domingo, 25 de enero de 2026

S A N T O R A L

LA CONVERSION DE SAN PABLO

Hemos visto ya a los Gentiles, representados a los pies del Emmanuel por los Reyes Magos, ofreciendo sus místicos presentes y recibiendo en cambio los dones de la fe, esperanza y caridad. La cosecha de las naciones está ya madura; ya es hora de la siega. Mas ¿quién ha de ser el obrero de Dios? Los Apóstoles de Cristo no han abandonado aún la Judea. Todos tienen la misión de anunciar la salvación hasta las extremidades de la tierra; pero nadie ha recibido todavía un título especial para ser Apóstol de los Gentiles. Pedro, el Apóstol de la Circuncisión, está destinado en particular, como Cristo, a las ovejas extraviadas de la casa de Israel (San Mateo, XV, 24.)
Pero, como es Jefe y fundamento, a él le corresponde abrir la puerta de la Iglesia a los Gentiles. Y lo hace con toda solemnidad, administrando el Bautismo al centurión romano Cornelio.
Con todo eso, la Iglesia se prepara; la sangre del Mártir Esteban y su última plegaria, van a lograr un nuevo Apóstol, el Apóstol de las naciones. Saulo, ciudadano de Tarso, no ha visto a Cristo en su vida mortal, y sólo Cristo puede hacer un Apóstol. Desde los altos de los cielos donde reina impasible y glorificado, llamará Jesús a Saulo para que le siga, como llamaba durante los años de su predicación a los pescadores del lago de Genesaret para que siguieran sus pasos y escuchasen su doctrina. El Hijo de Dios arrebatará a Saulo hasta el tercer cielo y le revelará todos sus misterios; de suerte que cuando Saulo vaya a ver a Pedro, como él dice y a contrastar su Evangelio con el suyo, podrá decir: "No soy menos Apóstol que los demás Apóstoles".
Comienza la gran obra el día de la conversión de Saulo. Hoy resuena la voz que quebranta los cedros del Líbano (Salmo XXVIII, 5), cuya maravillosa potencia hace primeramente de un judío perseguidor un cristiano, en espera de poder hacer un Apóstol. El patriarca Jacob había predicho ya esta transformación, cuando en su lecho de muerte revelaba a cada uno de sus hijos su futuro con el de la tribu que debía salir de ellos. Judá fué el más honrado; de su raza real debía nacer el Redentor, el ansiado de las naciones. También Benjamín fué anunciado, en frases más humildes, pero con todo, elogiosas: él será el abuelo de Pablo, y Pablo, el Apóstol de las naciones.

El anciano había dicho: "Benjamín, lobo rapaz: por la mañana cogerá la presa; por la tarde distribuirá el alimento." (Gen., XLIX, 27). El es como dice San Agustín: quien con la fogosidad de su adolescencia se lanza como un lobo amenazador y carnívoro sobre el rebaño de Cristo. Saulo en el camino de Damasco, es el portador y ejecutor de las órdenes de los pontífices del Templo, empapado en la sangre de Esteban a quien ha lapidado por mano de aquellos a quienes guardaba sus vestidos. Y que por la tarde no arrebata la presa del justo, sino que con mano caritativa y tranquila distribuye a los hambrientos el alimento nutritivo; es el mismo Pablo, Apóstol de Jesucristo, abrasado de amor por sus hermanos, haciéndose todo a todos, hasta el punto de desear ser anatema por ellos.
Tal es la fuerza misteriosa del Emmanuel, siempre en aumento y a la que nada resiste. Cuando quiere que su primer homenaje sea la visita de los pastores, invítalos por medio de sus Ángeles, cuyas dulces armonías bastan para conducir a estos corazones sencillos hasta el pesebre, donde en pobres pañales descansa la esperanza de Israel. Cuando desea el homenaje de los príncipes de la Gentilidad, hace aparecer en el cielo una estrella simbólica; su aparición, al mismo tiempo que la inspiración interior del Espíritu Santo, determina a esos hombres a ponerse en camino desde el extremo Oriente, para depositar a los pies de un niño sus presentes y sus corazones. Cuando llega el momento de formar el Colegio Apostólico, se adelanta por la orilla del mar de Tiberiades, y basta aquella sola palabra: Seguidme, para atraerse a los hombres que ha escogido. Una sola mirada suya basta para cambiar el corazón del Discípulo infiel, en medio de las humillaciones de su Pasión. Hoy, desde lo alto del cielo, después de haber cumplido todos los misterios, queriendo demostrar que sólo El es el Señor de los Apóstoles, y que está consumada su alianza con los Gentiles, se aparece a este Fariseo que cree ir tras la ruina de la Iglesia; destruye aquel corazón de judío y crea con su gracia un nuevo corazón de Apóstol, aquel vaso de elección, aquel Pablo que dirá en lo sucesivo: Vivo yo, mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí. (Gal., II, 20).
Era justo que la conmemoración de este importante suceso fuese colocada cerca del día en que celebra la Iglesia el triunfo del primer Mártir. Pablo es la conquista de Esteban. Aunque el aniversario de su martirio se encuentra en otro período del año (29 de junio) no podía por menos de aparecer junto a la cuna del Emmanuel como el más brillante trofeo del Protomártir; también los Magos reclamaban la presencia del conquistador de la Gentilidad, de la cual fueron ellos las primicias.
Finalmente, era conveniente que, para completar la corte de nuestro gran Rey, al lado del pesebre se elevasen las dos potentes columnas de la Iglesia, el Apóstol de los Judíos y el Apóstol de los Gentiles; Pedro con sus llaves y Pablo con su espada. De este modo se nos presenta Belén como verdadero símbolo de la Iglesia, y los tesoros de la liturgia en este tiempo, nos parecen más bellos que nunca.
Te damos gracias, oh Jesús, porque con tu poder derribaste hoy por tierra a tu enemigo, y le levantaste misericordiosamente. Eres en verdad el Dios fuerte, y mereces que todas las criaturas canten tus victorias. ¡Cuán admirables son tus planes para la salvación del mundo! Te asocias hombres para la obra de la predicación de tu palabra, y para la administración de tus Misterios; y para hacer a Pablo digno de tal honor, empleas todos los recursos de tu gracia. Te complaces en hacer del asesino de Esteban un Apóstol, para que aparezca tu poder a la vista de todos, y para que tu amor por las almas brille en su más gratuita generosidad, y superabunde la gracia donde abundó el pecado. Visítanos con frecuencia, oh Emmanuel, con esa gracia que muda los corazones, porque deseamos tener una vida exuberante, pero a veces sentimos que su principio está próximo a abandonarnos. Conviértenos como convertiste al Apóstol; y asístenos, luego porque sin ti nada podemos hacer. Anticípate, acompáñanos y no nos abandones nunca; asegúranos la perseverancia final, ya que nos diste el comienzo. Haz que reconozcamos, con amor y respeto el don de la gracia que ninguna criatura puede merecer, pero al cual la voluntad humana puede poner obstáculos. Somos prisioneros: sólo Tú posees el Instrumento necesario para poder romper las cadenas. Colócale en nuestras manos animándonos a usarlo, de manera que nuestra libertad es obra tuya y no nuestra, y nuestro cautiverio, dado caso de que exista, no debe atribuirse más que a nuestra negligencia y pereza. Dános, Señor, esta gracia; y dígnate aceptar la promesa que te hacemos humildemente de unir a ella nuestra cooperación.
Ayúdanos, oh Pablo, a responder a los designios misericordiosos de Dios sobre nosotros; haz que nos sometamos al yugo suave de Jesús. Su voz no atruena; no deslumbra nuestros ojos con sus rayos; pero con frecuencia se queja de que le perseguimos. Ayúdanos a decirle como tú "¿Señor, qué quieres que haga?" Seguramente nos responderá que seamos sencillos y niños como él, que seamos agradecidos, que rompamos con el pecado y luchemos contra nuestros malos instintos, que procuremos la santidad siguiendo sus ejemplos. Tú dijiste, oh Apóstol: "¡Sea anatema, quien no ame a Nuestro Señor Jesucristo!" Haz que le conozcamos más y más, para poder amarle, y que misterios tan amables no sean por nuestra ingratitud, causa de nuestra condenación.

Oh Vaso de elección, convierte a los pecadores que no piensan en Dios. En la tierra te diste completamente a la obra de la salvación de las almas; continúa tu ministerio en el cielo donde reinas, y pide al Señor para los que persiguen a Jesús en sus miembros, las gracias que triunfan de las mayores rebeldías.
Como Apóstol de los Gentiles, mira a tantas naciones sentadas aún en las sombras de la muerte. En otros tiempos te abrasaron dos deseos: el de reunirte con Cristo, y el de permanecer en la tierra para trabajar en la salvación de los pueblos. Ahora estás ya para siempre con el Salvador a quien predicaste; no olvides a los que no le conocen todavía. Suscita hombres apostólicos que continúen tus trabajos. Haz fecundos sus sudores y su sangre. Atiende a la Sede de Pedro, tu hermano y jefe; protege la autoridad de la Iglesia Romana que es heredera de tus poderes, y que te considera como su segundo pilar. Sal por su honor allí donde es despreciada; destruye los cismas y las herejías; infunde tu espíritu en todos los pastores, para que a imitación tuya, no se busquen a sí mismos; sino sólo y siempre los intereses de Jesucristo.
Fuente:El Año Litúrgico de Dom Próspero Gueranger
 El Martirologio jeronimiano menciona el 25 de enero una "Translatio S. Pauli Apostoli". "Poco a poco fué variando la orientación histórica, y el concepto de una traslación material de las reliquias de San Pablo, fué sustituido por el de una traslación o cambio psicológico y espiritual, verificado en el camino de Damasco. De este modo se pasó de la translatio física, a la conversion mística del Apóstol" (Lib. Sacram., t. VI). Esta fiesta parece ser de origen galicano y sólo poco a poco fué pasando a los libros romanos, a partir del siglo VIII. Los textos del Oficio y de la Misa sobrepasan el objeto histórico y determinado de esta fiesta. Se trata en ellos no sólo de lá Conversión de San Pablo, sino de todo a cuanto ella dió principio, del celo y de los sufrimientos del Apóstol.

sábado, 24 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN FRANCISCO DE SALES, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

Acércase ahora a la cuna del dulce Hijo de María, el angelical obispo Francisco de Sales, digno de ocupar allí un puesto distinguido, por la delicadeza de sus virtudes, la amable sencillez de su corazón y la humildad y ternura de su amor. Llégase rodeado de brillante escolta; setenta y dos mil herejes devueltos a la Iglesia gracias a su celo; una Orden de siervas del Señor, planeada por su amor, y realizada por su genio divino; millares de almas llevadas a la vida de piedad por su doctrina tan segura como misericordiosa que le ha valido el título de Doctor.
Concedióselo Dios a su Iglesia para consolarla de las blasfemias de los herejes que iban predicando por doquier la esterilidad de la Iglesia romana en materia de caridad; frente a los rígidos secuaces de Calvíno puso a este ministro verdaderamente evangélico; el ardor de la caridad de Francisco de Sales logró fundir el hielo de aquellos obstinados corazones. Si tenéis herejes para convencer, decía el sabio cardenal du Perron, enviádmelos; si se trata de convertirlos, mandádselos a Monseñor de Ginebra.
En medio de su siglo apareció, pues, Francisco de Sales, como la imagen viva de Cristo, abriendo sus brazos, y llamando a los pecadores a penitencia, a los extraviados a la verdad, a los justos a mayor perfección, y a todos a la confianza y al amor. En él descansaba el Espíritu Santo con su fortaleza y su dulzura; por eso, en estos días en que hemos celebrado la bajada de este Espíritu sobre el Verbo en aguas del Jordán, no podemos olvidar un conmovedor episodio sucedido a este admirable Obispo en relación con su divino Jefe. Ofrecía el santo sacrificio de la Misa un día de Pentecostés en Annecy; Francisco de Sales estaba de pie ante el altar; una paloma penetró en la Catedral y quedó asustada ante la aglomeración del pueblo y de sus cantos; después de haber revoloteado durante largo tiempo, fué a descansar sobre la cabeza del Santo Obispo, con gran admiración de los fieles: símbolo emocionante de la dulzura de Francisco, lo mismo que el globo de fuego que apareció, durante la celebración de los sagrados Misterios, sobre la cabeza de San Martín, significando el ardor que consumía el corazón del Apóstol de las Galias.
Otra vez, en la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, oficiaba Francisco en Vísperas, en la Colegiata de Annecy. Estaba sentado en un trono cuyos dibujos representaban el árbol profético de Jesé, que según la profecía de Isaías, produjo el tallo virginal del que salió la flor divina sobre la que se posó el Espíritu del amor. Mientras cantaban los salmos penetró en la Iglesia una paloma, por una hendidura de la vidriera del coro, del lado de la Epístola. Después de revolotear algún tanto, dice el historiador, vino a posarse en la espalda del Santo Obispo, y luego en sus rodillas, de donde la cogieron los ministros que le asistían. Después de Vísperas, subió Francisco al púlpito y deseoso de alejar de sí la aplicación que a su favor podía hacer el pueblo de la aparición de aquel símbolo, y para desterrar cualquier idea que pudiese parecer como una gracia del cielo a su persona, cantó las glorias de María, que llena de la gracia del Espíritu Santo, mereció ser llamada, paloma hermosísima, en la que no hay mancha alguna.
Si tratamos de buscar entre los discípulos del Señor, el tipo de santidad más conforme con este santo Prelado, inmediatamente nos viene al pensamiento el nombre de Juan, el discípulo amado. Francisco de Sales es, como él, el Apóstol del amor; la sencillez del Evangelista que acariciaba en sus manos venerables una avecilla, es madre de la suave inocencia que anidaba en el corazón del Obispo de Ginebra. La presencia de Juan, el acento de su voz simplemente convidaba a amar a Jesús; los contemporáneos de Francisco decían: Oh Dios, si tan grande es la bondad del Obispo de Ginebra ¿cuál no será la tuya?
Esta semejanza entre el amigo de Cristo y Francisco de Sales se manifestó también en el momento supremo, cuando el día mismo de San Juan, después de haber celebrado la Santa Misa y distribuido la comunión por su propia mano a sus queridas hijas de la Visitación, sintió el primer desfallecimiento que debía traer a su alma la liberación de las ligaduras del cuerpo. Acudieron en seguida a su lado, pero su conversación estaba ya en el cielo. A la mañana siguiente voló hacia su patria, en la fiesta de los santos Inocentes, en medio de los cuales mereció descansar eternamente por el candor y sencillez de su alma.
San Francisco de Sales, ocupa, pues, un lugar en el calendario al lado del Amigo del Salvador y de las tiernas víctimas, comparadas por la Iglesia a un gracioso ramillete de rosas; y aunque no ha sido posible colocar su memoria en el aniversario de su salida de este mundo, porque esos dos días se hallan ocupados con la festividad de San Juan y la de los Inocentes de Belén, al menos ha querido la Santa Iglesia celebrar su fiesta en el tiempo dedicado a honrar el Nacimiento del Emmanuel.
Corresponde, pues, a este amante del Rey recién nacido revelarnos los encantos del Niño del pesebre. Con el fin de aprovecharnos de su pensamiento, vamos a espigarlo en su correspondencia, donde manifiesta en toda su delicadeza los sentimientos que embargaban su corazón en presencia de los Misterios navideños.
Hacia fines del Adviento de 1619 escribía a una religiosa de la Visitación, animándola a disponer su corazón para la llegada del celestial Esposo: "He aquí, mi muy querida hija, al pequeño pero amable Jesús, que va a nacer entre nosotros durante estas próximas fiestas; y ya que va a nacer para visitarnos de parte de su eterno Padre; ya que pastores y reyes van a llegarse en visita hasta la cuna, se me hace que Él es Padre e Hijo ai mismo tiempo de esta Santa María de la Visitación.
Por tanto, acaricíale bien; dále buena acogida lo mismo tú que todas tus hermanas, entónale bellos cánticos, y sobre todo adórale muy expresiva y dulcemente y en Él, adora su pobreza, su humildad, su obediencia y su dulzura, imitando a su Santísima Madre y a San José; recoge alguna de sus preciosas lágrimas, dulce rocío del cielo, y colócala en tu corazón, para que nunca tenga más tristezas que las que alegran a ese dulce Infante; y cuando le encomiendes tu alma, acuérdate de recomendarle también la mía, que es al mismo tiempo tuya.
Con gran amor, saludo al grupo querido de nuestras hermanas, a quienes considero como sencillas pastorcitas que cuidan de sus ovejas, es decir, de sus afectos, y que avisadas por el Ángel, acuden a adorar al divino Infante, y en prenda de su eterna servidumbre, le ofrecen el más hermoso de sus corderos, es decir, su amor, sin reservas ni excepciones."
La Víspera del Nacimiento del Señor, gustando ya de antemano las alegrías de la noche que va a traer al Redentor a la tierra, Francisco se expansiona con su hija predilecta, Juana Francisca de Chantal, invitándola a saborear con él los encantos del divino Niño y a aprovecharse de su visita.
"El gran exniñito de Belén sea siempre la delicia y el amor de nuestros corazones, queridísima madre e hija mía. ¡Ah, qué hermoso es ese pobre niñito! Se me figura que veo a Salomón en su gran trono de marfil, dorado y pulido, sin otro igual en todos los reinos, como dice la Escritura: un rey sin par en su gloria y magnificencia. Prefiero cien veces ver a este querido Infantito en su pesebre, a contemplar a todos los reyes en sus tronos.
Y cuando le considero en las rodillas o en los brazos de su Santa Madre con su boquita, pequeño capullo de rosa, pegada a las azucenas de sus sagrados pechos, entonces, oh Dios, lo hallo más bello en este trono, no sólo que Salomón en el suyo de marfil, sino más bello que lo fué nunca en el cielo ese mismo Hijo del Padre eterno, porque si bien el cielo ostenta más cosas visibles, la Santísima Virgen tiene más perfecciones invisibles; y una sola gota de la leche virginal que fluye de sus sagrados pechos vale más que todo el aparato de los cielos. ¡Háganos el gran San José participar de su consuelo, la excelsa Madre de su amor, y quiera el Hijo derramar sus gracias en nuestros corazones!
Ruegoos que descanséis lo más suavemente que podáis junto al celestial Infantito: no dejará de amar vuestro querido corazón, tal como se encuentra, seco y árido. ¿No veis cómo recibe el aliento de ese gran buey y de ese asno que no tienen sentimiento alguno? ¿No ha de recibir los suspiros de nuestro pobre corazón, que aunque sin devoción actual, con todo eso se sacrifica a sus pies con firmeza y perseverancia, para ser eternamente un siervo fiel del suyo, del de su Santa Madre, y del Vicario de este Reyeclto?"
Ha pasado la santa noche, que trae consigo Paz a los hombres de buena voluntad; una vez más busca Francisco el corazón de la hija que Jesús le ha confiado, para derramar en él las dulzuras saboreadas en la contemplación de este misterio de amor.
"Oh Jesús verdadero, ¡cuán dulce es esta noche, mi queridísima hija! Los cielos, canta la Iglesia, destilan miel por doquier; en cuanto a mi, pienso que los Ángeles del cielo que hacen resonar en el aire sus admirables cánticos, van a recoger esa miel celestial en las azucenas en que se halla, estás en el corazón de la dulcísima Virgen y de San José. Temo, mi querida hija, que esos divinos espíritus se equivoquen entre la leche que sale del seno virginal y la miel del cielo reunida en sus pechos ¡Qué dulce es ver la miel junto a la leche!
Por eso, yo os pregunto, querida hija ¿no soy demasiado atrevido, pensando que nuestros buenos Ángeles, vos y yo, nos hallamos entre el querido cortejo de los celestes músicos que cantaron esa noche? ¡Oh Dios, si tuviesen a bien entonar una vez más al oído de nuestro corazón, aquel canto celestial, qué alegría! ¡qué regocijo! Así se lo suplico, para que haya gloria en el cielo y paz en la tierra para los corazones de buena voluntad.
Al volver, pues, de los sagrados misterios, doy los buenos días a mi hija: porque supongo que los pastores descansaron un poco aún, después de haber adorado al celestial Infante que el cielo les había anunciado. Pero, oh Dios ¡qué dulce me figuro su descanso! Seguramente seguían oyendo todavía la melodía angélica que los había saludado con su canto, y veían al querido Niño y a la Madre a quienes habían visitado.
¿Qué podríamos dar a nuestro Reyecito que no hayamos recibido de Él y de su divina largueza? Pues bien, le daré en la Misa Mayor, la única pero amadísima hija que me ha dado. Házla, oh Salvador de nuestras almas, completamente de oro en el amor, de mirra en la mortificación, de incienso en la oración; y luego recíbela en los brazos de su santo amparo, y que diga tu corazón al suyo: "Soy tu salvación por los siglos de los siglos."
Dirigiéndose otra vez a una esposa de Cristo, la exhorta a nutrirse de la dulzura del recién nacido, en los siguientes términos:
"Cual mística abeja no se separe nunca vuestra alma de este querido Reyecito, haga su panal en torno a Él, en Él, y para Él; tómele a Él, a ese Reyecito cuyos labios rebosan de gracia, y sobre los cuales esos santos animalitos, reunidos en enjambre hacen su dulce y gracioso trabajo, mucho mejor que lo hicieron sobre los labios de San Ambrosio".
Pero, hemos de detenernos; escuchemos, con todo, una vez más, cómo nos refiere las gracias del santo Nombre de Jesús, impuesto al Salvador entre los dolores de su Circuncisión; escribe así a su santa cooperadora:
"Oh Jesús, llena nuestro corazón con el santo bálsamo de tu divino Nombre, para que la suavidad de su aroma se difunda por todos nuestros sentidos e invada todas nuestras acciones. Pero, para que este corazón sea capaz de recibir tan dulce licor, circuncídale, y corta en él todo lo que pueda desagradar a tus divinos ojos. ¡Oh glorioso Nombre, pronunciado desde toda la eternidad por boca del Padre celestial, grábate para siempre en nuestra alma, para que, pues eres su Salvador, sea ella eternamente salva! ¡Oh Virgen Santa, la primera de toda la naturaleza humana que pronunciaste ese Nombre de salvación, inspíranos la manera de pronunciarlo dignamente, para que todo en nosotros respire la salud que tus entrañas nos trajeron.
Era necesario, queridísima hija, que escribiera la primera carta de este año a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, y esta es, hija mía, la segunda por la que os felicito el nuevo año, y consagro nuestro corazón a la divina bondad. Ojalá podamos vivir este año de tal modo, que nos sirva de fundamento para el año de la eternidad. Esta mañana al despertar, he gritado a vuestro oído: ¡Viva Jesús! y mi deseo hubiera sido poder derramar este óleo sagrado por toda la faz de la tierra.
Cuando un perfume está bien cerrado en su redoma, nadie puede saber qué esencia contiene, si no es el que la ha puesto; pero cuando se abre el frasco y se derraman algunas gotas, cada uno dice: Es tal esencia. Mi querida hija, nuestro amado y pequeño Jesús está rebosando aromas de salvación, pero nadie le conocía hasta que el cuchillo dulcemente cruel desgarró sus carnes divinas; entonces se pudo advertir, que es pura esencia y óleo derramado, y bálsamo de salvación. Por eso, San José y Nuestra Señora y luego todos a su alrededor, comenzaron a exclamar: Jesús, que quiere decir, Salvador.
Quiera el divino Infante rociar nuestros corazones con su sangre y perfumarlos con este Santo Nombre, para que las rosas de los buenos deseos que hemos concebido sean todas purpuradas con su sangre, y aromatizadas con su ungüento."

Vida

Nació San Francisco en Saboya el 21 de agosto de 1567; estudió en París y luego en Padua. Ordenado de sacerdote el 18 de Octubre de 1593 y nombrado Preboste de la Iglesia de Ginebra, trabajó con grandes fatigas y éxito en la conversión de los protestantes del Chablais. De ellos ganó para la fe católica a unos 72.000. Consagrado obispo de Ginebra el 8 de diciembre de 1602, fundó ocho años más tarde, la Orden de la Visitación de Nuestra Señora, escribió libros de celestial doctrina, derramó por todas partes los rayos de su santidad por su celo, su dulzura, su misericordia para con los pobres y todas las demás virtudes. Murió en Lyon en 1622. Canonizóle Alejandro VII el 19 de Abril de 1665 y Pío IX le declaró Doctor de la Iglesia el 19 de julio de 1877. Su cuerpo descansa en la Visitación de Annecy.
¡Oh pacífico conquistador de las almas, Pontífice amado de Dios y de los hombres, en ti celebramos la dulzura del Emmanuel! De El aprendiste a ser manso y humilde de corazón, y por eso, poseíste la tierra, conforme a su promesa. (Mat., V, 4.) Nada te resistió; los más obstinados sectarios, los pecadores más endurecidos, las almas más tibias, todo cedió a tu palabra y a tus ejemplos. ¡Cómo nos complacemos contemplándote junto a la cuna del Niño que viene a amarnos, uniendo tu gloria a la de Juan y a la de los Inocentes! Apóstol como aquel y sencillo como los hijos de Raquel, haz que nuestro corazón esté siempre al lado de tan feliz compañía; y que conozca por fin, cuán suave es el yugo del Emmanuel y ligera su carga.
Enciende nuestras almas en el fuego de tu amor; alienta en ellas el deseo de la perfección. Doctor de los caminos del espíritu, introdúcenos en esa santa Vía cuyas leyes trazaste; aviva en nuestros corazones el amor del prójimo, sin el cual sería inútil que pretendiéramos alcanzar, el amor de Dios; inicíanos en tu celo por la salvación de las almas; enséñanos la paciencia y el perdón de las injurias, para que nos amemos todos, como dice San Juan, no sólo de boca y de palabra, sino de obra y de verdad. (I S. Juan, III, 18.) Bendice a la Iglesia de la tierra; tu memoria está tan fresca en ella como si acabaras de dejarla por la del cielo, porque no eres ya únicamente el Obispo de Ginebra, sino el objeto del amor y de la confianza del mundo entero.
Apresura la conversión general de los secuaces de la herejía calvinista. Tus oraciones han iniciado ya la obra del retorno, de manera que en la protestante Ginebra se ofrece ahora públicamente el sacrificio del Cordero. Realiza lo antes posible el triunfo de la Iglesia Madre. Extirpa los últimos vestigios de la herejía janseniana que quedan entre nosotros, de esa herejía que se disponía a sembrar su cizaña cuando el Señor te sacaba de este mundo. Limpia nuestras provincias de las máximas y costumbres peligrosas heredadas de los tiempos en que triunfaba esta perversa secta.
Bendice con toda la ternura de tu paternal corazón a la sagrada Orden que fundaste, y que consagraste a María, bajo el título de su Visitación. Consérvala de manera que sirva de edificación para la Iglesia; auméntala y dirígela para que se mantenga tu espíritu en esa familia de la que eres padre. Protege al Episcopado del que eres ornato y modelo; pide a Dios, para su Iglesia Pastores formados en tu escuela, abrasados de tu celo, imitadores de tu santidad. Acuérdate, finalmente de Francia, a la que te has unido con tan estrechos vínculos. Conmovióse ella con la fama de tus virtudes, codició tu apostolado y te proporcionó tu más fiel cooperadora; por tu parte enriqueciste su lengua con tus admirables escritos; de su seno saliste para marchar a Dios; considérala, pues, desde lo alto del cielo como tu propia patria.
Fuente:El Año Litúrgico de Dom Próspero Gueranger

viernes, 23 de enero de 2026

SANTORAL

SAN ILDEFONSO, OBISPO Y CONFESOR

La Iglesia española envía hoy a uno de sus obispos ante la cuna del divino Niño con el encargo de honrar su nacimiento. A primera vista parece que las alabanzas que oímos de boca de Ildefonso no tienen más objeto que honrar a María; pero ¿se puede honrar a la Madre sin proclamar la gloria del Hijo, en cuyo alumbramiento radican todas las grandezas de aquella? En medio de ese coro de ilustres Pontífices que honraron el episcopado español en el siglo VII y VIII, aparece en primer lugar Ildefonso, el Doctor de la Virginidad de Maria, como Atanasio lo fué de la Divinidad del Verbo, Basilio de la Divinidad del Espíritu Santo, y Agustín de la Gracia. El arzobispo de Toledo expuso su enseñanza con profunda doctrina y gran elocuencia, probando al mismo tiempo, contra los judíos, que María concibió sin perder su virginidad; contra los adeptos de Joviniano, que permaneció Virgen en el parto, y contra los secuaces de Helvidios que fué Virgen después del parto. Antes que él habían tratado otros Doctores estas cuestiones separadamente; Ildefonso reunió en un haz luminoso todas esas luces, y mereció que una Virgen Mártir saliese de su sepultura para felicitarle por haber defendido el honor de la Reina de los cielos. Finalmente, la misma María, le vistió con sus manos virginales una maravillosa casulla que anunciaba el resplandor del vestido luminoso con que brilla Ildefonso eternamente, al pie del trono de la Madre de Dios.

V i d a

 San Ildefonso nació en Toledo. Fué discípulo de San Isidoro durante doce años en Sevilla, y luego Arcediano de Toledo. Poco después hizo profesión y fué elegido Abad del monasterio benedictino Agállense. Electo arzobispo de Toledo fué muy útil a su pueblo, por su doctrina, ejemplos y milagros. Refutó a los herejes que negaban la perpetua virginidad de María, la cual se le apareció para premiar su celo. Murió en 667 y su cuerpo descansa actualmente en Zamora.
Gloria a ti, oh santo Pontífice, que te elevas con tanto honor en esta tierra de España tan fecunda en valientes caballeros de María: Véte a ocupar un puesto junto a la cuna, donde esa Madre incomparable vela amorosamente al lado de su Hijo, el cual, siendo al mismo tiempo su Dios y su Hijo, consagró su virginidad en vez de lastimarla. Encomiéndanos a su ternura; recuérdala que es también Madre nuestra. Ruégala que atienda los himnos que entonamos en su honor, y que haga aceptar al Emmanuel el homenaje de nuestros corazones. Con el fin de ser bien acogidos por ella, nos atrevemos, oh Doctor, de la Virginidad de María, a tomar tus palabras y decirlas contigo: "A ti acudo ahora, Virgen única, Madre de Dios; a tus pies me prosterno, cooperadora única de la Encarnación de mi Dios; ante ti me humillo, Madre única de mi Señor. Suplicóte, sierva sin par de tu Hijo, que obtengas el perdón de mis pecados y ordenes que sea purificado de la maldad de mis obras. Haz que ame la gloria de tu virginidad; revélame la dulzura de tu Hijo; dame la gracia de hablar con toda sinceridad de la fe de tu Hijo, y de saber defenderla. Concédeme la gracia de unirme a Dios y a ti, de serviros a ambos: a Él como a mi Creador; a ti, como a la Madre de mi Creador; a Él como al Señor de los ejércitos; a ti como a la sierva del Señor de todo lo creado; a Él como a Dios, a ti, como a la Madre de Dios; a Él como a mi Redentor, a ti, como al instrumento de mi redención. Si Él fué precio de mi rescate, su carne fue formada de tu carne; de tu sustancia tomó el cuerpo mortal con el cual borró mis pecados; de ti se dignó tomar mi naturaleza, a la que elevó por encima de los Ángeles hasta la gloria del trono de su Padre.
Debo ser por tanto tu esclavo, pues tu Hijo es mi Señor. Tú eres mi Señora porque eres la sierva de mi Señor. Soy el esclavo de la esclava de mi Señor, porque tú, que eres mi Señora, eres Madre de mi Señor. Te suplico, oh Virgen santa, hagas que posea a Jesús, por la virtud de Aquel mismo Espíritu, por medio del cual concebiste tú a Jesús; que conozca a Jesús, por el mismo Espíritu que a ti te hizo conocer y concebir a Jesús; que hable yo de Jesús, por el mismo Espíritu por el cual tú te declaraste sierva del Señor; que ame a Jesús, por el mismo Espíritu por medio del cual tú le adoras como a tu Señor y le amas como a Hijo tuyo; que obedezca finalmente, a Jesús con la misma sinceridad con que Él, siendo Dios, te obedeció a ti y a José."
FuenteEl Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranger

jueves, 22 de enero de 2026

S A N T O R A L

SAN VICENTE, MÁRTIR

El ilustrísimo mártir san Vicente nació en la ciudad de Huesca, y criose en la de Zaragoza del reino de Aragón. Su padre se llamó Enriquio, y su madre Enola. Desde niño se inclinó á las obras de piedad, y virtud, se dio á las letras, y finalmente fué ordenado de diácono por san Valerio, obispo de Zaragoza, el cual, por ser ya viejo, é impedido de la lengua, encomendó a san Vicente el oficio de predicar. Eran emperadores en este tiempo Diocleciano y Maximiano, tan crueles tiranos, y fieros enemigos de Jesucristo, que nunca se vieron hartos de sangre de cristianos, pensando por este camino tener gratos á sus falsos dioses, y establecer con el favor de ellos mas su imperio. Enviaron los emperadores á España por presidente, y ministro de su impiedad á Daciano, tan ciego en la superstición de los dioses, y tan bravo, y furioso en la fiereza, como ellos. Llegó esto monstruo á Zaragoza: hizo grande estrago en la Iglesia de Dios: atormentó, y mató á muchos cristianos: prendió á otros, y entre ellos á san Valerio, obispo, y á san Vicente, diácono suyo, que eran los dos, que más lo podían resistir, y en quienes todos los otros cristianos tenían puestos los ojos, y cuyo ejemplo, y gran fortaleza más los podía esforzar. Pero queriendo el presidente tratar más de espacio la causa de estos dos santos, los mandó llevar á la ciudad de Valencia á pié, y cargados de hierro; y ellos fueron con mucha pobreza, y mal tratamiento de los ministros, que por esta crueldad pensaban ganar la gracia de su amo. Llegados á Valencia, los echaron en una cárcel obscura, hedionda, y pesada, donde estuvieron muchos días apretados de hambre, y de sed, de cadenas, y prisiones; pero muy regalados del Señor, porque padecían por su amor. Pensaba el presidente, que con el tiempo, y mal tratamiento ablandaría aquellos corazones esforzados; mas sucedió tan al contrario, que cuanto más los afligía, tanto más se alentaban, y con el fuego de la tribulación resplandecía mas el oro de su caridad, y sus mismos cuerpos de carne, y flacos, cobraban fuerzas con las penas. Mandóles Daciano traer delante de sí: y como los vio sanos, robustos, y alegres, pensando, que con la hambre, sed, y los trabajos de la dura cárcel, estarían marchitos, desmayados, y consumidos, enojóse sobre manera contra el carcelero, creyendo, que los había regalado, y díjole: ¿Esto es, lo que te he mandado? ¿Así han de salir de la cárcel fuertes, y lucidos los enemigos de nuestro imperio? Y volviéndose á los santos mártires, dijo: ¿Qué me dices, Valerio? ¿Quieres obedecer á los emperadores, y adorar á los dioses, que ellos adoran? Y como el santo viejo respondiese mansamente, y quedo, y por el impedimento de su lengua no se entendiese bien su respuesta; tomó la mano san Vicente, y con grande espíritu, y fervor dijo á Valerio: ¿Qué es esto, padre mió? ¿Porque hablas entre dientes, como si tuvieses temor de este perro? Levanta la voz, para que todos te oigan, y la cabeza de esta serpiente infernal quede quebrantada: y si por tu mucha edad, y flaqueza no puedes; dame licencia, que yo le responderé. Y habida la licencia, dijo á Daciano: Estos tus dioses, Daciano, sean para tí: ofréceles tú incienso, y sacrificio de animales; y adórales como a defensores de vuestro imperio: que nosotros los cristianos sabemos, que son obras, de los que las fabricaron, y que no sienten, ni se pueden mover, ni oír, á quien los invoca. Nosotros reconocemos aquel sumo artífice, que crió el cielo, y la tierra por sola su voluntad, y con su singular providencia rige, y gobierna esta máquina del mundo. A este solo Señor tenemos por Dios: á él adoramos: á él reverenciamos, y á su benditísimo hijo Jesucristo, que vestido de nuestra carne humana murió por nosotros en la cruz; y para pagarle, de la manera, que podemos, aquel infinito amor con nuestro amor, y aquella muerte con nuestra muerte, deseamos padecer muchos tormentos, y derramar la sangre, y dar la vida por su santísima fé.
San Valero y San Vicente ante el tribunal romano», de Antonio Bisquert. Siglo XVII.
San Valero y San Vicente ante el tribunal romano
Antonio Bisquert. Siglo XVII
Con estas palabras cobraron grandes esfuerzos los cristianos, que estaban presentes, y el presidente grande indignación. Mandó, que el santo obispo fuese desterrado, y san Vicente cruelmente atormentado. Desnúdanle los sayones: cuélganle de un alto madero: estíranle con cuerdas de los pies; y descoyuntan sus sagrados miembros: y en el mismo tormento le hablaba Daciano, y le decía: ¿No ves, cuitado, cómo está despedazado tu cuerpo? Al cual el valeroso mártir, con rostro alegre, y risueño respondió: Esto es, lo que siempre deseé: créeme, Daciano, que ningún hombre me podía hacer mayor beneficio, que el que tú me haces, aunque sin voluntad de hacerle. Mayor tormento padeces tú, viendo, que tus tormentos no me pueden vencer, que el que yo padezco. Por tanto yo te ruego, que no te amanses, ni aflojes un punto el arco, que contra mí tienes flechado: porque cuanto más crueles fueren tus saetas, tanto más gloriosa será mi corona, y yo cumpliré mejor con el deseo, que tengo de morir por aquel Señor, que por mí murió en la cruz. Salió de sí con estas palabras el fiero tirano, y con los ojos turbados, echando espumajos por la boca, y dando bramidos como un león, arrebató los azotes sangrientos de mano de los verdugos, y comenzó á dar con ellos, no al santo mártir, sino á los mismos verdugos, llamándolos flojos, mujeres, y gallinas. Entonces Vicente miró á Daciano blandamente, y díjole: Mucho te debo, Daciano; pues haces oficio de amigo, y me defiendes: hieres, á los que me hieren: azotas, á los que me azotan; y maltratas, á los que me maltratan. Todo esto era echar aceite en el fuego, y encender mas el ánimo del tirano, viendo hacer burla de sus tormentos. Padecía la carne del santo levita, y hablaba su espíritu; y con lo que el espíritu hablaba, la impiedad del tirano quedaba convencida, y el mártir cobraba fuerzas. Mandó Daciano á aquellos sayones, que continuasen sus tormentos, y con garfios, y uñas de hierro rasgasen el santo cuerpo, y ellos lo hicieron con extraño furor; mas el santo, como si no fuera de carne, ni sintiera sus dolores, así hacia escarnio de aquellos crueles atormentadores, y les decía: ¡Que flacos sois! ¡Qué pocas fuerzas tenéis! Por más valientes os tenia. Estaban los verdugos cansados de atormentar al santo; y él no lo estaba de ser atormentado. Ellos habían perdido el aliento, y no podían pasar adelante en su trabajo; y nuestro Vicente estaba muy alentado, y gozoso, y cobraba nuevas fuerzas de sus penas; para que, como dice san Agustín, consideremos en esta pasión la paciencia del hombre, y la fortaleza de Dios. Si miramos la paciencia del hombre, parece increíble; si miramos el poder de Dios, no tenemos de que maravillarnos. Vistióse Dios de la flaqueza del hombre, y por eso sudó sangre, cuando oró en el huerto por la terribilidad de los tormentos, que se le representaban; y vistió el hombre de la virtud de su deidad, para que pase los suyos con fortaleza, y alegría, y el hombre quede obligado á hacer gracias al Señor por lo que tomó de su flaqueza, y le comunicó de su virtud. Así lo vemos en san Vicente, á quien Dios armó de tan divina fortaleza, y constancia, que los tormentos le parecían regalos, las espinas flores, el fuego refrigerio, la muerte vida; y parece, que á porfía peleaban la rabia, y furor de Daciano, y el ánimo, y fervor del santo mártir: el uno en darle penas; y el otro en sufrirlas: pero antes se cansó Daciano en atormentarle, que Vicente en reírse de sus tormentos. Pusiéronle en una cruz: extendiéronle en una como cama de hierro ardiendo: abrasáronle los costados con planchas encendidas: corrían los ríos de sangre, que salían de sus entrañas con tanta abundancia, que apagaban el fuego: la carne estaba consumida; y solos los huesos quedaban ya denegridos, y requemados. Mandaba el prefecto echar gruesos granos de sal en el fuego, para que saltando le hiriesen: y el valeroso soldado de Cristo, como si estuviera en una cama de rosas, y flores, así hacía burla, de los que le atormentaban, y más de Daciano: el cual viéndose vencido del santo mozo, mandó, que de nuevo le echasen en una cárcel muy obscura, y que la sembrasen de agudos pedazos de tejas, y lo arrastrasen sobre ellas, para que no quedase parte de su cuerpo sin nuevo, y agudo dolor; aunque, como dice san Isidoro, no buscó Daciano el secreto, y obscuridad de la cárcel, tanto por atormentar con ella á san Vicente, cuanto por encubrir su tormento, y la pena, que tenia de verse vencido de él. Estaba el valeroso levita sobre aquella cama dura, y dolorosa, con el cuerpo muerto, y con el espíritu vivo, aparejándose para nuevos martirios, y nuevas penas, cuando el Señor, mirando á su soldado desde el ciclo, tuvo por bien de darle nuevo favor, y mostrar, que nunca desampara, á los que confían en el. Habíale regalado con la constancia, y alegría en los tormentos, y con el fervoroso deseo de sufrir más, y con la victoria tan gloriosa de sus penas: ahora quiso hacerle otro regalo mayor, librándole de ellas con espanto de sus mismos enemigos.
Descubrióse en aquella cárcel sucia, y tenebrosa una luz venida del cielo: sintióse una fragancia suavísima: bajaron ángeles á visitar al santo mártir, el cual en un mismo tiempo vio la luz, sintió el olor, y oyó los ángeles, que con celestial armonía le recreaban. Turbáronse las guardas, creyendo, que san Vicente se había huido de la cárcel; mas el santo, viéndolos así turbados: les dijo: No he huido, nó: aquí estoy: aquí estaré, entrad, hermanos, y gustad parte del consuelo, que Dios me ha enviado; que por aquí conoceréis, cuan grande es el rey, á quien yo sirvo, y por quien yo tanto padezco; y después de haberos enterado de esta verdad, decidlo á Daciano de mi parle, que apareje nuevos tormentos: porque yo ya estoy sano, y aparejado á sufrir otros mayores. Fueron los soldados á Daciano: dijéronle lo que pasaba, y quedó como muerto, y fuera de sí; y entre tanto que pensaba, lo que había de hacer, estaban los ángeles dando suavísima música al santo mártir, y haciéndole dulcísima compañía, y, como dice Prudencio, hablando de esta manera: Ea, mártir invicto, no temas; que ya los tormentos te temen á tí, y para contigo han perdido toda su fuerza. Nuestro Señor Jesucristo, que ha visto tus batallas gloriosas, te quiere ya, como á vencedor coronar: deja ya el despojo de esta flaca carne; y vente con nosotros á gozar de la gloria del paraíso.
Pasada aquella noche, mandó Daciano, que trajesen al santo mártir á su presencia: y viendo, que la crueldad y fuerza, que había usado contra él, le había salido vana; quiso con astucia y blandura tentar aquel pecho invencible, que á tantos tormentos había resistido, y comenzóle á regalar con dulces palabras, y á decirle: Muy largos, y muy atroces han sido tus tormentos: razón será, que descanses en una cama blanda y olorosa, y que busquemos medios, con que cobres la salud. No era este celo, ni caridad, ni arrepentimiento del tirano, sino una sed insaciable de sangre del mártir: queríale sanar, para atormentarle de nuevo; y darle fuerzas, para que pudiese mas sufrir. Estas son las artes, como dice san Agustín, que el mundo usa contra los soldados de Cristo: halaga para engañar: espanta para derribar: pero con dos cosas se vence el mundo; con no dejarnos llevar de nuestro apetito y propia voluntad, y con no dejarnos espantar de la crueldad ajena. Mas el glorioso mártir de Cristo, Vicente, en viéndose tendido en aquella cama blanda y regalada, aborreciendo mas las delicias, que las penas, y el regalo, que el tormento, dio su espíritu: el cual, acompañado de los espíritus celestiales, subió al cielo, y fué presentado delante del acatamiento del Señor, por quien tanto había padecido. Embravecióse sobre manera Daciano: y dejando aquella máscara de vulpeja, que había tomado, volvióse luego á la suya propia de león, y propuso vengarse del cuerpo del santo muerto; pues que no había podido vencerle vivo. Mandó echar el sagrado cuerpo á los perros y á las fieras, para que fuese despedazado y comido de ellas, y los cristianos no le pudiesen honrar. Pero ¿qué puede toda la potencia y maldad de los hombres malvados, contra los siervos de aquel Señor, que con tanta gloria suya los defiende en la vida, y en la muerte; y después de la muerte los hace triunfar, quedando sus enemigos vencidos, y confusos? Estaban los miembros de nuestro vencedor, desnudos y arrojados en el suelo, junto á un camino, y allí cerca de un monte, para que las aves del cielo, y las bestias fieras se cebasen en él: pero en viendo alguna ave de rapiña sobre el santo cuerpo, luego salía del monte un cuervo grande, y graznando y batiendo sus alas, embestía con la ave atrevida, y con el pico, uñas y alas, le daba tanta picada, que la ahuyentaba, y se retiraba, y se ponía como guarda á vista del santo cuerpo. Vino un lobo, para encarnizarse en él; mas el cuervo le asaltó y se le puso sobre su cabeza, y le dio tantas picadas y tantos alazos en los ojos, que le hizo volver más que de paso á la cueva, de donde había salido. ¡O bondad inmensa del Señor, que así sabe regalar á los suyos! ¡O omnipotencia de Dios, á quien todas las criaturas sirven! ¿Cuál fué mayor milagro, que el cuervo trajese de comer á Elías hambriento; ó que el cuervo hambriento no comiese del cuerpo muerto de Vicente; y que no solamente no comiese, mas que no dejase comer á las otras aves de rapiña, y floras hambrientas? ¡O loco furor, y furiosa locura de Daciano, dice san Agustín! El cuervo sirve á Vincencio y el lobo le reverencia; y Daciano le persigue, y no tiene vergüenza de porfiar en su maldad, y de encruelecerse más contra aquel, que las bestias fieras, olvidadas de su fiereza, procuran amparar, y defender.
San Vicente ante Daciano
Supo Daciano lo que pasaba, y dio gritos como un loco, y decía: ¡O Vicente, aun después de muerto vences, y tus miembros desnudos, y sin sangre, y sin espíritu me hacen guerra! No, no será así, y volviéndose á los sayones, y ministros de su crueldad, mandóles, que tomasen el cuerpo del santo mártir, y cosido en un cuero de buey, como solían á los parricidas, le echasen en lo más profundo del mar, para que fuese comido de los peces, y nunca jamás pareciese; pensando poder vencer en el mar, á quien no había podido vencer en la tierra; como si Dios no fuese tan señor de un elemento, como lo es del otro, y tan poderoso en las aguas, como en la tierra, y el que, como dice el real profeta, hace todo lo que quiere en el cielo y en la tierra, en el mar y en todos los abismos. Toman el cuerpo santo los impíos ministros: llévanle en un barco, tan dentro del mar, que no se veía sino agua y cielo: échanle en aquel profundo abismo, y vuélvense muy contentos hacia tierra, por haber cumplido el mandato del presidente. Mas la poderosa mano del muy alto, que había recibido en su seno el espíritu de Vicencio, cogió el cuerpo de en medio de las ondas, para que se pusiese en el sepulcro, y con tanta facilidad y presteza le trajo sobre las ondas á la orilla del mar. que cuando llegaron los ministros de Daciano, que le habían arrojado, le hallaron en ella; y asombrados, y despavoridos, no lo osaron mas tocar. Las ondas blandamente hicieron una hoya, y cubrieron el santo cuerpo con la arena, que allí estaba, como quien le daba sepultura; hasta que el santo mártir avisó á un hombre, que le quitase de allí, y le enterrase. Mas como él por miedo de Daciano estuviese tibio y perezoso en ejecutar, lo que le fué mandado; el santo apareció á una buena y devota mujer, viuda, y le reveló el lugar, donde estaba su cuerpo, y mandóle, que le diese sepultura. Hizo la mujer varonil, lo que no había hecho el hombre temeroso; y venciendo con su devoción los espantos del tirano, tomó el cuerpo, y enterróle fuera de los muros de Valencia, en una iglesia, que después se dedicó al Señor en honor del mártir.
Estas fueron las peleas, y victorias, las coronas y trofeos del gloriosísimo mártir san Vicente: el cual como dice san Agustín, tomado de aquel vino, que hace castos y fuertes, á los que le beben, se opuso al encuentro del tirano, que contra Cristo se embravecía: sufrió con paciencia las penas, y estando seguro, hizo burla de ellas, fuerte para resistir, y humilde, cuando vencía; porque sabía, que no vencía él, sino el Señor en él: y por esto, ni las láminas y planchas encendidas, ni las sartenes de fuego, ni el ecúleo, ni las uñas y peines de hierro, ni las espantosas fuerzas de los atormentadores, ni el dolor de sus miembros consumidos, ni los arroyos de sangre, ni ¡as entrañas abiertas que se derretían con las llamas, ni todos los otros exquisitos tormentos, que le dieron, fueron parte para ablandarle un punto, y sujetarle á la voluntad de Daciano. 
Relicario de plata que contiene el brazo momificado de San Vicente
Pues ¿qué es esto, sino mostrarse la fortaleza de Dios en nuestra flaqueza, para que el siervo de Dios, cuando fuere menester poner la vida por la honra de su Señor, no tema su flaqueza, sabiendo, que no ha de pelear él, sino Dios en él? Ya se acabaron la rabia de Daciano, y la pena de Vincencio; mas no acabaron la pena de Daciano, y la corona de Vincencio. ¿En qué parte del mundo no se ha derramado, y extendido la fragancia, y gloria de este martirio? ¿Dónde no resuena el nombre de Vincencio? ¿Quién hubiera oído hablar de Daciano, sino por haber leído la pasión, del que tan gloriosamente le venció? Lo cual nos debe animar á todos á la imitación de nuestro victorioso Vicente, menospreciador del tirano, vencedor de los tormentos, triunfador de la muerte, del demonio y del infierno; para que siendo particioneros de sus merecimientos, lo seamos de sus coronas y triunfos.
Murió san Vicente á los 22 de enero del año del Señor de 303. Escribió san Agustín dos sermones de este glorioso santo, y san Bernardo otro. Hacen honorífica mención de él san León papa, Prudencio, Isidoro, Metafraste, y los demás, que escriben martirologios.
FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc