La Iglesia reza este Lunes
Martes y Miércoles las llamadas
"Rogativas" que son los tres días previos a la Ascensión del
Señor, 40 días después de la Pascua. La expresión "rogativas" viene
del latín, así como el término "letanías" proviene del griego, y es
sinónimo de oraciones, súplicas e invocaciones. En un sentido más estricto,
reciben este nombre las oraciones públicas hechas por la Iglesia en los tres
días que preceden a la fiesta de la Ascensión, para pedir a Dios la
conservación de los bienes de la tierra y la gracia de estar libres de los
azotes y desgracias.
A raíz de las calamidades públicas que acontecieron en el siglo VSan Marmerto, obispo de Viena,exhortó a los fieles del Valle del Ródano y
del Delfinado a hacer oraciones, procesiones y obras de penitencia durante los tres días que preceden a la Ascensión de
Nuestro Señor Jesucristo, a fin de aplacar la justicia divina y obtener
la cesación de los terremotos, incendios y devastaciones que afligían la zona. El resultado de estas oraciones hizo se
continuasen como una manera de preservar al pueblo contra semejantes
calamidades. Por prescripción del Concilio de Orleans en el año 511 se dispuso
que tales rogativas se extendieran por toda Francia. En el año 816 el papa León III adoptó las Rogativas
en Roma, haciéndolas pronto extensivas a toda la Iglesia universal.
La legislación temporal también dio respaldo a esta devoción.
Carlomagno y Carlos el Calvo decretaron que el pueblono trabajare dichos días y sus normas rigieron
por mucho tiempo.
Las Letanías de los Santos, los Salmos y oraciones que en
ella se cantan son súplicas o Rogativas, que tienen por fin alejar de nosotros
los azotes de la divina justicia y a atraer las bendicionesde su misericordia.
Letanias de los Santos
-Señor ten piedad de nosotros
-Cristo ten piedad de nosotros,
-Señor ten piedad de nosotros,
-Cristo óyenos
-Cristo escúchanos,
-Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros,
-Dios Hijo Redentor del mundo, ten piedad de nosotros,
-Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros,
-Trinidad santa un solo Dios, ten piedad de nosotros,
Se repite
-Santa María,
-Santa Madre de Dios,
-Santa Virgen de las vírgenes,
-San Miguel,
-San Gabriel,
-San Rafael,
Ruega por nosotros.
-Todos los santos ángeles y arcángeles,
-Todos los santos coros de los espíritus bienaventurados
Rogad por nosotros.
-San Juan Bautista,
-San José,
Ruega por nosotros.
-Todos los santos patriarcas y profetas,
Rogad por nosotros.
-San Pedro,
-San Pablo,
-San Andrés,
-San Juan,
-Santo Tomás,
-Santiago,
-San Felipe,
-San Bartolomé,
-San Mateo,
-San Simón,
-San Tadeo,
-San Matías,
-San Bernabé,
-San Lucas,
-San Marcos,
Ruega por nosotros.
-Todos los Santos apóstoles y
evangelistas,
-Todos los Santos discípulos del Señor,
-Todos los Santos inocentes,
Rogad por nosotros.
-San Esteban,
-San Lorenzo,
-San Vicente,
Ruega por nosotros.
-San Fabián y San Sebastián,
-San Juan y San Pablo,
-San Cosme y San Damián,
-San Gervasio y San Protasio,
-Todos los santos mártires,
Rogad por nosotros.
-San Silvestre,
-San Gregorio,
-San Ambrosio,
-San Agustín,
-San Jerónimo,
-San Martín,
-San Nicolás,
Ruega por nosotros.
-Todos los santos obispos y confesores,
-Todos los santos doctores,
Rogad por nosotros.
-San Antonio,
-San Benito,
-San Bernardo,
-Santo Domingo,
-San Francisco,
Ruega por nosotros.
-Todos los santos sacerdotes y levitas,
-Todos los santos monjes y ermitaños,
Rogad por nosotros.
-Santa María Magdalena,
-Santa Agueda,
-Santa Lucía,
-Santa Inés,
-Santa Cecilia,
-Santa Catalina,
-Santa Anastasia,
Ruega por nosotros.
-Todas las santas vírgenes y viudas,
Rogad por nosotros.
-Todos los Santos y santas de Dios,
Interceded por nosotros.
-Muéstratenos propicio,
Perdónanos, Señor.
-Muéstratenos propicio,
Escúchanos, Señor.
-De todo mal,
-De todo pecado,
-De tu ira,
-De la muerte súbita e imprevista,
-De las asechanzas del demonio,
-De la cólera, del odio y de toda mala intención,
-Del espíritu de fornicación,
-Del rayo y de la tempestad,
-Del azote de los terremotos,
-De la peste, del hambre y de la guerra,
-De la muerte eterna,
-Por el misterio de tu santa encarnación,
-Por tu venida,
-Por tu natividad,
-Por tu bautismo y santo ayuno,
-Por tu cruz y tu pasión,
-Por tu muerte y sepultura,
-Por tu santa resurrección,
-Por tu admirable ascensión,
-Por la venida del Espíritu Santo, nuestro Consolador,
-En el día del juicio,
Libramos, Señor.
Nosotros, pecadores, te rogamos
- que nos oigas,
- que nos perdones,
- que nos seas indulgente,
-que te dignes conducirnos a verdadera penitencia,
- que te dignes regir y gobernar tu santa Iglesia,
- que te dignes conservar en tu santa religión al Sumo Pontífice y a todos
los órdenes de la jerarquía eclesiástica,
- que te dignes abatir a los enemigos de la santa Iglesia,
- que te dignes conceder a los reyes y príncipes cristianos la paz y la
verdadera concordia,
- que te dignes conceder la paz y la unión a todo el pueblo cristiano,
- que te dignes devolver a la unidad de la Iglesia a los que viven en el
error, y traer a la luz del Evangelio a todos los infieles,
- que te dignes fortalecernos y conservarnos en tu santo servicio,
- que levantes nuestro espíritu al deseo de las cosas celestiales,
- que concedas a todos nuestros bienhechores la recompensa de los bienes
eternos,
- que libres nuestras almas, las de nuestros hermanos, parientes y
bienhechores, de la condenación eterna,
- que te dignes damos y conservar las cosechas de la tierra,
- que te dignes conceder el descanso eterno a todos los fieles difuntos,
- que te dignes escucharnos, Hijo de Dios.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados
del mundo,
Perdónanos, Señor.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Escúchanos, Señor.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Beatos Juan Rochester y Jacobo Walworth, Presbíteros y Mártires
En York, en Inglaterra, beatos Juan
Rochester y Jacobo Walworth, presbíteros y monjes de la Cartuja de
Londres, quienes, durante el reinado de Enrique VIII, por haberse
mantenido fieles a la Iglesia católica, fueron colgados con cadenas en
las almenas de la muralla de la ciudad hasta que murieron.
Ambos eran monjes de la Cartuja de Londres, cuyo prior era San Juan Houghton.
Su martirio tuvo lugar con motivo de la proclamación de Enrique VIII
como cabeza de la IglesIa en su país. Estos dos monjes, junto con los
demás, accedieron a reconocer el nuevo matrimonio del rey con Ana
Bolena, y así lo firmaron el 25 de mayo de 1534, pensando que con ello
se dejaría en paz a la comunidad. Pero no fue así. Se les pidió más
adelante que reconocieran también la soberanía espiritual del rey sobre
la Iglesia inglesa, y entonces la comunidad se dividió. Unos aceptaron
la propuesta cismática, sin pensar que posteriormente se suprimirían las
comunidades religiosas, y otros se negaron bravamente a tal propuesta. Martirizados ya san Juan Houghton y otros
dos priores cartujos, estos dos monjes persistieron en su negativa a
jurar la supremacía religiosa del rey y fueron enviados a la cartuja de
Hull, cuyos monjes habían aceptado el cisma. Aquí fueron denunciados al
delegado regio y llevados ante el Duque de Norfolk. Se les juzgó y condenó por desafectos a la
cabeza de la Iglesia anglicana y por ser seguidores pertinaces del
Obispo de Roma, y fueron condenados a muerte. Como la muerte a los
rebeldes y traidores comprendía no sólo el ahorcamiento sino la
descuartización y extracción de las entrañas, ése tendría que haber sido
el género de muerte que se les diera a estos mártires. Pero se les hlzo
gracia del destripamiento, y por ello, en York, el día 11 de mayo de
1537 fueron ahorcados con cadenas de hierro, quedando sus cuerpos
expuestos muchos días en el patíbulo y siendo pasto de las aves de
rapiña. Hasta el último momento ambos monjes manifestaron su comunión
inquebrantable con el Papa y con la Iglesia. El papa León XIII confirmó
su culto en diciembre de 1886.
Una de las
numerosísimas víctimas de la Revolución Francesa: la princesa Isabel.
Su
“crimen”: ser la hermana del rey Luis XVI
Plinio Corrêa de Oliveira
El interés especial del personaje está en lo siguiente: como Uds.
saben, la Revolución Francesa es presentada por el común de los
historiadores como siendo un acontecimiento de los más trascendentales
de la historia de la humanidad, en el sentido de que representó un paso
más en la historia de la “liberación” del hombre.
Los partidarios de la Revolución Francesa entienden que aquello fue
una explosión de lo que hay de mejor de las cualidades del espíritu
humano; el espíritu humano que no se conformaría con la sujeción, no se
conformaría con los grilletes, no se conformaría con la desigualdad, y
que, llevado por una noble sed de igualdad, libertad y fraternidad,
habría impulsado entonces la Revolución. Y para justificar la tesis de
que el espíritu de la Revolución era muy “noble”, ellos hacen el
endiosamiento de los grandes hombres de la Revolución, sustentando que
fueron hombres de excepcionales cualidades humanas.
La verdad histórica es directamente lo opuesto de eso. En mi libro Revolución y ContraRevolución se
muestra que la Revolución Francesa fue la consecuencia necesaria del
protestantismo. O sea, la explosión en el campo político, o en la
temática de las estructuras políticas, del mismo espíritu de rebelión de
sensualidad y de orgullo que anteriormente generó el protestantismo. Y,
en consecuencia, hay una, polémica también a respecto no sólo de las
ideas de la Revolución, sino también de los hombres de la Revolución.
Nosotros, que somos adversarios de la Revolución Francesa, nos empeñamos
en mostrar la Revolución Francesa en su verdadero aspecto, no solo
refutando las doctrinas, sino también mostrando que los hombres que
fueron los exponentes de la Revolución fueron criminales, fueron hombres
sin ninguna moralidad, fueron lo contrario de la fraternidad que ellos
pregonaban, fueron hombres sanguinarios, crueles y tiránicos.
Y uno de los crímenes de la Revolución donde ese espíritu se
manifestó de un modo más evidente, es el crimen efectuado contra una de
las personas de la familia real de Francia, que era la princesa Isabel,
llamada habitualmente por los historiadores Madame Elisabeth
(1764-1794). ¿Quién era esa princesa Isabel? Ella era hermana del rey
Luis XVI, soltera y una persona no sólo de gran pureza de costumbres,
sino de una ardiente piedad. Ella frecuentaba la corte, donde cumplía
los deberes que le tocaban como hermana del rey, pero su tiempo libre lo
pasaba en un pequeño castillo que ella tenía lejos de Versalles.
Dedicaba su tiempo a la piedad y a las obras de caridad: ella distribuía
víveres y ayudaba a los campesinos, a los trabajadores rurales que
vivían por ahí cerca. Era, por tanto, una persona conocida por causa de
su insigne caridad.
Ella vivía completamente alejada de la política. Como por lo demás,
es normal. Siendo una joven, no teniendo funciones que ver con la
política, vivía en el más completo alejamiento de la política. Muy
dedicada a su hermano, habría tenido toda la facilidad para casarse,
pero no quiso hacerlo para poder vivir allí en las cercanías de la
familia real, y prestando el auxilio que las circunstancias le pudiesen
pedir.
Cuando estalló la Revolución Francesa, todos los hermanos del rey
salieron de Francia menos ella, que quiso, heroicamente, enfrentar los
riesgos —evidentes desde el comienzo— de la Revolución y para poder
auxiliar en las amarguras que venían a su hermano, a su cuñada (la reina
María Antonieta) y a sus sobrinos, hijos de ese matrimonio. Y, de
hecho, ella siguió paso a paso el drama de la familia real. Acabó siendo
encarcelada por los revolucionarios junto con la familia real, y fue
procesada.
Después que Luis XVI y María Antonieta fueron condenados a muerte y
guillotinados, vino el proceso de ella y fue condenada a muerte también.
¿Condenada a muerte por cuál crimen? Ningún crimen. No podía ser crimen
ser hermana del rey, porque nadie mata a una persona porque es hermana
del criminal. Por peor que sea el criminal —por ejemplo, esos hippies
miserables que mataron hace un tiempo atrás a unas personas en Los
Ángeles— Uds. no van a leer en el periódico la siguiente noticia:
“Fueron muertos tales hippies y una hermana de ellos, que no tenía nada
que ver con el caso, muerta por ser hermana”. Es decir, eso es
impensable, no pasa por la cabeza de nadie.
Contra ella no fue posible alegar ningún crimen. Ni siquiera fue acusada de ningún crimen. Fue muerta exclusivamente por odio, por ser hermana del rey. Uds.
pueden ver el carácter bestialmente rencoroso de los líderes y, por lo
tanto, también de los secuaces, de una Revolución hecha en nombre de la
“fraternidad”. Sería interesante que después de ver el aspecto
Revolución, consideremos el aspecto Contrarrevolución. O sea, la
dignidad con que esa princesa soportó los tormentos que cayeron sobre
ella, y su muerte. Naturalmente no es este el momento de dar la
biografía de ella. Pero vamos a ver las escenas de su muerte, los
últimos episodios de su muerte.
Esos episodios tienen mucha significación y pasaré a leerlos aquí.
Están sacados del libro “Madame Elisabeth – aspectos desconocidos”
[versión original francesa: “Madame Elisabeth inconnue”, París,
Beauchesne et fils, 1955]; autora del libro: Madeleine Louise de Sion.
El extracto que voy a comentar es el siguiente:
“La princesa Elisabeth fue condenada juntamente con 25 personas,
la mayor parte de la alta nobleza, si bien que había también entre ellas
elementos del pueblo. El presidente del Tribunal…”.
Un tribunal revolucionario, republicano que la condenó.
“… Dumas, no pudo dejar de bromear vilmente a respecto de la
muerte de esas víctimas. Y dijo: Elisabeth de Francia no se puede
quejar, pues formamos a su alrededor una corte de aristócratas dignos de
ella”.
El sarcasmo y la burla hacia quien camina para la muerte. Ahí va la princesa, una serie de señoras de la nobleza, entonces “Así es, ella no se puede quejar, va acompañada de un lote de nobles”.
“Y nada podrá impedir que ella se sienta todavía en los salones
de Versalles cuando se coloque a los pies de la santa guillotina,
rodeada de toda esa nobleza fiel”.
Puédese ver el sarcasmo y el peso del sarcasmo. Un hombre, cuando
trata con una señora, aun cuando sea el mayor enemigo de esa señora,
debe tratarla con cierta cortesía. El fuerte no debe abusar contra el
débil. Esa es una cosa elemental de caballerismo. Más aún si se trata de
un juez con aquella que acaba de condenar. Él debería tener, por lo
tanto, vergüenza de manifestar rencor para con la persona que condenó.
Más todavía con una persona que está condenada a muerte. Porque la
muerte tiene una majestad, una respetabilidad tremenda. Es un castigo de
Dios, y como todo lo que viene de Dios, la muerte tiene una grandeza
que hace con que todo el mundo respete a aquel que va a morir. Puede
tratarse del hombre más vil del mundo, pero una vez que él está marcado
en la frente con la señal de la muerte, debe ser objeto de respeto.
Cuando un bandido está encarcelado y va a ser ejecutado, después de
haber sido condenado a muerte, se acostumbra a concederle que se haga su
última voluntad, desde que no se trate de una acción criminal,
inclusive se le sirve una última cena con todo cuanto él pide. Y algunos
comen, tal es el apetito humano. El hombre es así, algunos comen.
Nadie juzgaría legítimo ponerse delante de un bandido merecidamente
condenado a muerte y comenzar a bromear: “¡Ud. va a morir!… ¿Ya se lo
imaginó? Ahora va a caer aquí…”. O cuando está en la silla eléctrica:
“¡Vea el shock!…” Nadie haría eso. ¿Por qué? Porque es una barbaridad,
es una cobardía, porque por más que sea un bandido, él está marcado en
la frente con la señal de la muerte; y a partir de ese momento se lo
debe respetar.
Ella estaba condenada a muerte, y este bandido, un hombre, burlándose
de una mujer; un juez que se burla de quien él condenó; después, una
creatura humana que se burla de una persona que va para la muerte. Se
burla de esa manera, viéndola en aquella humillación, viéndola
destituida de toda la pompa antigua, hace un sarcasmo. Ella se va a
sentir a los pies de la guillotina como se sentiría en el esplendor de
Versalles. Es decir, es casi imposible llevar la bajeza humana más
lejos. Ese era el espíritu de la Revolución francesa. Continua (el
texto):
“De hecho, la hermana de Luis XVI estaba escoltada por tres
marquesas, dos condesas, entre otras personas de la nobleza. Llena de
calma, ella escuchó su sentencia de muerte, pidiendo solamente y con
cortesía, que le llevasen un sacerdote; a lo que, Fouquier Tinville,
promotor público, respondió con desdén: “Bah!, ella morirá muy bien sin
la bendición de un capuchino”.
Es una cosa que también no se hace: es negar a la persona el último
socorro de la religión. Conozco de casos de ateos que cuando una persona
está para morir y pide un sacerdote, el ateo lo hace llamar. ¿Por qué?
Porque el ateo raciocina de la siguiente manera: está bien, la religión
no es verdadera, pero le voy a dar a él un último consuelo en la hora de
la muerte. No le rechaza ese consuelo en la hora de la muerte.
Continuemos:
“Después de ser condenados a muerte en el tribunal, fueron todos
llevados para la prisión. Y en la prisión, sus compañeros que se
encontraban ahí, porque antes no se habían reunido, le cedieron el lugar
de honra a ella, que tomó con toda naturalidad.
“La serenidad de la mirada de la princesa, la dignidad de su actitud…”.
Hay mucho valor en mantenerse sereno cuando se está aproximando la
muerte y más aún cuando se es una joven como ella; mantenerse digno
cuando se está viviendo en la última de las humillaciones.
“… la ascendencia de su palabra luego crearon en torno de ella un clima de heroísmo que contagió a todos”.
Los señores vean que belleza. Ella la débil, ella la indefensa, ella
la mayor derrotada, ella es la heroína. Y no es la heroína del
embobamiento y de la falta de distancia psíquica; es la heroína de la
fe, la heroína de la serenidad. Ella comunica tanta elevación al
martirio que ella va a sufrir que inmediatamente el ambiente cambia.
Ella consiguió animar a los débiles y dar fuerza hasta los que se
mostraban fuertes.
“Una marquesa de setenta y tres años [Madame de Sónozan]…”
Para que los señores vean lo que es la criatura humana…
“… estaba aterrorizada y temblorosa delante de la muerte. La
princesa, con especial deferencia, le hizo ver que, al final de cuentas,
iba a morir joven, que estaba más serena que ella, y que ella debía
tener la alegría de que, al final de cuentas, había vivido por lo menos
setenta y tres años”.
Me recuerda el comentario de un francés. Se cuenta que dos franceses
se encontraron, y estaban ya los dos un poco envejecidos. Y uno le dijo
al otro: “¡Qué aborrecimiento envejecer!”. El otro le dijo: “Yo no pienso así. Es la única manera de vivir mucho tiempo…”.
Ese es el espíritu francés. Porque después de dicho eso, no hay nada
más que decir. Lapidariamente respondida y más nada. Es quedarse callado
y cambiar de asunto. ¿Qué se va a hacer?…
“La marquesa se sintió rehecha con pensamientos de fe etc. y
quedó animada. La vieja marquesa terminó por calmarse y ofrecer
generosamente a Dios los pocos años que aún podía pasar en esa tierra.
Una condesa [Madame de Montmorin], que vio guillotinados a
todos sus parientes, no se conformaba ahora con la muerte de su hijo
Calixto, de apenas 20 años, que había sido condenado junto con ella. La
princesa Elisabeth le hizo ver el privilegio de morir los dos juntos y
los peligros que correría el joven en una tierra devastada por errores”.
Eran los errores de la Revolución francesa. Ella quería mostrar que
un alma fácilmente se perdería y que una madre que tuviese fe debería
comprender que era una gracia morir los dos en aquella ocasión, yendo el
hijo para el cielo en buena disposición de alma —excelente hasta como
los señores verán— en vez de estar sujeto a los riesgos de esa vida.
“Para otra condesa [Madame de Sérilly] que esperaba un hijo, la princesa Elisabeth consiguió un salvo-conducto que permitió que la joven señora no fuese condenada”.
No fuese ejecutada la sentencia contra ella. Quiere decir, ella,
condenada a muerte, sólo pnsaba en los otros, sólo cuidaba de los
otros, incluso salvó la vida de una persona. Quiere decir, esas fueron
sus últimas horas. Los señores vean la elevación de ese espíritu
impregnado de tradiciones y la bestialidad de la crueldad
revolucionaria. Ahí los señores tienen dos espíritus, dos mundos en
conflicto y podemos medir bien el contraste de una cosa con la otra.
Prosigue la narración:
“Después de un día de prisión y después de haber el canónigo de Chambertrand administrado los socorros religiosos a todos…”.
Eran sacerdotes que se infiltraban en las prisiones vestidos de
legos, y que nadie sabía que eran sacerdotes, y que tenían el heroísmo
de hacerse apresar para poder entrar en la prisión. Y entonces ellos
daban la absolución etc., porque en esas prisiones era lícito pasar
desde una celda para otra. Y ellos entonces cuando veían que las
personas estaban condenadas a muerte, ellos con un pretexto u otro, se
aproximaban y hacían una señal, y daban la absolución, a veces daban
hasta la comunión para las personas; ellos guardaban partículas,
celebraban misa, hacían mil cosas extraordinarias en la prisión.
Entonces, dice lo siguiente:
“… a las cinco horas de la mañana vinieron a cortarle el cabello a las señoras”.
Era una de las cosas más trágicas que precedía la muerte. Era algo
necesario – la guillotina, como Uds. saben, es una lámina que la persona
acciona en un punto con una cuerda, y la lámina cae; entonces la
víctima está tendida, y la guillotina cae sobre la nuca y corta la
espina dorsal. Y la persona muere, porque la guillotina después corta la
cabeza entera. Es seguida inmediatamente de la muerte. Es una lámina
muy afilada. Pero en el interés del propio condenado, para que la
guillotina funcione bien y la persona muera de inmediato, conviene
cortar el cabello; incluso a los hombres los rapaban completamente por
detrás de la cabeza porque a veces unos pocos cabellos pueden constituir
un obstáculo para la guillotina.
Entonces, era del interés del condenado y también era del interés de
la Revolución, porque ellos mataban tanta gente en el mismo día, por lo
que, para que los grupos de presos fueren rápidamente despachados, era
preciso que la lámina no se detuviese para poder matar a muchos.
Entonces, en la víspera o, a veces, en la misma mañana, venían los
carceleros con tijeras o con navajas y los rapaban. Sobre todo las
señoras, que en ese tiempo usaban el cabello comprimido, entonces les
rapaban completamente la nuca. Y aquel metal deslizándose por la nuca
era el precursor de aquel otro metal que de aquí a poco vendría y que
iría hacer un servicio bien diferente.
Nos podemos imaginar la impresión de las personas viendo llegar
—pongámonos en el lugar de ellos— por ejemplo, la navaja y acariciar la
nuca y después preguntar para el interesado: “¿Está bien?” – Pasa la
mano: “Vea aquí tiene unos cabellos todavía…”. Se comprende que no es
poca cosa… ¡es terrible! Después, para las señoras hacían como que una
toilette fúnebre: vestían completamente de blanco. Amarraban las manos
de todas las víctimas atrás y eran empujadas a los puntapiés, en
carretas, donde iban de pie, con una multitud asistiendo. En la
multitud, de cuando en cuando, había un sacerdote. Y el sacerdote, desde
una ventana, desde un lugar disfrazado —ellos ya sabían— quedaban
mirando.
El sacerdote hacía una bendición, una absolución última que era,
evidentemente, un precioso aliento para quien fuese caminando para la
muerte. Entonces, en la mañana venían los empleados de la prisión para
cortar los cabellos de todos, sobre todo de las señoras y de la princesa
Elisabeth.
“… a las cinco horas de la mañana vinieron a cortar los cabellos
de las señoras. Después las carretas siguieron para el local de la
ejecución”.
La guillotina quedaba en medio de una plaza pública, enorme, y todo
cuanto era revolucionario asistiendo; cuando la cabeza caía, había un
orificio en la tarima, caía en una cesta en el suelo. Y los cuerpos eran
lanzados al lado. Después los cuerpos eran apilados en una carreta los
cuerpos y las cabezas y todos lanzados en una fosa común del cementerio.
“Llegando a la plaza de la guillotina, los condenados se sentaron en banquillos, esperando la llamada de sus nombres”.
Los banquillos quedaban en lo alto, en la tarima. Había una tarima,
una especie de estrado, donde quedaba la guillotina. Y los banquillos
quedaban en lo alto.
“Madame de Crussol fue la primera en ser llamada”.
Vean la grandeza de eso delante de un pueblo igualitario. Lo que va a relatar ahora.
“Antes, sin embargo, de llegar hasta la guillotina, se aproximó a la princesa y la saludó como se hacía en la corte”.
Una gran reverencia. ¿Son o no son dos mundo completamente
diferentes? El mundo del respeto, el mundo de la veneración, el mundo de
la humildad, de un lado; el mundo del orgullo, el mundo del paganismo,
el mundo de non servían del otro lado.
“La princesa Elisabeth, a cada señora que iba a morir, respondía
con una inclinación de la cabeza, llamaba a la señora y la besaba.
Después de eso la señora subía. La escena era de una tal majestad que
los revolucionarios no osaban hacer nada”.
Porque hay realmente ciertas cosas que no son posibles. ¡No es
posible! Delante de la muerte, delante de aquella canallada
revolucionaria, un tal coraje de una señora, que corría el riesgo de
llevar una paliza antes de morir. Y aquella profunda reverencia y el
beso de la princesa, y todo hecho con aquella suavidad de maneras del
Ancien Régime, aquel beso en que se tocaban dos cabezas que de ahí a
poco irían a rodar, los señores están comprendiendo lo que eso
significa.
“Su gesto fue repetido por todas las otras señoras; después
vinieron los hombres que hacían una profunda reverencia delante de la
princesa; algunos llegaron a doblar las rodillas delante de ella. Ella
también respondía, ellos subían y eran también decapitados. Fue la
última recepción de Elisabeth de Francia, y fue la última vez que ella
aplicó el protocolo de la corte francesa. Por ocasión de cada ejecución,
la princesa rezada en voz alta el De produndis”.
De profundis es un salmo que dice: “Desde lo profundo del
abismo en que me encuentro, Señor, Señor, elevo mi voz; que vuestros
oídos sean accesibles a la voz de mi aflicción”, etc.; se canta, es un
salmo que la Iglesia reza por los moribundos o por los difuntos.
“La multitud aullaba de satisfacción y el joven Calixto de Montmorin gritaba alto: ¡Viva el Rey!”
Son dos mundos. Es la confrontación de dos mundos. Ése era un chouan,
era el caballero de los antiguos tiempos, era el héroe que sustentaba
la fe de la tradición, en cuanto los otros pertenecían al mundo
comunista que estamos viendo aquí, que era apoyado por otro hombre, que
iba a ser ejecutado también, llamado Batista Dubois.
“Cuando la última víctima se inclinó delante de la princesa, ella
dijo con entusiasmo: Coraje y fe en la misericordia de Dios. Ella fue
la última en llegar al cadalso. En el momento en que iban a amarrarla a
la tabla…”
Porque la víctima era amarrada a una tabla.
“… en el momento en que ella iba a ser amarrada a la tabla, un echarpe…”
Quiere decir, uno de esos mantos o especie de bufanda para enrollar en el cuello.
“… de lino que ella tenía se cayó, dejando aparecer en el cuello
una medalla con el Inmaculado Corazón de María. El ayudante del verdugo
quiso robar el echarpe, pero la princesa, con voz emocionada…”
Es la primera vez que ella manifiesta emoción a lo largo de todo este drama.
“… exclamó lo siguiente:…”
No nos podemos imaginar en lo que ella estaba pensando en el momento
de morir; ¿Cuál es el pensamiento de ella? Ella exclamó lo siguiente:
“En nombre de vuestra madre, Monsieur, cubridme”.
Era un pensamiento de pudor. Ella no quería que ninguna parte de su
cuerpo fuese vista. Entonces, ella quedó naturalmente con alguna parte
del pecho descubierto, y viendo que era un miserable a quien nada podía
pedir en nombre de Dios, ella procuró en aquella hora una fibra humana
que aún hubiese en aquél canalla. Y ella le dijo con mucha cortesía,
llamando de “Monsieur” (Señor) a un bandido de aquellos. Dice:
“Monsieur, en nombre de su madre, cubridme”. ¡Estamos viendo cuánta
presencia de espíritu! ¡de pudor! ¡cuánto recato! Compárese eso con las
modas de hoy y podremos comprender la decadencia del mundo después de la
Revolución francesa.
“Fueron sus últimas palabras, eco de toda su vida, hecha de
dignidad y de pureza. Se produjo entonces un hecho extraño. Después de
su muerte, no se hizo oír el toque de tambores”.
Inmediatamente después de que el ejecutado moría, se tocaba un tambor
y el pueblo aullaba. Pero la muerte de ella produjo una tan impresión
que ni la canallada revolucionaria osó tocar el tambor. Quedaron todos
paralizados, quietos.
“Ni se oyó aullido y el grito de ‘viva la república’. El capitán
que debía dar la señal para los tambores, cayó desfallecido y de ahí fue
cargado ya medio paralítico y agonizante. Un silencio impresionante se
impuso sobre la multitud estupefacta, y todos los primeros biógrafos de
la princesa repiten que se sintió —como ocurre a veces en la muerte de
los santos— un penetrante perfume de rosa sobre toda la plaza de la
Revolución”.
* * *
Yo recuerdo otro episodio muy bonito de la Revolución, y con eso yo
termino el “Santo del día” de hoy. Está en esa línea: es la muerte de
Luis XVI. Luis XVI fue ejecutado antes que ella. Él era un hombre
extraordinariamente corpulento. Era un atleta. Y fue llevado de la
prisión hasta la guillotina, en un coche, con un sacerdote. La historia
de ese sacerdote es curiosísima. Ese padre era un padre de origen
escocés, se llamaba Edgeworth de Firmont (1745 – 22-5-1807).
Era de una familia escocesa expulsada de Escocia por los
protestantes, y que unas tres o cuatro generaciones antes fueron a vivir
a Francia. Y en la familia de ese padre siembre hubo una tradición
medio profética de que ellos tendrían un descendiente que iría a dar los
últimos sacramentos al rey de Francia, preso. Cuando el rey de Francia
fue condenado a muerte, él, con el riesgo de su vida se aproximó, pidió a
las autoridades revolucionarias para que le permitieran dar la
absolución al rey. No se sabe cómo, pero las autoridades permitieron que
él entrase y acompañase al rey, dentro del carro, hasta la guillotina.
Cuando los dos llegaron en el carro hasta la guillotina, descendieron
y el verdugo fue al encuentro del rey para amarrarle las manos al rey,
porque se hacía eso con los prisioneros que iban a ser muertos. Cuando
el verdugo llegó, el rey consideró que aquello era una insolencia, y
agarró al verdugo con las dos manos y le dijo: “Eso no”, e inmovilizó al
verdugo. Y el rey se volteó para el padre y le dijo: “Señor cura, ¿qué
piensa el Señor de eso? El padre le dijo: “Si vuestra majestad
permitiese que sus manos fuesen amarradas, será más una semejanza entre
su muerte y la de nuestro Señor Jesucristo”. Inmediatamente soltó al
verdugo y extendió las manos que fueron amarradas y él subió hasta donde
estaba la guillotina…
Ahí tenemos el espíritu de las cosas. Podemos comprender en flashes
vivos lo que es la Revolución y lo que es la Contrarrevolución. Lo que
fue una época que terminó, pero que dejó un filón del cual somos un
prolongamiento vivo, y una época que entró y que produjo este mundo de
horrores que estamos viendo aquí. Ahí está un flash de un “Santo del
día”.
El
presente texto es una adaptación resumida de la transcripción de la
grabación de una conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, no
ha sido revisada por el autor. Si
él viviese, ciertamente pediría que se colocase explícita mención de
su filial disposición a rectificar cualquier discrepancia en relación al
magisterio de la Iglesia, con sus propias palabras: “Católico
apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial celo a la
enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, por lapso, ocurra que
algo no está conforme a aquella enseñanza, desde ya la rechaza
categóricamente”. Las
palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el
sentido que les da el Prof. Plínio Corrêa de Oliveira en su libro “Revolución y Contra-Revolución”
(*) Los santos del día eran unas breves reuniones en las que el Prof. Plinio Correa de Oliveira comentaba relacionado con el santo de aquel día. Texto no revisado por el autor.