viernes, 16 de junio de 2017

S A N T O R A L

 


SAN QUIRICO Y SANTA JULITA, MARTIRES

LA LECCIÓN DE LOS MÁRTIRES

De cualquier naturaleza que sean los pormenores legendarios que se hayan introducido en sus Actas, acordémonos, sin embargo que eso, que únicamente es digno de honrar a los Santos, quien sigue la enseñanza que dieron al mundo. Las persecuciones que se han sucedido desde la antigüedad hasta nuestros días, deben enseñarnos que el heroísmo de Julita no es simplemente objeto de admiración estéril, sino que puede servirnos de ejemplo.
El deber no cambia de un siglo a otro; la dificultad de cumplirse puede variar según las circunstancias de tiempo y lugar: pero no por eso desaparecen sus inflexibles exigencias.
SACRIFICIO DE ALEGRÍA
No olvidemos, por otra parte, que la Iglesia es nuestra madre y, como tal tiene el derecho y la obligación de alimentar a sus hijos. No ha cesado de protestar contra todas las tiranías que han procurado separar de ella a sus hijos; pero si por fuerza se pretende arrancar de sus brazos a uno de sus pequeñuelos, éstos han de saber que tienen obligación de imitar al joven San Quirico, de permanecería fieles, guardar su palabra y tender hacia ella con tanto mayor fuerza, cuanto más se los quiera separar de su seno, de rechazar los halagos y las comodidades que le ofrecen, y preferir la muerte al pecado y a la infidelidad.

VIDA

Desde la antigüedad San Quirico fué objeto de un culto muy extendido y célebre. Más tarde se juntó a su nombre el de Santa Julita que, según el martirologio de San Jerónimo, fué su madre. Se han publicado numerosos relatos de su martirio. Si hemos de dar fe al más conocido de todos, Julita habitaba en Iconio con un hijo de tres años. La persecución la obligó a trasladarse a Seleucia, cerca de Tarso. Allí debería sufrir su cruel martirio. Quirico, al ver padecer a su madre, también él se declaró cristiano, y, no queriendo separarse de ella, sufrió el martirio juntamente. Sus reliquias fueron conducidas a Francia, donde se levantaron numerosos santuarios en su honor. Carlomagno, librado por San Quirico de un jabalí misterioso que iba a matarle, quiso patentizar su reconocimiento decidiendo que la Catedral de Nevers, reconstruida por su munificencia, le adoptase por patrón. Desde entonces los artistas cristianos representan al santo niño con un jabalí a sus pies.
SÚPLICA
¡Oh santos Mártires! ya no os acordáis, según la palabra del Señor, de los padecimientos pasados. El sacrificio de madre e hijo, comenzando en una confesión dolorosa, es hoy un sacrificio de alegría y alabanza. Porque vuestro sacrificio común se continúa en el cielo: es la base de las relaciones tan poderosas y tan dulces en las cuales Dios se complace; es la fuente de bendiciones que el Señor gusta derramar por vuestra intercesión sobre la tierra. Haced que cuanto antes amanezca el día del retorno a la verdadera luz en el Oriente, que os dió la vida y que regasteis con vuestra sangre preciosa.
Bendecid a Occidente, en el cual tantas iglesias celebran hoy vuestra fiesta.

LOS DERECHOS DE LA MADRE

Conserva la fe de las madres, oh Julita; eleva su cristianismo a la altura de las enseñanzas contenidas en tus gloriosos combates. Ante la tiranía que se apodera de la educación para perder el alma de los pobres niños, deben imitar todos a San Quirico.
Se ha visto algunos que, ante la odiosa presión de maestros impíos que les querían enseñar doctrinas condenadas por la Iglesia, no sabían escribir sino sólo el Credo que les habían enseñado sus madres. ¡Benditos sean! Sin duda tú, oh Quirico, te regocijaste a la vista de tan hermoso espectáculo, y tu mirada se ha posado con amor sobre estos émulos que te presenta nuestro siglo.
Con tu madre, desarrolla más y más en los hijos de la Iglesia, este sentimiento de la santa libertad que les fué otorgada en el bautismo: ella es quien, sumisa a todos los poderes que vienen de Dios, triunfó de los Césares. De su noble independencia ante los abusos que la autoridad comete, depende aun hoy la salvación de la sociedad.
fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer
Cuenta la tradición cristiana que Julita, noble y virtuosa mujer de Licaonia, comenzó a temer, tras la publicación de los decretos contra los cristianos de los emperadores Diocleciano y Maximiano, que su hijo Quirico, a quien deseaba mantener en la fe católica, pudiese sufrir algún daño. Para evitar esa posibilidad se alejó de su casa y fue a vivir primero a la provincia de Isauria, después a la de Iconia y finalmente a Tarso. Hasta allí la siguieron los decretos y las acusaciones y hasta allí llegó la orden para que Alejandro, el gobernador, persiguiese a la nueva religión. Habiendo interrogado a la madre y habiéndose mostrado ella tan firme como tenaz en sus ideas, Alejandro tomó en sus brazos al niño Quirico a quien con caricias pretendía atraer pero el niño sólo repetía: "Soy cristiano". La expresión, repetida una y mil veces por Quirico, enfadó al gobernador hasta el extremo de que en un arrebato de ira arrojó al niño contra el suelo partiéndole la cabeza, tras de lo cual ordenó que su madre fuese decapitada.
Urna con las reliquias de los Santos conservada en Wavre, Bélgica.
Urna con las reliquias de los Santos en Wavre -Bélginas
Dos criadas retiraron los cuerpos muertos del niño y de la madre; los enterraron en lugar retirado, en Tarse, hasta que dieciocho años después, con la paz de Constantino, se pudieron descubrir para su veneración.

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