sábado, 7 de marzo de 2026

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.

S A N T O R A L








SANTAS PERPETUA Y FELÍCITAS, MÁRTIRES
En Turba, ciudad de Mauritania, en la provincia de África, siendo emperadores de Roma Septimio Severo, y Antonino Caracalla, entre otros muchos cristianos fueron presas dos matronas casadas y santas, llamadas Perpetua y Felicitas, y echadas en la cárcel, para que, ó adorasen á los dioses, ó perdiesen la vida; y juntamente con ellas fueron presos otros cuatro cristianos, parientes cercanos suyos, que se llamaban Sátiro, Saturnino, Revócato y Secundólo. Santa Felicitas estaba preñada de ocho meses, y Perpetua criaba un hijo en sus pechos: la cual, estando en la cárcel, tuvo una visión de esta manera. Parecióle ver una escalera de oro, que desde la tierra llegaba hasta el cielo: á los lados tenía muchas, muy agudas, y afiladas espadas, cuyas puntas estaban tan juntas entre si, que apenas podía ninguno pasar por aquella escalera, que de ellas no fuese lastimado; y al pie de la escalera estaba un horrible y espantoso dragón, para estorbar á todos la subida. Vio juntamente, que por aquella escalera subía Sátiro (uno de los cuatro presos, que dijimos): el cual con grande ánimo exhortaba á todos, que subiesen tras él, sin hacer caso del dragón, que no les podía estorbar la subida. Contó la santa la revelación que había tenido en sus sueños á los otros encarcelados sus compañeros, y luego entendieron la merced, que Dios nuestro Señor les quería hacer, de coronarlos en el cielo con la gloria del martirio, y llevarlos por aquella escalera tan dificultosa de cuchillos y tormentos, sin que el dragón infernal se les pudiese estorbar, y le hicieron gracias por tan señalado favor (pues ir al cielo, aunque sea por ruedas de navajos, es singular gracia suya), y le suplicaron, que los armase con su espíritu y constancia. Fueron presentados al juez, y amonestados, que obedeciesen á los edictos de los emperadores, y blasfemasen á Cristo crucificado: y como el juez los hallase á todos aparejados para morir mil veces, antes que obedecer á tan impíos mandatos, mandó, que á santa Felicitas, por estar preñada, la volviesen á la cárcel; y detuvo á santa Perpetua, para ver, si la ternura de sus padres, marido, e hijo, la podrían ablandar. 
Todos vinieron á ella, y á una la embistieron, y combatieron con palabras amorosas, con copiosas lágrimas, con ponerle delante el niño que criaba, para enternecerla; mas ella estuvo tan fuerte y constante en el amor de Jesucristo, que por no perderle, los trató á todos, como á capitales enemigos, como á la verdad lo eran; pues la querían apartar del sumo bien, y hacerle el mayor mal de todos los males. Mandóla el juez azotar crudamente, y á los demás santos, y tornarlos á la cárcel, donde estaba Felicitas: y como el juez quisiese aguardar, conforme á las leyes romanas, que Felicitas pariese, antes de dar sentencia contra ella, y ellos todos deseaban sobremanera, que así como estaban juntos en la cárcel; así todos juntos muriesen por Cristo: puestos en oración, pidieron á Dios con grande instancia y afecto, que Felicitas fuese particionera con ellos del martirio. Oyó nuestro Señor aquella piadosa oración, y Felicitas parió á los ocho meses allí en la cárcel: y como tuviese recio parto, y los dolores fuesen muy agudos, y la santa se quejase; el carcelero le dijo, haciendo burla de ella: Si ahora le quejas por estos dolores; ¿cómo podrás mañana sufrir los tormentos y la muerte que te espera? Y ella respondió: Ahora yo padezco: mañana en mí padecerá Cristo. Ahora con las fuerzas naturales pago las penas, que se deben á la naturaleza; más mañana la gracia del cielo vencerá los tormentos, que vuestra impiedad me dará. De allí á algunos días el procónsul mandó llevar á las santas y á sus compañeros, desnudos por las calles á la vergüenza: después para regocijar al pueblo, echarlos á las fieras en el anfiteatro; y las santas iban á la muerte con grande alegría y regocijo, cantando aquellas palabras del salmo: «Todos los dioses de los gentiles son demonios: Dios hizo el cielo y la tierra». 
Oyendo esto el presidente, les mandó dar muchas bofetadas en sus rostros; y ellas, alzando mas la voz, repelían los mismos versos, alabando y glorificando al Señor. Puestos que fueron en el anfiteatro, atadas las manos, soltaron leones y leopardos, para que los despedazasen; y así los leones despedazaron á santa Perpetua y á Sátiro,
y los leopardos á Felicitas y Revócato: Saturnino y Secundólo, quedaron libres por la voluntad de Dios, y después Saturnino fué degollado, y Secundólo murió en la cárcel, como se refiero en los actos de su martirio, que trae Baronio. 
Fué el martirio de santa Perpetua y santa Felicitas, á los 7 de marzo, en que la Iglesia celebra su fiesta, el año del Señor de 205, imperando Alejandro Severo. Los cuerpos de estas dos ilustres santas fueron después llevados á la ciudad de Cartago, y puestos con gran veneración en la iglesia mayor, como lo escribe Víctor Uticense. Hacen mención de estas santas, Tertuliano, autor antiquísimo, y san Agustín en muchas partes: el cual hizo tres sermones el día de su fiesta; y el Martirologio romano, y los de Beda, Usuardo y Adon.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

viernes, 6 de marzo de 2026

Primer Viernes de mes: devoción al Sagrado Corazón de Jesús


El rol contrarrevolucionario de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Plinio Corrêa de Oliveira

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en la raíz de todos los movimientos contrarrevolucionarios, grandes o pequeños, conocidos o desconocidos, que han surgido desde la época en que Santa Margarita María recibió esta revelación en el siglo XVII. Ella recibió la misión, en nombre del Sagrado Corazón de Jesús, de pedirle al rey Luis XIV de Francia que consagrase la nación al Sagrado Corazón y pusiese el Corazón de Jesús en el escudo de armas de Francia.
Santa Margarita, a pedido de nuestro Señor, le prometió al rey de Francia de que si combatía a los enemigos de la Iglesia, el Corazón de Jesús lo apoyaría y llevaría su reinado a una gran gloria. El Sagrado Corazón de Jesús esperaba que Luis XIV cambiase el curso de su política y se colocase a la cabeza de la Contra-Revolución. De haberlo hecho, él tendría un reino de gloria y Francia alcanzaría su verdadero apogeo católico.
Está claro que en caso de que él hubiese tomado este curso, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se habría extendido por todo el mundo. Habría habido una buena acogida en Francia a la predicación de San Luis María Grignon de Montfort que también vivió en esa época. Por lo tanto, su predicación se habría extendido por todo el mundo y, con ello, la Revolución Francesa se ​​podría haber evitado.
Por medio de este pedido al rey, la Revolución —en la forma que tenía en la época de Santa Margarita María— habría sido detenida, y esa forma de maldad que ésta tomó más tarde —la Revolución Francesa— se habrían evitado.
Por lo tanto, esta devoción, desde su primer movimiento, desde su primera indicación por parte del Sagrado Corazón, tiene un significado claramente contrarrevolucionario.

Objeciones a esta devoción

En un cuidadoso estudio de esta devoción, el profesor Fernando Furquim llama la atención sobre el hecho de que los distintos movimientos contrarrevolucionarios que se alzaron en los siglos XVIII y XIX estaban vinculados al Sagrado Corazón de Jesús. Por ejemplo, los contrarrevolucionarios franceses de la Vendée, los Chouans, llevaban una insignia del Sagrado Corazón. Esta devoción siempre ha sido adoptada por los contrarrevolucionarios, inspirándolos y alentándolos, a la vez que ha sido odiada por los malos.

Es perfectamente correcta la devoción 
a un órgano específico de Cristo

¿Qué han dicho estos enemigos contra la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? Primero, ellos presentan este argumento supuestamente decisivo: “¿Por qué adorar al Corazón de Jesús ¿Por qué no hacer una hermosa devoción a las manos o a los ojos de Jesús? Al adorar su corazón, podríamos blasfemar por descomponer a Jesús y hacer una devoción a cada parte de su cuerpo Por tanto, podríamos tener una devoción a sus oídos que oyeron todas las súplicas del hombre, a su boca que habló, a sus manos que bendijeron (sin mencionar que también azotaron a los mercaderes del Templo). Por lo tanto, no vale la pena esta devoción al Corazón de Jesús”.
También, ellos van a decir: “Esta es una devoción sentimental. El corazón es el símbolo de la emoción por lo sentimental. De manera que esta es una devoción sentimental carente de contenido teológico y no se debe permitir”.

Una devoción promovida por la Iglesia

En efecto, en muchos de los documentos papales solemnes, sustanciales y magníficos, la Santa Sede recomendó esta devoción, por ejemplo, la encíclica Inscrutabile Divinae Sapientiae del Papa Pío VI en 1775. La Santa Sede concedió muchas indulgencias a los que recibieran la comunión los primeros viernes en reparación por las ofensas hechas contra el Sagrado Corazón. También se otorgaron indulgencias en las cofradías y archicofradías que se establecieron en apoyo a la devoción del Sagrado Corazón.
Además, se aprobó y alentó la construcción de iglesias, altares e imágenes en honor del Sagrado Corazón. La Iglesia, por tanto, ha aprobado esta devoción abundantemente y, por lo tanto, tiene todas las razones para merecer nuestra confianza.
En cuanto al argumento de que no se puede tener una devoción a cada parte del cuerpo sagrado de Nuestro Señor, éste no tiene ningún mérito. De hecho, en nuestras devociones privadas, podemos adorar a Nuestro Señor en sus manos sagradas; podemos y debemos adorarlo a Él en sus infinitamente expresivos, elocuentes, regios, instructivos y salvíficos ojos. No hay más que recordar que fue con una mirada de Nuestro Señor, que movió a San Pedro a arrepentirse de su triple negación para darnos cuenta que adorar a Nuestro Señor en sus divinos ojos es sin duda algo que uno puede hacer.
Nuestra Señora adoró el 
cuerpo de su amado Hijo
Pero la Iglesia, que tiene un gran sentido del ridículo y entiende que el ridículo puede estar a un paso de lo sublime, entiende que las mentes vulgares están siempre dispuestas a emplear el sarcasmo para degradar devociones como estas a una parte del cuerpo, las que realmente pueden impresionar a las sensibilidades humanas. Pero estas devociones no están en contra de la razón, y pueden ser hechas apropiadamente.
Por ejemplo, entre las piedras de la Vía Sacra tenemos la que lleva la marca de sus pies divinos. Es honesto y legítimo a adorar los divinos pies que pisaron la tierra para enseñar y que fueron cubiertos con el polvo de la carretera con el fin de instruir, salvar y combatir el mal. Es correcto adorar estos pies que condujeron al Salvador mientras llevaba la cruz, esos pies manchados de sangre para nuestra redención, esos pies que llevan las marcas de los clavos de la Pasión.


Una hermosa manera de adorar a Nuestro Señor Jesucristo es unirnos a los pensamientos y meditaciones de Nuestra Señora, cuando Nuestro Señor fue bajado de la cruz, cuando ella sostuvo en su regazo su Sagrado Cuerpo y sangre derramada. Ella contempló cada parte de ese cuerpo macerado con infinito amor, veneración, respeto y afecto. Ella consideró los miembros y los adoró en su significado y función. Ella midió la ofensa contra su divinidad en esas partes flageladas. Con esto, en definitiva, ella practicó esta devoción, adorando las diferentes partes del cuerpo de su Divino Hijo.

Por lo tanto, es sólo una cuestión de conveniencia, un sentido de la apariencia y proporción, por así decirlo, que la Iglesia promueve la adoración de las muchas de las partes del cuerpo de Nuestro Señor.

¿Qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?

¿Qué es exactamente la devoción al Sagrado Corazón? Es la devoción al órgano de Nuestro Señor, que es el corazón. Pero en las Escrituras, el corazón no tiene el significado sentimental que tomó hacia finales del siglo 18, y desde luego en el siglo 19. El corazón no expresa sentimiento.
Cuando la Escritura dice: “Con todo mi corazón te he buscado”, (Salmo 119, 10) el corazón aquí es la voluntad humana, el propósito humano, propiamente dicho, la santidad humana. Por lo tanto, cuando el profeta dice esto, él que quiere decir, “Con toda mi voluntad te he buscado”. El Evangelio dice también: “La Virgen guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2, 19). Podemos ver aquí que no se habla de un corazón sentimental, sino de su voluntad, su alma, que guardaba estas cosas y pensaba en ellas.
El corazón es la voluntad y la razón de la persona, ese elemento dinámico que estudia y reflexiona sobre las cosas. En Nuestro Señor, su Sagrado Corazón es su voluntad. La voluntad está simbolizada por el corazón, porque todos los movimientos de la voluntad pueden tener repercusiones en el corazón. Es en este sentido, pues, que el Sagrado Corazón de Jesús es adorado.

El marqués Gral. de la Rochejaquelein usaba
 en su pecho la insignia del Sagrado Corazón,
símbolo de la resistencia católica de la Vendée

Por correlación, está la devoción inmensamente significativa del Inmaculado Corazón de María. El Inmaculado Corazón de María es un santuario en cuyo interior se encuentra el Sagrado Corazón de Jesús.
Nuestro Señor prometió una efusión de gracia para esta devoción. El Sagrado Corazón hizo promesas especiales a quienes hacen los nueve primeros viernes. La más notable de ellas, tal vez, es de que los que hacen los Nueve Primeros Viernes no morirán sin la gracia de la penitencia final. Esto no quiere decir que sin duda irá al cielo. Es decir que tendréis una gran gracia antes de morir, tan grande que se puede tener toda esperanza para vuestra salvación.
Ustedes entienden cuán diligentemente la Iglesia se ha esforzado en el pasado para que esta devoción fuese conocida, apreciada y comprendida por nuestra razón sin sentimentalismo. Una devoción varonil busca la razón de una cosa y luego ama esa cosa por su razón de ser. Es, de esta manera, que el hombre fuerte y la mujer fuerte del Evangelio juzga las cosas piadosas.
Por lo tanto, debemos reflexionar sobre esta devoción y volcar nuestras almas, nuestras voluntades, al Corazón de Jesús como la fuente de esas gracias que la Divina Providencia planeaba dar a los hombres en la época de la Revolución. Es un medio de la gracia destinado a los tiempos difíciles por venir, esos mismos tiempos en los que vivimos hoy en día.
Debemos pedir al Corazón de Jesús, a través de la sangre y el agua que fluyeron de él, que limpie y restaure el de nosotros. Esta es mi sugerencia cuando mediten y recen los viernes, y sobre todo en el primer viernes de cada mes, y el viernes de la Semana de la Pasión.
Termino recordándoles del soldado que atravesó el Corazón de Jesús con una lanza. Al hacer este acto de violencia contra el Sagrado Corazón de Jesús, agua y sangre brotó desde el costado de Nuestro Señor y le cayó en sus ojos. Entonces, los ojos del soldado, que se estaba volviendo ciego, se curaron inmediatamente y recobró la vista. Para nosotros, esto es lo más elocuente y significativo.
Esto significa que aquellos que tienen la devoción al Sagrado Corazón de Jesús pueden pedir gracias similares, no necesariamente el milagro físico, sino más bien una gracia para nuestras almas. Si queremos tener el sentido católico, un conocimiento contrarrevolucionario de las cosas, si queremos percibir cómo la Revolución y la Contra-Revolución están trabajando alrededor de nosotros y dentro de nosotros, si queremos conocer nuestros defectos, para comprender el alma de los otros para hacerles el bien, para tener perspicacia en nuestros estudios, para tener un buen equilibrio psicológico y curarse de problemas nerviosos de todo tipo, entonces podemos y debemos recurrir al Sagrado Corazón de Jesús.
Deberíamos pedir una gracia que brota de su Sagrado Corazón —como la sangre y el agua que curó al soldado— que erradicará la ceguera total o parcial de nuestras almas. Oremos, pues, al Sagrado Corazón de Jesús a través del Corazón Inmaculado de María, porque ésta es la única manera de obtener las gracias para curarnos de nuestras múltiples cegueras. Al hacer esto, vamos a hacer una espléndida solicitud y estar en el camino hacia la obtención de una magnífica gracia.

S A N T O R A L

SAN OLEGARIO, OBISPO DE BARCELONA, Y ARZOBISPO DE TARRAGONA

Por muchas razones puede Barcelona, ciudad nobilísima de Cataluña, llamarse dichosa y afortunada, llenando cabalmente su primitivo nombre de Favencia, que significa «la favorecida ó dichosa». Fuélo, y lo es, por los hijos insignes en dignidades, letras, valor y armas: por lo cual merece con justo título llamarse la favorecida del cielo y del suelo. Pero uno de los blasones de que hace mas gala, y con que se ennoblece mucho Barcelona, es mirarse patria de san Olegario, dignísimo prelado de ella, y arzobispo de Tarragona: cuya prodigiosa vida, sacada ya de papeles auténticos, que se conservan en los archivos reales de Barcelona, ya de otras historias antiguas, y verdaderas de Cataluña, es en esta manera.
Gobernando la nave de la Iglesia Nicolao II, y teniendo el imperio romano Henrico IV,  año de 1060, nació para luz del mundo y honor de Cataluña, san Olaguer, en la ciudad de Barcelona. Nació en tiempo, que en el concilio Lateranense fué condenado Berengario, heresiarca, abjurando él después sus errores, como consta en las Decretales, de Consecr., d. 11; y cuando el serenísimo príncipe Godofredo de Bouillón, duque de Lotoringia, ganó á Jerusalén, á quien el papa coronó por rey de Palestina. Soberana providencia sin duda, el nacer nuestro santo en este tiempo; pues daba á entender el cielo, que con la luz de su doctrina había de ilustrar á los fieles, y había de desterrar del mundo la obscura noche de los errores. Llamóse el padre de san Olaguer, del mismo nombre que el hijo; y era del orden ecuestre, ó militar, y fué lecietario, y muy válido del conde de Barcelona don Ramón Berenguer, primero de este nombre. La madre del santo se llamó Guilia, matrona santísima y nobilísima, descendiente del antiguo linaje de los godos; la cual crió al hijo Olaguer á sus pechos, dándole con la leche la educación de buenas y santas costumbres. Iba creciendo el santo niño, y crecían al mismo paso sus virtudes; pues se mostraba modesto, cortés, recogido y en todas las virtudes morales consumado. Aun en la tierna edad le veían niño; y ya en virtud y perfección era un asombro: pues siendo un ángel en la pureza, ayunaba mucho: era en la oración asiduo, en las misas devoto, y en todo género de perfección versadísimo: mirábale la ciudad toda,  y de mirarle recibía igual pasmo que gozo, viendo tanta santidad en un niño, y gozándose de haberle merecido por hijo. Tenía el dicho conde de Barcelona tres hijos: y habiendo de enseñarles maestros, quiso que en la educación y crianza, les hiciese san Olaguer compañía. No están los hijos acabados de hacer, cuando nacen; pues falta lo mejor, que es la educación, y para esto vale mucho la compañía de un bueno. Estudió los rudimentos de la gramática, retórica y filosofía, en que salió señaladísimo, y muy docto, siendo por ello muy estimado. No ocupó la niñez en las puerilidades, en que se entretienen otros niños: del general se volvía á casa, ó á la iglesia. Corría ya el año 1070 y el décimo de la edad de nuestro santo: y sus padres determinaron, que el hijo que Dios les había dado, lé sirviese perpetuamente en su templo: para cuyo efecto hicieron donación á la iglesia catedral y cabildo de Barcelona, de una heredad y viña, que tenían en el condado de Vique junto al castillo de Manresana y Villalonga, en un lugar llamado san Armengol, como consta en el lib. IV de las antigüedades de dicha catedral. Anumeráronle al santo mozo Olaguer en el gremio de los canónigos de aquella santa iglesia, sin embargo de la poca edad; porque á los hombres no los hace la edad grandes, sino la ciencia y virtudes. Siendo canónigo, le promovieron á la dignidad de prepósito, obteniendo antes una pavordía. En esta graduación se hallaba san Olaguer, en la cual no retrocedió de sus estudios; pues veinte años se dio á los de la sagrada teología, leyendo las obras de los santos padres, en que salió gran maestro y predicador fortísimo. Por este tiempo fué ordenado de sacerdote por don Beltrán, obispo entonces de dicha ciudad. Había este obispo fundado junto á Barcelona un monasterio de canónigos reglares de san Agustín, y era el título de san Adriano (cuyas memorias se ven hoy en día reducidas á una pequeña parroquia en el llano de Barcelona): advertía bien el santo canónigo Olaguer la vida áspera y religiosa de aquellos santos varones, y con sagrada envidia determinó imitarles la vida,  para después imitarles la pureza. Noticiosos el obispo y comunidad de san Adriano del intento del santo canónigo Olaguer, aunque sumamente deseaban la ejecución, no se atrevían á hablar de ello, por no disgustar al conde, que quería mucho al santo, y al cabildo, que le estimaba mucho. Entendiólo él, y resolvióse á renunciar la prebenda de canónigo, y dignidad de prepósito, como lo hizo. Recibió el hábito, y dio muestras del tesoro que traía en su alma escondido. En el año de la aprobación era en la penitencia un dechado de los santos del yermo: era humilde en extremo, circunspecto, y de todos tan querido, que en el año 1096, después de profeso, fué elegido prior de común consentimiento. No pudo su humildad familiarizarse con la prelacía, y renunciándola, se fué á ser súbdito al convento de san Rufo, de la misma orden, en la Proenza. Pero como sus virtudes le gritaban á pesar de sus humildades, puesto en aquel convento fué conocido, y por su perfección y letras venerado. Faltó abad en aquella santa casa, y fué electo Olaguer, por común voz de toda ella, y obtuvo ese cargo hasta el año 1115, en el cual fué obispo de Barcelona. Unos dicen, que habiendo sido poco más de doce años abad de dicho convento de san Adriano, que está entre el río de Besós y Barcelona, fué al convento de san Rufo enviado visitador y reformador por el papa Pascual II, que ocupaba entonces la silla de san Pedro. Fué allá como ángel de paz, y fué recibido como un apóstol, siendo espejo de toda virtud, á cuya vista se componían todos los de aquella grave comunidad. Todo su ejercicio de Olaguer era tratar de Dios, y encaminarlos á Dios, haciéndoles pláticas suavísimas de soberana elocuencia, y provechosísima doctrina. Hubo en fin de dejar este monasterio y volverse á san Adriano, de Barcelona, instado de doña Dolza, mujer de don Ramón Rerenguer III, dejando á los canónigos de san Rufo deseosos de sí, y con vivo sentimiento de su ausencia. Llegado á Barcelona, y recibido con sumo celo de todos, halló vacante la silla episcopal por muerte de don Ramón Guillen.
Estaban los obispos provinciales días había en junta para la elección; y sin premisa alguna, ni recuerdo del abad Olaguer, el día de la elección, todos á una voz pidieron al conde, se sirviese de venir bien, en lo que ellos determinaban, que era elegir en obispo á Olaguer, abad de san Rufo, por más eminente en virtudes, letras y vida ejemplar. Alegróse el conde y su mujer, y luego enviaron, quien le diese noticia de su elección: la cual procuró deshacer el santo, diciendo, que él era indigno, y sin méritos, y que pusiesen en esta dignidad una persona virtuosa y santa, cual se requería. No venció esta vez su humildad, y hubo de rendirse á la voluntad de Dios, manifiesta en tan acertada elección: aunque hizo de su parte lo que pudo, para no ser obispo; pues de noche se huyó á su abadía de san Rufo; y sabido de la ciudad y clero, fueron en su seguimiento, y cercado Perpiñán lo encontraron en el camino, y le obligaron casi por fuerza, á que volviese á su obispado: y para asegurarle, el conde sacó confirmación apostólica del papa: con que san Olaguer hubo de aceptar la prelacía. Puesta esta luz sobre el alto candelero de la dignidad, procuró darse á conocer, reedificando iglesias y monasterios, haciendo grandes limosnas, concordando pleitos de sus súbditos; y en especial resplandecía en la honestidad, circunspección y pureza, permaneciendo virgen. Predicaba de ordinario, siendo continuo de día y de noche á las divinas alabanzas en el coro, como quien desde niño se había criado en él. Gozosa sobremanera estaba su patria y ciudad de Barcelona, con el ilustre hijo y prelado que tenía, cuando electo el papa Gelasio II, por muerte de Pascual, hubo san Olaguer de ir á Roma á prestarle el juramento de obediencia que entonces se acostumbraba: y antes de efectuarlo convocó al pueblo, y les hizo una exhortación tan tierna y docta, que juntamente los dejó á todos hechos un mar de llantos, y llenos de soberanos y santísimos documentos. Partióse á Roma, sin omitir las penitencias, ni dar por el camino algún alivio al cilicio, ni al ayuno. Visitó los templos de aquella santa ciudad con suma devoción, y de allí fué ó Gaeta á besar los pies al papa, que ya tenía de las virtudes y letras de san Olaguer mucha noticia. Mostró el papa estimarle mucho, y asimismo los cardenales, que con gusto y admiración lo oyeron. Vacó entonces la metrópoli de Tarragona, primada de las Españas: y notificándolo san Olaguer al papa, le pidió, proveyese aquella silla en persona grave, pía y docta; y el pontífice lo hizo, mandándole á él por obediencia, aceptase aquella dignidad: para lo cual despachó bula á 21 de marzo, año primero de su pontificado, y 1118 de Cristo. Volvió á España: y en Barcelona su patria, y en Tarragona, fué recibido con grande alborozo. Poco tiempo pudo residir san Olaguer; porque muerto dentro de un año el papa Gelasio, y electo Calixto II, fué por él llamado á Roma al concilio Lateranense, por tenerle en opinión de hombre insigne. Fué: y acabado el concilio, le hizo legado suyo á latere para el reino de España, como consta de su bula, despachada 4 non. aprilis, pontific. ann. 1. Venido á ella, reedificó la iglesia de Tarragona: y habiendo puesto en paz muchas materias, determinó visitar la Tierra santa: y así fué á ella, predicando por todo el camino, y renovando el prodigio del día de Pentecostés en Jerusalén; pues hablando una sola lengua, según lo más cierto, le entendían gentes de varias lenguas y naciones. No se puede ponderar el sentimiento que ocupó á Barcelona su patria, y á toda la provincia, al partirse el santo de ella: ni tampoco las lágrimas, devoción y ternuras con que visitó los lugares de la Tierra santa.

Habiendo ya cumplido con su devoción, se volvió á sus Iglesias y tierra, y de camino visitó su regalada casa de san Rufo, con singular consuelo de aquel santo convento. Despidióse de él, y llegó á Barcelona una tarde, puesto el sol, donde entró sin ruido ni fausto, por no desazonar la humildad que tanto amaba, y le había hecho siempre tan agradable compañía. Al otro día por la mañana acudió todo el cabildo y pueblo, á ver á su amabilísimo prelado, y con ellos repartió muchas reliquias, reservando en su pectoral una partecilla del lignum crucis de nuestro Salvador. Estando ya con quietud en su silla, hizo cosas maravillosas: en particular con sus blandas amonestaciones hizo con algunos, que injustamente usurpaban bienes de la Iglesia, que los restituyesen; y reconocidos de su culpa los absolvía: y él mismo, teniendo en su patria Barcelona unas casas propias, y horno, hizo donación de ellas á la Iglesia y cabildo. Hizo venir á concordia al conde don Ramón Berenguer con la señoría de Génova, y al dicho conde le indujo, á que se hiciese religioso templario, que entonces empezaban á florecer mucho, alabándole su modo é instituto; aunque por la muerte no pudo efectuarlo: sino estando enfermo.
Fué después llamado san Olaguer, por el papa Inocencio II, al concilio Claramontano, donde con valor, celo, y espíritu, declaró por excomulgado al antipapa Anacleto, y los demás padres del concilio abonaron, y siguieron su parecer, y voto. Venido cuarta vez á su ciudad, y obispado, reparó, y bendijo muchas iglesias, que los sarracenos de España tenían violadas. Fué después á Zaragoza á poner paces entre don Alonso, rey de Castilla, y don Ramiro, rey de Aragón. En estos, y otros santos ejercicios se ejercitaba san Olaguer, en que recibía de Dios singular gracia; porque no hubo persona, á quien hablara el santo, que no se le aficionara luego. Él, mucho tiempo antes, estando cierto día en el fervor de la contemplación, todo absorto, y fuera de los sentidos del cuerpo, pidió á Dios nuestro Señor, le hiciera gracia de revelarle el tiempo de su partida, y última hora. Concedióle Dios su petición: y se vio ser así; pues en un concilio (no se ha averiguado, si en Tarragona, ó Barcelona) que tuvo á sus rectores, y sinodales, les dijo, que sería aquella la última vez, que les predicaría; y así todos los seis días, que duró el sínodo, les predicó con tanto fervor, tanta sabiduría, y elocuencia, que todos lo miraban como á un ángel, que Dios les enviaba; y así, como á tal oían las cosas, que les decía, y los documentos, que les daba. Lloraban todos; y el santo con ellos. A 12 de febrero hizo al cabildo donación de una heredad, que tenía en la parroquia de Mollet; porque quiso desasirse de todo, antes de partirse de este mundo. Dióle también una granja ó quinta, que tenía en Corañola. Recibió con mucha devoción y lágrimas los santos sacramentos, y hablando con Dios, y con su Madre santísima, de quien fué devotísimo toda su vida, meditando la pasión de Cristo, y diciendo en voz devota, é inteligible: «En vuestras manos, Señor, encomiendo mi espíritu»; juntas las manos delante de Cristo crucificado, entregó á Dios su bendita alma á 6 de marzo, año de Cristo de 1136, y setenta y seis de su edad. Luego se oyó una voz lastimosa, pero agradable por todo el pueblo: «Muerto es el Santo: muerto es nuestro santo obispo, y prelado». Empezó luego á resplandecer con varios milagros, con que en el mundo le honró, y honra cada día el cielo. Resucitaron muchos muertos: cobraron salud infinitos: dio vista á ciegos: libró de naufragios; y hace Dios por él soberanas maravillas en sus devotos. Está sepultado en la iglesia de su patria, y ciudad de Barcelona. Fué canonizado al uso antiguo de la Iglesia, que era la veneración de los fieles, y el permiso de los sumos pontífices; más ahora nuevamente lo ha sido por decreto particular de nuestro santísimo padre Inocencio XI, despachado á los 25 de mayo de 1675, y así se puede decir dos veces canonizado: claro está, que tan gran santidad, como la suya, no pedía menos, para mostrar, que vale por dos. Consérvase su cuerpo entero, y sin corrupción en la misma santa iglesia de Barcelona, donde es visitado de los naturales, y extranjeros con singular devoción, correspondiendo el santo á la confianza, y piadosos ruegos de sus devotos: los cuales nunca parten de su presencia, sino bien despachados, y consolados en sus trabajos, y necesidades.
Y aunque todos siempre han hallado, y hallan pronto socorro, invocándole, como consta de los ¡numerables milagros, que podrá ver el curioso devoto suyo en los muchos procesos, que en diversas ocasiones se han impreso para su canonización; con todo eso, el cielo, para ostentar más su gloria, ha dispuesto, le tenga el mundo por abogado especial de las mujeres, que tienen peligrosos partos: las cuales, invocándole, hallan luego su alivio, socorro, y total consuelo: y si las criaturas nacen con algún evidente achaque, y riesgo de perder luego la vida; con solo invocar á Olaguer sus padres, han experimentado nueva vida, y nuevo ser en sus hijos: de que dando á Dios las gracias, le han glorificado en su siervo Olaguer. Celebran de él, como de su prelado, las Iglesias de Tarragona, y Barcelona, el dicho día 6 de marzo, en que pasó de esta vida á la inmortal y eterna: á la cual nos lleve la divina bondad por su intercesión, á gozar de su gloriosa, y amable compañía. Amen.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc