domingo, 1 de noviembre de 2026

S A N T O R A L

LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


Entre todas las fiestas que la santa Iglesia ha instituido por todo el año, en reverencia de los bienaventurados que están en el cielo, la más solemne y de mayor devoción es la que celebra el primero día de noviembre en conmemoración y honra de todos los santos; porque en esta fiesta los abraza á todos, sin excluir alguno, y se encomienda á ellos, é invoca y llama en su favor á toda aquella bienaventurada compañía y corte celestial. Instituyó esta fiesta en Roma el papa Bonifacio, IV de este nombre, en honra de la gloriosísima Virgen María Nuestra Señora, y de todos los santos mártires, consagrando al Señor aquel suntuosísimo templo, que no Domiciano, emperador (como dice Adon), sino Marco Agripa, ciudadano romano, y gran privado del emperador Octaviano Augusto, había dedicado á Júpiter Vengador (como dice Plinio) después de la batalla naval en que Octaviano venció á Marco Antonio, y quedó señor absoluto del imperio romano. Llamó Agripa á este templo Panteón, que quiere decir «casa de todos los dioses»; porque en él todos los falsos dioses de la antigüedad eran venerados. Y dado que, después que el emperador Constantino se convirtió á nuestra santa fé, y comenzó á edificar templos á Jesucristo Nuestro Salvador, los cristianos derribaron muy magníficos y maravillosos templos de los gentiles, para que no quedasen en pié los lugares en que se habían ofrecido tan sucios y abominables sacrificios al demonio; por cuya razón en Alejandría asolaron un templo de Serapis, en Gaza el de Marna, en Apamena el de Júpiter, en Cartago el de Celeste, y en otras partes otros muchos, que eran tan soberbios y de tan excelente arquitectura, que se tenían por milagros del mundo; todavía después juzgaron que era mejor (ya que estaba caída y rendida la gentilidad) que donde antes había sido servido el demonio, fuese servido el verdadero Dios, y que los mismos templos profanos y abominables se purificasen con las ceremonias que usa la Iglesia católica, y santificados y adornados con las reliquias de los mártires se consagrasen al Señor; como se ve en san Gregorio Magno, que en una epístola escribe al rey de Inglaterra, que poco antes se había convertido á la fé, que haga echar por el suelo los templos de los ídolos: y después que ya la cristiandad había echado algunas raíces en aquel reino; para que los flacos no se turbasen, mandó á Melilo, obispo, que no se arruinasen los templos de los paganos, sino que se convirtiesen en iglesias de cristianos. Siguiendo pues esta orden Bonifacio IV, que fué sumo pontífice poco después de san Gregorio (porque Sabiniano y Bonifacio III, que inmediatamente le sucedieron, aun no vivieron tres años), dedicó el Panteón, que Agripa había edificado á todos los dioses, en honra de la Santísima Virgen María Nuestra Señora, y de todos los santos mártires (que eran los que en aquel tiempo se celebraban en la santa Iglesia), y llamó á aquella iglesia Santa María ad Martyres, y hoy se llama Nuestra Señora la Rotunda; y mandó que se celebrase fiesta en Roma á los 13 de mayo, en que se hizo la dedicación: y en este día la pone el Martirologio romano. El cardenal Baronio dice, que en un libro antiguo de aquella Iglesia, escrito de mano, halló que se levantaron y colocaron en ella con gran solemnidad veinte y ocho carros de huesos de santos mártires, sacados de diversos cementerios de aquella santa ciudad. Esto es lo que mandó el papa Bonifacio IV, más después Gregorio, asimismo papa IV, que murió por los años del Señor de 844, ordenó que la fiesta que se hacía en Roma á 13 de mayo en honra de Nuestra Señora y de todos los mártires, se hiciese por toda la cristiandad el primer día de noviembre en reverencia de ellos y juntamente de todos los santos confesores y moradores del cielo. Por esta causa se llama la Fiesta de Todos los Santos, y se guarda en toda la Iglesia, y particularmente en la de nuestra Señora la Rotunda de Roma, con singular regocijo y devoción; y esta es la primera causa de la institución de esta fiesta. Pero oirás hay de no menor consideración, entre las cuales una es la obligación tan precisa que tenemos de glorificar al Señor en sus santos, y de honrar los mismos santos, que tan bien le supieron honrar, y nos dejaron tan raros ejemplos en su santidad, para que los imitásemos; y ahora con sus oraciones nos ayudan y sustentan.

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Pero siendo como son los santos innumerables, y que por ser tantos, no se pueden todos en particular, y cada uno por sí, celebrar, fué cosa convenientísima que se instituyese un día para que en él á lo menos los alabásemos y pidiésemos su favor, y mostrásemos la piedad y devoción que tenemos con todos, sin excluir á ninguno. Otra razón es la que se escribe en el libro llamado Orden romano: UtIquidquid (dice) humana fragilitas per ignorantiam, aut negligentiam in solemnitatibus, el vigilas sanctorum minus plene peregit, in hac observatione sancta servetur: Para que todo lo que la humana fragilidad hubiere fallado entre año en las fiestas y vigilias de los santos, ahora sea por nuestra ignorancia, ahora por nuestra negligencia, se recompense en esta fiesta, y se supla con el mayor fervor de nuestra devoción. Otra razón es la que la santa Iglesia nos da en la oración del oficio divino que reza este día: Ut desideratam nobis túæ propiliationis abundantiam, multiplicatis intercessoribus largiaris: Para que lo que por nuestros grandes pecados no habernos podido alcanzar del Señor, por intercesión de cada uno de los santos; hoy lo alcancemos por los ruegos de aquella corte y bienaventurada compañía, que postrada delante del acatamiento de la Santísima Trinidad, le representan nuestras plegarias y oraciones, y con singular afecto y caridad le piden que nos oiga y otorgue lo que por medio de tantos y tan grandes siervos y amigos suyos le suplicamos. Pero la principal razón de la institución de esta fiesta es animarnos á la imitación de todos los santos, proponiéndonos su vida perfectísima y divina, y la gloria inenarrable que por ella alcanzaron (como dice san Bernardo); para que en nuestra conversión sigamos á los que con esta tan solemne fiesta veneramos, y corramos con grandes pasos á la bienaventuranza de los que tenemos por bienaventurados, y seamos favorecidos con el patrocinio de los que nos recrean con sus alabanzas: y san Agustín dice: «Aquellos de verdad celebran las gozosas fiestas de los santos mártires, que siguen las pisadas y ejemplos de los mismos mártires; porque no son otra cosa las solemnidades de los mártires, sino unas encendidas exhortaciones, para que no seamos perezosos en imitar lo que celebramos con gloria». Hasta aquí son palabras de san Agustín. Para esto la santa Iglesia nos lee hoy en la misa el Evangelio de las bienaventuranzas en que nos descubre el camino por donde todos los santos anduvieron, y nosotros debemos andar: la humildad y pobreza de espíritu: la mansedumbre y lágrimas: la hambre y sed de la justicia: la misericordia y las otras virtudes que tuvieron; y juntamente el galardón y posesión de la tierra de los vivientes, y reino del cielo, que por ellas se les dio. Y porque los ejemplos de los santos se deben leer en las vidas particulares de cada uno de ellos, y todos se resumen y están cifrados en estas bienaventuranzas, que son los medios para alcanzar la gloria y bienaventuranza de la patria que ahora poseen (la cual, aunque con diferentes grados, es una, y la misma de todos); para que más nos inflamemos al amor de la virtud, y á imitar la vida de los mismos santos, quiero aquí tratar del inmenso gozo y gloria inenarrable que ellos poseen; pues la santa madre Iglesia, celebrando su fiesta, hoy nos la representa.

Mas, ¿qué lengua, aunque sea de los mismos santos, podrá explicar la gloria que ellos poseen; ó qué entendimiento comprender aquel bien que solo es bien y fuente y causa de todos los otros bienes? El apóstol san Pablo dice, que el ojo no vio, ni la oreja oyó, ni el corazón del hombre comprendió los bienes que Dios tiene aparejados para los que le aman. No puedo el ojo verlos; porque no tienen color: ni la oreja oírlos; porque no tienen sonido: ni el corazón humano comprenderlos; porque aquellos bienes no son humanos, sino divinos, é infinitamente exceden su capacidad. El angélico doctor santo Tomás enseña, que tres cosas, que en sí son finitas, en cierta manera son de infinita grandeza y dignidad. La primera es la humanidad de Jesucristo Nuestro Salvador, que por ser unida en una misma persona con unión hipostática con la divinidad, es de infinita dignidad, y no se puede decir, que Cristo es pura criatura. La segunda cosa es la sacratísima Virgen María Nuestra Señora: la cual, aunque en sí es pura criatura, finita y limitada; mas por ser Madre de Dios, y haber concebido en sus entrañas y parido al Verbo eterno, que es infinito é incomprensible, tiene en sí una cierta grandeza inmensa, y una prerrogativa de infinita excelencia. La tercera es la gloria y bienaventuranza de los santos: la cual, dado que en sí sea finita y tasada, porque los mismos santos y bienaventurados también lo son; más en cierta manera se dice ser infinita; porque ven y gozan eternamente de aquel Bien que es infinito, y que los mismos santos no pueden entera y perfectamente comprender. Es tan grande esta bienaventuranza, que el hombre que la posee, en cierta manera se hace Dios, no por naturaleza, sino por gracia y participación, á la manera que dice san Pedro: Ut ejficiamini divinæ consortes naturæ: Para que seamos particioneros de la naturaleza divina: porque así como la bondad hace al hombre que la posee bueno, la justicia justo, la sabiduría sabio, la fortaleza fuerte, la hermosura hermoso, y las otras calidades le califican y le dan el apellido de su nombre; así dice gravemente el filosófico teólogo Severino Boecio, que la propiedad de la divinidad es hacer divinos, y de la deidad hacer dioses: y que este es el premio que da Dios á los santos en el cielo, que es hacerlos en cierta manera dioses; para que se cumpla aquello del real profeta: Ego dixi: Dii estis, el filii excelsi omnes: porque así como los muy poderosos reyes se sirven de los grandes de su reino, y muchas veces de los que son de casta y sangre: así Dios Nuestro Señor en aquella su imperial corte, donde todos los santos y bienaventurados le sirven, para que más resplandezca su soberana majestad y grandeza, quiere que todos ellos sean reyes, y en cierto modo parientes suyos, comunicándoles por gracia, lo que él tiene por naturaleza, á cada uno conforme su capacidad, y dándoles una cierta semejanza suya: de la cual dice el apóstol san Pablo: «Todos nosotros, descubierto el rostro, contemplando la gloria del Señor, seremos transformados en la misma imagen, y vestidos de su gloria y claridad, derivada en nosotros de la claridad y gloria que él tiene, y seremos como un espejo que recibe y representa la imagen del que le mira»: y el discípulo querido del Señor dice: «Cuando el Señor se apareciere, entonces seremos semejantes á Él»: de suerte que, como una gota de agua, mezclada con gran cantidad de vino, toma el color y el sabor del vino, y como el hierro encendido y hecho ascua en la fragua, quedando hierro, deja las propiedades de hierro y se viste de las del fuego, y como el aire investido y penetrado de los rayos del sol, se viste de su luz y resplandece con su claridad, y como el espejo que recibe derechamente los rayos del sol, nos representa una semejanza del mismo sol; así los bienaventurados, alumbrados de aquella lumbre divina, y vestidos de aquella inmensa luz de Dios, participan de su deidad, y se transforman en su semejanza é imagen. Esta bienaventuranza de los santos, dicen los sagrados teólogos que se divide en dos partes: la primera es la gloria esencial, que es la más principal y sustancial parte de su bienaventuranza: la segunda es accesoria y accidental, y menos principal, como más abajo declararemos. La gloria esencial es una total conjunción y unión del alma con Dios, purísima, amabilísima é inexplicable, colmada de todos los bienes, y apartada de todos los males. Esta conjunción y unión con Dios, consiste en la vista clara del mismo Dios, de la cual dice san Agustín: Qucæ visto est; tota merces, que todo el premio y toda nuestra bienaventuranza es ver á Dios: porque, aunque acá en la tierra, por ver un hombre al rey, no es rey, ni por ver cosas hermosas, es hermoso, ni alegre, por ver cosas alegres (porque todas estas cosas son bajas y limitadas, y fuera del hombre que las ve); pero Dios es un bien tan inmenso, tan infinito é incomprensible, y tan lleno de infinitas perfecciones, que al que le ve en la gloria, le arrebata y transforma en sí; y según su capacidad lo llena de sí mismo, y de todos los bienes que posee; y con esta gloriosa vista da al alma del bienaventurado una posesión eterna de sí, y un gozo sobre todos los gozos. De esta vista dice el glorioso san Agustín estas palabras: «Ahí veremos, amaremos y alabaremos: veremos en nuestra lumbre; ¿y qué lumbre veremos? Una lumbre inmensa, incorpórea, incorruptible, incomprensible, que nunca se apaga, inaccesible, increada, verdadera, divina, que alumbra los ojos de los ángeles, y alegra y conserva en su vigor á todos los santos, y es lumbre de todas las lumbres, y fuente de vida, que sois vos, mí Dios: porque vos sois aquella lumbre en cuya luz vernos la luz, á vos en vos; y con el resplandor de vuestro rostro os veremos cara á cara. Ver la cara de Dios vivo es ver el sumo bien, el gozo de los ángeles, y de todos los santos, el premio de la vida eterna, la gloria de los espíritus bienaventurados, júbilo sempiterno, corona de hermosura, palio de felicidad, descanso abundantísimo, hermosura de paz interior, y exterior alegría, paraíso de Dios, Jerusalén celestial, vida beatífica, cumplimiento de toda bienaventuranza, gozo de eternidad, y paz de Dios, que sobrepuja todo sentido». Todo esto es de san Agustín. ¿Qué será ver aquella esencia tan admirable, tan simplicísima y tan comunicable, y ver en ella de una vista el misterio de la beatísima Trinidad? ¿Ver al Padre en el Hijo, y al Hijo en el Padre, y en el Padre y en el Hijo al Espíritu Santo? ¿Ver sin sombras ni figuras, como el Hijo eternamente es engendrado del Padre: como el Espirita Santo procede del Padre y del Hijo. como de un principio: como ninguna de las tres personas es mayor, ni menor, ni mas noble ni menos noble que la otra: como el Padre no fué antes del Hijo, ni el engendrado es después del que le engendró; mas todas las tres personas son en todo iguales, coeternas, y de infinita excelencia y dignidad? Allí ven aquel nudo indisoluble con que la divina naturaleza se juntó con la humana, en una persona de Jesucristo; y de tal manera se unió, el que es infinito con lo finito, y Dios con el hombre, que se puede con verdad decir, hablando de Cristo: Dios es hombre, y el hombre es Dios. En esta visión de la Santísima Trinidad y del misterio de la Encarnación del Verbo eterno, consiste principalmente la bienaventuranza.
Pero no solamente los santos ven a Dios en Dios, sino también ven á sí en Dios, y todas las cosas en Dios: porque, como dice san Fulgencio, así como el que tiene un espejo delante, ve el espejo y ve á sí mismo en el espejo, y ve todas las otras cosas que están delante del espejo; así los santos, teniendo aquel espejo sin mancilla de la majestad de Dios, ven á él, y se ven en él y todo lo que está fuera de él, según el conocimiento mayor ó menor que tienen de él: porque así como acá todas las criaturas son como un espejo (aunque oscuro é imperfecto) que nos representan á Dios; así allá el mismo Dios es como un espejo lucidísimo, clarísimo y perfectísimo, que con una simplicísima vista representa á los bienaventurados todas las excelencias y propiedades de las criaturas mucho más perfectamente que no están en ellas: y los secretos y misterios escondidos de Dios, que los más sabios y altos ingenios, quemándose las cejas y quebrándose las cabezas, no pueden con todo su estudio y diligencia rastrear, escudriñar, ni de mil parles investigar; allí los ven claramente en su fuente, y alcanzan el cumplimiento de su deseo. Allí ven como la tierra, el agua, el aire y fuego y todos los elementos fueron criados de nada: el cielo adornado de tantas y tan esclarecidas lumbres y estrellas; y cada cosa colocada en su lugar con admirable orden y armonía. Allí ven la sapientísima y maravillosa distinción, hermosura y disposición de los nueve coros de los ángeles, repartidos en tres jerarquías. Allí ven como todas las gracias naturales y sobrenaturales de tal manera se derivan de aquella fuente manantial y perenne, y descienden en las criaturas, que no se apartan jamás de su fuente (como el río de su origen), sino que siempre están en ella enteramente, como una luz que se comunica y se reparte en muchas luces, sin algún detrimento suyo, ó disminución. Y en como todos los dones de Dios siempre son nuevos, porque en él no hay diferencia de tiempos, ni pasado ni porvenir, mas una eternidad, tiempo sin tiempo presentísimo. Ven como siendo Dios un bien simplicísimo, inconmutable ó indivisible, unos participan de él más, y otros menos, á guisa del sol que comunica mas ó menos su calor y su luz, según la disposición que halla. Pues ¿qué diré de los secretos juicios de Dios, y de los maravillosos efectos de su divina providencia, que son un abismo sin suelo, y no se pueden apear, y agotan el humano entendimiento? ¿Por qué en esta vida uno es rico, otro pobre: uno sano, otro enfermo: uno robusto, otro flaco: uno hermoso y otro feo: uno de agudo, y otro de rudo ingenio: y lo que es más, por qué una criatura muere antes del bautismo y va al limbo; y otra, en recibiendo el bautismo, vuela al cielo? ¿Por qué á uno de los ladrones que fueron crucificados con Cristo, le dio tan extraordinaria gracia, para que le conociese y le confesase por Dios; y al otro dejó morir en su pecado? ¿Por qué permitió que cayese Judas en tan detestable y horrible maldad; y guardó á los demás apóstoles para que no cayesen en ella? ¿ Porqué (como escribe san Agustín) el bueno es pobre; y el malo es rico: y el malo anda alegre y contento y el bueno, triste, congojado y afligido? ¿Por qué el inocente y sin culpa sale del juicio condenado; y el perverso acusador triunfa y se alaba de haberse vengado del que no lo merecía: el pecador tiene entera salud; y el justo está consumido y podrido de enfermedades? ¿Por qué los que daban esperanza de ser provechosos con sus vidas, son arrebatados de la muerte antes de tiempo; y otros que no parece que hablan de nacer, logran y viven largos años? ¿Por qué está sentado en el trono y sublimado en honra y dignidad el que es oprobio y escándalo de la república; y el que es justo, pacífico y provechoso, está arrinconado y sepultado en perpetuo olvido? Finalmente, allí ven que todas las obras de Dios son mezcladas con justicia y con misericordia, y que de todas saca el Señor su gloria: y que si permite algunas que á nuestros ojos flacos parecen desbaratadas y fuera de camino, no lo son, sino muy acertadas y convenientes para mayor bien nuestro, y gloria y ensalzamiento del que con tanta providencia y deseo de nuestro provecho las permite: y no las permitiría, ni los males que vemos, sino fuesen instrumentos de los mayores bienes, y materia para amplificar la gloria de Dios, que por su gran sabiduría é inmensa bondad de los mismos males saca mayores bienes.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 31 de octubre de 2026

S A N T O R A L

SAN QUINTIN o QUINTINO, MÁRTIR

Quintino, mártir gloriosísimo, aunque fué romano noble de senatoria estirpe, que era la mayor nobleza romana, con todo fué muchísimo más noble por la fé, que como valeroso soldado tuvo á su Rey soberano Cristo Señor nuestro, por cuya confesión dio gloriosamente la vida, y por cuyo amor dejó la patria, los parientes, amigos, riquezas, faustos y pompas mundanas. Salió, pues, de Roma Quintino con Fusciano, Victorino, Crispino y Crispiniano, y otros piadosos y devotos cristianos, todos los cuales con deseos de propagar la fé de Jesucristo se encaminaron á Francia: llegaron á París, y de allí se dividieron, eligiendo cada uno su ciudad, ó provincia, donde ir á predicar. Quintino, predicando y haciendo prodigiosos milagros, dio vuelta á una y otra parle, hasta que llegó á la ciudad de Amiens. A este tiempo era tanta la sangre de cristianos que el cruel tirano Ricciovaro había derramado, que corría un río de aquella provincia llamado Mosela, mas con la abundancia de la sagrada sangre de los invictos mártires, que de sus propias aguas, las cuales dejando su color nativo, habían tomado el rojo de la sangre. Luego que el glorioso Quintino llegó á Amiens, comenzó á predicar y ganar almas para el cielo, cuya noticia llegó á los oídos del impío Ricciovaro, que al instante lo mandó poner con todo rigor en la cárcel, adonde fué muy gozoso y alegre, y toda la noche gastó en oración y cánticos divinos.
El día siguiente, sentado en su tribunal Ricciovaro, hizo traer á su presencia á san Quintino. Puesto el santo á su vista, le preguntó: ¿Cómo te llamas? Cristiano, dijo Quintino; porque soy cristiano, y creo á Cristo con el corazón, y le confieso con la boca; pero mis padres me llamaron Quintino. ¿De qué linaje eres? añadió el prefecto. Soy, dijo el santo, ciudadano romano, hijo de Zenón, senador. Pues ¿qué cosa es, dijo el prefecto, que persona tan noble, é hijo de un varón tan ilustre, se haya dejado engañar con una superstición tan grande, como adorar por Dios á aquel que los judíos crucificaron? No hay más nobleza, dijo Quintino, que conocer á Dios, y obedecer sus santos mandamientos. Por esta católica religión y fé que profeso, se conoce á Dios omnipotente, Criador de cielo y tierra, y á su Hijo Jesucristo nuestro Señor, por quien fueron hechas todas las cosas visibles é invisibles, el cual en todo es igual al Padre. Iba á proseguir Quintino; y el prefecto le embarazó, diciendo: Deja la locura, y sacrifica á nuestros dioses; sino, yo te juro por ellos que le quitaré la vida con diversos tormentos.
Pues yo te juro y prometo por mi Dios y Señor Jesucristo, dijo Quintino, que ni haré lo que mandas, ni temo tus amenazas: y así ejecuta luego tus rigores; que dispuesto estoy á padecer todo aquello que mi Dios permitiere. Tú puedes atormentar mi cuerpo; pero Dios tendrá misericordia de mi alma. Con esto se enfureció el prefecto, y lo mandó desnudar y azotar fuertemente con duras y nudosas varas; y mientras más lo azotaban, más fuerzas cobraba el guerrero fuerte, levantando los ojos al cielo, y dando á Dios infinitas gracias. Consolóle su divina Majestad con esta voz celestial: Quintino, sé constante: pelea varonilmente; yo le asisto.
A esta voz cayeron desmayados en tierra los verdugos: lo cual visto por el cruel Ricciovaro, dijo así: Juro por los santos dioses y diosas que este Quintino es mago, y usa de sus encantos, como claramente se ve; y así quitádmelo de delante, y ponédlo en una oscura cárcel, que yo veré si le valen sus encantos. No se permita entrar cristiano alguno á consolarlo, para que así pague la pena de sus locuras.
Puesto en cadena, pues, y en una cárcel oscurísima, cansado de los tormentos y trabajos, se durmió á la media noche, y al instante se le apareció un ángel del cielo, que le dijo: Quintino, siervo de Dios, levántale y anímate, y puesto en medio de la ciudad predica, consuela y anima á todo el pueblo, para que crean en nuestro Señor Jesucristo, y bautízalos. Apenas dijo esto el santo ángel, cuando, despierto, se levantó y le siguió, sin que las guardas de la cárcel, ni puertas cerradas le fuesen estorbo alguno. Puesto, pues, en medio de la plaza, predicó tan divinamente, la fé de Jesucristo, que convirtió más de seiscientas personas, y casi toda la ciudad se conmovió.
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Pero luego que lo supo el maldito Ricciovaro lo mandó prender otra vez, y poner en un tormento cruel, que era colgarle de unas ruedas que, suspensas en lo alto, á manera de carrillos de pozo, ó garruchas, con que se saca el agua, lo subían y bajaban, descoyuntándole los huesos, y deshaciéndole el cuerpo todo, hasta que lo dejaron molido. Después lo mandó azotar y herir cruelmente con garfios y rastros de hierro: luego que le echasen por las espaldas aceite, pez y resina hirviendo, para que entrando por las llagas, fuese más intensamente atormentado. Acabado este tormento, mandó que encendiesen hachas, y le abrasasen con ellas los costados: pero por mucho fuego que le ponían exteriormente, era mayor el divino que interiormente le abrasaba; y así dijo animoso al tirano: Cruelísimo juez, hijo de los engaños del demonio, ¿por ventura no sabes que, mientras más rigores y tormentos añades á mi cuerpo, tiene mi alma consuelos y refrigerios divinos con que menosprecio tus rigores?
Con esto creció la ira del juez, y dijo: Traed al punto cal viva, vinagre fuerte, sal y mostaza molida, y haciendo de todo una bebida, echádsela en la boca, y veremos á lo menos si así calla y cesa de injuriar á mí, y á nuestros dioses. Entonces, volviendo los ojos al cielo el invicto mártir de Jesucristo, y guerrero animoso, dijo: Señor, dulces son para mí y suaves cuantos tormentos padezco por tu santo nombre; y aunque sean los más amargos del mundo, á mi paladar son dulces como el panal.
Oyendo esto Ricciovaro, dijo: Juro por los altos dioses Júpiter, Mercurio, Sol, Luna y Asclepio, que te tengo de atar con fuertes cadenas, y has de ir preso á Roma, para que allí, á vista de los sacros emperadores, pagues con más crueles tormentos tus atrevimientos, y el haberte huido de la cárcel. Bien sé, dijo Quintino, que en Roma y en cualquier parte me ha de favorecer y asistir Dios; y así no rehúso el ir: pero confió en mi Señor Jesucristo, que el fin de mi vida será en esta provincia. Y así fue como lo profetizó el santo mártir; porque, mandándole poner al cuello, y por todo su cuerpo, fuertes cadenas, y que se partiesen con él los ministros para Roma, ordenó el prefecto que fuesen poco á poco; porque quería él mismo acompañarlos, para entrar glorioso con el triunfo: y así, llegando á un lugar, llamado Augusta Veromando, no lejos de Amiens, se detuvieron á esperarlo. Al dia siguiente llegó Ricciovaro, y mandó le trajesen delante á Quintino: y mirándole con cariño, vuelto el lobo en raposa le dijo: Quintino hermano, porque eres joven y de tan noble prosapia, tengo piedad de tí; y así toma mi consejo, que es de hermano y amigo: sacrifica solo á Júpiter y Apolo, y si quieres ir á Roma, te doy mi palabra de honrarte, como mereces en esta provincia: escribiré á los sacratísimos emperadores, dicíéndoles quién eres, y lo mucho que mereces, para que te den el título de príncipe y juez magnífico de esta provincia, y ocupes mi lugar, que es cuanto por tí puedo hacer. A esto respondió el invictísimo mártir: Muchas veces, ó Ricciovaro, te he dicho que le cansas en vano; porque yo no tengo de ser tan loco como tú, que sacrifique á los demonios infernales; pues no son otra cosa estos que llamas dioses.
Aquí acabó Ricciovaro de perder las esperanzas de reducirlo y juntamente la paciencia; y así hizo llamar un herrero, y le mandó hacer dos agudos clavos y tan largos, que entrando por la cabeza, llegasen hasta las piernas, y otros diez más pequeños, que entrasen por entre la uña y yema de los dedos, Hízolos el herrero al instante, y los verdugos se los clavaron los diez en los diez dedos de las manos, y los dos por lo alto de la cabeza, que le traspasaron todo el sagrado cuerpo de alto á bajo hasta los pies, con que quedó todo hecho un lastimoso espectáculo á los hombres, pero glorioso á los ángeles y á los cielos. Viéndole de esta manera el tirano clavado, y corriendo arroyos de sangre, dijo soberbio y vano: Vengan los cristianos todos, y vean este mísero espectáculo, y les servirá de ejemplo y escarmiento viendo aquí, donde llega la ira de mis rigores. Pero no sabía el tirano lo que se decía ni hacia; pues antes mostrarles á los valerosos cristianos la constancia invencible de Quintino, fué mostrarles un mudo predicador, que con su ejemplo exhortaba y animaba á todos á alcanzar semejantes triunfos del bárbaro y cruel gentilismo; porque ninguno hubo á quien no moviese la vista del generoso mancebo, é invencible caballero de Jesucristo, á una emulación sagrada, y deseo fervoroso de ser semejantemente atormentado por la fé santa y divina suya. Cansado ya el tirano de ver tanta constancia, y tan milagroso vivir, y que se reducían infinitas almas, con sola su vista, á la fé de Jesucristo, y á voces pedían el martirio; mandó que le cortasen la cabeza: y viéndose ya á las puertas de la gloria, gozoso y alegre, mientras el verdugo desenvainaba la espada, hizo una breve y fervorosa oración á Dios, y una exhortación á los nuevamente convertidos, é inclinando la cabeza, se la cortó de un fiero golpe el verdugo, y al instante se oyó una voz del cielo, que dijo: Quintino, siervo mío, ven y recibe la corona que tengo para tí prevenida en la gloria por tus grandes méritos: y saliendo una cándida y hermosísima paloma de su cuello, que era su alma santísima, vieron todos como entró triunfante y gloriosa en el cielo, á ser colocada en el coro de los espíritus soberanos y mártires de Jesucristo. Su glorioso triunfo fué á los 31 de octubre, por los años del Señor de 303, imperando el impío Maximiano. Su cuerpo glorioso fué sepultado, por orden del mismo Ricciovaro, de noche, y con todo silencio y secreto (para que ningún cristiano lo supiese y descubriese tan gran tesoro á la Iglesia) en un profundo cenagal que hace el rio que por allí pasa, llamado de unos Secuana, y de otros Se, y allí estuvo oculto por espacio de cincuenta y cinco años, hasta que Dios fué servido de descubrirlo milagrosamente: que fué en esta forma.
San Quintín y San Luis Rey
Había en Roma una rica y noble matrona, llamada Eusebia, ciega desde edad de nueve años. A esta se apareció tres veces un ángel del Señor, y todas tres veces le dijo, que si quería cobrar la vista fuese á Francia, y buscase el cuerpo del glorioso mártir san Quintino, que él la guiaría al lugar adonde estaba. Obedeció la señora: y guiada del ángel, y acompañada de decente familia, según su calidad, fué á la ciudad de Amiens, y de allí, al lugar y parte del río donde había sido sepultado el cuerpo glorioso, guiada siempre del santo ángel. Estando allí, preguntó á muchos, si sabían el cuerpo de san Quintino: y como ninguno la supiese dar razón, así por haber ya pasado cincuenta y cinco años, como por el secreto con que el tirano Ricciovaro lo hizo sepultar y esconder; ella se puso en oración, pidiendo á Dios fuese servido decirla lo que no sabían los hombres. Apenas acabó su oración, cuando (¡ó maravillas de Dios siempre inmensas!) el mismo cuerpo se vio por una parte del rio, y la cabeza por otra, venir nadando basta ponerse en las manos de Eusebia. Recibiólo con el gozo que se puede imaginar, y los que la asistían, vieron como estaba incorrupto, hermoso y bello, y todos percibieron la suavísima fragancia de un divino y celestial olor que despedía de sí. Luego ordenó Eusebia que caminasen con el santo cuerpo á una ciudad, que estaba cinco millas de allí, para darle honorífica sepultura; pero apenas apartados del rio subieron á lo alto del monte, cuando se hizo tan pesado el cuerpo santo, que no les fué posible, á los que lo llevaban, pasar de allí, quedando todos tan admirados como inmobles. Conocida con este prodigio la voluntad de Dios, que era no querer su siervo Quintino dejar el lugar donde había padecido vencido y ganado la corona de la gloria; ordenó Eusebia que allí lo sepultasen lo más decente que les fuese posible: y al irle á poner en el sepulcro, cobró la vista deseada, y que tantos años había que carecía de ella. Dio infinitas gracias á Dios, y al glorioso san Quintino por tan gran favor y milagro. Otros muchos enfermos, que allí se hallaron de varias enfermedades, todos sanaron: con que todos glorificaron á Dios en su siervo y glorioso mártir Quintino.
Sepulcro del Santo en su iglesia
de Saint Quentin, Francia.
Pasaron trecientos y veinte años, en cuyo discurso de tiempo poco á poco se había ya ido olvidando la memoria de tan gran santo; y asimismo se olvidó del todo el lugar donde Eusebia lo sepultó, si bien había quedado una pequeña iglesia, fabricada en el mismo monte; pero nadie sabía si dentro de ella estaba sepultado el santo cuerpo, ó nó. Por este tiempo vivía el bendito san Eloy; y siendo obispo, fué muy dado, como á todas las virtudes, á venerar los cuerpos y reliquias de los santos; y así buscó muchos, que yacían incógnitos, y los colocó y veneró con especial devoción. Deseaba mucho hallar el cuerpo de san Quintino: y como todos ignorasen el lugar de su sepulcro, el santo obispo preguntó á Dios lo que ignoraban los hombres por su descuido. Ayunó tres días continuos: estuvo siempre en oración; y dijo á Dios, con aquella fe que tenía: Señor, no comeré, ni beberé, ni cuidaré de las ovejas que me habéis encomendado, basta que me descubráis el tesoro que busco. Mientras esto pasaba, muchos, que á Eloy asistían, cavaban en diferentes partes de la iglesia, pero en vano; hasta que al tercero día siendo ya noche, se levantó el santo de su oración, y con el báculo señaló un lugar, mandando que allí cavasen. Hiciéronlo así; pero como hubiesen ya pasado más de diez varas de hondura y nada descubriesen, perdieron las esperanzas y se dejaron de cavar. Entonces Eloy, tomando una espuerta, entró en el hoyo, y con las manos la llenó de tierra, y apenas tocó con el báculo en aquella parte que había ahondado más con sus benditas manos, cuando sintió que había tocado madera: volvió á dar mayor golpe, y rompió la tumba.
Relicario con el cráneo del Santo en
su iglesia de Saint Quentin, Francia

Aquí fué donde comenzaron todos á ver las maravillas de Dios, y de su siervo Quintino; pues salió por aquella rotura un globo de luz tan hermoso y bello, que siendo á la media noche, y muy oscura, todos juzgaron era de día y que había salido el sol: tanta fué la claridad que llenó la iglesia y toda la montaña, que juzgaron todos los circunvecinos que habla amanecido; y así se levantaron á media noche: pero no se engañaron; porque la luz permaneció basta que salió el sol. Con la luz salió también una fragancia tal, que todos juzgaban hallarse en el paraíso. Tiernas lágrimas de gozo derramaba el santo obispo, por haber hallado tan gran tesoro. Sacóle de la tumba, en que yacía, hermoso, fresco y oloroso. Sacóle los clavos que el impío Ricoiovaro le clavó: besólos como reliquias sagradas; y para que se viese cuan entero, sano é incorruptible estaba, mostró á todos una gota de sangre viva que salió de una de las heridas. Hízole una caja de oro, plata y piedras preciosas, donde le colocó: y para que en adelante no se volviese á perder su memoria, amplió la iglesia, haciendo un suntuosísimo templo, y un monasterio, que hoy persevera, donde hace Dios infinitos milagros por su siervo Quintino, con que es para siempre glorificado y glorioso. Escribieron la vida y martirio de san Quintino, y sus dos gloriosas invenciones Beda; Usuardo; Adon; Surio, tomo V; Pedro de Naralibus, lib. IX, cap. 126; san Gregorio Turonense De gloria martyrum, cap. 72 el 7; el Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo n de sus Anales, año 303, núm. 130.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

viernes, 30 de octubre de 2026

S A N T O R A L


SAN MARCELO, CENTURIÓN, Y DOCE HIJOS SUYOS, TODOS MÁRTIRES

Entre los muchos ilustres mártires que ha habido en España, uno es san Marcelo, soldado y centurión, ó capitán de cien soldados [en realidad una centuria estaba integrada por ochenta soldados, N. de la R.], así por haber él muerto gloriosamente por Cristo, como por haber por su ejemplo animado á doce hijos suyos, para que le siguiesen y diesen alegremente su vida por aquel Señor que por ellos había dado la suya en la cruz. Del padre y de los hijos hablaremos aquí, y referiremos lo que hallamos en las historias eclesiásticas y en algunos breviarios y santorales antiguos de España.
El martirio de san Marcelo, escrito por los notarios de su mismo tiempo, referido por el padre Fr. Lorenzo Surio en su quinto tomo á los 30 de octubre, resumido en pocas palabras, fué de esta manera. Celebrando las legiones militares de la provincia de Galicia el nacimiento del emperador Diocleciano con coronas de flores y rosas en sus cabezas, y llegándose á ofrecer el incienso que llevaban en las manos, á una estatua del mismo emperador; Marcelo, centurión de la legión, llamada Trajana, que se hallaba presente, abominando (como era razón) tan detestable sacrificio con desprecio, no quiso ofrecer el incienso. Causó esto admiración á los otros soldados, y comenzaron á amonestarle que sacrificase y se conformase con los demás; y él encendido en el amor de Dios, y menospreciando las honras y bienes de la tierra, se quitó el cíngulo militar, y arrojóle con la espada, confesando claramente que era cristiano.
Espada jineta nazarí (M.A.N. Madrid) 01a
Fué acusado delante de Fortunato, tribuno de aquella legión, y presidente de aquella provincia: hablóle y respondiólo Marcelo con gran libertad; y él lo mandó llevar aprisionado á la ciudad de León, para oírle allí otra vez. Examinóle la segunda vez, y de la plática resultó que Fortunato le envió aprisionado á Agricolao, prefecto del pretorio, que á la sazón se hallaba en la ciudad de Tánger, metrópoli de la provincia Tingitana, en África, que en aquel tiempo estaba sujeta á ia jurisdicción del presidente de España. Llevóle á cargo un soldado, llamado Cecilio Arba: padeció san Marcelo grandes trabajos en aquel largo camino, por ir con prisiones y sin ningún regalo.Después que llegó, y fué preguntado por Agricolao sobro el caso. y Marcelo hubo respondido grave y constantemente á sus preguntas, y confesado claramente lo que había hecho y dicho, y que era cristiano, y que no se dejaría vencer de temor ni espantos, ni tormentos, para apartarse un punto de la confesión de Jesucristo; el prefecto pronunció sentencia en la forma siguiente contra él: Es mi voluntad y mando que sea degollado Marcelo; porque públicamente violó y quebrantó el juramento del cargo de centurión, en que servía en la guerra, renunciándolo y echándolo de sí, y en la audiencia del presidente dijo palabras de desatino y locura. Oyendo esta sentencia Marcelo, dijo: Dios le haga bien; y con esto fué degollado. Su cuerpo fué allí sepultado, y en tiempo de los reyes católicos don Fernando y doña Isabel, por buena diligencia de un clérigo, llamado Isla, fué trasladado de Tánger á León, y puesto en una iglesia de su nombre de san Marcelo, que es la más principal parroquia de la ciudad. Está el santo cuerpo sobre el altar mayor en una arca dorada de muy lindo talle. En el breviario antiguo de aquella ciudad se dice, que la mujer de san Marcelo se llamó Nona, y que cuando supo la muerte de su marido y de algunos de sus hijos, rogó á Dios que la llevase para sí, y que murió luego. Tiénenla por santa, y en gran reverencia, y también un pozo en que dicen que estuvo el cuerpo de Nona algún tiempo. El martirio de san Marcelo fué por los años del Señor de 298, imperando Diocleciano. El Martirologio romano y el de Reda, y los demás, hacen mención de él á los 30 de octubre, y el breviario toledano pone un himno de su martirio y gloriosa corona.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

LOS HIJOS DE SAN MARCELO, CENTURIÓN, MÁRTIRES




El breviario de Evora y Juan Vasco, en la Crónica de España, dicen que los doce hijos de san Marcelo se llamaron con estos nombres: Claudio, Lupercio,
Victórico, Facundo, Primitivo, Genuterio, Celedonio, Fausto, Januario, Marcial, Servando, y Germano, y que todos fueron Mártires.



Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc