sábado, 20 de mayo de 2017

S A N T O R A L

SAN BERNARDINO DE SENA, CONFESOR

EL SANTO NOMBRE DE JESÚS

En otra estación del año litúrgico, cuando ofrecimos nuestros homenajes y anhelos junto a la cuna del Niño divino, se consagró uno de los días a celebrar la gloria y saborear la dulzura de su nombre. La Santa Iglesia salta de alegría al pronunciar este nombre que su celeste Esposo eligió desde toda eternidad; y el género humano respira con confianza pensando que el Dios supremo que podría llamarse el Justo y el Vengador, desea más bien, ser llamado en adelante Salvador. Bernardino de Sena, a quien festejamos en este día, se nos manifestó por entonces llevando en sus manos y ofreciendo a la consideración de los hombres este bendito nombre rodeado de luz. Invitaba al mundo entero a venerar con amor y confianza este sagrado nombre en el que se revela divinamente toda la economía de nuestra salvación.
La Iglesia agradecida acepta esta señal: alienta a sus fieles a recibir de las manos del hombre Dios escudo tan poderoso contra los dardos del espíritu de las tinieblas, a estimar sobre todo un nombre que nos enseña hasta qué extremo ha amado Dios al mundo: por fin cuando el santo nombre de Jesús hubo conquistado por su adorable belleza todos los corazones cristianos, le dedicó una de las solemnidades del Tiempo de Navidad.
En este día ha reaparecido el noble hijo de San Francisco, y sus manos tienen siempre el glorioso retrato del nombre sagrado. Mas ya no es el nombre profético del Niño recién nacido, el que la Virgen repetía con ternura y respeto, inclinada sobre su cuna: es un nombre que resuena con mayor estrépito que las tormentas, es el trofeo de las más brillantes victorias, es la profecía cumplida en toda su plenitud. El nombre de Jesús indicaba al género humano un Salvador: Jesús ha salvado al género humano muriendo y resucitando por él; ahora es Jesús en el pleno sentido de la palabra. Recorred la tierra y decidnos en qué lugar no es conocido este nombre: decidnos qué otro nombre ha congregado a los hombres en una sola familia.
Los príncipes de la Sinagoga quisieron detener el empuje de este victorioso nombre, y destruirle en Jerusalén: dijeron a los apóstoles: "Os prohibimos la enseñanza de este nombre". Y para respuesta, Pedro pronunció esta enérgica sentencia, que resume toda la fortaleza de la Iglesia: "Mejor es obedecer a Dios que a los hombres". Pero fué como si hubieran intentado tratar de detener el sol en su curso; y cuando el poder romano se impuso el deber de poner obstáculos por medio de sus edictos al progreso triunfal de este nombre, ante el cual toda rodilla debe inclinarse, se vió reducido a la impotencia. Al cabo de tres siglos el nombre de Jesús se extendía por todo el mundo romano.

PREDICADOR DEL NOMBRE DE JESÚS

Armado con este nombre sagrado, Bernardino recorrió en el siglo XV las ciudades de Italia, en luchas unas contra otras, y frecuentemente divididas hasta en su interior. El nombre de Jesús en sus manos se convierte en el arco iris de la paz. En todos los lugares donde Bernardino enarbola este símbolo, toda rodilla se inclina, el corazón herido y rencoroso se aplaca, el pecador corre a las fuentes del perdón. Las tres letras que representan este nombre siempre bendito debían llegar a serles familiares a todos los fieles: se las esculpía, se las gravaba, y se las pintaba en todas las partes: y la catolicidad lograba una nueva expresión de su religión y de su amor hacia el Salvador de los hombres.
Bernardino Predicador inspirado, ha dejado numerosos escritos que le declararon doctor de primer orden en la ciencia divina. Nos hubiera gustado, si el espacio nos lo hubiese permitido, dejarle exponer aquí las grandezas del misterio de la Pascua: permitámosle, por lo menos, expresar su pensamiento sobre la aparición del Salvador resucitado a su Santa Madre. El lector católico verá con alegría la unión doctrinal que reina en esta materia tan importante entre la escuela franciscana representada por San Bernardino, y la escuela dominicana cuyo testimonio reproducimos en la fiesta de San Vicente Ferrer.

LA APARICIÓN DE JESÚS A MARÍA

"Del hecho que la historia evangélica no dé ningún detalle acerca de la visita que Cristo hizo a su Madre para consolarla, después de resucitado, no se puede deducir que el misericordiosísimo Jesús, fuente de toda gracia y consuelo tan solícito en alegrar a los suyos con su presencia, hubiera olvidado a su Madre, que sabía habría estado totalmente embargada por las amarguras de su Pasión. Pero plugo a la providencia de Dios no manifestarnos esta particularidad en el texto del Evangelio por tres razones:
"En primer lugar, por causa de la firmeza de la fe que tenía María". La certeza que tenía la Virgen Madre de la Resurrección de su Hijo no fué quebrantada en nada, ni aún por la más leve duda. Cosa fácil es de creer, si se reflexiona sobre la gracia particularísima de la que fué llena la Madre de Cristo Dios, Reina de los Ángeles, Señora del universo. El silencio de la Escritura sobre esta materia dice más a las almas iluminadas que la misma declaración. Hemos tratado de conocer a María desde la visita del Ángel, en el momento en que el Espíritu Santo la cubre con su sombra: la hemos encontrado al pie de la cruz, Madre de dolores presente junto a su Hijo moribundo. Si, pues, el Apóstol pudo decir: "En proporción a la parte que hubiereis tenido en los sufrimientos participaréis en las consolaciones"; calculad según esto, la medida en que la Virgen Madre debió de ser asociada a las alegrías de la Resurrección. Se debe, pues, estar cierto de que su dulcísimo Hijo resucitado la consoló antes que a los demás. Esto es lo que la Iglesia parece querer indicar al celebrar en Santa María la Mayor la Estación del día de Pascua. De otro modo, si porque los evangelistas no dicen nada, queréis concluir que su Hijo resucitado no se apareció primeramente a Ella, sería necesario proseguir hasta afirmar que no se la apareció nunca, puesto que los mismos Evangelistas, en sus diversas apariciones que relatan no señalan ninguna que se refiere a Ella. Semejante conclusión sería impía.
"En segundo lugar, el silencio del Evangelio se explica por la infidelidad de los hombres. El fin del Espíritu Santo al inspirar los Evangelios, fue describir las apariciones que podían quitar toda duda a los hombres carnales acerca de la creencia en la Resurrección de Cristo. Su categoría de Madre hubiera sido más débil a sus ojos el testimonio de María: por esta razón no fué alegado, aunque seguramente no pudo haber entre todos los seres nacidos o por nacer ninguna criatura, si se exceptúa la humanidad de su Hijo Cuya afirmación merezca con mayor motivo ser admitida por toda alma verdaderamente piadosa. Pero era necesario que el texto evangélico no nos relatase más que testimonios que pudiesen ser dichos en presencia de todo él mundo: en cuanto a la aparición de Jesús a su Madre, el Espíritu Santo la ha reservado para quienes son iluminados por su luz.
"En tercer lugar, este silencio se explica por la sublimidad misma de la aparición. Después de la Resurrección, los Evangelios no dicen nada acerca de la Madre de Cristo, porque sus tiernas relaciones con su Hijo fueron en adelante tan sublimes, tan inefables que no había términos en qué expresarlas. Existen dos clases de visión: una, puramente corporal y relativamente imperfecta; otra, que tiene su sede principal en el alma y es propia de las almas ya transformadas. Admitid, si queréis que Magdalena participó antes que los demás en la visión puramente corporal, puesto que reconocéis que la Virgen vió antes que ella, y de una manera más sublime a su Hijo resucitado; que le reconoció y disfrutó la primera de sus deliciosos amores en su alma más aún que en su cuerpo."

VIDA

Bernardino nació cerca de Sena en el 1380. Transcurrió su juventud en intensa piedad y en perfecta inocencia, unida a una gran generosidad hacia los pobres y enfermos. En el 1402 ingresó en los Hermanos Menores. Dos años después recibió el sacerdocio y empezó la larga carrera de predicaciones que le obligará a recorrer toda Italia. Gracias al nombre de Jesús, por el ejemplo de su piedad y de sus virtudes, por el brillo de sus milagros, convirtió a muchas almas, terminó por aplacar las discordias civiles y se le puede considerar como precursor de la reforma que realizaron más tarde los concilios de Letrán y Trento. Murió en Aquila el 20 de mayo de 1444 y fué canonizado seis años después por el Papa Nicolás V.

GLORIA DEL NOMBRE DE JESÚS

¡Qué bellos son, oh Bernardino, los rayos que forman la aureola del Nombre de Jesús! ¡Qué dulce es su luz, cuando el Hijo de Dios recibe este nombre salvador el octavo día de su nacimiento! ¿Pero qué ojo mortal podrá soportar su esplendor cuando obre nuestra salvación no ya en la humildad y en el sufrimiento sino en el triunfo de su Resurrección? En medio de los resplandores personales del Nombre de Jesús apareces tú, oh Bernardino; el nombre que amaste y glorificaste te asocia en adelante a su victoria. Extiende, pues, ahora sobre nosotros, más copiosamente que lo hiciste sobre la tierra, los tesoros de amor, admiración y esperanza cuya fuente es este divino Nombre y purificad los ojos de nuestra alma, para que un día podamos contemplar contigo sus magnificencias.

PLEGARIA

Ilustre hijo del Gran Patriarca de Asís, la Orden Seráfica te venera como una de sus principales columnas; hiciste revivir en su seno la primitiva observancia: continúa desde lo alto del cielo protegiendo la obra empezada por ti aquí. La familia de San Francisco es uno de los más firmes baluartes de la Santa Iglesia, haz que siempre florezca, sostenla en las tempestades, auméntala en proporción de las necesidades del pueblo fiel, porque eres el segundo Padre de esta sagrada familia y tus súplicas son poderosas ante el Redentor cuyo nombre glorioso publicaste en la tierra.
  
 fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer
Tomo III pag. 863 y siguientes

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