lunes, 10 de octubre de 2016

S A N T O R A L

Santo Tomás de Villanueva

El Anti-Lutero

Casi en la misma época en que un ex-fraile agustino, Martín Lutero, pervertía Alemania con su pseudo-reforma, otro agustino, Santo Tomás de Villanueva, promovía con firmeza en España la verdadera reforma religiosa y de costumbres

Plinio María Solimeo

Santo Tomás de Villanueva nació en Fuenllana, Castilla, el año de 1488 y se crió en Villanueva de los Infantes, de donde tomó su nombre al entrar en la Orden de los Agustinos.
Sus padres, Alonso Tomás García y Lucía Martínez de Castellanos, se emulaban en las obras de caridad. Socorrían toda especie de necesidades y eran conocidos en la región como “los santos limosneros”.
Tomás heredó de ellos esa virtud. Daba a sus compañeritos más necesitados todo lo que podía, incluso sus propias ropas y calzados. Un día en que sus padres no estaban en casa, llegaron seis pobres pidiendo limosna. El niño, al no encontrar nada para darles, fue al gallinero y cogió seis pollitos, dándole uno a cada uno de los pobres. Y le dijo a su madre que si hubiese un pobre más, le habría dado también la gallina.
Siguiendo el ejemplo de la madre, desde muy joven comenzó a ayunar, no sólo en los días prescritos por la Iglesia, sino también en otros de su devoción. Se flagelaba y hacía otras suertes de penitencias como si fuese un adulto. Dice un biógrafo suyo que Tomás “comenzó a practicar la mortificación a fin de hacerle sentir a su carne los dolores de la penitencia, incluso antes que fuese susceptible a los placeres de la concupiscencia”.1 Su confesor, el padre Santiago Montiel, declaró públicamente que él guardó la inocencia bautismal hasta la tumba.

Estudiante ejemplar en la Universidad de Alcalá

A los quince años, sus padres lo enviaron a la famosa Universidad de Alcalá, para seguir estudios de humanidades, retórica, filosofía y teología.
Lo hizo con tanto éxito que, en los nueve años de estudios en aquella institución, era aclamado por todo el mundo. Pero su virtud era aún más notable que su ciencia. A pesar del éxito que obtenía, jamás perdió su modestia y humildad, aceptando los elogios como si no fuesen dirigidos a él.
Durante ese periodo, la muerte de su padre lo obligó a volver temporalmente a casa, a fin de poner en orden los asuntos domésticos. Le cupo por herencia una gran residencia, que transformó en hospital para indigentes. Su madre cumplió su voluntad, recluyéndose ella misma en el hospital, para pasar sus años de viudez al servicio de los pobres.

De profesor de filosofía a fraile agustino

De regreso a Alcalá, llegó a enseñar filosofía en la Universidad a los 26 años. Pero otras eran sus preocupaciones. Hacía mucho que venía él pensando en consagrarse enteramente a Dios, mediante la vida religiosa. Por ello, dejó las glorias del mundo por el hábito agustino, haciendo su profesión solemne en 1517. Es sintomático que ese mismo año, Lutero, siendo aún fraile agustino, inició su rebelión contra la Iglesia Católica, clavando en la puerta de la capilla del Príncipe Elector de Sajonia, en la ciudad de Wittenberg, sus 95 proposiciones. Dentro de la misma Orden, otro fraile agustino, con su profesión religiosa, iniciaría una obra restauradora de la fe y de las buenas costumbres —una auténtica reforma— en España. Tarea completada posteriormente por Fray Tomás, como santo arzobispo de la ciudad de Valencia.
Ordenado sacerdote algún tiempo después, celebró su primera Misa el día de Navidad, entrando en éxtasis al cantar el Gloria. Él conservaría para siempre una tierna devoción a la Divina Infancia y al Santo Sacrificio del altar. Solía decir que es una mala señal para un sacerdote, cuando es visto celebrar la Misa todos los días, no volverse mejor ni más mortificado.
No perdía un minuto durante el día. Podía ser encontrado en cinco lugares diferentes, que consagró a las cinco llagas del Señor: en el altar, en el coro, en su celda, en la biblioteca o en la enfermería, cuidando a los enfermos.
El santo no podía ver a un religioso ocioso e inútil, comparándolo a un soldado sin armas y expuesto al ataque de sus enemigos.
Decía que la ciencia y la gran erudición, sin la piedad, es como una espada en manos de un niño, arma que puede herirlo, pues no saca provecho de aquellos dones de ciencia para nadie. Criticaba también a los religiosos que, bajo pretexto de la devoción, no se aplicaban suficientemente en los estudios.

Otro San Pablo o San Elías

Designado a la predicación, la hacía con tanto empeño que lo consideraban otro San Pablo, por la profundidad de su doctrina, u otro Elías de la nueva Ley, por causa del celo que demostraba en sus sermones. Reformó de tal manera Salamanca que, según voz corriente, la ciudad se había vuelto un monasterio. Muchos jóvenes renunciaron al mundo para seguir a Dios. El propio Emperador Carlos V quiso oírlo, y después lo escogió como predicador suyo. Y cuando Tomás predicaba fuera del palacio, el Rey iba disfrazado a oírlo.
El santo no aprobaba a los predicadores que para dar muestras de su erudición, hacían largos y prolijos sermones. “Es en la oración —decía él— que el hombre recibe las luces que iluminan su espíritu y los ardores que robustecen su voluntad”. Y es a esos sentimientos que se debe procurar llevar al auditorio.
Por una visión interior, conocía las necesidades espirituales de sus oyentes, y lo más admirable era que, por más diferentes que fuesen sus interlocutores, todos salían con mayor piedad después de oír su sermón.

Pereza y ociosidad: enemigas de la virtud

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Tomás fue electo prior de Burgos y Valladolid, y dos veces provincial de Andalucía y una de Castilla. En el gobierno de sus súbditos, su mansedumbre de corazón y el atractivo de su persona constituían poderosas armas para ejercer su autoridad.
En sus conventos, deseaba primero que los oficios divinos fuesen celebrados con toda reverencia y atención posibles; en segundo lugar, que los religiosos considerasen la meditación y la lectura espiritual como cosas inviolables; tercero, que la paz y la unión en la caridad fraterna fuesen guardadas sin ninguna alteración; y finalmente, que nadie fuese dominado por la pereza y el ocio, vicios que son los mayores enemigos de la virtud, la ruina del alma, el sumidero de la castidad y la fuente de todos los desórdenes.

Arzobispo de Valencia, por inspiración divina

Carlos V ya había intentado inútilmente hacerque Fray Tomás aceptase la Sede de Granada. Al quedar vacante la de Valencia, el Emperadorescogió para el cargo a un monje jerónimo. No obstante, cuando el secretario le presentó al monarca el documento para su firma, éste estaba a nombre de Fray Tomás de Villanueva. El Emperador le preguntó por qué había alterado sus órdenes. “¡Cómo, majestad! Yo oí claramente que vos dijisteis Fray Tomás de Villanueva. Sin embargo, es algo fácil de corregir, pues basta rehacer el documento”.— “No, respondió el Emperador, lo que está escrito permanecerá; vos hicisteis mejor de lo que yo dije; o yo dije mejor lo que no pensaba. Es la mano de Dios”.Compelido por la santa obediencia y amenazado de excomunión, en caso de no aceptar el cargo, Fray Tomás tuvo que curvar la cabeza y conformarse con los designios de la Providencia. Tenía entonces 56 años.
Se puso en camino, a pie, acompañado apenas de un fraile y dos criados. Aunque estaba habiendo una gran sequía en Valencia, la llegada del nuevo arzobispo ocurrió bajo la lluvia, lo que muchos interpretaron como señal de las bendiciones que su administración debería traer a la arquidiócesis.
Conservó como arzobispo su hábito religioso, que él mismo remendaba. El cabildo de la arquidiócesis le hizo obsequio de cuatro mil ducados, para que comprase trajes más acordes con su dignidad. Inmediatamente los envió al hospital, agradeciendo mucho al cabildo y diciendo que el bien que era hecho a los enfermos él lo tomaba como para sí.
Comenzó su administración con la visita pastoral a su circunscripción eclesiástica, predicando en todas partes, resolviendo litigios, reformando conventos, extirpando vicios. Promovió un sínodo para acabar con muchos abusos y reformar al clero. Los canónigos del cabildo recalcitraron y apelaron al Papa, alegando que dependían directamente de éste. “Ellos no quieren obedecer a mi sínodo y apelan al Papa; y yo, yo apelo de su resistencia a Nuestro Señor Jesucristo. Que ellos escapen, si quieren, a mi justicia, pero no escaparán a la de Él”. Eso fue suficiente para doblegar al cabildo, que se sometió.
Santo Tomás también tuvo que enfrentar al gobernador que, entrometiéndose en la esfera eclesiástica, quiso juzgar y condenar a dos clérigos antes que ellos compareciesen ante el tribunal eclesiástico. Como el gobernador no quiso volver atrás, lanzó contra él las censuras eclesiásticas. El caso fue a parar al Virrey, que tuvo también que ceder ante de la tenacidad del santo prelado.

Extraordinaria caridad y milagros

Reliquias del Santo veneradas
en su capilla de la catedral de Valencia
La caridad del santo arzobispo era insuperable. Atendía diariamente en el palacio a más de 500 pobres, no importaba la hora del día o de la noche en que acudiesen pidiendo su auxilio. Frecuentemente acompañaba sus actos de caridad con milagros. A un paralítico que pedía limosna, le preguntó si prefería trabajar y ganarse el sustento con sus propias manos. A la respuesta afirmativa, él le dijo: “En nombre de Jesús Crucificado, deja tus muletas y anda”. Al mismo instante, el pobre comenzó a andar y a agradecer.
Santo Tomás de Villanueva tenía arrobos y éxtasis en público, delante de sus diocesanos, lo que contribuía para aumentar la veneración que por él sentían. Sus milagros se hicieron conocidos de todo el mundo.
Sin embargo, como decía él, nunca había temido tanto por su salvación como desde el momento en que se convirtió en arzobispo. Esto, debido a las responsabilidades que le cabían, por el bien de las almas de todos sus diocesanos. Por esa razón, aspiraba ardientemente a renunciar al cargo y regresar a su celda de religioso.
Al fin, cuando suplicaba con lágrimas a Nuestro Señor que lo librase de ese pesado fardo, el Crucificado le respondió: “Ten ánimo, que el día del nacimiento de mi Madre vendrás a descansar”.
Y así, el 8 de setiembre de 1555, hace exactamente 461 años, fue a recibir el premio demasiadamente grande de su fidelidad.2
Notas.-
1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Pere Giry, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. XI, p. 203.
2. Edelvives, El Santo de cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1955, vol. V.

  Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-227-santo-tomas-de-villanueva 

Lutero: ¡no y no!


Plinio Corrêa de Oliveira (*)

 En 1974 tuve la honra de ser el primer firmante de un manifiesto publicado en algunos de los principales diarios de Bra­sil y reproducido en casi todas las nacio­nes donde existían las TFP, que eran once a la sazón.

Su título era: “La política de distensión del Vaticano con los Gobiernos comunis­tas - Para la TFP: ¿omisión o resistencia?” (cfr. “Folha de S. Paulo”, 10-4-1974).

En éste las entidades declaraban su respetuoso desacuerdo con la Ostpolitik conducida por Pablo VI y exponían sus razones pormenorizadamente. Sea dicho de paso que todo fue expresado de una manera tan ortodoxa, que nadie levantó ninguna objeción al respecto.

Para resumir al mismo tiempo, en una sola frase, toda la veneración y firmeza con la que declaraban su resistencia a la Ostpolitik vaticana, las TFP decían al Pon­tífice: “Nuestra alma es vuestra, nuestra vida es vuestra. Mandadnos lo que que­ráis. Sólo no nos mandéis que nos cruce­mos de brazos ante el lobo rojo que arre­mete. A esto nuestra conciencia se opo­ne.”

Me acordé de esta frase con especial tristeza al leer la carta escrita por Juan Pablo II al cardenal Willebrands (cfr. “L'Osservatore Romano”, 6-11-1983), a pro­pósito del quingentésimo aniversario del nacimiento de Martin Lutero, y firmada el 31 de octubre p. p., fecha del primer acto de rebelión del heresiarca en la iglesia del castillo de Wittenberg. Ella está tan llena de benevolencia y amenidad, que me pre­gunté si el augusto firmante se había olvidado de las terribles blasfemias que el fraile apóstata lanzó contra Dios, Cristo Jesús, Hijo de Dios; el Santísimo Sacra­mento, la Virgen María y el propio Papa­do.

Lo cierto es que él no las ignora, pues están al alcance de cualquier católico cul­to, en libros de buen quilate que todavía no se han hecho difíciles de obtener.

Tengo en mente dos de ellos. Uno es nacional: “La Iglesia, la Reforma y la Civi­lización”, del gran jesuita P. Leonel Fran­ca. El silencio eclesiástico oficial va dejan­do caer el polvo del tiempo sobre el libro y su autor.

El otro libro es de uno de los más conocidos historiadores franceses de este siglo: Funck-Brentano, miembro del Insti­tuto de Francia. Este autor, por más se­ñas, es protestante.

Comencemos citando trechos recogi­dos en “Luther”, obra de este último (Grasset, París, 1934, séptima edición, 352 páginas). Vamos directamente a esta blasfemia sin nombre: “Cristo —dice Lute­ro— cometió adulterio por primera vez con la mujer de la fuente de quien nos habla San Juan. ¿No se murmuraba en torno a El: "¿Qué hizo, entonces, con ella?"? Después, con Magdalena; ense­guida, con la mujer adúltera, que El absol­vió tan livianamente. Así, Cristo, tan piadoso, también tuvo que fornicar antes de morir” (“Propos de table”, núm. 1472, ed. de Weimar II, 107 - cfr. op. cit., pág. 235).

Leído esto, no nos sorprende que Lute­ro piense —como apunta Funck-Brenta­no— que “ciertamente Dios es grande y poderoso, bueno y misericordioso (...), pero estúpido —"Deus est stultissimus" ­("Propos de table", núm. 963, ed. de Weimar, I, 478). Es un tirano. Moisés procedía, movido por su voluntad, como su lugarteniente, como verdugo que nadie superó, ni aún igualó, en asustar, aterrori­zar y martirizar al pobre mundo” (op. cit., pág. 230).

Esto es estrictamente coherente con esta otra blasfemia que convierte a Dios en el verdadero responsable por la trai­ción de Judas y la rebelión de Adán: “Lutero —comenta Funck-Brentano— lega a declarar que Judas, al traicionar a Cris­to, procedió bajo la imperiosa decisión del Todopoderoso. Su voluntad (la de Judas) era dirigida por Dios; Dios lo movía con su omnipotencia. El propio Adán, en el paraí­so terrenal, fue obligado a proceder como procedió. Estaba colocado por Dios en tal situación, que le era imposible no prevari­car” (op. cit., pág. 246).

Aún coherente con esta abominable secuencia, en un panfleto titulado “Contra el pontificado romano fundado por el dia­blo”, de marzo de 1545, Lutero no llama­ba al Papa de “Santísimo”, según la cos­tumbre, sino de “infernalísimo”, y agrega­ba que el Papado siempre se mostró se­diento de sangre (cfr. op. cit., págs. 337-338).

No sorprende que, movido por tales ideas, Lutero escribiese a Melanchton, a propósito de las sangrientas persecucio­nes de Enrique VIII contra los católicos de Inglaterra: “Es lícito encolerizarse cuando se sabe qué especie de traidores, ladro­nes y asesinos son los papas, sus carde­nales y legados. Le complacería a Dios que varios reyes de Inglaterra se empeña­ran en acabar con ellos” (op. cit., pág. 254).

Por eso mismo también exclamó: “Basta de palabras. ¡El hierro! ¡El fuego!” Y añadió: “Castigamos a los ladrones a espada; ¿por qué no hemos de agarrar al Papa, a los cardenales y a toda la pandilla de la Sodoma romana y lavarnos las ma­nos en su sangre?” (op. cit., pág. 104).

Este odio de Lutero lo acompañó hasta el fin de su vida. Afirma Funck-Brentano: “Su último sermón público en Wittenberg es del 17 de enero de 1546: el último grito de maldición contra el Papa, el sacri­ficio de la misa, el culto de la Virgen” (op. cit., pág. 340).

No asombra que grandes perseguido­res de la Iglesia hayan festejado su me­moria. Así, “Hitler mandó proclamar fiesta nacional en Alemania la fecha conmemo­rativa del 31 de octubre de 1517, cuando el fraile agustino rebelde fijó, en las puer­tas de la iglesia de Wittenberg, las famo­sas 95 proposiciones contra la suprema­cia y las doctrinas pontificias” (op. cit., pág. 272).

Y a pesar de todo el ateísmo oficial del régimen comunista, el doctor Erich Hon­necker, presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Defensa (el primer hom­bre de la República Democrática Alema­na), aceptó encabezar el comité que, en plena Alemania roja, organizó las aparato­sas conmemoraciones de Lutero este año (cfr. “German Comments”, de Osnabrück, Alemania occidental, abril de 1983).

Nada más natural que el fraile apósta­ta haya despertado tales sentimientos en un líder nazi y más recientemente en el líder comunista.

Nada más desconcertante, y hasta ver­tiginoso, que lo que ocurrió en un escuáli­do templo protestante de Roma, con mo­tivo de la recientísima conmemoración del quingentésimo aniversario del naci­miento de Lutero, el día 11 del corriente.

Participó de ese acto festivo, de amor y admiración por la memoria del heresiar­ca, el prelado que el cónclave de 1978 eligió Papa; a quien incumbe, por tanto, la misión de defender los santos nombres de Dios y Jesucristo, la Santa Misa, la Sagrada Eucaristía y el Papado contra heresiarcas y herejes.

“Vertiginoso, espantoso”, gimió a pro­pósito de eso mi corazón de católico, que, sin embargo, redobló su fe y su venera­ción por el Papado.

*     *     *

Sólo me queda por citar, en el próximo artículo, “La Iglesia, la Reforma y la Civili­zación”, del gran sacerdote Leonel Franca.

(*) “Folha de S. Paulo”, 27 de diciembre de 1983.

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