jueves, 9 de marzo de 2017

S A N T O R A L

LOS CUARENTA MARTIRES DE SEBASTE

Soldados de Cristo

Cuarenta nuevos protectores se presentan hoy en este tiempo de penitencia. Sobre el hielo mortífero del estanque que sirvió de campo de sus combates, se acordaban, como nos cuentan sus actas, de los cuarenta días que consagró nuestro Señor al ayuno y se sentían dichosos de que en su número estuviese significado este misterio. Comparemos sus pruebas a las que nos impone la Iglesia. ¿Seremos nosotros, como ellos, fieles hasta el fin? ¿Mereceremos que la corona de la perseverancia ciña nuestras frentes regeneradas en la solemnidad pascual? Los cuarenta mártires sufrieron, sin volverse atrás, el rigor del frío y las torturas que le siguieron; el temor de ofender a Dios, el sentimiento de la fidelidad que le debían, aseguraron su constancia.
¡Cuántas veces hemos pecado nosotros, sin poder alegar como excusa tentaciones tan rigurosas! Sin embargo, Dios a quien hemos ofendido podría arrebatarnos la vida en el mismo instante en que nos hacemos culpables, como ocurrió con aquel soldado infiel, que después de renunciar a la corona, pidió como premio de su apostasía, la gracia de poder volver a calentar sus miembros helados en un baño de agua tibia. Sólo encontró en él la muerte y la perdición eterna. A nosotros se nos ha dado tiempo y se nos ha perdonado misericordiosamente; recordemos que si la justicia divina no ha ejecutado sus derechos contra nosotros ha sido para confiarlos a nosotros mismos. El ejemplo de los santos nos ayudará a comprender lo que es el mal, con cuánto cuidado hay que evitarlo y cómo nosotros estamos obligados a repararlo.

Vida

Las actas de los mártires de Sebaste nos cuentan que, en el reinado de Licinio (hacia 320) cuarenta soldados sufrieron por Cristo. Después de arrojados en una cárcel y azotados cruelmente, fueron echados desnudos en un estanque helado en una noche de invierno. El guardián que los vigilaba vió bajar a los ángeles para distribuir coronas a los mártires. En esto, uno de ellos desertó; entonces el carcelero se declaró cristiano, se quitó los vestidos y corrió a unirse con los mártires; viendo esto los verdugos, les rompieron las piernas y todos expiaron en este suplicio excepto uno, el más joven, Melitón, que murió pocos momentos después en los brazos de su madre que le animaba a perseverar en su fe a Cristo. Sus cuerpos fueron quemados y sus reliquias fueron arrojadas en un riachuelo. Pero estas reliquias fueron encontradas milagrosamente en un mismo lugar, donde fueron recogidas con honor.

Todo cristiano es soldado


Soldados valerosos de Cristo, recibid hoy nuestro homenaje. Toda la Iglesia venera vuestra memoria; pero vuestra gloria es aún mayor en el cielo. Alistados en la milicia terrestre, erais, antes que nada, soldados del Rey de los cielos. Nosotros también somos soldados y marchamos a conquistar un reino que será el premio de nuestro valor. Los enemigos son numerosos y temibles, pero como vosotros, también nosotros podremos vencerlos, si somos fieles en usar las armas que el Señor ha puesto en nuestras manos. La fe en la palabra de Dios, la esperanza en su socorro, la humildad y la prudencia asegurarán nuestra victoria. Guardadnos de todo pacto con el enemigo, porque, si pretendemos servir a dos señores, nuestra derrota será completa.


Durante este tiempo de cuaresma, nos será necesario dar nuevo temple a las armas, curar las heridas, renovar nuestros propósitos; ayu­dadnos, velad para que no nos apartemos de vuestros ejemplos. También a nosotros nos espera una corona; aunque es más fácil de conseguir que la vuestra, podría escaparse de nuestras manos, si nosotros dejásemos desfallecer el sentimiento de nuestra vocación. Más de una vez, por desgracia, hemos como renunciado a la vida eterna. Hoy queremos hacerlo todo con el fin de ase­gurárnosla. Sois nuestros hermanos de armas; tanto a vosotros como a nosotros interesa la gloria de nuestro Jefe; apresuraos, santos mártires, venid en nuestra ayuda.

Fuente: El Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

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