lunes, 25 de mayo de 2026

S A N T O R A L


SANTA MARIA MAGDALENA DE PAZZIS, VIRGEN

La santa de la caridad divina

Magdalena de Pazzis ha brillado en el Carmelo por su esplendorosa pureza y por lo ardiente de su amor.
Decía de ella San Pío X en 1908: "La Vida de Santa María Magdalena de Pazzi no es solamente un prodigio de estéril admiración, sino un vivo modelo que todos podemos y debemos en parte imitar..." Y en 1952 el Papa Pío XII: "Santa María Magdalena de Pazzi, la virgen de Florencia, brilló, más que por su nobleza, por el fervor de todas las virtudes, y, sobre todo, por su amor encendidísimo para con Dios y para con el prójimo".

Ha sido una de las más hermosas manifestaciones de la caridad divina en el seno de la verdadera Iglesia, llevada a cabo en la sombra del claustro como Felipe de Neri en las tareas del ministerio pastoral, habiendo acogido ambos en sí mismos para cumplirla esta palabra del Hombre Dios: "He venido a prender fuego sobre la tierra y qué otra cosa quiero sino que arda'".
La vida de la Esposa de Cristo fué un milagro continuado. Los éxtasis y raptos eran diarios. Dios le comunicó vivísimas luces sobre los misterios y con el fin de purificarla cada vez más por medio de estas sublimes manifestaciones, la hizo atravesar las más terribles pruebas de la vida espiritual. Triunfó de todas, aumentando siempre su amor hasta el extremo de que sólo podía encontrar reposo en el sufrimiento con el que alimentaba el fuego que la consumía. Al mismo tiempo su corazón rebosaba de amor por los hombres, deseando salvarlos a todos y extendiendo su caridad ardiente no sólo a las almas sino también los cuerpos. Mientras duró en la tierra esta existencia seráfica el cielo miró particularmente complacido Florencia y el recuerdo de tantas maravillas ha mantenido, en esta ciudad hasta nuestros días, un culto fervoroso a la insigne Esposa del Salvador de los hombres.
Uno de los caracteres más sorprendentes de la divinidad y de la santidad de la Iglesia aparece en estas vidas privilegiadas en las cuales la acción directa de los misterios de nuestra salud aparece con tanto esplendor. "Dios amó al mundo hasta el punto de darle su único Hijo'", este Hijo de Dios se enamora de alguna de sus criaturas produciendo en ella tales efectos que todos los hombres pueden adquirir por ellos una idea del amor de que está abrasado su divino corazón hacia este mundo que rescató con el precio de su sangre. ¡Dichosos los que saben contemplar este espectáculo y dar gracias por tales dones! Ellos pusieron la verdadera luz y en tanto que aquellos que dudan demuestra que sus luces luchan todavía con las tinieblas de la naturaleza caída.

Vida


Santa María Magdalena de Pazzis nació en Florencia en 1566. Desde su más tierna infancia fue favorecida de gracias particulares hasta el punto de tener constantemente el sentimiento de la presencia de Dios y de poder pasar largas horas en la oración. A la edad de diez años hizo su primera comunión y poco después emitió el voto de perpetua virginidad. En 1582 ingresaba en el Carmelo donde hacía su profesión dos años después. Pero entonces vivió en un estado continuo de oración y de éxtasis frecuentes. Dios la probó con terribles sufrimientos hasta su muerte ocurrida el 25 de mayo de 1607. Numerosos milagros dieron testimonio de su santidad por lo que Clemente IX la inscribió en el catálogo de los santos en 1669.

ELOGIO

Tu vida aquí, oh Magdalena, se asemejó a la de un ángel a quien la voluntad de Dios hubiera sometido a las leyes de la naturaleza caída. Todas tus aspiraciones te llevaban más allá de las condiciones de la vida presente y Jesús se complacía en despertar en ti esa sed de amor que sólo podía saciarse en las fuentes de la vida eterna. Una luz celestial te revelaba los misterios divinos, tu corazón no podía contener ya los tesoros de verdad y de amor que el Espíritu Santo acumulaba en él y entonces tu energía se refugiaba en el sacrificio y en el dolor como si únicamente en el anonadamiento de ti misma hubieras podido pagar la deuda que habías contraído con ese Dios que te colmaba con sus más caros favores.

PLEGARIA

San Agustín escribiendo en el corazón
 de Santa María Magdalena
¿Cómo te imitaremos alma seráfica?, ¿qué representa nuestro amor junto al tuyo? Podemos, sin embargo, seguirte desde lejos. El año litúrgico era el centro de tu existencia cada una de sus estaciones ejercía sobre ti su influencia y te traía nuevas luces y nuevos ardores. El Niño de Belén, la Víctima de cruz, el Vencedor de la muerte, el Espíritu Santo con sus siete dones te arrebataban; y tu alma, renovada por esta sucesión de maravillas se transformaba cada día más en Aquel que, por adueñarse de nuestros corazones, se dignó manifestarse en estos hechos sublimes que la Santa Iglesia nos hace repasar cada año con los socorros de una gracia siempre nueva. Oh Magdalena, amaste con pasión a las almas durante tu vida mortal, pero este amor se ha acrecentado aún más con la posesión del Bien Supremo. Alcánzanos abundancia de luces para ver mejor todo aquello que hechizaba tus potencias y tus sentidos, el ardor del afecto para amar más lo que apasionaba tu corazón.


fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer

  Tomo III pag. 940 y siguientes


S A N T O R A L


San Gregorio VII

Celo ardiente por la causa de Dios

Uno de los mayores Papas de la Historia y una de las más eminentes personalidades que produjeron los siglos, combatió los abusos del poder temporal y la decadencia del clero
Plinio María Solimeo

San Gregorio VII es una de las figuras más santamente controvertidas de la Historia. Los católicos verdaderamente fieles ven en él a un batallador incansable en la defensa de los derechos de la Iglesia, eximio reformador de las costumbres del clero y gran santo, de los más extraordinarios Papas de la Historia y un hombre que marcó a fondo su época y los siglos posteriores. Los enemigos de la Iglesia, precisamente por esas virtudes, lo abominan, lo cual es para él una gloria más. Historiadores imparciales, incluso no católicos, prestan homenaje a su gran personalidad y fuerza de voluntad, sobre todo a su deseo sincero de hacerlo todo por la exaltación del Papado, y la consiguiente mayor gloria de Dios.

Origen humilde y grande personalidad

El niño Hildebrando, futuro Gregorio VII, nació en Toscana en la pequeña localidad de Sovana, no lejos de Siena, en una familia modesta. Su padre fue, según todo indica, carpintero, y nada tuvo que ofrecer a su hijo sino la protección de un tío materno, Lorenzo, que por sus méritos había sido nombrado abad del monasterio de Santa María, en el Monte Aventino. Ese tío se encargó de la educación del niño, de inteligencia privilegiada, que hizo profundos progresos en los estudios.
Era él, como San Pablo, bajo de estatura y delgado de cuerpo, pero, como el Apóstol, tenía un alma de fuego. Aún siendo clérigo, habiendo recibido las órdenes menores, entró al servicio de Juan Graciano, que había sido su profesor en la escuela lateranense. Éste, apreciador del extraordinario talento de Hildebrando, afirmaba que nunca había visto inteligencia igual. Cuando fue elevado al solio pontificio con el nombre de Gregorio VI, Juan Graciano lo nombró su secretario. Hildebrando, que tenía apenas 25 años y era aún subdiácono, fue así providencialmente iniciado en los asuntos de la Iglesia, a la cual más tarde gobernaría con tanta sabiduría y fortaleza. En esa época, trabó relaciones con otro de los mayores hombres del tiempo, el cardenal San Pedro Damián.
A pesar de no haber sido aún ordenado sacerdote, era ya un gran predicador. El emperador Enrique III afirmó que ninguna palabra lo había conmovido tanto cuanto la de él.
En el año 1045, Gregorio VI fue depuesto por el emperador y desterrado a Colonia. Renunció al papado e Hildebrando lo siguió al exilio. Con la muerte del ex Papa al año siguiente, Hildebrando viajó a Francia, donde visitó la abadía de Cluny, entonces en su apogeo. Encantado con la santidad de San Hugo y de San Odilón, allí tomó el hábito monástico.

Cardenal-diácono de la Santa Iglesia

Pero no pudo disfrutar por mucho tiempo de su retiro. Bruno, obispo de Toul, habiendo sido elegido Papa con el nombre de León IX, confió a Hildebrando la administración temporal de la Iglesia con el título de arcediano, y también el gobierno del monasterio de San Pablo Extramuros, entonces muy decadente. Le confirió aún el título de cardenal-diácono. Secundado por Hildebrando, el nuevo Papa se lanzó con fervor y determinación a la reforma del clero y el restablecimiento de las leyes de la Iglesia, principalmente de su libertad contra la ingerencia del poder secular. Para poner en ejecución sus decretos, convocó a un sínodo, en el cual condenó los dos males más notorios de la época: la simonía y la incontinencia del clero. En 1054, León IX entregó su alma a Dios. Muchos milagros suyos, en vida y después de la muerte, hicieron que su nombre fuese incluido en el Martirologio Romano.
Durante el reinado de los cuatro Papas siguientes, Hildebrando se destacó de tal manera, que “nada se hizo en aquel tiempo en Roma sin el consejo y el asentimiento de Hildebrando; él dominaba, con su vasta capacidad, la corte y las facciones, y todos tributaban respeto y homenaje a su elevado mérito”.1 Su influencia llegó al apogeo con el Papa Alejandro II (1061-73), que lo nombró su canciller. Ya entonces desempeñaba funciones como las de un primer ministro.

“¡San Pedro escogió a Hildebrando!”

Enrique IV permaneció tres días descalzo  en la nieve, vestido apenas con un hábito de penitente, implorando perdón
En 1073 fallecía Alejandro II. E Hildebrando, como arcediano, presidía los funerales. En medio de la ceremonia, el clero y el pueblo, hombres y mujeres, prorrumpieron en un grito unánime: “¡Hildebrando, Papa!” “¡San Pedro escogió a Hildebrando!”
Al recibir entonces la ordenación sacerdotal, el nuevo Papa “estaba muy versado en la arte de gobernar, era consciente de su misión y tenía una idea elevadísima de la dignidad pontificia. Su promoción fue providencial. Con él la reforma comenzó a ser eficaz”. 2
Para obtener de Dios las gracias necesarias para la Iglesia en aquellos tiempos tan conturbados, San Gregorio VII organizó un sodalicio con el nombre de Religio Quadrata, agrupando a eclesiásticos y seculares que se proponían rezar especialmente por la reforma
Aunque se concentrase sobre todo en esa tarea, su programa era mucho más vasto. Incentivó, en España, la reconquista del territorio en poder de los moros, bendiciendo a los extranjeros que se alistasen en esa cruzada; planeaba rescatar los Santos Lugares, acabar con el cisma griego y centralizar el gobierno eclesiástico. Pero lo que llevaba en lo más hondo de su corazón era velar por la santidad de la Iglesia, con la eliminación de la simonía (venta de objetos sagrados) y del nicolaísmo (violación de la ley del celibato por los clérigos). Estos vicios provenían en gran parte de la célebre cuestión de las investiduras, es decir, de la venta de cargos eclesiásticos o prebendas por parte del emperador, de reyes, de nobles y señores feudales. Los altos dignatarios eclesiásticos, que pagaban caro su dignidad al rey o a otro señor, procuraban indemnizarse vendiendo a sus subordinados las funciones menores. Así, ellas no caían en manos de los más dignos, sino en las de quien podía pagar más. Esta complicada cuestión, que se extendió hasta el siglo siguiente, consumió gran parte de las energías del combativo Pontífice. Depuso al arzobispo Godofredo de Milán por simonía, y en Francia substituyó prácticamente a todo el episcopado. Pero encontró fuerte oposición en Alemania, sobre todo de la parte del emperador Enrique IV.

Preciosa exaltación del primado romano

157 Gregoriovii3.jpgLa mirada de San Gregorio VII no descuidaba ningún rincón de la Tierra. San Canuto, rey de Dinamarca, le pedía consejos, lo mismo que Olavo, rey de Noruega. En cambio, Boleslao II de Polonia, desagradado por los avisos de la Santa Sede, se servía del gobierno solamente para satisfacer sus brutales pasiones. Llegó a ahorcar, con sus propias manos, a San Estanislao, obispo de Cracovia, que lo había excomulgado. San Gregorio VII fulminó con el anatema al rey asesino, lo privó de la realeza, desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad a él, y le retiró el título de rey a los soberanos de Polonia, que durante mucho tiempo quedaron reducidos a la situación de meros duques.
En 1074 San Gregorio VII renovó los decretos de sus predecesores contra la simonía y los matrimonios de eclesiásticos. Al año siguiente, promulgó un decreto contra la investidura, prohibiendo a todo secular, bajo pena de excomunión, vender los obispados. Una semana después, “Gregorio redactó su Dictatus papae, colección de 27 tesis en que condensaba de manera lapidaria su concepción del poder pontificio sobre la base de una exaltación del primado romano en el aspecto legislativo, judicial, administrativo y dogmático, con aplicaciones concretas a lo temporal. Las proposiciones más llamativas eran estas dos: «Que [el Papa] tiene facultad para deponer a los emperadores» (nº 12); «Que puede desligar a los súbditos del juramento de fidelidad prestado a los inicuos» (nº 27). [...] [Eso porque] Cristo a nada ni a nadie ha exceptuado del poder de las llaves. Si la Sede Apostólica tiene facultad para juzgar de las cosas espirituales, con mayor razón la tendrá sobre las temporales, que valen menos. Todo lo que hay dentro de la Iglesia, está debajo del Papa; luego los reyes y emperadores, con todo su poder y autoridad, están sometidos al Papa; por tanto, éste puede deponerlos”. 3

El emperador Enrique IV en Canossa

Enrique IV, sin embargo, continuó repartiendo obispados a personas indignas, y entabló negociaciones con los normandos del sur de Italia para tener al Papa entre dos fuegos. San Gregorio lo amonestó seriamente, amenazando con excomulgarlo y deponerlo. El emperador convocó una asamblea en Worms, donde depuso al Papa, declarándolo privado de la dignidad pontificia. Gregorio convocó un concilio en Roma, en el cual excomulgó y depuso al emperador. El efecto de la sentencia pontificia fue fulminante, al contrario de la de Enrique. Inmediatamente todos abandonaran a Enrique IV. Y los príncipes alemanes, reunidos en Tribur, declararon que, si él no obtenía la absolución de la sentencia en el plazo de un año, perdería la corona. Sin embargo, debería vivir como un particular en Espira, licenciar a su ejército y a todos los consejeros excomulgados, y abstenerse del culto público mientras aguardaba la decisión del Papa.
El emperador, al verse perdido, no tuvo otra salida que procurar al Sumo Pontífice y obtener su perdón. En el invierno de 1076-1077 —el más frío del siglo— atravesó los Alpes y fue hasta donde estaba San Gregorio VII, en Canossa, Toscana, en la propiedad de la Condesa Matilde. Allí Enrique permaneció por tres días descalzo en la nieve, vestido apenas con un hábito de penitente, implorando perdón. Por fin el Papa, cediendo a las instancias de los que lo rodeaban y a las muestras de arrepentimiento del emperador, retiró las censuras. Enrique se comprometió a dar a Gregorio toda la ayuda necesaria para resolver los conflictos de Alemania. Pero apenas se vio nuevamente en posesión del poder imperial, mandó a cerrar el paso de los Alpes, para impedir el viaje del Papa a su país.
Durante el sínodo cuaresmal de 1080, Gregorio volvió a excomulgar y deponer a Enrique IV. Éste emprendió una expedición militar contra el Papa y sitió Roma durante tres años. Gregorio se refugió en el castillo de Sant’Angelo. Enrique IV recibió la corona imperial de manos de un antipapa, y después abandonó a toda prisa la ciudad cuando supo del avance de los normandos, liderados por Roberto Guiscard, duque de Normandía, que liberó al Papa. Debido a la fragilidad de la situación, San Gregorio abandonó Roma y se condujo al destierro, falleciendo en Salerno el día 25 de mayo de 1085. Sus últimas palabras quedaron célebres y sintetizan su combatividad heroica en defensa de la Santa Iglesia: “He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro”.4

Notas.-
1. Dr. Eduardo María Vilarrasa, San Gregorio VII – La Leyenda de Oro, L. González y Cía. Editores, Barcelona, 1896, t. II, p. 328.
2. J. Goñi Gaztambide, San Gregorio VII – Gran Enciclopedia Rialp, Ed. Rialp, Madrid, 1972, t. XI, p. 325.
3. Id., ib.
4. Id., ib.
FUENTE :
El Perú necesita de Fátima
  
http://www.fatima.pe/articulo-480-san-gregorio-vii

domingo, 24 de mayo de 2026

Pentecostés

Pentecostés, palabra griega que significa "cincuenta días", es la conmemoración de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que tuvo lugar precisamente cincuenta días después de la Resurrección de Nuestro Señor. Esta fiesta se remonta a los tiempos apostólicos y a sus sucesores inmediatos, y adquirió gran importancia en el siglo IV, cuando se introdujo el uso de conferir, en la Vigilia de Pentecostés, el Bautismo y la Confirmación a los catecúmenos que por alguna razón no habían podido recibirlos el Sábado Santo.


Oración al "Espíritu Santo" de San Agustín



"Oh amor divino, oh vínculo sagrado que une al Padre y al hijo, Espíritu Todopoderoso, fiel consolador de los afligidos, penetra en los profundos abismos de mi corazón y deja que tu brillante luz brille allí. Extiende tu dulce rocío en esta tierra desértica, para poner fin a su larga aridez. Envía los dardos celestiales de tu amor al santuario de mi alma, para que cuando entren allí enciendan llamas ardientes que consumirán todas mis debilidades, mi negligencia y mis languideces. 

Ven, por lo tanto, ven dulce consolador de almas desoladas, refugio en los peligros y protector en la angustia.

Ven, tú que lava las almas de sus impurezas y que curan sus heridas

Ven, fuerza del débil, apoyo del que cae.

Ven, doctor de los humildes y vencedor de los orgullosos. 

Ven, padre de huérfanos, esperanza de los pobres, tesoro de los necesitados. 

Ven, estrella de los navegantes, puerto seguro de los náufragos

Ven, fortaleza de la vida y salvación de los moribundos. 

Ven, oh Espíritu Santo, ven y ten piedad de mí. Haz que mi alma sea simple, dócil y fiel, y condesciende a mi debilidad, con tanta bondad que mi pequeñez encuentra favor ante tu infinita grandeza, mi impotencia ante tu fuerza, mis ofensas ante la multitud de tus misericordias. Por Nuestro Señor Jesucristo, mi Salvador. Amén. 
San Agustín de Hipona (354-430)

S A N T O R A L

MARIA AUXILIADORA

Plinio Corrêa de Oliveira

No debemos asustarnos cuando el auxilio de la Santísima Virgen tarda. Es una verdadera gracia que Ella se digne establecer con algunos, relaciones de atender pequeños pedidos, casi se podría decir de pequeñas intenciones, de pequeños cariños maternos, y que esto debe ser reputado como muy precioso.
Pero, por otro lado, es también preciso ver que la Virgen, que nos atiende, a veces demora en hacerlo. Y demora exactamente en las grandes gracias que desea que le sean muy pedidas. En general, en toda la vida de una persona muy devota de la Santísima Virgen, así como existen las gracias que son obtenidas en seguida, existen también unas dos, o tres, o cuatro, o cinco que Ella concede demorando enormemente. Y esto ocurre con las almas que Ella más ama, para las cuales – dentro de un rosario de gracias fácilmente concedidas – Ella coloca algunas muy difíciles. Y en general son gracias de carácter espiritual. A veces, es una gracia de carácter temporal cuya demora tendrá un sentido espiritual, pero en general son gracias de carácter espiritual. 

Hay, pues, ciertos retardos de la providencia de la Virgen en cuanto Auxilio de los Cristianos, en que Ella da más tardando que si atendiese en seguida. Y eso en parte porque la Santísima Virgen, si atendiese todos nuestros pedidos inmediatamente, la Tierra se transformaría en un paraíso y los sufrimientos desaparecerían…
Ahora, una de las gracias más grandes que la Virgen nos da son las cruces, son los sufrimientos.
Oración a María Auxiliadora
¡Oh María Virgen poderosa! Tú, la grande e ilustre defensora de la Iglesia; Tú, Auxiliadora del pueblo cristiano; Tú, terrible como un ejército en orden de batalla; Tú, que sola destruyes los errores del mundo, defiéndenos en nuestras angustias, auxílianos en nuestras luchas, socórrenos en nuestras necesidades, y en la hora de la muerte, recíbenos en el eterno gozo. Amén - 
San Juan Bosco

Y muchas veces Ella tarda para que nosotros suframos, para darnos la gracia del mérito del sufrimiento.
Es preciso también agregar que algunas veces Ella tarda, para probar nuestra Fe, para que desarrollemos la Fe y la Confianza. Y solamente después nos obtiene esas gracias de modo supereminente.
De manera que si existe algún alma para quien esté demorando mucho recibir una gracia, no debe considerar esto como una negativa de la Santísima Virgen, sino como una promesa de que, si pedir mucho, eso le será dado con una abundancia extraordinaria.
Y en el día de María Auxiliadora, que, en cuanto Auxiliadora es dadivosa, es distribuidora de gracias, debemos, entonces, pedirle que – así como Ella tiene pena de las almas del Purgatorio y abrevia sus tormentos – en la medida en que convenga a nuestra alma, condescienda en abreviar también esas grandes demoras, y que nos obtenga aquello que queremos, sobre todo para nuestra vida espiritual.
En general, toda vida espiritual tiene alguna gracia que está precisando recibir y que queda un poco “encallada” por una razón o por otra. A veces, hay vidas espirituales que están todas “encalladas”.
Vamos a pedir, entonces a la Santísima Virgen una gracia para ‘desencallar” en la vida espiritual.
Hay ciertas almas que tienen todo el ímpetu para, “despegando”, volar. Pero falta despegar. Y ese “despegar” es una gracia que es preciso ser obtenida. Vamos a pedir a la Virgen que nos dé un “despegar”, en Su fiesta bajo la invocación de Auxilio de los Cristianos.


MARÍA AUXILIADORA

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

MARÍA EN EL TIEMPO PASCUAL

Tiempo Pascual: periodo del año litúrgico comprendido
por los cincuenta días entre el Domingo de Pascua de la
Resurrección de Jesús y el Domingo de Pentecostés, la Virgen
 se viste  de 
color blanco para celebrar este tiempo de gloria 
Desde que entramos en las alegrías del tiempo pascual, el cielo litúrgico nos ha presentado diariamente nuevos nombres y nuevas glorias que honrar, nombres y glorias refulgentes con los resplandores del sol de Pascua. Sin embargo de eso, ninguna fiesta consagrada a María ha alegrado todavía nuestros corazones recordándonos algunos de los misterios o grandezas de esta augusta reina. Parece que la Iglesia quiere honrar con silencio respetuoso los cuarenta días en los que María, después de tantas angustias, descansa con la posesión de su hijo resucitado. Al meditar el misterio pascual en el curso de este período debemos procurar no aislar nunca al Hijo de la Madre y así estaremos en la verdad. Jesús durante estos cuarenta días se manifiesta con frecuencia en sus discípulos débiles y pecadores ¿puede separarse un instante de la Madre en vísperas de la nueva y última prueba que debe sufrir al abrirse las puertas del cielo para recibir a su Hijo? A menudo Jesús se le aparece y la hace objeto de su ternura filial, pero en el intervalo de estas visitas no la abandona; no sólo su recuerdo sino que su misma presencia permanece en el alma de María con todo el encanto de una íntima e inefable posesión. ¡Ninguna fiesta hubiera podido expresar tal misterio! Con todo eso, el Espíritu Santo que sigue los sentimientos de la Iglesia, ha hecho nacer en los corazones de los fieles la idea de tributar homenajes especiales a María, durante el mes de mayo, en que transcurre el tiempo Pascual. No hay duda que favorables circunstancias han ayudado a la piedad a concebir la hermosa idea de consagrar el mes de mayo a María, pero si tenemos en cuenta la influencia celestial y misteriosa que guía todo en la Iglesia, comprenderemos que existe en el fondo de esta determinación, una intención divina de unir a las alegrías maternales de que está repleto en estos días el corazón inmaculado de María, la alegría de que gozan los corazones de sus hijos terrenos, durante todos los días de este mes consagrado a celebrar sus grandezas y misericordias.

LA FIESTA DE ESTE DÍA

Hoy se celebra una fiesta en honor de María, fiesta que no está inscrita en el calendario universal de la Iglesia, pero que está tan extendida con el consentimiento de la Santa Sede, que el presente Año Litúrgico quedaría como incompleto si no la hubiéramos concedido un sitio. Su finalidad es honrar a la Madre de Dios con el título de Socorro de los Cristianos; nombre por lo demás muy merecido por los incesantes favores que esta todopoderosa Auxiliadora ha prodigado a la cristiandad. Desde que el Espíritu Santo descendió sobre María en el Cenáculo para que comenzara a ejercer en la Iglesia militante su poder de Reina, hasta las últimas horas de la duración de este mundo, ¿quién será capaz de contar todas las veces que ejerció y ejercerá su influjo bienhechor en la herencia de su Hijo?
Se elevaron las herejías unas tras otras, sostenidas por el lazo de los poderosos de la tierra pareciendo que iban a devorar la raza de los fieles; pero cayeron sucesivamente unas y otras aniquiladas por completo y la Iglesia nos enseña que, gracias al fuerte apoyo de María, ha salido siempre triunfante en esas ocasiones. Si, a veces, el progreso de la Iglesia ha sufrido obstáculos por escándalos inauditos o por tiranías indecibles, el brazo siempre armado de nuestra invicta Reina ha abierto el camino y la Esposa del Redentor ha ido libre y arrogante dejando tras sí sus grillos quebrados y sus enemigos vencidos. Al considerar tales maravillas el gran San Pío V después de la victoria de Lepanto, en que nuestra augusta triunfadora aniquiló para siempre el poder naval de los turcos, juzgó que era el momento propicio de poner en las Letanías de la Santísima Virgen, al fin de otros títulos con que la Iglesia la saluda, el de Auxilio de los cristianos, AUXILIUM CHRISTIANORUM.


REGRESO DE PÍO VII A ROMA

Estaba reservado a Pío VII ensalzar más este hermoso título y hacer objeto de una fiesta conmemorativa de todos los auxilios que María se ha dignado conceder a la cristiandad en todas las épocas. No pudo ser escogido mejor. El 24 de mayo de 1814 entró en Roma aclamado por todo el pueblo. Viene después de un cautiverio de cinco años en los que el gobierno de la Iglesia estuvo enteramente suspendido. Las potencias coaligadas contra su opresor no tuvieron el honor de quebrar sus hierros, aquél mismo que le tenía alejado de Roma le dejó en libertad de volver en los últimos meses del año precedente. Mas el Pontífice prefirió escoger su tiempo y hasta el 25 de enero no abandonó Fontamebleau. Roma en la que va a volver a entrar había sido unida al imperio francés cinco años antes por un decreto en que se leía el nombre de Carlomagno; ella, la ciudad de San Pédro, se vió convertida en capital de provincia presidida por un gobernador y como para borrar para siempre el recuerdo de la que fué la ciudad de los Papas, su nombre fue dado en título al presunto heredero de la corona imperial de Francia.

¡Dichoso aquél 24 de mayo que brilló con la vuelta triunfal del Pontífice como Pastor y Soberano de esta sagrada ciudad, de la que había sido sacado de noche por los soldados! En su camino se encontró con los ejércitos y Europa reconoció sus derechos. Este es superior en antigüedad y dignidad al de todos los reyes; y todos sin distinción de herejes, cismáticos y católicos lo reconocerán claramente. Todo esto no nos revela por completo el alcance del prodigio que la todopoderosa Auxiliadora se dignó obrar. Para comprenderlo tal cual es, es necesario tener en cuenta que el testigo de esta maravilla es el siglo XIX; y tiene lugar en aquellos años durante los cuales sufría aún el yugo destructor del volterianismo, en los que aun vivían por doquier los culpables y cómplices de todos crímenes e impiedades que fueron como el coronamiento del siglo XVIII. Todo se oponía a un resultado tan feliz e inesperado; la conciencia católica aún no se había despertado como ocurrió algún tiempo después; la intervención del cielo iba a manifestarse directamente; y para manifestarlo ante la cristiandad, Roma consagró en honor de María, Auxilio de los Cristianos, el día 24 de mayo de todos los años.

RESTAURACIÓN DEL TRONO PONTIFICIO

Tratemos de comprender ahora el pensamiento divino en la doble restauración que Cristo efectuó por mediación de su augusta madre. Pío VII que había sido arrebatado de Roma y destronado vuelve a Roma como Papa y como Soberano temporal. En las fiestas de la Cátedra de San Pedro en Roma y en Antioquía vimos que según la doctrina de la Iglesia la transmisión de los derechos conferidos por Cristo a San Pedro va aneja a la dignidad de Obispo de Roma. Por consiguiente el residir en la ciudad de Roma constituye un derecho al mismo tiempo que un deber del sucesor de San Pedro, salvo el caso en que juzgara en su prudencia de ver abandonarla durante algún tiempo. Se opone, pues, a la divina voluntad el que, por medio de la fuerza, retiene al Sumo Pontífice fuera de Roma o le impide residir en ella; el pastor debe habitar en medio de su rebaño; y siendo la Iglesia de Roma la elegida por por Cristo entre todas las iglesias del mundo, éstas tienen derecho a encontrar en Roma, destinada a tanto honor desde el principio, a quien es al mismo tiempo doctor infalible de la fe y principio de todo poder espiritual. El primer, beneficio, pues, que debemos a María en este día es haber restituido el Esposo a la Esposa y haber vuelto a sus circunstancias normales el supremo gobierno de la Santa Iglesia.
El segundo, haber otorgado otra vez al Papa la posesión del poder temporal que constituye la garantía más firme de su independencia en el ejercicio del poder espiritual. La historia nos cuenta hechos lamentables que, de una vez para siempre, demostraron los peligros propios de aquella situación en la que el Papa está subordinado a un soberano, y la experiencia del pasado nos enseña que si la ciudad de Roma no está bajo el poder del Papa la cristiandad podría echarle en cara no haber sabido velar siempre por la libertad o dignidad de la Iglesia en la elección del Sumo Pontífice. La divina providencia ha provisto a la necesidad del inmenso rebaño de Cristo, preparando de antemano los fundamentos del poder temporal del Papado sobre Rompí y su territorio antes que la espada de los Francos interviniese para vengar, reconstruir y aumentar esta preciosa propiedad que es un bien para la cristiandad. Cualquiera que se atreva a invadirla, causa la más sensible herida a la libertad de toda la Iglesia y hace un mes oímos que el gran doctor San Anselmo nos enseñaba: "Nada ama Dios tanto en este mundo como la libertad de su Iglesia." Por eso siempre la ha defendido.

LA SOBERANÍA PONTIFICIA

La soberanía pontificia sobre Roma y sobre el territorio ofrecido a la Iglesia tiene su razón de ser en las necesidades del orden sobrenatural. Por consiguiente, esta soberanía supera en dignidad a todas las demás, y estando consagrada al servicio de Dios en la tierra, debe colocarse entre las cosas sagradas. Cualquiera que se atreva a invadirla no sólo es un ladrón sino un sacrílego; y los anatemas de la Iglesia caen sobre él con todo su rigor. Toda la historia es testigo de cuán lamentable ha sido la suerte de aquellos soberanos que habiendo despreciado el anatema, no se preocuparon de dar satisfacción a la Iglesia y se ha atrevido a enfrentarse con la justicia de quien ha concedido a Pedro el poder de atar y desatar.
Por último, siendo la autoridad el fundamento de todas las sociedades humanas, y siendo tan importante el conservarla para el mantenimiento del orden y de la justicia, debe ser respetada sobre todo en quien es su más alta expresión en la tierra; esto es, en el romano Pontífice cuyos derechos temporales son antiquísimos por lo que hoy día puede comprobarse, y en quien el supremo poder espiritual eleva aún más su dignidad real. Cualquiera que ataque o destruya la soberanía temporal del Papa, ataca y destruye por lo mismo toda soberanía, porque ninguna puede parangonarse con ella, ni pretender mantenerse si ella sucumbe.
Gloria, pues, sea dada a María en el día 24 de mayo, dedicado a reconocer el doble favor que realizó extendiendo el poder de su brazo, para dar a un mismo tiempo el bienestar a la Iglesia y a la sociedad. Unámonos a las vivas aclamaciones de los romanos haciendo que resuenen en idéntico entusiasmo el Aleluya de la Pascua y el Hosanna al vicario de Dios, Padre de la Patria. El recuerdo de San Pedro fuera de prisión y puesto en libertad se cernía sobre esta multitud loca de amor para con el Papa a quien tantas pruebas le habían hecho más augusto. Su carroza marchaba por la Vía Flaminia; los ciudadanos ebrios de alegría, la desunieron y la condujeron a la basílica Vaticana donde el Pontífice se había dado prisa a ir para deshacerse en acción de gracias sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles.

MARÍA Y LA CONVERSIÓN DE NAPOLEÓN

Pero no demos fin a este día sin haber celebrado la misericordiosa intervención de nuestra poderosa Auxiliadora. Si algunas veces se muestra airada en la protección de su pueblo, su corazón no puede menos de sentir piedad para con los vencidos; también para con ellos cuando están humillados sabe mostrarse compasiva. Testigo es el gran conquistador de quien ella triunfó el 24 de mayo y a quien su bondad se apresuró a convertir haciéndole volver a la fe de sus padres. Un día Pío VII recibió un mensaje desde Santa Elena. El emperador destronado, a quien había ungido con el sagrado óleo en Notre Dame, y que después había tenido la desgracia de atraerse los rayos espirituales, cuyo empleo gobierna el mismo Dios, pedía al Pontífice, al único rey de Roma, la gracia de no vivir privado durante más tiempo de los Misterios, que sólo el sacerdocio católico está autorizado por el cielo para administrarlos. Era la segunda victoria de María.
Pío VII, cuyo nombre pronunciaba enternecido el emperador en los días de su destierro, y que llamaba "cordero'", Pío VII que, a los ojos de toda Europa, había recogido en Roma a los miembros de esta familia que había sido destronada al mismo tiempo que tantos tronos, se apresuró a satisfacer el deseo de su antiguo adversario; y pronto el sacrificio reconciliador del cielo y de la tierra, fué ofrecido en presencia del vencido, en esta isla inglesa y protestante. María proseguía su conquista. Pero la divina justicia, antes de perdonar, quería que la expiación fuera completa y solemne. El que, al levantar los altares de Francia, fué el instrumento de la salvación de tantos millares de almas, no debía perecer; pero, pues, se había atrevido a tener cautivo al Pontífice supremo en el castillo de Fontainebleau, en este mismo castillo, y no en otro, era necesario que se verificase el acto de su abdicación. Durante cinco años había tenido consigo sufriendo al Vicario de Dios; cinco años tuvo que soportar una cautividad penosa y humillante. Cumplida la ley del talión, el cielo dejó a María el cuidado de terminar la conquista. Reconciliado con la Iglesia su madre, fortalecido con los divinos sacramentos que purifican a toda alma y la preparan para la eternidad, Napoleón entregó la suya a Dios, el cinco de mayo, mes consagrado a María. "Dios es piadoso y misericordioso, pius et misericors", dice la Sabiduría en el Eclesiástico. María también es piadosa y misericordiosa; por eso la saludamos en este día con el bello título de Auxiliadora. Ya se trate de la salud de toda la Iglesia, ya de la salud de algún alma en particular, María es y será siempre el Auxilio de los Cristianos. Dios lo ha querido así y nosotros penetramos sus intenciones cuando profesamos una confianza ilimitada en los brazos de tan poderosa reina y en corazón de tan tierna madre. - El título de Auxilio de los Cristianos fué otorgado a María por San Pío V en reconocimiento de la victoria de Lepanto. La fiesta de María Auxiliadora fué instituida por Pió VII en acción de gracias por su vuelta a Roma, después de un cautiverio de cinco años, y después de su segundo retorno del destierro después de la invasión de sus Estados durante los 100 días en 1815.

ORACIÓN POR ROMA

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... POR LA IGLESIA


Pero Roma no es el único lugar de la tierra que implora tu poderoso socorro. En todas las partes, la Viña de tu Hijo está expuesta a las acometidas del j abalí1. El mal, el error, la seducción se extienden por todo el mundo; no hay ningún lugar de la tierra en el que la Iglesia no esté y su libertad violada o amenazada. Las sociedades, apartadas de la tradición cristiana en sus leyes y costumbres son impotentes y continuamente se precipitan al abismo. ¡Oh Auxiliadora nuestra!, socorre al mundo en tan gran peligro. Tú que eres poderosa no dejes perecer la raza rescatada por Jesús y que desde lo alto de la cruz te ha encomendado.

... POR TODOS

Oh María, Auxilio de los cristianos, eres la esperanza de nuestras almas; y nuestras almas están amenazadas por el mismo enemigo que acomete a las sociedades humanas. Tú, oh María, has obtenido brillantes triunfos para la salvación de tus hijos; te suplicamos no dejes de socorrer a los pobres pecadores, los hechos prueban que eres tú a quien, de un modo especial, Jesús tenía presente, cuando queriendo llenar de convidados la sala del festín eterno, dice a los servidores de su amor: "Forzarlos a entrar'".
Nuestras necesidades nos obligan a elevar nuestras voces suplicantes a ti, oh Señora Nuestra Auxiliadora; no olvidamos los deberes particulares que son debidos en estos días en que la Santa Iglesia celebra las inefables relaciones que tienes con tu Hijo resucitado. ¡Con qué placer se une al gozo que ha sustituido en tu alma a los sufrimientos del Calvario y del Sepulcro! A la madre consolada y triunfante con su Hijo ofrecemos, con las flores de primavera el homenaje anual de nuestras alabanzas en todo el transcurso del mes, cuyas gracias y esplendor se armonizan tan bien con tu inmortal belleza. Por otra parte, conserva nuestras almas en el fulgor que han adquirido en la Pascua al contacto con Jesús resucitado y dígnate prepararnos a recibir dignamente los dones del Espíritu Santo que no tardará en llegar, resplandeciente de los fuegos de Pentecostés, para sellar en nosotros con su venida la obra de la regeneración pascual.

Tomo III pag. 870 y siguientes Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer