miércoles, 7 de enero de 2026

S A N T O R A L




SAN RAIMUNDO DE PEÑAFORT, CONFESOR


Después de Hilario, Pablo, Mauro y Antonio, brilla hoy Raimundo de Peñafort, una de las glorias de la Orden de Santo Domingo y de la Iglesia en el siglo XIII.

Según los Profetas, el Mesías vino para ser nuestro Legislador; más aún, es Él la misma Ley. Su palabra ha de ser norma de los hombres, y Él mismo ha de dejar a su Iglesia el poder de legislar, para que conduzca a los pueblos por la santidad y la justicia, hasta los umbrales de la eternidad. La sabiduría del Emmanuel se manifiesta en la disciplina canónica, como su verdad en la enseñanza de su doctrina. Pero al hacer sus leyes, la Iglesia se ayuda de los hombres que le parecen poseer en más alto grado la ciencia del Derecho y la integridad de la moral.

San Raimundo de Peñafort tuvo el honor de manejar su pluma para la redacción del Código canónico. Por orden de Gregorio IX, fué él quien compiló en 1234 los cinco libros de las Decretales.

Discípulo de Aquel que descendió del cielo al seno de una virgen para salvar a los pecadores, convidándoles con el perdón, mereció Raimundo ser llamado por la Iglesia, insigne Ministro del Sacramento de la Penitencia.

Fué el primero que reunió en un cuerpo de doctrina, las máximas de la moral cristiana que sirven para determinar los deberes del confesor en relación con los pecadores que acuden a él a declarar sus pecados. La Suma de Casos penitenciales abrió la serie de esos importantes trabajos, por medio de los cuales algunos peritos y virtuosos doctores trataron de establecer los derechos de la ley y las obligaciones del hombre, con el fin de enseñar al sacerdote el arte de discernir, como dice la sagrada Escritura, lepra de lepra. (Deut., XVII, 8.)

Finalmente, cuando la gloriosa Madre de Dios, Madre también de los hombres, suscitó para la obra de la Redención de los cautivos al generoso Pedro Nolasco, a quien dentro de pocos días veremos llegar ante la cuna del Redentor, Raimundo fué el poderoso instrumento de esta gran obra de misericordia; no sin motivo le considera la Orden de la Merced como uno de sus fundadores, y no en vano le han honrado millares de cautivos, libertados de la esclavitud de los musulmanes, como a uno de los principales autores de su libertad.

Vida

Nació San Raimundo en Barcelona, de la noble familia de Peñafort. Enseñó allí las Humanidades, y fué después a estudiar Derecho a Bolonia. Volvió luego a su ciudad natal, donde brilló por sus eminentes virtudes, sobre todo por su veneración hacia la Santísima Virgen María. A los 45 años profesó en la Orden de Santo Domingo. Fundó con San Pedro Nolasco la Orden de Nuestra Señora de la Merced para la Redención de los cautivos.

Llamado a Roma por Gregorio IX, fué allí su Capellán y Confesor, y redactó las Decretales. Se hizo célebre por sus milagros y murió casi centenario, el 7 de enero de 1275. Su sepulcro está en Barcelona. Canonizóle Clemente VIII.

Fiel dispensador del Sacramento de la Penitencia, supiste extraer del corazón de Dios encarnado, aquella caridad que hizo del tuyo un asilo de pecadores. Amaste a los hombres, y te preocupaste tanto de las necesidades de sus cuerpos como de las de sus almas. Ilustrado por los rayos del Sol de justicia, nos ayudaste a discernir el bien del mal, dándonos reglas para apreciar las llagas de nuestras almas. Roma admiró tu conocimiento de las leyes; y se gloría de haber recibido de tus manos el sagrado Código que gobernó durante mucho tiempo a las distintas Iglesias.Despierta en nuestros corazones, oh Raimundo, la compunción sincera que es una de las condiciones para el perdón en el sacramento de la Penitencia.

Haznos comprender la gravedad del pecado mortal que separa de Dios para siempre, y los peligros del pecado venial que dispone al alma tibia para el pecado mortal. Concédenos hombres llenos de caridad y ciencia, para ejercer ese sublime ministerio que cura a las almas. Protégelos contra el doble escollo de un desesperanzador rigorismo, o de una excesiva blandura. Reaviva en nosotros la verdadera ciencia del Derecho canónico, sin la cual la casa del Señor se convertiría en seguida en morada de desorden y anarquía.Consuela a todos los que languidecen en las prisiones o en el destierro, tú que tuviste un corazón tan compasivo para los cautivos; prepara su libertad; líbranos también a todos, de las cadenas del pecado que con tanta frecuencia sujetan a las almas de aquellos, cuyo cuerpo goza de la libertad. 
Fuiste tú, oh Raimundo, el confidente del corazón de nuestra misericordiosa Reina María, y ella te asoció a su obra para el rescate de los cautivos. Eres, pues, poderoso ante el Corazón, que después del de Jesús es nuestra mayor esperanza. Preséntala nuestros homenajes. Pídela para nosotros a esa incomparable Madre de Dios la gracia de que amemos siempre al Niño celestial que tiene en sus brazos. Dígnese también ella, por tus oraciones, ser nuestra estrella en el mar de éste mundo, más tempestuoso que aquel cuyas olas desafiaste sobre tu milagroso manto.
Acuérdate también de España, tu patria, en cuyo seno obraste tantas maravillas. Ampara a la Orden de Predicadores, cuyo hábito y regla honraste. La gobernaste sabiamente en la tierra; ámala siempre como Padre desde el cielo, para que vuelva a florecer en toda la Iglesia, y produzcan, como en los tiempos antiguos, aquellos frutos de santidad y de ciencia que hicieron de ella una de las principales glorias de la Iglesia de Cristo.


fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

martes, 6 de enero de 2026

S A N T O R A L


LA EPIFANÍA DEL SEÑOR,
ó ADORACION DE LOS REYES MAGOS

En el sacrosanto misterio de la Epifanía celebra la santa Iglesia aquel dichoso y bienaventurado día, en que el Hijo de Dios vestido de nuestra carne se manifestó á los reyes Magos, como á primicias de la gentilidad: porque como este Señor era rey del mundo, y venia para salvarle; luego en naciendo quiso ser conocido de los que estaban cerca, y de los que, moraban lejos, de los naturales y de los extraños, de los pastores y de los reyes, de los simples y de los doctos, de los pobres y de los ricos, de los hebreos, de los paganos, de la sinagoga, y de la gentilidad, y juntar en uno, los que eran entre sí contrarios en el culto y religión, y en el conocimiento del mismo Dios. Todas las divinas Letras nos predican este misterio é incomparable beneficio del Señor, y nos declaran, que había de ser adorado de las gentes, y reconocido, y servido de los reyes de la tierra. El profeta Balaán dijo: «Nacerá una estrella de Jacob, y una vara de Israel, la cual sujetará á los capitanes de Moab, y destruirá á los hijos de Seth, y será señora y poseedora de ldumea»; dando á entender, que todos estos pueblos, que eran de gentiles, serian sujetos á la vara y cetro de Jesucristo: lo cual se cumplió en la conversión de la gentilidad: el real profeta David cantó: Reges Tharsis, et insulæ munera offerent: Reges Arabum, el Sabá dona adducent.Et adorabunt eum omnes Reges terræn: omnes gentes servient ei: Que los reyes de Tarsis y de Arabia, traerían dones á Cristo, y todos los reyes le adorarían, y todas las gentes le servirían: Isaías en muchos lugares profetizó esta venida de los reyes, y el vasallaje y presente con que le habían de reverenciar y adorar; y los otros profetas, alumbrados con la luz del cielo, tanto antes nos avisaron de esta verdad, como cosa tan importante, y en que los judíos habían de tropezar. Y á los mismos apóstoles se les hizo nueva, hasta que por aquella visión del lienzo lleno de serpientes y sabandijas, que vio san Pedro, entendió este soberano misterio. Pues así como en naciendo el Niño tierno, y Dios eterno, en el portal de Belén, envió el ángel, para que avisase á los pastores, que guardaban su ganado, y velaban en aquella comarca, que había nacido el Salvador, y les dio las señas, para que le hallasen y conociesen, y ellos vinieron, y le adoraron, como primicias de la sinagoga: así también ordenó el mismo Señor, que naciese al mismo tiempo una estrella en oriente, y que alumbrase á los Magos, y con su nuevo, y extraordinario resplandor los moviese á seguirla, y los guiase y trajese hasta Belén, para que hallándole en un establo, y en un pesebre, le adorasen como á su rey, y su verdadero Dios.
¿Pero quiénes son estos que vienen? Magos. ¿De dónde se parten? De oriente. ¿A quién siguen? A una estrella. ¿A dónde llegan? A Jerusalén. ¿Qué buscan? Al nuevo rey. ¿Dónde pararon? En el pesebre. ¿Qué hallaron? Un niño recién nacido. ¿Qué hicieron? Adoráronle. ¿Qué le dieron? Tesoros. ¿Qué recibieron? Luz, amor y salud para sus cuerpos y para sus almas. Magos son los que vienen, no porque engañaron á Herodes, no volviendo más á él, como algunos quisieron decir, ni porque fuesen hechiceros y dados á las artes mágicas, como otros pensaron; mas porque eran varones sapientísimos: porque á los que los hebreos llaman escribas, los griegos filósofos, los latinos sapientes, los egipcios profetas, los indios gimnosofistas, los asirios caldeos, los galos druidas; los persas en la propiedad de la lengua llaman magos, y entre ellos eran los mas sabios y entendidos, especialmente en la contemplación de los cielos, y del curso y movimiento de las estrellas; porque no se crea, que los movió alguna liviandad á buscar el rey recién nacido: y juntamente eran reyes, como comúnmente se tiene por tradición de la Iglesia: y parece, que lo significan algunas autoridades de las sagradas Letras, de que ella usa en esta solemnidad, y las pinturas antiguas y modernas lo manifiestan, y los santos doctores, Cipriano, Ambrosio, Gerónimo, Agustino, Crisóstomo, Tertuliano y Teofilato, y otros lo dicen, y el uso de aquellos tiempos lo persuade, en que se daba el cetro y el mando á los más sabios, y los reyes y príncipes eran sapientísimos. Y dado, que el Evangelio no diga, que fueron reyes; tampoco lo niega: y el callarlo tiene misterio; para que entendamos, que delante de Jesucristo, rey de los reyes, ninguno se ha de llamar rey; y que para conocerlo y adorarle, no importa tanto ser rey, como ser sabio. Y aun se cree, que juntamente eran sacerdotes; porque así lo acostumbraban los persas, para que el que era rey, fuese también intérprete de las cosas divinas, y ofreciese sacrificios y oraciones á Dios, y por ello fuese más temido y reverenciado de sus súbditos; y en el viejo Testamento Melquisedec fue juntamente rey y sacerdote: Helí y Samuel, sacerdotes y jueces del pueblo; y los Macabeos eran de linaje sacerdotal y gobernadores del reino de Judá. Comúnmente se dice, que estos santos varones fueron tres, y que se llamaban Gaspar, Baltasar y Melchor.
Vinieron de oriente, como ellos mismos dijeron: Vidimus slellam ejus in óriente; el veninus, etc. No vinieron del verdadero oriente, sino de Arabia la feliz, ó de otra tierra allí cerca, que respecto de la Palestina era oriental, y de donde en trece días de camino, con buena diligencia, en los camellos y dromedarios podían llegar á Belén: que de esta manera de hablar usa la sagrada Escritura, cuando dice, que Abrahán apartó á Ismael de Isaac, y le puso en la región oriental, la cual estaba cerca de la tierra de Canaán, donde vivió Isaac: y Isaías dice, que los hebreos habían de despojar á los hijos de oriente; que quiere decir, á los pueblos comarcanos de la tierra de Promisión, con los cuales pelearon los judíos, y los sujetaron: y llámalos hijos del oriente; porque respecto de ellos eran orientales. Siguieron los Magos á la estrella, que no era verdadera estrella, ni una de las del firmamento, sino un cuerpo mixto, y perfecto, á manera de estrella, que resplandecía en el aire con una nueva y notable claridad, como solemos llamar á las cometas estrellas: y Cristo nuestro Señor dijo, que las estrellas caerían del cielo antes del juicio universal; porque caerán unas exhalaciones encendidas, ó inflamadas; y así la que apareció á los Magos, era muy diferente de las estrellas del cielo: porque las del cielo fueron criadas por el Señor en el principio del mundo, en el cuarto día de su creación; esta fué criada en el mismo punto, que nació el Salvador: las otras fueron criadas para distinguir el día de la noche, y para señalar los tiempos, días y años; esta fué criada para significarnos, que la luz y claridad eterna, era ya venida al mundo: las otras son perpetuas, como es el cielo; esta en cumpliendo con su oficio, y mostrado que hubo el pesebre en que estaba el hijo de Dios, desapareció, y se resolvió en la materia, de que antes había sido criada: las otras están en el firmamento y octavo cielo; esta estaba en medio del aire, y tan cerca de la tierra, que podía ser vista, y seguida de los Magos: las otras tienen su movimiento y curso perpetuo, regular y uniforme; esta se movía, cuando andaban los Magos, y se paraba, cuando paraban: las otras con el movimiento del primer cielo se mueven de oriente á poniente, y con el suyo propio, que llaman de trepidación, de norte á mediodía; esta, aunque de septentrión á mediodía, todavía seguía el camino de los Magos: las otras solamente se ven de noche; esta era de tan grande, y excesiva claridad, que también de día se dejaba ver: finalmente, las otras siempre aparecen con un mismo aspecto y de la misma manera; esta algunas veces se mostraba, y otras se encubría.

Esta estrella, que pregonaba haber nacido el rey de los judíos, y Salvador del mundo, vieron los Magos, y luego entendieron, lo que les hablaba como lengua del cielo; porque como sucesores de Balaán, y discípulos, que seguían su doctrina, entendieron, que esta estrella era la que él había profetizado, cuando dijo: «Nacerá la estrella de Jacob», que es Cristo nuestro Redentor, que como estrella resplandeciente del linaje de Jacob salió al mundo, para alumbrarle y traerle á sí con su conocimiento y amor. Por esta profecía, que estaba en práctica entre ellos, ó por otras revelaciones, que tuvieron, conocieron, que había ya nacido la esperanza y bien del mundo; y alumbrados y movidos con otra luz espiritual y divina, y abrasados sus corazones con el fuego, que el mismo Señor, que los llamaba, encendía en ellos, se determinaron á seguirla, y buscar, adorar y dar vasallaje, al nuevo rey, que la estrella les mostraba: y así dejando su patria, sus deudos, amigos, conocidos y vasallos, y no haciendo caso de las comodidades, regalos y bienes que poseían; con tan grande devoción y encendido y ansioso deseo de hallarle, se pusieron en un camino largo, dificultoso y peligroso, y entraron en Jerusalén con gran ruido y aparato, preguntando: «¿Dónde está, el que ha nacido rey de los judíos?» Vinieron á Jerusalén; porque el Señor, que por la estrella los guiaba, quiso, que se les desapareciese antes de llegar á aquella ciudad, que por ser la cabeza del reino, creyeron, que en ella debería de ser nacido el nuevo rey, disponiendo Dios las cosas de manera, que con la venida de los Magos, por ser personas públicas y de tanta autoridad, se diese un pregón por Jerusalén, y por toda aquella tierra, que era ya nacido el verdadero Mesías y 
Rey, que los había de librar de las miserias y cautiverio, que padecían, y el tirano Herodes se turbase y consultase á los escribas y sabios de la ley; y con el testimonio del Espíritu Santo se confirmase más la verdad, y los judíos no tuviesen excusa ninguna en no recibir á Cristo; pues veían, que los gentiles reyes y sabios, de lejos le buscaban: y sabían por cosa cierta, que era ya llegado aquel dichoso tiempo, en que, según las divinas Letras, deba de nacer, por haber fallado al cetro de Judá, y tenerle en aquella sazón Herodes Escalonita, que era extraño; y que había de nacer este Señor en Belén, conforme á la profecía de Miqueas. y á la interpretación, que ellos mismos habían dado.
Llegaron, pues, á Jerusalén sin temor, sin recelo y sin espanto; y sabiendo que Herodes reinaba en ella, á voces preguntaban por el nuevo rey: porque aquella fé, devoción y amor grande, que traían, no les dejaba pensar en su peligro; y como estaban heridos de Dios, juzgaban, que todos lo estaban, y que no podían ignorar los naturales de Jerusalén y de Judea, lo que ellos, siendo extranjeros, sabían, ni dejar de alegrarse con tan regocijadas nuevas, y con el bienaventurado nacimiento del nuevo rey. Turbóse Herodes, como tirano y hombre, que no siendo judío de nación, sino idumeo, había usurpado el reino y administrándole con tanta crueldad, que había hecho matar á los que descendían del linaje de David, y del de los Macabeos, por asegurarse en él. Turbóse; porque sabía, que los judíos deseaban tener rey natural, y que esperaban al que Dios les había prometido, y temía, que no fuese el que anunciaban los Magos, y ser desposeído por él. Turbóse; porque delante de la majestad del Rey soberano todo el poder y grandeza de los reyes, teme, tiembla y se deshace como humo; y de tal manera se turbó, que con su ejemplo hizo, que también toda la ciudad de Jerusalén se turbase: ó porque cual es la cabeza y gobernador de la república, tales suelen ser los súbditos: ó porque los lisonjeros de los príncipes son muchos, y por agradarle, los toman por espejo, y se miran y transforman en él: ó porque temió el pueblo, que en la nueva, que predicaban los Magos, se embravecería Herodes; y por no perder el reino, les quitaría á ellos las haciendas, la libertad y la vida. Pero disimuló Heredes: llamó á los escribas y sabios: consultó con ellos el lugar, donde Cristo había de nacer: y habiéndose informado con secreto, curiosidad y diligencia dé los mismos Magos, de todo lo que le pareció que le convenía saber acerca de la estrella, y del tiempo en que les había aparecido; los envió á Belén, para que se enterasen de todo lo que había de aquel niño, que rey no le quiso llamar, y volviesen á él, dándoles á entender, que él también después le iría á adorar. No quiso ir con ellos; porque no daba entero crédito á los Magos: y también, porque no pareciese liviandad, moverse un rey tan grande y poderoso, por una cosa tan nueva y maravillosa, sin más averiguación. No envió criados suyos con los Magos, para que los acompañasen y les mostrasen el camino; porque no se fiaba de los judíos, y porque con esta disimulación pensaba salir mejor con su intento, que era matar al niño recién nacido, para asegurar su reino, y librarse de congoja y de temor. Mas el Señor con su inefable providencia lo ordenó todo, para que Cristo no muriese á sus manos, ni tuviese necesidad de huir antes de tiempo, ó hacer nuevos milagros, y para que los reyes Magos le hallasen y adorasen: los cuales después de haber oído, lo que el tirano Herodes les dijo, salieron de Jerusalén, y vieron con increíble gozo la estrella que antes les había aparecido, la cual iba delante de ellos, guiándolos hasta que llegaron á Belén, y allí se puso sobre la pobre casilla, en que estaba el tesoro del mundo escondido. Allí se paró, y se abajó, echando de si más esclarecidos rayos de luz, y nuevos resplandores; como quien decía: Aquí está: éste es el que buscáis y el que yo os vengo á manifestar; y con esto, de la manera que pudo, les mostró el niño, que con tanta ansia deseaban ver, y cumplió con el oficio, para que Dios la había criado.
Entraron los santos reyes en aquel pobre y desabrigado portal, y hallaron en él un niño de trece días, en brazos de una pobre doncella, que era madre y virgen, y no se escandalizaron, ni turbaron, ni pensaron que habían sido engañados; pues aquel niño no tenía aparato y majestad de rey, no guardas á la puerta, no copia de caballeros y señores, no palacio real, no colgaduras ricas de telas y brocados, no cama blanda y suntuosa, no entretenimientos y regalos, y finalmente, ninguna cosa que representase majestad de rey; antes una extrema pobreza, soledad y desabrigo, el aposento estrecho y de bestias, los pañales viles, la cama dura y de pesebre, y que todas las cosas les predicaban, que aquel niño no era rey; y con todo eso, mirándole con los ojos de la fe, y con el testimonio, que dentro de los corazones les daba el Espíritu Santo, conocieron, que era rey de los reyes, y príncipe del universo, y verdadero Dios y unigénito Hijo del Padre Eterno, y postrándose en aquel suelo, como á tal le reconocieron y adoraron. No tuvieron asco, como dice el bienaventurado san Bernardo en el sermón tercero de esta fiesta, del establo: no se escandalizaron de los pobres pañales, ni de verle tomando el pecho de su santísima Madre; antes se echaron á sus pies, haciéndole reverencia como á su Señor.
Adoraron, como dice Rábano, en la carne al Verbo eterno, en la niñez á la sabiduría infinita, en la flaqueza á la fortaleza de Dios, en la bajeza de hombre la majestad y gloria divina. «¿Qué hacéis, sabios?» dice san Bernardo, en el mismo lugar. «¿Qué hacéis? ¿A un niño adoráis, aposentado en una choza, y envuelto en viles pañales? ¿Es ese, por ventura, Dios? ¿Dios está en su santo templo; y vosotros le buscáis en un establo, y le ofrecéis tesoros? Si este es rey; ¿dónde está el palacio real? ¿Dónde la silla de rey? ¿Dónde la compañía de los cortesanos? ¿Es, por ventura, palacio el establo, y la silla el pesebre, y la compañía de cortesanos, José y María? ¿Cómo unos hombres tan sabios se han hecho tan ignorantes, que adoren por Dios á un niño tan despreciado, así en la edad, como en la pobreza suya y de los suyos?» Hasta aquí son palabras de san Bernardo. Pero, ¡O rayo de luz divina! ¡O don inestimable! ¡O fuerzas, y eficacia de la fé, que así trasladas los ánimos de la tierra al cielo, y cierras los ojos á todo lo que parece, y los abres á lo que no se ve! Como estaban alumbrados los entendimientos de estos santos reyes con otra estrella más clara y resplandeciente, que la que sus ojos habían tenido por guía, y sus corazones estaban abrasados del amor de aquel niño benditísimo que los había llamado, y traído para sí de tan remotas tierras; no hicieron caso, de lo que veían con los ojos exteriores, sino de lo que Dios les hablaba interiormente en sus almas: y por esto tanto más se humillaron, cuanto más humillado, y abatido en figura de niño hallaron á Dios; entendiendo, que en él la longura, estaba abreviada, la alteza abajada, la luz obscurecida, el Eterno hecho niño, y el resplandor de la gloria del Padre envuelto en pañales.
Y porque sabían, que eran deudores, de todo lo que tenían, por ser todo de aquel infante, y haberlo recibido de su mano; todo se lo quisieron ofrecer: el cuerpo, postrándose: el alma, adorándole; y los bienes temporales, abriendo sus tesoros, y presentándole oro, incienso y mirra: cosas, de que su tierra abundaba; aunque no sin gran misterio, para declarar por el oro, que era rey, por el incienso, que era Dios, y por la mirra, que era verdadero hombre. El oro, para proveer á su pobreza: el incienso, para despedir el mal olor del establo; y la mirra, para confortar los tiernos y delicados miembros. Más otros mayores, y más preciosos dones recibieron estos santos varones para sus almas, que fueron, los que ellos ofrecieron; porque recibieron el oro purísimo de una perfectísima caridad, para amar a Dios, y al prójimo: una devoción tierna, y ternura devota, con que sus almas se derretían como incienso en la consideración de aquel misterio sagrado, que tenían delante de sí; y una mortificación de todas sus pasiones, y gustos, y entretenimientos del mundo, significada por la mirra: y fueron instituidos del Señor predicadores de su sagrado Evangelio, y pregoneros de su gloria, y magnificadores de su abatimiento, y pobreza.
No explica san Mateo los afectos, que estos santos reyes tuvieron allá dentro de sus almas, ni las palabras y razones, que dijeron á aquel doncel, al infante Dios, y á la Madre Virgen, ni la alegría, que tuvo aquella purísima, y beatísima Señora, cuando vio, que se comenzaba á extender, y dilatar por el mundo la gloria de su hijo, y que Dios la había escogido para madre de tal hijo, y que ya se comenzaban á despedir las tinieblas de la gentilidad, y resplandecer el rayo de la nueva luz, cosa, que ella tanto deseaba: ni menos, lo que sentiría el mismo niño, que había bajado del cielo á la tierra por la salud de los hombres, cuando en las primicias de estos reyes vio, que ya se comenzaba á cumplir la conversión del mundo, la gloria de Dios, la confusión del demonio, el triunfo del pecado, y las victorias de tantos, y tan innumerables santos, que le habían de seguir: de ninguna cosa de estas habla el evangelista, así porque son cosas inefables, y que no se pueden comprender con nuestro flaco entendimiento, ni explicar con nuestra lengua muda, y ser mejor reverenciarlas con un casto silencio, y cubrirlas con el velo de una santa y profunda admiración; como para que cada uno edifique su alma con la meditación, y ponderación de estos misterios divinos, y suplique al Señor, que hable á su corazón, lo que el santo escritor dejó por decir. 
Las reliquias de Gaspar, Melchor y Baltasar se encuentran en la Catedral de Colonia
Las reliquias de Gaspar, Melchor y Baltasar 
se encuentran en la Catedral de Colonia

Después de la adoración, y de aquellos secretos, amorosos y dulcísimos coloquios, que tendrían los Magos con la Virgen; habiendo sido por divina revelación avisados, que no volviesen á Herodes, despidiéndose con devotas y dulces lágrimas del hijo, y de la madre, del pesebre, y de la cuna, y dejando sus corazones y espíritus, como en un paraíso, en aquel portalico despreciado, se partieron para su patria por diferente camino, del que habían traído, obedeciendo á la voz del ángel, que les había aparecido en sueños, tan puntualmente, que por apartarse más de Herodes, y de sus ministros y soldados, no quisieron hospedarse en las posadas comunes, y públicas; antes se desviaban del camino, é iban por montes, y despoblados, y se aposentaban en las cuevas, y cavernas, como lo escribe Cirilo monje en la vida de Teodosio Cenobiarca: y guiándolos el mismo Señor, que los había traído, llegaron á sus tierras, y dieron noticia á aquellas gentes, de lo que habían visto, y oído del Verbo de Dios, abreviado, y vestido de carne: y dejando sus estados, riquezas y regalos, por imitar mejor la pobreza, y menosprecio que habían visto en el Redentor y Salvador del mundo, se hicieron pobres, y comenzaron á predicar, y alumbrar, y encender con la luz, con que ellos resplandecían y ardían, aquellos pueblos ciegos, que vivían en la sombra de la muerte; y finalmente fueron muertos por Cristo, y alcanzaron la palma y corona del martirio, ofreciéndose á sí mismos en sacrificio suavísimo, y más acepto al Señor, que el oro, incienso y mirra, que antes le habían ofrecido, y sus cuerpos fueron traídos después de aquellas regiones á Milán, en donde estuvieron algún tiempo; y cuando el emperador Federico, que llaman Barbaroja, destruyó aquella ciudad, fueron trasladados á la de Colonia, donde están al presente, y son tenidos en grande.Pero para que la venida de estos gloriosos Magos nos sea provechosa, no nos contentemos con saber su historia, y lo que ellos hicieron, sino procuremos imitarlos, y seguirlos; pues para esto principalmente cada año nos representa la Iglesia este gloriosísimo misterio. Sigamos la estrella, y la santa inspiración, y movimiento interior, que el Señor nos envía, para que le conozcamos, busquemos, y adoremos; y el hacerlo así, aunque sea dejando nuestra patria, gustos, y regalos, y todo lo que el mundo nos puede ofrecer, y nos puede dar, tengámoslo por suma ganancia, y por un riquísimo é inestimable tesoro: y por más peligros, trabajos é incomodidades, que se hayan de pasar en esta jornada: por más que el mundo ladre, Herodes se turbe, y nos murmuren, y con sus palabras y obras pretendan impedir nuestro camino: no les demos orejas, sino sigamos la luz del ciclo, que va delante: y si ella algunas veces se escondiere, no por eso desmayemos, como no desmayaron los magos; porque ella volverá, nos guiará y mostrará como con el dedo, aquel bien eterno, y bienaventurado que buscamos.
No nos ofenda la pobreza de Cristo, ni la alteza de los misterios; que nos predica, ni la aspereza de la vida que nos pide, ni cosa alguna, de las que á los ojos de nuestra flaca carne parecen dificultosas, y duras, sea parte para que no reconozcamos, que este infante recién nacido es el centro de nuestros corazones, y el descanso de nuestros trabajos, y el puerto seguro de nuestros deseos, y nuestra vida, gloria, bienaventuranza, y sumo bien, y como á tal, postrados en el suelo le adoremos, y le ofrezcamos nuestros cuerpos, almas y bienes temporales, conformándonos en todo con su santísima voluntad, y volviendo á nuestra patria por otro diferente camino, del que habernos tenido hasta aquí en ofensa, y desagrado suyo; porque así imitaremos á estos santos reyes en esta vida, y alcanzaremos con esto la otra eterna y felicísima, la cual por su misericordia, é intercesión de los mismos reyes magos nos otorgue Jesucristo, verdadero rey y señor.
 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

lunes, 5 de enero de 2026

S A N T O R A L



SAN EDUARDO, REY y CONFESOR

LOS REYES SANTOS

En el curso del año tendremos ocasión de celebrar a reyes santos.
File:St Edward the Confessor - stained glass.jpg

La Iglesia nos exige reverenciar a los Soberanos y, en general, a todos los constituidos en autoridad por la sencilla razón de que la autoridad viene de Dios; les tributa honores y reza para que reciban las gracias necesarias a su difícil cargo. A nosotros nos recomienda con empeño que también recemos por ellos, porque sabe a cuántos peligros están expuestos y la gran responsabilidad que tienen, para no usar de la autoridad sino dentro de los límites y en la medida en que Dios los ha hecho depositarios de ella.

Pero muchos, por desgracia, no saben resistir a las vanidades que los rodean y se dejan arrastrar por el hechizo falso de los placeres y de los honores. Por eso se podría fácilmente creer que la santidad heroica es casi imposible en una situación tan elevada y peligrosa. La Iglesia, al proponer a nuestro culto a muchos que ejercieron el poder real, nos muestra que no hay nada de eso. Y se cuentan bastantes que, aun viviendo en el trono y en el ejercicio de la potestad regia, practicaron las virtudes en grado heroico y merecieron los honores supremos de la beatificación y canonización.

LA DEVOCIÓN PARA TODOS


"Los que han tratado de la devoción, decía San Francisco de Sales, casi todos pusieron la vista en instruir a  personas muy alejadas del comercio del mundo. Mi intención es instruir a los que viven en las ciudades, casados, en la corte, a los que por su condición se ven obligados a hacer una vida común en cuanto al exterior, los cuales con harta frecuencia y con el pretexto de que les es imposible, no quieren ni siquiera pensar en practicar la vida devota... Y yo les pruebo que puede vivir en el mundo un alma vigorosa y constante, sin recibir vaho alguno mundano, y encontrar fuentes de dulce piedad en medio de las olas amargas de este siglo y volar entre las llamas de las codicias terrenales, sin quemar las alas de los santos deseos de la vida devota".

Y añade un poco más adelante: "Dios, en la creación, mandó a las plantas que produjesen sus frutos, cada una según su género: así también mandó a los cristianos, que son las plantas vivas de la Iglesia, que produjesen frutos de bendición, cada uno según su clase y vocación de distinto modo han de practicar la devoción el caballero, el artesano, el criado, el príncipe, la viuda, la joven, la casada; y no sólo esto sino que es menester acomodar la práctica de la devoción a las fuerzas, los quehaceres y las obligaciones de cada uno... La devoción, si es verdadera, en nada perjudica; al contrario, todo lo perfecciona y, sin duda ninguna, es falsa cuando va en contra de la legítima vocación del uno. Es un error y también una herejía pretender expulsar la vida devota de entre los soldados, de la tienda del mercader, de la corte de los príncipes, del hogar de las personas casadas. Es verdad que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa, no puede practicarse en esas profesiones: pero, además de estas tres clases de devoción, hay otras muchas que son propias para perfeccionar a los que viven en estados seglares. Y dan fe de ello, en el Antiguo Testamento, Abraham, Isaac y Jacob; y, en el Nuevo, San José, Lidia y San Crispín fueron perfectamente devotos en sus talleres; Santa Ana, Santa Marta, Santa Mónica... en sus casas; Cornelio, San Sebastián, San Mauricio, en medio de las armas; Constantino, Elena, San Luis, San Eduardo, en sus tronos... En cualquiera situación en que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta...

LORIA DE SAN EDUARDO

La Historia nos demuestra, por su parte, que la santidad en modo alguno perjudica al cumplimiento del deber de estado. El que descuidase su obligación para darse a una devoción que el Señor no le exige, no sería santo.

Sobrino del mártir del mismo nombre, Eduardo se ha visto galardonado ante los hombres y ante Dios con el bello calificativo de Confesor. La Iglesia, en el relato de su vida, pondera sobre todo las virtudes que le valieron este título tan glorioso; bien merece se considere su reinado de veinticuatro años como uno de los mejores y más felices conocidos por Inglaterra. Los Daneses, amos por tanto tiempo, sometidos para siempre en el interior, y contenidos fuera por la postura valiente del príncipe; Macbeth, el usurpador del trono de Escocia, derrotado en una campaña que inmortalizó Shakespeare; y las leyes de Eduardo, que hasta hoy perduran como una de las bases del derecho británico; y su munificencia en favor de todas las nobles empresas, buscando a la vez el modo de reducir las cargas de su pueblo: todo eso prueba bastante que el suavísimo perfume de virtudes que hicieron de él un íntimo de Juan el discípulo amado, no tiene nada de incompatible históricamente con la grandeza de los reyes.

VIDA

Véanse a continuación las líneas que le dedica la Iglesia.

Eduardo, por sobrenombre el Confesor, era sobrino del santo rey Eduardo el Mártir, y fué el último rey de los anglosajones. El Señor reveló en un éxtasis su futuro reinado a un santo personaje llamado Britualdo. Los Daneses, que devastaban a Inglaterra, le buscaron para matarle, por lo que, viéndose obligado a expatriarse cuando sólo tenía diez años, marchó a la corte de su tío, el Duque de Normandía. Allí, entre todos los incentivos de las pasiones, fué tal la integridad de su vida, la inocencia de sus costumbres, que causaba admiración a todos. Desde entonces se vio brillar en él extraordinaria piedad que le llevaba a Dios y a las cosas divinas. De temperamento mansísimo, sin ninguna ambición de mandar, se refiere de él este dicho: Prefiero no reinar nunca a recuperar mi reino por la fuerza y con derramamiento de sangre.

Pero una vez muertos los tiranos que habían quitado la vida y el trono a sus hermanos, fué llamado a su patria y coronado en medio de aclamaciones y de una alegría general. Puso todo el empeño que pudo por borrar las huellas del furor de su enemigo, comenzando por la religión y las iglesias, reparando unas y levantando otras nuevas, dotándolas de rentas y de privilegios; pues su primera preocupación era el ver reflorecer otra vez el culto de Dios que tanto había disminuido. Afirman todos los autores que, obligado por los señores de su Corte a casarse, guardó virginidad con su esposa, virgen como él. Su amor y su fe en Cristo fueron tales, que mereció ver en el Santo Sacrificio como Jesús le sonreía y brillaba con un resplandor divino. Se le llamaba generalmente el padre de los huérfanos y de los desgraciados, porque su caridad era tan grande, que nunca se le veía más contento que cuando había agotado el tesoro real en favor de los pobres.

Fué ilustrado con el don de profecía, y recibió luces de lo alto sobre lo que estaba por venir a su país; hecho notable entre otros: conoció sobrenaturalmente en el mismo instante en que sucedió, la muerte de Suenón, rey de Dinamarca, ahogado en el mar al embarcarse para invadir a Inglaterra. Ferviente devoto de San Juan Evangelista, tenía por costumbre no negar nada de lo que le pidiesen en su nombre; y un día el mismo Apóstol, debajo de las apariencias de un mendigo cubierto de harapos, le pidió una limosna y el rey, al no tener dinero, sacó su anillo del dedo y se le ofreció al Santo, quien poco tiempo después se lo devolvió a Eduardo a la vez que le anunciaba como próxima su muerte. El rey, prescribió oraciones por sus intenciones propias y, efectivamente, murió con toda piedad el día anunciado por el Evangelista, a saber, el 5 de enero del año de la redención 1066. La fama de sus milagros rodeó su tumba, y al siglo siguiente, Alejandro III le inscribió entre los Santos. Pero el culto de su memoria en la Iglesia universal, en cuanto al Oficio público, le fijó Inocencio XI el 13 de Octubre, ya que en él se abrió su sepulcro después de 36 años y se encontró el cuerpo incorrupto despidiendo un suave olor.

Representas al pueblo en quien Gregorio Magno prevé al émulo de los ángeles; tantos reyes santos, tantas vírgenes ilustres, tan egregios obispos y tan excelentes monjes, que fueron gloria suya, son los que hoy forman tu corte. Mientras tú y los tuyos reináis perennemente en el cielo, juzgando a las naciones y dominando a los pueblos, las dinastías de tus sucesores en la tierra, por celos contra la Iglesia y abrazando el cisma y la herejía, se han extinguido una en pos de otra, se han vuelto estériles por la cólera de Dios en esa fama inútil de la que no queda rastro alguno en el libro de la vida.

¡Cuánto mejores y más duraderos se nos ofrecen, oh Eduardo, los frutos de la virginidad santa! Enséñanos a ver en el mundo presente la preparación del otro que no tendrá fin, a juzgar los acontecimientos humanos con vistas a sus resultados eternos. Con los ojos del alma, nuestra devoción te busca y te encuentra en tu real Abadía de Westminster. Arrodillados junto a esa tumba, de la cual pretende inútilmente alejar la oración la herejía recelosa, imploramos tu bendición. Presenta a Dios las súplicas que se elevan hoy de todos los puntos del orbe, por las ovejas descarriadas a las que llama la voz del pastor con repetidas instancias en nuestros días al único redil.


fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

domingo, 4 de enero de 2026

S A N T O R A L




Beato Tomás Pluntree, Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: En Durham, ciudad de Inglaterra, beato Tomás Plumtree, presbítero y mártir, que en tiempo de la reina Isabel I fue condenado a muerte por su fidelidad a la Iglesia católica y, llevado ante el patíbulo, prefirió ser colgado antes que vivir en la apostasía. (c.1520 - 1570).


Nació en Lincolnshire. Estudió en el colegio del Corpus Christi de Oxford, donde se doctoró en 1546. Fue rector de Stubton durante todo el reinado de la reina María, y cuando subió al trono Isabel I, se le pidió el juramento de supremacía religiosa a lo que se negó, por lo que tuvo que dejar su puesto y marchó a Lincoln y enseñó en una escuela, pero como era católico, también se le expulsó de esta escuela
Cuando tuvo lugar la sublevación de los dos condes, los de Norhumberland y Westmoreland, en defensa del catolicismo, Tomás fue capellán de los insurgentes, y celebró misa en 1569 en la catedral de Durham, devuelta al culto católico. Al ser derrotados los rebeldes, Tomás, como otros muchos, intentó escapar, pero fue detenido y enviado a Carslile, y luego a Durham, donde fue juzgado y condenado por traición y rebeldía. Antes de su martirio en la plaza del mercado de Durham se le ofreció perdonarle la vida si se hacía anglicano, Tomás se negó respondiendo que «no tenía deseos de continuar viviendo en este mundo, a cambio de morir para Dios». Fue ahorcado y descuartizado.

BULA REGNANS IN EXELSIS de excomunión contra Isabel I

San Pío V

Regnans in excelsis


Pío, Siervo de los Siervos de Dios, para el recuerdo perpetuo de los hechos. 

 El que reina en las alturas, a quien todo el poder se le ha dado, tanto en la tierra y en el cielo, los ha confiado solos, es decir, que Pedro, Príncipe de los Apóstoles, el cuidado de gobernar, la Iglesia Católica, una y Santa, fuera de la cual no hay salvación. 

 Él lo ha constituido únicamente sobre todas las naciones, y sobre todos los reinos, que debe arrancar de raíz, destruir, plantar de nuevo y edificar, a fin de que continúe en la unidad del Espíritu Santo, y que debería entregar al Salvador, seguro y libre de todo peligro, el pueblo fiel, unidos en el vínculo de la caridad mutua. 

 Nosotros, siendo, por la gran bondad de Dios, llamados a sostener el timón de la Iglesia, nos dedicamos sin cesar a nuestro cargo, sin omitir ningún trabajo para preservar intacta la unidad, y la religión católica, que ha dejado a su Autor expuestos a la tempestad , con el fin de probar la fe de su pueblo y corregir a nosotros por nuestras faltas. 

 Pero los números de los impíos han usurpado el poder por lo tanto, no hay lugar en el mundo que no han tratado de corromper con sus doctrinas perversas. Entre otros, Isabel, la sirvienta de la delincuencia, y fingida Reina de Inglaterra, les ha ofrecido un asilo en el que se encuentran refugio. 
 Esta misma Isabel, después de apoderarse del trono de Inglaterra ha usurpado la autoridad del jefe supremo de la Iglesia. Ha mostrado uso de esta facultad y jurisdicción, y ella ha vuelto a emitir por el camino de la perdición y despreciable que ella reina, una vez dedicado a la fe católica y el destinatario de sus bendiciones. 
Elizabeth ha destruido el culto de la verdadera religión, que fue anulada por Enrique VIII, y que la legítima reina María, con encomiable respeto de la posteridad, había logrado en el establecimiento por los esfuerzos de su poderosa mano propia, y con la asistencia de la Santa Sede. Elizabeth, abrazando después los errores de los herejes, no ha considerado el Consejo Real de Inglaterra, integrado por la nobleza Inglésa y los ha reemplazado con los herejes oscuros. Ella ha oprimido a los que cultivan la fe católica, y los ha sustituido por los oradores del mal y los ministros de la impiedad. Se ha abolido el sacrificio de la Misa, la oración, el ayuno, las distinciones de la carne, el celibato y los ritos católicos. Se ha ordenado a la circulación de libros que contienen un sistema de herejía manifiesta, y de los misterios impíos. Se ha ordenado a sus súbditos a recibir, observar,y preservar preceptos que se ha adoptado de Calvin. Ella se ha atrevido a decretar que los obispos, rectores de iglesias, y los sacerdotes católicos y otros, a ser expulsados ​​de sus iglesias y privados de sus beneficios. Se ha dispuesto de ellos y de otras cosas eclesiásticas a favor de los herejes, y ella también ha decidido tomar decisiónes que justamente le pertenece sólo a la Iglesia. 
Se ha prohibido a los prelados, el clero y las personas a reconocer la Iglesia Romana, y obedecer sus leyes y sus sanciones canónicas. Se ha limitado la mayor parte de sus súbditos a reconocer sus leyes culpable, y abjurar de la obediencia debida al soberano pontífice. Se ha señalado, que, con juramento, que se reconocen como su único amante, tanto en las cosas espirituales y temporales. Hay sanciones y castigos infligidos a los que no pudo persuadir, y los que perseveraron en la unidad de la fe y en obediencia.
También ha echado en la cárcel a los obispos y los rectores de iglesias, y muchos de ellos han perecido allí en la miseria. 
 Estas cosas son bien conocidas por todas las naciones, que se demuestra el grave testimonio, y no queda espacio para tergiversacion, excusa o defensa. 
Nosotros, al ver estas impiedades multiplicadas, y aún viendo que otros delitos se suman a la primera, ya que las persecuciones contra los fieles van en aumento, como consecuencia de la voluntad propia y la de coacción digo, Elizabeth, estamos convencidos de que su corazón está más endurecido que nunca. No sólo desprecian a las oraciones piadosas de los buenos católicos, que deben convertirse y traer de vuelta a su sano juicio, sino que, además, se ha negado a recibir ni siquiera los nuncios en Inglaterra a quienes he enviado.
Nosotros, entonces, por necesidad obligados a recurrir a las armas de la justicia en su contra, no se puede suavizar nuestro dolor que no se han ocupado seriamente con antepasados ​​quién princesa tan bien merecido el elogio de la república cristiana.
 Por lo tanto, con el apoyo de la autoridad de aquel a quien se nos ha llamado al trono, a pesar de que son indignos de tal cargo, en nombre de la autoridad apostólica, declaramos a Elizabeth una hereje, y el socorrista y fautor de herejes , y que sus adherentes, en los citados actos aborrecidos han incurrido en la pena de anatema, y están separados de la unidad del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. 
Declaramos privada de su pretendido derecho a ese reino, y de todos los dominios, la dignidad y el privilegio. En esta receta que más prohíben todos los nobles, la gente, los temas, y otros, para aventurarse a obedecer las órdenes, consejos, o las leyes de dicho Elizabeth. En cuanto a los que han de actuar de otra manera que como tenemos aquí autorizar el orden, las incluimos en la misma frase de anatema.
 Como es difícil de llevar a las presentes siempre que sea necesario, ordenará que una copia notarial por escrito, bajo el sello de un obispo y de este tribunal, tiene la misma autoridad en cualquier tribunal y por fuera, y tienen como fuerza y valor como si estos presenta reales fueron exhibidos.
 Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 28 de febrero, en el año 1576, y de nuestra Pontificia la 6 ª.
 PP Pío. V