lunes, 9 de marzo de 2026

S A N T O R A L

LOS CUARENTA MARTIRES DE SEBASTE

Soldados de Cristo

Cuarenta nuevos protectores se presentan hoy en este tiempo de penitencia. Sobre el hielo mortífero del estanque que sirvió de campo de sus combates, se acordaban, como nos cuentan sus actas, de los cuarenta días que consagró nuestro Señor al ayuno y se sentían dichosos de que en su número estuviese significado este misterio. Comparemos sus pruebas a las que nos impone la Iglesia. ¿Seremos nosotros, como ellos, fieles hasta el fin? ¿Mereceremos que la corona de la perseverancia ciña nuestras frentes regeneradas en la solemnidad pascual? Los cuarenta mártires sufrieron, sin volverse atrás, el rigor del frío y las torturas que le siguieron; el temor de ofender a Dios, el sentimiento de la fidelidad que le debían, aseguraron su constancia.
¡Cuántas veces hemos pecado nosotros, sin poder alegar como excusa tentaciones tan rigurosas! Sin embargo, Dios a quien hemos ofendido podría arrebatarnos la vida en el mismo instante en que nos hacemos culpables, como ocurrió con aquel soldado infiel, que después de renunciar a la corona, pidió como premio de su apostasía, la gracia de poder volver a calentar sus miembros helados en un baño de agua tibia. Sólo encontró en él la muerte y la perdición eterna. A nosotros se nos ha dado tiempo y se nos ha perdonado misericordiosamente; recordemos que si la justicia divina no ha ejecutado sus derechos contra nosotros ha sido para confiarlos a nosotros mismos. El ejemplo de los santos nos ayudará a comprender lo que es el mal, con cuánto cuidado hay que evitarlo y cómo nosotros estamos obligados a repararlo.

Vida

Las actas de los mártires de Sebaste nos cuentan que, en el reinado de Licinio (hacia 320) cuarenta soldados sufrieron por Cristo. Después de arrojados en una cárcel y azotados cruelmente, fueron echados desnudos en un estanque helado en una noche de invierno. El guardián que los vigilaba vió bajar a los ángeles para distribuir coronas a los mártires. En esto, uno de ellos desertó; entonces el carcelero se declaró cristiano, se quitó los vestidos y corrió a unirse con los mártires; viendo esto los verdugos, les rompieron las piernas y todos expiaron en este suplicio excepto uno, el más joven, Melitón, que murió pocos momentos después en los brazos de su madre que le animaba a perseverar en su fe a Cristo. Sus cuerpos fueron quemados y sus reliquias fueron arrojadas en un riachuelo. Pero estas reliquias fueron encontradas milagrosamente en un mismo lugar, donde fueron recogidas con honor.

Todo cristiano es soldado

Soldados valerosos de Cristo, recibid hoy nuestro homenaje. Toda la Iglesia venera vuestra memoria; pero vuestra gloria es aún mayor en el cielo. Alistados en la milicia terrestre, erais, antes que nada, soldados del Rey de los cielos. Nosotros también somos soldados y marchamos a conquistar un reino que será el premio de nuestro valor. Los enemigos son numerosos y temibles, pero como vosotros, también nosotros podremos vencerlos, si somos fieles en usar las armas que el Señor ha puesto en nuestras manos. La fe en la palabra de Dios, la esperanza en su socorro, la humildad y la prudencia asegurarán nuestra victoria. Guardadnos de todo pacto con el enemigo, porque, si pretendemos servir a dos señores, nuestra derrota será completa.


Durante este tiempo de cuaresma, nos será necesario dar nuevo temple a las armas, curar las heridas, renovar nuestros propósitos; ayu­dadnos, velad para que no nos apartemos de vuestros ejemplos. También a nosotros nos espera una corona; aunque es más fácil de conseguir que la vuestra, podría escaparse de nuestras manos, si nosotros dejásemos desfallecer el sentimiento de nuestra vocación. Más de una vez, por desgracia, hemos como renunciado a la vida eterna. Hoy queremos hacerlo todo con el fin de ase­gurárnosla. Sois nuestros hermanos de armas; tanto a vosotros como a nosotros interesa la gloria de nuestro Jefe; apresuraos, santos mártires, venid en nuestra ayuda.

Fuente: El Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

domingo, 8 de marzo de 2026

Primer Sábado del Mes

Devoción al Rosario

 y al Inmaculado Corazón de María


En la segunda aparición en Fátima la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, 
con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.

Promesas de Nuestra Señora de Fátima

En la aparición de Junio de 1917, Nuestra Señora prometió a los tres pastorcitos que llevaría al Cielo a aquellos que abrazaran la devoción al Inmaculado Corazón de María. Al respecto, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, gran apóstol de la devoción mariana, comentó en una conferencia dictada en 1994: "La Santísima Virgen pide muy poco: Si lo hicieran os daré. Si no lo hicieran, no quiere decir que no os amaré, pero... si fuereis sedientos de aprovechar esta promesa de mi Inmaculado Corazón tanto más yo os amaré. ¡Venid!"
Sin embargo, cuántas personas adoptan una actitud indolente delante de promesas de éstas: las promesas del Sagrado Corazón de Jesús respecto a los nueve primeros Viernes; la promesa del Escapulario del Carmen, de ser sacado del fuego del Purgatorio en el primer Sábado, ¡qué promesas magníficas!".

S A N T O R A L

San Juan de Dios

Una persona simple, cuando tiene verdadero amor a Dios, puede realizar grandes hechos, y asimismo, alcanzar una elevada santidad

Plinio María Solimeo
San Juan de Dios salvando del incendio a los enfermos del Hospital Real de Granada, Manuel Gómez-Moreno González, 1880 Museo de Bellas Artes de Granada

Juan Ciudad Duarte nació en Montemor o Novo, en la provincia de Évora, Portugal. Sus padres eran tan humildes, que la historia no registró sus nombres.
Cuando tenía ocho años, oyó a un español elogiar las bellezas de las iglesias y palacios de su tierra natal. Deseó verlas con sus propios ojos, y siguió al extranjero hasta llegar a la ciudad de Oropesa, en Castilla. Sólo entonces se dio cuenta que estaba solo en el mundo, y que no sabía cómo regresar. Sentado a la vera del camino, se puso a llorar, y después a rezar el rosario. Aquella que es Auxilio de los Cristianos no se hizo la desentendida. Pasó entonces por ahí un labrador acomodado, que le tomó como pastor.

Entre soldado y pastor, no encuentra su vocación

Juan Ciudad creció y se volvió un muchacho robusto, ejerciendo siempre el humilde oficio de pastor. A los 22 años, obedeciendo a la voz de la gracia que le indicaba que había nacido para algo grande, resolvió probar fortuna como soldado. Y cuando el conde de Oropesa reunía reclutas para combatir a los franceses en Fuenterrabía, se inscribió para ir con ellos.
La vida licenciosa de los campamentos acabó ejerciendo una mala influencia sobre él, que poco a poco fue dejando las devociones; y al debilitarse su voluntad, sucumbió a las tentaciones. Se presentaron también otros peligros, como cuando montó una yegua que partió en carrera precipitada rumbo al campo enemigo. Como Juan la quiso frenar, próximo al campo francés ella le lanzó fuera de la silla, sobre unas piedras del camino. Temeroso de caer prisionero, imploró ardientemente el auxilio de la Reina del Cielo. La Santísima Virgen se le apareció y le dijo que aquella desgracia ocurrió porque ya no rezaba.
Sin embargo no se enmendó, y surgió un peligro aún mayor. Por ser muy honesto, el capitán de la guarnición le confió los despojos recogidos del enemigo, para después distribuirlos entre los soldados. Pero algunos de ellos se lo robaron. El capitán quedó tan indignado, que le mandó ahorcar, y Juan recurrió de nuevo a la Madre de Dios. Al pasar un caballero por el lugar, suplicó y obtuvo del capitán que le conmutara la pena por el destierro del campo de batalla. El antiguo pastor regresó entonces a Oropesa y a su antiguo oficio.
Algunos años después, ávido de defender la fe verdadera contra el Islam, Juan Ciudad se alistó en las tropas que acompañaron al emperador Carlos V a combatir al turco Solimán, que amenazaba con invadir Viena. El día 19 de setiembre de 1525 el moro sitió la capital austriaca, pero tal fue el ardor con que los católicos defendieron la ciudad, que Solimán abandonó la empresa, ordenando previamente la muerte de dos mil prisioneros como represalia.
De vuelta a la península, Juan Ciudad peregrinó al sepulcro del Apóstol Santiago, en Compostela, y se dedicó nuevamente al pastoreo. Pero la voz interior no le dejaba quieto en aquella vida pacífica de pastor. Resolvió ir entonces al África, para defender nuevamente la fe contra los moros. Cuenta la tradición que en Gibraltar comenzó a vender libros y estampas piadosas. Cierto día encontró en el camino a un hermoso Niño, vestido de harapos, que le dijo: “Juan de Dios, Granada será tu cruz”. Y luego desapareció. El veterano pastor tenía 40 años cuando retornó a España, estableciéndose en Granada donde montó una pequeña librería de obras y objetos piadosos.

Encuentro con el Santo de Ávila

San Juan de Ávila predicaba en una iglesia de la ciudad sobre San Sebastián. Oyéndolo, quedó tan conmovido que prorrumpió en sollozos, gritando: “¡Misericordia, Señor, Misericordia!” Y se golpeaba el pecho, arrancándose los cabellos y la barba, de tal manera que algunas personas, tomándole por loco, lo llevaron al manicomio de la ciudad. En aquella época, uno de los tratamientos para tales casos era golpearlos sin piedad, según el dicho: “El loco por la pena es cuerdo”. Para sufrir por Nuestro Señor, él no decía nada. Esto duró hasta que San Juan de Ávila tomó conocimiento de lo que ocurría, y fue en su auxilio. Con intuición profética, le convenció a dedicarse al servicio del prójimo, donde Juan Ciudad encontró finalmente su vocación.

«Todo el bien que haces a los pobres a Mí me lo haces»

Montemor o Novo, donde 
nació San Juan de Dios

En noviembre de 1537, alquiló una casa en Granada. Con limosnas compró camas, y salió en búsqueda de pobres y enfermos. A los que no podían caminar, los llevaba sobre los hombros. Nacía así el pequeño hospital que sería la cuna de la Orden de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios. Aquel humilde pastor, abrasado por la caridad, se volvió así un verdadero organizador y precursor de todos los métodos de beneficencia modernos.
Si cuidaba de los cuerpos, era para hacer bien a las almas. “¿Hace cuánto tiempo que no te confiesas?” le preguntaba a sus pobres.
Mostrándoles que muchas veces los males del cuerpo son consecuencia de los males del alma. Lavaba a los enfermos, curaba sus heridas, los consolaba, los alimentaba. Diariamente, después del atardecer, salía con un cesto de mimbre a las espaldas y dos calderos colgados de los hombros, a pedir limosnas para sus enfermos. “Hermanos, haced el bien a vosotros mismos” —gritaba por las calles, manifestando que quien da al pobre le presta a Dios.
A fin de practicar también la obediencia, fue a someterse al arzobispo. Éste le dio todo su apoyo y protección, autorizándole a usar el apellido de Dios, que le había dado el Niño Jesús. Como andaba siempre vestido de harapos, porque al primer pobre más necesitado que él que aparecía le entregaba la ropa que usaba, el prelado le dio un hábito como el de los religiosos, prohibiéndole darlo a quien sea que fuese.
Un hombre que vivía a costa de mujeres de mala vida se aficionó tanto al santo, que le daba muchas limosnas para sus pobres. Por un movimiento de la gracia, impresionado con tanta santidad y buen ejemplo, rompió aquella cadena maldita. Se puso bajo la dirección del santo, para auxiliarlo en el cuidado de los pobres y se convirtió en su primer discípulo.
Cuando surgieron otros discípulos, pasaron a usar el mismo hábito que él. Pero el santo no pensaba en hacerse religioso ni en fundar una orden religiosa, hecho que solamente ocurrió seis años después de su fallecimiento.­
Los milagros comenzaron a ocurrir. Cierto día, en que se demoró más de la cuenta recogiendo las limosnas, se le pasó la hora de asear a los enfermos y limpiar la casa. Cuando volvió, encontró todo hecho. Preguntó a los enfermos quién le había sustituido; le respondieron que él mismo. Entonces les dijo: “Mucho os ama Dios, hermanos, pues manda a los ángeles para que os sirvan”.
En otra ocasión encontró en la calle a un pobre tan pálido y macilento, que parecía presto a dar el último suspiro, y lo cargó hasta el hospital. Cuando quiso lavarle los pies, vio en ellos unas llagas hermosas y resplandecientes. Era Jesucristo, que le dijo: “Juan, todo el bien que haces a los pobres a Mí me lo haces”.

No filantropía, sino verdadera caridad

La caridad de San Juan de Dios no tenía límites. Obtuvo la conversión de mujeres de mala vida y las recogió en una casa para hacer penitencia; socorría a los pobres vergonzantes, es decir, a ricos que habían caído en la miseria; llevaba alivio moral y material a los presos; socorría a los obreros desempleados, a los estudiantes sin recursos y hasta a los monasterios necesitados; asistía a las casas de doncellas pobres, viudas desamparadas, amas de casa necesitadas y a todas les llevaba el sustento necesario; buscaba dote para casar doncellas, amparaba a las huérfanas en riesgo de perder su virtud; socorría a los pobres que tenían algún pleito para defender lo que era suyo y a los soldados con el sueldo atrasado. Su hospital era la casa propia de los pobres y peregrinos sin posada. Todo eso lo hacía con la intención de, a través de los cuerpos, salvar las almas.
Cabe aquí una ponderación de Don Guéranger, abad de la célebre abadía de Solesmes, en Francia. Como el “primer y mayor mandamiento” nos lleva a amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios, prácticamente desapareció la verdadera caridad, pues lo que se hace por los pobres en nuestros días resulta de razones meramente naturales, y no del amor de Dios. La caridad fue así sustituida por la filantropía: “La filantropía, en nombre de la cual se pretende apartar del Padre común y socorrer a los semejantes apenas en nombre de la humanidad, es una ilusión del orgullo, sin ningún resultado. No hay posibilidad ni duración de unión entre los hombres, si están separados de Dios, que creó a todos y quiere atraerlos a todos a sí. Servir a la humanidad como tal, es hacer de ella un dios. Y los resultados han demostrado que los enemigos de la caridad no han sabido remediar las miserias del hombre, en esta vida, mejor que los discípulos de Jesucristo, que sólo en él pusieron los motivos y el entusiasmo para consagrarse a asistir a sus hermanos”.* Esto explica totalmente la caridad sobrenatural de San Juan de Dios.

Víctima de la caridad hasta el lecho de muerte

Siempre pidiendo limosnas para su obra cada vez mayor, San Juan de Dios fue a Valladolid, donde se encontraba la familia real. Le presentaron entonces al príncipe heredero, el futuro Felipe II. Cayendo de rodillas ante él, le dijo San Juan: “Señor, a todos acostumbro llamar hermanos; pero a vos, que seréis mi rey y señor natural, no sé cómo llamar”. Respondió Don Felipe: “Llamadme como quisiereis, hermano”. A lo que retrucó el santo: “Pues yo os llamo mi buen príncipe, y buen príncipe os haga Dios en el reinar, y buen fin os dé para que os salvéis”. Con ello conquistó la simpatía y muchos auxilios del gran Felipe II.

Al llegar a los 56 años de edad, estaba consumido por las penitencias y por los trabajos, y tuvo que retirarse a su pobre celda en el hospital. Pero al oír que el río que pasa por Granada traía en su lecho mucha madera, se levantó a fin de recogerla para sus pobres. Estaba concentrado en esa faena, cuando vio que uno de los ayudantes del hospital era llevado por las aguas. Se sumergió para intentar salvarlo, pero no lo consiguió.
Con fiebre alta, fue llevado al hospital. Doña Ana Osorio, esposa de don García de Pisa y Villarreal, viéndole tan falto de asistencia y de alivio, obtuvo del arzobispo una orden para que fuese llevado a su casa solariega. A pesar del esmerado tratamiento aue allí recibió, falleció el 8 de Marzo de 1550.

Notas.-
* Don Próspero Guéranger, El Año Litúrgico, Editorial Aldecoa, Burgos, 1956, t. II, p. 833.
Otras obras consultadas.-
F.M. Rudge, Saint John of God, in The Catholic Encyclopedia, Online Edition, by Kevin Knight, www.newadvent.org
Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. II, pp. 81 y ss.
Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. I, pp. 443 y ss.
P. Pedro Ribadeneira, San Juan de Dios, in Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía., Barcelona, 1896, t. I, pp. 537 y ss.
Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. III, pp. 274 y ss  

Fuente: El Perú necesita de Fátima

http://www.fatima.pe/articulo-618-san-juan-de-dios

sábado, 7 de marzo de 2026

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
La Santísima Virgen contempla a su Hijo muerto
Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.
Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.
Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.
Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y únete con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.
Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.
Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.
Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que la historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.
Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.
Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.
Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.
Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.
Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.
Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.
Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.
Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Inmaculado Corazón triunfará.

Nota:La transcripción de esta conferencia del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP, mantiene un estilo verbal, y no fué revisada por el autor.