lunes, 31 de julio de 2017

S A N T O R A L




SAN IGNACIO, CONFESOR 

San Ignacio arrodillado, ante el Papa Paulo III


LUTERO
Aún cuando el ciclo del tiempo después de Pentecostés nos haya manifestado en numerosas ocasiones la solicitud con que el Espíritu Santo vela por la defensa de la Iglesia, vuelve a resplandecer en este día la enseñanza de una manera nueva. En el siglo XVI, una formidable acometida se había desencadenado contra la Iglesia. Satanás había escogido como jefe a un hombre, caído como él de las alturas del cielo. Lutero, solicitado desde su juventud por gracias de predilección propias de los perfectos, no supo, en un día de extravío, resistir al espíritu de rebeldía. Como Lucifer, que pretendía ser igual a Dios, encaróse con el Vicario del Altísimo sobre el monté del Testamento; pronto, rodando de abismo en abismo, arrastró en pos de sí la tercera parte de los astros del cielo de la santa Iglesia. ¡Ley misteriosa y terrible, aquella que tan frecuentemente deja en las esferas del mal al hombre o al ángel caído el imperio que debía ejercer para el bien y para el amor! Mas la eterna sabiduría jamás queda frustrada; precisamente entonces, frente a la libertad pervertida del ángel o del hombre, implanta esta otra ley de sustitución misericordiosa de la que fué Miguel el primer beneficiado.

VOCACIÓN DE IGNACIO


La vocación de Ignacio a la santidad sigue paso a paso en su desarrollo a la apostasía de Lutero. En la primavera del año 1521, Lutero, desafiando a todos los poderes, acababa de abandonar Worms y de recluirse en Wartbourgo cuando Ignacio recibía en Pamplona la herida que había de retirarle del mundo y encaminarle poco después a Manresa. Valeroso como sus nobles antepasados, se había sentido penetrado desde sus primeros años del ardor belicoso que se les vió mostrar sobre los campos de batalla de la tierra de España; mas la campaña contra el Moro ha tocado a su fin precisamente en los días de su nacimiento .
¿Podrá creerse que para satisfacer sus caballerescos Instintos sólo tendrá porfías mezquinas?
El único y verdadero Rey digno de su grande alma se le revela en la prueba que detiene sus proyectos mundanos; una nueva milicia preséntase a su ambición; comienza otra cruzada.
El año de 1522 contempla, desde los montes de Cataluña a los de Turingia, el desarrollo de la divina estrategia de la que únicamente los ángeles poseen todavía el secreto. 
La dieta de Worms en donde tuvo lugar la ruptura oficial del heresiarca en presencia de los diversos órdenes del imperio, vió consumarse esta ruptura en los últimos días de Abril, y fué en el 20 de Mayo cuando Ignacio recibió la herida cuya consecuencia fué su conversión.

MONTSERRAT

Admirable campiña en donde diríase que el cielo se contenta con observar a los poderes del mal, dejándoles tomar la delantera y únicamente reservándose el derecho de hacer sobreabundar la gracia allá mismo donde pretende abundar la iniquidad. Así como el año precedente, tres semanas después de consumada la rebelión de Lutero, había tenido lugar el primer llamamiento de Ignacio; a tres semanas igualmente de distancia, he aquí que el infierno y el cielo exhiben sus elegidos bajo la diferente armadura que corresponde a los dos campos, cuyos jefes serán ambos. Diez meses de extrañas manifestaciones han preparado al lugarteniente de Satanás en el forzado retiro que él denominó "su Patmos"; y el 5 de Marzo, conculcando la orden de destierro, el tránsfuga del sacerdocio y del claustro abandona Wartbourgo transformado, bajo la coraza y el casco, en caballero espúreo.

“Por mucho que ames a María Santísima. 
Ella te amará siempre mucho más  de lo que la amas tú”
San Ignacio de Loyola
El 25 del mismo mes, en la noche gloriosa en que el Verbo tomó carne, el flamante soldado de las armas del reino católico, el descendiente de los Iñigo y de los Loyola, vestido de saco, insignia de la pobreza que revela sus nuevos proyectos, pasa en oración en Montserrat la noche velando las armas. Suspende del altar de María su bien templada espada y de allí se dirige a luchas desconocidas que le esperan en un combate sin conmiseración contra sí mismo.

PARÍS

A la bandera del libre examen pone sobre la suya por única divisa: ¡A la mayor gloria de Dios! Pronto se le ve en París, (en donde Calvino secretamente recluta a los futuros hugonotes), para alistar, a favor del Dios de los ejércitos, la compañía de vanguardia que debe proteger a las huestes cristianas iluminando su camino, dando y recibiendo los primeros golpes.
Inglaterra, a primeros del año 1534, imita en su apostasía a Alemania y a los países del Norte, cuando el 15 de Agosto de este mismo año los primeros soldados de Ignacio junto con él sellan en Montmartre el compromiso definitivo que más tarde renovarán solamente en San Pablo Extramuros. 
Porque en Roma ha fijado el punto de reunión aquella tropa, que muy pronto se acrecentará de una manera sorprendente y cuya profesión particular será la de estar siempre dispuestos a dirigirse, a la menor señal, a todos los puntos a donde juzgare bien utilizar su celo el Jefe de la Iglesia militante en defensa de la fe o para su propagación, y para el progreso de las almas en la doctrina y en la vida cristiana.

LA COMPAÑÍA DE JESUS

Unos labios ilustres han dicho: "Lo que sorprende a primera vista en la Compañía de Jesús, es que para ella la edad madura es contemporánea de la primera formación.
Quien conoce a los primeros autores de la Compañía, conoce a la Compañía entera en su espíritu, en su objeto, en sus empresas, en sus procedimientos, en sus métodos. ¡Qué generación la que preside en sus orígenes! ¡Qué unión de ciencia y de actividad, de vida interior y de vida militante! Puede decirse que son hombres universales, hombres de raza gigantesca, en comparación de los cuales nosotros no somos más que insectos: de genere giganteo, quibus comparati quasi locustæ videbamur".

IGNACIO Y LA ORACIÓN DE LA IGLESIA

¡Mas Cuán conmovedora se nos aparece la sencillez tan llena de encantos de estos primeros Padres de la Compañía, yendo de camino hacia Roma, a pie y en ayunas, agotados, mas desbordante el corazón de alegría y cantando bajito los Salmos de David! Cuando fué indispensable para responder a las necesidades de la hora presente, abandonar en el nuevo instituto las grandes tradiciones de la oración pública, no se hizo sin gran sacrificio por parte de muchas de estas almas; con pena María hubo de ceder su puesto a Marta en este punto. Por espacio de tantos siglos la solemne celebración de los divinos Oficios había parecido la indispensable tarea de toda familia religiosa de la que constituía la deuda social primaria; ¡era el alimento primero de la santidad individual de sus miembros!
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Mas la llegada de tiempos nuevos que sembraban por todas partes la degradación y la ruina reclamaba una excepción tan insólita como dolorosa de la valiente compañía que consagraba su existencia a la inestabilidad de alarmas sin cuento y de continuas incursiones sobre tierras enemigas. Ignacio lo comprendió. Sacrificó en aras del objeto particular que se imponía al atractivo personal que sintió toda su vida hacia el canto sagrado, cuyas menores notas al llegar a sus oídos le hacían verter lágrimas de consuelo.
Con los últimos tiempos y sus emboscadas, había sonado para la Iglesia la hora de las milicias especiales, organizadas en campamentos volantes. Pero cuanto más difícil se hacía exigir cada día a estas tropas beneméritas, embebidas en el continuo batallar del exterior, los hábitos y costumbres de los que protegían a la Ciudad Santa, tanto más rechazaba San Ignacio el extraño contrasentido que pretendió reformar las costumbres del pueblo cristiano según el modo de vida exigida por el servicio de reconocimiento y de vanguardia, al que él sacrificó por todos los demás. La tercera de las dieciocho reglas que asienta, como coronamiento de los Ejercicios Espirituales, "para tener en nosotros los verdaderos sentimientos de la Iglesia ortodoxa", recomienda a los fieles los cantos de la Iglesia, los salmos, y las diferentes Horas canónicas en el tiempo señalado para cada una. Y, al principio del libro, que verdaderamente es el tesoro de la Compañía de Jesús, al establecer las condiciones que permitirán sacar el mayor fruto posible de los mismos Ejercicios, determina en su vigésima anotación, que aquel que pudiere, escoja durante el tiempo de su duración, una celda desde donde le sea fácil dirigirse tanto a los Oficios como al santo Sacrificio. ¿Qué hace en esto, por lo demás, nuestro Santo, sino aconsejar para la práctica de los Ejercicios el mismo espíritu con que fueron compuestos, en este retiro bendito de Manresa, en donde la asistencia cotidiana a la Misa solemne y a los Oficios del atardecer fué para él un manantial de celestiales delicias?

VIDA

Ignacio nació, sin duda, en Octubre de 1491 en Guipúzcoa de la noble familia de los Loyola. Habiendo entrado al servicio del Rey de Navarra, fué herido en Pamplona el 20 de Mayo de 1521. En el curso de su convalecencia leyó la Vita Christi de Ludolfo el Cartujano y, ayudado de la gracia divina, resolvió en adelante seguir a Cristo. 
En Febrero de 1522 partió para Montserrat con la finalidad de ofrecer su espada a la Virgen; después se dirigió a Manresa donde permaneció durante un año entregado a la penitencia y oración. Entonces compuso su célebre libro de los Ejercicios Espirituales que debía obtener la aprobación de la Sede Apostólica y hacer mucho bien a innumerables almas. En 1523 hizo la peregrinación a Tierra Santa regresando después a España con el objeto de estudiar para hallarse mejor dispuesto para el servicio de Dios y de la Iglesia. Con algunos compañeros partió hacia París, adonde llegaron el 2 de Febrero de 1528. Ignacio tomó allí sus grados universitarios y asentó los fundamentos de la nueva Orden. Habiéndola establecido en Roma con la aprobación de Paulo III, añadió a los tres votos ordinarios el de consagrarse a las misiones, si la Santa Sede así se lo pedía. Envió a San Francisco Javier a las Indias; él mismo luchó ardorosamente contra la herejía Luterana; fundó casas de educación para la juventud; trabajó en la renovación de la piedad entre los católicos; obras predilectas suyas fueron en embellecimiento de los templos, la enseñanza del catecismo y la frecuentación de los sacramentos. Por último, después de haber trabajado largo tiempo para "la mayor gloria de Dios", murió el 31 de Julio de 1556. Fué beatificado en 1609 y canonizado en el 1623 a la par que San Isidro Labrador, Santa Teresa de Avila y San Francisco Javier. En 1922, Pió XI le declaró Patrono de todos los ejercicios espirituales.
EL SOLDADO DE DIOS

"Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe". Tú que fuiste el gran vencedor del mundo, lo has mostrado a tu vez, de ese mundo en donde el Hijo de Dios te eligió para exaltar su bandera humillada ante el estandarte de Babel. Estuviste largo tiempo casi solo contra los batallones siempre crecientes de los rebeldes, dejando al Señor de los ejércitos el cuidado de elegir su hora para que entablaras la batalla contra las cohortes de Satanás, como la eligió para retirarte de la milicia terrena. Si el mundo hubiera sido entonces conocedor de tus intentos, lo hubiera tomado todo a chacota; y sin embargo fué un momento tan importante para la historia del mundo, como aquel en que, a semejanza de los más ilustres capitanes al concentrar sus tropas, diste orden a tus nueve compañeros de dirigirse de tres en tres a la Ciudad Santa. ¡Qué resultados tan admirables durante aquellos quince años en los que esta tropa escogida, reclutada por el Espíritu Santo, te tuvo a la cabeza como primer general! La herejía barrida de Italia, confundida en Trento, detenida en todas partes, inmovilizada hasta en su propia morada; inmensas conquistas en tierras nuevas para reparar las pérdidas sufridas en nuestro Occidente; la propia Iglesia rejuvenecida su belleza, restaurada en su pueblo y en sus pastores; asegurada para con sus hijos de una educación correspondiente a sus destinos celestiales; finalmente, en toda la linea donde imprudentemente Satanás había gritado victoria, en medio de espantosos rugidos, es domeñado nuevamente por este nombre de Jesús que hace doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos ¿Qué gloria, oh Ignacio, ha igualado jamás a ésta en los ejércitos de los reyes de la tierra?

INVOCACIÓN AL JEFE GLORIOSO


Vela desde el trono que te has conquistado con tantas hazañas sobre estos frutos de tus obras, y continúa mostrándote como soldado de Dios. A través de las contradicciones que no les han faltado nunca, mantén a tus hijos en el puesto de honor y de valentía que hace de ellos los centinelas de la vanguardia de tu Iglesia. Que sean fieles al espíritu de su glorioso Padre, "teniendo sin cesar ante los ojos primeramente el reino de Dios; en seguida, como un camino que conduce a él, la forma de su instituto, consagrando todas sus fuerzas a alcanzar este objeto que Dios les señala, siguiendo no obstante cada uno, la medida de la gracia que ha recibido del Espíritu Santo y el grado propio de su vocación".

Finalmente, oh cabeza de tan noble descendencia, abraza en tu amor a todas las familias religiosas cuya suerte ante la persecución ha venido a ser tan estrechamente solidaria en estos días a la de la tuya; bendice particularmente a la Orden monástica que protegió con sus antiguas ramas tus primeros pasos en la vida de perfección, y el nacimiento de la ínclita Compañía que será tu corona imperecedera en los cielos. Protege a España, que te vió nacer no sólo a la vida terrestre sino también a la gracia de la conversión. Ruega para que los cristianos aprendan de ti a militar por Dios, a no renegar nunca de su bandera, ruega para que todos los hombres, bajo tu mando, vuelvan a Dios su principio y su fin.

fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

domingo, 30 de julio de 2017

S A N T O R A L

SAN PEDRO CRISÓLOGO, ARZOBISPO Y CONFESOR

San Pedro, arzobispo de Ravena, llamado por su gran elocuencia Crisólogo, nació en Imola, ciudad principal de la provincia de Romania, en Italia. Fué diácono de Cornelio, obispo de lmola, el cual le llevó consigo, yendo á Roma, en compañía de algunos embajadores de la ciudad de Ravena, para suplicar al papa Sixto III de este nombre, que les diese obispo en lugar de Juan, ya difunto, y confirmase al que el clero y pueblo de Ravena habían elegido. Al tiempo que llegó esta embajada, había tenido el papa una revelación de San Pedro, apóstol, y de San Apolinar, su discípulo, obispo de Ravena, en que le mandaban que no confirmase por obispo al que venía nombrado de Ravena, sino á otro que traían consigo los embajadores, y venia en medio de ellos, y se le mostraron allí. Oyó el papa la petición de los de Ravena, y no quiso confirmar al que ellos traían nombrado, sino á Pedro, que venía con el obispo de Imola; porque cuando le vio, conoció que era el mismo que en aquella visión de San Pedro, y de San Apolinar le había sido mostrado, y en las costumbres y en la doctrina era varón tan eminente, que excedía á todos los demás. Mucho sintieron los embajadores de Ravena que el papa hubiese desechado al que ellos habían elegido; pero cuando entendieron del mismo santo pontífice lo que le había movido y la revelación que había tenido, abrazaron con gran voluntad á Pedro Crisólogo, como persona escogida de la mano de Dios, y dándosele por la de su vicario, y comenzaron á estimarle y reverenciarle como á varón de Dios. Con la misma alegría y aplauso fué recibido de toda la ciudad de Ravena, y especialmente del emperador Valentiniano, el III, y de Gala Placidia, su madre, que á la sazón estaban en Ravena. 
Y el santo prelado pidió á todos, que pues la carga de obispo era tan pesada, y casi intolerable, y Dios se la había impuesto sobre sus hombros contra su voluntad, que le ayudasen con obedecer á sus amonestaciones y consejos, y en guardar perfectamente los mandamientos y ley de Dios. 

Esto hecho, comenzó á edificar una obra insigne, que después sus sucesores la acabaron, para los sacerdotes de cierto templo, y consagró otro que la emperatriz Placidia había mandado labrar á honra de San Juan Bautista, y en este templo, junto al altar mayor, sepultó á San Barbaciano, varón perfecto y de santísima vida, por quien Dios en aquel mismo tiempo obró muchos milagros: y andando el tiempo, hizo otra iglesia y la dedicó á San Andrés, apóstol, y otros edificios para comodidad de la república.

Entre las otras excelencias que tuvo San Pedro, fué una la de su rara doctrina, acompañada con una singular elocuencia y elegancia, y copia de palabras propias y graves, de que Dios nuestro Señor le había adornado. Habíanse levantado en las partes de Oriente algunos herejes y hombres pestilentes, que sembraban la cizaña en la Iglesia, y perniciosos errores contra la verdad de la encarnación de Cristo nuestro Salvador, confundiendo las dos naturalezas divina y humana, y poniendo dos personas en Cristo. Para atajar este fuego, y arrancar de raíz tan mala semilla, mandó San León, papa, el Magno y I de este nombre, que había sucedido á Sixto III, juntar en Calcedonia el gran concilio de seiscientos y treinta obispos, en que fueron condenados Eutiques y Dióscero, y los otros monstruos y furias infernales, sus secuaces; y también mandó á San Pedro de Ravena, que escribiese al concilio todo lo que acerca de aquellas materias que se habían de tratar se le ofreciese; y él lo hizo con admirable y divina sabiduría y elocuencia.

Siendo San Pedro arzobispo, vino á Ravena San Germán, obispo antisiodorense para tratar con el emperador Valentiniano y con su madre algunos negocios graves y del servicio de Dios: tuvo con él nuestro Pedro estrecha amistad, porque ambos eran santos y amigos de Dios, y unidos con el mismo vinculo y caridad de Jesucristo. Mas estando allí San Germán, habiendo tenido revelación antes de su dichoso tránsito, dio su espíritu al Señor; y San Pedro compuso su sagrado cuerpo con extraordinario sentimiento, y dio orden que fuese llevado á Francia (como el mismo San Germán lo había mandado), y tomó la cogulla y el cilicio del santo, y le guardó y estimó, como un precioso y riquísimo tesoro, todos los días de su vida. Mas en lo que San Pedro principalmente se ocupaba, era en desarraigar los vicios de su pueblo y los malos usos que todavía quedaban de la gentilidad, especialmente el 1° día de enero y del año, solían hacer muchos juegos y fiestas delante de un ídolo; y San Pedro con sus sermones y continuas exhortaciones procuró que se desterrase de la ciudad aquel uso sacrílego y profano.  
Habiendo, pues, sido diez años obispo de Ravena, y estando en Imola, su patria; entendiendo que Dios nuestro Señor le llamaba para sí, se fué al templo de San Casiano, mártir, y postrado delante de su sagrado cuerpo, ofreciólo muchos dones y le suplicó que le favoreciese en aquel trance, y presentase su alma delante del acatamiento del Señor: y habiendo exhortado á los de Ravena que le habían acompañado, que no se apartasen jamás de los mandamientos de Dios, y que eligiesen por sucesor suyo y pastor persona digna de tan alto grado, acabó el curso de su peregrinación, y falleció á los 2 de diciembre, por los años del Señor de 440. Fué sepultado en la misma iglesia, junto al altar de San Casiano, mártir: aunque la iglesia de Ravena tiene un brazo suyo ricamente adornado, y le reverencia con suma veneración. Dejó San Pedro entre otras obras muchas homilías y sermones muy elegantes y graves. 
Su vida escribió Gerónimo Rubio, historiador de las cosas de Ravena, y está en el VII tomo del padre Mosandro, añadido á seis tomos de Fr. Lorenzo Surio. Hacen mención de él el Martirologio romano á los 2 de diciembre (luego trasladado al 30 de julio), y Constancio en la vida de San Germán, obispo antisiodorense, y Pedro Damián en el sermón de San Barbaciano, y César Baronío en sus anotaciones.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.










La Oración Dominical

Sermón 67 de San Pedro Crisólogo


            Hermanos queridísimos, habéis oído el objeto de la fe; escuchad ahora la oración dominical. Cristo nos enseñó a rezar brevemente, porque desea concedernos enseguida lo que pedimos. ¿Qué no dará a quien le ruega, si se nos ha dado Él mismo sin ser pedido? ¿Cómo vacilará en responder, si se ha adelantado a nuestros deseos al enseñarnos esta plegaria?

            Lo que hoy vais a oír causa estupor a los ángeles, admiración al cielo y turbación a la tierra. Supera tanto las fuerzas humanas, que no me atrevo a decirlo. Y, sin embargo, no puedo callarme. Que Dios os conceda escucharlo y a mí exponerlo.

            ¿Qué es más asombroso, que Dios se dé a la tierra o que nos dé el cielo? ¿que se una a nuestra carne o que nos introduzca en la comunión de su divinidad? ¿que asuma Él la muerte o que a nosotros nos llame de la muerte? ¿que nazca en forma de siervo o que nos engendre en calidad de hijos suyos? ¿que adopte nuestra pobreza o que nos haga herederos suyos, coherederos de su único Hijo? Sí, lo que causa más maravilla es ver la tierra convertida en cielo, el hombre transformado por la divinidad, el siervo con derecho a la herencia de su señor. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que sucede. Mas como el tema de hoy no se refiere al que enseña sino a quien manda, pasemos al argumento que debemos tratar.

            Sienta el corazón que Dios es Padre, lo confiese la lengua, proclámelo el espíritu y todo nuestro ser responda a la gracia sin ningún temor, porque quien se ha mudado de Juez en Padre desea ser amado y no temido.

            Padre nuestro, que estás en los cielos. Cuando digas esto no pienses que Dios no se encuentra en la tierra ni en algún lugar determinado; medita más bien que eres de estirpe celeste, que tienes un Padre en el cielo y, viviendo santamente, corresponde a un Padre tan santo. Demuestra que eres hijo de Dios, que no se mancha de vicios humanos, sino que resplandece con las virtudes divinas.

            Sea santificado tu nombre. Si somos de tal estirpe, llevamos también su nombre. Por tanto, este nombre que en sí mismo y por sí mismo ya es santo, debe ser santificado en nosotros. El nombre de Dios es honrado o blasfemado según sean nuestras acciones, pues escribe el Apóstol: es blasfemado el nombre de Dios por vuestra causa entre las naciones (Rm 2:24).

            Venga tu reino. ¿Es que acaso no reina? Aquí pedimos que, reinando siempre de su parte, reine en nosotros de modo que podamos reinar en Él. Hasta ahora ha imperado el diablo, el pecado, la muerte, y la mortalidad fue esclava durante largo tiempo. Pidamos, pues, que reinando Dios, perezca el demonio, desaparezca el pecado, muera la muerte, sea hecha prisionera la cautividad, y nosotros podamos reinar libres en la vida eterna.

            Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Éste es el reinado de Dios: cuando en el cielo y en la tierra impere la Voluntad divina, cuando sólo el Señor esté en todos los hombres, entonces Dios vive, Dios obra, Dios reina, Dios es todo, para que, como dice el Apóstol, Dios sea todo en todas las cosas (1 Cor 15:28).

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            El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Quien se dio a nosotros como Padre, quien nos adoptó por hijos, quien nos hizo herederos, quien nos transmitió su nombre, su dignidad y su reino, nos manda pedir el alimento cotidiano. ¿Qué busca la humana pobreza en el reino de Dios, entre los dones divinos? Un padre tan bueno, tan piadoso, tan generoso, ¿no dará el pan a los hijos si no se lo pedimos? Si así fuera, ¿por qué dice: no os preocupéis por la comida, la bebida o el vestido? Manda pedir lo que no nos debe preocupar, porque como Padre celestial quiere que sus hijos celestiales busquen el pan del cielo. Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo (Jn 6:41). Él es el pan nacido de la Virgen, fermentado en la carne, confeccionado en la pasión y puesto en los altares para suministrar cada día a los fieles el alimento celestial.

 
         Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si tú, hombre, no puedes vivir sin pecado y por eso buscas el perdón, perdona tú siempre; perdona en la medida y cuantas veces quieras ser perdonado. Ya que deseas serlo totalmente, perdona todo y piensa que, perdonando a los demás, a ti mismo te perdonas.         


            Y no nos dejes caer en la tentación. En el mundo la vida misma es una prueba, pues asegura el Señor: es una tentación la vida del hombre (Job 7:1). Pidamos, pues, que no nos abandone a nuestro arbitrio, sino que en todo momento nos guie con piedad paterna y nos confirme en el sendero de la vida con moderación celestial.

            Mas Iíbranos del mal. ¿De qué mal? Del diablo, de quien procede todo mal. Pidamos que nos guarde del mal, porque si no, no podremos gozar del bien.

sábado, 29 de julio de 2017

S A N T O R A L

SANTA MARTA, VIRGEN

 Fué santa Marta hebrea de nación, é hija de padres nobles y ricos. 
Su padre, según san Antonino, se llamó Sito, y su madre Eucaria. El sagrado evangelista San Lucas nos dice, como Cristo fué hospedado de Santa Marta, que era hermana de María Magdalena y de Lázaro, y nos pone delante la solicitud y cuidado, con que esta santa virgen le servía: porque con ser mujer principal y rica, y tener muchos criados en casa; no fiándose de los otros, ella misma entendía en proveer lo que era menester, y en aderezar la comida: y pareciéndole poco todo lo que hacía, quería que su hermana Magdalena, que se estaba á los pies de Cristo, oyendo sus dulcísimas palabras, y apacentándose con su doctrina divina, se levantase, y la ayudase; porque todo el mundo, que se empleara en servirle y regalarle, le parecía poco.
Quejoso al Señor, suplicándole amorosamente que mandase á su hermana, que la ayudase; pero el Señor, aunque no reprendió el solícito afecto con que Marta le servía, alabó la quietud suave con que Magdalena, dejados los otros cuidados, atendía á lo que más importa, que es oír á Dios, y gozar de Dios.

Evangelio según San Juan, 11:17-41:

Vino, pues, Jesús y halló que había ya cuatro días que estaba en el sepulcro. Y Betania distaba de Jerusalén como unos quince estadios. Y muchos judíos habían venido a Marta y a María para consolarlas de su hermano. Marta, pues, cuando oyó que venía Jesús, le salió a recibir, mas María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora, que todo lo que pidieras a Dios te lo otorgará Dios". Jesús le dijo: "Resucitará tu hermano": Marta le dice: "Bien sé que resucitará en la resurrección en el último día". Jesús le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?" Ella le dijo: "Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo que has venido a este mundo".
Y dicho esto, fue y llamó en secreto a María su hermana, y dijo: "El Maestro está aquí y te llama". Ella, cuando lo oyó, se levantó luego y fue a Él. Porque Jesús aún no había llegado a la aldea; sino que se estaba en aquel lugar en donde Marta había salido a recibirle. Los judíos, pues, que estaban en la casa con ella, y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado apresurada, y había salido, la siguieron, diciendo: "Al sepulcro va a llorar allí". Y María, cuando llegó a donde Jesús estaba, luego que le vio, se postró a sus pies y le dice: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto".
Jesús cuando la vio llorando y que también lloraban los judíos que habían venido con ella, gimió en su ánimo y se turbó a sí mismo. Y dijo: "¿En dónde le pusisteis?" Le dicen: "Ven y lo verás". Y lloró Jesús. Y dijeron entonces los judíos: "Ved cómo le amaba". Y algunos de ellos dijeron: "¿Pues éste abrió los ojos del que nació ciego, no pudiera hacer que éste no muriese?" Mas Jesús, gimiendo otra vez en sí mismo, fue al sepulcro. Era una gruta y habían puesto una losa sobre ella. Dijo Jesús: "Quitad la losa". Marta, que era hermana del difunto, le dice: "Señor, ya hiede, porque es muerto de cuatro días". Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios?" Quitaron, pues, la piedra...
Vese asimismo la familiaridad, que nuestro Señor Jesucristo tuvo con estas dos santas hermanas, y el favor y merced que les hacía, cuando estando su hermano Lázaro enfermo y peligroso, le escribieron: «Señor, el que amas está enfermo»; sin añadir otra palabra; porque sabían que ésta sola bastaba para que el Señor viniese y le diese entera salud, como lo hizo: aunque para manifestar más su gloria, permitió que Lázaro muriese, y estuviese hediondo cuatro días en la sepultura, para resucitarle, llorando sobre él, por la ternura y compasión que tenía á sus dos hermanas: de las cuales Marta salió primero á recibirle fuera del castillo, y después llamó á su hermana María, mostrándose en todo devotas, humildes, y amorosas discípulas del Señor: el cual, como quien tan bien paga los servicios que se le hacen, y pone á su cuenta sus mismos dones con que nos previene y enriquece, llenó aquella casa de bendición, y con singulares gracias y privilegios adornó las animas, de las que tanta voluntad y devoción en ella le recibían y hospedaban, aun en tiempo que los judíos tanto lo perseguían, y tenían por malditos y excomulgados á los que trataban con Él.http://3.bp.blogspot.com/-2wxBmRCRsgQ/UBRrny9PbKI/AAAAAAAAAqI/j5pWBy6zvLQ/s1600/marta+60.jpg De aquí vino, que después de la ascensión de Cristo á los cielos, estos mismos judíos, persiguiendo á los fieles y miembros de Cristo, echaron mano de Santa Marta y Santa Magdalena, y habiéndoles confiscado primero sus bienes, las pusieron con Lázaro, su hermano, y con Maximino y toda su casa, en un navío sin velas, ni remos, para que pereciesen en el mar; más el navío guiado de Dios aportó á Marsella: la cual ciudad, visto el milagro, y oyendo la predicación del Evangelio, se convirtió á la fé de Cristo, y luego otra ciudad, llamada Aix, hizo lo mismo. En Marsella fué obispo Lázaro, y Maximino, uno de los setenta y dos discípulos de Cristo, lo fué en Aix. La Santa Magdalena se apartó a un áspero y solitario monte, para emplearse toda en oración y meditación. Santa Marta con una criada suya, llamada Marcela, edificó un monasterio fuera de poblado, y en compañía de otras muchas doncellas, que la siguieron, sirvió muchos años en santo recogimiento al Señor, alzándola bandera (después de la Madre de Dios) de la virginidad, y haciendo voto de ella, viviendo en congregación de mujeres dedicadas á Dios enteramente, con tanto rigor y aspereza de vida, que san Antonino, arzobispo de Florencia, escribe, que no comía carne, ni huevos, ni queso, ni bebía vino, y que comía sola una vez al día, y era tan dada a la oración, que cien veces cada día, y otras tantas cada noche se hincaba de rodillas para adorar y reverenciar al Señor. Y el mismo autor refiere, que con sus oraciones mató un dragón horrible y disforme, que hacía mucho daño en toda aquella tierra, haciendo sobre él la señal de la cruz, y rociándole con agua bendita: y que llegando el tiempo, en que nuestro Señor la quería galardonar, le reveló un año antes el fin de su dichosa vida; y que para mayor corona suya, quiso que todo aquel año estuviese doliente de calenturas: pero ocho días antes de su muerte oyó suavísima música en el cielo, y vio los santos ángeles, que cantando llevaban el ánima de su dulcísima hermana Magdalena, la cual le apareció á la hora de su tránsito:
Sepulcro de Santa Marta en Tarascón
y el mismo Cristo nuestro Redentor la visitó; y le dijo: Ven, huéspeda mía muy querida; que como tú me recibiste en tu casa, así yo te recibiré en la mía en el cielo. Mandóse poner sobre el suelo, sembrado de ceniza, en parte donde pudiese descubrir y ver el cielo: y teniendo allí delante una cruz, se hizo leer la pasión del Señor, escrita por San Lucas; y llegando á aquellas palabras: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», dio el suyo al Señor. También dice San Antonino, que estando san Frontino, obispo petragoricense, que ahora llamando Perigueux (á donde había sido enviado del apóstol san Pedro) diciendo misa, le apareció un ángel, y le dijo, que fuese á enterrar á santa Marta, y le llevó á Tarascón donde fué su muerte, y se halló a su entierro, é hizo el oficio en compañía del mismo Cristo, que le ayudó á enterrar: porque así honra Dios á los que le honran, y con semejantes favores paga los servicios que por su gracia se le hacen. Pedro Galesino dice, que escribió la vida de santa Marta en hebreo Marcela, su criada, y que la tradujo en latín Síntico; aunque el cardenal Baronio le parece aquella vida escrita por algún autor más moderno, y digna de ser examinada.
Celebra la fiesta de Santa Marta la Iglesia el día de su muerte, que fué á 29 de julio, año de 84, imperando Domiciano. Hizo nuestro Señor muchos milagros por esta bienaventurada santa, entre los cuales fué uno, dar salud á Clodoveo, rey de Francia, estando muy enfermo y orando al sepulcro de Santa Marta.
Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.










Cuenta la Leyenda, que en un bosque, situado entre Arles y Avignon, había por aquel tiempo un dragón. Esta fiera a veces salía del bosque, se sumergía en el río, volcaba las embarcaciones y mataba a cuantos navegaban en ellas. Santa Marta, atendió los ruegos de la gente de la comarca, y dispuesta a liberarla definitivamente, se fue al bosque a buscar a la fiera; la halló devorán­dose a un campesino.
Santa Marta se acercó sin temor, la roció con agua bendita y le mostró una cruz. La bestia, al ver la cruz y sentir el contacto con el agua bendita, se tornó mansa como una oveja. Santa Marta se acercó nuevamente a ella, la amarró por el cuello con el cordón de su túnica, la sacó a un claro, y allí los hombres de la comarca le dieron muerte. Desde entonces, el lugar comenzó a lla­marse Tarascón que era el nombre del Dragón.

Una vez que terminó con la fiera que era el azote de la comarca, Santa Marta, decidió dedicarse al ayuno y la oración en aquel bosque y pronto se le unieron varias mujeres. Edificó entonces una ba­sílica dedicada a la Virgen María, y un convento anexo en el que todas ellas organizaron su vida en comunidad a base de penitencia y oración.