lunes, 3 de agosto de 2026

S A N T O R A L

LA INVENCIÓN DE LOS CUERPOS DE SAN ESTEBAN, PROTOMÁRTIR, GAMALIEL, NICODEMUS, y ABIBON

http://images.oca.org/icons/lg/July/0714nikodemus-aquilas-justus.jpg
El sagrado cuerpo del glorioso san Esteban, protomártir, estuvo mucho tiempo encubierto y escondido, sin saberse donde estaba, hasta que el Señor se dignó de revelarle en tiempo de los emperadores Honorio, y Teodosio, el menor, su sobrino, el año 415 de nuestra salud. Hízose esta revelación á Luciano, presbítero: el cual refiere toda la historia, como pasó, en una epístola (de que hacen mención muchos y graves autores) que escribió en griego; y Avito, presbítero español, tradujo en latín, cuya suma es: Que la noche de un viernes, á los 3 de diciembre, estando durmiendo Luciano en el bautisterio, en donde acostumbraba dormir, para poder mejor guardar su iglesia, y ocurrir a las necesidades de sus parroquianos, le apareció un venerable viejo, con traje y hábito de sacerdote, muy cano, y con una barba larga, y cubierto con una estola sembrada de pequeñas piedras preciosas engastadas en oro, y en ellas puesta la señal de la santa cruz, y con una vara de oro en su mano: y llegándose á Luciano, tocándole con la vara, le llamó tres veces, diciendo: Luciano, Luciano, óyeme, Luciano: y luego hablándole en griego, le mandó que fuese á Juan, obispo de Jerusalén, y que le dijese que buscase los cuerpos santos, que estaban junto á aquella aldea, llamada Cafargamala,  y los colocase en otro lugar mas decente: porque Dios por los ruegos de ellos había determinado hacer bien al mundo, que estaba en gran peligro de perderse por los muchos y graves pecados que cada día en él se cometían. 
Preguntó Luciano al venerable viejo, quién era, y cuyos eran los cuerpos que se habían de buscar: y él le respondió, que era Gamaliel, el que había enseñado en Jerusalén á san Pablo, apóstol de Jesucristo: y que el que estaba en el monumento con él á la parte del Oriente, era el bendito mártir san Esteban, que fué apedreado de los judíos, cuyo cuerpo él había hecho recoger, y enterrar en aquella heredad suya, como veinte millas de Jerusalén: y que en otro lucillo y sepulcro estaba el cuerpo de Nicodemus: al cual por haberse bautizado, y ser discípulo de Cristo, los judíos le habían anatematizado y desterrado de la ciudad; y él le había recogido en su casa, y dado lo que había menester, todo el tiempo que vivió, y después de muerto, lo sepultó honoríficamente junto á san Esteban; y que en el tercer lucillo estaba un hijo suyo, llamado Abibon: el cual había recibido el bautismo con su mismo padre, y acallado el curso de su peregrinación, siendo de edad de veinte años, falleció; y él le había sepultado en aquel tercer lucillo, que estaba más alto que los otros, en donde, siendo difunto, había mandado que pusiesen su cuerpo. Preguntól más Luciano el paraje, donde estaban los santos cuerpos: y habiéndoselo enseñado, desapareció aquella visión.
Encuentro del cuerpo de San Esteban
Despertó Luciano, temiendo, que aquella fuese alguna ilusión, suplicó á Dios que si era revelación suya, se la tornase á mostrar segunda y tercera vez: y para que Dios se la otorgase, ayunó toda aquella semana hasta la noche del viernes siguiente, en que de nuevo le apareció el mismo Gamaliel, en la propia figura y traje, con que antes le había aparecido, y le reprendió porque no había cumplido lo que le había mandado. No se aseguró aún Luciano con esta segunda visión; antes aguardó la tercera, ayunando, y orando siempre, y pidiendo al Señor que no le dejase engañar: y finalmente al tercer viernes le tornó á aparecer Gamaliel, mostrándose enojado por el poco crédito que Luciano había dado á sus palabras, y mandóle que hiciese lo que había dicho: y añadió, que tuviese por gracia singular de Dios, el haberle escogido á él por instrumento pura una cosa tan grande, dejando á tantos otros varones mejores que él que le pudieran servir en aquel ministerio. Confirmado, pues, Luciano en aquella revelación, y atemorizado con las palabras y señas del santo viejo Gamaliel, luego que vino el día, fué á Jerusalén, y habló con el obispo Juan, y le dio cuenta de todo cuanto había visto. El obispo, después de haber hecho gracias á nuestro Señor, derramando muchas lágrimas, por aquel señalado beneficio que hacia á su Iglesia, dio orden que se ejecutase lo que Gamaliel había revelado á Luciano: y habiéndose cavado en un campo, y cabe un montón de piedras que estaba en él, y no hallado lo que buscaban; el mismo Gamaliel apareció á un monje, llamado Nugecio, ó Nigecio, y le señaló el lugar donde estaban los cuerpos, y cavando en él, hallaron tres sepulcros y lucillos, cubiertos con tres piedras, y en ellas escrito, tres nombres, Celitil, que se interpreta «siervo», y Apnandardan, que quiere decir Nicodemus, y Gamaliel.

Vino el obispo Juan, acompañado de Eleulerio, obispo de Sebaste, y otro Eleulerio, obispo de Jericó, y de clero y gran número de gente: y abriendo la arca, donde estaba el cuerpo del glorioso san Esteban, comenzó á temblar la tierra, y salir un suavísimo olor y fragancia celestial de aquel sagrado cuerpo tan extremada, que á los que estaban presentes, les parecía estar en el paraíso. Habían concurrido á esto espectáculo muchos enfermos y endemoniados; y solamente con el olor, que salió de aquellas preciosas reliquias, sanaron setenta y tres, de todo género de enfermedades, y los demonios, ahuyentados por la virtud del santo mártir, dejaron libres á los que antes atormentaban. Fueron los santos cuerpos trasladados á otros lugares más decentes, y el de san Estéban fué traspasado á la santa iglesia de Sión, donde antes había sido ordenado de diácono. Todo esto dice Luciano en su epístola: y añade, que él tomó algunos huesos pequeños de los artejos de las manos de san Esteban: los cuales (aunque eran pequeños) eran grandes y de grande estima, por ser huesos de aquel valeroso caudillo y soldado del Señor, que tan bien supo pelear por Él, y abrir camino á los otros con su ejemplo, para con la muerte alcanzar la vida.

También dice Luciano, que tomó de los polvos en que las carnes de san Esteban se habían resuelto, y que envió estas reliquias á Avito, presbítero, y que esta traslación se hizo en 26 de diciembre, y que en aquel tiempo la tierra estaba muy seca, por no haber llovido, y que en la misma hora cayó tanta agua del cielo, y regó la tierra con tanta abundancia, que toda la gente quedó admirada, alabando y glorificando al Señor.

 *  *  *

 Lapidación de San Esteban *Rembrandt*
Pero lo que más se debe notar, es un milagro perpetuo, que hasta hoy día dura, de las reliquias de san Esteban: porque en el tiempo que los vándalos destruyeron y asolaron la provincia de África, san Ganchoso, obispo, trajo de ella á Nápoles una redoma de vidrio llena de sangre cuajada de san Esteban: la cual hoy se guarda con gran devoción en la iglesia de San Gaudioso, de la misma ciudad de Nápoles; y es cosa maravillosa, que poniendo la dicha redoma sobre el altar, al tiempo que se dice la Misa, la sangre cuajada se derrite, y se pone tan líquida, como si acabara de salir de las venas. Antes de esto se había traído á la ciudad de Ancona, en Italia, una piedra de las que le tiraron los judíos, cuando le apedrearon, que se dice que le hirió en el brazo: con la cual ha hecho nuestro Señor grandes milagros, y defendido muchas veces aquella ciudad: para que entendamos la reverencia y devoción que debemos á las reliquias de estos santos y amigos de Dios, y cuán grande merced hace al mundo, cuando las descubre, y por su medio le defiende y libra de grandes calamidades é infortunios; y con cuánta razón la Iglesia Católica celebra fiesta el día de la Invención del cuerpo de san Esteban, protomártir, por el cual ha recibido y continuamente recibe tantos y tan singulares beneficios.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

domingo, 2 de agosto de 2026

S A N T O R A L

MEMORIA DE SAN ESTEBAN, PAPA Y MÁRTIR

DIGNIDAD DEL BAUTISMO
El recuerdo del Papa Esteban I llena de un perfume de antigüedad la santidad de este día. La gloria especialísima de Esteban consiste en haber sido en la Iglesia el guardián de la dignidad del Bautismo. El Bautismo dado una vez, ya no se renueva, pues el carácter de Hijo de Dios que imprime en el cristiano es eterno; y esta inefable dignidad del primer Sacramento no tiene ninguna dependencia con las disposiciones o el estado del ministro que la confiere. Ya sea Pedro el que bautiza, como dice San Agustín, ya sea Pablo o Judas, aquél queda por ello bautizado en el Espíritu Santo, sobre el cual descendió en el Jordán la divina paloma. Tal es la adorable munificencia del Señor con respecto al más indispensable de los medios de salvación, pues no es menos válido el bautismo administrado por el cismático o hereje que se ha separado de la Iglesia, o por el mismo pagano que todavía no pertenece a ella con la condición de observar en su esencia el rito exterior y de tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia.
En tiempo de Esteban I, esta verdad que hoy nadie ignora aparecía con menos evidencia. Célebres Obispos, a los cuales su virtud y ciencia les habían merecido la veneración de su siglo, querían que se hiciera pasar de nuevo por el baño de la salvación a los convertidos de las sectas disidentes. Mas la asistencia prometida a Pedro apareció más divina aún en su sucesor; y mientras mantenía la disciplina tradicional Roma salvó la fe de las Iglesias por medio de Esteban. Testimoniemos nuestra gratitud al Santo Pontífice por su fidelidad en la guarda del depósito que es el tesoro de todos; y pidámosle que proteja no menos eficazmente en nosotros la nobleza y los derechos del santo bautismo.

ORACIÓN

"Oh Dios, que nos alegras con la anual fiesta de tu santo mártir y Pontífice Esteban: haz propicio que nos alegremos también de la protección de aquel cuyo natalicio celebramos. Por Jesucristo nuestro Señor." Amén.


San Esteban fué originario de Roma. Era sacerdote cuando sucedió al Papa Lucio el 12 de Mayo de 245. Gobernó la Iglesia en un periodo de paz. Proclamó la autoridad de la Sede Apostólica sobre los demás Obispos, recordó que Roma era la guardiana infalible de la tradición y condenó a los que creían que el bautismo conferido por los apóstatas o herejes era inválido. Después de su muerte, ocurrida el 2 de Agosto de 257, fué puesto en la cámara de los Papas en el cementerio de Calixto. Los antiguos documentos no mencionan que haya muerto mártir.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

Tuvo la silla de san Pedro tres años, tres meses, y veinte y dos días. Hizo órdenes dos veces por el mes de diciembre, y en ellas ordenó seis sacerdotes, cinco diáconos y tres obispos. De este santo pontífice hay un decreto, en que manda, que las vestiduras, con que se ha de ofrecer á Dios sacrificio, sean honestas y consagradas, y que ninguno use de ellas, ni las toque, sino fuera hombre sagrado y en lugar sagrado: porque no le acontezca lo que al rey Baltasar, que por haber profanado los vasos del templo, sintió sobre sí la venganza del cielo. Ordenó también, que ningún hombre infame pudiese ser admitido á dignidad eclesiástica.En tiempo de este santo pontífice se levantó una gran borrasca y turbación en la Iglesia: porque muchos obispos y santísimos varones, y entre ellos san Cipriano en África, y san Dionisio obispo de Alejandría en Oriente, fueron de parecer, que los que habían sido bautizados por los herejes, cuando se convertían á la Iglesia católica, debían ser bautizados de nuevo, no teniendo por verdadero bautismo, el que habían recibido de los herejes: pero el santo pontífice Estevan se les opuso con tanta autoridad y resolución , que todos amainaron y se sujetaron á lo que él, como sumo pastor y cabeza de toda la Iglesia católica, decretó y mandó guardar: que fué, que cuando los herejes en su bautismo guardan la forma ó intención de la santa Iglesia, dada por Jesucristo, es verdadero bautismo: y no hay por qué repetirle, ni por qué bautizar de nuevo, al que así fuere bautizado.

Fuente: La leyenda de oro pra cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

sábado, 1 de agosto de 2026

 INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA

por Omer Englebert

El sábado 16 de julio de 1216, Jacobo de Vitry llegaba a Perusa, donde temporalmente residía la Corte pontificia. Recién nombrado obispo de San Juan de Acre, antes de ir a tomar posesión de su sede, venía a recibir la consagración episcopal en la sobredicha ciudad. Apenas entrado en ella, supo que aquella misma mañana acababa de morir Inocencio III. Inocencio se había establecido en Perusa en mayo de 1216. Quería recorrer Toscana y Alta Italia para tratar de restituir la paz entre las ciudades rivales de Génova y Pisa, y acelerar los preparativos de la cruzada contra los Sarracenos.

Dos días tan sólo duró la vacante de la Santa Sede. Salió elegido Honorio III cuya avanzada edad y malograda salud permitían creer que no duraría mucho tiempo, pero que vivió, sin embargo, hasta el año 1227.

«El Papa que acaban de elegir -escribe Jacobo de Vitry- es un anciano excelente y piadoso, un varón sencillo y condescendiente, que ha dado a los pobres casi toda su fortuna».

Francisco debió de alegrarse al saber la elección de un Papa renombrado por su piedad y amor a los pobres. Quizás pensó que Dios mismo tomaba en sus manos la causa del santo Evangelio y, como muchos, creyó un tiempo que iba a realizarse la reforma de la Iglesia anunciada por el Concilio IV de Letrán.

En tal caso, podría suponerse que tan bellas esperanzas dieron, en parte, origen a la indulgencia de la Porciúncula, la cual siempre consideran como auténtica los más de los franciscanistas. Lo cierto es que refieren ellos a esta época un paso extraordinario que dio el Pobrecillo. Tal como ellos, lo relataremos a continuación, esforzándonos por creer en su historicidad tanto como en ella creen los mismos.

En su discurso de Letrán el año 1215, Inocencio III había señalado con el signo TAU a tres clases de predestinados: los que se alistaran en la cruzada; aquellos que, impedidos de cruzarse, lucharan contra la herejía; finalmente, los pecadores que de veras se empeñaran en reformar su vida. ¿Sugirieron a Francisco aquellas palabras el deseo de reconciliar con Dios el mundo entero, facilitando a los que no podían ir a Oriente, y a los privados de recursos con que ganar indulgencias, otros medios de participar también en la universal redención?

Sea lo que sea, un día del verano de 1216, el Pobrecillo partió para Perusa, acompañado del hermano Maseo.

La noche anterior, escribe Bartholi, Cristo y su Madre, rodeados de espíritus celestiales, se le habían aparecido en la capilla de Santa María de los Ángeles:

-- Francisco -le dijo el Señor-, pídeme lo que quieras para gloria de Dios y salvación de los hombres.

-- Señor -respondió el Santo-, os ruego por intercesión de la Virgen aquí presente, abogada del género humano, concedáis una indulgencia a cuantos visitaren esta iglesia.

La Virgen se inclinó ante su Hijo en señal de que apoyaba el ruego, el cual fue oído. Jesucristo ordenó luego a Francisco se dirigiese a Perusa, para obtener allí del Papa el favor deseado.

Ya en presencia de Honorio III, Francisco le habló así:

-- Poco ha que reparé para Vuestra Santidad una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Ahora vengo a solicitar en beneficio de quienes la visitaren en el aniversario de su dedicación, una indulgencia que puedan ganar sin necesidad de abonar ofrenda alguna.

-- Quien pide una indulgencia -observó el Papa-, conviene que algo ofrezca para merecerla... ¿Y de cuántos años ha de ser esa que pides? ¿De un año?... ¿De tres?...

-- ¿Qué son tres años, santísimo Padre?

-- ¿Quieres seis años?... ¿Hasta siete?

-- No quiero años, sino almas.

-- ¿Almas?... ¿Qué quieres decir con eso?

-- Quiero decir que cuantos visitaren aquella iglesia, confesados y absueltos, queden libres de toda culpa y pena incurridas por sus pecados.

-- Es excesivo lo que pides, y muy contrario a las usanzas de la Curia romana.

-- Por eso, santísimo Padre, no lo pido por impulso propio, sino de parte de nuestro Señor Jesucristo.

-- ¡Pues bien, concedido! En el nombre del Señor, hágase conforme a tu deseo.

Al oír eso, los cardenales presentes rogaron al Papa que revocara tal concesión, representándole que la misma desvaloraría las indulgencias de Tierra Santa y de Roma, que en adelante serían tenidas en nada. Mas el Papa se negó a retractarse. Le instaron sus consejeros que al menos restringiera todo lo posible tan desacostumbrado favor. Dirigiéndose entonces a Francisco, Honorio le dijo:

-- La indulgencia otorgada es valedera a perpetuidad, pero sólo una vez al año, es decir, desde las primeras vísperas del día de la dedicación de la iglesia hasta las del día siguiente.

Ansioso de despedirse, Francisco inclinó reverente la cabeza y ya se marchaba, cuando el Pontífice lo llamó diciendo:

-- Pero, simplote, ¿así te vas sin el diploma?

-- Me basta vuestra palabra, santísimo Padre. Si Dios quiere esta indulgencia, él mismo ya lo manifestará si fuere necesario; que, por lo que me toca, la Virgen María es mi diploma, Cristo es mi notario y los santos Ángeles son mis testigos.

Y con el hermano Maseo se puso en camino para la Porciúncula.

Una hora habrían andado, cuando llegaron a la aldea de Colle, situada sobre una colina, a medio camino entre Asís y Perusa. Allí se durmió Francisco, rendido de fatiga; al despertar tuvo una revelación que comunicó a su compañero:

-- Hermano Maseo -le dijo-, has de saber que lo que se me ha concedido en la tierra, acaba de ratificarse en el cielo.

Celebróse la dedicación de la capilla el día 2 del siguiente agosto.

La liturgia de la fiesta, con las palabras que Salomón pronunciara en la inauguración del templo de Jerusalén (1 Re 8,27-29.43), parecía como hecha para aquella circunstancia. Desde un púlpito de madera, en presencia de los obispos de Asís, Perusa, Todi, Spoleto, Gubbio, Nocera y Foligno, anunció Francisco a la multitud la gran noticia:

-- Quiero mandaros a todos al paraíso -exclamó-, anunciándoos la indulgencia que me ha sido otorgada por el Papa Honorio. Sabed, pues, que todos los aquí presentes, como también cuantos vinieren a orar en esta iglesia, obtendrán la remisión de todos sus pecados. Yo deseaba que esta indulgencia pudiese ganarse durante toda la octava de la dedicación, pero no lo he logrado sino para un solo día.

Tal es, según los documentos que luego mencionaré, el origen del famoso Perdón de Asís.

* * *

No se puede negar que desde el principio suscitó vivísima oposición.

No acontecía entonces lo de ahora, que cualquier cristiano, sin gastar nada ni salir de la propia parroquia, puede ganar indulgencias plenarias en abundancia. En aquellos tiempos, solamente los peregrinos de Tierra Santa, de Roma y de Santiago de Compostela podían merecer semejante favor. Los demás lugares de romería, por ricos que fuesen en santas reliquias, eran mucho menos favorecidos, no pudiendo ofrecer a los visitantes más que unos cuantos días o años de indulgencia. Elevada a la categoría de los tres más célebres lugares de peregrinación de la cristiandad, la Porciúncula desvaloraba de repente aquellos innumerables santuarios de los cuales clérigos y monjes reportaban gloria y subsistencia. Se comprende que desplegasen éstos todo su celo en combatirla. ¿No se vio, acaso, a unos de ellos salir por los caminos y los puertos al encuentro de los peregrinos de Asís, para demostrarles que el privilegio franciscano era falso, e inducirles a desandar lo andado?

Hoy no se discute la validez de la indulgencia -repetidas veces confirmada por la Iglesia- sino sólo si se debe su concesión a la iniciativa de san Francisco.

En sentir de algunos críticos, son pura leyenda el viaje de Francisco a Perusa y el privilegio verbalmente arrancado al Papa Honorio; otros, en cambio, opinan que se trata de un hecho históricamente comprobado.

Los primeros alegan el silencio de los antiguos biógrafos del Santo, quienes, de ser cierto, no habrían pasado por alto un hecho tan glorioso para el mismo. Pues bien, ni Celano, ni san Buenaventura, ni los Tres Compañeros mencionan para nada tal concesión. Sólo cincuenta años después del suceso aparecen testimonios en su favor. ¿Qué fe se ha de dar, pues, a testigos tan tardíos?

Los partidarios de la autenticidad replican que era forzoso el silencio de los primeros biógrafos, y que no puede, por tanto, prevalecer contra testimonios que, con ser tardíos, no por ello son menos probatorios.

Si los referidos biógrafos callaron el hecho, fue porque muchos motivos les indujeron a guardar silencio.

Recuérdese, en efecto, que Francisco obtuvo la indulgencia contra el parecer de los cardenales, que la consideraban perjudicial para el éxito de la cruzada. Ahora bien, de haberse publicado algo acerca de ella, esos mismos prelados no hubieran perdonado medio de hacerla revocar. Lo sabía el Santo; y puesto que aborrecía tanto los conflictos con el clero como el andar solicitando privilegios en la Corte romana, guardóse con cautela de pedir confirmación de la indulgencia en la cancillería apostólica. Más aún, según Jacobo Coppoli, prohibió al hermano León hacer mención de ella, dejando a Dios el cuidado de manifestarla más tarde. A todo eso conviene agregar que los franciscanos mismos, encargados de recoger fondos para la cruzada, se oponían a que se hablase de un privilegio que podía comprometer el resultado de sus predicaciones. ¿No fueron esos motivos más que suficientes para que los biógrafos de la época guardaran silencio?

Pero pasó el tiempo, y con él la era de las cruzadas; los hermanos menores eran ya suficientemente poderosos en la Iglesia para proclamar a voces aquel secreto ya muy divulgado; y en 1277, por orden de Jerónimo de Ascoli, ministro general y futuro Papa, el hermano Ángel, ministro provincial de Umbría, empezó a reunir ante notario testimonios capaces de confundir a los adversarios del gran Perdón.

Entre los testigos citados estaban Benito y Rainerio de Arezzo, Pedro Zalfani y Jacobo Coppoli.

Los hermanos Benito y Rainerio atestiguaron haber oído al hermano Maseo contar repetidas veces la historia de la indulgencia en los términos que más arriba referimos. Pedro Zalfani, señor de Asís que, siendo joven, asistió a la dedicación de Santa María de los Ángeles, hizo un resumen del sermón pronunciado en aquella ocasión por san Francisco. Cuanto a Jacobo Coppoli, señor de Perusa, afirmó haber oído del hermano León el relato de las circunstancias en que el Papa concedió la indulgencia a san Francisco.

Es de notar que en la época de estos testimonios el gran Perdón de Asís era ya muy popular. Y muy pronto acudieron a Santa María de los Ángeles peregrinos de todas las regiones de Italia. Fue entonces, por el año 1308, habiendo recrudecido los ataques de los enemigos de la Porciúncula, cuando Teobaldo Offreducci, obispo de Asís, hizo levantar un acta formal que, en sentir del mismo, había de terminar con todas las impugnaciones.

Tal documento oficial originó indudablemente gran contrariedad entre los adversarios de la indulgencia, y la sigue originando hoy entre los críticos que niegan la autenticidad de la misma. Relata por menudo este diploma cómo fue concedido el gran privilegio; reproduce los testimonios de los testigos que ya conocemos, añadiendo el del hermano Marino, sobrino del hermano Maseo; luego acomete, con tono algo denigrante, a los contrarios, a los envidiosos e ignorantes, que con su boca pestilente, dice, se atreven a negar un privilegio reconocido tanto en Italia, como en Francia y España; privilegio, añade, que desde tantos años se predica a vista y ciencia de la Curia romana, privilegio que acaba de ratificar el Papa Bonifacio VIII, y del cual los cardenales mismos se aprovechan gustosos para obtener el perdón de sus pecados.

El diploma de Teobaldo Offreducci no acabó con los irreductibles, pero hizo vanos sus ataques; porque, a partir de esa época, el día 2 de agosto se congregaron cada año en Santa María de los Ángeles muchedumbres de peregrinos llegados de todas partes de Europa, viniendo a impetrar, «sin necesidad de ofrenda, la remisión de la pena merecida por sus pecados».

Más tarde, como es sabido, los Papas extendieron generosamente el mismo privilegio a las iglesias del mundo entero, con lo cual ya solamente los eruditos siguieron disputando acerca de la indulgencia franciscana.

[Omer EnglebertVida de San Francisco de Asís.
Santiago de Chile, Cefepal, 1973, págs. 234-244]