jueves, 2 de julio de 2026

S A N T O R A L

SAN PROCESO Y SAN MARTINIANO, MÁRTIRES

Entre los otros soldados, que guardaban a los gloriosos apóstoles san Pedro, y san Pablo, al tiempo que por mandado del emperador Nerón estaban presos en Roma en la cárcel de Mamertino, dos de los más principales fueron Proceso, y Martiniano: los cuales, viendo los milagros, que los santos apóstoles obraban allí en la cárcel, sanando a muchos enfermos, y endemoniados, y oyendo su admirable, y celestial doctrina, alumbrados, y esforzados con divina luz, determinaron ser cristianos, y se echaron a los pies de los apóstoles, manifestándoles su deseo, y suplicándoles, que los bautizasen, y que fuesen libres de la cárcel; porque ellos quedarían a pagar la pena, que por haberlos soltado les quisiesen dar.


El bienaventurado san Pedro los acogió, y confirmó en su buen propósito; y queriéndolos bautizar, como hubiese falta de agua, hizo la señal de la cruz en la misma peña, en que está fundada aquella cárcel, y luego salió una fuente de agua viva, tan copiosa, y tan perenne, que hasta hoy día dura, sin haberse podido secar en el discurso de tan largo tiempo, ni agotar con la muchedumbre de la gente, que va a visitar aquel santo lugar, y por su devoción bebe de ella. Con el agua de esta fuente fueron bautizados Proceso, y Martiniano, y de soldados de Nerón fueron hechos soldados de Jesucristo. Convirtiéronse con ellos otros cuarenta y siete, entre hombros, y mujeres. Pero sabiendo Paulino, que era juez, que Proceso, y Martiniano habían creído en Jesucristo, los mandó prender; y traídos delante de sí, procuró con blanduras, y algunas palabras persuadirles, que se apartasen de aquella, que él llamaba locura, y adorasen a los dioses del imperio romano, en cuya religión se habían criado; porque así serian honrados, y acrecentados, y no despojados de la honra, y vida que poseían. Y no habiendo podido persuadirles, lo que pretendía, les mandó dar grandes golpes con piedras en sus bocas, quebrándoles las muelas, y dientes, y bañándolos en sangre; y los santos levantados los ojos al cielo, decían: Gloria sea a Dios en las alturas. Mandó después Paulino traer allí un ídolo de Júpiter, y ponerle en un altar, y a los santos mártires, que le adorasen; pero ellos le escupieron: de lo cual Paulino se enojó sobremanera: y para vengarse de ellos, los mandó desnudar, y estirar en el ecúleo, y atormentar cruelmente, y después abrasar sus costados con planchas de hierro encendidas; y ellos con grande alegría cantaban: Sea tu nombre, Señor, para siempre bendito; los ángeles te alaben, y todas las criaturas te bendigan. Despedazaron sus carnes con escorpiones, y afligiéronlos con otros tormentos, en los cuales estando los santos mártires con increíble gozo, Paulino de repente perdió un ojo, saliéndosele de su lugar, y el demonio se apoderó de él, comenzando a sentir dolores del infierno, al cabo de tres días expiró.
En venganza de la muerte de su padre, Pomponio su hijo dio parte a Nerón, de lo que pasaba, y que Proceso, y Martiniano eran encantadores, y magos, y con sus hechizos habían muerto a su padre: y el emperador mandó a Cesáreo, prefecto de la ciudad, que luego los hiciese morir; y él dio sentencia, que les fuesen cortadas las cabezas: y así se hizo en la vía Aurelia, fuera los muros de Roma. Sus cuerpos dejaron en el campo, para que fuesen comidos de los perros; mas una santa, y noble matrona romana, llamada Lucina, que había animado en sus tormentos a los santos mártires, recogió los cuerpos, y con gran veneración, y ungüentos preciosos, y aromáticos, los enterró en una heredad suya, de donde después fueron trasladados a una iglesia, que edificó a honra suya; y arruinada aquella iglesia otra vez, fueron colocados en la del príncipe de los apóstoles san Pedro.
Fué su martirio a dos de julio, del año del Señor de 69, a los trece años del imperio de Nerón. San Gregorio en una homilía, que es la treinta y dos, y es, la que hizo en la iglesia, donde estaban los cuerpos de estos santos, dice estas palabras: «A los cuerpos de estos santos vienen los enfermos; y vuelven sanos: vienen, los que han jurado falso; y son afligidos del demonio: vienen los endemoniados; y quedan libres. ¿Cómo pensamos, que viven estos santos allá, donde de veras viven; pues aquí donde están muertos viven con tantos milagros? »Y entre otros cuenta uno de una santa, y religiosa mujer, que visitaba a menudo sus santos cuerpos, y ellos le aparecieron, y le prometieron, que el día del juicio le pagarían aquella buena obra, y pía devoción, con que los visitaba. Esto refiere san Gregorio. De los santos Proceso, y Martiniano hacen mención todos los Martirologios, el Romano, el de Beda, Usuardo, y Adon, y el padre Surio en el cuarto tomo de las vidas de los santos, y el cardenal Baronio en si primero de sus Anales.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

miércoles, 1 de julio de 2026

 

Fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor

Plinio Corrêa de Oliveira
La sangre derramada no solo nos habla de enfermedades, nos habla de la lucha y del crimen.

Es imposible, por ejemplo, hablar de sangre derramada sin pensar en la sangre de Abel, vertida por Caín y que, según las Escrituras, subía a Dios clamando venganza.

La idea de la sangre derramada, de esa sangre que es parte del organismo y que le fue arrancada, en una especie de dilaceración profunda del ser; esa sangre derramada nos da la idea algo injusto, algo violento, algo inicuo, que es una profunda perturbación del orden y que clama a Dios por el restablecimiento del orden.

La sangre de Nuestro Señor

Cuando pensamos en la Sangre infinitamente Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, esa Sangre generada en el seno de Nuestra Señora, esta Sangre que sale de ese Cuerpo, de donde nunca debería haber salido; esta Sangre que, como todo en el Cuerpo de Cristo, está en unión hipostática con Él y que sale de Su sagrado organismo.

Esa Sangre, que es la sangre de David, que es la sangre de María, que es la Sangre del Dios-Hombre y que, a través de una serie de actos de violencia deicidas inexpresables, por la flagelación, por la coronación de espinas, por la cruz cargada, por los tormentos de toda especie. Peor que eso, por el tormento del alma cuando Nuestro Señor comenzó a sufrir en la agonía, y esa sangre fluyó de todo su Cuerpo.

Vigilad y orad

Esa Sangre, que se derrama por el suelo, es una tal manifestación de hasta dónde puede ir la maldad humana, es una manifestación del misterio de iniquidad, es una manifestación de cuánto tolera Dios. Este es un memorial para comprender la naturaleza humana decaída ‒especialmente cuando es dirigida por el pecado y dirigida por el demonio‒ que va hasta el final y no retrocede ante nada.

Siendo así, todas las desconfianzas son necesarias frente al mal. Esto está exactamente en el precepto: “Vigilad y orad”.

Es necesario tener desconfianza, porque el mal es capaz de todo, es capaz de las peores infamias y todo se puede esperar de él y, contra él, se puede usar todas las violencias preventivas que se puedan emplear de acuerdo con la Ley de Dios y de los hombres.

Todo lo que sea dormir frente a él, todo lo que sea un optimismo tonto, todo lo que deja para más adelante su combate, todo esto es un verdadero crimen, porque hasta allá el mal fue capaz de llegar y, por lo tanto, fue capaz de todo.

Esta consideración es muy desagradable para nuestra índole complaciente, endulzada, amiga de pactar, enemiga de las divisiones. Pero debemos meditar, ante la Preciosa Sangre, hasta dónde llega la Revolución. La Revolución no retrocede ante nada. Y es bastante evidente que ya fue una manifestación de la Revolución ‒la peor de ellas‒ la que se volvió contra el Dios-Hombre.

Una misericordia infinita

Esta sangre derramada nos muestra la misericordia de Dios, que quiso que esta sangre se derramara y se derramara en una abundancia inaudita. Toda la sangre que estaba en el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo se vertió para mostrar que esa sangre se dio y se dio sin reservar una sola gota, por completo, por el inmenso deseo de Nuestro Señor de salvarnos.

Una gota de su sangre habría sido suficiente, pero derramó toda Su sangre. Incluso la que restaba, se vertió junto con agua cuando la lanza de Longinos traspasó su costado. El no quiso que quedara nada, para redimirnos.

Esta abundancia de sangre, esta abundancia de sufrimiento, esta completa entrega de sí mismo, recuerda una palabra de Nuestro Señor: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). La Preciosa Sangre ante nosotros afirma: nadie puede ser más amigo de cada uno de nosotros que el que da su vida por nosotros.

Pero Él, no solo dio Su vida, sino que también quiso sufrir la muerte por los golpes, por la angustia, por cada gota de sangre que salió de su cuerpo sagrado. En ese sentido, cada gota de sangre que cae es como una pequeña muerte, porque es una gota de vida que se desvanece. Quiso pasar por todas esas muertes para mostrar hasta que punto infinito nos tenía amistad.

La raíz de la confianza

Relicario que contiene las especies sagradas del
milagro eucarístico de Lanciano. En la ampolla inferior,
la Preciosa Sangre de Nuestro Señor coagulada
De esto nace la confianza en Su misericordia. Si tanto quiso salvarnos, debemos comprender que cubriéndonos con Su Sangre y presentándonos al Padre Eterno podemos pedir perdón por nosotros, debemos tener la confianza de que podemos pedir este perdón.

Pero, por otro lado, muestra el horror del destino eterno del condenado. Para evitarnos este destino eterno, Nuestro Señor llegó a este punto. Vean cuán grave es el mal del que Él quería liberarnos. Así, podemos medir la profundidad del Infierno al considerar una gota de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

No es posible hablar de este asunto sin recordar las lágrimas de María, vertidas junto a la Sangre de Cristo. Nuestro Señor no quiso que Nuestra Señora derramara una gota de Su sangre. Y habiendo permitido que se hiciera todo contra Él, no permitió que los poderes del mal tocaran siquiera con la punta de un dedo a Su Madre Inmaculada.

Por lo tanto, Ella no sufrió un tormento físico, y de su sangre nada vino para la humanidad, ni tendría la fuerza redentora de la Sangre Infinitamente Preciosa de Cristo. Solo sería una especie de complemento.

Pero Nuestra Señora derramó una forma de sangre: fueron Sus lágrimas. Se puede decir que las lágrimas son la sangre del alma y que Ella sufrió todo el dolor de la muerte de su Hijo. Por eso, es imposible pensar en la Sangre de Cristo sin pensar, al mismo tiempo, en las lágrimas de María que fue el primer tributo de la Cristiandad para completar Su Pasión: el sufrimiento de los fieles, para que numerosas almas se salvaran.

La Sangre de Cristo y la Eucaristía

Finalmente, es necesario pensar en la Sagrada Eucaristía. Esta sangre de Cristo fue derramada por las calles, por las plazas, en el Pretorio de Pilatos, en la cima del Calvario, y ella está entera en la Sagrada Eucaristía. Y cuántos de nosotros tal vez hayamos recibido ayer, hoy, mañana, en no sé cuántos días, la Sangre de Cristo.

Entonces, cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, debemos recordar esto. Esta Preciosa Sangre, derramada por nosotros, es recibida por nosotros. Él está dentro de nosotros pero no para reclamar castigo, sino para clamar misericordia por nosotros. Entonces, recibamos la Eucaristía con gran confianza, con mucha alegría, porque recibimos la Sangre de Cristo que asciende al Cielo y clama intercediendo por nosotros.

NOTAS

[1] Excerpta de conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira a socios y cooperadores de la TFP a 01 de julio de 1967. Traducción y adaptación por "Acción Familia". Sin revisión del autor.

  fuente: https://www.pliniocorreadeoliveira.info/ES_SD_670701_Preciosisimo_Sangre.htm

S A N T O R A L

SAN AARON, PROFETA

Fué hermano mayor de Moisés, hijo de Amram y de Jocabet, de la tribu de Leví, y nació en Egipto, el año 1574 antes de Jesucristo.
San Aarón Siendo Moisés escogido para libertar á su pueblo del cautiverio, se asoció para tan grande empresa á Aarón que se expresaba con más facilidad que él. Presentáronse ambos hermanos en la corte de Faraón, en la cual obraron una infinidad de prodigios, para ablandar el corazón endurecido de aquel príncipe.
Aarón acompañó siempre á Moisés, y habló constantemente en su nombre al pueblo y al rey. Por medio de su milagrosa vara se efectuaron los primeros portentos: fué trasformada en serpiente, hizo convertir el agua en sangre, llenó de ranas al Egipto, y cubrió de mosquitos todo el país. Después del paso del mar Rojo , estando Moisés en la cumbre del Sinaí, tuvo Aarón la debilidad de ceder á las instancias del pueblo infiel, que pedía un Dios visible, y quería que se dedicase un becerro de oro. Aarón se prestó á tan sacrílega exigencia, creyendo sin duda impedir así á los israelitas el desbandarse, y contenerlos á la falda del monte hasta la vuelta de su hermano, pero esta razón no pudo justificarle. Solo á su arrepentimiento debió el perdón de su falta, después de lo cual el Señor se dignó elegirlo para ser consagrado gran sacerdote de su pueblo escogido. Semejante preferencia ocasionó luego disturbios en un pueblo indócil, que se abandonaba con tanta frecuencia á la murmuración contra Dios. Coré, Datan, y Abiron, envidiando el honor del sacerdocio se rebelaron, y fueron tragados por la tierra que se abrió debajo de sus pies: castigo tembló al cual se siguieron otros no menos espantosos. 

Doscientos cincuenta hombres del partido de los rebeldes, que tuvieron la temeridad de ofrecer incienso en el aliar, fueron abrasados por el fuego que de él salió, y no apaciguándose aún la sedición con esto, el fuego del cielo rodeó á la multitud revolucionaria, devoró á más de catorce mil, y tal vez los hubiera enteramente exterminado, si Aarón con el incensario en la mano, no se hubiese interpuesto entre los muertos y los vivos, á fin de aplacar la cólera de Dios. El sacerdocio de Aarón fué luego después confirmado con un nuevo milagro que hizo cesar enteramente las murmuraciones del pueblo. Mandó Moisés que se encerrasen en el tabernáculo las varas de las doce tribus, conviniendo todos en que se conferirla el soberano sacerdocio á la tribu cuya vara floreciese. Al día siguiente la de Leví apareció cargada de flores y frutos, y Aarón fué declarado pontífice supremo. 

Sostuvo con Hur los brazos de Moisés que oraba á Dios mientras Josué combatía contra los amalecitas. Después de haber vestido los ornamentos pontificales á Eleázaro su hijo y sucesor en el sacerdocio, murió Aarón el año 1452 antes de Jesucristo, á los 123 de su edad, sobre el monte Hor, á la vista de la tierra prometida en la cual no pudo entrar, en castigo de su desconfianza cuando Moisés hería la roca en el desierto de Cades


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

martes, 30 de junio de 2026

S A N T O R A L

Santos Protomártires de la Santa Iglesia Romana

Acta del Martirio de los protomártires romanos



En el año 64, la cristiandad romana va a pasar literalmente por la prueba del fuego. Una clara noche de julio de dicho año, sentado en el trono imperial Nerón, un terrible incendio, propagado con inusitada violencia, destruyó durante seis días los principales barrios de la vieja Roma.
La descripción que del siniestro nos ha dejado Tácito en sus Anales, escritos unos cincuenta años después del suceso, pertenece a las páginas justamente más célebres de la literatura universal; celebridad enormemente acrecida por ser en esa página donde por primera vez una pluma pagana (y nada menos que la del historiador romano más importante) deja constancia del hecho más grande de la historia universal: el cristianismo y la muerte violenta de su fundador, Cristo:

El incendio de Roma y los mártires (Tácito, Ann., XV, 38-44)

“Siguióse un desastre, no se sabe si por obra del azar o por maquinación del emperador (pues una y otra versión tuvieron autoridad), pero sí más grave y espantoso de cuantos acontecieron a esta ciudad por violencia del fuego. [….]
Añadióse a todo esto los gritos de las mujeres despavoridas, los ancianos y los niños; unos arrastraban a los enfermos, otros los aguardaban; gentes que se detenían, otras que se apresuraban, todo se tornaba impedimento. Y a menudo sucedía que, volviendo la vista atrás, se hallaban atacados por el fuego de lado o de frente; o que, al escapar a los barrios vecinos, alcanzados también estos por el siniestro, daban con la misma calamidad aun en parajes que creyeran alejados. […] 

Por otra parte, nadie se atrevía a tajar el incendio, pues había fuertes grupos de hombres que, con repetidas amenazas, prohibían apagarlo, a lo que se añadían que otros, a cara descubierta, lanzaban tizones, y a gritos proclamaban estar autorizados para ello, fuera para llevar a cabo más libremente sus rapiñas, fuera que, efectivamente, se les hubiera dado semejante orden.
Nerón, que a la sazón tenía su residencia en Ancio, no volvió a la ciudad hasta que el fuego se fue acercando a su casa, por la que había unido el Palatino y los jardines de Mecenas. […]
Todo ello, si bien encaminado al favor popular, caía en el vacío, pues se había esparcido el rumor de que, en el momento mismo en que se abrasaba la ciudad, había él subido a la escena de su palacio y había recitado la ruina de Troya, buscando semejanza a las calamidades presentes en los desastres antiguos.

Por fin, a los seis días, se logró poner término al incendio al pie mismo del Esquilino, derribando en un vasto espacio los edificios, a fin de oponer a su continua violencia un campo raso y, por así decir, el vacío del cielo.
Aun no se había ido el miedo y vuelto la esperanza al pueblo, cuando de nuevo estalló el incendio, si bien en lugares más deshabitados de la ciudad, por lo que fueron menos las víctimas humanas, derruyéndose, en cambio, más ampliamente templos de dioses y galerías dedicadas a esparcimiento y recreo. Sobre este nuevo incendio corrieron aún peores voces, por haber estallado en los campos aurelianos de Tigelino y creerse que, por lo visto, Nerón buscaba la gloria de fundar una nueva ciudad y llamarla con su nombre. […]
Sea de ello lo que fuere, Nerón se aprovechó de la ruina de su ciudad y se construyó un palacio, en que no eran tanto de admirar las piedras preciosas y el oro, cosas gastadas de antiguo y hechas vulgares por el lujo, cuanto de campos y estanques, y, al modo de los desiertos, acá unos bosques, allá espacios descubiertos y panoramas. […]
Tales fueron las medidas aconsejadas por 
la humana prudencia. Seguidamente se celebraron expiaciones a los dioses y se consultaron los libros sibilinos. Siguiendo sus indicaciones, se hicieron públicas rogativas a Vulcano, a Ceres y a Proserpina; se ofreció por las matronas un sacrificio de propiciación a Juno, primero en el Capitolio, luego junto al próximo mar, de donde se sacó agua para rociar el templo e imagen de la diosa.

Sin embargo, ni por industria humana, ni por larguezas del emperador, ni por sacrificios a los dioses, se lograba alejar la mala fama de que el incendio había sido mandado. Así pues, con el fin de extirpar el rumor, Nerón se inventó unos culpables, y ejecutó con refinadísimos tormentos a los que, aborrecidos por sus infamias, llamaba el vulgo cristianos.
El autor de este nombre, Cristo, fue mandado ejecutar con el último suplicio por el procurador Poncio Pilatos durante el Imperio de Tiberio y, reprimida, por de pronto, la perniciosa superstición, irrumpió de nuevo no sólo por Judea, origen de este mal, sino por la urbe misma, a donde confluye y se celebra cuanto de atroz y vergonzoso hay por dondequiera.
Así pues, se empezó por detener a los que confesaban su fe; luego, por las indicaciones que éstos dieron, toda una ingente muchedumbre quedó convicta, no tanto del crimen del incendio, cuanto de odio al género humano. Su ejecución fue acompañada de escarnios, y así unos, cubiertos de pieles de animales, eran desgarrados por los dientes de los perros; otros, clavados en cruces, eran quemados al caer el día, a guisa de luminarias nocturnas.
Para este espectáculo, Nerón había cedido sus propios jardines y celebró unos juegos en el circo, mezclado en atuendo de auriga entre la plebe o guiando él mismo su coche. De ahí que, aun castigando a culpables y merecedores de los últimos suplicios, se les tenía lástima, pues se tenía la impresión de que no se los eliminaba por motivo de pública autoridad, sino por satisfacer la crueldad de uno solo.”

El incendio de Roma, según Suetonio (Nero, XXXVIII)

“Mas ni a su pueblo ni a las murallas de su patria perdonó Nerón. En efecto, con achaque de serle molesta la deformidad de los viejos edificios y la estrechez y tortuosidad de las calles, prendió fuego a la ciudad tan al descubierto que varios consulares que sorprendieron a camareros suyos con estopa y teas en sus propias fincas, no se atrevieron ni a tocarlos, y algunos graneros, situados en el solar de la Casa de Oro, qué él codiciaba sobre toda ponderación, fueron derribados con máquinas de guerra y abrasados, por estar hechos con piedra de sillería. Durante seis días con sus noches duró en todo su furor el estrago, obligando a la muchedumbre a buscar cobijo en los públicos monumentos y sepulcros. 
Entonces, aparte un número inmenso de casas particulares, se quemaron los palacios de los antiguos generales, adornados todavía con los trofeos de los enemigos; los templos de los dioses, que se remontaban a la época de los reyes, y otros consagrados en las guerras gálicas y púnicas, y, en fin, cuanto de precioso y memorable había sobrevivido al tiempo.

Nerón contempló el incendio desde la torre de Mecenas, y arrebatado “por la belleza”, como él decía, “de las llamas”, recitó, vestido de su famoso traje de teatro, la “Toma de Ilión”. Y para que no se le escapara tampoco esta ocasión de coger la mayor presa y botín posible, prometió retirar por su cuenta los escombros y cadáveres, con cuyo pretexto no permitió a nadie acercarse a los restos de sus bienes; y con las tributaciones, no ya sólo voluntarias, sino exigidas, dejó casi exhaustas a las provincias y a los particulares.”

Fuente:BAC, D. RUIZ BUENO, ACTAS DE LOS MÁRTIRES, 212-225

lunes, 29 de junio de 2026

S A N T O R A L

SAN PEDRO Y SAN PABLO, APOSTOLES

LA RESPUESTA DE AMOR

"¿Simón, hijo de Juan; me amas?" He aquí el momento en que se escucha la respuesta que el Hijo del Hombre exigía del pescador de Galilea. Pedro no teme la triple interrogación del Señor. Desde aquella noche en que el gallo fué menos solícito para cantar que el primero de los Apóstoles para renegar de su Maestro, continuas lágrimas cavaron dos surcos en sus mejillas; ha luido el día en que cesen estas lágrimas. Desde el patíbulo en que el humilde discípulo ha pedido le claven cabeza abajo, su corazón generoso repite, por fin sin miedo, la protesta que, desde la escena de las orillas del lago de Tiberíades, ha consumido silenciosamente su vida: "¡Sí, Señor, tú sabes que te amo!"

EL AMOR, CARACTERÍSTICA DEL SACERDOCIO NUEVO

El amor es la característica que distingue el sacerdocio de los tiempos nuevos del ministerio de la ley de servidumbre. El sacerdote judío, impotente, temeroso, no sabía sino derramar sangre de victimas simbólicas sobre un altar simbólico también. Jesús, Sacerdote y Víctima a la vez, exige más de aquellos a quienes llama a participar de la prerrogativa que le hace Pontífice eterno según el orden de Melquisedec "No os llamaré en adelante siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; sino que os he llamado mis amigos porque os he comunicado todo lo que he recibido del Padre. Como mi Padre me ha amado, así os amo yo; permaneced en mi amor".
Ahora bien, para el sacerdote admitido de esta manera a la unión con el Pontífice eterno, el amor no es completo, si no se extiende a la humanidad rescatada en el gran Sacrificio. Y nótese que para él es más estricta la obligación, común a los cristianos, de amarse como miembros de una misma Cabeza; pues por su sacerdocio se hace partícipe de la Cabeza, y con esta participación, la caridad debe tener en él algo del carácter y grandeza del amor que esa Cabeza tiene a sus miembros. Y ¿cuánto mayor será, si, al poder que tiene de inmolar a Cristo mismo, y al deber que le obliga a ofrecerse con él en el secreto de los Misterios, la plenitud del Pontificado le añade la misión pública de dar a la Iglesia el apoyo que necesita y la fecundidad que el Esposo celestial espera de ella? Entonces es cuando, según la doctrina sostenida siempre por los Papas, por los Concilios y por los Padres, el Espíritu Santo le adapta a su misión sublime, identificando enteramente su amor con el del Esposo cuyas obligaciones asume y cuyos derechos ejerce.

EL AMOR DE SAN PEDRO

Al confiar a Simón hijo de Juan la humanidad redimida, el primer cuidado del Hombre-Dios fué asegurarse de que sería fiel vicario de su amor; de que, habiendo recibido más que los otros, le amaría más que todos; de que, siendo heredero del amor de Jesús para los suyos que estaban en el mundo, los debía amar, como El, hasta el fin. Por esto, la exaltación de Pedro a las cumbres de la Jerarquía sagrada, concuerda en el Evangelio con el anuncio de su martirio siendo Sumo Pontífice, tenía que seguir hasta la cruz al Jerarca supremo.
Ahora bien, la santidad de la criatura y, a la vez, la gloria de Dios Creador y Salvador, tienen su completa realización en el Sacrificio, que junta al pastor y al rebaño en un mismo holocausto.
Por este fin último de todo pontificado y de toda jerarquía, Pedro recorrió toda la tierra, después de la Ascensión de Jesús. En Joppe, cuando estaba aún al principio de sus correrlas apostólicas, se apoderó de él un hambre misteriosa: "Levántate, Pedro; mata y come", le dijo el Espíritu; y al mismo tiempo una visión simbólica ponía ante sus ojos los animales de la tierra y las aves del cielo. Eran los gentiles que debía reunir, en la mesa del banquete divino, con los fieles de Israel. Vicario del Verbo, se haría participante de su inmensa hambre; su caridad,-como fuego devorador, se asimilaría los pueblos; y, ejerciendo su título de jefe, llegaría un día en que, verdadera cabeza del mundo, haría de esta humanidad, ofrecida como presa a su avidez, el cuerpo de Cristo en su propia persona. Entonces, nuevo Isaac, o más bien verdadero Cristo, verá levantarse delante de él la montaña en donde Dios mira, esperando el sacrificio.

EL MARTIRIO DE SAN PEDRO

Miremos también nosotros, pues ha llegado a ser presente ese futuro, y, como en el Viernes Santo, participamos en el desenlace que se anuncia. Participación dichosa, toda triunfal: aquí, el deicida no mezcla su nota lúgubre al homenaje del mundo, y el perfume de inmolación que ahora sube de la tierra, no llena los cielos sino de suave alegría. Se diría que la tierra, divinizada por la virtud de la hostia adorable del Calvario, se basta a sí misma. Pedro, simple hijo de Adán, y, con todo eso, verdadero Sumo Pontífice, avanza llevando el mundo: su sacrificio va a completar el de Jesucristo, que le invistió con su grandeza; la Iglesia, inseparable de su Cabeza visible, le reviste también con su gloria. Por la virtud de esta nueva cruz que se levanta, Roma se hace hoy la ciudad santa. Mientras Sión queda maldita por haber crucificado un día a su Salvador, Roma podrá rechazar al Hombre-Dios, derramar su sangre en sus mártires: ningún crimen de Roma prevalecerá sobre el gran hecho que ahora se realiza; la cruz de Pedro le ha traspasado todos los derechos de la de Jesús, dejando a los judíos la maldición; ahora Roma es la verdadera Jerusalén.

EL MARTIRIO DE SAN PABLO

Siendo tal la significación de este día, no es de maravillar que el Señor la haya querido aumentar aún más, añadiendo el martirio del Apóstol Pablo al sacrificio de Simón Pedro. Pablo, más que nadie, habla prometido con sus predicaciones la edificación del cuerpo de Cristo;si hoy la Iglesia ha llegado a este completo desenvolvimiento que la permite ofrecerse en su Cabeza como hostia de suavísimo olor, ¿quién mejor que él merecía completar la oblación? Habiendo llegado la edad perfecta de la Esposa, ha acabado también su obra. Inseparable de Pedro en los trabajos por la fe y el amor, le acompaña del mismo modo en la muerte; los dos dejan a la tierra alegrarse en las bodas divinas selladas con su sangre, y suben juntos a la mansión eterna, donde se completa la unión.

VIDA DIVINA

San Pedro después de Pentecostés organizó con los otros apóstoles la Iglesia de Jerusalén, luego las de Samaria y Judea, y recibió en la Iglesia al centurión Cornelio, el primer pagano convertido. Habiendo escapado milagrosamente de la muerte que le tenía preparada el Rey Herodes Agripa, dejó Jerusalén y se dirigió a Roma donde fundó, alrededor del año 42, la Iglesia que sería más tarde el centro de la Catolicidad. Desde Roma emprendió varias excursiones apostólicas. Hacia el año 50 se encuentra en Jerusalén para el concilio que decidió la admisión de los gentiles en la Iglesia, sin obligarlos a las observancias de la ley mosaica. Partió luego a Antioquía, al Ponto, Galacla, Capadocia, Bitinia, y a la provincia de Asia. Un incendio destruyó Roma hacia el año 64, y acusando Nerón a los cristianos de tal catástrofe, los hizo encarcelar en masa. Muchos cientos, quizá millares, fueron condenados a muerte con diversos tormentos: unos crucificados, otros quemados vivos, otros fueron entregados a las bestias en el anfiteatro, otros decapitados. San Pedro, encarcelado, según antigua tradición, en la cárcel Mamertina, fué crucificado con la cabeza abajo en los jardines de Nerón, sobre la colina del Vaticano, y allí mismo fué enterrado. No se conoce la fecha exacta de su martirio: se debe colocar entre el año 64 y el 67.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer


San Pedro y San Pablo


Comentario del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira
Selección biográfica
Hoy es la fiesta de San Pedro y San Pablo. Estamos festejando el 19° centenario del martirio de los dos apóstoles.
Respecto de los apóstoles San Pedro y San Pablo, Dom Guéranger, en el Année Liturgique, tiene las siguientes palabras:



Santos Pedro y Pablo 
presentando la Iglesia a Dios,

 escuela veneciana, siglo XIV
“Pedro y Pablo no cesan de oír las oraciones de sus devotos. El tiempo no disminuye sus poderes, y más en el cielo que otrora en la tierra, la grandeza de los intereses generales de la Iglesia no los absorbe lo suficiente como para descuidar el menor de los habitantes de esta gloriosa ciudad de Dios, de la cual eran y siguen siendo príncipes.
 ”Uno de los triunfos del demonio en nuestra época fue el de haber adormecido, en este punto, la fe de los justos. Es preciso insistir para terminar ese sueño funesto, que nos llevará al olvido de que el Señor quiso confiar a los hombres el cuidado de continuar su obra y representarlo visiblemente en la tierra.
 ”San Ambrosio exalta la eficaz y viva acción apostólica que no descansa de la Iglesia, y expresa con delicadeza y profundidad el papel de Pedro y Pablo en la salvación de los elegidos. La Iglesia, dice él, es un navío en el que Pedro debe pescar y en esa pesca él recibe órdenes de usar a veces la red, a veces el anzuelo. Gran misterio, porque esa pesca es toda espiritual. La red protege, el anzuelo hiere; la red atrapa multitud, en cambio el anzuelo al pez solitario. El buen pez no repele el anzuelo de Pedro, que no mata, sino que convierte. Preciosa herida cortante, que en la sangre permite profesar la misma fe de Pedro y pagar el tributo al apóstol y maestro.
 ”Entonces, no te subestimes porque tu cuerpo es débil; de tu boca tienes que pagar a Cristo y a Iglesia y a Pedro.
 ”Porque en nosotros hay un tesoro: el Verbo de Dios. La confesión de Jesús lo pone en nuestros labios. Es por esto que Él dice a Simón: Id mar adentro, esto es, al corazón del hombre, porque el corazón del hombre en sus escondrijos es como las aguas profundas. Id mar adentro, esto es, a Cristo, porque Cristo es la reserva profunda de las aguas vivas en la cual están los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.
 ”Pedro continua pescando todos los días. Todos los días el Señor le dice: id mar adentro. Pero me parece oír a Pedro: Maestro, trabajamos toda la noche, sin conseguir nada. Pedro sufre cuando somos duros de corazón.
 ”Pablo también está luchando por nuestras almas. ¿No nos dijo que nadie sufre sin que él también sufra? Debemos actuar de manera de no hacer sufrir por nuestra culpa a los apóstoles”.

Comentarios del Profesor Plinio

El llamado de San Pedro, ilustración del siglo XIV

Son muy bellas palabras y podríamos hacer un comentario sobre cada una de ellas. Lo primero es esa primera parte, esa interesante referencia de Dom Guéranger de que la Providencia permitió que la fe de los justos se volviera somnolienta respecto al papel de que desde lo alto del cielo San Pedro y San Pablo desempeñan para el bien de la Iglesia Católica y para la salvación de las almas.
Es curioso, pero la devoción a los apóstoles disminuyó mucho, a excepción de la devoción a San Judas Tadeo, que era exactamente un apóstol casi desconocido y que durante algún tiempo incluso levantó algunas sospechas porque la gente pensaba que este Judas podría ser Judas Iscariote, también un miembro del colegio de los apóstoles. A excepción de la devoción a San Judas, que se convirtió en patrón de los imposibles, la devoción a los otros apóstoles disminuyó mucho.
Esta disminución es completamente irracional, ya que es evidente que la misión de los apóstoles no disminuyó con el tiempo. Por el contrario, sabemos que su misión continúa ahora y continuará hastael fin de los tiempos. Ellos no fueron apóstoles para una sola época. Ellos no fueron hombres que salvaron almas en los primeros días de la Iglesia y luego se fueron al cielo donde no hacen nada. Ellos están allí ahora con Nuestro Señor Jesucristo mirando y ejerciendo un rol sobre toda la Iglesia
El apostolado que ellos hicieron en sus tiempos fue una semilla que ellos plantaron que contenía el apostolado de todas las épocas. Desde el cielo ellos continúan nutriéndolo y desarrollándolo. Por lo tanto, la devoción a ellos es una cosa necesaria, y esta selección nos da una oportunidad para encomendarnos a San Pedro y San Pablo, para rezarles, y para aumentar nuestra devoción para con ellos.

La pesca milagrosa, Duccio de Siena

Lo segundo, la selección parece insinuar una diferencia entre el apostolado de San Pedro―hecho con un anzuelo― y el de San Pablo ―hecho con una red―. La distinción entre estos dos métodos diferentes de apostolado es útil. El apostolado de la red tiene la intención de atrapar a un gran número de personas, el apostolado del anzuelo está destinado a alcanzar tal o cual persona en particular.
Lo tercero, el texto habla muy bien del apostolado de anzuelo, diciendo que el anzuelo hiere la boca del pez, pero es a través de esta incisión que se paga el precio de su conversión. Hay conversiones que son muy difíciles, que sólo son posibles a través de grandes sacrificios y sufrimientos. La sangre exigida por el gran esfuerzo es el precio pagado para hacer parte de la Iglesia Católica. Esta es una característica normal del apostolado del anzuelo.
Hay conversiones, sin embargo, que no son dolorosos. En la Edad Media, por ejemplo, tenemos los maravillosos ejemplos de las conversiones de los reyes que trajeron naciones enteras con ellos: el reino de los francos vino a la Iglesia con Clovis, los húngaros con San Esteban, el polaco con Wenceslao, el ucraniano con San Vladimir, y así sucesivamente. Estos fueron apostolados de red que llevaron a una multitud de almas sin ningún sufrimiento especial.

La Virgen con el Niño y 
los apóstoles Pedro y Pablo,
 Lorenzo Biccidi, Venecia

Lo cuarto, otra hermosa parte de esta selección habla del apostolado cuando es infructuoso. San Pedro y San Pablo experimentaron enormes dificultades en sus apostolados, y también disfrutaron momentos de éxitos extraordinarios. No eran trabajos sencillos con un “happy endings”. Era un trabajo duro a lo largo de caminos rocosos que requirieron de mucha oración y ayuda sobrenatural para seguir adelante. Sin esta ayuda, el apostolado es infructuoso.
Debemos recordar esto en nuestro propio apostolado. Debemos tener en cuenta que San Pedro había pescado toda la noche y no tuvo éxito. Pero cuando le pidió a Nuestro Señor que lo ayudara, la red se levantó del agua llena de peces.
 Esta referencia a la pesca milagrosa sirve para ayudar a aumentar nuestra humildad y espíritu sobrenatural. Sin la ayuda sobrenatural, sin la ayuda de Dios, por intercesión de Nuestra Señora, nuestro apostolado será estéril.
Vemos que esto se traduce en una mayor gloria de Nuestra Señora y tiene que aumentar en nosotros el deseo deacercarnos a Ella. Ella que es nuestra amorosa y omnipotente suplicante delante de Dios, que con su oración puede obtener todo lo que Ella pide.


[Santo del día del 29 de junio de 1967] Los santos del día eran unas breves reuniones en las que el Prof. Plinio ofrecía un comentario relacionado con el santo que se celebraba ese día.