miércoles, 14 de enero de 2026

S A N T O R A L


SAN FÉLIX de NOLA, PRESBÍTERO


La vida de san Félix, presbítero de Nola, escribió en verso latino san 
Paulino, obispo de la misma ciudad, y el venerable Beda, la trasladó en prosa; y fué de esta manera. El padre de san Félix, fué siro de nación, y se llamó Hermia. Vino á Italia, para vivir en ella, y tomó casa en la ciudad de Nola, que es en la provincia de Campania, como cinco leguas de la ciudad de Nápoles. Tuvo dos hijos: el uno se llamó Hermia, como su padre, y el otro Félix, que es el santo de quien hablamos. Muerto el padre, el hijo Hermia se dio á las armas, y siguió la guerra debajo del estandarte del emperador: más Félix, por serlo de veras, como lo era de nombre, determinó seguir la bandera del sumo emperador y rey de los reyes Jesucristo, y menospreciadas todas las cosas de la tierra, buscar con grande ansia las del cielo. Para esto dio la mayor parte de su patrimonio á los pobres: aplicóse al servicio de la Iglesia, y en ella tuvo grado de lector y exorcista, con tanta virtud y espíritu, que echaba los demonios de los cuerpos que atormentaban y poseían; y finalmente subió al grado de sacerdote, aprovechando á todo el pueblo, no menos con su excelente doctrina, que con el ejemplo de su santa vida. Levantóse en su tiempo una horrible y gravísima persecución contra la Iglesia de Jesucristo, movida de los gentiles, que con fuerzas de atroces tormentos, y con exquisitos géneros de muertes la procuraban extinguir. Vinieron á la ciudad de Nola los ministros del emperador, y buscaron, como solían, las cabezas y guías de los cristianos, para hacer en ellos su presa, y atraerlos si pudiesen, á su maldad, y sino atormentarlos y despedazarlos; para que los demás se rindiesen á la voluntad del emperador, viendo, ó rendidos, á los que tenían por padres y maestros, ó muertos con tanta crudeza, que el temor acabase con ellos, lo que el amor y blandura, no hubiese podido acabar. Era en esta sazón obispo de Nola un santo varón, por nombre Máximo, anciano en la edad, santo en las costumbres, de aspecto venerable, celoso, prudente, y de alto y cristiano espíritu: el cual, entendiendo el intento y rabia, con que habían venido á Nola los ministros de Satanás, y que él había de ser el primero, en quien aquellos lobos habían de embestir, para que, herido y muerto el pastor, más fácilmente pudiesen hacer salto en el rebaño del Señor; comenzó á pensar, lo que le convenía hacer, si se dejaría prender para morir, como deseaba, por Cristo, ó si se guardaría para otra mejor ocasión, para que no peligrasen por él sus ovejas. Con esta duda, hablando consigo mismo, decía: el vivir en tantos peligros, cierto no es vivir, sino morir continuo, y estar sujeto á mil muertes, sin acabar de morir. Todo lo que pasa presto, es fácil de llevar, por grave que parezca: si yo me presento á estos impíos ministros, una vez sola me despedazarán, y con la muerte me abrirán camino para la verdadera vida; mas si me escondo, no se acabarán jamás mis congojas y quebrantos: pues habré de vivir entre las fieras, sin alivio ni descanso. El pelear es una muerte cierta, más breve; el huir es un morir prolijo y dudoso: lo uno es de una vez, y con un dolor acabar los afanes, y miserias innumerables de esta vida; lo otro es padecer muchos golpes, sin acabar con ellos: el padecer martirio es provechoso para mí; el ausentarme será provecho, y por ventura necesario para mis ovejas. Pues ¿porqué quiero yo más mirar á mi bien, que al de mi ganado? El Señor dijo á los apóstoles, que cuando los persiguiesen en una ciudad, huyesen á otra: según esto mi huida es lícita y segura, y á lo que puedo ver, por el estado de las cosas presentes, será útil para mi pueblo; y así dejando lo que á mí me toca, sigamos el bien de los otros: y aunque deseemos morir por Cristo, vivamos ahora por amor de Cristo; que él nos dará otro tiempo para morir por él. Con esta resolución, el santo obispo encomendó su ganado á Félix, y se retiró á los riscos de los montes, y á los lugares más ásperos y seguros. Como los perseguidores no hallaron al obispo, dieron en san Félix, que era la segunda roca, y pilar de aquella cristiandad. Préndenle, y cárganle de prisiones y cadenas: y no habiéndole podido ablandar con dulces palabras y promesas, ni espantar con fieras amenazas, le echaron en una cárcel muy obscura; y para que no pudiese dormir ni reposar, sembraron el suelo de agudos pedazos de tejas. Entretanto que san Félix estaba preso en la cárcel, el santo obispo Máximo, estando libre de las prisiones, no lo estaba del amor de sus ovejas, ni de otras penas que padecía; porque acordándose de su grey, se consumía, pareciéndole, que la cárcel, el fuego y la misma muerte, no era tan dura, como el verse sin el pueblo, que Dios le había encomendado: y puesto caso que confiaba mucho en la virtud, y valor de Félix, siempre temía, que las ovejas padecerían en ausencia del propio pastor. Por este respecto, y por el deseo encendido, que tenia de poner la vida por Cristo, muchas veces trató de volverse á la ciudad; mas el Señor, que por otro camino quería ser en el santo obispo glorificado, le quitó aquel pensamiento. Añadióse á este otro tormento, que no hallaba ya que comer, ni con que sustentarse; y como era viejo, y el tiempo era de invierno y muy frió, y el suelo estaba cubierto de escarcha y hielo, helábase el santo pontífice, y desfallecía. Estaban en un mismo tiempo los dos santos sobre manera afligidos, el uno viejo, y el otro mozo, el uno obispo, y el otro sacerdote, el uno libre, y el otro preso, el santo obispo estaba atormentado de la hambre, y el sacerdote de sus prisiones y cadenas: ambos tenían necesidad del consuelo y favor divino; y el Señor, que es benigno, y nunca desampara, á los que confían en él, se les dio de esta manera.

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Vino á la cárcel, donde estaba san Félix, un ángel, que la ilustró con su luz resplandeciente, la cual solo vio el santo, para quien solo se enviaba; y oyó una voz que le decía, que se levantase y saliese de la cárcel. Parecióle sueño, como á san Pedro, cuando estuvo preso de Herodes: más tornando el ángel á mandarle, que se levantase y le siguiese; hallóse desatado de sus prisiones y cadenas, y comenzó á seguir al ángel, abriéndoselo las puertas de la cárcel, que para los otros estaban cerradas. Iba el ángel delante, y san Félix le seguía, hasta que llegaron al monte, donde el santo obispo Máximo, estaba tendido en el suelo, helado y consumido con la hambre, frió y mucha edad, y con un semblante, que más parecía muerto que vivo. Abrazóle san Félix: y como lo halló sin sentido y helado, comenzó con el huelgo á calentarle; procurando dar algún espíritu y vida, al que al parecer estaba sin ella. Como vio, que no le aprovechaba, todo lo que hacía, volvióse á la oración, que es remedio universal de todos los males, y suplicó á nuestro Señor, que lo socorriese en tan extrema necesidad; y luego vio colgado de una zarza un racimo de uvas, el cual tomó como enviado del cielo, le exprimió en la boca del santo viejo; y él con aquel licor volvió en sí, abrió los ojos, movió los labios, y comenzó á alabar á Dios, y después á quejarse de san Félix, porque había tardado en venir, habiéndole nuestro Señor prometido, que le vendría á socorrer y visitar. ¿Quién desconfiará en sus trabajos de tan gran Señor? ¿Quién, aunque esté en el vientre de la ballena como Jonás, desmayará, sabiendo, que Dios es poderoso para sacarle de él? ¿Y que aunque mortifica, también da vida, y después de haber dejado llegar al hombre á lo más profundo del abismo, le saca y levanta, consuela y anima? Libró el ángel á Félix de la cárcel, para que él, como otro ángel, librase á Máximo de la muerte, y de la aflicción extremada que tenía. Tuvieron los dos santos algunos razonamientos dulces, y piadosos entre sí, y al cabo determinaron volver á la ciudad, para esfuerzo y ayuda de los fieles: y como ni el santo viejo podía, por su gran flaqueza, andar por sus pies, ni había pies ajenos, en que llevarle; la caridad, á la cual ninguna cosa le es imposible, dio fuerzas á san Félix, para que le llevase acuestas, movido del amor, y de la esperanza del gran fruto, que las almas de los fieles habían de recibir con la vista de su pastor.
St. Felix behind the cobweb
Tomó, pues, sobre sus hombros el santo mozo al santo viejo, yendo mas ligero con su peso: llevóle secretamente á la ciudad: entrególe á una buena vieja, que sola estaba en casa del obispo; y él se escondió, hasta que cesó aquella borrasca, y después los dos salieron en público, y visitaron, y consolaron á los fieles, los cuales por la persecución pasada tenían necesidad de ayuda, y consejo. Poco duró aquella bonanza, y aquella paz, que Dios nuestro Señor había dado á la ciudad de Nola; porque luego se tornó á turbar el mar, y a levantarse las olas hasta el cielo. Volvieron los ministros del emperador á la ciudad: y como sabían, que san Félix era el capitán de todos los demás, la primera cosa, que hicieron, fué buscarle: halláronle en la plaza; mas no le conocieron. Preguntaron al mismo san Félix, si conocía á Félix presbítero; y el respondió, que de cara no le conocía, como era verdad (pues que ninguno se conoce, ni puede ver su rostro), y entendiendo, que le buscaban, se apartó de allí, y se fué á esconder en un lugar secreto, que le pareció seguro, aunque no había en él, con que repararse, sino una pared vieja, y caída. Los ministros, así que entendieron de otros, que aquel, con quien habían hablado, era el mismo, que buscaban, dieron tras él, y entraron en el mismo lugar, donde él estaba escondido; pero para que se vean los modos tan exquisitos, y admirables, que Dios toma, por socorrer y defender á sus siervos, cubrió repentinamente aquel rincón, en que estaba san Félix de unas telas de arañas, tan espesas, y tan cerradas, que no le pudieron descubrir, ni ver: y teniéndose por engañados, y no viendo, al que buscaban, volvieron atrás muy despechados, y confusos: para que entendamos (como dice san Paulino), que cuando tenemos á Dios, las telarañas nos sirven de fuertes muros; y cuando nó, los muros son telarañas para nuestra defensa. ¿Pues quién no servirá á un Señor tan poderoso, tan cuidadoso de los suyos, y que con modos tan maravillosos los defiende? Partiéronse los perseguidores aquella tarde: y san Félix quedó cantando aquel verso del salmo: «Aunque esté en medio de la sombra de la muerte, no temeré los males; porque vos estáis conmigo»: y entróse mas adentro entre las ruinas de ciertos edificios, donde estuvo seis meses, según san Paulino, sin ser conocido, ni visto. Y para que más nos admiremos, y alabemos la providencia, que el Señor tuvo en sustentar á este su siervo en todo aquel tiempo; allí junto, donde estaba san Félix, moraba una buena, y devota mujer, la cual inspirada, y movida del mismo Señor, cada día, sin saber lo que hacía, ni para quien lo hacía, ponía pan, y otros manjares, que había guisado para los de su casa, en aquel escondrijo, donde estaba san Félix, pensando, que los ponía en su propia casa; y de esta manera le sustentó, sin saber, que le sustentaba, acordándose cada día de poner allí la vianda, y nunca acordándose de haberla puesto, que es ejemplo raro, y maravilloso. Y para que no le fallase que beber, en un aljibe roto, que allí estaba, enviaba Dios tanta cantidad de rocío, que el santo con él se podía refrescar; y de esta suerte vivió los seis meses apartado de toda comunicación, y trato con los hombres, pero muy regalado de los ángeles, y visitado del mismo Dios, hasta que habiendo cesado aquella tormenta, serenándose el cielo, y sosegándose el mar, salió san Félix de su secreto retraimiento, y comenzó á hacer, lo que antes él solía, que era predicar, exhortar á toda virtud al pueblo: el cual viéndole tan sin pensar, le honró, y reverenció, como si hubiera bajado del cielo. Murió en este tiempo el obispo Máximo, consumido con su larga edad, y trabajos, que por Cristo había padecido; luego todos pusieron los ojos en san Félix para que fuese su pastor, y obispo; mas como él era tan humilde, persuadiólos con buenas razones, que eligiesen por obispo á Quinto, que era un clérigo de santísima vida, el cual había sido ordenado de misa siete días antes que él, alegando, que esto se le debía, así por más antiguo sacerdote, como por sus raras partes; y también porque de esta manera gozaría el pueblo de sus trabajos, y de los de Quinto, y por uno tendría dos, que le ayudasen, y sirviesen para la salvación de sus almas; y así se hizo, tomando Quinto el gobierno de aquella iglesia, y continuando Félix la predicación, y ayudando al nuevo obispo á llevar el peso de su dignidad.
Si fué grande la humildad de Félix, no lo fué menos el amor entrañable, que tuvo á la santa pobreza, el cual mostró bien, cuando dio á los pobres la mayor parte de su patrimonio, viviendo con mucha templanza de la pequeña parte, que guardó por sí, y repartiendo á los pobres, todo lo que al cabo del año le sobraba: pero mucho mejor se vio, en lo que después de la persecución hizo; porque como el tiempo, que ella duró, le hubiesen tomado, y confiscado todos sus bienes, y hecho almoneda de ellos; después que se sosegó aquella tempestad, y comenzó la Iglesia á gozar de paz y quietud, aconsejaron á san Félix, que pidiese sus bienes por justicia, como lo habían hecho otros, que los habían pedido, y cobrado; mas él respondió con espíritu de verdadero, y perfecto santo: No quiera Dios, que yo torne á poseer los bienes que una vez perdí por Jesucristo, ni que codicie aquellas riquezas de la tierra, que una vez dejé, por poseer mejor los tesoros del cielo. Y así se sustentaba de los frutos de una pequeña huerta, y de tres hanegadas de tierra, que él mismo por sus manos cultivaba con ayuda de otro labrador; y si le sobraba alguna cosilla, teníala por de los pobres, y no por suya. Nunca tuvo más de un vestido; y si le daban otro, luego le daba, á quien de él tenía necesidad. Con esta santidad vivió san Félix muchos años, siendo no menos feliz por sus grandes merecimientos, que lo era por su nombre. Finalmente, murió á los 14 de enero, ó por mejor decir, comenzó á vivir una vida bienaventurada, y eterna, de la cual dieron manifiesto testimonio los muchos, y grandes milagros, que nuestro Señor obró por él; y fueron tantos, y tan notorios, y esclarecidos, que venían de muchas partes del mundo los fieles en romería, á su sepulcro, para alcanzar del Señor mercedes, y favores por su intercesión; y san Dámaso papa compuso versos, haciéndolo gracias por la salud, que Dios le había otorgado por su oración. Entre los otros milagros, que obraba Dios por este santo, ora descubrir la verdad oculta y que por otra vía no se podía averiguar; porque cuando no había indicios vehementes, que alguno hubiese cometido algún grave delito, y el que era acusado lo negaba, y no se podía probar, llevábanlo al sepulcro de san Félix, para que allí jurase, y dijese la verdad, y si no la decía, era castigado visiblemente: de lo cual hace mención san Agustín en la epíst. 137, y añade, que él envió desde África á la ciudad de Nola, un clérigo suyo, que siendo infamado de un delito grave, le negó; para que con su juramento hecho sobre el sepulcro del santo, se manifestase la verdad, y purgase la infamia.
Por espacio de muchos años, y siglos, manó de su cuerpo un licor celestial, y saludable, con el cual se curaban muchos enfermos, y sanaban de sus dolencias.
En la vida de este santo hay muchas cosas admirables, por las cuales debemos alabar al Señor; como son el haberle librado de la cárcel por el ángel, llevándole al monte, donde su obispo estaba pereciendo: criado el racimo de uvas para su refrigerio: defendídole con telas de arañas, de los que le buscaban para matarle: y sustentándole tantos meses por mano de aquella mujer milagrosamente: pero hay otras no menos maravillosas de sus heroicas virtudes, que debemos procurar imitar; especialmente aquella caridad tan entrañable, y fervorosa, con la cual olvidado de sí, llevó acuesta á su obispo; y la humildad, con que después de él muerto no lo quiso ser; y aquel alto, y admirable espíritu de pobreza, con que menospreció los bienes de la tierra, por gozar del sumo bien, y tuvo por ganancia la pérdida, de lo que acá tenia, por alcanzar, y poseer, al que es todo de todos, y perfecta bienaventuranza, de los que le sirven y padecen por su amor.
Hacen mención de este santo san Paulino, que (como dijimos) compuso en verso su vida, y Beda la escribió en prosa: san Agustín en la epíst. 137 y en el libro de Cura pro mortuis: y Gregorio Turonense en el libro de la gloria de los mártires, capítulo 104.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

martes, 13 de enero de 2026

S A N T O R A L


LOS SANTOS GUMERSINDO y SERVODEO


Arca con las reliquias de los mártires de Córdoba
 -Basílica de San Pedro-

E
l primero nació en Toledo a principios del siglo IX. Sus padres lo llevaron á Córdoba para que se instruyese en las ciencias sagradas y profanas, que aun después de la entrada de los moros en España, florecían en aquella ciudad; y con objeto de que se fuese ensayando en las funciones del ministerio sagrado á que se mostraba inclinado, lo dedicaron al servicio de la iglesia de los santos mártires Fausto, Genaro y Marcial, en la cual tenían los cristianos una escuela ó seminario para educación de la juventud. Ordenado de sacerdote luego que tuvo la edad competente, se hizo tan recomendable por sus virtudes, que el obispo de Córdoba le nombró, sin que él lo solicitase, para cura de un lugar inmediato á la ciudad. El ministerio parroquial era muy importante y delicado en aquellos tiempos de opresión, en que los cristianos estaban sujetos á la dominación de los árabes; pero Gumersindo desempeñó muy dignamente todas sus obligaciones, y fué singularmente amado de sus feligreses por la suavidad de sus costumbres.
Entonces trabó amistad estrecha con Servodeo, que fue su compañero inseparable en los tormentos y en la corona. Alentados ambos mutuamente por la divina gracia, se presentaron á uno de los magistrados árabes de Córdoba, é hicieron pública y solemne declaración de que eran cristianos, de lo cual irritado el juez, mandó degollarlos al momento. Oyeron los dos santos la sentencia con inalterable firmeza, y dando gracias al Señor porque los hallaba dignos de padecer por su causa, entregaron sus cuellos al verdugo el día 13 de enero del año 852. Sus cuerpos fueron sepultados secretamente en el mismo sitio en que después se edificó la pequeña ermita de san Julián; y su memoria fué desde luego tan célebre y venerada, que ya en la conquista de Toledo fueron invocarlos como santos por el rey don Alonso el sexto.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

lunes, 12 de enero de 2026

S A N T O R A L


San Arcadio, Mártir


Nada seguro se dice en las actas que poseemos de San Arcadio, sobre el tiempo ni sobre el lugar de su martirio. Entre los cronistas, unos suponen que tuvo lugar en tiempo de Valeriano, hacia el 268; otros, más probablemente, en la persecución de Diocleciano, hacia él 304. Por otra parte, algunos martirologios antiguos colocan su nombre entre los mártires del Africa, y los historiadores modernos señalan en particular Cesarea de Mauretania, como el lugar de su martirio.

Imagen relacionadaEfectivamente, hacia el año 304, ardía en el África la persecución de Diocleciano, que tantas víctimas costó a la Iglesia. Bastaba la menor sospecha para que los esbirros del gobernador de la Mauretania penetraran en las moradas particulares, y si daban con algún cristiano, saciaban en él desde el primer momento el odio que profesaban al nombre de Cristo, lo cargaban de cadenas y conducían inmediatamente delante del gobernador. Diariamente eran apresadas nuevas víctimas, a las que se obligaba a asistir a los sacrificios públicos ofrecidos a los dioses y a ofrecer incienso a los ídolos.
En estas circunstancias, Arcadio, perteneciente a una distinguida familia, con el objeto de no comprometer a sus parientes retiróse a un lugar solitario, donde permaneció oculto algún tiempo, mientras ejercitaba allí sus prácticas religiosas y ayudaba, en cuanto le era posible, a sus hermanos cristianos en momentos tan difíciles. Mas por su condición distinguida en la población. su ausencia no pudo pasar mucho tiempo inadvertida. Así, pues. como los magistrados públicos no lo vieran comparecer en los sacrificios ofrecidos a los dioses, enviaron sus esbirros en su busca, los cuales allanaron su casa; pero no pudieron encontrar en ella más que a uno de sus parientes, de quien no hubo manera de obtener noticia ninguna sobre el paradero de Arcadio. Así, pues, llenos de furia ante su fracaso, apresaron a dicho pariente y lo condujeron ante el gobernador.
 Entre tanto continuaba Arcadio en su escondite, bien seguro de las pesquisas de los satélites del gobernador. Pero, informado rápidamente de lo ocurrido, no pudo con su corazón noble y caritativo, consentir que aquel pobre pariente estuviera sufriendo por él. Uniéndose, pues, a este sentimiento su ansia de sufrir por Cristo, salió de su retiro y se dirigió espontáneamente ante el juez de la Mauretania, y atestiguó ante todo que él era Arcadio, a  quien ellos buscaban, y luego hizo expresamente profesión de su cualidad de cristiano. "Por consiguiente, añadió, si por mi causa detenéis en prisiones a ese pariente mío, ponedlo inmediatamente en libertad, pues aquí me tenéis a mi. Yo os aseguro que él es inocente y ni siquiera conocía el lugar de mi retiro."
Inmediatamente, pues, el pariente fue puesto en libertad. Pero entonces comenzó la prueba más dura de Arcadio. El juez lo invitó formalmente a ofrecer sacrificio a los dioses protectores del Imperio. Si así lo hacía, quedaría inmediatamente en libertad. El diálogo siguiente y el atroz martirio que sufrió Arcadio, nos lo refieren las Actas que se nos han conservado, que el célebre historiador Dom Rinart incluye entre las Actas sinceras de los mártires, si bien modernamente no se les atribuye tanta autoridad. Según todos los indicios, el fondo es enteramente verídico; algunas de las circunstancias y los detalles de algunos tormentos pueden ser más o menos legendarios.
 Efectivamente, según refieren dichas actas, Arcadio repuso al juez: "¿Es. posible que vos me hagáis la propuesta de sacrificar a los dioses, con la esperanza de obtener libertad? ¿No conocéis a los cristianos, o pensáis que el temor de la muerte me hará traicionar nunca a mi fe? Jesucristo es mi vida y la muerte es mi ganancia. Inventad los suplicios que más os gusten; pero sabed que nada podrá hacerme traicionar a mi Dios".
Es cierto que este género de respuestas de los mártires, por su carácter apasionado, impulsivo y acometedor, presenta todo el carácter típico de las leyendas posteriores; pero, despojándolas de lo que pueda haber de legendario o exagerado, queda en pie la firmeza inquebrantable del mártir, que espontáneamente se presenta ante el juez, hace profesión de cristiano y se niega decididamente a sacrificar a los dioses, sin dejarse amedrantar en lo más mínimo por las amenazas de los más duros suplicios y de la misma muerte. Así parece, con palabras más sencillas y objetivas. pero decididas y absolutas, en otras actas semejantes de mártires, sacadas de los mismos protocolos oficiales de los procesos. Fácilmente se comprende la violenta reacción del juez romano ante una respuesta tan decidida de Arcadio. Con el intento de rendir la inquebrantable firmeza de Arcadio, el gobernador pone ante sus ojos con la mayor viveza los tormentos que se le aplicarán si no ofrece sacrificios a los dioses: los garfios de hierro, los azotes con puntas de plomo al estilo romano, y otros semejantes. Pero el servidor de Cristo no se deja intimidar y persiste en la más decidida confesión de su fe. Entonces el juez ordena que se practique en el mártir la más horrible carnicería: que se le corten, uno a uno, todos los músculos de los brazos, de las espaldas y de las piernas hasta los pies. Al escuchar este mandato, Arcadio siente que todo su cuerpo se estremece, pero levanta sus ojos a Dios y siente cómo Éste le comunica las fuerzas que necesita.
Las actas describen luego, con el más crudo realismo, cómo se fue realizando en el santo cuerpo del mártir la orden del gobernador. El mártir va ofreciendo el sacrificio de cada uno de sus miembros, pero, durante tan sangriento suplicio, no cesa de bendecir al Señor. Como el único miembro que le queda es la lengua, añaden las actas este rasgo, que aunque pertenezca a la leyenda, es sumamente significativo: "el mártir, se dice, continuaba bendiciendo a Dios con estas palabras: Dichosos miembros míos. Ahora sí que me sois verdaderamente caros, puesto que pertenecéis únicamente a mi Dios, a quien sois ofrecidos en sacrificio. Ahora me es más ventajoso estar separado de vosotros para estar luego unido con vosotros en la gloria". Y dirigiéndose a los testigos de aquellos tormentos, "aprended, les dijo, que todos estos tormentos no son nada para quien tiene ante sus ojos la corona del cielo. Vuestros dioses no son verdaderos dioses. Renunciad, pues, a ofrecerles sacrificio. Solo Aquel, por el que yo sufro y muero, es el Dios verdadero. Morir por Él, es alcanzar la verdadera vida; sufrir por Él, es gozar de inefables delicias".
 En medio de estos razonamientos, Arcadio entregó dulcemente su alma a Dios. Sin discutir en detalle cada uno de estos tormentos y las palabras que dirigió al juez y a los circunstantes, lo que ciertamente consta es la heroica constancia del mártir, que sin ablandarse por los mas fascinadores halagos, sin desfallecer ante los más atroces sufrimientos, derramó su sangre en defensa de su fe. Es el ejemplo sublime del mártir para los cristianos de todos los tiempos, que debemos estar siempre dispuestos a sufrir toda clase de penalidades en defensa de nuestra fe cristiana, y aun en la vida ordinaria, debemos arrostrar las mayores molestias por no ofender a Dios.
fuente; Bernardino Llorca S.J,   (España 1898-1985)

domingo, 11 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN TEODOSIO, CENOBIARCA, Y CONFESOR

El bienaventurado padre san Teodosio, llamado cenobiarca, que en griego quiere decir: El principal, y como cabeza, y príncipe de los monjes, nació en una aldea de Capadocia, por nombre Magariaso. Su padre se llamó Proetesio, y su madre Eulogia, personas virtuosas, y honradas. Dio muestras, de que Dios le había escogido para ministro grande de su gloria. Dióse á los estudios, y vino á declarar las divinas Letras al pueblo; y con aquella lección, y meditación, á aficionarse á todas las obras de virtud, y perfección. Partióse de su casa, para ir á Jerusalén, y adorar aquellos sagrados lugares, que Cristo nuestro Señor consagró con su vida, y pasión: y llegado á Antioquía, fué a ver al insigne varón Simeón Estilita, que hacia vida milagrosa en una columna, y era como prodigio de santidad en el mundo, para tomar su bendición, y animarse más á la perfección con sus santos ejemplos. Cuando llegó cerca de la columna, oyó la voz de Simeón, que le llamaba, y le decía: Teodosio varón de Dios, seáis bien venido. Espantóse Teodosio, oyendo esta voz; porque le llamaba por su nombre, y porque le honraba con el título de varón de Dios, que él en sí no conocía. Subió á la columna por orden de san Simeón, y echóse á sus pies: oyó sus consejos, y todo lo que para adelante le había de suceder. Tomada su bendición, siguió su camino para Jerusalén, y visitados aquellos santos santuarios, queriendo comenzar de veras á servir al Señor, dudó al principio, si seguiría la vida solitaria de los ermitaños, ó la de los monjes, que viven debajo de obediencia en comunidad: y después de haberlo pensado, y encomendado á Dios, le pareció, que lo estaría mejor, y era más seguro entregarse á la voluntad ajena de algún siervo de Dios, en algún monasterio, que vivir, y regirse por la suya, apartado de la comunicación de los hombres. Con esta resolución, sabiendo que un santo viejo, llamado Longino, era varón perfecto, y excelente maestro de la perfección, y moraba en cierta casilla de una torre, que llaman de David; le rogó, é importunó, que le admitiese en su compañía, y le amoldase, y ajustase con su vida: y Longino lo hizo, y le tuvo algún tiempo consigo, enseñándole todo lo que había de hacer, para alcanzar lo que tanto deseaba. De allí pasó por orden del mismo padre Longino á un templo, que una buena y piadosa mujer había dedicado á nuestra Señora: de donde después se mudó á un monte; porque por la fama de su santidad algunos monjes comenzaron á venir á él, para que como maestro los enseñase, ó instruyese en toda virtud. Aquí se dio mucho al ayuno, á las vigilias, á la oración, y lágrimas, y á la perfecta mortificación de sus pasiones. Comía muy poco, y su comida eran algunos dátiles, ó algarrobas, ó yerbas silvestres, ó legumbres: y cuando le faltaba este mantenimiento, solía remojar, y ablandar los huesos de los dátiles, y aquellos comía, y por espacio de treinta años no gustó pan; y esa aspereza, y rigor de vida guardó hasta la vejez.

Teniendo, pues, algunos pocos compañeros, y queriéndolos encaminar al cielo, y descarnarlos de todas las cosas de la tierra, les enseñó por primer principio, y fundamento de la vida religiosa, que tuviesen siempre la memoria de la muerte presente: y para esto mandó hacer una sepultura, para que su vista les acordase, que habían de morir. y muriendo cada día en la consideración, no temiesen, cuando viniese la muerte. Estando un día con sus discípulos alrededor de su sepultura abierta, dijo con mucha gracia: La sepultura está abierta; ¿pero quién de vosotros la ha de estrenar? Entonces uno de los discípulos, que era sacerdote, y se llamaba Basilio, se arrodilló, y respondió: Dadme, padre, vuestra bendición; que yo seré el primero que entraré en ella. Dióle la bendición Teodosio, y mandó, que estando aun vivo el monje Basilio, le hiciesen todos los oficios que en diversos días suele la santa Iglesia hacer á los difuntos, y al cabo de cuarenta días, sin calentura, sin enfermedad, ni dolor, como si tuviera un dulce sueño, dio su espíritu al Señor. Túvose por cosa milagrosa, lo que había sucedido. No lo fué menos, lo que sucedió por espacio de otros cuarenta días, en los cuales el santo abad Teodosio oyó cantar á Basilio con los otros monjes en el coro, y le veía; y ningún otro de los monjes le oía, ni veía, sino uno solo que se llamaba Ecio, que oía su voz, y no podía ver su rostro, hasta que Teodosio suplicó á nuestro Señor, que abriese los ojos de Ecio, para que viese á Basilio, y el Señor se los abrió, y se le mostró: y cuando él le vio, corrió á él para abrazarle; pero no pudo, porque luego desapareció, diciendo: Quedad con Dios, padres, y hermanos.

Otra vez, llegándose ya la pascua de la gloriosa Resurrección del Señor, el mismo sábado santo por la tarde, no había en el monasterio cosa que comer, ni aun hostia que consagrar el día siguiente de pascua: supieron los monjes esta falta, y entristeciéronse, y quejábanse, y murmuraban de su maestro; pero él les dijo: Tengamos cuidado, hermanos, de lo que toca al altar, y á la misa, y comunión de mañana; que de lo demás el Señor proveerá. Teodosio dijo esto; y luego al poner del sol llegaron á la puerta del convento dos acémilas cargadas de mucha provisión para los monjes, y del pan necesario para la consagración del cuerpo de Cristo nuestro Redentor.

Con estos milagros, y con la experiencia de lo mucho que Dios favorecía á Teodosio, se comenzó á extender su fama, y á venir muchos monjes a la escuela de tan excelente maestro, con deseo de ser enseñados, é instruidos para el cielo por él. Mas Teodosio, viendo, que crecía el número de sus religiosos, estuvo en gran duda, de lo que había de hacer: porque por una parte amaba la soledad, y quietud; y por otra le tiraba el fruto, y aprovechamiento de sus hermanos. Hizo oración al Señor, suplicándole, que le declarase su voluntad; y él le declaró milagrosamente, y le movió á tener más cuenta con el provecho de las almas, que Jesucristo había comprado con su sangre, que no con su descanso, y gusto interior; y con el nuevo fuego, que se encendió de suyo en un incensario, que llevaba, le mostró el lugar, donde quería, que se edificase un monasterio grande, y capaz, para recibir á los monjes, y á los pobres, y peregrinos enfermos, y el santo abad Teodosio pudiese extender en él las velas de su caridad. Hízose el monasterio, en el cual se recibían todas estas suertes de personas, que he dicho, y especialmente los enfermos, á los cuales el santo padre, servía, y regalaba con extremada devoción, y piedad, consolándolos con sus palabras, y proveyéndolos con sus limosnas, y sirviéndolos con la persona, con tanta caridad, que lavaba la sangre, y limpiaba las llagas con sus manos, y con su boca las besaba; de tal manera, que ninguno por pobre, y asqueroso, y menospreciado, que fuese, era desechado de aquella casa; antes tanto era de mejor gana recibido, cuanto más miserable era su estado: y á todos Íes proveía abundantemente, aunque no había en aquella casa quedarles; porque todo lo proveía el Señor: y aconteció aparejarse en un mismo día cien mesas para dar de comer, á los que venían. Pero habiendo enviado Dios nuestro Señor una hambre sobre la tierra tan grande, que apenas había hombre, ni mujer, rico, ni pobre, que se escapase de ella; comenzaron á venir tantos al monasterio para ser alimentados, y no perecer de hambre, que los que tenían cargo de darles de comer, cerraron las puertas del convento, por ver una multitud innumerable, á quien no se podía dar, lo que pedían, determinaron de dar, y repartir muy tasadamente, lo que tenían entre aquella gente, para que va que no podían dar á todos, alcanzase á muchos. Supo esto san Teodosio, y mandó abrir las puertas, y que todos entrasen, y que se les diese á cada uno lo necesario: y el Señor le proveyó con tan larga mano, que todos quedaron hartos, y satisfechos, y las arcas llenas de pan. Y no fué sola esta vez, la que el Señor proveyó al santo abad, conforme á su confianza, sino otras también, dando de comer á un número sin número de gente, que había concurrido á su casa á celebrar la fiesta de nuestra Señora, con tanta abundancia, que no solamente se hartaron los que comieron, sino que llevaron á sus casas lo que les sobró; renovando nuestro Señor los milagros de su omnipotencia, y dando de comer á los que venían al monasterio de Teodosio, como en el desierto había multiplicado los cinco panes, para sustentar los cinco mil hombres, y como cada día hace crecer pocos granos de trigo, y multiplicarse las espigas, y mieses para sustento del mundo.

Con estos milagros, y otros muchos, que nuestro Señor obró por él, resplandecía el santo Teodosio, y mucho más con los rayos de su celestial vida, y excelentísimas virtudes: por las cuales creció tanto el número de sus discípulos, é hijos espirituales, á los cuales él como amorosa madre parió, y como sabio maestro enseñó, y como vigilante pastor apacentó con los pastos saludables de su doctrina, y encaminó al aprisco del Señor: porque seiscientos y noventa y tres de sus discípulos, se escribe, que murieron, y el santo padre envió antes de sí al cielo; y el abad que le sucedió, más de otros cuatrocientos: y de aquella escuela salieron muchos obispos, y pastores, y superiores de otros monasterios, y tuvieron otros cargos preeminentes en la Iglesia del Señor, á la cual algunos de ellos sirvieron muchos años. Venían á él muchos, que habían sido soldados de los príncipes de la tierra, para serlo del Rey del cielo, y seguir el estandarte de la cruz; otros hombres ricos, nobles y poderosos: los cuales conociendo la vanidad y engaño del mundo, y entendiendo, que todo lo que poseían, no les podía dar contento, y se deshacía como humo; buscaban en la ignominia de Cristo la gloria, y en la pobreza las riquezas, y en el menosprecio de sí mismos la verdadera bienaventuranza; y no faltaban otros sabios y prudentes, y estimados en el siglo, é hinchados con el aire popular, que abrazaban la sabiduría evangélica, que el mundo ciego llama locura, y se entregaban á este santo varón, para aprender las primeras letras de la cartilla espiritual: y el santo lo hacía escogidamente; porque aunque no se había ejercitado en Platón, ni en Aristóteles, ni aprendido las ciencias humanas, ni dádose al estudio del bien hablar; pero había sido enseñado del maestro celestial, y alumbrado con su luz; y así trataba las cosas divinas divinamente, y gobernaba las ánimas con aquel espíritu admirable, que le había comunicado el Señor. Tenía, cuando hablaba, tantas y tan vivas razones, y tanta copia de palabras, que ponía admiración: en su gobierno se ajustaba á la condición, y estado de cada uno, midiendo la carga, que echaba, con las fuerzas, y cargando más á los robustos, y descargando á los flacos, para que los unos con el ocio no se hiciesen flojos, y los otros no fuesen oprimidos con el trabajo: no castigaba con la vara del rigor, sino con la palabra amorosa y cuerda, y que blandamente penetraba hasta lo más íntimo del corazón, y era juntamente austero y suave, consuelo y espanto de sus súbditos, y él los gobernaba con tan grande paz y tranquilidad, como si estuviera solo en un desierto: y era siempre el mismo, cuando estaba solo, y cuando acompañado; porque siempre estaba con Dios.

Sucedió en tiempo de san Teodosio una herejía, de los que llaman acéfalos, que quiere decir sin cabeza porque no la tenían, ni seguían algún autor principal de su error, que era condenar al concilio Calcedonense, porque confesaba, que había dos naturalezas distintas en Cristo: á los cuales el emperador Anastasio favoreció extrañamente: y para poderlo hacer mejor, procuró ganar á muchos obispos y personas señaladas, y traerlos á su opinión, para hacer guerra á la fé católica, con la autoridad de tan insignes varones. Viendo san Teodosio resplandecía entre todos, como el sol entre las estrellas, quiso ganarle, y ablandar con dádivas, que quebrantan peñas: y porque sabía, que el santo abad, como amador de la pobreza evangélica, no quería, ni buscaba nada para sí, y que lo que buscaba era para los pobres y menesterosos; envióle una buena cantidad de oro, diciéndole, que se la enviaba, para que la repartiese á los pobres. Bien entendió Teodosio el anzuelo, que debajo de aquel cebo venia encubierto, y lo que pretendía el emperador; mas disimuló por entonces, por no defraudar á los pobres de aquella limosna, y aplacar á nuestro Señor, para que perdonase por ella al emperador, y se enmendase; y sino para que el mismo emperador, que era avarísimo, tuviese más pena, viéndose burlado: y así aceptó aquel don con hacimiento de gracias, y repartió la limosna á los pobres y personas necesitadas. Envió después el emperador sus mensajeros á Teodosio, rogándole, que declarase, lo que sentía en materia de los artículos de la fé, que se trataban; y él hizo juntar á todos los monjes, que estaban á su cargo, y les declaró, que aquel era tiempo de pelear valerosamente los soldados de Cristo, y dar la vida por la fé católica, y con sus palabras encendidas, y afectuosas los animó, para que así lo hiciesen. Después escribió una carta al emperador, en la cual le decía, que supiese, que él y los suyos, querían antes morir, por guardar lo que los santos padres les habían enseñado, que vivir, consintiendo á los herejes, y que echarían y desterrarían de sí, y excomulgarían á cualquiera, que los siguiese, y al que no abrazase á los santos cuatro concilios, que la santa Iglesia reverencia y abraza. Turbóse el emperador, cuando recibió esta carta, y de león convirtiéndose en vulpeja, quiso otra vez con blandura tentar á Teodosio, y darle á entender, que no nacía de él la turbación que había en la Iglesia, sino de los clérigos y monjes, que por su ambición la habían alborotado, y escribióle una carta en esta razón: mas todo fué en vano; porque Teodosio estuvo fuerte y constante, y no hizo caso de las palabras, ni de las armas de sus soldados, que le amenazaban, ni de las espías que le ponían, para saber quién hablaba ó se desmandaba, contra lo que él quería; antes como esforzado y valeroso capitán del Señor, siendo ya de mucha edad, y muy atenuado y exhausto, por los muchos ayunos, trabajos y penitencias, cobró nuevo vigor; y como si fuera mozo robusto, anduvo por todas aquellas ciudades predicando la verdad católica, convenciendo los herejes, y confirmando á los fieles, levantando á los caídos, y deteniendo á los que iban á caer. Y entrando una vez en el templo, subió al pulpito, y haciendo señal al pueblo, para que callasen, alzó la voz y dijo: El que no recibiere los cuatro Concilios generales como los cuatro Evangelios, sea maldito y excomulgado; y con esto bajó del púlpito, dejando atónitos, á los que estaban presentes. Mas el emperador Anastasio tuvo tan gran sentimiento, de lo que le había respondido y hecho Teodosio, que le mandó desterrar; pero el destierro duró poco; porque el Señor quitó en breve la vida á Anastasio con un rayo que le mató, y Teodosio volvió de su destierro glorioso, y triunfante.

Ilustróle el Señor, con muchos y grandes milagros en vida y en muerte, los cuales mas copiosamente se refieren en su vida; y nosotros brevemente algunos de ellos notaremos aquí. Una mujer, que estaba con un pecho cancerado de muchos años, después de haber tomado todos los remedios humanos sin algún provecho, tocando su llaga con la cogulla de Teodosio, quedó sano.

Envió Dios una vez sobre la tierra una muchedumbre de langostas, que la asolaban, y no dejaban cosa verde en el campo; y estando el santo muy debilitado, se hizo llevar en brazos de sus discípulos, á donde estaban; y después de haber hecho oración, con muchas lágrimas y ternura, al Señor, habló con las langostas mansamente, como si le oyeran, y tuvieran entendimiento, y después les mandó en nombre de Dios, que no arruinasen los trabajos de los pobres labradores, ni consumiesen los frutos de la tierra. Ellas obedecieron, y no se fueron, de donde estaban; pero allí roían las espinas, y no tocaban á las yerbas y frutos de la tierra. Otra vez en otra ocasión semejante a esta, enviando un vaso de aceite bendito a un pueblo que era infestado de esta plaga; con él quedó libre, y sin daño alguno. Una mujer noble y rica, trató con menos respeto al santo varón, y dijo, que era un engañador y embustero; y luego pagó su culpa, y murió allí, á los ojos de los que allí la habían oído. Pasó una vez cerca de un monasterio de herejes, los cuales hicieron burla de él; y el santo, movido del celo de Dios, dijo, que en breve no quedaría piedra sobre piedra de aquel monasterio; y así sucedió; porque de repente los sarracenos dieron en él, y le despojaron y quemaron, y llevaron cautivos á los monjes.

Un capitán del ejército romano, que se llamaba Cérico, habiendo de hacer guerra contra los persas, se fué primero á ver con san Teodosio, para armarse con su bendición en aquella jornada; el santo le aconsejó, que no pusiese la esperanza de la victoria en su arco, ni espada, ni en la multitud del ejército, sino en solo Dios, que es Dios de los ejércitos, y da la victoria, á quien es servido.
Pidióle el capitán por un riquísimo tesoro, y peto fuerte, el cilicio, que Teodosio traía, y él se le dio; y al tiempo de pelear se lo vistió: y mientras que peleó, vio al santo que iba como delante de él, haciéndole señas con la mano, de cómo, y con quién había de pelear, hasta que los enemigos volvieron las espaldas, y huyeron. Y no solamente esta vez, sino otras muchas, favoreció el santo abad á muchos, que así en el mar, como en la tierra, estaban en muy gran peligro, á los cuales algunas veces aparecía en sueños, y otras velando, y siempre los libraba de aquel peligro, y trabajo, en que estaban.

Demás de este tuvo espíritu de profecía: una vez mandó tañer la campana fuera de tiempo, y llamar á sus frailes: los cuales, no sabiendo la causa de aquella novedad, se la preguntaron; y él derramando muchas lágrimas, les dijo: tiempo es, ó padres, de orar; porque veo la ira del Señor contra Oriente. Notóse el día, y la hora; y después se supo, que en aquel mismo tiempo la ciudad de Antioquía, que era muy populosa, noble, y rica, se había asolado con un temblor de tierra, que le envió el Señor para su castigo.

Habiendo, pues, este bienaventurado, y santo abad florecido en el mundo, é ilustrándole con su admirable vida y con la institución de tantos monjes, y con tantos milagros, y estando cargado de años, y de merecimientos; le envió Dios una enfermedad larga, y molesta, que le paró como una estatua, y como sombra del cuerpo humano, y él con increíble paciencia, y fortaleza, resistía á los dolores, y se regalaba con el Señor: porque él con su espíritu le daba el vigor, y fuerzas, que le negaba la naturaleza. Entreteníase con Dios en la oración, y era tan continuo en este santo ejercicio, que le acontecía, cuando vencido de la flaqueza humana reposaba, y estaba durmiendo, menear los labios de la misma manera, que lo solía hacer, cuando velaba, y oraba. Junto á sus monjes, é hijos, que se deshacían en lágrimas, porque perdían un tan santo, y dulce padre, y exhortólos á la perseverancia, y á resistir con valor á las tentaciones del enemigo, y obedecer pronta, y perfectamente á sus mayores; y dióles otros documentos dignos de su santa persona, y doctrina. Después, teniendo revelación, que de allí á tres días había de ser desatado de este cuerpo mortal, hizo llamar á tres obispos, como quien quería tratar algún negocio grave con ellos; y alzando sus manos delante de ellos al Señor, y puesto en oración; le encomendó su espíritu, y lo entregó á los ángeles, para que le llevasen al cielo. Murió de ciento, y cinco años, con gran sentimiento de sus monjes, y de toda aquella tierra, que tenía en Teodosio, padre, y maestro, amparo, pastor, refugio, y puerto seguro en todas sus necesidades.

Luego que se publicó el tránsito de este santo padre, vino el patriarca de Jerusalén, acompañado de otros obispos, para enterrarle, y concurrió una gran multitud de monjes, de clérigos, y de seglares, por verle, y tocarle, y llevar alguna cosa de sus sagradas reliquias: y fue tanto el número de gente, que no se pudo tan presto enterrar; y nuestro Señor manifestó la santidad de Teodosio, luego que murió, librando á un hombre atormentado del demonio por su intercesión.

La vida de san Teodosio escribió Metafraste, y la trae Surio en su primer tomo: hacen mención de él el Martirologio romano á los 11 de enero, el Menologio griego, y el cardenal Baronio en las anotaciones del martirologio, y en el sexto, y séptimo tomo de sus Anales.
 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc