miércoles, 31 de agosto de 2016

S A N T O R A L


SAN RAMÓN NONATO, CONFESOR


Fué san Ramón, catalán, del lugar de Portell, en la Manresana, hijo de padres nobilísimos, descendientes de las casas de Fox y Sarroy y emparentados por sangre y amistad con la de Cardona. Eran buenos cristianos, y en su casa hallaban remedio todas las necesidades de los pobres, gastando en obras de piedad buena parte de su hacienda. Díóles el Señor después de otros hijos, éste, que fué el último, para corona suya y de toda su casa y familia. Estando su madre preñada, en el último mes fué á la iglesia á confesar y comulgar, para disponerse al peligroso trance del parto: y volviendo á su casa, la asaltó de repente un accidente tan violento, que venciendo á todos los remedios que se le aplicaron, en breve le quitó la vida. Con la turbación de la familia, ó con la duda de si estaba verdaderamente muerta la madre, no se acordaron ó no quisieron abrirla para sacar la criatura, hasta que, pasadas veinte y cuatro horas, queriendo sepultar á aquella señora, Ramón, vizconde de Cardona, que había venido con la noticia de la desgracia, mandó que abriesen á la madre para sacar la criatura, contra el parecer de los médicos, que tenían por ociosa esta diligencia, afirmando que no podía estar la criatura viva en la madre muerta; porque el mismo accidente habría quitado las dos vidas, ó la madre habría muerto al hijo: pero apenas hicieron por un lado una pequeña herida, cuando el niño sacó el brazo como llamando la piedad de los presentes para que le sacasen de aquella cárcel, y primer albergue de la vida, en que iba á ser sepultado antes de empezará vivir. Sacáronle, haciendo mayor la herida; y fué tan grande la alegría de los presentes, viendo como resucitado al que tenían por muerto, que templó en gran parte el sentimiento por la muerte de la madre. Sucedió este maravilloso nacimiento (si nacimiento se puedo llamar), en el año de 1198, y aguardó su madre á subir al cielo, para dar á la tierra un varón que la había de ilustrar con su santidad, alumbrar con su doctrina y admirar con sus milagros: y quiso Dios que no naciese este niño, sino que fuese sacado del vientre de su madre, como libertado de la cárcel maternal; para mostrar desde luego que nacía para sacar á muchos de las mazmorras y cautividad de los moros, y porque debiese totalmente su nacimiento á la gracia y no á la naturaleza, y pudiese decirle al Señor con David: «Tú eres el que me sacaste del vientre de mí madre.»
Bautizaron luego al niño porque no se arriesgase la vida del alma en quien había tenido tan arriesgada la del cuerpo: fué su padrino el vizconde don Ramón, por cuyo respeto se llamó Ramón el niño, y después la voz común le díó el apellido de Nonat, que en lengua catalana es lo mismo que «no-nacido:» el cual nunca quiso mudar el santo, aunque ocultaba el apellido nobilísimo de su casa, por tener siempre en los oídos un recuerdo que le avisase de lo mucho que debía al Señor en su milagroso nacimiento. En teniendo uso de razón, empezó á pagar esta deuda huyendo con todo cuidado de los vicios y de los viciosos, e inclinándose á la virtud y á los virtuosos: con qué fué en la niñez y juventud, ejemplo á los de su edad, de modestia, humildad, mansedumbre, caridad, devoción, y principalmente de la castidad en que parecía ángel con carne, ó mancebo sin ella; porque su carne gozaba privilegios de espíritu, y su espíritu no sentía resabios de carne.
Tenía natural inclinación á las letras, y en las primeras que aprendió, mostró la prudencia de la abeja, que elige entre las flores para labrar su panal, y cogiendo las saludables, deja las nocivas; porque entre los poetas y autores profanos, huía de los obscenos, por no encontrar entre las flores de su elocuencia algún áspid que inficionase su pureza. Estudió después la filosofía y teología con tanto cuidado, que en poco tiempo se aventajó á todos sus condiscípulos, ayudando para ello su agudo ingenio, y el estar su alma tan llena de virtudes, que la disponían para habitación de su sabiduría.
Inclinóse Ramón al estado eclesiástico por atender solo al servicio divino, desembarazado de los cuidados del siglo; pero su padre no asintió á ello, diciendo, que las letras que le habían enseñado no eran para el ministerio clerical, sino para el adorno de su nobleza, y para tener ocupada su juventud, porque no se despeñase en los vicios de los mozos. Más como insistiese Ramón en su intento, y estuviese firme en su propósito, su padre, parte por divertirle, y parte por obligarle con la aspereza á lo que no podían persuadirle las razones, lo envió como desterrado á una alquería suya que tenía en la montaña, para que cuidase de la hacienda que allí tenia y cultura de sus campos. Obedeció Ramón: fuese á la montaña donde halló una ermita de San Nicolás, obispo, en que estaba una devota imagen de nuestra Señora. Nunca menos solo Ramón que cuando estaba solo; porque en la soledad le parecía que estaba mas con Dios, cuanto más apartado estaba de los hombres: en ella se daba mucho á la oración; y la Reina de los ángeles que estaba en la ermita, era el único asilo que tenía en todas sus necesidades y aflicciones, y particularmente después que mereció recibir un singularísimo favor de la Madre de Dios; y fué, que estando orando un día delante de su altar, le habló la imagen, y le dijo: No temas, Ramón; porque yo desde ahora te recibo por mi hijo, y podrás con toda confianza llamarme tu Madre, y acudir á mi patrocinio y protección. ¿Quién dirá cuánto fué el consuelo y alegría de Ramón al oír estas palabras? ¿Cuál su confusión de lo poco que había hecho, á su parecer, para merecer el nombre de hijo de María? ¿Cuál su deseo de servir al Hijo, para hacerse digno hijo de la Madre? Tomóla desde entonces, como el Discípulo por suya, para servirla con mayor cuidado que hasta entonces lo había hecho: cuidaba del aseo de la ermita, del adorno del altar, y del culto de la imagen, poniendo guirnaldas de flores en la cabeza de la Madre y del Hijo que tenía en sus brazos, y coronándola más de su gusto con el rosario que rezaba delante de ella lodos los días con mucha devoción, con que mereció recibir otros muchos favores de María santísima. Por darse á la oración y penitencia, sin testigos, se iba con el pastor que guardaba un poco de ganado cerca de la ermita; y enviando al pastor á otra ocupación, se encargaba de guardar el ganado: y sucedió muchas veces estar un ángel en forma visible guardando las ovejas, mientras el santo mancebo estaba orando en la ermita, de que fué alguna vez testigo su mismo padre.
Pasaron en este tiempo por la ermita de San Nicolás dos compañeros de san Pedro Nolasco, antes de fundar su religión, que andaban por la Manresana, pidiendo limosna para redimir cautivos. Informóse de ellos el santo mancebo acerca de los piadosos ejercicios de la congregación de la Misericordia, que san Pedro Nolasco había instituido en Barcelona, y se inclinó mucho á seguir este modo de vida; más la obediencia de su padre detenía sus pasos, y como hijo de la Virgen, no quería tomar estado, sin saber su voluntad: la cual le declaró la Virgen, después de otros favores, cuando ya había fundado san Pedro Nolasco su religión, mandándole que entrase en ella, y prometiéndole facilitarle la licencia de su padre por medio del vizconde de Cardona, como sucedió: porque entendiendo su padre, que Dios, y la Madre de Dios, le llamaban á la orden de la Merced, rogándoselo el vizconde de Cardona, dio á su hijo la licencia que deseaba, y su bendición; y él recibió el hábito con grandísimo gozo de su espíritu de mano de san Pedro Nolasco en el palacio real de Barcelona, que fué el primer convento que tuvo esta sagrada religión.
En vistiéndose Ramón el hábito de María, le pareció que se había vestido de nuevas obligaciones, y que, siendo ya hijo de María, por nuevo título estaba obligado á servirla con nuevo fervor y cuidado. Tomó por regla de sus acciones la vida de su santo padre, y primeros compañeros, procurando trasladar á su alma todo lo bueno que veía en ellos, con tanta codicia de adquirir virtudes, que en poco tiempo le miraban y admiraban los religiosos, como espejo de toda santidad, en que se miraban, como por reflexión, las virtudes de todos. Señalóse especialmente en la humildad, teniéndose él, y queriendo ser tenido de todos por el menor: en la obediencia, no contradiciendo á nada que le mandaban, y ejecutándolo todo con grande prontitud y voluntad: en la penitencia, no contentándose con los ayunos y asperezas de la orden, y añadiendo muchos su fervor, á quien toda le parecía poco, cuanto hacía por amor de Dios: en la oración, en. que se regalaba con el Señor todo el tiempo que podía: en la devoción de María, á quien acudía en todas ocasiones con la confianza de hijo á madre; y singularmente en la caridad con los cautivos, como verdadero hijo de esta religión de redentores. Toda su ansia y deseo era derramar su sangre y perder la vida por Cristo, y por la redención de los cautivos, y decía lo de san Pablo: Mihi vivere Cristus est, et morí lucrum: Deseo vivir en Cristo, y morir por Cristo; porque comprar tal muerte con la vida es logro, y yo no quiero más vida, que á Cristo, y la muerte es ganancia para mí.
Ordenóse de sacerdote por voluntad de la Virgen, y empezó á predicar por consejo de san Raimundo de Peñafort, con grande fruto de muchas almas, á las cuales sacó de los vicios con la eficacia de sus palabras. Ganó tanto crédito con su doctrina y ejemplo en Barcelona, y en toda Cataluña, que le llamaban comúnmente «el santo fraile» A él acudían los dudosos, por consejo: los afligidos, por consuelo: los necesitados, por remedio; y todos hallaban en él padre, maestro y consolador.
Envió san Pedro Nolasco a san Ramón en compañía del santo Fr. Serapio, primero á Argel, y después á Rugía, para redimir cautivos; y él iba muy alegre, con ¡as esperanzas que llevaba de derramar su sangre y morir por Cristo: y aunque no se cumplió entonces su deseo, padeció muchos trabajos en cumplimiento de su ministerio, y por ellos le dio el Señor la conversión de algunos judíos y moros, con los cuales disputó, y los convenció y ganó para la fé y religión cristiana. En volviendo á Barcelona, le envió san Pedro Nolasco á Roma por procurador general de su orden, para obtener de Gregorio IX que su religión profesase la regla de San Agustín. Alegróse mucho el sumo pontífice con su venida; porque luego conoció su grande santidad y sabiduría, y no menos fué estimado de los cardenales y prelados de la corte del pontífice: y habiendo conseguido lo que deseaba, y predicado en algunas ciudades de Italia, con mucho aplauso y fruto, se volvió a España, para dar cuenta á su santo padre de su legacía.

Luego fué nombrado redentor para Argel, que era ¡o que él más deseaba, y en aquel reino rescató muchos cuerpos del cautiverio de los moros, y muchas almas del cautiverio de los demonios, redimiendo á los que estaban en peligro de fallar á la fé, y confirmando en ella á los que no podía remediar. Faltóle el dinero para el número de cautivos que había rescatado: y enviando á su compañero con ellos, se quedó él en rehenes, en cumplimiento de su cuarto voto, gozosísimo por verse entre tantas ocasiones de padecer y morir por Cristo, como le prometían la barbaridad y crueldad de los moros, enemigos de Cristo y de los cristianos. Deseoso de ganar algunas almas para el Señor, y hallar la corona del martirio, disputaba frecuentemente con los judíos y moros, y les persuadía que recibiesen la fé; y fueron tan eficaces sus palabras, que convirtió diez judíos de los más principales y doctos en su ley, y á algunos turcos nobles, á todos los cuales bautizó el santo. Supo el pachá lo que pasaba, y determinó quitar la vida á san Ramón con muy crueles tormentos; y suspendiendo la ejecución de esta sentencia á ruego de los turcos, que habían dado sus cautivos en confianza, mandó que le diesen muchos golpes, azotes y bofetadas: todo lo cual sufría el santo con maravillosa alegría; y á los cautivos, que procuraban consolarle, decía: No hay para qué consolar con palabras al que Dios consuela con penas: ni necesita de consuelo, porque padece quién tiene su consuelo en el padecer. Tenédme envidia, no lástima; porque debajo de esta afrenta se esconde grande honra: estas penas ocultan grande dulzura, y en esta pérdida se halla mucha ganancia. Animaos vosotros á padecer por Cristo; y encontraréis el tesoro que se encierra en los tormentos padecidos por su amor. No se apagó el celo ardiente de san Ramón con las aguas de tantas tribulaciones; antes mas encendido, y con nueva sed, no solo de ganar las almas, mas también de hallar la corona del martirio, salía por las calles y plazas á predicar la fé de Cristo, confirmando en ella á los cautivos cristianos, y convirtiendo á los moros, á los cuales lavaba con las aguas del santo bautismo. Irritado de nuevo el pachá contra el santo, porque desobedecía á sus mandatos mandó que le llevasen desnudo por las calles públicas de la ciudad, para mayor afrenta y vergüenza, y le azotasen delante de todo el pueblo, y en la plaza mayor le barrenasen los labios con hierros encendidos, y pusiesen en su boca un candado de acero para que no pudiese hablar de la ley de Cristo. Todo se ejecutó, como el bárbaro lo había mandado, guardando él mismo la llave; pero en vano cerraron la boca del predicador de Cristo: porque cuando no podía predicar con la voz, predicaba con la paciencia, y la sangre, que corría de sus labios, era más eficaz para persuadir la fé, que las palabras de su boca, y con ella se animaban los cristianos cautivos, y los nuevamente convertidos, á ser constantes en la confesión de Cristo. Mandó el pachá que le encerrasen ó sepultasen, cargado de cadenas, en una oscura mazmorra; y san Ramón entró en ella, como si entrara en el paraíso: y cuanto más preso estaba el cuerpo, estaba más libre el espíritu, para volar á Dios, y hablar con aquella boca, que no pueden cerrar los candados, y aquellas palabras que no pueden aprisionar los hombres; y en la oscuridad, que cegaba sus ojos, esclarecía Dios con nuevas luces su entendimiento: y el santo estaba solamente con el cuerpo en la cárcel; porque el alma habitaba en el cielo, viviendo mas donde contemplaba, que donde animaba. Meditando un día en la pasión de Cristo, dándole gracias porque padecía algo por su amor, quedó arrebatado en un maravilloso éxtasis, en que duró mucho tiempo, hasta que viniendo los moros á abrir el candado para darle de comer, le hallaron arrobado, y con la mano derecha en alto, señalando en la pared unas letras, que parecieron escritas en ella por mano invisible, y decían aquello del profeta: Ne auferas de ore meo verbum veritatis: No quites de mi boca la palabra de verdad. Procuraron despertarle de aquel dulce sueño los guardias haciendo ruido; y él, abriendo los ojos, volvió en sí, diciendo: In æternum, Domine, permanet verbum tuum: Tu palabra, Señor, permanece para siempre: y luego al punto se cayeron los grillos y cadenas que aprisionaban su cuerpo, y el candado que cerraba sus labios. Atribuyeron los moros este milagro á arte mágica, y dándolo muchos palos, le volvieron a cargar de cadenas, y poner el candado en la boca, y de esta manera estuvo más de ocho meses, viniendo las guardas al tercer día á darle de comer, y renovando sus heridas con grandísimo dolor suyo, cada vez que le quitaban y ponían el candado. Propusieron los moros ocultar las maravillas de Dios; pero su misma admiración las descubrió, no cabiéndoles el secreto en el pecho, y llegaron á noticia de los cautivos cristianos, con que de nuevo se confirmaron en la fé, ¿Quién dirá cuánto padeció el glorioso san Ramón en los ocho meses que estuvo en esta cárcel, con la hediondez del lugar, el hambre y la sed intolerable, y las heridas que tan á menudo se repetían? No quiso Dios que muriese porque le guardaba para otras empresas de su gloria; pero quién le negará por eso la gloria de mártir: pues toleró, como dice el breviario romano, un largo y cruel martirio, y aunque faltó la muerte á su deseo; á quien padece por dar testimonio de la verdad, le pasa Dios por martirio todo cuanto padece, como afirma san Agustín.
Corrió la fama de san Ramón, y de su constancia y fortaleza, por toda África y Europa: llegó á Roma, y á oídos del sumo pontífice Gregorio IX: y como tenía tan conocida y experimentada su santidad y doctrina, desde que le trató y comunicó, siendo procurador general de su orden, le creó diácono cardenal del título de San Eustaquio, pareciéndole que ninguno merecía mejor aquella dignidad, que el que sobre tantas prendas había padecido tantos tormentos por la defensa de la fé. Llevóle la nueva su compañero, cuando volvió á África, y juntamente precepto de que se volviese á España, porque temían de su fervoroso celo, que se quería quedar en África para predicar la le, y los moros acabarían lo que habían comenzado, y le quitarían la vida, faltando el embarazo del interés, que hasta entonces los había detenido. Volvió á España el santísimo cardenal, y fué recibido en Barcelona con gran pompa, aun más por mártir vivo, que venía de padecer por Cristo, sobreviviendo á su martirio, que por cardenal de la santa Iglesia de Roma: y aunque el vizconde de Cardona, como pariente, le tenía prevenido palacio con moderada ostentación, como para un príncipe religioso; él se fué á su convento, y quiso más llevar á la celda la púrpura, que no que le sacase la púrpura de la celda que él tenía por cielo en la tierra. Con la celda conservó el hábito religioso, y con el hábito las virtudes de la religión; y depuesta la dignidad, se ejercitaba en todos los ejercicios de la orden, como si estuviese aun sujeto á la obediencia de las reglas: asistía al coro el primero; y en todas las regulares observancias no solo parecía religioso, sino novicio, en la humildad y fervor con que las ejercitaba. Murmuraban algunos que abulia demasiado la dignidad de cardenal, ocupándose en los oficios de religioso; y el santo, no haciendo caso de los dichos del mundo, respondía, que la modestia religiosa no disminuye, ni se opone á la dignidad cardenalicia; antes se hermanaban bien la humildad y la dignidad: porque la dignidad exalta a la humildad; y la humildad hace que no desvanezca la dignidad al que la tiene.

Yendo en un día lluvioso por una calle de Barcelona, encontró un pobre anciano, y medio desnudo, que traía descubierta la cabeza, y se venía mojando con el agua: y el santo movido á misericordia, no reparando en su autoridad, ni comodidad, se quilo el sombrero de cardenal que traía en la cabeza, y se le puso al pobre en la suya. Aquella misma noche recibió el premio de acción tan heroica; porque estando en altísima contemplación, vio un jardín, donde se paseaba una hermosísima Reina, que era María santísima, acompañada de un coro de vírgenes, la cual cogiendo flores, y tejiendo de ellas una corona, vino á san Ramón, y le dijo: Bien merece ser coronado con esta corona el que por amor de Cristo dio su sombrero al pobre. Rehusó el santo recibir la corona de flores, diciendo, que no quería en esta vida más premio que á Cristo: y luego se le apareció Cristo con corona de espinas en la cabeza, y sobre ella el sombrero que Ramón había dado al pobre; y tomando en la mano la corona de flores que había tejido su Madre, le dijo: Elige de estas dos coronas la que quieras: la de espinas que tengo en la cabeza; ó la de rosas que traigo en la mano. El santo cardenal, reservando entre el vizconde de Cardona la corona de rosas para el cielo, eligió acá la corona de espinas, y Cristo con sus manos le puso su corona de espinas en la cabeza: y en señal de que no había sido esto imaginación, padeció desde entonces un agudísimo dolor de cabeza toda su vida, que era para él de mucho gusto, porque padecía por Cristo, y le acordaba del favor que de su mano había recibido.

Llamó á Roma el papa Gregorio IX al santo cardenal, deseando tenerle cerca de sí, para ayudarse de su prudencia y sabiduría en el gobierno de la Iglesia: y el santo, como verdadero obediente, se puso luego en camino; pero llamóle Cristo á la gloria, cuando su vicario le llamaba á Roma; porque yendo á Cardona á despedirse de los vizcondes que se le rogaron; al tercer día que estuvo en su palacio, le dio una gravísima enfermedad: y conociendo que se acercaba su muerte, hizo llamar á algunos religiosos del convento de Barcelona, para morir entre sus hermanos. Pidió el sacramento de la eucaristía por viático, y deteniéndose mucho el sacerdote que se le había de traer, por providencia de Dios, que quería honrarle con un singular favor; viendo el santo que daba prisa su enfermedad, pidió al Señor que no le desamparase, ni negase aquel consuelo; y luego entró por la puerta de la pieza, donde estaba enfermo, una procesión de ángeles vestidos con él hábito de la Merced, con velas blancas en la mano, y detrás un varón venerable, que se creyó había sido Cristo, con ornamentos sacerdotales, y la custodia del Sacramento en la mano. En viendo la procesión el varón de Dios, se arrojó de la cama: y puesto á los pies de aquel eterno sacerdote, según el orden de Melquisedech, recibió de su mano su mismo cuerpo con grandísima devoción y dulzura. Solamente san Ramón mereció gozar de esta maravillosa visión; los demás vieron una grande claridad que cegaba sus ojos, para no ver á los ángeles, ni al santo cardenal, hasta que al salir la procesión, los vieron por las espaldas caminar hacia un río que estaba cerca, y pasar sobre el agua, sin haber barca ni puente; y luego desapareció la visión. Volvió el santo á la cama; y levantando los ojos y las manos al cielo con mucha devoción, y voz clara, dijo: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum; y luego entregó su espíritu en manos de su Criador, que para tan milagrosa vida le había hecho nacer milagrosamente, último domingo de agosto del año de 1240. Su rostro quedó tan hermoso, que causaba admiración y gozo á cuantos le miraban: su cuerpo con haber estado en tiempo tan caloroso quince días sin sepultar, no daba mal olor, sino una fragancia y suavidad muy desemejante y superior á todos los olores de la tierra.

Fué innumerable el concurso de todos aquellos pueblos que vino á venerar el sagrado cadáver, y fueron muchas las maravillas que Dios obró en este tiempo para honra de su siervo, y provecho de los que se le encomendaban.
Movióse una piadosa contienda, que fué causa de tener tanto tiempo el cuerpo sin enterrar, y su religión, sobre el lugar donde había de ser sepultado, como suele en los tesoros que se hallan en alguna heredad; y cada parle tenía sus razones, y las esforzaba con la codicia de quedarse con tan precioso y rico tesoro. El vizconde de Cardona alegaba el parentesco, la amistad y el habérsele Dios traído á morir á su casa, en que ya parecía haber decidido por su parte: su religión alegaba ser su hijo, y su misma voluntad bien interpretada; pues á quien no sacó de la celda el capelo, no quería que le sacase del convento la muerte. Duró el pleito, hasta que le compuso el cielo por un modo maravilloso: porque el rey don Jaime, san Pedro Nolasco, y el obispo de Barcelona, por no agraviar á ninguna de las partes, ni dar sentencia en tan dudoso pleito, le remitieron á Dios, y mandaron poner el cuerpo en una caja sobre una mula ciega, y que le dejasen ir libremente adonde quisiese; y en donde ella parase, allí fuese sepultado. Hízose así: y la mula tomando el camino de Portell, pasó por la casa de los padres del santo, é hincó las rodillas delante de ella; y pasando adelante, llegó á la ermita de San Nicolás, obispo, donde el santo, siendo mancebo, había sido tan favorecido de Dios y de su Madre: y habiendo dado tres vueltas á la ermita, se paró á la puerta de ella; y en quitándole el santo cadáver, reventó para que no sirviese á otro uso la que había merecido traer tan sagrado cuerpo. Sepultáronle en aquella iglesia, que desde entonces, mudando el título, se llamó San Ramón, y dentro de quince años se fundó allí un convento de nuestra señora de la Merced. En el camino sucedieron algunos prodigios muy singulares, con que el Señor testificaba la gloria de su santo. Uno fué, que yendo mucha gente acompañando el santo cuerpo con hachas y velas encendidas, levantándose en el camino un recio viento con lluvias; ni el agua, ni el viento apagaron las luces. Otro, que al pasar la procesión por los pueblos, se tocaban las campanas de las iglesias, sin que mano de hombre llegase á ellas.Fueron innumerables los milagros que Dios hizo por san Ramón, como lo testifican los votos de que se llenó la iglesia de su sepulcro, que parecía la casa de la salud y del consuelo: porque allí hallaban salud los enfermos, y consuelo los afligidos. Particularmente han experimentado su patrocinio las estériles, y las que estaban en peligroso parlo, alcanzando hijos, y teniendo felices partos por su intercesión.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

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