miércoles, 1 de marzo de 2017

S A N T O R A L

SAN ROSENDO

Célebre en España por su santidad y milagros, nació en Valdesalas, pueblo de Galicia, y fué hijo de los nobles condes de Menéndez. Esta ilustre casa carecía de sucesión, al par que la deseaba vivamente. Fué en cierta ocasión preciso al conde pasar á la ciudad de Coímbra por orden del rey don Alonso el Grande, que le nombró general de las tropas que allí tenia para defender la ciudad de la inundación agarena. Entonces su esposa Ilduara aprovechó la ocasión para dedicarse con más fervor al servicio de Dios y á la práctica de las virtudes. Había sobre un monte vecino, distante unas dos millas de Valdesalas, una iglesia dedicada al Salvador, á la cual solía ir ella descalza, sin comitiva, regando el camino con sus lágrimas, y allí oía los divinos oficios. Uno de los días que fué á ella, estando orando con mucho fervor, se quedó dormida delante del altar y se le apareció un ángel que la consoló diciéndola: Regocíjale, Ilduara, porque te hago saber que tus oraciones han sido oídas de Dios; concebirás y darás á luz un hijo; que será muy estimado de los hombres, y de mucho mérito para con Dios. Despierta Ilduara sin saber lo que le pasa; mas reconociendo en la visión un favor singular del cielo, rinde gracias al Señor: hace luego participante á su esposo del gozo que le cabe: manda por él, y sabedor este de la revelación, une sus votos con los de su consorte. A pocos días concibió esta, y á los 20 de noviembre del año 907 dio á luz á Rosendo, cuyo nombre se le impuso el día de su bautismo. Esos virtuosos padres educaron con especial y cristiana solicitud al niño, que desde sus primeros años mostró decidida afición á la virtud, apartándose de las diversiones de los de su edad, y empleando el tiempo en el estudio y en afectuosas devociones á Jesucristo y á la Virgen María. Su favorita ocupación era el instruirse en la ley de Dios, y meditarla día y noche, de modo que en breve hizo rápidos y admirables progresos en las letras humanas y divinas, en que se aventajó á todos sus iguales; añadiendo nuevo lustre á sus estudios la madurez y gravedad que resplandecían en él, aun en edad juvenil. Su conversación dulce y afable para con todos, se ganaba la voluntad de cuantos le trataban, y daba al mismo tiempo tanta eficacia y peso á sus razones, que se le buscaba por árbitro en los asuntos más delicados é importantes. En los años en que otros jóvenes solo piensan en diversiones y ejercicios propios de la edad, se extendió por toda España la fama de las virtudes de Rosendo, y en todas partes se hablaba con elogio de su modestia, de su castidad, de su misericordia con los pobres, de su liberalidad con los amigos, de su sólida piedad, y de su caridad con todos.
Llegó ó la sazón á estar vacante el obispado de Dumio, y el clero y el pueblo, viendo que tenían en aquel joven el más claro espejo de todas las virtudes, de común acuerdo lo eligieron por su obispo, á pesar de que no tenía más que diez y ocho años. No quiso el santo mancebo admitir tan alta dignidad, y no le hubieran hecho mudar de resolución todas las instancias de los fieles, á no haber tenido una revelación de que era voluntad del cielo que la aceptase.
Esta nueva dignidad, que pudiera deslumbrar á un hombre menos cimentado en la virtud, solo sirvió para hacer más brillantes las grandes prendas de Rosendo. Como una grande antorcha puesta sobre el candelero, esparció sus luces por toda la Iglesia del Señor. Se creyó obligado á ser el común padre de los pobres y peregrinos, y el refugio y consuelo de los huérfanos y viudas. Puso especial cuidado en enseñar y predicar continuamente la palabra de Dios á sus ovejas, y en corregir y reformar las costumbres de su pueblo. Pero en medio del ruido y atención de los negocios, su corazón suspiraba de continuo por la soledad y el retiro que tanto apetecía, para poderse entregar del todo á su Dios. A este fin mandó edificar un monasterio, que aún hoy se llama Celanova, en el cual hizo vida monástica con otros monjes de vida ejemplar y perfecta.
Contentísimo se hallaba Rosendo en la soledad de su celda y en compañía de sus amados monjes, cuando Dios, que le quería hacer mas glorioso entre los hombres, y más útil á su Iglesia, dispuso que volviese otra vez á empuñar, no solo el cayado episcopal, sino el bastón militar en la ciudad de Compostela. Gobernó este obispado con igual celo y prudencia que el de Dumio, mostrándose en todo afable y dulcísimo con los buenos, compasivo con los flacos, y fuerte y animoso contra los disolutos y perversos.
Por aquel tiempo tuvo el rey don Sancho que ausentarse de Galicia, y con este motivo invadieron aquel reino los normandos, ejecutando mil estragos, y al mismo tiempo asolaban los moros la parte de Portugal confinante con Galicia. El santo pastor salió al encuentro de unos y otros, y Dios le favoreció tanto en esta empresa, que arrojó de Galicia á los normandos, y rechazó hasta muy lejos á los moros, obligándoles á contenerse dentro de sus límites. Poco después, renunciando el obispado y toda la gloria del mundo, retiróse otra vez al monasterio de Celanova, donde profesó la regla de san Benito, aventajando á todos sus compañeros en pobreza, humildad y penitencia. Hecho abad de esto monasterio, se portó en este cargo con la misma distinguida prudencia y virtud que en el episcopado, y después de haberle gobernado algunos años, conociendo de antemano el día y la hora de su muerte, y habiéndose preparado con fervorosos actos de amor divino, entregó Rosendo su alma á Dios el día 1 de marzo del año 977, y el sesenta de su edad. Sepultaron su cuerpo junto á la iglesia de san Pedro en una urna de piedra, y Dios glorificó su sepulcro con continuos milagros. La fama de su, santidad y prodigios se hizo luego célebre en la Iglesia universal, y el papa Celestino III colocó á Rosendo en el número de los santos.

 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

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