viernes, 6 de enero de 2017

S A N T O R A L


LA EPIFANÍA DEL SEÑOR, ó ADORACION DE LOS REYES MAGOS
En el sacrosanto misterio de la Epifanía celebra la santa Iglesia aquel dichoso y bienaventurado día, en que el Hijo de Dios vestido de nuestra carne se manifestó á los reyes Magos, como á primicias de la gentilidad: porque como este Señor era rey del mundo, y venia para salvarle; luego en naciendo quiso ser conocido de los que estaban cerca, y de los que, moraban lejos, de los naturales y de los extraños, de los pastores y de los reyes, de los simples y de los doctos, de los pobres y de los ricos, de los hebreos, de los paganos, de la sinagoga, y de la gentilidad, y juntar en uno, los que eran entre sí contrarios en el culto y religión, y en el conocimiento del mismo Dios. Todas las divinas Letras nos predican este misterio é incomparable beneficio del Señor, y nos declaran, que había de ser adorado de las gentes, y reconocido, y servido de los reyes de la tierra. El profeta Balaán dijo: «Nacerá una estrella de Jacob, y una vara de Israel, la cual sujetará á los capitanes de Moab, y destruirá á los hijos de Seth, y será señora y poseedora de ldumea»; dando á entender, que todos estos pueblos, que eran de gentiles, serian sujetos á la vara y cetro de Jesucristo: lo cual se cumplió en la conversión de la gentilidad: el real profeta David cantó: Reges Tharsis, et insulæ munera offerent: Reges Arabum, el Sabá dona adducent.Et adorabunt eum omnes Reges terræn: omnes gentes servient ei: Que los reyes de Tarsis y de Arabia, traerían dones á Cristo, y todos los reyes le adorarían, y todas las gentes le servirían: Isaías en muchos lugares profetizó esta venida de los reyes, y el vasallaje y presente con que le habían de reverenciar y adorar; y los otros profetas, alumbrados con la luz del cielo, tanto antes nos avisaron de esta verdad, como cosa tan importante, y en que los judíos habían de tropezar. Y á los mismos apóstoles se les hizo nueva, hasta que por aquella visión del lienzo lleno de serpientes y sabandijas, que vio san Pedro, entendió este soberano misterio. Pues así como en naciendo el Niño tierno, y Dios eterno, en el portal de Belén, envió el ángel, para que avisase á los pastores, que guardaban su ganado, y velaban en aquella comarca, que había nacido el Salvador, y les dio las señas, para que le hallasen y conociesen, y ellos vinieron, y le adoraron, como primicias de la sinagoga: así también ordenó el mismo Señor, que naciese al mismo tiempo una estrella en oriente, y que alumbrase á los Magos, y con su nuevo, y extraordinario resplandor los moviese á seguirla, y los guiase y trajese hasta Belén, para que hallándole en un establo, y en un pesebre, le adorasen como á su rey, y su verdadero Dios.
¿Pero quiénes son estos que vienen? Magos. ¿De dónde se parten? De oriente. ¿A quién siguen? A una estrella. ¿A dónde llegan? A Jerusalén. ¿Qué buscan? Al nuevo rey. ¿Dónde pararon? En el pesebre. ¿Qué hallaron? Un niño recién nacido. ¿Qué hicieron? Adoráronle. ¿Qué le dieron? Tesoros. ¿Qué recibieron? Luz, amor y salud para sus cuerpos y para sus almas. Magos son los que vienen, no porque engañaron á Herodes, no volviendo más á él, como algunos quisieron decir, ni porque fuesen hechiceros y dados á las artes mágicas, como otros pensaron; mas porque eran varones sapientísimos: porque á los que los hebreos llaman escribas, los griegos filósofos, los latinos sapientes, los egipcios profetas, los indios gimnosofistas, los asirios caldeos, los galos druidas; los persas en la propiedad de la lengua llaman magos, y entre ellos eran los mas sabios y entendidos, especialmente en la contemplación de los cielos, y del curso y movimiento de las estrellas; porque no se crea, que los movió alguna liviandad á buscar el rey recién nacido: y juntamente eran reyes, como comúnmente se tiene por tradición de la Iglesia: y parece, que lo significan algunas autoridades de las sagradas Letras, de que ella usa en esta solemnidad, y las pinturas antiguas y modernas lo manifiestan, y los santos doctores, Cipriano, Ambrosio, Gerónimo, Agustino, Crisóstomo, Tertuliano y Teofilato, y otros lo dicen, y el uso de aquellos tiempos lo persuade, en que se daba el cetro y el mando á los más sabios, y los reyes y príncipes eran sapientísimos. Y dado, que el Evangelio no diga, que fueron reyes; tampoco lo niega: y el callarlo tiene misterio; para que entendamos, que delante de Jesucristo, rey de los reyes, ninguno se ha de llamar rey; y que para conocerlo y adorarle, no importa tanto ser rey, como ser sabio. Y aun se cree, que juntamente eran sacerdotes; porque así lo acostumbraban los persas, para que el que era rey, fuese también intérprete de las cosas divinas, y ofreciese sacrificios y oraciones á Dios, y por ello fuese más temido y reverenciado de sus súbditos; y en el viejo Testamento Melquisedec fue juntamente rey y sacerdote: Helí y Samuel, sacerdotes y jueces del pueblo; y los Macabeos eran de linaje sacerdotal y gobernadores del reino de Judá. Comúnmente se dice, que estos santos varones fueron tres, y que se llamaban Gaspar, Baltasar y Melchor.
Vinieron de oriente, como ellos mismos dijeron: Vidimus slellam ejus in óriente; el veninus, etc. No vinieron del verdadero oriente, sino de Arabia la feliz, ó de otra tierra allí cerca, que respecto de la Palestina era oriental, y de donde en trece días de camino, con buena diligencia, en los camellos y dromedarios podían llegar á Belén: que de esta manera de hablar usa la sagrada Escritura, cuando dice, que Abrahán apartó á Ismael de Isaac, y le puso en la región oriental, la cual estaba cerca de la tierra de Canaán, donde vivió Isaac: y Isaías dice, que los hebreos habían de despojar á los hijos de oriente; que quiere decir, á los pueblos comarcanos de la tierra de Promisión, con los cuales pelearon los judíos, y los sujetaron: y llámalos hijos del oriente; porque respecto de ellos eran orientales. Siguieron los Magos á la estrella, que no era verdadera estrella, ni una de las del firmamento, sino un cuerpo mixto, y perfecto, á manera de estrella, que resplandecía en el aire con una nueva y notable claridad, como solemos llamar á las cometas estrellas: y Cristo nuestro Señor dijo, que las estrellas caerían del cielo antes del juicio universal; porque caerán unas exhalaciones encendidas, ó inflamadas; y así la que apareció á los Magos, era muy diferente de las estrellas del cielo: porque las del cielo fueron criadas por el Señor en el principio del mundo, en el cuarto día de su creación; esta fué criada en el mismo punto, que nació el Salvador: las otras fueron criadas para distinguir el día de la noche, y para señalar los tiempos, días y años; esta fué criada para significarnos, que la luz y claridad eterna, era ya venida al mundo: las otras son perpetuas, como es el cielo; esta en cumpliendo con su oficio, y mostrado que hubo el pesebre en que estaba el hijo de Dios, desapareció, y se resolvió en la materia, de que antes había sido criada: las otras están en el firmamento y octavo cielo; esta estaba en medio del aire, y tan cerca de la tierra, que podía ser vista, y seguida de los Magos: las otras tienen su movimiento y curso perpetuo, regular y uniforme; esta se movía, cuando andaban los Magos, y se paraba, cuando paraban: las otras con el movimiento del primer cielo se mueven de oriente á poniente, y con el suyo propio, que llaman de trepidación, de norte á mediodía; esta, aunque de septentrión á mediodía, todavía seguía el camino de los Magos: las otras solamente se ven de noche; esta era de tan grande, y excesiva claridad, que también de día se dejaba ver: finalmente, las otras siempre aparecen con un mismo aspecto y de la misma manera; esta algunas veces se mostraba, y otras se encubría.
Esta estrella, que pregonaba haber nacido el rey de los judíos, y Salvador del mundo, vieron los Magos, y luego entendieron, lo que les hablaba como lengua del cielo; porque como sucesores de Balaán, y discípulos, que seguían su doctrina, entendieron, que esta estrella era la que él había profetizado, cuando dijo: «Nacerá la estrella de Jacob», que es Cristo nuestro Redentor, que como estrella resplandeciente del linaje de Jacob salió al mundo, para alumbrarle y traerle á sí con su conocimiento y amor. Por esta profecía, que estaba en práctica entre ellos, ó por otras revelaciones, que tuvieron, conocieron, que había ya nacido la esperanza y bien del mundo; y alumbrados y movidos con otra luz espiritual y divina, y abrasados sus corazones con el fuego, que el mismo Señor, que los llamaba, encendía en ellos, se determinaron á seguirla, y buscar, adorar y dar vasallaje, al nuevo rey, que la estrella les mostraba: y así dejando su patria, sus deudos, amigos, conocidos y vasallos, y no haciendo caso de las comodidades, regalos y bienes que poseían; con tan grande devoción y encendido y ansioso deseo de hallarle, se pusieron en un camino largo, dificultoso y peligroso, y entraron en Jerusalén con gran ruido y aparato, preguntando: «¿Dónde está, el que ha nacido rey de los judíos?» Vinieron á Jerusalén; porque el Señor, que por la estrella los guiaba, quiso, que se les desapareciese antes de llegar á aquella ciudad, que por ser la cabeza del reino, creyeron, que en ella debería de ser nacido el nuevo rey, disponiendo Dios las cosas de manera, que con la venida de los Magos, por ser personas públicas y de tanta autoridad, se diese un pregón por Jerusalén, y por toda aquella tierra, que era ya nacido el verdadero Mesías y Rey, que los había de librar de las miserias y cautiverio, que padecían, y el tirano Herodes se turbase y consultase á los escribas y sabios de la ley; y con el testimonio del Espíritu Santo se confirmase más la verdad, y los judíos no tuviesen excusa ninguna en no recibir á Cristo; pues veían, que los gentiles reyes y sabios, de lejos le buscaban: y sabían por cosa cierta, que era ya llegado aquel dichoso tiempo, en que, según las divinas Letras, deba de nacer, por haber fallado al cetro de Judá, y tenerle en aquella sazón Herodes Escalonita, que era extraño; y que había de nacer este Señor en Belén, conforme á la profecía de Miqueas. y á la interpretación, que ellos mismos habían dado.
Llegaron, pues, á Jerusalén sin temor, sin recelo y sin espanto; y sabiendo que Herodes reinaba en ella, á voces preguntaban por el nuevo rey: porque aquella fé, devoción y amor grande, que traían, no les dejaba pensar en su peligro; y como estaban heridos de Dios, juzgaban, que todos lo estaban, y que no podían ignorar los naturales de Jerusalén y de Judea, lo que ellos, siendo extranjeros, sabían, ni dejar de alegrarse con tan regocijadas nuevas, y con el bienaventurado nacimiento del nuevo rey. Turbóse Herodes, como tirano y hombre, que no siendo judío de nación, sino idumeo, había usurpado el reino y administrándole con tanta crueldad, que había hecho matar á los que descendían del linaje de David, y del de los Macabeos, por asegurarse en él. Turbóse; porque sabía, que los judíos deseaban tener rey natural, y que esperaban al que Dios les había prometido, y temía, que no fuese el que anunciaban los Magos, y ser desposeído por él. Turbóse; porque delante de la majestad del Rey soberano todo el poder y grandeza de los reyes, teme, tiembla y se deshace como humo; y de tal manera se turbó, que con su ejemplo hizo, que también toda la ciudad de Jerusalén se turbase: ó porque cual es la cabeza y gobernador de la república, tales suelen ser los súbditos: ó porque los lisonjeros de los príncipes son muchos, y por agradarle, los toman por espejo, y se miran y transforman en él: ó porque temió el pueblo, que en la nueva, que predicaban los Magos, se embravecería Herodes; y por no perder el reino, les quitaría á ellos las haciendas, la libertad y la vida. Pero disimuló Heredes: llamó á los escribas y sabios: consultó con ellos el lugar, donde Cristo había de nacer: y habiéndose informado con secreto, curiosidad y diligencia dé los mismos Magos, de todo lo que le pareció que le convenía saber acerca de la estrella, y del tiempo en que les había aparecido; los envió á Belén, para que se enterasen de todo lo que había de aquel niño, que rey no le quiso llamar, y volviesen á él, dándoles á entender, que él también después le iría á adorar. No quiso ir con ellos; porque no daba entero crédito á los Magos: y también, porque no pareciese liviandad, moverse un rey tan grande y poderoso, por una cosa tan nueva y maravillosa, sin más averiguación. No envió criados suyos con los Magos, para que los acompañasen y les mostrasen el camino; porque no se fiaba de los judíos, y porque con esta disimulación pensaba salir mejor con su intento, que era matar al niño recién nacido, para asegurar su reino, y librarse de congoja y de temor. Mas el Señor con su inefable providencia lo ordenó todo, para que Cristo no muriese á sus manos, ni tuviese necesidad de huir antes de tiempo, ó hacer nuevos milagros, y para que los reyes Magos le hallasen y adorasen: los cuales después de haber oído, lo que el tirano Herodes les dijo, salieron de Jerusalén, y vieron con increíble gozo la estrella que antes les había aparecido, la cual iba delante de ellos, guiándolos hasta que llegaron á Belén, y allí se puso sobre la pobre casilla, en que estaba el tesoro del mundo escondido. Allí se paró, y se abajó, echando de si más esclarecidos rayos de luz, y nuevos resplandores; como quien decía: Aquí está: éste es el que buscáis y el que yo os vengo á manifestar; y con esto, de la manera que pudo, les mostró el niño, que con tanta ansia deseaban ver, y cumplió con el oficio, para que Dios la había criado.
Entraron los santos reyes en aquel pobre y desabrigado portal, y hallaron en él un niño de trece días, en brazos de una pobre doncella, que era madre y virgen, y no se escandalizaron, ni turbaron, ni pensaron que habían sido engañados; pues aquel niño no tenía aparato y majestad de rey, no guardas á la puerta, no copia de caballeros y señores, no palacio real, no colgaduras ricas de telas y brocados, no cama blanda y suntuosa, no entretenimientos y regalos, y finalmente, ninguna cosa que representase majestad de rey; antes una extrema pobreza, soledad y desabrigo, el aposento estrecho y de bestias, los pañales viles, la cama dura y de pesebre, y que todas las cosas les predicaban, que aquel niño no era rey; y con todo eso, mirándole con los ojos de la fe, y con el testimonio, que dentro de los corazones les daba el Espíritu Santo, conocieron, que era rey de los reyes, y príncipe del universo, y verdadero Dios y unigénito Hijo del Padre Eterno, y postrándose en aquel suelo, como á tal le reconocieron y adoraron. No tuvieron asco, como dice el bienaventurado san Bernardo en el sermón tercero de esta fiesta, del establo: no se escandalizaron de los pobres pañales, ni de verle tomando el pecho de su santísima Madre; antes se echaron á sus pies, haciéndole reverencia como á su Señor.
Adoraron, como dice Rábano, en la carne al Verbo eterno, en la niñez á la sabiduría infinita, en la flaqueza á la fortaleza de Dios, en la bajeza de hombre la majestad y gloria divina. «¿Qué hacéis, sabios?» dice san Bernardo, en el mismo lugar. «¿Qué hacéis? ¿A un niño adoráis, aposentado en una choza, y envuelto en viles pañales? ¿Es ese, por ventura, Dios? ¿Dios está en su santo templo; y vosotros le buscáis en un establo, y le ofrecéis tesoros? Si este es rey; ¿dónde está el palacio real? ¿Dónde la silla de rey? ¿Dónde la compañía de los cortesanos? ¿Es, por ventura, palacio el establo, y la silla el pesebre, y la compañía de cortesanos, José y María? ¿Cómo unos hombres tan sabios se han hecho tan ignorantes, que adoren por Dios á un niño tan despreciado, así en la edad, como en la pobreza suya y de los suyos?» Hasta aquí son palabras de san Bernardo. Pero, ¡O rayo de luz divina! ¡O don inestimable! ¡O fuerzas, y eficacia de la fé, que así trasladas los ánimos de la tierra al cielo, y cierras los ojos á todo lo que parece, y los abres á lo que no se ve! Como estaban alumbrados los entendimientos de estos santos reyes con otra estrella más clara y resplandeciente, que la que sus ojos habían tenido por guía, y sus corazones estaban abrasados del amor de aquel niño benditísimo que los había llamado, y traído para sí de tan remotas tierras; no hicieron caso, de lo que veían con los ojos exteriores, sino de lo que Dios les hablaba interiormente en sus almas: y por esto tanto más se humillaron, cuanto más humillado, y abatido en figura de niño hallaron á Dios; entendiendo, que en él la longura, estaba abreviada, la alteza abajada, la luz obscurecida, el Eterno hecho niño, y el resplandor de la gloria del Padre envuelto en pañales.
Y porque sabían, que eran deudores, de todo lo que tenían, por ser todo de aquel infante, y haberlo recibido de su mano; todo se lo quisieron ofrecer: el cuerpo, postrándose: el alma, adorándole; y los bienes temporales, abriendo sus tesoros, y presentándole oro, incienso y mirra: cosas, de que su tierra abundaba; aunque no sin gran misterio, para declarar por el oro, que era rey, por el incienso, que era Dios, y por la mirra, que era verdadero hombre. El oro, para proveer á su pobreza: el incienso, para despedir el mal olor del establo; y la mirra, para confortar los tiernos y delicados miembros. Más otros mayores, y más preciosos dones recibieron estos santos varones para sus almas, que fueron, los que ellos ofrecieron; porque recibieron el oro purísimo de una perfectísima caridad, para amar a Dios, y al prójimo: una devoción tierna, y ternura devota, con que sus almas se derretían como incienso en la consideración de aquel misterio sagrado, que tenían delante de sí; y una mortificación de todas sus pasiones, y gustos, y entretenimientos del mundo, significada por la mirra: y fueron instituidos del Señor predicadores de su sagrado Evangelio, y pregoneros de su gloria, y magnificadores de su abatimiento, y pobreza.
No explica san Mateo los afectos, que estos santos reyes tuvieron allá dentro de sus almas, ni las palabras y razones, que dijeron á aquel doncel, al infante Dios, y á la Madre Virgen, ni la alegría, que tuvo aquella purísima, y beatísima Señora, cuando vio, que se comenzaba á extender, y dilatar por el mundo la gloria de su hijo, y que Dios la había escogido para madre de tal hijo, y que ya se comenzaban á despedir las tinieblas de la gentilidad, y resplandecer el rayo de la nueva luz, cosa, que ella tanto deseaba: ni menos, lo que sentiría el mismo niño, que había bajado del cielo á la tierra por la salud de los hombres, cuando en las primicias de estos reyes vio, que ya se comenzaba á cumplir la conversión del mundo, la gloria de Dios, la confusión del demonio, el triunfo del pecado, y las victorias de tantos, y tan innumerables santos, que le habían de seguir: de ninguna cosa de estas habla el evangelista, así porque son cosas inefables, y que no se pueden comprender con nuestro flaco entendimiento, ni explicar con nuestra lengua muda, y ser mejor reverenciarlas con un casto silencio, y cubrirlas con el velo de una santa y profunda admiración; como para que cada uno edifique su alma con la meditación, y ponderación de estos misterios divinos, y suplique al Señor, que hable á su corazón, lo que el santo escritor dejó por decir.
[foto de la noticia]
Las reliquias de Gaspar, Melchor y Baltasar se encuentran
en la Catedral de Colonia
Después de la adoración, y de aquellos secretos, amorosos y dulcísimos coloquios, que tendrían los Magos con la Virgen; habiendo sido por divina revelación avisados, que no volviesen á Herodes, despidiéndose con devotas y dulces lágrimas del hijo, y de la madre, del pesebre, y de la cuna, y dejando sus corazones y espíritus, como en un paraíso, en aquel portalico despreciado, se partieron para su patria por diferente camino, del que habían traído, obedeciendo á la voz del ángel, que les había aparecido en sueños, tan puntualmente, que por apartarse más de Herodes, y de sus ministros y soldados, no quisieron hospedarse en las posadas comunes, y públicas; antes se desviaban del camino, é iban por montes, y despoblados, y se aposentaban en las cuevas, y cavernas, como lo escribe Cirilo monje en la vida de Teodosio Cenobiarca: y guiándolos el mismo Señor, que los había traído, llegaron á sus tierras, y dieron noticia á aquellas gentes, de lo que habían visto, y oído del Verbo de Dios, abreviado, y vestido de carne: y dejando sus estados, riquezas y regalos, por imitar mejor la pobreza, y menosprecio que habían visto en el Redentor y Salvador del mundo, se hicieron pobres, y comenzaron á predicar, y alumbrar, y encender con la luz, con que ellos resplandecían y ardían, aquellos pueblos ciegos, que vivían en la sombra de la muerte; y finalmente fueron muertos por Cristo, y alcanzaron la palma y corona del martirio, ofreciéndose á sí mismos en sacrificio suavísimo, y más acepto al Señor, que el oro, incienso y mirra, que antes le habían ofrecido, y sus cuerpos fueron traídos después de aquellas regiones á Milán, en donde estuvieron algún tiempo; y cuando el emperador Federico, que llaman Barbaroja, destruyó aquella ciudad, fueron trasladados á la de Colonia, donde están al presente, y son tenidos en grande.
Pero para que la venida de estos gloriosos Magos nos sea provechosa, no nos contentemos con saber su historia, y lo que ellos hicieron, sino procuremos imitarlos, y seguirlos; pues para esto principalmente cada año nos representa la Iglesia este gloriosísimo misterio. Sigamos la estrella, y la santa inspiración, y movimiento interior, que el Señor nos envía, para que le conozcamos, busquemos, y adoremos; y el hacerlo así, aunque sea dejando nuestra patria, gustos, y regalos, y todo lo que el mundo nos puede ofrecer, y nos puede dar, tengámoslo por suma ganancia, y por un riquísimo é inestimable tesoro: y por más peligros, trabajos é incomodidades, que se hayan de pasar en esta jornada: por más que el mundo ladre, Herodes se turbe, y nos murmuren, y con sus palabras y obras pretendan impedir nuestro camino: no les demos orejas, sino sigamos la luz del ciclo, que va delante: y si ella algunas veces se escondiere, no por eso desmayemos, como no desmayaron los magos; porque ella volverá, nos guiará y mostrará como con el dedo, aquel bien eterno, y bienaventurado que buscamos.
No nos ofenda la pobreza de Cristo, ni la alteza de los misterios; que nos predica, ni la aspereza de la vida que nos pide, ni cosa alguna, de las que á los ojos de nuestra flaca carne parecen dificultosas, y duras, sea parte para que no reconozcamos, que este infante recién nacido es el centro de nuestros corazones, y el descanso de nuestros trabajos, y el puerto seguro de nuestros deseos, y nuestra vida, gloria, bienaventuranza, y sumo bien, y como á tal, postrados en el suelo le adoremos, y le ofrezcamos nuestros cuerpos, almas y bienes temporales, conformándonos en todo con su santísima voluntad, y volviendo á nuestra patria por otro diferente camino, del que habernos tenido hasta aquí en ofensa, y desagrado suyo; porque así imitaremos á estos santos reyes en esta vida, y alcanzaremos con esto la otra eterna y felicísima, la cual por su misericordia, é intercesión de los mismos reyes magos nos otorgue Jesucristo, verdadero rey y señor.


 Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

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