sábado, 7 de octubre de 2017

S A N T O R A L

Santísima Virgen María del Rosario

¿Habrá una devoción más importante?

Quien nos responde tal pregunta es San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), gran apóstol de María Santísima, al escribir:
“La Santísima Virgen reveló un día al Beato Alano de la Rupe que, después del Santo Sacrificio de la Misa —primero y más vivo memorial de la Pasión de Jesucristo—, no hay oración más excelente ni meritoria que el Rosario, que es como un segundo memorial y representación de la vida y pasión de Jesucristo”.
Hay numerosos documentos pontificios exaltando la excelencia del Santísimo Rosario y recomendando con empeño esta devoción.

Devoción al Rosario: una maravillosa historia

Según una respetable tradición, la Santísima Virgen reveló la devoción del Rosario a Santo Domingo de Guzmán, en 1214. Fue el medio escogido por la Providencia para salvar a Europa de una herejía especialmente virulenta que, como una epidemia maldita, contagiaba con sus errores varias regiones europeas a partir del norte de Italia y de la región de Albi, al sur de Francia. De ahí el nombre de “albigenses” atribuido a esos herejes, conocidos también como cátaros (del griego: puros), pues así soberbiamente se autodenominaban.
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La Santísima Virgen entrega 
el Rosario a Santo Domingo
Eran lobos disfrazados con piel de oveja, que se infiltraron en los medios católicos para engañar mejor y captar simpatía. Tales herejes predicaban, entre otros errores, el panteísmo, el amor libre, la abolición de las riquezas, de la jerarquía social y de la propiedad particular; sus semejanzas con el comunismo saltan a la vista.
En las regiones infestadas por la herejía albigense, toda la reacción católica apuntando a contenerla se mostraba ineficaz. Los herejes, después de conquistar muchas almas, destruir muchos altares y derramar mucha sangre católica, parecían definitivamente victoriosos.
Santo Domingo (más tarde fundador de la Orden Dominicana) se empeñó intrépidamente en el combate a la secta albigense, pero sin embargo no conseguía sobrepujar el ímpetu de los herejes, que continuaban pervirtiendo a los fieles católicos. Y los que no se pervertían eran masacrados.
Desolado, Santo Domingo suplicó a la Virgen Santísima que le señalase una arma espiritual eficaz, capaz de derrotar a aquellos terribles adversarios de la Santa Iglesia.

El Rosario aplasta la herejía albigense

Cuando todo parecía perdido, la Santísima Virgen intervino en los acontecimientos para salvar a la Cristiandad de ese mal.
El beato Alano de la Rupe (1428-1475), célebre predicador de la Orden Dominicana, en el libro De la dignidad del Salterio narra la aparición de Nuestra Señora a Santo Domingo en 1214. En aquella ocasión la Virgen le enseña a Domingo a predicar el Rosario (también llamado Salterio de María, en recuerdo de los 150 salmos de David) para salvación de las almas y conversión de los herejes.
Empuñando la poderosa arma del Rosario, Santo Domingo volvió al combate, predicando incansablemente en Francia, Italia y España la devoción que la propia Señora del Rosario le había enseñado, y en todas partes reconquistaba almas: los católicos tibios se enfervorizaban, los fervorosos se santificaban; las Ordenes Religiosas florecían; convertía a los herejes que, abjurando de sus errores, regresaban a la Iglesia por millares; los pecadores se arrepentían y hacían penitencia; expulsaba a los demonios de los posesos; obraba milagros y curaciones. Solamente en Lombardía, el ardoroso cruzado del Rosario convirtió a más de 100 mil herejes albigenses.
Todo por medio de la mejor artillería contra el demonio y sus seguidores: el Santo Rosario.

Simón de Montfort

Pero restaban aún aquellos herejes empedernidos, que no se convertían de ningún modo, e intentaban revertir la derrota causando estragos en algunos otros países. Para resolver el problema, Nuestra Señora, además del heroico Santo Domingo, suscitó a otro héroe para erradicar la herejía: el admirable Conde Simón de Montfort. El primero empuñó como arma el Rosario, el segundo empuñó la espada. Una combinación perfecta: el espíritu de oración con el espíritu de cruzada en defensa de la Fe Católica.
La historia de Simón de Montfort es, además de admirable, extensa. Citemos a propósito, apenas de paso, un trecho extraído del libro de San Luis Grignion de Montfort (el apellido de ambos es el mismo, aunque según parece no eran parientes — por lo menos no hay datos concluyentes al respecto):
“¿Quién podrá contar las victorias que Simón, conde de Montfort, logró sobre los albigenses gracias a la protección de Nuestra Señora del Rosario? Fueron tan famosas, que jamás se ha visto cosa parecida. Con quinientos hombres derrotó una vez a un ejército de diez mil herejes. En otra ocasión, con treinta venció a tres mil. En otra, con ochocientos hombres de caballería y mil de infantería despedazó el ejército del rey de Aragón, compuesto de cien mil hombres, perdiendo solamente un soldado de caballería y ocho de infantería”.
Libre Francia de la furibunda herejía albigense, la devoción al Santo Rosario traspuso las fronteras. Santo Domingo predicó incansablemente hasta el fin de sus días esta milagrosa y eficacísima devoción en los países vecinos, recogiendo en ellos frutos semejantes. Atravesó no sólo las fronteras europeas, sino los continentes y también los siglos, dado que, hasta los días actuales, el Rosario es rezado con gran fruto en todos los países del mundo.

Enemigos internos y externos vencidos por el Rosario

Como acabamos de ver Santo Domingo, con la cruzada de oraciones que emprendió por medio del Rosario, derrotó a los enemigos internos de la Iglesia venciendo a la secta albigense infiltrada entre los católicos. Hay también ejemplos históricos de cómo el Santo Rosario derrotó a enemigos externos de la Cristiandad.
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Felipe II, con el rosario en la mano
Uno de ellos ocurrió en el siglo XVI, cuando el poderío otomano (es decir, del Imperio turco, de religión islámica) crecía sorprendentemente y hacía de todo para aniquilar y dominar la Europa cristiana. Los turcos ya habían conquistado Constantinopla y ocupado la isla de Chipre, desde donde pretendían marchar en dirección a Occidente.
Frente al inminente peligro para la Cristiandad, el Sumo Pontífice de entonces, el Papa San Pío V, convocó a los príncipes europeos a unirse en un frente común contra el enemigo. Reunió una escuadra con el aporte de Felipe II de España, de las Repúblicas de Venecia y de Génova y del Reino de Nápoles, además de un contingente de los Estados Pontificios y de la Orden de Malta.
San Pío V no se desanimó ante la desproporción de fuerzas, pues confiaba más en la protección de Dios y de su Santísima Madre. Entregó al generalísimo Don Juan de Austria el comando de la escuadra y le dio un estandarte con la imagen de Nuestra Señora, pidiéndole que partiese cuanto antes al encuentro del enemigo.

La Batalla de Lepanto: una victoria salvadora

Hace 443 años, el 7 de octubre de 1571, la escuadra católica compuesta de 208 galeras se concentró en el golfo de Lepanto. Al avistarse la flota turca, muy superior (286 naves), Don Juan de Austria mandó izar el estandarte brindado por el Papa y gritó: “Aquí venceremos o moriremos”. Enseguida dio la orden de batalla.
Los primeros embates fueron favorables a los musulmanes, que formados en media luna lanzaron una violenta carga. Los católicos, con el Rosario al cuello, prestos a dar la vida por Dios y quitársela a los infieles, respondían a sus ataques con el máximo vigor posible.
Pero a pesar de la bravura de los soldados de Cristo, la numerosísima flota del Islam, comandada por Ali-Pachá, parecía prevalecer. Después de diez horas de encarnizado embate, los batalladores católicos temían la derrota, que traería graves consecuencias para la Cristiandad europea. Pero, ¡oh prodigio! Quedaron sorprendidos al percibir que, inexplicablemente y de repente, los musulmanes, despavoridos, se batían en retirada...
Más tarde obtuvieron la explicación: prisioneros de los católicos, algunos islamitas confesaron que una brillante y majestuosa Señora había aparecido en el cielo, amenazándolos e inspirándoles tanto miedo, que entraron en pánico y comenzaron a huir.
Tan pronto se inició la retirada de los barcos musulmanes, los católicos se reanimaron y la batalla revirtió: los infieles perdieron el 80 % de su flota (130 navíos capturados y más de 90 hundidos o incendiados), tuvieron 25.000 muertos, y casi 9.000 fueron capturados. Las pérdidas católicas fueron mucho menores: 8.000 hombres, y solamente 17 galeras perdidas.

Victoria alcanzada por el Rosario

Mientras en las aguas de Lepanto se trababa la decisiva batalla, la Cristiandad rogaba el auxilio de la Reina del Santísimo Rosario. En Roma, el Papa San Pío V había pedido a los fieles que redoblasen las oraciones. Las Cofradías del Rosario promovían procesiones y oraciones en las iglesias, suplicando la victoria de la armada católica.Resultado de imagen para Batalla de Lepanto, Vicentino
El Pontífice, gran devoto del Rosario, en el momento mismo del desenlace de la batalla estaba reunido con su tesorero, Donato Cesis, examinando graves problemas financieros. “De repente se separó de su interlocutor, abrió una ventana y quedó suspenso, contemplando el cielo. Volvióse después a su tesorero, y, con aspecto radiante, le dijo: — Id con Dios. No es ésta hora de negocios, sino de dar gracias a Jesucristo, pues nuestra escuadra acaba de vencer. Y apresuradamente se dirigió a su capilla a postrarse en acción de gracias. Cuando salió, todo el mundo pudo notar su paso juvenil y su aire alegre”.

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Visión de San. Pío V de la victoria en Lepanto

La milagrosa visión fue confirmada recién en la noche del día 21 de octubre, dos semanas después del gran acontecimiento, cuando finalmente llegó a Roma un correo con la noticia. San Pío V tenía mejores y más rápidos medios para informarse...
En memoria de la estupenda intervención de María Santísima, el Papa se dirigió en procesión a la Basílica de San Pedro, donde cantó el Te Deum Laudamus. También introdujo la invocación Auxilio de los Cristianos en la Letanía de Nuestra Señora.Y para perpetuar esta extraordinaria victoria de la Cristiandad, fue instituida la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, que dos años después tomó la denominación de fiesta de Nuestra Señora del Rosario, conmemorada por la Iglesia el día 7 de octubre de cada año.
Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-163-el-santo-rosario

Devoción al santo rosario: el "arma" del contra-revolucionario

Como sabemos, un gran mérito de la devoción al santo rosario es que ella fue revelada por nuestra Señora a Santo Domingo como un medio para reavivar la fe en las regiones muy devastadas por la herejía de los albigenses.
Realmente, la generalización de la práctica del rosario obtuvo un reavivamiento de la fe. Con esto el rosario pasó a ser, en las épocas en que hubo verdaderamente fe en el mundo, una de las devociones clásicas católicas. A tal punto que no solo las imágenes de nuestra Señora del Rosario se generalizaron por toda la tierra, sino también la práctica de esta devoción era un elemento oficial del hábito de muchas órdenes religiosas.

De entre las mil cosas que se podrían decir a respecto, gustaría de acentuar exactamente esta ligación del origen del rosario y la virtud de la fe, entre el rosario y la derrota de los herejes. El rosario siempre fue considerado un arma potentísima de la fe. Sabemos que la virtud de la fe es la raíz de todas las virtudes, y las otras tienen que brotar de una fe viva, o entonces ellas no son auténticas virtudes. Por lo tanto, no adelanta pretender cultivar las otras virtudes y ser negligentes con la virtud de la fe.

Para nosotros, que llevamos una vida de lucha legal y doctrinaria en favor de la ortodoxia, y que consideramos la victoria de la ortodoxia y de la Contra-Revolución en el mundo un ideal de nuestra vida, esta devoción dice mucho. Precisamente porque ella establece el nexo entre nuestra vida y la devoción a nuestra Señora, que aparece claramente aquí como siendo aquella que sola aplastó todas las herejías, como dice la liturgia. Las aplastó, en gran parte, por el rosario.

El rosario es el “arma” de la ortodoxia, el “arma” del ultramontanismo, y la devoción por la cual aplastamos las raíces del mal espíritu que pueda haber en nosotros, y derrotamos la herejía y el mal espíritu y la lucha que estos mueven contra nosotros. De manera que el rosario es una práctica típica para nosotros, y es por esta razón que insistimos tanto sobre ella. De tal manera que se debe considerar que la vida de un contra-revolucionario sólo es normal y sólo está en regla, cuando, entre otras cosas, reza diariamente los tres misterios del rosario.

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No tiene propósito que alguien diga lo siguiente: “Prefiero rezar una decena bien rezada en vez de un rosario entero como un papagayo”. Hubo un santo a quien una persona le dijo esto y él le respondió: “Está bien rece con todo recogimiento un avemaría”. La persona intentó rezarlo, y no consiguió. Alguien me dijo que Santa Teresita jamás consiguió, en toda su vida, rezar un Avemaría sin distracción.

La verdad es que rezar sin distracción un avemaría es una obra prima. Y puesto que difícilmente se consigue rezar un Avemaría sin una cierta distracción, vale la pena compensar la falta de calidad por la cantidad. Si apenas soy capaz de rezar avemarías con distracción, es mejor rezar 50 avemarías con distracción de que un avemaría con distracción. Es evidente.

De manera que el rezo del rosario tiene mucho valor. Es una oración humilde, no presumida, no tiene la manía protestante de exceso de prestar atención en las cosas. Por el contrario, comprende la fragilidad humana e impulsa las cosas para que progresen. Por eso la repetición que hay en el rosario está lejos, y hasta muy lejos, de ser estéril. Ella tiene el gran mérito de la insistencia. El propio nuestro Señor recomendó, como una de las cualidades de la oración, que ella fuese insistente. La oración insistente consigue las cosas. Si insistimos, aunque apenas verbalmente, obtendremos la gracia.

Por lo tanto, recomiendo la oración del rosario como siendo el “arma” del contra-revolucionario para perseverar, para santificarse y para derrotar las herejías.
Fuente: Conferencia de Plinio Corrêa de Oliveira, sin revisión del autor

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