jueves, 28 de agosto de 2025

S A N T O R A L

San Agustín de Hipona

Doctor de la Iglesia, columna inconmovible de la verdad

Uno de los mayores genios de la humanidad, denominado por los escritores eclesiásticos Maestro de la Teología, Escudo de la Fe y Flagelo de los herejes, entre otros títulos
Plinio María Solimeo

Adolescente, se hunde en los vicios

El triunfo de San Agustín, de Claudio Coello. Museo del Prado, Madrid
La brillante inteligencia de Agustín y su fiel memoria le predisponían mucha facilidad para los estudios. Ese hecho inclinó a su padre, cuando Agustín terminó los estudios en Tagaste y Madaura, a pensar en mandarlo a Cartago, la capital romana del norte de África, donde podría proseguir su formación intelectual y llegar a ser un reputado jurista. 
El año que Agustín pasó esperando que su padre reuniese el dinero suficiente para ello, fue funesto para él. Estaba en la exuberancia de sus dieciséis años, lleno de vida y quimeras, y se perdió moralmente debido a la influencia deletérea de malos compañeros, que llevaban una vida disoluta. Declara San Agustín en su inmortal obra Confesiones: “Hubo un tiempo en mi adolescencia en que me abrasé en deseos de hartarme de las cosas más bajas. Tuve asimismo la audacia de liarme en la espesura de amores diversos y sombríos. Quedó quebrantada mi hermosura y me convertí en un ser infecto ante tus ojos [oh Dios], por darle gusto a los gustos personales y por desear quedar bien ante los ojos de los hombres.¹
Llegando al fin a la famosa Cartago, a los diecisiete años, pronto se unió a la turbulenta mocedad académica de la ciudad. Inició en su curso de retórica el estudio de Virgilio, poetas y escritores latinos. Descubrió en Cicerón la atracción de la filosofía, y a ella se entregó con ardoroso fervor. A los diecinueve años se unió en relación pecaminosa con una doncella, con quien vivirá quince años, rompiendo aquel vínculo perverso sólo al convertirse. Ella le dio un hijo, Adeodato.

Seducido por la herejía maniquea


En busca de la vana curiosidad, “vine a caer en manos de unos hombres sumamente orgullosos, superficiales y charlatanes a más no poder. En su boca sólo había trampas diabólicas y una especie de cinta pegajosa hecha a base de las sílabas de tu nombre [Dios], del de Nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu Santo Paráclito, consolador nuestro”.² Eran los herejes maniqueos. Agustín se volverá uno de sus ardientes defensores, pervirtiendo para la secta a varios amigos católicos. Durante nueve años permanecerá en sus redes.
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Las lágrimas de Santa Mónica compraron
 la conversión de su hijo, San Agustín

El año 375, habiendo terminado sus estudios, volvió a Tagaste, donde enseñó con éxito gramática y retórica. Como se obstinaba en la herejía, su madre no quiso acogerlo en casa. Habiendo sin embargo consultado a un obispo al respecto, éste la aconsejo de recibirlo, diciendo que un hijo de tantas lágrimas no podía perderse. Mientras tanto, luego de la muerte de un amigo muy íntimo, para olvidar el dolor, Agustín volvió a Cartago, donde continuó enseñando retórica con el mismo brillo.
A pesar de ser maniqueo, Agustín tenía muchas dudas a respecto de lo que le era enseñado por la secta. Pero todos le decían que su “obispo”, Fausto, respondería maravillosamente a todas sus objeciones. Pues bien, en 378, Fausto fue a Cartago. Éste, a pesar de tener palabra fácil y verbosidad atrayente, terminó reconociendo que no tenía respuestas para las indagaciones de Agustín. Con ello, “todos los proyectos que me había forjado acerca de mi promoción personal en la secta que se vinieron abajo. Sin embargo, no rompí del todo. Al no encontrar otra cosa mejor que aquellas doctrinas en que me había precipitado un poco a lo loco, tomé la resolución de quedarme de momento en la secta hasta que apareciera algo mejor”.³ Y ese algo él lo encontrará, no en Cartago, sino en Milán.

Rumbo a la conversión y a la santidad

A los 29 años, aún inquieto en busca de la verdad por la cual aspiraba, Agustín resolvió ir a Italia. En Roma enseñó retórica, pero acabó trasladándose a Milán. Allá, su madre fue a vivir con él. 
“La lectura de las Epístolas de San Pablo, la influencia de su madre, Mónica, y del obispo de Milán, Ambrosio, lo llevaron a reaproximarse de los cristianos. Como él lo narra en sus Confesiones, después de los zarandeos de sus vacilaciones vive un momento intenso de dilaceración interior. Tal compunción lo decide a convertirse”.4 
Pero ese proceso de conversión duró tres años. Al fin, en la víspera de la Pascua del año 387, es bautizado por San Ambrosio juntamente con su hijo Adeodato y varios discípulos. Después del bautismo, Agustín resolvió regresar a África. En Ostia, cerca de Roma, tiene lugar el famoso éxtasis en que él y su madre son arrebatados cuando consideraban la vida futura. Poco antes había fallecido su hijo, a los quince años de edad. Y Santa Mónica pronto lo sigue a la tumba. “No hay páginas en toda la literatura que alberguen un sentimiento más exquisito que la historia de su santa muerte y del dolor de Agustín [Confesiones, IX]”.5 Nuevamente en Tagaste, vivió retirado del mundo durante tres años, en comunidad religiosa con sus amigos, en oración, estudios y penitencias.

Aclamación del pueblo y sacerdocio

Un día del año 391, en que había ido a Hipona —donde la fama de su santidad y saber ya había llegado—, estaba Agustín rezando en una iglesia, cuando el pueblo lo rodeó, aclamándolo y pidiendo al obispo Valerio que le confiriese el sacerdocio.
A pesar de que no era costumbre en el África que un sacerdote predicara estando el obispo presente, Valerio incumbió a Agustín de hacerlo, y sus prédicas tuvieron éxito inmediato. No se podía resistir a la fuerza de su argumentación ni a la unción de sus palabras. Él combatía sobre todo al maniqueísmo, al que conocía bien. En un debate público con Fortunato, uno de los cabecillas de la secta, de tal manera lo arrasó que éste tuvo que abandonar Hipona.

Combatió a enemigos de la fe, desarmó a los infieles

El obispo Valerio, considerando el valor de Agustín, temió perderlo para otra diócesis. Por ello, le pidió al Primado de Cartago que lo nombrase su obispo auxiliar con derecho a sucesión. Una vez más Agustín tuvo que curvarse ante la voluntad de la Providencia. Poco después, con la muerte de Valerio, tomó posesión de la dirección de la diócesis. Pero quiso que en su palacio se observara la regularidad religiosa, para que sus trabajos apostólicos tuvieran más eficiencia. 
El santo obispo de Hipona fue uno de los mayores defensores de la ortodoxia en su tiempo convulsionado por herejías, combatiéndolas con la palabra y con la pluma. Después de los maniqueístas, combatió las herejías de los priscilianistas y de los donatistas, tan poderosos en África, donde ya habían infectado a más de cuatrocientos prelados y combatían a los fieles católicos a fuego y espada. Agustín recibió el auxilio del Emperador Honorio para la erradicación de tan perniciosos elementos.
Combatió también las herejías de los pelagianos, de los semi-pelagianos y de los arrianos, que llegaron con la invasión de los godos. “Al fin, San Agustín no se contentó con combatir a los enemigos de la fe y desarmar a los infieles, los herejes, los libertinos y los cismáticos. Quiso trabajar más aún por la Iglesia, pues, además de las obras polémicas que compuso, redactó tratados para todos los estados de la vida civil y cristiana. Los casados, los viudos, las vírgenes, los regulares, los eclesiásticos y los laicos encontraron en sus libros las más sólidas máximas para su conducta. [...] A pesar de todas sus protestas, tuvo que curvarse a la voluntad de Dios.
Luego de ser ordenado, la primera cosa que Agustín hizo fue pedirle al obispo un lugar para erguir un monasterio como el de Tagaste. Pronto poblado de almas electas bajo la dirección suya, de ese granero saldrían por lo menos diez obispos para las diócesis vecinas.

A pesar de que no era costumbre en el África que un sacerdote predicara estando el obispo presente, Valerio incumbió a Agustín de hacerlo, y sus prédicas tuvieron éxito inmediato. No se podía resistir a la fuerza de su argumentación ni a la unción de sus palabras. Él combatía sobre todo al maniqueísmo, al que conocía bien. En un debate público con Fortunato, uno de los cabecillas de la secta, de tal manera lo arrasó que éste tuvo que abandonar Hipona.

Notas.-
1. San Agustín, Confesiones, Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía, Iquitos, 2003, Libro II, 1, p. 25.
2. Id., Libro III, 6, p. 46.
3. Id., Libro V, 13, p. 93.
4. Encyclopédie Accueil, Données encyclopédiques, copyright © 2001 Hachette Multimédia / Hachette Libre.
5. Eugène Portalié, The Catholic Encyclopedia, vol. I, Transcribed by Dave Ofstead, Copyright © 1907 by Robert Appleton Company, Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight.
6. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints d’après le Père Giry, Bloud et Barral, París, 1882, t. 10, p. 306.
7. Obra también consultada: San Agustín, obispo de Hipona, adaptado de Vidas de los Santos de Butler. Versión electrónica de las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María, SCTJM.
8. P. José Leite S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, San Agustín, 28 de agosto, t. II, p. 600

Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-297-san-agustin-de-hipona

miércoles, 27 de agosto de 2025

S A N T O R A L

SANTA MONICA, VIUDA

MARÍA Y SALOMÉ

  Entre los acompañantes de Jesús resucitado, dos mujeres, dos madres, llaman la atención: María, madre de Santiago el Menor y de Tadeo, y Salomé, madre de Santiago el Mayor y de Juan, el discípulo amado. Fueron al sepulcro con Magdalena, en la mañana de la Resurrección, cargadas de perfumes; oyeron a los ángeles, y al regresar se apareció de improviso Jesús, las saludó y se dignó darlas a besar sus sagrados pies. Ahora recompensa su amor, manifestándose frecuentemente, hasta que llegue el día en que se despida en el monte de los Olivos, donde se encontrarán reunidas con María y los Apóstoles. Honremos a estas dos fieles compañeras de Magdalena, nuestros modelos en el amor al divino resucitado y glorifiquémoslas por haber dado cuatro apóstoles a la Santa Iglesia.

SANTA MÓNICA

Hoy, al lado de María y Salomé se presenta otra mujer, otra madre, prendada también del amor de Jesús, ofreciendo a la Santa Iglesia, el hijo de sus lágrimas, un doctor, un Pontífice, uno de los más ilustres santos que ha producido la nueva ley. Esta mujer, esta madre es Mónica, dos veces madre de Agustín. La gracia creó a esta obra maestra en la tierra de África; y los hombres la habrían desconocido hasta el último día si la pluma del gran obispo de Hipona, guiada por su corazón filial, no hubiese revelado a los siglos futuros esta mujer cuya vida no fué sino humildad y amor, y que desde ahora inmortal aún en esta tierra, es proclamada como modelo y protectora de madres cristianas.

LAS LÁGRIMAS DE MÓNICA

Una de las principales bellezas que encierra el libro de las Confesiones son las expansiones de Agustín sobre las virtudes y abnegación de Mónica. ¡Con qué tierno reconocimiento celebra a través de su relato, la constancia de esta madre que, testigo de los desvaríos de su hijo, "le lloraba más amargamente que cuando ven otras madres a sus hijos en el féretro!". El Señor, que deja de cuando en cuando ver un rayo de esperanza a las almas que prueba, había mostrado a Mónica, en una visión, la futura unión del hijo y de la madre; ella misma oyó a San Ambrosio decir con autoridad, que el hijo de tantas lágrimas no podía perecer; pero las tristes realidades del presente angustiaban su corazón y el amor maternal se unía a su fe para atormentarla por causa de este hijo que huía de ella y a quien ella veía apartarse tan esquivo a Dios como a su cariño.
Sin embargo de eso, las amarguras de este corazón tan abnegado formaban un fondo de expiación que más tarde aprovecharía al culpable; una ardiente y continua oración unida al sufrimiento, preparaba el segundo nacimiento de Agustín. Pero "muchas más lágrimas, nos dice él mismo, costó a Mónica el hijo de su espíritu que el hijo de su carne". Tras largos años de angustia, la madre halló en Milán a este hijo que tan duramente la había engañado, el día en que huyó lejos de ella para ir a buscar fortuna en Roma. Le encuentra vacilante aún en la fe cristiana, pero disgustado ya de los errores que le habían seducido. Agustín había dado un paso hacia la verdad, aunque no la había reconocido todavía. "Desde entonces, nos dice, el alma de mi madre no llevaba ya el luto de un hijo perdido sin remedio; pero lloraba continuamente para obtener de Dios su resurrección. Sin haber sido conquistado aún a la verdad, al menos me había apartado del error. Estaba ella segura ¡oh Dios mío! de que no darías a medias el don cuya integridad habías prometido, y así me dijo muy serena y con el corazón confiado que por la fe que tenía en Jesucristo estaba persuadida que no moría sin verme fiel católico"

CONVERSIÓN DE AGUSTÍN

Mónica había encontrado en Milán a San Ambrosio de quien quería servirse Dios para acabar la conversión de su hijo. "Amaba ella al obispo, nos dice Agustín, como instrumento de mi salvación; y él la estimaba por su piadosa vida, su asiduidad a la Iglesia y por su fervor en las buenas obras; no podía por menos de prorrumpir en alabanzas al verme, felicitándome de tener tal madre". Llegó por fin el momento de la gracia. http://ec.aciprensa.com/newwiki/images/b/b7/7074195167_75f4bb739f.jpgAgustín iluminado por la fe pensó ingresar en la Iglesia católica; pero los hechizos de los sentidos a los cuales por largo tiempo se habían rendido, le retenían al borde mismo de la fuente bautismal. Las oraciones y lágrimas de Mónica obtuvieron de la divina misericordia esta última gracia que desbarató todas las resistencias de su hijo.
Pero Dios no quiso dejar incompleta su obra. Traspasado por el dardo vencedor, Agustín se reanimó, aspirando no solamente a la perfección de la fe cristiana sino también a la virtud de la continencia. El mundo con sus hechizos no era ya nada para esta alma, objeto de una intervención tan poderosa. En los días precedentes Mónica se había ocupado solícita en preparar una esposa a su hijo y refrenar así sus incontinencias; más de repente se presentó a ella acompañado de su amigo Alipio, y la dice que, ansiando el sumo bien, se consagraba en adelante a la búsqueda de lo más perfecto. Oigamos a Agustín. "En seguida fuimos a encontrar a mi madre; le decimos lo que nos pasa, se alegra mucho, y al contarle cómo nos ha sucedido todo esto, no cabe en sí de gozo. Y ella te bendecía, oh Dios, que puedes darnos más de lo que pedimos y pensamos, porque la habían concedido para mí más de lo que te suplicaba con sus gemidos y lágrimas. Tú cambiaste su luto en una alegría que sobrepasaba con mucho su esperanza, en una alegría más querida a su corazón y más pura que la que habría tenido al ver nacer de mí hijos". Pocos días después un espectáculo sublime llenó de admiración a los ángeles y a los hombres en la iglesia de Milán: Ambrosio bautizaba a Agustín en presencia de Mónica.

EL ÉXTASIS DE OSTIA

La piadosa mujer había cumplido con su misión; su hijo había renacido a la verdad y santidad, y ella había dado a la Iglesia el más grande de los doctores. Se acercaba el momento, en que después de un largo trabajo iba a descansar eternamente en aquel por cuyo amor había trabajado y sufrido tanto. El hijo y la madre, dispuestos a embarcarse para África, se encontraron en Ostia esperando el navío que debía llevar a los dos. "Estábamos solos, ella y yo, dice Agustín, apoyados en la ventana desde la cual se divisaba el jardín de la casa. Conversábamos con inefable dulzura y olvidados de lo pasado, discurríamos sobre el porvenir, preguntándonos qué tal sería esa vida eterna de que han de gozar los santos, que ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni el corazón del hombre es capaz de concebirla. En medio de nuestro coloquio llegamos a tocarla con todo el ímpetu de nuestro espíritu, aunque repentina e instantáneamente; y suspirando por esa eternidad, dejando encadenadas en ella las primicias de nuestra alma, volvimos a nuestro común modo de hablar, a la conversación que comienza y acaba. Díjome entonces mi madre: "Hijo, por lo que a mí toca, nada me apega a esta vida. No sé qué haré de aquí adelante, ni para qué he de vivir aquí no teniendo nada que esperar. Una sola cosa me hacía desear el permanecer un poco más de tiempo en esta vida: el verte cristiano católico, antes de morir. Dios me ha concedido esto más cumplidamente de lo que deseaba, pues además te veo en el número de los que, despreciando toda felicidad terrena, se dedican a su servicio. ¿Qué hago, pues, en este mundo?". El llamamiento de un alma tan santa no debía tardar; pocos días después se desparramó como un perfume celestial dejando una impresión inolvidable en el corazón de su hijo, en la Iglesia un recuerdo querido y a las madres cristianas un modelo acabado del más puro amor maternal.

VIDA

Mónica nació en 332 en África del Norte. Casada con un pagano de Tagaste le convirtió al cristianismo con su dulzura y sus virtudes. Muerto su marido en 371, se consagró a la educación de su hija y de sus dos hijos, y sobre todo de su preferido, Agustín. Pero este, a la edad de quince años, se había dejado ofuscar por
los errores del maniqueísmo, y por el ímpetu de las pasiones. Queriendo evitar los consejos de su madre, partió secretamente para Roma y Milán. Mónica se juntó de nuevo con él, y después de muchos sufrimientos, oraciones y lágrimas, tuvo la alegría, en Pascua de 387, de asistir a su bautismo. Al prepararse para volver con él a África, murió en Ostia algunos meses más tarde. Su cuerpo permaneció en Ostia hasta el año 1162. Un canónigo regular de Arouaise, en Paso de Calais, lo robó y lo llevó a su monasterio.

LA MISIÓN DE UNA MADRE

Oh madre, ilustre entre todas las madres: la cristiandad honra en ti a uno de los tipos más perfectos de la humanidad regenerada por Cristo. Antes del Evangelio, en aquellos siglos en que la mujer estaba envilecida, la maternidad no pudo tener sobre el hombre sino influencia corta y con frecuencia vulgar; su papel se limitó ordinariamente a los cuidados físicos, y si se ha salvado del olvido el nombre de algunas madres, es porque supieron preparar a sus hijos para la gloria pasajera de este mundo. No se encuentra en la antigüedad pagana ninguna que se haya cuidado de educarlos en el bien, que les haya seguido para sostenerle en la lucha contra el error y las pasiones, para levantarlos en sus caídas; no se encuentra ninguna que se haya dado a la oración y a las lágrimas para obtener su vuelta a la verdad y a la virtud. Sólo el cristianismo ha revelado a la madre su misión y su poder.

LAS LÁGRIMAS

¡Qué olvido de ti misma, oh Mónica, en esta persecución continua de la salvación de un hijo! Después de Dios vives para él y vivir de esta manera para tu hijo, ¿no es vivir para Dios que se sirve de ti para salvarle? ¿Qué te importan la gloria y los éxitos de Agustín en el mundo cuando piensas en los peligros eternos en que incurre, cuando tiemblas al verle separado eternamente de Dios y de ti? No hay sacrificio y abnegación de que no sea capaz tu corazón de madre, para con esta rigurosa justicia, cuyos derechos no quiere frustrar tu generosidad. Durante largos días, durante noches enteras, esperas con paciencia los momentos del Señor; aumenta el ardor de tu oración; y esperando contra toda esperanza, sientes en el fondo de tu corazón, la humilde y firme confianza de que el hijo de tantas lágrimas no perecerá. Porque el Señor "movido a compasión" para contigo, como lo hizo con la afligida madre de Naín, deja oír su voz a la que nada resiste. "Joven, dice, yo te mando, levántate"; y devuelve a la madre el hijo cuya muerte lloraba, pero de quien había querido separarse.

LA RECOMPENSA

Pero, ¡qué recompensa para tu corazón maternal, oh Mónica! El Señor no se ha contentado con devolverte a Agustín lleno de vida; desde el fondo de los abismos del error y de las pasiones, le levanta sin intermediario hasta el bien más perfecto. Pedías que fuese cristiano católico, que rompiese los lazos humillantes y pecaminosos, y he aquí que la gracia lo ha transportado hasta la región tranquila de los consejos evangélicos. Tu misión está suficientemente cumplida, madre feliz. Sube ya al cielo; desde allí, esperando la eterna reunión, contemplarás la santidad y las obras de este hijo cuya salvación es obra tuya, y cuya gloria tan resplandeciente y pura rodea tu nombre de luminosa aureola.

PLEGARIA


¡Oh Mónica! Desde esa felicidad en donde gozas con tu hijo que te debe la vida temporal y eterna, dirige tu mirada a tantas madres cristianas que cumplen en este momento la noble y dura misión en que tú misma te ocupaste. Sus hijos también están muertos con la muerte del pecado y quisieran hacerlos volver, con su amor, a la verdadera vida. Después de la Madre de misericordia se dirigen a ti, oh Mónica, cuyas lágrimas y oraciones fueron tan poderosas y fructuosas. Acuérdate de su situación; tu corazón tierno y compasivo no puede dejar de compartir las angustias cuyos rigores sufrió por tanto tiempo. Dígnate unir tu intervención a sus plegarias; adopta estos nuevos hijos que te ofrecen, y quedarán contentas. Sostén su ánimo; enséñalas a esperar, fortifícalas en los sacrificios a cuyo precio ha puesto Dios el retorno de estas almas queridas. Entonces sabrán ellas, que la conversión de un alma es un milagro mayor que la resurrección de un muerto; comprenderán que la justicia divina, para ceder sus derechos, exige una compensación que a ellas toca darla. Su corazón se verá libre del egoísmo secreto que, con frecuencia, se mezcla en los sentimientos en apariencia muy puros. Que se pregunten a sí mismas si se alegrarán como tú, oh Mónica, viendo a sus hijos, vueltos al bien, abandonarlas para consagrarse al Señor. Si es así, que confíen; tendrán poder en el corazón de Dios; pronto o tarde la gracia deseada descenderá del cielo sobre el hijo pródigo, y volverá a Dios y a su madre.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

martes, 26 de agosto de 2025

S A N T O R A L

SAN JOSE DE CALASANZ, CONFESOR

LA VOCACIÓN

Serás la ayuda del huérfano; a ti se te ha confiado el pobre. Esta palabra la vió ya Venecia realizada en la persona de su noble hijo, Jerónimo Emiliano, y hoy señala la santidad de otro ilustre personaje que cuenta entre sus antepasados a los primeros príncipes de Navarra, pero que se ha convertido en tronco de una línea más noble en el reino de la caridad.
El descendiente de los Calasanz de Peralta de la Sal, el apóstol a quien los pueblos de Aragón, de Cataluña y de Castilla preparan en su admiración agradecida las más altas dignidades, oye resonar en el oído de su alma una voz misteriosa: ACUDE A ROMA; sal de la tierra de tu nacimiento; pronto se te aparecerá en su celestial belleza la compañera que se te ha destinado, la santa pobreza, que en este momento te invita a las austeras delicias de su alianza; anda, aunque no sepas el camino por donde te llevo; te haré padre de una gran posteridad; te mostraré cuánto tendrás que padecer por mi nombre .
MAESTRO DE ESCUELA

Fueron necesarios cuarenta años de una fidelidad ciega para preparar al elegido del cielo, en la santidad ignorada, a su vocación sublime. En efecto, nos dice hoy San Juan Crisóstomo en nombre de la Iglesia, "¿qué cosa más grande que modelar almas, formar las costumbres de los niños? Lo digo íntimamente convencido: sin duda ninguna, está por encima de todos los pintores, sobre todos los que fabrican estatuas, sobre toda clase de artistas, el que sabe modelar almas jóvenes".
José comprendió la dignidad de su misión: conforme a las recomendaciones del Santo Doctor, a lo largo de los cincuenta y dos años que Dios le concederá vivir todavía, nada le parecerá despreciable o bajo en el servicio de los pequeños de este mundo; y no le costará nada a través de la enseñanza de las letras, llegar a infundir el temor del Señor a los niños que se llegan a él. De su residencia de San Pantaleón las Escuelas Pías se extienden rápidamente por toda Italia; luego saltan el mar y los montes y se propagan por Sicilia y España, y los pueblos y reyes se disputan aquel escaso número en Moravia, Bohemia, Polonia y países del Norte.
La última Comunión de San José de Calasanz
Francisco Goya

Calasanz quedaba asociado por la eterna Sabiduría a su obra salvadora en el mundo; reconoció sus trabajos esa misma sabiduría como lo suele hacer con los privilegiados de su amor, ofreciéndoles, según dice el Espíritu Santo, el combate de los fuertes, en el que les da seguridad de la victoria mediante su ayuda, que es más poderosa que todo lo demás.
A los historiadores de San José de Calasanz se les podría exigir el pormenor de las pruebas que hicieron de él un prodigio de la fortaleza que hoy nos recomienda la Iglesia; estas pruebas, basadas en calumnias especiosas de algunos falsos hermanos, llegaron hasta la deposición del Santo y la ruina momentánea de su Orden, que quedó reducida al estado de Congregación secular. Pero, después de su muerte, Alejandro VII y luego Clemente IX, devolvieron a las Escuelas Pías el estado Regular y el título de Religiosos de votos solemnes.

VlDA

San José de Calasanz nació en España, en Peralta de la Sal, en 1556. Desde su niñez manifestó a la Santísima Virgen ternísima devoción. Hizo sus estudios en Estadilla y después en Lérida y fué ordenado sacerdote en 1583. Nombrado Vicario General por el Obispo de Urgel, se mostró muy caritativo con todas las miserias y trabajó en la reforma eclesiástica.
Pidió ir a Roma y en 1592 llegó a la Ciudad Eterna, y allí vivió cinco años vida oculta. Pasaba la vida rezando, visitando y cuidando enfermos. Conocedor de la ignorancia religiosa del pueblo, resolvió fundar una "Escuela Pía". En 1621, Pablo V creó una congregación de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías: José quedaba nombrado General al año siguiente. Las escuelas se multiplicaron, pero surgieron dificultades entre los profesores.
Un intrigante le acusó ante el Santo Oficio e Inocencio X suprimió las Escuelas Pías. El Santo aceptó todas sus pruebas en silencio y con resignación, viendo sólo a Dios en los que le perseguían, y murió a los 92 años, profetizando el restablecimiento futuro de su obra: lo que tuvo lugar en 1656, por voluntad de Alejandro VII.
José fué beatificado en 1748 por Benedicto XIV y canonizado por Clemente XIII, en 1767. Pío XII le ha proclamado patrón de todas las escuelas populares cristianas.

PROTECTOR DE LA INFANCIA

El Señor ha escuchado el deseo de los pobres, se ha adelantado a los deseos de su corazón, haciéndote el mandatario de su amor y poniendo en tus labios la palabra que El formuló el primero: Dejad que los niños se acerquen a mí.
¡Oh José, cuántos te deberán la felicidad eterna, porque tú y tus hijos habéis conservado en ellos la semejanza divina que recibieron en el bautismo, el único título, del hombre para entrar en los cielos! Bendito seas por haber merecido la confianza de que Jesús encomendase a tus cuidados a estos seres tan débiles objeto de su divina predilección.


LA PRUEBA

Bendito seas también por haber justificado mejor todavía esta confianza en el Señor, al dar licencia al infierno, como en otro tiempo con Job, de acabar con todo en torno tuyo. ¿No es justo que Dios pueda contar con los suyos de modo inalterable? ¿No resulta de suma conveniencia que, en medio de las defecciones de este triste mundo, justifique ante sus Ángeles, su gracia y nuestra pobre naturaleza, manifestando hasta dónde pueden llegar en sus Santos las determinaciones de su voluntad siempre adorada?

LAS ESCUELAS PÍAS

La reparación que tu confianza invencible esperaba de la Madre de Dios, tenía que venir cuando al cielo pluguiese. Oh José, ahora cuando ha sonado ya la hora de la resurrección para las Escuelas Pías, tanto tiempo esperada, bendice a tus hijos, cuyo número, en nuestro siglo, crece constantemente; concédeles las bendiciones de Jesús Niño, y otro tanto a los numerosos estudiantes que continúan ellos formando en la ciencia cristiana; y a todos lo que dedican sus trabajos y su vida en pro de la juventud, infúndeles tu espíritu, dales fortaleza; levanta nuestras almas a la altura de las enseñanzas de tu heroica existencia.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

lunes, 25 de agosto de 2025

S A N T O R A L

SAN LUIS, REY DE FRANCIA, CONFESOR


"Escuchad, oh reyes, y entended; aprended, gobernadores de los confines de la tierra. Prestad atención los que imperáis sobre las muchedumbres y los que os engreís sobre la multitud de las naciones. Porque el poder os fué dado por el Señor y la soberanía por el Altísimo, que examinará vuestras obras y escudriñará vuestros pensamientos... A vosotros, pues, reyes, se dirigen mis palabras, para que aprendáis la sabiduría y no pequéis. Pues los que guardan santamente las cosas santas, serán santificados, y los que hubieren aprendido, sabrán cómo responder. Ansiad, pues, mis palabras: amadlas e instruíos. La sabiduría es luminosa e incorruptible y se deja fácilmente contemplar de los que la aman, y encontrar de los que la buscan. Y aun se anticipa a darse a conocer a los que la desean...".

OFICIO DE LA AUTORIDAD

La fe del cristiano fué lo que constituyó en Luis IX la grandeza del príncipe. Meditó mucho tiempo estas palabras del libro de la Sabiduría, que la Iglesia nos hace leer en el oficio de los Maitines de hoy y que propone también a la imitación de todos los que tienen que ejercer el cargo tremendo de la autoridad. San Luis comprendió que una misma ley une con Dios al súbdito y al príncipe; porque tienen el mismo nacimiento y el mismo destino.
La autoridad que se da a algunos, sólo sirve para aumentar su responsabilidad; porque, viniendo toda autoridad de Dios, tienen obligación de ejercerla como la ejerce Dios mismo, es decir, para el bien de sus súbditos, dé modo que les faciliten cumplir con su fin, que es glorificar a Dios.
Al venir al mundo Cristo, que es quien posee la realeza por derecho de nacimiento, podía haber despojado a los reyes de sus prerrogativas. Pero no quiso reinar al modo de los reyes de la tierra, sólo exigió que la autoridad de los reyes se inclinase ante la suya. "Soy rey porque lo quiere mi Padre, le hace decir San Agustín; no os entristezcáis como si con eso se os despojase de un bien que fuese vuestro, antes bien, reconociendo que os conviene estar sumisos al que os da seguridad en la luz, servid al Señor de todos; con temor y gozaos en Él".

ENSEÑANZA DE LA IGLESIA


Esta seguridad que proviene de la luz, la Iglesia continúa dispensándola a los reyes. La Iglesia, sin meterse en el campo de los príncipes, está por encima de ellos, como madre de los pueblos, como juez de las conciencias, y como guía única de todos los hombres. Oigamos al Papa León XIII, cuyas enseñanzas se distinguen por la exactitud y perfección: "Como hay en el mundo dos grandes sociedades, la una civil, cuyo fin próximo es procurar al género humano el bien temporal y terreno; la otra religiosa, que tiene por objeto llevar a los hombres a la felicidad del cielo para la cual han sido creados, así hay dos poderes entre los cuales Dios ha dividido el gobierno de este mundo. Cada uno en su género goza de soberanía; y cada cual está ceñido a límites determinados y trazados conforme a su naturaleza y a su fin especial. El fundador de la Iglesia, Jesucristo, quiso que fuesen distintos el uno del otro y que los dos fuesen libres en el cumplimiento de su misión propia; pero con la condición de que, en las cosas que dependen a la vez de la jurisdicción y del juicio de uno y de otro bien que a título diferente, el poder encargado de los intereses temporales sería dependiente, como conviene, del que tiene que vigiar por los intereses del cielo Fuera de esto sometidos ambos a la ley eterna y natural, deben ponerse recíprocamente de acuerdo en las cosas que se refieren al orden y al gobierno de cada uno dando lugar a una serie de relaciones que con razón se puede comparar a la que proviene en el hombre de la unión del alma y del cuerpo".
En la esfera de los intereses eternos, de los que nadie puede legítimamente desentenderse en este mundo, los príncipes han de procurar mantener debajo de la dependencia de la Iglesia y de Dios, no sólo a sus pueblos, sino también sus propias personas. Porque "no dependiendo menos de Dios los hombres unidos por los lazos de una sociedad común que tomados aisladamente, las sociedades políticas, de igual modo que los particulares, no pueden sin pecado proceder como si no existiese Dios, ni prescindir de la religión como de algo extraño, ni dispensarse de seguir en esta religión las reglas conforme a las que Dios mismo ha declarado que quiere se le honre. Por consiguiente, los Jefes de Estado en cuanto tales, deben tener como santo el nombre de Dios, considerar como uno de sus principales deberes el amparar la religión con la autoridad de las leyes y no determinar ni ordenar nada que sea contrario a su pureza".

FELICIDAD DE LOS REYES

Monumento a San Luis Rey de Francia
 Ciudad de San Luis - Argentina
Además, fuera de las enseñanzas de la Iglesia, los reyes y los pueblos no podrán encontrar la prosperidad ni la felicidad. San Agustín lo escribía ya en su libro de la Ciudad de Dios: "Llamamos felices y dichosos a los emperadores cristianos cuando reinan justamente; cuando, entre las lenguas de los que los engrandecen y entre las sumisiones de los que humildemente los saludan, no se ensoberbecen, sino que se acuerdan y conocen que son hombres; cuando hacen que su dignidad y potestad sirva a la Divina Majestad para dilatar cuanto pudieren su culto y religión; cuando temen, aman y reverencian a Dios; cuando aprecian sobremanera aquel reino donde no hay temor de tener consorte que se le quite; cuando son tardos en vengarse y fáciles en perdonar; cuando esta venganza la hacen forzados de la necesidad del gobierno y defensa de la república, no por satisfacer su rencor, y cuando le conceden este perdón, no porque el delito quede sin castigo, sino por la esperanza que hay de corrección; cuando lo que a veces obligados ordenan con aspereza y rigor, lo recompensan con la blandura y suavidad de la misericordia, y con la liberalidad y largueza de las mercedes y beneficios que hacen; cuando los gustos están en ellos tanto más a raya cuanto podrían ser más libres; cuando gustan más de ser señores de sus apetitos que de cualesquiera naciones, y cuando ejercen todas estas virtudes, no por el ansia y deseo de la vana gloria, sino por el amor de la felicidad eterna; cuando, en fin, no dejar de ofrecer por sus pecados sacrificios de humildad, compasión y oración a su verdadero Dios, Tales emperadores cristianos como éstos decimos que son felices, ahora en esperanza, y después realmente cuando viniere el cumplimiento de lo que esperamos".

SAN LUIS

De este modo quiso obrar siempre el noble rey que Dios concedió a Francia. Conforme a la palabra de la Escritura "había hecho pacto con el Señor de guardar sus mandamientos y hacerlos guardar a todos". Dios fué el blanco de su vida, la fe su guía: aquí se halla el secreto de su política y el de su santidad.

San Luis Rey de Francia, Joaquín Sorolla

Como cristiano, servidor de Cristo; como príncipe, su lugarteniente; entre las aspiraciones del cristiano y las del príncipe quedó indivisible su alma; esta unidad hizo su fuerza, como ahora es su gloria, y Cristo, que reinó sólo en él y por él en Francia, le hace reinar consigo en los cielos para siempre. Hay en toda su vida un reflejo de graciosa sencillez que da particular realce a su heroísmo y grandeza; parece que, en su reinado admirable, aun los desastres aumentaron su gloria.
La humildad de los reyes santos no es olvido de la grandeza del oficio que cumplen en nombre de Dios; su abnegación no puede consistir tampoco en la negligencia de unos derechos que son deberes también; como la caridad no es impedimento en ellos para la justicia, así el amor a la paz tampoco es en ellos contrario a las virtudes guerreras. San Luis sin ejército no dejaba de tratar con toda la nobleza de su alma con el infiel vencedor; en Occidente, además, pronto se supo y a medida que con los años crecía su santidad se llegó a saber mejor: este rey, que gastaba las noches en rogar a Dios y los días en servir a los pobres, no pensaba ceder a nadie las prerrogativas de la corona que había heredado de sus padres. En Francia no hay más que un rey, dijo un día el justiciero del bosque de Vicennes, anulando una sentencia de su hermanos Carlos de Anjou; y los barones en el castillo de Belléme, y los ingleses en Taillebourg no hubieron de esperar tanto tiempo para saberlo. Tampoco Federico II, el cual amenazaba con aplastar a la Iglesia y buscaba cómplices en Francia; a sus explicaciones hipócritas se las dió esta respuesta: No está tan debilitado aún el reino de Francia, que se deje guiar por vuestras espuelas.

LA MUERTE

La muerte de San Luis fué sencilla y grave, como había sido su vida. Dios le llamó para sí en circunstancias dolorosas y tristes, lejos de la patria, en aquel suelo africano donde en otra ocasión tanto tuvo que padecer espinas santificadoras que debían recordar al príncipe cruzado su joya predilecta, la corona sagrada que supo conseguir para el tesoro de Francia. Movido por la esperanza de convertir al cristianismo al rey de Túnez, llegó a sus costas, donde le esperaba el combate supremo, más como apóstol que como soldado. Os comunico el bando de Nuestro Señor Jesucristo y de su ministro Luis, Rey de Francia: reto sublime lanzado a la ciudad infiel, muy digno de poner fin a tal vida.

VIDA

San Luis nació el 25 de abril de 1214 y fué bautizado en la iglesia de Poissy. El 8 de noviembre de 1226, al morir su padre, empezó a ser rey de Francia. La reina Blanca de Castilla al momento le hizo consagrar en Reims, y se ocupó de darle una educación regia y, sobre todo, sumamente piadosa. Tomó las riendas del poder a los veinte años y cayó gravemente enfermo. Prometió entonces, si curaba, emprender una cruzada en pro de la libertad de los Santos Lugares Llegó a Egipto en 1248 y derrotó a los sarracenos, pero la peste diezmó su ejército; fué vencido después y hecho prisionero

Puesto en libertad San Luis, pasó cinco años en Oriente reedificando las ciudades y castillos de los cristianos, libertando esclavos y convirtiendo infieles.
La muerte de su madre le hizo volver a Francia. Gobernó sabiamente el reino y dió a sus súbditos el ejemplo de las más sublimes virtudes. El 2 de julio de 1270 emprendió de nuevo la cruzada, desembarcaba en Túnez, a cuyo rey esperaba convertir. Pero otra vez la peste se declaró en su campo y el rey murió el 25 de agosto no sin antes dar sus consejos a su hijo Felipe. Trasladóse su cuerpo a San Dionisio en Francia v los milagros obrados junto a su tumba movieron al papa Bonifacio VIII a ponerle en el número de los Santos.

SÚPLICA


"Ten a bien escuchar nuestra oración tú, que, llevando la corona real antes de recibir de Roma el nimbo de santidad, autorizaste a todos tus súbditos a llegar hasta ti, ya fuese en tu palacio de París, ya en tus viajes a través de tus provincias, ya debajo del roble de Vincennes, y siendo preferidos los más humildes y los más desheredados.
"Tú, que gobernaste a Francia para darle la paz, la justicia y el amor, ven hoy en su ayuda a restaurar las ruinas de la guerra, a restablecer en ella la equidad y darle la unidad, la concordia y la amistad de unos con otros.
"Tú, que abarcaste en tu solicitud a toda la cristiandad, salva a Europa, que hoy está amenazada de ser destruida por los inventos científicos puestos al servicio del odio y de la furia dominadora, y dale seguridad restituyéndole el sentido de la comunidad espiritual.
"Tú, que mediante las misiones religiosas sucesoras de las Cruzadas deseaste evangelizar a los Infieles, gana para la ley de Cristo los continentes que todavía le desconocen.
"Tú, que en el papado honraste la representación divina entre los hombres, protege al Soberano Pontífice y con él a los Obispos y a nuestro clero secular y regular.
"Tú, que diste ejemplo de castidad y de paciencia en el matrimonio, de afecto y de vigilancia en la educación paterna, mira bondadoso a nuestros hogares y a nuestra niñez.
"Tú, que no paraste un momento de buscar la paz en ti mismo y en tu derredor, danos la paz interior, hoy más necesaria que nunca por las inquietudes cotidianas y por el aumento de la baraúnda y de las dificultades de la vida.
"Tú, que practicaste con tanto valor, sabiduría y delicadeza de conciencia el cargo más difícil, el de Rey, haz que cumplamos con alegría y a conciencia nuestros deberes profesionales, comprendiendo y aceptando las responsabilidades que nos imponen.
"Tú, que consumiste en la llama de la caridad toda tu vida, alcánzanos el amor que transforma la fealdad del cuerpo y las manchas del alma, que nos permite vencer los prejuicios y las repugnancias y tratar al prójimo como a nosotros mismos y al pobre como enviado de Dios.

Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer