, nos anatematiza a nosotros, todos los Obispos del universo, y a los antiguos Padres que en todo tiempo han reconocido y honrado unánimemente a la Madre de Dios. Y no va a estar en nuestro derecho volverle la palabra y de decirle: Si alguno niega, que María es Madre de Dios, sea anatema. Con todo eso, esta palabra, por respeto a él, aún no la he pronunciado".

EL MIEDO

Otros hombres que son también de todos los tiempos, descubrían el verdadero motivo de sus dudas cuando valorando muy elevadamente las ventajas de la concordia y su antigua amistad con Nestorio, recordaban tímidamente el crédito de éste, y el peligro que podía correrse en contradecir a un adversario tan poderoso. A estos respondió Cirilo: ¡Qué no puedo yo aun perdiendo todos mis bienes, satisfacer al Obispo de Constantinopla calmar la amargura de mi hermano! Pues es de la fe, de la que aquí se trata; el escándalo cunde por todas las iglesias, cada uno se informa con este motivo de la nueva doctrina. Si yo, que he recibido de Dios la misión de enseñar, no llevo el remedio a tan grandes males, ¿habría en el día del juicio llamas suficientes para mí? La calumnia y la injuria no me han faltado; todo eso lo olvido: que sólo la fe quede salva; y no permitiré que nadie me aventaje en el amor a Nestorio. Pero si, por causa de algunos, la fe sufre, que no se dude: no perderé mi alma aunque la muerte se cierna sobre mi cabeza. Si el temor del desprecio puede en mi más que el celo de la gloria de Dios, y me hace callar la verdad, con qué cara podré celebrar en presencia del pueblo cristiano a los santos mártires, cuando su elogio, es únicamente el cumplimiento de esta palabra: por la verdad, combates hasta la muerte".

LUCHA ENÉRGICA

Cuando al fin la lucha se hizo inevitable, organizó la milicia santa que había de combatir con él, llamando a su lugar a Obispos y monjes, y entonces Cirilo no retiene el entusiasmo sagrado que le anima: "En cuanto a mí, dice a sus clérigos, que residen en la ciudad imperial, sufrir, vivir y morir por la fe de Jesucristo es mi más ardiente deseo. Como está escrito: No daré sueño a mis ojos, ni a mis párpados descanso, ni a mi cabeza reposo'", hasta que no haya llevado a cabo el combate necesario para la salvación de todos. Por lo cual, bien penetrado de nuestro pensamiento, obrad virilmente; velad sobre el enemigo, informaos de sus menores movimientos. Desde el primer día os enviaré hombres piadosos y prudentes, obispos y monjes escogidos entre todos; ahora preparo mis cartas como se necesita y conviene. He resuelto trabajar sin tregua y soportar toda clase de tormentos, aún los más terribles por la fe de Cristo, hasta que me toque padecer la muerte que será dulce por tal causa.

VIDA

San Cirilo, siendo aún joven fué hecho Obispo de Alejandría en el 412. Inflamado del celo por la salvación de las almas, trabajó por guardar pura de todo error la fe de su redil. Con un ardor y una ciencia admirable defendió contra Nestorio el dogma de la Maternidad divina y siendo legado en el concilio de Efeso, (431) confundió y condenó al hereje. Murió en el 434. León XIII le ha declarado doctor de la Iglesia universal.

MATERNIDAD DIVINA E INMACULADA CONCEPCIÓN

¡Oh Santo Pontífice!, los cielos se regocijan y la tierra salta de gozo al recuerdo del combate con que la reina del cielo triunfó por tu medio de la antigua serpiente. Oriente te honró siempre como a su luz. Occidente honraba en ti desde ha mucho tiempo al defensor de la Madre de Dios; y he aquí que la solemne mención que consagraba su memoria en los fastos de los santos, no es suficiente hoy a su reconocimiento. Una nueva flor, en efecto, ha aparecido en la corona de María nuestra reina; y esta flor radiante salió del suelo mismo que tú rociaste con tus sudores. Proclamando en nombre de Pedro y de Celestino la Maternidad divina, preparaste a nuestra señora otro triunfo, consecuencia del primero: La Madre de Dios no podía menos de ser Inmaculada. Pío IX, al definirlo no ha hecho sino completar la obra de Celestino y la tuya; por esto las fechas 22 de julio de 431 y 8 de Diciembre de 1854 resplandecen con el mismo fulgor en el cielo así como han derramado sobre la tierra las mismas manifestaciones de alegría y de amor.

DOCTOR DE LA IGLESIA

La Inmaculada embalsama el mundo con sus perfumes, por eso, después de 14 siglos la Iglesia Católica se vuelve hacia ti, oh Cirilo; y juzgando que tu obra está ya acabada, te proclama doctor, no permitiendo que en adelante falte nada a los honores que la tierra te debe. Así, oh pontífice amado del siglo, el culto que se te da, se completa con el de la Madre de Dios; tu glorificación no es otra cosa que una nueva extensión de la gloria de María. Feliz de ti, ya que ningún título más ilustre podía obtener un acercamiento semejante entre la soberana del mundo y su caballero.

PLEGARIA A LA MADRE DE DIOS

Comprendiendo, pues, que la mejor manera de honrarte, oh Cirilo, es exaltar a Aquella cuya gloria ha llegado a ser la tuya, recogemos los acentos inflamados, que el Espíritu Santo te inspiró para cantar sus grandezas el día siguiente al triunfo de Efeso: "Te saludamos ¡oh María, Madre de Dios! como la joya resplandeciente del universo, lámpara que no se extingue, corona de la virginidad, cetro de la Ortodoxia, templo indestructible y lugar en que se encierra la inmensidad, Madre y Virgen, por quien nos es presentado el bendito de los Evangelios, que viene en nombre del Señor. Salve, oh Virgen cuyo seno virginal y siempre puro, ha llevado al que es infinito, por quien es glorificada la Trinidad, por quien es honrada y adorada la Cruz preciosa en toda la tierra; alegría del cielo, serenidad de los arcángeles y ángeles, que ahuyentas a los demonios, por Ti el tentador es arrojado del cielo mientras que por Ti la criatura caída se levanta hasta los cielos. La locura de los ídolos dominaba al mundo, y tú abriste sus ojos a la verdad; a Ti deben los creyentes el santo bautismo, a Ti el óleo de la alegría; Tú fundas las iglesias en toda la tierra y conduces a las naciones a la penitencia. ¿Qué más diré? Por ti ha brillado el Hijo de Dios como la luz de los que yacían en las tinieblas y en la sombra de la muerte; por Ti los profetas han vaticinado el futuro, los Apóstoles han anunciado la salvación a las naciones; los muertos resucitan y reinan los reyes por la santa Trinidad. ¿Qué hombre podrá jamás celebrar a  María, digna de toda alabanza, de una manera conforme a su dignidad?".
  fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

viernes, 26 de junio de 2026

S A N T O R A L

SAN PELAYO, MARTIR

Mala época empezó para España cristiana con la pérdida de la batalla del Guadalete. Los árabes, esos hijos del desierto, como aluvión, la cubrieron por completo. Todo desapareció a su paso: monarquía, sociedad, instituciones, leyes, fortunas..., sólo quedó en pie la Iglesia. Sus califas fundaron un imperio brillante, edificaron ciudades suntuosas, levantaron palacios magníficos y mezquitas que rivalizaron con las de Damasco, Babilonia y Jerusalén. Más trajeron también sus vicios y fanatismo.
Pasados los primeros tiempos de desconcierto, los españoles, refugiados en las montañas del norte de la Península y gracias a su fe cristiana —esencialmente espiritualista en contraposición a la sensualista de los mahometanos—, empezaron a sacudir el yugo del invasor y a reconquistar, palmo a palmo, todo el terreno, en una cruzada heroica que había de durar ocho siglos.
¡Cuántos combates, cuántas guerras, cuántas lágrimas y cuántas ruinas habría de costar hasta arrojar el moro a África!
Precisamente en los primeros años de siglo X los Reyes de León y Navarra, en su empeño de ir desalojando al árabe de sus posiciones, se atrevieron a desafiar al inmenso poderío del Califa de Córdoba, Abderrahmán III. Pero fueron derrotados, y bastantes de sus soldados y de su séquito cautivos y llevados a Córdoba. Entre estos se encontró Hermogio, obispo de Túy, cuya sustitución por un sobrino suyo llamado Pelayo, niño de 10 años, fué consentida por el Califa. La cárcel, las cadenas y el látigo le esperaban allí, pero también la firmeza en la fe y el amor a la castidad, que había aprendido en su hermosa tierra, y que los clérigos con cautivos afianzaron.


Cinco años pasó cumpliendo penosos y viles trabajos, hasta que un día el sensual Califa puso los ojos en su belleza para nombrarle su copero y agruparle a la muchedumbre de efebos que eran objeto de sus infames pasiones. Presentado al Califa cordobés, le dijo éste: "Niño, grandes honores te aguardan; ya ves mi riqueza y mi poder: pues una gran parte de todo ello será para ti. Tendrás oro, plata, vestidos, alhajas, caballos. Pero es preciso que te hagas musulmán, como yo, porque he oído que eres cristiano, y que empiezas ya a discutir en defensa de tu religión". Con serenidad y energía contestó el muchacho; Si, oh rey, soy cristiano; lo he sido y lo seré. Todas tus riquezas no valen nada. "Es posible que Abderrahmán no comprendiera toda la decisión que había en esta respuesta; la gracia del muchacho y el encanto de su voz le cegaban. Llevado de su instinto brutal se adelantó hacia él y le tocó la túnica con las manos. Lleno de ira, el santo adolescente retrocedió diciendo; "¡Atrás, perro!" ¿Crees acaso que soy como esos jóvenes que te acompañan?" Y al mismo tiempo hizo añicos su túnica de seda.
"Llevadle de aquí, dijo el príncipe, y educadle mejor, si podéis; de lo contrario, ya sabéis lo que merece." Vinieron después los ruegos y las amenazas, pero nada pudo vencer el amor heroico del mártir. Pelayo decía sin cesar: "Señor líbrate de las garras de mis enemigos." Colocado en una máquina de guerra, fué lanzado desde un patio del alcázar hasta el lado opuesto del río, y, como todavía diese muestras de vida, un negro de la guardia le segó la cabeza. Recogidas sus reliquias por los cristianos, fueron llevadas a Oviedo y puestas en un arca por Fernando I, que entregó a un monasterio de benedictinas, que todavía subsiste.

SÚPLICA POR ESPAÑA

Oh Pelayo, ¡cuán grande es tu gloria en el cielo! Con Justo y Pastor, con Dominguito del Val, con Eulalia y Julia y con Flora formas un manojito de encendidos claveles y de blancas azucenas digno de presentarse al Rey de la gloria. Ni la brillante corte del Califa de Córdoba, ni sus deslumbrantes promesas engañaron tus ojos. Preferiste a esos engañosos y caducos placeres la incomparable gloria prometida por Jesucristo a los que dan su vida por él. Acuérdate de pedir por España, libre ya de musulmanes pero no de marxistas, para que conserve su fe. Sobre todo ruega por la juventud, cuya fe trata de pervertirse con doctrinas de perversas filosofías, y cuya castidad se encuentra amenazada por un sensualismo pagano.
  fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

jueves, 25 de junio de 2026

S A N T O R A L

SAN GUILLERMO, ABAD



En la Octava de San Juan aparecerán numerosos mártires. Juan y Pablo, Ireneo y los dos príncipes de los Apóstoles confirmarán también con su sangre el testimonio de aquel que manifestó la venida al mundo del Dios desde tanto tiempo esperado. ¿Dónde hallar nombres mas ilustres en miras de la grandeza humana, de la ciencia sagrada y de la jerarquía santa?


LOS MONJES, TESTIGOS DE CRISTO

Mas no Sólo el Emmanuel hace resplandecer el poder de su gracia y la fuerza victoriosa de los ejemplos dados por su Precursor al mundo, en la gloria incomparable del martirio. Hoy se ofrece a nuestros homenajes precisamente uno de los innumerables atletas en la penitencia que siguieron a Juan en el desierto; huyendo, como él, desde la niñez, de una sociedad en la que su alma presentía no habría de encontrar más que tropezones y peligros, consagrando su vida al triunfo completo de Cristo en sí mismos sobre la triple concupiscencia, dan testimonio del Señor por medio de sus obras, ocultas al mundo, pero que alegran a los ángeles y hacen temblar al infierno.
Guillermo fué uno de los jefes de esta santa milicia. La Orden de Montevérgine, fundada por él, ha sido benemérita para la Orden monástica y para la Iglesia en las regiones de Italia meridional, en que Dios quiso, repetidas veces, oponer, a modo de dique, al desvarío de los sentidos el espectáculo de las más austeras virtudes.

MISIÓN DE SAN GUILLERMO

Personalmente y por medio de sus discípulos, Guillermo tuvo como misión infundir en el reino de Sicilia, que se estaba fundando entonces, la santidad que todo pueblo cristiano reclama en su base. Lo mismo en el Mediodía como en el Norte de Europa, la raza normanda acababa de ser providencialmente llamada a promover el reino de Jesucristo. Era cuando Bizancio, incapaz de sostener sus últimas posesiones de Occidente contra la invasión sarracena, pretendía retener las iglesias de estas comarcas en los lazos del cisma, en los que las había encadenado poco hacía, la intrigante ambición de Miguel Cerulario. La Media Luna se había visto obligada a retroceder ante los hijos de Tancredo de Hauteville; y la diplomacia griega fracasó a su vez ante la ruda simplicidad de estos hombres que aprendieron en seguida a no oponer a las argucias bizantinas otro argumento que el de su espada. El papado, vacilante al principio, comprendió pronto qué ayuda le podían prestar los recién llegados en las luchas feudales que se agitaban a su alrededor desde hacía dos siglos, y preparaban la larga lucha del Sacerdocio y del Imperio.
El Espíritu Santo era el que, como siempre, a partir de Pentecostés, regía ahora los acontecimientos para el mayor bien de la Iglesia. El inspiraba a los Normandos asegurar sus conquistas en la firmeza de la Piedra apostólica, reconociéndose vasallos de la Santa Sede. Pero al mismo tiempo, para recompensar la fidelidad de los comienzos, para hacerlos más dignos de la misión que habría aumentado su honor y fuerza, si hubiesen seguido comprendiéndola, ponía a su disposición hombres santos. Rogerio I vió a San Bruno rogar por su pueblo en las soledades de Calabria y salvarle milagrosamente a él mismo de los lazos tendidos por la traición; Rogerio II tuvo el ejemplo y las exhortaciones del fundador de Montevérgine para volver a los caminos de la justicia, de los que se apartaba con frecuencia.

VIDA

Guillermo nació en Vercelli en 1085. Huérfano a los pocos años, realizó varias peregrinaciones y se retiró después, en 1108 al monte Solicoli, donde llevó una vida penitente durante un año. Habiendo sido descubierto por un milagro, huyó y fué a vivir a Campania, en el monte llamado Virgiliano en recuerdo de Virgilio y que recibirá más tarde el nombre de Montevérgine en honor de la Santísima Virgen. Pronto se le unieron varios discípulos y todos juntos comenzaron a vivir la vida monástica. Guillermo fundó muchos monasterios y fué consejero de Rogerio II, rey de Nápoles. Murió en 1142 en el Monasterio de San Salvador, y Pío VI, en 1785, extendió su culto a toda la Iglesia. Como no dejó escritas Constituciones, su tercer sucesor adoptó en 1157 la Regla benedictina. En 1879, como la orden estuviese a punto de desaparecer, fué unida a la Congregación Benedictina de Subíaco.

PODER DE LA VIDA MONÁSTICA

Imitando a Juan, oh Guillermo, comprendiste las delicias del desierto, y Dios quiso enseñar por tu mediación la utilidad de ese vivir, que, en su huida del mundo, parece desinteresarse de las preocupaciones humanas. El desapego completo de los sentidos, dejando libre al alma, la acerca al Ser supremo; la soledad, apagando los ruidos de la tierra, deja oír la voz del Creador. De este modo, el hombre, ilustrado por el Autor mismo del mundo sobre los grandes intereses puestos en juego en su obra, se hace un instrumento tan poderoso como dócil para el alcance de estos intereses, que no son otros sino los de la criatura misma y los de las naciones.
Resultado de imagen para SAN GUILLERMO, ABAD
Así fuiste tú, oh ilustre santo, protector de un pueblo grande, que halló en tu palabra la regla de la justicia, en tus ejemplos el estímulo de las más bellas virtudes, en tu rigurosa penitencia una reparación a Dios por los extravíos de sus reyes. Para este pueblo naciente, en quien las victorias de sus armas excitaban la violencia e ímpetu de las pasiones, también la multitud de milagros que acompañaban a tus exhortaciones, tenían su elocuencia; así lo atestiguan aquel lobo que, después de devorar al asno del monasterio, fué condenado a sustituirle en su humilde servicio, y aquella infeliz pecadora que, el día en que te acostaste en un lecho de fuego desafiando el furor de las llamas, dejó su vida criminal y fué conducida por ti a la santidad.

Plegaria por Italia

Muchas guerras han sobrevenido desde entonces a este país en el que padeciste y oraste, enseñándonos la poca firmeza el tiempo de aquellos reinos y gobiernos que no buscan ante todo y sobre todo el reino de Dios y su justicia. A pesar de la mucha frecuencia con que se han olvidado tus enseñanzas y ejemplos después que dejaste la tierra, protege al país en que Dios te concedió tan grandes gracias, y se dignó confiarlo a tu intercesión poderosa. Aún permanece la fe viva en estos pueblos; consérvala, a pesar de los esfuerzos de sus enemigos; hazla producir frutos en el campo de las virtudes.Nuestra Señora, de quien tan benemérito eres, está pronta a secundar tus esfuerzos: desde el santuario cuyo nombre ha prevalecido al recuerdo del poeta que, sin saberlo, cantó sus grandezas', sonreirá siempre a las muchedumbres que cada año suben a la santa montaña, celebrando el triunfo de su virginidad; y a nosotros, que solamente con el corazón podemos realizar esta sagrada peregrinación, nos agradecerá el deseo y homenaje que le presentamos por tus manos.
fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer