miércoles, 26 de abril de 2017

Santoral

SAN ISIDORO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA


La Iglesia nos presenta hoy la apacible e imponente figura de uno de sus más santos Pontífices, Isidoro, el gran Obispo de Sevilla, el hombre más sabio de su siglo, pero más admirable todavía por las maravillas de su celo en su patria, viene hoy a animarnos con ejemplo y su intercesión.

LA "CATÓLICA" ESPAÑA

Entre todas las provincias del cristianismo hay una que ha merecido por excelencia el nombre de "Católica": es España. Desde el comienzo del siglo VIII la Divina Providencia la sometió a una prueba terrible al permitir que los mahometanos se apoderasen de la mayor parte de ella, hecho que costó a sus hijos ocho siglos de lucha para recobrar finalmente su patria. Las vastas comarcas de Asia y Africa, que hacia la misma época sufrieron la invasión musulmana, han permanecido bajo el yugo del Islamismo. ¿A qué debe España el triunfo sobre sus opresores? ¿Por qué el sentimiento de la dignidad humana no se ha extinguido jamás en su pueblo? La respuesta es fácil: España, en el momento de la invasión, era católica, mientras que los pueblos que sucumbieron a la cimitarra del musulmán habían roto ya con el cristianismo por la herejía o por el cisma. Dios los dejó abandonados porque ellos habían rehusado la verdad de la Fe y la unidad de la Iglesia; por ello se dejaron avasallar sin ofrecer apenas resistencia a sus feroces conquistadores.

UNA FAMILIA DE SANTOS

Concilio de Toledo-Representación medieval
Sin embargo de eso, España había corrido grave peligro. La raza goda, al someterla, había depositado en su seno la herejía. El arrianismo elevó también sus altares sacrilegos en la Península Ibérica, pero Dios no permitió, que esta tierra privilegiada, permaneciese mucho tiempo bajo el yugo del error. Antes de la llegada de los sarracenos, España se había reconciliado ya con la Iglesia; una familia tan ilustre como santa tuvo la gloria de consumar esta gran obra. El viajero que recorre en nuestros días Andalucía observa con extrañeza que, en cada uno de los cuatro ángulos de las plazas públicas, se levantan cuatro estatuas que representan a tres hermanos y una hermana: San Leandro, Obispo de Sevilla; San Isidoro, a quien festejamos hoy; San Fulgencio, Obispo de Cartagena y su hermana Santa Fiorentina, virgen consagrada a Dios. Por los esfuerzos del celo y de la elocuencia de San Leandro, el rey Recaredo y todo el pueblo godo abrazaban la fe católica en el Concilio de Toledo; de la ciencia y el gran carácter de Isidoro consolidaron esta feliz revolución; Fulgencio la sostuvo por sus virtudes y su doctrina, mientras Florentina cooperaba a esta gran obra con el tributo de sus sacrificios y de sus oraciones.

VIDA

San Isidoro nació en Cartagena en 560. Ya desde su juventud su vastísima ciencia le permitió combatir la herejía arriana. En 600 fué elevado a la sede de Sevilla y San Gregorio Magno le nombró su Nuncio en toda España. Favoreció la vida monástica, levantó escuelas, reunió Concilios, escribió los libros de las Etimologías, de los Oficios Eclesiásticos y otras importantísimas obras para la disciplina cristiana, y sobre todo dió ejemplo de las más altas virtudes. Después de haber extirpado de España la herejía murió en Sevilla en 636.

ELOGIO Y PLEGARIA

 Pastor fiel, el pueblo cristiano honra tus virtudes y tus servicios y se regocija de la recompensa con que el Señor ha coronado tus méritos; séle propicio en estos días de salud. En la tierra tu vigilancia no abandonó nunca el rebaño que te fué confiado; míranos a nosotros como a tus ovejas; defiéndenos de los lobos que sin cesar nos amenazan. Que tus oraciones nos obtengan la plenitud de las gracias necesarias para acabar esta Cuaresma. Sostén nuestro valor, anima nuestro ardor; prepáranos a la celebración de los grandes misterios. Nosotros hemos lamentado nuestras ofensas y expiado, aunque imperfectamente, nuestros delitos; la obra de nuestra conversión ha dado un paso; ahora es necesario que se consume por la contemplación de los sufrimientos y de la muerte de nuestro Redentor.
Asístenos, oh Pontífice de Cristo; tú, cuya vida fué siempre tan integra, no abandones a los pecadores y escucha la oración de la Iglesia. Desde el seno de tus alegrías eternas, acuérdate también de tu patria terrena y bendice a España. Devuélvela el ardor primitivo de su fe, renueva su apego a la integridad de las costumbres cristianas. La Iglesia entera honra a este país por su fidelidad en guardar el depósito de las doctrinas de la salvación; haz que nunca decaiga y aparta de ella los males que la afligen; que sea siempre fiel y digna del nombre que tú la has ayudado a conquistar.



Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer Tomo II pag 941 y siguientes

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