domingo, 11 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN TEODOSIO, CENOBIARCA, Y CONFESOR

El bienaventurado padre san Teodosio, llamado cenobiarca, que en griego quiere decir: El principal, y como cabeza, y príncipe de los monjes, nació en una aldea de Capadocia, por nombre Magariaso. Su padre se llamó Proetesio, y su madre Eulogia, personas virtuosas, y honradas. Dio muestras, de que Dios le había escogido para ministro grande de su gloria. Dióse á los estudios, y vino á declarar las divinas Letras al pueblo; y con aquella lección, y meditación, á aficionarse á todas las obras de virtud, y perfección. Partióse de su casa, para ir á Jerusalén, y adorar aquellos sagrados lugares, que Cristo nuestro Señor consagró con su vida, y pasión: y llegado á Antioquía, fué a ver al insigne varón Simeón Estilita, que hacia vida milagrosa en una columna, y era como prodigio de santidad en el mundo, para tomar su bendición, y animarse más á la perfección con sus santos ejemplos. Cuando llegó cerca de la columna, oyó la voz de Simeón, que le llamaba, y le decía: Teodosio varón de Dios, seáis bien venido. Espantóse Teodosio, oyendo esta voz; porque le llamaba por su nombre, y porque le honraba con el título de varón de Dios, que él en sí no conocía. Subió á la columna por orden de san Simeón, y echóse á sus pies: oyó sus consejos, y todo lo que para adelante le había de suceder. Tomada su bendición, siguió su camino para Jerusalén, y visitados aquellos santos santuarios, queriendo comenzar de veras á servir al Señor, dudó al principio, si seguiría la vida solitaria de los ermitaños, ó la de los monjes, que viven debajo de obediencia en comunidad: y después de haberlo pensado, y encomendado á Dios, le pareció, que lo estaría mejor, y era más seguro entregarse á la voluntad ajena de algún siervo de Dios, en algún monasterio, que vivir, y regirse por la suya, apartado de la comunicación de los hombres. Con esta resolución, sabiendo que un santo viejo, llamado Longino, era varón perfecto, y excelente maestro de la perfección, y moraba en cierta casilla de una torre, que llaman de David; le rogó, é importunó, que le admitiese en su compañía, y le amoldase, y ajustase con su vida: y Longino lo hizo, y le tuvo algún tiempo consigo, enseñándole todo lo que había de hacer, para alcanzar lo que tanto deseaba. De allí pasó por orden del mismo padre Longino á un templo, que una buena y piadosa mujer había dedicado á nuestra Señora: de donde después se mudó á un monte; porque por la fama de su santidad algunos monjes comenzaron á venir á él, para que como maestro los enseñase, ó instruyese en toda virtud. Aquí se dio mucho al ayuno, á las vigilias, á la oración, y lágrimas, y á la perfecta mortificación de sus pasiones. Comía muy poco, y su comida eran algunos dátiles, ó algarrobas, ó yerbas silvestres, ó legumbres: y cuando le faltaba este mantenimiento, solía remojar, y ablandar los huesos de los dátiles, y aquellos comía, y por espacio de treinta años no gustó pan; y esa aspereza, y rigor de vida guardó hasta la vejez.

Teniendo, pues, algunos pocos compañeros, y queriéndolos encaminar al cielo, y descarnarlos de todas las cosas de la tierra, les enseñó por primer principio, y fundamento de la vida religiosa, que tuviesen siempre la memoria de la muerte presente: y para esto mandó hacer una sepultura, para que su vista les acordase, que habían de morir. y muriendo cada día en la consideración, no temiesen, cuando viniese la muerte. Estando un día con sus discípulos alrededor de su sepultura abierta, dijo con mucha gracia: La sepultura está abierta; ¿pero quién de vosotros la ha de estrenar? Entonces uno de los discípulos, que era sacerdote, y se llamaba Basilio, se arrodilló, y respondió: Dadme, padre, vuestra bendición; que yo seré el primero que entraré en ella. Dióle la bendición Teodosio, y mandó, que estando aun vivo el monje Basilio, le hiciesen todos los oficios que en diversos días suele la santa Iglesia hacer á los difuntos, y al cabo de cuarenta días, sin calentura, sin enfermedad, ni dolor, como si tuviera un dulce sueño, dio su espíritu al Señor. Túvose por cosa milagrosa, lo que había sucedido. No lo fué menos, lo que sucedió por espacio de otros cuarenta días, en los cuales el santo abad Teodosio oyó cantar á Basilio con los otros monjes en el coro, y le veía; y ningún otro de los monjes le oía, ni veía, sino uno solo que se llamaba Ecio, que oía su voz, y no podía ver su rostro, hasta que Teodosio suplicó á nuestro Señor, que abriese los ojos de Ecio, para que viese á Basilio, y el Señor se los abrió, y se le mostró: y cuando él le vio, corrió á él para abrazarle; pero no pudo, porque luego desapareció, diciendo: Quedad con Dios, padres, y hermanos.

Otra vez, llegándose ya la pascua de la gloriosa Resurrección del Señor, el mismo sábado santo por la tarde, no había en el monasterio cosa que comer, ni aun hostia que consagrar el día siguiente de pascua: supieron los monjes esta falta, y entristeciéronse, y quejábanse, y murmuraban de su maestro; pero él les dijo: Tengamos cuidado, hermanos, de lo que toca al altar, y á la misa, y comunión de mañana; que de lo demás el Señor proveerá. Teodosio dijo esto; y luego al poner del sol llegaron á la puerta del convento dos acémilas cargadas de mucha provisión para los monjes, y del pan necesario para la consagración del cuerpo de Cristo nuestro Redentor.

Con estos milagros, y con la experiencia de lo mucho que Dios favorecía á Teodosio, se comenzó á extender su fama, y á venir muchos monjes a la escuela de tan excelente maestro, con deseo de ser enseñados, é instruidos para el cielo por él. Mas Teodosio, viendo, que crecía el número de sus religiosos, estuvo en gran duda, de lo que había de hacer: porque por una parte amaba la soledad, y quietud; y por otra le tiraba el fruto, y aprovechamiento de sus hermanos. Hizo oración al Señor, suplicándole, que le declarase su voluntad; y él le declaró milagrosamente, y le movió á tener más cuenta con el provecho de las almas, que Jesucristo había comprado con su sangre, que no con su descanso, y gusto interior; y con el nuevo fuego, que se encendió de suyo en un incensario, que llevaba, le mostró el lugar, donde quería, que se edificase un monasterio grande, y capaz, para recibir á los monjes, y á los pobres, y peregrinos enfermos, y el santo abad Teodosio pudiese extender en él las velas de su caridad. Hízose el monasterio, en el cual se recibían todas estas suertes de personas, que he dicho, y especialmente los enfermos, á los cuales el santo padre, servía, y regalaba con extremada devoción, y piedad, consolándolos con sus palabras, y proveyéndolos con sus limosnas, y sirviéndolos con la persona, con tanta caridad, que lavaba la sangre, y limpiaba las llagas con sus manos, y con su boca las besaba; de tal manera, que ninguno por pobre, y asqueroso, y menospreciado, que fuese, era desechado de aquella casa; antes tanto era de mejor gana recibido, cuanto más miserable era su estado: y á todos Íes proveía abundantemente, aunque no había en aquella casa quedarles; porque todo lo proveía el Señor: y aconteció aparejarse en un mismo día cien mesas para dar de comer, á los que venían. Pero habiendo enviado Dios nuestro Señor una hambre sobre la tierra tan grande, que apenas había hombre, ni mujer, rico, ni pobre, que se escapase de ella; comenzaron á venir tantos al monasterio para ser alimentados, y no perecer de hambre, que los que tenían cargo de darles de comer, cerraron las puertas del convento, por ver una multitud innumerable, á quien no se podía dar, lo que pedían, determinaron de dar, y repartir muy tasadamente, lo que tenían entre aquella gente, para que va que no podían dar á todos, alcanzase á muchos. Supo esto san Teodosio, y mandó abrir las puertas, y que todos entrasen, y que se les diese á cada uno lo necesario: y el Señor le proveyó con tan larga mano, que todos quedaron hartos, y satisfechos, y las arcas llenas de pan. Y no fué sola esta vez, la que el Señor proveyó al santo abad, conforme á su confianza, sino otras también, dando de comer á un número sin número de gente, que había concurrido á su casa á celebrar la fiesta de nuestra Señora, con tanta abundancia, que no solamente se hartaron los que comieron, sino que llevaron á sus casas lo que les sobró; renovando nuestro Señor los milagros de su omnipotencia, y dando de comer á los que venían al monasterio de Teodosio, como en el desierto había multiplicado los cinco panes, para sustentar los cinco mil hombres, y como cada día hace crecer pocos granos de trigo, y multiplicarse las espigas, y mieses para sustento del mundo.

Con estos milagros, y otros muchos, que nuestro Señor obró por él, resplandecía el santo Teodosio, y mucho más con los rayos de su celestial vida, y excelentísimas virtudes: por las cuales creció tanto el número de sus discípulos, é hijos espirituales, á los cuales él como amorosa madre parió, y como sabio maestro enseñó, y como vigilante pastor apacentó con los pastos saludables de su doctrina, y encaminó al aprisco del Señor: porque seiscientos y noventa y tres de sus discípulos, se escribe, que murieron, y el santo padre envió antes de sí al cielo; y el abad que le sucedió, más de otros cuatrocientos: y de aquella escuela salieron muchos obispos, y pastores, y superiores de otros monasterios, y tuvieron otros cargos preeminentes en la Iglesia del Señor, á la cual algunos de ellos sirvieron muchos años. Venían á él muchos, que habían sido soldados de los príncipes de la tierra, para serlo del Rey del cielo, y seguir el estandarte de la cruz; otros hombres ricos, nobles y poderosos: los cuales conociendo la vanidad y engaño del mundo, y entendiendo, que todo lo que poseían, no les podía dar contento, y se deshacía como humo; buscaban en la ignominia de Cristo la gloria, y en la pobreza las riquezas, y en el menosprecio de sí mismos la verdadera bienaventuranza; y no faltaban otros sabios y prudentes, y estimados en el siglo, é hinchados con el aire popular, que abrazaban la sabiduría evangélica, que el mundo ciego llama locura, y se entregaban á este santo varón, para aprender las primeras letras de la cartilla espiritual: y el santo lo hacía escogidamente; porque aunque no se había ejercitado en Platón, ni en Aristóteles, ni aprendido las ciencias humanas, ni dádose al estudio del bien hablar; pero había sido enseñado del maestro celestial, y alumbrado con su luz; y así trataba las cosas divinas divinamente, y gobernaba las ánimas con aquel espíritu admirable, que le había comunicado el Señor. Tenía, cuando hablaba, tantas y tan vivas razones, y tanta copia de palabras, que ponía admiración: en su gobierno se ajustaba á la condición, y estado de cada uno, midiendo la carga, que echaba, con las fuerzas, y cargando más á los robustos, y descargando á los flacos, para que los unos con el ocio no se hiciesen flojos, y los otros no fuesen oprimidos con el trabajo: no castigaba con la vara del rigor, sino con la palabra amorosa y cuerda, y que blandamente penetraba hasta lo más íntimo del corazón, y era juntamente austero y suave, consuelo y espanto de sus súbditos, y él los gobernaba con tan grande paz y tranquilidad, como si estuviera solo en un desierto: y era siempre el mismo, cuando estaba solo, y cuando acompañado; porque siempre estaba con Dios.

Sucedió en tiempo de san Teodosio una herejía, de los que llaman acéfalos, que quiere decir sin cabeza porque no la tenían, ni seguían algún autor principal de su error, que era condenar al concilio Calcedonense, porque confesaba, que había dos naturalezas distintas en Cristo: á los cuales el emperador Anastasio favoreció extrañamente: y para poderlo hacer mejor, procuró ganar á muchos obispos y personas señaladas, y traerlos á su opinión, para hacer guerra á la fé católica, con la autoridad de tan insignes varones. Viendo san Teodosio resplandecía entre todos, como el sol entre las estrellas, quiso ganarle, y ablandar con dádivas, que quebrantan peñas: y porque sabía, que el santo abad, como amador de la pobreza evangélica, no quería, ni buscaba nada para sí, y que lo que buscaba era para los pobres y menesterosos; envióle una buena cantidad de oro, diciéndole, que se la enviaba, para que la repartiese á los pobres. Bien entendió Teodosio el anzuelo, que debajo de aquel cebo venia encubierto, y lo que pretendía el emperador; mas disimuló por entonces, por no defraudar á los pobres de aquella limosna, y aplacar á nuestro Señor, para que perdonase por ella al emperador, y se enmendase; y sino para que el mismo emperador, que era avarísimo, tuviese más pena, viéndose burlado: y así aceptó aquel don con hacimiento de gracias, y repartió la limosna á los pobres y personas necesitadas. Envió después el emperador sus mensajeros á Teodosio, rogándole, que declarase, lo que sentía en materia de los artículos de la fé, que se trataban; y él hizo juntar á todos los monjes, que estaban á su cargo, y les declaró, que aquel era tiempo de pelear valerosamente los soldados de Cristo, y dar la vida por la fé católica, y con sus palabras encendidas, y afectuosas los animó, para que así lo hiciesen. Después escribió una carta al emperador, en la cual le decía, que supiese, que él y los suyos, querían antes morir, por guardar lo que los santos padres les habían enseñado, que vivir, consintiendo á los herejes, y que echarían y desterrarían de sí, y excomulgarían á cualquiera, que los siguiese, y al que no abrazase á los santos cuatro concilios, que la santa Iglesia reverencia y abraza. Turbóse el emperador, cuando recibió esta carta, y de león convirtiéndose en vulpeja, quiso otra vez con blandura tentar á Teodosio, y darle á entender, que no nacía de él la turbación que había en la Iglesia, sino de los clérigos y monjes, que por su ambición la habían alborotado, y escribióle una carta en esta razón: mas todo fué en vano; porque Teodosio estuvo fuerte y constante, y no hizo caso de las palabras, ni de las armas de sus soldados, que le amenazaban, ni de las espías que le ponían, para saber quién hablaba ó se desmandaba, contra lo que él quería; antes como esforzado y valeroso capitán del Señor, siendo ya de mucha edad, y muy atenuado y exhausto, por los muchos ayunos, trabajos y penitencias, cobró nuevo vigor; y como si fuera mozo robusto, anduvo por todas aquellas ciudades predicando la verdad católica, convenciendo los herejes, y confirmando á los fieles, levantando á los caídos, y deteniendo á los que iban á caer. Y entrando una vez en el templo, subió al pulpito, y haciendo señal al pueblo, para que callasen, alzó la voz y dijo: El que no recibiere los cuatro Concilios generales como los cuatro Evangelios, sea maldito y excomulgado; y con esto bajó del púlpito, dejando atónitos, á los que estaban presentes. Mas el emperador Anastasio tuvo tan gran sentimiento, de lo que le había respondido y hecho Teodosio, que le mandó desterrar; pero el destierro duró poco; porque el Señor quitó en breve la vida á Anastasio con un rayo que le mató, y Teodosio volvió de su destierro glorioso, y triunfante.

Ilustróle el Señor, con muchos y grandes milagros en vida y en muerte, los cuales mas copiosamente se refieren en su vida; y nosotros brevemente algunos de ellos notaremos aquí. Una mujer, que estaba con un pecho cancerado de muchos años, después de haber tomado todos los remedios humanos sin algún provecho, tocando su llaga con la cogulla de Teodosio, quedó sano.

Envió Dios una vez sobre la tierra una muchedumbre de langostas, que la asolaban, y no dejaban cosa verde en el campo; y estando el santo muy debilitado, se hizo llevar en brazos de sus discípulos, á donde estaban; y después de haber hecho oración, con muchas lágrimas y ternura, al Señor, habló con las langostas mansamente, como si le oyeran, y tuvieran entendimiento, y después les mandó en nombre de Dios, que no arruinasen los trabajos de los pobres labradores, ni consumiesen los frutos de la tierra. Ellas obedecieron, y no se fueron, de donde estaban; pero allí roían las espinas, y no tocaban á las yerbas y frutos de la tierra. Otra vez en otra ocasión semejante a esta, enviando un vaso de aceite bendito a un pueblo que era infestado de esta plaga; con él quedó libre, y sin daño alguno. Una mujer noble y rica, trató con menos respeto al santo varón, y dijo, que era un engañador y embustero; y luego pagó su culpa, y murió allí, á los ojos de los que allí la habían oído. Pasó una vez cerca de un monasterio de herejes, los cuales hicieron burla de él; y el santo, movido del celo de Dios, dijo, que en breve no quedaría piedra sobre piedra de aquel monasterio; y así sucedió; porque de repente los sarracenos dieron en él, y le despojaron y quemaron, y llevaron cautivos á los monjes.

Un capitán del ejército romano, que se llamaba Cérico, habiendo de hacer guerra contra los persas, se fué primero á ver con san Teodosio, para armarse con su bendición en aquella jornada; el santo le aconsejó, que no pusiese la esperanza de la victoria en su arco, ni espada, ni en la multitud del ejército, sino en solo Dios, que es Dios de los ejércitos, y da la victoria, á quien es servido.
Pidióle el capitán por un riquísimo tesoro, y peto fuerte, el cilicio, que Teodosio traía, y él se le dio; y al tiempo de pelear se lo vistió: y mientras que peleó, vio al santo que iba como delante de él, haciéndole señas con la mano, de cómo, y con quién había de pelear, hasta que los enemigos volvieron las espaldas, y huyeron. Y no solamente esta vez, sino otras muchas, favoreció el santo abad á muchos, que así en el mar, como en la tierra, estaban en muy gran peligro, á los cuales algunas veces aparecía en sueños, y otras velando, y siempre los libraba de aquel peligro, y trabajo, en que estaban.

Demás de este tuvo espíritu de profecía: una vez mandó tañer la campana fuera de tiempo, y llamar á sus frailes: los cuales, no sabiendo la causa de aquella novedad, se la preguntaron; y él derramando muchas lágrimas, les dijo: tiempo es, ó padres, de orar; porque veo la ira del Señor contra Oriente. Notóse el día, y la hora; y después se supo, que en aquel mismo tiempo la ciudad de Antioquía, que era muy populosa, noble, y rica, se había asolado con un temblor de tierra, que le envió el Señor para su castigo.

Habiendo, pues, este bienaventurado, y santo abad florecido en el mundo, é ilustrándole con su admirable vida y con la institución de tantos monjes, y con tantos milagros, y estando cargado de años, y de merecimientos; le envió Dios una enfermedad larga, y molesta, que le paró como una estatua, y como sombra del cuerpo humano, y él con increíble paciencia, y fortaleza, resistía á los dolores, y se regalaba con el Señor: porque él con su espíritu le daba el vigor, y fuerzas, que le negaba la naturaleza. Entreteníase con Dios en la oración, y era tan continuo en este santo ejercicio, que le acontecía, cuando vencido de la flaqueza humana reposaba, y estaba durmiendo, menear los labios de la misma manera, que lo solía hacer, cuando velaba, y oraba. Junto á sus monjes, é hijos, que se deshacían en lágrimas, porque perdían un tan santo, y dulce padre, y exhortólos á la perseverancia, y á resistir con valor á las tentaciones del enemigo, y obedecer pronta, y perfectamente á sus mayores; y dióles otros documentos dignos de su santa persona, y doctrina. Después, teniendo revelación, que de allí á tres días había de ser desatado de este cuerpo mortal, hizo llamar á tres obispos, como quien quería tratar algún negocio grave con ellos; y alzando sus manos delante de ellos al Señor, y puesto en oración; le encomendó su espíritu, y lo entregó á los ángeles, para que le llevasen al cielo. Murió de ciento, y cinco años, con gran sentimiento de sus monjes, y de toda aquella tierra, que tenía en Teodosio, padre, y maestro, amparo, pastor, refugio, y puerto seguro en todas sus necesidades.

Luego que se publicó el tránsito de este santo padre, vino el patriarca de Jerusalén, acompañado de otros obispos, para enterrarle, y concurrió una gran multitud de monjes, de clérigos, y de seglares, por verle, y tocarle, y llevar alguna cosa de sus sagradas reliquias: y fue tanto el número de gente, que no se pudo tan presto enterrar; y nuestro Señor manifestó la santidad de Teodosio, luego que murió, librando á un hombre atormentado del demonio por su intercesión.

La vida de san Teodosio escribió Metafraste, y la trae Surio en su primer tomo: hacen mención de él el Martirologio romano á los 11 de enero, el Menologio griego, y el cardenal Baronio en las anotaciones del martirologio, y en el sexto, y séptimo tomo de sus Anales.
 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 10 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN MARCIANO, SACERDOTE

Fué san Marciano natural de Roma, hijo de padres muy nobles y ricos, los cuales se fueron á vivir á Constantinopla, corte entonces del imperio, y allí le enseñaron todas buenas letras y costumbres. Por sus virtudes y letras, vino á ser tan conocido en la corte, que el patriarca tuvo á gran fortuna, que quisiese ordenarse de sacerdote: lo cual hizo á instancia del mismo patriarca; si bien su humildad lo rehusaba. Con la dignidad del sacerdocio le dio la de mayordomo de su iglesia patriarcal. Muriéronsele por este tiempo los padres, y de la riquísima herencia, que le dejaron, fueron más dueños que él los pobres de Jesucristo; con quienes todas sus riquezas repartía, de suerte que solos los pobres, é iglesias pudieron blasonar de poseedores, y dueños de tan rico patrimonio, como era el de Marciano: porque á aquellos sustentaba, vestía y proveía de todo lo necesario; y á estas reparaba, reedificaba y adornaba. Edificó asimismo de nuevo muchos templos, y entre ellos dos fueron suntuosísimos y muy célebres, el de santa Anastasia y el de santa Irene. Como era tan limosnero, salía de noche á buscar pobres para remediarlos, y una vez halló un muerto, y muy gozoso, cual si hubiera hallado una joya riquísima, le tomó, lavó, ungió y amortajó, y después lo levantó, y decíale. «¿Dime, si eres con nosotros participante de la caridad, que está en Jesucristo?» Y sucedió -¡ó bondad de Dios inmensa!-, que en tanto que estas y otras cosas le decía, el difunto se estuvo en pié, como si fuera vivo, y le abrazaba, dándolo á entender, cuanto agradaba á Dios nuestro Señor aquella grande obra de caridad. El día, que se consagró el templo, que hizo á santa Anastasia, le vistió el cielo á nuestro Marciano de una riquísima tela de oro, y piedras preciosas, tal, que el emperador que se halló presente, podía envidiarla: y como quien le dio la gala, se la puso, para que luciese, permitió la viesen infinitos: algunos de los cuales, envidiosos dieron cuenta al patriarca. Llamólo, acabados los divinos oficios, y reprendiólo; porque traía tal vestido, que más pertenecía para un emperador, que para un sacerdote: más como el santo dijese no llevar tal vestido; el patriarca por satisfacer, y dejar confusos á los acusadores, le hizo desnudar, y vieron todos, que solo traía su ordinario vestido, que era muy pobre y desechado; con que se hizo más notorio el prodigio, y conocieron todos, los méritos de su virtud y santidad, convirtiéndose muchos arríanos.
Hizo otros muchísimos milagros, y al fin, dejando la ciudad adornada de suntuosos templos, y de la fama de sus virtudes, lleno de años dejó esta vida, y se subió á los cielos á los 10 días de enero. Escribieron su vida Metafraste, Lipomano tomo V, Surio tomo I, Sanctoro, el Martirologio romano, y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo I de sus Anales.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

viernes, 9 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN JULIÁN, SANTA BASILISA, SAN ANTONIO, SAN ATANASIO, SAN CELSO Y SANTA MARCIONILA, MÁRTIRES


San Julián, ínclito mártir del Señor, nació en Antioquía, metrópoli de Siria, y fue hijo único de sus padres, que fueron ilustres, ricos, y cristianos temerosos de Dios. Criáronle en loables costumbres, y procuraron, que fuese enseñado en todas buenas letras, las cuales él aprendió fácilmente por su grande habilidad, é ingenio, y por la inclinación, que tenia á las ciencias. Había en aquel tiempo muchos cristianos y santos en Antioquía, á los cuales visitaba el virtuoso mozo con grande devoción y ternura, con deseo de imitarlos, y enriquecer su alma con el tesoro de todas las virtudes. Siendo va de edad de diez y ocho años, sus padres le persuadían que se casase, trayéndole muchas razones para ello, fundadas en el temor de Dios, y en el peligro, que como mozo podía tener de caer, y en la sucesión, y establecimiento de su casa. Los intentos de Julián eran muy diferentes; porque había hecho voto de castidad, y deseaba guardarla perfectamente: mas viendo la batería, que le daban sus padres, y encubriendo su deseo, les pidió siete días de término, para pensar en aquel negocio, y encomendarle á Dios. Pasó este tiempo Julián en oración, suplicando de día y de noche á nuestro Señor, que le guiase de manera que sin hacer contraía voluntad de sus padres, él guardase su virginidad y pureza, como se lo había prometido. La noche del poster día de los siete, estando cansado el santo mozo de orar, y de ayunar, se adormeció, y en sueños le apareció el Señor, y le consoló, y le mandó que obedeciese á sus padres, y se casase, asegurándole, que no por esto perdería la castidad, antes por su ejemplo la mujer que él le tenía aparejada, la guardarla y permanecería virgen, y seria ocasión, de que otros les imitasen, y fuesen ciudadanos del cielo. Dijole esto el Señor; y tocándole con la mano, añadió: «Pelea varonilmente, Julián, y esfuércese tu corazón». Con esta visión quedó Julián consolado y animado, é hizo gracias á Dios por aquella tan señalada merced; y respondió á sus padres, que él haría lo que le mandasen: de lo cual ellos recibieron increíble alegría. Luego buscaron mujer, que fuese igual á su hijo, y por ordinación divina hallaron una doncella honesta, rica, hermosa, de grande linaje y única de sus padres, llamada Basilisa. Concertáronse los desposorios, y vino el día de la boda: concurrió mucha gente de aquella comarca, y la nobleza de aquella ciudad: hubo fiestas y regocijos, como es costumbre, según la calidad de los novios, que eran tan principales. 
Julián aunque exteriormente se mostraba alegre y risueño, interiormente estaba muy sobre sí; y con singular afecto, y amor de la castidad, encomendaba al Señor, que le guardase. Venida la noche, y estando los desposados juntos en su tálamo, á deshora, y fuera de tiempo, se sintió en el aposento un olor suavísimo de rosas y azucenas. Quedó maravillada Basilisa, y preguntó á su esposo, qué olor era aquel, que sentía, y de dónde venía; porque no era tiempo de flores, y aquella mas parecía fragancia del cielo, que de la tierra, y de la tal manera le robaba el corazón, que le hacía olvidar, que era su esposa, y de los deleites conyugales. Respondió Julián: El olor suavísimo, que sientes, no es, ó Basilisa esposa mía, ocasionado del tiempo, sino de Cristo, amador de la castidad; y á los que la guardan, los ama, y regala mucho, y les da la vida eterna; la cual yo de su parte te prometo, si consintieres conmigo, para que los dos, ofreciéndolo nuestra virginidad, vivamos castos, como hermano y hermana, y cumplamos sus mandamientos, y seamos vasos dignos de su divina gracia. Oyendo estas razones Basilisa á su esposo Julián, le respondió, que ella tenia muy bien entendido ser verdad, lo que le decía, y que ninguna cosa le podría ser más agradable, que guardar la castidad con él, y sirviendo á Dios, alcanzar la corona, que él tenía prometida á las vírgenes. Levantóse luego Julián de su cama, y postrado en el suelo, hizo gracias á nuestro Señor por aquella merced, que les había hecho, suplicándole afectuosamente, que le confirmase en sus buenos propósitos y deseos: lo mismo hizo Basilisa, poniéndose de rodillas junto á su esposo; y estando ambos en esto, comenzó á temblar el aposento, y resplandeció de repente una luz tan celestial y excesiva que obscureció todas las lumbres, que había en él. Aparecieron allí en el aposento dos coros: el uno de gran multitud de santos, en que Cristo nuestro Redentor presidia; y el otro de ¡numerables vírgenes que tenían en medio á la Virgen de las vírgenes, y Madre de Dios nuestra Señora. El coro de los santos comenzó á cantar dulcemente: «Vencido has, Julián: vencido has:» el de las vírgenes continuaba la música con sumísima armonía, diciendo: «Bendita eres Basilisa, que seguiste los santos consejos: y menospreciando los engañosos deleites del mundo, te hiciste digna de la eterna vida». Vinieron luego por mandato del Salvador dos varones vestidos de blanco, ceñidos sus pechos con cintas de oro, que traían dos coronas en sus manos; y llegándose á Julián y Basilisa, les dijeron: «Levantaos como vencedores, y seréis escritos en nuestro número»; y tomando las manos á los dos santos, se las juntaron. Después de esto vieron un libro resplandeciente más que !a plata acendrada, escrito con letras de oro, y fué mandado á Julián, que leyese en él, y él leyó esta sentencia: «Cualquiera que deseando servir á Dios, menospreciare los vanos gustos del mundo, como tú, Julián, has hecho; será escrito en el número de aquellos, que no se amancillaron con mujeres: y Basilisa, por el ánimo, que tiene de permanecer virgen, será puesta en el coro de las vírgenes, cuyo primer lugar tiene María, Madre de Jesucristo». Cerróse luego el libro, y toda aquella multitud de santos dijeron: «Amen»; y el anciano que le tenía: «En este libro» dijo «que veis, están escritos los hombres castos, templados, verdaderos, misericordiosos, humildes y mansos: los que tuvieron caridad no fingida, y paciencia en sus trabajos: los que dejaron por Cristo el padre, y la madre, los hijos, hacienda y riquezas, y los que dieron por Cristo sus vidas, como tú, Julián, la darás». Con esto desapareció, aquella visión, y Julián y Basilisa quedaron regalados del Señor, gastando toda aquella noche en oración y en himnos, y cánticos en su alabanza, haciéndoles infinitas gracias por aquella incomparable merced, que les había hecho. Amaneció el día siguiente, y los santos, disimulando, lo que habían visto, y encubriendo la determinación, que tenían, cumplieron exteriormente con la fiesta del matrimonio y con la mucha gente, que á darles el parabién concurrían. Poco después llevó nuestro Señor para sí á los padres de Julián, y de Basilisa, con muerte natural, dejándolos á ellos herederos de sus haciendas, que eran riquísimas. Ellos comenzaron luego á gastarlas con larga mano en socorrer las necesidades de los pobres: y no contentándose con remediar las de los cuerpos; para ganar las almas y traerlas más á Dios, se apartaron, y se fueron á vivir en dos casas distantes: á la de Julián acudían varones de todas condiciones y estados, y él los instruía con su ejemplo y dulces palabras, y les enseñaba, que so abrazasen con Cristo, y diesen libelo de repudio á todas las cosas del siglo: y muchos lo hacían, y seguían los consejos evangélicos: y para poderlo mejor hacer, fundaban monasterios, y se encerraban en ellos, los cuales gobernaba san Julián: lo mismo hizo por su parte Basilisa, por cuya santa vida, y celestiales amonestaciones, muchas doncellas, y mujeres hicieron divorcio con los deleites de la carne: y dejando sus padres, parientes, casas y haciendas; vivían en vida religiosa, debajo de su obediencia, y santa disciplina. La fama de Julián y Basilisa volaba por muchas parles, con gran gloria de Cristo, y edificación de los fieles.
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En este tiempo la persecución de los emperadores Diocleciano y Maximiano, estaba en su colmo, y la santa Iglesia en muy grande trabajo y peligro: y los santos Julián y Basilisa con gran cuidado, y solicitud procuraban con ayunos, y oraciones aplacar al Señor, y suplicábanle, que mirase con ojos blandos, y amorosos á todos los fieles, y no permitiese, que ninguno de los hombres, ni de las mujeres, que estaban á su cargo, y se empleaban en su servicio, faltase, sino que á todos les diese el don de la perseverancia, para derramar la sangre por él. Tuvo una revelación santa Basilisa, en que Dios le declaró, lo que de ella, y de Julián, con todos los que estaban á su cargo en Antioquia. había de ser, asegurándola, que la castidad siempre vence y nunca es vencida: y que habiendo primero recogido para sí todas las mujeres, que tenia consigo, ella las seguiría, acabando naturalmente el curso de su vida; y que Julián pelearía y padecería grandes fatigas por su amor: mas que vencería, y triunfaría gloriosamente. Dio parte de toda su revelación Basilisa á Julián, y como había visto á Jesucristo nuestro Señor resplandeciente más que el sol, cuando sale por la mañana. Después juntó á sus monjas, é hízoles una plática exhortándolas á purificar sus almas, y á aparejarse para gozar en el cielo de los castísimos abrazos de su dulce esposo, y particularmente á no tener entre sí ira, ni enojo: porque la virginidad de la carne vale poco, cuando no hay paz y sosiego de corazón. Mientras la santa hablaba con sus hijas, el lugar, donde estaba, tembló, y se vio en él una columna de fuego, en la cual estaban escritas con letras de oro estas palabras: «Todas las vírgenes, de las cuales tú eres capitana y maestra, me son gratísimas, y no hay cosa en ellas, que me ofenda. Por tanto venid, vírgenes, y gozad del lugar, que os tengo aparejado». Oyendo esto todas aquellas santas doncellas, se recrearon sumamente en el Señor, y le alabaron por aquel favor, que les hacía, y se aparejaron para morir, ó por mejor decir, para por medio de la muerte ir á gozar de la eterna vida. Todas murieron en espacio de seis meses, como Dios se lo había revelado á Basilisa; y ella después, estando en oración, siguió á sus hijas, y dio su espíritu á su esposo, y fué á gozar con ellas de su bienaventurada vista. Su cuerpo hizo enterrar Julián con gran ternura y devoción, y mucha honra, orando y velando algunos días, y noches sobre su sepultura. De esta manera libró Dios nuestro Señor á santa Basilisa, y a todas las otras doncellas de su santa compañía, de la furiosa tempestad, que poco después so levantó en Antioquía contra los cristianos, en la cual san Julián, y los otros santos varones, que con él estaban, habían de padecer muchos y grandes tormentos por Jesucristo, y alcanzar gloriosas victorias, como valerosos guerreros: lo cual sucedió de esta manera.
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Vino á Antioquía por presidente, y lugarteniente del emperador, Marciano, hombre cruel y fiero, celoso del culto de sus dioses, y tan encarnizado en la sangre de cristianos como su amo. Mandó, que ninguno pudiese comprar, ni vender cosa alguna, si primero no adoraba á un ídolo, que tenia puesto en cada lugar de su gobierno; y los moradores de Antioquía eran forzados á tener cada uno en su casa un ídolo. Supo el presidente, que estaba allí san Julián, y la calidad, y nobleza de su persona, la mucha gente, que le seguía, y la gran parte, que tenía en aquella ciudad. Envió á su asesor, para que le hablase blandamente, y le mostrase los mandatos del emperador, y le exhortase á obedecerlos. Fué el asesor, y hallóle con muchos sacerdotes, diáconos, y ministros de la Iglesia, los cuales estaban algo temerosos, aguardando, en qué había de parar aquel nublado tan terrible, y tenebroso, que amenazaba. Habló el santo, y animólos á morir por Cristo: y habiendo hecho oración, y la señal de la cruz en la frente, salió al juez, que le buscaba; y después de una larga plática, que tuvo con él, se resolvió, á que él, y todos los que estaban con él, no obedecerían al emperador, ni adorarían á sus falsos dioses, sino á Jesucristo su único Salvador, y Señor. Fué tanto lo que Marciano sintió esta respuesta, que loco, y ciego de rabia, y furor, mandó poner fuego en aquella casa, y quemar toda aquella santa, é ilustre compañía de san Julián, y á él solo prender, y echar a la cárcel. Todos fueron quemados, é hicieron un suavísimo sacrificio, y holocausto de sí, ofreciendo al Señor los cuerpos, que de él habían recibido: y para que se viese, cuan acepto le había sido este sacrificio, mucho tiempo duró una gran maravilla, que los que por allí pasaban á las horas del día, que en la iglesia se suelen cantar los oficios divinos oían una música celestial, y los que estaban enfermos, oyéndola, quedaban sanos. Mandó el presidente traer á Julián á su presencia, y toda la ciudad por el mucho amor, que le tenía, concurrió á verle pelear con el demonio, que así llamaban al presidente; el cual, habiendo tentado con todas las artes, que pudo, el pecho de san Julián, y dándole muchos asaltos con maña, y con fuerza, con halagos, y amenazas, para rendirle á su voluntad; y hallándole siempre constante, y fuerte, le mandó atormentar cruelmente con azotes, y palos nudosos. Mientras que le atormentaban, uno de los ministros del presidente perdió un ojo, en que se descargó un golpe, de los que daban al santo: lo cual permitió el Señor, para ilustrar más su gloria, con lo que por esta ocasión después sucedió; porque san Julián dijo á Marciano, que mandase juntar todos los sacerdotes, para que hiciesen sus plegarias, y sacrificios á sus dioses, y les suplicasen, que restituyesen el ojo á aquel hombre, que le había perdido; y que si ellos no pudiesen, y él no solamente le diese vida corporal, sino también alumbrase su alma; que entonces conociese, y confesase el presidente la diferencia, que hay entre las piedras, que él adoraba, y tenía por dioses, y el Dios vivo, y verdadero, y señor de todo lo criado, que adoraban los cristianos. Hízose así: vinieron los sacerdotes de los ídolos, é hicieron todas los diligencias con sus dioses: pero ¿qué ayuda le podían dar, para que viese aquel hombre, las piedras, que no le veían, ni sentían? Oyéronse lamentables voces de los demonios, que en los ídolos clamaban: Dejadnos; porque estamos condenados á perpetuo fuego, y desde el punto que ha sido preso Julián, se han multiplicado nuestras penas: ¿cómo queréis, quedemos nosotros luz, estando en tinieblas? Demás de esto, por la oración de san Julián, más de cincuenta estatuas de los falsos dioses, de oro, y plata, y de otros metales preciosos, que estaban en el templo, cayeron de repente, y se desmenuzaron, y se hicieron polvo: y san Julián, haciendo la señal de la cruz, é invocando el nombre del Señor, restituyó el ojo á aquel hombre tan perfectamente, como si nunca le hubiera perdido; y lo que es más, esclarecidos los ojos de su alma con la lumbre del cielo, comenzó á clamar, y á decir á voces, que Cristo era Dios, y solo digno de ser adorado, y reverenciado: de lo cual Marciano recibió tan grande enojo, que allí luego le mandó matar, y voló al cielo, bautizado en su sangre. Estaba el cruel tirano fuera de sí, y lo que Dios obraba por Julián, atribuíalo á arte mágica, y por esto le mandó llevar por todas las calles de la ciudad cargado de prisiones, y cadenas, y que en varias partes le fuesen atormentando, con un pregón, que decía: «De esta manera han de ser tratados los rebeldes á los dioses, y menospreciadores de los príncipes». Tenía Marciano un solo hijo, llamado Celso, heredero de su casa, el cual era muchacho, y estaba en el estudio, por donde había de pasar san Julián, al tiempo que le llevaban á la vergüenza: al tiempo, pues, que pasaba, salió el muchacho con los otros sus compañeros á ver al mártir: vióle, y con él gran muchedumbre de ángeles vestidos de blanco, y de inmensa claridad, que hablaban con él, y algunos le ponían una corona de oro, y de piedras de inestimable valor sobre la cabeza, tan resplandeciente, que obscurecía la luz del día. Con esta visión ¡ó potencia del Crucificado! el muchacho se trocó de tal manera, que arrojando los libros, y desnudándose sus vestidos, sin poder ser detenido de sus maestros, ni de sus compañeros, se fué corriendo tras el santo mártir; y hallando, que le estaban atormentando, se echó á sus pies, besándolos, y protestando, que quería ser su compañero en los tormentos, para serlo en la gloria; porque hasta allí, engañado de sus padres, y de los demonios, como ciego le había adorado, y blasfemado á Jesucristo, que era Dios verdadero, y su vida, y salud, y de todos los que creen en él. ¡Qué mudanza es esta! ¡Qué nueva luz del cielo! ¿Quién enseñó á este muchacho? ¡Qué admiración hubo en toda la ciudad! ¡Qué espanto en aquellos sayones! ¡Cómo se heló Marciano, cuando oyó decir lo que pasaba! Y ¡qué alegría, y júbilo sintió san Julián, viendo, que los tiernos años triunfaban de los falsos diosos, y que el hijo vengaba á Cristo de las injurias, que le hacia su padre! Quisieron apartar al muchacho Celso de san Julián; mas él estaba tan abrazado con el santo, que no pudieron: porque por voluntad de Dios, á los que querían echarlo mano: luego se les entorpecían los brazos, y las mismas manos se secaban, y así fué necesario llevar á los dos juntos delante de Marciano, el cual, rasgadas sus vestiduras, y herido su rostro, después de haber reprendido á san Julián, por haber enloquecido con sus hechizos á Celso, y apartado al hijo de su padre, y quitado á los dioses, al que con tanta piedad los adoraba, procuró reducir á su hijo á su voluntad: y lo mismo hizo Marcionila, que acompañada de muchas criadas, y matronas, vino á este espectáculo, haciéndose carne, y dándose muchos golpes, y mostrando al hijo, para enternecerlo, los pechos, que había mamado: mas el hijo Celso respondió, nó como niño, sino como varón sapientísimo, como mozo en los años, y viejo en seso, y sobre todo, como el que estaba ya vestido, y adornado de la luz del cielo, y de la virtud de Dios: «La rosa, dice, por nacer de las espinas, no pierde su olor suavísimo: ni las espinas, por haber producido la rosa, dejan de punzar, y lastimar. Haz, ó padre mío, tu oficio de lastimar, como espina; que yo, como rosa, procuraré dar buen olor de mí á los fieles. Los que tomen perder la vida temporal, te obedezcan, que yo, porque pretendo ganar la eterna, no te obedeceré. Por amor del Padre Eterno, que es mi verdadero padre no te conozco por padre. O Marciano, tú por amor de tus dioses puedes negarme por hijo, y atormentarme como enemigo. No te hago agravio: antepongo á tu amor la eterna bienaventuranza; y por ser cruel contra mí, no soy piadoso para contigo». Salió de sí el desventurado padre, y mandó echar á san Julián, y á su mismo hijo en un profundo calabozo, sucio, hediondo, y tenebroso, lleno de muchos gusanos, y de un mal olor incomparable: mas el Señor le ¡lustró con inmensa luz, y convirtió el mal olor en una fragancia suavísima: lo cual fué ocasión, para que veinte soldados, que tenían de guarda, se convirtiesen; y por voluntad del Señor vinieron á la cárcel, guiados de un ángel, siete caballeros cristianos hermanos, y con ellos un sacerdote, llamado Antonio: el cual bautizó á Celso el hijo de Marciano, y á los veinte soldados, que siendo guardas, se habían convertido. De todo fué avisado el presidente, y él dio noticia de ello á los emperadores, los cuales le mandaron, que á san Julián, y á todos los que en su compañía seguían la fé de Cristo, los atormentase, y matase, haciéndolos quemar en unas cubas empegadas, llenas de aceite, pez, y resina, y otras cosas, que son materia, en que se ceba el fuego. Con esta respuesta de los emperadores mandó Marciano poner su tribunal en la plaza, y traer delante de sí á san Julián, y á todos los otros sus santos compañeros: y estando dando, y tomando en aquel negocio, sucedió, que pasando por allí con un hombre muerto, que le llevaban á enterrar ciertos gentiles, el presidente los mandó parar, y para hacer burla de san Julián, le rogó, que lo resucitase. San Julián lo hizo con gran facilidad, no mirando á la intención de Marciano, ni á lo que su incredulidad merecía, sino esperando, que con aquel milagro la gloria de Cristo crecería, y los gentiles quedarían confusos, y más animados los cristianos. Quedó asombrado el presidente, cuando vio delante de sus ojos vivo, al que era muerto, y mucho mas, cuando le oyó hablar, y decir á grandes voces, que los dioses, que adoraban, eran demonios, y Jesucristo solo Dios verdadero; y que llevándolo ciertos negros, y monstruos horribles al fuego eterno, por haber sido gentil, Dios le había mandado volver al cuerpo, para que hiciese penitencia, por la oración de san Julián, y para que después de muerto confesase por Dios, al que en vida había negado. No bastó este otro testimonio del cielo tan grande, y tan fuerte, para ablandar el corazón de Marciano, más duro que las piedras; antes mandó prender al muerto resucitado, para que tornase á morir por Cristo con los santos mártires, que allí estaban: y porque no le sufría el corazón ver morir á su propio hijo, cometió la causa á su teniente, y él muy triste, y lloroso se retiró á su casa. Diose la sentencia cruel, y aparejándose treinta y una cuba llenas de resina, y pez, desnudaron á los mártires, y echáronlos en ellas, y pegáronles fuego delante de toda la ciudad de Antioquía, que había concurrido á este espectáculo. Los ministros del tirano atizaban, y encendían el fuego: el pueblo daba gritos, y alaridos, y derramaba muchas lágrimas, viendo morir con un género de muerte tan penosa á san Julián, y al niño Celso, y á tantos inocentes. Los santos mártires, teniendo los ojos puestos en el cielo, con un humilde, manso, y alegre corazón hacían gracias ol Señor por aquella señalada merced, que les hacía, y se le ofrecían, como holocausto, en olor de suavidad. Todos los ángeles estaban á la mira, maravillados de tan gran fortaleza, y constancia; y el Señor de los ángeles, que se la estaba dando para ser mas glorificado en ellos, hizo, que se apagase el fuego, y que de él saliesen los santos mas resplandecientes, y puros, que sale el oro del crisol, sin lesión alguna, y que en medio de las llamas oyesen voces de ángeles, que les daban música. Quedó como muerto Marciano, cuando oyó, lo que Dios había obrado con sus santos; aunque, creyendo siempre, que eran artes de nigromancia, y nó virtud de Dios, no se enmendó, antes preguntó á san Julián, ¿dónde, y cómo había aprendido tanto de arte mágica, que tales cosas hacia? Y pidióle por el Dios, que adoraba, que le dijese la verdad: y el santo le respondió, que Dios era el autor de semejantes maravillas, y que el modo, para hacerse, era trabajar en echar de sí, como inútiles, los cuidados de este siglo, y servir á Cristo, y no anteponer á su amor, padre, ni madre, mujer, ni hijos, ni otra cosa temporal, y caduca de esta vida: porque el que tuviese, dice, cuidado de remediar las necesidades de los pobres: el que no se dejare sujetar de sus apetitos: el que venciere la impaciencia con la paciencia, y las injurias con buenas obras: el que procurare mas ser santo, que parecerlo: el que de veras fuere humilde, y menospreciador del mundo, y se abrazare con Cristo, y siguiere sus pisadas; eso será verdadero discípulo de Cristo, y hará las maravillas, que nosotros los cristianos hacemos.
Todo lo que el santo decía al prefecto, era en vano; porque su corazón estaba empedernido, y obstinado. Mandó encerrar de nuevo á los santos, y entre ellos á su hijo, y que su mujer Marcionila entrase á verle, y estuviese tres días con él; porque así se lo había pedido su hijo, y la misma madre lo deseaba, pensando, con blanduras, y dulzuras de madre atraerle, para que obedeciese á su padre, y no se perdiese. Entró la madre en la cárcel: pusiéronse los santos en oración, suplicando á nuestro Señor, que la alumbrase: tembló la cárcel: vióse en ella un inmenso resplandor, y oyéronse voces del cielo; y por las cosas, que allí vio, y oyó Marcionila, se convirtió al Señor, y confesó la fé de Jesucristo, y fué bautizada del santo sacerdote Antonio, que allí estaba entre los otros mártires, y su mismo hijo Celso fué su padrino en el bautismo: lo cual todo fué de increíble alegría para los santos, y nueva cruz, y tormento para Marciano: el cual ciego y loco, por la rabia, y furor, mandó degollar á los veinte soldados, que habían creído en Cristo, y quemar á los siete caballeros hermanos, que de su voluntad habían venido á la cárcel con el sacerdote Antonio, y guardar al mismo san Antonio, y á san Julián, y al muerto resucitado, y á su propia mujer, é hijo, para mirar más de espacio, lo que había de hacer con ellos; porque todavía le tiraba el amor de la mujer, y de su único hijo. Los soldados fueron degollados, y los siete hermanos quemados, como lo mandó el presidente.
Había en Antioquía un templo dedicado á los dioses suntuosísimo; porque el pavimento, y las paredes no eran de mármol, ni de otras piedras ricas, sino cubiertas de tablas de oro purísimo, y las bóvedas adornadas de piedras preciosas. Abríase pocas veces este templo, por mayor reverencia. Ordenó Marciano á los sacerdotes, que aparejasen grandes ofrendas, y sacrificios, para ofrecer en aquel templo á los dioses inmortales, y con palabras blandas, viendo, que las duras no aprovechaban, rogó á san Julián, que se reconociese, y en aquel templo tan ilustre, y magnífico, hiciese reverencia á los dioses, gobernadores del mundo, y protectores del imperio. Respondióle san Julián, que hiciese juntar en el templo á todos sus sacerdotes, para que fuesen testigos del sacrificio, que él ofrecía. Creyó Marciano, que san Julián estaba ya trocado, y que con el deseo de la vida le quería dar contento, por no morir, y con grande alegría mandó juntar á todos los sacerdotes, que eran casi mil, y quitar las prisiones á san Julián, y á sus compañeros, y con gran fiesta, y regocijo los llevó al templo, á donde innumerable gente había concurrido. Hincó las rodillas san Julián: armó su frente con la señal de la cruz; y con grande afecto, ternura, y confianza, suplicó á nuestro Señor, que para gloria suya, y confusión de la gentilidad ciega, y consuelo de los fieles, destruyese aquel templo, y todo lo que había en él. En acabando san Julián su oración, y respondiendo los otros santos cuatro mártires: Amen; todos los ídolos, que había en el templo, se deshicieron como humo, y el mismo templo se arruinó, y asoló de tal manera, como si nunca tal templo hubiera habido. Murieron todos los sacerdotes, y una gran muchedumbre de gente pagana: y Metafraste (que es, el que escribió esta vida) dice, que hasta á su tiempo salían de aquel lugar llamas de fuego. ¿Pues qué testimonio es este del poder infinito de nuestro gran Dios, y Señor? ¿Cuántas muertes padeció Marciano, antes que diese la muerte á san Julián? No sabía el desventurado, con quien se tomaba, ni lo que había de hacer, ni donde estaba. Volvieron á la cárcel á los santos mártires; y estando ellos orando, y cantando alabanzas al Señor, á la media noche les aparecieron, por una parle, los veinte soldados, y los siete caballeros hermanos, ya gloriosos, y adornados con ropas de inmensa claridad, y en su compañía otros muchos sacerdotes, é ilustres mártires: por otra, santa Basilisa con un coro de purísimas doncellas; y en la cárcel no se oía sino una voz suavísima, que decia: Alleluya, Alleluya. Santa Basilisa habló á san Julián, diciéndole, que Dios la enviaba para avisarle, que ya estaba en el fin de sus batallas, y el cielo abierto, y la corona aparejada, y todos los santos aguardando la hora, en que le habían de recibir á él, y á sus santos compañeros. Después de esto, otro día fueron sacados a juicio los santos; y Marciano los mandó atar los dedos de las manos, y de los pies, y untar las ataduras con aceite, y ponerlos fuego; pero las ataduras se quemaron, y los santos quedaron sin lesión. Mandó desollar el cuerpo á san Julián, y á Celso su proprio hijo, y al sacerdote Antonio, y Anastasio (que así se llamaba, el que había resucitado), arrancar los ojos con garfios de hierro. A su mujer mandó atormentar en el ecúleo; mas nuestro Señor no lo permitió: porque los ministros, que lo quisieron ejecutar, quedaron ciegos, y las manos, y brazos se les secaron; y los santos quedaron como si ninguna cosa hubieran padecido. 
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Lleváronlos al anfiteatro por orden del presidente, y soltaron todas las bestias fieras, que tenían, para que los despedazasen; mas ellas, olvidadas de su natural fiereza, se echaron á los pies de los santos, y los lamian. Mandó sacar Marciano á todos los presos de la cárcel, que estaban condenados á muerte, y que allí en el teatro los degollasen, y juntamente con ellos á san Julián, y á los otros cuatro sus santos compañeros, para que muriesen como facinerosos, y no á título de religión; ni pareciese, que de ellos quedaba vencido. Los santos fueron descabezados; y al mismo tiempo vino un temblor de tierra tan extraño, que derribó casi la tercera parte de la ciudad, y en todos los lugares, en que había ídolos, cayeron muchos rayos, y mataron gran número de gente de los gentiles, y el mismo prefecto Marciano quedó más muerto que vivo, y apenas pudo escapar; y pocos días después, comido de gusanos, acabó su infelicísima vida, para comenzar aquella muerte, que nunca se acaba. Vinieron la noche siguiente los cristianos y sacerdotes, para recoger los cuerpos de los santos mártires; y como estaban mezclados, y confusos con los otros cuerpos de los hombres facinerosos, que con ellos habían sido muertos, no los pudieron conocer, hasta que hincados de rodillas, y hecha oración al Señor, vieron las almas de los mismos mártires, en figura de doncellas purísimas, y que cada una se sentaba sobre su cuerpo; y de esta manera los conocieron, y con gran devoción y reverencia los sepultaron. Otra maravilla también sucedió, que la sangre, que salió de sus cuerpos, se heló, y se hizo como una masa de pan, mas blanca, que la nieve: de manera que no se empapó en la tierra, que estaba ya regada con la otra sangre de los malhechores. Y nuestro Señor al sepulcro de san Julián hizo muchos, y grandísimos milagros, y no solamente donde estaba su cuerpo, sino en otras muchas partes de la cristiandad, donde se edificaron iglesias en su nombre. El martirio de san Julián fué á los 9 de enero, el año del Señor de 309, imperando en Oriente Maximino, que continuó la persecución de los emperadores Diocleciano, y Maximiano. Su vida escribió Melafraste, y hacen mención de él el Martirologio romano, el de Beda, Usuardo y Adon; y san Isidoro en el breviario toledano, y san Eulogio en el libro, que llamó Memorial de los santos, ponen estos bienaventurados mártires por ejemplo, exhortándonos á todos á morir por Cristo: y con mucha razón; porque si consideramos con atención, lo que aquí queda referido; hallaremos muchos, y grandes motivos para alabar al Señor, y admirarnos de sus secretos juicios, y reverenciar aquella providencia tan inescrutable, con que á unos hace santos, y los regala, favorece, y asiste, para que peleen, y venzan á todo el poder del infierno; y á otros por sus pecados desampara, y castiga: porque, ¿qué mayor maravilla pudo ser, que ver un caballero mozo, noble, y rico, como fué san Julián, dar de mano á todos los regalos, apetitos, y blanduras de la carne, y ofrecer á Dios su castidad? ¿Qué persuadir á su esposa Basilisa, que viviesen como hermanos, y. conservasen perpetuamente la flor de su virginidad? ¿Y que el Señor con tan claras, y evidentes señales del cielo los confirmase en aquel santo propósito, y les diese gracia para perseverar en él, y para que con su ejemplo otros muchos los imitasen? ¿Y qué acabando, Basilisa en santa paz el curso de su peregrinación, y llevando delante un número tan grande de honestísimas doncellas al cielo; quedase vivo Julián para la guerra, y para glorificar más con sus batallas, y triunfos al Rey de los reyes, y Señor de todo lo criado? ¿Cuántos y cuán ilustres milagros sucedieron en su martirio? ¿Cuán duros fueron los tormentos del tirano, y cuan suaves los regalos del Señor? El cual en san Julián quiso mostrar, que todas las criaturas reconocen, y obedecen á su Criador; y que en la ignominia está la gloria, en la pena el deleite, en la muerte la vida, cuando el hombre con fé viva, padece, y muero por su Señor. Marciano tirano se acabó, y no se acabaron sus tormentos: murió san Julián, y vive para siempre. Los templos, y las estatuas de los dioses cayeron, los gentiles fueron abrasados, y la gentilidad por el martirio de san Julián se menoscabó; y la santa Iglesia católica floreció, y la memoria de este glorioso mártir durará para siempre, y los trofeos de sus victorias permanecerán en los siglos de los siglos.
 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

jueves, 8 de enero de 2026

S A N T O R A L

SANTA GUDULA, VÍRGEN

Fué santa Gudula hija de Wirgero, que era gran señor, y conde, y de Amalberga, que era hija de una hermana de Pipino, mayordomo mayor del rey de Francia, y gobernador de todo el reino.
Eran estos señores sus padres, no menos piadosos, y temerosos de Dios, que ricos, y poderosos, y la madre de santa Gudula, estando preñada de ella, tuvo relación, de que la hija que pariría, seria santa, y muy esclarecida en los ojos del Señor: y para el buen principio, y cumplimiento de esta revelación, cuando salió á luz la niña, santa Gertrudis, virgen admirable, y parienta suya, fué su madrina, y la sacó de la pila del bautismo, y después la tomó á su cargo, para criarla para Dios. Estuvo Gudula en el monasterio de Nivela, todo el tiempo que vivió santa Gertrudis, con maravilloso recogimiento, é insigne santidad. Habiéndose ido su santa maestra á mejor vida, se volvió á casa de sus padres, no para tener más libertad, sino para aprovecharse, y encenderse más vivamente con sus ejemplos en el amor de nuestro Señor.
A dos millas de la casa de sus padres estaba una aldea, llamada Morsela, donde había un oratorio ó iglesia, dedicada al Salvador: solía irse algunas noches con una sola criada la santa virgen á este oratorio, para darse más quietamente á la oración, y contemplación de su dulcísimo esposo. Iba una noche como solía: y el demonio mató la lumbre que llevaban, para que hallándose á obscuras, y sin saber el camino, no pasasen adelante. Púsose en oración santa Gudula, y luego la lumbre, que llevaba, se tornó á encender milagrosamente; y con este favor del cielo llegó al oratorio, y gastó toda aquella noche en hacer gracias, y alabar al Señor; y á la mañana siguiente, después de haber oído las misas, y cumplido con su devoción, tornó á su casa muy gozosa y contenía: pero en el camino encontró con una pobre mujer muy afligida, que traía consigo á un niño de nueve años, tan lleno de enfermedades, y miserias, que no era señor de sus miembros, ni podía alzar la cabeza para mirar al cielo, ni hablar, ni comer con sus manos: en fin, era un retablo de enfermedades y dolores. 
Gudula.jpgViole la santa virgen: compadecióse de él: oró al Señor: lloró muchas lágrimas: tomóle en los brazos, y súbitamente quedó del todo sano; maravillándose la misma santa de la bondad de Dios, que por su medio, siendo ella tan vil criatura, se había dignado de restituir la salud á aquel muchacho; y gozándose la madre, por ver á su hijo sano por intercesión de aquella santa doncella. Otra vez, estando sola orando en su celda; vino una mujer cargada, y casi consumida de lepra, suplicándola, que la curase: hizo oración, y puso las manos sobre ella; y quedó luego limpia y sana. Otros muchos milagros hizo el Señor por esta santa en vida; pero los que obró, después que la llevó al cielo para darle la corona digna de sus merecimientos, y victorias, fueron mucho mayores; porque luego que enterraron su sagrado cuerpo, un árbol, que estaba allí cerca, en medio del invierno floreció, y se vistió de hojas, y hermosura: y queriendo trasladar al monasterio de Nivela sus reliquias, no las pudieron mover del lugar, donde estaban, hasta que se determinaron de llevarlas al oratorio, ó templo del Salvador, que estaba en la aldea de Morsela, donde la santa virgen solía derramar muchas lágrimas, y orar con tanta devoción; porque en tomando esta resolución, pudieron mover la caja, en que estaba el sagrado cuerpo, y llevarla a Morsela. Pero sucedió una cosa prodigiosa en esta traslación; porque aquel árbol, que había florecido cerca de su sepulcro, por virtud divina se arrancó de suyo del lugar, donde estaba, y se trasplantó, y puso delante de la puerta de aquel templo, vestido de belleza, y hermosura: por este milagro el emperador Carlo Magno mandó edificar allí para honra de la santa un monasterio de vírgenes; y yendo una vez á caza, y siguiendo á un oso de notable grandeza, el oso, no pudiendo ya escapar de las manos de los cazadores, se entró en aquella iglesia, y bajando la cerviz, comenzó á lamer los pies de las monjas, que allí estaban, y no se quiso partir de aquel lugar por toda su vida, estando entre aquellas purísimas vírgenes, no como oso bravo, sino como manso cordero.
Cuando sepultaron á la santa virgen, como sus padres eran señores esclarecidos, y muy ricos, mandáronla enterrar con gran pompa, y solemnidad, y aderezarla muy ricamente con ropas preciosas, y joyas. Violo un ladrón; y movido de su codicia, al tercero día después de su muerte entró de noche en su sepulcro, y despojó el sagrado cuerpo de todas aquellas riquezas, que tenía, y parte de ellas dio á una hija suya. Súpolo san Emeberto, obispo de Cambray, y hermano de santa Gudula, y excomulgó por aquel sacrilegio, á los que le habían cometido; y Dios nuestro Señor confirmó del cielo la sentencia: porque todos los que nacieron de aquella familia, fueron afligidos de varias enfermedades, y no hubo persona de ella, que con alguna fealdad, ó pena corporal, no pagase la culpa de tan gran maldad.
Este milagro fué para castigo, de los que habían robado el sepulcro de la santa virgen: pero otro mayor obró Dios para honrar al mismo sepulcro, y por intercesión de santa Gudula, y alumbrar, á los que estaban en la sombra de la muerte. De la otra parte del mar había un rey gentil, que tenía una hija tullida, y que no se podía mover desde su nacimiento. Apareció una noche á esta doncella en sueños una mujer venerable, y de lindo aspecto, y díjole, que fuese al sepulcro de santa Gudula, porque allí cobraría salud; y con el deseo grande, que tenia de alcanzarla, refirió luego á sus padres, lo que había visto, y oído: pero como ellos eran paganos, y no tenían noticia dé la santa, ni sabían, donde estaba, ni cómo la habían de buscar; no hicieron caso de ella, hasta que tres noches después le fué revelado á la misma doncella el lugar, donde estaba la bendita santa, y donde la había de hallar. Con esta claridad mandó el rey su padre aprestar un navío, y envió su hija en él, bien acompañada de criados, y soldados á Flandes, donde llegó, y fué á visitar el sagrado cuerpo de santa Gudula; y al cabo de tres días que estuvo en oración, impetró la salud del cuerpo que tanto deseaba, y la del alma, que le importaba más; porque dejando la ceguedad de la idolatría, en que estaba, abrazó la fé de Jesucristo nuestro Salvador, que es luz verdadera, que alumbra, á todos los que creen en él; y sus mismos padres, cuando entendieron el milagro, y vieron á su hija sana, hicieron la misma jornada, y fueron á visitar el cuerpo de la santa virgen; y despedidas las tinieblas de su ignorancia, se bautizaron, é hicieron cristianos.

Resplandeciendo, pues, santa Gudula con estos, y otros milagros, fué nuestro Señor servido de castigar los pecados de los moradores de aquella tierra con azote grave, y riguroso: permitió, que entrase por ella gente cruel, y bárbara, y enemiga de nuestra santa religión, robándola, quemándola, y destruyéndola, y que asolasen el mismo monasterio, donde estaba sepultado su sagrado cuerpo; aunque por la bondad de Dios no le tocaron, por haberse antes traspasado á otro lugar más apartado, y seguro: mas después que cesó aquella borrasca, y los bárbaros se retiraron, tornaron el sagrado cuerpo al monasterio; donde estuvo, hasta que imperando Otón II, Carlos, hermano de Lotario, rey de Francia, llevó con grande acompañamiento, y honra el cuerpo de santa Gudula á Bruselas, y le colocó en el templo de santo Gaugerio. Sucedió en esta traslación, que queriendo el mismo Carlos curiosamente ver con sus ojos el cuerpo de la santa virgen, abrió la caja, donde estaba; y súbitamente sobrevino una niebla tan espesa, y tenebrosa, que le quitó la vista, y á todos los que allí estaban causó espanto, y confusión, y despavoridos hicieron oración tres días, suplicando á nuestro Señor, que los perdonase; y sin querer ver más, lo que había en la caja, la cerraron, y pusieron en su lugar, y el duque Carlos la selló con su sello, y ofreció á la virgen ricos ornamentos para servicio de su altar, y lo aplicó algunas posesiones, y rentas. En este lugar estuvieron las sagradas reliquias de santa Gudula, hasta el año de 1047, en el cual habiéndose edificado en Bruselas el templo de san Miguel, fueron trasladadas á él por el conde Vidrino, nieto del duque Carlos, con solemne procesión, y acompañamiento del obispo, y de todo el clero, y pueblo, donde al presente están, y son reverenciadas de toda aquella noble, rica, y devota ciudad de Bruselas, que tiene á santa Gudula por singular patrona suya; y el templo, que edificó á san Miguel, y se llamaba de su nombre, cuando á él se trasladaron las reliquias; ahora se llama de santa Gudula, por la gran devoción, que todo el pueblo le tiene.
La vida de santa Gudula, sacada de un libro muy antiguo, escrito de mano, trae el P. Fr. Lorenzo Surio en su primer tomo de las vidas de los santos. Hace mención de ella el doctor Juan Molano en las ediciones á Usuardo; y más largamente en el índice de los santos de los estados de Flandes, donde dice, que el día de su glorioso tránsito fué á los 8 de enero, y el de su traslación á los 6 de julio. Floreció esta santa por los años del Señor do 660, reinando en Francia el rey Sigiberto
 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc