martes, 31 de octubre de 2017

S A N T O R A L

SAN QUINTIN O QUINTINO, MÁRTIR

Quintino, mártir gloriosísimo, aunque fué romano noble de senatoria estirpe, que era la mayor nobleza romana, con todo fué muchísimo más noble por la fé, que como valeroso soldado tuvo á su Rey soberano Cristo Señor nuestro, por cuya confesión dio gloriosamente la vida, y por cuyo amor dejó la patria, los parientes, amigos, riquezas, faustos y pompas mundanas. Salió, pues, de Roma Quintino con Fusciano, Victorino, Crispino y Crispiniano, y otros piadosos y devotos cristianos, todos los cuales con deseos de propagar la fé de Jesucristo se encaminaron á Francia: llegaron á París, y de allí se dividieron, eligiendo cada uno su ciudad, ó provincia, donde ir á predicar. Quintino, predicando y haciendo prodigiosos milagros, dio vuelta á una y otra parle, hasta que llegó á la ciudad de Amiens. A este tiempo era tanta la sangre de cristianos que el cruel tirano Ricciovaro había derramado, que corría un río de aquella provincia llamado Mosela, mas con la abundancia de la sagrada sangre de los invictos mártires, que de sus propias aguas, las cuales dejando su color nativo, habían tomado el rojo de la sangre. Luego que el glorioso Quintino llegó á Amiens, comenzó á predicar y ganar almas para el cielo, cuya noticia llegó á los oídos del impío Ricciovaro, que al instante lo mandó poner con todo rigor en la cárcel, adonde fué muy gozoso y alegre, y toda la noche gastó en oración y cánticos divinos.
El día siguiente, sentado en su tribunal Ricciovaro, hizo traer á su presencia á san Quintino. Puesto el santo á su vista, le preguntó: ¿Cómo te llamas? Cristiano, dijo Quintino; porque soy cristiano, y creo á Cristo con el corazón, y le confieso con la boca; pero mis padres me llamaron Quintino. ¿De qué linaje eres? añadió el prefecto. Soy, dijo el santo, ciudadano romano, hijo de Zenón, senador. Pues ¿qué cosa es, dijo el prefecto, que persona tan noble, é hijo de un varón tan ilustre, se haya dejado engañar con una superstición tan grande, como adorar por Dios á aquel que los judíos crucificaron? No hay más nobleza, dijo Quintino, que conocer á Dios, y obedecer sus santos mandamientos. Por esta católica religión y fé que profeso, se conoce á Dios omnipotente, Criador de cielo y tierra, y á su Hijo Jesucristo nuestro Señor, por quien fueron hechas todas las cosas visibles é invisibles, el cual en todo es igual al Padre. Iba á proseguir Quintino; y el prefecto le embarazó, diciendo: Deja la locura, y sacrifica á nuestros dioses; sino, yo te juro por ellos que le quitaré la vida con diversos tormentos.
Pues yo te juro y prometo por mi Dios y Señor Jesucristo, dijo Quintino, que ni haré lo que mandas, ni temo tus amenazas: y así ejecuta luego tus rigores; que dispuesto estoy á padecer todo aquello que mi Dios permitiere. Tú puedes atormentar mi cuerpo; pero Dios tendrá misericordia de mi alma. Con esto se enfureció el prefecto, y lo mandó desnudar y azotar fuertemente con duras y nudosas varas; y mientras más lo azotaban, más fuerzas cobraba el guerrero fuerte, levantando los ojos al cielo, y dando á Dios infinitas gracias. Consolóle su divina Majestad con esta voz celestial: Quintino, sé constante: pelea varonilmente; yo le asisto.
A esta voz cayeron desmayados en tierra los verdugos: lo cual visto por el cruel Ricciovaro, dijo así: Juro por los santos dioses y diosas que este Quintino es mago, y usa de sus encantos, como claramente se ve; y así quitádmelo de delante, y ponédlo en una oscura cárcel, que yo veré si le valen sus encantos. No se permita entrar cristiano alguno á consolarlo, para que así pague la pena de sus locuras.
Puesto en cadena, pues, y en una cárcel oscurísima, cansado de los tormentos y trabajos, se durmió á la media noche, y al instante se le apareció un ángel del cielo, que le dijo: Quintino, siervo de Dios, levántale y anímate, y puesto en medio de la ciudad predica, consuela y anima á todo el pueblo, para que crean en nuestro Señor Jesucristo, y bautízalos. Apenas dijo esto el santo ángel, cuando, despierto, se levantó y le siguió, sin que las guardas de la cárcel, ni puertas cerradas le fuesen estorbo alguno. Puesto, pues, en medio de la plaza, predicó tan divinamente, la fé de Jesucristo, que convirtió más de seiscientas personas, y casi toda la ciudad se conmovió.
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Pero luego que lo supo el maldito Ricciovaro lo mandó prender otra vez, y poner en un tormento cruel, que era colgarle de unas ruedas que, suspensas en lo alto, á manera de carrillos de pozo, ó garruchas, con que se saca el agua, lo subían y bajaban, descoyuntándole los huesos, y deshaciéndole el cuerpo todo, hasta que lo dejaron molido. Después lo mandó azotar y herir cruelmente con garfios y rastros de hierro: luego que le echasen por las espaldas aceite, pez y resina hirviendo, para que entrando por las llagas, fuese más intensamente atormentado. Acabado este tormento, mandó que encendiesen hachas, y le abrasasen con ellas los costados: pero por mucho fuego que le ponían exteriormente, era mayor el divino que interiormente le abrasaba; y así dijo animoso al tirano: Cruelísimo juez, hijo de los engaños del demonio, ¿por ventura no sabes que, mientras más rigores y tormentos añades á mi cuerpo, tiene mi alma consuelos y refrigerios divinos con que menosprecio tus rigores?
Con esto creció la ira del juez, y dijo: Traed al punto cal viva, vinagre fuerte, sal y mostaza molida, y haciendo de todo una bebida, echádsela en la boca, y veremos á lo menos si así calla y cesa de injuriar á mí, y á nuestros dioses. Entonces, volviendo los ojos al cielo el invicto mártir de Jesucristo, y guerrero animoso, dijo: Señor, dulces son para mí y suaves cuantos tormentos padezco por tu santo nombre; y aunque sean los más amargos del mundo, á mi paladar son dulces como el panal.
Oyendo esto Ricciovaro, dijo: Juro por los altos dioses Júpiter, Mercurio, Sol, Luna y Asclepio, que te tengo de atar con fuertes cadenas, y has de ir preso á Roma, para que allí, á vista de los sacros emperadores, pagues con más crueles tormentos tus atrevimientos, y el haberte huido de la cárcel. Bien sé, dijo Quintino, que en Roma y en cualquier parte me ha de favorecer y asistir Dios; y así no rehúso el ir: pero confió en mi Señor Jesucristo, que el fin de mi vida será en esta provincia. Y así fue como lo profetizó el santo mártir; porque, mandándole poner al cuello, y por todo su cuerpo, fuertes cadenas, y que se partiesen con él los ministros para Roma, ordenó el prefecto que fuesen poco á poco; porque quería él mismo acompañarlos, para entrar glorioso con el triunfo: y así, llegando á un lugar, llamado Augusta Veromando, no lejos de Amiens, se detuvieron á esperarlo. Al dia siguiente llegó Ricciovaro, y mandó le trajesen delante á Quintino: y mirándole con cariño, vuelto el lobo en raposa le dijo: Quintino hermano, porque eres joven y de tan noble prosapia, tengo piedad de tí; y así toma mi consejo, que es de hermano y amigo: sacrifica solo á Júpiter y Apolo, y si quieres ir á Roma, te doy mi palabra de honrarte, como mereces en esta provincia: escribiré á los sacratísimos emperadores, dicíéndoles quién eres, y lo mucho que mereces, para que te den el título de príncipe y juez magnífico de esta provincia, y ocupes mi lugar, que es cuanto por tí puedo hacer. A esto respondió el invictísimo mártir: Muchas veces, ó Ricciovaro, te he dicho que le cansas en vano; porque yo no tengo de ser tan loco como tú, que sacrifique á los demonios infernales; pues no son otra cosa estos que llamas dioses.
Aquí acabó Ricciovaro de perder las esperanzas de reducirlo y juntamente la paciencia; y así hizo llamar un herrero, y le mandó hacer dos agudos clavos y tan largos, que entrando por la cabeza, llegasen hasta las piernas, y otros diez más pequeños, que entrasen por entre la uña y yema de los dedos, Hízolos el herrero al instante, y los verdugos se los clavaron los diez en los diez dedos de las manos, y los dos por lo alto de la cabeza, que le traspasaron todo el sagrado cuerpo de alto á bajo hasta los pies, con que quedó todo hecho un lastimoso espectáculo á los hombres, pero glorioso á los ángeles y á los cielos. Viéndole de esta manera el tirano clavado, y corriendo arroyos de sangre, dijo soberbio y vano: Vengan los cristianos todos, y vean este mísero espectáculo, y les servirá de ejemplo y escarmiento viendo aquí, donde llega la ira de mis rigores. Pero no sabía el tirano lo que se decía ni hacia; pues antes mostrarles á los valerosos cristianos la constancia invencible de Quintino, fué mostrarles un mudo predicador, que con su ejemplo exhortaba y animaba á todos á alcanzar semejantes triunfos del bárbaro y cruel gentilismo; porque ninguno hubo á quien no moviese la vista del generoso mancebo, é invencible caballero de Jesucristo, á una emulación sagrada, y deseo fervoroso de ser semejantemente atormentado por la fé santa y divina suya. Cansado ya el tirano de ver tanta constancia, y tan milagroso vivir, y que se reducían infinitas almas, con sola su vista, á la fé de Jesucristo, y á voces pedían el martirio; mandó que le cortasen la cabeza: y viéndose ya á las puertas de la gloria, gozoso y alegre, mientras el verdugo desenvainaba la espada, hizo una breve y fervorosa oración á Dios, y una exhortación á los nuevamente convertidos, é inclinando la cabeza, se la cortó de un fiero golpe el verdugo, y al instante se oyó una voz del cielo, que dijo: Quintino, siervo mío, ven y recibe la corona que tengo para tí prevenida en la gloria por tus grandes méritos: y saliendo una cándida y hermosísima paloma de su cuello, que era su alma santísima, vieron todos como entró triunfante y gloriosa en el cielo, á ser colocada en el coro de los espíritus soberanos y mártires de Jesucristo. Su glorioso triunfo fué á los 31 de octubre, por los años del Señor de 303, imperando el impío Maximiano. Su cuerpo glorioso fué sepultado, por orden del mismo Ricciovaro, de noche, y con todo silencio y secreto (para que ningún cristiano lo supiese y descubriese tan gran tesoro á la Iglesia) en un profundo cenagal que hace el rio que por allí pasa, llamado de unos Secuana, y de otros Se, y allí estuvo oculto por espacio de cincuenta y cinco años, hasta que Dios fué servido de descubrirlo milagrosamente: que fué en esta forma.
Había en Roma una rica y noble matrona, llamada Eusebia, ciega desde edad de nueve años. A esta se apareció tres veces un ángel del Señor, y todas tres veces le dijo, que si quería cobrar la vista fuese á Francia, y buscase el cuerpo del glorioso mártir san Quintino, que él la guiaría al lugar adonde estaba. Obedeció la señora: y guiada del ángel, y acompañada de decente familia, según su calidad, fué á la ciudad de Amiens, y de allí, al lugar y parte del río donde había sido sepultado el cuerpo glorioso, guiada siempre del santo ángel. Estando allí, preguntó á muchos, si sabían el cuerpo de san Quintino: y como ninguno la supiese dar razón, así por haber ya pasado cincuenta y cinco años, como por el secreto con que el tirano Ricciovaro lo hizo sepultar y esconder; ella se puso en oración, pidiendo á Dios fuese servido decirla lo que no sabían los hombres. Apenas acabó su oración, cuando (¡ó maravillas de Dios siempre inmensas!) el mismo cuerpo se vio por una parte del rio, y la cabeza por otra, venir nadando basta ponerse en las manos de Eusebia. Recibiólo con el gozo que se puede imaginar, y los que la asistían, vieron como estaba incorrupto, hermoso y bello, y todos percibieron la suavísima fragancia de un divino y celestial olor que despedía de sí. Luego ordenó Eusebia que caminasen con el santo cuerpo á una ciudad, que estaba cinco millas de allí, para darle honorífica sepultura; pero apenas apartados del rio subieron á lo alto del monte, cuando se hizo tan pesado el cuerpo santo, que no les fué posible, á los que lo llevaban, pasar de allí, quedando todos tan admirados como inmobles. Conocida con este prodigio la voluntad de Dios, que era no querer su siervo Quintino dejar el lugar donde había padecido vencido y ganado la corona de la gloria; ordenó Eusebia que allí lo sepultasen lo más decente que les fuese posible: y al irle á poner en el sepulcro, cobró la vista deseada, y que tantos años había que carecía de ella. Dio infinitas gracias á Dios, y al glorioso san Quintino por tan gran favor y milagro. Otros muchos enfermos, que allí se hallaron de varias enfermedades, todos sanaron: con que todos glorificaron á Dios en su siervo y glorioso mártir Quintino.

Sepulcro del Santo en su iglesia de Saint Quentin, Francia.
Sepulcro del Santo en su iglesia
de Saint Quentin, Francia.
Pasaron trecientos y veinte años, en cuyo discurso de tiempo poco á poco se había ya ido olvidando la memoria de tan gran santo; y asimismo se olvidó del todo el lugar donde Eusebia lo sepultó, si bien había quedado una pequeña iglesia, fabricada en el mismo monte; pero nadie sabía si dentro de ella estaba sepultado el santo cuerpo, ó nó. Por este tiempo vivía el bendito san Eloy; y siendo obispo, fué muy dado, como á todas las virtudes, á venerar los cuerpos y reliquias de los santos; y así buscó muchos, que yacían incógnitos, y los colocó y veneró con especial devoción. Deseaba mucho hallar el cuerpo de san Quintino: y como todos ignorasen el lugar de su sepulcro, el santo obispo preguntó á Dios lo que ignoraban los hombres por su descuido. Ayunó tres días continuos: estuvo siempre en oración; y dijo á Dios, con aquella fe que tenía: Señor, no comeré, ni beberé, ni cuidaré de las ovejas que me habéis encomendado, basta que me descubráis el tesoro que busco. Mientras esto pasaba, muchos, que á Eloy asistían, cavaban en diferentes partes de la iglesia, pero en vano; hasta que al tercero día siendo ya noche, se levantó el santo de su oración, y con el báculo señaló un lugar, mandando que allí cavasen. Hiciéronlo así; pero como hubiesen ya pasado más de diez varas de hondura y nada descubriesen, perdieron las esperanzas y se dejaron de cavar. Entonces Eloy, tomando una espuerta, entró en el hoyo, y con las manos la llenó de tierra, y apenas tocó con el báculo en aquella parte que había ahondado más con sus benditas manos, cuando sintió que había tocado madera: volvió á dar mayor golpe, y rompió la tumba.
Relicario con el cráneo del Santo en su iglesia de Saint Quentin, Francia.
Relicario con el cráneo del Santo en
su iglesia de Saint Quentin, Francia
Aquí fué donde comenzaron todos á ver las maravillas de Dios, y de su siervo Quintino; pues salió por aquella rotura un globo de luz tan hermoso y bello, que siendo á la media noche, y muy oscura, todos juzgaron era de día y que había salido el sol: tanta fué la claridad que llenó la iglesia y toda la montaña, que juzgaron todos los circunvecinos que habla amanecido; y así se levantaron á media noche: pero no se engañaron; porque la luz permaneció basta que salió el sol. Con la luz salió también una fragancia tal, que todos juzgaban hallarse en el paraíso. Tiernas lágrimas de gozo derramaba el santo obispo, por haber hallado tan gran tesoro. Sacóle de la tumba, en que yacía, hermoso, fresco y oloroso. Sacóle los clavos que el impío Ricoiovaro le clavó: besólos como reliquias sagradas; y para que se viese cuan entero, sano é incorruptible estaba, mostró á todos una gota de sangre viva que salió de una de las heridas. Hízole una caja de oro, plata y piedras preciosas, donde le colocó: y para que en adelante no se volviese á perder su memoria, amplió la iglesia, haciendo un suntuosísimo templo, y un monasterio, que hoy persevera, donde hace Dios infinitos milagros por su siervo Quintino, con que es para siempre glorificado y glorioso. Escribieron la vida y martirio de san Quintino, y sus dos gloriosas invenciones Beda; Usuardo; Adon; Surio, tomo V; Pedro de Naralibus, lib. IX, cap. 126; san Gregorio Turonense De gloria martyrum, cap. 72 el 7; el Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo n de sus Anales, año 303, núm. 130.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

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