miércoles, 4 de febrero de 2026

S A N T O R A L

SAN JOSÉ DE LEONISA, SACERDOTE DE LA SAGRADA ORDEN DE P. MENORES CAPUCHINOS

De Juan Desidcri y de Francisca Paolini, ambos piadosos y honrados, nació el glorioso san José, en Leonisa, lugar de la provincia de Abruzo del reino de Nápoles, en el año de 1550. Siendo aun de corta edad, perdió sus padres, que murieron en pocos días con gran sentimiento de José, quien no obstante esta pena se resignó perfectamente en la voluntad de Dios, que es el soberano dueño de la vida y de la muerte. Este accidente le obligó á transferir su habitación a Viterbo, donde vivía un tío suyo, que tomó la tutela y cura de él: y después de algún tiempo pasó á la ciudad de Espoleto á estudiar las letras humanas. En todos estos lugares llevó José una vida pura, devota é inocente, y aplicada a la oración, a la frecuencia de los sacramentos y á otros ejercicios espirituales. Para conservar el tesoro de la castidad, que entre los ardores de la juventud está expuesto á tantos peligros, se alejó siempre do las malas compañías, de las comedias, de los bailes y de la conversación de personas de sexo diverso, con las cuales era tan recatado, que evitaba todo lo posible el verlas; imitando en esto al santo Job, que, como dice él mismo, había hecho un pacto con sus ojos, para que no mirasen el rostro de ninguna mujer, aunque fuese virgen y honesta. En este tiempo fué José acometido de unas calenturas, que le molestaron mucho tiempo. Esta larga enfermedad le sirvió para conocer más claramente, cuan vanas y falsas sean todas las cosas de este mundo; y cuan frágil y corta sea la vida del hombre: por lo que, alumbrado con una luz celestial, resolvió trabajar solo para adquirir bienes que fuesen sólidos y estables, como son los del cielo, y aspirar con todas sus fuerzas á aquella vida, que sola merece este nombre, porque dura por toda la eternidad. A este fin pidió á los padres capuchinos, que le admitiesen en su sagrada orden, sin decir cosa alguna á sus parientes, ni aun á su tío; recelando que procurarían estorbarle la consecución de sus santos designios; pues dicho su tío estaba actualmente tratando de colocarle en matrimonio con una honesta y muy rica doncella de la misma ciudad de Viterbo.
Vistió, pues, José el hábito de capuchino en el convento nombrado dé la Carcerelle de Asís, teniendo diez y siete años de edad; y entonces, dejando el nombre de Eufranio, que recibió en el bautismo, tomó el de José. Entretanto, habiendo sabido su tío su ingreso en la religión, tuvo tan extraño sentimiento, que parecía haber perdido de todo punto el juicio, y procuró desde luego hacer todos los esfuerzos posibles para que dejase el hábito. Á este efecto envió á Asís á un primo suyo, llamado Lelio Ercolani, con otras personas, para que ya con lisonjas, ya con amenazas, ó por amor ó por fuerza hallasen modo para que el sobrino consintiese á su voluntad. Mas todo fué inútil; porque José, que se había abrazado con la cruz de Jesucristo, estaba tan fuertemente unido á ella, que nada fué bastante á separarlo; y despreció con gran valor las lisonjas y las amenazas, así de su tío, como de su primo Ercolani y de los otros parientes; quienes viéndole constante é inmoble en su propósito, le dejaron finalmente en paz. Aunque José se había criado en casa de su tío con tanta comodidad y regalo, apenas hubo vestido el hábito de religioso, cuando emprendió con fervor extraordinario la carrera de la penitencia, en la cual fué admirable en todo el curso de su vida. Porque no satisfecho de las penitencias y asperezas de su religión, que son muchas, y de no leve momento, practicó otras particulares de tal peso y número, que parecería increíble, si no lo asegurasen con juramento personas dignas de toda fé en los procesos hechos para su canonización. Tenia distribuido el año en ocho cuaresmas, y el de 1599 lo ayunó todo entero, para prepararse al santo jubileo, que debía publicarse el año siguiente de 1600. En los días en que no ayunaba, se reducía su comida á pan el más negro y duro que hallaba, á alguna escudilla de legumbres, ó algún plato de yerbas crudas del campo, sobre las cuales solía echar ceniza, y á veces polvos de ajenjos: en algunas ocasiones recogía las hojas de cebollas y ajos medio consumidas, y se las comía como por sainete, mojadas con vinagre; y una cuaresma entera, predicando en san Jaime de la Porta, bebió agua de una balsa llena de gusanos, diciendo á su cuerpo, que él no era otra cosa. Para macerar su carne, primero se ciñó una cuerda de cerdas de caballo tan áspera, que habiéndosela querido ceñir otro religioso muy penitente, no la pudo sufrir una sola noche: más pareciéndole á José sobrado suave, substituyó á ella una cota de malla sembrada de agudísimas puntas, que llevó por espacio de once años. Pero atribuyendo los médicos á este excesivo rigor los dolores cólicos, que frecuentemente padecía, los superiores le mandaron se la quitase; obedeció prontamente el santo, más para no dejar descansar su cuerpo se vistió la piel de un jabalí, apretadas las cerdas contra la carne; y después se ciñó una gruesa cadena de hierro, que se le introdujo algunas veces en la carne,la cual llevó toda su vida. Y no contento con estos rigores, tomaba todos los días una disciplina con cadenas de hierro, ó con cuerdas armadas de puntas de acero, con las cuales se azotaba tan reciamente, que su cuerpo quedaba bañado en sangre, causando horror á los religiosos que alguna vez lo observaron. Su pobreza fué tan asombrosa, que halló que cercenar aún en el uso de aquellas pocas cosas, que el instituto seráfico permite á sus religiosos. Su hábito era siempre uno de aquellos, que por raídos y rotos dejan los demás religiosos; el cual remendaba sin proporción, por parecerse más á los mendigos: y enamorado de la santa pobreza, jamás quiso aceptar hábito nuevo. Escogía en los conventos las celdas más angostas y expuestas al ruido; y en ellas no tenía otras alhajas que un breviario viejo, dos pequeñas cañas, que le servían la una de tintero, y la otra de pluma para escribir; y otra mayor que le servía de báculo para los viajes, no teniendo en ella otras imágenes que la de un devoto crucifijo, que traía siempre consigo. Estas exteriores mortificaciones que usaba el bienaventurado José, eran anonadas de las virtudes interiores: de la humildad, dé la obediencia, y de una ardentísima caridad con que amaba á Dios y á sus prójimos. Sentía en extremo, que se alabasen sus santas obras: era tal al respeto que tenía á sus superiores, que cuando les hablaba era siempre de rodillas, y con la cabeza descubierta. Obedecía ciega y prontamente á todo lo que le ordenaban. Sobre todo, relucía en nuestro santo una afición ardentísima al saludable ejercicio de la oración, en la cual Dios la favorecía en una manera tan extraordinaria, que sus confesores aseguraron con juramento, haber llegado al sublime grado de la contemplación pasiva: en el cual su alma gozaba sin ningún trabajo de las inefables dulzuras de su Criador. En este divino ejercicio se encendía en su pecho tal fuego de divina caridad, que le era muchas veces forzoso suspender su meditación, por no poder sufrir tanto incendio, y exponer la cabeza al aire, á la lluvia y á la nieve para templarla.
Admirando los superiores en nuestro José una ciencia y una virtud eminente, no quisieron que tuviese sepultados los talentos ; y así le mandaron que predicase la palabra de Dios, y el santo por obedecer emprendió con inexplicable fervor este elevado ministerio, predicando en las provincias del Abruzo y de la Umbría, con extraordinario fruto de sus oyentes. Aunque el santo estaba adornado de una ciencia nada común, no quería predicar jamás en las ciudades y villas grandes, sino en los lugares y aldeas, diciendo, que aquí había mucha mies, y pocos operarios; pero que en las ciudades principales no faltaban jamás buenos predicadores. Discurría, pues, el siervo de Dios por los lugares y aldeas de estas provincias, como Jesucristo por las de Palestina, haciendo guerra á los vicios, con las armas de la palabra de Dios, que predicaba con estilo sencillo y acomodado á la capacidad de la pobre gente; pero con tanta unción y con un corazón tan penetrado de las verdades que anunciaba, que compungía maravillosamente á sus oyentes, que se deshacían en llanto, pidiendo en altas voces á Dios misericordia y perdón de sus pecados. Predicaba en un día en tres, cuatro y más pueblos, sobre materias y asuntos diversos; y hubo día que predicó once sermones en once pueblos distintos, sin que las lluvias, nieves, ríos, huracanes, la aspereza de los montes y lo fragoso del camino pudiesen detenerle jamás en esta empresa. Un lunes primero de cuaresma, habiendo ya predicado cuatro sermones en cuatro distintos pueblos, pasó al anochecer á Castel de Peze para predicar el quinto: sobrevínole en el camino una copiosa lluvia, que le penetró el hábito; pero con todo, al llegar á la iglesia, él mismo hizo señal con la campana, para congregar el pueblo al sermón, y predicó tres horas enteras del juicio universal, iba una vez á predicar á Fosona, y por el camino tropezó con un tronco escondido debajo de la nieve, y se maltrató el dedo grande del pié: el compañero quería curarle, pero el siervo de Dios no lo quiso consentir, temiendo que con la detención que haría en esta diligencia, no pudiese llegar al pueblo á la hora prefijada. Yendo en otra ocasión á predicar á la otra parte del río Tronto, vio que había crecido tanto, que era invadeable: no se espantó el bienaventurado José, antes confiado en la protección de Dios, tendió su manto sobre las corrientes del río, y sobre él pasó con su compañero, con pasmo de muchas personas, que estaban en las orillas observando esta maravilla.
Aunque el fruto, que con sus sermones hacia el santo en los lugares del Abruzo y de la Umbría era copiosísimo, con todo no pudo satisfacer á los ardores de su caridad. Deseaba predicar la palabra de Dios á los infieles, para convertirlos á nuestra santa fé, ó á lo menos para hallar entre ellos ocasión de sacrificar su vida en su defensa; que era á lo que anhelaba su inflamada caridad. Por esto, estando informado que se había resuello enviar á Constantinopla una misión de religiosos capuchinos, para que atendiesen á la instrucción y alivio de los esclavos cristianos, y á la conversión de los bárbaros, cuando se les ofreciese alguna oportuna ocasión: nuestro santo hizo las mas vivas instancias al padre general para que le enviase á aquella misión, y el padre general condescendió por fin á sus deseos; y en el año de 1587 le despachó sus patentes, con las cuales lo destinaba para aquella misión. El siervo de Dios, lleno de júbilo, se embarcó en Venecia para aquel destino con fray Gregorio de Leonisa, religioso lego de su misma provincia. En los primeros días tuvo una feliz navegación; más les sobrevino después una tempestad tan desecha, que todos los marineros se dieron por perdidos; pero Dios sosegó aquella tormenta, y les restituyó la calma por las oraciones del santo. Habiendo los marineros tomado tierra para reparar su nave, el siervo de Dios se embarcó en otra para proseguir su viaje, pero sobrevinieron tales calmas, que difiriéndose este mucho más de lo que se creía, se acabaron enteramente los víveres de la embarcación, y los marineros se vieron en un riesgo inminente de perecer de hambre: sacó en este apretado lance el siervo de Dios un mendrugo de pan y lo bendijo, y Dios le multiplico de tal modo, que él solo bastó para alimentar á todas las personas de la nave por muchos días, hasta que tomaron tierra: por donde prosiguió felizmente José su camino hasta la ciudad dé Constantinopla, donde se presentó inmediatamente al prefecto de la misión de los padres capuchinos, quien le destinó á cuidar del bien espiritual y temporal de los pobres esclavos cristianos, que se hallaban encerrados en un corral llamado el Baño. Así que José entró en aquel lugar, quedó traspasado de dolor, viendo las gravísimas miserias de aquellos cristianos que estaban encadenados, y se hallaban, para decirlo así, sumergidos en la inmundicia y suciedad; y estaban la mayor parte cubiertos de llagas sin remedio ni alivio alguno, y privados de todo socorro espiritual y temporal, en peligro evidente de renegar de la fé, á fin de librarse de aquel estado infeliz. Por eso se aplicó con un amor paternal á consolarles, y animarles á sufrir con paciencia sus males, con la esperanza de la recompensa que Dios les tenia prevenida en el cielo, ofreciéndose pronto á emplear todas sus fuerzas y diligencia, para procurarles todos los socorros espirituales y temporales que le fuese posible. A este fin iba todas las mañanas á aquel corral, y allí se detenía hasta el anochecer; y alguna vez se detuvo con ellos semanas enteras, sin apartarse jamás de aquel encerramiento, administrándoles los santos sacramentos, y alimentándoles con la palabra de Dios, que producía entre ellos frutos tanto más copiosos, cuanto veían los pobres esclavos, que el santo se interesaba con grande afecto en todas sus necesidades, curando sus llagas, y asistiéndoles y procurándoles todos los alivios que se le permitían: por lo que en poco tiempo desterró de aquel encerramiento las palabras obscenas, los perjurios, las blasfemias, los juegos, los odios y la desesperación: de modo que aquel lugar que basta entonces había sido un cúmulo de iniquidad, por la diligencia del siervo de Dios, se vio convertido casi en un monasterio de religiosos.
Pero el ardiente celo de nuestro santo por la salud de las almas, redimidas con la sangre de Jesucristo, no se ciñó á solos los cristianos; porque mirando con los ojos de la fé la infelicidad de los mahometanos, que perecían eternamente en su impía secta, penetrado de compasión de su estado miserable, emprendió el procurar la conversión de aquellos con quienes contraía alguna amistad, y con su dulce conversación y santa destreza consiguió convertir á algunos á la fé de Jesucristo, y reducir al gremio de la santa iglesia católica á otros, que habían renunciado al cristianismo; y entre otros, á un obispo griego, que para conseguir el empleo de bajá, esto es, de gobernador, había vergonzosamente abrazado el mahometismo; al cual después condujo consigo á Roma cuando volvió á Italia. Estos felices sucesos animaron mucho mas su santo celo; y así le vino el pensamiento de presentarse al Gran Señor de los turcos, y de hacer todo el posible esfuerzo para inducirle á abrazarla religión cristiana; porque ganada la cabeza, cosa fácil sería el propagar el nombre de Cristo por todo aquel vasto imperio. La dificultad casi insuperable, era el poder hallar ocasión de hablar con el príncipe; y diferentes veces que lo probó fué repelido con injurias, villanías y golpes. Más todavía no perdió el ánimo, y una mañana se dio tan buena diligencia, que sin ser advertido, consiguió penetrar hasta la tercera antecámara del cuarto del Gran Señor: pero siendo aquí descubierto de las guardias, fué desde luego preso: y reconocido por cristiano, como traidor y asesino, que hubiese querido atentar á la vida del príncipe, fué inmediatamente condenado á un cruel suplicio, llamado del Gancho. Consiste este suplicio en una gruesa viga plantada en tierra, sobre la cual se extiende otro pedazo de viga á manera de un brazo de cruz, y de este brazo están pendientes dos cadenas, la una mas larga que la otra, las cuales van á rematar en dos ganchos agudos, y aquí se suspende al paciente, clavándole un gancho en una mano, y el otro gancho en un pié, quedando el cuerpo suspendido en el aire, sostenido de los dos ganchos. En estos ganchos fué suspendido nuestro santo, el cual estuvo tan lejos de espantarse, ni de afligirse á vista de tan horrible suplicio, que antes al contrario mostró alegría y júbilo, de poder acabar de este modo la vida con el martirio. Tres días y tres noches estuvo el siervo de Dios colgado de estos ganchos, clavados en la mano y en el pié, padeciendo los intensísimos dolores que se dejan discurrir; pero en medio de ellos predicó con gran fervor la fe de Jesucristo: exhortando á recibirla á la multitud de gente que había acudido al espectáculo, de suerte que los soldados de la guardia, enfadados de oírle predicar la ley cristiana, encendieron fuego debajo de él, á fin de que el humo lo ahogase, ó á lo menos le hiciese callar. Debía el santo naturalmente morir dentro de pocas horas en aquel suplicio; pero Dios nuestro Señor con un prodigio estupendo lo libró de la muerte, enviándole al cabo de tres días un ángel en forma de un joven, que lo descolgó del patíbulo, le sanó de las heridas, y lo mandó volver á Italia.
Aunque el siervo de Dios se desentrañaba, solicitando el bien espiritual y temporal de sus prójimos, y con obras de misericordia y acciones santas de su vida irreprensible se ganaba el cariño de los pueblos; con todo, no faltaron hombres malvados que le injuriaron, afrentaron y maltrataron de muchos modos; porque algunos, llenos de prudencia mundana, no aprobaban el fervoroso celo con que nuestro santo hacia guerra á los vicios, á los abusos y costumbres recibidas en los pueblos, que no eran conformes á la pureza de costumbres que exige la religión cristiana: censuraban como efecto de un celo imprudente é indiscreto, el ardor con que el santo abominaba los bailes, las comedias y otras diversiones semejantes; pero él, riéndose de su prudencia, no cuidaba sino de conservar el honor de Dios, y de impedir sus ofensas por todos los medios que podía. Otros que estaban sumergidos en los vicios que no querían dejar, no podían sufrir las ardientes y severas invectivas con que los reprendía, y se enfurecían contra el siervo de Dios, diciendo contra él todo lo que les venia á la boca. Fué horrible el caso que le sucedió con un cuñado suyo, llamado Hércules Mastrosi. Había este usurpado los bienes de un hermano suyo difunto, que había hecho heredera a la congregación de san Salvador de Leonisa: el santo le había amonestado varias veces, que entregase á la congregación los bienes del difunto hermano, que injustamente retenía, pero sin fruto: un día que le encontró acaso en la plaza de Leonisa, le volvió á hacer la misma amonestación con mayor resolución: el cuñado le respondió con palabras descomedidas; y prosiguiendo el santo en reprenderle la tenacidad con que rehusaba satisfacer á esta grave obligación de conciencia, con tanto perjuicio de la congregación y de su propia alma, se enfureció tanto su cuñado, que tomándole el capucho se lo retorció de tal modo por el cuello, que lo ahogara, á no haber acudido á defenderle la gente que presenció tan horrible sacrilegio. Mas ni esto, ni todos los demás ultrajes que padeció, pudieron jamás hacerle perder la paciencia, ni quitarle aquella paz altísima de que gozaba su espíritu, abrazado con su Criador en un perfectísimo é íntimo amor. Había ya más de veinte años, que el santo, desde que se restituyó de Constantinopla á Italia, se ocupaba en el ministerio apostólico de instruir los pueblos de las provincias del Abruzo y de la Umbría, con la eficacia de los sermones, y con los ejemplos de su vida austera, mortificada y en extremo penitente; cuando se le acercó el tiempo, que con muchas ansias deseaba, de desatarse de los lazos de la carne, para unirse eternamente con Cristo en el cielo; de lo que el santo tuvo un secreto presentimiento. Se hallaba conventual en el convento de Amatrice en el año 1611, cuando en el principio del mes de octubre fué acometido de una calentura ardiente, acompañada de un agudísimo dolor de cabeza, y de una total inapetencia, que le duró por espacio de tres meses, la cual el santo sufrió con una invencible paciencia: á estos males se le añadió una gangrena en las partes más sensibles, del cuerpo, para cuya curación fué preciso á los cirujanos usar del hierro y del fuego: en estas ocasiones se portó el santo con tan heroica paciencia, que parecía haber perdido el sentido, y que aquellas dolorosas operaciones no se ejecutasen en su propio cuerpo, sino en el de otro. Por fin, habiendo hecho una confesión general de toda su vida, en el dia 3 de febrero de 1612 recibió con extraordinaria devoción el santísimo Sacramento, y en la noche siguiente la santa Unción; y en el día 4 puestos los ojos en un crucifijo, en presencia de los religiosos del convento, del gobernador y ayuntamiento del lugar (que se deshacían en lágrimas por tan inminente pérdida) entregó su purísima alma á su Criador. Apenas hubo espirado, su rostro, que por las penitencias y fuerza de la enfermedad se hallaba pálido, denegrido y desfigurado, se puso de repente colorado y hermoso, exhalando al mismo tiempo su cuerpo un olor suavísimo; y habiéndole abierto, no se halló en sus entrañas excremento alguno, sino que se hallaron llenas de un humor lácteo. Fué el cuerpo del santo sepultado en el mismo convento de Amatrice; pero al cabo de treinta años de su muerte, los moradores de Leonisa acudieron con mucha gente armada al dicho convento, y se llevaron á Leonisa las reliquias de su bienaventurado paisano. Beatificóle Clemente XII, el año de 1636; y después Benedicto XIV, en el año de 1746, le canonizó solemnemente.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

martes, 3 de febrero de 2026

S A N T O R A L


SAN BLAS, OBISPO Y MÁRTIR


La vida de san Blas, obispo y mártir, sacada de Simeón
Metafraste, es de esta manera. Fué san Blas desde niño muy bien inclinado, modesto en la juventud, y en toda la vida temeroso de Dios.
Aficiónesele todo el pueblo por sus grandes virtudes, é hicíeronle obispo de la ciudad de Sebaste, que es en la provincia de Armenia. Después por divina inspiración se retiró á un monte, que se llamaba Argeo, é hizo vida algún tiempo en una cueva, á la cual venían cada dia las bestias fieras de aquellos campos para honrar al santo, y ser curadas de él, y recibir su bendición; y si acaso venían, estando en oración, no le interrumpían, ni le estorbaban, antes aguardaban, que la acabase, y sin su bendición de allí no se partían: para que se vea, como el Señor honra á sus santos, y que todas las críaturas le obedecen; y se entienda aquella excelencia, é imperio que tuvieron nuestros primeros padres sobre las bestias en el dichoso estado de la inocencia. Halló san Blas delicias en la cueva, obediencia en las fieras, seguridad en los monstruos, abundancia en los desiertos, y deleite en la soledad. Vino un presidente de los emperadores Diocleciano y Maximiano, llamado Agricolao, á la ciudad de Sebaste, y comenzó á perseguir el rebaño del Señor, y por medio de sus ministros, como lobos hambrientos y crueles, hacer riza en las ovejas de Cristo, mientras que los naturales y verdaderos lobos besaban mansamente los pies de Blas su pastor; siendo los hombres por su maldad mas feroces y crueles contra los hombres, que lo eran las bestias por su naturaleza. Pareció al presidente, que era bien acabar de una vez con los cristianos, que tenía presos, y hacerlos despedazar de las fieras, para que así tuviesen mas crudo y vil tormento, y su sepulcro fuese el vientre de ellas, y el pueblo tuviese algún entretenimiento, y regocijo. Para esto envió sus ministros á caza de las mismas fieras, los cuales cercando el monte Argeo, llegaron á la cueva, donde estaba san Blas, y hallaron delante de ella gran número de animales feroces, leones, tigres, osos, lobos y otros, que le hacían compañía con gran concordia y amistad. Espantados de esto, entraron con curiosidad dentro de la cueva, y vieron al santo sentado, absorto en Dios, suplicándole, como se puede piadosamente creer, por la paz y tranquilidad de su Iglesia. Volvieron luego á la ciudad, y dieron razón al presidente de lo que habían hallado y visto; y él envió gran número de soldados á aquel monte, para que buscasen con gran diligencia los cristianos, y le trajesen todos los que hallasen.

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Llegados á la cueva, hallaron á san Blas solo, orando y alabando al Señor, y dijéronle: «Ven con nosotros, que el presidente te llama»: Y el santo con grande alegría les dijo: «Hijos míos, seáis muy bien venidos: muchos días ha, que estoy aguardando: yo me he dejado gobernar aquí dentro de mi Señor; ahora por su voluntad de buena gana os seguiré. Esta noche me apareció tres veces, y me dijo, que me levantase, y ofreciese el sacrificio que suelen ofrecer los sacerdotes: por tanto, hermanos, vamos, vamos en el nombre de Dios». Llevaban los soldados al santo; y él con sus palabras encendía los corazones de los que lo oían, y con los milagros, que obraba en el camino, se convertían á la fé del Señor. Llegado á la ciudad, el presidente le mandó echar en la cárcel, y al día siguiente traerle delante de sí; y queriéndole tentar con blanduras, le dijo: «Seáis bien venido, Blas amigo mío carísimo, y de los dioses inmortales». A esto respondió Blas. «Dios te guarde, ó presidente: y para que te guarde, yo te ruego, que no llames dioses á los demonios, en cuyas manos serán entregados todos los que los adoran, y tienen por dioses». Quedó atónito el presidente de esta respuesta tan libre del santo, y estuvo un poco suspenso, pensando, lo que había de hacer con él, y encendiéndosele la cólera, le mandó allí luego apalear, y así lo hicieron los sayones con gran fuerza, y por muchas horas, estando el santo con grande constancia, y alegría; y haciendo burla del presidente le dijo: O engañador de las almas, y desatinado, ¿piensas, que por tus tormentos me tengo de apartar de Dios? Nó, nó; que el mismo Señor está conmigo, y me conforta; por tanto haz de mí lo que quisieres. Mandóle el presidente volver á la cárcel: y estando en ella, una piadosa mujer, viuda, y vieja, le trajo de comer, y echándose á sus pies, le suplicaba, que aceptase aquella miseria que de su pobreza le ofrecía. El santo la aceptó, y se la agradeció, alabando la buena voluntad, con que se la había traído, y exhortándola, que hiciese siempre bien á todos los pobres, que pudiese, y prometiéndole, que no solamente á ella, mas á todos sus devotos procuraría vivo, y muerto, socorrerlos en sus necesidades.

Traían al santo todos los enfermos de aquella comarca, y él por sus oraciones los sanaba: y entre ellos fué un muchacho, al cual, comiendo de un pez, se le había atravesado una espina en la garganta, y le ahogaba, y estaba ya para espirar; y traído con muchas lágrimas, y suspiros por su madre á los pies del santo, él suplicó al Señor, que le sanase, y á todos, los que tuviesen aquel mal, y se encomendasen á él: y con esto quedó sano, y Dios nuestro Señor hizo tantos, y tan señalados milagros por la intercesión de san Blas, sanando á muchos, que tenían alguna espina, ó hueso atravesado en la garganta, que Aecio, médico griego antiquísimo, entre otros remedios, que escribe para este mal, pone la invocación de san Blas, y dice, que tomando al enfermo por la garganta, le digan estas palabras: Blasius mártir, et servus Christi, dicit: Aut ascende, aut descende: Blas mártir y siervo de Cristo, manda, que, ó subas, ó bajes; que es señal, que se usaba mucho en su tiempo.

Pasados algunos días, mandó Agricolao parecer otra vez al santo obispo en su tribunal, y hallándole cada vez más constante, y firme en su santo propósito, le mandó colgar de un madero, y azotarle crudamente; y el santo, no haciendo caso de los azotes, alababa al Señor, porque le daba gracia para padecer por Él, dando con esto ejemplo de fortaleza á los circunstantes. Mandóle el presidente volver á la cárcel, y llevándole, iban tras él siete mujeres devotas, y llenas de piadoso afecto, recogiendo la sangre, que destilaba de sus llagas, y caía en tierra, y con ella se ungían con gran fervor. Fueron presas las santas mujeres y llevadas al presidente: el cual les dijo, que sacrificasen á los dioses, ó que se aparejasen para morir. Respondieron ellas, que enviase sus dioses á una laguna, que estaba vecina, para que levantándose ellas en el agua, les pudiesen con limpieza ofrecer sacrificio. Holgóse mucho el presidente de esto, y mandó que así se hiciese: mas las santas mujeres tomaron los dioses del presidente, y los echaron en la laguna: lo cual sabido por Agricolao, no se puede creer fácilmente lo que se embraveció, y haciendo encender una gran  de hoguera, con plomo derretido, y siete planchas, ó como camisas de hierro, les dijo, que escogiesen una de dos: ó adorar á los dioses, ó probar si aquel fuego ardía, y el plomo derretido quemaba. Diciendo él esto, una de aquellas santas mujeres, que tenía allí consigo dos hijos pequeños, tomó corrida hacia el fuego, y los dos hijos le rogaban, que no los dejase vivos, muriendo Ella, sino que como les había dado esta luz corporal, los ayudase, para ver la celestial, y gozar de su Señor. Turboso sobremanera Agricolao, cuando oyó las voces, y vio las lágrimas de los niños; y atravesado como de una aguda espada de dolor, dio un suspiro, y dijo: ¡Qué! ¿las mujeres y los niños hacen burlado nosotros? Y mandó colgarlos y rasgar sus carnes con peines de hierro: mas, ¡ó bondad del Señor!, no corría sangre de las llagas, sino leche, y sus carnes estaban más blancas que la nieve: y al mismo tiempo que los verdugos desgarraban los cuerpos de las santas, los ángeles los sanaban, y apareciéndoles visiblemente, les decían: No os espanten los tormentos: pelead, que venceréis y seréis coronadas: pasará en breve esto trabajo; y el galardón durará para siempre. Finalmente, el presidente las mandó echar en el fuego, y habiéndolas el Señor librado de él, y salido sin lesión alguna, dio sentencia, que les fuesen cortadas las cabezas; y así se hizo, habiendo hecho primero gracias al Señor por aquel beneficio, que de su mano recibían; suplicándolo que aceptase sus cuerpos y sus almas por sacrificio, y diciéndole todas siete con un espíritu, y con una voz: Gracias os hacemos, Señor; porque nos habéis dado gracia que seamos sacrificadas en este altar, como inocentes corderas. Quiso el presidente tentar otra vez á san Blas: y como no le sucediese, como él quería, mandóle echar á aquella laguna: mas él, haciéndole la cruz, andaba sobre las aguas sin hundirse, y sentándose en medio de ella convidó á los infieles, y ministros de justicia, que entrasen en el agua, como él, si pensaban, que sus dioses los podían ayudar. Entraron sesenta y ocho, y luego se ahogaron y fueron al fondo; y el ángel apareció á san Blas, y le dijo: O ánima alumbrada del Señor, ó pontífice amigo de Dios, sal de esta agua, para que recibas la corona de esta gloria inmortal. En continente el santo mártir salió de la agua con un rostro tan resplandeciente, que dio temor y espanto á los paganos, y alegría y contento á los cristianos. El presidente, confuso, y burlado, viendo lo poco que le aprovechaban sus invenciones y arte, le mandó degollar. El santo, estando ya para tender el cuello al cuchillo, hizo oración al Señor, suplicándole por todos los que en sus trabajos le habían ayudado, y por los que en los siglos advenideros se encomendasen á sus oraciones: y el mismo Señor le apareció, y con voz clara, y que todos lo oyeron, le dijo: «Yo he oído tu oración, y te he otorgado, lo que me pides»: y luego le fué cortada la cabeza, y con él, á los dos hijos, que dijimos, de aquella santa mujer, que se los había encomendado á san Blas á ruegos de los mismos hijos.

Este fué el fin glorioso de este santo pontífice. ¡Murió en Sebaste á los 3 de febrero, y en aquel día celebra la Iglesia su fiesta. Los cristianos tomaron su cuerpo, y le enterraron con grande devoción, y el Señor obró grandes milagros por su intercesión, y dio salud á muchos enfermos. En el martirio de este santo tenemos admirables ejemplos de fé, fortaleza, y constancia, y especialmente los prelados de la Iglesia le deben imitar como á santo prelado; y las mujeres á las santas mujeres, que por su devoción, y por recoger su bendita sangre, varonilmente murieron por Cristo; y hasta los niños pueden tomar por dechado á los niños, que fueron descabezados con el santo, queriendo antes seguir á su piadosa madre en la muerte, que quedar en esta miserable vida.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc