sábado, 7 de noviembre de 2026

 

Mes de MARÍA en la Argentina

Mes de María




En la búsqueda de un comentario sobre el significado del mes mariano por excelencia, nos deparamos con este excelente artículo del ilustre pensador católico, escrito para el periódico «Legionario» (n° 563, 23 de mayo de 1943), donde el autor, aborda el tema de modo magistral y perfectamente válido para nuestros días.

Plinio Corrêa de Oliveira

¡No es sin tristeza que sentimos aproximarse el fin de este mes de María! En efecto, durante el mes de mayo sentimos que una protección especial de la Santísima Virgen se extiende sobre todos los fieles, y la alegría que brilla en nuestros templos e ilumina nuestros corazones expresa la universal certeza de los católicos de que el patrocinio indispensable de nuestra Madre celestial se vuelve, durante el mes de mayo, aún más solícito, más amoroso, más exuberante de visible misericordia y acogedora condescendencia.
Sin embargo, algo queda después de cada mes de mayo, si hubiéramos sabido vivir convenientemente esos treinta y un días especialmente consagrados a la Santísima Virgen. Lo que nos queda es una devoción mayor, una confianza más especial, y, por así decir, una intimidad aún más acentuada con Nuestra Señora, con la cual en todas las vicisitudes de la vida sabremos pedir con más respetuosa insistencia, esperar con más invencible confianza, y agradecer con más humilde cariño todo el bien que Ella nos haga.
La Santísima Virgen es la Reina del Cielo y de la Tierra, y, al mismo tiempo, nuestra Madre. Con esta convicción entramos siempre en el mes de mayo, y tal convicción se afirma cada vez más en nosotros, lanza claridades y fortaleza siempre mayores cuando el mes de mayo termina. Mayo nos enseña a amar a María Santísima por su propia gloria, por todo cuanto Ella representa en los planes de la Providencia. Y nos enseña también a vivir de modo más constante nuestra vida de unión filial a María.
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Los hijos nunca están tan seguros de la vigilancia amorosa de sus madres como cuando sufren. La humanidad entera sufre hoy en día. Y no apenas todos los pueblos sufren, sino que casi se podría decir que sufren de todos los modos por los que pueden sufrir. Las inteligencias son barridas por el vendaval de la impiedad y del escepticismo. Tifones locos de mesianismos de todo orden devastan los espíritus. Ideas nebulosas, confusas, audaces, se infiltran en todos los ambientes, y arrastran consigo, no sólo a los malos y a los tibios, sino a veces hasta a aquellos de quien se esperaría mayor constancia en la Fe. Sufren las voluntades obstinadamente apegadas al cumplimiento del deber, con todas las contrariedades que les viene de su fidelidad a la ley de Cristo. Sufren los que quebrantan esa ley, pues lejos de Cristo todo placer no es en el fondo sino amargura, y toda alegría una mentira. Sufren los corazones, dilacerados por los horrores de las guerras que se dilatan, de las familias que se disuelven, de las luchas que arman por doquier hermanos contra hermanos. Sufren los cuerpos, diezmados por la ametralladora, debilitados por el trabajo, minados por la enfermedad, acongojados por todo tipo de necesidades. Se podría decir que el mundo contemporáneo, semejante al que vivía en el tiempo en que Nuestro Señor nació en Belén, llena los aires de un grande y clamoroso gemido, que es el gemido de los malos que viven lejos de Dios, y de los justos que viven atormentados por los malos.
Cuanto más sombrías se vuelvan las circunstancias, cuanto más agudos los dolores de toda especie, tanto más debemos pedir a la Santísima Virgen que ponga término a tanto sufrimiento, no sólo para hacer cesar así nuestro dolor, sino para mayor provecho de nuestra alma. Dice la Sagrada Teología que la oración de Nuestra Señora anticipó el momento en que el mundo debería ser redimido por el Mesías. En este momento lleno de angustias, volvamos con confianza nuestros ojos a la Santísima Virgen, pidiéndole que abrevie el gran momento esperado por todos, en que un nuevo Pentecostés abra claridades de luz y de esperanzas en estas tinieblas, y restaure por todas partes el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo.
Debemos ser como Daniel, de quien dice la Escritura que era desideriorum vir, “varón de deseos”, es decir, hombre que deseaba grandes y muchas cosas. Para la gloria de Dios, deseemos grandes y muchas cosas. Pidamos a Nuestra Señora mucho y siempre. Y lo que sobre todo le debemos pedir es aquello que la Sagrada Liturgia suplica a Dios: Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terrae — “Envía tu Espíritu y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra”. Debemos pedir por intermedio de la Santísima Virgen que Dios nos envíe nuevamente en abundancia el Espíritu Santo, para que las cosas sean nuevamente creadas, y purificada por una renovación la faz de la tierra.
Dice Dante en la Divina Comedia que rezar sin el patrocinio de Nuestra Señora es lo mismo que querer volar sin alas. Confiemos a la Santísima Virgen este anhelo en que va todo nuestro corazón. Las manos de María serán un par de alas purísimas por medio de las cuales llegará ciertamente al trono de Dios nuestra oración.
Como conclusión de este mes de María, hagamos nuestras dos súplicas de la letanía de las Rogativas, referentes a las necesidades mundiales de la Santa Madre Iglesia:
“Para que os dignéis humillar a los enemigos de la Santa Iglesia, ¡te lo pedimos, Señor!

Para que os dignéis exaltar a la Santa Iglesia, ¡te lo pedimos, Señor!”  

Nota: Esta fiesta en el hemisferio norte se celebra en Mayo (primavera, mes de las flores), en el hemisferio sur desde el día 7 de Noviembre -fiesta de María Mediadora de todas las Gracias- al 8 de Diciembre -fiesta de la Inmaculada Concepción-.

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.

Primer Sábado del Mes

Devoción al Rosario

 y al Inmaculado Corazón de María


En la segunda aparición en Fátima la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, 
con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.

Promesas de Nuestra Señora de Fátima

En la aparición de Junio de 1917, Nuestra Señora prometió a los tres pastorcitos que llevaría al Cielo a aquellos que abrazaran la devoción al Inmaculado Corazón de María. Al respecto, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, gran apóstol de la devoción mariana, comentó en una conferencia dictada en 1994: "La Santísima Virgen pide muy poco: Si lo hicieran os daré. Si no lo hicieran, no quiere decir que no os amaré, pero... si fuereis sedientos de aprovechar esta promesa de mi Inmaculado Corazón tanto más yo os amaré. ¡Venid!"
Sin embargo, cuántas personas adoptan una actitud indolente delante de promesas de éstas: las promesas del Sagrado Corazón de Jesús respecto a los nueve primeros Viernes; la promesa del Escapulario del Carmen, de ser sacado del fuego del Purgatorio en el primer Sábado, ¡qué promesas magníficas!".

S A N T O R A L

SAN FLORENCIO, OBISPO Y CONFESOR
Resultado de imagen para SAN FLORENCIO, OBISPO Y CONFESORFué el glorioso san Florencio natural de Escocia, de claro y noble linaje; pero mucho más noble fue por su virtud y santidad. En lo mas florido de su juventud lozana dio de mano á todos los deleites de este mundo: y para huirlos mejor y conservarse virgen, como tenia propuesto en su corazón hacerlo, cuando le amenazaba el riesgo de que tanto deseaba huir, que era casamiento rico y noble, dejó por Cristo patria, padres y parientes, riquezas y deleites de la juventud, y abrazando una voluntaria pobreza, emprendió una larga peregrinación. Acompañáronle otros tres santos varones Arbogasto, Teodalo, é Ilildulfo, con los cuales llegó (después de varias peregrinaciones) a la Alsacia. Reinaba en Francia á la sazón Dagoberto, el cual tuvo á gran dicha que tales varones viniesen á sus tierras. Dióle á Arbogasto el obispado de Argentina, ciudad vecina del Rhin (río caudaloso) y habitada de los germanos ó alemanes, los cuales en su lengua vulgar la llaman Strasburg. Teodato ó Ilildulfo le acompañaron; y Florencio, despedido de ellos, se retiró á una selva llamada Haslé á la parte del monte Vozago, donde nace el rio Brascha. Aquí comenzó á cultivar la tierra con sus propias manos para buscar el propio sustento, gastando en este ejercicio y el de la oración los días y las noches. Labró con sus manos una casilla ó choza para su recogimiento, y tuvo bien en que ejercitar la paciencia; porque los ciervos y otras fieras, que en aquella selva había, le destruían cuanto trabajaba y hacia de sus manos.
No tenía el bendito Florencio instrumentos con que ahuyentar ó cazar aquellas fieras; pero sí tenia una gran fe y confianza en Dios; y así en su santísimo nombre las mandó que todas, sin hacer mal alguno á él, ni al trabajo do sus manos, viniesen á su celdilla, y se estuviesen quietas á la puerta. ¡Raro prodigio! Apenas se les mandó, cuando todas le obedecieron: tal fuerza tiene la voz del justo, y el nombre santo de Dios, en quien confia. Hallábase á este tiempo Dagoberto entretenido en su palacio kyrcheymense, que está cerca de la dicha selva ó bosque, y envió sus cazadores á que cazasen y le trajesen alguna cierva. Los cazadores salieron muy de mañana prevenidos de perros: dieron vuelta por los montes y selvas circunvecinas, sin que pudiesen descubrir fiera alguna. Al fin, ya cansados llegaron á la casilla de san Florencio, donde vieron muchísimas ciervas y otras fieras, todas á la puerta mirándosela con tanta atención, y tan quietas y fijas, como si estuviesen presas con cadenas. Vieron venir al santo varón: y no conociendo su santidad, se indignaron contra él, juzgando que por algún arte de encantamiento tenia presas las fieras, y reducidas todas á la puerta de su casa. Tratáronle mal de palabras; y con violencia y furor le quitaron la túnica que traía, y se fueron. El santo, sin responderles palabra, ni resistirse, se dejó desnudar: y viendo que se iban y dejaban una azada ó hacha que tenía, con que labraba la tierra y hacia leña, la tomó y les fué siguiendo, dando voces, y diciendo se esperasen, y se llevarían también aquella sola alhaja que tenia.
Tomáronla, y prosiguieron su camino, y al llegar á una laguna que habían de pasar, los caballos no pudieron moverse: ellos los apretaban más y más las espuelas; pero era en vano herirlos. Reconocieron que sin duda era castigo del cielo, por las injurias que habían hecho á aquel santo varón (que aunque malos, ya habían conocido lo era, en su silencio y sencillez); y así volvieron las riendas y fueron á buscarle: pidiéronle perdón y restituyéronle lo que le hablan quitado: con que partieron gozosos con su bendición, y los caballos no se pararon más en todo el camino. Van á la presencia del rey Dagoberto y le cuentan lo que les había sucedido; cuando al instante mandó enjaezar ricamente su caballo, y se lo envió al varón de Dios, suplicándole se sirviese de montar en él y venirse á su palacio. El santo por no parecer desagradecido, ya que no admitió la oferta del caballo, por parecerle no decía bien á su humildad, vino á visitar al rey. Al llegar al palacio, una hija del rey, ciega y muda desde su nacimiento, de repente vio y habló, llamando á Florencio por su nombre, siendo así que todos lo ignoraban. No fué solo éste prodigio: porque subiendo el santo á ver al rey á su cuarto, como no tenia criado que le guardase el manto ó capa, mientras entraba á hablar al rey (cortesía entonces usada) se quitó su capa y la colgó de un rayo de sol que entraba por una ventana, la cual se estuvo colgada, como si estuviera de una estaca ó clavo, todo el tiempo que estuvo con el rey hablando. Estos milagros tan portentosos movieron tanto el ánimo del rey, que le hizo donación al santo de aquella selva y de las villas y aldeas adyacentes, para que fabricase en aquella parte que tenia su celda, un monasterio, el cual se fabricó luego con toda suntuosidad y real magnificencia, y se llamó y llama hoy el monasterio de Haslé, y posee las dichas posesiones.
Murió el bendito Arbogasto; y el rey obligó al santo varón Florencio á que aceptase aquel obispado de Argentina: y el bendito siervo de Dios, por no resistir á la divina voluntad, humilde lo aceptó, y gobernó santísimamente por espacio de doce años, ejercitándose de día y de noche en actos heroicos de caridad, humildad, paciencia, oración, contemplación, ayunos, penitencias, y en todas las demás virtudes, escogiendo varones sencillos, santos y virtuosos que habitasen siempre en su monasterio de Haslé, y allí sirviesen á Dios: con lo cual, dando divino olor y fragrancia de virtudes, virgen, puro y casto echó buen olor de Cristo, como dice el Apóstol, y habiendo adornado é ilustrado la Iglesia de Dios con dichos y hechos heroicos, y sufrido con gran paciencia inmensos trabajos, como fiel y prudente siervo, descansó en paz en su Iglesia, y fué a poseer el premio eterno de la gloria, donde con Cristo reina. Fué su glorioso tránsito á los 7 de noviembre (día en que la Iglesia le celebra) por los años del Señor de 675. Fué sepultado su santo cuerpo en su misma Iglesia de Argentina, y allí estuvo mucho tiempo, ilustrándola con milagros, hasla que el bendito Rato, obispo de Argentina, tuvo orden del cielo, por divina revelación, para trasladarlo al monasterio de Haslé, y colocarlo en el mismo lugar en que él se había fabricado su primera celdila y habitación, y allí permanece el día de hoy, haciendo Dios por su intercesión muchos milagros. Escribieron su viria Surio, en el tomo VI; Democaro, in Tabulis Eccles. Argcnt.; Molano, in Addit. ad Usuardum; el Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones.


 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

viernes, 6 de noviembre de 2026

S A N T O R A L

SAN LEONARDO, CONFESOR

San Leonardo nació en Francia, de padres nobles é ilustres, muy favorecidos del rey Clodoveo, que fué el primer rey de Francia cristiano, del cual se dice que sacó de pila  
(padrino) á san Leonardo, para honrar á sus padres: y aunque el mismo san Leonardo pudiera tener gran lugar con el rey, y tenía grandes prendas para ello, no quiso estar en la corte, para darse más libremente á Dios nuestro Señor, y ser discípulo de san Remigio, varón santísimo, por cuya predicación el mismo rey Clodoveo había sido alumbrado y recibido la fe de Jesucristo nuestro Redentor. Por la buena instrucción, pues, de tan insigne y divino varón, creció nuestro Leonardo en toda virtud, y comenzó á resplandecer con maravillosa opinión y fama de santidad: por lo cual movido el rey, le rogó que viniese á su corte y le ofreció preeminentes dignidades: de las cuales él no hizo caso; porque era amigo de quietud, y deseaba atender á Dios y al provecho de los prójimos, como lo hizo predicando la palabra del santo Evangelio, y sembrando la semilla del cielo en Orleans, y en otras partles de la Aquitania; porque en aquel tiempo había aun muchos gentiles en el reino de Francia, que estaban sepultados en la sombra de la muerte: y para que mejor lo pudiese hacer, el Señor le honraba y obraba por él muchos milagros, echando los demonios de los cuerpos, y sanando á los sordos, cojos y ciegos, y á otros enfermos. Yendo una vez camino y pasando por un bosque, adonde el rey y la reina, que estaba preñada, habían venido á caza, viniéronle dolores de parto á la reina, y fueron tan recios, que no podía parir y estaba para espirar. Llegó á este tiempo san Leonardo, y con su oración parió luego la reina un hijo, y quedó sana y libre de aquel peligro, y el rey le ofreció muchos vasos de oro y plata, y grandes tesoros: los cuales él no quiso recibir, rogando al rey que los repartiese á los pobres, y con aquella limosna comprase el cielo. Ofrecióle después el rey todo aquel monte y territorio; mas el santo no quiso aceptar sino una parte, en que edificó un oratorio de Nuestra Señora, y en él un altar á san Remigio.
San Remigio bautiza a Clodoveo 
Aquí vivió con grande y maravillosa abstinencia y penitencia, en oración perpetua y fervorosa, trabajando de día, y velando de noche en compañía de los monjes: y porque tenía falta de agua, que la traían de muy lejos, hizo oración san Leonardo, y el Señor les dio una fuente tan copiosa de agua, que hasta el día de hoy da de beber á los moradores de aquel lugar.
Fueron tantos los milagros que el Señor obró por la intercesión de san Leonardo, que su fama se extendió por todo el reino de Francia, Inglaterra y Alemania; pero en lo que más se esmeró este santo, y en lo que más Dios le glorificó, fué en librar los presos de la cárcel, y sacarlos de ella, y traerlos á su casa por más que estuviesen acerrojados y cargados de prisiones y cadenas: y así venían de muchas partes remotas muchos que habían sido librados de las cárceles, y traían sus grillos, esposas y cadenas; y poniéndolas delante de él, se arrojaban á sus pies, suplicándolo que los tuviese en su compañía, y se sirviese de ellos cómodo esclavos; mas el santo era tan humilde, que les servía á ellos, y les enseñaba á servir al Señor, y les daba parte de aquel campo que había recibido del rey, para que le cultivasen y viviesen de su trabajo: y algunos deudos suyos y otros, y no pocos de varios estados, hombres y mujeres, movidos de estos milagros, y más de la fama de su santidad, también concurrían para ser de él enseñados en el camino de la vida, y permanecer debajo de su disciplina y magisterio, á los cuales el santo enseñaba y encaminaba para el cielo. Y habiendo corrido gloriosamente su carrera, dio su benditísima alma al Señor, á los 6 de noviembre del año de 559, según Tritemio, y su sagrado cuerpo fué enterrado honoríficamente en la misma iglesia ú oratorio que él había dedicado á nuestro Señor; y después por cierta revelación y milagro le trasladaron á otro templo que se le edificó más suntuoso. Después de muerto le ilustró Dios con muchos milagros, como lo había hecho en vida, especialmente en librar á los presos de la cárcel: hizo obras prodigiosas y admirables, y fueron tantas, que casi no se podían contar las esposas, grillos y cadenas, y otros instrumentos penales, que estaban colgados á su sepulcro en memoria del beneficio que habían recibido por su intercesión los que los habían traído, librándose de la cárcel.
En la ciudad de Limosín, estando un hombre inocente, devoto de san Leonardo, atado por el cuello con una cadena de hierro, y tan apretado, que apenas podía respirar; encomendándose al santo, se le apareció luego, y le dijo: No morirás; sino vivirás, y contarás las obras del Señor. Levántate y toma esa cadena, y llévala á mi iglesia para que esté colgada á mi sepulcro, y ninguno de aquí adelante sea más atormentado con ella. Estaba otro hombre, devoto del mismo santo, en lo más hondo de una torre y sumido en una hoya, y atado de pies y manos, y con muchas guardas á la puerta que el tirano, que le había mandado prender, había puesto temiendo que san Leonardo le había de librar de sus manos, como lo libró sacándole de aquel calabozo horrible y penoso en que estaba, y llevándole por su mano sin que ninguno se lo pudiese estorbar. De estos milagros se cuentan muchos en su vida, la cual se halla en el sexto tomo del P. Fr. Lorenzo Surio. De san Leonardo hacen mención los Martirologios, el romano á 6 de noviembre, y el de Beda y Adon.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

jueves, 5 de noviembre de 2026

S A N T O R A L


SANTA BERTILA, ABADESA

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Nació de ilustre familia en Soissons. Desde su infancia se la vio preferir el amor de los bienes celestiales al de las criaturas.

Las dulzuras que experimentó en la oración y la práctica de la virtud, la hicieron resolverse á consagrarse enteramente á Dios.

Tomó el hábito en el monasterio de Brie, y después de haberse ejercitado en él en todos los empleos más humildes y penosos y dado evidentes señales de virtud y capacidad, fué elegida primera abadesa del monasterio de Chelles, que acababa de fundar la esposa del rey Clodoveo II.


Su reputación se extendió por toda Europa, y gran número de señoras iban a ponerse bajo su dirección, y se contaron entre ellas ilustres princesas y la misma reina fundadora del monasterio, que fué á él á acabar sus días.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

FIESTA DE LAS SAGRADAS RELIQUIAS

DOCTRINA DE LA IGLESIA SOBRE LAS RELIQUIAS


A pesar de estos textos y otros muchos, la herejía, profanando en el siglo XVI las tumbas santas, no pretendió con ello precisamente hacernos volver a las costumbres de nuestros padres.

Más contra estos extraños reformadores, el Concilio de Trento se contentaba con expresar el testimonio unánime de la Tradición en la siguiente definición dogmática, en que se encuentran resumidas las razones teológicas del culto que la Iglesia tributa a las reliquias de los Santos:

"Los fieles deben venerar los cuerpos de los Mártires y demás Santos que viven en Cristo. Fueron efectivamente sus miembros vivos y templo del Espíritu Santo; él los ha de resucitar para la vida eterna y para la gloria; Dios, por medio de ellos, concede a los hombres muchos beneficios. Por tanto, los que dicen que las reliquias de los Santos no merecen venerarse, y que es inútil que los fieles las honren, y vano que se hagan visitas a las memorias o monumentos de los Santos para conseguir su ayuda: a estos tales se les debe condenar de modo absoluto; y, en la forma que desde hace ya mucho tiempo los condenó la Iglesia, así ahora otra vez los condena"
Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

miércoles, 4 de noviembre de 2026

S A N T O R A L


SAN CARLOS BORROMEO, OBISPO Y CONFESOR

OFICIO DE SAN CARLOS Y LA GRACIA DE DIOS

"Para conocer bien a un santo, hay que atender sobre todo al oficio que Dios le encomendó en este mundo, a la obra a que consagró su vida y a las gracias con que Dios le dotó para llevarla al cabo.
"Ahora bien, la obligación y la obra que la Providencia de Dios confió en este mundo a San Carlos Borromeo, fué la de reformar la santa Iglesia católica completando y ejecutando los decretos disciplinares del Concilio de Trento. La gracia que recibió de Dios para cumplir tal designio, fué, además de la plenitud del sacerdocio, la plenitud del espíritu sacerdotal. He ahí el gran don sobrenatural que recibió San Carlos y que fué en él la razón de todos los otros con que le favoreció el cielo; por él se distingue dé todos los santos y de todos los obispos que ha dado Dios a su Iglesia.

EL OBISPO

"Otros santos pontífices le han podido igualar o exceder en algún don sobrenatural, pero quizá ninguno haya reunido en la misma perfección la plenitud de los dones naturales y sobrenaturales que vemos en este santo obispo. Toda su vida se resume en esta sola palabra: no quiso hacer otra cosa en este mundo más que obras de obispo, y, ciertamente, todo en su vida estuvo tan ordenado por esta intención única de su voluntad, que lo que hay en él de humano desaparece del todo ante lo que tiene de pontífice; diríase que el glorioso esplendor de su santidad no provenía de su persona, sino solamente de su ministerio. En una palabra, parece que Dios no quiso de él sino que fuese molde y modelo humano de obispos".

SECRETARIO DE ESTADO

Pío IV, elegido Papa el 26 de diciembre de 1559, no tardó en llamar junto a sí, para asociarle al gobierno de la Iglesia, a su sobrino Carlos Borromeo. Tenía éste entonces 22 años, pero en su administración mostró de qué cualidades estaba adornado: dotado de una resistencia de trabajo extraordinaria y de voluntad enérgica y perseverante, sabía escuchar, pedir consejo y luego obrar con decisión. Su vida era austera; mas en el agobio de sus ocupaciones, sólo buscaba el descanso en la oración, en el estudio de la teología y en la predicación.
A instancias suyas reanudó Pío IV en 1560 el Concilio de Trento, y Carlos Borromeo fué el intermediario entre el Papa y el Concilio; una vez terminado, se ocupó en dar a conocer la doctrina y los reglamentos, cuidó la redacción del "Catecismo del Concilio de Trento" y fué el primero en dar ejemplo de la más completa sumisión a las reformas prescritas.

SAN CARLOS EN MILÁN

Después de la elección de San Pío V, que sucedía a su tío, solicitó salir de Roma para ir a administrar su diócesis de Milán, y el nuevo Papa cedió a sus ruegos.
Sus primeros cuidados son para el clero: funda seminarios y colegios, pide ayuda a las Órdenes religiosas, principalmente a los Jesuitas, reforma los monasterios. Luego ordena su dilatada diócesis, nombra en ella visitadores encargados de informarle, reforma el arzobispado y el cabildo. El mismo procura ocuparse directamente de la mayor parte de los asuntos, se pone en contacto con su pueblo y resiste con firmeza a todas las intrigas del poder civil. Su acción, traspasando la diócesis, se extiende a toda la provincia de Milán por medio de los Concilios provinciales que preside de un modo regular, y llega hasta las provincias vecinas que visita en calidad de Legado.

LA PESTE EN MILÁN

En 1576, cuando invade la peste el Milanesado y se extiende por la ciudad, tiene ocasión el arzobispo para dar señales públicas de un corazón esforzado y de una caridad sin límites. A falta de autoridades locales, ordena los servicios de sanidad, funda o renueva los hospitales, busca socorros, procura provisiones, decreta medidas preventivas. Vela sobre todo por asegurar los auxilios espirituales, la asistencia a .los enfermos, el entierro de los muertos y la recepción de los sacramentos a los habitantes que no pueden salir de sus casas. Sin temer el contagio, no vacila en exponerse a sí mismo visitando los hospitales, presidiendo las procesiones de penitencia, haciéndose todo para todos como un padre y pastor de verdad. Toda su vida muestra además su amor a los pobres y desheredados, a quienes, al morir, deja todos sus bienes.

VIDA

Cuerpo incorrupto de San Carlos Borromeo en el Duomo de Milán
San Carlos nació el 2 de octubre de 1538 en el Castillo de Arona, cerca del Lago Mayor, de familia de mucha fe y de gran bondad. Tonsurado a los ocho años, hizo sus estudios clásicos en Milán, luego estudió el Derecho en Pavía, donde obtuvo el grado de doctor en 1559. En 1560 el Papa le llamó a Roma y le hizo Cardenal. Se ordenó de sacerdote en 1562, y luego recibió la consagración episcopal él 7 de diciembre de 1563. En 1566, al ser elegido Papa San Pío V, dejó Roma para residir en su diócesis de Milán, donde murió la noche del tres al cuatro de noviembre de 1584. El Papa Paulo V le incluyó en el número de los santos el 1 de noviembre de 1610.

MODELO DE VIRTUDES

Te alabamos y nos regocijamos de tu gloria con toda la Iglesia. Desde tu infancia te previno la gracia divina, te acompañó durante toda la vida y tú siempre lá fuiste fiel. Ayudándote de las riquezas que el bautismo y demás sacramentos depositaron en tu alma, alcanzaste al fin de tu vocación sin negar a Dios nunca nada. Por eso mereces ser nuestro modelo. Ayúdanos, pues, a imitar tus virtudes. Danos devoción sólida y el celo por la oración que te daba fuerza a ti para combatir el buen combate. Haz que imitemos tu caridad, tu mansedumbre y tu afabilidad con todos, tu espíritu de pobreza que tanto te hacía querer a la Orden de San Francisco, tu devoción y tu sumisión a la Santa Sede, tu amor a la Iglesia, a la que consagraste tantos trabajos y toda tu vida.

MODELO DE PASTORES

Pero estabas destinado de modo especial a ser el modelo de los pastores de almas. "Un obispo está obligado a la perfección" decías, queriendo dar a entender "que más santidad se exige donde el elemento sobrenatural y divino es mayor". Vemos que brillan en ti todas las virtudes de los pontífices; dígnate comunicarlas en abundancia a los obispos de nuestros días. Exhórtalos como lo hiciste en tus Concilios; aviva hoy "aquella solicitud pastoral que te llenó de gloria". Ruega al Señor de la mies que envíe muchos obreros, formados a imitación tuya y devorados por un celo que será maravillosamente fecundo si estudian profundamente la doctrina de la Iglesia y acatan sus leyes con sumisión filial.

PLEGARIA

Junto a San Felipe Neri
Protege particularmente a la Iglesia de Milán, cuyo ornato más bello fuiste tú con tu predecesor San Ambrosio. Conserva en ella la luz de la fe que tú predicaste y el gusto por la Santa Liturgia que allí restauraste. Finalmente, tengan hoy cumplimiento por tus oraciones, como en otro tiempo por tus trabajos, estas palabras de las Escrituras: "Colmaré de gracias a las almas sacerdotales, y mi pueblo se saciará de mis bienes"

 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer