domingo, 3 de mayo de 2026

SAN FELIPE Y SANTIAGO EL MENOR, APOSTOLES

SAN FELIPE Y SANTIAGO EL MENOR, APOSTOLES


La Inmaculada Concepción con San Felipe y Santiago el Menor, Oil by Juan De Valdés Leal (1622-1690, Spain)
Dos buenos testigos de la Resurrección de nuestro amado Salvador se presentan hoy a nuestra veneración: San Felipe y Santiago vienen a afirmarnos que su Maestro resucitó verdaderamente de entre los muertos, que le vieron, que le tocaron, que vivieron con él durante cuarenta días, y para que no dudemos de la sinceridad dé su testimonio, traen en las manos los instrumentos del martirio que padecieron, para atestiguar que Jesús, después de haber padecido la muerte, salió vivo del sepulcro.

SAN FELIPE

Según la tradición predicó a los escitas y se cree que murió en Hierápolis de Frigia. Documentos antiguos dan testimonio de que fué martirizado en tiempo de Domiciano o de Trajano.

SANTIAGO

Más conocido que San Felipe, Santiago fué llamado el "hermano del Señor" por el parentesco que unía a su madre con la de Jesús. Se propone de un modo especial a nuestra veneración en estos días de Pascua. Sabemos por el Apóstol San Pablo, que el Salvador resucitado favoreció a Santiago con una aparición particular. Tal distinción obedecía sin duda a una fidelidad especial de este discípulo para con su Maestro. Fué constituido primer Obispo de Jerusalén¹ y fué tan grande la fama de su santidad que en esa ciudad todos le llamaban el Justo; y los judíos fueron tan ciegos que no comprendieron que el espantoso desastre de su ciudad fué el castigo del deicidio y buscaron su causa en el asesinato de Santiago que sucumbió bajo sus golpes, orando por ellos. Podemos penetrar en el alma pura y tranquila del Santo Apóstol leyendo la admirable Epístola con la que nos sigue instruyendo. En ella con un lenguaje del todo celestial, nos enseña que las obras deben acompañar a la fe si queremos ser justos, con la justicia que nos hará semejantes a nuestro Señor Resucitado².
Las reliquias de San Felipe y Santiago descansan en Roma en la basílica llamada de los Doce Apóstoles. Constituyen uno de los tesoros más sagrados de la ciudad santa.
Aretino, Holy Apostles James and Philip Las reliquias de San Felipe fueron traídas siendo Papa PelagioI (560) el 1 de mayo, día en que se celebraba la dedicación de dicha Iglesia; las de Santiago fueron trasladadas poco más tarde. Excepto las fiestas de San Juan Evangelista y de San Andrés, hermano de San Pedro, la Iglesia romana durante muchos años no celebró fiestas particulares de otros apóstoles. Los honraba a todos en la solemnidad de San Pedro y San Pablo. La traslación desde Oriente, en el siglo VI, de los cuerpos de San Felipe y Santiago dio ocasión a la institución de la fiesta que se celebra hoy en su honor: y esta derogación trajo insensiblemente al Ciclo litúrgico la admisión de otros Apóstoles y Evangelistas.

PLEGARIA A LOS DOS APÓSTOLES

Santos Apóstoles, vosotros habéis visto a Jesús en toda su gloria: Él os dijo la víspera de la Pascua: "¡La paz sea con vosotros!" y durante estos cuarenta días se os apareció para convenceros de su resurrección. Grande fué vuestra alegría al ver de nuevo al Maestro que se dignó escogeros por confidentes íntimos y vuestro amor para con Él se hizo así más ardiente aún. Nos dirigimos a vosotros como a iniciadores de los fieles en el misterio de Pascua: sois también nuestros especiales intercesores en este santo tiempo. Hacednos conocer y amar a Jesús resucitado. Ensanchad nuestros corazones con la alegría pascual y no permitáis que perdamos la vida que hemos recobrado en Jesús.

PLEGARIA A SAN FELIPE

Tu adhesión a Él, oh Felipe, se manifestó desde los primeros días de tu vocación. Apenas conociste al Mesías corriste a anunciárselo a Natanael, tu amigo. 
Jesús te dejaba acercarte a su persona con amable familiaridad. Cuando multiplicó los panes se dirigió a ti y te dijo con bondad: "¿Dónde encontraremos pan para alimentar tanta gente? Pocos días antes de la Pasión de tu Maestro, algunos gentiles deseando ver al gran profeta del que tantas maravillas se narraban, acudieron a ti para que los condujeras a Él. ¡Con qué ardor pediste en la Ultima Cena a Jesús que te diera a conocer al Padre! Tu alma anhelaba la luz divina: y cuando la inflamó el fuego del Espíritu Santo nada había que excediera tu valor. En recompensa de tus trabajos Jesús te hizo participante de los honores de su Cruz. Pide, oh Santo Apóstol, que te imitemos en la búsqueda solícita de nuestro común Maestro, y que nos sea suave su Cruz si alguna vez nos concede participar de ella.

PLEGARIA A SANTIAGO

A ti que eres llamado Hermano del Señor, a ti cuyo noble rostro retrataba sus rasgos, Pastor de la Iglesia de Jerusalén, te honramos y admiramos el amor que profesaste al Redentor. Si flaqueaste un momento, como los demás en la hora de la Pasión, tu arrepentimiento le atrajo de nuevo junto a ti: después de Pedro, tú fuiste el primero de los Apóstoles a quien se dignó manifestarse en particular. Recibe hoy nuestra felicitación, oh Santiago, por este favor tan digno de emulación, y en recompensa haznos gustar cuán bondadoso es el Señor resucitado. No aspiró a otra cosa tu corazón, oh Santo Apóstol, que a mostrar a Jesús el reconocimiento de que estaba lleno; y el último testimonio que diste de su divinidad en la ciudad apóstata, te abrió por el martirio el camino que te había de llevar a Él para siempre. Alcánzanos, generoso Apóstol, que le confesemos también nosotros con la firmeza que conviene a sus discípulos; que nunca dudemos cuando se presente la ocasión de proclamar sus derechos sobre toda criatura.

PLEGARIA POR LA IGLESIA

Os invocamos juntos, oh Santos Apóstoles, y os suplicamos tengáis piedad de las iglesias de Oriente que vosotros evangelizasteis.
Rogad por Jerusalén, profanada por el cisma y la herejía. Obtened que pronto la veamos purificada y libre, que sus santos lugares cesen de ser profanados continuamente por el sacrilegio. Suscitad entre los cristianos de Asia Menor el deseo de volver a la unidad del redil que gobierna el soberano Pastor. En fin, oh Santos Apóstoles, rogad por Roma, vuestra segunda patria, en cuyo recinto esperáis la resurrección.

(¹)Algunos autores creen que se puede distinguir dos personas distintas con el nombre de Santiago: en primer lugar, uno de los doce Apóstoles y por otra el hermano del Señor, primer Obispo de Jerusalén y autor de la epístola canónica. Hay que advertir que esta distinción está basada en la liturgia griega que celebra al Apóstol el 5 de octubre y al Obispo el 25 del mismo mes. Algunos Martirologios romanos fijan al Apóstol el 22 de junio y la del Obispo el 25 de marzo. Sin embargo de eso, esta distinción, poco conforme con un pasaje de la Epístola a los Gálatas (X, 19) parece que no fué admitida por la mayoría de los Padres, y hoy sólo la aceptan muy reducido número de autores. (Cfr. Mgr. Charue, Epístolas Canónica, t. XII de la Biblia de Pirot, París, 1938, pp. 388-390.)
(²) Santiago fué juzgado por Ananias, hijo del Sumo Sacerdote Anás, porque convertía muchos judíos a la fe cristiana. Conducido fuera del templo a un lugar muy elevado encima del valle, fué arrojado desde allí. No habiendo muerto, pudo pedir perdón a Dios por sus enemigos; más un batanero le dió un golpe con una estaca en la cabeza, que le mató. Ocurrió esto en la fiesta de la Pascua, en abril del 62, imperando Nerón.
fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer Tomo III pag. 753 y siguientes

sábado, 2 de mayo de 2026

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.

Primer Sábado del Mes

Devoción al Rosario

 y al Inmaculado Corazón de María


En la segunda aparición en Fátima la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, 
con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.

Promesas de Nuestra Señora de Fátima

En la aparición de Junio de 1917, Nuestra Señora prometió a los tres pastorcitos que llevaría al Cielo a aquellos que abrazaran la devoción al Inmaculado Corazón de María. Al respecto, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, gran apóstol de la devoción mariana, comentó en una conferencia dictada en 1994: "La Santísima Virgen pide muy poco: Si lo hicieran os daré. Si no lo hicieran, no quiere decir que no os amaré, pero... si fuereis sedientos de aprovechar esta promesa de mi Inmaculado Corazón tanto más yo os amaré. ¡Venid!"
Sin embargo, cuántas personas adoptan una actitud indolente delante de promesas de éstas: las promesas del Sagrado Corazón de Jesús respecto a los nueve primeros Viernes; la promesa del Escapulario del Carmen, de ser sacado del fuego del Purgatorio en el primer Sábado, ¡qué promesas magníficas!".

SAN ATANASIO, OBISPO Y DOCTOR


SAN ATANASIO, OBISPO Y DOCTOR

la cruz
San Atanasio:"por la señal de la cruz toda 
magia se detiene y todo hechizo se desvanece"
¿Hay nombre más ilustre que el de San Atanasio entre los seguidores de la Palabra de verdad, que Jesús trajo a la tierra? ¿No es este nombre, símbolo del valor indomable en la defensa del depósito sagrado, de la firmeza del héroe frente a las más terribles pruebas de la ciencia, del genio, de la elocuencia, de todo lo que puede representar el ideal de santidad del Pastor unido a la doctrina del intérprete de las cosas divinas? Atanasio vivió para el Hijo de Dios; su causa fué la de Atanasio; quien estaba con Atanasio estaba con el Verbo eterno, y quien maldecía al Verbo eterno maldecía a Atanasio.

EL ARRIANISMO

Nunca corrió la fe peligro mayor que en los días que siguieron a la paz de la Iglesia y que fueron testigos de la más espantosa tempestad que había combatido a la barca de Pedro. En vano pretendió Satanás ahogar en su sangre la descendencia de los adoradores de Jesús; la espada de Diocleciano y Galerio se había embotado en sus manos y la cruz que brillaba en los cielos proclamaba el triunfo del cristianismo. De pronto, la Iglesia victoriosa se siente sacudida en sus mismos cimientos.
El infierno envalentonado vomitó sobre la tierra una herejía que amenazaba devorar en poco tiempo el fruto de tres siglos de martirio. El impío Arrio se atreve a decir, que Aquel que fué adorado como Hijo de Dios por tantas generaciones después de los Apóstoles, no es sino una criatura más perfecta que las demás. Se produce entonces una enorme defección hasta entre las filas de la jerarquía sagrada; el poder de los Césares se pone del lado de la apostasía; y si no hubiera intervenido el mismo Señor, pronto hubieran dicho los hombres que la victoria del cristianismo no tuvo otro resultado que transformar el culto pagano sustituyendo sobre los altares un ídolo por otros que primeramente habían recibido el incienso antes que él.

EL DEFENSOR DE LA FE

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).
Concilio de Nicea
Pero el que había prometido que las puertas del infierno no prevalecerían contra la Iglesia, no tardó en cumplir su promesa. La fe primera triunfó: el concilio de Nicea reconoció y proclamó al Hijo consubstancial al Padre; pero necesitaba la Iglesia un hombre que, por decirlo así, encarnase la causa del Verbo, un hombre tan docto que pudiera desenmascarar los embustes de la herejía, y tan fuerte que pudiera atraer sobre sí todos los golpes, sin desfallecer jamás. Este hombre fué San Atanasio; quien adore y ame al Hijo de Dios, debe amar y glorificar a Atanasio. Desterrado hasta cinco veces de su Iglesia de Alejandría, perseguido a muerte por los arríanos, vino a buscar ya un refugio, ya un lugar de destierro en Occidente, que tuvo a gala acoger con cariño al ilustre confesor de la divinidad del Verbo. En recompensa de la hospitalidad que Roma le dispensó, Atanasio la hizo partícipe de sus tesoros, Admirador y gran amigo de Antonio, profesaba un afecto especial a los monjes, que la gracia del Espíritu Santo había hecho brotar en los desiertos de su vasto patriarcado. Trajo a Roma esta preciosa semilla, y los monjes que la acompañaban fueron los primeros que vió Occidente. La planta celeste se aclimató, y aunque su crecimiento fué lento al principio, en lo sucesivo fructificó más aún que en Oriente.

EL DOCTOR DE LA PASCUA

Atanasio que expuso en sus escritos con tanta claridad y magnificencia el dogma de la divinidad de Jesucristo, celebró también el misterio de Pascua con elocuente majestad en sus Cartas festales, que dirigía cada año a las iglesias de su Patriarcado de Alejandría. La colección de sus cartas, que se daba por perdidas y no se conocía más que por algunos cortos fragmentos, se ha hallado casi completa en el monasterio de Santa María de Scete, en Egipto. La primera, que se refiere al año 329, comienza por las siguientes palabras, que expresan admirablemente los sentimientos que deben sentir todos los cristianos a la llegada de la Pascua.
"Venid, muy amados, dice Atanasio a los fieles sometidos a su autoridad pastoral, venid a celebrar la fiesta; la hora presente os invita. Al dirigir sobre nosotros sus divinos rayos, el Sol de justicia nos anuncia que el tiempo de la solemnidad se aproxima. Ante esta noticia celebremos fiesta y no dejemos que la alegría se nos vaya con el tiempo que nos la trajo sin haberla experimentado." Durante sus destierros Atanasio continuó dirigiendo a su pueblo la Carta pascual; sólo se vieron privados de ella algunos años. He aquí el principio de la que anuncia el comienzo de Pascua del año 338; fué enviada desde Tréveris a Alejandría. "Aunque lejos de vosotros, hermanos míos, no dejo de conservar la costumbre que siempre he observado con vosotros, desde que recibí de la tradición de los Padres.
No guardaré silencio y no dejaré de anunciaros la Santa Fiesta anual, y el día en que debéis celebrar la solemnidad. Preso de las tribulaciones de las cuales sin duda habréis oído hablar, abrumado por las más graves pruebas, colocado bajo la vigilancia de los enemigos de la verdad, que espían cuanto escribo para encontrar de qué acusarme y aumentar de este modo mis males, siento sin embargo de eso, que el Señor me da fuerza y me consuela en mis tribulaciones. Me dirijo, pues, a vosotros, desde los confines de la tierra en medio de mis penas y através de las insidias que me rodean para haceros la proclamación anual del anuncio de la Pascua que es nuestra salvación. Dejando en manos del Señor mi suerte he querido celebrar con vosotros esta fiesta; la distancia de los lugares nos separa, pero yo no estoy ausente de vosotros. El Señor que nos concede las fiestas, que es El mismo nuestra fiesta, que nos ha dado el Espíritu Santo, nos une espiritualmente con los lazos de la concordia y de la paz."
¡Qué magnífica es la Pascua celebrada por Atanasio desterrado en las orillas del Rin, unido espiritualmente con su pueblo que la celebraba a orillas del Nilo! ¡Cómo manifiesta el vínculo poderoso de la liturgia para unir a los hombres y hacerlos saborear en un momento, a pesar de las distancias, las mismas santas emociones y excitar en ellos las mismas aspiraciones hacia la virtud! Griegos o bárbaros, la Iglesia es nuestra patria común; pero la liturgia es junto con la fe, el medio por el cual todos nosotros formamos una familia, y la liturgia nada tiene de más expresivo en el sentido de la unidad, que l a celebración de la Pascua. Las desdichadas iglesias del Oriente y del Imperio ruso, apartándose del resto del mundo cristiano para celebrar un día, exclusivo p a r a ellas la Resurrección del Salvador, demuestran por esto que no forman parte del único rebaño del que El es el único pastor.

VIDA

Nació San Atanasio en Alejandría, hacia el año 295. Joven aun recibió las Ordenes, y se distinguió por su ciencia y su piedad, y pronto llegó a ser el colaborador preferido de su tío Alejandro, obispo entonces de Alejandría. En 320, siendo diácono, San Atanasio publicó su primera obra doctrinal: "Discurso contra los gentiles y sobre la Encarnación del Verbo". Acompañó en 325 a Alejandro al concilio de Nicea y contribuyó a la condenación de Arrio. En el 328, sucedió a su tío en la silla de Alejandría y trabajó en reducir toda la provincia de Egipto a la fe ortodoxa. Su celo le mereció ser duramente combatido por los herejes. Habiendo abrazado los emperadores el partido de los arrianos, no tardaron, a consecuencias de calumnias, en condenarlo como rebelde. Cinco veces le desterraron. De 335 a 337 a Tréveris. En 339 se refugió en Roma, donde le defendió el Papa. 
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Relicaio en Venecia
Las demás veces, antes de abandonar su rebaño, prefirió esconderse en el mismo Egipto, donde los monjes, que le tenían en gran veneración le ofrecieron en la Tebaida refugio inviolable. Desde allí publicó fulgurantes obras polémicas contra los arríanos. En todo su largo pontificado, no conoció sino un período de tranquilidad: fué la "década de oro" de 346 a 356, durante la cual pudo entregarse en paz a su ministerio episcopal, instruyendo a su pueblo y a su clero, socorriendo a los desgraciados y favoreciendo la vida monástica. Los últimos años los pasó en paz. Murió en. Alejandría en 373. Su cuerpo fué trasladado a Constantinopla, y en 1454 a Venecia. Su cabeza dicen se halla en Semblancay, en Turena.

ELOGIO

¡Oh Atanasio! te sentaste en la sede de Marcos en Alejandría. El salió de Roma para ir a fundar la segunda sede patriarcal: y tres siglos más tarde tú llegabas a Roma, sucesor de Marcos, para obtener del sucesor de Pedro que la injusticia y la herejía no prevalecieran contra esa silla augusta. Nuestro Occidente te admiró héroe sublime de la fe; te recibió en su seno; veneró en ti al noble desterrado, al confesor valeroso; y tu estancia en nuestras regiones quedó entre sus más caros y gloriosos recuerdos.

ORACIÓN POR LA IGLESIA

Sé el abogado de las regiones en que otro tiempo se extendió tu jurisdicción de Patriarca y acuérdate también del apoyo y hospitalidad que te ofreció Occidente. Roma te protegió, tomó a pecho tu causa, promulgó la sentencia en que te declaraba inocente y te restituía tus derechos; desde las alturas de los cielos devuélvela cuanto hizo por ti; sostén y alienta a su Pontífice, sucesor del Papa Julio I, que te ayudó hace ya diez y seis siglos. Una terrible tempestad se ha desencadenado contra la roca que sostiene a todas las iglesias y el iris de paz no brilla aún en las nubes. Ruega, oh Atanasio, para que estos tristes días sean abreviados y que la silla de Pedro deje de ser el blanco de los ataques de mentira y de la violencia que a la vez son objeto de escándalo pará los pueblos.

PLEGARIA POR LA CONSERVACIÓN DE LA FE

Tus trabajos, oh gran doctor, ahogaron el arrianismo; pero esta odiosa herejía ha levantado la cabeza en estos días. Extiende sus estragos a favor de esa caricatura de ciencia que se une al orgullo y que ha llegado a ser el gran peligro de los tiempos presentes. El Hijo eterno de Dios, consubstancial al Padre, es blasfemado por los adeptos de una filosofía perniciosa que no tiene inconveniente en ver en El al primero de todos los hermanos, con tal de afirmar que sólo fué hombre. En vano la razón y la experiencia demuestran que todo es sobrenatural en Jesús; ellos se obstinan en cerrar los ojos, y llenos de mala fe, a un lenguaje de admiración hipócrita mezclan el desprecio por la fe cristiana que reconoce en el Hijo de María al Verbo eterno, encarnado para la salvación de los hombres. Confunde a los nuevos arríanos, pón al descubierto su soberbia debilidad y sus artificios; disipa ilusión de sus desgraciados adeptos; que al fin sea reconocido que esos pretendidos sabios que se atreven a blasfemar de la divinidad de Cristo, van a perderse en los vergonzosos abismos del panteísmo, o en el caos del escepticismo, en cuyo seno desaparece toda moral y toda inteligencia se apaga.
Conserva en nosotros, por tus méritos y oraciones, el don precioso de la fe que el Señor se dignó confiarnos; alcánzanos que confesemos y adoremos siempre a Jesucristo como a nuestro Dios eterno e infinito, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no hecho, que se dignó tomar carne de María por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Revélanos sus grandezas hasta el día en que podamos contemplarlas contigo en la gloria. Entretanto conversaremos con El por la fe sobre esta tierra testigo de los esplendores de su resurrección.
Amaste a este Hijo de Dios, Creador y Salvador nuestro. Su amor fué el alma de tu vida, el móvil de tu consagración heroica a su servicio. Ese amor te sostuvo en las luchas en que el mundo entero parecía conspirado contra ti; te hizo más fuerte que todas las tribulaciones; alcanza para nosotros ese amor que nada teme porque es fiel, ese amor que debemos a Jesús, que siendo el esplendor eterno del Padre, su sabiduría infinita, se dignó humillarse hasta tomar la forma de esclavo, y hacerse por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de Cruz ¡Cómo pagaríamos su entrega por nosotros sino dándole todo nuestro amor a ejemplo tuyo, y celebrando tanto más sus grandezas, cuanto más El se humilló por nosotros!

fuente: Año Liturgico de Dom Próspero Guéranguer

Símbolo Atanasiano o quicumque

Gloria a Ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre.
1. Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica
2. Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente.
3. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad.
4. Sin confundir las personas, ni separar la substancia.
5. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo.
6. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna.
7. Tal es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo.
8. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo.
9. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo.
10. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo.
11. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno.
12. De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.
13. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo.
14. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente.
15. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.
16. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios.
17. Así el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor.
18. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor.
19. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada persona es Dios y Señor, la religión católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores.
20. El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado.
21. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado.
22. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente.
23. Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos.
24. Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí.
25. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad.
26. Por tanto, quien quiera salvarse es necesario que crea estas cosas sobre la Trinidad.
27. Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo.
28. La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo; Hijo de Dios, es Dios y Hombre.
29. Es Dios, engendrado de la misma substancia que el Padre, antes del tiempo; y hombre, engendrado de la substancia de su Madre Santísima en el tiempo.
30. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana.
31. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad.
32. El cual, aunque es Dios y hombre, no son dos cristos, sino un solo Cristo.
33. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios.
34. Uno absolutamente, no por confusión de substancia, sino en la unidad de la persona.
35. Pues como el alma racional y el cuerpo forman un hombre; así, Cristo es uno, siendo Dios y hombre.
36. Que padeció por nuestra salvación: descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos.
37. Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
38. Y cuando venga, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuentas de sus propios hechos.
39. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno.
40. Esta es la fe católica, y quien no la crea fiel y firmemente no se podrá salvar.
Oremos
Oh Dios todopoderoso y eterno, que con la luz de la verdadera fe diste a tus siervos conocer la gloria de la Trinidad eterna, y adorar la Unidad en el poder de tu majestad: haz, te suplicamos, que, por la firmeza de esa misma fe, seamos defendidos siempre de toda adversidad. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos.
R. Amén.
Santa Teresa de Jesús nos cuenta en su autobiografía:
“estando una vez rezando el Quicumque vult, se me dio a entender la manera cómo era uno solo Dios y tres Personas tan claro, que yo me espanté y consolé mucho. Hízome grandísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus maravillas, y para cuando pienso o se trata de la Santísima Trinidad, parece entiendo cómo puede ser, y esme mucho contento” (Vida, cap. 39, n. 25).

Puede rezarse y meditarse una vez al mes, especialmente en el tercer domingo, como signo de adoración y alabanza a la Santísima Trinidad.