sábado, 3 de diciembre de 2016

S A N T O R A L


SAN FRANCISCO JAVIER, CONFESOR Y APOSTOL DE LAS INDIAS


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Habiendo sido los Apóstoles los heraldos del Advenimiento de Cristo, era muy conveniente que el tiempo de Adviento nos recordara a alguno de ellos. A ello acudió la divina Providencia; porque, sin hablar de San Andrés, cuya fiesta cae con frecuencia antes del comienzo de Adviento, Santo Tomás se encuentra infaliblemente todos los años en las proximidades de Navidad. Más tarde diremos la razón por la que ha obtenido ese puesto preferente entre los demás Apóstoles; ahora insistiremos únicamente en la conveniencia que parecía exigir que el Colegio Apostólico contribuyese al menos con uno de sus miembros, a anunciar en esta parte del ciclo litúrgico, la venida del Redentor. Pero no quiso Dios que sólo los primeros Apóstoles estuvieran representados a la cabeza del Calendario litúrgico; es también grande, aunque inferior, la gloria de ese segundo Apostolado por medio del cual la Esposa de Jesucristo continúa multiplicando sus hijos en su fecunda vejez, como diría el Salmista. (Salmo XCI, 15.) Aún hay Gentiles que evangelizar; la venida del Mesías no ha sido todavía anunciada a todos los pueblos; pues bien, entre los valientes mensajeros del Verbo divino, que en estos últimos tiempos han hecho resonar su voz entre las naciones infieles, ninguno que haya brillado con tan vivo resplandor, que haya obrado tantos prodigios, que se haya mostrado tan semejante a los primeros Apóstoles, como el reciente Apóstol de las Indias, San Francisco Javier.
Ciertamente, la vida y el apostolado de este hombre maravilloso, constituyeron un gran triunfo para la Iglesia, nuestra Madre, en el tiempo en que brillaron. La herejía, amparada bajo todas las formas por la falsa ciencia, por la política, por la avaricia y por todas las pasiones perversas del corazón humano, parecía anunciar el momento de su victoria. En su atrevido lenguaje, no tenía más que profundo desprecio por la antigua Iglesia, que se apoya en las promesas de Jesucristo; denunciábala al mundo, calificándola de prostituta de Babilonia, como si los vicios de los hijos pudiesen empañar la pureza de su madre. Dios se manifestó, por fin, y el suelo de la Iglesia se vió de repente cubierto con los más admirables frutos de santidad. Multiplicáronse los héroes y las heroínas en el seno mismo de aquella esterilidad que sólo era aparente, y mientras los falsos reformadores aparecían como los hombres más viciosos, Italia y España brillaban por sí solas con un resplandor incomparable, mostrando los dechados de santidad que salieron de su seno.

Es hoy Francisco de Javier; pero más de una vez en el Año hemos de celebrar otros nobles e ilustres compañeros suyos, suscitados por la gracia de Dios: de suerte que el siglo xvi no tuvo nada que envidiar en prodigios de santidad a los siglos más favorecidos. Ciertamente, no se preocupaban gran cosa de la salvación de los infieles aquellos pretendidos reformadores que sólo soñaban con destruir el verdadero Cristianismo arruinando sus templos; era el momento en que una sociedad de apóstoles se ofrecía al soberano Pontífice para ir a plantar la fe entre los pueblos más hundidos en las sombras de la muerte. Pero, como acabamos de observar, entre todos esos apóstoles, ninguno ha realizado tan perfectamente el tipo primitivo, como este discípulo de Ignacio. Nada le faltó, ni la amplia extensión de países roturados por su celo, ni los miles de infieles bautizados por su brazo infatigable, ni los milagros de toda clase que le presentaron a los infieles como marcado con el sello de que nos habla la Sagrada Liturgia: "Estos son los que, durante su vida, plantaron la Iglesia." El Oriente contempló, en el siglo xvr, a un apóstol llegado de la Roma siempre santa, un apóstol cuyo carácter y hechos recordaban a los enviados por el mismo Jesucristo. Gloria, pues, al divino Esposo, que supo salir por la honra de su Esposa, suscitando a Francisco Javier, y dándonos con él una idea de lo que fueron, en medio del mundo pagano, aquellos hombres a quienes El encargó la predicación de su Evangelio.

San Ignacio de Loyola con  San  Francisco de Javier
en la Universidad de París.

Vida


San Francisco nació en Navarra, en 1506. En París conoció a San Ignacio de Loyola, con quien trabó una santa amistad. Después de fundar la Compañía de Jesús, envióle Ignacio a las Indias, en 1542. Fué célebre por su espíritu de oración, su gran mortificación, por el don de milagros y las innumerables conversiones que obró con su predicación entre los infieles. Murió en la isla de Sanchón el 2 de diciembre de 1552. Su cuerpo descansa en Goa (India) y su brazo derecho se venera en la Iglesia del Jesús, de Roma. San Francisco Javier es patrón de la Propagación de la Fe.

Apóstol glorioso de Jesucristo, que iluminastes con su luz a los pueblos que yacían sentados en las sombras de la muerte, a ti nos dirigimos, nosotros, indignos cristianos, para que, por aquella caridad que te movió a sacrificarlo todo en aras de la evangelización de las naciones, te dignes disponer nuestros corazones para la visita del Salvador que nuestra fe espera y nuestro amor desea. Fuiste padre de los pueblos infieles, sé ahora protector del pueblo creyente. Antes de haber contemplado con tus ojos a Jesús, le diste a conocer a innumerables naciones; ahora que le contemplas cara a cara, haz que le podamos ver nosotros cuando aparezca, con la fe sencilla y ardorosa de los Magos de Oriente, primicias gloriosas de los pueblos que tú fuiste a iniciar en la luz admirable (I S. Pedro, II, 9).


Acuérdate también, oh gran apóstol, de las naciones que evangelizaste, en las que la palabra de vida, por un tremendo juicio divino, ha quedado estéril. Ruega por el vasto imperio de China, hacia el que se dirigían tus miradas al morir, y que no pudo oír tu palabra. Ruega por el Japón, heredad querida, pero horriblemente devastada por el jabalí de que habla el Salmista. Haz, que la sangre de los mártires allí derramada, fecundice por fin esa tierra. Bendice, también, oh Javier, a todas las Misiones emprendidas por nuestra Santa Madre Iglesia en las regiones a donde el triunfo de la Cruz no ha llegado todavía. Haz que se abran a la radiante sencillez de la fe, los corazones de los infieles; que la semilla dé el ciento por uno de fruto; que crezca de día en día el número de nuevos apóstoles, sucesores tuyos; que su celo y caridad no desfallezcan nunca, que sus sudores sean fecundos, que la corona del martirio sea no sólo la recompensa, sino el complemento y victoria final de su apostolado. Acuérdate ante el Señor, de los innumerables miembros de esa asociación por la que Jesucristo es anunciado en todo el mundo, y que se halla colocada bajo tu amparo. Ruega finalmente con cariño filial por la Santa Compañía de la que eres gloria y esperanza, para que florezca más y más bajo el viento de la tribulación que nunca le ha faltado, y se multiplique, multiplicando al mismo tiempo por su medio los hijos de Dios; ruega para que tenga siempre al servicio del pueblo cristiano numerosos Apóstoles y vigilantes Doctores, y para que no lleve en vano el nombre de Jesús.

Consideremos la precaria situación del género humano en el momento de la aparición de Cristo. La disminución de la verdad en la tierra está representada de una manera gráfica y terrible en la disminución de la luz material durante estos días. Las antiguas tradiciones se van perdiendo por doquier; el Creador universal es desconocido por la misma obra de sus manos; todo ha llegado a ser Dios, menos Dios Creador de todo. Un horroroso panteísmo invade la moral pública y privada. Caen en el olvido todos los derechos menos el del más fuerte; el placer, la avaricia, el robo suben a los altares para recibir adoración. La familia se halla destrozada por el divorcio y el infanticidio; la especie humana está degradada en masa por la esclavitud, y las mismas naciones perecen en guerras de exterminio. El género humano no puede ya sufrir más; y si la mano creadora no viene de nuevo en su ayuda, debe sucumbir infaliblemente en una sangrienta y vergonzosa descomposición.

Cuerpo incorrupto del Santo venerado en Goa
Los justos que aún quedan y que luchan contra el torrente de la universal degradación, no podrán salvarle, porque son ignorados por todos, y sus méritos no podrían, a los ojos de Dios, cubrir la horrible lepra que consume a la tierra. Toda la carne ha corrompido sus caminos con mayor maldad aún que en los días del diluvio; con todo, un segundo exterminio sólo serviría para manifestar la justicia divina; es hora de que un  misericordioso diluvio se extienda sobre la tierra, y que el creador del género humano descienda a la tierra para sanarle. Baja, pues ya, ¡oh Hijo eterno de Dios! Ven a reanimar este cadáver, a curar tantas llagas, a lavar tantas inmundicias, a poner la Gracia superabundante allí donde el pecado abunda; y así, después de haber convertido al mundo a tu santa Ley, demostrarás a todos los siglos venideros, que eres tú mismo ¡oh Verbo del Padre! quien bajaste: porque si sólo un Dios pudo crear el mundo, sólo la Omnipotencia de un Dios podía devolverle a la justicia y a la santidad, después de arrancarle a las garras de Satán y del pecado.
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

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