lunes, 11 de marzo de 2024

S A N T O R A L

SAN EULOGIO, PRESBÍTERO Y MÁRTIR

La vida del bienaventurado, y glorioso mártir san 
Eulogio escribió, un condiscípulo, y compañero suyo, llamado Álvaro, de esta manera. En el tiempo, que por justo juicio de Dios España fué castigada, y oprimida de los moros, nació san Eulogio en la ciudad de Córdoba, donde ellos tenían su principal asiento, de nobles, y ricos padres, para consuelo, y bien de muchos. Su madre se llamó Isabel, y su abuelo Eulogio, como él.
Desde niño se inclinó á todas las cosas de devoción, y piedad, y gustaba de estar en la iglesia de san Zoilo, mártir, y tratar con los clérigos, y aprender de ellos santas costumbres, y buenas letras. Después creciendo en edad, se dio con gran cuidado al estudio de la sagrada Escritura, y buscaba los maestros, que se la podían enseñar, y entre ellos tomó particular amistad con un santo abad, que se llamaba Espera en Dios, por ser hombre de muy buena vida, y muy versado en las divinas Letras. Con la ayuda de este abad, y con su gran ingenio, y diligencia, vino Eulogio á ser eminente, y famoso varón en las ciencias. Ordenóse de diácono, y después de presbítero, y alcanzó grado, y nombre de maestro: mas no por esto se desvaneció; antes la ciencia iba acompañada siempre con la virtud, y cuanto más crecía en la opinión de los hombres, tanto era más humilde en la suya. Castigaba su cuerpo con ayunos, y penitencias: dábase mucho á la oración: era caritativo con los prójimos: visitaba los monasterios de los monjes, é informábase de sus institutos, y reglas; procurando juntar en uno la vida religiosa de los monjes, y la doctrina, y predicación de los clérigos. Tuvo deseo de ir á Roma, para refrenar, y domar los apetitos de la carne con el trabajo de aquella peregrinación: más el mismo Álvaro, que escribe su vida, y otros amigos suyos, le detuvieron, para que no lo hiciese; aunque quedándose en España con el cuerpo, fue á Roma con el ánimo, y voluntad. Levantóse en Córdoba una recia persecución contra los clérigos: porque el obispo de ella, llamado Recafredo, ó por temor del rey moro, ó por lisonjearle, ó por otros vanos respetos, ó indignos de su persona, y dignidad, hizo prender á muchos de ellos, y entre los demás á san Eulogio, que era como el preceptor de todos: y en la cárcel escribió un libro, llamado Documento de mártires, animando á los fieles á morir por Cristo, y á padecer en el martirio, como le padecieron Flora, y María, dos santas vírgenes, en 24 días de noviembre; y á los cinco días después de su muerte, por voluntad del Señor, salieron de la cárcel Eulogio, y sus compañeros, y por entonces cesó aquella borrasca. Mas como san Eulogio viese, que el obispo todavía favorecía al tirano, y perseveraba en sus malas mañas, se abstuvo muchos días de decir misa, por no comunicar con él, pareciéndole, que era mejor privarse él de su devoción, y del fruto, que podía sacar del santo sacrificio de la misa, que autorizar, y aprobar con él, lo que hacía el obispo: el cual, como san Eulogio era persona tan insigne, y en quien todos los cristianos tenían puestos los ojos, le mandó so pena de excomunión, que celebrase: y él por no hacerlo, porque juzgaba, que ó no lo era lícito, ó que no era expediente, se partió de Córdoba camino de Francia. Llegó á Pamplona, donde fue hospedado, y regalado de Guiliesindo, obispo de aquella ciudad; y estuvo en un monasterio de san Zacarías, puesto en la falda de los Pirineos, y gozó allí de la conversación de muchos religiosos, y siervos de Dios, que en él había, con los cuales trabó estrecha amistad: y ellos cuanto más trataban á Eulogio, más se admiraban de sus raras virtudes, y de los excelentes dones con que Dios había adornado su alma.
Después estuvo san Eulogio en Zaragoza, en Sigüenza, en Alcalá de Nares, y en Toledo: donde habiendo fallecido Uvistremio, arzobispo de su Iglesia, y juntándose los obispos de la provincia con licencia de los moros, como solían, para darle sucesor, todos eligieron á Eulogio por arzobispo de Toledo, estando ausente, por las grandes, y raras partes de santidad, doctrina, y prudencia, que concurrían en él: más el Señor no quiso, que tuviese efecto esta elección, ni que se sentase en aquella silla; porque le tenía aparejado otra de mártir más gloriosa en el cielo. Había vuelto á Córdoba el santo presbítero, y en ella hallado gran confusión, y turbación de los cristianos; porque el rey de Córdoba Mahoma los perseguía con extraña rabia, y furor, procurando desarraigar la religión, y nombre de Cristo de todo su reino. Muchos por temor se ausentaban: otros por su flaqueza renegaban; y no faltaban otros, que favorecidos del espíritu del Señor, ofrecían sus cuerpos á la muerte, para que sus almas gozasen de la vida, que nunca se acaba, y con alegría derramaban su sangre por la fé de aquel Señor, que por ellos había derramado la suya en la cruz. En esta tormenta tan brava, y noche tan tenebrosa, envió el Señor á san Eulogio, para que resplandeciese como una luz venida del cielo, y como sabio piloto gobernase la nave de aquella Iglesia tan combatida de furiosas ondas, para que no diese al través, y del todo se hundiese: porque no se puede creer, lo que confortó á los flacos, encendió á los caídos, y detuvo á los que iban á caer, con su vida, con su doctrina, y con los libros admirables, que escribió, animando á todos para pelear valerosamente por Cristo en aquella dura batalla, y escribiendo después las victorias, y coronas, de los que habían bien peleado, y triunfado gloriosamente del enemigo. Y aunque estas obras eran bastantes, para que los moros le aborreciesen, y le deseasen dar muerte, y para que el Señor le hiciese digno del martirio, y le coronase, con los que él había hecho mártires por su exhortación; mas hubo otra causa particular del martirio de san Eulogio, que fué la que aquí diré.
Una doncella, nacida de padres nobles, aunque paganos, llamada Leocricia, vino á nuestra santa fé, y se bautizó por persuasión de otra mujer cristiana, cuyo nombre era Liciosa. Los padres de la doncella con palabras blandas, y con espantos, pretendieron apartarla de su santo intento; más la santa doncella, teniendo más cuenta con el padre que tenía en el cielo, que con el de la tierra, no hizo caso de sus amenazas: pero temiendo su flaqueza, se salió de casa de sus padres, por medio de una hermana de san Eulogio, llamada Anulona, virgen dedicada á Dios; y el mismo san Eulogio, para que aquella oveja de Cristo no fuese tragada del lobo infernal, como buen pastor la recogió, y la puso en lugar secreto y seguro, y la mudaba muchas veces de una parte á otra: y ella con vigilias, ayunos, y vestida de cilicio, y postrada en tierra en la iglesia de san Zoilo, ayudándola san Eulogio también con sus oraciones, pedía á Dios, que la librase de aquel tan instante peligro. Finalmente, por voluntad del Señor Leocricia fué descubierta, y vista, y hallada de sus padres con san Eulogio, que á la sazón había ido á verla, para animarla en aquella tribulación: y como los padres de Leocricia eran tan ricos y poderosos, tuvieron forma para prender á su hija, y á Eulogio, y los presentaron delante del juez, acusando á la hija, por haber huido de casa de sus padres; y á Eulogio, por haberla recibido y encubierto: el cual, siendo preguntado del juez, si era verdad, lo que contra él decían, y porqué lo había hecho; respondió constantemente, que él, como sacerdote de Dios, tenia obligación de favorecer, y enseñar el camino del cielo, á todos los que viniesen á él con deseo de salvar sus almas; y así lo había hecho con Leocricia. Y como el juez mandase traer varas para azotar á san Eulogio; él con gran serenidad le dijo, que no se cansase: porque las varas no le podrían quitar la vida del cuerpo, y mucho menos á Cristo de su alma; pero que si le mandase matar con hierro, quedaría en algo satisfecho: porque le quitaría la vida temporal, aunque nó la eterna, que era Cristo: y con esto comenzó a decir mal de Mahoma, falso profeta de los moros, y á predicar, que solo Jesucristo era verdadero Dios.

Lleváronle á palacio, y fué presentado á los del consejo del rey: y uno de ellos, que era amigo de san Eulogio, teniendo de él lástima, le quiso persuadir, que dijese allí bien de Mahoma, para satisfacer á los del consejo, aunque después siguiese su ley; y permaneciese en ser cristiano: mas el sentó no se dejó persuadir de aquel, que con voz de falso amigo, era verdadero enemigo, y le pretendía pervertir: antes con mayor constancia, y firmeza comenzó á ensalzar la majestad, y divinidad de Jesucristo, y á vituperar las maldades, engaños, y abominaciones de Mahoma; y así los jueces dieron sentencia, que fuese degollado. Al tiempo que le llevaban al martirio, uno de los privados y criados del rey, que le había oído decir mal de su gran profeta Mahoma, revestido de Satanás, llegó á san Eulogio, y le dio una gran bofetada en su rostro. El santo sin turbación alguna ofreció la otra mejilla, diciendo, que allí podría darle otra: lo cual hizo aquel hombre maldito, dando testimonio de su pérfida maldad; y el santo de ser verdadero discípulo de Jesucristo. Llevaron á san Eulogio al lugar del martirio con gran tropel de gente, y gritería, en donde hecha su oración de rodillas, y levantadas las manos al cielo, y armado con la señal de la cruz, dio su cuello al cuchillo, y fué degollado en 11 de marzo, día sábado, á la hora de nona, año de la Encarnación del Señor de 859. Fué vista una paloma blanca sobre su cuerpo muerto: procuraron los moros echarla de allí, y por buen espacio de tiempo no pudieron, hasta que viéndose muy acosada de ellos, tomó vuelo, y se asentó en una torre, y desde allí miraba atentamente al santo cuerpo: el cual fué sepultado en el templo de san Zoilo por los cristianos al tercero día de su martirio. Escribió san Eulogio algunos libros con mucha doctrina, y mayor espíritu, y entro otros un memorial de santos, y un apologético de mártires, y otro, llamado Documento también de mártires: en los cuales pone las vidas y martirios, aunque con mucha brevedad, de algunos santos de su tiempo.
Cuatro días después del martirio de san Eulogio, la santa doncella Leocricia fué combatida terriblemente, para que dejase de ser cristiana; mas el que la había escogido para sierva y esposa suya, la defendió y amparó de todos los asaltos, y máquinas de sus enemigos: y visto, que ninguna cosa era bastante para quitarlo á Jesucristo, la degollaron y echaron su cuerpo en el rio, donde los cristianos le sacaron, y sepultaron en la Iglesia de san Ginés.

Después el año de 860, según el cardenal Baronio. fueron trasladados los cuerpos de san Eulogio, y Leocricia á Oviedo, é hizo nuestro Señor algunos milagros por intercesión de estos dos santos, y con ocasión de ellos se trasladaron otra vez sus cuerpos el año de 1300, á los 9 de enero, siendo obispo don Fernando Álvarez, y se colocaron en una grande arca de plata, y la pusieron en el secretario, que llaman la cámara santa, como lo dice Ambrosio de Morales en la vida de san Eulogio, cuyas obras hizo imprimir, é ilustró con sus eruditas anotaciones. El martirologio de Usuardo pone la muerte de san Eulogio á los 20 de septiembre, y el Romano á los 11 de marzo, que es el verdadero día en que murió.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc
.......toda abjuración era bien recibida y largamente premiada. Algunos, los menos, renegaron de la fe por librarse de tan humillante servidumbre. Otros, de sobra tibios, pero no apóstatas, comenzaban a murmurar del entusiasmo de los mártires, teniendo por manifiesta locura ir a buscar la muerte, provocando a los verdugos, aunque fuera constancia y heroísmo el aguardarlos. De tal disposición de los ánimos trataron de aprovecharse los consejeros de Abderrahman II para poner término a aquellas lamentables escenas. El califa obligó a nuestros Obispos a reunir un Concilio para que atajasen el desmedido fervor de su grey. Presidió Recafredo, Metropolitano de la Bética (a. 852), y los Padres, temerosos por una parte de incurrir en la saña del príncipe musulmán, y no queriendo por otra condenar un arrojo santo y plausible que respondía a anteriores provocaciones, dieron un decreto ambiguo, allegorice edita, dice San Eulogio, que sonaba una cosa y quería decir otra (aliud gustans et aliud sonans), pero que parecía condenar la espontaneidad del martirio. La Iglesia muzárabe se partió en dos bandos: unos justificaron con la decisión conciliar su cobardía y descaecimiento de ánimo; otros, y a su frente San Eulogio, ornamento de la raza hispano-latina, y Álvaro Paulo, el cordobés, descendiente de familia judaica y condiscípulo de Eulogio en las aulas de Spera-in-Deo, levantaron su voz en defensa de las víctimas y de los oprimidos. Si algunos infames hicieron granjería de su culto, trocándole pro vendibilibus muneribus, una potente reacción católica levantóse contra tales prevaricaciones en tiempos del bárbaro califa Mahomad, sucesor de Abderrahman II, príncipe ilustre, a pesar de sus violencias. Mahomad hizo derribar toda iglesia levantada desde la época de los godos. En esta segunda persecución buscaron y obtuvieron el lauro de la mejor victoria, Fandila, presbítero; Anastasio, diácono; el monje Félix, la religiosa Digna, Benildis, matrona de muchos días, y la contemplativa virgen Santa Columba. En los tres libros del Memoriale Sanctorum, de San Eulogio, pueden leerse los pormenores de todos estos triunfos, y de los de Pomposa, Áurea, Elías, Argimiro y algunos más. El encendido y vehemente estilo del Santo, y la impresión enérgica y cercana bajo la cual escribía, dan a aquellas páginas un santo calor que nunca tendría mi seca y desmayada prosa. Y en el Documentum Martyriale, ya citado, así como en el Apologeticum SS. Martyrum, veránse descritos en rasgos enérgicos o patéticas frases el abandono de los temples donde teje sus hilos la araña, el silencio de los cantores y salmistas, las cárceles henchidas, los continuos suplicios y la desolación universal. Lo extraño y verdaderamente maravilloso es que ni en la narración de aquellos horrores, ni en las exhortaciones al martirio, se olvida el escritor de sus aficiones clásicas, y mientras él atiende a imitar a los historiógrafos y oradores antiguos, su amigo Álvaro le felicita con serenidad rara por acercarse al lácteo estilo de Tito Livio, al ingenio de Demóstenes, a la facundia de Cicerón y a la elegancia de Quintiliano. ¡Singular temple de alma el de aquellos hombres que en vísperas del martirio gustaban todavía de sacrificar a las Gracias, y coronar su cabeza con las perpetuas flores de la antigua sabiduría! En la cárcel se entretuvo San Eulogio en componer nuevos géneros y maneras de versos que en España no se habían visto, dice su amigo y biógrafo.

Ya durante la persecución de Abderrahman había estado el Santo en prisiones, por oponerse tenazmente a los decretos de Recafredo y demás asistentes al Concilio o conciliábulo de 852, y apartarse de su comunión. Él robustecía y alentaba hasta el último momento la firmeza de los confesores, y recogía y guardaba con veneración los restos de los que morían. Pasada esta persecución, fué electo Obispo de Toledo, aunque no llegó a ocupar la Silla metropolitana, prevenido por adversos sucesos. En Córdoba, su patria, vino a morir degollado el año 859, juntamente con la virgen Leocricia. Tal andaba la rara muzárabe en los tristes días que ha de describir esta historia. La persecución no debió limitarse a Córdoba, aunque ésta sola tuvo historiadores. El martirio de las Santas Nunila y Alodia en la Rioja, y algún otro caso semejante de que por incidencia habla San Eulogio, bastan a demostrar lo universal de la intolerancia alcoránica. Pero justo es advertir, en obsequio a los fueros históricos, que si el mayor número de los mozárabes resistió generosamente, no fué pequeño el de los que se dejaron vencer por el halago de aquella civilización y costumbres. ÁIvaro Cordobés se queja, al fin del Indículo, de los que olvidaban las Sagradas Escrituras y hasta la lengua latina, distinguiéndose al contrario en erudición arábiga, hasta el punto de vencer en filológicos primores a los mismos mahometanos. 
Fuente: HISTORIA DE LOS HETERODOXOS ESPAÑOLES de Marcelino Menendez Pelayo

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