domingo, 4 de octubre de 2026

S A N T O R A L


San Francisco de Asís
Siervo perfecto de la Dama Pobreza



Fresco de San Francisco en Subiaco. . Según muy 
antigua tradición, ésta es su verdadera fisonomía.
Una de las mayores vocaciones de la Historia de la Iglesia, el fundador de la Orden Franciscana recibió los estigmas del Redentor y se tornó un sustentáculo de la Iglesia universal; modelo de desprendimiento total, no despreciaba a los ricos; poseía la alegría que deriva de la pureza de corazón y de la constancia en la oración

Plinio María Solimeo

San Francisco de Asís, uno de los santos más populares del mundo, marcó profundamente no sólo la vida de la Iglesia, sino también la sociedad temporal de su época. Celebramos su fiesta el día 4 de Octubre.
Pocos santos ejercieron una influencia tan determinante en la historia civil y eclesiástica de su tiempo como el Poverello de Asís. Y pocos habrán llevado las máximas evangélicas tan lejos cuanto este hombre que se identificó tanto con Nuestro Señor Jesucristo crucificado, que mereció recibir en su cuerpo los sagrados estigmas de la Pasión.
Francisco nació en 1182 en la pequeña y poética ciudad de Asís, situada en los Apeninos. Su padre fue Pedro Bernardone —que se hiciera famoso por la usura y ceguera en relación con su hijo— y su madre una dama de origen francés, de noble sangre y gran virtud, llamada Pica.
Narra una leyenda que ella, sintiendo los dolores del parto, no conseguía dar a luz, hasta que se trasladó a la caballeriza de la casa, naciendo así Francisco, a semejanza del Salvador, sobre la paja, entre el asno y el buey.
Alegre, derrochador, pero temeroso de Dios
Nada sabemos de la infancia del Santo. En la Leyenda de San Francisco (o De los Tres Amigos), escrita por tres de sus primeros discípulos, leemos: “Ya crecido, como era dotado de una viva inteligencia, se dispuso a continuar el oficio paterno, es decir, el comercio, sin embargo con otros entendimientos, pues él era mucho más alegre y liberal que su padre: le gustaba andar en festiva compañía, sea durante el día sea durante la noche, por las calles de Asís, en diversiones y cantos, y era tan gran derrochador, que gastaba en reuniones y banquetes todo cuanto ganaba”.1 A lo cual añade San Buenaventura, tercer General de los franciscanos, contemporáneo y discípulo del Poverello: “Pero, con el auxilio divino, jamás se dejó llevar por el ardor de las pasiones que dominaban a los jóvenes de su compañía”.2
El propio Francisco confiesa: “—Yo verdaderamente creo nunca haber, por la gracia de Dios, cometido falta sin haber hecho de ello expiación, confesando mi pecado y arrepentido de mi culpa”.3
Alegre, jovial, desprendido, gentil, afable, “el Señor infundía en su corazón un sentimiento de piedad que lo hacía generoso con los pobres. Este sentimiento fue creciendo en su corazón; y lo impregnó de tanta bondad, que él decidió, como oyente atento que era del Evangelio, ser generoso con quien le pidiese limosna, sobre todo a quien pidiese por amor de Dios”,4 de modo que daba hasta parte de su vestuario, si no tenía más dinero.
La popularidad que Francisco había adquirido hasta entonces entre sus coterráneos se debía más a sus cualidades morales que a las físicas, pues “era pequeño y de aspecto miserable”,5 atrayendo poco la atención de aquellos que no lo conocían.
“Desprecia lo que amaste” – entrega a la Dama Pobreza
Llevaba él esa alegre y despreocupada vida, cuando tuvo las primeras revelaciones divinas que lo llamaban a una vida más elevada. Rezando un día en la iglesia de San Damián, oyó al Crucificado pedirle que restaurase su casa, que estaba en ruinas. Tomando las palabras literalmente, se empeñó en la refacción no sólo de ese templo, sino de otros dos más. El Divino Redentor, sin embargo, le pidió que sobre todo restaurase no los edificios de las iglesias, sino la propia Iglesia en cuanto institución.
Mas le dijo el Salvador: “Si quieres conocer mi voluntad, precisas despreciar todas las cosas que hasta aquí materialmente amaste y deseaste. Cuando hubieres hecho eso, te será agradable todo cuanto te es insoportable y se volverá insoportable todo cuanto deseas”.6
Entonces intervino Pedro Bernardone, pues su hijo daba de limosna todo lo que tenía, y pasó a llevar una vida considerada insensata por el mundo. En esa época ocurrió el conocido episodio en que el padre recurre al obispo para hacer cesar las “extravagancias”del hijo; éste se apresura a despojarse hasta de la ropa que lo cubría, para satisfacer la codicia del padre. Después de eso Francisco se entregó completamente a lo que llamó laDama Pobreza, siguiendo al pie de la letra los consejos del Evangelio.
La Porciúncula
Funda los Frailes Menores
 “Como otro Elías, comenzó Francisco a anunciar la verdad, con pleno ardor del Espíritu de Cristo. Convidó a otros a que se asociasen a él en la búsqueda de la perfecta santidad, insistiendo para que llevasen una vida de penitencia. Comenzaron algunos a practicar la penitencia, y enseguida se asociaron a él, compartiendo la misma vida, usando vestimentas viles. El humilde Francisco decidió que ellos se llamarían Frailes Menores”.7
Surgieron así los primeros doce discípulos que, según registran las Florecillas, “fueron hombres de tan grande santidad que, desde los Apóstoles hasta hoy, no vio el mundo hombres tan maravillosos y santos”.8 “Aquellos que venían a abrazar esta vida distribuían a los pobres todo lo que tenían. Se contentaban sólo con una túnica, un cordón y un par de calzas, y no querían más”, dirá más tarde Francisco en su Testamento.9
Los nuevos apóstoles se reunieron en torno de la pequeña iglesia de la Porciúncula, o Santa María de los Ángeles, que pasó a ser la cuna de la Orden.
El Santo sostiene a la Iglesia Católica
Para obtener la aprobación de su incipiente Orden, Francisco se dirigió a Roma. Y el Señor estaba con él, pues, poco antes de llegar, y para prepararle el terreno, “el Pontífice Romano vio en sueños a la Basílica de Letrán, a punto de desplomarse; mas un pobrecillo, hombre pequeño y de aspecto miserable, la sustentaba con sus hombros, impidiendo que se desplome”.10 Cuando el Sumo Pontífice vio en su presencia al Poverello de Asís, lo reconoció, lo abrazó, y le dijo a él y a sus compañeros: “Hermanos, id con Dios y predicad la penitencia, según os será inspirada. Cuando hubiereis crecido en número y el Señor aumentado sus gracias a vuestro favor, tornad a Nos, que os concederemos lo que deseareis y mucho más”.11
Provistos de esa aprobación pontificia, los nuevos religiosos salieron a predicar, de a dos, recorriendo las ciudades de la región y mostrando a sus habitantes, con la palabra y con el ejemplo, el camino de la salvación.
Espíritu y fuerza de Elías
Cierta noche los frailes vieron un carro de fuego de un esplendor maravilloso, con un globo brillante, parecido al sol, entrar en el aposento en que estaban, dando tres vueltas en el recinto. Comprendieron que Dios quiso mostrarles, por aquella figura, “que su padre Francisco había venido «en el espíritu y en la fuerza de Elías». Desde entonces [Francisco]penetraba los secretos de sus corazones, predecía el futuro y realizaba milagros. Estaba patente para todos que el espíritu de Elías, dos veces más poderoso, viniera a habitar en él con tal plenitud, que lo más seguro para todos era seguir su vida y enseñanzas”.12Francisco manifestaba su amor a Dios por una alegría inmensa, que se expresaba muchas veces en cánticos ardorosos. A quien le preguntaba cual era la razón de tal alegría, respondía que “ella deriva de la pureza del corazón y de la constancia en la oración”.
Esa divina locura de la cruz, que transparecía en Francisco y le atrajo muchos discípulos, debía atraer también a una joven, hija del Conde de Sasso Rosso, Clara, de 17 años. Desde el momento en que oyó al Pobrecillo predicar, comprendió que la vida que él proponía era la que Dios quería para ella. Francisco se volvió guía y padre espiritual de su alma.
Como sus padres tenían otros planes para Clara, fue necesario que ella huyese a la pequeña iglesia de la Porciúncula, donde Francisco le cortó los cabellos y la hizo vestir un simple hábito. Nacía así la Segunda Orden de los Franciscanos, las Clarisas. Dos semanas después, Inés, hermana de Clara, la seguía al claustro, y más tarde una tercera, Beatriz.

No despreciar a los ricos
A pesar de predicar especialmente a los pobres e identificarse con ellos, “Francisco tenía el hábito de alertar a sus discípulos, exhortándolos a no condenar y no despreciar a «aquellos que vivían en la opulencia y vestían con lujo»”. Decía que “también ellos tienen a Dios por señor, y que Dios puede, cuando quiere, llamarlos, como a los otros, y hacerlos justos y santos”.13 Uno de esos nobles le dio al Poverello el Monte Alverno, donde recibiría la mayor gracia de su vida.
Encuentro de dos hombres providenciales
En 1217, yendo a Roma, Francisco se encontró con otra lumbrera de la Iglesia de la época, Domingo de Guzmán, que también había fundado una Orden religiosa para combatir la decadencia de las costumbres. Los dos santos se abrazaron, estableciendo una amistad solidificada por el amor a Dios.
Poco después Francisco recibía en su Orden a uno de los que serían su mayor gloria y haciéndose uno de los santos más populares del mundo, Fray Antonio de Lisboa —más adelante conocido, también, como “de Padua”.
El Monte Alverno, donde Francisco
recibió la mayor gracia de su vida:
los sagrados estigmas de la
Pasión de Nuestro Señor
Sinsabores y fundación de la Tercera Orden
Uno de los mayores dolores de Francisco fue ver surgir una nueva tendencia entre sus frailes, comandada por el Superior Fray Elías, que daba una orientación diferente a la del Santo, principalmente con relación a los estudios y al modo de observar la pobreza. Francisco llegó a maldecir a Fray Pedro de Stacia, uno de los frailes de la nueva tendencia.
De otro lado, eran tantos los seglares que, ligados por los lazos del matrimonio o con otros encargos terrenos, no podían observar por entero las reglas franciscanas, pero querían pertenecer a su familia de almas, que Francisco fundó una Orden Tercera para abarcar a todos. Muchos grandes personajes —como San Luis, Rey de Francia, y Santa Isabel, Duquesa da Turingia— a ella pertenecieron.
Recepción de los estigmas
Dos años antes de su muerte, habiendo Francisco ido al Monte Alverno en compañía de algunos de sus frailes más íntimos, se puso en oración fervorosa y fue objeto de una gracia insigne. Con la apariencia de un serafín de seis alas se le apareció Nuestro Señor crucificado que, después de entretenerse con él en dulce coloquio, partió dejándole impreso en el cuerpo los sagrados estigmas de la Pasión. Así, este discípulo de Cristo, que tanto deseaba asemejarse a Él, obtuvo este otro trazo de similitud con el Divino Salvador.
Cantando alabanzas a la “Hermana Muerte”
En su última enfermedad, y ya próximo a la muerte, quería Francisco que Fray Ángelo y Fray León permaneciesen junto a su lecho para cantar las alabanzas de la “Hermana Muerte”. A quienes se escandalizaban con esa actitud, respondía: “Por una gracia del Espíritu Santo, me siento tan profundamente unido a mi Señor Dios, que no puedo dejar de alegrarme en Él”.14
“Por fin, habiéndose realizado en él todos los planes de Dios, el bien aventurado adormeció en el Señor, rezando y cantando un Salmo” 15, el día 4 de octubre de 1226, a los 45 años, siendo canonizado apenas dos años después.
Notas.-
1. Leyenda de San Francisco, “escrita por los tres humildes hermanos franciscanos León, Rufino y Ángelo, el año de la gracia de 1246”, trascripción libre de Brasil Bandecchi, São Paulo, 1957, p. 13.
2. San Buenaventura, Leyenda Mayor y Leyenda Menor – Vida de San Francisco de Asís, Vozes, 1979, p. 21.
3. Speculum Perfectionis, in Johannes Joergensen, San Francisco de Asís, Vozes, 1957, p. 316, nota 345.
4. San Buenaventura, id. ib.

5. Id., ib., p. 174.
6. Leyenda de San Francisco, p. 25.
7. San Buenaventura, op. cit., p. 173.
8. Las Florecillas, Zeus , Madrid, 1963, p. 22.
9. Joergensen, op. cit., p. 137.
10. San Buenaventura, op. cit., p. 174.
11. Leyenda de San Francisco, pp. 66-67.
12. San Buenaventura, id., p. 175.
13. Joergensen, op. cit., p. 216.
14. Id. ib., p. 393.
15. San Buenaventura, op. cit., p. 200.

 Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-28-san-francisco-de-asis

sábado, 3 de octubre de 2026

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.

Primer Sábado del Mes

Devoción al Rosario

 y al Inmaculado Corazón de María


En la segunda aparición en Fátima la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, 
con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.

Promesas de Nuestra Señora de Fátima

En la aparición de Junio de 1917, Nuestra Señora prometió a los tres pastorcitos que llevaría al Cielo a aquellos que abrazaran la devoción al Inmaculado Corazón de María. Al respecto, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, gran apóstol de la devoción mariana, comentó en una conferencia dictada en 1994: "La Santísima Virgen pide muy poco: Si lo hicieran os daré. Si no lo hicieran, no quiere decir que no os amaré, pero... si fuereis sedientos de aprovechar esta promesa de mi Inmaculado Corazón tanto más yo os amaré. ¡Venid!"
Sin embargo, cuántas personas adoptan una actitud indolente delante de promesas de éstas: las promesas del Sagrado Corazón de Jesús respecto a los nueve primeros Viernes; la promesa del Escapulario del Carmen, de ser sacado del fuego del Purgatorio en el primer Sábado, ¡qué promesas magníficas!".

S A N T O R A L

San Francisco de Borja

Gloria de la Compañía de Jesús

Gande de España, Marqués de Lombay, Duque de Gandía, Virrey de Cataluña, General de la Compañía de Jesús, iluminó su época con una extraordinaria sabiduría política y las más altas virtudes
Plinio María Solimeo

El pequeño ducado de Gandía, perteneciente al reino de Valencia, era gobernado a comienzos del siglo XVI por don Juan de Borja. Estaba casado con doña Juana de Aragón, nieta, por una rama bastarda, del rey Fernando de Aragón, esposo de Isabel la Católica. Al expulsar a los moros de Granada, en el mismo año en que promovían el descubrimiento de América, estos soberanos pusieron fin a ocho siglos de dominación mora en España.
Francisco, primogénito de los duques de Gandía, nació el 28 de octubre de 1510. Su madre, doña Juana, tenía una especial predilección por él, debido a su buen genio y natural inclinación a la virtud. Su formación, propia de su ilustre sangre, fue encomendada a dos preceptores de conocida erudición y comprobada virtud.

Modelo de virtud en medio de una lujosa corte

A los diez años don Francisco perdió a su madre. Debido a ello, el niño dejó la convivencia del padre y de los siete hermanitos, ya que su educación fue confiada a un tío materno, el arzobispo de Zaragoza. Con él pasó algunos años.
Tal como lo exigía la costumbre en aquel entonces, los hijos de los Grandes de España pasaban la juventud como pajes en la Corte. Así, al cumplir dieciséis años, Francisco fue enviado a la de Carlos V, joven rey de España y emperador del Sacro Imperio. Quien le tomó gran afecto al adolescente por la nobleza de sangre, seriedad, diligencia y piedad.
La emperatriz Isabel, hija del rey de Portugal y esposa de Carlos V, tenía tal dilección por don Francisco que, cuando llegó a los veinte años, le dio por esposa a doña Leonor de Castro, su mejor dama de compañía, entonces con diecisiete, en cuyas venas corría la más ilustre sangre lusa. Como regalo de bodas, Carlos V le concedió el título de marqués de Lombay entre otras mercedes.
La emperatriz quiso ser la madrina del primogénito del matrimonio, que recibió el nombre de Carlos, en honor al emperador. Y también dispuso que su hijo Felipe —el futuro Felipe II— fuese el padrino.
En medio de todas estas distinciones, el joven marqués se mostraba siempre sencillo y recatado, impresionando a todos por su singular virtud. Ésta era fruto del saludable hábito que había adquirido de dominar sus pasiones y malas inclinaciones. Para ello, utilizaba los métodos más eficaces, como la oración, la confesión y la comunión frecuentes, además de penitencias voluntarias. Doña Leonor procuraba seguir la misma senda.
Dios los bendijo, concediéndoles cinco hijos y tres hijas. A partir del nacimiento de su octavo hijo, los marqueses, de común acuerdo, decidieron vivir en estado de continencia, cuando aún no habían cumplido los 30 años de edad…
Resultado de imagen para san francisco de borja duque de gandiaEl año 1529 marcó profundamente la vida del marqués. Después de una breve enfermedad, la emperatriz Isabel falleció en el auge del poder y de su extraordinaria belleza. Como prueba de estima por los Gandía, el emperador dispuso que la marquesa amortajara a su esposa y que el marqués acompañara sus restos mortales hasta el Panteón Real, en Granada.
Cuando, después de quince días de trasladado, bajo un sol abrasador, el marqués tuvo que reconocer ante los notarios aquel cuerpo ya en avanzado estado de descomposición, constató de modo pungente la fragilidad de las glorias de este mundo. Y renovó su propósito de, en el caso de sobrevivir a su esposa, dedicarse a la vida que no tiene fin, en una orden religiosa.
San Juan de Ávila, a quien entonces abrió su alma, aprobó su decisión.

Virrey de Cataluña - “Exilio” en Gandía

Apenas volvió de Granada, Carlos V lo nombró virrey de Cataluña, cargo de gran confianza y responsabilidad, antes concedido únicamente a personas de más edad y experiencia. El Emperador reconocía así, en aquel fiel y joven vasallo, la madurez y prudencia necesarias para tal oficio.
En los tres años que duró su virreinato, don Francisco acabó con el bandolerismo que infestaba la región, robusteció la frontera con Francia, implementó la marina, y se mostró hábil político y gran administrador.
En 1542, cuando iba a comenzar su segundo trienio, el marqués recibió la noticia del fallecimiento de su padre. Pidió entonces autorización al Emperador para tomar posesión del ducado que había heredado.
Ésta le fue concedida, sin embargo, al nombrar a don Francisco Mayordomo Mayor de su hijo Felipe, todos entendieron que Carlos V planeaba designar así al primer ministro del próximo reinado.
Sin embargo… Dios quería para don Francisco, no la vida en la Corte, sino el gobierno del pequeño ducado, a fin de prepararlo para la grandísima misión a que ledestinaba. Así sucedió que, cuando Carlos V comunicó a la familia real portuguesa el nombre de los que conformarían la Casa que, con diligencia, había escogido para la futura reina de España, los soberanos portugueses, por motivos que se ignoran, rechazaron al duque de Gandía.
Durante los siguientes siete años, don Francisco se dedicó cabalmente a su nuevo Estado y a la vida de familia. Fundó un colegio de la Compañía de Jesús, después elevado a universidad, para dar formación católica no solo a los hijos de sus vasallos, sino principalmente, a los hijos de los moriscos residentes en el ducado, que mal aprendían la verdadera religión.
San Francisco y el moribundo impenitente, Francisco de Goya,
 Óleo sobre lienzo, Catedral de Valencia, España
. 1788
Ya se había encariñado a la nueva milicia fundada por Ignacio de Loyola, debido a la amistad que mantenía con el beato Pedro Fabro, primer sacerdote ordenado en la Compañía de Jesús, el padre Antonio Aráoz y uno de los jóvenes jesuitas que fueron al colegio de Gandía, el futuro San Luis Beltrán, apóstol de Colombia.

Miembro de la Compañía de Jesús

En 1546, el duque tuvo el dolor de ver morir a su piadosa esposa. Si, por un lado, él se veía libre para realizar su proyecto de consagrarse a Dios, por otro, lo ataba al mundo su numerosa prole, casi toda aún en la infancia.
Su deseo de pertenecer a la Compañía de Jesús lo llevó a enviar a Ignacio de Loyola una carta pidiéndole humildemente que lo aceptara entre sus hijos y exponiéndole los obstáculos que se anteponían a tal deseo: a saber, su condición de padre y de duque. Mientras tanto, hizo voto de castidad y obediencia al superior de los jesuitas de Gandía.
El fundador de la Compañía tenía en tan alta consideración al duque, que pasó a consultarlo sobre los problemas que enfrentaba en España, recomendando a su Provincial que hiciera lo mismo.

Profesión secreta en la Compañía de Jesús

Al convocar las Cortes Generales de Aragón, en 1547, Carlos V escogió a las personas que habían de acompañar a su hijo Felipe, figurando en la cabeza de la lista el duque de Gandía. Lo nombró también Tratador (uno de los cuatro intermediarios entre el Príncipe regente y sus Estados). El príncipe Felipe insistió entonces con el duque para que aceptara finalmente el cargo de Mayordomo Mayor.
Don Francisco recurrió a San Ignacio. Éste fue inmediatamente al Vaticano, suplicando al Santo Padre una dispensa extraordinaria para que un noble pudiera hacer su profesión solemne en la Compañía, conservándola mientras tanto en secreto, manteniendo las apariencias de seglar, por espacio de tres años, a fin de ubicar a sus hijos. Así, este noble (cuyo nombre fue ocultado) quedaría libre de todos los asaltos mundanos.
Obtenida la dispensa, el fundador de la Compañía se la envió al duque, recomendándole que no se aproximara de Roma, pues era deseo del Papa concederle el capelo cardenalicio.
El nuevo profeso de la Compañía continuó interviniendo en la reforma de los conventos relajados. Y cuando los enemigos de la Compañía lanzaron una campaña de calumnias contra su fundador y los Ejercicios Espirituales, por él escritos, San Ignacio escribió al Papa pidiendo un examen riguroso de los mismos, con una consecuente sentencia pontificia. Ésta vino mediante el Breve Pastoralis Officii cura, una aprobación explícita y honrosa de la obra, concediendo indulgencias a quien se favoreciese de ella, lo que hizo callar y estremecer a sus calumniadores.
Después de casi tres años, el duque consiguió casar a sus hijos mayores. Transfirió algunos de sus privilegios a su segundo hijo, y encargó al mayor de proteger y educar a los tres menores. Todo parecía dispuesto cuando, con motivo del nuevo matrimonio del príncipe Felipe, se pensó otra vez en nombrarlo Mayordomo Mayor.

Encuentro con otros santos

Don Francisco escribió a San Ignacio pidiéndole permiso para refugiarse en Roma, una vez que Paulo III había fallecido y el “peligro” del capelo cardenalicio estaba momentáneamente apartado. El General de la Compañía recibió con los brazos abiertos a aquel hijo, que conocía sólo sobrenaturalmente. Cuando el duque se arrodilló para pedirle la bendición, San Ignacio hizo lo mismo y se unieron los dos santos en un largo abrazo.
Pero no tardó en que el nuevo Papa, Julio III, al tratar más de cerca al duque, deseara colmarlo de honras. San Ignacio lo mandó entonces regresar a España.
En su patria, recibió finalmente, como Grande de España, el permiso de Carlos V para hacerse religioso. Ya podía dejar los trajes seculares, usar sotana y recibir la ordenación sacerdotal. Tenía entonces 40 años de edad.
borja-Teresa-Segrelles¡Imagínese la repercusión que tal acontecimiento provocó en la devota España! De todos lados llovieron pedidos para sermones, visitas y ejercicios espirituales.
Cierto día, visitando en calidad de Comisario General de la Compañía para toda España a los jesuitas de Ávila, éstos se refirieron a una monja, cuya vida estaba regada de eventos extraordinarios y que era muy perseguida y calumniada. Así se encontraron San Francisco de Borja y Santa Teresa de Jesús. El primero confirmó que ésta era guiada por el espíritu divino, y se transformó en su ardiente protector.
Pero nuevamente el demonio y sus secuaces humanos reiniciaron la campaña de calumnias contra la Compañía de Jesús.
Viendo la tempestad que se formaba, Carlos V mandó llamar a su antiguo protegido. En una conversación de tres horas, comprobó su santidad y la malicia de los calumniadores. La protección del emperador salvó nuevamente a la Compañía. Poco después, Carlos V renunciaba al trono y se retiraba al monasterio de Yuste, donde tres años después terminaría sus días mencionando al padre Francisco en su testamento.

Superior, General de la Compañía de Jesús y glorificación post-mortem


Al fallecer San Ignacio, el nuevo General, Diego Laínez, debiendo ausentarse de Roma para participar del Concilio de Trento junto con el padre Salmerón, en calidad de teólogos del Papa, llamó a la Ciudad Eterna al padre Francisco, nombrándolo Vicario General de la Compañía. Y cuando murió el padre Laínez, Francisco de Borja fue elegido por unanimidad tercer General de la Compañía.
Durante su gobierno, envió a sus hijos espirituales al Nuevo Continente, inauguró el noviciado de la Orden, recibiendo en él al futuro San Estanislao Kostka y a muchos otros que morirían mártires en tierras de infieles.
El Papa San Pío V, mientras preparaba su cruzada contra los turcos, pidió al General de la Compañía que, debido a su sangre real y al gran prestigio de que gozaba en la Corte de España, fuera personalmente a tratar con el rey Felipe II sobre su ayuda.
Al volver a Roma, quebrantado y con la salud muy golpeada, Francisco de Borja entregó su alma al Creador, la noche del 30 de setiembre de 1572. No apenas el pueblo, sino también obispos y cardenales acudieron a la casa de la Compañía para besar los restos mortales de aquel que ya consideraban santo.
En 1671, Clemente XI lo canonizó solemnemente. Toda España vibró, particularmente la nobleza, que lo nombró su patrono, obteniendo aún el traslado de sus restos mortales a Madrid. 
Fuentes:
Adro Xavier, El Duque de Gandía, El Noble Santo del Primer Imperio - Apuntes 
históricos, Editora Espasa-Calpe, Madrid, 1950.
P. José Leite S.J., Santos de Cada Día, San Francisco de Borja, t. III, Editorial A.O., Braga, Portugal, 1987.
Marcelle Auclair, Santa Teresa de Ávila, Livraria Apostolado da Imprensa, Porto, 1959.