martes, 18 de abril de 2017

S A N T O R A L




BEATA MARÍA DE LA ENCARNACIÓN, VIUDA, CARMELITA

La Beata María de la Encarnación nació en París el día primero de febrero de 1566; fue bautizada al día siguiente en la parroquia de San Mederico, y recibió el nombre de Bárbara (Avrillot). Su padre (Nicolás, señor de Champalsteurs) era mayordomo de cuentas en la Cámara de Parisde  y canciller de la reina Margarita de Navarra; y su madre (María L'Huiller)
pertenecía a la más alta aristocracia. Ambos consortes eran ante todo gente de bien, muy piadosos y muy católicos≫.
Como hubiera tenido ya varios hijos que perdió en muy tierna edad, la madre de María acudió a la oración, antes de darla a luz, y consagró el fruto que llevaba en su seno a la Santísima Virgen con la promesa de vestirla con hábito blanco hasta los siete años. Sus ruegos fueron atendidos.
Al cumplir los siete años, llevaron sus padres a la niña a un santuario de Nuestra Señora y allí dejó el hábito, que regalo a una huerfanita.
Pusiéronla de interna en un convento de Clarisas, en donde se aprovechó tanto que al poco tiempo llegó a ser modelo de todas las educandas. A los doce años recibió la primera Comunión con ejemplar fervor. Todavía permaneció Bárbara dos años más en este santo asilo de la virtud y del saber, en el que hubiera querido permanecer toda la vida en calidad de religiosa. Pero a ello se oponían sus padres, y particularmente su madre, que jamás consintió que su hija Bárbara entrase en el convento. Tal vez se valía Dios nuestro Señor de semejante negativa para cumplir en su joven sierva providenciales designios. Así lo creyó Bárbara, juzgando que Dios le hablaba por boca de su madre.
—Mis pecados— decía —me hacen indigna del glorioso título de esposa de Jesucristo y he de contentarme con el de humilde sierva suya en un estado menos perfecto.
Volvió, pues, al mundo; pero conservo en su corazón las impresiones santas del monasterio y las austeras costumbres que allí adquirió. Su vestir era de una sencillez no muy en armonía con su condición y linaje, por lo cual, por el desdén que mostraba al lujo y a las diversiones, disgustóse su madre en gran manera. La joven era muy agraciada y por eso hubiera deseado verla eclipsar a todas sus compañeras por la gallardía y arrogancia de su porte y, como se resistiera Bárbara, condenóla su madre, a pesar de su delicada, salud, a pasar el día en un aposento sin calefacción en lo más riguroso del invierno. Heláronsele los pies y hubo que extraerle algunos huesos gangrenados. En contra de su voluntad, sus padres la prometieron al vizconde Villemor (Pedro Acarie), gentilhombre de la alta aristocracia y sumamente piadoso y caritativo. Celebróse la boda en la iglesia de San Mederico el 24 de agosto de 1582. Hecho ya el sacrificio, no pensó más que en cumplir los deberes que le imponía su nuevo estado.

EDUCACIÓN DE SUS HIJOS

De este matrimonio nacieron tres hijos y tres hijas que la Beata educó con cuidado. Educarlos —decía— es mi mayor dicha≫.
Desde muy temprano los acostumbro a llevar vida áspera y cristiana. Obligábalos a levantarse temprano y a dedicar largo rato a la oración. Su vigilancia era continua: trabajo, estudio, juegos, todo lo presidia la cristiana madre. De ese modo formaba a sus hijos, pues no ignoraba que las enseñanzas maternales se graban hondamente en las almas tiernas. Pero no fueron inútiles tales cuidados; así un día pudo decirles:
—Ahora soy verdaderamente feliz, ahora veo que amáis a Dios y sé que Dios os ama. Ser madre de unos niños amados de Dios nuestro Señor es felicidad indecible.
A las amigas que le preguntaban si quería hacer religiosos a sus hijos, respondió:
—Los destino a cumplir la voluntad de Dios. Y mi criterio en ese punto es tal que si yo fuese reina y no tuviera más que un hijo con inclinación para ser religioso, no le impediría entrar en el convento. Si fuera una pobre con doce de familia y sin medios para educarlos, no quisiera que por mi causa entrase uno solo de ellos en religión, pues la vocación religiosa solo puede venir de Dios.

SU TRATO CON EL MARIDO Y LA SERVIDUMBRE

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Comulgando sus hijos y servidumbre
Trataba a la servidumbre con bondad rayana en cariño maternal; hubiérase dicho que los sirvientes eran miembros de la familia. Es más, quería que su doncella Andrea (Levoiz) compartiera sus prácticas de devoción. Por la noche la humilde señora se echaba de rodillas y llorando le confesaba hasta las menores faltas. Le pedía, además, obrase con ella como de superior a inferior.
Pero su abnegación y amor, su obediencia y dependencia eran todavía más patentes tratándose de su marido. Repetidas pruebas le dio de ello, particularmente cuando Enrique IV le desterró de la capital. La familia, partidaria acérrima de la Liga, se había endeudado por servir a este partido. Cuando se supo la mala disposición del rey, los acreedores del vizconde de Villemor se presentaron y le exigieron el reembolso de sus créditos, llegando en sus exigencias hasta embargarle los bienes. Nuestra Beata se hallaba a la mesa cuando se llevó a cabo medida tan rigurosa y no le dejaron ni la silla en que estaba sentada.
—Cuando se cree en la Providencia —decía entonces— no hay motivo para asombrarse de nada. Muchas gracias debo dar al Señor por haberme quitado el amor a los bienes temporales antes de perderlos realmente.
Reducida de ese modo a la penuria y rechazada además por sus parientes, solo le apenaba la suerte de sus hijos, siendo su única preocupación la de buscarles un asilo seguro y tranquilo. Cuando hubo cumplido con este deber maternal, cayó sobre ella otro infortunio.
Su marido fue acusado de conspirar contra el rey, y se entablaron enojosas diligencias contra él. Al recibir la noticia, su fiel esposa comprendió mejor que nunca la intensidad del amor que por el sentía. Aconsejábanla que separase sus bienes de los de su marido, pero ella jamás quiso consentirlo; antes por el contrario, emprendió en persona su defensa y, al efecto, redactó los memoriales, dirigió el pleito y consiguió al fin probar la inocencia del acusado. En medio de tales pruebas y tristezas afirmábase más y más su fe; y nunca se la vio más tranquila, firme y alegre. Cuando más tarde hablaba de semejantes pruebas lo hacía con sorprendente alegría.
—!Qué días aquellos! —decía—. !Qué días tan felices! !Qué bien me iba entonces y que fácilmente se halla a Dios en tales circunstancias! Aquella época fue la más feliz de mi vida.
Y, consecuentemente con sus ideas, procuraba infundir idénticos sentimientos en su marido, a quien iba con frecuencia a visitar al lugar de su destierro. Cierto día, en uno de aquellos viajes, cayóse del caballo y se rompió una pierna. Hallábase sola y hubo de esperar dos horas a que pasasen por allí unos campesinos. Trató de curarla un cirujano, más lo hizo con tan mala fortuna que se vio precisada a someterse a una segunda operación dolorosísima; pero ni en la primera ni en la segunda exhaló un grito. Asustado por tal silencio, el cirujano llegó a temer que hubiese muerto. En otras varias circunstancias dolorosas de su vida, mostró la misma fortaleza de alma.

FUNDACIÓN DE LAS CARMELITAS DESCALZAS EN FRANCIA

No la abandonaba Nuestro Señor, antes favorecíala con suaves coloquios en los que aprendía a soportarlo todo por un Dios que había amado tanto. Aquellas deliciosas visiones, aquellos arrobamientos que habían de seguir hasta el fin de su vida, le hacían saborear anticipadamente las alegrías del paraíso. Por aquella época entró de lleno en el estado extático. 
Visión de Santa Teresa:
La Beata contempla las santas carmelitas francesas
En uno de ellos dióle a entender Nuestro Señor que sería de su agrado el que la Orden carmelitana, recién reformada en España por Santa Teresa, se estableciera en Francia. La misma santa Doctora se le apareció dos veces apremiándola para que diera cumplimiento a la voluntad de Dios y le predijo que andando el tiempo llegaría a ser hija suya, como en efecto sucedió. Fuera de eso, nuestra Beata estaba íntimamente persuadida de que nada podía afianzar la tranquilidad del país —desolado todavía por las guerras de religión— como el establecimiento de una Orden cuyas oraciones y austeridades aplacarían la cólera divina. Nada de particular tiene, pues, que hiciera toda suerte de diligencias y acudiera a la oración con redoblado fervor para conseguir su propósito.
Siempre que tuvo ocasión ayudó a San Francisco de Sales y a cuantos con él se ocupaban de esta obra, que lograron llevar a cabo.
Es indudable que gran parte del mérito corresponde a la Beata María, que fue, además, la que edificó el primer monasterio de Carmelitas Descalzas. En tanto que llegaban las monjas había congregado ella misma en una casita a algunas jóvenes que iniciaba en la vida religiosa. Allí vivían como en el claustro, entregadas a la oración y a las prácticas religiosas. Así se entiende que la mayoría de ellas vinieron a ser en 1605 las primeras hijas del Carmelo en Francia, y las que no se sintieron llamadas a tal vocación, fueron las primeras Ursulinas, a cuya fundación contribuyo también la Beata María de la Encarnación. Atribuía gran importancia a esta última fundación.
—Nuestra labor —solía decirles— contribuirá eficazmente a la reforma de costumbres, pues que las jóvenes más están bajo la vigilancia de la madre que del padre. Si las madres están educadas en los sanos principios de la religión, los transmitirán a sus hijos, los cuales, aun cuando se aparten momentáneamente, volverán mas tarde al buen sendero, porque las primeras impresiones recibidas jamás se borran.

SU CARIDAD

Pero si la Beata María fue admirable en sus grandes empresas, no lo fue menos en la vida cotidiana. Su caridad no conocía límites. Acogía a todos con gran benevolencia, y en su decir nunca se la molestaba; y era tan cierto, que pasaba a veces todo el día y hasta noches enteras oyendo a los infelices que imploraban su caridad.
—Cuando uno consagra a Dios el tiempo que de verdad le corresponde —repetía con frecuencia—, siempre queda lo bastante para cumplir con las propias obligaciones.
En las frecuentes visitas a los hospitales se hacía acompañar por sus amigas; para librarlas del humo de la vanagloria ponía ante su vista el espectáculo de las miserias humanas. Mas no se crea que paraba en eso su caridad, pues la ejercía asimismo con los desgraciados a quienes la miseria o la seducción arrastraban al mal; gracias a sus consejos y larguezas, casi siempre lograba que volvieran al sendero de la virtud.

MONJA CARMELITANA

Su misión fuera del claustro había terminado. El Señor rompió los lazos que aun la retenían cuando el 17 de noviembre de 1613 se llevó a su esposo. Cumplidos los deberes familiares, la viuda puso orden a sus negocios y, libre en lo sucesivo de su persona, anunció paladinamente su propósito de seguir la voz de Dios que la llamaba a la Orden del Carmen. Habíanla precedido sus tres hijas y los hijos tenían ya carrera. No habíendo, pues, nada que dificultase su proyecto, solicito el favor de ser admitida entre las hijas de Santa Teresa. Ninguna dificultad presentaba su admisión, pero quiso poner ella como condición ser hermana lega.

Enviáronla a hacer el noviciado al convento de Amiens, el más pobre de todos. Al llegar presentóse a la Madre priora y, arrojándose a sus pies, le dijo:—Madre, soy una pobre mendiga que viene a implorar la misericordia divina y a abrazarse con la santa religión.
Empezó sin demora su modesto oficio de hermana conversa; solicitó los empleos más humildes de la casa, y no hubo más remedio que acceder. Jamás se la vio más satisfecha. Sus achaques eran, por decirlo así, como un freno a ese celo ardoroso, pues con dificultad se mantenía de pie; por lo cual solicitaba que reservasen para ella cuanto en una forma o en otra pudiera hacer sentada; lavaba la vajilla en la cocina, remendaba los hábitos de sus Hermanas, y hacia la labor de otras siempre que estaba en su mano.
—El caldero -del pozo no se llena —decía graciosamente— si no le bajan al fondo, y yo me quedo vacía porque ni me bajo ni me humillan.

Jamás se la veía tan satisfecha como cuando era reprendida por sus defectos; se entristecía, en cambio, cuando le guardaban algunas consideraciones. A su parecer su vida entera había sido vida de maldad y no tenía lagrimas bastantes para llorar sus culpas.
—Estoy hinchada de orgullo como los reptiles de veneno— decía.
Muy grandes eran sus padecimientos, pero los sobrellevaba con admirable resignación, y aun pudiéramos añadir que tenía tanta sed de ellos que no era raro oírla exclamar: Pero ¡cómo!, ¿morir sin sufrir?, y también: Creo que el ansia de sufrir me va a dar la muerte. Puede adelantarse que no necesitaba sufrir; pero cuanto más progresaba en perfección, más íntimo era su trato con Dios nuestro Señor, mayores eran sus trabajos y sus dolores. Viéndose precisada a hacer la profesión en el lecho, suplicó que la trasladaran a un aposento contiguo a la iglesia, desde donde pudiera ver el Sagrario. Aquel día tomo el nombre de Sor María de la Encarnación (8 de abril de 1615).
Poco tiempo después, a pesar de su estado de salud y de su condición de hermana lega, la eligieron para el cargo de priora, que había quedado vacante. Sabedora de tal nueva, la Beata protestó, bañada en lágrimas, y opuso formal negativa a los ruegos de las monjas; quedaron estas desconcertadas por tal entereza y hubieron de ceder. Empero, para desquitarse en algún modo, eligieron subpriora a su hija mayor y, como la priora se hallaba ausente, se presentaron todas a rendir obediencia ante la nueva subpriora. Sor María se hincó de hinojos con más respeto que nadie, y grande fue la emoción de todas cuando la oyeron dar el nombre de Madre a la que tanto tiempo había llamado hija mía. A partir de este instante hubiérase dicho que había perdido totalmente los derechos naturales; tal era el amor respetuoso que mostraba a su hija, la subpriora.
Con todo, los achaques de la humilde religiosa decidieron a sus Superioras a enviarla al convento de Pontoise, para mejor poderle prestar los cuidados que su estado reclamaba. Al llegar al monasterio échose a los pies de la Madre priora, diciéndole:
—Madre, crea que vengo a darle mucho estorbo, pues no hago otra cosa adondequiera que voy.
Pero entre las monjas la alegría era general, porque tenían la dicha de albergar a su verdadera madre e iban a gozar de la presencia de una santa.
Pronto notó Sor María de la Encarnación que el monasterio prosperaba poco, era pequeñito y la iglesia misma era indigna del Huésped que aposentaba. Con licencia de la Superiora mandó comenzar los trabajos de arreglos y reforma y, cuando aquella se inquietaba por los gastos, Sor María le contestaba:
—El Señor proveerá; no tardará el convento en salir del apuro; antes de dos años lo habrá pagado todo.
Cumplióse a la letra la profecía; para la fecha señalada habían sido pagadas todas las deudas, el monasterio estaba ampliado y la iglesia, restaurada y embellecida.

SUS ÚLTIMOS INSTANTES

Poco más de un año después de llegar a Pontoise, el 7 de febrero de 1618 le sobrevino la postrera crisis. Los achaques habían acabado por minar su constitución y agotar sus fuerzas y, no obstante, a pesar de los grandes estragos de que era víctima, debía hallar el mal una resistencia casi increíble. Dios nuestro Señor parece que quería coronar dignamente aquella vida de sufrimiento por un acrecentamiento de nuevos dolores. Uno de los pensamientos favoritos de la humilde carmelita en sus últimos instantes era creer que moría para merecer a su patria la paz y la tranquilidad que tanto necesitaba. Su paciencia y resignación a la voluntad divina fueron admirables y de estas virtudes daban testimonio los frecuentes y fervorosos arranques de amor: ¡Cuanta misericordia, Señor; cuanta bondad habéis finido con esta pobre sierva vuestra!
Otras veces, para reavivar su constancia, decía:
—¡Apiadaos de mí, Señor; usad conmigo de misericordia! Ya no puedo más; prestadme algo de vuestra fortaleza.

No la abandonaba el Señor; antes al contrario, visitábala con prolongados éxtasis, uno de los cuales duró doce días seguidos. En aquellos dichosos instantes no sentía las acometidas de la enfermedad, mas, al terminarse el éxtasis, redoblaban de intensidad sus dolores y, con todo, la Santa decía que eran muy llevaderos.
—Pero ¡cómo! —observaba la, Madre priora—, ¿sufre tanto y todavía desea sufrir más?
Sepulcro de Sor María de la Encarnación
—Lo que padezco —decía ella— es nada en comparación de lo que yo desearía, y con todo: ¡Que dolores tan atroces! ¡Dios mío, apiadaos de mí!
—¿Sufre mucho, Sor María?
—Yo no sé cómo ha podido Nuestro Señor poner juntas en mi corazón dos cosas tan opuestas como el deseo de padecer y la angustia que el dolor causa a la naturaleza.
Mientras tanto, las monjas congregadas en tomo suyo aguardaban de un momento a otro el fatal desenlace. La Madre priora le preguntó:
—¿Que pedirá al Señor por nosotras cuando este en el cielo?
—Le pediré que se cumpla la voluntad que Jesucristo, su Hijo, tiene en cada una de ustedes.
—Hija mía, entre tanto que pueda prestamos tan señalado servicio de su bendición a las Hermanas.
Dijo entonces levantando los ojos al cielo:
—Dios mío, os pido perdón del escándalo que les he dado y de cuantos agravios les he hecho.
Luego las bendijo y se encomendó a sus oraciones, para que la hora de su rescate llegase pronto.
El miércoles de la semana de Pascua entró en agonía, en forma que apenas tuvo tiempo el sacerdote para administrarle la Santa Unción, pues, al comenzar, pasó la moribunda, de los trabajos de esta vida a las alegrías de la eternidad, el 18 de abril de 1618.

Muchos milagros se obraron en su sepulcro. Sor María de la Encarnación fue beatificada solemnemente por Pio VI el 5 de junio de 1791.

Fuente: Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, vol. II, 1947, pp. 493 y ss.

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