martes, 12 de mayo de 2026

S A N T O R A L

SAN PANCRACIO, MARTIR

Un nuevo mártir viene a unirse a los que hemos festejado. Sale también de Roma para ir a participar de la gloria del Vencedor de la muerte. Los anteriores fueron segados en los primeros tiempos de nuestra fe; éste luchó en el momento en que el paganismo daba a la Iglesia los últimos asaltos en los cuales debía sucumbir él mismo.
Sobre el cementerio en que fué depositado su cuerpo se alzó en los primeros siglos una basílica, honrada con el título cardenalicio, y un monasterio; y los monjes enviados por San Gregorio Magno a convertir a Inglaterra le consagraron muy pronto una iglesia.

VIDA

Las Actas, reconocidas hoy como legendarias, nos dicen que Pancracio nació en Frigia y que fué muy pronto a Roma. Allí fué instruido en la religión cristiana no tardando en derramar su sangre por Cristo. Su cuerpo fué enterrado en la Vía Aurelia y su culto se hizo célebre en Roma, Francia e Inglaterra. La Edad Media le consideró como patrón de los juramentos y el vengador de su violación.

GLORIA INMORTAL

La gracia divina que te llamaba a la corona del martirio fué a buscarte hasta el fondo de Frigia, para conducirte, oh Pancracio, a la capital del imperio, al centro de todos los vicios y de todos los errores del paganismo. Tu nombre confundido entre tantos más brillantes o más oscuros parecía que no debía dejar huella ninguna en la memoria de los hombres. Hoy, sin embargo, tu nombre es pronunciado en toda la tierra con acento de veneración y resuena en el altar en las oraciones que acompañan al sacrificio del Cordero. ¿De dónde te viene, ¡oh santo mártir! esta celebridad que sólo acabará con el mundo? Pero era justo que habiéndote asociado a la muerte sangrienta de Cristo, se reflejase sobre ti la gloria de su inmortalidad.
¡Gloria, pues, a Él que así honra a sus compañeros de armas! y ¡gloria a ti que mereciste tal corona! Como recompensa de nuestros homenajes dígnate dirigirnos una mirada compasiva y haznos propicio a Jesús tu Jefe y nuestro Jefe. En este lugar de destierro cantamos el Alleluia por su Resurrección que nos llena de esperanzas; haz que un día repitamos contigo en el cielo este mismo Alleluia ya eterno y que entonces significará no la esperanza sino la posesión.

fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer
Tomo III pag. 832 y siguientes

S A N T O R A L





SANTOS NEREO Y AQUILEO, Mártires (*)

Según las Actas, por desgracia en gran parte legendarias, Nereo y Aquileo fueron soldados romanos, convertidos por San Pedro. Después del bautismo abandonaron la milicia y entraron al servicio de una gran dama, Domitila, pariente próxima del emperador Tito, que se hizo cristiana muy pronto, siendo bautizada por el Papa San Clemente. Condenados los tres como cristianos, fueron verosímilmente decapitados.

 SUS RELIQUIAS

No se sabe dónde fueron depositadasprimitivamente las reliquias de Santa Domitila. Los cuerpos de los Santos Nereo y Aquileo fueron honrosamente sepultados en las catacumbas del cementerio de Domitila en la Vía Ardeatina, a medio kilómetro de Roma. Conservamos aún una homilía pronunciada por San Gregorio en la Basílica subterránea que el Papa Siricio había hecho construir sobre sus tumbas. San Gregorio insiste en su discurso sobre la caducidad de los bienes de este mundo y evoca el recuerdo de los héroes que descansaban bajo el altar alrededor del cual se habían reunido los fieles de Roma: "Estos santos, dice, en torno de cuyo sepulcro nos hallamos reunidos en este momento, desdeñaron en la flor de la edad el mundo hollándole con sus pies. Tenían ante sí, vida larga, salud asegurada, fortuna opulenta, la esperanza de una familia en la cual habrían perpetuado su nombre y habrían podido gozar de estos placeres por largo tiempo en la paz y tranquilidad; pero en vano el mundo hizo ostentación de sus galas ante ellos; en su corazón estaba ya marchito." 
Más tarde las reliquias debieron ponerse en una basílica vecina, situada en la Vía Apia, y llamada hasta entonces Fasciola. A partir del siglo VIII se llamará sólo de los Santos Nereo y Aquileo y llegará a ser título cardenalicio. Pero a causa de los desastres de Roma, por hallarse casi en ruinas la basílica, los cuerpos de los santos fueron trasladados, en el siglo XIII, a la basílica de San Adrián en el Foro. Allí permanecieron hasta fines del siglo xvi, en que Baronio, habiendo sido creado cardenal con el título de los Santos Nereo y Aquileo pensó restaurar para ellos la antigua basílica Fasciola. Por su munificencia las naves.se levantaron de nuevo y sobre los muros se pintó la historia de los tres mártires; la cátedra de mármol sobre la cual se cuenta pronunció San Gregorio su homilía, fué restablecida a esta iglesia y en su respaldo se gravó completa dicha homilía. Finalmente la Confesión, decorada con mármoles y mosaicos recibió también" las reliquias de que había estado privada durante tres siglos.

EL TRIUNFO

Baronio comprendió que era tiempo de terminar el destierro demasiado largo de los santos mártires y por cuyo honor se sentía obligado a velar en adelante. Pudo unir a las reliquias de los dos soldados' mártires, los de una santa, Domitila que desde entonces era honrada y que él tenía fundadas razones para creer que era la santa compañera de su martirio, preparando todo un triunfo para conducirlos, el 12 de mayo de 1597, a la antigua morada. Roma cristiana, sabe como ninguna, unir en sus cultos los recuerdos de la antigüedad clásica con los sentimientos que inspira la religión de Cristo. Una solemne procesión condujo primeramente al Capitolio la carroza en que se hallaban colocados, bajo suntuoso dosel, los cuerpos sagrados de los tres mártires. Dos inscripciones paralelas atrajeron las miradas en el momento en que el cortejo llegaba a la cima del Clivus Capitolinus.

En la una se leía: "A Santa Flavia Domitila, virgen romana y mártir, el Capitolio, purificado del culto nefasto de los demonios, y restaurado más dignamente que lo fué por Flavio Vespasiano y por Domiciano, Augustos, parientes de la virgen Cristiana." La otra decía: "El Senado y el pueblo romano a santa Flavia Domitila, virgen romana y mártir, que dejándose consumir en el fuego por la fe de Cristo, dió a Roma más gloria que sus parientes Flavio Vespasiano y Domiciano, Augustos, cuando restauraron a su costa el Capitolio, dos veces incendiado."
Depositaron un momento las cajas de los mártires sobre el altar levantado cerca de la estatua ecuestre de Marco Aurelio y después de recibir sus homenajes fueron de nuevo colocados en el carro, bajando por el lado opuesto del Capitolio hasta encontrar el arco de Triunfo de Septimio Severo. En él se leen estas dos inscripciones: "A los Santos Mártires Flavia Domitila, Nereo y Aquileo, excelentes ciudadanos, el Senado y el pueblo de Roma por haber ilustrado el nombre romano con su gloriosa muerte y obtenido con su sangre la paz para la república romana."
"A Flavia Domitila, Nereo y Aquileo invencibles mártires de Jesucristo, el Senado y el pueblo romano por haber glorificado a la ciudad con el noble testimonio que dieron de la fe cristiana."
Siguiendo la Vía Sacra la procesión llegó frente al arco de Triunfo de Tito, monumento de la victoria de Dios sobre la nación deicida. En uno de sus lados se leía esta inscripción: "Este arco triunfal otorgado y erigido en otro tiempo a Tito Flavio Vespasiano Augusto, por haber puesto de nuevo bajo el yugo del pueblo romano a la Judea sublevada, el Senado y el pueblo romano' le otorgan y consagran de una manera más justa a la sobrina del mismo Tito, Flavia Domitila, por haber aumentado y propagado con su muerte la religión cristiana."
La inscripción en el otro lado del arco de Triunfo decía así: "A Flavia Domitila, virgen romana y mártir, sobrina de Tito Flavio Vespasiano Augusto, el Senado y el pueblo romano porque con la efusión de su sangre y el sacrificio de vida por la fe, rindió homenaje a la muerte de Cristo con una gloria que no adquirió el mismo Tito, cuando por vengar esta muerte derribó a Jerusalén por inspiración divina."

Dejaron a la izquierda el Coliseo, cuya arena había sido el teatro de los combates de tantos mártires y pasaron por el arco de Triunfo de Constantino, monumento que habla tan alto de la victoria del cristianismo en Roma y en el imperio que repite todavía el nombre de la familia Flavia a la cual pertenecía el primer Emperador cristiano. He aquí las dos inscripciones que decoraban el arco Triunfal: "A Flavia Domitila, a Nereo y Aquileo, el Senado y el pueblo romano. En esta Vía Sacra en que muchos emperadores romanos, augustos, obtuvieron los honores del triunfo por haber sometido al imperio del pueblo romano diversas provincias, triunfan hoy estos mártires con gloria aún mayor por cuanto vencieron por la superioridad de su valor a los mismos triunfadores."
"A Flavia Domitila, el Senado y el pueblo romano. Si doce emperadores parientes suyos augustos ilustraron con sus grandes hechos a la familia Flavia y a Roma misma, la virgen sacrificando por Cristo los honores y la vida, dió a ambos mayor lustre aún."
Continuando después por la Vía Apia llegaron finalmente a la basílica. A la puerta rodeado de un gran número de cardenales, Baronio recibió con profundo respeto a los tres mártires y les llevó al altar mayor, mientras el coro cantaba esta antífona del Pontifical: "Entrad, santos de Dios; el Señor ha preparado aquí vuestra morada; el pueblo fiel ha seguido con alegría vuestra marcha y os suplica roguéis por él a la potestad de Dios. Alleluia!"

LA VERDADERA GLORIA

¡Qué triunfo tan sublime os ha preparado Roma, oh mártires invictos después de tantos siglos transcurridos desde vuestra gloriosa muerte! ¡Qué cierto es que en la tierra no hay nada comparable con la gloria de los santos! ¿Dónde están, oh Domitila, los Flavios, esos doce emperadores de tu nombre? ¿Quién se preocupa de sus cenizas? ¿Quién conserva incluso su recuerdo? A uno de ellos se le llamó "las delicias del género humano". Y el pueblo ignora hasta su nombre.
 Otro, el último de todos, tuvo la gloria de ser escogido para proclamar la victoria de la cruz sobre el mundo romano; Roma cristiana guarda su memoria con honor y reconocimiento; mas no le tributa culto religioso, Roma lo reserva para ti, oh Domitila, y para los dos mártires cuyo nombre va hoy asociado al tuyo.
¿Quién no sentirá el poder del misterio de la resurrección de nuestro divino Caudillo en el amor y entusiasmo que inspiran a todo este pueblo la vista y la procesión de vuestras reliquias, oh mártires de Dios vivo? Quince siglos pasaron sobre vuestros miembros fríos y los fieles les saludan con entusiasmo como si los sintiesen aún llenos de vida. Pero el pueblo cristiano sabe que Jesús, "el primer nacido de entre los muertos", ha resucitado y que vosotros debéis resucitar un día gloriosos como El. Saluda anticipadamente esa inmortalidad que será la parte de vuestros cuerpos inmolados para gloria del Redentor; contempla ya con la fe el esplendor con que brillaréis un día, proclama la dignidad del hombre rescatado, para quien la muerte no es sino el tránsito a la vida verdadera y la tumba un surco que recibe el grano para hacerle más vivo y más hermoso.

PLEGARIA

"Dichosos, dice la profecía, los que lavaron sus túnicas en la sangre del cordero'". Pero más dichosos aún, nos dice la Santa Iglesia, aquellos que después de haber sido purificados, mezclaron su sangre con la de la Víctima divina, porque "suplieron en su carne lo que faltaba a las tribulaciones de Cristo. Por eso es poderosa su intercesión y debemos dirigirnos a ellos con amor y confianza. Sednos propicios, ¡oh Nereo, Aquileo y Domitila! Haced que esperemos a Jesús resucitado; conservadnos la vida que nos comunicó; apartadnos de los encantos de este mundo y disponednos a pisotearlos si hay peligro de que nos seduzcan. Hacednos fuertes contra todos nuestros enemigos, prontos para la defensa de la fe, vigorosos para la conquista de este reino que debemos arrebatar por la violencia'. También los defensores de la Iglesia romana que, cada año, renueva, en este día vuestro culto con tanto fervor; proteged al Pontífice en quien Pedro reside; disipad las tormentas que amenazan a la cruz sobre el Capitolio y conservad la fe en el corazón de los romanos. 
fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer 
Tomo III pag. 824 y siguientes
(*) En el calendario anterior los tres santos se los recordaban conjuntamente en el día hoy -12 de Mayo-, en el  actual están separados, commemorandose el día 7 de Mayo a Santa Flavia Domitilise, mientras que los Santos Nereo y Aquileo conservan la fecha del día 12 de Mayo. 

lunes, 11 de mayo de 2026

TIEMPO DE ROGATIVAS


La Iglesia reza este Lunes Martes y Miércoles las llamadas "Rogativas" que son los tres días previos a la Ascensión del Señor, 40 días después de la Pascua. La expresión "rogativas" viene del latín, así como el término "letanías" proviene del griego, y es sinónimo de oraciones, súplicas e invocaciones. En un sentido más estricto, reciben este nombre las oraciones públicas hechas por la Iglesia en los tres días que preceden a la fiesta de la Ascensión, para pedir a Dios la conservación de los bienes de la tierra y la gracia de estar libres de los azotes y desgracias.
A raíz de las calamidades públicas que acontecieron en el siglo V San Marmerto, obispo de Viena, exhortó a los fieles del Valle del Ródano y del Delfinado a hacer oraciones, procesiones y obras de penitencia durante los tres días que preceden a la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, a fin de aplacar la justicia divina y obtener la cesación de los terremotos, incendios y devastaciones que afligían la zona. El resultado de estas oraciones hizo se continuasen como una manera de preservar al pueblo contra semejantes calamidades. Por prescripción del Concilio de Orleans en el año 511 se dispuso que tales rogativas se extendieran por toda Francia. En el año 816 el papa León III adoptó las Rogativas en Roma, haciéndolas pronto extensivas a toda la Iglesia universal.
La legislación temporal también dio respaldo a esta devoción. Carlomagno y Carlos el Calvo decretaron que el pueblo no trabajare dichos días y sus normas rigieron por mucho tiempo.
Las Letanías de los Santos, los Salmos y oraciones que en ella se cantan son súplicas o Rogativas, que tienen por fin alejar de nosotros los azotes de la divina justicia y a atraer las bendiciones de su misericordia.

Letanias de los Santos


-Señor ten piedad de nosotros

-Cristo ten piedad de nosotros,

-Señor ten piedad de nosotros,

-Cristo óyenos

-Cristo escúchanos,
-Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros,
-Dios Hijo Redentor del mundo, ten piedad de nosotros,
-Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros,
-Trinidad santa un solo Dios, ten piedad de nosotros,
Se repite

-Santa María,

-Santa Madre de Dios,

-Santa Virgen de las vírgenes,

-San Miguel,

-San Gabriel,
-San Rafael,
Ruega por nosotros.

-Todos los santos ángeles y arcángeles,

-Todos los santos coros de los espíritus bienaventurados
Rogad por nosotros.

-San Juan Bautista,

-San José,
Ruega por nosotros.
-Todos los santos patriarcas y profetas,
Rogad por nosotros.

-San Pedro,

-San Pablo,

-San Andrés,

-San Juan,

-Santo Tomás,
-Santiago,
-San Felipe,
-San Bartolomé,
-San Mateo,
-San Simón,
-San Tadeo,
-San Matías,
-San Bernabé,
-San Lucas,
-San Marcos,
Ruega por nosotros.

-Todos los Santos apóstoles y evangelistas,

-Todos los Santos discípulos del Señor,

-Todos los Santos inocentes,
Rogad por nosotros.

-San Esteban,

-San Lorenzo,

-San Vicente,
Ruega por nosotros.

-San Fabián y San Sebastián,

-San Juan y San Pablo,

-San Cosme y San Damián,

-San Gervasio y San Protasio,

-Todos los santos mártires,
Rogad por nosotros.

-San Silvestre,

-San Gregorio,

-San Ambrosio,

-San Agustín,

-San Jerónimo,
-San Martín,
-San Nicolás,
Ruega por nosotros.

-Todos los santos obispos y confesores,

-Todos los santos doctores,
Rogad por nosotros.

-San Antonio,

-San Benito,

-San Bernardo,

-Santo Domingo,

-San Francisco,
Ruega por nosotros.

-Todos los santos sacerdotes y levitas,

-Todos los santos monjes y ermitaños,
Rogad por nosotros.

-Santa María Magdalena,

-Santa Agueda,

-Santa Lucía,

-Santa Inés,

-Santa Cecilia,
-Santa Catalina,
-Santa Anastasia,
Ruega por nosotros.
-Todas las santas vírgenes y viudas,
Rogad por nosotros.
-Todos los Santos y santas de Dios,
Interceded por nosotros.
-Muéstratenos propicio,
Perdónanos, Señor.
 -Muéstratenos propicio,
Escúchanos, Señor.

-De todo mal,

-De todo pecado,

-De tu ira,

-De la muerte súbita e imprevista,

-De las asechanzas del demonio,
-De la cólera, del odio y de toda mala intención,
-Del espíritu de fornicación,
-Del rayo y de la tempestad,
-Del azote de los terremotos,
-De la peste, del hambre y de la guerra,
-De la muerte eterna,
-Por el misterio de tu santa encarnación,
-Por tu venida,
-Por tu natividad,
-Por tu bautismo y santo ayuno,
-Por tu cruz y tu pasión,
-Por tu muerte y sepultura,
-Por tu santa resurrección,
-Por tu admirable ascensión,
-Por la venida del Espíritu Santo, nuestro Consolador,
-En el día del juicio,
Libramos, Señor.

Nosotros, pecadores, te rogamos 

- que nos oigas, 

- que nos perdones,

- que nos seas indulgente, 

-que te dignes conducirnos a verdadera penitencia, 
- que te dignes regir y gobernar tu santa Iglesia, 
- que te dignes conservar en tu santa religión al Sumo Pontífice y a todos los órdenes de la jerarquía eclesiástica, 
- que te dignes abatir a los enemigos de la santa Iglesia, 
- que te dignes conceder a los reyes y príncipes cristianos la paz y la verdadera concordia, 
- que te dignes conceder la paz y la unión a todo el pueblo cristiano, 
- que te dignes devolver a la unidad de la Iglesia a los que viven en el error, y traer a la luz del Evangelio a todos los infieles, 
- que te dignes fortalecernos y conservarnos en tu santo servicio, 
- que levantes nuestro espíritu al deseo de las cosas celestiales, 
- que concedas a todos nuestros bienhechores la recompensa de los bienes eternos, 
- que libres nuestras almas, las de nuestros hermanos, parientes y bienhechores, de la condenación eterna, 
- que te dignes damos y conservar las cosechas de la tierra, 
- que te dignes conceder el descanso eterno a todos los fieles difuntos, 
- que te dignes escucharnos, Hijo de Dios.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Perdónanos, Señor.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Escúchanos, Señor.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Ten piedad de nosotros.

-Cristo, óyenos,

-Cristo, escúchanos,

-Cristo, ten piedad de nosotros,

-Señor, ten piedad de nosotros,
Se repite. 
Padrenuestro

S A N T O R A L




Beatos Juan Rochester y Jacobo Walworth, Presbíteros y Mártires

En York, en Inglaterra, beatos Juan Rochester y Jacobo Walworth, presbíteros y monjes de la Cartuja de Londres, quienes, durante el reinado de Enrique VIII, por haberse mantenido fieles a la Iglesia católica, fueron colgados con cadenas en las almenas de la muralla de la ciudad hasta que murieron.
Ambos eran monjes de la Cartuja de Londres, cuyo prior era San Juan Houghton. Su martirio tuvo lugar con motivo de la proclamación de Enrique VIII como cabeza de la IglesIa en su país. Estos dos monjes, junto con los demás, accedieron a reconocer el nuevo matrimonio del rey con Ana Bolena, y así lo firmaron el 25 de mayo de 1534, pensando que con ello se dejaría en paz a la comunidad. Pero no fue así. Se les pidió más adelante que reconocieran también la soberanía espiritual del rey sobre la Iglesia inglesa, y entonces la comunidad se dividió. Unos aceptaron la propuesta cismática, sin pensar que posteriormente se suprimirían las comunidades religiosas, y otros se negaron bravamente a tal propuesta. Martirizados ya san Juan Houghton y otros dos priores cartujos, estos dos monjes persistieron en su negativa a jurar la supremacía religiosa del rey y fueron enviados a la cartuja de Hull, cuyos monjes habían aceptado el cisma. Aquí fueron denunciados al delegado regio y llevados ante el Duque de Norfolk.
Se les juzgó y condenó por desafectos a la cabeza de la Iglesia anglicana y por ser seguidores pertinaces del Obispo de Roma, y fueron condenados a muerte. Como la muerte a los rebeldes y traidores comprendía no sólo el ahorcamiento sino la descuartización y extracción de las entrañas, ése tendría que haber sido el género de muerte que se les diera a estos mártires. Pero se les hlzo gracia del destripamiento, y por ello, en York, el día 11 de mayo de 1537 fueron ahorcados con cadenas de hierro, quedando sus cuerpos expuestos muchos días en el patíbulo y siendo pasto de las aves de rapiña. Hasta el último momento ambos monjes manifestaron su comunión inquebrantable con el Papa y con la Iglesia. El papa León XIII confirmó su culto en diciembre de 1886. 
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
Tomado de:El Testigo Fiel

domingo, 10 de mayo de 2026

S A N T O R A L


Madame Elisabeth, sierva de Dios

Una de las numerosísimas víctimas de la Revolución Francesa: la princesa Isabel. 

Su “crimen”: ser la hermana del rey Luis XVI

Plinio Corrêa de Oliveira

El interés especial del personaje está en lo siguiente: como Uds. saben, la Revolución Francesa es presentada por el común de los historiadores como siendo un acontecimiento de los más trascendentales de la historia de la humanidad, en el sentido de que representó un paso más en la historia de la “liberación” del hombre.

Los partidarios de la Revolución Francesa entienden que aquello fue una explosión de lo que hay de mejor de las cualidades del espíritu humano; el espíritu humano que no se conformaría con la sujeción, no se conformaría con los grilletes, no se conformaría con la desigualdad, y que, llevado por una noble sed de igualdad, libertad y fraternidad, habría impulsado entonces la Revolución. Y para justificar la tesis de que el espíritu de la Revolución era muy “noble”, ellos hacen el endiosamiento de los grandes hombres de la Revolución, sustentando que fueron hombres de excepcionales cualidades humanas.

La verdad histórica es directamente lo opuesto de eso. En mi libro Revolución y ContraRevolución se muestra que la Revolución Francesa fue la consecuencia necesaria del protestantismo. O sea, la explosión en el campo político, o en la temática de las estructuras políticas, del mismo espíritu de rebelión de sensualidad y de orgullo que anteriormente generó el protestantismo. Y, en consecuencia, hay una, polémica también a respecto no sólo de las ideas de la Revolución, sino también de los hombres de la Revolución. Nosotros, que somos adversarios de la Revolución Francesa, nos empeñamos en mostrar la Revolución Francesa en su verdadero aspecto, no solo refutando las doctrinas, sino también mostrando que los hombres que fueron los exponentes de la Revolución fueron criminales, fueron hombres sin ninguna moralidad, fueron lo contrario de la fraternidad que ellos pregonaban, fueron hombres sanguinarios, crueles y tiránicos.

Y uno de los crímenes de la Revolución donde ese espíritu se manifestó de un modo más evidente, es el crimen efectuado contra una de las personas de la familia real de Francia, que era la princesa Isabel, llamada habitualmente por los historiadores Madame Elisabeth (1764-1794). ¿Quién era esa princesa Isabel? Ella era hermana del rey Luis XVI, soltera y una persona no sólo de gran pureza de costumbres, sino de una ardiente piedad. Ella frecuentaba la corte, donde cumplía los deberes que le tocaban como hermana del rey, pero su tiempo libre lo pasaba en un pequeño castillo que ella tenía lejos de Versalles. Dedicaba su tiempo a la piedad y a las obras de caridad: ella distribuía víveres y ayudaba a los campesinos, a los trabajadores rurales que vivían por ahí cerca. Era, por tanto, una persona conocida por causa de su insigne caridad.

Ella vivía completamente alejada de la política. Como por lo demás, es normal. Siendo una joven, no teniendo funciones que ver con la política, vivía en el más completo alejamiento de la política. Muy dedicada a su hermano, habría tenido toda la facilidad para casarse, pero no quiso hacerlo para poder vivir allí en las cercanías de la familia real, y prestando el auxilio que las circunstancias le pudiesen pedir.

Cuando estalló la Revolución Francesa, todos los hermanos del rey salieron de Francia menos ella, que quiso, heroicamente, enfrentar los riesgos —evidentes desde el comienzo— de la Revolución y para poder auxiliar en las amarguras que venían a su hermano, a su cuñada (la reina María Antonieta) y a sus sobrinos, hijos de ese matrimonio. Y, de hecho, ella siguió paso a paso el drama de la familia real. Acabó siendo encarcelada por los revolucionarios junto con la familia real, y fue procesada.

Después que Luis XVI y María Antonieta fueron condenados a muerte y guillotinados, vino el proceso de ella y fue condenada a muerte también. ¿Condenada a muerte por cuál crimen? Ningún crimen. No podía ser crimen ser hermana del rey, porque nadie mata a una persona porque es hermana del criminal. Por peor que sea el criminal —por ejemplo, esos hippies miserables que mataron hace un tiempo atrás a unas personas en Los Ángeles— Uds. no van a leer en el periódico la siguiente noticia: “Fueron muertos tales hippies y una hermana de ellos, que no tenía nada que ver con el caso, muerta por ser hermana”. Es decir, eso es impensable, no pasa por la cabeza de nadie.

Contra ella no fue posible alegar ningún crimen. Ni siquiera fue acusada de ningún crimen. Fue muerta exclusivamente por odio, por ser hermana del rey. Uds. pueden ver el carácter bestialmente rencoroso de los líderes y, por lo tanto, también de los secuaces, de una Revolución hecha en nombre de la “fraternidad”. Sería interesante que después de ver el aspecto Revolución, consideremos el aspecto Contrarrevolución. O sea, la dignidad con que esa princesa soportó los tormentos que cayeron sobre ella, y su muerte. Naturalmente no es este el momento de dar la biografía de ella. Pero vamos a ver las escenas de su muerte, los últimos episodios de su muerte.

Esos episodios tienen mucha significación y pasaré a leerlos aquí. Están sacados del libro “Madame Elisabeth – aspectos desconocidos” [versión original francesa: “Madame Elisabeth inconnue”, París, Beauchesne et fils, 1955]; autora del libro: Madeleine Louise de Sion. El extracto que voy a comentar es el siguiente:

La princesa Elisabeth fue condenada juntamente con 25 personas, la mayor parte de la alta nobleza, si bien que había también entre ellas elementos del pueblo. El presidente del Tribunal…”.

Un tribunal revolucionario, republicano que la condenó.

“… Dumas, no pudo dejar de bromear vilmente a respecto de la muerte de esas víctimas. Y dijo: Elisabeth de Francia no se puede quejar, pues formamos a su alrededor una corte de aristócratas dignos de ella”.

El sarcasmo y la burla hacia quien camina para la muerte. Ahí va la princesa, una serie de señoras de la nobleza, entonces “Así es, ella no se puede quejar, va acompañada de un lote de nobles”.

Y nada podrá impedir que ella se sienta todavía en los salones de Versalles cuando se coloque a los pies de la santa guillotina, rodeada de toda esa nobleza fiel”.

Puédese ver el sarcasmo y el peso del sarcasmo. Un hombre, cuando trata con una señora, aun cuando sea el mayor enemigo de esa señora, debe tratarla con cierta cortesía. El fuerte no debe abusar contra el débil. Esa es una cosa elemental de caballerismo. Más aún si se trata de un juez con aquella que acaba de condenar. Él debería tener, por lo tanto, vergüenza de manifestar rencor para con la persona que condenó. Más todavía con una persona que está condenada a muerte. Porque la muerte tiene una majestad, una respetabilidad tremenda. Es un castigo de Dios, y como todo lo que viene de Dios, la muerte tiene una grandeza que hace con que todo el mundo respete a aquel que va a morir. Puede tratarse del hombre más vil del mundo, pero una vez que él está marcado en la frente con la señal de la muerte, debe ser objeto de respeto.

Cuando un bandido está encarcelado y va a ser ejecutado, después de haber sido condenado a muerte, se acostumbra a concederle que se haga su última voluntad, desde que no se trate de una acción criminal, inclusive se le sirve una última cena con todo cuanto él pide. Y algunos comen, tal es el apetito humano. El hombre es así, algunos comen.

Nadie juzgaría legítimo ponerse delante de un bandido merecidamente condenado a muerte y comenzar a bromear: “¡Ud. va a morir!… ¿Ya se lo imaginó? Ahora va a caer aquí…”. O cuando está en la silla eléctrica: “¡Vea el shock!…” Nadie haría eso. ¿Por qué? Porque es una barbaridad, es una cobardía, porque por más que sea un bandido, él está marcado en la frente con la señal de la muerte; y a partir de ese momento se lo debe respetar.

Ella estaba condenada a muerte, y este bandido, un hombre, burlándose de una mujer; un juez que se burla de quien él condenó; después, una creatura humana que se burla de una persona que va para la muerte. Se burla de esa manera, viéndola en aquella humillación, viéndola destituida de toda la pompa antigua, hace un sarcasmo. Ella se va a sentir a los pies de la guillotina como se sentiría en el esplendor de Versalles. Es decir, es casi imposible llevar la bajeza humana más lejos. Ese era el espíritu de la Revolución francesa. Continua (el texto):

De hecho, la hermana de Luis XVI estaba escoltada por tres marquesas, dos condesas, entre otras personas de la nobleza. Llena de calma, ella escuchó su sentencia de muerte, pidiendo solamente y con cortesía, que le llevasen un sacerdote; a lo que, Fouquier Tinville, promotor público, respondió con desdén: “Bah!, ella morirá muy bien sin la bendición de un capuchino”.

Es una cosa que también no se hace: es negar a la persona el último socorro de la religión. Conozco de casos de ateos que cuando una persona está para morir y pide un sacerdote, el ateo lo hace llamar. ¿Por qué? Porque el ateo raciocina de la siguiente manera: está bien, la religión no es verdadera, pero le voy a dar a él un último consuelo en la hora de la muerte. No le rechaza ese consuelo en la hora de la muerte. Continuemos:

Después de ser condenados a muerte en el tribunal, fueron todos llevados para la prisión. Y en la prisión, sus compañeros que se encontraban ahí, porque antes no se habían reunido, le cedieron el lugar de honra a ella, que tomó con toda naturalidad.

La serenidad de la mirada de la princesa, la dignidad de su actitud…”.

Hay mucho valor en mantenerse sereno cuando se está aproximando la muerte y más aún cuando se es una joven como ella; mantenerse digno cuando se está viviendo en la última de las humillaciones.

“… la ascendencia de su palabra luego crearon en torno de ella un clima de heroísmo que contagió a todos”.

Los señores vean que belleza. Ella la débil, ella la indefensa, ella la mayor derrotada, ella es la heroína. Y no es la heroína del embobamiento y de la falta de distancia psíquica; es la heroína de la fe, la heroína de la serenidad. Ella comunica tanta elevación al martirio que ella va a sufrir que inmediatamente el ambiente cambia. Ella consiguió animar a los débiles y dar fuerza hasta los que se mostraban fuertes.

Una marquesa de setenta y tres años [Madame de Sónozan]…”

Para que los señores vean lo que es la criatura humana…

“… estaba aterrorizada y temblorosa delante de la muerte. La princesa, con especial deferencia, le hizo ver que, al final de cuentas, iba a morir joven, que estaba más serena que ella, y que ella debía tener la alegría de que, al final de cuentas, había vivido por lo menos setenta y tres años”.

Me recuerda el comentario de un francés. Se cuenta que dos franceses se encontraron, y estaban ya los dos un poco envejecidos. Y uno le dijo al otro: “¡Qué aborrecimiento envejecer!”. El otro le dijo: “Yo no pienso así. Es la única manera de vivir mucho tiempo…”. Ese es el espíritu francés. Porque después de dicho eso, no hay nada más que decir. Lapidariamente respondida y más nada. Es quedarse callado y cambiar de asunto. ¿Qué se va a hacer?…

La marquesa se sintió rehecha con pensamientos de fe etc. y quedó animada. La vieja marquesa terminó por calmarse y ofrecer generosamente a Dios los pocos años que aún podía pasar en esa tierra. Una condesa [Madame de Montmorin], que vio guillotinados a todos sus parientes, no se conformaba ahora con la muerte de su hijo Calixto, de apenas 20 años, que había sido condenado junto con ella. La princesa Elisabeth le hizo ver el privilegio de morir los dos juntos y los peligros que correría el joven en una tierra devastada por errores”.

Eran los errores de la Revolución francesa. Ella quería mostrar que un alma fácilmente se perdería y que una madre que tuviese fe debería comprender que era una gracia morir los dos en aquella ocasión, yendo el hijo para el cielo en buena disposición de alma —excelente hasta como los señores verán— en vez de estar sujeto a los riesgos de esa vida.

Para otra condesa [Madame de Sérilly] que esperaba un hijo, la princesa Elisabeth consiguió un salvo-conducto que permitió que la joven señora no fuese condenada”.

No fuese ejecutada la sentencia contra ella. Quiere decir, ella, condenada a muerte, sólo pnsaba en los otros, sólo cuidaba de los otros, incluso salvó la vida de una persona. Quiere decir, esas fueron sus últimas horas. Los señores vean la elevación de ese espíritu impregnado de tradiciones y la bestialidad de la crueldad revolucionaria. Ahí los señores tienen dos espíritus, dos mundos en conflicto y podemos medir bien el contraste de una cosa con la otra. Prosigue la narración:

Después de un día de prisión y después de haber el canónigo de Chambertrand administrado los socorros religiosos a todos…”.

Eran sacerdotes que se infiltraban en las prisiones vestidos de legos, y que nadie sabía que eran sacerdotes, y que tenían el heroísmo de hacerse apresar para poder entrar en la prisión. Y entonces ellos daban la absolución etc., porque en esas prisiones era lícito pasar desde una celda para otra. Y ellos entonces cuando veían que las personas estaban condenadas a muerte, ellos con un pretexto u otro, se aproximaban y hacían una señal, y daban la absolución, a veces daban hasta la comunión para las personas; ellos guardaban partículas, celebraban misa, hacían mil cosas extraordinarias en la prisión. Entonces, dice lo siguiente:

“… a las cinco horas de la mañana vinieron a cortarle el cabello a las señoras”.

Era una de las cosas más trágicas que precedía la muerte. Era algo necesario – la guillotina, como Uds. saben, es una lámina que la persona acciona en un punto con una cuerda, y la lámina cae; entonces la víctima está tendida, y la guillotina cae sobre la nuca y corta la espina dorsal. Y la persona muere, porque la guillotina después corta la cabeza entera. Es seguida inmediatamente de la muerte. Es una lámina muy afilada. Pero en el interés del propio condenado, para que la guillotina funcione bien y la persona muera de inmediato, conviene cortar el cabello; incluso a los hombres los rapaban completamente por detrás de la cabeza porque a veces unos pocos cabellos pueden constituir un obstáculo para la guillotina.

Entonces, era del interés del condenado y también era del interés de la Revolución, porque ellos mataban tanta gente en el mismo día, por lo que, para que los grupos de presos fueren rápidamente despachados, era preciso que la lámina no se detuviese para poder matar a muchos. Entonces, en la víspera o, a veces, en la misma mañana, venían los carceleros con tijeras o con navajas y los rapaban. Sobre todo las señoras, que en ese tiempo usaban el cabello comprimido, entonces les rapaban completamente la nuca. Y aquel metal deslizándose por la nuca era el precursor de aquel otro metal que de aquí a poco vendría y que iría hacer un servicio bien diferente.

Nos podemos imaginar la impresión de las personas viendo llegar —pongámonos en el lugar de ellos— por ejemplo, la navaja y acariciar la nuca y después preguntar para el interesado: “¿Está bien?” – Pasa la mano: “Vea aquí tiene unos cabellos todavía…”. Se comprende que no es poca cosa… ¡es terrible! Después, para las señoras hacían como que una toilette fúnebre: vestían completamente de blanco. Amarraban las manos de todas las víctimas atrás y eran empujadas a los puntapiés, en carretas, donde iban de pie, con una multitud asistiendo. En la multitud, de cuando en cuando, había un sacerdote. Y el sacerdote, desde una ventana, desde un lugar disfrazado —ellos ya sabían— quedaban mirando.

El sacerdote hacía una bendición, una absolución última que era, evidentemente, un precioso aliento para quien fuese caminando para la muerte. Entonces, en la mañana venían los empleados de la prisión para cortar los cabellos de todos, sobre todo de las señoras y de la princesa Elisabeth.

“… a las cinco horas de la mañana vinieron a cortar los cabellos de las señoras. Después las carretas siguieron para el local de la ejecución”.

La guillotina quedaba en medio de una plaza pública, enorme, y todo cuanto era revolucionario asistiendo; cuando la cabeza caía, había un orificio en la tarima, caía en una cesta en el suelo. Y los cuerpos eran lanzados al lado. Después los cuerpos eran apilados en una carreta los cuerpos y las cabezas y todos lanzados en una fosa común del cementerio.

Llegando a la plaza de la guillotina, los condenados se sentaron en banquillos, esperando la llamada de sus nombres”.

Los banquillos quedaban en lo alto, en la tarima. Había una tarima, una especie de estrado, donde quedaba la guillotina. Y los banquillos quedaban en lo alto.

Madame de Crussol fue la primera en ser llamada”.

Vean la grandeza de eso delante de un pueblo igualitario. Lo que va a relatar ahora.

Antes, sin embargo, de llegar hasta la guillotina, se aproximó a la princesa y la saludó como se hacía en la corte”.

Una gran reverencia. ¿Son o no son dos mundo completamente diferentes? El mundo del respeto, el mundo de la veneración, el mundo de la humildad, de un lado; el mundo del orgullo, el mundo del paganismo, el mundo de non servían del otro lado.

La princesa Elisabeth, a cada señora que iba a morir, respondía con una inclinación de la cabeza, llamaba a la señora y la besaba. Después de eso la señora subía. La escena era de una tal majestad que los revolucionarios no osaban hacer nada”.

Porque hay realmente ciertas cosas que no son posibles. ¡No es posible! Delante de la muerte, delante de aquella canallada revolucionaria, un tal coraje de una señora, que corría el riesgo de llevar una paliza antes de morir. Y aquella profunda reverencia y el beso de la princesa, y todo hecho con aquella suavidad de maneras del Ancien Régime, aquel beso en que se tocaban dos cabezas que de ahí a poco irían a rodar, los señores están comprendiendo lo que eso significa.

Su gesto fue repetido por todas las otras señoras; después vinieron los hombres que hacían una profunda reverencia delante de la princesa; algunos llegaron a doblar las rodillas delante de ella. Ella también respondía, ellos subían y eran también decapitados. Fue la última recepción de Elisabeth de Francia, y fue la última vez que ella aplicó el protocolo de la corte francesa. Por ocasión de cada ejecución, la princesa rezada en voz alta el De produndis”.

De profundis es un salmo que dice: “Desde lo profundo del abismo en que me encuentro, Señor, Señor, elevo mi voz; que vuestros oídos sean accesibles a la voz de mi aflicción”, etc.; se canta, es un salmo que la Iglesia reza por los moribundos o por los difuntos.

La multitud aullaba de satisfacción y el joven Calixto de Montmorin gritaba alto: ¡Viva el Rey!

Son dos mundos. Es la confrontación de dos mundos. Ése era un chouan, era el caballero de los antiguos tiempos, era el héroe que sustentaba la fe de la tradición, en cuanto los otros pertenecían al mundo comunista que estamos viendo aquí, que era apoyado por otro hombre, que iba a ser ejecutado también, llamado Batista Dubois.

Cuando la última víctima se inclinó delante de la princesa, ella dijo con entusiasmo: Coraje y fe en la misericordia de Dios. Ella fue la última en llegar al cadalso. En el momento en que iban a amarrarla a la tabla…”

Porque la víctima era amarrada a una tabla.

“… en el momento en que ella iba a ser amarrada a la tabla, un echarpe…”

Quiere decir, uno de esos mantos o especie de bufanda para enrollar en el cuello.

“… de lino que ella tenía se cayó, dejando aparecer en el cuello una medalla con el Inmaculado Corazón de María. El ayudante del verdugo quiso robar el echarpe, pero la princesa, con voz emocionada…”

Es la primera vez que ella manifiesta emoción a lo largo de todo este drama.

“… exclamó lo siguiente:…”

No nos podemos imaginar en lo que ella estaba pensando en el momento de morir; ¿Cuál es el pensamiento de ella? Ella exclamó lo siguiente:

En nombre de vuestra madre, Monsieur, cubridme”.

Era un pensamiento de pudor. Ella no quería que ninguna parte de su cuerpo fuese vista. Entonces, ella quedó naturalmente con alguna parte del pecho descubierto, y viendo que era un miserable a quien nada podía pedir en nombre de Dios, ella procuró en aquella hora una fibra humana que aún hubiese en aquél canalla. Y ella le dijo con mucha cortesía, llamando de “Monsieur” (Señor) a un bandido de aquellos. Dice: “Monsieur, en nombre de su madre, cubridme”. ¡Estamos viendo cuánta presencia de espíritu! ¡de pudor! ¡cuánto recato! Compárese eso con las modas de hoy y podremos comprender la decadencia del mundo después de la Revolución francesa.

Fueron sus últimas palabras, eco de toda su vida, hecha de dignidad y de pureza. Se produjo entonces un hecho extraño. Después de su muerte, no se hizo oír el toque de tambores”.

Inmediatamente después de que el ejecutado moría, se tocaba un tambor y el pueblo aullaba. Pero la muerte de ella produjo una tan impresión que ni la canallada revolucionaria osó tocar el tambor. Quedaron todos paralizados, quietos.

Ni se oyó aullido y el grito de ‘viva la república’. El capitán que debía dar la señal para los tambores, cayó desfallecido y de ahí fue cargado ya medio paralítico y agonizante. Un silencio impresionante se impuso sobre la multitud estupefacta, y todos los primeros biógrafos de la princesa repiten que se sintió —como ocurre a veces en la muerte de los santos— un penetrante perfume de rosa sobre toda la plaza de la Revolución”.

*        *        *

Yo recuerdo otro episodio muy bonito de la Revolución, y con eso yo termino el “Santo del día” de hoy. Está en esa línea: es la muerte de Luis XVI. Luis XVI fue ejecutado antes que ella. Él era un hombre extraordinariamente corpulento. Era un atleta. Y fue llevado de la prisión hasta la guillotina, en un coche, con un sacerdote. La historia de ese sacerdote es curiosísima. Ese padre era un padre de origen escocés, se llamaba Edgeworth de Firmont (1745 – 22-5-1807).

Era de una familia escocesa expulsada de Escocia por los protestantes, y que unas tres o cuatro generaciones antes fueron a vivir a Francia. Y en la familia de ese padre siembre hubo una tradición medio profética de que ellos tendrían un descendiente que iría a dar los últimos sacramentos al rey de Francia, preso. Cuando el rey de Francia fue condenado a muerte, él, con el riesgo de su vida se aproximó, pidió a las autoridades revolucionarias para que le permitieran dar la absolución al rey. No se sabe cómo, pero las autoridades permitieron que él entrase y acompañase al rey, dentro del carro, hasta la guillotina.

Cuando los dos llegaron en el carro hasta la guillotina, descendieron y el verdugo fue al encuentro del rey para amarrarle las manos al rey, porque se hacía eso con los prisioneros que iban a ser muertos. Cuando el verdugo llegó, el rey consideró que aquello era una insolencia, y agarró al verdugo con las dos manos y le dijo: “Eso no”, e inmovilizó al verdugo. Y el rey se volteó para el padre y le dijo: “Señor cura, ¿qué piensa el Señor de eso? El padre le dijo: “Si vuestra majestad permitiese que sus manos fuesen amarradas, será más una semejanza entre su muerte y la de nuestro Señor Jesucristo”. Inmediatamente soltó al verdugo y extendió las manos que fueron amarradas y él subió hasta donde estaba la guillotina…

Ahí tenemos el espíritu de las cosas. Podemos comprender en flashes vivos lo que es la Revolución y lo que es la Contrarrevolución. Lo que fue una época que terminó, pero que dejó un filón del cual somos un prolongamiento vivo, y una época que entró y que produjo este mundo de horrores que estamos viendo aquí. Ahí está un flash de un “Santo del día”.



El presente texto es una adaptación resumida de la transcripción de la grabación de una conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, no ha sido revisada por el autor.
Si él  viviese, ciertamente pediría que se colocase explícita mención de su filial disposición a rectificar cualquier discrepancia en relación al magisterio de la Iglesia,  con sus propias palabras:  “Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial celo a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, por lapso, ocurra que algo no está conforme a aquella enseñanza, desde ya la rechaza categóricamente”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que les da el Prof. Plínio Corrêa de Oliveira en su libro “Revolución y Contra-Revolución


(*) Los santos del día eran unas breves reuniones en las que el Prof. Plinio Correa de Oliveira comentaba relacionado con el santo de aquel día. Texto no revisado por el autor.