martes, 26 de mayo de 2026

S A N T O R A L

  

SAN FELIPE NERI, CONFESOR

LA ALEGRÍA

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhx4xiZj8V15bA-25HiNmVmk317TgbGS-mAw_KrK4-5fz02dO3KfKYd7CTrE63cYqelnZyYMX9qcneIPp6MJbZ1IRSV2VIZo43zgOty5YYtcYHTxCxlCMvgLTklfYuqJ9q_smcQcadaaOs/s1600/SantaMissa_SaoFelipeNericelebrando.jpgLa alegría es la principal característica del tiempo pascual, alegría sobrenatural por el triunfo de nuestro Emmanuel y por el sentimiento de nuestra liberación de los lazos de la muerte. Ahora bien esta alegría interior reinó de modo particular en el siervo de Dios, cuya fiesta celebramos hoy, y, del que se puede decir con la sagrada Escritura, que "el corazón del justo es como un continuo festín'", ya que su espíritu estuvo siempre lleno de júbilo y entusiasmo por las cosas divinas. Uno de sus últimos, discípulos, el P. Fáber, fiel a las doctrinas de su maestro, enseña en su libro del Progreso Espiritual, que el buen humor es uno de los principales medios para adelantar en la perfección cristiana. Por eso recibiremos con alegría y respeto la radiante y simpática figura de San Felipe Neri, el Apóstol de Roma del siglo XVI.

LA CARIDAD

St. Felix Cantalice - St. Philip Neri
El rasgo más característico de su vida fué el amor de Dios, amor ardiente y que comunicaba invenciblemente a todos cuantos se le acercaban. Todos los santos han amado a Dios; porque el amor de Dios es el primero y el mayor de los mandamientos; pero donde se ve realizado, por decirlo así, de modo incomparable y en toda su plenitud, es en la vida de este santo. Su existencia no fué más que un éxtasis de amor para con el Señor de todas las cosas, y sin un milagro especial de su poder y de su bondad este amor tan ardiente del corazón de Felipe hubiera consumido su vida mucho antes de tiempo. Tenía 29 años, cuando un día en la octava de Pentecostés, el fuego de caridad abrasó su corazón con tal ímpetu, que saltaron dos costillas del lugar normal de su pecho, dejando al corazón el espacio necesario para poder expansionase en adelante, sin peligro, en los trasportes que le arrebataban. Esta fractura no se compuso nunca y su presencia se hacía sensible por una prominencia visible a todos y, gracias a este alivio milagroso, San Felipe pudo vivir cincuenta años más, preso siempre del fuego de un amor más bien celestial que terreno.

LA SANTIDAD Y EL SERVICIO DE LA IGLESIA

180_St. PhillipNeri_01.jpg - 48529 Bytes
Este serafín en cuerpo humano fué como una respuesta viva y eficaz a los insultos con que la pretendida Reforma Protestante perseguía a la Iglesia Católica. Lutero y Calvino habían llamado a esta Iglesia la infiel y corrompida Babilonia y he aquí cómo esta Iglesia podía mostrar a amigos y enemigos hijos como éstos: Teresa en España, y Felipe Neri en Roma. Pero al Protestantismo le preocupaba mucho la ruptura del yugo y poco el amor. En nombre de la libertad de la fe oprimía por doquier a los pueblos sumisos en que dominaba y se imponía por la fuerza allí precisamente donde se le rechazaba. Pero nunca se preocupaba de reivindicar para Dios el derecho que tiene de ser amado. Por eso se vió desaparecer de los lugares que invadió, ese amor que engendra el sacrificio por Dios y por el prójimo. Tuvo que pasar mucho tiempo después de la pretendida Reforma para que ésta se diera cuenta de que todavía existían infieles sobre la superficie de la tierra, y si luego, más tarde, ha tomado fastuosamente la obra de las misiones, todos sabemos muy bien qué apóstoles ha escogido para enviarlos como órganos de sus extrañas sociedades bíblicas. Sólo tres siglos después de su existencia fué cuando se dió cuenta de que la Iglesia Católica no había cesado de producir asociaciones cuya finalidad no era otra que las obras de caridad. Desconcertada ante tal descubrimiento trató de introducir en algunos lugares sus diaconías y sus enfermeras. Sea lo que sea sobre el éxito de un trabajo tan tardío, podemos creer no obstante con razón que no alcanzará grandes proporciones y podemos pensar que este espíritu de apostolado, que estuvo adormecido por espacio de tres siglos en el mismo seno del protestantismo, no es precisamente su carácter esencial, cuando se ha visto que, en los países invadidos por él, ha desaparecido el espíritu de sacrificio, suprimiendo voluntariamente la práctica de los consejos evangélicos, cuya existencia se basa únicamente en el amor de Dios. ¡Gloria, pues, sea dada a San Felipe Neri, uno de los representantes más dignos del amor de Dios en el siglo XVI! Gracias a su impulso Roma y muy pronto después toda la cristiandad tomaron nueva vida con la frecuencia de los sacramentos, suspirando por una piedad más fervorosa. Su palabra y su sola presencia electrizaba al pueblo cristiano de la Ciudad Eterna, cuya memoria perdura todavía. Por eso cada año Roma celebra el 26 de mayo el recuerdo de su pacifico reformador. San Felipe se divide con los príncipes de los Apóstoles el patronato de la ciudad de San Pedro.

EL TAUMATURGO

San Felipe tuvo el carisma de los milagros, y cuanto más buscaba, por su parte, el desprecio y el olvido, más se veía seguido de todo el pueblo, que, por su mediación pedía y obtenía la curación de los males de esta vida terrena a la vez que la reconciliación de las almas con Dios. La misma muerte obedecía a su imperio como testigo de ello fué el joven príncipe Pablo Massimo, a quien Felipe resucitó cuando ya se le estaban preparando las exequias funerarias. En el mismo momento en que este joven daba su último suspiro, y cuando fueron a pedirle ayuda para ese último trance, estaba el siervo de Dios celebrando el santo Sacrificio. Cuando luego más tarde entró ya en el palacio, encuentra por todas partes las señales del duelo: su padre desolado, sus hermanos llorando sin consuelo y toda la familia consternada. Tal es el espectáculo que encuentran sus ojos. El joven había terminado su vida después de sesenta y cinco días de enfermedad, llevada con asombrosa paciencia. San Felipe se postró de rodillas y después de una fervorosa plegaria, puso su mano sobre la cabeza del difunto y le llamó en voz alta por su propio nombre. Ante esta voz poderosa despertó Pablo del sueño de la muerte, abrió los ojos y respondió con ternura: "Padre mío." Después añadió solamente: "Deseaba sólo confesarme." Los asistentes se alejaron un momento y Felipe permaneció sólo con esta conquista que terminaba de alcanzar de la muerte. Luego fueron llamados sus parientes y Pablo se estuvo en su presencia, hablando con Felipe de su madre y de su hermana, a quienes amaba tiernamente y que habían sido arrebatadas por la muerte. Mientras estaban conversando, el rostro del joven, desfigurado antes por la fiebre, recobró sus colores y la lozanía de otros tiempos. Nunca se le había visto tan lleno de vida. Entonces el santo le preguntó si estaba dispuesto a morir con gusto otra vez. "Oh, sí, respondió el joven, con mucho gusto; porque entonces vería en el paraíso a mi madre y a mi hermana." "Marcha, pues, repuso Felipe, marcha al cielo y pide al Señor por mí." A estas palabras espiró de nuevo el joven y entró en los gozos de la eternidad, dejando a la concurrencia sobrecogida de dolor y de admiración.
Tal era este hombre favorecido por el Señor casi continuamente con raptos y éxtasis, dotado del don de profecía, que sabía penetrar con su mirada el interior de las conciencias y que dejaba tras sí un perfume que atraía a las almas con encanto irresistible. La juventud romana de todas las clases sociales se apiñaba en su derredor. A unos les hacía evitar los peligros, a otros les daba la mano para sacarles del naufragio. Los pobres y los enfermos eran siempre el objeto de sus cuidados. Parecía multiplicarse en Roma, empleando todas las formas de celo y dejando tras sí un impulso hacia el bien obrar que todavía no se ha resfriado.

EL FUNDADOR

San Felipe había notado que la conservación de las costumbres cristianas dependía principalmente de la buena predicación de la palabra de Dios y nadie trabajó más que él en procurar a los fieles apóstoles capaces de ganarles con su doctrina sólida y atrayente. Para eso fundó con el nombre de Oratorio un Instituto, que existe todavía, y cuya finalidad consiste en animar y mantener la piedad en las ciudades. Esta Institución, que no hay que confundir con el Oratorio de Francia, tiene por objeto aprovechar el celo y las dotes de aquellos sacerdotes que sin ser llamados al claustro por vocación divina, llegan no obstante a producir abundantes frutos de santidad al asociar sus esfuerzos.
Al fundar el Oratorio sin ligar a sus miembros con los votos de la religión, San Felipe se acomodaba al género de vocación que habían recibido del cielo algunos miembros, y por de pronto les aseguraba las ventajas de un reglamento común, con la ayuda del ejemplo, tan eficaz para sostener el alma en el servicio de Dios y en la práctica de las obras de celo. Mas el santo apóstol estaba demasiado apegado a la fe de la Iglesia, para no considerar a la vida religiosa como el estado de perfección. Durante su larga existencia no cesó de dirigir a los claustros a las almas que creía llamadas a la profesión de los votos. Por medio de él se reclutaban muchas órdenes religiosas de gran número de sujetos que seleccionaba y probaba él mismo, de tal suerte que, San Ignacio de Loyola, amigo íntimo y admirador del santo le comparaba jocosamente con la campana que llama los fieles a la Iglesia, por más que siempre se queda ella afuera.

LUCHA CONTRA EL PROTESTANTISMO


La terrible crisis que conmovió el cristianismo en el siglo XVI y que arrebató al catolicismo tan gran número de regiones, afectó dolorosamente a San Felipe y sufrió terriblemente al ver hundirse tantos pueblos unos tras otros en el abismo de herejía. Su corazón sentía los incesantes golpes que le daba su ardiente celo por reconquistar las almas seducidas por la pretendida Reforma y seguía con suma atención las maniobras de que se servía el Protestantismo para mantener en ellas su influencia. Las Centurias de Magdeburgo, vasta compilación histórica, destinada a engañar a los lectores con ayuda de pasajes falsificados y de hechos adulterados e incluso inventados como por ejemplo, que la Iglesia Romana había abandonado la antigua fe y que había sustituido las prácticas primitivas con supersticiones; esta obra le pareció ser de tan peligrosa trascendencia, que únicamente podría asegurar el triunfo de la Iglesia Católica otra obra que la aventajase en erudición y que tuviese su origen en las verdaderas fuentes.
Mucho tiempo hacía que había adivinado el genio de César Baronio, uno de sus compañeros del Oratorio. Tomando la defensa de la fe, mandó a este gran sabio que entrase en la lucha y que persiguiese al enemigo de la fe auténtica, poniéndose en el mismo campo de la historia. Fruto de este pensamiento genial de San Felipe fueron los Anales Eclesiásticos, según lo atestigua el mismo Baronio al principio del tomo VIII. Cuatro siglos han corrido desde que se compuso esta obra. Con los medios científicos de que hoy disponemos nos es fácil distinguir sus fallos; pero nunca hasta entonces se había escrito la historia de la Iglesia con dignidad, elocuencia e imparcialidad, superiores a las que se ven en este inteligentísimo trabajo que abarca doce siglos.
La herejía sintió muy pronto el golpe; la erudición falsa y perjudicial de los Centuriadores se eclipsó ante esta historia verdadera de los hechos y puede afirmarse que el oleaje creciente del protestantismo se detuvo ante los Anales de Baronio, en donde aparece la Iglesia tal cual fue siempre, es decir, "como columna y sostén de la verdad'". La Santidad de San Felipe y el genio de Baronio decidieron la victoria y fueron muchos los que, vueltos a la fe de la Iglesia Romana, vinieron a consolar a los católicos, tan tristemente diezmados, y si en nuestros días son incontables las abjuraciones de la nueva secta, es justo atribuirlo en gran parte al fruto que produce el método histórico inaugurado con los Anales.

Vida

San Felipe nació en Florencia en 1515. Tras una infancia consagrada a la piedad, pasó a Roma para estudiar la filosofía y la teología. En 1551 fué ordenado de sacerdote y desde entonces se entregó por completo al servicio de las almas, y para que su trabajo fuera más eficaz, fundó la Congregación del Oratorio aprobada por Gregorio XIII en 1575. Gozaba de una oración tan elevada, que con frecuencia se levantaba en éxtasis. Poseyó también el don de profecía y de saber leer en las almas. En 1593 renunció al cargo de Superior del Oratorio y murió el 24 de mayo de 1602. Fué canonizado veinte años más tarde a la vez que Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier.

AMOR DE DIOS

¡Oh glorioso San Felipe! Amaste a Jesucristo y tu vida no fué más que un acto continuo de amor. Pero no quisiste gozar exclusivamente de tan soberano bien. Todas tus actividades se encaminaron a hacerle conocer de los hombres a fin de que todos le amasen contigo, y pudieran llegar a su último fin. Durante cuarenta años fuiste el apóstol infatigable de la Ciudad Eterna, sin que nadie pudiera dejar de sentir el ardor del fuego divino que te consumía. Por eso te pedimos que extiendas tus miradas sobre nosotros. Enséñanos a amar a Jesús resucitado. No basta con que nosotros le adoremos y nos regocijemos de su triunfo; necesitamos amarle, porque todos sus misterios, desde su Encarnación hasta su Resurrección, no tienen otro fin que manifestarnos siempre más claramente su infinito amor. Amándole de continuo podremos llegarnos más cerca del gran misterio de su Resurrección, misterio que acaba de revelarnos todas las riquezas de su corazón. Cuanto más se eleva El en la nueva vida que acaba de tomar al salir del sepulcro, mejor se nos muestra lleno de amor hacia nosotros y más nos está solicitando para atraernos a Él. Ruega, oh Felipe, y pide que "nuestro corazón y nuestra carne salten de gozo en el Dios vivo'". Y tras el misterio de Pascua, introdúcenos también en el de la Ascensión; prepara nuestras almas para recibir el Espíritu Santo en Pentecostés y cuando brille a nuestros ojos el misterio de la Eucaristía en la próxima solemnidad, tú que la celebraste por última vez antes de subir a la mansión eterna, en que Jesús se muestra sin velos, dispón nuestras almas para recibir y gustar "este pan vivo que da la vida al mundo". Tu santidad se distinguió por los lances irresistibles de tu alma hacia Dios y cuantos se acercaban a ti sentían muy pronto en sí mismos esta misma disposición, única capaz de corresponder al llamamiento del Redentor. Sabías apoderarte de las almas y llevarlas a la perfección por medio de la confianza y de la generosidad del corazón. En esta gran obra no te apegaste a un método imitando a los Apóstoles y a los antiguos Padres, confiando más en la virtud propia de la palabra de Dios. Para ti el frecuentar los sacramentos con fervor fué siempre la señal más clara de la vida cristiana. Ruega por el pueblo fiel y ayuda a tantas almas que se agitan y se gastan en caminos trazados por manos humanas y que con frecuencia no hacen más que retrasar o impedir la unión íntima de la criatura con el Creador.

AMOR A LA IGLESIA

¡Oh Felipe! amaste ardientemente a la Iglesia, siendo este amor el signo imprescindible de la santidad. Tu alta contemplación no te hacía olvidar la dolorosa suerte de la Esposa de Cristo, tan probada en el siglo en que viniste a este mundo y pasaste a mejor vida. Los esfuerzos de la herejía triunfante en tantas naciones estimulaban el celo de tu corazón. Alcánzanos del Espíritu Santo esta viva simpatía hacia la verdad católica que nos haga sentir sus derrotas y sus victorias. No basta con que salvemos nuestras almas; es necesario que deseemos ardientemente y trabajemos con todas nuestras fuerzas por el acrecentamiento del reino de Dios en la tierra, la extirpación de la herejía y la exaltación de nuestra Santa Madre Iglesia. Sólo así seremos hijos de Dios. Inspíranos, oh San Felipe, con tus ejemplos este ardor con el que debemos unirnos en todo a los intereses sagrados de nuestra Madre común. Ruega también por esta Iglesia militante que siempre te ha contado como uno de los soldados mejores salidos de sus filas. Defiende valiente la causa de Roma que se siente orgullosa al serte deudora de tantos servicios. Tú la santificaste durante tu vida mortal; santifícala y defiéndela todavía más ahora ya desde el cielo.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

lunes, 25 de mayo de 2026

S A N T O R A L


SANTA MARIA MAGDALENA DE PAZZIS, VIRGEN

La santa de la caridad divina

Magdalena de Pazzis ha brillado en el Carmelo por su esplendorosa pureza y por lo ardiente de su amor.
Decía de ella San Pío X en 1908: "La Vida de Santa María Magdalena de Pazzi no es solamente un prodigio de estéril admiración, sino un vivo modelo que todos podemos y debemos en parte imitar..." Y en 1952 el Papa Pío XII: "Santa María Magdalena de Pazzi, la virgen de Florencia, brilló, más que por su nobleza, por el fervor de todas las virtudes, y, sobre todo, por su amor encendidísimo para con Dios y para con el prójimo".

Ha sido una de las más hermosas manifestaciones de la caridad divina en el seno de la verdadera Iglesia, llevada a cabo en la sombra del claustro como Felipe de Neri en las tareas del ministerio pastoral, habiendo acogido ambos en sí mismos para cumplirla esta palabra del Hombre Dios: "He venido a prender fuego sobre la tierra y qué otra cosa quiero sino que arda'".
La vida de la Esposa de Cristo fué un milagro continuado. Los éxtasis y raptos eran diarios. Dios le comunicó vivísimas luces sobre los misterios y con el fin de purificarla cada vez más por medio de estas sublimes manifestaciones, la hizo atravesar las más terribles pruebas de la vida espiritual. Triunfó de todas, aumentando siempre su amor hasta el extremo de que sólo podía encontrar reposo en el sufrimiento con el que alimentaba el fuego que la consumía. Al mismo tiempo su corazón rebosaba de amor por los hombres, deseando salvarlos a todos y extendiendo su caridad ardiente no sólo a las almas sino también los cuerpos. Mientras duró en la tierra esta existencia seráfica el cielo miró particularmente complacido Florencia y el recuerdo de tantas maravillas ha mantenido, en esta ciudad hasta nuestros días, un culto fervoroso a la insigne Esposa del Salvador de los hombres.
Uno de los caracteres más sorprendentes de la divinidad y de la santidad de la Iglesia aparece en estas vidas privilegiadas en las cuales la acción directa de los misterios de nuestra salud aparece con tanto esplendor. "Dios amó al mundo hasta el punto de darle su único Hijo'", este Hijo de Dios se enamora de alguna de sus criaturas produciendo en ella tales efectos que todos los hombres pueden adquirir por ellos una idea del amor de que está abrasado su divino corazón hacia este mundo que rescató con el precio de su sangre. ¡Dichosos los que saben contemplar este espectáculo y dar gracias por tales dones! Ellos pusieron la verdadera luz y en tanto que aquellos que dudan demuestra que sus luces luchan todavía con las tinieblas de la naturaleza caída.

Vida


Santa María Magdalena de Pazzis nació en Florencia en 1566. Desde su más tierna infancia fue favorecida de gracias particulares hasta el punto de tener constantemente el sentimiento de la presencia de Dios y de poder pasar largas horas en la oración. A la edad de diez años hizo su primera comunión y poco después emitió el voto de perpetua virginidad. En 1582 ingresaba en el Carmelo donde hacía su profesión dos años después. Pero entonces vivió en un estado continuo de oración y de éxtasis frecuentes. Dios la probó con terribles sufrimientos hasta su muerte ocurrida el 25 de mayo de 1607. Numerosos milagros dieron testimonio de su santidad por lo que Clemente IX la inscribió en el catálogo de los santos en 1669.

ELOGIO

Tu vida aquí, oh Magdalena, se asemejó a la de un ángel a quien la voluntad de Dios hubiera sometido a las leyes de la naturaleza caída. Todas tus aspiraciones te llevaban más allá de las condiciones de la vida presente y Jesús se complacía en despertar en ti esa sed de amor que sólo podía saciarse en las fuentes de la vida eterna. Una luz celestial te revelaba los misterios divinos, tu corazón no podía contener ya los tesoros de verdad y de amor que el Espíritu Santo acumulaba en él y entonces tu energía se refugiaba en el sacrificio y en el dolor como si únicamente en el anonadamiento de ti misma hubieras podido pagar la deuda que habías contraído con ese Dios que te colmaba con sus más caros favores.

PLEGARIA

San Agustín escribiendo en el corazón
 de Santa María Magdalena
¿Cómo te imitaremos alma seráfica?, ¿qué representa nuestro amor junto al tuyo? Podemos, sin embargo, seguirte desde lejos. El año litúrgico era el centro de tu existencia cada una de sus estaciones ejercía sobre ti su influencia y te traía nuevas luces y nuevos ardores. El Niño de Belén, la Víctima de cruz, el Vencedor de la muerte, el Espíritu Santo con sus siete dones te arrebataban; y tu alma, renovada por esta sucesión de maravillas se transformaba cada día más en Aquel que, por adueñarse de nuestros corazones, se dignó manifestarse en estos hechos sublimes que la Santa Iglesia nos hace repasar cada año con los socorros de una gracia siempre nueva. Oh Magdalena, amaste con pasión a las almas durante tu vida mortal, pero este amor se ha acrecentado aún más con la posesión del Bien Supremo. Alcánzanos abundancia de luces para ver mejor todo aquello que hechizaba tus potencias y tus sentidos, el ardor del afecto para amar más lo que apasionaba tu corazón.


fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer

  Tomo III pag. 940 y siguientes


S A N T O R A L


San Gregorio VII

Celo ardiente por la causa de Dios

Uno de los mayores Papas de la Historia y una de las más eminentes personalidades que produjeron los siglos, combatió los abusos del poder temporal y la decadencia del clero
Plinio María Solimeo

San Gregorio VII es una de las figuras más santamente controvertidas de la Historia. Los católicos verdaderamente fieles ven en él a un batallador incansable en la defensa de los derechos de la Iglesia, eximio reformador de las costumbres del clero y gran santo, de los más extraordinarios Papas de la Historia y un hombre que marcó a fondo su época y los siglos posteriores. Los enemigos de la Iglesia, precisamente por esas virtudes, lo abominan, lo cual es para él una gloria más. Historiadores imparciales, incluso no católicos, prestan homenaje a su gran personalidad y fuerza de voluntad, sobre todo a su deseo sincero de hacerlo todo por la exaltación del Papado, y la consiguiente mayor gloria de Dios.

Origen humilde y grande personalidad

El niño Hildebrando, futuro Gregorio VII, nació en Toscana en la pequeña localidad de Sovana, no lejos de Siena, en una familia modesta. Su padre fue, según todo indica, carpintero, y nada tuvo que ofrecer a su hijo sino la protección de un tío materno, Lorenzo, que por sus méritos había sido nombrado abad del monasterio de Santa María, en el Monte Aventino. Ese tío se encargó de la educación del niño, de inteligencia privilegiada, que hizo profundos progresos en los estudios.
Era él, como San Pablo, bajo de estatura y delgado de cuerpo, pero, como el Apóstol, tenía un alma de fuego. Aún siendo clérigo, habiendo recibido las órdenes menores, entró al servicio de Juan Graciano, que había sido su profesor en la escuela lateranense. Éste, apreciador del extraordinario talento de Hildebrando, afirmaba que nunca había visto inteligencia igual. Cuando fue elevado al solio pontificio con el nombre de Gregorio VI, Juan Graciano lo nombró su secretario. Hildebrando, que tenía apenas 25 años y era aún subdiácono, fue así providencialmente iniciado en los asuntos de la Iglesia, a la cual más tarde gobernaría con tanta sabiduría y fortaleza. En esa época, trabó relaciones con otro de los mayores hombres del tiempo, el cardenal San Pedro Damián.
A pesar de no haber sido aún ordenado sacerdote, era ya un gran predicador. El emperador Enrique III afirmó que ninguna palabra lo había conmovido tanto cuanto la de él.
En el año 1045, Gregorio VI fue depuesto por el emperador y desterrado a Colonia. Renunció al papado e Hildebrando lo siguió al exilio. Con la muerte del ex Papa al año siguiente, Hildebrando viajó a Francia, donde visitó la abadía de Cluny, entonces en su apogeo. Encantado con la santidad de San Hugo y de San Odilón, allí tomó el hábito monástico.

Cardenal-diácono de la Santa Iglesia

Pero no pudo disfrutar por mucho tiempo de su retiro. Bruno, obispo de Toul, habiendo sido elegido Papa con el nombre de León IX, confió a Hildebrando la administración temporal de la Iglesia con el título de arcediano, y también el gobierno del monasterio de San Pablo Extramuros, entonces muy decadente. Le confirió aún el título de cardenal-diácono. Secundado por Hildebrando, el nuevo Papa se lanzó con fervor y determinación a la reforma del clero y el restablecimiento de las leyes de la Iglesia, principalmente de su libertad contra la ingerencia del poder secular. Para poner en ejecución sus decretos, convocó a un sínodo, en el cual condenó los dos males más notorios de la época: la simonía y la incontinencia del clero. En 1054, León IX entregó su alma a Dios. Muchos milagros suyos, en vida y después de la muerte, hicieron que su nombre fuese incluido en el Martirologio Romano.
Durante el reinado de los cuatro Papas siguientes, Hildebrando se destacó de tal manera, que “nada se hizo en aquel tiempo en Roma sin el consejo y el asentimiento de Hildebrando; él dominaba, con su vasta capacidad, la corte y las facciones, y todos tributaban respeto y homenaje a su elevado mérito”.1 Su influencia llegó al apogeo con el Papa Alejandro II (1061-73), que lo nombró su canciller. Ya entonces desempeñaba funciones como las de un primer ministro.

“¡San Pedro escogió a Hildebrando!”

Enrique IV permaneció tres días descalzo  en la nieve, vestido apenas con un hábito de penitente, implorando perdón
En 1073 fallecía Alejandro II. E Hildebrando, como arcediano, presidía los funerales. En medio de la ceremonia, el clero y el pueblo, hombres y mujeres, prorrumpieron en un grito unánime: “¡Hildebrando, Papa!” “¡San Pedro escogió a Hildebrando!”
Al recibir entonces la ordenación sacerdotal, el nuevo Papa “estaba muy versado en la arte de gobernar, era consciente de su misión y tenía una idea elevadísima de la dignidad pontificia. Su promoción fue providencial. Con él la reforma comenzó a ser eficaz”. 2
Para obtener de Dios las gracias necesarias para la Iglesia en aquellos tiempos tan conturbados, San Gregorio VII organizó un sodalicio con el nombre de Religio Quadrata, agrupando a eclesiásticos y seculares que se proponían rezar especialmente por la reforma
Aunque se concentrase sobre todo en esa tarea, su programa era mucho más vasto. Incentivó, en España, la reconquista del territorio en poder de los moros, bendiciendo a los extranjeros que se alistasen en esa cruzada; planeaba rescatar los Santos Lugares, acabar con el cisma griego y centralizar el gobierno eclesiástico. Pero lo que llevaba en lo más hondo de su corazón era velar por la santidad de la Iglesia, con la eliminación de la simonía (venta de objetos sagrados) y del nicolaísmo (violación de la ley del celibato por los clérigos). Estos vicios provenían en gran parte de la célebre cuestión de las investiduras, es decir, de la venta de cargos eclesiásticos o prebendas por parte del emperador, de reyes, de nobles y señores feudales. Los altos dignatarios eclesiásticos, que pagaban caro su dignidad al rey o a otro señor, procuraban indemnizarse vendiendo a sus subordinados las funciones menores. Así, ellas no caían en manos de los más dignos, sino en las de quien podía pagar más. Esta complicada cuestión, que se extendió hasta el siglo siguiente, consumió gran parte de las energías del combativo Pontífice. Depuso al arzobispo Godofredo de Milán por simonía, y en Francia substituyó prácticamente a todo el episcopado. Pero encontró fuerte oposición en Alemania, sobre todo de la parte del emperador Enrique IV.

Preciosa exaltación del primado romano

157 Gregoriovii3.jpgLa mirada de San Gregorio VII no descuidaba ningún rincón de la Tierra. San Canuto, rey de Dinamarca, le pedía consejos, lo mismo que Olavo, rey de Noruega. En cambio, Boleslao II de Polonia, desagradado por los avisos de la Santa Sede, se servía del gobierno solamente para satisfacer sus brutales pasiones. Llegó a ahorcar, con sus propias manos, a San Estanislao, obispo de Cracovia, que lo había excomulgado. San Gregorio VII fulminó con el anatema al rey asesino, lo privó de la realeza, desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad a él, y le retiró el título de rey a los soberanos de Polonia, que durante mucho tiempo quedaron reducidos a la situación de meros duques.
En 1074 San Gregorio VII renovó los decretos de sus predecesores contra la simonía y los matrimonios de eclesiásticos. Al año siguiente, promulgó un decreto contra la investidura, prohibiendo a todo secular, bajo pena de excomunión, vender los obispados. Una semana después, “Gregorio redactó su Dictatus papae, colección de 27 tesis en que condensaba de manera lapidaria su concepción del poder pontificio sobre la base de una exaltación del primado romano en el aspecto legislativo, judicial, administrativo y dogmático, con aplicaciones concretas a lo temporal. Las proposiciones más llamativas eran estas dos: «Que [el Papa] tiene facultad para deponer a los emperadores» (nº 12); «Que puede desligar a los súbditos del juramento de fidelidad prestado a los inicuos» (nº 27). [...] [Eso porque] Cristo a nada ni a nadie ha exceptuado del poder de las llaves. Si la Sede Apostólica tiene facultad para juzgar de las cosas espirituales, con mayor razón la tendrá sobre las temporales, que valen menos. Todo lo que hay dentro de la Iglesia, está debajo del Papa; luego los reyes y emperadores, con todo su poder y autoridad, están sometidos al Papa; por tanto, éste puede deponerlos”. 3

El emperador Enrique IV en Canossa

Enrique IV, sin embargo, continuó repartiendo obispados a personas indignas, y entabló negociaciones con los normandos del sur de Italia para tener al Papa entre dos fuegos. San Gregorio lo amonestó seriamente, amenazando con excomulgarlo y deponerlo. El emperador convocó una asamblea en Worms, donde depuso al Papa, declarándolo privado de la dignidad pontificia. Gregorio convocó un concilio en Roma, en el cual excomulgó y depuso al emperador. El efecto de la sentencia pontificia fue fulminante, al contrario de la de Enrique. Inmediatamente todos abandonaran a Enrique IV. Y los príncipes alemanes, reunidos en Tribur, declararon que, si él no obtenía la absolución de la sentencia en el plazo de un año, perdería la corona. Sin embargo, debería vivir como un particular en Espira, licenciar a su ejército y a todos los consejeros excomulgados, y abstenerse del culto público mientras aguardaba la decisión del Papa.
El emperador, al verse perdido, no tuvo otra salida que procurar al Sumo Pontífice y obtener su perdón. En el invierno de 1076-1077 —el más frío del siglo— atravesó los Alpes y fue hasta donde estaba San Gregorio VII, en Canossa, Toscana, en la propiedad de la Condesa Matilde. Allí Enrique permaneció por tres días descalzo en la nieve, vestido apenas con un hábito de penitente, implorando perdón. Por fin el Papa, cediendo a las instancias de los que lo rodeaban y a las muestras de arrepentimiento del emperador, retiró las censuras. Enrique se comprometió a dar a Gregorio toda la ayuda necesaria para resolver los conflictos de Alemania. Pero apenas se vio nuevamente en posesión del poder imperial, mandó a cerrar el paso de los Alpes, para impedir el viaje del Papa a su país.
Durante el sínodo cuaresmal de 1080, Gregorio volvió a excomulgar y deponer a Enrique IV. Éste emprendió una expedición militar contra el Papa y sitió Roma durante tres años. Gregorio se refugió en el castillo de Sant’Angelo. Enrique IV recibió la corona imperial de manos de un antipapa, y después abandonó a toda prisa la ciudad cuando supo del avance de los normandos, liderados por Roberto Guiscard, duque de Normandía, que liberó al Papa. Debido a la fragilidad de la situación, San Gregorio abandonó Roma y se condujo al destierro, falleciendo en Salerno el día 25 de mayo de 1085. Sus últimas palabras quedaron célebres y sintetizan su combatividad heroica en defensa de la Santa Iglesia: “He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro”.4

Notas.-
1. Dr. Eduardo María Vilarrasa, San Gregorio VII – La Leyenda de Oro, L. González y Cía. Editores, Barcelona, 1896, t. II, p. 328.
2. J. Goñi Gaztambide, San Gregorio VII – Gran Enciclopedia Rialp, Ed. Rialp, Madrid, 1972, t. XI, p. 325.
3. Id., ib.
4. Id., ib.
FUENTE :
El Perú necesita de Fátima
  
http://www.fatima.pe/articulo-480-san-gregorio-vii