martes, 19 de noviembre de 2019

S A N T O R A L

SAN BARLAAM, MÁRTIR

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Nació en un pueblo cerca de Antioquía, y pasó sus primeros años ocupado en los trabajos de la vida campestre. En ellos se santificaba con la práctica de las más heroicas virtudes, preparándose así para recibir la corona del martirio. El celo con que confesó el nombre de Jesucristo, lo hizo prender por los paganos, que le encerraron en una de las cárceles de Antioquía, donde permaneció mucho tiempo. Sus oraciones agradaron á Dios por la sencillez de corazón con que eran ofrecidas, y le acarrearon abundancia de gracias celestiales. El mismo juez quedó atónito de ver su extraordinaria constancia, y la paciencia y resignación con que sufrió la más cruel flagelación, sin despegar siquiera los labios para quejarse. Extendiéronle sobre el potro y le descoyuntaron todos los miembros. Durante este suplicio, el ilustre atleta se mostraba tan alegre y tranquilo, como si estuviese sentado en un banquete ó sobre un trono. Volvieron después á encerrarle en la cárcel, y al cabo de algunos días le condujeron á un altar de ídolos, á cuyo frente había un gran brasero de fuego con incienso al lado.
Negándose Barlaam á ofrecerle, le metieron la mano derecha entre las ascuas, y así lo tuvieron por largo rato, hasta que, espantados los mismos paganos con el espectáculo de tan inaudita constancia, lo dejaron, y poco después murió. Su martirio sucedió, según la opinión más probable, durante la primera persecución de Diocleciano. San Basilio, san Juan Crisóstomo y otros padres de la Iglesia han ocupado sus plumas escribiendo excelentes panegíricos en honor de este santo..
FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

lunes, 18 de noviembre de 2019

S A N T O R A L

LA DEDICACIÓN DE LA IGLESIA DE SAN PEDRO y SAN PABLO

Escribiendo san Juan Crisóstomo sobre la epístola segunda de san Pablo á los corintios, y hablando de la gloria que da Dios á sus siervos aun en esta vida, y cómo los ensalza más que á los reyes y emperadores; dice estas palabras:«Los sepulcros de los que han servido a Cristo crucificado sobrepujan á los palacios de los reyes, no tanto en la grandeza y hermosura de los edificios (aunque también en esto les hacen ventaja), sino en otra cosa más importante, que es en la muchedumbre de los que con devoción y alegría acuden á ellos. Porque el mismo emperador que anda vestido de púrpura, va á los sepulcros de los santos y los besa sin fausto, postrado en el suelo, suplica á los mismos santos que rueguen a Dios por él: y el que trae corona real en la cabeza tiene por gran favor de Dios que Pedro, pescador, y Pablo, que ganaban de comer con el trabajo de sus manos, sean sus protectores y defensores, y se lo suplican y piden con muchas veras». Esto es de san Crisóstomo: y el gloriosísimo padre san Agustín dice: «Ahora á la memoria del Pescador se inclinan las rodillas del emperador: resplandecen las piedras preciosas de la corona imperial, donde más se sienten los beneficios del pescador»: y en otro lugar: «Bien veis como la eminencia y suprema majestad del imperio romano se humilla delante del sepulcro del Pescador, y pone sus pies en la corona imperial». Cuan gran verdad sea la que dicen estos santísimos y sapientísimos doctores, claramente se ve hoy en la fiesta que la santa Iglesia celebra en la Dedicación de los templos de san Pedro y san Pablo: porque el emperador Constantino, después que fué bautizado, queriendo honrar á estos dos príncipes de los apóstoles, y edificarlos templos en aquel lugar que llamaban la Confesión de san Pedro (por estar allí sepultado su santo cuerpo); quitándose la diadema imperial de la cabeza, y postrado en tierra, hizo oración con muchas lágrimas, y luego tomó un azadón y abrió las zanjas, y sacó doce espuertas de tierra, que por sí mismo llevó de allí en honra de los doce apóstoles, y señaló un lugar donde se hiciese una iglesia al príncipe de todos ellos, san Pedro. Acabóse el templo y consagróle san Silvestre, papa, en 18 de noviembre, año de Cristo de 324, y puso en él un altar de piedra, mandando que de allí adelante los altares fuesen de piedra. Edificó también el mismo emperador Constantino al apóstol san Pablo en la vía Ostiense otra iglesia, y enriqueció la una y la otra con muchas rentas, y adornólas de ricas y preciosas joyas; y esta es la fiesta que hoy celebramos: y con mucha razón; porque ¿qué argumento podemos tener del poder de Cristo crucificado más eficaz, que ver postrado al emperador y monarca del mundo al sepulcro de un pescador, que también fue crucificado por el mismo Cristo? O ¿qué triunfo se puede imaginar más ilustre y glorioso, que ver a Constantino, vencedor y triunfador del mundo, llevar las espuertas de tierra sobre sus hombros para servir de jornalero en el edificio del templo del pescador?
O ¿qué mayor gloria y ensalzamiento se puede dar á un hombre mortal acá en la tierra, que la que dio el Señor á san Pedro tal día como hoy, con este hecho de Constantino? ¿Y la que después le ha dado sujetando á sus pies la cumbre de los imperios y reinos, y trayendo á su sagrado sepulcro tantas gentes y naciones, que vienen de tan diferentes provincias y tierras á Roma, para reverenciar y adorar sus preciosos huesos y cenizas, y encomendarse al patrocinio de este glorioso príncipe de los apóstoles, teniéndole por su principal amparo y defensor? Y no solamente después que el emperador Constantino edificó en Roma en el Vaticano aquel suntuosísimo templo á san Pedro, han venido á él en romería los fieles (como hemos dicho), sino también antes que se edificase, había en la Iglesia católica esta devoción: y muchos, aun en tiempo de las persecuciones atrocísimas de los tiranos, de muy lejas tierras venían á Roma para visitar Limina Apostolorum, que así llamaban aun entonces las iglesias de san Pedro y san Pablo: porque á los umbrales de las puertas de sus templos se postraban y derribaban en el suelo, besándolas con singular piedad y devoción. Y siempre se han tenido en gran veneración aquellos sagrados lugares.

Y han sido respetados en tanto grado, que los mismos bárbaros que saquearon y destruyeron la ciudad de Roma, no se atrevieron á tocar cosa de ellos, ni hacer daño á persona que á ellos se acogiese, por tenerlos por lugares de refugio, privilegiados ó inviolables, como más largamente lo dijimos en la vida de san Pedro, á los 29 días del mes de junio. Otros templos edificó el emperador Constantino, que referimos en la fiesta de la Edificación de la basílica ó iglesia del Salvador, que es á los 9 de este mes de noviembre. El Martirologio romano hace mención de la Dedicación de la iglesia de San Pedro y San Pablo, y el cardenal Baronio en sus anotaciones, y en el III tomo de sus Anales trata docta y copiosamente de ella.
 FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

domingo, 17 de noviembre de 2019

S A N T O R A L

SANTA ISABEL DE HUNGRÍA, VIUDA









Mucho se engañan los que piensan que las leyes de la verdadera nobleza son contrarias á las leyes de Cristo, y que no se pueden juntar en una humildad y grandeza, porque la ley de Cristo no es contraria á la ilustre sangre, ni á la alteza del estado y señorío que él da á quien es servido, sino á los vicios y malos usos que los hombres introducen en sus estados, pensando que la grandeza de ellos consiste en desechar todas las leyes de Dios, y vivir á su apetito y libertad como un caballo desbocado y sin freno. Véase esta verdad en los ejemplos innumerables que tenemos de señores y señoras, de príncipes y princesas, de reyes y reinas, que no solamente ajustaron sus vidas con la voluntad de nuestro Señor; pero vivieron con tan raro ejemplo y tal menosprecio del mundo, que merecieron ser tenidos y venerados en toda la Iglesia católica por santos, y por un vivo retrato de toda perfección y virtud. Entre estos príncipes fué una santa Isabel, hija de Andrés y de Gertrudis, reyes de Hungría: la cual envió Dios al mundo, para que siendo doncella fuese ejemplo de castidad y devoción; siendo casada de modestia y caridad, y siendo viuda, de paciencia y menosprecio de toda vanidad. Desde niña era tan inclinada al servicio de nuestro Señor, que no teniendo más de cinco años gustaba mucho de ir á la iglesia, en donde se ponía a rezar con tanta atención y afecto, que apenas la podían apartar de la oración. Entrábase en un oratorio que había en casa de su padre muy á menudo, y allí oraba con las rodillas desnudas. Era devotísima de la sacratísima Virgen María Nuestra Señora, y de San Juan Evangelista, por haberla caído en suerte este sagrado apóstol, echando los santos; y encomendábale mucho su castidad, y hacia de buena gana todo lo que le pedían por su amor. Los dineros que podía haber, dábalos á mujeres pobres, encargándolas que dijesen la oración del Ave María: era enemiga de galas y de vestidos ricos y curiosos, y en sus palabras muy compuesta, procurando que fuesen pocas y muy miradas, y que no dañasen á nadie y siempre fuesen de provecho: trabajaba mucho en quebrantar su voluntad, y en mortificarse en las cosas que la daban gusto: crecía en edad y juntamente en virtud, de manera que sus padres tenian puestos los ojos en ella, no solo por ser su hija, sino por ser tan agradable y tan adornada de virtudes. Casáronla con un gran señor, llamado Luis landgravio y duque de Turingia, digno marido de tal esposa: y aunque deseó mucho conservar su pureza virginal, y no tener otro esposo sino á Jesucristo, todavía vencida de la autoridad ó importunidad de sus padres, sujetó la cerviz al yugo del matrimonio, y vivió en él con raro ejemplo de santidad, amando y sirviendo á su marido, como á su cabeza y señor, y criando á tres hijos que tuvo, como madre temerosa de Dios, que sabía que los había recibido de su mano y los criaba para el cielo. Humilde para consigo, devota para con Dios, benigna y caritativa para con los pobres: levantábase de noche á hacer oración, y acompañábala con muchas lágrimas: ocupábase de buena gana en cosas bajas y viles: en las procesiones públicas, como letanías, iba descalza y muy modesta: cuando salía á Misa después del parto, iba con un vestido llano, y llevaba á su hijo en los brazos, y ofrecíale á Dios, y con él alguna ofrenda al sacerdote; y daba á los pobres el vestido de aquel día, y lo mismo hacia de su comida, repartiendo con los pobres su parte: vestía á los niños recien bautizados: proveía de mortajas á los difuntos: hilaba con sus doncellas para dar limosna á los pobres de su trabajo; y cuando le faltaba que dar, vendía sus joyas: tenia junto á su palacio un aposento en que recibía á los peregrinos: curaba á los enfermos; y criaba los niños huérfanos ó de padres pobres, y daba cada día de comer á novecientos pobres, sin los otros que sustentaba por todo su estado, los cuales la llamaban madre y remediadora de todas sus necesidades, y se iban tras ella: y con razón; porque no solamente los remediaba con su hacienda, sino también quitándose las tocas de su cabeza, para cubrir las de las pobres, y sirviéndolas con sus propias manos. 
Una vez juntó consigo la cabeza de un enfermo que olía muy mal y no había quien le pudiese sufrir; y ella le quitó el cabello y le lavó la cabeza, como si fuera su hijo. 
Padeció muchas contradicciones y murmuraciones por estas buenas obras que hacia; porque el mundo loco las tenía por indignas de su persona y estado; mas ella deseaba agradar á Dios y no á los hombres, y regular sus acciones más con la regla verdadera de la justicia y bondad, que con la falsa y engañosa del mundo; y con su oración y perseverancia ganó tanto al duque, su marido, que no se dejó llevar de algunos malos consejeros y criados suyos, que le hablaban mal de lo que hacía santa Isabel: antes la amaba como á su mujer y la respetaba como á hija de tan gran rey, y la honraba y reverenciaba como á santa: y porque él andaba ocupado en los negocios del emperador y no podía hacer semejantes obras, holgábase que ella las hiciese, y que diese de sí tan buen olor con su santa vida y ejemplo; aunque no vivió muchos años: porque haciendo en aquel tiempo guerra los cristianos á los sarracenos para librar de su poder á la tierra santa, el duque fué á aquella santa conquista: y habiendo llegado á Sicilia el emperador Federico, murió de su enfermedad, como buen caballero, en el camino. Cuando lo supo santa Isabel, aunque lo sintió como era razón; pero entendiendo que aquella había sido la voluntad del Señor, se volvió á él, y con lagrimas del corazón le dijo: Vos sabéis, Señor, lo que yo amaba al duque; porque él os amaba y porque vos me lo disteis por marido: pero ahora que habéis sido servido de llevármelo para vos, también sabéis que yo no le volverla á la vida mortal contra vuestra voluntad, aunque lo pudiese hacer con un solo cabello. Os suplico que deis eterno descanso á su alma y á la mía gracia para serviros. Determinó, pues, aprovecharse de la ocasión para abrazarse más estrechamente con Cristo nuestro Señor, y servirle con mas ahínco y fervor en el estado de viuda: y así comenzó á darse más á la oración, ayunar y velar mas, y afligir su cuerpo con mayores asperezas y penitencias, y en el trato de su persona ser más humilde, y dar á los pobres todo cuanto tenia. Fué esto de manera, que los deudos de su marido y sus vasallos le quitaron la administración de la hacienda como á desperdiciadora de ella, y la echaron de su casa y la apretaron tanto, que vino á tanta necesidad, que se recogió á un establillo de un mesón, y aun allí no la consintieron estar mucho. Mudóse a una casa de un hombre mal acondicionado; y él la hizo tan mal tratamiento á ella y á sus hijos, y á algunas doncellas que por su devoción la acompañaban, que también de allí se hubo de salir y buscar otra posada. Llegó su menosprecio á tanto, que yendo un día por una calle estrecha y de mucho lodo, y encontrándose en un mal paso con una viejezuela á quien la santa había hecho mucho bien, la vieja no la tuvo respeto ni la hizo lugar para que pasase, antes desviándola de sí con furia, la hizo caer en el lodo. Entendió santa Isabel que aquella era tentación del enemigo y prueba de su paciencia, y levantóse con mucha alegría, riéndose, y limpió su vestido, porque, por mucho que padecía, deseaba padecer mas y ser mas despreciada, ultrajada y abatida; y pidió á nuestro Señor con grandes ansias que la descarnase de todas las cosas que no fuesen él, para poderse mas unir con su divina Majestad, por el menosprecio y abatimiento del mundo. Andaba á casa prestada: súpolo el rey, su padre, y dio orden para que sus hijos se criasen en casas de parientes honradamente, y que á ella se diese parte de su dote con que sustentarse. Pues ¿quién podrá referir los otros trabajos, malos tratamientos, escarnios y persecuciones que esta santa princesa padeció, y la paciencia, constancia y alegría con que los sufrió, viéndose de rica, pobre; de honrada, abatida; de servida y acompañada, sola y desamparada; y esto de sus propios vasallos, de los deudos de su marido, y de aquellos á quienes tanto bien había hecho, y que por tantos títulos estaban obligados á ampararla y albergarla en sus propias casas, y tenerla escrita en sus corazones? No se turbó la santa; porque Dios la esforzaba y regalaba y entretenía, é imprimía en su alma, que él solo era suficiente para hacerla bienaventurada, y que teniéndole á él lo tenía todo, y sin él, todo lo que antes tenía y había perdido era un poco de basura: y así un día de cuaresma, habiendo oído misa, le apareció Cristo nuestro Redentor consolándola y alentándola, y prometiéndole que estaría siempre con ella.

De la parte de su dote que le dieron para su sustento, hizo un hospital, en donde se recogió, y recogía pobres enfermos y los curaba, y servía por sí misma en las cosas más menudas, bajas y viles, sin que sus criadas la ayudasen: y porque algunos la decían que aquella no era vida de hija de rey; ella con mucha gravedad y mesura les respondía, que si hallara otra vida de mayor menosprecio, la tomara para imitar mas á su dulcísimo esposo y maestro Jesucristo. Tenía en la oración don singular de lágrimas, y derramábalas copiosas y suaves, y con el rostro siempre muy sereno y alegre, y decía que los que en la oración lloran haciendo visajes, parece que quieren espantar al Señor. Hacia su oración con tan singular atención y afecto, que parecía que estaba muerta para las demás cosas: y la aconteció una vez, estando orando, caer una brasa de fuego sobre sus faldas, y quemarle sus vestidos y no sentir nada; porque su alma estaba trasportada en el cielo: hasta que una criada echó de ver que la santa se quemaba, y mató el fuego. Era muy visitada y regalada con revelaciones y gustos interiores, y por medio de sus oraciones alcanzaba para sí y para otros, del Señor, grandes dones y misericordias. Una vez vio un mozo en su compostura y traje distraído: díjoselo, y que si quería que hiciese oración por él. Respondió el mozo que sí, y que le rogaba mucho que así lo hiciese. Ella se puso en oración, y mandó al mancebo que hiciese otro tanto: el cual, perseverando la santa en oración, comenzó á decir: Cesad, señora, cesad: y como ella no cesase, antes con mayor fervor continuase su oración, tornó el mozo con mayor ansia á clamar: Cesad, señora, que me abraso: y levantaba los brazos y hacia visajes como loco. Llegaron á ella; y hallaron que tenia los vestidos tan calientes del fuego que salía de su cuerpo, que apenas los podían tocar con las manos. Con esto mudó el mozo su vida, y de distraído que antes había sido, se trocó en otro hombre por la oración de santa Isabel. Otra vez, habiendo entrado á su casa una moza lozana, que traía sus cabellos descubiertos, como hebras de oro; movida la santa de Dios, se los cortó como por fuerza, defendiéndose la moza cuanto pudo; pero cuando los vio cortados, caída aquella como corona y gloria de su cabeza, dijo á santa Isabel: Señora, Dios os ha inspirado que me cortases estos cabellos; porque sabed que si no fuera por esta vanidad, ya hubiera entrado en algún monasterio: y la santa, alabando á nuestro Señor, la recogió consigo en aquel hospital, donde le sirvió muchos años.

Admirable fué la vida de esta santa princesa en todas las virtudes, y especialmente en la humildad, y amor de la pobreza, y menosprecio de sí, y en la compasión y caridad que usó con los pobres y enfermos asquerosos, dándoles todo cuanto tema, sirviéndoles con tanto cuidado y entrañable afecto, como si cada uno de ellos fuera el mismo Cristo nuestro Salvador; y esto con una perseverancia tan extraña, que nunca quiso volver á casarse, porque había hecho voto de castidad, si alcanzaba de días á su marido, ni tornar á la casa de sus padres, ni á la grandeza y esplendor de su alto estado (aunque se lo rogaron), por no dejar el humilde que había tomado, y aquellas de servir á los pobres, que tenia entre las manos. No se puede decir con pocas palabras el menosprecio que santa Isabel usó consigo, ni la misericordia y caridad para con los pobres; porque no había género de pobreza tan abatido, en el comer, vestir, y dormir, y trato de su persona, que no le abrazase y no desease otro mayor; ni obra de piedad y compasión, tan vil y asquerosa, que no la ejercitase con los pobres enfermos que tenían de ella necesidad. Con los tiñosos, con los leprosos, con los que se comían de piojos y con los que tenían enfermedades contagiosas, era madre piadosa y enfermera amorosa, y con sus mismas manos los curaba. Pero á la medida de su piedad y devoción eran los regalos y favores de Dios para con ella, y las mercedes que continuamente la hacía, apareciéndosela algunas veces, visitándola por los ángeles, teniéndola arrobada y transportada en la oración, obrando muchos milagros por su intercesión, y finalmente manifestando, que era esposa suya dulcísima y escogida para ejemplo de las viudas, y luz de los buenos y confusión de los malos.



Estando, pues, ya llena de merecimientos, Cristo nuestro Señor se le apareció, y la avisó, que era ya llegado el tiempo en que quería darle el premio de sus trabajos y coronarla de gloria: y ella se regocijó por extremo; porque como un ciervo acosado y sediento, deseaba beber y hartarse de aquella fuente de vida, é hizo gracias a su dulce esposo por aquellas buenas nuevas que la daba. Vínola una recia calentura; armóse con los sacramentos de la Iglesia; y exhortó á todos los que con ella estaban á amar y servir á nuestro Señor, y hacer bien á los pobres: y estando para espirar, vio al enemigo del linaje humano en horrible figura; y ella con grande y constante ánimo alzó la voz, y dijo: Vete de aquí, desventurado: huye de aquí, maldito; y encomendándose afectuosamente al Señor, á quien tanto había amado y servido, dio su bendita alma en sus manos, á los 19 de noviembre del año del Señor de 1231. Oyéronse en su dichoso tránsito cantos dulcísimos de avecitas, que se asentaron sobre el aposento donde había muerto y estaba su cuerpo: el cual quedó tan hermoso, blando y tratable, como cuando estaba vivo, y despedía de sí un olor suavísimo, que recreaba á todos los presentes. Tuviéronle cuatro días sin enterrar, por el gran número de gente que de toda aquella comarca concurrió á ver y reverenciar al santo cuerpo, y tomar cualquiera cosa que pudiesen de sus reliquias. Sepultáronle en un pueblo de Alemania llamado Masburg; y luego comenzó nuestro Señor á manifestar la gloria de esta santa, haciendo muchos y grandes milagros por su invocación, alumbrando á ciegos, dando oídos á sordos, habla á los mudos, pies á los cojos, salud á los leprosos y enfermos de varias y graves dolencias, y vida á los muertos; porque por sus oraciones diez y seis muertos resucitaron: y por estos milagros, y por su santísima vida el sumo pontífice Gregorio IX, estando en Perusa, cuatro años después que murió, la canonizó y puso en el número de los santos. Entre las otras maravillas que nuestro Señor obró para honrar á santa Isabel, fué una el manar de su cuerpo un licor, á manera de óleo santísimo, que daba salud á todos los que con él se ungían.

Pues ¿quién no ve en la vida de esta gloriosa santa la fuerza y eficacia de la mano poderosa del Señor, y cómo esfuerza el corazón flaco y el sexo frágil de una mujer? ¿Cómo trueca los gustos, y muda los deleites de la carne en regalos espirituales y divinos? ¿Qué mujer hubo jamás tan vana y tan amiga de atavíos y galas, como santa Isabel lo fué del vestido roto y despreciado? ¿Qué señora tan delicada y llena de ámbares, perfumes y aguas olorosas, como esta del mal olor del hospital, y de la podre y materia de las llagas? ¡Qué menosprecio de sí misma tan fino en una hija del rey! ¡Qué alegría en sus injurias en una señora tan grande! ¡Qué amor de la pobreza en una princesa tan rica! ¡Qué paciencia en los trabajos y adversidades! ¡Qué oración tan ardiente y tan continua en tantas ocupaciones: qué rendimiento á la voluntad de Dios; y cómo él la honró después de haberla probado, y la hizo gloriosa en el cielo y en la tierra! La vida de esta gloriosa santa escribió primeramente Teodorico de Turingia, de la orden de Santo Domingo, recogiéndola de los papeles del maestro Conrado, que había sido su confesor: después la escribió Jacobo Montano; y lo trae Surio en el sexto tomo. También escriben de ella Vincencio Belovacense; san Anlonino, arzobispo de Florencia; el Martirologio romano; el cardenal Baronio, en sus anotaciones; el doctor Juan Molano, en las Adiciones, que hizo al Martirologio de Usuardo; y mas largamente la Crónica de los Menores, compuesta por Fray Marcos de Lisboa, que afirma haber tomado santa Isabel el hábito de la penitencia de la tercera orden de su padre san Francisco; y lo mismo dicen las otras historias de su orden.

FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

sábado, 16 de noviembre de 2019

S A N T O R A L

SANTA GERTRUDIS, VIRGEN

LA ESPIRITUALIDAD ANTIGUA

La escuela que tiene por base la regla del Patriarca de los monjes de Occidente, comienza con San Gregorio Magno; y ha sido tal la independencia del Espíritu Santo que la dirigía, que en ella profetizaron tanto mujeres como hombres. Basta recordar a Santa Hildegardis y a Santa Gertrudis, a cuyo lado figura con honor su compañera, Santa Matilde y la gran Santa Francisca Romana. Todo el que tenga experiencia, si ha leído una y otra vez a los autores más recientes de ascética y de mística, no tardará en advertir un sabor peculiar, una autoridad dulce que no avasalla, pero arrastra. Aquí no encontramos nada de la habilidad, ni de la estrategia, ni del análisis sabio que se ven en otras obras; procedimientos más o menos afortunados, cuya aplicación no se repite sin riesgo de que lleguen a cansar.
El Padre Faber ha puesto de manifiesto con su sagacidad habitual las ventajas de esta forma de espiritualidad que respeta la libertad del espíritu y, sin método riguroso, produce en las almas disposiciones cuya razón íntima no siempre conocen los métodos modernos. "Nadie puede leer, dice, los escritores espirituales de la antigua escuela de San Benito sin advertir con admiración la libertad de espíritu de que estaba penetrada su alma. Santa Gertrudis nos ofrece un buen ejemplo; por doquiera se advierte en sus obras el espíritu de San Benito. El espíritu de la religión católica es un espíritu fácil, un espíritu de libertad; y esto principalmente fué lo que distinguió a los ascéticos benedictinos de la antigua escuela. Los escritos modernos han tratado de puntualizarlo todo y en este deplorable método hay más inconvenientes que ventajas".

LOS "EJERCICIOS"

Por otra parte hay que decir que se dan diversos caminos, y que todo camino que lleve al hombre hacia Dios mediante la reforma de sí mismo, es un camino bueno. Tan sólo hemos intentado decir una cosa, a saber: que el que toma por guía de su conducta a un Santo de la escuela antigua, no perderá el tiempo, y que si tal vez encuentra menos filosofía y menos psicología en su camino, en cambio le puede caber la suerte de ser reducido por la sencillez y la autoridad del lenguaje, de ser conmovido y después conquistado por el sentimiento del contraste que existe entre él y la santidad de su guía. Tal es el cambio feliz que ordinariamente experimentará un alma que, al proponerse estrechar sus relaciones con Dios y afianzada ya en su rectitud de intención y en sincero recogimiento, quiera seguir a Santa Gertrudis, de un modo particularísimo en la semana de los Ejercicios que nos trazó. Casi nos atreveríamos a prometerla que saldrá muy otra de la que entró. Y podemos suponer que la repetirá otras veces y con gusto; pues no recordará haber sentido la menor fatiga ni encadenada tampoco la libertad de su espíritu siquiera un instante. Habrá podido sentirse avergonzada al verse tan cerca de un alma santificada y a sí misma tan lejos de la santidad; pero habrá advertido que, teniendo, a pesar de todo, el mismo fin que esa alma, la es necesario salir del camino muelle y peligroso que la conduciría a la perdición.

EL MÉTODO DE SANTA GERTRUDIS

Si se nos pregunta de dónde viene a esta Santa ese imperio que ejerce sobre todo el que se determina a escucharla, responderíamos que el secreto de su influencia reside en la santidad de que está llena; no demuestra el movimiento, la basta con andar. Si un alma bienaventurada bajase del cielo para convivir algún tiempo con los hombres y hablase la lengua de la patria en esta tierra de destierro, transformaría a cuantos tuviesen la dicha de oírla. Santa Gertrudis, admitida ya desde este mundo a la más íntima familiaridad con el Hijo de Dios, se diría que tiene algo del acento de esta alma; por eso, sus palabras son como flechas penetrantes que dan en tierra con toda la resistencia de los que se ponen a su alcance. La inteligencia queda iluminada con esta doctrina tan pura y tan alta, aunque Gertrudis nos discursea; el corazón se conmueve, y con todo, Gertrudis únicamente a Dios dirige la palabra; el alma se juzga a sí misma, se condena, se renueva por la compunción, y eso no obstante, Gertrudis nunca intentó ponerla en un estado ficticio.

SANTA ESCRITURA Y LITURGIA

Y si ahora quiere uno saber el porqué de la gracia especial que acompaña a su lenguaje, indague cuál es la  suerte de los sentimientos que tuvo la santa y cuál la de las palabras con que se expresó. Todo emana de la divina palabra, no sólo de la que Gertrudis oyó de boca del Esposo celestial, sino también de la que gustó ella, con la cual se alimentó en los libros sagrados y en la Sagrada Liturgia. Esta hija del claustro no dejó un solo día de sacar luz y vida de las fuentes de la contemplación verdadera, de la contemplación que gusta el alma saciándose en la fuente de agua viva que brota de la salmodia y de las palabras inspiradas de los divinos oficios. De tal modo se halla embriagada de este licor celestial, que todas sus palabras manifiestan el atractivo que encontraba en él. Su vida es tal, tan embebida totalmente en la Liturgia de la Iglesia, que vemos de continuo en sus revelaciones al Señor acercándose a ella y manifestándole los misterios del cielo; a la Madre de Dios y a los Santos apareciéndosela y conversando con ella a propósito de una Antífona, de un Responso, de un: Introito que Gertrudis canta y saborea deliciosamente.
De aquí ese lirismo que encontramos en ella, que ella no busca, pero que la es como natural; ese santo entusiasmo del que no puede librarse, y que la lleva a producir tantas páginas, en las que la belleza literaria se diría que llega a la altura de la inspiración mística. Esta monja del siglo XIII, desde el interior del monasterio de Suavia, resolvió el problema de la poesía espiritualista antes que Dante. Unas veces es la ternura de su alma que se desahoga en una elegía patética; otras, el fuego que la devora, estalla en encendidos transportes; en ocasiones es la forma dramática la que emplea para expresar el sentimiento que la domina. A veces se interrumpe este vuelo sublime: la competidora de los Serafines parece que quiere volver a bajar a la tierra, mas es para irse otra vez pronto y elevarse a más altura todavía. Entre su humildad, que la tiene clavada en el polvo, y su corazón que suspira por Jesús, el cual la atrae y la ha dado tantas muestras de su amor, existe una lucha incesante.

GERTRUDIS Y TERESA

A nuestro juicio, los pasajes más sublimes de Santa Teresa comparados con las efusiones de Santa Gertrudis, no disminuirían en nada la inefable belleza de éstas. Aún más: creemos que la virgen alemana llevaría ventaja muchas veces a la virgen española. Ardiente e impetuosa, la segunda no tiene, es cierto, esa ligera apariencia un poco melancólica y reflexiva de la primera; pero Gertrudis, instruida en la lengua latina, reanimada continuamente con la lectura de las Sagradas Escrituras y los Oficios divinos que no tienen para ella obscuridades, emplea un lenguaje cuya riqueza y fuerza nos parece que superan en general a las efusiones inmortales del corazón de Teresa, para quien no fueron tan familiares la liturgia ni la Biblia.

SANTA GERTRUDIS SE DIRIGE A TODOS

Santa Gertrudis la Magna/Heilige Gertrude von Grasse/St. Gertrude the Great
Esto no  obstante, no se asuste el lector con el pensamiento de verse de súbito guiado por un Serafín, mientras su conciencia le da testimonio de que tiene que hacer aún larga parada en la vía purgativa, antes de pensar en recorrer los caminos que acaso no se abran nunca ante él. Escuche con sencillez a Gertrudis, contémplela y tenga fe en el punto de llegada. La Santa Madre Iglesia, al poner en nuestros labios los Salmos del Rey-Profeta, sabe muy bien que sus: expresiones exceden muchas veces los sentimientos de nuestra alma; pero el medio de llegar a ponernos al unísono con estos divinos cánticos, ¿no le tenemos en recitarlos frecuentemente con fe y humildad, y conseguir de ese modo la transformación que no obraría ningún otro medio? Gertrudis nos desprende suavemente de nosotros mismos y nos guía a Jesucristo, llevándonos mucha delantera, pero sin dejar de arrastrarnos tras sí. Camina derechamente al corazón de su Esposo divino; nada más justo; pero ¿no la quedaríamos ya bastante agradecidos si nos lleva a los pies del Maestro como otra Magdalena arrepentida y regenerada?
Ni siquiera cuando escribe más directamente para sus monjas, debemos pensar que la lectura de esas páginas sea inútil para los que están obligados a vivir en el siglo. La vida religiosa expuesta por un intérprete así, es un espectáculo tan instructivo como elocuente. ¿Quién no sabe que la práctica de los preceptos se hace más fácil a todo el que se ha impuesto el trabajo de profundizar y de admirar la de los consejos? El libro de la Imitación ¿qué es sino el libro de un monje escrito para monjes? Y sin embargo de eso, anda en todas las manos. Los escritos y la doctrina de Santa Teresa se refieren a la vida religiosa, pero ¡cuántos son los seglares que se deleitan leyendo las obras de la virgen del Carmelo!
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Ya nos guardaremos bien de analizar aquí las maravillas que hay que contemplar en sí mismo. Santa Gertrudis tiene que asombrar y a más de un lector ha de chocar, en esta sociedad nuestra desacostumbrada al lenguaje robusto y de colorido de las épocas de fe, entregada, en lo que se refiere a la piedad, por las insulseces, por las pretensiones mundanas de los libros de devoción que se publican todos los días. ¿Qué hacer, pues? Si se olvidó el lenguaje de la antigua piedad que formaba a los Santos, lo mejor sería volver de nuevo a él y a buen seguro Santa Gertrudis nos podría servir mucho en eso.
Larga sería la lista de los admiradores de Santa Gertrudis. Pero hay una autoridad que se impone todavía más: la de la Iglesia. Esta Madre de los fieles, dirigida siempre por el divino Espíritu, dió su testimonio a través del órgano; de la Sagrada Liturgia. La persona de Gertrudis y el espíritu que la animaba, quedan en ella para siempre recomendados y ensalzados a los ojos de todos los cristianos, por el juicio solemne del Oficio de la Santa

VIDA

Santa Gertrudis entró en 1261 en el monasterio de Helfta, cerca de Eisleben, en Sajonia. Tenía entonces cinco años. Ciertamente huérfana, la prueba y el renunciamiento, junto con las observancias monásticas, formaron su alma y la dispusieron a recibir dones excepcionales de Dios. Tres religiosas ejercieron en ella una profunda influencia: Gertrudis de Hackerborn, abadesa suya, la monja Mectildis de Magdeburgo que era hermana de la Abadesa, y Santa Mectildis.Cuando contaba próximamente 24 años fué favorecida con revelaciones divinas que nos dejó con signadas en su libro "Embajador del amor divino". Escribió además sus "Ejercicios" y murió el 17 de noviembre de 1301 o 1302. Las Revelaciones se publicaron muy tardíamente y su nombre no se inscribió en el Martirologio hasta 1677. Las Indias Occidentales la tomaron como Patrona y el Nuevo Méjico levantó una ciudad en su honor.
Para que puedan los fieles expresar su piedad a Santa Gertrudis, ponemos aquí uno de los himnos que la Orden benedictina la dedica en su Liturgia, y a continuación una de las Antífonas y la Oración.

HIMNO

Gertrudis, santuario de la divinidad, unida al Esposo de las vírgenes, permítenos cantar tus castos amores y tu alianza nupcial.
A los cuatro años escasos y ya prometida a Cristo, vuelas al claustro; te arrancas de los brazos de tu nodriza, y sólo aspiras a las divinas caricias del Esposo.
Semejante al lirio sin mancilla, exhalas un aroma que alegra a los cielos, y el brillo de tu virginal hermosura atrae hacia ti al Rey de aquella dichosa mansión.
El que vive en el seno del Padre, rodeado de una gloria eterna, se hace tu Esposo y se digna descansar en tu amor.
Heriste a Cristo con este amor, y él hiere a su vez tu corazón también, y graba en él con dardos de fuego los estigmas de las llagas que recibió.
¡Oh amor inefable! ¡Oh trueque maravilloso! El es quien respira en tu corazón; su soplo es para ti el principio de la vida.
El coro bienaventurado de las vírgenes celebre tus alabanzas, ¡oh Jesús Esposo suyo! Sea la misma gloria al Padre y al Paráclito divino. Amén.

ANTIFONA

Oh dignísima esposa de Cristo, la luz profética te iluminó, el celo apostólico te inflamó, la corona de las vírgenes ciñó tu frente, y las llamas del amor divino te consumieron.

ORACION

Oh Dios, que preparaste una habitación llena de atractivos en el corazón purísimo de la bienaventurada virgen Gertrudis, concédenos por sus méritos y su intercesión borrar los pecados de nuestro corazón, para que merezca ser después habitado por tu majestad divina. Por Jesucristo Nuestro Señor.
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer