sábado, 19 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

Nuestra Señora de La Salette

La Salette y Fátima

Dos eslabones del gran anuncio del reinado de María

A la izquierda: Santuario de Fátima, Fátima (Portugal); 
a la derecha: Santuario de La Salette, Grenoble (Francia)
«Vengan, hijos míos, no tengan miedo, estoy aquí para entregarles una gran comunicación», con estas palabras la Madre de Dios convocó a dos pequeños pastores de los Alpes franceses, para transmitir al mundo un mensaje que años después con mayor instancia repetiría en Fátima.
Luis Dufaur
La Santísima Virgen se apareció muchas veces en lugares y épocas diferentes. Obró milagros, instó a la reforma de las costumbres, advirtió contra peligros diversos, sembrando siempre su amor maternal hasta en la hora de los más graves avisos.
Ahora bien, en la aparición a Santa Catalina Labouré, en la rue du Bac, en París, Nuestra Señora inició una serie concatenada de manifestaciones. Sí, las apariciones de la rue du Bac (1830), de La Salette (1846), Lourdes (1858) y finalmente Fátima (1917) forman un mismo cuadro. No pueden ser vistas como si no tuviesen nada que ver una con la otra.
María Santísima actúa como una madre que, cuando sus hijos no andan más por el camino del bien, multiplica avisos y señales de amor con una insistencia conmovedora. Y un hijo que escucha a su madre comprende que lo que Ella le dice hoy se suma a lo que le dijo ayer y antes de ayer.
En la rue du Bac, la Santísima Virgen le mostró a Santa Catalina Labouré que el mundo andaba por la vía de la perdición, le anunció una horrible revolución de carácter comunista: la sanguinaria Comuna de París de 1870. Pero al mismo tiempo le dio una señal de predilección y de victoria para que el mundo se corrija: la Medalla Milagrosa. Por medio de ella, Nuestra Señora nos concede gracias y favores inconmensurables. Pero, el mundo... ¡no se puede decir que haya mejorado como Ella quería!
Melania Calvat 
Dieciséis años después, la Santísima Virgen apareció en La Salette, Francia. Allí habló más minuciosamente, como una madre que ve al hijo prestando poca atención al mal que se abate sobre él y quiere hacerle recuperar el juicio. Son palabras de una madre cariñosa, pero tan impresionantes que Ella misma pidió que sólo fueran reveladas doce años después. Exactamente en 1858. ¿Por qué en 1858? En ese momento nadie lo sabía. Ella lo sabía.
El 11 de febrero de 1858, María Santísima apareció en Lourdes a Santa Bernardita Soubirous y abrió en la famosa gruta un torrente de gracias y milagros que hasta hoy atrae a las multitudes. Durante las visiones, Santa Bernardita repetía las palabras que oía de la Virgen: “Penitencia, penitencia, penitencia”.
No obstante, la humanidad siguió por el camino que siguió. No hizo penitencia.
La Santísima Virgen insistió una vez más en Fátima. Anunció con breves palabras, tal vez las postreras, el castigo en que el mundo incurriría si, finalmente, no hiciera la penitencia debida. Pero, para darnos ánimo, profetizó el triunfo de su Inmaculado Corazón, después de tremendas puniciones.
En La Salette y Fátima, la misma Madre de Dios y nuestra habló de las mismas cosas. Fátima sólo se entiende bien a la luz de La Salette, y La Salette se comprende enteramente a la luz Fátima. Un mismo mensaje de una misma Reina y Madre para un mismo hijo descarriado. En todas sus manifestaciones, comunicando fuerzas e instrumentos sobrenaturales para corregirse, hacer penitencia y apartar la justa punición de Dios. Pero en todas repitiendo la misma verdad: Dios está airado con los pecados del mundo. Si la humanidad no se corrige, vendrán grandes castigos.
En La Salette la Santísima Virgen habló ampliamente. En Fátima habló de modo conciso, como una madre que advierte a un hijo desobediente que, después de este aviso, no habrá más prórrogas.

Los dos pastorcitos de La Salette

Maximino Giraud 
En la mañana del 19 de setiembre de 1846, la pastorcita Melania Calvat, de 14 años de edad, conducía las vacas de su patrón a pastar en las colinas de La Salette, en la región de Grenoble, en los contrafuertes de los Alpes franceses. Un niño de 11 años, a quien no conocía, insistió en acompañarla.
Era Maximino Giraud, así como ella, pastorcito al servicio de un vecino. Melania aceptó. Ninguno de los dos podía imaginar el evento sobrenatural del que serían testigos en aquel día providencial. Melania gustaba de la soledad, del silencio y de la oración.
Maximino era ingenuo y locuaz. Pronto comenzó a pedir a Melania que le enseñara un juego. Ella le propuso su entretenimiento preferido: hacer un “paraíso”, es decir, una casita de piedras cubierta con manojos de flores silvestres.
Después de mucho esfuerzo en aquella construcción, ambos tuvieron hambre y sueño. Comieron un refrigerio frugal, se recostaron sobre el pasto y durmieron.

Aparición de la Virgen llorando

Resultado de imagen para la saletteCuando despertaron, tuvieron una sorpresa: una luz más brillante que el sol posaba sobre el paraíso que habían construido. Maximino empuñó su cayado y le garantizó a Melania que, si la luz fuese mala, él la defendería.
Se aproximaron del foco luminoso. En el centro de éste había otra luz aún más brillante, que se movía. Era una Señora coronada de flores, cuya celestial expresión Melania describió con palabras inspiradas. Sentada sobre el paraíso, la Señora lloraba con el rostro entre las manos. Era la Santísima Virgen, hoy conocida bajo la advocación de Nuestra Señora de La Salette. Mirando hacia los niños, se levantó y dijo: “Vengan, hijos míos, no tengan miedo, estoy aquí para entregarles una gran comunicación”.

Vinculación profunda entre La Salette, Lourdes y Fátima

Les comunicó entonces un mensaje para ser divulgado y un secreto para ser revelado en 1858, año en que Nuestra Señora aparecería en Lourdes, inaugurando una era de gracias que dura hasta la actualidad.
De hecho, estas dos manifestaciones de la Madre de Dios constituyen una sola. En La Salette, la Virgen anunció el futuro del mundo hasta el fin de los tiempos y los castigos universales que penden sobre la humanidad impenitente.
En Lourdes, dio inicio a un diluvio de gracias para erguir a esa misma humanidad y darle fuerzas y estímulos para apartarse del mal y de la Revolución. El nexo profundo entre Lourdes y La Salette incluye a Fátima que, absolutamente hablando, es la coronación de estas irrupciones extraordinarias de la Reina del Cielo en la historia humana. En ese sentido, el 13 de mayo del 2007 en Aparecida, el Papa Benedicto XVI afirmó que Fátima “es sin duda, la más profética de las apariciones modernas”.

Gran interés y conmoción en el clero y en el pueblo

Melania y Maximino corrieron de vuelta a las casas de sus patrones y contaron después todo lo sucedido al párroco. Éste, oyéndolos, se conmovió hasta las lágrimas e hizo un sermón durante la Misa, que impresionó vivamente a la feligresía. El obispo local, Mons. Philibert de Bruillard, de Grenoble, leyendo un sencillo relato de los hechos, cayó en lágrimas.
La noticia se esparció como reguero de pólvora. Y no debe sorprendernos, pues Francia estaba entonces dividida religiosa y políticamente. De un lado estaban los católicos llamados liberales y “sociales”, precursores del progresismo que hoy devasta la Iglesia, conjurados con los continuadores del igualitarismo libertino y anticatólico de la Revolución Francesa; esos católicos liberales se sintieron alcanzados y denunciados por el mensaje en lo que tenían de más interno. De otro lado, los católicos auténticos, defensores de todas las formas de legitimidad, al leer el mensaje de La Salette, tuvieron una confirmación de todo lo que la fe y la fidelidad a la Iglesia les inspiraba. Los sucesivos gobiernos de la época —monarquía ilegítima de Luis Felipe, segunda y tercera Repúblicas, así como el imperio de Napoleón III— eran considerados con horror por los mejores representantes del catolicismo francés. Tales gobiernos no ocultaron su odio contra La Salette. Sobre todo Napoleón III, cuyo falso juego quedaba desvendado en La Salette.
Así, el mensaje de la Santísima Virgen incidió en la carne viva de los problemas religiosos, políticos y ideológicos de Francia. Con pequeñas variaciones, esos problemas eran los mismos en todo el mundo católico occidental de aquella época. Enemigos velados de La Salette, aventureros, falsos místicos, políticos interesados pusieron en circulación versiones distorsionadas del mensaje y hasta adulteradas, para justificar posiciones políticas previamente adoptadas o simplemente para desmoralizar las palabras de Nuestra Señora.
Independiente de aquella polémica, las peregrinaciones no dejaron de crecer y se constataron los primeros milagros en el lugar.
 Fuente:http://www.fatima.org.pe/articulo-372-la-salette-y-fatima-dos-eslabones-del-gran-anuncio-del-reinado-de-maria

S A N T O R A L


SAN GENARO, OBISPO Y MÁRTIR


Fué san Genaro -ó Jenaro ó Januario- obispo de la ciudad de Benevento, que es en el reino de Nápoles: y como en la persecución de Diocleciano y Maximiano, estuviese preso un santo confesor, llamado Sofio, y san Genaro le visitase en la cárcel, para consolarle y animarle al martirio; Timoteo, presidente, le mandó prender y traer delante de sí, y procuró pervertirle y atraerle con muchas palabras y razones á la adoración de sus falsos dioses. Pero entendiendo que perdía el tiempo, hizo encender un horno por espacio de tres días, y echar en él á san Genaro; más guardóle el Señor, de manera, que salió del horno, sin que la llama le hubiese hecho daño en la ropa, ni en un pelo de la cabeza. Encendióse más el tirano, viendo que las llamas le habían perdonado, al que él deseaba acabar: mandóle atormentar tan cruelmente, que todos los miembros del santo mártir fueron descoyuntados. Vinieron á visitarle Festo, diácono, y Desiderio, lector: y siendo conocidos por cristianos, fueron presos y llevados con su obispo san Genaro, cargados de hierros y cadenas, delante del coche del presidente á la ciudad de Puzol. Allí fueron echados en la misma cárcel, donde estaban presos Sofio, diácono de la ciudad de Misena, y Próculo diácono de Puzol, y dos legos, llamados Eutiques y Acucio:los cuales todos habían sido condenados á ser despedazados de las bestias fieras, y estaban aguardando la ejecución de su sentencia.


Al día siguiente todos siete fueron echados á las fieras: las cuales, olvidándose de su natural ferocidad, se derribaron á los pies de san Genaro, y de sus santos compañeros, como unas ovejas mansas.El presidente, atribuyendo este milagro del Señor á hechizos y arte mágica, dio sentencia contra ellos, y mandólos degollar; pero luego perdió la vista, y por la oración de san Genaro la recobró, y con este milagro se convirtieron casi cinco mil personas. No bastó el beneficio que había recibido el inicuo juez, para aplacar su furia, y conocer la mano poderosa de Dios, que obraba en sus santos; antes viendo la conversión de tanta gente, y temiendo la ira de los emperadores, pronunció sentencia de muerte contra los santos mártires. Lleváronlos al lugar del martirio, y cortáronles las cabezas. Sus santos cuerpos fueron llevados á diversas partes: el de san Genaro, habiendo estado primero en Benevento-, y después en el monasterio llamado Monte de la Virgen, fué trasladado á Nápoles en tiempo del papa Alejandro VI, y puesto en la iglesia catedral, donde es reverenciado con grande devoción y veneración de toda aquella ciudad, que le tiene por patrón, y recibe de su mano grandes y continuos beneficios.https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi0KJg5tpnjp1A3AiPWFo7StninV30IVyE8yT5T6UchiqUnrDAjuQpFOPLj5TRH1oPJFL4VQq0sZGaxNuShjjbDloH-JIhdk8pKwaqu0gP09T6wHM8qO5zn6ga75ThCaNHbI3Twafl4LsU/s1600/San+genaro.jpgDos milagros entre otros ha obrado nuestro Señor por los merecimientos de san Genaro.El primero es, haber librado la ciudad y reino de Nápoles del incendio del Vesubio, que ahora se llama el monte de Soma: el cual es un volcán, no lejos de Nápoles, que echa fuego; y algunas veces sale con tanta abundancia el fuego, que parece que ha de consumir y abrasar todas aquellas provincias, como sucedió en tiempo del emperador Tito; y en aquel incendio murió Plinio II, por haberse llegado por curiosidad á verle más cerca de lo que debiera. Pero otra vez fué tan espantoso y horrible el incendio que salió de este monte, que parecía que toda Europa se había de convertir en ceniza; porque arrojó tanta y tan menuda, que llegó hasta Constantinopla, y cesó por las oraciones de san Genaro: y los griegos le instituyeron fiesta, y cada año hacen dos veces procesión solemne, haciendo gracias á Dios, por haberlos librado de aquel peligro, y suplicándole que para adelante los librase. Con esta ocasión creció la devoción de san Genaro en la gente que venía á visitar sus sagradas reliquias, y fundáronle muchas iglesias en diversas partes. El otro milagro es perpetuo, y que hasta hoy dura. Tienen en Nápoles la sagrada cabeza de san Genaro, y aparte una ampolla de vidrio, llena de la sangre cuajada del mismo santo; y en juntándola con la cabeza, ó poniéndola delante de ella, comienza luego la sangre á deshelarse y derretirse, y hacerse líquida, como si se acabara de verter: y este milagro yo lo he visto algunas veces, y tiene á todo el mundo por testigo. El martirio de san Genaro fué á los 19 de setiembre, el año del Señor de 305, imperando los sobredichos Diocleciano y Maximiano.
El papa Sixto V, el primer año de su pontificado, que fué el de 1585, en 27 días de enero mandó que se rezase de san Genaro, como de santo simple: y después el papa Gregorio XIV, ordenó que se guardase su fiesta en la ciudad y reino de Nápoles, y que se le rezase el oficio doble, y en el resto de la cristiandad semidoble. Escribió el martirio de san Genaro y de sus santos compañeros, Juan, diácono, y le refiere Surio en el quinto tomo, y hacen mención de él los Martirologios, romano, el de Reda, Usuardo, Adon, y otros autores latinos y griegos que escriben vidas de santos.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

LA SANGRE DE SAN GENARO

También San Genaro derramó su sangre por Cristo. Pero esta sangre continúa dando su testimonio y a su manera pública en voz alta lo fácil que será para Dios devolver la vida a sus elegidos en el último día. En Nápoles, tres veces al año, se expone la cabeza del santo Obispo. Delante del relicario se pone la sangre: una sustancia dura, oscura, encerrada en dos ampollas de cristal. A veces, esta sustancia disminuye o aumenta de volumen, sin que lo motive la temperatura del momento. Pero con muchísima frecuencia sucede que esta sangre se hace líquida y se manifiesta en estado de ebullición. La reliquia, dicen los historiadores, es de una autenticidad muy dudosa; mas al fenómeno no se le ha dado aún explicación natural. No parece exagerado, por tanto, que empleemos la palabra "milagro" para; poderlo explicar. "Dios, dice el Cardenal Schuster, quiere demostrar a su pueblo de Nápoles que la sangre del patrón de la ciudad está siempre viva y roja ante el Señor, porque en la eternidad y en Dios no hay pasado, sino que todo está presente y todo vive ante Él. El martirio del glorioso Obispo no cesa de proteger a la bella ciudad napolitana, rica por el ingenio de sus hijos y por las virtudes magnificas de sus Santos."

PLEGARIA

Busto-reliquiario de San Genaro

Santos Mártires y tú, sobre todo, Genaro, que fuiste su jefe por la valentía y por la dignidad del pontificado, vuestra gloria actual aumenta nuestro deseo del cielo; vuestras luchas pasadas nos animan en el combate de la vida; vuestros milagros siempre perennes nos confirman en la fe. También os debemos loor y agradecimiento en este día de triunfo. Y satisfacemos la deuda con alegría de nuestros corazones. Dignaos, en cambio, hacer llegar hasta nosotros la protección de que se muestran ufanas con mucha razón las ciudades que viven debajo de vuestro poderoso patrocinio. Proteged a esas ciudades creyentes cuando las quiera asaltar el infierno. Ofreced a Cristo Rey, en contra de las deficiencias sociales, la fidelidad creciente de aquellos que de cerca o de lejos os honran.

 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

viernes, 18 de septiembre de 2026

S A N T O R A L

SAN JOSE DE CUPERTINO, CONFESOR

LA SANTIDAD NO CONSISTE EN LOS FENÓMENOS MÍSTICOS

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"Existe una opinión generalmente bastante extendida y acaso autorizada por los tratados místicos de los tiempos modernos y el modo de escribir la vida de los santos. Se ha acostumbrado uno ya a no reconocer la santidad más que en ciertas manifestaciones extraordinarias con que a veces se adorna, o bien en los medios de que se sirve el Señor para prepararla, engrandecerla o darla a conocer cuando le place... medios que no son ni la santidad ni manifestación esencial de ella...:
"Aun cuando su causa es divina, no hay lugar a darlo gran importancia, puesto que no nos revelarían la profundidad y el valor real de la acción divina que, en general, cuanto más intensa es, menos se exterioriza.
"Al leer las vidas de los Padres y de los grandes contemplativos antiguos, nos admira el silencio casi absoluto que guardan sobre los efectos exteriores de la contemplación sobrenatural... Para estos maestros la unión con Dios, la verdadera santidad, consiste en la práctica heroica de las virtudes teologales y cardinales...
"Los Santos son hombres como los demás; sólo que han tomado en serio las condiciones de su creación y el fin que Dios se propuso al crearlos".

FIN DE LOS PRIVILEGIOS

Sucede que Dios da a algunos servidores suyos privilegios que no son necesariamente señal de santidad, sino que pueden ser su recompensa y sobre todo que se ordenen a la utilidad de la Iglesia, a la salvación, conversión y santificación de las almas que son testigos de esos maravillosos fenómenos. Dios los concede cuando le place y los retira también cuando quiere, y la señal de que son obra suya la encontramos en la humildad de la que nunca se apartan los que son así favorecidos por la liberalidad divina.

PRIVILEGIOS DE SAN JOSÉ

Dos privilegios se le concedieron a San José de Cupertino: le dieron mucha fama, pero le ganaron aún más padecimientos y humillaciones: el don de estar levantado en el aire como por una explosión de amor de Dios, y el de leer en las almas como si fuesen libros abiertos ante su vista. Mucho le costó a este pobre e ignorante religioso que le admitiesen los Frailes Menores, pues parecía que no valdría para nada; si recibió las órdenes, se debió a que el Obispo confiado no le examinó. Pero Dios quería manifestar en este ignorante, que tanto había mortificado su carne y sufrido tantas humillaciones y oprobios, los privilegios de que gozarán nuestros cuerpos y nuestras almas después de la Resurrección. En efecto, los cuerpos resucitados podrán entonces trasladarse de un lugar a otro con gran rapidez y elevarse hacia Dios sin que su pesadez sea obstáculo; y nuestras almas podrán leer en las otras todo lo que la gracia de Dios puso en ellas desde su bautismo hasta su glorificación.

VIDA


José nació el 17 de junio en Cupertino, reino de Nápoles. Era de familia tan pobre, que su madre le dió a luz en un establo. La misma madre le educó muy piadosa y severamente. Desde su infancia, su oración era tan fervorosa y constante, que parecía no entender nada y que sólo le interesaba Dios.
A los 17 años ingresó en los Menores Conventuales: hubo que despedirle, pues, aunque sus virtudes y arrobamientos eran notorios, era también un inútil para cualquier clase de trabajo y siempre estaba fuera de regla. Los Conventuales, con todo, mudaron de parecer, entró en el noviciado y hasta pudo ser ordenado de sacerdote, a pesar, de la ignorancia de la escolástica. Le confiaron sus Superiores la predicación: su lenguaje directo y lleno de ardor convirtió a muchos pecadores. Sus éxtasis, su vida entre el cielo y la tierra, su don de leer en las almas, le granjearon mucha celebridad, pero también persecuciones: fue denunciado a la Inquisición. Reconoció ésta su virtud, pero por prudencia dispuso que se le recluyese en un convento de su Orden. 
Contentísimo de esta determinación, José pasó los últimos años de su vida en la oración y el silencio. Murió en Osimo, cerca de Loreto, en 1663 y fué beatificado en 1753 por Benedicto XIV y luego canonizado por Clemente XIII en 1767.

PLEGARIA

Damos gracias a Dios por los prodigiosos dones que se dignó concederte; pero tus virtudes son maravillas mayores. Sin éstas, los primeros serían dudosos para la Iglesia, para la Iglesia que aún desconfía las más de las veces, cuando ha corrido ya mucho tiempo y el mundo aplaude y admira. La obediencia, la paciencia, la caridad que siempre iba en aumento con las pruebas, grabaron en ti su sello de la incontestable autenticidad divina de esos hechos extraordinarios, cuya falsificación artificiosa no excede el poder natural del enemigo.El diablo puede levantar a Simón por los aires; pero le es imposible hacer humilde a un hombre. Digno hijo del Serafín de Asís, ojalá logremos nosotros también volar en pos de ti, no por los aires, sino por las regiones de la luz verdadera, donde, lejos del mundo y de sus pasiones, nuestra vida, a semejanza de la tuya, quede escondida con Cristo en Dios.


 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

jueves, 17 de septiembre de 2026

S A N T O R A L


SAN ROBERTO BELARMINO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA


"Desde los orígenes de la Iglesia hasta nuestros días, la divina Providencia no ha cesado jamás de suscitar hombres ilustres por su ciencia y santidad, los cuales han conservado e interpretado las verdades de la fe católica y rechazado los ataques con que los herejes amenazaban a estas mismas verdades". Entre ellos brilla San Roberto Belarmino tan célebre por su enseñanza y sus obras de controversia, por su celo en reforma de la Iglesia, por las virtudes que practicó en grado heroico y de las cuales son acabada imagen sus tratados ascéticos.

LA IGLESIA EN EL SIGLO XVI

La Iglesia en el siglo XVI atravesaba por una era de prueba. Una parte de Europa se había dejado arrastrar por la rebelión de Lutero. Guerras religiosas cubrían de sangre países que sometidos a la Santa Sede habían gozado, durante muchos siglos, del beneficio de la unidad. La teología católica parecía haber perdido algo de su vitalidad y de su influencia; en la disciplina eclesiástica se habían ido deslizando poco a poco algunos abusos, y Lutero declarando imposible la reforma de la Iglesia por el Papado, creaba una nueva teología so pretexto de devolver a los fieles la libertad de los hijos de Dios.

LA DEFENSA DE LA IGLESIA

Pero Cristo prometió estar con su Iglesia "todos los días hasta el fin de los siglos". Contra los falsos reformadores suscitó una pléyade de santos e ilustres doctores que defendieron la verdad y la santidad menospreciadas, San Roberto Belarmino aparece en primera fila junto con San Pedro Canisio, su hermano de religión en la Compañía de Jesús.

EL TEÓLOGO

En Lovaina, situada entre Alemania e Inglaterra protestantes, prosigue la enseñanza tradicional comentando la Suma de Santo Tomás que sabe adaptar con éxito a las necesidades de su época. Sobresale especialmente en la controversia. Recoge los testimonios de los Padres de los Concilios y del derecho de la Iglesia y defiende victoriosamente los dogmas atacados por los innovadores. En 1586 se publicaban por primera vez sus admirables Controversias. "En ellas, dice Pío XI, refuta de una manera decisiva los ataques lanzados por los Centuriadores de Magdeburgo cuyos tiros iban dirigidos a derribar la autoridad de la Iglesia mediante un uso engañoso de pruebas históricas y de testimonios de los Padres." Esta enseñanza provocó tanta alegría entre los católicos como ira en campo adverso, en el que Teodoro de Beza dirá hablando de las Controversias: "He aquí el libro que nos ha perdido." Muchos herejes, en efecto, encontraron en ellas la luz y volvieron a la verdadera fe; San Francisco de Sales decía que para sus predicaciones en Chablais, durante cinco años no había usado otros libros que la Biblia y las obras del gran Belarmino
No le bastaba convencer de error a los herejes; quería además prevenir a los mismos fieles contra su propaganda, y, con ese fin, compuso un Catecismo notable que él mismo enseñaba gustoso a los niños y a las gentes sencillas por muy importantes que fuesen sus ocupaciones. En los últimos años de su vida, escribió algunas notas espirituales, fruto de sus meditaciones y de sus retiros, las cuales forman cinco opúsculos ascéticos y nos revelan la hermosura de su alma. Un siglo antes el humanismo había alejado al hombre de su criador por el paganismo en que había sumido a las almas. Ciertas doctrinas de la teología protestante tendían a acentuar esta separación dando una idea falsa de la justicia divina y afirmando la teoría desesperante de la predestinación al infierno. Como su amigo, San Francisco de Sales, San Roberto se dedicó en dar a conocer la ternura de Dios. El amor es la base de su espiritualidad, nos inspira la confianza en ese Dios que es el Dios de la alegría y de la bondad, que llama al pecador a penitencia y desea infinitamente más que nosotros nuestra salvación. Hace a la virtud amable y fácil, persuadiéndonos que la santidad consiste sencillamente en el cumplimiento de la voluntad divina, en el deber de estado y en el abandono filial. En tiempo en que dominaba el sombrío pesimismo de Calvino, y en que los católicos mismos, por necesidad de reforma, se sentían inclinados a una mayor austeridad de vida —lo cual permitirá al jansenismo desenvolverse rapidísimamente—, tuvo el valor de hacerse el apóstol de la bondad de Dios ya que tantos otros realzaban su justicia.

EL SANTO


Este fue un hombre notabilísimo, eminente teólogo, intrépido defensor de la Fe Católica, martillo de herejes; y al mismo tiempo, piadoso, prudente, humilde y muy caritativo" -Registros del Consistorio-


Se ha dicho con razón que San Roberto Belarmino recibió de Dios la triple vocación de enseñar a los fieles, alimentar la piedad de las almas fervorosas y confundir a los herejes. Se comprende que San Francisco de Sales le haya tenido por maestro y que Benedicto XV le haya propuesto como modelo de los que propagan y defienden la religión católica.
San Roberto fué verdaderamente modelo en los diferentes cargos que ocupó durante su larga carrera; simple religioso o provincial, profesor o director de conciencia, arzobispo o cardenal de Curia. Fué quien guió por los caminos de la santidad a San Luis Gonzaga: fué el consejero preferido por muchos Papas. Como arzobispo, se mostró escrupuloso observador de los decretos del Concilio de Trento; era fiel a la residencia, celoso de la predicación, de una caridad inagotable para con los pobres, cuidadoso en la formación de los jóvenes sacerdotes, en la dignidad del clero y hermosura del culto divino. Su austeridad de vida no se desmintió nunca. Incluso cuando fué elegido cardenal se atuvo a su resolución de no cambiar nada en el género de vida que llevaba en la Compañía de Jesús. Consagraba diariamente varias horas a la oración, ayunaba tres días por semana y hasta en los honores observó un método de vida muy modesto. No trató nunca de enriquecer a su familia y sólo tras muchas instancias se logró de él que ayudara a sus padres pobres. Sentía muy humildemente de sí mismo y era de una admirable sencillez de alma. Ponía todo su cuidado en no empañar con la más ligera falta la inocencia bautismal. Amaba, en fin, con amor filial, tierno y fuerte a la Santísima Virgen.

Todas sus virtudes brillaron con espléndido fulgor durante su última enfermedad. El Papa Gregorio XV y numerosos cardenales, temerosos ante el pensamiento de que un tal apoyo iba a faltar a la Iglesia acudieron a visitarle. Cuando murió, Roma entera le hizo magníficos funerales y con voz unánime le canonizó. Su cuerpo colocado en la iglesia de San Ignacio, junto a la tumba de San Luis Gonzaga, como lo había deseado él en vida, ha permanecido hasta nuestros días rodeado de la veneración de los fieles.

VIDA

San Roberto Belarmino, sobrino del Papa Marcelo II, nació en Montepulciano, cerca de Florencia, en 1542. Desde su juventud, mostró gran piedad y vivo deseo de apostolado. Ingresó a los 18 años en la Compañía de Jesús e hizo sus estudios en Roma, Florencia, Mondovi, Padua y Lovaina, donde fué ordenado de sacerdote y nombrado para una cátedra de teología. Pronto se le consideró como uno de los mejores teólogos de la cristiandad, y el Papa Gregorio XIII le llamó a Roma para confiarle los cursos de Controversias en el Colegio romano donde llegó a tener hasta 2000 estudiantes. Después de haber sido nombrado provincial de Nápoles, fué de nuevo llamado a Roma por Clemente VIII, quien le nombró consultor del Santo Oficio y después Cardenal. Consagrado obispo, se trasladó en 1602 al arzobispado de Capua, administrándole durante tres años, al cabo de los cuales renunció y volvió a Roma donde permaneció hasta su muerte, acaecida en 1629. Fué beatificado y canonizado por Pío XI que le nombró Doctor de la Iglesia.

PLEGARIA

"Como lámpara ardiente puesta sobre el candelero para alumbrar a cuantos hay en la casa, iluminaste a los católicos y a aquellos que se perdían lejos de la Iglesia; como estrella en firmamento, con los rayos de tu ciencia tan vasta como profunda y con el esplendor de tus talentos trajiste a los hombres de buena voluntad la verdad a la que serviste siempre y por encima de todo. Primer apologista de tu tiempo y aún de tiempos posteriores te ganaste, por tu vigorosa defensa del dogma católico la admiración y la atención de todos los verdaderos servidores de Cristo". Ruega por nosotros que aprobamos los honores que Roma te ha tributado. Las necesidades de nuestra época son muy semejantes a los de la tuya: el amor de novedades seduce también a muchas almas y el racionalismo, hijo del protestantismo ha hecho disminuir las verdades entre nosotros. Apoya nuestra oración que pide a Dios en la colecta de la Misa un amor mayor de la verdad y el retorno de los descarriados a la unidad de la Iglesia. Pastor celoso, obtén para la Iglesia sacerdotes y obispos que "abrasados como tú por el fuego de la caridad se gasten sin cesar por el bien de las almas y cuyos consejos y ejemplos les hagan correr con el corazón dilatado por el camino de los preceptos divinos".

Reliquias de San Roberto 
en la iglesia de San Ignacio, Roma

Enseña también a todos los fieles a estimar por encima de todo las verdades católicas del catecismo. Que este librito, por la perfección del cual tanto trabajaste, nos dé no sólo la ciencia necesaria para la salvación, sino que además nos introduzca en el camino de la perfección, siguiendo las huellas de ese humilde hermano converso, el Venerable Mariano de Rocca Casale, que supo beber su maravillosa sabiduría en su regla franciscana y en este tu pequeño manual, Enséñanos sobre todo la práctica de los dos primeros mandamientos en los cuales se resume toda la ley. El amor de Dios dominó toda tu vida y la dió su armonía y grandeza. Dios permita que conservemos siempre como tú, fija la mirada de nuestro corazón en Jesús crucificado y no veamos sino a Él en la persona de nuestros hermanos. Inspíranos también los sentimientos de ternura que tú tenías para con la Virgen Inmaculada cuyo honor defendiste contra los herejes.
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

El Cardenal Belarmino usó de todo su poder para propagar el culto de la Inmaculada y preparar la definición del Santo Oficio, en presencia del Soberano Pontífice, el 3l de agosto de l6l7, habló así: A mi parecer, se puede definir que la doctrina según la cual la Santísima Virgen María fue concebida sin pecado debe ser aceptada por todos los fieles como piadosa y santa, de tal suerte que ya no sea lícito sostener ni adoptar el sentimiento contrario sin temeridad ni escándalo, y sin ser sospechoso de herejía. A las objeciones que se le hicieron, respondió, sin retractar nada de lo dicho, pero precisando aún más su pensamiento: “Si no se quiere llegar ahora a una definición formal, cuando menos habría que imponer a todos los eclesiásticos, seculares y regulares, el precepto de recitar el Oficio de la Inmaculada Concepción, conforme al rito de la Iglesia. De esta manera se llegaría a lo mismo sin definición” (Bourassé, Summa aurea de laudibus, B.V.M., t. X).