miércoles, 15 de marzo de 2017

S A N T O R A L

SAN CLEMENTE MARÍA HOFBAUER, RELIGIOSO REDENTORISTA

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Nació este heroico defensor de la Iglesia el 26 de diciembre de 1751, en Tasswitz (Moravia, en aquel entonces perteneciente al Imperio Austriaco). Recibió en el bautismo el nombre de Juan, que trocó más tarde por el de Clemente María. Contaba solo seis años cuando murió su padre, Pablo Hofbauer; su madre, María Steer, llamo al niño en aquella ocasión y, ensenándole un crucifijo de familia, le dijo: Mira, hijo mío, en adelante este será tu único padre; procura seguir sus pasos y llevar una vida conforme a su voluntad santísima. El niño se arrodilló, juntó las manos y levantó amorosamente sus ojos al crucifijo, como quien da conformidad absoluta a los deseos de su madre.
Desde aquel instante el niño Juan puso todas sus delicias en frecuentar las iglesias y practicar la caridad. Su placer más grato era distribuir a los niños pobres, vituallas y algunos dinerillos que se agenciaba.
Solo el fuego del amor divino que inflamaba ya su alma puede explicarnos la sabiduría celestial de alguna de sus ocurrencias. Yendo cierto día el niño Juan en compañía de su madre, acertaron a encontrar en la calle a unos parientes suyos. ¿Que hacéis aquí? —les preguntó el niño. Y le contestaron: Estamos matando el tiempo.
Juan, que a la sazón tenía solo ocho años, no alcanzó a entender lo que querían decir con aquello de matar el tiempo, y cuando oyó de labios de su madre el verdadero sentido del modismo:
¿Es posible? Exclamó, sorprendido por tan extraña respuesta, ¿es posible?... Pero si no tienen que hacer nada, ¿por qué a lo menos no emplean el tiempo en rezar? Respuesta, en verdad, digna de un santo y de un apóstol.

PANADERO Y LATINISTA — VOCACIÓN PROVIDENCIAL

Desde muy joven puso Dios en su corazón vivísimas ansias de llegar al sacerdocio, pero a sus encendidos deseos se oponía como obstáculo insuperable la pobreza de la familia; tuvo que resignarse a tomar un oficio manual: el de panadero.
Después de tres años entró a servir en la abadía premonstratense de Bruke. El hambre hacía estragos en Moravia y Bohemia; de todas partes acudían a la abadía turbas menesterosas y, a veces, hambrientas a pedir pan. Juan, en razón de su oficio de panadero, fue el encargado de amasar y cocer todo el pan necesario para alimentar a las muchedumbres; ya se comprenden los trabajos y desvelos que se impondría para cumplir. A su prodigiosa actividad, unía el sacrificio sin límites, imponiéndose las más duras privaciones para aumentar las limosnas.
Fray Jorge Lambreck, abad del monasterio, descubrió pronto la virtud y los secretos anhelos del panadero; ofrecióle manera de estudiar, a la vez que seguía en el oficio, y Juan pudo en cuatro años terminar los estudios de latinidad.
A la muerte del abad, Juan resolvió retirarse a la soledad y fue a vivir en una gruta, junto al santuario de Muhlfrauden, donde se veneraba una milagrosa imagen de Cristo atado a la columna; en este género de vida paso solo dos años, pues un decreto del emperador de Austria, José II, de tiránico recuerdo, abolió la vida eremítica en sus Estados. Juan se trasladó entonces a Viena, donde volvió a su antiguo oficio, en la panadería llamada la Pera de hierro, situada frente al convento de las Ursulinas.
Peregrino por dos veces a Roma en compañía de su virtuoso amigo. Pedro Kunzman. Al fin llegaron a Tívoli, donde solicitaron del obispo Bernabé Chiaramonti, elevado más tarde al solio pontificio con el nombre de Pio VII, licencia para llevar vida eremítica en su diócesis. El discreto obispo los sometió a un riguroso examen y, convencido por sus respuestas, de que era el espíritu de Dios el que los guiaba, se determinó a satisfacer los deseos de ambos jóvenes: les dio su bendición y el hábito de ermitaños. En esta ocasión recibió el siervo de Dios el nombre de Clemente María.
Sin embargo, a medida que adelantaba en años, sentía irresistible inclinación al sacerdocio; parecíale que Dios le quería, apóstol y no ermitaño; y, como esta idea le bullera de continuo en la mente, algunos meses después volvió a encaminarse hacia Viena, donde esperaba que la Providencia le deparase los medios necesarios para proseguir sus estudios teológicos y conseguir lo que tanto anhelaba.
Pero en la Universidad, nuestro Clemente no se sentía satisfecho; notó pronto que la doctrina de algunos profesores estaba plagada de los errores de Lutero y de Febronio, y con santa indignación interrumpió cierto día a uno de ellos, diciéndole:
—Señor, la doctrina que acaba usted de proponer, es contraria al dogma católico.—
Y diciendo esto abandono el aula en que con tanto descaro se maltrataba la doctrina de la Iglesia. Tan oportuna intervención tuvo un feliz resultado: el profesor que hablaba de aquella suerte, el célebre Jahn, reflexionó y mudó de vida, en forma que murió en 1816 siendo canónigo de Viena.
Así obra muchas veces Dios misericordioso: válese de una palabra para producir la chispa que ha de iluminar a una inteligencia y convertirla.
Volvió a Roma, en compañía de su condiscípulo Tadeo Hubel; llegaron a la Ciudad Eterna a la caída de la tarde y se retiraron a descansar en una modesta posada, cerca de Santa María la Mayor. Convinieron que a la mañana siguiente irían a la iglesia cuyas campanas oyeran tocar primero.
Al romper el alba el esquiloncillo de la iglesia de San Julián, les envió antes que ningún otro campanario el sonido de su voz; levantáronse, pues, y se dirigieron a la iglesia para implorar la protección del Señor. Era la hora en que los religiosos que la servían tenían la hora de meditación. El aspecto de profunda piedad con que oraban impresiono tan hondamente el ánimo de Clemente que, al salir del templo, preguntó a un niño que religiosos eran aquellos.
El niño dice a San Clemente María: Estos 
religiosos tan piadosos son los sacerdotes
 que en Roma llamamos Redentoristas.
 Sin tardar mucho, será usted como ellos
,
 
porque entrara en esa Congregación.


—Son redentoristas— le contesto el niño; y luego, en tono profético, añadió: —Y no está lejano el día en que usted entre en esa Orden.
Esta inesperada salida del niño hizo no poca mella en el ánimo de Clemente, quien, sin aguardar al día siguiente, se va a encontrar al Superior y le pide respetuosamente informes sobre la regla y fin de la Congregación.
Impulsado por divina inspiración, el Superior ofrece a nuestro Santo admitirle en la Congregación; así fue como Clemente María dió con su verdadera vocación; vió claramente ser esta la voluntad de Dios. Con suma complacencia acepto el ofrecimiento que se le hacía; tenía entonces 33 años.
El ilustre fundador de los redentoristas, San Alfonso de Ligorio, que vivía aún, al enterarse de la admisión de Clemente, sintió gran alegría y predijo que por su ministerio Dios manifestaría su gloria en los países del Norte.

NOVICIO — SACERDOTE — MISIONERO

Clemente María fue desde el primer momento dechado y modelo de novicios, pero su estómago de moravo tuvo mucho que sufrir de la frugalidad italiana.
Tomó el hábito religioso el 24 de octubre de 1784, y al año siguiente, en la Solemnidad de San José, pronuncio los votos religiosos en la Congregación del Santísimo Redentor.
Tanto progreso en santidad y ciencia que, un año después, fue juzgado digno de recibir las órdenes sagrada de manos del Obispo de Veroli. Ser sacerdote colmaba sus deseos; con ello veía ya realizados los ensueños de toda su vida y vislumbraba en lontananza los trabajos que podría emprender para mayor gloria de Dios. Poco tiempo después, en 1785, sus Superiores le enviaron con algunos compañeros a Varsovia donde, recomendado por el Nuncio, fue muy bien acogido por el rey Estanislao II. Desgraciadamente el estado social y religioso de Polonia era desastroso; los protestantes gozaban situación privilegiada por obra de Catalina II, emperatriz de Rusia. Con la fe católica habían desaparecido las buenas costumbres y la corrupción había llegado al colmo de la iniquidad.
Temo mucho —decía nuestro Santo— que Dios descargue algún golpe terrible sobre esta nación que así desprecia sus gracias y favores; roguemos para que mis temores no se cumplan.
Estas palabras proféticas tuvieron pronto fiel cumplimiento. En 1793 comenzaba el desmembramiento de Polonia y dos años más tarde Rusia, Austria y Prusia se repartían este desventurado país. La nación polaca desaparecía como tal durante siglo y medio.
Sin embargo, a pesar de todos los obstáculos y contrariedades, el misionero no perdía el ánimo en su labor, seguro como estaba de hacer la voluntad de Dios al cumplir su ministerio apostólico. Dios lo quiere, solía decir, y al, decirlo se entregaba a su misión lleno de confianza en Aquel que todo lo puede.
En una circunstancia, como llegase a faltar el pan a sus religiosos, el Padre Hofbauer bajó a la iglesia y oró largo rato; de repente, con santa osadía, se acercó al sagrario y, llamando a la puertecilla, dijo: Presto, Señor, venid a nuestra ayuda, que ya es tiempo.
Poco después un desconocido caballero se presentaba en la residencia y entregaba socorros para remediar aquella necesidad.
Varias otras veces le ayudo Dios de manera prodigiosa, todo lo cual sabía aprovechar admirablemente para extender y propagar sus obras apostólicas.

CELO Y CARIDAD DEL SANTO — FUNDA ESCUELAS

Su celo no reconocía límites y los pobres eran los que primero participaban de sus caridades. Después de la devastación de los arrabales de Varsovia por los rusos una multitud de niños, cuyos padres habían perecido, se encontraron sin pan y sin hogar. Clemente creó para las niñas huérfanas establecimientos de beneficencia que confió a vírgenes cristianas y el mismo se encargó de los niños, a los que cuidaba y prodigaba sus atenciones cual solícita madre.
Pedía limosna para ellos y nada le importaban las humillaciones más crueles con tal de poderles atender y alimentar. Habiéndose encontrado cierto día con un grupo de jugadores, les pidió limosna; uno de ellos se dió por ofendido y, fuera de sí, llegó a escupirle en la cara; el siervo de Dios se limpio con toda calma y, dirigiéndose con sosiego a su injuriador:
Esto —le dijo— va para mí, pero ahora te suplico me des una limosna para mis huerfanitos.
Tanta mansedumbre y humildad desarmaron al furioso jugador, el cual le dió una crecida limosna, se convirtió y publicó por todas partes la heroica paciencia del Santo.
Pero no les basta a los niños el pan material; bien lo sabía el santo sacerdote; por eso fundó para sus huérfanos escuelas que puso en manos de maestros hábiles y virtuosos, formados bajo su inspección y vigilancia. Esas obras exigían grandes gastos y el administrador del convento se quejaba a menudo, pero el Santo le respondía sonriendo:
Dad y se os dará: no os preocupéis del día de mañana.
Esta confianza en Dios no le salió nunca fallida.
La iglesia de San Bennón era una verdadera misión perpetua en la que el celo del padre Clemente lo animaba todo con su entusiasmo y fervor; en ella se distribuían al año más de 100.000 comuniones; cada grupo de fieles formaba una cofradía; una de ellas tenía por misión la difusión de buenos libros y combatía con todo entusiasmo la propaganda jansenista, la protestante y la de la naciente secta de los francmasones.
La vida íntima de nuestro Santo no era menos admirable que su vida de apóstol. A los pies del Santísimo Sacramento sacaba fortaleza y ecuanimidad admirables. Ofrecía el santo sacrificio de la Misa con amor de serafín; practicaba los votos de religión con la perfección y fervor de las almas escogidas. Sumamente austero consigo mismo, jamás se quejaba de nada ni de nadie. Mirad —decía un día a uno de sus Hermanos—: para soportar la fatiga el misionero debe ser mortificado. Yo no he probado el vino hasta los cuarenta años.
Tampoco descuidaba la mortificación interior: Las penitencias corporales —solía decir— no son ni absolutamente necesarias, ni muy difíciles; pero la renuncia de la propia voluntad y la represión de las malas inclinaciones son de necesidad absoluta para adquirir las virtudes; es este un combate mucho más difícil.
Un alma tan bien templada alcanzo rápidamente la más alta perfección. Cual otro San Francisco de Sales, había logrado domar, mediante una lucha incesante, la vivacidad natural de su carácter; las injurias más atroces no conseguían turbar su tranquilidad ni alterar en lo más mínimo su semblante. Persona de tal condición era idónea para llevar la cruz a ejemplo de su divino Maestro; por otra parte, el Señor cuidó que no le faltara nunca durante toda su vida, purificando así más y más a su fiel siervo.

LOS REDENTORISTAS SON EXPULSADOS DE POLONIA

Envidiosos los sectarios, herejes y revolucionarios de la gran influencia de los Redentoristas en Varsovia, emplearon todas sus arterias hasta lograr la total extinción de su obra, y un decreto por cual se los expulsaba no tan solo de Varsovia, sino de toda Polonia.
Federico Augusto, rey de Sajonia, firmó con lágrimas en los ojos este decreto por orden de Napoleón, cuyas tropas ocupaban el país.
Nuestro desterrado Padre Clemente María permaneció algunas semanas detenido con sus Hermanos en la fortaleza de Custrin, y hacia fines del año 1808 hubo de salir, para Viena.
En esta ciudad hallo al principio oposiciones y penalidades, pues fué detenido como conspirador y enviado al calabozo; pero lejos de intimidarse el inocente perseguido, con estos rigores aumentaba su alegría, al entrever próximos consuelos. En efecto, su inocencia fue a todos manifiesta y por ello salió de la cárcel. El papa Pio VII le defendió tan bien contra la desconfianza de la corte de Viena, que el emperador de Austria, Francisco I, reconoció al fin a la Congregación del Santísimo Redentor. Entonces, el Padre Clemente María agrupó en torno suyo a todas las clases sociales de la ciudad.

APÓSTOL DE VIENA

Muy raros eran en aquella época en Viena los cristianos de entereza suficiente para declarar en público su afecto a las doctrinas de la Iglesia católica y su adhesión incondicional a la Santa Sede. Este valor, que a tantos faltaba, San Clemente María lo poseía en alto grado. Sin importarle lo que el público dijera, se estableció en el centro de la capital de Austria como sacerdote netamente católico, y como tal se dió a conocer en sus enseñanzas, en su proceder y en todas sus obras y empresas. Tan alto ejemplo de virilidad cristiana causo verdadera sensación en el ambiente social; y a poco el humilde Padre Clemente llego a ser cual faro luminoso que atraía a todos los verdaderos hijos de la Iglesia católica.
Y es que este santo varón vivía de la vida de fe. Una persona sin fe —solía decir— me da la impresión de un pez fuera del agua... Creo con más tesón y firmeza lo que la fe me enseña, que lo que veo a simple vista y, si con los ojos corporales me fuera dado presenciar los misterios de la fe, no los abriría para no perder el mérito de esta virtud.
Gracias a esa fe realizo numerosas obras de caridad. Apenas si puede compararse la ternura que tiene un padre con sus hijos con la que este apóstol tenía con los pobres: daba cuanto llegaba a sus manos. Cada día visitaba a los desheredados de la fortuna, escuchábalos, los animaba y se ponía a su disposición en el confesonario. Los pobres vergonzantes eran objeto de una caridad especial: sabía descubrirlos y socorrerlos con extremada delicadeza.
Difícil sería dar idea de la caridad y solicitud que prodigaba a los miembros dolientes de Jesucristo. Nunca retardaba el auxilio a los enfermos, ora fuese de día, ora de noche, con viento o con nieve, a corta o larga distancia. Si el enfermo era pobre, suministrábale socorros; si no había nadie para cuidarle, el hacía de enfermero; su abnegación, su amena charla, su amable familiaridad, le ofrecían esas brillantes victorias por las cuales arrancaba del infierno a tantas almas como la muerte pudiera precipitar en él.
Cierto día fueron a llamarle para confesar a un enfermo que hacía más de veinte años que no frecuentaba los Sacramentos, y a la hora de la muerte rechazaba los auxilios de la religión. Su anciana madre y su mujer recibieron al Padre Clemente María con lágrimas en los ojos y le introdujeron en la estancia del moribundo; apenas le vio el enfermo monto en cólera vomitando injurias y denuestos contra él.
Amigo —le dijo el Santo—, cuando uno se dispone, a emprender largo viaje, procura proveerse del necesario viatico, ¿cómo puede ser que tu, cuando vas a emprender el de la eternidad, que es tan largo, desprecies los Sacramentos de la Iglesia, medios indispensables para llegar felizmente al término, que es la gloria?
El enfermo rechazó sus consejos.
—Márchate, sal pronto de aquí— exclamó.
El Padre Clemente hizo ademán de retirarse, pero se detuvo en el umbral de la puerta. El enfermo se dió cuenta y, juntando las pocas fuerzas que le quedaban, le increpo frenético:
—Márchate y déjame en paz—.
Entonces el Padre se vuelve hacia el enfermo y, con voz resuelta y tono severo, le dice:
—No me iré, no; vas a morir pronto y quiero presenciar la muerte de un réprobo.
A estas palabras, que parecían inspiradas por el cielo, el moribundo prorrumpió en sollozos, se avino a reconciliarse con Dios y expiró como un predestinado en brazos del santo misionero.

MUERTE DEL SANTO — EL TRIUNFO

Tan numerosos y continuados trabajos habían debilitado poco a poco la robusta complexión del Santo; sin embargo, no cesaba en sus apostólicas empresas y en el ejercicio de su ministerio, aun en medio de crueles sufrimientos.
Por fin el 15 de marzo de 1820, a eso de mediodía, en el momento en que rezaban el Ángelus, entrego su hermosa alma a Dios.
Sin tardar empezaron los prodigios en su tumba; innumerables gracias espirituales y temporales fueron el fruto de su intercesión. Los hechos milagrosos se repetían con tanta frecuencia que los fieles solicitaron a Roma la introducción de su causa, lo cual tuvo lugar el 14 de febrero de 1867. Verificóse su Beatificación en el Pontificado de León XIII y, por fin, la Canonización solemne del Apóstol de Viena, por San Pio X, el 20 de mayo de 1909, al mismo tiempo que la de San José Oriol, apóstol de Barcelona.

Fuente: EL SANTO DE CADA DIA, POR EDELVIVES  -tomo II-

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