miércoles, 6 de diciembre de 2023

S A N T O R A L

San Nicolás de Bari

El gentil y bondadoso santo de los regalos navideños


Famoso por sus limosnas y socorro al pueblo cristiano; en diversos países se convirtió en el santo que realza las fiestas de Navidad
Plinio María Solimeo


En la vida de San Nicolás de Bari, o de Mira, es difícil saber lo que es realidad y lo que es leyenda. Pues este santo del siglo IV fue uno de los más venerados en Oriente, antes de serlo en Occidente. Las leyendas que cuentan maravillas a su respecto se difundieron por todo el mundo.
Nicolás nació hacia el año 270 en Pátara, opulenta capital de Licia (en la actual Turquía), de padres nobles, ricos y piadosos. Recibió una refinada educación religiosa y cívica. En el colegio, evitaba la compañía de los muchachos perniciosos, entablando amistad sólo con los buenos y virtuosos. Al crecer, evitaba los espectáculos peligrosos y domaba su cuerpo con vigilias, cilicios y ayunos. Cuando sus padres fallecieron, Nicolás heredó una gran riqueza; pero se consideró apenas administrador de aquellos bienes, cuyos reales señores se volvieron los pobres y los necesitados.

Socorro a la pobreza vergonzante

Fue entonces que ocurrió un hecho que todos sus biógrafos narran y pintan tan bien. Un noble caído en la indigencia, no teniendo cómo casar a sus tres hijas jóvenes y ni siquiera mantenerlas, tuvo el satánico propósito de prostituirlas para que se ganaran la vida. Nicolás supo del hecho y quedó horrorizado. Tomando entonces una bolsa con monedas de oro, las tiró por la ventana de la casa del infame, dándole así lo suficiente para casar a la hija mayor. Al día siguiente hizo lo mismo, para posibilitar el matrimonio de la segunda hija. El beneficiado quedó entonces al acecho, para ver quien era su anónimo bienhechor. Y cuando Nicolás, al tercer día, tiró otra bolsa para la dote de la tercera hija, el noble se lanzó a sus pies, mostrándose arrepentido y agradeciéndole por aquel beneficio. Nicolás le pidió, confuso, no hacer público el hecho. Pero en vano, pues al día siguiente toda la ciudad comentaba aquel gran acto de caridad.
Nicolás buscaba, de ese modo, remediar con suma caridad a todos los necesitados. Socorría así a los enfermos y a los miserables, libertaba esclavos y procuraba atender a todos los que sufrían por alguna causa.
Habiendo fallecido el arzobispo de Mira, los prelados de la provincia y el clero elevaban fervorosas súplicas al cielo, pidiendo luces para encontrar un digno sucesor. Como no llegaban a un acuerdo sobre a quién escoger, combinaron entonces, por inspiración de lo alto, elegir obispo al primer cristiano que entrase en la iglesia al día siguiente.
Ahora bien, Nicolás se había mudado de Pátara a Mira, a fin de vivir más ignorado por todos. Y no bien llegó, pensó en visitar la iglesia local. Así, bien al amanecer franqueó el umbral del templo, ignorando en absoluto lo que se había acordado. Así fue cogido y aclamado obispo. Aunque se resistiera, fue necesario ceder a la voluntad de Dios.

Elevación al episcopado: lucha contra los vicios

Basílica de San Nicolás, en Bari, Italia
Nicolás había hasta entonces vivido de modo ejemplar. Pero se dio cuenta de que la elevada dignidad de la que había sido revestido exigía mayor virtud aún. Y se dijo a sí mismo:“Nicolás, esta dignidad requiere otra vida. Hasta hoy viviste para ti. Ahora has de vivir para los demás. Si quieres que tu palabra persuada a la grey que Dios te confió, tienes que dar eficacia a tus exhortaciones con el ejemplo de una vida perfecta”.1 A partir de entonces pasaba parte de la noche en oración, comía una sola vez al día, absteniéndose de carne y vino, dormía sobre una manta tosca y consagraba una parte del tiempo a la oración y la otra parte a la administración de la diócesis.
“Su solicitud pastoral se extendió generalmente a todas las necesidades de su pueblo. Cuidaba de los pobres, de los enfermos, de los prisioneros, de las viudas y de los huérfanos. Cuando no podía asistirlos personalmente, ordenaba que fueran visitados y asistidos por personas piadosas, a quien encargaba tales cuidados. Su principal aplicación era la de conocer las necesidades espirituales de sus fieles y de levarles los remedios eficaces. […] Predicaba contra todos los vicios, y lo hacía con una elocuencia divina que lo hacía victorioso sobre todos los corazones”.2

Salvando a los marineros de un naufragio

En un año de gran carestía en Licia, Nicolás supo que algunos barcos venidos de Alejandría, en Egipto, con un gran cargamento de trigo, se refugiaron en un puerto cerca de Mira. El santo se apresuró en ir hasta ellos, suplicando a los armadores que proporcionaran parte de su mercadería para remediar la extrema necesidad de los fieles. Ellos se rehusaron, alegando que todo el cargamento pertenecía al Estado y se destinaba a Constantinopla. El obispo les pidió entonces que cada barco proporcionara apenas cierta medida de trigo, que él retribuiría todo perjuicio al administrador del tesoro público en Constantinopla. Por fin los armadores consintieron, y después se hicieron a la vela con dirección al Bósforo. Cuando llegaron a su destino, fueron a medir el trigo en sus barcos y vieron que había la misma cantidad de granos que al partir de Alejandría. Los marineros narraron entonces, por todas partes, el prodigio operado por el santo obispo.
San Nicolás acompañado por su escudero Pikkie
En otra ocasión, un navío fue sorprendido por una terrible tormenta en alta mar. Sus tripulantes rogaron a Dios que, por los méritos de su siervo Nicolás, los librase del peligro. En ese mismo momento el santo obispo se les apareció diciendo:“Aquí estoy para ayudaros. Tened confianza en Dios, de quien soy su siervo”. Y, tomando el timón, dirigió la nave en medio del borrascoso mar hasta el puerto de Mira, y desapareció. Los marineros fueron entonces a la iglesia para agradecer tan gran favor. Y vieron al santo en medio de su clero. Se lanzaron entonces a sus pies, atestiguando su reconocimiento. Confuso ante aquella calurosa manifestación, San Nicolás les dijo: “Dad a Dios, hijos míos, la gloria de este suceso. En cuanto a mí, no soy sino un pecador y un siervo inútil. Él es quien hace las grandes maravillas”.
San Nicolás fue encarcelado durante la persecución de Diocleciano, siendo liberado después, con la ascensión del emperador Constantino.
Se narra también que Nicolás se apareció en sueños a este emperador, increpándolo por haber condenado injustamente a muerte a tres de sus comisarios. Al despertarse, el emperador llamó a sus secretarios para certificarse de lo ocurrido. Y suspendió la sentencia contra aquellos inocentes.
Narra la leyenda que, en una época de mucha hambre, un carnicero atrajo a tres niños a su casa, los mató y puso sus cuerpos en un barril, queriendo vender la carne como de cerdo. Al visitar San Nicolás la región en busca de alimentos para su pueblo, conoció el horrible crimen del carnicero y, con sus oraciones, resucitó a los tres niños.3 Esta leyenda corrió por el mundo y permaneció, por ejemplo, en una sencilla canción infantil que los niños franceses cantaban hasta hace poco.
Un biógrafo del santo, el archimandrita (superior de un monasterio de la Iglesia Oriental) Miguel, narra así su muerte: “Habiendo regido la Iglesia metropolitana de Mira y embalsamado al país con el perfume de una santísima vida sacerdotal, cambió esta vida perecedera por el reposo eterno” alrededor del año 341.4
Sus reliquias se conservan en la iglesia de San Nicolás, en Bari. Y hasta hoy una sustancia oleosa —conocida como Maná de San Nicolás, altamente apreciada por sus poderes medicinales— emana de ellas.5

Devoción al santo en Oriente y en Occidente

En el imperio bizantino, San Nicolás de Mira era venerado como uno de los más poderosos auxiliares del pueblo cristiano. En el siglo VI, el emperador Justiniano I construyó en Constantinopla una basílica en su honra. San Juan Crisóstomo lo colocó en su liturgia con la bella invocación: “Canon de la fe, imagen de la mansedumbre, maestro de la continencia, llegaste a la región de la verdad; por la humildad conseguiste lo más sublime; por la pobreza, lo más opulento. Padre Nicolás, sé nuestro legado para con Cristo Dios, para que consigamos la salud de nuestras almas”.6
Muerte y gloria de San Nicolás de Bari, 
Fra Angélico, s. XV   Pinacoteca Vaticana
Su culto llegó a Italia en 1087, cuando mercaderes italianos robaron sus reliquias y las llevaran hacia Bari. De ahí su culto llegó a Alemania durante el reinado de Otón II (955-983). En ese tiempo, el obispo Reginaldo de Eichstaedt (+ 991) escribió su vida, que se volvió muy popular. San Nicolás se convirtió también en el patrono de varios países de Europa, como Grecia, Rusia (es patrono de Moscú), el Reino de Nápoles, Sicilia, Lorena, y también de varias ciudades de Italia, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y Suiza.
En Holanda él es conocido como Sinterklaas. Lo representan montado en un caballo blanco, con la mitra sobre la cabeza y empuñando un báculo dorado. Según una leyenda, él cabalga sobre los tejados acompañado de su escudero Pikkie, un terrible moro que mete en un saco a los niños malos. San Nicolás visita las casas, preguntando: “¿Hay aquí algún niño malo?” Todos responden: “No, Sinterklaas, aquí todos somos buenos”“¿Todos?” — pregunta el obispo. “Sí, Sinterklaas”. Entonces el santo distribuye bombones a los niños. Cuando alguno de ellos no se portó bien durante el año, en vez de un bombón, el santo le da un pedazo de carbón. Lo mismo ocurre al sur de Alemania, país donde está habiendo una sana reacción contra la intromisión de Papá Noel en las fiestas navideñas y un resurgir de la tradición de Sinterklaas, llena de encanto, inocencia y auténtico espíritu católico.

Embestida anticatólica contra San Nicolás

El personaje de ficción Papá Noel es un producto publicitario, que desde los Estados Unidos se ha propagado a muchos otros países, como parte de una embestida anticatólica para sustituir la bella tradición de San Nicolás. Su difusión lamentablemente ha coincidido con una decadencia del espíritu religioso de la Navidad, sustituido por otro espíritu, comercial, materialista y en el fondo neopagano.
Sin embargo, actualmente está surgiendo en algunas zonas de Alemania un saludable movimiento popular para hacer que San Nicolás recupere su tradicional lugar en las fiestas navideñas, desechando así al usurpador Papá Noel, a fin de que la benéfica y secular influencia católica del santo obispo de Mira vuelva a ejercerse con todo su encanto sobrenatural en las conmemoraciones del nacimiento del Divino Infante. 
Notas.-
1. Edelvives, El santo de cada día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1949, t. VI, p. 365.
2.
 Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, vol. XIV, p. 87.
3.
 Cf. http://en.wikipedia.org/wiki/Saint_Nicholas#cite_ref-6.
4.
 Edelvives, op. cit. p. 369.
5.
 Cf. Michael T. Ott, Saint Nicholas of Myra, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition.
6.
 Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. IV, p. 483.

 Fuente: http://www.fatima.org.pe/articulo-773-san-nicolas-de-bari

martes, 5 de diciembre de 2023

S A N T O R A L

SAN SABAS, ABAD Y CONFESOR

El bienaventurado san Sabas fué varón santísimo y de altos merecimientos, y padre é instituidor de muchos monjes, y gran defensor de la fé católica, y esclarecido con muchos milagros. Nació en una aldea de la provincia de Capadocia, llamada Mutalasca. El nombre de su padre fué Juan, el de su madre Sofía, personas nobles y piadosas. Ofrecióse á á sus padres una jornada forzosa á Alejandría de Egipto, y dejaron á su hijo Sabas de cinco años encomendado á un tío suyo, hermano de su madre, que se llamaba Hermias.
La mujer del cual, por ser desabrida y de mala condición, trataba mal al niño Sabas; y él dejó aquella casa, y se fué á la de otro tío suyo, llamado Gregorio, para vivir en paz y quietud. Tuvieron los dos tíos, Hermias y Gregorio, grandes pleitos sobre la hacienda de Sabas, que sus padres, cuando partieron para Alejandría, le habían dejado; y el santo mozo como era pacífico y sosegado, ofendido de aquellas discordias y por tías por una cosa tan baja como á él le parecía, que era la hacienda, dejólos y entróse en un monasterio para darse totalmente á Dios.
Concertáronse después los dos, y quisiéronle sacar del monasterio, para que gozase de su hacienda y de los gustos del matrimonio; mas él estaba ya tan abrazado con Dios y tan encendido en su amor, que por ningún camino le pudieron apañar de su santo propósito. Dábase á todas virtudes, procurando esmerarse en cada una de ellas, y especialmente en la abstinencia y victoria de la gula. Un día estando trabajando en la huerta del convento, vio en un árbol muy lindas y sabrosas manzanas, y aficionándose á ellas cogió una del árbol con intento de comerla. Después cayó en la cuenta que aquella era tentación del demonio, y luego arrojó la manzana y la pisó; y para vencer mas perfectamente al enemigo, determinó no comer manzana en todos los días de su vida. Con esta victoria pasó adelante en las demás virtudes, ejercitándose de día en los trabajos, y de noche en la oración, y huyendo de la ociosidad, como de raíz de todos los males. Era muy caritativo y muy compasivo, en tanto grado, que una vez habiendo el panadero de su casa puesto sus vestidos mojados dentro del horno, para que se secasen; después olvidado encendió el horno, y acordándose que estaban dentro sus vestidos, se comenzó á congojar. Tuvo tan gran pena Sabas de la pena y aflicción del panadero, á quien él ayudaba y servía, que haciendo la señal de la cruz, se entró en el horno, y sacó los vestidos, pasando por medio de las llamas sin lesión: tanto puede la caridad del prójimo para con Dios, aunque sea en cosas pequeñas. Después que hubo estado en aquel monasterio diez años, siendo ya de edad de diez y ocho, con instinto particular de Dios, y licencia de su abad (que tuvo revelación de ello), fué á visitar los santos lugares de Jerusalén, y de allí por consejo de san Eutimio, abad y varón santísimo, se entregó á la disciplina é instrucción de un varón perfecto, llamado Teotisto, y debajo de tal maestro hizo muy gran progreso en todo género de santidad y virtud. Era el primero en la oración y en el trabajo: era humilde, obediente, modesto, y de gran caridad para con todos, ayudándolos, y sierviéndolos en sus oficios y ministerios con extraordinario cuidado y alegría. Todos se miraban en él como en un espejo, y le llamaban el «Mozo viejo»; porque en los pocos años resplandecía en él, seso y madurez de venerable senectud. Fué una vez por obediencia de su prelado á acompañar á otro monje, que iba á Alejandría, donde encontró á sus padres, que le quisieron hacer fuerza, y sacar de la religión; mas él, entendiendo que aquel había sido artificio del demonio, y lazo que le tenía armado para cogerle é inquietarle, tuvo fuerte, y resistió con tan grande espíritu á los asaltos de sus padres, que los rindió á su voluntad: y dejándolos sosegados, se entró á hacer vida solitaria en una cueva de un monasterio. Allí estuvo por espacio de cinco años, haciendo vida mas de ángel, que de hombre mortal. Los cinco días de la semana pasaba sin comer, ocupado siempre en oración, ó en el trabajo de sus manos: el sábado salía de su cueva y traía cincuenta espuertas que en aquellos días había hecho; y el domingo se volvía á su cueva, con la cantidad de ramos de palma, que era menester para trabajar en la siguiente semana. Fué muy tentado y perseguido de los demonios, que en diversas formas de serpientes y de bestias fieras, se le aparecían para espantarle; pero él armado de oración y confianza en Dios los venció, viviendo con increíble seguridad. Después que se hubo ejercitado en aspereza, oración, y penitencia muchos años, salió de la soledad para beneficio de muchos, y fundó un monasterio, donde vivían bajo de su gobierno ciento cincuenta monjes, á los cuales proveía Dios maravillosamente de todo lo necesario, por medio de muchas personas piadosas, que les hacían largas limosnas, admirados de su gran santidad y virtud, y aún milagrosamente les proveyó el Señor de una fuente de agua muy copiosa, que ni crecía en invierno, ni en verano, y daba agua abundantemente, á todos los que la habían menester.
Después en el discurso de la vida de san Sabas (que fué muy larga, y más divina que humana, y llena de prodigios divinos) el Señor le favoreció en gran manera, socorriéndole en las necesidades de siete monasterios que fundó, y haciéndole padre de innumerables monjes, admirable en toda aquella tierra, espantoso á los demonios, y a los leones ferocísimos y á otras bestias fieras, venerable: solos los hombres malos y perversos le aborrecían y perseguían, porque era contrario en su vida y en su doctrina á las viciosas costumbres y dañadas opiniones de ellos, porque para mejor ejercicio y pureza de su virtud, permitió el Señor que algunos de sus mismos discípulos lo maltratasen y persiguiesen, y él con humildad, caridad, paciencia y mansedumbre los venció y dejó la misma casa que habían edificado, y se fué á vivir á otros lugares incómodos y ásperos, para tener paz, con los que huían de la paz, y enseñarnos con su ejemplo, cuanto mas vale el padecer, que el hacer por Cristo, y que lo fino de la virtud consiste en sufrir muchos trabajos y molestias, por hacer bien, de los mismos á quienes el bien se hace, y que al fin Dios le da corona, al que sabe pelear y vencer. Los que por menudo quisieren saber los milagros de este santísimo abad, que son muchísimos y grandísimos, véanlos en su vida. Uno solo referiré aquí, que le sucedió con un león. Entró una vez el santo á hacer oración en una cueva, donde habitaba un león de extraña grandeza. Después de haber orado se puso á reposar un poco: á la media noche entró el león en su cueva, y hallando el huésped, no le osó tocar: pero asiéndole blandamente del vestido, le tiraba como quien le quería sacar fuera de su cueva. No se turbó el santo, por ver de improviso aquella bestia tan feroz, antes comenzó á rezar muy despacio, y con mucha devoción sus maitines: y el león se salió fuera aguardando que los acabase, y después tornó á entrar, y asirle de la falda como diciéndole que se fuese de su casa; pero el santo sin turbarse le dijo: Mira, león, si quieres, estemos aquí juntos, porque la cueva es capaz para los dos: y sino mas justo es que tú te vayas y me dejes libre; porque yo no solamente soy criatura de Dios, como tú, sino criado á su semejanza é imagen. Oídas estas palabras, como si tuviera entendimiento, se salió el león de la cueva, dejándola para habitación del santo abad. Habiéndose, pues, ejercitado en los monasterios y en la soledad, y siendo respetado en el mundo y tenido por un varón venido del cielo, se ofreció un negocio muy grave, que le sacó de su quietud, y le obligó á ir á Constantinopla, para aplacar al emperador Anastasio que era hereje, y perseguía á los católicos, y echaba de sus sillas á los santos obispos. Enviaron una embajada al emperador, de muchos monjes, cuya cabeza era San Sabas (que á la sazón era de setenta y tres años), y el amor de Dios y el celo de la religión pudo mas con él para tomar aquel trabajo, que sus muchos años y el deseo de su quietud, para rehusar. Llegaron al palacio del emperador los embajadores, y todos fueron admitidos, sino San Sabas que era el principal; porque, como iba con vestido de cilicio y vil, no le dejaron entrar, y le trataron como á hombre despreciable. Los de dentro echaron menos al santo, hiciéronle buscar, halláronle rezando salmos fuera del palacio imperial: llamáronle y lleváronle al emperador, donde los otros embajadores, sus compañeros, estaban aguardándole. Al entrar en la sala, vio el emperador que iba delante de San Sabas un ángel resplandeciente, y admiróse y entendió que era varón de Dios, y como á tal le honró, levantándose de su silla y haciéndole reverencia. Mandó sentar á los embajadores, y preguntóles lo que querían: y cada uno de ellos, olvidado del negocio público á que venían, comenzó á tratar de sus negocios particulares con el emperador, y á proponerle sus peticiones y demandas: solo San Sabas callaba, y siendo la boca de todos no decía palabra. Preguntóle el emperador si él quería algo: y él le dijo la causa porque había venido, y le aplacó, y por entonces le detuvo; porque vio que era varón santo y desinteresado, y sin codicia de cosa alguna de la tierra. Otra cosa le sucedió otra vez con el emperador. Había habido aquellos años grande hambre y pestilencia, y con estar los pueblos destruidos, los cargaban con nuevos tributos y vejaciones, de manera, que la pobre gente andaba afligida y se consumía, ó iba acabando sin remedio. Compadecióse el santo abad de las calamidades de la gente miserable; fuese al emperador y suplicóle, que mandase quitar aquel tributo con que estaba oprimida, y el emperador se inclinó á hacerlo, por respeto del santo que se lo suplicaba: pero un ministro suyo, llamado Marino, que era poderoso, y tenía gran mano con el emperador, le persuadió que no lo hiciese (que nunca falta en las cortes de los príncipes un mal consejero que los destruya): avisó á Marino el santo, que se reportase y arrepintiese; porque de otra manera pagaría su culpa con grave pena: él no se enmendó, y la pagó; porque estando Marino muy contento y descuidado, se levantó en la ciudad un alboroto, y el pueblo entró en su casa y la saqueó, y quemó, y faltó poco, que el mismo Marino no muriese á sus manos: pero Dios le guardó, porque reconoció su culpa, y le pidió perdón, entendiendo cuan grande era la santidad de Sabas que le había profetizado tanto antes el castigo que había de venir sobre él. Volvióse el santo abad, acabada esta jornada con feliz suceso, á su recogimiento; pero habiendo muerto el emperador Anastasio quemado de un rayo por justo juicio de Dios (dé lo cual tuvo revelación San Sabas), habiendo sucedido en el imperio Justino, que era principio católico, salió otra vez de su monasterio, siendo de edad de ochenta años, con grande vigor, esfuerzo y alegría para ser pregonero por su misma persona, y predicador de un edicto, que el mismo emperador mandó publicar en favor de la fé católica y de la paz de la santa Iglesia; porque todos los trabajos que tomaba por Cristo el santo viejo Sabas, le eran mas sabrosos que el descanso y quietud. No fué esta la postrera vez que dejó su recogimiento por el bien de los otros; mas la tercera vez, siendo ya de noventa y un años, y Justiniano emperador, fué á Constantinopla para suplicarle que reprimiese á los samaritanos, que infestaban y perseguían á los cristianos de Palestina, y destruían los templos y quemaban las reliquias, y mataban á los obispos, y por medio de un conde llamado Arsenio, hombre malvado y perverso, persuadían al emperador, que los buenos cristianos y verdaderos católicos, eran la causa de los mismos males que padecían: que esto es propio de los herejes y revoltosos, afligir á los buenos y echarles la culpa. Fué recibido el santo abad del emperador Justiniano, como un ángel venido del cielo: mandó que le saliesen á recibir los caballeros y criados de su casa, y el mismo patriarca de Constantinopla, Epifanio, y cuando entró, vio sobre la cabeza del santo una como corona de maravillosa claridad, y se levantó de su silla, y le abrazó y veneró, y le concedió benignamente y con larga mano, todo lo que le pidió, é hizo muchas obras buenas por su consejo. Mas en esta jornada le aconteció con la emperatriz Teodora una cosa digna de consideración. Era estéril, y deseaba un hijo: pensó poderle alcanzar de Dios por las oraciones del santo: pidióle una y muchas veces con grande instancia y afecto, que tomase aquel negocio á su cargo; y el santo nunca lo quiso hacer, ni darle esperanza de ello, ni decirla una buena palabra; porque conoció que era hereje, y que Dios no quería que de tan mal árbol naciese fruto para daño de la Iglesia. Otra cosa también notable le sucedió con el emperador Justiniano, el cual estando despachando las cosas que el santo le había suplicado con gran voluntad de darle comento, y el mismo santo abad allí con él; llegada la hora de tercia, dejó al emperador, y se apartó á rezar sus acostumbradas oraciones: y como un compañero suyo, llamado Jeremías, le dijese que no parecía bien, que estando el emperador ocupado en sus negocios, él le dejase y se divirtiese en otra cosa; él le respondió con gran paz: Hijo, el emperador hace su oficio, y nosotros el nuestro. Concluyó San Sabas sus negocios: volvió á su casa: cayó enfermo; y siendo de noventa y dos años, habiendo tenido revelación de su glorioso tránsito, exhortando á sus hijos y discípulos á toda virtud y perfección, dio su alma al que para tanta gloria suya la había criado, á los 5 de diciembre del año del Señor de 531. Enterráronle con gran pompa y solemnidad, los obispos, monjes, y pueblos de toda aquella comarca, y Dios obró por él, después de muerto, innumerables milagros. No solamente fué muy célebre su memoria en Oriente sino también en Occidente; y en Roma hay una Iglesia y monasterio de san Sabas, de la cual hace mención Juan Diácono en la Vida de san Gregorio, papa, y se cuenta por uno de los veinte y dos monasterios insignes que había en aquella santa ciudad; y la santidad de Gregorio XIII, de feliz recordación, le díó al colegio germánico que fundó en Roma, para reparación de la fé católica en las provincias septentrionales; porque en este colegio, debajo de la disciplina y gobierno de los padres de la Compañía de Jesús, se crían muchos estudiantes de aquellas naciones católicas, y acabados sus estudios vuelven á ellas, para alumbrarlas con la doctrina apostólica, y edificarlas con su buena vida, y se ha seguido grandísimo fruto para ensalzamiento de la santa fé católica, y abatimiento y confusión de los herejes. El cuerpo de San Sabas, se dice que está vida largamente Cirilo, monje, autor grave y de su mismo tiempo, y Metafraste la añadió. Hace mención de él el Martirologio romano, y el Menologio de los griegos, y el cardenal Baronio en las anotaciones sobre el Martirologio, y en el sexto y séptimo tomo de sus Anales

FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

lunes, 4 de diciembre de 2023

S A N T O R A L

SANTA BARBARA, VIRGEN Y MÁRTIR

En el tiempo que Maximino imperaba en Oriente, hubo en la ciudad de Nicomedia un caballero noble, rico y poderoso, llamado Dioscoro, pero hombre feroz y cruel,
y muy dado al culto y adoración de sus falsos dioses. Tenía este caballero una sola hija llamada Bárbara, de extremada belleza y de muy contrarias costumbres á su padre: el cual, temiendo que algunos, que no le estuviesen bien, procurarían casarse con ella, por su grande hermosura y muchas riquezas, la encerró en una torre, donde había mucha comodidad de aposentos y regalos, para que, apartada de los ojos de los hombres, no fuese codiciada de ninguno. Holgóse mucho la doncella de este encerramiento por su rara honestidad, y porque era amiga de soledad y quietud, y allí estaba desviada de todo bullicio y tráfago, y se podía ocupar en la contemplación del cielo y de la tierra y de todo lo criado. Fue tanto lo que Dios obró en la santa virgen en aquella torre, que se determinó á guardar perpetuamente su pureza virginal, y tomarle á Él por esposo, dando de mano á todos los gustos y deleites de la carne. Andando el tiempo, quísola su padre casar, porque se le ofrecieron maridos ricos, nobles y principales, que la pedían por mujer; mas ella no lo quiso ser de ninguno, y respondió á su padre, que no era razón que se casase con hombre mortal, la que tenía ya inmortal esposo, y por los gustos del matrimonio perder los entretenimientos y dulzuras de su espíritu. Determinó su padre hacer ausencia de su casa, esperando que su hija poco á poco se ablandarla y condescendería á su voluntad. Mandó hacer un baño para su hija, y en él dos ventanas que le diesen luz; y partiere de su patria y estuvo muchos días fuera de ella. La santa doncella bajando un día á ver la obra del baño, mandó que se hiciesen en él tres ventanas en reverencia de la Santísima Trinidad, y no dos, como lo había ordenado su padre; y derramando lágrimas de sus ojos, que como perlas preciosas caían en la fuente, se llegó á un pilar de mármol que allí estaba: hizo con el dedo la señal de la cruz en él; y quedó tan señalada, é impresa en el mármol, como si fuera de cera; y después permaneció con grande admiración de los que la vieron, y todos los que entraban en aquel baño, estando enfermos, sanaban de sus dolencias.
 Hecho esto, viendo la sagrada virgen los ídolos que allí tenía su padre, dando suspiros y lastimosos gemidos de lo más íntimo de su corazón, los escupió, y dijo: Semejantes sean á vosotros los que os adoran y tienen por dioses, y confían en vuestros favores y ayudas. Volvió de su jornada Dioscoro: halló tres ventanas, donde él había mandado que se hiciesen dos, y la señal de la cruz esculpida en aquel pilar de mármol: quiso saber de su misma hija la causa de aquella misma novedad; y ella sin turbarse punto, con gran libertad le declaró lo que pasaba; y de aquí tomó ocasión para predicar la fé de Cristo y el misterio de la Santísima Trinidad, y el de nuestra redención que el hijo de Dios obró, muriendo por nosotros en la cruz.
No se puede creer el furor, que oyendo esto cobró Dioscoro entendiendo que su hija Bárbara era cristiana, y que por esto no se había querido casar: y parte por el celo falso, que él tenía á sus dioses, y parte por temor de no perder sus grandes riquezas si viniese á oídos del emperador, soltó la rienda á su mala condición colérica, y cruel naturaleza; y olvidándose de que era padre y vistiéndose de persona de tirano, puso mano á una espada, para echársela por el cuerpo á su hija.  Mas la santa doncella se apartó de allí y se huyó de su presencia; porque Dios la guardaba para mayores victorias, y más glorioso triunfo. Pero yendo tras ella el padre ó (por mejor decir) el cruel verdugo, y andando ya en su alcance, una peña se abrió súbitamente por virtud de aquel Señor, á quien todas las criaturas obedecen, y por ella pasó y se guareció la santa virgen: aunque visto este milagro, no se ablandó su padre, porque era mas duro que la misma piedra; antes sabiendo que iba huyendo, por indicio de uno de dos pastores que la vieron, la siguió, y la alcanzó y como un león bravo la dio muchas coces y puñadas y golpes, y la arrastró por los cabellos por lugares fragosos y ásperos, y la encerró en una casilla, poniéndola guardas, y cerrando y sellando la puerta: y para mas vengarse de ella y mostrar el celo que tenía de la honra de sus dioses, dio orden, como fuese presa y llevada delante de Marciano, presidente, avisándole él mismo, que era cristiana, y pidiendo que se ejecutasen en ella las leyes puestas por los emperadores contra los cristianos. Fué tan extraña y bárbara su fiereza, que hizo jurar al presidente, que no perdonaría á su hija, sino que la trataría con todo rigor, hasta hacerla morir á puros tormentos. ¿Adonde no llega la maldad de un hombre desamparado de Dios; pues el padre se olvidó de serlo, y se desnudó del afecto tierno que suelen tener aun las fieras para con sus hijos? Traída la santa vírgen al tribunal de Marciano, comenzó él á halagarla y á acariciarla, y á persuadirla con blandas palabras, que dejase aquella vana superstición y locura; mas como hallase el pecho de santa Bárbara más fuerte é impenetrable que una roca, y que armada con el espíritu del cielo, resistía á todos los asaltos del infierno, trocando la suavidad fingida en severidad y crueldad verdadera, la mandó desnudar y azotar cruelmente con azotes de nervios de bueyes, y fregar con un áspero cilicio las llagas y heridas de su cuerpo, que quedó tan abierto y lastimado, que por todas partes corrían de él arroyos de sangre. Después de este tormento la echaron en la cárcel donde le apareció a media noche su dulce esposo Jesucristo, resplandeciente con inmensa claridad, y la animó, y certificó que estaría siempre á su lado, y que la tendría debajo de sus alas y amparo, de manera, que no pudiesen prevalecer contra ella todas las invenciones y crueldades de los tiranos. 
Con estas palabras que le dijo el Señor, quedó tan sana de todas sus llagas y heridas, como si nunca las hubiera tenido en su cuerpo, y muy alegre y confortada para todos los tormentos que la quisiesen dar. Otro día fué llevada á la segunda audiencia delante del presidente: el cual, como la vio tan sana y tan entera, habiendo visto el día antes su cuerpo hecho una llaga, quedó pasmado, y como fuera de sí; y atribuyendo el milagro del verdadero Dios á la piedad de sus falsos dioses, tentó otra vez (aunque en vano) á la santa virgen, persuadiéndola que reconociese aquella benignidad que los dioses habían usado con ella, y que como á tales los reverenciase y adorase. Mas como ella respondiese con la constancia y valor que á esposa escogida de Cristo convenía; enojado el presidente, mandó á dos verdugos, hombres valientes y de grandes fuerzas, que con peines de hierro rasgasen los costados de la santa doncella, y después de rotos y carpidos, poner hachas encendidas, y con un martillo dar muchos golpes en su santa cabeza. Estaba la bienaventurada virgen en medio de estos tormentos con el corazón y con los ojos puestos en el cielo, y hablando amorosamente con su esposo, le decía: O buen Jesús, bien ves el secreto de mi corazón, y sabes que en ti tengo mi esperanza: no me dejes, Señor, de tu mano piadosa; porque sin tí soy muy flaca, y contigo todo lo puedo. 
Pasó la crueldad del tirano mas adelante, y mandó cortar los pechos con agudos cuchillos á la santa virgen, la cual padecía gravísimo dolor en aquel tormento, mas con el amor grande que tenia al Señor, y el deseo de padecer por Ël, todos los dolores se mitigaban y se hacían sabrosos: y para llevarlos con mayor fortaleza y alegría, invocaba el favor del Señor, y con el real profeta decía: «No desvíes, Dios mío, de mí tu rostro, y tu espíritu divino no te apartes de mí». Mandó el tirano, para avergonzar á la santa virgen, y atemorizar á las otras doncellas cristianas con su ejemplo, que la sacasen por las calles públicas desnuda, y que la fuesen dando crueles azotes: y ella, al tiempo que se ponía en ejecución este cruel mandato, levantó los ojos al cielo, y dijo: Rey y Señor mío, que con tus nubes cubres los cielos y la tierra con la oscuridad de la noche, ten por bien de cubrir la desnudez de mi cuerpo, para que los ojos de los infieles no lo vean y blasfemen tu santo nombre. Oyó su petición el que no sabe negar á sus siervos lo que le piden en sus trabajos, y cubrió el cuerpo de la limpia virgen con una maravillosa claridad á modo de estola ó ropa larga, desde la cabeza hasta los pies, de manera, que no pudo ser visto de los paganos.
Volvieron al presidente, y vista su constancia, la mandó degollar. Había estado presente á todo este espectáculo Dioscoro, su padre, relamiéndose como tigre en la sangre de su hija; y endurecido mas con sus tormentos, pidió al juez que le dejase á él ser verdugo de su hija, y darla por su mano la muerte. ¡O corazón de padre, dónde estás! Fuéle concedido. Lleváronla fuera de la ciudad á un monte, y allí se puso de rodillas santa Bárbara, é hizo una devota oración á Dios, dándole gracias por haberle traído á aquel punto, y suplicándole que otorgase los bienes que le pidiesen todos los que en su nombre le invocasen. Bajó una voz del cielo que la llamaba á recibir la corona, y la prometía que se cumpliría lo que ella allí había suplicado; y con esto inclinóla cabeza delante de su padre, y él levantó la espada, y se la cortó. Murió con la santa virgen otra piadosa mujer, llamada Juliana, la cual viendo la paciencia y alegría con que santa Bárbara padecía sus tormentos, y en ellos era de Dios consolada, y que con la cárcel la había sanado sus llagas, la movió de tal manera á imitarla y seguir sus pisadas, muriendo por Cristo, que dio señas de ello; y el juez la mandó prender y atormentar, y cortar los pechos, y finalmente degollar en compañía de la gloriosa virgen santa Bárbara, y con ella recibió la corona del martirio.
Mas para que se vea la justicia del Señor, y cuan diferentes son los fines de los buenos y de los malos: el desventurado Dioscoro e indigno del nombre de padre de santa Bárbara, después que con sus manos la dio la muerte, quedando muy ufano y contento por haberse vengado de su hija, y ofrecidola en sacrificio á sus falsos dioses, volviendo del monte á su casa, un rayo del cielo súbitamente le mató, y le privó de la vida temporal y de la eterna; y lo mismo aconteció al presidente Marciano. Los cuerpos de santa Bárbara y de santa Juliana recogió un varón religioso y pió, llamado Valenciano, y los colocó con cánticos y salmos honoríficamente en un lugar llamado Gelasio, donde el Señor por su intercesión obró grandes milagros.
Fué el martirio de santa Bárbara á los 4 de diciembre, en la persecución de Maximiano. El martirio de esla gloriosa virgen escribió san Juan Damasceno y Arsenio: y de ellos la sacó Pedro Galesinio, protonotario apostólico: también la escribió el Metafraste; y la una vida y la otra se hallan en el VI tomo del P: Fr. Lorenzo Surio: y todos los Martirologios hacen mención de ella, y los griegos celebran su fiesta y la llaman la esclarecida mártir Bárbara. Pero adviértase que no todos los autores concuerdan en el lugar en que padeció: porque el Metafraste y Mombricio dicen, que padeció en Heliópolis, y Adon, que en Toscana: pero lo más cierto es, que fué en Nicomedia, como se ha dicho. También algunos se engañan, pensando que el martirio de santa Bárbara fué en tiempo de Maximiano; pero no fué sino en tiempo de Maximino, que sucedió en el imperio de Alejandro Severo (como lo afirma el Martirologio romano), y algunos dicen que fué enseñada por Orígenes en las sagradas Letras. Es particular abogada santa Bárbara contra los truenos y rayos: con los cuales parece que quiso nuestro Señor castigar á su padre y al inicuo juez que la condenaron y mataron.
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Un insigne milagro refiere un sacerdote, llamado Teodorico, por cuyas manos pasó el año de 1448, en una villa de la isla de Holanda, llamada Gorco, y le trae Fr. Lorenzo Surio, de un hombre que era muy devoto de esta santísima virgen, por haber entendido, que todos los que en vida lo eran, no morirían sin los santos sacramentos. Estando, pues, este hombre que se llamaba Henrico, durmiendo, se pegó fuego de improviso en la casa, donde estaba, con tal incendio que por ninguna manera pudo escapar: y estando cercado por todas partes de las llamas, y ardiendo su cuerpo en ellas, tuvo más pena de morir sin sacramentos, que de la misma muerte tan atroz que tenía presente. Acordóse de santa Bárbara: invocóla: pidió su favor y suplicóla nó que no muriese, sino que no muriese sin recibir los sacramentos de la Iglesia. Aparecióle luego la virgen, y con el manto apagó las llamas de aquel incendio, y sacólo, y púsole en lugar seguro, y díjole, que por la devoción que había tenido con ella, Dios le había dado plazo de la vida hasta la mañana siguiente, para que se confesase, y comulgase, y recibiese la extremaunción: y así fué, estando todo el cuerpo del pobre hombre de tal manera de pies á cabeza quemado, que mas parecía su figura de un hombre asado, que de hombre vivo; y él contó á todos los que concurrían á ver este milagro, la merced que Dios le había hecho por intercesión de santa Bárbara, exhortándolos á tener con ella gran devoción, y servir al Señor, que por aquel camino le había querido salvar; y el mismo sacerdote que le confesó es el que refiere el milagro.

 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc