lunes, 3 de noviembre de 2025

S A N T O R A L

San Martín de Porres

EL MAS ILUSTRE DE LOS PERUANOS

Humildad, profusión de dones, vida extraordinaria

Sin duda uno de nuestros santos más populares y queridos, que por sus cualidades, virtudes y hechos extraordinarios es también el más ilustre de los peruanos. Las circunstancias adversas de su origen —nacido de la unión ilícita de un hidalgo español, Don Juan de Porres, con Ana Velásquez, negra liberta— no fueron obstáculo para que la Divina Providencia lo colmara de virtudes y dones naturales y sobrenaturales.
Verdadera efigie de San Martín de Porres. De una anónima pintura en cobre existente en el Monasterio de Santa Rosa de las Monjas de Lima.
Nació Martín a fines del año 1579, posiblemente el 11 de noviembre, fiesta de su patrono San Martín de Tours. Desde pequeño mostró un temperamento dócil y piadoso, denotando que el Espíritu Santo lo conducía en las vías de la santidad.

El despertar de una Vocación

Su protectora Isabel García Michel refiere que una noche, a los ocho años de edad, lo encontró arrodillado en su habitación contemplando en profunda quietud y silencio una imagen de Jesús crucificado, que él mismo iluminaba con un candil. Impresionada, intuyó que el pequeño era llamado a una gran vocación contemplativa.
Niño aún, su padre lo legitimó junto con su hermana menor Juana, y con ellos se trasladó a Guayaquil, donde ocupaba un alto cargo de gobierno. Allí Martín estuvo unos años, durante los cuales tuvo oportunidad de aprender a leer y escribir con maestro particular. Al ser nombrado su padre Gobernador de Panamá, el jovencito regresó con su madre y entró en calidad de aprendiz en la botica del reputado médico español Mateo Pastor, quien ejercía el oficio de cirujano, dentista y barbero. Con él aprendió los rudimentos de la medicina y el oficio de herbolario, que después le serían tan útiles en el convento.
Si Martín progresaba en el aprendizaje de su oficio, mucho más avanzaba en la ciencia de los santos, el amor divino. Fue lo que lo llevó, a los 15 años, a pensar en servir solamente a Dios e ingresar en un convento.
En aquella feliz época de fervor religioso, en la capital virreinal del Perú residían simultáneamente varios sacerdotes, religiosos y laicos de reconocida virtud, como Santo Toribio, Santa Rosa, San Juan Masías, San Francisco Solano, los venerables fray Pedro Urraca, Francisco del Castillo, Antonio Ruiz de Montoya, Fray Juan Gómez, etc. La mayoría de ellos vivía en los conventos de la ciudad.

Hacerse “donado” para mejor imitar la humildad de Jesucristo

Dos de esos conventos pertenecían a la Orden de los Predicadores o de Santo Domingo: el de la Magdalena y el de Nuestra Señora del Rosario. Cada uno contaba con casi 200 religiosos. Martín optó por postular al convento de Nuestra Señora del Rosario en calidad de donado, es decir, como una especie de esclavo voluntario. Se comprometía a servir toda la vida, sin ningún vínculo con la comunidad, y con el único beneficio de vestir el hábito religioso. Su madre, en un acto de desprendimiento admirable, no sólo le permitió dar ese paso, sino que ella misma quiso entregarlo al convento.
Desde el primer día, animado por un profundo espíritu sobrenatural, el joven novicio se dedicó de cuerpo y alma a servir a sus hermanos en los oficios más bajos y humillantes, como la limpieza diaria de los retretes del convento (que nunca le impidió presentarse siempre limpio, aseado y compuesto). Hacer esto por amor a Dios constituía para él no solamente una alegría, sino que lo consideraba una gran gracia.
Después de un año de prueba recibió el hábito de donado. Pero esto no agradó a su orgulloso padre, de quien llevaba el apellido. Don Juan pidió a los superiores dominicos que recibiesen a Martín, dada su ilustre estirpe paterna, al menos en calidad de hermano lego. Sin embargo, el pedido contrariaba las Constituciones de la Orden de esa época, que impedían admitir como religiosos a personas de color. El Superior quiso que el propio Martín decidiese. “Yo estoy contento en este estado —respondió—; es mi deseo imitar lo más posible a Nuestro Señor, que se hizo siervo por nosotros”. Y con esa categórica afirmación zanjó el caso.

En la escuela de la humillación, dedicación heroica

Encargado de la enfermería del convento, no le faltaban ocasiones para humillarse delante de la impaciencia que muchas veces se apodera de los enfermos, más aún en una comunidad tan numerosa. A veces no se bastaba para atender a todos, lo que provocaba crisis de mal humor en algunos más impacientes. En uno de esos momentos un religioso, que se sentía mal atendido, lo llamó de “perro mulato”.
Después del primer choque, Martín se dominó. Arrodillándose junto al lecho del enfermo, dijo llorando: “Sí, es verdad que soy un perro mulato y merezco que me recuerden de eso, y merezco mucho más por mis maldades”.
Otro enfermo que juzgó estar mal atendido le dijo: “¿¡Así es tu caridad, embustero hipócrita!? ¡Ahora te conozco bien!”. Pero, admirado con la humildad y dulzura con que el ofendido lo trató, después le pidió perdón.
En esos episodios trasparecía la virtud del donado, que fue siendo reconocida por todos y traspuso los muros del convento. Lo cual llevó a los superiores a hacer una excepción y recibir a Martín como a hermano lego, uniéndose así a la Orden por los tres votos.
El desapego que tenía por sí mismo fue heroico. Oyendo decir un día que el convento estaba en apuros financieros, se dirigió al superior diciéndole que podría ayudar a resolver el problema. ¿Cómo? “Padre, yo pertenezco al convento. Disponga de mí como de un esclavo, porque algo querrán dar por este perro mulato, y yo quedaré muy contento de haber podido servir en algo a mis hermanos”. Emocionado con tanta virtud, el superior le respondió: “Dios te lo pague, hermano; pero el mismo Dios que te trajo aquí se encargará de dar remedio al caso”. 
Nunca ocioso y procurando siempre servir a los demás, el tiempo parecía alargarse para Fray Martín. Además de cuidar de la enfermería, barría todo el convento, cuidaba de la ropería, cortaba el cabello a los doscientos frailes, y era el puntual campanero, pero aún así conseguía reservar para la oración de seis a ocho horas al día.
En la huerta conventual él mismo cultivaba las plantas que utilizaba para sus medicinas. Con ellas obraba verdaderos milagros. Una misteriosa unión con Dios le movía a decir al enfermo: “Yo te medico, Dios te cura”, y acto seguido la curación ocurría. Otras veces se valía de los ingredientes más simples e inocuos para comunicar su virtud de cura: vino tibio, fajas de paño para unir los huesos rotos de las piernas de un niño, un pedazo de suela con el que curó la infección que sufría otro donado que era zapatero...
Iglesia de Santo Domingo
Estando enfermo el Obispo de La Paz, de paso por Lima mandó que llamasen a Fray Martín para que lo curase. El simple contacto de la mano del donado con su pecho lo libró de una grave enfermedad que lo estaba llevando a la tumba. 

“Contra la caridad no hay precepto”

Fray Martín transformó la enfermería en su centro de actividades. A ella llevaba a todos los enfermos que encontraba en la calle, incluso a aquellos con mayor peligro de contagio. Eso le fue prohibido por los superiores. Pero la caridad del Santo no tenía límites. Por eso, preparó en casa de su hermana, que vivía a dos cuadras del convento, unos aposentos para recibir a esos enfermos. Y allá los iba a tratar con sus propias manos, hasta que sanasen o entregasen el alma a Dios.
Cierto día, sin embargo, sucedió que un indio fue acuchillado en la puerta del convento. Fray Martín no tenía tiempo para llevarlo hasta la casa de su hermana. Ante la urgencia del caso, no tuvo dudas y cuidó del indio en la enfermería del convento. Cuando éste estaba mejor, lo llevó entonces a casa de su hermana. Esto no le gustó al superior, que lo reprendió por haber pecado contra la obediencia. “En eso no pequé”, respondió Martín. “¿Cómo que no?”, impugnó el superior. “Así es, Padre, porque creo que contra la caridad no hay precepto, ni siquiera el de la obediencia”, respondió el Santo.
Además de todas estas actividades, Fray Martín salía también del convento a pedir limosnas para sus pobres y para los sacerdotes necesitados. Conociendo de su prudencia y caridad, muchos le encargaban distribuir sus limosnas, incluso el Virrey, que le daba 100 pesos mensuales para ello.

Origen prodigioso del “Olivar de Fray Martín”

Pocos son hoy los limeños que saben que el actual Olivar de San Isidro es apenas el resto de una extensa plantación realizada personalmente por el benemérito fray Martín en la hacienda Limatambo, con el propósito de abastecer de aceite de bajo costo a la ciudad. En cuestión de horas, las sucesivas plantaciones tuvieron un desarrollo milagroso, así narrado por José Manuel Valdés, biógrafo del santo:
Plantó Fray Martín en Limatambo más de seis mil pies de olivo, los cuales al día siguiente de plantados, tenían retoños y hojas, sin que ninguno se malograse, los que han dado copiosísimos frutos para socorro de la comunidad”. Como es sabido, cada esqueje de olivo demora meses en retoñar, y un año en hojear, por lo cual “es claro que fue milagroso el desarrollo en pocas horas de todos los pies plantados por fray Martín”. Es más, todos los pies sin excepción prosperaron, y ninguno se malogró. “Llenó de admiración este suceso a cuantos fueron testigos de él, se probó la verdad con declaraciones auténticas, y para perpetuar su memoria, se le llamó desde entonces, el Olivar de fray Martín.
Juan vásquez de Parra, fiel auxiliar de Fray Martín durante varios años, certificó bajo juramento este y muchos otros prodigios de los cuales fue privilegiado testigo.

Variedad y profusión de dones sobrenaturales

El don de la sabiduría era en fray Martín tan notorio y reconocido, que las más altas personalidades de Lima le tenían por amigo y consejero, como el Virrey Conde de Chinchón, Don Luis Jerónimo de Cabrera; el Arzobispo de Lima Monseñor Fernando Vargas de Ugarte; el Acalde de Lima Don Juan de Figueroa; el rector de la Universidad de San Marcos don Baltasar Carrasco de Orozco, etc.
También preveía el futuro. A muchos vaticinó la curación, la muerte o sucesos que les ocurrirían. Poseía asimismo otros dones sobrenaturales que sabía manejar con santa astucia: cierta vez, por ejemplo, un hombre que iba a cometer un acto pecaminoso fue retenido por él en la portería del convento, en agradable y edificante conversación, haciéndole olvidarse del tiempo. Cuando continuó su camino, supo que la casa a donde iba se había desplomado, hiriendo gravemente a la mujer que estaba dentro.
Vista desde dentro del convento hacia el
campanario de la Iglesia Santo Domingo
Le gustaba acolitar la Misa y era gran devoto de la Eucaristía. Mientras caminaba, no cesaba de pasar las cuentas de su Rosario. Como fruto de su alto grado de vida interior y espíritu de oración, Martín tenía frecuentes éxtasis, a la vista de todos. Numerosos testimonios refieren que además, en muchos de esos momentos se elevaba del suelo en levitación, desde “el altor de un hombre poco más o menos” hasta “cuatro varas” (tres metros).

Pero eso no era todo. Consta que llegó a adquirir en algunas ocasiones cualidades propias de los cuerpos gloriosos y, atravesando puertas cerradas o incluso gruesas paredes, aparecía repentinamente en aposentos donde su presencia era necesaria, para satisfacer su caridad. Así, varias veces se presentó avanzada la noche en el Noviciado, ya cerrado por dentro con llaves o trancas, en momentos críticos (por ejemplo una epidemia de sarampión que afectó gravemente a unos sesenta novicios), llevando exactamente lo que cada paciente requería —cántaros de agua, remedios, toallas, camisas, etc.—, sin que se supiera cómo había podido ingresar. Cuando se lo preguntaban, asombrados, simplemente respondía: De eso cuido yo...
Entre los innumerables milagros obrados por el Santo mulato, figuran las manifestaciones del don de bilocación (estar al mismo tiempo en lugares y hasta en países diferentes), referidas por varios testigos, incluso por una sobrina suya que residía en el campo.
Esta relató que su madre había tenido una seria desavenencia con su esposo, tan prolongada que le impidió preparar almuerzo ese día. En tal circunstancia, hacia la una de la tarde apareció de repente fray Martín en la chacra. Venía a pie, apoyado en un bordón y protegiéndose del sol con un sombrero. Llevaba canasta con “empanadas, roscas de pan regalado, frutas y vino”, diciendo que venía a descansar y almorzar con ellos, y que sabía del disgusto. Los amistó y se quedó con ellos hasta el día siguiente.
El episodio fue después narrado a su compañero de oficio en la enfermería, fray Fernando Aragonés, pero este negó rotundamente que hubiese podido ocurrir, porque el día indicado fray Martín “no había faltado a su compañía un instante” y “había estado en el dicho convento sin salir de él”...
No faltó en este elenco de maravillas la resurrección de un religioso, Fray Tomás, y hasta resucitar animales. Se cuenta también que estando con otros hermanos lejos del convento, cuando llegó la hora de regresar, a fin de no faltar a la virtud de la obediencia, les dio la mano a los demás, y todos levantaron vuelo, llegando así al convento al momento previsto.
Poseía un misterioso dominio sobre los animales, hasta los más molestos. Cuando los ratones se volvieron un problema en el convento, porque roían todos los productos almacenados con sacrificio, Fray Martín cogió a un pericote que cayó en la ratonera y le dijo: “Te voy a soltar; pero anda y dile a tus compañeros que no molesten ni sean nocivos al convento; que se retiren a la huerta, que yo les llevaré comida todos los días”. Al día siguiente todos los ratones estaban bien quietecitos en la huerta, ¡esperando la comida que Fray Martín les llevaba!
Con esta variedad de dones Dios quiso premiar su extraordinaria austeridad y espiritu de penitencia. Para dominar sus inclinaciones, se flagelaba hasta sangrar tres veces al día, y durante los cuarenta y cinco años que permaneció en el convento sólo comía una sopa de verduras y cumplía todos los ayunos a pan y agua.
Es fácil suponer que el enemigo del género humano no pudiese soportar tanto bien, hecho por este humilde dominico. Lo perseguía sin tregua, a veces haciéndole rodar por las escaleras, otras vedándole el camino cuando iba a socorrer a algún necesitado. Fray Martín acostumbraba repelerlo con el símbolo de la Cruz.
* * *

Hay algo de sumamente benigno y encantador en todos los hechos de la vida de Fray Martín, por ejemplo las innumerables curaciones que realizaba con características inesperadas y sorprendentes. Esta nota amena y sonriente -aún en las condiciones propias de "valle de lágrimas" de nuestra vida terrena- es típicamente peruana, y en ella se deja ver la luz primordial del país, que el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira definía como “encanto grandioso”. Y es la causa del universal prestigio y popularidad del santo mulato, cariñosamente llamado "San Martincito" por el pueblo.
Con el cuerpo consumido por el exceso de trabajo, el ayuno continuo y la penitencia, sucumbió a los 60 años. A su lecho de moribundo acudieron el Virrey, Obispos, eclesiásticos y todo el pueblo que consiguió entrar. Entre las 8 y las 9 de la noche del 3 de noviembre de 1639, San Martín de Porres escuchó por última vez a sus hermanos dominicos entonar el Credo. Al llegar a las palabras et homo factus est ("y se hizo hombre"), besó el crucifijo que tenía en sus manos y cerrando los ojos a esta vida, entregó su maravillosa alma a Dios.
Su funeral fue una glorificación. Todos querían venerar a aquel santo moreno que nunca había buscado su propia gloria, sino solamente la de Dios, a quien viviera unido en forma tan misteriosa, íntima y permanente.
Desde su muerte nadie dudó de que la Iglesia contaba con un nuevo y grande santo. Pero pasarían más de 300 años de un largo proceso canónico, para que su santidad pudiera ser proclamada oficialmente. Y por fin, a mediados del siglo pasado dos estupendos milagros debidos a su intercesión, en Paraguay y las Islas Canarias, allanaron el camino a la merecida canonización. Y el 6 de mayo de 1962, en una grandiosa ceremonia en la Plaza de San Pedro en Roma, el Papa Juan XXIII declaró solemnemente Santo de la Iglesia Católica a fray Martín de Porres. Celebremos dignamente este cincuentenario proponiéndonos conocer, amar e imitar cada vez más a aquel que es sin duda el más ilustre de los peruanos.

FUENTES:
  • 1. Enriqueta VILA VILLAR, Santos de América, Ediciones Moretón, Bilbao, 1968, pp. 69-87.
  • 2. José Antonio DEL BUSTO DUTHURBURU, San Martín de Porras, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 1992.
  • 3. José Manuel VALDÉS, Vida Admirable del Bienaventurado Fray Martín de Porres, Huerta y Cía. Impresores-Editores, Lima, 1863.
  • 4. Rafael SÁNCHEZ-CONCHA B., Santos y Santidad en el Perú Virreinal, Vida y Espiritualidad, Lima, 2003.
  • 5. Plinio M. SOLIMEO, San Martín de Porres, el extraordinario santo de las cosas extraordinarias, “Catolicismo”, S. Paulo, N° 611, noviembre de 2001.



 
Fuente: Tradición y Acción por un Perú Mayor   (1/XI/2013)
http://www.tradicionyaccion.org.pe/spip.php?article163

domingo, 2 de noviembre de 2025

S A N T O R A L

LA CONMEMORACIÓN DE LOS DIFUNTOS

Después que la santa Iglesia en el día de ayer celebró la fiesta y solemnidad de Todos los Santos, y cumplió con el debido oficio y obligación que todos los fieles tenemos de invocarlos y reverenciarlos, hoy extiende y dilata su caridad á todas las almas que en el purgatorio pagan las culpas que en esta vida cometieron, y las ayuda con sus oraciones y sufragios; porque aunque es verdad que siempre en la Iglesia católica ha sido muy recibida la conmemoración que se hace por los difuntos, como se saca de Tertuliano, y de san Gregorio Nazianzeno, y se tiene por tradición apostólica el rogar á Dios por ellos en la Misa, como lo afirman muchos santos doctores; mas no había día señalado y cierto en toda la Iglesia universal en que se hiciese esta conmemoración, hasta que después con autoridad del sumo pontífice se instituyó con la ocasión que aquí referiré. El cardenal Pedro Damián, varón santísimo y doctísimo, escribe en la vida de san Odilón, abad cluniacense (que murió el año del Señor de 1048), que volviendo un religioso de nación francés, de Jerusalén, llevado de la tempestad, llegó á una isla ó peñasco, donde estaba un santo ermitaño, que le dijo que allí cerca había grandes llamas de fuego é incendios, donde las almas de los difuntos eran atormentadas, y que él oía muchas veces dar aullidos á los demonios y quejas; porque con las oraciones y limosnas de los fieles mitigaban las penas que aquellas almas padecían, y se libraban de sus manos: que particularmente se quejaban de Odilón, abad, y de sus monjes, por el cuidado y vigilancia con que las favorecían y remediaban: y conjuró á aquel religioso, que pues era francés, y sabia el monasterio cluniacense (como él decía) y conocía al abad Odilón, le rogase y le encargase de su parte que perseverase en aquel santo ejercicio, y con sus fervorosas oraciones y continuas limosnas, procurase dar refrigerio á las almas de nuestros hermanos, que en el purgatorio son atormentadas, para que así creciese el gozo de los bienaventurados en el cielo, y el llanto de los demonios en el infierno.
Volvió el religioso á Francia: comunicó lo que había oído del santo ermitaño con Odilón, abad, y con toda aquella bendita congregación que él tenía á su cargo; y él dio orden que en todos sus monasterios á los 2 de noviembre, un día después de la festividad de Todos los Santos, se hiciese particular conmemoración de los difuntos, y que con oraciones, limosnas y Misas se tuviese especial cuidado de socorrerlos y ayudarlos: y lo que san Odilón instituyó en sus conventos, después fué recibido, y establecido con la autoridad apostólica, en toda la Iglesia universal. Pedro Galesíno, protonotario apostólico, dice, que muchos escriben que el papa Juan, XVI de este nombre, instituyó esta conmemoración por consejo del mismo san Odilón. Verdad es que Amalado Fortunato, obispo de Tréveris, que vivió casi doscientos años antes de Odilón, en el libro de los Oficios eclesiásticos, que escribió á Ludovico Pio, emperador; después del oficio de los Santos pone el de los Difuntos, y dice, que lo hace porque muchos pasan de esta vida, que no van al cielo, por los cuales se suele hacer aquel oficio; que es señal que ya en su tiempo se hacía, como lo notó el cardenal Baronio. Y esto basta, para declarar la institución de esta Conmemoración de los difuntos, y la ocasión que hubo para hacerla.
Pero bien es que desenvolvamos más esta materia, y saquemos á luz, y propongamos lo que en esta conmemoración de los difuntos la santa Iglesia católica, nuestra madre, nos manda creer acerca de las almas del purgatorio. Dos puntos principales nos enseña: el uno, que hay purgatorio, y un lugar, donde las almas de los que murieron en gracia de Dios con pecados veniales, ó no satisficieron en vida enteramente por los pecados mortales que cometieron, y cuanto á la culpa les fueron perdonados, son atormentadas y purificadas: el otro, que pueden y deben ser socorridas y ayudadas de los fieles con ayunos, limosnas, oraciones y sufragios, para que más presto alcancen la bienaventuranza y visión de Dios que esperan.
Cuanto á lo primero, se ha de presuponer, que hay tres suertes de personas, dejando aparte los niños que mueren sin bautismo, con solo el pecado original: la una es, de los que vivieron en esta vida tan santamente, que nunca cometieron pecado mortal, ó si algunos cometieron, hicieron penitencia de ellos en esta vida, y satisficieron por ellos á la justicia del Señor tan cumplidamente, que á la hora de la muerte no tuvieron más que pagar, ni que purgar; y estos, en muriendo, se van derechos al cielo á gozar eternamente de Dios: otros hay que mueren en pecado mortal, y en desgracia de Dios, y como rebeldes y enemigos suyos son castigados, y sus almas entregadas á Satanás, para ser atormentadas perpetuamente en el infierno: otros hay, que ni son tan buenos como los primeros, ni tan malos como los segundos, sino que á la hora de la muerte están en gracia del Señor, y tienen algunos pecados veniales, que se compadecen con ella, que purgar; ó habiendo cometido algunos pecados mortales, que lloraron y les fueron perdonados cuanto á la culpa, no satisficieron enteramente en esta vida por ellos cuanto á la pena que se debe á cada pecado; y por esto en la otra la deben pagar.
Porque, como dice el sagrado evangelista san Juan en su Apocalipsis, hablando de la santa y soberana ciudad de Jerusalén: «Ninguno entrará en ella con suciedad, ó mancha de pecado»: y así necesariamente se ha de decir, que hay purgatorio, donde, como en un crisol, se afinan las almas, y se limpian de todas inmundicias y defectos con que salen de los cuerpos, antes que entren en el cielo. Esta es fé católica, y decir lo contrario es herejía; porque dejando aparte los otros muchos lugares que para probar esta verdad traen los santos doctores, así del viejo Testamento, como del nuevo; para nosotros bástenos lo que se escribe haber hecho aquel valeroso y glorioso capitán Judas Macabeo: del cual dice la divina Escritura, que envió doce mil dracmas de plata de limosna por los pecados de los soldados muertos, como quien justa y religiosamente sabía que había de resucitar: y añade luego el texto sagrado estas palabras: Sancta, ergo, et salubris est cogitado pro defunctis exorare, ut a peccalis solcantur: Que es santo y saludable el cuidado de rogar á Dios por los difuntos, para que les perdone sus pecados. Y no es menos fuerte testimonio, para comprobar esta verdad, lo que Cristo nuestro Redentor dijo en san Mateo: Si quis dixerit verbum in Spiritum sanctum, non remittetur ei, neque in hoc seculo, neque in futuro: Quiere decir, que algunos pecados (que son los que se cometen contra el Espíritu Santo) no se perdonan ni en este siglo, ni en el futuro: de las cuales palabras necesariamente se sigue (según la común exposición de todos los santos doctores) que algunos pecados se perdonan en la otra vida; y estos son los pecados veniales: porque si ningún pecado en ella se perdonase, las palabras de Cristo serian superfluas y ociosas: lo cual decir es gran blasfemia: y si se perdonan algunos pecados en el siglo advenidero, también se perdonarán las penas temporales de los pecados mortales, que el hombre por no haber tenido tiempo, y por alguna negligencia venial suya, dejó de pagar en esta vida; porque esta deuda y obligación no excluye la gracia de Dios, que es el principio de la satisfacción.
Pruébase también esta verdad con los concilios provinciales que se han hecho en varias provincias del mundo, y con los generales, y con la costumbre de toda la Iglesia católica, latina y griega. El concilio cartaginense III y IV, que se hicieron en África, contestan esta verdad: en España el bracarense I: en Francia el cabilonense: en Alemania el concilio wormarcíense: en Italia el concilio VI, que se celebró, siendo Símaco sumo pontífice, y otros muchos concilios confirman lo mismo: y no menos los ecuménicos y generales de toda la Iglesia universal, como son el lateranense, celebrado en tiempo de Inocencio III, el florentino, y últimamente el de Trento: y todas las misas ó liturgias, la de Santiago el menor, y de los santos Basilio, Crisóstomo, y Ambrosio: en las cuales se hace oración particular por las ánimas de los difuntos, la cual no se haría, si ellos no estuviesen en el purgatorio, y no tuviesen necesidad de ser ayudados, ó nuestras oraciones y sacrificios no fuesen eficaces para ayudarlos: y siempre se guardó esta santa costumbre en la Iglesia, y lo testifica san Dionisio Areopagita, cuando en el libro de la Jerarquía eclesiástica dice: «La tradición de rogar por los difuntos ha manado y venido á nosotros de los apóstoles, que fueron nuestros divinos capitanes y maestros»: y el Crisóstomo dice: «No en vano establecieron los apóstoles, que se haga conmemoración de los finados, cuando celebramos los sacrosantos misterios»: y san Agustín lo confirma diciendo: «Toda la Iglesia guarda lo que ha recibido de sus santos Padres; y ahora cuando ofrece el santo sacrificio de la Misa por las almas de los difuntos, que murieron en la comunión de la Iglesia». Que mismo enseñan san Damasceno y san Isidoro, Rábano Mauro, arzobispo de Maguncia, y otros muchos, que atribuyen esta tradición y uso de la Iglesia á los santos apóstoles. Y no solamente ha usado esto la Iglesia después de sepultado el cuerpo del difunto, sino también antes de ponerlo en la sepultura, como se ve en san Dionisio Areopagita, y que trae Durando en el libro de los Ritos de la Iglesia; y en lo que escribe Eusebio en la Vida de Constantino. Y san Agustín, hablando de su santa madre, dice que ofreció por ella el sacrificio de nuestra redención, estando el cuerpo junto á la sepultura, como se suele hacer: y san Bernardo dice otro tanto de san Malaquías. Para ejercitar este piadoso oficio, no solamente estaba señalado el día del entierro, y del cabo del año, sino otros, como se ve en las Historias eclesiásticas, y en los ejemplos de los santos: los cuales todos, griegos y latinos, con el mismo espíritu, y con la misma luz del cielo, y como si hablasen por una boca, nos enseñan esta verdad, y yo dejo de traer sus palabras, por evitar prolijidad: véalas el que quisiere, en los que escriben de esta materia, y especialmente en el cardenal Belarmino, que la trata más copiosamente y con grande erudición.
También es gran testimonio de esta verdad las revelaciones auténticas y verdaderas que los santos han tenido de las almas del purgatorio, y las veces que ellas han aparecido, y mostrádose á los fieles pidiendo su favor. San Gregorio Magno escribe haber aparecido el alma de Pascasio á san Germano, y testificádole que había sido librado de las penas del purgatorio por sus oraciones. Siendo el mismo san Gregorio abad de su monasterio, un monje suyo llamado Justo, ya difunto, apareció á otro monje que se llamaba Caproso, y le avisó que había sido librado de los tormentos del purgatorio por las treinta Misas que Precioso, prepósito del monasterio, por orden de san Gregorio había dicho por su alma, como se refiere en su vida. San Gregorio Turonense escribe de una santa doncella, llamada Vitaliana, que apareció á san Martín, y le dijo, que estaba en el purgatorio por un pecado venial que había cometido, y que fué librada por las oraciones del santo. Pedro Damián escribe que san Severino apareció á un clérigo, y le dijo que había estado en el purgatorio, por no haber dicho el oficio divino á sus horas; y que después Dios le había librado y llevado á la compañía de los bienaventurados. San Bernardo escribe que san Malaquías libró á una hermana suya de las penas del purgatorio con sus oraciones; y que la misma hermana se le había aparecido, pidiéndole aquel socorro y favor: y el mismo san Bernardo libró por su intercesión á otro que había padecido un año entero las penas del purgatorio, como lo escribe en su vida Guillermo, abad. San Remberlo, arzobispo bremense, ayunando cuarenta días por un presbítero llamado Arnulfo, le libró del purgatorio, y el mismo Arnulfo se le apareció y le hizo gracias por ello, como lo refiere Surio en su vida
Santo Tomas de Aquino, estando en oración, le apareció una hermana suya religiosa, y difunta, y le dijo como estaba en el purgatorio; y después le tornó á aparecer, haciéndolo gracias por el beneficio que por medio de sus ayunos, oraciones y misas había recibido, y por la gloria que ya tenía en el cielo: y otra vez estando en Nápoles, le apareció Fr. Román, y supo de él que ya estaba en el cielo, después de haber purgado en el purgatorio el descuido que había tenido en la ejecución de cierto testamento, como lo escribimos en su vida. Y para dejar los otros ejemplos, por ser muchos, y bastar los que aquí habernos referido para comprobar esta verdad, concluyamos esta materia con referir lo que sucedió á Benedicto VIII sumo pontífice: el cual, siendo ya difunto, apareció á san Odilón, abad (de quien hablamos arriba), resplandeciente y hermoso, y le hizo gracias con profunda reverencia, confesando que por sus oraciones, y las de sus frailes, Dios le había hecho merced de sacarle de la cárcel del purgatorio, y colocarle en el cielo entre sus escogidos. Pero hace de advertir que aunque estas apariciones de las almas del purgatorio, que aquí habernos referido, y otras semejantes, por ser escritas de autores graves y santos, se deben tener por verdaderas, y que nuestro Señor quiere en ellas enseñarnos las horribles penas que las almas padecen, y movernos para que las ayudemos, y para que procuremos satisfacer en esta vida lo que por nuestras culpas debemos, y no librarlo á la otra, donde se paga con tanto rigor; más que debemos usar de gran cautela en estas cosas: porque muchas veces no son verdaderas las apariciones de las almas, sino de nuestra flaca cabeza, é ilusiones del demonio, que nos inquieta y engaña, dándonos á entender que vemos lo que no vemos, y que ya somos santos, y tenemos visiones y revelaciones de Dios, para que nos desvanezcamos, y nos descuidemos de nuestro aprovechamiento: y también algunas veces puedo ser artificio del demonio, que se aparece en figura del alma de algún gran pecador que está en el infierno, y finge que pide el favor de nuestras oraciones, para que creyendo la gente que aquel hombre, habiendo sido tan malo, está en el purgatorio y no se condenó, se descuide en la virtud, y suelte la rienda á la maldad, pensando que pues el otro, que fué tan perverso y desalmado, no se ahogó en el abismo de sus maldades; también él podrá llegar á puerto de salvación: y por este, y otros peligros que hay en semejantes visiones, debemos usar de mucha prudencia y recato, no apeteciéndolas con vana curiosidad, y si vinieren, desechándolas con humildad, y examinando y probando los espíritus, si son de Dios, como dice san Juan, con consejo y parecer de los hombres verdaderamente espirituales y prudentes.


 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 1 de noviembre de 2025

S A N T O R A L

LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


Entre todas las fiestas que la santa Iglesia ha instituido por todo el año, en reverencia de los bienaventurados que están en el cielo, la más solemne y de mayor devoción es la que celebra el primero día de noviembre en conmemoración y honra de todos los santos; porque en esta fiesta los abraza á todos, sin excluir alguno, y se encomienda á ellos, é invoca y llama en su favor á toda aquella bienaventurada compañía y corte celestial. Instituyó esta fiesta en Roma el papa Bonifacio, IV de este nombre, en honra de la gloriosísima Virgen María Nuestra Señora, y de todos los santos mártires, consagrando al Señor aquel suntuosísimo templo, que no Domiciano, emperador (como dice Adon), sino Marco Agripa, ciudadano romano, y gran privado del emperador Octaviano Augusto, había dedicado á Júpiter Vengador (como dice Plinio) después de la batalla naval en que Octaviano venció á Marco Antonio, y quedó señor absoluto del imperio romano. Llamó Agripa á este templo Panteón, que quiere decir «casa de todos los dioses»; porque en él todos los falsos dioses de la antigüedad eran venerados. Y dado que, después que el emperador Constantino se convirtió á nuestra santa fé, y comenzó á edificar templos á Jesucristo Nuestro Salvador, los cristianos derribaron muy magníficos y maravillosos templos de los gentiles, para que no quedasen en pié los lugares en que se habían ofrecido tan sucios y abominables sacrificios al demonio; por cuya razón en Alejandría asolaron un templo de Serapis, en Gaza el de Marna, en Apamena el de Júpiter, en Cartago el de Celeste, y en otras partes otros muchos, que eran tan soberbios y de tan excelente arquitectura, que se tenían por milagros del mundo; todavía después juzgaron que era mejor (ya que estaba caída y rendida la gentilidad) que donde antes había sido servido el demonio, fuese servido el verdadero Dios, y que los mismos templos profanos y abominables se purificasen con las ceremonias que usa la Iglesia católica, y santificados y adornados con las reliquias de los mártires se consagrasen al Señor; como se ve en san Gregorio Magno, que en una epístola escribe al rey de Inglaterra, que poco antes se había convertido á la fé, que haga echar por el suelo los templos de los ídolos: y después que ya la cristiandad había echado algunas raíces en aquel reino; para que los flacos no se turbasen, mandó á Melilo, obispo, que no se arruinasen los templos de los paganos, sino que se convirtiesen en iglesias de cristianos. Siguiendo pues esta orden Bonifacio IV, que fué sumo pontífice poco después de san Gregorio (porque Sabiniano y Bonifacio III, que inmediatamente le sucedieron, aun no vivieron tres años), dedicó el Panteón, que Agripa había edificado á todos los dioses, en honra de la Santísima Virgen María Nuestra Señora, y de todos los santos mártires (que eran los que en aquel tiempo se celebraban en la santa Iglesia), y llamó á aquella iglesia Santa María ad Martyres, y hoy se llama Nuestra Señora la Rotunda; y mandó que se celebrase fiesta en Roma á los 13 de mayo, en que se hizo la dedicación: y en este día la pone el Martirologio romano. El cardenal Baronio dice, que en un libro antiguo de aquella Iglesia, escrito de mano, halló que se levantaron y colocaron en ella con gran solemnidad veinte y ocho carros de huesos de santos mártires, sacados de diversos cementerios de aquella santa ciudad. Esto es lo que mandó el papa Bonifacio IV, más después Gregorio, asimismo papa IV, que murió por los años del Señor de 844, ordenó que la fiesta que se hacía en Roma á 13 de mayo en honra de Nuestra Señora y de todos los mártires, se hiciese por toda la cristiandad el primer día de noviembre en reverencia de ellos y juntamente de todos los santos confesores y moradores del cielo. Por esta causa se llama la Fiesta de Todos los Santos, y se guarda en toda la Iglesia, y particularmente en la de nuestra Señora la Rotunda de Roma, con singular regocijo y devoción; y esta es la primera causa de la institución de esta fiesta. Pero oirás hay de no menor consideración, entre las cuales una es la obligación tan precisa que tenemos de glorificar al Señor en sus santos, y de honrar los mismos santos, que tan bien le supieron honrar, y nos dejaron tan raros ejemplos en su santidad, para que los imitásemos; y ahora con sus oraciones nos ayudan y sustentan.

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Pero siendo como son los santos innumerables, y que por ser tantos, no se pueden todos en particular, y cada uno por sí, celebrar, fué cosa convenientísima que se instituyese un día para que en él á lo menos los alabásemos y pidiésemos su favor, y mostrásemos la piedad y devoción que tenemos con todos, sin excluir á ninguno. Otra razón es la que se escribe en el libro llamado Orden romano: UtIquidquid (dice) humana fragilitas per ignorantiam, aut negligentiam in solemnitatibus, el vigilas sanctorum minus plene peregit, in hac observatione sancta servetur: Para que todo lo que la humana fragilidad hubiere fallado entre año en las fiestas y vigilias de los santos, ahora sea por nuestra ignorancia, ahora por nuestra negligencia, se recompense en esta fiesta, y se supla con el mayor fervor de nuestra devoción. Otra razón es la que la santa Iglesia nos da en la oración del oficio divino que reza este día: Ut desideratam nobis túæ propiliationis abundantiam, multiplicatis intercessoribus largiaris: Para que lo que por nuestros grandes pecados no habernos podido alcanzar del Señor, por intercesión de cada uno de los santos; hoy lo alcancemos por los ruegos de aquella corte y bienaventurada compañía, que postrada delante del acatamiento de la Santísima Trinidad, le representan nuestras plegarias y oraciones, y con singular afecto y caridad le piden que nos oiga y otorgue lo que por medio de tantos y tan grandes siervos y amigos suyos le suplicamos. Pero la principal razón de la institución de esta fiesta es animarnos á la imitación de todos los santos, proponiéndonos su vida perfectísima y divina, y la gloria inenarrable que por ella alcanzaron (como dice san Bernardo); para que en nuestra conversión sigamos á los que con esta tan solemne fiesta veneramos, y corramos con grandes pasos á la bienaventuranza de los que tenemos por bienaventurados, y seamos favorecidos con el patrocinio de los que nos recrean con sus alabanzas: y san Agustín dice: «Aquellos de verdad celebran las gozosas fiestas de los santos mártires, que siguen las pisadas y ejemplos de los mismos mártires; porque no son otra cosa las solemnidades de los mártires, sino unas encendidas exhortaciones, para que no seamos perezosos en imitar lo que celebramos con gloria». Hasta aquí son palabras de san Agustín. Para esto la santa Iglesia nos lee hoy en la misa el Evangelio de las bienaventuranzas en que nos descubre el camino por donde todos los santos anduvieron, y nosotros debemos andar: la humildad y pobreza de espíritu: la mansedumbre y lágrimas: la hambre y sed de la justicia: la misericordia y las otras virtudes que tuvieron; y juntamente el galardón y posesión de la tierra de los vivientes, y reino del cielo, que por ellas se les dio. Y porque los ejemplos de los santos se deben leer en las vidas particulares de cada uno de ellos, y todos se resumen y están cifrados en estas bienaventuranzas, que son los medios para alcanzar la gloria y bienaventuranza de la patria que ahora poseen (la cual, aunque con diferentes grados, es una, y la misma de todos); para que más nos inflamemos al amor de la virtud, y á imitar la vida de los mismos santos, quiero aquí tratar del inmenso gozo y gloria inenarrable que ellos poseen; pues la santa madre Iglesia, celebrando su fiesta, hoy nos la representa.

Mas, ¿qué lengua, aunque sea de los mismos santos, podrá explicar la gloria que ellos poseen; ó qué entendimiento comprender aquel bien que solo es bien y fuente y causa de todos los otros bienes? El apóstol san Pablo dice, que el ojo no vio, ni la oreja oyó, ni el corazón del hombre comprendió los bienes que Dios tiene aparejados para los que le aman. No puedo el ojo verlos; porque no tienen color: ni la oreja oírlos; porque no tienen sonido: ni el corazón humano comprenderlos; porque aquellos bienes no son humanos, sino divinos, é infinitamente exceden su capacidad. El angélico doctor santo Tomás enseña, que tres cosas, que en sí son finitas, en cierta manera son de infinita grandeza y dignidad. La primera es la humanidad de Jesucristo Nuestro Salvador, que por ser unida en una misma persona con unión hipostática con la divinidad, es de infinita dignidad, y no se puede decir, que Cristo es pura criatura. La segunda cosa es la sacratísima Virgen María Nuestra Señora: la cual, aunque en sí es pura criatura, finita y limitada; mas por ser Madre de Dios, y haber concebido en sus entrañas y parido al Verbo eterno, que es infinito é incomprensible, tiene en sí una cierta grandeza inmensa, y una prerrogativa de infinita excelencia. La tercera es la gloria y bienaventuranza de los santos: la cual, dado que en sí sea finita y tasada, porque los mismos santos y bienaventurados también lo son; más en cierta manera se dice ser infinita; porque ven y gozan eternamente de aquel Bien que es infinito, y que los mismos santos no pueden entera y perfectamente comprender. Es tan grande esta bienaventuranza, que el hombre que la posee, en cierta manera se hace Dios, no por naturaleza, sino por gracia y participación, á la manera que dice san Pedro: Ut ejficiamini divinæ consortes naturæ: Para que seamos particioneros de la naturaleza divina: porque así como la bondad hace al hombre que la posee bueno, la justicia justo, la sabiduría sabio, la fortaleza fuerte, la hermosura hermoso, y las otras calidades le califican y le dan el apellido de su nombre; así dice gravemente el filosófico teólogo Severino Boecio, que la propiedad de la divinidad es hacer divinos, y de la deidad hacer dioses: y que este es el premio que da Dios á los santos en el cielo, que es hacerlos en cierta manera dioses; para que se cumpla aquello del real profeta: Ego dixi: Dii estis, el filii excelsi omnes: porque así como los muy poderosos reyes se sirven de los grandes de su reino, y muchas veces de los que son de casta y sangre: así Dios Nuestro Señor en aquella su imperial corte, donde todos los santos y bienaventurados le sirven, para que más resplandezca su soberana majestad y grandeza, quiere que todos ellos sean reyes, y en cierto modo parientes suyos, comunicándoles por gracia, lo que él tiene por naturaleza, á cada uno conforme su capacidad, y dándoles una cierta semejanza suya: de la cual dice el apóstol san Pablo: «Todos nosotros, descubierto el rostro, contemplando la gloria del Señor, seremos transformados en la misma imagen, y vestidos de su gloria y claridad, derivada en nosotros de la claridad y gloria que él tiene, y seremos como un espejo que recibe y representa la imagen del que le mira»: y el discípulo querido del Señor dice: «Cuando el Señor se apareciere, entonces seremos semejantes á Él»: de suerte que, como una gota de agua, mezclada con gran cantidad de vino, toma el color y el sabor del vino, y como el hierro encendido y hecho ascua en la fragua, quedando hierro, deja las propiedades de hierro y se viste de las del fuego, y como el aire investido y penetrado de los rayos del sol, se viste de su luz y resplandece con su claridad, y como el espejo que recibe derechamente los rayos del sol, nos representa una semejanza del mismo sol; así los bienaventurados, alumbrados de aquella lumbre divina, y vestidos de aquella inmensa luz de Dios, participan de su deidad, y se transforman en su semejanza é imagen. Esta bienaventuranza de los santos, dicen los sagrados teólogos que se divide en dos partes: la primera es la gloria esencial, que es la más principal y sustancial parte de su bienaventuranza: la segunda es accesoria y accidental, y menos principal, como más abajo declararemos. La gloria esencial es una total conjunción y unión del alma con Dios, purísima, amabilísima é inexplicable, colmada de todos los bienes, y apartada de todos los males. Esta conjunción y unión con Dios, consiste en la vista clara del mismo Dios, de la cual dice san Agustín: Qucæ visto est; tota merces, que todo el premio y toda nuestra bienaventuranza es ver á Dios: porque, aunque acá en la tierra, por ver un hombre al rey, no es rey, ni por ver cosas hermosas, es hermoso, ni alegre, por ver cosas alegres (porque todas estas cosas son bajas y limitadas, y fuera del hombre que las ve); pero Dios es un bien tan inmenso, tan infinito é incomprensible, y tan lleno de infinitas perfecciones, que al que le ve en la gloria, le arrebata y transforma en sí; y según su capacidad lo llena de sí mismo, y de todos los bienes que posee; y con esta gloriosa vista da al alma del bienaventurado una posesión eterna de sí, y un gozo sobre todos los gozos. De esta vista dice el glorioso san Agustín estas palabras: «Ahí veremos, amaremos y alabaremos: veremos en nuestra lumbre; ¿y qué lumbre veremos? Una lumbre inmensa, incorpórea, incorruptible, incomprensible, que nunca se apaga, inaccesible, increada, verdadera, divina, que alumbra los ojos de los ángeles, y alegra y conserva en su vigor á todos los santos, y es lumbre de todas las lumbres, y fuente de vida, que sois vos, mí Dios: porque vos sois aquella lumbre en cuya luz vernos la luz, á vos en vos; y con el resplandor de vuestro rostro os veremos cara á cara. Ver la cara de Dios vivo es ver el sumo bien, el gozo de los ángeles, y de todos los santos, el premio de la vida eterna, la gloria de los espíritus bienaventurados, júbilo sempiterno, corona de hermosura, palio de felicidad, descanso abundantísimo, hermosura de paz interior, y exterior alegría, paraíso de Dios, Jerusalén celestial, vida beatífica, cumplimiento de toda bienaventuranza, gozo de eternidad, y paz de Dios, que sobrepuja todo sentido». Todo esto es de san Agustín. ¿Qué será ver aquella esencia tan admirable, tan simplicísima y tan comunicable, y ver en ella de una vista el misterio de la beatísima Trinidad? ¿Ver al Padre en el Hijo, y al Hijo en el Padre, y en el Padre y en el Hijo al Espíritu Santo? ¿Ver sin sombras ni figuras, como el Hijo eternamente es engendrado del Padre: como el Espirita Santo procede del Padre y del Hijo. como de un principio: como ninguna de las tres personas es mayor, ni menor, ni mas noble ni menos noble que la otra: como el Padre no fué antes del Hijo, ni el engendrado es después del que le engendró; mas todas las tres personas son en todo iguales, coeternas, y de infinita excelencia y dignidad? Allí ven aquel nudo indisoluble con que la divina naturaleza se juntó con la humana, en una persona de Jesucristo; y de tal manera se unió, el que es infinito con lo finito, y Dios con el hombre, que se puede con verdad decir, hablando de Cristo: Dios es hombre, y el hombre es Dios. En esta visión de la Santísima Trinidad y del misterio de la Encarnación del Verbo eterno, consiste principalmente la bienaventuranza.
Pero no solamente los santos ven a Dios en Dios, sino también ven á sí en Dios, y todas las cosas en Dios: porque, como dice san Fulgencio, así como el que tiene un espejo delante, ve el espejo y ve á sí mismo en el espejo, y ve todas las otras cosas que están delante del espejo; así los santos, teniendo aquel espejo sin mancilla de la majestad de Dios, ven á él, y se ven en él y todo lo que está fuera de él, según el conocimiento mayor ó menor que tienen de él: porque así como acá todas las criaturas son como un espejo (aunque oscuro é imperfecto) que nos representan á Dios; así allá el mismo Dios es como un espejo lucidísimo, clarísimo y perfectísimo, que con una simplicísima vista representa á los bienaventurados todas las excelencias y propiedades de las criaturas mucho más perfectamente que no están en ellas: y los secretos y misterios escondidos de Dios, que los más sabios y altos ingenios, quemándose las cejas y quebrándose las cabezas, no pueden con todo su estudio y diligencia rastrear, escudriñar, ni de mil parles investigar; allí los ven claramente en su fuente, y alcanzan el cumplimiento de su deseo. Allí ven como la tierra, el agua, el aire y fuego y todos los elementos fueron criados de nada: el cielo adornado de tantas y tan esclarecidas lumbres y estrellas; y cada cosa colocada en su lugar con admirable orden y armonía. Allí ven la sapientísima y maravillosa distinción, hermosura y disposición de los nueve coros de los ángeles, repartidos en tres jerarquías. Allí ven como todas las gracias naturales y sobrenaturales de tal manera se derivan de aquella fuente manantial y perenne, y descienden en las criaturas, que no se apartan jamás de su fuente (como el río de su origen), sino que siempre están en ella enteramente, como una luz que se comunica y se reparte en muchas luces, sin algún detrimento suyo, ó disminución. Y en como todos los dones de Dios siempre son nuevos, porque en él no hay diferencia de tiempos, ni pasado ni porvenir, mas una eternidad, tiempo sin tiempo presentísimo. Ven como siendo Dios un bien simplicísimo, inconmutable ó indivisible, unos participan de él más, y otros menos, á guisa del sol que comunica mas ó menos su calor y su luz, según la disposición que halla. Pues ¿qué diré de los secretos juicios de Dios, y de los maravillosos efectos de su divina providencia, que son un abismo sin suelo, y no se pueden apear, y agotan el humano entendimiento? ¿Por qué en esta vida uno es rico, otro pobre: uno sano, otro enfermo: uno robusto, otro flaco: uno hermoso y otro feo: uno de agudo, y otro de rudo ingenio: y lo que es más, por qué una criatura muere antes del bautismo y va al limbo; y otra, en recibiendo el bautismo, vuela al cielo? ¿Por qué á uno de los ladrones que fueron crucificados con Cristo, le dio tan extraordinaria gracia, para que le conociese y le confesase por Dios; y al otro dejó morir en su pecado? ¿Por qué permitió que cayese Judas en tan detestable y horrible maldad; y guardó á los demás apóstoles para que no cayesen en ella? ¿ Porqué (como escribe san Agustín) el bueno es pobre; y el malo es rico: y el malo anda alegre y contento y el bueno, triste, congojado y afligido? ¿Por qué el inocente y sin culpa sale del juicio condenado; y el perverso acusador triunfa y se alaba de haberse vengado del que no lo merecía: el pecador tiene entera salud; y el justo está consumido y podrido de enfermedades? ¿Por qué los que daban esperanza de ser provechosos con sus vidas, son arrebatados de la muerte antes de tiempo; y otros que no parece que hablan de nacer, logran y viven largos años? ¿Por qué está sentado en el trono y sublimado en honra y dignidad el que es oprobio y escándalo de la república; y el que es justo, pacífico y provechoso, está arrinconado y sepultado en perpetuo olvido? Finalmente, allí ven que todas las obras de Dios son mezcladas con justicia y con misericordia, y que de todas saca el Señor su gloria: y que si permite algunas que á nuestros ojos flacos parecen desbaratadas y fuera de camino, no lo son, sino muy acertadas y convenientes para mayor bien nuestro, y gloria y ensalzamiento del que con tanta providencia y deseo de nuestro provecho las permite: y no las permitiría, ni los males que vemos, sino fuesen instrumentos de los mayores bienes, y materia para amplificar la gloria de Dios, que por su gran sabiduría é inmensa bondad de los mismos males saca mayores bienes.


Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc