martes, 2 de diciembre de 2025

S A N T O R A L

SANTA BIBIANA, VIRGEN Y MARTIR

Celebra la Iglesia, en el Adviento, la memoria de cinco ilustres Vírgenes, entre otras. La primera, que celebramos hoy, es Santa Bibiana, virgen romana; la segunda, Santa Bárbara, gloria de las Iglesias de Oriente; la tercera, Santa Eulalia de Mérida, una de las principales perlas de la Iglesia española; la cuarta, Santa Lucía, corresponde a Sicilia; finalmente, la quinta, Santa Otilia, de la que se honra Francia. Estas cinco Vírgenes prudentes atizaron su lámpara, y estuvieron en vela aguardando la llegada del Esposo; y fué tan grande su constancia y fidelidad, que cuatro de ellas derramaron su sangre por el amor de Aquel a quien esperaban. Afiancémonos en la fe con ayuda de tan grandes ejemplos; y, puesto que, como dice el Apóstol, no hemos resistido todavía hasta derramar la sangre, no nos lamentemos de nuestras fatigas y trabajos en estas vigilias del Señor, después de las cuales esperamos verle: ilustrémonos hoy con los gloriosos ejemplos de la casta y valerosa Santa Bibiana.

Vida

Su nombre no figura en el martirologio jeronimiano. Sus Actas conocidas también con el nombre de Actas de San Pimenio, son legendarias. Según ellas, habría pertenecido a una familia de mártires, cuyos miembros dieron todos su vida por Cristo. Prefirió esta santa ser azotada hasta la muerte antes de perder su fe y su pureza. El Papa Simplicio (468-483) consagró en su honor una basílica sobre el Esquilino, y el Líber Pontificalis nos dice que su cuerpo descansa, allí. Santa Bibiana es patrona de Sevilla y es invocada contra los dolores de cabeza y la epilepsia.
Parábola de las Diez Vírgenes. Peter Von Cornelius
¡Oh Virgen prudente, Bibiana! pasaste sin desmayos la larga vigilia de esta vida; cuando llegó el Esposo de improviso, el aceite no faltaba en tu lámpara. Ahí estás ahora, por toda la eternidad, en la mansión de las bodas eternas, donde el Amado se recrea en medio de los lirios. Desde ese lugar de tu descanso, acuérdate de los que viven aún en espera de ese mismo Esposo de cuyos eternos abrazos gozas tú por los siglos de los siglos. Estamos aguardando el Nacimiento del Salvador del mundo, que debe poner fin al pecado y dar comienzo a la santidad; esperamos la llegada de ese Salvador a nuestras almas, para que las dé su vida y las una a sí por amor; esperamos también al Juez de vivos y muertos. ¡Virgen prudente! inclina a nuestro favor, con tus tiernas oraciones a ese Salvador, Esposo y Juez; para que su triple visita, realizada sucesivamente en nosotros, sea el principio y la consumación de esa unión divina a la que todos debemos aspirar.
Ruega también, Virgen fidelísima, por la Iglesia de la tierra que te engendró para la del cielo, y que con tanta devoción guarda tus preciosas reliquias.
Obtén para ella esa fidelidad perfecta que la hace siempre digna del que es su Esposo y tuyo, y que después de haberla enriquecido con sus mejores dones, y fortalecido con inviolables promesas, quiere que pida, y que pidamos nosotros para ella, las gracias que han de conducirla al término glorioso por el que suspira.

 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer


Más sobre SANTA BIBIANA, VÍRGEN Y MÁRTIR

La bienaventurada y gloriosa virgen Santa Bibiana fue natural de Roma y nobilísima , hija de Flaviano, prefecto (que otros llaman Fausto ó Faviano), y de Dafrosa , los cuales fueron cristianos y mártires de Jesucristo. Desde niña se ejercitó santa Bibiana en obras loables y virtuosas.

Fué presa en tiempo del emperador Juliano, apóstata, por el prefecto, llamado Fausto, á quien se cometió su causa. Procuró él persuadir á Bibiana, que adorase á los ídolos, amenazándola con grandes tormentos si no lo hacía: pero ella supo decirle tales cosas, que despertaron el corazón de Fausto, y le abrieron los ojos para ver la divina luz, con la cual reconoció su engaño y se convirtió á la fé de Cristo, y por ella derramó su sangre y alcanzó la corona del martirio. Muy contenta y regocijada quedó santa Bibiana, por haber ganado para su esposo Jesucristo a Fausto: y llevada delante de otro juez y ministro de Juliano, estando muy constante y firme en la confesión de la fé, y de no adorar á los falsos dioses de los gentiles, el juez inicuo la mandó azotar y quebrantar sus carnes con plomadas tan fuertemente, que en aquel tormento dio su purísima alma á Dios, por los años de Cristo de 362, imperando Juliano Apóstata.
Flavius Claudius Iulianus.
Flavio Claudio Juliano, el Apóstata

El cuerpo de la santa virgen estuvo dos días sin ser enterrado; y después un sacerdote, llamado Juan, lo enterró junto al sepulcro de su santa madre y de su hermana Demetria, á los 2 de diciembre, en que la Iglesia celebra su fiesta. Hoy día hay en Roma cerca del palacio Liciniano una iglesia antigua de Santa Bibiana, que edificó san Simplicio, papa, donde está su sagrado cuerpo. De santa Bibiana hacen mención los Martirologios romano, el de Beda, Usuardo y Adon, Pedro de Natalibus y el cardenal Baronio en las anotaciones del Martirologio, y en el IV tomo de sus Anales.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

lunes, 1 de diciembre de 2025

S A N T O R A L

San Edmundo Campion - Mártir
Mártir y jesuita ingles, hijo y homónimo de un librero católico. Nació en Londres el 25 de enero de 1540 y fue ejecutado en Tyburn el 1 de diciembre de 1581. Una compañía de la ciudad envió al prometedor niño a una escuela de gramática y al hospital de la Iglesia de Cristo. Cuando María Tudor hizo su entrada a Londres con gran ceremonia como una reina, él fue el colegial escogido para dar el discurso en latín a su majestad. Sir Tomás White, alcalde, quien construyó y dotó al San Juan College de Oxford, aceptó a Campion como uno de sus primeros alumnos, le nombró hermano menor a los diecisiete años, y, en su agonía, le dio su último mensaje para la familia académica. Campion brilló en Oxford en 1560, especialmente cuando pronunció un elogio fúnebre en el segundo entierro de Amy Robsart, y otro en el funeral del fundador de su colegio; y durante los siguientes doce años él fue seguido e imitado como ningún otro hombre lo había sido en una universidad inglesa, excepto él mismo y Newman. Se graduó con dos carreras, llegó a ser un tutor famoso y en 1568, censor menor. 
La reina Isabel había visitado Oxford dos años antes, ella y Dudley, entonces canciller, conquistados por la conducta, belleza e ingenio de Campion le rogaron que pidiera lo que quisiera. Los éxitos, responsabilidades locales, tentaciones, su natural facilidad de carácter, los razonamientos, sobre todo de su amigo el Obispo Cheyne de Gloucester, cegaron a Campion sobre su trayectoria como católico: tomó el Juramento de Supremacía y órdenes de diácono de acuerdo al nuevo rito. Sus pensamientos subsiguientes se tornaron en escrúpulos, los escrúpulos en angustia, cortó con su feliz vida en Oxford cuando su cargo de censor terminó, y se trasladó a Irlandia, a esperar la reapertura de la Universidad de Dublin, una antigua fundación papal temporalmente suprimida. Sir Henry Sydney, un agregado de lord, estuvo interesado en el futuro de Campion tanto como en el nuevo fervor religioso, el cual, sin embargo, fracasó. Con Felipe Sydney, quien en ese entonces era un muchacho, Campion tendría una conmovedora entrevista en 1577. Como demasiado católico mirado como anglicano, Campion se volvió sospechoso y estaba expuesto al peligro. Escondido en casa de sus amigos, compuso su tratado llamado “Una Historia de Irlanda”. Lo escribió desde el punto de vista inglés, y los nativos irlandeses se sintieron ofendidos; y en el siguiente siglo Geoffrey Keating lo criticó severamente en su “Historia Irlandesa de Irlanda”.
Impulsado a un esfuerzo adicional por el celo de Gregory Martin, cruzó a Inglaterra disfrazado y con un nombre falso y llegó a Londres a tiempo para ser testigo del juicio de uno de los primeros mártires oxonienses: Dr. John Storey. Campion entonces reconoció su vocación y se apresuró a entrar al seminario en Doual. Cecil lamentó ante Richard Stanihurst, lo que llamó la expatriación de uno de los “diamantes de Inglaterra”. En Doual, Campion continuó sus cursos teológicos y su grado menor, pero entonces se fue como peregrino descalzo a Roma, arribando allí justo antes de la muerte de San Francisco de Borja;. “porque eso pretendo”, como lo dijo en su examen “a entrar a la Compañía de Jesús, de eso hacer voto y ser profeso.”. Esto realizó enseguida en abril (1573), siendo el primer novicio en ser recibido por Mercurianus, el cuarto general. Como la provincia inglesa aún no existía, fue designado a la de Bohemia, entrando en el noviciado de Praga y pasando su año de probación en Brum, en Moravia. Al regresar a Praga, enseñó en el colegio y escribió un par de dramas sagrados, siendo ordenado allí en 1578. Mientras tanto, el Dr. Allen estaba organizando el trabajo apostólico en la misión inglesa, y se alegró de lograr que fueran los padres Robert Parsons y Edmund Campion sus primeros asistentes jesuitas. En el jardín en Brunn, Campion había tenido una visión, en la cual Nuestra Señora le predijo su martirio. Sus compañeros de Praga deciden hacer un pergamino para P. Edmundo Campion, mártir y a pintar una guirnalda de rosas profética en su celda. Parsons y Campion salen de Roma, tuvieron muchas aventuras, y fueron reclamados por San Carlos Borromeo en Milán y por Beza en Génova.
Campion se encontró en Londres con un fiel amigo recién convertido, el cual le proveyó ropa adecuada, armas y caballo. Su función principal era recuperar los católicos que estaban vacilantes o contemporizando bajo la tiranía gubernamental, pero su celo por ganar protestantes, sus prédicas, su total personalidad santa y soldadesca, dejaron una profunda y general impresión. Se produjo una alarma y él huyó al norte, donde de nuevo comenzó a escribir y produjo su famoso panfleto “Diez Razones”. Regresó a Londres, sólo para retirarse de nuevo, esta vez a Norfolk. Un espía, antiguo mayordomo de la familia Roper, George Eliot, estaba tras sus huellas, y lo capturó, junto con otros, el 17 de julio de 1581 en Lyford Grange, cerca de Wantage. 
En medio de escenas de violenta excitación, Campion fue burlonamente paseado por las calles de su ciudad natal, atado de pies y manos, cabalgando de espaldas y con un cartel en su sombrero señalando al “jesuita sedicioso”. Primero fue tirado al calabozo Little Ease en la Torre, luego fue llevado privadamente a la casa de su ex patrón, Leicester; allí se encontró con la propia reina, y recibió serias promesas de libertad si renunciaba a su papismo. Habiendo Hopton tratado en vano las mismas lisonjas, fue llevado de regreso a la Torre y examinado bajo tortura, y se informó que había traicionado a quienes lo habían protegido. Se realizaron varios arrestos fundados en mentiras. El había solicitado un debate público. Pero cuando se le concedió, en la capilla normanda de la Torre, ante el Decano de San Pablo y otros teólogos, a Campion se le había negado la oportunidad de preparar su disertación, y había sido torturado severamente. Debilitado, estuvo presente en las cuatro largas conferencias sin contar con una silla, mesa o notas, y se mantuvo de pie invicto. A consecuencia de esto, Felipe Howard, conde de Arendel, quien observaba lleno del orgullo mundano, tuvo la inspiración de retornar al servicio de Dios. El consejo privado, no sabiendo qué hacer o decir sobre un traidor puramente “espiritual”, tramaron un complot para poner en tela de juicio la lealtad de Campion, y llamaron a los asalariados Eliot y Munday como acusadores. Un juicio ridículo se realizó en la alcaldía de Westminster el 20 de noviembre de 1581. Campion, declarándose no culpable, le era completamente imposible mantener en alto su tantas veces retorcido brazo derecho; viendo esto un compañero prisionero, quien primero le besó, le levantó el brazo. Campion presentó una magnífica defensa. Pero la sentencia fue a muerte, serían ahorcados, destripados y descuartizados: una sentencia recibida por los mártires con un grito jubiloso de Haec Dies y Te Deum. Campion, con Sherwin y Briant, quienes estaban en un cañizo separado, fueron llevados en una rastra tirada por caballos a Tyburn el 1 de diciembre. Al pasar el arco de Newgate, se levantó tanto como pudo para saludar una imagen de Nuestra Señora, que se hallaba in situ.
En el cadalso, interrumpido y provocado a expresar su opinión sobre la Bula de San Pio V por medio de la cual excomulgaba a la reina Isabel, él respondió sólo con una oración por ella “vuestra reina y mi reina”. El fue un inglés católico con opiniones políticas que no eran las de Allen, sin embargo él murió, lo mismo que hizo Felton alguna vez, por la supremacía de la Santa Sede. El pueblo lamentó su destino a gritos y comenzó una nueva cosecha de conversiones. A un joven impetuoso y de corazón generoso, Henry Walpole, que estaba cerca, se le manchó su jubón blanco con la sangre de CampionEste incidente lo convirtió también, con el tiempo, en un jesuita y mártir.
Historiadores de todas las escuelas están de acuerdo que los cargos contra Campion fueron un simulacro al por mayor. Ellos alaban su gran inteligencia, su bella jovialidad, su fogosa energía, su muy caballerosa gentileza. Había renunciado a toda oportunidad de una deslumbrante carrera en un mundo de hombres magistrales. 
Reliquia del
Mártir
Cada tradición de  Campion, cada fragmento de sus palabras escritas, y no menos en sus cartas doradas no estudiadas, nos muestran que él fue nada menos que un hombre de genio, uno de los grandes isabelinos, pero santo como ninguno de ellos.
Fue beatificado por el Papa León XIII el 9 de diciembre de 1886 y canonizado por el Papa Paulo VI en 1970. Sus reliquias se conservan en Roma y Praga, en Londres, Oxford, Stonyhurst y Roehampton. Un retrato no muy convincente fue hecho muy pronto luego de su muerte por Gesu en Roma, bajo la supervisión de muchos que le habían conocido. De esto hay una copia en óleo en Stonyhurst, y una grabada brillantemente en Hazart's, “Kerckelycke Historie” (Antwep, 1669), Vol. III (Enghelandt, etc).


Bibliografía: Campion, Historia de Irlanda, primero publicado por STANIHURST en HOLINSHED, Chronicles (1587), luego en el libro de WARE (1633). Hibernia Press (Dublin,1809); Edmundi Campiani, Decem Rationes et alia Opuscula, editado por Antwerp, 1631; Narratio Divortii Henrici VIII, Regis Angliae, ab Uzore et ab Ecclesia, HARPESFIELD. SIMPSON, Edmund Campion, Jesuit Protomartyr of England (London, 1866; reissued, London, 1907). CHALLONER, Memoirs of Missionary Priests; FOLEY, Records of the English Province of the Society of Jesus, and STANTON, Menology of England and Wales.
Fuente: Guiney, Louise Imogen. "St. Edmund Campion." The Catholic Encyclopedia. Vol. 5. New York: Robert Appleton Company, 1909. <http://www.newadvent.org/cathen/05293c.htm>.
Traducido al español por Giovanni E. Reyes. lhm

S A N T O R A L

SAN ELOY, OBISPO Y CONFESOR

Ante el Rey Clotario de Francia
En la Galia ulterior, primero Aquitania, cerca de la ciudad de Lemovice, hay una villa llamada Catalace, y en ella nació Eloy, de nobles padres, llamados Euquerio y Terrigia. Terrigia, pues, su madre, cuando le tenía en el vientre, vio en un sueño una águila muy hermosa que volaba sobre el lecho en que dormía, y que la llamó por tres veces, haciéndole una singular promesa. Despertó á la voz del águila asombrada, y púsose á considerar qué significaría sueño tan raro; pero como no pudiese darle interpretación alguna, perdió el susto, y no cuidó más del sueño. A pocos días tuvo los dolores de parto tan vehementes, que estuvo en grande riesgo su vida. Viendo el peligro en que estaba, llamaron á un religioso sacerdote que la asistiese, y ayudase á bien morir, como juzgaban lo había menester: pero el santo sacerdote le dijo con espíritu profético: No temáis, señora; que pariréis felizmente un hijo que será santo, y será llamado gran sacerdote de Cristo en la Iglesia. Nació, pues, Eloy, y sanó su madre. Fué criado con toda virtud y religión como hijo de tan católicos y nobles padres. Aprendió las letras que debía en su tierna edad, y tenía tal ingenio y capacidad para cuanto emprendía, que su padre le dio por maestro a Abdon, excelente platero y aurífice, en cuya arte salió tan diestro, que de parecer del maestro mismo le envió su padre á París, corte del rey de Francia, de quien era su vasallo. Era su conversación tan honesta y agradable á todos, que en poco tiempo se granjeó en la corte muchas buenas amistades: entre otrás ganó la voluntad del tesorero del rey Clotario (que á la sazón reinaba en Francia), llamado Bobbon.

Deseaba mucho Clotario hacer un trono real ó silla de oro y piedras preciosas, que dijese con su real magnificencia, y fuese ingeniosa en la traza; pero no hallaba maestro á su gusto. Entonces Bobbon, su tesorero, le dijo: Si vuestra real majestad quiere ser servido á gusto, yo tengo en mi cuarto un mancebo aurífice y platero ingenioso, y sé qué hará la silla de la manera que la desea vuestra real majestad. Entonces el rey alegre le dio una gran cantidad de oro, y él se la entregó a Eloy, para que hiciese la silla que el rey deseaba. La obra fué de tanto primor, que era maravilla el verla, y lo más prodigioso que tuvo, fué que del mismo oro y piedras de que debía hacer solo una, hizo dos sillas, en todo iguales y conformes. Acabadas, llevóle al rey la una, guardando la otra. El rey quedó satisfecho y gozosísimo, por haber hallado quien hiciese aquel trono ó silla real, del modo que él la deseaba, y sobre satisfacerle muy bien, le dio mil gozosos agradecimientos, y admitió á su amistad con gran cariño y afabilidad. Despidióse Eloy agradecido y humilde, y fue á su casa, y tomando la otra silla, se la llevó y présenlo al rey. Aquí fué donde Clotario quedó de nuevo maravillado, de ver un mozo en lo más florido de su juventud tan fiel, que siendo señor y dueño de aquel oro y piedras preciosas, se lo volvía. Preguntóle, cómo era posible que del mismo oro y piedras que él le había dado, hubiese hecho dos sillas tan iguales y conformes, cuando cada una lo había menester todo. Con la gracia de Dios todo se puede, respondió Eloy humilde. Entonces el rey lo abrazó, y le juzgó por el hombre de más fidelidad que tenía en el reino, y comenzó ó encargarle cuidados y negocios de mucha cuenta; y Eloy á tener gran fama en la corte.
Era tan caritativo y amador de los pobres de Jesucristo, que les daba cuanto podía y tenía, hasta quedarse desnudo; y era de todos tan amado y conocido por padre de pobres, que si alguno preguntaba por Eloy ó su casa, ninguno había en la corte que no le dijese: Id á la casa que la hallareis toda cercada de pobres; que aquella es: allí le hallaréis. Cierto día, dando limosna á unos pobres, uno de ellos tenía baldado un brazo, de suerte que no podía usar de él ni moverle: al tomar la limosna, como sacase la mano sana, y Eloy le dijese la tomase con la otra mano, respondió el pobre: Señor, la tengo baldada. Mostrad, hermano, lo veremos, dijo el santo. Sacó el pobre la mano: tocóle Eloy con la suya: tocóle también el brazo; y ungióselo con un poco de aceite, para disimular humilde el milagro que había obrado ya el contacto de su santa mano, y que dijesen era virtud del aceite, la que era solo virtud de su gran virtud. Con esto el pobre se fué sano y contento, y á voces publicaba el milagro por toda la corte. Cierto día, como hubiese dado de limosna cuanto oro y plata tenia, y llegasen de nuevo otros pobres, sacó una pieza de oro que tenia ajena, para hacer de ella lo que su dueño le había ordenado, y la repartió á los pobres: y como llegasen otros de nuevo, impensadamente volvió á mirar la bolsa, y halló la misma pieza que acababa de repartir; y dando á Dios las gracias, también la repartió con ellos.
Su gran caridad no se contentaba con estas continuas limosnas, sino es que solicitaba saber dónde había esclavos, y los redimía, y daba libertad á diez, á veinte, y á cincuenta muchas veces, y algunas ciento de una vez: y si acontecía fallarle el dinero para redimirlos, por ser muchos, daba cuanto tenia, hasta desnudarse sus vestidos y descalzarse, quedando con sola una pobre túnica que le cubría las carnes. Muchas veces le sucedió esto: y el rey, como le amaba y conocía su virtud, le enviaba de sus mismos vestidos, y le socorría con mucho oro y plata, viendo cuan bien lo empleaba. Redimidos los cautivos, les hacia una plática espiritual, exhortándolos á la virtud; y si eran cristianos, les decía que si querían volverse á sus patrias les daría lo necesario para el viaje (como lo hacía); y si querían quedarse con él, nó como siervos, sino como hermanos los trataría: y así lo practicaba con muchos que con él se quedaban, con los cuales vivía religiosamente, y de muchos conseguía se hiciesen religiosos, y muchos sacerdotes; y finalmente, á todos daba estado y acomodaba, dándoles cuanto habían menester. A los que no eran cristianos, procuraba reducir hasta que lo fuesen, como lo consiguió de muchos, que ya obligados de que los hubiese rescatado, y ya de su buen trato y conversación afable, venían á rendirse al yugo suave de la ley evangélica: con que su casa era un monasterio de pobres, y él á todos daba de comer y beber, sirviéndoles él mismo: y cuando acababan de comer, se sentaba con ellos en el lugar más ínfimo, y comía alguna cosa de lo que á ellos les sobraba, tan escasamente, que más era continuado ayuno su comer, que natural refección: y porque muchas veces se entristecían los familiares de casa, por ver que repartía cuanto había á los pobres, y no solía quedar ni aun pan para él ni ellos; él los reprendía, diciendo tenían poca fe, sabiendo que Dios había de cuidar de ellos.
Sucedía, pues, así, que cuando menos juzgaban, entraban por la puerta cargas de pan y otros manjares, que príncipes y personas poderosas y devotas enviaban, sabiendo cuan bien distribuía, y especialmente el rey, que continuamente le socorría. Murió Clotario, y heredó con el reino el amor que á Eloy tenía su hijo Dageberto, el cual le estimaba tanto, que no solo le socorría con grandes sumas de oro y plata, con que edificó templos, monasterios y hospitales, sino es que también le hizo dueño de su voluntad; y así sucedía, que estando muchas veces rodeado de príncipes, obispos y magnates, en viendo á Eloy, á todos los dejaba para gozar á solas de su dulce conversación y trato amable. Infinitos fueron y raros sus milagros: porque con solo mandarlo se levantaban sanos y buenos los tullidos: veían los ciegos: oían los sordos: sanaban los leprosos: lanzaba los demonios y espíritus inmundos de los cuerpos de los míseros que atormentaban, y curaba de todas enfermedades; pero era tanta su humildad, que á los que sanaba, decía: De verdad os digo, que si no dais las gracias á Dios y á san Dionisio (ú otros santos que solía nombrar), que es quien os ha curado, volveréis á padecer la misma enfermedad, de que vais sanos. Hacíales esta exhortación con esta amenaza, para evitar el que no publicasen que él había hecho el milagro, sino es el santo á quien él le atribuía; y con esto huía la vanagloria. ¿Cuántas veces multiplicó el pan para los pobres? ¿Cuántas el vino y otros manjares? Fuera nunca acabar si comenzáramos á referir la suma casi infinita de sus milagros: contentarémonos con poner algunos, por abreviar.
Ardía la ciudad de París, hecha por todas partes un volcán, sin que hubiese remedio humano á tanto incendio: llegaban ya las voraces llamas á la iglesia de San Marcial, fábrica maravillosa de Eloy; y él con el sentimiento de que el fuego consumiese aquel devoto y magnífico templo, que él con tanto estudio y amor había fabricado á honra y gloria de Dios, y de su santo y siervo Marcial, sacando un suspiro de lo íntimo de su corazón, dijo en alta voz: ¡O bendito san Marcial!¿Por qué no socorres tu casa? Pues sabe que si la dejas quemar, y cual puedes no la libras y defiendes, que no tienes que esperar de Eloy que vuelva á edificarte otra. ¡Caso maravilloso! Apenas acabó estas palabras, cuando el fuego desapareció, no solo del templo, sino es de todo aquel barrio: con que libró el templo, el monasterio que junto á él había edificado, y á todos los vecinos de tan voraz incendio. Otra vez sucedió que robaron la plata y oro y demás ornamentos y vasos preciosos que había consagrado al templo de Santa Columba, fábrica también suya: diéronle la triste nueva; pero él, aunque lo sintió grandemente, no se dio por entendido, sino que se fué á la misma iglesia, y puesto en oración humilde, dijo: Oye, santa Columba, lo que, digo: bien sabe mi Redentor Jesucristo, que si no vuelves luego los ornamentos y arreos que han robado á esta iglesia, sin que falte cosa alguna, que tengo de traer zarzas, espinas y abrojos, y sembrar de ellas la puerta de este templo, cubriéndola de suerte que nadie pueda jamás entrar aquí á venerarte, ni tener de tí memoria. Dichas estas razones con su sencillez santa, se fué á su casa, y apenas amaneció el siguiente día, cuando fué á verle el sacristán de la dicha iglesia, gozosísimo, refiriendo, como al abrir las puertas aquella mañana y entrar en la iglesia, había hallado todo cuanto habían robado la noche antes, que lo habían vuelto ó restituir aquella noche misma, sin que fallase ni un alfiler. Con este imperio inocente y sencillo hablaba y obraba tantos prodigios.
Retablo Ceramico de San Eloy
Muerto Acario, obispo noviomense, fue electo Eloy milagrosamente: con que, aunque su humildad huia el cargo y honor, hubo de sujetarse á la disposición divina y gesto del rey, aceptando la carga. Puesto ya sobre el candelero de la Iglesia, comenzó á lucir más y más cada día, con ejemplos raros de virtud, humildad y caridad, apacentando sus ovejas como pastor celestial, con espiritual y corporal alimento. Predicaba continuamente: y para que más provecho hiciese la divina palabra, ejecutaba primero con las obras lo que con las palabras enseñaba. Tenía un lugar señalado, en que todos los días se ocupaba en servir á los pobres y enfermos, lavándoles el mismo los pies y manos, cortándoles el cabello disforme, peinándoles y limpiándoles las cabezas de llagas asquerosas y otras inmundicias, dejándoles limpios y sanos, dándoles después de comer y beber con sus mismas manos, y vistiendo á los desnudos y menesterosos: y si saliendo estos, venían más, volvía de nuevo á su santo ejercicio, sin que jamás se cansase. Sentaba todos los días á su mesa doce pobres que comiesen con él, lavándoles antes los pies y manos, y sirviéndoles el pan y vino, y después sentándose con ellos. Como su caridad era tan grande y fervorosa, no se contentaba con usarla solo con los vivos, sino es, que pasaba á ejercerla también con los muertos; y de estos no solo con socorrer sus almas, ofreciendo continuos sufragios por las benditas almas del purgatorio, sino es, cuidando de sepultar los cadáveres de aquellos que hallaba ajusticiados y muertos por los caminos: y para poder usar de este acto grande de misericordia sin contradicción de las justicias, sacó una facultad del rey, que le dio amplísima y prontamente, gozoso (porque jamás le negó cosa que Eloy le pidiese): con que unas veces iba él mismo por los caminos: otras enviaba á sus ministros á buscar los cuerpos muertos; y á todos daba piadosa sepultura. Un día (entre otros) halló un hombre en la horca, y bajándole de ella (como solía), mientras sus compañeros le prevenían la sepultura, Eloy comenzó á palparle y tocarle de pies á cabeza, y reconociendo que Dios le volvía á la vida por virtud del contacto de sus purísimas manos; para encubrir el milagro y huir las aclamaciones tan debidas, como tan humilde, se previno, volviendo á mirar á sus compañeros, y diciendo: ¡O qué gran delito y maldad hubiéramos cometido en este punto, enterrando este hombre, si Dios no nos hubiera socorrido con la advertencia de que aún está vivo! ¿No lo veis? Y luego, todos pasmados de la maravilla, se volvió al resucitado, y le dijo: Ea, hermano, descansad un poco y vestíos, y os iréis á vuestra casa. Corrió al instante la noticia del prodigio, y los que le habían hecho ahorcar, volvieron á hacer nueva instancia á la justicia, para que volviesen á condenarlo á muerte, y querían quitárselo al santo de las manos; pero éi huyó con el hombre, así por quitarle del nuevo peligro que le amenazaba, como por huir la gloria de las justas aclamaciones que todos le daban, por haber obrado tan gran milagro. Sacóle del rey una carta de seguridad de la vida, y con esto lo envió en paz á su casa.
Ordenación  de San Eloy  Noyon Francia
Veneraba sumamente las reliquias de los santos, y todo su anhelo era buscarlas; y en hallando algún cuerpo de algún santo mártir (como ya vimos en la vida de san Quintino), lo colocaba con toda veneración, fabricándole nuevas iglesias y preciosas tumbas, ó cajas de oro, plata y piedras preciosas. Tal fué la que hizo á san Quintino, á san Germano, á san Severino, á san Platón, á san Luciano, á santa Genoveva, á santa Columba, á san Maximiano y Juliano, á san Crispino y Crispiniano: para todos estos santos y á cada uno de por sí hizo caja de oro, plata y piedras preciosas, todo fabricado por sus manos, dándole el rey Dagoberto liberalísimamente grandes cantidades de oro y plata para ellas. Especialmente se esmeraba en la fabrica y riquezas de algunas, y entre ellas fue la que hizo para el cuerpo del glorioso san Martin, obispo turonense, donde hoy yace, y otra para el lugar donde estuvo primero. Otra hizo para el cuerpo de san Briccion, y otra para el de san Dionisio, mártir de París, labrándole un suntuosísimo mausoleo ó sepulcro de mármol, vestido de oro y piedras preciosas, adornando todo el altar y trono del glorioso areopagita riquísimamente.
Ocupado, pues, en tan santos ejercicios de virtud y caridad, habiendo cumplido los setenta años de su edad, quiso Dios llevárselo para sí; porque supiese el mundo, que Eloy era más divino que humano, y más celestial que terreno, y así había de ocupar la silla de gloria, que tan bien había merecido. Así fué: pues habiendo anunciado su muerte, siendo de ella profeta, como de otras muchas cosas, lo envió Dios una ligera calentura, con que cantando himnos y salmos le entregó su bendita alma, la cual vieron infinitos que le asistían, subir al cielo en forma de cruz hermosa y resplandeciente, cuya claridad de luz divina alumbró toda la vecindad, é hizo que juzgasen los que la vieron, que fueron muchos, era medio día, siendo muy de noche. Fué su glorioso tránsito á 1 de diciembre (día en que la Iglesia celebra su fiesta), año del Señor de 665. Antes de dar sepultura á su sagrado cuerpo, vino toda la ciudad á verle y venerarle, y la reina Batildis con sus hijos y muchos príncipes también vino: y queriendo llevársele, ó a París, ó a su monasterio de Cala, no fué posible moverle. Entonces la reina cristianísimamente devota, lloraba tiernas lágrimas, y publicó un ayuno de tres días continuos por toda la ciudad, que observó también ella con vigilias y oraciones. Pasados los tres días, viendo que los de la ciudad de Noviomo pretendían justamente quedarse con el cuerpo de su pastor santo, dijo la reina: Ahora veremos la voluntad de Dios y la de su siervo Eloy: si se deja mover y llevar, es señal que quiere venir conmigo, ó a su monasterio, ó a París; y si nó, se querrá sin duda quedar con vosotros en su iglesia. Probaron muchos obispos y príncipes, y la misma reina con ellos, á moverle, mas era una montaña. Viendo así declarada la voluntad de Dios y de su santo, mandó la reina con harto dolor y sentimiento, que le llevasen a sepultar a su iglesia; y al instante se dejó llevar, como si fuera una paja ligera. Pero no quiso el santo ser desagradecido á la devota reina: y así habiendo ella pedido la dejasen á lo menos ver su rostro santísimo, se lo descubrieron, y con muchas lágrimas y mayor devoción le besó en el rostro, pecho y manos: y porque llevase alguna reliquia y memoria, dio el bendito santo entonces gran cantidad de sangre de sus sagradas narices, que agradecida la reina, recogió en diversos lienzos para guardarla, y venerarla por reliquia de tan gran santo. Luego se hizo el entierro con la mayor pompa y ostentación que se ha visto, acompañando el santísimo cuerpo infinitos millares de almas, obispos, príncipes y grandes, la misma reina á pié, con ser invierno, y haber mucha agua y lodos que pasar, regando las calles nuevamente con lágrimas, y rompiendo los aires con gemidos dolorosos, de sentimiento de haber perdido tal pastor y padre. Pasado un año, habiendo de poner al santo cuerpo en una caja ó urna de oro y piedras preciosas, que le mandó hacer la reina, diciendo, que quien había hecho tantas y tan ricas cajas para diversos cuerpos de santos, era justísimo se le hiciese una al suyo; le hallaron incorrupto, olorosísimo y hermoso, y que tenía crecida la barba y cabello (que le habían raído luego que espiró), como si estuviese vivo, y guardase el calor natural: prodigio que dejó á todos admirados. Pero son tantos y tan grandes, los que Dios ha obrado, y cada día obra por intercesión de su siervo Eloy en su sepulcro, que esto parece el menor; pues no hay enfermo que á él se encomiende que no sane de su enfermedad, sea la que fuere: los muertos resucitan, los endemoniados sanan, y quedan libres de los espíritus inmundos; y al fin todos hallan remedio en todas sus dolencias y necesidades, visitando el sepulcro de Eloy glorioso.

Solían las cuaresmas cubrir la caja de su sepulcro (por el gran resplandor del oro y piedras preciosas) con lienzos, y ricos paños de seda; y sucedió, que una vez al principio de la cuaresma vieron todos visibles vapores, que exhalaba la caja, y que los lienzos y paños sudaban, como cuando suda un cuerpo humano vivo. Advertirlo el prodigio por el obispo y cabildo, quitaron el paño y lienzos, y torciéndolos sobre unas fuentes de plata, sacaron mucha aguado aquel sacro sudor, y la guardaron con toda veneración por reliquia grande, como lo era; pues con ella sanaron infinitos enfermos, y muchos solo con tocar aquel paño y lienzo que habían recibido el sacro sudor. En fin, si hubiera de referir milagros, fuera nunca acabar: quien gustare ver infinitos, lea su vida de este admirable santo, que trae Surio en el tomo VI, que satisfará su deseo y devoción cumplidisimamente. Escribieron la vida de san Eloy, Usuardo, Adon y el primero de todos san Audeno, obispo y compañero mucho tiempo de Eloy, cuya familiaridad le hizo santo: y la que escribió Audeflo es la que trae Surio en el tomo VI citado. Asimismo la escribió Vincencio m Specul., lib. XXIIIi, cap. 86 el seq.; san Antonino de Florencia, parte II, titulo 43, capítulo 6, parágrafo 45 y sig.; Pedro de Natalibus, in Cathalogo sanctorum. lib.I, cap. 17; Molano, in índice sanctorum Belg.; Sigiberlo, in Chronic.: el Martirologio romano y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo VIII de sus Anales, año 665, núm. 7 y año 631, núm. 14.

FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que