miércoles, 12 de octubre de 2016

S A N T O R A L




NUESTRA SEÑORA DEL PILAR,

PATRONA DE ESPAÑA


Buenos Aires Iglesia del Pilar  
Imagen titular en el retablo mayor
Conocido de todos los españoles es el relato de la antigua y piadosa tradición. Caminaba por las riberas del Ebro el Apóstol Santiago, anunciando la buena nueva a los iberos valientes e indómitos. La indiferencia de sus oyentes le tenía apesadumbrado y estaba ya a punto de desmayar cuando la Virgen María se le presentó una noche, anunciándole que aquellos trabajos suyos no serían estériles y que la semilla por él derramada y protegida cariñosamente por sus manos virginales, daría frutos de bendición a través de los tiempos. Alentado por esta visión, el Apóstol prosiguió su obra evangelizadora, conservando imborrable el recuerdo de aquel lugar que había sido santificado con la presencia de la Madre de Dios y del Pilar en que se habían posado sus plantas.
Allí se levantó más tarde un templo que es la actual basílica del Pilar en Zaragoza, fuente de gracias, escenario de perdones y conversiones, centro de peregrinaciones que acuden allí de toda España, que considera a la Virgen del Pilar como su celestial patrona, y al Pilar mismo, como símbolo de su fe y el centro de su fervor religioso, siempre pujante y sincero. Desde aquel trono, en que Nuestra Señora recibe el homenaje de todos los españoles, derrama sus gracias en todas las direcciones, vela por la conservación de la fe, y ruega bondadosa por el florecimiento del inmenso y lozano árbol de la hispanidad.
¡Oh Madre, Madre nuestra del Pilar, que de tantos peligros has librado a España a través de los siglos y que significas con milagros, como el del joven de Calanda, a quien restituiste el pie cortado y enterrado, que te agradan nuestros obsequios filiares, consérvanos perenne esa invencible confianza!
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer



Muy cerca del templo de la actual  Parroquia de San Vicente Ferrer de Castellón,  en el año 1637, ocurrió un accidente como consecuencia del cual el jover Miguel Juan Pellicer iba a perder una pierna, que le fue amputada poco después. Miguel Juan, de veinte años de edad, y natural de Calanda, había venido a Castellón, a la casa de su tío Jaime Blasco, para ayudarlo en las taréas agrícolas. En uno de los caminos rurales cercanos a Castellón, Miguel Juan cayó del carro y una de las ruedas le pasó sobre la pierna derecha. Así comenzó el que luego fue conocido como el milagro del Cojo de Calanda. 

En el pueblo aragonés de Calanda, entre las diez y las once de la noche del 29 de marzo de 1640, sucedió un hecho extraordinario. Por intercesión de Nuestra Señora del Pilar, al joven campesino Miguel Juan Pellicer le fue restituida de modo repentino la pierna derecha, que le había sido amputada hacía ya más de dos años y que estaba enterrada en el cementerio de un hospital. Vamos a explicar a continuación este hecho tan asombroso, que muy bien ha podido ser calificado por  el conocido escritor italiano Vittorio Messori como "el gran milagro".  
Según resulta de los libros de la parroquia de Calanda, Miguel Juan Pellicer fue bautizado el 25 de marzo de 1617, fecha que, seguramente, corresponde también a la fecha de su nacimiento. Miguel Juan fue el segundo de ocho hermanos de una familia de labradores modestos.  Su educación debió reducirse a una catequesis oral, porque fue analfabeto toda su vida. 
Cuando Miguel Juan Pellicer cumplió diecinueve años dejó por su propia voluntad la casa paterna y se trasladó a Castellón de la Plana, a la casa de su tío materno, Jaime Blasco. 

El accidente a raíz del cual Miguel Juan Pellicer perdería su pierna ocurrió el año 1637. Miguel Juan, que contaba entonces veinte años, volvía a la casa de su tío conduciendo un carro de dos ruedas tirado por dos mulas cargado de trigo. En un momento determinado el joven cayó y una de las ruedas del carro le pasó sobre la pierna derecha, por debajo de la rodilla, fracturándole la tibia en su parte central. 
Miguel Juan fue llevado por su tío Jaime Blasco primero a Castellón, pero a la vista de la gravedad de la herida, fue llevado luego al Hospital Real de Valencia. En los registros del Hospital Real de Valencia consta que fue ingresado el 3 de agosto de 1637 y que  permaneció en el mismo cinco días, en los cuales, según los archivos "le aplicaron algunos remedios que no aprovecharon".
Al no poder curar sus heridas, Miguel Juan Pellicer decidió volver a Zaragoza para que su pierna fuera examinada en el hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia, el cual tenía mucha fama. El viaje desde Valencia a Zaragoza duró más de cincuenta días y debió ser muy penoso, a causa de la pierna fracturada. 
Miguel Juan llegó finalmente a Zaragoza a principios de octubre de 1637. Previamente había recorrido el camino real que pasaba por Teruel, evitando pasar por Calanda, pues le daba vergüenza que su familia lo viera en tan lamentable estado. 

Cuando llegó a Zaragoza Miguel Juan primero pasó por el santuario del Pilar, donde  confesó y comulgó, y luego consiguió ser admitido en el Real Hospital de Nuestra Señora de Gracia. En el  hospital los médicos determinaron que  dado el avanzado estado de la gangrena y la ineficacia de los tratamientos aplicados, el único medio para salvarle la vida era amputarle la pierna.
En su posterior declaración ante los jueces, los cirujanos que practicaron la amputación señalaron que la pierna estaba muy flemorizada y gangrenada, hasta el extremo de que parecía negra. A la vista de ello, se reunieron en consulta los cirujanos del hospital, entre ellos el director de la sección Juan de Estanga y los médicos Diego Millaruelo y Miguel Beltrán (que luego declararían en el  proceso del milagro), y se decidió que  procedía amputar la pierna. A mediados de octubre, fueron los doctores Estanga y Millaruelo los que practicaron la amputación, cortando la pierna derecha cuatro dedos mas abajo de la rodilla y procedieron inmediatamente a la cauterización. La operación se realizó con una sierra y un cincel, para a continuación aplicar un hierro candente. En el transcurso de la operación, según relataron luego los testigos, el paciente estuvo encomendándose a la Virgen del Pilar. 
Realizada la amputación, el joven practicante Juan Lorenzo García recogió del suelo la pierna y la depositó en la capilla donde se colocaban los cadáveres, desde donde, luego, y ayudado por un compañero, el practicante enterró la pierna en  el lugar del cementerio del hospital habilitado para ese menester.
Tras unos meses de estancia en el hospital, Miguel Juan, arrastrándose con los codos, se acercó al santuario del Pilar para dar las gracias a la Virgen por haberse  salvado la vida. 
Después varios meses de convalecencia en el hospital,  en la primavera de 1638 Miguel Juan Pellicer salió de allí de forma definitiva. Para ganarse el sustento, tuvo que hacerse mendigo, consiguiendo para ello el necesario permiso del Cabildo de canónigos de Santuario del Pilar. Así, Miguel Juan se hizo muy popular en el santuario del Pilar, por pedir limosna de modo habitual en la puerta del templo que daba al Ebro. 
Miguel Juan tenía la llaga al descubierto y cada mañana, después de asistir a misa con devoción, conseguía un poco de aceite de las  lámparas de la capilla y con él se  restregaba el muñón de la pierna.
En la primavera de  1640, Miguel Juan Pellicer decidió volver a Calanda junto a sus padres. Esta decisión  la tomó luego de que lo reconocieran, mientras pedía limosna, varios de sus paisanos, en concreto dos sacerdotes de su parroquia.
En la primera semana de marzo de 1640 Miguel Juan inició el viaje hacia Calanda, donde llegó poco después. Acogido de nuevo en el seno de su familia, Migual Juan siguió pidiendo limosna por los pueblos de alrededor, pues esa era la única ocupación posible para un lisiado como él.
El 29 de  marzo de 1640 Miguel Juan Pellicer no fue a pedir limosna, sino que se quedó a ayudar en casa. En concreto, estuvo cargando estiércol a lomos de un animal. Al atardecer regresó a casa. Dos compañías de caballería del ejército real habían llegado ese día al pueblo de Calanda, de paso hacia la frontera de Francia. Tal y como era habitual en aquella época, las distintas familias del pueblo tenían que alojar de modo forzoso a estos soldados. De este modo,  la casa de los Pellicer tuvo que alojar a un soldado de caballeria. Por tal motivo, Miguel Juan tuvo que ceder su habitación a este soldado, y su madre preparó un camastro en el suelo, junto a la cama de matrimonio.
A las 10 de la noche del día 29 de marzo de 1640, después de cenar, Miguel Juan se fue a dormir, despidiéndose del resto de familiares y vecinos que estaban de tertulia en el comedor. Antes de irse a dormir el tullido se quejó más de lo habitual del dolor que le ocasionaba el muñón. 
Poco antes de las once de la noche la madre de Miguel Juan entró con un candil en la mano en la habitación de matrimonio. Fue entonces cuando observó extrañada  que no sobresalían un pie sino dos debajo de la manta en la que se cubría su hijo. La madre llamó al resto de personas que estaban en la casa, los cuales pudieron comprobar con sorpresa que a Miguel Juan la había vuelto a crecer la pierna derecha  que le habían amputado unos años antes en Zaragoza. 
Según afirmaron el proceso posterior los testigos presenciales, Miguel Juan no dudó en atribuir su curación a la intercesión de la Virgen del Pilar. Testigos inmediatos de la curación fueron, además de sus padres y hermanos, el soldado que estaba alojado en la casa y los vecinos de la casa Miguel Barrachina y Úrsula Means. A las  pocas horas, extendida la noticia por toda Calanda, se presentaron en la casa las personas más destacadas de la localidad (el alcalde y el juez, entre otros), así como  los dos cirujanos del pueblo, Juan de Ribera y Jusepe Nebot, que certificaron el hecho como médicos. Luego se organizó el joven Pellicer fue acompañado por todo el pueblo a la iglesia parroquial donde, según los documentos del proceso de reconocimiento del milagro, los vecinos "se admiraron de verlo con la pierna derecho por haberlo visto el día antecedente y otros muchos sin ella".
El día 30 de marzo de 1640 los soldados que habían permanecido alojados en Calanda continuaron su marcha, abandonando el pueblo. Por donde pasaron estos soldados fueron contando lo que había pasado con la pierna amputada de Miguel Juan. Fue así como la noticia llegó a Mazaleón, una localidad situada al este de Calanda. El párroco de Mazaleón, al oír lo que le contaban no se lo pensó  dos veces y decidió personarse en Calanda acompañado de su vicario de del notario real de Mazaleón, el doctor Miguel Andreu. Esta comisión llegó a Calanda el 1º de abril de 1640 y allí el notario procedió a levantar acta sobre lo sucedido. Nunca ningún milagro ha tenido un testimonio  tan elocuente como el de un acta notarial levantada el día siguiente de los hechos.
Grabado en el que vemos 

al Rey con Pellicer
Fue tan espectacular este milagro que en mucho tiempo en  España entera no se habló de otra cosa. La Iglesia abrió un exhaustivo procedimiento para investigar los hechos, en el que declararon una larga lista de testigos cualificados, entre ellos los cirujanos que le amputaron la pierna, todos los cuales declararon bajo juramento. Tras este proceso, el 27 de abril de 1641 el arzobispo de Zaragoza dictó una sentencia declarando milagrosa la restitución súbita a Miguel Juan Pellicer de su pierna derecha amputada.
El Rey Felipe IV fue inmediatamente informado de este espectacular milagro. No solo eso. Tiempo después el joven Pellicer fue recibido  por el Rey en audiencia. El Rey de postró ante la pierna  del hasta hacía poco pobre mendigo y en señal de veneración la besó.
Fuente: http://webs.ono.com/parroquiasanvicente/milagro%20calanda.html

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