viernes, 4 de abril de 2025

Primer Viernes de mes: devoción al Sagrado Corazón de Jesús


El rol contrarrevolucionario de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Plinio Corrêa de Oliveira

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en la raíz de todos los movimientos contrarrevolucionarios, grandes o pequeños, conocidos o desconocidos, que han surgido desde la época en que Santa Margarita María recibió esta revelación en el siglo XVII. Ella recibió la misión, en nombre del Sagrado Corazón de Jesús, de pedirle al rey Luis XIV de Francia que consagrase la nación al Sagrado Corazón y pusiese el Corazón de Jesús en el escudo de armas de Francia.
Santa Margarita, a pedido de nuestro Señor, le prometió al rey de Francia de que si combatía a los enemigos de la Iglesia, el Corazón de Jesús lo apoyaría y llevaría su reinado a una gran gloria. El Sagrado Corazón de Jesús esperaba que Luis XIV cambiase el curso de su política y se colocase a la cabeza de la Contra-Revolución. De haberlo hecho, él tendría un reino de gloria y Francia alcanzaría su verdadero apogeo católico.
Está claro que en caso de que él hubiese tomado este curso, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se habría extendido por todo el mundo. Habría habido una buena acogida en Francia a la predicación de San Luis María Grignon de Montfort que también vivió en esa época. Por lo tanto, su predicación se habría extendido por todo el mundo y, con ello, la Revolución Francesa se ​​podría haber evitado.
Por medio de este pedido al rey, la Revolución —en la forma que tenía en la época de Santa Margarita María— habría sido detenida, y esa forma de maldad que ésta tomó más tarde —la Revolución Francesa— se habrían evitado.
Por lo tanto, esta devoción, desde su primer movimiento, desde su primera indicación por parte del Sagrado Corazón, tiene un significado claramente contrarrevolucionario.

Objeciones a esta devoción

En un cuidadoso estudio de esta devoción, el profesor Fernando Furquim llama la atención sobre el hecho de que los distintos movimientos contrarrevolucionarios que se alzaron en los siglos XVIII y XIX estaban vinculados al Sagrado Corazón de Jesús. Por ejemplo, los contrarrevolucionarios franceses de la Vendée, los Chouans, llevaban una insignia del Sagrado Corazón. Esta devoción siempre ha sido adoptada por los contrarrevolucionarios, inspirándolos y alentándolos, a la vez que ha sido odiada por los malos.

Es perfectamente correcta la devoción 
a un órgano específico de Cristo

¿Qué han dicho estos enemigos contra la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? Primero, ellos presentan este argumento supuestamente decisivo: “¿Por qué adorar al Corazón de Jesús ¿Por qué no hacer una hermosa devoción a las manos o a los ojos de Jesús? Al adorar su corazón, podríamos blasfemar por descomponer a Jesús y hacer una devoción a cada parte de su cuerpo Por tanto, podríamos tener una devoción a sus oídos que oyeron todas las súplicas del hombre, a su boca que habló, a sus manos que bendijeron (sin mencionar que también azotaron a los mercaderes del Templo). Por lo tanto, no vale la pena esta devoción al Corazón de Jesús”.
También, ellos van a decir: “Esta es una devoción sentimental. El corazón es el símbolo de la emoción por lo sentimental. De manera que esta es una devoción sentimental carente de contenido teológico y no se debe permitir”.

Una devoción promovida por la Iglesia

En efecto, en muchos de los documentos papales solemnes, sustanciales y magníficos, la Santa Sede recomendó esta devoción, por ejemplo, la encíclica Inscrutabile Divinae Sapientiae del Papa Pío VI en 1775. La Santa Sede concedió muchas indulgencias a los que recibieran la comunión los primeros viernes en reparación por las ofensas hechas contra el Sagrado Corazón. También se otorgaron indulgencias en las cofradías y archicofradías que se establecieron en apoyo a la devoción del Sagrado Corazón.
Además, se aprobó y alentó la construcción de iglesias, altares e imágenes en honor del Sagrado Corazón. La Iglesia, por tanto, ha aprobado esta devoción abundantemente y, por lo tanto, tiene todas las razones para merecer nuestra confianza.
En cuanto al argumento de que no se puede tener una devoción a cada parte del cuerpo sagrado de Nuestro Señor, éste no tiene ningún mérito. De hecho, en nuestras devociones privadas, podemos adorar a Nuestro Señor en sus manos sagradas; podemos y debemos adorarlo a Él en sus infinitamente expresivos, elocuentes, regios, instructivos y salvíficos ojos. No hay más que recordar que fue con una mirada de Nuestro Señor, que movió a San Pedro a arrepentirse de su triple negación para darnos cuenta que adorar a Nuestro Señor en sus divinos ojos es sin duda algo que uno puede hacer.
Nuestra Señora adoró el 
cuerpo de su amado Hijo
Pero la Iglesia, que tiene un gran sentido del ridículo y entiende que el ridículo puede estar a un paso de lo sublime, entiende que las mentes vulgares están siempre dispuestas a emplear el sarcasmo para degradar devociones como estas a una parte del cuerpo, las que realmente pueden impresionar a las sensibilidades humanas. Pero estas devociones no están en contra de la razón, y pueden ser hechas apropiadamente.
Por ejemplo, entre las piedras de la Vía Sacra tenemos la que lleva la marca de sus pies divinos. Es honesto y legítimo a adorar los divinos pies que pisaron la tierra para enseñar y que fueron cubiertos con el polvo de la carretera con el fin de instruir, salvar y combatir el mal. Es correcto adorar estos pies que condujeron al Salvador mientras llevaba la cruz, esos pies manchados de sangre para nuestra redención, esos pies que llevan las marcas de los clavos de la Pasión.


Una hermosa manera de adorar a Nuestro Señor Jesucristo es unirnos a los pensamientos y meditaciones de Nuestra Señora, cuando Nuestro Señor fue bajado de la cruz, cuando ella sostuvo en su regazo su Sagrado Cuerpo y sangre derramada. Ella contempló cada parte de ese cuerpo macerado con infinito amor, veneración, respeto y afecto. Ella consideró los miembros y los adoró en su significado y función. Ella midió la ofensa contra su divinidad en esas partes flageladas. Con esto, en definitiva, ella practicó esta devoción, adorando las diferentes partes del cuerpo de su Divino Hijo.

Por lo tanto, es sólo una cuestión de conveniencia, un sentido de la apariencia y proporción, por así decirlo, que la Iglesia promueve la adoración de las muchas de las partes del cuerpo de Nuestro Señor.

¿Qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?

¿Qué es exactamente la devoción al Sagrado Corazón? Es la devoción al órgano de Nuestro Señor, que es el corazón. Pero en las Escrituras, el corazón no tiene el significado sentimental que tomó hacia finales del siglo 18, y desde luego en el siglo 19. El corazón no expresa sentimiento.
Cuando la Escritura dice: “Con todo mi corazón te he buscado”, (Salmo 119, 10) el corazón aquí es la voluntad humana, el propósito humano, propiamente dicho, la santidad humana. Por lo tanto, cuando el profeta dice esto, él que quiere decir, “Con toda mi voluntad te he buscado”. El Evangelio dice también: “La Virgen guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2, 19). Podemos ver aquí que no se habla de un corazón sentimental, sino de su voluntad, su alma, que guardaba estas cosas y pensaba en ellas.
El corazón es la voluntad y la razón de la persona, ese elemento dinámico que estudia y reflexiona sobre las cosas. En Nuestro Señor, su Sagrado Corazón es su voluntad. La voluntad está simbolizada por el corazón, porque todos los movimientos de la voluntad pueden tener repercusiones en el corazón. Es en este sentido, pues, que el Sagrado Corazón de Jesús es adorado.

El marqués Gral. de la Rochejaquelein usaba
 en su pecho la insignia del Sagrado Corazón,
símbolo de la resistencia católica de la Vendée

Por correlación, está la devoción inmensamente significativa del Inmaculado Corazón de María. El Inmaculado Corazón de María es un santuario en cuyo interior se encuentra el Sagrado Corazón de Jesús.
Nuestro Señor prometió una efusión de gracia para esta devoción. El Sagrado Corazón hizo promesas especiales a quienes hacen los nueve primeros viernes. La más notable de ellas, tal vez, es de que los que hacen los Nueve Primeros Viernes no morirán sin la gracia de la penitencia final. Esto no quiere decir que sin duda irá al cielo. Es decir que tendréis una gran gracia antes de morir, tan grande que se puede tener toda esperanza para vuestra salvación.
Ustedes entienden cuán diligentemente la Iglesia se ha esforzado en el pasado para que esta devoción fuese conocida, apreciada y comprendida por nuestra razón sin sentimentalismo. Una devoción varonil busca la razón de una cosa y luego ama esa cosa por su razón de ser. Es, de esta manera, que el hombre fuerte y la mujer fuerte del Evangelio juzga las cosas piadosas.
Por lo tanto, debemos reflexionar sobre esta devoción y volcar nuestras almas, nuestras voluntades, al Corazón de Jesús como la fuente de esas gracias que la Divina Providencia planeaba dar a los hombres en la época de la Revolución. Es un medio de la gracia destinado a los tiempos difíciles por venir, esos mismos tiempos en los que vivimos hoy en día.
Debemos pedir al Corazón de Jesús, a través de la sangre y el agua que fluyeron de él, que limpie y restaure el de nosotros. Esta es mi sugerencia cuando mediten y recen los viernes, y sobre todo en el primer viernes de cada mes, y el viernes de la Semana de la Pasión.
Termino recordándoles del soldado que atravesó el Corazón de Jesús con una lanza. Al hacer este acto de violencia contra el Sagrado Corazón de Jesús, agua y sangre brotó desde el costado de Nuestro Señor y le cayó en sus ojos. Entonces, los ojos del soldado, que se estaba volviendo ciego, se curaron inmediatamente y recobró la vista. Para nosotros, esto es lo más elocuente y significativo.
Esto significa que aquellos que tienen la devoción al Sagrado Corazón de Jesús pueden pedir gracias similares, no necesariamente el milagro físico, sino más bien una gracia para nuestras almas. Si queremos tener el sentido católico, un conocimiento contrarrevolucionario de las cosas, si queremos percibir cómo la Revolución y la Contra-Revolución están trabajando alrededor de nosotros y dentro de nosotros, si queremos conocer nuestros defectos, para comprender el alma de los otros para hacerles el bien, para tener perspicacia en nuestros estudios, para tener un buen equilibrio psicológico y curarse de problemas nerviosos de todo tipo, entonces podemos y debemos recurrir al Sagrado Corazón de Jesús.
Deberíamos pedir una gracia que brota de su Sagrado Corazón —como la sangre y el agua que curó al soldado— que erradicará la ceguera total o parcial de nuestras almas. Oremos, pues, al Sagrado Corazón de Jesús a través del Corazón Inmaculado de María, porque ésta es la única manera de obtener las gracias para curarnos de nuestras múltiples cegueras. Al hacer esto, vamos a hacer una espléndida solicitud y estar en el camino hacia la obtención de una magnífica gracia.

SANTORAL

SAN FRANCISCO MARTO

Pastorcito, vidente de Nuestra Señora de Fátima 

En la primavera de 1916 la vida de tres alegres y despreocupados pastorcitos, Lucía dos Santos y sus primos Francisco y Jacinta Marto, de apenas nueve, ocho y seis años de edad iría a sufrir un cambio brusco: “Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia”, les dijo el Ángel de la Paz.
“Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios... De todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. (…) Sobre todo, aceptad y soportad con resignación el sufrimiento que Nuestro Señor os envíe”.
Así, aproximadamente un año después de las apariciones del Ángel, los niños ya estaban preparados para recibir la visita de la Reina del Cielo.
Y la Virgen vino, no con agrados ni con dulzuras, sino con seriedad, repitiendo desde el primer encuentro la invitación a la oración y al sufrimiento hecho por el Ángel: “Vais pues a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo”.


FRANCISCO MARTO nació el 11 de junio de 1908, hijo de Manuel y Olimpia de Jesús Marto, hermano mayor de Jacinta y el primer primo de Lucía dos Santos. Tenía 9 años de edad cuando tuvieron lugar las apariciones. Durante las apariciones del Ángel y de la Santísima Virgen, lo presenció todo pero, a diferencia de sus otras dos videntes, no le fue permitido escuchar las palabras que fueron pronunciadas.
Cuando, en el transcurso de la primera aparición, Lucía preguntó si Francisco iría al Cielo, Nuestra Señora replicó: “Sí, va a ir al Cielo, pero tendrá que recitar muchas veces el Rosario.” Sabiendo que pronto sería llamado al paraíso, Francisco mostraba poco interés en asistir a clases. Con frecuencia, Francisco les decía a Lucía y a Jacinta al momento de aproximarse a la escuela: “Sigan ustedes. Yo voy a ir a la iglesia a hacerle compañía al Jesús escondido” (referíase al Santísimo Sacramento).Varios testigos contemporáneos afirman haber recibido regalos de gracia después de haberle pedido a Francisco que rezara por ellos.

"La Virgen María y Dios Mismo están infinitamente tristes. ¡De nosotros depende consolarlos!"

Al darle la gracia de
arrepentirse, la Santísima
Virgen le dió también
la gracia de enmendarse.
Vida breve, toda de
holocausto; una vida
santa y una muerte
en olor de santidad
Plinio Corrêa de Oliveira

En octubre de 1918 Francisco cayó gravemente enfermo. A aquéllos de sus familiares que le aseguraron que sobreviviría su enfermedad, él les respondió con firmeza: “Es inútil. ¡Nuestra Señora me quiere a Su lado en el Cielo!” En el transcurso de su enfermedad, Francisco continuó ofreciendo sacrificios constantes para consolar a Jesús ofendido por tantos pecados. “Me queda solamente poco tiempo antes de ir al Cielo”, le dijo un día a Lucía. “Allá arriba, voy a consolar enormemente a Nuestro Señor y a Nuestra Señora; Jacinta va a rezar mucho por los pecadores, por el Santo Padre y por ti. Tú permanecerás aquí porque así lo desea Nuestra Señora. Escucha, haz todo lo que Ella te pida."
Al empeorar su enfermedad y debilitarse su antes robusta salud, Francisco no tuvo ya energía suficiente para rezar el Rosario. “Mamá, ya no puedo decir el Rosario”, dijo un día en voz alta, “es como si mi cabeza estuviera entre las nubes ...” Incluso a pesar de que su fuerza física disminuía, su mente permaneció fija en lo Eterno. Llamando a su padre, le rogó que quería recibir a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (Francisco aún no había hecho su Primera Comunión en ese entonces). Preparándose él mismo para la confesión, instó a Lucía y a Jacinta a que le contaran los pecados que había cometido. Al escuchar ciertas travesuras menores que él había hecho, Francisco comenzó a llorar y dijo: "He confesado estos pecados, pero los confesaré de nuevo. Quizá sea por estos pecados que Jesús está tan triste. Pidan ustedes dos también que Jesús perdone todos mis pecados." A continuación siguió su primera (y última) Santa Comunión, la cual se llevó a cabo en la pequeña habitación en la que yacía moribundo. Ya sin fuerza para rezar, Francisco le pidió a Lucía y a Jacinta que recitaran el Rosario en voz alta para que así él lo pudiera seguir con su corazón. Dos días después, ya cerca del final, Francisco exclamó: “Mira mamá, mira, esa luz tan hermosa, allá cerca de la puerta”. Cerca de las 10 de la noche, el 4 de abril de 1919, después de haber pedido que le fueran perdonadas todas sus ofensas, Francisco murió en calma, sin ninguna señal de sufrimiento, sin agonía, con su cara brillando como una luz angelical. Al describir en sus Memorias la muerte de su joven primo, la Hermana Lucía escribió: “Voló al Cielo en los brazos de Nuestra Madre Celestial." 

Francisco: consolador de Dios


Aunque inocente y desapegado, Francisco debió tener algunas flaquezas o pequeñas faltas de generosidad de las que necesitaba corregirse. Si ellas no le impidieron ver al Ángel y a la Santísima Virgen, sin embargo, no escuchaba nada de lo que decían.

Con todo, cuando Nuestra Señora afirmó que necesitaba “rezar muchos rosarios” para llevárselo al Cielo, él exclamó: “¡Oh Señora mía, rezaré cuantos rosarios quisierais!”

Es curioso que después de la visión del infierno, según Lucía, fue Francisco el que quedó menos impresionado con aquel horror. Pues lo que más lo atrajo y absorbió de aquella visión fue Dios, la Santísima Trinidad “aquella luz inmensa que nos penetraba en lo más íntimo del alma”.

Lucía comenta que, “mientras Jacinta parecía preocupada con el único pensamiento de convertir pecadores y de librar almas del infierno, él [Francisco] parecía pensar únicamente en consolar a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, que le habían parecido tan tristes”. Cuando la prima le preguntó qué gustaba más, si consolar a Nuestro Señor o convertir pecadores, él no titubeó: “Me gusta más consolar a Nuestro Señor. ¿No reparaste cómo Nuestra Señora, el último mes, se puso tan triste cuando dijo que no ofendiesen más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido? Yo quisiera consolar a Nuestro Señor y después convertir a los pecadores, para que no lo ofendan más”.

Siguiendo ese llamado a la contemplación, se tornó común que se apartarse de las dos niñas para rezar solo. Cuando le preguntaban qué estaba haciendo, les mostraba el rosario. Si insistían para que fuese a jugar con ellas, alegaba: “¿No recordáis que Nuestra Señora dijo que debo rezar muchos rosarios?”
Era costumbre que Francisco se alejase
 de las niñas para rezar solo y consolar
 a Jesucristo, a quien veía triste debido
 a las ofensas de los hombres

Y si preguntaban por qué no rezaba con ellas, respondía: — “Más me gusta rezar solo, para pensar y consolar a Nuestro Señor, que está tan triste por causa de tantos pecados… ”.
Cuando las niñas lo descubrían absorto detrás de alguna tapia y le preguntaban qué estaba haciendo, respondía: — Estoy pensando en Dios, que está tan triste a causa de tantos pecados… ¡Si yo fuese capaz de darle alegría!…
¡Consolar a Dios, darle alegría! ¡Qué altísima meta! ¡Qué programa de vida!

Pequeños, pero con gran espíritu de sacrificio


Para mortificarse, los tres pastorcitos inventaban mil cosas: dar su refrigerio a los pobres y comer raíces o bellotas, escogiendo las más amargas; abstenerse de beber, a veces todo el día, cuando tenían mucha sed; frotarse el cuerpo con ortigas para mortificarlo; rezar horas seguidas, prosternados, las oraciones que el Ángel les enseñara... eran algunas de ellas.

El día 23 de diciembre de 1918 los dos hermanitos enfermaron, víctimas de una epidemia de bronco-neumonía que atormentaba a Europa. Incluso durante la enfermedad, continuaron rezando y sacrificándose por los pecadores.

Sobre Francisco, escribe Lucía: “Sufría con una paciencia heroica, sin dejar escapar nunca un gemido ni la más leve queja. Tomaba todo lo que le daba su madre, y no llegué a saber si alguna cosa le repugnaba.

“Le pregunté un día poco antes de morir: — ¿Francisco, sufres mucho?

— Sí, sufro. Pero todo lo sufro por amor a Nuestro Señor y a Nuestra Señora.

“Un día me dio la cuerda (que usaba en la cintura por penitencia) y me dijo:
— Tómala y llévatela, antes que mi madre la vea. Ahora ya no soy capaz de llevarla puesta.
“Esta cuerda tenía tres nudos y estaba manchada de sangre”
El día 4 -primer viernes- de abril de 1919, sin un gemido ni contracción del rostro, con una sonrisa angelical en los labios, Francisco fue al encuentro a la Santísima Virgen, que lo esperaba con los brazos abiertos.


jueves, 3 de abril de 2025

S A N T O R A L


LA TRASLACIÓN DE SANTIAGO, APÓSTOL

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Después que el glorioso apóstol Santiago el mayor, por mandado del rey Herodes fué degollado en Jerusalén, y el primero de todos los apóstoles, que con su sangre confirmó y consagró la doctrina del cielo que había predicado, algunos discípulos suyos por inspiración de Dios tomaron su sagrado cuerpo, y le llevaron al puerto de Jafa, y le pusieron en un navío, suplicando afectuosamente al Señor que los guiase y enderezase á aquella parte y tierra, donde quería que el santo apóstol fuese sepultarlo. Fué nuestro Señor servido, que el navío en pocos días, atravesando el mar Mediterráneo, llegó á la costa de España, y entrando por el estrecho de Gibraltar y rodeando sus dos lados de Oriente y Mediodía, finalmente aportó á Galicia á la ciudad de Iría Flavia, que ahora se llama “el Padrón”. Allí pararon los discípulos del apóstol, y de allí (como afirma la Historia compostelana) fué llevado el santo cuerpo adonde ahora es Compostela, y puesto en un arca ó sepulcro de mármol, donde estuvo encubierto por más de quinientos años (la causa no se sabe), hasta que en tiempo del rey don Alonso el Casto, Dios le reveló por medio de muchas luces que se veían de noche sobre aquel lugar donde estaba sepultado: y el obispo de Iría, llamado Teodomiro, avisó al rey don Alonso el Casto, la merced que Dios había hecho á España, en descubrirle aquel precioso tesoro, y darle por patrón y defensor al que antes le había dado por maestro y predicador de su Evangelio. Vino el rey con gran devoción y diligencia, y visitó el santo cuerpo y labróle el templo en que estuviese, y dióle grandes dones, como parece en el privilegio que la misma Iglesia tiene, cuya data es el año de 835. Luego comenzó el santo apóstol á mostrar á los españoles su favor en las batallas que tuvieron contra los moros: y diversas veces fué visto armado de todas armas, ir delante los escuadrones de los cristianos, y pelear con fuerzas del cielo, hasta desbaratar y deshacer los ejércitos de los bárbaros, y alcanzar de ellos gloriosa victoria.


Después el año de 900 el rey don Alonso III, llamado el Magno, labró la iglesia mucho más suntuosa, y después acá ha crecido aquel santuario en edificio, rentas y privilegios que los sumos pontífices le han concedido, en las cuales dicen, que conceden las tales gracias á aquella casa, por estar en ella el cuerpo del santo apóstol: y así el papa Juan VIII dio breve para que se consagrase la iglesia: el papa Urbano II  pasó la silla episcopal de Iría á Compostela, y la eximió de la sujeción del metropolitano bracarense: el papa Pascual II le confirmó esta misma libertad, y le añadió, no doce cardenales (como algunos escriben), sino siete (Ambrosio de Morales en el V libro de su historia, y Villegas en la Vida de Santiago, dicen que son doce los cardenales que hoy día hay en aquella iglesia), para más digno ministerio del altar, que está sobre el cuerpo del santo apóstol, y concedió al obispo de Compostela el palio, de que solo usan los arzobispos. El papa Calixto II, hizo enteramente arzobispado al de Compostela, atribuyéndole la metrópoli de Mérida. Pero lo que más ha ilustrado aquella casa, son los muchos y grandes milagros que nuestro Señor ha obrado por intercesión del santo apóstol, no solamente en beneficio de los españoles y de toda España, sino de todos los que de diversas naciones y muy remotas provincias, y de toda la cristiandad vienen en romería á visitar su santo sepulcro, y con devoción se encomiendan á él: los cuales son tantos (aunque con las herejías de estos tiempos se ha disminuido mucho esta devoción), que la peregrinación á Santiago de Galicia se tiene por una de las más principales de toda la cristiandad, y el voto de venir á ella es reservado al sumo pontífice, como el ir á Jerusalén ó visitar los cuerpos de los gloriosos príncipes de los apóstoles san Pedro y san Pablo: y santo Domingo de la Calzada, y san Juan de Ortega se emplearon en albergar y servir á los peregrinos que venían en romería a Santiago, allanándoles los caminos, edificándoles puentes, y haciéndoles hospitales en que se pudiesen recoger, por la gran devoción que tenían al santo apóstol, y ser tantos los que  venían de todas las partes del mundo á reverenciar su sagrado sepulcro. 
El papa Calixto escribió con gran diligencia y cuidado (como dice Tritemio ) un tratado de los milagros de Santiago, y algunos sermones y epístolas de su traslación con palabras de encarecimiento dignas de tan grade apóstol: y León, III de este nombre, también hace mención de la traslación de Santiago á España: Inocencio, papa, II (como lo dice el cardenal Baronio), y más largamente la Historia compostelana y Ambrosio de Morales en el libro IX de su Crónica general de España. Celebra la Iglesia de Compostela, y algunas otras de España la traslación de Santiago á los 30 de diciembre, por un breve del papa Gregorio XIII, despachado á los 30 de diciembre del año 1583; y por otro del papa Sixto V, el 1 día de febrero de 1589, y en el cuarto de su pontificado.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

miércoles, 2 de abril de 2025

Santoral

San Francisco de Paula

Profeta, taumaturgo y fundador


La extraordinaria vida de este santo comprueba que la práctica heroica de la virtud puede, en ciertos casos, suplir una ciencia humana defectiva. Eso explica la aparente paradoja de la biografía de San Francisco de Paula: un analfabeto dotado de alta sabiduría, que lo convirtió en consejero de Papas y monarcas. Hizo grandes milagros y resucitó a muertos.

Plinio María Solimeo
El Santo y El Gran Capitán, el último hecho sobrenatural
 que protagonizó Gonzalo Fernandez de Córdoba en vida
La amistad de Gonzalo con este grán Santo italiano, surgió en
su estancia en Nápoles; ambos fraternales amigos pasaban
larguísimas horas paseando y charlando amistosamente.
Fue la última visita que recibió Gonzalo en su vida, falleció
en el año 1515;y San Francisco de Paula que había fallecido
en el año 1507 cumplió su palabra dada a tan piadoso
caballero, habían apalabrado que iría a reconfortarle
espiritualmente antes de que el General partiera para el otro
mundo. Gonzalo estaba postrado en cama en su Palacio de
Granada, sufriendo fiebres de paludismo y malaria, que había
contraído en Nápoles durante los periodos de necesidad de
hambre y agua en las guerras que protagonizó, y que le
rebrotaron. El día anterior a su muerte, llamó a la puerta de
su casa un anciano peregrino, con aspecto bondadoso y las
sandalias gastadas, porque venia de tierras lejanas. Solicitó
entrevistarse con El Gran Capitán, quien cuando le vió y a
pesar de su postración en cama, al reconocerle mostró una
gran alegría por recibir tan importante visita. El monje bendijo
al moribundo y Gonzalo le besó con gran cariño y fervor las
manos, agradeciéndole de forma emotiva y sincera su
providencial llegada. El anciano de apariencia frágil pero
también con inmensa fortaleza interior, no quiso
importunar más y continuó con su largo camino.
Era San Francisco de Paula, que aunque fallecido en 1507,
cumplió y fue fiel a la promesa apalabrada con el General;
se comprometió a ir a reconfortarle espiritualmente
antes de partir Gonzalo para el otro mundo..
Difícilmente un santo se labra en un hogar poco cristiano, pues el ejemplo de los padres suele desempeñar un importante papel en la formación de los hijos. Lo vemos claramente en la vida de San Francisco de Paula, cuyos progenitores eran modestos agricultores de la pequeña ciudad de Paula, en la Calabria. Santiago, el padre, sacaba del campo el sustento de la familia y se santificaba en la oración, ayuno, penitencia y buenas obras. Su esposa, Viena, era también virtuosa, secundándolo en sus buenas disposiciones.
Pero no tenían hijos. Y, para obtenerlos, hacían violencia al Cielo, sobretodo al seráfico San Francisco, de quien eran devotos. Prometieron dar su nombre al primer hijo que tuviesen. El Poverello de Asís se dejó conmover, y nació el vástago tan deseado.
La alegría, sin embargo, fue de poca duración, pues al recién nacido Francisco le sobrevino una infección a los ojos, que le amenazaba la visión. Santiago y Viena recurrieron de nuevo al santo: ¿sería posible que él hubiese atendido sus ruegos por la mitad? Esta vez le prometieron, en caso que el niño sanase y tan pronto como la edad lo permitiese, que lo vestirían con el hábito franciscano, dejándolo durante un año en un convento de la Orden. El niño sanó y creció en gracia y santidad, siguiendo desde temprano el ejemplo paterno de oración y penitencia hasta alcanzar los doce años.
Entonces se le apareció un fraile franciscano, recordando que había llegado la hora en que sus padres cumpliesen la promesa. Admirados, ellos consintieron y llevaron al niño, con su pequeño hábito, al convento franciscano de San Marcos, en el cual se observaba todo el rigor de la regla.
Francisco, aunque no estaba obligado a eso, comenzó a observar la regla con tanta exactitud, que se volvió modelo hasta para los frailes más experimentados en las prácticas religiosas.
Algunos milagros marcaron la vida del fraile-niño en el convento. Cierto día el sacristán lo mandó precipitadamente a buscar brasas para el turíbulo, pero sin indicarle cómo. Él, con toda simplicidad, las trajo en su hábito, sin que éste se quemase. Otra vez, estando a cargo de la cocina, colocó los alimentos en la olla y ésta sobre el carbón, olvidándose sin embargo de encenderlo. Fue después a la iglesia a rezar y entró en éxtasis, olvidándose de la hora. Cuando alguien que pasó por la cocina vio el fuego apagado, lo llamó preguntándole si la comida estaba lista, Francisco sin titubear respondió que sí. Y llegando a la cocina encontró el fuego prendido y los alimentos debidamente cocidos.
Los frailes de San Marcos querían conservar consigo a aquel adolescente que daba tantas pruebas de santidad. Pero él se sentía llamado a otro camino. Acabado el año, se dirigió con sus padres a Roma, Asís, Loreto y Monte Cassino. En este último lugar, sabiendo que San Benito se había establecido allí a los catorce años para entregarse por entero a Dios, hizo el mismo propósito. Pidió a sus padres que lo dejasen vivir como ermitaño en la finca que habitaban. Sus padres no sólo consintieron, sino que pasaron a llevarle diariamente los alimentos.
Francisco quería más soledad. Por eso, un día desapareció y subió una montaña rocosa, donde encontró una pequeña gruta que transformó durante seis años en su morada. Viviendo exclusivamente para Dios, en la contemplación y penitencia, se alimentaba de raíces y hierbas silvestres. Según la tradición de su Orden, ahí recibió el hábito monástico de manos de un Ángel. 

Primeros discípulos, fundaciones

Al surgir jóvenes discípulos, este ermitaño de 19 años obtuvo del obispo local licencia para construir un monasterio en lo alto de un monte próximo a Paula. Ése fue el origen de la Orden de los Mínimos, fundada por el santo en 1435. Esta construcción, como otras posteriores, constituyó un continuo milagro. De ella participaban los habitantes de la ciudad, ricos y pobres, nobles y plebeyos. Y fueron testigos de innumerables milagros. Enormes piedras salían de lugar a su simple voz, pesados árboles y piedras se hacían livianas para ser removidas o transportadas, alimentos que apenas alcanzaban para nutrir a un trabajador alimentaban a muchos... En vista de eso, aun personas enfermas iban a participar de las construcciones y se veían curadas.
Milagrosa travesía del Estrecho de Mesina


La Provincia de Mesina, en la isla de Sicilia, es una de las mejores de la Religión, así en número y antigüedad de conventos, como en haber criado siempre varones insignes en santidad; su primero y más principal (por ser fundación de San Francisco de Paula) es el de la ciudad de Milazo; tiene sus principios desde los once de Enero, del año del Señor de 1464, cuando nuestro Padre glorioso tenía ya casi cincuenta años de edad. Edificados algunos conventos en Calabria, determinándose fundar en las Islas de Sicilia, pasó el Faro sobre su manto, vino a desembarcar en la ciudad de Milazo, Diócesis de Mesina, distante del mar un tiro de mano, por la parte de Levante, por la de Poniente, uno de arcabuz. Fueron sin número y espantosos los milagros que el bendito santo hizo en este viaje andábase la gente tras aquel nuevo Elías, viéndole hacer prodigios en la penitencia, oyéndole sus palabras dulces, recibiendo infinitos beneficios y mercedes de nuestro Señor, en todos sus trabajos y menesteres, por los méritos de su siervo San Francisco de Paula; dos compañeros suyos pasaron con él a la Isla, los Beatos fray Paulo de Paterno y fray Juan de San Lucido.

“No hay ninguna clase de enfermedad que él no haya curado, de sentidos y miembros del cuerpo humano sobre los cuales no haya ejercido la gracia y el poder que Dios le había dado. Restituyó la vista a ciegos, la audición a sordos, la palabra a los mudos, el uso de los pies y manos a lisiados, la vida a agonizantes y muertos; y, lo que es más considerable, la razón a insensatos y frenéticos”. “No hubo jamás mal, por mayor y más incurable que pareciese, que pudiese resistir a su voz o a su toque. Acudían a él de todas partes, no sólo uno a uno, sino en grandes grupos y por centenas, como si fuese el Ángel Rafael y un médico bajado del Cielo; y, según el testimonio de aquellos que lo acompañaban ordinariamente, nadie jamás regresó descontento, al contrario, cada uno bendecía a Dios por haber recibido el cumplimiento de lo que deseaba”.¹
Entre los innumerables muertos que resucitó, se destaca su sobrino Nicolás. Deseaba éste ardientemente hacerse monje en la Orden que su tío acababa de fundar. Pero su madre, por apego humano, se opuso a ello tenazmente. El joven enfermó y murió. Su cuerpo fue llevado a la iglesia del convento, y Francisco pidió que lo condujesen a su celda. Pasó la noche en lágrimas y oraciones, obteniendo así la resurrección del joven.
Al día siguiente, por la mañana, cuando su hermana fue a asistir al entierro del hijo, Francisco le preguntó si ella aún se oponía a que él se hiciese religioso.“¡Ah! —dijo ella en lágrimas— si yo no me hubiese opuesto, tal vez él aún viviese”. — “¿Es decir que estáis arrepentida?”, insistió el santo. — “¡Ah, sí!” Francisco le trajo entonces al hijo sano y salvo, que la madre abrazó en llantos, concediendo el permiso que antes negara.
Otro caso famoso fue el de la resurrección de un hombre que había sido ahorcado tres días antes por la justicia. Le restituyó no sólo la vida del cuerpo sino también la del alma.
Pero el hecho más extraordinario, y que según se sabe sólo ocurrió con Francisco, fue el haber resucitado dos veces a una misma persona. Un tal Tomás de Ivorio, habitante de Paterno, trabajando en la construcción del convento de esa ciudad, fue aplastado por un árbol. Llevado en presencia del santo, éste le restituyó la vida. Tiempo después, cayó de lo alto del campanario, precipitándose al suelo. Y le restituyó nuevamente la vida.
Fue durante ese tiempo que se le apareció el Arcángel San Miguel, su protector y el de la naciente Orden, trayéndole una especie de ostensorio en que aparecía el sol con un fondo azul y la palabra Caridad, que el Arcángel recomendó que el santo tomase como emblema de su Orden.
Francisco pasaba las noches en oración, durmiendo mal sobre unas planchas. Observaba una cuaresma perpetua, a veces comiendo cada ocho días, habiendo incluso pasado una cuaresma entera sin alimento, a imitación de Nuestro Señor. Su hábito era de un tejido burdo, que él portaba de día y de noche, pero que no por eso dejaba de exhalar un olor agradable. Su rostro, siempre tranquilo y ameno, parecía que no se resentía ni con las austeridades que practicaba ni con los efectos de la edad, pues era lleno, sereno y sonrosado.
El coronamiento de todas sus virtudes consistía en una admirable simplicidad. Era bondadoso, franco, cándido, servicial, siempre dispuesto a hacer el bien a cualquiera. Fue ese espíritu que él comunicó a sus hijos espirituales.
Estaba dotado del don de profecía. Según uno de sus biógrafos, de él se puede decir, como del Profeta Samuel, que ninguna de sus predicciones dejó de cumplirse. Así, profetizó que los turcos invadirían Italia, como ya había predicho que tomarían Constantinopla.
Los demonios no podían resistirle, y fueron innumerables los casos de posesos que libró del yugo diabólico.
Aunque analfabeto, predicaba con tanta sabiduría que pasmaba a quien lo oía. Y como tenía en grado heroico la virtud de la sabiduría y las virtudes cardinales —prudencia, justicia, templanza y fortaleza—, brillaban ellas en su modo de ser y actuar, como también en sus palabras. Por eso, sin la menor inhibición podía conversar y dar consejos a Papas, reyes y grandes de este mundo.

En Francia

La fama de sus virtudes llegó hasta Francia, donde Luis XI fuera atacado por una enfermedad mortal. Por eso, pidió al santo que acudiese a curarlo. Pero sólo fue por una orden formal del Papa que Francisco partió para aquel país. Ello resultó providencial para la expansión de su Orden, no sólo en Francia sino también en otros países de Europa, como Alemania y España.
San Francisco de Paula, no bien estuvo ante el rey, discernió que la voluntad de Dios no era curarlo, sino llevarlo de esta vida. Y se lo dijo claramente al soberano, preparándolo para la muerte. El monarca le confió a sus hijos, principalmente al delfín, entonces con catorce años.
Francisco fue el confesor de la Princesa Juana, que después de haber sido repudiada por su marido, el futuro Luis XII, se hizo religiosa y mereció la honra de los altares.
Fue por un consejo de Francisco que el Rey Carlos VIII se casó con Ana de Bretaña, única heredera de aquel ducado, que vino así a unirse al Reino de Francia.
San Francisco, entre otros grandes carismas, estaba dotado de una gracia especial para obtener de Dios el favor de la maternidad para mujeres estériles. Muchos milagros de ese género, algunos en casas reales o principescas, fueron relatados en el proceso de canonización del santo en Tours.
Sus devociones particulares consistían en dar culto al misterio de la Santísima Trinidad, de la Anunciación de la Virgen, de la Pasión de Nuestro Señor, así como a los santísimos nombres de Jesús y María.

La “segunda muerte” de San Francisco de Paula

El santo falleció el Viernes Santo del año de 1507, a los 91 años de edad.
Su cuerpo permaneció incorrupto hasta 1562. En ese año, durante las Guerras de Religión, los protestantes calvinistas —como el santo lo había predicho— invadieron el convento de Plessis, donde estaba enterrado, sacaron su cuerpo del sepulcro y, sin conmoverse al verlo en tan buen estado, lo quemaron con la madera de un gran crucifijo de la iglesia.
Así, el santo fue prácticamente martirizado después de su muerte. Sin embargo, a pesar del odio de los enemigos de su Fe, su gloria permanece para siempre.²
fuente: http://www.fatima.org.pe/articulo-72-san-francisco-de-paula
Notas.-
1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le P. Giry, Bloud et Barral, París, 1882, t. IV, p. 143.
2. Otras obras consultadas:
  • Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. II, pp. 333 y ss.
  • P. José Leite S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1993, pp. 412-413.
  • Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, 3ª edición, pp. 20 y ss.