domingo, 6 de septiembre de 2026

S A N T O R A L



SAN ELEUTERIO, ABAD
El glorioso y magno pontífice Gregorio, en el cap. 33 del lib. III de sus Diálogos, escribe así la vida del bendito San Eleuterio, abad: «Eleuterio, padre del monasterio de San Marcos, evangelista, sito en la ciudad de Espoleto, vivió mucho tiempo, y conversó conmigo en Roma en mi monasterio, y en él murió. Fué de tanta virtud, que con sus oraciones resucitó un muerto. Cierto día caminando, sobrevino la noche, y no tuvo donde recogerse, sino es en un monasterio de religiosas que había en aquel paraje. Estas siervas de Dios tenían un niño, á quien todas las noches atormentaba el demonio, apoderándose de él. Pidieron al santo, permitiese que aquel niño durmiese con él aquella noche, sin decirle por qué. Concediólo el bendito padre, y por la mañana le preguntaron, cómo le había ido con el huésped. El santo respondió, que muy bien: y como entendiesen que por su virtud el demonio no se había atrevido aquella noche al muchacho, le pidieron se le llevase en su compañía, refiriéndolo lo que pasaba. Lléveselo consigo a su monasterio, y nunca más el demonio se atrevió á inquietar aquella criatura. Pasaron muchos días, y gozoso el santo abad de ver tan sano, bueno, y libre del demonio aquel muchacho, lleno de alegría dijo un día á sus monjes: El diablo se burlaba de aquellas santas religiosas, y así atormentaba á este niño; pero ahora no se atreve. Aunque dijo con sinceridad estas palabras, no dejó de deslizarse algo en la vanagloria de tan gran milagro: lo cual conoció al instante por los efectos; pues al mismo punto se apoderó el demonio del muchacho, y comenzó de nuevo á atormentarle. Reconoció el santo padre su culpa; aunque fué tan ligera, que casi era dudoso que la hubiese cometido, lloróla amargamente, y pidió á los monjes todos se pusiesen en oración, protestando, fiado en la divina misericordia, que ni él, ni otro alguno de ellos habían de probar bocado de pan, hasta tanto que aquel niño estuviese bueno, y libre del demonio. Y como la oración de muchos vale mucho con Dios, al fin alcanzaron el perdón de aquella ligera culpa, que el santo abad había cometido, de vanagloria, y juntamente la salud del niño, tan cumplidamente, que nunca jamás se atrevió el demonio á entrar en él».

Resultado de imagen para SAN ELEUTERIO, ABAD«Tuve yo (prosigue san Gregorio) una continua enfermedad, que los griegos llaman sincopia, de calidad, que si no comía cada instante, parecía acabárseme la vida, y dar el último aliento sin remedio. Vino la pascua de Resurrección: y como yo viese que en el sábado santo todos ayunaban hasta los niños tiernos y delicados, considerando que yo solo no podía ayunar, me entristecí de manera, con sola esta consideración, que más que la misma enfermedad me afligía, y acababa totalmente la vida esta pesadumbre. Un solo consuelo y esperanza de vida halló mi ánimo triste, que fué llamar al bendito padre Eleuterio, y comunicarle secretamente el mal que nuevamente me afligía, pidiéndole que con sus ruegos me alcanzase de Dios gracia para ayunar aquel día.¡O lo que vale la oración del justo! Apenas lo hizo, y me echó su bendición, cuando sentí tal vigor, tanta virtud y fortaleza en mi estómago, que no solo pude ayunar aquel día, sin acordarme más de mi enfermedad, sino que también podía ayunar al siguiente; y así experimentó la gran virtud y santidad de este bendito padre. Al fin, lleno de días y virtudes, dio su santísima alma á Dios el glorioso Eleuterio á 6 de setiembre, por los años del Señor de 580».


Escribieron su vida, después de Gregorio, papa, ya citado, Adon; Beda; Adriano, papa; Pedro de Natalibus in Cathalogo sanctorum, lib. VIII, cap. 45; Surio, tomo V; el Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo VII de sus Anales, año 580.


FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

sábado, 5 de septiembre de 2026

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.

Primer Sábado del Mes

Devoción al Rosario

 y al Inmaculado Corazón de María


En la segunda aparición en Fátima la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, 
con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.

Promesas de Nuestra Señora de Fátima

En la aparición de Junio de 1917, Nuestra Señora prometió a los tres pastorcitos que llevaría al Cielo a aquellos que abrazaran la devoción al Inmaculado Corazón de María. Al respecto, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, gran apóstol de la devoción mariana, comentó en una conferencia dictada en 1994: "La Santísima Virgen pide muy poco: Si lo hicieran os daré. Si no lo hicieran, no quiere decir que no os amaré, pero... si fuereis sedientos de aprovechar esta promesa de mi Inmaculado Corazón tanto más yo os amaré. ¡Venid!"
Sin embargo, cuántas personas adoptan una actitud indolente delante de promesas de éstas: las promesas del Sagrado Corazón de Jesús respecto a los nueve primeros Viernes; la promesa del Escapulario del Carmen, de ser sacado del fuego del Purgatorio en el primer Sábado, ¡qué promesas magníficas!".

S A N T O R A L


LOS SANTOS RÓMULOS, EUXODIO, ZENÓN, MACARIO, y LOS MIL CIENTO CUATRO COMPAÑEROS, Todos Mártires

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Rómulo era mayordomo del emperador Trajano, y merecía toda su confianza. Un día lo envió el emperador a las Galias para que examinase el estado de las legiones allí acantonadas, y obligase a todos los soldados a sacrificar a los dioses. Rómulo cumplió con exactitud su encargo, pero ni con promesas ni amenazas logró vencer a muchísimos de ellos, particularmente a su jefe, llamado Eudoxio, ciudadano romano y ennoblecido además con altas condecoraciones del imperio. Al saber el emperador la obstinación de aquellas tropas, mandó que en castigo fuesen trasladadas desde las Galias a Melitina, en Armenia, sin que se los tuviese ninguna clase de consideraciones. Algún tiempo después, Rómulo abrió sus ojos a la fe, se arrepintió de lo que había hecho, y presentándose a Trajano, le confesó que él también era cristiano, y que por este solo título renunciaba desde aquel momento a su confianza y a todos los honores de la corte. Furioso el emperador, por lo que él llamaba un desacato, mandó que su mayordomo fuese inmediatamente decapitado, como efectivamente se ejecutó. Algunos años después, reinando Maximiano, enviáronse nuevas órdenes al prefecto de Melitina para que obligase a todos los soldados de su guarnición que adorasen a los dioses del imperio, que condenase a la última pena a los que se resistiesen a obedecer. Entonces murieron Eudoxio, Zenón, Macario, y los demás soldados que habían sido relegados de las Galias por haberse negado a lo mismo que después se les exigió a fuerza de tormentos, en los cuales acabaron su vida siempre valerosos y constante en su fé.

FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Primer Viernes de mes: devoción al Sagrado Corazón de Jesús


El rol contrarrevolucionario de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Plinio Corrêa de Oliveira

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en la raíz de todos los movimientos contrarrevolucionarios, grandes o pequeños, conocidos o desconocidos, que han surgido desde la época en que Santa Margarita María recibió esta revelación en el siglo XVII. Ella recibió la misión, en nombre del Sagrado Corazón de Jesús, de pedirle al rey Luis XIV de Francia que consagrase la nación al Sagrado Corazón y pusiese el Corazón de Jesús en el escudo de armas de Francia.
Santa Margarita, a pedido de nuestro Señor, le prometió al rey de Francia de que si combatía a los enemigos de la Iglesia, el Corazón de Jesús lo apoyaría y llevaría su reinado a una gran gloria. El Sagrado Corazón de Jesús esperaba que Luis XIV cambiase el curso de su política y se colocase a la cabeza de la Contra-Revolución. De haberlo hecho, él tendría un reino de gloria y Francia alcanzaría su verdadero apogeo católico.
Está claro que en caso de que él hubiese tomado este curso, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se habría extendido por todo el mundo. Habría habido una buena acogida en Francia a la predicación de San Luis María Grignon de Montfort que también vivió en esa época. Por lo tanto, su predicación se habría extendido por todo el mundo y, con ello, la Revolución Francesa se ​​podría haber evitado.
Por medio de este pedido al rey, la Revolución —en la forma que tenía en la época de Santa Margarita María— habría sido detenida, y esa forma de maldad que ésta tomó más tarde —la Revolución Francesa— se habrían evitado.
Por lo tanto, esta devoción, desde su primer movimiento, desde su primera indicación por parte del Sagrado Corazón, tiene un significado claramente contrarrevolucionario.

Objeciones a esta devoción

En un cuidadoso estudio de esta devoción, el profesor Fernando Furquim llama la atención sobre el hecho de que los distintos movimientos contrarrevolucionarios que se alzaron en los siglos XVIII y XIX estaban vinculados al Sagrado Corazón de Jesús. Por ejemplo, los contrarrevolucionarios franceses de la Vendée, los Chouans, llevaban una insignia del Sagrado Corazón. Esta devoción siempre ha sido adoptada por los contrarrevolucionarios, inspirándolos y alentándolos, a la vez que ha sido odiada por los malos.

Es perfectamente correcta la devoción 
a un órgano específico de Cristo

¿Qué han dicho estos enemigos contra la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? Primero, ellos presentan este argumento supuestamente decisivo: “¿Por qué adorar al Corazón de Jesús ¿Por qué no hacer una hermosa devoción a las manos o a los ojos de Jesús? Al adorar su corazón, podríamos blasfemar por descomponer a Jesús y hacer una devoción a cada parte de su cuerpo Por tanto, podríamos tener una devoción a sus oídos que oyeron todas las súplicas del hombre, a su boca que habló, a sus manos que bendijeron (sin mencionar que también azotaron a los mercaderes del Templo). Por lo tanto, no vale la pena esta devoción al Corazón de Jesús”.
También, ellos van a decir: “Esta es una devoción sentimental. El corazón es el símbolo de la emoción por lo sentimental. De manera que esta es una devoción sentimental carente de contenido teológico y no se debe permitir”.

Una devoción promovida por la Iglesia

En efecto, en muchos de los documentos papales solemnes, sustanciales y magníficos, la Santa Sede recomendó esta devoción, por ejemplo, la encíclica Inscrutabile Divinae Sapientiae del Papa Pío VI en 1775. La Santa Sede concedió muchas indulgencias a los que recibieran la comunión los primeros viernes en reparación por las ofensas hechas contra el Sagrado Corazón. También se otorgaron indulgencias en las cofradías y archicofradías que se establecieron en apoyo a la devoción del Sagrado Corazón.
Además, se aprobó y alentó la construcción de iglesias, altares e imágenes en honor del Sagrado Corazón. La Iglesia, por tanto, ha aprobado esta devoción abundantemente y, por lo tanto, tiene todas las razones para merecer nuestra confianza.
En cuanto al argumento de que no se puede tener una devoción a cada parte del cuerpo sagrado de Nuestro Señor, éste no tiene ningún mérito. De hecho, en nuestras devociones privadas, podemos adorar a Nuestro Señor en sus manos sagradas; podemos y debemos adorarlo a Él en sus infinitamente expresivos, elocuentes, regios, instructivos y salvíficos ojos. No hay más que recordar que fue con una mirada de Nuestro Señor, que movió a San Pedro a arrepentirse de su triple negación para darnos cuenta que adorar a Nuestro Señor en sus divinos ojos es sin duda algo que uno puede hacer.
Nuestra Señora adoró el 
cuerpo de su amado Hijo
Pero la Iglesia, que tiene un gran sentido del ridículo y entiende que el ridículo puede estar a un paso de lo sublime, entiende que las mentes vulgares están siempre dispuestas a emplear el sarcasmo para degradar devociones como estas a una parte del cuerpo, las que realmente pueden impresionar a las sensibilidades humanas. Pero estas devociones no están en contra de la razón, y pueden ser hechas apropiadamente.
Por ejemplo, entre las piedras de la Vía Sacra tenemos la que lleva la marca de sus pies divinos. Es honesto y legítimo a adorar los divinos pies que pisaron la tierra para enseñar y que fueron cubiertos con el polvo de la carretera con el fin de instruir, salvar y combatir el mal. Es correcto adorar estos pies que condujeron al Salvador mientras llevaba la cruz, esos pies manchados de sangre para nuestra redención, esos pies que llevan las marcas de los clavos de la Pasión.


Una hermosa manera de adorar a Nuestro Señor Jesucristo es unirnos a los pensamientos y meditaciones de Nuestra Señora, cuando Nuestro Señor fue bajado de la cruz, cuando ella sostuvo en su regazo su Sagrado Cuerpo y sangre derramada. Ella contempló cada parte de ese cuerpo macerado con infinito amor, veneración, respeto y afecto. Ella consideró los miembros y los adoró en su significado y función. Ella midió la ofensa contra su divinidad en esas partes flageladas. Con esto, en definitiva, ella practicó esta devoción, adorando las diferentes partes del cuerpo de su Divino Hijo.

Por lo tanto, es sólo una cuestión de conveniencia, un sentido de la apariencia y proporción, por así decirlo, que la Iglesia promueve la adoración de las muchas de las partes del cuerpo de Nuestro Señor.

¿Qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?

¿Qué es exactamente la devoción al Sagrado Corazón? Es la devoción al órgano de Nuestro Señor, que es el corazón. Pero en las Escrituras, el corazón no tiene el significado sentimental que tomó hacia finales del siglo 18, y desde luego en el siglo 19. El corazón no expresa sentimiento.
Cuando la Escritura dice: “Con todo mi corazón te he buscado”, (Salmo 119, 10) el corazón aquí es la voluntad humana, el propósito humano, propiamente dicho, la santidad humana. Por lo tanto, cuando el profeta dice esto, él que quiere decir, “Con toda mi voluntad te he buscado”. El Evangelio dice también: “La Virgen guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2, 19). Podemos ver aquí que no se habla de un corazón sentimental, sino de su voluntad, su alma, que guardaba estas cosas y pensaba en ellas.
El corazón es la voluntad y la razón de la persona, ese elemento dinámico que estudia y reflexiona sobre las cosas. En Nuestro Señor, su Sagrado Corazón es su voluntad. La voluntad está simbolizada por el corazón, porque todos los movimientos de la voluntad pueden tener repercusiones en el corazón. Es en este sentido, pues, que el Sagrado Corazón de Jesús es adorado.

El marqués Gral. de la Rochejaquelein usaba
 en su pecho la insignia del Sagrado Corazón,
símbolo de la resistencia católica de la Vendée

Por correlación, está la devoción inmensamente significativa del Inmaculado Corazón de María. El Inmaculado Corazón de María es un santuario en cuyo interior se encuentra el Sagrado Corazón de Jesús.
Nuestro Señor prometió una efusión de gracia para esta devoción. El Sagrado Corazón hizo promesas especiales a quienes hacen los nueve primeros viernes. La más notable de ellas, tal vez, es de que los que hacen los Nueve Primeros Viernes no morirán sin la gracia de la penitencia final. Esto no quiere decir que sin duda irá al cielo. Es decir que tendréis una gran gracia antes de morir, tan grande que se puede tener toda esperanza para vuestra salvación.
Ustedes entienden cuán diligentemente la Iglesia se ha esforzado en el pasado para que esta devoción fuese conocida, apreciada y comprendida por nuestra razón sin sentimentalismo. Una devoción varonil busca la razón de una cosa y luego ama esa cosa por su razón de ser. Es, de esta manera, que el hombre fuerte y la mujer fuerte del Evangelio juzga las cosas piadosas.
Por lo tanto, debemos reflexionar sobre esta devoción y volcar nuestras almas, nuestras voluntades, al Corazón de Jesús como la fuente de esas gracias que la Divina Providencia planeaba dar a los hombres en la época de la Revolución. Es un medio de la gracia destinado a los tiempos difíciles por venir, esos mismos tiempos en los que vivimos hoy en día.
Debemos pedir al Corazón de Jesús, a través de la sangre y el agua que fluyeron de él, que limpie y restaure el de nosotros. Esta es mi sugerencia cuando mediten y recen los viernes, y sobre todo en el primer viernes de cada mes, y el viernes de la Semana de la Pasión.
Termino recordándoles del soldado que atravesó el Corazón de Jesús con una lanza. Al hacer este acto de violencia contra el Sagrado Corazón de Jesús, agua y sangre brotó desde el costado de Nuestro Señor y le cayó en sus ojos. Entonces, los ojos del soldado, que se estaba volviendo ciego, se curaron inmediatamente y recobró la vista. Para nosotros, esto es lo más elocuente y significativo.
Esto significa que aquellos que tienen la devoción al Sagrado Corazón de Jesús pueden pedir gracias similares, no necesariamente el milagro físico, sino más bien una gracia para nuestras almas. Si queremos tener el sentido católico, un conocimiento contrarrevolucionario de las cosas, si queremos percibir cómo la Revolución y la Contra-Revolución están trabajando alrededor de nosotros y dentro de nosotros, si queremos conocer nuestros defectos, para comprender el alma de los otros para hacerles el bien, para tener perspicacia en nuestros estudios, para tener un buen equilibrio psicológico y curarse de problemas nerviosos de todo tipo, entonces podemos y debemos recurrir al Sagrado Corazón de Jesús.
Deberíamos pedir una gracia que brota de su Sagrado Corazón —como la sangre y el agua que curó al soldado— que erradicará la ceguera total o parcial de nuestras almas. Oremos, pues, al Sagrado Corazón de Jesús a través del Corazón Inmaculado de María, porque ésta es la única manera de obtener las gracias para curarnos de nuestras múltiples cegueras. Al hacer esto, vamos a hacer una espléndida solicitud y estar en el camino hacia la obtención de una magnífica gracia.

S A N T O R A L

SAN MOISÉS, LEGISLADOR Y PROFETA

Fué hijo de Amram y de Jocabed, y nació 1571 años antes de Jesucristo.
Viendo el rey de Egipto que los hebreos se multiplicaban tanto y que llegarían á ser un pueblo temible por su número, dio un edicto por el cual disponía que fuesen arrojados al Nilo todos los niños varones que naciesen de madre israelita. Jocabed guardó á su Moisés, por espacio de tres meses, al cabo de los cuales tomó un cesto de juncos, lo empegó, metió al niño en él, y lo puso sobro las aguas del Nilo. Termulis, hija del rey, que se paseaba después por la orilla, viendo flotar el canastillo, mandó que lo sacasen, y prendada de la belleza del infante, quiso que se salvase, y lo hizo criar á sus expensas. Tres años después la misma princesa le adoptó por hijo suyo, lo llamó Moisés, que quiere decir «sacado de las aguas», y le hizo instruir en todas las ciencias de los egipcios; pero sus padres, á quienes había sido confiado por una feliz casualidad, se dedicaron con todo cuidado á enseñarle la religión y la historia de sus mayores.

Algunos historiadores cuentan muchas particularidades de la juventud de Moisés, que sin embargo no se apoyan en ninguna relación de la Escritura, á la cual nos limitaremos. Por esta sabemos, pues, que á la edad de cuarenta años salió de la corte de Faraón para ir á visitar á los de su nación, que la crueldad de sus dominadores agobiaba con excesivos y crueles tratamientos. Habiendo encontrado un día á un egipcio que maltrataba á un hebreo, le mató, suceso que, habiéndose hecho público, obligó á Moisés á dejar los estados de Faraón y refugiarse en el país de Madian, donde tomó por esposa á Séfora, hija del sacerdote Jetró, de la cual tuvo dos hijos, Gersam y Eliezer. Por espacio de cuarenta años el que había de ser libertador de Israel estuvo apacentando en aquel país los ganados de su suegro, hasta que un día, conduciendo las ovejas á lo interior del desierto, en la montaña de Horeb se le apareció el Señor en medio de una zarza que ardía sin consumirse, y le mandó que fuese á romper el yugo de sus hermanos, visión que se halla explicada de una manera llena de interés é instrucción en los capítulos tres y cuatro del libro del Éxodo.

Moisés se resistió al principio, pretextando su inutilidad y el poco crédito que se daría á sus palabras; pero Dios venció esta resistencia por medio de dos prodigios. Juntándose, pues, él y su hermano Aarón, marcharon á la corte, y presentándose á Faraón le intimaron que Dios le mandaba permitiese á los hebreos ir al desierto á ofrecerle sacrificios, pero el impío monarca se burló de aquella orden y redobló la crueldad con que trataba ya á los israelitas. Los dos enviados de Dios se volvieron; pero presentándose luego por segunda vez, se esforzaron en persuadir á Faraón, seducido por los encantamientos de sus magos, á los cuáles confundieron por medio de algunos portentos. El obstinado príncipe atrajo con su ceguera espantosas calamidades sobre su reino, de las cuales la décima y última fué la muerte de los primogénitos de Egipto, que en una sola noche fueron todos muertos por el ángel exterminador, desde el primogénito del mismo rey Faraón hasta el primogénito del último de los esclavos y animales.

Semejante catástrofe ablandó por un momento el corazón endurecido del monarca, que dio permiso á los israelitas para marcharse donde querían. En virtud de esta orden salieron los hebreos de Egipto el día 15 del mes de Nisan, desde cuyo día empezó en adelante á contar los años el pueblo escogido en memoria del recobro de su libertad. Cuando salieron de Ramesses eran en número de seiscientos mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, llevando consigo innumerable número de ovejas y ganados mayores y bestias de diversos géneros. Apenas hablan llegado los hebreos á la orilla del mar Rojo, Faraón y los suyos, arrepentidos de haberles dejado salir de Egipto, corrieron detrás de ellos con un ejército poderoso; pero Moisés extendió su vara sobre el mar, las aguas se dividieron, los israelitas pasaron al otro lado á pié enjuto, y los egipcios que quisieron seguirlos, quedaron envueltos y ahogados entre las olas que habían tornado á su estado natural por medio de un fuerte viento que el Señor había hecho soplar. Ni uno solo quedó con vida del ejército de Faraón: el Egipto quedó asolado y humillado con aquel terrible suceso, y Moisés desde el otro lado del mar, entonó aquel admirable y célebre cántico de acción de gracias que empieza: Cantemus Domino, y que se halla en el capítulo quince del citado libro del Éxodo.

Desde entonces caminó el pueblo hebreo por el desierto en paz y libertad, y dirigiéndose hacia el monte Sinaí, llegó á Mará donde no encontrando más que aguas amargas, Moisés las endulzó por un prodigio para que se hiciesen potables. En Rapludim, que fué la décima sexta jornada, faltó el agua; pero el divino libertador la hizo salir de una roca de Horeb golpeándola con su vara. El Señor se indignó en aquella ocasión contra Moisés, por la especie de desconfianza ó falta de fé que había mostrado, golpeando dos veces seguidas la roca y empleando la milagrosa vara, en lugar de mandar sencillamente que saliese el agua conforme a la orden que se le había dado. Entonces y en aquel mismo sitio llegaron los amalecitas para pelear contra Israel, y mientras Josué los rechazaba y los vencía, Moisés, colocado en la eminencia de un collado, tenía las manos levantadas al cielo y se las sostenían Aarón y Hur. Los amalecitas quedaron completamente derrotados, y los hebreos siguiendo su camino, llegaron por fin á la falda del monte Sinaí el día tercero del noveno mes después de su salida de Egipto. Moisés subió á la cumbre, y en medio de rayos y truenos recibió la ley que había de dar al pueblo y concluyó la famosa alianza entre el Señor y los hijos de Israel.

Mientras esto pasaba en la montaña, aquel pueblo desagradecido que se entregaba á la murmuración con tanta frecuencia, pidió á Aarón un Dios visible, y fabricó el becerro de oro al cual erigió un altar. Cuando Moisés bajó de la montaña con las tablas de la ley, y vio á los israelitas entregados á tan infame idolatría, se llenó de justo horror, rompió las tablas de la ley, y mandó pasar á cuchillo veinte y tres mil de los prevaricadores. Después subió otra vez á la montaña, y habiendo alcanzado el perdón de Dios para su pueblo, trajo otras dos tablas como las primeras, en las cuales estaba escrita la ley. Cuando bajó esta vez, la cara de Moisés despecha rayos de luz tan viva, que el pueblo no podía mirarlo y fué preciso que se cubriese con un velo. Empezó entonces á fabricar el tabernáculo según el diseño que el mismo Dios le había indicado, hizo su dedicación, consagró á su hermano Aarón y á sus hijos para ser sus sacerdotes y destinó á los levitas para su servicio. Escribió asimismo todo lo concerniente al culto divino y al gobierno político del pueblo; y después de haber arreglado todas estas cosas, condujo los israelitas á los confines del país de Canaan al pié del monte Nebo. Entonces le mandó el Señor que subiese á la cúspide de esta misma montaña, desde donde le mostró la tierra prometida en la cual no podría entrar. Efectivamente, Moisés murió allí á la edad de ciento y veinte años, el 1451 antes de Jesucristo, dejando á su pueblo y á los siglos futuros de todo el universo la idea de un hombre extraordinariamente favorecido de Dios y conducido por sus caminos, de un genio elevado y vasto, y de un legislador ilustrado y profundo. Moisés es incontestablemente el autor de los cinco primeros libros del antiguo Testamento, conocidos con el nombro de Pentateuco, que los judíos y todas las Iglesias cristianas han reconocido por inspirados. La iglesia católica le ha colocado entre sus santos y celebra en este día su memoria.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.