martes, 14 de abril de 2026

S A N T O R A L

SAN PEDRO GONZALEZ "TELMO"

DOMINICO (1190 - 1246)

San Pedro González, llamado vulgarmente San Telmo, ha sido siempre gran favorecedor de cuantos le han invocado en los peligros. Los marineros todos de España y Portugal le nombran y le invocan cuando aparece ese fenómeno natural llamado "Fuego de San Telmo", llamitas que brillan a veces en lo alto de los mástiles o en las ondas del mar y que, según creencia popular, los libran de naufragio o presagian el fin de la tormenta.
"Fuego de San Telmo"
Galicia, sobre todo, siente por este Santo especial veneración: después del Apóstol Santiago parece ser el santo, preferido por todos aquellos sencillos habitantes. Pero esta devoción no es exclusiva de España; también invocan fervorosamente a San Telmo los marineros bretones y los normandos y los marselleses y los genoveses y los sicilianos, y hasta los americanos.

Hay planteado a propósito de ese nombre un problema hagiográfico muy curioso, y que podemos resumir en pocas palabras. ¿Cómo y por qué razón ha sido invocado Pedro González con nombre distinto del suyo? Explican algunos esta anomalía porque, según parece, no lejos del lugar de su nacimiento vivió una familia de ese nombre; pero los del Acta Sanctorum, siguiendo paso a paso los rastros de esa apelación, han podido demostrar que en todos los textos anteriores al fin del siglo XV se nombra al santo dominico con su verdadero nombre: el nombre de “Sant Elmo” o por corrupción “San Telmo” se conocía mucho antes en el reino de Nápoles porque era el de un castillo feudal, el Castel Sant’Elmo, llamado también Sant'Eramo; en España, cerca de San Sebastián, tenían los Dominicos un convento, cuya iglesia, anterior al establecimiento de dichos religiosos en la citada ciudad, llevaba ya el nombre de San Telmo. Creen, pues, los Bolandistas que el verdadero San Telmo, es decir el primero, es verdaderamente San Erasmo, obispo y mártir cuyo cuerpo se conserva en la ciudad marítima de Gaeta, y que fue muy honrado en los siglos pasados entre los catorce o quince Santos que más se invocaban en trances de peligro. Los marineros de diversos países tenían desde remota fecha la costumbre de invocar a "Sant Elmo". Es de creer que con el tiempo los marineros españoles y portugueses, fueron sustituyendo —sin cambiar el nombre ya formado— a un santo por otro.

EL ESTUDIANTE — UN CANÓNIGO JOVENCITO


Pedro González nació probablemente en Astorga, y según otros en Frómista, a pocas leguas de Patencia. Pertenecía a muy ilustre familia: su padre había luchado heroicamente contra los moros, y su madre, emparentada con los reyes de León, era hermana del celebre don Tello muy conocido en nuestra historia patria y que gobernó como obispo la diócesis de Palencia desde 1212 a 1246.

El niño paso los primeros años en casa de sus padres; pero desde que llego a la edad de la razón, se hizo cargo de él su ilustre tío, con quien fue a Palencia.

Existía entonces en aquella ciudad una célebre universidad donde ensenaban afamados maestros. Allí afluía la juventud de toda España. Don Tello, que era el alma de aquella institución, a la que consagraba por entero sus preclaras dotes, tuvo particular esmero en ordenar sus estudios y obtener para el cuerpo docente, con la protección del rey de Castilla, gran número de privilegios.


En medio de aquella agitación y bullicio estudiantil, llevo Pedro González una vida pura y arreglada. Dotado de inteligencia extraordinaria, de espíritu vivo y perspicaz, pronto se hizo notar por su gran aprovechamiento. Ese gusto acentuado para el estudio y las esperanzas que despertaron sus triunfos universitarios, fueron sin duda los motivos que le apartaron de la carrera de las armas que con tanta gloria había seguido su padre. A estos motivos humanos se añadía una fe viva, aunque no lo bastante purificada para retener al joven en el camino de la perfección. Los cargos eclesiásticos no eran a sus ojos más que un excelente medio para llegar a una brillante situación, y la protección de su tío, la nobleza y la riqueza de su familia, no menos que sus cualidades personales, le prometían rápidos adelantos en su carrera.

Y, en efecto, apenas termino los estudios obtuvo una canonjía y, como quedara vacante la dignidad de deán del Cabildo, el obispo logró que Roma se la diese a su sobrino. Fue, pues, en sus años mozos elevado a la primera dignidad de su diócesis.

CONVERSIÓN DE UN CANÓNIGO MUNDANO


La ambición de Pedro se hallaba plenamente satisfecha; pero Dios con su misericordia iba a salvar un alma que, sin caer en faltas graves, andaba lejos de la perfección sacerdotal.

Habíase decidido que el nuevo deán del Cabildo tomara posesión de su cargo el día de Navidad. Vistióse nuestro Pedro para aquel dia con las galas de noble rico y, montado en un brioso caballo magníficamente enjaezado, atravesó las calles de la ciudad, con gran escándalo del pueblo. Cuando llego a la plaza Mayor de Patencia, quiso hacer caracolear a su caballo para excitar más la admiración pública y ganar sus aplausos. Lo lanzó, pues, a toda brida; pero el caballo se encabrito en medio de su carrera, dio un paso en falso y tiro al jinete en un lodazal. Los espectadores celebraron la caída con gritos y burlas. El joven y elegante deán quedó de momento corrido y avergonzado. No se atrevía a levantar los ojos. Pero aquella caída y aquellas burlas le salvaron. Porque reacciono súbitamente y exclamo con voz potente de modo que todos pudieran oírle:

— ¡Cómo! ¿Ese mismo mundo a quien yo pretendía agradar se burla de mí? Pues bien; yo me burlare también de él, y desde ahora le vuelvo la espalda para llevar vida mejor. Así se determinó a servir a Dios con tanta y más atención que antes había servido a su vanidad, dejando de un golpe y por junto todo lo que el mundo le podía dar. Puso los ojos Pedro González en la religión de Santo Domingo. Había admirado en los Hermanos Predicadores la santidad de vida, que ofrecía raro contraste con la más o menos mundana de muchos eclesiásticos. Aquella virtud le atraía; pero hasta entonces no se había sentido con fuerzas para seguir tal vocación. La gracia pudo lo que parecía imposible a la naturaleza y, ya resueltamente convertido, obtuvo su admisión en la Orden. El apuesto caballero don Pedro González cedía el puesto al humilde fray Pedro, pobre y humilde religioso y discípulo ferviente de Jesucristo.

PRIMEROS TRABAJOS APOSTÓLICOS Y PRIMEROS PRODIGIOS


Pasados tres años de vida ejemplar en el convento de Falencia, se hallaba fray Pedro preparado para afrontar los duros trabajos del apostolado. Atendiendo a los felices éxitos logrados en otros tiempos, parecía que su puesto era el de profesor de filosofía en la Universidad, y tal había sido la primera intención de los superiores; pero por el penoso recuerdo de su vida pasada anhelaba el digno religioso mayor apartamiento de los lugares donde había transcurrido su juventud y pidió que le dedicasen al apostolado de los pobres.

Viendo en ese deseo la voluntad del cielo, el prior le dio un compañero y le mando a predicar por las más apartadas regiones de Castilla y León. Durante ocho años recorrió incansable las provincias del norte de España, anunciando en todas partes el Evangelio, y yendo de aldea en aldea a la conquista de almas. Esa existencia casi nómada tuvo un corto intervalo cuando fue nombrado prior del convento de Guimaraes, en el distrito de Braga (Portugal), donde tuvo el consuelo de recibir en la Orden a San Gonzalo de Amarante. Volvió luego a sus correrías apostólicas por Asturias, Aragón y Galicia. En ese inmenso campo de acción abierto a su apostólico celo, las almas rudas, pero buenas, ávidas de verdad, acudían a él con presura extraordinaria.


Y los milagros confirmaban las verdades que predicaba. En la orilla del mar dirigía un día su palabra llena de unción a un pueblo de pescadores que en gran número habían acudido para oírle, cuando repentinamente estallo violenta tempestad. El espanto se apodero de aquella gente, que empezó a huir para ponerse en salvo; pero el predicador los tranquilizo, hizo en el aire la señal de la cruz e inmediatamente se alejó la tormenta, quedando el cielo despejado y sereno por encima de aquel pueblo fiel, mientras los alrededores sufrían los devastadores efectos del huracán.

Gustábale sobre todo el pueblo gallego, fiel y noble, en el que reconocía su propia naturaleza ennoblecida y no destruida por la gracia. Un día que predicaba en el valle del Miño vio gran número de aldeanos que vadeaban el río con gran dificultad y con inminente peligro de la vida; este peligro se renovaba diariamente porque las necesidades de la vida los forzaba a aquellos trabajos. Lleno de compasión, resolvió emprender la construcción de un puente. Difícil era la empresa y habría parecido imposible a cualquiera otro que no fuera del temple de fray Pedro; pero él, convencido de que no le faltaría el socorro del cielo, puso manos a la obra resueltamente. Obtuvo la ayuda del rey y de varios magnates, y logro que al cabo de poco tiempo quedase terminado el puente y pudiesen los habitantes del pueblecito de Castrillo, en los llanos de Ribadavia, atravesar el río sin peligro.

CAPELLÁN DEL REY SAN FERNANDO


Más tarde hizo construir el mismo Padre otro puente en Ramollosa. El primero ya no existe desde hace muchos años; pero el segundo, aunque ya en estado ruinoso, sigue siendo magnifico testimonio de la caridad del Santo y de su tesón y firmeza de carácter.

San Femando reinaba entonces en Castilla. Habíase enterado de la conversión del deán de Palencia, de su ingreso en la Orden Dominicana y del resultado de las misiones que la obediencia le había encomendado. Iba a emprender una cruzada contra los moros y creyó que en aquella empresa le serian de gran utilidad los consejos y la dirección espiritual de tan esclarecido apóstol. Pensó, además, que la presencia del Santo en medio de sus tropas traería las bendiciones del cielo sobre aquella expedición, cuya finalidad era humillar a la media luna y lograr el triunfo de la cruz.

Obediente a los deseos del soberano, fray Pedro González dejó sus queridos campos de Galicia para unirse al ejército expedicionario. Sin descuidar los deberes de la capellanía, halló nuevo campo para dar pábulo a su celo entre los soldados. Con ellos vivía, con ellos soportaba sacrificios y privaciones, y todo su afán era el darles a conocer a Jesucristo y excitarlos a que amasen a Aquel por cuya causa peleaban. Los soldados, conquistados por su caridad, aficionábanse a su capellán, amaban a aquel religioso cuya palabra ardiente, al mismo tiempo que los sostenía en las dificultades, imponía en sus filas el orden y la paz. Parecíales que su presencia en el ejército era prenda segura de victoria. Hasta los moros, por cierta creencia supersticiosa, atribuían sus derrotas a la influencia del Padre.

Nuestro Santo aprovecho de la confianza con que le honraba el rey San Fernando para reformar la corte. Diariamente distribuía a los príncipes y señores el pan de la palabra divina y les reprendía sus vicios y defectos. Los ejemplos daban autoridad poderosa a sus exhortaciones, porque vivía en medio del tumulto de la magnificencia de la corte con la misma regularidad y austeridad que en el claustro. Entonces permitió el Señor que su virtud fuese sometida a una terrible prueba de la que salió más brillante y acrisolada.

Algunos señores viciosos veían con envidia el favor que ante el rey gozaba el santo religioso y buscaron un medio de perderlo o al menos desprestigiarlo. Prometieron una gran suma de dinero a una miserable para que lo sedujera. Acercóse la tentadora al misionero y le dijo que tenía que hablarle en secreto. Retirado que se hubo la gente, se hinco de rodillas y empezó la confesión de sus culpas derramando abundantes lágrimas y exhalando suspiros y gemidos para captarse la bondad y favor del religioso. Cuando lo creyó enternecido, arrojando la máscara, le declaro sus perversas intenciones. El Padre le contesto que iba a prepararse en una habitación vecina para mejor recibirla. Retirase, enciende un gran fuego y se pone en medio. La mala mujer entra en ese momento y, a la vista del prodigio, se acuerda de las penas del infierno y, llena de arrepentimiento, cae de rodillas y pide perdón a Dios y a su ministro. Los señores, autores del criminal enredo, quedaron tan impresionados por el milagro que se convirtieron y llevaron vida edificante.

La fama de tal victoria se extendió pronto por todo el ejército y aumento la veneración de los soldados a su capellán. En adelante su celo no había de temer ningún obstáculo. Poco después, el ejército cristiano entraba victorioso en Córdoba. Pedro González estaba allí no lejos del cortejo real, saludado y aclamado por la multitud, que atribuía a las oraciones del humilde religioso el brillante remate que coronaba la empresa.

SAN PEDRO ABANDONA LA CORTE — NUEVO PRODIGIO


Ya llevaba tres años en el ejército, cuando el rey San Femando se lo llevo consigo al volver a Castilla, después de la toma de Córdoba. Pero el apóstol permaneció poco tiempo en la corte: echaba de menos su ministerio entre los soldados, ministerio que sin hacerle olvidar a los pobres de Galicia, ofrecía amplio campo de acción a su celo.

Fuera de esto, los favores del monarca eran una mortificación para su humildad, y todo aquel fausto le recordaba demasiado el tiempo de su juventud. Instó, pues, al rey para que le permitiese retirarse; y después de una entrevista afectuosísima, los dos siervos de Dios se separaron. Fernando marcho a Palencia y Pedro González a Compostela.

Permaneció poco tiempo en esa ciudad, porque al obtener licencia para reanudar sus antiguas correrías apostólicas, marcho por los pueblos de Galicia con el mismo Hermano que ya había sido compañero suyo en aquellos trabajos. La vuelta del misionero colmó de gozo a aquellas buenas gentes, que no se habían olvidado de su bienhechor, y sus apostólicos trabajos siguieron obteniendo los mismos felices resultados a lo largo del Miño.

Y continuaron también los prodigios confirmando sus palabras. Estaba un día predicando en un pueblo de la diócesis de Tuy, cuando le notificaron que un sacerdote amigo suyo, que vivía bastante lejos de aquel lugar, estaba a punto de morir. Púsose al instante en camino, acompañado de un guía y de su joven y habitual compañero, el Hermano de las Marinas. A las pocas horas de marcha, llegaron a la cima de un monte, y los dos compañeros del Santo sentían tan fuertemente los estímulos del hambre y de la sed que llegaron a murmurar contra él. El Hermano dijo al guía:

—Este buen padre es tan viejo que con un poco de alimento le basta y no siente las molestias de los otros. Piensa sin duda tratarnos como trata a su cuerpo; pero eso no conviene de ningún modo a nuestro estomago vacío.

El siervo de Dios, que caminaba bastante más adelante, no podía oír tales quejas; las conoció, sin embargo, y, volviéndose hacia ellos, les mostró una roca a unos pasos del camino y les dijo:

—Si tenéis hambre, llegaos a aquella peña —y se la mostro con el dedo—, y allí hallareis que comer por esta vez.

—No se lo hicieron repetir los dos viajeros: fueron y hallaron dos panes blanquísimos, envueltos en una servilleta, y un jarro de muy buen vino.

SU SANTA MUERTE — CULTO Y RELIQUIAS


Aunque el misionero dominico se hallaba aun en el vigor de la edad, pues solo contaba cincuenta y seis años, resentíase su salud de las largas y fatigosas correrías, de las continuas predicaciones y de las muy rigurosas austeridades.

Imagen de San Telmo en su pueblo natal
Desde su vuelta a Galicia, habían ido agrupándose en tomo suyo muchas de aquellas gentes a quienes había evangelizado: seguíanle gozosas de un pueblo a otro, ávidas de oír su palabra. Entre aquella multitud había un grupo selecto de fervorosos y entusiastas, los cuales mas íntimamente se adhirieron a su persona. Previendo cuan dolorosa seria para aquellos amigos tan adictos la última separación, que parecía no muy lejana, quiso prepararlos para esa prueba. Predicando en, la iglesia de San Benito, cerca de Tuy, sobre la festividad del día, que era Domingo de Ramos, interrumpió de repente la explicación doctrinal y dijo a su auditorio que había tenido revelación de su próxima muerte y ordenaba a todos los ancianos y enfermos que le seguían que se retirasen a sus casas. Termino pidiendo rogaran a Dios por el después de su muerte.

A tales palabras contesto la multitud con sollozos; un grupo de los más adictos y fieles se le junto para acompañarle a Tuy, donde debía predicar durante la Semana Santa. Sus exhortaciones fueron aún más vehementes que de costumbre. Insistió particularmente en la necesidad de la penitencia y en el cumplimiento del deber pascual: eran los últimos acentos de su corazón de apóstol.

Ese último esfuerzo agotó sus energías. Se apoderó de él muy recia calentura y el martes de Pascua quiso ir a Compostela para morir en un convento de su Orden con sus Hermanos. A pesar de su debilidad, emprendió el viaje con su fiel compañero el Hermano de las Marinas; pero al llegar al pueblo de Santa Coloma, se sintió sin fuerzas para seguir adelante.

—Hijo mío —dijo al compañero—, vamos a Tuy, que allí he de morir.

Regresó a esa ciudad, se confesó, recibió el santo Viatico con gozo y amor incomparables y, llamando al dueño de la casa donde estaba albergado, le dijo:

—Amigo mio, rogaré a Dios por ti; pero como no tengo nada para pagar lo bien que me has cuidado, te dejo mi correa; día vendrá en que te será de utilidad.

Ese cinturón, que más tarde fue confiado al clero de la ciudad, debía obrar sorprendentes curaciones. El Santo entregó su hermosa alma a Dios el domingo de Cuasimodo de 1246, que era el 15 de abril. El obispo de Tuy ordenó solemnísimo entierro en la catedral. Se obraron muchos prodigios en su tumba, de modo que en 1248, o sea, dos años después de su muerte, citaba ya el obispo más de cien milagros.

No es extraño, pues, que el obispo y el clero de Tuy creyesen que podían permitir, o por lo menos tolerar, manifestaciones de culto público. Algún autor llegó a afirmar que Inocencio IV había beatificado a Pedro González en 1254, pero faltan pruebas de ello.
Lo cierto es que en esa época, el Maestro general de la Orden de Predicadores, Humberto, encargó a fray Geraldo de Limoges que escribiese la biografía de los más ilustres religiosos de su Orden, y que ya figuraba entre ellas la de fray Pedro González, aureolado con buen número de milagros auténticos.

Parroquia de San Pedro González Telmo - Buenos Aires -
En 1529, por los cuidados del obispo Diego de Avellaneda, fue depositado el cuerpo del santo misionero en un relicario de plata y trasladado a una capilla de la catedral, construida especialmente para ello. Celebrábase la fiesta de San Pedro González como si la Iglesia hubiese inscrito su nombre en el catálogo de los Santos: el día escogido fue el lunes siguiente al domingo de Cuasimodo (primer domingo después de Pascuas), porque los oficios de la Semana Santas o los de Pascua impedían con frecuencia celebrar la fiesta en el aniversario de su muerte.

Hiciéronse gestiones en Roma para obtener la beatificación de Pedro González. El arzobispo de Lisboa, Miguel de Castro, presentó al papa Clemente VIII, el 2 de agosto de 1592, una memoria postulatoria de marineros portugueses, y algo más tarde, en 1608, el senado de Braga recurrió al papa Paulo V con el mismo fin. El rey de España Felipe III escribió con idéntico motivo una carta al citado pontífice Paulo V. Finalmente, el culto de San Pedro González, muy popular por la Península Ibérica y por Hispanoamérica, fue reconocido oficialmente por el papa Benedicto XIV el 13 de diciembre de 1741. Al mismo tiempo se concedió a la Orden Dominicana y a las diócesis de Palencia y Tuy autorización para celebrar la misa y los oficios en honor del Santo.
Fuente: Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, vol. II, 1947, pp. 463 y ss.

lunes, 13 de abril de 2026

S A N T O R A L

SAN HERMENEGILDO, MARTIR

MÁRTIR DE LA ORTODOXIA 

Hoy a través de la palma de un mártir se nos muestran los misterios de Pascua. Hermenegildo, príncipe visigodo inmolado por un padre obcecado por la herejía.
La causa de su muerte fué la constancia con que rechazó la comunión pascual que un obispo arriano quería obligarle a recibir de sus manos.
El mártir sabía que la sagrada Eucaristía es señal de la unión católica y que está prohibido participar de la carne del cordero pascual con aquellos que no pertenecen a la verdadera Iglesia.
San Hermenegildo en la prisión (Francisco de Goya)
Una consagración sacrílega puede poner en manos de los herejes los Misterios Eucarísticos, si existe el carácter sacerdotal en quien ha tenido la osadía de traspasar la barrera del altar del Dios de quien blasfema; pero el católico consciente de que no está permitido orar con los herejes, se horroriza al ver el misterio profanado y permanece apartado de él para no ultrajar al Redentor en el misterio mismo que estableció para unirse con sus fieles. La sangre del mártir fué fecunda. España, cautiva por el error, rompió sus cadenas; un Concilio de Toledo consumó la reconciliación a la que había dado principio tan santa víctima. Espectáculo sublime y raro en la historia del mundo el ver a toda una nación abjurar de la herejía; pero esta nación fué bendita por el cielo. Sometida a la dura prueba de la invasión sarracena triunfó de ella por las armas, y su fe, después siempre pura, la mereció el más noble de los títulos de un pueblo: el dé Católica.

Vida

Hermenegildo fué hijo de Leovigildo, rey de los visigodos de España, y de Teodosia. Asociado al reino, como su hermano Recaredo, en 573, fijó su residencia en Sevilla. Allí, su esposa Ingonda y el obispo San Leandro, le determinaron a abandonar la herejía árriana y a abrazar el catolicismo. Al perseguirle su padre, que permanecía siendo arriano, Hermenegildo llamó en su ayuda a los bizantinos: pero creyó conveniente acceder a una entrevista que le propuso su padre, y éste, habiéndole hecho encarcelar, probó todos los medios de hacerle volver a la herejía. El día de Pascua del año 586 el rey le envió un obispo arriano para que le llevase la comunión. El joven la rechazó: Entonces su padre mandó decapitarle. San Hermenegildo es patrón de la ciudad de Sevilla. Urbano VIII extendió su culto a toda la Iglesia.

PLEGARIA

¡Oh Hermenegildo! Impertérrito defensor de la verdad del símbolo de la fe, hoy te ofrecemos nuestros homenajes y acciones de gracias. Tu valerosa muerte mostró el amor que tenías a Cristo y tu desprecio de los bienes terrenos nos enseña a menospreciarlos. Nacido para el trono, un calabozo te sirve aquí de mansión y de él partes para el cielo, ceñida la frente con la palma del martirio, corona mil veces más preciosa que la que se te ofrecía como precio de una vergonzosa apostasía. Ruega ahora por nosotros; al escribir la Iglesia tu nombre en su ciclo sagrado te convida a ello en estos días. Pascua fué tu día triunfante; haz que sea para nosotros verdadera Pascua, una completa Resurrección que nos conduzca siguiendo tus huellas a la mansión feliz donde tus ojos contemplan a Jesús resucitado. Haznos firmes en nuestras creencias, dóciles a las enseñanzas de la Iglesia, enemigos de todo error y de toda novedad.Vela por España tu patria, a cuya sangre derramada en testimonio de la fe verdadera debe tantos siglos de ortodoxia pura; presérvala de toda claudicación para que nunca deje de merecer el noble título que la honra.

fuente: Año Liturgico de Dom Próspero Guéranguer


... ESPAÑA ABRAZA EL CATOLICISMO

España va a seguir muy de cerca los pasos de Francia en su conversión, aunque con unos cien años de diferencia. Con Recaredo pasó en España lo mismo que con Clodoveo en Francia: convertido el rey, toda la nación se hizo católica.

España fue siempre una Provincia muy romana que dio al Imperio emperadores de la talla de Trajano, Adriano y Teodosio el Grande, y, como Iglesia, arraigó en ella con fuerza el cristianismo. Así lo demuestran Mártires como los diáconos Lorenzo y Vicente, Papas como San Dámaso, Padres como Osio y escritores como Prudencio, el mayor poeta cristiano. Además, a principios del siglo IV ─probablemente el año 300 o alguno más tarde─, se celebró en Ilíberis o Elvira, cerca de la actual Granada, un famoso Concilio, de gran importancia y con repercusiones en toda la Iglesia.

Más que a la Historia de la Iglesia, la invasión de los bárbaros en la Península corresponde a la historia nacional y civil de España. Invadida por los suevos, alanos y vándalos, éstos últimos se pasaron a Africa después de realizar las destrucciones tan propias de ellos y de perseguir ferozmente la fe cristiana. Dejaron el sur de España, región que hoy lleva el nombre de Andalucía, y, empujados por los visigodos, se pasaron al África a la que devastaron del todo. Los alanos y suevos fueron absorbidos por los visigodos, todos arrianos. España fue oficialmente arriana, aunque una gran parte conservó fielmente su fe católica.

El triunfo de San Hermenegildo. Oleo sobre lienzo de  
Alonso Vázquez (h.1575-1645) Juan de Uceda (h.1570-1635)
Museo de Bellas Artes de Sevilla

Todo esto sucedía a principios del siglo V, pues Ataúlfo, casado con Gala Placidia, hermana del emperador Honorio, invadía el sur de Francia el año 410, y él y sus sucesores llegaron hasta Barcelona para adueñarse poco después de toda la Península.

Los visigodos fueron tolerantes y condescendientes con la fe católica, de modo que España pudo rehacerse de las barbaridades cometidas antes sobre todo por los vándalos, y seguía la paz religiosa, aunque oficialmente la nación fuera hereje arriana.

Hasta que en el 572 llegó el rey Leovigildo. Gran gobernante, se empeñó en dominar toda la Península. Magnífico guerrero, consiguió vencer del todo a los suevos, instalados en las partes occidentales, el actual Portugal. Con la misma idea de unidad nacional, quiso someter la Iglesia a la fe arriana, y vino la persecución, astutamente calculada. No causaba mártires con la espada, pero no dejaba en paz ni a obispos ni sacerdotes. Entre los desterrados, figuró Masona, el santo, sabio y querido de todos obispo de Mérida.

El arrianismo se jugaba la última carta y parecía que tenía la victoria en las manos. Pero el rey Leovigildo se equivocaba de punta a punta. En su propio palacio empezó la ruina del rey. A su hijo Hermenegildo y su esposa la franca Ingunda, ferviente católica, se les hizo la vida imposible a causa del fanatismo arriano de la segunda mujer de Leovigildo, el cual mandó a Hermenegildo a Sevilla encargándole el dominio de la Bética, el sur de España.

Hermenegildo gobernaba la Bética, correspondiente a la actual Andalucía. Cargo meramente militar y civil. Mandaban los vándalos. Pero el pueblo nativo era cristiano católico desde antiguo y la lucha religiosa tenía que venir un día u otro. Además, bajo la dirección del obispo de Sevilla San Leandro, Hermenegildo se convirtió en ferviente católico.

Hermenegildo, naturalmente, estaba con el pueblo que se le había encomendado, y la esposa Ingunda debió sostenerlo con decisión. Es cierto que Hermenegildo se alió con los bizantinos del sureste de España y se alzó contra su padre. ¿Reprobable? Quizá, sí. Aunque la intención fuera muy recta. Pero las gentes se apiñaron en torno a Hermenegildo y vino el enfrentamiento de las tropas de uno contra el otro. Ganó el padre, y el hijo, arrodillado a sus pies, recibió la promesa de que sería tratado con la típica generosidad del militar vencedor. Pero Leovigildo no lo cumplió. Porque al saber Leovigildo que su hijo había abrazado el catolicismo, se enfureció de manera terrible.

Intensificó el rey la persecución contra la Iglesia, empezando por desterrar a San Leandro. Y Hermenegildo, encadenado, fue enviado desde Sevilla hasta la cárcel tétrica de Tarragona.


¿Qué ocurrió con el ilustre preso? La historia es bien sabida, aunque algunos detalles quedan en la duda. Se trató con estratagemas y mentiras de convencer a Hermenegildo para que volviese al arrianismo. Firme en la fe católica que había abrazado, se negó el día de Pascua a recibir la Comunión de manos de un obispo arriano. Su carcelero ─que, como resulta evidente, no podía actuar sino por orden del rey Leovigildo─ lo hizo asesinar. Su muerte, sin embargo, fue la de un mártir, y la Iglesia lo venera como Santo, canonizado por el Papa Sixto V en 1585, milenario de su muerte.

Es cierto que siempre se ha discutido la conducta de Hermenegildo con su padre. ¿Por qué se le enfrentó en plan de guerra? Parece que fue por decisión del mismo pueblo. Era imposible aguantar tanta persecución por causa de la religión. Y el hijo, siguiendo su conciencia y por exigencia del pueblo, se hubo de oponer al padre.

Y, lo de siempre. La sangre del Mártir resultó fecunda. Leovigildo se dio cuenta de que luchaba inútilmente contra la Iglesia invencible. En el año 586 se vio ante la muerte y dicen, dicen..., que llamó a su hijo Recaredo, hermano de Hermenegildo:

- Hijo mío, al heredar el trono, mira de que la fe católica sea la única religión de España.

Y lo fue. Faltaban solamente tres años para el famoso Concilio de Toledo.

Los obispos comenzaron a gritar entusiasmados: “¡Gloria a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo!”...
Este Concilio de Toledo en el 589 ─noventa años justos después del bautismo de Clodoveo en Francia─ es de una importancia suma. Fue presidido por el Arzobispo de Sevilla San Leandro, el mayor de sus hermanos Fulgencio, Isidoro y Florentina, los cuatro Santos canonizados. Para España, este Concilio vino a significar lo que la conversión de Clodoveo en Francia. Recaredo ya se había convertido al catolicismo por mediación de Leandro.

Antes del Concilio toledano, Recaredo, nada más asumido el trono, convocó a todos los obispos arrianos en una asamblea, y les pidió: ¿Por qué no renuncian todos al arrianismo y abrazan la fe católica, unificando en la misma fe a todo el país?...

El caso es que casi todos los obispos le hicieron caso y se pasaron al catolicismo.

Vino después el Concilio III de Toledo. Allí estaban todos los obispos españoles, los vueltos del destierro, entre los que destacaba Masona, el venerable confesor de la fe; todos los católicos de siempre y los nuevos convertidos en la asamblea de Recaredo.

El rey, la reina y todos los grandes de la nación, lucían sus mejores galas. Se recitó el Credo de Nicea y el monarca suscribió la fórmula de fe católica:

“Yo, Recaredo, rey, reteniendo en mi corazón esta santa y verdadera confesión, que es la sola que confiesa la Iglesia Católica por todo el orbe, la confirmo de palabra y la suscribo con mi mano derecha, bajo la protección de Dios”. 

Con este simple principio, el arrianismo quedaba sepultado para siempre: Jesús, y el Espíritu Santo, eran tan Dios como el Padre... Siguieron aclamando los obispos:

“¡Gloria a nuestro Señor Jesucristo, que a costa de su sangre formó la Iglesia católica en todas las naciones!”

“¡Gloria aquí en la tierra y la gloria eterna al rey Recaredo, que ha hecho oficio de apóstol y ha conquistado para la Iglesia Católica nuevos pueblos! Sea amado de Dios y de los hombres el que tan admirablemente ha glorificado a Dios en la tierra”.

San Leandro pronunció después un discurso elocuente por demás, que se conserva como todo lo anterior al pie de la letra, y que acaba:

“Sólo falta que quienes componemos en la tierra unánimemente un solo reino, consigamos por su estabilidad la felicidad del reino celestial, a fin de que el reino y el pueblo que glorificaron a Dios en la tierra sean glorificados por El, no sólo aquí, sino en el Cielo”.
Grandioso, sencillamente. En ese momento nacía quien iba a ser por antonomasia la “España Católica” en los siglos por venir. En el pueblo, y especialmente en sus reyes, estaba el germen de la fe que la nueva nación llevaría a muchos rincones del mundo, especialmente a nuestra América, novecientos años más tarde.

fuente: HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA (Generalidades. Guiones para las clases. Pro manuscripto) Pedro García Cmf