sábado, 2 de agosto de 2025

S A N T O R A L

MEMORIA DE SAN ESTEBAN, PAPA Y MÁRTIR

DIGNIDAD DEL BAUTISMO
El recuerdo del Papa Esteban I llena de un perfume de antigüedad la santidad de este día. La gloria especialísima de Esteban consiste en haber sido en la Iglesia el guardián de la dignidad del Bautismo. El Bautismo dado una vez, ya no se renueva, pues el carácter de Hijo de Dios que imprime en el cristiano es eterno; y esta inefable dignidad del primer Sacramento no tiene ninguna dependencia con las disposiciones o el estado del ministro que la confiere. Ya sea Pedro el que bautiza, como dice San Agustín, ya sea Pablo o Judas, aquél queda por ello bautizado en el Espíritu Santo, sobre el cual descendió en el Jordán la divina paloma. Tal es la adorable munificencia del Señor con respecto al más indispensable de los medios de salvación, pues no es menos válido el bautismo administrado por el cismático o hereje que se ha separado de la Iglesia, o por el mismo pagano que todavía no pertenece a ella con la condición de observar en su esencia el rito exterior y de tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia.
En tiempo de Esteban I, esta verdad que hoy nadie ignora aparecía con menos evidencia. Célebres Obispos, a los cuales su virtud y ciencia les habían merecido la veneración de su siglo, querían que se hiciera pasar de nuevo por el baño de la salvación a los convertidos de las sectas disidentes. Mas la asistencia prometida a Pedro apareció más divina aún en su sucesor; y mientras mantenía la disciplina tradicional Roma salvó la fe de las Iglesias por medio de Esteban. Testimoniemos nuestra gratitud al Santo Pontífice por su fidelidad en la guarda del depósito que es el tesoro de todos; y pidámosle que proteja no menos eficazmente en nosotros la nobleza y los derechos del santo bautismo.

ORACIÓN

"Oh Dios, que nos alegras con la anual fiesta de tu santo mártir y Pontífice Esteban: haz propicio que nos alegremos también de la protección de aquel cuyo natalicio celebramos. Por Jesucristo nuestro Señor." Amén.


San Esteban fué originario de Roma. Era sacerdote cuando sucedió al Papa Lucio el 12 de Mayo de 245. Gobernó la Iglesia en un periodo de paz. Proclamó la autoridad de la Sede Apostólica sobre los demás Obispos, recordó que Roma era la guardiana infalible de la tradición y condenó a los que creían que el bautismo conferido por los apóstatas o herejes era inválido. Después de su muerte, ocurrida el 2 de Agosto de 257, fué puesto en la cámara de los Papas en el cementerio de Calixto. Los antiguos documentos no mencionan que haya muerto mártir.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

Tuvo la silla de san Pedro tres años, tres meses, y veinte y dos días. Hizo órdenes dos veces por el mes de diciembre, y en ellas ordenó seis sacerdotes, cinco diáconos y tres obispos. De este santo pontífice hay un decreto, en que manda, que las vestiduras, con que se ha de ofrecer á Dios sacrificio, sean honestas y consagradas, y que ninguno use de ellas, ni las toque, sino fuera hombre sagrado y en lugar sagrado: porque no le acontezca lo que al rey Baltasar, que por haber profanado los vasos del templo, sintió sobre sí la venganza del cielo. Ordenó también, que ningún hombre infame pudiese ser admitido á dignidad eclesiástica.En tiempo de este santo pontífice se levantó una gran borrasca y turbación en la Iglesia: porque muchos obispos y santísimos varones, y entre ellos san Cipriano en África, y san Dionisio obispo de Alejandría en Oriente, fueron de parecer, que los que habían sido bautizados por los herejes, cuando se convertían á la Iglesia católica, debían ser bautizados de nuevo, no teniendo por verdadero bautismo, el que habían recibido de los herejes: pero el santo pontífice Estevan se les opuso con tanta autoridad y resolución , que todos amainaron y se sujetaron á lo que él, como sumo pastor y cabeza de toda la Iglesia católica, decretó y mandó guardar: que fué, que cuando los herejes en su bautismo guardan la forma ó intención de la santa Iglesia, dada por Jesucristo, es verdadero bautismo: y no hay por qué repetirle, ni por qué bautizar de nuevo, al que así fuere bautizado.

Fuente: La leyenda de oro pra cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

viernes, 1 de agosto de 2025

 INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA

por Omer Englebert

El sábado 16 de julio de 1216, Jacobo de Vitry llegaba a Perusa, donde temporalmente residía la Corte pontificia. Recién nombrado obispo de San Juan de Acre, antes de ir a tomar posesión de su sede, venía a recibir la consagración episcopal en la sobredicha ciudad. Apenas entrado en ella, supo que aquella misma mañana acababa de morir Inocencio III. Inocencio se había establecido en Perusa en mayo de 1216. Quería recorrer Toscana y Alta Italia para tratar de restituir la paz entre las ciudades rivales de Génova y Pisa, y acelerar los preparativos de la cruzada contra los Sarracenos.

Dos días tan sólo duró la vacante de la Santa Sede. Salió elegido Honorio III cuya avanzada edad y malograda salud permitían creer que no duraría mucho tiempo, pero que vivió, sin embargo, hasta el año 1227.

«El Papa que acaban de elegir -escribe Jacobo de Vitry- es un anciano excelente y piadoso, un varón sencillo y condescendiente, que ha dado a los pobres casi toda su fortuna».

Francisco debió de alegrarse al saber la elección de un Papa renombrado por su piedad y amor a los pobres. Quizás pensó que Dios mismo tomaba en sus manos la causa del santo Evangelio y, como muchos, creyó un tiempo que iba a realizarse la reforma de la Iglesia anunciada por el Concilio IV de Letrán.

En tal caso, podría suponerse que tan bellas esperanzas dieron, en parte, origen a la indulgencia de la Porciúncula, la cual siempre consideran como auténtica los más de los franciscanistas. Lo cierto es que refieren ellos a esta época un paso extraordinario que dio el Pobrecillo. Tal como ellos, lo relataremos a continuación, esforzándonos por creer en su historicidad tanto como en ella creen los mismos.

En su discurso de Letrán el año 1215, Inocencio III había señalado con el signo TAU a tres clases de predestinados: los que se alistaran en la cruzada; aquellos que, impedidos de cruzarse, lucharan contra la herejía; finalmente, los pecadores que de veras se empeñaran en reformar su vida. ¿Sugirieron a Francisco aquellas palabras el deseo de reconciliar con Dios el mundo entero, facilitando a los que no podían ir a Oriente, y a los privados de recursos con que ganar indulgencias, otros medios de participar también en la universal redención?

Sea lo que sea, un día del verano de 1216, el Pobrecillo partió para Perusa, acompañado del hermano Maseo.

La noche anterior, escribe Bartholi, Cristo y su Madre, rodeados de espíritus celestiales, se le habían aparecido en la capilla de Santa María de los Ángeles:

-- Francisco -le dijo el Señor-, pídeme lo que quieras para gloria de Dios y salvación de los hombres.

-- Señor -respondió el Santo-, os ruego por intercesión de la Virgen aquí presente, abogada del género humano, concedáis una indulgencia a cuantos visitaren esta iglesia.

La Virgen se inclinó ante su Hijo en señal de que apoyaba el ruego, el cual fue oído. Jesucristo ordenó luego a Francisco se dirigiese a Perusa, para obtener allí del Papa el favor deseado.

Ya en presencia de Honorio III, Francisco le habló así:

-- Poco ha que reparé para Vuestra Santidad una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Ahora vengo a solicitar en beneficio de quienes la visitaren en el aniversario de su dedicación, una indulgencia que puedan ganar sin necesidad de abonar ofrenda alguna.

-- Quien pide una indulgencia -observó el Papa-, conviene que algo ofrezca para merecerla... ¿Y de cuántos años ha de ser esa que pides? ¿De un año?... ¿De tres?...

-- ¿Qué son tres años, santísimo Padre?

-- ¿Quieres seis años?... ¿Hasta siete?

-- No quiero años, sino almas.

-- ¿Almas?... ¿Qué quieres decir con eso?

-- Quiero decir que cuantos visitaren aquella iglesia, confesados y absueltos, queden libres de toda culpa y pena incurridas por sus pecados.

-- Es excesivo lo que pides, y muy contrario a las usanzas de la Curia romana.

-- Por eso, santísimo Padre, no lo pido por impulso propio, sino de parte de nuestro Señor Jesucristo.

-- ¡Pues bien, concedido! En el nombre del Señor, hágase conforme a tu deseo.

Al oír eso, los cardenales presentes rogaron al Papa que revocara tal concesión, representándole que la misma desvaloraría las indulgencias de Tierra Santa y de Roma, que en adelante serían tenidas en nada. Mas el Papa se negó a retractarse. Le instaron sus consejeros que al menos restringiera todo lo posible tan desacostumbrado favor. Dirigiéndose entonces a Francisco, Honorio le dijo:

-- La indulgencia otorgada es valedera a perpetuidad, pero sólo una vez al año, es decir, desde las primeras vísperas del día de la dedicación de la iglesia hasta las del día siguiente.

Ansioso de despedirse, Francisco inclinó reverente la cabeza y ya se marchaba, cuando el Pontífice lo llamó diciendo:

-- Pero, simplote, ¿así te vas sin el diploma?

-- Me basta vuestra palabra, santísimo Padre. Si Dios quiere esta indulgencia, él mismo ya lo manifestará si fuere necesario; que, por lo que me toca, la Virgen María es mi diploma, Cristo es mi notario y los santos Ángeles son mis testigos.

Y con el hermano Maseo se puso en camino para la Porciúncula.

Una hora habrían andado, cuando llegaron a la aldea de Colle, situada sobre una colina, a medio camino entre Asís y Perusa. Allí se durmió Francisco, rendido de fatiga; al despertar tuvo una revelación que comunicó a su compañero:

-- Hermano Maseo -le dijo-, has de saber que lo que se me ha concedido en la tierra, acaba de ratificarse en el cielo.

Celebróse la dedicación de la capilla el día 2 del siguiente agosto.

La liturgia de la fiesta, con las palabras que Salomón pronunciara en la inauguración del templo de Jerusalén (1 Re 8,27-29.43), parecía como hecha para aquella circunstancia. Desde un púlpito de madera, en presencia de los obispos de Asís, Perusa, Todi, Spoleto, Gubbio, Nocera y Foligno, anunció Francisco a la multitud la gran noticia:

-- Quiero mandaros a todos al paraíso -exclamó-, anunciándoos la indulgencia que me ha sido otorgada por el Papa Honorio. Sabed, pues, que todos los aquí presentes, como también cuantos vinieren a orar en esta iglesia, obtendrán la remisión de todos sus pecados. Yo deseaba que esta indulgencia pudiese ganarse durante toda la octava de la dedicación, pero no lo he logrado sino para un solo día.

Tal es, según los documentos que luego mencionaré, el origen del famoso Perdón de Asís.

* * *

No se puede negar que desde el principio suscitó vivísima oposición.

No acontecía entonces lo de ahora, que cualquier cristiano, sin gastar nada ni salir de la propia parroquia, puede ganar indulgencias plenarias en abundancia. En aquellos tiempos, solamente los peregrinos de Tierra Santa, de Roma y de Santiago de Compostela podían merecer semejante favor. Los demás lugares de romería, por ricos que fuesen en santas reliquias, eran mucho menos favorecidos, no pudiendo ofrecer a los visitantes más que unos cuantos días o años de indulgencia. Elevada a la categoría de los tres más célebres lugares de peregrinación de la cristiandad, la Porciúncula desvaloraba de repente aquellos innumerables santuarios de los cuales clérigos y monjes reportaban gloria y subsistencia. Se comprende que desplegasen éstos todo su celo en combatirla. ¿No se vio, acaso, a unos de ellos salir por los caminos y los puertos al encuentro de los peregrinos de Asís, para demostrarles que el privilegio franciscano era falso, e inducirles a desandar lo andado?

Hoy no se discute la validez de la indulgencia -repetidas veces confirmada por la Iglesia- sino sólo si se debe su concesión a la iniciativa de san Francisco.

En sentir de algunos críticos, son pura leyenda el viaje de Francisco a Perusa y el privilegio verbalmente arrancado al Papa Honorio; otros, en cambio, opinan que se trata de un hecho históricamente comprobado.

Los primeros alegan el silencio de los antiguos biógrafos del Santo, quienes, de ser cierto, no habrían pasado por alto un hecho tan glorioso para el mismo. Pues bien, ni Celano, ni san Buenaventura, ni los Tres Compañeros mencionan para nada tal concesión. Sólo cincuenta años después del suceso aparecen testimonios en su favor. ¿Qué fe se ha de dar, pues, a testigos tan tardíos?

Los partidarios de la autenticidad replican que era forzoso el silencio de los primeros biógrafos, y que no puede, por tanto, prevalecer contra testimonios que, con ser tardíos, no por ello son menos probatorios.

Si los referidos biógrafos callaron el hecho, fue porque muchos motivos les indujeron a guardar silencio.

Recuérdese, en efecto, que Francisco obtuvo la indulgencia contra el parecer de los cardenales, que la consideraban perjudicial para el éxito de la cruzada. Ahora bien, de haberse publicado algo acerca de ella, esos mismos prelados no hubieran perdonado medio de hacerla revocar. Lo sabía el Santo; y puesto que aborrecía tanto los conflictos con el clero como el andar solicitando privilegios en la Corte romana, guardóse con cautela de pedir confirmación de la indulgencia en la cancillería apostólica. Más aún, según Jacobo Coppoli, prohibió al hermano León hacer mención de ella, dejando a Dios el cuidado de manifestarla más tarde. A todo eso conviene agregar que los franciscanos mismos, encargados de recoger fondos para la cruzada, se oponían a que se hablase de un privilegio que podía comprometer el resultado de sus predicaciones. ¿No fueron esos motivos más que suficientes para que los biógrafos de la época guardaran silencio?

Pero pasó el tiempo, y con él la era de las cruzadas; los hermanos menores eran ya suficientemente poderosos en la Iglesia para proclamar a voces aquel secreto ya muy divulgado; y en 1277, por orden de Jerónimo de Ascoli, ministro general y futuro Papa, el hermano Ángel, ministro provincial de Umbría, empezó a reunir ante notario testimonios capaces de confundir a los adversarios del gran Perdón.

Entre los testigos citados estaban Benito y Rainerio de Arezzo, Pedro Zalfani y Jacobo Coppoli.

Los hermanos Benito y Rainerio atestiguaron haber oído al hermano Maseo contar repetidas veces la historia de la indulgencia en los términos que más arriba referimos. Pedro Zalfani, señor de Asís que, siendo joven, asistió a la dedicación de Santa María de los Ángeles, hizo un resumen del sermón pronunciado en aquella ocasión por san Francisco. Cuanto a Jacobo Coppoli, señor de Perusa, afirmó haber oído del hermano León el relato de las circunstancias en que el Papa concedió la indulgencia a san Francisco.

Es de notar que en la época de estos testimonios el gran Perdón de Asís era ya muy popular. Y muy pronto acudieron a Santa María de los Ángeles peregrinos de todas las regiones de Italia. Fue entonces, por el año 1308, habiendo recrudecido los ataques de los enemigos de la Porciúncula, cuando Teobaldo Offreducci, obispo de Asís, hizo levantar un acta formal que, en sentir del mismo, había de terminar con todas las impugnaciones.

Tal documento oficial originó indudablemente gran contrariedad entre los adversarios de la indulgencia, y la sigue originando hoy entre los críticos que niegan la autenticidad de la misma. Relata por menudo este diploma cómo fue concedido el gran privilegio; reproduce los testimonios de los testigos que ya conocemos, añadiendo el del hermano Marino, sobrino del hermano Maseo; luego acomete, con tono algo denigrante, a los contrarios, a los envidiosos e ignorantes, que con su boca pestilente, dice, se atreven a negar un privilegio reconocido tanto en Italia, como en Francia y España; privilegio, añade, que desde tantos años se predica a vista y ciencia de la Curia romana, privilegio que acaba de ratificar el Papa Bonifacio VIII, y del cual los cardenales mismos se aprovechan gustosos para obtener el perdón de sus pecados.

El diploma de Teobaldo Offreducci no acabó con los irreductibles, pero hizo vanos sus ataques; porque, a partir de esa época, el día 2 de agosto se congregaron cada año en Santa María de los Ángeles muchedumbres de peregrinos llegados de todas partes de Europa, viniendo a impetrar, «sin necesidad de ofrenda, la remisión de la pena merecida por sus pecados».

Más tarde, como es sabido, los Papas extendieron generosamente el mismo privilegio a las iglesias del mundo entero, con lo cual ya solamente los eruditos siguieron disputando acerca de la indulgencia franciscana.

[Omer EnglebertVida de San Francisco de Asís.
Santiago de Chile, Cefepal, 1973, págs. 234-244]


S A N T O R A L

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO

 OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA



A San Alfonso de Ligorio se dirige hoy el homenaje universal del mundo. Grande por sus obras y su doctrina a él se aplica directamente el oráculo del Espíritu Santo. "Los que enseñan la justicia a muchos, brillarán como las estrellas en la eternidad sin fin".

EL JANSENISMO

Cuando vino a este mundo el jansenismo quiso quitar al Padre, que está en los cielos, su misericordia y su bondad; triunfaba en la dirección práctica de las almas, aún en aquellos mismos que desechaban las teorías de Calvino. So capa de reacción contra una escuela imaginaria de relajamiento, denunciando a bombo y platillos algunas proposiciones ciertamente condenables de hombres aislados, los nuevos fariseos se presentaron como los celosos de la ley. Dando proporciones excesivas al precepto, exagerando el castigo, cargaban las conciencias con aquellos pesos que el Hombre-Dios había reprochado a sus antecesores de aplastar las espaldas humanas. Mas el grito de alarma lanzado por ellos, en nombre de la moral en peligro, no dejó de engañar a los sencillos y terminó por descarriar a los buenos. Gracias a la ostentación de austeridad de sus seguidores, el jansenismo, hábil, por lo demás, en ocultar sus dogmas, llegó pronto, según su programa, a imponerse a la Iglesia en contra de la misma Iglesia; algunos inconscientes aliados suyos les entregaban en la ciudad santa las fuentes de la misma salvación. Muy pronto en muchos lugares, las llaves sagradas, no tuvieron otro uso que abrir el infierno; la mesa sagrada, preparada para sostener y desarrollar en todos la vida, no se hizo accesible más que a los perfectos; y estos no eran juzgados tales sino en la medida en que, por un cambio extraño de las palabras del Apóstol , sometieron el espíritu de adopción de hijos al espíritu de servidumbre y de temor; en cuanto a los fieles que no podían levantarse a la altura del nuevo ascetismo, no encontrando en el tribunal de la penitencia más que a exactores y verdugos en lugar de padres y médicos, no hallaban delante de ellos más que la desesperación y la indiferencia. Eso no obstante, por doquier leguleyos y parlamentarios prestaban copiosa ayuda a los reformadores, sin preocuparse de la ola de incredulidad odiosa que se iba levantando en su derredor y sin ver la tempestad que promovían estos nublados.

SAN ALFONSO


¿Quién sería pues el que, en el callejón tenebroso, donde los doctores, entonces en boga, habían conducido a los espíritus más firmes, encontraría la llave de la Sabiduría? 

Mas la Sabiduría guardaba entre sus tesoros, fórmulas de nuevas costumbres. Lo mismo que en otros tiempos a cada dogma atacado había suscitado nuevos defensores; en frente a una herejía que, a pesar de las pretensiones especulativas de sus principios no tuvo más que en ellos una importancia duradera, levantó a Alfonso de Ligorio como el enderezador de la fe, entonces torcida, y al Doctor por excelencia de la moral cristiana. Alejado por igual de un rigorismo fatal y de una condescendencia perniciosa, supo volver a las justicias del Señor, hablando como el Salmo, su rectitud al mismo tiempo que su don de alegrar los corazones, a sus mandamientos la luminosa claridad que les hace justificarse por ellos mismos, a sus oráculos la pureza que arrastra las almas y conduce fielmente a los pequeños y a los sencillos desde los principios de la Sabiduría hasta sus cumbres.
No fué sólo en el terreno de la casuística donde San Alfonso llegó con su Teología Moral a quitar el virus que amenazaba infectar toda la vida cristiana. Mientras que, por otra parte, su valiente pluma no dejaba sin respuesta a ninguno de los ataques de aquel tiempo contra la verdad revelada, sus obras ascéticas y místicas, volvían a la piedad a las fuentes tradicionales de la frecuentación de los Sacramentos, del amor del Señor y de su divina Madre. La Sagrada Congregación de Ritos, que tuvo que examinar sus obras y declaró que no encontraba en ellas nada que fuera digno de censura, dividió en 40 títulos diferentes sus numerosos libros. Sin embargo de eso, Alfonso no se resolvió hasta muy tarde a comunicar al público los bienes de que su alma estaba inundada. Su primera obra, que fué el libro de oro de Las Visitas al Santísimo Sacramento y a la Virgen, no apareció hasta que hubo cumplido los 50 años de edad. Y Dios que prolongó su existencia más allá de los límites ordinarios, no le libró ni la doble carga del episcopado y el gobierno de la congregación que él había fundado, ni las más penosas enfermedades, ni los sufrimientos morales más dolorosos todavía.

VIDA


Alfonso María de Ligorio nació de padres nobles en Ñapóles el 27 de Septiembre de 1696. Su juventud fué piadosa, estudiosa y caritativa. A los 17 años era ya doctor en Derecho Civil y Canónico, y poco después comenzaba una brillante carrera de abogado.

Mas, ni sus escritos, ni las instancias de su padre que quiso casarle, le impidieron dejar el mundo: ante el altar de Nuestra Señora hizo voto de recibir las Órdenes. Ordenado de Sacerdote en 1726 se dedicó a la predicación. En 1729 una epidemia le permitió entregarse al cuidado de los enfermos en Nápoles.
Poco después se retiró a Santa María de los Montes con unos compañeros y con ellos se preparó a la evangelización de aquellas campiñas. En 1732 estableció la congregación del Santísimo Redentor que le había de ocasionar numerosas dificultades y persecuciones; más bien pronto las vocaciones afluyeron y el Instituto se difundió rápidamente. En 1762 era nombrado Obispo de Santa Agueda de los Godos, cerca de Nápoles. Al punto emprendió la visita de su diócesis, predicando en todas las parroquias y tratando de reformar al clero. Al mismo tiempo continuaba dirigiendo su Instituto y el de religiosas que había fundado para servir de ayuda, con su oración contemplativa, a sus hijos misioneros. En 1775 renunció al episcopado para volver a sus hijos. Muy pronto se produjo una escisión en el Instituto de los Redentoristas y San Alfonso fué excluido de su familia religiosa. La prueba fué grande, más él no perdió el valor y aún predijo que la unidad se llevaría a cabo después de su muerte. A sus enfermedades físicas vinieron a unirse crisis de escrúpulos y diversas tentaciones; mas en medio de todo esto su amor hacia Dios no cesaba de crecer. Por fin murió el 1 de Agosto de 1787 a la hora del Ángelus. Gregorio XVI le inscribió en el catálogo de los Santos en 1839 y Pío IX le declaró Doctor de la Iglesia.

LA MISIÓN DE LOS DOCTORES

Mucho antes de que tú nacieses, oh Alfonso, un gran papa, había dicho que el papel de los Doctores es "iluminar a la Iglesia, adornarla con virtudes, y formar sus costumbres; por ellos, añadía, brilla ella en medio de las tinieblas como el lucero; su palabra fecundada de lo alto resuelve los enigmas de las Escrituras, desata las dificultades, alumbra las oscuridades, interpreta lo que está dudoso; sus obras profundas, enaltecidas por la elocuencia del discurso, son otras tantas perlas preciosas que ennoblecen la casa de Dios al mismo tiempo que la hacen brillar": Así se expresaba en el siglo XIII Bonifacio VIII cuando elevó al rito doble las fiestas de los Apóstoles, Evangelistas y los cuatro Doctores entonces reconocidos como tales, Gregorio Papa, Agustín, Ambrosio, Jerónimo. ¿Mas no encontramos en esto, impresionante como una profecía y fiel como un retrato, la descripción de aquello que tú ibas a ser?

EL EJEMPLO DE UN SANTO


Gloria sea a ti, que en nuestro tiempo de decadencia renuevas la juventud de la Iglesia, a ti en quien aquí abajo se abrazan una vez más la justicia y la paz al encontrarse con la misericordia y la verdad. Tú diste sin reservas tu tiempo y fuerzas para obtener un tal resultado. "El amor de Dios no está nunca ocioso, decía San Gregorio; si existe tiene que hacer cosas grandes; si rehúsa obrar, entonces no es amor'". ¡Oh qué felicidad la tuya en el cumplimiento del voto temible que habrás hecho de no tener ni siquiera un instante de descanso! 

File:Carlow Cathedral St Alphonsus kneeling before the Most Holy Sacrament 2009 09 03.jpg

Cuando se te presentaron intolerables dolores que hubieran podido justificar, si no exigir, el descanso, se te vió apretando contra la frente con una mano el mármol que parecía disminuir un poco tus dolores y con la otra escribiendo tus obras tan preciosas.
¡Pero mayor fué todavía el ejemplo que Dios quiso dar al mundo cuando permitió que, agotado por los años, la traición de uno de tus hijos atrajese sobre ti la desgracia de aquella Sede Apostólica, por la cual se había consumido tu vida y que, en cambio, te apartaba, como indigno, del Instituto que tú habías fundado! Entonces tuvo licencia el infierno para unir sus golpes a aquellos que venían del cielo; y tú, el Doctor de la paz, conociste asaltos espantosos contra la fe y la santa esperanza. Así se iba coronando tu obra en la debilidad más poderosa que todo; así mereciste a las almas tentadas el apoyo de la virtud de Cristo. Pero habiéndote vuelto niño por la obediencia, estuviste a la vez más cerca del reino de los cielos y del pesebre cantado por ti con acentos tan dulces; y la virtud que el Hombre-Dios sentía salir de Sí durante su vida mortal, fluía de ti con una tal abundancia sobre los niños enfermos, presentados por sus madres para que les bendijeses, que ella les curaba a todos.

PLEGARIA POR LOS REDENTORISTAS


Terminadas ya las lágrimas y los trabajos, vela de un modo especial y 
para siempre por nosotros. Conserva los frutos de tus trabajos en pro de la Iglesia. La familia religiosa que te debe la existencia todavía no ha degenerado, más de una vez en las persecuciones, el enemigo la ha honrado con especiales manifestaciones de su odio; ahora también se ha visto pasar la aureola de los bienaventurados del padre a los hijos; ¡Dios permita que ellos puedan guardar enteramente con todo cariño estas nobles tradiciones! Que el Padre soberano que en el bautismo nos ha hecho a todos dignos por igual de tener una parte en la suerte de los santos en la luz, nos conduzca con felicidad, por medio de tus ejemplos y doctrinas tras nuestro Redentor al reino de aquel Hijo de tu Amor.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer