viernes, 27 de marzo de 2026

S A N T O R A L

SAN RUPERTO o ROBERTO, obispo de Worms y de Salzburgo

Apóstol de Baviera

Obispo, misionero y fundador de Salzburgo, la encantadora ciudad alpina en Austria, célebre por haber sido la cuna natal de Mozart
Pablo Luis Fandiño
Imponente imagen de San Ruperto  
atribuida a Johann Vinazer (1684)
San Ruperto (Ruprecht o Roberto) nació en Worms en la segunda mitad del siglo VII, en el seno de la noble familia condal de los rupertinos o robertinos, que extendían su dominio sobre la región del medio y alto Rin. Estaban emparentados con la dinastía merovingia, que en aquel tiempo regía una vasta superficie de Europa, que incluye la actual Francia, Bélgica, una parte de Alemania y de Suiza.
Consagrado a Dios desde su infancia, recibió la esmerada educación que le tributaron monjes misioneros venidos de Irlanda. Sobre las excepcionales virtudes que desde muy joven adornaron su alma, “Ruperto se destacó —observa la Enciclopedia Católica, basada en antiguas crónicas— por la sencillez, la prudencia y el temor de Dios; era un amante de la verdad en su discurso, recto en la opinión, cauto en el consejo, enérgico en la acción, previsor en la caridad, y en toda su conducta modelo glorioso de rectitud”.1

Obispo de Worms

Al sobresalir por su elevada piedad y amplios conocimientos, fue designado para ocupar la silla episcopal de Worms. Su enorme reputación atrajo a muchas personas que desde lejanas provincias venían a pedirle instrucción y consejo. Sin embargo, como expresa el conocido refrán, nadie es profeta en su tierra: “aquel pueblo, que se componía la mayor parte de idólatras, no podía soportar una santidad tan ilustre, como la que condenaba todas sus irregularidades, desórdenes y supersticiones. Éstos le apalearon, le hicieron mil suertes de ultrajes y le echaron de la ciudad: pero Dios le preparaba otro asilo”.2 Ruperto soportó semejantes afrentas con gran dignidad y verdadero heroísmo. En fin, nuestro santo no hizo más que seguir las enseñanzas y el ejemplo del Apóstol:“proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina”.3
Aprovechó la presente contradicción para emprender un anhelado viaje a Roma, donde esperaba postrarse ante la tumba de San Pedro y presentar sus homenajes al Vicario de Jesucristo, a la espera de los designios de Dios.

Dios le descubre en Baviera un nuevo horizonte para su apostolado

Bautismo del duque Teodón por
San Ruperto de Salzburgo
Entre tanto, su fama de predicador había llegado a oídos de Teodón, duque de Baviera, quien le envió mensajeros a la Ciudad Santa suplicándole que fuese a instruir espiritualmente a su pueblo. En aquel fervoroso pedido, San Ruperto vislumbró un clamor de la Providencia que le mandaba a evangelizar aquella nación. “Fue recibido en Ratisbona por Teodón y por su Corte en el año de 697 con toda la distinción posible; y encontró los corazones de nobles y plebeyos dóciles a la palabra de Dios. La fe de Cristo había sido plantada en aquel país doscientos años antes por San Severino de Nórico; pero con su muerte las herejías y las supersticiones paganas habían extinguido enteramente la luz del Evangelio. Bagintrudis, hermana del duque Teodón, hecha cristiana, dispuso el ánimo de su hermano, y de todos los del país a recibir la fe de Cristo; y Ruperto con la ayuda de sus presbíteros, a quienes había llevado consigo, instruyó y después de un ayuno general bautizó a Teodón, a los Señores y al pueblo de todo aquel vasto país”.4
Entonces San Ruperto se dedicó a predicar, cultivar y civilizar a su población. De Ratisbona, la capital, pasó a Lorch en donde continuó desarrollando su ministerio. Allí, Dios se encargó de confirmar su doctrina con sorprendentes milagros; curó numerosas enfermedades con sus oraciones y convirtió a muchos de sus habitantes.
En atención al crecido número de los fieles y al extenso territorio que ocupaban, San Ruperto pensó en elegir un lugar a propósito para sede y núcleo de su apostolado. Después de descartar otras propuestas, pidió finalmente al duque de Baviera que le otorgara el territorio que otrora había sido ocupado por la ciudad romana de Juvavum, para erigir allí un monasterio y establecer su sede episcopal, a fin de afianzar su misión apostólica en el país. En agradecimiento por los grandes beneficios que su pueblo había recibido por la prédica de la fe verdadera, Teodón accedió gustosamente al pedido de San Ruperto, legándole a él y a sus sucesores un área calculada en dos mil millas cuadradas. En sus inmediaciones existía una mina de sal cuya explotación el santo obispo estimuló.

La fundación de Salzburgo

La ciudad de Salzburgo (que significa etimológicamente “ciudad de la sal”; salz en alemán equivale a sal en castellano), fue pues fundada por San Ruperto a orillas del río Salzach (“río de la sal”) y muy próxima a las ruinas del antiguo municipio romano de Juvavum. Es por ello que la iconografía cristiana representa a San Ruperto con un salero, o también con un barril en la mano, lleno precisamente de sal y no de vino.
Con la ayuda del propio duque Teodón, el santo prelado erigió la primera iglesia de Salzburgo así como un monasterio benedictino —ambos dedicados a San Pedro, el Príncipe de los Apóstoles— al pie del Mönchsberg, una de las dos emblemáticas montañas que rodean la ciudad, en el mismo lugar en que San Máximo —discípulo de San Severino— sufrió el martirio junto con sus compañeros el año 476.
Vista panorámica de Salzburgo, a orillas del Salzach
Apremiado por la necesidad de contar con nuevos y experimentados operarios para cuidar de su extensa mies, San Ruperto emprendió un rápido viaje a su tierra natal. A su regreso, trajo consigo a doce virtuosos misioneros de los cantones del alto Rin, entre los cuales se destacaron Cunialdo y Gislero, venerados como santos. Vino también acompañado de una sobrina, Santa Erentrudis, virgen consagrada a Dios, con quien erigió el año 714 el histórico monasterio de Nonnberg (monte de las monjas), el más antiguo convento femenino en el mundo de habla germánica. Convertida en su primera abadesa, Erentrudis gobernó con asombrosa prudencia y santidad, la prolífica comunidad de religiosas que le fue encargada por su tío carnal.

Qualis vita, finis ita

A tal vida, tal muerte. Satisfecho de haber provisto a sus instituciones con sólidas bases, San Ruperto comenzó a prepararse para el destino final de todo hombre. “Rendido de tan penosas como laboriosas fatigas, habiendo sacrificado al servicio de Dios su vida, bienes, comodidades y reputación, hizo saber a sus discípulos que se acercaba la hora de su muerte, cuya noticia sintieron en el alma; pero los consoló con la promesa de que intercedería por ellos ante el tribunal de Dios”.5
Al comenzar la Cuaresma del año 718, San Ruperto adoleció gravemente. Tras soportar con admirable paciencia las molestias propias de la enfermedad, entregó su alma a Dios el 27 de marzo de aquel año, en la festividad de la Pascua, después de haber celebrado misa y predicado.
Sus restos permanecieron en la iglesia de San Pedro desde su muerte hasta el 24 de setiembre del 774. Aquel día, San Virgilio —discípulo y sucesor suyo— condujo parte de ellos a la catedral, donde permanecen hasta hoy aguardando el día de su resurrección.
Tumba de San Ruperto en la iglesia de San Pedro, Salzburgo
Muchas iglesias y lugares en Austria y Alemania llevan su nombre, comenzando por la catedral de Salzburgo, como perenne testimonio de su inagotable actividad misionera.
El 20 de abril de 798, a pedido de Carlomagno, el Papa León III elevó la diócesis de Salzburgo a la categoría de arzobispado.
Desde fines del siglo XIII hasta comienzos del siglo XIX, Salzburgo se convirtió en un Principado gobernado por su arzobispo y formando parte del Sacro Imperio Romano Germánico.
Wolfgang Amadeus Mozart, genio universal de la música, fue bautizado en la catedral de San Ruperto el 28 de enero de 1756. Y fue en aquel mismo recinto, bajo la protección de nuestro santo, que interpretó sus primeras melodías, cuando la sugestiva Salzburgo cumplía su primer milenio de existencia. La fiesta de San Ruperto se conmemora hoy en Austria el 24 de setiembre y en el resto del mundo el 27 de marzo.
Notas.-
1. Ulrich Schmid, St. Rupert, The Catholic Encyclopedia, Robert Appleton Co., New York, 1912, in www.newadvent.org/cathen/13229a.htm.
2. P. Alban Butler, Vidas de los Padres, Mártires y otros principales santos, Imp. Santander, Valladolid, 1789, t. III, p. 409.
3. 2 Tim 4, 2.
4. P. Alban Butler, op. cit., p. 410.
5. P. Juan Croisset, Año Cristiano, Imp. de Pablo Riera, Barcelona, 1862, t. 3, pp. 437
Fuente:
El Perú necesita de Fátima

http://www.fatima.pe/articulo-704-san-ruperto-de-salzburgo

jueves, 26 de marzo de 2026

S A N T O R A L

San Cástulo, Mártir

Como los emperadores gozan de todos los regalos, y conveniencias de este mundo; así es forzoso tengan, quien los sirva, asista, y corteje. Diocleciano, que en nada cedió á los demás emperadores; tuvo, entre otros muchos nobles de su familia, á Cástulo, tan de su afecto, y su satisfacción, que era de los que más cerca asistían á su imperial persona, sirviéndole como su más íntimo sumiller de corps, o camarero; que quien le fiaba su amistad, bien podía fiarle su persona dormida, y sola. Era Cástulo cristiano secretamente, y no se declaraba, por no perder la ocasión, que, viviendo oculto, tenía de favorecer y amparar á los cristianos: lo cual podía fácilmente, por la mucha mano, y amistad, que tenía con su amo el emperador. 

Entre otros muchos cristianos; á quienes favoreció, y amparó con amor y caridad cristiana, fueron de él con particular cuidado asistido, el santo pontífice Cayo, Marceliano, y Marcos, diáconos, y su padre Tranquilino, presbítero. Pero, como el tiempo sea voltario, y las, cosas, por ocultamente que se hagan, no puedan estarlo tanto, que dejen de saberse algún día, y más viviendo en aquellos tiempos los idólatras con tanto cuidado y deseos de hallar cristianos, en quienes emplear sus crueldades, y rigores; vino al fin á descubrirse como Castullo era cristiano, y gran favorecedor y amparador de los cristianos: por ­lo cual fué preso, sin que le valiese la inmuni­dad del imperial palacio, en que vivía, ni el esti­marle el emperador, como á fiel criado, y amigo, porque, con el nombro de cristiano todo se borraba para con aquellos tiranos. Fué examinado en tres audiencias públicas: pero hallado también tan constante y firme en la fe de Jesucristo, y confe­sión de su santísimo nombre; furioso el juez, lo hizo bárbaramente poner en una olla profunda, y que le llenasen de arena, y argamasa: con que, que­dando en ella sepultado su cuerpo vivo, fué su felicísima, y bendita alma aposentada en el alcázar, y palacio celestial del emperador supremo Cristo Jesús, donde fue recibida con festivos, y angéli­cos cánticos, y coronada de eterna gloria. Fué su martirio y pasión gloriosa á los 26 de marzo, por los años del Señor de 286, imperando el ya nom­brado Diocleciano. 
Moosburg Kastulus Ursulakapelle.jpgEscribieron su vida y martirio Beda, Usuardo, Adon, Pedro de Natalibus im Cathalogo, lib. 3, cap. 231; Santoro, el Martirologio romano, Baronio en sus anotaciones, y otros.
El silencio es virtud, que tiene su aproba­ción, y canonización por el mismo Dios: pero el dejar de hablar á su tiempo también fuera vicio: uno y otro se ha de regular por la prudencia. Grande fué la que mostró el invicto mártir de Je­sucristo san Cástulo: pues con ella supo tener en silencio todo el tiempo, que le pareció convenía, el ser cristiano: más después que vió, que también convenía hablar, habló tanto, y tan divinamente en !a confesión de la fe, que siendo preso por ese silencio, fué ahogado por su hablar, mereciendo por uno y otro la corona del martirio, y deján­donos enseñados á callar, y hablar á su tiempo: sabiendo que, imitándole siempre, le tendremos intercesor en la gloria, donde le veamos. Amén.
  FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

miércoles, 25 de marzo de 2026

No al aborto

 

Ejemplo simbólico de la lucha contra el abortola lucha contra el aborto


Gianna Beretta Molla con dos de sus hijos

«Pedro, ¡si ustedes deben decidir entre mí y la criatura, no duden: escojan a la criatura, yo lo exijo, sálvenla! Yo haré la voluntad de Dios, y Dios providenciará lo necesario para mis hijos» 

Roberto Bertogna


Cuando Gianna Beretta Molla pronunció tales palabras tenía 39 años de edad, era madre de tres niños de 6, 5 y 3 años respectivamente. Competente médica pediatra, tenía frente a sí el éxito en su carrera profesional. Estaba casada con un virtuoso y acomodado ingeniero industrial, director de una empresa.

Dotada de una gran alegría de vivir, pasaba sus vacaciones en la bell’Italia y en el extranjero. Frecuentaba habitualmente el magnífico teatro Scala de Milán. Se distraía con el piano, pintaba bonitos cuadros al óleo, se vestía de manera refinada, en fin, era una persona a quien nada le faltaba en la vida.

¿Qué fue lo que llevó a esta feliz madre de familia y esposa ejemplar, recientemente canonizada por Juan Pablo II, a no tener pena de sí —como lo atestigua la frase del epígrafe—, sino a buscar lo más perfecto para la gloria de Dios?

¿Cómo esta noble alma formó su personalidad? ¿Qué principios guiaron su acción?

Aborto: pecado que mata más que todas las guerras

Impunemente se practica hoy el mayor genocidio de toda la historia de la humanidad: el aborto, llamado eufemísticamente interrupción voluntaria del embarazo, a través del cual son legalmente asesinados —¿hasta cuándo?— millones y millones de seres humanos. Auténtica y apocalíptica matanza de los inocentes.

Para tener una idea de la gravedad de esta inmensa tragedia, basta examinar algunas estadísticas. Anualmente en los Estados Unidos son practicados 1.3 millones de abortos; en Rusia, 2 millones; en Italia, 140 mil; en España, 77 mil. Y, según la prensa, sabemos que proporcionalmente ocurre lo mismo en Francia, Alemania, Portugal, China, Cuba, Brasil, etc. En fin, un flagelo mundial que mata más que todas las guerras y el Sida.

Contra tal clamorosa y suprema violación del más fundamental de todos los derechos de la persona, el derecho a la vida, nos encontramos con la edificante vida de Gianna Beretta Molla, madre coraje, como es conocida en Italia.

Padres “rectos, justos y temerosos de Dios”

Esta valiente madre italiana nació en la ciudad de Magenta, vecina a Milán, el día 4 de octubre de 1922, fiesta del Patrón de Italia, San Francisco de Asís. Hagamos una visita a la casa en donde nació Gianna para conocer a sus progenitores, don Alberto Beretta y doña María De Micheli de Beretta. Su padre ejercía la función de cajero en una empresa de Milán, y su madre se ocupaba de los quehaceres domésticos y de la educación de la gran prole que Dios le había dado: doce hijos, de los cuales cinco murieron a tierna edad.

José, hermano de Gianna y futuro misionero en el Brasil, así describe a sus padres: “Mamá era muy dotada de inteligencia y de una gran fuerza de voluntad.  Severa consigo misma, pero muy amable con sus hijos. Enseñaba que Dios Nuestro Señor está siempre muy próximo a nosotros con su inmensa bondad. Papá también era muy religioso, se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para poder ir a Misa. […] El día terminaba con el rezo del Santo Rosario, y papá consagraba toda la familia al Sagrado Corazón de Jesús y a San José”.

Los amigos sabían que no era una familia cerrada en sí misma. Todos eran bien acogidos: “La seriedad y la generosidad para con el prójimo eran los principios fundamentales de mamá y papá”, observa Virginia, otra de las hijas del matrimonio.

La misma Gianna, antes de contraer nupcias afirmó: “Mis santos padres: rectos, justos y temerosos de Dios”.

En la infancia, virtud amena y equilibrada

Preparada y modelada por padres auténticamente católicos y asistida espiritualmente por su hermana Amalia, Gianna hizo su Primera Comunión a los cinco años de edad, el día 14 de abril de 1928. A partir de ese momento, acompaña regularmente a su madre a Misa todos los días, y el Santísimo Sacramento será su alimento espiritual cotidiano.

Frecuentó la escuela primaria en Bérgamo, siendo confirmada en la catedral de aquella ciudad al cumplir los ocho años de edad.

Una de sus amigas declaró: “Gianna tenía un carácter ameno y un semblante sonriente, pero era muy equilibrada, un alma pura y un corazón generoso. Difundía a su alrededor mucha tranquilidad, tenía una Fe que contagiaba, y todas las personas que la trataban se sentían atraídas hacia la Iglesia”.

Experiencia decisiva y buenos propósitos

A los quince años, estudiando en el Liceo Classico, participa de un retiro espiritual, según el método de San Ignacio de Loyola. Más tarde dirá que las gracias recibidas en aquella ocasión marcaron toda su existencia. Aprendió entonces cómo en la vida son necesarias y fundamentales la meditación y la oración hechas con regularidad.

Así, escribió en su diario: “Jesús, prometo someterme a todo aquello que permitirás que me suceda. Hacedme conocer siempre tu voluntad.

1. Para servir a Dios, hago el propósito de no ir más al cine, sin antes saber si aquello que pasan se puede ver, si es modesto y no es escandaloso e inmoral;

2. Hago el propósito de preferir morir a cometer un pecado mortal;

3. Quiero temer al pecado mortal como si fuese una serpiente; y, repito: mil veces morir que ofender al Señor;

4. Imploro al Señor que me ayude a no ir al infierno y a evitar todo aquello que pueda hacer mal a mi alma;

5. Rezar una Avemaría todos los días para que el Señor me dé una santa muerte;

6. Pido al Señor que me haga comprender su gran misericordia;

7. Quiero siempre, de hoy en adelante, rezar de rodillas mis oraciones, tanto por la mañana, en la Iglesia, como en la tarde en mi cuarto a los pies de mi cama”.

Devoción a la Santísima Virgen: señal de los predestinados

Gianna sabía que no bastaban esos buenos propósitos. Todos eran muy bonitos y necesarios pero, ¿dónde encontrar las fuerzas para cumplirlos? Inteligente y coherente como era, conocía la fragilidad humana.

Su madre, en el testamento, exhortó a sus hijos: “Les pido amar a vuestro padre, no lo dejen solo, vivan unidos en familia. Y, sobre todo, sean fieles a Jesús y devotos de la Santísima Virgen”.

Gianna recurrió entonces a aquella que Jesús, en lo alto de la Cruz, nos dio como Madre: “¡María! Vos sois mi «dolce Mamma», confío en Vos y tengo la certeza de que jamás me abandonaréis. Os saludo como «Madre mia, Fiducia mia» [Madre mía, Confianza mía] y me consagro enteramente a Vos. Acordaos siempre de que soy vuestra, y en cada momento de mi vida presentadme a vuestro Hijo, Jesús”.”.
El matrimonio Molla-Beretta con ocasión de su boda
Misión de médica, salud del cuerpo y del alma

En 1942, terminada la secundaria, Gianna se matriculó en la Universidad de Medicina. Poseía un concepto preciso y sublime de esta profesión. Más de que un trabajo, para ella la medicina era una misión. Sobre el significado y el profundo valor de la misión de médica, nos dejó algunos escritos:

“No olvidemos que en el cuerpo de nuestro paciente existe un alma inmortal. Y nosotros, que tenemos el derecho de oír ciertas confidencias, estemos atentos para no profanar el alma. Sería una traición. Seamos honestos y médicos con fe. A nosotros nos son concedidas ocasiones que al sacerdote no le ocurren: nuestra misión no termina cuando los remedios no surten efecto, existe el alma para ser llevada a Dios, y la palabra del médico tiene autoridad”.

La Dra. Gianna concedía a sus enfermos no solamente atención médica, sino una verdadera ayuda espiritual, y muchas veces los auxilió, guiándolos hacia la recepción del sacramento de la confesión.

En numerosas ocasiones, les infundió valor a muchas madres próximas al parto, consiguiendo transmitirles la alegría de acoger a un hijo como a un don de Dios. Con base en esta concepción, convenció a muchas jóvenes a desistir del aborto.

Planeaba ser misionera

Desde su infancia alimentó admiración y amor por las misiones. Muchas veces su madre remendaba la ropa de sus hijos a fin de enviar el dinero economizado para las misiones. Durante su militancia en la Acción Católica, insistía mucho sobre la importancia del apostolado.

Y si su primera elección fue la de ser médica, no escondía el deseo cultivado interiormente de hacerse misionera laica auxiliar, consagrándose a Dios al servicio de la evangelización.

Pensaba realizar aquel deseo de médica misionera al lado de su hermano, Fray Alberto Beretta, misionero capuchino en el Estado brasileño de Marañón.

En ese sentido escribió a su hermano: “Estoy buscando un médico que me sustituya, y pido que el Señor me ayude a encontrarlo. Estudio portugués y si Dios quiere, seré muy feliz al partir. Rece para que todo salga bien”.

Descubriendo la vocación para el matrimonio

Vivió algunos años en la incertidumbre de escoger un estado de vida. Para tomar una buena decisión, rezaba mucho, pedía oraciones y consejos, sufría. En la búsqueda de discernir la voluntad de Dios para su vida, pasó incluso por una gran perturbación interior; no en el plano de la fe, sino en la elaboración del proyecto de vida.

Parecía que el mismo Dios deshacía y confundía proyectos, deseos y sueños. Se sentía llamada por Dios, pero en el momento de la realización, parecía que todo volaba por los aires. Un modo misterioso de actuar de Aquel que traza “vías diferentes de las nuestras”.

Gianna en sus anotaciones, señala tres medios para descubrir la propia vocación:

1. interrogar al Cielo con la oración;

2. interrogar al director espiritual;

3. interrogarse a uno mismo, reconociendo nuestras inclinaciones.

Fue lo que hizo. En lugar de abatirse, intensificó sus oraciones para poder reconocer mejor la voluntad de Dios. Para ello fue a Lourdes, y allí rezó empeñadamente.

Cuando comprendió que la voluntad de Dios era que constituyese una familia, se orientó con decisión hacia el matrimonio, conciente de que era el camino que Dios deseaba para ella.

Así, escribió en su diario: “El problema de nuestro porvenir, no debemos solucionarlo cuando tenemos apenas quince años, sino es mejor orientar toda la vida hacia aquella vía en la cual el Señor nos quiere, porque nuestra felicidad terrena y la eterna dependen de vivir bien nuestra vocación”.

Encuentro no casual, bendecido por Dios

En la festividad de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1954, se celebraba en la ciudad de Mesero la fiesta de la ordenación sacerdotal de Fray Lino Garavaglia, hoy obispo de las diócesis de Cesena y Sarsina, en Italia.

Tanto Pedro, el futuro novio, como Gianna fueron invitados a la Misa y al almuerzo.

Al día siguiente Pedro Molla le escribió a Gianna: “Me acuerdo de ti cuando, con tu sonrisa amplia y gentil, saludabas a Fray Lino y a sus parientes; me acuerdo cuando hacías devotamente la Señal de la Cruz antes de comer; me acuerdo aún cuando estabas en oración durante la bendición del Santísimo Sacramento”.

A los pies de la Virgen de Lourdes, en junio de 1954, Gianna había comprendido cual era su vocación, y en aquella fiesta de la Virgen Inmaculada, Pedro comprendía cual era el proyecto de Dios. Al día siguiente, él registró en su diario: “Siento la serena tranquilidad que me da la seguridad de haber tenido ayer un óptimo encuentro. La Inmaculada Concepción me bendijo”.

Durante el noviazgo, Pedro observó: “Cuanto más conozco a Gianna, más tengo la seguridad de que mejor encuentro Dios no podía ofrecerme”.

Gianna respondió: “Deseo hacerte feliz y ser la esposa buena que tú deseas: comprensiva y dispuesta para los sacrificios que la vida nos pedirá. Pienso en donarme totalmente para formar una familia verdaderamente cristiana. Es verdad que tendremos que enfrentar dolores y sacrificios, pero si deseamos siempre uno el bien del otro, con la ayuda de Dios venceremos todos los obstáculos”.

Madre ejemplar, esposa dedicada

Gianna y Pedro recibieron el sacramento del matrimonio el día 24 de septiembre de 1955. Se prepararon espiritualmente para ese momento con un triduo, que consistía en asistir a Misa y recibir la Santa Comunión.

El amor recíproco, basado en la fe y no en el sentimentalismo, proporcionó a los jóvenes esposos el coraje para enfrentar todo serenamente. Gianna no renunció a su profesión de médica. Cuidaba muy eximiamente de los quehaceres domésticos, revelándose una excelente cocinera, y continuaba asistiendo a sus pacientes; les prestaba asistencia médica gratuita en el jardín de la infancia y en la escuela primaria.

Sentía profundamente el amor a la maternidad: “Con el auxilio y la bendición de Dios, haremos de todo para que nuestra familia sea un pequeño Cenáculo, donde Jesús reine sobre todos nuestros afectos, deseos y acciones”.

Aceptó los inevitables sacrificios de la vida familiar sin que nunca se apagase su sonrisa de bondad, paciencia y generosidad. Todos los que la conocieron son testigos de que coherencia, conciencia de sus deberes y equilibrio eran las dotes típicas de Gianna, las cuales hacía fructificar al máximo en todo su ambiente doméstico, profesional y parroquial, con mucha armonía y simplicidad.

Para ella, la primera finalidad del matrimonio era la formación de una familia numerosa y santa. En una carta a su hermana, decía: “Pida al Señor que me mande pronto tantos hijos buenos y santos”.

El 19 de noviembre de 1956, catorce meses después de la boda, nació Pierluigi, su primer hijo. Después nacieron María Zita, el 11 de noviembre de 1957, y Laura María, el 15 de julio de 1959. En menos de cuatro años de matrimonio, tuvo tres hijos, todos ellos con una gravidez muy difícil.

Gianna concebía a la mujer como madre católica, y vivió su maternidad como una oblación: ser madre y ser “sacrificio” eran dos realidades inseparables. Pero, nótese bien, todo vivido con alegría, aunque su precio fuese muy alto.

En ese sentido, ya a los dieciocho años de edad, escribió en su diario: “Toda vocación es vocación a la maternidad, espiritual y moral, y prepararse significa estar dispuesto a ser donadores de vida, y si en la lucha por nuestra vocación tuviésemos que morir, aquel sería el día más bonito de nuestra vida”.

Heroico amor maternal por amor a Dios

Después de tres embarazos dolorosos, al inicio del cuarto fue indispensable una cirugía, debido a un fibroma uterino (tumor en el útero). Fidelísima a sus principios morales y religiosos, decidió sin la menor duda que el médico se preocupase en primer lugar, no con la operación que podría salvar su vida, sino con la salvación de la vida de la criatura.

La imagen peregrina de la Virgen de Fátima
visitó la casa del Ing. Pedro Molla, esposo de
Santa Gianna Beretta Molla. Por ocasión de
la mencionada visita,el señor Molla agradeció
la iniciativa con las siguientes palabras: 
“Agradezco muy conmovido por haber recibido
en mi casa la visita de la imagen peregrina
de Nuestra Señora de Fátima que le era
tan querida a la bienaventurada Gianna”.

Escribió entonces su marido: “Con incomparable fuerza de voluntad y con inmutable empeño, continuaba con su misión de madre hasta los últimos días de su gestación. Rezaba o meditaba. La sonrisa y la serenidad que infundían la belleza, la vivacidad y la salud de sus tres «tesoros» eran casi siempre velados por una inquietud interior. Temía que su criatura naciese con sufrimientos. Rezaba para que así no fuese. Muchas y muchas veces, me pidió disculpas si me causaba preocupaciones. Me dijo que nunca había tenido necesidad de tanta amabilidad y comprensión como ahora. Al aproximarse el período del parto, afirmó explícitamente, con un tono firme y al mismo tiempo sereno, con una mirada profunda que no olvidaré jamás: «¡Si ustedes deben decidir entre mí y la criatura, no duden: escojan a la criatura, yo lo exijo, sálvenla! Yo haré la voluntad de Dios, y Dios providenciará lo necesario para mis hijos»”.


Era un Viernes Santo, 20 de abril de 1962, cuando fue internada para el parto. El Sábado Santo, Gianna y toda la familia tuvieron la indescriptible alegría de un don divino: la hija que portaba en su seno nacía bella y fuerte.

El fruto bendito de este heroico gesto de amor a Dios recibió en el santo Bautismo el nombre de Gianna Emanuela.

Después de una vida ejemplar, santa muerte

Desde entonces, Pedro no dejó a su esposa ni por un minuto. Los médicos intentaban salvarla a toda costa: antibióticos, suero, sondas… todo en vano.

La última confidencia a su marido fue: “¡Pedro! Ahora me curé. Estaba ya del otro lado, y si supieses lo que vi… ¡Un día te lo diré! Pero como éramos muy felices, estábamos tan bien con nuestros maravillosos hijos, llenos de salud y gracia, con todas las bendiciones del Cielo, me mandaron de regreso aquí abajo, para sufrir un poco más, porque no es justo presentarse ante Dios sin haber sufrido mucho”.

Completamente lúcida, Gianna solicita y recibe la Extremaunción y la Santa Comunión por última vez. En aquel momento, acababa de llegar de la India su hermana Virginia, misionera en aquel país. Viendo al Crucifijo que le pendía del cuello, lo pide para besarlo y dice: “Jesús, te amo”.

Era el día 28 de abril de 1962, y sería apropiado colocar en sus labios las últimas palabras de Santa Teresita del niño Jesús: “Yo no muero, sino entro a la Vida”.