martes, 13 de diciembre de 2016

S A N T O R A L

SANTA LUCIA, VIRGEN Y MARTIR

Cuerpo incorrupto de Santa Lucía -Iglesia de los Santos Jeremías y Lucía-Venecia
El nombre de Lucía se halla junto a los de Agueda, Inés y Cecilia en el Canon de la Misa. En estos días de Adviento su nombre nos anuncia la Luz que se acerca, y proporciona un maravilloso consuelo a la Iglesia. Lucía es también una de las tres grandes glorias de la Sicilia cristiana; triunfa en Siracusa, así como Agueda brilla en Catania y Rosalía embalsama a Palermo con sus aromas. Festejémosla, pues, con amor, para que nos ayude en este santo tiempo, y nos introduzca junto a Aquel cuyo amor la dió la victoria sobre el mundo. Pensemos también, que el Señor quiso rodear la cuna de su Hijo de Vírgenes escogidas, no contentándose con la aparición de Apóstoles, Mártires y Pontífices, para que, en medio de las alegrías de esa venida, no olvidasen los hijos de la Iglesia llevar al pesebre del Mesías y al lado de la fe que le honra como a soberano Señor, la pureza del corazón y de los sentidos, que nada puede reemplazar en aquellos que quieren acercarse a Dios.

Vida


A ti nos dirigimos, Virgen Lucía, para obtener la gracia de ver en su humildad al que tú contemplas ya en la gloria; dígnate recibirnos bajo tu poderoso amparo. Tu nombre significa Luz: sé nuestro faro en la noche que nos rodea.

¡Oh lámpara siempre brillante con los destellos de la virginidad! ilumina nuestros ojos; cura las heridas que en ellos ha hecho la concupiscencia, para que, por encima de las criaturas, se eleven hasta la Luz verdadera que luce en las tinieblas, y que las tinieblas no comprenden. Haz que, purificados nuestros ojos, vean y reconozcan en el Niño que va a nacer, al Hombre nuevo, al segundo Adán, modelo de nuestra nueva vida.

Acuérdate también, Virgen Lucía, de la Santa Iglesia Romana, y de todas las que guardan su mismo rito en el Sacrificio, y diariamente pronuncian tu dulce nombre en el altar, en presencia de tu Esposo, el Cordero, a quien sin duda le agrada oírlo. Derrama especiales bendiciones sobre la isla que te dió la luz terrena y la palma de la eternidad. Mantén en ella la integridad de la fe, la pureza de las costumbres, la prosperidad material, y cura todos los males que conoces.
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer




También hoy 13 de Diciembre


SANTA OTILIA, VIRGEN Y ABADESA



Santas Lucía y Otilia: patronas de la vista
Otilia es la quinta de las Vírgenes prudentes que nos han de conducir, al fulgor de sus lámparas, hasta la cuna del Cordero, su Esposo. No dió ésta por El su sangre como Bibiana, Bárbara, Eulalia y Lucia; únicamente le ofreció sus lágrimas y su amor; pero la blancura de azucena de su corona forma muy agradable combinación con la púrpura de rosas que ciñe la frente de sus compañeras. Su nombre es venerado en el Este de Francia: al otro lado del Rhin su memoria es todavía popular y querida; los doce siglos que han pasado sobre su glorioso sepulcro no han podido entibiar la tierna veneración que la profesan, ni disminuir el número de peregrinos que todos los años acuden en tropel a la cumbre de la sagrada montaña donde reposa su cuerpo. La sangre de esta ilustre virgen es la misma de los Capetos y de la familia imperial de los Habsburgos; tantos son los reyes y emperadores que descienden del valiente duque de Alsacia Adalrico, o Euticón, padre de la dulce Otilia.

Vino al mundo el año 660, privada de la luz de sus ojos. Al nacer rechazó el padre a aquella niña, que parecía abandonada por la naturaleza para que resaltara más en ella el poder de la divina gracia. Un claustro fué el refugio que acogió a la pequeña desterrada, quien había sido arrancada a los brazos de su madre; y Dios, que quería probar en ella la virtud del sacramento de la regeneración, permitió que la fuera diferido el bautismo hasta la edad de trece años. Llegó por fin el momento en que debía Otilia recibir el sello de los hijos de Dios. Y ¡oh prodigioso! al salir de la fuente bautismal, la joven alcanzó repentinamente la vista; semejante don no era más que una débil imagen de la luz de la fe que en aquel momento se había encendido en su alma. Este milagro devolvió a Otilia a su padre y al mundo; tuvo entonces que sostener mil combates en defensa de su virginidad, que había consagrado al celestial Esposo. Las gracias de su persona y el poderío de su padre la atrajeron los más ilustres pretendientes. Pero ella triunfó; y el mismo Adalrico construyó sobre las rocas de Hohenburg el monasterio en que Otilia había de servir al Señor, presidiendo un numeroso enjambre de sagradas vírgenes, y sirviendo de consuelo a todas las humanas miserias.

Después de una larga vida, enteramente dedicada a la oración, a la penitencia y a las obras de misericordia, llegó por fin para la virgen el momento de recoger la palma. Era el 13 de diciembre del año 720, fiesta de Santa Lucía. Las hermanas de Hohenburg se aglomeraban en torno a su Santa Abadesa, ansiosas de recoger sus últimas palabras. Un éxtasis le había privado del sentido de lo terreno. Temerosas de que se fuese al celestial Esposo sin haber recibido el Santo Viático, que debe conducirnos a la posesión de nuestro último fin, sus hijas se creyeron en la obligación de despertar a su madre de aquel místico sueño que parecía hacerla insensible a los deberes de aquel momento. Volvió en sí Otilia, diciéndolas con ternura: "Queridas madres y hermanas, ¿por qué me habéis molestado? ¿por qué imponer a mi alma nuevamente la carga del cuerpo que ya había abandonado? Por gracia de Dios, me hallaba en compañía de la virgen Lucía, y eran tan grandes las delicias de que gozaba que ni la lengua sabría referirlas, ni el oído oírlas, ni el ojo humano contemplarlas".

Apresurarónse a dar a la compañera de Lucía el pan de vida y el cáliz sagrado. Una vez recibidos, volóse con su celestial hermana, y el trece de diciembre unió para siempre la memoria de la Abadesa de Hohenburg a la de la Mártir de Siracusa.


¡Oh Otilia! admirables fueron en ti los caminos del Señor, pues se dignó mostrar en tu persona todos los tesoros de su gracia. Al privarte de la vista corporal, que más tarde había de devolverte, acostumbró a los ojos de tu alma a no mirar mas que las bellezas divinas, de suerte que cuando la luz sensible volvió a ellos, ya habías escogido la mejor parte. La dureza del padre te privó de las inocentes dulzuras de la familia; pero estabas llamada a ser madre espiritual de muchas nobles hijas, que como tú, supieron despreciar el mundo y sus grandezas. Tu vida fué humilde, porque supiste comprender las humillaciones de tu celestial Esposo; tu amor a los pobres y enfermos te hizo semejante a nuestro divino Salvador que vino a tomar sobre sí todas nuestras miserias. ¿No le imitaste en los rasgos con que nos va a mostrar su persona, cuando con tierna compasión acogiste a un pobre leproso rechazado por todos? Estrechástele entre tus brazos, con valor de madre y llevaste el alimento a su boca desfigurada; ¿no viene a hacer eso mismo con nosotros nuestro Emmanuel, descendido del cielo para curar nuestras llagas con fraternales abrazos, y para darnos el alimento divino que en Belén nos prepara? Sintió el leproso que mientras recibía las caricias de tu caridad, le desaparecía de repente aquella espantosa enfermedad que le alejaba de los hombres. En lugar de aquella horrible fetidez que exhalaban sus carnes, se desprendía ahora un suavísimo aroma de sus miembros renovados: ¿no es también eso mismo lo que Jesús va a realizar en nosotros? También a nosotros nos cubría la lepra del pecado; su divina gracia la hace desaparecer, y el hombre regenerado esparce alrededor de sí el buen olor de Cristo. Oh Otilia, en medio de las alegrías que compartes con Lucía, no te olvides de nosotros. Ya conocemos tu compasivo corazón. No hemos echado en olvido el poder de tus lágrimas que sacaron a tu padre del purgatorio, abriendo las puertas de la patria celestial al que te desterró un día de tu familia terrena. Ahora no puedes ya derramar lágrimas; tus ojos, abiertos a la luz del cielo contemplan al Esposo en su gloria, y ejerces un poderoso influjo sobre su corazón. 

Acuérdate que también nosotros somos pobres y enfermos, y cura nuestras enfermedades. El Emmanuel que va a venir, se presenta a nosotros como médico de las almas. Nos asegura que "no viene para los sanos, sino para los enfermos". Suplícale, pues, que nos libre de la lepra del pecado, y que nos haga semejantes a él. No olvides tampoco a Francia, y ampárala, tú que llevaste en tus venas la misma sangre que muchos de sus reyes y emperadores; ayúdala a recuperar su antigua fe y su prístina grandeza. Cuida de los últimos restos del Sacro Imperio Romano; los miembros de este gran cuerpo han sido disgregados por la herejía; pero, sin duda volverán a la vida, si se digna el Señor, movido por tus oraciones, devolver a Alemania a la unidad de la fe, y a la obediencia de su Santa Iglesia. Ruega para que todo esto se realice en honor de tu Esposo, y para que las naciones hartas ya del error y de las disensiones, se unan unas con otras para proclamar el reino de Dios sobre la tierra.


Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

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