martes, 20 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN FABIAN, PAPA Y MARTIR Y SAN SEBASTIAN, MARTIR

Los honores de este día recaen sobre dos grandes Mártires: el uno, Pontífice de la Iglesia de Roma; el otro, hijo de esta Iglesia Madre. Fabián recibió la corona del martirio el año 250 bajo la persecución de Decio; Sebastián en la de Diocleciano el año 288. Consideraremos por separado los méritos de ambos atletas de Cristo.


Imitando a sus predecesores San Clemente y San Antero, el Papa Fabián tuvo especial empeño en hacer redactar las Actas de los Mártires; pero la persecución de Diocleciano que hizo desaparecer un gran número de estos preciosos monumentos, nos privó del relato de sus sufrimientos y de su martirio. Sólo han llegado hasta nosotros algunos rasgos de su vida pastoral; pero podemos hacernos una idea de sus virtudes por el elogio que de él hace San Cipriano, llamándole varón incomparable, en una carta que escribió al Papa San Cornelio, sucesor de Fabián. El Obispo de Cartago alaba también la pureza y santidad de vida del Pontífice que supo dominar con frente serena las tempestades que agitaron a la Iglesia de su tiempo. Nos complacemos contemplando aquella cabeza digna y venerable, sobre la que se posó una paloma para señalar al sucesor de Pedro, el día en que se reunió el pueblo y el clero de Roma para la elección de Papa, después del martirio de Antero. Esta semejanza con el hecho de la manifestación de Cristo en el Jordán por medio de la divina paloma, hace todavía más sagrado el carácter de Fabián. Depositario del poder de regeneración que existe en las aguas después del bautismo de Cristo, fué celoso propagador del cristianismo, y la Iglesia de las Galias tiene que reconocer en muchos de sus principales fundadores, a los Obispos que el consagró para anunciar la fe en distintos países.


De esta manera transcurrieron, oh Fabián, los días de tu Pontificado, largos y tempestuosos. Presintiendo la futura paz que Dios reservaba a su Iglesia, no consentiste que se perdieran para los siglos venideros los grandes ejemplos de la era de los mártires, y por eso trató, tu solicitud de conservarlos. Gran parte de los tesoros por ti reunidos para nosotros, fueron pasto de las llamas; apenas si nos es dado reunir algunos detalles de tu propia vida; pero sabemos lo suficiente para alabar a Dios por haberte escogido en tan difíciles tiempos, y para celebrar hoy el triunfo glorioso logrado por tu constancia. La paloma que te señaló como elegido del cielo al posarse
sobre tu cabeza, te eligió por Cristo visible de la tierra, preparándote para las solicitudes y el martirio, e indicando a toda la Iglesia que debía reconocerte y escucharte. ¡Oh Santo Pontífice, ya que en esto fuiste semejante al Emmanuel en su Epifanía, ruégale por nosotros para que se digne manifestarse más y más a nuestras almas y corazones!
* * *
Coloca Roma a la cabeza de sus glorias y después de los Apóstoles Pedro y Pablo, a dos de sus valientes mártires, Lorenzo y Sebastián, y a dos de sus más ilustres vírgenes, Cecilia e Inés. Pues bien, el tiempo de Navidad reclama una parte de esta noble corte para hacer los honores a Cristo recién nacido. Lorenzo y Cecilia aparecerán a su vez acompañando a otros misterios; el día de hoy, Sebastián, el jefe de la guardia pretoriana es llamado a prestar servicio junto al Emmanuel; mañana será admitida Inés al lado del Esposo a quien dedicó todas sus preferencias.
Imaginémonos a un joven, rompiendo todos los lazos que le ataban a Milán su patria, por el único motivo de que allí no arreciaba la persecución con tanta fiereza, mientras que en Roma la tempestad bramaba violentamente. Teme por la constancia de los cristianos, y sabe que en distintas ocasiones los soldados de Cristo, cubiertos de la armadura de los soldados de César, se introdujeron en las prisiones y animaron el valor de los confesores. Es la misión que ambiciona, en espera del día en que él mismo pueda alcanzar la palma. Acude, pues, en ayuda de aquellos a quienes habían quebrantado las lágrimas de sus padres; los carceleros afrontan el martirio, cediendo al imperio de su fe y de sus milagros, y hasta un magistrado romano solicita ser instruido en una doctrina que comunica tanto poder a los hombres. Colmado de distinciones por Diocleciano y Maximiano Hércules, dispone Sebastián en Roma de una influencia tan favorable al cristianismo, que el Papa Cayo le proclama Defensor de la Iglesia.
Por fin, después de haber enviado innumerables mártires al cielo, el héroe consigue también la corona, objeto de sus deseos. Cae en desgracia de Diocleciano por su valiente confesión, pero prefiere la gracia del Emperador celestial a quien únicamente servía bajo el casco y la clámide. Entréganle a los arqueros de Mauritania, quienes le despojan, encadenan y traspasan con sus flechas. Y aunque le devuelven a la vida los piadosos cuidados de Irene, es sólo para expirar bajo los golpes, en un hipódromo contiguo al palacio de los Césares.
Así son los soldados de nuestro Rey recién nacido; pero, ¡con qué esplendidez son por El recompensados! La Roma cristiana, capital de la Iglesia, se levanta sobre siete Basílicas principales, como la antigua Roma sobre siete colinas: uno de estos siete santuarios se honra con el nombre y la tumba de Sebastián. La Basílica de Sebastián se asienta en la soledad, fuera de las murallas de la ciudad, sobre la Vía Apia; guarda también el cuerpo de San Fabián, pero el honor principal de este templo es para el soldado que quiso ser enterrado en este lugar, como fiel guardián de los cuerpos de los Santos Apóstoles, junto al pozo donde fueron ocultados durante muchos años para sustraerlos a las pesquisas de los perseguidores.
Como recompensa al celo de San Sebastián por la salvación de las almas que con tanto cuidado trató de preservar del virus del paganismo, Dios le concedió ser abogado del pueblo cristiano contra el azote de la peste. Este poder del santo Mártir se experimentó en Roma desde el año 680, en el Pontificado de San Agatón
Oh valeroso soldado del Emmanuel, ahora descansas a sus plantas. Mira desde lo alto del cielo a la cristiandad que celebra tus triunfos. En este período del año apareces como fiel guardián de la cuna del Niño divino; el cargo que ejercías en la corte de los príncipes de la tierra lo desempeñas ahora en el palacio del Rey de reyes. Dígnate elevar hasta allí y presentar nuestros votos y oraciones.
¡Con cuánto agrado acogerá el Emmanuel tus peticiones, pues con tanto fervor le amaste! En tu ardor por derramar tu sangre en su servicio, no te bastó una palestra ordinaria; necesitabas ir a Roma, aquella Babilonia ebria de la sangre de los Mártires, como diría San Juan. Y no es que quisieras solamente subir rápido al cielo; tu celo por tus hermanos te tenía preocupado por su constancia.
Complacíaste penetrando en las mazmorras, donde entraban todos destrozados por los tormentos, y allí acudías a animar su generosidad vacilante. Diríase que tenías orden de formar la milicia del Rey celestial, y que no debías entrar en el cielo si no en compañía de los guerreros escogidos por ti para la guardia de su persona. Por fin ha llegado el momento de pensar en tu propia corona; ha sonado la hora de la confesión. Pero, para un atleta como tú, oh Sebastián, no basta un solo martirio. En vano han gastado sus flechas los arqueros en tus miembros; la vida no se va de tu cuerpo; la víctima queda dispuesta para el segundo sacrificio. Así eran los cristianos de los primeros tiempos, y nosotros somos hijos suyos. Atiende, pues, oh guerrero del Señor, a la extremada flaqueza de nuestros corazones, donde languidece el amor de Cristo; ten piedad de tus últimos descendientes. Todo nos asusta, todo nos abate, y con mucha frecuencia somos enemigos de la cruz, aun sin darnos cuenta. No debemos echar en olvido, que no podremos habitar al lado de los Mártires si nuestros corazones no son generosos como los suyos. Somos cobardes en la lucha con el mundo y sus vanidades, con las inclinaciones de nuestro corazón, y el instinto de los sentidos, y después que hacemos con Dios una paz fácil, sellada con la garantía de su amor creemos que ya no tenemos otra cosa que hacer, sino caminar suavemente hacia el cielo, sin pruebas y sacrificios voluntarios. ¡Oh Sebastián, líbranos de semejantes ilusiones! despiértanos de nuestro letargo; y para lograrlo aviva el amor que duerme en nuestros corazones.
Protégenos contra la peste del mal ejemplo y contra el influjo de las ideas mundanas que se deslizan bajo la falsa apariencia de cristianismo. Haznos celosos de nuestra santificación. Cautos contra nuestras malas inclinaciones, apóstoles de nuestros hermanos, amigos de la cruz, y despegados de nuestro propio cuerpo. En virtud de las flechas que atravesaron tus miembros, aleja de nosotros los dardos que nos lanza el enemigo en la oscuridad.
Ármanos, oh soldado de Cristo, con la armadura de que nos describe el gran Apóstol en su Epístola a los Efesios (VI, 13-17); coloca sobre nuestro pecho la coraza de la justicia, que le protegerá contra el pecado; cubre nuestra cabeza con el casco de la salud, es decir, con la esperanza de los bienes futuros, esperanza que dista igualmente de la desconfianza y de la presunción; pon en nuestro brazo el escudo de la fe, duro como el diamante, contra el que vengan a chocar las tentaciones del enemigo, cuando trate de invadir nuestro espíritu para seducir nuestro corazón; pon, finalmente, en nuestra mano la espada de la palabra divina, con la que venceremos todos los errores y cortaremos todos los vicios; porque el cielo y la tierra pasan, pero la Palabra de Dios queda como regla y esperanza nuestra.

Defensor de la Iglesia, llamado así por boca de un santo Papa mártir, levanta también ahora tu espada para defenderla. Derriba a sus enemigos, descubre sus pérfidos planes; danos la paz que tan raras veces disfruta la Iglesia, y que le sirve para prepararse a nuevos combates. Bendice a las armas cristianas cuando tengan que entrar en lucha contra enemigos externos. Ampara a Roma que venera tu sepulcro; salva a Francia que durante mucho tiempo se glorió de poseer una parte de tus sagrados restos. Aleja de nosotros el azote de la peste y las enfermedades contagiosas; escucha la voz de los que, todos los años, te solicitan la conservación de los animales que el Señor dió al hombre para que le ayuden en sus trabajos. Finalmente, asegúranos por tus oraciones, el descanso de la vida presente, pero sobre todo los bienes eternos.

Fuente:El Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranger

S A N T O R A L

Madonna del Miracolo

 Nuestra Señora del Milagro

Plinio Corrêa de Oliveira
      En 1842, un hombre judío francés, de 28 años de edad, llamado Alfonso Ratisbonne estaba de visita en Roma. Él era el hijo menor de una importante familia de banqueros de Estrasburgo con una estrecha relación con los Rothschild. Como sucede a menudo con los judíos de Europa, una familia toma el nombre de una ciudad. El francés Ratisbonne viene de Ratisbona, el nombre latino de Regensburg, una famosa ciudad alemana cercana a Munich. Alfonso era un judío por raza y religión, virulentamente anticatólico y libertino en sus costumbres.

La Medalla Milagrosa que Ratisbonne llevaba
cuando la Virgen se le apareció
      Alfonso Ratisbonne estaba haciendo una gira por Europa y Oriente antes de decidirse a casarse con su prima Flore y asumir una alianza con el banco de su tío. Por coincidencia terminó en Roma en lugar de Palermo como lo había previsto siendo bien recibido por el círculo diplomático francés que residía allí. A regañadientes tuvo que reunirse con el barón Theodore de Bussières, un ferviente católico. A pesar de que el judío parecía bastante lejos de cualquier conversión, el barón, sin dejarse desalentar por su sarcasmo y blasfemia, vio en él a un futuro católico y lo animó en sus visitas.

      Una tarde, durante una animada conversación en la que Ratisbonne ridiculizaba las supersticiones de la religión católica, el barón desafió a Ratisbonne a someterse a una simple prueba de ponerse la Medalla Milagrosa. Sorprendido, pero con ganas de demostrar la ineficacia de tales adornos religiosos, Ratisbonne consintió y permitió que la joven hija del barón le pusiera la medalla alrededor de su cuello. El barón de Bussières también insistió en que Ratisbonne recitase la oración "Acordaos" (Memorare) una vez al día. Ratisbonne prometió diciendo: “Si no me hace un bien, al menos no me hará ningún daño”.

      El barón y un cercano círculo de aristocráticos amigos aumentaron sus oraciones por el escéptico judío. Es notable destacar que entre ellos había un devoto católico que estaba gravemente enfermo, el conde Laferronays, que ofreció su vida por la conversión del “joven judío”. En el mismo día Laferronays entró en una iglesia y rezó más de 20 Memorares por esta intención, sufrió una ataque al corazón, recibió los últimos sacramentos, y murió.     

      Al día siguiente, su amigo el barón de Bussières iba en camino para organizar el funeral del conde en la Basílica de San Andrea delle Fratte y se encontró con Ratisbonne. Él le pidió que lo acompañara y que lo esperase en la iglesia mientras organizaba algunos asuntos con el sacerdote en la sacristía.

      Ratisbonne no acompañó a su amigo a la sacristía. Deambuló por la iglesia admirando los bellos mármoles y diversas obras de arte. Mientras estaba de pie ante un altar lateral dedicado a San Miguel Arcángel, Nuestra Señora de repente se le apareció. Era 20 de enero 1842.

      De pie sobre el altar, la Virgen se le apareció con una corona y una sencilla túnica larga blanca con un cinturón enjoyado alrededor de su cintura y un manto azul-verde que le cubría el hombro izquierdo. Ella lo miró afablemente; sus manos estaban abiertas y de ellas salían rayos de gracias. Su porte era muy real, no sólo por la corona que llevaba. Su altura y elegancia daban la impresión de una gran dama, plenamente consciente de su propia dignidad. Ella transmitió su grandeza y misericordia en un ambiente de gran paz. Ella tenía algunas de las características de Nuestra Señora de las Gracias. Alfonso Ratisbonne vio esta figura y comprendió que él estaba delante de una aparición de la Madre de Dios. Se arrodilló ante ella y se convirtió.

      Al regresar de la sacristía, el barón se sorprendió al ver al judío orando fervientemente de rodillas delante del altar de San Miguel Arcángel. Se acercó a su amigo y Ratisbonne le pidió inmediatamente que fueran donde un confesor para que pudiera recibir el bautismo. Once días después, el 31 de enero recibió el bautismo, la confirmación y la primera comunión de manos del cardenal Patrizi, el vicario del papa.

      Su conversión tuvo enormes repercusiones en toda la cristiandad. Todo el mundo católico se dio cuenta de ello y quedó impresionado. Después, Ratisbonne se convirtió en sacerdote jesuita. Diez años más tarde, él y su hermano Teodoro, quien también se convirtió del judaísmo, fundaron una congregación religiosa —la Congregación de Sion— dedicada a la conversión de los judíos.

LA IMPORTANCIA DEL MILAGRO   


      Poco después de la aparición, en base a la descripción del P. Ratisbonne, se pintó un cuadro que representaba a la Virgen como se le había aparecido ese día en San Andrea delle Fratte. Cuando se completó el cuadro, él lo vio y dijo que representaba vagamente la belleza de la aparición que había visto. Esto no es difícil de creer puesto que la belleza real de Nuestra Señora debe superar cualquier mera representación. La imagen fue colocada en el lugar exacto donde se le había aparecido, y se hizo conocida como la Madonna del Miracolo, la Virgen del Milagro, en referencia al doble milagro, su aparición y la conversión instantánea de Alfonso Ratisbonne.

      Obviamente, esa aparición representó un gran beneficio para el alma de Ratisbonne. También representó un beneficio para la Iglesia Católica con la fundación de la Congregación de Sion, con su misión especial para trabajar por la conversión de los judíos. Esta congregación expresa bien la posición de la Iglesia hacia los judíos. Su posición no es odiar a los judíos, sino defenderse de sus ataques. En la medida en que atacan a la Iglesia, ella se defiende. Pero por encima de todo, ella desea su conversión, la erradicación del judaísmo como religión, y la entrada de los judíos en la Iglesia Católica, que es la verdadera continuación de la nación escogida.

      Pero en el contexto doctrinal y psicológico de aquellos tiempos, el milagro con Ratisbonne tuvo un significado más profundo. En el siglo XIX, la Revolución estaba promoviendo fuertemente el racionalismo, una escuela de pensamiento que hoy se ha vuelto obsoleta. En aquel entonces, la Revolución enfatizaba el siguiente punto: el hombre racional, el hombre que trata de determinar todo de acuerdo a la razón, no puede encontrar los apoyos necesarios en la razón para creer que Dios existe, que la Iglesia Católica es la religión verdadera, y que fue fundada por Jesucristo. Por lo tanto, la Revolución concluyó que todo el edificio de la doctrina católica no puede ser aceptado por la razón humana.

      Estas afirmaciones revolucionarias eran sólo mitos, como la mitología romana o las leyendas de los pueblos indígenas y africanos. La mayoría de los argumentos racionalistas eran argucias o sofismas, con sólo unos pocos procedimientos sacados de argumentos capciosos. Pero debido a que la Revolución insistió sin descanso en esos puntos y presentó un torrente de objeciones a la doctrina católica, muchas personas de ese tiempo perdieron su fe.

      Para contrarrestar esta ola incesante de ataques contra la fe católica, la Virgen se apareció e hizo milagros en varios lugares.

      El milagro de la conversión de Ratisbonne  que ocurrió en Roma impactó en toda la cristiandad. En aquellos tiempos no existía este ecumenismo maldito que estamos presenciando hoy. En ese tiempo, la separación de las religiones era mucho más profunda y, por lo tanto, era también el abismo que separa la verdad del error, y el bien del mal. Un judío rico e influyente, con absolutamente ninguna razón para favorecer a la Iglesia Católica, de repente se convirtió porque vio a la Virgen. Él dio prueba de su sinceridad al renunciar a sus posiciones en el mundo y romper con sus ventajosos compromisos. Abrazó la vida religiosa y fundó una congregación religiosa para convertir a los otros judíos y luchar contra el judaísmo. Es imposible imaginar una prueba más objetiva de la verdad de la aparición. Este episodio tuvo un enorme impacto en toda Italia y Francia, y luego en todo el mundo católico.

      Ello fue evidentemente un milagro, un milagro que cayó del cielo como una gota de agua sobre una humanidad sedienta que estaba siendo influenciada por los mitos racionalistas de la Revolución.   

      La divina Providencia había hecho algo muy similar ya en 1830 con las apariciones en Rue du Bac (París) a Santa Catalina Labouré. Allí, entre otras cosas, la Virgen le dio al mundo la Medalla Milagrosa, abriendo un torrente de gracias y milagros para la humanidad. Nuestra Señora también se apareció en la gruta de Lourdes en 1858, y poco después hubo informes de muchos milagros de curaciones para los que se bañaban en sus aguas. Los milagros de Lourdes constituyen la serie más larga de milagros que se hayan producido en la historia de la Iglesia. Insertado en esta secuencia general, está la aparición de la Madonna del Miracolo a Alfonso Ratisbonne.

      Esta serie de apariciones y milagros fue el golpe que Nuestra Señora eligió para darle a la Revolución en ese momento. Ella contraatacó con una estrategia hábil, muy bien calculada. Fue su manera de aplastar la cabeza de la serpiente. La misma cabeza del judaísmo fue aplastada por el testimonio público de un importante judío que afirmó que la Iglesia Católica es verdadera.

      Debemos, por lo tanto, analizar los milagros que la divina Providencia da, para buscar la norma más alta que los rige. Los milagros se hacen más frecuentes en las épocas cuando son más necesarios.

EL MILAGRO QUE ES NECESARIO PARA HOY


      Hoy hemos llegado a la situación en la que la acción del diablo es cada vez más evidente con cada día que pasa. Me refiero no sólo a la aparición de los OVNIS y la revolución hippy. Está claro, en mi opinión, que estos fenómenos están vinculados a una invasión preternatural del demonio.

      Me refiero también a la muerte de la racionalidad en la opinión pública. Los hombres de hoy efectivamente detuvieron la manera del uso de su razón —como lo hicieron en los años 80 y 90— y actúan solamente por impulsos temperamentales, lo que es algo que no puede explicarse sino por una acción especial del diablo. Él está haciendo un enorme esfuerzo para mantener la Revolución en marcha, a pesar de su incapacidad para convencer a la opinión pública. Ya que no podemos explicar esta acción preternatural, también es difícil combatirla de manera eficiente. Esta acción demoníaca continúa creciendo y está alcanzando un ápice de tal manera que a mí me parece que es necesario un milagro asombroso.

      ¿Qué clase de milagro será? ¿Cuál sería el milagro que podría mover al hombre contemporáneo a volver a la fe católica? Los misteriosos designios de Dios van más allá del conocimiento del hombre. Pero esto no nos impide especular sobre la base de lo que Él ha hecho en el pasado.

      El hombre contemporáneo ha alcanzado una dureza tal de corazón que ya no es tocado por los milagros como el que ocurrió con Ratisbonne, ni con la serie de milagros en Lourdes.

      En mi opinión, son necesarios dos milagros:
      Primero, necesitamos de un milagro que mueva a los buenos católicos a no tener miedo a estar en desacuerdo con la opinión prevaleciente en el medio revolucionario que los rodea. Deben ser indiferentes ante esa opinión. Además, deben tomar la ofensiva en contra de ella. Esta es la primera parte de lo que es necesario. Eso fue lo que sucedió en Pentecostés. Lenguas de fuego aparecieron sobre los Apóstoles, y ellos dejaron el Cenáculo con el coraje de enfrentar a todos. Antes de esto, eran cobardes, pero con ese milagro se convirtieron en combatientes invencibles.
      ¿Fue algo interior o exterior lo que tuvo lugar allí? No lo sé. Toda la ciudad de Jerusalén escuchó una enorme explosión de sonido que venía del Cenáculo. Por lo tanto, parece que no fue sólo una acción interior dentro de sus almas, sino que estuvo precedida o seguida por algún milagro exterior. Lo que realmente sucedió allí no lo sabemos. Pero dado que hoy se conmemora a la Madonna del Miracolo, deberíamos pedirle a la Virgen que nos dé un milagro similar para transformarnos en los apóstoles de los Últimos Tiempos predicho por San Luis Grignon de Montfort.
      Segundo, esta intervención divina debería ser un castigo que caiga sobre el mundo por su aceptación y sus concesiones con la Revolución, y en especial por el pecado cometido dentro de la Iglesia Católica. Para ser más claro, por haber aceptado el progresismo dentro de la Iglesia, incluso en sus más altas cumbres.
      Me estoy refiriendo al castigo que Nuestra Señora predijo en Fátima en el que muchas naciones desaparecerán. El milagro del sol que dejó su órbita y se precipitó sobre la tierra parece prefigurar un castigo cósmico donde el equilibrio del sol puede ser modificado en obediencia a un mandato de la Virgen. ¿Cuáles serían las consecuencias en nuestro sistema solar si el sol se sacudiera y cambiara su curso por un corto período de tiempo? Tal desequilibrio cósmico podría producir todo tipo de catástrofes meteorológicas sobre la faz de la tierra, la destrucción de un sinnúmero de cosas y personas.
      Incluso después de eso, muchas de las personas que sobrevivieren a esas catástrofes todavía necesitarían el milagro de la conversión como el que experimentó Ratisbonne.
      Ambas perspectivas apuntan a grandiosos milagros necesarios para hacer que los hombres contemporáneos vuelvan al camino correcto y hagan posible el Reino de María, como Nuestra Señora predijo en Fátima.
      Con el fin de estar preparados para ese tipo de milagros, yo les aconsejaría rezar el Acordaos, la oración que rezó Ratisbonne antes de su conversión. Debemos orar a menudo, pidiéndole a la Virgen del Milagro que nos de estos dos milagros y obtenga la victoria de la Santa Iglesia sobre la Revolución.

Nuestra Señora del Milagro

Múltiples fueron las formas de devoción a la Madre de Dios que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira cultivó durante su vida. Siempre llevó consigo una Medalla Milagrosa y rezaba con mucha frecuencia el Acordaos. En cierta ocasión, en que recordó la conversión de Alfonso Ratisbona, dirigió a la Virgen María estas palabras: 
“Oh Inmaculada Madre de Dios, Madonna del Miracolo, que quisisteis conquistar con un singular prodigio de vuestra misericordia al israelita Alfonso, acoged las súplicas que os presentamos con confianza, como un día acogisteis las súplicas de aquellos que a Vos recurrieron pidiendo la conversión del hijo judío. Obtenednos también una sincera y total conversión a la gracia y todos los bienes del alma y del cuerpo.
“Vuestra clemencia triunfó sobre Ratisbona, persuadiéndolo para que reciba el bautismo y se empeñe con voluntad seria en la observancia de los Mandamientos. Por esta conquista de vuestro amor, obtenednos la perseverancia en el cumplimiento de las promesas del bautismo. Haced que ningún obstáculo se interponga a nuestra observancia de los preceptos de Dios y de la Iglesia.
“Vuestras manos resplandecientes son el símbolo de las innumerables gracias que con maternal bondad dispensáis profusamente sobre la Tierra. Haced resplandecer también sobre nosotros un rayo de vuestra misericordia”.

lunes, 19 de enero de 2026

S A N T O R A L

Los SANTOS MARIOMARTAAUDIFAX y ABACÚMÁRTIRES

En tiempo del emperador Claudio, segundo de este nombre, vino á Roma un caballero persiano, que se llamaba Mario, juntamente con su mujer Marta y dos hijos, que tenían, llamados Audifax, y Abacú, todos cuatro cristianos, y grandes siervos de Dios. El motivo que tuvieron para venir, fué el visitar los santuarios y reliquias de aquella santa ciudad, particularmente los cuerpos de los príncipes de los apóstoles san Pedro y san Pablo, que en ella son reverenciados. Llegados á Roma, cumplieron con su devoción, y después se dieron á visitar, socorrer y consolar á los cristianos, que estaban detenidos en las cárceles, que en aquella sazón cruelmente eran atormentados. Animábanlos con sus palabras: sustentábanlos con sus limosnas: servíanlos con sus personas; y á los que morían por la fé, sepultábanlos con gran devoción y ternura: la cual era tanta, que una vez entre otras, habiendo ido á la cárcel, y lavado los pies á los cristianos que allí estaban, echaron sobre sus cabezas el agua con que los habían lavado, por haber tocado los pies de los que padecían por Cristo. Andando ocupados en estas santas obras con tanto afecto, y devoción, fueron presos por mandado del emperador, el cual quiso persuadirles, que adorasen á sus falsos dioses, y se apartasen de la fé de nuestro Señor Jesucristo; y hallándolos firmes, y constantes, y aparejados á morir, antes que hacer cosa tan sacrílega y detestable, cometió la causa de ellos á un teniente suyo llamado Musciano, para que los atormentase, y diese la muerte. Musciano mandó desnudar al padre, y á los dos hijos, y en los ojos de Marta herir sus cuerpos terriblemente con varas,y después extenderlos en el ecúleo, y abrasar con hachas ardientes sus costados, y rasgar sus cuerpos con peines de hierro; y en todos estos tormentos estaban los santos con grande alegría, alabando y glorificando al Señor, por cuyo amor padecían. Y no era menor el regocijo de la santa mujer y madre, que con alegre rostro les decía: Estad fuertes, hijos míos. Cortáronles después las manos, y colgadas al cuello, los llevaron por la ciudad, con un pregón, que decía: No blasfeméis a los dioses; y ellos respondían: No son dioses, los que vosotros adoráis, sino demonios, que os engañan, y os echan á perder con vuestro príncipe. Y Marta recogía la sangre, que destilaba de los miembros de su marido, y de sus hijos, ungía con esta su cabeza, con gran júbilo de su alma: tanto era el deseo, que tenia de morir por Cristo. Finalmente sacáronlos fuera de la ciudad, y en un arenal les cortaron las cabezas, y quemaron sus cuerpos, para que no fuesen honrados de los cristianos, y á Marta echaron en un pozo, donde murió. Tomó los cuerpos de los tres santos medio quemados una santa matrona, llamada Felicitas, y dióles sepultura en una heredad suya; y sacado el cuerpo de Marta del pozo, le puso con el de su marido y de sus hijos á los 19 días de enero del año del Señor de 270, en el cual la Iglesia celebra la fiesta de estos mártiresy por su intercesión hizo Dios grandes milagros, y muchas mercedes á su pueblo. Después fueron trasladados los cuerpos de los santos á la iglesia de san Adriano mártir, donde en tiempo de Sixto V, sumo pontifico, como escribe el cardenal Baronio, fueron hallados con otros cuerpos de santos, y colocados con grande reverencia, y concurso de todo el pueblo romano.
FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc