domingo, 4 de enero de 2026

S A N T O R A L




Beato Tomás Pluntree, Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: En Durham, ciudad de Inglaterra, beato Tomás Plumtree, presbítero y mártir, que en tiempo de la reina Isabel I fue condenado a muerte por su fidelidad a la Iglesia católica y, llevado ante el patíbulo, prefirió ser colgado antes que vivir en la apostasía. (c.1520 - 1570).


Nació en Lincolnshire. Estudió en el colegio del Corpus Christi de Oxford, donde se doctoró en 1546. Fue rector de Stubton durante todo el reinado de la reina María, y cuando subió al trono Isabel I, se le pidió el juramento de supremacía religiosa a lo que se negó, por lo que tuvo que dejar su puesto y marchó a Lincoln y enseñó en una escuela, pero como era católico, también se le expulsó de esta escuela
Cuando tuvo lugar la sublevación de los dos condes, los de Norhumberland y Westmoreland, en defensa del catolicismo, Tomás fue capellán de los insurgentes, y celebró misa en 1569 en la catedral de Durham, devuelta al culto católico. Al ser derrotados los rebeldes, Tomás, como otros muchos, intentó escapar, pero fue detenido y enviado a Carslile, y luego a Durham, donde fue juzgado y condenado por traición y rebeldía. Antes de su martirio en la plaza del mercado de Durham se le ofreció perdonarle la vida si se hacía anglicano, Tomás se negó respondiendo que «no tenía deseos de continuar viviendo en este mundo, a cambio de morir para Dios». Fue ahorcado y descuartizado.

BULA REGNANS IN EXELSIS de excomunión contra Isabel I

San Pío V

Regnans in excelsis


Pío, Siervo de los Siervos de Dios, para el recuerdo perpetuo de los hechos. 

 El que reina en las alturas, a quien todo el poder se le ha dado, tanto en la tierra y en el cielo, los ha confiado solos, es decir, que Pedro, Príncipe de los Apóstoles, el cuidado de gobernar, la Iglesia Católica, una y Santa, fuera de la cual no hay salvación. 

 Él lo ha constituido únicamente sobre todas las naciones, y sobre todos los reinos, que debe arrancar de raíz, destruir, plantar de nuevo y edificar, a fin de que continúe en la unidad del Espíritu Santo, y que debería entregar al Salvador, seguro y libre de todo peligro, el pueblo fiel, unidos en el vínculo de la caridad mutua. 

 Nosotros, siendo, por la gran bondad de Dios, llamados a sostener el timón de la Iglesia, nos dedicamos sin cesar a nuestro cargo, sin omitir ningún trabajo para preservar intacta la unidad, y la religión católica, que ha dejado a su Autor expuestos a la tempestad , con el fin de probar la fe de su pueblo y corregir a nosotros por nuestras faltas. 

 Pero los números de los impíos han usurpado el poder por lo tanto, no hay lugar en el mundo que no han tratado de corromper con sus doctrinas perversas. Entre otros, Isabel, la sirvienta de la delincuencia, y fingida Reina de Inglaterra, les ha ofrecido un asilo en el que se encuentran refugio. 
 Esta misma Isabel, después de apoderarse del trono de Inglaterra ha usurpado la autoridad del jefe supremo de la Iglesia. Ha mostrado uso de esta facultad y jurisdicción, y ella ha vuelto a emitir por el camino de la perdición y despreciable que ella reina, una vez dedicado a la fe católica y el destinatario de sus bendiciones. 
Elizabeth ha destruido el culto de la verdadera religión, que fue anulada por Enrique VIII, y que la legítima reina María, con encomiable respeto de la posteridad, había logrado en el establecimiento por los esfuerzos de su poderosa mano propia, y con la asistencia de la Santa Sede. Elizabeth, abrazando después los errores de los herejes, no ha considerado el Consejo Real de Inglaterra, integrado por la nobleza Inglésa y los ha reemplazado con los herejes oscuros. Ella ha oprimido a los que cultivan la fe católica, y los ha sustituido por los oradores del mal y los ministros de la impiedad. Se ha abolido el sacrificio de la Misa, la oración, el ayuno, las distinciones de la carne, el celibato y los ritos católicos. Se ha ordenado a la circulación de libros que contienen un sistema de herejía manifiesta, y de los misterios impíos. Se ha ordenado a sus súbditos a recibir, observar,y preservar preceptos que se ha adoptado de Calvin. Ella se ha atrevido a decretar que los obispos, rectores de iglesias, y los sacerdotes católicos y otros, a ser expulsados ​​de sus iglesias y privados de sus beneficios. Se ha dispuesto de ellos y de otras cosas eclesiásticas a favor de los herejes, y ella también ha decidido tomar decisiónes que justamente le pertenece sólo a la Iglesia. 
Se ha prohibido a los prelados, el clero y las personas a reconocer la Iglesia Romana, y obedecer sus leyes y sus sanciones canónicas. Se ha limitado la mayor parte de sus súbditos a reconocer sus leyes culpable, y abjurar de la obediencia debida al soberano pontífice. Se ha señalado, que, con juramento, que se reconocen como su único amante, tanto en las cosas espirituales y temporales. Hay sanciones y castigos infligidos a los que no pudo persuadir, y los que perseveraron en la unidad de la fe y en obediencia.
También ha echado en la cárcel a los obispos y los rectores de iglesias, y muchos de ellos han perecido allí en la miseria. 
 Estas cosas son bien conocidas por todas las naciones, que se demuestra el grave testimonio, y no queda espacio para tergiversacion, excusa o defensa. 
Nosotros, al ver estas impiedades multiplicadas, y aún viendo que otros delitos se suman a la primera, ya que las persecuciones contra los fieles van en aumento, como consecuencia de la voluntad propia y la de coacción digo, Elizabeth, estamos convencidos de que su corazón está más endurecido que nunca. No sólo desprecian a las oraciones piadosas de los buenos católicos, que deben convertirse y traer de vuelta a su sano juicio, sino que, además, se ha negado a recibir ni siquiera los nuncios en Inglaterra a quienes he enviado.
Nosotros, entonces, por necesidad obligados a recurrir a las armas de la justicia en su contra, no se puede suavizar nuestro dolor que no se han ocupado seriamente con antepasados ​​quién princesa tan bien merecido el elogio de la república cristiana.
 Por lo tanto, con el apoyo de la autoridad de aquel a quien se nos ha llamado al trono, a pesar de que son indignos de tal cargo, en nombre de la autoridad apostólica, declaramos a Elizabeth una hereje, y el socorrista y fautor de herejes , y que sus adherentes, en los citados actos aborrecidos han incurrido en la pena de anatema, y están separados de la unidad del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. 
Declaramos privada de su pretendido derecho a ese reino, y de todos los dominios, la dignidad y el privilegio. En esta receta que más prohíben todos los nobles, la gente, los temas, y otros, para aventurarse a obedecer las órdenes, consejos, o las leyes de dicho Elizabeth. En cuanto a los que han de actuar de otra manera que como tenemos aquí autorizar el orden, las incluimos en la misma frase de anatema.
 Como es difícil de llevar a las presentes siempre que sea necesario, ordenará que una copia notarial por escrito, bajo el sello de un obispo y de este tribunal, tiene la misma autoridad en cualquier tribunal y por fuera, y tienen como fuerza y valor como si estos presenta reales fueron exhibidos.
 Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 28 de febrero, en el año 1576, y de nuestra Pontificia la 6 ª.
 PP Pío. V 

sábado, 3 de enero de 2026

Primer Sábado del Mes

Devoción al Rosario

 y al Inmaculado Corazón de María


En la segunda aparición en Fátima la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, 
con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.

Promesas de Nuestra Señora de Fátima

En la aparición de Junio de 1917, Nuestra Señora prometió a los tres pastorcitos que llevaría al Cielo a aquellos que abrazaran la devoción al Inmaculado Corazón de María. Al respecto, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, gran apóstol de la devoción mariana, comentó en una conferencia dictada en 1994: "La Santísima Virgen pide muy poco: Si lo hicieran os daré. Si no lo hicieran, no quiere decir que no os amaré, pero... si fuereis sedientos de aprovechar esta promesa de mi Inmaculado Corazón tanto más yo os amaré. ¡Venid!"
Sin embargo, cuántas personas adoptan una actitud indolente delante de promesas de éstas: las promesas del Sagrado Corazón de Jesús respecto a los nueve primeros Viernes; la promesa del Escapulario del Carmen, de ser sacado del fuego del Purgatorio en el primer Sábado, ¡qué promesas magníficas!".

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.

S A N T O R A L


EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

Circuncidan al niño, y llámanle Jesús: para que no pensásemos, que la circuncisión era remedio del pecado en el niño; dice el evangelista, que le pusieron por nombre Jesús, y que este nombre vino del cielo; y que había sido pronunciado por el ángel, aun antes que el niño fuese concebido en las entrañas de la madre. Maravillosa junta es la de la circuncisión y del nombre de Jesús, que quiere decir «Salvador»; para asegurarnos, que no tiene pecado el que es Jesús, y Salvador de pecados. La ignominia, que se podía seguir en los ojos de los ignorantes, por ver á Cristo nuestro Señor circuncidado y con divisa de pecador, el nombre de Jesús la borra y deshace con la gloria de su majestad, así como el oprobio y afrenta de la cruz se quitó con el título glorioso, que se puso sobre ella, en que estaba escrito: «Jesús Nazareno, rey de los judíos». Y si bien atendemos, hallaremos, que la divina sabiduría siempre juntó en los misterios de nuestra reparación lo alto con lo bajo, y con lo humano lo divino: porque si Cristo tuvo madre en la tierra, fué madre virgen; y si nació en un portal desabrigado y pobre, fué en Él conocido de los pastores, adorado de los reyes, y alabado de los ángeles, y anunciado y predicado en el mundo; y por la misma causa hoy fué circuncidado y se llama Jesús. Primero se circuncidaban los hebreos, y luego se les ponía el nombre; para que la señal divina precediese á la humana, y estando ya el niño consagrado á la majestad de Dios, comenzase á tener nombre entre los hombres: de manera, que así como ahora en el bautismo damos el nombre, al que está ya reengendrado en Cristo; así se daba en el viejo Testamento á los que por la circuncisión eran ya del pueblo del Señor. Esta costumbre se tomó del patriarca Abrahán, el cual el mismo día que se circuncidó, se mudó el nombre, y de Abram, que significa «Padre excelso», se llamó Abrahán, que quiero decir «Padre de muchas gentes y pueblos».
Más: dice el evangelista san Lucas, que este nombre de Jesús vino del cielo, y que el ángel san Gabriel le declaró, antes que el niño fuese concebido; para darnos á entender, que el Padre Eterno dio este nombre á su benditísimo Hijo, y que Él solo se le podía dar; porque solo sabía su grandeza, su excelencia y majestad, y comprendía su naturaleza, y el oficio y eficacia de Salvador, que le había dado. Los hombres ponemos los nombres, ó por el tiempo, llamando Pedro, al que nació en el día de san Pedro, ó por varias y diferentes causas, por conservar la memoria de nuestros padres y abuelos, ó por algún caso, que sucede; y muchas veces nos engañamos, dando á las cosas nombres, que no los cuadran; porque no conocemos y comprendemos bien la naturaleza y virtud de ellas: lo cual es menester, para que el nombre perfectamente diga y convenga, con lo que significa: y por esto Adán, como quien tan bien sabia las naturalezas y propiedades de las cosas, pudo darles el nombre, que les convenía; y mucho mejor sin comparación lo hace Dios, que conoce todas las cosas, que crió, y llama á cada una de las estrellas por su nombre; y por esto á solo Dios propiamente toca dar el nombre á las cosas; porque Él solo perfectamente las conoce, como á obras de sus manos. Pero si el dar nombre á las criaturas es propio del Criador, ¿cuánto más estará reservado al Padre Eterno el dar nombre á su unigénito Hijo? Porque él solo lo engendra y le conoce, como á su Verbo coeterno y substancial, y resplandor de su gloria y figura de su substancia: y por esto dijo el mismo Verbo eterno encarnado: «Ninguno conoce al hijo, sino el padre». Y si es oficio del padre poner el nombre á su hijo, como lo mostró Zacarías, cuando dijo: Joannes est nomen ejus: Juan es su nombre: no teniendo Jesucristo nuestro Salvador padre en la tierra, sino solo en el cielo, de allá había de venir este divino nombre, y ser publicado por boca de ángel: el cual no puso nombre á Cristo, sino declaró el nombre, que el Padre Eterno en el cielo le había dado. Llámase, pues, el niño, «Jesús,» que quiere decir «Salvador» porque como dijo el ángel á san José, había de salvar á su pueblo de sus pecados.

Muchos se han llamado Jesús y Salvadores; pero ninguno de ellos ha sido Jesús ni Salvador, de tal manera, que este nombre propiamente le arme, ni le hincha la entera significación del Salvador. Jesús se llamó Josué, capitán valeroso de Dios, que allanó con las armas la tierra de Promisión, y la repartió á los hijos de Israel: también se llamó Jesús Sirach, varón sapientísimo, el que escribió el libro del Eclesiástico; y Josedech, gran sacerdote y de santísima vida: pero todos estos tres fueron sombra y figura de nuestro Jesús, el cual como capitán esforzado había de vencer á todos nuestros enemigos, y entregarnos la verdadera tierra de Promisión; y como sapientísimo doctor enseñarnos el camino del cielo; y como divino sacerdote, ofrecerse en sacrificio al Padre Eterno por nuestros pecados. Salvador se llamó José, Gedeón, Sansón y Jepté, y otros se llamaron Salvadores de los pueblos, que defendían ó gobernaban; pero ¿qué tiene que ver aquella salud, que ellos daban, con la que de nuestro Jesús y verdadero Salvador habernos recibido? Aquellos salvaron su pueblo de la opresión y cautiverio de los enemigos, y defendieron la tierra, las viñas, los campos, las casas y las haciendas de los que las venían á quemar y destruir, y con la muerte de sus contrarios dieron vida y descanso temporal á sus naturales y vecinos: pero nuestro buen Jesús es Salvador de pecados, y de todos los hombres, que ha habido, hay y habrá en todo el mundo; y Salvador, que salva, no derramando sangre ajena, sino la propia suya, para dar salud á las almas de los redimidos.

Ninguno puede bien entender la excelencia de este dulcísimo nombre de Jesús, y lo que quiere decir Salvador de pecados, sino el que con la debida ponderación penetrare el estrago, que un pecado mortal hace en el alma del que le comete. No hay calamidad ni miseria en esta vida tan para temer, como el pecado; no pobreza y desnudez; no hambre y sed; no deshonra ni afrenta; no guerra y pestilencia; no tormentos y muertos: ninguna cosa, de cuantas cosas pueden venir sobre un hombre desventurado y miserable, tiene que ver con la ruina y asolamiento, que hace un solo pecado mortal. El mismo infierno con sus eternas llamas, y perpetuo crujir de dientes, y compañía de aquellos monstruos fieros y horribles, no nos debería causar tanto espanto, como el pecado, que es como una espada de dos filos, que divide nuestra alma de Dios, que es alma de nuestra alma y vida de nuestra vida; y desamparada de Dios, queda pobre, desnuda, fea, desarmada de toda virtud, y como una viña vendimiada, ó casa tan robada de ladrones, que no queda en ella estaca en pared, flaca y rendida á sus apetitos, esclava de Satanás y obligada á pena eterna, y de tal suerte caída y postrada, que por sí sola no se puede levantar, ni jamás se levanta, si Dios no le da la mano, y la levanta por las entrañas de su misericordia: porque así como el que se echa por su voluntad en el pozo, no puede salir de él por su voluntad, sino que tiene necesidad de quien le dé la mano y le saque: así el hombre puede caer por su libre albedrío en el abismo del pecado; mas no puede levantarse y salir de él sin la gracia del Señor, que se le comunica por los merecimientos de Jesús, como de benignísimo Salvador, sin cuya sangre no se curan las llagas de la culpa, ni el tiempo, que cura las pérdidas temporales, las puede curar; porque son llagas y pérdidas eternas, sobre las cuales no tiene fuerza, ni autoridad el tiempo. Y con venir por el pecado sobre la cabeza del pecador un diluvio de desventuras, y calamidades tan lastimeras y horribles, la mayor y más para llorar es ofender aquella infinita, y soberana majestad, aquel sumo Ser, que es principio y fuente de todo ser, y aquella bondad inmensa, que es raíz de toda bondad: el volver las espaldas al que con tres dedos sustenta toda esta maravillosa, y hermosísima máquina del universo; y el rostro á las criaturas viles: y poniendo en una balanza al Señor de todo lo criado, y en otra un sucio y breve deleite, ó un interés despreciable, ó un puntillo de honra vana, abrázase con él, y menosprecia á Dios, sin hacer caso de sus mandamientos, y de aquella soberana voluntad, que todas las criaturas miran con reverencia, y obediencia: la cual injuria están grande, que no hay caudal en la naturaleza humana, ni en la angélica, para satisfacer dignamente por ella; y fué necesario, que el mismo Dios se hiciese hombre, y se llamase Jesús, para pagarla con poder de Dios, y con pena y dolor de hombre. Ninguna cosa hay en el cielo, ni en la tierra, ni en los infiernos, que así nos declare la gravedad y malicia del pecado, y el aborrecimiento, que Dios tiene al pecador, ni que así nos manifieste, lo que significa este nombre sacratísimo de Jesús, como ver morir á Dios en un madero por matar al pecado, y que este Salvador, para serlo, comenzó á derramar su sangre el mismo día, que le dieron el nombre de Salvador.

Diéronle el nombre; porque le dieron el oficio: y llamóse Salvador; porque su oficio fué de Salvador, y Salvador de pecados: los cuales, aunque sean innumerables, abominables y gravísimos, se lavan, y limpian en las fuentes de este Salvador. Desde el principio hasta el fin del mundo, desde Adán hasta el postrero de los vivientes, no ha habido, ni habrá hombre, á quien se hayan perdonado pecados, que no deba la gracia de su justificación y santificación á Jesús y á este benignísimo Salvador, como á fuente de la gracia y de todos los dones de Dios; de manera, que así como toda la frescura y hermosura de todo el árbol, del tronco, de las ramas, de las hojas, de las flores, de los frutos, procede de la virtud de la raíz, que está debajo de la tierra, y por sus ocultas venas se comunica y extiende hasta las más remotas y pequeñas partes del árbol; así toda la lindez de la gracia y gloria, que hay en este grande, é inmenso árbol de la Iglesia militante y triunfante, nace de la raíz viva, y fecundísima de Cristo nuestro Redentor. La fé que tuvieron los profetas, la esperanza de los patriarcas, la caridad de los apóstoles, la fortaleza de los mártires, la humildad y devoción de los confesores, la pureza de las vírgenes, el adorno y atavío de virtudes, con que resplandecieron todos los santos en esta vida, y la corona y gloria, que ahora poseen en la otra bienaventurada y perdurable, todos son frutos de esta raíz, y efectos de este dulcísimo nombre de Jesús, que los salvó. Y puesto caso que la raíz parezca seca y fea, y sepultada debajo de la tierra, por los dolores, baldones y afrentas, que padeció, como está regada con su sangre, da frutos de vida hermosísimos: porque aunque el niño derrame sangre, y sea circuncidado, y parezca feo con la imagen de pecador; en hecho de verdad es Jesús y Salvador de pecados, y causa y fuente original de toda la santidad de los hombres y de los ángeles, en la tierra y en el cielo: y así como es autor y obrador de las virtudes, y merecimientos de todos los santos, así también es el premio y corona de todos ellos. Toda el agua de los nos mana de las fuentes; toda la luz del sol: todos los senos y brazos de mar son partes y como miembros del mar Océano; y todas las gracias en sus principios, medios y fines, se reducen á Jesús.
Él es, el que lava las inmundicias de nuestros pecados; el que cura nuestras llagas; rompe nuestras cadenas; mitiga el furor de nuestras malas inclinaciones; líbranos del yugo pesado de nuestros malos deseos y de la tiranía y servidumbre de Satanás; restituyenos la verdadera libertad; hermosea nuestra alma, y hácela hija, esposa y templo de Dios; quieta la conciencia; aviva los sentidos interiores; alumbra nuestro entendimiento; despierta y enciende nuestra voluntad; esfuerza nuestra flaqueza; danos victoria de todos nuestros enemigos, y hácenos triunfar del pecado, de la muerte, del demonio y del infierno; porque es Salvador, y Salvador de pecados: y todo esto se comprende en este nombre santísimo de Jesús.
Ninguno, pues, diga, que es áspero y fragoso el camino de la virtud, llevando por guía y compañero á Jesús. Nadie se queje de la pobreza, del trabajo, de la dificultad; que Jesús es nuestra riqueza y nuestro descanso, y él le dará alas para volar, porque es nuestro Salvador. Nadie desespere de ser casto, de ser humilde, de ser paciente, de salir vencedor en esta lucha y dura batalla: pues Jesús es nuestro capitán, y nos manda lo que habernos de hacer, y nos da fuerzas y espíritu, para hacer lo que nos manda; porque es Salvador, y Salvador de pecados, y por serlo, le llaman Jesús: y esta es la primera excelencia de este dulcísimo y amabilísimo nombre de Jesús, que es ser remedio de todos nuestros males, medicina de nuestras enfermedades, alivio de nuestras penas, consuelo de nuestras aflicciones, esfuerzo de nuestros temores, áncora firme y puerto seguro de esta peligrosa navegación.
Otra es, ser el propio y más significativo nombre, de todos los que se dan á Cristo en las divinas Letras; porque dejando á parte los nombres metafóricos, que solo dan, como «León, Oveja, Cordero, Pastor, Camino, Puerta, Luz» y otros semejantes, y hablando de los que como propios se le atribuyen; en comparación de este, todos se pueden tener por apelativos, y como sobrenombres, y el más propio de todos es Jesús, el cual comprende casi todos los demás; porque todos los otros nombres de Cristo, ó significan á Dios en sí; como entre los hebreos, «Jehovah, Saddaí, Él», y el que el mismo Señor dijo á Moisés: «Qui est, misil me ad vos»: El que es, me envió á vosotros: ó significan á Dios con algún respecto á las criaturas, como «Dios, Juez, Criador, Gobernador, Proveedor»; ó denotan algún efecto de la divina gracia, que obró este Señor: como «Emanuel, Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre del siglo advenidero, Príncipe de la paz»; y aquellos otros: «Date priesa: Quita los despojos: Apresúrale en robar»: que son todos nombres, que da Isaías á Cristo nuestro Redentor; y el que le da Jeremías, llamándole «Nuestro Justo»: Zacarías, «Nuestro Oriente»; y Malaquías, «Ángel del Testamento», y otros, si hay, como estos; todos se comprenden en el nombre de Jesús, como todos los sabores en el maná, y en la confección de la triaca la virtud de muchos simples, de los cuales ella se compone: y todos los otros nombres significan el principio, ó el medio, ó el fin de nuestra salud: más el nombre de Jesús significa á Dios hombre, á Dios como la misma salud, y al hombre como á vaso, en que aquella salud nos viene del cielo. Por los nombres, que significan á Dios en sí, apenas le conocemos; por los segundos, que tienen respecto á las criaturas, algo más; por los terceros, que nos declaran los efectos, que obran en nuestras almas con su gracia, mucho más.
Pero ninguno nos roba más el corazón, ni nos inflama tanto en su amor, cuanto este nombre de Jesús; porque este más que todos nos declara, que es Salvador, y Salvador de pecados, que para salvarnos de ellos dio su sangre y murió en una cruz: y así cuando pronunciamos el dulcísimo nombre de Jesús, no le habemos de pronunciar como un nombre desnudo, sino vestido y adornado con todos sus atavíos, y que nos representa, no solamente la salud, que nos dio nuestro Salvador, sino también la manera con que nos la dio; porque sin duda el amor con que nos salvó, es más admirable y más amable para nosotros, que la misma redención: pues no solamente nos dio salud, lo cual pudiera hacer sin que nada le costara; pero diónosla, tomando sobre sí nuestras enfermedades, sanando nuestras llagas con las suyas, y con sus penas pagando nuestras culpas, y librándonos de la muerte eterna con la suya: y por esto cuando decimos «Jesús», decimos un Salvador, que por nosotros fué reclinado en un pesebre y circuncidado, y lloró, y se cansó, y tuvo hambre y sed; y finalmente fué escupido, abofeteado, escarnecido, azotado, espinado, aheleado, enclavado y atravesado con una lanza por nuestros pecados en la cruz.
Triunfo del Santo Nombre de Jesús en el techo
 de la nave de la Iglesia del Gesù en Roma
Todo esto nos representa este nombre de Jesús, que es nombre de tanto amor para los hombres, y de tanta reverencia para los ángeles, y de tanto terror y espanto para los demonios: es nombre sobre todos los otros nombres, al cual se humillan las potestades del cielo, y se arrodillan las de la tierra, y tiemblan las del infierno: es nombre dado del Padre Eterno á su benditísimo Hijo, pronunciado del ángel, declarado de los profetas, derramado por el mundo, abrazado y creído de todos los fieles, en cuya virtud se salvan, todos los que se salvan. Este nombre esforzó á todos los mártires, y les hizo con gozo derramar su sangre por amor de este Salvador, que había dado la suya por ellos: por este nombre fué apedreado Esteban, crucificado Pedro, descabezado Pablo, desollado Bartolomé, asado Lorenzo; y todos los otros apóstoles y mártires, azotados, afrentados y muertos. Este nombre tuvo tan estampado el apóstol en su alma, que en todas sus epístolas le repite, y predica innumerables veces; y su lengua, apartada ya la cabeza del cuerpo, tres veces le pronunció, y en lugar de sangre salió leche de sus cervices cortadas: este nombre tuvo tan impreso san Ignacio en su corazón, que partiéndole, como dicen santo Tomás y san Antonino, se halló en él el nombre de Jesús escrito con letras de oro. En virtud de este nombre muchísimos santos hicieron muchos y grandísimos milagros, y san Bernardino enseñó, que debe ser reverenciado con la misma reverencia y latría, que adoramos al mismo Salvador, nó por las letras con que se escribe, ni por la voz y sonido con que se pronuncia; sino por la persona divina, que este nombre nos representa. ¡O nombre glorioso, nombre dulce, nombre suave! ¡Quién le trajese siempre escrito con letras de oro en medio del corazón! Nombre de inestimable virtud y reverencia, que vence los demonios, alumbra los ciegos, resucita los muertos, y á un hombre flaco, caído y miserable, le hace hijo y particionero de Dios.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc