domingo, 25 de junio de 2017

S A N T O R A L

SAN GUILLERMO, ABAD

En la Octava de San Juan aparecerán numerosos mártires. Juan y Pablo, Ireneo y los dos príncipes de los Apóstoles confirmarán también con su sangre el testimonio de aquel que manifestó la venida al mundo del Dios desde tanto tiempo esperado. ¿Dónde hallar nombres mas ilustres en miras de la grandeza humana, de la ciencia sagrada y de la jerarquía santa?

LOS MONJES, TESTIGOS DE CRISTO

Mas no Sólo el Emmanuel hace resplandecer el poder de su gracia y la fuerza victoriosa de los ejemplos dados por su Precursor al mundo, en la gloria incomparable del martirio. Hoy se ofrece a nuestros homenajes precisamente uno de los innumerables atletas en la penitencia que siguieron a Juan en el desierto; huyendo, como él, desde la niñez, de una sociedad en la que su alma presentía no habría de encontrar más que tropezones y peligros, consagrando su vida al triunfo completo de Cristo en sí mismos sobre la triple concupiscencia, dan testimonio del Señor por medio de sus obras, ocultas al mundo, pero que alegran a los ángeles y hacen temblar al infierno.
Guillermo fué uno de los jefes de esta santa milicia. La Orden de Montevérgine, fundada por él, ha sido benemérita para la Orden monástica y para la Iglesia en las regiones de Italia meridional, en que Dios quiso, repetidas veces, oponer, a modo de dique, al desvarío de los sentidos el espectáculo de las más austeras virtudes.

MISIÓN DE SAN GUILLERMO

Personalmente y por medio de sus discípulos, Guillermo tuvo como misión infundir en el reino de Sicilia, que se estaba fundando entonces, la santidad que todo pueblo cristiano reclama en su base. Lo mismo en el Mediodía como en el Norte de Europa, la raza normanda acababa de ser providencialmente llamada a promover el reino de Jesucristo. Era cuando Bizancio, incapaz de sostener sus últimas posesiones de Occidente contra la invasión sarracena, pretendía retener las iglesias de estas comarcas en los lazos del cisma, en los que las había encadenado poco hacía, la intrigante ambición de Miguel Cerulario. La Media Luna se había visto obligada a retroceder ante los hijos de Tancredo de Hauteville; y la diplomacia griega fracasó a su vez ante la ruda simplicidad de estos hombres que aprendieron en seguida a no oponer a las argucias bizantinas otro argumento que el de su espada. El papado, vacilante al principio, comprendió pronto qué ayuda le podían prestar los recién llegados en las luchas feudales que se agitaban a su alrededor desde hacía dos siglos, y preparaban la larga lucha del Sacerdocio y del Imperio.
El Espíritu Santo era el que, como siempre, a partir de Pentecostés, regía ahora los acontecimientos para el mayor bien de la Iglesia. El inspiraba a los Normandos asegurar sus conquistas en la firmeza de la Piedra apostólica, reconociéndose vasallos de la Santa Sede. Pero al mismo tiempo, para recompensar la fidelidad de los comienzos, para hacerlos más dignos de la misión que habría aumentado su honor y fuerza, si hubiesen seguido comprendiéndola, ponía a su disposición hombres santos. Rogerio I vió a San Bruno rogar por su pueblo en las soledades de Calabria y salvarle milagrosamente a él mismo de los lazos tendidos por la traición; Rogerio II tuvo el ejemplo y las exhortaciones del fundador de Montevérgine para volver a los caminos de la justicia, de los que se apartaba con frecuencia.

VIDA

Guillermo nació en Vercelli en 1085. Huérfano a los pocos años, realizó varias peregrinaciones y se retiró después, en 1108 al monte Solicoli, donde llevó una vida penitente durante un año. Habiendo sido descubierto por un milagro, huyó y fué a vivir a Campania, en el monte llamado Virgiliano en recuerdo de Virgilio y que recibirá más tarde el nombre de Montevérgine en honor de la Santísima Virgen. Pronto se le unieron varios discípulos y todos juntos comenzaron a vivir la vida monástica. Guillermo fundó muchos monasterios y fué consejero de Rogerio II, rey de Nápoles. Murió en 1142 en el Monasterio de San Salvador, y Pío VI, en 1785, extendió su culto a toda la Iglesia. Como no dejó escritas Constituciones, su tercer sucesor adoptó en 1157 la Regla benedictina. En 1879, como la orden estuviese a punto de desaparecer, fué unida a la Congregación Benedictina de Subíaco.

PODER DE LA VIDA MONÁSTICA

Imitando a Juan, oh Guillermo, comprendiste las delicias del desierto, y Dios quiso enseñar por tu mediación la utilidad de ese vivir, que, en su huida del mundo, parece desinteresarse de las preocupaciones humanas. El desapego completo de los sentidos, dejando libre al alma, la acerca al Ser supremo; la soledad, apagando los ruidos de la tierra, deja oír la voz del Creador. De este modo, el hombre, ilustrado por el Autor mismo del mundo sobre los grandes intereses puestos en juego en su obra, se hace un instrumento tan poderoso como dócil para el alcance de estos intereses, que no son otros sino los de la criatura misma y los de las naciones. Así fuiste tú, oh ilustre santo, protector de un pueblo grande, que halló en tu palabra la regla de la justicia, en tus ejemplos el estímulo de las más bellas virtudes, en tu rigurosa penitencia una reparación a Dios por los extravíos de sus reyes. Para este pueblo naciente, en quien las victorias de sus armas excitaban la violencia e ímpetu de las pasiones, también la multitud de milagros que acompañaban a tus exhortaciones, tenían su elocuencia; así lo atestiguan aquel lobo que, después de devorar al asno del monasterio, fué condenado a sustituirle en su humilde servicio, y aquella infeliz pecadora que, el día en que te acostaste en un lecho de fuego desafiando el furor de las llamas, dejó su vida criminal y fué conducida por ti a la santidad.

Plegaria por Italia

Muchas guerras han sobrevenido desde entonces a este país en el que padeciste y oraste, enseñándonos la poca firmeza el tiempo de aquellos reinos y gobiernos que no buscan ante todo y sobre todo el reino de Dios y su justicia. A pesar de la mucha frecuencia con que se han olvidado tus enseñanzas y ejemplos después que dejaste la tierra, protege al país en que Dios te concedió tan grandes gracias, y se dignó confiarlo a tu intercesión poderosa. Aún permanece la fe viva en estos pueblos; consérvala, a pesar de los esfuerzos de sus enemigos; hazla producir frutos en el campo de las virtudes.Nuestra Señora, de quien tan benemérito eres, está pronta a secundar tus esfuerzos: desde el santuario cuyo nombre ha prevalecido al recuerdo del poeta que, sin saberlo, cantó sus grandezas', sonreirá siempre a las muchedumbres que cada año suben a la santa montaña, celebrando el triunfo de su virginidad; y a nosotros, que solamente con el corazón podemos realizar esta sagrada peregrinación, nos agradecerá el deseo y homenaje que le presentamos por tus manos.
fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

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