martes, 17 de octubre de 2017

S A N T O R A L

San Ignacio de Antioquía

Pastor heroico, mártir intrépido

Discípulo del Apóstol San Juan, obispo de Antioquía, uno de los primeros y más ilustres Padres de la Iglesia
Plinio María Solimeo 
San Ignacio fue el niño de quien Jesús dijo:
“El que recibe a uno de estos pequeños en
mi nombre, me recibe a mí...”
 (Mc. 9, 37)
Según una antigua tradición, San Ignacio de Antioquía fue el niño que Nuestro Señor Jesu­cristo abrazó cuando dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado” (Mc. 9, 37). Pertenece igualmente a la tradición haber sido, junto a su amigo San Policarpo, discípulos del Apóstol San Juan.
Nos faltan otros datos biográficos del santo. Felizmente, dejó siete cartas, todas consideradas auténticas. Además de manifestar su celo por las almas, ellas ofrecen algunas referencias sobre su prisión. Junto con las cartas, nos llegó de los tiempos antiguos una re­lación de su martirio (Martyrium Ignatii), proba­blemente escrito por Filón (un diácono de Tarso) y por Reo Agatopodo, un lego sirio que acompañó a San Ig­­na­cio en su prisión hasta ­Ro­ma. Muchos historiadores lo consideran auténtico, sin embargo, se cree que hubo en él varias interpolaciones. Tomaremos como base este relato y las cartas del santo.¹

Antioquía, la “capital del Oriente"

San Ignacio fue el tercer obispo de Antioquía —después de San Pedro y San Evodio— consagrado directamente por uno de los Apóstoles, probablemente el propio San Pedro.

Antioquía se situaba en las márgenes del río Orontes, localizada entonces en Siria, y corresponde hoy a la moderna Antakya, en Turquía. Fue fundada a fines del siglo IV a.C. por Seleuco I, y Nicanor la hizo capital de su imperio. Ocupa un lugar destacado en la historia del cristianismo. San Pablo predicó por primera vez en una sinagoga en Antioquía, y en ella los seguidores de Jesucristo se hicieron conocidos como “cristianos” (Hc. 11, 26). Era la tercera ciudad del Imperio Romano, después de Roma y Alejandría. Debido a su situación y a las relaciones comerciales, era considerada la capital del Oriente.

Un pastor, líder preparado y atento

Estaba San Ignacio ocupado en sus quehaceres episcopales cuando el emperador romano Domiciano (81-96) —el primero en deificarse, asumiendo el título de “Señor y Dios”— se presentó como regenerador de la moral y de la religión (pagana) del imperio, a pesar de sus vicios en la vida privada. Como tal, se empeñó en “cortar de raíz la religión de los galileos”, entonces floreciente en varias partes del imperio.
“Todas las excelentes cualidades de pastor ideal y verdadero soldado de Cristo fueron poseídas por el obispo de Antioquía en grado eminente. De acuerdo con ello, cuando la tormenta de la persecución de Domiciano estalló en su pleno furor sobre los cristianos de Siria, encontró a su fiel dirigente preparado y alerta. Fue infatigable en su vigilancia e incansable en sus esfuerzos para infundir esperanza y reforzar a los débiles de su grey contra el terror de la persecución”.²

Cuando esa tormenta cesó con la muerte de Domiciano, sobreviniendo una relativa paz, San Ignacio procuró preparar a sus fieles para una nueva y posible persecución, dándoles el ejemplo de intrepidez y espíritu sobrenatural con que deberían enfrentarla. Resaltaba que no hay gracia mayor que la de dar la vida por Cristo, que ofreció su vida por nosotros.

Elocuencia, valentía y martirio


Ascendió al trono imperial Trajano (98-117), uno de los más hábiles emperadores romanos, que extendió las fronteras del Imperio más allá de las márgenes del Rin hasta las del Danubio, promovió el comercio y la industria e hizo grandes edificaciones para sus servicios administrativos. A pesar de tan vasta visión administrativa, este emperador consideraba al cristianismo como crimen punible de muerte.

Ensoberbecido por la victoria contra los escitas y los dacianos, Trajano intentó obtener también una conquista religiosa en el Imperio. Para eso determinó que todos los cristianos deberían unirse a los paganos y adorar a los dioses imperiales; los que se negasen, serían perseguidos y castigados con la muerte. Sin embargo, debido a un farisaísmo mal disfrazado, no admitía delaciones. Y Tertuliano, famoso escritor eclesiástico que vivió entre los siglos II y III, exclama a propósito de tales medidas: “Se prohíbe buscar a los cristianos como inocentes, y se les condena como culpables; se perdona y se castiga. ¿No es esto una contradicción palpable?”³


Ruinas de la antigua Antioquía

Trajano visitaba Antioquía cuando sus edictos fueron publicados, y quiso ponerlos en ejecución inmediatamente allí mismo. Evidentemente la figura de San Ignacio era la que más se destacaba entre los cristianos, por lo que fue apresado y llevado a la presencia del emperador. Su testimonio de la fe delante de Trajano, de acuerdo con la relación, fue caracterizado por inspirada elocuencia, valentía sublime, y hasta cierta exultación. Pero ello no impresionó al emperador. Por el contrario, éste ordenó que lo encadenasen y lo enviasen a Roma, para ser alimento de fieras y espectáculo para el pueblo.

“Vengo luchando contra fieras, por tierra y por mar”


Es probable que el santo haya embarcado en Seleucia, el puerto más próximo de Antioquía. En Esmirna, donde San Policarpo era obispo, cristianos de varias comunidades del Asia Menor fueron a saludarlo. Entre ellos estaban fieles de Éfeso, Magnesia y Trales, que lo fueron a confortar. Para cada una de esas comunidades él escribió, confirmándolas en la fe, exhortándolas a la obediencia a los respectivos obispos y que evitaran cualquier contaminación con la herejía. Esas cartas revelan su extrema caridad cristiana, su celo apostólico y sus preocupaciones pastorales.

En su carta a los Romanos, escrita durante una parada en Esmirna, el ilustre héroe de Jesucristo dice: “Desde Siria hasta Roma he venido luchando con las fieras, por tierra y por mar, de día y de noche, viviendo atado entre diez leopardos, o sea, una compañía de soldados, los cuales, cuanto más amablemente se les trata, peor se comportan. Sin embargo, con sus maltratos paso a ser de modo más completo un discípulo ; «pese a todo, no por ello soy justificado» (1 Cor. 4, 4). Que pueda tener el gozo de las fieras que han sido preparadas para mí; y oro para que pueda hallarlas pronto; es más, voy a atraerlas para que puedan devorarme presto, no como han hecho con algunos, a los que han rehusado tocar por temor”.4 Les suplicó también que no hicieran nada para evitar su martirio.

En otra interrupción del viaje, en Tróade, escribió a los cristianos de Filadelfia y Esmirna y a San Policarpo.

“Soy trigo de Cristo y quiero ser molido”


Habiendo llegado a Roma, dicen los autores de la relación: “Encontramos a los hermanos [en la Ciudad Eterna] llenos de temor y de alegría, regocijándose de hecho, porque fueron juzgados dignos de encontrarse con Teóforos [nombre que San Ignacio se atribuía en sus cartas], pero también con temor, porque hombre tan eminente estaba siendo llevado a la muerte”.5 El santo confortó a esos intrépidos cristianos, exhortándolos a permanecer fieles a su fe y al amor fraterno. Arrodillándose con ellos, suplicó al Hijo de Dios que protegiera sus iglesias y termine la cruenta persecución. Pero fue interrumpido por sus carceleros y llevado inmediatamente al anfiteatro, para ser devorado por las fieras.

Martirio de San Ignacio

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San Ignacio de Antioquia devorado por los leones
Cuando los animales se precipitaron sobre el héroe de Cristo, su pensamiento debe haberse afirmado en lo que escribió en su carta a los Romanos: “Trigo soy de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo. […] Que vengan el fuego, y la cruz, y los encuentros con las fieras [dentelladas y magullamientos], huesos dislocados, miembros cercenados, el cuerpo entero triturado, vengan las torturas crueles del diablo a asaltarme. Siempre y cuando pueda llegar a Jesucristo”.6

Los autores de la relación la concluyen del siguiente modo: “Habiendo sido testigos oculares de estas cosas, y habiendo pasado la noche entera en casa derramando lágrimas y habiendo suplicado al Señor, con las rodillas dobladas y muchas oraciones, para que Él nos diese, a nosotros hombres débiles, una garantía a respecto de esos hechos, ocurrió que, habiendo caído en una breve somnolencia, algunos de nosotros vieron al bienaventurado Ignacio de repente, de pie junto a nosotros y abrazándonos; mientras que otros lo contemplaron rezando por nosotros, y otros aún lo vieron junto al Señor, traspirando sudor, como si hubiese venido en aquel momento de un gran trabajo. Cuando, de ese modo, damos testimonio con gran alegría estas cosas, comparando nuestras varias visiones, cantamos alabanzas a Dios, el dador de todas las cosas”.7
El martirio de San Ignacio de Antioquía, cuya fiesta se conmemora el día 17 de octubre, acaeció en el décimo primer año del reinado de Trajano, es decir, alrededor del año 110.

Notas.-

1. Utilizamos estos documentos contenidos en el CD de la organización norteamericana New Advent (www.NewAdvent.org), Kevin Knight, 2007.
2. John B. O’Connor, St. Ignatius of Antioch, The Catholic Encyclopedia, CD edition.
3. In Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. I, p. 211.
4. The Epistle of Ignatius to the Romans, c. 5, New Advent CD.
5. The Martyrdom of Ignatius, c. 6, New Advent CD.
6. Epistle to the Romans, c. 4-5, New Advent CD.
7. The Martyrdom of Ignatius, c. 7, idem. ibid.

Fuente:http://www.fatima.pe/articulo-665-san-ignacio-de-antioquia

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