lunes, 15 de junio de 2026

S A N T O R A L

SANTOS VITO, MODESTO Y CRESCENCIA, MARTIRES

"SERÉIS MIS TESTIGOS"

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San Vito, por Teoderico de Praga (1365)
El Espíritu divino, que reina en el tiempo después de Pentecostés, es ante todo el testigo del Verbo. El Hombre-Dios le anunció con este título al mundo que él tenía que abandonar para volver al Padre, después de haber dado él mismo testimonio de la verdad suprema. Formados por el Espíritu Santo conforme a la figura del Hijo del Hombre, los fieles son también testigos, cuyo oficio es destruir la mentira, enemiga de Dios, expresando la verdad en sus palabras y con sus actos. Pero el supremo testimonio, que no a todos se les concede dar, es el de la sangre; los mártires son los privilegiados en esta lucha incesante entre lo verdadero y lo falso, en la cual se halla resumida toda la historia. Era necesario que también ellos brillasen estos días en el cielo. Pronto se regocijará la Iglesia con motivo del nacimiento de Juan el Precursor, el hombre más grande entre los nacidos de mujer cuya grandeza consistió precisamente en ser enviado por Dios para servir de testigo y dar testimonio de la luz. Entonces tendremos ocasión de meditar más detenidamente estos pensamientos, a los cuales parece que quieren prepararnos los alegres grupos de mártires que se van a suceder, como para anunciar la próxima llegada del amigo del Esposo. 

San Vito era natural de Nevano, Sicilia. Mártir junto con Modesto y Crescencia. Las Actas presentan a San Vito como hijo de Hylas, rico y noble senador romano, pagano; su madre Bianca que era cristiana murió al poco tiempo de su nacimiento. Fue guiado por Crescencia -su nodriza- y Modesto -marido de Crescencia y médico de Mazara-, que educaron a Vito en la fe cristiana. El padre del niño al saber que su hijo era cristiano lo denunció ante el juez y después de unas terribles torturas fue encarcelado, pero logró huir milagrosamente a Nápoles junto con el matrimonio de Modesto y Crescencia hacia Lucania y de allí a Roma.

UN SANTO AUXILIADOR

Hoy, acompañado de Modesto y Crescencia, San Vito viene a enseñarnos cuál es el precio del bautismo y la fidelidad que debemos al Padre que está en los cielos. Su gloria es grande tanto en el cielo como en la tierra; los demonios, que temblaban ante él, siguen temiéndole; su nombre permanece inscrito en la memoria del pueblo cristiano, como el de uno de sus más poderosos auxiliadores, junto con San Erasmo, San Vito o San Guido, conserva el poder de librar a los que acuden a él del mal que lleva su nombre. Hace inofensivas las mordeduras de los perros rabiosos y de las serpientes, y se muestra compasivo incluso con los mismos animales. Se le invoca también contra el letargo o sueño muy prolongado; el gallo que le acompaña en algunas representaciones, recuerda esta costumbre, así como también la de invocar al Santo para despertarse a una hora determinada. Es también patrón de los danzantes y comediantes.

VIDA

El culto de San Vito o Guido se remonta a la antigüedad más remota, pero sus Actas han sufrido numerosas interpolaciones y es difícil discernir la verdad de la leyenda. Se cuenta en ellas que padeció el martirio de muy niño en compañía de Modesto, su preceptor, y de Crescencia, su nodriza. El Papa Gelasio dedicó en Roma una Iglesia a San Vito, y en París el Monasterio de San Dionisio se gloriaba de poseer algunas de sus reliquias. Se las cedió después el Monasterio de Corbey, en Sajonia, y desde entonces se hizo muy popular su culto en toda Alemania.

SÚPLICA PARA LA CURACIÓN DE LOS HOMBRES

Noble mártir, que preferiste el Padre del cielo al de la tierra; ¿quién podrá expresar el afecto con que te trata Aquel a quien tan valerosamente confesaste ante los hombres? Quiere que aquí en la tierra brillen en torno tuyo las señales de su munificencia, pues te tiene confiada una gran parte en el ejercicio de su poder misericordioso.
En recompensa a la santa libertad que reinó en tu alma y sometió en completa obediencia tu cuerpo al alma, posees sobre la naturaleza caída un poder maravilloso: los desgraciados, cuyos miembros, agitados desordenadamente por una cruel enfermedad, no conocen la dirección del imperio de la voluntad, los mismos hombres a quienes un sueño muy prolongado los hace casi inconscientes en sus actos, encuentran a tus pies la armonía perfecta del cuerpo y del alma, permitiendo al primero, por su docilidad al alma, vacar a los deberes que tiene para con Dios y la sociedad. Ilustre santo, sé cada día más generoso en el ejercicio de tu don precioso, para bien de la humanidad doliente y mayor gloria de Dios que te ha coronado. 
Te pedimos para todos con la Iglesia, y por tu intercesión pedimos a Dios "que aleje de nosotros todo movimiento de orgullo, que tengamos la humildad, que nos hace agradables a Dios, para que, despreciando lo malo, practiquemos el bien con amor y libertad.

 fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer


domingo, 14 de junio de 2026

S A N T O R A L

SAN ELISEO , PROFETA




Martirologio Romano:
En Samaría o Sebaste, en Palestina, conmemoración de san Eliseo, que fue discípulo de Elías y profeta en Israel, desde el tiempo del rey Jorán hasta los días de Joás. Aunque no dejó oráculos escritos, con sus milagros anunció la salvación que había de llegar para todos los hombres.

Terrible y formidable hombre de Dios, vencedor de los enemigos y bienhechor de los fieles. Testigo de Dios y cumplidor fiel de sus promesas fue el sucesor, discípulo y continuador de la obra de Elías.
Cuando llegó el torbellino, Eliseo clamaba estupefacto ante lo que veían sus asombrados ojos «Padre mío, padre mío». Y es que Eliseo le había ido pidiendo a su maestro que le dejara en herencia sus poderes sobrenaturales; Elías le puso como signo de concesión que pudiera verle en el momento de su arrebato inminente al cielo. El maestro y el discípulo acababan de pasar, andando y por el lecho seco, el río Jordán después de haberlo roto Elías con su manto.

Nació en Abelmeula, de la tribu judía de Manases, en las cercanías de Scytópolis, hijo de Safat. Su nombre significa «salud de Dios». Elías lo encontró arando las tierras familiares, puso sobre él su capa, y se lo llevó. Ya no se separó más el discípulo de su maestro hasta el momento último y fantástico en que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego.
Ahora, había cogido del suelo el manto que Elías dejó caer en su rapto y, vuelto Eliseo a la orilla del Jordán, golpeó como lo había visto hacer a su maestro poco antes. Al segundo golpe, las aguas se abrieron y supo que el poder de Dios que tuvo Elías seguía con él. A partir de este momento empleó sus días en procurar el bien de Israel, combatiendo la idolatría, demostrando con el portento del milagro que el verdadero Dios es exigente en asuntos de fidelidad.
La misión encomendada fue llamar al pueblo de Israel al culto legítimo a su Dios. Y no permitió obstáculo que lo impidiera.

Para ello protegió a los ejércitos de Israel en la lucha contra los moabitas en atención al piadoso rey Josafat; y en Dotain venció a los sirios. También premió a la mujer de un profeta que se había arruinado por atender a los hombres fieles, llenándole todas las vasijas de aceite con la que pudiera pagar sus deudas y comer ella y sus hijos. A la mujer sunamita, que era estéril y su marido ya viejo, le da un hijo como paga de profeta por sus servicios, alimento y hospedaje. Venga la detestable idolatría del petulante pueblo con azote de Dios, cegando a los ladrones, maldiciendo a los incestuosos, y destruyendo el abominable culto a Satán con sus adoradores en Betel, donde estaba establecido el odioso culto al becerro de oro. Resucitó muertos y ungió como rey de Israel a Jehú, con el encargo de destruir de parte Dios a la casa de Acab, como castigo de la sangre derramada por la malvada Jezabel, profetizando que se la comerían los perros, sin dar lugar a que tomara sepultura.
Curó al leproso Naamán, mandándole se lavara siete veces seguidas en el río Jordán. Era este pagano un general del rey de Siria, pero la esclava hebrea le había informado de la existencia de un milagroso profeta en su tierra. Prepara la caravana con regalos de oro y plata como obsequio, son joyas de presentación obligada al rey de Samaría para obtener benevolencia y conseguir que mande al profeta lo que debe hacer. Pidió Eliseo la presencia de Naamán para que se enterara el mundo de que Dios tiene un profeta en Israel; ni siquiera quiso recibirlo; solo mandó con su criado el recado de que se bañara siete veces seguidas en el Jordán para encontrar el remedio. Se decepcionó con enojo el importante sirio, se mostró despreciativo de las bondades del agua del Jordán; menos mal que fue obediente por lo fácil de la medicina y obtuvo un resultado perfecto con su curación de la lepra, sin que Eliseo, el hombre de Dios, quisiera recibir sus ricos dones.

Eliseo clamó por la fidelidad y pureza del pueblo al único Dios que debe ser servido y fulminó con santa ira al pecador infiel. Fue un hombre formidable y terrible. Su historia es el relato de prodigios y portentos divinos en época oscura, bárbara e imperfecta; pero le falta al viejo profeta la dulzura, humanidad y sencillez de los milagros de Cristo. Es como el boceto de un maravilloso cuadro futuro, como un anticipo imperfecto de un futuro de plenitud. Murió Eliseo durante el reinado de Joás.
Narra ampliamente su historia el libro II de los Reyes. San Jerónimo la comenta apasionadamente, asegurando, como detalle, que permaneció virgen durante toda su vida.
 

sábado, 13 de junio de 2026

S A N T O R A L

SAN ANTONIO DE PADUA, CONFESOR Y DOCTOR DE LA IGLESIA
 EL CANÓNIGO REGULAR

De los hijos de San Francisco de Asís, el más conocido, el más poderoso ante los hombres y ante Dios, es San Antonio, cuya fiesta celebramos hoy.
Su vida fué corta: a los treinta y cinco años volaba al cielo. Pero este corto número de años no impidió al Señor preparar a su elegido para la alta misión que debía cumplir: tan verdad es que, en los hombres apostólicos, lo que importa a Dios, que debe hacer de ellos el instrumento de salvación de muchas almas, no es tanto el tiempo que podrían dedicar a las obras exteriores, cuanto su propia santificación y su abandono absoluto a los designios de la Providencia. Se diría que la Sabiduría eterna se complacía en destruir hasta los últimos momentos todos los planes de San Antonio. De sus veinte años de vida religiosa, pasó diez con los canónigos regulares, adonde el divino llamamiento dirigió los pasos de su graciosa inocencia cuando contaba quince años. Allí su alma seráfica se eleva a las alturas, que la retienen para siempre, al parecer, en el secreto de la paz de Dios, cautivada por los esplendores de la Liturgia, el estudio de las Sagradas Escrituras y el silencio del claustro.

EL FRAILE MENOR

De pronto el Espíritu divino le invita al martirio: y le vemos abandonar su claustro amado y seguir a los Frailes Menores a playas en las cuales muchos han recibido ya la palma gloriosa. Pero el martirio que le espera, es el del amor; enfermo, reducido a la 
San Francisco se aparece estando
San Antonio predicando. Giotto
impotencia antes que su celo haya podido trabajar en el suelo africano, la obediencia le llama a España, y he aquí que una tempestad le arroja a las costas de Italia. Por entonces San Francisco de Asís reunía por tercera vez, después de su fundación, a toda su admirable familia. Antonio apareció allí, tan humilde, tan modesto, que nadie se preocupó de él. El ministro de la provincia de Bolonia fué quien le recogió, y, no encontrando en él ninguna capacidad para el apostolado, le señaló como residencia la ermita del monte de San Pablo. Su cargo fué el de ayudar al cocinero y barrer la casa. Durante este tiempo, los canónigos de San Agustín lloraban a aquel que poco antes había sido la gloria de su orden por su nobleza, su ciencia y su santidad.

EL PREDICADOR

Pero luego sonó la hora que la Providencia se había reservado para manifestar al mundo a su siervo Antonio. Una alocución que inopinadamente tuvo que dirigir a sus hermanos jóvenes, revela tan maravillosa elocuencia, que sus superiores, reconociendo su yerro, en seguida le hacen predicador. Los prodigios continuos, en el orden natural y de la gracia, aureolan los púlpitos en que predica el humilde fraile. En Roma, mereció el glorioso título de arca del Testamento. En Bolonia y en el norte de Italia convirtió a multitudes de herejes, y en la última cuaresma que predicó en Lombardía, introdujo profundas reformas sociales en favor de los pobres y desgraciados. En Padua, en Verona, le pidieron frecuentemente su intervención en los negocios temporales. Nos es imposible seguir en todos sus pasos su estela luminosa; pero no podemos olvidar que pertenece a Francia una gran parte de los años de su poderoso ministerio.

SAN ANTONIO Y FRANCIA

San Francisco había deseado ardientemente evangelizar personalmente a Francia infestada en gran parte por la herejía; pero, al menos, envió a su hijo más querido, a su imagen viviente. Lo que había sido Santo Domingo en la primera cruzada contra los albigenses, lo fué Antonio en la segunda; y entonces fué cuando mereció el apelativo de martillo de la herejía. Desde la Provenza a Berry, todas las provincias se ven removidas por su ardiente palabra. Predica en Bourges, en Limoges y Arlés. Fué guardián en Lemousín. Fundó el convento de Brive, en el cual se muestran aún las grutas que habitó. De todas partes acudían las multitudes a oírle. En medio de sus triunfos y sus fatigas, el cielo fortalece con deliciosos favores su alma, que ha permanecido como la de un niño. En una casa solitaria del Limousín, el Niño Jesús, radiante con una admirable belleza, descendió un día a sus brazos, le prodigó sus caricias y le pidió las suyas. Un día de la Asunción, que estaba muy triste con ocasión de cierto pasaje del Oficio de aquella época, poco favorable a la subida de Nuestra Señora al cielo en cuerpo y alma, la Virgen fué a consolarle en su pobre celda, le aseguró la verdadera doctrina y le dejó extasiado por el encanto de su rostro y de su voz melodiosa. 

LOS OBJETOS PERDIDOS

Se cuenta que en la ciudad de Montpellier, donde enseñaba teología a los Frailes, como desapareciese su Comentario a los Salmos, el mismo Satanás obligó al ladrón a devolver el libro cuya pérdida tanta pena causaba al santo. Muchos ven en este hecho el origen de la devoción que reconoce a San Antonio como el patrón de los objetos perdidos: devoción que se apoya desde su origen en los milagros más resonantes y que se halla confirmada hasta nuestros días por gracias incontables.

VIDA

Antonio nació en Lisboa hacia 1195. Admitido a la edad de quince años en los Canónigos Regulares de San Vicente de Fora en esta misma ciudad, fué enviado dos años más tarde al Monasterio de Santa Cruz de Coimbra para cursar sus estudios. En 1220, anhelando el martirio, entró en los Frailes Menores, que le mudaron su nombre de Fernando por el de Fray Antonio de Olivares. Aquel mismo año partió a Marruecos, pero, al cabo de algunas semanas, una enfermedad le forzó a reembarcar. Arrojado por una tempestad a Sicilia, tuvo que quedarse en Italia. En 1221, asistió al capítulo general, del cual le enviaron a la ermita de San Pablo cerca de Forli. Poco después comenzó su carrera de predicador en Italia del Norte y de 1223 a 1226 en Francia. Fijóse finalmente en Padua, donde murió el 13 de Junio de 1231. Al año siguiente le canonizó Gregorio IX; y, como las obras que nos dejó, manifiestan sus dones de teólogo, apologista, exégeta y moralista, Pío XII en 1946 le proclamó Doctor de la Iglesia.

EL ESPÍRITU DE INFANCIA

La sencillez de tu alma, glorioso San Antonio, hizo de ti el dócil instrumento del Espíritu del amor. La infancia evangélica es el tema del primero de los discursos que dedica a tu alabanza el Doctor seráfico; la Sabiduría, que fué en ti el fruto de esta infancia bendita, forma el tema del segundo. Fuiste prudente, oh Antonio, porque desde tus primeros años procuraste alcanzar la Sabiduría eterna, y, no queriendo que se alejase de ti, tuviste gran cuidado de encerrar tu amor en el claustro, en presencia de Dios, para saborear sus delicias. No ambicionabas más que el silencio y la obscuridad en su divino trato; y, aún aquí en la tierra, tuvo ella sus delicias en adornarte con toda clase de resplandores. Iba ante ti; tú la seguías gozoso, únicamente por ella sola, sin saber que encontrarías todos los bienes con su compañía'.
¡Feliz infancia, a la cual ahora, como en tu tiempo, ha reservado Dios la Sabiduría y el amor!

EL DEFENSOR DE LA FE

Como recompensa a tu sumisión amorosa al Padre celestial, los pueblos te obedecieron, los tiranos más feroces temblaron a tu voz(2). Sólo la herejía se negó una vez a escuchar tu palabra, pero los peces salieron a tu defensa, pues, vinieron en masa, ante las miradas de toda una ciudad, a escuchar la palabra que no quisieron recibir los sectarios.

Mas ¡ay!, el error, que no acudía a oír tu voz, no se contenta ahora con eso; quiere hablar solo. Cambiando de forma, renaciendo siempre, intrigando en todos los países por medio del comunismo ateo y la masonería, todo el mundo aspira ese veneno. Oh tú, que todos los días socorres a tus devotos en sus necesidades privadas, tú que tienes ahora en el cielo el mismo poder que tuviste sobre la tierra, socorre a la Iglesia, al pueblo de Dios y a la sociedad, más universal y profundamente perseguida que nunca. Oh Arca del Testamento, vuelve al estudio de la Sagrada Escritura a nuestra generación sin fe y sin amor; martillo de la herejía, hiere con esos golpes que regocijan a los ángeles y hacen temblar al infierno.


1 Sap., VII.

2 Sap., VIII, 14-15.
fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

San Antonio de Padua: reflejo fiel y estampa irreal…

Plinio Corrêa de Oliveira

Estando en la ciudad de Padua en Italia, visité la famosa Basílica de San Antonio. Recuerdo que en una columna de su interior estaba el cuadro de un franciscano, firme, fuerte “tendiente un poco a lo obeso, de seria fisonomía. La posición de su mano era de quien enseña.
Le pregunté a uno de los encargados de atender a los fieles: “¿De quién es aquel cuadro?”. La respuesta fue: “Ese cuadro es la pintura más antigua que se conserva de San Antonio de Padua”. La cual parece haber sido pintada por Giotto, o por alguno de sus discípulos. Es lo que hay de más próximo, históricamente, de la fisonomía del Santo.
Me dirigí hacia la sacristía, donde había una larga fila de peregrinos adquiriendo rosarios y objetos de piedad de toda especie. En un sector vendían copias de ese cuadro, y en otro, estampitas del mismo Santo. Adquirí la copia del cuadro y una estampita, para luego comparar las dos representaciones del famoso Santo franciscano.

La estampita representaba a un San Antonio con una fisonomía que ostentaba una musculatura que jamás se tensó, sea por el dolor, por la indignación, por la preocupación o el riesgo, o mismo por el esfuerzo. Casi imberbe, su rostro parece de porcelana, con labios que jamás dijeron algo. El apenas los abriría para ingerir un puré cualquiera… Los ojos fijan su atención en algo delante de sí, que realmente no merece su atención. Figura de una insipidez mayúscula. Pero esa era la estampita que más se vendía.

La fotografía del auténtico cuadro del Santo, sin embargo, era poco adquirida por el público. Esa desproporción me causó una profunda impresión.
En una reunión realizada más tarde con unos amigos, analizamos y comparamos las dos ilustraciones. Se consolidó en nuestro espíritu la tesis que hay una velada escuela espiritual que busca deformar la piedad católica, según un modelo dulce y sentimental, donde la estampita de San Antonio era un ejemplo contundente.

(*) Extractos de la conferencia pronunciada por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira para socios y cooperadores de la TFP brasileña el 21 de mayo de 1983. Sin revisión del autor.

En la ciudad de Rimini, está erigida una Iglesia en honor al Milagro Eucarístico obrado por San Antonio de Padua en el año 1227

El milagro Eucarístico:
Este episodio está citado en la obra considerada una de las fuentes más antiguas de la vida de San Antonio -Benignitas-:
“Este Santo hombre discutía con un hereje que estaba contra el sacramento de la Eucaristía y a quien el Santo lo había casi conducido hacia la fe católica. Pero este hereje, después de varios y numerosos argumentos declaró: si tú, Antonio, logras demostrarme con un prodigio que en la Comunión está realmente el Cuerpo de Cristo, entonces yo, después de haber renunciado totalmente a la herejía, me convertiré inmediatamente a la fe católica. ¿Por qué no hacemos una apuesta? Tendré encerrada por tres días una de mis bestias y le haré sentir el tormento del hambre. Luego de tres días, la traeré aquí, delante del público y le enseñaré un alimento preparado. Tú estarás al frente con aquello que tú consideras el Cuerpo de Cristo. Si la bestia, despreciando el forraje se apresura a adorar a tu Dios, yo me convertiré a la fe de tu Iglesia”.
San Antonio, iluminado e inspirado desde lo alto, aceptó el desafío. La cita fue fijada en la Plaza Grande (la actual plaza Tres Mártires). En el día indicado se reunió una gran muchedumbre de curiosos. A la hora indicada, los protagonistas de la singular apuesta se presentaron en la plaza, seguidos cada uno por sus simpatizantes. San Antonio por los fieles católicos, Bonovillo (el nombre del hereje cátaro) de sus aliados en el escepticismo.
Imagen relacionada El Santo se presentó teniendo entre las manos la Hostia consagrada, depositada en una Custodia; y el hereje teniendo entre manos las riendas de la mula hambrienta. El Santo de los Milagros, después de haber pedido y obtenido el silencio, se dirigió a la mula con estas palabras: “en virtud y en el nombre de tu Creador, que yo siendo indigno, lo tengo en mis manos, te digo y te ordeno: avanza con prontitud y rinde honores al Señor con el debido respeto, para que así los malvados y los herejes comprendan que todas las creaturas deben humillarse delante de su Creador, a quien los sacerdotes tienen en sus manos en el altar”.
Inmediatamente, el animal, rechazando el alimento del patrón, se acercó dócilmente hacia el religioso, dobló las patas delanteras ante la Hostia y permaneció así, reverentemente. Antonio no se había engañado en juzgar la lealtad de su adversario quien se arrojó a sus pies abjurando públicamente sus errores.
Desde ese día se convirtió en uno de los cooperadores más activos del Santo taumaturgo.

viernes, 12 de junio de 2026

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Nuestra Señora del Sagrado Corazón
Plinio Corrêa de Oliveira
Si hay una época para cuya miseria sólo pueda existir esperanza de remedio en el Sagrado Corazón de Jesús, ésa es la nuestra.
Inútil sería atenuar la enormidad de los crímenes que en todas partes practica la humanidad de nuestros días. Dijo Pío XI en una de sus encíclicas, que la degradación moral del mundo contemporáneo es tal, que lo coloca en la inminencia de verse precipitado, de un momento a otro, en condiciones espirituales más miserables de que aquellas en que se encontraba cuando vino al mundo el Salvador.
En otros términos, los errores acumulados por los siglos que nos precedieron —los delirios de la Seudo-Reforma, las audacias diabólicas de la Enciclopedia, el libertinaje desenfrenado de las costumbres, los crímenes de la Revolución Francesa, la apostasía de los filósofos alemanes— crearon un ambiente de universal corrupción, que culminó en los desórdenes, en las catástrofes, en el exceso, en el desbordarse de la concupiscencia a que asiste la humanidad del siglo XX.
Cuando miramos hacia este mundo pecador, gimiendo en las torturas de mil crisis y de mil angustias, y que a despecho de eso no hace penitencia; cuando consideramos los progresos aterradores del neopaganismo, que está en vísperas de ascender al gobierno de la humanidad entera; cuando vemos, por fin, la pusilanimidad, la imprevisión, la desunión de aquellos que aún no se pasaron al bando del mal, nuestro espíritu se estremece en la previsión de las catástrofes que acumula sobre sí misma la impiedad obstinada de esta generación.
Hay algo de liberal o de luterano en imaginar que tantos crímenes no merecen castigo, y que una tal apostasía de las masas se operó por un mero error intelectual, sin que constituya un grave pecado para la humanidad. La realidad no es esa. Dios no abandona a sus criaturas y si éstas se encuentran lejos de Él, la culpa sólo les puede caber a ellas y no a Dios.
* * *
¿No habrá entonces para la humanidad otro desenlace para los días de hoy, sino desaparecer en un diluvio de lodo y de fuego? ¿No se podrá esperar para ella otro futuro en este siglo, sino un ocaso ignominioso, en que la impenitencia final será castigada por los flagelos supremos, prenunciados por la Escritura como indicios del fin del mundo?
Si Dios dejase actuar exclusivamente su Justicia, sin duda. Y ni sabemos si en tal caso el mundo habría llegado hasta el siglo XX de nuestra era. Pero como Dios no es apenas justo, sino también misericordioso, no se cerró aún para nosotros la puerta de la salvación.
Una humanidad perseverante en su impiedad, todo lo puede esperar de los rigores de Dios. Mas Dios que es infinitamente misericordioso, no quiere la muerte de esta humanidad pecadora, pero sí “que ella se convierta y viva”. Y por eso su gracia busca insistentemente a todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y vuelvan al regazo del Buen Pastor.
Si no hay catástrofes que no deba temer una humanidad impenitente, no hay misericordias que no pueda esperar una humanidad arrepentida. Y para ello no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora. Basta que el pecador, aunque desde el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple comienzo de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, que encontrará inmediatamente el socorro de Dios, que nunca se olvidó de él. Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: aunque tu padre y tu madre te abandonasen, yo no me olvidaría de ti. Hasta en los casos extremos en que el paroxismo del mal llega a agotar la propia indulgencia materna, Dios no se cansa. Porque la misericordia de Dios beneficia al pecador aún cuando la Justicia divina lo hiere de mil desgracias en el camino de la iniquidad.
* * *
Plinio Corrêa de Oliveira
Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divina, deben ser constantemente puestas ante los ojos del hombre contemporáneo. De la justicia, para que él no suponga temerariamente que sin méritos se va a salvar. De la misericordia, para que no desespere de su salvación siempre que desee enmendarse. Y si las hecatombes de nuestros días ya hablan tan claramente de la justicia de Dios, ¿qué mejor visión para completar este cuadro, que la del sol de misericordia, que es el Sagrado Corazón de Jesús?
Dios es caridad. Y por eso mismo la simple enunciación del Nombre Santísimo de Jesús recuerda la idea del amor. ¡El amor insondable e infinito que llevó a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad a encarnarse!
El amor expresado a través de esa humillación incomprensible de un Dios que se manifiesta a los hombres como un niño pobre, que acaba de nacer en una gruta. El amor que trasparece a través de aquellos treinta años de vida recogida, en la humildad de la más estricta pobreza, y en las fatigas incesantes de aquellos tres años de evangelización, en que el Hijo del Hombre recorrió caminos y atajos, traspuso montes, ríos y lagos, visitó ciudades y aldeas, surcó desiertos y poblados, habló a ricos y a pobres, esparciendo amor y recogiendo en la mayor parte del tiempo principalmente ingratitud. ¡El amor demostrado en aquella Cena suprema, precedida por la generosidad del lavado de pies y coronada por la institución de la Eucaristía! El amor de aquel último beso dado a Judas, de aquella mirada suprema puesta en San Pedro, de aquellas afrentas sufridas en la paciencia y en la mansedumbre, de aquellos sufrimientos soportados hasta la total consumación de las últimas fuerzas, de aquel perdón mediante el cual el Buen Ladrón robó el Cielo, de aquella donación extrema de una Madre celestial a la humanidad miserable.
Cada uno de estos episodios fue meticulosamente estudiado por los sabios, piadosamente meditado por los santos, maravillosamente reproducido por los artistas, y sobre todo inigualable mente celebrado por la liturgia de la Iglesia. Para hablar sobre el Sagrado Corazón de Jesús sólo hay un medio: es recapitular debidamente cada uno de ellos.
Realmente, al venerar al Sagrado Corazón, la Santa Iglesia no quiere otra cosa sino prestar una alabanza especial al amor infinito que Nuestro Señor dispensó a los hombres. Como el corazón simboliza el amor, rindiendo culto al Corazón, la Iglesia celebra el Amor.
* * *

Nuestra Señora adoró el cuerpo de su amado Hijo
Por más variadas y bellas que sean las invocaciones con que la Santa Iglesia se refiere a Nuestra Señora, en ninguna de ellas dejaremos de encontrar una relación entre Ella y el amor de Dios. Esas invocaciones o celebran un don de Dios, al cual Nuestra Señora supo ser perfectamente fiel, o un poder especial que Ella tiene junto a su Divino Hijo.
Ahora bien, ¿qué prueban los dones de Dios, sino un amor especial del Creador? ¿Y qué prueba el poder de Nuestra Señora junto a Dios, sino ese mismo amor?
Así pues, es con toda propiedad que Nuestra Señora puede al mismo tiempo ser llamada “espejo de justicia” y “omnipotencia suplicante”. Espejo de Justicia, porque Dios la amó tanto, que en Ella concentró todas las perfecciones que una criatura puede tener, y por eso mismo en ninguna Él se refleja tan perfectamente como en Ella. Omnipotencia suplicante, porque no hay gracia que se obtenga sin Nuestra Señora, y no hay gracia que Ella no obtenga para nosotros.

Por lo tanto, invocar a Nuestra Señora bajo el título del Sagrado Corazón es hacer una síntesis bellísima de todas las otras invocaciones, y recordar el reflejo más puro y más bello de la Maternidad Divina, y hacer vibrar al mismo tiempo, armónicamente, todas las cuerdas el amor, que tocamos una a una enunciando las varias invocaciones de la letanía lauretana, o de la Salve Regina.
* * *
Pero hay una invocación que quiero recordar especialmente. Es la de abogada de los pecadores. Nuestro Señor es Juez. Y por mayor que sea su misericordia, no puede también dejar de ejercer su función de juez. Nuestra Señora, en cambio, sólo es abogada. Y nadie ignora que no es función del abogado otra cosa sino defender al reo. Así, decir que Nuestra Señora del Sagrado Corazón es nuestra abogada implica en decir que tenemos en el Cielo una abogada omnipotente, en cuyas manos se encuentra la llave de un océano infinito de misericordia.
¿Qué hay de mejor que se pueda mostrar a esta humanidad pecadora, a la cual, si no se le habla de Justicia de Dios, se embota cada vez más en el pecado, y si se habla de ella, desespera de la salvación? Mostremos la Justicia: es un deber cuya omisión ha producido los más lamentables frutos. Al lado de la Justicia que hiere a los impenitentes, nunca nos olvidemos sin embargo de la Misericordia, que ayuda al pecador seriamente arrepentido a abandonar el pecado y, así, a salvarse.

*El Legionario, 21-7-1940.

S A N T O R A L

San León III, Papa  

São Leão III institui em Carlos Magno o Sacro Império Romano Alemão
San León III instituyó en Carlonagno el Sacro Imperio Romano Alemán
En Roma, en la basílica de San Pedro, san León III, papa, quien coronó como emperador romano al rey de los francos, Carlomagno, y se distinguió por su defensa de la verdadera fe y de la dignidad divina del Hijo de Dios.
Nació en Roma en el seno de una humilde familia originaria del sur de Italia. Sus pasos los encaminó hacia la carrera eclesiástica. Entró a formar parte de la curia, fue ordenado sacerdote y alcanzó el importante cargo de "vestararius" y el cardenalato con el título de Santa Susana. Fue elegido Papa sin informar a Carlomagno, pero él se apresuró en enviar (para buscar apoyos) a Carlomagno los decretos de su elección y, sobre todo, las llaves de la confesión de San Pedro y el estandarte de la ciudad, solicitando en enviar un representante suyo para recibir el juramento de fidelidad de los romanos. El emperador envió como representante al abad de Saint-Riquier, san Angilberto. Con ello quería señalar que el emperador se consideraba jefe político y religioso de la cristiandad, dejando al Papa el papel litúrgico de orar por las victorias del emperador. Esta división de poderes traerá graves consecuencias para la Iglesia.
Mientras intentaba reprimir los desórdenes de las facciones romanas afectas al difunto papa Adriano I, fue capturado por los sobrinos de Adriano ante el monasterio de los Santos Silvestre y Esteban. Fue encarcelado en el convento de San Erasmo al Celio y torturado, pero ayudado por un amigo logró huir a San Pedro, después a Spoleto y más tarde a la corte de Carlomagno en Paderborn, en Sajonia, donde fue recibido con todos los honores. Volvió a Roma con un gran cortejo y tomó posesión de su cargo. Luego llamó en su ayuda a Carlomagno, que llevó al orden a los romanos, después de que León III públicamente jurase que no tuvo nada que ver con las acusaciones que se le imputaron. Consagró a Carlomagno como emperador del Sacro Imperio Romano, dando así las bases del medioevo, y dando así la idea de que era el Papa quien consagraba al emperador. León rechazó añadir el "Filioque" en el Credo niceno y en un sínodo en Roma en el 798, condenó la herejía adopcionista.
Las ayudas económicas del emperador a la Iglesia permitió a León distribuirlas entre los pobres y restaurar y embellecer varias iglesias. Después de la muerte de Carlomagno, hubo una conjura en Roma, para asesinar al Papa, pero fue descubierta a tiempo y los juramentados fueron juzgados y ajusticiados, cosa que no gustó en la corte de Ludovico Pío, que vio en ello demasiada dureza. León envió una embajada para justificarse ante el nuevo emperador, y al poco tiempo murió. Está sepultado en la basílica de San Pedro del Vaticano. Su nombre se agregó al Martirologio Romano en 1673.
Carlomagno, cetro de Carlos V
En la siguiente carta, Carlomagno escribe a León para manifestarle su dolor por la muerte de Adriano I y su alegría por la elección del nuevo Papa. También le expone, de modo muy sintético, los principios que, según Carlos, deberían regular la alianza entre el altar y el trono:
Carlos, por la gracia de Dios, Rey de los Francos, de los Longobardos y Patricio de los Romanos, a León Papa, saludo de perpetua bienaventuranza en Cristo. 
Después de haber leído con atención la carta de Vuestra Excelencia y de haber oído el decreto de elección, quedamos muy contentos – confieso -, sea por la unanimidad de vuestra elección, sea por la obediencia de vuestra humildad y por la fidelidad que habéis demostrado en relación a nosotros con vuestra promesa solemne (…).
Por todas esas cosas agradecemos de lo más profundo de nuestro corazón a la Divina Misericordia, pues, después de la llaga de dolor digna de llanto que infligió a nuestra alma la muerte de nuestro dilectísimo padre y fidelísimo amigo [Papa Adriano I], Dios se dignó, de acuerdo con la habitual previdencia de Su Bondad, concedernos un consuelo como Vos.
Por esto nosotros confiamos a Vuestra Santidad nuestra prosperidad y la de todos nuestros súbditos, pidiéndoos – por así decir – la tarea de obtener para nosotros la felicidad. Nosotros os la confiamos en nombre de la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, Dios que tuvo pena de su Santa iglesia elevando Vuestra Santidad a su cima. (…).
Encomendamos [a Angilberto de hablar] sobre todas las cosas que nos parecían a nosotros opcionales o a Vos necesarias, a fin de que trataseis y discutieseis todo aquello que os parezca oportuno para la exaltación de la Santa Iglesia de Dios, la estabilidad de vuestra honra y la solidez de nuestro patriciado.
Papas y emperadores. En el centro: el Santísimo Sacramento
De hecho, del mismo modo que yo había establecido un pacto con el beatísimo predecesor de Vuestra Santa Paternidad, deseo ahora establecer con Vuestra Santidad una alianza inviolable de idéntica fe y caridad, para que, en virtud de la gracia que Dios conceda a Vuestra Santidad Apostólica, llegue hasta mi de todas partes la bendición apostólica invocada por la intercesión de la oración de los santos, y la Santísima Sede de la Iglesia Romana, por la intercesión de Dios sea siempre bien defendida por nuestra devoción.
Cabe a nosotros, por el auxilio de la Divina Misericordia, defender por todas partes la Santa Iglesia de Cristo con las armas. En el exterior, de la incursión de los paganos y das devastaciones de los infieles; y en el interior, fortificándola con la profesión de la fe católica.
A Vos, Padre Santísimo, cabe levantar – como Moisés (cf. Ex. 17, 8-13) – las manos a Dios para ayudar nuestra milicia, de modo que, por vuestra intercesión y en virtud de la guía y del don de Dios, el pueblo cristiano obtenga siempre y por todas partes la victoria sobre los enemigos de Su Santo Nombre, y que el nombre de Nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en el mundo entero.
Mientras tanto, que la prudencia de vuestra autoridad cumpla en todo las leyes canónicas, a fin de que en vuestra conducta resplandezca claramente a los ojos de todos el ejemplo de santidad plena, y que todos oigan de vuestra boca palabras de santa exhortación; para que “vuestra luz brille de tal manera ante los hombres, y que ellos viendo vuestras buenas obras glorifiquen a Nuestro Padre que está en los Cielos” (Mt. 5, 16).

Firmado: Carlos
Fuente: Carlos Magno, “Le lettere”, Città Nuova, 110 páginas; op. cit., pp


jueves, 11 de junio de 2026

S A N T O R A L

SAN BERNABE, APOSTOL

EL SENTIDO CRISTIANO DE LA HISTORIA

san bernabe
La promulgación de la nueva alianza vino a convidar a todos los pueblos a tomar asiento en el banquete del reino de Dios; desde entonces, en el curso de los siglos, como lo hemos hecho notar, el Espíritu santificador produjo los Santos, en momentos que corresponden frecuentemente a los más profundos designios de la eterna Sabiduría sobre la historia de las naciones. No nos admiremos: las naciones cristianas, como tales, tienen que desempeñar su misión en el progreso del reino de Dios. Esta misión las confiere obligaciones y derechos que están sobre las leyes de la naturaleza; el orden sobrenatural las concede toda clase de poderes, y el Espíritu Santo preside por sus elegidos a su desarrollo como a su nacimiento. Con razón admiramos en la historia esta providencia maravillosa, que, sin saberlo los pueblos, los transforma, y a la vez, por la influencia oculta de la santidad de los pequeños y humildes, domina la actividad de los poderosos que parece quieren arrollarlo todo a su capricho.

AGRADECIMIENTO A LOS APÓSTOLES

Pero, entre los Santos que nos parecen como el canal de las gracias destinadas a las naciones, hay algunos a quienes el agradecimiento universal debe tener menos olvidados que a los demás: éstos son los Apóstoles, colocados como base del edificio social cristiano, cuya fuente es el Evangelio.
La Iglesia procura cuidadosamente alejar de sus hijos el daño de un tan funesto olvido; ninguna estación litúrgica se ve privada del recuerdo de estos gloriosos testigos de Cristo. Pero, desde que se acaba el tiempo Pascual, sus nombres se encuentran con más frecuencia en el calendario, y cada mes recibe en gran parte su esplendor del triunfo de alguno de ellos.

. . . Y A SAN BERNABÉ

El mes de Junio, abrasado por los fuegos recientes de Pentecostés, vió al Espíritu Santo colocar los primeros sillares de la Iglesia sobre los fundamentos predestinados; merecía, pues, el honor de ser escogido para recordar al mundo los nombres de Pedro y Pablo, que resumen, ellos solos, los servicios y glorias de todo el Colegio Apostólico. Pedro proclamó la admisión del pueblo gentil, a la fe de Jesucristo; Pablo fué elegido su Apóstol; pero aun antes de proclamar, como es debido, la gloria de estos dos príncipes del pueblo cristiano, el homenaje de las naciones se dirige en este día al guía de Pablo en los comienzos de su apostolado, al hijo del consuelo que presentó al convertido de Damasco a la Iglesia, zarandeada por las violencias de Saulo su perseguidor. El 29 de Junio recibirá todo su esplendor de la confesión simultánea de los dos príncipes de los Apóstoles, unidos en la muerte como en la vida. ¡Honor, pues, al que sirvió de lazo de unión para esta amistad fecunda, conduciendo al Príncipe de la Iglesia naciente, al futuro apóstol de los gentiles!. Bernabé se presenta a nosotros como un precursor; la fiesta que le dedica la Iglesia, es como el preludio de las alegrías que nos esperan al fin de este mes, tan rico en luz y frutos de santidad.

VIDA

San Bernabé, judío y levita, nació en Chipre. Partió muy pronto a Jerusalén y fué uno de los primeros cristianos. Muy afecto a la Iglesia, vendió un campo cuyo valor se lo entregó a los Apóstoles. Estos le cambiaron el nombre de José por el de Bernabé o "hijo del Consuelo", lo que significa que tenía el don de exhortar y consolar. Él les presentó a Saulo después de su conversión en el camino de Damasco, y luego, haciéndole compañero suyo en la misión de Antioquía, le inició en la vida apostólica entre los gentiles. Pronto los designó a los dos el Espíritu Santo para que llevasen el Evangelio a Chipre, a Galicia meridional, a Antioquía de Pisidia, Iconio y Listria. Volvieron a Jerusalén, donde tomaron parte muy importante en el primer concilio, y luego tornaron a Antioquía: allí se separaron, y San Bernabé volvió solo a Chipre. Un escrito del siglo v nos dice que allí padeció el martirio, lapidado y quemado por los judíos que fueron de Siria a Salamina.

BAJO LA MOCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO


El mismo Espíritu Santo hizo tu elogio llamándote en el libro de los Hechos "varón perfecto, lleno del Espíritu Santo y de fe". El mismo fué quien te inspiró que abandonaras todos los bienes para entregarte libremente a la predicación del Evangelio.
Fué también quien te señaló a los ancianos de Antioquía para que te enviasen con Pablo como nuevo apóstol de los Gentiles. Fué quien quiso que presentases al Colegio Apostólico al convertido de Damasco, que le sacases de la soledad y le acompañases en su primera misión.
Recordar tales hechos, es la mayor de las alabanzas que podemos tributarte. Nos gozamos en volverlas a la memoria, y al nombrarte todos los días con la Iglesia en el Canon de la Misa, nos damos más cuenta del papel protector que Dios te confió para con nosotros.

Puesto que estás presente en todas nuestras Misas, une tu oración a la nuestra para que, conforme lo desea la Iglesia en este día, "obtengamos de la gracia del Señor los beneficios que por tu intercesión Le pedimos (Colecta) para que el santo Sacrificio nos limpie de las manchas de nuestros pecados (Secreta); y que, alimentada con la Eucaristía, nuestra vida se consagre por completo al servicio de Dios y le sea agradable". (Poscomunión). Y si sucediere que nos desalentasen las pruebas de la vida presente y nos llenasen de tristeza, acuérdate de los dones que tan abundantes derramó el Espíritu Santo sobre tu corazón de Apóstol: anima nuestra confianza y sé nuestro consolador.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer