viernes, 7 de abril de 2017

S A N T O R A L




Beatos Mártires Presbítero Eduardo Oldcorne y hermano Rodolfo Ashley, Jesuitas



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Mártires de la persecución en Inglaterra
Se llama así a los católicos que murieron en  Inglaterra en defensa de su fe y
de la primacía del Papa, entre 1535 y 1681, durante las persecuciones bajo
Enrique VIII, Isabel I, Jacobo I, Carlos I,  la Tiranía de Cromwell y Carlos II
Los beatos mártires Eduardo Oldcorne, presbítero, y Rodolfo Ashley, religiosos de la Compañía de Jesús, que ejercieron clandestinamente el ministerio durante muchos años, pero finalmente, acusados de
tomar parte en un complot contra el rey Jacobo I, fueron encarcelados y torturados, y después descuartizados vivos en 1606 en Worcester, Inglaterra. Beatificados por S.S. Pio XI el 15 de Diciembre de 1929. Eduardo Oldcorne nació en York Inglaterra, en el año 1561. Hizo sus estudios eclesiásticos primero en Reims y después en Roma. Seis años después de su llegada a la Ciudad Eterna, fue ordenado sacerdote para ir a la misión de Inglaterra. Como tenía gran deseo de entrar en la Compañía de Jesús, el P. Aquaviva, teniendo en cuenta lo peligroso de su misión, le admitió sin los dos años de noviciado en 1587.

El P. Oldcorne desembarcó en Inglaterra con el P. Gerard. Inmediatamente después se separaron, y el P. Oldcorne se dirigió a Worcester. Allí trabajó diecisiete años con el nombre de Hall; escapó varias veces, casi milagrosamente, de los perseguidores, reconcilió con la Iglesia a muchos católicos y convirtió a numerosos protestantes. Entre éstos se contaba a Dorotea Abington, dama de honor de la reina Isabel y hermana de un caballero católico, en cuya casa vivió el Padre Oldcorne durante su estancia en Worcestershire.
Sufrió de cáncer en la garganta, pero siguió predicando a pesar del dolor. En busca de cura realizó una peregrinación hacia la urna de San Winifred en Flintshire. Su cáncer sanó, y volvió fuerte y saludable a seguir trabajando en su vocación.
La «conspiración de la pólvora» (un complot para matar al rey en la que participaron católicos, especialmente jesuitas) levantó una ola de hostilidad contra todos los católicos; las autoridades publicaron un decreto contra el Padre Garnet, superior de los jesuitas ingleses, a quien consideraban envuelto en la conspiración. El Padre. Garnet se refugió en Henlip, junto ron el Padre Oldcorne. Con la esperanza de salvar la vida, un prisionero católico denunció el escondite de los dos sacerdotes. 
El Padre Oldcorne fue conducido a Worcester y después a la Torre de Londres. Aunque le torturaron cinco veces en el potro, el mártir declaró firmemente que no había participado en la «conspiración de la pólvora» ni había estado al tanto de ella. A pesar de eso, los jueces le condenaron a ser colgado, arrastrado y descuartizado. Junto con el, fue martirizado su criado, Ródolfo Ashley, hermano lego de la Compañía de Jesús, cuya única acusación era haber estado al servicio del Padre Oldcorne.
Littleton, el hombre que había denunciado al P. Oldcorne y por cuyo testimonio se condenó al mártir, pidió públicamente perdón de su traición y murió con los dos jesuitas.
El beato Eduardo fue descuartizado vivo; sus miembros fueron expuestos al público en las puertas de la ciudad.



El Complot de la Polvora


El 5 de noviembre de cada año se conmemora en Gran Bretaña y en diversos rincones de Estados Unidos, Australia, Canadá y Nueva Zelanda el llamado The Gunpowder’s Plot (“el Complot de la Pólvora”), un atentado contra el edificio y las instituciones del Parlamento británico que, sin llegar a materializarse, sirvió de excusa para endurecer la política de discriminación religiosa contra los católicos.



pólvora
Durante este tiempo, todos los niños ingleses y, hasta no hace mucho, también los adultos vienen recitando la copla: “Remember, remember, the fifth of November, Gunpowder Treason and Plot. I see no reason why Gunpowder Treason should ever be forgot.” (“Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre, la Traición y el Complot de la Pólvora, que nunca se olviden.”). O bien esta otra: “Penny for the Guy, Hit him in the eye, Stick him on a lamp-post and there let him die.” (“Un penique para el espantajo, darle en el ojo, colgarlo de un poste, que allí reviente.”). La palabra “guy” (ninot, espantajo) coincide con el nombre de uno de los conjurados, Guy Fawkes, con cuya efigie se levanta una falla a la que se da fuego, entre petardos y fuegos artificiales, en la noche de cada 5 de noviembre.
El descubrimiento a tiempo de la conspiración (5 de noviembre de 1605) impidió el derrocamiento de la dinastía protestante de los Tudor, personificada en Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia, y la entronización de un monarca católico, previsiblemente su hijo el príncipe Carlos, debidamente instruido en los dogmas y los misterios de la iglesia de Roma.
Isabel I había mostrado una especial ojeriza contra los católicos, a quienes prohibió ir a misa y obligó a asistir a los oficios de la iglesia anglicana. Isabel, excomulgada por el papa en 1570, se había encargado de ejecutar en 1587 –un año antes de la desventura de la Armada Invencible- a la reina de Escocia, para alejar la posibilidad de un golpe de estado de los seguidores de la iglesia de Roma. Cuando le sucedió Jacobo I, casado con la reina católica Ana de Dinamarca, se pensó que se suavizarían las leyes anticatólicas. Ocurrió todo lo contrario: se endurecieron.


de
El 26 de marzo de 1604, Robert Catesby, Thomas Wintour, Jack Wright y Thomas Percy se reunieron secretamente para intentar acabar con la tiranía y la represión anglicanas. Unas semanas después, Catesby invitó a un quinto conjurado, Guy (Guido) Fawkes, a entrevistarse con el condestable de Castilla, Juan de Velasco, que se hallaba en Londres para negociar un tratado de paz con Inglaterra, después de 20 años de guerra entre las dos naciones, que sería firmado en el tratado de Somerset ese mismo año. 
Fawkes tenía una larga experiencia en las artes de la guerra, habiendo luchado en los Países Bajos en un regimiento de exiliados católicos ingleses bajo estandarte español. El plan consistía en colocar unas cargas de pólvora en los sótanos del Parlamento para hacerlas estallar en la próxima ceremonia de apertura. Al año siguiente se unieron al proyecto otros cinco personajes, Thomas Bates, John Grant, Robert Keyes, Robert Wintour y Christopher Wright. Posteriormente, se agregaron Sir Everard Digby, Ambrose Rookwood y Francis Tresham para costear parte de la operación. 
Los trece conspiradores alquilaron una dependencia en los sótanos del Parlamento donde poco a poco fueron almacenando 36 barriles de pólvora, aguardando a que el rey abriese oficialmente las puertas del Parlamento a principios de octubre de 2005 para hacerlos estallar. Pero una epidemia de peste obligó a aplazar la ceremonia hasta el 5 de noviembre. 
Diez días antes, un noble católico, William Parker, barón de Monteagle y cuñado de Tresham, recibió una carta anónima en la que se le advertía del peligro que corría al asistir a la ceremonia del rey. Quizás fuera Tresham el autor de la misiva, o acaso Robert Cecil, conde de Salisbury, conocedor desde hacía meses del plan de magnicidio y organizador más que probable, con su equipo de espías e infiltrados, de un contra-complot dirigido a descabezar definitivamente la hidra jesuítico-católica-romana. 
El 4 de noviembre, Salisbury dio orden al jefe de seguridad para que registrase el edificio del Parlamento. Allí encontraron a Guy Fawkes ultimando los preparativos para la voladura. Sometido a tormento, Fawkes reveló los nombres del resto de los conspiradores.
File:The execution of Guy Fawkes' (Guy Fawkes) by Claes (Nicolaes) Jansz Visscher.jpg
Algunos fueron capturados y ejecutados en el acto. Tresham murió poco después en la Torre de Londres. Sometidos a juicio los demás, en 1606, la información fue manipulada para culpar a los Jesuitas de la conspiración, y tres obispos católicos fueron sentenciados a muerte, junto a los conspiradores sobrevivientes. En el juicio, Thomas Winter pidió ser ejecutado en lugar de su hermano, mientras que Digby dijo no estar arrepentido, pues el rey no cumplió las promesas hechas a los católicos. Las ejecuciones del 30 de junio no fueron simples decapitaciones, alcanzando un grado sorprendente de sadismo, ya que se trataba de traidores al rey. Primero fueron paseados entre la multitud enardecida, después colocarlos entre el cielo y la tierra, como indignos de ambos:"Colgándoles del cuello sin dejarles morir, seccionándoles los genitales, echándolos al fuego ante sus propios ojos y, hallándose aún vivos, destripándoles y arrancándoles el corazón antes de decapitarles y despedazarles. Luego se expondrían ante el público las cabezas clavadas en picas y serían arrojados los restantes trozos a los pájaros para su alimento.”
Para asistir a las ejecuciones hubo que pagar entradas como a cualquier otro espectáculo de masas
A pesar de la tortura, Fawkes logro sacar la fuerza para saltar desde el patíbulo y se rompió el cuello, para evitar el dolor de la ejecución.
Aunque el sótano donde se almacenó la pólvora desapareció en el incendio de 1834, desde aquel 5 de noviembre de 1605 la guardia del Parlamento ha seguido registrando el edificio todos los años como preámbulo a la ceremonia de apertura por el monarca –actualmente, la reina Isabel II-, más por conservar la tradición que como precaución, existiendo métodos más modernos para contrarrestar cualquier tipo de atentado.
Las consecuencias del fallido golpe sobre los católicos no se hicieron esperar. Se les prohibió servir como oficiales del ejército o de la armada, se les estigmatizó socialmente y se les privó del derecho al voto, exclusión que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX.
Así 5 de noviembre fue declarado “fiesta perpetua para dar gracias a Dios por librarnos de los papistas y como muestra de nuestro odio hacia ellos”.
A pesar de que Carlos I –casado con una mujer católica- quiso acabar con la conmemoración, los radicales protestantes lograron mantenerla como símbolo de la unidad y la conciencia protestante. La festividad de Guy Fawkes adquirió a finales del siglo XVIII una nueva faceta como acto de vandalismo cuando el pueblo se dedicó al pillaje y a arrancar la madera de las casas y las vallas para arrojarlas al fuego como combustible.
A mediados del siglo XIX, el día de Guy Fawkes ya había perdido el significado patriótico y anticatólico, de forma que el Parlamento tomó la decisión de retirarlo del calendario oficial, dejando que siguiera como festejo popular. Con el tiempo, la imagen de Guy Fawkes sería sustituida por la de otros personajes odiados, como el líder nacionalista irlandés Charles Parnell, el Papa de Roma, el zar de Rusia, las sufragistas, Hitler y hasta Margaret Thatcher.
Hoy muchos historiadores están de acuerdo en que la “Conspiración de la Pólvora” fue organizada por Roberto Cecil quien odiaba a los católicos, el sótano le fue rentado a los conspiradores por un amigo íntimo de Roberto Cecil y la firma en la confesión de Guy Fawkes no era igual a su firma original.

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