viernes, 20 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SANTA JACINTA MARTO, VIDENTE DE FATIMA

La santidad de Jacinta, la admirable vidente de Fátima





Jacinta era una niña cuando la Santísima Virgen apareció en Fátima. Entra en la Historia a los siete años, precisamente a la edad que habitualmente se acostumbra señalar como la del comienzo de la vida consciente y de la razón. ¿En qué medida una criatura de esa edad es capaz de practicar la virtud? ¿Y de practicarla de modo heroico?


Atilio Faoro


La historia de la espiritualidad católica tiene ejemplos sorprendentes de santidad a corta edad: Santa María Goretti, martirizada a los once años con plena conciencia de lo que hacía; Santo Domingo Savio, que murió a los quince años.
Jacinta Marto —y su hermano Francisco— fueron beatificados el día 13 de mayo del 2000 en el Santuario de Fátima, por S. S. Juan Pablo II, después de un riguroso proceso canónico en Roma. ¿Cuál es el secreto de la santidad de Jacinta? El tema además de actual es altamente oportuno, al conmemorarse este mes el centenario del nacimiento de la más pequeña de los tres videntes.
*  *  *
Jamás se verá en aquel sitio cosa igual: 70 mil personas, venidas de todos los rincones de Portugal, están reunidas, bajo la lluvia, en el lugar denominado Cova da Iría. ¿Qué ocurrió?
Es el día 13 de octubre de 1917. A duras penas, los tres pastorcitos intentan atravesar la multitud rumbo a sus humildes casas en Aljustrel. La menor de los niños —nuestra Jacinta— es conducida a través de atajos por un soldado, que la protege de las manifestaciones de entusiasmo de personas que desean verla y dirigirle la palabra. Miles de preguntas, pedidos de oración e intercesiones. Conversiones, lágrimas de alegría...
Los pequeños —Lucía, Francisco y Jacinta— no prestan atención a la multitud reunida, la cual ha presenciado el milagro del Sol al final de la última aparición. Sus mentes están tomadas por la sublimidad y por el esplendor del extraordinario hecho sobrenatural que hace poco acaban de contemplar. La Señora del Cielo, con quien hablaron en seis ocasiones, acababa de realizar el milagro prometido...
Desapego con relación a las alabanzas de los hombres
Jacinta Marto, con apenas siete años de edad, está dotada de una marcada seriedad. La frente fruncida indica profunda preocupación. Los ojos, que aún reflejan maravillosamente el brillo de lo que habían contemplado, están contraídos pero calmados, revelando un alma inclinada al recogimiento.
¿Qué decir de esta fisonomía? Tal vez Jacinta se esté acordando de los penosos caminos recorridos anteriormente en medio del desprecio, de los improperios y hasta de los golpes de aquellos que ahora están en medio de la multitud. No, la alegría del momento no la impresiona, ella conoce bien la inconstancia del espíritu humano. Su voluntad está puesta en Dios, en el cumplimiento de la voluntad divina, de tal modo que, después de las apariciones, llevó verdaderamente la vida de una gran santa. La Congregación para la Causa de los Santos constató: su voluntad era enteramente sumisa a la de Dios. ¡Cómo sería útil, particularmente para nuestros días, conocer la vida de esta niña!
El camino de la santidad
En el espacio de tiempo que va de los siete a los diez años, en que soportó heroicamente el fardo de la enfermedad que la llevaría a la muerte, Jacinta surcó el camino de la santidad. A una edad tan precoz conoció profundamente la realidad de la vida. Su existencia fue corta, aunque repleta de acontecimientos extraordinarios e incluso fascinantes. Describirla superaría los límites de este artículo. Tendremos pues que ceñirnos a los trazos distintivos de su alma, a algunas escenas de su vida y mencionar algunos testimonios.
Esta niña recorrió el camino de la santidad de tal forma, que sus padres y parientes llegaron a exclamar respecto a ella y a los otros dos videntes: “Es un misterio que no se logra comprender. Son niños como otros cualesquiera. Sin embargo, ¡se percibe en ellos un algo de extraordinario!” Sí, ¿qué había de extraordinario en esas criaturas que las personas (¡hasta hoy!) no consiguen entender?
¿Quién fue Jacinta Marto? La menor de una numerosa prole, nació el 11 de marzo de 1910. De naturaleza dulce, era una niña como las demás. Jugaba, cantaba, tenía sus defectos mayores o menores, su temperamento y, naturalmente, sus preferencias... hasta el 13 de mayo de 1917.
Oración y sacrificios rescatan a los pecadores
Después de aquel día, Jacinta emprendió un profundo cambio interior, una conversión de vida como Nuestra Señora había pedido. Las palabras de María Santísima impregnaron de modo indeleble su alma y pasaron a ser el contenido, el ideal de su vida. Más aún, colocó ese ideal en práctica.

“¡Haced penitencia por los pecadores! Muchas almas se van al infierno porque nadie reza y se sacrifica por ellas” — Tales palabras encontraron honda resonancia en Jacinta. ¡Con qué inquebrantable voluntad hacía penitencia! Aquí mencionaré algunos ejemplos de esta precoz y gran santa. No vacilaba en ayunar frecuentemente un día entero, sin comer o beber nada, entregando alegremente su pan a los niños pobres. Otros días, comía justamente aquello que más detestaba. Llevaba como penitencia una gruesa cuerda alrededor de la cintura. ¡Nada, ningún sacrificio le parecía demasiado grande, si se trataba de la salvación de las almas!
El pecado y el cielo en su espiritualidad
De hecho, se puede decir que la espiritualidad de Jacinta se fundaba en los pedidos formulados por la Santísima Virgen. Contiene dos aspectos importantes: 1) un claro concepto del pecado; y, 2) una noción muy definida de la belleza sobrenatural del cielo. Exactamente dos puntos con relación a los cuales nuestra época está inmensamente distante.
No se habla más de pecado. Esta palabra está siendo omitida en muchas catequesis y proscrita del pensamiento de las personas. Junto con eso, ¡necesariamente también está siendo eliminada la idea del propio Dios!Pues, ¿a quién ofende más el pecado, sino a la honra divina? 
Estrechamente relacionado con este pensamiento viene el segundo punto: la noción clara de la belleza sobrenatural del cielo. Cuanto más intensamente un alma tenga esa noción de lo sobrenatural celestial, tanto más fácil será su correspondencia a los llamados de la Madre de Dios. Jacinta es un ejemplo concreto arrebatador de tal correspondencia. El mensaje de su vida nos convida a reconocer esos aspectos del mensaje de la Santísima Virgen y hacer de ellos el eje orientador de nuestras vidas.
Sus enormes penitencias salvaron a muchas almas
Profundamente impresionada por la visión del infierno y por el misterio de la eternidad, Jacinta no escatimó ningún sacrificio orientado a la conversión de los pecadores. En su enfermedad —una tuberculosis que la llevó a la muerte— ofrecía principalmente sus dolores: “Sí, yo sufro, no obstante ofrezco todo por los pecadores, para desagraviar al Inmaculado Corazón de María. Jesús, ahora puedes convertir muchos pecadores porque este sacrificio es muy grande”.
El R. P. Luis Fischer, gran apóstol de Fátima,
examina el cuerpo de Jacinta durante su primera
exhumación, el 12 de setiembre de 1935.
El rostro de la vidente fue encontrado incorrupto

Todos los que conocieron a Jacinta sentían cierto respeto por ella. Lucía, su prima, escribe: “Jacinta era también aquella [de los tres niños] a quien, me parece, la Santísima Virgen dio la mayor plenitud de gracias y conocimiento de Dios y de la virtud. Ella parecía reflejar en todo la presencia de Dios”.
Hasta en su dolorosa enfermedad se mostraba siempre paciente, sin ningún reclamo, enteramente desprendida. Conducta que no correspondía a su carácter natural. ¿Qué hacía posible en esta niña la práctica de tal fortaleza y manifestar semejante comportamiento?
La propia Jacinta da respuesta a esa pregunta cuando exclamaba: “Gusto tanto de Nuestro Señor y de Nuestra Señora que nunca me canso de decir que los amo. ¡Cuando yo digo eso muchas veces, me parece que tengo una lumbre en el pecho, pero no me quema!” ¡Su ardiente amor a Jesús y María! Ése fue el amor que transformó a Jacinta y que hizo de ella una copia fiel de las virtudes de la Virgen Santísima.
Último sacrificio: con la muerte, el aislamiento
Tan heroica fue la muerte cuanto la vida de Jacinta, ocurrida en un hospital de Lisboa, completamente sola. Esto fue objeto de una de las últimas previsiones recibidas por Jacinta, directamente de la Santísima Virgen. ¡Con qué valentía conservó la niña este pensamiento! Dejémosla narrar esta profecía, confiada por ella a Lucía:
“Nuestra Señora me dijo que voy a Lisboa a otro hospital; que no te vuelvo a ver, ni a mis padres tampoco. Que después de sufrir mucho moriré sola. Pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar para ir al cielo”.
La Madre de Dios anunció también el día y la hora en que había de morir. Cuatro días antes, la Santísima Virgen le retiró todos los dolores. Como nadie estuvo presente en ese grandioso momento, apenas podemos imaginar la escena. ¿Cómo habrá sido la recepción de este pequeño lirio en el cielo?
Las lápidas de Jacinta y Lucía
en el Santuario de Fátima

Delante de la Santísima Virgen, aquel rostro virginal no estará más contraído por el sufrimiento, sino resplandeciente en presencia de Aquel que fue el fundamento de su vida: “¡Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la lumbre que tengo acá dentro del pecho y que me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María!”
De qué manera el conocimiento de la vida de Jacinta actúa sobre las almas, puede deducirse de las palabras del padre Luis Kondor S.V.D., actual vice-postulador de la causa de canonización de los hermanitos Marto: “Nunca en la Historia de la Iglesia dos niños fueron tan conocidos y estimados como Francisco y Jacinta. Ellos han traído a innumerables almas al camino de la perfección”.
Deseamos que la vida de Jacinta tenga una gran difusión ¡para la salvación de las almas y el próximo triunfo del Inmaculado Corazón de María!.


Fuente: El Perú necesita de Fátima
http://www.fatima.pe/articulo-528-la-santidad-de-jacinta-la-admirable-vidente-de-fatima

Analogía entre las acciones ejercidas por la Santísima Virgen sobre los pastorcitos de Fátima y la humanidad

Extractos de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira para socios y cooperadores de la TFP, el 13 de octubre de 1971. Sin revisión del autor.

La verdadera directora espiritual de Jacinta, Francisco y Lucía fue, esencialmente, la Santísima Virgen. La bondadosa Señora de la Cova da Iría tomó a su cargo la realización de esa obra maestra y, como no podía dejar de ser, la llevó a cabo con pleno éxito. De sus manos prodigiosas salieron tres ángeles revestidos de carne, pero que, al mismo tiempo, eran tres auténticos héroes. La materia prima era de una plasticidad admirable y de la Artista, ¿qué más se puede decir? En su escuela los tres serranitos dieron en breve tiempo pasos de gigantes en el camino de la perfección.


En ella se verificaron al pie de la letra las palabras de un gran devoto de María, San Luis María Grignion de Montfort. En la escuela de la Virgen, el alma progresa más en una semana que en un año fuera de ella. La pedagogía de la Madre de Dios no tiene comparación. En dos años la Virgen Santísima consiguió erguir a los dos hermanitos —Francisco y Jacinta— hasta las cumbres más elevadas de la santidad cristiana. El retrato que la mano segura de Lucía nos traza de Jacinta es revelador: “Jacinta tenía un porte siempre serio, modesto y amable, que parecía traslucir la presencia de Dios en todos sus actos, propio de personas de edad avanzada y de gran virtud. No le vi nunca aquella excesiva liviandad y el entusiasmo propios de las niñas por los adornos y bromas.
“No puedo decir que los otros niños corriesen hacia ella, como lo hacían hacia mí, eso tal vez porque la seriedad de su porte era demasiado superior a su edad. Si en su presencia algún niño, o incluso personas mayores, decían alguna cosa, o hacían cualquier acción menos conveniente, las reprendía diciendo: «No hagan eso que ofenden a Dios Nuestro Señor, y Él ya está tan ofendido»”
* Del libro del padre Demarchi, Era una Señora más brillante que el sol..., Seminario de las Misiones de Nuestra Señora de Fátima, Cova da Iría, 3ª edición.
Comentarios de Plinio Corrêa de Oliveira
Este trecho presenta una gracia señalada, porque él nos indica una porción de aspectos grandes y pequeños de la obra de la Santísima Virgen con relación a esos tres niños.
La obra de Nuestra Señora sobre el alma de los videntes, ¿no indicará la acción que Ella ejercerá en el futuro sobre la humanidad?
Pero nosotros debemos, ante todo, considerar el valor simbólico de la obra de María Santísima en los niños. Se equivocan aquellos que imaginan que tal obra es apenas sobre tres niños; es una obra que transformó suavemente esos niños, de un momento a otro, por el simple hecho de las reiteradas apariciones de la Señora de Fátima...
Aquí tenemos algo parecido al Secreto de María de que habla San Luis Grignion de Montfort, es decir, una de esas acciones profundas de la gracia en el alma, acciones que se desarrollan sin que la persona se dé cuenta; ella se va sintiendo cada vez más libre, cada vez más expedita para practicar el bien, y los defectos que la cohíben y la sujetan al mal se van disolviendo.
Y la persona crece en el amor de Dios, crece en el deseo de dedicarse, crece en oposición al pecado. Pero todo eso se da maravillosamente dentro del alma, de manera que ella no traba las grandes y metódicas batallas de la ascensión admirable al cielo, a la virtud, a la santidad de aquellos que luchan de acuerdo con el sistema clásico de la vida espiritual; sino que, la Santísima Virgen las cambia de un momento a otro.

Y si la obra de Nuestra Señora en Fátima, especialmente con estos dos niños llamados para el cielo, fue una obra así, bien podemos preguntarnos si esto no tiene un valor simbólico, y no indica cual será la acción de la Santísima Virgen sobre toda la humanidad, cuando Ella cumpla las promesas hechas en Fátima...
Y, por lo tanto, si nosotros no debemos ver en la santificación de esos niños un comienzo del Reino de María, como siendo el triunfo del Inmaculado Corazón sobre dos almas que fueron pregoneras de la gran revelación de Nuestra Señora, y que después ayudaron en el cielo —y aún ayudan, por sus sacrificios y oraciones en la tierra y después sus oraciones en el cielo— enormemente a las almas a aceptar el mensaje de Fátima.
Esta primera observación me parece que conduce directamente a lo siguiente: si ello es así, entonces Francisco y Jacinta son los intercesores naturales para pedir, para obtener de la Santísima Virgen que comience el Reino de María en nosotros desde ahora, por esa transformación misteriosa que es el Secreto de María.
Debemos, pues, pedir insistentemente —tanto a Jacinta como a Francisco— que comiencen a transformarnos, a concedernos los dones que ellos recibieron, y que ellos velen, especialmente por su oración en la Tierra, por aquellos que tienen la misión de predicar el mensaje de Fátima, de vivirlo, como sucede con nosotros.
A ese respecto, sería muy importante decir una palabra sobre la relación entre el mensaje de Fátima y la campaña de Fátima. Ya fue mil veces dicho entre nosotros, que nuestra vida espiritual crece en la medida en que tomamos en serio el hecho de que el mundo actual está en una decadencia lamentable y que se avecina su ruina. De que tal ruina representa la aplicación de los castigos previstos por la Virgen María en Fátima y que, en consecuencia, cuanto más nos coloquemos en esa perspectiva, tanto más nuestra vida espiritual se enfervoriza. Por el contrario, cuanto más nos apartamos de esa visión, tanto más nuestra vida espiritual decae...
Así, podemos, por intermedio de Francisco y Jacinta, decir a la Santísima Virgen: Venga a nosotros vuestro Reino, ¡pero venga, Señora, venga urgentemente a nosotros vuestro Reino!” 

jueves, 19 de febrero de 2026

S A N T O R A L


SAN CONRADO PLACENTINO, CONFESOR

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Como es Dios admirable en todos sus santos, lo fue mucho en la conversión y vida de san Conrado, confesor, el cual nació en la ciudad de Plasencia en Italia, de padres nobles, y en la misma ciudad se casó, y vivió mucho tiempo, como los demás ciudadanos. Era dado grandemente á la caza, gustando de ejercitarse en el campo, y seguir y matar las fieras. Una vez se habían escondido algunas entre espinos y zarzas, y mandó Conrado pegar fuego á aquella espesura, para que con esto saliesen fuera, y él pudiera perseguirlas, y gozar de su caza; pero levantóse un viento tan recio, que encendió el fuego de manera, que hizo un estrago grandísimo. Cuando Conrado vio el daño, que había hecho, y que no se podía remediar el fuego, se encubrió luego, y volvió secretamente á la ciudad, sin echarse de ver, que él había sido causa del incendio. Hizo la justicia grandes diligencias, para coger el autor de tan grandes daños; y enviando alguaciles, á que lo prendiesen, cogieron á un pobre hombre: y trajéronle preso, y pusiéronle á cuestión de tormento: el cual, no pudiendo sufrir la violencia de ellos, confesó, que él lo había hecho; queriendo antes morir, que sufrir más tiempo la fuerza de aquellos dolores, levantando á sí mismo aquel falso testimonio, por librarse de aquella aflicción: al fin fué condenado á muerte, y le sacaron á ajusticiar. Cuando supo lo que pasaba, san Conrado, fué grande el sentimiento, que tuvo, y el remordimiento de su conciencia, viendo que por su causa moría un inocente; y no pudiendo sufrirlo, se fué luego con grande ánimo, á donde estaba el hombre en poder del verdugo, y quitásele de las manos, diciendo, que él era, el que fué causa de aquel fuego, y no aquel hombre, el cual por la fuerza de los tormentos había confesado lo que no había hecho; y así, que lo dejase libre, que allí quedaba él, que quería pagar de su hacienda todo el daño hecho, aunque quedase pobre. Así lo hizo; porque vendiendo toda su hacienda, pagó todos los daños. Con esta ocasión entró más dentro de sí, y viéndose ya sin los bienes de la tierra, dio muchas gracias á Dios, porque le había desembarazado para buscar de allí adelante los del cielo: y así dando de mano á todas las cosas del mundo, se determinaron él y su mujer á servir con perfección á solo Dios, y seguir á Jesucristo, abrazándose muy estrechamente con su cruz. Recogióse su mujer á un monasterio de Plasencia, dedicándose toda al celestial esposo.
San Conrado se fué lejos de su patria, no queriendo ser conocido de los hombres: hízose de la tercera orden de san Francisco, y fué á Roma con mucha devoción á visitar los santuarios, é iglesias de aquella santa ciudad. De allí se partió para Sicilia, donde estuvo en un hospital algún tiempo con grande humildad y caridad; pero llevándole el espíritu de Dios á la soledad, por estar más lejos del mundo, se retiró á un desierto, donde soltó las riendas á la devoción, entregándose todo á la oración y penitencia, en la cual vida duró cuarenta años. Dormía en el suelo: comía solamente pan; y otras veces con solas yerbas se contentaba. Ilustróle Dios con el don de profecía, y muchos milagros, que con su siervo hacía; pero para tenerle humillado, que no se desvaneciese con alguna gloria vana, permitió el Señor, que fuese combatido del demonio con grandísimas tentaciones de la carne, de que el santo salía siempre victorioso, valiéndose de la oración, y ayuno. Fué cosa maravillosa, como venció el apetito de la gula: las cosas de comer, que le daban de limosna, no las comía luego, sino guardábalas, hasta que se pudriesen, y estuviesen llenas de gusanos; y entonces, cuando causaba horror el verlas y olerlas, se las comía; venciendo en esto, nó á la gula solamente, sino á todos sus sentidos. Cuando sentía en sí apetito de comer alguna cosa, se desnudaba todo, y echándose en carnes sobre espinas y zarzas, se revolvía entre ellas, de manera, que con la mucha sangre que derramaba, se le quitaba la gana de comer, y se olvidaba del sustento del cuerpo.
Venía san Conrado todos los viernes á visitar devotamente un muy devoto crucifijo, que había en la ciudad de Netina: quisieron unos hombres perdidos hacer burla del santo, y hallar ocasión de calumniarle, y poner mancha en su santidad, y rigor de su abstinencia: para esto le convidaron á comer de unos peces; pero en lugar de peces le dieron carne; y ellos no comieron otra cosa. Comenzaron luego unos á burlarse de él, porque le habían engañado, teniéndole por hombre muy simple: otros, á calumniarle, que muy bien le sabia la carne, y que era fingida su abstinencia y rigor. El santo con grande humildad, y paciencia, dijo: que no había comido carne, sino solamente peces, mostrándoles luego las espinas y escamas de ellos: de lo cual quedaron todos confusos y maravillados.
Con tales maravillas, y rigor de vida se extendió la fama de la santidad de Conrado, deseando muchas personas verle, y edificarse con su vista y trato. Una de ellas fué el obispo de Zaragoza de Sicilia, el cual fué á visitar al santo, y le convidó á cenar. El siervo de Dios sacó de su celdilla cuatro tortas de pan caliente, y reciente, que milagrosamente Dios le deparó. Quiso después pagar la visita á su prelado, para lo cual se partió a la dicha ciudad de Zaragoza. Cuando salió á recibirle el obispo vinieron innumerables avecillas, que le rodearon, y revoloteando y gorjeando, daban muestra del contento, que podía recibir la ciudad, por haber llegado á ella el siervo de Dios, y como dando el parabién de su venida. Continuó el Señor en hacer semejantes demostraciones por la santidad de su siervo san Conrado: el cual, lleno de merecimientos, murió en paz el año de 1351; en el cual año fueron muchos más los milagros, que hizo, sanando muchos enfermos, así naturales, como extranjeros; por los cuales dio licencia, que se dijera Misa de él en la ciudad de Netina, el papa León X, y el papa Paulo III la extendió para otras partes. Está su cuerpo en la dicha ciudad de Netina, en una arca de plata, con gran veneración de todos, y hace el Señor por su intercesión grandes maravillas.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

miércoles, 18 de febrero de 2026

MIERCOLES DE CENIZA

MIERCOLES DE CENIZA

INVITACIÓN DEL PROFETA

Hervía ayer el mundo en los placeres, y los mismos cristianos se entregaban a expansiones permitidas; mas ya de madrugada ha resonado a nuestros oídos la trompeta sagrada de que nos habla el Profeta. Anuncia la solemne apertura del ayuno cuaresmal, el tiempo de expiación, la proximidad más inminente de los grandes aniversarios de nuestra Redención. Arriba, pues, cristianos, preparémonos a combatir las batallas del Señor.

ARMADURA ESPIRITUAL


      En esta lucha, empero, del espíritu contra la carne, hemos de estar armados, y he aquí que la Iglesia nos convoca en sus templos para adiestrarnos en los ejercicios, en la esgrima de la milicia espiritual. San Pablo nos ha dado ya a conocer al pormenor las partes de nuestra defensa: "Ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestida la coraza de la justicia, y calzados los pies prontos para anunciar el Evangelio de la paz. Embrazando en todo momento el escudo de la fe y la esperanza de salvaros por yelmo que proteja la cabeza". El Príncipe de los Apóstoles viene por su parte a decirnos: "Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros del mismo pensamiento". La Iglesia nos recuerda hoy estas enseñanzas apostólicas, pero añade por su parte otra no menos elocuente, haciéndonos subir hasta el día de la prevaricación, que hizo necesarios los combates a que nos vamos a entregar, las expiaciones que hemos de pasar.

ENEMIGOS CON QUIENES HEMOS DE LUCHAR

Dos clases de enemigos se nos enfrentan decididos: las pasiones en nuestro corazón y los demonios por de fuera. El orgullo ha acarreado este desorden. El hombre se negó a obedecer a Dios. Dios le ha perdonado, con la dura condición de que ha de morir. Le dijo, pues: "Polvo eres, hombre, y en polvo te volverás". ¡Ay! ¿cómo olvidamos este saludable aviso? Hubiera bastado sólo él para fortalecernos contra nosotros mismos persuadidos de nuestra nada, no nos hubiéramos  atrevido a quebrantar la ley de Dios. Si ahora queremos perseverar en el bien, en que la gracia de Dios nos restableció, humillémonos, aceptemos la sentencia y consideremos la vida como sendero más o menos corto que acaba en la tumba. Con esta perspectiva, se renueva todo, todo se explica. La bondad inmensa de Dios que se dignó amar a seres condenados a la muerte se nos presenta todavía más admirable; nuestra insolencia y nuestra ingratitud contra quien desafiamos en los breves instantes de nuestra existencia nos parece cada vez más para sentida, y la reparación que podemos hacer y que Dios se digna aceptar, más puesta en razón y salutífera.

IMPOSICIÓN DE LA CENIZA

Este es el motivo que decidió a la Iglesia, cuando juzgó oportuno anticipar de cuatro días el ayuno cuaresmal, a iniciar este santo tiempo, señalando con ceniza la frente culpable de sus hijos y repitiendo a cada uno las palabras del, Señor que nos condenan a muerte. El uso, sin embargo, como signo de humillación y penitencia, es muy anterior a la presente institución y la vemos practicada en la antigua alianza. Job mismo, en el seno de la gentilidad, cubría de ceniza su carne herida por la mano de Dios, e imploraba de este modo su misericordia. Más tarde el salmista en la contrición viva de su corazón, mezclaba ceniza con el pan que comía y análogos ejemplos abundan en los Libros históricos y en los Profetas del Antiguo Testamento. Y es que vivamente sentían entonces ya la relación que hay entre ese polvo de un ser materialmente quemado y el hombre pecador, cuyo cuerpo ha de ser reducido a polvo al fuego de la divina justicia. Para salvar por de pronto al alma, acudía el pecador a la ceniza y reconociendo su triste fraternidad con ella, se sentía más a resguardo de la cólera de Aquel que resiste a los soberbios y tiene a gala perdonar a los humildes.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer