miércoles, 5 de abril de 2017

S A N T O R A L



SAN  VICENTE  FERRER,  CONFESOR

El apóstol del juicio final
También hoy es España la que ofrece a la Iglesia uno de sus hijos para ser propuesto a la admiración del pueblo cristiano. Vicente Ferrer, el Ángel del juicio, anuncia la próxima llegada del Juez soberano de vivos y muertos. Cuando, en sus días, atravesó Europa entera en sus correrías evangélicas, los pueblos conmovidos por su elocuencia, se golpeaban el pecho, imploraban la misericordia del Señor y se convertían. Hoy el pensamiento del juicio que Jesucristo vendrá a ejercer sobre las nubes del cielo, no conmueve hasta este grado a los cristianos. Se cree en el juicio final porque es un artículo de fe, pero la espera de este día no nos infunde mucho miedo. Durante largos años continuamos nuestra vida de pecado, y, quizás alguno se convierte un día por una gracia especial de la bondad divina, pero la mayor parte de los bautizados llevan una existencia muelle sin pensar apenas en el infierno y en la reprobación y menos aún en el juicio por el cual Dios debe poner fin a este mundo.

Verdadera y falsa seguridad

No era así en los primeros siglos cristianos, como tampoco lo es en las almas verdaderamente convertidas. En ellas el amor supera al temor, pero de tal manera, que la espera del juicio de Dios está viva en el fondo de su pensamiento, y esta disposición las hace firmes en el bien que han recobrado. De seguro que estos cristianos, que todavía tienen tanto que expiar, se preocupan muy poco de cuál será su estado el día en que brille en los cielos la señal del Hijo del Hombre cuando Jesús, no ya como Redentor, sino como Juez separe las ovejas de los cabritos. Para ellos la Cuaresma es cada año la ocasión en que dan muestras de su negligencia e indiferencia. Al ver su tranquilidad se diría que tienen el convencimiento de que aquel momento terrible no reserva para ellos ni una inquietud ni una decepción.

Prudente preparación

Seamos más prudentes, precavémonos contra las ilusiones del orgullo y del descuido; aseguremos con una penitencia sincera el derecho de mirar con confianza esta hora terrible, que hace temblar hasta los santos. ¡Qué alegría entonces oír esta palabra que sale de la boca de nuestro Juez: "Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os ha sido preparado desde el origen del mundo".
Vicente de Ferrer abandona el reposo de la celda para recorrer naciones enteras que dormían en el olvido del gran día de las justicias. Nosotros no hemos oído su voz, es cierto, pero acaso ¿no tenemos el Santo Evangelio? ¿No tenemos la Iglesia que, desde el comienzo de Cuaresma, nos ha hecho leer los oráculos que Vicente Ferrer pronunció ante los cristianos de su tiempo? Preparémonos, pues, a comparecer ante Aquel que vendrá a pedirnos cuenta de las gracias que nos ha prodigado. Si aprovechamos todos los recursos que la Santa Cuaresma nos ofrece podremos prepararnos un juicio favorable.

V i d a

Vicente nació en Valencia y a los 18 años entró en la Orden de los Hermanos Predicadores. Por su predicación y su celo convirtió a muchos herejes y musulmanes, consolidó la fe en muchas provincias y trabajó con éxito para poner fin al gran cisma de Occidente. Además de una austeridad extraordinaria dio ejemplo de todas las virtudes y obró numerosos milagros. Consumido por los trabajos y la vejez murió en Vannes en 1419, y fué canonizado por el Papa Calisto III.

El temor del juicio final 

Tabla del Santo por Francesco del Cossa (s.XV). National Gallery of London, Gran Bretaña.Tu voz Vicente fué verdaderamente elocuente cuando logró despertar a los hombres de su apatía y comenzaron a experimentar el saludable temor del juicio final. Nuestros padres oyeron esta voz; se convirtieron a Dios y Dios les perdonó. También nosotros estábamos dormidos cuando la Iglesia, al abrir la Cuaresma turbó nuestro sueño marcando con la ceniza nuestras frentes pecadoras y nos recordó la irrevocable sentencia de muerte que Dios pronunció sobre nosotros. A continuación de esta, el juicio particular decidirá nuestra suerte para toda la eternidad. Después, en el momento señalado en los decretos divinos, resucitaremos para asistir al más solemne de los juicios. Ante la totalidad del género humano, nuestras conciencias serán descubiertas y nuestras buenas y malas acciones manifestadas en público para tener lugar inmediatamente la nueva promulgación de la sentencia que hayamos merecido: Pecadores, ¿cómo soportaremos entonces la mirada del Redentor, Juez incorruptible? ¿Cómo podremos sufrir la vista de nuestros semejantes, cuyos ojos penetrarán en todas las indignidades de nuestra vida? Y sobre todo, ¿cuál de las dos sentencias que los hombres oirán pronunciar sobre ellos habremos merecido? Si el que entonces ha de ser nuestro juez la pronunciase ahora mismo, ¿nos colocaría entre los benditos de su Padre, a la derecha, o entre los malditos, a la izquierda?

P l e g a r i a

Nuestros padres, oh Vicente, se sobrecogían de temor cuando oían dirigírseles estas preguntas. Hicieron sincera penitencia de sus pecados y después de haber recibido el perdón del Señor desaparecieron sus inquietudes para dar lugar a la confianza. ¡Ángel del juicio de Dios!, ruega a fin de que este saludable temor se apodere también de nosotros. Dentro de pocos días nuestros ojos verán al Redentor subir al Calvario encorvado bajo el peso de la Cruz y le oiremos decir a las hijas de Jerusalén: "No lloréis sobre mí sino sobre vuestros hijos, porque si a la leña verde se la da este trato ¿qué se hará con la seca?" Ayúdanos a aprovecharnos de esta advertencia. Nuestros pecados nos han reducido a la condición de este leño muerto que sólo es ya apto para el fuego de las venganzas divinas; por tu intercesión une de nuevo al tronco estas ramas desgarradas para que vuelvan a la vida y la savia circule una vez más por ellas. Amigo de las almas, ponemos en tus manos la obra de nuestra reconciliación con Dios. Ruega también por España que te dio la vida y la fe, la profesión religiosa y el sacerdocio; mas acuérdate también de Francia, tu segunda patria, evangelizada con tantas fatigas, pero también con tanto éxito, y de Bretaña, que guarda religiosamente tus restos sagrados. Fuiste nuestro apóstol en tiempos de desgracia, pero los días que atravesamos son más tempestuosos todavía; dignaos desde lo alto del cielo mostrarte siempre nuestro fiel protector.
fuente: Año Litùrgico de Dom Próspero Gueranguer

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