miércoles, 3 de junio de 2026

S A N T O R A L

Santa Clotilde, Reina

Instrumento de la Providencia para la conversión de Francia; nación que mereció el título de Hija Primogénita de la Iglesia

Alfonso de Souza
En medio al caos provocado en la Europa de los siglos IV y V por la invasión de los bárbaros y la caída del Imperio Romano de Occidente, un pueblo comenzó a tomar relieve, liderado por un soberano adolescente aún pagano, Clodoveo. La conversión de este pueblo representaría una gran victoria para el cristianismo. De él surgiría la nación que más tarde fue denominada Hija Primogénita de la Iglesia, Francia. El papel de una princesa, Clotilde, como instrumento de la Providencia en esa obra, fue primordial.
El invicto Clodoveo se encuentra frente a los poderosos alamanes en el campo de batalla situado en la planicie de Tolbiac. De repente ve su ejército retroceder poco a poco en tal pánico que, en la fuga, unos guerreros atropellan a los otros. Desesperado, el monarca pagano comienza a clamar a sus dioses, pidiéndoles ayuda. En vano. Se acuerda entonces de su esposa Clotilde. Cayendo de rodillas, eleva sus ojos al cielo, y grita con toda el alma: “Oh Jesucristo, Dios de Clotilde. Si me concedes vencer a estos enemigos, yo creeré en ti y seré bautizado en tu nombre”. De ahí nació la Francia católica, a tantos títulos gloria de la Santa Iglesia.
¿Quién era esta Clotilde, cuyo Dios era tan poderoso? Es lo que veremos en este artículo.

Un lirio en medio del lodo de la herejía

Gunderico, rey de Burgundia, había muerto en una batalla contra los bárbaros, en defensa de la fe y de sus estados. Sus cuatro hijos, deseando gobernar, dividieron el pequeño reino. Sin embargo, poco tiempo después, dos de ellos, más ambiciosos y belicosos, se unieron a los feroces alamanes para invadir los reinos de sus otros dos hermanos. A uno de éstos, Chilperico, con sus dos hijos, le fue cortada la cabeza, y su mujer lanzada a un río con una piedra atada al cuello. Imposibilitadas de gobernar por la ley de sucesión, las dos hijas de Chilperico fueron perdonadas. Gundebaldo —uno de los hermanos invasores— las llevó a su corte y a pesar de ser arriano¹, permitió a sus dos sobrinas que continuasen profesando la verdadera religión.
La mayor de las hermanas, Fredegaria, tomó el velo religioso en un monasterio, donde terminó sus días en olor de santidad. Clotilde, la más joven, por “su dulzura, piedad y amor a los pobres, se hacía bendecir por todos aquellos que vivían a su alrededor”². “Esta joven princesa demostró una constancia admirable en medio de sus infortunios, y comenzó a brillar, como un milagro de honra y de virtud, por la santidad de sus acciones... Su porte era bello, sus maneras agradables, su rostro bien compuesto y de una belleza tan regular que no se podía ver nada de más bien acabado”³.

Celo apostólico en la corte de los bárbaros francos

La fama de tal virtud y belleza llegó al vecino reino de los Francos (después Francia), donde su joven y fogoso rey, Clodoveo pensó en desposar a la virtuosa princesa, a pesar de ser ella católica. Ciertamente influyó en esta decisión el obispo San Remigio, en quien el rey franco depositaba su entera confianza. Las bodas se realizaron el año 493 en Soissons, con toda la suntuosidad de la época.
“En el palacio del rey franco se instaló un oratorio católico, donde diariamente se ofrecían los Sagrados Misterios, a los cuales la santa asistía con singular devoción”.4
Un año después del matrimonio, Clotilde dio a luz a un heredero, y obtuvo de Clodoveo el permiso para bautizarlo. Pocos días después, el pequeño inocente fue para el Cielo. El rey, colérico, alegó que si él hubiese sido consagrado a sus dioses, no habría muerto. La reina protestó con firmeza diciendo que se alegraba por el hecho de que Dios los había juzgado dignos de que un fruto de su matrimonio entrase en el Cielo. Y que, en vez de entristecerse, ellos deberían alegrarse. Eso aplacó al rey.
Al año siguiente, Clotilde dio a luz a otro niño que, apenas bautizado, corrió peligro de vida. La reina se lanzó a los pies del altar y, por sus súplicas y lágrimas —que tenían más en vista la conversión del marido que evitar esta segunda muerte— obtuvo de Dios que se restableciera.

Grandiosa misión de convertir al rey

Las cualidades de esposa comenzaron a impresionar vivamente a Clodoveo. Pero él tenía un temperamento moldeado por la barbarie, y por lo tanto refractario a la Religión católica. Para obtener la conversión del marido y del reino, la piadosa reina se entregaba en secreto a grandes austeridades, prolongadas oraciones y una especial caridad hacia los pobres. Al mismo tiempo, “honraba a su real esposo y procuraba suavizar su temperamento belicoso con su mansedumbre cristiana”.5
Cuando Clodoveo venía a hacerle confidencias a respecto de planes de combate y sueños de grandeza, ella aprovechaba para hablarle del verdadero Dios. “Mientras no adorares el verdadero Dios —le decía ella— temeré que vuelvas de las batallas vencido y humillado. Hasta ahora no enfrentaste enemigos dignos de tu valor. Si, por desgracia, fueses cercado y acosado por un ejército más numeroso, en vano pedirás la ayuda de tus falsos dioses”. Clodoveo se contentaba con desviar la conversación para no indisponer a su esposa con blasfemias.
Siempre dispuesta a buscar e incentivar el bien, Clotilde se hizo amiga de Santa Genoveva, que entonces resplandecía en París por sus virtudes y milagros. A ella y a San Remigio encomendó también la conversión de su marido. Mientras tanto, se dedicaba a catequizar a sus damas, domésticos e incluso a algunos de los nobles francos que vivían en el palacio, hablándoles con la exuberancia de su corazón.

Conversión que alteró la Historia

Llegó finalmente, en la planicie de Tolbiac, la hora de la Providencia. Vimos cómo Clodoveo obtuvo la reversión de la batalla con el auxilio divino, y prometió convertirse.
Esta conversión fue rápida y sincera. No queriendo esperar su llegada a Soissons para instruirse “en la fe de Clotilde”, mandó llamar a un virtuoso eremita, San Vedasto, para que marchase a su lado, instruyéndolo en la fe católica.
Quiso Dios que el rey bárbaro comprobara una vez más, con sus propios ojos, la santidad de la Religión que le estaba siendo predicada. Al pasar por la villa de Vouziers, un ciego se aproximó para pedir limosna, y con solo tocar la túnica de San Vedasto, adquirió inmediatamente la visión.6
A la reina —que lo esperaba ansiosamente, pues Clodoveo ya había mandado la noticia de su conversión— le dijo: “El Dios de Clotilde me dio la victoria. ¡De hoy en adelante será mi único Dios!”

Curva la cabeza, sicambro

En la Navidad del año 496, Clodoveo, con tres mil de sus más valientes guerreros, ingresaron por el bautismo en la milicia del Dios de Clotilde. Recibieron igualmente el sacramento sus dos hermanas y su hijo bastardo, Teodorico. Al entrar el rey de los francos con el obispo de Reims en el baptisterio, le dijo éste las palabras que se volvieron famosas: “Curva la cabeza, altivo sicambro; adora lo que quemaste y quema lo que adoraste”.
En el momento en que San Remigio iba a proceder a la unción del rey con el óleo del Santo Crisma, bajó de la bóveda del templo una paloma trayendo en el pico una ampolla con aceite. El obispo, viendo en aquello una orden celestial, ungió con él la cabeza de Clodoveo.7 Con ese aceite serían ungidos después prácticamente todos los reyes franceses, hasta que la ampolla fue quebrada durante la nefanda Revolución Francesa.
“En pocos días, todo el reino de los francos entraba en la Iglesia, poniendo a la cabeza de su Código nacional aquel grito entusiasta que es una confesión de fe: ¡Viva Cristo, que ama a los francos!” 8

La conquista de París para la Cristiandad

Clotilde vigila la formación de sus hijos
Clodoveo envió embajadores al Papa Anastasio e hizo colocar su propia corona ante la tumba del Apóstol San Pedro, iniciando así la alianza entre Francia y la Iglesia. Animado por Clotilde, el rey mandó destruir los templos de los ídolos y construir en su Estado iglesias dedicadas al verdadero Dios. Favorecido también en las armas, Clodoveo conquistó la inexpugnable París, creciendo así su reino.
El amor que unía a los dos esposos se volvió, a partir de entonces, mucho más fuerte y sobrenatural, concediéndoles la Providencia otros dos hijos y una hija. Esta última, Teodequilda, es también honrada como santa, su fiesta se conmemora el día 3 de junio.
Clotilde llevó a su esposo a emprender una guerra contra Alarico II (484-507), rey de los visigodos, que intentaba diseminar la herejía arriana en la región de Guyena. Clodoveo persiguió a esos perniciosos herejes, mientras Clotilde —que lo acompañó en aquella cruzada— cual nuevo Moisés, rezaba con los brazos elevados hacia el cielo por el éxito de la batalla. El rey visigodo fue muerto y su ejército desbaratado.
En fin, Clodoveo, extenuado por las fatigas y los trabajos de gobierno, fue atacado por una enfermedad mortal en París. Clotilde acudió a su lado, habiendo antes hecho llamar a San Severino, Abad. Éste, apenas con tocar la punta de su manto en el soberano, le recuperó totalmente los sentidos para recibir conscientemente los sacramentos y prepararse para la muerte. El rey franco falleció el 27 de noviembre de 511, a los 45 años de edad, 30 desde que subió al trono y 20 después de su matrimonio con Clotilde. La santa reina, después de copioso llanto, exclamó como verdadera cristiana: “Señor, de Vos yo lo recibí pagano; por vuestra misericordia, yo os lo entrego cristiano. ¡Que sea hecha vuestra voluntad!”

En la viudez, virtud heroica ante los sufrimientos

Parecía que la misión de Clotilde en la tierra estaba concluida. Quiso vivir sólo para Dios e hizo dividir el reino entre sus tres hijos y un hijastro. Se mudó después junto a la tumba de San Martín, en Tours, donde, dice San Gregorio de Tours, “se vio a una hija de rey, sobrina de un rey, esposa de un rey, y madre de varios reyes, pasar las noches en oración, servir a los pobres y proteger a las viudas y a los huerfanitos”.9

A la santa reina le quedaban más de 30 años de pruebas y sufrimientos crueles. Alentada por su propia experiencia, Clotilde había dado a su hija, que recibiera también su nombre, como esposa a Amalarico (510-531), rey de los visigodos, pretendiendo la conversión de aquel monarca. Pero un hereje siempre es peor que un pagano. La reacción del soberano arriano fue, por el contrario, de proporcionar toda suerte de persecuciones a su esposa, debido a la fidelidad de ésta a la verdadera religión. Sus vasallos, con permiso del rey, llegaban a lanzarle barro cuando ella iba a la iglesia.
Al tomar conocimiento de esos ultrajes, sus hermanos le declararon la guerra a Amalarico, que fue muerto. Trajeron entonces consigo a la segunda Clotilde. La virtuosa madre, no obstante, no volvería a ver a su hija sino en el Cielo, pues ésta, apesadumbrada de dolor, falleció en camino a su patria.

Milagros en vida, santa muerte

Santa Clotilde obró varios milagros aún en vida, como curaciones, convertir el agua en vino, hacer surgir una fuente en un campo árido, etc.
Sintiendo aproximarse la muerte, mandó llamar a sus dos hijos, exhortándolos a servir a Dios y a guardar su ley, a proteger a los pobres, a vivir juntos en perfecta armonía y a tratar a sus pueblos con bondad paternal. Habiendo hecho después profesión pública de su fe católica y recibido los sacramentos que la prepararon para la eternidad, entregó dulcemente su alma al Creador.

Notas.-
1. Arriano: seguidor de las doctrinas de Arrio (250-336), sacerdote de Alejandría que cayó en herejía negando que las tres Personas de la Santísima Trinidad son absolutamente iguales en cuanto a la naturaleza y coeternas. Fue condenado por el I Concilio de Nicea (325).
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Mons. Paul Guérin, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. VI , p. 416.
3. P. Simón Martín, Vie des Saints, Bar-le-Duc, Imprimerie de Madame Laguerre, 1859, t. II, p. 826.
4. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. III, p. 345.
5. P. Jean Croiset, Año Cristiano, Calleja, Madrid, 1901, t. II, p. 751.
6. Cf. Edelvives, op. cit., t. III, p. 348.
7. Cf. Bollandistes, op. cit, t. VI, pp. 421-422; Edelvives, op. cit, t. III, p. 349.
8. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. II, p. 525.
9. Bollandistes, op. cit., t. VI, p. 422.

fuente: http://www.fatima.pe/articulo-361-santa-clotilde

martes, 2 de junio de 2026

S A N T O R A L

SANTOS MARCELINO, PEDRO Y ERASMO, MARTIRES (Siglo IV)

GLORIA DE ESTE DÍA

La gloria del martirio ilumina este día con profusión raras veces vista en el Ciclo Litúrgico; podemos ya presagiar en el mes que comienza, la más importante de todas: la gloriosa confesión que Pedro y Pablo sellaron con su sangre. Italia, Francia y España contribuyen a formar para el cielo -una legión de héroes.
Dentro de poco admiraremos a los mártires de Lyon y a las falanges de mártires de la Iglesia española; mas hay que rendir los primeros honores a la Iglesia Madre. Saludamos en primer lugar a Marcelino, que con su sacerdocio formó numerosos reclutas a quienes el Espíritu Santo hizo dignos partícipes de su triunfo; honremos al exorcista Pedro, que condujo a la fuente sagrada a tantos paganos conquistados para Cristo al ver la debilidad de los demonios.



Los SANTOS MARCELINO Y PEDRO

San Marcelino y San Pedro fueron decapitados por la fe, en la persecución de Diocleciano, el año 304, en el lugar llamado Silva Nigra, en la vía Cornelia, cerca de Roma. El Papa S. Dámaso escuchó el relato de su martirio del mismo verdugo que les había dado muerte, y adornó su tumba con bella inscripción.
Sus nombres están puestos en el Canon de la Misa, y en Roma se les dedicó una basílica.

SAN ERASMO


A la memoria de los santos Marcelino y Pedro, va unida, en este día la de un santo Obispo martirizado en Formies, (Campania), a principios del siglo IV. Si los hechos que nos quedan de su vida, no están libres de todo reproche a los ojos de la crítica, los favores obtenidos por intercesión de Erasmo o San Telmo, divulgaron su nombre por toda la cristiandad, como lo atestiguan las numerosas formas que adopta este nombre en la Edad Media, en las diversas comarcas de Occidente. Es uno del grupo de los santos auxiliadores o protectores, cuyo culto se extendió sobre todo por Alemania e Italia. Los marinos lo han tomado por patrono, y a causa de uno de los tormentos que tuvo que sufrir, se le invoca contra los dolores de vientre.


PLEGARIA

Oh santos mártires, vosotros tres confesasteis a Jesucristo en la más espantosa tempestad que le fué permitido al demonio suscitar contra la Iglesia. Sed compasivos ante los males que atormentan al género humano en este valle de lágrimas y de pruebas. Su gran miseria moral le ha hecho olvidarse, en la necesidad, hasta de sus poderosos protectores. Haced que se reavive en él vuestro recuerdo con nuevas gracias.

. . .A SAN ERASMO

Tú en otro tiempo protegido por el cielo, protege ahora, oh Erasmo, a aquellos que luchan sobre las olas contra la furia de la tempestad desencadenada. Con valentía de espíritu entregaste a los verdugos hasta tus mismas entrañas; protege a quienes te invocan en los padecimientos que recuerdan, en cierto modo, los tormentos que por Cristo soportaste.

. . .A LOS SANTOS MARCELINO Y PEDRO

¡Oh Pedro y Marcelino, unidos en los trabajos y en la gloria! dirigid vuestros ojos hacia nosotros: una sola de vuestras miradas hace temblar al infierno, y alejará de nosotros sus falanges tenebrosas.
¡Cuánta necesidad tienen de vuestra ayuda la sociedad civil y el mundo visible! El enemigo, a cuya reclusión en los abismos tan poderosamente habéis contribuido, vuelve a constituirse señor. ¿Estamos acaso en el tiempo en que, volviendo a encender la guerra a los santos, le será permitido cantar victoria? Ya, ni disimula ahora, apenas se encubre. No sólo dirige al mundo, valiéndose de mil medios que las sociedades secretas han puesto en sus manos de un modo ostensible, sino que se ha visto que quiere introducirse en toda clase de reuniones, en el seno de las familias como huésped de la casa, y como compañero de sus diversiones y de sus negocios, incitando siempre al mayor goce y a la disolución moral. El Anticristo, que aparecerá al final de los tiempos, poderoso por un poder usurpado y falso prestigio; ¿no se prepara ya precursores en las logias políticas de las sociedades secretas, en los conventículos de la teosofía o del espiritismo, donde aparecen en forma nueva algunos misterios antiguos del paganismo? Soldados valientes de la Iglesia, hacednos dignos de vuestros padres. Si el ejército cristiano disminuye en número, acreciéntase en él la fe; no desfallezcan sus fuerzas ni se dispersen; hállesele siempre haciendo frente al enemigo en la hora suprema en que Jesús exterminará de un soplo al hombre de pecado y arrojará para siempre las hordas de Satanás en los pozos profundos del abismo.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

Tomo IV  pag 305 y siguientes

lunes, 1 de junio de 2026

S A N T O R A L


SAN JUSTINO, MARTIR

En el siglo II, las disputas públicas de San Justino con los adversarios de la fe cristiana llenaban a Roma de aplausos, suscitados por sus refutaciones victoriosas. Sus escritos, que él hacía llegar con valentía hasta el trono imperial, derramaban la luz allí donde no podía llegar su palabra. Más pronto el hacha del lictor que tronchó la cabeza del apologista, dió a sus demostraciones mucha más fuerza que su aplastante lógica; pues una vez hizo cesar la persecución y doblegó al mismo infierno.

MARCO AURELIO Y SAN JUSTINO

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En efecto, el mundo, solicitado en sentido contrario por mil escuelas famosas que parecen tomar a su cargo, el hacer imposible, con sus contradicciones, el descubrimiento de la verdad, el mundo se encuentra ahora, al menos, en forma de saber dónde está la sinceridad. Marco Aurelio acaba de suceder a Antonino Pío, y tiene la pretensión de fundamentar la filosofía con él en el trono. Partiendo del ideal de que toda perfección consiste en la satisfacción de sí mismo y en desdeñar a los demás, Marco Aurelio cae en el escepticismo dogmático, estableciendo esta ley moral, y hace entrega de sus pensamientos para que los admiren algunos de sus cortesanos, sin preocuparse de las costumbres mismas de quienes le rodean.
Desde muy joven buscó Justino la verdad, y la encontró en la justicia, sin desalentarse en sus primeros inútiles esfuerzos; nunca tomó como pretexto para negar la luz el que ésta tardase en aparecer. Cuando declina su vida, a la hora fijada por Dios, Justino consagra su vida a la sabiduría; la encuentra al fin, y ardiendo en deseos de comunicársela a todo el mundo, a los pequeños y a los grandes, menosprecia los trabajos y los mismos tormentos, que le permitirán dar testimonio de la verdad ante el mundo entero. ¿Qué hombre de buena fe vacilará entre el héroe cristiano y el filósofo coronado que le dió la muerte? ¿Quién no preferiría los desprecios a las pretensiones de los falsos filósofos convertidos en señores del mundo, y que no dan otra prueba de su amor a la ciencia que su deliberado afán de ahogar la voz de los que la predican?

LA FILOSOFÍA CRISTIANA

La filosofía bautizada en la sangre del convertido de Naplusa, será para siempre cristiana. Su desoladora esterilidad finaliza hoy. El testimonio del martirio, que como sierva fiel, da a la verdad, endereza de repente los monstruosos desvíos de los primeros tiempos. Sin confundirse con la fe será en lo sucesivo su noble auxiliadora. La razón humana verá sus fuerzas duplicadas por esta alianza, y producirá seguros frutos. ¡Desgraciada de ella si alguna vez, olvidando la consagración sublime que la dedica a Cristo, llegare a no hacer caso de la Encarnación divina y pretendiere que son suficientes las enseñanzas solamente naturales acerca del origen del hombre, el fin de todas las cosas y la regla de las costumbres! Esta luz natural que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, es también sin duda, un resplandor del Verbo; y en ello estriba su grandeza. Pero desde que el Verbo divino, al querer aumentar el honor hecho a la razón, otorgó a la humanidad una manifestación de sí mismo más directa y más elevada, no es su deseo que el hombre divida en dos partes sus dones, que deje a un lado la fe cuyo fin es la visión, y que se contente de las pálidas luces que habrían bastado a la naturaleza pura. El Verbo es uno, como el hombre, al cual se manifiesta a la vez por la razón y la fe, aunque de modo diverso; así cuando la humanidad  quiera desechar las luces sobrenaturales, tendrá su castigo merecido al ver al Verbo retirarle gradualmente esta luz de la razón natural, que juzgaba poseer como propia y abandonar al mundo por el camino de la sinrazón.

Vida

San Justino nació en Naplusa, Palestina, a Anales del siglo II. Deseoso de aprender, se dió al estudio y frecuentó las escuelas estoica, peripatética, pitagórica y platónica, que no le satisficieron. Al fin, la conversación que trabó con un anciano misterioso y la contemplación de la vida cristiana, le condujeron a la verdad. Se convirtió a la edad de 30 años. Llegado a Roma, deseó vivamente hacer partícipes de su fe a los demás. Abrió una escuela y escribió varias obras: en el año 135, su Diálogo con el judío Trifón; después sus dos Apologías, compuestas durante el imperio de Antonino (138-161) y Marco Aurelio (161-180). Denunciado probablemente por el filósofo pagano Crescendo, murió mártir. León XIII extendió su culto a la Iglesia Universal.

LA SABIDURÍA

Oh Justino, en ti celebramos una de las más nobles conquistas de nuestro divino Resucitado sobre el imperio de la muerte. Nacido en la reglón de las tinieblas, pronto comenzaste a romper las ataduras del error, que te tuvieron cautivo como a tantos otros. La Sabiduría, a quien amabas aun antes de conocerla, te escogió para sí entre tantos otros. Pero ella no habita en un alma fingida, ni en un cuerpo sujeto al pecado. Al contrario de los demás hombres, en quienes la filosofía no sirve más que para disimular su amor propio y la pretensión de justificar todos los vicios, tú buscaste la sabiduría con un corazón deseoso de conocer la verdad, sólo para amarla y ponerla en práctica. Esta rectitud de inteligencia y de corazón te acercaba a Dios; te hizo digno de hallar la Sabiduría viva, que se entrega a ti para siempre en todo su esplendor La Iglesia, oh Justino, te condecoró con toda justicia con el nombre de filósofo admirable; porque fuiste el primero en comprender que la filosofía digna de tal nombre, el verdadero amor de la sabiduría, no puede limitar su actividad al dominio abstracto de la razón, ya que la razón no es sino un guía para las regiones superiores, donde la Sabiduría se manifiesta en persona al amor que la busca sin engaño.

LA DEPENDENCIA DE LA RAZÓN

Se ha escrito de aquellos que se te asemejan: "Los muchos sabios son la salud del mundo". Pero qué raros son hoy los verdaderos filósofos, aquellos que, como tú, comprenden que el propósito del sabio ha de ser llegar al conocimiento de Dios por el camino de la obediencia a ese Dios santísimo. La independencia de la razón es el único dogma en que coinciden los sofistas del día; la manera de proceder de su secta es un falso eclecticismo, que conciben como la facultad que tiene todo el mundo para fabricarse su sistema; cada uno es libre de escoger aquello que en las afirmaciones de las distintas escuelas y hasta de las religiones, le sea más agradable. Por lo mismo pretenden que ia razón que llaman soberana, no ha producido cosa cierta, hasta que ellos no han venido; y, la duda universal, el escepticismo, como lo proclaman sus jefes, es para sí mismos la última palabra de la ciencia. ¡Verdaderamente después de todo esto, mal pueden reprochar a la Iglesia el rebajar la razón, cuando no ha mucho que en el Concilio Vaticano I, exaltaba la mutua ayuda que se prestan la razón y la fe para conducir al hombre a Dios, su común Hacedor! ¡a ella, que arroja de su seno a los que niegan a la razón humana el poder dar por sí misma certeza de la existencia de Dios Creador y Señor! Y para definir en nuestros días el valor respectivo de la razón y la fe, sin separarlas y menos aún confundirlas, la Iglesia no ha hecho más que acudir al testimonio de todos los siglos cristianos, remontando hasta ti, cuyas obras, completadas unas con otras, no enseñan otra doctrina.
Has sido un testigo tan fiel como valiente, intrépido mártir. En días en que las necesidades de la lucha contra la herejía no habían aún sugerido a la Iglesia los nuevos términos cuya precisión había de ser indispensable, tus escritos nos muestran la misma doctrina, aunque expuesta en lenguaje menos preciso. ¡Bendito seas por todos los hijos de  la Iglesia, oh Justino, por esta demostración preciosa de la identidad de nuestras creencias con la fe del siglo II ! ¡Bendito seas, por haber distinguido con este fin lo que era entonces el dogma, de las opiniones privadas, a las cuales la Iglesia, como siempre lo ha hecho, dejaba libertad en puntos de menor importancia!

LA APOLOGÉTICA

No defraudes las esperanzas que en ti ha puesto la Madre común. A pesar de estar ya tan alejados los tiempos en que viviste, quiere que sus hijos te honren con mayor culto que en los siglos pasados. En efecto, después de haber sido reconocida como reina de las naciones, ha vuelto a encontrarse en situación parecida a aquella en que la defendías contra los ataques de un poder hostil. Suscita en ella nuevos apologistas. Enséñalos cómo a fuerza de celo, de firmeza y de elocuencia, se consigue hacer retroceder el infierno. Pero sobre todo procura que no se equivoquen sobre la naturaleza de la lucha que la Iglesia les ha confiado. Tienen que defender a una reina; la Esposa del hijo de Dios no puede mendigar para ella la protección que se da a una esclava. La verdad tiene sus derechos propios; o mejor, sólo ella merece la libertad. Como tú, oh Justino, trabajarán porque el poder civil se avergüence de reconocer a la Iglesia las prerrogativas que concede a cualquier secta: pero la argumentación de un cristiano no puede contentarse con reclamar una tolerancia común para Cristo y para Satanás; como tú, y aun con la amenaza de mayores violencias deberán decir: "Nuestra causa es justa, porque nosotros y sólo nosotros, decimos la verdad"'.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer


de las Actas de los mártires

Martirio de los santos mártires Justino, Caritón, Caridad, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano.
Roma, año 165

En tiempo de los inicuos defensores de la idolatría, publicábanse, por ciudades y lugares, impíos edictos contra los piadosos cristianos, con el fin de obligarles a sacrificar a los ídolos vanos. Prendidos, pues, los santos arriba citados, fueron presentados al prefecto de Roma, por nombre Rústico.
Venidos ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino:
 —En primer lugar, cree en los dioses y obedece a los emperadores.
Justino respondió:
—Lo irreprochable, y que no admite condenación, es obedecer a los mandatos de nuestro Salvador Jesucristo.
El prefecto Rústico dijo:
—¿Qué doctrina profesas?
Justino respondió:
—He procurado tener noticia de todo linaje de doctrinas; pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que son las verdaderas, por más que no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones.
El prefecto Rústico dijo:
¿Conque semejantes doctrinas te son gratas, miserable?
Justino respondió:
Sí, puesto que las sigo conforme al dogma recto.
El prefecto Rústico dijo:
—¿Qué dogma es ése?
Justino respondió:
El dogma que nos enseña a dar culto al Dios de los cristianos, al que tenemos por Dios único, el que desde el principio es hacedor y artífice de toda la creación, visible e invisible; y al Señor Jesucristo, por hijo de Dios, el que de antemano predicaron los profetas que había de venir al género humano, como pregonero de salvación y maestro de bellas enseñanzas.
Y yo, hombrecillo que soy, pienso que digo bien poca cosa para lo que merece la divinidad infinita, confesando que para hablar de ella fuera menester virtud profética, pues proféticamente fue predicho acerca de éste de quien acabo de decirte que es hijo de Dios. Porque has de saber que los profetas, divinamente inspirados, hablaron anticipadamente de la venida de Él entre los hombres.
El prefecto Rústico dijo:
¿Dónde os reunís?
Justino respondió:
Donde cada uno prefiere y puede, pues sin duda te imaginas que todos nosotros nos juntamos en un mismo lugar. Pero no es así, pues el Dios de los cristianos no está circunscrito a lugar alguno, sino que, siendo invisible, llena el cielo y la tierra Y en todas partes es adorado y glorificado por sus fieles.
El prefecto Rústico dijo:
—Dime donde os reunís, quiero decir, en qué lugar juntas a tus discípulos.
Justino respondió:
—Yo vivo junto a cierto Martín, en el baño de Timiolino, Y ésa ha sido mi residencia todo el tiempo que he estado esta segunda vez en Roma. No conozco otro lugar de reuniones sino ése. Allí, si alguien quería venir a verme, yo le comunicaba las palabras de la verdad.
Luego, en definitiva, ¿eres cristiano?http://i64.servimg.com/u/f64/11/64/82/51/procas10.jpg
Justino respondió:
Sí, soy cristiano. 
El prefecto Rústico dijo a Caritón:
—Di tú ahora, Caritón, ¿también tú eres cristiano?
Caritón respondió:
Soy cristiano por impulso de Dios.
El prefecto Rústico dijo a Caridad:
¿Tú qué dices, Caridad?
Caridad respondió:
Soy cristiana por don de Dios.
El prefecto Rústico dijo a Evelpisto:
¿Y tú quién eres, Evelpisto?
Evelpisto, esclavo del César, respondió:
   —También yo soy cristiano, libertado por Cristo, y, por la gracia de Cristo, participo de la misma esperanza que éstos.
El prefecto Rústico dijo a Hierax:
—¿También tú eres cristiano?
Hierax respondió:
Sí, también yo soy cristiano, pues doy culto y adoro al mismo Dios que éstos.
El prefecto Rústico dijo:
¿Ha sido Justino quien os ha hecho cristianos?
Hierax respondió:
Yo soy de antiguo cristiano, y cristiano seguiré siendo. Mas Peón, poniéndose en pie, dijo:
—También yo soy cristiano.
El prefecto Rústico dijo:
¿Quién te ha enseñado?
Peón respondió:
—Esta hermosa confesión la recibimos de nuestros padres. Evelpisto dijo:
—De Justino, yo tenía gusto en oír los discursos: pero el ser cristiano, también a mí me viene de mis padres.
El prefecto Rústico dijo:
—¿Dónde están tus padres?
Evelpisto respondió:
 —En Capadocia.
El prefecto Rústico le dijo a Hierax:
Y tus padres, ¿dónde están?
Y Hierax respondió diciendo:
—Nuestro verdadero padre es Cristo, y nuestra madre la fe en Él; en cuanto a mis padres terrenos, han muerto, y yo vine aquí sacado a la fuerza de Iconio de Frigia.
El prefecto Rústico dijo a Liberiano:
¿Y tú qué dices? ¿También tú eres cristiano? ¿Tampoco tú tienes religión?
Liberiano respondió:
—También yo soy cristiano; en cuanto a mi religión, adoro al solo Dios verdadero.
El prefecto dijo a Justino:
Escucha tú, que pasas por hombre culto y crees conocer las verdaderas doctrinas. Si después de azotado te mando cortar la cabeza, ¿estás cierto que has de subir al cielo?
Justino respondió:
Si sufro eso que tú dices, espero alcanzar los dones de Dios; y sé, además, que a todos los que hayan vivido rectamente, les espera la dádiva divina hasta la conflagración de todo el mundo.
El prefecto Rústico dijo:
—Así, pues, en resumidas cuentas, te imaginas que has de subir a los cielos a recibir allí no sé qué buenas recompensas.
Justino respondió:
No me lo imagino, sino que lo sé a ciencia cierta, y de ello tengo plena certeza.
El prefecto Rústico dijo:
Vengamos ya al asunto propuesto, a la cuestión necesaria y urgente. Poneos, pues, juntos, y unánimemente sacrificad a los dioses.
Justino dijo:
—Nadie que esté en su cabal juicio se pasa de la piedad a la impiedad.
El prefecto Rústico dijo:
Si no obedecéis, seréis inexorablemente castigados. Justino dijo:
—Nuestro más ardiente deseo es sufrir por amor de nuestro Señor Jesucristo para salvarnos, pues este sufrimiento se nos convertirá en motivo de salvación y confianza ante el tremendo y universal tribunal de nuestro Señor y Salvador.
En el mismo sentido hablaron los demás mártires:
—Haz lo que tú quieras; porque nosotros somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos.
El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo:
«Los que no han querido sacrificar a los dioses ni obedecer al mandato del emperador, sean, después de azotados, conducidos al suplicio, sufriendo la pena capital, conforme a las leyes».
Los santos mártires, glorificando a Dios, salieron al lugar acostumbrado, y, cortándoles allí las cabezas, consumaron su martirio en la confesión de nuestro Salvador. Mas algunos de los fieles tomaron a escondidas los cuerpos de ellos y los depositaron en lugar conveniente, cooperando con ellos la gracia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.
 Actas de los mártires. BAC nº. 75 (311-316) , Madrid 1951